Fuentes: Virginia Bolten [Foto: Verónica Raffaelli, @veroraffaph]

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la forma de producción de alimentos en el mundo es responsable de un tercio de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Desde hace varios años el Panel Internacional para el Cambio Climático de la ONU (IPCC) alerta sobre los impactos del Cambio Climático sobre la agricultura. Sin embargo, con el agravamiento del escenario que ahora es de Emergencia Climática con muestras de alcance de puntos de no retorno, es ineludible el debate sobre el impacto de los agrotóxicos sobre el Cambio Climático. Si por un lado la ONU plantea la necesidad de un cambio de dieta que reduzca el consumo de carnes —sobre todo aquellas provenientes de la cría intensiva—, por otro no se puede dejar de discutir los efectos del cambio en el uso del suelo. Porque el suelo, que naturalmente debería ayudar a equilibrar las temperaturas globales, pasó a ser un importante emisor de GEI a raíz del uso intensivo, contaminante y basado en los monocultivos que son sabidamente responsables de la destrucción de la biodiversidad. La tala de bosques y el uso de agrotóxicos va a contramano de las recomendaciones del IPCC. Y si es verdad que un cambio en la alimentación de los seres humanos es urgente, también es verdad que la producción de estos alimentos tiene que ser agroecológica, y no agroquímica. 

La alerta está no solo en los informes de los expertos. Cada día llegan noticias que alrededor del mundo se presentan incendios , inundaciones, olas de calor mortíferas, aumento del número de refugiados climáticos, aumento de la temperatura de los océanos, deshielo de los Polos… Y la lista  podría seguir por más de algunos párrafos. Frente a esta realidad, sin embargo, después de anunciado el Acuerdo de París, el aumento de los GEI han aumentado en lugar de disminuir, y la quema de combustibles fósiles —históricamente la mayor responsable por el actual estado de cosas— tampoco ha disminuido. Las grandes empresas junto a los Estados del Norte Global parecen no preocuparse por el destino de la humanidad. Pareciera que es más fácil pensar el fin del mundo que la pérdida del poder concentrado de las petroleras o del poder de las empresas de agrotóxicos que, no por casualidad, están concentradas en China, Alemania y Estados Unidos. Todas estrellas en el mercado bursátil.

Según la investigadora brasileña Larissa Bombardi, del año 2012 al año 2017, el mercado de agrotóxicos en Brasil —mayor consumidor en el mundo— aumentó un 25%. Larissa argumenta que la especulación en el mercado financiero es el gran impulsor de este incremento tanto por el rol de las materias primas que son negociadas en la Bolsa de Valores como por todo lo que acompaña esta producción para exportación. En Brasil, 7 de los 10 productos más exportados son de origen agropecuario y casi la totalidad de las semillas  utilizadas para la producción son genéticamente modificadas. 

Esa disputa por un mercado que crece a niveles impresionantes parece ser  también la apuesta de Argentina: este país, que es el tercer mayor consumidor de agrotóxicos en el mundo, aprobó el primer caso de trigo transgénico a nivel mundial. El Trigo HB4, que es tolerante al Glufosinato de Amonio —un poderoso agrotóxico que, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, (FAO), es 15 veces más tóxico que el Glifosato— ahora necesita solo de la aprobación de Brasil para su importación. El mercado brasileño es el principal destino del trigo argentino.

Desarrollado para ser resistente a sequías, el Trigo HB4 fue producido por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la Universidad Nacional del Litoral (UNL), como mencionamos en una nota anterior de Virginia Bolten, en convenio con la empresa de capitales nacionales, Bioceres.  

Lejos de lo que sería deseable para hacer frente a la Emergencia Climática, la producción del trigo es defendida como una forma de adaptación al cambio climático. Sin embargo, el uso de un fertilizante químico aún más contaminante que los tradicionales, es una amenaza al clima. Más allá de esto, presupone un aumento de productividad que significará la expansión de la zona agropecuaria y, por ende, un mayor avance sobre los ecosistemas, en un país que ya tiene 75% de su territorio cultivable tomado por el monocultivo y una concentración de tierras que imposibilita el desarrollo de la agricultura familiar y la producción de alimentos agroecológicos, verdaderas soluciones para recuperar los suelos dañados y producir de forma ecológicamente aceptable dados los retos ambientales impuestos para los próximos años. 

