Martes, 20 Septiembre 2022 05:17

¿Qué Lula es el que vuelve?

¿Qué Lula es el que vuelve?

El modelo lulista es un modelo de conciliación de intereses, un sistema complejo que procedió, a lo largo de sus doce años en el poder, mediante una búsqueda permanente de balances y articulaciones. Más que resolver las contradicciones, el lulismo procuraba moderarlas, dando como resultado un equilibrio siempre inestable: reducir la pobreza sin confrontar con el capital, conservar el apoyo del Movimiento sin Tierra empujando el agronegocio, mantener el voto de los sectores conservadores del nordeste avanzando en reformas progresistas.

La idea de pacto con el capital no integraba el programa original del PT, surgido en los 80 como parte del movimiento de resistencia a la dictadura con propuestas mucho más radicales. Tal como lo conocemos hoy, el lulismo es resultado de la progresiva moderación ideológica operada en Lula durante los 90, cuando las sucesivas derrotas contra Fernando Collor de Mello y Fernando Henrique Cardoso (en dos oportunidades) lo convencieron de que la ortodoxia económica no era incompatible con la popularidad electoral. Y es consecuencia del cambio en la base de apoyos de Lula experimentado durante su primer mandato, cuando el escándalo del mensalão produjo el alejamiento de amplios sectores de clase media, intelectuales y trabajadores sindicalizados del centro y del sur del país, reemplazados por el voto de las zonas más empobrecidas de las periferias urbanas y sobre todo del nordeste, que hasta entonces se inclinaban por las propuestas neofeudales y que, gracias al impulso de inclusión de las políticas sociales y el Bolsa Familia, comenzaron a votar a Lula. Como la distribución oficialismo-oposición se mantuvo parecida, esta mutación del electorado lulista pasó desapercibida hasta que el politólogo André Singer la detectó y analizó en un libro que haría historia1/. Al desplazarse de la clase media a los excluidos y del sur al norte, el lulismo protagonizaba un hito: por primera vez en la historia brasilera, los más pobres entre los pobres votaban por un candidato de izquierda.

Exitoso durante su larga década en el poder, el modelo lulista de regulación del conflicto fue posible por tres circunstancias. La primera es la cultura política brasilera, que tiende a procesar los grandes cambios históricos –la independencia, la abolición de la esclavitud, la proclamación de la República, el fin de la dictadura– mediante reformas graduales, por vía de la acumulación y la negociación más que de la ruptura. La segunda son las condiciones excepcionales del boom de los commodities, que permitieron avanzar en una redistribución del ingreso sin afectar los márgenes de rentabilidad de la banca y las empresas. La tercera es el liderazgo único de Lula.

Los límites del modelo

El ciclo lulista –los dos gobiernos de Lula y el primero de Dilma- combinaron estabilidad política, crecimiento económico (moderado si se lo compara con otros gobiernos del ciclo progresista, pero sostenido) y formidables avances de inclusión social, tanto material como simbólica. El dato más importante es conocido: 35 millones de personas superaron la pobreza para ingresar a la nueva clase media durante los gobiernos del PT. Otros avances son menos publicitados pero igual de relevantes: las cuotas raciales y étnicas para democratizar el acceso al elitista sistema universitario brasilero, el plan Brasil Sonriente (dentaduras gratis para un país que, al momento de asumir Lula el poder, tenía 30 millones de desdentados) y la plebeyización, muy al estilo del primer peronismo, de ámbitos hasta entonces reservados a las elites blancas: dos millones de brasileros, por ejemplo, se subieron por primera vez a un avión durante las gestiones del PT (en su mayoría pobres que trabajaban en el sur y que hasta el momento viajaban tres días en ómnibus para visitar a sus familias del nordeste durante las fiestas de fin de año)2/.

Pero la estrategia de conciliación implicaba también ciertos límites. La política de alianza con las grandes empresas le impidió a Lula avanzar en una reforma impositiva progresiva que alterara de manera permanente la distribución del poder; la legislación laboral, salvo en el caso del empleo doméstico, se mantuvo inalterada, y las ganancias del sector financiero batieron todos los récords. Tampoco se avanzó en una reforma política (recién lo intentó Dilma, y de hecho fue uno de los motivos de su caída). El cambio en la composición del electorado, la inclusión vía consumo de los nuevos votantes y cierto amodorramiento de la dirigencia petista, cómoda en la tibieza burocrática de los organismos del Estado, los fondos de pensiones y las empresas públicas, atenuó el ímpetu reformista y produjo una desmovilización de la militancia. Cuando llegó el momento, Dilma fue desplazada del poder mediante un juicio político teñido de irregularidades sin que volara una mosca.

Con sus logros y sus limitaciones, el lulismo no es un punto cero de la historia brasilera sino parte del proceso histórico abierto con el fin del ciclo militar y la inauguración de la Nova República. Una etapa que comienza en 1985 y que también es fruto de una tensión irresuelta: el intento de saldar la deuda social de la dictadura, simbolizado en la “Constitución ciudadana” de 1988, y el contexto internacional en el que se inserta, marcado por el auge del neoliberalismo. La solución institucional a esta ambigüedad es lo que se conoce como “presidencialismo de coalición”. Los politólogos han dedicado toneladas de papers al asunto, que suena muy sofisticado pero no es otra cosa que la necesidad del Presidente, aprendida luego del impeachment contra Collor, de asegurarse el respaldo parlamentario mediante la construcción de una alianza más amplia que la que hizo posible su elección. Básicamente, garantizar los votos necesarios para que el Congreso no impida la gobernabilidad y, llegado el caso, no lo destituya. A este método recurrieron Cardoso, Lula, Temer (él mismo producto de este esquema) y Bolsonaro, pero no Dilma, que terminó pagando el precio.

El lado B del presidencialismo de coalición es que obliga al gobierno a un ejercicio exasperante de negociación con una selva de partidos desideologizados y dirigentes venales (el famoso centrão) que pugnan por beneficios para sus distritos, sus electorados y ellos mismos en verdaderas subastas de adhesión, con las grandes empresas contratistas de la obra pública como el aceite que lubrica la maquinaria. El resultado es un sistema opaco de relaciones entre el Congreso y el Ejecutivo que pone límites a la vocación reformista de los gobiernos y que lleva implícita una dinámica de corrupción sistemática, que se puede moderar pero no enfrentar.

En su libro Brasil autofágico 3/, los politólogos Daniel Feldmann y Fabio Luis Barbosa dos Santos analizan el fin del ciclo lulista y el ascenso de Bolsonaro en el contexto más amplio de la crisis del capitalismo abierta en los 70. Para ello, discuten la tesis que explica el agotamiento de la ola progresista latinoamericana de la siguiente manera: los gobiernos progresistas crearon las condiciones para la emergencia de una nueva clase media, la clase media es individualista y conservadora por definición, los gobiernos progresistas pierden las elecciones. El problema de esta explicación –sostienen– es que exime de responsabilidad a los propios gobernantes, como esas personas que cuando les piden que mencionen un defecto propio dicen “soy muy perfeccionista”. La explicación omite los puntos ciegos, lo que los gobiernos no pudieron resolver y lo que hicieron definitivamente mal.

Los autores sostienen que, al no alterar las estructuras profundas de distribución del poder ni modificar la raíz del modelo de producción, los gobiernos progresistas lograron contener pero no revertir la crisis de onda larga del capitalismo, que finalmente se terminó imponiendo. En el caso de Brasil, identifican tres decisiones, fundantes del lulismo, que luego terminarían precipitando su final: la temprana designación del neoliberal Henrique Meirelles al frente del Banco Central (no es casualidad que el mismo Meirelles fuera luego ministro de Hacienda de Temer), el pacto espurio con los partidos del centrão para evitar las consecuencias del mensalão, y el fortalecimiento del poder de los militares. Decisivas para la supervivencia inicial de Lula, estas decisiones impidieron mejorar la estructura impositiva, transparentar la política o juzgar a los represores de la dictadura. Y, más relevante aun, fortalecieron lo que los autores llaman “agentes de la aceleración”, aquellos que luego protagonizarían el impeachment contra Dilma, que no sería entonces un giro de 180 grados sino una consecuencia lógica, hasta previsible, en una misma línea histórica.

Aunque interesante para iluminar los puntos oscuros de una etapa que hoy es recordada con nostalgia, el argumento de que el final del lulismo se explica por su “debilidad reformista” resulta problemático, al menos si se juzga por los contraejemplos: el de la propia Dilma, que ensayó un modelo menos conciliador –y definitivamente menos tolerante con la corrupción– que el de su padrino político, y terminó desplazada por un impeachment. Y el de Hugo Chávez, que sí intentó remover la estructura capitalista mediante un festival de expropiaciones, quiso crear una democracia de base mediante las comunas y promovió una reforma constitucional socialista, todo para terminar arrastrando a Venezuela al caos económico, el autoritarismo político y la emigración masiva. La pregunta quizás sea la siguiente: ¿es posible reformar Brasil sin una alianza de clases?

Volver

En enero de 2019, unos meses antes de la designación de Alberto Fernández como candidato y la construcción del Frente de Todos, nos preguntábamos desde la tapa de Le Monde diplomatique por el regreso de Cristina. La ex presidenta volvió, aunque no de la forma que imaginábamos. ¿Volverá Lula? Por lo pronto, está haciendo todo lo posible: luego de su liberación, la recuperación de sus derechos políticos y la anulación de la condena por parte del Supremo Tribunal Federal, el ex presidente se dio a la tarea de articular un frente integrado por diez partidos cuyo símbolo principal es la incorporación del conservador Geraldo Alckmin, rival del mismo Lula en las elecciones de 2006, como candidato a vice. Muy razonable desde el punto de vista electoral, el plan aperturista de Lula implica dejar en segundo plazo la renovación generacional experimentada por la izquierda brasilera (un proceso del que surgieron figuras juveniles como Manuela d`Ávila y Guilherme Boulos) y someter a la militancia petista al trago amargo de votar a los oponentes del pasado, tal como demuestran dos episodios recientes: un acto liderado por Lula en Pernambuco en el que un candidato local fue abucheado por la militancia, que no olvidaba su voto favorable al impeachment 4/, y un mitin en Recife, también encabezado por Lula, en el que los organizadores recurrieron a aplausos grabados para tapar los silbidos contra los nuevos aliados 5/.

La estrategia de Lula es simple: construir una alianza que, más que izquierda contra derecha, confronte democracia contra neofascismo. Como Emmanuel Macron, que reorganizó el sistema político francés para derrotar a Marine Le Pen, Lula se propone crear una nueva polarización que le permita recuperar el modelo de conciliación de la Nova República, del que el bolsonarismo sería, de acuerdo a ese análisis, un desvío, casi diríamos un accidente. Pero, ¿es esto posible? La sociedad brasilera no es la misma que la de hace veinte años, cuando Lula llegó al gobierno subido a una ola de esperanza. La politización de las iglesias evangélicas, el poder destructor de las redes sociales, el fortalecimiento de la extrema derecha… el mundo de hoy es el mundo de los Trump y los Bolsonaro. Con sus mil recursos políticos, Lula nada a contracorriente de la época. Probablemente gane las elecciones, pero las dificultades serán gigantescas.

19 septiembre 2022 |

Notas:

1/ Os Sentidos do Lulismo: Reforma Gradual e Pacto Conservador,  Companhia das Letras, 2012.
2/ José Natanson, El milagro brasileño, Debate, 2014.
3/ Ediciones Tinta Limón, 2022.
4/ www.dw.com/pt-br/o-petismo-n%C3%A3o-ganha-elei%C3%A7%C3%A3o-o-lulismo-aparentemente-sim/a-62693034
5/https://jc.ne10.uol.com.br/politica/2022/07/15049374-ato-publico-de-lula-no-recife-teve-palmas-gravadas-e-orquestra-de-frevo-para-abafar-vaias-a-candidatos.html

Publicado en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre 2022.

