Fuentes: CTXT [Imagen: Noam Chomsky, en su antiguo despacho del MIT, en Boston, en febrero de 2015. EDU BAYER]

Los líderes de la OTAN anunciaron el miércoles que la alianza planea reforzar su frente oriental con el despliegue de muchas más tropas –incluidas miles de tropas estadounidenses– en países como Bulgaria, Hungría, Polonia y Eslovaquia, y el envío de “equipos para ayudar a Ucrania a defenderse de las amenazas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares”. Y aunque la propia alianza de la OTAN no está suministrando directamente armas a Ucrania, muchos de sus Estados miembros sí están enviando armas entre las que se incluyen misiles, cohetes, ametralladoras, etc.

Con toda probabilidad, el 24 de febrero, cuando ordenó una invasión en el país vecino tras un largo y masivo despliegue militar en la frontera, el presidente ruso Vladímir Putin creyó que su ejército tomaría Ucrania en cuestión de días.

Sin embargo, un mes más tarde, la guerra continúa y varias ciudades ucranianas han sido devastadas por los ataques aéreos rusos. Las conversaciones de paz se han estancado y no está claro si Putin sigue queriendo derrocar al gobierno o si, por el contrario, pretende ahora una Ucrania “neutral”.

En la siguiente entrevista, Noam Chomsky, académico de renombre mundial y principal voz disidente, comparte sus pensamientos y percepciones sobre las opciones disponibles para poner fin a la guerra en Ucrania, y reflexiona sobre la idea de la guerra “justa” y sobre si la guerra en Ucrania podría provocar la caída del régimen de Putin.

Noam, ya llevamos un mes de guerra en Ucrania y las conversaciones de paz se han estancado. De hecho, Putin está intensificando la violencia mientras Occidente aumenta la ayuda militar a Ucrania. En una entrevista anterior, usted comparó la invasión rusa de Ucrania con la invasión nazi de Polonia. ¿Así, la estrategia de Putin es la misma que la de Hitler? ¿Quiere ocupar toda Ucrania? ¿Intenta reconstruir el imperio ruso? ¿Por eso se han estancado las negociaciones de paz?

Hay muy poca información creíble sobre las negociaciones. Algunas de las informaciones que se filtran no parecen muy optimistas. Hay buenas razones para suponer que si Estados Unidos aceptara participar seriamente, con un programa constructivo, aumentarían las posibilidades de poner fin al horror.

El que sería un programa constructivo, al menos en líneas generales, no es ningún secreto. El elemento principal es el compromiso de neutralidad de Ucrania: no pertenecer a una alianza militar hostil, no acoger armas que apunten a Rusia (incluso las que llevan el engañoso nombre de “defensivas”), no realizar maniobras militares con fuerzas militares hostiles.

No se trata de nada nuevo en el ámbito internacional, incluso aunque no se reconozca de forma oficial. Todo el mundo entiende que México no puede unirse a una alianza militar dirigida por China, colocar armas chinas apuntando a Estados Unidos y realizar maniobras militares con el Ejército Popular de Liberación.

En resumen, un programa constructivo sería todo lo contrario a la Declaración Conjunta sobre la Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania firmada por la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021. Este documento, que recibió poca atención, declaró enérgicamente que la puerta para que Ucrania ingrese en la OTAN (la Organización del Tratado del Atlántico Norte) está abierta de par en par. También “concluía un Marco Estratégico de Defensa que crea una base para la mejora de la cooperación estratégica en materia de defensa y seguridad entre Estados Unidos y Ucrania”, lo cual proporciona a Ucrania armas avanzadas antitanque y de otro tipo, junto con un “sólido programa de entrenamiento y maniobras acorde con el estatus de Ucrania como Socio de Oportunidades Mejoradas de la OTAN”.

Todo el mundo entiende que México no puede unirse a una alianza militar dirigida por China, colocar armas chinas apuntando a Estados Unidos y realizar maniobras militares con el Ejército Popular de Liberación

La declaración fue otra maniobra para provocar a la bestia. Se trata de otra aportación a un proceso que la OTAN (es decir, Washington) ha estado perfeccionando desde que, en 1998,  Bill Clinton violara el firme compromiso que hizo George H.W. Bush de no ampliar la OTAN hacia el Este, una decisión que suscitó serias advertencias por parte de diplomáticos de alto nivel como George Kennan, Henry Kissinger, Jack Matlock, (el actual director de la CIA) William Burns, y muchos otros, y por la que el secretario de Defensa William Perry estuvo a punto de dimitir en señal de protesta, junto con una larga lista de personas que sabían muy bien lo que hacían. A esto hay que añadirle, por supuesto, las acciones agresivas que atacaban directamente los intereses de Rusia (Serbia, Irak, Libia y crímenes menores), llevadas a cabo de modo que maximizaran la humillación.

No es difícil sospechar que la declaración conjunta fue un factor que provocó que Putin, y el reducido círculo de “hombres duros” que le rodean, decidieran aumentar su movilización anual de fuerzas en la frontera ucraniana en un esfuerzo por atraer la atención respecto a sus preocupaciones en materia de seguridad, en este caso con la agresión criminal directa, que, de hecho, podemos comparar con la invasión nazi de Polonia (junto con Stalin).

La neutralización de Ucrania es el elemento principal de un programa constructivo, pero hay más. Se debería intentar avanzar hacia algún tipo de acuerdo federal para Ucrania que implique un grado de autonomía para la región del Donbás, de acuerdo con las líneas generales de lo que queda de Minsk II. Una vez más, esto no sería nada nuevo en el ámbito internacional. No hay dos casos idénticos y ningún ejemplo real se acerca lo más mínimo a la perfección, pero existen estructuras federales en Suiza y Bélgica, entre otros casos, e incluso en Estados Unidos hasta cierto punto. Los esfuerzos diplomáticos serios podrían encontrar una solución a este problema o al menos contener las llamas.

Y las llamas son reales. Se calcula que, en esta región, desde 2014, unas 15.000 personas han muerto en el conflicto.

Eso nos deja con Crimea. Respecto a Crimea, Occidente tiene dos opciones. Una es reconocer que, de momento, la anexión rusa es sencillamente un hecho, que sería irreversible sin acciones que destruirían Ucrania y posiblemente mucho más. La otra es ignorar las muy probables consecuencias y hacer gestos heroicos sobre cómo Estados Unidos “nunca reconocerá la supuesta anexión de Crimea por parte de Rusia”, como proclama la declaración conjunta, acompañados de numerosas declaraciones elocuentes de personas que están dispuestas a condenar a Ucrania a una catástrofe total mientras pregonan su valentía.

Nos guste o no, esas son las opciones.

¿Quiere Putin “ocupar toda Ucrania y reconstruir el imperio ruso”? Sus objetivos anunciados (principalmente la neutralización) difieren bastante, incluida su declaración de que sería una locura intentar reconstruir la antigua Unión Soviética, pero puede que haya tenido algo así en mente. Si es así, es difícil imaginar lo que él y su círculo siguen haciendo. Para Rusia, ocupar Ucrania haría que su experiencia en Afganistán parezca un picnic en el parque. A estas alturas eso está muy claro.

Putin tiene la capacidad militar –y a juzgar por Chechenia y otras correrías, la capacidad moral– para dejar a Ucrania en ruinas. Eso significaría el fin de la ocupación, el fin del imperio ruso y el fin de Putin.

Nuestra atención se centra, como es lógico, en el incremento de los horrores provo cados por la invasión de Ucrania por parte de Putin. Sin embargo, sería un error olvidar que la declaración conjunta tan solo es uno de los deleites que las mentes imperialistas están conjurando en silencio.

Putin tiene la capacidad militar para dejar a Ucrania en ruinas. Eso significaría el fin de la ocupación, el fin del imperio ruso y el fin de Putin

Hace unas semanas hablamos de la Ley de Autorización de la Defensa Nacional del presidente Biden, tan poco conocida como la declaración conjunta. Este brillante documento –citando de nuevo a Michael Klare– aboga por “una cadena ininterrumpida de Estados centinela armados por Estados Unidos –que se extiende desde Japón y Corea del Sur en el norte del Pacífico hasta Australia, Filipinas, Tailandia y Singapur en el sur y la India en el flanco oriental de China–”, con la intención de rodear a China, incluyendo a Taiwán, “de un modo bastante ominoso”.

Podríamos preguntarnos cómo se siente China ante el hecho de que, según se informa, el comando indopacífico de Estados Unidos está planeando reforzar el cerco, duplicando su gasto en el año fiscal 2022, en parte para desarrollar “una red de misiles de ataque de precisión a lo largo de la llamada primera cadena de islas”.

Es para defenderse, por supuesto, de modo que los chinos no tienen por qué preocuparse.

Hay pocas dudas de que la agresión de Putin contra Ucrania incumple la teoría de la guerra justa, y que la OTAN también es moralmente responsable de la crisis. Pero ¿qué pasa con el hecho de que Ucrania arme a los civiles para que luchen contra los invasores? ¿No está moralmente justificado por los mismos motivos que la resistencia contra los nazis?

La teoría de la guerra justa, lamentablemente, tiene tanta relevancia en el mundo real como la “intervención humanitaria”, la “responsabilidad de proteger” o la “defensa de la democracia”.

A primera vista, parece una obviedad que un pueblo en armas tiene derecho a defenderse de un agresor brutal. Pero como siempre en este triste mundo, cuando se piensa un poco en ello, surgen preguntas.

Por ejemplo, la resistencia contra los nazis. Difícilmente podría haber habido una causa más noble.

Uno puede ciertamente entender y simpatizar con los motivos de Herschel Grynszpan cuando asesinó a un diplomático alemán en 1938; o con los partisanos entrenados por los británicos que mataron al asesino nazi Reinhard Heydrich en mayo de 1942. Y uno puede admirar su coraje y pasión por la justicia, sin reservas.

Sin embargo, ahí no acaba la cosa. El primero sirvió de pretexto de los nazis para las atrocidades de la Kristallnacht e impulsó aún más el plan nazi para lograr sus espantosos resultados. El segundo dio lugar a las impactantes masacres de Lidice.

Los hechos tienen consecuencias. Los inocentes sufren, quizá terriblemente. Las personas con valores morales no pueden esquivar estas cuestiones. Es inevitable que surjan preguntas cuando consideramos armar a quienes se resisten valientemente a la agresión asesina.

Eso es lo de menos. En el caso actual, también tenemos que preguntarnos qué riesgos estamos dispuestos a asumir de una guerra nuclear, que no solo supondrá el fin de Ucrania sino mucho más, hasta lo verdaderamente impensable.

No es alentador que más de un tercio de los estadounidenses esté a favor de “emprender acciones militares [en Ucrania] aunque se corra el riesgo de iniciar un conflicto nuclear con Rusia”, tal vez inspirados por comentaristas y líderes políticos que deberían pensárselo dos veces antes de imitar a Winston Churchill.

Quizá exista el modo de proporcionar las armas necesarias a los defensores de Ucrania para repeler a los agresores y al mismo tiempo evitar las graves consecuencias. Pero no debemos engañarnos creyendo que se trata de un asunto sencillo, que se resuelve con declaraciones audaces

¿Prevé usted una evolución política dramática dentro de Rusia si la guerra dura mucho más tiempo o si los ucranianos resisten incluso después de que hayan terminado las batallas oficiales? Al fin y al cabo, la economía rusa ya está asediada y podría acabar con un colapso económico sin parangón en la historia reciente.

No sé lo suficiente sobre Rusia ni siquiera para aventurar una respuesta. Una persona que sí sabe lo suficiente al menos para “especular” –y solo eso, como él mismo nos recuerda– es Anatol Lieven, cuyas apreciaciones han sido una guía muy útil en todo momento. Considera muy poco probable que ocurran “acontecimientos políticos dramáticos” debido a la naturaleza de la dura cleptocracia que Putin ha construido cuidadosamente. Entre las conjeturas más optimistas, “el escenario más probable”, escribe Lieven, “es una especie de semigolpe, la mayor parte del cual nunca se hará público, por el que Putin y sus colaboradores inmediatos dimitirán ‘voluntariamente’ a cambio de que se garantice su inmunidad personal frente a la detención y la riqueza de su familia. Quién sería el sucesor del presidente en estas circunstancias es un interrogante que queda totalmente abierto”.

Y no es necesariamente un interrogante fácil de digerir.

Por C.J. Polychroniou | 28/03/2022 | Noam Chomsky

Texto original: https://truthout.org/articles/chomsky-lets-focus-on-preventing-nuclear-war-rather-than-debating-just-war/

Traducción: Paloma Farré

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No nos dejemos aplastar por la geopolítica

La geopolítica trata de pensamientos y modos de ver el mundo imperiales, al servicio de los estados más poderosos. Surgió de ese modo y sigue siéndolo, aunque algunos intelectuales se empeñan en una suerte de "geopolítica de izquierdas", o hasta "revolucionaria".

La geopolítica surge a comienzos del siglo XX entre geógrafos y estrategas militares del norte, que vinculan las realidades geográficas con las relaciones internacionales. El término apareció por primera vez en un libro del geógrafo sueco Rudolf Kjellén, titulado El Estado como forma de vida. El almirante estadunidense Alfred Mahan desarrolló la estrategia del dominio naval, mientras Nicholas Spykman delimitó las regiones de América Latina donde Estados Unidos debe mantener un control absoluto para garantizar su dominio global.

