Martes, 24 Mayo 2022 06:06

Desde 1945, el mayor desafío

Desde 1945, el mayor desafío

Advertencia del FMI por la fragmentación geoeconómica

"La economía mundial quizás esté confrontando el mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial", advierten en un texto la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, junto a Gita Gopinath, número dos del organismo, y Ceyla Pazarbasioglu,  directora del Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del Fondo.

"La invasión rusa de Ucrania se ha sumado a la pandemia de la Covid-19. El encarecimiento de los alimentos y de la energía impone un lastre pesado a los hogares en todo el mundo. El endurecimiento de las condiciones financieras está ejerciendo más presión sobre los países, las empresas y las familias fuertemente endeudadas. Países y empresas por igual están revaluando las cadenas mundiales de suministro en medio de los persistentes trastornos. Si a esto se suman el marcado aumento de la volatilidad en los mercados financieros y la continua amenaza del cambio climático, lo que tenemos ante nosotros es una posible confluencia de calamidades", advierten las economistas.

Ante este escenario, dice el texto, la fragmentación geoeconómica, cuyo punto culmine es la guerra en Ucrania, es un gran obstáculo porque imposibilita la coordinación. La tendencia a la desintegración, admite el FMI, se explica porque a la par de la integración desde finales de los '70 "las desigualdades en cuanto a ingreso, riqueza y oportunidades han seguido empeorando. Hay gente que ha ido quedando rezagada a medida que las industrias han ido evolucionando en medio de la competencia mundial. Y a los gobiernos les ha sido difícil ayudarlas".

"Las tensiones relativas al comercio, las normas tecnológicas y la seguridad han venido agudizándose por muchos años, y eso ha ido socavando el crecimiento y también la confianza en el actual sistema económico mundial", prosiguen.

Ante la posibilidad de que la fragmentación económica global siga en ascenso, el Fondo pide reducir barreras comerciales "para aliviar la escasez y bajar los precios de los alimentos y otros productos", lo cual parece difícil en un contexto en donde justamente viene ocurriendo lo contrario, es decir, un aumento del proteccionismo.

Además, el FMI advierte que "dado que alrededor de 60 por ciento de los países de bajo ingreso tienen importantes vulnerabilidades de deuda, algunos tendrán que reestructurarla. Si no hay una cooperación firme para aliviar esas cargas, tanto esos países como sus acreedores saldrán perdiendo. Es por esta razón que se debe aprobar sin demora el Marco Común del Grupo de los Veinte para el tratamiento de la deuda".

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Fotografía cedida por la Casa Blanca donde aparece el presidente de Estados Unidos, Joe Biden (d), mientras habla con su homólogo chino, Xi Jinping (en pantalla), durante una reunión virtual hoy, desde su oficina en Washington (EEUU). Biden advirtió este

La invasión de Ucrania ha hecho colisionar las placas tectónicas de la globalización y ha hecho emerger la posibilidad de que surjan dos bloques comerciales antagónicos, liderados por EEUU y China. Con retraimiento productivo, elevada inflación y menos flujos comerciales. Todo ello, extirpará de la economía global un valor similar al del PIB español.

 

El planeta no gana para sustos. Después del septenio dorado del cambio de siglo, una sucesión de acontecimientos concatenados, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers -en septiembre de 2008-, ha dejado maltrechas las costuras geopolíticas y socio-económicas, hasta el punto de que el nuevo orden mundial que ha irrumpido de la globalización, el traje con el que se confeccionó el final de la Guerra Fría, sigue todavía sin hilvanarse. El tsunami financiero, con crisis de deuda, rescates a naciones de rentas altas europeas, unos drásticos cambios regulatorios para delimitar banca comercial y de inversión, ajustes fiscales draconianos que lograron suministrar las píldoras monetarias sin hacer descarrilar los presupuestos y, en general, unas autoridades monetarias con mayores dosis de atrevimiento que sus colegas políticos, dio paso, tras una década de altas dosis de sufrimiento social, a un bienio maldito.

La Gran Pandemia, con la plaga de la covid-19 sin resolver mientras irrumpe otra guerra más en Europa, ha dado paso a la Era de la Escasez, un nuevo estatus, complejo, en el que la demanda y la oferta de bienes y servicios se desvirtúan y en la que ha entrado como un elefante en una cacharrería el viejo fantasma de la inflación.

El razonamiento no resulta baladí. Entre otras razones, porque la economía no acostumbra a dar puntada sin hilo. Sino que, más bien, viene cargado de evidencias y de sutilezas. Así, al menos lo pone de manifiesto un diagnóstico del panel de economistas de Bloomberg, donde se advierte, tras comprobar el resultado de una métrica predictiva a partir del análisis de los factores que se han sucedido entre las dos grandes inestabilidades del actual siglo -la de 2008 y la de 2020- que la economía global va a perder 1,6 billones de dólares, un tamaño similar, aunque algo inferior, al PIB español, del peso acumulado durante los años de abundancia.

No sólo por efecto de la epidemia o las secuelas de la guerra de Ucrania; también por las subidas arancelarias de los años que antecedieron al coronavirus más famoso de la historia y al retroceso de los parámetros de eficiencia logística que, al menos en los últimos cuatro ejercicios, han ido generando disrupciones en las cadenas de valor y cuellos de botella comerciales. Si bien ha sido en el último año cuando han arreciado con mayor virulencia. Es como si con el encallamiento en el Canal de Suez del Ever Given, el super-mercante de bandera japonesa, en marzo de 2021, que tuvo paralizadas las rutas de navegación durante varias semanas, aunque fuera liberado en seis días, hubiera empezado todo. Toda una metáfora de que la globalización de los mercados estaba en un punto crítico de su evolución. Porque gran parte del receso productivo mundial se achaca al descenso de los flujos comerciales.

La puntilla la ha dado la pinza geopolítica que conforman la crisis sanitaria de la covid-19 y sus confinamientos sociales y el conflicto bélico de Ucrania y sus sanciones económico-financieras. Desde entonces, las cadenas productivas y de suministro han aumentado sus niveles de fricción y colisión hasta hacer descarrilar el tren de las relaciones comerciales. Sin descartar, porque los analistas le otorgan una probabilidad cada vez más alta, que se traslade al mercado de capitales.

En Bloomberg Economics proclaman la Era de la Escasez, con una marcha atrás del proceso de globalización, que dirige al planeta hacia posiciones menos productivas y más pobres a medio y largo plazo. Con un retroceso de los ritmos comerciales hasta tasas desconocidas desde el año que antecedió al ingreso de China en la OMC, en 2001. Y lo que es peor: con una inflación mucho más elevada y volátil. Con los inversores perdiendo posiciones patrimoniales en activos y bonos por este episodio, cuya primera señal nítida es la estanflación, pero que emite otra doble alarma de suma preocupación: las materias primas han disparado sus precios por el cierre del grifo de la abundancia mientras las acciones de las empresas de la industria militar catapultan su valor por las tenciones geopolíticas.

"La fragmentación ha llegado para quedarse", reconoce Robert Koopman, economista jefe de la OMC que, sin embargo, dice esperar "una reorganización de la globalización" que, en cualquiera de los supuestos, traerá consigo una factura adicional: "no seremos capaces de usar bajos costes ni gastos marginales de producción de manera tan extensiva como hasta ahora".

Tres décadas de bonanza de la globalización

La economía global ha mostrado su habilidad para producir bienes, generar servicios y relanzar inversiones con precios controlados. No en vano, la espiral inflacionista actual es la más virulenta en 40 años. Achacable también a los miles de trabajadores de China y el antiguo bloque soviético que se incorporan al mercado laboral global, mientras caían barreras comerciales y las redes de la logística se volvían hiper-eficientes. Pero la sobreabundancia creada por estos factores ya se puso en tela de juicio con las guerras arancelarias desatadas por la Administración Trump; muy en especial, contra China, empezó a ver las orejas al lobo con los confinamientos por la covid-19 y la hibernación de las economías y ha saltado por los aires con la contracción de la oferta de suministro de las materias primas, la cadencia de las cadenas de valor y la alteración logístico-comercial desatada tras las represalias occidentales contra Rusia, que ha ocasionado inflaciones más prolongadas que las inicialmente transitorias previstas por los bancos centrales.

Son tres de los motivos que los expertos de Bloomberg ven con claridad a la hora de precisar la fractura que se está produciendo en la globalización: tarifas bilaterales entre EEUU y China que pasaron del 3% de promedio en los bienes de intercambio comercial al 15% al término del mandato de Donald Trump; los efectos de la restrictiva política de covid-cero que persiste en varias de las principales capitales de China y que han interrumpido cientos de miles de millones de dólares en exportaciones tanto de compañías del gigante asiático como de Apple o Tesla por el riesgo logístico y las disrupciones productivas. Y unas sanciones que se convierten en nuevas barreras comerciales. En 1983, los flujos de exportaciones e importaciones sujetos a algún tipo de prohibición supusieron el 0,3% del PIB global; en 2019, se ha quintuplicado con creces y, tras la invasión de Ucrania, no sólo se ha incrementado de forma exponencial, sino que ha propiciado vetos colaterales como el de India a vender trigo al exterior.

Pero no son las únicas fallas que se han quebrado. Porque el decoupling o desacoplamiento de bloques, entre el occidental y con ribete democrático, y el capitaneado por China y secundado por Rusia, más visibles desde la invasión de Ucrania, también ilustran los riesgos de esta ruptura del orden económico global. Más allá -enfatizan los autores del análisis- de la "maniquea batalla entre el bien y el mal o de separación de campos rivales por un nuevo telón de acero". A su juicio resulta más patente que 6 billones de dólares en productos, el equivalente al 7% del PIB mundial, se mueven entre ambas latitudes y que, en su simulación, con una tarifa promedio del 25% en todos ellos, más los costes asociados de los diferentes tipos de interés entre EEUU y China, más las sanciones y prohibiciones exportadoras, arrojarían una caída del 20% del comercio mundial.

Sin necesidad de que ocurra un decoupling, como el que existía antes de la adhesión de Pekín en la OMC; es decir, en los años 90. Y dejaría a largo plazo un mundo un 3,5% más pobre que si los flujos comerciales se estabilizaran como en la actualidad o un 15% menos rico que si surgiera un escenario de fortalecimiento de las relaciones económicas, al levantarse un 7% de los obstáculos adicionales en caso de que se consumase el desacoplamiento. Eso sí, sin contar con la incertidumbre de hacia qué bloque iría masivamente el comercio de naciones emergentes como India, Sudáfrica, Indonesia e, incluso, México.

El informe también apunta a una divergencia de índole ideológico-cultura: la defensa del sistema democrático. En alusión a que el autoritarismo -con sello de nacional-populismo recién llegados al poder o fruto de regímenes autócratas históricos- ha aumentado su músculo internacional y ha pasado de representar territorios con el 20% del PIB global, en 1983, en la época de Ronald Reagan, cuando el presidente republicano hablaba del "imperio del diablo", al 34% en 2022 que revela algún estudio sobre libertad democrática. Y, de seguir su estela, China superará a Europa y EEUU como primera potencia económica internacional.

Mientras la guerra de Ucrania revela que la rivalidad de bloques también se aprecia en el orden político, con China en apoyo a la causa invasora de Vladimir Putin y el Kremlin respaldando toda reivindicación del régimen de Xi Jinping sobre Taiwán; con India comprando petróleo y armas a Moscú y numerosas democracias asiáticas y latinoamericanas emitiendo señales de tener poca predisposición a seguir la campaña de presión económica y financiera de EEUU y Europa contra Rusia.

Voces económicas que alertan del cambio de orden global

Personalidades como el catedrático de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff, advirtieron en 2003, cuando aún ejercía como economista jefe del FMI, que la globalización estaba entonces "inmersa en una época de fuerte dinamismo y baja inflación", pero que "la experiencia sugiere que no pocos factores, entre los que destacan los conflictos geoestratégicos, políticos o de orden económico-financiero, podrían revertir el proceso y ponerle su epitafio". De igual manera que Larry Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, que venía proclamando el entierro de la inflación, ha cambiado de opinión y ahora alerta que la escalada de precios, que ha reaparecido tras cuatro décadas sin apenas atisbo, asegura ahora que es el principal riesgo de recesión sobre la economía estadounidense y global.

Otro Lawrence, Fink, CEO del poderoso BlackRock -el mayor fondo de inversión del planeta con más de 10 billones de dólares en carteras de capital-, avisa de que la guerra de Ucrania "puede poner punto final a la globalización", después de dos años de epidemia en los que se ha visto la desconexión entre naciones, compañías y personas". A todos ellos se unen diagnósticos como el del estratega jefe de Goldman Sachs, Jeff Currie, para quien el alza de los precios energéticos obedece a una batalla planteada por las firmas de combustibles fósiles que se resisten a perder la influencia sobre los ciclos de negocios, que llevan manejando un siglo, para frenar los avances hacia las emisiones netas cero de CO2 y el impulso a las fuentes renovables.

En este contexto, Christophe Donay, director global de asignación de activos de Pictet WM, cree que existen "varios efectos previsibles" en el orden económico actual. En primer término, una mayor predisposición hacia el intervencionismo estatal por las "persistentes tensiones" sobre la sostenibilidad de la deuda, lo que requerirá más presión fiscal y nuevos impuestos y, en segundo lugar, que, si el mundo supera el reto de restaurar la globalización, se inaugurará una fase "con intensa inflación estructura".

Este retorno al Gran Gobierno, como denomina a este fenómeno, es fruto de un sistema capitalista que ha creado en el último medio siglo cuatro externalidades negativas: cambio climático, una deficiente atención sanitaria, una creciente ineficiencia en sus sistemas educativos públicos, e inmensas desigualdades en el reparto de renta y riqueza. Desde 1980 hay más divergencia entre crecimiento económico real y deuda. "Antes de 2008, la ratio de deuda total (hogares, empresas y gobierno) sobre PIB era 140% y ahora por encima de 350%", recuerda Donay que augura que, en los próximos diez años, las rentabilidades reales pueden ser negativas en bonos soberanos y relativamente bajas en variable cotizada

 

23/05/2022 07:52

Por Diego Herranz

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Jueves, 19 Mayo 2022 05:42

Inflación, la coartada perfecta

Inflación, la coartada perfecta

“Los datos son negocios. Los datos son políticos. Y eso es particularmente pertinente en el caso de la inflación, porque las inflaciones son polémicas. Generan ganadores y perdedores. Por eso nos preocupamos por la inflación. Las cifras de inflación no son meramente descriptivas. Forman parte de la economía política del proceso que describen” (Adam Tooze)

“Voy detrás de los niños todo el día apagando la luz y después de los dos facturones que llegaron en invierno, en marzo dije que no podíamos poner la calefacción. Hubo días de mucho frío, pero no la encendimos y le ponía al pequeño el pijama, el ‘body’ y el polar en casa porque es que si no, no llegábamos a la primavera. Nos ha roto el invierno”. La angustiosa declaración corresponde a Estefanía, una joven trabajadora con dos hijos cuya pareja está en paro.

Por primera vez en cuatro décadas, la inflación desbocada se ha convertido en los últimos meses en una de las preocupaciones dominantes en todos los ámbitos de la sociedad, afectando duramente a las capas más empobrecidas. La angustia de Estefanía no es ni mucho menos un hecho puntual. Según el propio BCE, el presunto guardián de la estabilidad de precios, la situación es grave, especialmente para las clases populares: “La alta inflación actual perjudica especialmente a los hogares con rentas más bajas porque los artículos con tasas de inflación muy altas, como la energía y los alimentos, constituyen una parte comparativamente grande de la cesta de consumo”.

El súbito encarecimiento del coste de la vida dificulta enormemente la subsistencia cotidiana de millones de personas en una economía global “pospandémica” aquejada de niveles inéditos de desigualdad y de tasas de pobreza impactantes. Una situación que puede devenir explosiva -una de las causas del inicio de la Primavera Árabe de 2011 en Túnez y Egipto fue la brusca elevación de los precios de los alimentos- en el depauperado y expoliado Tercer Mundo:

“El índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en el nivel más alto jamás registrado. Golpea a los pueblos que viven en Oriente Medio y el Norte de África, una región que importa más trigo que ninguna otra. Incluso con las subvenciones del gobierno, los habitantes de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35% y el 55% de sus ingresos en alimentos”

Sin embargo, desde los cenáculos del poder se trata de transmitir una imagen de calma tensa: el discurso oficial afirma que se trata de un brote agudo pero transitorio, producto de una “tormenta perfecta” provocada por la “conjunción astral” de varios shocks exógenos, intensos pero fugaces: el súbito volcado al consumo de la demanda embalsada durante la parálisis pandémica (la tasa de ahorro de los hogares españoles se redujo en un 13% en el cuarto trimestre de 2021); la intensa dislocación de las cadenas de suministros generada por los recurrentes cuellos de botella en los flujos comerciales globales y la enorme convulsión en los suministros energéticos, minerales y alimentarios sobrevenida a raíz de la guerra en Ucrania. Ninguna conexión por tanto, según el relato dominante, entre la inflación disparada y la devastación ambiental o el agotamiento acelerado de los pilares energético-materiales de nuestra sociedad depredadora, ni tampoco con las graves falencias estructurales que afectan a la espasmódica reproducción de capital desde hace décadas. Se trata únicamente de un sobresalto, grave pero accidental, en el “imparable” retorno a la senda de crecimiento tras el shock pandémico. Los “cisnes negros” de la guerra y la pandemia serían los únicos culpables de la brusca aceleración de la inflación de precios y de los peligros que se ciernen sobre la ansiada “vuelta a la normalidad”: agudo empobrecimiento de la población, con el consiguiente riesgo de recesión debido a la contracción del consumo; endurecimiento de la política monetaria y subida inminente de los tipos de interés, incrementando el riesgo de un súbito colapso de la colosal montaña de la deuda global; pánico de los ahorradores y rentistas, que asisten impotentes a la depreciación de sus “capitalitos”, y el resto de jinetes del Apocalipsis que desencadena la “bestia” inflacionaria (”el peor de los males que puede aquejar a una sociedad”, Milton Friedman dixit).

Mientras tanto, los gestores de la fábrica de dinero -la cúspide del poder global, coronada por la Reserva Federal y su billete verde- contienen la respiración atribulados ante una coyuntura que genera la peor de las pesadillas a los celosos “guardianes de la estabilidad de precios”: el espectro de la inflación desbocada acechando por el horizonte. El desconcierto y los vaivenes son continuos y las nerviosas invocaciones a la transitoriedad y excepcionalidad del momento de las prudentes “palomas” se alternan con los amenazadores augurios de los “halcones”, partidarios de endurecer drásticamente la política monetaria, en una pugna simulada que no logra ocultar la incapacidad del discurso dominante de dar cuenta del inusitado fenómeno.

Michael Roberts describe la desorientación de la ortodoxia: “La teoría económica dominante está ‘desconcertada’. De hecho, el miembro de la junta del BCE Benoit Coeure comentó recientemente: ‘La teoría económica está luchando con la teoría de la inflación. Los agregados monetarios y el monetarismo han sido abandonados y con razón. Las explicaciones de holgura doméstica (la curva de Phillips) han sido atacadas pero todavía sobreviven mal que bien’. Y Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal de EEUU comentó: ‘Nuestro marco para comprender la dinámica de la inflación podría estar ‘mal definido’ de manera fundamental’”. Un botón de muestra del grado de sofisticación esotérica de la cruzada antiinflacionaria de los money makers lo representa el hecho de que la teoría dominante está basada principalmente en las evanescentes “expectativas de inflación”, es decir, en hipótesis especulativas sobre el comportamiento futuro de los agentes. Como resumía Ben Bernanke, gobernador de la FED en plena vorágine del cataclismo de 2008: «un prerrequisito esencial para controlar la inflación es controlar las expectativas de inflación». Estamos sin duda en buenas manos.

