Los ricos se reúnen en Davos. “Beneficiarse del sufrimiento”: el brutal informe sobre el crecimiento de la desigualdad

Así se llama el informe de la Fundación Oxfam presentado este lunes, horas antes del Foro de Davos. Refleja con datos incuestionables cómo creció la riqueza en medio de la pandemia y la crisis alimentaria creciente. Antes del evento, el FMI adelantó que se vienen “más calamidades”. En los 4 días que durará, 60 mil personas morirán por falta de acceso a la salud.

 

El Foro Económico Mundial volverá a reunirse este lunes de forma presencial después de dos años. Como siempre será en Davos, Suiza. El evento reunirá a más de 2.000 líderes políticos, empresariales y distintas organizaciones de un mundo dominado por la pandemia del coronavirus y los efectos de la guerra en Ucrania.

Entre sus principales oradores estarán el canciller de Alemania, Olaf Scholz, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva. Fue ella la que, hace algunas horas, publicó un documento con definiciones preocupantes. "La economía global enfrenta quizás su mayor prueba desde la Segunda Guerra Mundial. Nos enfrentamos a una confluencia potencial de calamidades" dice.

La preocupación es cierta. La crisis internacional se profundiza con la guerra, los problemas energéticos, la inflación y otros problemas que arrastra la economía mundial. Pero los rostros de los líderes compartirán las muecas de preocupación con algunas sonrisas. Las calamidades son más tempano que tarde descargadas sobre los pueblos del mundo. Peor aún: para los capitalistas se transforman en oportunidades para hacer negocios.

Así lo confirma un informe de la ONG Oxfman publicado, justamente, en los inicios del Foro. El título resume los brutales datos que acumula la investigación: “Beneficiarse del sufrimiento”.

Allí desnuda, con datos incontrastables, cómo crece la pobreza extrema en el mundo, al mismo ritmo que la riqueza extrema. Si uno toma como parámetro la duración del Foro de Davos, 4 días, en ese tiempo las fortunas de los empresarios de la energía y de la alimentación aumentarán en dos mil millones de dólares. Si lo vemos del otro lado, 3 millones de personas caerán en la pobreza extrema. Morirán 60 mil personas por falta de acceso a los sistema de salud.

Todo eso pasará en solo 96 horas. Mientras los líderes proyectan sus power point sobre calamidades y precios de alimentos y energía. Mientras comen manjares reunidos en edificios luminosos y climatizados. “Qué bárbaro el aumento del trigo y el gas” dirán en 100 idiomas.

El informe de Oxfam retoma algo que se conoce: la pandemia significó una crisis sanitaria, social y económica, pero en ella se potenciaron las desigualdades entre las clases. El informe brinda nuevos datos que no dan otra cosa que bronca. Después de la pandemia:

  • · Solo 10 personas poseen más que el 40% de la población global
  • · Los multimillonarios se enriquecieron en los últimos 2 años lo que antes les había llevado 23 años
  • · Los multimillonarios de la alimentación y la energía son 453.000 millones de dólares más ricos que hace dos años
  • · 263 millones de personas cayeron en la "pobreza extrema" en 2022
  • · Surgieron 62 nuevos milmillonarios en la industria alimentaria
  • · Esas ganancias y concentración están contribuyendo a la subida de los precios; se estima que en EEUU han influido en un 60 % al aumento de la inflación

Para tener otra imagen concreta, Oxfam lo resume así: “una persona perteneciente a la mitad más pobre de la población mundial tardaría 112 años en ganar lo que alguien del 1 % más rico en un año”.

La pandemia es el capitalismo

Las crecientes fortunas no contradicen la preocupación de algunos de los líderes que estarán en Davos. Y de los que no estarán también. The Economist, uno de los diarios más conservadores e influyentes del mundo sacó estos días una editorial titulada: “La catástrofe alimentaria que se avecina”. Y agrega que “la guerra está inclinando a un mundo frágil hacia el hambre masiva”. Sin dejar de responsabilizar a Putin de toda la situación, olvidando el rol de la Otan en el conflicto, insiste en que “alimentar a un mundo frágil es asunto de todos”. Es que, con olfato de clase, sabe que todo puede convertirse en un combo explosivo. Las disputas comerciales pueden traer más tensiones geopolíticas, pero además desesperación y tensiones sociales: el hambre y los tarifazos han parido rebeliones a lo largo de la historia.

Al final del informe, Oxfam, sugiere que "los Gobiernos deben tomar medidas urgentes para poner freno a la riqueza extrema. Deben elevar sin demora la tributación sobre la riqueza, el capital y los beneficios “caídos del cielo” de grandes empresas, e invertir este dinero en la protección de la población con mayores necesidades y en la reducción de las desigualdades y el sufrimiento".

Es lo mismo que plantea la ONG cada Foro de Davos. Seguramente desde la buena voluntad. Pero siempre con el mismo resultado: Oxfam les habla con el corazón y los poderosos le contestan con el bolsillo. Tarifazos, inflación, hambre, precarización, guerras comerciales y ahora encima misiles.

La pandemia es el capitalismo. Las calamidades las genera el capitalismo. Un sistema basado, justamente, en la apropiación privada de todo lo que produce la humanidad. Que convierte en lucro los servicios básicos. Que transforma la salud en un negocio aún en la peor de las pandemias. Que le roba el tiempo y el fruto de su trabajo a trabajadoras y campesinos. Que llena barcos de alimentos delante de pibes hambrientos.

Los que enumera Oxfman son los mismos crímenes sociales que denunciaba Federico Engels en los inicios de la Revolución industrial: “cuando la sociedad quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables entonces lo que se comete es un crimen”. A pesar del desarrollo de la ciencia y la tecnología, con servicios que podrían hacer mejor la vida de la población, del aumento de la productividad para alimentar al planeta, las desigualdades son tan criminales como hace un siglo y medio.

El contraste nos devuelve a un debate que generó el discurso de la vicepresidenta Cristina Kirchner, cuando afirmó que “el capitalismo se ha demostrado como el sistema más eficiente y eficaz para la producción de bienes y servicios”, solo hay que “regularlo, controlarlo”.

Como decíamos entonces, “es necesario plantear la perspectiva de un nuevo régimen económico y social, donde la propiedad de las grandes industrias, el transporte, la energía y el conjunto de los medios de producción deje de ser privada y pase a ser pública y social. Con esos medios de producción dirigidos por sus trabajadores y trabajadoras, de manera democrática, coordinando y planificando la producción y el funcionamiento en común con la población, en función de las necesidades de las mayorías. Una reorganización social de este tipo podría dar solución a problemas agudos, como el hambre que afecta a una gran porción de la sociedad”.

La clase trabajadora y los pobres del mundo necesita sus “foros”, reuniones y asambleas para discutir como terminar con este sistema criminal y pelear por esa nueva sociedad. Es la única salida.

Lucho Aguilar@Lucho_Aguilar

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La crítica de la Economía Política y los desafíos teóricos y políticos contemporáneos

Lo que sigue son algunas reflexiones para una intervención en la inauguración del Instituto de Economía Política en la Universidad Abierta de Recoleta, en Chile.[2] Como lo indica el título del Coloquio, lo que se pretende discutir es el papel de la Economía Política, más aún, de la crítica de la Economía Política en el proceso de trasformación social, nada menos que en contra la corriente principal de política económica contemporánea: el neoliberalismo.

No es formal agradecer la invitación a nombre de la SEPLA, una articulación intelectual regional que pretende interactuar con el movimiento popular en una dinámica de transformación social. En ese sentido, Chile, con la acumulación de luchas por años, especialmente los levantamientos del 2019 y la deriva política expresada en el cambio de gobierno y en el proceso constitucional en curso, genera expectativas en la región y en el mundo. Por ello, la SEPLA no debe estar al margen de este presente de creación, lleno de contradicciones y de esperanzadoras perspectivas más allá del territorio nacional chileno.

Medio siglo de liberalización

Vale destacar que cuando se habla de neoliberalismo se alude a las políticas económicas hegemónicas que se ensayaron bajo las sangrientas dictaduras del Cono Sur, la primera de ellas, la de Chile en 1973.

En el próximo año 2023 se cumplirá medio siglo de esos acontecimientos, que luego se generalizaron al mundo capitalista desde las restauraciones conservadoras en 1979 y 1980 en Gran Bretaña y en EEUU. Ni hablar de la ampliación de la liberalización gestada luego de la ruptura de la bipolaridad en 1989/91.

Así, el neoliberalismo, desde 1980, define la gran ofensiva del capital contra el trabajo, en réplica a las conquistas sociales derivadas del Estado benefactor (1920/30 en adelante), resultado directo de la amenaza comunista (Revolución rusa de 1917 y de la URSS desde 1922) ante la crisis del 30 del siglo pasado.

La ofensiva capitalista se extenderá en nuestros días sobre la naturaleza y el conjunto de la sociedad. El saqueo de los bienes comunes explicita el proceso, tanto como el consumismo exacerbado, estimulado por la obsolescencia programada. Por ello, la subsunción del trabajo en el capital que estudiara Marx se extiende desde el trabajo, a la naturaleza y a la sociedad.

Esa ofensiva capitalista neoliberal es la “gran revancha” a la impugnación teórica y política de Marx y el socialismo, tanto como de Keynes y la concepción reformista y desarrollista en el orden capitalista.

Marx criticó a la Economía Política y al capitalismo. Los neoclásicos le contestaron con nueva nominación de la disciplina, con Marshall en 1890 y desde entonces se pasó a hablar de “Economía”, como disciplina de los negocios, la ganancia y la acumulación, la producción y reproducción del capitalismo. También se cambió el objeto de estudio de la disciplina y se abandonó la búsqueda del origen del excedente económico. Ya no importó la teoría del valor trabajo, sino que el subjetivismo colonizó los estudios en la disciplina.

Keynes, neoclásico, contestó oportunamente a los neoclásicos, su referencia de origen, ante la crisis del 30 y la amenaza “comunista”. Propuso defender al capitalismo desde la intervención estatal en el proceso productivo, ya que no hacía falta seguir luchando contra la intervención estatal previa a las relaciones capitalistas. Observando el proceso soviético y para confrontarlo, Keynes sostuvo que se debía restablecer la capacidad de funcionamiento del régimen del capital y por ello las concesiones sociales o reformas y la intervención estatal. De ahí el “new deal” o nuevo acuerdo en EEUU y generalizado al mundo capitalista.

Los liberales en minoría criticaban a Marx, desde luego, pero también a Keynes, quien los había desplazado en la hegemonía del pensamiento y la formulación de políticas públicas en el sistema mundial entre 1930 y 1980.

Incluso algunos neoclásicos que confrontaron con Keynes, morigeraron sus juicios en una dinámica de adaptación a las corrientes mayoritarias en el plano político e ideológico. Fue el caso de Pigou, sucesor de Marshall en la cátedra de Economía, y conocido por sus aportes a la economía del bienestar. En 1952, Arthur Cecil Pigou[3] (1877-1959), sucesor de Alfred Marshall desde 1908 en la cátedra de “Economía”, aludió al pensamiento de su maestro en la nueva tendencia hacia el “socialismo”, denominación que apuntaba al intervencionismo estatal keynesiano, más que al modelo soviético en expansión con la revolución en China.

Luego de comentar los aportes de Marshall en el estudio y uso de los métodos matemáticos, la estadística, las elasticidades, la tasa de interés y las utilidades, en su adaptación a las nuevas regularidades del capitalismo de época, pasó a evaluar como leería el “maestro” liberal la realidad sobre temas más de la política cotidiana. Por eso dijo: “Para terminar esta discusión, ahora descenderé del estudio a la tribuna”. Queda claro que no alcanza con el academicismo y que es imprescindible asociar teoría con la práctica, discurso académico con la realidad que viven las personas en concreto.

Remitía al debate sobre el pleno al empleo y el socialismo. Sobre el primero se auto limitó, por ausencia de información fuerte, manifestó; pero sobre el “socialismo” intentó actualizar el pensamiento del maestro, adaptado a los tiempos que corrían, aun cuando finalizó señalando que “todo gran paso en el sentido del colectivismo constituye una gran amenaza contra el mantenimiento de nuestra moderada tasa actual de progreso”.

Estábamos en un tiempo de hegemonía keynesiana, desplegada entre 1945 y 1980, y un Pigou que ya no era tan crítico de Keynes, por lo que intentaba una síntesis entre Keynes y los neoclásicos, especialmente Marshall. Eran los tiempos políticos de la bipolaridad entre capitalismo y socialismo (1945-1989/91) y, por ende, del único momento “reformista” y concesivo del régimen del capital, entre 1930 y 1980. El único momento de debilidad del capitalismo en más de cinco siglos desde sus orígenes.

Por eso es importante ubicar al neoliberalismo como ofensiva del capital, política y teórica, contra Marx y el socialismo, como contra Keynes, las reformas y la socialdemocracia. Se buscaba restablecer la hegemonía “liberal”, de nuevo, por eso: neoliberalismo.

Los austríacos de ayer y su presente

Resulta de interés ubicar que el antecedente de Marshall y la ECONOMIA está en la Escuela Austríaca y en Carl Menger, con sus publicaciones desde 1871. Corría el tiempo de la COMUNA de París y de la aparición en 1867 del Tomo I de El Capital de Carlos Marx. Había que impugnar la teoría y el ensayo de la práctica trabsfdormnadora.

Incluso, ya publicados el Tomo II y el II, en 1885 y 1894 respectivamente, en 1906 von Bawerk intentará descalificar a Marx señalando contradicciones que animarán el debate, incluso hasta el presente.

En rigor, con Marx se termina el tiempo de la escuela clásica de la Economía Política y se inaugura el proceso de la Crítica de la Economía Política y, con ello, la impugnación teórica y práctica del orden capitalista. Lo que siguió desde el liberalismo, con la escuela neoclásica, en todas sus tribus, fue apologética.

Se convoca desde Marx a repensar la realidad, a criticarla y a transformarla, es algo que sigue constituyendo agenda en el presente y que este COLOQUIO promueve desde su título.

Es interesante analizar nuestro tema en un periodo largo, de más de 250 años de discusión, con hegemonía “clásica” por un siglo, entre Adam Smith (1776) y Carl Menger (1871); y neoclásica por siglo y medio (1871-2022), desde los austríacos a los neoliberales actuales. Más aún cuando los “austríacos” disputan hoy la preminencia ideológica de las corrientes liberalizadoras.

No existe innovación “esencial”, si no que actualizada se sigue discutiendo sobre el excedente, su origen, su destino y sentido de las relaciones socioeconómicas que explican el orden capitalista. Bajo nuevas condiciones los mismos problemas en esencia.

De hecho, crece el predicamento de los “austríacos” en la coyuntura actual, de gran incertidumbre en donde convive la crisis capitalista explicitada en el 2001 estadounidense, el 2007/09 en todo el mundo, y la tendencia a la desaceleración y bajo crecimiento de la productividad es un dato preocupante; junto a la pandemia en su tercer año y sin final concreto a la vista, más la guerra y su escalada como gasto militar en ascenso y peligro de deriva nuclear.

Además, necesitamos una mirada desde América Latina y el Caribe. En 1804 tenemos el antecedente de la lucha anti colonial, anti esclavista desatada en Haití que aun explica la revancha de la dominación sobre ese pueblo. También tenemos la convocatoria al mito de la “revolución socialista” realizada por Mariátegui a fines de los 20 del siglo pasado. Más reciente, la revolución cubana instaló la agenda por el socialismo en la región, una tarea pendiente y vigente tras más de 60 años de bloqueo y obstrucción de todo tipo.

Pero también se desplegó la lógica “desarrollista” en los 50/70, de la mano del debate impulsado desde CEPAL, con las discusiones del estructuralismo, los dependentistas, especialmente la corriente marxista y claro, la revancha neoliberal, con la influencia de la Escuela de Chicago orientada por Milton Friedman y sus seguidores locales. Desde esa orientación principal la agenda del poder privilegia las reformas a favor de la ganancia, la acumulación y la liberalización económica.

