Sábado, 05 Marzo 2022 06:47

No habrá paisaje después de la batalla

No habrá paisaje después de la batalla

(Sobre la invasión del ejército ruso a Ucrania).

 

A quienes firmaron la Declaración por la Vida:

A la Sexta nacional e internacional:

Compañ[email protected] y [email protected]:

Les decimos nuestras palabras y pensamientos sobre lo que ocurre actualmente en la geografía que llaman Europa:

PRIMERO.- Hay una fuerza agresora, el ejército ruso.  Hay intereses del gran capital en juego, por ambos lados.  Quienes padecen ahora por los delirios de unos y los taimados cálculos económicos de otros, son los pueblos de Rusia y Ucrania (y, tal vez pronto, los de otras geografías cercanas o lejanas).  Como zapatistas que somos no apoyamos a uno ni a otro Estado, sino a quienes luchan por la vida en contra del sistema.

Cuando la invasión multinacional a Irak (hace casi 19 años), con el ejército norteamericano a la cabeza, hubo movilizaciones en todo el mundo en contra de esa guerra.  Nadie en su sano juicio pensó que oponerse a la invasión era ponerse del lado de Sadam Hussein.  Ahora es una situación similar, aunque no igual.  Ni Zelenski ni Putin.  Alto a la guerra.

SEGUNDO.- Distintos gobiernos se han alineado a uno u otro bando, haciéndolo por cálculos económicos.  No hay ninguna valoración humanista en ellos.  Para estos gobiernos y sus “ideólogos” hay intervenciones-invasiones-destrucciones buenas y hay malas.  Las buenas son las que realizan sus afines, y las malas las que perpetran sus contrarios.  El aplauso al criminal argumento de Putin para justificar la invasión militar de Ucrania, se convertirá en lamento cuando, con las mismas palabras, se justifique la invasión a otros pueblos cuyos procesos no sean del agrado del gran capital.

Invadirán otras geografías para salvarlas de la “tiranía neonazi” o para terminar con “narco-estados” vecinos.  Repetirán entonces las mismas palabras de Putin: “vamos a desnazificar” (o su equivalente) y abundarán en “razonamientos” de “peligro para sus pueblos”.  Y entonces, como nos dicen nuestras compañeras en Rusia: “Las bombas rusas, los cohetes, las balas vuelan hacia los ucranianos y no les preguntan sobre sus opiniones políticas y el idioma que hablan”, pero cambiará la “nacionalidad” de las unas y de los otros.

TERCERO.- Los grandes capitales y sus gobiernos de “occidente” se sentaron a contemplar –e incluso a alentar- cómo la situación se iba deteriorando.  Luego, iniciada ya la invasión, esperaron a ver si Ucrania resistía, y haciendo cuentas de qué se podía sacar de uno u otro resultado.  Como Ucrania resiste, entonces sí empiezan a extender facturas de “ayuda” que serán cobradas después.  Putin no es el único sorprendido por la resistencia ucraniana.

Quienes ganan en esta guerra son los grandes consorcios armamentistas y los grandes capitales que ven la oportunidad para conquistar, destruir/reconstruir territorios, es decir, crear nuevos mercados de mercancías y de consumidores, de personas.

CUARTO.- En lugar de acudir a lo que difunden los medios de comunicación y las redes sociales de los bandos respectivos –y que ambos presentan como “noticias”-, o a los “análisis” en la súbita proliferación de expertos en geopolítica y suspirantes por el Pacto de Varsovia y la OTAN, decidimos buscar y preguntar a quienes, como nosotras, se empeñan en la lucha por la vida en Ucrania y Rusia.

Después de varios intentos, la Comisión Sexta Zapatista logró hacer contacto con nuestros familiares en resistencia y rebeldía en las geografías que llaman Rusia y Ucrania.

QUINTO.- En resumen, éstos nuestros familiares, quienes además levantan la bandera de la @ libertaria, se mantienen firmes: en resistencia quienes están en el Donbass, en Ucrania; y en rebeldía quienes caminan y trabajan las calles y campos de Rusia.  Hay detenidos y golpeados en Rusia por protestar contra la guerra.  Hay asesinados en Ucrania por el ejército ruso.

Les une entre ellos, y a ellos con nosotros, no sólo el NO a la guerra, también el repudio a “alinearse” con gobiernos que oprimen a su gente.

En medio de la confusión y el caos en ambos lados, les mantienen firmes sus convicciones: su lucha por la libertad, su repudio a las fronteras y sus Estados Nacionales, y las respectivas opresiones que sólo cambian de bandera.

Nuestro deber es apoyarles en la medida de nuestras posibilidades.  Una palabra, una imagen, una tonada, un baile, un puño que se levanta, un abrazo –así sea desde geografías lejanas-, son también un apoyo que animará sus corazones.

Resistir es persistir y es prevalecer.  Apoyemos a estos familiares en su resistencia, es decir, en su lucha por la vida.  Se los debemos y nos lo debemos a nosotros mismos.

SEXTO.-  Por lo anterior, llamamos a la Sexta nacional e internacional que no lo ha hecho todavía, a que, de acuerdo a sus calendarios, geografías y modos, se manifiesten en contra de la guerra y en apoyo de [email protected] ucranian@s y [email protected] que luchan en sus geografías por un mundo con libertad.

Asimismo, llamamos a apoyar económicamente la resistencia en Ucrania en las cuentas que nos indicarán en su momento.

Por su parte, la Comisión Sexta del EZLN está haciendo lo propio, enviando un poco de ayuda a quienes, en Rusia y Ucrania, luchan contra la guerra.  También se han iniciado contactos con nuestros familiares en SLUMIL K´AJXEMK´OP para crear un fondo económico común de apoyo a quienes resisten en Ucrania.

Sin dobleces, gritamos y llamamos a gritar y exigir: Fuera el Ejército Ruso de Ucrania.

-*-

Hay que parar ya la guerra.  Si se mantiene y, como es de prever, escala, entonces tal vez no habrá quien dé cuenta del paisaje después de la batalla.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Moisés.                                     

SupGaleano.


Comisión Sexta del EZLN.
Marzo del 2022.

Publicado enInternacional
Sábado, 05 Marzo 2022 06:03

El 8 de marzo es y será feminista

Fuentes: https://tribunafeminista.org

La prensa que informe sobre los actos y manifestaciones del próximo 8 de marzo de 2022, probablemente hablará de fractura en el movimiento feminista; de actos paralelos o consecutivos que congregarán a feministas con intereses opuestos.

Si afirma eso, mentirá. Efectivamente, habrá actos paralelos o en distintas fechas que congregarán a grupos con intereses opuestos, pero no habrá fractura. El feminismo está más unido y cierto en sus objetivos que nunca. La única división que existe es una muy clara entre lo que es feminismo y lo que es intentar, en vano, apropiarse del feminismo como marca para colar intereses espurios. Esto es, un entrismo, un caballo de Troya del que nuestras filósofas Amelia Valcárcel y Alicia Miyares ya advirtieron hace tiempo. Por ser el caballo en cuestión burdo, torpe, cutre, inconsistente y ruin, aunque no por ello menos preocupante, nadie debe temer no poder distinguir lo justo y bueno de lo reaccionario y regresivo. Las cosas, pese a todo el ruido, emergen siempre con claridad meridiana.

