Jueves, 28 Abril 2022 05:47

Tenemos un problema

Tenemos un problema

Biosfera

Hoy hemos dejado de comprender que somos parte de la naturaleza, y eso nos convierte en un peligro para la vida y para nosotros mismos

Es el 20 de julio de 1969. La misión espacial tripulada Apolo 11 aluniza en nuestro satélite y pocas horas más tarde Neil Armstrong da sus primeros pasos sobre la superficie lunar llenando de asombro y admiración al mundo. Con él emerge la profunda emoción de sentir una íntima unión con una Tierra que nos impele a amarla y protegerla. Es el hogar de todos los humanos que hemos conocido y, con gran probabilidad, conoceremos.1 Cuatro años antes, Aleksei Leónov, el astronauta ruso realizó el primer paseo espacial de la historia expresando que la Tierra es “nuestra casa, pequeña, azul y enternecedoramente solitaria”. Un punto perdido en la envolvente oscuridad cósmica.

La preparación del primer viaje a la Luna, su realización y seguimiento posterior fue un proceso largo, costoso, difícil2, pleno de logros, pero también de muchas dificultades. “Un pequeño paso para el ser humano, un gran salto para la humanidad” dijo Armstrong al pisar la Luna simbolizando la enorme proeza humana. Pero otra expresión, a menudo usada jocosamente cuando hacemos frente a una contrariedad, se ha hecho incluso más popular: “Houston, tenemos un problema”3. Hoy no es el Apolo sino la Tierra quien tiene un Problema con mayúsculas. Claro está, la humanidad enfrenta muchas dificultades: la creciente desigualdad social, el peligro de guerra nuclear, el avance hacia una sociedad autoritaria y plutocrática sometida a un férreo control tecnodigital global, el ascenso de los neofascismos, la emergencia de pandemias, un masivo control y vigilancia social, nuevas adicciones colectivas, los riesgos geopolíticos globales derivados del declive del imperio norteamericano y la emergencia de China, y tantos otros más. Ese globo azul suspendido en un espacio infinito y oscuro tiene hoy un problema aún mayor si cabe, el mayor reto al que nunca antes tuvimos que hacer frente. Un reto que llama con insistencia a nuestra puerta: la crisis socioecológica. No, no se trata sólo de limpiar nuestros ríos, plantar árboles, cuidar bosques, reciclar productos o incentivar el uso de energías renovables, iniciativas todas ellas imprescindibles y urgentes. Tampoco significa el crucial hecho de tener que enfrentarnos a una emergencia climática que está ya teniendo consecuencias calamitosas. Nuestro Problema es más complejo, es otra cosa.

La Tierra es nuestra casa. Nuestro planeta es el único mundo conocido en que con certeza sabemos que la materia del Cosmos se ha hecho viva y consciente, aunque no necesariamente tiene por qué ser el único que pueda estar habitado4. La primera ocasión en que la humanidad contempló “nuestra pequeñez” tuvo lugar en la vigilia de Navidad de 1968 durante la misión del Apolo 8 cuando una fotografía hizo estallar nuestra conciencia de especie.

Ese día el poeta Archibald MacLeish escribió:

“Ver la Tierra, tal y como realmente es, pequeña y azul y bonita, en este silencio eterno en que flota, es vernos a nosotros mismos juntos como jinetes sobre la Tierra, hermanos en aquella brillante belleza en el frío eterno, hermanos que saben, ahora, que son hermanos de verdad.”5

En sus libros y programas de televisión, el astrónomo y gran divulgador científico Carl Sagan recordaba que somos el legado de 15.000 millones de años de evolución cósmica y que tenemos el placer de vivir en un planeta donde hemos evolucionado para poder respirar el aire, beber el agua y amar a la naturaleza que nos rodea. Nuestras células han sido forjadas en el corazón de las estrellas. “Somos polvo de estrellas”, decía. Hoy nos enfrentamos a una circunstancia absolutamente nueva, sin precedentes en la historia humana. Hemos creado una civilización en la que hemos hecho progresos sociales y logros tecnológicos formidables pero donde, voluntaria o involuntariamente, hemos alterado profundamente (y cada vez con más rapidez) el entorno global y la vida del planeta. Hoy hemos dejado de comprender que somos parte de la naturaleza, y eso nos convierte en un peligro para la vida y para nosotros mismos. El poeta chileno Nicanor Parra advirtió que hemos cometido el error de “creer que la Tierra era nuestra cuando la verdad de las cosas es que nosotros somos de la Tierra”, y que seguimos teniendo una manera de pensar antropocéntrica, científico-tecnológica y narcisista basada en la “ego-conciencia” en lugar de en una “eco-conciencia”.

Tendemos a ser ciegos, a atenuar lo que nos amenaza, a amortiguar lo nocivo o negativo, a no mirar lo que no nos gusta. A pesar de estar cada día frente a nuestros ojos, no vemos, no sentimos, no comprendemos; no queremos tomar plena consciencia de la atroz crisis socioambiental en la que estamos inmersos. Nos cuesta creer las incesantes y aterradoras advertencias que los científicos nos lanzan continuamente. Vale decir que hay muchas razones para desoír las voces, y hay muchas personas, grupos sociales e instituciones que hacen todo lo posible para impedir que oigamos. No basta con disfrutar de los bienes, recursos y bienestar que nos da la naturaleza, debemos también comprenderla y entendernos. Esa consciencia debe provenir de una mirada limpia, humana, a la vez científica, ético-política y espiritual. No basta con disfrutar de la luz eléctrica, decía el fraile dominico brasileño Frei Betto, hay que entender cómo y por qué se produce: “Solo quien tiene formación de electricista sabe mirar eso con otros ojos, porque comprende cómo llega la luz a la sala… eso es la conciencia política: ver los hilos, saber lo que pasa por detrás”. Lo primero es saber. En un conocido ensayo, el filósofo ilustrado Immanuel Kant recordaba una vieja consigna acuñada por Horacio (siglo I a.c.). Sapere Aude, decía: “Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza”.

Durante mucho tiempo, el planeta nos pareció inmenso, el único mundo explorable. Durante un millón de años la humanidad creyó que éramos el centro del mundo, que aparte de la Tierra no había ningún otro lugar. Hoy la Tierra se ha hecho muy pequeña. En la última parte de la vida de nuestra especie sobre el planeta, nos hemos dado cuenta de que vivimos en un mundo diminuto y frágil perdido en la inmensidad y en la eternidad que está a la deriva en un gran océano cósmico.

El 14 de febrero de 1990, la sonda espacial Voyager 1 fotografió la Tierra desde 6.000 millones de kilómetros de distancia.6 Un punto de luz casi imperceptible.

Carl Sagan explicaba con emoción sus sensaciones:

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica… Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… es desafiada por este punto de luz pálida.”

Los seres humanos vivimos en un medio que modelamos y que a la vez nos modela a nosotros. Habitamos un mundo natural creado durante miles de millones de años por los procesos de la física, la química y la biología. Somos una más de las especies.7

Somos capaces de construir cómodas casas para cuidar a nuestros ancianos y también inmensas autopistas de 26 carriles. Inventamos libros o la red global Internet, y también construimos mortíferas armas nucleares, podemos explorar los polos y visitar la Luna o Marte, crear belleza musical y desarrollar elegantes y potentes teorías científicas y tecnologías de gran eficacia. Rehacemos la naturaleza a nuestra medida… Somos una especie capaz de casi todo, pero no somos una especie más.8

Vivimos en dos mundos en constante interacción: la ecosfera o biosfera natural, la fina piel global compuesta por el aire, el agua, la tierra y las plantas y animales que viven en ella, y la tecnosfera creada por el ser humano, con todos los artilugios y productos que hemos sido capaces de inventar. Dos mundos que están en guerra, como nos recordaba el gran biólogo y ecologista Barry Commoner en Making peace with the planet.

La capacidad humana actual de tener el poder suficiente como para intervenir de forma determinante sobre la naturaleza tiene su origen en la revolución industrial capitalista que se inicia a finales del siglo XVIII. En el último siglo hemos asistido a la expansión de un capitalismo fosilista imparable, y en las cinco últimas décadas al triunfo económico e ideológico de un capitalismo neoliberal y cognitivo, capaz de crear crecimientos exponenciales y tecnologías maravillosas, pero también de destruir lazos sociales y de solidaridad muy profundos, difundiendo el consumo masivo y el entretenimiento vacío como forma de vida y “realización” personal. El triunfo del capitalismo neoliberal ha sido amplio, muy profundo, a todos los niveles, en todas partes.

Hoy el sistema capitalista no parece capaz de crear “Estados de bienestar” para toda la humanidad, ni siquiera, como recordaba el añorado urbanista y ecologista Ramón Fernández Durán, “simulacros de bienestar”. El capitalismo destruye, construye, y consume una materialidad que lo abarca todo. La mercantilización se extiende desde el microcosmos al macrocosmos a todos los ámbitos y cosas: la sanidad, la educación, la naturaleza, el conocimiento, la cultura, el arte, el deporte, el cuerpo… El cuerpo se analiza, fragmenta, comercializa y finalmente se vende como una mercancía más. Se patentan genes, bacterias, semillas, tejidos y animales modificados genéticamente, se trafica y compran órganos, se alquilan úteros, familiares y hasta novias/os, y se venden parcelas en la Luna o en los planetas.9 10 Y es también un modo de vida inmaterial. El capitalismo emocional es la causa última de una patogénesis generalizada que entra en nuestros cuerpos y mentes. Penetra en nuestros cerebros, insertándonos ideas, relatos y ficciones que cambian nuestras mentes y transforman las relaciones humanas. Las empresas farmacéuticas, vivas rastreadoras de todo beneficio que se precie, identifican todo tipo de malestares, adicciones, neurosis, trastornos, preocupaciones, dolores, humillaciones y miedos causados por el propio capitalismo, para crear todo tipo de síndromes y enfermedades y vender sus productos. Sin embargo, para una gran parte de la humanidad, disponer de fundamentos vitales tan básicos como comer alimentos, beber agua o respirar aire en condiciones higiénicas y saludables es aún un sueño inalcanzable.

