Aborto eeuu

Las norteamericanas no dejarán de abortar, pero en muchos estados ahora lo harán de forma ilegal e insegura. La anulación del derecho al aborto es un triunfo del supremacismo blanco y las más perjudicadas serán las mujeres más vulnerables.

 

La decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de anular la protección al derecho al aborto, dejará en manos de cada estado decidir sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. En 26 de ellos, que están en manos de gobernadores conservadores o republicanos, ya han aprobado leyes  contrarias al aborto o que lo prohiben totalmente listas para ser aplicadas cuando la máxima corte de Justicia del país tumbara la mítica sentencia Roe contra Wade, cosa que ocurrió este viernes. De hecho, solo una hora después de que el Supremo tumbara el derecho al aborto, al menos tres estado ya habían prohibido el aborto en todas sus formas.

En Estados Unidos no existe una legislación nacional sobre el derecho al aborto. La protección de este derecho a la salud reproductiva la abrió una sentencia del Tribunal Supremo (el mismo que ahora la tumba). La sentencia, que se conoce como  Roe contra Wade, es de 1973. Es decir que data de hace casi 50 años. Los magistrados de la Corte Suprema en su fallo justifican la medida, afirmando que la Constitución, un texto escrito en el siglo XVIII cuando no existían los derechos humanos ni las mujeres eran sujetos de derecho, "no otorga" este derecho.

La decisión de la Corte Suprema, tendrá un efecto devastador sobre millones de mujeres, pero especialmente sobre las más pobres y sobre todo en las racializadas: las negras, latinas y en general en las de origen migrante. Según datos de la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF), la decisión del Supremo afectará a unas 40 millones de  mujeres y niñas en edad reproductiva, que podrían dejar de tener acceso al aborto. Esta organización calcula que la mortalidad de las mujeres podría incrementarse un 14%. La peor parte, añaden, la sufrirán las mujeres afroamericanas, en las que el riesgo de morir durante el parto se multiplica por tres en la actualidad.

La prohibición del aborto no supone que se realicen menos abortos, tal como han constatado los expertos en planificación familiar y de las organizaciones que luchan por los derechos sexuales y reproductivos, sino que éstos serán más difíciles de realizar, ilegales y de alto riesgo para la vida de las mujeres.

"Sabemos con certeza que prohibir el aborto no significa menos abortos y que cuando se promulgan prohibiciones, mueren mujeres y personas embarazadas, como hemos visto en todo el mundo, más recientemente en Polonia. También sabemos que aquellas que no pueden acceder a la atención del aborto legalmente se verán obligada a utilizar métodos no regulados e inseguros, lo que podría provocar daños graves o incluso la muerte", afirma Dr. Álvaro Bermejo, director de IPPF.

A partir de este fallo cada estado podrá decidir sus propias medidas y esto puede suponer que millones de mujeres no solo no tengan derecho a interrumpir sus embarazos, sino que pueden ser perseguidas, investigadas y criminalizadas, tal como ocurre en la actualidad en países como Nicaragua o el Salvador, donde muchas mujeres han acabado en prisión por sospecha de aborto. A partir de este fallo en muchos estados mujeres y niñas serán obligadas a llevar a término sus embarazos aunque éstos sean fruto de violación o incesto. A pesar de que el feto tenga malformaciones incompatibles con la vida o de que la madre necesite tratamiento o un aborto por tener un enfermedad como un cáncer. Leyes de distintos estados republicanos permitirán la investigación de las mujeres, que pueden incluir las búsquedas que realicen en redes sociales o el uso de aplicaciones online para seguir su ciclo menstrual, o tener que comparecer ante a justicia por un aborto espontáneo en incluso acabar en prisión.

Un triunfo del supremacismo blanco

La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos no ha cogido por sorpresa a las organizaciones de derechos sexuales y reproductivos. A principios de mayo de este año, el diario Politico, filtró un borrador de la propuesta del Alto Tribunal favorable a anular la histórica sentencia.

Para Almudena Rodríguez, de la Asociación de Derechos Sexuales y Reproductivos de Catalunya, el sentido del voto de la Corte era previsible "debido a la ideología de los magistrados que la componen, que es ultraconservadora. Esta fue una estrategia bien diseñada por [Donald] Trump, que ha metido a magistrados de esa ideología hasta el último día de su mandato, como fue el caso de Amy Coney Barret, en sustitución de la progresista Ruth Bader Ginsburg". [fallecida poco antes de las elecciones en las que Trump fue derrotado]. 

Rodriguez afirma que con esta medida el aborto inseguro aumentará y que tendrá consecuencias principalmente sobre las afrodesencidentes, las mexicanas, las mujeres migradas, porque las blancas o las que tengan medios podrán viajar o recurrir a otros medios".

del supremacismo blanco y tiene mucho que ver con el racismo. Es también una medida ejemplarizante para todo el mundo y nos dice muchas cosas de la geopolítica. Esto no solo ocurre en Estados Unidos, sino que se trata de grupos fundamentalistas y son acciones colectivas y se deciden en espacios internacionales donde planifican campañas y acciones. En este caso lo han conseguido. Esto es un aviso a navegantes, a todas", añade Rodríguez.

 Desde IPPF coinciden con este análisis. Para Elizabeth Schlachter, esto no se trata solo del movimiento contra el aborto en los EEUU, sino de un esfuerzo global concertado y calculado por parte de extremistas religiosos y conservadores anti-mujeres, anti-género, anti-LGBTQI+ y anti-negritudes, que están usando dinero opaco y medios antidemocráticos para negar a las personas su derecho humano a la atención médica, la igualdad, la autonomía corporal y, en última instancia, la libertad".

Para Rodríguez en Europa tenemos metida a esta extrema derecha en los parlamentos desde hace años en algunos países y tenemos también el ejemplo de Polonia, que es el extremo paradigmático. Por ahora tanto el Parlamento Europeo como el Consejo de Europa han conseguido resistir, pero el auge de la extrema derecha es un hecho y acabar con el aborto es uno de sus grandes objetivos. En España hemos ampliado derechos, pero se trata de una victoria en un contexto que es peligroso y abierto. Por eso repito que es un aviso a navegantes".

 

24/06/2022 19:47

Marisa Kohan@kohanm

 

Publicado enSociedad
El anticolonialismo en la tradición comunista

Ya hemos visto (este artículo es un  extracto del libro de E. Traverso Révolution. Une histoire culturelle, ndr) cómo los bolcheviques tenían una visión muy occidental del atraso de Rusia/1. A diferencia de Marx, quien al final de su vida imaginó la posibilidad de una transición de la comunidad campesina rusa (obschina) al socialismo, Trotsky no veía en la doctrina eslavófila nada más que “el mesianismo del atraso”/2. La literatura bolchevique estaba llena de referencias a la revolución francesa, a 1848 y a la Comuna de París, pero en ningún momento mencionaba la revolución haitiana o la revolución mexicana. Para Lenin y Trotsky, que apreciaban particularmente esta metáfora, la rueda de la historia giraba de Petrogrado a Berlín, no de las campiñas rusas a los campos de Morelos y a las plantaciones antillanas.

En un capítulo de su Historia de la revolución rusa, Trotsky subraya que la “civilización ha convertido al campesino en un asno que lleva las alforjas” y deplora la indiferencia de que es objeto en los libros de historia, del mismo modo que las críticas de teatro hacen caso omiso de los trabajadores y las trabajadoras que entre bastidores accionan los telones y cambian los decorados: “La participación del campesinado en las revoluciones de pasado apenas se ha estudiado hasta ahora/3.” Sin embargo, en su libro el campesinado aparece principalmente como una masa anónima. No lo pasa por alto, pero lo observa desde lejos, con un desapego analítico carente de empatía.

Trotsky no conocía muy bien el mundo rural, que seguía siendo un recuerdo de su infancia en Ianovka, en Ucrania. Vista desde Viena, París o Nueva York, las ciudades en que vivió durante su exilio, la inmensa campiña rusa se le antoja lejana. Así, esta observación permanece aislada en su libro. En el centro de su gran panorámica figuran más las masas urbanas en acción que el campesinado, y están formadas sobre todo por gente trabajadora. Los jacobinos negros eran esclavos y los revolucionarios mexicanos eran campesinos.

Los bolcheviques habían comenzado a poner en tela de juicio la idea, heredada de los escritos de Marx sobre el bonapartismo francés, según la cual el campesinado era una clase culturalmente atrasada y políticamente conservadora, pero su tropismo proletario era demasiado fuerte para que procedieran a este replanteamiento. Este último fue obra, no sin conflictos teóricos y estratégicos, del comunismo anticolonial del periodo de entreguerras. Antes de la obra histórica ya mencionada de C.L.R. James, Les Jacobins noirs, los ejemplos más destacados de esta revisión vinieron de China y de América Latina.

En China, el giro comunista hacia el campesinado fue el resultado de la derrota devastadora de las revoluciones urbanas de la década de 1920 y, al mismo tiempo, del esfuerzo encaminado a inscribir el marxismo en una historia y una cultura nacionales. Tras la represión sangrienta desencadenada por el Guomindang (GMD), las células del Partido Comunista habían quedado casi completamente desmanteladas en las ciudades y sus miembros encarcelados o perseguidos. A finales de1927, el Partido solo contaba con 10.000 miembros de los 60.000 que tenía el año anterior. Cuando se retiraron al interior del país, donde hallaron protección y pudieron reorganizar su movimiento, muchos dirigentes comunistas empezaron a ver al campesinado bajo un nuevo prisma, abandonando el punto de vista occidental que siempre habían adoptado con respecto al atraso asiático.

Este giro estratégico, que fue objeto de vivas controversias entre la Internacional Comunista y su sección china en la década de 1930, vino impulsada por Mao Zedong a comienzos de 1927, antes incluso de las masacres perpetradas por el GMD en Shanghái y Cantón en abril y diciembre de ese mismo año/4. De vuelta de su Hunan natal, Mao Zedong escribió un célebre informe en que designaba al campesinado –y no ya al proletariado urbano– como la fuerza motriz de la revolución china. El carácter subversivo de los campesinos era tan evidente a sus ojos que no era necesario demostrarlo, y aunque en esta época todavía no cuestionaba la alianza con el GMD, ya reivindicaba la importancia de un liderazgo campesino: “Sin [los campesinos pobres] no habrá revolución. Negarse a reconocer el papel de los campesinos pobres es negarse a reconocer la revolución/5.” En opinión de Mao, los campesinos eran clarividentes y capaces de asentar su propio poder. Claro que su revolución sería una explosión de violencia, a la medida de la brutalidad interminable infligida por los terratenientes. En un pasaje canonizado posteriormente, escribió:

La revolución no es en modo alguno una cena de gala, no es como si se escribiera un ensayo, se pintara un cuadro o se bordara una flor. No es posible llevarla a cabo con tanto refinamiento, desenvoltura y elegancia, con tanta suavidad, calma, respeto, modestia y deferencia. Una revolución es una insurrección, el acto violento con el cual una clase tumba el poder de otra clase. Una revolución en el campo, es el derrocamiento por el campesinado del poder feudal de los terratenientes. Si no es con el mayor de los esfuerzos, el campesinado no logrará nunca derribar el poder de los terratenientes, que se ha establecido sólidamente durante milenios. Hace falta un fuerte impulso revolucionario en el campo para movilizar a millones de campesinos que formarán una fuerza considerable/6.

Contrariamente a los agentes de Moscú, según los cuales las milicias campesinas no eran sino las que desencadenaban las insurrecciones urbanas, en 1931 Mao insistió en construir una república soviética en Jiangxi. Si no hubiera creído en la dimensión rural de la revolución china, no habría organizado, pocos años después, la Larga Marcha para hacer frente a la campaña de aniquilación lanzada por el GMD. Percibida inicialmente como una derrota trágica, dado que de los 90.000 soldados que habían salido de Jiangxi en 1934 solo 8.000 llegaron a Shaanxi al año siguiente, esta iniciativa épica sentó las bases de un combate victorioso, primero contra la ocupación japonesa y después contra el propio GMD.

Dos años más tarde, el Ejército Rojo chino recuperó su tamaño inicial y en 1947, cuando estalló la guerra civil contra el GMD, contaba con 2.700.000 soldados. La proclamación de la República Popular China en Pekín, en 1949, fue el resultado de un proceso que, de los levantamientos de 1925 a la Larga Marcha y a la lucha contra Japón, tenía necesariamente raíces en los acontecimientos de octubre de 1917, pero también era fruto de una revisión estratégica. Las revoluciones rusa y china estaban unidas por un vínculo genético complejo/7.

Las tres principales dimensiones del comunismo analizadas hasta ahora en este capítulo –la revolución, el régimen y el anticolonialismo– convergen de manera emblemática en la revolución china. En su calidad de ruptura con el orden tradicional, esta revolución quiso poner fin a siglos de opresión; en su calidad de conclusión de una guerra civil, comportó la conquista del poder por un partido militarizado que, desde el comienzo, estableció su dictadura adoptando las formas más autoritarias; y en su calidad de epílogo de un combate contra la ocupación japonesa y después contra el GMD, fuerza nacionalista sostenida por las grandes potencias occidentales, la victoria comunista de 1949 no solo marcó el fin del colonialismo en China, sino también, a escala mucho más amplia, un momento decisivo en el proceso global de descolonización.

Mientras que en Rusia la burocratización del Partido Bolchevique y el fin de la democracia soviética fueron una consecuencia de la guerra civil, en China la militarización del comunismo comenzó casi veinte años antes de la conquista del poder, cuando el Partido, compuesto de intelectuales desarraigados, abandonó las ciudades para transformarse en un movimiento de liberación campesino. No cabe duda de que este proceso revolucionario alteró el conjunto de la sociedad china y tuvo también sus episodios épicos, incluso heroicos, empezando por la Larga Marcha. Sin embargo, nunca conoció el mismo impulso utópico, casi libertario, que vivió Rusia en 1917 y durante los años siguientes.

La revolución cambió la faz de un país inmenso, pero no generó ninguna forma de autogestión o de democracia de base, como tampoco una vanguardia estética ni un amplio debate sobre la emancipación sexual, por no mencionar más que algunos momentos decisivos de los comienzos de la Unión Soviética. Resulta difícil transponer a China el relato mítico de una insurrección popular como el que creó Serguéi Eisenstein en Octubre, y todavía menos aplicar a su caso la definición de la revolución que propuso Gustav Landauer, la de una interrupción abrupta del continuo histórico por la que “todo ocurre con una rapidez increíble, exactamente como en los sueños, donde la gente parece haberse desprendido de la gravedad/8”.

La revolución china no supuso una ruptura social y política que liberara de golpe las energías y los deseos reprimidos de la sociedad. Fue el epílogo de veinte años de guerras que dejaron una China devastada y ya sin aliento. Ni insurrección emancipadora, como en 1917, ni “revolución por arriba” bajo la égida del proceso de asimilación estructural de la URSS que tuvo lugar en los países de Europa Central ocupados por el Ejército Rojo en 1945, la revolución china fue la síntesis original de una movilización por abajo, el autoritarismo impuesto desde arriba por un Partido militarizado y una potente ofensiva contra el imperialismo.

