Tiburones ballena nadan en el tanque de la Corriente Negra en el Acuario Okinawa Churaumi, Japón. La imagen fue captada en 2013. Foto Ap

La organización internacional, además, alerta en torno al peligro que acecha al dragón de Komodo, en Indonesia

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) informó que 37por ciento de todas las especies de tiburones y rayas se encuentran amenazadas de extinción. Además, alertó del peligro que acecha al mayor lagarto del mundo, el dragón de Komodo, en Indonesia.

La sobrepesca, la degradación o desaparición de sus hábitats naturales y el cambio climático están socavando la supervivencia de tiburones y rayas, se indica en la lista roja de la UICN, que desde 1964 cataloga y ausculta la salud de la biodiversidad del planeta.

La lista roja sirve de alerta para los gobiernos responsables de esa riqueza medioambiental, y de guía para las organizaciones no gubernamentales que la defienden.

El dragón o monstruo de Komodo es un saurio que puede llegar a medir 3 metros y pesar 90 kilogramos. Apenas sobreviven unos mil 400 ejemplares en las costas de Indonesia.

Hay más de 440 especies conocidas de tiburones en los océanos y una gran parte ya está en estado crítico. Algunos ejemplares de especies han dejado de ser detectados hace años.

Otra de las especies en la lista roja es el atún, pero ofrece mejores perspectivas.

De las siete especies de atunes más pescadas, las reservas de cuatro aumentan.

El atún rojo pasó directo de especie "en peligro" a "preocupación menor", una mejoría de tres categorías.

Sin embargo, la organización advierte que "numerosas reservas regionales de atún siguen siendo escasas".

Bruce Collette, presidente del grupo especializado en atunes de la UICN, sostuvo: "Estas evaluaciones son la prueba de que la pesca durable funciona, con beneficios enormes a largo plazo".

La lista roja de la UICN actualizó también el número de especies animales y vegetales que clasifica de forma paciente desde hace más de medio siglo.

De las 138 mil 374 especies clasificadas del planeta están amenazadas 38 mil 543, esto es, 28 por ciento.

La proporción en América Latina es similar.

Los científicos de UICN cuentan con nueve categorías para la lista roja: desde las especies a salvo hasta las que están extintas.

En el Congreso Mundial de la Naturaleza de Marsella, los conservacionistas quisieron, sin embargo, dar señales de esperanza, con la creación de un estatus verde, la otra cara de la moneda, las historias de éxito para salvaguardar la biodiversidad.

Su objetivo será "medir la regeneración de las especies, algo que no se ha hecho hasta ahora" y conocer el impacto de los programas de conservación.

Como la lista roja, el estatus verde tiene nueve categorías.

"Impedir la extinción no es suficiente", destacó en rueda de prensa Molly Grace, coordinadora del grupo de trabajo de la UICN.

El estatus verde arranca con 181 especies evaluadas.

Cóndor californiano

El cóndor californiano, por ejemplo, estaba clasificado como "en peligro crítico" desde los años 1990, pero gracias a programas de reintroducción de especies y a una fuerte protección, ya cuenta con 93 ejemplares adultos. Sin esos esfuerzos habría desaparecido del estado salvaje, indicó la experta.

La UICN, que quiere llegar lo antes posible a la catalogación de al menos 160 mil especies, actualiza al menos dos veces al año su Lista, y los países donde se hallan las más amenazadas saben que esos avisos son como "tarjetas rojas" a su política medioambiental.

"Hay mucha preocupación en el sentido de que si una especie baja un escalón, las inversiones se frenarán", admitió Craig Hilton-Taylor, responsable de la lista roja.

Por eso los Estados miembros de la organización internacional quieren ahora que se ponga en marcha el Estatus Verde.

El trabajo de la UICN, organización de científicos más que de activistas, es de largo alcance. Su estructura, con Estados y organizaciones no gubernamentales presentes por igual, en colegios separados, es muy inusual.

Las decisiones se toman por mayoría simple en cada colegio, lo que significa que debe haber consenso para aprobar una recomendación.

De América Latina sólo seis países tienen representación como tales: Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México, Panamá y Perú. Sin embargo, muchos otros tienen presencia a través de agencias oficiales del medio ambiente.

Desde el viernes, también mediante las organizaciones indígenas, que pasan a tener voz y voto en el congreso. De la veintena de organizaciones de pueblos autóctonos, una quincena proviene de América Latina y el Caribe.

La mitigación del cambio climático debe ser una prioridad para la salud pública

El 9 de agosto, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó su último informe, Climate Change 2021: The Physical Science Basis, la contribución del Grupo de Trabajo I al Sexto Informe de Evaluación. El IPCC cuenta con tres grupos de trabajo: El Grupo de Trabajo I, centrado en la comprensión física más actualizada del sistema climático y el cambio climático; el Grupo de Trabajo II, que detalla los impactos, la adaptación y la vulnerabilidad; y el Grupo de Trabajo III, que se ocupa de la mitigación del cambio climático. Los dos siguientes grupos de trabajo presentarán sus informes en 2022. 30 años después del primer análisis del IPCC, esta último proceso añade precisión y mayor nivel de detalle, con, por ejemplo, nuevas evaluaciones regionales del cambio climático, para informar sobre la evaluación de riesgos y la elaboración de políticas. En particular, el informe eleva la influencia humana en el calentamiento global de forma clara a inequívoca. Su conclusión más importante es que es probable que el mundo alcance el objetivo del Acuerdo de París de 2015 de entre 1 y 5 ºC de calentamiento en los próximos 20 años, pero que aún es posible estabilizarse en 1-5 ºC si se producen reducciones drásticas de las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en las próximas décadas.

Actuar frente a la crisis climática es una prioridad clara, pero aún descuidada, para la salud pública. En la actualidad existe un gran número de trabajos que establecen una clara relación entre el cambio climático y la salud. Los efectos del cambio climático en la salud pueden ser directos –relacionados principalmente con los cambios en la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos (como olas de calor, sequías, incendios, inundaciones o tormentas)– e indirectos, a través de los cambios en los ecosistemas (por ejemplo, las enfermedades transmitidas por el agua y la contaminación atmosférica) y a través de los efectos mediados por los sistemas humanos (como los impactos laborales, la desnutrición, la salud mental, pero también la migración y los conflictos).

Los beneficios colaterales para la salud de la mitigación se han expuesto de forma exhaustiva en informes como el de la Comisión Lancet sobre Salud y Cambio Climático de 2015. La reducción de las emisiones disminuye la contaminación atmosférica y las enfermedades respiratorias; el transporte activo seguro disminuye las lesiones por accidentes de tráfico y puede reducir la incidencia de la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardíacas. Y lo que es más importante, la respuesta al cambio climático puede aportar inmensos beneficios para la salud humana, con un aire más limpio, dietas más sanas, ciudades más habitables, y puede reducir los factores de riesgo de futuras enfermedades infecciosas. Tener en cuenta los beneficios colaterales para la salud pública podría contribuir de forma importante a compensar los costes de las estrategias de mitigación.

La mitigación del cambio climático es también una cuestión de justicia. El cambio climático afecta de forma desproporcionada a los más vulnerables de las sociedades: personas mayores, niños, grupos socioeconómicos desfavorecidos y quienes viven en los países más frágiles.

Según el informe “Lancet Countdown” (“Cuenta Atrás”), las muertes relacionadas con el calor en los ancianos han aumentado en más de un 50% en las últimas dos décadas. Los efectos del calor sobre la capacidad laboral podrían provocar pérdidas de ingresos equivalentes al 4-6% del PIB en algunos países de renta media-baja. El cambio climático amenaza con socavar los últimos 50 años de avances en materia de salud pública. La comunidad de la salud pública tiene un papel crucial que desempeñar para acelerar los avances en la lucha contra el cambio climático.

