. Imagen: AFP

La decisión obedece a "los abusos contra los derechos humanos cometidos por el Partido Comunista Chino", señaló la vocera de Joe Biden. El gobierno del país asiático calificó la medida como una "provocación política" y anticipó que tomará "firmes contramedidas".

Estados Unidos anunció este lunes que no enviará a ningún representante oficial a los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing por los "abusos contra los derechos humanos" cometidos "por el Partido Comunista Chino". 

El país asiático calificó la medida como una "provocación política" y anticipó que tomará "firmes contramedidas"

"El Gobierno de Biden no enviará a ningún representante oficial ni diplomático a los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022 ni a los Juegos Paralímpicos", aseguró Jen Psaki, vocera del presidente Joe Biden.

La decisión obedece a "los actuales genocidios y crímenes contra la humanidad del Partido Comunista Chino (PCCh) en Xinjiang y otros abusos contra los derechos humanos", agregó la secretaria de prensa de la Casa Blanca.

Los atletas estadounidenses, sin embargo, podrán competir en los juegos de febrero próximo y "tendrán todo el apoyo del Gobierno de su país", aclaró Psaki.

El vocero de la Cancillería china Zhao Lijian había acusado horas antes a Estados Unidos de politizar el deporte. Este lunes, en su intervención diaria ante periodistas en Beijing, dijo que la decisión de Estados Unidos de boicotear los juegos era una "provocación política total". 

"Si Estados Unidos se inclina a hacer lo que quiere, China tomará firmes contramedidas", adelantó.

6 de diciembre de 2021

Publicado enInternacional
El cohete chino Larga Marcha 2F con la nave espacial Shenzhou-13, el 16 de octubre de 2021. AFP

Políticos lamentan que la Fuerza Espacial estadounidense no esté avanzando a la par que el sector espacial privado del país.

China está avanzando en el desarrollo de su potencial espacial "al doble del ritmo" que EE.UU. y podría convertirse en el líder mundial en ese ámbito hacia el final de esta década, expresó este sábado el general David Thompson, jefe adjunto de operaciones espaciales de la Fuerza Espacial estadounidense, según cita el portal Defense One.

"El hecho de que, en esencia, en promedio [los chinos] están construyendo, desplegando y actualizando sus capacidades espaciales al doble del ritmo que nosotros, significa que muy pronto, si no comenzamos a acelerar nuestras capacidades de desarrollo y entrega, ellos nos superarán", manifestó el alto cargo militar durante un panel de discusión en el Foro Reagan de Defensa Nacional en California.

Y expresó que, para tal escenario, "el 2030 no es una estimación irrazonable".

Las palabras de Thompson fueron recibidas con aprobación por parte del congresista demócrata Jim Cooper, actual jefe del subcomité de fuerzas estratégicas del Comité de Servicios Armados.

"Demonios que sí", exclamó el legislador al ser preguntado sobre si Washington y Pekín se encuentran actualmente compitiendo en una carrera espacialrecoge la CNN.

Por otra parte, Cooper lamentó que la Fuerza Espacial estadounidense no esté avanzando a la par que el sector espacial privado del país, instando a esa rama de las FF.AA. a demostrar mucha más creatividad.

"Para ser realmente superiores, tenemos que ir más allá de la imaginación de Elon Musk, de la imaginación de Jeff Bezos, más allá de sus billeteras. El presupuesto [de la Fuerza Espacial] ahora mismo es de 17.000 millones de dólares, eso es mucho dinero, pero considerando cuán crucial es el espacio, ¿estamos haciendo lo suficiente?", cuestionó.

Publicado: 5 dic 2021

El curso de la Segunda Guerra Mundial cambia frente a Moscú

Octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú, 5 de diciembre de 1941

 

Con motivo del octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú el 5 de diciembre de 1941, una batalla que cambió el curso del Segunda Guerra Mundial, reproducimos el capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución», Boltxe Liburuak, diciembre de 2021 [Traducido al castellano por Beatriz Morales Bastos].

El mito:

El curso de la guerra cambió en junio de 1944, cuando se produjo el desembarco de Normandía. A partir de entonces se hizo retroceder sistemáticamente a los alemanes, y los estadounidenses y sus aliados británicos, canadienses y de otros países liberaron la mayor parte de Europa. Éxitos de taquilla de Hollywood como El día más largo y Salvar a soldado Ryan han fomentado muy eficazmente esta idea.

La realidad:

El curso de la guerra empezó a cambiar despacio, de forma casi imperceptible, ya en el verano de 1941, apenas unas semanas después de que el aparentemente invencible ejército alemán invadiera la Unión Soviética. Una contraofensiva emprendida por el Ejército Rojo frente a Moscú el 5 de diciembre de ese año confirmó el fracaso del Blitzkrieg, es decir, la estrategia que supuestamente había sido la clave de la victoria alemana. Ese día los comandantes de la Wehrmacht informaron a Hitler que ya no era posible la victoria.

Al menos en lo que se refiere al «escenario europeo», la Segunda Guerra Mundial empezó con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán en septiembre de 1939. Unos seis meses después hubo otras victorias aún más espectaculares, esta vez sobre los Países Bajos y Francia. Para el verano de 1940 Alemania parecía invencible y predestinada a gobernar indefinidamente el continente europeo (Gran Bretaña se negó a arrojar la toalla, pero no podía esperar ganar la guerra sola y temía que Hitler dirigiera pronto su atención a Gibraltar, Egipto y/o otras joyas de la corona del Imperio británico). Pero cinco años después Alemania experimentó el dolor y la humillación de la derrota total. El 20 de abril de 1945 Hitler se suicidó en Berlín mientras los buldóceres del Ejército Rojo entraban en la ciudad y el 8/9 de mayo Alemania se rindió incondicionalmente.

Está claro, por tanto, que el curso de la guerra había cambiado en algún momento entre finales de 1940 y 1944, pero ¿cuándo y dónde? En Normandía en 1944, según algunos, especialmente según Hollywood; en Stalingrado durante el inverno de 1942-1943, según otros. En realidad, ya había empezado a cambiar en el verano de 1941 y fue evidente a principios de diciembre, cuando el Ejército Rojo emprendió una contraofensiva frente a Moscú.

No debería sorprender que fuera en la Unión Soviética donde cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La guerra contra la Unión Soviética era la guerra que Hitler había anhelado desde un principio, como dejó muy claro en las páginas de Mein Kampf, escrito a mediados de la década de 1920. Pero, como hemos visto en un capítulo anterior, los generales e industriales, y toda la clase alta de Alemania también deseaban un Ostkrieg, una guerra en el este, es decir, contra los soviéticos. De hecho, como ha demostrado de forma convincente el historiador alemán Rolf-Dieter Müller en una monografía muy bien documentada [1], lo que Hitler quería emprender en 1939 era una guerra contra la Unión Soviética y no contra Polonia, Francia o Gran Bretaña. El 11 de agosto de ese año Hitler explicó a Carl J. Burckhardt, un funcionario de la Liga de las Naciones, que «todo lo que emprendió estaba dirigido contra Rusia» y que «si Occidente [estos es, los franceses y los británicos] es demasiado estúpido y demasiado ciego para entenderlo, se vería obligado a llegar a un acuerdo con los rusos, volverse y derrotar a Occidente, y después volverse con toda su fuerza para atestar un golpe a la Unión Soviética» [2]. De hecho, eso es lo que ocurrió. Occidente resultó ser «demasiado estúpido y ciego», como Hitler había dicho, y le dio vía libre en el este, de modo que llegó a un acuerdo con Moscú (el «Pacto Hitler-Stalin») y entonces emprendió la guerra contra Polonia, Francia y Gran Bretaña. Pero su objetivo seguía siendo el mismo: atacar y destruir la Unión Soviética lo antes posible.

Hitler y los generales alemanes estaban convencidos de haber aprendido una lección fundamental de la Primera Guerra Mundial. Alemania era una importante potencia industrial, pero no tenía acceso a materias primas esenciales, especialmente desde que el Tratado de Versalles le había despojado de sus colonias. Sin un suministro constante de materias primas estratégicas, en particular petróleo y caucho, Alemania no podía ganar una guerra larga, interminable; el Reich tendría que ganar muy rápido.

Así es como nació el concepto de Blitzkrieg, es decir, la idea de una guerra (Krieg) rápida como un «relámpago» (Blitz). El Blitzkrieg requería ataques sincronizados de oleadas de tanques y aviones para romper las líneas defensivas, ejemplificadas por la Línea Maginot francesa, detrás de las cuales cabía esperar que se concentraran las tropas enemigas; una profunda penetración en el territorio hostil, seguida rápidamente de unidades de infantería que no se desplazaban a pie o en tren, como en la Gran Guerra, sino en camiones; y después regresar para contener y liquidar ejércitos enemigos enteros en gigantescas «batallas de cerco» (Kesselschlachten).

La estrategia Blitzkrieg funcionó perfectamente en 1939 y 1940. La Wehrmacht y la Luftwaffe lograron aplastar las defensas polacas, holandesas, belgas y francesas. Inevitablemente, a los Blitzkriege, «guerras rápidas como el relámpago» siguieron Blitzsiege, «victorias rápidas como el relámpago». Estas victorias fueron muy espectaculares, pero no proporcionaron a Alemania un gran botín en forma de los vitalmente importantes petróleo y caucho. En cambio, la «guerra relámpago» agotó las reservas acumuladas antes de la guerra. Afortunadamente para Hitler, en 1940 y 1941 Alemania pudo seguir importando petróleo de Rumanía (un país neutral que se iba a convertir en aliado en septiembre de 1940, después de un golpe de Estado fascista) y del todavía neutral Estados Unidos. De acuerdo con los términos del Pacto Hitler-Stalin, la Unión Soviética también suministró petróleo a Alemania aunque, como ya hemos visto, no se sabe bien en qué cantidades ni de qué calidad. Lo que es más importante es que a Hitler le preocupaba más que, a cambio del petróleo, Alemania tenía que suministrar a la Unión Soviética productos industriales de gran calidad y tecnología militar de vanguardia, que los soviéticos utilizaron para modernizar su ejército y mejorar su armamento [3].

Es comprensible que Hitler recuperara su anterior plan de guerra contra la Unión Soviética poco después de derrotar a Francia, en concreto en el verano de 1940. Unos meses después, el 18 de diciembre de 1940 se dio la orden formal de planificar dicho ataque, al que se dio el nombre clave de Operación Barbarroja [4]. Ya en 1939 Hitler había estado muy empeñado en atacar a la Unión Soviética y se había vuelto contra Occidente solo «para tener seguridad en la retaguardia cuando finalmente estuviera dispuesto a ajustar cuentas con la Unión Soviética», como señala Rolf-Dieter Müller, el cual concluye que para 1940 nada había cambiado en lo que concernía a Hitler: «El verdadero enemigo era el que estaba en el este» [5].

Hitler simplemente no quería esperar mucho más antes de cumplir la gran ambición de su vida, destruir el país al que había definido como su archienemigo en Mein Kampf. Era consciente de que los soviéticos estaban preparando frenéticamente sus defensas para un ataque alemán que, como muy bien sabían, se iba a producir tarde o temprano. Dado que los soviéticos eran más fuertes cada día, el tiempo no estaba, obviamente, de parte de Hitler. ¿Cuánto más podía esperar antes de que se despareciera la «oportunidad»?