La imagen de Mao Zedong proclamando la República Popular China en la plaza Tienanmen, en Pekín, el 1º de octubre de 1949, posee el aura de un acontecimiento histórico, lo que sin duda lo diferencia de una parada rutinaria de un régimen totalitario. Sin embargo, no tiene mucho que ver con el furor caótico de Berlín en enero de 1919, cuando la ciudad quedó paralizada por barricadas improvisadas, ni con la alegre excitación de las multitudes que invadieron las calles de La Habana en diciembre de 1958 para recibir al ejército rebelde de Fidel Castro y del Che Guevara.

El maoísmo era un movimiento revolucionario sui generis, no la versión china del bolchevismo ruso. Mao impuso su línea estratégica contra la Komintern, cuya orientación –ardientemente defendida por sus agentes– no hacía más que aplicar la experiencia rusa a China. Moscú impuso una vía similar en América Latina. En las décadas de 1920 y 1930, la III Internacional estableció su centro dirigente en Buenos Aires. La elección de Argentina, el más europeo de los países latinoamericanos, revelaba cierta indiferencia con respecto a las tradiciones revolucionarias continentales, apenas unos años después de la revolución mexicana, así como al potencial subversivo de las poblaciones indígenas.

La rebelión brasileña encabezada por Carlos Prestes, cuya columna legendaria cruzó el país entre 1924 y 1928 antes de organizar un levantamiento en 1935 contra la dominación de Getulio Vargas, no fue el equivalente latinoamericano de la Larga Marcha china. En la década de 1920, la bolchevización de los partidos comunistas reforzó el control ruso sobre sus equipos dirigentes y, a lo largo de los decenios siguientes, la estrategia internacional de Frentes Populares sustituyó el antiimperialismo por el antifascismo, lo que explica, entre otras cosas, por qué en 1958 la revolución cubana no surgió de la tradición comunista/9.

En las décadas de 1920 y 1930, el bolchevismo llegó a América Latina y transformó su paisaje político introduciendo a un nuevo actor junto al nacionalismo, al populismo y a un liberalismo agotado. La cultura y el imaginario revolucionarios continentales se transformaron en profundidad y el bolchevismo refundó sus códigos estéticos mezclando símbolos europeos e indígenas.

La revolución de Octubre se convirtió en un paradigma universal. Los artistas mexicanos creaban obras que traducían las formas europeas de la guerra al contexto latinoamericano. Muralistas pintaban frescos como La Trinchera (1926) de José Clemente Orozco y Reparto de armas de fuego (1928) de Diego Rivera, mientras que Tina Modotti realizaba fotos como Sombrero mexicano con hoz y martillo (1928), donde la revolución mexicana –una guerra campesina por la tierra y el poder– estaba representada por los emblemas del comunismo soviético.

Mientras que la revolución rusa aparecía como una especie de estrella polar a los ojos de los rebeldes del continente, no podía surgir ninguna forma auténtica de marxismo latinoamericano sin alejarse de la ortodoxia de la Komintern. José Carlos Mariátegui, el más importante de los pensadores marxistas latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX, se negó a seguir las instrucciones procedentes de Moscú. Estaba convencido de que la historia de las civilizaciones precolombinas no podía asimilarse a la del feudalismo europeo y, por consiguiente, que no era posible importar simplemente el socialismo del viejo mundo. Debía fundirse con la tradición ancestral del comunismo inca, que él comparó con la de la comunidad rural rusa. Según él, la clave de una revolución socialista en Perú se hallaba en la resolución del problema de la tierra, que era el de la opresión de los pueblos indígenas. Entre los incas, la tierra era fuente de vida, no un objeto de conquista y explotación:

La fe en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de occidentalización material de la tierra quechua. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El mismo mito, la misma idea, son agentes decisivos del despertar de otros viejos pueblos, de otras viejas razas en colapso: hindúes, chinos, etc. La historia universal tiende hoy como nunca a regirse por el mismo cuadrante. ¿Por qué ha de ser el pueblo inkaico, que construyó el más desarrollado y armónico sistema comunista, el único insensible a la emoción mundial? La consanguinidad del movimiento indigenista con las corrientes revolucionarias mundiales es demasiado evidente para que precise documentarla. Yo he dicho ya que he llegado al entendimiento y a la valorización justa de lo indígena por la vía del socialismo/10.

Después de la revolución rusa, el socialismo cruzó las fronteras de Europa y pasó a ser una cuestión central en los debates del Sur y del mundo colonial. Este fue el nuevo contexto en que Mao y Mariátegui repensaron el papel del campesinado como fuerza insurreccional. Su replanteamiento teórico y estratégico tuvo lugar en un momento en que Octubre de 1917 sentaba las bases de la descolonización. En virtud de su posición intermedia entre Europa y Asia, de su gigantesco territorio a caballo entre los dos continentes, poblado por una gran variedad de comunidades nacionales, religiosas y étnicas, la URSS se convirtió en un puente entre Occidente y el mundo colonial. El bolchevismo podía dirigirse a las clases proletarias de los países industrializados y a los pueblos colonizados.

Hay que retroceder más de un siglo, hasta el vínculo simbiótico entre las revoluciones francesa y haitiana, para hallar un acontecimiento histórico con un impacto similar. A lo largo del siglo XIX, el anticolonialismo prácticamente había desaparecido en Occidente, con excepción del movimiento anarquista, cuyos activistas y cuyas ideas circulaban profusamente entre Europa meridional y oriental, América Latina y Asia. Tras la muerte de Marx, el socialismo fundó sus esperanzas y sus expectativas en la fuerza creciente del proletariado industrial, compuesto principalmente de hombres blancos y concentrado en los países capitalistas desarrollados (principalmente protestantes) del mundo occidental.

En todos los partidos socialistas había poderosas corrientes que defendían la misión civilizadora de Europa en el mundo. Por mucho que denunciaran la extrema violencia del colonialismo, como el exterminio de los hereros en la Namibia alemana en 1904, no se ponía en tela de juicio el derecho histórico de los imperios europeos a colonizar África. Los partidos socialdemócratas aplazaban la liberación colonial a después de la transformación socialista de Europea y de EE UU. En 1907, en su congreso de Stuttgart, la II Internacional aprobó una resolución que defendía el principio colonial. La mayoría de pensadores socialistas percibían el colonialismo como una forma de progreso y una tarea civilizadora que había que llevar a cabo con medios pacíficos. Este fue el sentido de la “política colonial positiva” propuesta por el socialista belga Émile Vandervelde, que quería evitar la violencia y la inhumanidad del imperialismo/11.

Tres años antes, en el congreso de Ámsterdam, algunos socialistas estadounidenses, neerlandeses y australianos habían propuesto una resolución que llamaba a restringir la inmigración en los países desarrollados de los “obreros de raza inferior”, mencionando en particular a chinos y negros. Daniel De Leon, el líder del Partido Obrero Socialista de América, nacido en Curaçao en el seno de una familia judía con antepasados neerlandeses, españoles y portugueses, criticó duramente esta posición xenófoba y racista con palabras sangrantes:

¿Dónde se halla la línea que separa las razas inferiores de las superiores? […] A los ojos del proletariado estadounidense nativo, los irlandeses aparecen como una raza inferior; para los irlandeses, los inferiores son los alemanes; para los alemanes, son los italianos; y así sucesivamente con los suecos, los polacos, los judíos, los armenios y los japoneses, hasta el final de la cadena. El socialismo es ajeno a estas distinciones  insultantes e injustas; no hay razas inferiores y superiores en el seno del proletariado. Es el capitalismo el que atiza las brasas de esta clase de sentimientos para mantener dividido al proletariado/12.

Los bolcheviques rompieron radicalmente con esta tradición. En Moscú, en julio de 1920, el segundo congreso de la Internacional Comunista aprobó un documento programático que propugnaba revoluciones coloniales contra el imperialismo: el propósito era crear partidos comunistas en el mundo colonial y apoyar los movimientos de liberación nacional. El congreso marcó un giro que implicó el abandono de viejas concepciones socialdemócratas en materia de colonialismo.

Poco después, los bolcheviques organizaron el Congreso de los Pueblos de Oriente en Bakú, en la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, que reunió a cerca de dos mil delegados procedentes de 29 nacionalidades asiáticas y se inauguró con un encendido discurso de Grigori Zinoviev llamando a la yihad contra el imperialismo/13. Al reunir a representantes de movimientos comunistas todavía embrionarios, dirigentes de sindicatos y asociaciones campesinas y líderes de varias corrientes nacionalistas surgidas de los escombros del imperio otomano, este congreso era en realidad un acto propagandístico que cumplía varias funciones.

En plena guerra civil rusa, pretendía reforzar la influencia soviética en Asia Central y presionar a Gran Bretaña forzando a Lloyd George a negociar con la URSS bajo la amenaza de impulsar movimientos revolucionarios/14. N. Roy, el marxista indio que había discutido con Lenin las tesis sobre la cuestión colonial, se negó as asistir a esta conferencia, que en sus memorias calificó de “circo Zinoviev/15”. Según varios testimonios, el congreso se celebró en una atmósfera confusa y excitada. Durante su estancia en Bakú, ciertos delegados exhibían sus armas con ostentación y aprovecharon su visita para cerrar negocios en la capital azerí.

A pesar de las proclamas rituales contra el imperialismo, la cuestión del nacionalismo no se abordó realmente. Enver Pasha, uno de los jefes de la revolución de los Jóvenes Turcos de 1908, no obtuvo la autorización para participar, pero envió un largo mensaje que fue leído y aplaudido. Si bien tanto turcos como armenios estuvieron muy representados, con 235 y 157 delegados, respectivamente, el genocidio armenio no se mencionó en ningún momento en los debates. Alfred Rosmer, una de las personalidades occidentales que asistieron al congreso, describió en sus memorias un auditorio “sumamente pintoresco”, compuesto de “todos los trajes típicos de Oriente”, formando de este modo un “cuadro sorprendentemente diverso y colorido”/16.

Más allá de su confusión ideológica y sus propósitos propagandísticos, el congreso de Bakú era el reflejo de un cambio significativo que experimentó la cultura revolucionaria. A pesar de su exigua presencia en las delegaciones, las mujeres desempeñaron un papel importante en los debates. La feminista turca Nadyia Hanum subrayó que no puede haber liberación nacional sin emancipación de las mujeres y reclamó la plena igualdad civil y política para las mujeres de Oriente. Su lucha, insistió, iba mucho más allá del “derecho a salir sin velo”/17. En una época en que las mujeres no tenían derecho de voto en la mayoría de países occidentales, Hanum planteó sus reivindicaciones:

Plena igualdad de derechos. Derecho de las mujeres a recibir del mismo modo que los hombres la instrucción general o profesional en todos los establecimientos dedicados. Igualdad de derechos del hombre y de la mujer en el matrimonio. Abolición de la poligamia. Admisión sin reservas de las mujeres en todos los empleos administrativos y en todas las funciones legislativas. Organización en todas las ciudades y pueblos de comités de protección de derechos de la mujer/18.

Como destaca Brigitte Studer, el congreso de Bakú fue el primer acto público en cuyo transcurso el movimiento comunista trató de articular, con su propio lenguaje, las categorías de raza, género y clase en un mismo discurso político (prefigurando lo que hoy se denomina interseccionalidad)/19.

En la prensa occidental, las repercusiones del acto tuvieron un tono muy distinto. El 23 septiembre, el Times calificó el congreso de “el espectáculo de dos judíos [Zinoviev y Radek], entre ellos un carterista condenado, llamando al mundo del islam a una nueva yihad/20. Escribiendo desde Moscú en calidad de reportero inglés, H. G. Wells habló de “un congreso en Bakú” en cuyo transcurso “Zinoviev y sus acólitos” habían reunido “a gente de piel blanca, negra, morena y amarilla” con el fin de “jurar el odio eterno al capitalismo y al imperialismo británico”/21.

Sin embargo, más allá de estos reportajes desdeñosos y xenófobos, el gobierno inglés consideró que el congreso representaba una seria amenaza: en marzo de 1921, una de las condiciones que puso para firmar un acuerdo comercial con la URSS era que esta última pusiera fin a su agitación antibritánica en Oriente, perfectamente ilustrada por la asamblea de Bakú/22. Confusión estratégica e ideológica, realpolitik soviética, objetivos diplomáticos, asociaciones ambiguas y paradojas culturales –llamamientos a la emancipación de las mujeres alternándose con elogios al islam tradicional– marcaron este acto, cuyas consecuencias inmediatas fueron insignificantes. Estaba claro que los bolcheviques marcaban el paso y las delegaciones seguían sus instrucciones; cinco años antes de los levantamientos comunistas de Shanghái y Cantón, los ocho delegados chinos no desempeñaron ningún papel en los debates de Bakú.

Sin embargo, un examen retrospectivo no puede pasar por alto la dimensión simbólica de este congreso. En su discurso inaugural, Zinoviev afirmó explícitamente que la Internacional Comunista rompía con las antiguas concepciones de la socialdemocracia sobre el colonialismo, según las cuales “la Europa civilizada” podía y debía “tutelar la Asia bárbara/23. A partir de entonces, la revolución ya no se consideraba dominio exclusivo de la clase obrera europea y estadounidense de piel blanca, y no cabía imaginar el socialismo sin la liberación de los pueblos colonizados:

Decimos que en el mundo no solo hay hombres de raza blanca, que no solo hay europeos, los únicos por los que se preocupaba la Segunda Internacional. Además de los europeos, hay cientos de millones de personas de otras razas que pueblan Asia y África. Queremos poner fin a la dominación del capital en todo el mundo. Estamos convencidos de que no podremos abolir definitivamente la explotación del hombre por el hombre si no propagamos el incendio revolucionario, no solo en Europa y en América, sino en el mundo entero, si nos sigue esta parte de la humanidad que puebla Asia y África/24.

En su discurso, Radek subrayó que “nada [puede] detener el torrente de obreros de Persia, de Turquía, de India, si [se unen] a la Rusia soviética… La Rusia soviética [puede] producir armas y armar no solo a sus propios obreros y campesinos, sino también a los campesinos de India, de Persia y de Anatolia, a todos los oprimidos, y conducirlos hacia una lucha común y una victoria común. Y añadió: “La política oriental del gobierno soviético no es una maniobra política… Nos une a vosotros un destino común/25.” La relación conflictiva entre comunismo y nacionalismo iba a concretarse en el curso de las décadas siguientes, pero la revolución de Octubre fue un momento inaugural: en la década de 1920, el anticolonialismo pasó rápidamente del terreno de la posibilidad al campo de la estrategia política y de la organización militar. La conferencia de Bakú anunció este cambio histórico/26.