Aunque la mayoría de los líderes mundiales reconocen las amenazas climáticas para la salud, sus acciones actuales son profundamente insuficientes. Los gobiernos han firmado el Acuerdo de París y han aceptado las conclusiones del último informe del IPCC (el llamado Resumen para Responsables de Políticas – Summary for Policymakers). Sin embargo, dentro de los países del G20 –responsables colectivamente del 80% de las emisiones–, 12 países (China, India, Brasil, Rusia, Sudáfrica, Arabia Saudí, México, Australia, Turquía, Corea del Sur, Indonesia y Japón) no han reforzado sus objetivos de emisiones tal y como pedía el Acuerdo de París, según The Times. Esta falta de compromiso de liderazgo es un mal augurio para la Cumbre del Clima de la ONU COP26, que se celebrará en noviembre de 2021.

Antes de la Cumbre, y junto con la publicación del informe anual “Cuenta Atrás” de The Lancet sobre el clima y la salud, The Lancet Public Health publicará el segundo informe de la “Cuenta Atrás” sobre el clima y la salud para China (el mayor emisor de carbono del mundo y donde vive una quinta parte de la población mundial). La revista también publicará una introducción al proyecto sobre cambio climático y salud en Europa para apoyar a los responsables políticos en sus decisiones.

El Reino Unido será quien presidirá la Cumbre del Clima COP26, posiblemente la última oportunidad para acordar medidas que puedan limitar el calentamiento global a un aumento de 1-5ºC, deberá liderar la revolución de las emisiones netas cero. Existe una oportunidad única para alinear la recuperación global de la COVID-19 con la respuesta al cambio climático para mejorar la salud pública, crear economías sostenibles y proteger el planeta.

18 agosto 2021

Traducción: Viento Sur

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Liberación de un cóndor andino, en Bolivia; un águila leonada, en Etiopía; una real que se alimenta de animales atropellados en Utah, Estados Unidos, y una arpía y su nido, en Panamá.Foto Ap

Nuevo análisis de datos detectó 30% de las 557 especies en esa situación // En México quedan muy pocas águilas reales, sostiene experto de la UNAM

 

A pesar de algunas historias de éxito de conservación de alto perfil, como el dramático regreso de las poblaciones de águilas calvas en América del Norte, las aves rapaces están en declive en el mundo.

Un nuevo análisis de datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y BirdLife International encontró que 30 por ciento de las 557 especies de rapaces en el mundo se consideran casi amenazadas, vulnerables o en peligro de extinción o crítico; 18 están en peligro crítico de extinción, incluyendo el águila filipina, el buitre encapuchado y el autillo de Annobon, encontraron los investigadores.

Otras especies están en peligro de extinguirse localmente en regiones específicas, lo que significa que es posible que ya no tengan roles críticos como principales depredadores en esos ecosistemas, señaló Gerardo Ceballos, especialista en aves del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México y coautor de un estudio publicado en la revista Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

"El águila real es el ave nacional de México, pero nos quedan muy pocas", destacó. Un censo de 2016 estimó que sólo habían unas 100 parejas reproductoras en el país.

Las águilas arpías alguna vez estuvieron muy extendidas por el sur de México y América Central y del Sur, pero la tala y quema de árboles ha reducido drásticamente su alcance.

De las aves de presa amenazadas que están activas principalmente durante el día, incluida la mayoría de los halcones, águilas y buitres, 54 por ciento estaba disminuyendo en población, según halló el estudio. Lo mismo ocurrió con 47 por ciento de las aves rapaces nocturnas en riesgo, como los búhos.

Eso significa que "los factores que causan el declive no han sido remediados" y esas especies necesitan atención inmediata, sostuvo Jeff Johnson, biólogo de la Universidad del Norte de Texas, que no participó en el estudio.

Pérdida de hábitat, cambio climático y tóxicos

A escala mundial, las mayores amenazas para estas aves son la pérdida de hábitat, el cambio climático y las sustancias tóxicas, señaló Evan Buechley, investigador asociado del Centro Smithsoniano de Aves Migratorias y de la organización sin fines de lucro HawkWatch International que no participó en el estudio.

El insecticida DDT adelgazó las cáscaras de los huevos y diezmó las poblaciones de águilas calvas en América del Norte, lo que llevó a su prohibición en Estados Unidos en 1972. Sin embargo, Buechley explicó que persisten otras amenazas, incluidos los pesticidas para roedores, el plomo en las balas y perdigones de los cazadores. Muchas aves rapaces se alimentan de roedores y animales muertos.

El cóndor andino está disminuyendo debido a la exposición a pesticidas, plomo y otras sustancias tóxicas, indicó Sergio Lambertucci, biólogo de la Universidad Nacional del Comahue en Argentina.

El uso generalizado de un fármaco antinflamatorio en el ganado provocó la rápida disminución de los buitres en el sur de Asia. Las aves murieron después de comer cadáveres, lo que redujo la población de algunas especies 95 por ciento en las décadas pasadas.

En el este de Asia, muchas especies de rapaces son migrantes de larga distancia: se reproducen en el norte de China, Mongolia o Rusia y viajan por la costa este china para pasar los veranos en el sudeste asiático o India.

"Ciertas áreas de la costa verán de 30 a 40 especies durante el pico de migración", resaltó Yang Liu, ecologista de la Universidad Sun Yat-Sen en Guangzhou, que no participó en el estudio.

Sin embargo, el este de China es también la parte más poblada y urbana del país, con fuertes presiones de desarrollo. "Es importante proteger los lugares que son cuellos de botella para la migración, por los que pasan miles de aves", precisó.

De los 4 mil 200 sitios identificados por los grupos conservacionistas como críticos para las especies de aves de rapiña en el mundo, la mayoría "están desprotegidos o cubiertos sólo en parte por áreas protegidas", concluyó Stuart Butchart, científico jefe de BirdLife International en el Reino Unido.

Un estudio de 2018 publicado en la revista Biological Conservation encontró que 52 por ciento de todas las especies de rapaces en el mundo están disminuyendo en población.

Fuentes: Virginia Bolten [Foto: Verónica Raffaelli, @veroraffaph]

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la forma de producción de alimentos en el mundo es responsable de un tercio de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Desde hace varios años el Panel Internacional para el Cambio Climático de la ONU (IPCC) alerta sobre los impactos del Cambio Climático sobre la agricultura. Sin embargo, con el agravamiento del escenario que ahora es de Emergencia Climática con muestras de alcance de puntos de no retorno, es ineludible el debate sobre el impacto de los agrotóxicos sobre el Cambio Climático. Si por un lado la ONU plantea la necesidad de un cambio de dieta que reduzca el consumo de carnes —sobre todo aquellas provenientes de la cría intensiva—, por otro no se puede dejar de discutir los efectos del cambio en el uso del suelo. Porque el suelo, que naturalmente debería ayudar a equilibrar las temperaturas globales, pasó a ser un importante emisor de GEI a raíz del uso intensivo, contaminante y basado en los monocultivos que son sabidamente responsables de la destrucción de la biodiversidad. La tala de bosques y el uso de agrotóxicos va a contramano de las recomendaciones del IPCC. Y si es verdad que un cambio en la alimentación de los seres humanos es urgente, también es verdad que la producción de estos alimentos tiene que ser agroecológica, y no agroquímica. 