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Se reactivaron las protestas en Panamá por incumplimiento de los acuerdos con el Gobierno

A una semana de la firma de los acuerdos por los que el Gobierno se comprometía a congelar precios de alimentos, combustibles y a otorgar mayor presupuesto al área de educación, los sindicatos comenzaron nuevas protestas por su incumplimiento. Docentes y trabajadores de la constucción seguiran en la calle contra una inflación que deteriora los salarios y el ajuste exigido por el FMI.

 

Sindicatos y gremios de Panamá ya habían anunciado el lunes que comenzarían nuevas protestas callejeras ante el incumplimiento de los acuerdos alcanzados en una mesa de diálogo con el Gobierno instalada el pasado 21 de julio, en medio de la mayor crisis social vivida en el país en años.

"Frente al incumplimiento de lo que se ha logrado pactar (en la mesa de diálogo) y frente a la actitud de no querer resolver los otros problemas, regresamos a las calles" este miércoles, dijo el líder del poderoso sindicato de la construcción Suntracs, y miembro de una de las alianzas populares que promovieron las protestas nacionales de julio pasado, Saúl Méndez.

Varios comercios y estaciones de combustibles no están vendiendo los alimentos y el combustible con los costos rebajados que habían sido acordados en la "mesa única de diálogo".

Desde la mañana de este miércoles obreros del Sindicato Único de Trabajadores de la Construcción (Suntracs) cerraron de manera intermitente varias avenidas en la capital panameña y la periferia, aunque en menor magnitud que los bloqueos del mes pasado. En tanto, en las provincias del interior grupos de educadores realizaron protestas callejeras, sin cerrar las vías.

“Se supone que ya en el tema de la canasta básica de alimentos debería el pueblo sentir que allí hay un alivio, pero no ha ocurrido… el gobierno no ha garantizado el cumplimiento” de los acuerdos, aseguró Marco Andrade, dirigente de la Coordinadora Nacional de Unidad Sindical.

“La idea es que el gobierno dé respuestas concretas… el gobierno es el único responsable de ejecutar” los acuerdos, dijo por su parte Saúl Méndez, dirigente del Suntracs, durante un encuentro de dirigentes de la Alianza Pueblo Unido que aglutina a organizaciones sindicales, magisteriales y sociales.

Con la mesa de diálogo el Gobierno solo buscó ganar algo de tiempo sin tocar varios de los aspectos fundamentales del ajuste en curso y otorgando algunas de las reivindicaciones de los manifestantes, como el congelamiento parcial de algunos productos y el combustible, pero que como se ve ni siquiera se puede garantizar.

Como señalábamos en un artículo previo, a pesar de haber conseguido estas reivindicaciones parciales las direcciones de las protestas nunca pusieron sobre la mesa tres temas cruciales, como la cuestión central de los salarios, los acuerdos con el FMI que es lo que está en la base de todo el ajuste que viene aplicando y lo seguirá haciendo el gobierno de Laurentino Cortizo, y sobre los despidos en la administración pública, parte de ajuste fiscal. En este marco, las concesiones que se le arrancaron al gobierno al ser una economía dolarizada pueden ser efímeros debido a la inflación internacional, pues el “congelamiento” de precios es relativo y seguirá aumentando a medida que aumenten los precios internacionales.

El Gobierno logró conseguir una semana de tregua para sacar a los trabajadores de la calle tras más de un mes de huelga docente, paralizaciones y movilizaciones. En este extenso período de lucha, fueron las bases las que consiguieron mantener las acciones en las calles logrando incluso que las direcciones se unificaran. Para evitar un mayor deterioro de las condiciones de vida será necesario no solo redoblar las acciones sino incorporar el en pliego de reclamos el conjunto de las demandas centrales como el aumento general de salarios y la ruptura de los acuerdos con el FMI que están detrás del ajuste perpetuo

Jueves 11 de agosto

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Los ministros de Relaciones Exteriores, de Rusia, Serguei Lavrov (derecha), y Carlos Faría, de Venezuela, ayer, al término de una conferencia de prensa conjunta en Moscú.Foto Ap

Moscú. Rusia y Venezuela reiteraron este lunes aquí la intención compartida de seguir impulsando su cooperación en los más diversos ámbitos, al reunirse sus cancilleres, Serguei Lavrov (ruso), y Carlos Faría (venezolano), un viejo conocido de los funcionarios moscovitas, pues hasta el 17 de mayo anterior, y durante los cinco años recientes, se desempeñó como embajador de su país en Moscú.

No se trató de una simple reunión rutinaria entre dos países que se proclaman "aliados estratégicos", lo cual refrendaron una vez más los cancilleres al comparecer ante la prensa, y enfrentan semejantes sanciones que, de modo unilateral y sin aprobación del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), les imponen Estados Unidos y sus aliados.

“Coincidimos en que el bloqueo por parte de Washington a los activos de Estados soberanos y sus cuentas en el extranjero no es únicamente un robo abierto a ‘regímenes indeseables’ al estilo del Viejo Oeste, sino una violación flagrante de los derechos sociales y económicos de los ciudadanos”, enfatizó Lavrov.

Luego de reiterar todo su apoyo a Caracas, Moscú ofreció de nueva cuenta su mediación en caso de que se reanude en México la mesa de diálogo entre el gobierno bolivariano y la oposición, gesto que Faría agradeció, destacando que Rusia defiende "el derecho internacional, el derecho de los pueblos a su soberanía, su independencia".

Lavrov devolvió el elogio, al subrayar "el importante papel que está desempeñando Venezuela en el Grupo de Amigos en Defensa de la Carta de Naciones Unidas", y aseveró que ambos países van a coordinar sus políticas y a aunar esfuerzos en las distintas instancias internacionales.

Rusia –precisó el canciller– "está dispuesta a impulsar la cooperación con cualquier país sobre la base de la equidad y el respeto de su soberanía, lo cual no podemos decir que haga Occidente (Estados Unidos y sus aliados) al romper prácticamente todos los nexos con Rusia, salvo en unas cuantas áreas económicas, que si se mantienen todavía es porque nosotros tampoco vamos a actuar en contra de nuestros intereses".

Respecto al espinoso tema de la guerra en Ucrania, Faría expresó la solidaridad de Venezuela con Rusia y su pueblo por la "gran cantidad de sanciones" impuestas en su contra.

“Por supuesto –afirmó– condenamos también esa permanente inyección de armamento para mantener, avivar este conflicto, que todos quisiéramos que concluyera” y lamentó que “no se garantizaran y cumplieran las exigencias y demandas que puso en su momento el presidente Vladimir Putin con el objetivo de resguardar la seguridad de Rusia, de su territorio, de todo el pueblo ruso.’

El canciller venezolano destacó "la invariable posición de la Federación de Rusia en favor de establecer una mesa de conversaciones y de diálogo para llegar a un acuerdo que pueda favorecer los intereses tanto de Rusia como de Ucrania".

En su nueva calidad de ministro de Relaciones Exteriores, Faría trajo a Rusia el visto bueno de su presidente, Nicolás Maduro, para concretar nuevos proyectos con la ventaja adicional de haber vivido aquí desde 2017 y saber de primera mano qué es real llevar a cabo y qué mera declaración de intenciones.

Además, ambos países tienen mucho de qué hablar para encontrar mecanismos que faciliten sus negocios, particularmente en un terreno tan sensible como es el sector de la energía.

"Estamos trabajando en proyectos específicos con empresas rusas y seguimos profundizando esta labor. Esperamos poder ponernos de acuerdo para baipasear (sortear) los obstáculos existentes, tenemos que acordar algunos elementos para resolver todo lo relacionado con los mecanismos financieros", explicó Faría ante los reporteros.

Desde 2001, cooperación en el sector energético: Faría

Carlos Faría recordó que, desde que comenzó el acercamiento de los presidentes Hugo Chávez y Vladimir Putin en 2001, nunca se ha detenido la cooperación en el sector energético.

Venezuela, en palabras de su canciller, espera que su principal empresa del sector petrolero PDVSA (Petróleos de Venezuela SA) pueda llegar a un acuerdo similar a los que tiene Rusia con China e India, "que a pesar de las sanciones, al usar medios de pagos únicos, aumentó a niveles importantes la cooperación energética".

En esta visita, de dos días de duración, Faría intentará con sus interlocutores rusos –titulares de diferentes dependencias gubernamentales y consorcios– acordar los detalles para encontrar soluciones a todo lo que tiene que ver con lo financiero y el transporte.

Asimismo, aparte de avanzar en el sector energético, su presencia en la capital rusa servirá para revisar los acuerdos ya en marcha "en cerca de 20 campos" y delinear nuevos proyectos en áreas como la industria farmacéutica, el transporte, el espacio y la cooperación técnico-militar, entre otras.

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. Imagen: AFP

Apuro para que Colombia sea aliado extra OTAN

El triunfo de Gustavo Petro no toma por sorpresa al establishment de los Estados Unidos. La posibilidad de que la izquierda finalmente llegara al gobierno en Colombia era una probabilidad cada vez más concreta, sobre todo, cuando desde el norte advirtieron que ni el oficialista Federico “Fico” Gutiérrez ni el otro candidato derrotado en el balotaje, Rodolfo Hernández, podían alcanzar a Petro en popularidad y votos.

De ahí el interés por amarrar acuerdos fundamentales antes de que se produjera un cambio de gobierno que muchos consideraron como inevitable. Los doscientos años de relaciones diplomáticas entre ambos países se presentó como la ocasión propicia para llevar adelante un acuerdo de esta naturaleza.

En efecto, el 26 de mayo, tres días antes de la primera vuelta electoral que consagraría a Petro como el candidato más votado, en Washington se presentó un proyecto que buscaba codificar como ley la actual designación de Colombia como “aliado extra OTAN”. Desde el gobierno estadounidense, se remarcó que éste era el tercer país latinoamericano en recibir esta distinción y que en la actualidad, la OTAN contaba con sólo 17 aliados en todo el planeta.

Por otro lado, se trata de una condición geopolítica de enorme importancia cuyo tratamiento resultaba por demás urgente ante la eventualidad de la expansión global de la crisis entre Rusia, Ucrania y el bloque del Atlántico Norte.

Concebido como el proyecto de “Ley del Bicentenario”, fue publicado de manera oficial hace menos de un mes por el poderoso dirigente demócrata Bob Menéndez, jefe del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Además de la firma de Menéndez, el proyecto fue presentado por el senador demócrata Tim Kaine, presidente del Subcomité sobre el Hemisferio Occidental.

El proyecto “Alianza entre Estados Unidos y Colombia” establece así la lucha en común contra la corrupción, que se presenta como el eje articulador de un acuerdo estratégico que pretende, además, “expandir el compromiso en cuestiones como el crecimiento económico inclusivo, la paz y la gobernanza democrática”.

Un papel no menor en este acuerdo lo cumple la necesidad de establecer criterios comunes en materia de “seguridad internacional", más aún, si toma en cuenta que la participación en la OTAN le proporciona a Colombia beneficios adicionales en términos de defensa y de comercio exterior.

Otros aspectos del acuerdo entre ambos países incluyen la formación de un comité consultivo para avanzar en la cooperación bilateral en materia de seguridad y de defensa cibernética, la donación de 200 millones de dólares para apoyar las inversiones en el sector tecnológico de Colombia y la elaboración de “nuevos informes clasificados sobre los disidentes de las FARC y las actividades malignas de países en el extranjero”.

Sin duda, el creciente desacople de la política exterior de Colombia de la de Estados Unidos se convertirá en el primer y principal desafío del gobierno de Gustavo Petro. Prácticamente de ese impulso deberá nutrirse una gestión que nace condicionada desde el vamos por poderosos factores externos.

En tanto que desde Washington, las principales espadas demócratas harán lo imposible para mantener las relaciones tal como se establecieron hasta ahora, en la conciencia de que cualquier derrota en este plano implicará un mayor debilitamiento para el gobierno de Joe Biden.