La geopolítica tuvo un gran desarrollo en la Alemania de principios del siglo XX, alcanzando gran difusión durante el nazismo. En América Latina, los militares de la dictadura brasileña (1964-85), como Golbery do Couto e Silva, se basaron en la geopolítica para defender la expansión de Brasil, para terminar de ocupar la Amazonia y convertirse en el hegemón regional.

No me interesa profundizar en esta disciplina, sino en sus consecuencias sobre los pueblos. Si la geopolítica trata de las relaciones entre estados, y en particular sobre el papel de los que buscan dominar el mundo, el gran ausente en este pensamiento son los pueblos, las multitudes oprimidas que ni siquiera son mencionadas en sus análisis.

Buena parte de quienes justifican la invasión rusa de Ucrania llenan páginas denunciando las atrocidades de Estados Unidos. Uno nos recuerda: "Estados Unidos realizó 48 intervenciones militares en la década de 1990 y se involucró en varias guerras sin fin, durante las dos primeras décadas del siglo XXI" (https://bit.ly/36hrNbt).

Agrega que en ese periodo, los estadunidenses "realizaron 24 intervenciones militares alrededor del mundo y 100 mil bombardeos aéreos, y sólo en 2016, durante el gobierno de Barack Obama, lanzaron 16 mil 171 bombas sobre siete países".

La lógica de estos análisis, dice algo así: el imperio A es terriblemente cruel y criminal; pero el imperio B es mucho menos dañino porque, evidentemente, sus crímenes son mucho menores. Como Estados Unidos es una máquina imperial que asesina cientos o decenas de miles cada año, ¿por qué levantar la voz contra quien mata apenas unos pocos miles, como Rusia?

Este es el modo de hacer política rastrero y calculador que no toma en cuenta el dolor humano, que considera que los pueblos son sólo números en las estadísticas de la muerte, o los considera apenas como carne de cañón, como números en una balanza que sólo mide beneficios empresariales y estatales.

Por el contrario, los de abajo ponemos en primer lugar a los pueblos, a las clases, colores de piel y sexualidades oprimidas. Nuestro punto de partida no son los estados, ni las fuerzas armadas, ni el capital. No ignoramos que existe un escenario global, naciones expansionistas e imperialistas. Pero analizamos ese escenario para decidir cómo actuar como movimientos y organizaciones de abajo.

En El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916 durante la Primera Guerra Mundial, Lenin analizó el capitalismo monopolista como causa de la guerra. Pero no tomó partido por ningún bando y se esforzó por transformar la carnicería en revolución.

De ese modo trabajó Immanuel Wallerstein. Su teoría sobre el sistema-mundo pretende comprender y explicar cómo funcionan las relaciones políticas y económicas en un planeta globalizado, con el objetivo de impulsar la transformación social.

Se trata de herramientas útiles para los pueblos en movimiento. Porque la comprensión de cómo funciona el sistema, lejos de conducirnos a justificar alguna de las potencias en pugna, nos lleva a prever las consecuencias que tendrá sobre los de abajo.

El zapatismo nombra como "tormenta" el caos sistémico que estamos viviendo y además considera que es necesario comprender los cambios en el funcionamiento del capitalismo. Respecto de lo primero, la conclusión es que hay que prepararse para enfrentar situaciones extremas, que nunca hemos vivido. ¿Hemos pensado que pueden utilizarse armas atómicas en los próximos años?

Respecto de lo segundo, aunque los zapatistas no lo mencionan de forma explícita por lo que recuerdo, es evidente que el 1 por ciento más rico ha secuestrado los estados-nación, que no existen medios de comunicación, sino de intoxicación y que las democracias electorales son cuentos de hadas, cuando no excusas para perpetrar genocidios. En consecuencia, no se dejan enredar en la lógica estatal.

Estamos ante momentos dramáticos para la sobrevivencia de la humanidad. Debemos elevar la mirada y no dejarnos arrastrar en el lodazal geopolítico. Cuando la bruma es tan espesa que impide distinguir la luz de la sombra, confiemos en los principios éticos para seguir adelante.

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Sahra Muse consuela a su hijo, Ibrahim Alí, ambos afectados por la hambruna, en un campamento en el área de Garasbaley, en las afueras de Mogadiscio, Somalia.Foto Ap

En vísperas del impactante periplo de Joe Biden (con 58 por ciento de rechazo ciudadano) a Europa –donde se reunirá con la OTAN, el Consejo Europeo y el G-7, además de visitar Polonia–, su asesor de Seguridad Nacional, el israelí-estadunidense y connotado rusófobo congénito Jake Sullivan (JS), quien fabricó el fake Russiagate (https://bit.ly/3D2L786), proclamó que Biden "dialogará con sus aliados de la OTAN antes de usar armas nucleares" (Daily Mail, 22/3/22). ¡Megasic!

Se trata de una bravata coreográfica de JS, pésimo estratega que no pudo seducir a China, más firme que nunca en su alianza con Rusia, ni tampoco persuadir a India para condenar a Moscú, ya no se diga haber perdido la Liga Árabe de 22 países (con excepción del Líbano), y al no contar con el apoyo del mundo islámico de mil 800 millones de feligreses ni de la mayoría de África y países relevantes de Latinoamérica, JS cargó con la humillante necesidad de coquetear hoy con los "malos" de ayer, Irán y Venezuela, lo que refleja la gestación del "nuevo orden petrolero mundial" (https://bit.ly/3tw5K9K).

Rusia se encuentra ya en "estado de alerta nuclear", al unísono de su "operación especial" de "desmilitarización y desnazificación de Ucrania" (https://reut.rs/3D0NIzw).

El mundo se fracturó en Ucrania, con su "Nuevo Muro de Kiev" (https://bit.ly/3D0Y1Ue), en dos bloques: el eje EU-OTAN-Unión Europea y sus satélites periféricos –que en realidad no es un bloque, ya que la voluntad unipolar de EU prevalece ante todo y todos– y el eje euroasiático de Rusia y China con sus aliados, unos reales, otros de circunstancia.

A un nivel más terrenal de supervivencia humana, se agudizan la crisis alimentaria y la proliferación de hambrunas, que golpean particularmente a Medio Oriente –con excepción de las pudientes seis petromonarquías del Golfo Pérsico– y al continente africano (Financial Times, 21/3/22). Tampoco escapan de la crisis alimentaria países europeos de elevados ingresos como Francia, España e Italia, que han empezado a romper su de por si frágil tejido social.

A pocos días de la crucial elección presidencial en Francia, única potencia europea continental dotada de 300 bombas atómicas de su force de frappe, llamó poderosamente la atención que su presidente Emmanuel Macron –anterior funcionario de la Banca Rothschild y empedernido globalista neoliberal–, en una reconversión inverosímil, haya proferido términos anatemizados contra el nacionalismo soberanista, como "soberanía alimentaria", "seguridad alimentaria" e "independencia alimentaria" (https://bit.ly/36GDN6g).

Macron vaticina una severa crisis alimentaria en Medio Oriente-África en los próximos 12 a 18 meses como consecuencia del conflicto en Ucrania que, con Rusia, representa 30 por ciento del cultivo del trigo a escala mundial, sin contar los fertilizantes de Bielorrusia y Moscú.

Antes del conflicto en Ucrania, el covid-19, la crisis de la cadena de suministro y su transporte terrestre-marítimo, además del intermitente binomio sequías-inundaciones, habían propulsado la grave crisis alimentaria en el planeta, donde China se ha colocado "a su máxima alerta por las amenazas a su seguridad alimentaria", según SCMP, con sede en Hong Kong (https://bit.ly/3D1ol0q).

Antes SCMP había elaborado los "cinco rubros preocupantes para la seguridad alimentaria" de China, que "urge a sus ciudadanos a almacenar sus necesidades diarias" (https://bit.ly/3DbBPqI)”.

1) China "importa más de 80 por ciento de la soya que consume"; 2) "no compite ante la cadena de abasto global" del cuarteto oligopólico israelí-anglosajón ABCD: ADM-Bunge-Cargill-Dreyfus (Louis); 3) búsqueda de semillas-microchips agrícolas, que incluyan organismos genéticamente modificados; 4) pérdida de tierra fértil, y 5) pérdida de "reservas estratégicas" y corrupción.

Pregunta tonta: ¿Por qué los globalistas neoliberales Bill Gates (https://bit.ly/3ul9cTH) y el israelí-anglosajón George Soros (https://bit.ly/3iuLKOw) andan comprando en forma frenética tierras para el cultivo? ¿"Alguien" estará buscando una impronunciable "guerra alimentaria" (https://bit.ly/3D5YMeB)?

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Fuentes: Observatorio de la crisis

 “La Unión Económica Euroasiática, liderada por Rusia y China, acaba de acordar diseñar el mecanismo para un sistema financiero y monetario independiente que evitaría las transacciones en dólares“.

Tardó en llegar, pero finalmente se están revelando algunos lineamientos claves de los nuevos cimientos del mundo multipolar.

El viernes, tras una reunión por videoconferencia, la Unión Económica Euroasiática (EAEU) y China acordaron diseñar el mecanismo para un sistema monetario y financiero internacional independiente . La EAEU, formada por Rusia, Kazajstán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia, está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China (BRI).

A todos los efectos prácticos, la idea proviene de Sergei Glazyev, el principal economista independiente de Rusia, exasesor del presidente Vladimir Putin y Ministro de Integración y Macroeconomía de la Comisión Económica de Eurasia , el organismo regulador de la EAEU.

El papel central de Glazyev en el diseño de la nueva estrategia económica-financiera de Rusia y Eurasia ya lo hemos aquí en otros artículos. Glazyev vio venir que el apretón financiero occidental sobre Moscú muchos años antes que otros.

Con bastante diplomacia, Sergei Glazyev atribuyó la realización de la idea a “los desafíos y riesgos comunes asociados con la desaceleración económica mundial y las medidas restrictivas contra los estados de la UEEA y China”. Traducción: como China es una potencia euroasiática tanto como Rusia, necesitan coordinar sus estrategias para eludir el sistema unipolar de EEUU.

El sistema euroasiático se basará en “una nueva moneda internacional”, muy probablemente con el yuan como referencia, que se calculará con un índice de las monedas nacionales de los países participantes, así como con los precios de las materias primas. El primer borrador se discutirá a finales de mes.

El sistema euroasiático está destinado a convertirse en una alternativa seria al dólar estadounidense, ya que la EAEU puede atraer no solo a las naciones que se han unido al BRI (Kazajstán, por ejemplo, es miembro de ambos), sino también con los principales actores de la Organización de Cooperación de Shanghai ( SCO) así como la ASEAN. Los países de Asia occidental (Irán, Irak, Siria, Líbano) estarán inevitablemente interesados.

A medio y largo plazo, la difusión del nuevo sistema se traducirá en el debilitamiento del sistema de Bretton Woods, que incluso estrategas y actores serios del “mercado” estadounidense admiten que está podrido desde dentro. El dólar estadounidense y la hegemonía imperial se enfrentan a mares tormentosos.

¿Dónde está ese oro congelado?

Mientras tanto, Rusia tiene un serio problema que abordar. El fin de semana pasado, el ministro de Finanzas, Anton Siluanov, confirmó que la mitad de las reservas de oro y divisas de Rusia han sido congeladas por las sanciones unilaterales. Es sorprendente que los expertos financieros rusos hayan colocado gran parte de la riqueza de la nación donde el “Imperio de las Mentiras” (copyright Putin) puede acceder fácilmente a esta riqueza e incluso confiscarla.

Al principio no estaba muy claro a qué se refería Siluanov. ¿Cómo es posible que Nabiulina y su equipo del Banco Central permitan que la mitad de las reservas de divisas e incluso el oro se almacenen en bancos y/o bóvedas occidentales? ¿O se trata de una táctica de distracción astuta de Siluanov?

Nadie está mejor equipado para responder a estas preguntas que Michael Hudson, autor de la reciente edición revisada de Superimperialismo: La estrategia económica del Imperio Americano.

Hudson es bastante franco: “Cuando escuché por primera vez la palabra ‘congelado’, pensé que esto significaba que Rusia no iba a gastar sus preciosas reservas de oro en apoyar al rublo, tratando así de impedir una incursión al estilo de Soros desde Occidente. Pero ahora la palabra ‘congelado’ parece significar que Rusia lo envió al extranjero, que está fuera de su control”.

Esencialmente, todo sigue en el aire: “Mi primera lectura asumió que Rusia debe estar haciendo algo inteligente. Si fue inteligente mover el oro al extranjero, tal vez estaba haciendo lo que hacen otros bancos centrales: ‘prestarlo’ a los especuladores, a cambio de un pago de intereses”.

“Hasta que Rusia le diga al mundo dónde puso su oro y por qué, no podemos entender lo que ha pasado. ¿El oro se depositó en el Banco de Inglaterra, incluso después que Inglaterra confiscara el oro de Venezuela? ¿Se depositó en la Reserva Federal de EEUU, incluso después que la Reserva Federal confiscara las reservas de Afganistán?”

Hasta el momento no ha habido ninguna aclaración ni de Siluanov ni de Nabiulina. Las especulaciones hablan incluso de “unas vacaciones a Siberia por traición a la patria”.

Hudson agrega elementos importantes al rompecabezas:

“Si [las reservas] están congeladas, ¿por qué Rusia está pagando intereses sobre su deuda externa al vencimiento? ¿Puede ordenar al “congelador” que pague y echarle la culpa por el incumplimiento? Rusia debería recordar que EEUU congeló la cuenta bancaria de Irán cuando el país persa trató de pagar los intereses de su deuda denominada en dólares. También puede exigir que los países de la OTAN paguen por adelantado con oro físico las compras de gas y petróleo. O… puede enviar paracaidistas al Banco de Inglaterra y recuperar el oro, algo así como Goldfinger en Fort Knox. Lo importante es que Rusia explique lo que pasó y cómo fue este ataque. Esta experiencia es una fuerte advertencia a otros países”.

