Viernes, 17 Junio 2022 06:30

El giro inesperado de la segunda vuelta

Escrito por Christian Fajardo*
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¿Por qué la derecha se ha alineado en la figura de Rodolfo Hernández? ¿Cuáles son los retos y los riesgos a los que estamos enfrentados? ¿Es cierto que Hernández es un político anti-sistema que representa una forma de cambio en la sociedad colombiana? ¿Cuáles son los retos de la izquierda si triunfa o si fracasa?

A pesar de que la coyuntura impida hacer un análisis político cuidadoso de izquierda, los hechos son estos: la derecha y los sectores dominantes de la sociedad colombiana han dado giro inesperado. Han decidido apoyar, en bloque, a un presunto candidato anti-sistema, outsider y firme defensor de las causas del pueblo para acorralar y debilitar a la izquierda. Es un cambio de estrategia que está lleno –repleto– de ideología porque buscan invertir el orden del antagonismo político. La derecha hoy busca llegar al gobierno con casusas que son propias de una comprensión del mundo de la izquierda y, de acuerdo con esto, han hecho ver al Pacto Histórico como una alianza de politiqueros y corruptos.

Esta inversión ideológica no es un episodio anecdótico, en realidad representa un giro que nos expone a riesgos muy evidentes. Como lo demuestra la historia, allí donde políticos de derecha capturan las reivindicaciones de los sectores dominados de la sociedad, emergen escenarios muy enrarecidos: se ocultan los verdaderos antagonismos sociales, se fabrican clases dominantes inexistentes y se garantiza la reproducción de las relaciones de opresión. Vamos por partes.


El factor Becassino y el ocultamiento del antagonismo social

Ángel Becassino, el especialista en publicidad y marketing político que asesoró a Petro en el 2018 hoy está trabajando para Rodolfo Hernández, según él, hasta el fin de la campaña. Hay una matriz de opinión, un poco grandilocuente1, que lo señala como fundamental para el triunfo del exalcalde de Bucaramanga. Sin embargo, este diagnóstico descuida el hecho de que los casi seis millones de votos que obtuvo Hernández provienen también de la derecha y de las élites de las que él señala estar en contra.

Ahora bien, esto no quiere decir que el factor Becassino sea marginal. Su reciente estrategia de hacer marketing político –que es también una manera de hacer política– permitió catapultar a Hernández como el candidato de la derecha. Y lo hizo precisamente porque Becassino lo ha hecho aparecer en la opinión pública como un político de centro. Pero no solo de centro, sino también anti-sistema y outsider que podría recoger el descontento de las personas frente a la clase política colombiana. Este último factor no estaba presente en la coalición de centro, liderada por Sergio Fajardo, con su idea de una cambio gradual y responsable.

En estas arenas movedizas ideológicas creadas por Becassino, han caído muchas personas que quieren un cambio en el país, pero también el mismo centro político e intelectuales que consideran factible un cambio con Hernández como William Ospina –es cierto, Ospina siempre admiró la figura de Hernández, pero Becassino permitió catapultar esa admiración a nivel nacional que recogería presuntamente la indignación del pueblo colombiano–.

Su estrategia terminó funcionando por el encuentro de varios factores, sin embargo, el factor principal, a mi juicio, es la necesidad urgente de los sectores dominantes de ocultar el antagonismo social. Recordemos que este antagonismo floreció durante el 2019, 2020 y 2021 en jornadas del Paro Nacional, en los estallidos de indignación y rabia contra la desigualdad y la violencia estatal, como también en la emergencia de formas de organización de la protesta inéditas, como las emergentes en Cali y Bogotá.


Este antagonismo, que es la manifestación explícita y directa de cierta forma de los conflictos de clase, hace relucir las formas de resistencia que inevitablemente emergen en el corazón de las formas extremas de violencia del neoliberalismo contemporáneo. Sin embargo, el contraataque de la ideología es la de descartar las razones, los argumentos y la justa indignación de los jóvenes empobrecidos y marginados y expone sus voces como ruidos excesivos y formas de vandalismo que no se pueden tolerar.

A partir de esta presunta mudez de la indignación de la gente, aparece ese extraño concepto que es el centro. Una noción en donde todo cabe, pero que cumple una función clave: la de creer que la indignación debe requerir una interpretación, la que debe estar a cargo de un conjunto de personas que son capaces de llevar a cabo las transformaciones que el pueblo pide a gritos. Pero en ese proceso de transformación de la sublevación democrática y popular queda borrado el antagonismo constitutivo de todo orden social.


