Cada 17 de junio conmemoramos el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía, como una vía para sensibilizar a la opinión pública sobre este tema. Foto: ONU

Cada 17 de junio se conmemora el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía, como una vía para sensibilizar a la opinión pública sobre este tema, demostrar que existen soluciones y herramientas para combatir este problema universal si todos cooperamos y fortalecer la aplicación de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación en los países afectados por sequía grave o desertificación, en particular en África.

El tema requiere atención, aún más en estos tiempos. “Cuando la tierra se degrada y deja de ser productiva, los espacios naturales se deterioran y transforman. Por ende, las emisiones de gases de efecto invernadero aumentan y la biodiversidad disminuye”, advierte la ONU en su sitio web.

De acuerdo con el organismo internacional, “también supone la existencia de menos espacios silvestres que amortigüen las zoonosis, como la COVID-19, y nos protejan de fenómenos climáticos extremos, como las sequías, las inundaciones y las tormentas de arena y polvo”.

Según la ONU, las sequías se encuentran entre las mayores amenazas para el desarrollo sostenible, especialmente en los países en desarrollo, aunque bien es cierto que cada vez son más las naciones ricas afectadas.

De hecho, las previsiones estiman que para 2050 las sequías afecten a más de las tres cuartas partes de la población mundial.

El número y la duración de las sequías han aumentado un 29% desde 2000 y, a día de hoy, hay más de 2300 millones de personas que sufren problemas a causa de la escasez de agua.

“Se trata de unas cifras crecientes y preocupantes, máxime considerando que uno de cada cuatro niños en el mundo se verán afectados por este fenómeno de aquí a 2040 (UNICEF). Ningún país es inmune a la sequía”.

Este año, el tema “Superando juntos las sequías” hace especial hincapié en la acción temprana para evitar consecuencias desastrosas para la humanidad y los ecosistemas planetarios.

Es por este motivo que la Convención para la Lucha contra la Desertificación, organismo de la ONU que lidera las celebraciones del día internacional, hace un llamado a toda la comunidad mundial para que tratemos la tierra como un capital natural preciado y limitado que debemos restaurar.

“Cada uno de nosotros tenemos una función que cumplir porque el futuro es un tema que nos afecta a todos”.

17 junio 2022

(Con información de la ONU)

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 16 Mayo 2022 05:32

Ecologismo y revolución

Ecologismo y revolución

Los llamados “problemas ambientales” han ganado en los últimos años una amplia audiencia. Las diversas “cumbres” entre los gobiernos de los Estados más poderosos del planeta, reunidos para alcanzar acuerdos en vistas de reducir la emanación de gases tóxicos de origen industrial –principales responsables del “calentamiento global” que amenaza con alterar los parámetros de la vida sobre la tierra– han recibido amplia atención. Y los fracasos estrepitosos de estas “cumbres” han abierto un sombrío signo de interrogación sobre nuestro futuro colectivo, si no confirmado algunos de los más oscuros presagios.

¿Qué hay en juego aquí?

Hay quienes piensan que estamos destruyendo la Tierra, cometiendo un “terricidio”. Aunque como imagen puede ser efectiva y efectista, la idea de un terricidio no resiste un análisis crítico. El planeta como tal seguirá allí, hagamos los humanos las barbaridades que hagamos. Y en cuanto a la vida sobre la Tierra, aunque el antropoceno genere extinciones masivas, fenómenos semejantes ya han sucedido en el pasado. De hecho, el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron el planeta se han extinguido. Aunque simbólicamente puede hacernos sentir muy altruistas creer que estamos salvando no solo a nuestra especie, sino a todas las demás, y que hemos dejado atrás concepciones “especistas”, lo cierto es que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie es capaz concebir la idea del especismo o el anti especismo. Si no queremos echarnos en brazos del irracionalismo, conviene tener en cuenta que la atmósfera en que habitamos y que hace posible “nuestra” vida, ha sido el resultado de emanaciones tóxicas de especies ya extintas que, precisamente, se extinguieron por modificar la atmósfera en que ellas vivían, haciendo con ello posible que prosperaran otras especies, entre ellas la nuestra. Por consiguiente, sería prudente y sensato hacer a un lado la idea –en el fondo profundamente religiosa– de que debemos ser los salvadores de la “vida en la tierra”, y asumir más modestamente que lo que está a nuestro alcance, como mucho, es prolongar el tiempo en que las condiciones climáticas permitan nuestra vida en este planeta.

Y precisamente, hay quienes creen que lo que se juega es ni más ni menos que la supervivencia de nuestra especie. ¿Exagerados? ¿Alarmistas? Puede ser. Pero en cualquier caso no deberíamos olvidar que son innumerables las especies que alguna vez poblaron nuestro planeta para extinguirse luego. Entre ellas los formidables dinosaurios. La única diferencia entre ellos y nosotros sería que los “dinos” no fueron responsables de los cambios ambientales que provocaron su extinción, mientras nosotros sí seríamos plenamente responsables de las alteraciones que comienzan a poner en riesgo nuestra supervivencia. Sin embargo, incluso las previsiones más catastróficamente colapsistas no parecen suponer que nuestra especie se extinguirá por un aumento de dos o tres grados de la temperatura promedio: se producirán desastres sociales y millones de personas morirían, pero de eso a la extinción hay aún un largo trecho.

Otros investigadores e investigadoras piensan que no está en riesgo la continuidad de nuestra especie, pero sí nuestra actual forma de vida: si no cambiamos a tiempo, nuestra civilización podría sufrir una catástrofe de enorme magnitud, repitiendo a escala gigantesca una experiencia semejante a la de muchas otras sociedades que vieron colapsar sus sistemas socioeconómicos en medio de dramáticos descensos demográficos, cruentos enfrentamientos y crisis mayúsculas. El colapso en este sentido no implicaría la “extinción”, sino quizá un descenso demográfico de gran envergadura, la desaparición o reducción de muchos bienes y servicios ampliamente generalizados, cierta “degradación” cultural y –casi con seguridad– un mundo social más violento e inseguro.

Hay también, claro, entusiastas de las soluciones tecnológicas: no importa qué tan graves sean los problemas, la ciencia y la tecnología siempre hallarán una solución. ¿Se agotan los hidrocarburos? No importa, otras fuentes de energía los reemplazarán. ¿La contaminación destruye el medio ambiente? Tranquilidad, nuestros biólogos crearán bacterias que se “coman” al petróleo derramado, nuestras mentes ingenieriles inventarán formas seguras y eficientes de procesar la basura, la industria genética desarrollará modificaciones que nos permitan adaptarnos a ambientes hostiles. Y así sucesivamente.

Por último, no faltan los “negacionistas”: quienes creen que no hay ningún problema ecológico realmente preocupante, que el cambio climático es un invento, que los combustibles fósiles no se acabarán, etc., etc.

Cabría decir, además, que estos diferentes enfoques no encajan de manera fácil ni mecánica con perspectivas ideológicas, con clases sociales o con grupos identitarios. Hay una derecha “negacionista”, pero hay otra derecha fanáticamente ecologista. Hay burgueses completamente indiferentes a la cuestión ecológica, pero hay innumerables corporaciones capitalistas eco-friendly. Hay obreros y campesinos que militan el ecologismo, y otros a los que les resulta completamente indiferente. Sin embargo, aunque la problemática ecológica sea socialmente transversal, ello no significa, en modo alguno, que sea ideológicamente neutral o carente de contenidos de clase. Lo que sucede, más bien, es que el sentido ideológico o de clase del ecologismo no lo determina el reconocimiento del problema, sino las maneras de abordarlo. Pero como la problemática ecológica es tan polivalente, abarca tantas cuestiones sumamente diversas aunque relacionadas, no se observan en la realidad, ni es dable esperar que se observe en el futuro, alineamientos ideológicos o sociales simples, automáticos o evidentes. Grupos y clases semejantes se escinden y se seguirán escindiendo ante esta problemática.

Panorámica

A grandes rasgos, los principales problemas ecológicos contemporáneos podemos dividirlos en varios grupos: cambio climático, contaminación, desertificación, agotamiento de recursos y pérdida de sustentabilidad.

El cambio climático entraña el aumento de la temperatura promedio, junto a otros desequilibrios ambientales de gran envergadura. Aunque huracanes e inundaciones ha habido siempre, en las últimas décadas se ha registrado un aumento de la cantidad y de la magnitud promedio de unos y otras. El aumento de la temperatura promedio de la Tierra en relación a los parámetros del mundo pre-industrial tendrá consecuencias muy importantes: habrá territorios sumergidos bajo las aguas, los desiertos aumentarán, muchas especies perderán su hábitat natural, etc. Para los seres humanos, un mundo más cálido presentará grandes desafíos. De hecho, ya está implicando el desplazamiento masivo de poblaciones e incluso ya ha habido guerras cuya causa fundamental es el cambio climático.

La contaminación alcanza en algunos países niveles alarmantes. Y es sumamente preocupante a escala global. Partículas de plástico pueden ser halladas en los lugares más remotos del océano. La polución ambiental es una de las cinco principales causas de mortalidad. Los desechos humanos son una de las principales causas de pérdida de bio-diversidad (la otra es la expansión de la frontera agrícola). Los efectos de la contaminación son tan grandes que ya el agua potable es un recurso escaso y valioso: las guerras por el agua quizá reemplacen a las viejas guerras por el petróleo.

El proceso de desertificación tiene dimensiones mundiales: cada día miles de hectáreas de selvas tropicales son taladas para ampliar la frontera agrícola-ganadera, lo que en general conlleva, a los pocos años, la conversión de antiguos ambientes selváticos en verdaderos desiertos (ya ni siquiera aptos para la agricultura o la ganadería por las que se desmontó la selva originaria). Una de las consecuencias más graves de la desertificación, amén de su impacto en el cambio climático, es la reducción a largo plazo de las áreas cultivables. Un típico mecanismo de “pan para hoy, hambre mañana”. O mejor: “grandes negocios para los capitalistas hoy, hambre para el pueblo trabajador mañana”.

El agotamiento de los recursos es ya una realidad palmaria, antes que una posibilidad más o menos lejana. El desarrollo de la megaminería a cielo abierto se relaciona directamente con el agotamiento de las grandes concentraciones de minerales de socavón. Ahora sólo quedan minerales diseminados, para cuya extracción se requiere la destrucción de montañas, el empleo de sustancias contaminantes y la utilización de millones de toneladas de agua sustraída a otros usos, como el consumo humano o el regadío. Por otra parte, es ya evidente la imposibilidad de extender los niveles de consumo de los países industrializados al conjunto del planeta: sencillamente, los recursos disponibles no son suficientes. No hay ninguna duda de que la humanidad experimentará (de hecho ya se ha iniciado) una “transición energética”: el interrogante es quiénes se beneficiarán y quiénes se perjudicarán, y cuán consciente, voluntaria y ordenada, o bien involuntaria y caótica, será la misma.

Para concluir, es hoy en día notoria la falta de sustentabilidad (es decir, de capacidad para reproducirse a largo plazo) de buena parte de las principales actividades económicas contemporáneas. La expansión de nuestras sociedades industriales se consigue devastando áreas naturales (lo que acarrea desastres ambientales), agotando recursos no-renovables (como el petróleo, el carbón o el gas), y generando contaminación y cambios climáticos. La suma de todos estos problemas determina que la economía global contemporánea no sea sustentable: no se puede seguir así de aquí a unas pocas décadas. Esta es una de las razones fundamentales por las que muchos intelectuales consideran que estamos atravesando una verdadera “crisis civilizatoria”.

Una doble paradoja

Aunque estudios serios y reflexiones profundas de carácter ecologista pueden ser hallados en las décadas de los ‘60 y ‘50 (e incluso antes), no sería hasta principios de los ‘70 que la problemática ecológica, la sustentabilidad y los límites del desarrollo cobraran estado público y cierta resonancia política. Pero, podríamos decir, hasta los últimos años del siglo XX se trataba de preocupaciones de minorías sociales y políticas. Su fuerte presencia entre las clases medias y medias/altas de algunos países centrales (un ejemplo claro es el partido verde alemán), facilitó que el movimiento obrero y la izquierda política mayoritaria vieran en el ecologismo una lujosa moda de países ricos. Aunque en esta mirada había mucho de ceguera (y ha habido valiosas experiencias de ecologismo popular, como el representado por Chico Méndez en Brasil), tras la misma se ocultan problemas reales: ¿deben los países pobres renunciar a su propia industrialización en honor a la ecología? ¿Es sensato reclamar a la población asalariada una austeridad ecológicamente motivada en un mundo tan obscenamente desigual?

