Adriana Gómez, Pizarra 3, de la serie “Tapia pisadacolor”, (Cortesía de la autora)

La crisis ambiental tiene muchas formas: incendios, deforestación, riadas, tifones, huracanes, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, por ejemplo; los ritmos de la crisis son crecientes y cada vez más universales. La naturaleza nos habla: debemos poder escucharla. Mejor aún, la naturaleza está viva: emerge, con vitalidad, el organicismo, una experiencia de la vida y la naturaleza que encuentra sus raíces en lo mejor de la humanidad.

 

Recientemente se han presentado acontecimientos sorprendentes: son numerosos. Las temperaturas en Canada alcanzan grados hasta la fecha no padecidas y varios cientos de personas han fallecido. Sucede igual en Estados Unidos, en el llamado Valle de la Muerte donde el fallecimiento de decenas de personas da cuenta de la crudeza del fenómeno. En este mismo país, en el estado de Nevada, hay un reconocimiento tardío pero fáctico: son un desierto: el agua dulce escasea, y todos deberán acostumbrarse a la escasez del agua potable. Por su parte, en California los bosques se incendian y el fenómeno es incontrolable.


En Alemania, en el estado de Renania-Palatinado, se han presentado inundaciones y desbordamiento de ríos que han ocasionado la muerte de cerca de doscientas personas. En Bélgica, el pueblo de Pepinster, en el sur del país, fue totalmente arrasado por riadas, y la población carece de luz y energía, pero son varios los poblados anegados por inundaciones y desbordamientos de ríos.


Estas noticias han atravesado al mundo entero, sencillamente por dos razones: porque se trata de países ricos, y porque jamás se habían presentado en esas regiones del mundo, fenómenos que son relativamente usuales en América Latina, Asia y algunas zonas de África.
Esta clase de noticias se hacen cada vez más frecuentes alrededor del mundo. Todo mientras la pandemia del covid-19 no cesa. La naturaleza nos habla. Nos habla en virus, en inundaciones, en tifones como en el sureste asiático, en huracanes como en el Atlántico, en sequías y en fuegos incontrolables. La naturaleza habla numerosos lenguajes, mientras que los seres humanos sólo hablan uno, en cada caso, y ocasionalmente emergen y se extienden linguas francas.


Una realidad que nos lleva a recordar los cuatro niveles de los fenómenos climáticos y ambientales: cambio climático, calentamiento global, crisis climática y catástrofe climática. Se trata de niveles de complejidad, y por tanto, de niveles en los que nos acercamos a puntos o estados de irreversibilidad. La expresión más crasa y puntual de esta irreversibilidad se denomina: los límites planetarios, identificados por el Instituto Stockohlm en 2008. Los cuatro niveles de crisis tienen una razón clara y contundente: se trata de crisis de origen antropogénico. Esto es, debido a esa pandemia para la biosfera que son los seres humanos. Tal cual.


Origen de una idea y una experiencia


El planeta está vivo; esto es, no hay vida en el planeta. De hecho, el origen de la vida en el planeta fue al mismo tiempo el origen del planeta como un organismo vivo. Quizás, en tiempos recientes, la expresión más puntual de la idea de que la Tierra es un organismo vivo se encuentra en la obra del geólogo suizo Eduard Suess (1831-1914). Posteriormente, es Vladimir Vernadsky, combinando geología, cristalografía, y geoquímica, quien formula en 1926 la idea de la biosfera, esto es, el planeta como un sistema vivo.


Hay ideas, teorías, descubrimientos que, a veces, nacen en el lugar y el momento inapropiados, y deben esperar, como el letargo de las plantas, condiciones mejores para prosperar. Vernadsky desarrolla su obra dos años después de la muerte de Lenin, mientras Stalin sube al poder y empiezan los actos violentos que van a conducir a la imposición del stalinismo en la Unión Soviética. Vernadsky será redescubierto, en la propia Unión Soviética y en Occidente apenas en los años 1960-1970.


En cualquier caso, una cosa queda clara: más vale no hablar de Tierra y de planeta, que son conceptos físicos o fisicalistas, sino, mejor de biosfera, que alude a un organismo vivo. Pues bien, en los años 1960, James Lovelock formula, conjuntamente con la bióloga Lynn Margulis la hipótesis de Gaia, que se desarrolla en los años 1970 como la teoría de Gaia, y finalmente en los años 1980 se afirma como la ciencia de Gaia. El mundo jamás volvería a ser el mismo. Se consolidaba, así, una visión organicista del planeta.


La historia del organicismo aún está por ser escrita. Sin embargo, es evidente que encuentra sus mejores expresiones en la obra de alemanes como Alexander von Humboldt y Johann Goethe, los cuales, sin embargo, están acompañados por otras figuras menos conocidas, como Buffon, Blumenbach, Von Haller, los dos hermanos Humboldt, Purkynje, Hering y Land.


El organicismo se contrapone a la concepción mecanicista y reduccionista de Newton –la cual terminará por ser la vencedora en la modernidad–. Según el organicismo, no existe ninguna división o separación alguna entre los seres humanos y la naturaleza, y ésta debe ser vista como un proceso de trans-formaciones de la forma, en una historia que pone en evidencia que la naturaleza no tiene una forma determinada, y ciertamente no una forma a priori y definida de una vez y para siempre. La naturaleza es una unidad vida en constante despliegue. Spinoza ya había anticipado una idea semejante, ese filósofo judío odiado por católicos, judíos, calvinistas y luteranos por igual, debido justamente a sus ideas de orden panteísta. Todas las cosas son una expresión de una voluntad de vida y de una pulsión de vida, que Spinoza denomina conatus.
En verdad, el antecedente más inmediato del organicismo es el panteísmo, que ulteriormente remite a lo mejor de la tradición pagana y de los pueblos bárbaros, que incluye al hilozoísmo y al panpsiquismo; diversas aproximaciones a un solo y mismo fenómeno: la naturaleza, que incluye entonces no únicamente a la biosfera, es un sistema vivo, o bien que exhibe vida, o bien que exhibe inteligencia.


Todo lo contrario a la idea de un dios único creador tanto como a una tradición mecanicista, determinista y reduccionista.


Pues bien, el organicismo hace su entrada en escena, inicialmente como un actor de reparto y posteriormente como un actor estelar, gracias a autores como von Foerster, von Bertalanffy y G. Bateson; esto es, con el pensamiento sistémico.
Hoy por hoy, la mejor expresión del organicismo lo constituyen las ciencias de la complejidad. Sería un tema largo justificar, señalar los autores y los argumentos en esta dirección.


El organicismo no es ni animismo ni vitalismo


Análisis finos se imponen, aquí. El tema de base es la crisis ambiental de escala global y sistemática de origen antropogénico. Esta crisis ha sido condensada con un diagnóstico serio: asistimos, actualmente, a la sexta extinción masiva. Sin embargo, grave como es la situación, no es determinista y ciertamente no fatalista.


El organicismo encuentra los mejores antecedentes en tres líneas distintas, pero coincidentes: el panpsiquismo, el hilozoísmo y el panteísmo. Las raíces de estas tres experiencias de la naturaleza y la vida conducen directamente al Paleolítico, que constituye el 97 por ciento de la existencia de la especie humana; sin embargo, paradójicamente, es ampliamente desconocido. Por su parte, la historia humana que sí es más conocida constituye apenas en 3 por ciento de esta experiencia, que cubre desde el neolítico hasta el día de hoy, aproximadamente 7000 años. Ignorar el 97 por ciento de algo o alguien es prácticamente desconocerlo todo. En el paleolítico no había un conocimiento de la vida como lo tenemos hoy, pero sí había una experiencia de la vida. Una distinción sutil.


La historia del animismo –esto es, que todas las cosas están animadas– llega, en ciencia, hasta los trabajos de L. Pasteur, quien da al traste con la idea de origen aristotélico de la generación espontánea como explicación sobre el origen de la vida. Sería, a comienzos del siglo XX, específicamente gracias a los trabajos de G. Canguilhem cuando, por su parte, el vitalismo desaparece en el espectro de la ciencia.


El animismo y el vitalismo fueron las últimas expresiones de mala ciencia o de pseudociencia, cuya expresión más reciente fue el holismo; esto es, la idea de que todo está conectado con todo.


El organicismo es la tesis que afirma que la naturaleza es un sistema vivo; de manera puntual, que la biosfera no es, en absoluto un fenómeno físico en el que la vida sobrevenga. Pensar en términos organicistas no es diferente a desarrollar una estructura mental ecológica. Así, un organicismo implica, concomitante y necesariamente, una comprensión en términos de nichos ecológicos, biomas, biología del paisaje, ecosistemas y demás. Así, la biosfera no existe al margen de ni por fuera del ecosistema más inmediato que es el sistema solar.
La historia de los fundamentos científicos del organicismo es exactamente la historia de comprensiones inter, trans o multidisciplinarias, según se prefiera.


Una observación puntual se impone en este punto: el descubrimiento de la vida es un fenómeno muy tardío en la historia de la humanidad, o bien, lo que es equivalente, perfectamente reciente. No sin antecedentes en algunos momentos recientes de la historia, la vida como un problema de investigación aparece apenas a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI.


Economía ecológica y ecología política


Que la crisis ambiental tenga un origen antropogénico comporta aspectos eminentemente políticos. La política tiene que ver con todos los asuntos de la polis, y la polis es un caso particular del oikos. Así las cosas, la ecología se transforma en ecología política y la economía –esto es, el cruce de los temas y problemas entre la polis y el oikos– se transforma, a su vez, igualmente, en economía ecológica. En otras palabras, la crisis climática implica reflexiones y consideraciones que ponen inmediatamente sobre la mesa, a plena luz del día, a las implicaciones y consecuencias de una crítica de la economía política tanto como lectura política de los temas ambientales.


En otras palabras, la política y la economía significan hoy en día una tematización de las formas de vida, los retos para la vida, y el manejo y las relacione con la naturaleza. El Estado, que fue el referente primario y clásico de la política aparece ahora como un instrumento cuya finalidad es el cuidado de la vida en todas sus formas, expresiones y escalas.


Atender a la crisis climática sin tocar nuclearmente la función de producción resulta inocuo e ignorante. De un lado, cualquier pelea que establezca el ser humano con la naturaleza, la lleva perdida. Y, de otra parte, al mismo tiempo, cualquier política, en cualquier sentido, que pretenda superar la crisis ambiental sin modificar la función de producción está condenada al fracaso.


La función de producción es la expresión puntual de una ecuación errónea y que es el fundamento de la humanidad occidental, a saber: el ser humano es una estancia superior y externa a la naturaleza y ésta sólo existe para sus fines y necesidades. Es lo que se expresa, equivocadamente, como recursos naturales. En este sentido, planes, programas y estrategias como los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) tanto como la Carta de la Tierra, están condenadas al fracaso. Se trata de buenas intenciones sin contenido alguno.


Existe una confluencia cada vez mayor entre la economía ecológica y la ecología política. Aunque no sea explícita, la base para su puesta en diálogo recíproco es el organicismo.