Tenemos los medios y recursos para reeducar nuestra mente, para ver nuestro Problema, pero necesitamos de la decisión y el valor, personal y colectivo, para hacerlo. No podemos resignarnos a no pensar y sentir al mismo tiempo. Debemos usar esa palabra tomada por el sociólogo colombiano Orlando Gals Borda de los pescadores de San Benito Abad en el municipio colombiano de Sucre: el “sentipensar”.

La innovación básica de la revolución científica del siglo XVI y XVII fue hacer preguntas y descubrir nuestra ignorancia, darnos cuenta de que no teníamos todas las respuestas. Aprender que con esfuerzo, tiempo, y recursos podíamos investigar y conocer más cosas, ganando en poder para cambiar la tecnología, la cultura, la economía y el medio natural. La ciencia, el conocimiento y la solución de problemas se inician y nutren continuamente a partir de hacernos preguntas. Albert Einstein apuntaba que la formulación de un problema es más importante que su solución; el escritor Marc Twain señalaba que el problema no es lo que no sabemos sino lo que creemos que es cierto y no lo es; el artista y escritor John Berger nos instaba a vivir con los ojos abiertos sin dejarnos derrotar por el nihilismo, el odio y la desesperación. ¿Seremos capaces de mirar (y cambiar) nuestro Problema?

 Por Joan Benach | 28/04/2022

Notas

  1. Esa emoción se conoce como “efecto general” (overview effect). Al ver el planeta bañado en la oscuridad del espacio, las fronteras se borran y todos somos ciudadanos de la Tierra. Ron Garan, un ex astronauta de la NASA que pasó dos semanas trabajando en la construcción de la Estación Espacial Internacional dijo: «Para mí fue una epifanía en cámara lenta…. un profundo sentido de empatía y comunidad, la voluntad de renunciar a tener una recompensa inmediata y tener una perspectiva de progreso multigeneracional… es el hogar de todos los que alguna vez vivieron y de todos los que serán.» Ver: Ian Sample. Scientists attempt to recreate ‘Overview effect’ from Earth. The Guardian. 26 diciembre 2019.
  2. El coste económico fue de unos 288.000 millones de dólares de 2019, gastados durante poco más de una década. En 1965 el programa llegó a su cenit, con una inversión equivalente al 2% del PIB de EE.UU. de entonces. Antonio Turiel. Cincuenta años del primer hombre en la Luna. 26 julio 2019.
  3. La frase no es exacta ni se dijo durante el primer viaje sino un año más tarde, en el Apolo 13 pero así ha quedado registrada en el imaginario popular. «Houston, we have a problem» es una popular pero errónea cita de una frase del Jack Swigert durante el accidentado viaje del Apolo 13, justo después de observar una luz de advertencia acompañada de un estallido,1​ a las 21:08 CST del 13 de abril de 1970. La frase de Swigert fue: “Bien, Houston, hemos tenido un problema aquí («Ok, Houston, we’ve had a problem here»). A la que siguió la de su compañero Jim Lovell al decir “Ah, Houston, hemos tenido un problema. («Uh, Houston, we’ve had a problem»).
  4. Carl Sagan, uno de los mejores divulgadores de la ciencia y el Cosmos lo dijo con estas palabras: “Hay cien mil millones de galaxias y mil millones de billones de estrellas. ¿Por qué debería ser este modesto planeta el único habitado? Personalmente, creo que es muy posible que el Cosmos rebose de vida e inteligencia. Pero “Hasta ahora, todo ser vivo, todo ser consciente, toda civilización que hayamos conocido vivió allí, en la Tierra. Bajo esas nubes se desarrolla el drama de la especie humana… Las fronteras nacionales no se distinguen cuando miramos la Tierra desde el espacio. Los chauvinismos étnicos o religiosos o nacionales son algo difíciles de mantener cuando vemos nuestro planeta como un creciente azul y frágil que se desvanece hasta convertirse en un punto de luz sobre el bastión y la ciudadela de las estrellas.” Ver: Cap 1 de la serie de 13 documentales Cosmos, basada en el libro Sagan C. Cosmos. Barcelona: Planeta, 1980.
  5. Gore A. Una veritat incòmode. Barcelona: Gedisa, Edicions 62, 2006:12.
  6. La Voyager 1 es una sonda espacial robótica de 722 kilogramos lanzada el 5 de septiembre de 1977 que es el objeto humano más alejado de la Tierra. Su misión es localizar y estudiar los límites del sistema solar y explorar el espacio interestelar inmediato. En junio de 2021 estaba a 22.909.417.919 km del Sol y le quedan unos 17.702 años para salir de la nube de Oort, donde entrará en el siglo XXIV.
  7. Ward B, Dubos R. Only one Earth. New York: Ballantine Books, 1972:XIX.
  8. Si bien el ser humano es una especie humana más, no es una más de las especies. “La especie [humana] ha desarrollado en su evolución, para bien y para mal, una plasticidad difícilmente agotable de sus potencialidades y sus necesidades. Hemos de reconocer que nuestras capacidades y necesidades naturales son capaces de expansionarse hasta la autodestrucción. Hemos de ver que somos biológicamente la especie de la Hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada.” Ver: Sacristán M. Pacifismo, ecologismo y política alternativa. Barcelona: Icaria, 1987:10.
  9. El empresario norteamericano Dennis Hope registró en 1980 la Luna a su nombre. Hope aprovechó un vacío legal, ya que si bien existe un tratado internacional que indica que ningún país puede reclamar la propiedad de la Luna u otro planeta, este no dice nada sobre personas o empresas privadas. El satélite fue dividido iniciándose la venta de parcelas mediante la Lunar Embassy. Mediante su empresa Lunar Embassy Hope vende pedazos de terreno lunary lo mismo podría pasar con Marte, Mercurio y Plutón.
  10. Ver por ejemplo, I. Wallerstein. El capitalismo histórico. Madrid, Siglo XXI, 2012 (2 ed), p. 90 [ed. original 1988]; Y. Varoufakis. Economía sin corbata. Barcelona, Destino, 2013, p. 34 (ed. orig. 2015).

Joan Benach es profesor, investigador y salubrista (Grup Recerca Desigualtats en Salut, Greds-Emconet, UPF, JHU-UPF Public Policy Center UPF-BSM, Ecological Humanities Research Group GHECO, UAM).

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América Latina, de las regiones más afectadas por el cambio climático

Las peores sequías en 50 años en el sur de la Amazonia y el récord de huracanes e inundaciones en Centroamérica durante 2020 son la nueva normalidad de América Latina y el Caribe, informa el Reporte del Estado del Clima en América Latina y El Caribe 2020 de la Organización Meteorológica Mundial.

La investigación señala que la región es una de las más afectadas por el cambio climático y los fenómenos meteorológicos que están causando graves daños a la salud humana, a la vida silvestre, a la comida, al agua, a la energía y al desarrollo. Los eventos relacionados con el clima y sus impactos cobraron más de 312 mil vidas en la región y afectaron a más de 277 millones de personas entre 1998 y 2020. Las olas de calor, la disminución del rendimiento de los cultivos, los incendios forestales, el agotamiento de los arrecifes de coral y los eventos extremos del nivel del mar, serán más intensos.

El informe es contundente: es vital poner límites al calentamiento global por debajo de 2 grados centígrados, según lo establecido en el Acuerdo de París. “La región seguirá enfrentando graves crisis socioeconómicas debido a los eventos hidrometeorológicos extremos. Esto se ha visto agravado por los impactos de la pandemia. El reporte destaca que 2020 fue uno de los tres años más cálidos de América Central y el Caribe, y el segundo para el sur, con aumentos en la temperatura de 1 grado, 0.8 y 0.6 por encima de la media del periodo 1981-2010.

En el Sur los impactos fueron mayúsculos. La intensa sequía en el sur de la Amazonia y la región del Pantanal fue la peor en 50 años. Los déficit de lluvia son particularmente graves para la región del Caribe, ya que varios de sus territorios se encuentran en la lista mundial de mayor estrés hídrico. 2020 superó a 2019 y se convirtió en el lapso de incendios más activo en el sur de la Amazonia.

La sequía fue determinante. La cuenca del río Amazonas, que se extiende a lo largo de nueve países de América del Sur y almacena 10 por ciento del carbono global, experimenta la mayor deforestación en cuatro años. (https://bit.ly/3LcLSyG).

Twitter: //twitter.com/@aguerraguerra">@aguerraguerra

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Sábado, 23 Abril 2022 06:11

Nuevos impactos del glifosato

Nuevos impactos del glifosato

Una serie de estudios científicos publicados recientemente muestran nuevos impactos nocivos en la salud humana, animal y vegetal del glifosato y otros agroquímicos usados en la producción agrícola y alimentaria. Además de las graves consecuencias ya conocidas por exposición directa a estos agrotóxicos, varias investigaciones se enfocan en el efecto de los residuos que quedan luego de su aplicación en cultivos. Por ejemplo, la presencia de glifosato en el cuerpo humano debido a la ingestión de residuos en alimentos y agua y también los efectos de residuos del agroquímico que permanecen en los suelos. Uno de los impactos del glifosato que se muestran es la muerte de microbios benéficos dentro de los organismos y el desequilibrio que esto ocasiona en los sistemas digestivo e inmunológico de seres humanos, animales e insectos. Otro aspecto muy preocupante es que genera consecuencias negativas intergeneracionales.

Luego de que la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer de la OMS revisara cientos de artículos científicos y que a partir de ello declarara en 2015 que el glifosato es cancerígeno en animales y probablemente en humanos, se ha publicado un volumen importante de artículos científicos que lo confirman y que agregan otros aspectos.

