Con 88 mil investigaciones se confirma que humanos han causado el cambio climático

Fundamental, admitir el papel de las emisiones de gases de efecto invernadero para aportar nuevas soluciones, alertan

 

Más de 99.9 por ciento de los artículos científicos revisados por pares coinciden en que el cambio climático es causado principalmente por los humanos, según 88 mil 125 estudios relacionados con el tema.

La investigación de la Universidad de Cornell actualiza un documento similar de 2013 que revela que 97 por ciento de los estudios publicados entre 1991 y 2012 apoyaron la idea de que las actividades humanas están alterando el clima. La actual examina la literatura publicada desde 2012 hasta noviembre de 2020 para explorar si el consenso ha cambiado.

"Estamos virtualmente seguros de que el consenso está muy por encima de 99 por ciento ahora y que está prácticamente cerrado el caso de cualquier conversación pública significativa sobre la realidad del cambio climático causado por los humanos", destacó Mark Lynas, miembro visitante de la Alianza para la Ciencia en Cornell University y el principal autor del artículo.

"Es fundamental reconocer el papel principal de las emisiones de gases de efecto invernadero para que podamos movilizar rápidamente nuevas soluciones, dado que ya somos testigos en tiempo real de los devastadores impactos de los desastres relacionados con el clima en las empresas, las personas y la economía", señaló Benjamin Houlton, decano de la Facultad de Agricultura y Ciencias de la Vida en Cornell y coautor del estudio, publicado en Environmental Research Letters.

A pesar de estos resultados, las encuestas de opinión pública, así como los juicios de políticos y representantes públicos, apuntan a creencias falsas y afirman que todavía existe un debate significativo entre los científicos sobre la verdadera causa del cambio climático.

En 2016, el Centro de Investigaciones Pew descubrió que sólo 27 por ciento de los adultos estadunidenses creen que "casi todos" los científicos estaban de acuerdo en que el cambio climático se debe a la actividad humana, según el documento. Una encuesta de Gallup de 2021 señaló una división partidista cada vez más profunda en la política de Estados Unidos sobre si el aumento de las temperaturas desde la revolución industrial fue causado principalmente por los hombres.

"Para comprender dónde existe un consenso, es necesario cuantificarlo. Eso significa examinar la literatura de una manera coherente y no arbitraria para evitar intercambiar papeles seleccionados, que es a menudo la forma en que estos argumentos se llevan a cabo en la esfera pública."

Publicado enMedio Ambiente
Un grupo de ecologistas españoles alcanzan el ecuador de su travesía a pie hasta Glasgow.- EFE

El próximo mes de noviembre, con un año de retraso debido a la covid-19, se reúnen en Glasgow los gobiernos de los 190 países firmantes del Convenio contra el Cambio Climático (COP26). Se trata de una reunión clave en la lucha contra el cambio climático, que el mundo espera con una mezcla de esperanza y escepticismo.

Desde que en 1992 se firmara en la Cumbre de Río de Janeiro el Convenio contra el Cambio Climático han pasado ya casi treinta años en que las emisiones no han dejado de aumentar. Y las temperaturas aumentan, acercándonos cada vez más a esa línea roja que no debemos sobrepasar de 1,5ºC.

A pesar de que en 2020 las emisiones globales se redujeron, fue debido al parón de actividad consecuencia de la pandemia causada  por el COVID19. El regreso a la normalidad está devolviendo las emisiones a la senda de subida. Es imprescindible que Glasgow suponga definitivamente el comienzo de la tendencia a la baja.

Mantener vivo el objetivo de 1,5º C es una de las claves de esta próxima reunión. En 2015 el Acuerdo de París estableció que no debemos sobrepasar ese límite si queremos evitar un cambio climático catastrófico. Sin embargo, a día de hoy los compromisos de los gobiernos son insuficientes. Si no hay compromisos más ambiciosos no vamos a conseguir llegar al objetivo. A día de hoy de cumplirse los compromisos nos llevarían a un aumento de temperaturas de unos 3ºC, muy por encima de lo que la comunidad científica entiende como seguro. Conviene recordar que este que algunos países productores de combustibles fósiles resistieron este objetivo.

Para conseguir ese objetivo, es imprescindible adoptar una serie de medidas que nos ayuden a conseguirlo. Entre ellas destacamos:

- Poner una fecha final al uso de carbón, el combustible fósil que más contamina por unidad de energía producida.

- Los países ricos deben aportar US$ 100.000 millones de dólares para la financiación anual para políticas climáticas. Si no hay financiación los `países mas pobres no podrán desarrollar su transición energética, que muchas veces pasa incluso por dotar de energía limpia a decenas de miles de personas que aún no tienen acceso a la electricidad.

- Terminar con la deforestación para el final de la década, en especial en los bosques tropicales que están siendo destruidos a gran velocidad. Esta destrucción hay que pararla.

- Reducir las emisiones de metano, un gas potente con más de 80 veces el poder de calentamiento del dióxido de carbono, y que no ha recibido la atención suficiente para la reducción de sus emisiones.

Hace unos días en Roma, diputados de 90 parlamentos nacionales nos reunimos para preparar la COP26. La buena noticia es que hay una voluntad y un compromiso creciente para hacer frente al cambio climático en todos los países. Ahora es imprescindible que esa voluntad se convierta en nuevos compromisos que multipliquen la ambición y garanticen que no se superan esos 1,5ºC de aumento de temperaturas. Para eso debe servir la Cumbre de Glasgow.

Por Juan López de Uralde

Publicado enMedio Ambiente
Defensores del ambiente, muchos de ellos estudiantes que no acudieron a clases, se manifestaron en varias ciudades del mundo como parte del movimiento Viernes por el Futuro, convocados por la sueca Greta Thunberg, quien encabezó la protesta en la ciudad alemana de Berlín, para advertir a los dirigentes que el planeta afrontará peligrosos incrementos de temperatura que pondrán en riesgo a la especie humana, a menos de que se reduzca drásticamente la emisión de gases de efecto invernadero. La imagen, en Montreal, Canadá. Foto Afp. / Ap, Afp y The Independen

El movimiento Fridays for Future resurge tras la pandemia

 

Berlín. Activistas medioambientales, muchos de ellos estudiantes que no acudieron a clase, se manifestaron ayer en todo el mundo convocados por el movimiento defensor del clima Fridays for Future, para exigir a los líderes que tomen medidas más contundentes para frenar el cambio climático.

La protesta en Berlín frente al Reichstag, sede del Parlamento alemán, fue parte de una serie de manifestaciones en todo el mundo en medio de graves advertencias de que el planeta seguirá enfrentando peligrosos aumentos de temperatura a menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan drásticamente en los próximos años.

La idea de una "huelga climática" mundial se inspiró en la protesta en solitario de la activista sueca Greta Thunberg en Estocolmo hace tres años, que se convirtió en un movimiento de masas hasta que la pandemia de coronavirus puso fin a las grandes reuniones. Los activistas han comenzado recientemente a organizar reuniones más pequeñas.

"Los partidos políticos no hacen lo suficiente" para luchar contra el cambio climático, lanzó Thunberg en un discurso ante miles de personas reunidas ante el Reichstag.

"Sí, debemos votar y ustedes también. Pero no olviden que el voto solo no bastará. Debemos continuar saliendo a la calle y exigiendo a nuestros dirigentes que tomen medidas concretas a favor del clima", agregó la joven, aclamada por la multitud.

