"Estoy cansado de los minutos de silencio", aseguró el DT de los Warriors Steve Kerr (Foto: AFP).

"Estoy cansado de los minutos de silencio"

El exjugador de básquet y DT de los Golden State Warriors estalló de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos.

Steve Kerr, entrenador de los Golden State Warriors y una de las voces más respetadas en la NBA, explotó de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos después del tiroteo en una escuela de Texas en la que fueron asesinadas 20 personas, entre ellas 18 menores y una maestra.

"No voy a hablar de baloncesto hoy. Ninguna pregunta de baloncesto importa", comenzó diciendo Kerr en la conferencia de prensa antes del cuarto partido de la final del Oeste en Dallas (Texas) entre los Mavericks y los Warriors.

El emblemático DT precisó que “desde que salimos esta mañana del entrenamiento, 14 niños - luego la cifra subió a 18- y un profesor fueron asesinados a 400 millas de aquí. En los últimos 10 días hemos tenido a ancianos negros asesinados en un supermercado de Búfalo, a feligreses asiáticos asesinados en el sur de California y ahora tenemos a niños asesinados en la escuela".

"¿Cuándo vamos a hacer algo?", exclamó con ira y al borde de las lágrimas. “Estoy muy cansado de ofrecer condolencias a las familias devastadas. Disculpen, lo siento. Estoy cansado de los minutos de silencio. Basta", aseveró.

Asimismo, Kerr cargó contra los republicanos en el Senado por estar en contra de un proyecto de ley para reforzar el control de antecedentes a la hora de comprar un arma.

La iniciativa, conocida como HR8, fue aprobada por la Cámara de Representantes en 2021 pero su trámite sigue detenido en la Cámara alta del Congreso. "Hay 50 senadores (republicanos) que rechazan votar la HR8. Hay una razón por la que no votarán: para mantener su poder", enfatizó Kerr.

"Te pregunto a ti, Mitch McConnell (líder republicano en el Senado), y a todos ustedes, senadores que rechazan hacer algo sobre la violencia, los tiroteos en escuelas y supermercados. Les pregunto: ¿Van a poner su propio deseo de poder por delante de las vidas de nuestros niños, ancianos y feligreses? Porque eso es lo que parece", consideró.

Por último, antes de abandonar a los gritos la conferencia, el técnico de los Warriors remarcó que "50 senadores en Washington nos tienen como rehenes. ¿Se dan cuenta de que el 90% de los estadounidenses, más allá de su partido político, quieren antecedentes universales para comprar armas? ¡Es patético! Ya tuve suficiente".

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¿Escalará EU la guerra en Ucrania?

Através de la OTAN, la estrategia militar expansionista de Estados Unidos sobre las fronteras de Rusia se ha mantenido inexorable desde 1999. Hoy es el turno de Finlandia y Suecia. Para compensar su debilitamiento como motor de la economía capitalista mundial y mantener su hegemonía desafiada por China, EU está tratando de trasladar el problema al campo militar, donde todavía mantiene superioridad sobre su rival asiático.

Con el beneplácito de la industria armamentista −que hace su agosto en Ucrania y Europa con el aumento exponencial de los presupuestos militares−, la estrategia de tensión impulsada por el Estado profundo ( Deep State, la estructura paralela secreta que dirige las políticas de inteligencia, defensa y la diplomacia de guerra de Washington) ha orillado a la administración Biden a escalar la guerra por delegación (“ proxy” o subsidiada) contra Rusia y utilizar medios militares directos e indirectos contra su enemigo principal, China, en la región del Asia-Pacífico.

Biden, cuyos índices de aprobación continúan cayendo y podría vivir un desastre en las elecciones intermedias de noviembre próximo, necesita alcanzar una victoria en Ucrania, y es alentado por los neoconservadores para una intervención militar directa como requisito para "mantener el orden basado en reglas"; las de EU, por supuesto. Expertos militares han señalado que el suministro de armas a Ucrania no revertirá la guerra y Rusia prevalecerá, incluso si la OTAN se involucra de manera más directa. Debido a lo cual la apuesta por una escalada militar parece la única opción que le queda a Biden.

Durante su visita a Kiev a comienzos de mayo, el secretario de Defensa de EU, general Lloyd Austin, dijo que quería ver a Rusia "debilitada" para que "no pueda llevar a cabo el tipo de cosas que ha ejecutado al invadir Ucrania". Añadió que Ucrania puede "ganar" la guerra a Rusia si cuenta con el "equipo adecuado". Pero una "victoria" de Ucrania sólo sería posible derrocando a Putin y ejecutando un "cambio de régimen" y el consiguiente aislamiento completo de China.

En respuesta, el ministro del Exterior ruso, Sergei Lavrov, dijo que en esencia la OTAN está hoy en guerra con Rusia y el riesgo de una tercera guerra mundial es "serio, real y no se puede subestimar". A su vez, el vicepresidente ruso, Dimitri Rogozin, declaró que en el caso de una guerra nuclear los países de la OTAN serían destruidos en media hora. (Aunque sabemos que eso sería la destrucción segura de ambas potencias nucleares, de allí las “ proxy wars”.)

En ese contexto, el investigador Luo Siyi, de la Universidad Renmin de China, expuso que la guerra de Ucrania representa un cambio cualitativo en la política militar estadunidense, ya que al impulsar al régimen de Zelensky a ingresar a la OTAN y solicitar de armas nucleares, cruzó la línea roja de una Rusia con capacidades militares extremadamente poderosas; lo que implica que EU decidió correr ese riesgo.

Hasta ahora, EU no ha enviado tropas a Ucrania (sólo asesores de la OTAN y contratistas) y dejó claro que no quiere una guerra directa con Rusia que podría desencadenar una tercera conflagración en Europa. Pero como parte de una guerra de poder, desde el golpe de Estado en Kiev, en 2014, EU ha venido desplegando un sucio juego estratégico, militarizando y utilizando a Ucrania como peón, provocando de manera deliberada una guerra sangrienta entre dos pueblos hermanos.

A la vez, desde su llegada a la Casa Blanca, y mientras intensificaba sus acciones encubiertas contra Rusia, la administración Biden ha intentado vaciar la "política de una sola China" de manera provocativa, armando y entrenando al ejército de Taiwán (como antes EU/OTAN a Ucrania), y aumentando el despliegue de la armada de guerra estadunidense en el Mar de China Meridional. Lo que amenaza cruzar una línea roja de China más peligrosa que la de incorporar a Ucrania a la OTAN.

Según Luo Siyi, aunque mantiene el liderazgo en productividad, tecnología y tamaño de las empresas, EU ha venido perdiendo de manera permanente su abrumador dominio de la economía mundial. De acuerdo con el cálculo de paridad del poder adquisitivo (PPA) utilizado por el economista Angus Maddison, la economía de China ya es 18 por ciento más grande que la de EU, mientras el Fondo Monetario Internacional predice que para 2026 la economía china superará a la de EU en 35 por ciento. Situación que nunca alcanzó la ex Unión Soviética en la cúspide de su desarrollo (1975), cuando la economía estadunidense era más del doble del tamaño de la URSS.

