El presidente colombiano Iván Duque con miembros del Comando Específico de Norte de Santander.

El mencionado grupo estratégico de las Fuerzas Armadas colombianas estará conformado por 14.000 militares.

 

El presidente de Colombia, Iván Duque, activó este miércoles el Comando Específico de Norte de Santander (Cenor), que operará en la frontera con Venezuela y que según el mandatario colombiano actuará "para fortalecer todas las capacidades operativas, trabajar con indicadores claros y avanzar en el cumplimiento de las metas" en la lucha contra los grupos ilegales armados, el terrorismo y el narcotráfico.

En un acto realizado en el Cantón Militar San Jorge, en Cúcuta, Norte de Santander, Duque detalló que el mencionado comando estará a cargo del general Fabio Leonardo Caro Cancelado, quien tendrá la tarea de proteger a la región "del acecho de la criminalidad" y "doblegar las amenazas del narcotráfico y del terrorismo", con "mayor control territorial" para "derrotar las estructuras financieras del crimen organizado".

Duque también dijo que este comando ayudará a "que la red de participación cívica se extienda" y que a través del pago de recompensas fortalecerán "la inteligencia humana". La medida del Gobierno de Duque se da justo en medio de la apertura gradual de las actividades comerciales en la frontera con Venezuela.

Según el Ministerio de Defensa de Colombia, el Cenor será dirigido por la segunda división del Ejército y estará conformado por soldados de la Brigada 30, Fuerza de Despliegue Rápido, Fuerza de Tarea Vulcano y Comando Operativo Energético Nº 1, y tendrá el apoyo tanto de la Armada como de la Fuerza Aérea.

Por su parte, el ministro de la Defensa, Diego Molano, detalló que el Comando Específico estará conformado por 14.000 militares que tendrán la misión de combatir al Clan del Golfo, ELN y disidencias de las FARC que operan en la región fronteriza.

Publicado: 7 oct 2021

Publicado enColombia
Jueves, 07 Octubre 2021 06:05

La sucesión hegemónica

La sucesión hegemónica

¿Qué distingue al actual proceso de sucesión hegemónica, de Estados Unidos a China, que rompe de manera profunda con eventos similares observados desde hace siglos? Todo evento histórico es único en el tiempo, el espacio y lo que es su circunstancia, su encuadre multidimensional. Lo que contenga de generalizable se somete a escrutinio y discusión. Para algunos, como John Ikenberry en El ascenso de China y el futuro de Occidente (Foreign Affairs, 2008), si China mantiene su impresionante crecimiento económico en las próximas décadas –dice Ikenberry citando a John Mearsheimer analista del realismo histórico– es probable que Estados Unidos y China entren en una intensa competencia de seguridad con un considerable potencial para la guerra.

Algo semejante le oí decir a Giovanni Arrighi en conferencia magistral dictada en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM poco antes de morir en 2009. Con razón profunda Arrighi centró la atención en el presidente Harry Truman (1945-1953), el sucesor de Franklin D. Roosevelt.

El arribo de EU a la supremacía global ocurrió luego de un vertiginoso ascenso hegemónico después de las guerras (en realidad masacres) del siglo XIX contra las naciones indígenas de América del Norte. Agrega a la lista el conflicto contra México, la guerra civil y la guerra hispanoamericana, seguidas en el siglo XX por la primera y segunda guerras mundiales, así como las perennes guerras "antiterroristas".

El terrorismo de Estado desplegado por Truman fue abiertamente rechazado por los altos mandos militares. Almirantes y generales. Marshall, MacArthur y Eisenhower estuvieron de acuerdo con el almirante William D. Leahy en el sentido de que: "el uso de este bárbaro armamento en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y listos para rendirse". Le aseguraron a la Casa Blanca que lanzar la bomba a la población no era una necesidad militar. (evidencia documental en The Decision to use the Bomb, Gar Alperovitz, 1996). Para los mandos militares de EU, el estallido de una bomba atómica en un desierto sería una opción suficiente sin necesidad de incinerar a decenas de miles de personas.

El uso de la bomba además de innecesario fue cruel: ambas ciudades estaban repletas de viudas, huérfanos y los hombres en retirada de los campos de batalla. A Truman en los hechos le importó más la transición hegemónica vía una diplomacia de fuerza con la que EU aspiraba impactar el periodo de posguerra mostrando al mundo y a José Stalin, entonces líder soviético, así como a China, que sólo EU poseía la bomba y la utilizaría contra la población. Al terror de Estado atómico siguió una carrera armamentista. En agosto de 1949 la Unión Soviética (URSS) estalló su primera bomba atómica y en agosto de 1953, una bomba H, un arma termonuclear mil veces más destructiva en choque y radiación que la lanzada en Hiroshima. El mundo arribó en lo referido a la modernización y a los sistemas de balística intercontinental a la edad de la destrucción mutua y asegurada (MAD, por sus siglas en inglés).

Después de grandes éxitos militares en su carrera, Douglas MacArthur, arrogante, valiente y popular, sufrió fuertes reveses en varias batallas de la guerra de Corea ante oleadas de soldados chinos mal armados, pero respaldados por la aviación soviética. Humillado, MacArthur propuso a Truman usar 26 bombas atómicas contra China.

La petición fue rechazada por un Truman realista y cauteloso frente al poderío atómico de la URSS. Después ante la fuerte insistencia, mordaces críticas e insubordinación del popular general, en abril de 1951 Truman retira a MacArthur de su comando en lo que es la primera crisis civil-militar públicamente conocida en la historia de Estados Unidos. Para Arrighi, síntoma de declinación hegemónica. Con Trump la ecuación civil-militar podría haber sido letal para el planeta, incluido EU.

El 9 de septiembre de 2021 la prensa informó que el general John E. Hyten, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto de EU, advirtió que "una guerra con Rusia y China destruiría el mundo". Agregó que "EU debe encontrar vías para la paz con estos rivales de Oriente". En su presentación en el Brookings Institution, en Washington DC, el general Hyten dijo que con los arsenales nucleares del mundo en aumento y con países mejorando las cabezas nucleares y los cohetes de lanzamiento, existe una necesidad sin precedente de bajar la intensidad de las tensiones y de evitar un armagedón atómico.

El mundo no es "unipolar",-actuar como si lo fuera es letal para la biosfera. Las fuerzas de la multipolarización del sistema son estructurales a lo largo del siglo XX y lo que va del actual.(Ver Gabriel y Joyce Kolko en The Limits of Power, 1972)

www,jsaxef.blogspot.com Facebook: JohnSaxeF

Publicado enInternacional
Imagen ilustrativa. La sede de la CIA, Langley, Virginia, EE.UU.Jason Reed / Reuters

Según The New York Times, una comunicación interna de la agencia señala que sus oficiales tienden a subestimar la contrainteligencia de otros países, tienen una competencia técnica relativamente baja y confían demasiado en sus informantes.

La Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA) envió la semana pasada a sus oficinas en otros países una misiva en la que advierte sobre una creciente pérdida de informantes locales, reporta The New York Times al atribuir esa información a varias personas familiarizadas con el asunto.

Según afirma ese medio, el mensaje la agencia de espionaje hace referencia a decenas de colaboradores extranjeros arrestados o incluso asesinados, así como a otros que se ven comprometidos o hasta convertidos en agentes dobles en beneficio de servicios secretos de otros Estados. Al mismo tiempo, destaca lo difícil que es reclutar nuevos informantes.

El problema central en esto, conforme a la misiva, es que los agentes de la CIA subestiman las capacidades de los cuerpos de contrainteligencia de otros países. Asimismo, critica la baja competencia técnica de sus propios oficiales y su excesiva confianza en sus fuentes.

En cuanto a las razones objetivas del desmejorado rendimiento actual de los espías estadounidenses, la agencia señala que se debe a un mayor desarrollo tecnológico de sus rivales. En particular, indica que el uso de escaneos biométricos, reconocimiento facial, inteligencia artificial y 'hackeo' ha facilitado el rastreo de sus agentes fuera de EE.UU.

Publicado: 6 oct 2021 02:57 GMT

Publicado enInternacional
Revela Estados Unidos su arsenal de armas nucleares

El Departamento de Estado de EE.UU. hizo pública este martes la cifra global de armas nucleares de que dispone en su arsenal, información que —según estima— ayudaría a controlar la circulación de estas en el orbe.

Conforme el reporte oficial, el número de armas estadounidenses de esta naturaleza ascendía, en septiembre de 2020, a 3 750 unidades. Ello incluye a las armas activas y a las almacenadas. Resultado inferior al de 2019, cuando había 3 805 armas registradas de este tipo, y al de las 3 785 existentes en 2018.

El récord histórico de posesión de armas nucleares para Estados Unidos fue en 1967, cuando constaban en sus registros de 31 255.

Los últimos reportes del Gobierno estadounidense sobre este ítem datan de marzo de 2018, en base a los números de 2017 (3 822 armas en su poder). Luego Trump se mostró críptico en el tema durante todo su mandato.

Hans Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear de la FAS, instó a la transparencia de la información, recurso que podría ser muy útil —a su vez— a la diplomacia norteamericana en negociaciones sobre el control de armas y en la conferencia del Tratado de No Proliferación Nuclear de 2022.

5 octubre 2021

(Con información de AP)

Publicado enInternacional
Guerra hipersónica: Norcorea entra al club con Rusia, China y Estados Unidos

No hay que equivocarse: no se trata de Sudcorea, uno de los líderes en semiconductores del mundo junto con Taiwán, Estados Unidos y China, sino nada menos que del llamado "régimen ermitaño" de Norcorea que acaba de realizar una prueba espectacular de un misil hipersónico que tiene su propio sistema de combustible –que hace su despliegue más rápido y móvil y, por ende, menos detectable– y que tomó por sorpresa a tirios y troyanos.

Tanto los medios de Norcorea como los de Sudcorea le dieron vuelo ditirámbico a la noticia, pero más que nada brilló la aceptación del muy influyente rotativo The Wall Street Journal (WSJ) (https://on.wsj.com/3ijT286).

Cabe señalar que Rusia es hoy el supremo líder en armas hipersónicas, como destaca el consultor estratégico Andrey Martyanov (https://bit.ly/2ZJNihx), quien sentencia que Moscú le lleva una ventaja de 20 años a Estados Unidos, que todavía anda haciendo sus pininos.

En segundo lugar del selecto ranking hipersónico vendría China, que aunque ha progresado notablemente, todavía dista lejos de Rusia, pero está más adelantado que Estados Unidos. Estados Unidos no ha tenido suerte en sus pruebas y sufrió su segundo fracaso consecutivo el 28 de julio pasado (https://bit.ly/3iitsQR). Por fin, Estados Unidos se pudo reponer el 28 de septiembre con su primera prueba exitosa de un arma hipersónica de la empresa Raytheon que, según el Pentágono, "es la primera prueba exitosa" en su género (https://bit.ly/3CXzlee).

Los misiles hipersónicos se caracterizan por tener una velocidad cinco veces mayor a la velocidad del sonido ("Mach 5") y ser difícilmente detectables. Como punto de comparación, baste señalar que el mirífico misil hipersónico ruso Avangard navega a ¡20 veces la velocidad del sonido! ("Mach 20"). China se ha concentrado mayormente en desarrollar "drones hipersónicos".

El Comando Estratégico de Estados Unidos "Stratcom" arguye que la "búsqueda de China de armas nucleares e hipersónicas" obliga a una "urgente disuasión (deterrence) por parte de Estados Unidos" (https://bit.ly/3EZIZPn).