Cambios y alternativas

En el comienzo del Siglo XXI se habilitaron enormes expectativas de cambio en la región, con discursos impugnadores al neoliberalismo, no necesariamente al capitalismo, precisamente en el territorio de la emergencia del ideario y la práctica de la liberalización. Incluso pudo retomarse la perspectiva por el socialismo, sea del siglo XXI, o el comunitario, como otros paradigmas de re-significación de la tradición originaria indígena: el vivir bien o el buen vivir.

No terminó siendo la propuesta mayoritaria y que disputara la conciencia social hegemónica para relanzar un proyecto anti capitalista en la región, pero ante el escenario visible en 1991, era alentador retomar el debate por el rumbo socialista.

Ahora, en la tercera década del siglo XXI, con idas y venidas hay que continuar estudiando los procesos políticos, las políticas económicas y el orden económico social resultante para intentar avanzar en la crítica, que es la invariante en la concepción de Carlos Marx. A modo de síntesis programática, de una ruta para pensar debates y profundizar:

  1. La creciente desigualdad informada regularmente por organismos internacionales y organizaciones sociales, caso de OXFAM; los estudios de Piketty. La CEPAL alude a una nueva década perdida en el combate a la pobreza. La OIT y los organismos nacionales aluden a la pérdida de empleos, a la caída de los ingresos populares (salarios, jubilaciones, planes sociales) y a la concentración de los ingresos y la riqueza. Ello supone el estudio y síntesis de las nuevas formas de organización y producción en defensa del ingreso popular y la reproducción de la vida cotidiana.
  2. Nuevas tendencias al crecimiento de la inflación y al estancamiento en el ámbito mundial, lo que potencia la respuesta neoliberal como en los 80 del siglo pasado, con aumentos de las tasas de interés y desestimulo a políticas activas. Con renovadas reaccionarias reformas laborales, previsionales, tributarias. Son nuevas formas del chantaje de la clase dominante para inducir cambios a favor de la ganancia y la acumulación de capitales, mientras profundizan el saqueo sobre los bienes comunes y la explotación de la fuerza de trabajo y muy especialmente discriminatoria contra las mujeres y diversidades.
  3. La ilusión reformista vestida de verde, con el New Green Deal, en un horizonte de espejo a las reformas de los 30 del siglo XX con Roosevelt, pero sin la amenaza comunista, aun cuando se visibilice la disputa por la hegemonía en EEUU y China, cada uno con sus aliados. En el mismo sentido apuntan las propuestas de “reformas” desde el Vaticano, de algunos “nobel de economía”, caso de Stiglitz y otros, incluso desde la izquierda demócrata en EEUU y un variado arco socialdemócrata. La ilusión imagina posible derrotar al neoliberalismo sin confrontar al capitalismo.
  4. La crisis y sus impactos sociales, el cambio climático y las luchas ambientales, las luchas feministas contra la discriminación y la doble explotación; junto a los diferentes mecanismos de una diversidad en que se explicita la disputa política de las trabajadoras y trabajadores, los pueblos originarios y todos aquellos sectores sociales subordinados a la lógica del capital. Estudiar los sujetos en lucha en contra del régimen del capital, las distintas formas de racismo y discriminación constituye el desafío del momento.
  5. La necesidad de pensar en la crítica y un nuevo orden: con des-mercantilización de la vida cotidiana; integración alternativa desde otro modelo productivo, sustentando el programa de las soberanías, alimentaria, energética, financiera. Un horizonte que haga realidad la crítica y la transformación socioeconómica, lo que supone modificar las relaciones sociales de producción.

Son solo algunos aspectos a relevar del necesario debate en el marco de la lucha de clases contemporánea, a más de tres décadas del fin de la bipolaridad y la ausencia de un imaginario alternativo que oriente el proceso de luchas cuantiosas que demandan la articulación de un rumbo político estratégico de cambio civilizatorio, en contra y más del capitalismo.

Por Julio C. Gambina | 25/05/2022

 

Notas:

[2] Al efecto se realizó el 18/05/2020, un Coloquio en la Universidad Abierta de Recoleta por la inauguración del Instituto de Economía Política: “El Potencial transformador de la Economía Política frente al pensamiento único neoliberal”. Fui invitado a exponer de manera remota, en un panel en donde intervino inaugurando el alcalde de recoleta Daniel Jadue, el Director de la Universidad, Rodrigo Hurtado, y expusieron Felipe Gajardo y David Debrott, Director del Instituto.

[3] A.C.Pigou. Alfred Marshall y el pensamiento actual, de 1953. Editado por Juarez editor S.A. en Buenos aires, 1969.

Julio C. Gambina. Doctor en Ciencias Sociales, UBA. Profesor Titular en Economía Política, UNR. Integra la Junta directiva de SEPLA. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. blog: www.juliogambina.blogspot.com 

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Diez circunstancias que nos abocan a una nueva pandemia

 

 

23 mayo 2022

Que existan epidemias y pandemias no es nada nuevo. Basta un repaso a la historia de la humanidad para comprobar que la lucha de las personas contra las enfermedades infecciosas ha sido constante. La peste negra, el cólera, la tuberculosis, la gripe, el tifus o la viruela son tan solo algunos ejemplos de enfermedades que nos han dejado cicatrices imborrables.

Cada enfermedad requiere una actuación específica y la puesta en marcha de distintos mecanismos de prevención, respuesta y tratamiento. Por esta razón, es fundamental identificar los orígenes y los patrones de aparición de los patógenos.

En este sentido, alrededor del 60 % de las enfermedades infecciosas emergentes que se notifican a nivel mundial son zoonosis (que se transmiten entre animales y humanos). Las estimaciones apuntan que, en todo el mundo, cada año, alrededor de mil millones de personas enferman y millones mueren a consecuencia de eventos zoonóticos. Y de los más de 30 nuevos patógenos humanos detectados en las últimas décadas, el 75 % se han originado en animales.

La emergencia reciente de diversas enfermedades de origen zoonótico –la influenza aviar H5N1, la influenza aviar H7N9, el VIH, el Zika, el virus del Nilo Occidental, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), la enfermedad por el virus Ébola o la covid-19 (SARS-CoV2)– han planteado serias amenazas para la salud humana y el desarrollo económico mundial.

En general son impredecibles, ya que muchas se originan en animales y son causadas por virus nuevos que solo son detectados una vez producido un brote. Sin embargo, hay al menos diez factores que ya sabemos a ciencia cierta que están vinculados a la aparición de una futura epidemia o pandemia. Los enumeramos.

  1. Guerras y hambrunas

Los daños causados por la guerra son muchos y complejos. La muerte, las lesiones y el desplazamiento son los más obvios. Pero la aparición de epidemias infecciosas también está estrechamente relacionada con los conflictos bélicos.

En el año 2006, se informó de brotes de cólera en 33 países africanos, y en el 88 % de los casos los informes procedían de países afectados por conflictos bélicos. En los últimos años, diferentes países de Oriente Medio y África han sufrido brotes infecciosos como efecto directo de la guerra, agravados por la escasez de alimentos y agua, el desplazamiento y los daños a la infraestructura y a los servicios de salud.

  1. Cambio de uso del suelo

El cambio en el uso de la tierra es una modificación en el ecosistema inducida por el ser humano. Estas alteraciones pueden afectar a la abundancia y distribución de la vida silvestre, y la hacen más susceptible a la infección por patógenos. Además, al crear oportunidades de contacto nuevas, facilitan la circulación de patógenos entre especies, lo que en última instancia conduce a la infección humana y a una mayor propagación de los patógenos.

  1. Deforestación

Con la deforestación y la fragmentación de los bosques favorecemos la extinción de especies especialistas en hábitats, permitiendo que prosperen las generalistas. Se ha comprobado que las especies de vida silvestre que son anfitrionas de patógenos, particularmente en el caso de murciélagos y otras especies de mamíferos como los roedores, son relativamente más abundantes en paisajes manipulados por el ser humano, como los ecosistemas agrícolas y las áreas urbanas, que en sitios adyacentes no perturbados.

El establecimiento de pastos, plantaciones o granjas de ganadería intensiva cerca de los márgenes del bosque también puede aumentar el flujo de patógenos de la vida silvestre a los humanos.

  1. Urbanización descontrolada y aumento poblacional

Los cambios demográficos en el tamaño y la densidad de la población a través de la urbanización afectan a la dinámica de las enfermedades infecciosas. Por ejemplo, la gripe tiende a exhibir brotes más persistentes en regiones urbanas más pobladas y densas.

  1. Cambio climático

El cambio climático aumenta el riesgo de transmisión viral entre especies. Muchas especies de virus son todavía desconocidas, pero es probable que tengan la capacidad de infectar a los humanos. Por suerte, en la actualidad la gran mayoría circula silenciosamente en los mamíferos salvajes. Sin embargo, el aumento de las temperaturas provocará migraciones masivas de animales que busquen condiciones ambientales más suaves, facilitando la aparición de puntos críticos de biodiversidad. Si llegan a áreas de alta densidad de población humana, principalmente en Asia y África, surgirán nuevas oportunidades para la propagación zoonótica al ser humano.

Predicciones recientes bajo escenarios de cambio climático apuntan que, para el año 2070, la transmisión de virus entre especies aumentará unas 4 000 veces.

  1. Globalización

La globalización ha facilitado la propagación de numerosos agentes infecciosos a todos los rincones del planeta. La transmisión de enfermedades infecciosas es el mejor ejemplo de la creciente porosidad de las fronteras. La globalización y el aumento de la conectividad aceleran la posible aparición de una pandemia por la movilización constante de los microorganismos a través del comercio y el transporte internacional.

  1. La caza, el comercio y el consumo de carne de animales silvestres

La transmisión de enfermedades zoonóticas puede ocurrir en cualquier punto de la cadena de suministro de carne de animales silvestres, desde la caza en el bosque hasta el punto de consumo. Los patógenos que se han propagado a los humanos a partir de la carne de animales silvestres son numerosos e incluyen entre otros el VIH, el virus del Ébola, el virus espumoso de los simios o el virus de la viruela del mono.

  1. Tráfico ilegal de especies y mercados de animales salvajes

Un ecosistema natural con un alto grado de riqueza de especies reduce la tasa de encuentro entre individuos susceptibles e infecciosos, disminuyendo la probabilidad de transmisión de un patógeno. Por el contrario, los mercados de animales vivos y los recintos dedicados a ocultar animales destinados al comercio ilegal son lugares donde especies animales de todo tipo son enjauladas y hacinadas.

En esas circunstancias no solo comparten el mismo espacio insalubre y antinatural, sino también los ectoparásitos y endoparásitos vectores de enfermedades. Los animales sangran, babean y se defecan y orinan unos sobre otros, lo que lleva al intercambio de microorganismos patógenos y parásitos, forzando interacciones entre especies que nunca deberían ocurrir.

  1. Evolución microbiana

Los microorganismos están en constante evolución en respuesta a las presiones de selección indirectas y directas en su entorno. Un claro ejemplo son los virus influenza tipo A, cuyo reservorio ancestral son las aves acuáticas, a partir de las cuales han conseguido infectar a otros tipos de animales.

Otro ejemplo evidente de la capacidad de los microorganismos para adaptarse rápidamente es el desarrollo mundial de muchos tipos de resistencia antimicrobiana en patógenos humanos comunes.

  1. Colapso del sistema de salud pública

En las últimas décadas, en numerosos países, ha acontecido una retirada paulatina del apoyo financiero a los sistemas de salud pública. Esta situación ha diezmado la infraestructura esencial y necesaria para hacer frente a brotes epidémicos sorpresivos. La rápida aparición reciente de nuevas amenazas de enfermedades infecciosas como la covid-19, unida al resurgimiento de afecciones antiguas como el sarampión o la tuberculosis, tiene implicaciones importantes para los sistemas de salud públicos mundiales.

Debemos ser conscientes de que la preparación contra posibles futuras epidemias y pandemias requiere de un estudio profundo y concienzudo de los potenciales factores que facilitan la emergencia de enfermedades infecciosas. El análisis sosegado y crítico permitirá diseñar futuras estrategias de previsión y prevención.

Fuente: https://theconversation.com/diez-circunstancias-que-nos-abocan-a-una-nueva-pandemia-182868

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Lunes, 23 Mayo 2022 05:52

¿Se está cayendo el sistema?

Protesta estudiantil realizada la semana pasada en Nueva York contra la posible anulación de la ley que garantiza el derecho al aborto en Estados Unidos. Cuando las mayorías desean derecho a la salud (incluida la interrupción del embarazo), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, difícilmente se puede hablar de que en un país existe un sistema democrático.Foto Afp

 Cuando el país más poderoso y rico del mundo, con la economía más grande y las fuerzas militares más potentes, anuncia que enfrenta una grave emergencia en la que el comandante en jefe invoca la Ley de Producción de Defensa (que otorga poderes de emergencia para obligar la fabricación de productos esenciales) y anuncia la Operación Vuela Fórmula con el fin de usar aviones federales para obtener productos en el extranjero, uno supone que es un problema existencial. Pero cuando resulta que todo esto es porque de repente hay una carencia de fórmula para bebés, es señal de que algo anda muy mal.

Cuando se revela que la esposa de Clarence Thomas, uno de los nueve integrantes de la Suprema Corte, participó directamente en los esfuerzos para fomentar un golpe de Estado e intentar anular el voto presidencial, y su marido pretende que puede ser "imparcial" al evaluar casos relacionados al proceso electoral, es otra señal de que algo está muy mal.

Que los multimillonarios ejercen su enorme poder financiero para definir elecciones, y sus gastos millonarios en campañas electorales son oficialmente consideradas como "libertad de expresión", fue calificado por el ex presidente Jimmy Carter, desde hace siete años, como un Estados Unidos convertido en "una oligarquía con soborno político ilimitado", y las cosas se han deteriorado desde entonces. El ex secretario del Trabajo y profesor de políticas públicas en la Universidad de California Robert Reich afirmó recientemente que Estados Unidos se presenta como el faro de la democracia en contraste con las autocracias de China y Rusia, "pero la democracia estadunidense está en peligro de sucumbir al mismo tipo de economías oligárquicas y nacionalismo racista que prospera en ambos esos poderes".

A la vez, mientras el presidente y su secretario de Estado y los líderes legislativos insisten en que son los guardianes del derecho internacional y como jueces supranacionales advierten que los responsables de cometer crímenes de guerra serán obligados a rendir cuentas, el subconsciente de la cúpula política estadunidense los traiciona en maneras que hubieran divertido a Freud. El miércoles pasado el ex presidente George W. Bush, en un discurso en su centro presidencial en Dallas, declaró que "fue la decisión de un hombre lanzar una invasión totalmente injustificada y brutal a Irak", y de inmediato corrigió, y dijo que se estaba refiriendo a Putin y su invasión a Ucrania pero, con risitas, después dijo, casi susurrando, “Irak también, de todas maneras…” antes de continuar. Su ex secretaria de Estado Condoleezza Rice ya había afirmado en una entrevista a finales de febrero, en referencia a Rusia, que la invasión de una nación soberana es un crimen de guerra, sin titubear ni corregir, mostrando su increíble incapacidad, como el resto de la cúpula estadunidense, de reconocer su hipocresía.

Cuando una invitación de la Casa Blanca a mandatarios en América Latina y el Caribe ya no obliga a todos a presentarse en la fiesta para la foto hemisférica con el estadunidense al centro, algo ha cambiado en su patio trasero (aunque diga muy amablemente que ya lo considera como jardín al frente de su mansión), otra señal aún no percibida por ellos de que no les va bien.

Cuando las mayorías desean derechos a la salud (incluido el aborto), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, ¿eso se puede llamar un sistema democrático?

Vale preguntar ante todo esto si tal vez Estados Unidos no debería ser invitado a la próxima Cumbre de las Américas hasta que resuelva sus tendencias autocráticas, logre garantizar el sufragio efectivo y hacer que los responsables de minar derechos y libertades civiles y de cometer crímenes de guerra sean enjuiciados y rindan cuentas tanto a su propio pueblo como a la comunidad internacional.

