Lunes, 06 Septiembre 2021 06:50

El abismo de la autodestrucción

Escrito por Valerio Magrelli
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El abismo de la autodestrucción

Si hay algo para lo cual el ser humano ha mostrado gran capacidad, ingenio e innovación, es para la destrucción de sí mismo y, en consecuencia, de su entorno. La gran amenaza de la bomba atómica ha sido sustituida en muy poco tiempo por un amplio espectro de mecanismos que conducen a la catástrofe. En este artículo se enumeran sólo algunos de los más evidentes.

¿Qué ocurrió después de la creación de la bomba atómica? Con el final de la segunda guerra mundial y el inicio de la Guerra Fría, el mundo fue devastado por un descubrimiento terrible y sin precedentes: por primera vez en su historia, el hombre poseía los medios para destruir a toda la humanidad. Filosofía, literatura, arte, política, todo tenía que ver con esta inaudita y nueva realidad. De este modo, más de una generación, incluida la mía, nació y vivió bajo una verdadera espada de Damocles. Como en la película francesa Vite vendute (del año 1953), el homo sapiens debía imaginar su destino semejante al del conductor de camión que transporta una carga de nitroglicerina. Habría bastado un solo bache –en nuestro caso cualquier incidente internacional– para marcar el fin del mundo entero.

El testimonio de Anders

El avión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, bautizado con el nombre de Enola Gay, se convirtió el símbolo de esta responsabilidad terrible. Como un auténtico aprendiz de brujo, el hombre había perdido la capacidad de controlar los instrumentos que tenía en las manos, empujándose hacia el borde del abismo; un paso más allá, y habría borrado su propio planeta. Para limitarnos a un solo testigo, vale la pena escuchar al filósofo alemán Günther Anders, quien, hacia el año 1956, en el primer volumen del ensayo titulado La obsolescencia del hombre, dedicó una sección entera al tema de la bomba “bajo la cual vivimos amenazados”, o, más concretamente, al tema de “nuestra existencia bajo el signo de la bomba”. Un punto de referencia esencial es la frase de Einstein en un mensaje dirigido a los científicos atómicos italianos: “Al final del callejón se vislumbra cada vez más claramente el espectro de la aniquilación total.”

Para Anders, el hombre se enfrentó a un acontecimiento sin precedentes: hasta ese momento –observa el filósofo– nadie había puesto en duda la certeza de que quienes iban a permanecer e iban estar para siempre, sería el ser humano. Con la bomba, sin embargo, la pregunta acerca de si la humanidad seguirá existiendo o no se tornó alarmante, y ya no nos permitió fingir que no escuchábamos a este monstruo que habita en “nosotros”. Sustituyendo a Dios, el hombre moderno adquirió una potestas annihilationis, es decir, la capacidad de una “reducción a la nada”. Ahora podíamos considerarnos como los amos del Apocalipsis: “El infinito somos nosotros. Esto es tan monstruoso, que todos los acontecimientos ocurridos en la historia parecen de menor importancia [...] Aunque anatómicamente inalterados, somos seres pertenecientes a una nueva especie debido al cambio radical de nuestra posición en el cosmos y ante nosotros mismos; seres que se diferencian del tipo de hombre precedente.” Sin embargo, aunque nos convertimos en los Titanes, seguimos siendo “parvenus cósmicos”, usurpadores del Apocalipsis. En efecto, los hombres que ahora son los dueños del infinito no están a la altura de semejante propiedad: “Nosotros, los seres humanos de hoy, somos los primeros en controlar el Apocalipsis, por eso somos también los primeros en sufrir incesantemente su amenaza [...] Ya no somos mortales como individuos, sino como grupo, cuya existencia está sujeta a la anulación”. En definitiva, con su poder de abolir nuestra especie, “la monstruosidad de la bomba nos mantiene con el aliento en suspenso”.

El nuevo rostro de la catástrofe

Hasta aquí finalizamos con Anders. Pero, volviendo al pobre ciudadano de la segunda postguerra, la desconcertante noción acerca de una nueva incertidumbre constituyó durante décadas el telón de fondo de todo proyecto posible, el presupuesto de cualquier visión del futuro. Después, poco a poco, inadvertidamente, el terrible espectro evocado por Einstein desapareció… Con la caída del Muro de Berlín, las increíbles tonterías de Francis Fukuyama, las laceraciones en los Balcanes, las invasión de Irak, el terrorismo religioso, los conflictos locales y los intentos de crear un Estado islámico entre Medio Oriente y África, todo cambió. La angustia por un mundo amenazado por la destrucción nuclear desapareció por completo.

