La rana ladrona de Miles (Craugastor milesi) endémica de Honduras, que se creía extinta, fue redescubierta en 2008. Foto Tom Brown vía Europa Press

Es posible que no se hayan visto porque viven en sitios inhóspitos o de difícil acceso, pero otras podrían estar extintas, según estudio

 

La primera evaluación global de todas las especies de vertebrados terrestres no extintas ha identificado más de 500 especies "perdidas", las que nadie ha visto en más de 50 años.

Arne Mooers, profesor de biodiversidad de la Universidad Simon Fraser (USF, institución pública canadiense de investigación) y coautor del estudio, señaló que hay muchas posibilidades de que algunas de las especies no se encuentren porque viven en hábitats inhóspitos o de difícil acceso, pero otras podrían perderse para siempre.

"De hecho, descubrimos que había más de 500 animales que viven en la tierra que no se habían visto en más de 50 años. Eso es casi el doble de los que han sido declarados extintos desde el año 1500. Hay una gran cantidad por ahí que no sabemos si todavía existe".

Los científicos usaron un programa de computadora que revisó la base de datos del grupo para identificar las especies desaparecidas.

Los investigadores revisaron la información sobre 32 mil 802 animales de la lista roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza e identificaron 562 perdidas. Sus hallazgos aparecen en la revista Animal Conservation.

Esa lista define la extinción como "cuando no hay duda razonable de que el último individuo de una especie ha muerto", lo que puede ser difícil de verificar. Según Mooers, clasifica a 75 de estas 562 especies perdidas como "posiblemente extintas".

Los investigadores señalan que la existencia de muchas especies con un estado de conservación incierto puede volverse cada vez más problemática a medida que empeora la crisis de extinción y desaparecen más de ellas.

Fecha de ausencia o la última vez que se vio

El criterio utilizado para enumerar una especie perdida fue la fecha de ausencia o la última vez que se vio, o cualquier relato de la primera vez que se recolectó y nombró al animal, precisó. "Hay muchos de estos indicios de que, de hecho, se perdió".

Una de las especies canadienses en esa situación es el zarapito esquimal, ave playera que anidaba en la parte más septentrional de la tundra y emigró hasta Argentina, indicó Mooers.

Se vieron algunos zarapitos esquimales en Texas en 1962 y otro recibió un disparo en Barbados en 1963, pero ese fue el último avistamiento confirmado, precisó.

"Es nuestra especie perdida más famosa y única, creo, y probablemente esté extinta. Es uno de los más tristes, creo", consideró, refiriéndose al pájaro canadiense.

Un total de 311 especies de vertebrados terrestres han sido declaradas extintas desde el año 1500, lo que significa que 80 por ciento más se consideran perdidas que las declaradas extintas.

Los reptiles lideran el camino con 257 consideradas perdidas, seguidas por 137 de anfibios, 130 de mamíferos y 38 de aves. La mayoría de estos animales fueron vistos por última vez en países megadiversos como Indonesia (69), México (33) y Brasil (29).

Aunque no sorprende, esta concentración es importante, según los investigadores. "El hecho de que la mayoría de estas especies perdidas se encuentren en países tropicales megadiversos es preocupante, dado que se espera que experimenten el mayor número de extinciones en las próximas décadas", según un comunicado de Tom Martin, autor principal del estudio e integrante del zoológico Paignton del Reino Unido.

Mooers, quien dirigió el estudio, agregó: “Si bien las estimaciones teóricas de las ‘tasas de extinción’ en curso son buenas, parece mejor buscar detenidamente las especies reales”.

Gareth Bennett, estudiante universitario de USF que realizó gran parte de la combinación de datos, añadió: "Esperamos que este simple estudio ayude a que estas especies perdidas sean foco de atención en futuras búsquedas".

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Varios aves en la laguna de Navaseca, a 3 de febrero de 2022, en Daimiel, Ciudad Real, Castilla-La Mancha. — Patricia Galiana / Europa Press

Un estudio realizado por científicos del Smithsonian Envioronmental Reseach Center (SERC) ha simulado cómo los humedales se comportarían en un clima del año 2100.

 

Un estudio realizado por científicos del Smithsonian Envioronmental Reseach Center (SERC) ha alertado sobre la conservación de los humedales, muy necesarios para luchar contra la crisis climática, y que corren el riesgo de desaparecer por todo el mundo debido a la subida de nivel del mar

Durante décadas, los científicos tuvieron la esperanza de que el aumento de las concentraciones de CO2 también pudiera estimular el secuestro de carbono y el crecimiento adicional de las plantas, contrarrestando así la aceleración de la subida relativa del nivel del mar, pero este "útil efecto secundario" está dejando de existir.

Simular el clima del año 2100

El estudio realizado por investigadores del SERC ha simulado cómo los humedales se comportarían en un clima del año 2100, gracias a un centro ubicado en la costa occidental de Maryland, EEUU. Para este estudio se basaron en un experimento que comenzó en 1987 y que actualmente es el experimento de campo más largo del mundo sobre el impacto del aumento del CO2 en las plantas.

Desde 15 cámaras abiertas, los científicos aumentaron las concentraciones de CO2, duplicando aproximadamente los niveles de CO2 atmosférico de 1987. Los investigadores se centraron en el grupo de plantas conocidas como C3, que responden fuertemente al CO2, y que corresponde al 85% total de especies de plantas en la Tierra.

En las dos primeras décadas del estudio, el crecimiento de las plantas en las cámaras con mayor CO2 fue mayor. En la superficie, estas plantas crecieron una media del 25% más que las plantas de las cámaras no tratadas. Bajo tierra, este efecto fue aún mayor, el CO2 elevado provocó un 35% más de crecimiento en las raíces.

Preocupación por parte de los científicos

Los investigadores han señalado que este crecimiento de las raíces es preocupante para la supervivencia de los humedales, ya que éstas ayudan a los humedales a formar el suelo y a mantener los cimientos creciendo hacia arriba incluso cuando los mares siguen subiendo.

Desde 2005, este efecto sobre las raíces ha ido desapareciendo. En los últimos 14 años de datos del estudio no ha habido un gran diferencia en el crecimiento de las plantas entre las cámaras de alto CO2 y las normales. El equipo de científicos ha dado varias explicaciones a este descenso: las precipitaciones, la temperatura, la salinidad del agua durante la temporada de crecimiento o la presencia de nutrientes críticos en el suelo, como el nitrógeno.

Pero solo la subida del nivel del mar ha mostrado una relación con el crecimiento de las plantas. Desde que el nivel del mar en el humedal subió 15 centímetros por encima de donde comenzó en 1987, los beneficios del aumento del CO2 desaparecieron.