Emprender un Blitzkrieg contra la Unión Soviética prometía proporcionar a Alemania los recursos casi ilimitados de ese vasto país, como el trigo ucraniano (para alimentar tanto a los civiles como a los soldados alemanes), minerales como carbón (a partir del cual se podría producir caucho sintético y lubricante) y, más importante, los ricos yacimientos de petróleo del Cáucaso, donde los Panzers y Stukas, grandes consumidores de gasolina, podrían llenar sus tanques hasta los topes en cualquier momento. Fortalecido con estas bazas, a Hitler le iba a resultar sencillo ajustar cuentas con Gran Bretaña, empezando por apropiarse de Gibraltar, por ejemplo, e incluso emprender una ofensiva desde el Cáucaso contra el rico en petróleo Oriente Próximo. Alemania sería por fin una verdadera potencia mundial, invulnerable dentro de una «fortaleza» europea que se extendería desde el Atlántico hasta los Urales, poseedora de recursos ilimitados y, por lo tanto, capaz de ganar incluso guerras largas e interminables contra cualquier enemigo, incluido Estados Unidos, en una de las futuras «guerras de los continentes» ideadas en la febril imaginación de Hitler.

Hitler y sus generales estaban seguros de que el Blitzkrieg que preparaban contra la Unión Soviética iba a tener el mismo éxito que sus anteriores «guerras relámpago» contra Polonia y Francia. Creían que la Unión Soviética era un «gigante con pies de barro» cuyo ejército, supuestamente decapitado por las purgas de Stalin a finales de la década de 1930, no era «nada más que una broma», como el propio Hitler afirmó en una ocasión [6]. Preveían que para ganar las batallas decisivas que iban a emprender se necesitaría una campaña de entre cuatro y seis semanas a la que posiblemente seguirían algunas operaciones de limpieza en las que lo que quedara de las huestes soviéticas «serían perseguidas por todo el país como a un puñado de cosacos vencidos». En todo caso, Hitler estaba sumamente confiado y la víspera del ataque «se alardeaba de estar a punto de obtener el mayor triunfo de su vida» [7].

Los expertos militares de Washington y Londres también creían que la Unión Soviética no podría ofrecer una resistencia importante al gigante nazi, cuyos éxitos militares de 1939 y 1940 le habían granjeado la reputación de invencible. Los servicios secretos británicos estaban convencidos de que la Unión Soviética sería «liquidada en un plazo de entre ocho y diez semanas» y el Jefe del Estado Mayor Imperial (el más alto cargo del ejército británico) afirmó que la Wehrmacht cortaría al Ejército Rojo «como un cuchillo caliente la mantequilla» y que el Ejército Rojo sería acorralado «como ganado». Según la opinión experta de Washington, «Hitler aplastaría Rusia [sic] como un huevo» [8].

El ataque alemán empezó el 22 de junio de 1941 a primera hora de la mañana. Tres millones de soldados alemanes y casi 700.000 soldados aliados de la Alemania nazi, incluidos finlandeses y rumanos, cruzaron la frontera. Su equipamiento consistían en 600.000 automóviles, 3.648 tanques, más de 2.700 aviones y algo más de 7.000 piezas de artillería.

Al principio todo transcurrió según lo planeado. Se abrieron enormes brechas en las defensas soviéticas, rápidamente se conquistaron partes impresionantes de territorio y cientos de miles de soldados del Ejército Rojo murieron, resultaron heridos o fueron hechos prisioneros. El camino a Moscú parecía abierto. Sin embargo, pronto fue evidente que el Blitzkrieg en el este no iba a ser tan sencillo como se había supuesto.

Enfrentado a la maquinaría militar más poderosa que existía, el Ejército Rojo recibió una buena paliza, como cabía esperar, pero también opuso una dura resistencia, tal como el ministro de propaganda Joseph Goebbels reconoció en su diario ya el 2 de julio, y devolvió el golpe con mucha fuerza. El general Franz Halder, en muchos sentidos el «padrino» del plan de ataque de los alemanes, reconoció que la resistencia soviética era mucho más fuerte que todo aquello a lo que se habían enfrentado en Europa Occidental. Los informes de la Wehrmacht citaban una resistencia «dura», «tenaz» e incluso «salvaje», que provocaba grandes pérdidas de hombres y equipos en el bando alemán [9]. Con más frecuencia de lo esperado las fuerzas soviéticas lograron lanzar contraataques que ralentizaron el avance alemán. Algunas unidades soviéticas se ocultaron en los vastos pantanos de Pripet y en otros lugares, y organizaron una mortífera guerra de guerrillas para la que se habían hecho intensos preparativos durante el tiempo ganado gracias al Pacto y que amenazó las largas y vulnerables líneas alemanas de comunicación [10]. También resultó que el Ejército Rojo estaba mucho mejor equipado de lo que se esperaba. Un historiador alemán escribe que los generales alemanes estaban «asombrados» por la calidad de armas soviéticas como el lanzacohetes Katyusha (también conocido como «órgano de Stalin») y el tanque T-34. Hitler estaba furioso porque sus servicios secretos no hubieran tenido conocimiento de la existencia de algunas de estas armas [11].

Lo que más preocupaba a los alemanes era que el grueso del Ejército Rojo lograra retirarse en relativo buen orden y esquivara el cerco y la destrucción, con lo que evitaba una repetición de Cannae o Sedán con la que Hitler y sus generales habían soñado. Parecía que los soviéticos habían observado y analizado minuciosamente los éxitos de los Blitzkrieg alemanes de 1939 y 1940, y sacado lecciones útiles. Debieron haberse dado cuenta de que en mayo de 1940 los franceses habían concentrado el grueso de sus fuerzas justo en la frontera y en Bélgica, lo que permitió que la maquinaria de guerra alemana las encerrara (las tropas británicas también se vieron atrapadas en este cerco, pero lograron escapar a través de Dunkerque). Por supuesto, los soviéticos habían dejado algunas tropas en la frontera y como era de esperar fueron las que más pérdidas sufrieron en las primeras etapas de la Operación Barbarroja. Pero, al contrario de lo que afirman historiadores como Richard Overy [12], el grueso del Ejército Rojo se quedó en la retaguardia, y evitó quedar atrapado. Esta «defensa en profundidad» (facilitada por la adquisición en 1939 de un «glacis», un «respiro» territorial, es decir, «Polonia Oriental») fue lo que frustró la ambición alemana de destruir totalmente el Ejército Rojo. Como escribió el mariscal Zhukov en sus memorias, «la Unión Soviética habría sido aplastada si hubiéramos organizado todas nuestras fuerzas en la frontera» [13].

Para mediados de julio, a medida que la guerra de Hitler en el este empezaba a perder sus cualidades de Blitz, algunos dirigentes alemanes empezaron a expresar su enorme preocupación. Por ejemplo, el almirante Wilhelm Canaris, jefe de los servicios secretos de la Wehrmacht, la Abwehr, confesó el 17 de julio a un colega en el frente, el general von Bock, que no veía «más que negro». En el frente doméstico, también muchos civiles alemanes empezaron a pensar que la guerra en el este no iba bien. En Dresde, Victor Klemperer, un lingüista judío que llevaba un diario, escribió el 13 de julio que «nosotros [los alemanes] sufrimos pérdidas inmensas, hemos subestimado a los rusos» [14].

Más o menos en ese mismo momento el propio Hitler abandonó su sueño de una victoria rápida y fácil, y rebajó sus expectativas; ahora mencionaba la esperanza de que para octubre sus tropas llegaran al Volga y de que más o menos un mes después se apoderaran de los yacimientos de petróleo del Cáucaso [15]. Para finales de agosto, cuando la Operación Barbarroja se debería haber ido reduciendo paulatinamente, un memorando del Alto Comando de la Wehrmacht (Oberkommando der Wehrmacht, OKW) reconoció que no sería posible ganar la guerra [16].

Un problema fundamental era que cuando empezó la Operación Barbarroja el 22 de junio se calculó que los suministros de los que se disponía de petróleo, neumáticos, piezas de recambio, etc., no iban a durar mucho más que uno o dos meses. Se había considerado suficiente porque supuestamente solo iba a costar unas seis semanas doblegar a la Unión Soviética y entonces los victoriosos alemanes podrían disponer de los recursos prácticamente ilimitados de este país (tanto productos industriales como petróleo y otras materias primas [17]. Pero a finales de agosto de 1941 las puntas de lanza de la Wehrmacht estaban lejísimos de esos distantes confines de la Unión Soviética en los que se iba a conseguir petróleo, el más precioso de todos los artículos marciales. Si los tanques consiguieron seguir circulando, aunque cada vez más despacio, hacia las aparentemente interminables extensiones ucranianas y rusas, fue en gran medida gracias al petróleo rumano y al combustible importado de Estados Unidos, vía la neutral España y la ocupada Francia.

Las llamas del optimismo se avivaron de nuevo en septiembre, cuando las tropas alemanas capturaron Kiev y, más al norte, avanzaron en dirección a Moscú. Hitler creía, o al menos pretendía creer, que ahora se acercaba el final para los soviéticos. En un discurso público en el Palacio de Deportes de Berlín pronunciado el 3 de octubre declaró que prácticamente había terminado la «guerra oriental». Y se ordenó a la Wehrmacht dar el golpe de gracia lanzando la Operación Tifón (Unternehmen Taifun), una ofensiva destinada a tomar Moscú.

Sin embargo, las probabilidades de éxito parecían cada vez más exiguas, porque los soviéticos se afanaban en traer unidades de reserva del Lejano Oriente. Su espía principal en Tokio, Richard Sorge, les informó de que los japoneses, cuyo ejército estaba estacionado en el norte de China, ya no consideraban la posibilidad de atacar las vulnerables fronteras de los soviéticos en la zona de Vladivostok [18] (como hemos visto, les había enfadado que Hitler firmara un Pacto con Stalin y habían cambiado a una «estrategia meridional» que los iba a hacer entrar en conflicto con Estados Unidos).

Para empeorar las cosas, los alemanes ya no eran superiores en el aire, en particular sobre Moscú. No se podían llevar suficientes suministros de munición y comida desde la retaguardia al frente, ya que la actividad guerrillera había obstaculizado gravemente las extensas líneas de suministro [19]. Por último, empezaba a hacer frío en la Unión Soviética, aunque probablemente no más que lo habitual en esa época del año. El alto mando alemán, que tenía plena confianza en que su Blitzkrieg habría terminado para el final del verano, no había considerado necesario proveer a las tropas de equipamiento apropiado para luchar bajo la lluvia, con barro, nieve y las gélidas temperaturas del otoño e invierno rusos.

Tomar Moscú era un objetivo extremadamente importante para Hitler y sus generales. Se creía, probablemente de forma equivocada, que la caída de su capital «decapitaría» a la Unión Soviética y provocaría así su colapso. También parecía importante evitar repetir lo ocurrido en verano de 1914, cuando el aparentemente imparable avance alemán dentro de Francia había sido detenido in extremis a las afueras del este de París en la Batalla del Marne. Este desastre (desde la perspectiva alemana) había robado a Alemania una victoria casi segura en el primer momento de la Primera Guerra Mundial y la había obligado a librar una larga lucha que, al carecer de suficientes recursos y debido al bloqueo de la Armada Británica, estaba condenada a perder. Esta vez, en una nueva Gran Guerra contra un nuevo archienemigo no iba a haber un nuevo «milagro del Marne», es decir, no iba a haber el menor titubeo a las afueras de la capital enemiga. Era imprescindible que Alemania no se encontrara sin recursos y bloqueada en un conflicto largo y prolongado que estaba condenada a perder. A diferencia de París, Moscú iba a caer, la historia no se iba a repetir y Alemania iba a acabar victoriosa. O eso era lo que se esperaba en el cuartel general de Hitler.

La Wehrmacht siguió avanzando, aunque lentamente, y a mediados de noviembre algunas unidades estaban ya a solo treinta kilómetros de la capital, pero las tropas estaban totalmente exhaustas y se estaban quedando sin suministros. Sus comandantes sabían que, por muy tentadoramente cerca que estuviera Moscú, era simplemente imposible tomar la ciudad y que ni siquiera hacerlo les daría la victoria. El 3 de diciembre varias unidades abandonaron la ofensiva por propia iniciativa. En unos días se obligó a todo el ejército alemán situado frente a Moscú a pasar a la defensiva. En efecto, el 5 de diciembre a las tres de la madrugada, en medio del frío y de una nevada, el Ejército Rojo lanzó de pronto un importante y bien preparado contraataque. Se abrieron brechas en muchos puntos de las líneas de la Wehrmacht y los días siguientes se hizo retroceder a los alemanes entre 100 y 280 kilómetros, además de sufrir graves perdidas de hombres y de equipamiento. Solo con grandes dificultades se evitó un cerco catastrófico. El 8 de diciembre Hitler ordenó a su ejército abandonar la ofensiva y pasar a posiciones defensivas. Culpó de este revés a la supuestamente inesperada llegada temprana del invierno, se negó a retroceder más hacia la retaguardia, como sugerían algunos de sus generales, y propuso volver a atacar en primavera [20].