Si se dicen feministas y mantienen que la prostitución es un trabajo y, en consecuencia, se desentienden de que la vida de cientos de miles de mujeres esté presidida cada día por violaciones sistemáticas, palizas, torturas, encierro, miedo, chantaje, subalimentación y hacinamiento, no lo son. Si consideran que la prostitución es un intercambio sexual libre y económicamente mediado, no lo son porque ignoran que no hay libertad donde la miseria y la esclavitud doblegan la voluntad de las mujeres, aun cuando acepten, por necesidad. Si se dicen feministas y velan por el derecho de los hombres a satisfacerse sexualmente mediante la existencia de un puñado de esclavas torturadas y anuladas en cada barrio y en cada pueblo, no lo son.

Si se dicen feministas, pero defienden la pornografía como un contenido audiovisual estimulante que promueve la libertad y el disfrute sexual no lo son. Tampoco si afirman que la pornografía es mera fantasía, como si no supieran que se filman a mujeres de carne y hueso, víctimas de todas las humillaciones que se muestran en cada vídeo, y como si ignoraran que la pornografía incita a los hombres que la consuman a practicar lo que ven en sus “relaciones sexuales”, convirtiéndolas en una tortura sexual para las mujeres. Solamente critican que los/as menores la visualicen o que no tenga contenidos más “diversos”, como si la pornografía en sí misma no fuese siempre cosificante. Si se dicen feministas mientras presentan una visión tan pobre y reducida de la sexualidad como para celebrar que la respuesta sexual de las personas, desde la preadolescencia, debe ser moldeada para excitarse ante la humillación, la violencia, la tortura, la cosificación, la agresión o el sometimiento, no lo son. No sólo no son feministas, sino que su retorcida visión de la sexualidad los/as enfrenta al disfrute y a la libertad sexual misma. Nada más “antisexo” que erotizar los antónimos del sexo, segando así la posibilidad de relaciones sexuales libres, deseadas, en las que cada persona explore y exprese lo que desea, contando con el bienestar y el disfrute de la otra, mucho más amplio si se produce en igualdad, buscando el placer mutuo y compartido y no la humillación. Y nada más misógino que sexualizar la violencia contra las mujeres.

Si se dicen feministas y aprueban la explotación reproductiva, no lo son. Si consideran que se puede comprar temporalmente a una mujer pobre (una rica nunca lo haría) para, aprovechando su necesidad y su subordinación, obligarla, por dinero, a quedarse embarazada (mediante técnicas que además la cosifican y comprometen su salud) y entregar por precio al bebé inmediatamente después del parto, porque si no lo hace se enfrentará a una indemnización inasumible que la lastrará de por vida, no lo son. Si tienen el cinismo suficiente para ver inaceptable lo anterior y afirmar, sin embargo, que si no media intercambio económico y la mujer se somete por altruismo (esto es, por abnegación) la práctica es exquisita, tampoco lo son. Y a su misoginia, se le suma una indigencia ética e intelectual insoportable.

Si se dicen feministas al tiempo que afirman que el género debe ser reconocido como identidad, no lo son. El género es una estructura y normativa patriarcal que perpetúa la desigualdad entre los sexos y la subordinación de las mujeres por el hecho de ser mujeres (por su sexo, por haber nacido mujeres). Reconocer el género como identidad es asumir que la feminidad y la masculinidad, necesariamente resultado del sexismo y la misoginia, merecen perpetuarse en lugar de abolirse. Si se dicen feministas y aprueban que los menores que no cumplan con los estereotipos de género son menores “trans” que deben ser medicalizados para ajustar su cuerpo y su apariencia a los intereses y actitudes que prefiere, no lo son. Si se dicen feministas e imponen una ley que no sólo no beneficia ni a lesbianas, ni a homosexuales, ni a bisexuales ni a transexuales, sino que cuestiona la legitimidad de las orientaciones sexuales y borra el sexo como evidencia prefiriendo sustentar la identidad de los individuos en el género, una estructura patriarcal artificial y necesariamente opresiva, no lo son.

Si se dicen feministas y sostienen que el cuidado de los hombres ha de ser uno de los aspectos clave en el que el feminismo debe volcar todas sus energías, no lo son.  Si afirman que el feminismo ha sido injusto con los hombres, replicando los argumentos más rancios propios de la extrema derecha, no lo son. Si afirman que el feminismo no se puede construir sin ellos como protagonistas del mismo, no lo son. Si sostienen la posibilidad de que existan nuevas masculinidades en lugar de empeñarse en la abolición de la masculinidad (y la feminidad) misma en tanto que estructura artificial y opresora, no lo son. Como tampoco sería comunista quien promoviese la existencia de una nueva forma de ser burgués ni antirracista quien promoviese una nueva forma de ser supremacista. La masculinidad y la feminidad han de abolirse en tanto resultado directo del patriarcado. Sólo así habrá mujeres y hombres libres e iguales, sin privilegios ni subordinaciones.

Si se dicen feministas y hacen del 8 de marzo una batucada carnavalesca, una fiesta, una performance sin mayor objetivo que remachar los intereses patriarcales eludiendo cualquier reivindicación feminista clara, seria, contundente y sólida, no lo son. Las victorias feministas se celebran cuando se consiguen (aun cuando siempre haya que continuar apuntalándolas) pero sin esperpento ni banalización. Lo que se hace en una manifestación es sacar a la calle exigencias que, por justicia, han de hacerse efectivas. En los 8 de marzo se lucha por objetivos nada desternillantes ni festivos: que no nos violen; que no nos maten; que no nos chantajeen; que no nos torturen; que no nos prostituyan; que no nos exploten reproductivamente; que no nos mediquen ni amputen por no seguir los dictados del patriarcado; que no nos agredan en nuestras  propias casas  ni en ningún otro lugar por ser mujeres;, que no nos paguen menos que a un hombre por el mismo trabajo; que no se reserven para nosotras los trabajos más ingratos, miserables y peor pagados; que no se utilice la maternidad como imposición; que no nos mutilen sexualmente con una sexualidad androcéntrica y pornificada; que no se nos restrinja la libertad de acción y movimiento a través del miedo. En fin, nada por lo que dar saltos y reír ruidosamente disfrazadas e inconscientes del qué y por qué nos convoca. Nosotras no lo somos. Sí quienes sin suerte intenta colonizarnos. Tenemos demasiados motivos para ser claras, sobrias, exigentes, coherentes e irreductiblemente feministas. Lo evidenciaremos.

El feminismo, como el ocho de marzo, o es abolicionista de la prostitución, de los vientres de alquiler, de la pornografía y de todas las demás violencias y subordinaciones contra las mujeres y, en consecuencia, del género como estructura que produce y reproduce todas ellas o no es.