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Viernes, 21 Enero 2022 05:42

Guatemala: ¿25 años de paz?

Guatemala: ¿25 años de paz?

El aniversario del fin de la guerra interna en Guatemala pasó desapercibido. Parte de la ciudadanía prefiere hablar con amarga ironía de los «recuerdos de paz». Las esperanzas de derechos, paz e igualdad se disiparon frente a la corrupción, el neoliberalismo, las redes criminales y un proceso de involución democrática que hoy se extiende por gran parte de Centroamérica.

El 29 de diciembre de 1996 se firmó en el Palacio Nacional de la Cultura el Acuerdo de Paz Firme y Duradera entre el gobierno de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Con la suscripción de este documento terminaba una década de negociaciones y se ponía fin a una guerra que tuvo, de acuerdo con la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, un saldo de 200.000 muertos y 50.000 desaparecidos. Aquella tarde de diciembre, miles de guatemaltecos se hicieron presentes en la Plaza de la Constitución para celebrar la finalización del conflicto, festejos que se realizaron también en la mayoría de las ciudades y pueblos que fueron afectados por la violencia, así como en los campamentos insurgentes, donde los combatientes guerrilleros se habían «concentrado» para iniciar su desmovilización.

Un cuarto de siglo después, la fecha pasó casi desapercibida para la mayoría de la ciudadanía guatemalteca. El gobierno realizó un acto desangelado en el Patio de la Paz presidido por el ministro de cultura y al que asistieron mayoritariamente empleados de gobierno; el partido de la antigua insurgencia, ahora denominado Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca-Movimiento Amplio de Izquierda (URNG-MAIZ), publicó un largo comunicado en el que subrayaba la importancia de los acuerdos y las fallas en su cumplimiento, mientras que la plataforma de organizaciones de víctimas realizó una pequeña protesta frente al Palacio Nacional. 

¿Cómo fue la negociación y qué se estableció en los acuerdos de paz?

Los grupos insurgentes aglutinados en la URNG negociaron el fin de la guerra con cuatro gobiernos distintos: Vinicio Cerezo Arévalo (1986-1991), Jorge Serrano Elías (1991-1993), Ramiro de León Carpio (1993-1996) y Alvaro Arzú Irigoyen (1996-2000). Cuando iniciaron los diálogos, América Central era en uno de los últimos escenarios de la Guerra Fría y el gobierno estadounidense estaba obsesionado con contener la «amenaza comunista» en la región. Para 1996, el Muro de Berlín había sido derribado, la Unión Soviética se había desintegrado, los sandinistas habían entregado el poder tras un proceso electoral democrático y las guerrillas salvadoreñas aglutinadas en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) eran ya la segunda fuerza política en el vecino país.

Los cambios en el mundo afectaron a los actores en contienda. Las guerrillas pasaron de pensar el diálogo y negociación como una táctica que les permitiera ganar tiempo para recomponer fuerzas a considerarlo un proceso estratégico que posibilitaría, desde su punto de vista, sentar las bases para la solución de los problemas que causaron la guerra. Para el gobierno, implicó también limitar la militarización del Estado y contener la autonomía del Ejército en asuntos de contrainsurgencia. Para un sector de las elites empresariales, la pacificación vendría a mejorar el «clima de negocios» y atraería nuevas inversiones.

Fue entonces cuando se moldeó una compleja agenda de negociación dividida en temas sustantivos y operativos. Lo sustantivo abordaba los problemas que la sociedad guatemalteca venía arrastrando desde tiempos coloniales y poscoloniales: el racismo, la discriminación y la exclusión de los pueblos indígenas, pero también la concentración de la riqueza y la propiedad, así como la persistencia de la pobreza y la desigualdad. Además, dentro del eje sustantivo se ponía el foco en la militarización del Estado y el predominio del Ejército en asuntos de seguridad ciudadana. Las cuestiones operativas, que fueron colocadas al final de la agenda de negociación, se vinculaban con la desmovilización e incorporación a la legalidad de las unidades guerrilleras. Además, se trataron problemáticas como el retorno de la población refugiada en México y en zonas montañosas y selváticas del país, y el esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos.

Las negociaciones establecieron mecanismos para vincular a las organizaciones de la sociedad civil. Primero, se las incorporó a través de una ronda de diálogos con la insurgencia, que facilitó a las guerrillas encontrar puntos de coincidencia con las organizaciones sociales. Posteriormente, se dio lugar a Asamblea de la Sociedad Civil, espacio en el que por primera vez organizaciones, grupos, y pueblos pudieron dialogar y elaborar propuestas de solución a los problemas del país. La Asamblea produjo documentos de consenso sobre cada uno de las temáticas de la negociación. Aunque no eran vinculantes, estos documentos permitían constatar los alcances reales de cada uno de los acuerdos.

Antes de negociar los temas sustantivos, se suscribieron varios acuerdos enmarcados en la defensa de los derechos humanos. En marzo de 1994, se suscribió el Acuerdo global sobre derechos humanos que entró en vigencia inmediatamente y dio lugar al despliegue de la Misión de Naciones Unidas para Guatemala (MINUGUA), cuya presencia no solo contribuyó a la disminución de las violaciones a los derechos humanos, sino que creó un ambiente propicio para la participación y movilización social. En junio de ese mismo año se firmó el Acuerdo para el reasentamiento de las poblaciones desarraigadas por el enfrentamiento armado, bajo el cual se institucionalizó el retorno organizado y en condiciones dignas de las miles de familias que tuvieron que desplazarse por las campañas contrainsurgentes. También en junio de 1994, se firmó el Acuerdo sobre el Establecimiento de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las Violaciones a los Derechos Humanos y los Hechos de Violencia que han causado sufrimientos a la población guatemalteca. La discusión de este tema fue compleja, ya que para el gobierno y el Ejército resultaba inaceptable aceptar que se juzgara a los responsables de las violaciones graves y sistemáticas a los derechos humanos ocurridos durante la guerra, mientras que, para las bases de la insurgencia y las organizaciones sociales, esta era una demanda central. En el acuerdo se aceptó crear una comisión de la verdad que no individualizaría responsabilidades ni tendría consecuencias judiciales.

El primer acuerdo sustantivo, Identidad y derechos de los pueblos indígenas, fue el más avanzado, tanto en términos conceptuales como políticos. Firmado en marzo de 1995, este documento reconoció el carácter multiétnico y pluricultural de la sociedad guatemalteca y la identidad de los pueblos maya, xinca y garífuna. A partir de ese acuerdo se alcanzaron una serie de medidas y acciones para el pleno reconocimiento y ejercicio de los derechos culturales y políticos de los pueblos indígenas. Pero para su efectivo cumplimiento se acordó la realización de una reforma constitucional.

A diferencia del resto de los documentos, el Acuerdo sobre Aspectos Socioeconómicos y Situación Agraria, firmado en mayo de 1996, fue ambiguo e insuficiente. En esto influyeron varios factores, como la vocación de los mandos guerrilleros de lograr un entendimiento rápido durante el primer año de gobierno del presidente Arzú, así como la presión de los grupos empresariales para que este acuerdo no afectara ni la propiedad ni la estructura tributaria. A esto se sumó la disolución del equipo de asesores de la comandancia insurgente, que no estaba de acuerdo en firmar un documento tan laxo. Con esto se perdió la posibilidad de establecer, por lo menos en el papel, una solución de fondo para cambiar el modelo económico excluyente y concentrado que se mantiene en el país hasta la actualidad.

Finalmente, el Acuerdo sobre Fortalecimiento del poder civil y papel del Ejército en una sociedad democrática, firmado en septiembre de 1996, estableció la reducción efectiva del Ejército, tanto en términos numéricos como de funciones. A su vez, bajo este acuerdo se robustecía a las entidades civiles de seguridad, incluyendo a la Policía Nacional Civil y a los servicios de inteligencia.  Sin embargo, el cambio de atribuciones para el Ejército en materia de seguridad interna requería también de una reforma constitucional. 

Con la suscripción del acuerdo sobre la desmilitarización quedaban pendientes temas que permitirían la desmovilización e incorporación democrática de la insurgencia y afinar los mecanismos de su cumplimiento: cronograma, reformas constitucionales y régimen electoral. Pero, ya en la recta final de la negociación, se dio a conocer que la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) —uno de los grupos integrantes de la URNG— había secuestrado a la matriarca de uno de los principales grupos empresariales del país (la familia Novela, monopolista del cemento) para cobrar un millonario rescate. Dos insurgentes fueron capturados: uno de ellos fue desaparecido y el otro fue intercambiado por la anciana. La negociación fue suspendida y no se reanudó hasta que Rodrigo Asturias Amado (comandante Gaspar Ilom) se retiró de la mesa de negociaciones.  

El secuestro y sus consecuencias afectaron las negociaciones. La URNG llegó debilitada a la discusión de los últimos acuerdos, se rompió la confianza construida entre las partes y la guerra terminaba con la desaparición forzada y el posible asesinato de un combatiente guerrillero. El 29 de diciembre de 1996, se firmó el documento final, con el que se cerraban tres décadas de guerra y se abría una nueva etapa para el país.

¿Qué pasó con los acuerdos?

La implementación de los Acuerdos de Paz llevaba implícitas tres condiciones necesarias para su cumplimiento. La primera era la aprobación de las reformas constitucionales necesarias para ajustar el orden legal y el diseño estatal a lo acordado. La segunda era la decisión gubernamental de invertir recursos políticos, administrativos y financieros para hacer realidad los cambios establecidos. La tercera era que los grupos guerrilleros, convertidos en partido político, lograran tener suficiente fuerza para impulsar desde el Congreso y el Ejecutivo la agenda de la paz.

Ninguna de estas condiciones se cumplió. En mayo de 1999, después de una compleja negociación en el Congreso, se realizó una consulta popular para aprobar las reformas establecidas en los acuerdos. Una coalición de grupos empresariales, denominaciones protestantes y sectores conservadores se movilizaron contra las reformas, particularmente las referidas al reconocimiento de los pueblos maya, xinca y garífuna. Con una campaña de desinformación y miedo, lograron que una mayoría de electores rechazara las reformas. Con esto, se limitaron las posibilidades de cumplimiento del acuerdo.

Por su parte, el gobierno firmante de la paz optó por impulsar un programa de reformas neoliberales que eran contrarias al espíritu y la letra de los acuerdos.  Aunque se creó una secretaría adscrita a la presidencia, se optó por cumplir varios de los compromisos de manera aislada y no de la forma integral en la que originalmente fueron concebidos. Temas clave como la participación indígena a todo nivel, la reforma tributaria progresiva y la ley de desarrollo rural fueron postergadas. Finalmente, después de lograr una votación de 12% en las elecciones de 1999, el partido político de la guerrilla (URNG-MAIZ) entró en una dinámica de pugnas internas que lo llevó a una votación y una presencia política marginal, de entre 2% y 4% de los votos, que limitó su capacidad de influencia.

Sin embargo, tanto el proceso como los acuerdos de paz produjeron una serie de transformaciones que fueron liderados por las organizaciones de la sociedad civil y los pueblos indígenas. Y, por supuesto, la propia finalización de la guerra terminó con la violencia política como práctica institucional, la proscripción política por razones ideológicas y posibilitó la desmovilización e incorporación de los insurgentes sin que se dieran venganzas ni el rearme de ex-combatientes.

