El Acuerdo de Escazú o la ilusoria tregua en medio de una guerra total contra la vida

Es esencial empujar siempre más allá de nuestro cuestionamiento, porque no podemos seguir poniendo más parches aquí y allá que no resuelvan los verdaderos problemas. (Murray Bookchin)

Nuestra derrota sólo quedará sellada si decidimos no escrutar los fundamentos de lo ocurrido, si no descubrimos con claridad lo que propiamente hemos de combatir. Precisamente por estas razones mis amigos y yo hemos de ir a las raíces de las cosas. (Günther Anders)

Aviso de incendio

Es un derecho inalienable de todo ser humano y una obligación de todo Estado garantizar el libre acceso a la información, la participación pública activa en la toma de decisiones y el irrestricto acceso a la justicia, principalmente cuando se trata de los temas que caracterizan al entorno que habitamos y compartimos con otras formas de vida. Esto debería ser así si asumimos que vivimos en democracia.

Al no ser así, todo instrumento jurídico y político que nos permita acceder a estos derechos debe ser entendido como necesario para continuar defendiendo la vida en el planeta. A partir de esta realidad es que consideramos que el llamado “Acuerdo de Escazú” es una herramienta que podría utilizarse como un mecanismo legal para garantizar el acceso a la justicia pronta y efectiva para todas aquellas singularidades y comunidades que se ven vulneradas por la violencia intrínseca del modelo de destrucción capitalista, al que consideramos irremediablemente insostenible.

Es necesario desarrollar una inteligencia compartida de la situación mundial que nos permita comprender a qué nos enfrentamos: El colapso mundial y la guerra total contra la vida. Esta inteligencia compartida posibilita la visión de las operaciones en curso que se ejecutan bajo una lógica de competencia por el control de los recursos estratégicos en acelerado agotamiento. Para ello es necesario el debate que invite a todas las voces a pronunciarse y a reflexionar sobre el rumbo de los acontecimientos.

Es a partir de la comprensión de nuestra situación actual que proponemos una crítica política al Acuerdo de Escazú con la intención de aportar herramientas y elementos para que tenga lugar este debate; NO con la intención de rechazar las garantías jurídicas que en él se contemplan para la protección de las vidas de las personas defensoras de Derechos Humanos y de la Naturaleza en América Latina y el Caribe, la región más violenta y desigual del mundo, pero también la más rica en materia de bienes comunes.

Por el contrario, nuestra crítica se centra en algunos aspectos que se circunscriben al Acuerdo de Escazú, y que consideramos se deben tomar en cuenta en este debate. Específicamente nuestra crítica se enfoca en:

  1. El concepto de “Desarrollo Sostenible” en el que se inscribe la Cumbre de Rio+20 del que emana el Acuerdo de Escazú.
  2. Los promotores del acuerdo, principalmente las agencias financieras internacionales y los gobiernos latinoamericanos que participaron en su elaboración.
  3. El acceso a la información y la excepción bajo excusa de la seguridad nacional.
  4. El desmantelamiento de las instituciones públicas como una política neoliberal que coarta la participación ciudadana en la toma de decisiones, el acceso a la información y a la justicia.

Es este contexto latinoamericano en el cual nos situamos y las dinámicas imperialistas y coloniales que en él se desarrollan, lo que nos lleva a plantear nuestra crítica. No nos situamos en el ámbito del derecho para analizar al Acuerdo de Escazú, desde el cual ya se han expuesto todas sus bondades como una herramienta jurídica necesaria; sino desde lo político, ámbito de reflexión que ha sido considerado como superfluo, “porque se entiende que los mecanismos de control judicial «a posteriori» constituyen una vía suficiente para revisar los resultados de la actividad política” (Agapito, 2009, p. 12).

Pero la realidad y la misma actividad política no cesan de recordarnos que la visión dominante que se tiene de la Política es la de un ámbito definido exclusivamente por lo político, esto es, la lucha por el poder, entendiendo a éste como el poder matar y destruir, y “quien pueda hacerlo, sostiene Santiago López Petit, es quien tiene el poder” (2015, p.11).

El desarrollo como catástrofe

El crecimiento económico imparable e infinito que pretende el modelo capitalista no es acorde con la finitud de la vida y de lo que llaman bienes comunes planetarios. El capitalismo se sustenta en la lógica de la acumulación por destrucción y el despojo. Para expresarlo abiertamente, sin eufemismos, NO es posible un desarrollo sostenible. El desarrollo, sin importar que adjetivos le acompañen, debe ser entendido como catástrofe, siendo ésta, no sólo consecuencia del accionar humano, sino, el resultado intrínseco del capitalismo y de la clase parasitaria que se beneficia de la explotación y destrucción de otros seres humanos y otras formas de vida.

La magnitud de la catástrofe hace cada vez más evidente la urgencia de adoptar acciones más decididas para hacerle frente, asumiendo posturas éticas y políticas que nos permitan irrumpir en la realidad que nos ataca. Es por esta razón que hacemos eco de las alarmas que nos advierten que el planeta está experimentando “un gran episodio de disminución y extirpación de poblaciones, que tendrá consecuencias negativas en cascada en el funcionamiento y servicios de los ecosistemas que son vitales para el mantenimiento de la civilización. Describimos esto como una “aniquilación biológica” para resaltar la magnitud actual del sexto evento de extinción grave actualmente en curso en la Tierra” (Ceballos, Ehrlich, y Dirzo, 2017, p. 1. Énfasis nuestro).

Dicho con más contundencia, los procesos destructivos provocados por el modo de producción capitalista “eventualmente resultarán en la aniquilación de toda la vida en el planeta” (Strona y Bradshaw, 2018, p. 2). Y con ella, la sensación de no poder detener ese proceso de aniquilación, lo que nos coloca en medio de “la paradoja de unos beneficiarios que son incapaces de proteger al sistema que les beneficia” (George, 2003, p. 27).

Hablamos de aniquilación biológica y no del sinsentido del “desarrollo sostenible”, principalmente porque este concepto describe cabalmente al proceso de acumulación por destrucción infinita en un planeta de “recursos” finitos, mientras que términos como “desarrollo sostenible” nos refiere al mantenimiento del modo de destrucción capitalista, siguiendo su crecimiento ininterrumpido, pero gestionado de tal forma que pueda considerarse como “verde”, una suerte de catástrofe amigable con el entorno que destruye.

No es posible un desarrollo sostenible cuando la realidad evidencia un proceso histórico que solo puede comprenderse en términos de Maldesarrollo que “epitomiza la amplitud, la profundidad y la trágica realidad de un fracaso global” (Carmen, 2004, p. 37). No hay punto intermedio, hablar, por tanto, de “desarrollo sostenible”, no es otra cosa que una abdicación epistémica y un posicionamiento a favor del agresor y contra las singularidades y comunidades más vulnerables en esta guerra total contra la vida.

Cuando llamamos por su nombre real a los procesos destructivos que atentan contra la vida, advertimos sobre la urgencia de acciones más contundentes para hacer frente a la catástrofe resultante del modelo capitalista. Hablamos de Aniquilar, del latín annihilare, alteración de nihil, ‘nada’, que significa literalmente “reducir a nada” (Corominas, 1961, 52), acción que no se gesta por generación espontánea, ni mucho menos un error que escapa a todo cálculo. Hacemos referencia no solo a una fase sino a una acción que perfectamente se relaciona con la guerra que, como señaló Carl von Clausewitz, “en todas las circunstancias debemos considerar a la guerra no como algo independiente, sino como un instrumento político” (2004, p. 49).

La aniquilación biológica es una manifestación directa de una guerra total contra la vida, la de todos los seres que habitan en el planeta, incluida la humanidad. Al ser la guerra un instrumento político, debe entonces comprenderse como parte de un proyecto político, con objetivos claramente definidos, no es un hecho aislado, ni un error humano, mucho menos que estalla de improviso. Es un acto de fuerza llevado a cabo por la clase parasitaria capitalista, obsesionada con la acumulación de poder y el gobierno de las especies.

Conociendo al enemigo: De cuando el lobo ya no se disfraza de oveja, pero sí se pinta de verde

Queda claro que el contexto planetario que vivimos actualmente es de guerra y es un principio de ésta conocer al enemigo que se enfrenta. De ahí que el primer objetivo de nuestra crítica al Acuerdo de Escazú consiste en visibilizar a los promotores de este acuerdo, operarios de la destrucción; armas de guerra imperialista para la devastación de países y el saqueo de sus recursos considerados como estratégicos. Ahora se asumen, sospechosamente, como amigos de la naturaleza y protectores de comunidades y singularidades vulnerables; víctimas de sus propias políticas y directrices.

Que el Banco Mundial, el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y otras agencias imperiales promuevan un acuerdo que parece más una suerte de tregua, debería encender todas nuestras alarmas y considerar la posibilidad de una paz con la naturaleza y con quienes la defienden como un rescate del sentido original de la pax imperii, esto es, la dominación y la rendición absoluta frente al dominador. No extraña, por tanto, que se acoja de tan buena gana conceptos engañosos como el de desarrollo sostenible. Pero lo que sí extraña es el silencio repentino de ciertos sectores que han dejado de cuestionar a estas agencias imperiales de la destrucción, y que, sin mediar una crítica profunda, ven su historial delictivo como “errores humanos” que son rectificados tras una suerte de epifanía institucional de la catástrofe.

Otros actores promotores de este Acuerdo dignos de toda sospecha son los gobiernos latinoamericanos firmantes, merecedores del epíteto de administradores coloniales de la destrucción de países y garantes del robo de los bienes comunes en detrimento del bienestar de sus propias poblaciones, tal como fue esgrimido por el ideólogo imperial George Kennan al referirse al rol colonial que deben cumplir los gobiernos latinoamericanos en beneficio de los intereses imperiales estadounidenses sobre la región. Para Kennan, “Para proteger nuestros recursos, debemos combatir una herejía peligrosa que, tal como señaló la inteligencia norteamericana, estaba proliferando en América Latina ‘la amplia aceptación de la idea de que el gobierno tiene la responsabilidad directa del bienestar del pueblo” (Chomsky, 1988, p. 34).

Resulta paradójico que los gobiernos sean los principales garantes del respeto a la vida y los Derechos Humanos y de la Naturaleza a la vez que son los mayores violadores de esos mismos derechos. Su poco interés por avanzar en la resolución de los asesinatos sistemáticos de personas defensoras de la vida, hace de los Estados, máquinas de impunidad al servicio del mayor postor. A pesar de esto, se les encomienda la responsabilidad de velar por el cumplimiento de lo estipulado en un acuerdo como el de Escazú.

El Acuerdo de Escazú fue adoptado en marzo de 2018 cuando algunos de los peores gobiernos latinoamericanos de la segunda década del siglo XXI estaban en el poder. El proceso de negociación fue copresidido por el Chile de Sebastián Piñera enemigo acérrimo del pueblo Mapuche y la Costa Rica del saliente Luis Guillermo Solís, para luego ser sustituido por Carlos Alvarado, periodos de tiempo en los que fueron asesinados los líderes indígenas Sergio Rojas y Jhery Rivera.

Junto a estos dos países también fueron parte del Acuerdo el México del sanguinario régimen de Enrique Peña Nieto, la Argentina del impresentable Mauricio Macri, la Colombia de Juan Manuel Santos, el Ecuador de Lenin Moreno y el Brasil del golpista Michel Temer. Ninguno de ellos dignos de ser considerados garantes de la democracia, el Estado de Derecho, o de los derechos de los pueblos indígenas, mucho menos pueden ser considerados como adalides por la protección de la Naturaleza. ¿Se puede entonces confiar que un acuerdo elaborado por estas administraciones coloniales va a garantizarnos los derechos más elementales para la protección de la vida en el planeta?

Por otra parte, rechazamos contundentemente la instrumentalización de las violencias y las muertes de las personas que han puesto, y ponen su cuerpo y su vida en defensa de los derechos de la Naturaleza y de las singularidades y comunidades a vivir en un ambiente digno y saludable para la plenitud de la vida. Rechazamos que entidades como el Banco Mundial y otras agencias financieras internacionales y regionales, así como representantes de gobiernos neoliberales que se han encargado de custodiar y asegurar la destrucción de nuestros países y el saqueo de nuestros territorios, se valgan de los asesinatos de Berta Cáceres, Sergio Rojas, Jehry Rivera y muchas otras, para promover acuerdos marco que, en sus propias palabras, garanticen un “ambiente sano para las inversiones”, siendo estas entidades y gobiernos, los responsables de sus muertes y de la impunidad de esos delitos.