La alerta está no solo en los informes de los expertos. Cada día llegan noticias que alrededor del mundo se presentan incendios , inundaciones, olas de calor mortíferas, aumento del número de refugiados climáticos, aumento de la temperatura de los océanos, deshielo de los Polos… Y la lista  podría seguir por más de algunos párrafos. Frente a esta realidad, sin embargo, después de anunciado el Acuerdo de París, el aumento de los GEI han aumentado en lugar de disminuir, y la quema de combustibles fósiles —históricamente la mayor responsable por el actual estado de cosas— tampoco ha disminuido. Las grandes empresas junto a los Estados del Norte Global parecen no preocuparse por el destino de la humanidad. Pareciera que es más fácil pensar el fin del mundo que la pérdida del poder concentrado de las petroleras o del poder de las empresas de agrotóxicos que, no por casualidad, están concentradas en China, Alemania y Estados Unidos. Todas estrellas en el mercado bursátil.

Según la investigadora brasileña Larissa Bombardi, del año 2012 al año 2017, el mercado de agrotóxicos en Brasil —mayor consumidor en el mundo— aumentó un 25%. Larissa argumenta que la especulación en el mercado financiero es el gran impulsor de este incremento tanto por el rol de las materias primas que son negociadas en la Bolsa de Valores como por todo lo que acompaña esta producción para exportación. En Brasil, 7 de los 10 productos más exportados son de origen agropecuario y casi la totalidad de las semillas  utilizadas para la producción son genéticamente modificadas. 

Esa disputa por un mercado que crece a niveles impresionantes parece ser  también la apuesta de Argentina: este país, que es el tercer mayor consumidor de agrotóxicos en el mundo, aprobó el primer caso de trigo transgénico a nivel mundial. El Trigo HB4, que es tolerante al Glufosinato de Amonio —un poderoso agrotóxico que, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, (FAO), es 15 veces más tóxico que el Glifosato— ahora necesita solo de la aprobación de Brasil para su importación. El mercado brasileño es el principal destino del trigo argentino.

Desarrollado para ser resistente a sequías, el Trigo HB4 fue producido por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la Universidad Nacional del Litoral (UNL), como mencionamos en una nota anterior de Virginia Bolten, en convenio con la empresa de capitales nacionales, Bioceres.  

Lejos de lo que sería deseable para hacer frente a la Emergencia Climática, la producción del trigo es defendida como una forma de adaptación al cambio climático. Sin embargo, el uso de un fertilizante químico aún más contaminante que los tradicionales, es una amenaza al clima. Más allá de esto, presupone un aumento de productividad que significará la expansión de la zona agropecuaria y, por ende, un mayor avance sobre los ecosistemas, en un país que ya tiene 75% de su territorio cultivable tomado por el monocultivo y una concentración de tierras que imposibilita el desarrollo de la agricultura familiar y la producción de alimentos agroecológicos, verdaderas soluciones para recuperar los suelos dañados y producir de forma ecológicamente aceptable dados los retos ambientales impuestos para los próximos años. 

Al asumir su preferencia por una agricultura capitalista que prescinde de los y las trabajadoras, reemplazándolas por aviones y drones fumigadores, sacrificando la salud de las personas y de los ecosistemas en favor del negocio de unos pocos que quieren beneficiarse de un modelo de producción considerado obsoleto, que ya es rechazado en gran parte del mundo, el Estado argentino sigue con su política de inserción en la economía globalizada desde un lugar de subordinación. Si la soberanía comienza por la boca, desde Virginia Bolten preguntamos: ¿qué Argentina se está construyendo para las próximas generaciones?

Por | 30/08/2021

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Miércoles, 25 Agosto 2021 06:08

El capitalismo verde es el nuevo negacionismo

El capitalismo verde es el nuevo negacionismo

Los intereses empresariales quieren desviar el movimiento climático hacia soluciones individuales, pero no vamos a salvar el ambiente eliminando bolsas plásticas. Necesitamos un movimiento que acabe con el sistema que está destruyendo el planeta.

No hace tanto tiempo que uno de los mayores obstáculos contra el activismo medioambiental era el negacionismo del cambio climático. En una táctica financiada en secreto por la industria de los combustibles fósiles, la ciencia fue ferozmente desacreditada. La desinformación se disparó constantemente para ocultar una realidad mortal.

Hoy en día, con algunas notables excepciones, son pocos los que niegan las pruebas del cambio climático. Ese debate finalmente está caduco. Incluso el gigante petrolero Shell se ve obligado a admitir la emergencia climática, habiendo implorado recientemente en un tuit que nos planteemos “¿Qué estás dispuesto a hacer para ayudar a frenar las emisiones?”

Pero la resistencia a entender correctamente el cambio climático aún no se ha eliminado del todo. Más bien, nos enfrentamos a una forma diferente y más sutil de negacionismo climático.

Esta perspectiva no niega la ciencia de la emergencia climática: niega su política. Pretende que con un ajuste aquí, o una modificación allá, se puede evitar el desastre. Actúa como si el sistema, tal y como lo conocemos, fuera viable, centrándose en fomentar el uso de bolsas reutilizables. Sugiere que la crisis climática es una cuestión de consumo personal, como si un cambio en las preferencias de consumo pudiera ser suficiente para evitar un desastre climático.

Esta fantasía liberal tiene como compañera otra noción engañosa: el llamado “Antropoceno”. Un concepto cada vez más popular entre académicos y activistas por igual, sugiere que los humanos en general somos responsables del aumento del dióxido de carbono en la atmósfera, pasando de 280 partes por millón en 1750 a 417 en mayo del año pasado.

Este enfoque de la crisis climática es similar al tipo de pensamiento del establishment que culpan de los graves males sociales –como la pobreza y el analfabetismo– a la sociedad en su conjunto, en lugar de al sistema económico que los causa y a la riqueza de unos pocos que tienen poder para mitigarlos.

La tesis del Antropoceno tiene también un lado aún más preocupante. Si se puede culpar a la humanidad colectivamente de los males del planeta, entonces, según la lógica, una reducción de la población mundial podría ser una solución. Fue Thomas Malthus quien en el siglo XVIII llegó a esta conclusión, pero no han faltado neomaltusianos desde entonces.

La tesis maltusiana de la superpoblación fue criticada por Marx y Engels, que la calificaron de “difamación del género humano”. Para los socialistas, Malthus había culpado erróneamente a la humanidad de un sinfín de problemas que en realidad se derivaban de un sistema social. Si las cosas se produjeran y distribuyeran en función de las necesidades humanas y no del crecimiento capitalista, y si la tecnología se dirigiera a los mismos fines, no habría razón para que la humanidad no viviera en armonía con el planeta.

Las pruebas respaldan esta tesis. Un informe redactado por el Carbon Disclosure Project en 2017 mostró que 100 empresas son responsables del 71% de las emisiones mundiales de carbono desde 1988. En 2019, un estudio similar del Climate Accountability Institute descubrió que sólo 20 empresas son responsables del 35% de todas las emisiones de dióxido de carbono y gas metano relacionadas con la energía a escala mundial desde 1965.

En otras palabras, nuestro problema no es el Antropoceno. Nuestro problema es el capitalismo. El colapso ecológico al que nos enfrentamos hoy en día puede atribuirse en su totalidad a la gran acumulación de recursos planetarios por parte de una élite minoritaria, que nos está conduciendo hacia el cambio climático a través de su codicia. El capitalismo es un sistema de alta concentración de poder. Y ya sea como consumidores individuales –con sus jets privados y su consumo excesivo y exuberante– o como capitalistas en la economía internacional –forzando una mayor extracción de petróleo y gas o llevando la producción a lugares más baratos y contaminantes–, la clase dominante tiene un impacto enormemente desproporcionado en nuestro clima.

En una sociedad de clases, los deseos de una ínfima minoría tienen prioridad sobre la supervivencia de todos, ya que el capitalismo nos condena a una acumulación infinita. Tanto los capitalistas como los trabajadores están bajo la égida del mercado: vender o perecer. El capital, como decía Marx, es “valor autovalorizante”: la riqueza se ve obligada a generar más riqueza.

