Martes, 01 Marzo 2022 06:09

Guerra, medios y censura

Guerra, medios y censura

La determinación de las empresas internéticas Meta (que engloba a las redes sociales Facebook, Instagram y WhatsApp) y Alphabet (propietaria de las plataformas Google y Youtube) de bloquear o restringir los contenidos de los medios rusos Sputnik y RT en el contexto de la incursión militar de Rusia en Ucrania, marca un nefasto precedente en materia de libertad de expresión y derecho a la información.

Meta argumentó que la empresa recibió "peticiones de varios gobiernos y de la Unión Europea para que tomemos nuevas medidas en relación con los medios de comunicación controlados por el Estado ruso" para eliminar el acceso a los referidos en ese conglomerado de países.

En tanto, Alphabet decidió restringir el acceso de Sputnik y RT a sus sistemas de publicidad, con lo cual no sólo impide la monetización de ambos sino que limita severamente su presencia en el buscador Google y en la plataforma de correo electrónico Gmail.

La red social china TikTok se sumó a la medida y excluyó ambos medios rusos de sus contenidos disponibles en Europa.

En momentos de conflicto bélico, cuando se multiplican la desinformación y las simples mentiras mediáticas disfrazadas de noticias ( fake news), resulta especialmente relevante que las audiencias puedan contrastar versiones diversas e incluso contrapuestas y decidir por sí mismas dónde está la verdad de lo que ocurre.

El argumento de que los medios informativos censurados son vehículos de "propaganda rusa" es tan pueril como faccioso: por un lado, resulta imposible establecer con plena certeza qué es información y qué es propaganda en los canales informativos de países beligerantes y, por el otro, hay instituciones informativas parcial o totalmente financiadas por gobiernos que apoyan a Ucrania en el presente conflicto –es el caso de la BBC británica, la DW alemana y la VOA estadunidense, por ejemplo– y, si se aplicara la misma lógica que a sus contrapartes rusas, tendrían que ser sometidas también a la censura parcial o total.

Es pertinente recordar, por otra parte, que los afanes de descalificar a los medios rusos como instrumentos de propaganda vienen de tiempo atrás, en concordancia con una creciente campaña antirrusa orientada a convencer a los públicos occidentales de que el gobierno de Moscú interfiere en procesos electorales (como se dijo del de Estados Unidos de 2016) por medio de Internet, roba secretos tecnológicos o tolera o incluso impulsa la ciberdelincuencia.

Se trata, a fin de cuentas, de una actualización de los arquetipos del macartismo que imperó en los años más oscuros de la guerra fría y en satanizaciones anticomunistas como la caracterización de la extinta Unión Soviética como el "imperio del mal" por parte del ex presidente estadunidense Ronald Reagan (1980-1988).

Es inevitable que los bandos enfrentados en un conflicto, sobre todo cuando se trata de uno bélico, descalifiquen mutuamente a sus medios como vehículos de propaganda o de-sinformación, pero la decisión de censurarlos es un paso adelante en la nueva escalada de tensiones entre la Unión Europea y los países de la Unión Europea y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, por un lado, y de Rusia, por el otro.

Por añadidura, tal determinación no afecta tanto al gobierno que encabeza Vladimir Putin cuanto a las sociedades que se ven privadas de puntos de referencia que, propagandísticos o no, resultan indispensables para entender lo que ocurre en los escenarios bélicos de Ucrania y, en general, en este nuevo encontronazo geopolítico.

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Denuncian a nueve grandes mineras por querer operar en tierras protegidas de Brasil

Duro informe de la ONG Amazon Watch y la Asociación de los Pueblos Indígenas de Brasil

Impulsadas por miles de millones de dólares de bancos internacionales y firmas de inversión, grandes compañías mineras buscan expandirse por tierras indígenas protegidas en la selva amazónica de Brasil, sostiene un informe publicado este martes. Nueve mineras gigantes, entre ellas la brasileña Vale, la británica Anglo American y la canadiense Belo Sun, presentaron solicitudes de autorización para explotar reservas indígenas en Brasil a pesar de que actualmente es ilegal, según un informe de la ONG ambientalista Amazon Watch y la Asociación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB).

El documento sostiene que dicha expansión privada "está en el centro de la intensa agenda del gobierno de Jair Bolsonaro para desmontar la legislación ambiental y apoyar al sector minero, la apertura de los territorios indígenas para la minería industrial y a la pequeña o artesanal (llamados garimpos)". Además apunta a los fondos estadounidenses Capital Group, BlackRock y Vanguard como los principales financistas de "las empresas citadas por sus intereses en tierras indígenas y por su historial en violación de derechos".

La aprobación del proyecto de Ley 191/2020 del gobierno de Bolsonaro "puede causar la pérdida de 160 mil km2 de selva amazónica", señala el informe, que agrega que en 2021 la deforestación vinculada a la minería aumentó un 62 por ciento respecto a 2018, año en el que Bolsonaro llegó al poder.  

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Lunes, 21 Febrero 2022 06:43

Prosperidad exclusiva

Prosperidad exclusiva

La riqueza de los 10 hombres más acaudalados del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk (en imagen de archivo), Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg y Warren Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva pasó de 700 mil millones a 1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México). Foto Ap

“Compra cuando hay sangre en las calles” es un dicho de Wall Street con el cual una fuente de La Jornada en uno de los bancos más grandes del sector nos explica la reciente baja en la Bolsa de Valores que se atribuye a "preocupaciones" por una posible guerra en Ucrania.

¿Pues no que las guerras son buen negocio? Explica que en el camino hacia un conflicto armado los mercados financieros tienden a "preocuparse", causando una baja, pero al estallar una guerra, eso suele llevar a una alza en los valores bursátiles; por eso el dicho. Según algunos, la cita se atribuye al barón Rothschild en el siglo XVIII, quien hizo una fortuna durante el pánico de la Batalla de Waterloo contra Napoleón. La cita entera, según otros, fue "compra cuando hay sangre en las calles, incluso si esa sangre es tuya".

Para unos pocos, guerras, pandemias, crisis sociales y económicas y cambios de gobierno por elecciones dentro de las reglas del sistema no sólo no interrumpen su gran juego de negocios, sino que ofrecen aún más oportunidades para lucrar. No es que todos los mega-rricos estén de acuerdo en todo, pero sí hay un consenso en lo más fundamental que viene desde los orígenes de este país. James Madison, como suele recordar Chomsky, estableció durante la Convención Constitucional de Estados Unidos que la responsabilidad primordial del nuevo gobierno era "proteger la minoría de la opulencia contra la mayoría". Madison, una década despues, asombrado por la avaricia y abuso de esos ricos, se arrepintió un poco, denunciando que se comportaban como "los instrumentos y tiranos del gobierno". Eso, según Chomsky, es tan actual hoy día como lo fue entonces.

En 2006, Warren Buffett, entre los 10 hombres más ricos del país, causó un terremoto cuando se atrevió a expresar una verdad al comentar al New York Times: "claro que sí hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo esa guerra, y la estamos ganando".

Todo indica que no sólo están ganando esa guerra, sino que también están ganando más lana que nunca.

La riqueza de los 10 hombres más ricos del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates, Larry Ellison, Mark Zuckerberg y Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva se elevó de 700 mil millones de dólares a $1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México).

Para ganar 1.5 billones de dólares, uno tendría que ganar un millón de dólares al día por 1.5 millones de días, o sea, 4 mil años.

En Estados Unidos, la riqueza combinada de los poco más de 700 multimillonarios se incrementó más de 70 por ciento durante la pandemia (entre marzo de 2020 y octubre de 2021) par ascender a más de 5 billones de dólares, según un análisis del Institute for Policy Studies (https://inequality.org/facts/wealth-inequality/).

No sorprende que la ciudad de Rotterdam esté dispuesta a desmantelar un puente histórico para permitir que pase un nuevo superyate de Jeff Bezos, o que esa industria tuvo su mejor año en 2021, o que Rolls-Royce reportó ventas sin precedente en su existencia de 117 años, incluyendo modelos que cuestan de 300 mil a 455 mil dólares.