En competencia pacífica, China se ha convertido en el mayor comerciante de mercancías del mundo y ha vencido en la guerra comercial iniciada por las administraciones Trump y Biden. Además, en 2021, según la paridad del poder adquisitivo, EU sólo representará 16 por ciento de la producción económica total del orbe; es decir, 84 por ciento de esa producción será creada por otros países. Por lo que ante la pérdida de su dominio económico, afirma Luo Siyi, EU utilizará medios militares y políticos para compensar esa debilidad. Recuerda, también, que el gasto militar de EU excede el de los siguientes nueve países combinados. Y excepto en armas nucleares, donde es superado en números de ojivas por Rusia, el Pentágono sigue siendo fuerte. Por lo que está tratando de trasladar el problema de su debilidad económica al campo militar, con graves riesgos para la humanidad.

Rusia es el único país que puede rivalizar con EU en armas nucleares. A su vez, la alianza estratégica entre China y Rusia es una importante fuerza disuasoria económica-militar para EU, que hace que tenga miedo de ir directamente a la guerra con China. Al provocar la guerra en Ucrania, EU está tratando de subvertir a Rusia para establecer un gobierno en el Kremlin que ya no defienda los intereses nacionales y sea hostil a China, con lo que la larga frontera entre ambos países se convertiría en una amenaza estratégica para Pekín. De allí que el desenlace de la guerra en Ucrania sea crucial para el mundo presumiblemente bipolar emergente.

Putin ha señalado que en el escenario bélico Rusia no tiene prisa. Su aviación controla el cielo de Ucrania y ante el agotamiento físico y sicológico de las unidades ucranias, condenadas a un desgaste lento, la ruptura de la resistencia probablemente esté cerca. De allí la enigmática frase del general Lloyd –Mr. Raytheon− Austin sobre "ganar" la guerra. La pregunta es: ¿cómo?

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 Kim Jong Un (C) con miembros del Gobierno observando la prueba de fuego de un arma guiada táctica de nuevo tipo desde una ubicación no revelada, lanzada el 17 de abril de 2022. — EFE/EPA/KCNA

El punto de inflexión ocurrió el 24 de marzo pasado, apenas un mes después de que Rusia invadiera Ucrania, cuando el régimen norcoreano realizó la primera prueba desde 2017 de un misil intercontinental.

 

La invasión de Ucrania y la amenaza del uso de armas nucleares por parte de Rusia si las cosas se le tuercen demasiado en esta guerra han dado alas a Corea del Norte para mostrar sus propios colmillos armamentísticos. Las nuevas pruebas de misiles norcoreanos susceptibles de portar cabezas nucleares coinciden además con la llegada al poder en Corea del Sur de un nuevo presidente que apuesta por una línea dura con su enemigo septentrional. La estrategia de Moscú en Ucrania, que contempla el uso de armas nucleares tácticas, de corto alcance, si Rusia ve amenazada "su existencia" tiene su réplica en Pyongyang, con la incógnita sobre la capacidad real norcoreana para utilizar ese tipo de armamento en una situación de presión similar.

Las dos Coreas se encuentran técnicamente en guerra desde 1953, cuando se firmó el armisticio que detuvo el conflicto desatado en 1950. Ese armisticio ha asegurado hasta ahora una paz precaria en torno a la frontera más militarizada del planeta, allí donde la Guerra Fría es una realidad que dura ya casi setenta años.

Este 7 de mayo, Corea del Norte lanzó un nuevo misil balístico desde un submarino. Era de corto alcance, pero mostró la capacidad de amenaza del régimen de Pyongyang, con quince cohetes de este tipo disparados en el Mar del Japón solo en lo que va de año. La prueba se produjo tres días antes de que asumiera el poder el nuevo presidente de Corea del Sur, Yoon Suk-yeol, en una clara advertencia a la retórica anticomunista que mostró este ex fiscal general surcoreano durante la campaña electoral.

Pero el punto de inflexión ocurrió el 24 de marzo pasado, apenas un mes después de que Rusia invadiera Ucrania, cuando el régimen norcoreano realizó la primera prueba desde 2017 de un misil intercontinental. Era un Hwasong-17, el misil de largo alcance más poderoso del arsenal norcoreano, capaz de transportar múltiples cabezas nucleares hasta territorio continental estadounidense. La tensión se disparaba en la península coreana a unos niveles que no se conocían desde hacía un lustro, cuando la posibilidad de un conflicto armado entre las dos Coreas encabezaba los planes de defensa regional de Estados Unidos y sus aliados de la cuenca del Pacífico.

Según informó la Agencia Central Coreana de Noticias, ese misil Hwasong-17 alcanzó una altitud máxima de 6.248,5 kilómetros, voló hasta una distancia de 1.090 kilómetros durante 68 minutos e impactó en el área prevista, en las aguas que separan la península coreana y Japón. Las autoridades niponas denunciaron que el misil cayó dentro de su zona económica exclusiva y a 150 kilómetros al oeste de la península de Oshima, en Hokkaido.

Este misil fue más potente, alcanzó una mayor altura y duró más tiempo en el aire que cualquier otro cohete probado por Corea del Norte desde que las negociaciones celebradas a lo largo de 2018 lograron bajar la tensión por entonces casi insoportable en la península. Esa alarma había llevado al entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a amenazar con desatar todo "el fuego y la furia" de su país sobre territorio norcoreano.

Fueron los buenos modos diplomáticos del presidente surcoreano en esa época, Moon Jae-in, los que solventaron esta situación y permitieron incluso a un encuentro entre Trump y el líder norcoreano, Kim Jong-un, en junio de 2018. Era la primera vez que se reunían mandatarios de ambos países desde que se instauró el estado norcoreano, en octubre de 1945. A esta cumbre le sucedió otra en 2019 entre ambos líderes en la Zona Desmilitarizada que separa ambas Coreas.

La diplomacia de Moon, quien a su vez se reunió tres veces con Kim Jong-un y llegó a ser aclamado con fervor en un estadio de Pyongyang, permitió mantener la calma durante los cinco años de su mandato. Pero ahora los tiempos han cambiado y los vientos de concordia parecen haberse disipado en la península coreana. Al dialogante Moon Jae-in le ha sucedido esta semana al frente de Corea del Sur el presidente Yoon, un político correoso y nada dispuesto a que le acusen de connivencia hacia uno de los regímenes con más violaciones de los derechos humanos del planeta, aunque la paz esté en juego. Yoon no ha dudado en calificar una y otra vez a Corea del Norte como "el enemigo" y ha antepuesto su desnuclearización como paso indispensable para avanzar hacia la paz. Algo que todos los actores implicados en la partida coreana saben que jamás ocurrirá.

Yoon asumió esta semana como jefe de Estado surcoreano y la respuesta de Corea del Norte han sido más pruebas de misiles ante la verborrea del nuevo presidente del Sur. Éste llegó a proponer en medio del acalorado debate electoral un golpe preventivo contra Corea del Norte, a fin de arrasar su arsenal de misiles y nuclear, en caso de que la inteligencia surcoreana y la estadounidense tuvieran sospechas fehacientes de unos supuestos preparativos de un ataque por parte del Norte.