Los activistas alemanes se han referido a las elecciones del 26 de septiembre como la "votación del siglo", al argumentar que la decisión que tome el próximo gobierno influirá en los esfuerzos del país para abordar el cambio climático en las próximas décadas. El asunto ha sido tema importante durante la campaña electoral.

El mitin fue un acto multigeneracional que atrajo tanto a participantes en edad escolar como a adultos. Rene Bohrenfeldt, experto en tecnologías de la información que participó en la manifestación en Berlín, dijo esperar que los alemanes mayores consideren el tema cuando sufraguen el domingo.

"La mayoría de los votantes tienen más de 50 años y determinan el resultado de las elecciones", indicó Bohrenfeldt, de 36 años. "Pido a todas las abuelas que tomen la decisión correcta para el clima y para sus nietos", agregó.

Además de Berlín, las mayores protestas de Fridays for Future en Alemania tuvieron lugar en Hamburgo, Colonia, Múnich y Friburgo.

Con más de 5 mil participantes sólo en Roma, jóvenes de 70 ciudades italianas salieron a las calles en el regreso de las manifestaciones de Fridays For Future. En Inglaterra, más de 200 manifestantes se reunieron en Parliament Square en Londres para exigir una acción del gobierno sobre la crisis climática.

Cientos de jóvenes marcharon en la ciudad estadunidense de Nueva York para pedir justicia climática y poner fin a la quema de combustibles fósiles. En Sao Paulo, Brasil; Estambul, Turquía y otras ciudades de América, Europa y Asia hubo protestas similares.

En Sudáfrica se llevaron a cabo manifestaciones en 12 ciudades como parte de una huelga de tres días para exigir que el gobierno supervise una transición justa de los combustibles fósiles. En Bangladesh, los activistas exigieron el desmantelamiento de las nuevas centrales eléctricas de carbón y gas, informó el diario inglés The Guardian.

El secretario general de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, instó a los líderes mundiales y a las empresas a invertir masivamente en energías limpias. "Tenemos un doble imperativo: poner fin a la pobreza energética y limitar el cambio climático", declaró Guterres con motivo del diálogo de alto nivel sobre energía organizado al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, el primero consagrado a ese sector en 40 años.

Siete países firmaron un compromiso iniciado por la ONU para dejar de construir nuevas centrales de carbón, con el objetivo de reunir más firmas de cara a la cumbre climática mundial COP26 en Glasgow el próximo mes, informó el sitio de noticias Bloomberg.

Publicado enMedio Ambiente
Extractivismo y uso intensivo de energías fósiles causaron crisis ambiental

La crisis medioambiental que vive el mundo se gestó desde hace varios decenios debido a las actividades depredadoras de empresas extractivas y al patrón de consumo energético basado en el uso intensivo de energías fósiles, coincidieron especialistas de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Por tanto, la respuesta para hacer frente a la crisis, evidenciada aún más por la pandemia de COVID-19, debe provenir de la sociedad, concluyeron durante el conversatorio La crisis ecológica: horizonte de respuestas, dentro del ciclo Diálogos en CECAD. Acceso al conocimiento, organizado por la Coordinación de Educación Continua y a Distancia de la Unidad Xochimilco.

La doctora Aleida Azamar Alonso, coordinadora de la Maestría en Sociedades Sustentables, señaló que esta situación crítica tiene un origen multidimensional que, entre otras causas, se originó por el incremento desproporcionado de la demanda de bienes y servicios debido al crecimiento poblacional.

“Mientras a principios del siglo pasado la población mundial llegaba a mil 650 millones de personas, ahora somos siete mil 400 millones habitantes, y esa cifra en lugar de estabilizarse está previsto que ascienda a 11 mil millones de seres humanos a finales del siglo XXI”.

Otro detonador es el incremento de conflictos bélicos de grandes proporciones, ya que toda confrontación de esa naturaleza ocasiona un proceso de destrucción de las cadenas productivas en los modelos de vida de las regiones y genera pobreza, mortalidad mayor y crisis socioambientales. “Tan sólo en el siglo XX se contabilizan 38 conflictos bélicos y 40 por ciento de ellos están relacionados por el control de los recursos naturales”, señaló la también presidenta de la Sociedad Mesoamericana y del Caribe de Economía Ecológica.

“Vivimos una urbanización descontrolada, en este siglo más de 50 por ciento de la población vive en ciudades. Con ese crecimiento resulta complicado satisfacer las demandas y esos asentamientos humanos destruyen áreas verdes y afectan los ciclos climáticos”.

Modelos como el capitalismo neoliberal, extractivismo o neodesarrollismo están centrados en esencia en el aprovechamiento intensivo de los recursos naturales como si se tratara de sistemas cerrados, “pero no consideran que tenemos un esquema donde todos los residuos se tienen que desalojar”.

Los macroprocesos industriales y el boyante comercio internacional de siglo XIX fueron fundamentales para el incremento en la producción y la competencia, pero también representaron el punto de partida de la crisis climática actual y las consecuencias de este modelo de desarrollo se mostraron hacia 1950 por la gran aceleración de la economía mundial.

La doctora Mayra Nieves Guevara, responsable de la Oficina Universidad Sustentable de la sede Xochimilco, reconoció la urgencia de apostar por la sustentabilidad para establecer una relación armónica entre la sociedad y la naturaleza, ya que la priorización de lo económico ha ocasionado el cambio climático y el incremento de riesgos que genera vulnerabilidad social y económica al acrecentar la pobreza y las desigualdades sociales.

En este contexto, “el enfoque de la economía verde de que el que contamina paga y por tanto tiene derecho a contaminar, así como apropiarse de los recursos, incluso de bienes culturales, ha ocasionado el despojo y el acaparamiento de la tierra. El consumo verde exacerba el problema ambiental, pues sólo una parte de la sociedad puede acceder a este tipo de esquemas consumistas”.

Por tanto, “es necesario apostar a la sustentabilidad que recupere al pasado cultural de nuestros pueblos y para desarrollar una perspectiva más holística e integral, que incluya lo individual y lo colectivo para rehacer el vínculo sociedad-naturaleza. Necesitamos un equilibrio que restablezca la comunidad, no podemos esperar que un cambio de gobierno resuelva los problemas ambientales, se requiere de la participación de las comunidades para cambiar las conductas personales y los patrones de consumo”.

El doctor David Barkin Rappaport, académico del Departamento de Producción Económica, coincidió en que la economía verde y las soluciones tecnológicas no son las adecuadas para hacer frente a la crisis ambiental; por el contrario, es necesario explorar el concepto de comunidad, que se expresa en una comunalidad basada en el buen vivir.

La comunalidad es la construcción de otro mundo que se aparta del consumismo, del individualismo con una visión distinta a la sociedad capitalista, que debe construirse al margen del capitalismo y que requiere de la edificación de un modelo alternativo dentro de un proyecto comunitario.

“Hablar de comunidades no es referirnos a sitios aislados sino que es una forma distinta de alianza para enfrentar los horrores que genera el capitalismo. El poscapitalismo debe construir otro mundo distinto al modelo dominante, que respete el medio ambiente”, agregó el Profesor Distinguido de la UAM.

La maestra Aída del Rosario Malpica Sánchez y el doctor Rafael Calderón Arózqueta, académicos de los departamentos El Hombre y su Ambiente y de Producción Agrícola y Animal, respectivamente, coincidieron en que en la actualidad la sustentabilidad es empleada de acuerdo con los intereses de las empresas trasnacionales mientras que las comunidades originarias son las que mejor cuidan el medio ambiente.