Así acabó el Blitzkrieg de Hitler contra la Unión Soviética, la «guerra oriental» que, de haberla ganado, no solo habría realizado la gran ambición de su vida, destruir la Unión Soviética, sino también, y más importante, habría proporcionado a la Alemania nazi recursos suficientes para convertirse en un gigante casi invulnerable.

Se suponía que un triunfo contra la Unión Soviética habría hecho imposible una derrota alemana y probablemente lo habría hecho. Quizá sea justo afirmar que si la Alemania nazi hubiera derrotado a la Unión Soviética en 1941, Alemania sería todavía hoy la potencia hegemónica de Europa y posiblemente también de Oriente Próximo y el Norte de África. La derrota en la Batalla de Moscú en diciembre de 1941 significaba que la guerra relámpago de Hitler no produjo la esperada victoria relámpago. En la nueva «Batalla del Marne» justo al oeste de Moscú la Alemania nazi sufrió la derrota que hizo imposible su victoria no solo contra la propia Unión Soviética, sin también contra Gran Bretaña y en la guerra en general. Hay que señalar que en aquel momento Estados Unidos todavía no estaba ni siquiera involucrado en la guerra contra Alemania.

Hitler y sus generales creían, no sin razón, que para ganar una nueva edición de la Gran Guerra Alemania tenía que ganarla a la velocidad del relámpago. Pero el 5 de diciembre de 1941 fue evidente para todos los presentes en el «cuartel general del Führer» que no iba a haber un Blitzsieg contra la Unión Soviética y que Alemania estaba condenada a perder la guerra antes o después. Según el general Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de Operaciones del OKW, Hitler se dio cuenta entonces de que ya no podía ganar la guerra [21], de modo que se puede afirmar que el éxito del Ejército Rojo frente a Moscú fue sin lugar a dudas el «punto de inflexión» [Zäsur] de toda la guerra mundial», como afirma Gerd R. Ueberschär, un experto alemán en la guerra contra la Unión Soviética [22].

En otras palabras, el curso de la Segunda Guerra Mundial cambió el 5 de diciembre de 1941. Sin embargo, del mismo modo que los verdaderos cursos no cambian repentinamente, sino de forma gradual e imperceptible, en realidad el curso de la guerra no cambió en un solo día, sino a lo largo del período de los al menos cuatro meses transcurridos entre el verano de 1941 y principios de diciembre de ese mismo año.

El curso de la guerra en el este había ido cambiando de manera extremadamente lenta, pero no tan imperceptiblemente. Ya en julio de 1941, menos de un mes después de que se emprendiera la Operación Barbarroja, observadores bien informados habían empezado a dudar de que todavía fuera posible una victoria alemana, no solo en la Unión Soviética sino en la guerra en general. Ese mes los generales del régimen colaborador francés del mariscal Pétain reunidos en Vichy discutieron acerca de los informes confidenciales que habían recibido de sus colegas alemanes sobre la situación en el frente oriental. Se enteraron de que el avance en el interior la Unión Soviética no iba tan bien como se esperaba y llegaron a la conclusión de que «Alemania no iba a ganar la guerra sino que ya la había perdido». A partir de ese momento una cantidad cada vez mayor de miembros de la élite militar, política y económica francesa se preparó discretamente para abandonar el condenado Vichy; esperaban que su país fuera liberado por los estadounidenses, con quienes habían establecido contactos a través de intermediarios simpatizantes, como el Vaticano y Franco [23].

En septiembre, cuando se suponía que debía haber terminado el Blitzkrieg en el este, un corresponsal del New York Times que trabajaba en Estocolmo se mostró convencido de que la situación en el frente oriental era tal que Alemania «podría colapsar totalmente». Acababa de volver de visitar el Reich donde había sido testigo de la llegada de trenes cargados de soldados heridos. Y el siempre bien informado Vaticano, que al principio estaba muy entusiasmado con la «cruzada» de Hitler contra la patria soviética del «impío» bolchevismo, a finales del verano de 1941 estaba muy preocupado por la situación en el este; a mediados de octubre llegó a la conclusión de que Alemania iba a perder la guerra [24] (evidentemente, no se había informado a los obispos alemanes de las malas noticias, puesto que un par de meses después, el 10 de diciembre, declararon públicamente que «observaban con satisfacción la lucha contra el bolchevismo»). Igualmente, a mediados de octubre los servicios secretos suizos informaron de que «los alemanes ya no pueden ganar la guerra» [25].

A finales de noviembre un cierto derrotismo había empezado a contagiar a los altos rangos de la Wehrmacht y del Partido Nazi. Incluso mientras urgían a sus tropas a avanzar hacia Moscú, algunos generales opinaban que sería preferible hacer propuestas de paz y terminar paulatinamente la guerra sin lograr la gran victoria que tan segura parecía al empezar de la Operación Barbarroja. Y poco después de terminar noviembre el ministro de Armamento Fritz Todt pidió a Hitler que buscara una manera diplomática de salir de la guerra puesto que estaba perdida tanto desde el punto de vista puramente militar como desde el industrial [26].

Es un mito que los invasores alemanes de la Unión Soviética fueran derrotados por el «general Invierno». Los alemanes fueron derrotados por el Ejército Rojo, con el apoyo de toda la nación soviética, excepto, por supuesto, los colaboracionistas que, por desgracia, existen en todos los países. Como los alemanes se enfrentaron a una resistencia tan férrea, al final del verano la Operación Barbarroja no estaba ni mucho menos terminada, tal como Hitler y sus generales habían esperado. Esto significa que a más tardar en septiembre de 1941 había fallado la estrategia Blitzkrieg, que se suponía iba a ser la clave de la victoria alemana. Costó unos pocos meses más, hasta el 5 de diciembre, a principios del inverno, certificar este fracaso con el inicio de la contraofensiva soviética frente a Moscú; pero en lo que respecta a Alemania, el daño fatal ya estaba hecho en verano. El mito que se lo atribuye al «general Invierno» lo idearon los nazis para explicar el fracaso de la Operación Barbarroja y después de 1945, en el contexto de la Guerra Fría, se mantuvo vivo como parte de la campaña para minimizar la contribución soviética a la derrota de la Alemania nazi.

Cuando el Ejército Rojo emprendió su devastadora contraofensiva el 5 de diciembre, el propio Hitler se dio cuenta de que su causa estaba perdida, pero no estaba dispuesto a permitir que lo supiera la opinión pública alemana. Los portavoces nazis presentaron las desagradables noticias del frente cerca de Moscú como un revés temporal, del que culparon a la supuestamente inesperada temprana llegada del «general Invierno» y/o a la incompetencia o cobardía de algunos comandantes. Fue solo un año después, tras la calamitosa derrota en la Batalla de Stalingrado en el invierno de 1942-1943, cuando la opinión publica alemana y todo el mundo se iba a dar cuenta de que Alemania estaba condenada, razón por la cual todavía hoy muchos historiadores creen que el curso de la guerra cambió en Stalingrado.

Resultó imposible mantener en secreto total las catastróficas implicaciones de la debacle frente a Moscú. Por ejemplo, el 19 de diciembre de 1941 el cónsul alemán en Basilea informó a sus superiores en Berlín que el (abiertamente pronazi) jefe de una misión de la Cruz Roja suiza, que había sido enviado al frente en la Unión Soviética para ayudar a los heridos aunque solo en el bando alemán, lo que contravenía las normas de la Cruz Roja, había vuelto a Suiza con la noticia, que había sorprendido mucho al cónsul, de que «ya no creía que Alemania pudiera ganar la guerra» [27].

En su cuartel general situado en las profundidades de un bosque de Prusia oriental Hitler seguía cavilando acerca del desastroso cambio de rumbo cuando recibió otra sorpresa. En la otra punta del globo los japoneses habían atacado la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, el 7 de diciembre de 1941. Los acuerdos en vigor entre Berlín y Tokio eran de naturaleza defensiva y habrían exigido que el Reich se uniera al bando de Japón si este hubiera sido atacado por Estados Unidos, pero ese no era el caso. Hitler no tenía esa obligación, como se ha afirmado o al menos insinuado en las historias y documentales sobre ese dramático acontecimiento. Tampoco los dirigentes japoneses se habían sentido obligados a declarar la guerra a los enemigos de Hitler cuando este atacó Polonia, Francia y la Unión Soviética. En cada ocasión Hitler ni se había molestado en informar a Tokio de sus planes, sin duda por temor a los espías. Del mismo modo, los japoneses tampoco informaron a Hitler de sus planes de entrar en guerra con el Tío Sam (en realidad, estos planes eran el resultado de una «estrategia meridional» a la que, como hemos visto, Tokio había cambiado porque Hitler había firmado un pacto con Stalin).

Con todo, el 11 de diciembre de 1941 el dictador alemán declaró la guerra a Estados Unidos. Esta decisión aparentemente irracional solo se puede entender a la luz del aprieto en el que se encontraba Alemania en la Unión Soviética. Es casi seguro que Hitler supusiera que este gesto totalmente gratuito de solidaridad iba a llevar a su aliado del Lejano Oriente a declarar en reciprocidad la guerra al enemigo de Alemania, la Unión Soviética, lo que habría llevado a los soviéticos a la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes (el grueso del ejército japonés todavía estaba estacionado en el norte de China y, por tanto, habría podido atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok).

Parece que Hitler creyó que podía exorcizar el espectro de la derrota en la Unión Soviética, y en la guerra en general, emplazando a una especie de deus ex machina japonés a acudir la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Efectivamente, según el historiador alemán Hans W. Gatzke, el Führer estaba convencido de que «si Alemania no se unía a Japón [en la guerra contra Estados Unidos], sería […] el fin de toda esperanza de que Japón le ayudara contra la Unión Soviética» [28]. Pero Japón no picó el anzuelo de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero el País del Sol Naciente, que ahora estaba en guerra contra Estados Unidos, se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes tan poco como los soviéticos. Tokio prefería apostar por una estrategia «meridional», con la esperanza de ganar el gran premio del Sudeste de Asia (incluidas la rica en petróleo Indonesia y la rica en caucho Indochina) a tener que embarcarse en una incursión en los inhóspitos confines de Siberia. Solo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En el próximo capítulo nos centraremos en la guerra en el Lejano Oriente en la que participaron Japón y Estados Unidos, y finalmente también la Unión Soviética.

Y de este modo, por culpa del propio Hitler, entre los enemigos de Alemania ahora no solo estaban Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también el poderoso Estados Unidos, cuyas tropas se podía esperar que aparecieran en las costas de Alemania, o al menos en las costas de la Europa ocupada por los alemanes, en un futuro inmediato. En efecto, los estadounidenses iban a enviar tropas a Francia, pero solo en 1944 y este acontecimiento sin duda importante a menudo se presenta todavía como el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, merece la pena preguntarse si los estadounidenses habrían desembarcado en Normandía o, para el caso, si habrían declarado la guerra a la Alemania nazi, si Hitler no les hubiera declarado la guerra el 11 de diciembre de 1941. Y habría que preguntarse si Hitler habría tomado la decisión desesperada, incluso suicida, de declarar la guerra a Estados Unidos si no se hubiera encontrado en una situación desesperada en la Unión Soviética. Así pues, la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Alemania que, por muchas razones, no se veía venir antes de diciembre de 1941 y para la que Washington no había hecho preparativo alguno, como pronto veremos, también fue una consecuencia del revés que sufrió Alemania frente a Moscú.