Mientras destruimos el suelo que pisamos y anunciamos el aumento de las cifras del PIB en nuestro planeta finito, el orden social actual se asemeja a un culto a la muerte. La peculiaridad del capitalismo es que es un sistema tanto de poder de clase como de dominación universal , y ambos impulsos lo hacen doblemente tóxico para el medio ambiente.

Cada vez es más popular la tesis de que el capitalismo como sistema, y no la humanidad como especie, es el responsable de la crisis medioambiental. El libro Fossil Capital, del sueco Andreas Malm, explora el papel que desempeñó en esta dinámica el uso de la máquina de vapor durante la Revolución Industrial inglesa, argumentando que la lógica del capital –y especialmente su deseo de subordinar a la fuerza de trabajo– fue crucial para el surgimiento de tecnologías que contribuirían al cambio climático.

Jason Moore, historiador y sociólogo medioambiental de la Universidad de Binghamton, va más allá. Afirma que no estamos atravesando el Antropoceno sino el Capitaloceno, señalando que la mayor parte de las emisiones globales provienen de la producción, algo sobre lo que la mayoría de la población tiene poco o ningún control. En nuestras economías, los medios de producción siguen estando realmente en manos de la empresa privada, en manos de los capitalistas.

Una vez que el problema se atribuye al capitalismo, las soluciones son mucho más evidentes. Si el capitalismo significa poder de clase y búsqueda incesante de beneficios, el socialismo debe significar poder democrático y producción según las necesidades. Estas dos cosas deberían ser nuestro norte en la lucha contra el cambio climático.

Apuntar al consumo absurdo e innecesario de la clase capitalista sería un primer paso. El objetivo principal, sugiere Moore, debería ser conseguir el control colectivo de los medios de producción, una forma de garantizar que lo que se produzca hoy no sólo sea lo más rentable, sino lo mejor para la sociedad y el planeta en su conjunto.

Piensa en los beneficios que esto podría aportar. En lugar de pasarnos la vida encadenados a nuestro trabajo, podríamos tener un control democrático y planificar nuestros recursos y nuestro trabajo. Podríamos establecer objetivos climáticos y alcanzarlos al mismo tiempo que garantizamos el aumento del nivel de vida de la mayoría de la población, mediante la redistribución de la riqueza, la organización eficaz de la producción y también, simplemente, más tiempo libre.

Y las políticas de bienestar climático podrían tener beneficios aún más amplios. Hay muchos hogares que necesitan el uso de aislamiento térmico, paneles solares y turbinas eólicas. Podríamos formar a toda una generación de trabajadores para empleos verdes, para que ayuden a arreglar el clima en lugar de contaminarlo más. Los Estados pueden hacerlo, pero sólo si toman la riqueza de los capitalistas y la utilizan para fines comunes y útiles, en lugar de para fines privados y lucrativos.

Esa es la necesidad de un Green New Deal o Nuevo Pacto Ecosocial, cuyo radicalismo no hace más que crecer a medida que se avecina el desastre climático. Sus alternativas no nos ofrecen un futuro: el capitalismo verde, favorecido por el centro liberal, no aborda las tendencias ecológicamente destructivas en el corazón de nuestro sistema. O, peor aún, el ecofascismo: una ideología creciente que pretende aislar a una pequeña minoría occidental de las consecuencias del desastre climático, mientras obliga a la empobrecida población mundial a pagar el precio.

Este programa medioambiental de la extrema derecha arroja luz sobre otro aspecto de nuestra lucha. El capitalismo es un sistema global. Por lo tanto, cualquier resistencia a este sistema debe cruzar las fronteras. Si no, sólo alimentaremos una política medioambiental cada vez más exclusivista, más preocupada por la basura que se tira en las calles de nuestras ciudades que por las inundaciones que podrían desplazar a una de cada siete personas en Bangladesh en 2050.

Las decisiones tomadas en las oficinas empresariales de Londres o Nueva York pueden contaminar los ríos de Bangladesh o destruir los bosques tropicales de Brasil. Un Nuevo Pacto Ecosocial que alimenta los coches eléctricos con baterías de litio extraídas en condiciones insalubres en el Sur global no es suficiente.

Las coaliciones que necesitamos para derrotar al capitalismo fósil ganarán poder uniendo a las víctimas de las inundaciones, desde Alemania hasta Brasil, y a muchas otras en un movimiento ecosocialista que hable en nombre del 99% del mundo a costa de los capitalistas que se benefician de la contaminación, dondequiera que quieran asolar la tierra.

Estos son los primeros principios de un socialismo verde. Queda mucho por hacer para completar los detalles, pero el movimiento de defensa del clima debe empezar por abandonar ciertas ilusiones. Parafraseando una vieja cita, los que no quieren hablar del capitalismo deben callar ante la devastación ecológica.

Lejos de ser un problema, el Antropoceno puede ser una solución: la idea de que la humanidad conduzca su destino colectivamente, haciendo historia deliberadamente a través de las fronteras, en un proyecto común para mejorar las condiciones de vida. Hoy, la exigencia de una planificación democrática que contrarreste la anarquía del mercado y el poder concentrado de los capitalistas es una exigencia nada menos que para nuestra supervivencia.

Por Zarah Sultana | 25/08/2021

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Ilustración de tres especies desaparecidas estudiadas. En primer plano, un unicornio siberiano (Elasmotherium sibiricum) y muy cerca dos ejemplares de Merck (Stephanorhinus kirchbergensis).Foto Europa Press

Equipo de la Universidad de Copenhague analiza el genoma de cinco especies vivas y tres extintas

 

La relación entre las cinco especies de rinocerontes vivas del mundo se remonta a los tiempos de Charles Darwin. Una de las razones por las que ha sido difícil encontrar respuestas es que la mayoría se extinguieron antes del Pleistoceno.

Ahora, investigadores publican un informe en la revista Cell que ha contribuido a rellenar las lagunas en este árbol genealógico al analizar los genomas de las cinco especies vivas junto con los de tres antiguas y extinguidas.

Los resultados muestran que la división más antigua separó los linajes africano y euroasiático hace unos 16 millones de años.

También revelan que, aunque las menguantes poblaciones actuales tienen una menor diversidad genética y más endogamia que en el pasado, los rinocerontes han tenido históricamente bajos niveles de diversidad genética.

"Ahora podemos demostrar que la rama principal en el árbol de la vida de los rinocerontes está entre regiones geográficas, África frente a Eurasia, y no entre los animales que tienen uno o dos cuernos", señala Love Dalén, del Centro de Paleogenética y el Museo Sueco de Historia Natural.

"El segundo hallazgo importante es que todos los rinocerontes, incluso los extintos, tienen una diversidad genética comparativamente baja. Hasta cierto punto, esto significa que la que vemos en los ejemplares actuales, todos en peligro de extinción, es en parte consecuencia de su biología", sostiene.

Mick Westbury, de la Universidad de Copenhague, Dinamarca, añade: "Las ocho especies mostraron, en general, una disminución continua pero lenta del tamaño de la población durante los pasados 2 millones de años, o bien tamaños de población pequeños durante largos periodos. El tamaño de los grupos bajos de forma continua pueden indicar que los rinocerontes en general están adaptados a bajos niveles de diversidad".

Esta noción es coherente con una aparente falta de mutaciones venenosas acumuladas en los rinocerontes en las décadas pasadas.

Westbury afirma que los rinocerontes pueden haber purgado esas mutaciones en los pasados 100 años, lo que les ha permitido mantenerse relativamente sanos, a pesar de la baja diversidad genética.

El nuevo estudio se inspiró en una reunión científica. Dalén y Tom Gilbert, de la Universidad de Copenhague, habían trabajado por separado en diferentes especies de rinocerontes. Se dieron cuenta de que si unían fuerzas, junto con colegas de otras partes del mundo, podrían hacer un estudio comparativo de todos los ejemplares vivos junto con las tres especies que se extinguieron en la última Edad de Hielo.