Sintomáticamente, el organicismo coincide con el saber de los pueblos tradicionales. En América Latina, por ejemplo, con la sabiduría del pueblo mapuche, el de los pueblos andinos, con el quechua y el aymara, en Colombia con la sabiduría que se decanta en el idioma muisca, en centroamérica con el quiché y la sabiduría maya, por ejemplo. El organicismo sí fue conocido por otros pueblos y culturas y pervive en la mejor tradición de los sabedores, los taitas, los chamanes. Algo que escandaliza a quienes sólo saben de políticas públicas, de Estado y gobernabilidad. Y también algo que escandaliza a la ciencia normal.


Existe un negacionismo doble: tanto el negacionismo a la sabiduría de los pueblos originarios, como el negacionismo de la sabiduría de la naturaleza. Que es cuando se observa una amplia ignorancia con respecto a la antropología, la historia, una parte de la filosofía y, manifiestamente, de lo mejor de la biología y la ecología hoy en día.


Este negacionismo ve los incendios, las inundaciones y las crisis ambientales como fenómenos puntuales, episódicos, y sin significado alguno. No entienden que la naturaleza nos está hablando; y que está empleando diferentes lenguajes, al mismo tiempo, para ver si logramos entenderla. El mensaje, sin embargo, no parece ser demasiado complicado: los seres humanos se olvidaron de vivir bien, de saber vivir y de llevar una vida plena (suma qamaña, sumak kawsay y utz’ kaslemal –en quechua, aymara, y quiché, correspondientemente). Esto es, en otras palabras, se olvidaron de vivir con y del lado de la naturaleza.


Pues bien, la expresión más crasa de esta ignorancia es el neoliberalismo y todo el sistema de libre mercado incluyendo sus aristas éticas, axiológicas, religiosas y culturales.


El futuro inmediato de la crisis climática


La crisis climática seguirá produciéndose sin la menor duda. Ya es un hecho establecido que los polos se están derritiendo, que el calentamiento global es un fenómeno mundial, que los huracanes, tifones, inundaciones, incendios, sequías, lluvias, riadas y demás seguirán teniendo lugar. Las ciudades costeras desaparecerán en el futuro inmediato, en el espacio de veinte a veinticinco años. A partir de la fecha.


El agua tiene memoria, tanto como los bosques y las selvas. La bibliografía al respecto va siendo cada vez más amplia y consolidada, aunque poco estudiada del lado de la ciencia normal. Mientras que la memoria humana es de corto alcance, la memoria de la naturaleza abarca siglos y milenios, por decir lo menos.


La deforestación del Amazonas es terrible. La construcción de presas hidroeléctricas es un crimen contra los ríos y los paisajes. La quema, espontánea o provocada, de bosques y selvas es un auténtico crimen de lesa humanidad. La obsolescencia programada es la perversión máxima de un sistema productivista enfermizo.


El mayor número de crímenes y asesinatos hoy por hoy alrededor del mundo es fundamentalmente contra ecologistas y ambientalistas. Una mirada al mapa de crímenes, sistemáticamente organizados y ejecutados es dramático (cfr. https://ejatlas.org/). La defensa del medioambiente se ha convertido en un asunto agónico. Y es porque la vida ha sido descubierta como un tema inaplazable, en cualquier sentido o acepción de la palabra.


Los temas, sensibles, de equidad, pobreza, impunidad, corrupción, violencia en todas sus expresiones, y la defensa de los derechos humanos son una sola y misma cosa con una comprensión de que la Tierra es un organismo vivo, y que el sistema de libre mercado es crimen sistemático y estratégico contra la naturaleza; y entonces, también contra pueblos, naciones, sociedades y culturas.


Estamos viviendo una profunda crisis climática. Se trata, en otras palabras, de una crisis civilizatoria. Pero mientras que hay una civilización que se hunde inexorablemente, hay otra que emerge, con optimismo, con decisión, con mucha voluntad de vida, en fin, de cara a la naturaleza y viviendo conforme a ella.


En una palabra, el organicismo es la expresión puntual de una experiencia de la vida, que no comienza ni termina en el ser humano. Pero que sabe que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

 

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Las lluvias torrenciales y las sequías seguirán intensificándose, advierte el IPCC. Álvaro Minguito

Durante siete años, el IPCC ha trabajado en el informe presentado hoy, un documento inapelable que apremia a los políticos a tomar decisiones inminentes hacia “reducciones fuertes y sostenidas” de emisiones de carbono.

 

“Las reducciones fuertes y sostenidas de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y otros gases de efecto invernadero limitarían el cambio climático. Si bien los beneficios para la calidad del aire llegarían rápidamente, podrían necesitar de 20 a 30 años para que las temperaturas globales se estabilicen”, concluye el macroinforme elaborado por el Grupo de Trabajo I del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), compuesto enteramente por físicos.

Esta es la “alerta roja” que, tras siete años de trabajo, el IPCC ha lanzado esta mañana, tres meses antes de que tenga lugar la cumbre internacional COP26, que se celebrará en Glasgow (Reino Unido) entre el 1 y 12 de noviembre entre gobiernos, es decir, entre políticos acostumbrados a absorber las presiones de los lobbies económicos pero reacios a asumir las indicaciones de científicos y ser capaces de trabajar a largo plazo.

“Si se redujeran las emisiones netas a cero en 2050, podríamos mantener las temperaturas cerca de 1,5º”, ha asegurado Valérie Masson-Delmotte, coordinadora del Grupo de Trabajo. El IPCC ha trabajado en cinco escenarios posibles: el aumento global de temperatura en un 1,5º (cambio climático asumible, horizonte que hace 20 años formaba parte de los escenarios negativos y ahora ya es el más optimista, dada la situación) y una subida de entre 2 y 5 grados.


El Grupo de Trabajo I no ofrece soluciones ni medidas de mitigación. Describen el pasado, el presente y el futuro de manera aséptica. A la rueda de prensa en streaming han asistido casi 9.000 periodistas de todo el mundo y es previsible que todos los gobiernos del planeta se descarguen el documento e interactúen con el atlas interactivo que han preparado: ¿cuánto afecta el cambio climático a mi región, según distintas variables? ¿Cuántos días se superarán los 35º? ¿Cómo se espera que varíe la precipitación? 

“El cambio climático ya está afectando a cada región de la tierra de múltiples maneras. Y los cambios que experimentamos aumentarán con calentamiento adicional”, ha afirmado Panmao Zhai. Ha habido más inundaciones y olas de calor, y la previsión es que sigan aumentando, junto con las sequías. El informe fulmina el negacionismo dado que considera “inequívoco” que la intervención humana “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, lo que ha conllevado “cambios generalizados y rápidos”.

“La estabilización del clima requerirá reducciones fuertes, rápidas y sostenidas de los gases de efecto invernadero y alcanzar emisiones netas de CO2 cero, así como limitar otros gases de efecto invernadero y contaminantes, especialmente el metano”, señala el IPCC. La industria y el transporte son responsables de la primera parte, la ganadería intensiva, de la segunda. Los cambios iniciados en el hielo y en el océano profundo no cesarán de un día para otro. No hay botón de apagado, y el de encendido hace ya tiempo que se apretó.

El informe proyecta que “en las próximas décadas los cambios climáticos aumentarán en todas las regiones”. Con un grado y medio más de calentamiento global, se incrementarán las olas de calor, las estaciones cálidas serán más largas y las frías, más cortas. Con dos grados de incremento, los extremos de calor alcanzarían con mayor frecuencia la “tolerancia crítica” para la agricultura y la salud.  

El informe publicado hoy asegura que “muchos de los cambios observados en el clima no tienen precedentes en miles, si no en cientos de miles de años, y algunos de los cambios ya están en movimiento, como el aumento continuo del nivel del mar, que será irreversible durante cientos de miles de años”.

Un total de 195 miembros del Grupo de Trabajo I ha firmado este informe en una sesión virtual que se celebró el 26 de julio. 


“A menos que haya reducciones inmediatas, rápidas y a gran escala en las emisiones de gases de efecto invernadero, para limitar el calentamiento a cerca de 1,5º o incluso a 2º, las estimaciones que proporciona este informe estarán fuera de su alcance”, advierte el texto. Considera que la Tierra podría estar sobrecalentada 4,4º en la última mitad de este siglo de seguir con las emisiones actuales. 

Asimismo, confían en que el informe, que “refleja esfuerzos extraordinarios en circunstancias excepcionales”, “proporcione una contribución en las negociaciones y la toma de decisiones sobre el clima”.

La presentación del documento tiene lugar cuando Grecia arde en varios focos de incendios, Alemania ha vivido recientemente sus peores inundaciones en cien años y Canadá, la ola de calor más intensa. Por su parte, en España, el Gobierno y la Generalitat acaban de firmar un acuerdo para ampliar el aeropuerto del Prat, una infraestructura diseñada para intensificar el tráfico aéreo, el medio de transporte que más contamina

Redacción El Salto

9 ago 2021 12:35

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Imagen de un mapa gogal de temperaturas anómalas. Archivo.

 

Nadie está a salvo de lo que se nos viene encima: la crisis climática causada por el calentamiento global causará aumentos en los impactos climáticos cálidos, mientras que habrá disminuciones de los fríos.

 

Un mayor calentamiento global podría provocar que todas las regiones experimenten cada vez "más cambios simultáneos y múltiples" en los factores de impacto climático, según el nuevo informe presentado por el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas.

Estas variaciones en diversos impulsores del impacto climático estarán "más extendidas" si la temperatura planetaria sube a 2 grados centígrados en comparación con un calentamiento global de 1,5 grados e incluso "serían más amplias y/o pronunciadas para niveles de calentamiento más elevados".

El informe revela que en todas las regiones se producirán nuevos aumentos en los factores de impactos climáticos cálidos, mientras que habrá disminuciones de los fríos.

Así, se prevén "nuevos descensos" en el permafrost, la nieve, los glaciares y las capas de hielo, los lagos y el hielo marino del Ártico, unos cambios que "serían mayores o superiores con un calentamiento global de 2 grados que con 1,5 grados".

Lluvias, inundaciones, sequías…

Las intensas precipitaciones y las inundaciones asociadas "se intensificarán y serán más frecuentes" en la mayoría de regiones de África y Asia, América del Norte y Europa con un calentamiento global de 1,5 grados.

Además, se prevé que las sequías agrícolas y ecológicas sean "más habituales y/o graves" en algunas regiones de todos los continentes, salvo en Asia, en comparación con el periodo correspondido entre 1850-1900, así como un aumento de las sequías meteorológicas en algunas regiones.

La investigación recoge que a partir de un calentamiento global de 2 grados, el nivel de confianza y la magnitud del cambio tanto en las sequías como en las precipitaciones fuertes y medias aumentan en comparación con los 1,5 grados.

Por tanto, se prevé que las lluvias intensas y las inundaciones asociadas sean más fuertes y frecuentes en las islas del Pacífico y en numerosas regiones de América del Norte y Europa, así como en algunas regiones de Australasia y América Central y del Sur.

La investigación refleja que varias regiones de África, América del Sur y Europa experimentarán un aumento de la frecuencia y/o la gravedad de las sequías agrícolas y ecológicas, una situación que también podría darse en Australasia, América Central y del Norte y en el Caribe.