Un estudio canadiense publicado en 2022 estudia la asociación de enfermedades neurológicas y siquiátricas con la disrupción de la flora intestinal en humanos debido al glifosato, disrupción que además tendría impactos intergeneracionales. Es un enfoque nuevo que plantea resultados muy preocupantes. Se interroga sobre los impactos de la alteración a largo plazo de la relación saludable del eje intestino-cerebro-microbioma y la persistencia de estas alteraciones en generaciones siguientes (Barnett et al, https://tinyurl.com/5n8p2h2b).

Otro estudio señala que, además de los efectos ya conocidos de disrupción hormonal, la presencia de residuos de glifosato y/o sus metabolitos en mujeres en periodo de post-menopausia se asocia a la metilación de ADN, una alteración molecular que puede causar cáncer y acelerar el envejecimiento celular (Lucia et al, 2022, https://tinyurl.com/3frabwbc).

En el caso de las abejas, además de los impactos conocidos de muerte en las colmenas por deriva de agrotóxicos, dos estudios publicados en 2022 encontraron que el glifosato produce desregulación del sistema inmune de las abejas. Ya se había notado lo mismo en ratas de laboratorio. Un equipo de investigadores de la Universidad de Texas encontró que, al igual que con los antibióticos, el glifosato mata parte de la flora intestinal de las abejas, lo cual debilita su sistema inmunológico y aumenta la vulnerabilidad ante enfermedades (Motta et al, 2022 https://tinyurl.com/2p9fysek).

Otro estudio de investigadores de universidades de Canadá analizó el efecto del glifosato y otros herbicidas, fungicidas y plaguicidas, que afectan tanto a abejas como a otros insectos que entran en contacto con esos agrotóxicos por su presencia en plantas y suelos. Encuentran que esto deteriora seriamente la microbiota de insectos y animales, además de disminuir la presencia de microbios benéficos en suelos y ambiente (Daisley et al, 2022 https://tinyurl.com/3m2f8ve6).

En estos y otros estudios, hay mucha preocupación por la devastación de la diversidad microbiana debido a los agrotóxicos, algo que otras investigaciones han comprobado en seres humanos, derivando en mayor vulnerabilidad inmunológica.

Por su parte, un estudio finlandés mostró que los residuos de glifosato presentes en el suelo afectan la producción de fitohormonas de cultivos no-objetivo, alterando su rendimiento y defensas naturales (Fuchs et al, 2022, https://tinyurl.com/2s4jtfc4).

El glifosato es el agrotóxico más usado de la historia de la humanidad, ya que además de la agricultura las empresas promovieron su uso en jardinería, en parques y bordes de caminos y carreteras, entre otros usos, lo cual aumentó su diseminación geográfica y la presencia de residuos en suelos y fuentes de agua. Pero el aumento exponencial del uso se debe a los cultivos transgénicos, que en su casi totalidad son tolerantes a este herbicida, ahora en conjunto con varios otros agroquímicos de gran toxicidad, debido a que el uso intensivo generó resistencia en más de 250 plantas invasoras, lo cual llevó a las empresas a adosarle cada vez más sustancias de alto riesgo.

Lo que explica esta escalada tóxica, con enormes consecuencias negativas en la salud de todas y todos, en las plantas, animales y ecosistemas, es que son unas pocas empresas trasnacionales las que dominan más de dos terceras partes del mercado global de semillas y agrotóxicos. Pese a que la agricultura sin químicos es viable, más sana y más nutritiva, consiguieron imponer el uso de tóxicos y generar dependencia de los agricultores industriales, medianos y hasta chicos, con la connivencia y apoyo de gobiernos. En México existe un decreto, limitado, pero que al menos exhorta a la eliminación del uso de glifosato para 2024. Pese a las maniobras y falsedades de las empresas de venenos y sus representantes como Proccyt, que defienden sus ganancias a costa de la salud de todos, es imprescindible avanzar hacia una agricultura sin agrotóxicos y sin dependencia de las trasnacionales.

Por  Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Cultivos como el cacao, el café y las cerezas dependen de la polinización. La imagen de la izquierda fue captada en Belgrado; la de la derecha, en Singapur. Foto Ap y Afp

 

Estiman que han causado la reducción de 49 por ciento en el número de esos animales y 27 en el de especies, revela estudi

París. El cambio climático y el uso intensivo de la tierra para la agricultura ya han causado la reducción de 49 por ciento en el número de insectos en las zonas más afectadas del mundo.

Un nuevo estudio, realizado por investigadores del Colegio Universitario de Londres (UCL, por sus siglas en ingés) y publicado en Nature, es el primero en identificar que la interacción entre el aumento de las temperaturas y los cambios en el uso de la tierra está provocando pérdidas generalizadas en numerosos grupos de insectos en el mundo.

Charlie Outhwaite, del Centro de Investigación de la Biodiversidad y el Medio Ambiente de la UCL y autora principal del estudio, explicó que “muchos insectos parecen ser muy vulnerables a las presiones humanas, lo que resulta preocupante a medida que el cambio climático se agrava y las zonas agrícolas siguen expandiéndose.

"Nuestras conclusiones ponen de manifiesto la urgencia de adoptar medidas para preservar los hábitats naturales, frenar la expansión de la agricultura de alta intensidad y reducir las emisiones para mitigar el cambio climático", añadió.

Los investigadores midieron tanto la abundancia de insectos como el número de especies diferentes presentes en varias regiones del mundo, comparando estas cifras con las de zonas vírgenes menos afectadas por el cambio climático.

El estudio también concluyó que no sólo se está afectando a la población total de insectos, que se ha reducido casi a la mitad, sino también está disminuyendo el número de especies en 27 por ciento.

"Las caídas son mayores bajo los trópicos", declaró Outhwaite.

Considera que el estudio puede subestimar el declive de los insectos en el mundo debido a la falta de datos en las regiones tropicales y a que en las zonas menos perturbadas, utilizadas como comparación, la huella humana ya es significativa.

Los resultados, en consonancia con estudios anteriores sobre el declive de las poblaciones de insectos, se basan en datos de 18 mil especies, recogidos entre 1992 y 2012 en 6 mil lugares.

"Las investigaciones anteriores fueron a pequeña escala, con un número limitado de especies", aclaró.

El nuevo estudio, en cambio, es "un análisis cuantitativo de la interacción entre dos motores", el calentamiento y el cambio de uso del suelo, "sobre grandes conjuntos de datos globales".

Consecuencias desastrosas

La caída de cantidades de insectos, cruciales para la dieta de muchas otras especies, tiene consecuencias desastrosas.

Alrededor de tres cuartas partes de los 115 cultivos alimentarios más importantes dependen de la polinización, como el cacao, el café y las cerezas.

Algunos insectos, como las mariquitas, las mantis religiosas y las avispas, también son necesarios a fin de controlar otros insectos perjudiciales para los cultivos.

El estudio también muestra que los efectos combinados del cambio climático y la agricultura intensiva, incluido el uso generalizado de insecticidas, son peores que si los dos primeros factores actuaran por separado.

Por ejemplo, incluso sin el cambio climático, la conversión de una selva tropical en terreno agrícola hace que la zona se caliente debido a la pérdida de vegetación que proporciona sombra y mantiene la humedad en el aire y el suelo.

Esta aridificación se ve reforzada por el calentamiento global.

En un estudio anterior, los investigadores estimaron que el número de insectos voladores había disminuido en promedio 80 por ciento en Europa, lo que había provocado un descenso de las poblaciones de aves.

"No podemos seguir perdiendo especies sin provocar a la larga consecuencias catastróficas", sostuvo Tom Oliver, de la Universidad de Reading, que no participó en el estudio.

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Miércoles, 20 Abril 2022 05:25

La próxima pandemia

Los mismos factores que impulsan la crisis climática, especialmente la destrucción ecológica, están directamente relacionados con un mayor riesgo de pandemia. (Jason Colston / Getty Images)

Estamos a tiempo de emprender acciones para detener la próxima pandemia: desde evitar la destrucción del medio ambiente hasta financiar adecuadamente los sistemas sanitarios de todo el mundo. Pero hay pocos indicios de que los gobiernos estén dispuestos a hacerlo.

Los trabajos de modelización basados en datos históricos muestran que, para muchos de nosotros, el coronavirus no es la última pandemia que viviremos. El COVID-19 ni siquiera es la única pandemia de las últimas décadas. Tan solo en los últimos veinte años hemos asistido a una avalancha de acontecimientos epidemiológicos.

Las pandemias recientes han abarcado desde enfermedades tropicales infecciosas y desatendidas hasta enfermedades no transmisibles. Entre ellas se encuentran el brote de ántrax de 2001, el brote de SARS de 2003, la pandemia de H1N1 (gripe porcina) de 2009, la crisis del ébola de 2014 en África Occidental y el brote de Zika de 2015 en América Latina, y esta es una lista no exhaustiva.

Mucha gente parece olvidar que, antes de la pandemia de COVID-19, las pandemias eran algo medianamente habitual, especialmente en el Sur Global. Por ejemplo, todavía estamos atravesando la epidemia de cólera que comenzó en Indonesia en 1961 y que ha reaparecido en toda Asia, Oriente Medio y África en el transcurso de cada década. En la década de 1990 también se produjeron brotes de cólera en Sudamérica por primera vez en más de un siglo. Y la epidemia de VIH/SIDA aún está lejos de terminar.

El riesgo de pandemia se subestima en gran medida, y se invierte demasiado poco en acciones para prepararse para los brotes. La permanente insistencia en una «vuelta a la normalidad» tras el virus del sida sitúa ese riesgo en un nivel superior. En realidad, el hecho es que, a pesar de los enormes avances científicos y médicos, hoy en día el potencial de propagación de las enfermedades es cada vez mayor, a lo que el modo en que funciona el capitalismo global no contribuye en absoluto.

De dónde viene el riesgo

 

Diferentes factores pueden influir en la probabilidad de que una infección se convierta en una pandemia en toda regla. Uno de ellos es la tasa de transmisión de virus de animales a humanos, que va en aumento. En los últimos treinta años, el 75% de las enfermedades emergentes han sido por zoonosis.