Hablando muy en serio , Hudson hace un guiño a Sergei Glazyev: “Tal vez Rusia debería nombrar a una persona no pro-occidental en el Banco Central”.

Un cambio fundamental en el juego

Es tentador leer en las palabras del ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, en la cumbre diplomática en Antalya, una admisión velada de que Moscú puede no haber estado totalmente preparado para la artillería financiera pesada desplegada por los estadounidenses:

“Resolveremos el problema, y la solución será dejar de depender de nuestros socios occidentales, ya sean gobiernos o empresas que actúan como herramientas de agresión política occidental contra Rusia en lugar de limitarse a hacer negocios. Nos aseguraremos de que nunca más nos encontremos en una situación similar y que ni un Tío Sam, ni nadie más, pueda tomar decisiones encaminadas a destruir nuestra economía. Encontraremos una manera de eliminar esta dependencia. Deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo”.

Entonces, ese “hace mucho tiempo” comienza ahora. Y uno de sus pilares será el sistema financiero euroasiático. Mientras tanto, «el mercado» (como le llaman al casino especulativo estadounidense) ha «juzgado» (según sus propios oráculos) que las reservas de oro rusas, las que se quedaron en Rusia, no pueden respaldar totalmente al rublo.

Ese no es el problema. Los oráculos al que se les lavó el cerebro durante décadas, creen que el Hegemón dicta lo que hace «el mercado». Ahora sabemos que eso es mera propaganda. El hecho crucial es que, con el nuevo paradigma emergente, las naciones de la OTAN representan, en el mejor de los casos, el 15 por ciento de la población mundial. Rusia no se verá obligada a practicar la autarquía porque no necesita hacerlo: la mayor parte del mundo, como hemos visto por el considerable número de naciones que no la sancionan, está lista para hacer negocios con Moscú.

Irán ha demostrado cómo hacerlo. Los comerciantes del Golfo Pérsico confirmaron que Irán está vendiendo no menos de 3 millones de barriles de petróleo por día, incluso ahora, sin el JCPOA firmado (acuerdo del Plan de Acción Integral Conjunta, actualmente en negociación en Viena). El petróleo se vuelve a etiquetar, se pasa de contrabando y se transfiere desde camiones cisterna en la oscuridad de la noche.

Otro ejemplo: la Indian Oil Corporation (IOC), con una enorme refinería, acaba de comprar 3 millones de barriles rusos a la empresa Vitol que serán enviados en mayo. No hay sanciones contra el petróleo ruso, al menos no todavía.

El plan de Washington es manipular a Ucrania, utilizar al país como un peón desechable, para arrasar Rusia y luego golpear a China. Esencialmente, el conocido divide y vencerás, para aplastar no solo a uno sino a dos competidores en Eurasia que avanzan como socios estratégicos integrales.

Toda la cháchara sobre «destruir los mercados rusos», acabar con la inversión extranjera, destruir el rublo, realizar un «embargo comercial total», expulsar a Rusia de «la comunidad de naciones», etc., es para las galerías zombificadas. Irán ha estado lidiando con lo mismo durante cuatro décadas y ha sobrevivido.

La justicia poética, como insinuó Lavrov, ahora dictamina que Rusia e Irán están a punto de firmar un acuerdo muy importante, que probablemente sea un equivalente de la asociación estratégica Irán-China. Los tres nodos principales de la integración de Eurasia están perfeccionando su interacción sobre la marcha y, más temprano que tarde, estarán utilizando un nuevo sistema monetario y financiero independiente.

Pero hay más justicia poética en camino, esta es la última noticia que cambia el juego. Y llegó mucho antes de lo que todos pensábamos.

Arabia Saudita está considerando aceptar yuanes chinos, y no dólares estadounidenses, por vender petróleo a China. Traducción: Beijing dijo a Riyadh que este es el nuevo ritmo. El final del petrodólar está cerca, y este es un clavo indispensable en el ataúd del hegemón.

Mientras tanto hay un misterio por resolver: ¿dónde está ese oro ruso congelado?

16 marzo, 2022

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2022/03/16/un-nueva-moneda-internacional-anuncia-el-fin-de-la-hegemonia-del-dolar/

Publicado enEconomía
Lunes, 21 Marzo 2022 07:42

Un conflicto global

Un conflicto global

Aunque por ahora la guerra se desarrolla en un teatro de operaciones limitado al territorio de Ucrania, sus repercusiones son planetarias: ningún país está a salvo de sus efectos. La posición de China, el rearme alemán y el acercamiento entre Estados Unidos y Venezuela así lo demuestran.

La guerra en Ucrania marca el inicio de una nueva edad geopolítica. Sus consecuencias ya se sienten en todo el mundo: ningún país, por lejano que se encuentre, está a salvo de los efectos del conflicto.

En primer lugar, se trata de una confrontación entre dos países –uno grande, el otro mediano– que se desarrolla en un teatro local, preciso (el territorio de Ucrania, sobre todo en el Este), y que se está extendiendo por más tiempo de lo originalmente previsto. En un principio, se podía imaginar, con cierta razonabilidad, que las fuerzas armadas rusas podían conseguir sus objetivos mediante una operación relámpago de pocos días. Pero esto no se produjo, y el estado mayor ruso se enfrenta hoy a un dilema entre dos necesidades contradictorias: 1) ir rápido, y 2) preservar vidas humanas. Recordemos que la «operación militar especial» de Putin tiene también por objetivo conquistar los corazones de los ucranianos rusoparlantes, pero no se conquistan corazones machacando a la gente con bombardeos, incendios y destrucciones… O sea, las fuerzas rusas no pueden desplegar una guerra relámpago y al mismo tiempo preservar la vida de la población civil, que está sufriendo grandes pérdidas.

La ofensiva se ha vuelto por lo tanto más lenta y más peligrosa, y no debe descartarse una escalada. El presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, le exigió a la OTAN y a EE.UU. que establezcan una prohibición de sobrevuelo –una zona de exclusión– sobre el territorio ucraniano, cosa que las potencias occidentales no aceptaron, porque en los hechos significaría derribar aviones rusos… Rusia, por su parte, anunció que no la respetaría. Llegar a esta situación implicaría un choque directo entre Rusia y las fuerzas de la OTAN, o sea, una guerra nuclear, que hasta ahora se procura evitar.

En el actual escenario, el objetivo principal de Estados Unidos podría ser inmovilizar por largo tiempo, enlodar, a las fuerzas rusas en los campos de Ucrania. Literalmente. Es decir, lograr que queden empantanadas. Hay que tener en cuenta un elemento estratégico que no siempre se considera: la invasión rusa se inició el 24 de febrero, cuando los campos ucranianos todavía estaban cubiertos de nieve; la tierra congelada, dura, permitía que los tanques y los camiones avanzaran sin problemas campo a través. Porque muchas carreteras y puentes están minados, saboteados o destruidos… Pero en poco más de un mes, cuando lleguemos a fines de abril, comenzará allí la primavera, la temperatura subirá y la nieve y el hielo transformarán las inmensas estepas ucranianas en barro… Los tanques, los camiones y los vehículos de las largas líneas de aprovisionamiento de Rusia comenzarán a enterrarse, a inmovilizarse, y esto marcará el comienzo de una guerra totalmente diferente… Fue, sin ir más lejos, lo que le ocurrió al ejército alemán cuando Hitler se topó con la resistencia soviética en Ucrania. Por eso Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes. Si no, se expone a un conflicto largo en cierta manera al estilo Afganistán. ¿Y qué ocurriría si, entre tanto, sucede algo en otro teatro de operaciones de los rusos, por ejemplo en Siria? Rusia no cuenta con la capacidad para llevar a cabo dos guerras de gran envergadura al mismo tiempo. Ni siquiera la tiene Estados Unidos, que es una potencia económicamente muy superior.

Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes.

Más allá de lo que ocurra en el terreno concreto de la batalla, por lo demás se trata de un conflicto mundial: comercial, financiero y mediático, con derivaciones incluso deportivas y culturales. Es un conflicto que no deja a ningún país al margen. Nadie puede decir, se encuentre donde se encuentre, que se trata de un conflicto ajeno. Esto le da a esta guerra un carácter único desde la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría.

La batería de sanciones o medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea junto a sus aliados, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, repercuten de manera global. Esto se refleja ya en los precios de la energía y los carburantes, que han pegado un salto: Rusia, como se sabe, es un gran productor de petróleo y gas, Ucrania de carbón. Las dificultades para sostener la producción y las sanciones están limitando al aprovisionamiento, sobre todo en Europa. Por Ucrania, además, pasan los oleoductos y gasoductos que llevan petróleo y el gas ruso a Europa, que depende aproximadamente en un 40 % de esos hidrocarburos. Todo esto altera de manera muy acelerada la geopolítica de la energía. Y produce nuevos efectos sobre las sociedades. El gas y el petróleo son clave para la producción de electricidad, porque muchas centrales generadoras funcionan con petróleo. Esto ha hecho que la electricidad, por ejemplo en España, alcance precios altísimos, o que otros países, como Alemania, vuelvan a plantearse la necesidad de mantener las centrales nucleares.

Del mismo modo, metales como el aluminio, el cobre y el níquel registraron un aumento de precios exorbitante. El níquel superó los 100 mil dólares la tonelada. Las fábricas de automóviles, en particular las de modelos más modernos y caros, están sufriendo los nuevos precios. BMW está estudiando si detiene su producción. Rusia es además una gran productora de titanio, clave para la fabricación de microprocesadores (chips), que ya venían en crisis por la pandemia.

En otras palabras, sobre una situación de grave recesión económica mundial provocada por el Covid, el estallido de la guerra de Ucrania y las sanciones impulsan un aumento del costo de vida tan elevado que probablemente despierte movimientos de protesta y eleve el descontento con los gobiernos en muchos países, entre ellos los de América Latina. La traducción política de la guerra probablemente sea una ola de manifestaciones y reclamos sociales a través del planeta.

Pero las ramificaciones de la pandemia también se sienten en los posicionamientos de las grandes potencias mundiales. China, la segunda potencia global, mantiene una posición cercana a Rusia, en un momento delicado y difícil, sin romper necesariamente con el mundo occidental. Por Rusia y Ucrania pasan parte de las nuevas rutas de la seda, el gran proyecto de infraestructura china, que ahora están parcialmente interrumpidas por la guerra y las sanciones. Para China, la guerra supone un golpe económico fuerte, en la medida en que afecta un proyecto fundamental, definido por Xi Jinping como uno de los ejes del desarrollo chino y de su despliegue por el mundo.

Por otra parte, como consecuencia de las sanciones, Rusia pasa a depender cada vez más de China. En cierta medida, las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y Europa empujan a Rusia a una creciente dependencia de China, que podría adquirir una capacidad hegemónica sobre Rusia. Al mismo tiempo estamos viendo una eventual amenaza de sanciones a China en caso de que le ofrezca a Rusia soluciones que le permitan evitar las sanciones o morigerar su efecto. Por eso China ha mantenido una línea de cooperación con Moscú sin alinearse de maneta unívoca con la posición rusa. Por ejemplo, no votó en contra de la resolución de Naciones Unidas de condena a Rusia; se abstuvo.

Otra consideración, en un contexto de río revuelto como el actual, China teme que Estados Unidos aproveche la ocasión para lanzar alguna iniciativa en favor de Taiwán, por ejemplo si Taiwán inicia una maniobra militar preventiva con la excusa de una inminente invasión china al estilo de la de Rusia sobre Ucrania; o si Estados Unidos y sus aliados avanzan en mayores niveles de reconocimiento político y diplomático a Taiwán. Asimismo, el gobierno estadounidense anunció recientemente que revisará el esquema de subsidios de China a aquellas industrias cuyos productos se colocan en el mercado norteamericano con vistas a un posible aumento de aranceles, retomando la guerra comercial que en su momento había intensificado Donald Trump. En suma, se ve una voluntad de Washington de hostigar a China, reafirmando que el objetivo estratégico principal de Estados Unidos en el siglo XXI es contener a China, debilitarla de modo tal que no logre superar a Estados Unidos y disputarle su hegemonía.

El otro actor importante, junto a Estados Unidos y China, es Europa. Y en este sentido la consecuencia más significativa de la guerra es el rearme alemán. Desde la finalización de la Segunda Guerra, Alemania no contaba con fuerzas armadas importantes ni con un presupuesto militar relevante. Era la OTAN, y en última instancia los EEUU, de acuerdo a los pactos firmados tras el fin del conflicto armado, quienes aseguraban esencialmente la defensa alemana. Hace pocos días, sin embargo, el canciller Olaf Scholz anunció un programa de rearme colosal, de más de 100 mil millones de euros, que incluye el relanzamiento de la industria militar alemana, la reconstrucción de los astilleros, la fuerza armada, la aviación… Los recursos totales equivalen a casi el 3 % del presupuesto anual, es decir casi tanto como Estados Unidos. Es una verdadera revolución militar, que tendrá impactos geopolíticos (aunque siga sin disponer de armas nucleares, Alemania se convertirá pronto en la principal potencia militar europea) y económicos (Alemania es el único país realmente industrializado de Europa y el mayor exportador industrial del mundo per cápita; puesto a fabricar armas, barcos, submarinos o drones, podemos apostar que producirá una conmoción en la industria armamentista global).

