Miércoles, 25 Mayo 2022 05:09

¿Hacia dónde camina Europa?

Una mujer toma una foto de las banderas de los países miembros de la UE, en frente del Palacio de Versalles, cerca de París, antes de la cumbre europea del pasado mes de marzo. E.P./DPA/Kay Nietfeld

La guerra en Ucrania está reconfigurando los equilibrios geopolíticos no sólo a nivel global, también dentro de la UE. Ha transcurrido, casi sin darnos cuenta, tres meses desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania. Tres meses en los que el mundo ha cambiado radicalmente y en dónde, tras un primer shock inicial, se comienza a poder ver el escenario en el que nos movemos desde una perspectiva más amplia.

Ya casi nadie piensa que esta es una guerra que se pelea sólo en Ucrania y las recientes declaraciones de Biden desde Japón dejan pocas dudas al respecto. La lucha entre el bien del mal está dejando ver, ahora, que hay otros intereses involucrados en esta guerra más allá de consideraciones morales o nacionalistas, según de quien estemos hablando.

En Europa se continua con las aproximaciones del conmigo o contra mí que sólo llevan a la simplificación de una situación que ya no es reversible, y a la que, por tanto, habrá que buscar alternativas.  Los debates que se viven en estos días en Berlín, París o Roma contrastan con el discurso dominante procedente de la Europa del Este y del Norte que se encuentra perfectamente alineada con EEUU y la OTAN, la línea que critica el editorial del NYT. Dos son las aproximaciones confrontadas y ambas toman como ejemplo episodios históricos que les sirven para justificarlas. Por un lado, Francia plantea que Rusia no debería ser castigada con dureza para no repetir el proceso de radicalización vivido por Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Bálticos y Escandinavos consideran que Rusia debe ser castigada, debe pagar reparaciones y se debe conseguir un cambio de régimen en Moscú, y solo entonces se entendería alcanzada una victoria.

Este debate, además de ser sumamente interesante, es fundamental ya que, de la confrontación de las ideas en liza, saldrán las líneas sobre las que la Unión Europea va a comenzar a reajustarse de cara a esos cambios globales que se han acelerado con la guerra.  Se suceden las conferencias a lo largo y ancho de Europa donde se debate cómo enfrentar el nuevo contexto por venir. Se plantea la construcción de una Europa geopolítica sin matices en donde no se debata nada que no tenga que ver con cuestiones vinculadas a todo aquello que tenga que ver con la seguridad y la defensa. El resto pasa a un segundo plano. Estos días se escucha como se aboga, sin pudor, por la desideologización de conceptos tales como la política de defensa, las pensiones, la riqueza o la educación para poder alcanzar la tan ansiada unidad europea sin fisuras, puesto que nada es ni de izquierdas ni de derechas. Se trata, por tanto, de avanzar en la unidad frente a Rusia y a las amenazas de seguridad sin debate interno, sin ideología. Esto nos recuerda, sin demasiado esfuerzo, a la guerra contra el terror de Bush, donde toda censura y reducción de derechos y libertades quedaba justificada por el riesgo de seguridad.

Pues bien, en Europa ahora nos encaminamos hacia algo similar. La ausencia de reflexión, la impaciencia por mostrar lo unida que está la UE está comenzando a generar sus propios monstruos. La crisis por la que atraviesa el eje franco-alemán y su pérdida de auctoritas es cada vez más evidente y se comienzan a ver atisbos de cambio en los equilibrios de poder en el seno de la UE. La guerra en la frontera oriental europea ha hecho que ganen cada vez más peso específico las alianzas que se tejen más allá del Rin en el marco de una nueva liga hanseática que quiere reconstruir el proyecto europeo con el punto de gravedad más hacia el Este y perfectamente coordinada con Washington en materia de seguridad y defensa. Estos países siempre consideraron a la OTAN como su gran garante en materia de seguridad, y ahora, con Finlandia y Suecia incorporados a las estructuras atlánticas, ya estarían todos.

A lo anterior, se suma, la relevancia que, cada vez más está tomando Polonia que quiere liderar el impulso hacia el Este que incluiría la adhesión de Ucrania. Se crearía de este modo un eje Varsovia-Kyiev difícil de contrarrestar en el marco de la institucionalidad europea. Por su parte, Italia, Francia y Alemania, han intentado reaccionar proponiendo alternativas a las posiciones más inflexibles, intentando modular un discurso que no consigue convencer a nadie. Quedan semanas y meses de importante debate europeo en el que se van a adoptar decisiones que tendrán un gran impacto social de cara al futuro. Se hablará de ampliación de la UE, se hablará de concepto estratégico de la OTAN, se hablará de una Europa más fuerte, de reforzar la disuasión, pero también la defensa como algo existencial. Pero, sin embargo, no se hablará de cómo impedir los recortes del Estado de Derecho, de cómo defender los derechos y libertades, o de cómo diseñar políticas públicas más redistributivas y justas.

Este es, sin duda, el gran debate que tendríamos que estar teniendo, pero que, nadie se atreve a plantear.

Por Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

25/05/2022

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Martes, 24 Mayo 2022 06:06

Desde 1945, el mayor desafío

Desde 1945, el mayor desafío

Advertencia del FMI por la fragmentación geoeconómica

"La economía mundial quizás esté confrontando el mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial", advierten en un texto la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, junto a Gita Gopinath, número dos del organismo, y Ceyla Pazarbasioglu,  directora del Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del Fondo.

"La invasión rusa de Ucrania se ha sumado a la pandemia de la Covid-19. El encarecimiento de los alimentos y de la energía impone un lastre pesado a los hogares en todo el mundo. El endurecimiento de las condiciones financieras está ejerciendo más presión sobre los países, las empresas y las familias fuertemente endeudadas. Países y empresas por igual están revaluando las cadenas mundiales de suministro en medio de los persistentes trastornos. Si a esto se suman el marcado aumento de la volatilidad en los mercados financieros y la continua amenaza del cambio climático, lo que tenemos ante nosotros es una posible confluencia de calamidades", advierten las economistas.

Ante este escenario, dice el texto, la fragmentación geoeconómica, cuyo punto culmine es la guerra en Ucrania, es un gran obstáculo porque imposibilita la coordinación. La tendencia a la desintegración, admite el FMI, se explica porque a la par de la integración desde finales de los '70 "las desigualdades en cuanto a ingreso, riqueza y oportunidades han seguido empeorando. Hay gente que ha ido quedando rezagada a medida que las industrias han ido evolucionando en medio de la competencia mundial. Y a los gobiernos les ha sido difícil ayudarlas".

"Las tensiones relativas al comercio, las normas tecnológicas y la seguridad han venido agudizándose por muchos años, y eso ha ido socavando el crecimiento y también la confianza en el actual sistema económico mundial", prosiguen.

Ante la posibilidad de que la fragmentación económica global siga en ascenso, el Fondo pide reducir barreras comerciales "para aliviar la escasez y bajar los precios de los alimentos y otros productos", lo cual parece difícil en un contexto en donde justamente viene ocurriendo lo contrario, es decir, un aumento del proteccionismo.

Además, el FMI advierte que "dado que alrededor de 60 por ciento de los países de bajo ingreso tienen importantes vulnerabilidades de deuda, algunos tendrán que reestructurarla. Si no hay una cooperación firme para aliviar esas cargas, tanto esos países como sus acreedores saldrán perdiendo. Es por esta razón que se debe aprobar sin demora el Marco Común del Grupo de los Veinte para el tratamiento de la deuda".

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Biden advirtió que EE.UU. defenderá a Taiwán si China invade la isla

Para Beijing, Washington "está jugando con fuego" con esas declaraciones

De visita en Japón, el presidente demócrata dio una conferencia conjunta con el primer ministro Fumio Kishida. Ambos abogaron por su "visión común de una región Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china. 

El presidente estadounidense, Joe Biden, se comprometió este lunes a defender militarmente Taiwán si China intenta tomar por la fuerza el control de la isla autónoma, ante lo que las autoridades chinas advirtieron que el mandatario está "jugando con fuego".

Biden hizo esas declaraciones en Tokio durante una visita oficial a Japón, donde se reunió con el primer ministro Fumio Kishida. Previamente había visitado Corea del Sur.

Las autoridades estadounidenses califican a Japón y Corea del Sur como ejes de la ofensiva de Washington contra el creciente poderío comercial y militar de China, así como aliados en la alianza occidental para aislar a Rusia tras su agresión contra la vecina Ucrania.

En conferencia de prensa común, Biden y Kishida adoptaron un tono firme ante China y abogaron por su "visión común de (una región) Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china en la zona donde Beijing tiene crecientes ambiciones.

Al preguntársele a Biden si Estados Unidos intervendría militarmente contra China en caso de que intentara tomar por la fuerza el control de Taiwán, el presidente respondió: "Es el compromiso que asumimos".

"Estamos de acuerdo con la política de una sola China, y hemos firmado por ella (...) pero la idea de que Taiwán deba ser tomada por la fuerza no es apropiada", agregó.

China considera a Taiwán como una provincia rebelde que debe ser integrada en el país, por la fuerza si fuera necesario.

Horas después, el gobierno chino replicó que Washington está "jugando con fuego" con ese tipo de declaraciones.

Estados Unidos está "usando la 'carta de Taiwán' para contener a China, y se quemará", dijo Zhu Fenglian, una portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán del Consejo de Estado, a menudo descrito como el gabinete de China, citado por la agencia Xinhua.

Según esa fuente, Zhu "instó a Estados Unidos a dejar de hacer declaraciones o acciones" que violen los principios establecidos entre los dos países.

En este sentido, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, sostuvo que la "política de una sola China" de Washington hacia Taiwán "no ha cambiado".

"Nadie debería subestimar la firme determinación, la firme voluntad y capacidad del pueblo chino de defender la soberanía nacional y la integridad territorial", recalcó por su parte el portavoz del Ministerio chino de Relaciones Exteriores, Wang Wenbin.

Sobre la guerra en Ucrania

Biden también atacó al gobierno ruso, que "tiene que pagar un precio a largo plazo" por su "barbarie en Ucrania", aludiendo a las duras sanciones impuestas por Washington y sus aliados.

"No se trata solo de Ucrania. Si no se mantienen las sanciones en muchos aspectos, ¿qué señal enviaríamos a China sobre el costo de un intento de tomar de Taiwán por la fuerza?", se preguntó.

El martes, Biden buscará reforzar el liderazgo estadounidense en la región Asia Pacífico en una cumbre con los gobernantes de Australia, India y Japón, el grupo denominado "Quad".

Sin embargo, India ha destacado ahora por su negativa a condenar abiertamente la guerra en Ucrania o a reducir sus intercambios con Rusia. Biden se entrevistará el martes a solas con el primer ministro indio, Narendra Modi.

Nuevo Marco económico 

Durante su intensa jornada, el presidente estadounidense anunció además el lanzamiento de un nuevo marco económico para la región Asia-Pacífico que inicialmente tendrá 13 países miembros, incluyendo a India y Japón, pero sin China.

"Estados Unidos y Japón junto con otros 11 países lanzarán el Marco Económico Indo-Pacífico", dijo Biden sobre el mecanismo, que no será un acuerdo de libre comercio. Este marco prevé la integración en cuatro áreas clave: la economía digital, las cadenas de suministro, las energías verdes y la lucha contra la corrupción.

"Es un compromiso para trabajar con nuestros amigos cercanos y socios en la región, ante desafíos para garantizar la competitividad económica en el siglo XXI", agregó el presidente estadounidense, que dijo considerar el levantamiento de algunas barreras arancelarias para China.

Estados Unidos no tiene mayor interés en regresar a un acuerdo comercial vinculante con Asia luego de que el expresidente Donald Trump se retirara en 2017 de la Alianza Transpacífica.

Biden terminó su día con una cena con Kishida y la esposa del primer ministro en el jardín de un selecto restaurante de Tokio, donde comieron sushi y otras especialidades de la gastronomía tradicional japonesa.

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Fotografía cedida por la Casa Blanca donde aparece el presidente de Estados Unidos, Joe Biden (d), mientras habla con su homólogo chino, Xi Jinping (en pantalla), durante una reunión virtual hoy, desde su oficina en Washington (EEUU). Biden advirtió este

La invasión de Ucrania ha hecho colisionar las placas tectónicas de la globalización y ha hecho emerger la posibilidad de que surjan dos bloques comerciales antagónicos, liderados por EEUU y China. Con retraimiento productivo, elevada inflación y menos flujos comerciales. Todo ello, extirpará de la economía global un valor similar al del PIB español.