Al igual que el virus de COVID-19, otros patógenos están saliendo del circuito de producción. Algunos existen en el eje de la agricultura industrial que, al talar el bosque, aumenta la interfaz entre la fauna silvestre (que constituye el reservorio natural de esos patógenos) y el ganado o los trabajadores locales. Por ejemplo, cada año circulan nuevas cepas de gripe aviar en las aves silvestres de todo el mundo. La agricultura industrial produce por miles el ganado genéticamente similar, así como también aves de corral. Esto facilita que los patógenos infecten y muten, dado que no existe ninguna línea de inmunidad.

Esto significa que los mismos factores que impulsan la crisis climática, especialmente la destrucción ecológica, están directamente relacionados con un mayor riesgo de pandemia. La invasión de «bosques vírgenes» para la minería y la madera puede exponer a los seres humanos a patógenos propensos a las pandemias, como el ébola. El aumento de las temperaturas permite que los mosquitos, las garrapatas y otros insectos portadores de enfermedades proliferen, se adapten a las diferentes estaciones e invadan nuevos territorios. Las inundaciones debidas a condiciones meteorológicas extremas también crean nuevos caldos de cultivo para los mosquitos, lo que hace más probable la propagación de enfermedades tropicales desatendidas, como el dengue. En consecuencia, los países de bajos ingresos que experimentan lo peor de la crisis climática son también los que se ven desproporcionadamente afectados por la propagación de enfermedades infecciosas.

La situación no se ve favorecida por el cambiante panorama de la prestación de servicios sanitarios. Los trabajadores sanitarios se encuentran entre los que emigran a través de las fronteras y en particular fuera del Sur Global, a menudo como resultado de la inestabilidad social, económica y política facilitada y mantenida por los países del Norte Global. Esta «fuga de cerebros» significa que los países más afectados por futuras pandemias pueden carecer de los recursos necesarios para hacerles frente.

En la base de estos procesos está el enfoque de la maximización de los beneficios. La agroindustria se enfrenta a la salud pública mundial y al bienestar del planeta, y la primera mantiene la ventaja. Por lo tanto, para evitar los contagios, los países de todo el mundo deberían abandonar el modelo empresarial en el que se basa gran parte de la agricultura industrial y tratar la agricultura como una economía natural.

La próxima pandemia

 

Los expertos en salud mundial han sugerido que la próxima pandemia provendrá de las familias de los coronavirus o de la gripe. Otros posibles culpables son los virus que se encuentran bajo el subtítulo de Enfermedades Tropicales Desatendidas, como el virus del Nilo Occidental, los filovirus —como el virus del Ébola— y los alfavirus, conocidos por estar asociados a una serie de enfermedades de encefalitis humana. Al igual que el COVID-19, las pandemias que podrían producirse a partir de estos patógenos no se producirían de forma aislada; a su vez, también aumentan la probabilidad de que se produzcan pandemias de enfermedades no transmisibles, como los problemas de salud mental.

El riesgo está en constante evolución. La mejor manera de prepararse es crear una infraestructura de salud pública, que cuente con datos fiables y con la capacidad de emprender contramedidas médicas de uso cotidiano, especialmente en los países más vulnerables. Los grupos de preparación para pandemias del Norte Global, como la Autoridad de Preparación y Respuesta ante Emergencias Sanitarias de la UE, no cuentan con el mismo nivel de recursos en América Latina, Asia o África, a pesar de que para los países con sistemas de salud pública más débiles la preparación es literalmente la diferencia entre la vida y la muerte.

Ya han pasado más de dos años desde que el COVID-19 apareció por primera vez a finales de 2019, y los países de todo el mundo no han logrado unirse con una respuesta cohesionada al virus. En lugar de proteger a las poblaciones más vulnerables, en su gran mayoría han optado por proteger sus propios intereses. El apartheid de las vacunas resultante basta para poner de manifiesto la vulnerabilidad social que se deriva de los sistemas sanitarios que dan prioridad al capital monopolista. Solo la búsqueda de una alternativa independiente de la manipulación política puede demostrar un compromiso con la atención sanitaria mundial y crear una defensa contra futuras pandemias.

A nivel mundial, necesitamos un ecosistema conjunto de preparación para las pandemias, que no dependa de los beneficios y que agilice los procesos de regulación de una forma que, en esta ocasión, los gobiernos no han conseguido. Las soluciones futuras deben tener en cuenta la naturaleza interconectada de los efectos del capitalismo en el clima, en nuestros medios de vida y, especialmente, en nuestra salud.

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Aportan evidencia del impacto del cambio climático en la evolución humana

Un estudio publicado en Nature por un equipo internacional de científicos proporciona evidencia clara de un vínculo entre el cambio climático inducido por causas astronómicas y la evolución humana.

Al combinar la base de datos más extensa de restos fósiles bien fechados y artefactos arqueológicos con un nuevo modelo de supercomputadora sin precedente que simula la historia climática de la Tierra de los pasados 2 millones de años, el equipo de expertos en modelado climático, antropología y ecología determinó bajo qué condiciones ambientales probablemente vivían los humanos arcaicos.

El impacto del cambio climático en la evolución humana se ha sospechado durante mucho tiempo, pero ha sido difícil de demostrar debido a la escasez de registros cerca de los sitios con fósiles humanos. Para evitar este problema, el equipo investigó cómo era el clima en su simulación por computadora en los momentos y lugares donde vivían los humanos. Esto reveló las condiciones ambientales preferidas de diferentes grupos de homínidos.

Este estudio considera las siguientes especies: Homo sapiens,Homo neanderthalensis,Homo heidelbergensis (incluidas las poblaciones africanas y euroasiáticas), Homo erectus y los primeros Homo africanos (incluidos el Homo ergaster y el Homo habilis). A partir de ahí, el equipo buscó todos los lugares y momentos en que ocurrieron esas condiciones en el modelo. Creó mapas que evolucionan en el tiempo de los posibles hábitats de los homínidos.

Aunque diferentes grupos de humanos arcaicos prefirieron distintos ambientes climáticos, todos sus hábitats respondieron a los cambios climáticos causados por los astronómicos en el bamboleo, la inclinación y la excentricidad orbital del eje de la Tierra con escalas de tiempo que van de 21 a 400 mil años, señaló en un comunicado Axel Timmermann, primer autor del estudio y director del Centro IBS para la Física del Clima en la Universidad Nacional de Pusan en Corea del Sur.

Para probar la solidez del vínculo entre el clima y los hábitats humanos, los científicos repitieron su análisis, pero con las edades de los fósiles mezcladas como una baraja de cartas. Si la evolución pasada de las variables climáticas no afectara dónde y cuándo vivían los humanos, ambos métodos darían como resultado los mismos hábitats.

Sin embargo, los investigadores hallaron diferencias significativas en las pautas de hábitat para los tres grupos de homínidos más recientes (Homo sapiens, Homo neanderthalensis y Homo heidelbergensis) al usar las edades fósiles barajadas y realistas. Este resultado implica que, al menos durante los pasados 500 mil años, la secuencia real del cambio climático pasado, incluidos los ciclos glaciales, tuvo un papel central en la determinación de dónde vivían los grupos de homínidos y dónde se han encontrado sus restos, explicó Timmermann.

Lunes, 18 Abril 2022 05:37

Penumbra

'Filósofo en meditación', pintado por Rembrandt en 1632 y conservado en el Louvre.

Durante algunas décadas hemos creído poder pasar, a fuerza de aceleración capitalista, de la penumbra a la luz; ahora nos damos cuenta de que estamos a punto de dejar la penumbra, donde el asombro era aún posible, para pasar a las sombras

 

Los romanos lo llamaban “umbra”, término directamente volcado en el francés “ombre” y en el italiano “ombra”. En castellano, en cambio, se dice “sombra”, con ese sonido espeso y sibilante que adensa la palabra y su contenido. A partir del prefijo “sub”, arrimado y sumergido en su voz como un grumo en el paladar (sub-umbra), “sombra” tiene más carne, más ramas, más follaje que “ombra”. También da más miedo: la sombra susurra desde otros reinos más oscuros. Estamos siempre, para bien o para mal, “bajo la sombra”.

La sombra se presenta ante nuestros ojos de tres formas. Los árboles dan sombra. Los cuerpos tienen sombra. El mundo es una sombra.

Empecemos por los árboles. Hace años, en un libro de pequeñas ficciones verdaderas, recogía yo la noticia de un árbol del bosque de Birnam (¡el famoso bosque de Macbeth!) que había recorrido tres mil kilómetros para socorrer a una niña que se había quedado dormida bajo el sol en Mauritania. La sombra de un árbol es algo así como una manta de verano, la colcha inmaterial con que nos cubrimos para protegernos de la canícula. Los árboles, en efecto, nos arropan contra el sol: cuando el calor aprieta, nos echamos por encima el chal de una sombra azul. Algunos árboles, lo sabemos, dan mejor sombra que otros. Los de Birnam eran robles, de troncos fuertes y hojas complicadas como cristales de nieve. Pero los mejores, se dice, son el plátano, llamado precisamente “de sombra”, que guarece muchas de nuestras plazas y avenidas; el fresno, primer árbol de la creación, de copa apretada y tupida; el altísimo álamo; el sauce que llora en nuestros jardines; el aligustre, el abedul, el castaño, el elegante aliso que murmura en las orillas de nuestros ríos. Hace un año, un vecino desaprensivo taló el ailanto que, por encima del muro, proyectaba su sombra sobre nuestra terraza. El árbol era suyo, pero la sombra no; si declaráramos las sombras propiedad común inalienable de la humanidad no se perderían todos los años tantas hectáreas de bosque como territorio tiene Andalucía. ¡Talad los árboles, pero dejad las sombras! Nadie es dueño del tintineo de una campana, del destello de un espejo, del color de una fruta, del efecto devastador de una mirada. Hay un cuento chino en el que un hombre pobre compra a un rico propietario la larga sombra del sauce bajo la que se resguardaba con sus amigos y de la que había sido expulsado; junto a la sombra compra de algún modo, para todos, el mundo entero, pues con la posición del sol la sombra se desplaza en todas direcciones y alcanza todos los rincones. Solo al mediodía un árbol es de sí mismo y de su propietario.