La Alemania nazi estaba condenada, pero la guerra aún iba a ser larga. Hitler ignoró los consejos de sus generales, que le recomendaban encarecidamente buscar una salida diplomática, y decidió seguir luchando con la escasa esperanza de sacarse de algún modo la victoria de la manga. La contraofensiva rusa iba a perder ímpetu a principios de enero de 1942, la Wehrmacht iba a sobrevivir al invierno de 1941-42 y en primavera de 1942 Hitler iba a reunir trabajosamente todas las fuerzas disponibles para una ofensiva en dirección a los yacimientos de petróleo del Cáucaso denominada «Operación Azul» (Unternehmen Blau). El propio Hitler reconoció que «si no conseguía el petróleo de Maikop y Grozny, tendría que terminar esta guerra» [29].

Pero para entonces había desaparecido el factor sorpresa y los soviéticos disponían de inmensas cantidades de hombres, petróleo y otros recursos, además de un equipamiento excelente, en su mayoría producido en fábricas que habían sido trasladadas detrás de los Urales entre 1939 y 1941. La Wehrmacht, en cambio, no se pudo resarcir de las enormes pérdidas que había sufrido en 1941. Entre el 22 de junio de 1941 y el 31 de enero de 1942 los alemanes habían perdido 6.000 aviones y más de 3.200 tanques y vehículos similares. Nada menos que 918.000 hombres habían muerto, resultado heridos o estaban desaparecidos en combate, lo que equivale al 28,7% de la dotación media del ejército, 3,2 millones de hombres [30]. Alemania perdió en la Unión Soviética no menos de 10 millones del total de los 13,5 millones de sus hombres muertos, heridos o hechos prisioneros a lo largo de toda la guerra y el Ejército Rojo reivindicó haber matado al 90% de todos los alemanes muertos en la Segunda Guerra Mundial [31].

Por consiguiente, las fuerzas disponibles para avanzar hacia los yacimientos de petróleo del Cáucaso era muy limitadas. Resulta sorprendente que en esas circunstancias los alemanes lograran llegar tan lejos en 1942. La bestia estaba herida de muerte, pero iba a tardar mucho tiempo en exhalar su último aliento e iba a seguir siendo poderosa y peligrosa hasta el final, como descubrirían los estadounidenses en el invierno de 1944-1945 en la Batalla de las Ardenas. Pero cuando en septiembre de ese año su ofensiva se fue agotando inevitablemente, las debilitadas líneas alemanas se extendían a lo largo de muchos cientos de kilómetros y presentaban un objetivo perfecto para un contraataque soviético. Cuando llegó el ataque consiguió encerrar a todo el ejército alemán y destruirlo en Stalingrado. Después de esta gran victoria del Ejército Rojo fue obvio que la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial era inevitable, pero la condición previa de la sin duda más espectacular y más evidente derrota alemana en Staligrado fue el fracaso del Blitzkrieg oriental en la segunda mitad de 1941, que culminó en una derrota frente a Moscú a principios de diciembre de ese año.

Todavía hay más razones para considerar diciembre de 1941 el punto de inflexión de la guerra. La contraofensiva soviética acabó con la reputación de invencible de la que había disfrutado la Wehrmacht desde sus éxitos contra Polonia en 1939 y levantó así la moral de los enemigos de Alemania en todas partes. En Francia, por ejemplo, la Resistencia se hizo más grande, más audaz y mucho más activa. A la inversa, el fracaso del Blitzkrieg desmoralizó a los finlandeses y a otros aliados de Alemania. Y los países neutrales que habían simpatizado con la Alemania nazi se volvieron ahora complacientes respecto a los «anglo-estadounidenses». Franco, por ejemplo, esperaba congraciarse con ellos mirando hacia otro lado cuando los aviadores aliados derribados, ayudados por la Resistencia francesa, violaban técnicamente la neutralidad española al cruzar el país desde Francia a Portugal en su camino de regreso a Gran Bretaña. Portugal, que también era neutral oficialmente aunque mantenía relaciones amistosas con Gran Bretaña, incluso permitió a los británicos y a los estadounidenses utilizar una base aérea en las Azores, que iba a demostrar ser extremadamente útil en la Batalla del Atlántico.

Lo que es más importante, la batalla de Moscú también garantizó que el grueso de las fuerzas armadas alemanas estuviera ligado a un frente oriental de aproximadamente 4.000 kilómetros durante un periodo de tiempo indefinido y, por tanto, requiriera la mayor parte de los recursos estratégicos disponibles, sobre todo petróleo. Esto eliminaba casi por completo la posibilidad de nuevas operaciones de Alemania contra Gran Bretaña e incluso hizo cada vez más difícil suministrar suficientes hombres y material a Rommel en el norte de África, lo que llevó finalmente a su derrota en la Batalla de El Alamein en otoño de 1942.

Fue frente a Moscú en diciembre de 1941 cuando cambio el curso de la guerra. Allí fue donde se acabó con el Blitzkrieg, que ya llevaba varios meses moribundo, y donde, por consiguiente, se obligó a la Alemania nazi a luchar sin recursos suficientes el tipo de guerra prolongada que Hitler y sus generales sabían que no podían ganar. Fue también en ese momento cuando el Tío Sam se vio arrastrado a la guerra contra la Alemania nazi. Los estadounidense iban a estar preocupados durante mucho tiempo por su guerra contra Japón, así que solo después del desembarco de Normandía, esto es, menos de un año antes del final de la guerra, iban a empezar a contribuir de forma significativa a la derrota de la Alemania nazi [32]. ¿Por qué tardaron tanto?

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses y británicos, representantes de las clases altas de sus países, siempre habían sido intrínsecamente antisoviéticos, mucho más que antinazis; de hecho, habían sido filofascistas, es decir, miraban con buenos ojos el fascismo porque el fascismo era enemigo del comunismo. Es una ironía de la historia que acabaran entrando en guerra contra el fascismo, personificado por Hitler (y también por Mussolini), y se encontraran así siendo aliados de la Unión Soviética. Pero se trataba de una alianza que no era natural, destinada a durar únicamente hasta derrotar al enemigo común (como dijeron algunos generales estadounidenses en una ocasión, estaban luchando una guerra «con el aliado equivocado contra el enemigo equivocado») [33]. Esto explica por qué, después de que Estados Unidos entrara en la guerra, los «anglo-estadounidenses» se comportaron en la medida de lo posible como un tertius gaudens, encantados de dejar a los soviéticos y a los nazis matarse mutuamente mientras ellos miraban desde la barrera.

El hecho de que el Ejército Rojo suministrara la carne de cañón necesaria para vencer a Alemania permitió a los aliados occidentales minimizar sus pérdidas. También les permitió fortalecerse para intervenir de forma decisiva en el momento adecuado, cuando ambos, el enemigo nazi y el aliado soviético, estuvieran exhaustos. Entonces iban a poder decidir cómo iba a ser Europa (y gran parte del resto del mundo) después de la guerra.

Por ese motivo Washington y Londres no abrieron un «segundo frente» desembarcando tropas en Francia en 1942 (se puede definir como un «fracaso intencionado» el desembarco de una pequeña fuerza de tropas, en su mayoría canadienses, en Dieppe el 19 de agosto de 1942, que fue rechazada con grandes pérdidas por unos defensores alemanes fuertemente atrincherados; el objetivo de esta idea de Churchill era demostrar a los partidarios británicos de un segundo frente y a Stalin que los aliados occidentales todavía no estaban preparados para una empresa de esa envergadura en Francia) [34].

A pesar de lo que han afirmado algunos historiadores, sin lugar a dudas ya era factible desembarcar un ejército en Francia en 1942, el año en el que el grueso de las fuerzas alemanas estaba dedicado a un intento desesperado aunque condenado al fracaso de conquistar los yacimientos de petróleo de la Unión Soviética. En vez de ello, los responsables de Washington y Londres optaron por una operación igualmente complicada desde el punto de vista logístico: en noviembre de 1942 se enviaron tropas al norte de África para ocupar las colonias francesas situadas allí, lo que proporcionó poca o ninguna ayuda al Ejército Rojo, como la habría proporcionado la apertura de un «segundo frente» en Francia.

Solo después de la catastrófica derrota que sufrió la Wehrmacht en la Batalla de Stalingrado, es decir, en febrero de 1942, fue obvio que la Alemania nazi estaba condenada a perder la guerra. Eso hizo que Washington y Londres cambiaran su política y se implicaran directamente en la titánica lucha contra la Alemania nazi donde realmente hacía falta, es decir, en Europa.

A Roosevelt y Churchill no les gustaba en absoluto que, después de Stalingrado, el Ejército Rojo se estuviera abriendo paso de forma lenta pero segura hacia Berlín y posiblemente hacia lugares situados más al oeste, así que desde la perspectiva de la estrategia angloestadounidense «se hizo imperativo enviar tropas a Francia y adentrarse en Alemania para mantener la mayor parte de ese país fuera de las manos [soviéticas]», como han escrito dos historiadores estadounidenses, Peter N. Carroll y David W. Noble [35]. Por consiguiente, se decidió enviar tropas a Francia lo antes posible, pero era demasiado tarde para llevar a cabo una operación tan compleja desde el punto de vista logístico en 1943, especialmente porque había que trasladar desde el norte de África el equipo necesario para el desembarco, de modo que hubo que esperar hasta la primavera de 1944. Y cuando finalmente desembarcaron no fue para provocar la derrota de la Alemania nazi, sino para impedir que la Unión Soviética lo hiciera sola.

En todo caso, cuando los estadounidenses, los británicos y otros aliados occidentales desembarcaron en Normandía en junio de 1944 quedaba menos de un año de una guerra cuyo resultado ya se había decidido realmente tres años antes, en el verano de 1941. La idea de que ese desembarco constituyó una especie de punto de inflexión no es más que un mito, inventado para ocultar el papel fundamental que había desempeñado la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi. También nació un mito menor y menos importante, útil para el mismo propósito: la idea de que los soviéticos solo habían logrado sobrevivir a la arremetida nazi gracias al importante apoyo material que les había prestado el Tío Sam en el contexto del famoso Programa de Préstamo y Arriendo de ayuda a los aliados de Estados Unidos. Varios hechos demuestran que aunque esta historia se ha tejido en torno a algunos hechos históricos, como suele ocurrir con los mitos, tampoco refleja la realidad histórica [36].

En primer lugar, antes de Pearl Harbor, es decir, a principios de diciembre de 1941, la Unión Soviética no era aliada del Tío Sam. Estados Unidos era un país neutral y su clase alta simpatizaba más con los nazis que con los soviéticos, un tema que abordaremos en los dos próximos capítulos. Una cantidad considerable de estadounidenses ricos, poderosos y muy influyentes (industriales, banqueros, congresistas, generales, líderes religiosos, etc.) esperaba con impaciencia la derrota de la patria del anticapitalista e «impío» bolchevismo. Solo cuando debido a la gratuita declaración de guerra a Estados Unidos por parte de Hitler el 11 de diciembre de 1941 Estados Unidos se encontró con que era enemigo de la Alemania nazi y, por lo tanto, aliado no solo de los británicos, sino también de los soviéticos, las llamas del antisovietismo estadounidense por lo menos disminuyeron sin extinguirse del todo.

En segundo lugar, por lo que se refiere a la ayuda estadounidense a la Unión Soviética, no hubo ninguna ayuda en 1941, el año que terminó con la inversión del curso de la guerra. Moscú pidió suministros estadounidenses en cuanto empezó la Operación Barbarroja, pero no recibió una respuesta afirmativa. A fin de cuentas, también en Estados Unidos se suponía que la Unión Soviética iba a colapsar pronto. El embajador estadounidense en la URSS incluso desaconsejó tajantemente el envío de ayuda argumentando que, en vista de la inminente derrota soviética, estos suministros caerían en manos alemanas [37].

