Martes, 24 Mayo 2022 06:06

Desde 1945, el mayor desafío

Desde 1945, el mayor desafío

Advertencia del FMI por la fragmentación geoeconómica

"La economía mundial quizás esté confrontando el mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial", advierten en un texto la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, junto a Gita Gopinath, número dos del organismo, y Ceyla Pazarbasioglu,  directora del Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del Fondo.

"La invasión rusa de Ucrania se ha sumado a la pandemia de la Covid-19. El encarecimiento de los alimentos y de la energía impone un lastre pesado a los hogares en todo el mundo. El endurecimiento de las condiciones financieras está ejerciendo más presión sobre los países, las empresas y las familias fuertemente endeudadas. Países y empresas por igual están revaluando las cadenas mundiales de suministro en medio de los persistentes trastornos. Si a esto se suman el marcado aumento de la volatilidad en los mercados financieros y la continua amenaza del cambio climático, lo que tenemos ante nosotros es una posible confluencia de calamidades", advierten las economistas.

Ante este escenario, dice el texto, la fragmentación geoeconómica, cuyo punto culmine es la guerra en Ucrania, es un gran obstáculo porque imposibilita la coordinación. La tendencia a la desintegración, admite el FMI, se explica porque a la par de la integración desde finales de los '70 "las desigualdades en cuanto a ingreso, riqueza y oportunidades han seguido empeorando. Hay gente que ha ido quedando rezagada a medida que las industrias han ido evolucionando en medio de la competencia mundial. Y a los gobiernos les ha sido difícil ayudarlas".

"Las tensiones relativas al comercio, las normas tecnológicas y la seguridad han venido agudizándose por muchos años, y eso ha ido socavando el crecimiento y también la confianza en el actual sistema económico mundial", prosiguen.

Ante la posibilidad de que la fragmentación económica global siga en ascenso, el Fondo pide reducir barreras comerciales "para aliviar la escasez y bajar los precios de los alimentos y otros productos", lo cual parece difícil en un contexto en donde justamente viene ocurriendo lo contrario, es decir, un aumento del proteccionismo.

Además, el FMI advierte que "dado que alrededor de 60 por ciento de los países de bajo ingreso tienen importantes vulnerabilidades de deuda, algunos tendrán que reestructurarla. Si no hay una cooperación firme para aliviar esas cargas, tanto esos países como sus acreedores saldrán perdiendo. Es por esta razón que se debe aprobar sin demora el Marco Común del Grupo de los Veinte para el tratamiento de la deuda".

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Lunes, 23 Mayo 2022 06:12

Precio de los alimentos

Precio de los alimentos

Todo indica que los precios de los alimentos en el mundo seguirán aumentando mientras la producción está afectada y su abasto continúa obstruido.

Los mercados están distorsionados en cuanto a la producción y la distribución y se necesitará aun un proceso de ajuste más bien largo para restaurar un cierto orden.

La situación abarca no sólo a los bienes primarios, sino también a los elaborados industrialmente. La producción agrícola y ganadera tiene sus propios tiempos y no puede esperarse un ajuste expedito y sin fricciones.

Aunque el índice de precios de los alimentos se redujo marginalmente en abril respecto de marzo, el cambio en las cotizaciones internacionales de una canasta de productos comercializados comúnmente siguió estando casi 30 por ciento por encima del registro de abril de 2021.

Según las cifras del Fondo Monetario Internacional sobre los productos primarios, la inflación en estos mercados se inició aun antes de la pandemia. Al comienzo de 2019 se registró en China una epidemia de peste porcina africana que devastó la piara de cerdos, que daba cuenta de casi la mitad del total del mundo. Con el confinamiento de 2020 se interrumpieron las cadenas de abasto, lo que repercutió en el alza de precios de los alimentos y los productos energéticos. Esto se complicó con la saturación de los principales puertos y los mayores costos de transporte.

Desde abril de 2020 a mayo de 2021 los costos internacionales al productor de los alimentos (cereales, comida y aceites vegetales) habían crecido 47 por ciento en términos reales.

El Banco Mundial constata que con la guerra en Ucrania se ha provocado un severo impacto adverso en las plazas de materias primas (los commodities), a causa de las condiciones de los flujos del comercio y los patrones de producción y de consumo.

Estiman que los precios se mantendrán en niveles históricamente altos hasta el final de 2024. Junto con el encarecimiento de los energéticos se han hecho escasos y han aumentado su valor los fertilizantes, como efecto de las sanciones impuestas en el marco dela guerra. Una expresión concreta del efecto del conflicto bélico en ciclo de bienes alimentarios es el bloqueo del puerto de Odesa, con lo cual se han parado las exportaciones de Ucrania, agravado con la disrupción de la producción agrícola en ese país.

Es relevante destacar siempre el significado de la geografía en las condiciones económicas. Los precios del trigo se han elevado en un orden de 60 por ciento en este año. Se estima que hasta 250 millones personas podrían estar ya en el umbral de la hambruna por lo inaccesible de su comida base.

El proceso de formación de los precios, clave en el funcionamiento de los mercados, está desquiciado. No será un asunto sencillo restablecer las condiciones de la generación de alimentos, tampoco las de su flujo en las rutas internacionales y, con ello, los patrones de consumo. La guerra no es sólo y principalmente una cuestión localizada en Ucrania, por ahora.

Sus repercusiones son globales y hoy no se advierte que sus efectos adversos vayan a atenuarse. Las repercusiones económicas y sociales de las condiciones existentes y de cualquier restauración de una cierta normalidad en la producción, el abasto y los precios de alimentos y energéticos no es, como es bien sabido, equitativo.

La cuestión abarca la estructura de la competencia, las ganancias (rentas) de los sectores y las empresas oligopólicas tienden a crecer, mientras se castiga la capacidad de compra de los salarios y los ingresos fijos. Hay aun conflictos adicionales que no pueden ser desplazados de una discusión amplia y extremadamente necesaria sobre las condiciones económicas y sociales y tiene que ver con los efectos del cambio climático.

Las elevadas temperaturas, que ocurren además a destiempo; la combinación de sequías en unas partes e inundaciones en otras, los efectos de los deshielos, la bárbara deforestación (de la Amazonia, por ejemplo) son sabidos; aparecen a diario en los medios y son motivo de recurrentes reportes científicos.

Pero la inercia política, los grandes intereses económicos creados, la forma distorsionada de la acumulación con la que se generan ganancias, pero no necesariamente valor, postergan acciones decisivas de contención y reversión.

La esperanza, representada por la diosa griega Elpis, la que quedó hasta el final en la caja de Pandora, no puede sustentar ninguna posición razonable con respecto al riesgo medioambiental y sus consecuencias.

La relación con la producción de alimentos, sus precios y el acceso de la población al consumo es muy estrecha.

Un verdadero pesimista

sabe que ya es muy

tarde para serlo.

La Anomalía

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Fotografía cedida por la Casa Blanca donde aparece el presidente de Estados Unidos, Joe Biden (d), mientras habla con su homólogo chino, Xi Jinping (en pantalla), durante una reunión virtual hoy, desde su oficina en Washington (EEUU). Biden advirtió este

La invasión de Ucrania ha hecho colisionar las placas tectónicas de la globalización y ha hecho emerger la posibilidad de que surjan dos bloques comerciales antagónicos, liderados por EEUU y China. Con retraimiento productivo, elevada inflación y menos flujos comerciales. Todo ello, extirpará de la economía global un valor similar al del PIB español.

 

El planeta no gana para sustos. Después del septenio dorado del cambio de siglo, una sucesión de acontecimientos concatenados, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers -en septiembre de 2008-, ha dejado maltrechas las costuras geopolíticas y socio-económicas, hasta el punto de que el nuevo orden mundial que ha irrumpido de la globalización, el traje con el que se confeccionó el final de la Guerra Fría, sigue todavía sin hilvanarse. El tsunami financiero, con crisis de deuda, rescates a naciones de rentas altas europeas, unos drásticos cambios regulatorios para delimitar banca comercial y de inversión, ajustes fiscales draconianos que lograron suministrar las píldoras monetarias sin hacer descarrilar los presupuestos y, en general, unas autoridades monetarias con mayores dosis de atrevimiento que sus colegas políticos, dio paso, tras una década de altas dosis de sufrimiento social, a un bienio maldito.

La Gran Pandemia, con la plaga de la covid-19 sin resolver mientras irrumpe otra guerra más en Europa, ha dado paso a la Era de la Escasez, un nuevo estatus, complejo, en el que la demanda y la oferta de bienes y servicios se desvirtúan y en la que ha entrado como un elefante en una cacharrería el viejo fantasma de la inflación.

El razonamiento no resulta baladí. Entre otras razones, porque la economía no acostumbra a dar puntada sin hilo. Sino que, más bien, viene cargado de evidencias y de sutilezas. Así, al menos lo pone de manifiesto un diagnóstico del panel de economistas de Bloomberg, donde se advierte, tras comprobar el resultado de una métrica predictiva a partir del análisis de los factores que se han sucedido entre las dos grandes inestabilidades del actual siglo -la de 2008 y la de 2020- que la economía global va a perder 1,6 billones de dólares, un tamaño similar, aunque algo inferior, al PIB español, del peso acumulado durante los años de abundancia.

No sólo por efecto de la epidemia o las secuelas de la guerra de Ucrania; también por las subidas arancelarias de los años que antecedieron al coronavirus más famoso de la historia y al retroceso de los parámetros de eficiencia logística que, al menos en los últimos cuatro ejercicios, han ido generando disrupciones en las cadenas de valor y cuellos de botella comerciales. Si bien ha sido en el último año cuando han arreciado con mayor virulencia. Es como si con el encallamiento en el Canal de Suez del Ever Given, el super-mercante de bandera japonesa, en marzo de 2021, que tuvo paralizadas las rutas de navegación durante varias semanas, aunque fuera liberado en seis días, hubiera empezado todo. Toda una metáfora de que la globalización de los mercados estaba en un punto crítico de su evolución. Porque gran parte del receso productivo mundial se achaca al descenso de los flujos comerciales.

La puntilla la ha dado la pinza geopolítica que conforman la crisis sanitaria de la covid-19 y sus confinamientos sociales y el conflicto bélico de Ucrania y sus sanciones económico-financieras. Desde entonces, las cadenas productivas y de suministro han aumentado sus niveles de fricción y colisión hasta hacer descarrilar el tren de las relaciones comerciales. Sin descartar, porque los analistas le otorgan una probabilidad cada vez más alta, que se traslade al mercado de capitales.

En Bloomberg Economics proclaman la Era de la Escasez, con una marcha atrás del proceso de globalización, que dirige al planeta hacia posiciones menos productivas y más pobres a medio y largo plazo. Con un retroceso de los ritmos comerciales hasta tasas desconocidas desde el año que antecedió al ingreso de China en la OMC, en 2001. Y lo que es peor: con una inflación mucho más elevada y volátil. Con los inversores perdiendo posiciones patrimoniales en activos y bonos por este episodio, cuya primera señal nítida es la estanflación, pero que emite otra doble alarma de suma preocupación: las materias primas han disparado sus precios por el cierre del grifo de la abundancia mientras las acciones de las empresas de la industria militar catapultan su valor por las tenciones geopolíticas.

"La fragmentación ha llegado para quedarse", reconoce Robert Koopman, economista jefe de la OMC que, sin embargo, dice esperar "una reorganización de la globalización" que, en cualquiera de los supuestos, traerá consigo una factura adicional: "no seremos capaces de usar bajos costes ni gastos marginales de producción de manera tan extensiva como hasta ahora".

Tres décadas de bonanza de la globalización

La economía global ha mostrado su habilidad para producir bienes, generar servicios y relanzar inversiones con precios controlados. No en vano, la espiral inflacionista actual es la más virulenta en 40 años. Achacable también a los miles de trabajadores de China y el antiguo bloque soviético que se incorporan al mercado laboral global, mientras caían barreras comerciales y las redes de la logística se volvían hiper-eficientes. Pero la sobreabundancia creada por estos factores ya se puso en tela de juicio con las guerras arancelarias desatadas por la Administración Trump; muy en especial, contra China, empezó a ver las orejas al lobo con los confinamientos por la covid-19 y la hibernación de las economías y ha saltado por los aires con la contracción de la oferta de suministro de las materias primas, la cadencia de las cadenas de valor y la alteración logístico-comercial desatada tras las represalias occidentales contra Rusia, que ha ocasionado inflaciones más prolongadas que las inicialmente transitorias previstas por los bancos centrales.

Son tres de los motivos que los expertos de Bloomberg ven con claridad a la hora de precisar la fractura que se está produciendo en la globalización: tarifas bilaterales entre EEUU y China que pasaron del 3% de promedio en los bienes de intercambio comercial al 15% al término del mandato de Donald Trump; los efectos de la restrictiva política de covid-cero que persiste en varias de las principales capitales de China y que han interrumpido cientos de miles de millones de dólares en exportaciones tanto de compañías del gigante asiático como de Apple o Tesla por el riesgo logístico y las disrupciones productivas. Y unas sanciones que se convierten en nuevas barreras comerciales. En 1983, los flujos de exportaciones e importaciones sujetos a algún tipo de prohibición supusieron el 0,3% del PIB global; en 2019, se ha quintuplicado con creces y, tras la invasión de Ucrania, no sólo se ha incrementado de forma exponencial, sino que ha propiciado vetos colaterales como el de India a vender trigo al exterior.

Pero no son las únicas fallas que se han quebrado. Porque el decoupling o desacoplamiento de bloques, entre el occidental y con ribete democrático, y el capitaneado por China y secundado por Rusia, más visibles desde la invasión de Ucrania, también ilustran los riesgos de esta ruptura del orden económico global. Más allá -enfatizan los autores del análisis- de la "maniquea batalla entre el bien y el mal o de separación de campos rivales por un nuevo telón de acero". A su juicio resulta más patente que 6 billones de dólares en productos, el equivalente al 7% del PIB mundial, se mueven entre ambas latitudes y que, en su simulación, con una tarifa promedio del 25% en todos ellos, más los costes asociados de los diferentes tipos de interés entre EEUU y China, más las sanciones y prohibiciones exportadoras, arrojarían una caída del 20% del comercio mundial.

Sin necesidad de que ocurra un decoupling, como el que existía antes de la adhesión de Pekín en la OMC; es decir, en los años 90. Y dejaría a largo plazo un mundo un 3,5% más pobre que si los flujos comerciales se estabilizaran como en la actualidad o un 15% menos rico que si surgiera un escenario de fortalecimiento de las relaciones económicas, al levantarse un 7% de los obstáculos adicionales en caso de que se consumase el desacoplamiento. Eso sí, sin contar con la incertidumbre de hacia qué bloque iría masivamente el comercio de naciones emergentes como India, Sudáfrica, Indonesia e, incluso, México.

El informe también apunta a una divergencia de índole ideológico-cultura: la defensa del sistema democrático. En alusión a que el autoritarismo -con sello de nacional-populismo recién llegados al poder o fruto de regímenes autócratas históricos- ha aumentado su músculo internacional y ha pasado de representar territorios con el 20% del PIB global, en 1983, en la época de Ronald Reagan, cuando el presidente republicano hablaba del "imperio del diablo", al 34% en 2022 que revela algún estudio sobre libertad democrática. Y, de seguir su estela, China superará a Europa y EEUU como primera potencia económica internacional.

Mientras la guerra de Ucrania revela que la rivalidad de bloques también se aprecia en el orden político, con China en apoyo a la causa invasora de Vladimir Putin y el Kremlin respaldando toda reivindicación del régimen de Xi Jinping sobre Taiwán; con India comprando petróleo y armas a Moscú y numerosas democracias asiáticas y latinoamericanas emitiendo señales de tener poca predisposición a seguir la campaña de presión económica y financiera de EEUU y Europa contra Rusia.

Voces económicas que alertan del cambio de orden global

Personalidades como el catedrático de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff, advirtieron en 2003, cuando aún ejercía como economista jefe del FMI, que la globalización estaba entonces "inmersa en una época de fuerte dinamismo y baja inflación", pero que "la experiencia sugiere que no pocos factores, entre los que destacan los conflictos geoestratégicos, políticos o de orden económico-financiero, podrían revertir el proceso y ponerle su epitafio". De igual manera que Larry Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, que venía proclamando el entierro de la inflación, ha cambiado de opinión y ahora alerta que la escalada de precios, que ha reaparecido tras cuatro décadas sin apenas atisbo, asegura ahora que es el principal riesgo de recesión sobre la economía estadounidense y global.

Otro Lawrence, Fink, CEO del poderoso BlackRock -el mayor fondo de inversión del planeta con más de 10 billones de dólares en carteras de capital-, avisa de que la guerra de Ucrania "puede poner punto final a la globalización", después de dos años de epidemia en los que se ha visto la desconexión entre naciones, compañías y personas". A todos ellos se unen diagnósticos como el del estratega jefe de Goldman Sachs, Jeff Currie, para quien el alza de los precios energéticos obedece a una batalla planteada por las firmas de combustibles fósiles que se resisten a perder la influencia sobre los ciclos de negocios, que llevan manejando un siglo, para frenar los avances hacia las emisiones netas cero de CO2 y el impulso a las fuentes renovables.