También los cuerpos humanos tienen sombra. En un famoso relato del romántico alemán von Chamisso, La maravillosa historia de Peter Schlemihl, un ambicioso joven sin empleo, al contrario, vende su sombra por un puñado de oro y con ella, de esa manera, lo pierde todo. Es extraño. Podemos vivir sin pelo, sin zapatos, sin voz, pero esa metonimia semifísica de nuestro cuerpo, que se nos adelanta cuando caminamos de espaldas al sol, y que no podemos pisar, nos concierne mucho más que nuestra imagen en el espejo. La sombra sale de nosotros, nos sale de dentro, siempre enganchada, y solo se despega en el momento de la muerte. Esa es la creencia extendídisima en muchas culturas de la tierra, antiguas y modernas. Por eso, del singular al plural, si la sombra es fresca y ligera, las sombras son oscuras y oprimen el alma. El Hades, el reino de los muertos de la mitología griega, estaba poblado de sombras secas, excrecencias espectrales de aquellos que alguna vez fueron hombres vivos. “Vagan exangües, sin cuerpo y sin huesos, las sombras”, dice Ovidio recordando los viajes de Ulises y Eneas al báratro subterráneo, donde hablaron –respectivamente– con las sombras de su madre Anticlea y de su padre Anquises. Prolongación estricta de la Odisea y de la Eneida, el infierno de Dante está asimismo poblado de “sombras”, pues los reos, pese a que el cristianismo les ha dado carne, han sido contagiados por la oscuridad en la que habitan y no reflejan ya la luz. Cuando uno pierde su sombra es porque ha huido al otro mundo y, desconectada de nuestro cuerpo, nos ha dejado encerrados en nosotros mismos, donde ya no estamos: en la prisión vacía del cenit. El mediodía, y no la medianoche, es la hora de los muertos; la hora en la que todos estamos muertos.

Por eso mismo, la literatura ha explorado esta dimensión metonímica de la sombra como doble y como apariencia. Desde el mito de la caverna de Platón el mundo mismo ha sido concebido como un recinto de vagas siluetas engañosas. “Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción”, proclama, muy izquierdista, nuestro Calderón. Como una sombra se proyecta la sospecha: la sospecha de que nuestros sentidos nos escamotean la verdad: la sospecha de que el árbol no nos deja ver el bosque, de que ese pájaro es un dron, de que ese príncipe es una rana. Las sombras son los muertos; la sombra es la nuclear inconsistencia del cosmos y sus criaturas. Mediante la sinestesia más bella, más radical y más platónica, lo resumía así Miguel Ángel: “El sol es la sombra de Dios”. ¡El sol mismo, con su luz y su calor, es apenas la sombra del verdadero ser! Ahora bien, frente al izquierdismo de Calderón, es difícil afirmar de un modo más optimista e inmediato el mundo: si el sol es la sombra de Dios, la sombra de Dios es el sol. A partir de este sencillo hipérbaton operamos un curioso volteo metafísico que pone la certeza del sol en el centro de nuestras vidas: de lo que no podemos dudar es precisamente de esa fuente de luz que introduce, salvo al mediodía, hora de la muerte, todas las sombras. La sombra es también nuestro sol. La sombra es también nuestra linterna. Permanece inseparable, desde luego, de la belleza, tal y como demostró el japonés Junichiro Tanizaki en su maravilloso ensayito de 1933, El elogio de la sombra. Frente al dominio de la civilización cenital, con sus luces siempre encendidas y sus pantallas siempre en el centro, el japonés tradicional se reservaba un lugar especial en el salón, el toko no ma, réplica y contrapunto del fuego, un hueco en la pared donde se iban depositando las sombras: donde, si se quiere, iban sedimentando, como en el fondo de un vaso, los posos del tiempo.

En todo caso, la duplicidad simbólica de la sombra (la sombra del árbol, las sombras de los no-cuerpos) enraíza en dos campos semánticos diferentes, separados por la distancia que existe entre estos dos títulos famosos: Los gozos y las sombras, la conocida saga de Torrente Ballester, y A la sombra de las muchachas en flor, el del segundo volumen de En busca del tiempo perdido. En el de Ballester gozos se opone a “sombras” como placeres a penas, en una imagen que evoca los “trabajos” de Hesíodo, inseparables espinas de la naturaleza humana; en el de Proust –el más cursi del mundo si no lo leyéramos desde la obra misma– volvemos, en cambio, a ese mundo vegetal, íntimo y colorido, ligero y excitante, en el que los árboles constituyen nuestro primer y único resguardo frente a los “trabajos” del sol. Muy claro lo deja, por su parte, el poeta Pedro Salinas en estos versos: “Tu presencia y tu ausencia/ sombra son una de otra, /sombras me dan y me quitan”, donde el cuerpo de la amada es inaferrable como una sombra (“tu cuerpo nunca, tus labios nunca”) pero cuyas intermitencias en el espacio ensombrecen fatalmente el ánimo del amante: si ella está, es una sombra; si no está, me deja en sombras.

Podemos seguir esta diferencia asimismo en una bifurcación lingüística extraña y hermosa: la sombra produce el verbo “asombrar”, las “sombras” el adjetivo “sombrío”. Los italianos “si stupiscono”, “se asombran”, un vocablo relacionado con nuestro “estupor” y nuestra “estupidez”, estado pastoso de pasmo traumático; los franceses, por su parte, “s'étonnent”, que tiene más que ver con el aturdimiento consecuencia de la “tonnerre”, la sacudida acústica del trueno y la tempestad. En cuanto al castellano, nos cuenta Corominas que el “asombro” es un término nacido en el ámbito de las caballerías, a las que sobresalta el paso de una sombra. Los caballos se asustan, al parecer, de su propia sombra; se asombran de sí mismos, como si fueran otros que se acercan desde el mundo, sigilosamente, para amenazarlos u ocupar su lugar. Nos asusta un poco, es verdad, la independencia del mundo y, por eso mismo, un mundo sin asombro es en realidad un mundo desprovisto de mundo: un mundo en el que todo depende ilusoriamente de nosotros mismos. “Nihil admirare”, recomendaba el estoico Horacio a esos viejos romanos que se asombraban de todo, como niños, y sucumbían luego al dolor y la decepción. Hoy nos pasa lo contrario: no nos asombramos de nada, ni siquiera del estampido de una bomba, ni siquiera de la belleza de un árbol, porque ya no reconocemos ninguna existencia en el exterior. El asombro, que fue el origen de la filosofía, ha dejado su sitio al narcisismo tecnológico y sus pinchazos solubles en agua turbia. Filosofía quería decir eso: mirar el fuego como si lo viéramos por primera vez, mirar el cielo como si fuera a caer sobre nuestras cabezas, mirar tu mano como si no me hubiera tocado nunca.

En cuanto al adjetivo “sombrío”, conviene pensarlo por oposición a “umbrío”. No dejan de ser curiosos estos itinerarios cruzados entre idiomas, pues la “umbra” latina, lo hemos dicho, dio lugar a “l'ombre” del francés –que sin embargo usa “sombre” para las pasiones oscuras– mientras que desprendió en castellano el apacible “umbrío” de los jardines arbolados y las pérgolas emparradas de los primeros besos. Sombrío es el ánimo triste, la bombilla desnuda sobre un plato lleno de moscas, el rincón visitado por la muerte; umbrío, en cambio, es el follaje tentador de un paseo vespertino. Una de mis mayores decepciones lingüísticas fue descubrir, hace pocos años, que el “umbral” de la casa no mantenía relación alguna con la sombra; que no es, como yo creía, el vano umbrío donde, viniendo del exterior, uno se alivia del sol. Descubrí que en origen se decía “lumbral”, “el lumbral”, término que combina el límite –limes– y la luz –lumen– para designar la frontera material entre la intemperie y el fuego del hogar (lo que tiene también, qué duda cabe, su belleza).

Llego así, en todo caso, a la palabra mencionada en el título, la que más me gusta de este campo semántico, indisociable de la oposición “sombrío”/”umbrío”. Me refiero a “penumbra”, esa casi-umbra, como es una casi-isla la península: la zona intermedia entre la luz y la sombra, ese momento un poco ambiguo en que dejo languidecer la tarde de verano sin encender la lámpara. Cada vez que la pronuncio, no puedo dejar de pensar en esos dos poemas insuperables que Borges escribió en 1964 para invocar la imagen del filósofo Spinoza. Los dos llevan ese título, “Spinoza”, y la primera estrofa de ambos incluye la palabra “penumbra”, que puede interpretarse de forma simbólica (en alusión a la intimidad casi clandestina del pensamiento spinozista) pero que en la pluma de un gran poeta adquiere un rango físico, espacial, de claridad insoportable. El primero dice así: “Las traslúcidas manos del judío/ labran en la penumbra los cristales/ y la tarde que muere es miedo y frío./ (Las tardes a las tardes son iguales)”. El segundo recoge la misma atmósfera de trabajo introspectivo bajo una luz crepuscular, aunque la mirada, centrada antes en las manos y las lentes, ahora se dirige a la obra ya virtualmente acabada: “Bruma de oro el Occidente alumbra/ la ventana. El asiduo manuscrito/ aguarda ya cargado de infinito./ Alguien construye a Dios en la penumbra”. Borges, que en 1969 escribió también un Elogio de la sombra, apología de su ceguera, no utiliza en vano la palabra “penumbra”. Spinoza no trabaja en la oscuridad, porque en los Países Bajos, hacia 1660, había todavía suficiente luz para que un judío pudiera vivir sin ser perseguido y porque Spinoza, mientras pensaba, barría parcialmente las sombras del mundo. La luz, en todo caso, es muy holandesa, muy acaramelada, un poco fría, de rescoldo solar y candela trémula. Si exploramos pictóricamente la diferencia entre sombra y penumbra, podemos decir que nadie supo representar las sombras como Goya en sus pinturas negras (pienso concretamente en esa angustiosa “Romería de san Isidro” en la que las capas negras de los romeros se tragan hacia atrás Madrid entero) y nadie supo reproducir la penumbra como Rembrandt, nacido, al igual que Spinoza, en la ciudad de Amsterdam. Es difícil, en efecto, leer los poemas de Borges y no pensar inmediatamente en un cuadro de 1632, Filósofo en meditación, que uno creería inspirado, a su vez, en el autor de la Éticasi no fuese porque Spinoza nació precisamente ese año; o en el poema de Borges si no faltaran más de tres siglos para que éste lo escribiera. Lo cierto es que ahí está pintada la atmósfera que el poeta absorbe y despliega en la palabra “penumbra”: la luz crepuscular, como un incendio, en la ventana, el pensador barbudo absorto en su laberinto bajo la escalera tortuosa, el fuego del hogar, en el rincón opuesto, enrojeciendo ligeramente el aire. Solo en la penumbra los objetos pueden estar tan quietos; solo en la penumbra el pensamiento –o el amor– pueden estar tan vivos.