Tampoco es ajena a tamaño desconcierto la manifiesta impotencia de las herramientas habituales antiinflacionarias de la banca central -restricción de liquidez al sistema financiero y elevación brusca de los tipos de interés- ante la convulsa coyuntura actual. Con los precios de los alimentos y de la energía disparados por el shock de oferta agudizado por la guerra en Ucrania -al que no es en absoluto ajeno el peak everything de energía y materiales que se agrava vertiginosamente a medida que el capitalismo desbocado choca con los límites biofísicos del planeta- los cancerberos del capital financiero se debaten entre Escila y Caribdis: obedecer inmediatamente su sagrado mandato antiinflacionario, retirando la política monetaria expansiva implantada masivamente tras el shock pandémico, con el riesgo de provocar una aguda recesión -la política monetaria es totalmente ineficaz ante los shocks de oferta, incluso tiende a agravarlos al destruir miles de empresas zombis endeudadas hasta las cejas reduciendo la oferta de productos y servicios e incrementando los precios-, o esperar impávidos a que se calmen las aguas, apelando a la transitoriedad del fenómeno, sin tomar medidas demasiado drásticas para no truncar la ansiada recuperación mientras los índices de precios escalan a niveles intolerables. Como mandan los cánones, el capo di tutti capi de Wall Street ya ha marcado el camino a seguir emprendiendo con decisión el endurecimiento de la política monetaria. Su lacayo de Frankfort, siempre más premioso e indeciso, no tardará en seguir la misma senda. Recordemos que el único mandato del Banco Central Europeo es un objetivo de inflación alrededor de un 2% y la cifra mágica ha sido largamente desbordada en los últimos meses: actualmente se halla en un impactante 7,5%, récord histórico desde el inicio de la circulación de la moneda única en 2002, desbordando una vez más los sistemáticamente fallidos pronósticos de los gurús de la criatura de Frankfort.

Ante esta situación de emergencia permanente en la que se halla el capitalismo espasmódico y el cúmulo de confusionismo imperante, se agolpan los interrogantes:¿cuáles son las causas reales del desbocado aumento de los precios que presenciamos actualmente? ¿Se trata de un brote agudo pero breve o estamos ante un cambio de paradigma en relación con la época de inflación contenida de las últimas décadas? ¿Cuáles serían, en definitiva, las razones de fondo que subyacen a la proclamación de la “estabilidad de precios” como primer mandamiento de las políticas neoliberales y como objetivo prioritario de la política monetaria de la banca central moderna?

La coartada perfecta

«La inflación es una enfermedad, una peligrosa y a veces fatal enfermedad que, si no es controlada a tiempo, puede destrozar una sociedad» (Milton Friedman)

«La inflación es como un ladrón en la noche» (William Mcchesney Martin, gobernador de la Reserva Federal)

No existe concepto más neurálgico en el núcleo de la ideología económica dominante en el último medio siglo que el de la omnipresente lucha contra la inflación. El “ladrón en la noche” deviene el hilo conductor que recorre todos los estratos de la ortodoxia teórica y del discurso político y mediático de los, como le gustaba decir a Marx, «espadachines a sueldo» del capital.

En el capítulo titulado «¿Cómo curar la inflación?» de su exitosa serie televisiva «Libre para elegir», el gurú neoliberal Milton Friedman se recrea, apareciendo repetidas veces con la impresora de billetes en la cámara acorazada de la Reserva Federal, en la idea del dinero como stock, que se vuelca irresponsablemente a la economía por el gobierno despilfarrador provocando inflación –«el peor de los males»– y miseria rampantes. Recordemos asimismo la célebre metáfora de Marshall, uno de los padres fundadores de la ortodoxia económica, que representa la esencia de la superchería dominante acerca del dinero-lubricante, con funciones meramente circulatorias de facilitador de los intercambios: «Una máquina no puede funcionar a menos que se engrase, de lo que un novicio pudiera inferir que cuanto más aceite se ponga mejor funcionará, pero, en realidad, si se pone más aceite del necesario la máquina quedará obstruida».

A partir de esta concepción mitológica del dinero como mero lubricante de los intercambios -en realidad, el 95% del dinero circulante es deuda creada del puro aire por la banca privada para la financiación de la acumulación y de las colosales burbujas de activos-, la “teología” económica edifica un monumental corpus teórico en aras de legitimar la embestida furibunda contra el Welfare State y las condiciones de vida de la clase trabajadora del último medio siglo. El monetarismo de Friedman -”una maldición terrible, un conjuro de espíritus malvados”, en la horrorizada descripción de Nicholas Kaldor- es la pseudoteoría que sirve de legitimación al encarnizamiento terapéutico neoliberal y la cruzada inflacionaria deviene la coartada perfecta para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia del capital en los países centrales tras la crisis de los años 70. El golpe contra las finanzas públicas y la consumación del “austericidio” son los daños colaterales de la aplicación de los mandamientos supremos de la gobernanza neoliberal: la banca central “independiente” -que deja a los estados «soberanos» postrados a los pies de los caballos de los despiadados mercados financieros-; los ajustes fondomonetaristas, que aplicaron el torniquete de la deuda externa y el fórceps de la apertura de capitales a través del llamado Consenso de Washington contra los infortunados pueblos del Tercer Mundo, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos de clase y de las organizaciones antagonistas del movimiento obrero fordista, en aras de exacerbar la sobreexplotación y la precarización laborales, imperiosamente necesarias para el abaratamiento de la fuerza de trabajo que exigía la pertinaz crisis de rentabilidad del capital.

Para comprender la obsesión inflacionaria es por tanto imprescindible leer el “subconsciente” al discurso dominante para percibir que no se trata en absoluto de un mero expediente técnico, cuya manipulación en manos de expertos es necesaria para restablecer los equilibrios económicos alterados, sino de la envoltura tecnocrática del ejercicio del poder de clase del capital en su época crepuscular. La continua invocación del miedo a la bestia inflacionaria ha sido, en definitiva, la coartada perfecta del modelo vigente, la excusa ideal para destruir la función redistributiva del Estado y para otorgar sustrato pseudocientífico al sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad y de la agresión antiobrera. Como en la fábula de «Pedro y el lobo», la continua apelación al espectro inflacionario -durante décadas, los oráculos de la banca central han errado sistemáticamente en sus intentos de alcanzar su sagrado “objetivo de inflación”- ha servido de coartada a la aplicación del encarnizamiento terapéutico neoliberal, pero cuando el “ladrón en la noche” ha hecho realmente acto de presencia con estrépito, los cancerberos de la estabilidad de precios estaban totalmente desprevenidos.

Moreno describe la agenda oculta del culto al tótem inflacionario:

«El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y, como muestra de ello, basta revisar los datos de la distribución del ingreso en todos los países que han seguido la norma: en todos se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, con la omnipresente coartada del cuidado de los precios».

Así pues, para comprender cabalmente el marco histórico-político en el que se desarrolla la cruzada inflacionaria es necesario abandonar las supercherías del discurso del capital y ampliar el foco para iluminar los procesos reales que propulsan la desigualdad y el empobrecimiento rampantes de las clases populares. ¿Realmente representa el brote inflacionario en curso el factor clave para explicar el deterioro del poder adquisitivo de las clases populares o existen otros ámbitos ocultos donde se desarrolla desde hace décadas la expropiación imparable de los medios de subsistencia de los que dependen únicamente de la venta de su fuerza de trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que ocultan y cuáles son las consecuencias reales de las políticas neoliberales aplicadas por la dirigencia capitalista con la coartada de la cruzada inflacionaria?

Las inflaciones ocultas

«Se trata de vendarnos los ojos y de suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del “ejército de reserva”, arguyendo que se intenta evitar que los salarios inicien una espiral “salarios-precios”. Curiosamente, nunca se oye hablar de una “espiral renta-precios” ni de una “espiral intereses-precios”, aunque esos costos también se deben tener muy en cuenta al fijar los precios» (William Vickrey)

Toda la “matraca” de la cruzada inflacionaria que presenciamos actualmente oculta en realidad las causas profundas de la espiral alcista de los precios de los productos básicos que sufre la clase trabajadora mientras mantiene al mismo tiempo en la penumbra los ámbitos donde realmente se desarrolla de forma más aguda desde hace décadas el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares y la propulsión de la desigualdad social.

Hay dos graves omisiones que revelan la inconsistencia de las explicaciones ortodoxas de la inflación y de las políticas aplicadas para combatirla, desvelando asimismo su función meramente ideológica de cobertura pseudoteórica de las agresiones antiobreras de las políticas neoliberales: el papel neurálgico de la tasa de ganancia y las inflaciones «ocultas».

En primer lugar, se oculta sistemáticamente el papel clave de la tasa de beneficio -y con ella, del conflicto esencial del capitalismo entre comprador y vendedor de fuerza de trabajo- en la fijación de precios, más aun en los mercados oligopólicos que dominan los sectores productores de bienes y servicios básicos- v.gr. el aberrante sistema de fijación del precio de la electricidad en España, que ha provocado su desbocada escalada reciente-. A lo anterior se suman el papel de amplificador que tiene en la fijación del precio mundial de los alimentos y de las fuentes de energía el casino financiero y la creciente financiarización de los beneficios de las grandes multinacionales: «La baja rentabilidad en los sectores productivos de la mayoría de las economías ha estimulado el giro de las ganancias y la acumulación de efectivo de las empresas a la especulación financiera. El principal método utilizado por las empresas para invertir en este capital ficticio ha sido recomprar sus propias acciones». Las apuestas especulativas realizadas en los mercados de futuros y de commodities de Chicago y Londres, propulsadas por la inundación de liquidez de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, disparan los precios de los bienes de los que depende la subsistencia de los parias de la tierra. Las abultadas cuentas de resultados de las grandes corporaciones, enfocadas en el reparto de suculentos dividendos y en el “retorno al accionista”, y las dimensiones mastodónticas del capital ficticio especulativo que fagocita aceleradamente la riqueza global son por tanto los culpables principales de la escalada de precios que amenaza con imposibilitar la subsistencia cotidiana de millones de desheredados de los frutos del bienestar capitalista.

Roberts estima en cerca de la mitad -otras estimaciones incluso la superan- el peso del ascenso desorbitado de los beneficios empresariales tras la pandemia en el brusco incremento de la inflación que aqueja a la economía imperial: “Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones estadounidenses no financieras obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en beneficios, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Esto significa que el aumento de los beneficios de las empresas estadounidenses representa el 44% del aumento inflacionario de los costes. Sólo los beneficios de las empresas están contribuyendo a una tasa de inflación del 3% en todos los bienes y servicios en EEUU”. Estos precios acrecentados están por lo tanto asociados a la urgencia por recomponer la pérdida de rentabilidad acaecida durante la fulminante pero breve recesión provocada por la pandemia. Como resume Michel Husson: “La inflación resulta principalmente de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean».

Estamos ante el “elefante en la habitación” del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente. Estamos ante la pregunta “maldita” para la ortodoxia de la teoría económica burguesa. Astarita describe el núcleo de la ocultación: “todo está orientado para que un estudiante se reciba de economista sin haberse preguntado jamás de dónde y cómo surge la ganancia del capital. En última instancia, se trata de la ‘pregunta maldita’ para la economía política burguesa. Y al arte de este ocultamiento, se le llamará ciencia económica”.

La historia reciente demuestra fehacientemente lo anterior: la ardua y precaria recuperación de la tasa de ganancia tras la crisis de los años 70 se logró a través de la inflación de precios y de la agresión antiobrera perpetrada a lo largo del primer embate de las políticas neoliberales. La derrota absoluta de la clase trabajadora en los años 80 permitió que las tasas de ganancia aumentaran y que la inflación en los países centrales disminuyera en los años siguientes: “La caída de la inflación en las últimas décadas tuvo como telón de fondo una fuerte ofensiva del capital sobre la clase obrera y los movimientos populares (…) Esto es, incrementar el disciplinamiento del trabajo a la lógica del mercado y el capital, en respuesta a la crisis de sobreproducción y rentabilidad de los 1970. La reacción monetarista fue su expresión”.

Nicholas Kaldor desvela la agenda oculta tras la cruzada inflacionaria de los años setenta: «La subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales».

Destacar el papel clave del conflicto de clases esencial al sistema de la mercancía en la fijación de precios proporciona asimismo la explicación del «misterio» de la ausencia absoluta de inflación tras la debacle financiera de 2008, cuando la tasa de beneficio se recuperó con la misma rapidez que actualmente y los bancos centrales insuflaron colosales manguerazos de liquidez a un sistema financiero exánime: la sobreexplotación laboral y el austericidio, que caracterizaron el embate del capital tras la crisis subprime, deprimieron el nivel salarial y engordaron el “ejército de reserva” sin necesidad de subir los precios. Josh Bivens aclara el agudo contraste entre los dos shocks:

“En recuperaciones anteriores, el crecimiento de la demanda interna fue lento y el desempleo fue elevado en las primeras fases de la recuperación. Esto llevó a las empresas a desesperarse por obtener más clientes, pero también les dio la ventaja en la negociación con empleados potenciales, lo que condujo a un crecimiento moderado de los precios y a la contención de los salarios. Esta vez, la pandemia disparó la demanda en los sectores duraderos y el empleo se recuperó rápidamente, pero el cuello de botella para satisfacer esta demanda en el lado de la oferta no fue en gran medida la mano de obra . En cambio, fue la capacidad de envío y otras carencias no laborales. Las empresas que tenían oferta disponible cuando se produjo el aumento de la demanda provocado por la pandemia tenían un enorme poder de fijación de precios frente a sus clientes”.

En resumen, mientras que tras el colapso de Lehman Brothers la rápida recuperación de la tasa de ganancia del capital se realizó a través del mecanismo clásico del aumento de la tasa de explotación, actualmente se ha producido principalmente mediante la inflación de precios en un entorno de fuerte aceleración de una economía global espasmódica.

La configuración descrita agudiza hasta extremos inauditos las contradicciones de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado. La propulsión de los niveles de desigualdad y de pobreza provocada por el torniquete de las políticas neoliberales genera una, potencialmente autodestructiva, contradicción en la capacidad de reproducción ampliada del capitalismo neoliberal: ¿Cómo puede mantenerse la tasa de ganancia del capital ante la intensa depresión del consumo de las masas que podrían provocar los lacerantes niveles de desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de la población? La respuesta es la clave de bóveda de la política del capital en el último medio siglo: la deuda “a muerte” y la inflación de activos -las inflaciones ocultas- son los ámbitos donde se extrae la parte del león de la ganancia del capital que mantiene la maquinaria depredadora en funcionamiento.

Tras el colapso de 2008, la maltrecha tasa de ganancia de las grandes corporaciones, financieras y no financieras, no se ha restablecido a través de la inflación de precios, como en la primera fase neoliberal de los años 70, sino a través de la inflación de activos y de la expansión descontrolada de la deuda y del castillo de naipes del casino financiero global. Sobreexplotación laboral y deuda «a muerte», por un lado, y capital ficticio desbocado, por el otro, representan por tanto las dos caras de la moneda de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Roberts describe la estrecha conexión entre la inundación de liquidez en el casino financiero con el dinero fresco del rescate realizado por los bancos centrales tras la debacle de 2008 -la taumatúrgica QE, que significó el salvamento del sistema financiero global- y la agudización de la desposesión rentista de las clases populares mediante el incremento astronómico del precio de los activos financiero-inmobiliarios:

“Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron trillones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-9 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito monetario procedente de la ‘flexibilización cuantitativa’ acabó siendo una financiación a coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La inflación tuvo lugar en los mercados de valores y de la vivienda, no en las tiendas”.

Tal configuración patológica del capitalismo actual desmiente de raíz el mito esparcido por doquier por los «espadachines a sueldo» del capital de que la inflación de precios es la mayor pesadilla de la banca y de los tiburones de las finanzas globales al deprimir los tipos de interés reales -la banca, como prestatario, sufriría graves pérdidas al depreciarse el valor del dinero de los préstamos con tipos de interés reales negativos, tras descontar la inflación desbocada al tipo nominal-.

Lo anterior es sin embargo una falacia que oculta los ámbitos reales donde se desarrolla el negocio cautivo y enormemente lucrativo de la fábrica de dinero en manos privadas. La rentabilidad de la banca -como demuestran las mareantes cifras de beneficios que obtiene sistemáticamente- no depende principalmente del diferencial de tipos de interés entre préstamos y depósitos sino de su papel neurálgico en el casino financiero global. Lapavitsas destaca el punto esencial de la transformación de la banca en un actor especulativo, el detonante del crack de 2008: «La banca tradicional contrasta con la banca titulizada, en tanto que la primera consiste en el negocio de hacer préstamos y contraer deudas y su principal fuente de financiación son los depósitos a la vista garantizados; mientras que la segunda consiste en el negocio de la colocación y reventa de los préstamos y su principal fuente de financiación son los acuerdos de recompra. Mientras que un pánico bancario tradicional equivale a una retirada masiva de depósitos, un pánico bancario de un banco titulizado equivale a la retirada masiva de acuerdos de recompra (repos)».

Las privatizaciones de servicios esenciales (agua, gas, electricidad, telecomunicaciones), características del masivo proceso de expropiación de los «comunes», financiado y promovido activamente por la banca privada, han representado asimismo otra enorme punción de la riqueza social, destinada a engrosar las cuentas de resultados de los oligopolios energéticos y de la gran banca: el incremento exponencial de los precios energéticos que presenciamos actualmente dispara los suculentos beneficios de la banca privada, accionista mayoritario de los mismos.

Y por si lo anterior fuera poco, el negocio bancario actual está garantizado por las políticas -totalmente ajenas al sacrosanto libre mercado competitivo- de salvamento permanente a cargo del banco central, el prestamista de última instancia, el mamporrero del sistema financiero privado, y por el privilegio exorbitante del monopolio de la financiación de los estados, fuente de pingües beneficios y pilar maestro de la completa amputación de la soberanía nacional. La fábrica de dinero privada no tiene por tanto que preocuparse demasiado por los bruscos vaivenes inflacionarios: su privilegiada posición, en la cúspide del gran capital corporativo, y su abultada cuenta de resultados están a buen recaudo.

La configuración anterior, profundamente rentista y parasitaria, de la matriz de rentabilidad del capitalismo realmente existente tiene un inicuo efecto en los ámbitos reales donde se desarrolla de forma cada vez más aguda la expropiación y el empobrecimiento de las clases trabajadoras: las inflaciones ocultas.

El desproporcionado crecimiento de los precios de los activos inmobiliarios -piedra miliar, a pesar de los desastres recientes, del modelo productivo de la piel de toro- no se refleja en absoluto en el índice de precios al consumo, al considerarse la vivienda, en las estadísticas de la contabilidad nacional, un bien de inversión: la acusada revalorización del mercado en los últimos años no sólo no es preocupante para los guardianes de la estabilidad de precios, sino que, bien al contrario, es una señal de la buena marcha de la economía a través del «efecto riqueza» que genera en el patrimonio de sus propietarios, que representan la mayoría silenciosa que sustenta el bloque dominante en el sistema partitocrático vigente. Sin embargo, los abultados intereses de las hipotecas sí son gasto puro, aunque no estén incluidos tampoco en el IPC al no ser etiquetados como gastos de consumo sino financieros. Marx se refería a esta extracción de rentas financiero-inmobiliarias como una explotación secundaria: “Trátase de una explotación secundaria, que discurre a la sombra de la explotación primaria, o sea, la que se realiza directamente en el mismo proceso de producción”. Para más inri, el gasto en alquiler (un 2,5% en la cesta de la compra que sirve de base para el cálculo del IPC) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario –un 80% del total– en España el parque de vivienda en propiedad. La subida del 40% del alquiler en las grandes ciudades españolas en el último lustro, que afecta agudamente a la subsistencia cotidiana de las capas más humildes de la clase trabajadora, sólo se refleja de forma mínima en el IPC. Por lo tanto, el principal ámbito de desposesión y expropiación financiera de las clases populares resulta totalmente ignorado por los «guerreros de la inflación». No se trata obviamente de un hecho casual: no se ve lo que no se quiere mirar.