Hay muchas señales de que a Estados Unidos se le está cayendo el sistema.

Stevie Wonder, Blowin’ in the Wind. https://www.youtube.com/watch?v=y8q1I9f1l4U

Rising Appalachia. Resilient. https://www.youtube.com/watch?v=tx17RvPMaQ8

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Los mercados mundiales enfrentan una espiral bajista por el temor a que la inflación y las alzas en las tasas lleven a una recesión en las principales economías.Foto Ap

Avance de la inflación y aumento de tasas de interés golpean los mercados bursátiles

El Promedio Industrial Dow Jones acumuló una pérdida semanal de 2.90 por ciento y registró su octava caída semanal consecutiva, la racha más larga desde 1932, durante la Gran Depresión. La caída se da en medio de preocupaciones sobre el avance de la inflación y el aumento de las tasas de interés, que han golpeado a los mercados bursátiles estadunidenses este año.

Al término de una sesión volátil, el Dow Jones terminó con un avance marginal de 0.03 por ciento, a 31 mil 262.94 unidades, luego de pasar casi todo el día en rojo. El Nasdaq recortó sus pérdidas y cerró con un retroceso de 0.29 por ciento, a 11 mil 355.38 unidades. El índice ampliado Standard and Poor’s (S&P) 500 avanzó 0.02 por ciento, a 3 mil 901.51 unidades. Pero en el día llegó a perder más de 20 por ciento respecto de su máximo de inicios de 2022, llegando así a zona de bear market, como se conoce a la tendencia del mercado bajista, en referencia al movimiento de un oso, que ataca de arriba hacia abajo.

Ambos índices anotaron pérdidas semanales: el Nasdaq acumuló un retroceso de 3.82 por ciento y el S&P 500 de 3.04, con lo que marcaron su séptima semana consecutiva de pérdidas, su mayor racha negativa desde el final de la burbuja de las empresas de Internet en 2001.

"Un mercado bajista para el S&P quiere decir, en general, una baja del crecimiento para la economía, incluso una recesión el año próximo, como evocan algunos", advirtió Karl Haeling, de LBBW.

El S&P 500 cerró alrededor de 18 por ciento por debajo de su cierre récord del 3 de enero. Un nivel de más de 20 por ciento por debajo del máximo histórico confirmaría que el índice se encuentra en un mercado bajista por primera vez desde la caída de Wall Street en 2020, provocada por la pandemia de covid-19. El Nasdaq acumula un descenso de 29 por ciento desde su cierre récord en noviembre de 2021.

Los resultados decepcionantes de grupos de venta minorista en Estados Unidos estuvieron en el centro de la espiral descendente de la semana, como evidencia de que el aumento de los precios ha empezado a perjudicar el poder adquisitivo de los consumidores.

La Bolsa Mexicana de Valores se desligó de la tendencia y avanzó 0.45 por ciento, al cerrar en 51 mil 518.3 unidades; en la semana registró una ganancia de 3.90 por ciento. Por su parte, el peso se mantuvo por debajo de 20 unidades por dólar, al concluir en 19.88 unidades por dólar; en la semana se apreció 20 centavos (uno por ciento).

Los billones de dólares que han desaparecido de los mercados mundiales en las últimas semanas han activado una señal de "compra" por parte del indicador de sentimiento Bull & Bear (toro y oso) del Bank of America, mientras los mercados emergentes atraviesan su momento más difícil desde el desplome causado por la pandemia del covid.

El temor a que la inflación y la rápida subida de las tasas de interés lleven a las principales economías a la recesión, ha sumido a los mercados mundiales en una espiral bajista, y éstos han perdido cerca de 18 por ciento desde principios de año, el peor comienzo de los últimos tiempos.

En la semana se produjeron las mayores salidas de la deuda de mercados emergentes desde marzo de 2020 y las mayores retiradas de los bonos de alto rendimiento en 14 semanas, con 6 mil 100 millones de dólares y 4 mil 300 millones de dólares, respectivamente, señaló BofA, al citar datos de EPFR.

En total, salieron 5 mil 200 millones de dólares de los fondos de renta variable mundial, y 12 mil 300 millones de activos de renta fija.

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Los límites de la protesta como forma de lucha

Con su habitual lucidez, William I. Robinson se pregunta si la oleada mundial de protestas y movilizaciones será capaz de hacer frente al capitalismo global (https://bit.ly/3MjvBsl). En efecto, desde la crisis de 2008 se produce una cadena interminable de protestas y levantamientos populares. Recuerda que en los años previos a la pandemia hubo más de 100 grandes protestas que derribaron a 30 gobiernos.

Menciona la gigantesca movilización en Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd, en mayo de 2020, que define como "un levantamiento antirracista que llevó a más de 25 millones de personas, en su mayoría jóvenes, a las calles de cientos de ciudades de todo el país, la protesta masiva más grande en la historia de Estados Unidos".

En América Latina los levantamientos y revueltas en Ecuador, Chile, Nicaragua y, sobre todo, Colombia, tuvieron extensión, duración y profundidad como pocas veces se recuerda en este continente. La protesta colombiana paralizó el país durante tres meses, enseñó niveles de creatividad popular impresionantes (como los 25 puntos de resistencia en Cali) y modos de articulación entre pueblos, en la calle, abajo, absolutamente inéditos.

Robinson recuerda que las clases dominantes hicieron retroceder el ciclo de movilización, de fines de la década de 1960 y principios de los 70, "a través de la globalización capitalista y la contrarrevolución neoliberal". Eso en el norte, porque en el sur global lo hicieron a pura bala y matanza.

Hacia el final de su artículo se pregunta "cómo traducir la revuelta de masas en un proyecto que pueda desafiar el poder del capital global". La pregunta es válida. En principio, porque no lo sabemos, porque los gobiernos que surgieron luego de grandes revueltas no hicieron más que profundizar el capitalismo y promover la desorganización de los sectores populares.

Aunque participemos en grandes movilizaciones y en revueltas, que son parte de la cultura política de la protesta, es necesario comprender sus límites como mecanismos para transformar el mundo. No vamos a abandonarlas, pero podemos aprender a ir más allá, para ser capaces de construir lo nuevo y defenderlo.

Entre los límites que encuentro hay varios que quisiera poner a discusión.

El primero es que los gobiernos han aprendido a manejar la protesta, a través de un abanico de intervenciones que incluyen desde la represión hasta las concesiones parciales para reconducir la situación. Desde hace ya dos siglos la protesta se ha convertido en habitual, de modo que las clases dominantes y los equipos de gobierno ya no le temen como antaño, pero sobre todo saben ver en ella una oportunidad para ganar legitimidad.

Los de arriba saben que el momento clave es el declive, cuando se van apagando los fuegos de la movilización y gana fuerza la tendencia al retorno a lo cotidiano. Para los manifestantes, la desmovilización es un momento delicado, ya que puede significar un retroceso si no han sido capaces de construir organizaciones sólidas y duraderas.

El segundo límite deriva de la banalización de la protesta por su transformación en espectáculo. Algunos sectores buscan a través de este mecanismo impactar en la opinión pública, al punto que el espectáculo se ha convertido en un nuevo repertorio de la acción colectiva. La dependencia de los medios es una de las peores facetas de esta deriva.

El tercero se relaciona con el hecho de que los manifestantes no suelen encontrar espacios y tiempos para debatir qué se logró en la protesta, para evaluar cómo seguir, qué errores y qué aciertos se cometieron. Lo más grave es que a menudo esa "evaluación" la realizan los medios o los académicos, que no forman parte de los movimientos.

El cuarto límite que encuentro, es que las protestas son necesariamente esporádicas y ocasionales. Ningún sujeto colectivo puede estar todo el tiempo en la calle porque el desgaste es enorme. De modo que deben elegirse cuidadosamente los momentos para irrumpir, como vienen haciendo los pueblos originarios que se manifiestan cuando creen llegado el momento.

Debe existir un equilibrio entre la actividad hacia fuera y hacia dentro, entre la movilización exterior y la interior, sabiendo que ésta es clave para sostenerse como pueblos, para dar continuidad a la vida y para afirmarse como sujetos diferentes. Es en los momentos de repliegue interior cuando afirmamos nuestras características anticapitalistas.

Finalmente, la autonomía no se construye durante las protestas, sino antes, durante y después. Sobre todo antes. La protesta no debe ser algo meramente reactivo, porque de ese modo la iniciativa siempre está fuera del movimiento. La autonomía demanda un largo proceso de trabajo interior y exige una tensión diaria para mantenerla en pie.

Siento que nos debemos, como movimientos y colectivos, tiempos para el debate, porque no reproducir el sistema supone trabajarnos intensamente, sin espontaneidad, superando inercias para seguir creciendo.

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Jueves, 19 Mayo 2022 05:42

Inflación, la coartada perfecta

Inflación, la coartada perfecta

“Los datos son negocios. Los datos son políticos. Y eso es particularmente pertinente en el caso de la inflación, porque las inflaciones son polémicas. Generan ganadores y perdedores. Por eso nos preocupamos por la inflación. Las cifras de inflación no son meramente descriptivas. Forman parte de la economía política del proceso que describen” (Adam Tooze)

“Voy detrás de los niños todo el día apagando la luz y después de los dos facturones que llegaron en invierno, en marzo dije que no podíamos poner la calefacción. Hubo días de mucho frío, pero no la encendimos y le ponía al pequeño el pijama, el ‘body’ y el polar en casa porque es que si no, no llegábamos a la primavera. Nos ha roto el invierno”. La angustiosa declaración corresponde a Estefanía, una joven trabajadora con dos hijos cuya pareja está en paro.

Por primera vez en cuatro décadas, la inflación desbocada se ha convertido en los últimos meses en una de las preocupaciones dominantes en todos los ámbitos de la sociedad, afectando duramente a las capas más empobrecidas. La angustia de Estefanía no es ni mucho menos un hecho puntual. Según el propio BCE, el presunto guardián de la estabilidad de precios, la situación es grave, especialmente para las clases populares: “La alta inflación actual perjudica especialmente a los hogares con rentas más bajas porque los artículos con tasas de inflación muy altas, como la energía y los alimentos, constituyen una parte comparativamente grande de la cesta de consumo”.

El súbito encarecimiento del coste de la vida dificulta enormemente la subsistencia cotidiana de millones de personas en una economía global “pospandémica” aquejada de niveles inéditos de desigualdad y de tasas de pobreza impactantes. Una situación que puede devenir explosiva -una de las causas del inicio de la Primavera Árabe de 2011 en Túnez y Egipto fue la brusca elevación de los precios de los alimentos- en el depauperado y expoliado Tercer Mundo:

“El índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en el nivel más alto jamás registrado. Golpea a los pueblos que viven en Oriente Medio y el Norte de África, una región que importa más trigo que ninguna otra. Incluso con las subvenciones del gobierno, los habitantes de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35% y el 55% de sus ingresos en alimentos”

Sin embargo, desde los cenáculos del poder se trata de transmitir una imagen de calma tensa: el discurso oficial afirma que se trata de un brote agudo pero transitorio, producto de una “tormenta perfecta” provocada por la “conjunción astral” de varios shocks exógenos, intensos pero fugaces: el súbito volcado al consumo de la demanda embalsada durante la parálisis pandémica (la tasa de ahorro de los hogares españoles se redujo en un 13% en el cuarto trimestre de 2021); la intensa dislocación de las cadenas de suministros generada por los recurrentes cuellos de botella en los flujos comerciales globales y la enorme convulsión en los suministros energéticos, minerales y alimentarios sobrevenida a raíz de la guerra en Ucrania. Ninguna conexión por tanto, según el relato dominante, entre la inflación disparada y la devastación ambiental o el agotamiento acelerado de los pilares energético-materiales de nuestra sociedad depredadora, ni tampoco con las graves falencias estructurales que afectan a la espasmódica reproducción de capital desde hace décadas. Se trata únicamente de un sobresalto, grave pero accidental, en el “imparable” retorno a la senda de crecimiento tras el shock pandémico. Los “cisnes negros” de la guerra y la pandemia serían los únicos culpables de la brusca aceleración de la inflación de precios y de los peligros que se ciernen sobre la ansiada “vuelta a la normalidad”: agudo empobrecimiento de la población, con el consiguiente riesgo de recesión debido a la contracción del consumo; endurecimiento de la política monetaria y subida inminente de los tipos de interés, incrementando el riesgo de un súbito colapso de la colosal montaña de la deuda global; pánico de los ahorradores y rentistas, que asisten impotentes a la depreciación de sus “capitalitos”, y el resto de jinetes del Apocalipsis que desencadena la “bestia” inflacionaria (”el peor de los males que puede aquejar a una sociedad”, Milton Friedman dixit).

Mientras tanto, los gestores de la fábrica de dinero -la cúspide del poder global, coronada por la Reserva Federal y su billete verde- contienen la respiración atribulados ante una coyuntura que genera la peor de las pesadillas a los celosos “guardianes de la estabilidad de precios”: el espectro de la inflación desbocada acechando por el horizonte. El desconcierto y los vaivenes son continuos y las nerviosas invocaciones a la transitoriedad y excepcionalidad del momento de las prudentes “palomas” se alternan con los amenazadores augurios de los “halcones”, partidarios de endurecer drásticamente la política monetaria, en una pugna simulada que no logra ocultar la incapacidad del discurso dominante de dar cuenta del inusitado fenómeno.

Michael Roberts describe la desorientación de la ortodoxia: “La teoría económica dominante está ‘desconcertada’. De hecho, el miembro de la junta del BCE Benoit Coeure comentó recientemente: ‘La teoría económica está luchando con la teoría de la inflación. Los agregados monetarios y el monetarismo han sido abandonados y con razón. Las explicaciones de holgura doméstica (la curva de Phillips) han sido atacadas pero todavía sobreviven mal que bien’. Y Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal de EEUU comentó: ‘Nuestro marco para comprender la dinámica de la inflación podría estar ‘mal definido’ de manera fundamental’”. Un botón de muestra del grado de sofisticación esotérica de la cruzada antiinflacionaria de los money makers lo representa el hecho de que la teoría dominante está basada principalmente en las evanescentes “expectativas de inflación”, es decir, en hipótesis especulativas sobre el comportamiento futuro de los agentes. Como resumía Ben Bernanke, gobernador de la FED en plena vorágine del cataclismo de 2008: «un prerrequisito esencial para controlar la inflación es controlar las expectativas de inflación». Estamos sin duda en buenas manos.

Tampoco es ajena a tamaño desconcierto la manifiesta impotencia de las herramientas habituales antiinflacionarias de la banca central -restricción de liquidez al sistema financiero y elevación brusca de los tipos de interés- ante la convulsa coyuntura actual. Con los precios de los alimentos y de la energía disparados por el shock de oferta agudizado por la guerra en Ucrania -al que no es en absoluto ajeno el peak everything de energía y materiales que se agrava vertiginosamente a medida que el capitalismo desbocado choca con los límites biofísicos del planeta- los cancerberos del capital financiero se debaten entre Escila y Caribdis: obedecer inmediatamente su sagrado mandato antiinflacionario, retirando la política monetaria expansiva implantada masivamente tras el shock pandémico, con el riesgo de provocar una aguda recesión -la política monetaria es totalmente ineficaz ante los shocks de oferta, incluso tiende a agravarlos al destruir miles de empresas zombis endeudadas hasta las cejas reduciendo la oferta de productos y servicios e incrementando los precios-, o esperar impávidos a que se calmen las aguas, apelando a la transitoriedad del fenómeno, sin tomar medidas demasiado drásticas para no truncar la ansiada recuperación mientras los índices de precios escalan a niveles intolerables. Como mandan los cánones, el capo di tutti capi de Wall Street ya ha marcado el camino a seguir emprendiendo con decisión el endurecimiento de la política monetaria. Su lacayo de Frankfort, siempre más premioso e indeciso, no tardará en seguir la misma senda. Recordemos que el único mandato del Banco Central Europeo es un objetivo de inflación alrededor de un 2% y la cifra mágica ha sido largamente desbordada en los últimos meses: actualmente se halla en un impactante 7,5%, récord histórico desde el inicio de la circulación de la moneda única en 2002, desbordando una vez más los sistemáticamente fallidos pronósticos de los gurús de la criatura de Frankfort.