Además, un pequeño número de regiones de África, Australasia, Europa y América del Norte se verían afectadas por incrementos de las sequías hidrológicas, mientras que varias regiones sufrirían aumentos o disminuciones de las sequías meteorológicas, con un mayor número de ellas perjudicadas por una intensificación.

Según el informe, las precipitaciones medias aumentarán en todas las regiones polares, del norte de Europa y del norte de América del Norte, en la mayoría de las regiones asiáticas y en dos regiones de América del Sur.

Se prevé que un mayor número de impactos climáticos cálidos cambie en más regiones a partir de 2 grados en comparación con un calentamiento global de 1,5 grados.

Estos cambios específicos de las regiones incluyen la intensificación de los ciclones tropicales y/o tormentas extratropicales, el aumento de las inundaciones fluviales y la reducción de las precipitaciones medias, así como el aumento de la aridez y de los incendios.

El nivel del mar

El aumento medio regional del nivel del mar es "muy probable y prácticamente seguro" que continúe a lo largo del siglo XXI, salvo en unas pocas regiones con "importantes tasas de elevación geológica del terreno".

Aproximadamente dos tercios del litoral mundial poseen una previsión de aumento del nivel del mar relativo regional dentro del ±20% del incremento medio mundial.

Ante una subida relativa del nivel marítimo, se prevé que los fenómenos extremos del nivel del mar que se producían una vez por siglo en el pasado reciente tengan lugar al menos anualmente en más de la mitad de las ubicaciones de los mareógrafos en 2100.

De este modo, la subida relativa del nivel del mar contribuye a aumentar la frecuencia y la gravedad de las inundaciones costeras en zonas bajas y a la erosión costera en la mayoría de las costas arenosas.

Las megalópolis, en riesgo

Las urbes intensifican el calentamiento inducido por el hombre a nivel local y una mayor urbanización junto con una mayor frecuencia de temperaturas extremas aumentará la gravedad de las olas de calor.

La urbanización también incrementa las precipitaciones medias y fuertes sobre las ciudades y/o a favor del viento y la intensidad de la escorrentía resultante.

En las ciudades costeras, la combinación de eventos extremos del nivel del mar más frecuentes y los episodios intensos de lluvia/caudal harán más probables las inundaciones.

Ginebra (Suiza)

09/08/2021 10:55

EFE

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Extractivism

Aunque desde Moncloa y la Unión Europea el coche eléctrico se presenta como la gran alternativa de movilidad en la llamada ‘Transición verde y energética’, perpetúa la geopolítica colonialista, supone una gran huella ecológica y acentuará las desigualdades sociales

 

Los automóviles de combustión tienen los días contados. El año 2035 es la fecha que ha marcado en rojo la Unión Europea (UE) para conseguir la “sostenibilidad” en el transporte. A partir de entonces, los coches nuevos deberán tener cero emisiones de dióxido de carbono. Dicho de otra manera, sólo podrán ser eléctricos o de pila de combustible de hidrógeno.

La Comisión Europea (CE) detalla que sus planes responden a la necesidad de una “transición hacia una movilidad más verde”. De hecho, la transición energética ya ocupa una posición determinante en la agenda política europea. Se estima que para el año 2030 la reducción de emisiones incrementará en un 50%. Una agenda que, lejos de querer cumplir únicamente objetivos para paliar la emergencia climática, responde a varias causas e intereses.

“El cambio climático nunca ha importado, no nos engañemos; la verdadera razón por la cual hablamos de transición energética es la escasez de petróleo”, afirma Antonio Turiel al otro lado del teléfono. Es científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), habla claro y contundente y no deja títere con cabeza a la hora de apuntar las causas y falacias de las políticas verdes. Lleva años alertando de ello en su blog The Oil Crash. Según explica, el peak oil o el ritmo máximo de producción de petróleo mundial se alcanzó en 2018, momento a partir del cual la oferta comenzará a caer por debajo de la demanda aumentando el precio. Prueba de ello, dice, es que las inversiones de las compañías petroleras en búsqueda de yacimientos se han reducido en un 60% en los últimos años, en el caso de Repsol hasta en un 90%. “Cada vez queda menos petróleo barato en el mundo, en los próximos años podemos tener una reducción de la producción drástica, que ya se está notando en la falta de abastecimiento y encarecimiento del plástico”, explica Turiel.

En este contexto, la transición energética impregna las decisiones políticas de las próximas décadas pretendiendo un proceso de sustitución de la energía fósil por alternativas renovables y “limpias”. Un momento histórico y clave en el ámbito económico, donde las oportunidades de inversión se multiplican. La llamada transición energética y ecológica es un caramelo para el capital en un momento de recesión y crisis sanitaria. “El Pacto Verde Europeo es la esperanza de Europa de tener un liderazgo global, siendo la primera en llevar a cabo unas reformas verdes que sirvan para reforzar su modelo económico”, explica Alfons Pérez, ingeniero técnico, investigador y activista del Observatori del Deute de la Globalització (ODG) en su estudio Pactos verdes en tiempos de pandemias. Es el objetivo de los fondos Next Generation; implantar tecnologías verdes y digitales mediante una gran inyección de dinero público. Fondos públicos recaudados a base de deuda y que deberán devolverse mediante reformas dictadas desde Bruselas durante los próximos años.

Dinero público para salvar la automoción

Entre otros proyectos que están por venir, el Gobierno español acaba de aprobar el llamado Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica (PERTE), con el fin de impulsar el coche eléctrico y conectado y cumplir así los requerimientos de Bruselas sobre las emisiones de carbono que también contempla la Ley de Cambio Climático. Se financiará con 4.300 millones de dinero público de los fondos europeos Next Generation durante los próximos dos años acompañado de una inversión privada de 19.700 millones de euros.

 “El PERTE no es un plan de movilidad sostenible, es un documento en clave económica” señala Pérez, “más que una transición es una transacción”. Luis González Reyes es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción. También lo ve claro: “Moncloa está simulando una especie de transición ecológica sin tocar en absoluto las empresas responsables de la situación ambiental”. Paradójicamente, automovilísticas como BMW, Volkswagen, Audi y Porsche han sido sancionadas por Bruselas por oponerse al desarrollo de tecnología para reducir emisiones. Todas apuestan ahora por el coche eléctrico.

El eterno paradigma del crecimiento

No es de extrañar que el Gobierno de Sánchez esté ansioso por avivar el sector automovilístico: el Estado español es el segundo país productor de coches de la UE y el noveno del mundo; el 80% de los vehículos producidos se exportan y aporta entorno al 11% del PIB. Un vector importante donde están implicados más de 300.000 trabajadores directos y otros dos millones en la industria auxiliar. La automoción está en crisis y se espera que reflote protagonizando el llamado ‘Plan de Recuperación’.

El objetivo del PERTE es conseguir que en 2023 haya 250.000 vehículos eléctricos matriculados y entre 80.000 y 11.000 puntos de recarga en todo el Estado. Además, se quieren impulsar la fabricación de sistemas de recarga o de microchips para reducir la dependencia en el suministro de estas piezas esenciales para la electrónica y cuya escasez ha producido ya paradas notables en las fábricas. Según Pedro Sánchez, mediante este plan se podría disparar la aportación de la automoción al PIB hasta un 15% en 2030. En plena pandemia, el baremo de desarrollo se sigue fijando en el PIB.

Una cuestión estructural que va más allá de la economía en términos generales y que afecta individualmente a miles de personas. “Tenemos un sistema que necesita crecer de manera enloquecida para mantener unos puestos de trabajo que nos permitan satisfacer las necesidades básicas, necesitamos crear empleos a costa de lo que sea para tener una vida medianamente digna porque hemos perdido la capacidad de autonomía”, es la lectura que hace González.

 “Nuevamente vemos un desvío cuantioso de fondos públicos para manos privadas”, critica y añade que el sector del automóvil no se podrá rescatar por una razón obvia pero que pocos se atreven a señalar: “la movilidad masiva se ha acabado y no va a poder volver”. La sustitución del coche de combustión por uno eléctrico, además de ser insostenible en el contexto de la crisis climática, choca con los límites biofísicos del planeta; “no va a haber coches eléctricos para todo el mundo porque es físicamente imposible producirlos”-afirma Turiel con rotundidad- “y quienes lo proponen saben perfectamente que no es un modelo generalizable”. González pone la guinda a la previsión del futuro próximo en consecuencia: “el coche eléctrico estará al alcance de muy pocas manos y redundará aún más la diferencia de clase”.

Extractivismo “verde”, el oxímoron

“Estamos hablando de transformar un sector que quiere seguir creciendo sin tener en cuenta los límites biofísicos del planeta ni el impacto que supondrá en los territorios” critica Alfons Pérez. Aquí es donde entran en juego las llamadas tierras raras, materiales como el litio, el cobalto o el níquel se constituyen como referentes indispensables para la transición energética. Unos materiales finitos y críticos; la demanda para la estrategia europea de transición verde y digital para el año 2050 multiplica por niveles imposibles las reservas existentes conocidas. ”Este es el único modelo por el que se ha apostado y es inviable, pero la naturaleza no negocia”, alerta Turiel. “En un momento dado, comenzarán a interrumpirse suministros, habrá problemas asociados a la falta de abastecimiento de materiales, etc”, añade.

No es el único problema. El interés por el litio y otros minerales para la fabricación de las baterías de los coches eléctricos y para la transición digital aumenta de la misma manera que las políticas extractivistas. Pedro Sánchez presumía en su plan para la España 2050 de que el Estado tiene “uno de los depósitos de litio más grandes del continente”, refiriéndose a mina de Cañaveral en Extremadura. Su futura explotación ya ha sido objeto de debate y polémica, ha suscitado protestas multitudinarias y se ha comprobado que no será suficiente para cubrir la demanda necesaria.

Esto se traduce en nuevas políticas neocoloniales de extracción masiva de minerales en el Sur global con unos costes irreversibles: gasto de energía para su extracción, altos niveles de emisiones de carbono, deterioro del territorio, aumento de los conflictos, desplazamientos forzados, trabajo infantil y otras violaciones de derechos humanos; en definitiva, seguirán agravando las diferencias entre el Norte y el Sur global: “¿Quién se va a responsabilizar de todos los impactos socioambientales? Tenemos que abrir el debate sobre el grado de responsabilidad que tenemos, no podemos ignorarlo“ apunta Pérez.

Además de los límites materiales y las consecuencias del extractivismo, la huella ecológica que supondría modificar el parque automovilístico, no se ajusta al objetivo de conseguir una movilidad verde y sostenible. González lo aclara: “tendríamos que cambiar toda la red de gasolineras y convertirla en una red de electrolineras, habría que aumentar la producción de electricidad”. No sólo eso, recuperar mediante el reciclaje los cementerios de baterías que supondrá la transición digital tiene un coste energético tan elevado que directamente no llega a plantearse; “falta planificación estratégica” dice Pérez.

Nuevo tablero geopolítico

Las denominadas tierras raras han entrado en juego en el tablero geopolítico, suponiendo cambios de poder y liderazgo y nuevas relaciones internacionales, pero manteniendo la matriz colonial. Al mapa de los recursos donde Oriente Medio es el núcleo de la extracción de hidrocarburos se suman nuevas localizaciones de extracción de materias escasas: el triángulo del litio que se encuentra en América Latina entre Bolivia, Argentina y Chile; la extracción de níquel es mayoritaria en Indonesia y Filipinas; y las mayores reservas de cobalto del mundo están en la República Democrática del Congo, explica Pérez con datos de una investigación de ODG y MedicusMundi Mediterrània..