Ahora bien, este cambio tenía varias dimensiones, tanto estratégicas como epistemológicas. En el seno de la izquierda, implicaba la reconfiguración de la relación entre raza y clase, ampliando así a los pueblos colonizados el estatuto de sujetos políticos. Este cambio tuvo lugar en el marco teórico del marxismo e hizo del comunismo del siglo XX una nueva etapa en la trayectoria de la Ilustración radical: el comunismo reunía en sí, redefiniéndolos, el humanismo, el anticolonialismo y el universalismo.

En la derecha, este giro estuvo en el origen de una racialización del propio bolchevismo. Desde la guerra civil rusa y los levantamientos revolucionarios de Europa Central, la propaganda nacionalista había comenzado a calificar a los bolcheviques de salvajes, de encarnación de una forma peligrosa de barbarie asiática que amenazaba a Occidente/27. Durante la República de Weimar, el pangermanismo contemplaba los pueblos eslavos como una raza inferior y calificaba a los bolcheviques de jefes de una gigantesca revuelta de esclavos, rememorando una antigua profecía de Nietzsche. Los estereotipos racistas, que iban del origen asiático de Lenin al mito de una Cheka china/28, inundaron la literatura anticomunista.

En el transcurso de la década siguiente, el nacionalsocialismo completó el cuadro calificando al bolchevismo de coalición de una subhumanidad no blanca dirigida por una intelectualidad judía revolucionaria. En un célebre discurso pronunciado en Düsseldorf en 1932 ante una audiencia de industriales alemanes, Hitler presentó la URSS como una amenaza importante para la “raza blanca” y la “civilización occidental”/29. Durante varias décadas, el colonialismo, el antisemitismo y el anticomunismo fueron componentes esenciales de la cultura política conservadora, abarcando todo un abanico de personajes, desde Churchill hasta Hitler.

La alianza entre comunismo y anticolonialismo conoció varios momentos de crisis y tensión, asociados tanto a los conflictos ideológicos como a los imperativos de la política exterior de la URSS. En la década de 1930, el giro antifascista del Partido Comunista francés produjo una extraña simbiosis de estalinismo y nacionalrepublicanismo que inscribía la revolución rusa en la tradición del jacobinismo y el internacionalismo socialista en la misión civilizadora universal de Francia. De este modo abandonó el anticolonialismo. Al término de la segunda guerra mundial, el PCF participó en un gobierno de coalición que reprimió violentamente las revueltas anticoloniales en Argelia (1945) y en Madagascar (1947), y en la década siguiente, apoyó al primer ministro Guy Mollet al comienzo de la guerra de Argelia/30. En India, el movimiento comunista quedó marginado por haber suspendido su lucha anticolonial durante la segunda guerra mundial a fin de apoyar al imperio británico, aliado de la URSS contra las fuerzas del Eje.

Si estos ejemplos muestran claramente las contradicciones del anticolonialismo comunista, no cuestionan el papel histórico desempeñado por la URSS como base de apoyo en un gran número de revoluciones anticoloniales. El proceso de descolonización se desarrolló en el contexto de la guerra fría, al amparo de una correlación de fuerzas creada por la existencia de la URSS. Retrospectivamente, la descolonización aparece como una experiencia histórica en la que estaban siempre entremezcladas las dos dimensiones del comunismo ya mencionadas: emancipación y autoritarismo, revolución y dictadura.

En la mayoría de los casos, las luchas anticoloniales se concibieron y organizaron como campañas militares dirigidas por ejércitos de liberación y los regímenes políticos que instauraron fueron desde el comienzo dictaduras de partido único. En Camboya, al término de una guerra feroz, la dimensión militar de la lucha anticolonial sofocó completamente toda política emancipadora: la conquista del poder por los Jemeres Rojos comportó desde el comienzo la instauración de un poder genocida/31. La alegría en las calles de La Habana insurrecta, el 1º de enero de 1959, y el terror en los arrozales camboyanos constituyen así los dos polos dialécticos del comunismo como anticolonialismo.

07/06/2022

Por Enzo Traverso, historiador. Este artículo es un extracto de su libro Révolution. Une histoire culturelle, París, La Découverte, 2022.

Notas

/1 Véase Karl Korsch, “The Marxist Ideology in Russia” (1938), Living Marxism, vol. 4, n° 1, febrero de 1938. Eric Hobsbawm destacó “la paradoja del marxismo ruso”: por un lado, fue heredero de la tradición revolucionaria del populismo; por otro, utilizó escritos de Marx, en la estela de los llamados marxistas legales, para demostrar que “Rusia debía pasar por la etapa del capitalismo: “The Influence of Marxism 1880-1914”, en How to Change the World. Reflections on Marx and Marxism, New Haven, Yale University Press, 2011, p. 220.

/2 León Trotski, Historia de la revolución rusa, tomo 1. Sobre los debates entre Marx y los populistas rusos, véase Theodor Shanin (dir.), Late Marx and the Russian Road. Marx and the Peripheries of Capitalism, Nueva York, Monthly Review Press, 1983.

/3 León Trotski, Historia de la revolución rusa, tomo 2.

/4 Para un relato sintético del proceso revolucionario en China, véase Rebecca Karl, Mao Zedong and China in the Twentieth-Century World, Durham, Duke University Press, 2010, cap. 3, 4 y 5.

/5 Mao Zedong, “Rapport sur l’enquête menée dans le Hounan à propos du mouvement paysan” (1927), en Œuvres choisies de Mao Tsé-toung, vol. 1 (1926-1937), Pekín, Éditions en langues étrangères, 1966, p. 33.

/6 Ibid., p. 28. Es interesante señalar que en 1932 Trotsky subrayó la necesidad de reconstruir células comunistas en las ciudades y expresó un gran escepticismo con respecto al Ejército Rojo campesino creado por Mao en Jiangxi. Véase León Trotsky, “La guerre des paysans en Chine et le prolétariat (Lettre aux bolcheviks-léninistes chinois du 22 septembre 1932)”, Écrits 1928-1940, París, Éditions Marcel Rivière, 1955, vol. 1. Sobre la importancia de la intuición maoísta de 1927, “por oposición a la tradición marxista, a todos los marxismos”, véase Roland Lew, 1949. Mao prend le pouvoir, Bruselas, Complexe, 1999, p. 112-114.

/7 Según Perry Anderson, “la revolución china surgió directamente de la revolución rusa y seguirá vinculada a ella, viendo en ella una inspiración y una lección, hasta que llegó su momento de la verdad común a finales de la década de 1980”. Véase Perry Anderson, “Two Revolutions. Rough Notes”, New Left Review, n° 61, 2010, p. 60.

/8 Gustav Landauer, La Révolution, trad. Margaret Manale y Louis Janover, Arles, Sulliver, 2006, p. 153.

/9 Véase Manuel Caballero, Latin America and the Comintern, Cambridge, Cambridge University Press, 1986.

/10 José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, Amauta, 2005 (1928), p. 35-36. Véase Robert Paris, La formación ideológica de José Carlos Mariátegui, México, Pasado y Presente, 1981, y la introducción de Michael Löwy a su antología Le Marxisme en Amérique latine.

/11 Véase Georges Haupt, La Deuxième Internationale et l’Orient, París, Cujas, 1967, p. 25-34.

/12 Daniel De Leon, “Flashlights on the Amsterdam Congress, Daily People, 27/11/1904, citado en David S. Herreshoff, The Origins of American Marxism. From the Transcendentalists to De Leon, Nueva York, Monad Press, 1973, p. 169.

/13 Véase el informe taquigráfico del discurso inaugural de Zinoviev en L’Internationale communiste et la libération de l’Orient. Le premier congrès des peuples de l’Orient, Bakou 1920, Petrogrado, Éditions de l’Internationale communiste, 1921; reedición en facsímil, París, La Brèche et Radar, 2019, p. 50. Véase también Pierre Broué, Histoire de l’Internationale communiste 1919-1943, Paris, Fayard, 1997, p.181-182; Serge Wolikow, L’Internationale communiste (1919-1943). Le Komintern ou le rêve déchu du parti mondial de la révolution, París, L’Atelier, 2010, p. 35-37; y Pierre Frank, Histoire de l’Internationale communiste 1919-1943, París, La Brèche, 1979, vol. 1, p. 104-107.

/14 Véase Stephen White, “Communism and the East. The Baku Congress, 1920”, Slavic Review, vol. 33, n° 3, 1974, p. 492-514.

/15 M.N. Roy, Memoirs, op. cit., p. 392.

/16 Alfred Rosmer, Moscou sous Lénine, París, Pierre Horay, 1953, cap. XVI.

/17 L’Internationale communiste et la libération de l’Orient, op. cit., p. 180.

/18 Ibid., p. 182.

/19 Brigitte Studer, Reisende der Weltrevolution. Eine Globalgeschichte der Kommunistischen Internationale, Fráncfort, Suhrkamp, 2020, p. 125.

/20 Citado en Stephen White, “Communism and the East”, loc. cit., p. 502.

/21 H. G. Wells, La Russie telle que je viens de la voir, París, Éditions du progrès civique, 1921, p. 89.

/22 Véase Stephen White, “Communism and the East”, loc. cit., p. 493 y p. 503.

/23 L’Internationale communiste et la libération de l’Orient, op. cit., p. 38.

/24 Ibid, p. 21-22.

/25 Citado en The Communist International 1919-1943. Documents, ed. Jane Degras, Londres, Oxford University Press, 1956, vol. 1, p.105.

/26 Según Matthieu Renault, quien banaliza el alcance del congreso de Bakú, sí que confirmó el abandono, ya operado por Lenin en 1914, de una “lógica cronotrópica, evolucionista”, a favor de una concepción “multilineal” del proceso histórico. Véase Matthieu Renault, L’Empire de la révolution. Lénine et les musulmans de Russie, París, Syllepse, 2017.

/27 Para Hitler, el bolchevismo era “una doctrina humana con tintes asiáticos o bárbaros”. Citado en  Ernst Nolte, Streitpunkte. Heutige und künftige Kontroversen um den Nationalsozialismus, Berlín, Propyläen, 1993, p. 371.

/28 El origen del mito de la “jaula de ratas” –tortura que supuestamente practicaba una Cheka china– se remonta a un panfleto de los Guardias Blancos, publicado por Serguéi P. Melgunov en 1924 y que se tradujo rápidamente a varias lenguas occidentales: La Terreur rouge en Russie, 1918-1924, trad. Wilfrid Lerat y Antoinette Roubichou-Stretz, Ginebra, Éditions des Syrtes, 2019. Durante la Controversia de historiadores alemanes de la década de 1980, fue exhumado por Ernst Nolte, Der europäische Bürgerkrieg 1917-1945. Nationalsozialismus und Bolschewismus, Fráncfort, Ullstein, 1987, p. 115, así como una larga nota a pie de página, p. 564. Véase también Hans-Ulrich Wehler, Entsorgung der deutschen Vergangenheit? Ein polemischer Essay zum Historikerstreit, Múnich, Beck, 1988, p.147-154.

/29 Citado en Ernst Nolte, Streitpunkte, op. cit., p. 356.

/30 Jakob Moneta, Le PCF et la question coloniale, París, François Maspero, 1971.

/31 Véase Ben Kiernan, The Pol Pot Regime, op. cit.

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Fuentes: Rebelión - Foto: Liberación de Saigón: evacuación cerca de la embajada de EE.UU., 30 de abril de 1975

Las guerras contra Vietnam, Irak y Afganistán fueron derrotas para Estados Unidos. Sin embargo, los medios dominantes y la industria cultural las presentaron no solo como victorias morales, sino también como victorias militares.

El experto en propaganda computacional, Samuel Woolley, en 2020 publicó en su libro The Reality Game la historia de Jascha, quien se había instalado en Ucrania en 2013, un año antes del golpe de Estado. Durante este período, “fue testigo de nuevas formas de manipular la opinión pública usando información de muy baja calidad destinada a determinados grupos en el país. Más tarde nos dimos cuenta de que Ucrania era la avanzada de la propaganda computacional en el mundo. Ahora [2020] cuando queremos tener una idea de hacia dónde va el futuro de las fake news y de los bots políticos, simplemente miramos hacia Ucrania usamos Ucrania como caso de estudio”. En Computacional Propaganda, libro en el que reunió en 2019 una decena de expertos, reiteró la idea: la manipulación de la opinión pública a través de la propaganda computacional ha sido una guerra entre Rusia y Occidente en Ucrania desde los primeros años del siglo XXI.

Aparte de la CIA, desde 1997 la OTAN se aseguró de fundar agencias en Ucrania, para que las milicias cibernéticas aprendan el arte de la guerra moderna, es decir, de la propaganda computacional, con la fundación del “Centro de Información y Documentación (NIDC)”. Según sus declaraciones de principios, se trataba de un mecanismo que apuntaba a “crear conciencia y comprensión sobre los objetivos de la OTAN en Ucrania”, formando por décadas a “periodistas independientes”.

Los diagnósticos de los expertos han sido abundantes y consistentes, pero ninguno ha alcanzado los titulares de los grandes medios occidentales. El 16 de marzo de 2022, Sean McFate, integrante del Atlantic Council, fue directo: “Rusia puede estar ganando la guerra en el campo de batalla, pero Ucrania está ganando la guerra de la información. Esa es la clave para obtener el apoyo y la simpatía de los aliados”. Un oficial del Departamento de Estado señaló que “los ucranianos han dado una clase magistral en guerra de información”. Otro alto funcionario de la OTAN, en calidad de anonimato, le reconoció al Washington Post que el gobierno de Ucrania estaba haciendo un “excelente trabajo de comunicación” y de “operación psicológica” junto con un centenar de compañías publicitarias y medios internacionales. Es probable que esta funcionaria anónima sea Natalia Popovych, presidenta de One Philosophy, poderoso grupo que gestiona la imagen de gigantes como Microsoft, McDonald’s, MasterCard y Opel, financiadas, a su vez por varios gobiernos europeos, por la embajada de Estados Unidos en Ucrania, la USAID y el Institute for Statecraft de Inglaterra.

La guerra de Washington en Vietnam, como en Irak o en Afganistán más recientemente, fue una vergonzosa derrota que los medios dominantes y la industria cultural se empeñaron en presentar como una victoria moral. Más que eso, se vendió como una victoria militar, sobre todo en las películas, al extremo que hasta estudiantes universitarios aún hoy se sorprenden cuando escuchan que su país perdió la mítica guerra de Vietnam, recordada en millones de gorras de baseball que usan los “héroes ancianos” en McDonald o en Walmart para que los dejen pasar primero en la fila de la caja y, de ser posible, se arrodillen y les repitan aquello de “gracias por su servicio”, “gracias por proteger la libertad de nuestra nación”. 