Al contrario de lo que nos hizo creer Platón, la batalla humana no se libra entre las sombras y la luz sino entre la penumbra y las sombras. O digamos –para hacer justicia a Platón– que hay que dar la batalla entre las sombras y la luz con la esperanza de alcanzar, a lo sumo, un cierto estado de penumbra. No sé cómo se dirá en japonés, pero es muy evidente, leyendo su ensayo, que Tanizaki estaba reivindicando la penumbra, no la sombra y mucho menos las sombras. Somos seres penumbrosos, los humanos, cuando no somos sombríos; y con la penumbra, sol entre el follaje, picnic sobre la hierba, conservamos la belleza difícil, la razón temblorosa y la tierra herida. Durante algunas décadas hemos creído poder pasar, a fuerza de aceleración capitalista, de la penumbra a la luz; ahora nos damos cuenta de que, al revés, por ese camino, estamos a punto de dejar la penumbra, donde el asombro era aún posible y los alisos daban sombra, para pasar a las sombras, donde nos esperan los muertos airados en el sol terrible del mediodía.

Ay, qué ganas de labrar lentes, de pensar despacio, de retener árboles y contar piedras, de cogerte la mano en la penumbra sin lámparas de un larguísimo atardecer.

Santiago Alba Rico 16/04/2022

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El apocalipsis capitalista: Richard Leakey y la sexta extinción de las especies

Los datos duros y certeros reunidos en este artículo sobre los efectos del llamado 'Homo sapiens capitalistus', es decir, nosotros y el capitalismo que nos rige, conducen inexorablemente a lo que los expertos han designado como la sexta extinción de las especies en la historia del planeta.

Brevísimo resumen biográfico

El 2 de enero de este año falleció el paleoantropólogo, arqueólogo y ecologista keniano Richard Leakey (1942-2020), cuyos padres (Louis y Mary) fueron famosos descubridores de fósiles de homínidos de millones de años de antigüedad en África Oriental. Richard siguió en su juventud sus pasos y también logro descubrir fósiles de homínidos: en 1967, en el valle del Omo, en Etiopía, llamado el hombre de Kibish (considerado el Homo sapiens más antiguo); en 1969, un cráneo de Paranthropus boisei; luego un cráneo de Homo rudolfensis (knm er 1470) en 1972 y otro en 1975, que se clasificó como Homo erectus (knm er 3733); en 1978, un cráneo intacto de Homo erectus (knm er 3883). En 1984 dirigió la exploración que encontró el esqueleto completo de un niño, con antigüedad de por lo menos 1.5 millones de años, clasificado como Homo erectus ergaster. r. Leakey y su colega Roger Lewin describieron este hallazgo del Niño de Turkana en su libro Origins Reconsidered (1992). Al poco tiempo, Leakey y su equipo descubrieron un cráneo de la especie Paranthropus aethiopicus(wt 17000). A finales de la década de los ochenta y principios de los noventa encabezó organizaciones conservacionistas de fauna; específicamente, en su país natal Kenia y otros países vecinos creó unidades bien armadas y adiestradas para luchar contra la caza ilegal de elefantes con colmillos de marfil.

En 1995 publicó, en coautoría con Roger Lewin, The Sixth Extinction [La sexta extinción] y en 2001, en colaboración con Virginia Morrell, Wildlife Wars: My Fight to Save Africa’s Natural Treasures (en español: En Defensa de la Vida Salvaje: Mi lucha por salvar las riquezas naturales africanas).

Basados en sus aportes sobre la vital importancia de luchar contra la factible Sexta extinción, hacemos una integración de su trabajo y de su actualidad ante esa amenaza apocalíptica para la biota, la humanidad y el planeta mismo.

El “Hiroshima” de la sexta extinción

El Homo sapiens sapiens es la especie más dominante sobre la tierra. Bajo el sistema capitalista y a pesar de la pandemia de Covid-19 en curso, la población humana global rebasa a inicios de 2022 los 7 mil 800 millones de ejemplares de nuestra especie; los seres humanos vivos representan la máxima proporción de protoplasma y biomasa que hay sobre este planeta. Sus impactos ambientales bajo el modo de vida que impone la lógica del capital son tremendamente devastadores, al grado que también estamos, desde la perspectiva de la historia biológica planetaria, no sólo en una megacrisis, sino a punto de vivir la sexta crisis de extinción masiva biótica, pues desde las explosión cámbrica de las primeras criaturas pluricelulares, hace 530 millones de años, se calcula que han vivido unos treinta mil millones de especies y ahora hay aproximadamente treinta millones de especies (las estimaciones varían entre 10 y 100 millones), la cuarta parte de las cuales ya ha desaparecido bajo la lógica destructiva del homo sapiens capitalistus (desde la acumulación originaria capitalista del siglo xvi a la globalización interimperialista de la segunda década del xxi). La gran amenaza es que hacia 2030 se destruya al menos el cincuenta por ciento de ellas, con lo cual se destruiría la biodiversidad fundamental para el sostenimiento de la vida planetaria y también humana.

Como especie, los humanos dependemos tanto de los seres invisibles (microscópicos: bacterias, hongos, algas, esporas, nematodos, virus, etcétera) como de los visibles (macroscópicos), ya que la vida que no vemos y la vida que vemos desempeñan papeles esenciales en el funcionamiento de los ecosistemas que nos sustentan y en nuestra propia ecorporeidad. Con la destrucción de ecosistemas por parte de las industrias y la prospección se está alterando la relación microbiota-sociedad, como lo vemos dramáticamente con la actual pandemia sindémica de Covid-19 de posible origen de virus zoonótico (y sus mutantes deltas y omicrones).

La biodiversidad como totalidad es la que sustenta vitalmente la dialéctica de la naturaleza, tomando el planeta Tierra como la red total interactiva de plantas, animales y entes micros, mesos y macros que conforma el macrosistema hipercomplejo de la bioquímica atmosférica y ecológica, sostén de la vida planetaria y su “biosociodiversidad”; incluyendo nuestro mundo económico y psicosociocultural (el paradigma humano psico-civilizatorio). A la gravísima alteración de esta Red ecosistémica, algunos (a partir del geólogo Paul Crutzen) la han llamado era del antropoceno, pero mejor podría considerarse (como sostiene Jason Moore) como capitaloceno.

Los efectos de la extinciones bióticas en los últimos años de pancapitalismo globalizador son muy grandes, paralela y conectivamente a las consecuencias sociales de sindemias, desigualdades y miserias; el índice de extinciones se ha acelerado a un ritmo infernal de aproximadamente dos especies cada treinta minutos (cuatro por hora, cerca de cien al día, más de 30 mil al año), cuando en los períodos de extinción “normal” o de fondo se extinguía una especie cada cuatro años en promedio. Igualmente se dan cifras del paso superacelerado de destrucción de bosques, del orden de 200 mil kilómetros cuadrados por año. Para 2050, sólo se podrá ver una diminuta mancha en los mapas geoecológicos; este otro ritmo febril es en la actualidad de más de media hectárea por segundo.

En 2019, el informe Evaluación global del panel intergubernamental sobre biodiversidad y servicios de los ecosistemas (ipbes) advirtió que un millón de especies están en peligro de extinción, más que en cualquier otro momento en la historia de la humanidad. El informe de la ipbes revela que las acciones humanas han “alterado significativamente la mayor parte de las áreas de la tierra y del mar”.

Muy recientemente, el 17º Informe de riesgos globales 2022 (Global Risks Report) del Foro Económico Mundial recoge los diez principales riesgos en el corto, medio y largo plazo (diez años), tras una encuesta realizada a casi mil expertos de varios países del mundo. Predominan los referidos a cuestiones bioclimáticas, estando la pérdida de la biodiversidad en tercer lugar: 1) fracaso de la acción climática, 2) climas extremos, 3) biodiversidad perdida, 4) erosión de la cohesión social, 5) crisis de medios de subsistencia, 6) enfermedades infecciosas, 7) daño medioambiental, 8) crisis de recursos naturales, 9) crisis de la deuda y 10) conflictos geoeconómicos.

A esta infernal crisis ecosistémica se le ha llamado “el Hiroshima del Apocalipsis biológico” (según el ecólogo Les Kaufman,), una amenaza para la civilización “sólo superada por la amenaza termonuclear” (Club de la Tierra). Por lo tanto, al Homo sapiens capitalistus subordinado al capital se le considera maduro, según Leakey y Lewin, para “ser el destructor más colosal de la historia, sólo superado por el asteroide gigante que chocó con la Tierra hace sesenta y cinco millones de años, barriendo en un instante geológico la mitad de las especies de entonces”. Por ello es vigente la parodia crítica de la autoextinción de la humanidad que se hace en la película No mires arriba (Don’t look up, de Adam Mckay).