China se impone como la vanguardia industrial con la mayor concentración de tierras raras; el 62% de la producción mundial actual se extrae de una sola mina, Bayan Obo, que es utilizada como arma geoestratégica. Pero no solo posee tierras raras sino que tiene la capacidad de procesamiento. En cuanto a las tierras raras se concentran sobre todo en China, donde el 62% de la producción mundial actual se extrae de una sola mina, Bayan Obo, que es utilizada como arma geoestratégica. China lidera la vanguardia industrial; no solo posee tierras raras sino que tiene la capacidad de procesamiento. Alfons Pérez analiza así este cambio geoestratégico: “Las regiones clave son el triángulo de extracción en el Sur global, China emerge como potencia para la manufactura y el procesamiento y la economía Europea pasa a ser mera consumidora. El motor alemán deja de ser la base de la exportación y de la construcción Europea y se impone la importación de baterías de China”.

Hacia el decrecimiento inevitable

“Es increíble que lo primero que se proponga desde Moncloa al hablar de una transición en la movilidad sea el coche eléctrico”, denuncia Pérez. Según el investigador de ODG, la jerarquización de las políticas es necesaria. En lugar de destinar esfuerzos y recursos a fortalecer los medios colectivos y planificar la reducción del parque automovilístico, la propuesta de Sánchez responde a intereses privados del sector. “Hablamos de electrificación del transporte pero no impulsamos el tren, se están planteando cosas tan estúpidas como trenes de hidrógeno”, comenta. Un proyecto impulsado por Talgo y Repsol que también se beneficiarán de los fondos Next Generation.

Desde los movimientos ecologistas llevan tiempo avisando de la única salida posible a la crisis socioambiental y económica: el decrecimiento. “Nunca es tarde para evitar el colapso”, dice Turiel, “pero el primer paso es asumir que tienes un problema”. Plantea que la situación es “crítica y urgente”, y que la energía renovable debería canalizarse “para fines más urgentes que no sea producir electricidad”. Porque puntualiza: “la energía renovable no es ilimitada”.

Siguiendo el mismo hilo, González ve necesario “construir economías y vidas más locales y repensar los modelos de movilidad”. Subraya un concepto: la justicia social. “La transición ecológica es una transición del conjunto del orden político, económico y cultural”, explica, “y tiene que venir directamente ligado a procesos de redistribución de la riqueza”. Reducir la movilidad sin una redistribución de la riqueza ahondaría aún más en los patrones desiguales; “podríamos tildarla de transición ecofascista o autoritaria”, matiza.

Ante un contexto de crisis donde se destinarán fondos públicos a la colaboración público-privada aumentando el endeudamiento de la población, Pérez reivindica la necesidad de crear colaboraciones público-comunitarias para construir alternativas reales ante los problemas de las próximas décadas: “Es necesario democratizar estos procesos, hay que disputar esta cuestión en el camino de la transición energética”.

Por,

Álvaro Minguito / Leire Regadas

@leireregadas

8 ago 2021 06:00

Publicado enMedio Ambiente
Un ejemplar se posa en una flor del género hibisco para recolectar polen, en Ludwigsburg, en el sur de Alemania.Foto Afp

La exposición a un cóctel de agroquímicos aumenta netamente la mortalidad de las abejas, una situación subestimada por las autoridades encargadas de regular la comercialización de estos productos, según un estudio publicado ayer.

De acuerdo con la ONU, las abejas polinizan 71 de las 100 especies cultivadas que proporcionan 90 por ciento de los alimentos del mundo. En los años recientes, el colapso de las poblaciones de insectos polinizadores, muy vulnerables a los pesticidas, amenaza la producción agrícola.

El estudio, publicado en la revista Nature, recoge decenas de investigaciones divulgadas durante los pasados 20 años. Se centra en las interacciones entre los agroquímicos, los parásitos y la desnutrición que afectan el comportamiento de las abejas.

Los expertos concluyeron que es probable que el efecto combinado de diferentes pesticidas y otros productos químicos sea mayor que la suma de los efectos de cada uno.

Estas "interacciones entre múltiples agroquímicos aumentan significativamente la mortalidad de las abejas", señaló Harry Siviter, coautor del estudio, de la Universidad de Texas.

"Los reguladores deben considerar las interacciones entre los agroquímicos y otros factores ambientales estresantes antes de autorizar su uso", precisó.

Los resultados del estudio "muestran que el proceso regulatorio no protege a las abejas de las consecuencias indeseables de la exposición a múltiples niveles de los agroquímicos".

Sin cambios, habrá un "continuo declive de las abejas y de los servicios de polinización que brindan, en detrimento de los humanos y la salud de los ecosistemas", añadieron.

En 2019, los científicos advertían ya que casi la mitad de las especies de insectos del mundo están en peligro y un tercio podría extinguirse a finales de siglo.

Notas esquemáticas sobre ecología política

**La ecología política es un campo interdisciplinario de investigación y acción en la que me encuentro trabajando desde hace siete años en el Centro de Estudios de la Ciencia del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). En términos generales, la ecología política es definida como el estudio de las relaciones sociedad-naturaleza con un énfasis en el análisis de los conflictos en torno al acceso, apropiación, uso, gestión y valoración de los llamados “recursos naturales”, “bienes comunes” y/o “comunes” a secas. Nótese que cada uno de estos términos da cuenta de una forma particular de entender la naturaleza dentro de la ecología política.

I

Existe un consenso que ubica el origen de estecampo en el año 1972, con la publicación del artículo Ownership and PoliticalEcology, del antropólogo austriaco estadounidense Eric Wolf. No obstante, en ese trabajo no hay una definición explícita del término, sino que este es usado de forma incidental. En todo caso, a partir de este momento, la posterior formulación conceptual y el desarrollo del campo como tal se nutre del diálogo con otras áreas interdisciplinarias como la economía política, la antropología ecológica, la historia ambiental, la economía ecológica y el ecofeminismo, por nombrar algunas.

Quisiera hacer un énfasis puntual en el ecofeminismo, porque emerge en el mismo momento que la ecología política. Tienen una historia paralela y, sin embargo, en sus inicios la ecología política no consideró el tema del género, ni la situación de las mujeres en los conflictos socioambientales como un asunto de interés. El tema se va a plantear décadas después. Un libro importante al respecto es la obra colectiva FeministPoliticalEcology (Routledge, 1996), editado por DianneRocheleau, Barbara Thomas-Slayter y Esther Wangari.

II

Ahora bien, también es importante resaltar que más allá de una fecha o año en específico (1972), es crucial comprender el contexto epocal amplio en el que surge y se desarrolla la ecología política. Rápidamente, y de forma no exhaustiva, estamos hablando de un mundo en el que ya han ocurrido dos guerras mundiales y que se encuentra envuelto en la llamada guerra fría.Un mundo donde, a partir de 1942, aparece el discurso del desarrollo como idea-fuerza y hoja de ruta institucionalizada y profesionalizada para el sostenimiento de la economía-mundo capitalista. Dentro de ese sostenimiento, el sistema de las Naciones Unidas organiza en Estocolmo, Suecia, la primera cumbre de la tierra (1972) para coordinar esfuerzos en lo que luego el Informe Brundtland (1987) definirá como desarrollo sostenible, una crítica capitalista del capitalismo. Estos son sólo algunos de los muchos eventos que ocurrieron en ese entonces. 

En el contexto epocal al que hago referencia, deben incluirse igualmente los candentes debates que se originaron en las décadas de los 60, 70 y 80 en torno a temáticas como el crecimiento económico y demográfico, la extinción de especies, las consecuencias del desarrollo desenfrenado de la ciencia y la tecnología, el calentamiento global, la necesidad de un cambio en la matriz energética, entre muchos otros temas.Todo este marco ofrece un terreno sobre el cual van echando raíces las preocupaciones del entonces naciente campo de la ecología política.

III

En América Latina y el Caribe, la ecología política surge alrededor de la década de los 70 y 80. No de forma explícita, sino como un conjunto de reflexiones constitutivas del pensamiento ambiental de la región. Por citar un ejemplo, la CEPAL publicó en 1980 dos libros sobre estilos de desarrollo y medio ambiente, donde se compilan trabajos generados en el marco de un proyecto homónimo que llevó a cabo la organización dos años antes.

La ecología política latinoamericana emerge de una situación de triple frontera entre tradiciones disciplinares (sociología, historia geografía, entre otras), el pensamiento crítico de la región y la experiencia de luchas territorializadas, como el caso de la rebelión de las mujeres indígenas Sarayaku en el Ecuador de los 80, contra el extractivismo petrolero en sus territorios y el patriarcado ancestral en sus comunidades.

El origen de esta corriente regional es diferente al caso anglosajón, donde el campo está ubicado principalmente en departamentos de geografía o antropología en universidades de Estados Unidos. También es distinto al caso francés, donde se podría decir que hay una comunidad eclética, con aportes desde diferentes lugares, pero sin un núcleo o punto central, sin una colectividad de “ecologistas políticos”.

El sello distintivo de la ecología política latinoamericana y caribeña es la preeminencia de investigaciones militantes y los esfuerzos por explicitar el lugar de enunciación o desde donde estamos situados y situadas al momento de formular las preguntas de investigación, generar nuestras reflexiones y realizar nuestras propuestas de transformación social o, más bien, socio-ecológica. Esto supone, por un lado, un posicionamiento crítico-ético, ético-político y político-epistémico que está marcado por la experiencia de la colonización; y, por otro lado, resalta el carácter civilizatorio de la crisis ecológica en la que nos encontramos.

IV

Dentro de estas notas esquemáticas sobre la ecología política, agregaría que, aunque hablo en singular, se trata de un campo constitutivamente plural y heterogéneo. De hecho, el ecólogo social uruguayo, Eduardo Gudynas, habla de ecologías políticas, con énfasis en la s, al identificar diversas perspectivas epistemológicas y bases ontológicas. Brevemente, existen ecologías políticas realistas, esencialistas, constructivistas, postestructuralistas o ecologías políticas dualistas y relacionales. Todo ello depende de cómo se concibe la relación sociedad-naturaleza: si se concibe como la interacción de dos entes que existen por fuera de la relación y son mutuamente excluyentes o que están fuertemente entrelazados y sonporque existen en relación. Aquí podemos pensar en la idea de socionaturaleza o naturoculturapropuesta por Donna Haraway para ilustrar ese continuum.