WSJ reporta que los militares de Sudcorea en su evaluación juzgan que el misil hipersónico de Norcorea, bautizado Hwasong-8, "puede ser detectado e interceptado por los ejércitos de Estados Unidos y Sudcorea", lo cual significa que se encontraría en una fase embrionaria de desarrollo, ya que una de las características de las armas hipersónicas es su indetectabilidad.

Llama poderosamente la atención que en fechas recientes el gobierno norcoreano haya realizado tres pruebas separadas que incluyen el lanzamiento de sus misiles desde sus trenes (sic), lo que abona a la escalada de tensiones en la región, primordial y significativamente después del espectacular lanzamiento del Pacto de Seguridad de Defensa del "Aukus" de la anglosfera: Australia/Reino Unido/Estados Unidos (https://bit.ly/3okHDJ6).

A mi juicio, "Aukus" resucita de facto el teorema balcanizador del "choque de las civilizaciones" de Samuel Huntington –mezclado con el "arco de la crisis" de Bernard Lewis, retomado por Zbigniew Brzezinski–, y los postulados talasocráticos del contra-almirante Alfred Mahan, autor del libro La influencia del poder marítimo en la historia de 1660 a 1783, uno de las más influyentes en estrategia naval escrito en 1890 (https://amzn.to/2YcpJ0v).

Como si las anteriores pruebas de Norcorea fueran poco, dos días después de su asombrosa prueba con su misil hipersónico, Pyongyang volvió a probar un nuevo misil antiaéreo, mientras intensifica su deseo de reconciliación con Seúl (https://bit.ly/3uAYGaY).

La distancia de Pyongyang a Seúl (capital de Sudcorea), a Tokio y a Camberra es, respectivamente, de 195 kilómetros, mil 291 kilómetros y 8 mil 600 kilómetros.

La región que va de China, la península coreana, Japón hasta Australia –que comprende el mar de Japón, mar Amarillo, mar del Sur de China, mar de Filipinas, mar Coral, mar de Tasmania– constituye hoy la más incandescente del planeta donde no se puede excluir la alta probabilidad de que sea la primera en librar una "guerra hipersónica" en la historia de la humanidad.

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://t.me/AJalife

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscribe

Publicado enInternacional
El Indo Pacífico, escenario de nuevas alianzas

Recientes informaciones revelan que Estados Unidos (EE.UU.) ha continuado trabajando en fortalecer y ampliar su sistema de alianzas y asociaciones relacionadas con la seguridad y defensa en la denominada región Indo Pacífico, como vía para mantener su autodenominado “liderazgo” a nivel regional y global, especialmente ante el continuado ascenso económico, político y militar de la nación que designan como principal rival estratégico, la República Popular China (RPCH).

Esto lo evidencia el que, recientemente, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (un escenario no habitual para ese tipo de declaraciones), el presidente de EE.UU. Joseph Biden expresara claramente la importancia de esa región: “Y a medida que Estados Unidos se centre en las prioridades y en las regiones del mundo, como el Indo-Pacífico, que son las más importantes hoy y mañana (Biden, Sept 20)·”

La importancia que los recientes gobiernos norteamericanos asignan a esta región ha estado consignada en sus principales documentos estratégicos, fundamentalmente en las Estrategias de Seguridad Nacional de 2015 y 2017, así como en la Orientación Estratégica de Seguridad Nacional Provisional (Interim National Security Strategic Guidance) (INSSG) emitida por el actual presidente norteamericano en Marzo de 2021, donde se planteó expresamente: “reconoceremos que nuestros intereses nacionales vitales obligan a una conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental” (INSSG. Pág 10).

Y no solo son palabras. En la solicitud de presupuesto para el Departamento de Defensa en el año fiscal 2022 (FY 2022 según sus siglas en inglés) se solicitaron 5 mil 100 millones de dólares para la denominada Pacific Deterrence Initiative (Iniciativa de Disuasión en el Pacífico) (Defense Budget Overview,2021), para elevar las capacidades militares norteamericanas en esa región.

Uno de los aspectos que más se destacan dentro de esta INSSG es el reforzamiento, ampliación y modernización de las llamadas “alianzas y asociaciones” en todo el planeta. Dentro de ellos, destacan principalmente que: “reafirmaremos, invertiremos y modernizaremos la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y nuestras alianzas con Australia, Japón y la República de Corea, que, junto con nuestras otras alianzas y asociaciones, son el mayor activo estratégico de Estados Unidos”( INSSG pág. 10).

También se refieren a fomentar otras asociaciones, entre los que se destacan la India, Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam y otros estados de la ASEAN, y los estados insulares del Pacífico, en esa región.

La reciente gira de la vicepresidenta Kamala Harris por países de la ASEAN, la firma del tratado AUKUS por EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y la reciente cumbre del grupo QUAD son elementos que señalan que los gobernantes norteamericanos persiguen objetivos concretos en su afán de “contener” al gigante asiático, y para ello pretenden mantener e incrementar el número de aliados comprometidos con esa tarea.

En la conferencia de prensa realizada en Hanoi el 26 de Agosto de 2021, la vicepresidenta Kamala Harris hizo declaraciones respecto a sus relaciones con Vietnam, el tema del Indo Pacífico, las relaciones con China, y otros aspectos; respondiendo a una pregunta de un periodista, expresó: "Cuando se trata de Beijing, permítanme ser muy clara y el presidente ha sido muy claro. Damos la bienvenida a la dura competencia. No buscamos el conflicto, pero en temas como el que usted ha planteado del Mar de China Meridional, vamos a hablar. Vamos a alzar la voz cuando Beijing lleve a cabo acciones que amenacen el orden internacional basado en normas. De nuevo, como la actividad en el Mar de China Meridional. Y la cuestión, en particular, de la libertad de navegación en ese sentido es un asunto vital para esta región. Hablé de ello tanto en Singapur como aquí en Vietnam. Y vamos a seguir haciendo lo que podamos para asegurarnos de que seguimos comprometidos con nuestros socios y nuestros aliados en este tipo de cuestiones importantes. Pero nuestra política es mucho más amplia que el Mar de China Meridional y la asociación que tenemos aquí en el Sudeste Asiático (Harris, Agosto 26)”.

En otros momentos de esa gira la vicepresidenta norteamericana fue incluso mucho más agresiva en sus declaraciones respecto a la RPCH. Ello demuestra que entre los objetivos de dicha visita estaba buscar un mayor compromiso en la denominada contención a China por parte de esas naciones. En particular, el tema de la libertad de navegación en el Mar Meridional de China tuvo especial atención.

Otro paso importante en la política norteamericana de reforzamiento de compromisos en el Indo Pacífico parece ser el reciente anuncio de la creación de una alianza designada con las siglas AUKUS, que agrupa a Australia, el Reino Unido (United Kingdom en inglés) y EE.UU. (United States). Esta alianza incluye un acuerdo para facilitar a Australia por parte de sus dos aliados varios submarinos de propulsión nuclear, hecho que por cierto ha provocado la ira de Francia, que al parecer estaba en negociaciones desde 2016 con el gobierno de la isla continente para proporcionarle un número importante de esos navíos, aunque no de propulsión nuclear. Dentro de la Unión Europea e incluso varios aliados importantes miembros de la OTAN también se ha manifestado un rechazo a este acuerdo.

El anuncio de esta nueva alianza fue hecho por videoconferencia a las 15:00 (hora de Washington) del día 15 de Septiembre de 2021, en la que participaron el Presidente de EE.UU., Joseph Biden, el primer ministro británico, Boris Johnson, y el primer ministro australiano, Scott Morrison. El acuerdo también cubre áreas de cooperación en inteligencia artificial, tecnología cuántica y cibernética, instalaciones industriales o cadenas de suministro, y los dominios submarinos.

"Promoveremos un intercambio más profundo de información y tecnología, fomentaremos una integración más profunda de la ciencia, la tecnología, las bases industriales y las cadenas de suministro relacionadas con la seguridad y la defensa y, en particular, profundizaremos significativamente la cooperación en una variedad de capacidades de seguridad y defensa (Biden, Morrison, Johnson, Sept 15)",

Algunos especialistas señalan que entre los objetivos de esta nueva alianza y el incremento de sus fuerzas navales, estaría permitir a Australia realizar patrullas de rutina que podrían incluir zonas del Mar de China Meridional, sumándose a las llamadas Operaciones de Libertad de Navegación que realiza la US NAVY, y que incluso tales patrullas pudieran llegar hasta el norte de Taiwán.

Además, de la firma de este acuerdo, el viernes 24 de Septiembre el presidente Biden participó en una cumbre del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) en la que participaron también los primeros ministros de Australia (Morrison), India (Modi) y Japón (Suga). Fue la primera vez que los principales dirigentes del QUAD se reúnen de forma presencial, y significativamente en territorio de EE.UU., coincidiendo con las sesiones de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Esta agrupación también es considerada como una forma de afianzar el liderazgo estadounidense en Asia, e incluso se ha intentado involucrar a otros líderes asiáticos con la visita de la vicepresidenta, Kamala Harris, a Singapur y Vietnam el pasado mes de agosto.

Respecto al QUAD, el presidente Biden en su discurso en las Naciones Unidas dijo: “Hemos reforzado la asociación QUAD entre Australia, India, Japón y Estados Unidos para afrontar retos que van desde la seguridad sanitaria hasta el clima y las tecnologías emergentes. (Biden, Sept 20)”.

Previo a la cumbre del QUAD, los gobernantes participantes hicieron unos breves discursos, y finalizada la misma se hizo pública la Declaración Conjunta de los líderes de esa organización, de fecha 24 de Septiembre de 2021.

En la Declaración Conjunta se plantea inicialmente: “En esta ocasión histórica nos comprometemos de nuevo con nuestra asociación y con una región que es la base de nuestra seguridad y prosperidad compartidas: un Indo-Pacífico libre y abierto, que también es inclusivo y resistente”. Estas ideas están en correspondencia con documentos anteriores del QUAD.

Se reiteraron los criterios sobre un “orden libre, abierto y basado en las normas, arraigado en el derecho internacional e impávido ante la coerción, para reforzar la seguridad y la prosperidad en el Indo-Pacífico y más allá” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021).

También se refirieron a la defensa del Estado de Derecho, la libertad de navegación y de sobrevuelo, la resolución pacífica de conflictos, los valores democráticos y la integridad territorial de los Estados. Manifestaron su apoyo a la ASEAN y saludaron la emisión de la Estrategia de Cooperación de la UE en el Indo-Pacífico de septiembre de 2021.

Dedicaron una parte importante a plantear sus acciones en el enfrentamiento a la COVID 19 y se comprometieron a donar más de 1 200 millones de dosis en todo el mundo de vacunas contra la COVID-19, seguras y eficaces. También anunciaron acciones contra el Cambio Climático.

Plantearon mantener la cooperación en materias de tecnologías críticas y emergentes; incrementar la cooperación en el ciberespacio y el espacio exterior.
Respecto a la región del Sur de Asia expresaron: “coordinaremos estrechamente nuestras políticas diplomáticas, económicas y de derechos humanos con respecto a Afganistán e intensificaremos nuestra cooperación antiterrorista y humanitaria” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021)

Un aspecto importante es que plantaron que: “nuestro futuro compartido se escribirá en el Indo-Pacífico, y redoblaremos nuestros esfuerzos para garantizar que la QUAD sea una fuerza de paz, estabilidad, seguridad y prosperidad regional”. (Joint Statement from Quad Leaders, 2021)

Plantearon la necesidad de que se cumplan la normas establecidas en la en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), especialmente referidos a los mares Meridional y Este de China. Manifestaron además su apoyo a los estados insulares del Pacífico, y se pronunciaron sobre la necesidad de la nuclearización completa de la Corea del Norte (República Popular Democrática de Corea).