Al asumir su preferencia por una agricultura capitalista que prescinde de los y las trabajadoras, reemplazándolas por aviones y drones fumigadores, sacrificando la salud de las personas y de los ecosistemas en favor del negocio de unos pocos que quieren beneficiarse de un modelo de producción considerado obsoleto, que ya es rechazado en gran parte del mundo, el Estado argentino sigue con su política de inserción en la economía globalizada desde un lugar de subordinación. Si la soberanía comienza por la boca, desde Virginia Bolten preguntamos: ¿qué Argentina se está construyendo para las próximas generaciones?

Por | 30/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
Geoingenieros avanzan sobre territorio indígena

El 15 de diciembre 2020, SCoPEx, un proyecto de la Universidad de Harvard para avanzar en la manipulación del clima con geoingeniería solar, financiado por millonarios y fundaciones privadas de Estados Unidos, anunció que planea realizar un experimento a cielo abierto en Suecia, a contrapelo de la oposición global que despierta esta tecnología entre ambientalistas, indígenas y defensores de la justicia climática. Plantean hacerlo en Kiruna, territorio indígena del pueblo Sami.

SCoPEx es uno de los proyectos que denunció la campaña global contra la geoingeniería "No manipulen la Madre Tierra", en la que participan 200 organizaciones de cinco continentes, entre ellas redes internacionales como La Vía Campesina, la Red Ambiental Indígena, la Alianza por la Justicia Climática, Amigos de la Tierra Internacional, la Marcha Mundial de Mujeres y la Alianza por la Biodiversidad en América Latina (https://tinyurl.com/y96tukfb).

La geoingeniería es un conjunto de propuestas tecnológicas que conllevan fuertes impactos colaterales, ambientales y sociales. Por ello el Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas (CBD) estableció una moratoria contra su liberación en 2010, por consenso de sus 196 países miembros. Permite experimentos de pequeña escala bajo ciertas condiciones, que hasta ahora ningún proyecto ha cumplido. Estados Unidos no es parte del CBD. Como SCoPEx, la mayor parte de la promoción e investigación en geoingeniería proviene justamente de ese país.

La geoingeniería solar propone reflejar o bloquear parte de los rayos solares que llegan a la tierra, para bajar la temperatura. Por ejemplo, imitar el efecto de las erupciones volcánicas, inyectando sulfatos en nubes artificiales en la estratósfera. A la escala requerida para bajar la temperatura global, provocaría disrupción de los monzones en Asia y sequías en África y América Latina, poniendo en riesgo las fuentes de agua y alimentación de 2 billones de personas (https://tinyurl.com/y3jxgpbr).

Los investigadores de SCoPex dicen que ahora sólo van a probar equipo –un gran globo que se elevará en la estratósfera, con una góndola que en experimentos futuros, podrá diseminar materiales reflejantes. El globo sería elevado sobre los cielos del pueblo Sami por la Corporación Sueca del Espacio. Según SCoPEx, trasladaron este proyecto de geoingeniería a Suecia debido a las restricciones por la pandemia de Covid-19 en Estados Unidos.

Afirman que en el futuro probarán con este equipo esparcir carbonato de calcio, aunque en el proyecto original plantean usar otros materiales como sulfatos, que es lo más similar a la composición de nubes volcánicas. La inyección de sulfatos en la estratósfera destruye la capa de ozono.

La fragmentación de experimentos en fases, es una táctica que se ha usado para el desarrollo de tecnologías de alto riesgo, como armas y tecnologías nucleares, entre otras. Así se avanzan componentes necesarios de proyectos riesgosos, evitando las regulaciones, la crítica y el escrutinio público hasta que cada parte esté lista. Llama la atención que también en Estados Unidos SCoPEx planteaba usar territorios indígenas, como las pruebas de armas atómicas y otros llamados "experimentos científicos".

Niclas Hallström, de la organización sueca What Next declaró a Reuters, “Esta prueba no tiene sentido si no es para permitir el paso siguiente. Es como si probaran el detonador de una bomba [separado de ésta] y dijeran "esto no puede hacer daño" (https://tinyurl.com/y9jk6hwh).

En efecto, el experimento en Suecia no tiene sentido sin la continuación que el propio SCoPEx admite, y que son pasos para hacer posible el despliegue de la geoingeniería solar. Más que técnico, se trata de un experimento político para legitimar los experimentos de geoingeniería a cielo abierto, como han señalado otros científicos que conocen el tema, como Raymond Pierrehumbert (https://tinyurl.com/y9na679o).