Había que superar algunos retos, destaca Shanlin Liu, de la Universidad Agrícola de China, en Pekín. “Cuando decidimos reunir todos los datos y realizar un estudio genómico comparativo, también nos enfrentamos al problema de los ‘grandes datos’”, explica.

La información del genoma representaba distintos tipos de datos, en parte debido a la inclusión de ADN moderno y antiguo. El equipo tuvo que desarrollar nuevas herramientas de análisis para tener en cuenta esas diferencias. Los nuevos enfoques y herramientas que desarrollaron pueden aplicarse ahora a estudios en otros grupos taxonómicos.

Dalén dice que los hallazgos son "en parte buenas noticias y en parte no". Parece que los bajos niveles de diversidad genética en los rinocerontes forman parte de su historia a largo plazo y no han provocado un aumento de los problemas de salud relacionados con la endogamia y las mutaciones causantes de enfermedades.

"Ahora sabemos que la baja diversidad que vemos en los individuos contemporáneos puede no ser indicativa de una incapacidad de recuperación, sino de un estado natural del rinoceronte. Podemos orientar mejor los programas de recuperación para que se centren en aumentar el tamaño de la población en lugar de la diversidad genética individual", afirma Westbury.

El equipo espera que los hallazgos sean útiles para seguir estudiando los rinocerontes y su conservación.

Byron Maher Sancho R. Somalo

Los pequeños seres que mantienen la biosfera desaparecen a un ritmo tan poco conocido como frenético. Son la base de multitud de procesos ecosistémicos sin los que la vida desaparecería. El ser humano está detrás de su declive, especialmente con la proliferación de la agricultura industrial intensiva y los productos que esta necesita: los biocidas.

 

Una colmena de Bombus terrestris, el abejorro común, cuesta unos 30 euros en internet. Los humanos los utilizamos para la polinización de cultivos hortofrutícolas en entornos artificiales. Un invernadero de El Ejido, por ejemplo, los necesita. A ellos o a algún tipo de abeja. Se usan sistemáticamente para el cultivo de la mayoría de las hortalizas. Concepción Ornosa, entomóloga de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y especialista en polinizadores, cuenta que ha llegado a encontrarse subespecies italianas en pleno Maresme catalán, “y eso es porque los habían utilizado para polinizar cultivos”. El negocio no debe de ir mal. Se venden cada vez más, según asegura Theo Oberhuber, coordinador de proyectos de Ecologistas en Acción. Como explica, “en el cultivo bajo plástico no cuentan con polinizadores silvestres. O esa función se realiza a mano, con un pincel, o se tienen que comprar”.

Mientras la caja de abejorros llega vía mensajero a El Ejido, un agricultor castellano esparce insecticida con su tractor en campos de Valladolid. La llegada de la llamada revolución verde, en la segunda mitad del siglo XX, trajo consigo un mayor rendimiento agrícola, pero implicó el uso de técnicas y productos para que el vegetal produjese más, y más rápido, sin amenazas ni plagas. A los fertilizantes se les suman los biocidas: herbicidas, fungicidas e insecticidas. Y estos afectan al resto de otros habitantes del campo.

Los más mayores pueden atestiguar que en las siete horas en coche que existen entre el campo vallisoletano y el invernadero almeriense hay algo que ya no ocurre. Antes, faros y parabrisas quedaban impregnados de los cuerpos de gran cantidad de insectos que fallecían por el impacto contra los coches. Hoy, la cantidad es tan pequeña que a menudo no hay que usar ni el agua del limpiaparabrisas.

Apocalipsis micro

Se comparta este último hecho o no, las matemáticas siempre mandan. Un 41% de los insectos está amenazado y podría extinguirse en cuestión de décadas debido a las “dramáticas tasas de disminución de poblaciones”, con un tercio del total en “grave peligro de extinción”. No es que lo diga un estudio en concreto, lo dice el trabajo, publicado en la revista Biological Conservation en 2019, que revisa otros 73 informes sobre la reducción de biomasa de insectos.

Francisco Sánchez-Bayo, ecólogo asentado en la Universidad de Sídney (Australia), es uno de los dos responsables del mencionado informe, un documento que apuntaló las últimas dudas sobre la extinción masiva de insectos actual. “Nuestro estudio es una revisión de todo lo que se ha publicado en los últimos 20 años sobre su declive”. Habla de que aún hay una importante falta de datos en muchos grupos, pero otros se conocen muy bien, especialmente los más visibles, como las mariposas o los escarabajos. Son los que han estudiado, comparando las poblaciones actuales con las de hace medio siglo. Y los resultados son duros: se han dado disminuciones de poblaciones “del 50% o más” en varias especies de mariposas o polillas. En términos humanos, sería el apocalipsis.

La crisis de los insectos se enmarca en la llamada sexta extinción, que engloba a todo el reino animal y vegetal y tiene en la pérdida de ecosistemas, la contaminación, las especies invasoras y el cambio climático sus principales causas. Todas, claro, se concentran en una: la actividad humana.

La crisis es global y las cifras, aterradoras. Entre 1970 y 2016, las poblaciones de especies de vertebrados han disminuido una media del 68%, según señala el informePlaneta Vivo 2020, de WWF. Pero en el reino de los insectos, lo es aún más: “Los insectos tienen una tasa de extinción ocho veces mayor que mamíferos, aves y reptiles”, señala Oberhuber.  Los ejemplos están por doquier. En Alemania, un estudio publicado en la revista científica PLOS alertaba de disminuciones del 75% de la biomasa total de insectos voladores de las áreas protegidas del país. Se había producido en tan solo 27 años, entre 1989 y 2016.

Otra investigación, en este caso firmada por la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas, habla de importantes reducciones de las poblaciones de abejas y mariposas en el continente europeo. Del 37% y el 31%, respectivamente. Como expone la entomóloga de la UCM, “un 46% de las especies de abejorros en Europa están amenazadas”.

Si se quieren ejemplos más cercanos, en el caso español no se puede decir que no se hubiese lanzado la alarma hace tiempo. En 2013, una investigación alertaba de la pérdida para siempre de siete de las 73 especies de la reserva natural de El Regajal-Mar de Antígola, con otras 27 en grave declive. Y en los Pirineos, nueve de las 37 especies de abejorros ya han desaparecido, según investigaciones en las que ha participado la propia Ornosa. En relación a los polinizadores ibéricos, “se estima que el 40% está en peligro de extinción”, señala Oberhuber.

Excrementos perennes

La humanidad no es consciente de lo que es un mundo sin insectos. La entomóloga califica de “inimaginable”un planeta sin ellos. De la desaparición de miles de especies de plantas por la falta de polinizadores a un mundo cubierto de mierda —en el sentido literal de la palabra—, la pérdida de fertilidad del suelo o la extinción de los predadores de los insectos. “Sin ellos, el mundo estaría cubierto de excrementos, porquería, animales muertos y muchas más cosas”, explica el entomólogo de la Universidad de Sídney.

El reciclado de los ecosistemas y la degradación del material orgánico son labores fundamentales de los insectos. Los animales muertos son devorados por ellos tras los carroñeros. Moscas y escarabajos se alimentan de heces y animales en descomposición. Si el ecosistema está sano, no se produce un reciclado como el de Ecoembes: este es total. Su papel como descomponedores fertiliza además los suelos, consumiendo y digiriendo hongos, así como materia vegetal y animal, para descomponerla en sustancias que enriquecen el suelo y proveen de alimento a las plantas.