El estudio también señala que es posible que algunos humedales puedan "escapar" del ahogo por esta subida. Si los humedales no pueden elevarse más construyendo suelo, que migren hacia también el interior es otra posibilidad, pero eso únicamente puede ocurrir si tienen suficiente espacio. Para muchas comunidades la posibilidad de que los humedales se trasladen hacia el interior supondría un cambio en la forma de utilizar y valorar la tierra.

madrid

18/05/2022 21:55

Público

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Martes, 17 Mayo 2022 05:49

Barro

Fósil de oviraptosaurio. Fossil Wiki

Al mundo hay que dejarle algo de barro en el suelo (algo de barrio) y no rascárselo nunca del todo si queremos que siga siendo habitable

Leí hace poco la noticia de un gran descubrimiento efectuado en 2016 cerca de Ghanzou, en China: el de un dinosaurio emplumado que habría muerto hace 70 millones de años tratando de escapar del barro. “Uno de los fósiles más hermosos y tristes que he visto”, dice el geólogo Steve Brusatte, pues murió derribado sobre la frente, bípedo entrampado, con el cuello estirado y las alas desplegadas. Pertenecía a la familia de los oviraptorosaurios y esta nueva parentela fue bautizada con el nombre mixto de tongtianlong limosus o, lo que es lo mismo, “dragón fangoso camino del cielo”. Era una especie, si se quiere, pasajera entre el reptil y el pájaro, transitoria aún entre la tierra y el aire. La ciencia no se puede permitir estas sinécdoques abusivas que reducen millones de años a un instante y el destino evolutivo de una especie a la suerte de un individuo, pero la desgracia de este bicho maravilloso proporciona a los filósofos una imagen poderosísima de fracaso ejemplar. Yo lo veo así: un reptil que, a punto de convertirse en pájaro, descubre de pronto sus alas, intenta emprender el vuelo y queda atrapado en el barro mientras sacude con impotencia, una y otra vez, entusiasmado primero, furioso después, desesperado al fin, cada vez más despacio, sus muñones emplumados.

El barro que retuvo al dinosaurio es, en realidad, la sustancia primordial, donde se mezclan la tierra y el agua. En el acto I, escena 1ª, del Antonio y Cleopatra de Shakespeare, el amante romano justifica de esta manera sus besos: “Los reinos son de arcilla. Nuestro barro fangoso nutre por igual a hombres y bestias. Todo el sentido de la vida está en hacer esto”. Así lo recordaba yo de memoria. La traducción de Luis Astrana Marín, es verdad, dice “nobleza” y no “sentido” y “tierra fangosa” en lugar de “barro fangoso”, versión más ceñida al original inglés (donde se lee “our dungy earth”, de “dung”, el estiércol que abona nuestros cultivos). Da igual. Este campo semántico, rico en sinónimos y aledaños, es apretado y recogido como un moño. Tenemos el barro, el cieno, el fango, el lodo, el limo. Todas estas palabras son densas y marrones, y se citan y se reclaman mutuamente, pero no son del todo equivalentes. A cada una de ellas se le ha adherido un matiz singular que va más allá de la materia y que convoca distintas sinestesias morales y sentidos figurados. El adjetivo “fangoso”, por ejemplo, es una redundancia de “barro”, como ocurre en la traducción castellana de Shakespeare, pero como sustantivo adquiere enseguida una acepción espiritual: el “fango”, en efecto, es sucio y ensucia; son las almas, y no los dinosaurios, los que quedan atrapados en él: “máquina del fango”, expresión forjada por Umberto Eco, alude a la difamación premeditada cuyo objetivo es mancillar el prestigio o el honor de un rival político. De fango en nuestro país sabemos mucho. El cieno es más ligero, el lodo más viscoso, el limo sobre todo resbaladizo. Es interesante señalar, dicho sea de paso, que de forma un poco tortuosa la palabra y la idea del “olvido” proceden, en efecto, del limus latino: lo que se vuelve denso y oscuro, lo que se desliza fuera de la memoria. Olvidar es resbalar sin asidero en el vacío. Conviene pensar también desde aquí el destino del dinosaurio alado.

Todas las lenguas, obviamente, poseen el concepto de “barro”, del que hablaremos enseguida, pero nuestra palabra “barro” es harto extraña, procedente quizás del acervo hispánico prerromano, como lo atestigua el hecho de que solo exista en castellano y en portugués (aunque en esta última lengua con el significado más específico de “arcilla”). En todo caso, y como se trata aquí de producir imágenes y no saberes académicos, a uno le vienen ganas, muchas ganas, contra todo fundamento filológico, de asociar “barro” y “barrio”, vocablo cuya etimología árabe remite a la noción de “extramuros”: a lo que está fuera (barr) de la ciudad, donde sin duda los más pobres, los menos protegidos, los que viven a la intemperie, no solo están más expuestos a los efectos de la lluvia sino que permanecen también más en contacto con la tierra común. Fuera de las murallas está, por así decirlo, la verdad del ser humano.

Pues es esto: si “barro” es la palabra más común es porque designa la sustancia común. Al contrario que “fango” o “lodo” o “limo”, que se separan un poco de la tierra para discurrir en paralelo en el plano simbólico, al barro le ocurre como al pan: es su materia misma la que opera como símbolo universal: son las únicas materias –pan y barro– que constituyen en sí mismas símbolos, de manera que no admiten ninguna escisión metafísica –o marxista– entre ser y apariencia, entre realidad y ficción, entre materia y espíritu. Reclamar pan es reclamar la cultura entera; nombrar el barro es nombrar la humanidad completa. Por eso, el único sentido metafórico que autoriza el barro tiene que ver con la fragilidad o caducidad de las cosas. Shakespeare, que era un genio y un genio plebeyo, acierta a exponer esta unidad en versos muy banales en defensa de un beso: los “reinos” más soberbios acaban por sucumbir y deshacerse en esa materia primordial que alimenta a todas las criaturas –de la que están hechas todas las criaturas. Todos estamos compuestos del barro del que nos nutrimos y que seguiremos nutriendo, generación tras generación, hasta el final: hasta el maldito petróleo acumulado bajo nuestros pies. La sola cosa que nos distingue de un guijarro, de un insecto, de un helecho, son nuestros besos: el amor único y fugaz que se repite, como un repiqueteo hambriento, sobre los cuerpos.

De la dificultad de simbolizar el barro, salvo como universalidad material, da buena cuenta la terrorífica facilidad con que simbolizamos, por contraste, la palabra “sangre”. La sangre, en efecto, nos separa: la sangre azul, la sangre aria, la sangre de nuestra estirpe. Son los fluidos del cuerpo, que pueden verterse, los que –sangre, semen, leche– han configurado siempre los imaginarios excluyentes de la especificidad étnica, los delirios narcisistas de la pureza y la contaminación racial. Su opuesto es el barro: no se puede hacer, no, ningún discurso racista con el barro. El barro es absolutamente material; es la idea de materia; la materia común en la que florece al final –despliegue y arruga– el juncal de las ideas. En el Génesis bíblico, lo sabemos, hay dos versiones de la creación. En una el dios es logos y materializa las criaturas pronunciando sus nombres; en la otra las hace con sus propias manos. No las forja como un herrero ni las talla como un carpintero; las moldea como un alfarero. Decía la gran escritora estadounidense Ursula K. Le Guin que el primer y mayor invento humano no fue ni la espada ni la rueda: fue la cesta, copiada del regazo y del útero femeninos. Fue también la vasija, aurora de la civilización, donde comprendemos por primera vez la diferencia entre dentro y fuera, que es asimismo la diferencia entre significante y significado: un recipiente que retiene el agua fugitiva, necesaria para la vida, y cuyo exterior se puede pintar y decorar. La alfarería es la técnica cultural más antigua del mundo; los primeros objetos de cerámica, encontrados en Japón, se remontan a hace doce mil años. En el Génesis se conjugan, pues, las dos actividades creativas por excelencia del ser humano, aquellas de las que el hombre mismo es creación: la lengua y el barro.