En palabras de Michael Hudson, «se trata de convertir a la economía toda en una enorme colección de puestos de peaje», a mayor gloria de la profusa provisión de rentas encauzada hacia los que «se enriquecen mientras duermen». Las crecientes cargas financieras derivadas de las astronómicas deudas pública y privada representan asimismo un ámbito oculto de expropiación de riqueza real de las clases populares a través de los precios inflados de los bienes y servicios, debido a los abultados flujos de intereses sufragados por los productores. Una máquina de succión que potencia las elevadísimas cotas que alcanza actualmente la desigualdad social: se estima que únicamente el decil superior de las escalas de renta y de riqueza patrimonial percibe ingresos netos de intereses y demás rentas financieras, mientras que el 90% restante son pagadores netos –incluso los que no tienen ningún producto financiero ni crédito bancario-. La inflación de rentas inmobiliarias, los masivos costes financieros sufragados y la privatización absoluta de todos los ámbitos decisivos para la subsistencia cotidiana de las clases populares han sido desde hace medio siglo los mecanismos de extracción de riqueza de abajo hacia arriba que han desembocado en el actual panorama de desigualdad y pobreza rampantes. Todo ello, ni que decir tiene, con la entusiasta bendición de los aguerridos guerreros contra la inflación.

Así pues, más allá del omnipresente debate acerca de si el brote inflacionario actual es temporal o duradero, o incluso de si estamos en la antesala de un periodo de deflación por la reducción del consumo y la depresión inducida que desencadenará el brusco giro de la política monetaria de la fábrica de dinero, lo realmente relevante es que la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado seguirá extrayendo caudalosos flujos de la expropiación financiera y rentista de las clases populares a través de las inflaciones ocultas y de la sobreexplotación laboral, absorbiendo a borbotones la escasa porción de la riqueza social recibida por quienes se ganan el pan con el sudor de su frente. Por lo tanto, resulta perentorio disipar las cortinas de humo de los espadachines a sueldo del capital, cuyas cínicas apelaciones a la excepcionalidad de los agudos conflictos actuales y su ilusoria confianza en la posibilidad de la ansiada vuelta a la normalidad, no son más que cantos de sirena que pretenden ocultar el hecho desnudo de que sólo la superación de este modo de organización de la vida humana depredador y suicida permitirá la consecución de un orden social racional en un planeta habitable.

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2022/05/15/inflacion-la-coartada-perfecta/

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Declaración universal de los derechos del poder corporativo

Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

No se pueden establecer límites a la propiedad privada y a la acumulación de riqueza porque hay que garantizar la seguridad jurídica de los contratos, pero el gobierno español ha anunciado la incautación de un yate a un oligarca ruso y el alemán la expropiación de la filial de Gazprom. Se lleva diciendo dos meses que hay que intervenir el mercado de la energía, apenas se tardó unas horas en cambiar el presupuesto para poder enviar armas para la guerra. Es imposible juzgar a Repsol en España por el desastre ecológico provocado por su vertido de petróleo en Perú, pero la empresa sí pudo demandar al Estado argentino ante tribunales internacionales cuando hace una década fue nacionalizada su subsidiaria en el país.

El gerente del taller textil de Tánger en el que murieron 28 trabajadoras hace un año ha sido condenado por un tribunal marroquí, aunque la sentencia no hace mención a Inditex ni a Mango, que eran las firmas para las que fabricaban las prendas. Ucrania tiene todo el derecho a defender su soberanía nacional frente a la invasión de las tropas rusas, mientras el Sáhara Occidental tiene que convertirse en una provincia de Marruecos porque es la única solución realista. Los grandes propietarios obtienen golden visas sin ningún control y a buen precio en el mercado oficial, a la vez que millones de personas se someten a las burocracias migratorias y quedan atrapadas en limbos jurídicos infernales. 

En el ámbito institucional, los debates se centran en la discusión sobre leyes y normas. Pero en esta disputa jurídica todo lo que está en juego, básicamente, es una cuestión de voluntad política; dicho en términos clásicos, de relaciones de fuerza. La asimetría normativa, no en vano, ha sido la base de la globalización neoliberal: frente a la fortaleza de la armadura jurídica construida para blindar los “derechos” de las grandes corporaciones, la extrema fragilidad de los mecanismos para el control de sus obligaciones. O lo que es lo mismo: a la vez que continuamente se re-regulan los negocios privados transnacionales, sigue avanzando la desregulación en la tutela de los derechos fundamentales.

La huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica

Nada de eso hubiera sido posible sin la conformación de una gran alianza público-privada entre los Estados centrales y las corporaciones transnacionales. Y el derrumbe del capitalismo global, por sí solo, no va a cambiar este estado de cosas. Al contrario, la huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica. El derecho internacional, con toda su catarata de pactos y acuerdos globales en defensa de los derechos humanos, se ha convertido en papel mojado ante la guerra desatada por los grandes poderes económicos para tratar de asegurarse su parte del botín en medio de la tormenta perfecta.

Colapso de los derechos humanos

Con la guerra se profundiza en la dinámica de crisis energética, subida de precios y materias primas, desigualdad social, empobrecimiento generalizado y agravamiento del desorden climático, pero la crisis estructural del capitalismo viene de más lejos. Hoy hablamos de la espiral de inflación, endeudamiento y desabastecimiento; hace tiempo que venimos haciéndolo de sus causas: una lógica de crecimiento ilimitado y acumulación imposibles, un modelo de financiarización insostenible, la emergencia de un cambio climático desbocado, el agotamiento acelerado de energía y materiales. De ahí que las grandes corporaciones y fondos de inversión transnacionales se hayan lanzado a la destrucción de cualquier barrera que impida la mercantilización a escala global. En este marco, la necesidad de ampliar los dividendos empresariales hace que se extremen las prácticas contra las personas, las comunidades y los ecosistemas.

Algunas de estas prácticas afectan a la propia configuración de los derechos humanos. Eso es, al fin y al cabo, la necropolítica: dejar morir a miles de personas racializadas y pobres. También están la fragmentación de derechos según las categorías de personas, las prácticas racistas y heteropatriarcales, los tratamientos excepcionales a determinados colectivos, las políticas migratorias con sus muros y fronteras, la trata de seres humanos, las deportaciones en masa, la criminalización de la solidaridad y la desobediencia civil, la división de la sociedad entre asimilables y exterminables. 

Otras destruyen en bloque los derechos de las personas, los pueblos y la naturaleza. Es el caso de la crisis climática y la destrucción de ecosistemas, los feminicidios de mujeres y disidentes de género, el hambre que sufren millones de personas, los nuevos campos de concentración, la persecución y eliminación de la disidencia, el encarcelamiento de pueblos y comunidades, el endurecimiento de los usos coloniales y las guerras de destrucción masiva.

Están, por último, las prácticas que afectan al núcleo central de los derechos colectivos. Como la apropiación de los bienes comunes, la explotación laboral, la consolidación de la precariedad en el núcleo constituyente de las relaciones laborales, el trabajo infantil y el trabajo esclavo, la reorganización capitalista de la producción y la reproducción, las expropiaciones colectivas por medio del pago de la deuda, las expulsiones de millones de personas de sus territorios porque las grandes corporaciones se apropian de los bienes comunes. Recientemente, Amnistía Internacional las ha recopilado y el panorama es demoledor: no son fallos del sistema, es el avance del neofascismo global.

En este contexto, el poder corporativo se articula en torno a una serie de principios que desplazan y fulminan los fundamentos que sustentan el derecho internacional de los derechos humanos. Son principios formalmente ocultos, no regulados, pero que gozan de la máxima imperatividad y transversalidad. Vienen a constituirse, en la práctica, como una declaración paralela a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Parafraseando los treinta artículos de la declaración proclamada por Naciones Unidas en 1948, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo bien podría concretarse en el articulado que sigue.

Principios generales

  1. La vida ha de ser mercantilizada. Todo puede comprarse y venderse. Los derechos humanos y los derechos colectivos, incluyendo al medio natural en su conjunto, se someten a la regla de la oferta y la demanda.
  2. La propiedad privada y la especulación carecen de límite alguno. Y ambas se sitúan en el vértice de la jerarquía normativa.
  3. Lo privado prevalece frente a lo público-comunitario. Frente a los bienes comunes, privatización; frente a lo colectivo, lógica de mercado.
  4. La desigualdad se consolida como elemento central de la arquitectura corporativa de dominación.
  5. La libertad despótica de “hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera” y la igualdad como mera “igualdad de oportunidades” actúan como valores ético-jurídicos que sustentan los diferentes espacios de dominación de las relaciones sociales.
  6. La violencia estructural, la pedagogía de la sumisión y la lógica de la guerra apuntalan la estructura del poder corporativo.
  7. El racismo institucional impregna todo el orden jurídico global.
  8. La naturaleza se concibe como un instrumento al servicio del capitalismo, sin derecho alguno.
  9. La división sexual del trabajo se reinterpreta y se consolida jurídicamente.
  10. El trabajo comunitario no valorado, el implementado en el interior de los hogares y los cuidados de las personas dependientes, aunque resultan imprescindibles para el mantenimiento de la vida cotidiana, se sitúan fuera de la pirámide normativa.
  11. El neocolonialismo se incorpora al ordenamiento jurídico-económico global.

Desechos humanos

  1. Los derechos humanos se vacían como categoría sustantiva al perder espacio normativo frente a la mercantilización de la vida.
  2. Se produce una descomposición radical y progresiva de los núcleos centrales de los derechos. La paz, la democracia, la alimentación, la vivienda, la educación, la cultura, el trabajo, la migración, los cuidados y la salud transitan hacia la retórica jurídica.
  3. La desregulación en masa de derechos, la expropiación por parte de las élites de los bienes colectivos y la destrucción global de derechos reconfiguran sustancialmente los derechos humanos.
  4. Los desechos humanos reemplazan a la dignidad de las personas. 

Re-regulación corporativa

  1. La mercantilización de las normas jurídicas conlleva que los aspectos económicos aparezcan como autosuficientes, autorregulables y blindados jurídicamente, mientras los derechos humanos lo hacen como aspiraciones vacías.
  2. El derecho corporativo global equivale al derecho constitucional universal. La supuesta fragmentación de los ordenamientos jurídicos no es tal, ya que la acumulación de riqueza se sitúa en el vértice de la jerarquía normativa, desplazando los derechos humanos a los márgenes regulatorios.
  3. El derecho privado prevalece sobre el derecho internacional de los derechos humanos y sobre las normas constitucionales sobre derechos y libertades.
  4. El poder corporativo se construye sobre la re-regulación de derechos, lo que significa más poder, más protección, más reglas e instituciones jugando a su favor, con más derechos y más riqueza cada vez en menos manos.
  5. El derecho internacional de los derechos humanos se interpreta en favor del poder corporativo. Solo resulta aplicable a las empresas transnacionales a través de la acción estatal: los derechos corporativos se tutelan en marcos nacionales, regionales e internacionales, lo que consolida la asimetría jurídica como principio corporativo universal. 
  6. Se consolida una nueva expertocracia, que crea esquemas contractuales ad hocy reinterpreta las normas jurídicas desde las nuevas exigencias del capital y las élites: las consultoras, las agencias de calificación, los grandes despachos de abogados y los tribunales arbitrales son instrumentos para desplazar lo público por lo privado.

Arquitectura jurídica de la impunidad

  1. Los derechos de las empresas transnacionales se tutelan mediante un ordenamiento jurídico global basado en reglas de comercio e inversiones de carácter imperativo, coercitivo y ejecutivo (derecho duro), mientras que sus obligaciones se remiten a ordenamientos nacionales sometidos a la lógica neoliberal, a un derecho internacional de los derechos humanos manifiestamente frágil y fracturado, sin exigibilidad ni justiciabilidad, y a una “responsabilidad social” y una diligencia debida voluntarias, unilaterales y no exigibles jurídicamente (derecho blando). 
  2. El carácter de contrapeso del derecho se difumina en favor del poder corporativo, modificando las garantías formales de la democracia. Se generalizan la pulverización del derecho legislativo, la privatización y contractualización de la ley y las relaciones económicas, la prevalencia de los anexos a las reglas en los acuerdos de comercio e inversión, la destrucción del paralelismo en las formas, la inflación de las normas administrativas, la quiebra del imperio de la ley, la prioridad de la seguridad jurídica de los contratos frente a la seguridad de las personas y comunidades. 
  3. La lex mercatoriase compone de normas que subordinan lo público a lo privado, y lo constitucional a lo puramente administrativo, colonizando todas las esferas normativas y arrinconando los derechos humanos, sociales y medioambientales en los márgenes de la jerarquía normativa. 
  4. Los tratados de comercio e inversión, los acuerdos de protección y promoción de las inversiones, los contratos de explotación y comercialización, las políticas de ajuste, los préstamos condicionados, los dictámenes de los tribunales arbitrales y las disposiciones nacionales, regionales y multilaterales protegen la propiedad privada y los negocios transnacionales, configurando una constitución económica global.
  5. Se impone una constitución económica no formalizada en ningún texto jurídico. Es una suma de reglas, normas, disposiciones, decisiones, pactos, tratados, resoluciones judiciales, planes, recomendaciones, rescates, deudas soberanas, indicadores riesgo-país y laudos arbitrales. Todos ellos entrelazados, “amontonados” y superpuestos, de tal forma que se desacoplan las reglas de la jerarquía normativa, la separación de poderes y el Estado de derecho.
  6. Los Estados donde las transnacionales tienen su casa matriz, lejos de controlar al poder corporativo, crean pistas de despegue para su internacionalización. Les apoyan a través de subvenciones y créditos blandos, acción exterior y misiones político-empresariales, puertas giratorias, lobbyen instituciones internacionales y diplomacia económica.
  7. Los Estados huéspedes articulan pistas de aterrizaje para el poder corporativo, desregulando sus obligaciones y aprobando normas en favor de sus intereses. La alianza entre los gobiernos y las élites empresariales consolida el cheque en blanco a favor de la acumulación de riqueza de unos pocos, frente a los derechos de las mayorías sociales.
  8. La idea de “seguridad jurídica”, en el marco de la lex mercatoria, tiene como fundamento central la protección de los contratos y la defensa de los intereses comerciales de las multinacionales. Es una concepción que únicamente hace referencia a las miles de normas, acuerdos y tratados promovidos en las últimas décadas por las instituciones comunitarias e instancias como el Banco Mundial, el FMI y la OMC.
  9. La negativa de las empresas transnacionales a aprobar un código externo de carácter vinculante en el seno de Naciones Unidas o un tribunal internacional para el control de sus operaciones, así como la oposición a que pueda crearse un centro que fiscalice sus prácticas, inspeccione sus incumplimientos y articule las denuncias, colisiona con sus reiterados llamamientos al respeto de los derechos humanos y el medio ambiente.

Uso alternativo del derecho

El debate sobre la legislación pro-derechos se viene circunscribiendo, de un tiempo a esta parte, únicamente al marco estatal. Y mientras tanto, en el plano internacional, avanza con fuerza esa constitución económica global que no está formalizada en ningún sitio pero es ley. Aunque la sucesión de disputas declarativas en la política institucional parezca delimitar el Estado como el único terreno de juego posible, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo impregna todos los textos legislativos nacionales y se impone al conjunto de las políticas públicas.

Muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado

Sin embargo, muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado. No hay más que ver lo que ha pasado con la suspensión del techo de gasto y de la limitación del déficit público (para subvencionar a las grandes corporaciones, no para invertir en servicios públicos), con la regularización exprés de personas refugiadas (provenientes de Ucrania, no de Siria o Afganistán), con la eliminación de trabas administrativas (para constructoras y promotoras inmobiliarias, no para poder recibir el ingreso mínimo vital), con las nacionalizaciones de empresas y la intervención del Estado en los sectores estratégicos de la economía (para rescatar a los grandes propietarios, no para transformar un modelo especializado en el turismo y el ladrillo). 

Con la pandemia y la guerra, la acción del Estado se ha vuelto imprescindible para que no se produzcan quiebras en cascada y se venga abajo el sistema económico-financiero. Pero el relato de las “propuestas de futuro para la recuperación”, pese a toda la retórica gubernamental fundamentada en los valores europeos y concretada en los fondos Next Generation, pasa por reforzar la arquitectura jurídica de la impunidad y continuar con su lógica de expulsión, desposesión y necropolítica. Como ha señalado Miguel Mellino, “para las élites y clases dirigentes ha llegado el momento de la destrucción creativa del capitalismo. Están desmontando viejas estructuras para crear las bases de una nueva lógica de acumulación”.

Está en juego una fase de recomposición capitalista y es ahí donde efectivamente toca intervenir. Un contexto donde las rivalidades geopolíticas, los conflictos bélicos, la competencia económica, la militarización del comercio y la preocupación por asegurar las ganancias empresariales nos asoma a nuevas maneras de reinterpretar los derechos humanos. Muchos de sus imperativos universales conectan con la emancipación y la resistencia de los pueblos, pero otros colisionan con la falta de empatía de las categorías de derechos y las maneras de entender las relaciones humanas. 

El uso alternativo del derecho implica el uso legal, alegal e ilegal del mismo; la reinterpretación conceptual de la legalidad frente a la legitimidad vuelve a aparecer en el marco de la defensa de los derechos de las mayorías sociales. Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base sin renunciar a la disputa de ciertos espacios institucionales y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

Por Juan Hernández Zubizarreta, Pedro Ramiro | 18/05/2022 

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Juan Hernández Zubizarreta (@JuanHZubiza) y Pedro Ramiro (@pramiro_) son investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Fuente original: Declaración universal de los derechos del poder corporativo | ctxt.es

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Ucrania, la economía global de guerra y la crisis del capitalismo

La invasión rusa de Ucrania ha desatado un acalorado debate político sobre las consecuencias geopolíticas del conflicto. Menos advertido, el conflicto ucranio ha abierto el camino para una militarización más amplia de lo que ya era una economía global de guerra cuando el capitalismo global está sumido en una profunda crisis política y económica.

La administración Biden anunció en marzo un aumento de 31 mil millones de dólares en el presupuesto del Pentágono y por encima de una consignación aprobada semanas antes de 14 mil millones de dólares para la defensa de Ucrania. En 2021, Washington aprobó un presupuesto militar de casi 800 mil millones de dólares aun cuando, ese año, puso fin a la guerra en Afganistán. Tras la invasión rusa, los gobiernos de Estados Unidos, Unión Europea y otros asignaron miles de millones más a los gastos militares y enviaron armamentos y contratistas militares privados a Ucrania. Las acciones de las compañías militares y de seguridad se dispararon tras la invasión: Raytheon (8 por ciento), General Dynamics (12), Lockheed Martin (18), Northrop Grumman (22). Las acciones de firmas militares en Europa, In­dia y de otros países tuvieron aumentos similares ante la expectativa de un alza exponencial en el gasto militar global.

La invasión rusa –brutal, imprudente, y condenable– ha desatado debate sobre el papel que la expansión de la OTAN a Ucrania jugó en motivar al Kremlin. Los funcionarios de EU estaban conscientes de que dicha expansión impulsaría a Moscú hacia un conflicto militar, como afirmó un informe reciente de la corporación RAND, consultora del Pentágono. "Las medidas que proponemos se conciben como parte de una campaña para desequilibrar al adversario, causando a Rusia a sobrextenderse militar y económicamente".

Juega aquí un papel central la acumulación militarizada –las guerras sin fin, los conflictos en potencia, los disturbios civiles y políticos, y las acciones policiales– en la economía política global, la cual depende de los mismos para sostener la acumulación de capital ante el estancamiento crónico y la saturación de los mercados globales. Estos procesos abarcando una fusión de la acumulación privada con la militarización estatal para sostener el proceso de la acumulación de capital.