La situación cambió a finales del otoño de 1941, cuando cada vez estaba más claro que los soviéticos no iban a ser «aplastados como un huevo». De hecho, su firme resistencia demostró que probablemente iban a ser un aliado continental muy útil para los británicos, con quienes los empresarios y banqueros estadounidenses podían participar en el muy rentable negocio del Préstamo y Arriendo. Ampliar a los soviéticos la ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo (que significaba la venta, no el regalo, de equipamiento) prometía ahora generar más beneficios todavía. La Bolsa de Nueva York empezó a reflejar esa realidad: las cotizaciones ascendieron a medida que se ralentizaba el avance nazi en Rusia. En este contexto es en el que Washington y Moscú firmaron un acuerdo de Préstamo y Arriendo en noviembre de 1941, pero iban a pasar muchos más meses antes de que las entregas empezaran a llegar. Un historiador alemán, Bernd Martin, insiste en que a lo largo de 1941 la ayuda estadounidense a la Unión Soviética siguió siendo meramente «imaginaria» [38].

Así pues, la ayuda material estadounidense solo fue significativa en 1942 o probablemente en 1943, es decir, mucho después de que los soviéticos hubieran destruido sin la ayuda de nadie las posibilidades de una victoria de la Alemania nazi utilizando sus propias armas y equipamiento. Según el historiador británico Adam Tooze, «el milagro soviético no debía nada a la ayuda occidental [y] los efectos del Programa de Préstamo y Arriendo no influyeron en el equilibrio de fuerzas en Europa del este antes de 1943» [39].

En tercer lugar, la ayuda estadounidense nunca representó más del 4% o 5% de la producción soviética total en época de guerra, aunque hay que admitir que en una situación de crisis incluso un porcentaje tan pequeño puede ser crucial. En cuarto lugar, los propios soviéticos fabricaron todas las armas ligeras y pesadas de gran calidad que hicieron posible su éxito contra la Wehrmacht.

En quinto lugar, y probablemente lo más importante, la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo a la URSS quedó neutralizada en gran medida por la ayuda no oficial, discreta, aunque muy importante, que proporcionaron fuentes corporativas estadounidenses a los alemanes, enemigos de los soviéticos, un tema en el que nos centraremos en el capítulo 11. En 1940 y 1941 empresas y trust petroleros estadounidenses participaron en lucrativos acuerdos comerciales con la Alemania nazi y le suministraron enormes cantidades de petróleo a través de países neutrales como España. Por ejemplo, la parte proveniente de Estados Unidos de las importaciones que hizo Alemania de aceite de vital importancia para lubricar motores aumentó rápidamente durante el verano de 1941, concretamente de un 44% en julio a nada menos que un 94% en septiembre. En vista del agotamiento de sus reservas de productos petrolíferos en aquel momento, es justo decir que los Panzer alemanes probablemente nunca habrían llegado hasta las afueras de Moscú sin el combustible suministrado por los trusts del petróleo estadounidenses, como ha argumentado el historiador alemán Tobias Jersak, una autoridad en el ámbito del «combustible estadounidense para el Führer» [40].

Es indudable que no careció de importancia la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo tanto a la Unión Soviética como a Gran Bretaña. Pero la enorme ayuda que proporcionó entre bastidores (sin que lo supiera la opinión pública y ni siquiera, al parecer, la mayoría de los historiadores actuales) no el Estado estadounidense sino las corporaciones estadounidenses fue por lo menos igual, y más probablemente superior.

04/12/2021

Notas:

[1] Rolf-Dieter Müller, Der Feind steht im Osten: Hitlers geheime Pläne für einen Krieg gegen die Sowjetunion im Jahr 1939.

[2] Citado en Müller, p. 152.

[3] Soete, pp. 289-290, incluida la nota de la página 289.

[4] Véase, por ejemplo, Ueberschär (2011a), p. 39.

[5] Müller, p. 169.

[6] Ueberschär (2011b), p. 95.

[7] Citas de Müller, pp. 209, 225.

[8] Pauwels (2015), p. 66; Losurdo (2008), p. 29.

[9] Overy (1997), p. 87.

[10] Ueberschär (2011b), pp. 97-98.

[11] Ueberschär (2011b), p. 97; Losurdo (2008), op. cit., p. 31.

[12] Overy (1997), pp. 64-65.

[13] Furr (2011) p. 343: Losurdo (2008), p. 33; Soete, p. 297.

[14] Citado en Losurdo (2008), pp. 31-32.

[15] Wegner, p. 653.

[16] Ueberschär (2011b), p. 100.

[17] Müller, p. 233.

[18] Hasegawa, p. 17.

[19] Ueberschär (2011b), pp. 99-102, 106-107.

[20] Ueberschär, (2011b), pp. 107-11; Roberts, p. 111.

[21] Hillgruber, p. 81.

[22] Ueberschär (2011b), p. 120.

[23] Este acontecimiento se describe detalladamente en Lacroix-Riz (2016), p. 220 y siguientes.; la cita es de la p. 246.

[24] Lacroix-Riz (1996), p. 417; Baker, p. 387.

[25] Bourgeois, pp. 123, 127.

[26] Ueberschär (2011b), pp. 107-108.

[27] Bourgeois, pp. 123, 127.

[28] Gatzke, p. 137.

[29] Wegner, pp. 654-656.

[30] Ueberschär (2011b), p. 116.

[31] Ponting, p. 72.

[32] Es cierto que su guerra en el aire había comenzado antes, pero su programa de bombardeos estratégicos hizo relativamente poco daño a Alemania, como concluyeron los estudios de posguerra.

[33] Pauwels (2015), p. 199; Canfora (2008), pp. 288-289.

[34] La historia de Dieppe se relata detalladamente en Pauwels (2012).

[35] Carroll y Noble, p. 354.

[36] Para más detalles, véase Pauwels (2017), pp. 197-198.

[37] Mayers, p.131.

[38] Martin, pp. 459, 475.

[39] Tooze, p. 589.

[40] Estadísticas de Jersak, que utilizó documentos «top secret» elaborados por la Werhmacht Reichsstelle für Mineralöl, que se pueden consultar en la sección militar del Bundesarchiv, los archivos federales de Alemania, expediente RW 19/2694.

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El secretario estadunidense de Estado, Antony Blinken (a la izquierda), y el secretario ruso del Exterior, Serguei Lavrov, se saludaron ayer, en un encuentro al margen de la reunión anual de cancilleres de los países de la OSCE. Foto Ap

El posible ingreso de Ucrania a la OTAN, y un probable ataque de Moscú a Kiev, temas que rebasan la diplomacia

Moscú. En lo que no deja de ser una amarga paradoja –cuando desde hace días prevalecía información esperanzadora sobre la siguiente cumbre a distancia, por videoconferencia, de los presidentes de Rusia y Estados Unidos, tentativamente este mismo diciembre, para dar luz verde al máximo nivel al comienzo de las labores de los grupos de trabajo de funcionarios y expertos de cada país que debatirán distintos aspectos del control de armamento y otros temas de seguridad–, poco faltó ayer para que los cancilleres ruso y estadunidense se mentaran la madre en su primer encuentro, cara a cara, desde mayo anterior.

Sucedió en Estocolmo, al margen de la reunión anual de los encargados de la diplomacia de los países que forman parte de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), donde Serguei Lavrov y Antony Blinken evidenciaron, en términos poco amistosos, que Moscú y Washington se culpan mutuamente de practicar políticas que vulneran su seguridad.

El catálogo de desencuentros es enorme, pero en este momento la agenda bilateral está dominada por el tema de Ucrania, cuyo hipotético ingreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es para Rusia la principal línea roja que Estados Unidos y sus aliados no deben cruzar y, en el otro extremo, la OTAN se reserva el derecho a decidir si Ucrania cumplirá, algún día, los requisitos de admisión y no dejará sin consecuencias un ataque militar ruso contra su vecino eslavo.

Según trascendió, la discusión acerca de lo que está pasando en torno a Ucrania, en una cena a puerta cerrada de los ministros de relaciones exteriores, alcanzó momentos de enfrentamiento directo poco diplomático en que Lavrov, Blinken y el canciller ucranio, Dmytro Kuleba, se lanzaban argumentos cual bofetadas verbales y no pasó a mayores por la mediación de los demás asistentes.

Para Blinken, citado por agencias noticiosas occidentales después de su encuentro con Lavrov en Estocolmo, “es muy preocupante que Rusia tenga planes de agresión militar contra Ucrania”, algo que si sucede “tendrá muy graves consecuencias de alto impacto económico”, por lo cual advirtió a Lavrov que el ejército ruso “tiene que revisar su política en la frontera con Ucrania y retirarse a posiciones normales”.

Lavrov, citado a su vez por medios rusos, reviró: “si nuestros socios de la OTAN declaran que nadie tiene derecho a dictar a un país, que quiere ingresar en la OTAN, si puede hacerlo o no, nosotros nos basamos en uno de los principios esenciales del derecho internacional, que dice que cada Estado tiene el derecho de escoger las formas que considere oportunas para garantizar sus intereses legítimos en materia de seguridad” y, asimismo, aludió al concepto de “seguridad indivisible”, que es uno de los pilares de la OSCE.

El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, acorde con el anuncio que hizo el miércoles anterior el presidente Putin, adelantó que pronto su país presentará a la OTAN una propuesta de garantías de seguridad que deben ser vinculantes para todos los firmantes.

“En breve presentaremos a nuestros colegas occidentales propuestas concretas y confiamos en que se las tomen con seriedad. No quiero ni imaginarme que Occidente (Estados Unidos y aliados) se niegue a estudiar esta iniciativa”, subrayó Lavrov.

Añadió que el éxito de ésta depende de si los países de la OTAN “están realmente interesados en una desescalada de la tensión y dispuestos a cesar sus intentos unilaterales de ampliar su hegemonía, en particular a través de extender su infraestructura militar”.

A pesar de las desavenencias ostensibles, aún quedan resquicios que mantienen abierta la puerta del diálogo entre Rusia y Estados Unidos al coincidir Lavrov y Blinken en que una cumbre de sus jefes es necesaria para intentar negociar consensos que permitan rebajar la tensión.

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U.S. Air Force / Giancarlo Casem / Reuters

"Es una carrera armamentística que lleva bastante tiempo en marcha", afirmó Frank Kendall.

Estados Unidos y China están inmersos en "una carrera armamentística" para desarrollar las armas hipersónicas más letales, declaró este martes Frank Kendall, secretario de la Fuerza Aérea del país norteamericano. 

"Hay una carrera armamentística, no necesariamente para aumentar el número, sino para aumentar la calidad", explicó en una entrevista a Reuters. "Es una carrera que lleva bastante tiempo en marcha. Los chinos se han dedicado a ello de forma muy agresiva", agregó.

El alto funcionario del Pentágono señaló que al concentrar sus fondos en Irak y Afganistán, el Ejército estadounidense dejó fuera del foco central las armas hipersónicas. "Esto no quiere decir que no hayamos hecho nada, pero no lo suficiente", subrayó.

Asimismo dijo que a medida que el Departamento de Defensa de EE.UU. entra en el ciclo presupuestario anual del 2023, espera derivar fondos mediante el retiro de servicio de los sistemas más antiguos y caros de mantener, en favor de los más nuevos, incluidos los programas de desarrollo hipersónico.

"Me encanta el A-10. El C-130 es un gran avión, que ha sido muy capaz y muy eficaz para muchas misiones. Los MQ-9 han sido muy eficaces para la lucha antiterrorista y demás. Siguen siendo útiles, pero ninguna de estas cosas asusta a China", apuntó, refiriéndose a un avión de combate de más de 40 años, a otro para transportar carga y a unos drones muy utilizados, respectivamente.

EE.UU. acusa a China de probar un misil hipersónico y Pekín lo niega

En octubre, el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de EE.UU., general Mark Milley, declaró que las supuestas pruebas de armas hipersónicas por parte de China representan un acontecimiento "muy alarmante" en medio de las crecientes tensiones entre ambos países. 

