Sábado, 23 Julio 2022 10:00

Lectura al volumen testimonial de la Comisión de la Verdad. “Cuando los pájaros no cantaban”

Escrito por Edwin Guzmán
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Quizás el público lector del Informe final de la Comisión de la Verdad, en sus dos primeros volúmenes entregados, centre su interés en aquel que da a conocer nuevos detalles para la compresión del conflicto armado que por años ha marcado la vida nacional. El otro volumen centra la escritura en los testimonios de quienes sufrieron la violencia, dando voz a las víctimas como protagonistas. Este es un artículo en relación con este volumen.

 

La Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición entregó los dos primeros volúmenes de su informe final “Hay futuro si hay verdad”. Faltan nueve más que serán presentados a la sociedad colombiana en las próximas semanas. El volumen testimonial tiene por título “Cuando los pájaros no cantaban. Historias del conflicto armado en Colombia” y recoge los testimonios de quienes la violencia azotó con toda fuerza. Las diferentes historias que van desde la madre que busca el cuerpo de su hijo, el militar y policía secuestrado, las mujeres presas tanto por paramilitares como guerrilla y sometidas a todo tipo de vejámenes, el soldado y policía mutilado, la insurgente madre, la reclusa militante, el joven líder estudiantil, entre muchas otras. Relatos en su gran mayoría cortos, pero intensos y conmovedoras.

Como no se puede hablar por quienes comparten su propia historia, son estas personas quienes en últimas detallan mejor las situaciones vividas. ¿Por qué hablar por la víctima? Sería pretencioso e irrespetuoso pretender transmitir en un artículo lo que con fuerza de dolor se logra en todo un volumen. De ahí que su pretensión sea ante todo divulgativa, motivando a una lectura de los relatos que integran tal obra. Si bien sabemos que la sociedad civil fue la mayor víctima del extenso conflicto, aún por cerrar, es bueno acompañar las cifras del mismo con testimonios concretos, con historias de vida truncada.

De nuevo, ¿quién puede hablar por las víctimas? Imposible que mis palabras representen el sentir de quienes sufren por quien nunca regresó. Pese al testimonio también es cierto que en el silencio impuesto al muerto o desaparecido, en el sufrimiento de quien no está, queda algo por decir. Un silencio que no debe prolongarse en los cuerpos de quienes padecen el sufrimiento por quien o quienes no están, por quien espera lo sorprendan con su regreso, por quienes guarda en su memoria, y ello invita a compartir ese dolor, esa ilusión, ese deseo, esa angustia. Y por medio del compartir de esos sentimientos abrirle espacio al interrogante que plantea el padre Francisco de Roux al presentar el Informe acá retomado, ¿Cómo permitimos como sociedad que esto sucediera? Una pregunta en su resolución debe abrirle paso a una catarsis, tanto individual como colectiva, y por su conducto avanzar en un ejercicio de salud pública, mental y física que con el paso de los años debe traducirse en un mejor ambiente social para todas y todos, para una mejor Colombia.

En diferentes pronunciamientos la Comisión ha expresado su interés en la labor de la atenta escucha y de visibilizar a las víctimas. En el documento acá referido se respeta la oralidad, en el sentido de conservar como lo señalan “su diversidad y riqueza lingüística” de las personas que se animaron a compartir su historia. La mayoría de los hechos sucedieron en el amplio periodo 1970-2021, último año de lo relatado que incluye testimonios de lo padecido por los manifestantes de manos del Esmad en el marco del estallido social.


El volumen está dividido en tres grandes partes El libro de las anticipaciones, a cargo de Juana Durán Bermúdez, que recoge más de cuarenta relatos sobre esos momentos en que las personas sentían el preludio del sufrimiento que acechaba como tormenta para azotar sus vidas. El libro de las devastaciones y la vida, a cargo de Olga Lucía Corzo Velásquez, contiene esos eventos catastróficos que irrumpen en la vida cotidiana, es decir, la vivencia del sufrimiento. Y el Libro del porvenir, a cargo de Paula Andrea Moreno Pinzón, que recoge reflexiones sobre las expectativas del futuro, con sus contradicciones, imposibilidades e incertidumbres actuales.