Algunos de los nuevos misiles probados por el régimen de Kim Jong-un tienen una peculiar característica. Peculiar y muy peligrosa, dados los tiempos que corren. Pueden portar cabezas nucleares tácticas, es decir, de una potencia menor, equivalente a entre un kilotón y cincuenta kilotones de TNT (a veces de un centenar). Tales misiles están destinados a destruir unidades militares enteras en una guerra convencional, pero sin desatar una hecatombe atómica. El ejército norcoreano disponía hasta ahora de plataformas móviles desde las cuales se podrían disparar este tipo de armas nucleares tácticas. Pero los últimos ensayos con misiles disparados desde submarinos incrementan exponencialmente la efectividad y capacidad de destrucción de ese armamento. Hay que recordar que la bomba atómica que destruyó Hiroshima era equivalente a 16 kilotones de TNT.

A la amenaza de los misiles, se ha unido la información revelada por la inteligencia estadounidense de que Corea del Norte podría estar preparando para este mismo mes de mayo nuevos ensayos nucleares en el polígono de Punggye-ri. Serían los primeros desde septiembre de 2017, cuando tuvo lugar la sexta detonación norcoreana de un artefacto atómico. La primera se produjo en octubre del año 2006.

Pese a todo, el equilibrio de poder, por muy amenazadora que pueda parecer una Corea del Norte armada de ojivas atómicas y misiles capaces de golpear a sus principales enemigos, está mucho más afianzado en el Pacífico noroccidental que en el actual teatro bélico europeo. La clave de esa entente nada cordial, pero sí segura por el momento, es China. El régimen comunista de Pyongyang depende de Pekín para su supervivencia y no dará un solo paso hacia la guerra sin contar con su aquiescencia o al menos con la certeza de que China impedirá su destrucción total por parte de Estados Unidos.

Lo que no se contempla en este delicado equilibrio es un eventual incremento de la agresividad surcoreana, con palabras o actos, arrastrada por el convencimiento del presidente Yoon de que siempre tendrá el respaldo de Washington. Más aún en medio del abierto militarismo de su homólogo, Joe Biden, en Europa, con miles de millones de dólares en ayuda armamentística a sus aliados y a Ucrania.

El próximo 21 de mayo, Biden y Yoon se verán en Seúl. Quizá sea el momento adecuado para comprobar la orientación de la renovada alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur, ensombrecida por el riesgo de repetir la postura implacable de la Casa Blanca en Europa ante una superpotencia nuclear, pero esta vez en Asia y ante otra potencia atómica, Corea del Norte, tan arrogante y peligrosa como Rusia.

De momento, la lección que parece que ha aprendido Corea del Norte de la actual guerra en Europa es que si Ucrania hubiera conservado el armamento nuclear que tenía desplegado en su territorio en tiempos de la Unión Soviética, a los dirigentes rusos no se les habría pasado siquiera por la cabeza invadir a su vecino del sur el pasado 24 de febrero. El pensamiento norcoreano es simple: el desmantelamiento de los misiles atómicos ucranianos en el marco del desarme nuclear en Europa de los años noventa llevó a la actual guerra. Por ello, Corea del Norte nunca renunciará a su recién adquirido poder de disuasión nuclear y seguirá probando misiles capaces de llevar ojivas atómicas incluso hasta el mismo suelo patrio de su archienemigo Estados Unidos

 

14/05/2022 21:06

 

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En Moscú, el Ministerio de Defensa ruso llevó a cabo los ensayos preliminares del tradicional desfile militar del 9 de mayo, en el que se recuerda la victoria sobre la Alemania nazi en 1945.Foto Afp

Washington. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, cree que no puede darse el lujo de perder en Ucrania y está doblando su apuesta en la guerra, pero no muestra signos de planear el uso de armas nucleares tácticas, comentó ayer Bill Burns, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, siglas en inglés).

A pesar del fracaso de las fuerzas rusas en capturar Kiev y sus dificultades en los principales frentes en la región sureste del Donbás, el líder ruso persiste en su opinión de que sus tropas pueden derrotar a las de Ucrania, afirmó Burns, a pesar de derrotas clave en el campo de batalla, afirmó el jefe del espionaje estadunidense en una conferencia del diario Financial Times. Creo que tiene un estado de ánimo en el que no cree que pueda darse el lujo de perder.

De acuerdo con Burns, Putin está preocupado desde hace años por Ucrania, que fuera parte de la Unión Soviética, en una “combinación ‘inflamable’ de agravio, ambición e inseguridad”.

Apostó mucho por sus decisiones para lanzar esta invasión. Creo que en este momento está convencido de que redoblar su esfuerzo le permitirá progresar.

Burns, ex embajador de Estados Unidos en Rusia que estudió a Putin, afirmó que ni la CIA ni otras agencias de inteligencia occidentales ven señales de que Moscú esté preparado para desplegar armas nucleares tácticas para obtener una victoria en Ucrania o atacar a los partidarios de Kiev.

El Kremlin puso sus fuerzas nucleares en alerta máxima poco después de lanzar la ofensiva el 24 de febrero. Desde entonces, Putin ha hecho amenazas apenas veladas que insinúan su voluntad de desplegar arsenal nuclear táctico si Occidente interviene directamente en el conflicto de Ucrania.

No vemos, desde el punto de vista de la comunidad de inteligencia, evidencia práctica en este punto de la planificación rusa para el despliegue o incluso el uso potencial de armas nucleares tácticas, señaló el director.

Burns no ofreció ninguna evaluación de la situación actual en el campo de batalla, pero sostuvo que China, país al que Washington ahora ve como su principal adversario, estudia de cerca las lecciones de la guerra y lo que significa para sus planes de tomar el control de Taiwán.

El presidente chino, Xi Jinping, sigue pensando en incorporar Taiwán, por la fuerza si es necesario, afirmó Burns. Pero Pekín se ha sorprendido por el mal desempeño de las fuerzas militares rusas, así como por la dura resistencia de la sociedad ucrania y el fuerte apoyo que Occidente ha brindado a Kiev, añadió el número uno de la CIA. La experiencia rusa en Ucrania probablemente esté afectando el cálculo de China sobre cómo y cuándo intentará hacerse con la isla, que considera una provincia renegada.

El secretario de Estado estadunidense, Antony Blinken, acusó a Putin, de efectuar un ejercicio de manipulación histórica para justificar lo que describió como la brutal guerra que el mandatario ha emprendido contra Ucrania sin mediar provocación.

En un mensaje emitido con motivo del aniversario de la victoria aliada contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Blinken pidió a la comunidad internacional que “se resista ante aquellos que persiguen manipular la memoria histórica para alcanzar sus propias ambiciones. El presidente Putin intenta tergiversar la historia para intentar justificar su guerra brutal contra Ucrania, en la cual no medió provocación, señaló.

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Cuando la guerra ya no salva al sistema

Muchos datos apuntan que las grandes empresas del complejo militar-industrial están obteniendo jugosos beneficios desde el comienzo de la invasión rusa a Ucrania. Pero otros datos aseguran lo contrario; dicen que la crisis capitalista se está profundizando: la amenaza de recesión en Estados Unidos, el aumento de los precios en todo el mundo o las dificultades de China para mantener las cadenas globales de suministro, por poner algunos ejemplos.

Podemos acordar con William I. Robinson en que las guerras han ayudado al capitalismo a superar sus crisis y que desvían la atención sobre el deterioro de la legitimidad del sistema (https://bit.ly/3vDQjNV).

Su concepto de "acumulación militarizada", fusión de la acumulación privada con la militarización estatal, resulta útil para comprender los procesos en curso (https://bit.ly/3Fb5RMa). Considera la represión como necesaria para sostener la acumulación de capital en este periodo de crecientes protestas sociales.