 

El planeta no gana para sustos. Después del septenio dorado del cambio de siglo, una sucesión de acontecimientos concatenados, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers -en septiembre de 2008-, ha dejado maltrechas las costuras geopolíticas y socio-económicas, hasta el punto de que el nuevo orden mundial que ha irrumpido de la globalización, el traje con el que se confeccionó el final de la Guerra Fría, sigue todavía sin hilvanarse. El tsunami financiero, con crisis de deuda, rescates a naciones de rentas altas europeas, unos drásticos cambios regulatorios para delimitar banca comercial y de inversión, ajustes fiscales draconianos que lograron suministrar las píldoras monetarias sin hacer descarrilar los presupuestos y, en general, unas autoridades monetarias con mayores dosis de atrevimiento que sus colegas políticos, dio paso, tras una década de altas dosis de sufrimiento social, a un bienio maldito.

La Gran Pandemia, con la plaga de la covid-19 sin resolver mientras irrumpe otra guerra más en Europa, ha dado paso a la Era de la Escasez, un nuevo estatus, complejo, en el que la demanda y la oferta de bienes y servicios se desvirtúan y en la que ha entrado como un elefante en una cacharrería el viejo fantasma de la inflación.

El razonamiento no resulta baladí. Entre otras razones, porque la economía no acostumbra a dar puntada sin hilo. Sino que, más bien, viene cargado de evidencias y de sutilezas. Así, al menos lo pone de manifiesto un diagnóstico del panel de economistas de Bloomberg, donde se advierte, tras comprobar el resultado de una métrica predictiva a partir del análisis de los factores que se han sucedido entre las dos grandes inestabilidades del actual siglo -la de 2008 y la de 2020- que la economía global va a perder 1,6 billones de dólares, un tamaño similar, aunque algo inferior, al PIB español, del peso acumulado durante los años de abundancia.

No sólo por efecto de la epidemia o las secuelas de la guerra de Ucrania; también por las subidas arancelarias de los años que antecedieron al coronavirus más famoso de la historia y al retroceso de los parámetros de eficiencia logística que, al menos en los últimos cuatro ejercicios, han ido generando disrupciones en las cadenas de valor y cuellos de botella comerciales. Si bien ha sido en el último año cuando han arreciado con mayor virulencia. Es como si con el encallamiento en el Canal de Suez del Ever Given, el super-mercante de bandera japonesa, en marzo de 2021, que tuvo paralizadas las rutas de navegación durante varias semanas, aunque fuera liberado en seis días, hubiera empezado todo. Toda una metáfora de que la globalización de los mercados estaba en un punto crítico de su evolución. Porque gran parte del receso productivo mundial se achaca al descenso de los flujos comerciales.

La puntilla la ha dado la pinza geopolítica que conforman la crisis sanitaria de la covid-19 y sus confinamientos sociales y el conflicto bélico de Ucrania y sus sanciones económico-financieras. Desde entonces, las cadenas productivas y de suministro han aumentado sus niveles de fricción y colisión hasta hacer descarrilar el tren de las relaciones comerciales. Sin descartar, porque los analistas le otorgan una probabilidad cada vez más alta, que se traslade al mercado de capitales.

En Bloomberg Economics proclaman la Era de la Escasez, con una marcha atrás del proceso de globalización, que dirige al planeta hacia posiciones menos productivas y más pobres a medio y largo plazo. Con un retroceso de los ritmos comerciales hasta tasas desconocidas desde el año que antecedió al ingreso de China en la OMC, en 2001. Y lo que es peor: con una inflación mucho más elevada y volátil. Con los inversores perdiendo posiciones patrimoniales en activos y bonos por este episodio, cuya primera señal nítida es la estanflación, pero que emite otra doble alarma de suma preocupación: las materias primas han disparado sus precios por el cierre del grifo de la abundancia mientras las acciones de las empresas de la industria militar catapultan su valor por las tenciones geopolíticas.

"La fragmentación ha llegado para quedarse", reconoce Robert Koopman, economista jefe de la OMC que, sin embargo, dice esperar "una reorganización de la globalización" que, en cualquiera de los supuestos, traerá consigo una factura adicional: "no seremos capaces de usar bajos costes ni gastos marginales de producción de manera tan extensiva como hasta ahora".

Tres décadas de bonanza de la globalización

La economía global ha mostrado su habilidad para producir bienes, generar servicios y relanzar inversiones con precios controlados. No en vano, la espiral inflacionista actual es la más virulenta en 40 años. Achacable también a los miles de trabajadores de China y el antiguo bloque soviético que se incorporan al mercado laboral global, mientras caían barreras comerciales y las redes de la logística se volvían hiper-eficientes. Pero la sobreabundancia creada por estos factores ya se puso en tela de juicio con las guerras arancelarias desatadas por la Administración Trump; muy en especial, contra China, empezó a ver las orejas al lobo con los confinamientos por la covid-19 y la hibernación de las economías y ha saltado por los aires con la contracción de la oferta de suministro de las materias primas, la cadencia de las cadenas de valor y la alteración logístico-comercial desatada tras las represalias occidentales contra Rusia, que ha ocasionado inflaciones más prolongadas que las inicialmente transitorias previstas por los bancos centrales.

Son tres de los motivos que los expertos de Bloomberg ven con claridad a la hora de precisar la fractura que se está produciendo en la globalización: tarifas bilaterales entre EEUU y China que pasaron del 3% de promedio en los bienes de intercambio comercial al 15% al término del mandato de Donald Trump; los efectos de la restrictiva política de covid-cero que persiste en varias de las principales capitales de China y que han interrumpido cientos de miles de millones de dólares en exportaciones tanto de compañías del gigante asiático como de Apple o Tesla por el riesgo logístico y las disrupciones productivas. Y unas sanciones que se convierten en nuevas barreras comerciales. En 1983, los flujos de exportaciones e importaciones sujetos a algún tipo de prohibición supusieron el 0,3% del PIB global; en 2019, se ha quintuplicado con creces y, tras la invasión de Ucrania, no sólo se ha incrementado de forma exponencial, sino que ha propiciado vetos colaterales como el de India a vender trigo al exterior.

Pero no son las únicas fallas que se han quebrado. Porque el decoupling o desacoplamiento de bloques, entre el occidental y con ribete democrático, y el capitaneado por China y secundado por Rusia, más visibles desde la invasión de Ucrania, también ilustran los riesgos de esta ruptura del orden económico global. Más allá -enfatizan los autores del análisis- de la "maniquea batalla entre el bien y el mal o de separación de campos rivales por un nuevo telón de acero". A su juicio resulta más patente que 6 billones de dólares en productos, el equivalente al 7% del PIB mundial, se mueven entre ambas latitudes y que, en su simulación, con una tarifa promedio del 25% en todos ellos, más los costes asociados de los diferentes tipos de interés entre EEUU y China, más las sanciones y prohibiciones exportadoras, arrojarían una caída del 20% del comercio mundial.

Sin necesidad de que ocurra un decoupling, como el que existía antes de la adhesión de Pekín en la OMC; es decir, en los años 90. Y dejaría a largo plazo un mundo un 3,5% más pobre que si los flujos comerciales se estabilizaran como en la actualidad o un 15% menos rico que si surgiera un escenario de fortalecimiento de las relaciones económicas, al levantarse un 7% de los obstáculos adicionales en caso de que se consumase el desacoplamiento. Eso sí, sin contar con la incertidumbre de hacia qué bloque iría masivamente el comercio de naciones emergentes como India, Sudáfrica, Indonesia e, incluso, México.

El informe también apunta a una divergencia de índole ideológico-cultura: la defensa del sistema democrático. En alusión a que el autoritarismo -con sello de nacional-populismo recién llegados al poder o fruto de regímenes autócratas históricos- ha aumentado su músculo internacional y ha pasado de representar territorios con el 20% del PIB global, en 1983, en la época de Ronald Reagan, cuando el presidente republicano hablaba del "imperio del diablo", al 34% en 2022 que revela algún estudio sobre libertad democrática. Y, de seguir su estela, China superará a Europa y EEUU como primera potencia económica internacional.

Mientras la guerra de Ucrania revela que la rivalidad de bloques también se aprecia en el orden político, con China en apoyo a la causa invasora de Vladimir Putin y el Kremlin respaldando toda reivindicación del régimen de Xi Jinping sobre Taiwán; con India comprando petróleo y armas a Moscú y numerosas democracias asiáticas y latinoamericanas emitiendo señales de tener poca predisposición a seguir la campaña de presión económica y financiera de EEUU y Europa contra Rusia.

Voces económicas que alertan del cambio de orden global

Personalidades como el catedrático de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff, advirtieron en 2003, cuando aún ejercía como economista jefe del FMI, que la globalización estaba entonces "inmersa en una época de fuerte dinamismo y baja inflación", pero que "la experiencia sugiere que no pocos factores, entre los que destacan los conflictos geoestratégicos, políticos o de orden económico-financiero, podrían revertir el proceso y ponerle su epitafio". De igual manera que Larry Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, que venía proclamando el entierro de la inflación, ha cambiado de opinión y ahora alerta que la escalada de precios, que ha reaparecido tras cuatro décadas sin apenas atisbo, asegura ahora que es el principal riesgo de recesión sobre la economía estadounidense y global.

Otro Lawrence, Fink, CEO del poderoso BlackRock -el mayor fondo de inversión del planeta con más de 10 billones de dólares en carteras de capital-, avisa de que la guerra de Ucrania "puede poner punto final a la globalización", después de dos años de epidemia en los que se ha visto la desconexión entre naciones, compañías y personas". A todos ellos se unen diagnósticos como el del estratega jefe de Goldman Sachs, Jeff Currie, para quien el alza de los precios energéticos obedece a una batalla planteada por las firmas de combustibles fósiles que se resisten a perder la influencia sobre los ciclos de negocios, que llevan manejando un siglo, para frenar los avances hacia las emisiones netas cero de CO2 y el impulso a las fuentes renovables.

En este contexto, Christophe Donay, director global de asignación de activos de Pictet WM, cree que existen "varios efectos previsibles" en el orden económico actual. En primer término, una mayor predisposición hacia el intervencionismo estatal por las "persistentes tensiones" sobre la sostenibilidad de la deuda, lo que requerirá más presión fiscal y nuevos impuestos y, en segundo lugar, que, si el mundo supera el reto de restaurar la globalización, se inaugurará una fase "con intensa inflación estructura".

Este retorno al Gran Gobierno, como denomina a este fenómeno, es fruto de un sistema capitalista que ha creado en el último medio siglo cuatro externalidades negativas: cambio climático, una deficiente atención sanitaria, una creciente ineficiencia en sus sistemas educativos públicos, e inmensas desigualdades en el reparto de renta y riqueza. Desde 1980 hay más divergencia entre crecimiento económico real y deuda. "Antes de 2008, la ratio de deuda total (hogares, empresas y gobierno) sobre PIB era 140% y ahora por encima de 350%", recuerda Donay que augura que, en los próximos diez años, las rentabilidades reales pueden ser negativas en bonos soberanos y relativamente bajas en variable cotizada

 

23/05/2022 07:52

Por Diego Herranz

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Excelentes amigos, pero diferentes: China, Rusia y la guerra por Ucrania

Aunque en febrero Xi Jinping le prometió a Putin una «amistad ilimitada», es imposible que China se haya entusiasmado con el reconocimiento a las «repúblicas populares independientes» de Lugansk y Donetsk que tuvo lugar unos días después, con la guerra que estaba a punto de comenzar y con su inherente potencial para generar caos en el sistema internacional y la economía global.

Más allá de las medidas de política interna, en las que estriban los principales temas de conflicto con Occidente (derechos humanos y de las minorías, Estado de vigilancia), y de sus dudas generales sobre la democracia como sistema de gobierno, China se presenta como un miembro constructivo de la comunidad internacional: neutral, comprometido con la paz y siempre dispuesto a defender la integridad territorial y el derecho de los pueblos a la libre determinación. China participa en misiones de mantenimiento de la paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). No solo ha firmado el Acuerdo de París relativo al cambio climático, sino que también se ha comprometido en su Constitución a crear una «civilización ecológica». Un documento político lanzado estos días por el presidente Xi Jinping sobre la estrategia de desarrollo de aquí al centenario de la creación de la República Popular en 2049 estipula que se debe continuar con la política de reforma y apertura. China seguirá trabajando por un orden internacional que también tenga en cuenta los intereses de los países en desarrollo y se abstendrá de políticas hegemónicas y de poder.