Los ciclos de la destrucción y la reconstrucción proporcionan salidas constantes para el capital sobreacumulado, abriendo posibilidades de reinvertir el dinero que han acumulado los capitalistas trasnacionales. Las guerras proporcionan importante estímulo económico. Históricamente han sacado al sistema capitalista de las crisis en tanto sirven para desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad. Fue la Segunda Guerra Mundial lo que finalmente permitió al capitalismo global salir de la Gran Depresión. La guerra fría legitimó 50 años de aumentos de los presupuestos militares. Las guerras en Irak y Afganistán, las más largas en la historia moderna, ayudaron a mantener a la economía a flote ante el estancamiento crónico en las primeras dos décadas del siglo en curso. Desde el fervor anticomunista de la guerra fría, hasta la "guerra contra el terrorismo", seguido por la llamada nueva guerra fría, y ahora la invasión rusa a Ucrania, la élite trasnacional, encabezada por Washington, ha tenido que conjurar un enemigo tras otro para legitimar la acumulación militarizada y desviar la atención desde las tensiones internas hacia los enemigos externos y las amenazas artificiales.

El 11 de septiembre de 2001 marcó el inicio de una época de guerra global permanente en la cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, y el rastreo –hasta el personal militar– están cada vez más en el dominio privatizado del capital trasnacional. Los gastos militares estatales a escala mundial crecieron más de 50 por ciento desde 2001 hasta la fecha, en tanto se cuadruplicaron las ganancias del complejo militar-industrial. Las compañías militares con fines de lucro emplean unos 15 millones de personas en el mundo, mientras otros 20 millones trabajan en la seguridad privada. El monto gastado en la seguridad privada en 2003, el año de la invasión a Irak, era 73 por ciento más alto que el monto gastado en el sector público, y tres veces más personas estaban empleados en compañías de fuerzas privadas que en las fuerzas del orden público.

Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para resguardar la propiedad corporativa; proporcionar seguridad personal a los ejecutivos y sus familiares; monitorear, espiar y recoger datos; efectuar operaciones policiales, paramilitares, contrainsurgentes y de rastreo; control de multitudes, actividades antidisturbios, y represión de manifestantes; administrar prisiones, y participar en guerra. Estas firmas militares privadas están llegando en masa a Ucrania. Algunas firmas mercenarias ofrecen entre mil y 2 mil dólares al día para quienes tienen experiencia en el combate.

La crisis del capitalismo global es económica, del estancamiento crónico y también política, de la legitimidad de los estados y de la hegemonía capitalista. Miles de millones de personas en el mundo encaran luchas inciertas para la sobrevivencia y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. Las fricciones internacionales crecen en tanto los estados, en su esfuerzo por conservar la legitimidad, buscan sublimar las tensiones políticas y evitar que el orden social se fracture. En el mundo han proliferado las huelgas y protestas en masa. Las guerras y los enemigos externos permiten a los grupos dominantes –en su empeño por retener el dominio– desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad.

En EU, la lucha de clases se intensifica, con una ola de huelgas y campañas de sindicalización en Amazon, Starbucks, y otros sectores de la economía gig. La actual espiral inflacionaria y la escalada de luchas de clase en el mundo subrayan la incapacidad de los grupos dominantes de contender la creciente crisis. El empuje del Estado capitalista de externalizar las repercusiones políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales y los conflictos locales, como en Ucrania, desemboquen en conflagraciones internacionales más amplias y de consecuencias imprevisibles.

Por William I. Robinson, profesor de sociología. Universidad de California en Santa Bárbara

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El presidente iraní Ebrahim Raisi.- Arman / Iranian Presdiency / dpa

Continúa la nueva configuración de las zonas de influencia entre las potencias mundiales, iniciada con el fin de la Unión Soviética en 1992. En esta fase, una de las consecuencias de la guerra entre Rusia y la OTAN en Ucrania es la posibilidad del regreso de este país (o parte de él) a la órbita de Moscú, mientras EEUU intenta, por tercera vez, "suavizar" la enemistad en sus relaciones con Irán: la primera fue en 1985 cuando de forma clandestina le vendió armas (escándalo Irán-Contra) para alimentar la destructiva guerra con Irak, a beneficio de Israel; y la segunda, durante el mandato de Obama en 2015, con la firma de un sombrío Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), por el que Irán renunciaba a fabricar armas nucleares a cambio de que la ONU y EEUU levantasen las amplias sanciones impuestas sobre el país. Fueron Israel y Arabia Saudí los sabotearon aquel acuerdo de No Proliferación a través de un tal Donald Trump.

La crisis de Ucrania estalló en la mesa de negociaciones de Viena, formada por EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania (los 5 miembros del Consejo de Seguridad +1) e Irán con el objetivo de reactivar aquel compromiso. De repente, el gobierno de Biden, que venía ralentizando las conversaciones con nuevas exigencias a Irán, empezó a liberar parte de los fondos bloqueados de Irán y buscar fórmulas para levantar el embargo sobre su sector petrolífero, a pesar de la dura oposición del Partido Republicano y un sector de su propio partido: no puede obligar a Europa a boicotear a Rusia sin antes ofrecerle una alternativa (sus guiños a Venezuela, más que por su petróleo, es para impedir que aloje misiles rusos como amenazó Vladimir Putin). El objetivo de sacar del aislamiento a Irán es asilar a Rusia, aunque para ello tenga que eliminar al ejército de Guardianes Islámicos de su arbitraria lista de "grupos terroristas". Eso sí, EEUU ha rechazado la demanda de Irán en eliminar todas las restricciones económicas, incluidas las impuestas por su programa de misiles balísticos, el terrorismo y las violaciones de derechos humanos. Lo cual adelanta la "provisionalidad" del acuerdo, el regreso al punto cero y las peligrosas consecuencias que acarreará: EEUU mantiene sus ocho propósitos en contener a Irán, aun así, la RI, sometida a un aislamiento internacional inaudito, y enfrentada a una profunda crisis política, social y económica, mira con esperanza esta nueva oportunidad.

Los "Prorrusos" y "Proamericanos" islámicos

La fiesta duró poco en la cúpula de poder de la teocracia islámica, por:

- La tensión social provocada por la defensa apasionada y absoluta del presidente Ebrahim Raisí de la invasión rusa a Ucrania, expresada en su conversación telefónica con Putin. Raisí y su principal respaldo, el Ayatolá Jamenei, fueron acusados de "servilismo" y de "poner en peligro la seguridad nacional de Irán". ¡Ni China, la verdadera aliada de Rusia, ha apoyado sin más la acción rusa!, apuntaron. El analista islámico Mehdi Zakerian le recordó a Raisí que él era presidente de Irán, no de Rusia. Otros le refrescaron la memoria: Rusia votó en favor de las sanciones propuestas por EEUU contra Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU para que paralizara su programa nuclear, aunque la postura de Moscú era comprensible: ¿Tener a unos ayatolás imprevisibles en mi vecindad y encima con la bomba nuclear? ¡No, gracias!

Un tercer grupo le advirtió de que en la pelea entre las superpotencias Irán sería aplastado, motivo por el cual en ambas guerras mundiales se declaró neutral. Incluso en el conflicto ruso-georgiano (2008), la RI no tomó partido.

El hecho de que nadie le haya reprochado a las autoridades del país no haber propuesto a las partes en conflicto a "resolver los problemas vía dialogo", se debe a la falta de entrenamiento: no la practican ni en los conflictos sociales internos más rudimentarios. Los militares y el clérigo son como un martillo: para ellos todo son clavos.

Si bien fue un grupo reducido organizado por los rivales de Raisí el que se manifestó delante de la embajada de Ucrania con gritos de "muerte a Putin", la prensa le recordó al presidente de la RI que ninguna invasión de un vecino a otro es defendible: la última vez que un vecino de Irán le atacó fue hace poco: Irak, en 1980.

- Justo cuando Raisí rectificaba, defendiendo la soberanía de los países y del diálogo en vez de guerra, el golpe vino de nadie menos que del canciller ruso Sergei Lavrov: no iba a firmar el acuerdo salvo que EEUU garantizase por escrito que las sanciones a Rusia no afectarán al trato comercial ni a las inversiones de su país en Irán, unos 4.000 millones de dólares (2021) y con vista de elevarlo a 10.000 millones. El PAIC se había convertido es una moneda de cambio entre las potencias. EEUU firmó el documento, porque la importancia de un Irán controlado es mucho mayor que perder a Ucrania.

En Teherán no daban crédito: "ya os dijimos que Rusia también nos traicionaría", corearon los profesionales anticomunistas (que manipulan a los ignorantes afirmando que Putin es un leninista camuflado), para seguir allanando el camino a las compañías occidentales (que en muchos países conviven e incluso comparten inversiones con la empresas rusas y chinas). "Confiar en las potencias occidentales u orientales no garantiza ni nuestros derechos ni nuestra seguridad", escribió el Secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el almirante Ali Shamkhani, levantando una tercera bandera.

- Y las cosas podían ir aún peor: el embajador ruso en Teherán, Levan Dzhagaryan, en una rueda de prensa, dijo que en Irán se había "malinterpretado" la demanda de Lavrov, y de paso pidió a los periodistas que no utilizasen los términos de "guerra" e "invasión" a "lo sucedido" con Ucrania, sino "operación militar especial". En pocas horas, decenas de periodistas e intelectuales solicitaron al ministro de Relaciones Exteriores Amir Abdollahian que recordase al diplomático que Irán no es una colonia, y algunos en sus tuits publicaron un comentario macabro junto a la foto del embajador rendiendo homenaje en su despacho al poeta Aleksandr Griboiédov (1795-1829). El dramaturgo, que también fue embajador de Moscú en Teherán, y uno de los redactores del Tratado Turkmenchay (por el que Rusia, tras derrotar a Irán en una guerra, anexionaba el Cáucaso Sur -hoy, Azerbaiyán, Armenia, Najicheván y la provincia de Igdır en Turquía), fue asesinado durante el asalto de unos furiosos hombres a la sede diplomática rusa en Teherán. Si los rusos, que han sido los primeros en promover estudios de iranología al principio del siglo pasado, desconocen la sociedad iraní, cometiendo errores de este calibre ¿Cómo EEUU, que no tiene embajada en el país, podrá tener una mínima idea de la realidad de este estratégico país?

- Y las cosas aun podían empeorarse más: "Si Ucrania no hubiera renunciado a sus armas nucleares no habría sido invadida", sentenció el general Nasirzadeh, Subjefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, prometiendo que los militares garantizarán la seguridad de Irán. Aunque los Guardianes Islámicos (cuerpo militar creado para proteger al sistema de la RI, por desconfianza hacia el ejercito) siempre se habían opuesto a un acuerdo nuclear, es la primera vez que defienden públicamente la "utilidad" de estas armas. ¡Ningún político se atrevió a poner enmienda al despropósito! Luego, el 13 de marzo, lanzaron 12 misiles a un edificio cercano al consulado de EEUU en Erbil -Kurdistán iraquí- por ser "base del Mossad", y en venganza del ataque de Israel al refugio de los drones iraníes en el propio suelo de Irán, semanas antes. Los halcones de EEUU, Israel e Irán buscan una guerra bélica total, pensando que sería "de baja intensidad" y controlable. Estamos ante un aumento cualitativo de tensiones acumuladas entre ambos estados. Israel no se conforma con menos de un Irán hecho cenizas y escombros (como Irak, Siria, o Libia).

El lema "Ni Oriente, Ni Occidente" de Ayatolá Jomeini (m.1989), hacía referencia a la Unión Soviética (socialismo) y a EEUU como potencia agresora, la cuna del "libertinaje de mujeres", etc. por ser "capitalista" (pues, el islamismo lo es). Por eso, masacró a la izquierda (y parte de la derecha rival), mientras mantenía buenas relaciones con el imperialismo francés (que trasladó al ayatolá a Irán), alemán, británico, y otros. La RI debe abandonar la hipocresía y establecer relaciones justas y equilibradas con todos los estados del mundo. Es un sinsentido: la RI es el único país del mundo sin relaciones diplomáticas con EEUU.

¿Con Ucrania o con Rusia?

Las relaciones con Ucrania son tensas, y no porque Volodímir Zelenski sea el único presidente judío no israelí del mundo (pues, Putin es el presidente ruso más amigo de Israel de la historia), sino porque en 2020 un avión ucraniano fue atacado con misiles por los guardianes islámicos en el propio aeropuerto de Teherán antes de despegar, matando a las 176 personas a bordo. Al final, la RI tuvo que aceptar la exigencia de Kiev de indemnizar con 150.000 dólares por cada víctima.

Por otro lado, el acercamiento de la RI a Rusia sucede cuando Donald Trump rompe el acuerdo nuclear en 2018, y se consolida porque los europeos incumplen su promesa de mantener el acuerdo del 2015. Rusia y China, a pesar de retirar sus grandes inversiones de Irán sobre todo en el sector de hidrocarburo, se han esforzado para aliviar algunas sanciones sobre Irán, que son mucho más duras de las impuestas a Rusia: por ejemplo, al cerrar EEUU el SWIFT (sistema de transferencia interbancaria mundial) a Irán, a Irán se le impide cobrar sus productos vendidos, y a los inmigrantes iraníes enviar y recibir dinero, o siquiera abrir una cuenta corriente en los países donde residen.

¿Vender hidrocarburo o hacer proselitismo?

A pesar de que Irán posee al menos el 18% de las reservas mundiales de gas natural, y es el tercer mayor productor de gas natural seco, sus exportaciones constituyen menos del 1% del comercio mundial del combustible azul: el menosprecio de los ayatolás hacia la industrialización y la tecnología se suma a su mirada religiosa-maniquea al mundo, entre otros motivos. Para el desarrollo de esta industria y obtener un lugar merecido en este mercado, Irán necesita unos 100 mil millones de dólares de inversión, que sigue sin lograr tanto por la casi nula capacidad de los ayatolás a poner una cara amable atrayendo el capital extranjero, como por los continuos sabotajes de EEUU, Israel y Arabia Saudí. La idea de construir un gaseoducto que transportase el gas iraní a las costas mediterráneas de Siria atravesando Irak es inviable debido a las interminables guerras que sufren ambos países. La solución para Irán sería construir terminales de Gas Natural Licuado (GNL), como Qatar, el diminuto país, que desde sus siete puertos se ha convertido en uno de los mayores exportadores de GNL del mundo. Si la RI cae en la tentación de llevar a los mercados mundiales el gas que consume el país, el 80% de la producción, provocando escasez y el aumento de precios de gasolina, tendrá que enfrentarse a nuevas y masivas protestas sociales, como las del invierno de 2019 por la subida del precio de este combustible

De modo que un posible regreso de Irán no afectaría al mercado ruso de gas, pero sí reduciría el peso del petróleo ruso y rebajaría los precios.

En 2018 , Irán producía 3,8 millones de barriles de petróleo por día (bpd), caído hoy a 2,4 millones. Exportar 1,4 millones de bpd a Europa, según los cálculos de Irán, requiere la readaptación al tipo de crudo iraní de las refinerías de sus antiguos clientes -como Grecia, España o Italia-, mientras, podrá colocar en el mercado los 85 millones de barriles de petróleo y gas condensado en el mar.

Tampoco hay que descartar que la RI, para no perder la amistad con Rusia, vaya a buscar más clientes en Asia (como Japón e India) que en Europa.

Aunque, todo este paisaje es ficción: para empezar porque el acuerdo nuclear aún no se ha firmado, y, aunque lo haga, puede ser destruido en cualquier momento. Tampoco hay garantía de que Israel lo permita, en una región donde manda él. La visita del primer ministro israelí Naftali Bennett a Moscú, el 5 de marzo, fue quizás para ofrecer su apoyo en la guerra con Ucrania (en choque con la posición de EEUU) a cambio de que expulse a las fuerzas de Irán de Siria, y le ate bien atado y con más cadenas en el acuerdo final de Viena.

Este traumático cambio del mapa del mundo sólo podrá congelarse con un movimiento progresista organizado a nivel mundial.

23 marzo 2022

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EE UU, preocupado ante el avance de China en Latinoamérica

Washington presiona a la nueva presidenta de Honduras, Xiomara Castro, para que mantenga las relaciones con Taiwán, tras la ruptura del régimen de Daniel Ortega con la Isla y el acercamiento de otros países latinoamericanos a Pekín

La embajadora nominada por el Gobierno de Joe Biden para representar a su país en Honduras, Laura Dogu, llegará a Tegucigalpa con una misión que Washington considera estratégica: convencer a la presidente Xiomara Castro de que mantenga sus relaciones con Taiwán, la isla que China considera rebelde y cuya diplomacia ha estado centrada en repartir millones de dólares a los países centroamericanos a cambio de que reconozcan su soberanía. A pesar de ese apoyo, Centroamérica cada vez más vuelve a ver a China y Taiwán pierde poco a poco sus aliados en la región. El último en romper relaciones con la isla ha sido el régimen de Daniel Ortega, que incluso embargó la sede diplomática taiwanesa en Managua. Ortega, desesperado por hallar apoyos tras el aislamiento impuesto por la comunidad internacional, incluso ha enviado a sus hijos a China como emisarios, con la esperanza de obtener un nuevo salvavidas que le permita mantener su régimen autoritario.

La abrupta ruptura de Ortega tomó por sorpresa al Gobierno taiwanés, que se había convertido en el principal aliado del régimen, en una relación muy criticada en Nicaragua: mientras la comunidad internacional aislaba a Ortega, Taiwán mantuvo su financiamiento en Managua a pesar de la brutal represión contra multitudinarias manifestaciones que exigían un cambio de timón, el asesinato de centenares de manifestantes, el encarcelamiento de opositores, el cierre de medios de comunicación y las denuncias sucesivas de violaciones a los derechos humanos.

La sede diplomática taiwanesa, interesada en mantener el reconocimiento de Managua, mantuvo un elocuente silencio frente a estas atrocidades. Taiwán financiaba 27 proyectos en áreas de producción de alimentos, cultivos de frutales y cría de cerdos de calidad superior, por valor de entre 30 millones y 50 millones de dólares, según datos del Gobierno nicaragüense. “Lamentamos que el Gobierno del presidente Ortega haya hecho caso omiso de los muchos años de amistad entre los pueblos de Taiwán y de Nicaragua”, expresó el ministerio de Exteriores taiwanés. “Como miembro de la comunidad internacional, Taiwán tiene el derecho a intercambios y al desarrollo de relaciones diplomáticas con otros países”, agregó. Washington fue el primer país en criticar la decisión de Ortega y aseguró que Taiwán da “beneficios económicos y de seguridad significativos a los ciudadanos de aquellos países” con los que mantiene lazos diplomáticos.

La ruptura fue violenta y humillante, a tal punto que Ortega ordenó la confiscación de la sede diplomática de Taiwán en Managua, que la Isla había vendido de forma simbólica a la Iglesia católica nicaragüense. “Taiwán emprenderá los procedimientos legales internacionales apropiados para proteger su propiedad diplomática y garantizar que Nicaragua rinda cuentas por su acto, ilícito desde el punto de vista del derecho internacional”, informó el Ministerio de Relaciones Exteriores en un comunicado. Para Taipei, la confiscación de su embajada “forma parte de la intención explícita y agresiva de China de anexionarse Taiwán, lo que contraviene gravemente las normas internacionales y daña la paz y la estabilidad regionales.

Aunque las relaciones con una potencia como China pueden traer beneficios económicos a Nicaragua (se trata de un mercado inmenso de 1.400 millones de personas y con una industria que exporta productos a un menor costo), Tiziano Breda, analista para Centroamérica del International Crisis Group, estima que también puede tener ventajas políticas para un régimen autoritario como el de Ortega. “China ofrece una oportunidad de respaldo en foros multilaterales como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, o la misma ONU. También puede hacer contrapeso a la crítica internacional sobre ciertas cuestiones internas de parte de Estados Unidos o Europa”, explica Breda, en referencia a las exigencias de Washington y Bruselas de liberar a los presos políticos, denunciar los abusos a los derechos humanos y exigir elecciones libres y transparentes en Nicaragua. “Cuando se intentó llevar a Nicaragua ante el Consejo de Seguridad de la ONU, China y Rusia se opusieron, vetaron un proyecto de resolución”, recuerda Breda. “Creo que al final de cuentas lo que busca Daniel Ortega es insertar a Nicaragua en esta contienda geopolítica entre estas tres potencias [EE UU, China y Rusia] e incomodar a Estados Unidos”, advierte el analista.