V

Quisiera concluir con una reflexión muy apretada sobre la sostenibilidad o sustentabilidad porque hoy nos encontramos ante un revival del discurso del desarrollo con los 17 objetivos de desarrollo sostenible formulados por las Naciones Unidas. Se habla mucho de sustentabilidad, pero poco del debate en torno a este concepto. La sustentabilidad en tanto término, vocablo y/o hoja de ruta programática, entraña en sí misma un profundo conflicto onto-epistémico. Existen corrientes de sustentabilidad débil, fuerte y súper fuerte que marcanlos alcances y las limitaciones de loque nosotros estemos llamandotransiciones hacia mundos socios-ecológicos. Las corrientes desustentabilidad débil son aquellas quetienden a pensar que el problemaúnicamente es la modificación o larealización de algunos cambios sociotécnicos para mejorar procesosproductivos que impacten menos en elambiente. Esto sobre la base de que es posiblecompatibilizar las políticas deconservación con los programas y planesde crecimiento y desarrollo económico,como sí lo segundo no fueraprecisamente la razón por la cualse toman las primeras medidas. Aquí no hay una mayor reflexión sobreel cortocircuito que genera estasupuesta compatibilidad.

Lasustentabilidad fuerte implica unamirada de conjunto porque no necesariamente ofrece una crítica explícita alcapitalismo.Los 17 objetivos nos ofrecen unamirada de conjunto del problema, pero nonecesariamente nos estáplanteando una hoja de ruta poscapitalista o anticapitalista a lacrisis ecológica y, en todo caso, se limita a decir queno toda la naturaleza puede serreducida a capital natural, pero no secuestionan los fundamentos o las basesde la sobreeconomización de la vida.Incluso, la vida misma, la naturaleza, elambiente, pasa a ser un nicho demercado más en el marco de discursos sobre laconservación, lo verde,loeco-friendlyque generan desigualdadesy asimetrías.

Finalmente, la sustentabilidad superfuerte la concibo desde un sentido transontológico, inspirado en lo que el filósofo boliviano Juan José Baustista proponía dentro de su función crítica de la crítica. La sustentabilidad superfuerte es aquella que nos invita a desplazarnos de una idea o una concepción falocrática de la naturaleza como objeto a ser dominado, conquistado y ultrajado, a una idea de naturaleza como sujeto de derecho, como una entidad con capacidad de agencia política. Aquí se abre todo un horizonte de ruptura radical como en el caso del río Whanganui en Nueva Zelanda u otros casos que, de distintas maneras, y a distintos niveles, se están dando en otras partes del mundo. Todo esto nos invita a continuar aunando esfuerzos en lo que podríamos llamar un programa de investigación amplio sobre transiciones ontológicas y epistemológicas hacia la sustentabilidad o, más bien, hacia las sustentabilidad es porque, de hecho, en esta corriente transontológica, superfuerte, estamos hablando precisamente de un diálogo de saberes, de un diálogo de cosmovisiones. Lo que estamos buscando, en última instancia, son formas de vivir y morir con dignidad.

Marx Gómez Liendo. Sociólogo (Universidad Central de Venezuela), con maestría en Estudios Sociales de la Ciencia (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC). Miembro del Laboratorio de Ecología Política del Centro de Estudios de la Ciencia del IVIC, del equipo editorial de la revista Iberoamérica Social y del Comité de Investigación de la AIS. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

**Este texto es una versión revisada de mi intervención en la mesa de debate organizada por la Asociación Iberoamericana de Sociología (AIS) en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente. El evento fue moderado por María Alejandra Scianca (Argentina) y contó con la participación varios colegas de la región: Ema Beatriz Farias (Uruguay), Gabriel Andrés Ilvay Velásquez (Ecuador) y Alain Castro Alfaro (Colombia). Puede accederse a la grabación del encuentro a través del siguiente enlace: https://youtu.be/0Bytu6TVs-k.

Por Marx José Gómez Liendo | 05/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
Microbios púrpuras, blancos y verdes cubren las rocas en el sumidero de Middle Island del lago Hurón. Foto Ap

Al ralentizar el movimiento de rotación, los días se hicieron más largos y la luz ayudó a que cianobacterias produjeran más de ese elemento respirable, señalan

 

Científicos tienen una nueva idea sobre cómo la Tierra obtuvo su oxígeno: el planeta redujo su velocidad y los días se hicieron más largos.

Un estudio publicado ayer propone y pone a prueba la teoría de que una luz diurna más prolongada y continua hizo que extrañas bacterias produjeran enormes cantidades de oxígeno, haciendo posible la mayor parte de la vida tal como la conocemos.

Un equipo internacional propone que el aumento de la duración del día en la Tierra primitiva –el giro del joven planeta se fue ralentizando de forma gradual con el tiempo, haciendo que los días fueran más largos– puede haber impulsado la cantidad de oxígeno liberado por las cianobacterias fotosintéticas, determinando así el momento de la oxigenación, según publican en Nature Geoscience.

Su conclusión se inspiró en un estudio de las comunidades microbianas actuales que crecen en condiciones extremas en el fondo de un sumidero de Middle Island en el lago Hurón, en Michigan, Estados Unidos, a 30 metros bajo la superficie del agua, la cual en ese sitio es rica en azufre y baja en oxígeno, y las bacterias de colores brillantes que prosperan allí se consideran buenos análogos de los organismos unicelulares que formaban colonias similares a alfombras hace miles de años, cubriendo las superficies del suelo terrestre y marino.

Los científicos sacaron bacterias púrpuras pegajosas del sumidero y manipularon la cantidad de luz que recibían en experimentos de laboratorio. Cuanta más luz continua recibían los microbios, más oxígeno producían.

Uno de los grandes misterios de la ciencia es cómo la Tierra pasó de ser un planeta con un mínimo de oxígeno al aire respirable que tenemos ahora. Desde hace tiempo, los científicos piensan que los microbios, llamados cianobacterias, estaban involucrados, pero no podían determinar qué fue lo que inició el gran evento de oxigenación.

De seis a 24 horas

Los científicos del estudio teorizaron que la lenta rotación de la Tierra, que gradualmente pasó de seis horas a las actuales 24, fue clave para que las cianobacterias generaran una mayor cantidad de aire respirable.

Hace unos 2 mil 400 millones de años había tan poco oxígeno en la atmósfera de la Tierra que apenas podía medirse, por lo que no existía vida animal o vegetal como la que conocemos. En lugar de ello, muchísimos microbios respiraban dióxido de carbono y en el caso de las cianobacterias producían oxígeno en la primera forma de la fotosíntesis.

Al principio no era mucho, pero en apenas 400 millones de años la atmósfera de la Tierra pasó de tener una décima parte de la cantidad de oxígeno que hay ahora, un enorme incremento, señaló la autora principal del estudio, Judith Klatt, bioquímica en el Instituto Max Planck de Alemania. El aumento en los niveles de ese elemento permitió que las plantas y animales evolucionaran, y otros vegetales se unieron para producirlo, añadió.

Pero ¿por qué las bacterias empezaron a producir oxígeno? Ahí es donde entra el oceanógrafo de la Universidad de Michigan, Brian Arbic, quien al escuchar la conferencia de un colega sobre las cianobacterias, se dio cuenta de que el evento de oxigenación coincidió con el momento en el que los días en el planeta se hicieron más largos. La rotación se ralentizó debido a la complicada física de la fricción de la marea y la interacción con la Luna.

Gregory Dick, del Departamento de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente de la Universidad de Michigan, en un comunicado enviado desde la cubierta del R/V Storm, un buque de investigación de la NOAA que transportó a científicos y buzos para recoger muestras desde la ciudad de Alpena, Michigan, hasta el sumidero de Middle Island, señala: Nuestra investigación sugiere que la velocidad a la que gira la Tierra, en otras palabras, la duración del día, puede haber tenido un efecto importante en la pauta y el momento de la oxigenación.

Ulrich Brand: “Dentro del capitalismo no se resuelve la crisis medioambiental”

En su investigación, el politólogo alemán, junto a Markus Wissen, desenmascara, desde una perspectiva crítica e internacionalista, los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso. Cuestiona al llamado "capitalismo verde" y la normalización que implica la invisibilización de los verdaderos obstáculos: "los intereses económicos y políticos". 

La vulnerabilidad de la naturaleza no es una cuestión global abstracta. Más de 100 personas murieron y al menos 1000 están desaparecidas como consecuencias de las inundaciones en Alemania y Bélgica. Las altas temperaturas récord en Canadá (50 grados) y en Estados Unidos han matado a cientos de personas. Hasta Siberia, en el extremo norte de Rusia, sufrió una ola de calor con incendios forestales. La ola de frío polar en Brasil logró algo inédito: niveles cercanos a cero grado y nevadas. “No es simplemente ‘la humanidad’ la que está actuando, sino que la manera como el humano actúa sobre la naturaleza siempre se trasmite dentro de la sociedad, a través de las relaciones de clase y género, así como de raza. El Antropoceno revela el poder humano, pero oculta de dónde proviene y cómo se ejerce ese poder. Para decirlo con Marx y Engels: no la humanidad como concepto abstracto, sino ‘la sociedad burguesa moderna, una sociedad que ha conjurado medios de producción e intercambio tan poderosos, como el hechicero que ya no puede controlar los poderes del inframundo que ha invocado con sus hechizos’”, explican los politólogos alemanes Ulrich Brand y Markus Wissen en Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, publicado por Tinta Limón, con traducción de Silke Trienke.

Modo de vida imperiales un libro que resulta fundamental y está llamado a convertirse en un clásico porque desde una perspectiva crítica e internacionalista, los autores desenmascaran los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso, cuestionan al “capitalismo verde” (revolución pasiva, en términos de Antonio Gramsci, liderada por las fuerzas dominantes) y ensayan una propuesta radical centrada en la transformación de las formas de acumulación y de los modos de vida. El concepto “modo de vida imperial” que proponen Brand y Wissen, refiere a las normas de producción, distribución y de consumo que están profundamente arraigadas en las estructuras y prácticas políticas, económicas y culturales en la cotidianidad de la población del Norte global y cada vez más también en los países emergentes del Sur global. Este concepto de modo de vida sigue la tradición de Gramsci; los politólogos alemanes parten de la idea de que una estructura social contradictoria como la capitalista solo se puede reproducir cuando está arraigada en las prácticas cotidianas y en la racionalidad cotidiana, y por eso se convierte en algo “natural”. El adjetivo “imperial” busca enfatizar en la dimensión global y ecológica de este modo de vida.

La última vez que Brand (Mainau, Alemania, 1967) estuvo en Buenos Aires fue en 2018, cuando presentó el libro Salidas del laberinto capitalista: Decrecimiento y postextractivismo (Tinta Limón), en coautoría con el economista ecuatoriano Alberto Acosta. Desde Viena, donde reside, el politólogo alemán recuerda que vivió en Argentina en 1992, cuando vino a estudiar a la Universidad de Buenos Aires. “Nosotros empezamos a trabajar con el concepto modo de vida imperial no por casualidad en la crisis económica-financiera del 2008, cuando había cierta politización de la crisis ecológica, pero las medidas apuntaban al crecimiento. Entonces queríamos vincular lo cotidiano con la crisis ambiental y la globalización, argumentando que si nos quedamos con las políticas de desarrollo sustentable, las instituciones internacionales, el convenio sobre Cambio Climático, y no vamos a los obstáculos que son los intereses económicos y políticos, hay algo invisibilizado y normalizado en la cotidianidad de la gente, aunque ya tenga cierta consciencia ecológica”, dice Brand, profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena, miembro del Grupo Permanente de Trabajo “Alternativas al Desarrollo” e integrante de la Fundación Rosa Luxemburgo.