El 8M ha de volver a llamarse «8 de marzo”, con todo lo que ello implica. Dejar así de ser réplica de la flor de un día, marchita e inútil, que fue el 15M, digno de toda abreviatura por exiguo e inane. Nosotras tenemos una historia sólida que no merece empequeñecerse ni equipararse con charlotadas. Nos vemos en las calles, abolicionistas todas y unidas frente al opresor. Como siempre.

05/03/2022

Publicado enSociedad
Martes, 01 Marzo 2022 06:24

¿Democracia?

¿Democracia?

Es probablemente el concepto político más utilizado, bienaventurado y a la vez mal-decido desde la antigüedad hasta el mundo moderno. Sabemos que la palabra como tal viene del mundo griego (Platón-Aristóteles) pero sabios desde otros costados del mundo como Lao-tse maestro del Tao en China, Zaratrusta, Cristo, hablaron del ser gobernante o del modelo gobernante desde una visión anticipada de la armonía y la igualdad colectiva inscrita en el espíritu humano que trataron de inspirar. Es la utopía que dentro de un cuerpo social esclavista como era el caso de Grecia y la república romana pero donde la lenta aparición de la soberanía individual y colectiva y la igualdad general que mas tarde con las revoluciones modernas se hará universal, se condensa en lo que la burguesía revolucionaria llamará "ciudadano" paralelo a la formación del mercado propiamente capitalista. Así mismo la esclavitud que Aristóteles designará como condición natural del ser humano continuará hasta el siglo XIX. El ciudadano, el mundo naturalizado, contrasta con esta continuidad esclava, pero que de todas formas seguirá imponiéndose bajo otra modalidad "igualitaria" con la revolución industrial; marcando a la sociedad a través del trabajo asalariado y la desigualdad social ascendente hasta el mundo de hoy.

Allí es donde la "democracia" como utopía de sabios, filósofos, liberales, republicanos, movimientos de liberación nacional contrastará con ella misma. La democracia aún estando legitimada por legalidades de estado que la usan como apellidos de su constitución siendo en su esencia aparatos de sostenimiento del mundo capitalista, seguirá manifestando su condición utópica de igualdad, libertad, derechos, por todos los movimientos de lucha, que en ciertos casos (formación de la Unión Sovietica, Revolución China) de tomar los poderes de estado extenderán el concepto con el signo de "popular, socialista", etc. Pero en ese contraste serán primero el filósofo Spinoza y luego los movimientos anarquistas que des-estatizarán, y regresarán a sus orígenes utópicos el concepto con los principios de "democracia absoluta" y "democracia directa", verdaderos principios del deseo colectivo de emancipación, algo muy parecido a lo que ocurrió con el comunismo en sus primeras etapas. La democracia tenderá a utilizarse para dualizarse o hacerse elemento siempre presente en los ambos lados de una misma lucha de clases entre trabajo, marginación, migración forzada y capital. Es una confrontación histórica en el plano inmaterial del pensamiento y su práctica que el bloque hegemónico del capital global necesitará utilizar hasta que logra convertirlo en un discurso de manipulación del sueño político libertario. La democracia ya desde los "socialismos reales stalinistas" hasta los formatos liberales o autoritarios que de diversas maneras se hacen presentes en el "decirse" de los gobiernos y estados se sustrae a un discurso preferente de partidos o formatos vacíos que son diseñados desde el alma discursiva de los poderes globales (ONU, servicios de gerencia burocrática, mercantilismo electoral, virtualismo y tecnocracia totalitaria, vaticano) y todas las formas del poder global y las carátulas de derecha incluso de izquierda que usan como actores de su mismo teatro. Discurso estándar recogido de una ancestral utopía, lo mismo ocurrido con el comunismo y socialismo en más de la mitad del mundo hoy desvanecientes. La democracia quedó para el uso de su contrario histórico (ese es el dualismo vacío). Una estética -no una política- palabrera, horrorosa en sus consecuencias….aunque ya nos dieron permiso; ¡todos somos demócratas!. Ya sea como banda armada, narcotráfico, o su perfecta complementariedad en la secta evangélica, fundamentalista, monarquías petroleras, o simplemente "demócratas" desde el más pobre hasta multimillonarios como Soros o Bill Gates.

Venezuela no es una excepción del caso. Sin hablar de lo que es su misma decadencia que la conocemos por lo menos desde hace diez años, la democracia que se quiso dar la nominación de "protagónica", de allí paso a ser una democracia corporativa, representativa, burocrática y en la medida que el proceso de deterioro material –industrial, monetario, sueldo cero- va profundidándose se convirtió en una "nula democracia" sin ningún tipo de "institucionalidad democrática". Es en realidad un perfecto laboratorio neoliberal, completamente distinto a lo que era la separación entre estado y sociedad y la confrontación con un enemigo claro entre la sociedad pobre y el estado vigilante y represivo. Hechos perfectamente distinguibles, lugar de guerra en la lucha de clases -27 de febrero 89, neto retrato de esta realidad-. Hoy no es el caso, el estado sigue siendo ese aparato de vigilancia y represión de siempre, pero el miedo sobre él y en la representación consciente e inconsciente que nos hacemos de él, pasa a ser un aparato de segundo orden, cuyos principales jefes no son mas que ordenadores del verdadero orden social que impone el mercado monopólico –de los cuales sus jefes son parte- y todas las formas de violencia criminal y paraestatismo fundidos en la misma sociedad. Un fenómeno netamente inscrito desde nuestramérica hasta el resto del sur del mundo y buena parte del norte explotado por el globalismo. La estética macabra de la democracia es para su inmensa mayoría su discurso de presentación y legitimación dentro del mercado dominante donde todas las derechas políticas e izquierdas "democráticas" funden su discurso aunque sea con la bandera nazi como es el caso de las bandas ucranianas. Esto ya no es un miedo real y tangible que aborrecemos al ser sus víctimas materiales, se construye y manipula en nuestro cerebro a través de la instrumentalización informática y del laboratarismo que se despliega para garantizar el miedo y el control social. El problema es que sabemos de sus consecuencias pero el donde y el cómo de este neomodernismo de control y miedo no lo conocemos mas allá de sus actores y cumbres mundiales entre ellos, aunque sí podemos decir que Venezuela no por ser país pobre sino superempobrecido, es un laboratorio perfecto, donde el sueldo cero y la destrucción de las riquezas sobre y dentro del suelo, preferiblemente energéticas, pasaron a ser la fotografía natural de nuestra tragedia.