A Taiwán le ayuda cada vez menos su diplomacia del dólar y el derroche de millones entre sus aliados, principalmente latinoamericanos. Nicaragua es el octavo país que abandona a Taiwán por China en cinco años, después de Burkina Faso, República Dominicana, Sao Tomé y Príncipe, Panamá, El Salvador, las islas Salomón y Kiribati. Ello deja al Gobierno de Taipei con solo catorce países con los que mantiene relaciones diplomáticas formales, concentrados principalmente en América Latina y el Caribe, informa Macarena Vidal Liy. A inicios de febrero, el presidente de Argentina, Alberto Fernández, inició una gira de cinco días por Rusia y China para atraer inversiones. China aspira a invertir miles de millones de dólares en el país sudamericano, en proyectos que incluyen desde represas en la Patagonia a una central nuclear en la provincia de Buenos Aires.

México - 27 feb 2022 - 23:45 COT

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Yanis Varoufakis- Foto de Álvaro Minguito

El economista griego brinda una visión panorámica y crítica de lo que sucede en la intersección entre el dinero, la macroeconomía y el mundo digital.

 

Rara es la persona que puede comentar con cierto expertise y en una sola entrevista sobre el auge de las NFT (Token no fungible) y sus orígenes en los confines del mundos virtual de los videojuegos, la lógica del régimen emergente del tecnofeudalismo y la locura de las tácticas de negociación de El Salvador con el FMI a través del bitcoin. Esta persona es Yanis Varoufakis, un destacado economista, político e intelectual público, quien también fue Ministro de Finanzas de Grecia.

En esta extensa entrevista, Yanis brinda una visión panorámica (y, en ocasiones, bastante crítica) de lo que sucede en la intersección entre el dinero, la macroeconomía y el mundo digital. Realizada en el marco de Crypto Syllabus, este proyecto del The Center for the Advancement of Infrastructural Imagination (CAII) trata de ofrecer coordenadas para comprender de manera crítica los discursos sobre estas tecnologías descentralizadas que han emergido en la esfera pública. La traducción corre a cargo de Ekaitz Cancela, quien también asistió al entrevistador con las preguntas.

A principios de la década de 2010, antes de su paso por el Gobierno griego, usted trabajó como economista residente en Valve, una conocida empresa de juegos. ¿De qué manera fueron útiles las habilidades que desarrolló como experto en teoría de juegos para diseccionar la economía en los mundos virtuales? Y, a su vez, ¿qué tipo de conocimientos, si los hubo, sobre el funcionamiento interno de la economía real obtuvo a través de esa experiencia?


Hace diez años, la idea del metaverso ya estaba en pleno funcionamiento dentro de las comunidades de jugadores de Valve, que habían generado economías tan grandes que estaba tan emocionados como asustados. Algunos activos digitales que anteriormente se habían distribuido de forma gratuita (a través de entregas) comenzaron a comercializarse y a vender por decenas de miles de dólares en eBay. Aquello ocurrió mucho antes de que nadie pensara en las NFT.

¿Qué podría pasar si los precios de estos artículos y actividades lucrativas se desplomaran espontáneamente? Eso era lo que mantenía despierta por las noches a la gente de Valve. Puede ver esto que digo en el correo electrónico con el que se acercaron a mí en aquella época: 'He estado siguiendo su blog desde hace un tiempo... Aquí en mi empresa estamos discutiendo cómo vincular economías en dos entornos virtuales (creando una moneda compartida), y luchando con algunos de los problemas más espinosos de la balanza de pagos, cuando me vino a la cabeza que “esto es Alemania y Grecia”, un pensamiento que no se me habría ocurrido sin haber seguido tu blog'.

Mis razones para involucrarme en aquella empresa fueron muchas. Una era la posibilidad de estudiar una economía como investigador omnisciente. Dado que tendría acceso al conjunto completo de datos en tiempo real, ¡no necesitaba estadísticas! Otro fue el atractivo de jugar a ser 'dios', es decir, poder hacer con estas economías digitales cosas que ningún economista puede hacer en el mundo 'real'. Como, por ejemplo, modificar reglas, precios y cantidades para ver qué sucede. Otro objetivo era forjar narrativas sustentadas empíricamente que trascendieran la frontera que separa la economía 'real' de la digital.

¿Qué aprendí entonces? La idea clave fue que el comportamiento observado demolió por completo algunas fantasías neoliberales fundamentales: el Barter [trueque] no da paso al dinero sólido, en la forma de un simulacro de oro digital (establecimos que varios bienes/artículos compiten por el dominio como numerarios, sin llegar a dominar). El desinterés siempre está presente, evidenciado por obsequios sustanciales doblemente anónimos. Surgen relaciones sociales, incluso en estos mundos digitales anónimos, que luego 'infectan' los precios y las cantidades de una manera que tiene poca conexión con la visión neoliberal de los valores de cambio formados en un vacío político y moral.

Hoy, una década después, está claro que las comunidades de juego como la que estudié en Valve han estado operando como metaversos completos, usando el término de Mark Zuckerberg. Los jugadores se sintieron atraídos por el juego pero, una vez 'dentro', se quedaron a vivir gran parte de su vida, haciendo amigos, produciendo bienes para la venta, consumiendo entretenimiento, debatiendo, etc. La ambición de Zuckerberg es insertar sus miles de millones de usuarios de Facebook que no son jugadores en una economía social digital similar a Steam, añadiendo una moneda virtual a una plataforma que funciona de arriba hacia abajo y que él controla. ¿Cómo resistir el paralelismo con un feudo digital en el que Zuckerberg sueña con ser el techno-lord?

Las NFT se han puesto muy de moda y su rápido ascenso se puede rastrear hasta las CryptoKitties, un juego de computadora basado en blockchain que despegó en 2017. Ahora bien, también hay muchos jugadores que se oponen a las NFT y a las ideas problemáticas basadas en la propiedad que incorporan. ¿Había algo similar a las NFT en el horizonte durante su tiempo en Valve? ¿Cree que los NFT cambiarán nuestras ideas sobre la propiedad, la escasez y la remuneración de manera que puedan ser de ayuda para algún proyecto progresista? Esto, en cualquier caso, es la creencia base de algunos defensores de Web3.


¡Quitémonos el sombrero ante las TF2! Los jugadores de Team Fortress 2 (o TF2) estaban obsesionados con los sombreros digitales. Si bien inicialmente eran parte de las entregas gratuitas, algunos sombreros se convirtieron después en coleccionables. Los jugadores comenzaron a hacer trueques dentro del juego (por ejemplo, te daré dos pistolas láser por este sombrero). Luego, cuando la demanda de algún sombrero aumentaba lo suficiente, los jugadores salían del juego, se reunían en eBay, cambiaban el sombrero por, a veces, miles de dólares, antes de, finalmente, regresar al juego donde el vendedor entregaba el sombrero a el comprador. Tengan en cuenta los increíbles niveles de confianza entre extraños que implican estas transacciones: el vendedor podría haberse ido con el dinero y el sombrero. Valve decidió reducir la necesidad de tanta confianza, eliminó eBay como intermediario y también obtuvo una buena ganancia al crear salas de intercambio dentro del juego (es decir, crear un mercado en el juego para artículos digitales propiedad de Valve y supervisado por esta).

Los NFT difieren en dos aspectos de los activos digitales como los sombreros en TF2: la cadena de bloques excluye a la empresa (por ejemplo, Valve). También permite que el activo digital emigre del juego/reino que lo generó a cualquier otro reino digital.

¿Creo que los NFT tienen un potencial subversivo? Veamos. En un entorno digital, los NFT son como todos los demás productos básicos. Reflejan el triunfo del valor de cambio (con el que el capitalismo derrotó al valor experiencial o de uso) dentro de un metaverso (al estilo Valve o Zuckerberg). En ese sentido, los NFT no ofrecen nada nuevo dentro de los mundos digitales, excepto quizás que potencian la ideología del capitalismo (el valor de cambio gobierna supremamente). En el mundo analógico, los NFT tienen valor solo en la medida en que los derechos de fanfarronear ofrecen utilidad a quienes los cuidan. Aunque al hacerlo, obligan a organizaciones como Sotheby's y Christie's, que solían monopolizar el comercio de los derechos de fanfarronear, a cambiar sus formas. De ninguna manera las NFT subvierte la estructura de los derechos de propiedad que crean y sustentan el poder exorbitante de la oligarquía sobre la mayoría.

Por lo tanto, veo poco potencial radical en las NFT. Habiendo dicho eso, una buena sociedad liberal tecno-comunista del futuro podría encontrar formas de usarlos como parte de una amplia red de tecnologías que nos ayuden a mantener registros de nuestras identidades, propiedad, etc.

Mucho se ha hablado del hecho de que en algunos países del Sur Global (por ejemplo, Filipinas) los juegos basados ​​en blockchain como Axie Infinity estén creando una economía paralela, lo que permite a los jugadores canjear tokens virtuales (su valor se ha disparado recientemente) en dinero fiduciario. El fundador de Reddit, por su parte, argumentó recientemente que todos los juegos del futuro seguirán este modelo de ‘jugar para ganar’, y agregó que “el 90% de las personas no jugarán a un juego a menos que se les valore adecuadamente”. ¿Qué vamos a hacer con esto? ¿Es otra distopía más del capitalismo global? ¿O es una mejora en la explotación del trabajo, tal vez, como consecuencia de la pandemia mundial que mantiene a muchas personas atrapadas en casa jugando?
Cuando trabajé con Valve, hace diez años, había miles de jóvenes en China, Kazajistán y otros lugares que ganaban dinero ofreciendo servicios a los miembros de las comunidades de juego de Valve. Los jugadores dotados ganaron un buen dinero pagado por otros jugadores deseosos de verlos jugar. Por lo tanto, no hay nada nuevo en la idea de una economía paralela que permita a las personas en los países o regiones más pobres ganar mientras juegan u ofrecen servicios en el juego.

¿Fue eso algo bueno o algo malo? Fue bueno, por supuesto, para una persona joven en Shenzhen que logró ganar 60.000 dólares al año diseñando sombreros digitales en su PC, en lugar de destruir su cuerpo en un taller clandestino. La pregunta, sin embargo, es: ¿podrían todos los trabajadores en Shenzhen (y más allá) ser rescatados de los talleres clandestinos migrando a un metaverso? La respuesta es: no antes de que tengamos robots trabajando para todos nosotros y podamos reproducir las condiciones materiales de nuestras vidas. Mientras no tengamos estos esclavos mecánicos que atienden a la humanidad en su conjunto (y no solo produciendo mercancías en propiedad del 1% del 1%), la idea de que las personas deben jugar como robots para ganarse la vida a fin de ser humanos en sus ratos libres es, en efecto, la apoteosis de la misantropía, la desconfianza o el desprecio en general hacia la especie humana.

Una de sus críticas al Bitcoin como moneda, ya que usted afirma claramente que no lo es ni puede serlo, es que limita el espacio de políticas posible, de modo que, cuando hay una pandemia, no será posible aumentar la oferta monetaria. Supongo que esto también cubre la 'impresión de dinero', con todas las consecuencias perversas del Quantitative Easing (QE) que usted mismo ha documentado en otros lugares. ¿No serían los maximalistas del Bitcoin, al menos, coherentes al argumentar que esta incapacidad para imprimir dinero es una característica, no un error, del sistema?


Cuando los 'maximalistas del Bitcoin', como usted los llama, se abocan a la lírica para describir la incapacidad de imprimir dinero (y celebran esta incapacidad como una característica del Bitcoin, en lugar de un error), están siendo terriblemente poco originales; banales, me atrevo a decir. El capitalismo casi muere en 1929, y decenas de millones de personas murieron en la guerra posterior, en parte debido a la falacia tóxica que sustentaba el patrón oro en ese momento y del Bitcoin ahora. ¿Cuál es la falacia? La falacia de la composición, como la llamó John Maynard Keynes.

Su esencia es una tendencia a extrapolar el ámbito personal al macroeconómico. Decir que si algo es bueno para mí, si una práctica es buena a nivel de mi familia, negocio, etc., también debe ser bueno para el Estado, el gobierno, la humanidad en general. Por ejemplo, sí, la parsimonia es algo bueno para mí, personalmente. Si no puedo llegar a fin de mes, necesito apretarme el cinturón; de lo contrario, me hundiré más y más en deudas. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario en macroeconomía: si, en medio de una recesión, el gobierno trata de apretarse el cinturón como un medio para eliminar su déficit presupuestario, entonces el gasto público disminuirá en un momento de caída del gasto privado. Y dado que la suma del gasto público y privado es igual al ingreso agregado, el gobierno estará, sin darse cuenta, magnificando la recesión y, sí, también su propio déficit (a medida que caen los ingresos del gobierno). Este es un ejemplo de una cosa (ajustarse el cinturón) que es buena a nivel micro y catastrófica a nivel macro.

De manera similar a como ocurre con el oro, el Bitcoin y todas las demás 'cosas' que tienen valor de cambio: si tiene oro, es bueno para usted si su suministro es limitado, fijo si es posible. Lo mismo con el Bitcoin, plata, dólares. (es por esto que los ricos y poderosos tradicionalmente se opusieron a la política monetaria expansiva, gritando sobre la 'hiperinflación' en un abrir y cerrar de ojos). Entonces, si usted está invirtiendo en Bitcoin, o por alguna razón se pone eufórico cada vez que el dólar sube el tipo de cambio, tiene todas las razones para pensar que el suministro algorítmico fijo es una buena característica. Pero eso tiene un precio: una oferta monetaria fija se traduce en una dinámica deflacionaria que, en un sistema propenso a subemplear a su gente y a invertir poco en las cosas que la sociedad necesita (es decir, bajo el capitalismo), estamos ante una catástrofe en ciernes.

El patrón oro es, de hecho, una gran fuente de información sobre cuán peligrosamente primitivo es el pensamiento maximalista del Bitcoin. Supongamos que el Bitcoin tomara el relevo de las monedas fiduciarias. ¿Qué harían los bancos? Prestarían en Bitcoin, por supuesto. Esto significa que surgirían facilidades de sobregiro [‘overdraft’] que permitirían a los prestamistas comprar bienes y servicios con Bitcoins que aún no existen. ¿Qué harían los gobiernos? En momentos de estrés tendrían que emitir unidades de cuenta vinculadas al Bitcoin (como lo hicieron bajo el Gold Exchange Standard durante el período de entreguerras). Toda esta liquidez pública y privada provocaría un período de auge antes de que, inevitablemente, llegue el crac. Y luego, con millones de personas destrozadas, los gobiernos y los bancos tendrían que abandonar el Bitcoin. En resumen, al igual que el oro, el Bitcoin es ante todo... abandonable. El problema es que ocurra una vez ha causado un daño enorme. Dicho de otra manera, el Bitcoin nunca tomará el relevo al dinero fiduciario o, si lo hace, causará un enorme dolor innecesario, antes de ser abandonado.

Sin embargo, ¿qué pasa con otras criptomonedas, que permiten operaciones muy sofisticadas y estructuras de incentivos, incluida la demora programada algorítmicamente? ¿Estarían más cerca de ser definidos como monedas?


No, eso tampoco funcionará. El problema con Bitcoin no es acerca del suministro fijo. Es la presunción de que la tasa de cambio de la oferta monetaria se puede predecir dentro de cualquier algoritmo. Afirma que la oferta monetaria puede ser despolitizada. Por lo tanto, no se trata de cuán sofisticado y complejo sea el algoritmo. Es, más bien, que un proceso puramente político, incognoscible, nunca puede ser capturado por un algoritmo. No puede y, por tanto, no debe.

Debido al creciente interés con el Ethereum ha habido un extraño resurgimiento del interés en el diseño de mecanismos y la teoría de juegos entre la criptocomunidad; algunos artículos sobre criptoeconomía citan con orgullo a Leonid Hurwicz y Oskar Lange. Si uno estudia esta disciplinanaciente un poco más de cerca, se sorprende por su elección de enfoque: la microeconomía está en todas partes, pero la macroeconomía, salvo algunas críticas austriacas al dinero fiduciario, no está en ninguna parte, ni siquiera en la versión ortodoxa de Samuelson.


Ha puesto el dedo en la llaga. Estamos, nuevamente, ante la falacia de la composición: imaginar que lo que funciona para ti debe funcionar para la sociedad en general; que lo que tiene sentido en el micromundo lo tiene también en el macro… Los entusiastas de las criptomonedas tienen puntos de vista potentes sobre el dinero, en este sentido, entran en la categoría de personas descritas por Keynes como 'parecidos a geómetras euclidianos en un mundo no euclidiano'. Keynes se refería a los economistas clásicos que pensaban en el dinero como una mercancía, como una cosa. Los criptomonetaristas están repitiendo el mismo error conceptual.

Desde principios de la década de 2010, usted ha argumentado que el 'blockchain es una solución fantástica para el problema que aún no hemos descubierto. Pero no es la solución al problema del dinero'. ¿Somos tan ignorantes? Se podría decir que el blockchain, como proyecto inspirado en la ideología cypherpunk, siempre ha sido una solución al problema del Estado: promete sacar al Estado de dominios tan diversos como el derecho (con el auge de los contratos inteligentes) o la financiación de las artes (con el fraccionamiento de la propiedad a través de NFT) o, de manera más obvia, la banca central (con su crítica del dinero fiduciario).


Pensar que el Bitcoin puede resolver el problema del dinero, o el problema del Estado, es no entender qué es el dinero o qué hacen los Estados. Cada sistema socioeconómico explotador se basa en lo que la minoría que lo dirige puede hacer que el resto haga por ellos (quién hace qué a quién, como dijo Lenin). El dinero y el Estado son epifenómenos del capitalismo. Creer que se puede arreglar el dinero, o que se puede arreglar el Estado con blockchain, es demostrar una inocencia devastadora con respecto al sistema de explotación con el que están integrados. Ningún contrato inteligente puede, por ejemplo, subvertir los contratos laborales que sustentan los patrones y la explotación de la sociedad. Ninguna NFT puede cambiar un mundo donde el arte es una mercancía dentro de un universo de personas y cosas mercantilizadas. Ningún banco central puede servir a los intereses del pueblo mientras sea independiente del demos. Sí, el blockchain será útil en sociedades liberadas del poder extractivo de unos pocos. Sin embargo, el blockchain no nos liberará. De hecho, cualquier servicio, moneda o bien digital que se construya dentro del sistema actual simplemente reproducirá la legitimidad del sistema actual.

Suponiendo que todavía seas optimista sobre el blockchain, ¿cómo concilia usted ese sesgo antiestatista con lo que ve como su potencial en una sociedad emancipada? ¿En qué consiste exactamente ese potencial? Incluso si uno asume que hay algún valor tanto en la teoría de juegos como en la teoría de diseño de mecanismos, ¿de qué sirven para cualquier proyecto progresista si no se acompaña de una perspectiva macro?


Mi respuesta se encuentra en mi novela de ciencia ficción, Otra realidad (particularmente, en el Capítulo 6). En él presento un anteproyecto para una economía social poscapitalista y no explotadora. Blockchain se presenta como una tecnología utilizada tanto por los bancos centrales como por las comunidades locales con el fin de crear un libro público y distribuido para dos cosas: dinero, por supuesto. Y arrendamientos de título para propiedades en la zona comercial de un condado (que están en una subasta perpetua, y cuyas ganancias se utilizan para mantener o expandir la zona social del condado). A partir de ahí, se puede ver que considero el blockchain y los mecanismos estilo Ethereum como tecnologías que resultarán extremadamente útiles una vez que acabamos la propiedad privada sobre los medios de producción. Pero, por sí solas, estas tecnologías no nos liberarán del poder extractivo de unos pocos.