Ante esta situación de emergencia permanente en la que se halla el capitalismo espasmódico y el cúmulo de confusionismo imperante, se agolpan los interrogantes:¿cuáles son las causas reales del desbocado aumento de los precios que presenciamos actualmente? ¿Se trata de un brote agudo pero breve o estamos ante un cambio de paradigma en relación con la época de inflación contenida de las últimas décadas? ¿Cuáles serían, en definitiva, las razones de fondo que subyacen a la proclamación de la “estabilidad de precios” como primer mandamiento de las políticas neoliberales y como objetivo prioritario de la política monetaria de la banca central moderna?

La coartada perfecta

«La inflación es una enfermedad, una peligrosa y a veces fatal enfermedad que, si no es controlada a tiempo, puede destrozar una sociedad» (Milton Friedman)

«La inflación es como un ladrón en la noche» (William Mcchesney Martin, gobernador de la Reserva Federal)

No existe concepto más neurálgico en el núcleo de la ideología económica dominante en el último medio siglo que el de la omnipresente lucha contra la inflación. El “ladrón en la noche” deviene el hilo conductor que recorre todos los estratos de la ortodoxia teórica y del discurso político y mediático de los, como le gustaba decir a Marx, «espadachines a sueldo» del capital.

En el capítulo titulado «¿Cómo curar la inflación?» de su exitosa serie televisiva «Libre para elegir», el gurú neoliberal Milton Friedman se recrea, apareciendo repetidas veces con la impresora de billetes en la cámara acorazada de la Reserva Federal, en la idea del dinero como stock, que se vuelca irresponsablemente a la economía por el gobierno despilfarrador provocando inflación –«el peor de los males»– y miseria rampantes. Recordemos asimismo la célebre metáfora de Marshall, uno de los padres fundadores de la ortodoxia económica, que representa la esencia de la superchería dominante acerca del dinero-lubricante, con funciones meramente circulatorias de facilitador de los intercambios: «Una máquina no puede funcionar a menos que se engrase, de lo que un novicio pudiera inferir que cuanto más aceite se ponga mejor funcionará, pero, en realidad, si se pone más aceite del necesario la máquina quedará obstruida».

A partir de esta concepción mitológica del dinero como mero lubricante de los intercambios -en realidad, el 95% del dinero circulante es deuda creada del puro aire por la banca privada para la financiación de la acumulación y de las colosales burbujas de activos-, la “teología” económica edifica un monumental corpus teórico en aras de legitimar la embestida furibunda contra el Welfare State y las condiciones de vida de la clase trabajadora del último medio siglo. El monetarismo de Friedman -”una maldición terrible, un conjuro de espíritus malvados”, en la horrorizada descripción de Nicholas Kaldor- es la pseudoteoría que sirve de legitimación al encarnizamiento terapéutico neoliberal y la cruzada inflacionaria deviene la coartada perfecta para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia del capital en los países centrales tras la crisis de los años 70. El golpe contra las finanzas públicas y la consumación del “austericidio” son los daños colaterales de la aplicación de los mandamientos supremos de la gobernanza neoliberal: la banca central “independiente” -que deja a los estados «soberanos» postrados a los pies de los caballos de los despiadados mercados financieros-; los ajustes fondomonetaristas, que aplicaron el torniquete de la deuda externa y el fórceps de la apertura de capitales a través del llamado Consenso de Washington contra los infortunados pueblos del Tercer Mundo, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos de clase y de las organizaciones antagonistas del movimiento obrero fordista, en aras de exacerbar la sobreexplotación y la precarización laborales, imperiosamente necesarias para el abaratamiento de la fuerza de trabajo que exigía la pertinaz crisis de rentabilidad del capital.

Para comprender la obsesión inflacionaria es por tanto imprescindible leer el “subconsciente” al discurso dominante para percibir que no se trata en absoluto de un mero expediente técnico, cuya manipulación en manos de expertos es necesaria para restablecer los equilibrios económicos alterados, sino de la envoltura tecnocrática del ejercicio del poder de clase del capital en su época crepuscular. La continua invocación del miedo a la bestia inflacionaria ha sido, en definitiva, la coartada perfecta del modelo vigente, la excusa ideal para destruir la función redistributiva del Estado y para otorgar sustrato pseudocientífico al sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad y de la agresión antiobrera. Como en la fábula de «Pedro y el lobo», la continua apelación al espectro inflacionario -durante décadas, los oráculos de la banca central han errado sistemáticamente en sus intentos de alcanzar su sagrado “objetivo de inflación”- ha servido de coartada a la aplicación del encarnizamiento terapéutico neoliberal, pero cuando el “ladrón en la noche” ha hecho realmente acto de presencia con estrépito, los cancerberos de la estabilidad de precios estaban totalmente desprevenidos.

Moreno describe la agenda oculta del culto al tótem inflacionario:

«El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y, como muestra de ello, basta revisar los datos de la distribución del ingreso en todos los países que han seguido la norma: en todos se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, con la omnipresente coartada del cuidado de los precios».

Así pues, para comprender cabalmente el marco histórico-político en el que se desarrolla la cruzada inflacionaria es necesario abandonar las supercherías del discurso del capital y ampliar el foco para iluminar los procesos reales que propulsan la desigualdad y el empobrecimiento rampantes de las clases populares. ¿Realmente representa el brote inflacionario en curso el factor clave para explicar el deterioro del poder adquisitivo de las clases populares o existen otros ámbitos ocultos donde se desarrolla desde hace décadas la expropiación imparable de los medios de subsistencia de los que dependen únicamente de la venta de su fuerza de trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que ocultan y cuáles son las consecuencias reales de las políticas neoliberales aplicadas por la dirigencia capitalista con la coartada de la cruzada inflacionaria?

Las inflaciones ocultas

«Se trata de vendarnos los ojos y de suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del “ejército de reserva”, arguyendo que se intenta evitar que los salarios inicien una espiral “salarios-precios”. Curiosamente, nunca se oye hablar de una “espiral renta-precios” ni de una “espiral intereses-precios”, aunque esos costos también se deben tener muy en cuenta al fijar los precios» (William Vickrey)

Toda la “matraca” de la cruzada inflacionaria que presenciamos actualmente oculta en realidad las causas profundas de la espiral alcista de los precios de los productos básicos que sufre la clase trabajadora mientras mantiene al mismo tiempo en la penumbra los ámbitos donde realmente se desarrolla de forma más aguda desde hace décadas el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares y la propulsión de la desigualdad social.

Hay dos graves omisiones que revelan la inconsistencia de las explicaciones ortodoxas de la inflación y de las políticas aplicadas para combatirla, desvelando asimismo su función meramente ideológica de cobertura pseudoteórica de las agresiones antiobreras de las políticas neoliberales: el papel neurálgico de la tasa de ganancia y las inflaciones «ocultas».

En primer lugar, se oculta sistemáticamente el papel clave de la tasa de beneficio -y con ella, del conflicto esencial del capitalismo entre comprador y vendedor de fuerza de trabajo- en la fijación de precios, más aun en los mercados oligopólicos que dominan los sectores productores de bienes y servicios básicos- v.gr. el aberrante sistema de fijación del precio de la electricidad en España, que ha provocado su desbocada escalada reciente-. A lo anterior se suman el papel de amplificador que tiene en la fijación del precio mundial de los alimentos y de las fuentes de energía el casino financiero y la creciente financiarización de los beneficios de las grandes multinacionales: «La baja rentabilidad en los sectores productivos de la mayoría de las economías ha estimulado el giro de las ganancias y la acumulación de efectivo de las empresas a la especulación financiera. El principal método utilizado por las empresas para invertir en este capital ficticio ha sido recomprar sus propias acciones». Las apuestas especulativas realizadas en los mercados de futuros y de commodities de Chicago y Londres, propulsadas por la inundación de liquidez de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, disparan los precios de los bienes de los que depende la subsistencia de los parias de la tierra. Las abultadas cuentas de resultados de las grandes corporaciones, enfocadas en el reparto de suculentos dividendos y en el “retorno al accionista”, y las dimensiones mastodónticas del capital ficticio especulativo que fagocita aceleradamente la riqueza global son por tanto los culpables principales de la escalada de precios que amenaza con imposibilitar la subsistencia cotidiana de millones de desheredados de los frutos del bienestar capitalista.

Roberts estima en cerca de la mitad -otras estimaciones incluso la superan- el peso del ascenso desorbitado de los beneficios empresariales tras la pandemia en el brusco incremento de la inflación que aqueja a la economía imperial: “Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones estadounidenses no financieras obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en beneficios, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Esto significa que el aumento de los beneficios de las empresas estadounidenses representa el 44% del aumento inflacionario de los costes. Sólo los beneficios de las empresas están contribuyendo a una tasa de inflación del 3% en todos los bienes y servicios en EEUU”. Estos precios acrecentados están por lo tanto asociados a la urgencia por recomponer la pérdida de rentabilidad acaecida durante la fulminante pero breve recesión provocada por la pandemia. Como resume Michel Husson: “La inflación resulta principalmente de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean».

Estamos ante el “elefante en la habitación” del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente. Estamos ante la pregunta “maldita” para la ortodoxia de la teoría económica burguesa. Astarita describe el núcleo de la ocultación: “todo está orientado para que un estudiante se reciba de economista sin haberse preguntado jamás de dónde y cómo surge la ganancia del capital. En última instancia, se trata de la ‘pregunta maldita’ para la economía política burguesa. Y al arte de este ocultamiento, se le llamará ciencia económica”.

La historia reciente demuestra fehacientemente lo anterior: la ardua y precaria recuperación de la tasa de ganancia tras la crisis de los años 70 se logró a través de la inflación de precios y de la agresión antiobrera perpetrada a lo largo del primer embate de las políticas neoliberales. La derrota absoluta de la clase trabajadora en los años 80 permitió que las tasas de ganancia aumentaran y que la inflación en los países centrales disminuyera en los años siguientes: “La caída de la inflación en las últimas décadas tuvo como telón de fondo una fuerte ofensiva del capital sobre la clase obrera y los movimientos populares (…) Esto es, incrementar el disciplinamiento del trabajo a la lógica del mercado y el capital, en respuesta a la crisis de sobreproducción y rentabilidad de los 1970. La reacción monetarista fue su expresión”.

Nicholas Kaldor desvela la agenda oculta tras la cruzada inflacionaria de los años setenta: «La subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales».

Destacar el papel clave del conflicto de clases esencial al sistema de la mercancía en la fijación de precios proporciona asimismo la explicación del «misterio» de la ausencia absoluta de inflación tras la debacle financiera de 2008, cuando la tasa de beneficio se recuperó con la misma rapidez que actualmente y los bancos centrales insuflaron colosales manguerazos de liquidez a un sistema financiero exánime: la sobreexplotación laboral y el austericidio, que caracterizaron el embate del capital tras la crisis subprime, deprimieron el nivel salarial y engordaron el “ejército de reserva” sin necesidad de subir los precios. Josh Bivens aclara el agudo contraste entre los dos shocks:

“En recuperaciones anteriores, el crecimiento de la demanda interna fue lento y el desempleo fue elevado en las primeras fases de la recuperación. Esto llevó a las empresas a desesperarse por obtener más clientes, pero también les dio la ventaja en la negociación con empleados potenciales, lo que condujo a un crecimiento moderado de los precios y a la contención de los salarios. Esta vez, la pandemia disparó la demanda en los sectores duraderos y el empleo se recuperó rápidamente, pero el cuello de botella para satisfacer esta demanda en el lado de la oferta no fue en gran medida la mano de obra . En cambio, fue la capacidad de envío y otras carencias no laborales. Las empresas que tenían oferta disponible cuando se produjo el aumento de la demanda provocado por la pandemia tenían un enorme poder de fijación de precios frente a sus clientes”.

En resumen, mientras que tras el colapso de Lehman Brothers la rápida recuperación de la tasa de ganancia del capital se realizó a través del mecanismo clásico del aumento de la tasa de explotación, actualmente se ha producido principalmente mediante la inflación de precios en un entorno de fuerte aceleración de una economía global espasmódica.

La configuración descrita agudiza hasta extremos inauditos las contradicciones de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado. La propulsión de los niveles de desigualdad y de pobreza provocada por el torniquete de las políticas neoliberales genera una, potencialmente autodestructiva, contradicción en la capacidad de reproducción ampliada del capitalismo neoliberal: ¿Cómo puede mantenerse la tasa de ganancia del capital ante la intensa depresión del consumo de las masas que podrían provocar los lacerantes niveles de desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de la población? La respuesta es la clave de bóveda de la política del capital en el último medio siglo: la deuda “a muerte” y la inflación de activos -las inflaciones ocultas- son los ámbitos donde se extrae la parte del león de la ganancia del capital que mantiene la maquinaria depredadora en funcionamiento.

Tras el colapso de 2008, la maltrecha tasa de ganancia de las grandes corporaciones, financieras y no financieras, no se ha restablecido a través de la inflación de precios, como en la primera fase neoliberal de los años 70, sino a través de la inflación de activos y de la expansión descontrolada de la deuda y del castillo de naipes del casino financiero global. Sobreexplotación laboral y deuda «a muerte», por un lado, y capital ficticio desbocado, por el otro, representan por tanto las dos caras de la moneda de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Roberts describe la estrecha conexión entre la inundación de liquidez en el casino financiero con el dinero fresco del rescate realizado por los bancos centrales tras la debacle de 2008 -la taumatúrgica QE, que significó el salvamento del sistema financiero global- y la agudización de la desposesión rentista de las clases populares mediante el incremento astronómico del precio de los activos financiero-inmobiliarios:

“Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron trillones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-9 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito monetario procedente de la ‘flexibilización cuantitativa’ acabó siendo una financiación a coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La inflación tuvo lugar en los mercados de valores y de la vivienda, no en las tiendas”.

Tal configuración patológica del capitalismo actual desmiente de raíz el mito esparcido por doquier por los «espadachines a sueldo» del capital de que la inflación de precios es la mayor pesadilla de la banca y de los tiburones de las finanzas globales al deprimir los tipos de interés reales -la banca, como prestatario, sufriría graves pérdidas al depreciarse el valor del dinero de los préstamos con tipos de interés reales negativos, tras descontar la inflación desbocada al tipo nominal-.

Lo anterior es sin embargo una falacia que oculta los ámbitos reales donde se desarrolla el negocio cautivo y enormemente lucrativo de la fábrica de dinero en manos privadas. La rentabilidad de la banca -como demuestran las mareantes cifras de beneficios que obtiene sistemáticamente- no depende principalmente del diferencial de tipos de interés entre préstamos y depósitos sino de su papel neurálgico en el casino financiero global. Lapavitsas destaca el punto esencial de la transformación de la banca en un actor especulativo, el detonante del crack de 2008: «La banca tradicional contrasta con la banca titulizada, en tanto que la primera consiste en el negocio de hacer préstamos y contraer deudas y su principal fuente de financiación son los depósitos a la vista garantizados; mientras que la segunda consiste en el negocio de la colocación y reventa de los préstamos y su principal fuente de financiación son los acuerdos de recompra. Mientras que un pánico bancario tradicional equivale a una retirada masiva de depósitos, un pánico bancario de un banco titulizado equivale a la retirada masiva de acuerdos de recompra (repos)».

Las privatizaciones de servicios esenciales (agua, gas, electricidad, telecomunicaciones), características del masivo proceso de expropiación de los «comunes», financiado y promovido activamente por la banca privada, han representado asimismo otra enorme punción de la riqueza social, destinada a engrosar las cuentas de resultados de los oligopolios energéticos y de la gran banca: el incremento exponencial de los precios energéticos que presenciamos actualmente dispara los suculentos beneficios de la banca privada, accionista mayoritario de los mismos.