Otro de sus papeles fundamentales es la polinización. “La mayor parte de las plantas con flores son polinizadas por insectos”, explica Ornosa. Y en su gran mayoría, esta función la realizan las abejas. No hablamos solo de la abeja de la miel. “Se calcula que hay 17.000 especies de abejas —cuatro veces más que mamíferos—, y la melífera es solo una”, continúa la especialista.

Si bien en este grupo de insectos se cuelan algunas mariposas, escarabajos y algunos animales más, incluidos algunos murciélagos, son las abejas las responsables de entre el 90 y el 95% de la polinización. “Tienen unas características morfológicas distintas al resto de animales que les sirven para recolectar néctar y llevarlo a sus nido”, explica la entomóloga, lo que incluye “unos cestitos especiales que las hacen absolutamente únicas”.

Por supuesto, los agricultores se benefician de ellas, ya que la mayoría de los cultivos dependen de los polinizadores. Como explica el especialista de Ecologistas en Acción, “sin ellos no vas a poder comer manzanas o se van a encarecer muchísimo porque dependerán de una polinización artificial o a mano, con su coste”.

La base de la cadena

“No nos damos cuenta de que son fundamentales para los ecosistemas”, cuenta Sánchez-Bayo. Desde las antípodas enumera las cadenas tróficas que se romperían: el 60% de los pájaros depende de los insectos porque son su alimento. A ello hay que sumarle, entre otros grupos, sapos, lagartos y la mitad de los peces del planeta, con larvas de insectos como alimento. “Incluso mamíferos: erizos, osos hormigueros, murciélagos… Eliminarlos supone que todos estos animales desaparezcan”.

Es algo que ya está pasando. Un estudio publicado en Nature asociaba directamente el uso de pesticidas neonicotinoides con el declive de las aves en Holanda. Es una cadena que ni siquiera alcanzamos a imaginar dónde acaba, y es global. Como señala Ornosa, “no hay red ecológica donde los insectos no estén representados en todos los niveles”.

Las causas de este desastre son conocidas. Solo el 2% de los insectos tienen efectos ‘negativos’ para el ser humano, pero la búsqueda de su eliminación abarca mucho más. Yolanda Picó, química e investigadora de la Universitat de València y especialista en toxicidad de los biocidas, explica que, en general, estas sustancias son compuestos diseñados para eliminar seres vivos. Sin embargo, “digamos que no son tan selectivos y, si eliminan a un insecto, probablemente eliminen también toda una serie de insectos beneficiosos”.

Desde Sídney, Francisco Sánchez-Bayo pone el foco en que un nueve de cada diez biocidas no son un problema, pero el restante 10% “se utiliza de continuo y en todas partes: las compañías los promueven y dan incentivos a los agricultores para quelos sigan usando”. De hecho, cada año es peor. “Los insectos crean resistencias y hay que añadir cada vez más sustancias”, explica Picó, quien no comparte el dictamen del entomólogo sobre ese 10%: “El problema está en todos, se han diseñado para eso”.

La especialista asegura, sin embargo, que se ha mejorado mucho en la Unión Europea. “Hace unos años se hizo un cribado de todos los pesticidas que se utilizaban para eliminar los más tóxicos y se prohibieron muchos”. Es el caso de la atrazina o muchos neonicotinoides, sustancias que afectan al sistema nervioso central, causando parálisis en el animal.

Tóxicos y lobbies

La concienciación sobre la desaparición de las abejas llevó a que en 2013 la UE comenzara a limitar neonicotinoides como la clotianidina, el imidacloprid y el tiametoxams, insecticidas utilizados en 140 tipos de cosechas por todo el mundo, ampliando su prohibición en 2018 a todo cultivo al aire libre. Sin embargo, en junio el Parlamento Europeo aprobó una resolución que pedía una nueva evaluación científica y consideraba que la evaluación del riesgo del imidacloprid había sido “deficiente”.

“En principio, la legislación es estricta y se sigue, pero cuando más dinero tienes más capacidad tienes para realizar estudios y para presentarlos de una manera adecuada, y ahí existe una cierta capacidad de lobby [de la industria]”, apunta la química.

El Europarlamento también recordaba que varios estudios habían catalogado el imidacloprid “como una sustancia tóxica para la reproducción y un alterador endocrino que puede afectar negativamente al corazón, el riñón, la tiroides y el cerebro y puede provocar síntomas neurológicos, como insuficiencia respiratoria y la muerte”. Precisamente, ese mismo mes tenía lugar un debate sobre la propuesta de utilizarlo para acabar con los parásitos de los salmones en las piscifactorías de Gran Bretaña. “Habrán hecho estudios y las compañías dijeron que no era peligroso para los peces porque tenía solo cierto nivel de toxicidad. Pero claro, en el agua no solo están los salmones”, añade Sánchez-Bayo.

Las dos grandes amenazas, para Theo Oberhuber, están ligadas a la actividad agraria. Además de los biocidas, señala los cambios de uso del suelo y la continua pérdida de hábitats por la expansión agrícola, que deja sin su espacio a insectos que han evolucionado para adaptarse a medios concretos. “La agricultura, con las famosas concentraciones parcelarias, se ha ido intensificando y ha supuesto la destrucción de hábitats de muchas especies”. Por su parte, Sánchez-Bayo añade que “la agricultura intensiva supone la deforestación de bosques originales y zonas arbustivas”, remarcando que la tala masiva para macroexplotaciones intensivas en países como Brasil, Indonesia o varias naciones tropicales africanas supone la causa fundamental en el ecocidio de los insectos en dichos lugares.

Además, junto a las especies invasoras transportadas por el ser humano, que desequilibran los ecosistemas, el cambio climático se suma al cóctel, favoreciendo la proliferación de algunas “especies plaga”. “En los bosques, en concreto, se ha demostrado que les afecta mucho la falta de humedad. Con el calentamiento se evapora del suelo y muchas de las larvas que viven allí mueren”, explica a El Salto el entomólogo.

Modelo agrario

Hecho el diagnóstico, faltan soluciones. Theo Oberhuber incide en la necesidad de cambiar el modelo agrario y favorecer una transición a una agricultura más ecológica, que limite al máximo el uso de fitosanitarios: “Hay que explicar a los agricultores que, en el fondo, son prisioneros de esos productos porque cada vez tienen que echar más”, dice, algo que también ocurre con los fertilizantes.

Picó, por su parte, insiste en aplicar mejor los productos, un mayor control de las sustancias permitidas y el uso de sustancias más dirigidas a una plaga en concreto y que sean menos tóxicas para el resto. “Hay productos muy prometedores, pero están en una fase experimental o no se han generalizado entre los agricultores”, apunta. El cumplimiento y la ampliación de normativas que mejoren la situación, tales como no fumigar en periodos de floración, también son claves para la investigadora.

Incidiendo en que lo principal es controlar el uso de biocidas y promover una agricultura más sostenible, Ornosa habla de restaurar la flora autóctona. “No hay que quitar las malas hierbas de las ciudades, que en realidad no lo son, sino que son la flora autóctona; hay cantidad de seres que las utilizan”.

Sánchez-Bayo, por su parte, apuesta por el control integrado de plagas, como se conoce al uso de métodos naturales para prevenirlas. “Hay que utilizar las especies naturales depredadoras de estos insectos, así como los parásitos, para controlar las plagas”, afirma. “Son cosas que se conocen bastante bien en muchos casos, pero hay que implementarlas”.

Existen además soluciones más simples. Como plantea Oberhuber, “hay cosas superfáciles; por ejemplo, en los años 60 las cunetas y los terrenos cercanos a las carreteras eran silvestres y una zona con una altísima densidad de plantas silvestres. Al final son muchas hectáreas, y todo eso ha desaparecido”. Es una solución que se está implantando en Alemania.  