-¿En qué sentido el capitalismo “verde” es también el problema?

-En Europa, aún más que en los Estados Unidos, hay una dicotomía muy equivocada, de dos proyectos de desarrollo. Un proyecto es el que niega la crisis climática, el trumpismo, el bolsonarismo, que es antiecologista y muy autoritario; es el business as usual (negocios como siempre). El otro proyecto es muy dinámico ahora en Europa con el European Green New Deal, el programa para la recuperación de 750 mil millones de euros para hacer frente a la postpandemia. Este proyecto se organiza en torno al concepto de economía verde, la modernización ecológica y la lucha contra el cambio climático. Para nosotros el capitalismo verde postula la idea de una renovación del capitalismo, un cambio de su fase fósil sin transformar sus formas sociales, sin cambiar la lógica del crecimiento, la lógica de la acumulación de capital. El capitalismo verde es una trampa; nosotros criticamos las discusiones “progres” que politizan la crisis medioambiental pero sin politizar las relaciones sociales con la naturaleza, las relaciones de clase y las relaciones Norte-Sur.

-¿En qué consiste la trampa del capitalismo verde? ¿En cambiar algo para que nada cambie?

-Sí, es cambiar la base energética hacia un posfosilismo, sin cambiar las lógicas de crecimiento y la acumulación. La desvinculación entre crecimiento, uso de recursos y emisiones es una esperanza del capitalismo verde. Se sabe que si tenemos crecimiento, tenemos más uso de recursos naturales y más emisiones. Es una trampa pensar que puede haber una desvinculación entre el crecimiento y el uso de recursos naturales. Hay que cuestionar el poder del capital fósil y el poder del capital digital, que ahora es tan fuerte. Dentro del capitalismo no vamos a resolver la crisis medioambiental.

-Si dentro del capitalismo no se va a resolver, la pregunta “leninista” sería ¿qué hacer?

-Nuestro argumento contra el capitalismo verde rechaza un dispositivo muy fuerte de la individualización de la responsabilidad: si tú consumes verde, si tú vives bien y te comportas bien, toda esa ola del behaviorismo que advierte que la gente tiene que comportarse bien para que se solucione la crisis medioambiental. Para empezar no hay que caer en la trampa del individualismo, donde la responsabilidad está puesta en los consumidores. La segunda trampa es la tecnológica, que plantea que con la digitalización se van a resolver los problemas. Todos los estudios indican que la digitalización implica un aumento enorme del uso de la energía; requiere más recursos. El cambio se hace a través de un conjunto que llamamos “modo de vida solidario” para reconocer que el capitalismo no lo atraviesa todo; que hay modos de vida solidarios, si pensamos en los pueblos indígenas y las personas que viven en comunidades, aunque tengan claramente una articulación con el capitalismo también. El capitalismo es un modo de producción muy dominante, para muchos muy atractivo, pero hay otros modos de producción. En nuestras sociedades hay un modo de producción público; el Estado tiene sus modos de producción en la salud, la educación, el transporte público, que no se organiza por la ganancia, por la acumulación de capital, sino por otras lógicas. En Chile casi todo ha sido privatizado, pero en Argentina no. No hay que caer tampoco en la trampa que el Estado lo haga todo, pero sí reconocer las diferencias entre una economía orientada al cambio de valor, a la ganancia, o una economía pública, solidaria, que hay que organizar y que vale la pena. Yo vivo en Viena, donde hay una larga tradición del sector público que hay que defender y mejorar. No podemos negar que al final es una lucha feroz por la valorización de capitales, del capital fósil, del capital digital, del capital de salud, el capital de las vacunas, el capital automotriz. Hay un poder tan fuerte de esos capitales que el Estado tiene que contribuir para decir: “el capital no puede organizar el mundo”. La otra opción es una oposición al extractivismo, al crecimiento; el discurso del “buen vivir”, sin romantizarlo, el discurso de tener una vida sana y digna no siempre creciendo, es importante, pero esas prácticas requieren de las condiciones sociales, porque si no existen las condiciones de un buen transporte, un buen sistema de salud, no hay “buen vivir”. Las luchas sociales son más importantes que el comportamiento individual.

-En el campo de las luchas sociales, ¿cuál te parece en este momento la más significativa?

-La respuesta es siempre coyuntural. Te diría que ahora en Europa las luchas de los jóvenes contra el extractivismo, contra la producción del carbón y la expansión de los aeropuertos, contra la construcción de más autopistas. Yo creo que con la victoria de Pedro Castillo en Perú queda claro el efecto de las luchas antiextractivistas. En la Argentina, después de la experiencia de (Mauricio) Macri con un neoliberalismo muy feroz, ¿qué significa que el gobierno de Alberto Fernández se quede en el extractivismo? Si ahora empieza un nuevo ciclo de los commodities, como dice Maristella Svampa, ¿qué significa si en dos o tres años hay ingresos hacia Argentina? ¿Va a la misma trampa que en 2003-2004 con los Kirchner, que no repensaron el modelo económico, sino que aprovecharon para profundizar el extractivismo? ¿Qué significa hoy en la Argentina 2021 reconsiderar el modo de vida imperial? El Pacto Ecosocial en América Latina y el Green New Deal de (Alexandria) Ocasio-Cortez en Estados Unidos son propuestas muy importantes para tener un sector público más fortalecido, asegurar el empleo y cambiar la matriz productiva. Pero si estas propuestas no consideran la otra cara de la moneda, de dónde vienen los recursos, se encaminan a una trampa. Lo que queremos es que se pueda discutir las deficiencias en las propuestas progresistas. El Pacto Ecosocial en América Latina me parece muy interesante, pero qué significa respecto de la dependencia del mercado mundial, de las transnacionales, pero también en la cotidianidad de la clase media argentina, por ejemplo, que quiere vivir como en Estados Unidos o como en Europa, dándole legitimidad al extractivismo.

-Como politólgo integra el movimiento decrecionista. ¿Qué le interesa del decrecionismo como propuesta económica y política?

-Yo sé que en América Latina no se puede usar la semántica del decrecionismo porque no tiene sentido en sociedades con tanta pobreza y con tanta experiencia de que el decrecimiento sea normalmente asociado a la austeridad neoliberal y a que los ricos se vuelven más ricos. Pero la idea principal del decrecimiento es deshacernos del imperativo del crecimiento que implica el extractivismo, que implica el consumismo, la destrucción. Yo sugiero repensar la sociedad argentina sin el imperativo de crecer, sino con otras prioridades: cómo se produce el valor de uso, cómo se produce lo común, cómo se produce la infraestructura pública, cómo produce el sector privado de una manera que no haya sobrexplotación y que no destruya la naturaleza. Este sería el aporte del decrecimiento, que no es decir “qué bien, la economía argentina cayó un 8 por ciento el año pasado por la crisis”. Eso es cambio por desastre. Decrecimiento es cambio por lucha, cambio por un modo de vida atractivo y solidario que permita deshacernos del imperativo de crecimiento y de las relaciones de poder de las grandes corporaciones. Tenemos que repensar toda la economía hacia otro modelo de bienestar que logre superar el capitalismo y el imperativo del crecimiento.

-¿La pandemia nos obligó a repensar la relación que tenemos con la naturaleza, pero no con los modos de producción?

-Es una pregunta interesante. Yo publiqué un artículo el año pasado en el que planteaba que la pandemia nos ofrece posibilidades para aprender y repensar las relaciones con la naturaleza. Pero lo que vimos fue una globalización feroz de las mercancías. En América Latina lo más importante es tener un modelo de bienestar para los ciudadanos de los países de la región y no para contribuir al bienestar de Estados Unidos, Europa y China. Hay que repensar la división internacional del trabajo, que es para América Latina siempre dependencia. Otra cuestión para repensar tiene que ver con la cotidianidad. Las personas con una buena casa, con un buen trabajo y con un buen sueldo que no tenían que salir de sus casas, pudieron aguantar mucho más fácilmente la pandemia que otras personas que tuvieron que salir a trabajar. ¿Qué significa esta división del trabajo al interior de la sociedad entre los que tienen que exponerse cada día a la pandemia y los que pueden trabajar en sus casas?La pandemia nos mostró un estado posneoliberal. La ley incuestionable, a nivel de la Unión Europea, era “los Estados no pueden endeudarse” porque eso significa inflación, pone en riesgo la competitividad, el crecimiento. La pandemia nos mostró que el Estado tiene que tomar el liderazgo. Ahora podemos transferir este aprendizaje a la crisis climática.

-¿Cómo se transfiere ese aprendizaje?

-Los mercados de carbono, los mercados privados, no van a solucionar la crisis ecológica. Necesitamos un Estado fuerte, no autoritario, no un Estado del capital, sino un Estado democrático, transparente, que quiera solucionar la crisis medioambiental. El deseo generalizado de volver a la “normalidad” después de la pandemia significa profundizar el modo de vida imperial con Amazon, con la digitalización, con las compras de las mercancías por Internet. Las personas que compran por Internet no piensan de dónde vienen las mercancías, no piensan en las condiciones laborales de los trabajadores que les llevan las mercancías a sus casas. La cotidianidad en el Norte global, pero también en el Sur, significa que la violencia cotidiana del capitalismo en contra de mucha gente, en contra de la naturaleza, se hace invisible, se normaliza. La pandemia profundizó las desigualdades existentes entre clases, entre géneros y entre Norte-Sur. Las clases medias altas y las oligarquías tienen un acceso directo al modo de vida imperial y quieren mantener ese acceso. Ellos quieren volver a una normalidad que ya antes estaba basada en una desigualdad enorme, sobre todo en el mundo del trabajo. Si la pelea por un nuevo orden mundial empezó, el control del conocimiento, el control de las vacunas ahora con las variantes del virus, va a tener un papel decisivo.

Digitalización y emancipación

-¿Cómo imaginás el futuro inmediato respecto de la pandemia?

-Tenemos todavía dos o tres años más para controlar realmente al virus. Cuándo empiezan las políticas de austeridad y quién paga las cuentas es la gran pregunta. Yo creo que la Unión Europea va a cambiar su estrategia de poner tanta plata en la economía para optar por políticas de austeridad. Esto ya pasó en 2010, en 2011, si nos acordamos de Grecia. La digitalización, que empezó antes de la pandemia, se profundizó de una manera que no podíamos pensar a principios de 2020. La digitalización, que nos permite comunicarnos ahora entre Buenos Aires y Viena, es el poder de Facebook, de Netflix, de Amazon, de Zoom; pero es también una nueva inscripción en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, en nuestras subjetividades, que anda por el celular, por Internet, por Netflix. Va a ser difícil pensar qué significa esta digitalización para una perspectiva emancipatoria. Tenemos una industria cultural como llamaron los filósofos de la escuela de Frankfurt como Adorno tan fuerte que el gran desafió ahora es cómo democratizar la digitalización.