Al igual que la humillación de Bahía Cochinos en 1961, en Vietnam la derrota se basó, en alguna medida, en un defecto de la propaganda, pese al tsunami de millones de dólares inyectados por la administración de Johnson para demonizar a los disidentes más conocidos (Martin Luther King, Mohammed Ali, Noam Chomsky, Edward Said…) y a estudiantes que protestaban contra la guerra, hasta el extremo de reprimirlos a tiros en varias universidades. El resultado fue parcial pero sintomático: los padres de los estudiantes masacrados en universidades como Kent State University justificaron la violencia policial para evitar alguna forma de antipatripitsmo. 

En Cuba se debió a la observación del médico argentino Ernesto Guevara, quien en 1954 se encontraba en Guatemala cuando la CIA destruyó esa democracia manipulando los medios. Cuando la Revolución cubana triunfó en 1959, una anomalía histórica en América latina, Guevara aseguró: “Cuba no será otra Guatemala”. Las enigmáticas palabras revelaban mucho para quienes tenían algún conocimiento de la realidad, como el agente de la CIA David Atlee Phillips quien, luego de la vergonzosa derrota, afirmó: “Castro y Guevara aprendieron de la historia; nosotros no”. Una década después, ocurrió algo similar en Vietnam. La millonaria maquinaria propagandística de Washington había regado ese país no sólo con armas de destrucción masiva, como el Agente Naranja, sino también con seis mil millones de panfletos para convencer a la población de su superioridad moral. El resultado fue catastrófico: los vietnamitas usaron los panfletos como papel higiénico.

Tanto en las Guerras Bananeras, como en la Primer Guerra Fría, como en esta Segunda Guerra Fría, las estrategias de la propaganda imperial son las mismas. Una de las consecuencias directas de la guerra psicológica consiste en el objetivo maniqueo que el presidente George W. Bush resumió en su paranoia belicista: “O están con nosotros o están contra nosotros”. Como decía la CIA en los años 50, “nuestra principal arma escupe palabras, no balas”. De esta forma se secuestran los pueblos para que se identifiquen con sus gobiernos que, básicamente, son instrumentos de las multimillonarias corporaciones. Ese “nosotros” apela a lo que hace dos décadas llamamos “La enfermedad moral del patriotismo” (ver también, “Las fronteras mentales del tribalismo”). Nada diferente al lema de la dictadura brasileña: “Brasil, ame-o ou deixe-o”. Por “Brasil” querían decir “nuestra ideología, nuestra oligarquía, los dueños del país”. Bajo este lema expulsaron al pedagogo y teórico Paulo Freire, “por ignorante” y antipatriota. 

Esta estrategia de la propaganda convierte a cualquier crítico en un enemigo, tal como lo definiera la socialista convertida en halcón conservador del gobierno de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick (no hay seres más resentidos que los conversos). Según la consejera y luego embajadora ante las Naciones Unidas, “aquellos que nos definen como una fuerza imperialista, racista, colonialista, genocida y guerrera, no son auténticos demócratas, no son amigos; se definen como enemigos y deben ser tratados como enemigos”.

Por esta lógica profundamente antidemocrática, gente decente que podría hacerle algún bien real a su propio país y al mundo se convierte con extrema facilidad en ciudadanos dóciles, autocensurados y funcionales a los intereses ajenos—en nombre de sus propios intereses, claro, porque en eso consiste cualquier tipo de propaganda.

Según mi modesto entender, no existe democracia sin dos requisitos fundamentales:

1) Tanto el poder político, económico como mediático deben estar supervisados y controlados por el pueblo (en el caso de las redes sociales, a través de comités internacionales);

2) Una democracia verdadera se mide por su tolerancia a la crítica radical, porque el pueblo también puede equivocarse, aún en un estado ideal donde su opinión no ha sido manipulada por el poder de turno.

Por Jorge Majfud | 22/06/2022 .

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Stephen Wilkinson

94 años desde el nacimiento de Ernesto Che Guevara, el profesor de la Universidad de Buckingham, especialista en política, relaciones internacionales y la historia de Cuba, analiza el pensamiento del líder revolucionario, su rol durante la Revolución cubana e incluso tras su muerte para mantener las ideas socialistas en la isla.

 

Ernesto Che Guevara nació el 14 de junio de 1928 y fue asesinado el 9 de octubre de 1967. Pese a su prematura muerte, vivió un gran número de eventos significativos, incluyendo su marcha de Guatemala tras el golpe de estado, su participación en la Revolución cubana y su papel como representante del gobierno a nivel internacional en países como China, Vietnam, Argelia o la Unión Soviética.

Sus ideales para lograr una sociedad igualitaria le acompañaron prácticamente toda su vida. Comenzando por la influencia de su madre en el krausismo, sus viajes a través de América Latina le hicieron ser consciente de la explotación que sufrían los trabajadores por parte de las empresas. Entendió que se requería un cambio profundo en la sociedad.

Su participación y éxito en la Revolución cubana le granjearon una reputación que aun sigue vigente no solo en Cuba, sino entre los grupos de izquierda a nivel mundial. Fue el epítome de los movimientos de 1960, y la famosa fotografía de su rostro coronaba las calles de París durante el Mayo francés de 1968.

Che Guevara, el médico revolucionario que dejó su puesto en el Ministerio de Industrias de Cuba para ayudar en los movimientos de liberación en Congo y Bolivia, fue un claro ejemplo de solidaridad internacional. Su deseo de acabar con el imperialismo significó que estaba en contra tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética, como demostró en sus escritos.

El doctor Stephen Wilkinson de la Universidad de Buckingham analiza la vida de Che Guevara, sus ideales políticos, su participación en Cuba y el legado que ha dejado tras su muerte, incluyendo la mercantilización de su imagen.

¿Cómo fue la niñez de Ernesto Che Guevara?
Provenía de una familia con recursos económicos, y al mismo tiempo, padeció asma toda su vida. Esta enfermedad tuvo dos efectos en su vida. En primer lugar, le motivó a practicar actividades físicas para demostrar que el asma no le mermaría, incluyendo rugby y otros deportes. Eso le hizo convertirse en un joven atlético.

Por otra parte, hubo muchos momentos durante su niñez en los que se veía obligado a descansar en casa debido al asma, por lo que leyó muchísimo. Eso le hizo culturizarse, y creciendo en una época muy convulsa, durante los años treinta y la Segunda Guerra Mundial, siguió la realidad política de manera exhaustiva.

¿Qué rol tuvieron sus padres en su desarrollo?
Teniendo en cuenta que Che Guevara pasaba mucho tiempo en casa, su madre tuvo una gran influencia en su vida. Ella era seguidora del krausismo, filosofía que tuvo una gran influencia durante la Segunda República española. Esta corriente de pensamiento se extendió por Latinoamérica, y particularmente en Argentina había mucha gente que se consideraba krausista.

El krausismo representa una filosofía de carácter humanista en la que las personas tratan de llevar a cabo una vida digna y de establecer una sociedad con fundamentos morales. No es exactamente una filosofía socialista, pero también se basa en tener una responsabilidad hacia los demás.

A través de estas ideas, Che Guevara desarrolló una conciencia social que le llevó a decidir estudiar medicina. Es por eso que siempre mostró un compromiso social y una moral muy arraigada.

Curiosamente, existía una conexión entre el krausismo y Cuba a través de José Martí, líder del movimiento de independencia a finales del siglo XIX y considerado como el padre fundador de la nación cubana, ya que este era krausista.

En 1951, Che Guevara y a su amigo Alberto Granado viajaron en motocicleta a través de América Latina. ¿De qué manera le influyó esa experiencia?
Supuso una enseñanza vital, porque fue testigo de la explotación y el sufrimiento que padecía la gente en diferentes regiones. Escribió sobre todo aquello, y sus anotaciones están recogidas en Diarios de Motocicleta.

También trabajó como médico voluntario en una colonia en la que había gente que padecía lepra, e interactuó con mineros del cobre en Chile que vivían en condiciones terribles. Todas aquellas experiencias le sirvieron para politizarse, y su pensamiento se hizo más radical y socialista.

Los trabajadores chilenos estaban empleados por una empresa propiedad de Estados Unidos, y Che Guevara entendió que únicamente curando a los enfermos no se podía solucionar el problema. Era necesario llevar a cabo un cambio estructural y profundo para mejorar las condiciones de vida de las personas.

Combinó su destreza en el ámbito de la medicina con sus ideas socialistas.
En aquellos años, existía una tradición muy arraigada de medicina social en América Latina. Había un joven médico llamado Salvador Allende, que realizó un estudio acerca de las condiciones de vida de la gente en Chile.

A través de ese análisis, el futuro presidente del país elaboró una idea socialista sobre la medicina. Basada en las investigaciones sociológicas de Marx y Engels, esta teoría explica que gran parte de las penurias que sufrían las personas tenían relación con el tipo de trabajo realizado, las extensas jornadas laborales o las pésimas condiciones en las que vivían: sin acceso a sanidad, recibiendo una mala alimentación y viviendo en hogares insalubres.

En otras palabras, Allende explicaba que la salud se veía afectada de manera negativa por el sistema capitalista, y Che Guevara llegó a una conclusión muy similar.

Años más tarde, durante la Revolución Cubana, Che Guevara fue esencial para plasmar esta idea de una medicina socialista. Mientras estaban en las montañas, Fidel Castro se dio cuenta de que muchos campesinos se les acercaban al conocer que había un médico en la expedición que estaba ayudando a los enfermos. Ahí quedó evidente lo importante que era la sanidad para la población, y una vez que los revolucionarios llegaron al poder, implementaron un programa de salud pública y gratuita que fue fundamental en Cuba tras la dictadura de Batista.

¿Cómo llegó a conocer a Fidel Castro?
Entre 1953 y 1954, Che Guevara estuvo en Guatemala, dónde había un gobierno social demócrata de izquierdas liderado por Jacobo Árbenz. Este gobernante implementó un programa político de carácter social, incluyendo medidas como la redistribución de la tierra para los campesinos y el incremento de los salarios. Che Guevara se involucró en este movimiento, y allí conoció a Hilda Gadea Acosta, una económica peruana marxista con la que más tarde se casó. La influencia de Hilda fue muy importante, porque Che Guevara comenzó a estudiar a Marx y a Lenin de manera asidua.

También hubo otro evento significativo en su vida. En 1954, mientras estaba en Ciudad de Guatemala, la CIA organizó un golpe de estado para derrocar a Árbenz. Che Guevara fue testigo de la caída a través de la violencia de un gobierno que había sido elegido de manera democrática. Llegó a la conclusión de que, para frenar el imperialismo estadounidense, se requería el uso de fuerza militar.

Por ello, decidió viajar a Ciudad de México para encontrarse con un grupo de exiliados que había tratado de derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba. Entre ellos se encontraba Raúl Castro y otros miembros que habían participado en el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Su hermano Fidel seguía preso, pero sería liberado poco después.

Así conoció a los hermanos Castro, y tras entablar una conversación muy extendida con Fidel, establecieron una relación muy estrecha. Además, los exiliados estaban planeando el regreso a Cuba para intentar acabar con la dictadura de Batista, y necesitaban un médico en sus filas. De esta forma, Che Guevara se unió a la expedición, y sus conocimientos sobre salud y medicina resultaron esenciales.

¿Qué rol tuvo Che Guevara durante la Revolución Cubana?
Tras desembarcar en Cuba en 1956, los que sobrevivieron al ataque inicial de las fuerzas de Batista se refugiaron en las montañas. Mostrando una disciplina y un carácter ejemplares, Che Guevara se convirtió en uno de los líderes de la expedición, y terminó siendo fundamental para el éxito posterior. En 1958, tuvo lugar una batalla decisiva en Santa Clara, y habiendo sido nombrado Comandante, Che Guevara lideró a la compañía para descarrilar un tren enemigo que transportaba armamento hacia la parte Occidental de la isla.

Muchos de los soldados que iban en el tren se unieron a los revolucionarios y entregaron las armas. En ese momento, Batista se dio cuenta de que no podía mantenerse en el poder, y se vio obligado a escapar de Cuba.

Por todo ello, Che Guevara fue reconocido como una figura crucial para el éxito de la Revolución. Al frente de su columna, fue el primero en llegar a La Habana, una semana antes que el propio Fidel Castro.

El éxito de la Revolución le hizo reafirmarse en su idea socialista frente al capitalismo.
En su famoso ensayo El Socialismo y el Hombre en Cuba, Che Guevara expone la idea de que los seres humanos son oprimidos de manera sistémica para llevar a cabo un determinado estilo de vida. Su intención era acabar con estas relaciones estructurales del capitalismo que condicionan el desarrollo de las personas en la sociedad.

Para encontrar una manera de liberarse de este rol de subalternidad, argumenta que los ciudadanos han de ejercer una participación directa en la sociedad, siempre en igualdad de condiciones.

En el ensayo, Che Guevara explica que, en una sociedad establecida de manera jerárquica que obedece a una autoridad dominante, es inevitable que la gente viva en un estado de subordinación. Señala al capitalismo como ejemplo de este tipo de sistema, y creía que, para cambiar este condicionamiento estructural, se necesitarían generaciones.

Mientras tanto, analiza la idea de crear un ser humano socialista tras derrocar a la autoridad existente, momento en el que surge un nuevo período de reformulación de valores. Es ahí cuando explica que el socialismo, para ser considerado como tal, ha de representar un sistema más participativo y democrático que las democracias liberales capitalistas. Che Guevara quería que la sociedad transitase hacia este nuevo modelo, continuando el proceso de la Revolución cubana.

Por ejemplo, quería alejarse de los incentivos materiales como medio para motivar a los trabajadores. Es decir, su idea es que la gente trabajase para mejorar la vida de los demás y no para obtener dinero. En su idea de una sociedad socialista, las personas estarían dispuestas a trabajar de manera voluntaria para el bien común, llevando a cabo diferentes actividades en beneficio de la comunidad, como construir escuelas y hospitales, o cortar cañas de azúcar.

Estas ideas fueron parte de los debates que se sucedieron durante la década de 1960, y se probaron diferentes mecanismos para conseguir que Cuba se desarrollase.

Cuando fue nombrado ministro de Industrias, Che Guevara trató de implementar estas ideas. ¿Cómo fueron sus años en la esfera institucional?
Estaba empeñado en conseguir que la gente trabajase de manera altruista por el bien común. Para ello, la motivación debía ser la de obtener una mejor vida para todos, y no solo centrarse en el modelo capitalista de proseguir con una ética individualista y preocupada únicamente por la familia. Quería predicar con el ejemplo, e iba a las fábricas a trabajar con los obreros.

Toda esta ideología está representada en el apodo de Che, una manera informal de referirse a un amigo en Argentina. De hecho, escribía la palabra Che en los billetes del banco a modo de firma. Era una metáfora para representar su idea de transformar el dinero en un amigo para la gente, porque despreciaba el uso del dinero como medida de intercambio en el capitalismo. Para Che Guevara, el hecho de llevar a cabo una existencia con el objetivo de enriquecerse representaba un síntoma corrosivo del capitalismo, y quería romper esa relación tóxica con el dinero.