Sin embargo, es probable que estemos ante la radicalización de las élites globales, que parecen dispuestas a provocar un genocidio masivo contra una parte de la población del planeta, si llegan a creer que sus intereses están en peligro. De hecho, la destrucción del planeta sigue avanzando, pese a las declaraciones y convenios que dicen defender el medio ambiente.

Cada vez que un modo de resolver situaciones entra en crisis, las élites ­escalan hacia otro modelo más destructivo aún. Como la guerra ya no alcanza para asegurar la acumulación indefinida de capital, se la emplea con otro objetivo: mantener a las clases dominantes en su lugar de privilegio cuando se agote el capitalismo.

Creo que las tesis de Robinson, interesantes de por sí, así como las de otros analistas, no toman en cuenta que no estamos ante situaciones similares a las dos guerras mundiales del siglo XX, o a la guerra fría, sino ante nuevas derivas sistémicas. En rigor, ya no debemos hablar de represión, ni de crisis, porque las mutaciones en curso desbordan dichos conceptos.

En primer lugar, porque nunca Occidente había sido desafiado por naciones no europeas, como China, que fue víctima del colonialismo y el racismo que aún perduran, y de qué modo, en las relaciones internacionales. Esto no quiere decir que las élites chinas sean menos opresoras que las occidentales. O bien que sean algún tipo de alternativa, ya que todas razonan del mismo modo.

No estamos sólo ante conflictos por la preeminencia dentro del capitalismo occidental, como fueron las guerras anteriores. Ahora el factor racial tiene un peso determinante y, por tanto, las élites occidentales no dudan –como hicieron en Irak y en Afganistán– en destruir naciones enteras, incluyendo a sus pueblos.

Las invasiones se miden con varas distintas según intereses geopolíticos y el color de piel de las víctimas. En el mismo momento en que el ejército ruso invade Ucrania, el de Turquía está invadiendo territorios kurdos en el norte de Siria, pero los grandes medios no le conceden la misma importancia (https://bit.ly/3P7PxAu).

En segundo lugar, no debemos pasar por alto la revolución mundial de 1968, ya que nos coloca ante realidades completamente diferentes: los pueblos se han organizado y están en movimiento. Este es el dato central, no tanto las crisis económica y política. Los pueblos, originarios, negros y mestizos en América Latina, los pueblos oprimidos del mundo, están colocando límites al capital que éste considera insostenibles. Por eso ataca con paramilitares y narcos.

La tercera es consecuencia de las dos primeras. Estamos ante algo que supera las crisis y resulta mucho más profundo: la descomposición del mundo que conocemos, crisis de la civilización moderna, occidental y capitalista, que es mucho más que la crisis del capitalismo entendido como mera economía.

A grandes rasgos, la situación creada en 1968 puede resolverse con la instalación de un nuevo sistema, menos desigual que el actual, o con la aniquilación de los pueblos. Creo que estamos ante una inédita amenaza porque las élites (de todo el mundo) sienten que los pueblos oprimidos amenazan sus intereses, como nunca lo habían sentido desde 1917.

Estamos en una transición hacia algo que desconocemos, que puede ser dramático, pero que tiene más la forma de descomposición que de tránsito ordenado. Como decía Immanuel Wallerstein: de las transiciones controladas nacieron nuevas opresiones. Por eso debemos perder el miedo al derrumbamiento del actual sistema que "puede ser anárquico, pero no necesariamente desastroso"*.

El problema es que no tenemos estrategias para afrontar este periodo. Con la notable excepción del zapatismo, tampoco hemos construido saberes y modos de hacer para resistir en sociedades militarizadas, en las cuales los de arriba le apuestan a la violencia genocida para seguir dominando. No es sencillo, pero deberíamos trabajar en ello o resignarnos a ser objeto de los poderosos.

* En "Marx y el subdesarrollo".

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Una nueva fase de la guerra en Ucrania

La guerra de Rusia en Ucrania ha entrado en su tercer mes. El hecho de que Putin no haya podido obtener una victoria rápida, y a la vez que Ucrania armada por la OTAN resista pero tampoco pueda derrotar la invasión rusa, ha dado lugar a un empantanamiento que tiende a profundizar el carácter internacional del conflicto y el consiguiente riesgo de escalada.

El ejército ruso se encuentra desplegando lo que el gobierno de Putin definió como la “segunda fase” de la “operación militar especial”. Recordemos que a pesar de las toneladas de bombas, miles de muertos –soldados rusos y ucranianos y sobre todo población civil, millones de refugiados y la destrucción millonaria de la infraestructura ucraniana, Putin sigue sin llamar a la guerra por su nombre. Muchos especulan que dará este paso el 9 de mayo, cuando presida la conmemoración de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi.

Pero la novedad más significativa no viene del campo de batalla en sentido estricto sino del salto en la intervención detrás del bando ucraniano de las potencias de la OTAN, en particular de Estados Unidos, que potencialmente puede redefinir el curso de la guerra.

Primero veamos el cuadro de situación.

El inicio de la segunda fase de la ofensiva rusa, a fines de marzo, implicó grosso modo la adopción por parte de Rusia de una estrategia más modesta. Pasó de la fallida guerra relámpago con blanco en las grandes ciudades para lograr la caída rápida del gobierno de Zelenski, a reconcentrarse en la región del Donbas y, eventualmente desde ahí, proyectar el control ruso hacia el este y el sur de Ucrania. Que el teatro de operaciones esté centrado en el Donbas no significa que Rusia haya renunciado a bombardear esporádicamente las ciudades ucranianas de las que se retiró. Sin ir más lejos, en plena visita a Kiev de Antonio Guterres, el titular de Naciones Unidas, Rusia lanzó una salva de misiles sobre la capital ucraniana, lo que no puede ser leído más que como un estruendoso mensaje político destinado a las potencias occidentales.

La estrategia del Kremlin es cauta en la forma, dado las vulnerabilidades expuestas en la primera fase de la guerra y el agotamiento militar y también económico por efecto de las sanciones que ya se empieza a percibir. Pero sigue siendo ofensiva en el contenido, lo que implica que el gobierno de Putin espera seguir mejorando su posición para cuando llegue el momento de negociar, si es que alguna vez llega. Primero porque las negociaciones formales están suspendidas desde el último intento fracasado en Turquía –aunque continúan abiertos canales alternativos– y segundo porque no necesariamente la guerra concluya con algún acuerdo diplomático.

Los mapas de la guerra muestran que, aunque lentamente y con dificultades, el avance ruso sigue su curso. Finalmente después de casi dos meses de sitio, el ejército se hizo del control de la ciudad portuaria de Mariupol a excepción de la acería Azovstal, en cuyos túneles han quedado atrapados un número indeterminado de miembros del regimiento de Azov (el renombrado “batallón de Azov” integrado por las milicias de extrema derecha de Ucrania) y también civiles refugiados.

Según el cálculo de los generales rusos, el asalto a la acería hubiera significado una batalla sangrienta con muchas bajas propias, por lo que simplemente optaron por bombardear desde el aire, sellar el lugar y esperar a que los que resisten se queden sin municiones y sin alimentos. Por lo que el fin del sitio es cuestión de tiempo.