Al inaugurar el conversatorio, el rector de la Unidad Xochimilco de la UAM, doctor Fernando De León González, enfatizó la importancia de reflexionar en torno a la crisis climática, por lo que celebrar este tipo de encuentros resulta pertinente, en el marco del desastre ecológico que padece México.

16 septiembre 2021

Publicado enMedio Ambiente
Aire contaminado cruzando unos rascacielos en China. — Xu Jingbo / Europa Press

Un informe de las Naciones Unidas concluye que la covid-19 causó solo una reducción temporal de las emisiones de carbono y que estamos aún lejos de cumplir los Acuerdos de París.

 

La pandemia no retrasó el avance implacable del cambio climático. No hay indicios de un crecimiento más ecológico: las emisiones de dióxido de carbono están aumentando de nuevo rápidamente después de una disminución pasajera debida a la desaceleración de la economía, que no se acerca en absoluto a las metas de reducción.

dice un informe de las Naciones Unidas en el que se advierte que las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera se mantienen en niveles sin precedentes y condenan al planeta "a un peligroso calentamiento futuro".

El aumento de las temperaturas a nivel mundial provoca fenómenos meteorológicos extremos devastadores en todo el planeta, cuyos efectos en las economías y las sociedades están siendo cada vez más graves. Se han perdido miles de millones de horas de trabajo solo a causa del calor. La temperatura media mundial durante los últimos cinco años fue una de las más altas jamás registrada.

De acuerdo con el informe, es cada vez más probable que las temperaturas superen temporalmente el umbral de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales en los próximos cinco años.

Según se indica en el informe, aun con la adopción de medidas ambiciosas encaminadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el nivel del mar seguirá aumentando y constituirá una amenaza para las islas de baja altitud y las poblaciones costeras de todo el mundo.

Lejos de cumplir las metas del Acuerdo de París

"Este año es decisivo en lo que respecta a la acción climática. En el informe, elaborado por las Naciones Unidas y organizaciones científicas internacionales asociadas, se brinda una evaluación integral de los últimos conocimientos adquiridos en el ámbito de la climatología. El resultado es una constatación alarmante de lo alejados que estamos del rumbo previsto", afirmó Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas.

"Aún estamos muy retrasados con respecto a la consecución de los objetivos
establecidos en el Acuerdo de París. Durante este año, hemos presenciado un nuevo crecimiento de las emisiones de combustibles fósiles, el aumento constante de las concentraciones de gases de efecto invernadero y los fenómenos meteorológicos violentos intensificados por las actividades humanas que han afectado a la salud, las vidas y los medios de subsistencia en todos los continentes", ha continuado Guterres.

A menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, limitar el calentamiento a 1,5 °C será imposible, lo que traerá aparejadas consecuencias catastróficas para las personas y el planeta del cual dependemos", explicó en el prólogo.

"Durante la pandemia hemos escuchado que debemos reconstruir para mejorar, a fin de trazar un camino más sostenible para la humanidad y evitar los peores efectos del cambio climático en la sociedad y las economías. En este informe se señala que, hasta el momento en 2021, no estamos avanzando en la dirección correcta", advirtió el profesor Petteri Taalas, Secretario General de la OMM.

El informe Unidos en la Ciencia 2021, el tercero de esta serie, está coordinado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), y cuenta con aportes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el Proyecto Carbono Global, el Programa Mundial de Investigaciones Climáticas (PMIC) y la Oficina Meteorológica del Reino Unido.

En él se presentan los últimos datos y resultados científicos sobre el cambio climático que fundamentan la adopción de medidas y políticas  a escala mundial.

16/09/2021 09:32 Actualizado: 16/09/2021 10:02

Publicado enMedio Ambiente
Vista general del río Ahr inundando parte del pueblo alemán de Schuld el pasado mes de julio de 2021. — Wolfgang Rattay / REUTERS

La emergencia climática ha multiplicado por cinco el número de catástrofes producidas por este motivo en los últimos 70 años, según la Organización Mundial de Meteorología.

 

Son cada vez más habituales y virulentos. Los fenómenos meteorológicos extremos –olas de calor, incendios, inundaciones...– se multiplican como consecuencia del calentamiento global. Así lo ha dejado patente la Organización Mundial de Meteorología (OMM), adscrita a la ONU, en un informe reciente que detalla cómo la crisis climática ha quintuplicado el número de episodios catastróficos y ha incrementado siete veces más los costes económicos generados, con un impacto diario medio de 202 millones de dólares en todo el mundo.

Este mismo verano se han dejado ver las evidencias del informe con un mapa mundial plagado de incendios, inundaciones y récords de temperaturas en algunas de las regiones más gélidas del planeta. Aunque la OMM asegura que los avances en prevención e información ciudadana han conseguido reducir el número de muertes asociadas a emergencias climáticas, las pérdidas humanas siguen siendo dramáticas. El ejemplo de la ola de calor que azotó a finales de junio a Canadá y algunas regiones del noroeste de EEUU es esclarecedor: cerca de 50 grados de máximas que dejaron más de 200 muertes prematuras.

El caso de Canadá ha sido uno de los más mediáticos. En la región de la Columbia Británica –donde en el mes de junio se suelen registrar temperaturas medias que rondan los 25º C– se llegaron a batir récords durante tres días consecutivos. El 27 de junio se alcanzaron los 46,6º C y el día 28 se volvió a superar la cifra con un récord histórico de 47,9º C. Al día siguiente el termómetro se situó en los 49,6º C, un dato sin precedentes, no sólo en el país norteamericano, sino que se trata de una temperatura que nunca se había documentado en una zona tan al norte del planeta. La ola de calor, que se alargó durante algo más de una semana, desembocó en una crisis de incendios que calcinaron más de 270.000 hectáreas.

Récords climáticos: Sicilia, Córdoba y Groenlandia

La tendencia de veranos cada vez más tórridos ha dejado más registros preocupantes. En Italia, el pasado 11 de agosto se batió el récord europeo de temperaturas. En la localidad siciliana de Floridia se alcanzaron los 48,8º C y se batió la marca de los 48º C documentados en 1977 en Atenas. 

En España, también se registraron valores históricos. Fue en Montoro (Córdoba) donde los termómetros alcanzaron el pasado 15 de agosto un máximo histórico de 47,4º C, lo que superaba la cifra más alta registrada hasta entonces: 47,3ºC en 2017 también en la provincia andaluza, según la información dada por la Agencia Española de Meteorología (Aemet).

A comienzos del mes de agosto, Groenlandia fue víctima del calentamiento global al recogerse en la estación meteorológica de Ittoqqortoormiit 24 C. Las elevadas temperaturas para esta región dejaron momentos poco habituales: por primera vez en 70 años llovía en el pico más alto de la gran isla helada. "Esa no es una señal saludable para una capa de hielo", advertían desde el Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia en declaraciones a la agencia Reuters. Las precipitaciones en esta zona son prácticamente improbables ya que la mayor parte del tiempo se registran temperaturas por debajo de los cero grados. Para los expertos, este hecho supone una evidencia más de la emergencia climática. 

Verano de fuego

El fuego arrasó 160.000 hectáreas en Turquía en tan sólo 12 días. Según los registros del Servicio Europeo de Información de Incendios Forestales, el área que se había reducido a cenizas multiplicaba por cuatro los registros habituales en temporadas de incendios. Cerca de allí, las llamas devoraron la isla griega de Eubea con más de quinientos focos activos que afectaron a más de 50.000 hectáreas, según los datos oficiales de la Unión Europea.