Como sea, no sería hasta los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI que la problemática ecológica fuera vista como un asunto de primera magnitud y atrajera la atención de amplias mayorías en muchos países. De hecho, tras largas décadas de displicencia, hablar pero no hacer, hacer menos de lo acordado y todo tipo de hipocresías, parece evidente que buena parte de las autoridades políticas y de los sectores más concentrados de la clase capitalista han empezado a impulsar al ecologismo a un lugar central, adoptando enfoques catastrofistas y demandando medidas drásticas y urgentes. Y efectivamente: el horno no está para bollos. Acciones radicales y con carácter urgente parecen ineludibles. Cuanto más demoremos en introducir cambios sustanciales, mayores serán los costos sociales e incluso demográficos (se morirá gente, sí). Sin embargo, por preocupante que sea la situación, sería un error perder la calma: ello nos impedirá pensar críticamente y nos arrojará fácilmente en brazos de supuestas soluciones que no son tales, y que incluso podrían agravar la situación.

Aplastados los experimentos auto-denominados socialistas, domesticados los movimientos obreros, instalada la idea de “no hay alternativa”, el capitalismo parecía haber controlado su principal contradicción: el antagonismo capital/trabajo. Sin embargo, y paralelamente, el antagonismo capital/naturaleza se volvía más inmanejable y devastador que nunca. Un sistema económico cuya estructura profunda impulsa y requiere crecimiento económico permanente es insostenible en un planeta finito: ya se ha topado ante claros límites ecológicos. La “cuestión ecológica”, pues, se ha convertido en una de las impugnaciones fundamentales al capitalismo y ha introducido una dimensión agonística a la política contemporánea. Sin embargo, como es obvio, hoy nos enfrentamos a una situación en la que “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, a la vez que se escuchan más y más voces que claman que nuestra salvación depende de actuar ya mismo, aquí y ahora. La suma de ambas cosas arroja el resultado de que las medidas drásticas para enfrentar la transición energética y los desafíos del cambio climático son concebidas con independencia del derrocamiento de la clase dominante y la transformación de las relaciones de producción. Se pueden imaginar las medidas más extremas y dispares para enfrentar el cambio climático o la crisis energética: proyectos de “geo-ingeniería”, canje de deuda por naturaleza, cuotas de contaminación, desarrollo de energías alternativas, políticas de decrecimiento, incluso la colonización de otros planetas. Lo único que parece impensable es acabar con el capitalismo.

Hay pues, un ecologismo del capital (Al Gore podría ser un exponente típico), y no faltan las versiones de eco-fascismo: gente que ama a los animales pero desprecia a las que considera otras “razas” humanas, intentos de control autoritario de la natalidad en pos de un equilibrio con la naturaleza, propuestas abiertas o solapadas de dejar a los pobres en la pobreza para no aumentar la huella de carbono, etc. Pero también ecologistas sin conexiones materiales o ideológicas con el capital, e incluso muchas corrientes eco-socialistas, puesto que en general asumen implícita o explícitamente que la transformación revolucionaria del sistema no está a la orden del día, en los hechos acaban muchas veces “ofreciendo” soluciones a los gestores capitalistas, o estableciendo demandas a esos mismos gestores sin aspirar a derrocarlos, desconectando, en fin, las problemáticas ecológicas de la lucha por cambiar el sistema. En el límite, se llega a postular la transformación social como un norte, una idea regulativa, un telón de fondo, pero en la práctica todo se lo hace dentro del sistema y sin vinculación con ninguna estrategia y organización revolucionaria. No faltan razones para esta deriva: debilidad del movimiento obrero, tradicional ceguera de muchas fuerzas de izquierda ante la problemática ecológica, marginalidad de las fuerzas revolucionarias, etc. Pero, por comprensible que esto sea, colabora en la reproducción de las pautas políticas del capitalismo posmoderno: proliferación de demandas parciales (identitarias a ser posible) que no se articulan nunca en un proyecto anti-sistémico. Desconexión, individualismo y particularidad para las masas: el que totaliza y universaliza es el capital.

Diagnóstico: la raíz del problema

Cuando pensadores de la talla de Immanuel Wallerstein sostienen que estamos inmersos en una “crisis civilizatoria” lo que nos están diciendo es que nuestra actual civilización capitalista industrial no es sustentable a largo plazo, e incluso a plazo medio (digamos, unos cuarenta o cincuenta años). Y los problemas ecológicos y ambientales ocupan un lugar central en este diagnóstico: así como vamos no es posible continuar. ¿Pero cuál es el origen de estos problemas? Fundamentalmente un sistema económico-social movido por el lucro privado como principio. La sed de ganancias ha impulsado enormes progresos técnicos, pero su costo ha sido altísimo, no solo para la naturaleza sino también para las personas. Varios siglos de desarrollo capitalista no han atenuado sino más bien acrecentado la desigualdad social, con el agravante de que la esperanza que el desarrollo industrial generara las bases materiales para una sociedad de la abundancia (ya fuera dentro de los marcos del capitalismo o en una sociedad socialista que le habría de suceder) son hoy ilusorias: la escasez de recursos y la crisis ecológica han dado por tierra con estas ilusiones. Nos enfrentamos, pues, ante una dura realidad. Sin embargo ni la sed de ganancias, ni la búsqueda de beneficios privados, ni la innovación tecnológica despreocupada de sus efectos a mediano/largo plazo o de sus consecuencias sociales son el resultado de que nos guiemos por valores equivocados o adoptemos erradas opciones individuales. La idea de que todo podría arreglarse cambiando los “valores” o la conducta individual es obviamente seductora: parece al alcance de cualquiera y se basa en la presunción de que las cosas ocurren de acuerdo a lo que las personas hacen. Pero por seductora que pueda resultar esta manera de pensar, la misma es claramente equivocada. El consumismo capitalista no es resultado de decisiones individuales en el plano del consumo: es consecuencia de un productivismo a nivel macro-social. Desde luego, cada persona puede decidir consumir menos o consumir de manera diferente (por ejemplo alimentos orgánicos), pero esto tendrá un efecto muy limitado, en tanto y en cuanto el sistema requiera una producción aumentada y la publicidad constituya un bombardeo mediático: sólo una minoría podrá escapar. Por otra parte, el productivismo propio del capitalismo no hunde sus raíces, por mucho que lo parezca, en las decisiones individuales de los capitalistas. En realidad, es la estructura misma de las relaciones capitalistas de producción –y su carácter competitivo– la que determina el resultado: los capitalistas que no sean capaces de seguir el tren de las innovaciones más lucrativas desaparecerán de la escena. No es necesario que la mayoría de quienes poseen o administran los capitales sean innovadores compulsivos: basta que una pequeña minoría desarrolle innovaciones para forzar al resto a adaptarse o perecer. Marx tenía muy claro que aunque él no “pintara de rosa a los capitalistas”, la dinámica del sistema no se hallaba determinada por cuán buenos o malos, sensibles o insensibles fueran cada uno de ellos como persona. De allí la necesidad de transformar la estructura misma de las relaciones de producción.

Ahora bien, si el crecimiento económico es una consecuencia ineludible de la economía capitalista (en cuyo marco además el crecimiento lento o el no crecimiento redundan en males sociales como el desempleo) y si el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, parece indiscutible que hay que abolir el capitalismo. Sobre todo, como es el caso, cuando ya está claro que el consumo de recursos y de energías de la actual civilización del capital demanda los recursos de casi dos planetas Tierra (pero sólo tenemos uno), y ello en medio de una pobreza atroz, y en crecimiento. Que no podemos seguir consumiendo los recursos y la energía que consumimos es algo claro. Pero no menos claro es que ese consumo es increíblemente desigual. A quienes hablen de austeridad invocando razones ecológicas habrá que responderles, como proponía Manuel Sacristán hace ya varias décadas: austeridad, desde luego, pero primero igualdad.

¿Capitalismo eco-friendly?

Pretender que las economías capitalistas adopten una fisonomía ecológica parece fantasioso. Los actuales discursos y propaganda “ecológicos” de muchas empresas multinacionales no son más que eso: discursos y propaganda. La realidad es bien distinta. En el fondo el capitalismo es anti-ecológico por naturaleza. Su móvil es la ganancia y su objeto el beneficio, no el cuidado del medioambiente. Su primer y más sostenido impulso es ecológicamente destructivo. Después pueden venir correctivos legales o tecnológicos… pero siempre después. La dinámica es bien clara: el capitalismo genera primero desastres ambientales y sociales, después busca solucionarlos… y, casi siempre, con poco éxito. Sería excesivo, empero, concluir que el capitalismo es absolutamente incapaz de afrontar los problemas ecológicos. Aunque no parece ésta la opción más factible, no se la debería descartar. ¿Pero cuál sería el precio de un “capitalismo ecológico”? No es difícil imaginarlo. En el mejor de los casos se trataría de una sociedad aún más desigual que las actualmente conocidas; con un empleo más asiduo y a mayor escala del poder militar por parte de las potencias para garantizarse el acceso a recursos crecientemente escasos e impedir el uso de estos recursos por los países y las clases pobres, en nombre de la austeridad ecológica; acentuación de los aspectos predatorios de la explotación laboral humana (ya lo vemos en fenómenos como la “uberización”); clases altas viviendo en la opulencia en fortalezas cibernéticas rodeadas de bolsones de pobres a los que se inculca una moral de resignación y se los mantiene pasivos con la fórmula que con todo descaro ofrece Yuval Harari: una combinación de drogas y videojuegos. En el peor de los casos sería una suerte de guerra de todos contra todos. Como fuere, parece indiscutible que, en un marco capitalista, la escasez de recursos y los problemas ambientales llevarán a una mayor desigualdad de los ingresos y a una creciente inequidad en el pago de los costos ambientales. Ante nuestros ojos ya se perfila la división del mundo entre los incluidos y los excluidos en la sociedad de consumo.

La alternativa más razonable, por consiguiente, es imaginar lo que hoy por hoy parece vedado: un radical cambio societario. Una sociedad industrial sustentable (y es imposible, sin una catástrofe humana, salirnos del mundo industrial) debería ser no-capitalista. Pero esto nos coloca ante la necesidad de asumir que se impone no solo un cambio en las relaciones económicas, sino también una transformación sustancial de nuestros valores y de nuestra forma de vida. No podremos avanzar más allá del capitalismo si nuestra vida está orientada por la lógica consumista. Una sociedad industrial sustentable sólo parece posible si la planificación económica va acompañada de un ethos igualitario, una perspectiva anti-consumista, responsabilidad con las generaciones futuras y mesura en el empleo y desarrollo de nuestras capacidades: no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.

Necesitamos, pues, reemplazar la vana búsqueda de la felicidad por medio del consumo por una moral de la auto-realización personal y colectiva. Alterar nuestros valores para que el ser sea más importante que el tener. Pero por importantes que sean los cambios en la conducta individual –hay que insistir en esto– son insuficientes si no se entrelazan con transformaciones de la estructura social. Hay que apuntar, pues, hacia alguna forma de eco-socialismo. Esto no significa, desde luego, ninguna nostalgia por las formas autoritarias (y productivistas) de los socialismos conocidos en la pasada centuria. Entraña, más bien, un compromiso con los principios fundamentales (a veces olvidados) de la tradición socialista: abolición de las clases, igualdad, libertad y planificación social.

A como están las cosas, cambios fundamentales en nuestra forma de vida se tornan imperiosos. Sin embargo, y aunque suene paradójico, para calibrar con sensatez la situación y orientarnos en un mundo cada vez más complejo y crecientemente caótico será necesario, a la vez, radicalidad y mesura. Radicalidad es ir a la raíz. La raíz de la situación ecológicamente desastrosa en que nos hallamos es el desarrollo capitalista: cualquiera sea la variable que observemos (el consumo de energía, la contaminación ambiental, el aumento de las temperaturas, el crecimiento demográfico, el agotamiento de recursos, etc.), todas ellas se disparan desde que el capitalismo advino al mundo y, sobre todo, desde la revolución industrial que este sistema desencadenó. El capital abrió una verdadera caja de Pandora, que será necesario cerrar. Pero no parece posible ni deseable buscar cerrarla sin destruir al capitalismo. Pero también necesitamos mesura: mesura en el consumo, mesura en el desarrollo tecnológico (con mucha atención a las consecuencias no deseadas del mismo), mesura en el análisis de la situación, mesura a la hora de imaginar soluciones a problemas complejos.