Siendo ellos los gestores de esta aniquilación de la vida, nos resulta sospechosa su renovada actitud “amigable con la naturaleza” y comprometida con la protección de nuestras vidas y la de otras formas-de-vida, cuando históricamente se han valido del principio realista-político “Necessitas non habet legem” (la necesidad no tiene ley) para justificar sus acciones y proteger sus intereses a costa del exterminio y de la destrucción de otras formas de vida, y el asesinato sistemático de las personas defensoras de los Derechos Humanos y de la Naturaleza, como se manifiesta en las palabras del entonces presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, el 6 de abril de 2016 en un evento realizado en el Seminario de la Unión Teológica de Nueva York, cuando se le preguntó por el asesinato de Berta Cáceres, afirmando que “No se puede hacer el tipo de trabajo que estamos tratando de hacer, y que alguno de estos incidentes no suceda” (“you cannot do the kind of work we are trying to do and not have some of these incidents happen”) (Knight, 2016).

Estas palabras de Kim evocan a la guerra total, la destrucción es llevada a cabo por todos los medios sin miramiento de sus consecuencias. Siguen la misma lógica que la del ex Secretario de Defensa de los Estados Unidos de la era Trump, James Mattis, respondiendo al cuestionamiento sobre los bombardeos de la coalición militar liderada por Estados Unidos contra Siria: “El asesinato de civiles es “una realidad de la vida en este tipo de situación” (HISPANTV, 2017). Los asesinatos sistemáticos de personas defensoras de Derechos Humanos y de la Naturaleza, son más que daños colaterales en esta guerra total contra la vida, son objetivos militares…

Autopsia de un acuerdo demasiado perfecto

Nuestra crítica política no puede quedarse en la exposición de los operadores de la destrucción, autoproclamados como nuevos defensores de la vida en el planeta, sin que ello implique un análisis de algunos aspectos del acuerdo que deben ser pensados en el contexto actual de guerra global que padecemos.

En primer lugar, nos encontramos con el artículo 5 referente al acceso a la información ambiental que en su numeral 6 se desprende que el acceso a la información es limitado según lo establezca cada una de las legislaciones nacionales, o bien, en caso de no contar con ellas, el Acuerdo brinda una serie de excepciones que permiten denegar el acceso a información sin importar lo que previamente se había mencionado.

Entre las excepciones esgrimidas, no podía faltar la voluble excusa siempre presente de la seguridad nacional, definida en los manuales militares como el conjunto de condiciones que permiten alcanzar objetivos nacionales permanentes”, objetivos perpetuamente ligados al modelo capitalista y a la lógica de la acumulación por destrucción. No extraña que los doctrinarios de la Seguridad Nacional argumentaran panfletariamente que “la seguridad es la esencia del desarrollo”.

En un contexto de colapso mundial, caracterizado por la aniquilación biológica y el acelerado agotamiento de los recursos considerados estratégicos, aceptar la excusa de la seguridad nacional como una excepción a los derechos y garantías jurídicas necesarias para la defensa de la vida planetaria no sólo raya en la ingenuidad política, es una suerte de suicidio por parte de los movimientos ambientalistas.

Otro elemento de este acuerdo que nos genera sospecha y que consideramos como una especie de blanqueamiento y legitimación de la aniquilación biológica tiene que ver con la participación ciudadana en la toma de decisiones. No vivimos en democracia –el solo hecho de pensarlo ya da cuenta de mucha inocencia política-; el clamor popular no se impone sobre los objetivos estratégicos de los grupos de poder y su afán por la acumulación de poder y capital en un contexto de acelerado a agotamiento de los recursos. La participación ciudadana no significa “veto ciudadano” en la toma de decisiones a proyectos contrarios a sus interés o destructores de la naturaleza. Es sencillamente, una “garantía de participación”. Un ejemplo de ello fue la experiencia del Movimiento Ríos Vivos entre los años 2013 y 2018, cuando imperaba la amenaza de la construcción de Proyectos Hidroeléctricos, la ARESEP llegó a organizar audiencias públicas en las que alrededor de 400 personas se opusieron al PH San Rafael, frente a solo 10 que lo apoyaban, a pesar de esto la entidad les otorgó la autorización para su construcción. La lección fue obvia: la sociedad civil solo sirvió para legitimar el proceso por medio de su participación.

El acuerdo parece a primera vista, un gran avance en materia de acceso a la justicia, a la información y a la participación ciudadana en la toma de decisiones. Lo sería realmente si no fuera por el hecho de que no menciona, ni siquiera toma en cuenta un factor elemental, las instituciones estatales garantes de esos derechos han sido, y continúan siendo, desmanteladas por los mismos gobiernos neoliberales que elaboraron el acuerdo.

En Costa Rica, a pesar del ímpetu de la administración de Carlos Alvarado respecto al Acuerdo de Escazú, no hizo nada para contrarrestar la impunidad del asesinato de Jhery Rivera ni para eliminar o al menos reducir el racismo institucional y social que impera en el país. Si lo analizamos en detalle según la base de datos del Ministerio de Hacienda sobre el presupuesto nacional, bajo la excusa de la reducción del déficit fiscal y el saneamiento de la economía, este gobierno se dedicó a recortar el presupuesto de instituciones encargadas de la protección ambiental, como es el caso de la Secretaría Técnica Nacional (SETENA), que pasó de contar con un presupuesto de ¢2.326.948.000 en 2018, a ¢1.926.766.046 en 2022. Práctica que se puede ver en casi todas las entidades gubernamentales, excepto en el Ministerio de Seguridad Pública, cuyo presupuesto se ha mantenido constante, bajo la excusa de la guerra contra las drogas, pero cuyos efectivos terminan siendo utilizados contra las poblaciones que se movilizan.

A modo de conclusión

En definitiva, muy a pesar de que el Acuerdo de Escazú pueda ser considerado como una herramienta jurídica para garantizar el acceso a derechos elementales para la defensa de la vida en todas sus formas, puede que este mecanismo no sea más que una ilusión, una falsa tregua publicitada como lo mejor, y por tanto, defendida y promovida inocentemente por los mismos movimientos ambientalistas. Por ello, puede terminar siendo una trampa finamente elaborada por los operarios de la destrucción para crear “un ambiente sano” para la ejecución de sus planes a pesar de la oposición social que pueda surgir para hacerles frente.

Por ello, consideramos que todo mecanismo e instrumento que sea útil para garantizar el acceso irrestricto a nuestros derechos, debe emanar de nosotros mismos, de las comunidades y las singularidades en movimiento, nunca como una concesión del poder, de los verdaderos enemigos de la vida en el planeta.

Situarnos en el colapso mundial implica denunciar la ideología y los procesos que definen a esa sistemática acumulación por destrucción y exponer las operaciones en curso que son parte de la guerra total contra la vida bajo la consigna de una gestión compartida del riesgo.

Ante esto es importante recordar las palabras de Günther Anders: “estamos en peligro de muerte por actos de terrorismo perpetrados por hombres (sic) sin imaginación y analfabetos sentimentales que son hoy omni-potentes” (2007, p. 160). El dilema que se nos presenta en este contexto de catástrofes por responsabilidad de las jerarquías y las estructuras de poder, es, parafraseando al mismo Anders, “¿cómo detener a quienes no se detendrán ante nada?”

 

Referencias:

Agapito, R. (2009) Prefacio. En Schmitt, C. (2009) El concepto de lo político. Trad. Agapito, R. Madrid: Alianza Editorial.

Anders, G. (2007). Filosofía de la situación. Madrid, España: Los libros de la Catarata.

Bookchin, M. (2015). Ecología Social. Apuntes desde un anarquismo verde. Concepción, Chile: Editorial Novena Ola.

Carmen, R. (2004). Desarrollo autónomo. Humanizar el paisaje: una incursión en el pensamiento y la práctica radicales. Heredia, Costa Rica: Editorial Universidad Nacional.

Ceballos, G; Ehrlich, P; Dirzo, R. (2017) Biological annihilation via the ongoing sixth mass extinction signaled by vertebrate population losses and declines. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America. DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.1704949114

Chomsky, N. (1988). Nuestra pequeña región de por aquí: Política de Seguridad de los Estados Unidos. Trad. Alegría, C; Flakoll, D. Managua, Nicaragua: Editorial Nueva Nicaragua.

Clausewitz, K. (2004). De la guerra. Buenos Aires, Argentina: AGEBE.

Corominas, J. (1961). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid, España: Editorial Gredos.

George, S. (2003). Informe Lugano: Cómo preservar el capitalismo en el siglo XXI. 9ª ed. Trad. Wang, B. Barcelona, España: Icaria Editorial / Intermón.

González, B. (2022). Plutoceno. Destrucción planetaria y aniquilación de la vida. Mimeo

HISPANTV (2017). Pentágono justifica que coalición mate civiles en Siria e Irak. En línea: http://www.hispantv.com/noticias/ee-uu-/342855/bajas-civiles-ataques-aereos-eeuu-siria-pentagono-james-mattis (31/5/2022)

Knight, N. (2016). World Bank’s new rules condemned for disregarding people and planet”, publicado en Common Dreams, el 4 de agosto de 2016. En línea: https://www.commondreams.org/news/2016/08/04/world-banks-new-rules-condemned-disregarding-people-and-planet (31/5/2022).

López, S. (2015). Prólogo. En Valverde, C. (2015). De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización. Barcelona, España: Icaria Editorial.

Ministerio de Hacienda. Presupuesto. En línea: https://www.hacienda.go.cr/Presupuesto.html (31/5/2022)

Naciones Unidas (2018). Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe. Santiago, Chile: Naciones Unidas. En línea: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/43595/1/S1800429_es.pdf (31/5/2022)

Strona, G. y Bradshaw, C. (2018). Co-extinctions annihilate planetary life during extreme environmental change. Scientific Reports 8 (1), pp. 1-12. DOI: https://doi.org/10.1038/s41598-018-35068-1

Por Bryan González Hernández, Jiri Spendlingwimmer | 23/06/2022

Bryan González y Jiri Spendlingwimmer son miembros del Movimiento Ríos Vivos, Costa Rica.

Publicado enMedio Ambiente
magen ilustrativa. Foto: Geraldine McGregor.

Científicos de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) han descubierto compuestos químicos altamente reactivos que se forman en condiciones atmosféricas naturales, pero que podrían representar una amenaza para la salud humana y el medio ambiente.

La investigación recientemente publicada en la revista Science, documenta la formación de los llamados hidrotrióxidos, un compuesto químico gaseoso formado por tres átomos de oxígeno juntos. Dicha sustancia es extremadamente oxidante, por lo que afectaría tanto la salud humana como el clima global, aseguran los investigadores.

Un compuesto similar comúnmente conocido es el peróxido de hidrógeno, que consiste en dos átomos de oxígeno unidos, lo que los hace altamente reactivos, inflamables y explosivos. Los peróxidos se utilizan para diferentes propósitos, desde blanquear los dientes y el cabello hasta limpiar heridas e incluso como combustible para cohetes. Sin embargo, dichos compuestos también se encuentran en el aire que nos rodea.

Durante varios años, los científicos han especulado si los trióxidos también se encuentran la atmosfera, pero hasta ahora nunca se había demostrado.

Los hidrotrióxidos son una clase completamente nueva de compuestos químicos y, según el reciente estudio, se forman a través de la descomposición atmosférica de sustancias conocidas y ampliamente emitidas a la atmósfera, como el isopreno y el sulfuro de dimetilo. De hecho, se forman a partir "de casi todos los compuestos químicos", explicó Jing Chen, estudiante del Departamento de Química de la universidad y coautor de la investigación.

Según el equipo, estos compuestos se crean por reacciones entre dos tipos de radicales, y su tiempo de vida oscila entre unos pocos minutos hasta varias horas, lo que los hace suficientemente estables para reaccionar con otros compuestos en el aire.

Durante ese tiempo, es probable que los hidrotrióxidos penetren partículas diminutas en el aire llamadas aerosoles, y podrían suponer riesgos para la salud, conduciendo a enfermedades cardiovasculares y respiratorias, detallaron los científicos.