Fijaos bien: una prueba irrefutable de la primordialidad del barro es la siguiente: los niños no juegan con “fango” ni con “cieno” ni con “lodo”; juegan con “barro”, que es –dice el pedagogo Francesco Tonucci– “el príncipe de los juguetes” o, lo que es lo mismo, el primero y más insuperable de los juguetes. Podemos pensar en los niños como en dioses que dan forma a la materia, sin más propósito ni más diseño que el capricho de sus manos, mediante las cuales afirman la materialidad misma de nuestro mundo. Y podemos también –los que así lo quieran– reconciliarnos con un dios que, en lugar de imitar a un guerrero o a un ingeniero, habría imitado a un niño en la playa o en el arenal: que se habría dejado tentar por el placer de descubrir el barro y, a partir de él, la diferencia entre dentro y fuera, entre lo que nos puede ser necesario para la vida y lo que podemos adornar: el júbilo elemental de lo cóncavo y lo convexo, de la dureza que se desmenuza entre los dedos, de la viscosidad que se solidifica bajo el sol. La irresponsabilidad de un niño siempre tiene más sentido que el sentido premeditado de un forjador de espadas. Por lo demás, para aquellos a los que no les baste el placer, porque lo miden todo en términos de utilidad, recordaré aquí, de pasada, que recientes investigaciones médicas han descubierto en el barro una bacteria benéfica (mycobacterium vaccae), de manera que jugar con nuestra común “tierra fangosa” no sólo fortalece el sistema inmunitario sino que reduce las tensiones y el estrés.

Así que el barro es –como deja bien claro Marco Antonio reclamando la boca de Cleopatra– la frágil materia común con la que juegan los niños. “Cañas pensantes”, decía Pascal de los humanos; “barro pensativo”, corregía César Vallejo. El ser humano, con su conciencia mortal, es solo una de sus metonimias, la más destructiva y desdichada. “Con bordada, sutil y blanda ropa / el barro humano diligente tapa”, sentencia un famoso soneto de Torres Villaroel. Por más que hablemos, por más que pensemos, por más que nos cubramos de “vanos adornos y atavíos”, seguimos siendo el barro que pisamos. Ahora bien, no olvidemos esta imagen decisiva: mediante la alfarería, el barro que pisamos sube hasta nuestras manos. Pasa –es decir– de la tierra a la mente, de la universalidad sin límites a la individualidad concreta e irreemplazable, y ello sin cambiar nunca de sustancia. Somos este barro pensativo llamado Alberto o Clara, pintado al nacer como una vasija griega, con un lunar por fuera del pecho y un pequeño dolor por dentro; somos continuidad, pues, y diferencia. Es importante. Preparando hace poco una conferencia, reparaba en el hecho de que, durante la última cena, Cristo no dijo: “Tomad y comed, esta es mi carne”. Dijo: “Tomad y comed, este es mi cuerpo”. Dijo “somá” en griego y no “sarkx”. Entre la carne y el cuerpo hay el mismo trayecto que entre el barro y la vasija. De suburbana carne común, no lo olvidemos, están hechos los cuerpos individuales. Pero ese es precisamente el motivo de que nos desazone tanto la diferencia entre un carnívoro y un caníbal: los carnívoros comen “carne”, los caníbales comen “cuerpos”. Cristo es un cuerpo y por eso es al mismo tiempo barro y vasija. En el guijarro, en el insecto, en el helecho, nos alimentamos de “carne”, y eso no es “pecado”; a Clara y Alberto, en cambio, solo podemos comérnoslos a besos. Todo el escándalo de un Dios “encarnado” –reducido a sustancia común– es el de que no sea directamente materia indiferenciada sino materia particular organizada y se ofrezca como alimento –como carne– con un nombre propio, una nariz judía y una barba de diez días. Comerse a Cristo, que es dios y es ternera, es más grave que comerse una ternera; es mucho más grave, desde luego, que comerse a un dios. Todos nuestros conflictos, teológicos y humanos, y todos nuestros placeres difíciles, proceden de la imposibilidad de separar el cuerpo de la carne y, más abajo, la carne de la sangre. En el amor somos un poco caníbales; en la empatía somos un poco racistas. La “eucaristía” es la acción de gracias de un cuerpo que duda todo el rato entre el logos y el barro.

El cuerpo es penumbra porque contiene barro. Su fragilidad es indisociable de su opacidad: el velo de unos órganos que laten, respiran y nos sostienen por debajo de nuestra conciencia y el de un lenguaje lastrado de gravilla inevitable. Es el momento de ponerse un poco cursi. Hay que luchar, pero no vencer. El ejemplo del dinosaurio alado es corregido por el de las mariposas, que solo vuelan porque tienen polvo en las alas: limpiárselas con un paño demasiado higiénico es lo mismo que matarlas. También al mundo, sí, hay que dejarle algo de barro en el suelo (algo de barrio); y no rascárselo nunca del todo si queremos que siga siendo habitable. Un hospital, es cierto, debe estar limpio, pero nuestra casa común, al contrario de lo que pensaba Leopardi, no es y no debe ser un hospital. Un hospital más limpio no nos parece limpio: nos parece más hospital. Puede ser necesario para curarse –sin contar con la iatrogenia bacteriana– pero no para contarse cuentos, amarse despacio y lamerse las heridas.

A veces somos fango vil, y es imperativo no complacerse en él; a veces somos limo fecundo y resbaladizo; somos siempre el barro en el que encalló el dinosaurio alado. La imagen de ese pobre tongtianlong limosus, desaparecido hace setenta millones de años (que no son nada, unos pocos menos que los veinte del tango), anticipa quizás el final de otra especie que, elevada sin alas lejos del suelo, está a punto de olvidar hoy la materia común, el barro nutricio, el barrio abierto, tu cuerpo cálido y vivo, moldeado en la penumbra, que quiero comerme de nuevo a besos.

O de recordarlo, con los muñones emplumados, como un oviraptorosaurio cualquiera bajo el aguacero, solo en el último minuto y de manera trágica e irrevocable.

15/05/2022

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Bosque de coníferas en el norte de California.Foto Antoine Gabon

Madrid. El desarrollo de los árboles no parece estar limitado en general por la fotosíntesis, sino por el crecimiento celular, concluye un estudio internacional liderado por la Universidad de Utah.

Esto sugiere que es preciso replantearse la forma de prever el crecimiento de los bosques en un clima cambiante, y que esos ecosistemas del futuro podrían no ser capaces de absorber tanto carbono de la atmósfera como se pensaba.

"El crecimiento de un árbol es como un carro y un caballo que avanzan por la carretera, pero básicamente no sabemos si la fotosíntesis es el caballo más a menudo o si es la expansión y división celular, pregunta difícil y de larga data en el campo. Es muy importante para entender cómo responderán los árboles al cambio climático", señaló en un comunicado William Anderegg, profesor asociado de la Facultad de Ciencias Biológicas, uno de los principales autores del estudio, publicado en Science.

En la primaria se aprende que los árboles producen su propio alimento mediante la fotosíntesis, tomando la luz del Sol, el dióxido de carbono y el agua y convirtiéndolos en hojas y madera. Sin embargo, el proceso no es tan básico porque para convertir el carbono obtenido por la fotosíntesis es necesario que las células de la madera se expandan y dividan.

Así que los árboles obtienen el carbono de la atmósfera a través de la fotosíntesis. Luego lo gastan para construir nuevas células de madera, sumidero de carbono de estos organismos.

Si el crecimiento de los árboles está limitado por la fuente, entonces sólo está limitado por la cantidad de fotosíntesis que pueden realizar y el crecimiento sería relativamente fácil de predecir en un modelo matemático. Por tanto, en teoría el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera debería aliviar ese obstáculo y permitirles que crezcan más.

Pero si, por el contrario, el crecimiento está limitado por el sumidero, entonces sólo puede hacerlo tan rápido como sus células puedan dividirse. Hay muchos factores que pueden afectar a la fotosíntesis y a la tasa de crecimiento celular, como la temperatura y la disponibilidad de agua o nutrientes.