El comprensible anhelo de hallar soluciones inmediatas y aparentemente simples a problemas urgentes y complejos (como todos los relacionados con la crisis energética y ecológica) corre el riesgo de favorecer medidas intuitivamente convincentes pero contraproducentes. Y peor aún, un abordaje histérico de estos problemas le allana el camino a las respuestas del capital, cuyos agentes, en nombre de la urgencia, no dudan ni dudarán en aplicar medidas drásticas, en tanto y en cuanto no afecten las ganancias de las corporaciones capitalistas (aun cuando puedan sacrificar a sectores enteros de la propia burguesía).

Lo dramático de la situación requiere acciones de gran envergadura y con cierta urgencia. De ello no hay duda. Pero no se trata de cualquier acción. Y habrá que desconfiar de todas las propuestas emanadas de la clase dominante y de sus administradores estatales. Y lo esencial, ninguna política ecologista puede tener mucha credibilidad en tanto y en cuanto no se proponga el derrocamiento de la clase capitalista. A quienes piensen que puesto que no parece posible en ningún futuro cercano tal derrocamiento, lo único sensato es introducir las medidas necesarias en pos de la transición energética y la disminución de la huella de carbono, se les dirá que si una revolución es imposible, los cambios ecológicos necesarios, dentro del capitalismo, son tanto o más imposibles, o bien tendrán características cuyas consecuencias serán tanto o más nefastas.

Un ecologismo sensato y con sensibilidad humana (hay ecologistas con poca sensibilidad humana, más preocupados por las ballenas que por los hambrientos) debe, pues, asumir un horizonte socialista. Pero con ello no basta: una perspectiva eco-socialista en la que el socialismo es visto como algo lejano para un futuro no menos lejano devendrá casi ineludiblemente en furgón de cola de las propuestas (más o menos hipócritas) de la ecología del capital. Para evitar esta deriva –tan fácil de transitar como inocua en sus resultados– se debe asumir de hecho (y no solo de derecho) una perspectiva revolucionaria que apunte al derrocamiento del sistema del capital en un futuro lo más cercano posible. Un ecologismo intransigente demanda un anti-capitalismo no menos intransigente. Pero, simétricamente, todo socialismo creíble debe colocar a la cuestión ecológica en un lugar verdaderamente central. Ningún sectarismo de una u otra parte es recomendable. Sólo la fusión de los caminos ecologista y socialista dará una oportunidad a la humanidad de vivir un futuro que no sea un infierno.

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 28 Abril 2022 05:47

Tenemos un problema

Tenemos un problema

Biosfera

Hoy hemos dejado de comprender que somos parte de la naturaleza, y eso nos convierte en un peligro para la vida y para nosotros mismos

Es el 20 de julio de 1969. La misión espacial tripulada Apolo 11 aluniza en nuestro satélite y pocas horas más tarde Neil Armstrong da sus primeros pasos sobre la superficie lunar llenando de asombro y admiración al mundo. Con él emerge la profunda emoción de sentir una íntima unión con una Tierra que nos impele a amarla y protegerla. Es el hogar de todos los humanos que hemos conocido y, con gran probabilidad, conoceremos.1 Cuatro años antes, Aleksei Leónov, el astronauta ruso realizó el primer paseo espacial de la historia expresando que la Tierra es “nuestra casa, pequeña, azul y enternecedoramente solitaria”. Un punto perdido en la envolvente oscuridad cósmica.

La preparación del primer viaje a la Luna, su realización y seguimiento posterior fue un proceso largo, costoso, difícil2, pleno de logros, pero también de muchas dificultades. “Un pequeño paso para el ser humano, un gran salto para la humanidad” dijo Armstrong al pisar la Luna simbolizando la enorme proeza humana. Pero otra expresión, a menudo usada jocosamente cuando hacemos frente a una contrariedad, se ha hecho incluso más popular: “Houston, tenemos un problema”3. Hoy no es el Apolo sino la Tierra quien tiene un Problema con mayúsculas. Claro está, la humanidad enfrenta muchas dificultades: la creciente desigualdad social, el peligro de guerra nuclear, el avance hacia una sociedad autoritaria y plutocrática sometida a un férreo control tecnodigital global, el ascenso de los neofascismos, la emergencia de pandemias, un masivo control y vigilancia social, nuevas adicciones colectivas, los riesgos geopolíticos globales derivados del declive del imperio norteamericano y la emergencia de China, y tantos otros más. Ese globo azul suspendido en un espacio infinito y oscuro tiene hoy un problema aún mayor si cabe, el mayor reto al que nunca antes tuvimos que hacer frente. Un reto que llama con insistencia a nuestra puerta: la crisis socioecológica. No, no se trata sólo de limpiar nuestros ríos, plantar árboles, cuidar bosques, reciclar productos o incentivar el uso de energías renovables, iniciativas todas ellas imprescindibles y urgentes. Tampoco significa el crucial hecho de tener que enfrentarnos a una emergencia climática que está ya teniendo consecuencias calamitosas. Nuestro Problema es más complejo, es otra cosa.

La Tierra es nuestra casa. Nuestro planeta es el único mundo conocido en que con certeza sabemos que la materia del Cosmos se ha hecho viva y consciente, aunque no necesariamente tiene por qué ser el único que pueda estar habitado4. La primera ocasión en que la humanidad contempló “nuestra pequeñez” tuvo lugar en la vigilia de Navidad de 1968 durante la misión del Apolo 8 cuando una fotografía hizo estallar nuestra conciencia de especie.

Ese día el poeta Archibald MacLeish escribió:

“Ver la Tierra, tal y como realmente es, pequeña y azul y bonita, en este silencio eterno en que flota, es vernos a nosotros mismos juntos como jinetes sobre la Tierra, hermanos en aquella brillante belleza en el frío eterno, hermanos que saben, ahora, que son hermanos de verdad.”5

En sus libros y programas de televisión, el astrónomo y gran divulgador científico Carl Sagan recordaba que somos el legado de 15.000 millones de años de evolución cósmica y que tenemos el placer de vivir en un planeta donde hemos evolucionado para poder respirar el aire, beber el agua y amar a la naturaleza que nos rodea. Nuestras células han sido forjadas en el corazón de las estrellas. “Somos polvo de estrellas”, decía. Hoy nos enfrentamos a una circunstancia absolutamente nueva, sin precedentes en la historia humana. Hemos creado una civilización en la que hemos hecho progresos sociales y logros tecnológicos formidables pero donde, voluntaria o involuntariamente, hemos alterado profundamente (y cada vez con más rapidez) el entorno global y la vida del planeta. Hoy hemos dejado de comprender que somos parte de la naturaleza, y eso nos convierte en un peligro para la vida y para nosotros mismos. El poeta chileno Nicanor Parra advirtió que hemos cometido el error de “creer que la Tierra era nuestra cuando la verdad de las cosas es que nosotros somos de la Tierra”, y que seguimos teniendo una manera de pensar antropocéntrica, científico-tecnológica y narcisista basada en la “ego-conciencia” en lugar de en una “eco-conciencia”.

Tendemos a ser ciegos, a atenuar lo que nos amenaza, a amortiguar lo nocivo o negativo, a no mirar lo que no nos gusta. A pesar de estar cada día frente a nuestros ojos, no vemos, no sentimos, no comprendemos; no queremos tomar plena consciencia de la atroz crisis socioambiental en la que estamos inmersos. Nos cuesta creer las incesantes y aterradoras advertencias que los científicos nos lanzan continuamente. Vale decir que hay muchas razones para desoír las voces, y hay muchas personas, grupos sociales e instituciones que hacen todo lo posible para impedir que oigamos. No basta con disfrutar de los bienes, recursos y bienestar que nos da la naturaleza, debemos también comprenderla y entendernos. Esa consciencia debe provenir de una mirada limpia, humana, a la vez científica, ético-política y espiritual. No basta con disfrutar de la luz eléctrica, decía el fraile dominico brasileño Frei Betto, hay que entender cómo y por qué se produce: “Solo quien tiene formación de electricista sabe mirar eso con otros ojos, porque comprende cómo llega la luz a la sala… eso es la conciencia política: ver los hilos, saber lo que pasa por detrás”. Lo primero es saber. En un conocido ensayo, el filósofo ilustrado Immanuel Kant recordaba una vieja consigna acuñada por Horacio (siglo I a.c.). Sapere Aude, decía: “Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza”.

Durante mucho tiempo, el planeta nos pareció inmenso, el único mundo explorable. Durante un millón de años la humanidad creyó que éramos el centro del mundo, que aparte de la Tierra no había ningún otro lugar. Hoy la Tierra se ha hecho muy pequeña. En la última parte de la vida de nuestra especie sobre el planeta, nos hemos dado cuenta de que vivimos en un mundo diminuto y frágil perdido en la inmensidad y en la eternidad que está a la deriva en un gran océano cósmico.

El 14 de febrero de 1990, la sonda espacial Voyager 1 fotografió la Tierra desde 6.000 millones de kilómetros de distancia.6 Un punto de luz casi imperceptible.

Carl Sagan explicaba con emoción sus sensaciones:

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica… Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… es desafiada por este punto de luz pálida.”

Los seres humanos vivimos en un medio que modelamos y que a la vez nos modela a nosotros. Habitamos un mundo natural creado durante miles de millones de años por los procesos de la física, la química y la biología. Somos una más de las especies.7

Somos capaces de construir cómodas casas para cuidar a nuestros ancianos y también inmensas autopistas de 26 carriles. Inventamos libros o la red global Internet, y también construimos mortíferas armas nucleares, podemos explorar los polos y visitar la Luna o Marte, crear belleza musical y desarrollar elegantes y potentes teorías científicas y tecnologías de gran eficacia. Rehacemos la naturaleza a nuestra medida… Somos una especie capaz de casi todo, pero no somos una especie más.8

Vivimos en dos mundos en constante interacción: la ecosfera o biosfera natural, la fina piel global compuesta por el aire, el agua, la tierra y las plantas y animales que viven en ella, y la tecnosfera creada por el ser humano, con todos los artilugios y productos que hemos sido capaces de inventar. Dos mundos que están en guerra, como nos recordaba el gran biólogo y ecologista Barry Commoner en Making peace with the planet.

La capacidad humana actual de tener el poder suficiente como para intervenir de forma determinante sobre la naturaleza tiene su origen en la revolución industrial capitalista que se inicia a finales del siglo XVIII. En el último siglo hemos asistido a la expansión de un capitalismo fosilista imparable, y en las cinco últimas décadas al triunfo económico e ideológico de un capitalismo neoliberal y cognitivo, capaz de crear crecimientos exponenciales y tecnologías maravillosas, pero también de destruir lazos sociales y de solidaridad muy profundos, difundiendo el consumo masivo y el entretenimiento vacío como forma de vida y “realización” personal. El triunfo del capitalismo neoliberal ha sido amplio, muy profundo, a todos los niveles, en todas partes.

Hoy el sistema capitalista no parece capaz de crear “Estados de bienestar” para toda la humanidad, ni siquiera, como recordaba el añorado urbanista y ecologista Ramón Fernández Durán, “simulacros de bienestar”. El capitalismo destruye, construye, y consume una materialidad que lo abarca todo. La mercantilización se extiende desde el microcosmos al macrocosmos a todos los ámbitos y cosas: la sanidad, la educación, la naturaleza, el conocimiento, la cultura, el arte, el deporte, el cuerpo… El cuerpo se analiza, fragmenta, comercializa y finalmente se vende como una mercancía más. Se patentan genes, bacterias, semillas, tejidos y animales modificados genéticamente, se trafica y compran órganos, se alquilan úteros, familiares y hasta novias/os, y se venden parcelas en la Luna o en los planetas.9 10 Y es también un modo de vida inmaterial. El capitalismo emocional es la causa última de una patogénesis generalizada que entra en nuestros cuerpos y mentes. Penetra en nuestros cerebros, insertándonos ideas, relatos y ficciones que cambian nuestras mentes y transforman las relaciones humanas. Las empresas farmacéuticas, vivas rastreadoras de todo beneficio que se precie, identifican todo tipo de malestares, adicciones, neurosis, trastornos, preocupaciones, dolores, humillaciones y miedos causados por el propio capitalismo, para crear todo tipo de síndromes y enfermedades y vender sus productos. Sin embargo, para una gran parte de la humanidad, disponer de fundamentos vitales tan básicos como comer alimentos, beber agua o respirar aire en condiciones higiénicas y saludables es aún un sueño inalcanzable.