"Lo más probable es que ingresen a los aerosoles, donde formarán nuevos compuestos con nuevos efectos. Es fácil imaginar que se forman nuevas sustancias en los aerosoles que son dañinas si se inhalan. Pero se requiere más investigación para abordar estos posibles efectos en la salud", comentó por su parte el profesor Henrik Grum Kjærgaard.

Además, los investigadores notaron que los hidrotrióxidos podrían influir en la cantidad de partículas de aerosol que se producen. Esto afectaría potencialmente a aspectos del clima, como la cantidad de luz solar que se refleja en el espacio o se absorbe en la formación de nubes, lo que a su vez influye en la temperatura en nuestro planeta.

A pesar de los peligros potenciales que plantea su descubrimiento, no existe mayor preocupación ya que "estos compuestos siempre han existido; simplemente no los conocíamos", dice Eva Kjaergaard, coautora del estudio. En su lugar, los investigadores ven en el hallazgo una oportunidad para aprender más sobre los efectos de las sustancias químicas que emitimos y "estudiar su efecto de una manera más específica y responder si resultan peligrosos".

29 mayo 2022

(Tomado de RT en Español)

las actividades humanas están causando cambios a escala planetaria en la tierra, los océanos y la atmósfera, y dañando a largo plazo los ecosistemas y el desarrollo sostenible Foto: Reuters.

Cuatro indicadores de la situación de nuestro clima, las concentraciones de gases de efecto invernadero, el nivel del mar, la temperatura de los océanos y su acidificación, volvieron a batir récords en 2021, según el Informe sobre el Estado del Clima Mundial 2021.

El documento, que preparan los científicos de la Organización Meteorológica Mundial, destaca que esas nuevas marcas son “una clara señal de que las actividades humanas están causando cambios a escala planetaria en la tierra, los océanos y la atmósfera, y dañando a largo plazo los ecosistemas y el desarrollo sostenible”.

Además de los efectos en el medioambiente, los fenómenos meteorológicos extremos, la cara cotidiana del cambio climático, se cobraron la vida de muchas personas y costaron cientos de millones de dólares a la economía. También pusieron en riesgo el acceso a los alimentos y el agua, llevando a un desplazamiento de personas que se ha acentuado en 2022.

El informe de la agencia de la ONU sobre el Estado del Clima Mundial en 2021 confirma que los últimos siete años han sido los más cálidos de los que se tiene constancia.

Si bien 2021 no batió el récord de temperatura, debido a un evento de La Niña al principio y al final del año que tuvo un efecto de enfriamiento temporal, sí estuvo entre esos siete más cálidos, manteniendo así la tendencia general de aumento de los termómetros. La temperatura media mundial en 2021 fue de aproximadamente 1,11 grados centígrados por encima del nivel preindustrial.

Para el Secretario General de la ONU, el informe es “una sombría confirmación del fracaso de la humanidad para afrontar los trastornos climáticos”.

Sin embargo, António Guterres también dijo en un video mensaje difundido tras conocerse el informe, que sus resultados son una llamada a la acción para recoger la “fruta madura” que es la transformación de los sistemas energéticos y sacarlos así del callejón sin salida que son los combustibles fósiles.
Los parques eólicos generan electricidad y reducen la dependencia de la energía del carbón.

Cinco medidas para la transición energética

En un video mensaje, propuso cinco medidas críticas para saltar a la transición hacia las energías renovables:

  • Tratar las tecnologías de energía renovable, entre ellas el almacenamiento en batería, como bienes públicos mundiales esenciales y de libre acceso
  • asegurar, ampliar y diversificar el suministro de componentes y materias primas fundamentales para las tecnologías de energía renovable
  • crear marcos legales y reformar la burocracia para igualar las condiciones en favor de las energías renovables
  • apartar los subsidios a los combustibles fósiles para proteger a los pobres y a las personas y comunidades más vulnerables
  • triplicar las inversiones privadas y públicas en energías renovables hasta alcanzar al menos cuatro billones de dólares al año

“Las energías renovables son el único camino hacia una verdadera seguridad energética, hacia precios estables de la electricidad y hacia oportunidades de empleo sostenibles. Si actuamos unidos, la transformación de las energías renovables puede ser el proyecto de paz del siglo XXI”, aseguró Guterres.

El mundo debe actuar en esta década para evitar que se agraven los impactos climáticos y para mantener el aumento de la temperatura por debajo de 1,5° sobre los niveles preindustriales.

Por su parte, el secretario general de la Organización Meteorológica Mundial aseguró que “es sólo cuestión de tiempo el que veamos otro año más cálido de los registrados”.

"El clima está cambiando ante nuestros ojos. El calor atrapado por los gases de efecto invernadero inducidos por el hombre calentará el planeta durante muchas generaciones. El aumento del nivel del mar, el calor de los océanos y la acidificación continuarán durante cientos de años a menos que se inventen medios para eliminar el carbono de la atmósfera. Algunos glaciares han alcanzado el punto de no retorno y esto tendrá repercusiones a largo plazo en un mundo en el que más de 2000 millones de personas ya sufren estrés hídrico", explicó Petteri Taalas.

El profesor Taalas comentó que los fenómenos meteorológicos extremos tienen un impacto inmediato en nuestras vidas diarias, citando como ejemplos más actuales la sequía que estamos viendo desarrollarse en el Cuerno de África, las recientes inundaciones en Sudáfrica y las olas de calor en India y Pakistán.

Y aunque observó que los años invertidos en preparación de desastres nos han llevado a una mejor posición para salvar vidas, destacó que las pérdidas económicas siguen aumentando.

Por ello, hizo un llamamiento para que se invierta en los Sistemas de Alerta Temprana, que son críticos para adaptarse al cambio climático, pero que tan solo están presentes en la mitad de los países miembros de la OMM.

Indicadores clave

Gases de efecto invernadero

Las concentraciones de gases de efecto invernadero alcanzaron un nuevo máximo mundial en 2020, cuando la concentración de dióxido de carbono (CO2) llegó a 413,2 partes por millón (ppm) a nivel global, o el 149% del nivel preindustrial. Los datos de lugares específicos indican que siguieron aumentando en 2021 y a principios de 2022, con una media mensual de CO2 en Mona Loa, en Hawái, que alcanzó 416,45 ppm en abril de 2020, 419,05 ppm en abril de 2021 y 420,23 ppm en abril de 2022.

Temperatura mundial

La temperatura media anual global en 2021 se situó en torno a 1,11 (±0,13) grados por encima de la media preindustrial de 1850-1900. Este registro es algo menos cálido que algunos años recientes debido a las condiciones de enfriamiento de La Niña a principios y finales del año. Aun así, 2021 se sitúa entre los siete años más cálidos registrados, que van de 2015 a 2021.

Olas de calor

Varias olas de calor excepcionales batieron récords de temperatura en el oeste de Norteamérica y en el Mediterráneo. En el Valle de la Muerte (California) se alcanzaron 54,4° el 9 de julio, igualando el valor más alto registrado en el mundo en 2020 desde al menos la década de 1930, y en Siracusa (Sicilia) se alcanzaron 48,8°. La provincia canadiense de Columbia Británica alcanzó los 49,6° el 29 de junio, lo que contribuyó a que se registraran más de 500 muertes relacionadas con el calor y alimentó devastadores incendios forestales que, a su vez, agravaron los efectos de las inundaciones de noviembre.

Temperatura de los océanos

La temperatura del océano sí marcó un récord. La parte superior de 2000 metros de profundidad del océano continuó calentándose en 2021 y se espera que siga haciéndolo en el futuro, un cambio que es irreversible en escalas de tiempo centenarias a milenarias.

Todos los conjuntos de datos coinciden en que los índices de calentamiento del océano muestran un aumento particularmente importante en las últimas dos décadas y está penetrando a niveles cada vez más profundos. Gran parte del océano experimentó al menos una ola de calor marina "fuerte" en algún momento de 2021.

Acidificación de los océanos

El océano absorbe alrededor del 23% de las emisiones anuales de CO2 antropogénico a la atmósfera. Este reacciona con el agua de mar y provoca la acidificación de los océanos, lo que supone una amenaza para los organismos y los servicios de los ecosistemas y, por tanto, para la seguridad alimentaria, el turismo y la protección de las costas.

Al disminuir el pH del océano, también disminuye su capacidad de absorber el CO2 de la atmósfera. El IPCC concluyó que "existe una probabilidad muy alta en que el pH de la superficie del océano sea ahora el más bajo que ha tenido en al menos 26.000 años y las tasas actuales de cambio de pH no tienen precedentes desde al menos esa época".

Nivel del mar

El nivel medio del mar a nivel mundial alcanzó un récord en 2021, tras aumentar una media de 4,5 mm al año durante el periodo 2013 -2021. Esto supone más del doble de la tasa registrada entre 1993 y 2002 y se debe principalmente a la pérdida acelerada de masas de agua en las capas de hielo. Esto tiene importantes implicaciones para cientos de millones de habitantes de la costa y aumenta la vulnerabilidad a los ciclones tropicales.

Criósfera

Aunque en el año glaciológico 2020-2021 se produjo menos deshielo que en los últimos años, existe una clara tendencia a la aceleración de la pérdida de masa en escalas de tiempo de varias décadas.

Por término medio, los glaciares de referencia del mundo se han reducido en 33,5 metros (equivalente de hielo) desde 1950, y el 76% de este adelgazamiento se ha producido desde 1980. El 2021 fue un año especialmente duro para los glaciares de Canadá y el noroeste de Estados Unidos, con una pérdida de masa de hielo récord como consecuencia de las olas de calor y los incendios de junio y julio. En Groenlandia se produjo un deshielo excepcional a mediados de agosto y se registraron las primeras precipitaciones de la historia en la Estación de la Cumbre, el punto más alto de la capa de hielo, a 3216 metros de altitud.

Inundaciones

Además, de un gran número de víctimas mortales, las inundaciones provocaron pérdidas económicas por valor de 17 700 millones de dólares en la provincia china de Henan, y en Europa Occidental se produjeron a mediados de julio algunas de las inundaciones más graves registradas, con pérdidas económicas en Alemania que superaron los 20.000 millones de dólares.

Sequías

Las sequías afectaron a muchas partes del mundo, como el Cuerno de África, Canadá, el oeste de los Estados Unidos, Irán, Afganistán, Pakistán y Turquía. En la América del Sur subtropical, la sequía causó grandes pérdidas agrícolas y perturbó la producción de energía y el transporte fluvial.

La sequía en el Cuerno de África se ha intensificado en lo que va de 2022. El este de África se enfrenta a la posibilidad muy real de que las lluvias fracasen por cuarta temporada consecutiva, lo que llevará a Etiopía, Kenia y Somalia a una sequía de una duración no experimentada en los últimos 40 años. Las agencias humanitarias están advirtiendo de los efectos devastadores sobre la población y los medios de subsistencia de la región.

Huracanes

El huracán Ida fue el más importante de la temporada del Atlántico Norte, tocando tierra en Luisiana el 29 de agosto, con pérdidas económicas en Estados Unidos estimadas en 75 000 millones de dólares.

Capa de ozono

El agujero de ozono sobre la Antártida fue inusualmente grande y profundo, alcanzando su superficie máxima de 24,8 millones de km2 (el tamaño de África) como resultado de un vórtice polar fuerte y estable y unas condiciones más frías que la media en la estratosfera inferior.

Alimentación

Los efectos combinados de los conflictos, los fenómenos meteorológicos extremos y las crisis económicas, agravados por la pandemia de COVID-19, socavaron décadas de progreso hacia la mejora de la seguridad alimentaria en todo el mundo.

El empeoramiento de las crisis humanitarias en 2021 también ha hecho que aumente el número de países en riesgo de hambruna. Del total de personas desnutridas en 2020, más de la mitad viven en Asia (418 millones) y un tercio en África (282 millones).

Migración

Los riesgos hidrometeorológicos siguieron contribuyendo a los desplazamientos internos. Los países con mayor número de desplazamientos registrados hasta octubre de 2021 eran China (más de 1,4 millones), Filipinas (más de 386.000) y Vietnam (más de 664.000).

Ecosistemas

Los ecosistemas -incluidos los terrestres, los de agua dulce, los costeros y los marinos- y los servicios que prestan, se están viendo afectados por el cambio climático, aunque de forma desigual. Algunos se están degradando a un ritmo sin precedentes. Por ejemplo, los ecosistemas de montaña -las torres de agua del mundo- están profundamente afectados.