Análisis comparativo

Los investigadores pusieron a prueba este aspecto, comparando las tasas de origen y de sumidero de los árboles en lugares de Norteamérica, Europa, Japón y Australia. Medir las tasas del segundo fue relativamente fácil y los investigadores sólo recogieron muestras de ejemplares que contenían registros de crecimiento.

"Extraer núcleos de madera de los tallos de los árboles y medir la anchura de cada anillo de los primeros nos permite reconstruir el crecimiento de esas plantas en el pasado", agregó Antoine Cabon, investigador postdoctoral de la Facultad de Ciencias Biológicas y otro de los autores del estudio.

Medir las fuentes de carbono es más difícil, pero posible. Los datos de éstas se determinaron con 78 torres de covarianza de Foucault, de 9 metros de altura o más, que estiman las concentraciones de dióxido de carbono y la velocidad del viento en tres dimensiones en la parte superior de las copas de los árboles. "A partir de esto y algunos otros cálculos podemos estimar la fotosíntesis forestal total de una masa de este tipo", añadió Cabon.

Los investigadores analizaron los datos recogidos en busca de pruebas de que el crecimiento de los árboles y la fotosíntesis estuvieran vinculados o acoplados, y no las encontraron. Cuando la fotosíntesis se incrementaba o disminuía, no se producía un aumento o una reducción paralelos durante el proceso.

Fuentes: Tierra viva [Foto: Bruno Kelly / ISA /Télam]

La pandemia y la crisis climática y civilizatoria marcan el tiempo de cambiar el modelo sociopolítico extractivista, que condena al sur global a ofrecer materias primas a cambio de un sueño de bienestar que solo se traduce en deuda y daño ambiental y sanitario. Sin embargo, los Gobiernos aparecen como socios del modelo, mientras las comunidades construyen y exigen alternativas de buen vivir.

La pandemia que estamos atravesando —de origen zoonótico, o sea, transmitida de los animales al ser humano— es una de las manifestaciones más explícitas del colapso civilizatorio que vivenciamos. El coronavirus dejó a flor de piel muchas de las deficiencias de este modo de organización económico y social. La emergencia climática y ambiental es una realidad que estamos padeciendo y vemos cómo situaciones que debieran ser excepcionales —temperaturas extremas, la emergencia ígnea declarada en el país por la proliferación de incendios en casi la mitad de las provincias o incluso las no tan lejanas inundaciones— se reeditan y se vuelven cotidianas. Esto tiene una vinculación directa con el avance de los extractivismos sobre los territorios.

Por ejemplo, en Santiago del Estero se registró en enero pasado la temperatura más alta del mundo, que llegó a una sensación térmica de 60 grados. Esa provincia lidera el ránking de provincias con mayor deforestación en las últimas dos décadas. Allí la superficie de bosque nativo mermó de manera alarmante, arrasando el monte y las comunidades que allí habitaban, destruyendo esos territorios y esas formas de vida.

La principal causa de los desmontes es el avance de la frontera de la agricultura industrial y del modelo del agronegocio en el país. Se ve claramente cómo la profundización del extractivismo genera un mayor deterioro en la salud de los ecosistemas y en la salud de los cuerpos-territorios. Estos problemas reclaman acciones colectivas para contradecir las bases de estos extractivismos. Sin embargo, vemos que las principales respuestas de las fuerzas políticas continúan evaluando todo con criterios de corto plazo y de ganancia electoral. De esta forma reeditan estos imaginarios extractivos.

Estas actividades extractivas avanzan construyendo lo que se conoce como zonas de sacrificio ambiental. Se afecta a las comunidades que viven allí y la degradación de los ecosistemas es tal que los procesos vitales se ven interrumpidos. Se minan y se socavan las bases materiales que sustentan los procesos productivos y económicos. Se pone a la biodiversidad en peligro de extinción. Así se refuerza la crisis climática que ya atravesamos, con la potencialidad de agravarse porque la llevamos al inicio de lo que se llaman los bucles de retroalimentaciónuna aceleración de los efectos del cambio climático a nivel global.

El extractivismo, una herencia colonial

El modelo extractivo asociado al rol primario exportador se impuso a los países de la región desde la Conquista, con el régimen colonial que conformó la primera economía-mundo capitalista en la que los países de América Latina se integraron de manera periférica y como proveedores de materias primas a los países centrales. 

También se remonta a estos tiempos la promesa del desarrollo, en la cual la idea de desarrollo se asocia a lo que Maristella Svampa y Enrique Viale denominan como una visión “eldoradista”, en la que se impone un sentido común de bienestar asociados a ideales de consumo que jerarquizan y valoran un modo de vida occidental, moderno e imperial. El origen de esta promesa de desarrollo, si bien tiene sus reediciones y el término de “desarrollo” surge después de la Segunda Guerra Mundial, pero mantiene sus raíces en los tiempos de la colonia.

En esa forma de organización global, las economías del sur se someten a los centros de poder mundial que imponen sus necesidades sobre las necesidades locales, ordenando qué se produce y cómo, qué negocios se privilegian y cuáles no. Esto se da con distintos matices, pero en función de esto fue que América latina se consolidó como exportadora de materias primas, especialmente de productos agropecuarios, metalíferos y forestales con un procesamiento básico. En este esquema fue clave la falta de pautas o estándares ambientales y la flexibilización laboral de las regulaciones respecto del trabajo.

¿Qué entendemos por extractivismo?

La mirada más reducida es la que alude a la explotación a gran escala de los bienes naturales que son comercializados de forma estandarizada, generados a partir de proyectos de gran escala e intensivos en capital en los cuales se obtienen productos de bajo valor agregado destinados normalmente a la exportación. Sin embargo, también podemos entender por extractivismo a toda una manera de organización social. Es un régimen sociopolítico: eso es lo que es necesario comprender para poder pensar alternativas de políticas y la transformación de estos modelos de organización sociales y la construcción de alternativas.

Un concepto más reciente es el de neoextractivismo, que da cuenta de explotaciones a gran escala de los bienes naturales, pero en los que hay una complementación con una fuerte participación del Estado que captura una parte de la renta que generan estas actividades extractivas para generar políticas sociales que, en términos de régimen político, contribuyen a otorgarle consenso político y social a este esquema macroeconómico.

Responsabilidades del Estado: ¿el fin justifica los medios?

En la Argentina, la orientación exportadora se defiende como un medio para pagar la deuda externa y lograr una economía “sustentable”, acorde a los mandatos de los organismos internacionales de crédito. El neodesarrollismo, aunque siempre afirma la necesidad de agregar valor y de generar empleo sobre la base de las ventajas que generan las materias primas, no se cuestiona la preeminencia de este mandato exportador. Por lo que se omite una mirada crítica sobre cuáles son las condiciones en las que se generaron esas deudas a afrontar. 

Tampoco se revisa de manera crítica cuáles son las consecuencias de la explotación de los ecosistemas y de la fuerza de trabajo a partir de estos extractivismos, incluyendo las desigualdades de género que se ven reforzadas con los extractivismos en los territorios e impactan principalmente a las mujeres en las tareas de cuidado. Por último, tampoco se considera la proliferación de los conflictos territoriales ante la expansión de las zonas de sacrificio que significa la reedición de este mandato exportador. 

Hay que decir también que estas actividades son rentables porque el Estado las subsidia: se les garantizan mercados, se les otorgan créditos, se las exonera del pago de algunos impuestos. Al mismo tiempo, el impacto en la salud y el ambiente que generan están consideradas como “externalidades” del modelo.