Por último, la importancia de la guerra de Ucrania se refleja en movimientos geopolíticos que hasta hace poco tiempo parecían impensables en América Latina. Uno de ellos es la entrevista entre el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y una delegación de Estados Unidos, para iniciar, al parecer, negociaciones que permitan retomar las exportaciones de petróleo venezolano a ese país. En los hechos, esto implica un reconocimiento «de facto» a Maduro que termina de desplazar definitivamente a Juan Guaidó del escenario político y que también afecta al principal aliado militar de Washington en América Latina, Colombia, cuyo presidente, Iván Duque, quedó descolocado… Este tipo de cambios súbitos de posición confirman que estamos ante un conflicto de consecuencias globales. La historia, en efecto, se ha puesto nuevamente en marcha.

Por Ignacio Ramonet. Periodista, semiólogo, ex director de  Le Monde diplomatique, edición española

21/03/2022

Publicado enInternacional
  Un tanque con una 'z' en una calle de Armyansk (Crímea). — Reuters

Los presupuestos de Defensa no han escatimado en gastos. Sobre todo, entre las grandes potencias. Incluso en periodos de crisis. Desde el 'tsunami' financiero de 2008 se han empleado 26,2 billones de dólares (la suma de los PIB de EEUU, Japón y España) en rearmar sus Ejércitos. Recursos que, lejos de remitir, van a intensificarse en los próximos años.

 

 El mundo no ceja en su empeño de armarse hasta los dientes. Como si la doctrina de la disuasión fuese el único argumento diplomático para evitar guerras que, en el caso de la invasión de Ucrania, revelan errores de cálculo manifiestos. Porque uno de los mayores ejércitos del planeta no ha tenido compasión a la hora de destruir a su vecino, en otra demostración histórica más de que el poderío militar es el factor más determinante de los estallidos de conflictos bélicos. Y las más poderosas potencias del planeta han alimentado con inusitadas energías sus fuerzas armadas, a juzgar por el ingente gasto desplegado desde la crisis financiera de 2008: nada menos que 26,2 billones de dólares hasta el presente ejercicio 2022. Esta cantidad, facilitada por Statista, resulta similar a la suma de los PIB de EEUU, Japón y España, el primero, tercero y decimocuarto del planeta.

La fiebre por la modernización, la adaptación tecnológica y la inclusión de armas y prototipos de última generación en los Ejércitos se ha intensificado en el último lustro. Desde 2017. Después de una ralentización, con leve tendencia a la baja, de otros cinco años que, en Europa, coincide con la larga travesía de la crisis de la deuda en la que estuvo en juego, incluso, la supervivencia del euro. Aunque desde el International Institute for Strategic Studies (IISS), think tank de temas de Seguridad, se matiza que los 1,92 billones de dólaresdesembolsados en 2021 y que elevaron en un 3,4% el presupuesto militar del mundo en comparación al primer año de la gran pandemia supuso, en términos reales, descontada la inflación, un recorte del 1,8%. "La escalada de precios tiraron al alza los costes energéticos y las disrupciones en las cadenas de valor y en el comercio generaron presiones adicionales a las partidas de Defensa", señala el IISS.

EEUU lideró los desembolsos en el último bienio, si bien redujo en un 6%, ajustado a la inflación, los recursos asignados al Pentágono el pasado ejercicio. De los 775.000 millones de dólares a los 754.000 millones, en los que se incluyen también las operaciones y maniobras en el exterior. El argumento inflacionista sirve al IISS para certificar contracciones del gasto en América Latina, el África subsahariana, Rusia y los países de Eurasia. Al igual que en Oriente Próximo y el Magreb. Pese a que nominalmente subieran sus presupuestos. Una doble medición que explica de forma más elocuente al analizar los fondos militares de Rusia, que ha venido suministrando mayores cantidades desde 2017 en rublos, pero cuyos registros certifican rebajas en el último lustro en sus aportaciones anuales cuando su valor se traduce a dólares.

Aun así, el Programa Estatal de Armamento 2011-20 del Kremlin, dirigido a modernizar sus arsenales e incorporar innovación armamentística, se ha cumplido en su totalidad. Motivo por el que el pasado fue un ejercicio de un crecimiento más moderado que, sin embargo, llegó a movilizar partidas por una cifra similar al 3,8% de su PIB, que el FMI valora en 1,64 billones de dólares.

Precisamente, por porcentaje de cada PIB nacional -el baremo que la OTAN ha establecido como aportación mínima del gasto militar entre sus aliados europeos, y que se sitúa en el 2%-, el país con un presupuesto más generoso destinado a Defensa es Arabia Saudí, con el 8,4% del tamaño de su economía. El régimen de Riad está enfrascado en la financiación de la guerra de Yemen y en su conflicto armado desde marzo de 2015. Le siguen Israel, con un 5,6%, y Rusia, con un 4,3%, con datos de 2020.

James Hackett, analista del IISS, reconoce que la crisis sanitaria de la covid-19 no ha menguado las perspectivas de militarización ni los recursos estatales para modernizar los Ejércitos. Más bien al contrario. Como tampoco hubo en 2020 una disminución de confrontaciones armadas. Ni se redujo la percepción entre las principales potencias de estar participando en una carrera competitiva con planificaciones plurianuales precisas e importantes recursos públicos.

"Los conflictos armados se mantuvieron sin resolver". En África, por ejemplo, Francia redobló sus contingentes en el Sahel, focalizando sus fuerzas en misiones contraterroristas, mientras la guerra en Etiopía y la insurgencia en Mozambique siguieron en activo. Como en Oriente Próximo las confrontaciones bélicas de Libia, Siria y Yemen, pese a las tentativas de desescalada.

La guerra en Ucrania eleva el ritmo del rearme

Con la invasión de Ucrania las cuentas económicas nacionales han abierto huecos para mayores gastos militares. Y no sólo Rusia o los socios de la Alianza Atlántica, que han reanudado la meta de desembolsar, al menos, el 2% de cada PIB aliado. China, por ejemplo, lo va a incrementar en 2022 en un 7,1%, debido a "la compleja situación global"; hasta los 230.000 millones de dólares.

Una cota y decisión "razonable" en un periodo "crucial" en el que China "necesita salvaguardar su soberanía nacional y modernizar sus capacidades militares por las severas amenazas externas y la inestable atmósfera de seguridad", explican portavoces del Gobierno de Pekín. Desde Global FirePower, firma de investigación del mercado y la industria militar global, avisan de que, según sus estimaciones, la factura de Defensa de China alcanzará el cuarto de billón de dólares. Aunque la estadística oficial incide en que será el séptimo ejercicio fiscal consecutivo -desde 2016- en el que ha registrado crecimientos de un solo dígito y admite que rebasa la ratio del bienio de gran pandemia: un 6,8% en 2021 y un 6,6% en 2020.

Alemania también ha reaccionado de forma contundente con la guerra abierta por el Kremlin. En el orden militar y en la dependencia energética de Rusia. Dos medidas fulgurantes anti-Putin. La primera compromete al Gobierno del canciller Olaf Scholz a que el 100% de la electricidad se genere exclusivamente de fuentes renovables en 2035; anunciada junto a la cancelación, sine die, del Nord-Steam 2 con la que se inició las sanciones europeas, británicas y estadounidenses hacia Moscú.

La segunda, devuelve a Berlín a la militarización al asumir desembolsos superiores al 2% del PIB en Defensa en una maniobra que Jeff Rathke, presidente de American Institute for Contemporary German Studies, calificaba en Foreign Policy como la "revolución de la diplomacia y la política de seguridad" alemana, en alusión al "final del sueño de la post-Guerra Fría de evitar una confrontación con Rusia debido a una escalada de la capacidad militar" entre ambos países.

De paso, la mayor potencia económica europea se replantea de forma crítica el alto grado de dependencia energética del Kremlin durante los largos años de Angela Merkel como canciller. "Tendremos que invertir más en la seguridad de nuestra nación para proteger así la libertad y la democracia", justificó Scholz el rearme germano en una sesión extraordinaria en el Bundestag.

El pistoletazo del gobierno semáforo de Berlín -entre socialdemócratas, liberales y verdes- se ha dejado sentir en el resto de capitales comunitarias. Entre ellas, España, cuyo Gobierno ha puesto en marcha, no sin discrepancias internas, los mecanismos para encauzar este nivel de gasto en futuros presupuestos, lo que implicará aumentar al menos en un 20%las partidas militares en dos años. La promesa del presidente Pedro Sánchez de llegar al 1,22% del PIB habría supuesto 2.500 millones más si se hubiera aplicado en 2021. Un cheque que se quedó en blanco por los rigores de la covid-19.

Según la OTAN, Alemania destinó el 1,53% de su PIB en 2021 a dotaciones de carácter militar, dentro de un clima generalizado de aumento presupuestario. El IISS cataloga, de hecho, como "intenso y fuerte" el repunte de los recursos militares en Europa. El pasado año fue el séptimo ejercicio consecutivo de incrementos del gasto regional. En un 4,8% en términos reales, una tasa más elevada que en cualquier otra latitud del planeta. Bajo el dominio, eso sí, de Reino Unido y su pertinente programa de modernización e innovación de las Fuerzas Armadas para el que este año no había previsto, inicialmente, antes de la guerra de Ucrania, ningún repunte de fondos.

Suecia, país ajeno a la OTAN pero con cada vez más colaboración permanente en la Alianza y en debate permanente -como Finlandia- para la convocatoria de un referéndum de acceso al club del Atlántico Norte con las encuestas presagiando desde hace años un holgado respaldo social, también ha movido ficha. Su primera ministra, Magdalena Andersson, ha avanzado que cumplirá con el 2% de gasto militar, después de años de rearme de una de las naciones más destacadas del movimiento de los no alineados. La economía escandinava de mayor calado había reservado el 1,3% de su PIB para su Ejército en 2021, tras un lustro de incrementos graduales. Mientras, ha implorado a los socios de la OTAN poder invocar el artículo 5 del tratado militar conjunto por el que se activa la defensa colectiva de la alianza. Ante un supuesto ataque ruso que Moscú no ha descartado en su retórico belicista. "Es un paso decisivo y crucial para nuestro país", recalca la dirigente socialdemócrata.

Francia, país que se abstuvo de ser miembro de pleno derecho de la estructura armada de la OTAN desde 1966, por decisión del General Charles De Gaulle -entonces su jefe de Estado-, hasta 2009, desplegó 39.900 millones de dólares en 2021. Global FirePowell le otorga un gasto inicial para este año -sin prever las secuelas de la guerra en Ucrania- de 40.900 millones, el undécimo puesto de su ranking internacional, en el que España ocupa el vigésimo primer peldaño de una clasificación que encabezan, en términos cuantitativos, EEUU, China y Rusia, que anteceden al Reino Unido, a Alemania e India. Y cuyo top ten culminan Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí y Australia. París ha convertido los 40.900 millones de dólares en euros en el actual presupuesto en vigor, aprobado a finales del pasado año, que incluye perspectivas financieras para acelerar inversiones en Defensa "en innovación tecnológica de nueva generación".

Más madera financiera para la unidad de Europa

La Comisión Europea, en una de las medidas sobre las que delibera su colegio de comisarios tras el estallido del conflicto bélico en Ucrania, sopesa la emisión de bonos conjunta para configurar un fondo dirigido a sufragar gastos en Energía y Defensa. Iniciativa que modela el vicepresidente Frans Timmermans y que fue puesta en conocimiento de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en la reciente cumbre de Versalles.

Sería otra pica más en la mutualización de la deuda como la que se fraguó para sufragar los desembolsos asociados a la crisis sanitaria del coronavirus en el que la prima de riesgo entre el bund alemán y el bono italiano a diez años apenas saltó en 11 puntos, hasta los 150 de diferencial, durante la parte más compleja de la epidemia, en 2020. "Estoy completamente seguro que el mayor peligro sobre la seguridad europea desde la Segunda Guerra Mundial acabará recibiendo apoyo de nuestros líderes, que asumirán como necesaria la adopción de nuevas vías de financiación que refuercen la transición energética y la revisión de las estrategias defensivas del continente", dijo Timmermans a Bloomberg Televisión.

El contexto coyuntural es cada vez más urgente. Con una mayor factura de pago del gas licuado procedente de EEUU para consumo inminente, pero también para hacer acopio de inventarios, y que podría elevar el cheque emitido por Europa hasta los 70.000 millones de euros. Un fuerte incremento si se compara con los 10.000 millones de los años precedentes, explican en Bruegel. Mientras, Alec Phillips, de Goldman Sachs, incide en que los dirigentes europeos deberían cerrar iniciativas para asegurar el abastecimiento energético y la seguridad de sus fronteras que eviten una caída en una recesión profunda en el segundo trimestre bajo una espiral inflacionista.

Estas dos premisas han sido enfatizadas por el ministro de Finanzas eslovaco, Igor Matovic, para quien se requieren "varias decenas de miles de millones de euros para fortalecer la Defensa europea y ser energéticamente autosuficiente respecto a EEUU y totalmente independiente frente a Rusia". A su juicio, la emisión de bonos conjuntos de la UE "va en la dirección correcta" y resulta ser un mecanismo de "cooperación y de transferencia de ayudas entre socios con más y menos poder económico y financiero".