En este contexto, Christophe Donay, director global de asignación de activos de Pictet WM, cree que existen "varios efectos previsibles" en el orden económico actual. En primer término, una mayor predisposición hacia el intervencionismo estatal por las "persistentes tensiones" sobre la sostenibilidad de la deuda, lo que requerirá más presión fiscal y nuevos impuestos y, en segundo lugar, que, si el mundo supera el reto de restaurar la globalización, se inaugurará una fase "con intensa inflación estructura".

Este retorno al Gran Gobierno, como denomina a este fenómeno, es fruto de un sistema capitalista que ha creado en el último medio siglo cuatro externalidades negativas: cambio climático, una deficiente atención sanitaria, una creciente ineficiencia en sus sistemas educativos públicos, e inmensas desigualdades en el reparto de renta y riqueza. Desde 1980 hay más divergencia entre crecimiento económico real y deuda. "Antes de 2008, la ratio de deuda total (hogares, empresas y gobierno) sobre PIB era 140% y ahora por encima de 350%", recuerda Donay que augura que, en los próximos diez años, las rentabilidades reales pueden ser negativas en bonos soberanos y relativamente bajas en variable cotizada

 

23/05/2022 07:52

Por Diego Herranz

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Declaración universal de los derechos del poder corporativo

Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

No se pueden establecer límites a la propiedad privada y a la acumulación de riqueza porque hay que garantizar la seguridad jurídica de los contratos, pero el gobierno español ha anunciado la incautación de un yate a un oligarca ruso y el alemán la expropiación de la filial de Gazprom. Se lleva diciendo dos meses que hay que intervenir el mercado de la energía, apenas se tardó unas horas en cambiar el presupuesto para poder enviar armas para la guerra. Es imposible juzgar a Repsol en España por el desastre ecológico provocado por su vertido de petróleo en Perú, pero la empresa sí pudo demandar al Estado argentino ante tribunales internacionales cuando hace una década fue nacionalizada su subsidiaria en el país.

El gerente del taller textil de Tánger en el que murieron 28 trabajadoras hace un año ha sido condenado por un tribunal marroquí, aunque la sentencia no hace mención a Inditex ni a Mango, que eran las firmas para las que fabricaban las prendas. Ucrania tiene todo el derecho a defender su soberanía nacional frente a la invasión de las tropas rusas, mientras el Sáhara Occidental tiene que convertirse en una provincia de Marruecos porque es la única solución realista. Los grandes propietarios obtienen golden visas sin ningún control y a buen precio en el mercado oficial, a la vez que millones de personas se someten a las burocracias migratorias y quedan atrapadas en limbos jurídicos infernales. 

En el ámbito institucional, los debates se centran en la discusión sobre leyes y normas. Pero en esta disputa jurídica todo lo que está en juego, básicamente, es una cuestión de voluntad política; dicho en términos clásicos, de relaciones de fuerza. La asimetría normativa, no en vano, ha sido la base de la globalización neoliberal: frente a la fortaleza de la armadura jurídica construida para blindar los “derechos” de las grandes corporaciones, la extrema fragilidad de los mecanismos para el control de sus obligaciones. O lo que es lo mismo: a la vez que continuamente se re-regulan los negocios privados transnacionales, sigue avanzando la desregulación en la tutela de los derechos fundamentales.

La huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica

Nada de eso hubiera sido posible sin la conformación de una gran alianza público-privada entre los Estados centrales y las corporaciones transnacionales. Y el derrumbe del capitalismo global, por sí solo, no va a cambiar este estado de cosas. Al contrario, la huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica. El derecho internacional, con toda su catarata de pactos y acuerdos globales en defensa de los derechos humanos, se ha convertido en papel mojado ante la guerra desatada por los grandes poderes económicos para tratar de asegurarse su parte del botín en medio de la tormenta perfecta.

Colapso de los derechos humanos

Con la guerra se profundiza en la dinámica de crisis energética, subida de precios y materias primas, desigualdad social, empobrecimiento generalizado y agravamiento del desorden climático, pero la crisis estructural del capitalismo viene de más lejos. Hoy hablamos de la espiral de inflación, endeudamiento y desabastecimiento; hace tiempo que venimos haciéndolo de sus causas: una lógica de crecimiento ilimitado y acumulación imposibles, un modelo de financiarización insostenible, la emergencia de un cambio climático desbocado, el agotamiento acelerado de energía y materiales. De ahí que las grandes corporaciones y fondos de inversión transnacionales se hayan lanzado a la destrucción de cualquier barrera que impida la mercantilización a escala global. En este marco, la necesidad de ampliar los dividendos empresariales hace que se extremen las prácticas contra las personas, las comunidades y los ecosistemas.

Algunas de estas prácticas afectan a la propia configuración de los derechos humanos. Eso es, al fin y al cabo, la necropolítica: dejar morir a miles de personas racializadas y pobres. También están la fragmentación de derechos según las categorías de personas, las prácticas racistas y heteropatriarcales, los tratamientos excepcionales a determinados colectivos, las políticas migratorias con sus muros y fronteras, la trata de seres humanos, las deportaciones en masa, la criminalización de la solidaridad y la desobediencia civil, la división de la sociedad entre asimilables y exterminables. 

Otras destruyen en bloque los derechos de las personas, los pueblos y la naturaleza. Es el caso de la crisis climática y la destrucción de ecosistemas, los feminicidios de mujeres y disidentes de género, el hambre que sufren millones de personas, los nuevos campos de concentración, la persecución y eliminación de la disidencia, el encarcelamiento de pueblos y comunidades, el endurecimiento de los usos coloniales y las guerras de destrucción masiva.

Están, por último, las prácticas que afectan al núcleo central de los derechos colectivos. Como la apropiación de los bienes comunes, la explotación laboral, la consolidación de la precariedad en el núcleo constituyente de las relaciones laborales, el trabajo infantil y el trabajo esclavo, la reorganización capitalista de la producción y la reproducción, las expropiaciones colectivas por medio del pago de la deuda, las expulsiones de millones de personas de sus territorios porque las grandes corporaciones se apropian de los bienes comunes. Recientemente, Amnistía Internacional las ha recopilado y el panorama es demoledor: no son fallos del sistema, es el avance del neofascismo global.

En este contexto, el poder corporativo se articula en torno a una serie de principios que desplazan y fulminan los fundamentos que sustentan el derecho internacional de los derechos humanos. Son principios formalmente ocultos, no regulados, pero que gozan de la máxima imperatividad y transversalidad. Vienen a constituirse, en la práctica, como una declaración paralela a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Parafraseando los treinta artículos de la declaración proclamada por Naciones Unidas en 1948, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo bien podría concretarse en el articulado que sigue.

Principios generales

  1. La vida ha de ser mercantilizada. Todo puede comprarse y venderse. Los derechos humanos y los derechos colectivos, incluyendo al medio natural en su conjunto, se someten a la regla de la oferta y la demanda.
  2. La propiedad privada y la especulación carecen de límite alguno. Y ambas se sitúan en el vértice de la jerarquía normativa.
  3. Lo privado prevalece frente a lo público-comunitario. Frente a los bienes comunes, privatización; frente a lo colectivo, lógica de mercado.
  4. La desigualdad se consolida como elemento central de la arquitectura corporativa de dominación.
  5. La libertad despótica de “hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera” y la igualdad como mera “igualdad de oportunidades” actúan como valores ético-jurídicos que sustentan los diferentes espacios de dominación de las relaciones sociales.
  6. La violencia estructural, la pedagogía de la sumisión y la lógica de la guerra apuntalan la estructura del poder corporativo.
  7. El racismo institucional impregna todo el orden jurídico global.
  8. La naturaleza se concibe como un instrumento al servicio del capitalismo, sin derecho alguno.
  9. La división sexual del trabajo se reinterpreta y se consolida jurídicamente.
  10. El trabajo comunitario no valorado, el implementado en el interior de los hogares y los cuidados de las personas dependientes, aunque resultan imprescindibles para el mantenimiento de la vida cotidiana, se sitúan fuera de la pirámide normativa.
  11. El neocolonialismo se incorpora al ordenamiento jurídico-económico global.

Desechos humanos

  1. Los derechos humanos se vacían como categoría sustantiva al perder espacio normativo frente a la mercantilización de la vida.
  2. Se produce una descomposición radical y progresiva de los núcleos centrales de los derechos. La paz, la democracia, la alimentación, la vivienda, la educación, la cultura, el trabajo, la migración, los cuidados y la salud transitan hacia la retórica jurídica.
  3. La desregulación en masa de derechos, la expropiación por parte de las élites de los bienes colectivos y la destrucción global de derechos reconfiguran sustancialmente los derechos humanos.
  4. Los desechos humanos reemplazan a la dignidad de las personas. 

Re-regulación corporativa

  1. La mercantilización de las normas jurídicas conlleva que los aspectos económicos aparezcan como autosuficientes, autorregulables y blindados jurídicamente, mientras los derechos humanos lo hacen como aspiraciones vacías.
  2. El derecho corporativo global equivale al derecho constitucional universal. La supuesta fragmentación de los ordenamientos jurídicos no es tal, ya que la acumulación de riqueza se sitúa en el vértice de la jerarquía normativa, desplazando los derechos humanos a los márgenes regulatorios.
  3. El derecho privado prevalece sobre el derecho internacional de los derechos humanos y sobre las normas constitucionales sobre derechos y libertades.
  4. El poder corporativo se construye sobre la re-regulación de derechos, lo que significa más poder, más protección, más reglas e instituciones jugando a su favor, con más derechos y más riqueza cada vez en menos manos.
  5. El derecho internacional de los derechos humanos se interpreta en favor del poder corporativo. Solo resulta aplicable a las empresas transnacionales a través de la acción estatal: los derechos corporativos se tutelan en marcos nacionales, regionales e internacionales, lo que consolida la asimetría jurídica como principio corporativo universal. 
  6. Se consolida una nueva expertocracia, que crea esquemas contractuales ad hocy reinterpreta las normas jurídicas desde las nuevas exigencias del capital y las élites: las consultoras, las agencias de calificación, los grandes despachos de abogados y los tribunales arbitrales son instrumentos para desplazar lo público por lo privado.

Arquitectura jurídica de la impunidad

  1. Los derechos de las empresas transnacionales se tutelan mediante un ordenamiento jurídico global basado en reglas de comercio e inversiones de carácter imperativo, coercitivo y ejecutivo (derecho duro), mientras que sus obligaciones se remiten a ordenamientos nacionales sometidos a la lógica neoliberal, a un derecho internacional de los derechos humanos manifiestamente frágil y fracturado, sin exigibilidad ni justiciabilidad, y a una “responsabilidad social” y una diligencia debida voluntarias, unilaterales y no exigibles jurídicamente (derecho blando). 
  2. El carácter de contrapeso del derecho se difumina en favor del poder corporativo, modificando las garantías formales de la democracia. Se generalizan la pulverización del derecho legislativo, la privatización y contractualización de la ley y las relaciones económicas, la prevalencia de los anexos a las reglas en los acuerdos de comercio e inversión, la destrucción del paralelismo en las formas, la inflación de las normas administrativas, la quiebra del imperio de la ley, la prioridad de la seguridad jurídica de los contratos frente a la seguridad de las personas y comunidades. 
  3. La lex mercatoriase compone de normas que subordinan lo público a lo privado, y lo constitucional a lo puramente administrativo, colonizando todas las esferas normativas y arrinconando los derechos humanos, sociales y medioambientales en los márgenes de la jerarquía normativa. 
  4. Los tratados de comercio e inversión, los acuerdos de protección y promoción de las inversiones, los contratos de explotación y comercialización, las políticas de ajuste, los préstamos condicionados, los dictámenes de los tribunales arbitrales y las disposiciones nacionales, regionales y multilaterales protegen la propiedad privada y los negocios transnacionales, configurando una constitución económica global.
  5. Se impone una constitución económica no formalizada en ningún texto jurídico. Es una suma de reglas, normas, disposiciones, decisiones, pactos, tratados, resoluciones judiciales, planes, recomendaciones, rescates, deudas soberanas, indicadores riesgo-país y laudos arbitrales. Todos ellos entrelazados, “amontonados” y superpuestos, de tal forma que se desacoplan las reglas de la jerarquía normativa, la separación de poderes y el Estado de derecho.
  6. Los Estados donde las transnacionales tienen su casa matriz, lejos de controlar al poder corporativo, crean pistas de despegue para su internacionalización. Les apoyan a través de subvenciones y créditos blandos, acción exterior y misiones político-empresariales, puertas giratorias, lobbyen instituciones internacionales y diplomacia económica.
  7. Los Estados huéspedes articulan pistas de aterrizaje para el poder corporativo, desregulando sus obligaciones y aprobando normas en favor de sus intereses. La alianza entre los gobiernos y las élites empresariales consolida el cheque en blanco a favor de la acumulación de riqueza de unos pocos, frente a los derechos de las mayorías sociales.
  8. La idea de “seguridad jurídica”, en el marco de la lex mercatoria, tiene como fundamento central la protección de los contratos y la defensa de los intereses comerciales de las multinacionales. Es una concepción que únicamente hace referencia a las miles de normas, acuerdos y tratados promovidos en las últimas décadas por las instituciones comunitarias e instancias como el Banco Mundial, el FMI y la OMC.
  9. La negativa de las empresas transnacionales a aprobar un código externo de carácter vinculante en el seno de Naciones Unidas o un tribunal internacional para el control de sus operaciones, así como la oposición a que pueda crearse un centro que fiscalice sus prácticas, inspeccione sus incumplimientos y articule las denuncias, colisiona con sus reiterados llamamientos al respeto de los derechos humanos y el medio ambiente.

Uso alternativo del derecho

El debate sobre la legislación pro-derechos se viene circunscribiendo, de un tiempo a esta parte, únicamente al marco estatal. Y mientras tanto, en el plano internacional, avanza con fuerza esa constitución económica global que no está formalizada en ningún sitio pero es ley. Aunque la sucesión de disputas declarativas en la política institucional parezca delimitar el Estado como el único terreno de juego posible, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo impregna todos los textos legislativos nacionales y se impone al conjunto de las políticas públicas.

Muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado

Sin embargo, muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado. No hay más que ver lo que ha pasado con la suspensión del techo de gasto y de la limitación del déficit público (para subvencionar a las grandes corporaciones, no para invertir en servicios públicos), con la regularización exprés de personas refugiadas (provenientes de Ucrania, no de Siria o Afganistán), con la eliminación de trabas administrativas (para constructoras y promotoras inmobiliarias, no para poder recibir el ingreso mínimo vital), con las nacionalizaciones de empresas y la intervención del Estado en los sectores estratégicos de la economía (para rescatar a los grandes propietarios, no para transformar un modelo especializado en el turismo y el ladrillo). 

Con la pandemia y la guerra, la acción del Estado se ha vuelto imprescindible para que no se produzcan quiebras en cascada y se venga abajo el sistema económico-financiero. Pero el relato de las “propuestas de futuro para la recuperación”, pese a toda la retórica gubernamental fundamentada en los valores europeos y concretada en los fondos Next Generation, pasa por reforzar la arquitectura jurídica de la impunidad y continuar con su lógica de expulsión, desposesión y necropolítica. Como ha señalado Miguel Mellino, “para las élites y clases dirigentes ha llegado el momento de la destrucción creativa del capitalismo. Están desmontando viejas estructuras para crear las bases de una nueva lógica de acumulación”.

Está en juego una fase de recomposición capitalista y es ahí donde efectivamente toca intervenir. Un contexto donde las rivalidades geopolíticas, los conflictos bélicos, la competencia económica, la militarización del comercio y la preocupación por asegurar las ganancias empresariales nos asoma a nuevas maneras de reinterpretar los derechos humanos. Muchos de sus imperativos universales conectan con la emancipación y la resistencia de los pueblos, pero otros colisionan con la falta de empatía de las categorías de derechos y las maneras de entender las relaciones humanas. 

El uso alternativo del derecho implica el uso legal, alegal e ilegal del mismo; la reinterpretación conceptual de la legalidad frente a la legitimidad vuelve a aparecer en el marco de la defensa de los derechos de las mayorías sociales. Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base sin renunciar a la disputa de ciertos espacios institucionales y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

Por Juan Hernández Zubizarreta, Pedro Ramiro | 18/05/2022 

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Juan Hernández Zubizarreta (@JuanHZubiza) y Pedro Ramiro (@pramiro_) son investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Fuente original: Declaración universal de los derechos del poder corporativo | ctxt.es

Publicado enEconomía
Tambores de guerra e inflación en EEUU: el riesgo de recesión se precipita mientras el Pentágono acelera la carrera nuclear

El mandato verde y dinámico que presagiaba Joe Biden al tomar posesión de su cargo ha cambiado sus tornas. El ciclo de negocios americano amplía sus opciones de empujar el PIB a los números rojos, con la inflación desatada y la Reserva Federal inclinándose por la subida más rápida e intensa de los últimos veinte años. Eso sí con el arsenal militar listo y dispuesto a consolidar la hegemonía nuclear de EEUU.