Y por si lo anterior fuera poco, el negocio bancario actual está garantizado por las políticas -totalmente ajenas al sacrosanto libre mercado competitivo- de salvamento permanente a cargo del banco central, el prestamista de última instancia, el mamporrero del sistema financiero privado, y por el privilegio exorbitante del monopolio de la financiación de los estados, fuente de pingües beneficios y pilar maestro de la completa amputación de la soberanía nacional. La fábrica de dinero privada no tiene por tanto que preocuparse demasiado por los bruscos vaivenes inflacionarios: su privilegiada posición, en la cúspide del gran capital corporativo, y su abultada cuenta de resultados están a buen recaudo.

La configuración anterior, profundamente rentista y parasitaria, de la matriz de rentabilidad del capitalismo realmente existente tiene un inicuo efecto en los ámbitos reales donde se desarrolla de forma cada vez más aguda la expropiación y el empobrecimiento de las clases trabajadoras: las inflaciones ocultas.

El desproporcionado crecimiento de los precios de los activos inmobiliarios -piedra miliar, a pesar de los desastres recientes, del modelo productivo de la piel de toro- no se refleja en absoluto en el índice de precios al consumo, al considerarse la vivienda, en las estadísticas de la contabilidad nacional, un bien de inversión: la acusada revalorización del mercado en los últimos años no sólo no es preocupante para los guardianes de la estabilidad de precios, sino que, bien al contrario, es una señal de la buena marcha de la economía a través del «efecto riqueza» que genera en el patrimonio de sus propietarios, que representan la mayoría silenciosa que sustenta el bloque dominante en el sistema partitocrático vigente. Sin embargo, los abultados intereses de las hipotecas sí son gasto puro, aunque no estén incluidos tampoco en el IPC al no ser etiquetados como gastos de consumo sino financieros. Marx se refería a esta extracción de rentas financiero-inmobiliarias como una explotación secundaria: “Trátase de una explotación secundaria, que discurre a la sombra de la explotación primaria, o sea, la que se realiza directamente en el mismo proceso de producción”. Para más inri, el gasto en alquiler (un 2,5% en la cesta de la compra que sirve de base para el cálculo del IPC) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario –un 80% del total– en España el parque de vivienda en propiedad. La subida del 40% del alquiler en las grandes ciudades españolas en el último lustro, que afecta agudamente a la subsistencia cotidiana de las capas más humildes de la clase trabajadora, sólo se refleja de forma mínima en el IPC. Por lo tanto, el principal ámbito de desposesión y expropiación financiera de las clases populares resulta totalmente ignorado por los «guerreros de la inflación». No se trata obviamente de un hecho casual: no se ve lo que no se quiere mirar.

En palabras de Michael Hudson, «se trata de convertir a la economía toda en una enorme colección de puestos de peaje», a mayor gloria de la profusa provisión de rentas encauzada hacia los que «se enriquecen mientras duermen». Las crecientes cargas financieras derivadas de las astronómicas deudas pública y privada representan asimismo un ámbito oculto de expropiación de riqueza real de las clases populares a través de los precios inflados de los bienes y servicios, debido a los abultados flujos de intereses sufragados por los productores. Una máquina de succión que potencia las elevadísimas cotas que alcanza actualmente la desigualdad social: se estima que únicamente el decil superior de las escalas de renta y de riqueza patrimonial percibe ingresos netos de intereses y demás rentas financieras, mientras que el 90% restante son pagadores netos –incluso los que no tienen ningún producto financiero ni crédito bancario-. La inflación de rentas inmobiliarias, los masivos costes financieros sufragados y la privatización absoluta de todos los ámbitos decisivos para la subsistencia cotidiana de las clases populares han sido desde hace medio siglo los mecanismos de extracción de riqueza de abajo hacia arriba que han desembocado en el actual panorama de desigualdad y pobreza rampantes. Todo ello, ni que decir tiene, con la entusiasta bendición de los aguerridos guerreros contra la inflación.

Así pues, más allá del omnipresente debate acerca de si el brote inflacionario actual es temporal o duradero, o incluso de si estamos en la antesala de un periodo de deflación por la reducción del consumo y la depresión inducida que desencadenará el brusco giro de la política monetaria de la fábrica de dinero, lo realmente relevante es que la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado seguirá extrayendo caudalosos flujos de la expropiación financiera y rentista de las clases populares a través de las inflaciones ocultas y de la sobreexplotación laboral, absorbiendo a borbotones la escasa porción de la riqueza social recibida por quienes se ganan el pan con el sudor de su frente. Por lo tanto, resulta perentorio disipar las cortinas de humo de los espadachines a sueldo del capital, cuyas cínicas apelaciones a la excepcionalidad de los agudos conflictos actuales y su ilusoria confianza en la posibilidad de la ansiada vuelta a la normalidad, no son más que cantos de sirena que pretenden ocultar el hecho desnudo de que sólo la superación de este modo de organización de la vida humana depredador y suicida permitirá la consecución de un orden social racional en un planeta habitable.

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2022/05/15/inflacion-la-coartada-perfecta/

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La teoría del Estado después de Poulantzas

El idioma poulantziano parece entenderse más en suelo latinoamericano que en la propia Europa. La cuestión pasa por cómo sacar provecho de los aportes del autor griego y por cómo traducirlos a nuestro propio terreno, sin que sea ni calco ni copia.

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Nicos Poulantzas ha sido considerado con justa razón como el teórico marxista del Estado más relevante del siglo XX. Influenciado por la obra de Louis Althusser, Poulantzas desarrolló una corta pero intensa tarea de reformulación de los aportes de Marx, Engels y otros marxistas como Antonio Gramsci, sobre el estatuto teórico de Estado en el conjunto de la obra de Marx. Para él, los aportes históricos como el del 18 Brumario o La lucha de clases en Francia, o sus análisis sobre la Comuna de París, eran un invaluable tesoro pero que había que completar desarrollando de manera sistemática una teoría en el sentido de lo que sí había desarrollado Marx en su crítica de la economía política. Es decir, había que desarrollar una suerte de «Crítica de la teoría política», esto es, discutir el estatuto de la política dentro de la teoría marxista.

Porque durante mucho tiempo, la política —no desde el punto de vista de la práctica militante, partidaria, pero sí desde el punto de vista teórico— había quedado relegada a un lugar subordinado por la economía, por las relaciones sociales de producción, en el sentido de la crítica formulada por Marx contra la mitologización estatista de Hegel. Y esta mirada que algunos analistas han definido como sociocéntrica, se despreocupaba de una reflexión sistemática sobre el lugar de la política en la sociedad. 

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Muñido de una concepción regional del poder formulada por el estructuralismo de Althusser, elaboró teoría de la autonomía relativa de las esferas económica, política e ideológica, y esto le permitió introducir el Estado al interior de la teoría marxista sin que se vea subordinada o como un acto reflejo de los movimientos en la infraestructura. Bajo esta teoría, la política podía cumplir un papel de primer orden, porque la «determinación en última instancia» por la economía no operaba de manera constante y en toda oportunidad, puesto que se contraponían también los movimientos de la política y la ideología, que podían llegar a ser dominantes, mejor decir sobredeterminantes, en ciertas coyunturas. Formulada por Poulantzas en su libro de 1968, Poder político y clases sociales, daba un paso adelante al desprenderse de una visión instrumentalista, enfatizando que el Estado es capitalista por la función que cumple al reproducir las relaciones sociales existentes. Y en ese papel reproductor podía incluso chocar y entrar en conflicto con las clases dominantes o fracciones de ella.  

Pero sus aportes tampoco carecían de problemas, puesto que la rigidez del estructuralismo le hacia ver cada movimiento del Estado solo como una función de dominación y reproducción del capital. Así, las instituciones parecían estar diseñadas, cierto que de manera impersonal, por la propia estructura de dominación, para facilitar y mejorar la dominación de clase. El aparato del Estado, por lo tanto, no dejaba de ser algo extraño y alejado de las clases populares. En el cuadro de esta perspectiva los gobiernos nacional populares, de izquierda, híbridos, podían ser entendidos lisa y llanamente como nacionalismos burgueses o reformismos al servicio de la dominación y del engaño de clase. Y a su vez, los mecanismos impersonales de la estructura se volvían omnipotentes y el sujeto era solo un «portador» de las relaciones sociales de dominación provistos por la estructura. 

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Desde mediados de los años setenta comienza lo que podríamos caracterizar como un viraje teórico político, desde su teoría regional del poder hacia una teoría relacional, y desde una afinidad maoísta hacia el eurocomunismo de izquierda. Su teoría relacional apuntaba a que el Estado ya no es una entidad fija y funcional, sino que está atravesado de par en par por las contradicciones de clase. Posee dimensiones variables, porque es una relación social igual a la caracterización de Marx sobre el capital. Esto significa que el Estado se vuelve un campo estratégico de lucha y la condensación material de relaciones de fuerza. Esto tiene implicancias fundamentales para la teoría pero también para la estrategia. 

En primer lugar, Poulantzas liquidaba la idea de la externalidad del Estado respecto a las clases subalternas. Esto, de alguna manera, seguía la reflexión incipiente de Gramsci en los años treinta sobre la diferencia morfológica del Estado en países de «oriente» dominados por monarquías y donde las clases populares no tenían lugar en el sistema político, y Estados «occidentales» donde se había afianzado la dominación burguesa moderna, muchas veces mediante el sistema democrático de partidos y el compromiso social,  en particular bajo el keynesianismo de posguerra. 

En segundo lugar, tenía implicaciones teóricas sobre los componentes del Estado, puesto que ya no se trataba de un aparato homogéneo sino de un aparato plagado de contradicciones, disfunciones, cortocircuitos, en una palabra era un terreno de lucha y disputa, que variaba de cuerdo a la relación de fuerzas sociales. 

En tercer lugar, los sujetos ya no eran simples portadores de relaciones, marionetas llamadas a cumplir su papel en el gran teatro de la dominación y la explotación. Podían volverse sujetos activos, actuar, modificar circunstancias, en una palabra, hacer la historia. 

Todo esto lo llevó a Poulantzas a replantearse la estrategia política, que a su entender ya no podía —en la Europa de posguerra— sostenerse en la dualidad de poderes tal como se había desarrollado Lenin en Rusia y que seguía siendo la columna vertebral de la estrategia comunista hasta los años setenta, sino que se trataba de reformular la transición, donde la democracia política era vista ahora como conquista popular, como espacio de lucha, y se  proponía la combinación de una estrategia de disputa dentro del Estado y a distancia del Estado, mediante elementos de democracia directa y democracia indirecta de partidos. Esto lo alejó claramente de Althusser, quién siguió sosteniendo una estrategia clásica de doble poder y una denuncia abierta del Estado burgués como radicalmente exterior a los intereses y demandas de las clases subalternas.

Por último, con su teoría relacional, Nicos Poulantzas asumía que el Estado era también productor de relaciones sociales y no un simple reflejo de algo que se producía en el mercado. Al revés, el mercado no podía existir sin la participación activa del Estado en su regulación y sostenimiento. Tenemos entonces una mirada mucho más politicista del Estado como productor de relaciones. 

La idea de que el Estado era expresión de una relación de fuerzas, incluso si se decía que eran una condensación material de esas relaciones, podía arrojarlo fuera de lo que en esa época se consideraba el campo propio del marxismo, puesto que le quitaba a priori el anclaje de clase. Pero Poulantzas, que jamás cruzó ese límite, sostuvo que el Estado era, a pesar de su relacionismo, estructuralmente selectivo, conectado orgánicamente y beneficiando en la práctica a los intereses de la clase capitalista. 

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Es evidente que sus grandes aportes y sugerencias conllevaban contradicciones teóricas. En primer lugar, el reforzamiento de su  politicismo, del papel activo del Estado, chocaba con la idea marxista de la «determinación en última instancia por la economía». No había logrado una síntesis satisfactoria entre la determinación y la sobredeterminación. Poulantzas nunca estuvo dispuesto a poner en duda la credencial marxista de la «última instancia». No se cuestionó como era posible que una tendencia estructural, general se manifieste en la práctica. ¿Cuándo aparece la economía para poner frenos al ímpetu de lo político con su afán de forzar la historia? Incluso Althusser había dicho años después que no había determinación ni en última ni en ninguna instancia. Pero Poulantzas nunca estuvo dispuesto a revisar esa concepción, con lo que volvía a remitir a las determinantes estructurales, limitando lo alcances teóricos de la autonomía política. El Estado, que había adquirido la capacidad de dar forma a clases y relaciones sociales, volvía sobre sus pasos. 

Además, aunque se vio influido por los aportes de Foucault sobre la dimensión pluralista de las relaciones de poder, y su relacionismo se vio influido por sus ideas, nunca abandonó la centralidad del conflicto de clase como el fundamento de su explicación de la sociedad. Intuyó, en los últimos escritos, que los movimientos sociales, estudiantiles, contra la guerra, ecologistas, feministas cumplían un papel importante y debían ser autónomos del partido, aunque nunca dejaron de ser más que «frentes secundarios» como se los llamaba en esa época. Tampoco consideró que otras relaciones de poder, por ejemplo, relaciones políticas de poder, relaciones militares de poder o relaciones de dominación ideológicas, científicas o de status, podían ser rivales de las relaciones de clase para la explicación de lo procesos sociales. Siempre rechazó las interpretaciones weberianas sobre la dominación de las élites políticas. 

En sus últimos escritos y en su último libro de 1978 Estado, poder y socialismo, insistió con la categoría de estatismo autoritario, además advirtió sobre la crisis del Estado en relación al agotamiento del Estado de bienestar y el proceso de internacionalización del capital liderado por EEUU al que Europa se subordinaba cada vez más. 

Hasta ahí llegó Nicos Poulantzas. Dejó instrumentos ricos, potentes, por primera vez el marxismo tenía la posibilidad de abrir una discusión seria sobre la política en cuanto categoría teórica. Y también dejó problemáticas abiertas, no resueltos, impasses, contradicciones. Igual que Althusser todos estos tópicos fueron parte del debate sobre la llamada «crisis del marxismo», que luego de su muerte no hizo más que profundizarse. 

5

Sobre ellas y sobre su legado, de manera más directa o más indirecta, trabajará toda una generación que no va ser indiferente a sus aportes y a abordajes. 

Lo paradójico del caso es que, cuando pensó que había finalizado su obra, que había encontrado una teoría sistemática del Estado, el ciclo iba a recomenzar. Pero en un ciclo inverso: ahora, su discípulo más ortodoxo, el británico Bob Jessop, sostendría que después de Estado, Poder y Socialismo, ya no se podía hablar de una teoría marxista del Estado. En el sentido de que no era ya posible una teoría omnicomprensiva del Estado. Teoría hay, pero debe ser de alcance intermedio, porque los estados son históricos, de composiciones variables, porque no hay un metafísica del Estado, sino estados históricos, coyunturas, procesos cambiantes, y esto por la misma definición relacional de Poulantzas, porque están atravesados por las luchas y conforman condensaciones diversas e inesperadas. 

Esta definición tendrá repercusiones en el conjunto del andamiaje teórico en el pasaje de Poulantzas a Jessop. En primer lugar, Jessop va a sostener que no hay ni primera ni última instancia para la economía. Que nunca la estructura emerge como coyuntura, que aunque puede limitar históricamente las opciones, siempre estará abierta a la dinámica de los acontecimientos. 

En segundo lugar, el Estado pasa a ser de estructural a estratégicamente selectivo. Aunque el Estado tiende a beneficiar a la clase capitalista, no está asegurado teóricamente. Podría ser que bajo ciertas circunstancias el Estado se vuelva disfuncional para los capitalistas. Porque las opciones no están definidas solo en el campo de las limitantes estrcuturales sino también en las recursividades y acciones disponibles que tienen ante sí los diversos agentes, que al optar por ciertas estrategias y dejar otras de lado, poseen un impacto diferencial sobre esas cristalizaciones institucionales, históricas del Estado y sus instituciones. Así, también tenemos Estados que ya no son capitalistas o no capitalistas, sino que son más o menos capitalistas, más o menos funcionales, y eso depende de relaciones de fuerza, de memorias y formatos institucionales y eventos políticos no inscriptos a priori en la estructura social. 