“Hay muy, pero muy buenas noticias para la clase multimillonaria: hoy, ustedes son dueños de más ingreso y riqueza, en porcentaje, que en cualquier momento en la historia de Estados Unidos. ¡Felicidades! Como resultado de un traslado masivo de riqueza de la clase trabajadora al 1 por ciento más rico a lo largo de los últimos 50 años, el 1 por ciento más rico ahora tiene más riqueza que el 92 por ciento de la población… Tal vez el momento está llegando cuando deberíamos de… felicitar a la clase multimillonaria por llevar a este país hacia la forma oligárquica de sociedad que tanto han deseado”, declaró Bernie Sanders ante el pleno del Senado la semana pasada.

Algunos de estos datos sobre los más ricos y sus vidas de ultralujo provocan pensar, bromeó Stephen Colbert, en algo así como "construyamos una guillotina".

Joel Grey/Lisa Minnelli. Money (de Cabaret). https://www.youtube.com/watch?v=PIAXG_QcQNU&t=165s

O’Jays. For the love of Money. https://www.youtube.com/watch?v=GXE_n2q08Yw

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Bajo la marea negra: el poder de las multinacionales de los combustibles fósiles

 

Las compañías petroleras contaminan el medio ambiente de las regiones pobres y celebran ganancias récord en los mercados bursátiles. El movimiento climático debe encontrar una manera de resistir. Dos activistas explican como puede funcionar esto.

Un vistazo rápido a los titulares de las últimas semanas podría dar la impresión de que 2022 no comenzó particularmente bien para la industria petrolera: en Perú, el grupo español Repsol fue responsable de un grave desastre petrolero a mediados de enero después de que miles de barriles de petróleo se vertieran en un accidente de un petrolero. Las imágenes de las playas contaminadas dieron la vuelta al mundo y el país sudamericano declaró el estado de emergencia medio ambiental. Solo unos días después, el vecino Ecuador también experimentó una grave crisis. En medio de la selva amazónica, un deslizamiento de tierra dañó un oleoducto. Más de un millón de litros de petróleo se vertieron en las regiones circundantes [regiones de selva amazónica en la frontera de las provincias de Napo y Sucumbios, con riesgo inmediatamente declarado de contaminación del río Coca].

Casi al mismo tiempo también se acumularon informes procedentes del este de Tailandia. Después de una fuga en un oleoducto submarino, se formó una marea negra que se extendía rápidamente y el gobierno tuvo que cerrar las “playas de ensueño” de la región de Rayong, que eran populares entre los turistas. En Argentina miles de personas han estado tomando las calles durante semanas para protestar contra las decisiones adoptadas por el gobierno poco antes del fin de año 2021. Estas permitirían al grupo argentino YPF, al grupo noruego Equinor y a Shell buscar materias primas fósiles en la costa utilizando métodos sísmicos. Estos métodos están asociados con un enorme ruido bajo el agua y representan una amenaza directa para la orientación de los animales marinos.

Las empresas celebran el éxito en el mercado de capitales

Sin embargo, si nos fijamos en los mercados bursátiles, la situación es bastante diferente: la industria del petróleo y el gas está en auge. Hay un estado de ánimo de celebración, por ejemplo, en la compañía petrolera Shell, que ha multiplicado por catorce(!) sus ganancias en el último trimestre de 2021. Exxon Mobil registra las mayores ganancias en siete años. Incluso el grupo español Repsol, que estuvo involucrado en varios escándalos, ha pasado el mes económicamente sin mayores problemas. Esto muestra lo bien que están organizadas las empresas fósiles. Los gobiernos a menudo tienen poco con lo que oponerse a ellas, especialmente en los países donde se extraen las materias primas. Dado que la facturación anual de algunas corporaciones supera el rendimiento económico de países enteros, esta impotencia no es sorprendente.

Pero, ¿qué significa esto para el movimiento de resistencia climático, cuya resistencia hasta ahora parece estrellarse debido a la influencia de la poderosa industria del petróleo y el gas? En los países donde se extraen principalmente los recursos, las y los activistas están experimentando una enorme represión. Regularmente, las y los ecologistas son amenazados o incluso asesinados. Sin embargo, en una sociedad racista, poco importa lo que ocurra en los países del Sur. En los países en los que se encuentran las sedes de las empresas transnacionales, este tema está muy a menudo ausente de la retórica del movimiento de protesta. Los gobiernos incluso consideran a las industrias fósiles como socias en la lucha contra la crisis climática.

Un día de acción internacional

Por lo tanto, el movimiento climático se enfrenta a dos desafíos: en primer lugar, los crímenes ecocidas de las corporaciones fósiles en los países del Sur y su influencia masiva en las sociedades del Norte deben ser situadas en el centro de atención. En segundo lugar, las preocupaciones de las personas de las regiones más afectadas deben estar situadas en primer plano. Porque son ellas quienes han resistido durante mucho tiempo frente a las estructuras de poder neocoloniales de las corporaciones multinacionales.

Un día internacional de acción contra el capitalismo fósil organizado con poca antelación el viernes pasado, 4 de febrero, mostró cómo esto puede funcionar. Como consecuencia de los numerosos desastres petroleros de las últimas semanas, más de 50 grupos de 19 países se reunieron bajo el lema de una Global Coastline Rebellion (Rebelión costera global). Las protestas fueron apoyadas en particular por grupos de los países del Sur, como Argentina, Perú y Sudáfrica. Mediante varias acciones, pidieron un levantamiento mundial de las comunidades costeras contra aquellas corporaciones que destruyen sus medios de vida.

Una cuestión de deuda climática

También se produjeron manifestaciones contra la industria fósil, incluida la empresa alemana Wintershall DEA, en Hamburgo y Berlín. El movimiento climático europeo se unió a grupos de América Latina. Las protestas se centraron, entre otras cosas, en la demanda de reparaciones a las comunidades dañadas y la cancelación de la deuda de los países del Sur. A cambio, las materias primas fósiles se dejarían en el suelo: deuda climática contra deuda financiera, o "climate debt swap” (intercambio de deuda climática), como lo llamó el activista argentino Esteban Servat.

La orientación internacional de las protestas, tanto en sus reivindicaciones como en su organización, es importante. Solo de esta manera se pueden desenmascarar las contradicciones de la política de ubicación climática/nacionalista del gobierno federal de Alemania, que transfiere de forma mal definida los costes de una transformación supuestamente ecológica del capitalismo a los países del Sur. Pero sin restringir drásticamente el poder de las compañías de petróleo y gas con sede en el Norte y organizar democráticamente la producción de energía, los objetivos climáticos tanto en el Norte como en el Sur serán inalcanzables. Esto requiere una presión masiva desde abajo.

Un solo día de acción es solo una gota en el océano. Pero la amplitud de la movilización espontánea muestra lo grande que es el potencial para un movimiento climático orientado internacionalmente. Sin embargo, aún más notable que el tamaño de los grupos y países involucrados es la inversión exitosa de las relaciones de poder anteriores: las preocupaciones de las y los directamente afectados por la extracción de materias primas fósiles se han colocado en el centro de las protestas de un movimiento de justicia climática en su mayoría blanco y eurocéntrico. La gente se reunió más allá de los movimientos y países, en una acción dirigida por el Sur contra instituciones neocoloniales como el FMI, el Banco Mundial y las empresas transnacionales. Como recordó uno de los organizadores en Berlín: "Tal vez éste pueda ser el comienzo de una nueva forma de movilizarse; en la que el Norte puede unirse con el Sur y llevar a cabo la lucha contra las corporaciones que nos matan".

09/02/2022

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Al encontre (Artículo publicado originalmente por la revista Der Freitag).

*Louise Wagner es socióloga y forma parte de varias alianzas internacionales que luchan por la justicia ambiental y climática. Elias König es el autor de Klimagerechtigkeit warum wir braucht eine sozial-ökologische Revolution (Unrast-Verlag) (La justicia climática: por qué necesitamos una revolución socioecológica) y participa en la alianza Shell Must Fall.

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Las trampas del “cero neto” y la geoingeniería

«Más de 1500 empresas transnacionales, incluidas las mayores petroleras y automotrices, las empresas de agronegocios y alimentarias, las mayores financieras y gestoras de activos, las gigantes tecnológicas, han anunciado que alcanzarán estas “cero emisiones netas” entre 2040 y 2060».