Los mercados son excesivamente cortoplacistas. Pero, a veces, sus exuberancias irracionales, como las calificó el expresidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, en la primera década de este siglo, revelan un estado de ansiedad tal que alumbran tensiones con elevados componentes de realpolitik. Justo lo que parece reinar en estos instantes dentro del tumultuoso e imprevisible ciclo de negocios post covid. Porque si desde mediados de otoño, cuando la escalada del precio de la energía, especialmente del gas, llevaba semanas en ebullición, su preocupación persistente era la formación de una espiral inflacionista que los bancos centrales de las potencias de rentas altas calificaron entonces, al unísono, de transitoria, ahora, cuando el Banco de Inglaterra acaba de situar los tipos de interés en el 1% tras certificar el cuarto movimiento alcista desde diciembre y la Reserva Federal, en el segundo toque del año, le sigue la estela y ha encarecido el precio del dinero hasta el 0,75% con un repunte de medio punto, la incertidumbre inversora se dirige hacia la persistente pérdida de vigor de las economías.

Las políticas monetarias tienen ese dilema; o elevar tipos para contener los precios en fases con presiones inflacionistas o reducirlos para espolear el crecimiento. Es su doble alma, que vaga en pena mientras desvela las vicisitudes de cada tesitura coyuntural. Y la de ahora, parece elevar esta tesitura a la categoría de asunto sin resolver. Al menos, de momento.

The Economist se ha hecho eco de ello. "La Fed causa un giro en los mercados financieros", titulaba una de sus noticias de esta pasada semana en la que incidía en las "trampas" del horizonte económico en EEUU, en el que destaca una "inflación con prima de riesgo", en su nivel más alto desde 1994, pese a que, en abril, su IPC se redujo dos décimas respecto al mes precedente, un retoque que no impidió un registro del 8,3%. Con retrocesos de liquidez en sus mercados de bonos, la reversión del ratio de rentabilidad de las emisiones a diez y dos años –amenaza de recesión en otros tiempos más ortodoxos– con beneficios corporativos históricos –signo, en cambio, de bonanza que parece en esta ocasión ficticia– y dificultades admitidas desde el seno de la Reserva Federal para vender sus activos hipotecarios adquiridos a la banca durante la Gran Pandemia tras dar por finiquitado su programa de compra de deuda corporativa y soberana para sanear sus cuentas de resultados.

Si el panorama financiero parece complejo, el macroeconómico no le va a la zaga y refleja ciertos episodios de alto voltaje. El principal, que el PIB se sumergió entre enero y marzo. A pesar de la buena dinámica con la que empezó el año, hasta el inicio de las hostilidades bélicas desatadas desde el Kremlin, el PIB americano se contrajo, en tasas anuales, en un 1,4% según la estimación inicial de la Oficina de Análisis Económico del Gobierno (BEA, bajo sus siglas en inglés), después de retroceder cuatro décimas respecto al último tramo de 2021. El dato, además de inesperado, supone los primeros números rojos de la mayor economía mundial desde que la pandemia del Covid-19 golpeó al país y provocó, en la primavera de 2020, una breve pero acusada recesión, y que terminó con la fase más prolongada de prosperidad –129 meses de alzas ininterrumpidas, desde junio de 2009– de la historia reciente de EEUU. Y confirma que la espiral inflacionista ha colisionado de lleno y en plena ruta con una aeronave que evidenciaba signos de haber entrado en una velocidad de crucero envidiable tras las vacunaciones masivas.

Entretanto, los precios de la energía, alimentos, vehículos, y de los recibos de suministro de los hogares siguen su escalada, al igual que en un mercado de la vivienda en constante rebote que da alas al encarecimiento de la vida, de la cesta de la compra y a una merma de la capacidad de ahorro de los hogares y de inversión de las empresas.

Ante la complejidad de la ecuación, numerosas voces de expertos se han sumado al debate, que parece girar en torno a las maniobras que realizará la Reserva Federal y si no se pisará demasiado a fondo el acelerador de las subidas de tipos ante su ya declarada prioridad de devolver el IPC a sus niveles previos a la epidemia. Porque ese parece el quid de la cuestión: cómo contener unos precios desbocados con una economía que emite señales de anemia y que tendrá que salir de su convalecencia sin estímulos monetarios ni tipos próximos a cero para conservar abierta la espita crediticia.

De igual modo que en Europa, el salto en la prima de riesgo entre los bonos alemán e italiano por las expectativas de endurecimiento de la política monetaria del BCE eleva la amenaza sobre la gestión de la deuda en la zona del euro. Y en EEUU -explica el semanario británico- el 60% de sus carteras de inversión se dirigen a las acciones bursátiles y el 40% a los bonos de Tesoro, lo que les ha reportado a sus propietarios un 11% de retornos de beneficios entre 2008 y 2021. Este año, sin embargo, están perdiendo el 10% de su capital. El epitafio de los tipos próximos a cero empieza a hacer cundir la certeza de que este ejercicio puede ser un punto de decadencia y de sufrimiento inversor. Los designios del mercado hablan de tres movimientos de medio punto en los próximos encuentros del Comité de Mercados Abiertos de la Fed.

Recesión o estanflación, esa es la cuestión

Trasladado a la economía, este ambiente financiero, que también se propaga en la órbita global, puede precipitar al PIB de EEUU a una recesión en los próximos dos años, avisa Goldman Sachs. Hecho al que concede hasta un 35% de probabilidades Jan Hatzius, su economista jefe. En una reciente nota a inversores duda de las predicciones del World Economic Outlook (WEO) del FMI, en el que deja entrever un escenario próximo a la estanflación este ejercicio. Al menos, entre las potencias industrializadas. En el banco de inversión americano se acude a la historia, desde donde se sugiere que la Reserva Federal tendrá, una vez más, "serias dificultades en endurecer la política de tipos lo suficiente como para enfriar la inflación sin causar una recesión" advierte Hatzius, igual que siempre la ha tenido a la hora de suturar la brecha entre oferta y demanda en el mercado de trabajo, donde los empleados registran un incremento salarial del 2%, muy por debajo del 8,3% que marcó el IPC americano en abril.

El error histórico de la Fed del que también habla Mohamed El-Erian. El asesor económico en Allianz y antiguo responsable de inversión en Pimco, se refiere la "ceguera cognitiva" de Jerome Powell que le llevó a retrasar "la jubilación" de una transitoriedad inflacionista que le tentó a la hora de prorrogar un ciclo monetario ya superado, el de los tipos próximos a cero y que, ahora, está impidiendo que la economía americana afronte un aterrizaje suave. Como lo refleja el que el IPC haya mostrado el primer y ligero retroceso en ocho meses en abril, aunque se mantenga todavía en cotas de hace cuatro décadas. El-Erian traslada a los gobiernos la responsabilidad de restablecer el control de una economía con motores en ralentización por la escalada de precios en las potencias industrializadas. Porque la reparación de la Fed –hablando en concreto de EEUU– con subidas drásticas de los tipos de interés podría precipitar en el mejor de los casos al mercado más grande del mundo a una delicada estanflación.

En una tribuna en Financial Times El-Erian da un 10% de opciones a la Fed de elevar tipos sin que produzca daños a la economía, un 40% a que la perjudique por incrementar de forma desaforada el precio del dinero, un 30% a un periodo de aceleraciones y frenos en la política monetaria que sirva para reparar las cadenas de valor en EEUU y el resto del mundo, deterioradas por la guerra de Ucrania, y un 20% final a que falle en ambos propósito y la mayor potencia económica caiga en un episodio de estanflación.

Una preocupación similar es la revela el ex economista jefe del FMI, Kenneth Rogoff, ahora en tareas académicas en Harvard, para quien si la Fed, como acaban de expresar sus autoridades, pretende reducir la inflación a los niveles previos a la pandemia tendrá que elevar tipos hasta el 5% lo cual supone una "seria advertencia, casi un obstáculo insalvable" para eludir la recesión. A su juicio, el PIB americano ya se asomará al abismo con un precio del dinero en el entorno del 3% y se pregunta si no sería conveniente que, durante un año o dos, la inflación pudiera estar anclada entre el 3% y el 3,5%. Algo por encima del límite no reconocido a la Reserva Federal pero que oscila entre el 2% y el 2,5%, ligeramente más benévolo que el tope del BCE, que ya ha flexibilizado durante el mandato de Christine Lagarde, pero que traería un dinamismo modesto. En su opinión, es preferible intentar un aterrizaje suave que conduzca a una estanflación, en vez de una recesión significativa con la inflación a raya. Rogoff otorga un 50% de opciones a cada una de ambas alternativas, si bien admite que en caso de que la Fed se pase de frenada con unas subidas desaforadas de tipos, los mercados de capitales se resentirán; en especial, los activos tecnológicos.

Más madera militar... Hacia el armamento atómico

Ante la debilidad económica, y con un conflicto armado en territorio europeo, con amenaza de una posible tentación nuclear y en plena carrera armamentística, intensificada a lo largo de este último lustro, la Casa Blanca, que ya había activado el botón del gasto militar muy por encima del de sus rivales geoestratégicos, ha decidido da un viraje en el destino de sus 773.000 millones de dólares de presupuesto en manos del Pentágono. Si la justificación de los últimos ejercicios se dirigió a la modernización barcos, aviones y material de artillería y tanques en cada uno de los tres Ejércitos, ahora, con la contienda bélica desatada por el Kremlin en Ucrania a punto de entrar en el tercer mes, la consigna que ha asumido el Congreso es focalizar los desembolsos en el armamento nuclear y la I+D+i militar. Con recortes en nuevos buques y cazas, además de en nuevas ofertas de ingreso en las Fuerzas Armadas.

La facción demócrata del legislativo ha encendido la mecha con iniciativas para activar a partir del 1 de octubre, cuando empieza el año fiscal, una dotación colosal después de la subida del 4,2% nominal –el 1,5% descontando la inflación– de los 742.000 millones de dólares del programa en curso. El secretario de Defensa, Lloyd Austin, se mostró "encantado" con la nueva capacidad de compra del Pentágono, según declaró una fuente próxima que prefirió guardar su anonimato a Bloomberg, una "de las inversiones más importantes de la historia de la seguridad nacional de EEUU", matizaba. En la que el Ejército del Aire aparece como el gran beneficiario de los servicios y de la industria militar, con sus 194.000 millones, un aumento del 8% en términos reales, según admitió el general James Peccia, su director presupuestario.

Pero estas tres cuartas partes del billón de dólares en Defensa forman parte de una partida aún superior, de 813.300 millones con las que se ha dotado a la coraza de la seguridad nacional, que incluye el arsenal nuclear que mantiene el Departamento de Energía y el FBI en una división de funciones perfectamente estructurada y sobre los que los demócratas buscan el respaldo de sus rivales republicanos en el Congreso aduciendo el incremento del presupuesto militar de China y las ínfulas imperialistas de Putin en Rusia. A propósito de la guerra de Ucrania. Y, por lo visto en algunas voces de la oposición, la doctrina ha calado e, incluso, les parece corta. "La propuesta del presidente Joe Biden, desafortunadamente, resulta inadecuada desde la perspectiva de los recursos", advertía Mike Rogers, representante republicano por Alabama en la Cámara Baja, que insiste en que "mis colegas y yo consideramos que nuestras Fuerzas Armadas necesitan un alza de fondos que esté un 5% por encima de la tasa de inflación".

Una de las recepciones estelares de recursos irá para el bombardero nuclear B-21 que fabrica la multinacional Northrop Grumman, que obtendría 5.000 millones para investigación y puesta en liza de sus prototipos frente a los 2.000 millones actuales. Los submarinos clase Columbia para la Armada que construyen General Dynamics y Huntington Ingalls sumarán otros 1.300 millones hasta los 6.300 para elevar su capacidad atómica. Además, recibirán financiación adicional a los incrementos decretados por la Administración Trump los misiles de crucero que forman parte de la nueva Estrategia de Defensa Nacional. En total, los gastos en armamento nuclear llegarían a los 34.400 millones de dólares en el próximo ejercicio fiscal, desde los 27.700 actuales.

También resurgen las partidas de I+D+i que se disparan hasta los 130.100 millones de dólares y que incluyen 16.500 millones para ciencia y tecnología; 4.700 para armas hipersónicas, 3.300 en material de microelectrónica e iniciativas 5G; 3.200 para innovación de los cazabombarderos B-21 y otros 1.000 adicionales para gestionar los sistemas de misiles, defensivos y ofensivos. Todos ellos, recursos directos. El resto, se conciben como inversiones garantizadas entre los tres ejércitos y las entidades ligadas a la Seguridad Nacional.

madrid

16/05/2022 22:22

Por Diego Herranz

Publicado enEconomía
Representación visual de la criptomoneda digital Bitcoin, realizada el 23 de diciembre de 2017 en París, Francia. Las criptomonedas como Bitcoin, Ethereum y Lightcoin, experimentaron un crecimiento sin precedentes en 2017, a pesar de seguir siendo extremadamente volátiles. (Foto de Chesnot/Getty Images)

Consecuencia de la decepción que produjo la crisis financiera de 2008, el Bitcoin también fue una respuesta a las políticas monetarias neoliberales que postulan que el dinero está por encima de la política. Pero sucede que indagar en cuestiones de política monetaria es indagar en los problemas de la democracia.

Los defensores de las criptomonedas proclaman que la tecnología es una puerta de salida a los fracasos del sistema capitalista. De esa manera, reconocen hasta cierto punto algo que los bancos centrales y las instituciones internacionales ocultan hace mucho tiempo: el dinero es una realidad eminentemente política. La repolitización del dinero a partir de la crisis financiera de 2008 abrió una ventana para que la izquierda volviera a imaginar alternativas democráticas a los sistemas económicos modernos.

 
En una entrevista del podcast The Dig, Daniel Denvir conversó con Stefan Eich, profesor asistente de la Universidad de Georgetown y autor de The Currency of Politics: The Political Theory of Money From Aristotle to Keynes. Eich analiza en detalle la despolitización del dinero para explicar el ascenso del Bitcoin. La transcripción fue editada a los fines de la claridad.

DD

 
¿Qué son las criptomonedas? ¿Son realmente monedas?
 

SE

En realidad, Bitcoin y Ethereum no son monedas. El término «cripto» se convirtió en un paraguas que cubre muchas cosas distintas. Tenemos las criptomonedas clásicas, como Bitcoin; las aplicaciones más amplias de las tecnologías blockchain y token, que tal vez no cabría denominar criptomonedas, pero que operan en un espacio tecnológico similar, y, por último, lo que se conoce como stablecoins.

A pesar del hecho de que las primeras hayan sido bautizadas «criptomonedas», yo no creo que sean monedas de verdad. Tampoco lo son las aplicaciones fundadas en la tecnología blockchain o token. Las stablecoins se acercan bastante más al funcionamiento de una moneda real, aunque carecen de ciertas propiedades. Por lo tanto, el término criptomonedas remite a realidades muy distintas que habría que encasillar en esas tres categorías.
 
 

DD

¿Y la moneda qué es?
 

SE

Tendemos a pensar que la moneda es la encarnación material del dinero, su símbolo físico. No es el caso de Bitcoin, que prescinde de todo símbolo físico capaz de cambiar de manos. Pero también podemos pensar que la «moneda» es el dinero de cuenta que se utiliza para pagar cosas. En ese sentido, habría que decir que el dinero es unidad de cuenta, medio de cambio y reserva de valor. El Bitcoin se parece más a esa moneda de cuenta que a la moneda concebida como dinero contante y sonante.

Ahora bien, esa división obedece al pensamiento tradicional de ciertos economistas. Pero otros —entre los que me cuento— estamos tratando de pensar el dinero desde el punto de vista de la teoría política, y eso nos lleva a reformular las categorías.

Estoy interesado en el tipo de dinero de cuenta que utilizamos (entendiendo que somos una especie de colectivo definido en función del valor, de las políticas monetarias, etc.). En ese sentido tomo distancia de las definiciones que remiten al aspecto físico de la moneda y tiendo a pensar más en lo que suele denominarse moneda de cuenta.
 
 

DD

Es evidente que las criptomonedas no son una moneda, sino un activo especulativo. Pero ¿por qué sus partidarios insisten tanto en definirlas como una moneda, como si eso las hiciera más legítimas? En un artículo escribiste, «Planteo que las criptomonedas están suspendidas entre dos metas contradictorias: un intento político radical de despolitizar la apariencia del dinero y la utilización seductora como activos especulativos fuera del alcance de cualquier autoridad fiscal o monetaria».

Parece una descripción de la relación contradictoria entre la realidad efectiva de las criptomonedas, es decir, el activo especulativo, y el mito de las criptomonedas vinculado a cierta idea de emancipación.
 

SE

Las cosas cambiaron mucho. Hace diez años, cuando aparecieron las primeras criptomonedas como el Bitcoin, no estaba del todo claro que se convertirían en activos especulativos. Escribí ese artículo hace dos o tres años, entre 2018 y 2019, y aunque la naturaleza especulativa del Bitcoin estaba cada vez más definida, una buena parte de las tácticas utilizadas para legitimarlo recurrían a una concepción más antigua de la moneda.