Hasta el momento es la posición de mayor valor estratégico conquistada por el ejército ruso en Ucrania, no por la ciudad en sí, que fue reducida a escombros (un “campo de concentración en ruinas” según la acertada descripción del presidente ucraniano Volodimir Zelenski) sino porque con Mariupol Ucrania ha perdido la salida al Mar de Azov y Rusia ha ganado un puente terrestre que une la península de Crimea con las repúblicas de Donetsk y Lugansk. Además obviamente del espectáculo obsceno de “tierra arrasada” que sirve como ejemplo para desalentar otras resistencias.

Desde el punto de vista militar, la caída de Mariupol ha liberado una cantidad de tropas rusas que están siendo relocalizadas en el este, donde Rusia aún no ha podido garantizar el control de Donetsk.

A partir de estos hechos se abren distintos escenarios. Según las estimaciones más conservadoras, Putin podría presentar control de la región del Donbas –y el corredor que la une con Crimea– como un triunfo de su “operación especial” para “desnazificar a Ucrania”, aunque eso en sí mismo no signifique el fin de la guerra que puede continuar bajo otras formas, como operaciones de contrainsurgencia.

Pero hay otra hipótesis, más audaz, de que Putin anuncie una escalada, ampliando los objetivos territoriales hacia Transnistria, una pequeña región separatista de Moldavia, lo que llevaría la ofensiva rusa hacia el oeste, al límite con Rumania, es decir, a las puertas mismas de la Unión Europea.

Si bien las reiteradas referencias del mando ruso a Moldavia alimentan las especulaciones de un escalada ofensiva, este parece ser un objetivo dudoso de alcanzar no solo porque Rusia aún no ha estabilizado el control de las zonas que ya ocupa y donde enfrenta la resistencia ucraniana, sino porque entre otras cosas, tendría que conquistar la ciudad portuaria de Odesa, lo que podría exponer a Rusia a una sobreextensión militar insostenible. Aunque no hay cifras certeras ni método independiente para corroborar las informaciones, que son utilizadas como parte del arsenal de guerra tanto por “occidente” como por el régimen ruso, algunas agencias militares estiman que el ejército ruso ha perdido en las primeras ocho semanas de la guerra un 25% de su capacidad operativa.

Fue el ex secretario de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, quien en una entrevista admitió que las potencias occidentales habían cometido un doble error “subestimar las ambiciones de Vladimir Putin” y al mismo tiempo “sobreestimar la fortaleza militar de Rusia”.

Probablemente, la exposición de las debilidades estratégicas del ejército ruso –y la resistencia ucraniana mayor de lo esperado– hayan influido en la percepción de las potencias imperialistas, en particular de Estados Unidos, que terminó descubriendo en la invasión rusa a Ucrania una oportunidad estratégica. Ese cambio de percepción explicaría en parte la escalada de las potencias occidentales.

Este giro fue anunciado políticamente por Biden en Polonia a fines de marzo donde dio a entender que la estrategia de Estados Unidos era el “cambio de régimen” en Rusia. Y se transformó en política oficial con la visita de Antony Blinken y Lloyd Austin –secretario de Estado y de Defensa respectivamente– a Kiev donde luego de reunirse con el presidente Zelenski, blanquearon un secreto a voces: que el verdadero motor del imperialismo norteamericano no es la “soberanía de Ucrania” sino “debilitar a Rusia en el largo plazo”. En una entrevista con CBS News, Ben Hodges el ex comandante del ejército norteamericano en Europa dio un textual aún más explícito. No solo dijo “queremos ganar” sino que explicó que eso significaba “quebrar la capacidad de Rusia para proyector poder por fuera de Rusia”.

El gobierno de Joe Biden sigue manteniendo sus “líneas rojas” de no entrar de manera directa en un conflicto militar (¿nuclear?) con Rusia –léase no poner “botas en el terreno” ni entrar en combate por ejemplo imponiendo una zona de exclusión aérea sobre Ucrania–. Pero con este límite ha escalado la intervención y los objetivos de Estados Unidos y la OTAN, que actúan abiertamente como el comando político-militar del bando ucraniano detrás de Zelenski.

Este “comando” tomó estatus organizativo con el establecimiento del llamado “grupo de contacto para Ucrania” que tuvo su primer reunión en la base aérea de Ramstein-Miesenbach, la principal base norteamericana en Alemania, presidido por el jefe del Pentágono Lloyd Austin. Este consejo de guerra está integrado por 43 países –los miembros de la OTAN pero también países “amigos” de Estados Unidos como Japón, Israel y Qatar– y se reunirá mensualmente para evaluar las necesidades militares de Ucrania para “ganar” la guerra.

Entre las principales resoluciones está el incremento de la transferencia de armamento y municiones y también de entrenamiento a Ucrania por parte de las potencias occidentales. Es un salto porque de ahora en más la OTAN proveerá al ejército ucraniano de armas pesadas ofensivas. Este arsenal incluye tanques antiaéreos Gepard de Alemania y cañones Howitzer de Estados Unidos y Canadá.

Acorde con esta orientación más ofensiva, el presidente Biden solicitó al congreso la aprobación de un monto de 33.000 millones de dólares adicionales destinados a la asistencia militar y económica de Ucrania. Una multiplicación casi por 10 de los 3500 millones que el imperialismo norteamericano lleva invertidos en los dos meses de la guerra de Ucrania. Un indicador de que Estados Unidos se prepara para un conflicto prolongado.

El canciller ruso, Sergey Lavrov, acusó a Washington y la OTAN de haber entrado en una “guerra subsidiaria” en Ucrania (la traducción imperfecta de una “proxy war”, típica de la Guerra Fría) y agitó el fantasma de una tercera guerra mundial que podría transformarse en nuclear. Lo mismo hizo elípticamente Putin. Es cierto que rápidamente se retractó y aclaró que Rusia no está en guerra con la OTAN, sobre todo después de que China, el principal aliado de Rusia, se haya desligado de la amenaza de una nueva guerra mundial. Pero en sí mismo es un indicador del curso peligroso que pueden tomar los acontecimientos si la política de Estados Unidos deja a Putin ante la elección de rendirse o escalar la guerra más allá de Ucrania.

Por esto, el “ala realista” conservadora de la política exterior norteamericana insiste en que, ante la posibilidad de una escalada peligrosa, lo que más se ajusta al interés nacional imperialista es abrir una negociación con Putin para poner fin al conflicto. Richard Haass, uno de sus principales voceros que fue funcionario de los gobiernos de Bush, plantea en una nota reciente en la revista Foreign Affairs que Estados Unidos debe salir de la discusión táctica (cantidad y calidad del armamento enviado a Ucrania) y definir su estrategia antes de que sea demasiado tarde. Para eso aconseja seguir las lecciones de la guerra fría: evitar un enfrentamiento militar directo con Rusia y aceptar resultados limitados. En síntesis que sería un error definir, como reclaman los halcones, que el “cambio de régimen en Moscú es condición para detener la guerra”.

En lo inmediato el gobierno de Biden está capitalizando la guerra de Ucrania para avanzar en recomponer la hegemonía norteamericana. Apunta contra Rusia para debilitar a China que hoy está en una alianza incómoda con Putin y anuncia un “nuevo orden mundial” bajo liderazgo de Estados Unidos. Pero lejos de una reedición de la “globalización neoliberal”, estratégicamente se ha abierto un período de grandes convulsiones económicas, políticas, sociales y militares del que la guerra en Ucrania es solo un síntoma.