Este artículo forma parte de la revista Biodiversidad, sustento y culturas #111

El hilo rojo con que los grandes contaminadores nos quieren hacer creer que están actuando para enfrentar la crisis climática es el concepto “cero neto”. Se refiere a que en lugar de reducciones reales de las emisiones de los gases con efecto de invernadero (GEI), se puede seguir aumentando las emisiones si se las “compensa” con medidas tecnológicas o de mercado. Sin cambios reales, plantean hacer sumas y restas que resultarían en cero emisiones “netas” ( https://tinyurl.com/ypsyfmhm)

Más de 1500 empresas transnacionales, incluidas las mayores petroleras y automotrices, las empresas de agronegocios y alimentarias, las mayores financieras y gestoras de activos, las gigantes tecnológicas, han anunciado que alcanzarán estas “cero emisiones netas” entre 2040 y 2060. Esta lógica se basa en tres pilares: las llamadas “soluciones climáticas basadas en la naturaleza”, que incluyen desde megaplantaciones y monocultivos a la apropiación, conversión y/o redefinición de todo tipo de áreas naturales y agrícolas como áreas prioritarias de captura de carbono; una serie de técnicas de geoingeniería (que aún no existen) desplegadas a gran escala para captar carbono o reflejar la luz solar para bajar la temperatura; nuevos mercados de carbono para comerciar créditos de carbono en suelos agrícolas, mares y humedales, junto a mercados de “compensaciones” por contaminación ambiental y destrucción del clima y la biodiversidad.

Cada pilar conlleva serios problemas. Por ejemplo, usar más tierras y bosques de los que hay disponibles en el planeta, no funciona para enfrentar la crisis climática pero alienta una ola global de acaparamientos y desplazamiento de comunidades de sus territorios ( https://tinyurl.com/53y57kpj). Justamente, como saben que no será suficiente, muchos de los mismos actores impulsan desde ahora también peligrosas nuevas tecnologías para “aumentar la capacidad de la naturaleza” para absorber carbono (por ejemplo manipulación genética de cultivos, árboles, microbios del suelo) y para captar carbono de la atmósfera con geoingeniería. Además de que al presentarlas como tecnologías climáticas esperan recibir importantes subsidios públicos, también trabajan en la perspectiva de nuevos mercados de carbono que incluyan estas actividades.

Qué es la geoingeniería

La geoingeniería se refiere a un conjunto de propuestas técnicas para intervenir a gran escala el sistema climático del planeta. Estas propuestas, aún estando muy poco desarrolladas, han adquirido un lugar importante para el afincamiento del engañoso concepto de “cero neto”. Gobiernos y corporaciones apuestan a que podrán hacer una remoción masiva de dióxido de carbono de la atmósfera por medios tecnológicos, con técnicas de geoingeniería. Por ejemplo, varios países de América Latina planean la construcción o mejoramiento de infraestructura para la captura y almacenaje de carbono (CAC). El desarrollo de otras propuestas de geoingeniería como la captura directa en el aire (CDA) y la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECAC), también se han incluido en las llamadas “contribuciones determinadas a nivel nacional” de varios países, como acción contra el cambio climático. Pese a ello, no está demostrada la viabilidad de estas tecnologías, que tienen un costo prohibitivo y conllevan graves riesgos y efectos secundarios para la gente y los ecosistemas [1].

Todas las técnicas de geoingeniería destinadas a remover CO2 de la atmósfera requieren gran caudal de recursos: energía, tierra, agua, biomasa y/o minerales. Dichas técnicas tendrían que desplegarse a una escala enorme, de lo contrario no tendrían ningún efecto en el cambio climático. El desarrollo de las técnicas RDC (Remoción de Dióxido de Carbono) implica por tanto, el establecimiento de nuevas industrias extractivas transnacionales de gran tamaño, que crearán nuevas emisiones de GEI con la construcción de infraestructura y en la cadena industrial de sus actividades.

Estos sistemas de infraestructura reproducirán y/o profundizarán con toda probabilidad los patrones injustos de extracción y explotación de la tierra y de los recursos que ya existen, aumentando los impactos sobre las comunidades afectadas por las industrias extractivas tanto en el Sur como en el Norte global. A gran escala significan impactos devastadores en comunidades y ecosistemas, como acaparamiento de tierras y violaciones a los derechos humanos.

La perspectiva de expandir BECAC —el enfoque de geoingeniería más favorecido por los modelos climáticos— también conduce a la destrucción a gran escala de la biodiversidad y ecosistemas naturales y a su sustitución por monocultivos de biomasa como materia prima para la producción de energía. Se estima que BECAC en particular promoverá la competencia con las áreas de cultivo de alimentos y por tanto la subida de precios de éstos.

En general, la aplicación de la geoingeniería conllevará riesgos devastadores e impactos ecológicos y sociales injustificables. Y es importante recordar que su capacidad para remover eficazmente grandes cantidades de CO2 de la atmósfera no ha sido demostrada en ninguna parte.

Estados Unidos y China invierten en geoingeniería. Es muy preocupante que Estados Unidos y China, los dos mayores emisores de GEI globales, en su declaración conjunta a la COP26 incluyeron la cooperación para “el despliegue y aplicación de tecnologías como captura, uso y almacenamiento de carbono y captura directa de aire” (CAC y CAD). ( https://tinyurl.com/9rd3w49h)

Esas técnicas de geoingeniería demandan enormes cantidades de energía, agua y ocupación de tierras, por lo que tomadas en su ciclo completo producen más gases de efecto invernadero (GEI) que los que dicen “capturar”. La llamada captura directa de aire se hace con grandes ventiladores que filtran aire y separan el CO2 con solventes tóxicos. Este CO2 se podría volver a usar en combustibles u otros productos, o inyectarlo en fondos geológicos terrestres o marinos, como pozos petroleros ( https://tinyurl.com/253hapnv). Más del 85 por ciento de los proyectos de captura y almacenamiento de carbono planean inyectar ese CO2 para extraer reservas profundas de petróleo que antes no podían acceder, lo que resulta en mayor extracción de petróleo y nuevas emisiones. Con otros usos intermedios, o emiten más gases de los que dicen capturar o solo posponen por un corto tiempo la re-emisión.

Ambos procesos demandan nueva infraestructura, materiales, transportes y conllevan riesgos de contaminación tóxica: el CO2 concentrado y líquido es tóxico para la vida humana, animal y vegetal, los solventes son tóxicos, etc. La alta demanda de energía resulta en el uso de más combustibles fósiles o de energía nuclear —altamente riesgosa y con desechos radioactivos que persisten miles de años— o en una competencia por el uso de energías renovables que no existen en cantidad suficiente y son necesarias para actividades que eviten las emisiones existentes, no para contrarrestar nuevas.

Es significativo que los principales inversores de ambas tecnologías son grandes petroleras, automotoras y mineras como Chevron, Exxon, Occidental, BHP Billiton, Shell, Total, Volkswagen, que esperan así justificar la explotación petrolera y recibir más subsidios públicos y nuevas ganancias en mercados de carbono, al clasificarlas como tecnologías climáticas. (https://tinyurl.com/2djxf94v)

El concepto “cero emisiones netas” es una trampa letal, una coartada para que los contaminadores del clima y el ambiente no cambien nada y hagan nuevos negocios. Malgasta el poco tiempo que tenemos para enfrentar realmente la crisis climática y promueve las riesgosas técnicas de geoingeniería.

– Para descargar el artículo en PDF, haga clic en el suguiente enlace: Las trampas del “cero neto”… (441,30 kB)

 

16 febrero 2022

Notas:

[1] Para una lista detallada de las tecnologías y sus impactos, ver Geoingeniería: El gran fraude climático, Biofuelwatch, Fundación H.Boell y Grupo ETC, 2019.