Se ha llegado a plantear, siguiendo esta dirección, que la extinción de la especie humana sería benéfica para el ecosistema del planeta Tierra, pues así se resolvería el problema de la exacerbada tasa de extinciones de otros seres vivos. Hay autores bioecocentristas que, siguiendo la lógica nihilista de Jean Braudillard (quien afirmó que la solución para terminar con el infierno capitalista era la muerte de todos los humanos), ven como opción la extinción humana que el capitalismo está empujando. El megaempresario Elon Musk también asegura que habrá extinción y fin del mundo, pero propone –y justifica su labor productivista como gran empresario– la fuga a otros planetas mediante poderosas naves espaciales de última generación y su colonización mediante hipertecnología.

Para 2050 habrá una población humana de más de 10 mil millones de personas y –nos dicen Leakey y Lewin– si todas estas personas quieren vivir por encima del nivel de pobreza que domina en muchas de las regiones menos desarrolladas del mundo actual, la actividad económica global tendrá que multiplicarse por lo menos por diez. Actualmente, de toda la energía disponible contenida en todos los procesos fotosintéticos de todo el mundo, conocida como Productividad Primaria Energética Neta (ppen) disponible para sostener a todas las especies de la tierra, el Homo sapiens (en abstracción, pues no se consideran sus clases sociales) se queda con casi la mitad; para 2050 sobrepasaría ampliamente el
cincuenta por ciento, y para 2100 sería la debacle total; es decir, la extinción masiva y en cadena de todas especies. A diferencia de las anteriores cinco extinciones masivas planetarias, provocadas por acontecimientos atmosféricos “naturales” (combinación de azar, selección natural y genes), “la Sexta” sería producida por la especie humana (pero ya no considerada en abstracto sino dominada totalitariamente bajo lo que Karl Marx llamó la bestia del capital); más concretamente, por sus actividades y comportamientos antiecológicos, expoliadores, destructivos y derrochadores en los ciclos y leyes malignas del sistema capitalista.

La bestia del capital humanamente superada

Siguiendo a Marx, llamamos “la bestia del capital” a este modo económico y de vida, productivo y reproductivo, social y cultural maquinal y virulento basado en trabajos, circulaciones y consumos subordinados por la valorización del valor (un dispositivo catalizador depredador y alienante). De aquí a veinte, cincuenta o cien años, si continúa el modo de acumulación capitalista con sus ciclos y anticiclos contradictorios y esquizofrénicos de crisis de producción/reproducción demente de riqueza y destrucciones, basados precisamente en la esquilmación de esos recursos energético-materiales (matergéticos) salidos de los procesos geológicos, fotosintéticos y de la biodiversidad planetarios, irremisiblemente sobrevendrá la temible Sexta extinción, definitivamente apocalíptica.

Parafraseando y corrigiendo a Víctor Manuel Toledo, la factible Sexta extinción no es antropogénica sino capitalogénica. La conclusión es clara: la humanidad proletarizada y gravemente amenazada por la nueva normalidad y el “nuevo viejo” orden del capital, para sobrevivir y dignificarse como tal debe remontar el capitalismo, reconstruir la biodiversidad y el planeta y construir el socialismo comunista.

Por Miguel Ángel Adame Cerón 10 Apr 2022

Publicado enMedio Ambiente
Martes, 12 Abril 2022 05:29

La rebelión de la ciencia

Fuentes: The conversation [Imagen: Protesta de científicos ante el Ministerio de Transición Ecológica de España en octubre de 2021. Twitter de Scientist Rebellion]

Expertos de todo el mundo han organizado una acción de desobediencia civil pacífica esta semana para denunciar la inacción política ante sus repetidos mensajes sobre la urgencia de mitigar el cambio climático.

John Kennedy Toole recurrió a la ironía y al humor para relatar una tragedia en su única y brillante novela La conjura de los necios. Su protagonista, Ignatius Reilly, fue en cierto modo un reflejo del escritor y de las miserias de una sociedad egoísta y esclava de sus deseos. Poco experto en materia de agitación social, Ignatius tuvo que aprender de su alter ego Myrna Minkoff cómo organizar una rebelión contra el sistema.

En pleno siglo XXI, los científicos y científicas del clima, poco duchos en activismo y revolución, se encomiendan de la mano de movimientos modernos a la rebelión contra una sociedad que no acaba de ver la ruta de autodestrucción en la que se afana día a día.

La rebelión de la comunidad científica se apoya en una cruda realidad: la ciencia del cambio climático no es escuchada. Ha dado lugar a reportajes y películas asombrosasprovocadoras e incluso taquilleras. Pero no nos engañemos. Quienes investigamos las causas y las consecuencias del cambio climático y las medidas que hay a nuestro alcance para atajarlo no hemos sido escuchados. O si alguien nos ha escuchado, desde luego no ha servido para mucho.

Seguimos incrementando (y no reduciendo) la emisión de gases de efecto invernadero. Apenas la covid-19 supuso una relativa y muy breve desaceleración en estas emisiones.

Cambio de tercio en la comunidad científica

Dado que el lenguaje científico sobre el clima no se traduce en acciones significativas, ha llegado el momento de probar otros lenguajes. Y precisamente eso es lo que se ha planeado para la segunda semana de abril de 2022 por científicos de todo el mundo aliados con diversas organizaciones ambientalistas, como Extinction Rebellion.

Del 4 al 9 de abril de 2022 tendrá lugar la primera acción de desobediencia civil pacífica coordinada internacionalmente por miembros de la comunidad científica. Una semana que fue precedida por numerosos anuncios en redes sociales y en los medios de comunicación y el planteamiento de un manifiesto contra la inacción climática que ya cuenta con numerosas adhesiones. Algunas de las reflexiones que siguen recogen las principales pautas de este llamamiento colectivo y se suman a su compromiso.

Esta semana de acciones y protestas se ha programado para coincidir con la publicación de la tercera parte del sexto informe del IPCC. La segunda parte quedó completamente tapada por la invasión de Ucrania por el ejército ruso, ocurrida en el mismísimo día de su publicación. Una tremenda paradoja, porque ambas catástrofes, la invasión de Ucrania y el cambio climático, tienen el mismo origen. Es paradójico también porque, de haberse hecho los deberes planteados desde la ciencia para la transición energética, el conflicto no hubiera llegado a ser bélico.

La comunidad científica hemos alimentado con nuestros estudios e informes a toda una generación de jóvenes activistas que han entendido lo suficiente de nuestro mensaje para ponerse en pie por el planeta.

Pero no podemos dejar que la sociedad relacione la lucha contra el cambio climático solamente con jóvenes ambientalistas. Ellos han bebido de nuestros estudios y lo que dicen se apoya en la mejor de las ciencias. Es ineludible que científicos y ambientalistas vayamos juntos en esta rebelión. La ciencia sin activismo es impotente y el activismo sin ciencia no tiene precisión en sus reivindicaciones.

Un mensaje cada vez más claro

Ante la inacción social y política, hay muchos científicos que se desmotivan, desalentados al ver que sus conferencias y sus entrevistas son una versión moderna de los profetas predicando en el desierto.

Sin embargo, cada vez hay más científicos que se reinventan para hacerse oír ante la crisis climática. El propio IPCC ha cambiado de tono en su sexto informe publicado en tres partes entre agosto de 2021 y abril de 2022. Emplea un nuevo lenguaje, más áspero, y que deja mucho menos margen para dudas o interpretaciones.

Las incertidumbres de la ciencia han empañado históricamente la claridad del mensaje climático para los ojos de la sociedad y los responsables políticos, siempre anhelantes de certezas y, por tanto, muy poco habituados a gestionar riesgos y probabilidades.

En el nuevo informe se ha matizado la sempiterna prudencia científica de mantenerse al margen de conclusiones o recomendaciones que puedan desafiar ideologías imperantes, programas económicos o estrategias políticas.

La ciencia, organizada a través del IPPC, se ofreció siempre a asesorar apartándose de cuestiones política o económicamente escabrosas. Sin embargo, la diplomacia, emanada de las Naciones Unidas que creó este panel de expertos en 1988, se ha relegado a un segundo lugar. La razón no es otra que la escasa efectividad práctica de los extensos y sesudos informes previos.

La comunidad científica está tan desconcertada ante la situación que algunos, como el profesor Bruce Glavovic, de la Universidad Massey de Nueva Zelanda y coordinador del II capítulo del IPCC, han hecho un llamamiento a toda la comunidad científica para dejar de producir informes hasta que los Gobiernos cumplan con su responsabilidad y movilicen una acción coordinada desde el nivel local al global. Su propuesta es que los científicos establezcamos una moratoria en la investigación sobre el cambio climático como medio para exponer primero, y renegociar después, el contrato roto entre la ciencia y la sociedad.

No es tanto que los científicos y científicas relacionados con el cambio climático estemos enfadados porque nuestras conclusiones no se pongan en práctica. Es más una cuestión de que estamos realmente preocupados de que esté ocurriendo tal cosa. Una preocupación que deriva en trastornos de ansiedad y estrés que afectan a millones de personas (especialmente jóvenes) en todo el mundo.

Avisos ignorados

El sexto informe del IPCC tenía como meta analizar los progresos realizados para mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C respecto a la era preindustrial y, al mismo tiempo, continuar los esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, tal como se acordó en París en la cumbre del clima de 2015.

Ahora, el IPPC y varios nuevos estudios confirman y precisan lo que nos temíamos: no rebasar 1,5 °C de calentamiento es matemáticamente posible pero sumamente improbable, y no rebasar los 2 °C requiere un esfuerzo global que de momento no se está produciendo.

Las gotas frías, los huracanes, las nevadas extraordinarias, las lluvias torrenciales, las sequías extremas, las olas de calor inusuales y los megaincendios se multiplican y aceleran. En España, un 75 % del territorio está ya en alto riesgo de desertificación. Y la ciencia comienza a comprender la gravedad de una docena de puntos climáticos de inflexión o de no retorno que se han activado por la acción humana.