¿Qué se hace?. Estamos en el momento en que los grandes valores y principios que forjaron el pensamiento político, dándose el papel de utopías que tomaron cuerpo los primeros años de la revolución bolivariana y muchas otras se convierte en una "distopía". El papel de los sindicatos y tradicionales movimientos populares, incluso sus versiones mas críticas y antimaduristas, no afecta el proceso de laboratorio que sigue su curso. Necesitamos desde las células organizadas en una cuántica generosa de energías como ya lo hablamos en artículo anterior, necesitan saber y crear conociendo esta estrategia de laboratorio social y político. Palabra distinta, de quiebre y alzamiento permanente, ¿qué quiere decir esto?, que debemos conocer las nuevas estrategias del poder oculto global –el supramercado, tan lindo en los multiplicados bodegones que día a día se inauguran- que busca por todos los medios poner en sus manos el agua, los recursos energéticos, minerales, técnicos y sobretodo garantizar el control social. Esa es una operación distinta a los tradicionales mecanismos de dominación. Salvar la cuenca de Orinoco, del Amazonas es prioritario. Estrategia de despliegue territorial y sabotajes variados tácticos al poder constituido. Eso es una organización pensante, geométricamente multiplicante, y por supuesto en lucha. La épica por una Civilización Democrática como diría el líder kurdo Ocalam es sin duda un camino que choca y trasciende la civilización capitalista, pero la democracia como anexo al discurso representativo de derecha e izquierda es un grito vacío, jugando con la manipulación generalizada de la población mundial a través de la mediática, por favor excluyámoslo del discurso guerrero de nuestras resistencias.

Ya entramos en otra era posmoderna, posindustrial, manejada por la posverdad, la "verdad" a deseo de la necesidad individualizada de cada quien exportada por celulares y computadoras…seguimos el recorrido.

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Acto de nombramiento de Ernesto Che Guevara como presidente del Banco Nacional de Cuba, el 26 de noviembre de 1959. A su izquierda Felipe Pasos, presidente saliente, y a su derecha, Cepero Bonilla y Regino Botti.

El problema de los subsidios

Otras propuestas de reforma económica se enfocan en los subsidios que los cubanos reciben desde los años sesenta a través de la libreta de racionamiento. Aunque el gobierno ha estado reduciendo los artículos incluidos en esa libreta, sigue basándose en el mismo principio que rigió el subsidio desde sus orígenes: lo que se subsidia son los productos, no las personas. Las voces críticas del gobierno han abogado por el principio opuesto, o sea, por subsidiar a las personas y no los productos.

Obviamente, hay cierta racionalidad económica en este último principio, dado que al limitar el subsidio a personas de bajos recursos se reduce el gasto innecesario. Pero cuando se establece un ingreso límite por debajo del cual se concede esta asistencia, tarde o temprano aquellos que por sus ingresos quedan por encima de ese límite pero que aun así siguen estando al borde o cerca de la pobreza, acaban por resentir a los que reciben el subsidio.

Esto ha sido fuente de un gran problema político en los Estados Unidos, donde la derecha política y cultural se ha valido de ese resentimiento para propiciar un clima de desprecio por los llamados welfare recipients (personas pobres que reciben asistencia social). Tal desprecio tiene un aspecto racial muy importante. Porque si bien la mayoría absoluta de los receptores de asistencia social han sido blancos, son los afroamericanos y latinoamericanos quienes, por ser mucho más pobres, han estado desproporcionadamente representados en las filas de la asistencia, lo que se ha usado para desacreditar al welfare, alegando que está exclusivamente dedicado a mantener a esas minorías étnico-raciales.

Ese resentimiento racial fue usado por el gobierno neoliberal del presidente demócrata Bill Clinton (1993-2001) para reducir dramáticamente el programa de welfare y extender a su favor el apoyo político de los estratos bajos de las clases medias, especialmente entre los blancos. En contraste, Social Security —programa universal de pensiones federales para todos los jubilados— cuenta con el vasto apoyo de la población norteamericana y casi todos los presidentes y políticos, demócratas y republicanos, se presentan como sus grandes defensores.

Una posible alternativa en Cuba, tanto a la cobertura universal de subsidios como al establecimiento de un nivel específico de ingresos que divide a los subsidiados de los no subsidiados, pudiera ser el establecimiento de una escala de subsidios inversamente proporcional a los ingresos. Esto sería mucho más equitativo y políticamente deseable, dado que una clara mayoría de la población obtendría beneficios de los programas en cuestión.

El problema de la gratuidad

Dirigentes del régimen, como Raúl Castro, han propuesto eliminar las gratuidades al defender el ahorro en la prestación de servicios sociales. El problema con el enfoque de Raúl Castro, y de la mayoría de los que lo apoyan dentro y fuera del gobierno, es que frecuentemente analizan la gratuidad como un problema en sí mismo, independiente y aparte de la baja productividad y escaso crecimiento económico, y que a veces la conciben —aunque no explícitamente—como un mal social y hasta ético.

Es obvio que una economía que no crece, tiene baja productividad y subsidia la mayoría de los artículos que produce y de los servicios que presta; va hacia la bancarrota. Pero la otra cara de esa misma moneda es que, a medida que el nivel de crecimiento y productividad de la economía aumenta, se hace materialmente posible el mantenimiento y aún la expansión de las gratuidades.

Esto no quiere decir que los beneficiarios deban aceptar pasivamente que el gobierno use una baja en la economía como pretexto para recortar las gratuidades: es el gobierno, que ha sido en gran parte responsable de la situación económica actual, quien debe solucionar el problema de la crisis económica, pero no a costa de los más necesitados. Una política igualitaria y democrática debe apoyar tanto la expansión de las gratuidades a medida que el país se vuelva más próspero, como la resistencia de los que más dependen de esas gratuidades a que se las quiten cuando la economía se contrae.

Nada de esto tiene que ver con la noción oficialista de «las conquistas que la Revolución le ha dado» a los cubanos, como si estos fueran el objeto en vez del sujeto de la Revolución. A la luz de esa entelequia oficialista, uno se pregunta quién o quiénes son los sujetos que constituyen «la Revolución» si no son los mismos beneficiarios. A no ser que los ciudadanos sean vistos como personas que deben estar agradecidas al poder paternalista que utiliza «la Revolución» lo mismo como bandera que como escudo.

A diferencia de la sociedad y economía capitalista, al centro de la cual se hallan la mercancía y las relaciones sociales anti-solidarias de competencia que surgen de esta; una política igualitaria y democrática deriva de una visión general que pone al centro la igualdad, solidaridad e integración sociales. Desde ese punto de vista, la gratuidad no es un mero hecho económico, sino además un bien común que promueve la igualdad y la solidaridad, y que hay que mantener y expandir con todo el cuidado que estos bienes gratuitos requieren.

Como la experiencia política y las ciencias sociales han demostrado, la gente va a apreciar, cuidar y especialmente a defender dichos bienes, cuando estos son resultado del debate y decisiones adoptadas consciente y democráticamente por ellos mismos, más que cuando son impuestos desde arriba.

Más allá de las reformas económicas: una democracia socialista

Las políticas económicas del gobierno y de sus críticos, derivan de una visión general de la sociedad que cada uno de ellos considera deseable. Son visiones variadas que conforman un conjunto de modelos socio-económicos. Dos de estos son particularmente preocupantes por el tipo de sociedades anti-democráticas que representan.

El primero —del que deriva la perspectiva de una parte de los críticos del sistema, y en privado de un buen número de funcionarios del gobierno—, propone el modelo sino-vietnamita, basado en un sistema político unipartidista ligado a un sistema económico que combina empresas estatales con un poderoso sector capitalista.