En relación a los derechos de los pueblos indígenas, la irrupción del movimiento maya en la década de1990, la suscripción del acuerdo y la continuidad de las organizaciones y autoridades indígenas han posibilitado un cambio en la forma en la que se concibe el país y la sociedad. Hoy, Guatemala se reconoce como un país plural. Pese a que persiste el racismo, este no solo es rechazado, sino perseguido y sancionado por entidades públicas que se crearon como resultado de los acuerdos. Ahora bien, la población indígena continúa siendo excluida en términos económicos y sociales, y la persistencia del Estado monoétnico y el fracaso de la reforma constitucional han contribuido a que la demanda por una Asamblea Nacional Constituyente Plurinacional sea asumida hoy no solo por los pueblos y organizaciones indígenas, sino por buena parte de las organizaciones sociales y partidos políticos progresistas. Por su parte, pese a que no existió un acuerdo específico sobre los derechos de las mujeres, las organizaciones de mujeres organizadas en la Asamblea de la Sociedad Civil lograron articular un fuerte movimiento que ha logrado cambios en la estatalidad y las políticas públicas, así como en la construcción de una agenda en favor de la plena igualdad.

En cuanto a la justicia transicional, a pesar de que el propio Acuerdo de paz firme y duradera establecía una nueva amnistía para los involucrados en la guerra, las asociaciones de víctimas, las organizaciones de derechos humanos y las agrupaciones de abogados continuaron trabajando para alcanzar justicia. En los últimos 25 años se han impulsado juicios contra miembros del alto mando militar que han sido condenados por crímenes de lesa humanidad. 

Como se señaló, el acuerdo sobre aspectos socioeconómicos fue el más limitado y el que menos resultados tuvo. En el documento suscrito, se planteaba que Guatemala alcanzara una carga tributaria de apenas 12% del PIB. En la última década, el promedio de la carga tributaria ha sido de 10% y cada intento de reforma ha sido bloqueado y limitado por los grupos empresariales que en este tema continúan teniendo poder de veto. Otro de los desafíos, el de la situación agraria, ha tendido a deteriorarse, tanto por el proceso de reconcentración de la tierra asociada a la expansión de monocultivos, como por la profundización del empobrecimiento en las zonas rurales.

En cuanto al papel del Ejército, aunque este efectivamente se redujo, las redes de militares en situación de retiro han seguido articuladas e influyendo en el proceso político. Ya en el acuerdo de derechos humanos, se mencionó la necesidad de identificar y desarticular a los denominados Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad (CIACS), estructuras formadas en la contrainsurgencia que anidaron en varias instituciones del Estado (aduanas, finanzas, entidades de seguridad) y que se asociaron con estructuras de crimen organizado y mutaron a lo que la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) denominó «redes políticas y económicas ilícitas (RPEI)». 

Estas redes, formadas por militares en activo y situación de retiro, pero también por políticos y funcionarios, así como por empresarios y grupos criminales propiamente dichos, fueron ampliando su influencia y control sobre las instituciones del Estado para beneficiarse económicamente de este y garantizarse impunidad. Con el gobierno del general retirado y firmante de la paz Otto Pérez Molina (2011-2015), estas redes lograron el control del Ejecutivo, la subordinación mediante sobornos de parte del Legislativo y el control parcial del sistema de justicia. La acción de la CICIG y la movilización ciudadana de 2015 contra esas estructuras, provocaron la renuncia y encarcelamiento de los más altos funcionarios del Ejecutivo.

Los gobiernos sucesivos, encabezados por Jimmy Morales (2016-2020) y Alejandro Giammattei, actualmente en el poder, fueron electos con el apoyo y la participación directa de estas redes. Morales se encargó de limitar el trabajo y terminar con el mandato de la CICIG, mientras que Giammattei facilitó el pleno control del Estado por parte de estas estructuras. Hoy, los tres poderes del Estado son parte de la coalición conocida como «pacto de corruptos». Instituciones que resultaron claves en la lucha contra la impunidad como la Corte de Constitucionalidad y el Ministerio Público fueron finalmente cooptadas por estas redes.

Esto ha implicado retrocesos tanto para el Estado de derecho como para el respeto de los derechos humanos. Una de las decisiones del actual presidente fue desmantelar las entidades públicas que fueron creadas para acompañar el cumplimiento de los acuerdos de paz: la Secretaría de la Paz, el Consejo Nacional de los Acuerdos de Paz y el Programa Nacional de Resarcimiento, entre otras. Las amenazas contra periodistas, defensores de derechos humanos, opositores y voces independientes han aumentado, incluidas acciones de criminalización y el asesinato de defensores del territorio. En el Congreso de la República se discuten abiertamente iniciativas «antiderechos» y los actores conservadores sigan apelando al discurso anticomunista para descalificar al campo progresista.

De este modo, no es extraño que irónicamente se haga referencia a los «recuerdos de paz» y no a los acuerdos. 25 años después de su firma, Guatemala está en un proceso de involución democrática, la deriva autoritaria que enfrentan otros países de la región está presente en el país y el control que las redes criminales tienen sobre el Estado y sus instituciones eleva el peligro. Frente a esto, las autoridades ancestrales de los pueblos indígenas han asumido un liderazgo nacional que puede contener al autoritarismo e impulsar un proceso de reformas que actualicen y profundicen la agenda esbozada por los acuerdos de paz.

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Herbert Cruz, A la deriva, (Cortesía del autor)

“¿Dónde está pues este tesoro?
Ninguna losa suena a hueco”
Madre Ubu (personaje de la obra Ubu Rey,
de Alfred Jarry)

 

En alocución televisada por los canales oficiales, Richard Nixon, más conocido como Tricky Dick (el tramposo Dick), en su condición de presidente de Estados Unidos anunció, en la noche del domingo 15 de agosto de 1971, que había dado la orden al Secretario del Tesoro de “suspender temporalmente la convertibilidad del oro y otros activos de reserva” rompiendo, con esa decisión, de forma unilateral los acuerdos de Bretton Woods –que obligaban a mantener un cambio fijo de 35 dólares por onza de oro–, para poder esquivar el pago de las deudas en moneda dura y ofrecer en su lugar papelitos verdes emitidos por la Reserva Federal. Estados Unidos daba inicio, de esa forma, a una dictadura financiera que completa medio siglo. Además de las medidas sobre la moneda, el Nixon shock –como fue conocido el paquete económico–, congeló los precios y los salarios por noventa días, e impuso aranceles del 10 por ciento a las importaciones, iniciándose un período de austeridad que puede considerarse como el principio del fin del llamado Estado del Bienestar y el preámbulo de la era neoliberal.


La alocución de Nixon ese 15 de agosto no era la primera que sorprendía al mundo, pues el 15 de julio de ese mismo año había anunciado, también por la televisión oficial, que no sólo estaba invitado a la República Popular de China, sino que había aceptado, ocultando que la invitación fue inducida por iniciativa de su gobierno. La negociación de la visita fue fraguada en un viaje secreto que el Asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, realizó a Beijing los días 9 y 10 de julio, luego de un viaje fingido a Pakistán de donde partió sigilosamente a China.


Tricky Dick llegó a la nación asiática en febrero de 1972, ante un mundo asombrado porque un presidente republicano, que además había hecho parte del equipo de Joseph Raymond McCarthy –el senador que realizó una verdadera caza de brujas contra artistas y pensadores críticos en una supuesta lucha contra el comunismo– buscaba cercanía con la China comunista liderada por Mao Tse Tung. Ganar un aliado estratégico en la Guerra Fría que los EU libraba con la Unión Soviética fue el objetivo central de la visita, aprovechando que los dos gigantes del llamado socialismo real estaban enfrentados desde la década del sesenta. Lejos estaba Nixon de imaginarse que la nueva alianza sería el dardo estimulante que despertó al gigante asiático de un letargo de más de doscientos años y que medio siglo después de su viaje el nuevo “socio” contendería por la primacía mundial.


La publicación en 1971 de tres textos que unirían la naciente disciplina de la ecología con la economía y la sociología: Ambiente, poder y sociedad, de Howard T. Odum; El círculo que se cierra: naturaleza, hombre y tecnología, de Barry Commoner, y La ley de la entropía y el proceso económico, de Nicholas Geogescu-Roegen, pese a ser un hecho mucho menos mediático que los anteriores, acabaría de marcar ese año como un real parteaguas histórico. Fue el campanazo de alerta inicial que, desde las cimas de la academia, alertó sobre la amenaza que el consumismo capitalista representa para la subsistencia de la especie humana en particular, y en general sobre la vida del planeta tal y como la conocemos.


El uso masivo de recursos no renovables en el actual estilo de vida condujo a la aplicación del concepto de entropía al proceso social y a señalar que un crecimiento material infinito es imposible en un planeta finito. Conclusión que cincuenta años después sigue esquivada por la visión ortodoxa y convencional de los estudios económicos, que continúan sin considerar los límites físicos del planeta. El negacionismo de hechos que las disciplinas científicas prueban, es demostración de la lógica del avestruz que los poderes fácticos, en los diferentes órdenes sociales, asumen acerca de la disfuncionalidad de un sistema que acelera el holocausto colectivo de la especie humana. Por último, debe recordarse que Disney World abrió sus puertas el primero de octubre de 1971, dando inicio a la creencia que los espectadores podían hacer parte activa de la ficción del celuloide, en un paso adicional, nada despreciable, en el proceso de infantilización de las masas que la sociedad del espectáculo empezó a extender desde la segunda década del siglo XX.


El dólar-centrismo inaugurado con la ruptura del tratado de Bretton Woods, transfigurado en dictadura financiera mundial; la tensión estructural surgida del reto a la unipolaridad y al predominio imperial de EU que el fortalecimiento económico y militar chino representa –y que algunos cobijan con el apelativo de la “trampa de tucídides”, aludiendo a que los temores de una potencia en decadencia, cuando ve amenazada su superioridad, puede recurrir a una guerra en toda regla– y, por último, la comprobación que nos encontramos en el antropoceno, pues efectos sobre la biota como las extinciones masivas de especies y los cambios extremos en el ambiente, son en verdad resultado de la acción humana, constituyen en conjunto, una totalidad amenazante cuyo desarrollo tuvo su punto de inicio en 1971.


Un conjunto de sucesos de especial significado que permiten interrogar, ¿Por qué la conformación de ese mundo material del postmodernismo, que está cumpliendo medio siglo, no es objeto de conmemoraciones y debates? Quizá, mirarse en esa realidad no devuelve una imagen agradable y tranquilizadora, pues niega el optimismo propio del desarrollismo y el cientificismo, que son aristas de la más rancia cosmovisión capitalista. Pero, sea como sea, lo cierto es que 1971 fue un verdadero año bisagra y que Nixon, Dick el tramposo, es de lejos el presidente que realmente simboliza el establecimiento norteamericano, pues refrendó que ese Estado no tiene amigos sino intereses, y que el incumplimiento de lo firmado y la felonía son normas corrientes en el comportamiento del imperio anglosajón.


Parasitismo y dilema de Triffin


El acuerdo de Bretton Woods adoptó el dólar como moneda de referencia en el comercio internacional, pues la posición inglesa, representada por J.M. Keynes, que abogaba por la creación del Bancor, una moneda resultante de una canasta de las principales divisas, fue derrotada. El inicio del dólar-centrismo, hijo de los acuerdos de la segunda postguerra –luego del mencionado fin de la convertibilidad en 1971–, acabó en una verdadera dictadura monetaria, pues la creación de liquidez mundial fue monopolizada por una nación. Por primera vez la supranacionalidad de la divisa aceptada en los pagos del comercio internacional, y que por muchos siglos representó el oro, fue eliminada dando lugar al “privilegio exorbitante” que por medio siglo ha disfrutado EU.


Además de haber salido casi indemne de la Segunda Guerra Mundial, EU pudo imponerse en Bretton Woods por la cantidad de oro que poseía como reserva, que al finalizar el conflicto sumaban 21.582 toneladas que constituían el 75 por ciento de las reservas del metal en el mundo, quince años más tarde descendieron a 15.821 y en 1971 eran tan sólo 8.500. La emisión creciente de dólares deja de corresponderse, entonces, en un grado cada vez mayor con la existencia del metal que la respalda, dando paso a la sobrevaloración de la moneda y a una desconfianza creciente en la divisa, que es lo que obliga a eliminar la convertibilidad, y a dejar el respaldo del dólar en el abrumador poder militar que detenta EU.