Una consolidación de fuerzas que Thomas de Maizière, ministro de Interior y Defensa durante el amplio periplo de Merkel en la cancillería alemana, también apunta en el orden geopolítico. Porque -señala Maizière en Foreign Policy- la afrenta belicista de Putin "ha unido a Occidente en torno a la OTAN" y alrededor de una "nueva y más intensa política de Defensa en el seno de la UE". Para parar a Putin y su guerra -matiza- los países aliados más tarde o más temprano deben dejar de comprar petróleo y gas a Rusia "aunque suponga un perjuicio enorme", ya que Europa adquiere unos tres millones de barriles rusos diarios, y EEUU, otros 700.000. "Y revertir estos flujos traerá, a buen seguro, inflación y recesión cuando nuestras economías y sociedades despegaban con fuerza en el ciclo de negocios post-covid".

20/03/2022 22:25

Publicado enEconomía
Los motivos geoeconómicos de la guerra en Ucrania

Vivimos tiempos de sobresaturación informativa, Ucrania está a todas horas en los medios y redes, pero mucha de la información que nos llega solamente se centra en los motivos personales-psicológicos de un malvado Putin que habría decidido invadir Ucrania en un ataque de ira. Tras esta apariencia, nos encontramos con una guerra que acontece en un periodo de larga depresión de la economía mundial capitalista y con una competencia por los recursos y control de los flujos financieros que es causa de la disputa por la hegemonía mundial del siglo XXI.

 

Los tiempos se aceleran, vuelven a sonar los tambores de guerra en la vieja Europa, la Guerra Fría resucita, el orden liberal es puesto en duda por los regímenes autoritarios, más y más dura crisis para la economía mundial, hasta Francis Fukuyama (vuelve) a decretar el fin del Fin de la Historia. Todos estos grandilocuentes titulares hemos escuchado en los grandes medios de comunicación por los más diversos comunicadores y periodistas a raíz de que la Rusia de Vladimir Putin lanzase una ofensiva militar con el objetivo de invadir Ucrania y descabezar a su Gobierno pro-occidental.

Pese a lo exagerado de muchos titulares, además del tremendo coste humano que tendrá la guerra y que será pagado por los de siempre, nos encontramos en un momento crucial de la historia mundial del siglo XXI, en la que puede ser la más decisiva de las guerras para delinear la hegemonía mundial capitalista de los próximos años. Esta podría ser una invasión más en la historia de las pugnas geopolíticas del primer cuarto de siglo XXI, como las llevadas a cabo en Georgia o Crimea por Rusia y en Iraq, Afganistán, Siria o Libia por las potencias de la OTAN.

Sin embargo, el momento en que sucede y la coyuntura económica mundial, arrastrando aún las consecuencias de la Gran Recesión del 2008 y tras la salida de la pandemia de la Covid-19, hacen que lo que empezó como una batalla por delinear las áreas de influencia entre Rusia y la OTAN, pueda convertirse en el primer paso de la recuperación del orden hegemónico estadounidense o en el acelerador del cambio de hegemonía económico-política hacia China. Los dos auténticos grandes actores en la trastienda de este conflicto.

Pero para llegar a estas conclusiones debemos delinear los principales motivos geoeconómicos que caracterizan a la coyuntura actual de la economía capitalista mundializada. Partiendo de un nivel mayor de abstracción, se debe entender primero qué papel han jugado históricamente las guerras a gran escala como sanadoras del motor acumulativo capitalista y en los cambios de hegemonía. Para después entender cómo el conflicto en Ucrania está sirviendo de motivo para una guerra económica a escala mundial que tiene como objetivo el realineamiento de las áreas de influencia mediante el control de los mercados de la energía y las materias primas, así como la lucha monetaria por el mantenimiento o cambio de la hegemonía mundial del dólar como divisa de referencia.

Las guerras nos son un accidente

Dicen que la primera víctima de la guerra suele ser la verdad, y no hay nada más que escuchar a muchos tertulianos televisivos estos días para entender que la manipulación y simplificación del conflicto campan a sus anchas. Muchos intentan explicar los motivos de la guerra en meros motivos ideológicos o incluso aduciendo al carácter personal de Putin. Sin embargo, se olvidan de que no ha existido un solo día, en el tan moderno siglo XXI, sin que las voces de las bombas o de las ametralladoras se escucharán en algún rincón del planeta. Esto es debido a que la necesidad del gasto militar, la carrera armamentística, el conflicto armado y la destrucción son inherentes al proceso de acumulación y crisis del sistema capitalista.

Aunque no sea tan evidente a primera vista, la destrucción de recursos realizada por las guerras y el militarismo desempeña contradictoriamente varios papeles positivos esenciales para el normal curso de la economía capitalista: la de destruir la masa de valores sobreproducida, “sanear” la economía, permitirle una reestructuración del ciclo de acumulación y reestablecer las condiciones de la rentabilidad. Esta función de destrucción de valores que se da típicamente en las crisis, el militarismo la realiza permanentemente. La guerra permite activar capacidades de producción y mano de obra infrautilizadas y constituye así una fuerza de arrastre del modo de producción capitalista.

Es más, gracias a la industria militar fuertemente financiada por el gasto público del Estado, se desarrollan nuevas técnicas de investigación industrial que la empresa privada no asumiría por sus elevados costes. Los sectores privados de la siderurgia, electrónica, microordenadores o la aeronáutica son beneficiados por la investigación militar. Algo incluso que economistas liberales como Joseph Schumpeter admitían al definir al sistema capitalista como un sistema que necesariamente debe “destruir para construir”, en lo que definió como la “creación destructiva” del capital.

En la salida a la crisis, las guerras y la destrucción a gran escala han jugado un papel clave. En última instancia, las economías capitalistas solo se pueden recuperar de una forma sostenida si hay un crecimiento significativo de la rentabilidad media en los sectores productivos de la economía. Para que esto suceda, muchas veces, las bases de la productividad de los anteriores ciclos de acumulación deben ser destruidas. Quizá no haya mejor ejemplo para ilustrar esto —sin que se pueda realizar una extrapolación simplista al contexto actual— que la recuperación y el impulso final que supuso la II Guerra Mundial para dejar atrás la Gran Depresión de 1929, en especial para la economía estadounidense.

El relato historiográfico oficial remarca que las políticas de estímulos de carácter keynesiano puestas en marcha por el presidente Roosevelt fueron las principales causantes de la recuperación posterior al gran crack de 1929. No obstante, aún en 1938, en vísperas del comienzo de la guerra, el PIB real de los Estados Unidos se encontraba en un nivel por debajo del de 1929. Como señala el economista marxista Michael Roberts, en su obra La larga depresión, en base a datos estadísticos oficiales estadounidenses, la tasa de beneficio empresarial en Estados Unidos en 1938 todavía era de menos de la mitad que la de 1929. Y los beneficios solamente comenzaron a crecer de manera sostenida a partir de 1940, cuando la industria de guerra arranca a pleno rendimiento.

En un trabajo publicado en 1994 enThe Journal of Economic History por John Vernon, el autor trata de demostrar que hasta que ya era bastante claro que Estados Unidos entraría en la guerra y puso en marcha su industria y gasto militar, no se completó la recuperación económica de la Gran Depresión. Así, según cálculos del autor, más de un 80% del aumento del PIB real de 1941 se puede atribuir a políticas fiscales a nivel federal asociadas directamente con la preparación de la entrada en guerra. Para 1944, Estados Unidos ya doblaba el PIB de 1929, todo “gracias” a la guerra. Como la guerra hirió de muerte la ya moribunda hegemonía económica europea, Estados Unidos se alzó tras la guerra como el gran prestamista de la recuperación y como el gran hegemón mundial a nivel político y económico.

Pero, la pregunta es, ¿no es acaso este modo de gasto inducido por el Estado en armamento también un tipo de estímulo keynesiano? Sí, pero en su nivel de entendimiento más burdo, ya que, si las políticas keynesianas tienen como objetivo reestablecer el consumo de las masas trabajadoras aumentando la demanda agregada, en Estados Unidos, al menos en el periodo en que duró la guerra, no sucedió. La consigna fue que los salarios subieran por debajo de la inflación y fomentar el ahorro forzado de los obreros; mediante la adquisición de bonos de guerra, el racionamiento y un aumento considerable de los impuestos para sufragar los costes bélicos.

El gasto estatal invertido en la carrera armamentística puede ser un tipo de estimulador expansivo que estimule y arrastre al conjunto de la economía, pero desde luego no tiene nada que ver con políticas socialdemócratas o de aumento en el gasto social. De hecho, el mismo Keynes se daba por aludido al ver como parte de sus propuestas publicadas en 1936, sobre el aumento del gasto público, no pudieron llevarse a la práctica salvo en condiciones de guerra. Opinión que compartía con su supuesto antagónico Ludwig von Mises, que opinaba al finalizar la I Guerra Mundial: “La prosperidad de la guerra es como la prosperidad que proviene de un terremoto o de una plaga”.

Llegados aquí, puede que lo relatado se nos haga familiar. El paralelismo con el actual largo periodo depresivo del que la economía mundial, o al menos la occidental, no logra recuperarse del todo, es evidente. Ya que el crecimiento ha sido estimulado artificialmente por los bancos centrales desde mucho antes de la irrupción de la pandemia de la covid-19. Y en este contexto estalla la guerra de Ucrania y el mundo entra en una carrera armamentística.

Alemania acaba de dar un giro a su política militar reducida desde el final de la II. Guerra Mundial, Olaf Scholz ha anunciado recientemente una partida extraordinaria de 100.000 millones de euros para mejorar el ejército alemán y un aumento de la inversión anual en Defensa de más del 2%. En el mismo sentido, el Gobierno de Dinamarca aumentará su presupuesto militar para cumplir con el objetivo de destinar el 2% del PIB a gasto militar que marca la OTAN para 2033 (actualmente dedica el 1,44%). Pero es que China planea aumentar su gasto en Defensa un 7,1% con respecto al año 2021. Las armamentísticas europeas subieron su cotización en bolsa al instante de conocerse estos planes, al igual que las gigantes norteamericanas.

Sin embargo, de esto no se puede deducir que el gasto armamentístico y el keynesianismo militar salvarán a la economía capitalista de la larga depresión en la que está inmersa. Dado que, en primer lugar, no se puede vislumbrar momentáneamente que la guerra que acontece en Ucrania evolucionará en una de destrucción a gran escala mundial; y, en segundo lugar, porque las características de la crisis actual, tiene grandes diferencias con la acontecida en 1929. Con todo, dos cosas son claras, el gasto militar hará de palanca para que distintos gobiernos nacionales pongan en marcha planes de estímulos para intentar eludir la crisis venidera. De hecho, la Unión Europea ya plantea vagamente unos nuevos fondos europeos de recuperación, pero esta vez a la bélica, con deuda mancomunada por la UE para sufragar el gasto militar.

En segundo lugar, que Estados Unidos y su industria armamentística ya pueden declararse en cierta manera beneficiarias de esta situación. Por un lado, ya que la guerra no tocará su territorio ni el fronterizo; y porque la industria militar estadounidense no deja de subir en bolsa, clara beneficiaria también de que el Gobierno de Biden haya realizado una subida del gasto militar respecto a las Administraciones de Trump y Obama.

Crisis asimétrica

En general, creo que la crisis económica desatada por la guerra en Ucrania tendrá resultados asimétricos a lo largo de la esfera global. Seguramente, Estados Unidos no saldrá ampliamente perjudicada de esta crisis; al igual que China puede salir reforzada al anclar a Rusia definitivamente a su espacio geoeconómico; y Europa va a ser sin duda la región más damnificada por los efectos directos e indirectos de la crisis económica bélica. Hecho que puede usar Estados Unidos como pretexto para intentar subyugar a Europa a su área económica nuevamente, como veremos más adelante.

Todo el mainstream mediático-económico relata que la recesión de 2007-2008 se quedó atrás allá por el año 2015 y que la nueva caída en recesión se debe únicamente a la crisis pandémica desatada en el 2020 y ahora a la guerra iniciada por Putin en Ucrania, lo que ha desviado a la economía capitalista de su natural senda alcista. Sin embargo, la mayoría de las economías capitalistas mundiales permanecían deprimidas en el 2019 si las comparamos con el ciclo anterior al 2007 en lo que a crecimiento de la producción, la inversión y el empleo se refiere. Un ejemplo paradigmático de esta larga depresión lo vemos en el marco de la eurozona, donde el Banco Central Europeo (BCE) intentó paralizar sus compras de deuda estatal y otros activos financieros a principios de 2019 y tuvo que reactivar esta compra para septiembre del mismo año, debido a la fragilidad que mostraba la situación económica europea.

En sus pronósticos de principio de año, el think tank estadounidense de investigación económica mundial Conference Board ya preveía que la economía mundial creciese alrededor de un 3,5 o 4% en términos reales, una desaceleración significativa en comparación con 2021. Además, las previsiones para Estados Unidos y la UE para el 2023 eran de un crecimiento del 3% y el 1,7% respectivamente. Lo que significa que las inyecciones de crédito y monetarias masivas realizadas durante el periodo pandémico no iban a modificar sustancialmente el rumbo de un estancamiento secular que ya mostraba la economía capitalista occidental.

En este contexto, la desaceleración de las principales economías y los continuos cuellos de botella de la oferta de mercancías ya habían generado un cuadro inflacionista en las principales economías capitalistas, antes incluso del comienzo de la escalada militar. Esto puso a los bancos centrales ante el dilema de aumentar sus tasas de interés para tratar de controlar la inflación, pero corriendo así el riesgo de una caída en una nueva recesión. La realidad es que los principales bancos centrales no saben cómo puede repercutir esta retirada de los estímulos y el dinero fácil en el medio plazo. Pero con las tasas de inflación aún en aumento, los principales bancos centrales están revirtiendo a regañadientes sus políticas expansionistas de los últimos diez años.