El aumento de las temperaturas aumenta el riesgo de pérdida irreversible de los ecosistemas marinos y costeros, como las praderas marinas y los bosques de algas. Los arrecifes de coral son especialmente vulnerables al cambio climático. Se prevé que pierdan entre el 70 y el 90% de su antigua área de cobertura con un calentamiento de 1,5 grados y más del 99% si este llega a los 2 grados.

Entre el 20 y el 90% de los actuales humedales costeros corren el riesgo de desaparecer a finales de este siglo, dependiendo de la rapidez con que suba el nivel del mar. Esto comprometerá aún más el suministro de alimentos, el turismo y la protección de la costa, entre otros servicios de los ecosistemas.

Foro Económico Mundial

El informe se publicó justo antes de la Reunión Anual del Foro Económico Mundial 2022, que reúne a más de 2000 líderes y expertos de todo el mundo bajo el lema "La historia en un punto de inflexión: Políticas gubernamentales y estrategias empresariales". La movilización de la acción público-privada para cumplir los objetivos climáticos globales críticos de 2030 y 2050 es un tema clave en la agenda.

"El informe sobre el Estado del Clima Mundial pone de relieve la necesidad de una acción rápida, a gran escala y sistémica para mitigar los riesgos medioambientales presentados en el informe sobre riesgos mundiales del Foro Económico Mundial", declaró Gim Huay Neo, miembro de la Junta Directiva del Foro Económico Mundial.

"Como muestra el reciente informe del IPCC, ya tenemos los medios y los conocimientos para reducir las emisiones y limitar el calentamiento global. Tenemos que centrar nuestros esfuerzos en políticas y soluciones audaces que puedan transformar rápidamente nuestra forma de producir y consumir recursos. Las personas y las asociaciones tienen que estar en el centro de nuestro enfoque, ya sea para crear nuevos puestos de trabajo, proporcionar más acceso y asequibilidad para todos y construir un entorno de vida más limpio y ecológico."

"La próxima reunión anual de Davos es una oportunidad clave para reforzar nuestra determinación en la acción climática, traducir la ambición en hechos y forjar más asociaciones para crear un futuro del que podamos estar orgullosos", dijo.

22 mayo 2022

Publicado enMedio Ambiente
Imagen de la boina de contaminación en Madrid, a 10 de febrero de 2022.— Jesús Hellín /EUROPA PRESS

Una de cada seis muertes en el mundo se debe a la polución. El 92% de los fallecimientos por este problema se producen en los países de ingresos bajos y medios.

Las repercusiones de la contaminación en la salud siguen siendo enormes, y los países de ingresos bajos y medios son los que más sufren esta carga, afirma Richard Fuller, autor principal de un informe que se publica esta semana en The Lancet Planetary Health. En este trabajo, se destaca que la polución fue responsable de nueve millones de muertes en 2019, esto es: una de cada seis muertes se debió a este problema.

Fuller destaca que, "pese a las graves consecuencias sanitarias, sociales y económicas, la prevención de la contaminación se pasa por alto, en gran medida, en la agenda internacional de desarrollo".

El nuevo informe es una actualización del que publicó en la misma revista en 2015. En él se pone de relieve que el número de muertes por fuentes de contaminación asociadas a la pobreza extrema (como la contaminación del aire en interiores y del agua) ha disminuido. Sin embargo, han aumentado los fallecimientos atribuibles a la contaminación industrial (del aire ambiental y la contaminación química).

Según Fuller, "pese al incremento bien documentado de la preocupación pública por la contaminación y sus efectos en la salud, la atención a estos problemas y la financiación han aumentado mínimamente desde 2015".

La mayor amenaza para la salud humana y planetaria

"La contaminación es la mayor amenaza para la salud humana y planetaria y pone en peligro la sostenibilidad de las sociedades modernas". Su prevención también puede frenar el cambio climático, indica por su parte Philip Landrigan, coautor del informe y director del Programa de Salud Pública Global y del Observatorio de la Contaminación Global del Boston College. Por ello, subraya Landrigan, el actual informe "reclama una transición masiva y rápida para abandonar todos los combustibles fósiles y sustituirlos por energías limpias y renovables".

La Comisión Lancet sobre Contaminación y Salud de 2017, que utilizó datos del estudio de la Carga Mundial de la Enfermedad (GBD, por sus siglas en inglés) de 2015, descubrió que la contaminación era responsable de unos nueve millones de muertes, el 16% de todos los decesos en el mundo.

El nuevo informe ofrece estimaciones actualizadas de los efectos de la contaminación sobre la salud, basadas en los datos más recientes del GBD de 2019 y en actualizaciones metodológicas, así como una evaluación de las tendencias desde el año 2000.

De los nueve millones de muertes atribuibles a la contaminación en 2019, la contaminación del aire (tanto doméstica como ambiental) sigue siendo responsable del mayor número de muertes, con 6,67 millones en todo el mundo. La contaminación del agua fue responsable de 1,36 millones de muertes prematuras. El plomo contribuyó con 900.000 muertes, seguido de los riesgos laborales tóxicos con 870.000 muertes.

El descenso de las muertes por contaminación tradicional desde el año 2000 (contaminación del aire en los hogares por combustibles sólidos y agua no potable) es más evidente en África. Esto puede explicarse por las mejoras en el suministro de agua y el saneamiento, los antibióticos y los tratamientos, y los combustibles más limpios, indican los autores.

Contaminación industrial y envejecimiento de la población

Sin embargo, este descenso de la mortalidad se ha visto contrarrestado por un aumento sustancial de las muertes por exposición a la contaminación industrial —como la polución atmosférica, la contaminación por plomo y otras formas de contaminación química— en todas las regiones durante los últimos 20 años. Esto es especialmente evidente en el sudeste asiático, donde el aumento de los niveles de contaminación industrial se combina con el envejecimiento de la población y el aumento del número de personas expuestas.

La contaminación ambiental del aire fue responsable de 4,5 millones de muertes en 2019, frente a 4,2 millones de muertes en 2015 y 2,9 millones en 2000. Las muertes por contaminantes químicos peligrosos aumentaron de 0,9 millones en 2000, a 1,7 millones en 2015, y a 1,8 millones en 2019, con 900.000 muertes atribuibles a la contaminación por plomo en 2019.

En general, las muertes por la contaminación actual han aumentado un 66% en las últimas dos décadas, pasando de unos 3,8 millones de muertes en 2000 a 6,3 millones en 2019. Es probable que las cifras de muertes por contaminantes químicos estén subestimadas, ya que solo un pequeño número de productos químicos fabricados en el comercio han sido sometidos a pruebas adecuadas de seguridad o toxicidad.

Perdidas y desigualdad

El informe destaca que el exceso de muertes debido a la contaminación provocó pérdidas económicas por un total de 4,37 mil millones de euros en 2019, lo que equivale al 6,2% de la producción económica mundial.

También pone de manifiesto la profunda desigualdad de la contaminación, ya que el 92% de las muertes relacionadas con la polución y la mayor carga de pérdidas económicas por este motivo se producen en los países de ingresos bajos y medios.

Los autores concluyen con ocho recomendaciones. Entre ellas, se pide la creación de un grupo científico y político independiente, al estilo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), así como un aumento de la financiación para el control de la contaminación por parte de gobiernos, donantes independientes y filántropos, y la mejora del control de la contaminación y la recogida de datos.

Las organizaciones internacionales también deberían aprobar y establecer una mejor conexión entre la ciencia y la política en materia de contaminación, al igual que las que se ocupan del clima y la biodiversidad, en un principio de los productos químicos, los residuos y la contaminación atmosférica.

"Está claro que la contaminación es una amenaza planetaria y que sus causas, su dispersión y sus efectos sobre la salud trascienden las fronteras locales y exigen una respuesta global. Es necesario una actuación global sobre todos los principales contaminantes actuales", destaca Rachael Kupka, coautora y directora ejecutiva de la Alianza Mundial sobre Salud y Contaminación.

madrid

18/05/2022 09:41

Sinc

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 16 Mayo 2022 05:32

Ecologismo y revolución

Ecologismo y revolución

Los llamados “problemas ambientales” han ganado en los últimos años una amplia audiencia. Las diversas “cumbres” entre los gobiernos de los Estados más poderosos del planeta, reunidos para alcanzar acuerdos en vistas de reducir la emanación de gases tóxicos de origen industrial –principales responsables del “calentamiento global” que amenaza con alterar los parámetros de la vida sobre la tierra– han recibido amplia atención. Y los fracasos estrepitosos de estas “cumbres” han abierto un sombrío signo de interrogación sobre nuestro futuro colectivo, si no confirmado algunos de los más oscuros presagios.

¿Qué hay en juego aquí?

Hay quienes piensan que estamos destruyendo la Tierra, cometiendo un “terricidio”. Aunque como imagen puede ser efectiva y efectista, la idea de un terricidio no resiste un análisis crítico. El planeta como tal seguirá allí, hagamos los humanos las barbaridades que hagamos. Y en cuanto a la vida sobre la Tierra, aunque el antropoceno genere extinciones masivas, fenómenos semejantes ya han sucedido en el pasado. De hecho, el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron el planeta se han extinguido. Aunque simbólicamente puede hacernos sentir muy altruistas creer que estamos salvando no solo a nuestra especie, sino a todas las demás, y que hemos dejado atrás concepciones “especistas”, lo cierto es que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie es capaz concebir la idea del especismo o el anti especismo. Si no queremos echarnos en brazos del irracionalismo, conviene tener en cuenta que la atmósfera en que habitamos y que hace posible “nuestra” vida, ha sido el resultado de emanaciones tóxicas de especies ya extintas que, precisamente, se extinguieron por modificar la atmósfera en que ellas vivían, haciendo con ello posible que prosperaran otras especies, entre ellas la nuestra. Por consiguiente, sería prudente y sensato hacer a un lado la idea –en el fondo profundamente religiosa– de que debemos ser los salvadores de la “vida en la tierra”, y asumir más modestamente que lo que está a nuestro alcance, como mucho, es prolongar el tiempo en que las condiciones climáticas permitan nuestra vida en este planeta.

Y precisamente, hay quienes creen que lo que se juega es ni más ni menos que la supervivencia de nuestra especie. ¿Exagerados? ¿Alarmistas? Puede ser. Pero en cualquier caso no deberíamos olvidar que son innumerables las especies que alguna vez poblaron nuestro planeta para extinguirse luego. Entre ellas los formidables dinosaurios. La única diferencia entre ellos y nosotros sería que los “dinos” no fueron responsables de los cambios ambientales que provocaron su extinción, mientras nosotros sí seríamos plenamente responsables de las alteraciones que comienzan a poner en riesgo nuestra supervivencia. Sin embargo, incluso las previsiones más catastróficamente colapsistas no parecen suponer que nuestra especie se extinguirá por un aumento de dos o tres grados de la temperatura promedio: se producirán desastres sociales y millones de personas morirían, pero de eso a la extinción hay aún un largo trecho.

Otros investigadores e investigadoras piensan que no está en riesgo la continuidad de nuestra especie, pero sí nuestra actual forma de vida: si no cambiamos a tiempo, nuestra civilización podría sufrir una catástrofe de enorme magnitud, repitiendo a escala gigantesca una experiencia semejante a la de muchas otras sociedades que vieron colapsar sus sistemas socioeconómicos en medio de dramáticos descensos demográficos, cruentos enfrentamientos y crisis mayúsculas. El colapso en este sentido no implicaría la “extinción”, sino quizá un descenso demográfico de gran envergadura, la desaparición o reducción de muchos bienes y servicios ampliamente generalizados, cierta “degradación” cultural y –casi con seguridad– un mundo social más violento e inseguro.

Hay también, claro, entusiastas de las soluciones tecnológicas: no importa qué tan graves sean los problemas, la ciencia y la tecnología siempre hallarán una solución. ¿Se agotan los hidrocarburos? No importa, otras fuentes de energía los reemplazarán. ¿La contaminación destruye el medio ambiente? Tranquilidad, nuestros biólogos crearán bacterias que se “coman” al petróleo derramado, nuestras mentes ingenieriles inventarán formas seguras y eficientes de procesar la basura, la industria genética desarrollará modificaciones que nos permitan adaptarnos a ambientes hostiles. Y así sucesivamente.