Los avisos de la comunidad científica sobre el rumbo de colapso que lleva nuestra civilización han sido muchos. Quizá el informe Meadows encargado al Massachusetts Institute of Technology por el Club de Roma hace medio siglo fue uno de los avisos pioneros más destacables. Vendrían bastantes avisos más. Desde hace años, el reloj del apocalipsis incorpora al cambio climático como uno de los riesgos principales para la humanidad.

En 2019, las evidencias científicas de la amenaza para la supervivencia de la humanidad y de un colapso global del sistema de la vida en la Tierra llevaron a 11 000 personas de la comunidad científica a lanzar una alerta pública de emergencia climática, dirigida a todos los Gobiernos del planeta.

La realidad climática vs. los intereses económicos

En el primer capítulo del sexto informe del IPCC  se muestra con claridad que para limitar el calentamiento global a 1,5 °C se necesitan transiciones socioeconómicas rápidas y de gran alcance, particularmente en los sistemas energético, terrestre, urbano y de infraestructuras (incluido el transporte y los edificios) e industrial.

Tales transiciones no tienen precedentes en lo que a escala se refiere e implican profundas reducciones en las emisiones en todos los sectores, la puesta en marcha de un amplio conjunto de opciones de mitigación y el incremento sustancial de las inversiones en estas opciones.

Pero la realidad es que estas transiciones rápidas que demanda la ciencia y que son tan factibles como urgentes no se están realizando. Los Gobiernos siguen subvencionando con dinero público la industria de los combustibles fósiles y numerosas actividades que dañan tanto el medioambiente como la salud humana.

Las entidades bancarias financian el cambio climático y la degradación ambiental a pesar de organizarse en redes como la Alianza Financiera de Glasgow para el Cero Neto (GFANZ) para, en teoría, hacer justo lo contrario. Solo 11 de las 30 mayores empresas financieras que cotizan en bolsa han fijado objetivos fiables para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, según los investigadores del clima de InfluenceMap.

Las entidades bancarias y grandes grupos industriales y empresariales mantienen fuertes medidas de coacción y presión a los Gobiernos y a las instituciones oficiales nacionales e internacionales, incluyendo las cumbres del clima auspiciadas por las Naciones Unidas, para impedir o ralentizar medidas eficaces para la reducción de emisiones.

Como prueba de esta gran hipocresía, gobiernos como el de Alemania y el de Francia han sido condenados por sus respectivas cortes constitucionales por inacción climática y en España se está tramitando actualmente una querella climática contra el Estado.

A tiempo para cambiar de rumbo

Ignorar el principio de precaución y no reconocer que el crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos es, como dijo el secretario de las naciones Unidas António Guterres, una senda suicida para la humanidad.

Los objetivos actuales de crecimiento defendidos por los poderes económicos están en contradicción directa con la reducción de los impactos ambientales por debajo de los umbrales de los límites planetarios. Hay propuestas económicas alternativas en las que se plantea un cambio radical de modelo productivo que deben ser puestas en marcha globalmente, y no solo en algunas ciudades a modo de ensayo, para limitar el aumento de temperatura.

Los cambios de consumo individual no bastan y hace falta una transformación profunda y rápida del conjunto del sistema productivo, acompañada de una transición justa para los colectivos más vulnerables.

La gobernanza necesaria para hacer realidad este objetivo está orientada hacia la innovación social y la creación de nuevas instituciones que permitan garantizar la participación real de la ciudadanía y la democratización efectiva de la acción climática.

Las asambleas ciudadanas para luchar contra el cambio climático como las organizadas en Francia y el Reino Unido, y actualmente en desarrollo en España, son un ingrediente nuevo y estimulante en esta dirección.

Toca construir ahora nuevos derechos, nuevas economías y nuevas instituciones para una democracia por la Tierra. Las recomendaciones consensuadas de la comunidad científica deben convertirse en objetivos vinculantes, con mecanismos institucionales que garanticen la participación real de la ciudadanía, como prevé el convenio europeo de Aarhus desde 2005.

John Kennedy Toole recurrió al humor para abordar la tragedia y su personaje acudió a la agitación social para cambiar lo intolerable. La comunidad científica ensaya la rebelión tras el fracaso de los procesos de información y asesoramiento en materia climática. No dudaremos en usar el humor para narrar la tragedia climática si hace falta. Pero Toole no vio publicada su obra, que obtuvo el premio Pulitzer en 1981 y fue un auténtico éxito mundial, porque se suicidó con apenas 31 años. Esperamos que las analogías terminen ahí y que ningún científico o científica llegue a cruzar esa tremenda línea roja.

Este articulo se publicó originalmente con el titulo ‘La rebelión de los científicos’ haciendo un guiño al libro de Toole de ‘La conjura de los necios’. Quienes lo leyeron inicialmente nos hicieron ver con acierto que el título dejaba fuera a la mitad de la comunidad científica por razones de género, lo cual no era, ni mucho menos, nuestra intención.

Por Fernando Valladares | 11/04/2022

Fernando Valladares. Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 11 Abril 2022 05:12

Frente al abismo climático

Frente al abismo climático

En medio de una nueva ola de aumento de la explotación de gas y petróleo, favorecido por el aumento de precios y el argumento de blindarse ante la guerra en Ucrania, el panel de expertos sobre cambio climático de la ONU acaba de publicar su tercer informe en un año, cuyo mensaje principal es la urgencia de reducir rápida y drásticamente el uso de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) en todos los rubros. De 2010 a 2019 las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) aumentaron hasta llegar al nivel más alto de emisiones en la historia de la humanidad. De esos gases, el principal es el dióxido de carbono (CO₂), responsable de 64 por ciento de GEI, seguido de de metano con 18 por ciento. Las principales fuentes de GEI son la generación de energía y la emisión de gases relacionados al cambio de uso de suelo y deforestación, seguidos de industria, construcción y transporte (https://tinyurl.com/6cnbzpfs).

Además del cambio de fuentes de energía, plantea la urgencia de otras medidas, como cambiar patrones de producción y consumo agroalimentario (sobre todo reducción de producción y consumo industrial de carnes), la restauración de ecosistemas naturales forestales y costeros, cambiar las formas de urbanización y construcción, bajar significativamente el transporte áereo, disminuir los transportes motorizados en general, al tiempo que aumentar los transportes públicos, caminar y usar bicicletas, entre otros. El reporte plantea que el cambio de la demanda de bienes y servicios podría bajar las emisiones globales entre 40 y 70 por ciento en 2050. Reconocen que estos cambios de "estilo de vida" no son aplicables a toda la humanidad, ya que gran parte de la población mundial no tiene satisfechas sus necesidades básicas.

Por primera vez informan sobre la enorme desigualdad en quien genera emisiones de carbono de acuerdo al consumo: el 10 por ciento de la población global con mayor consumo y más emisiones de carbono es responsable de hasta 45 por ciento de las emisiones de GEI, mientras que el 50 por ciento de la población de menor consumo emite hasta 13 por ciento.

La desigualdad global es mucho mayor si se considera en riqueza y se compara con el uno por ciento más acaudalado a nivel global, que según Oxfam es responsable de más del doble de las emisiones del 50 por ciento más pobre del planeta (https://tinyurl.com/info-oxfam).

El grupo intergubernamental de expertos sobre cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés) elabora un informe global de evaluación cada 5-6 años. Se compone de tres grupos de trabajo, el primero sobre la ciencia del clima, el segundo sobre vulnerabilidad, impactos y adaptación al cambio climático y el tercer grupo –que emitió su informe este 4 de abril– es sobre mitigación, es decir, qué medidas tomar frente al cambio climático. Los informes anteriores se publicaron en 2021 e inicios de 2022. Los tres informes y otros temáticos elaborados anteriormente, confluirán en el Sexto Informe Global de Evaluación, previsto para publicarse en septiembre de 2022.

El informe del grupo tres del IPCC afirma, como los anteriores, que sin acciones inmediatas para reducir las emisiones de GEI, se sobrepasará el límite de aumento promedio de la temperatura en más de 1.5 grados en pocos años, lo cual se podría evitar con una reducción de emisiones de 43 por ciento en 2030. El Acuerdo de París sobre cambio climático acordó mantener el aumento de temperatura promedio por debajo de 2 grados en 2100. No obstante, con el ritmo actual de emisiones el aumento sería de 3.2 grados, lo que el IPCC considera "catastrófico".

El informe del grupo tres identifica muchas de las causas y plantea que existen vías posibles para enfrentar el desastre climático, como las mencionadas. Informa que el costo de generar electricidad con energía fotovoltaicas y eólica ha bajado notablemente, al tiempo que su adopción aumenta, aunque actualmente solo provee cerca de 10 por ciento de la electricidad.

Lo malo del informe es que pese a que pone en la mesa muchas causas y problemas y plantea alternativas importantes, en sus conclusiones y escenarios de acción abre la puerta a tecnologías de geoingeniería, a grandes plantaciones y monocultivos, así como al uso de suelos agrícolas y ecosistemas marinos para captación de carbono, todo ello son objetivos buscados por los especuladores de los mercados de carbono.

En geoingeniería, se refieren principalmente a formas de capturar CO₂ después de emitido, lo cual da una excusa para que sigan las emisiones desde sus fuentes. No es la primera vez que el IPCC considera esto, pero es muy preocupante que pese a la gravedad de la situación, siga especulando con tecnologías que ni siquiera está probado que servirían para captar y almacenar carbono y que implican una amplia serie de riesgos ambientales y sociales. El peor riesgo inmediato de esas tecnologías, en su mayoría inexistentes, es que son promovidas por empresas petroleras y otras con altas emisiones de GEI, para justificar seguir aumentando la contaminación, alegando que usarán tecnologías para compensarla. Por este y otros muchos riesgos son tecnologías que se deberían prohibir. Urge en lugar de ello, apoyar el desarrollo de las muchas alternativas social y ambientalmente justas (www.geoengineeringmonitor.org).

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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