En China, el sector capitalista ha sido ampliamente respaldado y hasta cierto grado dirigido por la banca estatal. Esto se ha acompañado por la represión a cualquier expresión de sindicalismo independiente, tanto en el sector privado como del estado, además de la expropiación de la tierra a gran parte del campesinado mediante la fuerza y sin compensación justa, con el propósito de expandir la industria y promover la urbanización.

No en balde hasta el propio gobierno ha tenido que reconocer como fenómeno crónico las miles de protestas obreras y campesinas que ocurren año tras año en el país contra la arbitrariedad y represión gubernamentales. Vale hacer notar que las organizaciones oficiales obreras y campesinas, funcionan en estos conflictos como agentes del gobierno y no como órganos de defensa de sus miembros.  

Dada la composición económica y política actual en Cuba, la transición hacia el modelo sino-vietnamita muy posiblemente sería encabezada por los militares, quienes de hecho ya participan de lleno y han establecido y desarrollado sus redes en el mundo internacional de negocios a través de la corporación GAESA, que maneja y dirige todas las empresas lucrativas de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias).

El segundo modelo, que comparten muchos críticos de derecha dentro y fuera de la Isla, propone el establecimiento de una Cuba capitalista neoliberal, plattista e inevitablemente dictatorial dada la muy probable resistencia obrera y popular a la implementación de sus planes. Implantar un modelo así, desde arriba, sin apoyo popular significativo, tendría que contar, o bien con la anuencia de una buena parte de la poderosa burocracia cubana, lo que requeriría que la incorporen como socia en la nueva clase gobernante; o bien con una ocupación militar de los Estados Unidos, probablemente disfrazada de intervención humanitaria.  

El peligro que estas dos visiones y sus variantes implican respecto a la democracia y autodeterminación de Cuba, se vuelve cada vez más real a medida que la situación económica empeora, lo que abre el camino a esas políticas en la Isla. Por ello es importante que la nueva izquierda cubana desarrolle una visión coherente del modelo de sociedad que propone como alternativa a las otras, que a su vez le sirva como estrategia para organizar sus planes y actividad política y tratar de obtener apoyo y echar raíces fuera de los círculos académicos e intelectuales donde muchos nos movemos.

A continuación presento varios puntos sobre esa visión —que solamente cubren parte de la realidad cubana— y que quisiera someter a debate con los lectores de estas páginas.

Estas propuestas son muy controvertidas, dado que abogan por una alternativa al «mercado libre», generalmente visto como si fuera inherente a la naturaleza humana, en vez de un producto histórico como lo explica Karl Polanyi en su clásico La Gran Transformación. Es por eso que me concentraré en cuestiones de índole económica en el espacio disponible.

Se trata de una visión que propone una sociedad socialista que tiene como meta la democracia, tanto política —libertad de organización y respeto al derecho ciudadano—, como económica —control democrático de las decisiones sobre la economía nacional. Es una meta que solo se puede realizar en una economía cuyas «alturas dominantes» pertenezcan a un sector público sujeto a: 1) un sistema de fiscalización (control obrero) con sindicatos independientes que tienen el derecho de huelga, y 2) una planificación económica transparente y democrática que incorpore a todos los cubanos, que auspicie una economía sostenible y consciente de los peligros ecológicos que confronta el país.

Mediante su participación democrática en la toma de decisiones en sus centros de trabajo, los obreros cubanos implementarían los planes democráticamente adoptados a nivel nacional por los representantes de la población en general. Estos mecanismos son clave para promover la solidaridad social como alternativa a una economía de mercado libre, regida por el principio de la ganancia, la competencia y el individualismo desenfrenado.

Esta economía también daría cabida a los trabajadores por cuenta propia, a las cooperativas genuinamente independientes y a la pequeña empresa privada —aunque no a las llamadas empresas medianas que pueden emplear hasta 100 trabajadores, lo que las convertiría en empresas esencialmente capitalistas— en todos los sectores económicos, lo que incluiría a profesionales como arquitectos e ingenieros, al dotarlos no solo de personalidad jurídica, sino también de la posibilidad real de obtener créditos bancarios y ayuda técnica gubernamental para sus proyectos.

Habría unas pocas excepciones a esta última regla, como el ejercicio de la medicina, que debería permanecer como un servicio público y no privado, con el fin de evitar un sistema médico para los ricos y otro, inferior, para los pobres. Es necesario aclarar aquí una confusión muy extendida en Cuba según la cual los servicios médicos son gratuitos. En realidad, no lo son. Los paga la ciudadanía a través de impuestos, directos y/o indirectos, o a través de la asignación que el estado hace del presupuesto nacional, que es producto del trabajo de la ciudadanía misma.

Es un método mediante el cual cada persona paga indirectamente por recibir atención médica en lugar de pagar directamente a quien le rindió el servicio. También funciona como un método para distribuir los costos del sistema de salud a través de toda la población y evita, por ejemplo, que los pacientes más enfermos estén obligados a pagar cifras astronómicas para poder sobrevivir.

Pero en contraste con la situación actual, que obliga al personal médico a reponer los costos de su educación profesional trabajando para el estado el resto de sus vidas profesionales, el sistema aquí propuesto limitaría la obligación del personal médico al servicio social cubano de tres años (similar a México).

Terminado el servicio social, los nuevos médicos podrían trabajar tanto directamente para el estado como para organizaciones sin fines de lucro de la sociedad civil, como sindicatos y asociaciones vecinales, provisto que la atención a los pacientes sea sufragada, en última instancia, por el erario públicoAdemás, el estado estaría obligado a respetar el derecho de este personal a organizar sindicatos y asociaciones profesionales independientes para negociar con el gobierno su salario y condiciones de trabajo.

Es muy posible que esto resulte en un aumento de salarios del personal médico, lo que no sería exigir mucho dados los bajos sueldos que perciben, y además sería justo, si se valora el largo período de educación y entrenamiento requeridos para ejercer la medicina. El aumento salarial también serviría como incentivo para que el personal médico decida permanecer en la Isla en lugar de ejercer lo que en una sociedad democrática sería su derecho: la libre entrada y salida del país, y no una mera concesión del gobierno como actualmente.

De entre todos los bienes comunes, aparte de los servicios de la salud, sobresale la educación, especialmente la educación pública. El énfasis en la educación pública se debe a que no solo provee la instrucción para trabajar y vivir dignamente, sino que también forja en el alumnado valores educacionales, científicos, y especialmente democráticos en un ambiente de respeto a los derechos de las minorías, sin atropellos y sin culto a la violencia y a la muerte. Es por eso que la asistencia a la escuela pública debería ser obligatoria, por lo menos a niveles primarios y secundarios. Nada de esto impide que los padres puedan enviar a sus hijos a instituciones privadas para que en su tiempo libre reciban, por ejemplo, clases de religión si así lo desean.      

Queda por tratar la inversión de empresas extranjeras en Cuba, que por lo general es privada. Es un tipo de inversión que quedaría fuera del control del estado, de las «alturas dominantes de la economía». No cabe duda de su necesidad visto el avanzado proceso de descapitalización del país. Habría que crear un sistema especial para este tipo de empresas, que tome en cuenta el sistema de fiscalización o control obrero, así como la existencia de sindicatos libres.