En la Declaración Conjunta no se hace mención directa a la RPCH ni a la Federación de Rusia, aunque en varios de los párrafos es evidente que los problemas señalados están en correspondencia con las diferencias existentes entre EE.UU. y sus aliados del QUAD con esos países. En sentido general, el lenguaje es mucho más comedido que en algunos documentos anteriores, lo que muestra una ruptura con el discurso de la anterior administración norteamericana.

Conclusiones

La gira de la vicepresidenta Harris por países del sur de Asia, la conformación de la llamada alianza AUKUS y la cumbre del QUAD realizada en Washington son elementos que demuestran que el gobierno de EE.UU. está dando pasos para consolidar e incrementar el sistema de alianzas y asociaciones en la región que consideran actualmente como la más importante en su esquema de dominación global, el llamado Indo-Pacífico.

El reforzamiento de las capacidades militares, fundamentalmente navales, por parte de EE.UU. y sus principales aliados en la región demuestra que sigue siendo este un instrumento principal en la política estadounidense, a pesar de que el presidente Biden haya manifestado en su discurso en la Asamblea General de la ONU que es el último recurso a utilizar.

Consideramos que estas acciones confirman que la rivalidad estratégica con la RPCH enunciada en los principales documentos estadounidenses seguirá siendo el principal escenario de acción del gobierno asentado en Washington, aun cuando en algunos textos recientes no se exprese directamente.

30 septiembre 2021

 

BIBLIOGRAFIA

Joint Leaders Statement on AUKUS. Globalsecurity. September 16, 2021https://www.globalsecurity.org/military/library/news/2021/09/mil-210916-australia-pm04.htm?_m=3n%2e002a%2e3154%2eeg0ao0644z%2e2x6b
Office of the Under Secretary of Defense (Comptroller)/ Chief Financial Officer. Defense Budget Overview. Washington, May 2021https: //comptroller.defense.gov/Portals/45/Documents/defbudget/FY2022/FY2022_Budget_Request_Overview_Book.pdf

The White House, Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison of Australia and Prime Minister Johnson of the United Kingdom. Washington, September 15, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/15/ remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-of-australia-and-prime-minister-johnson-of-the-united-kingdom-announcing-the-creation-of-aukus/

The White House. Remarks by President Biden Before the 76th Session of the United Nations General Assembly. New York, SEPTEMBER 21, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/21/ remarks-by-president-biden-before-the-76th-session-of-the-united-nations-general-assembly/

The White House. Remarks by Vice President Harris in Press Conference in Hanoi, Vietnam. Hanoi, AUGUST 26, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/08/26/remarks-by-vice-president-harris-in-press-conference-in-hanoi-vietnam/

The White House. National Security Strategy of United States of America. Washington, December 2017, (https://www.whitehouse.gov/wp-content /uploads/ 2017/12/NSS-Final-12-18-2017-0905.pdf)

The White House. Interim National Security Strategic Guidance. Washington, March 2021. (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2021/03/NSC-1v2.pdf)

The White House Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison, Prime Minister Modi, and Prime Minister Suga at Quad Leaders Summit, Washington, SEPTEMBER 24, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/24/remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-prime-minister-modi-and-prime-minister-suga-at-quad-leaders-summit/

The White House. Joint Statement from Quad Leaders, Washington, SEPTEMBER 24, 2021 (https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/24/joint-statement-from-quad-leaders/)

Publicado enInternacional
Jueves, 30 Septiembre 2021 05:19

El subimperialismo en Medio Oriente

El subimperialismo en Medio Oriente

Turquía, Arabia Saudita e Irán disputan primacía en un novedoso contexto de protagonismo regional en las tensiones de Medio Oriente. Esa gravitación es registrada por muchos analistas, pero la conceptualización de ese rol exige recurrir a una noción introducida por los teóricos marxistas de la dependencia.

El subimperialismo se aplica a estos casos y contribuye a esclarecer la peculiar intervención de esos países en el traumático escenario de la zona. La categoría es pertinente y común en múltiples planos, pero también presenta tres significados muy singulares.

Características y singularidades

El subimperialismo es una modalidad paralela y secundaria del imperialismo contemporáneo. Se verifica en las potencias medianas que mantienen un significativo distanciamiento de los centros del poder mundial. Esos países desenvuelven contradictoras relaciones de convergencia y tensión con las fuerzas hegemónicas de la geopolítica global. Turquía, Arabia Saudita e Irán se amoldan a ese perfil.

Los subimperios despuntaron en la posguerra junto a la mayoritaria extinción de las colonias y la creciente transformación de las semicolonias. El ascenso de las burguesías nacionales en los países capitalistas dependientes modificó sustancialmente el status de esas configuraciones.

En el segmento superior de la periferia irrumpieron modalidades subimperiales, en sintonía con el contradictorio proceso de persistencia mundial de la brecha centro-periferia y la consolidación de ciertos segmentos intermedios. El principal teórico de esa mutación describió en los años 60 los principales rasgos del nuevo modelo, observando la dinámica de Brasil (Marini, 1973).

El pensador latinoamericano situó el surgimiento de los subimperios, en un contexto internacional signado por la supremacía de Estados Unidos, en tensión con el denominado bloque socialista. Resaltó el alineamiento de esas formaciones con la primera potencia en la guerra fría contra la URSS. Pero también destacó que los gobernantes de esos países hacían valer sus propios intereses. Desarrollaban cursos autónomos y a veces conflictivos con el mandante norteamericano.

Esa relación de asociación internacional y poder regional propio se afianzó como una característica posterior del subimperialismo. Los regímenes que adoptan ese perfil mantienen lazos contrapuestos con Washington. Por un lado asumen posturas de estrecha imbricación y al mismo tiempo exigen un trato respetuoso.

Esa dinámica de subordinación y conflicto con Estados Unidos se sucede con imprevisible velocidad. Regímenes que parecían marionetas del Pentágono se embarcan en díscolos actos de autonomía y países que actuaban con gran independencia se someten a las órdenes de la Casa Blanca. Esta oscilación es un rasgo del subimperialismo, que contrasta con la estabilidad prevaleciente en los imperios centrales y en sus variedades alterimperiales.

Las potencias regionales que adoptan un perfil subimperial recurren al uso de la fuerza militar. Utilizan ese arsenal para afianzar los intereses de las clases capitalistas de sus países, en un acotado radio de influencia. Las acciones bélicas apuntan a disputar el liderazgo zonal con los competidores del mismo porte.

Los subimperios no actúan en el orden planetario y no comparten las ambiciones de dominación global de sus parientes mayores. Restringen su esfera de acción al ámbito regional, en estricta sintonía con la limitada influencia de los países medianos. El interés por los mercados y los beneficios es el principal motor de las políticas expansivas y las incursiones militares.

La gravitación alcanzada en las últimas décadas por las economías intermedias explica ese correlato subimperial, que no existía en la era clásica del imperialismo a principio del siglo XX. Solo en el período posterior de posguerra despuntó esa incidencia de las potencias intermedias, que ha cobrado mayor contundencia en la actualidad.

En Medio Oriente la rivalidad geopolítico-militar entre actores de la propia región ha sido precedida por cierto desarrollo económico de esos jugadores. La era neoliberal acentuó la depredación internacional del petróleo, la desigualdad social, la precarización y el desempleo en toda la región. Pero consolidó también a diversas clases capitalistas locales, que operan con mayores recursos y no disimulan sus apetitos de ganancias superiores.

Este interés por el lucro motoriza el engranaje subimperial, entre países igualmente situados en el casillero intermedio de la división internacional del trabajo. Turquía, Arabia Saudita e Irán merodean por esa inserción, sin aproximarse al club de las potencias centrales.

Comparten la misma ubicación mundial que otras economías intermedias, pero complementan su presencia en ese ámbito con impactantes incursiones militares. Esa extensión de las rivalidades económicas al terreno bélico es determinante de su especificidad subimperial (Katz, 2018: 219-262).

Actualidad y raíces

El subimperialismo es una noción útil para registrar el sustrato de rivalidad económica que subyace en numerosos conflictos de Medio Oriente. Permite notar ese interés de clase, en contraposición a los diagnósticos centrados en disputas por la primacía de alguna vertiente del islam. Esas interpretaciones en términos religiosos obstruyen la clarificación de la motivación real de los crecientes choques.

Los negocios en pugna entre Turquía, Arabia Saudita o Irán explican el carácter singular que adopta el subimperialismo en esos países. En los tres casos actúan gobiernos belicosos al comando de estados gestionados por burocracias militarizadas. Todos utilizan los credos religiosos para afianzar su poder y conquistar mayores porciones de recursos en disputa. Los subimperios han buscado capturar en Siria los botines generados por el desguace del territorio y la misma competencia se verifica en Libia por el reparto del petróleo. Participan allí de las mismas pulseadas que dirimen las grandes potencias.

En el plano geopolítico los subimperios de Turquía y Arabia Saudita actúan en sintonía con Washington, pero sin participar en las decisiones de la OTAN, ni en las definiciones del Pentágono. Se distinguen de Europa en el primer terreno y de Israel en el segundo. No intervienen en la determinación de la batalla que libra el imperialismo estadounidense para recuperar hegemonía frente al desafío de China y Rusia. Su acción se restringe a la órbita regional. Mantienen contradictorias relaciones con el poder norteamericano y no aspiran al reemplazo de los grandes dominadores del planeta.

Pero su intervención regional es mucho más relevante que la exhibida por sus pares de otras latitudes. En América Latina o en África no se observan acciones subimperiales del mismo porte. El subimperialismo empalma en Medio Oriente con antiguas raíces históricas del imperio otomano y persa. Esa conexión con cimientos de larga data no es muy corriente en el resto de la periferia.

Las rivalidades entre potencias incluyen, en este caso, un fundamento que retoma la antigua competencia entre dos grandes imperios pre-capitalistas. No sólo la animosidad entre otomanos y persas se remonta al siglo XVI. También las tensiones de este último conglomerado con los sauditas (chiitas versus wahabitas) arrastra una larga historia de batallas por la supremacía regional (Armanian, 2019).

Esos grandes poderes locales no se diluyeron en la era moderna. Tanto el imperio otomano como el persa se mantuvieron en el siglo XIX, evitando que Medio Oriente fuera simplemente rematado (como África) por los colonialistas europeos. El desmoronamiento otomano a principio de la centuria posterior dio lugar a un estado turco que perdió su vieja primacía anterior, pero renovó su consistencia nacional. No quedó relegado al mero status de semicolonia.

Durante la república kemalista Turquía apuntaló un desarrollo industrial propio, que no tuvo el éxito del bismarkismo alemán o su equivalente japonés, pero moldeó a la clase capitalista intermedia que maneja el país (Harris, 2016). Un proceso de consolidación burgués semejante se verificó con la monarquía de los Palhevi en Irán.

Ambos regímenes participaron activamente en la guerra fría contra la URSS, para apuntalar sus intereses fronterizos contra el gigante ruso. Albergaron bases norteamericanas y siguieron el guión de la OTAN, pero reforzando sus propios dispositivos militares. El subimperialismo arrastra, por lo tanto, viejos fundamentos en ambos países y no es una improvisación del escenario actual.

Ese concepto aporta un criterio para entender los conflictos en curso, superando la vaga noción de “choques entre imperios”, que no distingue a los actores globales de sus equivalentes regionales. Los subimperios mantienen una diferencia cualitativa con sus pares mayores, que desborda la simple brecha de la escala. Adoptan roles y cumplen funciones muy distintas al imperialismo dominante y sus socios.