El déficit comercial norteamericano de 1971 fue el primero del siglo XX en esa nación, y corroboró la anticipación que el economista de origen belga, Robert Triffin, hizo en su libro El oro y la crisis del dólar: el futuro de la convertibilidad, publicado en 1960, y en el que mostraba que mantener la liquidez mundial obligaría a EU a entrar en déficits comerciales permanentes, pues la circulación continua de dólares por fuera de la frontera sólo es posible si ese país compra más de lo que vende. Esta paradoja, conocida como el dilema de Triffin, le da al imperio del norte poder gratuito de compra que el estadista francés, Charles De Gaulle, uno de los críticos más acerbos de ese privilegio, denominó “el derecho de seignoraje”.


Una prebenda que sin embargo tiene su lado oscuro, pues tanto la necesidad de incurrir en déficits comerciales crónicos, como la capacidad de un poder adquisitivo tan amplio, condujo a un proceso de desindustrialización acelerado a partir de la última década del siglo XX, como consecuencia de la deslocalización de una parte muy importante del parque industrial hacía China. El privilegio de poseer la llave de la liquidez mundial en los siglos XVI y XVII extinguió al imperio español, pues la desmedida capacidad de compra estimuló la adquisición de bienes fabricados afuera y desestimuló la producción interna, dando lugar a un rezago marcado en el proceso de industrialización que debilitó su poder material. Estados Unidos, al deslocalizar su industria engendró a quien hoy le disputa la primacía.


El déficit comercial que equivalía a menos del uno por ciento del PIB a comienzos de los setenta alcanza su máximo valor en 2005 cuando representó el 6 por ciento, para descender luego a valores que fluctúan alrededor del 3 por ciento. El consumo de los hogares, que hace medio siglo era el 62 por ciento del PIB, en la actualidad representa el 68 con un fuerte componente de bienes comprados en el exterior, que lo convierten en el principal importador del mundo.


Además, como apuntan Gérard Dumenil y Dominique Lévy, debe señalarse la “[…] sorprendente divergencia entre el inventario de activos externos en propiedad de los Estados Unidos y activos estadounidenses en poder de foráneos [..]”. Pues si bien “El crecimiento simultáneo de las dos variables es un efecto de las tendencias subyacentes de la globalización financiera predominante durante estos años, en el caso de los Estados Unidos este movimiento se ve altamente sesgado en favor del resto del mundo, ya que los extranjeros adquirieron gradualmente más activos en Estados Unidos que los agentes estadunidenses activos en el extranjero” (1). La deslocalización de las industrias tuvo un doble efecto negativo, de un lado, la perdida de trabajos cualificados contribuyó al descenso de los salarios obligando a las familias a recurrir al endeudamiento permanente y, del otro, no sólo transfirió tecnología sino que engendró países superavitarios que como grandes acumuladores de reservas han ido adquiriendo activos en Norteamérica, como lo destacan Dumenil y Levy.


La relación simbiótica entre una demanda inducida de bienes del resto del mundo por parte de las familias norteamericanas y el suministro de liquidez mundial, exacerbó el consumismo propio del capitalismo, que para obviar el descenso de los salarios instituyó una economía de deuda generalizada y orientó el consumo hacía los grupos de mayores ingresos. La deuda de las familias norteamericanas en relación con los ingresos corrientes es del 120 por ciento, y en Gran Bretaña del 140, siendo las acreencias más importantes las hipotecarias y las de los bienes durables seguidas, con un peso creciente, por las correspondientes a la educación superior que en EU suman 1,6 billones de dólares y afectan a 44 millones de personas.


El endeudamiento endémico es un instrumento del poder, instituido de forma preferente en esta nueva fase del capital tal y como el sociólogo italiano Maurizio Lazzarato muestra: “La moneda-deuda fue el arma estratégica de destrucción del fordismo y de la creación de los perfiles de un nuevo orden capitalista mundial” (2), en el que la radical asimetría existente entre acreedor y deudor es usada como forma acentuada de sometimiento.


Un instrumento que Deleuze y Guattari ya lo habían percibido y consigado en su Anti-edipo: “La deuda se convierte en deuda de existencia, deuda de existencia de los sujetos mismos. Llega el tiempo en que el acreedor todavía no ha prestado mientras el deudor no deja de devolver, porque devolver es un deber pero prestar es una facultad, como en la canción de Lewis Carroll, la larga canción de la deuda infinita: «Un hombre puede, está claro, exigir lo que se le debe/ pero cuando se trata de prestar/ puede, está claro,/ elegir el momento que le convenga»” (3).


La relación acreedor-deudor quedó sobrepuesta a la de capitalista-trabajador y revela una dependencia adicional y despersonalizada que refuerza los lazos invisibles que atan al subordinado a la creciente presencia de lo abstracto y convierte al agente dominante en un ente que está más allá y con el que la interlocución no sólo es, en el mejor de los casos, mediada, sino absolutamente discrecional. El deudor no puede hacer huelga de brazos caídos al Banco porque el juez actúa sin apelaciones contra él, amparado y obligado por el poder estatal. La desregulación de las relaciones entre trabajo y capital está detrás de la volatilidad y fugacidad del entorno social y económico de los trabajadores, que al ser desanclados de colectivos como los sindicatos son des-socializados y debilitados frente a los factores de poder, limitándose las reacciones esperadas frente a la creciente retracción de sus espacios y derechos.


La relación deuda-acreedor entre Estados-Nación tiene ya manifestaciones análogas. El caso de Grecia en el 2009 cuando el gobierno de turno intentó ocultar su deuda, con complicidad de Goldman Sachs, y los efectos cuando el truco contable fue descubierto, es un caso ejemplarizante de la pérdida total de autonomía no sólo cuando las deudas no pueden saldarse sino por el simple hecho de adquirirlas. Pérdida de autonomía inscrita en la lógica misma de la globalización y reflejada en el recorte de los grados de libertad de los Estados que son presa de los condicionamientos cada vez más exigentes en sus solicitudes de financiación o en la adquisición de ciertos productos que los países dominantes consideran estratégicos. Incluso los Estados Unidos han visto limitadas sus posibilidades de acción por su grado de dependencia de productos fabricados en el exterior.


David Harvey llamaba la atención, en fecha tan temprana como 2003, sobre los riesgos para los EU de su dependencia de los chips producidos en el lejano oriente (4). teniendo en cuenta que hasta el complejo militar-industrial está supeditado a estos insumos importados. Y no fue necesaria una guerra entre la isla y China continental para que el suministro de chips desatará una crisis de producción en los países del centro capitalista, pues el aumento abrupto de la demanda de ordenadores y teléfonos personales por efecto de la obligatoriedad del teletrabajo y las clases virtuales como consecuencia de la pandemia del covid 19, desbordó la capacidad de producción de microprocesadores cuya fabricación está concentrada en la empresa taiwanesa Tsmc (54%) y la coreana Samsung (17%) que lideran de lejos la oferta de ese producto.


Una realidad con efectos concretos. La casi parálisis de la industria automotriz por falta de chips –que tan sólo para China puede representar una disminución en la producción de un cuarto de millón de autos– ha llevado tanto a EU como a China a replantearse la necesidad del autoabastecimiento y a reforzar el renaciente nacionalismo económico. La crisis de los chips tiene un condimento adicional como quiera que la contracción en la producción ha estado agravada por la sequía sufrida por Taiwán, dado que la producción de semiconductores es intensiva en el uso de agua, pues una fábrica promedio utiliza entre ocho y catorce millones de litros diarios de agua ultra-pura en los procesos de esterilización. Esto desmiente el mito de que la virtualidad y las nuevas tecnologías desmaterializan la sociedad, disminuyen nuestra dependencia de la naturaleza y reducen los efectos ambientales negativos. La entropía de la base material en el antropoceno, como lo previó Georgescu-Roegen, sigue su recorrido.


La acelerada marcha hacía lo incierto


La introducción de la noción de entropía en la explicación del proceso de reproducción material de la humanidad, que Georgescu-Roegen hizo en su obra de 1971, abrió paso a argumentos críticos contra el hiper-consumismo del capitalismo qué, pese a cierta aceptación, están aún lejos de convertirse en consciencia planetaria. La distinción que el pensador rumano hace entre reversible, irreversible e irrevocable, definiendo esto último como “[…] procesos que no pueden pasar por un estado determinado más que una sola vez” (5), llevó al experimento mental de pensar que en el largo plazo, incluso si la población y el consumo fueran estabilizados, dada la dependencia de los seres humanos de recursos no renovables, era absurdo considerar infinita la existencia de la especie humana en un planeta finito.


Un año después de publicada su obra magna, en la serie de conferencias organizadas por la Universidad de Yale, a raíz de la publicación en 1972 del estudio del MIT Los límites del crecimiento, Georgescu-Roegen leyó la ponencia Energía y mitos económicos, en la que frente a las descalificaciones por parte de los defensores del establecimiento de la idea de “límites de la humanidad”, que los estudios pioneros sobre la degradación ambiental habían formulado, afirmó: “Algunos defensores nos han instado a tener fe en la especie humana: tal fe triunfará sobre todas las limitaciones. Pero ni la fe ni la certeza de algunos famosos catedráticos podría alterar el hecho de que, de acuerdo con la ley básica de la termodinámica, la dotación energética de la humanidad es finita. Aún si se estuviera inclinado a creer en la posible refutación de estos principios en el futuro, no se debe actuar con esa fe ahora” (6).


Esta última recomendación, inscrita en el principio de precaución, que el ambientalismo propugna pero que el capital burla, y pese a informes como el publicado recientemente por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc) –elaborado por 234 autores de 66 países, y que tuvo como una de sus fuentes análisis consignados en 14 mil artículos científicos–, en el que queda confirmada la causalidad antrópica en la alteración del clima y no deja dudas que las consecuencias serán devastadoras para la humanidad, las respuestas que amerita el tamaño del problema no aparecen. Las previsiones, entre otros muchos efectos, de la elevación del nivel de los mares y el aumento y concentración de las precipitaciones en períodos muy cortos de tiempo, que garantiza frecuentes inundaciones, ya empiezan a ser realidad, pero las reacciones son poco trascendentes. Debe entenderse, cuanto antes mejor, que teñir de verde el capitalismo no pasa de ser un placebo que no elimina su insostenibilidad.


Las previsiones del Centro de Investigación Económica y de Negocios, institución británica, que anticipa para 2028 la ascensión de China como primera potencia económica mundial, agrega otra perturbación sísmica a la ya de por si alterada estructura del sistema-mundo. Si las metas chinas buscan alcanzar el consumo de Occidente, los desequilibrios materiales serán aún más acelerados. Continuar, por ejemplo, con los ritmos actuales de la obsolescencia programada significa un suicidio colectivo, y las multinacionales tecnológicas chinas parecen seguir el ritmo de las occidentales en su lucha por los mercados, lo que no augura nada halagüeño.


La primacía del gigante asiático significa, además, el fin del dólar como moneda exclusiva de los intercambios internacionales, pues el yuan ocupará buena parte de su espacio como moneda de reserva, a lo que debe agregarse la irrupción de las criptomonedas que al posibilitar los intercambios de valor de forma instantánea y a costos muy bajos, por ser descentralizadas, para el tenedor no requieren de bancarización. Los bancos centrales también prueban el desarrollo de monedas digitales, en lo que China ha avanzado más que las otras grandes economías con la implementación gradual de su e-RMB.


Son todos estos hechos que obligan a pensar que el mundo iniciado en 1971 y que tuvo su techo con el dominio unipolar de Estados Unidos, desde 1990 está resquebrajándose, por lo que el riesgo de que caiga en la trampa de Tucídides y quiera sostener su predominio por la fuerza de las armas no puede descartarse, como tampoco que los efectos de cascada del daño ambiental detonen anticipadamente fenómenos impensables que desestructuren radicalmente las formas espaciales y su ocupación. Quizá el imperio de mayor fortaleza material que haya visto la historia humana pueda ser, a su vez, el de menor duración. Una caída estrepitosa no será inocua para los demás paises y puede llevar al colapso buena parte del mundo conocido, pero la probabilidad del suceso no parece despertar suficiente inquietud.