En el caso de la apuesta de Becassino, ya no hay clases sociales, ni géneros en disputa sino la simple sumatoria de individuos indiferenciados que reclaman eliminar a una presunta élite política que ha ocupado los cargos públicos. Ahora bien, no estoy diciendo que esa clase política no exista, sino que el discurso que ha posicionado Becassino consiste en reducir el antagonismo de clase, que fractura constitutivamente a toda sociedad, en una lucha de la sociedad contra la corrupción.

Esto quiere decir que los antagonismos y las contradicciones que irreductiblemente habitan toda coexistencia desaparecen en el discurso que ha posicionado Hernández. Ahora bien, este ocultamiento no es una forma de negación, porque la estrategia de Becassino aprovecha la ideología del capitalismo contemporáneo: la mejor manera de ocultar el antagonismo no es negando la opresión y la violencia, sino haciéndolas brutalmente evidentes por sí misma. En su campaña, Rodolfo Hernández ha aparecido como un hombre violento cuyo patrimonio ha emergido de la explotación, a juicio de él, de hombrecitos que emplean su vida pagando intereses hipotecarios.


Tenemos entonces que el antagonismo de clase, que es por cierto el fundamento de la práctica política de las sociedades occidentales desde la antigüedad, desaparece en la campaña de Hernández. Y lo hace no solo prometiendo naturalizar la opresión social, sino también ofreciéndoles a los subalternos de la sociedad la posibilidad de conocer el mar.

Todos contra Petro, el drama de la izquierda

Hay algo muy cierto. Desde el devenir el totalitario del bolchevismo, la caída del muro de Berlín y el predominio de un capitalismo que se ha mostrado como una forma de producción de sentido necesaria e incontrovertible, a la izquierda le ha correspondido una tarea muy dura y difícil de reinvención.

Gustavo Petro es un político muy polémico. A pesar de las enemistades y reparos provenientes no solo de sectores de la derecha colombiana, sino también del interior de la izquierda y la centroizquierda misma, Petro ha logrado recoger las múltiples formas de la izquierda criolla en un proceso, desde mi punto de vista, muy constante y perseverante. Ha caído también en el drama contemporáneo de la izquierda de dejar a un lado toda idea radical de la emancipación humana, para dar lugar a promesas que para hace algunos años eran de propiedad de la centroderecha y de la agenda del capitalismo de la posguerra.

Sin embargo, considero que, a pesar de los múltiples reparos que provienen de posturas muy cómodas en la academia y en la opinión pública, Petro hace parte de unos procesos históricos muy complejos e incluso impersonales que lo han ubicado en el liderazgo de la izquierda en Colombia. No quisiera dejar de mencionar que, para ver la singularidad de este liderazgo, tengamos que seguir la hipótesis según la cual la “historia es un proceso sin sujeto”. Esta tesis, muy mal interpretada por ciertos círculos marxistas, simplemente quiere decir que la historia no le pertenece a nadie, ni siquiera a un líder de un gran movimiento político.

La historia es, más bien, un tejido de múltiples perspectivas del mundo que van formando un suelo más o menos firme para que vivamos y tengamos certidumbres sobre la verdad, la mentira, la justicia y la injusticia. Si no analizamos la figura de Gustavo Petro desde ese punto de vista, vamos a caer en callejones sin salida. No vamos a entender que lo que la prensa llama “antipetrismo” o “petrofobia” es en realidad una fobia a las causas vulnerables que él mismo representa y de las que también hace parte.

Y precisamente por las anteriores razones, el líder del Pacto Histórico no es un maquinador y manipulador político que ha llegado a liderar nuestra izquierda, sino el resultado de la pura y llana contingencia. Es cierto que para aprovechar la contingencia se requiere de la virtud, como dice Maquiavelo, pero cualquier análisis que fetichiza la figura de Petro parte de premisas equivocadas, porque de lo que se trata es de comprender el proceso histórico que lo atraviesa.

Es ese proceso histórico, impulsado por múltiples historias de clases subalternas, el que lo tiene exactamente con las mismas posibilidades de Rodolfo Hernández para lograr la presidencia de la República. Un proceso histórico que solo cuenta con cuerpos muy rebeldes, resistentes e inteligentes que se enfrentan a su vez no a otros cuerpos, sino al poder infinito del capital, de la propaganda y de la violencia, en sus múltiples formas.