Por último, no faltan los “negacionistas”: quienes creen que no hay ningún problema ecológico realmente preocupante, que el cambio climático es un invento, que los combustibles fósiles no se acabarán, etc., etc.

Cabría decir, además, que estos diferentes enfoques no encajan de manera fácil ni mecánica con perspectivas ideológicas, con clases sociales o con grupos identitarios. Hay una derecha “negacionista”, pero hay otra derecha fanáticamente ecologista. Hay burgueses completamente indiferentes a la cuestión ecológica, pero hay innumerables corporaciones capitalistas eco-friendly. Hay obreros y campesinos que militan el ecologismo, y otros a los que les resulta completamente indiferente. Sin embargo, aunque la problemática ecológica sea socialmente transversal, ello no significa, en modo alguno, que sea ideológicamente neutral o carente de contenidos de clase. Lo que sucede, más bien, es que el sentido ideológico o de clase del ecologismo no lo determina el reconocimiento del problema, sino las maneras de abordarlo. Pero como la problemática ecológica es tan polivalente, abarca tantas cuestiones sumamente diversas aunque relacionadas, no se observan en la realidad, ni es dable esperar que se observe en el futuro, alineamientos ideológicos o sociales simples, automáticos o evidentes. Grupos y clases semejantes se escinden y se seguirán escindiendo ante esta problemática.

Panorámica

A grandes rasgos, los principales problemas ecológicos contemporáneos podemos dividirlos en varios grupos: cambio climático, contaminación, desertificación, agotamiento de recursos y pérdida de sustentabilidad.

El cambio climático entraña el aumento de la temperatura promedio, junto a otros desequilibrios ambientales de gran envergadura. Aunque huracanes e inundaciones ha habido siempre, en las últimas décadas se ha registrado un aumento de la cantidad y de la magnitud promedio de unos y otras. El aumento de la temperatura promedio de la Tierra en relación a los parámetros del mundo pre-industrial tendrá consecuencias muy importantes: habrá territorios sumergidos bajo las aguas, los desiertos aumentarán, muchas especies perderán su hábitat natural, etc. Para los seres humanos, un mundo más cálido presentará grandes desafíos. De hecho, ya está implicando el desplazamiento masivo de poblaciones e incluso ya ha habido guerras cuya causa fundamental es el cambio climático.

La contaminación alcanza en algunos países niveles alarmantes. Y es sumamente preocupante a escala global. Partículas de plástico pueden ser halladas en los lugares más remotos del océano. La polución ambiental es una de las cinco principales causas de mortalidad. Los desechos humanos son una de las principales causas de pérdida de bio-diversidad (la otra es la expansión de la frontera agrícola). Los efectos de la contaminación son tan grandes que ya el agua potable es un recurso escaso y valioso: las guerras por el agua quizá reemplacen a las viejas guerras por el petróleo.

El proceso de desertificación tiene dimensiones mundiales: cada día miles de hectáreas de selvas tropicales son taladas para ampliar la frontera agrícola-ganadera, lo que en general conlleva, a los pocos años, la conversión de antiguos ambientes selváticos en verdaderos desiertos (ya ni siquiera aptos para la agricultura o la ganadería por las que se desmontó la selva originaria). Una de las consecuencias más graves de la desertificación, amén de su impacto en el cambio climático, es la reducción a largo plazo de las áreas cultivables. Un típico mecanismo de “pan para hoy, hambre mañana”. O mejor: “grandes negocios para los capitalistas hoy, hambre para el pueblo trabajador mañana”.

El agotamiento de los recursos es ya una realidad palmaria, antes que una posibilidad más o menos lejana. El desarrollo de la megaminería a cielo abierto se relaciona directamente con el agotamiento de las grandes concentraciones de minerales de socavón. Ahora sólo quedan minerales diseminados, para cuya extracción se requiere la destrucción de montañas, el empleo de sustancias contaminantes y la utilización de millones de toneladas de agua sustraída a otros usos, como el consumo humano o el regadío. Por otra parte, es ya evidente la imposibilidad de extender los niveles de consumo de los países industrializados al conjunto del planeta: sencillamente, los recursos disponibles no son suficientes. No hay ninguna duda de que la humanidad experimentará (de hecho ya se ha iniciado) una “transición energética”: el interrogante es quiénes se beneficiarán y quiénes se perjudicarán, y cuán consciente, voluntaria y ordenada, o bien involuntaria y caótica, será la misma.

Para concluir, es hoy en día notoria la falta de sustentabilidad (es decir, de capacidad para reproducirse a largo plazo) de buena parte de las principales actividades económicas contemporáneas. La expansión de nuestras sociedades industriales se consigue devastando áreas naturales (lo que acarrea desastres ambientales), agotando recursos no-renovables (como el petróleo, el carbón o el gas), y generando contaminación y cambios climáticos. La suma de todos estos problemas determina que la economía global contemporánea no sea sustentable: no se puede seguir así de aquí a unas pocas décadas. Esta es una de las razones fundamentales por las que muchos intelectuales consideran que estamos atravesando una verdadera “crisis civilizatoria”.

Una doble paradoja

Aunque estudios serios y reflexiones profundas de carácter ecologista pueden ser hallados en las décadas de los ‘60 y ‘50 (e incluso antes), no sería hasta principios de los ‘70 que la problemática ecológica, la sustentabilidad y los límites del desarrollo cobraran estado público y cierta resonancia política. Pero, podríamos decir, hasta los últimos años del siglo XX se trataba de preocupaciones de minorías sociales y políticas. Su fuerte presencia entre las clases medias y medias/altas de algunos países centrales (un ejemplo claro es el partido verde alemán), facilitó que el movimiento obrero y la izquierda política mayoritaria vieran en el ecologismo una lujosa moda de países ricos. Aunque en esta mirada había mucho de ceguera (y ha habido valiosas experiencias de ecologismo popular, como el representado por Chico Méndez en Brasil), tras la misma se ocultan problemas reales: ¿deben los países pobres renunciar a su propia industrialización en honor a la ecología? ¿Es sensato reclamar a la población asalariada una austeridad ecológicamente motivada en un mundo tan obscenamente desigual?

Como sea, no sería hasta los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI que la problemática ecológica fuera vista como un asunto de primera magnitud y atrajera la atención de amplias mayorías en muchos países. De hecho, tras largas décadas de displicencia, hablar pero no hacer, hacer menos de lo acordado y todo tipo de hipocresías, parece evidente que buena parte de las autoridades políticas y de los sectores más concentrados de la clase capitalista han empezado a impulsar al ecologismo a un lugar central, adoptando enfoques catastrofistas y demandando medidas drásticas y urgentes. Y efectivamente: el horno no está para bollos. Acciones radicales y con carácter urgente parecen ineludibles. Cuanto más demoremos en introducir cambios sustanciales, mayores serán los costos sociales e incluso demográficos (se morirá gente, sí). Sin embargo, por preocupante que sea la situación, sería un error perder la calma: ello nos impedirá pensar críticamente y nos arrojará fácilmente en brazos de supuestas soluciones que no son tales, y que incluso podrían agravar la situación.

Aplastados los experimentos auto-denominados socialistas, domesticados los movimientos obreros, instalada la idea de “no hay alternativa”, el capitalismo parecía haber controlado su principal contradicción: el antagonismo capital/trabajo. Sin embargo, y paralelamente, el antagonismo capital/naturaleza se volvía más inmanejable y devastador que nunca. Un sistema económico cuya estructura profunda impulsa y requiere crecimiento económico permanente es insostenible en un planeta finito: ya se ha topado ante claros límites ecológicos. La “cuestión ecológica”, pues, se ha convertido en una de las impugnaciones fundamentales al capitalismo y ha introducido una dimensión agonística a la política contemporánea. Sin embargo, como es obvio, hoy nos enfrentamos a una situación en la que “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, a la vez que se escuchan más y más voces que claman que nuestra salvación depende de actuar ya mismo, aquí y ahora. La suma de ambas cosas arroja el resultado de que las medidas drásticas para enfrentar la transición energética y los desafíos del cambio climático son concebidas con independencia del derrocamiento de la clase dominante y la transformación de las relaciones de producción. Se pueden imaginar las medidas más extremas y dispares para enfrentar el cambio climático o la crisis energética: proyectos de “geo-ingeniería”, canje de deuda por naturaleza, cuotas de contaminación, desarrollo de energías alternativas, políticas de decrecimiento, incluso la colonización de otros planetas. Lo único que parece impensable es acabar con el capitalismo.

Hay pues, un ecologismo del capital (Al Gore podría ser un exponente típico), y no faltan las versiones de eco-fascismo: gente que ama a los animales pero desprecia a las que considera otras “razas” humanas, intentos de control autoritario de la natalidad en pos de un equilibrio con la naturaleza, propuestas abiertas o solapadas de dejar a los pobres en la pobreza para no aumentar la huella de carbono, etc. Pero también ecologistas sin conexiones materiales o ideológicas con el capital, e incluso muchas corrientes eco-socialistas, puesto que en general asumen implícita o explícitamente que la transformación revolucionaria del sistema no está a la orden del día, en los hechos acaban muchas veces “ofreciendo” soluciones a los gestores capitalistas, o estableciendo demandas a esos mismos gestores sin aspirar a derrocarlos, desconectando, en fin, las problemáticas ecológicas de la lucha por cambiar el sistema. En el límite, se llega a postular la transformación social como un norte, una idea regulativa, un telón de fondo, pero en la práctica todo se lo hace dentro del sistema y sin vinculación con ninguna estrategia y organización revolucionaria. No faltan razones para esta deriva: debilidad del movimiento obrero, tradicional ceguera de muchas fuerzas de izquierda ante la problemática ecológica, marginalidad de las fuerzas revolucionarias, etc. Pero, por comprensible que esto sea, colabora en la reproducción de las pautas políticas del capitalismo posmoderno: proliferación de demandas parciales (identitarias a ser posible) que no se articulan nunca en un proyecto anti-sistémico. Desconexión, individualismo y particularidad para las masas: el que totaliza y universaliza es el capital.

Diagnóstico: la raíz del problema

Cuando pensadores de la talla de Immanuel Wallerstein sostienen que estamos inmersos en una “crisis civilizatoria” lo que nos están diciendo es que nuestra actual civilización capitalista industrial no es sustentable a largo plazo, e incluso a plazo medio (digamos, unos cuarenta o cincuenta años). Y los problemas ecológicos y ambientales ocupan un lugar central en este diagnóstico: así como vamos no es posible continuar. ¿Pero cuál es el origen de estos problemas? Fundamentalmente un sistema económico-social movido por el lucro privado como principio. La sed de ganancias ha impulsado enormes progresos técnicos, pero su costo ha sido altísimo, no solo para la naturaleza sino también para las personas. Varios siglos de desarrollo capitalista no han atenuado sino más bien acrecentado la desigualdad social, con el agravante de que la esperanza que el desarrollo industrial generara las bases materiales para una sociedad de la abundancia (ya fuera dentro de los marcos del capitalismo o en una sociedad socialista que le habría de suceder) son hoy ilusorias: la escasez de recursos y la crisis ecológica han dado por tierra con estas ilusiones. Nos enfrentamos, pues, ante una dura realidad. Sin embargo ni la sed de ganancias, ni la búsqueda de beneficios privados, ni la innovación tecnológica despreocupada de sus efectos a mediano/largo plazo o de sus consecuencias sociales son el resultado de que nos guiemos por valores equivocados o adoptemos erradas opciones individuales. La idea de que todo podría arreglarse cambiando los “valores” o la conducta individual es obviamente seductora: parece al alcance de cualquiera y se basa en la presunción de que las cosas ocurren de acuerdo a lo que las personas hacen. Pero por seductora que pueda resultar esta manera de pensar, la misma es claramente equivocada. El consumismo capitalista no es resultado de decisiones individuales en el plano del consumo: es consecuencia de un productivismo a nivel macro-social. Desde luego, cada persona puede decidir consumir menos o consumir de manera diferente (por ejemplo alimentos orgánicos), pero esto tendrá un efecto muy limitado, en tanto y en cuanto el sistema requiera una producción aumentada y la publicidad constituya un bombardeo mediático: sólo una minoría podrá escapar. Por otra parte, el productivismo propio del capitalismo no hunde sus raíces, por mucho que lo parezca, en las decisiones individuales de los capitalistas. En realidad, es la estructura misma de las relaciones capitalistas de producción –y su carácter competitivo– la que determina el resultado: los capitalistas que no sean capaces de seguir el tren de las innovaciones más lucrativas desaparecerán de la escena. No es necesario que la mayoría de quienes poseen o administran los capitales sean innovadores compulsivos: basta que una pequeña minoría desarrolle innovaciones para forzar al resto a adaptarse o perecer. Marx tenía muy claro que aunque él no “pintara de rosa a los capitalistas”, la dinámica del sistema no se hallaba determinada por cuán buenos o malos, sensibles o insensibles fueran cada uno de ellos como persona. De allí la necesidad de transformar la estructura misma de las relaciones de producción.