La sociedad del riesgo global como denominó el sociólogo alemán Ulrich Beck a la situación actual y que tiene, al parecer, en la inseguridad endémica su rasgo distintivo, ¿es tan imprevisible como algunos piensan? ¿no puede la acción colectiva direccionar la creación de un futuro diferente? Quizá lo primero sea forjar una representación más precisa del sistema-mundo en su actual condición, acompañada de una apropiación amplia que por entender las amenazas reales que rodean al colectivo conduzcan al convencimiento de que la acción política es hoy una obligación de todos.

1. Gérard Dumenil y Dominique Levy, La crisis del neoliberalismo, Lengua de Trapo, p. 181
2. Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado: ensayo sobre la condición neoliberal, p. 85
3. Citados por Lazzarato, Ibídem., p. 85
4. “La dependencia de la producción (y los servicios) efectuada en el extranjero conlleva cierto riesgo porque exige una notable estabilidad geopolítica o la capacidad de Estado Unidos para aplastar militarmente los eventuales disturbios y conmociones en otros países. Por ejemplo si estallara un conflicto militar entre China y Taiwán, ¿qué le sucedería a la oferta de artículos industriales en el mercado estadounidense? Hasta el complejo militar-industrial depende del este y sureste de Asia en cuanto a los chips para ordenador” (David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal, p. 14
5. Nicholas Georgescu-Roegen, La ley de la entropía y el proceso económico”, Argrntaria-Visor, p. 258
6. Nicholas Georgescu-Roegen, Energía y mitos económicos, Trimestre económico, 42 (168(4)), p. 804
* Integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin –que culpa a Washington de ser responsable de la tensión en Europa–, durante una reunión con militares, ayer en Moscú.Foto Ap

Un doble ominoso espectro redivivo planea en el Kremlin: la redición de la crisis de los misiles en Cuba de 1962 y el grave error del cándido Gorbachov por no rubricar las "garantías orales (sic)" para frenar el irredentismo bélico de EU/OTAN a cambio de la unificación alemana y su ingreso a la OTAN, así como el de Polonia y los tres países bálticos (https://bit.ly/3eaKGNE).

Tras los borradores de los tratados de EU y la OTAN con Rusia, que analiza Biden para su respuesta, el mundo ha entrado a una interfase sumamente delicada que definirá el nuevo orden mundial del siglo XXI, con su mayor aplicación en Europa, como teatro de batalla global de las dos máximas superpotencias nucleares del planeta (https://bit.ly/3Jk6pRE).

Hoy la pelota se encuentra del lado de Biden, de quien depende la suprema decisión del devenir de Europa, en general, y de Ucrania, en particular. La gravedad de la situación se ha gangrenado por los temerarios cuan intransigentes aliados de EU/Ucrania en los países bálticos y Polonia, los cuales no parecen, a su cuenta y riesgo, percibir las "líneas rojas" de Rusia que no está dispuesta a admitir la provocativa incrustación de Ucrania en la OTAN, que finalmente es un instrumento desechable de la política exterior de EU, cuando Biden sufre poderosos embates domésticos: desde el fracaso de su política migratoria, pasando por la erosiva hiperinflación, hasta la falta de cohesión en su Partido Demócrata frente al retorno del trumpismo y la nueva variante del Covid-19.

Putin culpó a EU de ser responsable de la tensión en Europa y señaló estar harto de la manipulación occidental del derecho internacional: “cuando el derecho internacional y la carta de la ONU les molesta, lo declaran todo obsoleto, innecesario. Y cuando algo conviene a sus intereses, se remiten inmediatamente a las normas del derecho internacional, la carta de la ONU, los derechos humanitarios internacionales, etcétera. Estamos cansados de estas manipulaciones (https://bit.ly/3EfVLHB)”.

Más que nada, Putin sentenció que Rusia está muy preocupada por el despliegue de elementos del sistema global de defensa antimisiles de EU cerca de sus fronteras, por lo que instó a Biden lograr "acuerdos jurídicos" respecto a las garantías de seguridad –que, a mi juicio, no supo exigir el cándido Gorbachov cuando Ronald Reagan, Daddy Bush y Bill Clinton no se agotaron de burlarse tanto el marido de Raisa Maksímovna Titorenko como del desentonado Boris Yeltsin.

El problema con EU, sea el presidente que fuere de cualquier sigla partidista, es que, cuando no respeta sus tratados, se retira de ellos a conveniencia, como han sido los casos flagrantes, en orden jerárquico, del Tratado Antibalístico Misilístico (ABM, por sus siglas en inglés) pisoteado por Baby Bush (https://bit.ly/3egiV69) –que, a mi juicio, provocó las tensiones presentes como efecto de largo plazo–, los protocolos ambientales de Kyoto despreciados por Clinton, y el acuerdo del contencioso nuclear con Irán renegado por Trump.

Putin afirmó "tener derecho a tomar medidas para garantizar la seguridad y la soberanía de Rusia", ya que el avance de la OTAN en Ucrania permitirá que el tiempo de vuelo de sus misiles sea entre siete y 10 minutos, frente a las armas hipersónicas de Rusia que tardarán cinco minutos. Putin rememoró que este año entraron en servicio operativo los misiles hipersónicos rusos Avangard y Kinzhal y advirtió en forma severa que "en caso de que Occidente continúe su política descaradamente agresiva, vamos a tomar en respuesta unas medidas técnico-militares adecuadas, y en caso de pasos inamistosos daremos una reacción severa.Quiero subrayar que tenemos el pleno derecho a hacerlo, a tomar medidas dirigidas a garantizar la seguridad y la soberanía de Rusia".

El canciller ruso, Sergei Lavrov, definió por enésima vez que la expansión de la OTAN a las fronteras de Rusia –específicamente a Ucrania y Georgia– constituye una "línea roja" que no recomienda cruzar (https://bit.ly/3qj77FU). Ojalá recapacite Biden (https://bit.ly/3H7tepN).

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Cumbre de Biden y el mandarín Xi: en búsqueda de la "estabilidad estratégica" perdida

Dos días después de la cumbre virtual entre Joe Biden y el mandarín Xi, el asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, en su ponencia en el Brookings Institution detalló su hermenéutica al respecto, que consideró como una "sesión más intensa y comprometida" entre los mandatarios de las dos superpotencias (https://brook.gs/3HF3Mc2).

Más allá de las sobreinterpretaciones y sub-interpretaciones sesgadas de los multimedia en Estados Unidos, que no pierden la oportunidad para amarrar navajas y llevar agua a su molino, Sullivan enfatizó el reiterado apoyo de Biden a la política de "una sola China", cuando Washington no apoya la "independencia" de Taiwán. Por lo visto, Taipéi no entiende los alcances y sigue confundida sobre la "ambigüedad estratégica" de la potencia americana en el estrecho de Taiwán, a decir del Global Times (https://bit.ly/3kVgR7g).

No obstante, Sullivan advirtió que en caso de que el presente estatuto de Taiwán sea cambiado por la fuerza, ello desembocaría en una poderosa reacción estadunidense, por lo que la mayor preocupación de Biden se centra en las "consecuencias involuntarias" de bruscas acciones. El jefe de la Casa Blanca anhela juiciosamente crear "barandillas" ( guardrails) en la relación bilateral.

Sullivan refirió la existencia de cuatro "archivos" ( buckets), en los que Washington y Pekín han decidido colaborar: 1. El clima y la salud pública. Cabe señalar que Biden admitió que aún no ha sido resuelto el origen del Covid-19; 2.Cooperación en el programa nuclear iraní, así como en la dotación de las armas nucleares de Norcorea; 3. Creación de mecanismos para manejar sus diferencias, sobre todo en materia de seguridad, por lo que deberán intensificar su comunicación en varios niveles; y 4. Cooperación en comercio y economía, que incluye “abordar el "crujido" (sic) de la energía global para impulsar la economía.

el asesor de Seguridad Nacional comentó que durante la muy abierta discusión de tres horas y media entre Biden y Xi, éste destacó el tema crucial de la "estabilidad estratégica", así como mantener un "conjunto de conversaciones" sobre el supuesto incremento de ojivas nucleares chinas, que ha sido estrambóticamente abultado por los sesgados multimedia anglosajones (https://on.wsj.com/3FwnjK0), que lo exageran hiperbólicamente como "uno de los más extensos giros del poder geoestratégico de la historia" con el "poder de alterar el equilibrio de fuerzas en Asia" (FT; 15/11/21).

Un día después de la hermenéutica de Sullivan, durante la reunión ampliada del Consejo de Relaciones Exteriores de Rusia, el zar Vlady Putin asintió y asentó que el "centro de gravedad de la política y la economía del mundo ha girado a Asia", por lo que Moscú proseguirá a desarrollar sus relaciones con los países de ese continente.

El zar Vlady Putin está consciente de que la "asociación estratégica integral" de Rusia y China indispone a "Occidente" que "abiertamente intenta colocar una cuña (sic) entre Moscú y Pekín". Agregó que pese al deterioro de las relaciones Rusia-Estados Unidos, que se encuentran en un "estado insatisfactorio" a consecuencia de la cumbre con Biden en Ginebra, el Kremlin “trabaja en forma conjunta la "estabilidad estratégica" y la agenda de la información en seguridad (https://bit.ly/3CEfq3j).

En marzo pasado, abordé la "Guía de seguridad nacional de Estados Unidos: el diálogo con Rusia y China sobre la estabilidad estratégica" mediante “la diplomacia, la reducción de las armas nucleares y un nuevo acomodamiento con las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, la computación cuántica y el 5G (https://bit.ly/3kU8BEN)”, donde resalto "la geopolítica de la ciberseguridad de Washington contra Moscú y Pekín" (https://bit.ly/3qWrH0E).

Nótese que mientras Biden y el zar Vlady Putin acordaron en su cumbre de Ginebra la "estabilidad estratégica", debido a la patológica sinofobia imperante en Washington, China había sido desdeñada. Hoy, la gran noticia radica en que el gigante asiático se ha incorporado a la "estabilidad estratégica" tripartita como reflejo del ineludible "nuevo orden tripolar" que ya acepta hasta el mismo Pentágono (https://bit.ly/3oLq8QG).

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Herbert Cruz, A la deriva, (Cortesía del autor)

“¿Dónde está pues este tesoro?
Ninguna losa suena a hueco”
Madre Ubu (personaje de la obra Ubu Rey,
de Alfred Jarry)

 

En alocución televisada por los canales oficiales, Richard Nixon, más conocido como Tricky Dick (el tramposo Dick), en su condición de presidente de Estados Unidos anunció, en la noche del domingo 15 de agosto de 1971, que había dado la orden al Secretario del Tesoro de “suspender temporalmente la convertibilidad del oro y otros activos de reserva” rompiendo, con esa decisión, de forma unilateral los acuerdos de Bretton Woods –que obligaban a mantener un cambio fijo de 35 dólares por onza de oro–, para poder esquivar el pago de las deudas en moneda dura y ofrecer en su lugar papelitos verdes emitidos por la Reserva Federal. Estados Unidos daba inicio, de esa forma, a una dictadura financiera que completa medio siglo. Además de las medidas sobre la moneda, el Nixon shock –como fue conocido el paquete económico–, congeló los precios y los salarios por noventa días, e impuso aranceles del 10 por ciento a las importaciones, iniciándose un período de austeridad que puede considerarse como el principio del fin del llamado Estado del Bienestar y el preámbulo de la era neoliberal.