Mientras, el general John Hyten, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto del país, afirmó que EE.UU. está desarrollando sus propias armas hipersónicas, pero no tan rápido como China. Así, detalló que en los últimos cinco años Pekín ha llevado a cabo cientos de pruebas hipersónicas, mientras que Washington solo ha realizado nueve. Según el militar, China ya ha desplegado un arma hipersónica de medio alcance, mientras que a su país aún le faltan unos años para disponer de la primera.

Por su parte, desde Pekín negaron repetidamente haber probado un misil hipersónico e insistieron en que se trataba de la prueba de un vehículo espacial. "Lo que me gustaría reiterar es que la prueba reportada por algunos medios fue una prueba rutinaria de una nave espacial para probar la tecnología de reutilización de naves espaciales", explicó el portavoz del Ministerio de Exteriores de China, Wang Wenbin.

Este año, el Pentágono ha realizado varias pruebas de armas hipersónicas, con resultados desiguales. En octubre, la Marina estadounidense probó con éxito un motor de cohete propulsor que se utilizaría para impulsar un vehículo de lanzamiento, capaz de llevar un arma hipersónica a lo alto.

A diferencia de los misiles balísticos intercontinentales, que se desplazan en un arco predecible y pueden ser rastreados por los radares de largo alcance, un arma hipersónica maniobra mucho más cerca de la tierra, lo que dificulta su detección.

Publicado: 30 nov 2021

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Fuentes: Rebelión [Imagen: HispanTV]

“…No se olviden

De la rosa de la rosa

De la rosa de Hiroshima

La rosa hereditaria

La rosa radioactiva

Estúpida e inválida

La rosa con cirrosis

La anti-rosa atómica

Sin color sin perfume

Sin rosa sin nada”.

(Vinícius de Moraes)

Hace pocos meses del 76° aniversario del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, por parte de EEUU, las perspectivas del uso de armas nucleares siguen siendo tan peligrosas como en cualquier otro momento desde el apogeo de la Guerra Fría, como lo ha señalado la propia Secretaria General Adjunta y Alta Representante para Asuntos de Desarme de la ONU, Izumi Nakamitsu.

La argumentación central para la defensa del mantenimiento de armas nucleares, muchas veces, es la posibilidad de “disuasión”. Sin embargo, la legitimidad de esa estratégia queda tenuemente sostenida bajo la confianza de que los Estados actúan con base en correlaciones honestas en un mundo cada vez más transfigurado a consecuencia de las fake news. 

De este modo, la posibilidad de aniquilamiento de otras naciones o del propio planeta puede originarse de una operación de falsa bandera o, incluso, de una acción criminal de secuestro de informaciones y manipulación del sistema. Sobre esta última conjetura, recordemos el “terrorismo nuclear” perpetrado por Israel contra Irán, el semestre pasado,   divulgado por la propia radio pública de Israel (Kan) como siendo un ciberataque de autoría del Mossad.

El referido acto terrorista generó un corte de energía eléctrica en la planta de enriquecimiento de uranio del país persa, causando el cierre de instalaciones enteras de esta industria nuclear, que tiene fines pacíficos, ubicada en un país signatario del Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y que es vigilado por inspectores de las Naciones Unidas, al contrario del atacante. Israel, además de nunca haber firmado el TNP, es poseedor de un arsenal nuclear no declarado y sin el monitoreo de ningún organismo internacional. 

Este año, fotos satelitales analizadas por The Associated Press (AP), revelaron el mayor proyecto de instalación nuclear israelí, en décadas. En las cercanías del Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres, fue detectada una instalación con varios laboratorios subterráneos que actúan en la obtención de plutonio destinado al programa de bombas nucleares israelíes, como lo ha denunciado la AP. 

Todo eso, bajo el control estricto solamente del país que más ha boicoteado y saboteado los acuerdos internacionales de promoción de la paz, además de impulsar sistemáticas masacres al pueblo palestino y ser complice directa o indirectamente de persecusiones y asesinatos políticos en otras partes del mundo, y como que por milagros más asombrosos que los del antiguo testamento, caen en el total olvido, y consecuente impunidad. 

Asimismo, Israel cuenta con EEUU como su principal aliado, el único país que ha lanzado bombas atómicas contra otras naciones, y que ha abandonado el Tratado de Cielos Abiertos, el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, y el Acuerdo con Irán, que han sido estratégicos para el control del armamento nuclear. 

Hace poco fue realizada, en Escocia, la Conferencia de Glasgow y las repercusiones de la ruptura del Tratado de París, por parte del gobierno de Trump, siguen evidenciadas pese a que el actual presidente Biden se pronunció favorable al acuerdo climático. Muchos analistas se refirieron a la cumbre como vaciada de densidad política y de acciones multilaterales unificadas.

Aunque innumerables veces este vínculo es subestimado o a propósito invisibilizado, hay una relación intrínseca entre la crisis climática y la militarización, sobretodo cuando hablamos de armas nucleares y el impacto humano y ecológico que ellas implican; no sólo cuando son disparadas contra otros pueblos, pero también en su proceso de elaboración, ensayos, bien como los desechos de residuos tóxicos que expelen. Todo eso, sin hablar del enorme desvío de recursos económicos que son destinados a esa industria de destrucción masiva en detrimento de inversión en la calidad de vida de los diversos seres y ecosistemas del planeta. 

La organización internacional Pax Christi, ha dicho con razón que “las armas nucleares y el cambio climático son dos de las mayores amenazas que enfrenta el mundo” y que “el cambio climático amenaza a todas las vidas y responder a él implica desviar las prioridades y los recursos de las fuerzas armadas y la guerra, hacia una paz justa y sostenible”.

Por otro lado, hay una confusión retórica muy, convenientemente, difundida principalmente por las potencias nucleares, y esta se refiere a la seguridad climática en una asociación alevosa con seguridad militarizada, como lo ha señalado en distintas ocasiones el Transnational Institute (TNI). 

En nombre del estatus de superpotencia que las armas nucleares confieren en el tablero mundial, representantes de esos Estados abogan una interpretación militarista donde la amenaza climática queda arbitrariamente designada conforme a las actividades humanas que puedan herir los privilegios de su establishment y no propiamente el tejido comunitario-ambiental. 

No por casualidad, una estratega del Departamento de Defensa de Estados Unidos, citado por el TNI, refiere, sobre la seguridad climática, que se puede prever “una era de conflicto persistente… un entorno de seguridad mucho más ambiguo e impredecible que el que se enfrentó durante la Guerra Fría”. 

A partir de esas inquietudes y llevando en consideración que, en el año 2022, se realizará la primera reunión del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, el cual todos los Estados debieran firmar, y la Conferencia de Revisión de las partes del Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), hace falta un mayor compromiso multilateral en poner estos temas en la arena del debate público, y quitarle esa aureola oscurantista de que su contenido debe estar restringido a los pasillos de determinadas cumbres o departamentos de defensa. 

Mientras no nos posicionarnos, organizaciones delincuentes, anacrónicas y belicosas como la OTAN, seguirán disputando, literalmente con todas sus armas, ese espacio que dice respecto a toda la humanidad. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha dicho que la seguridad y el clima son «dos caras de la misma moneda». Ya es bien conocido cuanto cuesta caro la moneda de esta Alianza, el cambio siempre resulta en enormes pérdidas de vidas humanas y depredación territorial. 

Esa opacidad de datos y discusiones acerca de la industria del armamento nuclear y su modus operandi, a la espalda de la opinión pública, favorece su impacto exponencial en el cambio climático. Cuanto más nos movilizamos, aunque con acciones que representan un grano de mostaza frente a un “little boy” (nombre de la bomba atómica lanzada contra Hiroshima), más demostramos nuestra opción por la primavera de la coexistencia pacífica entre los pueblos. Y, en esa primavera, ninguna anti-rosa atómica será bienvenida.

Por Olga Pinheiro | 01/12/2021

Olga Pinheiro es parte de la Revista El Derecho de Vivir en Paz

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© Foto : Public Domain / Gobierno Federal de Estados Unidos / Mark Allen Leonesio

EEUU planea reforzar su presencia en la región indopacífica. Desde el Pentágono afirman que la medida busca "disuadir una posible agresión militar de China y amenazas de Corea del Norte".

El país norteamericano se embarcará en una "serie de mejoras de infraestructura" en Australia y Guam que incluirá la actualización de su equipamiento militar y el desarrollo de nuevas bases en la región, afirman desde el Departamento de Defensa de EEUU.

"En Australia verán nuevos despliegues rotativos de aviones de combate y bombarderos. Verán el entrenamiento de Fuerzas Terrestres y una mayor cooperación logística", afirmó la subsecretaria adjunta de Defensa para la Política, Mara Karlin.

Asimismo, Karlin aseguró que el Pentágono tiene como "prioridad" la región indopacífica, que describió como "un desafío" para EEUU. Los cambios se realizarán en instalaciones logísticas, almacenamiento de combustible, de municiones y renovación de aeródromos— que se materializarán en los próximos años, comunicó la subsecretaria.

"La Revisión de la Postura Global coopera con aliados y socios en toda la región para promover iniciativas que contribuyan a la estabilidad regional, disuadir una posible agresión militar de China y amenazas de Corea del Norte", aseguró la funcionaria.

Además, reveló que las observaciones realizadas por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, sobre la Revisión de la Postura Global han sido aprobadas por el presidente Joe Biden. Sin embargo, la mayoría de las sugerencias en dicha revisión permanece "clasificada" y aun tienen que ser aprobadas por el Congreso.

EEUU no quita su mirada del resto del mundo

En el contexto de América Latina, la Revisión de la Postura Global destaca la "asistencia humanitaria" y "operaciones antinarcóticos" como asuntos de relevancia. Karlin señaló, además, que la estrategia "identificó capacidades adicionales que mejorarán la postura de disuasión de EEUU en Europa".

De igual forma, reveló que los funcionarios estadounidenses han realizado consultas con Australia, Japón, Corea del Sur, sus aliados en la OTAN y con una docena de Gobiernos en Oriente Medio y África.

De cara al futuro, la revisión de la postura global ordena al Departamento [de Defensa de EEUU] "llevar a cabo un análisis adicional sobre los requisitos de postura duradera en Medio Oriente", informó a los periodistas.

Por último, recalcó que el "seguimiento de las amenazas" de "organizaciones extremistas violentas" también era un punto focal en lo que respecta a África.

La Ley de Autorización de Defensa Nacional, la primera bajo la Presidencia de Biden, ha propuesto un gasto federal de Defensa de casi 770.000 millones de dólares. Sin embargo, aún debe ser aprobada por el Congreso, en medio de desacuerdos entre republicanos y demócratas sobre las complejidades del proyecto de ley. Cabe destacar que dicha legislación que aborda los gastos de Defensa en todo el espectro de Estados Unidos fue bloqueada en el Senado el pasado 29 de noviembre.

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Paradójicamente a Joe Biden le conviene más el triunfo de la candidata hondureña Xiomara Castro, pese a su mayor afinidad con China. En la imagen, escena en una barbería de la colonia Nueva Suyapa, en Tegucigalpa, Honduras. Foto Afp

La trascendencia geopolítica de Honduras radica en su "anillo marítimo" –en las entrañas del mar Caribe: el soft belly (bajo vientre) de Estados Unidos, según el analista israelí-estadunidense del Pentágono, Robert Kaplan (https://bit.ly/3pc5rOa)– que comprende ocho (sic) fronteras náuticas: México, Belice, Cuba, Islas Caimán, Guatemala, Jamaica, Colombia y Nicaragua.

La otra frontera marítima de Honduras con El Salvador y Nicaragua (además de su frontera caribeña) es del lado del océano Pacífico, en el golfo de Fonseca, lo cual le concede su atributo singular de ser un país bioceánico.