Además, para Jessop, siguiendo al neoinstitucionalismo histórico, las instituciones importan, tiene capacidad de actual sobre lo social. Y también importan los discursos. Porque hay imágenes, efectos y narrativas de estatidad, antes que estados unitarios. 

El papel de lo discursivo va tomando cada vez más relevancia para Bob Jessop, y aunque rechaza la lógica radical de Laclau que suelta amarras con las determinantes extralingüísticas, asume que el papel de las batallas discursivas es decisivo para definir articulaciones hegemónicas. 

Al mismo tiempo retoma a Foucault en el punto en que lo dejó Poulantzas, revalorizando el componente técnico político de los dispositivos de saber-poder y las técnicas de dominación. Y aunque coincide con Poulantzas en la necesidad de dar carnadura social y en jerarquizar la dominación de clase por sobre otras existentes, Jessop asume la importancia de las dominaciones capitales y multifacéticas de la sociedad actual para trazar una estrategia contra la dominación de género, étnica, cultural, intrafamiliar o al interior de las instituciones, lo que le da un papel distintivo a los movimientos sociales. En definitiva, Jessop avanza por la cornisa de algunos de los temas posmarxistas y posestrcuturalistas que se dispararon en Francia y otros países desde la década del setenta. Hacia una mayor pluralidad de fuentes teóricas, hacia la disipación de los efectos de verdad que ofrecían las grandes teorías sistemáticas, y al debilitamiento de los fundamentos sociales de la política, acercándose de este modo a los teóricos posfundacionales. 

6

Otro de los autores jerarquizados en este debate es el norteamericano Fred Block. Se trata de uno de los autores más destacados del neoestatismo junto Theda Skocpol. Block insistirá en ir más allá de la autonomía relativa y aceptar la existencia de una élite político burocrática que posee poder e intereses por derecho propio. Desde los años 80 —cuando Theda Skocpol y Block dicen que hay que traer al Estado al primer plano—, estos autores nunca abandonan la centralidad del Estado, ni desde el punto de vista analítico y ni desde el punto de vista de una estrategia política. La élite político-burocrática, aunque suele implementar políticas que benefician a la clase capitalista, pues de ellas extraen sus recursos fiscales y su legitimidad política, puede ocurrir, como de hecho ocurre durante períodos de crisis económica y social, que la burocracia del Estado se recuesta en la clase trabajadora para imponer fuertes restricciones a la libertad y a las ganancias del capital. 

Entonces, esta mirada estadocéntrica pone el acento en la autonomía de lo político, del rol mediador de los gerente políticos y la transforma en un actor más por derecho propio. Pero a diferencia de la versión dura de Skocpol, la versión blanda de Block establece una dialéctica entre Estado y sociedad que esquiva las tentaciones más radicales del análisis estatalista e institucionalista, que centra el núcleo de su explicación social partiendo de las instituciones y sus capacidades. El elitismo institucional de Block plantea un politicismo que va más allá de la autonomía limitada de Poulantzas, y recupera algo de las intuiciones weberianas y de la articulación hegemónica de Laclau. 

No hay «lógica del capital», digamos, que pueda impedir el curso de una lucha anticapitalista en el que la élite política forme parte. Una alianza entre clases subalternas y élite política, incluso puede propiciar procesos radicales de transformación, como lo demuestran movimientos nacional populares impulsados desde arriba y desde abajo en América Latina. 

7

Michael Mann es el autor más alejado de la tradición poulantziana. Se alejó por el camino abierto por el empirismo inglés y la sociología histórica. Mann decía que a Poulantzas le interesaba más la crítica marxista que la propia realidad, y algo de eso también le criticó otro británico, Ralph Miliband en su clásica polémica con Poulantzas. Mann, aun autor enrolado en una especie de marxismo weberiano, ha desarrollado una sociología histórica monumental, cinco volúmenes sobre las fuentes del poder en la historia. 

Mann da una explicación alternativa a la de Poulantzas sobre la naturaleza y las relaciones del poder. Asegura, igual que Marx, que la base económica ha sido decisiva para la conformación de la sociedad y del Estado moderno, pero no la única, ni la más relevante en todo momento y lugar. Sostiene la necesidad de ver a lo que llamamos sociedad como una red de relaciones de poder económico, político, militar e ideológico con sus propias lógicas y relaciones que se entrecruzan de manera aleatoria sin que se pueda predecir el papel y la importancia decisiva de cada una, dependiendo de cada coyuntura histórica. Mann se enrola en un neoestatismo relacional. 

Igual que Jessop, Mann asume como propia la definición de Poulantzas de que la autonomía del Estado (y por lo tanto su efecto de unidad) está dado por ser el lugar en el que convergen relaciones de poder. Es decir, no insiste tanto en la autonomía de los gerentes estatales como en la autonomía dada por el lugar en el que convergen las relaciones de poder, lugar de síntesis  y metabolismo del poder. Su interpretación de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial o el fascismo difieren de las explicaciones causales basadas en la economía y las disputas interimperialistas por los mercados. El fascismo, además, debería ser explicado, sostiene, desde un lugar distinto al de la determinación económica con el que los marxistas han insistido. 

Block, Mann y Jessop se separan de Poulantzas en un punto crucial: el Estado no puede definirse per se como Estado capitalista, puesto que depende del tipo de orden social en el que el Estado esté enraizado. Mann y Jessop lo llaman Estado polimorfo. Y ambos no definen al Estado según sus funciones como era tradición en el marxismo, sino por la morfología de sus instituciones. 

El israelí, Joel Migdal rescata el concepto de Estado como el resultado dinámico de consecuencias no buscadas, de luchas y cristalizaciones parciales, siempre puestas en duda, siempre fallidas. Una mirada que apunta contra las teorías racionalistas que prescriben cómo deben ser los estados para ser «racionales» (y es evidente que deben ser siempre a imagen y semejanza de Europa y Estados Unidos). Migdal encuentra en las ilegalidades, semilegalidades e informalidades periféricas no una muestra de irracionalidad desviada del estándar esperado, sino otra forma de gestión y otra racionalidad alternativa a los modelos eurocentristas. Proviniendo del pluralismo teórico, su convergencia con Jessop parece notable. 

8

El libro recoge textos que, salvo el de García Linera, no son de autores latinoamericanos, pero los temas que se tratan, la perspectiva y las problemáticas que recorren tienen una traductibilidad latinoamericana evidente. Si vemos los aportes de Linera, y en particular el caso boliviano, aun con todas sus particularidades, las categorías que mencionamos apareen en movimiento. 

El proceso boliviano pone en discusión la relación entre sociedad y Estado, entre los movimientos sociales y el Estado como productor también de realidades transformadoras. Pone en discusión el concepto de materialidad e idealidad, y el metabolismo dinámico entre sociedad y Estado, el carácter disputado y no cerrado del Estado, atravesado por conflictos y disputas verticales y horizontales, heterogéneo, cambiante, cristalización de relaciones de fuerza y de múltiples relaciones de poder. Y en particular ha puesto en discusión las formas de la transición socialista, la relación entre la democracia directa y el sufragio electoral, el Estado como lugar de dominación y lugar de emancipación. 

Fuimos testigos de la evolución política e intelectual de Linera, desde una perspectiva catarista más ligada al autonomismo que miraba al Estado desde una concepción externa al movimiento social, a otra en los que conceptos como el de hegemonía o la concepción relacional del Estado se hace cada vez más presente a medida que avanza su propia experiencia como vicepresidente y actor clave de la historia boliviana de las últimas dos décadas. Por eso polemizando con Holloway rechaza que la sociedad y las clases subalternas construyan su historia al margen del Estado. Así, sugiere que la idea de «cambiar el mundo sin tomar el poder» es pensar que el poder es una propiedad y no una relación, que es una cosa externa a lo social y no un vínculo social que nos atraviesa a todos. 

9

Cuando Poulantzas sostuvo una línea estratégica de socialismo democrático, basado en el fortalecimiento recíproco de la democracia directa fuera del Estado y la democracia electoral al interior del mismo, ese proyecto, que en Francia pasaba por el triunfo electoral del frente de izquierda, no se dio, su estrategia eurocomunista no se pudo concretar, y poco tiempo después el triunfo del tathcherismo y la reacción conservadora sepultarían las ilusiones puestas en la transición europea. Ese escenario, paradójicamente, se abrió mucho más claramente en América Latina en los 2000 que en la Europa de Poulantzas. 

Con todos los triunfos y derrotas, los errores y los aciertos de los gobiernos posneoliberales, el idioma poulantziano parecía echar más raíces en suelo latinoamericano que en la propia Europa, habla mejor el idioma español que el francés, el inglés o el italiano, se entiende mejor en El Alto de La Paz, el trópico de Cochabamba o las asambleas populares y movimientos feministas en Argentina, que en el barrio latino, la Sorbona o la Renault de Fline. 

Estamos, entonces, en presencia de un problema de traductibilidad: en qué medida estas discusiones abiertas nos interpelan y nos ayudan a pensar nuestra propia realidad, cómo sacamos provecho de los aportes y debates que el autor griego disparó en su momento y cómo los traducimos a nuestro propio terreno sin que sea ni calco ni copia.

Publicado enSociedad
Lunes, 16 Mayo 2022 05:32

Ecologismo y revolución

Ecologismo y revolución

Los llamados “problemas ambientales” han ganado en los últimos años una amplia audiencia. Las diversas “cumbres” entre los gobiernos de los Estados más poderosos del planeta, reunidos para alcanzar acuerdos en vistas de reducir la emanación de gases tóxicos de origen industrial –principales responsables del “calentamiento global” que amenaza con alterar los parámetros de la vida sobre la tierra– han recibido amplia atención. Y los fracasos estrepitosos de estas “cumbres” han abierto un sombrío signo de interrogación sobre nuestro futuro colectivo, si no confirmado algunos de los más oscuros presagios.

¿Qué hay en juego aquí?

Hay quienes piensan que estamos destruyendo la Tierra, cometiendo un “terricidio”. Aunque como imagen puede ser efectiva y efectista, la idea de un terricidio no resiste un análisis crítico. El planeta como tal seguirá allí, hagamos los humanos las barbaridades que hagamos. Y en cuanto a la vida sobre la Tierra, aunque el antropoceno genere extinciones masivas, fenómenos semejantes ya han sucedido en el pasado. De hecho, el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron el planeta se han extinguido. Aunque simbólicamente puede hacernos sentir muy altruistas creer que estamos salvando no solo a nuestra especie, sino a todas las demás, y que hemos dejado atrás concepciones “especistas”, lo cierto es que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie es capaz concebir la idea del especismo o el anti especismo. Si no queremos echarnos en brazos del irracionalismo, conviene tener en cuenta que la atmósfera en que habitamos y que hace posible “nuestra” vida, ha sido el resultado de emanaciones tóxicas de especies ya extintas que, precisamente, se extinguieron por modificar la atmósfera en que ellas vivían, haciendo con ello posible que prosperaran otras especies, entre ellas la nuestra. Por consiguiente, sería prudente y sensato hacer a un lado la idea –en el fondo profundamente religiosa– de que debemos ser los salvadores de la “vida en la tierra”, y asumir más modestamente que lo que está a nuestro alcance, como mucho, es prolongar el tiempo en que las condiciones climáticas permitan nuestra vida en este planeta.

Y precisamente, hay quienes creen que lo que se juega es ni más ni menos que la supervivencia de nuestra especie. ¿Exagerados? ¿Alarmistas? Puede ser. Pero en cualquier caso no deberíamos olvidar que son innumerables las especies que alguna vez poblaron nuestro planeta para extinguirse luego. Entre ellas los formidables dinosaurios. La única diferencia entre ellos y nosotros sería que los “dinos” no fueron responsables de los cambios ambientales que provocaron su extinción, mientras nosotros sí seríamos plenamente responsables de las alteraciones que comienzan a poner en riesgo nuestra supervivencia. Sin embargo, incluso las previsiones más catastróficamente colapsistas no parecen suponer que nuestra especie se extinguirá por un aumento de dos o tres grados de la temperatura promedio: se producirán desastres sociales y millones de personas morirían, pero de eso a la extinción hay aún un largo trecho.

Otros investigadores e investigadoras piensan que no está en riesgo la continuidad de nuestra especie, pero sí nuestra actual forma de vida: si no cambiamos a tiempo, nuestra civilización podría sufrir una catástrofe de enorme magnitud, repitiendo a escala gigantesca una experiencia semejante a la de muchas otras sociedades que vieron colapsar sus sistemas socioeconómicos en medio de dramáticos descensos demográficos, cruentos enfrentamientos y crisis mayúsculas. El colapso en este sentido no implicaría la “extinción”, sino quizá un descenso demográfico de gran envergadura, la desaparición o reducción de muchos bienes y servicios ampliamente generalizados, cierta “degradación” cultural y –casi con seguridad– un mundo social más violento e inseguro.

Hay también, claro, entusiastas de las soluciones tecnológicas: no importa qué tan graves sean los problemas, la ciencia y la tecnología siempre hallarán una solución. ¿Se agotan los hidrocarburos? No importa, otras fuentes de energía los reemplazarán. ¿La contaminación destruye el medio ambiente? Tranquilidad, nuestros biólogos crearán bacterias que se “coman” al petróleo derramado, nuestras mentes ingenieriles inventarán formas seguras y eficientes de procesar la basura, la industria genética desarrollará modificaciones que nos permitan adaptarnos a ambientes hostiles. Y así sucesivamente.

Por último, no faltan los “negacionistas”: quienes creen que no hay ningún problema ecológico realmente preocupante, que el cambio climático es un invento, que los combustibles fósiles no se acabarán, etc., etc.

Cabría decir, además, que estos diferentes enfoques no encajan de manera fácil ni mecánica con perspectivas ideológicas, con clases sociales o con grupos identitarios. Hay una derecha “negacionista”, pero hay otra derecha fanáticamente ecologista. Hay burgueses completamente indiferentes a la cuestión ecológica, pero hay innumerables corporaciones capitalistas eco-friendly. Hay obreros y campesinos que militan el ecologismo, y otros a los que les resulta completamente indiferente. Sin embargo, aunque la problemática ecológica sea socialmente transversal, ello no significa, en modo alguno, que sea ideológicamente neutral o carente de contenidos de clase. Lo que sucede, más bien, es que el sentido ideológico o de clase del ecologismo no lo determina el reconocimiento del problema, sino las maneras de abordarlo. Pero como la problemática ecológica es tan polivalente, abarca tantas cuestiones sumamente diversas aunque relacionadas, no se observan en la realidad, ni es dable esperar que se observe en el futuro, alineamientos ideológicos o sociales simples, automáticos o evidentes. Grupos y clases semejantes se escinden y se seguirán escindiendo ante esta problemática.

Panorámica

A grandes rasgos, los principales problemas ecológicos contemporáneos podemos dividirlos en varios grupos: cambio climático, contaminación, desertificación, agotamiento de recursos y pérdida de sustentabilidad.

El cambio climático entraña el aumento de la temperatura promedio, junto a otros desequilibrios ambientales de gran envergadura. Aunque huracanes e inundaciones ha habido siempre, en las últimas décadas se ha registrado un aumento de la cantidad y de la magnitud promedio de unos y otras. El aumento de la temperatura promedio de la Tierra en relación a los parámetros del mundo pre-industrial tendrá consecuencias muy importantes: habrá territorios sumergidos bajo las aguas, los desiertos aumentarán, muchas especies perderán su hábitat natural, etc. Para los seres humanos, un mundo más cálido presentará grandes desafíos. De hecho, ya está implicando el desplazamiento masivo de poblaciones e incluso ya ha habido guerras cuya causa fundamental es el cambio climático.