Rivalizan además entre sí con cambiantes alineamientos externos y en conflictos de enorme intensidad. Por la magnitud de esos choques algunos analistas registran la presencia de una nueva “guerra fría interárabe” (Conde, 2018). Pero cada uno de los tres casos actuales presenta rasgos muy específicos.

El prototipo de Turquía

Turquía es el principal exponente del subimperialismo en la región. Varios marxistas han discutido ese status, en polémicas con el contrapuesto diagnóstico semicolonial (Güneş, 2019). Remarcaron los signos de autonomía del país frente a la visión que subraya la intensa dependencia hacia Estados Unidos.

En ese debate se ha resaltado correctamente la obsolescencia del concepto de semicolonia. Ese status constituía una característica de principios del siglo XX, que perdió peso con la oleada posterior de independencias nacionales. A partir de allí la sujeción económica ganó preeminencia sobre la dominación explícitamente política.

El despojo sufrido por la periferia en las últimas décadas no alteró ese nuevo patrón introducido por la descolonización. La dependencia asume otras modalidades en la época actual y la noción de semicolonia resulta inadecuada para caracterizar a las economías medianas o a los países de larga tradición política autónoma como Turquía.

El status subimperial de ese país se verifica en su política regional de expansión externa y en la contradictoria relación que mantiene con Estados Unidos. Turquía es ciertamente un eslabón de la OTAN y alberga en la base de İncirlik un monumental arsenal nuclear bajo custodia del Pentágono. Las bombas almacenadas en esa instalación permitirían destruir a todas las regiones aledañas (Cigan, 2021).

Pero son muy numerosas las acciones que Ankara desarrolla por su propia cuenta sin consultar al tutor estadounidense. Adquiere armamento ruso, discrepa con Europa, despliega tropas en forma inconsulta en varios países y rivaliza en muchos negocios con Washington.

Este rol de Turquía como potencia autónoma ha sido reconocido de hecho por Estados Unidos como un dato del ajedrez regional. Distintos mandatarios de la Casa Blanca toleraron las aventuras de Ankara sin contraponer ningún veto. Hicieron la vista gorda a la anexión del norte de Chipre en 1974 y permitieron la persecución de las minorías entre 1980-1983.

Turquía no desafía al mandante norteamericano, pero aprovecha las derrotas de Washington para escalar sus propias acciones. Erdogan ha concertado varias alianzas con los rivales de Estados Unidos (Rusia e Irán) para impedir la constitución de un estado kurdo.

Los virajes de ese mandatario ilustran una típica conducta subimperial. Hace una década inauguró un proyecto de islamismo neoliberal enlazado con la OTAN y orientado al empalme con la Unión Europea. Este rumbo era presentado por Washington como un modelo de modernización de Medio Oriente. Pero en los últimos años los voceros del Departamento de Estado cambiaron drásticamente de opinión. Pasaron del elogio a la crítica y en lugar de ponderar un régimen político afín comenzaron a denunciar a una tiranía hostil.

Ese giro en la calificación norteamericana de su controvertido socio acompañó los virajes de Turquía. Erdogan mantuvo el equilibrio de su política exterior, mientras manejaba con cierta holgura las tensiones internas. Pero se despistó con operaciones fuera de sus fronteras cuando perdió el control del rumbo local. El detonante fue la oleada democratizadora de la primavera árabe, el levantamiento kurdo y el ascenso de las fuerzas progresistas.

Erdogan respondió con violencia contrarrevolucionaria al desafío de la calle (2013), a las victorias de los kurdos y al avance de la izquierda (2015). Optó por un virulento autoritarismo represivo. Aunó fuerzas con variantes seculares reaccionarias y lanzó una contraofensiva con banderas nacionalistas (Uslu, 2020). Con ese estandarte persigue opositores, encarcela activistas y gestiona un régimen lindante con la dictadura civil (Barchard, 2018). Su comportamiento encaja con el perfil autoritario que predomina en todo Medio Oriente.

En muy pocos años transformó su inicial islamismo neoliberal en un amenazante régimen derechista, que desguarneció a la oposición burguesa. Las clases dominantes finalmente avalaron a un presidente que desplazó a la vieja elite secular kemalista y excluyó del poder a los sectores más pro-norteamericanos.

Aventuras externas, autoritarismo interno

Erdogan optó por un rumbo pro-dictatorial luego de la frustrada experiencia de su colega Morsi. El proyecto de islamismo conservador de los Hermanos Musulmanes fue demolido en Egipto por el golpe militar de Sisi. Para evitar un destino semejante, el presidente turco reactivó las operaciones bélicas externas.

Ese rumbo militarista también incluye un perfil ideológico más autónomo de Occidente. Los discursos oficiales exaltan la industria nacional y convocan a expandir los intercambios comerciales multilaterales, para consolidar la independencia de Turquía. Esa retórica es intensamente utilizada para denunciar las posturas “antipatrióticas” de la oposición. Sin abandonar la OTAN, ni cuestionar a Estados Unidos, Erdogan se ha distanciado de la Casa Blanca.

Esa autonomía generó serios conflictos con Washington. Turquía instauró un "cinturón de seguridad" con Irak, afianzó la presencia de sus tropas en Siria, envío efectivos a Azerbaiyán y ensaya alianzas con los talibanes de Afganistán. Estas aventuras -parcialmente financiada por Qatar y solventadas con recursos extraídos de Trípoli- presentan hasta ahora un alcance limitado. Son operativos de bajo costo económico y alto beneficio político. Permiten distraer la atención interna y justificar la represión, pero desestabilizan la relación con Estados Unidos.

Erdogan refuerza el protagonismo de las fuerzas armadas, que han sido desde 1920 el principal instrumento de modernización autoritaria del país. El subimperialismo turco se asienta en esa tradición belicista, que uniformó coercitivamente a la nación mediante la imposición de una religión, un idioma y una bandera. Esos estandartes son ahora retomados, para ampliar la presencia externa y conquistar los mercados aledaños. Una variante más salvaje de ese nacionalismo fue utilizado en el pasado para exterminar armenios, expulsar griegos y forzar la asimilación lingüística de los kurdos.

El presidente de Turquía preserva ese legado con el nuevo formato de la derecha islamista. Alienta sueños expansivos y exporta contradicciones internas con tropelías en el exterior. Pero actúa a favor de los grupos capitalistas que controlan las nuevas industrias medianas exportadoras. Esas fabricas localizadas en las provincias han motorizado el crecimiento de las últimas tres décadas.

Como Turquía importa el grueso de su combustible y exporta manufacturas, la geopolítica subimperial intenta apuntalar el desarrollo fabril. La agresividad de Ankara en el norte de Irak, el Mediterráneo Oriental y el Cáucaso sintoniza con el apetito de nuevos mercados que exhibe la burguesía industrial islamista.

La prioridad de Erdogan es el aplastamiento de los kurdos. Por eso buscó socavar todas las tratativas que consagraban en Siria el establecimiento de una zona bajo control de esa minoría. Intentó varias ofensivas militares para destruir ese enclave, pero terminó avalando el status quo de una frontera atosigada de refugiados.

Erdogan no ha logrado contrarrestar la autonomía que el gobierno sirio concedió a las organizaciones kurdas (PYP-UPP). Esas fuerzas logaron repeler el asedio de Kobanî en 2014-2015, derrotaron a las bandas yihadistas y ratificaron sus éxitos de Rojava. El presidente turco no logra digerir esos resultados.

La estrategia norteamericana de sostener parcialmente a los kurdos -para crear instalaciones del Pentágono en sus territorios- acentuó el distanciamiento de Ankara con Washington. El Departamento de Estado utiliza en forma muy cambiante a los kurdos como prenda de negociación con el díscolo mandatario. Obama apuntaló a esa minoría, Trump retrajo los apoyos sin cortarlos y Biden aún no definió cuál será su línea de intervención. Pero en todos los escenarios Erdogan ha puesto de manifiesto que no acepta el lugar de satélite servil que le asigna la Casa Blanca.

Las tensiones entre ambos gobiernos se profundizaron por los intereses contrapuestos en el reparto de Libia. Para colmo, Erdogan desafió al Departamento de Estado con una compra de misiles rusos, que provocó la cancelación de inversiones estadounidenses.

El punto culminante del conflicto fue el fallido golpe de estado del 2016. Washington emitió varias señales de aprobación a una asonada que estalló en zonas próximas a las bases de la OTAN. Esa conspiración fue auspiciada por un pastor refugiado en Estados Unidos (Gulen), que lidera el sector más occidentalista del establishment turco. Erdogan descabezó de inmediato a todos los militares afines a ese sector. El fracasado golpe indicó hasta qué punto Estados Unidos aspira a imponer un gobierno títere en Turquía (Petras, 2017). En su respuesta Erdogan reafirmó su resistencia a la obediencia que exige la Casa Blanca.

Ambivalencias y rivales

El subimperialismo turco equilibra la permanencia en la OTAN con las aproximaciones a Rusia. Por eso Erdogan comenzó su mandato como un estrecho aliado de Estados Unidos y luego se involucró en el rumbo opuesto (Hearst, 2020).

En la guerra de Siria estuvo enfrentado con Rusia y escaló un gran choque cuando derribó un avión militar de ese país. Pero posteriormente retomó las relaciones con Moscú e incrementó la adquisición de armamento (Calvo, 2019). También tomó distancia de los principales peones de la OTAN (Bulgaria, Rumania) y negoció un gasoducto submarino para exportar combustible ruso a Europa sin pasar por Ucrania (TurkStream).

Putin es plenamente consciente de la escasa confiabilidad de un mandatario que entrena fuerzas azerbaiyanas en conflicto con Rusia. No olvida que Turquía integra la OTAN y alberga el mayor arsenal nuclear próximo a Rusia. Pero apuesta a negociar con Ankara la disuasión de una flota norteamericana permanente en el Mar Negro.

Las tensiones con Europa son igualmente significativas. Erdogan presiona a Bruselas para recibir aportes millonarios, a cambio de retener a los refugiados sirios en sus propias fronteras. Siempre amenaza con inundar el Viejo Continente con esa masa de desamparados, si Europa sube el tono de sus cuestionamientos al gobierno turco o retacea los fondos para el sostenimiento de esa marea humana.

A nivel regional Turquía confronta ante todo con Arabia Saudita. Los dos países enarbolan estandartes islámicos divergentes, dentro del propio conglomerado sunita. Erdogan difundió un perfil de islamismo liberal en contraste con la severidad del wahabismo saudita, pero no ha podido sostener esa imagen por el feroz comportamiento de sus propios gendarmes.

Los conflictos con Arabia Saudita se concentran en Qatar, que es el único emirato del Golfo aliado con Turquía. La monarquía saudita ha intentado encuadrar a ese díscolo mini-estado con varios complots. Pero no logró repetir la exitosa conspiración que destronó a Morsi en El Cairo, sepultando la principal apuesta geopolítica de Ankara en la región.

El otro rival estratégico de Turquía es Irán. La disputa incluye en este caso, un contrapunto de adhesiones religiosas diferenciadas entre vertientes sunitas y chiitas del islamismo. La confrontación entre ambos escaló en Irak, con la frustrada expectativa turca de conquistar alguna zona afín en ese territorio. Esa pretensión chocó con la continuada primacía de los sectores pro-iraníes. Erdogan hace valer igualmente su presencia, a través de las tropas afincadas en la frontera para doblegar a los kurdos.