Usted se ha descrito a sí mismo como un 'marxista errático', señalando que tiene fuertes tendencias libertarias. En Italia, donde vivo desde hace bastante tiempo, existe, por supuesto, esta larga tradición de marxismo autónomo que comparte muchas de estas creencias con usted. Siempre ha sido crítico con el Estado y la burocracia estatal, con sus formas rígidas y centralizadas de organizar la sociedad. Ahora, parece que hay una nueva solución prometedora para este antiguo problema: los DAO (abreviatura en inglés de ‘organizaciones autónomas descentralizadas’) que prometen poner reglas algorítmicas transparentes en lugar de esos líderes carismáticos weberianos. ¿Encuentra algo de valor en estas nuevas formas institucionales? ¿O huelen al mismo credo tecnocrático, con su creencia de que los problemas políticos se pueden resolver diseñando mecanismos e incentivos inteligentes, que estas tecnologías afirman estar atacando?
Karl Marx era errático. Cambiaba de opinión todo el tiempo, enfureciendo a sus amigos y camaradas. Escribió textos furiosos donde repudiaba sus ideas anteriores. Tampoco soportaba a los que se autodenominaban... marxistas (por ejemplo, la famosa frase de 'si ellos son marxistas, yo no lo soy'). Entonces, me describí a mí mismo como un 'marxista errático' para decir dos cosas: que no soy dogmático y que estoy en desacuerdo con los marxistas 'oficiales' que buscan poder personal custodiando dogmáticamente el pensamiento de Marx. De hecho, fui un paso más allá y ahora me refiero a mí mismo como un 'marxista libertario', una autodescripción que fue inmediatamente ridiculizada por varios libertarios y la mayoría de los marxistas. ¿Mi razón? Al igual que los anarcosindicalistas en España y los marxistas autónomos de Italia que mencionaste, no veo cómo se puede apreciar genuinamente la libertad y tolerar el capitalismo. Y también: cómo se puede ser tanto antiliberal como de izquierda.

Sobre la cuestión de las DAO, debo decir que las miro con simpatía. Pero, nuevamente, al igual que con mi actitud hacia el blockchain, estoy convencido de que estas son herramientas que serán muy útiles una vez que un amplio movimiento internacionalista derroque los derechos de propiedad de la oligarquía sobre los medios de producción (incluidos los servidores en la nube). Como trato de esbozar en Otra realidad, una futura sociedad anarcosindicalista digital utilizará muchas de herramientas similares a los DAO. Pero, y esto es un pero gigantesco, las herramientas tipo DAO no darán lugar a una nueva sociedad en donde las herramientas tipo DAO sean útiles. Ya podemos ver cómo los magnates regresivos y de capitales semilla en los Estados Unidos están usurpando las DAO.

Al observar el espacio criptográfico desde los márgenes, tengo la impresión de que han facilitado el regreso de muchas de las viejas ideas políticas neoliberales. Estoy pensando especialmente en el uso de instrumentos de mercado para luchar contra el cambio climático: de repente, el blockchain promete revivir muchas de las ideas relacionadas con los servicios de los ecosistemas naturales, mientras que el surgimiento de organizaciones activistas a menudo anónimas como KlimaDAO ha ayudado a impulsar lo que alguna vez fue un mercado languideciente en emisiones de carbono. Como resultado, se ha restaurado la reputación del mercado como un dispositivo de resolución de problemas, aunque sea temporalmente. ¿Cómo deberían reaccionar los progresistas ante tales desarrollos? ¿Estos criptoproyectos, que prometen revertir el cambio climático a través de las finanzas, están ocupando el espacio activista que ha quedado vacío y que deberían haber llenado los bancos centrales antes de que se desviaran un poco debido a los consejos que reciben de BlackRock y otros fondos? ¿Qué deberían hacer los bancos centrales con respecto a este eje verde-tecnología-financiero?


Este es, precisamente, mi punto. Bajo el discurso de liberarnos de los magnates, los Estados e incluso el cambio climático, los fanáticos de las criptomonedas están impulsando la ideología de la mercantilización, es decir, el neoliberalismo. ¿Qué debemos hacer? Lo único que funcionará es hacerse cargo de los parlamentos para legislar, crear una ley corporativa que termine con los valores negociables e introduzca en su lugar el principio de una acción, un empleado. Tomar el control de los bancos centrales implica hacer que emitan monedas digitales en un libro mayor, que puede ser distribuido, pero que debe hacer posible la renta básica. Hacerse cargo de los gobiernos implica implementar la propiedad personal de nuestros datos. En resumen, ningún algoritmo eliminará la necesidad de una revolución genuina.

Una de las consecuencias interesantes de la actual crisis monetaria en Turquía ha sido la creciente popularidad de monedas estables (stablecoins) como Tether entre la población turca. Esto es aún más inquietante dado que se rumorea mucho sobre los propios problemas de esta moneda, que muchos en la comunidad criptográfica esperan explotar tarde o temprano. Las manos de Erdoğan parecen estar atadas, ya que las ciudades turcas rebosan de anuncios de servicios criptográficos, que son genuinamente populares entre la población local. Usted ha hablado, con cierto desdén, sobre las monedas estables en el pasado, pero ¿cómo las ve cambiando la dinámica de una crisis monetaria como la de Turquía? ¿Cómo debería reaccionar el gobierno ante ellas, si es que reacciona?


Bitcoin fue, como dije anteriormente, la reencarnación algorítmica digital del patrón oro, respaldada por los mismos argumentos vacuos y los mismos motivos oligárquicos subyacentes. Las monedas estables son otra reencarnación de otra idea primitiva y fallida: la llamada caja de conversión.

La idea detrás del patrón oro era que las monedas nacionales ganaban credibilidad porque su Estado/banco central renunciaba al derecho de imprimir dinero a voluntad. Al fijar el tipo de cambio de una moneda nacional al precio del oro (por ejemplo, 35 dólares por una onza de oro) y permitir libremente la convertibilidad bidireccional, era de conocimiento común que, si las autoridades imprimían dinero en un valor total superior al valor del oro en las bóvedas del banco central, en algún momento las personas que tenían papel moneda demandarían un oro que el banco central no tenía.

Una caja de conversión (por ejemplo, el sistema que sustenta la moneda nacional de Bulgaria en la actualidad) es similar en el sentido de que el banco central fija el tipo de cambio de la moneda nacional para que sea igual al precio promedio de una canasta de monedas fuertes. Nuevamente, mientras no haya controles de capital y la moneda nacional sea completamente convertible a las monedas fuertes en la caja de conversión, si el banco central imprime más dinero del equivalente (bajo el tipo de cambio fijo) a sus reservas de moneda extranjera, corre el riesgo de una fuga sobre sus reservas. Al igual que con el patrón oro, las cajas de conversión han demostrado ser frágiles: ante la señal de una crisis económica, una guerra u otro tipo de estrés, se abandonan.

Una moneda estable es una caja de conversión con la diferencia de que se aplica a una moneda digital sin estado (como Tether), no a una moneda nacional. Esto quiere decir que no hay ningún Estado que legisle que los administradores del sistema respeten el tipo de cambio fijo; que no crean stablecoins por encima del valor de sus reservas, las cobran y se marchan con el dinero. En otras palabras, además de la inestabilidad inherente de las cajas de conversión, las stablecoins sientan el caldo de cultivo para el fraude.

En conclusión, el hecho de que las stablescoins o el propio Bitcoin adquieran el aura de salvadores en países golpeados por la inflación, como Turquía, no es más que una vara para medir la desesperación de la gente: se agarrarán a un clavo ardiendo. Las monedas estables no ofrecen a los turcos un respiro de la inflación que la compra de euros o dólares no pueda ofrecer. Entonces, ¿por qué comprar Tether en lugar de dólares o euros? ¿Por qué confiar en los personajes sombríos que dirigen una caja de conversión privada? Sólo porque estos últimos despliegan un buen marketing para explotar a la gente desesperada.

¿Qué opina de los esfuerzos crecientes de China tanto para controlar su mercado FinTech como la industria de la criptografía, así como para acelerar el desarrollo del e-yuan? ¿Son un ejemplo a seguir para Europa y EE UU? Y si es así, ¿cuáles son los elementos que vale la pena tomar prestados?


Estoy inmensamente impresionado por estos movimientos, especialmente cuando se ven como un paquete y de manera conjunta. Las autoridades chinas están, a la vez: (1) desinflando la burbuja inmobiliaria (desmantelando Evergrande, paso a paso); (2) aspirando a reducir la inversión agregada del 50% al 30% del PIB como condición previa para aumentar la participación de los salarios en el PIB; (3) poniendo fin al sistema de tutoría opresivo para los alumnos que aplasta las almas jóvenes sin ayudar a nutrir el pensamiento creativo; (4) patrocinando la escritura de ciencia ficción y el diseño de juegos; (5) restringiendo el poder de las Big Tech; y, por último, pero no menos importante, (6) poniendo el yuan digital online.

Ese último movimiento, el del yuan digital, constituye una revolución en toda regla: cuando esté completamente desarrollado, equipará a todos los residentes en China, pero también a cualquier persona de todo el mundo que quiera comerciar con China, con una billetera digital, una cuenta bancaria digital básica. En un movimiento, por lo tanto, los bancos comerciales habrán sido 'desintermediados'; o, en lenguaje sencillo, habrán perdido su monopolio sobre el sistema de pagos. Esto es realmente una ruptura radical con las finanzas tal como las hemos conocido. Y, sí, es un movimiento que deberíamos emular en Europa y en los Estados Unidos, razón por la cual, por supuesto, Wall Street y el resto de los capitalistas financieros de Occidente harán todo lo posible para detenerlo, prefiriendo hacer estallar el mundo en lugar de dejarse des-intermediar.

¿Está familiarizado con los planes para un 'dólar digital' presentados por personas como Robert Hockett y Saule Omarova, que, esencialmente, insisten en la necesidad de construir una CBDC democráticamente responsable? ¿Cuán probable cree que es que la Reserva Federal implemente algo como esto, especialmente dada la gran oposición, incluso de la industria de las criptomonedas, que hubo para la nominación de Omarova dentro de la administración de Biden? También hemos escuchado recientemente al congresista Tom Emmer, proclamar que Washington debería estar construyendo criptomonedas con “características estadounidenses”, al tiempo que propone prohibir a la Fed cualquier experimento con una CBDC. Una de las razones declaradas por Emmer para tal acción fue “mantener el dominio del dólar”. ¿Qué cree que hay detrás de tales proclamas? ¿Significan que es probable que veamos los esfuerzos anteriores de Facebook para lanzar su propia moneda estable, ahora llamada (irónicamente) Diem, con un sello oficial de aprobación?


La situación suena compleja pero es muy, muy simple. La mayoría de dólares, libras, euros y yenes ya son digitales. La digitalización del dinero no es el problema. El tema es el monopolio del sistema de pagos. Hoy en día, cada persona usa dinero digital (aplicaciones telefónicas o tarjetas de plástico) para comprar una taza de café en su Starbucks local. Pero, para hacerlo, primero necesita una cuenta en un banco comercial. En otras palabras, para otorgarle acceso a dinero fiduciario digital, el Estado lo obliga a caer en los brazos de los bancos comerciales.

A día de hoy, el Estado garantiza que el monopolio sobre los pagos esté en manos de los bancos comerciales. Y eso es solo uno de los regalos que le hace a la oligarquía. Un segundo regalo, aún mayor, es que solo los bancos comerciales pueden tener una cuenta en el banco central. Por lo tanto, cuando llega una recesión y el banco central decide estimular la economía, el banco central reduce la tasa de interés del sobregiro que otorga a los bancos comerciales, quienes luego explotan esta reducción para beneficiarse del arbitraje con el usuario (prestando el dinero a los clientes a un tasa de interés más alta). Y cuando la recesión empeora aún más (como ha sido el caso desde 2008 y ahora con la pandemia), el banco central imprime dólares o euros digitales y los acredita directamente en las cuentas que los bancos comerciales tienen con el banco central. ¡Esta es la definición de tener un privilegio exorbitante!

Tal es la razón por la que Wall Street prefiere ver explotar el mundo, asistir al fin del tiempo o la llegada del Armagedón, en lugar de permitir que la FED proceda con el dólar digital: porque un dólar digital significa que todos los residentes de los Estados Unidos y cualquiera que resida fuera pero lleve a cabo un comercio fronterizo con estadounidenses, reciba una billetera digital. Eso sería increíblemente perjudicial para el poder de los bancos comerciales. Primero, porque la gente ya no estaría obligada a abrir una cuenta bancaria con ellos (¡piense en todas las tarifas perdidas!). En segundo lugar, porque ya no existirá una justificación de por qué la Fed o el BCE, etc., no pueden, cuando creen que deben estimular la economía, lanzar dinero de helicóptero para todos. ¿Por qué acreditar dólares solo a las cuentas que los bancos comerciales mantienen en la Reserva Federal y no acreditar las billeteras digitales de las personas directamente? De hecho, ¿existe alguna razón para dar dinero a los bancos comerciales

 Una de las críticas persistentes a las criptomonedas como Bitcoin y Ethereum es sobre el inmenso uso de energía, que, en la superficie, parece ser el precio a pagar por no confiar en el Estado como árbitro de la verdad/proveedor de confianza. La solución propuesta por la Fundación Ethereum ha sido cambiar del mecanismo actual de prueba de trabajo (proof of work), que consume mucha energía, a la prueba de participación (proof of stake), menos dañina para el medio ambiente. Sin embargo, una vez que miras de cerca los detalles sobre este último, observamos que resuelve el problema de la energía al precio de que todo el sistema sea más plutocrático, porque, en esencia, se basa en el principio de 'un dólar (o éter) = un voto'. Lo que hace que esta criptoplutocracia sea tolerable para muchos de sus defensores es que están hartos del sistema financiero actual, el cual ven como algo plutocrático y empeñado en apropiarse aún más del dinero del rescate financiero. ¿Cómo responde uno a tales críticas?


Sin duda, los costos ambientales de las criptomonedas son muy grandes. Sin embargo, incluso si existiera una varita mágica que hiciera que la blockchain funcionara con cero vatios, las criptomonedas seguirían siendo más un problema que una solución. En resumen, dentro de nuestro actual sistema mundial oligárquico, explotador, irracional e inhumano, el aumento de las aplicaciones criptográficas solo hará que nuestra sociedad sea más oligárquica, más explotadora, más irracional y más inhumana. Es por eso que, al oponerme a los entusiastas de las criptomonedas, ni siquiera me molesto un ápice en mencionar sus repercusiones ambientales.

Si uno mira de cerca algunos de los proyectos criptográficos influyentes, todos presentan una extraña mezcla ideológica. Hay, por ejemplo, un proyecto muy ambicioso llamado Cosmos que se anuncia a sí mismo como 'la Internet de las cadenas de bloques', y que opera como una cooperativa, una forma institucional querida por muchos izquierdistas. Sin embargo, su cofundador y director ejecutivo cree firmemente en la “banca libre”, una ideología propugnada por muchos libertarios en los Estados Unidos ¿Crees que la izquierda ha sido demasiado lenta a la hora de dar sentido al espacio de las criptomonedas/monedas digitales? Incluso en un conjunto anterior de problemas anteriores a las criptomonedas (monedas complementarias y alternativas, por ejemplo), no parece haber una posición izquierdista coherente, por lo que hoy en día las empresas emergentes de criptomonedas que impulsan la tokenización de todo pueden apropiarse fácilmente de ellas...


La izquierda, los radicales, los progresistas, etc. se han negado a reconocer el ingenio genuino de blockchain o se han enamorado de él. Parece que hemos olvidado cómo Marx y Engels tenían la inteligencia y la capacidad, por un lado, de admirar y celebrar las maravillas científicas y tecnológicas de su era y, por otro lado, comprender que estas tecnologías potencialmente liberadoras estaban destinadas a esclavizar a la mayoría social si se instrumentalizan por la minoría. Ambos autores alemanes creían en el potencial emancipatorio de la máquina de vapor y del electromagnetismo. Pero nunca creyeron que la sociedad sería liberada por la máquina de vapor y/o el electromagnetismo. La liberación requería un movimiento político que primero debiera derrocar a la burguesía y luego pusiera estas magníficas tecnologías al servicio de la mayoría. Esta me parece una excelente manera de abordar las tecnologías potencialmente liberadoras de la actualidad, incluida el blockchain.

Usted está familiarizado con Michel Feher, el activista-filósofo belga. No sé si ha leído su Rated agency (‘agencia de evaluación’) pero capta muchos argumentos presentados por aquellos que ven algo políticamente significativo, digno de ser utilizado por las fuerzas progresistas, en la transformación estructural de las finanzas globales. Y con ello no solo me refiero al aumento de las criptomonedas, sino también a la popularidad de las aplicaciones como Robinhood, que permiten llevar a cabo transacciones diarias. Al menos de manera superficial, estas últimas permiten a los inversores minoristas unir sus esfuerzos y participar en el activismo financiero que anteriormente solo estaba disponible para los fondos de cobertura (el propio Feher tenía una interpretación interesante de la saga GameStop). Puedo observar cómo esta lógica funciona para coordinar campañas activistas de desinversión. Sin embargo, aparte de usar el crowdfunding para, digamos, impulsar microbonos municipales, todavía no alcanzo a ver un despliegue más proactivo de tal poder, –excepto, quizás, cuando esté impulsado por el deseo de 'pegarse' a la industria de los fondos de cobertura y estropear cuidadosamente el diseño de las acciones de plataformas como GameStop–. ¿Cómo ve usted este paisaje? ¿Tiene mucho valor hacer que la izquierda desarrolle proactivamente algunas capacidades que le permitan “mover” los mercados?


De nuevo, en el Capítulo 6 de Otra realidad imaginé cómo el capitalismo cayó ante una variedad de tecno-rebeldes que usaron una combinación de ingeniería financiera, boicots de consumidores en todo el mundo y huelgas/activismo industriales convencionales. Un año después, recuerdo haber recibido llamadas de periodistas estadounidenses que me preguntaban: '¿Están en acción sus Crowdshorters [las herramientas de las finanzas para acabar con el capitalismo y crear una economía socialista de mercado democrática en su lugar]? Me hizo mucha gracia oírles hablar de los ‘Crowdshorters’ como si fueran un auténtico grupo tecno-rebelde. Por supuesto, lo que ocasionó las preguntas de los periodistas fue la minirebelión de GameStop que atendió a cómo millones de pequeños inversores se enfrentaron a un par de viles fondos de cobertura, utilizando la plataforma Robinhood. Entonces, claramente, estoy muy entusiasmado con la idea de una rebelión tecnológica. Si quieres ver cómo me la imagino, en los días en que la esperanza triunfa sobre el pesimismo, ese capítulo es mi respuesta larga.

Usted ha argumentado en contra de despolitizar el dinero, lo que también explica, al menos en parte, su postura crítica sobre el Bitcoin. Ha habido planes, como bien saben, para crear un euro digital. Probablemente sería más político que el Bitcoin, ya que tendría una conexión directa con el Banco Central Europeo (BCE). Pero mientras esta institución siga siendo vista como una institución tecnocrática y apolítica, también lo será el euro digital. Ha escrito y hablado extensamente al respecto en el pasado, pero ¿qué significa, en términos prácticos, politizar una institución como el BCE? En términos más generales, ¿qué implicaría mantener la dimensión “política” del dinero en el foco cuando hablamos en términos de la práctica política?