01/08/2021

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Litio, cobalto y tierras raras. La carrera por los recursos pospetróleo

Gracias a su mismo nombre –energía renovable–, podemos imaginar un porvenir no muy lejano en que desaparecerá nuestra dependencia de combustibles no renovables como el petróleo, el gas natural y el carbón. En efecto, el gobierno de Joe Biden ha anunciado que se ha propuesto como objetivo eliminar totalmente la dependencia de EE UU de estos combustibles no renovables para la producción de electricidad de aquí a 2035. Pretende alcanzar este objetivo “desplegando recursos de producción de electricidad sin contaminación por carbono”, principalmente la energía perpetua del viento y del sol.

Visto que otros países emprenden la misma vía, resulta tentador concluir que pronto pasará a ser historia la época en que la competencia en torno a recursos energéticos limitados era una causa recurrente de conflictos. Lamentablemente, esto no es cierto: si el sol y el viento son efectivamente renovables hasta el infinito, los materiales necesarios para convertir estos recursos en electricidad –minerales como el cobalto, el cobre, el litio, el níquel y los elementos de tierras raras, o ETR– son todo menos renovables. Algunos de ellos, de hecho, son mucho más raros que el petróleo, lo que nos hace pensar que los conflictos mundiales en torno a recursos vitales bien podrían no desaparecer en la era de las energías renovables.

Para comprender esta paradoja inesperada, es preciso examinar cómo las energías eólica y solar se transforman en formas utilizables de electricidad y de propulsión. La energía solar se capta en gran parte mediante células fotovoltaicas [paneles solares fotovoltaicos], a menudo instalados en gran número [las huertas solares], mientras que el viento se aprovecha mediante turbinas gigantes que suelen desplegarse en vastos parques eólicos. Para utilizar la electricidad en el transporte, los automóviles y camiones han de estar equipados con baterías perfeccionadas, capaces de mantener una carga a lo largo de grandes distancias. Cada uno de estos equipos utiliza cantidades notables de cobre para transmitir la electricidad, así como una variedad de otros minerales no renovables. Los molinos eólicos, por ejemplo, requieren manganeso, molibdeno, níquel, zinc y tierras raras para sus generadores eléctricos, mientras que los vehículos eléctricos (VE) necesitan cobalto, grafito, litio, manganeso y tierras raras para sus motores y baterías.

Hoy por hoy, dado que la energía eólica y la solar solo representan el 7% de la producción mundial de electricidad y que menos del 1% de todos los vehículos que circulan son eléctricos, la producción de estos minerales es más o menos suficiente para satisfacer la demanda mundial. Claro que si EE UU y otros países optan realmente por un futuro energético verde, tal como plantea del presidente Biden, la demanda de estos minerales crecerá rápidamente y la producción mundial no podrá responder ni de lejos a las necesidades previstas.

Según un estudio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), titulado The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions, la demanda de litio en 2040 podría ser 50 veces superior a la actual, y la de cobalto y grafito 30 veces superior si el mundo se apresura a reemplazar los vehículos que funcionan con petróleo por vehículos eléctricos. Este aumento de la demanda incitará sin duda a la industria a desarrollar nuevas fuentes de abastecimiento de estos minerales, pero las fuentes potenciales son limitadas y su puesta en servicio será costosa y complicada. Es decir, el mundo podrá verse sometido a importantes penurias de materiales críticos. (“Ahora que la transición hacia las energías limpias se acelera a escala mundial –señala siniestramente el informe de la AIE– y que proliferan cada vez más los paneles solares, los molinos eólicos y los vehículos eléctricos, estos mercados de rápido crecimiento de los minerales claves podrían quedar expuestos a la volatilidad de precios, a la influencia geopolítica e incluso a dificultades de aprovisionamiento.”)

Y una complicación añadida: con respecto a algunos materiales más críticos, en particular el litio, el cobalto y los elementos de tierras raras, la producción está muy concentrada en unos pocos países, una realidad que podría dar pie al tipo de conflictos geopolíticos que ya jalonaron la dependencia del mundo con respecto a las grandes fuentes de petróleo. Según la AIE, un único país, la República Democrática de Congo (RDC), suministra actualmente más del 80% del cobalto mundial, y otro –China–, el 70% de los elementos de tierras raras. Asimismo, la producción de litio se concentra en lo esencial en dos países, Argentina y Chile, que representan conjuntamente cerca del 80% de la oferta mundial, mientras que cuatro países –Argentina, Chile, y Perú– suministran la mayor parte de nuestro cobre. Es decir, estas reservas futuras están mucho más concentradas en un número mucho más restringido de países que el petróleo y el gas natural, un dato que hace que los analistas de la AIE se inquieten ante las futuras luchas por el acceso a estos recursos.

Del petróleo al litio: las implicaciones geopolíticas, de la revolución del automóvil eléctrico

Es bien conocido el papel del petróleo en la configuración de la geopolítica mundial. Desde que el petróleo pasó a ser esencial para el transporte mundial –y por tanto para el funcionamiento de la economía mundial–, se ha considerado, por razones evidentes, un recurso estratégico. Puesto que las mayores concentraciones de petróleo se hallan en Oriente Medio, una región históricamente alejada de los principales centros de actividad industrial en Europa y Norteamérica y sujeta regularmente a convulsiones políticas, las principales naciones importadoras trataron durante mucho tiempo de ejercer cierto control sobre la producción y la exportación de petróleo de esta región. Esto dio lugar a un imperialismo de nivel superior sobre los recursos. Comenzó después de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña y las demás potencias europeas se disputaron el control colonial de las zonas petrolíferas de la región del Golfo Pérsico. Esa lucha continuó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando EE UU entró espectacularmente en esta competición.

Para EE UU, garantizar el acceso al petróleo de Oriente Medio pasó a ser una prioridad estratégica tras las crisis del petróleo de 1973 y 1979, la primera causada por un embargo petrolero árabe en represalia por el apoyo de Washington a Israel en la guerra de octubre de aquel año, y la segunda por una interrupción de los suministros provocada por la revolución islámica en Irán. En respuesta a las colas interminables ante las gasolineras de EE UU y a las recesiones subsiguientes, los sucesivos presidentes se comprometieron a proteger las importaciones de petróleo por todos los medios necesarios, incluido el uso de la fuerza armada. Es la postura que llevó al presidente George H. W. Bush [1989-1993] a librar la primera guerra del Golfo contra el Irak de Sadam Husein en 1991 y a su hijo [George W. Bush, 2001-2009] a invadir ese mismo país en 2003.

En 2021, EE UU ya no depende tanto del petróleo de Oriente Medio, dada la amplitud de la explotación mediante la tecnología de fracturación hidráulica de los yacimientos nacionales de esquistos y otras rocas impregnadas de petróleo. Sin embargo, el vínculo entre el consumo de petróleo y los conflictos geopolíticos no ha desaparecido. La mayoría de analistas piensa que el petróleo seguirá aportando una parte importante de la energía mundial en las próximas décadas, lo que no dejará de suscitar luchas políticas y militares en torno a las reservas restantes. Por ejemplo, ya han estallado conflictos en relación con las reservas extraterritoriales en los mares de China Meridional y Oriental. Ciertos analistas predicen también una lucha por el control de los yacimientos petrolíferos y minerales no explotados de la región ártica.

He aquí, por tanto, la cuestión que se plantea: ¿cambiará todo esto el fuerte aumento de usuarios de automóviles eléctricos? La cuota de mercado de los automóviles eléctricos ya aumenta rápidamente y se calcula que alcanzará el 15% de las ventas mundiales en 2030. Las grandes fábricas de automóviles invierten masivamente en este tipo de vehículos, anticipando un fuerte crecimiento de la demanda. En 2020 había en el mundo alrededor de 370 modelos de automóviles eléctricos disponibles en el comercio –lo que supone un aumento del 40% con respecto a 2019–, y los principales fabricantes han anunciado su intención de aportar 450 modelos suplementarios de aquí a 2022. Además, General Motors ha anunciado su intención de suprimir completamente los vehículos de gasolina y gasóleo convencionales de aquí a 2035, mientras que el director general de Volvo ha afirmado que en 2030 la empresa no venderá más que vehículos eléctricos.

Cabe pensar razonablemente que esta evolución no hará más que acelerarse, con profundas consecuencias para el comercio mundial de recursos. Según la AIE, un vehículo eléctrico típico precisa seis veces más insumos minerales que un vehículo clásico que funciona con petróleo. Se trata en particular de cobre para el cableado eléctrico, así como de cobalto, grafito, litio y níquel, necesarios para garantizar las prestaciones, la longevidad y la densidad energética (la energía producida por unidad de peso) de la batería. Además, los elementos de tierras raras serán esenciales para los imanes permanentes instalados en los motores eléctricos.

El litio, componente principal de las baterías de iones de litio, utilizadas en la mayoría de vehículos eléctricos, es el metal más ligero que se conoce. Aunque está presente tanto en los depósitos de arcilla como en minerales compuestos, raramente se da en concentraciones fácilmente explotables, si bien también puede extraerse de la salmuera en regiones como el Salar de Uyuni en Bolivia, la extensión de sal más grande del mundo. Actualmente, alrededor del 58% del litio mundial proviene de Australia, el 20% de Chile, el 11% de China, el 6% de Argentina y en proporciones menores de otros países. Una empresa estadounidense, Lithium Americas, está a punto de iniciar la extracción de cantidades importantes de litio de un yacimiento de arcilla en el norte de Nevada, pero choca con la resistencia de los ganaderos locales y la población indígena, que temen la contaminación de sus reservas de agua.

El cobalto es otro componente clave de las baterías de iones de litio. No es frecuente encontrarlo en yacimientos puros y casi siempre se obtiene como subproducto de la extracción de cobre y níquel. Actualmente se produce casi en su totalidad a partir de la extracción de cobre en la RDC, país caótico asolado por conflictos violentos, principalmente en el llamado cinturón de cobre de la provincia de Katanga, una región que en el pasado había intentado separarse del resto del país y que todavía muestra veleidades secesionistas.

Los elementos de tierras raras engloban un grupo de 17 sustancias metálicas dispersas en la corteza terrestre, pero rara vez se hallan en concentraciones explotables. Varias de ellas son esenciales para las futuras soluciones energéticas verdes, especialmente el disprosio, el lantano, el neodimio y el terbio. Utilizados en aleaciones con otros minerales, contribuyen a perpetuar la magnetización de los motores eléctricos en condiciones de alta temperatura, un requisito clave para los vehículos eléctricos y los aerogeneradores. Actualmente, alrededor del 70% de los elementos de tierras raras provienen de China, tal vez un 12% de Australia y el 8% de EE UU.

Una simple ojeada a la localización de estas concentraciones revela que la transición a la energía verde que plantean el presidente Biden y otros líderes mundiales podría chocar con graves problemas geopolíticos, que no dejan de recordar los que generó en el pasado la dependencia del petróleo. Para empezar, la nación más poderosa del planeta desde el punto de vista militar, EE UU, no puede aprovisionarse más que de pequeñas cantidades de ETR, así como de otros minerales esenciales, como el níquel y el zinc, para las tecnologías verdes avanzadas. Si Australia, una fiel aliada, seguirá siendo sin duda una proveedora importante de algunos de ellos, China, considerada cada vez más como adversaria, es crucial con respecto a los ETR. Congo, uno de los países más devastados del planeta por las guerras, es el principal productor de cobalto. Por tanto, no pensemos ni por un instante que la transición a un futuro basado en las energías renovables será fácil o estará exenta de conflictos.