Cuando nos retrotraemos a los orígenes, a las criptomonedas que emergieron durante la crisis financiera de 2008 y 2009, constatamos que se presentaban como el dinero del futuro y como monedas, no como activos especulativos. Si consideramos las primeras presentaciones públicas —desde el artículo anónimo hasta todos los grupos de fans y de inversores que empezaron a surgir como hongos— todas enfatizaban que estábamos frente a un acontecimiento importante porque las criptomonedas eran el dinero del futuro.

Ahora la cosa es completamente distinta. Si atendemos a la publicidad y a los modos de hablar de los inversores, nos damos cuenta de que casi nadie piensa realmente que las criptomonedas sean el dinero del futuro. Es un activo que creció un 5000 o 6000% en los últimos cinco o seis años y por eso hay tantos interesados. Es un activo raro porque no guarda ninguna correlación con otra actividad económica. Eso es lo que hay detrás del boom actual, y la etiqueta «criptomoneda» quedó como una cáscara vacía, un remanente.

Todavía hay algunos que creen que las cripto definirán el dinero del futuro, pero pienso que su función principal es evitar toda regulación. Esta brecha entre la apariencia, el nombre «criptomonedas», y la realidad especulativa termina protegiendo a los inversores de las formas más agresivas de política fiscal que tienen nuestras sociedades.

Las monedas están sometidas a regulaciones completamente distintas de las que rigen en el caso de los títulos financieros. Pasaron muchos años hasta que las criptomonedas entraron en el radar de la IRS [Servicio de Rentas Internas], que tiene la función de definir las actividades de mercado toleradas y los impuestos que deben pagar. Todavía estamos lejos de las regulaciones que aplican en el caso de otros títulos financieros o de los esquemas pump-and-dump típicos del mundo cripto. Todas estas personas estarían presas si intentaran hacer lo mismo con cualquier otro tipo de título, pero la etiqueta «moneda» los protege.

Durante el último año, las autoridades parecen haber despertado y reconocido que, si dejamos de lado el nombre, la realidad de las criptomonedas es bastante similar a la de los activos financieros. Se comportan como un activo financiero. Se publicitan como un activo financiero. Y las autoridades deberían tratarlas como un activo financiero.

Es evidente cuando miramos lo que sucede en China, en la Eurozona y en India. Pero, en cualquier caso —y a diferencia de lo que sucedía no hace tantos años—, las criptomonedas están empezando a entrar en la mira de la SEC [Comisión de Bolsas de Valores].
 
 

DD

En otro lugar dijiste que las criptomonedas suelen ser definidas como innovaciones tecnológicas orientadas hacia el futuro, que descentralizan el dinero liberándolo del gobierno central y de los tentáculos políticos del Estado. ¿Qué significa que estén «orientadas hacia el futuro» y por qué eso es importante?
 

SE

Esto comienza con la fachada ideológica. Cuando leemos el artículo anónimo que respaldó el surgimiento del Bitcoin o las declaraciones de los pioneros de otras criptomonedas importantes, nos topamos con la firme creencia de que no se trata simplemente de proyectos o rompecabezas criptográficos interesantes. En cambio, afirman que es una pequeña prueba de lo que nos espera en el futuro: estamos frente a una nueva tecnología, o, cuando menos, frente al uso novedoso de una nueva tecnología que remodelará en términos fundamentales todas las formas de intercambio económico porque definirá la forma que adoptará el dinero.

Todo eso fue esencial en los orígenes, especialmente en el contexto de la crisis financiera. El primer Bitcoin llegó en el invierno de 2008, en medio del rescate estatal de bancos enormes. Es el mismo contexto en el que surgió, por izquierda, el movimiento Occupy. Ese movimiento también estaba alimentado por la desconfianza en el sistema bancario existente, tanto en el Estado como en los bancos centrales.

Como sea, esta nueva perspectiva sobre el futuro del dinero surgió en ese contexto. El Bitcoin se presentó como una ruptura radical con un sistema monetario que asigna un rol fundamental a los bancos centrales y a los bancos privados. Y propuso esta idea de dinero descentralizado capaz de abandonar toda forma de confianza: en el banco, en las regulaciones o en el sistema político. En teoría este dinero del futuro nos permitiría prescindir de las viejas instituciones.
 
 

DD

Otra tesis interesante que encontré mientras leía tus textos es esta: «No hay nada inherente a la tecnología blockchain que implique descartar la centralización, la supervisión regulatoria o el gobierno democrático. Tampoco hay nada en las criptomonedas que evite que se conviertan en apéndices del sistema bancario mundial que funciona en las sombras. Por eso no es sorprendente que tanto los bancos centrales como los bancos comerciales hayan desarrollado protocolos blockchain que combinan los libros de cuentas descentralizados con la posibilidad de supervisar y controlar las operaciones de forma centralizada. En cualquier caso, el escenario que emerja de todo esto no dependerá de ninguna fatalidad tecnológica, sino del consenso político y en última instancia del poder».

¿Cuáles son esos atributos inherentes atribuidos a la tecnología blockchain? ¿En qué medida el fetichismo de la blockchain es una parte constitutiva de la ideología cripto?
 

SE

La confianza en este futuro surge de la idea de que estamos operando sobre los hombros de una tecnología radicalmente nueva que de pronto determina el futuro de la economía. Escribí ese artículo hace pocos años y la tendencia no hizo más que profundizarse: hoy está claro que esa tecnología no está en absoluto atada a ninguna visión política específica, sino que puede servir a proyectos radicalmente distintos.

Eso nos lleva de nuevo a la brecha entre la cobertura ideológica, que fue el combustible del proyecto durante sus primeros años, y el modo en que este se desarrolló efectivamente. Era muy importante presentar esta tecnología como algo nuevo y afirmar que el proyecto estaba profundamente vinculado con la tecnología. La idea era que, de alguna manera, una vez que esto saliera al mundo, sería imposible deshacerlo y evitar sus consecuencias sociales y políticas. Contener el despliegue de las criptomonedas o regularlas sería como intentar deshacer el descubrimiento del neutrón.

Ahora bien, si asumimos otra perspectiva sobre la tecnología, más afín a las investigaciones actuales, tenemos que aceptar que en sí misma no es más que un lienzo donde es posible proyectar visiones políticas muy distintas. La tecnología responde a estructuras de poder y aunque es posible hacer predicciones sobre escenarios más o menos probables, eso no implica postular un impulso inherente que responde a fines predeterminados. El futuro responde más bien al espacio político, económico y social en el que se desarrolla la tecnología.

En vez de abrazar la descentralización, es más probable que los bancos centrales respondan creando proyectos de dinero digital propios fundados en la tecnología blockchain. De hecho, estos proyectos existen. Barbados tiene uno bastante desarrollado. Canadá, Suecia y muchos otros países están a punto de lanzar proyectos similares. Por lo tanto, la misma tecnología es capaz de producir visiones políticas muy distintas.

La tesis de la transformación tecnológica inevitable estaba estrechamente vinculada a la idea de que el nuevo dinero prescindiría de cualquier tipo de confianza, pero sobre todo, de cualquier tipo de política. Esa idea era fundamental. 

Cuando empecé a interesarme en todo esto, ayudé a organizar dos conferencias donde invitamos a abogados, sociólogos, politólogos y especialistas en informática. Lo primero que nos dijeron estos últimos fue, «Es una tecnología vieja que circula desde los años 1980. Solo que pensábamos que no tenía ninguna aplicación. Los nuevos usos son interesantes, pero no es en absoluto una tecnología innovadora, ni tampoco es necesario utilizarla de esta manera».

Entonces nos mostraron muchos usos posibles. No convenía que ese tipo de saber, común entre los especialistas, se manifestara en el paquete de las criptomonedas, que anunciaba la inevitabilidad del impulso tecnológico: la perspectiva y el postulado del dinero más allá de la política iba de la mano con la ideología del determinismo tecnológico.
 
 

DD

Me gustaría que repasemos tu argumento histórico sobre los «tres períodos»: primero, hubo una fase inicial de politización del dinero (1973-1979); después vino la emergencia de una política mundial de desinflación, conocida como la Gran Moderación (1980-2008), y, por último, después de la crisis financiera de 2008, entramos en el período actual, que dejó al descubierto la fragilidad de los pilares de la Gran Moderación y nos devolvió a las cuestiones irresueltas de los años 1970 (2008-presente).

¿Cómo se explica la despolitización del dinero que reinó hasta las crisis de los años 1970?
 

SE

No diría que antes de los años 1970 el dinero estaba despolitizado en el mismo sentido en que lo estuvo después de los años 1990 y 2000. Sucede más bien que su estatuto político era estable y podía considerarse como un hecho garantizado. En ese sentido, habría que decir que tenía una apariencia de despolitización. Pero cualquiera que estudiara el tema de cerca sabía que esa estabilidad era una construcción política.

Los acuerdos de Bretton Woods surgieron de la Segunda Guerra Mundial, durante esa famosa conferencia celebrada en 1944 en New Hampshire, en la que participaron John Maynard Keynes y Harry Dexter White, representante de Estados Unidos en la negociación del nuevo orden monetario. Ese orden monetario fue absolutamente político. La conferencia abordó los temas más difíciles de la posguerra: tuvo que resolver muchas cuestiones vinculadas al financiamiento de las economías nacionales, a las relaciones internacionales y a las políticas de bienestar.
 
 

DD

Keynes se oponía a que el dólar se convirtiera en la moneda de reserva mundial, ¿no?
 

SE

Claro. Keynes salió perdiendo en esas negociaciones. Logró incorporar algunos proyectos, pero me parece que perdió frente a los estadounidenses en los aspectos más relevantes. Su propuesta no asignaba ningún rol importante al oro, aunque estaba dispuesto a mantenerlo por nostalgia o por cuestiones estéticas. Comprendía que el tema podría preocupar a los no iniciados.

Su propuesta tampoco postulaba que el dólar debía ser la moneda de reserva mundial. En cambio, Keynes planteaba crear una nueva unidad de reserva. Durante varias semanas se obsesionó con la invención de un nuevo nombre y empezó a preguntarles a los lectores. Hubo propuestas muy buenas, como «orbe» o «delfín». Al final se contentó con «bancor», juego de palabras en francés que remite al «oro bancario», cuando en realidad el proyecto no asignaba ninguna función al oro. Es como un chiste keynesiano. Pero lo cierto es que la propuesta no prosperó.

En cambio, el resultado fue una construcción política que reflejaba el nuevo rol hegemónico que habían conquistado los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. El dólar estadounidense se convirtió en la moneda de reserva de todo el bloque de Bretton Woods. El acuerdo ató el dólar al oro, una buena parte del cual estaba almacenado entonces en las entrañas de la FED de Nueva York y en Fort Knox. Se había mudado de Europa a Estados Unidos. En fin, todas las monedas que participaron del acuerdo quedaron atadas al dólar estadounidense.

Es obvio que se trata de una construcción política y la ausencia de política monetaria de los años 1950 y 1960 no deja de ser sorprendente. Los bancos centrales no tenían la misma preponderancia y centralidad política que tienen hoy después de la crisis financiera.

La conferencia de Bretton Woods no abordó el tema de las crisis. El sistema duró muy poco tiempo, en parte a causa de los defectos del plan original y de su negativa a incorporar los aportes de Keynes. Pero, en líneas generales, logró evitar las crisis durante cierto tiempo.

El sistema contaba con algunas herramientas que permitieron controlar la situación. De ahí que un teórico político como John Rawls hablara del dinero y del dólar como si no fuesen cuestiones políticas. Parecía una cuestión zanjada para cualquiera que la mirara desde afuera. En vez de definir este período como despolitizado en el sentido de los años 1980 y 1990, habría que decir que fue una época de estabilidad política.
 
 

DD

Después, por supuesto, las cosas se complicaron. ¿Qué fue la crisis de estanflación que explotó en los años 1970 y cómo repolitizó el dinero?
 

SE

La crisis del sistema de Bretton Woods es anterior a la estanflación. De nuevo, todo esto se originó en ciertas fallas vinculadas a los fundamentos del acuerdo. En primer lugar, Bretton Woods empezó a funcionar recién en 1958. Hasta cierto punto, Keynes, que murió en 1946, deseaba que la cosa no funcionara. Pero cuando el acuerdo se hizo realidad, no tardaron en surgir ciertas tensiones vinculadas al doble papel del dólar estadounidense, que funciona simultáneamente como la moneda de un país y como moneda de reserva a nivel mundial. Eso fuerza al gobierno de Estados Unidos y a la Reserva Federal a obedecer mandatos muchas veces contradictorios.

Y la situación empezó a hacerse obvia y a generar todo tipo de presiones en la década de 1960. Los primeros episodios de inflación y la guerra de Vietnam, que consumía cada vez más recursos, hicieron que esas contradicciones fueran difíciles de ignorar. Durante esa época hubo un intento tardío de complementar el sistema con una medida que tenía cierto parentesco con el bancor de Keynes, los Derechos Especiales de Giro (SDR), aunque su aplicación no tuvo consecuencias significativas. Era demasiado poca cosa. A esa altura era muy difícil mejorar el sistema desde adentro.

La situación llegó a su punto crítico en 1971, cuando Nixon, con los ojos puestos en su reelección, se negó a continuar el juego hegemónico que implicaba navegar entre los mandatos contradictorios del sistema de Bretton Woods y dijo, «Suficiente de este sacrificio por mantener un sistema monetario que no parece estar funcionando y que además no parece tener ningún interés. Vamos a cortar con este nudo gordiano y a liberar nuestras políticas económicas».

El plan era reemplazar la idea del sacrificio hegemónico estadounidense por un nuevo libreto de entusiasmo y dominación de la escena internacional. En esa época, fue célebre la ocurrencia del secretario del Tesoro de Nixon, que dijo: «El dólar puede ser nuestra moneda, pero ese es un problema tuyo». Se los decía principalmente a los aliados europeos y a todos los que estaban completamente impactados con la decisión que había tomado Nixon en agosto de 1971: cerrar la ventana del oro y desarmar consecuentemente todo el sistema de Bretton Woods.
 
 

DD

Hablemos del protagonista de esta historia, Friedrich Hayek, economista neoliberal que interpretó las crisis de los años 1970. Sobre él escribiste, «Responsabilizando por la inflación a cierta hubris epistemológica, Hayek planteó un desafío fundamental a las políticas de bienestar keynesianas y colocó la estabilidad monetaria en el centro de su liberalismo. Para Hayek, “las crisis económicas y la inflación resultaban de excluir de toda regulación mercantil el mecanismo de regulación de mercado más importante, el dinero”».

¿Por qué pensaba Hayek que someter el dinero al «control de mercado» podía convertirlo, según la expresión de Camino de servidumbre, en uno de los más grandes instrumentos de la libertad que haya inventado el hombre? ¿Por qué pensaba que el denominado control de mercado del dinero podía hacerlo más estable y menos proclive a la inflación? ¿Cómo se relaciona todo esto con la crítica del proyecto hubrístico del keyneianismo, que implicaba someter unas fuerzas de mercado que teóricamente solo podían comunicar los precios con claridad evitando toda interferencia política?
 

SE

Eso nos lleva unos años más adelante, a 1974. Es una cita del famoso discurso de Hayek en la Stockholm Nobel Academy, donde recibió el premio en 1974. El contexto era de inflación sostenida, una situación prácticamente sin precedente en tiempos de paz. Hay que remontar muchos años para encontrar algo parecido al impacto inflacionario de los años 1970. De hecho, más que un boom inflacionario, el fenómeno estaba vinculado con el desempleo y con lo que hoy se conoce como «estanflación». Hayek entra en escena en ese contexto y radicaliza su retórica y su posición.

Como sea, es importante reconocer que cambió de parecer a mediados de los años 1970. Durante los años 1950 y a comienzos de los 1960, había hecho las paces, aunque de mala gana, con los acuerdos políticos de la posguerra. Evidentemente no estaba entusiasmado, pero pensaba que no quedaba otra alternativa que asignar un rol determinante a los bancos centrales en la economía monetaria moderna. Por más que tuviera una idea nostálgica del patrón oro y pensara que Keynes se había equivocado en el Tratado sobre el dinero de 1930, hasta cierto punto logró amigarse con todo eso y se reconcilió con la situación.

Eso cambió en los años 1970, cuando empezó a radicalizar su postura y decir que su tesis sobre el mercado como medio eficiente de descubrimiento de la información no solo implicaba que los bancos centrales no eran necesarios, sino que los bancos centrales dirigidos por el Estado eran un obstáculo que impedía desarrollar su programa. Es un giro de noventa grados respecto de la posición que había sostenido poco tiempo atrás. En los años 1970, frente a la inflación, Hayek argumentó que la misma lógica que había desarrollado en su análisis de todos los otros mercados debía aplicar en el caso del regulador mismo del mercado, es decir, el dinero.