Publicado originalmente en Revista Biodiversidad, sustento y culturas #111

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Jueves, 10 Febrero 2022 06:17

Tecnología de punta: firmas, Estado

Tecnología de punta: firmas, Estado

Biden estremeció a las familias y gobiernos de la Unión Europea al amenazar con un ataque militar al gasoducto North Stream 2, con una capacidad total de 55 mil millones de metros cúbicos de gas natural. Francia y Alemania muestran "desinterés" en la promoción que hace EU desde la OTAN: una guerra que fácilmente se intensificaría a nivel nuclear por los emplazamientos y despliegues de ese tipo alentados por Washington. Hasta ese punto llega la defensa del interés privado nacional de Estados Unidos.

La relación entre la corporación y el Estado en EU y sus instrumentos de seguridad nacional, incluyendo sus proyecciones globales de poder militar, como los servicios de inteligencia dedicados al espionaje económico, tecnológico y financiero, y probablemente el montaje de operaciones especiales y clandestinas en las esferas de la alta tecnología es tan estrecha que no dudo de calificarla de simbiosis, en un contexto de crisis y creciente competencia por los mercados.

En el campo de la tecnología de punta y en todas las áreas de mayor impacto económico, la adaptación del área agro-industrial a energías renovables hidro-eléctricas, solares, eólicas (el término de energías limpias no aplica a la nucleoelectricidad ni al gas natural,) es donde se hacen evidentes las interacciones entre el Estado y la corporación.

Como parte sustancial de su estructura y dinámica capitalista se trata de instituciones dedicadas al logro de ganancia por medio de una amplia red de sistemas administrativos y financieros que se encaminan a la planeación centralizada a escala internacional de recursos humanos y materiales, incluyendo los de importancia estratégica y geopolítica como ciertos recursos naturales: combustibles fósiles, uranio, minerales no-energéticos, agua, biodiversidad y litio.

El principal propósito de la empresa es organizar e integrar su actividad económica internacional de tal forma que se maximice la ganancia corporativa. Se trata de una estructura orgánica en la cual cada parte está diseñada y opera para servir al todo, aunque se sabe que entre estas unidades también prevalece la rivalidad. Al fin de cuentas la corporación mide su éxito o fracaso no por medio de la evaluación de una subsidiaria o la conveniencia de producir ciertos productos, o por su impacto social y ambiental en un país dado, sino por medio del crecimiento de las ganancias de todo el grupo corporativo y consecuentemente desde el grado de control que logra en las parcelas más importantes del comercio mundial, donde el espionaje económico le resulta vital.

Un claro ejemplo, entre otros, es el de Echelon. Un instrumento usado por EU, Gran Bretaña, Canadá , Nueva Zelanda y Australia dedicado a interceptar mensajes radiales, satelitales, teléfonos correos electrónicos faxes, etcétera, que opera a nivel mundial. El Parlamento Europeo considera Echelon una ofensiva de espionaje económico, comercial de secretos empresariales y tecnológicos ya que al momento de ser descubierto (septiembre de 2001), podría interceptar más de 3 mil millones de mensajes diarios.

El Parlamento Europeo denunció que al acceder a esa gama de comunicaciones originadas y/o recibidas por Europa, EU violaba la Convención Europea de Derechos Humanos. En esta expresión de la conflictividad intercapitalista, se asume que personal de la NSA de EU, que opera en Inglaterra y Alemania, intercepta mensajes de interés para favorecer a las empresas estadunidenses en su competencia por ventas o adquisiciones (CNN, 2001) entre otros ejemplos.

Se trata de áreas de la competencia intercapitalista que si bien son presentadas bajo el marco de las fuerzas del libre mercado, resultan operar bajo cánones y relaciones de poder que se desahogan en el aparato de seguridad nacional, íntimamente vinculadas como concepto con los intereses empresariales y también con los inmensos presupuestos públicos destinados al financiamiento de la investigación y desarrollo en áreas de avance tecnológico de las que se gestan vitales polos actuales y/o potenciales, de acumulación.

Las grandes empresas dedicadas a la minería, a la actividad petrolera o las que son contratistas de las agencias militares de las principales potencias para la producción de materiales y desarrollo de tecnología bélica han desarrollado a lo largo de las décadas "lazos especiales" con los organismos y/o personeros del la "seguridad nacional". Las estrechas relaciones entre las partes se expresan en lo que la sociología política de EU conoce como revolving door (puerta giratoria) para describir el intenso tráfico de personal y de influencias de lo público a lo privado y viceversa.

En EU es una relación presente desde la Guerra Civil e intensificada desde la instauración de la movilización bélico-industrial permanente después de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora trata de mantener su vigencia azuzando una guerra contra Rusia desde la OTAN, con Europa, de nuevo, como campo de batalla.

www.jsaxef.blogspot.com

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Lunes, 31 Enero 2022 05:51

Reseteados

Reseteados

DAVOS Y LOS MILLONARIOS INDIGNADOS POR LA DESIGUALDAD

 

Los diez hombres más ricos del mundo tienen seis veces más que el conjunto de los 3.100 millones de personas más pobres. La distancia crece y sus sombras atemorizan incluso a los más beneficiados.

                       

  • Los informes se suceden y las conclusiones son las mismas: las desigualdades entre ricos y pobres han llegado a niveles desconocidos desde, por lo menos, comienzos del siglo XX. El año pasado se cerró con la difusión de un macroestudio del Laboratorio sobre la Desigualdad Global (véase «Mundo Musk», Brecha, 7-I-22) y 2022 se abrió con uno de Oxfam que reafirma el anterior y aporta datos complementarios. El documento de la ONG británica («Las desigualdades matan») se presenta como un balance de lo sucedido desde el inicio de la pandemia de covid-19. Parte de marzo de 2020 y llega a noviembre último. En ese lapso, dice Oxfam, los diez hombres más ricos del planeta duplicaron sus ya siderales fortunas: ganaron, en promedio, unos 15 mil dólares por segundo, es decir unos 1.300 millones al día, para llegar a acumular una riqueza seis veces mayor a la que tienen, todos juntos, los 3.100 millones de personas más pobres del planeta.

Los milmillonarios siguen siendo una pequeña elite: 2.755 en todo el mundo, hasta donde Oxfam pudo contar, pero son casi unos 700 más que antes de la pandemia. Están, entre ellos, los dueños de las GAFAM (sigla de Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), el cowboy espacial Elon Musk, el gurú de Wall Street Warren Buffett, pero se les sumaron, entre otros, cinco ejecutivos de las grandes farmacéuticas, como Pfizer, Biontech, Moderna. «En todo este tiempo, en lugar de vacunar a miles de millones de personas en países de renta media y baja, se generaron 1.000 millonarios gracias a esas vacunas, vendidas por empresas que deciden de hecho quién vive y quién muere», denuncia Oxfam. En el marco de este apartheid de las vacunas, las farmacéuticas se embolsaron unos 1.000 dólares por segundo (86,4 millones por día) en beneficios.

Si los riquísimos crecieron en número –y los bienes destinados a ellos se vendieron bastante más que antes de la pandemia–, los pobres de toda solemnidad, esos que viven con menos de 5,5 dólares por día, aumentaron infinitamente más: en 160 millones. Aun si a los milmillonarios se les sacara, por ejemplo, vía impuestos, el 99 por ciento de su fortuna, dice Oxfam, seguirían siendo más ricos que los pobrísimos.

También creció en el año y medio analizado la brecha entre países y la brecha en el interior de los países más ricos. Y la brecha entre hombres y mujeres, y la que separa a los blancos de los negros o los indios u otras «minorías».

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El informe de Oxfam, además de sus datos, tiene otro mérito: destruye el mito de que los ricos y los riquísimos son ricos y riquísimos debido a sus habilidades, su talento, su capacidad de innovación, su creatividad y que, en definitiva, el resto de los mortales deberíamos estarles agradecidos por tanto empeño, trabajo, generosidad, y por tanta generación de empleo. Pues bien, su fortuna de este año y medio provino, esencialmente, de no hacer nada. De sentarse a esperar y dejar que el precio de las acciones de sus empresas aumentara y aumentara.