Para no repetir los abusos del gobierno y del PCC, estas empresas contratarían directamente a sus trabajadores en lugar de hacerlo a través del estado, y estarían obligadas a observar las leyes laborales, lo que incluiría los contratos colectivos de trabajo que establecen derechos, como el de antigüedad, y otras disposiciones, que en los Estados Unidos son denominadas «acción afirmativa» y cuyo objetivo es combatir la discriminación racial y de género. 

El mercado y la planificación

Es obvio que en esta economía democrática socialista el mercado desempeña un rol; como en el caso del trabajo por cuenta propia, las cooperativas y la pequeña empresa privada, y más aún en las relaciones mercantiles en el comercio internacional, en el que inevitablemente una economía abierta como la cubana estaría involucrada. De hecho, la planificación socialista en un país como Cuba sería en efecto un intento de contrarrestar, o por lo menos balancear, lo que de otra manera sería el inevitable predominio absoluto del mercado internacional.

Esto es especialmente necesario para evitar el histórico monocultivo, o su equivalente en el sector de servicios. De otra manera llegaríamos —si no es que hemos llegado ya—, a la realidad de que «sin turismo, no hay país», al igual que en otra época el conocido hacendado José Manuel Casanova proclamó que «sin azúcar, no hay país». Sin embargo, el hecho de que el mercado funcione en una economía no significa inevitablemente que domine el funcionamiento de esa economía.

Aquí es pertinente citar la distinción que el economista socialista británico Pat Devine hace  —en su libro Democracy and Economic Planning. The Political Economy of a Self-Governing Society, entre el intercambio en el mercado, donde una mercancía se intercambia por dinero (dependiendo de la oferta y la demanda de dicha mercancía) y lo que él llama las «fuerzas del mercado», que determinan el patrón de inversión, el tamaño relativo de diferentes industrias y la distribución geográfica de la actividad económica; o sea, determinan la dinámica de la economía.

Estas «fuerzas del mercado» se pueden controlar mediante la planificación del funcionamiento de las «alturas dominantes» de la economía, controladas por el sector público. Devine describe esa planificación como un proceso de coordinación y negociación abierta y transparente entre las empresas públicas y los varios sectores económicos, sujeto a mecanismos democráticos de control obrero y popular.

Esta planificación, democrática y transparente, se presenta como alternativa al capitalismo, a la planificación burocrática e ineficiente de la economía en Cuba, y también al llamado «socialismo de mercado», un modelo de autogestión obrera que tuvo cierto apoyo entre los disidentes del este de Europa antes del colapso del bloque soviético, y que algunos cubanos están actualmente proponiendo para la Isla.

El «Socialismo de mercado»

El «socialismo de mercado» propone la autogestión obrera en el marco de una economía de empresas autosuficientes que compiten entre sí.  Es un modelo similar al que Josip Broz, Tito, estableció en la desaparecida Yugoslavia en los cincuenta y que fue desmontado en los setenta. Conforme a él, la autogestión se limitaba al control obrero de la planificación y producción de sus empresas. Pero la planificación a nivel nacional estuvo a cargo de la burocracia que operaba al estilo soviético, aunque después de 1965 fue abolida, abriéndole paso al mercado como regulador económico a nivel nacional.

El modelo de control obrero tuvo éxito a nivel local, en el sentido que aumentó la producción y productividad de los obreros. Sin embargo, debido a que las empresas competían entre sí, y especialmente en la ausencia de una planificación nacional después de 1965, el modelo también produjo desempleo, altibajos muy pronunciados en la actividad mercantil de la economía, una gran desigualdad salarial, y diferencias económicas entre las repúblicas yugoslavas que favorecieron a las regiones económicamente más avanzadas del norte.   

La falta de poder de los trabajadores yugoslavos para decidir algo más allá de lo que sucedía en sus propios centros de trabajo, propició en ellos actitudes parroquiales: concentrados exclusivamente en el manejo de su empresa, no tenían motivos para apoyar la inversión en otros centros de trabajo. No es difícil predecir el impacto negativo de un sistema así en Cuba, con el continuo empobrecimiento que existe, por ejemplo, en el sureste de la región oriental, donde los cubanos negros son mayoría.

Como señala Catherine Samary en su libro Yugoslavia Dismembered, este sistema fue impotente para resolver los problemas económicos generados tanto por el plan burocrático, antes de 1965, como por el dominio del mercado después. La ausencia de democracia política en el sistema unipartidista, encabezado por Tito y su partido Liga de Comunistas, y de control democrático sobre la economía, socavó cualquier posibilidad de solidaridad; las relaciones de mercado a nivel nacional fragmentaron aún más a la clase obrera. El principio del fin de la economía del socialismo de mercado ocurrió en la década del setenta, con la intervención del Fondo Monetario Internacional para saldar la deuda exterior de 20 mil millones de dólares que la economía yugoslava había generado.

Planificación capitalista

La planificación nacional de la economía tiene una mala reputación debido a su gran fracaso en la antigua Unión Soviética y en Cuba. Ese fracaso ha sido atribuido a la planificación en sí. Pero esta atribución ignora que la planificación en esos países acaeció dentro de un sistema político unipartidista, controlado por una burocracia que establece desde arriba lo que se produce, cómo y cuándo, sin la participación ni la información real de los que producen y administran a nivel local y que verdaderamente conocen lo que sucede en los centros de trabajo.

Es ese contexto político de la planificación el que llevó al fracaso económico de la Unión Soviética y a las crisis económicas en Cuba. Lo que las voces críticas de la planificación también ignoran es que ella también existe dentro de las grandes empresas capitalistas. Es, por ejemplo, un aspecto integral del funcionamiento de las gigantescas corporaciones norteamericanas que emplean a millones de personas, desde las más modernas, como Amazon y Microsoft, hasta las más tradicionales como United Airlines y General Motors.

Asimismo, desconocen que en países capitalistas avanzados que son políticamente democráticos, la planificación ha sustituido exitosamente al mercado como instrumento principal para dirigir la economía en tiempos de guerra. Y que esa planificación confrontó y resolvió problemas en el proceso de planificación que, como veremos más adelante, habían sido considerados irresolubles. Todo esto pone en duda la aseveración de que la planificación económica a nivel nacional no funciona independientemente del sistema político dentro del cual existe.

Un ejemplo de planificación nacional que abarcó tanto el sector privado como público de una economía capitalista es la Gran Bretaña de la Segunda Guerra Mundial. Este país, a diferencia de los Estados Unidos, sufrió en su territorio numerosas bajas y daños materiales como resultado de agresiones aéreas, no solo en la capital sino también en ciudades con grandes concentraciones industriales, como Coventry. Pat Devine describe la vida económica del Reino Unido durante esos años no como resultado del funcionamiento del mercado, sino de decisiones administrativas respecto a qué y dónde producir.

Ello no quiere decir que hubiera un plan único que cubriera toda la economía; sino un conjunto de planes sectoriales entrelazados más o menos coherentemente, producto de un complejo proceso de negociación entre diferentes firmas y sectores económicos.

