Lunes, 19 Mayo 2014 06:16

Libros, historia y vida

Escrito por Palmiguía
Valora este artículo
(0 votos)
Libros, historia y vida

Las bibliotecas se hacen a trocha y mocha, en los vericuetos y en las avenidas de la vida. Hay libros que expresan una historia, y hay otros en los que se conjuga un instante único, un acontecimiento.

Era un amigo de mi padre. Un hombre de ilusiones, sueños, que había logrado un puesto de mucho prestigio. Militante de izquierda, viajaba con frecuencia entre Moscú y Bogotá y había alcanzado los más altos cargos en su partido político. Un hombre afable, cálido; era periodista, un intelectual.


Había logrado hacerse a una casa cómoda en un barrio de estrato medio, medio–alto. Su hija era una profesional destacada en otro país, y su esposa una funcionaria de estado con una carrera estable y sólida. Este amigo era, en verdad, una excepción entre muchos luchadores de aquella época.


En un lugar apartado de su casa se había construido una respetable biblioteca. Con algunos títulos de buena literatura universal, se destacaba sobre todo por la colección de libros sobre política e historia. Allí vi textos de Fanon, el Che Guevara, Camilo Torres y prácticamente toda la teología de la liberación. Tenía los discursos de Patricio Lumumba (en una edición traducida al ruso), la obra completa de Marx y Engels, la obra completa de Lenin, la obra completa (hasta esa fecha) de Mao en español y muchos otros textos semejantes. Además, claro, de los más preclaros líderes de izquierda de América Latina, desde México hasta Argentina. Nunca después conocí una biblioteca semejante.


Allí se reunían, en ocasiones, mi padre, este amigo y varios más. Nunca logré descubrir exactamente de qué hablaban, pero era evidente que se trataba de reuniones cálidas y apasionadas a la vez, entusiastas y críticas.


Yo era pequeño; con el tiempo crecí y me fui del país gracias a una beca a estudiar mi doctorado. Después de varios años en el exterior regresé al país, con nuevas ideas y actitudes. Entre tanto, había tenido lugar la Perestroika, el Glasnot y la caída del Muro de Berlín. El mundo que el amigo de mi padre había conocido se había derrumbado para siempre.

Después de varias, muchas semanas de regreso comencé a tratar de reconstruir la memoria de la historia del país, en los niveles macro y en los cotidianos en conversaciones durante largas noches con mi padre, pues mientras estuve por fuera, me dediqué, como corresponde, al trabajo concienzudo sobre mi tesis doctoral: la calidad de mi universidad, las exigencias de mi director de tesis y mi propio aprovechamiento de muchos libros en varios idiomas así me lo exigieron y permitieron a la vez.


Así, supe en una ocasión que este amigo de mi padre, a quien caprichosamente llamaré R, se había encerrado una noche en su biblioteca, había destapado alguna botella de algún buen vodka que tenía y, consciente o inconscientemente, se había dormido y había incendiado su biblioteca. El suceso había sido una calamidad en su calle y barrio. Él logró salvarse, supe, pero al poco tiempo murió de un infarto. Tenía, me enteré, una profunda cara de tristeza y desilusión.


La caída del socialismo real había arrastrado con la vida de R. Él, que había dedicado toda su existencia a esa parte del mundo, y a hacer posible un cambio profundo en el país. Había sucumbido ante el acabose del sistema socialista. Y esto había sucedido ya en los primeros meses después de ese mes de octubre de 1989. Bien informado, la lucidez había sido demasiado fuerte para R, y supo que en su vida ya no tendría una segunda oportunidad para intentar tener un mundo más justo, libre y democrático.


R entendió, o así le pareció, que los libros que tenía en su biblioteca ya no eran más necesarios, y que las verdades contenidos en los mismos podían, al cabo, haber terminado, vacuas o fútiles. Quizás pensó que todos esos libros, que representaban un momento maravilloso en la historia de la razón humana, habían quedado desuetos o vacíos por la fuerza de los acontecimientos.


Muchas veces hay quienes construyen sus bibliotecas en paralelo con los procesos mismos de la vida, y a la sazón del espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Se trata, en esos casos, de bibliotecas en los que la biografía y la época se conjugan para dar lugar a compromisos sinceros, denodados, absolutos de hecho, que pueden acaso tener el privilegio de haber encontrado muchos otros autores, pensadores, líderes, intelectuales, escritores y poetas, por ejemplo, que al tiempo que alimentan la vida y los proyectos, se integran también en los anaqueles y en los archivos.

Siempre me pareció, en mi fuero interno, que había sido un acto de locura (¿momentánea?) el haber incendiado la biblioteca. Ciertamente que medio mundo se había derrumbado, y que los sueños y los deseos, las ideas y las ganas se habían estrellado contra los hechos. Pero, pensé durante mucho tiempo, bien habría podido guardar esa magnífica biblioteca —con seguridad de más de 5.000 volúmenes—, qué sé yo, para sus amigos, sus hijos o nietos, en fin, como legado a alguna institución (colegio, universidad, etc.).


R no había querido dejar nada para nadie. Bien sabía —siempre había sabido— del valor entero de sus libros. Pero para él, eran parte de su vida, de manera absoluta. Y su vida ya no tendría más sentido.


Las bibliotecas se hacen a trocha y mocha, en los vericuetos y en las avenidas de la vida. Hay libros que expresan una historia, y hay otros en los que se conjuga un instante único, un acontecimiento. Un libro remite siempre a otro, y entre todos terminan conformando un tejido con telas de distinto calado, unas más fuertes y robustas, otras más laxas y abiertas.


Mi padre siempre me dijo que entre los absurdos de la existencia está el construir una biblioteca. Porque después nadie sabe lo que representa cada título, cada lectura, cada hilvanado. Las bibliotecas, decía mi padre, se deshacen al final de la vida en tirones y pedazos, o bien, excepcionalmente, se entregan enteras a alguien que las entienda y las quiera.


R prefirió no dejar su biblioteca entera como legado a nadie, y tampoco quiso que se deshiciera en pedazos y trozos. Al fin y al cabo, los libros de una biblioteca son una vida. Y en muchas ocasiones muchísimo más que una vida misma. Todo depende de la clase de biblioteca que se ha construido en el camino.


El venezolano F. Báez escribió un libro hermoso y doloroso en cada una de sus páginas: Nueva historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la era digital (México: Océano, 2013). Se trata de la historia de mil y unos R, de sus amigos, y de gente como mi padre. Un libro único en cualquier biblioteca.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • País:Colombia
  • Región:Sur América
  • Fuente:Palmiguía
Visto 1332 vecesModificado por última vez en Lunes, 19 Mayo 2014 06:35

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.