El vaivén ha sido la nota dominante del subimperialismo turco. Estas oscilaciones fueron muy visibles en Siria. Erdogan intentó primero tumbar a su viejo competidor Assad, pero encaró un abrupto viraje hacia el sostenimiento de ese gobierno, cuando avizoró la peligrosa perspectiva de un estado kurdo.

Ankara albergó primero al Ejército Libre Sirio para crear un régimen afín en Damasco y chocó luego con los yihadistas, que Arabia Saudita envió con el mismo propósito. Finalmente ha creado una zona tapón en la frontera de Siria para utilizar a los refugiados como moneda de cambio, mientras entrena a sus propios bandoleros.

En otras áreas Turquía entreteje el mismo tipo de contradictorias alianzas. En Libia tomó partido por la fracción de Sarraj contra Haftar, en una coalición con Qatar e Italia contra Arabia Saudita, Rusia y Francia. Envió paramilitares y fragatas para lograr una mayor tajada en los contratos petroleros y ha resuelto erigir una base militar en Trípoli, para disputar su parte en el gas del Mediterráneo. Con el mismo propósito refuerza su presencia en la porción de Chipre bajo su influencia y rivaliza por esos yacimientos con Israel, Grecia, Egipto y Francia.

Las avanzadas subimperiales de Turquía se verifican también zonas más alejadas como Azerbaiyán, donde Ankara restableció lazos con las minorías de origen turco. Suministró armas a la dinastía de los Aliyev en Bakú y apuntaló los territorios ganados el año pasado en los enfrentamientos bélicos de Nagorno-Karabaj. El añorado expansionismo otomano cobra fuerza incluso en regiones más remotas. Turquía entrenó al ejército somalí, despachó un contingente a Afganistán y amplió su presencia en Sudán.

Pero Ankara cuenta con poco margen para jugar esas partidas geopolíticas. A lo sumo puede intentar sostener su autonomía en el rediseño de Medio Oriente. Su habitual oscilación expresa una combinación de arrogancia e impotencia, derivada de la fragilidad económica del país.

Las ambiciones militaristas externas requerirían una fortaleza productiva que Turquía no detenta. Los abultados pasivos financieros del país coexisten con un déficit comercial y un desbalance fiscal, que desatan periódicas convulsiones cambiarias y bursátiles (Roberts, 2018). Esa inconsistencia económica recrea, a su vez, la división entre los sectores atlantistas y euroasiáticos de las clases dominantes, que privilegian negocios en áreas geográficas contrapuestas.

Erdogan ha intentado unificar esa diversidad de intereses, pero sólo consiguió un equilibrio transitorio. Ha impuesto cierta reconciliación entre las elites seculares de la gran burguesía con el ascendente capitalismo del interior. Logró morigerar los desequilibrios estructurales de la economía turca, pero está muy lejos de poder corregirlos. Comanda un subimperio económicamente débil para las ambiciones geopolíticas que alienta. Por eso motoriza aventuras con abruptos repliegues, enredos y volteretas.

El potencial modelo saudita

Arabia Saudita no cuenta con antecedentes subimperiales, pero se encamina hacia esa configuración. Ha sido un sostén tradicional de la dominación estadounidense en Medio Oriente, pero la acumulación de rentas, las aventuras belicistas y las rivalidades con Turquía e Irán empujan al reino hacia ese conflictivo club.

Ese curso introduce mucho ruido en la relación privilegiada de la monarquía wahabita con el Pentágono. Arabia Saudita es la primera importadora de armas del mundo (12% del total) y destina el 8,8% de su PIB a la defensa. Estados Unidos coloca en la región el 52% de sus exportaciones bélicas totales y provee el 68% de las compras de los sauditas. Cada contrato suscripto entre ambos países tiene correlatos directos en inversiones norteamericanas. La monarquía wahabita aporta un sostén estratégico a la supremacía financiera de la divisa norteamericana.

Por la decisiva gravitación de esa élite arábiga, todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado armonizar la incidencia de lobby sionista con su equivalente saudita. Trump logró un punto máximo de equilibrio al aproximar ambos países a un eventual establecimiento de relaciones diplomáticas (Alexander, 2018).

El entrelazamiento estadounidense con la dinastía saudita se remonta a la posguerra y al protagonismo de esa monarquía en las campañas anticomunistas. Los jeques se involucraron en incontables acciones contrarrevolucionarias, para contener la irrupción de repúblicas en toda la región (Egipto-1952, Irak-1958, Yemen-1962, Libia-1969, Afganistán-1973). Cuando el Shah de Irán fue tumbado, los reyes wahabitas asumieron un papel más directo en la defensa del orden reaccionario en el mundo árabe.

Ese regresivo rol fue nuevamente visible durante la primavera árabe de la última década. El gendarme saudí y sus huestes yihadistas encabezaron todas las incursiones para aplastar esa rebelión.

Pero al cabo de muchos años de manejo de un excedente petrolero gigantesco, los monarcas de Riad han creado también un poder propio, asentado en la renta que generan los yacimientos de la península. Esos caudales enriquecieron a los emiratos organizados en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que consolidó un centro de acumulación para coordinar el uso de ese excedente.

En esa administración el viejo entramado semifeudal saudita adoptó modalidades más contemporáneas de rentismo, compatibles con el manejo despótico del estado. Las pocas familiares que monopolizan los negocios utilizan el poder monárquico para impedir la presencia de competidores. Pero el descomunal volumen de riquezas que gestionan, acrecienta las rivalidades por el control del Palacio y el consiguiente tesoro petrolero (Hanieh, 2020).

El poder económico de Riad ha incentivado las ambiciones geopolíticas de la monarquía y las incursiones de los militares sauditas, colocando al país en el sendero del subimperialismo.

Este curso ha sido acertadamente interpretado por los autores que aplican el concepto de Marini al actual perfil de Arabia Saudita. Retratan cómo ese reinado cumple con los tres requisitos señalados por el teórico brasileño, para identificar la presencia de ese status. El régimen wahabita motoriza activamente la inversión extranjera directa en las economías aledañas, mantiene una política de cooperación antagónica con el dominador norteamericano y despliega un manifiesto expansionismo militar (Sánchez, 2019).

El Cuerno de África es la zona privilegiada por los monarcas para esa intervención. Extendieron a esa región todas las disputas de Medio Oriente y dirimen allí quién controla el Mar Rojo, las conexiones de Asia con África y el transporte de los recursos energéticos consumidos por Occidente.

Los gendarmes sauditas participan activamente en las guerras que han devastado a Somalia, Eritrea y Sudán. Comandan el despojo de los recursos y el empobrecimiento de las poblaciones de esos países. Las brigadas que envía Riad demuelen estados para acrecentar el lucro del capital saudí en negocios de agricultura, turismo y finanzas.

De las regiones supervisadas por los monarcas proviene, además, una significativa porción de la fuerza de trabajo explotada en la península arábiga. Los inmigrantes sin derechos conforman entre el 56% y el 82% de la masa laboral de Arabia Saudita, Omán, Bahréin y Kuwait. Esos asalariados no pueden desplazase sin permiso y están sujetos al chantaje de expulsión y consiguiente corte de las remesas. En esa estratificada división del trabajo -en torno al género, la etnia y la nacionalidad- se asienta una monumental remisión de fondos desde esa región al exterior.

Las aspiraciones de primacía regional saudita confrontan con el protagonismo logrado por los ayatolás de Irán. Desde la ruptura de relaciones diplomáticas en el 2016, las tensiones entre ambos regímenes se han procesado a través de los choques militares, entre los aliados de ambos bandos. Esa confrontación ha sido particularmente sangrienta en Yemen, Sudán, Eritrea y Siria.

La actual disputa saudí-iraní retoma, a su vez, el divorcio entre dos procesos históricos disimiles de regresión feudal e incompleta modernización. Esa bifurcación moldeó las configuraciones estatales diferenciadas de ambos países (Armanian, 2019a).

Esa disparidad de trayectorias ha desembocado, además, en cursos capitalistas igualmente contrapuestos. Mientras Riad emerge como un centro internacionalizado de acumulación del Golfo, Teherán comanda un modelo auto-centrado de recuperación económica gradual. Esa diferencia se traduce cursos geopolíticos muy divergentes.

El peligroso descontrol de la teocracia

Los reyes sauditas encabezan el sistema político más oscurantista y opresivo del planeta. Ese régimen funciona desde los años 30´, mediante un compromiso entre la dinastía gobernante y una capa de clérigos retrógrados que supervisa la vida cotidiana de la población. Una división especial de la policía tiene atribuciones para azotar a las personas que permanecen en la calle a la hora de la oración. Ese modelo retrata una modalidad acabada de totalitarismo.

La prensa estadounidense cuestiona periódicamente el descarado sostén occidental de esa clique medieval y se congratula con las reformas cosméticas que prometen los monarcas. Pero en los hechos, ningún presidente norteamericano está dispuesto a distanciarse de un reinado tan impresentable como imprescindible, para la dominación de la primera potencia.

El principal problema de un régimen tan cerrado es la potencial explosividad de sus tensiones internas. Como todos los canales de expresión están clausurados, el descontento irrumpe con actos revulsivos. Esa impronta tuvo el estallido de 1979 en La Meca y el mismo efecto produjo el protagonismo de Bin Laden. Este personaje de la capa teocrática acumuló los típicos resentimientos de un sector desplazado y canalizó ese despecho hacia el padrino estadounidense (Achcar, 2008; cap 2).

La política imperial norteamericana debe lidiar también con las peligrosas aventuras externas de la teocracia gobernante. Los jeques que administran la principal reserva petrolera del planeta han sido fieles vasallos del Departamento de Estado. Pero en los últimos años asumieron apuestas propias, que Washington observa con gran temor.

Los monarcas ambicionan confluir en una alianza con Egipto e Israel para controlar un vasto territorio. Esa mortífera expansión ya encendió muchos polvorines que complican a los propios agresores.

Las tensiones escalaron a un punto crítico desde que el príncipe Bin Salman se alzó con el trono de Riad (2017) y puso en práctica su descontrolada violencia. Maneja la incuantificable fortuna de la monarquía con total discrecionalidad y alocadas ambiciones de poder regional.

Acrecentó primero su control del sistema político confesional, con una sucesión de purgas internas que incluyeron encarcelamientos y apropiaciones de riquezas ajenas. Posteriormente se embarcó en varios operativos militares para disputar poder geopolítico. Comanda la devastadora guerra del Yemen, amenaza a sus vecinos de Qatar, rivaliza con Turquía en Siria y exhibió un insólito grado de interferencia en el Líbano, al chantajear con el secuestro del presidente de ese país. Bin Salman está decidido a subir la apuesta bélica contra el régimen de Irán, especialmente luego de la derrota de sus milicias en Siria.

Las matanzas en Yemen encabezan la andanada saudita. La realeza arremetió contra ese país para capturar los pozos petroleros aún inexplorados de la península arábiga. Al cabo de muchas décadas de frenética extracción, los yacimientos tradicionales comienzan a enfrentar ciertos límites, que inducen a buscar otras vetas de abastecimiento. Riad pretende asegurar su primacía, con el acceso directo a los tres cruces estratégicos de la zona (Estrecho de Ormuz, Golfo de Adán y Bab el- Mandeb). Por eso rechazó la reunificación de Yemen y buscó romper a ese país en dos mitades (Armanian, 2016).

Pero la sangrienta batalla de Yemen se ha convertido en una trampa. La dinastía saudita afronta allí un pantano semejante al padecido por Estados Unidos en

Afganistán. Ha provocado la mayor tragedia humanitaria de la última década sin conseguir el control del país. No logra doblegar la resistencia, ni disuadir los ataques en su propia retaguardia. Los impactantes bombardeos con drones al corazón petrolero de Arabia Saudita ilustran la dimensión de esa adversidad.