Sin embargo, esto no alivió en absoluto a los desdichados habitantes de la Tierra, sino que su incertidumbre acerca del futuro, si esto fuera posible, se acrecentó. ¿Cómo? Simplemente el miedo cambió de aspecto, el fantasma de la catástrofe mundial tomó un nuevo rostro: el temor de morir por una guerra, lo sustituyó el riesgo de perecer por desastres naturales; la idea de un suicidio nuclear cambio gradualmente por un suicidio ecológico, y así la bomba atómica se convirtió en climática.

Para resumir el proceso de dicha metamorfosis, y para permanecer dentro del panorama japonés, podríamos decir que pasamos del piloto que libera su dispositivo mortal sobre Hiroshima, al diseñador que planea la creación de la central nuclear de Fukushima. Por lo tanto, es la propia figura del desastre la que cambió de signo y, a la vez, de origen, ya que, a partir del año 2000, el exterminio que tememos como especie ya no se percibe como una consecuencia de nuestras capacidades destructivas, sino de las productivas. Hoy es evidente que el primer enemigo de nuestra supervivencia son las nuevas “armas de producción masiva”.

“El asteroide somos nosotros”

En un reciente debate acerca del Futuro, Andri Snaer Magnason volvió sobre esta cuestión, evocando la caída del asteroide que hace 65 millones de años casi destruyó toda la vida en la tierra, liberando en la atmósfera entre 600 y 1000 millones de toneladas de dióxido de carbono. Pues bien, al hombre le bastarán unos sesenta años para que sus automóviles alcancen los mismos niveles, e incluso, si calculamos el conjunto de todas sus actividades, con unos veinte años será suficiente. Moraleja: “El asteroide somos nosotros.” A esto hay que añadir que el sesenta por ciento de todos los mamíferos en la Tierra es ganado, sobre todo cerdos y bovinos, mientras que el treinta y seis por ciento son seres humanos y sólo el cuatro por ciento son animales salvajes: “Lo que antes era un planeta de innegable diversidad, con fauna y plantas silvestres, ahora se ha convertido en un enorme monocultivo. En lugar de aves en libertad, tenemos pollos enjaulados que superan en volumen a todas las demás aves; en vez de leones, búfalos, elefantes y cebras, tenemos bovinos en confinamiento y cerdos que ni siquiera están en granjas, sino en jaulas”. Conclusión: “Son raros los depredadores dominantes en la naturaleza. Usualmente hay millones de herbívoros desplanzándose, y algunos lobos, leones y tigres que se alimentan de su carne. Ahora somos siete mil millones de seres humanos y todos queremos ser el león, tener nuestro kilo de carne. Nunca antes había ocurrido esto en la Tierra. Y, de hecho, es insostenible a largo plazo.”

Esta es la opinión de Magnason. Para aquellos que quieren sentirse todavía peor, Seaspiracy, el documental de Ali Tabrizi distribuido por Netflix, explica cómo la pesca industrial se ha convertido en un medio de devastación marina (con el “daño colateral” que implica la masacra animales no comestibles) y contaminación (gracias a la enorme cantidad de redes de plástico abandonadas en el agua). Nunca lo vamos a repetir lo suficiente: gases de efecto invernadero, deforestación, falta de control demográfico, ganadería desmedida y, en general, violación del equilibrio ecológico (con constantes derrames petroleros y tragedia pandémica), son productos de un arsenal capitalista que está terminando nuestra existencia en el planeta en lugar de la bomba atómica.

La única salida sería aceptar las evidencias que confirman la imposibilidad de sostener de manera rapaz un desarrollo infinito dentro de un sistema finito. Si, inevitablemente, tarde o temprano se derrumbará el mito del crecimiento ilimitado, ¿por qué no prepararse desde ahora para un decrecimiento paulatino, razonado? En este punto, la depredación comercial, tan característica de nuestra especie, sólo puede continuar si se desvía hacia otros ecosistemas. Bienvenida entonces la explotación turística o minera de Marte y de la Luna, como sugirió Hannah Arendt y que puso en marcha Elon Musk. Siempre y cuando la globalización, que sustituyó a la amenaza nuclear, no ponga en peligro la vida de la Tierra.

Valerio Magrelli - Sunday, 05

Traducción de Roberto Bernal.

Información adicional

  • Autor:Valerio Magrelli
  • Fuente:La Jornada
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