Los incendios en la región siberiana de Yakutia se están convirtiendo en algo cada vez más habitual. Este verano el número de focos activos afectó a más de 19 regiones rusas y el área afectada fue de más de 1,5 millones de hectáreas. La falta de recursos para sofocar el fuego y las temperaturas cada vez más altas hacen que año tras año se den este tipo de alertas que, no sólo arrasan pastos, sino que contribuyen al deshielo del permafrost y aceleran aún más el calentamiento del planeta

En España, el verano también ha estado marcado por las llamas y el humo. Ha sido Ávila la región que más daños ha registrado, con un foco que se inició en el pueblo de Navalacruz y que se fue extendiendo por toda la sierra de Gredos, afectando a más de 22.000 hectáreas. El incendio, el mayor que se ha registrado en el país durante el periodo estival, coincidió con una ola de calor que dejó prácticamente a toda la península ibérica con temperaturas extremas.

Los vínculos de los incendios con la crisis climática son cada vez más evidentes. Si bien, el número de focos se ha reducido drásticamente en los últimos años –un 34% en España–, los superincendios –aquellos que afectan a más de 500 hectáreas– han crecido hasta un 12% en lo que va de década, según los datos del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés). De hecho, este mismo año, tras la ola de calor que azotó Norteamérica, se desencadenó en Oregón (EEUU) uno de los mayores incendios de 2021 que, según el Departamento Forestal del Estado, cargaba tanta energía y tanto calor extremo que había generado su propio clima. "Normalmente, la situación meteorológica predice lo que hará el fuego. En este caso, es el fuego el que está prediciendo lo hará el clima", decía a los medios Marcus Kauffman, portavoz de los bomberos forestales.

Inundaciones y lluvias torrenciales

En mitad del calor llegó la lluvia. La emergencia climática ha evidenciado también sus consecuencias más devastadoras a través de fenómenos pluviales que han desembocado en graves inundaciones en Centroeuropa durante la tercera semana de julio. Según las autoridades belgas y alemanas –los dos países afectados–, las riadas dejaron cerca de 200 muertos. Si bien las fuertes lluvias –vinculadas a los efectos de la crisis climática– fueron determinantes en la evolución de esta catástrofe, el desarrollo urbano fue crucial y magnificó aún más las pérdidas humanas y materiales, pues la mayor parte de los daños se concentraron en balsas de inundación de ríos donde se habían construido viviendas que fueron arrasadas por las crecidas.

Algo similar ha ocurrido en la primera semana de septiembre en España. Los efectos de la DANA, cada vez más habitual en el noveno mes del año, han dejado numerosos pueblos de Castilla-La Mancha, Murcia y Catalunya cubiertos por el agua. Los destrozos, sin embargo, han estado condicionados un año más por el modelo urbano español y las construcciones en cauces de ríos y arroyos. Según datos del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, al menos 2,7 millones habitantes viven en zonas inundables en todo el Estado español.

"La crisis climática ya está aquí". Así reaccionaba Joe Biden este jueves después de que el huracán Ida llegase a la costa este de EEUU y dejase decenas de muertos y desaparecidos en Nueva York y Nueva Jersey. El Servicio Meteorológico Nacional estadounidense ha informado de que nunca antes se habían vivido unas inundaciones similares en esta zona del país, ni siquiera en 2012, cuando el huracán Sandy azotó la ciudad neoyorkina. Según Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), los huracanes se están volviendo cada vez más virulentos debido a que parte de su energía está condicionada por la temperatura de los océanos, los cuales se están calentando como consecuencia de la crisis climática.

03/09/2021 21:38 Actualizado: 03/09/2021 22:12

Alejandro Tena@AlxTena

Publicado enMedio Ambiente
Miércoles, 25 Agosto 2021 06:08

El capitalismo verde es el nuevo negacionismo

El capitalismo verde es el nuevo negacionismo

Los intereses empresariales quieren desviar el movimiento climático hacia soluciones individuales, pero no vamos a salvar el ambiente eliminando bolsas plásticas. Necesitamos un movimiento que acabe con el sistema que está destruyendo el planeta.

No hace tanto tiempo que uno de los mayores obstáculos contra el activismo medioambiental era el negacionismo del cambio climático. En una táctica financiada en secreto por la industria de los combustibles fósiles, la ciencia fue ferozmente desacreditada. La desinformación se disparó constantemente para ocultar una realidad mortal.

Hoy en día, con algunas notables excepciones, son pocos los que niegan las pruebas del cambio climático. Ese debate finalmente está caduco. Incluso el gigante petrolero Shell se ve obligado a admitir la emergencia climática, habiendo implorado recientemente en un tuit que nos planteemos “¿Qué estás dispuesto a hacer para ayudar a frenar las emisiones?”

Pero la resistencia a entender correctamente el cambio climático aún no se ha eliminado del todo. Más bien, nos enfrentamos a una forma diferente y más sutil de negacionismo climático.

Esta perspectiva no niega la ciencia de la emergencia climática: niega su política. Pretende que con un ajuste aquí, o una modificación allá, se puede evitar el desastre. Actúa como si el sistema, tal y como lo conocemos, fuera viable, centrándose en fomentar el uso de bolsas reutilizables. Sugiere que la crisis climática es una cuestión de consumo personal, como si un cambio en las preferencias de consumo pudiera ser suficiente para evitar un desastre climático.

Esta fantasía liberal tiene como compañera otra noción engañosa: el llamado “Antropoceno”. Un concepto cada vez más popular entre académicos y activistas por igual, sugiere que los humanos en general somos responsables del aumento del dióxido de carbono en la atmósfera, pasando de 280 partes por millón en 1750 a 417 en mayo del año pasado.

Este enfoque de la crisis climática es similar al tipo de pensamiento del establishment que culpan de los graves males sociales –como la pobreza y el analfabetismo– a la sociedad en su conjunto, en lugar de al sistema económico que los causa y a la riqueza de unos pocos que tienen poder para mitigarlos.

La tesis del Antropoceno tiene también un lado aún más preocupante. Si se puede culpar a la humanidad colectivamente de los males del planeta, entonces, según la lógica, una reducción de la población mundial podría ser una solución. Fue Thomas Malthus quien en el siglo XVIII llegó a esta conclusión, pero no han faltado neomaltusianos desde entonces.

La tesis maltusiana de la superpoblación fue criticada por Marx y Engels, que la calificaron de “difamación del género humano”. Para los socialistas, Malthus había culpado erróneamente a la humanidad de un sinfín de problemas que en realidad se derivaban de un sistema social. Si las cosas se produjeran y distribuyeran en función de las necesidades humanas y no del crecimiento capitalista, y si la tecnología se dirigiera a los mismos fines, no habría razón para que la humanidad no viviera en armonía con el planeta.

Las pruebas respaldan esta tesis. Un informe redactado por el Carbon Disclosure Project en 2017 mostró que 100 empresas son responsables del 71% de las emisiones mundiales de carbono desde 1988. En 2019, un estudio similar del Climate Accountability Institute descubrió que sólo 20 empresas son responsables del 35% de todas las emisiones de dióxido de carbono y gas metano relacionadas con la energía a escala mundial desde 1965.