Se ha demostrado que la alta tecnología en el uso de los misiles es un arma de doble filo cuando los enemigos descifran su manejo. La única respuesta de Riad ha sido acentuar el cerco alimentario y sanitario con muertos de hambruna al por mayor y 13 millones de afectados por epidemias de distinto tipo.

Esos crímenes son ocultados en la presentación corriente de esa guerra como una confrontación entre súbditos de Arabia Saudita e Irán. El sostén que aporta Teherán a la resistencia contra Riad, no es el factor determinante de un conflicto derivado del apetito expansivo de la monarquía.

Esa ambición explica también el ultimátum a Qatar, que estableció una alianza con Turquía. La monarquía wahabita no tolera esa independencia, ni la equidistancia con Irán o la variedad de posturas que exhibe la cadena Al Jazzera (Cockburn, 2017).

Los qataríes albergan una estratégica base norteamericana, pero han concertado importantes acuerdos energéticos con Rusia, mantienen intercambios con la India y no participan en la “OTAN sunita” que fomenta Riad (Glazebrook, 2017). Lograron, además, disfrazar su opresivo régimen interno con un operativo de “sportwashing” que los transformó en un gran auspiciante del futbol europeo. Bin Salman no ha podido lidiar con ese adversario y algunos analistas advierten que tiene en carpeta una operación militar para forzar el sometimiento de sus vecinos (Symonds, 2017).

Al borde del precipicio

El intervencionismo del príncipe saudita se afianza a un ritmo vertiginoso. En Egipto consolida su influencia multiplicando el financiamiento de la dictadura de Sisi. En Libia sostiene a la fracción de Haftar contra el rival que apadrina Ankara y espera la correspondiente retribución en contratos.

El monarca apuntala en Irak las contraofensivas de las fracciones sunitas para erosionar la primacía de Irán. Ese apoyo incluye el incentivo de masacres y guerras religiosas. En Siria buscó crear un califato sometido a Riad y enemistado con Ankara y Teherán. El fanatismo bélico del monarca se ha corporizado en la red de mercenarios que reclutó a través de la denominada “Alianza Militar Islámica”.

Arabia Saudita es una guarida internacional de los yihadistas que el Pentágono apadrinó con gran entusiasmo inicial. Pero los monarcas utilizan cada vez más a esos grupos como tropa propia, sin consultar a Estados Unidos y a veces en contrapunto con Washington.

En Somalia, Sudán y algunos países africanos la coordinación con el mandante norteamericano se quebró. Nunca se ha clarificado, además, el significado de los atentados de una organización como Al Qaeda, que contaba con el visto bueno de la monarquía. Las acciones terroristas de los yihadistas como fuerza transfronteriza son frecuentemente indescifrables y suelen desestabilizar a Occidente.

Ese descontrol chocó con la estrategia de Obama de aquietar las tensiones de la región, mediante sintonías con Turquía y tratativas con Irán. Trump apostó, en cambio, a favor del príncipe Salman con mayores ventas de armas, encubrimientos de masacres y convergencias con Israel.

Pero las imprevisibles acciones del monarca han generado crisis mayúsculas. El salvajismo que exhibió con el descuartizamiento del opositor Khashoggi desató un escándalo que no ha cicatrizado. El periodista era un fiel servidor de la monarquía, que posteriormente estrechó vínculos con los liberales de Estados Unidos. Trabajaba para el Washington Post y destapó datos de la criminalidad imperante bajo el régimen saudita.

El arrogante príncipe optó por asesinarlo en la propia embajada de Turquía y quedó expuesto como un vulgar criminal, cuando el presidente Erdogan transparentó el caso para su propia conveniencia. Trump hizo lo imposible para encubrir a su socio con algún cuento de alocados asesinos, pero no pudo ocultar la responsabilidad directa del joven reyezuelo.

Ese episodio retrató el carácter inmanejable de un mandatario aventurero, que con el ocaso de Trump perdió sostén directo en la Casa Blanca. Ahora Biden anunció un nuevo rumbo, pero sin aclarar cuál será ese sendero. Mientras tanto pospone la apertura de los archivos secretos que esclarecerían la relación de las cúpulas sauditas con el atentado a las Torres Gemelas.

En el establishment norteamericano se han multiplicado las prevenciones contra un aventurero, que dilapidó parte de las reservas del reino en belicosas andanzas. La factura de la guerra del Yemen ya está a la vista en el agujero presupuestario, que aceleró los proyectos de privatización de la empresa estatal de petróleo y gas.

La teocracia medieval se ha convertido en un dolor de cabeza para la política exterior norteamericana. Algunos artífices de esa orientación propician cambios más sustanciales en la monarquía, pero otros temen el efecto de esas mutaciones sobre el circuito internacional de los petrodólares. Washington terminó perdiendo la fidelidad de muchos países que aligeraron sus dictaduras o atemperaron sus reinados.

Esas disyuntivas no tienen soluciones preestablecidas. Nadie sabe si las acciones de Bin Salman son más peligrosas que su reemplazo por otro príncipe del mismo linaje. La existencia de un gran reinado en el entramado de los mini-estados que componen las dinastías del Golfo aporta más solidez, pero también mayores riesgos para la política imperialista.

Por esa razón los asesores de la Casa Blanca discrepan a la hora de auspiciar políticas de centralización o balcanización de los vasallos de Washington. En ambas opciones el deslizamiento de Arabia Saudita hacia un sendero subimperial entraña conflictos con el dominador norteamericano.

Contradictoria reconstitución en Irán

El status subimperial actual de Irán es más controvertido y permanece irresuelto. Incluye varios elementos de esa performance, pero también contiene rasgos que cuestionan esa ubicación.

Hasta los años 80 el país era un modelo de subimperialismo y Marini lo presentó como un ejemplo análogo al prototipo brasileño. El Shah era el principal socio regional de Estados Unidos en la guerra fría contra la URSS, pero al mismo tiempo desarrollaba su propio poder en disputa con otros aliados del Pentágono.

La dinastía de los Palhevi afianzó esa gravitación autónoma mediante un proceso de modernización con parámetros de occidentalismo anticlerical. Apuntaló la expansión de las reformas capitalistas en sucesivos conflictos con la casta religiosa.

El monarca pretendía gestar un polo de supremacía regional distanciado del mundo árabe y sentó las bases para un proyecto subimperial, que reconectaba con la raíz histórica de las confrontaciones que tuvieron los persas con los otomanos y los sauditas (Armanian 2019b).

Pero el desplome del Shah y su reemplazo por la teocracia de los Ayatolás modificaron radicalmente el status geopolítico del país. Un subimperio autónomo -pero estructuralmente asociado con Washington- se transformó en un régimen sacudido por la tensión permanente con Estados Unidos. Todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado destruir al enemigo iraní.

Ese conflicto altera el perfil de un modelo que ya no cumple con uno de los requisitos de la norma subimperial. La estrecha convivencia con el dominador norteamericano ha desaparecido y ese cambio confirma el carácter mutable de una categoría, que no comparte la perdurabilidad de las formas imperiales.

Los choques con Washington han modificado el perfil subimperial precedente de Irán. La vieja ambición de supremacía regional ha quedado articulada con la defensa frente al acoso norteamericano. Todas las acciones externas del país apuntan a crear un anillo protector, ante las agresiones que el Pentágono coordina con Israel y Arabia Saudita. Teherán interviene en los conflictos en curso con ese propósito de salvaguardar sus fronteras. Opta por alianzas con los adversarios de sus enemigos y busca multiplicar los incendios en la retaguardia de sus tres peligrosos atacantes.

Esta impronta defensiva determina una modalidad muy singular de eventual resurgimiento subimperial de Irán. La búsqueda de supremacía regional coexiste con la resistencia al acoso externo, determinando un curso geopolítico muy peculiar.

Defensas y rivalidades

El expansionismo suave de Irán en las zonas de conflicto refleja esa contradictoria situación del país. El régimen de los Ayatolás ciertamente comanda una red reclutamiento chiita con milicias adscriptas a esa identidad en toda la región. Pero en sintonía con la impronta defensiva de su política, actúa con mayor cautela que sus adversarios yihadistas.

La principal victoria del régimen fue lograda en Irak. Consiguieron colocar al país bajo su mando, luego de la devastación perpetrada por los invasores yanquis. Ahora utilizan el control de ese territorio como un gran tapón defensivo, para desalentar los ataques que Washington y Tel Aviv retoman una y otra vez.

El mismo propósito disuasivo ha guiado la intervención de Teherán en la guerra de Siria. Sostuvo a Assad y se involucró directamente en acciones armadas, pero buscó afianzar un cordón de seguridad para sus propias fronteras. Las milicias del Hezbollah libanés actuaron como los principales artífices de ese cinturón amortiguador.

Los sangrientos choques en Siria se desenvolvieron como ensayos de la conflagración mayor que los sionistas imaginan contra Irán. Por eso Israel descargó sus bombardeos sobre los destacamentos chiitas.

Washington ha denunciado reiteradamente la “agresividad de Irán” en Siria, cuando en los hechos Teherán refuerza su defensa frente a la presión estadounidense. En esa resistencia logró resultados satisfactorios. Trump jugó sus cartas a las distintas incursiones de Israel, Arabia Saudita y Turquía y terminó perdiendo la batalla. Ese fracaso corrobora la adversidad general que afronta Washington. Al cabo de incontables arremetidas no pudo someter a Irán y la madre de todas las batallas continúa pendiente.

En un plano más acotado, Irán disputa primacía regional con Arabia Saudita en las guerras de los países vecinos. En Siria los yihadistas de Riad privilegiaron los asaltos contra tropas adiestradas por su rival y en Yemen la monarquía wahabita ataca a las milicias que sintonizan con Teherán. En Qatar, Líbano e Irak se verifica la misma tensión, que tiende a dirimirse en la disputa por el estrecho de Ormuz. El control de ese pasaje puede consagrar al ganador de la partida entre los Ayatolás y la principal dinastía del Golfo. Por esa ruta -que conecta a los exportadores de Medio Oriente con los mercados del mundo- circula el 30% del petróleo comercializado en todo el planeta.

Al igual que su adversario saudita, el régimen iraní utiliza el velo religioso para encubrir sus ambiciones (Armanian, 2019b). Enmascara la intención de acrecentar su poder económico y geopolítico, alegando la superioridad de los postulados chiitas frente a las normas sunitas. En los hechos, las dos vertientes del islamismo se amoldan a regímenes igualmente controlados por oscurantistas capas de clérigos.

La rivalidad con Turquía no presenta hasta ahora contornos tan dramáticos. Incluye desinteligencias que están a la vista en Irak, pero no alteran el status quo, ni asumen la peligrosidad del choque con los sauditas. El gobierno pro-turco de los Hermanos Musulmanes en Egipto mantenía los equilibrios regionales que ansía Irán. Por el contrario la tiranía -que actualmente apadrinan Washington y Riad- se ha transformado en otro adversario activo de Teherán.

Al igual que Turquía y Arabia Saudita, Irán ha expandido su economía y el gobierno busca amoldar ese crecimiento a una presencia geopolítica más descollante. Pero Teherán ha seguido un desenvolvimiento autárquico adaptado a la prioridad de la defensa y a la resistencia del acoso externo. Las exportaciones petroleras han sido utilizadas para apuntalar un esquema que mixtura el intervencionismo estatal con el fomento de los negocios privados.