Como resultado, las tasas de interés del mercado ya están aumentando. Por ejemplo, el bono del Tesoro de Estados Unidos, que es el piso de referencia para el endeudamiento corporativo privado mundial, lleva al alza desde principios de año, con subidas superiores a los 50 puntos básicos. Al otro lado del Atlántico, los bonos de deuda de la periferia europea ya comenzaron a escalar con el mero anuncio de que el BCE retiraría sus programas de compra de deuda, llegando a superar la prima de riesgo griega los 250 puntos básicos o la española acercándose a los 100 puntos básicos, cifras que no se veían desde el inicio de la pandemia.

Ante ello, puede preverse que Estados Unidos soportará mejor esta alza de los tipos de interés y la retirada de estímulos, al controlar la divisa hegemónica mundial de reserva, el dólar. Incluso la reactivación de su sector armamentístico y cierta reordenación de los mercados energéticos a su favor, pueden favorecer a relajar las tasas de inflación y acelerar las tasas de inversión en su territorio. Sin embargo, la situación es bien distinta para Europa, que sufrirá la retirada de estímulos, la reducción de su exposición energética a Rusia y el alza de los tipos de interés en un efecto de golpe repentino, que su desigual y asimétrica arquitectura económica encajarán sumiéndose en una nueva recesión.

Ya que es previsible que una buena parte del tejido industrial europeo insolvente, pero mantenido artificialmente por las políticas de expansión cuantitativa, tenga serias dificultades para evitar la quiebra. Un estudio de la OCDE fija en una media del 15% a nivel UE la presencia de estas empresas denominadas popularmente como zombis. De la misma manera, no es que la UE únicamente afrontará la problemática de las crisis de deuda en su periferia, sino que debido a la reducción con respecto a la dependencia energética rusa, el Bundesbank ya prevé que la economía germana entre este primer trimestre del año en recesión técnica.

En este contexto, voces del BCE ya alertan de que Europa se pueda sumergir en un periodo de altas tasas de inflación y débiles cuotas de crecimiento económicas por un periodo de duración indeterminada, la temida estanflación. Corporaciones financieras gigantes como J.P. Morgan, Credit Suisse, Bank of America o Barclays han recortado en las ultimas semanas todas sus previsiones económicas respecto a los países de la UE. Yendo más allá, Black Rock, el mayor fondo de inversión del mundo, ha advertido a sus inversores del riesgo de invertir en activos europeos. Llegando a pronosticar el fondo estadounidense problemas en el pago de la deuda de países como Austria, Bélgica, Chipre, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Portugal, España y Ucrania.

Es más, un posible impago de la deuda por parte de Rusia y su siguiente declaración en quiebra afectaría de mayor medida al sistema bancario europeo que al estadounidense, por la menor exposición de este último a los activos financieros rusos. Según los datos del Banco de Pagos Internacional (BPI), la exposición de los bancos del euro a Rusia supera los 100.000 millones de euros, con Italia (44.000 millones), Francia (22.000 millones) y Austria (15.400 millones) a la cabeza. Por su parte, las compañías financieras estadounidenses se enfrentarían a la pérdida de unos 14.000 millones de dólares en total.

Por todo ello, esta será una crisis de consecuencias asimétricas, donde las principales damnificadas serán Ucrania, Rusia y Europa. Mientras que Estados Unidos y China pugnarán por salir como principales beneficiadas en su particular lucha por la hegemonía mundial. Europa, y la Unión Europea en particular, afrontan un desastre económico sin precedentes por su pertenencia al bloque militar atlantista liderado por el mundo anglosajón.

Pero es que, como referenciaba en una reciente entrevista el periodista Rafael Poch, Estados Unidos necesita para preservar su hegemonía mundial mantener a Europa bajo su esfera de influencia, para esto necesita el conflicto y la unificación bajo el control de la OTAN. Este puede ser un movimiento para reestablecer el control económico sobre Europa, más cuando el proceso de integración estaba tomando cuotas de cierta autonomía y los vínculos económicos europeos girando hacia China, principal socio comercial de la mayoría de los países europeos.

La pugna por los recursos

Dejando ya de lado los motivos económico más generales, una de las facetas más importantes del escenario que se está librando actualmente en Ucrania, y a nivel global, es el realineamiento de las grandes potencias por los principales recursos naturales. Obviamente por los hidrocarburos, pero también por los de otra índole. En esta pugna de la rearticulación global, Europa juega un papel central y se enfrenta a una situación donde en el nuevo escenario que se avecina podría perder su buscada autonomía estratégica en favor de un papel más subordinado a Estados Unidos, que va a intentar desconectar a Europa económicamente de los circuitos financiero-comerciales de Eurasia (entendiendo esta en sentido amplio, como un circuito que conectaría desde el indo-pacífico hasta Europa occidental).

Los datos de la desconexión con Rusia son claros y no han comenzado con la actual invasión rusa de Ucrania. Según reflejan los datos de Eurostat, en 2021, Rusia fue el quinto socio comercial más importante para las exportaciones de la UE, representando 4,1% o el equivalente a 89 000 millones de euros; y el tercer socio más importante para las importaciones de la UE, representando el 7,5% del total o el equivalente a 158 000 millones de euros. No obstante, pese a que pueda parecer una gran dependencia, los datos han descendido notablemente en el transcurso de la última década, y en especial tras los acontecimientos del Euromaidán en 2014, reduciéndose las importaciones en más de un 18% y las exportaciones en un 14%.

Pese a que la importación de energía de Rusia a los países de la UE también ha ido menguando en la última década, todavía el 40% del gas que importa la UE viene de Rusia, y ese porcentaje asciende al 100% para Bulgaria, el 80% para Polonia, alrededor del 60% para Austria y Hungría, el 50% para Alemania y el 40% para Italia. Una venta de productos energéticos a Europa que aportan al Kremlin, mediante el control estatal de las principales empresas energéticas, unos 700 millones de dólares al día. De momento, el comercio energético solamente se ha cerrado casi al completo con Estados Unidos, sanción que la UE no está en disposición de asumir.

Pese a mantener sus compras diarias de gas y petróleo a Rusia, los precios de la energía se han desbocado en todos los países europeos, provocando un recrudecimiento de la crisis en la que ya estaba inmersa la UE. Es por ello que la Comisión Europea prepara ya medidas para reducir la demanda europea del gas ruso en dos tercios para finales de este mismo año. Mientras, pide aumentar las reservas de gas a sus Estados miembros hasta el 90% para octubre, y abre la puerta a que los Estados miembros pueden fijar precios regulados o establezcan precios máximos a la energía.

En este contexto, y espoleado por la mayor decisión de los Estados Unidos, la UE se estaría planteando incluso expulsar al gigante energético estatal ruso Gazprom del mercado europeo de reservas de gas. Alemania, por su parte, ya anunció la cancelación del proyecto del gaseoducto Nord Stream 2 por el que pensaba satisfacer sus demandas gasísticas. Pero aún no ha encontrado manera de suplir su total dependencia con Rusia, siendo sabedor el país germano de que sus importaciones de gas solamente pueden ser vía tubería, ya que no dispone de ninguna planta de regasificación de gas licuado (GNL).

En el flanco mediterráneo, Italia ya ha anunciado que intentará reducir a la mitad su dependencia del gas ruso tras la primavera. Lo mismo en el plano empresarial energético occidental, ya que las corporaciones Shell, Total y BP han anunciado que iniciarán un periodo de desacople y desinversión respecto a sus homólogas rusas, Gazprom y Rosfnet.

Por lo tanto, es previsible que los países de la UE deban aumentar sus importaciones de gas licuado. Punto en el que Estados Unidos entra en escena como gran beneficiado de este desacople europeo respecto a Rusia. Ya que según la Administración de Información Energética estadounidense (EIA por sus siglas en inglés), el país se colocará este año como el primer exportador mundial de gas natural licuado superando a Qatar y Australia. Por ejemplo, en el caso español, Estados Unidos ya se ha situado a comienzos de 2022 como el principal suministrador de gas natural por encima de Argelia, que hasta finales del año pasado era el primero.

Un gran giro para la presencia económica de Estados Unidos en Europa, que hasta 2021 solamente suponía el 6,6% de las importaciones de gas europeas. Además, este aumento comercial es posible a que el país norteamericano ha conseguido en gran medida acercarse a la autosuficiencia energética mediante técnicas de fractura hidráulica como el fracking. Sin embargo, preparar el gas obtenido mediante el fracking para su posterior exportación marítima es una operación costosa, por lo que un contexto en el que los europeos estén dispuestos a pagar un alto precio por las importaciones de gas es beneficioso para las empresas estadounidenses. Ya que se calcula que de media Estados Unidos vende el gas a Europa un 40% más caro de lo que lo hace Rusia.

Y aquí es donde subyace la jugada oculta del gran juego geopolítico al que asistimos en la actualidad. Aislar a la UE de los mercados energéticos rusos puede ser un interés que vaya más allá por parte de los Estados Unidos. Que de alguna manera estaría buscando desconectar relativamente a Europa de su dependencia económica con China. Ya que en 2021 el mayor socio para las importaciones de mercancías de la UE fue China, representando 22,4% de las importaciones totales. Siendo además el socio comercial más importante de Alemania, con un comercio total por valor de 212.700 millones de euros (sumando exportaciones e importaciones).

China sabe que va a subyugar a Rusia económicamente brindándole ayuda para que su comercio bilateral aumente en un contexto de sanciones occidentales. Sin embargo, el gigante asiático es consciente de que una de las principales vías de acceso a Europa es que Rusia mantenga cierta relación estable con el resto de países de la UE. Por lo tanto, a China tampoco le conviene que Rusia sea desconectada totalmente de la UE. En la postura contraria se encontrarían los Estados Unidos, que saben que volver a reintegrar a una UE convencida en el bloque atlantista es también separarla de su gran rival asiático por la hegemonía mundial.

A pesar de ello, la jugada no está exenta de riesgos para el conjunto de la economía mundial capitalista. En primer lugar, porque la operación militar rusa está poniendo gran énfasis en el control de toda la costa ucraniana con el mar Negro, pues aparte de sus propios gaseoductos, por debajo de este mar transitan al menos otros dos gaseoductos importantes que llegan hasta Europa procedentes de Turkmenistán, Azerbaiyán o Georgia. Es el caso del gasoducto Turk Stream, que transporta el gas por el fondo del mar Negro hasta Turquía y de ahí sale hacia Europa. Por lo que Rusia tienen la capacidad de aislar a Europa de otras fuentes asiáticas de gas.

Además, Rusia, y en menor medida Ucrania, es un gran exportador de otras materias primas y productos semielaborados que pueden escasear en diversos mercados, tales como el trigo, cobre, níquel, platino, paladio y titanio. Los dos países son conocidos como “el granero de Europa”, ya que representan el 29% de las exportaciones globales de trigo y el 19% de las exportaciones de maíz. Lo que ha provocado que los precios del trigo en algunas bolsas de futuros hayan estado cotizando las últimas semanas en máximos las últimas tres décadas. Además, Ucrania es el principal proveedor de maíz a China.

La verdadera pugna: la hegemonía del dólar

Tras el congelamiento de activos y divisas en dólares y euros del Banco Central de Rusia y la expulsión de Rusia del sistema interbancario de comunicaciones financieras Swift, ha salido a relucir de nuevo la importancia geopolítica del dólar. Ya que se pretende aislar a Rusia del comercio mundial impidiéndole que pueda usar la divisa estadounidense en su comercio exterior o en el pago de los intereses de su deuda. Sin embargo, estas medidas podrían tener el efecto boomerang y acelerar un cambio en las reglas monetarias globales.

Básicamente, la eurozona y Estados Unidos han expropiado los ahorros o reservas exteriores que Rusia tenía almacenados en el extranjero en dólares y euros, usando su propia divisa como arma de guerra. Pero, pese a que parezca que el mundo al unísono ha respondido en contra de la invasión rusa, aún existen amplias áreas regionales en Asia, África o Latinoamérica cuyos intereses político-económicos están muy alejados de los designios marcados por el tándem occidental. Estos países podrían haber aprendido la lección y podrían querer reducir su exposición a las dos divisas hegemónicas a nivel mundial. Suponiendo así, como ya advertía Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, hace pocas semanas en Bloomberg, que la congelación de las reservas de divisas rusas en el extranjero sea en el medio-largo plazo un punto de inflexión para la hegemonía del dólar.


Por ejemplo, India ya ha anunciado que piensa aprovechar la coyuntura actual para establecer un comercio bilateral con Rusia, en la compraventa de hidrocarburos o fertilizantes, en términos favorables, ya que es la oportunidad de comprar barato en el basto mercado ruso. Si estas relaciones bilaterales son interrumpidas por los países occidentales, países como India podrían acceder a realizar el comercio internacional en yuanes, la divisa china. Algo que ya sucede con un amplio grupo de países africanos con los que China ha aumentado el comercio internacional los últimos años.

La moneda del gigante asiático se incorporó a la cesta de las principales monedas de reserva del FMI en octubre de 2016 y representa actualmente solamente el 2% de las reservas mundiales de divisas. Ya que algunos aspectos como los controles de capitales impuestos por el Estado chino lastran su uso comercial por parte de muchas corporaciones, pero puede ser atractivo para diversos estados con intereses diversos a los de Occidente. De hecho, ante la cada vez mayor influencia de las criptomonedas, China ya está comenzando a construir un yuan digital, que sería clave a la hora de disputar la hegemonía del dólar estadounidense.