Tenemos los medios y recursos para reeducar nuestra mente, para ver nuestro Problema, pero necesitamos de la decisión y el valor, personal y colectivo, para hacerlo. No podemos resignarnos a no pensar y sentir al mismo tiempo. Debemos usar esa palabra tomada por el sociólogo colombiano Orlando Gals Borda de los pescadores de San Benito Abad en el municipio colombiano de Sucre: el “sentipensar”.

La innovación básica de la revolución científica del siglo XVI y XVII fue hacer preguntas y descubrir nuestra ignorancia, darnos cuenta de que no teníamos todas las respuestas. Aprender que con esfuerzo, tiempo, y recursos podíamos investigar y conocer más cosas, ganando en poder para cambiar la tecnología, la cultura, la economía y el medio natural. La ciencia, el conocimiento y la solución de problemas se inician y nutren continuamente a partir de hacernos preguntas. Albert Einstein apuntaba que la formulación de un problema es más importante que su solución; el escritor Marc Twain señalaba que el problema no es lo que no sabemos sino lo que creemos que es cierto y no lo es; el artista y escritor John Berger nos instaba a vivir con los ojos abiertos sin dejarnos derrotar por el nihilismo, el odio y la desesperación. ¿Seremos capaces de mirar (y cambiar) nuestro Problema?

 Por Joan Benach | 28/04/2022

Notas

  1. Esa emoción se conoce como “efecto general” (overview effect). Al ver el planeta bañado en la oscuridad del espacio, las fronteras se borran y todos somos ciudadanos de la Tierra. Ron Garan, un ex astronauta de la NASA que pasó dos semanas trabajando en la construcción de la Estación Espacial Internacional dijo: «Para mí fue una epifanía en cámara lenta…. un profundo sentido de empatía y comunidad, la voluntad de renunciar a tener una recompensa inmediata y tener una perspectiva de progreso multigeneracional… es el hogar de todos los que alguna vez vivieron y de todos los que serán.» Ver: Ian Sample. Scientists attempt to recreate ‘Overview effect’ from Earth. The Guardian. 26 diciembre 2019.
  2. El coste económico fue de unos 288.000 millones de dólares de 2019, gastados durante poco más de una década. En 1965 el programa llegó a su cenit, con una inversión equivalente al 2% del PIB de EE.UU. de entonces. Antonio Turiel. Cincuenta años del primer hombre en la Luna. 26 julio 2019.
  3. La frase no es exacta ni se dijo durante el primer viaje sino un año más tarde, en el Apolo 13 pero así ha quedado registrada en el imaginario popular. «Houston, we have a problem» es una popular pero errónea cita de una frase del Jack Swigert durante el accidentado viaje del Apolo 13, justo después de observar una luz de advertencia acompañada de un estallido,1​ a las 21:08 CST del 13 de abril de 1970. La frase de Swigert fue: “Bien, Houston, hemos tenido un problema aquí («Ok, Houston, we’ve had a problem here»). A la que siguió la de su compañero Jim Lovell al decir “Ah, Houston, hemos tenido un problema. («Uh, Houston, we’ve had a problem»).
  4. Carl Sagan, uno de los mejores divulgadores de la ciencia y el Cosmos lo dijo con estas palabras: “Hay cien mil millones de galaxias y mil millones de billones de estrellas. ¿Por qué debería ser este modesto planeta el único habitado? Personalmente, creo que es muy posible que el Cosmos rebose de vida e inteligencia. Pero “Hasta ahora, todo ser vivo, todo ser consciente, toda civilización que hayamos conocido vivió allí, en la Tierra. Bajo esas nubes se desarrolla el drama de la especie humana… Las fronteras nacionales no se distinguen cuando miramos la Tierra desde el espacio. Los chauvinismos étnicos o religiosos o nacionales son algo difíciles de mantener cuando vemos nuestro planeta como un creciente azul y frágil que se desvanece hasta convertirse en un punto de luz sobre el bastión y la ciudadela de las estrellas.” Ver: Cap 1 de la serie de 13 documentales Cosmos, basada en el libro Sagan C. Cosmos. Barcelona: Planeta, 1980.
  5. Gore A. Una veritat incòmode. Barcelona: Gedisa, Edicions 62, 2006:12.
  6. La Voyager 1 es una sonda espacial robótica de 722 kilogramos lanzada el 5 de septiembre de 1977 que es el objeto humano más alejado de la Tierra. Su misión es localizar y estudiar los límites del sistema solar y explorar el espacio interestelar inmediato. En junio de 2021 estaba a 22.909.417.919 km del Sol y le quedan unos 17.702 años para salir de la nube de Oort, donde entrará en el siglo XXIV.
  7. Ward B, Dubos R. Only one Earth. New York: Ballantine Books, 1972:XIX.
  8. Si bien el ser humano es una especie humana más, no es una más de las especies. “La especie [humana] ha desarrollado en su evolución, para bien y para mal, una plasticidad difícilmente agotable de sus potencialidades y sus necesidades. Hemos de reconocer que nuestras capacidades y necesidades naturales son capaces de expansionarse hasta la autodestrucción. Hemos de ver que somos biológicamente la especie de la Hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada.” Ver: Sacristán M. Pacifismo, ecologismo y política alternativa. Barcelona: Icaria, 1987:10.
  9. El empresario norteamericano Dennis Hope registró en 1980 la Luna a su nombre. Hope aprovechó un vacío legal, ya que si bien existe un tratado internacional que indica que ningún país puede reclamar la propiedad de la Luna u otro planeta, este no dice nada sobre personas o empresas privadas. El satélite fue dividido iniciándose la venta de parcelas mediante la Lunar Embassy. Mediante su empresa Lunar Embassy Hope vende pedazos de terreno lunary lo mismo podría pasar con Marte, Mercurio y Plutón.
  10. Ver por ejemplo, I. Wallerstein. El capitalismo histórico. Madrid, Siglo XXI, 2012 (2 ed), p. 90 [ed. original 1988]; Y. Varoufakis. Economía sin corbata. Barcelona, Destino, 2013, p. 34 (ed. orig. 2015).

Joan Benach es profesor, investigador y salubrista (Grup Recerca Desigualtats en Salut, Greds-Emconet, UPF, JHU-UPF Public Policy Center UPF-BSM, Ecological Humanities Research Group GHECO, UAM).

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Aportan evidencia del impacto del cambio climático en la evolución humana

Un estudio publicado en Nature por un equipo internacional de científicos proporciona evidencia clara de un vínculo entre el cambio climático inducido por causas astronómicas y la evolución humana.

Al combinar la base de datos más extensa de restos fósiles bien fechados y artefactos arqueológicos con un nuevo modelo de supercomputadora sin precedente que simula la historia climática de la Tierra de los pasados 2 millones de años, el equipo de expertos en modelado climático, antropología y ecología determinó bajo qué condiciones ambientales probablemente vivían los humanos arcaicos.

El impacto del cambio climático en la evolución humana se ha sospechado durante mucho tiempo, pero ha sido difícil de demostrar debido a la escasez de registros cerca de los sitios con fósiles humanos. Para evitar este problema, el equipo investigó cómo era el clima en su simulación por computadora en los momentos y lugares donde vivían los humanos. Esto reveló las condiciones ambientales preferidas de diferentes grupos de homínidos.

Este estudio considera las siguientes especies: Homo sapiens,Homo neanderthalensis,Homo heidelbergensis (incluidas las poblaciones africanas y euroasiáticas), Homo erectus y los primeros Homo africanos (incluidos el Homo ergaster y el Homo habilis). A partir de ahí, el equipo buscó todos los lugares y momentos en que ocurrieron esas condiciones en el modelo. Creó mapas que evolucionan en el tiempo de los posibles hábitats de los homínidos.

Aunque diferentes grupos de humanos arcaicos prefirieron distintos ambientes climáticos, todos sus hábitats respondieron a los cambios climáticos causados por los astronómicos en el bamboleo, la inclinación y la excentricidad orbital del eje de la Tierra con escalas de tiempo que van de 21 a 400 mil años, señaló en un comunicado Axel Timmermann, primer autor del estudio y director del Centro IBS para la Física del Clima en la Universidad Nacional de Pusan en Corea del Sur.

Para probar la solidez del vínculo entre el clima y los hábitats humanos, los científicos repitieron su análisis, pero con las edades de los fósiles mezcladas como una baraja de cartas. Si la evolución pasada de las variables climáticas no afectara dónde y cuándo vivían los humanos, ambos métodos darían como resultado los mismos hábitats.

Sin embargo, los investigadores hallaron diferencias significativas en las pautas de hábitat para los tres grupos de homínidos más recientes (Homo sapiens, Homo neanderthalensis y Homo heidelbergensis) al usar las edades fósiles barajadas y realistas. Este resultado implica que, al menos durante los pasados 500 mil años, la secuencia real del cambio climático pasado, incluidos los ciclos glaciales, tuvo un papel central en la determinación de dónde vivían los grupos de homínidos y dónde se han encontrado sus restos, explicó Timmermann.

Martes, 12 Abril 2022 05:29

La rebelión de la ciencia

Fuentes: The conversation [Imagen: Protesta de científicos ante el Ministerio de Transición Ecológica de España en octubre de 2021. Twitter de Scientist Rebellion]

Expertos de todo el mundo han organizado una acción de desobediencia civil pacífica esta semana para denunciar la inacción política ante sus repetidos mensajes sobre la urgencia de mitigar el cambio climático.

John Kennedy Toole recurrió a la ironía y al humor para relatar una tragedia en su única y brillante novela La conjura de los necios. Su protagonista, Ignatius Reilly, fue en cierto modo un reflejo del escritor y de las miserias de una sociedad egoísta y esclava de sus deseos. Poco experto en materia de agitación social, Ignatius tuvo que aprender de su alter ego Myrna Minkoff cómo organizar una rebelión contra el sistema.

En pleno siglo XXI, los científicos y científicas del clima, poco duchos en activismo y revolución, se encomiendan de la mano de movimientos modernos a la rebelión contra una sociedad que no acaba de ver la ruta de autodestrucción en la que se afana día a día.

La rebelión de la comunidad científica se apoya en una cruda realidad: la ciencia del cambio climático no es escuchada. Ha dado lugar a reportajes y películas asombrosasprovocadoras e incluso taquilleras. Pero no nos engañemos. Quienes investigamos las causas y las consecuencias del cambio climático y las medidas que hay a nuestro alcance para atajarlo no hemos sido escuchados. O si alguien nos ha escuchado, desde luego no ha servido para mucho.

Seguimos incrementando (y no reduciendo) la emisión de gases de efecto invernadero. Apenas la covid-19 supuso una relativa y muy breve desaceleración en estas emisiones.

Cambio de tercio en la comunidad científica

Dado que el lenguaje científico sobre el clima no se traduce en acciones significativas, ha llegado el momento de probar otros lenguajes. Y precisamente eso es lo que se ha planeado para la segunda semana de abril de 2022 por científicos de todo el mundo aliados con diversas organizaciones ambientalistas, como Extinction Rebellion.

Del 4 al 9 de abril de 2022 tendrá lugar la primera acción de desobediencia civil pacífica coordinada internacionalmente por miembros de la comunidad científica. Una semana que fue precedida por numerosos anuncios en redes sociales y en los medios de comunicación y el planteamiento de un manifiesto contra la inacción climática que ya cuenta con numerosas adhesiones. Algunas de las reflexiones que siguen recogen las principales pautas de este llamamiento colectivo y se suman a su compromiso.

Esta semana de acciones y protestas se ha programado para coincidir con la publicación de la tercera parte del sexto informe del IPCC. La segunda parte quedó completamente tapada por la invasión de Ucrania por el ejército ruso, ocurrida en el mismísimo día de su publicación. Una tremenda paradoja, porque ambas catástrofes, la invasión de Ucrania y el cambio climático, tienen el mismo origen. Es paradójico también porque, de haberse hecho los deberes planteados desde la ciencia para la transición energética, el conflicto no hubiera llegado a ser bélico.

La comunidad científica hemos alimentado con nuestros estudios e informes a toda una generación de jóvenes activistas que han entendido lo suficiente de nuestro mensaje para ponerse en pie por el planeta.

Pero no podemos dejar que la sociedad relacione la lucha contra el cambio climático solamente con jóvenes ambientalistas. Ellos han bebido de nuestros estudios y lo que dicen se apoya en la mejor de las ciencias. Es ineludible que científicos y ambientalistas vayamos juntos en esta rebelión. La ciencia sin activismo es impotente y el activismo sin ciencia no tiene precisión en sus reivindicaciones.