El choque que viene

Ante la perspectiva de un abastecimiento insuficiente o de la dificultad de acceso a estos materiales críticos, los estrategas de la energía ya reclaman un esfuerzo importante por desarrollar nuevas fuentes de aprovisionamiento en el mayor número de lugares posible. “Hoy, los planes de abastecimiento y de inversión en relación con numerosos minerales críticos están bastante lejos de lo que hace falta para sostener un despliegue acelerado de paneles solares, aerogeneradores y vehículos eléctricos –ha declarado Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE–. Estos riesgos son reales, pero se pueden superar. La respuesta de las autoridades políticas y de las empresas determinará si los minerales decisivos siguen siendo un catalizador esencial para las transiciones energéticas limpias o se convierten en un cuello de botella en el proceso.”

Sin embargo, como Fatih Birol y sus socios de la AIE han señalado con toda claridad, superar los obstáculos que dificultan el aumento de la producción de minerales será todo menos fácil. Para empezar, el lanzamiento de nuevos proyectos mineros puede resultar extraordinariamente costoso y encerrar numerosos riesgos. Las empresas mineras pueden estar dispuestas a invertir miles de millones de dólares en un país como Australia, donde el régimen jurídico es acogedor y donde pueden esperar protección frente a expropiaciones o guerras futuras, pero numerosas fuentes minerales prometedoras se hallan en países como la RDC, Myanmar, Perú y Rusia, donde esas condiciones apenas se dan. Por ejemplo, los disturbios actuales en Myanmar, un importante productor de determinados elementos de tierras raras, ya han suscitado inquietud con respecto a su futura disponibilidad y provocado un alza de los precios.

El descenso de la calidad de los minerales preocupa. Con respecto a los yacimientos mineros, el planeta ha sido objeto de búsquedas sistemáticas, según los casos desde la edad de bronce, y buen número de ellos se descubrieron hace tiempo y se explotan desde entonces. “Estos últimos años, la calidad de los minerales ha seguido disminuyendo con respecto a toda una serie de productos básicos –señala la AIE en su informe sobre los minerales cruciales y las tecnologías verdes–. Por ejemplo, el contenido medio del mineral de cobre en Chile ha disminuido un 30% en los últimos 15 años. La extracción del contenido metálico de minerales de menor contenido requiere más energía, lo que presiona al alza el coste de producción e incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero y el volumen de los residuos”.

Además, la extracción de minerales de formaciones rocosas subterráneas implica a menudo el uso de ácidos y otras sustancias tóxicas y requiere en general grandes cantidades de agua, que resulta contaminada después de su uso. Este problema se ha agravado a raíz de la promulgación de leyes sobre la protección ambiental y de la movilización de las comunidades locales. En numerosas regiones del mundo, como en Nevada en relación con el litio, los renovados esfuerzos de extracción y tratamiento del mineral chocarán con una oposición local cada vez más combativa. Por ejemplo, cuando la empresa australiana Lynas Corporation trató de eludir la legislación ambiental australiana trasladando a Malasia los minerales de su mina de tierras raras de Mount Weld para tratarlos allí, los movimientos locales organizaron una prolongada campaña para impedírselo.

Para Washington, tal vez ningún problema es más espinoso –ya que se trata de la disponibilidad de materiales esenciales para una revolución verde– que el deterioro de sus relaciones con Pekín. Después de todo, China suministra actualmente el 70% de las tierras raras del mundo y dispone de importantes yacimientos de otros minerales esenciales. Además, este país se encarga del refino y tratamiento de numerosos materiales claves que se extraen en otros países. De hecho, en lo tocante al tratamiento de minerales, las cifras son chocantes. China tal vez no produce grandes cantidades de cobalto o de níquel, pero realiza el tratamiento de alrededor del 65% del cobalto y del 35% del níquel que se comercializan en todo el mundo. Si China produce el 11% del litio mundial, dispone de cerca del 60% del litio transformado. Por otro lado, en lo relativo a los elementos de tierras raras, China domina de manera apabullante: no solo suministra el 60% de las materias primas del mundo, sino también cerca del 90% de los ETR transformados.

Simplificando podemos decir que es imposible que EE UU u otros países puedan emprender una transición masiva de los combustibles fósiles a una economía basada en las energías renovables sin cooperar económicamente con China. No cabe duda de que se hará todo lo posible por reducir este grado de dependencia, pero no se ve ninguna perspectiva realista, dentro de un futuro previsible, de eliminar la dependencia de China con respecto a las tierras raras, el litio y otros materiales claves. En otras palabras, si EE UU pasa de una postura algo parecida a la de la guerra fría con respecto a Pekín a otra todavía más hostil, y si emprende nuevos intentos de tipo trumpiano de desacoplar su economía de la de la República Popular, como preconizan numerosos halcones del Congreso, no cabe duda de que el gobierno de Biden tendrá que abandonar sus planes con vistas a un futuro energético verde.

Obviamente, es posible imaginar un futuro en que las naciones comiencen a disputarse las reservas mundiales de minerales esenciales, del mismo modo que en tiempos se disputaron el petróleo. Al mismo tiempo, es perfectamente posible concebir un mundo en el que países como el nuestro abandonan simplemente sus planes de un futuro energético verde por falta de materias primas adecuadas y relanzan las guerras del petróleo del pasado. En un planeta ya de por sí sobrecalentado, esto conduciría a un caos civilizatorio peor que la muerte.

En realidad, Washington y Pekín apenas tienen otra alternativa que colaborar entre ellos y con otros muchos países para acelerar la transición a la energía verde, abriendo nuevas minas e instalaciones de tratamiento de los minerales esenciales, desarrollando sustitutos de los materiales escasos, mejorando las técnicas de explotación minera para reducir los riesgos ambientales y aumentando sustancialmente el reciclado de los minerales vitales de las baterías y otros productos usados. Toda otra alternativa será sin duda un desastre de primer orden, o algo peor.

Por Michael T. Klare

30 julio 2021

Michael T. Klare enseña en el Hampshire Colledge (Massachusetts) y escribe para el semanario The Nation sobre cuestiones relativas a la guerra y la paz

http://alencontre.org/ameriques/amelat/bolivie/lithium-cobalt-et-terres-rares-la-course-aux-ressources-de-lapres-petrole.html

Traducción: viento sur

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Los tratados de libre comercio que privatizan la biodiversidad

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Durante los últimos 30 años, los países industrializados han estado obligando a los gobiernos de los países no industrializados a adoptar leyes que privatizan las semillas, exigiendo que agricultores, campesinas y campesinos paguen por ellas para mantener a las empresas semilleras a flote. Es algo que han logrado principalmente a través de los Tratados de Libre Comercio (TLCs).

Para entender esta tendencia GRAIN ha reunido  un conjunto de datos que muestran exactamente cómo los tratados comerciales negociados por fuera de la Organización Mundial del Comercio (OMC) son utilizados para ir incluso más allá de los estándares globales sobre privatización de semillas, animales y microorganismos, e imponer así nuevas formas de privatización.

Monopolios sobre la vida

El acuerdo de 1994 de la OMC Sobre Aspectos de la Propiedad Intelectual Relacionados al Comercio (también conocidos como ADPIC o TRIPS) fue el primer acuerdo comercial mundial que fijó reglas internacionales sobre derechos privados de propiedad intelectual sobre las semillas. El objetivo es asegurar que las grandes corporaciones como Bayer, Syngenta o Vilmorin, que dicen gastar millones en el mejoramiento y modificación genética de plantas para llevar semillas “nuevas” al mercado, puedan obtener ganancias de esas semillas al impedir que agricultores, campesinas y campesinos las re-utilicen, un poco a la manera en que Hollywood o Microsoft buscan impedir que la gente copie y comparta películas o programas computacionales. Estos derechos son esencialmente derechos monopólicos.

La mera idea de permitir patentes sobre formas de vida, como las plantas y animales, ha sido fuertemente resistida, y por esta razón el acuerdo de la OMC es una especie de punto intermedio negociado entre los gobiernos. El acuerdo dice que los países pueden excluir tanto plantas como animales (pero no microorganimos) de sus leyes de patentes, pero deben instaurar alguna forma de protección de la propiedad intelectual sobre variedades vegetales, sin especificar como ha de hacerse. La Unión para la Protección de Nuevas Obtenciones Vegetales (UPOV), un organismo intergubernamental con sede en Ginebra, asegura que el sistema legal que ellos proponen es perfecto para satisfacer los requisitos de la OMC. Pero los Estados miembros de la OMC nunca han dicho ni acordado que así lo sea.

Por todas estas razones, los acuerdos de libre comercio negociados por fuera de la OMC, especialmente los iniciados por países poderosos como Estados Unidos, tienden a ir mucho más allá. En relación a la biodiversidad, a menudo exigen que los países no industrializados hagan los siguiente:

  1. a) patenten plantas o animales
  2. b) sigan las reglas de UPOV para otorgar a las empresas semilleras derechos similares a las patentes
  3. c) se adhieran al Tratado de Budapest sobre el reconocimiento de depósitos de microorganismos para procedimientos en materia de patentes

Estas medidas permiten que las corporaciones del agronegocio establezcan fuertes controles monopólicos a expensas de comunidades indígenas y campesinas. Por ejemplo, tanto UPOV como las leyes de patentes a menudo criminalizan la práctica campesina de guardar, intercambiar o modificar las semillas de las mal llamadas variedades protegidas.

Este conjunto de datos se centra en identificar cómo los países están siendo obligados a privatizar las semillas más allá de lo que indica la OMC. No incluye aspectos relacionados con la aplicación de las nuevas reglas y los castigos por infracciones (confiscación de bienes, penas de prisión, etcétera), que en muchos tratados de libre comercio también van más allá de las reglas acordadas en la OMC y que se están convirtiendo en un dolor de cabeza cada vez mayor para las comunidades rurales. Tampoco refleja la tendencia cada vez más fuerte de incluir el conocimiento tradicional o de los pueblos indígenas, así como las reglas sobre acceso a la biodiversidad, en el ámbito de los derechos de propiedad intelectual —ámbito al que no pertenecen.

La mayoría de estos acuerdos son bilaterales, pero algunos son multilaterales. Y aunque la mayoría son acuerdos comerciales, unos pocos son acuerdos de cooperación en propiedad intelectual. (Revisamos muchos otros acuerdos comerciales pero no fueron incluidos aquí porque no van más allá del acuerdo de la OMC).

Exigencias cada vez mayores

GRAIN comenzó a hacer seguimiento de estos acuerdos ya en 1999. Lo que con el tiempo ha quedado claro es que, para los países ricos al menos, el acuerdo ADPIC de la OMC ya no se ve como el “estándar internacional”. Ahora se lo está presentando como el “estándar mínimo” que, por definición, debiera ser superado. Este aparentemente sutil cambio de palabras confirma lo que los movimientos sociales y de la sociedad civil han entendido desde hace mucho tiempo de las exigencias legales como las de UPOV. Una vez que se aceptan, nos convierten en parte de un sistema que cada vez más funciona en favor de las corporaciones y a expensas de las comunidades locales 

Grain.

20 julio 2021

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