La alocución de Nixon ese 15 de agosto no era la primera que sorprendía al mundo, pues el 15 de julio de ese mismo año había anunciado, también por la televisión oficial, que no sólo estaba invitado a la República Popular de China, sino que había aceptado, ocultando que la invitación fue inducida por iniciativa de su gobierno. La negociación de la visita fue fraguada en un viaje secreto que el Asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, realizó a Beijing los días 9 y 10 de julio, luego de un viaje fingido a Pakistán de donde partió sigilosamente a China.


Tricky Dick llegó a la nación asiática en febrero de 1972, ante un mundo asombrado porque un presidente republicano, que además había hecho parte del equipo de Joseph Raymond McCarthy –el senador que realizó una verdadera caza de brujas contra artistas y pensadores críticos en una supuesta lucha contra el comunismo– buscaba cercanía con la China comunista liderada por Mao Tse Tung. Ganar un aliado estratégico en la Guerra Fría que los EU libraba con la Unión Soviética fue el objetivo central de la visita, aprovechando que los dos gigantes del llamado socialismo real estaban enfrentados desde la década del sesenta. Lejos estaba Nixon de imaginarse que la nueva alianza sería el dardo estimulante que despertó al gigante asiático de un letargo de más de doscientos años y que medio siglo después de su viaje el nuevo “socio” contendería por la primacía mundial.


La publicación en 1971 de tres textos que unirían la naciente disciplina de la ecología con la economía y la sociología: Ambiente, poder y sociedad, de Howard T. Odum; El círculo que se cierra: naturaleza, hombre y tecnología, de Barry Commoner, y La ley de la entropía y el proceso económico, de Nicholas Geogescu-Roegen, pese a ser un hecho mucho menos mediático que los anteriores, acabaría de marcar ese año como un real parteaguas histórico. Fue el campanazo de alerta inicial que, desde las cimas de la academia, alertó sobre la amenaza que el consumismo capitalista representa para la subsistencia de la especie humana en particular, y en general sobre la vida del planeta tal y como la conocemos.


El uso masivo de recursos no renovables en el actual estilo de vida condujo a la aplicación del concepto de entropía al proceso social y a señalar que un crecimiento material infinito es imposible en un planeta finito. Conclusión que cincuenta años después sigue esquivada por la visión ortodoxa y convencional de los estudios económicos, que continúan sin considerar los límites físicos del planeta. El negacionismo de hechos que las disciplinas científicas prueban, es demostración de la lógica del avestruz que los poderes fácticos, en los diferentes órdenes sociales, asumen acerca de la disfuncionalidad de un sistema que acelera el holocausto colectivo de la especie humana. Por último, debe recordarse que Disney World abrió sus puertas el primero de octubre de 1971, dando inicio a la creencia que los espectadores podían hacer parte activa de la ficción del celuloide, en un paso adicional, nada despreciable, en el proceso de infantilización de las masas que la sociedad del espectáculo empezó a extender desde la segunda década del siglo XX.


El dólar-centrismo inaugurado con la ruptura del tratado de Bretton Woods, transfigurado en dictadura financiera mundial; la tensión estructural surgida del reto a la unipolaridad y al predominio imperial de EU que el fortalecimiento económico y militar chino representa –y que algunos cobijan con el apelativo de la “trampa de tucídides”, aludiendo a que los temores de una potencia en decadencia, cuando ve amenazada su superioridad, puede recurrir a una guerra en toda regla– y, por último, la comprobación que nos encontramos en el antropoceno, pues efectos sobre la biota como las extinciones masivas de especies y los cambios extremos en el ambiente, son en verdad resultado de la acción humana, constituyen en conjunto, una totalidad amenazante cuyo desarrollo tuvo su punto de inicio en 1971.


Un conjunto de sucesos de especial significado que permiten interrogar, ¿Por qué la conformación de ese mundo material del postmodernismo, que está cumpliendo medio siglo, no es objeto de conmemoraciones y debates? Quizá, mirarse en esa realidad no devuelve una imagen agradable y tranquilizadora, pues niega el optimismo propio del desarrollismo y el cientificismo, que son aristas de la más rancia cosmovisión capitalista. Pero, sea como sea, lo cierto es que 1971 fue un verdadero año bisagra y que Nixon, Dick el tramposo, es de lejos el presidente que realmente simboliza el establecimiento norteamericano, pues refrendó que ese Estado no tiene amigos sino intereses, y que el incumplimiento de lo firmado y la felonía son normas corrientes en el comportamiento del imperio anglosajón.


Parasitismo y dilema de Triffin


El acuerdo de Bretton Woods adoptó el dólar como moneda de referencia en el comercio internacional, pues la posición inglesa, representada por J.M. Keynes, que abogaba por la creación del Bancor, una moneda resultante de una canasta de las principales divisas, fue derrotada. El inicio del dólar-centrismo, hijo de los acuerdos de la segunda postguerra –luego del mencionado fin de la convertibilidad en 1971–, acabó en una verdadera dictadura monetaria, pues la creación de liquidez mundial fue monopolizada por una nación. Por primera vez la supranacionalidad de la divisa aceptada en los pagos del comercio internacional, y que por muchos siglos representó el oro, fue eliminada dando lugar al “privilegio exorbitante” que por medio siglo ha disfrutado EU.


Además de haber salido casi indemne de la Segunda Guerra Mundial, EU pudo imponerse en Bretton Woods por la cantidad de oro que poseía como reserva, que al finalizar el conflicto sumaban 21.582 toneladas que constituían el 75 por ciento de las reservas del metal en el mundo, quince años más tarde descendieron a 15.821 y en 1971 eran tan sólo 8.500. La emisión creciente de dólares deja de corresponderse, entonces, en un grado cada vez mayor con la existencia del metal que la respalda, dando paso a la sobrevaloración de la moneda y a una desconfianza creciente en la divisa, que es lo que obliga a eliminar la convertibilidad, y a dejar el respaldo del dólar en el abrumador poder militar que detenta EU.


El déficit comercial norteamericano de 1971 fue el primero del siglo XX en esa nación, y corroboró la anticipación que el economista de origen belga, Robert Triffin, hizo en su libro El oro y la crisis del dólar: el futuro de la convertibilidad, publicado en 1960, y en el que mostraba que mantener la liquidez mundial obligaría a EU a entrar en déficits comerciales permanentes, pues la circulación continua de dólares por fuera de la frontera sólo es posible si ese país compra más de lo que vende. Esta paradoja, conocida como el dilema de Triffin, le da al imperio del norte poder gratuito de compra que el estadista francés, Charles De Gaulle, uno de los críticos más acerbos de ese privilegio, denominó “el derecho de seignoraje”.


Una prebenda que sin embargo tiene su lado oscuro, pues tanto la necesidad de incurrir en déficits comerciales crónicos, como la capacidad de un poder adquisitivo tan amplio, condujo a un proceso de desindustrialización acelerado a partir de la última década del siglo XX, como consecuencia de la deslocalización de una parte muy importante del parque industrial hacía China. El privilegio de poseer la llave de la liquidez mundial en los siglos XVI y XVII extinguió al imperio español, pues la desmedida capacidad de compra estimuló la adquisición de bienes fabricados afuera y desestimuló la producción interna, dando lugar a un rezago marcado en el proceso de industrialización que debilitó su poder material. Estados Unidos, al deslocalizar su industria engendró a quien hoy le disputa la primacía.


El déficit comercial que equivalía a menos del uno por ciento del PIB a comienzos de los setenta alcanza su máximo valor en 2005 cuando representó el 6 por ciento, para descender luego a valores que fluctúan alrededor del 3 por ciento. El consumo de los hogares, que hace medio siglo era el 62 por ciento del PIB, en la actualidad representa el 68 con un fuerte componente de bienes comprados en el exterior, que lo convierten en el principal importador del mundo.


Además, como apuntan Gérard Dumenil y Dominique Lévy, debe señalarse la “[…] sorprendente divergencia entre el inventario de activos externos en propiedad de los Estados Unidos y activos estadounidenses en poder de foráneos [..]”. Pues si bien “El crecimiento simultáneo de las dos variables es un efecto de las tendencias subyacentes de la globalización financiera predominante durante estos años, en el caso de los Estados Unidos este movimiento se ve altamente sesgado en favor del resto del mundo, ya que los extranjeros adquirieron gradualmente más activos en Estados Unidos que los agentes estadunidenses activos en el extranjero” (1). La deslocalización de las industrias tuvo un doble efecto negativo, de un lado, la perdida de trabajos cualificados contribuyó al descenso de los salarios obligando a las familias a recurrir al endeudamiento permanente y, del otro, no sólo transfirió tecnología sino que engendró países superavitarios que como grandes acumuladores de reservas han ido adquiriendo activos en Norteamérica, como lo destacan Dumenil y Levy.


La relación simbiótica entre una demanda inducida de bienes del resto del mundo por parte de las familias norteamericanas y el suministro de liquidez mundial, exacerbó el consumismo propio del capitalismo, que para obviar el descenso de los salarios instituyó una economía de deuda generalizada y orientó el consumo hacía los grupos de mayores ingresos. La deuda de las familias norteamericanas en relación con los ingresos corrientes es del 120 por ciento, y en Gran Bretaña del 140, siendo las acreencias más importantes las hipotecarias y las de los bienes durables seguidas, con un peso creciente, por las correspondientes a la educación superior que en EU suman 1,6 billones de dólares y afectan a 44 millones de personas.


El endeudamiento endémico es un instrumento del poder, instituido de forma preferente en esta nueva fase del capital tal y como el sociólogo italiano Maurizio Lazzarato muestra: “La moneda-deuda fue el arma estratégica de destrucción del fordismo y de la creación de los perfiles de un nuevo orden capitalista mundial” (2), en el que la radical asimetría existente entre acreedor y deudor es usada como forma acentuada de sometimiento.


Un instrumento que Deleuze y Guattari ya lo habían percibido y consigado en su Anti-edipo: “La deuda se convierte en deuda de existencia, deuda de existencia de los sujetos mismos. Llega el tiempo en que el acreedor todavía no ha prestado mientras el deudor no deja de devolver, porque devolver es un deber pero prestar es una facultad, como en la canción de Lewis Carroll, la larga canción de la deuda infinita: «Un hombre puede, está claro, exigir lo que se le debe/ pero cuando se trata de prestar/ puede, está claro,/ elegir el momento que le convenga»” (3).


La relación acreedor-deudor quedó sobrepuesta a la de capitalista-trabajador y revela una dependencia adicional y despersonalizada que refuerza los lazos invisibles que atan al subordinado a la creciente presencia de lo abstracto y convierte al agente dominante en un ente que está más allá y con el que la interlocución no sólo es, en el mejor de los casos, mediada, sino absolutamente discrecional. El deudor no puede hacer huelga de brazos caídos al Banco porque el juez actúa sin apelaciones contra él, amparado y obligado por el poder estatal. La desregulación de las relaciones entre trabajo y capital está detrás de la volatilidad y fugacidad del entorno social y económico de los trabajadores, que al ser desanclados de colectivos como los sindicatos son des-socializados y debilitados frente a los factores de poder, limitándose las reacciones esperadas frente a la creciente retracción de sus espacios y derechos.


La relación deuda-acreedor entre Estados-Nación tiene ya manifestaciones análogas. El caso de Grecia en el 2009 cuando el gobierno de turno intentó ocultar su deuda, con complicidad de Goldman Sachs, y los efectos cuando el truco contable fue descubierto, es un caso ejemplarizante de la pérdida total de autonomía no sólo cuando las deudas no pueden saldarse sino por el simple hecho de adquirirlas. Pérdida de autonomía inscrita en la lógica misma de la globalización y reflejada en el recorte de los grados de libertad de los Estados que son presa de los condicionamientos cada vez más exigentes en sus solicitudes de financiación o en la adquisición de ciertos productos que los países dominantes consideran estratégicos. Incluso los Estados Unidos han visto limitadas sus posibilidades de acción por su grado de dependencia de productos fabricados en el exterior.