La contaminación alcanza en algunos países niveles alarmantes. Y es sumamente preocupante a escala global. Partículas de plástico pueden ser halladas en los lugares más remotos del océano. La polución ambiental es una de las cinco principales causas de mortalidad. Los desechos humanos son una de las principales causas de pérdida de bio-diversidad (la otra es la expansión de la frontera agrícola). Los efectos de la contaminación son tan grandes que ya el agua potable es un recurso escaso y valioso: las guerras por el agua quizá reemplacen a las viejas guerras por el petróleo.

El proceso de desertificación tiene dimensiones mundiales: cada día miles de hectáreas de selvas tropicales son taladas para ampliar la frontera agrícola-ganadera, lo que en general conlleva, a los pocos años, la conversión de antiguos ambientes selváticos en verdaderos desiertos (ya ni siquiera aptos para la agricultura o la ganadería por las que se desmontó la selva originaria). Una de las consecuencias más graves de la desertificación, amén de su impacto en el cambio climático, es la reducción a largo plazo de las áreas cultivables. Un típico mecanismo de “pan para hoy, hambre mañana”. O mejor: “grandes negocios para los capitalistas hoy, hambre para el pueblo trabajador mañana”.

El agotamiento de los recursos es ya una realidad palmaria, antes que una posibilidad más o menos lejana. El desarrollo de la megaminería a cielo abierto se relaciona directamente con el agotamiento de las grandes concentraciones de minerales de socavón. Ahora sólo quedan minerales diseminados, para cuya extracción se requiere la destrucción de montañas, el empleo de sustancias contaminantes y la utilización de millones de toneladas de agua sustraída a otros usos, como el consumo humano o el regadío. Por otra parte, es ya evidente la imposibilidad de extender los niveles de consumo de los países industrializados al conjunto del planeta: sencillamente, los recursos disponibles no son suficientes. No hay ninguna duda de que la humanidad experimentará (de hecho ya se ha iniciado) una “transición energética”: el interrogante es quiénes se beneficiarán y quiénes se perjudicarán, y cuán consciente, voluntaria y ordenada, o bien involuntaria y caótica, será la misma.

Para concluir, es hoy en día notoria la falta de sustentabilidad (es decir, de capacidad para reproducirse a largo plazo) de buena parte de las principales actividades económicas contemporáneas. La expansión de nuestras sociedades industriales se consigue devastando áreas naturales (lo que acarrea desastres ambientales), agotando recursos no-renovables (como el petróleo, el carbón o el gas), y generando contaminación y cambios climáticos. La suma de todos estos problemas determina que la economía global contemporánea no sea sustentable: no se puede seguir así de aquí a unas pocas décadas. Esta es una de las razones fundamentales por las que muchos intelectuales consideran que estamos atravesando una verdadera “crisis civilizatoria”.

Una doble paradoja

Aunque estudios serios y reflexiones profundas de carácter ecologista pueden ser hallados en las décadas de los ‘60 y ‘50 (e incluso antes), no sería hasta principios de los ‘70 que la problemática ecológica, la sustentabilidad y los límites del desarrollo cobraran estado público y cierta resonancia política. Pero, podríamos decir, hasta los últimos años del siglo XX se trataba de preocupaciones de minorías sociales y políticas. Su fuerte presencia entre las clases medias y medias/altas de algunos países centrales (un ejemplo claro es el partido verde alemán), facilitó que el movimiento obrero y la izquierda política mayoritaria vieran en el ecologismo una lujosa moda de países ricos. Aunque en esta mirada había mucho de ceguera (y ha habido valiosas experiencias de ecologismo popular, como el representado por Chico Méndez en Brasil), tras la misma se ocultan problemas reales: ¿deben los países pobres renunciar a su propia industrialización en honor a la ecología? ¿Es sensato reclamar a la población asalariada una austeridad ecológicamente motivada en un mundo tan obscenamente desigual?

Como sea, no sería hasta los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI que la problemática ecológica fuera vista como un asunto de primera magnitud y atrajera la atención de amplias mayorías en muchos países. De hecho, tras largas décadas de displicencia, hablar pero no hacer, hacer menos de lo acordado y todo tipo de hipocresías, parece evidente que buena parte de las autoridades políticas y de los sectores más concentrados de la clase capitalista han empezado a impulsar al ecologismo a un lugar central, adoptando enfoques catastrofistas y demandando medidas drásticas y urgentes. Y efectivamente: el horno no está para bollos. Acciones radicales y con carácter urgente parecen ineludibles. Cuanto más demoremos en introducir cambios sustanciales, mayores serán los costos sociales e incluso demográficos (se morirá gente, sí). Sin embargo, por preocupante que sea la situación, sería un error perder la calma: ello nos impedirá pensar críticamente y nos arrojará fácilmente en brazos de supuestas soluciones que no son tales, y que incluso podrían agravar la situación.

Aplastados los experimentos auto-denominados socialistas, domesticados los movimientos obreros, instalada la idea de “no hay alternativa”, el capitalismo parecía haber controlado su principal contradicción: el antagonismo capital/trabajo. Sin embargo, y paralelamente, el antagonismo capital/naturaleza se volvía más inmanejable y devastador que nunca. Un sistema económico cuya estructura profunda impulsa y requiere crecimiento económico permanente es insostenible en un planeta finito: ya se ha topado ante claros límites ecológicos. La “cuestión ecológica”, pues, se ha convertido en una de las impugnaciones fundamentales al capitalismo y ha introducido una dimensión agonística a la política contemporánea. Sin embargo, como es obvio, hoy nos enfrentamos a una situación en la que “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, a la vez que se escuchan más y más voces que claman que nuestra salvación depende de actuar ya mismo, aquí y ahora. La suma de ambas cosas arroja el resultado de que las medidas drásticas para enfrentar la transición energética y los desafíos del cambio climático son concebidas con independencia del derrocamiento de la clase dominante y la transformación de las relaciones de producción. Se pueden imaginar las medidas más extremas y dispares para enfrentar el cambio climático o la crisis energética: proyectos de “geo-ingeniería”, canje de deuda por naturaleza, cuotas de contaminación, desarrollo de energías alternativas, políticas de decrecimiento, incluso la colonización de otros planetas. Lo único que parece impensable es acabar con el capitalismo.

Hay pues, un ecologismo del capital (Al Gore podría ser un exponente típico), y no faltan las versiones de eco-fascismo: gente que ama a los animales pero desprecia a las que considera otras “razas” humanas, intentos de control autoritario de la natalidad en pos de un equilibrio con la naturaleza, propuestas abiertas o solapadas de dejar a los pobres en la pobreza para no aumentar la huella de carbono, etc. Pero también ecologistas sin conexiones materiales o ideológicas con el capital, e incluso muchas corrientes eco-socialistas, puesto que en general asumen implícita o explícitamente que la transformación revolucionaria del sistema no está a la orden del día, en los hechos acaban muchas veces “ofreciendo” soluciones a los gestores capitalistas, o estableciendo demandas a esos mismos gestores sin aspirar a derrocarlos, desconectando, en fin, las problemáticas ecológicas de la lucha por cambiar el sistema. En el límite, se llega a postular la transformación social como un norte, una idea regulativa, un telón de fondo, pero en la práctica todo se lo hace dentro del sistema y sin vinculación con ninguna estrategia y organización revolucionaria. No faltan razones para esta deriva: debilidad del movimiento obrero, tradicional ceguera de muchas fuerzas de izquierda ante la problemática ecológica, marginalidad de las fuerzas revolucionarias, etc. Pero, por comprensible que esto sea, colabora en la reproducción de las pautas políticas del capitalismo posmoderno: proliferación de demandas parciales (identitarias a ser posible) que no se articulan nunca en un proyecto anti-sistémico. Desconexión, individualismo y particularidad para las masas: el que totaliza y universaliza es el capital.

Diagnóstico: la raíz del problema

Cuando pensadores de la talla de Immanuel Wallerstein sostienen que estamos inmersos en una “crisis civilizatoria” lo que nos están diciendo es que nuestra actual civilización capitalista industrial no es sustentable a largo plazo, e incluso a plazo medio (digamos, unos cuarenta o cincuenta años). Y los problemas ecológicos y ambientales ocupan un lugar central en este diagnóstico: así como vamos no es posible continuar. ¿Pero cuál es el origen de estos problemas? Fundamentalmente un sistema económico-social movido por el lucro privado como principio. La sed de ganancias ha impulsado enormes progresos técnicos, pero su costo ha sido altísimo, no solo para la naturaleza sino también para las personas. Varios siglos de desarrollo capitalista no han atenuado sino más bien acrecentado la desigualdad social, con el agravante de que la esperanza que el desarrollo industrial generara las bases materiales para una sociedad de la abundancia (ya fuera dentro de los marcos del capitalismo o en una sociedad socialista que le habría de suceder) son hoy ilusorias: la escasez de recursos y la crisis ecológica han dado por tierra con estas ilusiones. Nos enfrentamos, pues, ante una dura realidad. Sin embargo ni la sed de ganancias, ni la búsqueda de beneficios privados, ni la innovación tecnológica despreocupada de sus efectos a mediano/largo plazo o de sus consecuencias sociales son el resultado de que nos guiemos por valores equivocados o adoptemos erradas opciones individuales. La idea de que todo podría arreglarse cambiando los “valores” o la conducta individual es obviamente seductora: parece al alcance de cualquiera y se basa en la presunción de que las cosas ocurren de acuerdo a lo que las personas hacen. Pero por seductora que pueda resultar esta manera de pensar, la misma es claramente equivocada. El consumismo capitalista no es resultado de decisiones individuales en el plano del consumo: es consecuencia de un productivismo a nivel macro-social. Desde luego, cada persona puede decidir consumir menos o consumir de manera diferente (por ejemplo alimentos orgánicos), pero esto tendrá un efecto muy limitado, en tanto y en cuanto el sistema requiera una producción aumentada y la publicidad constituya un bombardeo mediático: sólo una minoría podrá escapar. Por otra parte, el productivismo propio del capitalismo no hunde sus raíces, por mucho que lo parezca, en las decisiones individuales de los capitalistas. En realidad, es la estructura misma de las relaciones capitalistas de producción –y su carácter competitivo– la que determina el resultado: los capitalistas que no sean capaces de seguir el tren de las innovaciones más lucrativas desaparecerán de la escena. No es necesario que la mayoría de quienes poseen o administran los capitales sean innovadores compulsivos: basta que una pequeña minoría desarrolle innovaciones para forzar al resto a adaptarse o perecer. Marx tenía muy claro que aunque él no “pintara de rosa a los capitalistas”, la dinámica del sistema no se hallaba determinada por cuán buenos o malos, sensibles o insensibles fueran cada uno de ellos como persona. De allí la necesidad de transformar la estructura misma de las relaciones de producción.

Ahora bien, si el crecimiento económico es una consecuencia ineludible de la economía capitalista (en cuyo marco además el crecimiento lento o el no crecimiento redundan en males sociales como el desempleo) y si el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, parece indiscutible que hay que abolir el capitalismo. Sobre todo, como es el caso, cuando ya está claro que el consumo de recursos y de energías de la actual civilización del capital demanda los recursos de casi dos planetas Tierra (pero sólo tenemos uno), y ello en medio de una pobreza atroz, y en crecimiento. Que no podemos seguir consumiendo los recursos y la energía que consumimos es algo claro. Pero no menos claro es que ese consumo es increíblemente desigual. A quienes hablen de austeridad invocando razones ecológicas habrá que responderles, como proponía Manuel Sacristán hace ya varias décadas: austeridad, desde luego, pero primero igualdad.

¿Capitalismo eco-friendly?

Pretender que las economías capitalistas adopten una fisonomía ecológica parece fantasioso. Los actuales discursos y propaganda “ecológicos” de muchas empresas multinacionales no son más que eso: discursos y propaganda. La realidad es bien distinta. En el fondo el capitalismo es anti-ecológico por naturaleza. Su móvil es la ganancia y su objeto el beneficio, no el cuidado del medioambiente. Su primer y más sostenido impulso es ecológicamente destructivo. Después pueden venir correctivos legales o tecnológicos… pero siempre después. La dinámica es bien clara: el capitalismo genera primero desastres ambientales y sociales, después busca solucionarlos… y, casi siempre, con poco éxito. Sería excesivo, empero, concluir que el capitalismo es absolutamente incapaz de afrontar los problemas ecológicos. Aunque no parece ésta la opción más factible, no se la debería descartar. ¿Pero cuál sería el precio de un “capitalismo ecológico”? No es difícil imaginarlo. En el mejor de los casos se trataría de una sociedad aún más desigual que las actualmente conocidas; con un empleo más asiduo y a mayor escala del poder militar por parte de las potencias para garantizarse el acceso a recursos crecientemente escasos e impedir el uso de estos recursos por los países y las clases pobres, en nombre de la austeridad ecológica; acentuación de los aspectos predatorios de la explotación laboral humana (ya lo vemos en fenómenos como la “uberización”); clases altas viviendo en la opulencia en fortalezas cibernéticas rodeadas de bolsones de pobres a los que se inculca una moral de resignación y se los mantiene pasivos con la fórmula que con todo descaro ofrece Yuval Harari: una combinación de drogas y videojuegos. En el peor de los casos sería una suerte de guerra de todos contra todos. Como fuere, parece indiscutible que, en un marco capitalista, la escasez de recursos y los problemas ambientales llevarán a una mayor desigualdad de los ingresos y a una creciente inequidad en el pago de los costos ambientales. Ante nuestros ojos ya se perfila la división del mundo entre los incluidos y los excluidos en la sociedad de consumo.

La alternativa más razonable, por consiguiente, es imaginar lo que hoy por hoy parece vedado: un radical cambio societario. Una sociedad industrial sustentable (y es imposible, sin una catástrofe humana, salirnos del mundo industrial) debería ser no-capitalista. Pero esto nos coloca ante la necesidad de asumir que se impone no solo un cambio en las relaciones económicas, sino también una transformación sustancial de nuestros valores y de nuestra forma de vida. No podremos avanzar más allá del capitalismo si nuestra vida está orientada por la lógica consumista. Una sociedad industrial sustentable sólo parece posible si la planificación económica va acompañada de un ethos igualitario, una perspectiva anti-consumista, responsabilidad con las generaciones futuras y mesura en el empleo y desarrollo de nuestras capacidades: no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.

Necesitamos, pues, reemplazar la vana búsqueda de la felicidad por medio del consumo por una moral de la auto-realización personal y colectiva. Alterar nuestros valores para que el ser sea más importante que el tener. Pero por importantes que sean los cambios en la conducta individual –hay que insistir en esto– son insuficientes si no se entrelazan con transformaciones de la estructura social. Hay que apuntar, pues, hacia alguna forma de eco-socialismo. Esto no significa, desde luego, ninguna nostalgia por las formas autoritarias (y productivistas) de los socialismos conocidos en la pasada centuria. Entraña, más bien, un compromiso con los principios fundamentales (a veces olvidados) de la tradición socialista: abolición de las clases, igualdad, libertad y planificación social.

A como están las cosas, cambios fundamentales en nuestra forma de vida se tornan imperiosos. Sin embargo, y aunque suene paradójico, para calibrar con sensatez la situación y orientarnos en un mundo cada vez más complejo y crecientemente caótico será necesario, a la vez, radicalidad y mesura. Radicalidad es ir a la raíz. La raíz de la situación ecológicamente desastrosa en que nos hallamos es el desarrollo capitalista: cualquiera sea la variable que observemos (el consumo de energía, la contaminación ambiental, el aumento de las temperaturas, el crecimiento demográfico, el agotamiento de recursos, etc.), todas ellas se disparan desde que el capitalismo advino al mundo y, sobre todo, desde la revolución industrial que este sistema desencadenó. El capital abrió una verdadera caja de Pandora, que será necesario cerrar. Pero no parece posible ni deseable buscar cerrarla sin destruir al capitalismo. Pero también necesitamos mesura: mesura en el consumo, mesura en el desarrollo tecnológico (con mucha atención a las consecuencias no deseadas del mismo), mesura en el análisis de la situación, mesura a la hora de imaginar soluciones a problemas complejos.