Los banqueros europeos odian la idea de un euro digital con tanta fuerza como los banqueros de Wall Street odian la idea de un dólar digital. Pondría fin a su monopolio sobre los pagos y dificultaría justificar la existencia del cordón umbilical exclusivo que los conecta a las imprentas de los bancos centrales. Lo que hace que la eurozona sea especial es que no presenta una tesorería de la eurozona, ni deuda común, ni un organismo federal de toma de decisiones. Esta es, no lo olvidemos, una característica propia del diseño de la eurozona, una que adora la oligarquía europea. Ahora que lo pienso, la inexistencia de un gobierno con capacidad para transferir riqueza sustancial desde los capitales financieros y las corporaciones hacia la mayoría (ni siquiera el banco central alemán puede hacerlo) es el sueño húmedo de cualquier oligarquía. ¿Por qué querrían estropear este triunfo creando un gobierno federal elegido democráticamente o un euro digital?

Pero he aquí un pensamiento interesante: los pueblos de Europa no han logrado impulsar una democracia federal en Europa. Sin embargo, la moneda digital del Banco Central Chino puede resultar más difícil de ignorar: si una empresa holandesa o alemana que comercia con China puede adquirir una billetera digital del banco central chino, seguramente la usará. Eso significa que el dominio del euro será cuestionado incluso dentro de Europa. Entonces, la presión sobre el BCE para crear un euro digital será enorme. Pero también lo será la contrapresión de la oligarquía para garantizar que, incluso si se crea un euro digital, a los ciudadanos de Europa no se les debe permitir tener una billetera digital en euros con el BCE. En este sentido, anticipo una lucha todopoderosa por el derecho a una billetera digital del BCE que hará recordar la lucha por el sufragio universal.

¿Qué opina de lo que está pasando en El Salvador? No solo ha hecho que Bitcoin sea de curso legal (poco después de anunciar Chivo Wallet con algo de dinero para incentivar el uso), sino que también emitirá los llamados Volcano Bonds, que han provocado bastante controversia. ¿Hay alguna forma de ver estos bonos como una táctica que amplíe las opciones de El Salvador para negociar con el FMI? Según su propia experiencia negociando con esa institución, ¿cree que tienen alguna posibilidad de éxito?


Es un truco absurdo. Ni siquiera viviré lo suficiente como para responder a aquellos que me dicen: 'Yanis, si hubieras adoptado el Bitcoin en 2015, ¡todos los problemas del pueblo griego habrían desaparecido!' ¿Por qué lo hubieran hecho? De todos modos, los pobres de Grecia o de El Salvador no tendrían forma alguna de poner sus manos sobre el Bitcoin. Entonces, los únicos beneficiarios serían los acaparadores de Bitcoin (muy pocos viven en El Salvador o Grecia), quienes repentinamente verían un aumento en la demanda de Bitcoin y de poder gastar su reserva en El Salvador sin el costo de convertirlos a dólares. Los únicos salvadoreños pobres que pueden ganar algo son los expatriados que envían dinero a casa en forma de remesas, personas que ahora están siendo estafadas por Western Union y similares.

Sobre los Volcano Bonds, es un desarrollo peligroso. Un gobierno está invitando a los especuladores a comprar criptomonedas respaldadas por un Estado empobrecido. Los primeros entusiastas del Bitcoin estaban motivados, en parte, por el odio a que los gobiernos hubieran asumido una deuda insostenible –antes de entregarse a la represión financiera y la austeridad a nivel nacional– para poder “extender y pretender su deuda”. La preocupación era que, en algún momento, Wall Street y otros sucios financieros convencionales comenzarían a construir pirámides similares con Bitcoin. Y, el temor final era que el Estado se uniera. Bueno, Volcano Bonds está haciendo realidad esta pesadilla, permitiendo a los especuladores hacerlo con una criptomoneda y utilizando un estado soberano empobrecido como respaldo.

De manera más general, y para que no lo olvidemos, la deuda pública de El Salvador está en dólares y, por lo tanto, poco importa si el Bitcoin se convierte en moneda de curso legal o no. Hacer que Bitcoin sea una moneda de curso legal solo agrega costos enormes a las pequeñas empresas y garantiza que aquellos que aceptan Bitcoin salgan efectivamente del sistema fiscal nacional, lo que lleva a una pérdida sustancial de espacio fiscal para el gobierno, un desarrollo que aumenta su carga de deuda en dólares a largo plazo.

En cuanto al argumento de que, al adoptar Bitcoin, Bitcoin inundará el país, impulsando así la inversión y dando al gobierno más grados de libertad con respecto al FMI, nuevamente, no veo ninguna lógica aquí. El negocio del Bitcoin se trasladó a los países bálticos, Puerto Rico y otros lugares debido a los bajos costos, los bajos impuestos y la regulación insignificante de sus actividades. No les importaba si la tienda de la esquina local estaba obligada por ley a aceptar el Bitcoin. En cualquier caso, en último término la mayoría de estas empresas utilizan el Bitcoin para ganar grandes cantidades de… ¡dólares!.

En vista de lo anterior, no veo por qué alguien podría pensar que, al hacer que el Bitcoin sea moneda de curso legal, el gobierno de El Salvador mejore su posición de negociación frente al FMI. El hecho de que el FMI se oponga rotundamente a que se le otorgue al Bitcoin el estatus de moneda de curso legal en El Salvador, así como a los Volcano Bonds de su presidente, no significa que al FMI le preocupe que se debilite poder de negociación frente al gobierno de El Salvador. Más bien, todo lo contrario: predicen que el experimento de Bitcoin agotará el espacio fiscal del gobierno de El Salvador, aumentará el poder del FMI sobre El Salvador, pero, al mismo tiempo, ejercerá más presión sobre el FMI para que comprometa más fondos de rescate para un fallido El Salvador. Después del reciente fiasco del FMI y de enormes rescates al gobierno radicalmente derechista de Macri en Argentina, no es algo que la gente del FMI pase por alto.

Usted ha afirmado en una entrevista reciente que existen elementos feudales en el Bitcoin, ya que no existe un mecanismo democrático para determinar quién obtiene cuántos Bitcoins, lo que favorece a los primeros usuarios. Curiosamente, aquí se contrapone el feudalismo con la democracia en lugar del capitalismo. Porque si piensas en la competencia capitalista, pero también en todas las cosas sombrías que los marxistas tienden a agrupar bajo la “acumulación primitiva”, uno puede argumentar fácilmente que no hay nada no capitalista en lo que usted describe: aquellos que se mudaron temprano al Bitcoin obtuvieron la mayor parte del pastel, mientras que la criptominería, tal como existe hoy, favorece a aquellos con mayores gastos de capital. ¿Por qué describir este sistema como ‘feudal’ cuando ‘capitalista’ funciona igual de bien?


Los activos, por sí mismos, no son ni feudales ni capitalistas. Hablemos de oro, pepinos o de Bitcoin, los activos son activos, fin de la historia. Lo que hace que un activo sea feudal, capitalista o socialista es la forma en que interactúa con las relaciones sociales de producción de una sociedad, el patrón de derechos de propiedad sobre el que sustenta, etc. Mi punto, cuando me refiero a los primeros usuarios de Bitcoin como una criptoaristocracia, como cripto-señores, era el siguiente: cuando un activo como el Bitcoin (cuyo valor de cambio se basa en la escasez creada de manera previa) se integra en cualquier sistema de explotación oligárquico (capitalismo, cleptocracia, tecnofeudalismo, etc.), adquiere el carácter básico del orden feudal (precapitalista): una pequeña minoría está habilitada para recaudar rentas en proporción a las partes del activo con las que comenzaron. En resumen, el Bitcoin no es feudal ni capitalista per se. Es simplemente oligárquico.

Recientemente, usted ha retomado el tema del 'tecnofeudalismo', llegando a señalar que el capitalismo ya no es lo que era. Si entiendo correctamente su tesis, lo que hace que el sistema actual sea ‘feudal’ es que a) los mercados ya no son clave para obtener ganancias (por ejemplo, lo que sugiere la experiencia con el QE), mientras que b) las plataformas tecnológicas han acumulado un inmenso poder político, el cual no tiene precedentes en el capitalismo. ¿Es un resumen correcto de su argumento? ¿Hay otras dimensiones importantes del ‘tecnofeudalismo’?


La pregunta es la siguiente: ¿se encuentra el capitalismo en medio de una más de sus muchas metamorfosis, lo que no le granjearía más que un nuevo epíteto o apellido, por ejemplo, capitalismo rentista, capitalismo de plataforma, hipercapitalismo o capitalismo xxxxx? ¿O estamos presenciando una transformación cualitativa del capitalismo hacia un nuevo modo de producción y explotación? Creo que es esto último. Además, no es sólo una cuestión teórica. Si es que tengo razón, comprender la radicalidad de esta transformación es crucial para oponerse a esta nueva explotación sistémica.

La perplejidad es, por supuesto, una reacción comprensible ante mi afirmación, que necesita mucha explicación y justificación. Incapaz de ofrecerla aquí en su totalidad (estoy dedicando mi próximo libro al tema), he aquí una muestra para abrir boca:

El capitalismo está allá dondequiera que miremos. El capital se acumula rápidamente y golpea al trabajo en todas partes, de formas nuevas y crueles. Entonces, ¿cómo es que argumento que este sistema ya no es capitalista, sino algo peor y distinto? Permítanme comenzar recordándoles a nuestros lectores que en la década de 1780, el feudalismo estaba en todas partes y los señores feudales eran más fuertes que nunca. Sin embargo, subrepticiamente, el capitalismo ya se encontraba infectando con las raíces del feudalismo y una nueva clase dominante (la burguesía) estaba en proceso de tomar el control.

Mi afirmación es que, hoy en día ocurre algo similar: el capitalismo, al igual que el feudalismo en la década de 1780, está siendo sustituido por un nuevo sistema extractivo mucho más explotador y distinto (al que llamo tecnofeudalismo), uno que está llegando con un nueva clase dominante.

Los críticos sobre mi tesis señalarán, correctamente, que el capitalismo ha sufrido muchas transformaciones, desde su primera fase competitiva hasta el capitalismo monopolista-oligopolista (de 1910 en adelante), su período de Bretton-Woods (durante el cual las finanzas se mantuvieron atadas gracias al control de capitales, etc.), el capitalismo financiarizado (a partir de 1980) y, más recientemente, el capitalismo rentista. Todos estos capitalismos eran distintos y curiosamente diferentes entre sí. Pero, cada uno de ellos era una versión del capitalismo.

¿Qué hace a un sistema capitalista? Es un sistema impulsado por las ganancias corporativas (no las rentas) extraídas dentro de los mercados (por comparar y contrastar, el feudalismo fue impulsado por rentas extraídas fuera de los mercados). ¿Ha cambiado eso? Ya lo creo. ¿Qué ha reemplazado a la ganancia por un lado y a los mercados por el otro? Mi respuesta: el dinero del banco central ha reemplazado a la ganancia privada (como principal combustible y lubricante del sistema) y los feudos/plataformas digitales se han convertido en el ámbito en el que una pequeña oligarquía extrae el valor y el capital de la mayoría.

Permítanme explicar esta idea con mayor detalle:

Hipótesis 1: el dinero del banco central reemplazó a las ganancias privadas como motor del sistema.

La rentabilidad ya no impulsa el sistema como un todo, a pesar de que ello sigue siendo el principio y el fin para los empresarios individuales. Considere lo que sucedió en Londres el 12 de agosto de 2020. Fue el día en que los mercados se enteraron de que la economía británica se contrajo desastrosamente, y mucho más de lo que esperaban los analistas (se había perdido más del 20% del ingreso nacional en los primeros siete meses de 2020). Al escuchar la sombría noticia, los financieros pensaron: '¡Genial! El Banco de Inglaterra, presa del pánico, imprimirá aún más libras y las canalizará hacia nosotros para comprar acciones. ¡Es hora de comprar acciones!’

Esta es solo una de las innumerables manifestaciones que dan cuenta sobre una nueva realidad global: en los Estados Unidos y en todo Occidente, los bancos centrales imprimen dinero que los financieros prestan a las corporaciones, quienes luego lo usan para recomprar sus acciones –cuyos precios se desvinculan de las ganancias. Los nuevos barones, como resultado, expanden sus feudos, cortesía del dinero del estado, ¡aunque nunca obtengan un centavo de ganancia!

Además, dictan términos sobre el supuesto último del Soberano: los bancos centrales que los mantienen 'líquidos'. Si bien la Fed, por ejemplo, se enorgullece de su poder e independencia, hoy en día se muestra completamente impotente para detener lo que comenzó en 2008: imprimir dinero en nombre de banqueros y corporaciones. Incluso si la Fed sospecha que, al mantener la liquidez de los barones corporativos, está precipitando la inflación, pero también sabe que poner fin a la impresión de dinero hará que la casa se derrumbe. El terror a provocar una avalancha de deudas incobrables y quiebras convierte a la Fed en rehén de su propia decisión de imprimir y asegura que seguirá imprimiendo billetes para mantener con liquidez a los magnates. Esto nunca ha sucedido antes. Los poderosos bancos centrales, que hoy en día mantienen el sistema funcionando por sí solos, nunca han ejercido tan poco poder. Y así volvemos al argumento inicial: solo es bajo el feudalismo cómo el soberano se siente subordinado a sus barones, mientras sigue siendo responsable de mantener en pie todo el edificio.

Hipótesis 2: Las plataformas digitales están reemplazando a los mercados

Amazon.com, Facebook, etc. no son mercados. Al entrar en ellos, dejan atrás el capitalismo. Dentro de estas plataformas, un algoritmo (perteneciente a una persona o a muy pocas personas) decide qué está a la venta, quién ve qué mercancías están disponibles y cuánto se quedará en concepto de alquiler el propietario de la plataforma sobre las ganancias de los capitalistas vasallos a los que se permite comerciar dentro de la plataforma. En resumen, cada vez más la actividad económica se desplaza de los mercados a los feudos digitales. Y eso no es todo.

Durante el siglo XX y hasta el día de hoy, los trabajadores de las grandes empresas capitalistas oligopólicas (como General Electric, Exxon-Mobil o General Motors) recibían aproximadamente el 80% de los ingresos de la empresa. Los trabajadores de las Big Tech ni siquiera recaudan el 1% de los ingresos de sus empleadores. Esto se debe a que el trabajo remunerado realiza solo una fracción del trabajo del que se benefician las grandes tecnologías. ¿Quién realiza la mayor parte del trabajo? ¡La mayoría del resto de nosotros! Por primera vez en la historia, casi todo el mundo produce de forma gratuita (a menudo con entusiasmo), aumentando el capital social de las Big Tech (eso es lo que significa subir cosas a Facebook o moverse mientras uno está conectado a Google Maps). Y, además, este capital adopta una forma nueva, mucho más poderosa (véase más adelante, donde hablo del capital de comando).

Al mismo tiempo, las empresas que operan en mercados capitalistas normales –fuera de las grandes tecnologías y las grandes finanzas– están viendo colapsar su rentabilidad de todos modos, su dependencia del dinero del banco central crecer exponencialmente y su propiedad ser engullidas por capital privado y las SPAC (una compañía con un propósito especial de compra). Ergo, mientras las relaciones sociales de producción feudales estaban en decadencia (y reemplazadas por relaciones sociales capitalistas) en la década de 1780, hoy son las relaciones sociales de producción capitalistas las que están siendo reemplazadas por lo que yo llamo relaciones sociales tecnofeudales.

Resumiendo: el capital se está fortaleciendo pero el capitalismo está muriendo. Está asumiendo un sistema en el que una nueva clase dominante posee y administra tanto el dinero estatal que lo lubrica (en lugar de las ganancias capitalistas) como los nuevos reinos no mercantiles en los que muy pocos hacen que muchos trabajen en su nombre. Las ganancias capitalistas (en el sentido de las ganancias empresariales entendidas por Adam Smith y Karl Marx) están desapareciendo, mientras que nuevas formas de renta se acumulan en las cuentas de los nuevos tecno-señores que controlan tanto el Estado como los feudos digitales, en los que el trabajo no remunerado o precario es realizado por las masas, quienes empiezan a parecerse a tecnocampesinos.

Un estribillo común en los argumentos sobre el auge del tecnofeudalismo es que las plataformas tecnológicas son simplemente rentistas pasivos que obtienen enormes beneficios de los datos de los usuarios por los que pagan muy poco. Para decirlo de la manera más extrema posible, sería rentistas perezosos, en su mayoría inmateriales, que, una vez acumulado una gran cantidad de propiedad intelectual, ahora parecen dormirse en los laureles. Esta lectura también informa a muchos de las cuentas entusiastas sobre la Web3, las cuales prometen compartir la riqueza de datos con los usuarios que los generaron. Sin embargo, si uno mira los balances y las ganancias de las empresas tecnológicas, surge una imagen diferente: en realidad invierten más –no menos– en activos materiales y tangibles que las empresas no tecnológicas (y más de lo que ellas mismas invertía hacen una década). Todo mientras incurre en inmensos gastos de capital destinados a investigación y desarrollo. Por ejemplo, el gasto de Amazon en 2020 fue de más de 40.000 millones de dólares; del Alphabet fue de casi 30.000 millones. Esto parece encajar bastante bien con la visión de estas firmas son empresas capitalistas que, aunque controlan algunos mercados, aún compiten en otros (Google, Facebook y Amazon en publicidad; Google, Microsoft, Amazon y Alibaba en computación en la nube y servicios de inteligencia artificial, etc.) ¿La conceptualización del feudalismo no corre el riesgo de minimizar las dinámicas capitalistas?


Estoy de acuerdo contigo en este sentido: Jeff Bezos, Elon Musk, et al. invierten masivamente en capital y no se parecen en nada a los aristócratas perezosos de la era feudal original. Pero eso no significa que su inversión sea parte de una dinámica capitalista estándar. El tecnofeudalismo no es simplemente feudalismo con artilugios. Es mucho más avanzado que el capitalismo y  a la vez recuerda al feudalismo.

Déjame ser más preciso. La inversión masiva de las Big Tech que mencionas es crucial. No solo por su tamaño sino, principalmente, por lo que produce: una nueva forma de capital que llamo capital de comando. ¿Qué es el capital de comando?

El capital estándar comprende los medios de producción producidos. El capital de comando, por el contrario, comprende los medios producidos para organizar los medios de producción industrial. Sus dueños pueden extraer un enorme valor nuevo sin poseer los medios de producción industrial; simplemente por poseer las redes de información privatizadas que encarna el capital de comando.

El capital de comando, para ser más precisos, vive en redes/plataformas de propiedad privada y tiene el potencial de ordenar a quienes no lo poseen que hagan dos cosas: entrenar las máquinas/algoritmos gracias a los que vive para a) dirigir nuestros patrones de consumo; y b) fabricar directamente aún más capital de comando en nombre de sus propietarios (por ejemplo, publicar cosas en Facebook es una forma de desmercantilizar el trabajo).

En términos más abstractos: el capital estándar permite a los capitalistas acumular plusvalía en el proceso de cambio. El capital de comando, por el contrario, permite a los tecno-señores (es decir, Jeff Bezos, Elon Musk, et al.) acumular valor de comando excedente. ¿Valor de comando? Sí, cualquier producto digital tiene valor de comando en la medida en que su comprador puede usarlo para convertir la actividad humana cotidiana de expresión en la capacidad de entrenar un algoritmo con dos objetivos: (A) hacernos comprar cosas y (B) hacernos producir capital de comando gratuitatemente y para su beneficio.

En el lenguaje de la economía política de Marx, la magnitud del valor nominal contenido en cualquier mercancía digital está determinada por la suma de: la plusvalía de las mercancías que nos hace comprar (ver A arriba) + el tiempo de trabajo social/técnicamente necesario para producir una unidad de capital de comando (ver B arriba), para ser apropiada instantáneamente por los tecno-señores.

En resumen, lo que Bezos, Musk, et al. están logrando a través de sus inversiones masivas no puede entenderse en términos de feudalismo o capitalismo. El feudalismo se basó en la extracción directa de valor experiencial/de uso procedente de los campesinos. El capitalismo se basaba en la extracción de plustrabajo procedente del trabajo asalariado.