También en el entorno urbano hay opciones, como la iniciativa holandesa de plantar especies silvestres sobre las marquesinas de autobús. Favorecer especies autóctonas en la jardinería de las ciudades en vez de plantas ajenas al medio en concreto, “algo que además cuenta con un presupuesto importante”, recuerda Oberhuber, ayudaría asimismo a incrementar la biomasa de insectos de pueblos y ciudades. Y volviendo al campo, la implantación de zonas arbustivas o silvestres en los lindes de los cultivos sería un paso de gigante, explica.

Por último, Francisco Sánchez Bayo lanza un mensaje: “Somos consumidores y como tal tenemos que exigir que los productos que compramos utilizan el mínimo de pesticidas”. Ahora, a trabajar.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

21 ago 2021 06:00

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Fuentes: La marea climática [Foto: El océano Pacífico en Huntington Beach, California. LUCY NICHOLSON/REUTERS]

«Mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar», escribe Ian Urbina.

Durante siglos la humanidad ha visto el océano como una metáfora del infinito. La suposición era –y, francamente, sigue siendo para mucha gente– que la enormidad del mar viene acompañada de una capacidad ilimitada para absorber y metabolizarlo todo. Esta inmensidad es lo que confiere al océano un potencial de deidad. Y, más concretamente, es también lo que ha proporcionado a los humanos a lo largo de los años la licencia para verter prácticamente cualquier cosa en alta mar. Petróleo, aguas residuales, cadáveres, efluvios químicos, basura, artefactos militares e incluso superestructuras marinas, como plataformas petrolíferas, pueden desaparecer en el océano, como si fueran tragados por un agujero negro, para no volver a ser vistos. 

Los barcos liberan intencionadamente en los océanos más aceite de motor y lodo que el derramado en los accidentes de Deepwater Horizon y Exxon Valdez juntos. Emiten enormes cantidades de ciertos contaminantes atmosféricos, mucho más que todos los coches del mundo. La pesca comercial, en gran medida ilegal, ha saqueado con tanta eficacia los recursos marinos que la población mundial de peces depredadores ha disminuido en dos tercios. Al mismo tiempo, desde la Revolución Industrial se ha permitido a las empresas terrestres verter carbono en el aire de forma gratuita, y aproximadamente una cuarta parte de ese carbono es absorbido por los océanos. El coste oculto de este vertido para el público es lo que ahora llamamos la crisis climática. 

Como pulmones del planeta, los océanos producen y filtran la mitad del oxígeno que respiramos. Pero nuestro hábito de fumar nos ha alcanzado y esos pulmones están fallando. En formas grandes, pequeñas y sorprendentes, la sobrepesca es un motor del cambio climático. Por ejemplo, dado que las ballenas son enormes sumideros de carbono, el último siglo de caza de ballenas equivale a la quema de más de veintiocho millones de hectáreas de bosque.

Con el aumento de las temperaturas globales, los niveles de oxígeno disuelto en el océano se han disparado. Cuando las precipitaciones atraviesan la tierra y terminan en lagos o mares, arrastran aguas residuales, fertilizantes, detergentes y microplásticos en su camino hacia los océanos del mundo. Esta escorrentía de nutrientes alimenta el crecimiento excesivo de algas y microbios, empeorando los cerca de 500 lugares de aguas costeras clasificados como «zonas muertas» o áreas con tan poco oxígeno que la mayoría de la vida marina no puede sobrevivir. La mayor de ellas es más grande que Escocia. 

El panorama actual de la crisis climática apenas tiene en cuenta el océano, a pesar de que cubre dos tercios de la superficie terrestre. Por ejemplo, los acuerdos sobre el cambio climático, como el Acuerdo de París, han adoptado el objetivo de limitar las temperaturas globales a menos de 2 °C por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, ¿qué significa ese ambicioso objetivo para la vida marina? Si las temperaturas globales aumentan 1,5 °C, solo sobrevivirán entre el 10 y el 30% de los arrecifes de coral, lo que disminuirá el hábitat de aproximadamente una cuarta parte de todas las especies oceánicas, por no mencionar el impacto en la protección de las tormentas costeras, la seguridad alimentaria y laboral, y las perspectivas biomédicas

Pero el mayor problema es éste: mientras la mayor parte de la atención de la crisis climática se centra en tierra firme, muchas de las mejores soluciones están en alta mar. Un coro cada vez más numeroso de investigadores marinos pide a los gobiernos que «reserven» las costas del mundo, una táctica de conservación que consiste en restaurar los hábitats para que la naturaleza pueda revivir. Los océanos albergan tres tipos de ecosistemas costeros –manglares, marismas y praderas marinas– que en conjunto absorben más carbono que todos los bosques del planeta. Si se refuerzan, estos biosistemas oceánicos podrían frenar drásticamente la crisis.

Por supuesto, este enfoque solo funciona si la protección de estos hábitats en un lugar no da permiso tácito para que se destruyan más rápidamente en otros lugares. El riesgo más grave de cualquier enfoque destinado a mejorar el cambio climático es que, si tiene éxito, podría proporcionar a las industrias de combustibles fósiles y otras industrias intensivas en carbono una excusa para eludir sus compromisos de reducción de emisiones y mantener su actividad como siempre. La recuperación de los océanos requerirá controles más estrictos de actividades destructivas como la pesca de arrastre, el dragado y la minería y perforación en alta mar, que diezman el lecho marino y liberan el carbono almacenado en la columna de agua. 

El océano también se ha convertido en un laboratorio para algunas de las formas más prometedoras y arriesgadas de geoingeniería. Un grupo de científicos espera poder retener el carbono atmosférico utilizando un tipo de arena especialmente diseñada a partir de una abundante roca volcánica, conocida por los joyeros como peridoto. Depositándola en el 2% de las costas del mundo se capturaría el 100% del total de las emisiones anuales de carbono. Otro grupo de ingenieros ha desarrollado una máquina llamada reactor de flujo que aspira al agua de mar y, mediante una carga eléctrica, la alcaliniza, provocando, de forma similar a la formación de conchas marinas, que el dióxido de carbono reaccione con el magnesio y el calcio del agua de mar, produciendo piedra caliza y magnesita. Entonces el agua sale limpia, desprovista de su dióxido de carbono, y capaz de absorber más. Entre las ideas más atrevidas pero controvertidas están la fertilización oceánica, que consiste en verter grandes cantidades de gránulos de hierro en el océano para fomentar la proliferación de algas que capturan carbono, o el aclaramiento de nubes marinas, que busca rociar una fina niebla de agua de mar en las nubes para que la sal las haga más brillantes y reflejen mejor el calor del sol.

La energía eólica marina puede producir más de 7.000 teravatios hora al año de energía limpia sólo en Estados Unidos. Esto es aproximadamente el doble de la cantidad de electricidad utilizada en Estados Unidos en 2014. Los buques de carga y los transbordadores de pasajeros emiten casi el 3% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, incluido el carbono negro. Descarbonizar la flota marítima mundial equivaldría aproximadamente a reducir todas las emisiones de carbono de Alemania.

Los océanos son un lugar de trabajo bullicioso donde más de 50 millones de personas se ganan la vida. Casi la mitad de la población mundial vive actualmente a menos de cien millas del mar. Y sin embargo, la mayoría de las personas, con ocupaciones sedentarias y estilos de vida sin salida al mar, conciben este espacio como un desierto líquido que sobrevuelan ocasionalmente, un lienzo de azules más claros y más oscuros. Mientras tanto, la lamentable falta de gobernanza en alta mar ha dado lugar a un interior distópico en el que operan impunemente una galería de pícaros de esclavistas marítimos, piratas de la pesca, recobradores, traficantes de armas, vertederos de petróleo y vigilantes conservacionistas. Los países disponen de una vasta y desaprovechada jurisdicción para actuar en este ámbito relativamente ignorado. La mitad del territorio de Estados Unidos, por ejemplo, está bajo el agua. Pero la misma perspectiva que hace que el océano esté fuera de la ley ha creado nuestro peor punto ciego en la crisis climática.