Esto se vio en el envío de las propuestas de proyectos de ley que hizo el gobierno nacional durante el último llamado a sesiones extraordinarias. Una vez más, leyes urgentes que hubieran permitido garantizar la salud ambiental de ciertos territorios y de ecosistemas frágiles como la Ley de Humedales o garantizar los derechos humanos de la población como la Ley de Acceso a la Tierra quedaron relegadas frente a los intereses y urgencias que marcan los sectores más concentrados del capital extractivo como las petroleras, las automotrices y el agronegocio. 

La agenda legislativa –aunque finalmente no se debatieron en extraordinarias– incluyó la Ley de Hidrocarburos, de Promoción de la Agroindustria y de Promoción de Inversiones en la Industria Automotriz. En paralelo continuó la crisis de las economías regionales y la proliferación de conflictos territoriales, en los que se advierte el creciente rechazo y la falta de licencia social frente a estas actividades extractivas.

La reacción de los pueblos frente al extractivismo, hacia una transición justa y popular

Las comunidades se oponen a estos modelos de “maldesarrollo”, como también dicen Svampa y Viale, y demandan justicia ambiental y exigen la participación en la toma de decisiones respecto del uso del territorio como una deuda democrática. Lo que pasó en Chubut da cuenta del intento extremo de la elite política por imponer estos megaproyectos en formas que desafían los canales democráticos. Lo mismo se ve en los esfuerzos para no limitar el uso de agrotóxicos que hace al paquete tecnológico del agronegocio, cuya expansión nos llevó a ser el país con mayor carga per cápita promedio de litros de agrotóxicos utilizados

La creciente lucha por poner freno a las fumigaciones, en cada vez más localidades de diferentes puntos del país, en muchos casos ha llevado a la judicialización de estos conflictos. En otros, se dan disputas por el ordenamiento territorial local para generar zonas de resguardo del uso de venenos mediante ordenanzas municipales.

Pero, en muchos casos, estas ordenanzas que proponen las comunidades no prosperan o se terminan imponiendo ordenanzas afines al agronegocio, organizadas en torno al discurso de las Buenas Prácticas Agrícolas que tiende a minimizar los impactos sobre los efectos letales de los agrotóxicos. 

Estas ordenanzas son aprobadas a espaldas del pueblo, en los tiempos y formas que exigen los poderes económicos concentrados y sin respetar los canales democráticos. En Tandil, por ejemplo, fue aprobada en una sesión extraordinaria en diciembre pasado con custodia policial una ordenanza muy cuestionada por la población porque disminuye las distancias que hasta entonces garantiza una medida cautelar.

Otro ejemplo de cómo se imponen estos modelos extractivos y cómo reaccionan las comunidades se vio en el rechazo a la explotación petrolera offshore frente a las costas bonaerenses. Se transformó en el Atlanticazo, muestra de organización social y de que no queremos los costos de que se extienda la frontera petrolera hacia el mar. 

Por todo esto, uno de los grandes dilemas a los que nos enfrentamos en la actualidad es poner en el centro de las preocupaciones del Estado la garantía de los derechos humanos en toda su dimensión. Que las metas de la economía estén al servicio de una economía de cuidados. Que se priorice la salud ambiental, entendiendo a los seres humanos como parte de ese ambiente, y que permita una verdadera transición energética justa y popular acorde a los desafíos que impone la crisis climática a nivel planetario.

No es el momento de seguir gastando recursos y renovando los negocios vinculados a actividades que ya mostraron sus consecuencias terriblemente dañinas, sino que es el momento para realmente desafiar la política y pensar en alternativas económicas que nos generen una mayor diversificación, que sean intensivas en el trabajo humano y que garantice realmente el bienestar de la gente, en lugar de seguir abonando a ese imaginario “eldoradista” del desarrollo.

Tenemos muchos ejemplos de organización popular que emergen desde los territorios, mostrando por dónde pueden venir las bases y las semillas de esas alternativas civilizatorias. Es tiempo de que los políticos, las políticas, las organizaciones políticas estén a la altura de estos desafíos que impone este presente de colapso civilizatorio y que se generen propuestas realmente alternativas para avanzar hacia un modelo de buen vivir, como dicen los pueblos originarios. Es necesario un verdadero diálogo para salir de estas trampas del extractivismo.

Por Virginia Toledo | 10/05/2022

Virginia Toledo.Licenciada en Relaciones Internacionales (UNICEN), doctora en Ciencias Sociales (UBA), diploma superior en Estudios Sociales Agrarios (FLACSO), investigadora asistente del CONICET e integrante de la Red de Cátedras Libres de Soberanía Alimentaria.

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En Singapur exploran el uso de machos Aedes para acabar con esa población de insectos de ese país. Foto Afp

Esos insectos usan centros cerebrales para detectar dos sustancias químicas con ese aroma

 

Los mosquitos siempre han preferido deleitarse con los humanos sobre otros animales, pero exactamente cómo distinguen entre los dos ha seguido siendo un misterio hasta ahora.

Los mosquitos Aedes aegypti han evolucionado para picar a los humanos confiando en moléculas de olor distintas de las exudadas por otras criaturas en el entorno circundante, reveló un nuevo estudio, publicado en Nature.

Estos mosquitos, que actúan como vectores de enfermedades como el Zika, el dengue y la fiebre amarilla, prefieren el olor humano sobre el de los animales, de acuerdo con la investigación que recupera The Independent.

El nuevo estudio, en el que participan científicos de la Universidad de Princeton en Estados Unidos, aplicó un enfoque novedoso al obtener imágenes de cerebros de mosquitos a una resolución muy alta para observar cómo identifican a sus próximas víctimas.

Los científicos diseñaron genéticamente mosquitos para hacer que sus cerebros se iluminaran cuando estaban activos y les entregaron aire con sabor humano y animal de maneras que podrían detectar mientras estaban dentro del equipo de imágenes personalizado del equipo.

Los investigadores buscaron comprender la mezcla exacta de componentes en el aire que los mosquitos usaban para reconocer el olor humano.

Carolyn McBride, profesora asistente de ecología y biología evolutiva y neurociencia, señaló: “Nos sumergimos en el cerebro del mosquito y preguntamos: ‘¿Qué puedes oler? ¿Qué ilumina tu cerebro? ¿Qué activa tus neuronas?, y ¿cómo se activa tu cerebro de manera diferente cuando hueles el olor humano en comparación con el animal?’”

Si bien el olor humano se compone de docenas de compuestos diferentes, estos también están presentes en la mayoría de los mamíferos en proporciones ligeramente diferentes. Para comparar y probar cómo los mosquitos detectaron olores de mamíferos y humanos, los científicos recolectaron muestras de pelo, piel y lana y utilizaron olor de 16 humanos, dos ratas, dos conejillos de indias, dos codornices, una oveja y cuatro perros.

"Para las muestras humanas, tuvimos un grupo de voluntarios. No se les permitió que se ducharan durante unos días, luego se desnudaron y se acostaron en una bolsa de teflón", explicó la estudiante graduada Jessica Zung.

Los participantes estaban desnudos ya que el algodón, el poliéster y otras fibras tienen sus propios olores que distorsionarían los datos, puntualizaron los científicos.

Al principio, los investigadores sospecharon que los cerebros de los mosquitos probablemente tenían una técnica muy avanzada para distinguir a los humanos de otros animales, pero el estudio encontró que el proceso era mucho más simple de lo que se pensaba.

"La sencillez nos sorprendió. Los mosquitos han desarrollado un mecanismo sorprendentemente simple para reconocernos", sostuvo McBride.