El tecnofeudalismo es un nuevo sistema en el que los tecno-señores están extrayendo un nuevo poder para hacer que el resto de nosotros hagamos cosas en su nombre. Este nuevo poder proviene de invertir en una nueva forma de capital (capital de comando) que les permite acumular un nuevo tipo de valor (valor de commando) que, a su vez, les brinda la posibilidad de extraer plusvalía de (i) capitalistas-vasallos , (ii) el precariado, y (iii) todos los que utilizan sus plataformas para producir en su nombre, inconscientemente, incluso más capital de comando.

Si no me equivoco, al continuar llamando capitalismo a este nuevo entorno, perderíamos la oportunidad de apreciar los procesos radicalmente diferentes y nuevos que determinan nuestras vidas aquí y ahora. Creo que el tecnofeudalismo se acerca mucho más a la captura en este valiente (aunque distópico) nuevo mundo.

Por Evgeny Morozov

@evgenymorozov

2 feb 2022

Publicado enEconomía
“La democracia necesita defensores”, dijo Biden al abrir su Cumbre.. Imagen: EFE

Entre la Cumbre para la Democracia, un boicot a Pekín y una charla con Vladimir Putin

Un sector de Washington parece genuinamente preocupado por la degradación de las democracias, incluida la propia. El objetivo es aislar a sus principales rivales geopolíticos.

Desde Washington

Cuando le falta poco más de un mes para cumplir su primer aniversario como presidente, Joe Biden apuesta a mostrar a Estados Unidos como faro de la democracia. Con pocos logros que exhibir en el ámbito interno, el mandatario destinó la última semana a desplegar la estrategia de la Casa Blanca para combatir el autoritarismo. Una política exterior que, basada en la proclamación de los valores democráticos, tiene un único fin: aislar a sus principales rivales geopolíticos, Rusia y China.

“La democracia necesita defensores”, dijo Biden el jueves pasado al abrir su Cumbre para la Democracia, un encuentro virtual que reunió a unos 100 participantes entre gobiernos, integrantes de la sociedad civil y líderes del sector privado. La invitación no fue enviada a China, Rusia y Turquía. Tampoco llegó a Hungría, el único miembro de la Unión Europea que quedó fuera. En Latinoamérica y el Caribe, los excluidos fueron Bolivia, Cuba, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua y Venezuela.

Al abrir el evento, Biden sostuvo que pensó la cumbre “ante los continuos y alarmantes desafíos” a los derechos humanos. Tendencias que, agregó, son exacerbadas “por la presión exterior de los autócratas” que pretenden “exportar y ampliar su influencia en todo el mundo”. Esa influencia es la que preocupa a Washington y a un gobierno demócrata que asumió enfocado en recuperar el terreno internacional que, según su análisis, Estados Unidos perdió durante el gobierno de Donald Trump.

Biden también advirtió contra las “voces que buscan avivar las llamas de la división social y la polarización política”. “Lo más preocupante de todo –añadió–, lo hacen aumentando el descontento con los gobiernos democráticos de personas de todo el mundo que consideran que no satisfacen sus necesidades”.

Un sector de Washington parece genuinamente preocupado por la degradación de las democracias, incluida la propia. En el discurso de apertura, Biden citó un informe de Freedom House, una ONG con sede en la capital estadounidense que dice que 2020 fue el decimoquinto año consecutivo en el que las libertades retrocedieron a nivel mundial. “He querido organizar esta cumbre porque aquí, en Estados Unidos, sabemos tan bien como cualquiera que renovar nuestra democracia y fortalecer nuestras instituciones democráticas requiere un esfuerzo constante”, dijo el mandatario. Una referencia a la forma en la que terminó el gobierno de su antecesor y empezó su presidencia: entre denuncias infundadas de fraude, un ataque al Capitolio en Washington y una ceremonia de investidura militarizada.

En el tablero mundial que lo enfrenta a China y a Rusia, la cumbre le sirvió a Biden para mostrar a sus aliados y a los países que Washington todavía considera dentro de su zona de influencia. El G7, el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, que comparte con Japón, Australia e India, y parte de Latinoamérica.

No es una casualidad: el gran objetivo de la presidencia demócrata este año en materia de política exterior fue intentar recomponer la relación con los aliados que, según analizan en la Casa Blanca, quedó profundamente herida con Trump en el poder. La desastrosa retirada de Afganistán en agosto pasado no colaboró con esa misión. La pandemia, que no solo no terminó sino que sigue sumando casos, tampoco: si Biden quería viajar para recomponer las relaciones personalmente, se encontró con nuevas variantes del virus que impidieron cualquier tipo de certeza y previsión en el movimiento internacional. Como recurso, le quedaron las cumbres virtuales.

Durante el encuentro, la Casa Blanca anunció la Iniciativa Presidencial para la Renovación Democrática, un fondo de hasta 454 millones de dólares destinados a cinco áreas que el gobierno estadounidense juzga “cruciales” para la transparencia y la rendición de cuentas. A través de USAID, la agencia con la que Estados Unidos distribuye fondos a nivel internacional para iniciativas alineadas con su política exterior, buscará apoyar “medios libres e independientes”. Otros ámbitos que apoyará esta iniciativa serán la lucha contra la corrupción, tecnología cívica, grupos activistas por la igualdad de género y comunidades LGBT y los procesos electorales “libres y justos”.

La cumbre también le fue útil para mencionar parte de la agenda interna demócrata. “Aquí en casa, esto significa trabajar para que toda la promesa de Estados Unidos se vuelva una realidad”, dijo al cerrar el encuentro virtual. Para Biden, esto incluye aprobar proyectos de ley que permitan avanzar en los derechos electorales, un ámbito que sufrió retrocesos este año en estados gobernados por el Partido Republicano. “El derecho sagrado a votar, a votar libremente – el derecho a que tu voto sea contado es el umbral de la libertad para la democracia”, sostuvo.

En forma paralela a la cumbre, la diplomacia de Washington se encargó la última semana de mover sus fichas contra Rusia y China. En el primer caso, con una videollamada entre Biden y el presidente ruso, Vladimir Putin, que tuvo lugar el martes pasado. Los ojos de la Casa Blanca están puestos en la situación en la frontera con Ucrania, tras los recientes movimientos militares rusos.

En la videollamada, según la versión que dio a conocer el Gobierno de Biden, el mandatario “reiteró su apoyo a la soberanía e integridad territorial de Ucrania y llamó a frenar la escalada y a volver a la diplomacia”. También discutieron sobre seguridad digital y sobre el trabajo conjunto en temas regionales, como Irán, según el comunicado difundido por la Casa Blanca.

El jueves Biden también mantuvo una llamada telefónica con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Según difundió la Casa Blanca después de la charla, Biden le manifestó “la profunda preocupación” de Estados Unidos y de sus “aliados europeos” sobre las “acciones agresivas de Rusia” y le aseguró que “responderían con fuertes medidas económicas y de otro tipo en el caso de una mayor intervención militar”. Un alto funcionario del gobierno dio luego más detalles sobre qué otro tipo de respuesta ya tiene en mente Washington: “Darle material defensivo adicional a Ucrania y fortificar a nuestros aliados de la OTAN en el flanco oriental”.

Contra China, Estados Unidos anunció el lunes un boicot diplomático. No enviará ninguna representación oficial a Pekín para los Juegos Olímpicos de invierno de 2022 ni para los Juegos Paralímpicos. La razón, según la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki, es "el genocidio y los crímenes contra la humanidad que ocurren en Sinkiang y otros abusos contra los derechos humanos" de parte de China. Se refirió así a uno de los principales conflictos en el noroeste del gigante asiático: Naciones Unidas denuncia que allí las autoridades estatales detuvieron masivamente a miembros de la etnia uigur, una minoría musulmana, y los encerró en lo que el gobierno chino llama "campamentos de reeducación".

Desde un país en el que el deporte tiene un papel central en la vida cultural, la funcionaria también tuvo que agregar que la delegación deportiva estadounidense tendrá “todo el apoyo”, pero que el gobierno no colaborará “con la fanfarria de los Juegos”. Para China, la decisión de Washington es simplemente “manipulación política” y un “grave insulto a 1.400 millones de chinos”.

12 de diciembre de 2021

Publicado enInternacional
El petróleo vuelve a ejercer de termómetro de la recuperación

La decisión de la OPEP de inyectar 400.000 barriles más desde enero proporciona una tregua al turbulento despegue económico global. Pero la tensión puede

 

La OPEP ha vuelto a demostrar su capacidad de influencia económica y geopolítica. Quizás ya no sea el cártel determinante que precipitó a la recesión y al shock financiero a la práctica totalidad de las potencias industrializadas en los años setenta. Ni el club del poder emergente que logró mantener en los tres dígitos la cotización del crudo durante los largos meses que sucedieron al tsunami crediticio de 2008. O abastecer el mercado en los años de la doble incursión militar en Irak. Pero continúa teniendo un peso sistémico incuestionable. La última de sus maniobras, casi contra pronóstico, ha sido inyectar 400.000 barriles diarios más desde enero para regar de crudo una parte de la franja que separa la oferta de la demanda global. Más petróleo a costa de menos valor del barril, dicen las más elementales ecuaciones de los analistas del sector.

Aunque, como siempre, las incógnitas son múltiples y, por tanto, su cotización responde a una amplia multiplicidad de factores. Visibles en jornadas como las de la pasada semana, con altas volatilidades y "excesivas" oscilaciones de precios, según los analistas de Commerzbank. Entre otras razones, por unas ínfulas demasiado proclives a una retirada de oferta por parte de la OPEP + como represalia al uso de las reservas estratégicas de EEUU -se alertaba desde ciertas sala de máquinas del mercado-, y otros mercados crudo-dependientes, y por unas correcciones también demasiado exageradas sobre los riesgos asociados a una caída de la demanda; en este caso, por la virulencia de la variante Ómicron en determinadas latitudes y las severas consecuencias que ha asociado a su propagación la OMS.

A estos aspectos coyunturales, sobre la oferta y la demanda del mercado del crudo, se suman otros de índole diversa. Entre los geopolíticos que añadir al manto de petróleo estadounidense "en la dimensión que fuera necesaria", según la Casa Blanca, destacan los conflictos de intereses en el seno del cártel. Desde Arabia Saudí, que entre bambalinas admitía preocupación por la renovada crisis sanitaria, mientras reconocía sentirse cómoda con un barril por encima de los 70 dólares que le permite corregir su déficit presupuestario por los gastos militares en Yemen. A Rusia, que afirmaba antes de la reunión de la OPEP + del jueves pasado esperar por más datos cuando, en el fondo, recababa información sobre las presiones reales de EEUU y Europa sobre su cerco militar a Ucrania. Pasando por Irán, cuarto productor, que exige garantías verificables de una posible retirada de sanciones por su programa nuclear tras la salida de la Administración Trump de la Casa Blanca, tal y como acaba de suscribir, a través de una misiva a Financial Times, su negociador jefe, Ali Bagheri, en la que deja la puerta abierta a un bombeo más generoso del que le exigen el actual reparto de cuotas de la OPEP.

La mano tendida de la OPEP desde enero, sellada por el Kremlin, aunque con la advertencia de un cambio de planes inmediato si aparecen desajustes en el nuevo año, airean los contrapesos entre los principales socios del club. Una nueva política de wait and see hasta comprobar, entre otras cuestiones, si la Casa Blanca activa el grifo de sus reservas estratégicas, y su capacidad para lograr que el resto de sus aliados en esta causa abran las espitas de sus inventarios. En medio de advertencias de Washington de que "no se va a reconsiderar" la decisión presidencial.

Una horquilla en torno a los 75 dólares

En Goldman Sachs ven esta maniobra como un balón de oxígeno a una coyuntura global que ya se encuentra demasiado expuesta a vicisitudes de alta enjundia como la obstrucción logística al comercio o las escaladas de los precios de la electricidad a las que se incorporaba desde hace ya varias semanas, la del oro negro. "En un par de semanas se comprobará el impacto" afirma Tariq Zahir, director gerente de Tyche Capital Advisors a Bloomberg, "antes de ver con claridad este doble juego de oferta y demanda". Tras el boom de cotización del Black Friday. El barril WTI, de referencia en EEUU, subió un 2,6%, hasta los 68,3 dólares, nada más conocerse la decisión de la OPEP+, lo que supone para Vandana Hari, fundadora de Vanda Insights en Singapur, "una vuelta a un estadio de inteligencia tras el pánico a un escenario que combinara un barril próximo a los tres dígitos con un agravamiento del Covid-19 por la variante Ómicron". Mientras que el Brent escalaba un 2,9% hasta los 71,7 dólares.

Pero la evolución de los precios del petróleo también depende -y cada vez más- de la batalla a la que se enfrentan la vieja economía y los modelos y estrategias corporativas que aún apuestan por los combustibles fósiles y que arraigan en industrias y empresas y el Acuerdo Verde -Green New Deal- de transición energética, emisiones netas cero en 2050 e inversiones sostenibles. Tal y como alerta, al analizar el mercado del crudo y la repercusión del gas y del petróleo en el recibo de la luz Jeff Currie, estratega de Goldman Sachs desde que estalló la crisis energética al inicio de otoño. "Es la revancha de la vieja economía, de la que surgen aún los clásicos problemas de la economía de producción fósil" y que ya ha logrado reactivar la extracción de carbón en ciertos mercados. O la misma que advertían los expertos del FMI en su cumbre otoñal para aclarar que la inflación -e, incluso el peligro latente de estanflación que apareció entonces- "no había sido un foco de preocupación especial desde la década de los setenta, cuando se produjo otro shock exógeno del petróleo". Y que ha llevado a el banco de inversión de Currie a vaticinar, durante algunas semanas, un barril de tres dígitos a lo largo del primer semestre de 2022.

En sintonía con el diagnóstico que, a finales de octubre -antes del órdago estratégico de la Casa Blanca- hacía Bank of America, a través de Francisco Blanch, su estratega de materias primas y derivados para Europa, en el que elevaban hasta los 120 dólares el precio del barril en el primer semestre de 2022. El equipo de investigación de mercado del banco llegó a estimar un precio promedio del Brent de entre 75 y 85 dólares por barril y del WTI que oscilaría entre una horquilla de 70 y 82 dólares a lo largo de 2022 y de 2023. Con un matiz de visión estratégica a largo plazo: "Las expectativas de un pico de demanda de petróleo en esta década debido a las presiones del cambio climático ha mantenido los precios del petróleo a largo plazo deprimidos". Sin embargo, si después de la COP26, "no se consigue una senda de descarbonización clara, agresiva o neta cero, es probable que el mundo necesite más crudo del actualmente disponible para satisfacer el crecimiento de la demanda en la década de 2020".

Desde ING, tras el anuncio de la OPEP+ se asegura que el mercado petrolífero volverá a tener superávit productivo en 2022. Dando por hecho una estabilidad en los contratos de futuro. Al menos, mientras persista la amenaza de la Covid-19 y EEUU y sus aliados no enciendan el botón de las reservas estratégicas. Planteamientos que suscribe plenamente el secretario general del Foro Internacional de la Energía, Joseph McMonigle. Un giro interpretativo diametral del análisis privado que, en cualquier caso, y como suele ocurrir, hay que mantener en cuarentena.

EEUU: las mayores reservas estratégicas de 'oro negro'

La decisión de Biden de hacer uso de las reservas de petróleo es un arma de política exterior que la Casa Blanca ha utilizado para combatir la espita con la que el cártel de la OPEP abre o cierra el grifo productivo del oro negro en el mercado. No siempre con resultados efectivos, aunque la mayoría de las ocasiones, con suficiente capacidad de influencia como para devolver los precios con más o menos celeridad, a unos niveles de cierto equilibrio. Pero, ¿desde cuándo dispone el principal mercado del planeta de inventarios estratégicos? Y, sobre todo, ¿cuánto stock ostenta y cómo ejerce de estabilizador de la cotización del barril de crudo? Un breve repaso a su historia ayuda a comprender su peso geopolítico.

1.- Desde la crisis del petróleo de los setenta. La Reserva Estratégica del Petróleo americana se fecundó con el embargo saudí de 1973. Nació con fórceps, aunque con una concepción vital que todavía persiste en la actualidad: dotar a EEUU de una red de seguridad energética. Hasta crear la mayor reserva de emergencia petrolífera del mundo, almacenada a buen recaudo y bajo unas medidas extremas de seguridad en el subsuelo de los miles de kilómetros de costa de soberanía federal en el Golfo de México.

2.- ¿De qué cantidad de crudo dispone la principal potencia mundial? La Casa Blanca tiene sus reservas casi a tope. En concreto, a 12 de noviembre, tenía acumulado 606,1 millones de barriles que equivalen al 85% de los 714 millones de su capacidad máxima de almacenaje. Una cantidad suficiente para sufragar las importaciones de crudo estadounidenses de medio año.

3.- ¿Bajo qué circunstancias pueden los presidentes americanos acudir a estos inventarios? Es mucho más que una prerrogativa del jefe del Estado y del Gobierno. Sólo el inquilino de la Casa Blanca puede, en virtud de la ley de 1975 sobre el uso de las reservas, ordenar su empleo total en caso de "una severa interrupción de la demanda energética" que pueda convertirse en una seria amenaza para la seguridad nacional. La norma específica también estipula que, en retiradas de más de 30 millones de barriles se deben justificar "interrupciones en el flujo doméstico o en la entrada de esta materia prima de manera significativa o de duración continuada".

4.- ¿Cuáles han sido las sustracciones de reservas más recientes? Varios presidentes han hecho uso de este acopio de barriles. Por orden cronológico creciente, George Bush padre las reclamó en 1991 -17 millones de barriles- para atender las necesidades energéticas del Ejército durante la Guerra del Golfo. En 2005, su hijo (11 millones) para sufragar las carencias y los destrozos del Huracán Katrina. En 2011, Barack Obama solicitó 30 millones de barriles como parte del esfuerzo conjunto con otras naciones para atender las disrupciones productivas de Libia tras la primavera árabe en el país mediterráneo. Y en 2017, Donald Trump, a través del Departamento de Energía, autorizó el uso de 5 millones de barriles a las refinerías estadounidenses del Golfo de México en aras de garantizar el suministro energético tras el Huracán Harvey. Todas ellas fueron solicitadas para emergencias temporales, y las capacidades de crudo, reparadas, casi de inmediato, a tenor de las revisiones periódicas que se realizan.

5.- ¿Qué exigencias temporales plantea esta medida? La capacidad máxima de uso del crudo estratégico es de 4,4 millones de barriles diarios, según la website del Departamento de Energía de EEUU, y requiere 13 días para incorporarlos al mercado federal tras la decisión presidencial. Sin embargo, el mero anuncio de su utilización suele tener un efecto inminente sobre el precio del crudo.

6.- ¿Qué otros países poseen reservas estratégicas? China, India, Japón o Corea del Sur entre las naciones asiáticas. Todas ellas, economías consumidoras de crudo que se han adherido a la causa de la Administración Biden. También los socios de la UE manejan un inventario combinado de 825 millones de barriles de emergencia, según datos de Eurostat de junio pasado.

7.- ¿Cuál es la coyuntura energética actual de EEUU? El reciente boom productivo de la industria petrolífera estadounidense le ha llevado a ser el principal productor mundial de crudo, aunque es un cartel al que tradicionalmente ha renunciado para acudir al mercado y garantizar el stock de reservas estratégicas. Sobre las que existe también un poderoso lobby opositor al mismo por la elevada capacidad extractiva del país. Pero en los meses recientes su poder productivo se ha estancado, mientras la demanda se ha incrementado y las importaciones mantienen una senda alcista. En ocasiones, se han utilizado para sufragar ajustes presupuestarios o gastos en redes e infraestructuras. Dentro de planes recientes en los que la Casa Blanca ha considerado reducir a la mitad sus reservas estratégicas. A pesar de que el uso periódico de las mismas podría atender necesidades urgentes en caso de desastres naturales, como los huracanes.volver de inmediato.

06/12/2021 22:53

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