Honduras forma parte del malhadado "triángulo norte" con Guatemala y El Salvador con sus propias definiciones geopolíticas ("Latinoamérica fracturada por su dilema ontológico entre Estados Unidos y China", https://bit.ly/3FTC75u). El búnker de la embajada de Estados Unidos de una manzana de superficie y su aparatosa nueva construcción de otras dos manzanas destacan en su capital Tegucigalpa.

Mas allá de que en la actualidad Honduras ostente su primer ingreso por las remesas (7 mil 150 millones de dólares, https://bit.ly/314ksJt) de los alrededor 1.3 millones de hondureños en Estados Unidos –de sus casi 10 millones de habitantes–, se podría aducir que Colombia y Honduras son los supremos bastiones militares de protección del mare nostrum caribeño de Estados Unidos bajo la férula del Comando Sur.

Colombia ostenta "nueve bases cuasi militares" de Estados Unidos (https://bit.ly/32IyW2x), mientras Honduras alberga la base aérea (sic) estadunidense de Soto Cano, también conocida como Palmerola (https://bit.ly/3p4BgIy), cuyo objetivo benigno es el poco exitoso combate al narcotráfico y cuyo verdadero designio es la protección del "bajo vientre" caribeño de Estados Unidos.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de China arremetió contra la "torcedura de brazo" de Estados Unidos que desea que "Honduras mantenga sus relaciones diplomáticas con Taiwán" cuando "ha advertido" a Tegucigalpa de "algunos de los riesgos" (sic) de acercarse a China (https://bit.ly/3DaS5qp).

La agencia británica Reuters comenta que "Estados Unidos y China se pelean (sic) sobre Honduras y la ponderación de sus lazos con Taiwán" (https://reut.rs/3D26QLQ). Hoy solamente quedan 15 países en el mundo que reconocen a la isla renegada de Taiwán, mientras China irrumpe triunfalmente en "Sudamérica" (https://bit.ly/3p05hJs).

Según Reuters, un triunfo de Xiomara Castro (XC) derivaría a suculentas inversiones de China. Impactó la sorprendente visita del polémico saliente presidente Juan Orlando Hernández (JOH) a Taiwán durante tres días, a dos semanas de la elección presidencial, donde es favorita por amplio margen de 17 por ciento (sic) en las encuestas. XC, esposa del ex presidente Manuel Zelaya (MZ) –depuesto por la dupla Obama/Biden y su secretaria de Estado Hillary Clinton–, bajo el pretexto de la anatemizada ayuda petrolera de Venezuela y su ALBA chavista.

Shannon Tiezzi, del portal nipón The Diplomat, comenta que Taiwán "está preocupado" porque la probable presidenta XC podría romper sus relaciones y alternar sus lazos diplomáticos con Pekín (https://bit.ly/3cS4d4T). Cabe señalar la visita, a una semana de la elección, por una "misión de alto nivel" de Estados Unidos (https://bit.ly/30Zi5YM).

¿Estará dispuesto Biden a aceptar el triunfo de XC cuando es conocida su animadversión al saliente presidente JOH, partidario de Trump y su política sinófoba a ultranza? Tampoco se puede soslayar que el presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei, es también partidario del trumpismo, mientras el presidente palestino-salvadoreño Nayib Bukele se ha inclinado a favor de China, cuando colisiona con los intereses monetaristas de Estados Unidos debido a su adopción del bitcóin –no se diga la deslegitimización de la reciente elección presidencial en Nicaragua por Biden y su vilipendiado instrumento de la OEA–.

En medio de una vecinal ambientación hostil a los demócratas y más favorable al trumpismo, a Biden le conviene paradójicamente más el triunfo de XC, pese a su mayor afinidad con China. De paso, Biden podría resarcirse del golpe de Estado teledirigido contra el ex presidente MZ, esposo de XC.

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Miércoles, 24 Noviembre 2021 06:18

La militarización "tripolar" del espacio

"El cosmos se está volviendo un campo de batalla", si bien todavía tienen cabida proyectos científicos como la Estación Espacial Internacional, que se aprecia en una imagen tomada desde la nave Crew Dragon de SpaceX. Foto Afp

Un perturbador artículo del Daily Mail (17/11/21) expone la militarización "tripolar" (https://bit.ly/3HAaBf0) en el espacio: "las armas hipersónicas de China en el espacio pueden ser usadas para lanzar un ataque nuclear sorprendente contra Estados Unidos", según John Hyten (JH), vicejefe de las fuerzas armadas conjuntas, quien admite que "Pekín se encuentra más avanzada tecnológicamente en esa esfera".

El general JH asevera el notable avance de China, que catalogó –después de su superior Mark Milley– la hazaña china como un "momento Sputnik", en alusión al lanzamiento del primer satélite por parte de Rusia en 1957.

Daily Mail, en la misma tónica del rotativo globalista neoliberal Financial Times –que volvió a la carga el domingo pasado con el agregado de que un misil adicional fue lanzado al mar del Sur de China–, alega que "se piensa que China ha realizado dos pruebas hipersónicas orbitales con armas nucleares". Tal "arma nuclear está diseñada para evadir los poderosos sistemas de radar de Estados Unidos y sus defensas antimisilísticas volando en una baja órbita terrestre, lo que hace más difícil su ubicación, trazabilidad y destrucción".

Así, "Estados Unidos fue atrapado por sorpresa y coloca a Rusia (¡mega-sic!) en la delantera de la carrera armamentista en el espacio" (https://cbsn.ws/3DDIZn2). China ha desmentido el tsunami propagandístico de los multimedia anglosajones y sólo admite haber realizado una prueba de "navegación" en el espacio (https://bit.ly/3qUgaiA).

Paul Robinson (PR), profesor de la Universidad de Otawa, experto en historia militar rusa y soviética –autor del blog Irrussianality, un juego de palabras sobre la "irracionalidad" imperante en la anglósfera contra Rusia (https://bit.ly/3HDj9SB)–aborda impecablemente la carrera armamentista en el espacio (https://bit.ly/3nDxFBO).

PR menciona la prueba de un misil antisatelital de Rusia que ha desatado la furia de Washington, que la calificó de "irresponsable" y "temeraria".

La prueba rusa "destruyó un satélite antiguo e inoperable de reconocimiento" de la era soviética. Lo que más (pre)ocupa a PR se centra en la "ausencia de tratados internacionales que regulen la militarización del espacio, lo que significa que el cosmos se está volviendo un campo de batalla" (sic).

La prueba antisatelital rusa desnudó que "hoy no existe ningún régimen legal vinculante para regular los escombros en el espacio" (https://bit.ly/3kTpPBZ). El único instrumento legal que regula las armas en el espacio es el Tratado sobre el espacio ultraterrestre (Outer Space Treaty) de 1967, que "prohíbe la colocación de armas nucleares u otro tipo de armas de destrucción masiva en órbita alrededor de la Tierra o en la Luna, o en los cuerpos celestiales" ( https://bit.ly/3x8nhoF ).

La postura de los "círculos militares estadunidenses", según PR, es que "tal carrera armamentista es inevitable (sic) y es mejor para Estados Unidos llevar la delantera mientras goza de su ventaja tecnológica" (https://bit.ly/3DIjkcW). La política nacional en el espacio de Estados Unidos, de 2006, sustentó que "Washington se opondrá al desarrollo de nuevos regímenes legales y a otras restricciones que buscan prohibir o limitar el uso del espacio" (https://bit.ly/30I4WmM).

En 2008, China y Rusia propusieron un borrador sobre el Tratado de prevención de colocación de armas en el espacio ultraterrestre y la amenaza o uso de la fuerza contra objetos ultraterrestres en el espacio, que fueron rechazados por Estados Unidos.

Si antes los militares de este último país estaban seguros de ganar la militarización del espacio, el reciente "despliegue de misiles hipersónicos por Rusia ha devaluado los miles de millones de dólares invertidos por Washington en su defensa balística misilística", según PR.

De dos cosas una, o las dos, o la omnipotente maquinaria propagandista anglosajona que abulta hiperbólicamente las proezas tecnológicas de Rusia y China en el espacio –en el rubro de misiles hipersónicos, donde Estados Unidos viene en un nada glorioso tercer lugar detrás de Rusia y China–, o bien, la realidad rebasó al Pentágono.

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Lunes, 22 Noviembre 2021 06:25

La verdadera amenaza estratégica

Inundaciones en la provincia de Henan, China XINHUA, LI AN

China y Estados Unidos en un mundo en calentamiento

 

 Los cálculos de una nueva «guerra fría» podrían quedar obsoletos mientras Canadá y Siberia marcan nuevos récords de temperaturas altas y los incendios arrasan buena parte del planeta.

En los últimos meses, Washington ha tenido mucho para decir sobre el poder misilístico, naval y aéreo cada vez mayor de China. Pero, cuando los oficiales del Pentágono abordan el tema, suelen hablar menos de las capacidades actuales del país –todavía enormemente inferiores a las de Estados Unidos– que del mundo que vislumbran en 2030 o 2040, cuando se espera que Pekín haya adquirido armamento mucho más sofisticado.

«China ha invertido mucho en nuevas tecnologías, con la intención declarada de completar la modernización de sus fuerzas para 2035 y de contar con un “ejército de categoría mundial” para 2049», declaró en junio el secretario de Defensa, Lloyd Austin. Estados Unidos, aseguró Austin ante el Comité de Servicios Armados del Senado, aún posee «la mejor fuerza de combate conjunta de la Tierra». Pero solo con un gasto adicional de miles de millones de dólares al año –añadió– puede este país esperar «superar» los avances proyectados por China para las próximas décadas.

Casualmente, sin embargo, este razonamiento tiene un fallo importante. En 2049, los militares chinos (o lo que quede de ellos) estarán tan ocupados lidiando con un mundo ardiente, inundado y agitado por el cambio climático –que amenaza la propia supervivencia del país– que apenas tendrán capacidad, y menos aún voluntad, para iniciar una guerra con Estados Unidos o cualquiera de sus aliados.

Es normal, por supuesto, que los oficiales militares estadounidenses se centren en las medidas estándar de poder militar cuando se habla de la supuesta amenaza china, incluyendo el aumento de los presupuestos militares, las armadas más grandes y similares. Estas cifras se extrapolan a un momento imaginario del futuro en el que, según estas medidas habituales, Pekín podría superar a Washington. No obstante, ninguna de estas evaluaciones tiene en cuenta el impacto del cambio climático en la seguridad de China. De acuerdo con los expertos en la materia, a medida que la temperatura global aumente, el país será asolado por los graves efectos de una interminable emergencia climática y se verá obligado a desplegar todos los instrumentos de gobierno, incluido el Ejército Popular de Liberación (EPL), para defender a la nación de inundaciones, hambrunas, sequías, incendios forestales, tormentas de arena y océanos invasivos.

China no estará sola en esto. Los efectos cada vez más graves de la crisis climática ya están obligando a los gobiernos del mundo a destinar fuerzas militares y paramilitares a la lucha contra los incendios, la prevención de inundaciones, la ayuda ante las catástrofes, el reasentamiento de la población y, a veces, al simple mantenimiento de las funciones gubernamentales básicas. De hecho, durante este verano de fenómenos climáticos extremos, los militares de muchos países, como Argelia, Alemania, Grecia, Rusia, Turquía y –sí– Estados Unidos, se han visto involucrados en este tipo de actividades, al igual que el EPL.

Este es solo el comienzo. Según un reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la Organización de las Naciones Unidas, los fenómenos climáticos extremos, que se producen con una frecuencia cada vez más aterradora, serán cada vez más destructivos y devastadores para las sociedades de todo el mundo, lo que, a su vez, hará que las fuerzas militares tengan que desempeñar un papel cada vez más importante a la hora de enfrentar los desastres relacionados con el clima. «Si el calentamiento global aumenta –señala el informe– habrá una mayor probabilidad de que se produzcan fenómenos [climáticos extremos] con intensidades, duraciones o extensiones espaciales mayores, sin precedentes en los registros de observación.» En otras palabras, lo que hemos presenciado en el verano boreal de 2021, por devastador que pueda parecer ahora, se magnificará muchas veces en las próximas décadas. Y China, un gran país con múltiples vulnerabilidades climáticas, claramente necesitará más ayuda que la mayoría.