Es un enfoque muy marxista, y en muchos sentidos, Che Guevara poseía una aproximación más radical que la del resto de los dirigentes cubanos. Se cuenta la historia de que, durante la reunión convocada para establecer el nuevo gobierno en Cuba en enero de 1959, Fidel Castro preguntó si había algún economista entre los presentes. Che Guevara levantó la mano, y fue asignado como ministro de Industrias.

Después de la reunión, Castro se acercó a Che Guevara para decirle que no sabía que era un experto en economía, a lo que este le respondió que le había entendido mal, y pensó que había preguntado si había alguien que era comunista. Esta anécdota se cuenta a modo de broma, pero representa perfectamente la idea de que Che Guevara estaba situado más a la izquierda en el espectro político que muchos de los revolucionarios.

En plena Guerra Fría y con el mundo dividido en bloques, ¿qué rol desempeñó Che Guevara en las relaciones internacionales con los países del Tercer Mundo?
Representando a Cuba como ministro de Industrias, visitó China, Vietnam y la Unión Soviética, y no ocultó su admiración hacia los países asiáticos.

En aquel momento, China y la Unión Soviética se habían distanciado, y Che Guevara, cuyas ideas estaban más en consonancia con las de Mao Zedong, criticó a la Unión Soviética, considerando que había establecido un régimen burgués corrupto.

Hay que entender que, en aquellos años, la Unión Soviética tenía una reputación de haberse convertido en una economía muy poderosa, e incluso ganando la carrera espacial a los propios americanos. Había gente que se refería a la Unión Soviética como una sociedad más avanzada que los países capitalistas de Occidente.

No obstante, Che Guevara consideraba que la Unión Soviética había traicionado los ideales marxistas. Escribió artículos en contra del modelo soviético, porque consideraba que se trataba de una copia del sistema de producción del capitalismo, que igualmente alienaba a la clase obrera y por tanto impedía la transición al socialismo.

Teniendo en cuenta la alianza entre Cuba y la Unión Soviética, ¿qué repercusiones tuvieron las críticas de Che Guevara?
Esta relación se hizo patente tras el bloqueo impuesto por Estados Unidos en Cuba, pero fue especialmente tras el asesinato de Che Guevara cuando la alianza entre ambos países se fortaleció. Entonces, sus escritos fueron suprimidos para no enemistar al régimen soviético.

¿Por qué decidió marcharse del gobierno cubano?
Existe un debate al respecto. Por un lado, se argumenta que dejó la esfera institucional debido a la incapacidad de reflejar los cambios significativos fundamentales que quería trasladar a la sociedad. Por otro lado, se piensa que dejó el gobierno porque quería exportar la Revolución a otros países del Tercer Mundo. Creo más en esta segunda hipótesis.

Hay que entender que los años 60 fue una época en la que surgieron luchas anticoloniales en muchos países que querían acabar con el yugo imperialista. Che Guevara pensó que se abría un espacio para el movimiento insurreccional socialista que podría extenderse a nivel mundial y derrocar al capitalismo.

Estando en contra del colonialismo, se posicionó claramente con los países del Tercer Mundo, como demostró en su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1964. Por aquel entonces, alrededor de 126 países seguían bajo el dominio colonial, muchos de ellos bajo el Imperio Británico.

Dentro de ese contexto, Che Guevara creía en la posibilidad de crear movimientos de índole socialista y comunista, y así reducir la esfera de influencia de Estados Unidos.

Por ejemplo, en el conflicto de Vietnam.
Todas sus ideas anticolonialistas quedaron patentes en su Mensaje a la Tricontinental (escrito que Che Guevara envió en 1965 al quinto encuentro de la Conferencia por la Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, conocida como la Conferencia Tricontinental).

En ese texto, habla de la necesidad de crear muchos Vietnam, haciendo referencia a la defensa de los nativos del país asiático frente a la invasión de Estados Unidos. Che Guevara creía que, para destruir el imperio norteamericano, la lucha había de llevarse a cabo en diferentes países. Poesía una visión geoestratégica bien informada a través de un extenso estudio acerca de la manera de operar del capitalismo y del imperialismo.

Por ello, pienso que la idea de exportar la revolución a otros países fue el motivo que le hizo abandonar el gobierno cubano. Además, sentía que esa lucha alrededor del mundo ayudaría a mejorar la situación en Cuba, que llevaba años enfrentándose a una intromisión constante de Estados Unidos plasmada en el bloqueo.

Pero no tuvo éxito en Congo o Bolivia, donde fue asesinado.
Che Guevara creía que el ejemplo de la Revolución Cubana había demostrado que se podía derrocar un sistema autoritario a través de las acciones de un grupo de personas, siempre y cuando estas fuesen capaces de alentar a las masas. De ahí surge la idea del foquismo, una estrategia guerrillera para atraer el apoyo popular y derrocar a un gobierno.

Por eso trató de recrear esa experiencia de liberación de Cuba en otros países del Tercer Mundo, como el Congo o Bolivia. Hay quienes sostienen que Che Guevara tenía una visión equivocada sobre el desarrollo de la Revolución Cubana, sobredimensionando el rol de la guerrilla en el éxito del proceso.

Usando una estrategia similar en Congo y Bolivia, fracasó en ambas regiones, donde la coyuntura social y política eran diferentes a las de Cuba.

Tras el asesinato de Che Guevara, la fotografía que le habían hecho fue mercantilizada por el capitalismo.
Este aspecto es muy interesante. A nivel filosófico, se pueda argumentar que Che Guevara ha tenido dos vidas: la que realmente vivió, y la que se le otorgó tras su muerte.

Esta idea tiene relación con la filosofía de Jean-Paul Sartre expresada en su libro El Ser y la Nada. La historia de la famosa fotografía de Che Guevara es esencial, y quizás hoy no estaríamos hablando de él si no fuera porque, a raíz de la difusión de esta imagen, terminó convirtiéndose en un símbolo universal.

Vale la pena reflexionar sobre ello. Para empezar, la fotografía fue tomada durante el funeral de las víctimas de un incidente que se cree que fue un atentado terrorista, aunque nunca se ha demostrado. En el período previo a la invasión de Bahía de Cochinos de 1961, tuvieron lugar una serie de ataques terroristas en La Habana. Mientras varios trabajadores del muelle de la ciudad estaban descargando armamento traído desde Bélgica, hubo una explosión que provocó la muerte de estos trabajadores.

Durante el funeral, Alberto Korda hizo una instantánea de Che Guevara mientras este observaba por encima de la multitud, por eso tiene esa mirada cruzada.

Esa fotografía solo se imprimió una vez para un periódico y para ilustrar una columna de un programa de televisión. Sin embargo, una de las líderes de la revolución, Haydée Santamaría, le pidió a Korda que le hiciese una copia y la enmarcó en un pequeño retrato.

¿Cómo llegó a ser reproducida a nivel mundial?
Ahí es cuando entra en escena el italiano Giangiacomo Feltrinelli, que trabajaba en una editorial italiana, y que se había hecho famoso por traer el manuscrito de Dr. Zhivago de la Unión Soviética y publicarlo en Occidente

Feltrinelli tenía los derechos de publicación de los diarios de Régis Debray, quién había estado en Bolivia con Che Guevara. Antes de publicarlos, Feltrinelli fue a La Habana para encontrar alguna imagen que pudiera utilizar para la portada del libro.

Visitó a Haydée Santamaría en su oficina y vio la fotografía de Che Guevara en el escritorio, y le dijo que le gustaría usar esa foto para el libro. Santamaría le escribió una nota para que se la llevase a Korda y le permitiese hacer una copia.

De esta forma, Feltrinelli visitó a Korda, y este le hizo un par de copias. Ya de vuelta en Italia, usó la fotografía para ilustrar el manuscrito.

Cuando se publicó el libro, Che Guevara había sido asesinado en Bolivia, pero coincidiendo con el Mayo francés de 1968, Feltrinelli mandó hacer un póster para publicitar el libro con su foto en la portada. Durante las manifestaciones de París, los estudiantes hicieron tarjetas y pancartas con esa foto de Che Guevara.

Por ello, la fotografía quedó asociada con las revueltas estudiantiles, y así se convirtió en un símbolo de rebelión. Más tarde, se popularizó como versión pop art por gracias al trabajo de Jim Fitzpatrick, con la silueta en blanco y negro, que luego se reprodujo a nivel global.

Esta imagen de Che Guevara ha sido muy estudiada. Se habla de su representación romántica como una representación de Jesucristo, con el pelo largo, la mirada y la configuración del rostro, llevando una chaqueta que, de manera paradójica, parece antigua y moderna al mismo tiempo.

Se convirtió en una de las imágenes más reproducidas del siglo XX. Al mismo tiempo, Korda no tenía los derechos de autor, y nadie tenía que pagar por su uso y reproducción. Por ello, se mercantilizó de manera popular, porque la gente podía hacer dinero a través de la venta de la imagen pero sin pagar por su utilización.

El proceso es muy interesante, y se puede relacionar con la filosofía de Jean Baudrillard expuesta en Cultura y Simulacro, la manera en qué el capitalismo usa una imagen que se convierte en un símbolo global, adquiriendo el significante de rebelión.

¿No resulta irónico que Che Guevara, una persona que dedicó parte de su vida en acabar con el capitalismo y las transacciones monetarios, haya sido utilizado precisamente por este sistema para generar dinero?
Es cierto que existe una ironía sobre el hecho de que alguien anticapitalista como Che Guevara haya sido usado para beneficio del sistema. Aun así, creo que la fotografía representa una idea de subversión, especialmente cuando la imagen está plasmada en camisetas, porque mucha gente que la lleva puesta lo hace a modo de representación de los ideales de Che Guevara. En Cuba, la reproducción de la imagen va acompañada de lemas asociados a sus ideas, tales como ’Socialismo o muerte’, ‘Venceremos’, ‘Hasta la victoria siempre’, o ‘Tu ejemplo vive, tus ideas perduran.’ Existe una conjunción entre Che Guevara y este un proyecto vanguardista de tratar de alcanzar un futuro trabajando en comunión, sin rendirse. Es decir, su teoría de la revolución permanente queda ilustrada en el simbolismo de esta imagen.

Por todo ello, creo que la imagen sintetiza la aspiración a este proyecto de futuro. Aceptando la ironía de su mercantilización, la fotografía contiene de manera explícita un mensaje recalcitrante y subversivo.

Años más tarde, Korda consiguió los derechos de imagen a través de un proceso judicial y recuperó la propiedad de la misma. Hoy en día, su familia intenta controlar su reproducción para fines comerciales.

En Cuba nunca ha habido demasiada preocupación al respecto. El propio Fidel Castro dijo que, cuando la gente decide ponerse la camiseta con la imagen de Che Guevara, es una muestra simbólica de que le llevan en el corazón, a través de la piel.

Junto a Simon Western, en el ensayo Che, Fidel and Leadership in Cuba: a Psychoanalytical Approach, argumentáis que Fidel Castro tuvo un rol fundamental para mantener vivo el espíritu de Che Guevara.
El enfoque psicoanalítico de Western proviene de la idea del ‘liderazgo mesiánico’, en la que un personaje carismático tiende a decepcionar a las masas al no estar a la altura de las expectativas generadas.

En esos casos, se suelen dar dos tendencias: el líder es derrocado por sus propios seguidores, o se establece una tiranía en la que el líder usa la violencia para reprimir a los seguidores cuando estos se rebelan y así conservar el poder. De cualquier manera, se acaba con la legitimidad del proyecto.

En cambio, Fidel Castro evitó ambas corrientes debido a una serie de contingencias. Che Guevara representaba la aspiración constante de progresar, y tras su muerte, la gente puso sus esperanzas en sus ideales. Mientras tanto, Castro pudo escapar de esa corriente de generación de expectativas que tiende a defraudar a la gente. Esto le permitió cometer errores y no ser condenado por ello, porque la población no ponía sus ilusiones en el líder de Cuba, sino en la figura de Che Guevara.

Es un enfoque psicoanalítico para entender cómo ha funcionado el liderazgo en Cuba. Después de morir, el héroe asesinado encarna el idealismo de todo el proyecto socialista, y de esta forma, la gente no proyecta sus aspiraciones en el liderazgo de la persona que vive. Aparte de esto, en Cuba existe una norma en la que solamente se erigen estatuas de personas que han fallecido, nunca de los vivos. La iconografía de Che Guevara es fundamental para simbolizar que la Revolución sigue vigente.

Esto es algo muy interesante y excepcional de la Revolución cubana, que posee esta durabilidad impía. No solamente por su desarrollo histórico y político, sino también a través de simbolismos ideológicos, artísticos y culturales, que han logrado reforzar la idea de la Revolución, haciendo que sea más difícil de destruir.

La gente en Cuba cree en este proyecto, porque posee una estructura cohesionada y coherente. Este conjunto de diferentes contingencias ha fortalecido el vínculo para consolidar esta revolución socialista.

Todo ello a pesar de las dificultades que se acentuaron en Cuba durante la década de 1990.
Tras el colapso de la URSS, se reeditaron y difundieron los escritos de Che Guevara acerca del régimen soviético. Hay un libro de Carlos Tablada, El Pensamiento económico de Ernesto Che Guevara, en el que se recogen sus ensayos sobre la Unión Soviética, en los que muestra su crítica sobre el sistema implementado por los soviéticos, y su previsión de que ese estilo era insostenible a largo plazo. La publicación de estos escritos fue una forma de resucitar las ideas de Che Guevara para superar los problemas económicos de Cuba en los años 90. En otras palabras, después de su muerte, fue instrumental para mantener las ideas socialistas de la Revolución en Cuba.

Tras la caída de la Unión Soviética, la población cubana se sacrificó enormemente para no renunciar a los ideales de la Revolución. Y gran parte de esta inspiración provino de las ideas de Che Guevara que aún perduraban, y que fueron reproducidas por los dirigentes con el objetivo de que la gente siguiese confiando en el sistema implementado en Cuba.

14 jun 2022 09:06

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Martes, 14 Junio 2022 05:25

Las señoras de la guerra

Hillary Clinton, durante un encuentro del Partido Demócrata. Brett Weinstein

Hay mujeres que disputan el poder y el privilegio, las armas y las muertas, y el mapa de las relaciones internacionales de los últimos cincuenta años no se entendería sin Albright, Nuland o Clinton

 

La guerra no es sólo cosa de señores. Puede que la industria de las armas, los ejércitos profesionales, las milicias populares, o la diplomacia misma, sean la quintaesencia del poder patriarcal, donde siempre fuimos intrusas. Puede que el feminismo haya sido y sea, de hecho, el más valiente movimiento político organizado contra el conflicto armado y por la paz. Pero todas las guerras tienen señoras. Víctimas, heroínas, genocidas, titanas y tiranas. Y para quienes tenemos fascinación con las villanas, incluso desde la más profunda de las repulsiones, conviene nombrarlas y conocerlas, porque la guerra no se habría hecho sin ellas. Tampoco la de Ucrania.