Todos los avances geopolíticos han sido transformados por la elite gobernante en esferas de lucro, manejadas por grandes empresarios asociados con la alta burocracia estatal. El control de Irak abrió un inesperado mercado para la burguesía iraní, que ahora también disputa el negocio de la reconstrucción de Siria.

En el tablero entre Irán y sus rivales hay numerosas incógnitas. Los Ayatolás han ganado y perdido batallas fuera de su país y afrontan disyuntivas económicas muy difíciles. La cúpula clerical-militar gobernante que prioriza el negocio petrolero debe lidiar con la desconexión financiera internacional que ha impuesto Estados Unidos. El régimen perdió la cohesión del pasado y debe definir respuestas frente a la decisión israelí de evitar la conversión del país en una potencia atómica.

Las dos principales alas del oficialismo impulsan estrategias diferenciadas de mayor negociación o creciente pulseada bélica. El primer rumbo prioriza los colchones defensivos en las zonas de conflicto. El segundo curso no rehúye repetir el desangre sufrido durante la guerra con Irak. La reconstitución subimperial depende de esas definiciones.

Escenarios críticos

El concepto de subimperialismo contribuye a clarificar el explosivo escenario de Medio Oriente y sus regiones aledañas. Permite registrar el protagonismo de las potencias regionales en los conflictos de la zona. Esos jugadores tienen mayor incidencia que en el pasado y no actúan en el mismo plano que las grandes potencias globales.

La noción de subimperialismo facilita la comprensión de esos procesos. Esclarece el papel de los países más relevantes y clarifica la continuada distancia que mantienen con Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Explica, además, por qué razón las nuevas potencias regionales no reemplazan al dominador estadounidense y desenvuelven trayectorias frágiles corroídas por inmanejables tensiones.

Turquía, Arabia Saudita e Irán rivalizan entre sí desde configuraciones subimperiales y el desemboque de esa competencia es muy incierto. Si alguno de los contrincantes emerge como ganador doblegando a otros, podría introducir un cambio total en las jerarquías geopolíticas de la región. Si por el contrario las potencias en disputa se agotan en interminables batallas, terminarían anulando su propia condición subimperial.

Estas caracterizaciones y diagnósticos aportan el cimiento para otro debate clave. ¿Cuál es la singularidad de Israel en el tablero regional? ¿Cómo debería caracterizarse el rol de ese país? Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto

Resumen

Tres países de la región reúnen las características del subimperialismo. Son economías intermedias que despliegan acciones militares y relaciones contradictorias con Estados Unidos. No sustituyen a los protagonistas globales y enlazan con raíces de larga data.

El concepto se aplica a Turquía. Clarifica su expansionismo externo, las ambigüedades frente a Washington y el autoritarismo de Erdogan. También esclarece las aventuras externas y la persecución de los kurdos.

La acumulación de rentas, las aventuras bélicas y las ambiciones de los monarcas encaminan a Arabia Saudita hacia el subimperialismo. Pero la teocracia incuba explosivas reacciones internas y afronta adversos resultados militares.

La eventual reconstitución del status subimperial de Irán se combina con una nueva tónica defensiva de tensiones con Estados Unidos. Las disputas entre subimperios modifican el status de todos los contrincantes.

 

29 septiembre 2021

 

Referencias

Alexander, Anne (2018). The contemporary dynamics of imperialism in the Middle East: a preliminary analysisIssue: 159Posted on 26th June 2018, https://isj.org.uk/contemporary-dynamics-of-imperialism/

Armanian, Nazanín (2016). EEUU y Arabia Saudí provocan en Yemen la mayor crisis humanitaria del mundo, 25-9, https://blogs.publico.es/puntoyseguido/3550/eeuu-y-arabia-saudi-provocan-en-yemen-la-mayor-crisis-humanitaria-del-mundo/

Armanian, Nazanín (2019a). Arabia Saudí-lrán: los ocho motivos de un odio "sunnita-chiita" poco religioso. 30-6, https://blogs.publico.es/puntoyseguido/5847/arabia-saudi-lran-los-ocho-motivos-de-un-odio-sunnita-chiita-poco-religioso/

Armanian, Nazanín (2019b). El objetivo de EEUU es Irán, no la República Islámica 8.4, http://www.nazanin.es/?p=15306

Barchard, David (2018). Crisis interna Victoria de Erdogan, la oposición se estrella 27-06, https://rebelion.org/victoria-de-erdogan-la-oposicion-se-estrella-pero-no-den-por-agotado-al-partido-democratico-de-los-pueblos/

Calvo, Guadi (2019) El portazo de Erdogan, 16-7,

https://www.alainet.org/es/articulo/201028

Chomsky, Noam; Achcar, Gilbert (2007). Estados peligrosos: Oriente Medio y la política exterior estadounidense. Barcelona: Paidós

Cigan, Tuğal (2021). Turquía en sus encrucijadas, New Left Review 127, marzo-abril.

Cockburn, Patrick (2017). Una gira que llevó tensión al Golfo, 5-6

https://www.pagina12.com.ar/42401-una-gira-que-llevo-tension-al-golfo

Conde, G. (2018). El Medio Oriente: entre rebeliones populares y geopolítica, OASIS, 27, 7-25. DOI: https://doi.org/10.18601/16577558.n27.02

Glazebrook, Dan (2017). El bloqueo de Catar, el "petro-yuán" 19.6 https://rebelion.org/el-bloqueo-de-catar-el-petro-yuan-y-la-proxima-guerra-contra-iran/

Güneş Gümüş (2019). Turquía: ¿Dónde se ubica Turquía en la jerarquía imperialista?, 2-8 https://lis-isl.org/2019/08/02/turkiye-emperyalist-hiyerarsinin-neresinde-gunes-gumus/

Hanieh, Adam (2020). A Marxist Guide to Understanding the Gulf States’ Political Economy, Interview, 07.13.2020

Harris, Kevan (2016). Remodelar Oriente Próximo, New Left Review, 101 noviembre – diciembre.

Hearst, David (2020). Erdogan y Putin: Fin del romance 05/03/2020

https://rebelion.org/el-bloqueo-de-catar-el-petro-yuan-y-la-proxima-guerra-contra-iran/

Katz, Claudio (2018). La teoría de la dependencia, 50 años después, Batalla de Ideas Ediciones, Buenos Aires.

Marini, Ruy Mauro (1973). Dialéctica de la dependencia, ERA, México

Petras. James (2017). 17-10 Los siete pecados capitales del presidente Erdogan: ¿Hacia dónde va Turquía? https://www.globalizacion.ca/los-siete-pecados-capitales-del-presidente-erdogan-hacia-donde-va-turquia/

Roberts, Michael (2018). Turquía: colapso económico total 2018.12-8

https://www.sinpermiso.info/textos/turquia-colapso-economico-total

Sánchez, Victoria Silva (2019). Los países del Golfo como nuevos actores de (in)seguridad en el Mar Rojo: una visión desde el subimperialismo 11 de julio de 2019 https://www.recp.es/files/view/pdf/congress-papers/14-0/2087/

Symonds, Peter (2017) Arabia Saudí hace público un provocativo ultimátum a Catar 26 6 https://rebelion.org/arabia-saudi-hace-publico-un-provocativo-ultimatum-a-catar/

Uslu, Esen. (2020) Turquía: Más sangre y lágrimas 10/10 https://www.sinpermiso.info/textos/turquia-mas-sangre-y-lagrimas

Publicado enInternacional
La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó mil millones de dólares para financiar la Cúpula de Hierro de Israel

El sistema de defensa requiere del reabastecimiento de misiles interceptores, que se agotaron tras la escalada de violencia registrada en la frontera con Gaza durante el mes de mayo

 

La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó este jueves un proyecto de ley para apoyar con mil millones de dólares el sistema de defensa antimisiles israelí, conocido como la ‘Cúpula de Hierro’.

La propuesta salió adelante con el voto favorable de 420 representantes y con el rechazo de otros nueve, entre los que se encuentran ocho demócratas y un integrante del Partido Republicano.

Ahora esta propuesta será trasladada al Senado donde, si se aprueba, se ratificará que Estados Unidos subvencionará el reabastecimiento de misiles interceptores para su la ‘Cúpula de Hierro’ en Israel, después de que se agotaron durante la escalada de tensiones a comienzos de mayo entre las fuerzas militares del país y las fuerzas del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás)en Gaza.

“La aprobación de este proyecto de ley refleja la gran unidad en el Congreso (...) para la seguridad de Israel”, aseguró Nancy Pelosi, líder de los demócratas de la Cámara, en un discurso en los pasillos del recinto.

“La asistencia a Israel es vital, porque la seguridad de Israel es un imperativo para la seguridad de Estados Unidos”, aseveró.

Antes de la votación, el ministro de Defensa de Israel, Benny Gantz, mantuvo una conversación con su homólogo estadounidense, Lloyd Austin, en la que le agradeció “los procesos para dotar a Israel de los medios necesarios para defenderse a sí mismo ya sus ciudadanos”, según informó el gabinete del ministro, recoge el diario local ‘The Times of Israel’.

“Gracias a los miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, demócratas y republicanos por igual, por el apoyo abrumador a Israel y por el compromiso con su seguridad”, dijo el primer ministro israelí, Naftali Bennett.

Finalmente, la Administración estadounidense emitió un comunicado al respecto en el que remarcó que esta financiación es “coherente” con el Memorando de Entendimiento firmado por ambas naciones en 2016 en el que Estados Unidos se compromete a proporcionar asistencia adicional para reponer la ‘Cúpula de Hierro’ tras periodos de enfrentamientos para “permitir a Israel continuar defendiéndose de los ataques”.

El escudo está en servicio desde hace casi una década y forma parte de los instrumentos que permiten a Israel mantener un predominio militar sobre sus vecinos. Durante la escala de violencia del pasado mes de mayo, el Ministerio de Defensa divulgó las imágenes sobre cómo el sistema interceptó uno de los misiles de Hamas sobre Ashkelon.

Si bien esta batería antimisiles no puede bloquear los globos incendiarios y otros proyectiles lanzados a muy baja altura, ahora puede contrarrestar tanto los misiles como los drones. “La Cúpula de Hierro ha sido probada en una variedad de escenarios complejos (...) y ha interceptado drones, cohetes y salvas de misiles simultáneamente”, dijo el ministro de Defensa israelí, Benny Gantz, en un comunicado.

Los principales focos de amenaza que sufre Israel provienen de los terroristas de Hamas y Hezbollah, pero también está en alerta permanente ante los misiles balísticos de largo alcance de Irán.

Desplegado hace más de una década, el sistema suscitó de antemano el escepticismo sobre su eficacia. Luego interceptó miles de cohetes palestinos provenientes de la franja de Gaza, generando honores a su creador y cambiando el panorama militar de la región.

24 de Septiembre de 2021

(Con información de Europa Press y AFP)

Publicado enInternacional
Jefe del Comando Sur, almirante Craig Faller, en Washington, EE.UU., el 7 de febrero de 2019Saul Loeb / AFP

La presencia del Comando Sur en el país suramericano ha sido rechazada anteriormente tanto por Venezuela, que la considera como una "provocación".

El almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur de EE.UU., anunció que se encuentra en Colombia, "un aliado vital y confiable en seguridad", para reunirse con la cúpula militar de ese país, en medio de las tensiones con el Gobierno de Venezuela. 

El Comando Sur informó mediante un tuit que Faller se reunirá con "líderes militares" en Colombia, país que visitó en junio pasado, "para discutir la cooperación en materia de seguridad". La información fue ratificada por la Embajada de EE.UU. en Bogotá.