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El misil balístico intercontinental de propulsión nuclear Satan-2. — Ministerio de Defensa ruso / Reuters

La tensión entre Occidente y Rusia aumenta las amenazas del eventual uso por parte de Moscú de armas nucleares para conseguir sus objetivos en la invasión del país vecino. Pero, ¿son creíbles las advertencias rusas sobre un conflicto nuclear en Europa? ¿O quizá forma parte de la retórica de Moscú para detener el imparable apoyo exterior a Ucrania?

 

La ofensiva rusa en el este de Ucrania se ha acelerado en esta última semana, cuando se han cumplido ya dos meses desde el comienzo de la invasión y se acerca la fecha simbólica del 9 de mayo. Esa jornada, Rusia celebra el Día de la Victoria sobre el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial y en Moscú se apuntaba como un posible hito en la guerra contra Ucrania, con algún importante anuncio triunfal por parte del presidente Vladímir Putin en la Plaza Roja. Sin embargo, y aunque el avance ruso continúa en la zona del Donbás y el sur ucraniano, los miles de millones de dólares añadidos por Estados Unidos a la ayuda militar a Ucrania y el anuncio del envío de carros de combate con capacidad antiaérea y de artillería pesada por Alemania y otros países auguran una guerra aún larga y un mayor desgaste que quizá sea imposible de asumir por el ejército ruso.

Esta semana, Rusia realizó con éxito la prueba de un misil balístico RS-28 Sarmat, también conocido en la terminología de la OTAN como Satán 2. El misil fue disparado desde el cosmódromo de Plesetsk, a orillas del Mar Blanco, e impactó en un blanco del polígono militar de Kura, en Kamchatka, este de Rusia y a más de 6.000 kilómetros. Este misil intercontinental, capaz de portar hasta quince ojivas nucleares, fue presentado por Putin hace cuatro años como una de las armas más poderosas del arsenal ruso, capaz de destruir un objetivo en cualquier punto del planeta.

Si bien la prueba con éxito del Satán 2 sube muchos grados la tensión en un mundo en el que los acuerdos regulares de contención atómica parecen solo un mito del pasado, la amenaza principal en estos momentos reside en las armas nucleares tácticas, cuyo uso no había pesado de forma realista en los planes estratégicos de las grandes potencias desde la caída de la Unión Soviética en 1991. Rusia podría disponer de dos mil armas de este tipo, que tienen un alcance mucho menor y pueden ser utilizadas para eliminar bastiones concretos de resistencia, columnas de tanques y unidades estacionadas del ejército enemigo. También pueden aniquilar áreas de poblaciones y los puestos de mando y decisión del contrincante. Una de estas armas tácticas podría, en este sentido, descabezar el Gobierno ucraniano y dar un giro inesperado a la guerra en cuestión de horas.

La primera alarma nuclear en torno al conflicto armado de Ucrania la dio Putin el pasado 27 de febrero, apenas tres días después de comenzar la invasión. El jefe de Estado ordenó poner "las fuerzas de contención del Ejército ruso en un modo especial de servicio de combate". Ese contingente incluye precisamente las armas nucleares rusas. Dos meses después de comenzar la contienda fue de nuevo tajante: "Si alguien, quiero subrayarlo, pretende interferir en los acontecimientos en marcha y crear amenazas estratégicas inadmisibles para Rusia, responderemos con ataques relámpago y demoledores".

La amenaza de utilizar armas atómicas por parte de Rusia ha sido tomada como una muestra de vana retórica por el Gobierno ucraniano, como dijo el ministro de Asuntos Exteriores Dmitro Kuleba, para quien las afirmaciones realizadas por Putin y otros miembros de la cúpula de poder rusas son solo una baladronada y una muestra de que "Moscú siente la derrota en Ucrania".

Pero después de que el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, insistiera también esta semana en que el peligro de una guerra nuclear "es serio y real", una pregunta más concreta sobrevuela los centros de decisión en Washington, Londres y Bruselas aunque sea de momento una hipótesis poco creíble: ¿Cuál debería ser la respuesta occidental ante un ataque nuclear táctico ruso en Ucrania? ¿Llevaría inmediatamente a una escalada nuclear irremediable o hay previstas otras formas de contención ante un desarrollo bélico de esas características?

Las armas nucleares tácticas figuraron en los manuales de combate básicos tanto de la OTAN como del Pacto de Varsovia durante toda la Guerra Fría como parte de los planes de avance rápido en territorio enemigo y descartando el uso de bombas atómicas estratégicas, de mayor capacidad de destrucción. Las armas nucleares tácticas tienen una fuerza destructiva que oscila entre el kilotón y los 50 kilotones (aunque hay alguna de hasta cien kilotones). La bomba que destruyó Hiroshima estaba en torno a los quince kilotones.

No hay una hoja de ruta clara que marque el rumbo a seguir si una de las partes enfrentadas utiliza una cabeza nuclear táctica en un teatro de operaciones específico, especialmente porque en estos momentos no hay un solo comando único en Europa que pueda tomar esa decisión. En tiempos de la Guerra Fría, el llamado "balance de terror" que garantizaba la paz consideraba como un tema a evitar el del uso de las bombas atómicas, pues el resultado parecía evidente: la "total destrucción mutua asegurada", otro de los conceptos de la época.

La guerra de Ucrania parece haber acabado con estas consideraciones. Hay dos líderes, Putin y el presidente estadounidense Joe Biden, el principal aliado de Ucrania, que han manifestado en diversas ocasiones desde que empezó el conflicto su intención de ver al enemigo arrodillado y desarmado. El panorama es muy preocupante en este sentido, pues la retórica de guerra ha superado en algunos casos aquella vertida en los trece días de la Crisis de los misiles soviéticos llevados a Cuba, que, en 1962, puso al mundo al borde de la hecatombe nuclear.

No solo es Rusia la que tiene en sus documentos sobre disuasión nuclear, el último de 2020, la previsión de utilizar armas atómicas en caso de que se ponga en juego su "supervivencia". El propio Biden ha firmado un memorándum que contempla el uso de armas atómicas por Estados Unidos en respuesta a un ataque nuclear o químico. ¿Qué sucedería, por ejemplo, si Rusia atacara un blanco militar en Ucrania, por ejemplo, la siderúrgica de Azovstal, en Mariúpol, donde aún resisten cientos o quizá miles de soldados ucranianos y que impide el control efectivo ruso de esa ciudad del Mar Negro? Ucrania no pertenece a la OTAN y el artículo 5 no podría ser invocado. ¿Pero cuál sería la reacción de Washington y Bruselas, que han prometido hasta la saciedad llevar hasta el final la defensa de Ucrania en el marco de una guerra convencional?