 En los últimos 30 años, Rusia ha regresado a la escena internacional de una manera muy diferente. En este periodo de ascenso sin precedentes de China para convertirse en la mayor potencia comercial del mundo, Rusia no ha sido exitoso  en la competencia global de economías y sociedades. Está profundamente estancada en la etapa de una economía rentista dependiente de las materias primas. Sobre esta base, Vladímir Putin –traumatizado por el, en su opinión, vergonzoso final de la Unión Soviética y frustrado por la arrogancia y la ignorancia de un Occidente expansivo– ha llevado a Rusia de regreso al escenario de la política internacional desde que asumió el cargo en 2000. Esto se hizo, afirmando ser una potencia mundial, sobre la base de una modernización del Ejército.

Desde entonces, y tras un breve periodo de indecisión (2000-2006/2007) sobre el rumbo a seguir, Rusia no se ha perdido ninguna oportunidad de apoyar a fuerzas antioccidentales, antiestadounidenses y antidemocráticas. Rusia se ha distinguido como un actor militar violento, dispuesto y capaz de múltiples tipos de intervención: terrorismo de Estado, guerra híbrida, uso de tropas mercenarias, ataques ciberneticos, poder de asalto y bandidismo internacional. La guerra en Ucrania es, hasta ahora, la mayor aventura a la que el presidente ha lanzado a su país.

La invasión de Ucrania, sin embargo, hasta ahora se ha parecido a un juramento militar de Putin. Es un desastre para Rusia. Hay enormes pérdidas en materiales y humanas, errores tácticos militares evidentes, problemas con la moral de la tropa, la logística y el trabajo de reconocimiento de los servicios. La modernización de los últimos años parece haber ido acompañada de corrupción a gran escala. Las consecuencias son humillaciones simbólicas como la pérdida del buque insignia de la Flota del Mar Negro o el intento fallido de capturar Kiev, la capital ucraniana, al comienzo de la guerra.

Para Putin, el desarrollo del conflicto se vuelve cada vez más problemático, tanto en el plano interno como externo. En casa, es probable que el curso de la guerra socave su aura como líder. Y en términos de política exterior, no le puede ser indiferente que el principal medio del capitalismo liberal, The Economisttitule: «¿Qué tan deteriorado está el Ejército de Rusia?», ya que su pretensión de jugar en la cancha de las Grandes Potencias se basa en que Rusia asegura poseer fuerzas armadas poderosas, profesionales y muy modernas. La guerra está en curso y podría prolongarse por mucho más tiempo. Occidente, incluida Europa, está unido, y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) está a punto de expandirse para incluir a Suecia y Finlandia, países militarmente bien positionados. Los militares de la OTAN podrían frotarse los ojos. Y pueden estar confiados en que podrían superar a este adversario en una guerra convencional: pero Rusia es, por desgracia, una potencia nuclear.

Cualquiera sea el resultado de la guerra, ya ha desencadenado dinámicas que acarrearán procesos globales de gran alcance. Refuerza las tendencias de desglobalización que han sido evidentes desde la crisis financiera hace 10 años y que fueron aceleradas por la pandemia de covid-19.

En lo geopolítico, están apareciendo nuevos campos de poder, mientras que en lo geoeconómico está surgiendo una reorganización de los sistemas de energía, producción, distribución y finanzas. En este contexto, el estatus internacional de China y su exitoso modelo de recuperación económica se ven cada vez más desafiados por la guerra de Rusia y su estrecha asociación con Putin.

Oficialmente, China es neutral y está a favor de la paz. No apoyó ni condenó la guerra. Pero esta neutralidad es descaradamente prorrusa y antiestadounidense; que los medios estatales y la internet censurada de China hayan adoptado la versión que da el Kremlin sobre las causas y el curso de la guerra subraya ese carácter. Hay una controversia interna en China sobre qué posición tomar frente a Rusia. Pero China está ausente como mediadora para una solución negociada, a pesar de que probablemente sea el único país que podría influir en Putin.

En términos económicos, la República Popular ha estado en una fase de desarrollo durante algún tiempo, en la que está pasando de un crecimiento cuantitativo a uno cualitativo y se está enfocando más en el desarrollo del mercado interno. Este próximo paso de desarrollo también requiere mercados abiertos, cadenas de suministro que funcionen y un orden internacional basado en reglas. A diferencia de Rusia, a China no le interesa destruir el orden internacional existente. Será crucial para el país observar de cerca cómo Occidente intenta dar forma a la desglobalización a su favor. Estados Unidos ha considerado a China un adversario geopolítico clave, no solo desde la presidencia de Donald Trump. En la percepción de la Unión Europea, China pasó de ser el mercado más grande a ser un rival estratégico, y el Parlamento Europeo suspendió antes de la guerra la ratificación de un acuerdo de inversión largamente negociado con ese país.

Si Estados Unidos, Europa, Japón y países como Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda priorizasen –como reacción a la agresión rusa en Ucrania– los asuntos de seguridad y defensa sobre los aspectos económicos y de bienestar, y estuvieran dispuestos y fueran capaces de hacer los sacrificios necesarios, el comercio de China podría verse afectado negativamente. Además, la nueva dimensión de las sanciones occidentales, que superan todo lo conocido anteriormente, tendrá efectos de gran alcance en la economía global. China es vulnerable en esta área porque Estados Unidos, Europa y Japón siguen siendo, de lejos, los mercados más importantes para las exportaciones chinas. Si el acceso a los mercados de estos países se restringiera significativamente, China necesitará, para compensar, otros mercados o su propio mercado interno: ninguna de estas opciones parece factible. Además de reducirse sus mercados de exportación, a China le cuesta cada vez más acceder a la alta tecnología de Occidente. No solo Estados Unidos ha impuesto sanciones a Huawei y a empresas de semiconductores. También hay gobiernos europeos que han prohibido hace poco la adquisición china de tecnología de punta.

Es probable que otro aspecto de la desglobalización que está estrechamente relacionado con el propio modelo de desarrollo chino sea de particular importancia para China: la pérdida de eficiencia a través de la competencia dinámica con empresas rivales occidentales en casa. Un elemento central del éxito del milagro económico chino fue la descentralización y la delegación de decisiones económicas, lo cual promovió la competencia y la creatividad, y condujo a una rápida mejora de la calidad de los productos chinos (aunque también aceptó la corrupción durante mucho tiempo). Si esta presión competitiva desaparece, resta ver qué pasará con la fuerza innovadora de China y su transición hacia una economía del conocimiento.

El mercado interno del país enfrenta importantes desafíos económicos y estructurales: altos niveles de deuda, un sector inmobiliario en implosión y el envejecimiento progresivo de la población están poniendo a prueba el crecimiento. Esto va acompañado de una extrema desigualdad de ingresos, una explosión en los costos de la vivienda e instituciones del Estado de Bienestar que aún no están completamente desarrolladas para compensar la caída de la demanda y brindar protección social.

Además, la estrategia china de covid cero está fracasando. El confinamiento más reciente en Shanghái no solo dejó secuelas económicas, sino que también dejó en claro que el país no está preparado para la variante ómicron y que sus propias vacunas no pueden competir con las de Occidente. La aplicación brutal de medidas de cuarentena reveló una dimensión política de la estrategia contra el covid seguida hasta ahora. La población parece reaccionar con creciente incomprensión y desacuerdo con la dureza aparentemente sin sentido del gobierno. Y la pregunta es si las acciones de las autoridades deben atribuirse a la tendencia general hacia una recentralización del poder en el Partido y con el presidente Xi. Es probable que la pérdida de reputación internacional a la que quedó expuesta China a consecuencia de las especulaciones sobre el estallido de la pandemia en Wuhan, que parecían haberse compensado por el supuesto control momentáneo de la pandemia, vuelva a profundizarse como resultado de los acontecimientos recientes.

En este contexto, está claro que, tal como se presenta hoy el conflicto, la cercanía de China a Putin se está convirtiendo en un problema cada vez mayor. El desarrollo que la guerra ha tenido hasta el momento indica que, si los rusos siguen sin tener éxito, podrían reaccionar con una mayor brutalidad y una escalada de la lucha, o posiblemente considerar el uso de armas químicas o incluso armas nucleares tácticas.

China no podrá seguir este camino si no quiere arriesgar la reputación internacional que ha construido cuidadosa e inteligentemente durante décadas y, por lo tanto, poner en duda los éxitos obtenidos en su desarrollo. Por lo tanto, Putin no debería contar con que China le dará ayuda para romper las sanciones occidentales o incluso salvarlo militarmente. Resulta significativo que, si bien China ha firmado acuerdos de asociación con Rusia, no ha formado ninguna alianza que pudiera implicar obligaciones de apoyo mutuo. Rusia no debe hacerse ilusiones; China ha sido hasta ahora una potencia con un excepcional interés propio en la política internacional. A diferencia de Rusia, China puede elegir cómo salir del conflicto. Puede analizar con calma las sanciones contra Rusia y sus efectos. Y con respecto a su pretensión sobre Taiwán, Beijing monitoreará el curso de la guerra y evaluará qué riesgos estaría en condiciones de correr.

China puede salir mejor con una Rusia debilitada por la guerra que con un socio afianzado en su espíritu imperial y que representaría una amenaza cada vez mayor para el sistema internacional. El dictador ruso y su camarilla se han metido a sí mismos y a su país en una situación que no previeron y de la que cada vez es más difícil imaginar una salida que pueda salvar las apariencias. Cada vez es más claro que la razón inventada de la guerra, que niega el derecho de Ucrania a existir, proviene de la mente retorcida de un dictador que se transformó en un historiador aficionado mientras estuvo aislado durante la pandemia.

Putin finge estar librando la guerra por el bien de Rusia. Pero Rusia es un Estado multiétnico, y probablemente haya suficientes grupos étnicos que ya piensen que esta no es su guerra. Putin ahora no solo está poniendo en riesgo su propia persona y su régimen, sino también la Federación Rusa en su conjunto. Hay poco margen para que pueda cumplir su misión autoimpuesta de restaurar la grandeza imperial de Rusia dentro de las fronteras de la Unión Soviética. Podría ocurrir lo contrario con una Rusia saliendo del conflicto debilitada y más pequeña: el hombre del Kremlin, que habla alemán con fluidez y reverencia la literatura alemana clásica, podrá recordar El aprendiz de brujo, la famosa balada de Johann Wolfgang von Goethe. En ausencia de su maestro, conjuró, con palabras mágicas, espíritus que ya no podía controlar: «Señor, enorme es mi necesidad. He conjurado espíritus que ignoran mis órdenes». Y eso es precisamente lo que hace que esta guerra sea tan peligrosa.

Fuente: The Progressive Post

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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¿Escalará EU la guerra en Ucrania?

Através de la OTAN, la estrategia militar expansionista de Estados Unidos sobre las fronteras de Rusia se ha mantenido inexorable desde 1999. Hoy es el turno de Finlandia y Suecia. Para compensar su debilitamiento como motor de la economía capitalista mundial y mantener su hegemonía desafiada por China, EU está tratando de trasladar el problema al campo militar, donde todavía mantiene superioridad sobre su rival asiático.

Con el beneplácito de la industria armamentista −que hace su agosto en Ucrania y Europa con el aumento exponencial de los presupuestos militares−, la estrategia de tensión impulsada por el Estado profundo ( Deep State, la estructura paralela secreta que dirige las políticas de inteligencia, defensa y la diplomacia de guerra de Washington) ha orillado a la administración Biden a escalar la guerra por delegación (“ proxy” o subsidiada) contra Rusia y utilizar medios militares directos e indirectos contra su enemigo principal, China, en la región del Asia-Pacífico.