Las únicas decisiones que afectaron a la economía como un todo concernieron a la distribución de recursos entre varias categorías de usuarios —militares, consumo doméstico, exportación— que no requerían un conocimiento detallado de lo que sucedía dentro de cada uno.

Hubo también planificación de la mano de obra que trabajaba para la industria privada y para el sector público. Esta operó a través de una serie de encuestas, llevadas a cabo a partir de 1941, cuyos resultados fueron la base sobre la que se formularon los cálculos de la mano de obra necesaria. Regiones con excedentes y déficits de mano de obra tuvieron que cooperar entre sí, aunque resultó más eficiente llevar el trabajo a la gente que promover el movimiento en gran escala de trabajadores de una región a otra.

La planificación incluyó hasta la agricultura, donde una política de subsidios a los granjeros fue combinada con las instrucciones delWar Agricultural Executive Committee (Comité Ejecutivo Agrario de Guerra) que decidía qué debía cultivarse en diferentes regiones, y hasta tenía la autoridad de incautar las tierras en ciertos casos. Un resultado notable de esa política agraria fue que, entre 1939 y la primavera de 1940, la tierra cultivada en Gran Bretaña aumentó en 1.7 millones de acres. En 1940 y 1941, la campaña para arar (plough up) los campos tuvo éxito en aliviar la escasez de alimentos que ya no se podían importar debido a la guerra.

De acuerdo a Pat Devine, las empresas tuvieron que cooperar para no solicitar más mano de obra de lo que sus contratos justificaban, a pesar de que las sanciones por no cumplir con las metas de producción fueron generalmente mayores que las de solicitar más trabajadores que los necesarios.

Esta cuestión es importante, dado que el acaparamiento de recursos y mano de obra por parte de los gerentes industriales y agrícolas constituyeron una de las contradicciones principales estudiadas por el economista húngaro János Kornai en lo que llamó «economías de escasez» (shortage economies) en los países del bloque soviético.

La necesidad de cooperación sugiere que en la vida real no existe una brecha irreparable entre la economía y el resto de la vida política y social. En otras palabras, son muchas veces los factores supuestamente extra-económicos los que pueden determinar el éxito de este tipo de economía de guerra, como también pudiera ser el caso en una sociedad donde la autogestión democrática en la economía afecta notablemente la motivación de los trabajadores que participan en ella con el entusiasmo, esfuerzo y cuidado que es razonable esperar de personas que tienen un considerable poder de decisión y responsabilidad en sus centros de trabajo.

Es también obvio que cualquier iniciativa para establecer control obrero en la economía tendría que estar basada en un movimiento obrero dispuesto a luchar para obtener esa y otras conquistas. La tasa de ganancia para el capital fue negociada con el gobierno, generalmente a un nivel más bajo que antes de la guerra. Pero la enorme demanda garantizada por la creciente producción bélica aseguró una tasa de utilización industrial de cerca del cien por ciento, sin precedentes en la historia del capitalismo británico. Eso aumentó muchísimo la cantidad total de ganancias de los capitalistas, aunque no necesariamente la tasa de ganancias.

Los ingresos de la población ascendieron, en parte porque hubo poco desempleo debido a la economía de guerra, y la resultante presión inflacionaria fue contenida a través de impuestos, ahorro obligatorio, control de precios y racionamiento. La salud pública mejoró notablemente respecto a las condiciones de trabajo. El sistema riguroso de racionamiento de guerra tuvo éxito porque los británicos más pobres pudieron comer más y de manera más saludable que antes de la guerra. Si bien el nivel y estándar de vida decayó, los bienes disponibles fueron distribuidos con más equidad, aunque ese tipo de distribución temporal no alteró las desigualdades fundamentales de la sociedad británica, que después de todo siguió siendo una capitalista.

Como consecuencia de la movilización militar y laboral provocada por la guerra, la economía británica cambió rápidamente del desempleo prevalente en los años treinta a la escasez de mano de obra de los cuarenta. Hubo una dramática y extendida conversión de la planta industrial a propósitos bélicos, como en los casos de las industrias automovilística y aeronáutica que comenzaron a producir aviones de guerra, tanques, y municiones, entre otros productos de guerra.

El gobierno de coalición presidido por Winston Churchill cooptó a los líderes sindicales con el claro propósito de evitar conflictos laborales, más que nada las huelgas. Con la creación del National Arbitration Council (Consejo Nacional de Arbitraje), las huelgas se volvieron prácticamente ilegales, clara evidencia de la naturaleza clasista de la coalición gubernamental, que de plano estableció la desconfianza a los obreros en los centros de trabajo como guía general de conducta.

Aun así, la política laboral del gobierno de coalición propició un aumento de los sindicalizados y mayor poder local de los obreros en los centros de trabajo. Esto se reflejó en las huelgas importantes que ocurrieron en los últimos años del conflicto bélico en astilleros, fábricas de refacciones y maquinarias, y entre los mineros. Ellas fueron frecuentemente organizadas por comités de base sindicales, en vez de por los líderes nacionales de los sindicatos británicos, cooptados por el gobierno.

Pat Devine estima que el sistema de planificación económica nacional operó razonablemente bien en Gran Bretaña, dependiendo en gran medida del consentimiento, buena fe, y cooperación honesta con las autoridades, todo en aras del éxito contra el nazismo. Según su análisis, en ese país se dieron las dos condiciones necesarias para una planificación coherente: información y motivación adecuada. Como sabemos, esos dos factores generalmente han brillado por su ausencia en Cuba, igual que ocurrió en los países del bloque soviético en Europa.

Por otra parte, no hay dudas de que la democracia política británica decayó durante la guerra, ya que se introdujeron limitaciones a las libertades civiles, como la censura militar de la correspondencia y en medios de comunicación. El mero hecho de la coalición gubernamental establecida al inicio de la contienda entre los dos partidos más importantes (Conservadores  y Laboristas), con el apoyo externo del pequeño Partido Liberal, y la cancelación de elecciones en el período, eliminó temporalmente la posibilidad de alternancia en el poder que define a la democracia parlamentaria.

Pero, a pesar de la guerra y la ausencia de elecciones, Gran Bretaña no se convirtió en una dictadura civil o militar. De hecho, poco después de terminada la guerra, el Partido Laborista ganó decisivamente las elecciones de 1945, derrotó a Winston Churchill y al Partido Conservador e instaló en el poder un gobierno que realizó reformas importantes, sobre todo en el área de salud, con la inauguración en 1948 del National Health Service (NHS), una versión de la medicina socializada.

Hasta ahora ese sistema de salud pública disfruta de amplio apoyo político en Gran Bretaña, a pesar de las dificultades producidas por la pandemia de Covid y de los cambios y reducciones que el NHS ha sufrido en las últimas décadas a manos de las políticas neoliberales, tanto del Partido Conservador como del Laborista.

Finalmente, queda por aclarar por qué la economía de mercado parece ser incompatible y de hecho ha sido puesta a un lado por los gobernantes en tiempos de guerra —aún en el Reino Unido, cuna del capitalismo industrial. 

