Domingo, 19 Septiembre 2021 05:14

Invocación a los muertos para que nos guíen hacia el ecosocialismo

Escrito por Layla Martínez
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La ciudad del sol de Campanella. La ciudad del sol de Campanella.

Hoy sentimos el tiempo como un presente perpetuo y amenazante que lo devora todo. Luchar contra la crisis ecológica supone volver a poner el tiempo en marcha, reconciliar la esperanza del futuro con la rabia del pasado. Lanzarnos hacia delante pero escuchar a los muertos.

 

No sé cómo lo hicimos. En estos cien años me he hecho esta pregunta miles de veces pero no tengo respuesta. Nunca la he tenido. Durante un tiempo me dediqué a repasar los hechos en orden cronológico, una y otra vez. Creía que podría dar con el momento exacto en el que todo saltó por lo aires, que si lo pensaba detenidamente podría dar con la palabra, el gesto, la decisión que nos llevó a la victoria. Pero con el tiempo ese recuento obsesivo de los hechos me ha ido pareciendo cada vez más estúpido. Los hechos concretos no importan demasiado. No, espera, borra eso. Los hechos importan, pero no contienen ninguna verdad. Mejor así. Lo que quiero decir es que si no hubiésemos hecho lo que hicimos no lo habríamos conseguido, pero eso no explica nada. Podríamos volver a hacerlo todo paso a paso y fracasar.

Imagino que esto no es lo que quieres oír. Me llamas desde el otro lado del tiempo, consigues encontrarme entre miles de voces, de lamentos y de maldiciones perdidas en los pliegues de los relojes y lo único que te puedo decir es que no tengo respuestas. Menuda desgracia, ¿eh? Buscabas al héroe de la revolución de octubre y encuentras a un viejo con el cerebro deshecho diciendo estupideces. Mira, si quieres escuchar, te diré algo. Hay cientos de miles de análisis sobre lo que pasó. Algunos son brillantes, otros estúpidos, muchos ridículos. Pero hay tantos que ahora incluso sus detractores piensan que lo que ocurrió fue inevitable. Eso sucede con las revoluciones: al principio parecen imposibles y al final inevitables. No voy a hacer otro recuento, pero si estás dispuesta a escuchar te diré un par de cosas que llevo pensando todos estos años.

Una es que la fe es tan importante como los hechos. Una revolución es un salto de fe. Esto suena poco marxista, pero solo si eres idiota y crees que el marxismo es un caballo con las patas trabadas o un alfiler oxidado. Marx ya habló de sentimientos y de creencias, qué son si no la alienación o la falsa conciencia. Lo que quiero decir es que si quieres cambiar las cosas, tienes que creer que es posible cambiarlas y tienes que hacer que la gente lo crea. El poder parece intocable solo hasta que te acercas lo suficiente para verle las grietas. La corona francesa parecía eterna hasta que la cabeza de Luis XVI rodó por el patíbulo. Pero para que esa cabeza ruede no solo necesitas afilar la guillotina: necesitas creer que es posible ir en ese mismo momento a Versalles, sacar al rey a bofetadas del sueño y a rastras de la cama, de la habitación, del palacio; arrastrarle hasta París y colocarle el cuello en el lugar exacto, en el sitio preciso donde va a caer la cuchilla, ni un centímetro más allá o más acá.