Los cerebros de los mosquitos tienen 60 centros nerviosos llamados glomérulos y los investigadores al principio pensaron que muchos, "tal vez incluso la mayoría", les ayudarían a encontrar su comida favorita.

"Cuando vi por primera vez la actividad cerebral, no podía creerlo, sólo dos glomérulos estaban involucrados", aseguró Zhilei Zhao, coautor del estudio.

Eso contradecía todo lo que esperábamos, así que repetí el experimento varias veces, con más humanos, más animales. Simplemente no podía creerlo. Es muy simple”, agregó.

Reduciéndose a los glomérulos que los mosquitos utilizan para detectar a los humanos, los científicos descubrieron que usan estos centros cerebrales para detectar dos sustancias químicas, decanal y undecanal, que tienen un olor ligeramente anaranjado y cítrico y están enriquecidos con el de humano.

"Para mí, es una historia evolutiva: si creamos una prueba estadística para diferenciar el olor humano, sería muy complejo, pero el mosquito hace algo muy simple, que le funciona bastante bien", añadió McBride.

Sobre la base del estudio, los científicos han patentado una mezcla con decanal que esperan que pueda conducir a cebos que atraigan a los mosquitos a trampas letales o repelentes que interrumpen la señal.

Exuberantes praderas de posidonia en el Mediterráneo.Foto Hydra Marine Sciences GMBH

Son unos de los sumideros más eficientes de CO2 en la Tierra // Almacenan casi el doble que los bosques

 Madrid, Las hierbas marinas liberan grandes cantidades de azúcar en sus suelos, principalmente en forma de sacarosa: más de un millón de toneladas, suficiente para 32 mil millones de latas de refresco.

Tan altas concentraciones son sorprendentes. Por lo general, los microorganismos consumen de forma rápida cualquier azúcar libre en su entorno. Los científicos descubrieron que los pastos marinos excretan compuestos fenólicos, y estos disuaden a la mayoría de esos seres de degradar la sacarosa, lo que asegura que ésta permanezca enterrada debajo de las praderas marinas y no se convierta en dióxido de carbono y devolverse al océano y la atmósfera.

Los pastos marinos forman exuberantes praderas verdes en muchas áreas costeras del mundo. Son uno de los sumideros globales más eficientes de dióxido de carbono en la Tierra: un kilómetro cuadrado de ellos almacena casi el doble de carbono que los bosques en tierra, y 35 veces más rápido.

Ahora, científicos del Instituto Max Planck de Microbiología Marina hallaron que esos pastos liberan cantidades masivas de azúcar en sus suelos, la llamada rizosfera. Las concentraciones de azúcar debajo de ellos fueron al menos 80 veces más altas que las medidas en otros ambientes marinos. "Para poner esto en perspectiva: estimamos que en el mundo hay entre 0.6 y 1.3 millones de toneladas de azúcar, principalmente en forma de sacarosa, en la rizosfera de los pastos marinos", explicó Manuel Liebeke, jefe del Grupo de Investigación Interacciones Metabólicas del Instituto Max Planck de Microbiología Marina. "Eso es más o menos comparable a la cantidad de azúcar en 32 mil millones de latas de Coca-Cola" A los microbios les encanta el azúcar: es fácil de digerir y está llena de energía. Entonces, ¿por qué la sacarosa no es consumida por la gran comunidad de microorganismos en la rizosfera? "Pasamos mucho tiempo tratando de resolver esto", destacó Maggie Sogin, quien dirigió la investigación en la isla italiana de Elba y en el Instituto Max Planck de Microbiología Marina. "Nos dimos cuenta de que la hierba marina, como muchas otras plantas, libera compuestos fenólicos a sus sedimentos".

El vino tinto, el café y las frutas están llenos de compuestos fenólicos y muchas personas los toman como suplementos para la salud.

Lo que es menos conocido es que los fenoles son antimicrobianos e inhiben el metabolismo de la mayoría de los microorganismos. "En nuestros experimentos agregamos fenoles aislados de pastos marinos a los microorganismos en la rizosfera y se consumió mucha menos sacarosa que cuando no había fenoles presentes".

¿Por qué los pastos marinos producen cantidades tan grandes de azúcares, para sólo descargarlos en la rizosfera? Nicole Dubilier, directora del Instituto Max Planck de Microbiología Marina, señaló en un comunicado: "Producen azúcar durante la fotosíntesis. En condiciones de luz media, estas plantas utilizan la mayor parte de esos azúcares para su metabolismo y crecimiento. Sin embargo, en condiciones de mucha luz, por ejemplo al mediodía o durante el verano, elaboran más de la que pueden utilizar o almacenar y liberan el exceso en la rizosfera".

Curiosamente, un pequeño grupo de especialistas microbianos puede prosperar con la sacarosa a pesar de las condiciones desafiantes.

Sogin especula que estos especialistas no sólo son capaces de digerir la sacarosa y degradar los compuestos fenólicos, sino también podrían proporcionar beneficios para la hierba al producir nutrientes que necesita para crecer, como el nitrógeno. "Tales relaciones beneficiosas entre las plantas y los microorganismos de la rizosfera son bien conocidas en las plantas terrestres, pero apenas estamos comenzando a comprender las interacciones íntimas e intrincadas de las hierbas marinas con los microorganismos en la rizosfera", agregó.

Las praderas de pastos marinos están entre los hábitats más amenazados. "Nuestros cálculos muestran que si la sacarosa de la rizosfera fuera degradada por microbios, al menos 1.54 millones de toneladas de dióxido de carbono se liberarían a la atmósfera en el mundo", sostuvo Liebeke. "Eso es más o menos equivalente a la cantidad de dióxido de carbono emitido por 330 mil automóviles en un año".

El bot de cuatro patas ha sido bautizado como SquRo y es capaz de caminar, pararse, gatear y girar como lo hacen sus congéneres de carne y hueso.

En los últimos años hemos visto la fabricación de todo tipo de versiones robóticas asociadas a animales: abejas e insectos varios, peces, perros... ahora le llega el turno a las ratas.

Un equipo de científicos del Instituto de Tecnología de Beijing ha presentado este robot de cuatro patas llamado SQuRo (rata robótica cuadrúpeda de tamaño pequeño), una pequeña rata que puede agacharse, pararse, caminar, gatear y girar como un ratón real, e incluso puede transportar una carga equivalente al 91% de su propio peso.

Según los investigadores, las ratas han sido una inspiración clave para muchos desarrolladores en lo que respecta a la robótica. Recordemos que son expertas en pasar por espacios estrechos gracias a sus cuerpos alargados y delgados y su increíble agilidad.

Estudiando las ratas de las cuevas

En el experimento con el prototipo, la rata robot ha sido capaz de superar obstáculos de 30 milímetros de altura (que es el 33% de su propia altura) con una tasa de éxito del 70%. En un experimento final, SQuRo pudo enderezarse después de caer de costado.

El robot cuenta con dos grados de libertad en cada extremidad, así como en la cintura y la cabeza, lo que permite que su columna se mueva con la flexibilidad de una rata real.

"SQuRo puede lograr una locomoción constante incluso después de transportar una carga equivalente al 91 % de su propio peso, lo que demuestra su capacidad de transporte de carga útil superior en comparación con los robots cuadrúpedos de tamaño pequeño", explicaron los investigadores.

¿Cuánto mide el robot rata?

Actualmente, el robot mide 19 cm de largo y pesa 220 gramos; funciona con una batería solar recargable que dura 30 minutos y se controla de forma remota a través de WiFi usando un ordenador o un teléfono.