No es fácil definir si se trataba de una propuesta sincera o si buscaba simplemente ponerse a la vanguardia en términos ideológicos. Pero el plan era básicamente depositar todas las expectativas en la competencia, que supuestamente garantizaría la estabilidad y la eficiencia del dinero. Los trabajos con los que Hayek se comprometió después del Premio Nobel lo convirtieron en una persona muy prestigiosa. A comienzos de 1974 era un tipo bastante irrelevante, pero en 1975 se había convertido en una celebridad mundial.

En esa época empezó a diagramar programas que supuestamente ayudarían a rescatar el sistema monetario existente dirigido por los bancos centrales. Básicamente, la solución —articulada en un panfleto sobre la nacionalización del dinero publicado en 1976 con un think tank libertario de Londres— era que las monedas privadas compitieran hasta alcanzar la estabilidad que antes encomendábamos —Hayek también— a los bancos centrales.

Como en cualquier mercado, según esta perspectiva, la estabilidad y el valor son frutos exclusivos de la competencia. La idea de Hayek parece apuntar a la posibilidad de que un banco emita su propia moneda privada y sea castigado por el mercado en caso de sobrepasar sus límites. Entonces quedaría fuera del negocio o sus notas se cambiarían a un precio más bajo porque la competencia haría sentir todo su peso.
 
 

DD

Por el contrario, Gunnar Myrdal, economista sueco, apoyaba la propuesta de los países del Tercer Mundo de responder a las crisis de los años 1970 creando un Nuevo Orden Económico Internacional (NIEO). ¿En qué sentido diferían los diagnósticos de Hayek y de Myrdal? ¿Qué factores ideológicos había detrás de esas diferencias?
 

SE

La primera observación que cabe realizar refiere a la amplitud de la imaginación monetaria de aquella época. Estamos en un mundo de dinero fiduciario, un mundo en el que la promesa, la credibilidad y la recaudación de impuestos del Estado son los elementos que garantizan el valor del dinero. No importa el oro de Fort Knox. Ahora lo que importa es la política. Y, además, estamos en un momento de alta inflación. El conflicto entre las distintas propuestas monetarias es muy productivo.

El aporte de Hayek es solo uno entre muchos otros que surgieron de la derecha libertaria, y también encontramos propuestas sobre el dinero y la política monetaria del futuro por izquierda. Myrdal es un dispositivo útil para narrar esta historia porque —como consecuencia de un acto de compromiso de parte del comité— compartió el Premio Nobel con Hayek.

Existe un vínculo entre la propuesta de Myrdal y los proyectos del Sur Global, que buscaban rediseñar el sistema de comercio mundial y el sistema de intercambio de mercancías, igual que el NEIO, con el fin de reestructurar la política monetaria mundial, volver a la mesa de negociación después del fracaso de Bretton Woods y cumplir las promesas que habían surgido durante todo ese período.

En la época de la conferencia de Bretton Woods, la mayoría de los Estados miembro de las Naciones Unidas en los 1970 no existían. La descolonización todavía no se había producido. Hubo un intento de realizar una conferencia semejante a la de Bretton Woods, pero que incluyera a todos esos países. También hubo convocatorias para realizar una Asamblea General de las Naciones Unidas centrada en la constitución monetaria mundial, y otros tantos intentos de abordar las políticas de bienestar y de contención de la inflación a nivel internacional. Ese es el contexto en el que intervino Myrdal, interesado como estaba en la crisis del Estado de bienestar que había sido el trasfondo de los años 1950 y 1960.

A diferencia de Hayek, que quería deshacer el proyecto de bienestar nacionalista keynesiano, Myrdal estaba mucho más interesado en extenderlo al Sur Global y desarrollar una concepción mundial del bienestar. Eso iba de la mano con el rediseño de la constitución monetaria, que tenía que ser mundial y debía incluir a todos los miembros del G77. Myrdal participó activamente de esos debates. Junto al G77 intentó pensar la dimensión monetaria de la crisis, tanto antes como después del NEIO.
 
 

DD

En un principio, el NEIO no estaba centrado en la política monetaria. Fue la inflación de los años 1970 la que terminó imponiendo ese eje. Siempre pensamos la inflación de esa época en términos más bien benignos debido a las transformaciones que ocasionó en la economía y la política estadounidenses, pero las consecuencias en el Sur Global fueron considerables. ¿Cómo impactó la inflación en el Tercer Mundo? ¿Cómo fue que las grandes potencias económicas y políticas del centro capitalista transformaron la crisis de inflación en una crisis de deuda soberana en la periferia?
 

SE

El año crucial fue 1974, año en que Hayek y Myrdal tomaron la palabra en Estocolmo. Sucedió que la percepción de la crisis se fundió gradualmente con la conciencia de la crisis monetaria que afectaba tanto al Sur como al Norte. En parte esto se debió a que el NEIO retomó los debates de los años 1950 y 1960 sobre intercambio desigual, el comercio y la balanza comercial.

Esos debates abrieron una oportunidad única de volver a plantear cuestiones vinculadas a la distribución del ingreso a nivel mundial y a los términos del intercambio.

Pero son esas luchas que siempre terminan con ganadores y perdedores. Se percibía con claridad que el Norte Global, habiéndose beneficiado ilegítimamente de las políticas neocoloniales, debía renunciar a sus privilegios y redistribuir las ganancias. Por supuesto, era una propuesta atractiva. Pero también empezó a ser percibida como un obstáculo que estaba impidiendo el despegue del NEIO. El Norte Global, especialmente los Estados Unidos, reaccionó con animosidad: tenía mucho que perder.

En la segunda mitad de los años 1970, la reforma monetaria mundial empezó a presentarse, al menos entre los participantes del G77, como un tópico que no conduciría a un conflicto de suma cero, sino que comprometía las políticas de Norte y Sur. Entonces se aplicó una constitución monetaria mundial que funcionó y que reemplazó a Bretton Woods, o, más bien, a los no sistemas que habían tomado su lugar. Después del colapso de Bretton Woods, el G77 empezó a propagar la idea de una reforma monetaria mundial que mejoraría la situación de todos. No sería simplemente una lucha redistributiva, sino una victoria de todos en el combate contra la inflación.

Evidentemente, el Sur Global tenía mucho más que ganar, dadas las consecuencias devastadoras que tenía en su caso inflación, pero no por eso planteaba la necesidad de un sacrificio del Norte. El énfasis en los beneficios compartidos en vez de en el sacrificio se convirtió en un lema monetario importante durante la segunda mitad de los años 1970.
 
 

DD

Un elemento fundamental en el caso de países del Tercer Mundo como Tanzania y Jamaica —que bajo los gobiernos de izquierda de Julius Nyerere y Michael Manley respectivamente se convirtieron en importantes partidarios del NEIO— fueron los planes de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI), diseñados para forzar a los países pobres a reestructurar sus economías según los mandatos neoliberales. En ese sentido, escribiste, «Si bien la Asamblea General de las Naciones Unidas se había ampliado, el FMI siguió reflejando un mundo jerárquico más afín al Consejo de Seguridad. Aunque el Tercer Mundo representaba a más de cien países, que incluían a más de dos tercios de la población mundial, sus votos en el FMI no sumaban más del 35% y quedaban por debajo del 40% de las únicas cinco potencias industriales».

¿Estamos frente a un método de transformación del poder colonial en un sistema mundial poscolonial, no regido ya por la dominación directa de Europa, sino por el poder financiero y el dinero?
 

SE

Hay que hacer dos observaciones. La primera es que hablar del colapso de Bretton Woods es un poco engañoso. Lo que colapsó fue el sistema global que ataba el dólar al oro y que ataba formalmente otras monedas al dólar. Pero muchos elementos siguen vigentes, como por ejemplo, el FMI y el Banco Mundial. Eso es significativo. Tenemos estos zombis raros, remanentes de la época de Bretton Woods, que durante los años 1970 empezaron a buscar nuevas tareas porque el marco en el que estaban incluidos originalmente y sus obligaciones políticas habían desaparecido.

Pero, más allá de sus imperfecciones, Bretton Woods era al menos un sistema político que admitía ciertos reclamos y en el que se definían obligaciones. Una vez que fracasó, también liberó a los países individuales miembros del FMI para que actuaran de formas incompatibles con el sistema original.

Así llegamos a este momento en que el FMI intenta redefinirse y redefinir a los países miembro, incluso a Estados Unidos, con el fin de garantizar la hegemonía financiera de la gran potencia del Norte sobre las ruinas de Bretton Woods. Los programas de ajuste estructural del FMI y los préstamos condicionados surgieron en un principio como un intento de imponer nuevas formas de disciplina en un sistema informal que había abandonado toda institución política. El método ahora pasaba por la movilidad del capital y la concesión de cuantiosos préstamos a los países en vías de desarrollo. El dólar seguía siendo dominante. A pesar del hecho de que había dejado de ser formalmente la moneda de reserva de la economía mundial, la mayor parte de esos préstamos de los años 1970 y de los años 1980 fue emitida en dólares.

En un primer momento, los países recientemente descolonizados se entusiasmaron porque, hasta cierto punto, estaba empezando a suceder algo que esperaban hacía mucho tiempo: inversiones reales que fluían de Norte a Sur. Sobre todo parecía importante para los países que pretendían autofinanciarse o que estaban explorando formas de independencia financiera. Como sea, una parte considerable de esa deuda fue contraída en dólares, y al principio no estaba del todo claro cuáles serían las consecuencias.

Terminó siendo algo muy significativo porque esos países se hicieron extremadamente vulnerables a las fluctuaciones del tipo de cambio. Las monedas ya no estaban atadas unas a otras, sino que sus precios flotaban libremente. Eso es algo que casi nadie había anticipado. Si el precio de la moneda de un país flota libremente, pero ese mismo país contrajo una deuda denominada en una moneda distinta, enfrenta el riesgo de caer en lo que se conoce como descalce de monedas, es decir, que los activos y las obligaciones estén denominados en monedas distintas y que las obligaciones crezcan descomunalmente mientras el gobierno intenta controlar la moneda nacional.

Estos países empezaron a depender del FMI, surgido de pronto como una autoridad en cuestiones de préstamos y deudas y como un actor que expandía generosamente las inversiones. El panorama empeoró cuando el FMI mostró su verdadero rostro, es decir, el de una entidad que intenta dominar este nuevo mundo de préstamos internacionales fundado en tipos de cambio flotantes y deudas todavía denominadas en dólares, aun cuando esa moneda dejó de ser la moneda de reserva oficial de la economía mundial.

Desde la perspectiva de Julius Nyerere o Michael Manley —o desde la perspectiva de Tanzania y Jamaica, dos de los primeros países en probar los programas de ajuste estructural— los mandatos del FMI no eran más que una reedición de las típicas prácticas neocoloniales. El FMI llegó con medidas draconianas que pretendían imponer una disciplina y tomar el control de los presupuestos nacionales, uno de los elementos más delicados de toda política. Está claro que es una institución que opera en función de los acreedores del Norte.

Además —y esto quedó claro a fines de los años 1970, en una serie de conferencias celebradas en Kingston, Jamaica y en Arusha, Tanzania—, los países del Tercer Mundo eran conscientes de la retórica profundamente política de la que se servía el FMI. El FMI decía estar interesado únicamente en cuestiones de ajuste nacional y dejaba completamente de lado los temas vinculados a la economía política mundial y al enredado «no sistema» vigente. Decía estar implementando las mejores prácticas y una gestión económica sensata, cuando de hecho, en el Norte Global reinaba la falta de disciplina. Es decir que esos países que decían ser los más prudentes no lo eran en absoluto. Todo eso llevó a una enorme batalla política en torno al lenguaje y a la ideología.

De nuevo, ¿cuál fue el rol político del FMI en estos primeros programas de ajuste estructural y cómo hacemos para desarmar esa fachada política despolitizada?
 
 

DD

Cuando Hayek plantea la perspectiva del dinero privado, los defensores del NEIO, reunidos en Arusha, Tanzania, en 1980 llegan a una propuesta muy distinta. La declaración de Arusha dice, «El dinero es poder. Quienes tienen el poder, controlan el dinero. Quienes controlan y gestionan el dinero, tienen el poder. El sistema monetario internacional es a la vez la función y el instrumento de las estructuras de poder dominantes». ¿Cuáles son las diferencias entre las perspectivas de un sistema monetario mundial equitativo postuladas por esta declaración y la propuesta de Hayek?
 

SE

Es importante entender que estos dos extremos del espectro político de la imaginación monetaria son parte de la misma lucha por el futuro del dinero que se desarrolló en los años 1970. Son propuestas paralelas. Sabemos que entre 1979 y 1980, Hayek propagaba y difundía su idea de desnacionalizar el dinero. En simultáneo, tenemos a Nyerere y Manley reunidos en Arusha con una perspectiva completamente distinta.

Es importante distinguir la declaración de Arusha a la que hiciste referencia de la más famosa, la de 1967, en la que Nyerere estableció los principios del socialismo africano. Estamos en la misma ciudad pero en los años 1980. Suele denominársela Declaración Oficial o Iniciativa de Arusha. Desconozco si Myrdal tenía los documentos a mano, pero las actas aparecieron en un periódico sueco llamado Diálogo sobre el desarrollo.

Como sea, es importante reconocer todo lo que Hayek comparte con su oponente. Ambos piensan que el dinero en los años 1970 era un fenómeno eminentemente político y que existía un vínculo estrecho entre las distintas entidades que emitían y gestionaban el dinero y los intereses fundamentales de los distintos Estados. Hayek saca la conclusión de que necesitamos sacar el dinero de las manos del gobierno y desnacionalizarlo.

De ahí esta idea de monedas privadas que compiten entre sí. Políticamente plantea quitarle al gobierno el poder de emitir dinero. Ahora bien, Nyerere y Manley, y los participantes de la Iniciativa de Arusha, comparten la primera parte del análisis, es decir, que es obvio que la cuestión es política. Cuando el FMI llega y exige cambios estructurales, aunque dice que se trata de un proceso técnico, no político, en realidad sus medidas forman parte de una política monetaria mundial que responde a la problemática del crédito y la deuda que rige las relaciones entre el Norte y el Sur Globales y a la inflación de los años 1970. Quien niegue eso no es sincero.
 
 

DD

El problema del dinero asume características distintas cuando uno está en un país carente de soberanía monetaria y emplazado en la periferia de un sistema mundial controlado por otros.
 

SE

Exactamente, pero por eso nadie pensaría que se trata de un problema donde la política no juega un rol determinante. La falta de capacidades democráticas para definir las políticas nacionales es una patada en la cara y esos países tratan de resistir. Ningún gobernante de esos países piensa que enfrenta calamidades naturales. Son perfectamente conscientes de que es una política mundial y un sistema políticamente estructurado el que define el curso de las inversiones, protege a los acreedores y habilita al FMI a perseguir a ciertos países y no a otros. Es una cuestión política. El problema es que obedece a los intereses de un pequeño grupo de países del Norte Global, que tiene intereses bastante predecibles, y los países del Tercer Mundo son el último orejón del tarro.

La solución surgida de la Iniciativa de Arusha no es, como planteaba la fantasía hayekiana, escapar a la política, sino democratizar y mundializar esa política. En ese sentido la Iniciativa de Arusha es una especie de nueva conferencia de Bretton Woods celebrada en la Asamblea General de las Naciones Unidas y en la que participan todos los Estados recientemente descolonizados, comprometidos en una conversación de buena fe sobre las posibilidades de fundar un sistema monetario mundial más democrático. Estaban dispuestos a cambiar la política que domina el sistema político mundial.

Pero se encontraron con la negación de esa política, negación que adoptó la forma del FMI, que niega su carácter político y dice no haber estado involucrado en ninguna de esas luchas y tensiones políticas que definieron la época posterior a Bretton Woods. En ese contexto, Nyerere fue el más innovador. Filtró intencionalmente los documentos internos del FMI que exponían los debates y las tácticas que había adoptado la institución para presentar todo de manera despolitizada. Nyerere recurrió muchas veces a esa táctica y logró generar un enorme malestar en sus oponentes. Era una forma de develar a ese supuesto socio y dejar expuesta la mala fe de esa entidad que venía a negociar planes de ajuste estructural.
 
 

DD

¿El nuevo orden se adecuaba, al menos en parte, a lo que quería Hayek? Pienso en una entrevista que hice con Quinn Slobodian donde hablamos sobre su libro Globalists. Más allá de sus pretensiones libertarias antiestatistas, ¿era eso lo que querían los neoliberales, utilizar el Estado para poner el dinero a salvo de todo control democrático?
 

SE

Pasó un tiempo hasta que se completó el cuadro. Fue un proceso experimental bastante desordenado donde participaron muchos actores distintos, entre ellos Paul Volcker y la FED, pero también intelectuales que buscaban quedar bien posicionados y responder adecuadamente a una situación vertiginosa. Todo avanzaba hacia un mundo de capitales que se movían cada vez con más libertad. La financierización generalizada estaba en marcha.

Nadie tenía un plan que garantizara el éxito. Todo lo que escribo está muy influenciado por la obra de Quinn y la de Greta Krippner, que escribió un libro fantástico, Capitalizing on Crisis, donde articula las respuestas experimentales que, hasta cierto punto, tramaron los aspectos más neoliberales de la financierización mediante la declinación de la responsabilidad de los gobiernos y la intervención de instituciones como la Reserva Federal, que, sobre todo bajo el mandato de Volcker, logró blindarse a ante cualquier presión política democrática.