«La ironía absoluta de este aumento fabuloso de las riquezas de los ricos –dice el diario francés Libération, que poco puede ser confundido en sus recientes versiones con una publicación de izquierda radical– es la consecuencia directa de políticas públicas de respaldo a la economía para hacer frente a la crisis económica provocada por la pandemia de covid-19. El vertido masivo de dinero decidido por los Estados engendró, en un contexto de tasas de interés sumamente bajas y, en consecuencia, no remuneradoras, una corrida hacia los mercados de acciones. Las fortunas de todos los Elon Musk, Jeff Bezos, Bernard Arnault de este mundo están precisamente asentadas en el valor de las participaciones en las empresas que dirigen o poseen. […] Un ejemplo es el de Apple, la empresa más cara de la historia, que superó recientemente los 3 billones de dólares en la bolsa de Wall Street.»

Quentin Parrinello, representante de Oxfam en Francia, fue más claro aún: «Si esta gente se enriqueció, no fue por la mano invisible del mercado ni por sus brillantes opciones estratégicas, sino principalmente por el dinero público que les fue entregado sin condiciones por los gobiernos y los bancos centrales». Es un fenómeno similar al de las farmacéuticas y los laboratorios productores de las vacunas, que se beneficiaron de gigantescas subvenciones públicas que les generaron aún más gigantescas ganancias privadas. El resultado de todo esto es «más riqueza para unos pocos y más deuda pública para todos», dijo el director de Oxfam en España, Franc Cortada. «No vino solo, no cayó del cielo: es consecuencia de políticas.»

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El informe de Oxfam fue presentado ante el Foro Económico Mundial (FEM), ese «intelectual colectivo» de los poderosos del mundo que se reúne desde hace ya décadas en las alturas de la coquetísima ciudad alpina de Davos, en la riquísima Suiza. La paradoja es solo aparente.

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Fue en 1971 que el ingeniero alemán Klaus Schwab tuvo la idea de crear un ámbito para que los grandes empresarios y banqueros europeos «dispusieran de tiempo y espacio para pensar el mundo en el que viven y proyectarlo hacia el futuro». Lo llamó Simposio Europeo del Management y lo instaló en Davos, una pequeña localidad montañosa (hoy no supera los 11 mil habitantes) promocionada en el siglo XIX para el tratamiento de la tuberculosis por su microclima seco y frío. Thomas Mann ambientó allí La montaña mágica.

Hoy Davos es una (cara) estación de esquí. «Es un lugar ideal para que los grandes empresarios, los creadores de riqueza encuentren el reposo que necesitan para pensar más allá de lo que sus obligaciones les imponen cada día», dijo en su momento Schwab. Unos 15 años después, el simposio salió del marco estrictamente corporativo y regional y dio paso al Foro Económico Mundial, incluyendo a gobernantes, dirigentes políticos de variado pelaje (fundamentalmente conservadores y liberales, pero también socialdemócratas), académicos y «analistas».

Rápidamente el FEM se convirtió en un think tank, una usina de pensamiento de quienes comparten, como premisa fundamental, la defensa de la economía de mercado y «su permanente readecuación a los cambiantes contextos mundiales», según definió hace unos años un alto dirigente de la confederación patronal francesa, quien se presenta como «abierto a las evoluciones societales». Desde la crisis económico-financiera de 2007-2008, se hizo evidente que en el FEM las disputas intercapitalistas estaban en vías de saldarse en favor de los representantes de los sectores empresariales «modernos», que comenzaron a pesar decisivamente en el foro con sus propuestas en favor de un capitalismo supuestamente «moralizado». A la George Soros, a la Joseph Stiglitz, a la Warren Buffett.

Pero también a la Kristalina Georgieva, la búlgara que desde 2019 funge como directora gerenta del Fondo Monetario Internacional, una institución que hasta hace poco incluía invariablemente en su famoso recetario desregular la economía, privatizar todo lo que se pueda y reducir impuestos y salarios, y que ahora propone en todos lados (tanto en países ricos como «emergentes») reformas de la fiscalidad para obligar a los riquísimos a soltar algún dinerillo para las arcas de Estados cuyo papel en cierta medida hoy revaloriza. «El inicio de esta década –escribió Georgieva en 2019– trae recuerdos inevitables de los años veinte del siglo XX: elevada desigualdad, rápido desarrollo tecnológico y grandes retornos en el ámbito financiero.»

En un libro publicado al año siguiente, en 2020, Joseph Stiglitz proponía un «capitalismo progresista» que limara, afirmaba, las apabullantes desigualdades que minan la confianza de la población en el sistema, alteran la «calidad de la democracia», afectan el crecimiento y, a la larga, fomentan eventuales rebeliones que, al decir de Warren Buffett, «no convienen a nadie», menos que menos a los ricos que están («estamos», precisó el gurú de las finanzas) «ganando la lucha de clases».

Hoy las palabras clave para esta gente son refundación, regeneración, reinicio, escribió en 2020, cuando el covid-19 estaba recién en sus balbuceos, el economista español Manuel Garí (Viento Sur, 3-II-20). «El gran reseteo» se tituló la propuesta que en junio de 2020 presentó en Davos Klaus Schwab para reconstruir la economía pospandemia «sobre bases sostenibles». El ingeniero alemán recogía en su planteo parte de las discusiones que habían tenido lugar en la ciudad suiza en enero de ese año durante la última, hasta ahora, de las ediciones presenciales del FEM.

Unos 3 mil grandes empresarios, banqueros, gobernantes y dirigentes políticos de todo el planeta, así como representantes de organizaciones internacionales, se dieron cita en esa ocasión, cuidados por más de 5 mil policías que acordonaron la localidad alpina durante casi una semana. Los señores allí reunidos hablaron de responsabilidad social empresarial, de ética, de economía circular y colaborativa, de fomentar un «capitalismo de los partícipes» en el que «accionistas, clientes, asalariados, empresarios, proveedores» se den la mano, de un capitalismo más distributivo e inclusivo, más «conectado con la economía real que lo que lo ha estado en los últimos años», según dijo Schwab.

Para Davos, apuntó Manuel Garí, «la solución a los problemas generados por el capitalismo no se encuentra en una nueva política y un nuevo modelo productivo y de relaciones de producción y de intercambio, que reorganicen la apropiación del plusvalor y la riqueza entre clases y a nivel mundial, respetando los límites de suministro y carga de la biosfera, sino simplemente en una nueva forma de hacer negocio. Forma que no cuestiona la propiedad y, por tanto, quién tiene el botón rojo de la economía. […] El foro apuesta por el capitalismo productivo (en torno a la digitalización y la robótica) frente al especulativo, sin tener en cuenta la realidad: la imbricación de la producción con la especulación, que ha convertido el dinero en la principal mercancía mundial, y la creación de este por el complejo entramado de las finanzas (viejas y nuevas) en la forma mayoritaria de acuñación, al margen del control de los Estados. Hoy la economía financiera mundial representa un monto casi diez veces superior al PBI mundial. Economía real y financiera son las dos caras del mismo modelo. Y los presentes en el foro lo saben. Podríamos decir que en Davos se dicen cosas a medias y se deciden cosas enteras. Por un lado, se detectan los efectos del funcionamiento del sistema y, por otro, se ocultan las causas de fondo».

Muy claro quedó todo eso cuando, en 2020, Schwab creó un grupo de «expertos» para ir pensando las líneas de la futura «economía colaborativa» en el marco del capitalismo decente y remoralizado que preconiza. A la cabeza del grupo designó al entonces presidente del Bank of America, un señor al que, al parecer, la justicia social le debe preocupar mucho. «Recuerda la fábula de la zorra y las gallinas», comentó Garí.

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El informe de Oxfam sobre las desigualdades que matan fue distribuido en instancias virtuales del foro de Davos.En junio, cuando se prevé Que el FEM vuelva a ser presencial, estará entre los «insumos para la discusión de los líderes económicos, políticos e intelectuales», dijo Schwab. «Somos gente comprometida en mejorar el estado del mundo», dijo también, repitiendo un viejo eslogan del foro.

Algunos creen, acaso buenamente, que efectivamente es así, que del magín de la «clase de Davos», como la define la activista estadounidense Susan George, saldrá algo nuevo y bueno. Señal del estado en que se encuentra eso que alguna vez se llamó pensamiento crítico.