“Hasta donde sabemos, SQuRo es el primer robot cuadrúpedo de tamaño pequeño de esta escala que es capaz de realizar cinco modos de movimiento, que incluyen agacharse para ponerse de pie, caminar, gatear, girar y recuperarse de caídas”, profesor y subdirector del instituto de robótica inteligente del Instituto de Tecnología de Beijing y líder del estudio que publica la revista IEEE Transactions on Robotics.

¿Cuándo estará disponible?

Según los expertos, la rata robot podrá comercializarse a partir de 2025. Mientras tanto, continuarán mejorando el dispositivo, lo que incluye aumentar su agilidad, instalar más sensores para pruebas de campo en tuberías estrechas no estructuradas y hacer que las máquinas sean herméticas

“Los roedores robot pueden ser enviados a los escombros de terremotos o edificios derrumbados donde los restos forman un espacio demasiado estrecho para que entren los rescatistas. Puede proporcionar raciones de emergencia a las personas atrapadas bajo los escombros de un desastre", comentó Shi.

En general, el robot podría hacer frente a todo tipo de condiciones climáticas y del terreno, según el diario estatal chino People's Daily.

30 abril 2022

(Con información de Muy Interesante)

La imagen muestra una célula T humana, indicada en azul, bajo el ataque del VIH, en amarillo .Foto Ap

Más de 3 mil grupos de mamíferos podrían migrar y compartir esos microorganismos en los próximos 50 años si el mundo se calienta 2 grados centígrados

Washington. El cambio climático dará como resultado la propagación de miles de nuevos virus entre las especies animales para 2070, y es probable que eso aumente el riesgo de que las enfermedades infecciosas emergentes pasen de éstos a los humanos, según reciente estudio.

Esto es cierto, en especial, para África y Asia, focos de transmisión de enfermedades mortales de humanos a animales o viceversa durante las pasadas décadas, incluidas la gripe, el VIH, el ébola y el coronavirus causante del covid-19.

Los investigadores, que publicaron sus hallazgos ayer en Nature, utilizaron un modelo para examinar cómo más de 3 mil especies de mamíferos podrían migrar y compartir virus en los próximos 50 años si el mundo se calienta 2 grados centígrados, que un estudio reciente muestra que es posible.

Descubrieron que la propagación del virus entre especies ocurrirá más de 4 mil veces sólo entre los mamíferos. Las aves y los animales marinos no se incluyeron en el análisis.

Señalaron que no todos los virus se propagarán a los humanos o se convertirán en pandemias de la escala del coronavirus, pero la cantidad de virus entre especies aumenta el riesgo de transmisión a los humanos.

Estudios anteriores han analizado cómo la deforestación, la extinción y el comercio de vida silvestre conducen a la propagación de enfermedades entre animales y humanos, pero hay menos investigación sobre cómo el cambio climático podría influir en la transmisión de ellas, agregaron los investigadores en una conferencia de prensa el miércoles.

"No hemos hablado mucho sobre el clima en el contexto de las zoonosis", enfermedades que pueden propagarse de los animales a las personas, agregó Colin Carlson, coautor del estudio y profesor asistente de biología en la Universidad de Georgetown.

Los expertos en cambio climático y enfermedades infecciosas acordaron que un planeta que se calienta probablemente conducirá a un mayor riesgo de aparición de nuevos virus.

Daniel R. Brooks, del Museo Estatal de la Universidad de Nebraska y coautor del libro El paradigma de Estocolmo: El cambio climático y las enfermedades emergentes, agregó que el estudio reconoce la amenaza que representa el cambio climático en términos del aumento del riesgo de males infecciosos.

"Esta contribución particular es una estimación extremadamente conservadora de la posible" propagación de esas enfermedades causada por el cambio climático, destacó Brooks.

Aaron Bernstein, pediatra y director interino del Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de la Escuela de Salud Pública TH Chan de Harvard, indicó que el estudio confirma sospechas arraigadas sobre el impacto del calentamiento global en la aparición de enfermedades infecciosas.

"De particular interés es que el estudio indica que estos encuentros pueden estar ocurriendo con mayor frecuencia y en lugares cercanos a donde vive mucha gente", afirmó Bernstein.

Gregory Albery, coautor del estudio, de la Universidad de Georgetown, destacó que debido a que es probable que ya estén apareciendo enfermedades infecciosas provocadas por el clima, el mundo debería hacer más para aprender con la finalidad de prepararse.

"No se puede prevenir, incluso en el mejor de los escenarios de cambio climático", añadió Albery.

Carlson, quien también fue autor del pasado informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, explicó que debemos reducir los gases de efecto invernadero y eliminar gradualmente los combustibles fósiles para reducir el riesgo de propagación de esos males.

Publicado enMedio Ambiente
Viernes, 29 Abril 2022 05:42

Escazú alza la voz

Capuchino de cara blanca en la isla de Gorgona, parque nacional de Colombia AFP, LUIS ROBAYO

Latinoamérica frente a su primer acuerdo ambiental

La cumbre que analizó el alcance del primer tratado ambiental de la región no estuvo exenta de debates. La participación de la sociedad civil y quiénes deberían conformarla fue uno de ellos.

«O nos salvamos juntos o nos hundimos por separado», dijo Gabriel Boric al inaugurar la primera Conferencia de las Partes (COP) del Acuerdo de Escazú, celebrada entre el 20 y el 22 de abril en la sede de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), ubicada en Santiago de Chile. Con esa frase, el presidente chileno sintetizó la expectativa que hay sobre el primer tratado ambiental de América Latina y el Caribe, aprobado en 2018. Si bien a un año de su entrada en vigor solo lo ratificaron 12 países –entre ellos, Uruguay–, se espera que pronto lo hagan los 21 restantes.

El acuerdo lleva el nombre de Escazú porque en esa ciudad costarricense fue aprobado el texto definitivo, el 4 de marzo de 2018. Uruguay ha sido uno de los países más activos en el largo proceso de negociaciones del tratado. Como reconocimiento a esta labor diplomática y de promoción de derechos regionales, el gerente del Área Jurídica del Ministerio de Ambiente de Uruguay, el abogado ambientalista Marcelo Cousillas, presidió la COP 1. En diálogo con Brecha, destacó que «Escazú aborda temas trascendentes, de forma innovadora», que le permitirán al país «corregir y adecuar varias disposiciones para que seamos más activos en los tres ámbitos de aplicación: acceso a la información, acceso a la Justicia y participación pública en asuntos ambientales», para que, por ejemplo, «la información ambiental esté disponible y no sea accesible solo bajo un pedido de acceso particular».

LA VOZ DEL PÚBLICO

Los objetivos principales de esta COP eran definir las reglas de procedimiento de la cumbre –incluyendo las modalidades «para la participación significativa del público»–, el financiamiento para la implementación del tratado y las reglas de composición y funcionamiento del Comité de Apoyo a la Aplicación y el Cumplimiento. Al ser un texto que llevó varios años de negociaciones, no se esperaban mayores sobresaltos en los tres días de conferencia. Pero, luego de los saludos y los mensajes de rigor de la primera jornada, el jueves 21 fue bastante agitado, después de que el gobierno boliviano propusiera quitarle participación al público en la Mesa Directiva. Esto va directamente en contra de uno de los principales propósitos del acuerdo, que es contar con las ideas, las demandas y las opiniones de la sociedad civil, casi al mismo nivel que con las de los Estados parte.