“Que le jodan a la Unión Europea”. Esta frase de Victoria Nuland, filtrada en una llamada telefónica hecha en 2014 al embajador norteamericano en Kiev, resultó ser un preciso resumen geopolítico de la situación. Ella era en aquel tiempo portavoz del Departamento de Estado americano y responsable de la política exterior para asuntos europeos y euroasiáticos, y no podríamos empezar con mejor supervillana, pues sin Nuland es imposible comprender lo que ha pasado en Ucrania. Demócrata (del partido, se entiende), hija de judíos ucranianos en la diáspora y habilísima negociadora, su labor en Ucrania se recuerda por su decidido respaldo a las protestas de Euromaidán inmortalizado en un reparto de bocadillos a los activistas acampados en la plaza aquel invierno de 2013. Su trabajo fue clave para derrocar al entonces presidente prorruso, Yanukovich, y consolidar una narrativa democratizadora alrededor de las movilizaciones. Nuland cocinó el gobierno de Petro Poroshenko que emergería tras las protestas y dejó claro, en ese “fuck the EU”, el papel subalterno de Europa en esa crisis. Meses después estallaría la guerra en Donbass. Y hasta hoy.

Pero Ucrania no ha sido la única obra inacabada de Nuland, que cuenta en su haber con otros cuantos países que se han ido al carajo, o, como se dice ahora, Estados fallidos. Como representante permanente de EE.UU. en la OTAN bajo el gobierno de Bush hijo, Nuland lideró las intervenciones en Afganistán, y como embajadora americana en Rusia en los años decisivos de Yeltsin –del 91 al 93– disfrutó en primera fila del colapso soviético y sus consecuencias. Su marido es el neocon Robert Kagan, cuyas teorías sobre el destino manifiesto de Estados Unidos son la fantasía húmeda que une a rednecks, incels pajilleros, “wasps” de universidad privada, Mel Gibson o Aznar. “He is my Mars, he is my Venus, he is my planet Earth”, ha dicho de su pareja. Se enamoraron, confesó, “hablando de democracia y del rol de América en el mundo”. Siniestro, sí. Pero no estamos aquí para hablar de maridos. Sí convendría recordar que nuestra supervillana Nuland ha tenido mucho que ver en el posicionamiento internacional de las principales empresas productoras de armamentos de su país, como General Dynamics o Northrop Grumman, con las que no en vano comparte y celebra la quimera del empoderamiento y liderazgo femenino: de hecho, cuatro de las cinco principales industrias armamentísticas americanas tienen CEOs mujeres, lobistas clave en los pasillos de Washington. No sé si será su blanquitud inmaculada, sus medias melenas calculadamente cardadas, esos pendientes –ni demasiado ostentosos, ni demasiado discretos– o esa pose de seguir sonriendo para el anuario de la Universidad, pero hay en todas ellas un elemento común, un escalofriante privilegio que se asoma en esa sonrisa, y que hace que a una se le agote el stock de sororidad.

Ni siquiera hay que cambiar de pasillos para reconocer aquí a otra dama de todas las batallas que bien merece mención: la recientemente fallecida Madeleine Albright, también demócrata y secretaria de Estado con Bill Clinton. Albright –en realidad, Korbèlova– provenía de una familia checa de altos funcionarios que huyó dos veces de Praga, primero de los nazis, y de nuevo tras la llegada al poder de los comunistas en 1948, aunque, metafóricamente, nunca salió de allí. Por eso su tesis fue sobre la Primavera de Praga y su ejercicio diplomático se centró, siempre, en mantener a raya todo lo que estuviera al este de su casa. Su visión supremacista de Estados Unidos y su obsesión rusófoba se comprenden leyendo Prague Winter, su autobiografía, que no tiene desperdicio, como todas las memorias de los políticos boomer en las que intentan, casi siempre sin éxito, justificar sus actos. Albright estaba firmemente convencida de que “los Estados Unidos se erguían más alto que cualquier otra nación, y, por tanto, podían mirar más lejos”. Y rescato otra frase reveladora de sus libros: “Dos veces en mi vida he visto a Europa central perder su libertad y recuperarla. Esto es motivo de celebración, pero también de alarma: el trabajo de la OTAN no ha hecho más que empezar”. Como máxima responsable de la diplomacia estadounidense de 1997 a 2000, bajo su mandato se produjo el bombardeo de la OTAN de Yugoslavia (¡hola, Solana!), y también tuvo alguna frase desafortunada sobre los serbios que le valió un beef de la época con Emir Kusturica, que llegó a llamarla “vaca” (muy mal ahí, Emir). Pero no todo era diplomacia: Albright tuvo tiempo para hacer cameos en series como Gilmore Girls y en Parks and Recreation, porque cuando se es tan mala, hacer de una misma debe ser divertidísimo. Que se lo digan al casting español de Master Chef.

Se la recuerda también por tener algún que otro patinazo de sinceridad, como cuando, entrevistada en 1996 por la periodista Lesley Stahl en el programa “60 minutos” de la cadena CBS, se le preguntó por el medio millón de niños muertos en Irak. “Esta es una elección muy difícil, pero creemos que el precio vale la pena. Pragmatismo, sin duda, no le faltaba. Una de las frases de Albright que ha pasado a la posteridad es que “hay un lugar en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres”. Convertida hoy en cita comodín para usar en cualquier reunión de CEOs y directivas de alto copete, Albright la utilizó en realidad para mostrar su apoyo a Hillary Clinton en las primarias demócratas contra Bernie Sanders. El objetivo, entonces, era interpelar al electorado joven y feminista que apoyaba a Sanders, con la sutil amenaza de arder en el infierno por poco sororas e insolidarias si lo hacían. Podría deseársele que descanse en paz, pero el chiste se hace solo. Como ella ha llegado primero –al infierno, digo– nos quedaremos sin comprobarlo.

¿Alguien ha dicho Clinton? Demasiados años perdidos fijándonos en el flojo de Bill cuando “the one and only” siempre fue ella, Hillary. La eterna esperanza demócrata comenzó militando como republicana, aunque visto lo visto, no parece mediar demasiada diferencia. Clinton fue pionera en el “mujerismo”, es decir, en la defensa de los derechos de las mujeres blancas, decentes y heterosexuales en nombre de la democracia y los Derechos Humanos. Hay que reconocerle, de hecho, una gran habilidad para manejar las agendas de la igualdad de género y de la diversidad, desde su aparición en aquella histórica cumbre de ONU Mujeres en Pekín 1995 a sus fotos con las Pussy Riot. Aplaudida en Belfast, adorada en Kosovo, tiene sin embargo en su cuenta, como recuerda Olga Rodríguez en este esclarecedor artículo, unas cuantas guerras, y de hecho, como secretaria de Estado, Clinton cerró la mayor exportación de armas de la historia de EE.UU., al menos hasta hoy, con la guerra ruso-ucraniana batiendo todos los récords. Junto a otras prime ladies, Cherie Blair y Laura Bush, Hilllary Clinton lideró un profuso trabajo diplomático tras el 11-S para justificar la invasión a Afganistán como una cuestión de derechos de las mujeres, a las que había que liberar del velo y del yugo del régimen talibán, otrora sus aliados “freedom fighters”. Debe de haber un lugar en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres, ¿no?

En una carta dirigida a su pastor juvenil, se describió a sí misma como “conservadora de mente y liberal de corazón”. Eran los años sesenta, y ella no quería fumar porros en Woodstock ni parar Vietnam, sino cambiar el sistema desde dentro. No sé, permítanme, de nuevo, la sospecha, porque si una piensa así siendo adolescente en la década más salvaje del siglo XX, no sé qué puede esperarse de ella a estas alturas del XXI. Aunque, bueno, aquí hay quien se afilia a las Juventudes Socialistas y a las Nuevas Generaciones.

Sería injusto hablar solo de norteamericanas cuando la guerra se libra en Ucrania y la invasión la llevó a cabo Rusia. Las mujeres del poder y la guerra del este de Europa, poco amigas del feminismo occidental, han construido su propio relato de liderazgo y dominación en femenino, y es fascinante. Piensen, por ejemplo, en Yulía Tymoshenko, princesa del gas y la corrupción y superviviente de todas las quemas de la Rada ucraniana; o en Elvira Nabiúllina, la banquera más importante de Rusia y cerebro detrás del baile de rublos. O en Ksenia Sobchak, la presentadora de TV que disputó las elecciones generales a Putin, hoy exiliada en Turquía; o Valentina Matviyenko, eterna presidenta de la Cámara Alta rusa, que acaba de poner firmes a Suecia y Finlandia a causa de su futura anexión a la OTAN. La esposa de Zelensky, Olena Zelenska, comienza también, por méritos propios, a ser una señora de la guerra, muy elegante, además, porque a ver quién gestiona vivir bajo el asedio y ser a la vez portada de Vogue. En el plano militar hay mujeres combatientes que merecen, sin duda, que se cuente su historia, porque reflejan el absurdo de la guerra y sus lógicas: Nadezhda Sávchenko, veterana piloto ucraniana, fue prisionera de guerra rusa, heroína nacional a su vuelta en Kiev en 2018 y, meses después, detenida por querer, presuntamente, atentar contra su propio gobierno. Un drama con paralelismos con el de Svetlana Druyk, la comandante de las milicias de Donbass que pasó de protagonizar cine bélico a pedir asilo político en Ucrania, con un amante-espía incluido. Pero eso merece, sin duda, otro artículo.

En la guerra, donde a las mujeres se nos condena a existir en el pack “mujeresyniños”, hemos aprendido que hay otras muchas formas de estar y ser, de huir y de sobrevivir, o de oponerse a las guerras, pero también, de vivir de ellas. Hay mujeres que disputan el poder y el privilegio, las armas y las muertas, y el mapa de las relaciones internacionales de los últimos cincuenta años no se entendería sin Albright, Nuland o Clinton, como tampoco, sin ellas, podría entenderse la feminización de la política y lo que podemos esperar de ella. Y si cupiese alguna duda, “follow the money”. Aunque en la RAE no haya un sustantivo femenino para las hembras de los halcones.

Y hablando de antagonistas, no olvidemos que aquí, en las trincheras domésticas, las del Manzanares o las de Guadalquivir, también tenemos villanas de andar por casa, que son señoras de sus guerras. Y de las nuestras.

Por Irene Zugasti 13/06/2022

Publicado enInternacional
Sábado, 11 Junio 2022 05:43

Hilma af KIint, la abstracta

Hilma af KIint, la abstracta

Como si fuera una nueva categoría trasversal a diferentes ámbitos y disciplinas, las que fueron invisibles salen del anonimato con la fuerza que les da su propia reserva, su propio desinterés en los subproductos de la literatura, la fotografía, las artes plásticas, el pensamiento --los laureles, la fama, los premios, la cotización, el dinero, el prestigio, todo eso--. Hilma af Klint es una de ellas, y su obra monumental y enigmática hoy es motivo de celebración en los Guggenheim del mundo, personajes de comic la vuelven popular y se apuran los ensayos sobre la que ya muchos llaman la verdadera madre del arte abstracto.

Recién en los '80 del siglo pasado se abrieron enormes cajas que permanecían desde hacía cuarenta años cerradas en el Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo. Contenían 1200 pinturas, cientos de escritos y 15.000 anotaciones en cuadernos de apuntes. El nombre de su autora no decía nada de nada. Era lo que ella había planeado: que los 20 años transcurridos después de su muerte --que se estiraron a 40--, dejaran a su obra hablar por sí misma, y lo que dijo la obra a la historia del arte ya narrada, es que los iniciadores del arte abstracto, reconocidos hasta entonces en Mondrian, Malevich y Kandinsky, habían tenido una precursora ignorada mucho antes de que ellos tres rompieran lanzas con lo figurativo.

Y como si eso fuera poco, Hilma af Klimt había dejado constancia, en su otra obra paralela y pública como paisajista experta y botánica aficionada, de que había sido técnicamente capaz de capturar con belleza y precisión el mundo real, pero que en su vida secreta había optado por ser una pintora médium que transportaba al lienzo lo que le dictaban los espítitus.

Hilma nació en l862, en Slona, un pueblo cercano a Estocolmo. Cuarta hija de una familia proclive a las bibliotecas y el saber científico. Padre matemático. Veranos campestres. A los dieciocho años, vio morir a su hermana menor, de diez, por gripe. Ese impacto la acompañó toda su vida.

En l882, obtuvo su título en la Real Academia Sueca de Técnicas y Bellas Artes de Estocolmo: fue una de las primeras mujeres europeas en formarse académicamente en Bellas Artes. Su técnica en paisajismo era impecable. Sus retratos le dieron cierta repercusión. Pero mientras hacía esa vida artística que la puso en contacto con la bohemia nórdica de su época, Hilma tenía una vida paralela y secreta que transcurría entre ciencias ocultas y espiritismo.

Eran años de grandes descubrimientos científicos. La radiación electromagnética o los rayos X dieron impulso en el mundo espiritista a la confirmación de la existencia de un mundo paralelo al material. Hilma buscaba rastros de su hermanita muerta en sesiones de contacto con los espíritus. Los grupos ocultistas proliferaban y Hilma creó el suyo: Las Cinco. Eran ella y cuatro amigas que se juntaban durante años los viernes para practicar como médiums la escritura y la pintura automáticas. El resultado de esos años de producción fue la serie Las Pinturas del Templo, que era la más grande de las que cuarenta años después de su muerte estaban embaladas y olvidadas en el Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo.

Cuando en los años '80 se abrieron esas enormes cajas, lo que apareció fue una colección descomunal de pinturas de más de 3 metros de altura por más de dos de ancho, en las que las geometrías protagonizaban interpretaciones abstractas de la vida, la infancia, la vejez, el microcosmos, lo femenino y lo masculino. Círculos, óvalos, triángulos, líneas y espirales que le habían sido dictadas a Hilma durante sus sesiones de Las Cinco y que había pintado sin repasar luego y sin planificar antes. Los colores eran pasteles, diferentes a los elegidos por los pintores abstractos que aparecieron más tarde.

En su momento, ya residente en Suiza y miembro de la Sociedad Teosófica a la que la había llevado su amigo Rudolf Steiner, Hilma le había encargado a un joven pariente que guardara toda su obra abstracta en una casa familiar de su pueblo natal y le hizo firmar unos papeles por los que se comprometía a no hacerla pública hasta veinte años después de su muerte porque “nadie la entendería”. Con el paso del tiempo llegaron nuevos dueños a esa granja, y se encontraron con esos embalajes que les molestaban. Como vieron que se trataba de pinturas antiguas, las llevaron al Museo, que tardó otros años en ocuparse de averiguar qué contenían.