El comprensible anhelo de hallar soluciones inmediatas y aparentemente simples a problemas urgentes y complejos (como todos los relacionados con la crisis energética y ecológica) corre el riesgo de favorecer medidas intuitivamente convincentes pero contraproducentes. Y peor aún, un abordaje histérico de estos problemas le allana el camino a las respuestas del capital, cuyos agentes, en nombre de la urgencia, no dudan ni dudarán en aplicar medidas drásticas, en tanto y en cuanto no afecten las ganancias de las corporaciones capitalistas (aun cuando puedan sacrificar a sectores enteros de la propia burguesía).

Lo dramático de la situación requiere acciones de gran envergadura y con cierta urgencia. De ello no hay duda. Pero no se trata de cualquier acción. Y habrá que desconfiar de todas las propuestas emanadas de la clase dominante y de sus administradores estatales. Y lo esencial, ninguna política ecologista puede tener mucha credibilidad en tanto y en cuanto no se proponga el derrocamiento de la clase capitalista. A quienes piensen que puesto que no parece posible en ningún futuro cercano tal derrocamiento, lo único sensato es introducir las medidas necesarias en pos de la transición energética y la disminución de la huella de carbono, se les dirá que si una revolución es imposible, los cambios ecológicos necesarios, dentro del capitalismo, son tanto o más imposibles, o bien tendrán características cuyas consecuencias serán tanto o más nefastas.

Un ecologismo sensato y con sensibilidad humana (hay ecologistas con poca sensibilidad humana, más preocupados por las ballenas que por los hambrientos) debe, pues, asumir un horizonte socialista. Pero con ello no basta: una perspectiva eco-socialista en la que el socialismo es visto como algo lejano para un futuro no menos lejano devendrá casi ineludiblemente en furgón de cola de las propuestas (más o menos hipócritas) de la ecología del capital. Para evitar esta deriva –tan fácil de transitar como inocua en sus resultados– se debe asumir de hecho (y no solo de derecho) una perspectiva revolucionaria que apunte al derrocamiento del sistema del capital en un futuro lo más cercano posible. Un ecologismo intransigente demanda un anti-capitalismo no menos intransigente. Pero, simétricamente, todo socialismo creíble debe colocar a la cuestión ecológica en un lugar verdaderamente central. Ningún sectarismo de una u otra parte es recomendable. Sólo la fusión de los caminos ecologista y socialista dará una oportunidad a la humanidad de vivir un futuro que no sea un infierno.

Publicado enMedio Ambiente
Viernes, 13 Mayo 2022 06:20

Desde dentro y en contra

John Holloway / Wikimedia Commons

Con John Holloway, a 20 años de Cambiar el mundo sin tomar el poder

 

En esta entrevista, a dos décadas de la publicación de su libro más célebre, el intelectual irlandés habla sobre la realidad latinoamericana y la resistencia a la explotación.

 

John Holloway vive y enseña en Puebla, México, desde hace unos 30 años. Es profesor en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, donde da un curso sobre El capital, de Karl Marx, y otros que mezclan teoría crítica, crisis del capital y las posibilidades actuales de desplazarlo. Dice que identificar es una forma de dominar, pero, en vistas de su carrera de más de cuatro décadas, no queda otra que asociar a Holloway al marxismo autonomista, contrario a la tradición leninista, centrada en la clase obrera y la toma del Estado. Brecha se juntó con Holloway en el Jardín Etnobotánico de Cholula y conversó con él con la excusa de los 20 años de la publicación de su libro más conocido: Cambiar el mundo sin tomar el poder.

—Hace 20 años, en 2002, se publicó Cambiar el mundo sin tomar el poder, un libro en el que dice que el Estado es una forma de administrar y reproducir la lógica del capital, por lo que no tiene mucho sentido apelar al poder estatal como instrumento para la transformación social. El libro tuvo muchísimo éxito. Inspiró a organizaciones militantes en varios países latinoamericanos y motivó discusiones sobre la posibilidad de organizar proyectos emancipatorios autónomos, en medio de un ciclo de luchas sociales e impugnaciones contra las políticas neoliberales. ¿Cómo surgió el libro y cómo recuerda aquel contexto?

—Creo que las primeras intuiciones de Cambiar el mundo… aparecieron en la década del 70, en el ámbito de un debate teórico-político acerca del Estado como una forma social derivada de la dinámica del capital, es decir, viendo al Estado como una coagulación de las relaciones sociales capitalistas. De ahí, me parecía obvio que no podíamos pensar en una revolución a través del Estado. Luego, en el 91 llegué a México y en el 94 fue el levantamiento zapatista, que fue… maravilloso. Ese acontecimiento se conectó con lo que venía pensando en los años anteriores, acerca de encontrar formas de emancipación que no estuvieran canalizadas (y neutralizadas) por la lógica del Estado. Supongo que eso me dio más impulso para escribir el libro. Su publicación vino apenas después de la crisis de 2001 en Argentina, del «Que se vayan todos». La coincidencia del argumento central del libro con las explosiones de rabia social hizo que tuviera una repercusión que no esperaba. Pensaba que a nadie le iba a importar.

—Las primeras frases del libro se hicieron famosas: «En el principio es el grito. Nosotros gritamos». ¿Qué es ese grito? ¿Cree que es básicamente el mismo hoy que hace 20 años?

—El grito es un grito de rechazo. Es: «No queremos», «No lo aceptamos», «No lo vamos a permitir». La idea del grito tiene un origen medio tonto, pero es como se me ocurrió. En los setenta estaba en una manifestación en Frankfurt y vi una pancarta que tenía escrito algo así: «!!#?*/!!», un conjunto de signos que expresaban rechazo, pero que no sabían bien cómo exteriorizarse; un grito de ahogo, de furia ahogada. Creo que el grito de hoy es de desesperación, de ansiedad profunda. No es solamente: «Nos están explotando», no es solamente rabia contra la desigualdad, sino que es un grito más consciente del peligro de la extinción o de la catástrofe. Si vemos lo que está pasando en el mundo con la pandemia, la guerra, la amenaza de una guerra nuclear, el calentamiento global… Creo que es un grito mucho más consciente de la posibilidad de una catástrofe.

—El subtítulo del libro es «El significado de la revolución hoy». ¿Y hoy? ¿Cuál es?

Cambiar el mundo… termina diciendo que no sabemos. Hoy tampoco lo sabemos. Si vemos el capitalismo, está claro que lo tenemos que romper, que la revolución es más urgente que nunca, mucho más urgente que en 1917, por ejemplo. Lo que hoy se nos aparece como una consecuencia posible de la dinámica capitalista es mucho peor que hace 100 años, porque tiene que ver con la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en el planeta. La revolución es romper la dinámica social actual, que es la dinámica del dinero y del capital. ¿Cómo hacerlo? Bueno, pienso que lo primero es el grito, pero el grito que abre grietas. En Agrietar el capitalismo, el libro que escribí luego de Cambiar el mundo…, propuse la idea de las grietas como una posible respuesta en términos de reconocimiento, creación, expansión, multiplicación y coexistencia de espacios y momentos en los que decimos: «No, no vamos a aceptar, vamos a explorar otras formas de vida».

—Solemos pensar el capital como una fuerza más o menos abstracta que nos domina, nos explota, organiza nuestra vida en función del trabajo, el dinero, el consumo de mercancías, etcétera, y que, en todo caso, tiene constantes crisis de reproducción, que intenta superar intensificando la explotación y la extracción de valor. Sin embargo, usted insiste en que detrás de estas crisis estamos nosotros, que nosotros somos la crisis del capital. ¿Qué quiere decir con esto?

—El capital es un ataque, una agresión, una forma de dominación que tiene la característica de no poder reproducirse hoy como ayer. El capital como forma de dominación tiene una dinámica inherente, una dinámica expresada en la ley del valor. La reproducción del capital depende de su capacidad de explotarnos, y de explotarnos más y más. Si no lo puede hacer, entra en crisis. Por eso, somos nosotros los que estamos ahí como obstáculo, porque no queremos, no dejamos que el capital siga explotándonos. Tenemos que pensar en nosotros como obstáculos del capital. Si vemos el capital como una agresión constante, sus problemas para reproducirse indican la fuerza de nuestra resistencia, que puede ser una resistencia consciente, militante, o simplemente una resistencia de «Hoy me quedo en casa a jugar con los niños». Para mí, lo más importante es que estos gritos no van contra una dominación estable y omnipotente, sino contra una dominación que está constantemente en crisis, porque nosotros podemos ponerla en crisis.

—Obviamente, su postura es muy lejana a la de los progresismos, cuya estrategia está centrada en acceder al poder del Estado y, desde allí, combinar la reproducción del capital en sus territorios con ciertas políticas de redistribución y reconocimiento de derechos y una mejora en el nivel de vida de los sectores populares. Es evidente que esta estrategia de equilibrismo ya no funciona como antes. Sin embargo, no parece haber algo con la fuerza suficiente para desbordarla. Todo está medio trancado. Los progresismos siguen ahí, ya sin entusiasmar mucho a nadie, pero manteniéndose como alternativas de gobierno realistas. ¿Qué balance hace de la época progresista y cómo ve esta especie de punto muerto?

—Me parece que lo de 2001 en Argentina es un buen ejemplo para entender esto. El «Que se vayan todos» no logró mantener su energía y fue canalizado dentro del progresismo kirchnerista. Y el kirchnerismo fue una forma de reconciliación entre el descontento social manifiesto y la reproducción del Estado. Está claro que el progresismo no es la respuesta que buscamos, porque termina reproduciendo la misma dinámica de destrucción. Por ejemplo, los gobiernos progresistas en América Latina han sido, en general, bastante favorables al extractivismo. Por la razón que tú dices: porque el Estado necesita garantizar (y atraer) la reproducción del capital dentro de su territorio. ¿Cómo romper con eso? Bueno, obviamente ese es el dilema en el que estamos desde hace mucho tiempo. Primero, la idea de las grietas: ir construyendo espacios y momentos de autonomía, en los que decimos no a la lógica del capital y del Estado, porque el Estado solamente puede reproducir el capital. Segundo, me parece evidente que en los próximos años se van a intensificar los conflictos sociales, probablemente en todo el mundo. Vamos a ver una intensificación de la crisis del capital, una intensificación de la rabia social. Es probable que veamos más explosiones como la de Chile hace unos años, la de Colombia el año pasado, la de Sri Lanka hace unas semanas. Me parece que tenemos que pensar en cómo nos estamos relacionando con estas explosiones. Lo que vemos es que a veces son movilizaciones fascistas. A veces, en cambio, tienen potencias emancipatorias, como las de Chile y Colombia. No estamos viviendo en un mundo estable. El problema va a ser cómo nos relacionamos con estas explosiones. Lo mismo sucede con el calentamiento global, que es una característica inseparable de la destrucción capitalista.

—Hace unos años que nos pasamos hablando de la derecha. Vemos cómo se ha ido formando una avanzada de movimientos reaccionarios con bases sociales que crecen, capaces de canalizar malestares y ganar elecciones. Hablan de anticomunismo, supremacía racial, necesidad de recuperar los valores de Occidente, odio a los feminismos y las disidencias sexuales, etcétera. Frente a esto, al menos en América Latina, los progresismos se presentan como una especie de cordón sanitario, que puede contener a esta derecha radicalizada. Por un lado, parece obvio que nada bueno puede salir de esta disputa. Por otro, tampoco se puede hacer de cuenta que no existe, porque lo cierto es que este marco binario termina bloqueando la imaginación política y absorbiendo las energías militantes.

—Estoy de acuerdo con lo que dices. Es difícil ver que salga algo bueno de ahí. Espero que [en las elecciones brasileñas de este año] gane Lula. Y qué bueno que ganó [Gabriel] Boric en Chile. Y espero que gane la izquierda en Colombia también. Pero los gobiernos progresistas siempre terminan en una desilusión, porque no pueden cumplir sus promesas, porque el poder no está en el Estado, sino en la organización social capitalista. Y mientras eso no se cuestione, lo que puede hacer un gobierno progresista está bastante restringido. Entonces sí: esa oscilación entre progresismos y derechas radicales no ofrece una salida. Es más: cierta dinámica en el progresismo favorece a la derecha, simplemente por la fuerza de la desilusión. Para mí, lo importante es pensar en la derecha, pero no únicamente desde la indignación y el desagrado. El desafío es pensar en esta derecha tan repugnante en términos de lo que tenemos en común. Lo que tenemos en común es la rabia contra el sistema. En lugar de decir simplemente: «Esos son fascistas», tenemos que arriesgarnos a tocar su enojo, su rabia social, y entender que esa rabia puede tomar otras direcciones. La cosa es cómo entender ese enojo social y por qué está tomando esa forma, para así intentar que tome otras.

—Usted siempre habla de la importancia de pensar desde las luchas, desde la fuerza que nos da saber que reproducimos el capital y podemos dejar de hacerlo. Sin embargo, el otro día lo escuché decir en una clase algo que me llamó la atención: que teníamos que pensar más en cómo debilitar al enemigo. ¿Qué quiso decir?

—Creo que en los años noventa se dio un giro en las discusiones marxistas y en la teoría social radical en general, y se empezó a pensar en las luchas que vienen desde abajo, desde nosotros. El peligro con eso es que simplemente vamos olvidando cómo se mueve el otro lado. Eso se ve en la teoría autonomista, en la idea del éxodo, la idea de la fuga, la idea de crear alternativas y olvidarnos del capital. Veo eso como el sueño del prisionero que imagina que ya está fuera de la cárcel. Mi opinión es que no tenemos que pensar en términos de alternativas, sino en términos de antagonismos: antagonismo entre nuestras capacidades y deseos, y el capital. Tenemos que pensar desde donde estamos, pero entendiendo nuestra situación como un antagonismo, no como una alternativa. En un libro que espero se publique pronto, llamado Esperanza en tiempos de desesperanza, retomo esta idea. Para decirlo más claro: tenemos que ser conscientes de este contexto antagónico en el que estamos metidos, no solo porque nuestras luchas siempre se enmarcan allí, sino porque tenemos que entender si nuestras luchas se están produciendo dentro del capital mismo, como su crisis y su enfermedad. Es decir, no se trata tanto de escapar del capitalismo –lo que no es realmente posible– o de crear alternativas, sino de asumir nuestra posición antagónica y luchar desde allí, desde dentro y en contra.

—Algo muy característico de su escritura es que está llena de emociones e imágenes afectivas. Hay dolor, bronca, deseo, esperanza. Da la sensación de que está pensando constantemente en la emocionalidad de quien lee, como queriendo que después de leer se vaya con más conciencia de su fuerza. Al hablar con amigos de aquí, muchos me dijeron que cuando terminaron de leer Cambiar el mundo… querían tirar el libro contra la pared y salir a gritar junto con los demás. La teoría suele presentarse como un campo despejado de las emociones que nublan la razón. Usted, en cambio, les da un lugar central en su desarrollo teórico.

—Sí, creo que no puedo partir de otro lugar que no sea la esperanza. Para mí, la esperanza es básica, porque simplemente me niego a aceptar que no hay salida. Creo que la hay. Es cierto que hay pocas posibilidades. Si miro a mi alrededor hoy, creo que nos encaminamos hacia la extinción. No sé… ¿cuánto hay?, ¿un uno por ciento de posibilidades de que esto salga bien? Bueno, apostemos por ese uno por ciento. Por eso me gusta tanto aquel mensaje de los zapatistas del que hablamos siempre. En octubre de 2020, en el comunicado en que anunciaban su cruce transatlántico hacia Europa, luego de describir la catástrofe que es el capitalismo, los zapatistas escribieron: «Y por eso hemos decidido que es tiempo de que bailen nuestros corazones y de que no sean ni su música ni sus pasos los del lamento y la resignación». No puedo pensar de una manera distinta a esa.

Por Ignacio de Bonidesde Puebla 
13 mayo, 2022

Publicado enSociedad
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