Tampoco se trata de reseñar sistemáticamente los casos, ejercicio retomado al final del volumen.Tampoco de sociologizar el conjunto de historias. lo pretendido con lo acá abordado es encontrar alguna luz sobre la manera cómo la violencia tomó forma, a veces de manera fulminante, en otras con amenazas, cómo la espiral de violencia fue llegando a regiones pacíficas e involucrando a más sectores. Violencia envolvente de la cual no escapaba nadie, desplegada por unos y padecido por otros por el simple hecho de abrir la cerca, de hablar cualquier cosa, por tener un establecimiento, con todo lo cual queda evidente que la sociedad civil estaba presa dentro del conflicto. Realidades relatadas a través de experiencias de desaparición de familiares, de sobrevivientes de masacres, torturas, violencia sexual, del asesinato de un compañero o el secuestro del uniformado.

Muchas historias, de diferente duración, expresan un dolor ante la violencia directa, tras un desaparecido, un asesinato, un reclutamiento o una violación. La violencia incursiona en la vida cotidiana, aparece alterando el curso de sus vidas. Y la escritura cuida, debe respetar la dignidad de las víctimas para no retratar el acontecimiento macabro que en ocasiones queda como suspenso mortal. Una actitud que reivindica el sentimiento ligado al suceso de dolor, la angustia de no saber dónde está o qué va a pasar, y la tristeza indescriptible de quien conoce o presencia la noticia fatal. Pero también, en la tercera parte del libro está la esperanza de paz, de un cambio social en favor de la organización, actos de perdón y reconciliación, pero situados en la realidad de un conflicto que aún no llega a su final. Aunque también hay testimonios que también expresan imposibilidad de perdonar a quienes ocasionaron el dolor vivido.

Es llamativa la manera cómo desde la cultura popular los relatos atraviesan una dimensión espiritual y trascendente de premoniciones, presentimientos, visiones de los terribles hechos y de sus seres queridos. Entre la lectura de las narraciones, sorprende la existencia de esas relaciones místicas y dimensiones de la creencia que resignifica los acontecimientos violentos. Son procesos frente al trauma en el que la memoria vence la represión del silencia y del olvido, pero que toma una visión como proceso de significación de lo sucedido. Así, la memoria es una disputa por interpretar lo acontecido a la luz de un presente.

El hecho es que quienes más han sufrido la violencia provienen de los sectores rurales más pobres y lejanos del país. Las inexistentes oportunidades en estas zonas de construir una vida en mejores condiciones propician que quienes allí habitan encuentren en la guerra el único camino para salir adelante. En ocasiones puede ser por voluntad, pero en la mayoría de casos es porque se ven arrastrados por la espiral violenta, bien sea por la incursión de un actor armado que los hace tomar partido, por el reclutamiento forzado o por necesidad, por el negocio de la coca impuesto, por las vacunas, por el desplazamiento, por la desaparición del ser querido, por el confinamiento, todo ello sufrido por los más vulnerables.

Una realidad constante. Lo relatado da cuenta de que en cualquier momento podías ser señalado como colaborador o simpatizante por lo cual era sentenciado a muerte u obligado a salir de la región al cabo de tres días. En ocasiones era el señalamiento por tener el cabello largo, por ser afrodescendiente, indígena o comunidad Lgtbiq+.

En lugares donde vivían sin temer lo inesperado, de un día para otro el gris nubarrón de la violencia transformó la noción de seguridad. Salía la guerrilla y entraba el paramilitarismo, para los dos la población civil era un informante del enemigo. Las poblaciones no tuvieron escapatoria, incluso amenazadas o perseguidas por su negativa a colaborar. Estar entre el fuego cruzado, los enfrentamientos, las minas.

Así, van quedando bajo ese huracán por asumir la coca como recurso último para reunir el dinero necesario para vivir. Empobrecidos, siempre esa realidad de exclusión. Y por ello no contar con qué comprar la libreta militar. Pero también por estar en un sitio, y por casualidad ser testigo. Por ser menor apto para el combate, sangre joven tanto para la guerrilla como los paramilitares. Y así, en inseguridad permanente, temiendo el acto violento, obligados en no pocas ocasiones a esconderse entre el monte cuando llegaban.

Pero también la naturaleza fue víctima de este conflicto y su integridad destruida. Los proyectos mineros y megaproyectos, las fumigaciones que marchitaban todo, pero también el río que se convirtió en el cementerio por donde bajaban cuerpos. El impacto del conflicto también golpea a quienes cuidaban la naturaleza, que destruye una tradición de conservación y vínculo sagrado.