En otras palabras, nuestro problema no es el Antropoceno. Nuestro problema es el capitalismo. El colapso ecológico al que nos enfrentamos hoy en día puede atribuirse en su totalidad a la gran acumulación de recursos planetarios por parte de una élite minoritaria, que nos está conduciendo hacia el cambio climático a través de su codicia. El capitalismo es un sistema de alta concentración de poder. Y ya sea como consumidores individuales –con sus jets privados y su consumo excesivo y exuberante– o como capitalistas en la economía internacional –forzando una mayor extracción de petróleo y gas o llevando la producción a lugares más baratos y contaminantes–, la clase dominante tiene un impacto enormemente desproporcionado en nuestro clima.

En una sociedad de clases, los deseos de una ínfima minoría tienen prioridad sobre la supervivencia de todos, ya que el capitalismo nos condena a una acumulación infinita. Tanto los capitalistas como los trabajadores están bajo la égida del mercado: vender o perecer. El capital, como decía Marx, es “valor autovalorizante”: la riqueza se ve obligada a generar más riqueza.

Mientras destruimos el suelo que pisamos y anunciamos el aumento de las cifras del PIB en nuestro planeta finito, el orden social actual se asemeja a un culto a la muerte. La peculiaridad del capitalismo es que es un sistema tanto de poder de clase como de dominación universal , y ambos impulsos lo hacen doblemente tóxico para el medio ambiente.

Cada vez es más popular la tesis de que el capitalismo como sistema, y no la humanidad como especie, es el responsable de la crisis medioambiental. El libro Fossil Capital, del sueco Andreas Malm, explora el papel que desempeñó en esta dinámica el uso de la máquina de vapor durante la Revolución Industrial inglesa, argumentando que la lógica del capital –y especialmente su deseo de subordinar a la fuerza de trabajo– fue crucial para el surgimiento de tecnologías que contribuirían al cambio climático.

Jason Moore, historiador y sociólogo medioambiental de la Universidad de Binghamton, va más allá. Afirma que no estamos atravesando el Antropoceno sino el Capitaloceno, señalando que la mayor parte de las emisiones globales provienen de la producción, algo sobre lo que la mayoría de la población tiene poco o ningún control. En nuestras economías, los medios de producción siguen estando realmente en manos de la empresa privada, en manos de los capitalistas.

Una vez que el problema se atribuye al capitalismo, las soluciones son mucho más evidentes. Si el capitalismo significa poder de clase y búsqueda incesante de beneficios, el socialismo debe significar poder democrático y producción según las necesidades. Estas dos cosas deberían ser nuestro norte en la lucha contra el cambio climático.

Apuntar al consumo absurdo e innecesario de la clase capitalista sería un primer paso. El objetivo principal, sugiere Moore, debería ser conseguir el control colectivo de los medios de producción, una forma de garantizar que lo que se produzca hoy no sólo sea lo más rentable, sino lo mejor para la sociedad y el planeta en su conjunto.

Piensa en los beneficios que esto podría aportar. En lugar de pasarnos la vida encadenados a nuestro trabajo, podríamos tener un control democrático y planificar nuestros recursos y nuestro trabajo. Podríamos establecer objetivos climáticos y alcanzarlos al mismo tiempo que garantizamos el aumento del nivel de vida de la mayoría de la población, mediante la redistribución de la riqueza, la organización eficaz de la producción y también, simplemente, más tiempo libre.

Y las políticas de bienestar climático podrían tener beneficios aún más amplios. Hay muchos hogares que necesitan el uso de aislamiento térmico, paneles solares y turbinas eólicas. Podríamos formar a toda una generación de trabajadores para empleos verdes, para que ayuden a arreglar el clima en lugar de contaminarlo más. Los Estados pueden hacerlo, pero sólo si toman la riqueza de los capitalistas y la utilizan para fines comunes y útiles, en lugar de para fines privados y lucrativos.

Esa es la necesidad de un Green New Deal o Nuevo Pacto Ecosocial, cuyo radicalismo no hace más que crecer a medida que se avecina el desastre climático. Sus alternativas no nos ofrecen un futuro: el capitalismo verde, favorecido por el centro liberal, no aborda las tendencias ecológicamente destructivas en el corazón de nuestro sistema. O, peor aún, el ecofascismo: una ideología creciente que pretende aislar a una pequeña minoría occidental de las consecuencias del desastre climático, mientras obliga a la empobrecida población mundial a pagar el precio.

Este programa medioambiental de la extrema derecha arroja luz sobre otro aspecto de nuestra lucha. El capitalismo es un sistema global. Por lo tanto, cualquier resistencia a este sistema debe cruzar las fronteras. Si no, sólo alimentaremos una política medioambiental cada vez más exclusivista, más preocupada por la basura que se tira en las calles de nuestras ciudades que por las inundaciones que podrían desplazar a una de cada siete personas en Bangladesh en 2050.

Las decisiones tomadas en las oficinas empresariales de Londres o Nueva York pueden contaminar los ríos de Bangladesh o destruir los bosques tropicales de Brasil. Un Nuevo Pacto Ecosocial que alimenta los coches eléctricos con baterías de litio extraídas en condiciones insalubres en el Sur global no es suficiente.

Las coaliciones que necesitamos para derrotar al capitalismo fósil ganarán poder uniendo a las víctimas de las inundaciones, desde Alemania hasta Brasil, y a muchas otras en un movimiento ecosocialista que hable en nombre del 99% del mundo a costa de los capitalistas que se benefician de la contaminación, dondequiera que quieran asolar la tierra.

Estos son los primeros principios de un socialismo verde. Queda mucho por hacer para completar los detalles, pero el movimiento de defensa del clima debe empezar por abandonar ciertas ilusiones. Parafraseando una vieja cita, los que no quieren hablar del capitalismo deben callar ante la devastación ecológica.

Lejos de ser un problema, el Antropoceno puede ser una solución: la idea de que la humanidad conduzca su destino colectivamente, haciendo historia deliberadamente a través de las fronteras, en un proyecto común para mejorar las condiciones de vida. Hoy, la exigencia de una planificación democrática que contrarreste la anarquía del mercado y el poder concentrado de los capitalistas es una exigencia nada menos que para nuestra supervivencia.

Por Zarah Sultana | 25/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
El IPCC advierte de que el capitalismo es insostenible

Segunda filtración exclusiva de CTXT del Sexto Informe del panel de expertos de la ONU, en la que se señala que la única forma de evitar el colapso climático es apartarse de cualquier modelo basado en el crecimiento perpetuo

 

El segundo borrador del Grupo III del IPCC, el encargado de las propuestas de mitigación, afirma que hay que apartarse del capitalismo actual para no traspasar los límites planetarios. Confirma además lo que ya  se adelantó en el artículo publicado en CTXT el pasado 7 de agosto: “Las emisiones de gases de efecto invernadero (GHG) deben tocar techo en como mucho cuatro años”. El documento reconoce también que hay muy pocas posibilidades de seguir creciendo. 

Los científicos y periodistas firmantes hemos analizado una nueva parte del Sexto Informe, filtrada por la misma fuente: el colectivo de científicos Scientist Rebellion y Extinction Rebellion España. En este apartado se pueden ver claramente las divergencias existentes en la comunidad científica con respecto a las medidas necesarias para realizar una transición efectiva y justa. Entre las habituales posiciones más tímidas, por fortuna, empiezan a asomar demandas que hace no mucho habría sido impensable que aparecieran.

Antes de entrar en el análisis, es preciso un poco de contexto: en 1990, el Primer Informe del IPCC todavía recogía que “el aumento observado [en la temperatura] podría deberse en gran medida a la variabilidad natural”. Ese debate fue cerrándose en los siguientes informes. Pero si pervivía alguna duda, el análisis del Grupo I del Sexto Informe –ya oficial– ha despejado cualquier incertidumbre. Elimina así cualquier posibilidad de réplica por parte de un negacionismo climático, ampliamente regado de dinero por los que más tenían que perder: los lobbies de los combustibles fósiles. La primera pregunta para resolver un misterio suele ser el clásico Cui Bono (¿Quién se beneficia?).