Ellos intentan que creas que ningún pordiosero puede tocarles, que ningún desgraciado va a entrar en su palacio a estrellar su vajilla contra el suelo taza a taza. Su poder se basa en esa creencia, pero siempre hay grietas. Esto es lo más importante de todo: siempre hay grietas. Las grietas no bastan por sí solas, claro, pero tienes que creer que están ahí, porque siempre están. Y cuando lleguéis allí, frente a las grietas, se os van a venir a la cabeza cientos de argumentos para no aprovecharlas, para no meter en ella la cuchara, la pala, y hacer de ellas un pozo, un agujero que se lo trague todo. Y tendréis razón, habrá cientos de razones para no cambiar las cosas y miles para pensar que ese cambio va a fracasar. Pero es que una revolución no es un cálculo racional. Si intentas calcular racionalmente el momento exacto, el lugar preciso, nunca te van a salir las cuentas. Una revolución no es el cuaderno de un contable. Ya te lo he dicho: una revolución es un acto de fe. Pero no la fe podrida de los clérigos, sino la fe luminosa de los niños o la fe ardiente de los amantes. Me he vuelto un viejo cursi, pero escucha: creed contra todo pronóstico, contra todo cálculo, contra todo argumento. Lanzaos a esa fe como el que se tira a un mar que no conoce en un día de niebla. Eso no garantiza nada, no hará que vuestra revolución triunfe, pero lo que es seguro es que sin ella fracasará.

Nosotros lo sabemos bien porque lo tuvimos todo en contra. Una guerra dentro y otra fuera, un país hecho pedazos y asediado, un pueblo que solo había conocido las patadas del amo, enfermo, ciego, febril por la falta de alimentos. No había nada que salvar, nada que sirviese, hubo que destrozar a hachazos hasta los pianos. Nos equivocamos en muchas cosas, acertamos en muchas otras. Fuimos implacables y crueles con quien lo mereció, compasivos y sensibles con los demás. Hicimos cosas que nunca pensábamos que íbamos a hacer, dijimos cosas que nunca pensábamos que íbamos a decir. Todo eso lo tendréis que hacer también vosotros. Habrá pocas cosas que salvar, mucho que reconstruir. Tendréis que arrancar al capitalismo de dentro de la misma tierra porque ahí es donde tiene sus garras, en los fósiles de animales muertos hace millones de años. Tendréis que sacarlo de dentro de vosotros mismos porque ahí también tiene sus garras. Tendréis que hacerlo todo de nuevo: el trabajo, el ocio, la vivienda, el transporte, la comida, el amor, los afectos, los deseos. Tendréis que partir el tiempo en dos y poner a los muertos de vuestro lado.

Eso es lo otro que quería decirte. Las revoluciones no las hacen solo los vivos: los muertos también toman parte. Al fin y al cabo, qué es el comunismo sino un espectro. Qué es el socialismo sino una mano helada bajo la cama del burgués, esperando para agarrarle los tobillos mientras está desprevenido en el sueño. Qué es una revolución sino una sombra que duerme bajo el suelo esperando a que algo la despierte, cualquier cosa, una piedra rompiendo un cristal, un gesto de rabia, un deseo de venganza heredado de alguien a quien no conoces.

No se puede ganar sin tener a los muertos de tu lado, eso he descubierto en estos cien años. La revolución debe permitir que te apropies del futuro que han intentado robarte, pero también del pasado. Vivís en una época que ha querido estar más allá del tiempo y ha acabado siendo un eterno presente, un sumidero que devora el pasado y el futuro. ¿No lo ves? Está todo lleno de muertos y ninguno tiene descanso porque hay un mismo daño que no deja de producirse. Qué es un fantasma sino un trauma que regresa una y otra vez, una herida que no deja de sangrar.

Hacer una revolución es también darle descanso a los fantasmas, reconciliar al fin la vida y la muerte, tender un hilo entre el pasado y el futuro. Cuál es vuestra tarea sino la restitución del daño, la sutura de la herida. Esa es vuestra labor: sanar la fractura, apagar las llamas, quitarle la traba de las patas al caballo. No sé cómo lo haréis, pero lo que sí sé es que es posible. Tendréis miedo, desesperación, tristeza, desconfianza, rabia, pero es posible. Y cuando os deis cuenta de ello también habrá esperanza, alegría, euforia. Y entonces solo quedará saltar

19 sep 2021 04:47

Información adicional

  • Antetítulo:Ecología
  • Autor:Layla Martínez
  • Fuente:El Salto
Visto 199 vecesModificado por última vez en Domingo, 19 Septiembre 2021 05:22

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