Biden, cuyos índices de aprobación continúan cayendo y podría vivir un desastre en las elecciones intermedias de noviembre próximo, necesita alcanzar una victoria en Ucrania, y es alentado por los neoconservadores para una intervención militar directa como requisito para "mantener el orden basado en reglas"; las de EU, por supuesto. Expertos militares han señalado que el suministro de armas a Ucrania no revertirá la guerra y Rusia prevalecerá, incluso si la OTAN se involucra de manera más directa. Debido a lo cual la apuesta por una escalada militar parece la única opción que le queda a Biden.

Durante su visita a Kiev a comienzos de mayo, el secretario de Defensa de EU, general Lloyd Austin, dijo que quería ver a Rusia "debilitada" para que "no pueda llevar a cabo el tipo de cosas que ha ejecutado al invadir Ucrania". Añadió que Ucrania puede "ganar" la guerra a Rusia si cuenta con el "equipo adecuado". Pero una "victoria" de Ucrania sólo sería posible derrocando a Putin y ejecutando un "cambio de régimen" y el consiguiente aislamiento completo de China.

En respuesta, el ministro del Exterior ruso, Sergei Lavrov, dijo que en esencia la OTAN está hoy en guerra con Rusia y el riesgo de una tercera guerra mundial es "serio, real y no se puede subestimar". A su vez, el vicepresidente ruso, Dimitri Rogozin, declaró que en el caso de una guerra nuclear los países de la OTAN serían destruidos en media hora. (Aunque sabemos que eso sería la destrucción segura de ambas potencias nucleares, de allí las “ proxy wars”.)

En ese contexto, el investigador Luo Siyi, de la Universidad Renmin de China, expuso que la guerra de Ucrania representa un cambio cualitativo en la política militar estadunidense, ya que al impulsar al régimen de Zelensky a ingresar a la OTAN y solicitar de armas nucleares, cruzó la línea roja de una Rusia con capacidades militares extremadamente poderosas; lo que implica que EU decidió correr ese riesgo.

Hasta ahora, EU no ha enviado tropas a Ucrania (sólo asesores de la OTAN y contratistas) y dejó claro que no quiere una guerra directa con Rusia que podría desencadenar una tercera conflagración en Europa. Pero como parte de una guerra de poder, desde el golpe de Estado en Kiev, en 2014, EU ha venido desplegando un sucio juego estratégico, militarizando y utilizando a Ucrania como peón, provocando de manera deliberada una guerra sangrienta entre dos pueblos hermanos.

A la vez, desde su llegada a la Casa Blanca, y mientras intensificaba sus acciones encubiertas contra Rusia, la administración Biden ha intentado vaciar la "política de una sola China" de manera provocativa, armando y entrenando al ejército de Taiwán (como antes EU/OTAN a Ucrania), y aumentando el despliegue de la armada de guerra estadunidense en el Mar de China Meridional. Lo que amenaza cruzar una línea roja de China más peligrosa que la de incorporar a Ucrania a la OTAN.

Según Luo Siyi, aunque mantiene el liderazgo en productividad, tecnología y tamaño de las empresas, EU ha venido perdiendo de manera permanente su abrumador dominio de la economía mundial. De acuerdo con el cálculo de paridad del poder adquisitivo (PPA) utilizado por el economista Angus Maddison, la economía de China ya es 18 por ciento más grande que la de EU, mientras el Fondo Monetario Internacional predice que para 2026 la economía china superará a la de EU en 35 por ciento. Situación que nunca alcanzó la ex Unión Soviética en la cúspide de su desarrollo (1975), cuando la economía estadunidense era más del doble del tamaño de la URSS.

En competencia pacífica, China se ha convertido en el mayor comerciante de mercancías del mundo y ha vencido en la guerra comercial iniciada por las administraciones Trump y Biden. Además, en 2021, según la paridad del poder adquisitivo, EU sólo representará 16 por ciento de la producción económica total del orbe; es decir, 84 por ciento de esa producción será creada por otros países. Por lo que ante la pérdida de su dominio económico, afirma Luo Siyi, EU utilizará medios militares y políticos para compensar esa debilidad. Recuerda, también, que el gasto militar de EU excede el de los siguientes nueve países combinados. Y excepto en armas nucleares, donde es superado en números de ojivas por Rusia, el Pentágono sigue siendo fuerte. Por lo que está tratando de trasladar el problema de su debilidad económica al campo militar, con graves riesgos para la humanidad.

Rusia es el único país que puede rivalizar con EU en armas nucleares. A su vez, la alianza estratégica entre China y Rusia es una importante fuerza disuasoria económica-militar para EU, que hace que tenga miedo de ir directamente a la guerra con China. Al provocar la guerra en Ucrania, EU está tratando de subvertir a Rusia para establecer un gobierno en el Kremlin que ya no defienda los intereses nacionales y sea hostil a China, con lo que la larga frontera entre ambos países se convertiría en una amenaza estratégica para Pekín. De allí que el desenlace de la guerra en Ucrania sea crucial para el mundo presumiblemente bipolar emergente.

Putin ha señalado que en el escenario bélico Rusia no tiene prisa. Su aviación controla el cielo de Ucrania y ante el agotamiento físico y sicológico de las unidades ucranias, condenadas a un desgaste lento, la ruptura de la resistencia probablemente esté cerca. De allí la enigmática frase del general Lloyd –Mr. Raytheon− Austin sobre "ganar" la guerra. La pregunta es: ¿cómo?

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El Consejo de Seguridad ha fracasado en suobjetivo de mantener la paz mundial.. Imagen: AFP

Un actor lejano, ilegítimo e inoperante, incapaz de frenar la guerra

La Carta de las Naciones Unidas le confiere la facultad “principal” de mantener la paz pero el Consejo de Seguridad está muy lejos de cumplir con esa misión.

 

El Siglo XXI habrá sido la sepultura espectacular del anhelo que consistió en crear, a finales de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), un sistema multilateral de seguridad basado en el derecho y con la máxima ambición de mantener la paz y la seguridad internacional. Con la crueldad de la condición humana de por medio esa ambición era por demás idealista, pero, el menos, a lo largo de los años y en muchísimos casos salvó decenas de miles de vidas humanas y evitó la propagación de conflictos más devastadores. Así nació y se desarrolló la Organización de las Naciones Unidas y así también murió la ONU, bajo los golpes, abusos y traiciones orquestados por ese comité de gestión imperial del mundo que es el Consejo de Seguridad de la ONU y sus privilegiados cinco miembros permanentes. 

Misión incumplida

La existencia del Consejo de Seguridad, tal como está configurado, carece de todo sentido y legitimidad. La Carta de las Naciones Unidas le confiere al Consejo de Seguridad la facultad “principal” de mantener la paz y la seguridad internacional. Sin mucho reflexionar, cualquier lector constatará que, desde hace décadas, la conducta de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU está muy lejos de cumplir con esa misión. De hecho, las potencias que lo componen se sirven del Consejo para enjuagar o disputar sus propios intereses, no los de la comunidad internacional. El Consejo es una aberración que no respeta los equilibrios del mundo. Nada puede demostrar de manera más trágica su inoperancia como su absoluta incapacidad para intervenir de una u otra manera en el conflicto en Ucrania.

La ONU y su Consejo de Seguridad son hoy, como otras tantas veces, un actor lejano e inoperante, un fantoche risible o en un palco al servicio exclusivo de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña. Dos regímenes autoritarios en conflicto permanente con el eje occidental (y viceversa), la primera potencia mundial, Estados Unidos, y dos democracias europeas protagonizan una pieza delirante: tienen, en una mano, el derecho a vetar las resoluciones del Consejo de Seguridad y, en la otra, sus dedos en los botones nucleares. En suma, hago lo que me da la gana, cuándo y cómo se me ocurra.

La desarticulación del mundo diplomático y de la legitimidad de la ONU se aceleró entre finales del Siglo XX y principios del Siglo XXI: la intervención en Kosovo (1999), la invasión de Irak (2003), las resoluciones que permitieron la intervención de la OTAN en Libia (2011) y la reciente invasión rusa de Ucrania fueron verdaderos atentados a       la raíz de la paz. Hasta los más vehementes idólatras de Vladimir Putin se deben reír a carcajadas con la situación que se vive en el Consejo de Seguridad desde el día en que las tropas rusas ingresaron en Ucrania: la ONU no envió Cascos Azules a Ucrania ni tampoco adoptó sanciones contra Rusia porque Moscú utilizó su derecho de veto para bloquear las iniciativas. Hay que admitirlo: es una obra maestra de la burla al resto de las naciones del mundo. 141 países de un total de 193 se pronunciaron a favor de un texto mediante el cual se le exigía a Rusia que pusiera fin “al recurso a la fuerza”. En febrero, 11 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron una resolución similar, pero el texto no pasó. ¿ Por qué ?. Porque Moscú blandió su derecho de veto para evitar una sanción contra su propia invasión militar. Extraordinario. 

Festival de vetos

Hay que ser claros: no se trata aquí de Rusia o Putin, sino de la burrada sobre la que está basado el funcionamiento del Consejo de Seguridad y de la absoluta falta de honestidad intelectual de todos sus miembros. En 2022, lo de Rusia y Ucrania es un capítulo suplementario de una extensa obra de demolición y desigualdad ante el derecho. En diversas oportunidades y por motivos estratégicos, el resto de los miembros del Consejo de Seguridad procedió igual. No hay diferencia: los cinco heredaron un mandato diplomático y moral que ellos mismos pisotearon.

 Desde la creación de la ONU el veto fue utilizado 260 veces: 143 veces por la URSS y luego Rusia, 80 veces por Estados Unidos y el resto por Gran Bretaña, Francia y China. Detalle singular en esta contabilidad histórica: el 23 de diciembre de 1989, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia ejercieron su derecho de veto para frenar una resolución presentada por Yugoslavia (en nombre de los países no alineados) contra la invasión de Panamá por parte de Estados Unidos. La Resolución fue aprobada por 10 de los 15 miembros del Consejo (entre ellos China y Rusia) pero rechazada por el grupito de los privilegiados que componen la instancia. Es la constante histórica de esa realeza nuclear: el invasor puede invadir y oponerse a que lo condenen. Toda la cadena de producción en las mismas manos: bombardeo, mato, elimino, invado, cometo crímenes de lesa humanidad (en Panamá también) entierro, celebro la ceremonia, me absuelvo de los actos cometidos, levanto una estela o un monumento en memoria de las victimas que provoqué y después doy lecciones a los demás sobre la paz y la seguridad.

Desigualdad radical

Prorrusos o anti rusos, pro gringos o anti gringos, es una situación patética, una patada en el rostro de la comunidad internacional. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, tal y como está concebido, no tiene ninguna razón de ser. Es una instancia ilegítima que no representa nada más allá de los intereses de quienes lo componen y de sus aliados. Nada justifica la desigualdad radical de su existencia. Es, pura y definitivamente, una estafa, una demostración degradante y colectiva por parte de estos cinco países de su poder imperial respaldado por una superioridad militar que priva a otras naciones de su necesario derecho a intervenir en las crisis del mundo. 

El derecho de veto es una tergiversación reservada a una casta que hace todo cuanto está a su alcance para escapar a las sanciones derivadas de los desastres que sus políticas o las de sus aliados desencadenan. Los cinco guardan bajo llave el orden internacional que ellos mismos organizan o alteran a su antojo. La ONU no fue capaz de mediar para mantener la paz en Ucrania, no lo hizo en Siria porque, de forma cruzada, cuatro de los  cinco miembros permanentes el Consejo participaron en la guerra en Siria (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia); tampoco intervino en Myanmar para proteger a los Rohingya o en el Xinjiang para socorrer a los Ouïgours. Y si no lo hizo no fue porque a la ONU le falten competencias, para nada, le sobran. Fue por los intereses de los cinco amos que estaban en juego en cada uno de esos conflictos. ¿Cómo es posible concebir una instancia de casi gobierno mundial en el seno de la cual sus integrantes están enfrentados de forma permanente y done nadie confía en el otro ?

Reformar la ONU

El derecho de veto reservado exclusivamente a Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia ha terminado por llevar a las Naciones Unidas a una inmovilidad trágica. Ya no se trata de “errores operacionales” como en Ruanda o en la ex Yugoslavia sino de toda una filosofía que se derrumba poco a poco. El derecho de veto es un descendiente de los equilibrios internacionales de los años 1940-1950 y no corresponde más a la configuración geopolítica moderna. Ese derecho crea imperios por encima de todos. El veto es tan anti diplomático y anti democrático como la misma composición del Consejo de Seguridad. Este consta de 15 países, 10 de los cuales alternan su presencia cada dos años y los otros 5 son “permanentes” y con derecho a vetar las resoluciones. En la Asamblea general de la ONU cada país dispone de un voto y debe ser desde allí de donde se active una reforma profunda de la ONU y del Consejo de Seguridad.