El interrogante que subyace ahora guarda relación: ¿cómo hacemos para que la inevitable transición sea percibida como un beneficio y no como una renuncia? No hay otra posibilidad que renunciar al crecimiento indefinido, y el informe filtrado lo menciona. La transición ha de tener en cuenta las diferencias culturales e históricas de emisiones entre países, las diferencias entre el mundo rural y el urbano para no beneficiar a uno sobre otro, y sobre todo las tremendas y crecientes desigualdades económicas entre los cada vez más pobres y los cada vez más obscenamente ricos. O se atajan estas tres dicotomías, o la transición tendrá más enemigos que apoyos y se saboteará a sí misma. Textualmente el borrador dice: “Lecciones de la economía experimental muestran que la gente puede no aceptar medidas que se consideran injustas incluso si el coste de no aceptarlas es mayor”.

Aun siquiera logrando cambiar de rumbo, los científicos advierten: “Las transiciones no suelen ser suaves y graduales. Pueden ser repentinas y perturbadoras”. También señalan que “el ritmo de la transición puede verse obstaculizado por el bloqueo ejercido por el capital, las instituciones y las normas sociales existentes”, enfatizando la importancia de las inercias. Y sobre ellas añaden: “La centralidad de la energía fósil en el desarrollo económico de los últimos doscientos años plantea cuestiones obvias sobre la posibilidad de la descarbonización”.

Las políticas favorables a las empresas de combustibles fósiles han extraído la riqueza común –nuestro aire, bosques, tierra…– y la han puesto en manos de una pequeña minoría. Por tanto, las políticas verdes tienen que ser obligatoriamente redistributivas en una época en la que la desigualdad se está disparando. Una de las medidas propuestas para reducir la regresividad de los precios del carbono es la redistribución de los ingresos fiscales para favorecer a las rentas bajas y medias. Pero, como recuerda el antropólogo Jason Hickel: todo lo que no sea un tope a la extracción de combustibles fósiles, con objetivos anuales decrecientes que reduzcan la industria a cero, será solo lavarse las manos.

Y llegamos a uno de los párrafos definitorios del informe: “Algunos científicos subrayan que el cambio climático está causado por el desarrollo industrial, y más concretamente, por el carácter del desarrollo social y económico producido por la naturaleza de la sociedad capitalista, que, por tanto, consideran insostenible en última instancia”. Aunque muchos lo han dicho antes, no creemos haber leído jamás nada tan clarificador en el informe climático más importante del mundo, que añade: “Las emisiones actuales son incompatibles con el Acuerdo de París por lo que es absolutamente obligatorio reducirlas de una forma inmediata y contundente”. 

Diferentes escenarios de reducción de emisiones.

Estas metas, que implican un decrecimiento drástico de las emisiones  y, por tanto, a corto plazo también de la producción de energía y del uso de materiales, son imposibles de lograr con el modelo actual. Además, el Grupo III vincula la reducción de las emisiones con el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados en 2015 por los países miembros de Naciones Unidas para su cumplimiento en 2030. A pesar de las contradicciones existentes entre los 17 ODS, entre ellos encontramos objetivos incuestionables como la reducción de la desigualdad y la protección de la biodiversidad, entremezclados con uno más polémico, dentro del propio informe: promover el crecimiento económico sostenible.

En el IPCC es costumbre no esconder el debate científico, y si en 1990 este giraba aún sobre las causas del cambio climático, tras 30 infructuosos años, podemos observar que la discusión oscila ahora entre aquellas posiciones que aún creen que se puede seguir creciendo y reducir las emisiones al ritmo necesario, y quienes vemos esto como otro tipo de negacionismo, más sutil, pero que en el fondo beneficia y es defendido por los mismos que antaño cuestionaban el origen del calentamiento global.

El informe del IPCC asume que “los objetivos de mitigación y desarrollo no pueden alcanzarse mediante cambios incrementales”. Obcecarse en el crecimiento exige desarrollar enormemente tecnologías que puedan reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero esas tecnologías de CCS (Captura y Secuestro de Carbono) no se están materializando como se preveía. 

Con los sumideros de carbono de los ecosistemas en claro declive y las retroalimentaciones climáticas que se están desencadenando –lo que lleva a la Tierra a sobrepasar varios puntos de no retorno, como reconoce ya una amplia mayoría, y de ahí a un estado más caliente e inestable–, la única forma conocida de evitar el colapso climático es apartarse del modelo de crecimiento perpetuo.

El informe destaca que en cooperación internacional se ha identificado una “hipocresía organizada” en la que los acuerdos y afirmaciones no concuerdan con las acciones, lo que supone una de las barreras más importantes para la mitigación.

El IPCC también apela a no olvidar las lecciones no puestas en práctica de la covid-19. Lecciones que deberían servir para no cometer los mismos errores con el cambio climático, ya que las analogías son claras y directas. Los costes de prevención y acciones preparativas son mínimos comparados con los costes de los impactos causados. Retrasar las medidas tendrá costes crecientes muy difíciles de asumir. 

De no actuar pronto los retos aumentarán de forma no lineal y con consecuencias imprevistas.

Vistas las cada vez más evidentes contradicciones del concepto de desarrollo sostenible, hablar de cualquier forma de desarrollo solo será posible si se deja de lado al PIB como medidor de riqueza, y se cambia a un modelo económico no tan basado en la competición. El único desarrollo sostenible es horizontal, no vertical. Es decir, reducir la desigualdad.

Es evidente que, o existe la percepción de que una gran mayoría nos ‘beneficiamos’, o no habrá solución. Por ello se ha de explicar bien la enorme magnitud del problema para que las medidas puedan ser comprendidas y ciertas renuncias puedan ser entendidas como beneficios, si tenemos en cuenta que la alternativa es cambiar la estabilidad climática para siempre y agravar los conflictos por los recursos. 

La competición ayudó a desarrollar la evolución de las especies, pero, tal y como demostró la genial microbióloga Lynn Margulis, es la cooperación la clave que explica los grandes saltos evolutivos. Ahora nos encontramos ante un precipicio dibujado por la intersección de las crisis ecológica y energética. Podemos tener vidas buenas con menos energía disponible (y a la vez tendremos menos carga laboral), pero el capitalismo no podrá sostenerse con menos energía sin finalizar su mutación a una especie de tecnofeudalismo. Solo si cooperamos, si entendemos que compartimos tantas cosas –entre ellas una atmósfera que no sabe qué es eso de las fronteras– podremos reaccionar y saltar lo suficiente como para evitar la caída. 

––––––––

22/08/2021

Pör,


Juan Bordera es periodista, guionista y activista en Extinction Rebellion España y en València en Transició.

Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas, profesor de investigación en el CSIC y Premio Jaume I de Protección del Medio Ambiente.

Antonio Turiel es doctor en Física Teórica, licenciado en Matemáticas, investigador científico en el CSIC y experto en energía. Es autor del reciente ensayo Petrocalipsis.

Ferran Puig Vilar es ingeniero superior de Telecomunicaciones, ha trabajado 30 años como periodista y está especializado en la crisis climática.

Fernando Prieto es doctor en Ecología y director del Observatorio de la Sostenibilidad.