Volviendo al neoliberalismo, es realmente interesante la ruptura que se produce entre dos personajes como Milton Friedman y Hayek. Friedman parece encajar mucho mejor en esta imagen que nos muestra a los economistas tratando de averiguar lo que está sucediendo. Friedman estaba contento con la intervención de la Reserva Federal y con los distintos instrumentos monetarios que empezaba a desarrollar —muchos de ellos falaces y manipuladores—, siempre y cuando sirvieran para reintroducir la disciplina de mercado. Creía que el problema era que los años 1970 habían sufrido el impacto de pésimas políticas monetarias y que era momento de aplicar otras mejores. Básicamente estaba conforme con el uso experimental del poder del Estado y de la Reserva Federal con el fin de bajar la inflación y reintroducir la disciplina económica.

La posición de Hayek en los años 1980 era mucho más interesante. Tuve la oportunidad de estudiar muchos documentos conservados en la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, entre los que están su correspondencia y una serie de discursos de la misma época. Lo primero que notamos es que a partir de 1981, tal vez a partir de 1980, Hayek acepta con mucha franqueza que su propuesta de desnacionalizar el dinero es utópica. Es perfectamente consciente de que es imposible aplicarla en términos políticos. De hecho, en 1981 participa de una charla con un grupo de ejecutivos de Visa en Atenas, Grecia, donde plantea que sus propuestas son ficciones surgidas de la frustración y de cierto tipo radicalización que debía quedar atrás.

Pero no retorna a su posición anterior, es decir, a la idea de que solo se necesitaban mejores políticas económicas. Afirma que la política monetaria nunca sirvió, que no es necesaria. No es una cuestión de buenas o malas políticas monetarias. Simplemente hay que prescindir de todas. Al mismo tiempo, considera que la desnacionalización del dinero es políticamente imposible.

Entonces, entre 1981 y 1986, actualiza sus ideas sobre la competencia de distintas monedas adaptándola a una realidad que estaba cambiando a toda velocidad. La propuesta que hace a los ejecutivos de Visa —y es un discurso que repetirá frente a las autoridades bancarias de Londres— es básicamente la creación de un sistema de unidades de cuenta que tienen la forma de giros bancarios que compiten entre sí.

Por lo tanto, el Estado puede prohibir la impresión de dinero, es improbable que renuncie a ese privilegio. Si uno intenta emitir sus propias notas bancarias, buena suerte, pero las posibilidades de éxito son escasas. El Estado puede controlar todas las operaciones de los bancos. Del mismo modo en que los bancos crean crédito y se benefician de la privatización de esa política, Hayek piensa que deberían poder crear cuentas denominadas, no en dólares o en libras, sino en nuevas unidades monetarias.

Dice que son las tarifas las que hacen que no abramos cuentas denominadas en otras monedas. Pero rechaza esa idea y propone una solución. Exige un input. Argumenta que tiene cierta idea de cómo hacerlo, pero que costará millones de dólares, que no puede decir el nombre del proyecto porque sus abogados recomendaron prudencia.

Está tramando un esquema para mantener la promesa de la desnacionalización del dinero, no bajo la forma de bancos que imprimen realmente su propio dinero, sino mediante la utilización de herramientas financieras, como las tarjetas de crédito, y otras que los bancos estaban empezando a utilizar en los años 1980.
 
 

DD

En otro lugar, escribiste, «Además de imponer deliberadamente límites a la negociación colectiva y al crecimiento del salario real, la nueva política de desinflación abrió simultáneamente las compuertas de las tarjetas de crédito destinadas al consumo privado». Entiendo que lo que sugiere esta cita es que el retroceso del poder obrero y la expansión del crédito para consumo privado son dos fenómenos que no coincidieron solo por azar. ¿Cuáles son sus vínculos?
 

SE

De nuevo, en este caso sigo el libro de Greta Krippner que trata el tema de manera impecable. No quiero que se me malinterprete como si estuviera proponiendo una relación causal o como si dijera que una cosa fue la respuesta coordinada a la otra. Recordemos que el período estuvo definido por una política experimental bastante desordenada. Una idea que emergió entonces es que la desregulación de las finanzas parece adecuarse a cierta solvencia política, pospone y potencialmente desplaza parcialmente algunos de los conflictos distributivos típicos de los años 1970.

Los años 1970 estuvieron definidos por la preocupación que generaba un sistema político sobrecargado, que luchaba por decidir reivindicaciones distributivas conflictivas. Los mercados financieros, la desregulación y la apertura de las compuertas del crédito parecían ser capaces al menos de ganar un poco de tiempo para maniobrar. Por un lado, permiten ciertas libertades que acrecientan la eficiencia, la movilidad del capital y ofrecen comodidades para que las instituciones financieras ofrezcan sus productos. Todo eso entra en la categoría de mejoras de liquidez y eficiencia.

Pero en términos políticos, también es una respuesta a la experiencia de los salarios estancados. Durante los años 1950 y 1960, el sistema político había llegado a depender del crecimiento económico y de las expectativas. Esa idea entró en crisis cuando irrumpió la estanflación. En ese contexto, el acceso a crédito barato se convirtió, al menos por un tiempo —hasta los años 1990— en un modo de navegar las corrientes del capitalismo financierizado. Se pensaba que las facilidades de acceso al crédito serían una solución alternativa y temporaria al retraso y al estancamiento de los salarios.
 
 

DD

Entonces, este desplazamiento —la expansión del crédito como compensación por el estancamiento de los salarios— facilitó la hegemonía de la Gran Moderación y la consecuente despolitización del dinero hasta la crisis financiera de 2008.
 

SE

Sí. Suele pensarse que la Gran Moderación es un fenómeno macroeconómico, o un sistema inflacionario dirigido por bancos centrales independientes, que habrían logrado dominar la situación. En ese sentido, muchos afirman que los bancos desarrollaron un kit de herramientas macroeconómicas capaces de limar las alzas y bajas y estabilizar la economía. Hay algo de eso.

Pero también es crucial lo que sucede con la movilidad del capital y con el crédito. En primer lugar, el proceso responde a una remoción de obstáculos a la movilidad del capital que no tiene precedentes. En los años 1970, la movilidad del capital era un fenómeno marginal. Bretton Woods había definido controles de capital rigurosos. En esa época, Estados Unidos, Alemania y en parte Japón estaban interesados en la movilidad del capital, pero muchos países —obviamente el Sur Global, aunque también una buena parte de Europa, y sobre todo Francia— se oponían enérgicamente a esa idea.

A fines de los años 1980 y principios de los 1990 la situación cambió. El Tratado de Maastricht colocó la movilidad del capital en el centro de la Constitución Europea. Ahora vivimos en un mundo completamente distinto, donde la movilidad del capital —su colocación eficiente y su flujo— es una parte fundamental del cuadro de la Gran Moderación.

Pero, si atendemos solo a la cuestión salarial, estamos dejando de lado otros beneficios que trajo la Gran Moderación, vinculados con el acceso a crédito barato. Sí, es probable que los salarios no hayan mejorado tanto como durante los años 1960, pero las hipotecas mejoraron y se multiplicaron los productos financieros disponibles. Todo esto es parte de la ampliación del mundo de las finanzas a partes de la sociedad que antes estaban excluidas de la ecuación.
 
 

DD

Todo eso obstaculizó, no solo el programa del NEIO, sino también cualquier experimento socialdemócrata en el Norte Global, como el de François Mitterrand en Francia.
 

SE

Definitivamente. Ese es un buen atajo para retomar la conversación sobre las criptomonedas. Todo ese proceso se amparó muchas veces en un hipotético programa de democratización del acceso al crédito. En el contexto de Estados Unidos, se generalizó la idea de que las familias afroamericanas, excluidas de toda forma de crédito —es uno de los factores determinantes de la brecha racial en este país— serían capaces de acceder al sistema financiero y superar la discriminación.

La idea de «democratización de las finanzas», para usar un término que se ha vuelto bastante común, es pasar de la exclusión a la inclusión. Los hogares antes excluidos, por discriminación o por capacidades económicas, están incluidos en la esfera de la creación de crédito. En consecuencia, el Partido Demócrata se subió al tren. Es un relato que funciona bien en términos electorales.

Ahora bien, es el mismo relato que encontramos en el mundo cripto: la publicidad apunta a la idea de nuevas oportunidades de inversión y de democratizar las finanzas. Es una especie de fenómeno Robinhood en el que cualquiera puede convertirse en corredor de bolsa, comprar acciones e invertir en criptomonedas. Los que antes estaban excluidos hoy son parte del mundo financiero y deberíamos estar celebrando.

Por supuesto, se ignora deliberadamente que se trata de capital y de crédito. Y el capital y el crédito no operan en función de la igualdad ni de la inclusión. La inclusión no significa nada si el crédito al que se accede es inferior al crédito al que acceden los otros.
 
 

DD

¿Cómo impactaron la crisis financiera y las políticas aplicadas después en la ideología dominante del dinero despolitizado?
 

SE

Es difícil pensarlo ahora a causa del impacto de la crisis financiera y las medidas monetarias de la pandemia. En cuanto a la crisis financiera, hay que decir que la mayoría de los modelos que usan los economistas —los que determinan las grandes decisiones macroeconómicas y modelan los escenarios que evalúan las instituciones financieras— básicamente dejan afuera el dinero y los bancos. Cuando aparecieron los bancos, los economistas los consideraron como meros intermediarios financieros en vez de como entidades creadoras de crédito. Y el rol complejo que juega el dinero en el mercado monetario recibió aún menos atención.
 
 

DD

Entonces, ¿esa ideología del dinero despolitizado también influye en los economistas?
 

SE

Exactamente. La neutralización del dinero en la economía se complementó y hasta cierto punto reflejó la neutralización del dinero que dominaba la esfera pública. Fue parte del relato de la Gran Moderación, fundado en la idea de que, durante los años 1970, el dinero se había politizado ilegítima y artificialmente. La independencia de las metas de inflación de los bancos centrales fue concebida con el fin de mantener el dinero a distancia de la política.

Esa idea del dinero está vinculada con los modelos y con la neutralización del dinero en la imaginación popular: el dinero empezó a ser visto como una cosa neutra, un medio técnico que había que separar de la política y que no respondía a ningún interés. Así quedó totalmente aislado de los problemas del poder. Esa fue la imagen dominante durante la crisis.
 
 

DD

En un artículo dijiste que la crisis mostró que los bancos centrales «se habían convertido en entidades de planificación centralizada que no osaban confesar su nombre. Las nuevas capacidades de los bancos centrales plantearon, no sin generar incomodidad, la posibilidad de tomar decisiones políticas en un sistema en el que supuestamente no había alternativas».

Sin embargo, también dijiste que «Aunque el dinero terminó siendo más político de lo que muchos habían asumido, la crisis también socavó rápidamente cualquier presunción de que obedecía directamente a la soberanía de los Estados y respondía sin conflictos a la política. En muchos sectores, la moneda había sido reemplazada por dinero privado mundial». ¿Cómo se relacionan estas dos evaluaciones que en principio parecen contradictorias?
 

SE

De nuevo, esto es algo tan importante en la concepción que tenemos hoy de los bancos centrales. Hay dos movimientos. El primero pasa simplemente por la toma de conciencia del enorme poder que tienen los bancos centrales. La idea está presente en muchos episodios de esta crisis.

Por ejemplo, cuando después del rescate de AIG, el gigante de los seguros, los periodistas presionaron a Ben Bernanke en la televisión para que dijera de dónde venía el dinero: ¿Era dinero de los contribuyentes? ¿Quién había autorizado ese cheque en el Congreso? Y de pronto llega el momento en que responde: «Nosotros no imprimimos dinero. Usamos la computadora. Solo agregamos ceros».

El público escuchó impactado porque estaba convencido de que la austeridad y la disciplina económica eran las únicas alternativas en el contexto del neoliberalismo. Todos tienen que ajustarse los cinturones. Tenemos que reducir nuestros gastos, igual que el gobierno.

Ese era el relato: no hay alternativa, no hay posibilidad de decidir. Pero resulta que Ben Bernanke puede añadir ceros en una computadora. Y es verdad: el banco central, como cualquier entidad, puede crear dinero simplemente añadiendo ceros.

Lo que convirtió a la crisis en una crisis es que la FED tuvo que intervenir, no como prestamista de última instancia, sino como proveedor de liquidez. A diferencia de los bancos, que operan en un contexto un poco más complejo, el Estado siempre puede cumplir esa función.

De ahí el sentimiento, todavía más evidente hoy, de que los bancos centrales toman decisiones arbitrarias, que pueden optar por hacer una cosa u otra, sobre todo cuando se trata de rescatar a los bancos privados, pero también en el caso de las metas de inflación y las tasas de interés. Es algo que hoy parece obvio, pero tardamos muchos años en comprenderlo y los banqueros no querían aceptarlo.

La FED sigue siendo bastante reacia a aceptar que está haciendo política, aun cuando aplican regímenes diferentes todo el tiempo y sus decisiones afectan a distintos sectores de la población. Cada vez es más difícil aceptar que su actividad es neutra, no destructiva y puramente tecnocrática. Es una ficción que no se sostiene.
 
 

DD

Recuerdo que una vez señalaste que Satoshi Nakamoto, seudónimo del creador de Bitcoin, había publicado su propuesta el 1 de noviembre de 2008, pocas semanas después de la quiebra de Lehman Brothers. Y también destacaste el mensaje que acompañaba el código del primer bloque de Bitcoin. Decía, «Times, 3 de enero de 2009, el ministro de Hacienda está a punto de concretar el segundo rescate en beneficio de los bancos». Eso es todo.

La seca publicación de Nakamoto llegó meses antes de que Rick Santelli, periodista de la CNBC, despotricara contra el Tea Party. En ese momento no prestamos mucha atención, pero ahora pienso que la secuencia es importante. Fueron las semillas de lo que terminaría siendo la respuesta popular a la crisis que estamos viviendo hoy: una respuesta reaccionaria a la repolitización del dinero que aparentemente es más duradera que la rama libertaria del Tea Party inspirada por Koch.
 

SE

No fue solo un anuncio que acompañó el lanzamiento de Bitcoin. Si tenemos en cuenta cómo funciona la blockchain y dado que la frase está incluida en el primer bloque del Bitcoin, hay que decir que forma parte de cada una de las transacciones. Es un elemento indivisible de la existencia de la blockchain del Bitcoin. Así que en el comienzo de todo, si remontamos la blockchain de Bitcoin, nos encontramos con el titular del London Times sobre el ministro de Hacienda que rescata a los bancos. Ese es el tipo de grito de guerra bajo el que se anunció esta nueva moneda, no fundada en la confianza, que prometía un nuevo futuro para el dinero más allá de la política y de los bancos.

Restituir el contexto —es decir, la crisis financiera y política que afectó las instituciones democráticas— es fundamental si queremos comprender la promesa de Bitcoin.
 
 

DD

Tu libro parece sugerir que la perspectiva de Nakamoto tiene cierta similitud con el fenómeno de GameStop, una especie de convergencia entre libertarianismo defensor del capitalismo de libre mercado y política populista antibancos.
 

SE

Hay que considerar una diferencia muy importante. Es muy tentador trazar una línea que una directamente a Hayek con las criptomonedas. Es muy tentador considerar que anticipó la idea o buscar en las promesas de las criptomonedas una concreción de su propuesta de desnacionalizar el dinero. Pero la diferencia más importante está en la función de los bancos. Los bancos son los héroes del panfleto publicado por Hayek en 1976 y siguen ocupando esa posición en sus proyectos posteriores. Hayek les hablaba directamente a los bancos, presentaba sus planes y sus propuestas ante sus funcionarios. Eran ellos los que nos rescatarían.

Pero eso cambió completamente en 2008. Entonces, Nakamoto —o el grupo que opera detrás de ese nombre— comprendió que el sistema bancario no está separado del Estado. Los investigadores especializados en el dinero, especialmente los juristas y los historiadores, venían diciendo lo mismo hacía muchos años: es un error pensar que los bancos son empresas privadas.

Son más bien franquicias de cierto tipo de derecho público. Operan en un espacio sometido a regulaciones estrictas en el que distribuyen básicamente bienes públicos o crédito por medios privados, pero siempre obedecen a obligaciones estrictas. Están respaldados por la Reserva Federal. Son parte de una especie de centro bancario estatal.

En un sentido, el Bitcoin diagnostica bien ese punto. Es inútil pensar que los bancos están en contra del Estado, incluso en tiempos de crisis. En realidad están íntimamente conectados.
 
 

DD

Considerando que el dinero es político y que asumió explícitamente ese rasgo después de la crisis de 2008, ¿qué dinero debería defender la izquierda? ¿Cuál sería una posición de izquierda en este momento de repolitización del dinero?
 

SE

Acabo de terminar un libro sobre la teoría política del dinero en el que trato ese problema. Intento hacer una genealogía para tomar un poco de distancia y analizar de dónde provienen las distintas concepciones del dinero, de dónde viene todo eso que vemos y no vemos cuando miramos el dinero. Como sea, me parece que el problema es la democratización.