 Es impensable que sólo 15 países integren el órgano ejecutivo de la ONU, o sea Consejo de Seguridad. Su ampliación, la remodelación de su representatividad (donde estén África y América Latina), así como la eliminación o la modulación del derecho de veto son objetivos prioritarios para un organismo multilateral que desempeña un papel esencial a través de sus agencias: ayuda al desarrollo, a la educación y la ciencia, competencias en la agricultura (FAO) o la intervención en las situaciones en la que los conflictos dejan decenas de miles de refugiados (ACNUR). Es imperativo salvar a la ONU desarticulando de una buena vez por todas los privilegios de cinco imperios, entre ellos su capacidad a ejercer como “policía internacional” solo cuando le conviene a sus ejércitos o a sus economías. Cada una de las cinco potencias han pecado demasiadas veces y provocado catástrofes humanitarias espantosas como para que sean las únicas que se auto excluyan de la sanción y el inventario.

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Natalia Pototska llora ante la mirada de su nieto Matviy, ayer en un centro de desplazados en la ciudad ucrania de Zaporizhzhia, a orillas del río Dnieper. Foto Ap

Desde la Primera Guerra Mundial, la propaganda ha tenido un papel crucial en la guerra. Los gobiernos lanzan campañas para ganar apoyo entre sus ciudadanos, influir en la opinión pública y en la conducta dentro de las naciones con las que están en guerra, así como en la opinión internacional. En esencia, la propaganda se refiere a técnicas de manipulación de la opinión pública basadas en información incompleta o confusa, mentiras y engaños. Durante la Segunda Guerra Mundial, tanto los nazis como los aliados emprendieron operaciones de propaganda.

La guerra en Ucrania no es diferente. Los líderes de Rusia y Ucrania han emprendido una diseminación sistemática de información bélica que puede fácilmente designarse como propaganda. Otros países con intereses en el conflicto, como Estados Unidos y China, también han lanzado campañas, que van de la mano con su aparente falta de interés en los esfuerzos diplomáticos por poner fin a la guerra.

En esta entrevista, el destacado académico y disidente Noam Chomsky, quien construyó junto con Edward Herman el concepto de "modelo de propaganda", indaga en la pregunta de quién está ganando la guerra de propaganda en Ucrania. Adicionalmente examina cómo las redes sociales dan forma hoy día a la realidad política, analiza si el modelo de propaganda aún funciona, y reflexiona sobre el argumento "también ustedes". Por último, expresa su opinión acerca del caso de Julian Assange y su casi segura extradición a Estados Unidos por el "crimen" de revelar información acerca de las guerras de Afganistán e Irak.

–La propaganda de guerra en el mundo moderno es un arma poderosa para ganar apoyo a la guerra y darle una justificación moral, por lo regular resaltando la naturaleza "maligna" del enemigo. También se usa para debilitar la voluntad de las fuerzas enemigas. En el caso de la invasión rusa a Ucrania, la propaganda del Kremlin parece hasta ahora estar funcionando dentro de Rusia y domina las redes sociales en China, pero al parecer Ucrania está ganando la guerra de información en la arena global, en especial en Occidente. ¿Está de acuerdo con esta evaluación? ¿Hay algunas mentiras o mitos de guerra significativos en torno a este conflicto?

–La propaganda de guerra ha sido un arma poderosa por mucho tiempo, sospecho que desde que tenemos registro histórico. Y a menudo un arma con consecuencias a largo plazo, que requieren atención y análisis.

“Para no ir lejos, en tiempos modernos, en 1898, el barco de guerra estadunidense Maine se hundió en el puerto de La Habana, probablemente por una explosión interna. La prensa del magnate Randolph Hearst logró crear una ola de histeria popular sobre la naturaleza maligna de España, que dio el sustento necesario a una invasión a la que en Estados Unidos se conoce como ‘la liberación de Cuba’. O, como debería llamarse, la prevención de la autoliberación de Cuba, que convirtió a la isla en una virtual colonia estadunidense. Así permaneció hasta 1959, cuando Cuba fue realmente liberada, y Estados Unidos, casi de inmediato, emprendió una perversa campaña de terror y sanciones para poner fin al ‘victorioso desafío’ cubano a los 150 años de dominio estadunidense sobre el hemisferio, como explicó el Departamento de Estado hace medio siglo.

“Desencadenar mitos de guerra puede tener consecuencias a largo plazo.

“En 1916, Woodrow Wilson fue electo presidente con el lema ‘Paz sin Victoria’, que pronto se convirtió en Victoria sin Paz. Una oleada de mitos de guerra convirtió rápidamente a una población pacificista en una consumida de odio por todo lo alemán. La propaganda emanó primero del ministerio británico de información; sabemos lo que eso significa. Intelectuales estadunidenses del círculo liberal de John Dewey la sorbieron con entusiasmo y se declararon líderes de la campaña para liberar al mundo. Por primera vez en la historia, explicaron con sobriedad, la guerra no fue iniciada por élites militares o políticas, sino por los considerados intelectuales –ellos– que habían estudiado cuidadosamente la situación y después decidido racionalmente el curso correcto de acción: entrar en la guerra, llevar libertad al mundo y poner fin a las atrocidades inventadas por el ministerio británico.

“Una consecuencia de las muy efectivas campañas de odio a Alemania fue la imposición de una paz del vencedor, con un duro trato a la derrotada Alemania. Algunos objetaron con firmeza, entre ellos John Maynard Keynes. No les hicieron caso. El resultado fue Hitler.

“En una entrevista previa vimos cómo el embajador Chas Freeman comparó el acuerdo de posguerra de odio a Alemania con el triunfo de estadistas que no eran buenas personas: el Congreso de Viena de 1815. El Congreso buscó establecer un orden europeo después de que el intento napoleónico de conquistar Europa había sido derrotado. Con buen juicio, el Congreso incluyó a la derrotada Francia. Eso condujo a un siglo de relativa paz en Europa. Hay ciertas lecciones.

“Para no quedarse atrás de los británicos, el presidente Wilson estableció su propia agencia de propaganda, el Comité de Información Pública (Comisión Creel), que prestó sus propios servicios.

“Estos ejercicios tuvieron también un efecto a largo plazo. Entre los miembros de la Comisión estaban Walter Lippmann, que llegó a ser el intelectual público más destacado del siglo XX, y Edward Bernays, que fue uno de los fundadores de la moderna industria de relaciones públicas, la mayor agencia propagandística del mundo, dedicada a socavar mercados al crear consumidores desinformados que tomaban decisiones irracionales: lo opuesto a lo que uno aprende de los mercados en los cursos de economía. Al estimular el consumismo rampante, la industria también empuja al mundo al desastre, lo que es otro tema.

“Tanto Lippmann como Bernays dieron crédito a la Comisión Creel por demostrar el poder de la propaganda para ‘manufacturar consenso’ (Lippmann) y ‘construir consenso’ (Bernays). Este ‘nuevo arte en la práctica de la democracia’, explicaba Lippmann, podría usarse para mantener pasivos y obedientes a los ‘elementos ajenos ignorantes y entrometidos’ –el público en general–, mientras los autodesignados ‘hombres responsables’ atendían los asuntos importantes, libres del ‘pisoteo y el rugido de un rebaño enloquecido’. Bernays expresaba opiniones parecidas. No estaban solos.

“Lippmann y Bernays eran liberales al estilo Wilson-Roosevelt-Kennedy. La concepción de democracia que elaboraron está muy a tono con las concepciones liberales dominantes, entonces y ahora.

“Esas ideas se extendieron ampliamente hacia las sociedades más libres, en las que ‘las ideas impopulares pueden ser suprimidas sin el uso de la fuerza’, como expresó George Orwell en su (inédita) introducción a Rebelión en la granja con respecto a la ‘censura literaria’ en Inglaterra.

“Y así continúa. En particular en las sociedades más libres, donde los medios de violencia del Estado han sido constreñidos por el activismo popular, es de gran importancia idear métodos para fabricar consenso, y asegurar que sean interiorizados al volverse tan invisibles como el aire que respiramos, sobre todo en los círculos de personas de cierta cultura. Imponer mitos de guerra es un rasgo regular de estas empresas.

“A menudo funciona de manera espectacular. En la Rusia actual, según informes, una gran mayoría acepta la doctrina de que en Ucrania Rusia se defiende contra una embestida nazi reminiscente de la Segunda Guerra Mundial, cuando Ucrania, de hecho, colaboró en la agresión que por poco destruye a Rusia y causó bajas terribles.

“La propaganda es tan absurda como todos los mitos de guerra, pero, como otras, se basa en fragmentos de verdad, y al parecer ha tenido éxito en fabricar consenso. No podemos estar seguros del todo a causa de la rígida censura vigente, sello distintivo de la cultura política estadunidense desde hace tiempo: el ‘rebaño enloquecido’ debe ser protegido contra las ‘ideas equivocadas’. Conforme a ello, los estadunidenses deben ser ‘protegidos’ de propaganda que, según se nos dice, es tan ridícula que sólo personas a las que se ha lavado el cerebro podrían no reír de ellas. Según esta visión, para castigar a Vladimir Putin se debe evitar que cualquier material procedente de Rusia llegue a oídos estadunidenses. Eso comprende el trabajo de destacados periodistas y comentaristas políticos estadunidenses, como Chris Hedges, cuyo largo historial de valeroso periodismo incluye su servicio como jefe de la corresponsalía del New York Times en Medio Oriente y los Balcanes, y astutos y perceptivos comentarios de entonces a la fecha. Los estadunidenses deben ser protegidos de su influencia maligna, porque sus reportes aparecen en RT. Ahora han sido suprimidos.

“Tómese esa, señor Putin.

“Como es de esperar en una sociedad libre, es posible, con cierto esfuerzo, aprender algo sobre la posición oficial de Rusia sobre la guerra… o, como la llama Rusia, la ‘operación militar especial’. Por ejemplo, a través de India, donde el ministro del Exterior Sergéi Lavrov tuvo una extensa entrevista con India Today el 19 de abril.

“Constantemente observamos los instructivos efectos de este rígido adoctrinamiento. Uno de ellos es que es de rigor referirse a la criminal agresión de Putin a Ucrania como ‘invasión no provocada de Ucrania’. Una búsqueda de esta frase en Google encuentra ‘unos 2 millones 430 mil resultados’ (en 0.42 segundos).

“Por curiosidad, podemos buscar ‘invasión no provocada de Irak’. La búsqueda produce ‘unos 11 mil 700 resultados’ (en 0.35 segundos), al parecer de fuentes opuestas a la guerra, según sugiere una breve búsqueda.

“El ejemplo es interesante no sólo en sí mismo, sino por su total inversión de los hechos. La guerra de Irak no fue provocada en absoluto: Dick Cheney y Donald Rumsfeld tuvieron que luchar mucho, incluso recurrir a la tortura, para tratar de encontrar alguna partícula de evidencia que ligara a Saddam Hussein con Al Qaeda. Las famosas armas de destrucción masiva desaparecidas no habrían sido una provocación para agredir, aun si hubiera habido alguna razón para creer que existían.

“En contraste, la invasión rusa de Ucrania fue en definitiva provocada… aunque, en el clima actual, es necesario añadir la perogrullada de que la provocación no justifica una invasión.

“Un conjunto de diplomáticos de alto nivel y analistas políticos estadunidenses han advertido a Washington durante 30 años que era insensato e innecesariamente provocador hacer caso omiso de las preocupaciones de seguridad de Rusia, en particular sus líneas rojas: ni Georgia ni Ucrania, ubicadas en el corazón geoestratégico ruso, deberían ser miembros de la OTAN.