Ahora bien, si el crecimiento económico es una consecuencia ineludible de la economía capitalista (en cuyo marco además el crecimiento lento o el no crecimiento redundan en males sociales como el desempleo) y si el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, parece indiscutible que hay que abolir el capitalismo. Sobre todo, como es el caso, cuando ya está claro que el consumo de recursos y de energías de la actual civilización del capital demanda los recursos de casi dos planetas Tierra (pero sólo tenemos uno), y ello en medio de una pobreza atroz, y en crecimiento. Que no podemos seguir consumiendo los recursos y la energía que consumimos es algo claro. Pero no menos claro es que ese consumo es increíblemente desigual. A quienes hablen de austeridad invocando razones ecológicas habrá que responderles, como proponía Manuel Sacristán hace ya varias décadas: austeridad, desde luego, pero primero igualdad.

¿Capitalismo eco-friendly?

Pretender que las economías capitalistas adopten una fisonomía ecológica parece fantasioso. Los actuales discursos y propaganda “ecológicos” de muchas empresas multinacionales no son más que eso: discursos y propaganda. La realidad es bien distinta. En el fondo el capitalismo es anti-ecológico por naturaleza. Su móvil es la ganancia y su objeto el beneficio, no el cuidado del medioambiente. Su primer y más sostenido impulso es ecológicamente destructivo. Después pueden venir correctivos legales o tecnológicos… pero siempre después. La dinámica es bien clara: el capitalismo genera primero desastres ambientales y sociales, después busca solucionarlos… y, casi siempre, con poco éxito. Sería excesivo, empero, concluir que el capitalismo es absolutamente incapaz de afrontar los problemas ecológicos. Aunque no parece ésta la opción más factible, no se la debería descartar. ¿Pero cuál sería el precio de un “capitalismo ecológico”? No es difícil imaginarlo. En el mejor de los casos se trataría de una sociedad aún más desigual que las actualmente conocidas; con un empleo más asiduo y a mayor escala del poder militar por parte de las potencias para garantizarse el acceso a recursos crecientemente escasos e impedir el uso de estos recursos por los países y las clases pobres, en nombre de la austeridad ecológica; acentuación de los aspectos predatorios de la explotación laboral humana (ya lo vemos en fenómenos como la “uberización”); clases altas viviendo en la opulencia en fortalezas cibernéticas rodeadas de bolsones de pobres a los que se inculca una moral de resignación y se los mantiene pasivos con la fórmula que con todo descaro ofrece Yuval Harari: una combinación de drogas y videojuegos. En el peor de los casos sería una suerte de guerra de todos contra todos. Como fuere, parece indiscutible que, en un marco capitalista, la escasez de recursos y los problemas ambientales llevarán a una mayor desigualdad de los ingresos y a una creciente inequidad en el pago de los costos ambientales. Ante nuestros ojos ya se perfila la división del mundo entre los incluidos y los excluidos en la sociedad de consumo.

La alternativa más razonable, por consiguiente, es imaginar lo que hoy por hoy parece vedado: un radical cambio societario. Una sociedad industrial sustentable (y es imposible, sin una catástrofe humana, salirnos del mundo industrial) debería ser no-capitalista. Pero esto nos coloca ante la necesidad de asumir que se impone no solo un cambio en las relaciones económicas, sino también una transformación sustancial de nuestros valores y de nuestra forma de vida. No podremos avanzar más allá del capitalismo si nuestra vida está orientada por la lógica consumista. Una sociedad industrial sustentable sólo parece posible si la planificación económica va acompañada de un ethos igualitario, una perspectiva anti-consumista, responsabilidad con las generaciones futuras y mesura en el empleo y desarrollo de nuestras capacidades: no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.

Necesitamos, pues, reemplazar la vana búsqueda de la felicidad por medio del consumo por una moral de la auto-realización personal y colectiva. Alterar nuestros valores para que el ser sea más importante que el tener. Pero por importantes que sean los cambios en la conducta individual –hay que insistir en esto– son insuficientes si no se entrelazan con transformaciones de la estructura social. Hay que apuntar, pues, hacia alguna forma de eco-socialismo. Esto no significa, desde luego, ninguna nostalgia por las formas autoritarias (y productivistas) de los socialismos conocidos en la pasada centuria. Entraña, más bien, un compromiso con los principios fundamentales (a veces olvidados) de la tradición socialista: abolición de las clases, igualdad, libertad y planificación social.

A como están las cosas, cambios fundamentales en nuestra forma de vida se tornan imperiosos. Sin embargo, y aunque suene paradójico, para calibrar con sensatez la situación y orientarnos en un mundo cada vez más complejo y crecientemente caótico será necesario, a la vez, radicalidad y mesura. Radicalidad es ir a la raíz. La raíz de la situación ecológicamente desastrosa en que nos hallamos es el desarrollo capitalista: cualquiera sea la variable que observemos (el consumo de energía, la contaminación ambiental, el aumento de las temperaturas, el crecimiento demográfico, el agotamiento de recursos, etc.), todas ellas se disparan desde que el capitalismo advino al mundo y, sobre todo, desde la revolución industrial que este sistema desencadenó. El capital abrió una verdadera caja de Pandora, que será necesario cerrar. Pero no parece posible ni deseable buscar cerrarla sin destruir al capitalismo. Pero también necesitamos mesura: mesura en el consumo, mesura en el desarrollo tecnológico (con mucha atención a las consecuencias no deseadas del mismo), mesura en el análisis de la situación, mesura a la hora de imaginar soluciones a problemas complejos.

El comprensible anhelo de hallar soluciones inmediatas y aparentemente simples a problemas urgentes y complejos (como todos los relacionados con la crisis energética y ecológica) corre el riesgo de favorecer medidas intuitivamente convincentes pero contraproducentes. Y peor aún, un abordaje histérico de estos problemas le allana el camino a las respuestas del capital, cuyos agentes, en nombre de la urgencia, no dudan ni dudarán en aplicar medidas drásticas, en tanto y en cuanto no afecten las ganancias de las corporaciones capitalistas (aun cuando puedan sacrificar a sectores enteros de la propia burguesía).

Lo dramático de la situación requiere acciones de gran envergadura y con cierta urgencia. De ello no hay duda. Pero no se trata de cualquier acción. Y habrá que desconfiar de todas las propuestas emanadas de la clase dominante y de sus administradores estatales. Y lo esencial, ninguna política ecologista puede tener mucha credibilidad en tanto y en cuanto no se proponga el derrocamiento de la clase capitalista. A quienes piensen que puesto que no parece posible en ningún futuro cercano tal derrocamiento, lo único sensato es introducir las medidas necesarias en pos de la transición energética y la disminución de la huella de carbono, se les dirá que si una revolución es imposible, los cambios ecológicos necesarios, dentro del capitalismo, son tanto o más imposibles, o bien tendrán características cuyas consecuencias serán tanto o más nefastas.

Un ecologismo sensato y con sensibilidad humana (hay ecologistas con poca sensibilidad humana, más preocupados por las ballenas que por los hambrientos) debe, pues, asumir un horizonte socialista. Pero con ello no basta: una perspectiva eco-socialista en la que el socialismo es visto como algo lejano para un futuro no menos lejano devendrá casi ineludiblemente en furgón de cola de las propuestas (más o menos hipócritas) de la ecología del capital. Para evitar esta deriva –tan fácil de transitar como inocua en sus resultados– se debe asumir de hecho (y no solo de derecho) una perspectiva revolucionaria que apunte al derrocamiento del sistema del capital en un futuro lo más cercano posible. Un ecologismo intransigente demanda un anti-capitalismo no menos intransigente. Pero, simétricamente, todo socialismo creíble debe colocar a la cuestión ecológica en un lugar verdaderamente central. Ningún sectarismo de una u otra parte es recomendable. Sólo la fusión de los caminos ecologista y socialista dará una oportunidad a la humanidad de vivir un futuro que no sea un infierno.

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Jueves, 12 Mayo 2022 06:20

Antropocentrismo: la crisis del agua

Antropocentrismo: la crisis del agua

En los últimos años, la sequía se ha convertido en una condición casi natural de vastas zonas del planeta. La mayor parte del far west estadunidense, California en particular, la padece desde hace décadas. En África ha provocado colapsos humanitarios. En tiempos recientes, el Mediterráneo devino una de sus sedes centrales. La carencia de agua ya afecta a las economías de Portugal, España, Italia y Grecia. Hoy se habla del aumento de precios del gas y los combustibles fósiles (las necesidades y necedades de su majestad el automóvil acaparan siempre la atención), mientras se omite invariablemente el que afecta al consumo de agua.

En México, basta con seguir el itinerario de las protestas sociales en que pobladores de múltiples regiones del país reiteran que la escasez de agua está afectando no sólo sus economías sino, sobre todo, sus condiciones de existencia y modos de vida. En particular en el norte, Baja California, Sonora, Chihuahua, Durango, Nuevo León y cuantiosas regiones del Bajío son sedes de crisis acuíferas cada vez más frecuentes. Las teorías sobre la creciente escasez son múltiples y están entrecruzadas por los intereses de consumidores industriales, embotelladoras de agua, privatización de pozos y, del otro lado, poblaciones enteras que, como en el caso de La Laguna o el norte de Zacatecas, ya desaparecieron casi por completo.

Bajo la consigna de "no es sequía, es saqueo", 21 organizaciones de Nuevo León detallan la estructura profunda de una infrahistoria que ha situado a la mayor parte de la población en estado de precariedad con respecto al abastecimiento de agua. Elizabeth Barrón Cano, dedicada desde hace años a estudiar el tema, explica cómo 15 conglomerados industriales concentran (aproximadamente) 44.5 millones de metros cúbicos, cuando la cantidad destinada al consumo doméstico asciende apenas a más de un millón de metros cúbicos, tan sólo 2.27 por ciento del total. Las industrias cerveceras, las de bebidas embotelladas, las corporaciones del acero y de la minería devastaron los mantos acuíferos de la región. Aunado a esto, ex gobernadores como Jorge Treviño, Sócrates Rizzo y Fernando Canales Clariond amasaron auténticas fortunas en el negocio de privatizar los pozos. Y, mientras, Conagua y Semarnat inmóviles, como la mayor parte de la política ecológica del actual gobierno. Justificada y comprensiblemente, las protestas son contra del acaparamiento del líquido básico y exigen una distribución más justa en su consumo y sus usos.

Sin embargo, el problema central escapa una y otra vez a la mirada y la conciencia de todos. Las alarmantes y cada vez más prolongadas temporadas de sequía se deben, en esencia, a la desertificación de extensas zonas del planeta. Por su parte, el proceso de desertificación tiene varios orígenes: la multiplicación de la producción industrial, la urbanización del mundo, la transformación del agua en redituable mercancía (el precio de un litro de agua equivale ya al de medio litro de gasolina). Pero su principal razón se encuentra en el propio metabolismo natural: la deforestación de bosques y sistemas ecológicos que garantizan el ciclo del agua.

¿Cuál es el origen central del raudo proceso de la deforestación? La respuesta es conocida y nunca atendida: la transformación de las principales zonas agrícolas en regiones dedicadas al cultivo y la producción de forraje para alimentar a cientos de millones de aves, cerdos, vacas y ovejas que aguardan ser masacradas para sostener el actual delirio alimentario. En términos ecológicos, la producción de una hamburguesa de res o la nutrición de un pollo requieren de 3 mil litros de agua. Multiplíquese por miles de millones al año. La matanza animal está destinada a anidar la lógica de la valorización del capital en nuestros hábitos y, sobre todo, nuestros cuerpos.