En ese sentido, tenemos que entender que hablar de despolitización y repolitización del dinero es bastante confuso. En última instancia, esa idea parece asumir que el dinero sería capaz de prescindir de la política.

Estoy convencido de que es un punto de partida errado. El dinero siempre es político.

Pero entonces, ¿qué es lo que se despolitiza? No es el dinero en sí mismo. Es la apariencia del dinero, o, en otras palabras: la despolitización del dinero es en realidad una desdemocratización del dinero.

Cuando hablamos de los años 1980 como de un período de despolitización del dinero, deberíamos precisar la idea en dos sentidos. En primer lugar, hablar de la política de despolitización implica estudiar los modos de pensamiento que gobernaron la FED —las ideas de Paul Volcker, por ejemplo—, que fueron muy políticas y que apuntaron a crear una nueva apariencia y a presentar el dinero como una cosa que estaba más allá de la política.

En segundo lugar, eso obedece, antes que a la separación abstracta entre dinero y política, a la exclusión del dinero de la esfera del control democrático. Una vez que aceptamos esto es más fácil plantear la pregunta por la democratización del dinero.

 No deja de ser un problema muy difícil de resolver, pero es muy importante. Tenemos que enfrentarlo.

Para mí, democratizar el dinero significa dejar de hablar de repolitización o despolitización y empezar a analizar las estructuras que rigen la toma de decisiones en los bancos centrales y en el sistema monetario, que incluye a los actores privados o supuestamente privados y a los bancos centrales. Eso implica empezar a pensar dónde se genera realmente el crédito: ¿quién tiene derecho a crear dinero y por qué?

Aunque no tengo un plan sistemático, me parece que ese debería ser el punto de partida: pensar los bancos centrales como instituciones que podemos democratizar. Circulan muchas propuestas interesantes, como la inclusión de representantes sindicales en esas instancias. También podríamos someter los bancos centrales a distintas cámaras legislativas.

Todo eso es mejor que reducir la cuestión a la repolitización de los bancos centrales o anclar los bancos al Congreso, que no deja de ser una institución de legitimidad democrática dudosa. En síntesis, tenemos que pensar formas de democratización que no impliquen simplemente someter los bancos centrales al sistema político existente.

Por otro lado, tenemos que hablar del crédito, de si tenemos que complementar el crédito privado con la creación de crédito público y si tenemos que repensar las relaciones de poder que habilitan a los bancos a expandir el crédito sin ninguna obligación. Ese es otro aspecto: repensar todo el sistema monetario en términos más democráticos a través del lente de la liquidez.

Por Stefan Eich

Traducción: Valentín Huarte

 

Notas

1

Autor de «All-American Nativism» (Verso, 2020) y conductor de «The Dig», un podcast de Jacobin Magazine.

Publicado enEconomía
Fuentes: El salto [Imagen: BYRON MAHER, SANCHO R. SOMALO]

La invasión de Ucrania puede acabar dinamitando la única válvula de escape, ante un escenario de recesión global que ya se estaba gestando en los meses previos.

 “Los tambores de guerra son tambores de hambre”, reza un ancestral proverbio africano. Sin duda, tras la invasión de Ucrania, dicha máxima está hoy más vigente que nunca. Desde estas líneas advertíamos de una de las consecuencias ocultas de la invasión rusa, las hambrunas. También expusimos la necesidad de un pacto de riqueza, a costa de los extractores de rentas, y no del factor trabajo o capital productivo. Lo que pretendemos desgranar en este artículo es cómo la invasión de Ucrania puede acabar dinamitando la única válvula de escape, ante un escenario de recesión global que ya se estaba gestando en los meses previos. Nos referimos a cómo la fuerte corrección en los precios de los activos financieros de riesgo –bolsa, bonos corporativos, bonos emergentes,…- suele conllevar un hundimiento del precio de las materias primas que debería suavizar y hacer transitorio los repuntes de inflación. Sin embargo, sin ningún final claro a la vista en Ucrania, los precios globales de los alimentos no elaborados y de la energía probablemente se mantengan altos en cualquier escenario. Por lo tanto, los tambores de guerra serán tambores de recesión global.

La economía global va camino a una tormenta perfecta, en la que Europa, China y Estados Unidos entran en crisis al mismo tiempo conforme avance el año

Los datos de crecimiento económico del primer trimestre publicados en España, Estados Unidos y la Eurozona han sido decepcionantes, mucho peor de lo esperado. La economía global va camino a una tormenta perfecta, en la que Europa, China y Estados Unidos entran en crisis al mismo tiempo conforme avance el año. Los riesgos de una de recesión global aumentan día a día.

Una rápida desaceleración sincronizada, sin válvulas de escape

Las previsiones económicas, tanto de organismos privados como oficiales, recientemente han comenzado a resaltar crecientes riesgos regionales, pero subestiman hasta qué punto estos riesgos se multiplican cada día. Los confinamientos generalizados en China, por ejemplo, están causando estragos en las cadenas de suministro globales en el corto plazo, haciendo subir la inflación en Estados Unidos y reduciendo la demanda en Europa. Si bien, la trayectoria de crecimiento de China ha venido desacelerándose en los últimos años, una gestión macroeconómica muy competente ha impedido hasta ahora una crisis severa. A diferencia de occidente, el Gobierno chino ha sido tajante respecto a la financiarización de las grandes corporaciones no financieras, limitando, manu militari, la extracción de rentas a sus clientes, y poniendo coto al proceso de concentración empresarial, que tanto daño en términos de inversión productiva y de desigualdad ha producido en Europa, y, sobretodo, en los Estados Unidos. Han entendido perfectamente el terrible daño que la financiarización, vía extracción de rentas, y el dilema moral “demasiado grande para quebrar” han ejercido sobre occidente en general, y, en España, en particular.

Sin embargo, China está siendo, hasta ahora, incapaz de llevar a buen puerto la transición desde un modelo de tremendos superávits por cuenta corriente a otro donde la demanda interna sea el principal motor de la actividad económica.

Una recesión en Estados Unidos, especialmente si es generada por un ciclo de alzas de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal, restringirá la demanda global de importaciones y provocará, ya está provocando, un caos en los mercados financieros. Y este riesgo de recesión en los Estados Unidos sin duda se ha disparado. Bajo la visión extendida de que la inflación no bajará significativamente por sí sola, se estima que la FED tendrá que aumentar todavía más los tipos de interés. Pero, además, por otro lado, bajo la creencia de que los ahorros se han disparado durante la pandemia y que el escenario más factible es que la demanda de los consumidores se mantenga fuerte, mientras que los problemas de las cadenas de suministro se agravan, ha inducido al Gobierno de los Estados Unidos a reducir erróneamente sus políticas de estímulo, incrementando la probabilidad de recesión.

Una recesión en Europa es casi inevitable si la guerra en Ucrania se enquista y países como Alemania, que ha venido resistiendo ferozmente los reclamos para dejar de recibir petróleo y gas rusos, finalmente cede

Respecto a Europa, la invasión rusa de Ucrania nos está afectando, en este contexto, mucho más de lo previsto. Si bien las recesiones en Europa normalmente se irradian a nivel global, principalmente a través de una demanda reducida, una desaceleración provocada por la guerra está afectando radicalmente la confianza empresarial y a los mercados financieros. Una recesión en Europa es casi inevitable si la guerra en Ucrania se enquista y países como Alemania, que ha venido resistiendo ferozmente los reclamos para dejar de recibir petróleo y gas rusos, finalmente cede. No hay alternativa al gas ruso.

Un escenario de recesión global acompañado de una fuerte corrección en los precios de los activos financieros de riesgo –bolsa, bonos corporativos, bonos emergentes,…- históricamente solía activar una válvula de escape, el hundimiento del precio de las materias primas, que suavizaba y hacía transitorio los repuntes de inflación. Ello sin duda ayudaría en términos de política monetaria y política fiscal. Sin embargo, si la guerra de Ucrania se enquista, los precios globales de los productos agrícolas y de la energía pueden mantenerse altos en cualquier escenario. Entonces, el coctel de guerra, desregulación de mercados derivados, concentración empresarial, financiarización, extracción de rentas, desigualdad, y austeridad fiscal hará estallar todo por los aires, de manera que los tambores de guerra serán en realidad tambores de recesión global. Y Vladimir Putin, al fondo, entre bambalinas, bajo la tenue luz de una vela, fumándose un puro, y brindando con una copa de coñac, a nuestra salud.

Por Juan Laborda | 13/05/2022

@JuanLabordah

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/analisis/juan-laborda-tambores-de-guerra-seran-tambores-de-recesion-global

Publicado enEconomía
La Guerra en Ucrania 70 días después: un análisis en perspectiva

A la vieja idea de que la guerra es la continuación de la política por otros medios se debe unir el hecho de que se sabe como comienza, pero es difícil prever sus derroteros y desenlace. Porque la actual guerra en Ucrania, que comenzó hace cerca de 70 días, está teniendo un ritmo frenético con un desenlace aún difícil de establecer.

Ucrania se constituyó como nación en el momento de su unión con Rusia y otras repúblicas en la formación de la Unión Soviética en 1922. Sin embargo, el derecho de autodeterminación ucraniano ya fue defendido por Lenin, máximo dirigente bolchevique, años antes. Y su existencia sin opresión nacional por la mayoría gran-rusa fue reivindicada por Lenin en sus últimos escritos antes de morir, en lo que fue conocido como su último combate.

Con la disolución de la URSS en 1991, Ucrania se constituyó como nación independiente. Al contrario de lo que dijo Putin al justificar la invasión del país, la reivindicación de esa independencia y la disposición a luchar por ella es lo que explica por qué hubo una resistencia a la invasión mucho mayor  que todas las previsiones, incluidas las de las potencias occidentales y de la misma Rusia.

Sin estar muy seguros, debido a la manipulación informativa durante las guerras, parece evidente que el plan inicial de Putin no funcionó. Ni Ucrania cayó como un castillo de naipes ni su ejército se desmoronó ante un poderosísimo enemigo. El apoyo en armas y en inteligencia proporcionado por la OTAN desde 2014 –y acelerado con el comienzo de la guerra– fue un aspecto fundamental para eso, pero si no hubiera habido un repudio popular contra la pérdida de su soberanía e independencia, no habría suficientes armas para enfrentar el poderío militar ruso. Las escenas de movilización popular en tareas de apoyo a los soldados parecen indicarlo.

Un tema relacionado es que los posibles planes de Putin de conquistar el país rápidamente y colocar un títere en una Ucrania sumisa no se hicieron realidad. A señalar también que las escenas de destrucción masiva por todo el país, provocadas por las tropas invasoras, la creación de millones de refugiados y desplazados en el interior del país, y hasta los episodios trágicos de masacres (aún pendientes de investigación independiente), sólo consiguieron aumentar la voluntad de resistir, incluso por parte de las poblaciones de origen y/o habla rusa.

Los efectos dramáticos de la guerra en el mundo

Desde el punto de vista de la situación geopolítica global, podemos señalar que en los últimos años se ha producido una unificación sin precedentes de todas las potencias europeas bajo la dirección de EEUU y con importantes aliados en todo el mundo (Australia, Japón y Corea del Sur), además de un crecimiento dramático de un proceso que venía de antes: el rearme de estas potencias y países.

Un ejemplo claro fue el cambio de actitud de Alemania. Si antes de la guerra insistía en mantener su política de conciliación con el régimen de Putin, fruto de la aproximación económica con Rusia, de la que dependía en gran medida (y aún depende) para su suministro de energía, el conflicto militar llevó a que se adhiriese a la política de sanciones económicas y suspendiese la certificación del gaseoducto Nord Stream II desde Rusia, clave para el abastecimiento energético futuro del país.

Por otro lado, rompiendo con una política que venía desde la IIª Guerra Mundial, anunció un drástico aumento en su presupuesto militar que, de mantenerse, debería llevarla, en un cierto tiempo, a convertirse en la mayor potencia militar europea. Lo que, por supuesto, no elimina las contradicciones derivadas de la competencia entre las potencias europeas y los temores que trae el recuerdo de anteriores programas de fortalecimiento militar alemán, que desembocaron en dos guerras mundiales. Sólo los retiran del centro del debate en el corto plazo. Este ejemplo se extendió a muchos países en Europa y en el mundo. Hasta las pacíficas Suecia y Finlandia están considerando seriamente solicitar, en este mes, la entrada en la OTAN.

El otro aspecto, inédito por su aplicación a un país tan poderoso como Rusia, fueron las sanciones económicas brutales impuestas al Estado ruso, que son verdaderos actos de guerra. La revista The Economist, portavoz tradicional del ala supuestamente liberal del imperialismo, empleó este titular: “Sanciones como las de Occidente a Rusia nunca se vieron”.

La reacción de Putin, al poner en alerta su arsenal nuclear (lo único que puede hacer frente a un ataque devastador americano), muestra cuan delicada es la tensión militar inter-potencias. Es la primera vez desde la crisis de los misiles en 1962 que se ha planteado tal posibilidad. Además, los rumores de que los rusos podrían utilizar armas nucleares tácticas (de efecto supuestamente inferior a los grandes hongos que quedaron grabados en los escenarios de las pruebas y en el horror desencadenado por los EUA sobre Hiroshima y Nagasaki) o químicas muestran el cambio en la situación.

Y las tensiones no cesan de aumentar: la semana pasada, Rusia suspendió temporalmente el envío de gas a Polonia y Bulgaria. Sólo el envío a la primera se restableció. Por otro lado, cuando estamos concluyendo esta nota, las noticias dan cuenta de que la Unión Europea comenzó a debatir nuevas sanciones económicas contra Rusia, que incluirían la prohibición de transacciones del bloque europeo con petróleo ruso, de forma gradual hasta el final de año, pero no quedó claro aún si la medida tendrá la unanimidad necesaria para su aprobación. La gravedad del tema no puede ser minimizada: un antecedente histórico poco mencionado es que el ataque de las fuerzas militares de Japón sobre Pearl Harbour en diciembre de 1941 fue antecedido por el bloqueo total americano a la importación de petróleo por Japón en julio de ese año. No queremos ser alarmistas: continúa existiendo un mecanismo de precaución que tiene un nombre que evidencia su riesgo: es el llamado Mecanismo de Destrucción Mutua Asegurada, que evita mayores choques entre grandes potencias nucleares. Hay varios pasos que llevan a esa escalada en dirección a una confrontación catastrófica que no fueron, de momento, dados: la guerra cibernética, la participación directa de tropas occidentales en la guerra o una aún mayor destrucción de la infraestructura ucraniana.

Sin embargo, es preciso destacar, en esta rápida síntesis, que, a diferencia del período de la Guerra Fría, no hay mecanismos establecidos de negociación como los utilizados en la crisis de 1962 y también en la crisis anterior en Berlín. Además de la imprevisibilidad, un elemento presente en todos los conflictos bélicos.

La guerra en una nueva fase

Una segunda etapa de la guerra comenzó con el anuncio el 22 de abril, por el mayor-general (máxima jerarquía en el ejército ruso) Rustam Minnekaev, de que el ejército ruso se iría a concentrar en el Donbass (este del país) y en parte del Sur de Ucrania. Fue el reconocimiento de que la idea inicial de una gran operación que asumiese rápidamente el control de todo su territorio se había mostrado inviable o demasiado costosa. Desde entonces, la guerra se ha concentrado en esas regiones, pero el avance de las tropas rusas continúa siendo, aparentemente, igualmente lento.

Y en los últimos días, hay señales preocupantes de que la guerra continúa su escalada. En primer lugar, por el ya mencionado proceso de rearme mundial. El presidente Biden pidió al Congreso americano la aprobación de una ayuda militar y humanitaria a Ucrania por el valor de 33 billones de dólares en los próximos años. Que es la expresión de lo que los documentos de la inteligencia americana estaban pidiendo: la preparación para una guerra larga en Ucrania.

Esa intención quedó clara a finales de abril, en la reunión de más de 40 países, en la base aérea alemana de Ramstein, en que se formó el grupo de contacto en apoyo de Ucrania. Y, hecho importante, el tipo de armamento enviado para el ejército ucraniano evolucionó de las llamadas armas defensivas a las ofensivas, como tanques y misiles antiaéreos Gepard alemanes, además de poderosos drones.

Los temores de que la guerra traspase las fronteras ucranianas no son excesivos. Ya en marzo, misiles rusos alcanzaron blancos a pocas decenas de kilómetros de la frontera con Polonia, país de la OTAN. Recordemos que Biden varias veces afirmó que ni una pulgada de territorio de países pertenecientes a la organización militar podría ser alcanzada sin reacción.

También merece mención la explosión de bombas en Transnístria, región separatista de la vecina República de Moldavia, donde hay una importante población de origen y/o habla rusa, similar a lo que ocurre en las autodenominadas repúblicas populares en la región de Donbass. En la misma declaración citada antes, el general Minnekaev incluyó como uno de los objetivos rusos la formación de un corredor terrestre entre la anexionada Crimea y Moldavia. Las explosiones podrían servir como pretexto para extender la operación militar rusa al país vecino.