“Con pleno conocimiento de lo que hacía, desde 2014 la OTAN (es decir, básicamente Estados Unidos) ha ‘brindado apoyo significativo (a Ucrania) con equipo y entrenamiento, decenas de miles de soldados ucranios han sido entrenados, y luego, cuando vimos que la inteligencia indicaba una alta probabilidad de invasión, los aliados aumentaron el apoyo en el otoño pasado y este invierno’, antes de la invasión, según el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

“El compromiso estadunidense de integrar a Ucrania en el mando de la OTAN también se incrementó en el otoño de 2021, con las declaraciones políticas oficiales que ya hemos examinado, ocultas por la ‘prensa libre’ al rebaño enloquecido, pero sin duda leídas con cuidado por la inteligencia rusa. La inteligencia rusa no tenía que ser informada de que ‘antes de la invasión rusa a Ucrania, Estados Unidos no hizo ningún esfuerzo por atender una de las preocupaciones de seguridad que con más frecuencia expresaba Vladimir Putin: la posibilidad de que Ucrania entrara en la OTAN’, como concedió el Departamento de Estado, aunque poco se notó en este país.

“Sin entrar en mayores detalles, la invasión de Putin a Ucrania fue claramente provocada, en tanto que la invasión estadunidense de Irak no fue provocada. Esto es exactamente lo opuesto a la información y los comentarios convencionales, pero es también exactamente la norma de la propaganda de guerra, no sólo en Estados Unidos, aunque es más instructivo observar el proceso en las sociedades libres.

“Muchos creen que está mal plantear estos asuntos, que incluso son una forma de propaganda a favor de Putin; deberíamos más bien enfocarnos como láser en los crímenes actuales de Rusia. En contra de esta creencia, esa postura no ayuda a los ucranios: los perjudica. Si se nos impidiera por decreto aprender acerca de nosotros mismos, no seríamos capaces de desarrollar políticas que beneficien a otros, los ucranios entre ellos. Eso parece elemental.

“Un análisis más a fondo produce otros ejemplos instructivos. Hemos hablado del elogio de Lawrence Tribe, profesor de derecho de Harvard, a la decisión de George W. Bush en 2003 de ‘ayudar al pueblo iraquí’ al decomisar ‘fondos iraquíes depositados en bancos estadunidenses’ y, dicho sea de paso, invadir y destruir el país, demasiado poco importante para mencionarlo. Más aún, los fondos fueron decomisados ‘para ayudar al pueblo iraquí y compensar a las víctimas del terrorismo’, del cual el pueblo iraquí no tenía ninguna responsabilidad.

“No preguntamos de qué manera esto iba a ayudar al pueblo iraquí. Es de suponerse que no es una compensación por el ‘genocidio’ estadunidense previo a la invasión en Irak.

“‘Genocidio’ no es término mío. Más bien, es el término usado por los distinguidos diplomáticos internacionales que administraron el ‘programa Petróleo por Alimentos’, el lado suave de las sanciones de Bill Clinton (técnicamente, por conducto de la ONU). El primero, Denis Halliday, renunció en protesta porque consideraba que las sanciones eran ‘genocidas’. Fue remplazado por Hans von Sponeck, quien no sólo renunció en protesta por el mismo motivo, sino también escribió un libro muy importante que aporta extensos detalles de la indignante tortura a que fueron sometidos los iraquíes por las sanciones de Clinton, A Different Kind of War (Una guerra de otro tipo).

“Los estadunidenses no estamos del todo protegidos de esas revelaciones desagradables. Aunque el libro de Von Sponeck nunca fue reseñado, hasta donde puedo discernir, puede ser adquirido en Amazon por cualquiera que haya oído hablar de él. Y el pequeño editor que produjo la edición en inglés pudo incluso recabar dos comentarios para la contraportada: el de John Pilger y el mío, apropiadamente alejados de la corriente dominante.

“Existe, desde luego, un torrente de comentarios acerca del ‘genocidio’. Según las normas usadas, Estados Unidos y sus aliados son señalados como culpables de ese cargo una y otra vez, pero la censura voluntaria evita cualquier reconocimiento de esto, así como protege a los estadunidenses de conocer encuestas Gallup internacionales que muestran que Estados Unidos es con mucho percibido como la mayor amenaza a la paz mundial, o que la opinión pública mundial se opuso de manera abrumadora a la invasión estadunidense de Afganistán (también ‘no provocada’, si prestamos atención), junto con otra información inapropiada.

“No creo que existan ‘mentiras significativas’ en la información de esta guerra. En general, los medios estadunidenses están haciendo un trabajo sumamente creíble al informar sobre los crímenes rusos en Ucrania. Eso es valioso, así como es valioso que se preparen investigaciones internacionales para posibles juicios de crímenes de guerra.

“Esa forma de proceder también es normal. Somos muy escrupulosos en desenterrar detalles de los crímenes de otros. Desde luego, hay invenciones, que a veces alcanzan el nivel de comedia, temas que el finado Edward Herman y yo documentamos en detalle. Pero, cuando los crímenes del enemigo se pueden observar directamente, en el terreno, es típico que los periodistas hagan un excelente trabajo de reportarlos y exponerlos. Y se les examina a fondo en la academia y en extensas investigaciones.

“Como hemos visto, en las muy raras ocasiones en que los crímenes de Estados Unidos son tan patentes que no se les puede descartar o ignorar, también se informa de ellos, pero a manera de ocultar crímenes mucho mayores, de los que aquéllos son apenas una nota al pie de página. La masacre de My Lai, por ejemplo.

“En cuanto a que Ucrania esté ganando la guerra de información, la calificación ‘en Occidente’ es exacta. Estados Unidos siempre ha sido entusiasta y riguroso en exponer crímenes con sus enemigos y, en el caso actual, Europa le sigue la corriente. Pero, fuera de Estados Unidos y Europa, el cuadro es mucho más ambiguo. En el Sur global, hogar de la mayor parte de la población mundial, la invasión se repudia, pero el marco de propaganda estadunidense no es adoptado de manera acrítica, hecho que ha conducido a considerable perplejidad acá en cuanto a que están ‘fuera de la sintonía’.

“Eso también es normal. Las víctimas tradicionales de violencia brutal y represión suelen ver el mundo de manera muy diferente de aquellos acostumbrados a sostener el látigo. Incluso en Australia, existe cierta medida de insubordinación. En la revista Arena, especializada en asuntos internacionales, el director, Simon Cooper, revisa y deplora la rígida censura e intolerancia de la disidencia incluso leve en los medios liberales estadunidenses. Concluye, con bastante razón, que ‘esto significa que es casi imposible, dentro de la corriente de opinión dominante, reconocer al mismo tiempo las insoportables acciones de Putin y forjar un camino de salida de la guerra que no implique el agravamiento del conflicto y una mayor destrucción en Ucrania’.

“No hay ayuda para el sufrimiento de los ucranios, desde luego.

“Tampoco eso es nada nuevo. Esa ha sido la pauta dominante por mucho tiempo, de manera notable durante la Primera Guerra Mundial. Había unos cuantos que sencillamente no se conformaban a la ortodoxia establecida después de que Wilson se unió a la guerra. El principal líder laboral del país, Eugene Debs, fue encarcelado por atreverse a sugerir a los trabajadores que pensaran por sí mismos. Tanto lo detestaba el gobierno liberal de Wilson, que se le excluyó de la amnistía de posguerra decretada por el presidente. En los círculos intelectuales liberales que apoyaban a John Dewey, también había algunos desobedientes. El más famoso fue Randolph Bourne. No fue encarcelado, pero se le excluyó de los diarios liberales, de modo que no pudo difundir su mensaje subversivo de que ‘la guerra es la salud del Estado’.

“Debo mencionar que, unos años después, Dewey mismo dio marcha atrás a esa postura, lo cual es de ­reconocerse.

"Es comprensible que los liberales estén particularmente emocionados cuando hay oportunidad de condenar los crímenes del enemigo. Por una vez, están del lado del poder. Los crímenes son reales, y ellos pueden marchar en el desfile de los que los condenan y ser elogiados por su (correcta) conformidad. Es muy tentador para quienes a veces, aun con cierta timidez, condenan crímenes por los que compartimos la responsabilidad y son castigados por adherirse a elementales principios morales."

–¿La proliferación de redes sociales ha hecho más difícil tener un cuadro preciso de la realidad política, o menos?

–Es difícil decirlo. En particular lo ha sido para mí, porque evito las redes sociales y sólo cuento con información limitada. Mi impresión es que es un asunto mezclado.

“Las redes sociales aportan oportunidades de escuchar una variedad de perspectivas y análisis, y de encontrar información que a menudo no se ofrece en los medios dominantes. Por otro lado, no está claro cómo se explotan esas oportunidades. Ha habido un gran volumen de comentarios –confirmados por mi propia experiencia limitada– que aseguran que muchas tienden a gravitar hacia burbujas que se dan sustento a sí mismas, y que escuchan poco más allá de sus propias creencias y actitudes y, peor aún, que las arraigan con más firmeza y en formas más intensas y extremas.

“Haciendo eso a un lado, las fuentes básicas de noticias siguen siendo en general las mismas: la prensa dominante, que tiene reporteros y corresponsales en el terreno. La Internet ofrece oportunidades de muestrear una gama mucho más amplia de esos medios, pero mi impresión, nuevamente, es que esas oportunidades se utilizan poco.

“Otra consecuencia dañina de la rápida proliferación de redes sociales es el fuerte descenso de los medios tradicionales. Hasta tiempos recientes, había muchos excelentes medios locales en Estados Unidos. La mayoría han desaparecido. Pocos tienen hoy corresponsables incluso en Washington, ya no digamos en otras partes, como muchos tenían hasta hace poco. Durante las guerras de Ronald Reagan en Centroamérica, que alcanzaron extremos de sadismo, parte de la mejor información era aportada por reporteros del Boston Globe, entre ellos algunos amigos cercanos míos. Eso prácticamente ha desaparecido.

“La razón principal es la dependencia en los anunciantes, una de las maldiciones del sistema capitalista. Los fundadores de esta nación tenían una visión diferente. Ellos estaban a favor de una prensa realmente independiente y la fomentaron. La Oficina Postal se fundó en buena medida con este propósito, para permitir un acceso fácil a la prensa independiente.

“El hecho, hasta cierto punto poco usual, de que ésta sea una sociedad gobernada por las empresas, produce otro hecho poco usual: este país prácticamente no tiene medios públicos: nada como la BBC, por ejemplo. Los esfuerzos por desarrollar medios de servicio público –primero en la radio, luego en la televisión– fueron derrotados por intenso cabildeo empresarial.

“Existe excelente trabajo académico sobre este tema, que se extiende también a iniciativas activistas serias que buscan vencer estas graves violaciones a la democracia, en particular por Robert McChesney y Victor Pickard.

–Hace casi 35 años, usted y Edward Herman publicaron Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (Fabricando consenso: la economía política de los medios masivos). El libro presentó el "modelo de propaganda" de la comunicación, que opera a través de cinco filtros: propiedad, publicidad, los medios de élite, la crítica y un enemigo común. ¿La era digital ha cambiado el modelo de propaganda? ¿Todavía funciona?

–Por desgracia, Edward –el autor principal– ya no está entre nosotros. Se le extraña mucho. Creo que él estaría de acuerdo en que la era digital no ha cambiado gran cosa, más allá de lo que acabo de describir. Lo que sobrevive de los medios convencionales en una sociedad gobernada en gran parte por las empresas sigue siendo la principal fuente de información y está sujeto a las mismas presiones que antes.

“Ha habido otros cambios aparte del que mencioné brevemente. Como muchas otras instituciones, incluso dentro del sector corporativo, los medios han sido influidos por los efectos civilizadores de los movimientos populares de la década de 1960 y su secuela. Es muy iluminador ver lo que ocurrió con la información y la opinión apropiadas en los primeros años. Muchos periodistas han pasado por estas experiencias liberadoras. Naturalmente, existe una gran corriente adversa, entre ellos los apasionados denunciantes de la cultura del ‘despertar’, la cual reconoce que existen seres humanos con derechos, aparte de los varones blancos cristianos. Desde la ‘estrategia del sur’ de Nixon, el liderazgo del Partido Republicano ha entendido que, como no puede ganar votos con sus políticas económicas de servir a los ricos y al poder corporativo, debe tratar de desviar la atención hacia ‘asuntos culturales’: la falsa idea un ‘Gran Remplazo’, es decir, armas, o cualquier otra cosa que oscurezca el hecho de que están trabajando duro para darnos una puñalada por la espalda. Donald Trump era un maestro de esta técnica, a veces llamada la técnica de ‘al ladrón, al ladrón’: cuando te pesquen con la mano en el bolsillo de alguien, grita ‘¡al ladrón, al ladrón!’ y señala a alguien más.