EL PRECEDENTE DE ZHENGZHOU

Para comprender la gravedad de la crisis climática a la que se enfrentará China, basta con ver la reciente inundación de Zhengzhou, una ciudad de 6,7 millones de habitantes y capital de la provincia de Henan. En un período de 72 horas, entre el 20 y el 22 de julio, Zhengzhou fue inundada por una cantidad de lluvia que, en otro tiempo, habría representado el nivel de precipitación normal para un año entero. El resultado fue una inundación a una escala sin precedentes y, bajo el peso de esa agua, el colapso de la infraestructura local. Al menos 100 personas murieron en la propia Zhengzhou –entre ellas, 14 que quedaron atrapadas en un túnel del metro que se inundó hasta el techo– y otras 200 en pueblos y ciudades de los alrededores. Además de los daños generalizados en puentes, carreteras y túneles, se inundaron unos 2,6 millones de acres de tierras de cultivo y resultaron dañadas importantes cosechas.

En respuesta, el presidente Xi Jinping llamó a una movilización de todo el gobierno para ayudar a las víctimas de las inundaciones y proteger las infraestructuras vitales. «Xi pidió a los funcionarios y a los miembros del Partido de todo nivel que asumieran sus responsabilidades y fueran a la primera línea para orientar los trabajos de control de las inundaciones», según informó la cadena de televisión gubernamental CGTN. «Las tropas del EPL y de las fuerzas armadas de la Policía deben coordinar activamente las labores locales de rescate y socorro», dijo Xi a los altos funcionarios.

El EPL respondió con celeridad. Ya el 21 de julio, según el diario gubernamental China Daily, más de 3 mil oficiales, soldados y milicianos del Comando del Teatro Central habían sido desplegados en Zhengzhou y sus alrededores para ayudar en la catástrofe. Entre los enviados había una brigada de paracaidistas de la fuerza aérea asignada al refuerzo de dos presas que habían sufrido peligrosas rupturas a lo largo del río Jialu, en la zona de Kaifeng. De acuerdo al China Daily, la brigada construyó un muro de sacos de arena de 1,5 quilómetros de largo y 1 metro de alto para reforzar la presa. A estas unidades pronto se sumaron otras y, finalmente, unos 46 mil soldados del EPL y de la Policía Armada del Pueblo fueron desplegados en Henan para ayudar en las tareas de socorro, junto con 61 mil milicianos. Es significativo que entre ellos había al menos varios centenares de efectivos de las Fuerzas de Cohetes del EPL, la rama militar responsable de mantener y disparar los misiles balísticos intercontinentales de China.

El desastre de Zhengzhou fue importante en muchos sentidos. Para empezar, demostró la capacidad del calentamiento global para dañar de forma grave a una ciudad moderna prácticamente de la noche a la mañana y sin previo aviso. Al igual que las devastadoras lluvias torrenciales que saturaron los ríos de Alemania, Bélgica y los Países Bajos dos semanas antes, el aguacero de Henan fue causado en parte por la mayor capacidad que una atmósfera en calentamiento tiene para absorber humedad y mantenerla fija en el lugar, descargando toda el agua almacenada en una gigantesca cascada. Este tipo de eventos se considera ahora un resultado distintivo del cambio climático, pero su momento y ubicación rara vez pueden predecirse. Por eso, aunque los funcionarios meteorológicos chinos advirtieron de un episodio de fuertes lluvias en Henan, nadie imaginó su intensidad y no se tomaron precauciones para evitar sus consecuencias extremas.

De manera ominosa, ese acontecimiento también puso de manifiesto importantes defectos en el diseño y la construcción de las numerosas «nuevas ciudades» de China, que han surgido en los últimos años a medida que el Partido Comunista Chino (PCCH) ha trabajado para reubicar a los empobrecidos trabajadores rurales en metrópolis modernas y muy industrializadas. Normalmente, estos centros urbanos –el país cuenta ahora con 91 ciudades con más de un millón de habitantes– resultan ser vastos conglomerados de autopistas, fábricas, centros comerciales, torres de oficinas y edificios de apartamentos de gran altura. Durante su construcción, gran parte del paisaje original queda cubierto de asfalto y hormigón. En consecuencia, cuando se producen fuertes precipitaciones, quedan pocos arroyos o riachuelos para que la escorrentía resultante drene y, como resultado, cualquier túnel, metro o autopista de baja altura que se encuentre cerca suele inundarse, amenazando la vida humana de forma devastadora.

EL PELIGROSO FUTURO CLIMÁTICO DE CHINA

La inundación de Zhengzhou no fue sino un incidente puntual, que consumió la atención de los dirigentes chinos durante un momento relativamente breve. Pero también fue un presagio inequívoco de lo que China –ahora el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, según un reciente informe del Rhodium Group– va a sufrir con una frecuencia cada vez mayor a medida que aumenten las temperaturas globales.

En las próximas décadas, todas las naciones se verán, por supuesto, asoladas por los efectos extremos del calentamiento global. Pero debido a su geografía y topografía, China corre un riesgo especial. Muchas de sus mayores ciudades y zonas industriales más productivas, como por ejemplo Guangzhou, Shanghái, Shenzhen y Tianjin, están situadas en zonas costeras bajas a lo largo del océano Pacífico, por lo que estarán expuestas a tifones cada vez más graves, inundaciones costeras y aumento del nivel del mar. Según un informe del Banco Mundial de 2013, Guangzhou, situada en el delta del río de las Perlas, cerca de Hong Kong, es la ciudad que corre el mayor riesgo de sufrir daños, desde el punto de vista económico, por la subida del nivel del mar y las inundaciones asociadas; su vecina Shenzhen es la décima ciudad con mayor riesgo.

Otras partes de China se enfrentan a amenazas igual de desalentadoras. Las regiones centrales del país, densamente pobladas, con grandes ciudades, como Wuhan y Zhengzhou, así como sus vitales zonas agrícolas, están atravesadas por una enorme red de ríos y canales que a menudo se inundan tras las fuertes lluvias. Gran parte del oeste y el noroeste de China están cubiertos por el desierto y una combinación de deforestación y disminución de las lluvias allí ha dado lugar a una mayor propagación de dicha desertificación, según un estudio publicado en la revista Nature. Del mismo modo, otro estudio, de 2018, sugirió que la muy poblada llanura del norte de China podría convertirse en el lugar más mortífero de la Tierra en cuanto a olas de calor devastadoras para finales de siglo y, para entonces, podría resultar inhabitable (véase «Lo que no miden los termómetros», Brecha, 12-XI-21); hablamos, pues, de futuros desastres casi inimaginables. Los distintos riesgos climáticos de China se pusieron de manifiesto en el nuevo informe del IPCC, Cambio Climático 2021. Entre sus conclusiones más preocupantes: el aumento del nivel del mar a lo largo de las costas chinas se está produciendo a un ritmo más rápido que la media mundial, con la consiguiente pérdida de superficie costera y el retroceso del litoral; el número de tifones cada vez más potentes y destructivos que azotan el país está destinado a aumentar; las fuertes precipitaciones y las inundaciones asociadas serán más frecuentes y generalizadas; las sequías prolongadas serán más frecuentes, especialmente en el norte y el oeste de China; las olas de calor extremas serán más frecuentes y durarán más tiempo.

Estas realidades tan arrolladoras darán lugar a inundaciones urbanas masivas, inundaciones costeras generalizadas, colapsos de presas e infraestructuras, incendios forestales cada vez más graves, pérdidas desastrosas de cosechas y la posibilidad cada vez mayor de una hambruna general. Todo esto, a su vez, podría provocar disturbios cívicos, trastornos económicos, movimientos incontrolados de población e incluso conflictos interregionales (en especial si el agua y otros recursos vitales de una zona del país se desvían a otras por motivos políticos). Todo esto, a su vez, pondrá a prueba la capacidad de respuesta y la durabilidad del gobierno central de Pekín.

FURIA CRECIENTE

En Estados Unidos se tiende a suponer que los dirigentes chinos se pasan todo el tiempo pensando en cómo alcanzar y superar a Washington como superpotencia mundial. En verdad, la mayor prioridad del PCCH es simplemente permanecer en el poder, y durante el último cuarto de siglo eso ha significado mantener un crecimiento económico suficiente cada año para asegurar la lealtad (o al menos la aquiescencia) de una mayoría de la población. Cualquier cosa que pueda amenazar el crecimiento o poner en peligro el bienestar de la clase media urbana –pensemos en los desastres relacionados con el clima– se considera una amenaza vital para la supervivencia del PCCH.

El hecho de que Xi sintiera la necesidad de intervenir personalmente envía un mensaje. Con la garantía de que las catástrofes urbanas serán cada vez más frecuentes y causarán daños a los residentes de la clase media, los dirigentes del país creen que deben demostrar su vigor e ingenio para que no desaparezca su aura de competencia y, por tanto, su mandato para gobernar. En otras palabras, cada vez que China sufra una catástrofe de este tipo, el gobierno central estará preparado para asumir el liderazgo de las tareas de socorro y enviar al EPL a supervisarlas.

No cabe duda de que los altos cargos militares son plenamente conscientes de los desafíos climáticos a la seguridad de China y del papel cada vez más importante que se verán obligados a desempeñar para hacerles frente. Sin embargo, la edición más reciente del Libro blanco de defensa de China, publicado en 2019, ni siquiera los menciona como amenaza para la seguridad de la nación. Tampoco lo hace su equivalente estadounidense más cercano, la Estrategia de defensa nacional del Pentágono de 2018, a pesar de que los altos mandos estadounidenses son muy conscientes de esos peligros crecientes.

Al haber tenido que llevar adelante operaciones de ayuda de emergencia en respuesta a una serie de huracanes cada vez más graves en los últimos años, los mandos militares de Estados Unidos están íntimamente familiarizados con el impacto en potencia devastador del calentamiento global. Los gigantescos incendios forestales que todavía se están produciendo en el oeste estadounidense no han hecho más que reforzar este convencimiento. Al igual que sus homólogos en China, desde 2010 el Departamento de Defensa reconoce que las fuerzas armadas se verán obligadas a desempeñar un papel cada vez más importante en la defensa del país, no de misiles enemigos u otras fuerzas, sino de la furia creciente del calentamiento global.

En este mismo momento, el Departamento de Defensa está preparando una nueva edición de su Estrategia de defensa nacional. En una orden ejecutiva firmada el 27 de enero, su primer día completo en el cargo, el presidente Joe Biden ordenó al secretario de Defensa que «considerara los riesgos del cambio climático» en esta nueva versión. No cabe duda de que la cúpula militar china traducirá la nueva Estrategia de defensa nacional estadounidense en cuanto se publique, probablemente a finales de este año. Después de todo, gran parte de ella se centrará en el tipo de movimientos militares de Estados Unidos para contrarrestar el ascenso de China en Asia, que han sido enfatizados tanto por las administraciones de Donald Trump como de Biden. Será interesante ver cómo interpretan las menciones al cambio climático y si una retórica similar comienza a aparecer en los documentos militares chinos.

De una manera u otra, podemos estar razonablemente seguros de una cosa: como su propio nombre deja muy claro, el viejo formato de guerra fría para la política militar ya no se sostiene, no en un planeta tan sobrecalentado. En consecuencia, cabe esperar que en 2049 los soldados chinos pasen mucho más tiempo llenando sacos de arena para defender la costa de su país de la subida del nivel del mar que manejando armamento para luchar contra los soldados estadounidenses.

* Michael T. Klare es profesor emérito de Estudios de Paz y Seguridad Mundial en la Universidad de Hampshire. Su último libro es All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change.

(Publicado originalmente en Tom Dispatch. Brecha publica fragmentos con base en la traducción de Roberto Álava para Sin Permiso.)

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