Miércoles, 02 Abril 2014 06:20

Nullius in verba

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Nullius in verba

Atreverse a saber —como le gustaba decir a Kant—, significa un acto de valor, de valentía y osadía. Saber por sí mismos, sin el peso de cualesquiera autoridades. Pensar por sí mismo, en fin: orientarse en el pensar, decía el mismo filósofo alemán.


La expresión proviene de Horacio —Quinto Horacio Flaco—. El más importante poeta lírico y satírico de la Roma antigua. El mismo autor de Sátiras, y Odas y Epístolas.


Literalmente, nullius in verba quiere decir "en la palabra de nadie", o "de nadie en su palabra". "No soy dado a reverenciar la palabra de ningún maestro, donde quiera que la tormenta me arrastre, me tenderé como un huésped", se lee en el verso que contiene la expresión citada.
Fundada en 1660, la Royal Society de Londres —la primera sociedad científica del mundo moderno y durante mucho tiempo la más prestigiosa— convierte la expresión de Horacio en su lema, hasta la fecha.


Pues bien, el sentido de la expresión, en rigor, la invitación del poeta es la siguiente: no creer en la palabra de nadie, por mayor autoridad que sea, si no ha sido objeto de examen propio. Estrictamente, se trata de una anticipación, con muchos siglos, del ideal de la Ilustración: sapere aude! —atrévete a saber—, y que Kant convertirá en un motivo de su filosofía en un opúsculo menor, pero de inmenso valor filosófico y político, por no mencionar ético y educativo.


Todo parece indicar que el mundo contemporáneo está articulado en torno a tres ejes: intereses, planes y estrategias. Un mundo sujeto a la planeación, a los flujogramas y cronogramas. Un mundo manejado por el costo–beneficio. En este mundo, consiguientemente, velada o implícita, el peso de la autoridad se yergue señera. Se identifican leyes y patr

ones, se elaboran y se controlan algoritmos de diversa índole. Pues bien, en un mundo semejante bien cabe traer a colación a Horacio. O a Kant.


No confiar en la palabra de nadie no significa, en absoluto, el escepticismo, y ciertamente no una especie de escepticismo metafísico. Por el contrario, es el más directo, el más generoso, el más amplio de los regalos e invitaciones a la libertad y la autonomía. Y la autarquía, si se quiere.


No aceptar criterios pre–establecidos, algoritmos pre–fabricados, normas interesadas y restrictivas. Por el contrario, someter al propio juicio las palabras escuchadas o leídas. O someterlas, acaso, también, a la experiencia.

¿Por cuántos estaríamos verdaderamente dispuestos a meter las manos en el caldero? ¿Por cuántos podríamos hipotecar nuestra propia vida y entregarlo todo? En fin, ¿por cuántos podríamos cerrar los ojos y hacer tantos ejercicios de confianza libre, pura, desprevenida? ¿Por militares y policías? Ya sabemos que en todo el mundo los sistemas policivos y militares son brutales, a pesar de las apariencias. ¿Por políticos,

economistas y financistas? ¿Ellos, que han generado la crisis financiera actual de la cual ni ellos mismos logran encontrar la salida? Entonces, acaso, ¿por sacerdotes, padres y pastores, por ejemplo? ¿Ellos, los de la doble moralidad y la falsa promesa de pobreza, los quemadores de hombres en nombre de un dios mal–vendido?


Nullius in verba. El lema de una de las instituciones científicas más prestigiosas en la historia de la humanidad. Esto es, uno de los —si cabe— templos cuidadores de "verdad" y de "criterio". Y a cualquiera podría acusarse de "anarquista" menos a los miembros de la Royal Society. O a Horacio, ni siquiera.


A nadie en su palabra —hasta que esta no haya sido suficiente y largamente sopesada—. ¿Y mientras tanto? La abstención del juicio. Eso que una escuela filosófica llama la epojé o la puesta entre paréntesis. Y si el mundo no nos da tiempo y nos impele a pronunciar alguna verdad, pues tanto peor para ese mundo. Porque ningún hombre o mujer libres pueden aceptar la palabra de nadie hasta que no la ponderen. En su propia conciencia, o en el debate público.


Ninguna autoridad merece ser acreedora, y ciertamente no a priori, de verdad alguna. Por una sencilla razón: por ser autoridad. Sólo la búsqueda paciente de "verdad" puede ser garantía, y la verdad es que es al cabo, en el tiempo, a largo plazo, que las verdades se revelan como tales. O bien las falsedades.


El tiempo de la vida es, al fin y al cabo, como el tiempo de la investigación. No sabemos lo que estamos buscando hasta que lo encontramos. Y la investigación como la vida son esencialmente eso: un proceso, nunca un estado. La investigación es un fenómeno esencialmente abierto. Sólo aprendemos de los errores y los aciertos son momentos de regocijo pasajero. Sin quedarnos en aquellos ni tampoco abandonarnos a éstos.
De palabras, pudiera decirse, está hecho el camino al infierno. Específicamente de esas palabras engañosas y de verdades a medias. O de "mentiras blancas".


El rey va desnudo, como recuerda el cuento infantil, y nadie se atreve a decirlo o a gritarlo de viva voz. Porque impera el miedo o la conveniencia que dobla a las cervices. "El rey va desnudo": eso sólo lo puede ver un niño. El mismo que justamente se encuentra, finalmente, si se lo lee con los ojos del presente, en las sátiras de Horacio.
Atreverse a saber —como le gustaba decir a Kant—, significa

un acto de valor, de valentía y osadía. Saber por sí mismos, sin el peso de cualesquiera autoridades. Pensar por sí mismo, en fin: orientarse en el pensar, decía el mismo filósofo alemán.


A nadie por sus promesas, o por sus gritos e improperios. A nadie por sus discursos, o por su retórica y dialéctica. A nadie tampoco por sus argumentos, sino por la experiencia misma de la certeza y la evidencia.


Muy pocas, demasiadas pocas veces encontramos en la historia una invitación a la libertad más plena. Horacio o Kant, y alguno que otro más. Pero sobran la mayoría de los dedos de las dos manos.


La libertad, la independencia, la autonomía: eso que el sistema mismo jamás perdona, y sin embargo, lo único que vale como la vida misma.

Información adicional

  • Autor:Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
  • Fuente:Palmiguía
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