¿Y en qué condiciones estaría Putin dispuesto a utilizar un arma que seguramente le daría una superioridad demoledora sobre el ejército ucraniano? No parece estar en juego la supervivencia de Rusia, pero ¿emplearía Putin esas armas para garantizar su propia supervivencia política? Y una pregunta clave e independiente de la respuesta que pudieran dar Estados Unidos y la OTAN a la detonación de una de estas ojivas nucleares: ¿Cuál sería la reacción de China? Este es uno de los mayores riesgos que podría tener Moscú a la hora de emplear un arma nuclear del tipo que sea. Parece poco probable que Pekín siguiera respaldando a Moscú, aunque fuera indirectamente. El ejemplo del uso de un arma de este tipo pondría a China en un compromiso inasumible. La tensa rivalidad entre sus vecinos India y Pakistán, y las propias diferencias chinas con Nueva Delhi, con la posibilidad de que pudiera ser detonado uno de estos artefactos en las fronteras del Himalaya, hacen poco probable una aquiescencia de China con semejante decisión por parte de Moscú en Ucrania y posiblemente llevarían a una ruptura clara con sus socios rusos.

Serguéi Karagánov, quien fuera asesor de Putin y del presidente Borís Yeltsin, señaló en una reciente entrevista al diario digital indio The Statesman que, para la élite rusa, la guerra de Ucrania es "una guerra existencial" y, por eso, "Putin no puede permitirse una derrota". Karagánov, presidente honorario del Consejo para la Política Exterior y de Defensa, uno de los principales centros de análisis rusos, dijo que, si se observa la historia de la estrategia nuclear estadounidense, parece poco probable que Washington defendiera Europa, y menos aún Ucrania, con armas atómicas. Sin embargo, precisó, en este conflicto "existe la posibilidad de una escalada militar y ese es un escenario abismal. Confío en que se pueda alcanzar algún tipo de acuerdo de paz entre nosotros y los Estados Unidos, y entre nosotros y Ucrania, antes de que se avance más en esa peligrosa dirección".

29/04/2022 23:21

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La zona de impacto de uno de los dos misiles lanzados contra edificios en Kiev, donde se reunieron el presidente Volodymir Zelensky y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.Foto Ap

La iniciativa del demócrata de asistencia financiera a Ucrania no incluye un plan de paz

Nueva York. El presidente estadunidense, Joe Biden, solicitó este jueves al Congreso 33 mil millones de dólares en asistencia a Ucrania, en lo que representa la propuesta más grande de este país desde la invasión por Rusia, enviando un mensaje de que Washington apuesta a un conflicto de largo plazo, que se está convirtiendo cada vez más en una guerra estadunidense, por ahora indirecta, contra Rusia, nutriendo preocupaciones sobre una posible ampliación del conflicto a otras regiones, y provocando alarmas sobre el uso de armas nucleares.

Al iniciar la novena semana del conflicto, la propuesta incluye 20.4 mil millones en asistencia militar, con miles de millones más en ayuda económica y "humanitaria". Biden instó al Congreso a aprobar el paquete lo antes posible e indicó que representa un esfuerzo de largo plazo para defender y apoyar a Ucrania. "El costo de esta lucha no es barato, pero doblarse ante la agresión será más costoso si permitimos que ocurra. O apoyamos al pueblo ucranio en la defensa de su país, o nos quedamos a un lado mientras los rusos continúan con sus atrocidades y agresión en esa nación", declaró en la Casa Blanca al anunciar su propuesta.

"Lo necesario para los próximos 5 meses"

La propuesta de 30 mil millones de dólares es adicional a los casi 14 mil millones de dólares en financiamiento de "emergencia" para Ucrania aprobados el mes pasado, y un alto funcionario explicó a los medios que esta nueva solicitud es "lo que creemos necesario para el éxito de Ucrania a lo largo de los próximos cinco meses de esta guerra".

Según la Casa Blanca, la asistencia militar incluye artillería, vehículos blindados y armas antiaéreas como asistencia para que el gobierno ucranio pueda abordar "amenazas relacionadas a materiales químicos, biológicos, radiológicos y nucleares". También apoyará mayor despliegue de tropas y equipo militar estadunidenses en lo que llama "territorio de OTAN" (Organización del Tratado del Atlántico Norte).

El gobierno de Biden también está promoviendo nuevas medidas para usar los recursos de bienes confiscados a los "oligarcas" rusos para "remediar el daño causado en Ucrania".

Algunos observadores expresan preocupación de que el objetivo de Estados Unidos ya no es sólo apoyar la "defensa" de Ucrania, sino debilitar militar y económicamente a Rusia. Aunque Biden reiteró este jueves la línea oficial de que "no estamos atacando a Rusia, estamos ayudando a que Ucrania se defienda contra la agresión rusa", sus altos funcionarios han indicado otra cosa.

El lunes, su secretario de Defensa, Lloyd Austin, declaró que "queremos ver a los rusos debilitados a tal punto que ya no puedan hacer las cosas que han hecho al invadir Ucrania". El secretario de Estado, Antony Blinken, y otros altos funcionarios han repetido la frase sobre como la guerra está "debilitando" a Rusia.

"A juzgar por sus declaraciones más recientes, el gobierno de Biden está cada vez más comprometido en usar el conflicto en Ucrania para librar una guerra de terceros contra Rusia, con la meta de hasta destruir el Estado ruso", escribe el analista Anatol Lieven en Responsible Statecraft del Instituto Quincy. “Eso implicaría que Estados Unidos está adoptando una estrategia que todo presidente estadunidense durante la guerra fría se esforzó para evitar: patrocinar una guerra en Europa, llevando consigo el riesgo grave de una escalada hacia una confrontación militar directa entre Rusia y la OTAN, posiblemente acabando con una catástrofe nuclear”.

Por cierto, lo más notable por su ausencia, en las iniciativas y mensajes oficiales de Washington, son propuestas para negociar un cese el fuego y proceder a la negociación de algún acuerdo de paz, algo que nutre la especulación entre algunos críticos de que Washington no está interesado en el corto plazo en el fin de esta confontación bélica.

¿Conflagración atómica?

Biden respondió a preguntas sobre posibles reacciones de Rusia a sus propuestas, que "estamos preparados para todo lo que hagan". En ese sentido, expresó que las amenazas rusas de emplear armas nucleares "me preocupan porque demuestran la desesperación que está sintiendo Rusia sobre su fracaso abyecto en hacer lo que deseaban".

El espectro de las armas nucleares en un conflicto entre Estados Unidos y Rusia ahora se ha escapado del clóset de la nostalgia de la guerra fría para retornar una vez más en esta coyuntura, y aunque muchos políticos y estrategas militares estadunidenses públicamente insisten que es poco probable, algunos medios reportan que, en privado, los funcionarios están elaborando planes de contingencia de cómo responder a amenazas rusas. "Nadie quiere ver que esta guerra se intensifique más ni que llegue al ámbito nuclear", comentó el miércoles John Kirby, el vocero del Pentágono.

El director de la Agencia Central de Inteligencia estadunidense (CIA), William Burns, advirtió hace unos días que "dada la desespe-ración potencial" del presidente ruso, Vladimir Putin, y su gobierno "ante el retroceso militar que han enfrentado hasta ahora, ninguno de nosotros puede tomar a la ligera la amenaza presentada de que ellos recurran a armas nucleares tácticas o armas nucleares de bajo nivel".

No mencionó que Estados Unidos y Rusia tienen la capacidad nuclear para destruir la vida humana del planeta.

La línea oficial de Washington sobre Ucrania –la cual, a diferencia de otros temas, cuenta con un consenso bipartidista– de que Estados Unidos está defendiendo a Ucrania ante una "agresión no provocada" de Moscú que viola el derecho internacional y probablemente sea un "crimen de guerra" sigue permeando en los medios y en los cir-cuitos políticos y académicos que participan en el gran debate sobre el conflicto y sus implicaciones para el llamado "orden mundial".