Entre los hechos de muerte y desolación están atravesados hilos discursivos sobre características físicas y emocionales de los desaparecidos, así como de las relaciones familiares y comunitarias que los atravesaban. Y entre esos hilos llaman la atención los relatos de la eterna búsqueda de familiares, en especial el papel protagónico de las madres en procura de saber el paradero de sus hijos, decisión irrenunciable pese a la amenaza, persecución, instigación, negligencia.

Hilos que también traen la escena de sus hijos cuando les dijeron: “madre, ya vengo, no me demoro o, madre, me salió trabajo”. Pero otras también cuentan su dolor crecido pues “ni hablé con él”. También de las viudas cuando sus esposos decían “no se preocupe yo hablo…, pero si yo no tengo nada que ver”. Recuerdos cargados de dolor. Un suspiro lastimero provocó la narración de asesinatos delante de los hijos. Indignación, como mínimo, genera la sevicia de los paramilitares y la complicidad del Estado en el acto de impunidad, sin desconocer el daño intransigente de la guerrilla.


La Comisión identifica que la violencia produjo fracturas de larga duración entre pobladores; por efecto de lo sucedido ya nada serán igual. Existen relatos de quienes deciden irse para el monte, sobre todo mujeres, y que detallan mejor el contexto de las relaciones cotidianas entre los excombatientes, sus amoríos y el sufrimiento por hijos cuando fueron a parar a la cárcel.

Hemos leído mucho sobre el conflicto vivido en nuestro país, pero era necesario acercarse a los rostros de quienes lo han padecido, con la fuerza que acá lo hacen, para comprender el daño causado por esta prolongada violencia. Es conocida la presión ejercida por organismos armados del Estado, pero no los relatos de los allanamientos; como es conocida la represión sufrida por organizaciones de derechos humanos y organizaciones políticas de izquierda, pero poco de los destrozos ocasionados en el delicado tejido social.

Son tantos los relatos, y su fuerza, que nos permiten pensar el conflicto desde otra lógica: el padecer de un soldado profesional secuestrado por las Farc por varios años. El exseminarista secuestrado por paramilitares en el Chocó para ser violado sistemáticamente como método de tortura. Y muchos más. Unos y otros permiten preguntar por la sensibilidad de los millones que somos y haber permitido que esto sucediera. Y que siga sucediendo.


Mirando el futuro

El texto cierra con esperanza, pero atada a la realidad. En las contradicciones de las aspiraciones con la viabilidad de realizarla, van desde procesos para resistir a las secuelas, la organización en la búsqueda de desaparecidos del Palacio de Justicia, la erradicación voluntaria de coca, expresiones musicales de rap, la necesidad de juntarse de nuevo para planear, para gestionar recuperación del retorno y el territorio. Retomar la vida después de perder un familiar o ante la amputación. Los procesos de reincorporación y los tiempos de no confrontación. La comunidad que se organiza para resistir frente a las presiones de los actores violentos y ante las acusaciones de los grupos armados. Como señalan en un apartado: “somos sobrevivientes de tragedias”.

En este volumen también se describen experiencias de encuentros chocantes con los perpetradores, el proceso de contar la verdad, lo difícil de la reconciliación. Las historias muestran la gran catarsis provocada por estos encuentros y procesos, también cómo, al ser humanos, podemos restablecer vínculos y crear otros nuevos; somos siempre seres sociales, y en nuestra humanidad cabe, incluso, el amor entre excombatientes declarados enemigos, como queda testimoniado en este libro.

Existe también entre las víctimas desconfianza frente a la posibilidad de construir un futuro lejano de la violencia. Algunos admiten que no les cabe el perdón, pero son historias que enmarcan vidas en el esfuerzo por consolidar iniciativas de retomar su vida.

 

* Si quiere conocer la parte sonora del informe aquí la dirección: https://comisiondelaverdad.co/volumen-testimonial

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Información adicional

  • Autor:Edwin Guzmán
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Periódico desdeabajo Nº293, julio 15 - agosto 15 de 2022
Visto 238 vecesModificado por última vez en Sábado, 23 Julio 2022 10:01

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