David Harvey llamaba la atención, en fecha tan temprana como 2003, sobre los riesgos para los EU de su dependencia de los chips producidos en el lejano oriente (4). teniendo en cuenta que hasta el complejo militar-industrial está supeditado a estos insumos importados. Y no fue necesaria una guerra entre la isla y China continental para que el suministro de chips desatará una crisis de producción en los países del centro capitalista, pues el aumento abrupto de la demanda de ordenadores y teléfonos personales por efecto de la obligatoriedad del teletrabajo y las clases virtuales como consecuencia de la pandemia del covid 19, desbordó la capacidad de producción de microprocesadores cuya fabricación está concentrada en la empresa taiwanesa Tsmc (54%) y la coreana Samsung (17%) que lideran de lejos la oferta de ese producto.


Una realidad con efectos concretos. La casi parálisis de la industria automotriz por falta de chips –que tan sólo para China puede representar una disminución en la producción de un cuarto de millón de autos– ha llevado tanto a EU como a China a replantearse la necesidad del autoabastecimiento y a reforzar el renaciente nacionalismo económico. La crisis de los chips tiene un condimento adicional como quiera que la contracción en la producción ha estado agravada por la sequía sufrida por Taiwán, dado que la producción de semiconductores es intensiva en el uso de agua, pues una fábrica promedio utiliza entre ocho y catorce millones de litros diarios de agua ultra-pura en los procesos de esterilización. Esto desmiente el mito de que la virtualidad y las nuevas tecnologías desmaterializan la sociedad, disminuyen nuestra dependencia de la naturaleza y reducen los efectos ambientales negativos. La entropía de la base material en el antropoceno, como lo previó Georgescu-Roegen, sigue su recorrido.


La acelerada marcha hacía lo incierto


La introducción de la noción de entropía en la explicación del proceso de reproducción material de la humanidad, que Georgescu-Roegen hizo en su obra de 1971, abrió paso a argumentos críticos contra el hiper-consumismo del capitalismo qué, pese a cierta aceptación, están aún lejos de convertirse en consciencia planetaria. La distinción que el pensador rumano hace entre reversible, irreversible e irrevocable, definiendo esto último como “[…] procesos que no pueden pasar por un estado determinado más que una sola vez” (5), llevó al experimento mental de pensar que en el largo plazo, incluso si la población y el consumo fueran estabilizados, dada la dependencia de los seres humanos de recursos no renovables, era absurdo considerar infinita la existencia de la especie humana en un planeta finito.


Un año después de publicada su obra magna, en la serie de conferencias organizadas por la Universidad de Yale, a raíz de la publicación en 1972 del estudio del MIT Los límites del crecimiento, Georgescu-Roegen leyó la ponencia Energía y mitos económicos, en la que frente a las descalificaciones por parte de los defensores del establecimiento de la idea de “límites de la humanidad”, que los estudios pioneros sobre la degradación ambiental habían formulado, afirmó: “Algunos defensores nos han instado a tener fe en la especie humana: tal fe triunfará sobre todas las limitaciones. Pero ni la fe ni la certeza de algunos famosos catedráticos podría alterar el hecho de que, de acuerdo con la ley básica de la termodinámica, la dotación energética de la humanidad es finita. Aún si se estuviera inclinado a creer en la posible refutación de estos principios en el futuro, no se debe actuar con esa fe ahora” (6).


Esta última recomendación, inscrita en el principio de precaución, que el ambientalismo propugna pero que el capital burla, y pese a informes como el publicado recientemente por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc) –elaborado por 234 autores de 66 países, y que tuvo como una de sus fuentes análisis consignados en 14 mil artículos científicos–, en el que queda confirmada la causalidad antrópica en la alteración del clima y no deja dudas que las consecuencias serán devastadoras para la humanidad, las respuestas que amerita el tamaño del problema no aparecen. Las previsiones, entre otros muchos efectos, de la elevación del nivel de los mares y el aumento y concentración de las precipitaciones en períodos muy cortos de tiempo, que garantiza frecuentes inundaciones, ya empiezan a ser realidad, pero las reacciones son poco trascendentes. Debe entenderse, cuanto antes mejor, que teñir de verde el capitalismo no pasa de ser un placebo que no elimina su insostenibilidad.


Las previsiones del Centro de Investigación Económica y de Negocios, institución británica, que anticipa para 2028 la ascensión de China como primera potencia económica mundial, agrega otra perturbación sísmica a la ya de por si alterada estructura del sistema-mundo. Si las metas chinas buscan alcanzar el consumo de Occidente, los desequilibrios materiales serán aún más acelerados. Continuar, por ejemplo, con los ritmos actuales de la obsolescencia programada significa un suicidio colectivo, y las multinacionales tecnológicas chinas parecen seguir el ritmo de las occidentales en su lucha por los mercados, lo que no augura nada halagüeño.


La primacía del gigante asiático significa, además, el fin del dólar como moneda exclusiva de los intercambios internacionales, pues el yuan ocupará buena parte de su espacio como moneda de reserva, a lo que debe agregarse la irrupción de las criptomonedas que al posibilitar los intercambios de valor de forma instantánea y a costos muy bajos, por ser descentralizadas, para el tenedor no requieren de bancarización. Los bancos centrales también prueban el desarrollo de monedas digitales, en lo que China ha avanzado más que las otras grandes economías con la implementación gradual de su e-RMB.


Son todos estos hechos que obligan a pensar que el mundo iniciado en 1971 y que tuvo su techo con el dominio unipolar de Estados Unidos, desde 1990 está resquebrajándose, por lo que el riesgo de que caiga en la trampa de Tucídides y quiera sostener su predominio por la fuerza de las armas no puede descartarse, como tampoco que los efectos de cascada del daño ambiental detonen anticipadamente fenómenos impensables que desestructuren radicalmente las formas espaciales y su ocupación. Quizá el imperio de mayor fortaleza material que haya visto la historia humana pueda ser, a su vez, el de menor duración. Una caída estrepitosa no será inocua para los demás paises y puede llevar al colapso buena parte del mundo conocido, pero la probabilidad del suceso no parece despertar suficiente inquietud.


La sociedad del riesgo global como denominó el sociólogo alemán Ulrich Beck a la situación actual y que tiene, al parecer, en la inseguridad endémica su rasgo distintivo, ¿es tan imprevisible como algunos piensan? ¿no puede la acción colectiva direccionar la creación de un futuro diferente? Quizá lo primero sea forjar una representación más precisa del sistema-mundo en su actual condición, acompañada de una apropiación amplia que por entender las amenazas reales que rodean al colectivo conduzcan al convencimiento de que la acción política es hoy una obligación de todos.

1. Gérard Dumenil y Dominique Levy, La crisis del neoliberalismo, Lengua de Trapo, p. 181
2. Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado: ensayo sobre la condición neoliberal, p. 85
3. Citados por Lazzarato, Ibídem., p. 85
4. “La dependencia de la producción (y los servicios) efectuada en el extranjero conlleva cierto riesgo porque exige una notable estabilidad geopolítica o la capacidad de Estado Unidos para aplastar militarmente los eventuales disturbios y conmociones en otros países. Por ejemplo si estallara un conflicto militar entre China y Taiwán, ¿qué le sucedería a la oferta de artículos industriales en el mercado estadounidense? Hasta el complejo militar-industrial depende del este y sureste de Asia en cuanto a los chips para ordenador” (David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal, p. 14
5. Nicholas Georgescu-Roegen, La ley de la entropía y el proceso económico”, Argrntaria-Visor, p. 258
6. Nicholas Georgescu-Roegen, Energía y mitos económicos, Trimestre económico, 42 (168(4)), p. 804
* Integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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¿Se vislumbra un eje Rusia / China / Ale­ma­nia / Irán?

El geopolítico brasileño Pepe Escobar –uno de los mejores del mundo para la región euroasiática y muy superior al israelí-estadunidense Robert Kaplan, quien se volvió vulgar propagandista del Pentágono– lanza una temeraria prospectiva sobre el nuevo eje Rusia/China/Alemania/Irán (https://bit.ly/2Vl1BXV).

Tras 117 años, la tesis del geógrafo sir Halford Mackinder (https://amzn.to/3yqgPsV) –proclive a la talasocracia británica– sobre Eurasia como “corazón mundial (heartland) –cuando EU corría el grave riesgo de confinarse a una "isla" marginada– regresa con vigor, después de haber cumplido su misión teleológica del dominio universal de la anglósfera desde la Primera Guerra Mundial hasta la grave crisis financiera de 2008 –para otros, desde el montaje hollywoodense del 11/9–, pero ahora en "reversa": cuando los supuestos "aislados" de Eurasia retoman la batuta geoestratégica, en detrimento de la inocultable decadencia de EU.

En su estilo muy simpático de optimizar "datos duros" al ritmo de la samba, Escobar sentencia: "Hoy, no es el eje Alemania-Japón, sino el espectro de un entendimiento (entente) de Rusia-China-Alemania que aterroriza [sic] al hegemón conforme el trío euroasiático capaz de enviar el dominio global estadunidense al basurero [sic] de la Historia".

Explaya que Rusia y China cesaron de exhibir su “infinita paciencia taoísta (nota: filosofía china de armonía con el "camino espiritual")” cuando los "principales jugadores" en el corazón euroasiático (Mackinder dixit) "han visto claramente a través de la neblina de la propaganda imperial".

En efecto, el hoy decadente imperio de EU, extensivo a la anglósfera talasocrática y financierista, detenta un inigualable liderazgo con su poderosa maquinaria de "propaganda negra", al unísono del dolarcentrismo sacudido con el proyecto del yuan digital y el retorno triunfal de los metales preciosos (oro y plata).

Escobar no oculta que la ruta será "larga y sinuosa, pero el horizonte [sic] develará eventualmente una alianza de Alemania/Rusia/China/Irán [sic] que requilibre el tablero de ajedrez mundial", en referencia al libro del fallecido y obsesivo compulsivo rusófobo Zbigniew Brzezinski (https://amzn.to/3xt1C9q). Conforme Estados Unidos –que califica de “imperio del caos (https://amzn.to/3rR6jII)”– es "en forma incremental e inexorable expulsado (sic) del corazón euroasiático, Rusia y China manejan conjuntamente los asuntos de Asia Central", como se evidenció en la reciente conferencia de Tashkent (Uzbekistán) en Asia Central.

Escobar expone la colisión de la Ruta de la Seda contra el QUAD –EU/India/Japón/Australia–, y el liderazgo regional de Rusia que empuja la "gran asociación euroasiática", y que, además, refrendó con China por cinco años más el Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación, firmado en 2001 (https://bit.ly/37g7B6P).

Es evidente que en los seis primeros meses de Biden, quizá con el fin de seducir a Berlín para crear una santa alianza europea contra China, EU arrojó debajo del autobús a Ucrania, Polonia y los países bálticos (“El gasoducto Nord Stream 2: ganan Alemania y Rusia; pierden Ucrania y EU; https://bit.ly/3AamvaO), mientras se retira de Afganistán y se repliega en Irak.

Pepe Escobar califica de "terremoto geopolítico" el encontronazo en Tianjin entre EU y China, lo que señalé previamente sobre los "tres mandamientos" con que el canciller chino, Wang Yi, pontificó a la subsecretaria de Estado, la israelí-estadunidense Wendy Sherman (https://bit.ly/3ymLRBT).

Escobar se mofa del nivel degradante en que se encuentran los think tanks de EU, cuando Carnegie Endowment, con 11 autores –entre quienes se encuentra el asesor de seguridad nacional (https://bit.ly/3jh4DEB), el israelí-estadunidense Jake Sullivan– sustenta la forma en que "La política exterior (sic) de EU operará mejor para la clase media [sic]". No comment!

Escobar concluye que "ahora es el inicio de un nuevo mundo feliz geopolítico y la precuela [sic]" –antecedentes que llevan a los acontecimientos– "de un réquiem imperial" cuando "seguirán muchas secuelas [sic]".

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