La de Bolivia era una propuesta desconocida hasta el momento de su presentación y, viniendo de un país que ratificó el tratado, causó malestar entre los presentes. «El espacio para proponer algún cambio era la pre-COP que tuvimos el 4 de marzo, no ahora», dijo a Brecha Carmen Capriles, de Reacción Climática. Para esta y otras organizaciones ambientalistas bolivianas, el gobierno no hizo una consulta transparente antes de elaborar su propuesta de quitar la participación del público en la Mesa Directiva. Finalmente, la postura regresiva del gobierno de Luis Arce no avanzó. En cambio, fue aprobado al final del día, por aclamación, que el público cuente con voz (aunque no voto) en esa instancia, como estaba previsto. De esta manera, «las futuras COP tendrán ese piso de garantía para seguir fortaleciendo la participación directa del público», dijo la colombiana Natalia Gómez, de Earth Rights International, representante elegida por el público, en una conferencia de prensa realizada el viernes pasado con la finalidad de evaluar el encuentro.

¿TODAS LAS VOCES?

Garantizada la participación del público en la COP, el paso siguiente es definir quiénes formarán parte de esa representación. En la última jornada Cousillas remarcó que el público debe tener «el mayor alcance imaginado». El comentario responde, en parte, al reclamo, que se hizo sentir estos días, de organizaciones indígenas como la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA), ante la falta de representación de los pueblos originarios en el evento. Para el representante kichwa Nadino Calapucha, «no hay nada que celebrar este 22 de abril, a 50 años de la declaración del Día Internacional de la Madre Tierra en Estocolmo». El integrante de la COICA denunció en la sesión de Santiago que en la cuenca amazónica ecuatoriana matan a un defensor del ambiente cada dos días. Esto continuará, afirmó, mientras los gobiernos basen sus economías «en un modelo de desarrollo extractivista, que sigue asesinando» a defensores de la tierra.

En aparente consonancia con estos reclamos, la exsecretaria ejecutiva de la CEPAL Alicia Bárcena, presente en la apertura de la última jornada, dijo que esta COP debía dedicarse a los pueblos indígenas, por ser «los silenciosos guardianes de la tierra y de la biodiversidad». Sin embargo, también afirmó que para promover un desarrollo distinto, que garantice la participación plena de las comunidades, se debe invitar a más actores, como el sector privado. Si bien ya estaba previsto que los representantes empresariales formaran parte del público, en países como República Dominicana estos han manifestado sus resquemores con Escazú, pues temen que el tratado recorte los superpoderes que suelen tener en la instalación de megaproyectos. «Las grandes empresas deben entender que este acuerdo es el primero que promueve la protección de defensores. Y no queremos cualquier desarrollo ni inversión, como las zonas de sacrificio que están naturalizadas y son inaceptables», dijo Bárcena en su intervención. Y remarcó: «Tenemos un compromiso mundial enorme de proteger la integridad ecológica para las próximas generaciones».

La participación de empresarios o empresas como parte del público no tiene un apoyo claro entre las organizaciones que actualmente promueven la implementación de Escazú: «No podemos tener representantes del público que vayan en contra del bien común o de la representación de grupos afectados por empresas; tampoco de grupos que atentan contra los ecosistemas y los medios de vida de ciertas comunidades. El acuerdo es en favor de una agenda ambiental. Lo que tiene que primar es eso», opinó Capriles. Para participar, cualquier persona u organización puede registrarse en el Mecanismo Público Regional del Acuerdo de Escazú, que figura en el sitio web de la CEPAL. Para agosto de este año se prevé una nueva elección de representantes. Será una elección «abierta» y se espera que haya «diversidad de candidaturas (indígenas, jóvenes, feministas)», dijo Gómez.

Como el tratado es el primero en el mundo que tiene disposiciones específicas sobre defensores y defensoras de derechos humanos en asuntos ambientales, las organizaciones sociales propusieron profundizar en el análisis y la denuncia sobre la situación de estas personas. Para eso, en esta COP lograron establecer un grupo de trabajo sobre defensores que cuenta especialmente con pueblos indígenas y comunidades locales, así como con grupos o personas en situación de vulnerabilidad. Este grupo hará un foro anual sobre defensores ambientales con especialistas en el tema, del que saldrán insumos para el plan de acción que se presentará en la COP 2, que se realizará en abril de 2024 en la sede de la CEPAL en Santiago de Chile.

MUJERES DEFENSORAS

En tanto, para que el acuerdo tenga una perspectiva de género, la iniciativa mexicana Ecofeminaria hizo llegar a la cancillería de su país –que encabezó la delegación que fue a Chile– su posicionamiento como defensoras, con un análisis del texto del tratado, que destaca: «Las mujeres somos el primer espacio donde los megaproyectos impactan». «Ya no tenemos donde estar, donde vivir con dignidad», dijo al portal mexicano Pie de Página Bettina Cruz Velázquez, de la Asamblea de Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio. Como defensora binnizá o zapoteca, Cruz cuestionó la manera intensiva en la que las autoridades de su país permiten la apertura de nuevos parques eólicos, prometiendo «progreso y desarrollo». Y se pregunta: «¿Progreso para quién? ¿Desarrollo para quién?». Según ella, estos proyectos se llevan adelante «con contratos leoninos, corrompiendo, deforestando, con consultas amañadas».

«En la región del istmo [en el sur de México] hay más de 500 mil hectáreas de la Selva de los Chimalapas. También tenemos la Selva Lacandona. Hay una gran riqueza ambiental. Tenemos fauna, flora, agua. Y todo lo quieren. Hay varias concesiones mineras en esta región, donde pretenden abrir proyectos de oro, plata y cobre. También están las autopistas y el tren. Quieren cambiar lo que somos. Lo que están haciendo es romper nuestros lazos y nuestras costumbres, donde las mujeres somos protagonistas. Somos muy importantes en la reproducción de nuestra identidad indígena, pero, cuando llegan los empresarios, para tomar decisiones hablan solamente con hombres», dijo Cruz.

México es uno de los diez países donde se cometen más asesinatos contra personas defensoras, según el último informe de Global Witness, organización que en 2020 registró 227 crímenes de este tipo en todo el mundo. Aunque ratificar el acuerdo no garantiza detener las amenazas ni los asesinatos, brinda un marco específico al que los defensores pueden apelar. Otros países que también tienen altos índices de estos crímenes aún no se adhirieron, como Brasil, Colombia y Honduras. Chile tuvo sus vaivenes, pero está próximo a ratificar el acuerdo. De esto no quedaron dudas después de que Boric sumara la firma del país días antes del comienzo de la COP y afirmara, en el discurso inaugural de la conferencia, que cree que el Acuerdo de Escazú «apunta a la idea de salvarnos juntos, de trabajar juntos». «Hoy día Chile participa de esta conferencia como observador y anfitrión. Y espero que pronto nos convirtamos en un Estado parte. Hoy, con este acuerdo, la región avanza en su tarea de asegurar un crecimiento y un desarrollo en condiciones de estabilidad sustentables. […] Con nuestros hermanos y hermanas latinoamericanos vamos a trabajar en conjunto para enfrentar la crisis climática provocada por la acción del hombre, con criterios también de justicia climática», dijo.

Próximas COP

Las distintas ediciones de la Conferencia de las Partes del Acuerdo de Escazú se celebrarán cada dos años, pero, para seguir motorizando la implementación del tratado, se hará una COP extraordinaria en abril de 2023 en Buenos Aires. Se espera que allí siga tomando forma la conformación del Comité de Apoyo y Cumplimiento, «para asegurar el funcionamiento y apoyar la aplicación del tratado, señalar incumplimientos y garantizar la rendición de cuentas», detalló la representante Natalia Gómez. Será un comité autónomo, con miembros independientes e imparciales, a los que los representantes del público podrían hacer llegar denuncias y demandas de protección para defensores ambientales.

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