La llegada de Faller coincide con la estadía del presidente colombiano, Iván Duque, en EE.UU., país al que arribó el pasado domingo para tratar una "agenda focalizada en temas ambientales, migratorios y crediticios", según informó en su cuenta de Twitter. Se prevé que el mandatario colombiano además participe en la Asamblea General de la ONU, que se llevará acabo esta semana. 

Antes de este viaje, Duque estuvo en España, de jueves a sábado. Allí se reunió con su homólogo Pedro Sánchez y autoridades de su gabinete; con el rey de ese país, Fernando IV; con los expresidentes Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy; con sectores empresariales y de la banca, y con el opositor y prófugo de la justicia venezolana, Leopoldo López, entre otros.

Colombia, Maduro y la Celac

El mandatario colombiano no participó en la 6.ª Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada el pasado sábado en México.

El repudio de Bogotá a Caracas quedó recogido en un comunicado, emitido por la Cancillería colombiana, donde se rechaza la participación del presidente venezolano, Nicolás Maduro, en la cita regional.

Colombia ratificó que desconoce "el poder de facto" de Maduro "como resultado de la elección presidencial del 20 de mayo de 2018, viciada por la ausencia de garantías a la oposición y por el fraude". Esta postura ha sido mantenida por el país suramericano con el apoyo de EE.UU. y un grupo de países de América Latina, a pesar de que los observadores internacionales no encontraron pruebas de irregularidades en esos comicios.

Los mandatarios Mario Abdo Benítez, de Paraguay, y Luis Lacalle Pou, de Uruguay, que sí asistieron al encuentro, también expresaron su cuestionamiento a la legitimidad de Maduro, como ya lo habían demostrado ambos países en el Grupo de Lima, cónclave surgido en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) con la finalidad de proponer medidas y mecanismos regionales para deponer al mandatario venezolano.

Al respecto, el jefe de Estado venezolano le pidió a ambos presidentes que pusieran "la fecha, el lugar y la hora" para "debatir de democracia, de libertades, de resistencia, de revolución".

Faller de nuevo en Colombia

Hace tres meses, cuando Faller estuvo en territorio colombiano, hubo un cruce de declaraciones entre Caracas y Bogotá, en el contexto de las tensiones entre ambos países y de las acusaciones mutuas de desestabilización a través de la acción de grupos armados ilegales y de organizaciones criminales.

En esa oportunidad, el mandatario colombiano publicó en su cuenta de Twitter que en el encuentro con Faller y con el embajador de EE.UU. en ese país, Philip S. Goldberg, ambos le expresaron "su interés por seguir profundizando cooperación entre las dos naciones".

Duque también escribió que su país era para EE.UU. "uno de los aliados más importantes de la región" para "garantizar la seguridad y la lucha contra el narcotráfico, así como una democracia respetuosa de los derechos humanos".

En respuesta, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela (FANB) emitió un comunicado en el que expresó su preocupación por la llegada de Faller a Colombia, y afirmó que esta no respondía a "razones de cooperación bilateral en materia de seguridad", sino que era una acto de "injerencismo y provocación".

Cinco días después de esa visita, el helicóptero en el que viajaba el presidente colombiano fue atacado con disparos de fusil, cuando aterrizaba en el aeropuerto de Cúcuta, procedente del municipio de Sardinata, al norte de Santander. Toda la tripulación resultó ilesa y la Casa de Nariño señaló como responsable a un miembro de las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), que supuestamente estaría en suelo venezolano, sin ofrecer mayores pruebas de esas acusaciones.

Esta nueva visita reaviva una vieja polémica surgida en el país hace un año por la presencia del Comando Sur en Colombia, que ha sido una constante durante el Gobierno de Duque. 

Luego del anuncio hecho por el fallecido ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, de que una misión militar de EE.UU. operaría en Colombia para "combatir el narcotráfico", un grupo de senadores expresó su repudio por considerar que esta decisión vulneraba la soberanía y Constitución del país y que podría fortalecer la actuación los grupos armados paramilitares, como ya ha sido señalado en otras oportunidad por el excomandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso. 

Tras esos señalamientos, el Tribunal Administrativo del departamento de Cundinamarca aprobó la suspensión de las actividades del Ejército estadounidense en territorio colombiano, a raíz de una tutela presentada por un grupo de congresistas, que manifestaron que la decisión había sido inconsulta e inconstitucional.

Publicado: 20 sep 2021

Publicado enColombia
Sábado, 18 Septiembre 2021 05:46

Más munición en una Asia que se rearma

Lanzamiento de un misil desde un submarino surcoreano este miércoles 15 de septiembreHANDOUT / Reuters

El acuerdo estratégico impulsado por Biden para frenar a China añade tensión a una zona con un gasto militar al alza

 

La nueva alianza estratégica de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (Aukus), un movimiento que puede cambiar el transcurso de la intensa partida de ajedrez geoestratégico entre Washington y Pekín en Asia, ha desatado la furia de China. Apenas se habían apagado las voces de los líderes del nuevo Aukus tras anunciar el pacto cuando el Gobierno de Xi Jinping ya ponía el grito en el cielo. El acuerdo, advertía, puede precipitar “una carrera de armamento”. Pero la vasta región que aglomera al Índico y el Pacífico se rearma desde hace tiempo.

Solo esta semana, en los días inmediatamente previos al anuncio trilateral, en las aguas asiáticas Corea del Norte ha disparado dos misiles balísticos y uno de crucero, de larga distancia. Corea del Sur ha probado con éxito el lanzamiento de un misil desde uno de sus submarinos de fabricación propia, en lo que supone un hito de su capacidad militar. El Gobierno en Taiwán ha propuesto una partida presupuestaria extra por valor de miles de millones de euros para el desarrollo y la adquisición de nuevo armamento, incluidos misiles de crucero y buques de guerra. Algunos de los misiles más punteros del mundo se están desarrollando en esta región.

El año pasado Asia y Oceanía invirtieron 528.000 millones de dólares (unos 450.187 millones de euros) en la dotación para sus ejércitos, según los datos recopilados por el Stockholm International Place Research Institute (Sipri). Una suma que representaba un aumento del 2,5% con respecto al año anterior, y por debajo de los 801.000 millones de dólares gastados en América del Norte, pero cerca de un 40% más del total de las partidas del continente europeo.

Más información

En gran medida, este crecimiento, en línea con un aumento constante a lo largo de las últimas dos décadas, viene arrastrado por la vasta inversión china en la modernización de sus Fuerzas Armadas. El gasto militar de Pekín en 2020, según el Sipri, rondó los 258.000 millones de dólares. Un aumento relativamente modesto con respecto al año previo, del 1,9%. Pero que representa un incremento del 76% en una década.

“El gasto de China ha crecido durante 26 años consecutivos, la cadena más larga sin interrupciones (de incremento del gasto militar) de cualquier país en nuestra base de datos”, indica el instituto sueco en su informe anual. En comparación, aunque la inversión de Estados Unidos, el país con mayor presupuesto para sus Fuerzas Armadas, alcanzó los 778.000 millones de dólares, un alza del 4,4%, esa partida se ha recortado en un 10% desde 2011.

El Ejército Popular de Liberación (EPL) chino cuenta con el mayor número de tropas, unos dos millones de soldados, y la mayor flota del mundo, con cerca de 360 buques, y aspira a convertirse en una fuerza de combate totalmente modernizada para 2027, el centenario de su fundación. Fabrica dos nuevos portaaviones, que doblarán el número de estas naves de las que dispone, desarrolla cohetes de largo alcance y compite con Estados Unidos en el terreno de las armas del futuro, desde la tecnología cuántica a misiles hipersónicos.

Junto a una mayor disponibilidad de efectivo gracias al crecimiento económico de Asia a lo largo de este siglo, y razones ideológicas en ciertos casos -el conservador primer ministro nipón Shinzo Abe hizo del fortalecimiento de las fuerzas japonesas una de sus prioridades hasta su renuncia por motivos de salud hace un año- el creciente poderío militar de Pekín ha espoleado a otros países en la región a reforzar sus equipos militares.

Al presentar su propuesta de presupuesto extraordinario de 240.000 millones de dólares taiwaneses, o unos 9.000 millones de dólares para los próximos cinco años -que se sumarán a los 474.000 millones ya previstos en el presupuesto para 2022-, el Ministerio de Defensa en Taipéi advirtió este jueves de la “grave amenaza” que encara desde China. Pekín considera a la isla parte inalienable de su territorio y nunca ha renunciado a la fuerza como vía para la unificación.

China “ha seguido invirtiendo profusamente en su presupuesto de defensa nacional, su fuerza militar ha crecido con rapidez y con frecuencia envía aviones y buques para invadir y hostigar nuestras aguas y espacio aéreo”, apuntaba el ministerio en un comunicado. “A la vista de las graves amenazas del enemigo, las Fuerzas Armadas de la nación participan activamente en labores de preparación y cimentación de nuestro ejército, y es urgente que consiga una producción de armamento rápida y de calidad en un corto plazo de tiempo”, agregaba. Taipéi denuncia que desde hace aproximadamente un año China ha lanzado constantes incursiones de sus aviones militares en su zona de identificación aérea.

Este mismo viernes, y tras la presentación presupuestaria, la fuerza aérea taiwanesa interceptaba a una decena de aviones chinos en su espacio aéreo.

En otros países de la región, el gasto militar también parece alentado por el recelo ante el poderío chino. Además de sus nuevos misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM) Corea del Sur planea la construcción de un portaaviones y el desarrollo de su misil Hyunmoo-4, con un alcance de 800 kilómetros, una inversión más orientada a crear un elemento disuasorio contra Pekín que a hacer frente a Corea del Norte.

Y, aunque no se la mencionó por su nombre en la presentación del Aukus, Pekín y su auge son el objetivo de la nueva alianza estratégica. “Es imposible interpretar esto como algo que no sea una respuesta a la pujanza de China”, opina Sam Roggeveen, del Lowy Institute australiano, en el blog The Interpreter de su laboratorio de ideas.

El pacto también representa una “escalada significativa del compromiso estadounidense contra ese desafío”, en opinión de ese experto. El pacto dotará a Australia -que se verá reforzada así como actor militar en la región- de tecnología para la construcción de submarinos nucleares. Pero incluye también la colaboración de Washington, Londres y Canberra en el desarrollo de sistemas de armamento de tecnología punta, desde la inteligencia artificial a armas cuánticas.

Ataque por el flanco comercial

“Llegando solo dos semanas después de que Biden declarara la guerra en Afganistán terminada, y solo ocho días antes de la primera cumbre del QUAD -la alianza de seguridad formada por India, Japón, Australia y Estados Unidos-, la presentación de Aukus afirma la determinación de la Administración de Biden para hacer jugar a los aliados y socios estadounidenses en la competición con China”, apunta Ali Wyne, de la consultora Eurasia Group, en una nota.

De momento, y tras la primera reacción de furia verbal, China ha optado por dirigir su respuesta a otro terreno más allá del militar. Horas después de la constitución de Aukus, Pekín presentaba su solicitud formal de ingreso en el Acuerdo Exhaustivo y Progresivo para la Alianza Transpacífica (CPTPP, por sus siglas en inglés), el pacto para crear una zona de libre comercio a ambas orillas del Pacífico que originalmente lideró la Administración de Barack Obama, pero del que Donald Trump retiró a Estados Unidos en 2017.

La iniciativa de Pekín, en opinión de Wyne, apunta A que China “percibe la falta de una estrategia comercial en Estados Unidos como quizá el talón de Aquiles en los esfuerzos de Washington por competir con China en el Indo-Pacífico y más allá”.

 

Pekín - 17 sept 2021 - 22:40 COT

Publicado enInternacional
Página 1 de 35