La realidad es que este escenario parece lejano. Pero múltiples empresas rusas ya se apresuran a abrir cuentas bancarias chinas para evitar el coste de las sanciones occidentales. Lo que podría ser un punto de inflexión en la pugna monetaria mundial. Y para Estados Unidos la pugna monetaria mundial no es ninguna broma, ya que ha provocado sanciones a países como Irán o Venezuela, que han expresado acercamiento hacia el yuan. O como el caso de la guerra de Iraq del 2003, que comenzó después de que Sadam Hussein anunciará que iba a realizar sus transacciones petroleras en euros a partir de noviembre del año 2000.

De hecho, contra la única divisa que puede hacerle frente al dólar actualmente, el euro, que representa en torno al 22% de las reservas mundiales, frente al 60% que representa el dólar, Estados Unidos ya se ha mostrado beligerante en el pasado. Las guerras de Yugoslavia durante la década de los noventa y principios del nuevo siglo, coinciden con las etapas finales del proceso de integración monetaria europeos, cuestión que los medios gubernamentales y económicos estadounidenses observaban con preocupación. Por ello, existe la sospecha de que el conflicto de Yugoslavia capitaneado por la OTAN, entre otras razones, tuvo que ver con mantener el cerco político sobre Europa en un momento en el que la integración europea caminaba por unos derroteros que ponían en peligro la hegemonía mundial del dólar, y por ende la estadounidense.

Estados Unidos reacciona firmemente ante cualquier intento de cuestionamiento del dólar en un momento en el que ha dejado de ser la gran potencia comercial que era y porque buena parte de su hegemonía económica actual se basa en que la divisa dominante en el comercio internacional sea el dólar. Lo que le permite, entre otras cosas, mantener unos altos niveles de deuda, ya que esta deuda está valorada en dólares de los que tiene el control mediante la Reserva Federal. Así, Estados Unidos es el único país donde la demanda de su propia moneda no refleja con exactitud un incremento en la demanda de las mercancías que produce. Porque, aunque no haya empresas estadounidenses implicadas, las ventas de materias primas se designan en dólares. Por lo tanto, toda transacción resulta en una demanda adicional de dólares estadounidenses.

Dicho de otra manera, mientras las ventas de petróleo o gas sean denominadas en dólares, Estados Unidos podrá permitirse refinanciar su enorme deuda y costear sus déficits comerciales. Esta es la hegemonía del petrodólar. Y esta hegemonía se mantiene por su enorme capacidad política de imponer que el dólar es la divisa hegemónica, en gran medida, mediante el poder militar. El dólar circula porque lo respalda todo el poder político-militar estadounidense.

Estados Unidos emplea a la OTAN de ariete militar en Europa para mantener controlada a una región que no se le puede escapar de su área de influencia. Europa asume este papel pese a que el euro es una de las divisas principalmente dignificadas por el conflicto bélico, tras el rublo ruso. Debido a la depreciación que el euro está sufriendo frente al dólar, el aumento del precio de las materias primas afecta especialmente a Europa. El euro ya se ha depreciado en torno a un 5% en los últimos meses y se cambia en el entorno de los 1,15 dólares. Esto supone un encarecimiento en la compra de las materias primas y recursos energéticos en los mercados internacionales, que como hemos mencionado se realizan mayoritariamente en dólares.

Conclusiones

Siguiendo a lo aquí expuesto, no se debe entender que esta situación bélica haya sido motivada por una malvada élite sentada alrededor de una larga mesa en algún lugar oculto. De hecho, no hay actor gubernamental o económico que pueda gobernar conscientemente las vicisitudes y tendencias del capitalismo mundial. Sin embargo, un análisis de los anteriores cambios de hegemonía mundial, combinados con los ciclos económicos, nos muestra que una vez el capitalismo está hundido en una depresión, tiene que destruir lo anteriormente acumulado para poder abrir un nuevo periodo de expansión, periodos en los que mediante la guerra muchas veces se dan cambios en la dirección hegemónica estatal o regional de la economía mundial capitalista.

No podemos asegurar que esta guerra vaya sacar a la economía global de su largo periodo depresivo, pero sí que podemos asegurar que está suponiendo el inicio de una pugna definitiva para determinar la hegemonía mundial del siglo XXI. En esta pugna Europa es un terreno clave, el objetivo que Estados Unidos busca actualmente es intentar que China pique el anzuelo que le han puesto, que ayude de alguna manera (militar o diplomáticamente) a Rusia y esto desencadene un movimiento por el que poder aislar a la UE de la influencia china. Así, mediante la guerra librada en territorio europeo, Estados Unidos busca golpear a su verdadero rival mundial, China. Y esto es lo que está en juego.

Este análisis se deja muchos aspectos en el tintero, no ha analizado la influencia de los nacionalismos ruso y ucranianos, la expansión militar de la OTAN o la naturaleza del régimen ultraconservador de la Rusia de Putin. Todos temas determinantes para el desencadenamiento efectivo del conflicto, pero que han sido ya analizados con mayor o menor acierto. Sin embargo, menos explícitamente se habla de la guerra mundial económica que ya vivimos y que será de iguales consecuencias devastadoras para la clase trabajadora mundial, ya que en la escalada bélica que vivimos por el reordenamiento de la hegemonía mundial bien puede desatar una crisis de características devastadoras. No solo las bombas matan, también lo hace la pobreza, y es la que está expandiéndose en Rusia, Ucrania y a lo largo del planeta.

por Jose Castillo, es investigador doctoral en el departamento de Geografía Política de la Universidad Complutense de Madrid.

20 mar 2022

Publicado enEconomía
Conflicto Rusia Ucrania: hacia dónde va la OTAN

 

Entre distintos analistas, existe el consenso de que uno de los efectos de la actual crisis entre Rusia y Ucrania es la reanimación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Alianza surgida en 1949, en plena Guerra Fría pero que, sobre todo en el último lustro, aparentaba encontrarse tambaleante y sin un rumbo definido (foto, ejercicios militares esta semana en Noruega.)

Críticos y opositores a Donald Trump afirman que fue él uno de los responsables de la decadencia de la OTAN. En tanto que la situación empeoró en 2021, con la aparatosa y trágica salida de Estados Unidos de Afganistán, sumada a la posterior conformación del nuevo eje de poder “Aukus”, conformado por Australia, Reino Unido y Estados Unidos, y con el humillante desplante hacia Francia, justo cuando París terminaba de concretar la multimillonaria venta de submarinos de última generación a Camberra.

El nuevo secretario general

A fines de junio de 2022 está planificado un cónclave en Madrid para, entre otros asuntos, elegir un nuevo secretario general de la OTAN. Mientras tanto, ya ha comenzado la especulación sobre los nombres posibles (teniendo siempre en cuenta aquella regla no escrita que señala que, si bien el secretario general siempre ha sido europeo, el comandante militar supremo debe ser siempre estadounidense).

Con Francia como un socio incómodo y dispuesto como nunca a utilizar su poder de veto, y con Estados Unidos manteniendo la última palabra respecto a cualquier candidatura, no son pocos quienes creen que, de acuerdo a los tiempos que corren, se elegirá por primera vez a una mujer y, tal vez, a alguien de Europa del Este.

Apuestas

En este sentido, el temor a la expansión de Rusia luego de su intervención en Ucrania alimenta el actual diálogo entre Washington y Londres con los países de la rezagada Europa Oriental, de reciente incorporación a la OTAN y, hasta la crisis vigente, sin mayor peso político interno.

Hoy las apuestas las encabeza quien actualmente se encuentra al frente de la organización, el noruego Jens Stoltenberg, quien en principio se había comprometido a asumir la dirección del Banco Central en Oslo en el mes de octubre. Representantes de los principales países de la Alianza plantearon la necesidad de su continuidad en el cargo más allá del plazo inicialmente fijado.

En caso de que no sea Stoltenberg el elegido, aparece el nombre de la ex primera ministra británica Theresa May. Ella cumple con muchos de los criterios: además de mujer, es una ex jefa de gobierno que proviene del país con el segundo mayor presupuesto de defensa de la OTAN. Incluso también se menciona a Mark Sedwill, quien se desempeñó como secretario del gabinete de May y de Boris Johnson.

Si bien corre con desventaja, existe una expectativa general de que Gran Bretaña impulsaría con fuerza el puesto de secretario general como una forma de demostrar su influencia permanente sobre toda Europa. Pero, justamente después del Brexit, un líder británico podría no ser bien recibido por algunas capitales de la Unión Europea (UE) y, en cualquier caso, Gran Bretaña ya ha proporcionado tres de los trece secretarios generales anteriores.

De ahí entonces que también se mencione a uno de los miembros más nuevos o provenientes de países de menor influencia.

La prensa de Bruselas ya está especulando sobre una vacante para la ministra de Relaciones Exteriores, Sophie Wilmes, quien lideró un gobierno minoritario como primera ministra interina cuando el país enfrentó las primeras oleadas de la pandemia. Se trataría así de una candidata que proviene de un miembro fundador de la UE, que en general es considerado como un buen aliado y socio. Wilmes probablemente recibiría el respaldo de Francia, que tradicionalmente no presenta un candidato propio.

Holanda también tendría un plan B en la figura del primer ministro, Mark Rutte, quien ahora está trabajando para formar una nueva coalición de gobierno.

El rol de Europa Oriental

Por otro lado, y frente al renovado desafío planteado por Rusia, son varios los países de Europa del Este, que también querrán presentar a sus propios candidatos. Sus gobiernos buscarán así una mayor visibilidad y un mayor protagonismo en esta nueva ofensiva contra Moscú.

El nombre que hoy más peso tiene es el de Dalia Grybauskaite, de 65 años, expresidenta de Lituania. En este momento, le juega a favor su hostilidad manifiesta en contra de Rusia, una característica que hace unos pocos meses, en cambio, le restaba varios puntos.

Además, se están mencionando a otras dos mujeres también provenientes de Europa oriental: la ex presidenta Kolinda Grabar-Kitarović de Croacia y la actual presidenta de Estonia, Kersti Kaljulaid.

Grabar-Kitarović fue la primera mujer presidenta de Croacia de 2015 a 2020 y tiene la ventaja de haber trabajado en la sede de la OTAN. También se desempeñó como embajadora en los Estados Unidos de 2008 a 2011, lo que le brinda sólidas relaciones en Washington que, a la hora de la elección, podrían resultar determinantes.

Recordada por su destacada y calculada presencia en la final del último mundial de fútbol, los detractores afirman que Kolinda apostó por la extrema derecha (heredera de los ustachas de la Segunda Guerra Mundial) durante su fallida campaña de reelección presidencial en 2019.

En el caso de la presidenta estonia Kersti Kaljulaid, además de su experiencia y de ser de los países Bálticos, pesa el hecho de provenir de un país que siempre apoya a la OTAN en términos económicos. Kaljulaid emprendió recientemente una campaña sin éxito para convertirse en secretaria general de la OCDE un orgnismo económico que agrupa a los países más ricos.

Rumania es otro aliado de la OTAN que podría darle al presidente Klaus Iohannis una oportunidad para ocupar el puesto de secretario general.

Italia corre de atrás

En tanto que prácticamente sin chances están dos candidatos provenientes de Italia pero que no contarían con el visto bueno de Washington. En primer lugar, Federica Mogherini, ex ministra de Relaciones Exteriores de Italia y ex jefa de política exterior de la UE, a quien se la tiene como demasiado “europeísta”. En cambio, tendría más viabilidad una candidatura de Enrico Letta, ex primer ministro entre 2013 y 2014.

Frente a tantas nominaciones, no está claro hacia donde se dirige la OTAN en medio del actual enfrentamiento con Rusia y avizorando futuros problemas con China. Lo que sí resulta evidente es que, para utilizar la expresión de Emmanuel Macron, si en 2019 la Alianza estaba con “muerte cerebral”, hoy el conflicto con Moscú le habría proporcionado un insospechado electroshock.

Por Daniel Kersffeld, investigador CONICET-Universidad Torcuato di Tella. 

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La primera guerra de la ‘Era del Descenso Energético’

La invasión rusa a Ucrania marca el inicio de una época de belicismo contra la escasez. La ruptura energética entre Rusia y Europa hundiría al país, pero también al continente. Solo Estados Unidos saldría beneficiado

 

El 24 de febrero de 2022, las tropas rusas invadieron Ucrania. Cuando las bombas rusas empezaron a caer, se inauguró una nueva era. El nuevo conflicto bélico en el corazón de Europa nos pilló por sorpresa, pero no debería habernos sorprendido tanto.

Se ha hablado mucho sobre las motivaciones geopolíticas y geoestratégicas de la invasión rusa, de las razones que han llevado a Vladímir Putin a tan osado acto de agresión. Usualmente intentando entender, más que justificar, el porqué de esta atrocidad. La anexión del rico y rusófilo Donbás, el control del mar Negro, la intención de poner un gobierno dócil en Kiev o el freno a la poco decorosa expansión de la OTAN. Razones que sin duda han tenido un gran peso para la mano implacable que rige el Kremlin desde hace décadas. Pero hay un factor al que prácticamente no se le ha prestado atención en toda esta discusión: el energético.

Y no es que no se haya hablado hasta la saciedad, aunque superficialmente, de la enorme dependencia energética que tiene Europa de Rusia, del impacto que tendría la disminución del flujo de gas hacia el Viejo Continente, o del nuevo gasoducto Nord Stream 2 que conectaría Rusia con Alemania directamente a través del mar Báltico. Pero todas esas discusiones nos explican las consecuencias, los efectos del conflicto bélico. No nos hablan de las causas energéticas de esta guerra. No las inmediatas, sino aquellas más profundas, más radicales y soterradas.