Por Daniel Gatti

27 enero, 2022

Publicado enInternacional
El nuevo feudalismo digital y su carácter oligopólico

Que la revolución tecnológica basada en Internet es probablemente la más importante de la historia parece evidente y que podría servirnos para un gran avance en nuestra sociedad: reducción horas de trabajo, conservación del medio ambiente, profundización de la democracia, potenciar las relaciones humanas, erradicación de la pobreza y de pandemias, etc. Y, sin embargo, por primera vez en la historia un grupo reducido de personas, como Bill Gates, Mark Zuckenberg, Jeff Bezos, o el fallecido Steve Jobs, tienen la capacidad de dominar el mundo, sin contar con los gobiernos o los parlamentos de países ricos y pobres. Las secuelas de tal dominio son gravísimas para la sociedad, de algunas de ellas hablaré en las líneas siguientes. Y no se produce una respuesta contundente por parte de la sociedad ni por los gobiernos.

El mundo digital tal como se desarrolla, exige una legislación en el marco del Estado de Derecho y de una sociedad democrática donde se protejan la libertad y los derechos individuales. No es de recibo que tal mundo sea la selva, donde domine la ley del más fuerte. Es imprescindible un consenso global entre los distintos Estados sobre el contenido y los instrumentos de esa regulación, para establecer una cierta armonización y para evitar que las grandes corporaciones tecnológicas se aprovechen de las diferencias entre los países.

Las compañías tecnológicas Google, Amazon, Facebook, Apple, son máquinas de fraude fiscal y de destrucción de la solidaridad social, especialmente en la UE, un auténtico coladero fiscal. Un ejemplo nos puede ilustrar. Apple declaró que unos centenares de empleados en Irlanda son los que generan todos sus beneficios, y eso fue posible por un acuerdo con el gobierno irlandés, por lo que solo tiene que pagar un 0,005% de impuestos. O lo que es lo mismo, 5 euros por cada millón de beneficios. Todas esas empresas se declaran sin ningún recato que son socialmente responsables, pero una empresa es socialmente responsable si paga los impuestos que en justicia le corresponden, como hacemos los trabajadores. Si los demás eludiéramos o evadiéramos nuestros impuestos como hacen estas grandes multinacionales, el funcionamiento de la sociedad sería imposible. ¿Cómo se sostendrían las pensiones, la sanidad, la educación, la dependencia pública? Y esos grandes emprendedores, como Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg, saben perfectamente que los impuestos públicos posibilitaron la financiación para conseguir Internet, sin el cual sus extraordinarias ganancias no existirían. Mariana Mazzucato en “El Estado Emprendedor”, muestra que muchos avances tecnológicos no se originaron en arriesgadas inversiones privadas, sino en cuantiosas inversiones públicas de las que los economistas no hablan. Se fija en el Ipad de Apple, que debe su «inteligencia» al gasto de EEUU en la carrera espacial. Por eso, cuando en 2013 Apple repartió dividendos para sus accionistas, Mazzucato argumentó que los contribuyentes estadounidenses poseían más derechos que los accionistas. Está en manos de los Estados el corregir esta situación fiscal tan injusta. Pero por aquí no cabe esperar cambios. Por ello, resulta interesante la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (Icrict), de la que forma parte Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía de 2001, que tiene por objeto promover el debate sobre la reforma del impuesto a las sociedades a nivel internacional, mediante una discusión lo más amplia e incluyente posible de las normas fiscales internacionales; considerar las reformas desde la perspectiva del interés público mundial en vez del nacional; y buscar unas soluciones fiscales justas, eficaces y sostenibles para el desarrollo.

Otro aspecto no menos dramático de la economía digital hace referencia a la situación laboral. La denuncia un libro de Mary L. Gray y Siddharth Suri GhostWork: Howto Stop Silicon Valley fromBuilding a New Global Underclass (Trabajo fantasma: cómo evitar que Silicon Valley construya una nueva subclase global). Según Gray en una entrevista de la periodista Esther Paniagua, la idea del libro surgió tras llegar a Microsoft en 2012. “Estaba hablando con investigadores que usaban Amazon Mechanical Turk para entrenar sistemas de aprendizaje automático a etiquetado para reconocimiento de imágenes. Descubrí cómo funcionaba la inteligencia artificial, mediante plataformas que asignan a las personas disponibles online tareas a la sombra”. Le sorprendió “que los investigadores no tenían ni idea de quiénes son estos trabajadores, ni les importaba. Por ello, quería saber cómo funcionaba todo el ecosistema de lo que ella denomina «trabajo fantasma”. Examinó el impacto de la automatización en el futuro del trabajo a través de las experiencias de los trabajadores de la economía online bajo demanda (la gig economy), de largas jornadas de trabajo mal pagadas, sin leyes laborales ni beneficios sociales. Son trabajos vinculados con lo que se conoce como “computación humana”: trabajos que empiezan y terminan online y que realizan cualquier tipo de tarea que pueda ser administrada, procesada, efectuada y pagada en línea. Google, Twitter, Facebook, Microsoft generan tareas bajo demanda en estas plataformas. Esta forma de trabajo significa el problema de que podría hacer invisible la labor de cientos de millones de personas. Esta nueva modalidad de trabajo se estudia en el informe de la OIT Las plataformas digitales y el futuro del trabajoCómo fomentar el trabajo decente en el mundo digital de 2019, que deberían conocer políticos, sindicatos y ciudadanos en general. Es producto de encuestas a 3.500 trabajadores de 75 países. El 46% informó que realizaba tareas de consultar contenidos, creando cuentas de usuarios falsos en sitios web, pasar imágenes o mirar videos poniéndoles “me gusta” o “compartir”. Otras tareas, como la investigación y el estudio de mercados, se orientan a promover sitios o productos en Internet y las calificaciones no son reales. Los participantes informaron haber hecho reseñas de destinos turísticos sin haberlos visitado nunca.

Los moderadores de contenido son personas educadas, a pesar de pasarse la vida examinando contenido “plagado de imágenes o lenguaje racista, homofóbico o misógino, o violencia”. En unos pocos segundos tienen que juzgar si el contenido viola los códigos morales o éticos de la plataforma, que no necesariamente coinciden con los de los moderadores de otras partes del mundo. Un ex moderador de Facebook describió: “Piensen en un caño cloacal que manda hacia ustedes toda la basura/suciedad/desperdicios/m*** del mundo para que ustedes lo limpien”. Otro dijo: “Hay que examinar unas 8 .000 publicaciones diarias llenas de odio, videos de posible explotación sexual, y violencia”. En ocasiones: “Algunos rechazos parecían dudosos. Por eso, decidí hacer capturas de pantalla. Pero después de recibir un rechazo, mis capturas de pantalla demostraron que estaba haciendo un trabajo perfecto. Pero no pude pedir más justicia, porque podían inhabilitarme. (Encuestado de AMT, India)”.

Hay otro aspecto importante y grave a nivel laboral propiciado por la tecnología digital, que atañe a todo tipo de empresas. Se deberían proteger los derechos laborales frente a la invasión digital de nuestras actividades profesionales. La desconexión digital de los trabajadores fuera de su horario laboral es imprescindible. E igualmente la protección de su intimidad ante el abuso de dispositivos digitales o sistemas de geolocalización en el trabajo.

El libro “La manada digital. Feudalismo hipertecnológico en una democracia sin ciudadanos” de Josep Burgaya, me ha provocado un aldabonazo sobre los grandes peligros a nivel político, social, económico y educativo, como consecuencia de una legislación inadecuada o inexistente del mundo digital online. Más allá de los aspectos fiscales y laborales de la economía de las plataformas ya comentados, que se deberían regular por las leyes de los Gobiernos-evidentemente deberían producirse acuerdos a nivel global-, se requiere una “Ley General de Internet”, que establezca derechos, garantías y prohibiciones, para que se convierta en un mundo civilizado al servicio de toda la sociedad en su conjunto.

Es imprescindible una definición clara de los derechos de propiedad en la Red, para impedir la apropiación, auténtico expolio, y el comercio de datos privados; como también el derecho a la propiedad absoluta sobre el ‘software’ y ‘hardware’ que se compra, prohibiendo el acceso y el control de aquellos que, en teoría, nos los han vendido. Así como la prohibición de las ‘cookies’. “¿Por qué los llaman ‘cookies’, si son unos cabrones que nos vigilan?” Proteger los derechos de propiedad intelectual en Internet, no solo por razones de justicia hacia sus creadores, sino como garantía de su mantenimiento con unos niveles de exigencia y de la posibilidad de vivir de ello.