SCoPEx formó también su propio "comité asesor", con académicos estadunidenses (aunque el proyecto conlleva impactos globales) para simular que consulta a la sociedad. 80 organizaciones denunciaron a este comité como una farsa (https://tinyurl.com/ydc5oyzf)

Hallström también señaló que la sociedad sueca demanda cambios reales para enfrentar el cambio climático, pero que "El proyecto de Harvard está en el polo opuesto, da la impresión de que con tecnologías se podría manejar el cambio climático y continuar usando combustibles fósiles".

Este es uno más de los problemas de la geoingeniería: funcione o no, se convierte en una coartada para la continuación de las industrias más contaminantes y el caos climático, que hasta pueden hacer un nuevo negocio con la geoingeniería.

En efecto, David Keith, director del Programa de Geoingeniería Solar de la Universidad de Harvard, e iniciador y principal vocero de SCoPEx, es uno de los más activos promotores de la geoingeniería a escala global. Paralelamente, fundó la empresa comercial de geoingeniería Carbon Engineering (para vender captura directa de CO2 del aire), con fondos de Bill Gates y cuyos principales inversionistas son las petroleras Chevron, BP y la megaempresa minera BHP Billiton.

Este es el contexto real. Debemos frenar los experimentos de geoingeniería solar como sea que se disfracen.

Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

Ambientalistas ganan en la UE batalla contra alimentos transgénicos

Deben cumplir estrictas normas, indica tribunal; ONG aplauden la decisión; industrias, la cuestionan


Bruselas

La corte superior de la Unión Europea (UE) determinó que los alimentos producidos mediante técnicas de crianza biotecnológicas deben considerarse organismos genéticamente modificados y, por tanto, están sujetos a las estrictas normas del bloque so-bre esos productos.


Las nuevas técnicas de “mutagénesis” generan organismos genéticamente modificados (OGM) y deben seguir las reglas europeas que buscan prevenir daños en el medio ambiente y la salud, de acuerdo con el fallo de ayer de la justicia europea.


La mutagénesis permite desarrollar variedades de semillas resistentes a ciertos herbicidas.


A diferencia de los transgénicos (los OGM más conocidos y controvertidos), la mutagénesis permite alterar el genoma de una especie viva sin insertar ADN extraño. Las asociaciones ambientalistas reclamaban la equiparación de ambos en la legislación europea.


Los magistrados del alto tribunal consideraron que, como “las técnicas o métodos de mutagénesis modifican el material genético de un organismo de una manera que no se produce naturalmente”, éstos deben regirse por la directiva sobre los OGM.


Sin embargo, el tribunal abrió la puerta a los países para incluirlas si así lo consideran.


Los jueces responden a una duda del Consejo de Estado francés que debe pronunciarse sobre las acciones interpuestas por ocho asociaciones galas, entre ellas, el sindicato agrícola Confédération Paysanne, contra la normativa local sobre estos organismos.


La sentencia, que obligará a los alimentos a pasar por verificaciones especiales y restricciones en el etiquetado, fue considerada una victoria para los ambientalistas contra la industria biotecnológica.


En su fallo de ayer, el Tribunal de Justicia señaló que los organismos creados mediante las nuevas técnicas “caen, en principio, bajo el alcance de la directiva OGM y están sujetos a las obligaciones impuestas por esa directiva”.


La industria biotecnológica asegura que las nuevas técnicas facilitan la creación de organismos resistentes a la sequía y las enfermedades, y, a la vez, dan mayor rendimiento nutritivo. Dice que sujetarlas a las regulaciones estrictas de la directiva OGM limitaría su desarrollo. Otros afirman que la producción irrestricta pondría en riesgo a la naturaleza y la salud humana.


“Estamos felices por esta decisión”, declaró a la agencia de noticias Afp uno de los fundadores de la Confédération Paysanne, Guy Kastler, para quien “todos los productos, incluidos los animales, obtenidos mediante técnicas desarrolladas tras 2001 debe regularse como OGM”.


Greenpeace también celebró la decisión de la justicia europea que confirma, a su juicio, las “advertencias de los científicos de que estas modificaciones genéticas podían causar daños involuntarios en el ADN con consecuencias inesperadas”.


La ministra alemana de Ambiente, Svenja Schulze, dijo que la sentencia es una “buena noticia para el ambiente y la protección del consumidor”.
Mute Schimpf, de la organización Amigos de la Tierra, dijo que con la sentencia las nuevas técnicas “deben ser sometidas a prueba antes de soltarlas en el campo y en nuestra comida”.

 

 

 

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