Un mensaje cada vez más claro

Ante la inacción social y política, hay muchos científicos que se desmotivan, desalentados al ver que sus conferencias y sus entrevistas son una versión moderna de los profetas predicando en el desierto.

Sin embargo, cada vez hay más científicos que se reinventan para hacerse oír ante la crisis climática. El propio IPCC ha cambiado de tono en su sexto informe publicado en tres partes entre agosto de 2021 y abril de 2022. Emplea un nuevo lenguaje, más áspero, y que deja mucho menos margen para dudas o interpretaciones.

Las incertidumbres de la ciencia han empañado históricamente la claridad del mensaje climático para los ojos de la sociedad y los responsables políticos, siempre anhelantes de certezas y, por tanto, muy poco habituados a gestionar riesgos y probabilidades.

En el nuevo informe se ha matizado la sempiterna prudencia científica de mantenerse al margen de conclusiones o recomendaciones que puedan desafiar ideologías imperantes, programas económicos o estrategias políticas.

La ciencia, organizada a través del IPPC, se ofreció siempre a asesorar apartándose de cuestiones política o económicamente escabrosas. Sin embargo, la diplomacia, emanada de las Naciones Unidas que creó este panel de expertos en 1988, se ha relegado a un segundo lugar. La razón no es otra que la escasa efectividad práctica de los extensos y sesudos informes previos.

La comunidad científica está tan desconcertada ante la situación que algunos, como el profesor Bruce Glavovic, de la Universidad Massey de Nueva Zelanda y coordinador del II capítulo del IPCC, han hecho un llamamiento a toda la comunidad científica para dejar de producir informes hasta que los Gobiernos cumplan con su responsabilidad y movilicen una acción coordinada desde el nivel local al global. Su propuesta es que los científicos establezcamos una moratoria en la investigación sobre el cambio climático como medio para exponer primero, y renegociar después, el contrato roto entre la ciencia y la sociedad.

No es tanto que los científicos y científicas relacionados con el cambio climático estemos enfadados porque nuestras conclusiones no se pongan en práctica. Es más una cuestión de que estamos realmente preocupados de que esté ocurriendo tal cosa. Una preocupación que deriva en trastornos de ansiedad y estrés que afectan a millones de personas (especialmente jóvenes) en todo el mundo.

Avisos ignorados

El sexto informe del IPCC tenía como meta analizar los progresos realizados para mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C respecto a la era preindustrial y, al mismo tiempo, continuar los esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, tal como se acordó en París en la cumbre del clima de 2015.

Ahora, el IPPC y varios nuevos estudios confirman y precisan lo que nos temíamos: no rebasar 1,5 °C de calentamiento es matemáticamente posible pero sumamente improbable, y no rebasar los 2 °C requiere un esfuerzo global que de momento no se está produciendo.

Las gotas frías, los huracanes, las nevadas extraordinarias, las lluvias torrenciales, las sequías extremas, las olas de calor inusuales y los megaincendios se multiplican y aceleran. En España, un 75 % del territorio está ya en alto riesgo de desertificación. Y la ciencia comienza a comprender la gravedad de una docena de puntos climáticos de inflexión o de no retorno que se han activado por la acción humana.

Los avisos de la comunidad científica sobre el rumbo de colapso que lleva nuestra civilización han sido muchos. Quizá el informe Meadows encargado al Massachusetts Institute of Technology por el Club de Roma hace medio siglo fue uno de los avisos pioneros más destacables. Vendrían bastantes avisos más. Desde hace años, el reloj del apocalipsis incorpora al cambio climático como uno de los riesgos principales para la humanidad.

En 2019, las evidencias científicas de la amenaza para la supervivencia de la humanidad y de un colapso global del sistema de la vida en la Tierra llevaron a 11 000 personas de la comunidad científica a lanzar una alerta pública de emergencia climática, dirigida a todos los Gobiernos del planeta.

La realidad climática vs. los intereses económicos

En el primer capítulo del sexto informe del IPCC  se muestra con claridad que para limitar el calentamiento global a 1,5 °C se necesitan transiciones socioeconómicas rápidas y de gran alcance, particularmente en los sistemas energético, terrestre, urbano y de infraestructuras (incluido el transporte y los edificios) e industrial.

Tales transiciones no tienen precedentes en lo que a escala se refiere e implican profundas reducciones en las emisiones en todos los sectores, la puesta en marcha de un amplio conjunto de opciones de mitigación y el incremento sustancial de las inversiones en estas opciones.

Pero la realidad es que estas transiciones rápidas que demanda la ciencia y que son tan factibles como urgentes no se están realizando. Los Gobiernos siguen subvencionando con dinero público la industria de los combustibles fósiles y numerosas actividades que dañan tanto el medioambiente como la salud humana.

Las entidades bancarias financian el cambio climático y la degradación ambiental a pesar de organizarse en redes como la Alianza Financiera de Glasgow para el Cero Neto (GFANZ) para, en teoría, hacer justo lo contrario. Solo 11 de las 30 mayores empresas financieras que cotizan en bolsa han fijado objetivos fiables para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, según los investigadores del clima de InfluenceMap.

Las entidades bancarias y grandes grupos industriales y empresariales mantienen fuertes medidas de coacción y presión a los Gobiernos y a las instituciones oficiales nacionales e internacionales, incluyendo las cumbres del clima auspiciadas por las Naciones Unidas, para impedir o ralentizar medidas eficaces para la reducción de emisiones.

Como prueba de esta gran hipocresía, gobiernos como el de Alemania y el de Francia han sido condenados por sus respectivas cortes constitucionales por inacción climática y en España se está tramitando actualmente una querella climática contra el Estado.

A tiempo para cambiar de rumbo

Ignorar el principio de precaución y no reconocer que el crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos es, como dijo el secretario de las naciones Unidas António Guterres, una senda suicida para la humanidad.

Los objetivos actuales de crecimiento defendidos por los poderes económicos están en contradicción directa con la reducción de los impactos ambientales por debajo de los umbrales de los límites planetarios. Hay propuestas económicas alternativas en las que se plantea un cambio radical de modelo productivo que deben ser puestas en marcha globalmente, y no solo en algunas ciudades a modo de ensayo, para limitar el aumento de temperatura.

Los cambios de consumo individual no bastan y hace falta una transformación profunda y rápida del conjunto del sistema productivo, acompañada de una transición justa para los colectivos más vulnerables.

La gobernanza necesaria para hacer realidad este objetivo está orientada hacia la innovación social y la creación de nuevas instituciones que permitan garantizar la participación real de la ciudadanía y la democratización efectiva de la acción climática.

Las asambleas ciudadanas para luchar contra el cambio climático como las organizadas en Francia y el Reino Unido, y actualmente en desarrollo en España, son un ingrediente nuevo y estimulante en esta dirección.

Toca construir ahora nuevos derechos, nuevas economías y nuevas instituciones para una democracia por la Tierra. Las recomendaciones consensuadas de la comunidad científica deben convertirse en objetivos vinculantes, con mecanismos institucionales que garanticen la participación real de la ciudadanía, como prevé el convenio europeo de Aarhus desde 2005.

John Kennedy Toole recurrió al humor para abordar la tragedia y su personaje acudió a la agitación social para cambiar lo intolerable. La comunidad científica ensaya la rebelión tras el fracaso de los procesos de información y asesoramiento en materia climática. No dudaremos en usar el humor para narrar la tragedia climática si hace falta. Pero Toole no vio publicada su obra, que obtuvo el premio Pulitzer en 1981 y fue un auténtico éxito mundial, porque se suicidó con apenas 31 años. Esperamos que las analogías terminen ahí y que ningún científico o científica llegue a cruzar esa tremenda línea roja.

Este articulo se publicó originalmente con el titulo ‘La rebelión de los científicos’ haciendo un guiño al libro de Toole de ‘La conjura de los necios’. Quienes lo leyeron inicialmente nos hicieron ver con acierto que el título dejaba fuera a la mitad de la comunidad científica por razones de género, lo cual no era, ni mucho menos, nuestra intención.

Por Fernando Valladares | 11/04/2022

Fernando Valladares. Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

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Lunes, 11 Abril 2022 05:12

Frente al abismo climático

Frente al abismo climático

En medio de una nueva ola de aumento de la explotación de gas y petróleo, favorecido por el aumento de precios y el argumento de blindarse ante la guerra en Ucrania, el panel de expertos sobre cambio climático de la ONU acaba de publicar su tercer informe en un año, cuyo mensaje principal es la urgencia de reducir rápida y drásticamente el uso de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) en todos los rubros. De 2010 a 2019 las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) aumentaron hasta llegar al nivel más alto de emisiones en la historia de la humanidad. De esos gases, el principal es el dióxido de carbono (CO₂), responsable de 64 por ciento de GEI, seguido de de metano con 18 por ciento. Las principales fuentes de GEI son la generación de energía y la emisión de gases relacionados al cambio de uso de suelo y deforestación, seguidos de industria, construcción y transporte (https://tinyurl.com/6cnbzpfs).

Además del cambio de fuentes de energía, plantea la urgencia de otras medidas, como cambiar patrones de producción y consumo agroalimentario (sobre todo reducción de producción y consumo industrial de carnes), la restauración de ecosistemas naturales forestales y costeros, cambiar las formas de urbanización y construcción, bajar significativamente el transporte áereo, disminuir los transportes motorizados en general, al tiempo que aumentar los transportes públicos, caminar y usar bicicletas, entre otros. El reporte plantea que el cambio de la demanda de bienes y servicios podría bajar las emisiones globales entre 40 y 70 por ciento en 2050. Reconocen que estos cambios de "estilo de vida" no son aplicables a toda la humanidad, ya que gran parte de la población mundial no tiene satisfechas sus necesidades básicas.

Por primera vez informan sobre la enorme desigualdad en quien genera emisiones de carbono de acuerdo al consumo: el 10 por ciento de la población global con mayor consumo y más emisiones de carbono es responsable de hasta 45 por ciento de las emisiones de GEI, mientras que el 50 por ciento de la población de menor consumo emite hasta 13 por ciento.

La desigualdad global es mucho mayor si se considera en riqueza y se compara con el uno por ciento más acaudalado a nivel global, que según Oxfam es responsable de más del doble de las emisiones del 50 por ciento más pobre del planeta (https://tinyurl.com/info-oxfam).

El grupo intergubernamental de expertos sobre cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés) elabora un informe global de evaluación cada 5-6 años. Se compone de tres grupos de trabajo, el primero sobre la ciencia del clima, el segundo sobre vulnerabilidad, impactos y adaptación al cambio climático y el tercer grupo –que emitió su informe este 4 de abril– es sobre mitigación, es decir, qué medidas tomar frente al cambio climático. Los informes anteriores se publicaron en 2021 e inicios de 2022. Los tres informes y otros temáticos elaborados anteriormente, confluirán en el Sexto Informe Global de Evaluación, previsto para publicarse en septiembre de 2022.

El informe del grupo tres del IPCC afirma, como los anteriores, que sin acciones inmediatas para reducir las emisiones de GEI, se sobrepasará el límite de aumento promedio de la temperatura en más de 1.5 grados en pocos años, lo cual se podría evitar con una reducción de emisiones de 43 por ciento en 2030. El Acuerdo de París sobre cambio climático acordó mantener el aumento de temperatura promedio por debajo de 2 grados en 2100. No obstante, con el ritmo actual de emisiones el aumento sería de 3.2 grados, lo que el IPCC considera "catastrófico".

El informe del grupo tres identifica muchas de las causas y plantea que existen vías posibles para enfrentar el desastre climático, como las mencionadas. Informa que el costo de generar electricidad con energía fotovoltaicas y eólica ha bajado notablemente, al tiempo que su adopción aumenta, aunque actualmente solo provee cerca de 10 por ciento de la electricidad.

Lo malo del informe es que pese a que pone en la mesa muchas causas y problemas y plantea alternativas importantes, en sus conclusiones y escenarios de acción abre la puerta a tecnologías de geoingeniería, a grandes plantaciones y monocultivos, así como al uso de suelos agrícolas y ecosistemas marinos para captación de carbono, todo ello son objetivos buscados por los especuladores de los mercados de carbono.