"Pese a estos esfuerzos, los medios han mejorado en este aspecto, reflejando cambios en la sociedad en general. Eso de ningún modo carece de importancia."

–¿Qué piensa del "ustedes también", que está generando una controversia estos días con respecto a la guerra en Ucrania?

–Aquí también hay una larga historia. En los inicios del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, el pensamiento independiente podía ser silenciado con acusaciones de defender los crímenes de Stalin. A veces se condena esa práctica como macartismo, pero esa no fue sino la punta del iceberg. Lo que ahora se denuncia como "cultura de la cancelación" era rampante y lo sigue siendo. Esa técnica perdió algo de su poder cuando el país empezó a despertar del letargo dogmático en la década de 1960. A principios de la década de 1980, Jeane Kirkpatrick, importante intelectual rea­ganita de las relaciones exteriores, ideó otra técnica: la equivalencia moral. Si uno revelaba y criticaba las atrocidades que ella respaldaba en el gobierno de Reagan, uno era culpable de "equivalencia moral". Uno estaba afirmando que Reagan no era distinto de Stalin o de Hitler. Eso sirvió durante algún tiempo para disminuir la disidencia de la línea del partido.

“El ‘ustedes también’ es una nueva variante, apenas diferente de sus predecesoras.

“Para la mente verdaderamente totalitaria, nada de esto basta. Los líderes republicanos trabajan duro para limpiar las escuelas de cualquier cosa que sea ‘divisionista’ y cause ‘incomodidad’. Eso incluye virtualmente toda la historia, fuera de los lemas patrióticos aprobados por la Comisión 1776 de Trump, o cualquier otra cosa que sea ideada por esos lideres cuando asuman el control y estén en posición de imponer una disciplina más estricta. Vemos muchos signos de eso ahora, y hay todas las razones para esperar que vendrán más.

“Es importante recordar lo rígidos que han sido los controles doctrinales en Estados Unidos, lo que tal vez refleja el hecho de que es una sociedad muy libre en términos comparativos, lo que plantea problemas a los directivos doctrinales, que deben estar alerta a los indicios de desviación. Por ahora, después de muchos años, es posible musitar la palabra ‘socialista’, queriendo decir un demócrata social moderado. En ese aspecto, Estados Unidos se ha zafado finalmente de la compañía de las dictaduras totalitarias. Remontémonos 60 años, e incluso las palabras ‘capitalismo’ e ‘imperialismo’ eran demasiado radicales para pronunciarlas. Paul Potter, presidente de Estudiantes por una Sociedad Democrática, hizo acopio de valor en 1965 para ‘nombrar al sistema’ en su discurso presidencial, pero no logró pronunciar las palabras.

“Hubo algunos avances en la década de 1960, lo que preocupó mucho a los liberales estadunidenses, que advirtieron de una ‘crisis de la democracia’, cuando muchos sectores de la población trataron de entrar en la arena política para defender sus derechos. Aconsejaron más ‘moderación en la democracia’, un retorno a la pasividad y a la obediencia, y condenaron a las instituciones responsables de ‘adoctrinar a los jóvenes’ por no cumplir con su deber. Desde entonces las puertas se han abierto un poco más, lo que sólo reclama medidas más urgentes para imponer disciplina.

“Si los autoritarios del Partido Republicano logran destruir la democracia lo suficiente para establecer el dominio permanente de una casta supremacista blanca cristiana que sirva a la riqueza extrema y al poder privado, es probable que disfrutemos actos grotescos como los del gobernador de Florida Ron DeSantis, quien prohibió 40 por ciento de los textos de matemáticas para niños en ese estado a causa de ‘referencias a la Teoría Crítica de las Razas, inclusiones del Común Denominador, y la adición no solicitada del Aprendizaje Social Emocional en las matemáticas’, de acuerdo con el decreto oficial. Bajo presión, el estado presentó algunos ejemplos aterradores, por ejemplo, un objetivo educacional de que ‘los estudiantes adquirirán eficiencia con la conciencia social al practicar la empatía con sus compañeros de clase’.

“Si el país en conjunto asciende a las alturas de las aspiraciones republicanas, será innecesario recurrir a artilugios como la ‘equivalencia moral’ y el ‘ustedes también’ para reprimir el pensamiento ­independiente.”

–Una última pregunta. Un juez de Reino Unido ha aprobado formalmente la extradición de Julian Assange a Estados Unidos, pese a las fuertes preocupaciones de que tal acción lo pondría en riesgo de "graves violaciones a sus derechos humanos", como Agnès Callamar, ex relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, advirtió hace dos años. En el caso de que Assange sea realmente extraditado a Estados Unidos, lo cual parece muy seguro ahora, enfrenta hasta 175 años de prisión por revelar información al público acerca de las guerras en Irak y Afganistán. ¿Podría comentar sobre el caso de Assange, sobre la ley que se usó para perseguirlo y lo que su persecución dice acerca de la libertad de expresión y el estado de la democracia estadunidense?

–Assange ha sido retenido durante años bajo condiciones que equivalen a la tortura. Eso es evidente para cualquiera que haya podido visitarlo (yo fui una vez) y fue confirmado por el relator especial de la ONU sobre tortura (y otros tratos y castigos crueles inhumanos o degradantes), Nils Melzer, en mayo de 2019.

“Días después, Assange fue consignado por el gobierno de Trump conforme a la ley de espionaje de 1917, la misma que el presidente Wilson utilizó para encarcelar a Eugene Debs, entre otros crímenes de Estado cometidos con esa ley.

“Haciendo a un lado las minucias legalistas, las razones básicas para la tortura y enjuiciamiento de Assange son que cometió un pecado mortal: dio a conocer al público información de los crímenes estadunidenses que el gobierno, por supuesto, hubiera preferido que permanecieran ocultos. Esto es una ofensa en particular para extremistas autoritarios como Trump y Mike Pompeo, quien inició los procedimientos conforme a la Ley de Espionaje.

“Sus preocupaciones son entendibles. Fueron explicadas hace años por Samuel Huntington, profesor de ciencia de gobierno en Harvard, quien observó que ‘el poder se mantiene fuerte cuando permanece en la oscuridad; expuesto a la luz comienza a evaporarse’.

“Esto es un principio crucial de la política de Estado y se extiende también al poder privado. Por eso la fabricación de consenso es una prioridad de los sistemas de poder estatales y privados.

“Esto no es un descubrimiento nuevo. En una de sus primeras obras de lo que hoy se llama ciencia política, hace 350 años, David Hume escribió, en sus Primeros principios de gobierno, que:

“‘Nada parece más sorprendente a quienes consideran los asuntos humanos con una mirada filosófica, que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos; y la sumisión implícita, con que los hombres renuncian a sus propios sentimientos y pasiones a favor de los de sus gobernantes. Cuando preguntamos por qué medio se logra esta maravilla, encontraremos que, como la Fuerza siempre está del lado de los gobernados, los gobernantes no tienen nada que los soporte, más que la opinión. Por lo tanto, el gobierno se funda únicamente en la opinión; y esta máxima se extiende a los gobiernos más despóticos y militares, así como a los más libres y populares’.

“La fuerza, de hecho, está del lado de los gobernados, en particular en las sociedades más libres, y es mejor que no se den cuenta, o las estructuras de la autoridad ilegítima se derrumbarán, sea estatal o privada.

“Estas ideas han sido desarrolladas durante años, de manera importante por Antonio Gramsci. La dictadura de Mussolini entendía la amenaza que Gramsci representaba. Cuando fue encarcelado, el fiscal anunció: ‘Debemos evitar que este cerebro funcione 20 años’. Hemos avanzado considerablemente desde la Italia fascista. La persecución de Trump y Pompeo busca silenciar a Assange por 175 años, y los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña ya le han impuesto años de tortura al criminal que se atrevió a exponer su poder a la luz del día.”

Publicado en Truthout

Traducción: Jorge Anaya

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La guerra y el cambio de época en Europa

La invasión de Ucrania modificó el papel de Europa en el mundo. El cambio se hizo evidente en Alemania, donde se produjeron fuertes realineamientos en política exterior y seguridad.

El año 2022 pasará a la historia de Europa como un claro punto de inflexión, quizás incluso como un quiebre de época. La ofensiva bélica de Rusia contra Ucrania comenzada el 24 de febrero marca el comienzo de un profundo cambio de paradigma en el orden europeo de seguridad y paz, quizás también en el orden mundial y económico. Solo 30 años después de la caída de la Cortina de Hierro y la firma de la Carta de París, Europa se encuentra ante las ruinas de lo que Mijaíl Gorbachov denominó el «hogar común» y de la idea de seguridad cooperativa y colectiva en Europa que se le asociaba. La invasión de Vladímir Putin cuestiona muchas certezas y suposiciones previas.

La guerra cambió sustancialmente el papel y las expectativas de Alemania en Europa y el mundo. El «cambio de época» invocado por el canciller alemán Olaf Scholz en su discurso ante el Bundestag del 27 de febrero es testimonio de esta realidad cambiada. En consecuencia, la República Federal de Alemania invertirá en el área de defensa, de aquí en más, 2% de su PIB. Se creará también un «Fondo Especial para las Fuerzas Armadas», amparado por la Constitución, por un total de 100.000 millones de euros. El gobierno alemán está suministrando armas para la autodefensa de Ucrania y ha anunciado que continuará trabajando en proyectos europeos conjuntos de armamento. La magnitud de estas medidas deja claro que estamos ante un profundo cambio de paradigma en la política exterior y de seguridad alemana. 

Sin embargo, más allá de estas decisiones históricas, es urgente realizar un debate estratégico sobre la implementación concreta y los efectos del «cambio de época» en la política exterior y de seguridad de Alemania. Esto plantea la cuestión de qué están en condiciones de hacer y qué deben hacer las Fuerza Armadas alemanas en el marco de la Unión Europea y de la alianza militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Un mayor gasto en defensa no produce automáticamente y por sí solo una mayor seguridad. Los Estados miembros de la Unión Europea ya están gastando un total de más de 200.000 millones de euros en armamento, cuatro veces lo que gasta Rusia. A pesar de ello, las capacidades de defensa europeas les van muy en zaga a las de otros países debido a la falta de interoperabilidad y a la duplicación de estructuras en las Fuerzas Armadas europeas, así como a un uso ineficiente de los recursos disponibles. Además de una frecuentemente exigida reforma del sistema de adquisiciones de las Fuerzas Armadas alemanas, es esencial una integración más estrecha y una mayor unificación de las fuerzas militares dentro de la Unión.

Desde el comienzo de la invasión rusa, la Unión Europea ha encontrado una nueva unidad y ha adoptado el paquete de sanciones más completo de su historia. Además, está entregando por primera vez armas defensivas a una zona de crisis. Momentos de conmoción como la guerra en Ucrania han sido en el pasado un frecuente catalizador dentro de la Unión Europea para una mayor integración. Por ejemplo, tras la anexión de Crimea en 2014, se pusieron en marcha la Cooperación Estructurada Permanente (CEP), la Revisión Anual Coordinada de la Defensa (CARD, por sus siglas en inglés) y el Fondo Europeo de Defensa (FED). Recién en marzo de este año, la Unión Europea dio otro importante paso para mejorar la cooperación en el área de la seguridad y la defensa con la adopción de la Brújula Estratégica como nuevo documento básico de la política de seguridad de la Unión. La Brújula Estratégica prevé, entre otras cosas, la creación de una fuerza de intervención de la Unión Europea que debería estar operativa para 2025. La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ya ha propuesto que las Fuerzas Armadas de su país brinden el núcleo de la fuerza de intervención rápida durante su primer año de actividad. Alemania envió así una señal importante a sus socios europeos de que está lista para asumir una mayor responsabilidad en el marco de la política común de seguridad y defensa de la Unión.