El animal que matas cada vez que devoras una pieza de carne adquirida en las vistosas estanterías de los supermercados representa, en esta medida, el eslabón oculto de la cadena que coproduce, en gran parte, la crisis del agua.

¿Por qué no se impone a las industrias que hoy monopolizan el consumo de agua obligaciones de reforestación? Ecosia, el principal motor de búsqueda digital en Alemania, una gigantesca empresa que ha abandonado motu proprio la acumulación de capital privado como principio de su existencia, dedica sus utilidades a la reforestación. Ya ha plantado más de 100 millones de árboles en distintas partes del mundo. Más que un caso, tal vez representa un paradigma para el futuro.

No es el cambio climático el que produce la escasez de agua, es la escasez de agua (léase: la deforestación) la que produce el cambio climático. La tarea de develar esta contradicción se encuentra en todo afán actual de deconstruir la lógica de la reproducción antropocéntrica de la sociedad. Esa lógica bajo la que se oculta la de la optimización de la rentabilidad.

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Cambio climático, no es lo que pasa sino por qué pasa

Tenemos más de tres mil nuevas páginas sobre la ciencia del cambio climático. Se publicaron en abril, el día 4. Se publicaron tras seis años de trabajo científico, y lo hicieron a pesar de las muchas disputas geopolíticas y económicas que casi lo impiden y que desde luego consiguieron retrasarlo. Porque esas páginas no solo traen malas noticias sino propuestas muy incómodas para abordar la emergencia climática.

Estas páginas se publicaron en un mundo convulso por la invasión de Ucrania y por muchos otros conflictos bélicos graves. Se publicaron en un mundo amenazado por la crisis de suministros, por el riesgo de apagones, por la subida imparable del precio de la energía. Las tres mil páginas de la tercera parte del sexto informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) tienen muy difícil abrirse paso entre esa terrible y densa red de noticias y preocupaciones. Sin embargo, es imprescindible que lo hagan, ya que no sólo el destino de la humanidad está en juego, sino que esas tres mil páginas revelan, una vez más, que casi todo lo que nos pasa tiene un origen común: nuestro uso desmesurado e insostenible de los recursos del planeta.

Los líderes políticos y los responsables de grandes entidades y corporaciones están muy pendientes de su popularidad o de la evolución de la bolsa. Las familias están preocupadas por llegar a fin de mes. Solo quedamos unos miles de científicos y algunos millones de activistas en todo el mundo que seguimos apuntando, más preocupados que cansados o enfadados, a la gran amenaza para todos y al origen último de nuestros principales problemas: el cambio climático. La sociedad está ya muy informada sobre la gravedad del diagnóstico climático; disminuyen los porcentajes de negacionistas; se aprueban leyes para abordar la mitigación y la adaptación al cambio climático.

Pero la realidad es terriblemente tozuda: los gases de efecto invernadero, lejos de disminuir, siguen aumentando. El clima extremo, lejos de suavizarse, acapara más y más titulares. Las muertes evitables generadas de forma directa e indirecta por el cambio climático superan con creces a las muertes provocadas por la violencia y las guerras. Pero nos organizamos para mandar armas a Ucrania o ayuda humanitaria a los países en crisis, sin hacer nada realmente efectivo para contrarrestar el avance inexorable del cambio climático. Nos defendemos de lo que menos nos amenaza. Mantenemos la economía a flote a cualquier precio. Extraemos más y más petróleo a pesar de que obtenemos cada vez menos energía quemándolo de la que cuesta extraerlo.

Las Naciones Unidas, a través de los mensajes cada vez más desesperados de su secretario general, se desgañitan hablando de suicidio climático y derechos humanos. Los científicos, tras más de 30 años explicando por qué pasa lo que pasa con el clima en miles de artículos, informes y conferencias, estamos probando nuevas narrativas en los límites de la desobediencia civil, buscando una reacción y una reflexión que no llega. Un cambio político y social que no llega porque hemos normalizado el cambio climático, del mismo modo que hemos normalizado que los activistas ambientales protesten por el cambio climático. Incluso llegaremos a normalizar que los científicos abandonemos nuestros laboratorios para alterar el orden público por el cambio climático.

En este escenario global de búsqueda urgente de nuevos rumbos para una civilización que está cavando su propia tumba, surgen nuevas herramientas democráticas. Entre ellas, la participación ciudadana a través de Asambleas, que plantean desafíos a los gobiernos y que les proponen cambios en sus acciones y en sus prioridades. En España estamos viviendo una Asamblea Ciudadana para el Clima en la que cien personas escogidas al azar entre la población de nuestro país aprenden y debaten sobre cambio climático. Se espera que presenten sus propuestas al Gobierno en unos meses. Su voz se apoya en la ciencia, pero la trasciende. Y esa voz representa un pequeño rayo de esperanza en el camino hacia un cambio social, económico y político ineludible. Ante el cambio climático o cambiamos o seremos cambiados. Otros países ya pusieron en marcha asambleas ciudadanas por el clima. Los resultados no fueron milagrosos, pero hablan de nuevos tiempos y nuevos modos para la política y la sociedad. Y también de nuevos ritmos y nuevas metas. Hablan de urgencia y esperanza.

Ante un mundo asolado por malas noticias y problemas, muchos pensaran: "¿A qué viene ahora tanto ruido con el clima ahora?". A esas personas quizá convenga recordarles que el cambio climático lleva décadas siguiendo una dinámica exponencial, y que eso significa que cada vez ocurren más cambios en menos tiempo. En una dinámica exponencial, un minuto ahora representa una hora de hace un año o un año de hace una década. Para estar a la altura de la emergencia climática tenemos que tomar cada vez más acciones en menos tiempo. Lo que podría haber bastado con hacer hace unos años, ya no basta ahora. Y si esperamos unos días más, lo que basta hacer ahora no bastará entonces.

Hablamos de reducir emisiones de gases de efecto invernadero. De reducir nuestro consumo energético, de transformar la manera en la que nos desplazamos, producimos comida o construimos edificios. Hablamos, en definitiva, de frenar nuestro sistema socioeconómico. Algo que estaba en esas tres mil páginas de ciencia del clima que se publicaron a principios del mes de abril y que muy poca gente leerá. No serán leídas porque estamos tan ocupados leyendo lo que nos pasa que no tenemos tiempo de entender por qué nos pasa.

Por Fernando Valladares, científico del CSIC y profesor de ecología de la URJC

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Del petróleo a los minerales, la nueva dependencia de la transición energética

A medida que las energías renovables se multiplican, también aumenta la necesidad de minerales. ¿Cuáles son los riesgos ambientales y sociales de esta demanda?

Para mantener la temperatura global a niveles aceptables, el mundo tiene que atravesar una transición energética que deje atrás la era de los combustibles fósiles. Pero las tecnologías que promueven este cambio, como la energía solar, la eólica o los autos eléctricos, requieren de la extracción de una gran cantidad de minerales para su fabricación. Un auto eléctrico, por ejemplo, requiere seis veces más minerales que uno convencional; una planta de energía eólica terrestre requiere nueve veces más minerales que una de gas.

Entonces, a medida que el mundo aumente su uso de estas tecnologías, la demanda de una serie de minerales aumentará. ¿Habrá suficientes recursos para responder a las necesidades de una nueva era energética? ¿Qué otros impactos negativos causará sobre el medio ambiente y cómo podemos mitigarlos? Estas preguntas ocuparán un lugar central en el escenario global en los próximos años. Por el momento, lo que sabemos es esto.

¿Cuáles son los minerales de la transición y para qué sirven?

La apuesta por las energías renovables recae principalmente en el cobre, el litio, el níquel, el manganeso, el cobalto, el grafito, el cobre, el zinc y las tierras raras, entre otros. Estos elementos son el corazón de los coches eléctricos, las turbinas eólicas y otras energías, que prometen mantener las alzas en la temperatura global a raya.

Todas las tecnologías utilizan minerales en distintas proporciones, pero las baterías de vehículos eléctricos son las más demandantes, en particular del litio, que es crucial para el rendimiento, la longevidad y la densidad de energía de baterías.

Se estima que la demanda del litio va a aumentar 40 veces para el 2040, seguido del grafito, el cobalto y el níquel (que se estima crecerán de 20 a 25 veces). La construcción de las redes de carga de energía para vehículos eléctricos también requiere de grandes cantidades de cobre, que se estima se duplicará durante este mismo periodo. En 2021, la demanda de cobre de Chile, el mayor productor del mundo, ya aumentó alrededor del 80% respecto al año anterior, según BBC Mundo

El agua que se emplea ya no se puede reutilizar, por todos los desechos tóxicos y radiactivos que le quedan

En términos de generación de electricidad, la energía eólica es la que más demanda minerales, en particular cuando las turbinas están instaladas en alta mar, donde pueden requerir hasta tres veces más cobre para transmitir la energía a lo largo de los cables que las plantas en tierra: en 2020, el volumen de cobre requerido en todo el mundo para la generación de energía eólica en alta mar fue de alrededor de 8.000 kg por megavatio de energía producida, en comparación con 2.900 kg por megavatio para la eólica en tierra. La construcción también requiere aluminio, zinc y tierras raras. 

Las torres de los aerogeneradores y los transmisores son de acero, zinc y aluminio y representan alrededor del 80% del peso total. Algunos diseños de turbinas utilizan imanes de accionamiento directo, que contienen los metales de tierras raras neodimio y disprosio. Se calcula que alrededor del 20% de todas las turbinas eólicas instaladas utilizan imanes de tierras raras. Los aerogeneradores también contienen cobre en los generadores, y fibra de carbono y vidrio en las palas, además del hormigón utilizado para construir las torres.

La energía solar requiere unidades de almacenamiento de energía, tanto en forma de baterías individuales para uso privado y a gran escala en las redes eléctricas. Esto implica una demanda de minerales en las baterías de litio, de aluminio, cobalto, hierro, plomo, litio, manganeso, níquel y grafito. 

Las baterías constan de dos electrodos, o conductores eléctricos, llamados cátodo y ánodo, y un electrolito a través del cual intercambian iones, proporcionando una carga o descarga. Diferentes minerales pueden servir para estos fines. El alto potencial electroquímico del litio lo convierte en un valioso componente de las baterías recargables de iones de litio de alta densidad energética.

La mayoría de las baterías de iones de litio utilizan grafito como ánodo, lo que significa que el grafito será el mineral más buscado para el almacenamiento de energía. Los cátodos varían más: lo más frecuente es que utilicen níquel, pero también son comunes diversas mezclas de cobalto, litio y manganeso.

Impacto ambiental de la extracción de minerales

A la sombra de la promesa de la energía limpia, están los impactos negativos de la obtención y procesamiento de los minerales de la transición energética. La explotación en las minas genera estragos ecológicos difícilmente sostenibles en el largo plazo. En el caso del litio, por ejemplo, por cada tonelada extraída, se requieren hasta 2 millones de litros de agua, lo que agota los recursos hídricos subterráneos. Esto afecta a comunidades, flora y fauna.

En Chile, por ejemplo en el Salar de Atacama, uno de los desiertos más áridos del continente —y más abundantes en litio, hay una reserva natural para dos especies nativas de flamencos, cuya subsistencia depende de que el ecosistema se mantenga prácticamente intacto. Por la extracción del litio, las poblaciones han decaído en los últimos años.

Las implicaciones sociales de la explotación de los minerales de la transición también está cobrando facturas altas en América Latina. Rebecca Ray, Zara C Albright y Kehan Wang, investigadores en desarrollo de la Universidad de Boston, han sugerido que los países del triángulo del litio (Argentina, Chile y Bolivia) desarrollen una capacidad institucional para generar un manejo más responsable del mineral con mayor participación de comunidades locales, para así reducir los impactos negativos de la explotación.   

Las tierras raras (o metales raros) son una parte clave de la transición, y sin saberlo, todos los días interactuamos con estas en la palma de la mano. Smartphones, tablets y otros dispositivos con pantallas táctiles los utilizan. Son valoradas porque son muy buenas conductoras de electricidad y tienen propiedades magnéticas que hacen que sean útiles para crear baterías para coches eléctricos o pantallas táctiles. 

Las tierras raras -neodimio, escandio e itrio, por nombrar algunas- son muy complejas de extraer, ya que se encuentran embebidas en ciertos minerales y aleaciones: aunque son abundantes, es muy raro encontrarlas en su forma pura y tienden a presentarse en bajas concentraciones. Elisa Fabila, ingeniera química de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), especializada en el estudio de química metalúrgica, explica que el proceso de extracción es complicado e invasivo. 