Lo imprevisible y la seguridad


La derecha ha apostado todo su empeño por un verdadero salto al vacío. A través de un plan de gobierno sin contenido, Hernández representa la simple y desnuda injusticia del mundo. Sus propuestas no cuentan con argumentos, ni con promesas, sino simplemente con la idea de no dejar que florezca una forma de vida diferente. Como lo podemos deducir de los planteamientos de Becassino2, su candidato es una figura vacía porque, presuntamente, integra una falsa sensibilidad por las causas populares, prometiéndoles el mar y una austeridad fiscal muy peligrosa, y una verdadera mano firme, que ha sido emblema de la derecha en los últimos tiempos.

Con esa extraña e incompatible combinación de presuntos elementos de la derecha y de la izquierda, a juicio de su estratega, Rodolfo Hernández busca poner en orden las cosas. Sin embargo, es un orden sin sentido y sin referentes. La fabricación imaginaria de la idea de que la injusticia proviene de una élite corrupta acompaña un horizonte vacío de orden y progreso. Las clases sociales, los conflictos, la violencia patriarcal, el racismo y todas las capas que atraviesan la dialecticidad del mundo –acá estoy parafraseando de cierto modo a Merleau-Ponty– es reemplazada por una sumatoria irreal de individuos indiferenciados que componen una totalidad que es la sociedad colombiana.

Ocultamiento, negaciones, distorsiones que permiten ver en esta comprensión del mundo hay rasgos totalitarios muy peligrosos. La historia reciente nos ha demostrado que allí donde las clases sociales se convierten en masas e individuos indiferenciados y se reemplaza la reflexión cuidadosa sobre el sentido de la justicia por formulas vacías, emergen las condiciones para el desencadenamiento de violencias imprevisibles.

Todo esto quiere decir que la izquierda en Colombia tiene dos frentes de batalla. Por un lado, se encuentran los retos ante un eventual triunfo del Pacto Histórico. Allí nos encontramos con serias dificultades, porque de lo que se trata es de hacer durable una forma de comprender la política sin caer en la idea de que la izquierda, por ser tal, trae consigo las verdaderas soluciones a los dramas e injusticias de nuestra existencia. La izquierda no está más cercana a la verdad, ella es más bien una forma de comprender el mundo y la práctica política que pretende la actualización de la conflictividad y la contingencia del mundo. Y actualizar la contingencia y el conflicto es abrir el horizonte a nuevas formas de oposición, de participación y de expansión de la vida política de los seres humanos.

Lastimosamente muchas izquierdas le han temido a todo esto porque una vez instaladas en el poder, en muchas ocasiones, se han sentido cómodas con el juego del sistema de partidos, de la violencia estatal y de acallamiento de otras formas de comprender la coexistencia humana. En resumen: a la izquierda le corresponde elaborar una alternativa a la idea de que las revoluciones son verdaderas como movimiento, pero falsas como regímenes3.

Finalmente, como una derrota del Pacto Histórico es igual de probable, la izquierda tiene que prepararse para lidiar con los rasgos autoritarios que muy seguramente van a emergen en el gobierno del electo. Del mismo modo que fue sorpresivo el uso indiscriminado de la violencia estatal en las jornadas de protesta social durante el 2020 y 2021 de parte del gobierno de Duque, es muy probable que nos enfrentemos a escenarios de este tipo.

El profundo rechazo de Hernández a la autoridad del Congreso de la República –bajo la idea de que allí solamente hay corruptos– y el rotundo rechazo a comprender la dimensión conflictiva de toda formación social nos expone a riesgos muy graves con los que debemos aprender a lidiar. Las leyes que aseguran la estabilidad de los asuntos humanos que hacen parte de nuestra Constitución y la invención y la imaginación de los sectores populares nos protegerán del eventual devenir autoritario de una derecha que se quiere ocultar no solo con el concepto de centro político, sino también con las reivindicaciones transformadoras de la izquierda.

1 Ver: https://cambiocolombia.com/articulo/poder/gustavo-petro-es-muy-tragico-angel-becassino-asesor-de-rodolfo-hernandez
2 https://www.eltiempo.com/elecciones-2022/actualidad-electoral/habla-angel-beccassino-el-estratega-de-rodolfo-hernandez-677516
https://open.spotify.com/episode/1U95SLwRXL
cCBKTgBamPrf
3 M. Merleau-Ponty, “Les Aventures de La Dialectique”. En Oeuvres (Paris: Gallimard, 2010), 599.

* Profesor de la Universidad Javeriana.

 

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Información adicional

  • Autor:Christian Fajardo*
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Periódico desdeabajo Nº292, junio 16 - julio 16 de 2022
Visto 324 vecesModificado por última vez en Jueves, 16 Junio 2022 16:13

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