Quizás sea hora de pensar en los océanos de una manera radicalmente nueva. Sin duda, ya no son algo que damos por sentado, un cubo de basura sin fondo, un recurso que se autoabastece eternamente y que utilizamos para llenar nuestros estómagos o llenar nuestras carteras. Tal vez los océanos sean un vasto hábitat que deberíamos dejar en paz. Mejor aún, ¿y si los océanos son nuestra gracia salvadora de última hora, o un lugar donde encontrar respuestas, más una biblioteca que una tienda de alimentos? Tal vez al ayudarlos a florecer, veamos que los océanos no son sólo una víctima de la crisis climática, sino una gran parte de su solución. 

 

Por Ian Urbina | 20/08/2021

Ian Urbina es periodista y director de The Outlaw Ocean Project, una organización periodística sin ánimo de lucro con sede en Washington DC que se centra en los problemas medioambientales y de derechos humanos en el mar a nivel mundial.

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Los datos sobre el efecto del cambio climático aún son limitados. La imagen fue captada en Chapultepec. Foto Carlos Ramos Mamahua

La destrucción del hábitat, la gestión de la tierra y el uso de pesticidas provocan la disminución de esas especies, destaca estudio

Desaparición de hábitats y uso de pesticidas están provocando la pérdida de especies polinizadoras en el mundo, lo que supone una amenaza para los servicios ecosistémicos que proporcionan alimentos.

Así lo afirmó un grupo internacional de expertos, dirigido por la Universidad de Cambridge, que ha utilizado las pruebas disponibles para crear el primer índice de riesgo planetario de las causas y efectos de la drástica disminución de los polinizadores en seis regiones del orbe.

Las abejas, mariposas, avispas, escarabajos, murciélagos, moscas y colibríes que distribuyen el polen, vital para la reproducción de más de 75 por ciento de los cultivos alimentarios y las plantas con flor –incluidos el café, la canola y la mayoría de las frutas–, disminuyen visiblemente en el mundo, pero se sabe poco de las consecuencias para las poblaciones humanas.

"Lo que ocurra con los polinizadores podría tener enormes repercusiones para la humanidad. Estas pequeñas criaturas desempeñan un papel fundamental en los ecosistemas del mundo, incluidos muchos de los que los humanos y otros animales dependen para alimentarse. Si desaparecen, podemos estar en graves problemas", aseguró Lynn Dicks, del Departamento de Zoología de Cambridge

Ella reunió a un equipo de 20 científicos y representantes indígenas para intentar una evaluación inicial de los factores que impulsan y los riesgos de esa disminución.

Según el estudio, publicado en Nature Ecology & Evolution, las tres causas principales de la pérdida de polinizadores son la destrucción del hábitat, seguida de la gestión de la tierra –principalmente el pastoreo, los fertilizantes y el monocultivo– y el uso generalizado de pesticidas. El efecto del cambio climático ocupa el cuarto lugar, aunque los datos son limitados.

Déficit en los cultivos

Tal vez el mayor peligro directo para el humano en todas las regiones sea el "déficit de polinización de los cultivos": la disminución de la cantidad y la calidad de las cosechas de alimentos y biocombustibles. Los expertos calificaron la amenaza de "inestabilidad" del rendimiento de los cultivos como grave o alta en dos tercios del planeta –desde África hasta América Latina–.

"Los cultivos que dependen de los polinizadores fluctúan más en su rendimiento que, por ejemplo, los cereales. Los fenómenos climáticos cada vez más inusuales, como las lluvias y temperaturas extremas, ya los están afectando. La pérdida de polinizadores añade inestabilidad: es lo último que la gente necesita", señaló Docks.

Un informe de 2016 al que contribuyó la investigadora sugirió que se ha producido un aumento de hasta 300 por ciento en la producción de alimentos dependientes de los polinizadores en el pasado medio siglo, con un valor de mercado anual que puede llegar a unos 489 mil millones de euros.

La reducción de la diversidad de especies se consideró un riesgo global de primer orden para el ser humano, que no sólo pone en peligro la seguridad alimentaria, sino que supone una pérdida de "valor estético y cultural". Estas especies han sido emblemas de la naturaleza durante milenios, argumentan los expertos, y se presta muy poca atención a cómo su disminución afecta al bienestar de las personas.

"Los polinizadores han sido fuentes de inspiración para el arte, la música, la literatura y la tecnología desde los albores de la historia de la humanidad. Las principales religiones tienen pasajes sagrados sobre las abejas. Cuando la tragedia golpeó Manchester en 2017, la gente recurrió a ellas como símbolo de fuerza comunitaria", recordó.

"Los polinizadores suelen ser los representantes más inmediatos del mundo natural en nuestra vida cotidiana", sostuvo.

Los investigadores recuerdan que "estamos en medio de una crisis de desaparición de especies, pero para mucha gente eso es intangible. Tal vez los polinizadores sean el medidor de la extinción masiva".

Lago Mead, en Arizona, EE.UU./John Locher / AP

 

Las autoridades anunciaron una reducción obligatoria en el suministro del líquido a millones de personas, en medio de fuertes sequías en la cuenca baja del río Colorado.

 

Funcionarios federales de EE.UU. declararon una grave escasez de agua en el lago Mead, el embalse más grande del país, que provee a decenas de millones de residentes de varios estados de la unión y también del norte de México, en medio de una sequía histórica en la región.

La Oficina de Reclamación de EE. UU. señaló este lunes en un comunicado que se trata de la primera escasez de "nivel 1" en la cuenca baja del río Colorado, lo que provocará una reducción obligatoria en el suministro del líquido en 2022. Actualmente el almacenamiento total de agua en el sistema del río Colorado está al 40 % de su capacidad, frente al 49 % de hace un año.

Las proyecciones establecen que a partir del próximo año Arizona recibirá aproximadamente 18 % menos agua de ese origen que en un año normal. Así mismo, la asignación de agua de Nevada se reducirá en cerca de 7 % y la de México en torno a un 5 %.

Con estos cortes, las autoridades buscan garantizar que el embalse, formado en la década de 1930 con la construcción de la presa Hoover, recupere su nivel como para seguir generando energía eléctrica.

Efectos del cambio climático

"Estamos viendo los efectos del cambio climático en la cuenca del río Colorado, a través de sequías prolongadas, temperaturas extremas, incendios forestales expansivos y, en algunos lugares, inundaciones y deslizamientos de tierra. Y ahora es el momento de tomar medidas para responder a todo ello", declaró la subsecretaria de Agua y Ciencia, Tanya Trujillo.

Los niveles de agua en el lago Mead y el lago Powell, los dos embalses más grandes del río Colorado, han estado cayendo durante años, incluso más rápido de lo previsto por los expertos. Las temperaturas abrasadoras y la menor cantidad de nieve que se derrite en primavera han reducido el caudal de los afluentes que se originan en las Montañas Rocosas, recoge AP.

En 2019, como parte de un plan de contingencia para hacer frente a la sequía, México, junto con los estados de Arizona, Nevada y California, acordaron ceder partes de su agua para mantener los niveles del lago Mead. Sin embargo, las medidas voluntarias no fueron suficientes para evitar la declaración de escasez.

El fenómeno afectará principalmente a los agricultores del estado de Arizona. Y eventualmente los habitantes de las grandes ciudades, e incluso actividades industriales, podrían verse afectados por la escasez. Dado que es probable que los patrones climáticos empeoren, los expertos creen que el embalse posiblemente nunca vuelva a estar lleno.

Publicado: 17 ago 2021 01:40 GMT

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