“Para separar al mineral [de los otros compuestos] se necesita una reacción iónica y los residuos de esta reacción son los que se hacen tan contaminantes”, detalla Fabila. 

“El agua que se emplea ya no se puede reutilizar, por todos los desechos tóxicos y radiactivos que le quedan. […] Aunque estas alternativas no producen emisiones, no son tan limpias como pensábamos”, agrega.

Otros minerales terrestres no raros, esenciales para la transición energética, también tienen procesos de extracción perjudiciales. El cobre, por ejemplo, se extrae detonando explosivos en grietas del suelo en minas a cielo abierto. En promedio “se pierden 300 metros cuadrados de suelo por cada explosión”, explica Fabila, que difícilmente pueden recuperarse. Todas las propiedades de la tierra se desvanecen, ya que el estallido necesita desbaratar los componentes del suelo para poder sacar los metales.

China es el país que protagoniza la extracción de metales raros. Según datos de Statista, en 2021, el país representa el 60% de la producción mundial de tierras raras. En los últimos años, China ha limitado su producción y exportación a otras partes del planeta, y ha sacado a relucir las tierras raras en una disputa comercial con Estados Unidos. La más grande de todas sus minas se encuentra en Baiyun Obo, en Mongolia Interior, donde, según la NASA, está casi la mitad de la producción mundial de tierras raras. 

Se estima que la demanda de tierras raras puede crecer de tres a siete veces para el 2040, dependiendo del avance en la tecnología de baterías y turbinas eléctricas.

El problema de la escasez, la concentración geográfica y la calidad

A medida que el mundo se mueve hacia un panorama energético que requiere más minerales, se levanta la pregunta de si habrá suficientes recursos para satisfacer la demanda global. Hay varios factores que van a influir esto, y va a depender gran medida los desarrollos que se logre en la química de las baterías. 

En el futuro, según el informe de la IEA, se espera un escenario mixto: algunos minerales, como el litio de roca dura y el cobalto probablemente van a tener un excedente a corto plazo, mientras que el litio procesado, el níquel de grado de batería y los elementos clave de tierras raras (por ejemplo, neodimio, disprosio) podrían enfrentar una oferta limitada en los próximos años al no poder seguir el ritmo de la demanda.

Otros problemas que podrían surgir tienen que ver con la concentración geográfica de los minerales. China y La República del Congo concentran más del 60 % de la producción de cobalto. El New York Times ha documentado ampliamente la batalla que se está librando por el control de los recursos en esta zona. Si llega a haber problemas con la cadena de suministro en los países productores, esto afectaría directamente a los precios y la producción de baterías. Por otro lado, es importante considerar que un problema de suministro sólo afectaría a los productos nuevos como autos eléctricos y turbinas eólicas por construirse, ya que los existentes no se verán afectados por una falta de minerales. A diferencia de los vehículos a combustión, por ejemplo, los autos eléctricos que ya funcionan pueden hacerlo durante la vida útil de la batería, que puede oscilar entre 10 y 20 años, y no se ve afectada por la falta de nuevos suministros de minerales   

Soluciones para la disponibilidad de minerales  

Respondiendo al escenario futuro, los expertos de la IEA aseguran que es necesario tomar una serie de medidas para asegurar la disponibilidad de minerales. Por un lado, es esencial generar conciencia en los países para invertir en el desarrollo de minas y por otro, es crucial desarrollar tecnologías más eficientes con el uso de minerales críticos. En lugar de depender o poner toda la apuesta en los minerales de la transición energética, encontrar alternativas que sean menos dañinas para los suelos y el agua, como la biomasa. 

El reciclaje también es un elemento importante que alivia la presión sobre el suministro primario. Harald Gottsche, Presidente y CEO de BMW Group Planta San Luis Potosí en México, explicó en una entrevista exclusiva para Diálogo Chino cómo la empresa quiere reducir su impacto en toda la cadena de distribución.

“La circularidad inicia desde el diseño del producto, con el uso de materiales secundarios en nuestras cadenas de valor, así como con el reciclaje de vehículos de BMW Group al final de su ciclo de vida”, explica Gottsche. Por ello, en los planes a futuro próximo de la empresa, está disminuir el uso de cobalto en los cátodos de su actual generación de baterías a menos del 10 %. 

“Nuestra más reciente generación de motores eléctricos se construye sin utilizar tierras raras”, agrega Gottsche. Otras grandes empresas como Samsung y Tesla están optando por cambiar el uso de baterías con cobalto.

En los próximos años, la realidad de esta demanda se verá con más fuerza. En cualquier escenario, las energías renovables son esenciales para mantener la temperatura a raya, de lo contrario, según el reporte de 2022 del IPCC, partes del planeta serán inhabitables para 2050. La apuesta, por tanto, también está en aumentar el uso de combustibles alternativos, como el hidrógeno, o biomasa, apunta la Organización de Naciones Unidas que son menos demandantes de minerales. 

Alejandra Cuéllares editora de Diálogo chino para México y América Central.

Andrea Fischer es una escritora mexicana de narrativa, ensayo y artículo periodístico. Actualmente se desempeña como content manager de la revista National Geographic en español.

Fuente: https://dialogochino.net/es/actividades-extractivas-es/53160-del-petroleo-a-los-minerales-la-nueva-dependencia-de-la-transicion-energetica/

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A pesar de los olores fétidos, la gente de Mosquera continúa su vida cotidiana. Foto Afp

Mosquera. Una inmensa capa de espuma que sale de un río contaminado ha llegado hasta la puerta de las casas de los habitantes de Mosquera, Colombia, un pueblo a 22 kilómetros de Bogotá, quienes están cada vez más angustiados por este fenómeno que, aunque no es nuevo, se ha incrementado en la temporada de lluvias que atraviesa el país.

El olor es fétido y el viento se encarga de dispersarlo rápidamente junto a la espuma contaminada, mientras los habitantes del barrio Los Puentes, ubicado a la ribera del río, continúan su vida cotidiana.

"Esto es producto de la contaminación, de la mala disposición de los residuos, materiales, animales muertos, basura, grasas y detergentes", explica a la agencia de noticias Afp Sergio Valero, director de gestión del riesgo de Mosquera, un municipio de la cuenca baja del río Bogotá, que recoge los desechos en su curso por el límite occidental de la capital.

Gonzalo Roa, habitante del sector desde hace 40 años, aseguró a la agencia Ap que la contaminación del río causa enfermedades respiratorias en los niños y la espuma estropea las puertas y ventanas de las casas. "Ya llevamos muchos años en esta situación".

La autoridad ambiental de la zona explicó que la espuma contaminada está aumentando por la cantidad de detergentes que se vierten en los ríos, sumados a las recientes lluvias. Ante la situación, se están "adelantando operativos de monitoreo, control y seguimiento a los vertimientos para disminuir la generación de éstos", dijo en un video Edwin García, director del Laboratorio Ambiental de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca. Desde 2020, agregó García, funciona en Mosquera una planta de tratamiento de aguas residuales que tiene entre sus funciones disminuir "la generación de los agentes que puedan generar la espuma".

La autoridad ambiental recomienda a la población evitar el contacto con la espuma contaminada por posibles afectaciones a la salud. La exposición prolongada a estos químicos puede producir daños a la fauna acuática e irritación en la piel humana, según estudios.

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Lunes, 11 Abril 2022 05:12

Frente al abismo climático

Frente al abismo climático

En medio de una nueva ola de aumento de la explotación de gas y petróleo, favorecido por el aumento de precios y el argumento de blindarse ante la guerra en Ucrania, el panel de expertos sobre cambio climático de la ONU acaba de publicar su tercer informe en un año, cuyo mensaje principal es la urgencia de reducir rápida y drásticamente el uso de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) en todos los rubros. De 2010 a 2019 las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) aumentaron hasta llegar al nivel más alto de emisiones en la historia de la humanidad. De esos gases, el principal es el dióxido de carbono (CO₂), responsable de 64 por ciento de GEI, seguido de de metano con 18 por ciento. Las principales fuentes de GEI son la generación de energía y la emisión de gases relacionados al cambio de uso de suelo y deforestación, seguidos de industria, construcción y transporte (https://tinyurl.com/6cnbzpfs).

Además del cambio de fuentes de energía, plantea la urgencia de otras medidas, como cambiar patrones de producción y consumo agroalimentario (sobre todo reducción de producción y consumo industrial de carnes), la restauración de ecosistemas naturales forestales y costeros, cambiar las formas de urbanización y construcción, bajar significativamente el transporte áereo, disminuir los transportes motorizados en general, al tiempo que aumentar los transportes públicos, caminar y usar bicicletas, entre otros. El reporte plantea que el cambio de la demanda de bienes y servicios podría bajar las emisiones globales entre 40 y 70 por ciento en 2050. Reconocen que estos cambios de "estilo de vida" no son aplicables a toda la humanidad, ya que gran parte de la población mundial no tiene satisfechas sus necesidades básicas.

Por primera vez informan sobre la enorme desigualdad en quien genera emisiones de carbono de acuerdo al consumo: el 10 por ciento de la población global con mayor consumo y más emisiones de carbono es responsable de hasta 45 por ciento de las emisiones de GEI, mientras que el 50 por ciento de la población de menor consumo emite hasta 13 por ciento.

La desigualdad global es mucho mayor si se considera en riqueza y se compara con el uno por ciento más acaudalado a nivel global, que según Oxfam es responsable de más del doble de las emisiones del 50 por ciento más pobre del planeta (https://tinyurl.com/info-oxfam).

El grupo intergubernamental de expertos sobre cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés) elabora un informe global de evaluación cada 5-6 años. Se compone de tres grupos de trabajo, el primero sobre la ciencia del clima, el segundo sobre vulnerabilidad, impactos y adaptación al cambio climático y el tercer grupo –que emitió su informe este 4 de abril– es sobre mitigación, es decir, qué medidas tomar frente al cambio climático. Los informes anteriores se publicaron en 2021 e inicios de 2022. Los tres informes y otros temáticos elaborados anteriormente, confluirán en el Sexto Informe Global de Evaluación, previsto para publicarse en septiembre de 2022.

El informe del grupo tres del IPCC afirma, como los anteriores, que sin acciones inmediatas para reducir las emisiones de GEI, se sobrepasará el límite de aumento promedio de la temperatura en más de 1.5 grados en pocos años, lo cual se podría evitar con una reducción de emisiones de 43 por ciento en 2030. El Acuerdo de París sobre cambio climático acordó mantener el aumento de temperatura promedio por debajo de 2 grados en 2100. No obstante, con el ritmo actual de emisiones el aumento sería de 3.2 grados, lo que el IPCC considera "catastrófico".

El informe del grupo tres identifica muchas de las causas y plantea que existen vías posibles para enfrentar el desastre climático, como las mencionadas. Informa que el costo de generar electricidad con energía fotovoltaicas y eólica ha bajado notablemente, al tiempo que su adopción aumenta, aunque actualmente solo provee cerca de 10 por ciento de la electricidad.

Lo malo del informe es que pese a que pone en la mesa muchas causas y problemas y plantea alternativas importantes, en sus conclusiones y escenarios de acción abre la puerta a tecnologías de geoingeniería, a grandes plantaciones y monocultivos, así como al uso de suelos agrícolas y ecosistemas marinos para captación de carbono, todo ello son objetivos buscados por los especuladores de los mercados de carbono.

En geoingeniería, se refieren principalmente a formas de capturar CO₂ después de emitido, lo cual da una excusa para que sigan las emisiones desde sus fuentes. No es la primera vez que el IPCC considera esto, pero es muy preocupante que pese a la gravedad de la situación, siga especulando con tecnologías que ni siquiera está probado que servirían para captar y almacenar carbono y que implican una amplia serie de riesgos ambientales y sociales. El peor riesgo inmediato de esas tecnologías, en su mayoría inexistentes, es que son promovidas por empresas petroleras y otras con altas emisiones de GEI, para justificar seguir aumentando la contaminación, alegando que usarán tecnologías para compensarla. Por este y otros muchos riesgos son tecnologías que se deberían prohibir. Urge en lugar de ello, apoyar el desarrollo de las muchas alternativas social y ambientalmente justas (www.geoengineeringmonitor.org).

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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