Rusia es uno de los pocos países que habla abiertamente del peakoil o cenit de producción del petróleo. De ese momento en el que la producción de petróleo llega a su máximo técnico, económico y físico y comienza inexorablemente a declinar, por más inversión, tecnología e innovaciones que se quieran usar para evitarlo. En línea con otras declaraciones anteriores en el mismo sentido, en 2021 el ministro de Energía ruso reconoció que la extracción de petróleo ruso probablemente nunca remontará a los niveles previos de la pandemia, un gesto de honestidad que raramente encontraremos en cualquier instancia pública occidental. En el mismo sentido, es un hecho bien conocido que la producción de gas natural en Rusia lleva prácticamente estancada desde hace más de dos décadas, con un efímero repunte en los últimos años conducido por la entrada en línea de los últimos campos, en Siberia Oriental. Y ya no se puede ir más hacia el este.

Vivimos en el Siglo de los Límites, y en Rusia, más que en otros países, se es bien consciente e incluso se reconoce públicamente. En los gabinetes del Kremlin se sabe que la bonanza actual que les da la abundancia de recursos minerales, con los energéticos a la cabeza, es pasajera. Y por eso mismo, seguramente a Rusia le interesa situarse lo mejor posible de cara al futuro. Controlar el acceso al mar Negro, neutralizar futuras amenazas, controlar la producción mundial de cereal… Todos ellos objetivos muy alineados con una posible estrategia para hacer frente a los múltiples picos de extracción de materias primas que nos esperan.

En el otro lado del Atlántico también juegan sus cartas. Cuando ya se empieza a reconocer que la bonanza de gas del fracking tiene sus días contados, también a los Estados Unidos le interesa aprovechar esta abundancia mientras dure. El único mercado terrestre que tiene EE.UU. para el gas fósil es el de México, pero es insuficiente para su capacidad productiva actual, así que, para poder transportarlo en barcos, en los últimos años los EE.UU. han incrementado exponencialmente su capacidad de licuefacción de gas, y actualmente, con más de 50.000 millones de metros cúbicos al año, es el primer productor de gas licuado del mundo (GNL). Pero, claro, el gas licuado es mucho más caro, y solo en Europa se lo podrían comprar. Ese es el motivo real por el cual los EE.UU. hace años que se oponen a la finalización del Nord Stream 2 y han puesto todo tipo de trabas al pacto entre rusos y alemanes: perfectamente abastecidos de gas ruso más barato, no habría apenas mercado para el GNL americano.

Pero, ¿cómo justificaba el gigante americano su osadía de interferir en los asuntos comerciales entre otros dos países? La excusa hasta ahora había sido evitar que Alemania (y a través de ella Europa) tuviera un exceso de dependencia energética de Rusia, aunque era difícil de argumentar puesto que igualmente Europa importa de allí grandes cantidades de carbón, petróleo y hasta uranio enriquecido. Ahora la guerra se lo ha puesto mucho más fácil. Y por eso Alemania, a regañadientes, ha tenido que aceptar que el Nord Stream 2 ya no se abrirá, y anuncia grandes inversiones en plantas de regasificación para recibir el gas del amigo americano… los escasos años que le queden antes de empezar a declinar inexorablemente.

Hay, posiblemente, otra motivación más perversa para que a EE.UU. le interese una guerra en Ucrania. En la Era del Descenso Energético no va a haber para todos. No como antes. Y dada la fuerte interdependencia económica entre Europa y Rusia, si se le imponen sanciones a Rusia, Europa sufre también sus consecuencias, mucho más que los norteamericanos.

Sin el gas ruso, ahora mismo Europa colapsaría en cuestión de una semana, y la promesa de reducir en dos tercios las importaciones de gas desde el gigante euroasiático solo se podría conseguir –a falta de proveedores capaces de suplir la enorme cantidad que nos envían los rusos– si el continente sufre un verdadero descalabro económico, una contracción como nunca antes se ha visto. Un colapso de su metabolismo social que por fuerza sería desordenado y caótico. Por eso las sanciones europeas son tímidas. De manera parecida, Europa no puede cortar de repente sus lazos con el carbón ruso, ni con su uranio enriquecido, y a duras penas podría encontrar reemplazo para su petróleo. Rusia se hundiría económicamente con todas esas sanciones, es cierto, pero Europa estaría igualmente hundida. Situación que alguien en EE.UU. quizá ha calculado que podría ser mejor que otra en la que Rusia y la UE se entendieran, forjando una alianza muy peligrosa para los estadounidenses, que se quedarían muy aislados.

Lo que quizá esos cálculos no habían previsto eran las derivadas: conscientes de la descomplejización del Imperio y de que el péndulo parece ir ya hacia el Este, Arabia Saudí está considerando vender en yuanes su petróleo a los chinos. También la India. El uso del dólar como divisa de reserva internacional está en peligro, y con ello que se acelere el más que patente –sobre todo desde la retirada en Afganistán– declive del imperio americano. Estados Unidos depende poco de los productos energéticos rusos –por eso se permite prohibir las importaciones desde Rusia–, pero resulta que sí depende del hierro, níquel o del uranio enriquecido ruso. Y en Rusia, que no son idiotas, han reaccionado con prohibiciones también. Seguramente esto tampoco estaba previsto.

Un mundo verdaderamente multipolar está naciendo, al tiempo que todo esto suena al principio de la desglobalización, la cual era a medio plazo inevitable. Pero también al principio de una fase de sálvese quien pueda –o quien tenga– que puede ser un desastre si enquista odios y venganzas que dificulten la colaboración necesaria para pilotar retos tan urgentes como el climático, que son compartidos.

La Era del Descenso Energético no iba a ser un camino de rosas, eso lo sabíamos. Que de repente las fuentes de energía no renovables (petróleo, carbón, gas natural y uranio) que nos proporcionan casi el 90% de la energía primaria que se consume en el mundo empiecen a disminuir no presagiaba nada bueno. Hablábamos de recesión, de paro, inclusive de revueltas. Pero cada vez queda más claro que también se tratará de más guerras. Guerras para intentar hacerse con los vitales recursos y guerras para ayudar, pero a que otro se vaya al garete.

Entre las más letales y efectivas espoletas de esas guerras se encuentra la escasez de alimentos. Ya advertimos –antes del conflicto– de cómo la fosilización (“hacer depender de los combustibles fósiles”) e industrialización de la agricultura nos habían llevado a la antesala de una grave crisis alimentaria mundial, ahora exacerbada por el conflicto, las sanciones y el control ruso sobre el granero de Europa: Ucrania.

La escasez de cereal anticipa graves problemas en Egipto, Marruecos, Túnez, Argelia… Países cruciales para Europa, que ya conocieron en 2011 unas Primaveras Árabes espoleadas por la carestía de los alimentos. Añádase a esto la dificultad del acceso al agua potable, y verán el conflicto entre Egipto y Etiopía por la Presa del Renacimiento que los egipcios han amenazado varias veces con bombardear. Visualicen la sequía que está afectando a amplias zonas de Sudamérica, Norteamérica, Europa o África por el caos climático. Y añadan a eso una Unión Europea completamente adicta a los recursos minerales que antes le daba Rusia a bajo precio y que ahora tendrá que buscar en otros lugares. Viertan unas gotas de populismo y creciente manipulación mediática auspiciada por los poderes económicos. Exacerben los miedos al desabastecimiento ya entrenados durante el confinamiento, agítenlo fuertemente durante semanas en las que la clase media occidental vea crecer su miedo a dejar de existir al tiempo que lo haga la precariedad. Observen cómo todo ello hace subir la espuma del militarismo, y después, sírvanse el brebaje bien caliente. Et voilà: gracias a esta fórmula conseguiremos que los países europeos hasta se embarquen en guerras, buscando asegurarse recursos vitales para mantener un estilo de vida ya imposible. Y encima, que tal despliegue militar se venda que es en defensa propia (o eso creerá el televidente europeo y español medio).

La guerra de Ucrania no es la última: es la primera de la Era del Descenso Energético, la que marca el punto de ruptura. Un descenso que, como no hagamos algo rápido y coordinado, será a codazos, pisándose unos países a los otros por la falta de honestidad de unos Gobiernos que se resisten a reconocer que hemos chocado contra los límites biofísicos del planeta. En este descenso energético caótico y desordenado, siempre habrá una guerra en alguna Ucrania, ya sea en Europa, Sudamérica, Asia o África. Ahora mismo hay 17 guerras más activas, además de la que ocupa las portadas del primer mundo, que a veces parece la antesala del último.

Pero otro descenso energético es posible. Siempre fue posible y aún lo es. Uno en el cual se asuman los límites del planeta y la extralimitación insostenible del ser humano “civilizado”. Uno en el que reconozcamos que quien tenemos enfrente no es un enemigo al que saquear, sino un hermano al que más nos valdría abrazar con fuerza. Rompamos esta rueda perversa y cooperemos antes de que sea tarde para todos. No a las guerras. Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen.

Por Antonio Turiel / Juan Bordera 18/03/2022

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Conferencia entre Biden y Xi Jinping: advertencias mutuas y un llamado a "trabajar por la paz"

La videoconferencia de poco menos de dos horas concluyó con advertencias de ambas partes. Biden amenazó con represalias en caso de una ayuda directa de parte de China a Rusia, y Xi Jinping le advirtió que la actual guerra muestra que "las relaciones entre Estados no pueden llegar al nivel de la confrontación". Sin más novedades Xi se ubicó como el abanderado de "la paz mundial".

 

Joe Biden y Xi Jinping concluyeron una llamada de casi dos horas durante las cuales el presidente estadounidense había anunciado que advertiría a Beijing que Estados Unidos estaba preparado para tomar represalias si apoyaba activamente a Rusia. Se refería a los rumores filtrados desde los propios funcionarios estadounidenses por una posible ayuda militar China a Rusia. Sin embargo, Xi Jinping que nunca cuestionó la invasión rusa, pero negó que exista apoyo directo, utilizó la conversación ubicándose como líder de una potencia que discute de igual a igual con Estados Unidos, haciendo un "llamado a la paz".

Así, advirtió a Biden que los relaciones entre ambos Estados no deben deteriorarse hasta el punto de llegar a un “nivel de confrontación” y que “Como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, y siendo las dos principales economías del mundo, no solo debemos guiar las relaciones de EE UU y China por el buen camino, sino también asumir nuestras responsabilidades internacionales y hacer esfuerzos por la paz y estabilidad mundiales”

El presidente chino, también urgió a Biden, a "trabajar de forma conjunta por la paz mundial" y dijo que la crisis en Ucrania es algo que "no habrían querido ver", según una transcripción preliminar de la agencia oficial Xinhua, tras la primera conversación que mantienen ambos mandatarios desde noviembre pasado.

"China y EE.UU, no solo deben encauzar sus relaciones por el camino correcto, sino también compartir sus responsabilidades internacionales y trabajar por la tranquilidad y la estabilidad mundial", afirmó Xi Jinping.

Antony Blinken, secretario de Estado de EE. UU., dijo antes de que comenzara la llamada que Biden “dejaría en claro que China asumirá la responsabilidad de cualquier acción que tome para apoyar la agresión de Rusia, y no dudaremos en imponer costos”. Jen Psaki, secretaria de prensa de la Casa Blanca, dijo a los periodistas que la llamada era una oportunidad para que Biden viera “dónde se encuentra el presidente Xi”.

El domingo, funcionarios estadounidenses filtraron al diario New York Times la información de que Rusia supuestamente había pedido a China apoyo militar directo en Ucrania. Sin embargo, los funcionarios chinos negaron inmediatamente esa acusación.

La respuesta llegó a las pocas horas cuando el embajador de China en Estados Unidos escribió en el Washington Post que China respalda las conversaciones de paz para poner fin al conflicto, aunque no condenó el reaccionario ataque de Rusia.

En esa misma tónica se mantuvo este viernes la postura de Xi Jinping, sin condenar el ataque y haciendo un llamado a "trabajar por la paz", tratando de evitar que el conflicto lo afecte en un momento en que enfrenta un rebrote de coronavirus con cierres de importantes ciudades, incluyendo el polo industrial de Shenzhen, y de algunos puertos, y con una diversos problemas económicos.

Ante los rumores provenientes de Washington el analista James Palmer de Foreign Policy ya señalaba que “Las probabilidades de que China brinde apoyo militar directo a Rusia todavía parecen bajas, por varias razones. China también tiene dos crisis en curso: omicron y la economía . Asumir una tercera parece demasiado”.

En la conversación, Xi Jinping volvió a insistir en su postura de abogar por un diálogo para poner fin a la guerra en Ucrania.

Como señalamos en un artículo reciente "la prensa occidental, ligada a los objetivos de la OTAN, viene tratando de introducir una cuña en el acercamiento estratégico entre Pekín y Moscú. El interés anunciado de China en actuar como intermediario para un alto el fuego en Ucrania, y el consejo de Xi a Putin para resolver el problema con "negociaciones equilibradas", dan fe de que la preocupación por la estabilidad no ha cambiado en Pekín, en un año decisivo para el Gobierno central. A fines de 2022, Xi buscará un tercer mandato sin precedentes en el XX Congreso del Partido Comunista, lo que implica meses de preparación y disciplinamiento de las filas de la burocracia bonapartista a nivel municipal y provincial (...) El aumento de los precios de las materias primas, la alza inflacionaria y el riesgo alimentario en China pueden generar convulsiones sociales que pongan en riesgo los preparativos para la apoteosis de Xi en noviembre".

Viernes 18 de marzo

 

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