Tim Hewlett es doctor en Astrofísica y miembro del colectivo Scientist Rebellion.

Publicado enMedio Ambiente
La crisis climática es una cuestión de clase

Que los científicos de todo el mundo declaren una alerta roja para la humanidad es grave.

El informe del IPCC habla por sí mismo: se registraron los cinco años más calientes de la historia reciente, se triplicó el aumento del nivel de los mares y el hielo ártico y los glaciares siguen retrocediendo.

Pero nada de esto es nuevo. Los científicos adoptaron un tono urgente porque vienen haciendo esta misma advertencia hace décadas y todas las intervenciones que buscaron evitar el calentamiento global fracasaron.

En efecto, Exxon, una de las empresas petroleras más grandes del mundo, predijo el cambio climático en los años 1970 y luego se dedicó a negar públicamente su existencia durante décadas.

El sistema político y económico en el que vivimos no genera accidentalmente el cambio climático: está en su propia naturaleza, recompensa a los agentes contaminantes más nocivos y a los que obtienen superganancias mediante las prácticas extractivistas.

Este es nuestro legado histórico. En el Reino Unido, las fortunas de la época imperial surgieron sobre todo del petróleo extraído en el Golfo Pérsico. De hecho, en los años 1950, Gran Bretaña promovió un golpe de Estado con el único fin de preservar las ganancias de la Anglo Iranian Oil Company (AIOC). Luego, AIOC se convirtió en British Petroleum, empresa que sigue enviando cientos de millones de toneladas de carbono a la atmósfera en el Golfo de México y en el mar Caspio. Las instituciones financieras de Londres, especializadas en la administración de las ganancias petrolíferas, gestionan una buena parte del dinero que genera el combustible fósil en todo el mundo.

Se avecinan más desastres

Aun cuando argumentan que están empezando a tomar medidas, los gobiernos de todo el mundo siguen actuando en función de las redes del combustible fósil.  Boris Johnson llegó a imitar el lenguaje de la Revolución Industrial Verde que desarrollamos en el Partido Laborista. Pero imita solo las palabras, no las acciones. En junio, el Comité contra el Cambio Climático del Reino Unido demostró que, de mantener el ritmo actual, el gobierno ni siquiera logrará alcanzar sus tristemente humildes objetivos.

En 2019, durante el Día del Trabajador, como líder de la oposición logré presentar un proyecto en el parlamento para que Gran Bretaña declarara la emergencia climática: fuimos el primer parlamento del mundo en hacerlo. Estaba y estoy convencido de que el Partido Laborista y nuestro movimiento en general deben tomarse muy en serio la crisis climática y medioambiental.

Si este sistema no encuentra ninguna oposición, pronto comprobaremos cómo aumenta rápidamente el ritmo de los incendios, las inundaciones y las sequías. Es lo que estamos viendo en Australia, Siberia, Columbia Británica, África del Este, California y una buena parte de Europa. Durante este siglo, las grandes tormentas aumentaron su frecuencia en un 40%. Las más intensas son 75% más fuertes que las de los años 1950 y los huracanes son cada vez más comunes.

Pero no son solo las consecuencias físicas de estos eventos las que deben preocuparnos: son también las políticas. En Grecia, la austeridad, la desregulación y la negligencia de los bomberos multiplicaron el impacto de los terribles incendios desatados en Eubea. En Texas, a comienzos de año, el Estado habilitó a las empresas energéticas a que aumentaran los precios de la electricidad de emergencia y las deudas de los ciudadanos son impagables.

Y tanto en EE. UU. como en la UE, los gobiernos están invirtiendo en tecnología de control y equipamiento militar para atacar a los refugiados que genera la crisis ambiental. Esos miles de millones de dólares que se gastan en intervenciones militares y drones en el Mediterráneo son el dinero que no se gasta en la transición verde y que ingresa al circuito de rentabilidad de la industria de la guerra, profundamente anclada en la economía fósil. El parlamento británico está debatiendo un terrible proyecto de ley sobre nacionalidad y fronteras, que pretende ilegalizar el salvamento de refugiados en el océano, es decir, que plantearía un desacuerdo de base con el derecho marítimo universal.

El increíble aumento de los presupuestos militares de los países más poderosos indica que estos se preparan para el conflicto, no para la cooperación. Esa es la forma en la que piensan lidiar con la emergencia climática. Estas soluciones falsas aumentarán nuestros padecimientos en general, aunque, como siempre, favorecerán a unos pocos y castigarán a la mayoría, entre los que se cuentan tanto los pobres a los que se les inundan sus casas en Inglaterra como los que mueren huyendo de África del Norte.

El cambio es posible

Pero no tiene que ser así y debemos actuar con esperanza, no con miedo. Los científicos nos dicen con precisión forense lo que sucederá con el nivel de los mares, la escasez de agua y la biodiversidad en caso de que la temperatura aumente 1,5, 3 o 5°C. Con todo, el motivo por el que no pueden predecir la magnitud del calentamiento es que es imposible predecir nuestras decisiones. Como nos recuerda el IPCC, estas últimas siguen corriendo por nuestra cuenta.

Y si avanzamos contra los poderosos y nos deshacemos de los incentivos que el sistema otorga a quienes queman el planeta, las cosas pueden ser distintas. Esto implica que los trabajadores de todo el mundo se movilicen a favor de la aprobación de un Green New Deal global en la COP 26 de este año. El proyecto debería ser capaz de eliminar el carbono de la atmósfera, de llevar dinero a los bolsillos de los trabajadores y enfrentar la injusticia y la desigualdad en el Sur Global. No existe ninguna ciudad del mundo que no se beneficiaría de un transporte público verde, de la reforestación de los bosques, del uso de energías renovables a nivel local y de los empleos que generarían las nuevas industrias verdes.

El cambio climático, la pobreza y la desigualdad, el enorme y riesgoso fracaso colectivo que representa la falta de vacunas contra el COVID-19 en los países más pobres, son todas consecuencias de un sistema que prioriza a los multimillonarios por sobre el resto de la humanidad. La crisis climática y medioambiental es una cuestión de clase. Es la gente más pobre de los barrios obreros, de las ciudades contaminadas y de las islas situadas a una altura cercana nivel del mar la que sufre las consecuencias más graves de la crisis.

Pero tenemos la capacidad de cambiar esta situación. En 2019, de la noche a la mañana, los estudiantes que se manifestaron contra el cambio climático cautivaron la imaginación y la atención de todo el mundo. Si ellos pueden, nosotros también. Nuestra respuesta a la alerta roja debe ser el compromiso en nuestros barrios, en las instituciones políticas, en las escuelas y en las universidades, en nuestros lugares de trabajo y en nuestros sindicatos, con el fin de exigir y lograr un planeta habitable y un sistema que ponga la vida humana y el bienestar en primer lugar.

17/8/2021

Publicado enMedio Ambiente
Fuentes: La marea climática [Foto: El océano Pacífico en Huntington Beach, California. LUCY NICHOLSON/REUTERS]

«Mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar», escribe Ian Urbina.

Durante siglos la humanidad ha visto el océano como una metáfora del infinito. La suposición era –y, francamente, sigue siendo para mucha gente– que la enormidad del mar viene acompañada de una capacidad ilimitada para absorber y metabolizarlo todo. Esta inmensidad es lo que confiere al océano un potencial de deidad. Y, más concretamente, es también lo que ha proporcionado a los humanos a lo largo de los años la licencia para verter prácticamente cualquier cosa en alta mar. Petróleo, aguas residuales, cadáveres, efluvios químicos, basura, artefactos militares e incluso superestructuras marinas, como plataformas petrolíferas, pueden desaparecer en el océano, como si fueran tragados por un agujero negro, para no volver a ser vistos. 