Al mismo tiempo, la seguridad en Europa sigue dependiendo en buena parte de la capacidad de la OTAN para formar alianzas. Desde la anexión de Crimea en 2014, la defensa provista por la Alianza ha ido deslizándose paulatinamente hasta ser el centro de nuestra política de seguridad. Ha sido precisamente el presidente ruso Putin, quien, con sus acciones en Ucrania, ha puesto un punto final a años de crisis existencial y de sentido de la OTAN y hecho una contribución significativa a la revitalización de la Alianza. No hace mucho tiempo, un presidente estadounidense calificó a la OTAN de «obsoleta» y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, la declaró «con muerte cerebral». Sin embargo, nunca desde el final de la Guerra Fría Occidente estuvo más unido que ahora. Incluso algunos países antes neutrales están evaluando unirse a la OTAN.

Sin dudas ha sido un golpe de suerte de la historia que alguien como Joe Biden, que encarna el espíritu de cooperación con Europa como ningún otro, sea actualmente el presidente de Estados Unidos. Esta oportunidad histórica debería ser aprovechada para que la asociación transatlántica tenga una base más fiable y sólida. Sin embargo, los europeos no deberían ilusionarse: la nueva amenaza rusa le hace ver nuevamente a Europa de forma dramática cuán dependiente es de las garantías de seguridad de Estados Unidos. Reducir esta dependencia seguirá siendo un reto formidable para Europa en los años venideros. Porque incluso aunque Estados Unidos volviera a afirmarse en la Alianza occidental, Europa debería no olvidar las amargas lecciones de los años de Donald Trump y aspirar a un mayor grado de autonomía estratégica. De las próximas elecciones presidenciales, en noviembre de 2024, podría surgir un presidente estadounidense que cuestione una vez más la alianza de defensa occidental y las garantías de seguridad que da su país.

La guerra en Europa del Este no puede ocultar que el conflicto por la hegemonía en el futuro orden mundial entre Estados Unidos y China seguirá estando en el foco de la política exterior estadounidense. De un tiempo a esta parte estamos viendo la erosión de las reglas y normas de la política internacional y un regreso a la geopolítica y a la política de potencias clásicas, ya sea en el Indo-Pacífico, Oriente Medio, el continente africano o Europa del Este. La guerra de Putin contra Ucrania es probablemente el ataque más serio al orden mundial liberal y basado en reglas registrado hasta hoy. Es evidente que nos encontramos en una fase de transición hacia una nueva estructura de poder global. Todavía no sabemos con certeza cómo será el futuro orden mundial, pero si observamos en detalle las dos votaciones sobre la invasión de Rusia a Ucrania realizadas el 2 y el 24 de marzo en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya tendríamos una pista. En ambas resoluciones, una abrumadora mayoría de los Estados miembros votaron a favor de condenar a Rusia (141 y 140). Solo cinco Estados votaron en contra de la condena: Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte, Rusia y Siria. Se abstuvieron 35 y 38 países respectivamente en cada votación, incluidos muchos Estados autoritarios como China, pero también la India, la democracia más grande del mundo. 

En total, los Estados que no condenaron inequívocamente la agresión rusa constituyen la mitad de la población mundial. Si se agregan los que condenaron a Rusia pero no apoyaron las sanciones occidentales, la cifra asciende incluso a los dos tercios de la población mundial. Cabe señalar que la gran mayoría de estos países están ubicados geográficamente en la masa continental de Eurasia y en África a lo largo de la «Nueva Ruta de la Seda» de China. A pesar de las críticas internacionales, el gobierno chino aún no ha condenado la invasión rusa. Por el contrario: en febrero, Moscú y Beijing reafirmaron su «amistad sin límites» y firmaron un amplio acuerdo de asociación entre ambos países.  Aparentemente, la guerra está llevando a Rusia a depender unilateralmente de China, tanto en lo político como lo económico. Beijing, a su vez, podría aprovechar la dependencia rusa para expandir su área de influencia a las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central. Pero la guerra también entraña enormes riesgos para China: contra sus propios principios de política exterior, China ya ha perdido, con su vaga actitud ante la ofensiva bélica de Rusia, una gran cuota de credibilidad como futura potencia ordenadora del mundo. Más allá de la influencia de China, las razones y motivos que tienen los Estados que apoyan –o por lo menos no condenan– a Rusia son muy variados: van desde intereses y dependencias estratégicas y económicas, pasando por relaciones históricas, hasta reflejos antioccidentales. Sin embargo, debe decirse que el orden mundial que está surgiendo no puede simplemente ser reducido a una confrontación entre democracias liberales y autocracias. Las líneas de conflicto de poder político y los intereses divergentes de los distintos Estados parecen ser mucho más complejos y se avizoran tiempos turbulentos en las relaciones internacionales.

La historia muestra que las fases de cambio radical en el poder político suelen ser particularmente inestables y propensas a las crisis. Una de las pocas excepciones sigue siendo el final pacífico del conflicto Este-Oeste en 1989-1990, debido sobre todo a la política de paz y distensión de Willy Brandt, así como a los años de negociaciones en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE): precisamente esos acuerdos e instituciones que Moscú está dañando gravemente en la actualidad. Sigue siendo muy dudoso que alguna vez sea posible restablecer relaciones confiables con Rusia bajo la regencia de Putin. El orden europeo probablemente estará marcado durante los próximos años, si no décadas, por una fase de confrontación o, en el mejor de los casos, de coexistencia.

Al mismo tiempo, el «cambio de época» no debe agotarse exclusivamente en lo militar. La guerra en Ucrania no cambia en nada la necesidad de un concepto integral de seguridad que no solo incluya aspectos militares, sino también políticos, económicos, ecológicos y humanitarios. Al igual que en la crisis anterior desatada por el coronavirus, la guerra en Ucrania subraya una vez más los riesgos que entraña una gran dependencia de ciertas cadenas de suministro, ya sea por la provisión de energía desde Rusia o bien por la infraestructura tecnológica de China. En síntesis: la Unión Europea debe fortalecer su soberanía conjunta y su resiliencia en cuestiones políticas, económicas y tecnológicas estratégicamente importantes.

Al mismo tiempo, es necesario empezar a pensar hoy en cómo se podría restaurar en el futuro un orden de seguridad europeo. Es obvio que con Putin ya no es posible volver al statu quo anterior. Pero tarde o temprano se tendrá que volver a negociar con el Kremlin sobre la seguridad europea. Sin embargo, en el futuro cercano solo podrá haber seguridad contra Rusia y ya no con Rusia. Esto no significa necesariamente que las lecciones de la política de distensión no puedan seguir siendo relevantes en otras regiones del mundo. Por el contrario: en vista de las inmensas tareas que enfrenta la humanidad, como el cambio climático, la lucha contra la pobreza y las pandemias o las migraciones, la cooperación internacional y el sostenimiento de la paz siguen siendo un componente importante de la política exterior y de seguridad alemana y europea, incluso en un mundo cambiante y caracterizado por sistemas de valores en pugna.

Fuente: IPG

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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Ucrania, la economía global de guerra y la crisis del capitalismo

La invasión rusa de Ucrania ha desatado un acalorado debate político sobre las consecuencias geopolíticas del conflicto. Menos advertido, el conflicto ucranio ha abierto el camino para una militarización más amplia de lo que ya era una economía global de guerra cuando el capitalismo global está sumido en una profunda crisis política y económica.

La administración Biden anunció en marzo un aumento de 31 mil millones de dólares en el presupuesto del Pentágono y por encima de una consignación aprobada semanas antes de 14 mil millones de dólares para la defensa de Ucrania. En 2021, Washington aprobó un presupuesto militar de casi 800 mil millones de dólares aun cuando, ese año, puso fin a la guerra en Afganistán. Tras la invasión rusa, los gobiernos de Estados Unidos, Unión Europea y otros asignaron miles de millones más a los gastos militares y enviaron armamentos y contratistas militares privados a Ucrania. Las acciones de las compañías militares y de seguridad se dispararon tras la invasión: Raytheon (8 por ciento), General Dynamics (12), Lockheed Martin (18), Northrop Grumman (22). Las acciones de firmas militares en Europa, In­dia y de otros países tuvieron aumentos similares ante la expectativa de un alza exponencial en el gasto militar global.

La invasión rusa –brutal, imprudente, y condenable– ha desatado debate sobre el papel que la expansión de la OTAN a Ucrania jugó en motivar al Kremlin. Los funcionarios de EU estaban conscientes de que dicha expansión impulsaría a Moscú hacia un conflicto militar, como afirmó un informe reciente de la corporación RAND, consultora del Pentágono. "Las medidas que proponemos se conciben como parte de una campaña para desequilibrar al adversario, causando a Rusia a sobrextenderse militar y económicamente".

Juega aquí un papel central la acumulación militarizada –las guerras sin fin, los conflictos en potencia, los disturbios civiles y políticos, y las acciones policiales– en la economía política global, la cual depende de los mismos para sostener la acumulación de capital ante el estancamiento crónico y la saturación de los mercados globales. Estos procesos abarcando una fusión de la acumulación privada con la militarización estatal para sostener el proceso de la acumulación de capital.

Los ciclos de la destrucción y la reconstrucción proporcionan salidas constantes para el capital sobreacumulado, abriendo posibilidades de reinvertir el dinero que han acumulado los capitalistas trasnacionales. Las guerras proporcionan importante estímulo económico. Históricamente han sacado al sistema capitalista de las crisis en tanto sirven para desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad. Fue la Segunda Guerra Mundial lo que finalmente permitió al capitalismo global salir de la Gran Depresión. La guerra fría legitimó 50 años de aumentos de los presupuestos militares. Las guerras en Irak y Afganistán, las más largas en la historia moderna, ayudaron a mantener a la economía a flote ante el estancamiento crónico en las primeras dos décadas del siglo en curso. Desde el fervor anticomunista de la guerra fría, hasta la "guerra contra el terrorismo", seguido por la llamada nueva guerra fría, y ahora la invasión rusa a Ucrania, la élite trasnacional, encabezada por Washington, ha tenido que conjurar un enemigo tras otro para legitimar la acumulación militarizada y desviar la atención desde las tensiones internas hacia los enemigos externos y las amenazas artificiales.

El 11 de septiembre de 2001 marcó el inicio de una época de guerra global permanente en la cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, y el rastreo –hasta el personal militar– están cada vez más en el dominio privatizado del capital trasnacional. Los gastos militares estatales a escala mundial crecieron más de 50 por ciento desde 2001 hasta la fecha, en tanto se cuadruplicaron las ganancias del complejo militar-industrial. Las compañías militares con fines de lucro emplean unos 15 millones de personas en el mundo, mientras otros 20 millones trabajan en la seguridad privada. El monto gastado en la seguridad privada en 2003, el año de la invasión a Irak, era 73 por ciento más alto que el monto gastado en el sector público, y tres veces más personas estaban empleados en compañías de fuerzas privadas que en las fuerzas del orden público.

Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para resguardar la propiedad corporativa; proporcionar seguridad personal a los ejecutivos y sus familiares; monitorear, espiar y recoger datos; efectuar operaciones policiales, paramilitares, contrainsurgentes y de rastreo; control de multitudes, actividades antidisturbios, y represión de manifestantes; administrar prisiones, y participar en guerra. Estas firmas militares privadas están llegando en masa a Ucrania. Algunas firmas mercenarias ofrecen entre mil y 2 mil dólares al día para quienes tienen experiencia en el combate.

La crisis del capitalismo global es económica, del estancamiento crónico y también política, de la legitimidad de los estados y de la hegemonía capitalista. Miles de millones de personas en el mundo encaran luchas inciertas para la sobrevivencia y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. Las fricciones internacionales crecen en tanto los estados, en su esfuerzo por conservar la legitimidad, buscan sublimar las tensiones políticas y evitar que el orden social se fracture. En el mundo han proliferado las huelgas y protestas en masa. Las guerras y los enemigos externos permiten a los grupos dominantes –en su empeño por retener el dominio– desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad.

En EU, la lucha de clases se intensifica, con una ola de huelgas y campañas de sindicalización en Amazon, Starbucks, y otros sectores de la economía gig. La actual espiral inflacionaria y la escalada de luchas de clase en el mundo subrayan la incapacidad de los grupos dominantes de contender la creciente crisis. El empuje del Estado capitalista de externalizar las repercusiones políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales y los conflictos locales, como en Ucrania, desemboquen en conflagraciones internacionales más amplias y de consecuencias imprevisibles.

Por William I. Robinson, profesor de sociología. Universidad de California en Santa Bárbara

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