Con más de ochenta años, un día de 1944 salió a la calle y fue atropellada. Ese mismo año murieron, mucho más jóvenes que ella, Kandisky, Mondian y Munch.

11 de junio de 2022

Publicado enCultura
Viernes, 10 Junio 2022 05:44

¿El fin de la antropología?

¿El fin de la antropología?

A principios de siglo XX, los antropólogos se enfrascaron en una discusión sobre el lugar que ocupaba su disciplina en la nueva geografía de las ciencias humanas. Una corriente la veía como una rama de la sociología. Otra la entendía de manera más general como una extensión de las ciencias sociales que no debía prescindir de los préstamos de la sicología, la filosofía y la historia. Definición que más tarde sería sustituida por el extinto concepto de "ciencias del hombre". La tercera, surgida en gran parte en torno a las obras de Franz Boas, Malinowski y muchos otros, encontraría en ella una disciplina autónoma dedicada a explorar la diversidad de las "culturas del ser humano". Esta última, definiría en gran medida su derrotero a lo largo del siglo XX.

Sin embargo, vista desde la perspectiva de dos siglos de producción de saberes, categorías e ideologías sobre ese conspicuo concepto llamado "hombre", ninguna de estas correspondencias parece desentrañar lo que mueve realmente a esa compleja y cada día más diversa disciplina. Temo, en principio, que por mucho que se avenga como una de las aproximaciones más fenomenológicas para conocer el mundo que habitamos y nos rodea (cómo poner en duda el escrupuloso trabajo de antropólogos que pasan su vida entera en "prácticas de campo" para adentrarse en el mundo de los otros), la antropología es, en última instancia, una rama de la metafísica moderna. Acaso su rama más heurística y, por ello, su variante más oculta. Y es este principio el que parece darle su auténtico brío y aliento.

Es un equívoco ver en los cronistas españoles del siglo XVI un antecedente del antropólogo moderno. Su misión no residía en la producción del conocimiento en sí. Su tarea era, primero, de orden militar y político; y después, de índole teológica. Y, sin embargo, ejercían dos operaciones que serían distintivas de las prácticas antropológicas a partir del siglo XIX. La primera consistía en recaudar información para facilitar los mecanismos de la conquista. (Por cierto, la antropología siempre ha sido una rama de los saberes que requieren las intervenciones y las conquistas militares. La reciente invasión estadunidense en Afganistán fue precedida por una legión de antropólogos dedicados a "estudiar" las costumbres de esos pueblos, es decir, acopiar información disponible para la intervención militar.)

Una segunda labor de los cronistas es­pañoles radicó en comprobar si los pobladores de Anáhuac tenían alma o no. Es aquí donde entra la parte metafísica. Esa demostración refería tan sólo una de las metáforas que sancionaban la posibilidad de ejercer técnicas efectivas de gobierno y dominación. A la filantropía de Bartolomé de las Casas se debe que los pueblos originarios hayan quedado incluidos en los rubros de "personas" y "humanos", mientras los afroamericanos fueron reducidos a la calidad de "bestias" e "inhumanos". La denominación de "bestia" equivalía a seres esclavizables. No casualmente, De las Casas no es de la simpatía del mundo afroamericano en el Caribe y Estados Unidos.

Y esta es la segunda operación que desde entonces ha distinguido a la antropología: subdividir una y otra vez a la especie en humanos, subhumanos, infrahumanos y, finalmente, inhumanos. Siempre en aras de legitimar prácticas coloniales. Ya sea las que requieren las potencias expansivas o las que se multiplican en el colonialismo interno, ejercido por los estados nacionales a lo largo de su formación desde el siglo XIX. Nociones como las de "la sociedad primitiva", "las comunidades autóctonas", los "hombres antiguos", los "procesos de aculturación", piezas claves en los lenguajes de exclusión y discriminación, han sido parte de las arduas labores de la antropología. No debe, por supuesto, pasarse por el alto, el esfuerzo de cientos de antropólogos de forjar una percepción crítica que ponga en entredicho las premisas de esa antropología dominante. Precisamente, para dar un ejemplo, el término de colonialismo interno proviene de esta crítica.

Ya lo explicó Foucault con detalle en Las palabras y las cosas. Partir del "hombre" como sujeto del conocimiento conduce al nudo de las metacronías universales. Por esto decretó con razón la "muerte del hombre". Es decir, el advenimiento de un mundo que no aceptaría más ese callejón sin salida. El problema consistiría en construir el principio de los saberes multiversales.

En último lugar, la separación entre la antropología y la lógica general del bios, distintiva de toda la racionalidad moderna, y basada en la máxima del antropocentrismo. Léase: el ser humano convertido en el depositario del derecho a la vida y la muerte de todas las demás especies naturales. Sobre esta máxima se han fundado principios hoy inadmisibles: la bestialización del otro para someterlo o explotarlo; la idea, muy cartesiana, de que el cuerpo es un sistema enlazable con otros sistemas; la legitimación de las lógicas de reproducción social que han desembocado en el actual colapso ecológico. Si la antigua antropología fuera sustituida por la ecología social y la zoología política, tal vez se daría un paso, así sea semántico y cultural, para allanar una percepción de la realidad que deje de dividir al mundo entre el ser humano y el resto.

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Estatua de Simón de Bolívar

Todo proceso de transformación social es siempre un proceso nominado y territorializado. Es decir, tiene un sujeto colectivo que lo protagoniza y un territorio donde sucede. Sin sujeto histórico territorializado no hay proceso de cambio. La aparición de estos sujetos transformadores se da fruto de la confluencia de causas objetivas y subjetivas. Los procesos no son fabricados en laboratorios. En la mayoría de casos, surgen fruto de reventones sociales inesperados en el marco de los cuales la colectividad toma conciencia de la excepcionalidad del momento y se pone al servicio del mismo conformándose en un nuevo sujeto político. Sin embargo, un acontecimiento no es algo que surja del vacío. Dicho proceso no existe si no hay, previamente, un deseo, una voluntad colectiva y un imaginario social de vivir de otro modo y, por tanto, si no ha habido un proceso previo de construcción de identidades unificadores de los sectores populares capaz de convertirlos en un sujeto federado por discursos políticos que problematizan el orden. Los sujetos históricos, en consecuencia, "surgen" pero también se construyen.

En este sentido, uno de los debates tradicionales de la izquierda ha sido el de cómo construir tales sujetos y qué papel juega la cuestión nacional en esta tarea.

A menudo, cierta izquierda española se ha referido a cómo lo nacional ha servido a las experiencias revolucionarias latinoamericanas (Fidel, Ortega, Allende, Chávez, etc.) para crear procesos identitarios colectivizadores de igualdad-identidad universales, capaces de unificar a todos los sectores populares en un "nosotros" nacional (¡patria o muerte!) en alteridad con un "ellos" extranjero (el imperialismo). A la vez que, seguidamente, intenta justificar y defender, por analogía, una estrategia de utilización, también en España, de lo nacional-patriótico español para la construcción de un sujeto colectivo, teniendo la izquierda el deber de disputar los símbolos nacionales del régimen del 78 a la derecha y resignificarlos a su servicio.

Ésta no sólo es una analogía tramposa: el Estado español no es América Latina; sino también desfasada: la relación de la nueva ola de procesos emancipadores latinoamericanos con lo nacional se ha invertido con respecto a los procesos de la segunda mitad del s. XX. Hoy, la subjetividad política de las nuevas fuerzas sociales ya no se construye "desde" lo nacional sino "contra" lo nacional. Vayamos por partes:1

  1. Una analogía tramposa: el régimen del 78 no es América Latina.

Respecto a la primera cuestión. Los símbolos nacionales son una forma de unificación social a partir del culto al momento fundacional de la nación y los valores asociados a él. Sin embargo, como ya he dicho en algunos de mis textos, el tipo de historia de la que surgen y los valores que llevan asociados los momentos fundacionales de los países latinoamericanos y del Régimen del 78 son totalmente distintos y ello hace que los símbolos generados por los primeros sean disputables y los segundos no.

Los países latinoamericanos surgen de momentos fundacionales abiertos o populares derivados de una historia social que lleva asociados valores de autodeterminación social. La bandera y el día de la patria en México son la objetivación de un momento fundacional asociado a valores abiertos de resistencia y libertad, el Grito de Dolores, por el que el pueblo se alza en armas, en 1810, contra el gobierno colonial español y logra su independencia. Ello hace que sus símbolos derivados sean disputables en beneficio de los objetivos de la izquierda, ya que, a pesar de ser usados también por la derecha, los valores de autodeterminación social que reproducen pueden ser también una herramienta discursivamente poderosa para mostrar que es el Poder y no los dominados quienes los están vulnerando. Por el contrario, el Régimen del 78 surge de un momento fundacional cerrado y oligárquico derivado de una historia de Estado que lleva asociados valores de sobredeterminación. La imagen del acto del 22 de noviembre de 1975 en el que Juan Carlos I presta juramento, por Dios y sobre los santos evangelios, es una visualización de estos otros momentos asociados a valores cerrados conservadores. Ello hace que sus símbolos derivados constituyan formas de unificación alrededor de valores sobredeterminados y cerrados de adhesión al régimen del 78 (Monarquía, unidad nacional, etc.), nunca de autodeterminación ni rebeldía. Su utilización reafirma la lógica de unificación social en torno a valores pro-régimen y reasegura el rechazo social a todo discurso que problematice con el statu quo (República, independentismo, etc.). Por eso los símbolos españoles oficiales actualmente no son disputables por la izquierda por mucho que algunos lo pretendan. No todos los símbolos nacionales son disputables. A nadie se le ocurriría decir que durante el III Reich alemán lo que hubiera tenido que hacer la izquierda hubiera sido disputarle a la extrema derecha la bandera oficial del Estado con la esvástica.

  1. Una analogía desfasada: la izquierda contra la Nación.

Por otro lado, el ciclo de luchas boliviano durante la década del 2000 marca un antes y un después en los grandes procesos identitarios colectivizadores de las clases populares en América Latina. El principal sujeto revolucionario del s. XX en el país, protagonista de la Revolución de 1952 bajo la dirección del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), había sido el movimiento obrero, cuya punta de lanza era la facción minera de la Central Obrera Boliviana (COB). No obstante, durante los años 80 y 90, el neoliberalismo implicó una desarticulación de este viejo sujeto y la aparición, en paralelo, de nuevas luchas y movimientos sociales contra el neoliberalismo que permiten la rearticulación de un nuevo bloque social histórico en cuyo interior adquiere un papel central el movimiento indígena originario campesino. Este cambio en la naturaleza sociológica del sujeto histórico implica que los discursos políticos colectivos unificadores de las clases populares ya no se hagan desde la Nación sino contra la Nación.

El momento fundacional del Estado-nación ya no es percibido como liberación sino como continuidad de la dominación por otra élite. La creación de los Estados-Nación latinoamericanos, a finales del s. XIX inicios del XX, implicó la extensión del latifundio, de manera que las comunidades y tierras comunales fueron transformadas en haciendas y, por tanto: a) en la imposición de una nueva relación de dominación entre comunarios y hacendados; y, b) en la vinculación de la propiedad de la tierra al ejercicio de la representación política, de la que quedan excluidos los protagonistas del nuevo bloque social (indígenas, afros, campesinos, etc.). Existe, en la región, una estrecha relación entre el surgimiento del Estado-nación, la formación de los dominios territoriales, la constitución de una nueva estructura de clases y el nacimiento de un Estado excluyente. La Nación, en los países latinoamericanos, es la objetivación en el ámbito simbólico-cultural de la estructura de clases y de poder liberal y racista creada y heredada del proyecto patriótico o nacionalista de las élites criollas implementado en los procesos de independencia. Es por esta razón, que el movimiento indígena campesino, actor central en el nuevo bloque social surgido en la región, articula su subjetividad política no desde la Nación sino contra la Nación, a la que contrapone las ideas de plurinacionalidad, nuevas territorialidades y autodeterminación.

La hegemonía de este nuevo discurso contra la Nación en la articulación de la nueva ola de movimientos sociales latinoamericanos la hemos visto, recientemente, en el estallido social y proceso constituyente de Chile. Algunos de los símbolos a través de los cuales los movimientos sociales en este país, independientemente de su ámbito de acción, construyen su subjetividad son los emblemas y banderas mapuches wünelfe, whipala o wenofuye. Los movimientos sociales chilenos se han permeado transversalmente de contenido simbólico indígena. Era usual, en 2019, ver como los cascos, escudos y vestimentas de los jóvenes no indígenas de "La Primera Línea" que protagonizaron duros enfrentamientos con los Carabineros en el estallido portaban símbolos mapuches. Para estos, los emblemas mapuches constituyen un símbolo de solidaridad con la lucha del pueblo Mapuche pero, simultáneamente, un símbolo a través del cual expresan su proyecto político de cuestionamiento al neoliberalismo, a la corrupción, al extractivismo, a la represión y a la violencia policial. Se trata de un sujeto que articula su subjetividad y proyecto político desde símbolos y discursos que enfrentan y cuestionan a la Nación. La imagen del plenario de la Convención Constitucional habla por sí sola: los constituyentes de la derecha colocaban en sus curules banderas de Chile, frente a las que los constituyentes de la izquierda colocaban banderas mapuches.

En resumen, el uso del ejemplo latinoamericano para justificar la construcción de procesos identitarios federativos de izquierdas alrededor de los símbolos del régimen del 78 en España carece tanto de fundamento, como de actualidad. Lo nacional español y sus símbolos no son un recipiente vacío y neutral instrumentalizable para cualquier fin previamente delimitado, sino que son la objetivación en el ámbito cultural-simbólico de la correlación de fuerzas sociales y del régimen político y económico heredado del franquismo. En este sentido, la construcción de un sujeto político rupturista unitario solo puede construirse, al igual que hace la nueva ola de movimientos emancipadores latinoamericanos, contra lo nacional. Esto es, desde la creación de contra-símbolos propios y compartidos por las múltiples izquierdas del Estado que permitan expresar su diversidad de demandas: justicia social, vivienda digna, Repúblicas, plurinacionalidad, derechos sociales, autodeterminación de los pueblos, etc.

Por Albert Noguera, profesor de derecho constitucional

Este articulo se encuadra dentro del monográfico sobre la cuestión nacional en distintas regiones del mundo publicado conjuntamente por el Institut Sobiranies y el diario Público.

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El presidente de EEUU, Joe Biden, desciende del Air Force One a su llegada a la Base Aérea de Osan, en Pyeongtaek, en su visita a Corea del Sur. REUTERS/ Lee Jin-man/Pool

Estados Unidos ha convocado para esta semana en Los Angeles la IX Cumbre de las Américas invitando a los mandatarios de 'casi' todos los países americanos, más de treinta. 'Casi' todos pero no todos, porque siguiendo la tradición que inauguró Bill Clinton en 1994 con la primera de esas reuniones esta vez también hay gobernantes excluidos.