En geoingeniería, se refieren principalmente a formas de capturar CO₂ después de emitido, lo cual da una excusa para que sigan las emisiones desde sus fuentes. No es la primera vez que el IPCC considera esto, pero es muy preocupante que pese a la gravedad de la situación, siga especulando con tecnologías que ni siquiera está probado que servirían para captar y almacenar carbono y que implican una amplia serie de riesgos ambientales y sociales. El peor riesgo inmediato de esas tecnologías, en su mayoría inexistentes, es que son promovidas por empresas petroleras y otras con altas emisiones de GEI, para justificar seguir aumentando la contaminación, alegando que usarán tecnologías para compensarla. Por este y otros muchos riesgos son tecnologías que se deberían prohibir. Urge en lugar de ello, apoyar el desarrollo de las muchas alternativas social y ambientalmente justas (www.geoengineeringmonitor.org).

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Una persona camina por un terreno reseco y agrietado. Kuro_VN

Crisis ecológica y social

 El último IPCC completo menciona 28 veces la palabra ‘decrecimiento’, pero lo hace en cero ocasiones en el resumen para políticos

 

El expediente de la vergüenza. Este informe es una letanía de promesas climáticas incumplidas. Sin una reducción rápida y profunda de las emisiones de gases de efecto invernadero en todos los sectores, será imposible evitar el desastre climático al que nos dirigimos por la vía rápida. Las y los activistas climáticos a veces son representados como radicales peligrosos, pero los radicales verdaderamente peligrosos son los países que están aumentando la producción de combustibles fósiles. Estas declaraciones –que podrían pertenecer a cualquier portavoz de un movimiento social– son solo algunas de las frases más contundentes que el secretario general de la ONU, António Guterres, ha proclamado a raíz de la oficialización de la última parte del informe climático más importante del mundo, el del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC).

En esta ocasión se trata del grupo III. El encargado de proponer un plan concreto de mitigación, es decir, de reducir emisiones y buscar soluciones viables (tecnológicas, económicas y sociales) a la mayor crisis a la que se ha enfrentado el ser humano. La ciencia nunca había sido tan clara: hemos de reducir drásticamente las emisiones para tener oportunidades de mantener la estabilidad climática que nos permite vivir en este planeta. Pero el resumen para políticos y gestores (el SPM, por sus siglas en inglés), que será lo único que lea la inmensa mayoría de responsables políticos y líderes empresariales de las más de 2.900 páginas del informe, no está a la altura de la ciencia que lo respalda, ni del desafío que suponen el cambio climático, la crisis ecológica y la transición energética. Este documento es lo único que no es estrictamente científico, el protocolo establecido por las Naciones Unidas permite que los países, presionados en muchas ocasiones por sus lobbies empresariales, planteen cambios y negocien línea a línea el contenido de este documento. Estamos sin duda ante la parte del informe en la que más se muestra la duplicidad de almas, las luces y sombras, el verdadero carácter –extremadamente bipolar– del proceso de redacción del IPCC.

Tras una última fase de revisión del informe, que se alargó varios días más de lo esperado y llegó a retrasarse su publicación debido a la pugna por modificar el resumen, una cosa queda clara y cristalina: el maquillaje que efectúan los lobbies y gobiernos al resumen del informe durante el proceso –documentado también por la BBC– es desgraciada e incuestionablemente real, y la rebelión de una parte de la comunidad científica ante esta situación no solo está más que justificada, sino que, vista la inacción, es imprescindible para tratar de solucionar la situación.

Hace unos meses, gracias a un colectivo de científicos y científicas rebeldes (Scientist Rebellion), logramos publicar la filtración del primer borrador de este grupo III y el impacto internacional fue inmediato –The Guardian, Der Spiegel, CNBC, la Universidad de Yale…–. Decenas de medios de más de 35 países se hicieron eco del mensaje de alerta roja documentado por el IPCC. 

Para titular los artículos, los periodistas solían elegir entre dos de las perlas que incluía ese primer borrador, que solo la mano de los científicos y científicas había tocado. Una de ellas, que las emisiones debían tocar techo en 2025 y descender rápidamente, se mantiene intacta en la versión final de este resumen para políticos. El otro gran titular, que todas las plantas de gas y carbón existentes deberían cerrar en aproximadamente una década, ha desaparecido por completo del resumen.  

Pero no es lo único que ha cambiado. Comparando ambas versiones, las sorpresas son mayúsculas. Hemos encontrado multitud de ejemplos de cambios que suavizan un informe que, si de algo peca de entrada, es de una gran moderación. Y sobre todo, si algo ha cambiado, es el mundo. Los trabajos analizados en el compendio tienen una fecha máxima: octubre de 2021. Desde entonces hemos sufrido los primeros shocks graves de una crisis energética y de la cadena de suministros que venía larvándose desde hace años. Ha dado comienzo una guerra que ha cambiado la política y la economía quizá para siempre, y cada vez más voces alertan de que estamos a las puertas de una gran crisis alimentaria. Cuando todo se acelera, la vigencia de los análisis se vuelve aún más efímera. 

Probablemente este es el último gran trabajo del IPCC que llega a tiempo de orientar a nuestras sociedades para maniobrar y evitar el descalabro. Hay quién cree que la dirección que se marca en el informe es clara, pero leyendo el resumen para responsables de políticas, la sensación que nos transmite es más bien la de una civilización que se tambalea inestable mientras va dando bandazos. Una civilización que se sostiene gracias a un petróleo cada vez más escaso, que hay que ir abandonando progresivamente, y a un glaciar que está en fase de deshielo cada vez más acelerada. Tanto la estabilidad climática como la energética dependen de que seamos capaces de aceptar esta situación.

En el proceso, entre la versión del resumen filtrada en agosto y la finalmente publicada, los cambios más destacables son los siguientes:

– Desaparece la mención al cierre de las plantas de gas y carbón en una década. Los lobbies de la industria fósil han logrado rebajar el tono general del resumen dirigido contra su propia industria. Se sabe que el retraso en la publicación del informe ha sido principalmente por esta razón. Países interesados –destaca el rol de Arabia Saudita– presionaron para eliminar esta recomendación.

– Se rebaja el tono respecto a la responsabilidad del 10% más rico. En el resumen filtrado se apuntaba que contaminan 10 veces más que el 10% más pobre.

– Desaparecen muchas de las alusiones a las emisiones directas de la aviación, la industria del automóvil y el consumo de carne. De hecho la palabra “meat” desaparece del nuevo resumen. Estas emisiones quedan reflejadas en el recién publicado informe asociadas a otras del sector y por tanto queda diluida su importancia. 

– En el primer borrador se alertaba respecto a los “intereses creados” como uno de los factores que imposibilitaban el avance de la transición energética. Esa mención, que sí aparece en el informe, ha caído del resumen, víctima, precisamente, de esos mismos intereses creados que presionan a los gobiernos. ¿Quién dice que no hay poesía en los informes científicos?

– Se elimina una de las frases que más enfrentaba el tecno-optimismo absolutamente predominante en el informe: “el coste, el rendimiento y la adopción de muchas tecnologías individuales ha progresado, pero las tasas de despliegue e implementación global del cambio tecnológico son actualmente insuficientes para alcanzar los objetivos climáticos”. Una afirmación que chocaba de lleno con la lógica de los mercados de carbono voluntarios y las grandes empresas.

– Sobre el mecanismo de la Captura y Secuestro de Carbono: Arabia Saudita, de nuevo, junto con otros países como Reino Unido, han pugnado por fortalecer este polémico punto que les permite seguir como si nada pasara, demostrando una absoluta frivolidad. El tecno-optimismo imperante cree que una tecnología por desarrollar vendrá mágicamente al rescate y permitirá incluso “seguir usando combustibles fósiles”. Se ha introducido mucho material sobre estas tecnologías para justificar la idea de las cero emisiones netas que no tiene apenas base científica, y que, sin embargo, sostiene la tesis central del informe 

– Desaparece del resumen cualquier tímida mención a los problemas con los materiales necesarios para la transición energética, que son indispensables para el desarrollo de las renovables, las baterías o el coche eléctrico. En el primer borrador estaba presente.

– Desaparece también la mención a la democracia participativa como una de las herramientas principales para desatascar y acelerar una transición para la cual ya no hay apenas tiempo.

– Desaparece por completo el punto que hacía referencia a que “los ambiciosos objetivos de mitigación y desarrollo no pueden alcanzarse mediante cambios graduales”. El maquillaje se ceba con las referencias que buscaban resaltar que no basta con cambios individuales y paulatinos.

Afortunadamente, analizando el informe completo –libre de presiones–, sí podemos encontrar un camino que nos dirige nada más y nada menos que a una revolución de nuestros sistemas energéticos y socioeconómicos, dejando entrever la emergente apuesta de una parte de la comunidad científica por el decrecimiento. Es el único camino que nos queda para atajar las múltiples emergencias en las que nuestras sociedades están inmersas. 28 veces se menciona la palabra “decrecimiento” –cada vez menos tabú– en el informe completo, frente a cero en el resumen para políticos. La frase que hacía referencia al carácter insostenible de la sociedad capitalista también se mantiene demostrando la impecabilidad del informe. 

Por primera vez, el IPCC se hace eco de lo que la sociedad civil lleva años advirtiendo, y alerta, en sus capítulos 14 y 15, sobre el obstáculo que entraña el Tratado de la Carta de la Energía (TCE) y su mecanismo de resolución de controversias inversor-Estado (ISDS) para el desarrollo de políticas de mitigación del cambio climático. Y es que, tras haber pasado desapercibido durante tres décadas, hoy en día este acuerdo internacional para el sector energético continúa protegiendo las inversiones en combustibles fósiles y permitiendo que inversores y multinacionales –precisamente aquellos que nos han abocado a esta encrucijada– puedan demandar a los Estados cuando consideran que han legislado en contra de sus intereses económicos, presentes o futuros. Los números hablan por sí solos: sólo en Europa la infraestructura fósil protegida por el tratado asciende a 344.600 millones de euros. 

La pregunta es ¿podemos abandonar los combustibles fósiles sin antes abandonar el TCE? Y, ¿por qué no se ha incluido en el resumen para políticos? 

Llegados a este punto, ya no basta con incluir menciones valientes en informes cuyos resúmenes son después diluidos por los lobbies. No solo es normal que una parte de la comunidad científica se rebele y pase a la acción: es más que deseable. Es justo lo que necesitamos para provocar un debate que parecemos evitar. Este debate, el elefante en la habitación, es que necesitamos cambiar el modelo socioeconómico, y rápido. Necesitamos actuar, arriesgar, para quizá, con suerte, inspirar a la sociedad a que se vuelva a movilizar. Necesitamos abandonar los combustibles fósiles antes de que ellos nos abandonen a nosotros.

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Juan Bordera 

Antonio Turiel (CSIC) 

Fernando VALLADARES (CSIC) 

Marta García Pallarés (ambientóloga) 

Javier de la Casa (investigador en el CREAF)

Fernando Prieto (Observatorio de la Sostenibilidad) 

Ferran Puig Vilar (ingeniero y experto en clima)

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El Gobierno de Boric no fue bienvenido en la zona mapuche militarizada

Tras más de 5 meses de estado de excepción en La Araucanía y la provincia de Arauco, el nuevo gobierno de Boric se prestaba a dar una importante señal política de capacidad de diálogo y manejo del mal llamado “conflicto mapuche”. Pero fue la propia comunidad de Temucuicui que le puso límites al plan de la nueva Ministra del Interior, Izkia Siches. “Podemos recibir a Siches y Boric si hablamos de restituir territorios” dijo el lonko de la comunidad, un problema estructural del territorio ancestral mapuche.

 

Luego de su instalación el pasado viernes, el nuevo Gobierno de Boric se prestaba a dar uno de sus primeros grandes anuncios: el proceso de diálogo para La Araucanía, la zona mapuche militarizada desde el Gobierno de Piñera.

Una de las principales señales que quiso dar la nueva Ministra del Interior Izkia Siches fue visitar la Comunidad de Temucuicui para entrevistarse con el padre de Camilo Catrillanca, joven comunero mapuche asesinado por la espalda en 2018. El viaje terminó en bochorno cuando no pudo ingresar a la comunidad y fue acusada de “improvisación” por el propio Catrillanca y más tarde por las autoridades de la comunidad que ni siquiera sabían de la visita. La comunidad planteó que se sentarán a dialogar si se habla de restituir territorios y se liberan a los presos políticos. Solo en Temucuicui hay 16 presos políticos mapuche.