El derecho a no dejar huella. Irrumpe así, en el novísimo mundo de las redes, un tema antiguo. Ayer la ‘damnatio memoriae’, hoy la obligación del olvido. Sin embargo, ¿en qué se convierte la vida en un tiempo en el que Google recuerda siempre? Debe protegerse jurídicamente el derecho al olvido para borrar todo lo que hemos hecho pasado un tiempo y que no nos condicione toda nuestra vida. Un derecho que, a pesar de ser aprobado por el Tribunal Superior de Justicia de la UE en 2014, la mayoría de las solicitudes han sido desestimadas por Google, con la excusa de su “interés público”.

Deberíamos disponer del interruptor de acceso y de control de la Red. Hoy estamos permanentemente en ella, al margen de nuestra voluntad. Se nos graba, se nos ponen geolocalizadores, se nos rastrea, aunque no entremos formalmente en Internet a través del ordenador o smartphone. Tenemos derecho a la privacidad –artículo 18 de nuestra Constitución–, que está siendo conculcado, aunque nosotros colaboramos en ello gustosamente. Vivimos en una sociedad “smartphonecéntrica”, de ahí una nueva patología la nomofobia, la imposibilidad de vivir sin nuestro móvil.

El derecho al honor tendría que estar legislado para Internet y las redes sociales. Los internautas tendrían que responder sobre sus comentarios e igualmente establecer unos límites y normas a la publicidad como ocurre en radiotelevisión. Se debería controlar el marketing agresivo y el abuso de los datos personales obtenidos ilegalmente, los métodos de ‘spam’, la publicidad engañosa… Y los perfiles personalizados deberían estar prohibidos.

Hay que poner puertas en Internet y para eso están los Estados

La protección a los menores es crucial, y salvo declaraciones de intenciones se ha hecho muy poco. Tienen acceso a contenidos violentos, pornográficos y apuestas deportivas… Intercambian imágenes y vídeos de contenido sexual. No solo es competencia de los padres. Hay que poner puertas en Internet y para eso están los Estados. Luis Arenas en su libro “Capitalismo cansado. Tensiones (Eco) políticas del desorden global’ señala lo inquietante del uso de la pornografía en red cara a la futura socialización sexual a la que se han de enfrentar las generaciones más jóvenes, esos Pulgarcitos o Pulgarcitas que ha dibujado Michel Serres en su elogio de las generaciones digitales. Su aprendizaje sexual corre el riego de producirse a través de una descarnada y salvaje inserción sin mediaciones, que les enfrente a un espectáculo difícil de gestionar mediante unas estructuras afectivas todavía en formación; que no les permita distanciarse de lo que en un adulto cabe al menos suponer: la capacidad de diferenciar la ficción de la realidad; el mundo de la imaginación perversa del terreno de lo real.

Según un estudio de la Universidad de Middlesex, hay un alto porcentaje de jóvenes varones que creen tener derecho a sexo en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier modo y con cualquiera que lo deseen: es decir, creen tener derecho al sexo bajo el formato exacto en que se lo ofrece la pornografía digital. Los médicos y psicólogos nos avisan de que a sus consultas llegan casos de graves trastornos de control sexual por causa de la pornografía en Internet en niños de apenas doce años. En Japón, que es el segundo país consumidor de pornografía en el mundo tras los Estados Unidos, más de un tercio de los varones entre dieciséis y diecinueve años según las cifras del propio Gobierno no están interesados en el sexo o manifiestan claramente su aversión hacia él. Pero los adolescentes no solo se limitan a consumir pornografía. De hecho, con los dispositivos portátiles, no pocos se convierten en improvisados productores de imágenes sexuales. Fenómenos como el ‘sexting’, el intercambio privado de textos, imágenes y vídeos de contenido sexual por medio de los teléfonos móviles, proliferan cada vez más. Ya se conocen fechorías sexuales grabadas para ser divulgadas con auténtico fervor entre los amigos.

Por último, hay que adaptar la legislación electoral a la existencia del mundo digital. Jornadas de reflexión, limitación de campañas y propaganda electoral tal como están legisladas resultan ridículas con la irrupción de las redes sociales e Internet. Hay que proteger a los ciudadanos electores de las inmensas posibilidades de manipulación política, que se han puesto de manifiesto con Trump, con el Brexit o con Bolsonaro. Y también en España con la extrema derecha, experta en el uso de las redes sociales para sus campañas electorales y difusión de sus mensajes. Con el uso de datos personales, campañas instrumentalizadas desde plataformas digitales, la posverdad, los bots teledirigidos desde países exóticos, si no se legisla, las elecciones se convertirán solo en un espectáculo, si no lo es ya, y la democracia corre peligro de convertirse en una pura farsa.

En base a todo lo expuesto es más que necesaria una legislación estatal y global, para que la red deje de ser un mundo sin ley.  Pero es una constante histórica que la sociedad va a un ritmo mucho más rápido que el mundo del derecho. Lo explica perfectamente el libro El derecho ya no es lo que era. Las transformaciones jurídicas en la globalización neoliberal, edición de José A. Estévez Araújo

Por Cándido Marquesán Millán | 29/01/2022  

Publicado enSociedad
Wolff llama a deconstruir el plan tecnofascista de K. Schwab

Corren tiempos turbulentos y peligrosos. En el marco de una permanente campaña de manipulación e intoxicación (des)informativa mediática sobre poblaciones infantilizadas e incapaces de discernir la ficción de la realidad, y con la coartada del covid-19, el complejo financiero-digital está llevando a cabo la destrucción del sistema económico capitalista y busca "resetearlo" en beneficio de la élite plutocrática.

Pese a la guerra sicológica y su narrativa apocalíptica y de saturación para generar terror, parálisis social y sicosis de masas con base en un virus enemigo, ubicuo, invisible y genocida, cada vez surgen más evidencias de que, como sostiene Ernst Wolff −igual que otros pensadores citados en columnas anteriores: Agamben, Chossudovsky, S. Zuboff, Paul Schreyer, Norbert Häring, C. J. Hopkins, Mattias Desmet, Robert F. Kennedy Jr.−, estaríamos asistiendo al nacimiento de un sistema totalitario cuidadosamente ensayado, donde el Foro Económico Mundial y su fundador, el eugenista sin complejos Klaus Schwab, juegan un papel estratégico como operadores.

Tras analizar al detalle durante 18 meses la crisis que transformó al mundo en "sicótico corona", en agosto pasado el economista y periodista alemán Ernst Wolff se preguntó si todo fue "realmente planeado". Si bien no encontró pruebas concluyentes (documentos verificados), llegó a la conclusión de que hay un número aplastante de señales e indicaciones que apuntan exactamente en esa dirección. Lo que embona con la frase del presidente Franklin D. Roosevelt: "Nada sucede accidentalmente en la política. Y cuando algo sucede, puedes apostar que fue exactamente planeado de esa manera".

Describe la situación actual como sin precedente en la historia humana, con millones de personas sometidas a un régimen coercitivo que emite sucesivas medidas ininteligibles, absurdas y contradictorias para "prevenir" la enfermedad (ver "Descubriendo la narrativa alrededor del coronavirus: ¿Se planeó todo cuidadosamente?"), y afirma que éstas fracasaron y causaron un desastre tras otro: la logística global está en crisis y las cadenas de suministro rotas; se pierden cosechas y el abastecimiento de alimentos y semiconductores esenciales escasea, mientras se quitaron a las personas sus derechos de asociación y libertad de expresión y viajar. A raís de los bloqueos la producción mundial está en un caos, y en el campo de la salud los médicos pueden confirmar que la situación es hoy peor que antes de la "pandemia". De allí que pregunte: ¿quién tiene interés en esa agenda global y se beneficia de ello?