En la I Cumbre fue excluida Cuba, ahora, además de la eterna isla rebelde también se ha decidido excluir a los presidentes de Venezuela y de Nicaragua, porque, al igual que entonces, se invita solo a 'gobiernos democráticos´.

Tal como entonces Estados Unidos contó ahora para programar el evento con la complicidad de la OEA (Organización de Estados Americanos), su principal instrumento político en la región, y con  multinacionales, fundaciones y organizaciones civiles con intereses en la zona que participarán en foros previos a la reunión de los mandatarios del jueves 9 y viernes 10.

En 1994, cuando tuvo lugar la I Cumbre, hacía pocos años que se había acabado la Guerra Fría, el mundo se había convertido en unipolar; Estados Unidos sacaba pecho, había vencido a la única otra superpotencia mundial económica, política y militar, la Unión Soviética.

El capitalismo había derrotado al socialismo y EEUU ya podía diseñar un Nuevo Orden Mundial a su antojo.

Para seguir dominando como siempre a América Latina y el Caribe, su 'patio trasero', ya no necesitaba ni le resultaban útiles las dictaduras militares que venía ayudando a implantar y mantener en el poder a sangre y fuego desde el siglo XIX en buena parte de los países de esa amplísima región del mundo.

Bastaba ya con apoyar a gobiernos con fachada democrática -aunque tuvieran graves déficit democráticos- siempre que tuvieran un claro perfil neoliberal, dispuestos a privatizaciones generalizadas de empresas públicas, a políticas de ajustes drásticos, a abrir de par en par las puertas de sus respectivos países a las multinacionales estadounidenses, y a secundar la política exterior y de seguridad de Estados Unidos.

Bill Clinton inició en 1994 la política excluyente

Y fue así que entre los democratiquísimos mandatarios latinoamericanos invitados por Bill Clinton a la cumbre de Miami de 1994 estaban el argentino Carlos Saúl Menem; el peruano Alberto Fujimori; el mexicano Ernesto Zedillo (los tres luego enjuiciados por corrupción y autoritarismo); el guatemalteco Ramiro de León Carpio, quien años después se convertiría en estrecho colaborador del ex dictador genocida de poblaciones indígenas Ríos Montt; el colombiano Ernesto Samper, acusado judicialmente en el Proceso 8000 de haber financiado su campaña electoral con dinero del narcotráfico; el ecuatoriano Sixto Durán-Ballén, cuyo gobierno se vió envuelto en graves casos de corrupción, al igual que el uruguayo Luis Lacalle. Y la lista sigue.

Muchos de los mandatarios invitados a las posteriores cumbres tenían perfiles tan democráticos y ejemplares como los mencionados, pero Cuba seguía siendo la mala de la película. La OEA había expulsado a Cuba de su seno en 1962 y parecía coherente que EEUU la siguiera excluyendo de cualquier proyecto interamericano.

EEUU preveía que una vez atomizada la URSS en 1991 y desmoronados los gobiernos bajo su órbita de la Europa del este, el régimen cubano seguiría el mismo camino. Han pasado varias décadas desde entonces y han pasado presidentes demócratas y republicanos por la Casa Blanca... pero Cuba sigue ahí, manteniendo su soberanía y su dignidad.

Las políticas neoliberales de los '90 acentuaron drásticamente la desigualdad en América Latina hasta convertirla en la zona de mayor desigualdad social de todo el mundo.

En aquella primera cumbre de 1994 Bill Clinton lanzó su ambicioso proyecto neoliberal para la región, el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), pero no contaba con que pocos años después, a partir de 1998, se iniciara una ola de gobiernos progresistas en América Latina que rechazó ese proyecto y lo sepultó definitivamente en la IV Cumbre de las Américas de Mar del Plata (Argentina) en 2005.

"¡ALCA, ALCA, al carajo!", fue el estribillo con el que Hugo Chávez celebró aquel entierro.

Años después, afectados principalmente por la crisis financiera de 2008 y por la fuerte contraofensiva neoliberal, pero también por indiscutibles y graves errores propios, América Latina volvió a experimentar un brusco giro ideológico.

Biden, inmune ante los nuevos aires progresistas en la región

A través de golpes 'blandos' y también a través de las urnas, fueron cayendo uno a uno varios de los gobiernos progresistas que habían impulsado importantes pero no suficientes reformas sociales. Algunos de los pocos que lograron mantenerse en pie sufrieron desviaciones y retrocesos.

Sin embargo Joe Biden pareciera no tener en cuenta que la región experimenta en el último periodo un nuevo cambio. Otra oleada de nuevos gobiernos progresistas -aunque de muy variadas características- vuelven a cambiar el escenario político en la región, en Chile, en Bolivia, en Perú,  Honduras,  México, con la posibilidad real de ampliarse a Brasil, a Colombia, si el golpismo blando y el populismo ultraderechista no termina alterando esos procesos.

Biden pareciera ir a tiro fijo, siguiendo la tradición imperial de siempre de Estados Unidos. Ha convocado esta cumbre, en complicidad con el reaccionario secretario general de la OEA, Luis Almagro, excluyendo de la invitación a la IX Cumbre de las Américas a Cuba, Venezuela y  Nicaragua.

El emperador de turno vuelve a decidir unilateralmente quién es demócrata y quién no lo es.

Paradójicamente, ningún mandatario fue excluido en la VIII Cumbre que se celebró durante el Gobierno de Donald Trump. Fue este quien decidió no asistir.

Jair Bolsonaro sí ha sido invitado por Biden. Al parecer sí lo considera un demócrata, como lo era para Trump, y poco importa que siguiendo el ejemplo de Trump Bolsonaro ya haya anunciado que no reconocerá el triunfo de Lula da Silva si este gana las próximas elecciones presidenciales, como todo permitiría prever.

El presidente saliente colombiano, Iván Duque, hijo político de Álvaro Uribe, es otro demócrata ejemplar para EEUU. Poco importa que haya boicoteado abiertamente los Acuerdos de Paz firmados en 2016 para acabar con una guerra de décadas, ni que sus fuerzas militares y las poderosas fuerzas paramilitares de ultraderecha aliadas hayan matado a cientos de guerrilleros desmovilizados y a centenares de activistas sociales molestos para los intereses de los terratenientes y las multinacionales.

Colombia siempre ha sido considerada como una gran plataforma regional para los planes de seguridad de Estados Unidos, al punto que es el único país al que se le ha aceptado como miembro observador en la OTAN.

Pero en esta ocasión EEUU se ha encontrado con un rechazo de varios países de América Latina y el Caribe a su política de exclusiones. El hecho de que no asista a la misma López Obrador, el presidente de México, el país con el que EEUU mantiene una importantísima relación comercial además de compartir una extensísima y conflictiva frontera, ya supone de por sí un duro golpe para la diplomacia estadounidense.

El que Bolivia, Honduras y otros países manifestaran su malestar por las exclusiones y que el propio presidente de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), el argentino Alberto Fernández, dudara hasta último momento si asistir, augura una cumbre complicada para EEUU.

Tanto Venezuela como otros países miembros de la CELAC esperan que Fernández los represente en la cumbre y que haga llegar ese malestar a Estados Unidos.

Todos los países miembros de CARICOM (Comunidad del Caribe) y de la ALBA-TCP (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos) han emitido comunicados expresando su rechazo a las exclusiones.

No puede extrañar que Biden haya incluido a Venezuela entre los países excluidos. El actual presidente estadounidense era vicepresidente de Barack Obama cuando éste impuso a Venezuela el primer paquete de sanciones económicas en 2016 -endurecidas drásticamente luego por Donald Trump- aduciendo razones de 'seguridad nacional'.

Paradójicamente, ahora, ante la escalada de los precios del petróleo provocada por la guerra en Ucrania Biden ha decidido flexibilizar parcialmente por primera vez las durísimas sanciones que sufre Venezuela, 'autorizando' a la petrolera estadounidense Chevron, a la española Repsol y a la italiana Eni, a operar en Venezuela.

Aún así les ha impuesto dos condiciones: la primera, que solo pueden transportar petróleo a Europa, dado que lo que pretende es paliar el freno al suministro del petróleo ruso. La segunda condición, que en esas operaciones no haya dinero de por medio, sino que el petróleo venezolano sirva solamente para pagar deudas contraídas con países europeos o intercambiar por otras mercaderías.

De esta manera EEUU seguirá controlando para que Venezuela no pueda recibir divisas extranjeras, cruciales para que ese país pueda atenuar la asfixia económica que sufre desde hace años.

Y la Unión Europea, agradecidísima de que el emperador Biden le haya hecho semejante concesión.

Tan agradecida como ha estado siempre a EEUU por haber aceptado -tras duras negociaciones- no  aplicar a los países miembros de la UE las duras sanciones previstas desde 1996 por la bipartidista Ley Helms-Burton -aprobada durante el Gobierno de Bill Clinton- contra todo país que ose invertir o comerciar con Cuba.  Trump alarmó a la UE en 2019 cuando pretendió no respetar el acuerdo de excepción.

Con la vista puesta en las elecciones legislativas de noviembre

Biden sabe que no tiene aseguradas las elecciones legislativas de medio mandato de noviembre próximo y aunque la guerra en Ucrania le supone un balón de oxígeno en el escenario político interno estadounidense, con el apoyo del Partido Republicano a su política de mano dura y con la reactivación de la industria militar, ni puede asegurar su victoria en el pulso que mantiene con Putin, ni es seguro que esta fuera suficiente para frenar un avance republicano en las urnas.

Por eso Biden perpetúa la política imperial tradicional de todos los inquilinos de la Casa Blanca.

Ni siquiera se atreve a imitar el discurso del carismático Obama, que con su seductor talante  dialogante en política exterior consiguió que ocho meses después de iniciar su mandato el 20 de enero de 2009 se le concediera el Premio Nobel de la Paz de ese año a pesar de no haber  concretado ninguna de sus promesas electorales estrella. Bastaron sus promesas para que lo lograra.

No solo Biden se juega mucho en esta IX Cumbre de las Américas. También los nuevos mandatarios latinoamericanos de corte progresista tendrán que demostrar el grado de coherencia que mantienen con sus postulados y qué defensa hacen de la independencia y dignidad de sus países.

Por Roberto Montoya

Periodista y escritor

09/06/2022

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Miércoles, 08 Junio 2022 06:13

Una voz multiplicada en voces

Svetlana Aleksiévich

La noche de abril cuando se clausuró el Festival de Poesía de Granada, Svetlana Aleksiévich sube al escenario en el patio rodeado de columnas del palacio de Carlos V en la Alhambra, y su voz melodiosa se desgrana entre pausas para dar paso a la traductora que, sentada a su lado, va recogiendo sus palabras en ruso, y me parece que así deben sonar los parlamentos de Chejov cuando hablan en el escenario sus personajes femeninos.

Ante una de las preguntas iniciales de la entrevistadora, recuerda que nació en territorio de Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética, su padre bielorruso, y su madre ucrania, aunque creció en Bielorrusia, cuya nacionalidad tiene. El ombligo mismo del infierno, cuyas llamas vuelven a alzarse ahora aventadas por los fuelles de guerra de Putin, a quien no tiene reparos en llamar monstruo en una de las numerosas entrevistas que ha concedido.

Detrás de la dulce barrera del ruso, habla con la sencillez de gestos de una maestra de escuela que ha sabido explicar la historia de su tiempo, que es en muchos sentidos su propia historia personal. Uno de sus méritos es haber creado una nueva manera de contar a través de una polifonía que se repite en episodios; o de voces desoladas, protagonistas y antagonistas que cantan la tragedia en contrapunto, hasta que, al final, tenemos ante nuestros ojos todo el friso vivo del que fue el país inconmensurable donde nació, y cuyas costuras se rompieron para dar paso a incertidumbres e interrogaciones, y enfrentamientos, persecuciones raciales, guerras intestinas. Un molde quebrado en pedazos que ya no encajarían más.

Svetlana ha creado un género, el de la novela escrita con voces múltiples, las voces de los entrevistados. La novela que no se aparta de la fidelidad a las historias escuchadas, pasadas por la criba del trabajo de edición que atrapa la sustancia de las emociones. La crónica que fija en las palabras el lamento, le da categoría estética a la desolación y al desconsuelo, y convierte la tragedia de la historia en la tragedia de las almas que han perdido la esperanza o se aferran al pasado que fue fabricado para ellas.

Cada una de las historias es un hilo de la trama de ese gran tejido que fue la URSS, que, si dejó de existir en términos políticos, o geopolíticos, sobrevive de manera persistente en la mente y en la memoria, como una gran fabricación cultural, y social, recordada con desconcierto, a veces con orgullo, otras con nostalgia, pero una marca, al fin y al cabo, como lo deja patente en El fin del "Homo sovieticus". El orgullo y la nostalgia de la grandeza perdida, tan útil a las ambiciones expansionistas de Putin.

Un país desaparecido, pero un fantasma vivo que puede rastrearse hablando con la gente que habita sus viejos territorios, y que Svetlana ha recorrido hasta sus últimos confines, igual que Heródoto lo hizo en el mundo conocido hasta entonces, cuando lo irreal no podía separarse de lo verdadero, o como Ryszard Kapuściński, otro viajero incansable.

Mientras la escucho, recuerdo mi lectura de Voces de Chernóbil, igual que sus demás libros un oratorio con voces de solistas, coro y orquesta, donde está, a manera de prólogo, una de las grandes historias de amor de la literatura. En Una solitaria voz humana, Liudmila Ignatenko relata la pasión y muerte de su marido Vasili, un bombero víctima de las radiaciones provocadas por la explosión del reactor atómico, ocurrida el 26 de abril de 1986.

Ese poder suyo de darle una tesitura sentimental al horror, el cuerpo del amado que va descomponiéndose ante los ojos de la amada que ara cielo y tierra por superar las prohibiciones y estar siempre junto a su lecho, me hace recordar que la literatura es eso, despejar los velos en llamas del apocalipsis para penetrar en la intimidad del dolor. La voz de Ludmila, en su monólogo desesperado, tiene ecos de Ibsen.

No hay tropas de asalto válidas para este enemigo invisible. "La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso". Miles son obligados a abandonar sus aldeas, las cosechas maduras, los implementos de labranza, sus casas con todos sus enseres. Los refugiados por los caminos, como ahora, cuando la guerra sí tiene un rostro visible. Y tiene agresores, y cómplices.

El más connotado de los cómplices de Putin, en la guerra contra Ucrania, Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia. "¡Vete antes de que sea tarde, antes de que hundas al pueblo en un terrible abismo, el abismo de la guerra civil! ¡Vete!", clamó Svetlana en 2020, y luego se encaminó al exilio en Alemania.

De volver, iría a dar a la cárcel, dice al final, ante una pregunta sobre su regreso a su patria. No sobreviviría en las mazmorras de la dictadura. Y, entonces, me siento aún mucho más cerca de ella.

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