El Gobierno de Boric había anunciado que quería terminar con el estado de excepción impulsado por Piñera desde el pasado 12 de octubre de 2021. Esta primera visita fallida fue aprovechada por la derecha, los medios y los empresarios para insistir en el mantenimiento del estado de excepción en la región del Wallmapu. Una medida que ha intensificado la represión y militarización en la zona.

El nuevo Gobierno venía dando muestras de confianza en su estrategia. De hecho Boric señaló que habían varias empresas forestales “dispuestas a salir del territorio” para alcanzar acuerdos en el territorio ancestral mapuche, cuestión que fue desmentida por una de las 2 grandes forestales del país. Este lunes fue el propio gerente general de la empresa forestal CMPC quién dijo que no estaban dispuestos a bajar su “presencia en el territorio” sino por el contrario que tenían la intención de “potenciar” la industria forestal. Se trata de uno de los problemas estructurales de la región donde el Estado y las forestales usurparon el territorio ancestral mapuche y donde el Gobierno de Boric no tiene una propuesta de restitución de tierras.

Además, el problema del agua en la zona tiene relación directa con la industria. "Para el año 2018, había 100 mil personas que no tenían acceso al agua potable, debiendo ser abastecidos por medio de camiones aljibes. La expansión forestal no ha aumentado los ingresos de la población, ni ha reducido el desempleo. Por el contrario, su crecimiento está vinculado al aumento de la pobreza y la desigualdad de ingresos entre la población indígena y no indígena”, detalla Ciper Chile en la investigación ¿A quiénes beneficia el odio racial en Wallmapu?

Viejas recetas

Los anuncios que hizo Siches no variaron de los que han realizado otros gobiernos en el pasado: “Habrá más énfasis en Salud, Educación, Obras Viales y espacios de Agua Potable Rural en los territorios, además de la seguridad”. Por último, anunció la instalación de una “Comisión de Verdad, Justicia y Reparación para todas las víctimas”.

Para lo que se viene, el Gobierno prepara la conformación de nuevas mesas de diálogo: “esperamos formar en las próximas semanas encuentros de diálogos y acuerdos territoriales que nos permitan avanzar en los distintos espacios, porque entendemos que el territorio es distinto, las necesidades de nuestros distintos territorios requieren una mirada integral y abordarlo con sus autoridades ancestrales, políticas, representantes de organizaciones civiles, víctimas, mapuches y no mapuches conversando sobre la mesa dialogando y buscando soluciones”.

La fallida primera visita del Gobierno de Boric al territorio mapuche muestra que los simbolismos y promesas de campaña no son suficientes cuando se enfrentan a la realidad y las exigencias y aspiraciones de comunidades y colectivos.

“Podemos recibir a Siches y Boric si hablamos de restituir territorios” dijo el lonko de la comunidad, un problema estructural del territorio ancestral mapuche. Solo en La Araucanía las forestales son dueñas del 20% del suelo de la región. Y Boric no parece estar dispuesto a enfrentar a las forestales para atender las justas demandas del pueblo mapuche.

Miércoles 16 de marzo

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Viernes, 11 Marzo 2022 05:29

Boric ante los desafíos de la historia

Boric ante los desafíos de la historia

Cuando Gabriel Boric, con apenas treinta y seis años a cuestas, jure hoy como el presidente más joven de la historia de Chile, tendrá, paradójicamente, que hacer frente al desafío de remediar en los próximos cuatro años el problema más vetusto y antiguo que arrastra esta nación andina desde antes de su independencia en 1810.

En efecto, ya en 1796, José Cos de Iriberri, comerciante chileno, elogió "la opulencia y riqueza" de la tierra, pasando a lamentarse: "Quién pensaría que en medio de tal abundancia habría una población escasa gimiendo bajo el pesado yugo de la pobreza, la miseria y el vicio". Por supuesto, el fantasma de Iriberri (que habitaba una provincia española de menos de un millón de almas), no reconocería el Chile contemporáneo, una nación de 20 millones de personas, gimiendo bajo el yugo de problemas típicos, más bien, del siglo 21. Y, sin embargo, Iriberri advertiría también que la desigualdad, la injusticia y la corrupción continúan perturbando persistentemente a su tierra natal, aunque, de resucitar, quizás abrigara de pronto la esperanza de que esta situación desastrosa pudiera estar llegando a su fin.

Boric fue elegido porque encarnaba un vasto movimiento de ciudadanos que colmaron las calles en octubre del 2019 exigiendo un nuevo sistema político, un conjunto diferente de prioridades económicas y, sobre todo, dignidad para los desfavorecidos, una serie de medidas drásticas que, de ser llevadas a cabo, podrían dentro de poco invalidar un juicio tan melancólico como el de Iriberri.

El éxito de la tajante agenda de Boric dependerá de varios factores. Ante todo, en un país atormentado por la pandemia y el malestar social, tendrá que aumentar los impuestos a los súper ricos y a las grandes corporaciones, especialmente en el sector minero, para financiar reformas indispensables en salud, educación, planes de pensiones, un salario mínimo más alto, políticas ecológicas agresivas, así como el empoderamiento de las mujeres y la gobernanza regional. Para obtener estos ingresos, la administración de Boric tiene que negociar con un Congreso donde su coalición está en franca minoría. Moderar algunos de los objetivos más ambiciosos podría conducir a algunos acomodos, pero también es probable que decepcione y movilice a muchos de sus agitados seguidores que votaron por un líder que prometió enterrar el neoliberalismo y sus descontentos. De todas maneras, cualquier acuerdo que se alcance obligará a muchos meses de legislación, compromisos y presión desde la calle.

Una segunda serie de circunstancias precisa atención inmediata. Una crisis migratoria en el extremo norte del país, invadido por trabajadores indocumentados de toda América Latina, ha sembrado un tóxico sentimiento antimigrante que incitó a camioneros a que bloquearan rutas vitales, una acción que, de repetirse, podría paralizar áreas significativas de la economía. La propia postura de Boric de dar la bienvenida a sus hermanos y hermanas latinoamericanos se verá, entonces, puesto pronto a prueba. En el sur del país, las justas exigencias reivindicativas de pueblos originarios largamente despreciados y expoliados han abierto un terreno fértil para una creciente violencia. El nuevo Presidente está decidido a rechazar la militarización que instaló su predecesor, el inepto derechista Sebastián Piñera, y estrenar un diálogo sereno con todas las partes, pero los acontecimientos sobre el terreno pueden constreñir su margen de maniobra. ¿Y cómo reformar a fondo una fuerza policial recalcitrante que ha brutalizado sistemáticamente a jóvenes y pobres y rebeldes, justo en una coyuntura en que se acrecienta la delincuencia y el narcotráfico?

El mayor desafío para la administración entrante, sin embargo, es la Convención Constitucional que fue creada para canalizar las demandas de los insurrectos y que en estos mismos momentos está escribiendo una nueva Carta Magna para reemplazar la que, fraudulentamente impuesta por Augusto Pinochet en 1980, había bloqueado las mismas reformas que Boric ahora quiere instituir. Aunque la mayoría de los delegados (los conservadores sólo tienen 37 de los 154 miembros de la Convención) comparte las convicciones de Boric (ecológicas, feministas, igualitarias, profundamente participativas, con gran respeto por las creencias indígenas y el rol de las regiones), hay signos de tensión entre un gobierno que tiene que lidiar con las complicaciones cotidianas de la gente común y llegar a convenios con los adversarios, y muchos convencionales que sueñan con una patria completamente libre de explotación, donde la naturaleza reina en forma suprema y el multiculturalismo triunfa. Lo único que Boric no puede permitirse es que los votantes, en un referéndum en septiembre, rechacen la nueva Constitución, una posibilidad que, por ahora, es poco verosímil, pero que, con pujantes fuerzas reaccionarias saboteando la Convención, podría conducir a un resultado que dejaría al nuevo gobierno atado a viejas leyes que, en el pasado, atascaron importantes alteraciones al status quo.

A pesar de todas estas acechanzas y dilemas en el horizonte, el futuro me parece promisorio.

Hace treinta y dos años, el 11 de marzo de 1990, fui un invitado oficial a la toma de posesión del presidente Patricio Aylwin después de diecisiete años de terror dictatorial. Para esa transmisión del mando, conocía personalmente a todos los miembros del gabinete de Aylwin, así como a los jefes del Senado y la Cámara de Diputados. Me complace anunciar que no me he topado nunca con ni uno de los ministros y ministras de Boric (¡es un gabinete paritario, el de Aylwin consistía sólo de hombres!), aunque sí he conocido de cerca a algunos de sus padres y abuelos.

Esta es una prueba rotunda y maravillosa de un verdadero cambio de guardia. Parece que ha llegado el momento de que esta multitud de jóvenes tan talentosos como el carismático y tatuado Boric --¡que no usa corbata!--, por fin arremeta con alegría y desparpajo contra la situación que devasta nuestra desafortunada patria desde hace tanto tiempo. No se trata simplemente de que asumen el poder con el respaldo de una ciudadanía ardiente dispuesta a rebelarse con aún más vehemencia si no hay respuesta a sus necesidades, sino que estos jóvenes políticos forman parte del resurgimiento de una nueva izquierda en toda América Latina, con posibles victorias en Brasil y Colombia en las postrimerías de este año que confirmarían esa tendencia.

Así que, a pesar de la crisis global creada por la invasión de Ucrania y sus secuelas, Boric enfrenta un panorama internacional favorable, sin el tipo de hostilidad o el intervencionismo descarado e imperial de los Estados Unidos que ha obstruido esfuerzos anteriores para realizar cambios fundamentales. Boric representa, además, una vena libertaria que a mí me parece saludable para nuestra izquierda, oponiéndose al autoritarismo de todo tipo (ha criticado la represión de los disidentes en Cuba y ha denunciado al seudosandinista Daniel Ortega como un dictador), que rompe con muchos de los dogmas revolucionarios más ortodoxos de América Latina (incluidos algunos de sus propios aliados comunistas en Chile). Hay que comprender que la experiencia fundacional de la generación de Boric se forjó, no en la lucha contra una dictadura, sino desafiando a gobiernos democráticos que no habían profundizado esa democracia y preferido a una élite pequeña, poderosa y privilegiada por sobre las urgencias de la inmensidad de sus conciudadanos.

Si logra Boric avanzar, utilizando medios pacíficos, hacia cambios sociales y económicos cruciales, e implementa una política intensa de justicia ambiental y de género, su ejemplo va a trascender las fronteras del propio Chile. En un momento en que estamos siendo bombardeados por una cascada implacable de noticias desesperantes, un modelo fundacional que ofrezca esperanza en la democracia y la participación puede inspirar al mundo y especialmente a los jóvenes.

Muchos, aquí en Chile y en el extranjero, estarán observando, entonces, cómo Gabriel Boric inaugura una nueva era en la historia de mi país. Junto a tantos hombres y mujeres que, presumo, le desean buena ventura, agregaría yo legiones de muertos que no pudieron resolver el enigma del perenne desarrollo desigual que todavía nos ronda. Tal vez el fantasma de José Cos de Iriberri, con ganas de descansar en paz, sonría, donde quiera que se encuentre, al reflexionar que, quizás esta vez, después de más de dos siglos de intentos fallidos, sus compatriotas tengan el gobierno que finalmente se merecen.

Por Ariel Dorfman, autor de La muerte y la doncella y de la reciente novela Apariciones, además de una colección de poesía, Palabras desde el otro lado de la muerte que publicará próximamente la editora argentina Libros del Zorzal.

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Peor salud mental, pérdida de cosechas y migraciones

El IPCC alerta de los riesgos para los seres vivos y ecosistemas

El nuevo informe del panel de especialistas identifica una amplia gama de peligros para los sistemas humanos y naturales de continuar emitiendo como hasta ahora. Enumeramos algunos de ellos.

La temperatura desde la época preindustrial ha subido 1,1 ºC. Pero es una media mundial. No todas las zonas del planeta se calientan por igual. En España, por ejemplo, un 70% de la población vive en zonas donde ya se ha superado el grado y medio. De seguir esta tendencia de emisiones, los riesgos para los sistemas humanos y naturales se multiplicarán. En su nuevo informe, el IPCC pone el foco sobre ellos y alerta de la necesidad de una actuación urgente en materia de mitigación y adaptación.