Responde que el mayor beneficiario y "tirador de los hilos" más importante detrás de la escena es el complejo financiero-digital, integrado por cinco corporaciones tecnológicas estadunidenses: Google −cuya empresa matriz es Alphabet−, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (conocidas como Gafam) y cuatro grandes administradores de activos: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity. La capitalización de mercado de esas cinco empresas de tecnología de la información, expone Wolff, asciende a 9.1 billones de dólares, superior al PIB bruto de Alemania, Francia e Italia, que es de 8.6 billones de dólares, mientras los cuatro administradores de activos gestionan 33 billones de dólares, cifra que duplica el PIB de las 28 naciones de la Unión Europea, que asciende a 15.7 billones. Concluye que el complejo financiero-digital es el centro del poder global y está listo para poner de rodillas a todos los gabinetes gubernamentales del mundo y hacerlos obedientes.

Con esos beneficios, ¿por qué la plutocracia financiera-digital socava al sistema con una agenda escrita previamente formulada? Porque no tiene más remedio, responde Wolff, pues no se puede mantener vivo con el modelo de negocios anterior. Dice que sus alternativas son el colapso final o la hiperinflación, lo que significa la pérdida total del valor del dinero. De allí que, en un "gigantesco acto de desesperación", haya optado por instalar un nuevo sistema, previo saqueo −lejos de la vista del público− del viejo sistema moribundo. Eso es lo que hace desde marzo de 2020, cuando la OMS decretó la "pandemia" del covid.

Según Wolff, la destrucción deliberada y premeditada de la economía mundial y su sustitución por un nuevo sistema, se impulsará a través de los bancos centrales con la colaboración de las Gafam, y su objetivo es la total eliminación del efectivo y la introducción del dinero digital. Todos tendremos una sola cuenta, y el dinero digital del banco central permitirá a los gobiernos vigilar toda transacción y asignar tasas impositivas, y con un solo clic del mouse, imponer multas individuales o cancelar nuestra capacidad de realizar pagos y operaciones financieras. Como prevén que ello generará malestar social y una gran resistencia, sumirán a la sociedad en el caos y presentarán el dinero digital como la solución a todos los problemas, en forma de renta básica universal.

Si se consulta el libro de Schwab The Great Reset (junio de 2020), dice Wolff, se verá que contiene las instrucciones exactas sobre cómo el Foro de Davos, cuyo estandarte es la Asociación Público Privada (APP), ha venido utilizando el covid-19 para destruir el mundo y construir un nuevo sistema, que sería la realización del sueño de Mussolini: el "corporativismo autoritario", encarnado ahora en la asociación entre los grandes consorcios y el Estado.

Sin embargo, afirma que el plan de la plutocrática está condenado al fracaso por varias razones. La principal: la narrativa sobre un virus mortal como amenaza existencial para la humanidad no puede sostenerse a largo plazo. El paquete de mentiras mediáticas atestigua, no su fuerza, sino sus debilidades; como "la pandemia de los no vacunados", que declara a las personas sanas como enemigo público número uno. Wolff dice que las élites no actúan conforme a las reglas de la razón sino por codicia y poder. Un poder que no se basa en el dinero, sus posesiones y armas, sino en la "ignorancia" de la mayoría de las personas. Por eso llama a impulsar una "campaña de esclarecimiento" para exponer todas las mentiras del complejo financiero-digital y mostrarle a la gente por qué y por quién están siendo engañadas.

Publicado enEconomía
Sábado, 22 Enero 2022 05:57

Tecnohegemonías

Tecnohegemonías

 

Entre las concepciones que ha evaporado la pandemia del covid-19, hay una que resulta tan evidente que, acaso por ello, pasa por desapercibida. Como en el cuento de la Carta robada de Edgar Allan Poe, donde la evidencia del crimen se encuentra frente a los ojos de todos y, por evidente y manifiesta, escapa a la vista de los implicados.

Durante tres décadas hemos hablado de la globalización como si fuera un proceso que da sentido a las contradicciones del mundo contemporáneo y parece referirlo a un horizonte de intelegibilidad. Pero, ¿qué tan certera es esta noción? Por más que sea un concepto polémico, como lo son todos los geoabarcantes, se entiende grosso modo que implica la hipercirculación de mercancías, capitales, signos, culturas y seres humanos de tal manera que los lazos y relaciones que producen tiende a su desterritorilización. Lugares, manufacturas y seres que antes se hallaban desconectados ingresan en un grado de conectividad impredecible e impensable hace unas cuantas décadas. La digitalización del mundo es, acaso, su premisa básica; digamos, el océano donde nadan sus peces.

Y sin embargo, el mundo que reveló la pandemia parece, en efecto, moverse en esta dirección, aunque bajo coordenadas mucho más precisas y acotadas de las que se desprenden de la vaguedad del concepto de lo global. Sobre todo, si se observan las nuevas estructuras de poder que fijan, determinan y definen las formas de globalidad.

La sorpresa fue la desagregación radical de lo global en naciones que se amurallaron por completo en términos de semanas cuando comenzaron los contagios en marzo de 2020. Ninguna institución, ninguna actitud respondió –la OMS es un fantasma propagándistico– al reto de una epidemia efectivamente global. A la hora del peligro, de la implosión económica, cada país se amuralló en su propio miedo. El America first (Estados Unidos primero) de Trump devino el China primero, el Alemania primero, el Rusia primero. Como ha observado Wendy García, incluso las vacunas llevan signaturas nacionales: Sputnik, Pfizer (en estados las marcas expresan la nación), Sinovac, Soberana Y el Estado y la nación se transformaron en las últimas trincheras de la esperanza y la indignación, ya no como estados-nación, sino como naciones-muralla.

Y es aquí donde la globalización devino un suplemento de conglomerados político-corporativos que hoy ejercen sus imperativos sobre ella y definen una forma singular de expansión y dominación: las tecnohegemonías. Aceptémoslo: el concepto de globalización, a diferencia del de imperio o imperialismo, evade la distinción de las estructuras de poder y expoliación que encierra.

En rigor, sólo existen en la actualidad dos estados y medio que han mostrado su adaptabilidad para adecuarse a esta nueva forma de dominación global: Estados Unidos y China. El medio corresponde, sorpresivamente, a Rusia. Ni Europa, ni Japón ni los tigres asiáticos entran en esta categoría. Es impresionante cómo la Unión Europea no cuenta con ninguna plataforma digital con capacidad de intervención política general. En el mundo de las tecnohegemonías, Europa representa una provincia.

Una potencia tecnohegemónica es aquella capaz de producir tecnologías que se adapten, en días, a las condiciones, materiales, culturales y políticas de las sociedades y países en los que se propone intervenir. Fue Michel Foucault quien desdibujó los cuatro tipos de tecnologías que requieren un orden social para autorreproducirse. Partamos de esa tipología.

  1. Las tecnologías de producción. China se ha revelado como la única potencia capaz de producir bienes a la carta en un tiempo, precio y calidad inalcanzables para cualquier competidor. Estados Unidos olvidó que la industria de la manufactura es la infantería de cualquier forma de hegemonía. La pregunta que se hacen muchos analistas es si este proceso transcurre hoy bajo formas estrictamente capitalistas. Las grandes corporaciones hacen hoy sus ganancias, más que del consumo, de su relación con los bancos centrales. Acaso vivimos un proceso que se asemeja más a un tecnopatrimonialismo. Acaso habría que hablar de un poscapitalismo.
  2. Las tecnologías del signo. Es la parte más débil de China y el centro del dominio estadunidense. La esfera de la construcción del drama social e individual es nula en China. Es aquí donde una potencia produce los arquetipos bajo los cuales la vida íntima e individual resulta en horizontes de sentido y bloques de afectos.
  3. Las tecnologías del poder. Los sistemas de control, vigilancia e intervención para modificar conductas y percepciones se han desplazado ya a la esfera digital. En este ámbito, Estados Unidos se asemeja más a una potencia del siglo XX que a una del XXI.

¿En qué cabeza coherente cabe abrir simultáneamente tres frentes de alta conflictividad al mismo tiempo, como hace hoy Washington en Ucrania, Taiwán e Irán? Por otro lado, el poder chino es autoritario, vertical, abrasivo y sofocante. Simplemente inaceptable. Todo está abierto en esta esfera.

  1. Las tecnologías del yo. En china marchan en dirección del hipertrabajo; en Estados Unidos, del hedonismo. Difícil augurar el resultado final.