Los dos aspectos principales de la guerra

La guerra tiene dos componentes centrales, a saber:

  1. Una lucha defensiva justa de un país independiente contra la ocupación de un antiguo opresor, Rusia, una potencia regional con reconocida presencia en su entorno y que se acentúa en momentos de crisis (como en los levantamientos populares en Kazajstán y Bielorrusia en los últimos años). Un elemento altamente negativo y limitador en esa lucha es el carácter del liderazgo ucraniano, Zelensky, estrechamente aliado al imperialismo americano.
  2. El conflicto inter-imperialista que opone el bloque imperialista hegemónico liderado por los EUA a la Rusia de Putin, aliada de China, principal potencia emergente. Con el avance del patrocinio militar de los países de la OTAN a Ucrania y de las sanciones económicas a Rusia, la guerra da pasos en el sentido de transformarse en una guerra directamente entre potencias. Cabe señalar que  Rusia es la segunda mayor potencia nuclear del mundo y la segunda mayor exportadora de armas del planeta. Este segundo aspecto expresa la extensión y ampliación al terreno militar de una disputa por el control hegemónico del mundo. No se debe olvidar que Rusia es aliada privilegiada de China (segunda potencia económica mundial), y que con ella estableció, apenas veinte días antes del comienzo de la guerra, un pacto de “amistad sin límites” (como afirma textualmente la declaración conjunta ruso-china). Debido a la determinación de los imperios occidentales de apoyar a Ucrania, el tema de la disputa entre ambos bloques imperiales ha ido adquiriendo cada vez más peso en la evolución de la guerra. Recordamos esto porque, desde este punto de vista, ninguno de los dos bloques merece ningún apoyo ni esperanza por parte de la clase trabajadora y por parte de los oprimidos del mundo, ya que esta disputa responde al deseo de ganar espacio geopolítico y siempre se han mostrado implacables con su propia población trabajadora. A nivel mundial, el papel de EE UU en América Latina, en Vietnam y en tantos otros lugares no deja lugar a dudas. En el caso de China, fue cómplice en la privatización de empresas clave en varios países durante la onda neoliberal, como en el puerto del Pireo en Grecia o en las compañías de electricidad en Portugal. Además de la represión interna en Hong Kong y Xinjiang (contra la minoría Uigur).

Sin abordar en profundidad el tema, merece ser mencionado que la guerra acelera la crisis económica de un mundo que lentamente está saliendo de la pandemia, llevando la inflación a índices inéditos en las últimas décadas, aumentando cualitativamente el sufrimiento de las grandes masas populares. El hambre, que ya estaba creciendo en el mundo desde la pandemia, ha aumentado. Las últimas estadísticas dicen que, sólo en nuestro país [Brasil], 19 millones de personas pasan hambre. Y la guerra también se da en medio de la aceleración de los efectos de la crisis climática civilizacional y disminuye aún más los limitados esfuerzos en busca de una transición energética desde los combustibles fósiles.

05/04/2022

Artículo original: Esquerda Online

Traducción: viento sur

Publicado enInternacional
¿Una moneda común para integrar a Sudamérica?

La creación de una moneda sudamericana podría impulsar la integración, brindar una mayor estabilidad monetaria y fortalecer la soberanía regional que reclaman las fuerzas progresistas.

La creación de una moneda sudamericana puede impulsar el proceso de integración regional, caracterizado por sus lentos avances y ocasionales estancamientos hasta la fecha, fortaleciendo asimismo la soberanía monetaria de los países sudamericanos, habituados a afrontar limitaciones económicas derivadas de la fragilidad internacional de sus monedas.

En modelos de precificación de activos, los intereses pagados por títulos de deuda emitidos por un gobierno son denominados de riesgo soberano o libres de riesgo de crédito, esto justamente por la capacidad que tiene la autoridad monetaria de emitir los medios de pago necesarios para liquidar sus obligaciones y deudas, dentro de su propia economía.

Si al interior de cada nación el Estado y su moneda son soberanos, en las relaciones internacionales la lógica es distinta. Existe, en el sistema financiero internacional, una jerarquía para las monedas nacionales. La ubicación del dólar en la cima de esa jerarquía otorga a Estados Unidos el privilegio de emitir la moneda internacional.

El reciente conflicto entre Rusia y Ucrania reavivó antiguos temores que se habían apagado con el final de la Guerra Fría. La posibilidad de una guerra que involucre a las potencias nucleares es una clara amenaza a la existencia humana, y los avances de dichas potencias sobre la soberanía de países que carecen de poderío bélico similar constituyen un factor desequilibrante y temible para muchos Estados.

Estados Unidos y la Unión Europea se valieron de la fuerza de sus monedas para infringirle a Rusia severas sanciones, confiscando sus reservas internacionales y excluyendo al país del sistema de pagos internacionales (Swift). Ante la imposibilidad (y la locura) de un enfrentamiento militar directo con otra potencia nuclear, Biden y sus aliados buscaron en el poder de sus monedas los modos de aislar y debilitar al enemigo.

Como ejercicio de poder, no se trata de una estrategia inédita. En 1979, la suba en la tasa de intereses implementada por EEUU para reafirmar el poder del dólar como moneda global llevó a diversos países (incluyendo Brasil y buena parte de América Latina) a una situación de insolvencia. Con la crisis de 2008, fue el poder del dólar lo que le permitió al FED (Banco Central estadounidense) sostener los precios en el mercado financiero, ofertando liquidez y demandando activos.

La utilización del poder monetario en el ámbito internacional renueva el debate sobre la relación entre moneda, soberanía y capacidad de autodeterminación de los pueblos, sobre todo en países con monedas consideradas no convertibles. Al no ser aceptadas estas monedas como medio de pago y reserva de valor en el mercado internacional, sus gestores están más sujetos a las limitaciones impuestas por la volatilidad del mercado financiero internacional.

Durante los años 1990, sucesivas crisis globales hicieron que diversos países latinoamericanos tuviesen que recurrir al FMI (Fondo Monetario Internacional) para poder honrar sus obligaciones en monedas internacionales. El apoyo del FMI quedaba usualmente condicionado a la adhesión de esos países al recetario económico “sugerido”.

El pasado 25 de marzo, el FMI aprobó un nuevo acuerdo con Argentina, el vigésimo segundo de su tipo desde 1956. Otros países apostaron a la dolarización como vía de estabilización macroeconómica, renunciando a la soberanía monetaria y de autonomía en la ejecución de políticas macroeconómicas. A partir de 2003, Brasil acumuló reservas internacionales y pudo revertir su posición pasando de deudor a acreedor líquido internacional.

En un contexto de amenazas bélicas, las reservas internacionales funcionan como una defensa de las monedas domésticas, inclusive para desalentar ataques. Sin embargo, como países emergentes o en vías de desarrollo en distintos niveles, todos seguimos padeciendo limitaciones económicas derivadas de la fragilidad internacional de nuestras monedas.

Un proyecto de integración que fortalezca a América del Sur, incrementando el comercio y la inversión combinados, permitiría formar un bloque económico de mayor relevancia en la economía global y asegurarle más autonomía al deseo democrático, a la definición del destino económico de los participantes del bloque y a la ampliación de la soberanía monetaria.

La situación no es sencilla, dada la profunda heterogeneidad estructural y macroeconómica de los países de la región. Las tentativas de fortalecer y acelerar la integración regional lograron hasta el momento forjar áreas de libre comercio y acuerdos en los ámbitos del crédito y la infraestructura. Sin embargo, fue un proceso que se dio a un ritmo lento, y que estuvo signado por distintos momentos de repliegue.

La apertura de un proceso de integración monetaria para la región sería capaz de insertar una nueva dinámica a la consolidación del bloque económico, brindándoles a los distintos países las ventajas de acceso y gestión compartida de una moneda de mayor liquidez, válida para relacionarse en economías que, juntas, adquirirían más peso en el mercado global.

La experiencia monetaria brasileña, exitosa en la instrumentalización de la URV (Unidad Real de Valor), puede subsidiar un paradigma para la creación de una nueva moneda digital sudamericana (SUR), capaz de fortalecer a la región.

La moneda sería emitida por un Banco Central Sudamericano, con una capitalización inicial hecha por los países-miembros en proporciones acordes con las respectivas participaciones de cada país en el comercio regional. La capitalización se haría con reservas internacionales de los países y/o con una tasa sobre las exportaciones extra-regionales de cada país. La nueva moneda podría ser utilizada tanto para flujos comerciales como financieros entre países de la región.

Cada país miembro recibiría una dotación inicial de SUR de acuerdo a reglas claras y consensuadas, y tendrían libertad para adoptarla domésticamente o mantener sus monedas locales. Los valores de cambio entre las monedas nacionales y la SUR serían flotantes. Los derechos financieros, como las reservas internacionales, también proveerían una contrapartida para la emisión equivalente de SUR.

Asimismo es fundamental un mecanismo de ajustes simétricos entre países con superávit y deficitarios. Los recursos provenientes de ese mecanismo serán utilizados para capitalizar fondos de una Cámara Sudamericana de Compensación, destinada a financiar la reducción de asimetrías entre las economías y el fomento de la sinergia entre ellas.

Los países miembros podrán comprar SUR para consolidar sus reservas internacionales, sin que recaigan tasas sobre los valores adquiridos. Deberán crearse mecanismos para gravar y desincentivar ataques especulativos.

La creación de una moneda sudamericana es la estrategia para acelerar el proceso de integración regional, constituyendo un poderoso instrumento de coordinación política y económica para los pueblos sudamericanos. Es un paso fundamental rumbo al fortalecimiento de la soberanía y la gobernanza regional, que sin duda se revelará decisivo en un nuevo mundo.

Fuente: Folha de S. Paulo

Traducción: Cristian De Nápoli

Publicado enEconomía
Inseguridad alimentaria aguda: 40 millones de personas más en un año

Alarmante informe de la FAO

Desde Roma. La llamada “inseguridad alimentaria aguda”, es decir cuando una persona no puede consumir alimentos suficientes y eso pone su vida en peligro inmediato, afectó a 40 millones de personas más en el mundo entre 2020 y 2021, llegando a afectar a un total de 193 millones de personas de 53 países, según el Informe Global sobre Crisis Alimentaria 2022 recientemente publicado por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), ambos con base mundial en Roma.

Los países más afectados están en África (Yemen, Eritrea, Burundi, Kenia, Mozambique, Congo, Etiopía, Nigeria, entre otros), en América Central y Caribe (Haití, Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua) y en Asia (Pakistán, Bangladesh, Siria, Afganistán, entre otros). América Central y Caribe no sólo tuvieron que luchar contra los problemas económicos y sociales creados por la pandemia, sino que en noviembre del 2020 pasaron por dos huracanes, Eta y Iota que produjeron muchos daños a la población y a la agricultura.

Anna Ricoy, coordinadora de la Gestión de Riesgo de Desastres de la Oficina Regional de la FAO para América Latina y Caribe con base en Chile, explicó a Página 12 las consecuencias de todos estos fenómenos para la seguridad alimentaria de las personas y lo que se puede hacer para mitigar sus efectos. Agrónoma originaria de España, Ricoy obtuvo un Master en Economía y Ciencias Sociales en el AgroParisTech, el instituto de tecnología para Ciencias de la Vida, Alimentación y Medioambiente de París. Trabaja para la FAO desde 2009.

-El Informe Global sobre Crisis Alimentaria 2022 dice que en América Latina unos 12,7 millones de personas padecen este flagelo, un millón de personas más en poco más de un año. Y los países más afectados son Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua además del caribeño Haití que alberga un tercio del total (4,4 millones) de las personas que sufren hambre en la región. ¿Según usted es debido sólo a la crisis de la pandemia o también a eventos naturales y conflictos internos?

-Estas cifras están relacionadas con tres principales impulsores, que están interrelacionados y se refuerzan mutuamente: la crisis socioeconómica, los eventos extremos como huracanes y terremotos y la inestabilidad. La enorme preocupación ha sido el impacto que ha tenido la ralentización económica sobre la pérdida de empleos y la caída de los ingresos, especialmente considerando que gran parte de los trabajadores de la región son informales. En cuanto a los eventos extremos en América Central, los huracanes Eta/Iota de 2020 destruyeron cultivos y reservas de alimentos. Las lluvias irregulares en Haití, el terremoto de magnitud 7.2 y la depresión tropical Grace en agosto de 2021 afectaron la producción y disponibilidad de alimentos. Los altos niveles de inseguridad en Centroamérica impactaron las actividades económicas y agrícolas. La situación de inseguridad en Haití se deterioró aún más en 2021.

-¿Por qué el informe no habla de los demás países de América Latina ni de Venezuela que otros años era considerada a riesgo?

-El informe no habla de los demás países de América Latina y el Caribe porque en los demás países no se cuenta con evidencia sólida en cuanto a la magnitud y/o severidad de una crisis alimentaria. En cuanto a Venezuela no se ha incluido en el informe por falta de datos. A pesar de los indicios de estabilización en la disponibilidad de alimentos y combustible desde finales de 2021, la inseguridad alimentaria sigue siendo una preocupación en Venezuela, especialmente para familias de ingresos limitados debido a los efectos combinados de la contracción económica prolongada, inflación, sanciones internacionales y restricciones de Covid 19.

-¿La guerra en Ucrania ha influido también?

-El conflicto en Ucrania es fuente de gran inquietud en nuestra región como en el resto del mundo y en particular en los países en crisis alimentarias. La incertidumbre respecto a las próximas campañas agrícolas podría impactar la disponibilidad de las reservas globales de alimentos, e influir en una ulterior alza de los precios de aceites vegetales, cereales y carne, del azúcar y productos lácteos, entre otros. Ya en el último mes el índice de precios de los alimentos de la FAO aumentó un 12.6 %. Es el aumento más alto desde que tenemos registros. Por otra parte, las eventuales disrupciones de gas natural y energía van a impactar la producción global de fertilizantes, reduciendo su disponibilidad y llevando los precios al alza. Cabe destacar que América Central es importadora neta de fertilizantes. Todos estos factores van a tener un impacto en la producción, en los rendimientos, y por supuesto se reflejará en un alza de los precios al consumidor. En América Central no hay hambre por falta de alimentos, hay hambre por falta de dinero en los bolsillos de las personas. Por lo tanto se podría dificultar ulteriormente el acceso a los alimentos y provocar un aumento de todas las formas de malnutrición.

-Según prevé el informe, la inseguridad alimentaria podría mejorar levemente en 2022.

Este informe fue desarrollado con datos anteriores al conflicto de Ucrania. Este pronóstico de leve mejora tiene en cuenta la recuperación económica parcial tanto del impacto económico del Covid19 como de los daños causados por las tormentas tropicales en Centroamérica. Sin embargo, esto probablemente se verá atenuado por los altos precios de los insumos agrícolas que limitan la producción y reducen la demanda de mano de obra agrícola. Además, ahora debemos tomar en cuenta la situación actual de crisis global por el conflicto en Ucrania y las consecuencias en cadena que está teniendo en el sistema agroalimentario. Los pronósticos más recientes para la región no son alentadores. En las últimas dos semanas, el Fondo Monetario Internacional rebajó las proyecciones de crecimiento respecto a las de Enero 2022. De acuerdo con esta información, para América Latina y el Caribe se estima una inflación promedio de 6,6% para 2022 y de 5,4% para 2023. El crecimiento se estima en torno al 2.5% en 2022 y 2.5% en 2023. Estamos frente a una crisis de nivel global que podría tener repercusiones graves a nivel regional, y debemos prevenir que se desencadene una crisis alimentaria mayor en la región.

-¿El aumento de las migraciones será otro efecto colateral de esta crisis?

-Las migraciones son un efecto colateral de la inseguridad alimentaria: la pérdida del poder adquisitivo de los hogares por la pandemia y por la inflación en los precios de los alimentos, los eventos climáticos extremos, los niveles de inseguridad en ciertos territorios, entre otros. Todos estos factores están interrelacionados, se refuerzan mutuamente, e influyen en las decisiones que toman los hogares de abandonar sus casas y tierras en busca de trabajo o ayuda.

-¿Qué debería hacer cada país para mejorar esta situación? ¿Qué Podría hacer FAO?

-Tenemos que repensar la manera como respondemos a las crisis alimentarias, poniendo las necesidades de los productores agropecuarios al centro de la respuesta. En 2020, la financiación para intervenciones humanitarias en agricultura, representaron solo el 8 por ciento de los fondos humanitarios destinados a la seguridad alimentaria. Tenemos que cambiar esta tendencia. Invertir en la agricultura y en los recursos que la sustentan es estratégico y rentable. Según la FAO, los beneficios en estos casos pueden ser 10 veces mayor que si se dedican los fondos a la ayuda alimentaria. Y el efecto de estas intervenciones se prolonga en el tiempo. En lo inmediato debemos brindar apoyo a los gobiernos para que los productores cuenten con los medios necesarios para seguir produciendo alimentos localmente y, en condiciones adversas, obtener ingresos, acceder a financiación. Paralelamente a los apoyos productivos es fundamental garantizar el acceso económico a alimentos para la población más vulnerable.

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