Sistema alimentario

La producción de alimentos y la seguridad alimentaria se verían amenazadas incluso a partir de una pequeña cantidad de calentamiento adicional. Superar los 1,5 ºC (unas de las temperaturas límites fijadas por el Acuerdo de París) implicaría un aumento en el riesgo de pérdidas simultáneas de las cosechas de maíz en diferentes regiones productoras de alimentos importantes, lo que amenazaría las cadenas de suministro de maíz a nivel mundial

Esta situación se vería agravada con un calentamiento de 2°C. Sobrepasar esta temperatura haría que no fuera posible cultivar productos básicos en muchas zonas, especialmente en los trópicos, sin medidas de adaptación que no están disponibles actualmente. En esta línea, la polinización y la salud del suelo se verán debilitadas por un mayor calentamiento, y las plagas y enfermedades agrícolas se extenderán. Los casos de malnutrición serían especialmente elevados en el África subsahariana, el sur de Asia, América Central y del Sur y las islas pequeñas. 

Estos nuevos hallazgos son mucho peores de lo que hasta ahora pensaban los científicos y científicas. Un ejemplo: el anterior informe se centraba en los riesgos para la seguridad alimentaria con niveles de aumento de 4 °C o más.

Salud física y mental

Los problemas relativos a la salud mental, como la ansiedad y el estrés, se prevé que aumenten a medida que lo hagan las temperaturas, sobre todo entre los jóvenes y los ancianos, y los que padecen enfermedades subyacentes. Asimismo, habrá un aumento significativo de la mala salud y de muertes prematuras como resultado de un clima más extremo, de olas de calor más frecuentes e intensas, y de la propagación de enfermedades.

Subida del nivel del mar, migraciones y escasez de agua

Conforme vaya subiendo el nivel del mar, las lluvias torrenciales, los ciclones tropicales y la sequía se convertirán cada vez más en un problema para muchas ciudades, pueblos y aldeas de la costa. Esto, además, obligará a un gran número de personas a abandonar sus hogares, especialmente en los lugares más expuestos y con menor capacidad de adaptación. 

Las migraciones forzosas impulsadas por el cambio climático y los fenómenos extremos son ya una realidad. Son miles las personas que se desplazan a otros países o dentro de su propia región. En España son cada vez más los ejemplos de migrantes que llegan debido a sequías, inundaciones o temperaturas extremas que les impiden subsistir en su hogar.

El informe apunta a que la población costera expuesta a una inundación muy grave (de una envergadura tal que sólo cabía esperarse una vez cada 100 años) aumentará un 20% con una subida del nivel del mar de 15 centímetros adicionales, y se duplicará con una subida de 75 centímetros.

Siguiendo con el agua, ésta se verá sometida a una presión creciente con el aumento de la temperatura, alerta el grupo de especialistas. Especialmente preocupante en el caso de los habitantes de las islas pequeñas y de las regiones que dependen de los glaciares y del deshielo, que podrían no tener suficiente agua dulce si el calentamiento continúa más allá de los 1,5 °C. Este caso es un ejemplo de que superado cierto límite no hay capacidad de adaptación posible.

Y ya no valdrá con pensar en los impactos del cambio climático por separado. Muchos eventos extremos, como una sequía y una ola de calor, podrían darse al mismo tiempo e interactuar entre sí para perjudicar la producción de alimentos y reducir la productividad de la mano de obra agrícola, lo que aumentará los precios de los alimentos y reducirá los ingresos de los agricultores, provocando más malnutrición y muerte, especialmente en las regiones tropicales.

Pérdida de biodiversidad por el aumento de temperaturas

Algunos ecosistemas ya están al límite de su capacidad de adaptación, incluidos arrecifes de coral de aguas cálidas, humedales costeros, bosques tropicales y ecosistemas polares y de montaña. De superarse el grado y medio, se perderán de forma irreversible ecosistemas enteros, incluso si las temperaturas se reducen posteriormente.

Si el aumento de la temperatura continúa hasta los 3 °C, en comparación con si se limita a 1,5 °C, el riesgo de extinción para las especies únicas y amenazadas será al menos 10 veces mayor. Aun así, con un calentamiento de un grado y medio, entre el 3 y el 14% de las especies terrestres correrán un riesgo muy alto de extinción, avisa el IPCC. La Amazonia y algunas regiones montañosas se enfrentan a una pérdida grave e irreversible de biodiversidad si el calentamiento continúa hasta los 2 °C y más allá.

El mantenimiento de la biodiversidad y de los ecosistemas depende de que se proteja de forma eficaz y justa entre el 30 y el 50% de las tierras, el agua dulce y los océanos de la Tierra. Actualmente, solo están protegidas menos del 15% de las tierras, el 21% del agua dulce y el 8% de los océanos.

Por Eduardo Robaina | 03/03/2022


Jorge Riechmann: “Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo”

2 marzo 2022

Profesor de Filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y miembro de Ecologistas en Acción, Jorge Riechmann (Madrid, 1962) desgrana un buen puñado de reflexiones incómodas sobre un modelo de vida que dirige a la humanidad hacia el despeñadero.

En su libro Autoconstrucción cataloga el siglo XXI como “la era de la gran prueba” porque, según dice, “somos la primera generación que entiende perfectamente lo que está pasando con el clima y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos”.

Lo suelta a bocajarro, como un puñetazo entre los ojos. Consciente de que el pesimismo en estos tiempos de oscuridad tiene cada vez menos adeptos, Riechmann censura sin ambages la mercadotecnia del “buenismo” de la que hace gala el sistema convocando grandes cumbres climáticas en las que a muchos se les llena la boca con compromisos medioambientales y “energías verdes” pero luego estigmatizan a los movimientos ecologistas como ingenuos apestados. La realidad que dibuja es desoladora.

Todo está en contra del planeta pero, frente a eso, no cabe la resignación. “Aún podemos actuar contra este modelo de producción salvaje porque no está sujeto a ninguna ley física, como lo está la naturaleza, que impida cambiarlo”. Es el mínimo espacio que este investigador apasionado deja abierto a la esperanza.

¿Tiene solución el planeta?

–Pienso que sí. Lo que no tiene sentido es intentar salvarlo interviniendo sobre el consumo y dejando intacta la voraz cultura productiva. Ambas variables caminan de la mano aunque no valga sólo con esto. Por nuestro comportamiento depredador con los recursos naturales y la biosfera habría que hablar también del extractivismo y, a mi modo de ver, también del exterminismo, una noción acuñada por el historiador británico E. P. Thompson para explicar la estructura del mundo a finales del siglo pasado, cuando las dos superpotencias nucleares enfrentadas amenazaban con aniquilar cualquier rastro de vida en el planeta.

La medida referencial del éxito de un sistema es el PIB. Si crece significa que las cosas van bien y hay esperanza de una vida mejor.

–Es la locura típica de una cultura denegadora como la nuestra. Digo denegar porque va más allá de ignorar lo que pasa y es no ver lo que tenemos delante de los ojos. Significa que no nos hacemos cargo de las consecuencias de seguir chocando contra los límites biofísicos de manera violenta. Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto.

Pero las grandes cumbres climáticas aseguran haber empezado medidas drásticas para evitar el apocalipsis. ¿Qué credibilidad concede a sus decisiones?

–El calentamiento global, siendo una realidad devastadora, es sólo la manifestación de otras dinámicas que deberíamos atajar si queremos evitar el apocalipsis climático hacia el que nos dirigimos. Nuestro principal problema ambiental es la extralimitación ecológica, el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra. Si utilizamos la herramienta de la huella ecológica como indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana podemos observar que, en la actualidad, consumimos los recursos inexistentes de 1.5 planetas Tierra. Y eso a pesar de las carencias y desigualdades que asolan a buena parte de la humanidad.

“Dicho de una forma más didáctica: si quisiéramos generalizar al resto del mundo el modo de vida de los españoles necesitaríamos tener tres planetas como la Tierra a nuestra entera disposición. Y si quisiéramos generalizar el de EEUU, que muchas veces ponemos como ejemplo de éxito, necesitaríamos seis. Es una locura que emana de esa construcción económica de tierra plana de la que hablaba antes”.

Entonces, ¿qué empuja al mundo a seguir enalteciendo el crecimiento económico pese a saber que conduce a la destrucción?

–El capitalismo, cuya dinámica es autoexpansiva y deniega cualquier salida alternativa. Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo, algo que parece prohibido. Por eso digo que las cumbres mundiales sobre el calentamiento global no son realmente efectivas sino más bien ejercicios de diplomacia teatral.

¿No sirven para nada?

–Confunden a la opinión pública. La prueba es que los grandes expertos en el cambio climático como James Hansen, a quien podríamos considerar el climatólogo jefe del planeta, calificó de farsa la cumbre celebrada en París. Se intenta poner un límite a las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero pero los límites son absolutamente incompatibles con el sistema productivista actual. Aunque el síntoma sea el calentamiento climático, la enfermedad se llama capitalismo.

¿Por qué el movimiento ecologista, cuya expresión política llegó a gobernar en países como Alemania, es descalificado hoy por muchos gobiernos?

–Ojalá fuéramos descalificados un poco más porque así seríamos mucho más fuertes y activos. La realidad es que las descalificaciones son un indicio de una situación paradójica: aunque la percepción generalizada es que el mundo se ha comprometido en la lucha contra el cambio climático, eso no es así. Sabemos que desde los años 60 y 70 había evidencias sobre cuál era la dinámica del sistema y los límites del crecimiento pero los mismos a los que hoy se les llena la boca con la lucha contra el cambio climático decidieron poner en marcha toda una campaña global para impedir que se tomaran las decisiones correctas.

“Bastaría con leer un libro de Sicco Mansholt, un socialdemócrata holandés que era presidente de la CEE cuando en los años 1972 y 1973 se produjo el primer choque petrolero mundial, en el que aboga por un cambio radical en las estructuras de producción y consumo que hoy serían catalogadas como radicales y peligrosas”.

¿Cuándo se quiebra ese proceso de sensibilización medioambiental?

–En los años 80, con la fase neoliberal del capitalismo. Desde entonces, el retroceso ha sido constante pese al aumento de lo que algún experto denomina sosteni-blabla, es decir, mucho discurso, mucha cháchara, mucha propaganda y mucha estrategia de comunicación sobre energía verde. Pero la realidad vuelve a ser demoledora: la acción brilla por su ausencia y los planteamientos de fondo, incluso aquellos realizados por gente del establishment como Sicco Mansholt, son estigmatizados por rechazar el dogma del crecimiento infinito.

¿Estamos a tiempo de frenar el cambio climático?

–Hemos llegado a un punto tal que lo que hace 30 años hubieran sido estrategias de cambio gradual ahora ya no están a nuestro alcance. Para hacer frente al calentamiento global necesitamos salir a toda prisa del capitalismo salvaje en el que hoy nos movemos.

¿Cree que el mundo está dispuesto a renunciar a esos principios económicos pese a conocer los riesgos?

–Los cálculos teóricos realizados por investigadores canadienses sobre las opciones que resultarían de respetar los límites biofísicos de la Tierra indican que, por ejemplo, el parque móvil de un país como España, que tiene 15 millones de coches, debería ser de unos 180 000 vehículos con motor de combustión. Pero claro, eso es inaceptable en términos industriales. El caso es que, si no se acepta esta realidad, no hay lucha alguna contra el cambio climático.

¿Quiere decir que la humanidad está condenada si no renuncia al modo de vida capitalista?

–Ya decía antes que las leyes de la naturaleza existen y son las que son. No podemos cambiarlas pese a la ilusión que albergamos de que una especie de tecnociencia omnipotente conseguirá derrotarlas. Donde podemos actuar, en cambio, es contra la organización de nuestro modelo de vida que no está sujeto a ninguna ley física.

¿Qué impide cambiarlo?

–Que no nos creemos lo que sabemos. Si fuéramos capaces de hacerlo, tomaríamos decisiones racionales para cambiar un modelo que nos lleva a la destrucción. Para que esto se produzca nos haría falta un enorme ejercicio de reforma intelectual y moral. El problema es que nuestras sociedades están organizadas contra eso. Fatídicamente, el neoliberalismo se impuso con sus ideas aberrantes de que todo depende de los gustos y preferencias individuales, y que igualdad y libertad son dos principios contrapuestos, cuando una mínima reflexión indica que es una falacia.

“Necesitamos bienestar humano pero necesitamos que sea compatible con los límites biofísicos del planeta. Somos la primera generación de la historia que entiende perfectamente lo que está pasando y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos”.

Publicado en Cubadebate

Entrevista al Filósofo y ensayista español Jorge Riechmann, publicada por primera vez en el diario digital CTXT en su número 135 de septiembre 2017.

(Tomado de Bloghemia)

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