El estilo de la propaganda

Con ello se demuestra que aún funciona lo que Noam Chomsky hace décadas bautizó como la "manufactura de consenso". Esta semana, el ilustre analista disidente señaló que "la invasión de Ucrania por Putin fue provocada de forma clara mientras la invasión de Irak por Estados Unidos fue no provocada. Eso es lo opuesto de lo que se comenta y se reporta [en Estados Unidos]. Pero es exactamente la norma de la propaganda de tiempos de guerra".

Mientras tanto, los incrementos en gasto militar a nivel mundial en 2021 superaron por primera vez en la historia 2 billones de dólares, re portó el Instituto Internacional de Investigaciones de la Paz de Estocolmo y más de 38 por ciento de ese total es de Estados Unidos (https://sipri.org/media/press-release/2022/world-military-expenditure-passes-2-trillion-first-time). El año 2022 promete ser todavía más prospero para ese sector.

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Miembros del Ejército estadounidense en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai, Kabul, Afganistán. Foto: Reuters.

Las tropas estadounidenses dejaron abandonados en Afganistán equipos militares valorados en 7 120 millones de dólares, de acuerdo con un informe del Departamento de Defensa de EE.UU. elaborado a instancias del Congreso y con fecha de marzo de 2022 al que accedió CNN,

En el documento se indica que ese armamento está ahora en manos de los talibanes y que el Pentágono no volverá al país asiático para recuperarlo o destruirlo.

Entre 2005 y 2021 fue enviado a Afganistán armamento valorado en 18 600 millones de dólares.

Aviones, municiones aire-tierra, vehículos militares, armas, equipos de comunicaciones y otros materiales bélicos, componen ese arsenal que fue abandonado luego de la retirada de las tropas estadounidenses.

En Afganistán quedaron 9 524 municiones aire-tierra con un valor de 6.54 millones de dólares, aunque el informe detalla que la mayoría no son precisas.

El ejército de EE.UU. dejó, además, 78 aviones en el aeropuerto internacional de Kabul, valorados en 923.3 millones de dólares, que fueron desmilitarizados y dejados inactivos antes de la retirada, así como más de 40 000 vehículos militares, incluidos 12 000 Humvee.

La mayoría de los equipos de comunicaciones -en total suman alrededor de 42 000- son de visión nocturna, de vigilancia, biométricos y de posicionamiento; e incluyen sistemas de radio comerciales y militares, transmisores y dispositivos de encriptación.

En ese país dejaron también 17 500 piezas de detección de explosivos, "contramedidas electrónicas" y equipos de protección personal, entre otros dispositivos.

El informe mostró que cinco helicópteros Mi-17 que habían estado en Afganistán fueron transferidos oficialmente a Ucrania este año.

Entre otros equipos transferidos a Kiev, que Estados Unidos había comprado para utilizar en Afganistán, pero no había enviado, figuraban 37 000 proyectiles de obús, más de 15 millones de rondas de municiones para rifles, alrededor de 99 000 cartuchos de granadas y unos 119 000 cartuchos de mortero de 82 mm.

28 abril 2022

(Con información de RT en Español)

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Alemania da otro salto armamentista y anuncia el envío de tanques a Ucrania

 “Hemos decidido que Alemania va a enviar tanques antiaéreos ‘Gepard’ a Ucrania”, según declaraciones de la ministra de Defensa Christine Lambrecht en la apertura de una reunión con sus homólogos occidentales en la base estadounidense de Ramstein (oeste de Alemania).

 

Estados Unidos ha reunido a los ministros de Defensa de más de cuarenta aliados en la base estadounidense de Ramstein (Alemania) para alinear el envío de armamento a Ucrania. En la reunión no sólo participaron miembros de la OTAN, Ucrania y los candidatos a ingresar (Suecia y Finlandia), sino también países no europeos: entre otros, Japón, Australia, Corea del Sur, Israel, Qatar, Kenia. Una muestra más de como Estados Unidos están buscando agrupar fuerzas incluso más allá de “Occidente” en su puja con Rusia, que tiene el objetivo estratégico de debilitar el eje de Moscú con Pekín, con China en la mira como hemos explicado en otro articulo.

Frente al desarrollo de la segunda fase de la guerra, instaron fuertemente a sus aliados a enviar más y mejor armamento. «No tenemos tiempo que perder», declaró el secretario de defensa norteamericano, Lloyd Austin, pues "las próximas semanas serán cruciales para Ucrania", ya que Rusia intenta hacerse con el control total del sur de Ucrania y de la región de Donbass. Es probable que detrás de estas palabras el objetivo real sea impedir que Putin prive a los ucranianos del acceso al Mar Negro, aunque como se ve desde el comienzo de la guerra la táctica norteamericana se va adaptando a la situación del terreno. De ahí su mayor tono triunfalista y ofensivo frente a las dificultades de la invasión rusa. En palabras de Austin: “Ucrania cree claramente que puede ganar, al igual que todos los presentes. Vamos a seguir moviendo cielo y tierra para poder satisfacerlos”. Y ofreciendo para este fin unos 400 millones de dólares con el propósito de reemplazar las armas que los distintos países envían a Kiev.

La presión norteamericana y de los aliados más guerreristas es tal que incluso Alemania ha tenido que adaptarse. En un nuevo giro, antes del comienzo de la reunión, el gobierno alemán anuncio el envío de sistemas antiaéreos blindados, unos cuarenta Gepard que serán reacondicionados por la industria armamentista alemana y el futuro entrenamiento de soldados ucranianos en Alemania. Hasta entonces, el canciller Olaf Scholz se oponía a suministrar directamente vehículos blindados o piezas de artillería, además de los lanzacohetes y misiles antiaéreos ya suministrados. El canciller justificaba su negativa por el deseo de proteger a sus compatriotas de un ataque atómico ruso. Sin embargo, la actitud en relación a la entrega de armamentos de potencias nucleares (Estados Unidos, Gran Bretaña) hasta los socios más pequeños en términos militares (República Checa, Polonia u Holanda), que no albergan este temor, ha dejado a Scholz a la defensiva. En el plano interno el retroceso del canciller socialdemócrata es una pequeña victoria de los conservadores del CDU/CSU. Con la amenaza de la presentación de una resolución a favor del suministro de armas pesadas prevista para el jueves en el Bundestag, los conservadores han obligado a Olaf Scholz a un nuevo giro. Con los Verdes y los Liberales presionando por las demandas de Kiev, el jefe de gobierno se habría enfrentado a un virtual voto de confianza.

Como hemos escrito, a pesar de las vacilaciones, fuertes contradicciones y enormes costos, el gobierno alemán ha decidido su camino guerrerista dentro del esquema global diseñando por los Estados Unidos. Tendencia militarista que solo puede profundizarse como anuncia el hecho que la reunión de hoy será la primera de muchas, según el jefe del Pentágono. Esté anunció que Washington y sus aliados se reunirán a partir de ahora cada mes. Con un objetivo claro: organizar la acción de "las naciones de buena voluntad para intensificar [los esfuerzos], coordinar [la asistencia] y centrarse en ganar la lucha actual y la que está por venir", según palabras de Austin.

Martes 26 de abril

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