Los barcos liberan intencionadamente en los océanos más aceite de motor y lodo que el derramado en los accidentes de Deepwater Horizon y Exxon Valdez juntos. Emiten enormes cantidades de ciertos contaminantes atmosféricos, mucho más que todos los coches del mundo. La pesca comercial, en gran medida ilegal, ha saqueado con tanta eficacia los recursos marinos que la población mundial de peces depredadores ha disminuido en dos tercios. Al mismo tiempo, desde la Revolución Industrial se ha permitido a las empresas terrestres verter carbono en el aire de forma gratuita, y aproximadamente una cuarta parte de ese carbono es absorbido por los océanos. El coste oculto de este vertido para el público es lo que ahora llamamos la crisis climática. 

Como pulmones del planeta, los océanos producen y filtran la mitad del oxígeno que respiramos. Pero nuestro hábito de fumar nos ha alcanzado y esos pulmones están fallando. En formas grandes, pequeñas y sorprendentes, la sobrepesca es un motor del cambio climático. Por ejemplo, dado que las ballenas son enormes sumideros de carbono, el último siglo de caza de ballenas equivale a la quema de más de veintiocho millones de hectáreas de bosque.

Con el aumento de las temperaturas globales, los niveles de oxígeno disuelto en el océano se han disparado. Cuando las precipitaciones atraviesan la tierra y terminan en lagos o mares, arrastran aguas residuales, fertilizantes, detergentes y microplásticos en su camino hacia los océanos del mundo. Esta escorrentía de nutrientes alimenta el crecimiento excesivo de algas y microbios, empeorando los cerca de 500 lugares de aguas costeras clasificados como «zonas muertas» o áreas con tan poco oxígeno que la mayoría de la vida marina no puede sobrevivir. La mayor de ellas es más grande que Escocia. 

El panorama actual de la crisis climática apenas tiene en cuenta el océano, a pesar de que cubre dos tercios de la superficie terrestre. Por ejemplo, los acuerdos sobre el cambio climático, como el Acuerdo de París, han adoptado el objetivo de limitar las temperaturas globales a menos de 2 °C por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, ¿qué significa ese ambicioso objetivo para la vida marina? Si las temperaturas globales aumentan 1,5 °C, solo sobrevivirán entre el 10 y el 30% de los arrecifes de coral, lo que disminuirá el hábitat de aproximadamente una cuarta parte de todas las especies oceánicas, por no mencionar el impacto en la protección de las tormentas costeras, la seguridad alimentaria y laboral, y las perspectivas biomédicas

Pero el mayor problema es éste: mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar. Un coro cada vez más numeroso de investigadores marinos pide a los gobiernos que «reserven» las costas del mundo, una táctica de conservación que consiste en restaurar los hábitats para que la naturaleza pueda revivir. Los océanos albergan tres tipos de ecosistemas costeros –manglares, marismas y praderas marinas– que en conjunto absorben más carbono que todos los bosques del planeta. Si se refuerzan, estos biosistemas oceánicos podrían frenar drásticamente la crisis.

Por supuesto, este enfoque solo funciona si la protección de estos hábitats en un lugar no da permiso tácito para que se destruyan más rápidamente en otros lugares. El riesgo más grave de cualquier enfoque destinado a mejorar el cambio climático es que, si tiene éxito, podría proporcionar a las industrias de combustibles fósiles y otras industrias intensivas en carbono una excusa para eludir sus compromisos de reducción de emisiones y mantener su actividad como siempre. La recuperación de los océanos requerirá controles más estrictos de actividades destructivas como la pesca de arrastre, el dragado y la minería y perforación en alta mar, que diezman el lecho marino y liberan el carbono almacenado en la columna de agua. 

El océano también se ha convertido en un laboratorio para algunas de las formas más prometedoras y arriesgadas de geoingeniería. Un grupo de científicos espera poder retener el carbono atmosférico utilizando un tipo de arena especialmente diseñada a partir de una abundante roca volcánica, conocida por los joyeros como peridoto. Depositándola en el 2% de las costas del mundo se capturaría el 100% del total de las emisiones anuales de carbono. Otro grupo de ingenieros ha desarrollado una máquina llamada reactor de flujo que aspira al agua de mar y, mediante una carga eléctrica, la alcaliniza, provocando, de forma similar a la formación de conchas marinas, que el dióxido de carbono reaccione con el magnesio y el calcio del agua de mar, produciendo piedra caliza y magnesita. Entonces el agua sale limpia, desprovista de su dióxido de carbono, y capaz de absorber más. Entre las ideas más atrevidas pero controvertidas están la fertilización oceánica, que consiste en verter grandes cantidades de gránulos de hierro en el océano para fomentar la proliferación de algas que capturan carbono, o el aclaramiento de nubes marinas, que busca rociar una fina niebla de agua de mar en las nubes para que la sal las haga más brillantes y reflejen mejor el calor del sol.

La energía eólica marina puede producir más de 7.000 teravatios hora al año de energía limpia sólo en Estados Unidos. Esto es aproximadamente el doble de la cantidad de electricidad utilizada en Estados Unidos en 2014. Los buques de carga y los transbordadores de pasajeros emiten casi el 3% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, incluido el carbono negro. Descarbonizar la flota marítima mundial equivaldría aproximadamente a reducir todas las emisiones de carbono de Alemania.

Los océanos son un lugar de trabajo bullicioso donde más de 50 millones de personas se ganan la vida. Casi la mitad de la población mundial vive actualmente a menos de cien millas del mar. Y sin embargo, la mayoría de las personas, con ocupaciones sedentarias y estilos de vida sin salida al mar, conciben este espacio como un desierto líquido que sobrevuelan ocasionalmente, un lienzo de azules más claros y más oscuros. Mientras tanto, la lamentable falta de gobernanza en alta mar ha dado lugar a un interior distópico en el que operan impunemente una galería de pícaros de esclavistas marítimos, piratas de la pesca, recobradores, traficantes de armas, vertederos de petróleo y vigilantes conservacionistas. Los países disponen de una vasta y desaprovechada jurisdicción para actuar en este ámbito relativamente ignorado. La mitad del territorio de Estados Unidos, por ejemplo, está bajo el agua. Pero la misma perspectiva que hace que el océano esté fuera de la ley ha creado nuestro peor punto ciego en la crisis climática.

Quizás sea hora de pensar en los océanos de una manera radicalmente nueva. Sin duda, ya no son algo que damos por sentado, un cubo de basura sin fondo, un recurso que se autoabastece eternamente y que utilizamos para llenar nuestros estómagos o llenar nuestras carteras. Tal vez los océanos sean un vasto hábitat que deberíamos dejar en paz. Mejor aún, ¿y si los océanos son nuestra gracia salvadora de última hora, o un lugar donde encontrar respuestas, más una biblioteca que una tienda de alimentos? Tal vez al ayudarlos a florecer, veamos que los océanos no son sólo una víctima de la crisis climática, sino una gran parte de su solución. 

 

Por Ian Urbina | 20/08/2021

Ian Urbina es periodista y director de The Outlaw Ocean Project, una organización periodística sin ánimo de lucro con sede en Washington DC que se centra en los problemas medioambientales y de derechos humanos en el mar a nivel mundial.

Publicado enMedio Ambiente
Página 1 de 10