Hay muchas razones para ello, pero más que nada se debe a la tendencia inevitable de las grandes corporaciones capitalistas a aumentar su tasa de ganancias por todos los medios posibles, lo que choca con las necesidades de una economía de guerra, que depende de la previsibilidad de la producción bélica y del control de costos de los insumos, que de otra manera se dispararían en un mercado «libre», especialmente cuando confronta una situación de escasez, tanto de armamentos como de artículos de consumo.

Las economías de guerra también tienden a eliminar por todos los medios el malgasto sistemático de recursos que caracteriza al capitalismo «normal». Un ejemplo es el desempleo crónico. Como la economía capitalista «normal» se organiza en base a la competencia, que produce «ganadores» y «perdedores», hay un lapso significativo de tiempo antes de que estos últimos puedan conseguir empleos alternativos; mientras tanto, están desocupados y no contribuyen ni a su bienestar individual ni a la economía nacional. Es este tiempo perdido el que impide que la economía de mercado funcione adecuadamente en tiempo de guerra, debido a que puede conllevar a demoras de insumos bélicos que conviertan una victoria en derrota.  

Nada de esto quiere decir que no haya habido malgasto —las guerras constituyen por definición un malgasto catastrófico de seres humanos y recursos económicos— en las economías de guerra capitalista y que hayan sido óptimamente eficientes. Solamente una economía planeada racionalmente, basada en el control democrático ejercido por los trabajadores y la sociedad en general, en asociación estrecha con técnicos y científicos, puede aspirar a esa meta.

Desde el punto de vista de la izquierda crítica cubana, lo más importante es saber que la planificación económica a nivel nacional no solo es deseable, sino posible. Los grandes problemas y contradicciones de la planificación burocrática al estilo soviético y cubano, no son relevantes y mucho menos agotan las posibilidades de un plan racional y democrático para nuestro país.

26/02/2022

Samuel Farber. Nnació y se crió en Cuba y ha escrito numerosos libros y artículos sobre ese país, así como sobre muchos otros temas políticos. También es autor de Before Stalinism: The Rise and Fall of Soviet Democracy, reeditado recientemente por Verso Books. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.

Fuente: https://jovencuba.com/alternativa-democracia/

Publicado enInternacional
Sábado, 26 Febrero 2022 05:55

Sobre victorias y derrotas

Sobre victorias y derrotas

En la cultura política hegemónica las nociones sobre triunfos y fracasos, victorias y derrotas, suelen aludir a situaciones muy concretas, en general vinculadas a los objetivos finales de los actores en juego.

El concepto de victoria se aplica al amplio abanico que va del triunfo electoral hasta la toma del poder como consecuencia de un levantamiento o una guerra popular, como sucedió en 1979 en Nicaragua, y antes en muchos otros países. Sin embargo, en no pocas ocasiones se celebran victorias, digamos tácticas o puntuales, cuando se aprueban determinadas leyes o se superan dificultades importantes.

Las derrotas, en cambio, gozan de tan mala reputación, que pocas veces suelen ser asumidas por los responsables de las mismas que, por el contrario, suelen atribuirlas a factores externos fuera de su competencia.

La derrota electoral del Frente Sandinista en 1990, por seguir con el mismo ejemplo, fue tan brutal que paralizó a sus actores antes que propiciar una reflexión profunda sobre sus razones. Del mismo modo puede leerse el triunfo de la revolución rusa, en 1917 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, que en no pocos análisis suele atribuirse a la "traición" del entonces presidente Boris Yeltsin.

En este momento no es la trayectoria del sandinismo o de otras victorias/derrotas lo que me mueve a escribir estas líneas, sino algo mucho más reciente y, creo, trascendente: el desalojo de la Casa de los Pueblos, Altepelmecalli, en Puebla, por la Guardia Nacional y la policía estatal para entregarla a la multinacional Bonafont/Danone.

Si nos guiamos por la cultura política al uso, estamos ante una clara derrota de las 22 comunidades y de la organización Pueblos Unidos que impulsaron la recuperación de la planta, y ante un triunfo de los gobiernos federal y estatal. Por el contrario, la clausura de la planta, el 22 de marzo de 2021, Día Internacional del Agua, debió haber sido considerada una victoria.

Creo que las cosas son completamente diferentes. Propongo dejar de utilizar argumentos y conceptos que, siendo adecuados para reflexionar sobre los conflictos interestatales, o para quienes tienen por objetivo ocupar el Estado, no los son en absoluto para abordar las resistencias de los movimientos sociales y los pueblos en movimiento.

¿Qué sería la victoria para un pueblo originario? ¿Y la derrota? Es evidente que no se relacionan con lo que festejan, o lamentan, los políticos del sistema, y aún sus ­seguidores.

Los objetivos de los pueblos no tienen relación básica con agendas "externas", ya sea con los calendarios electorales, las revueltas para tomar el poder o para bajar a alguien del mismo, sino con lo más "interno" y profundo de un pueblo: su sobrevivencia como tal, la persistencia de lo que hace que sigan siendo pueblos. O sea, su diferencia respecto de la cultura y los modos hegemónicos, o de arriba.

La gran derrota de un pueblo sería su desaparición como pueblo, la pérdida de territorios, lengua, modos de vivir y de relacionarse entre sus miembros y con los entornos. Claro que necesitan frenar las obras de infraestructura en curso y poner límites al saqueo. Pero no lo hacen para conseguir mayor visibilidad en los medios de arriba o más poder de negociación, sino porque la economía extractiva del saqueo los coloca en riesgo como pueblos.

Quiero insistir en que los modos de acercarnos a las resistencias de los pueblos originarios, y los abajos que resisten, implica dejar de lado la cultura hegemónica (mediática, caudillista, colonial y patriarcal) para comprender las razones y los objetivos de cada acción. El gran "triunfo" del cierre del pozo de Bonafont fue que los pozos de los campesinos volvieron a llenarse de agua y que ese espacio de muerte se convirtió en espacio de vida para todos los que quieren frenar el saqueo.

Más que de triunfos o derrotas podemos hablar de pasos adelante, pasos al costado, o retrocesos, en el largo caminar de los pueblos sobre sí mismos. La resistencia de los pueblos nahuas de la región cholulteca, tiene décadas en su fase actual y siglos si seguimos el rastro de su tiempo largo.

Hacen falta otras varas para medir avances o retrocesos de los abajos: cómo está la organización, cómo están los corazones y el estado de ánimo; qué tanto participan las mujeres y las jóvenes en las actividades; siguen siendo diferentes porque respetan sus modos o se empiezan a recostar en lo mercantil y abren sus territorios a la lógica del capital.

Son éstos algunos de los aspectos que les permitirán seguir caminando, durante el tiempo que sea necesario.

En la política hegemónica, se trata de caminar en línea más o menos recta hacia un objetivo, a veces atravesando enormes sacrificios, para comenzar a descansar (así se lo imagina) cuando se llega al poder.

En la lógica de los pueblos, como ya enseñó el Viejo Antonio, se camina en redondo y nunca se deja de caminar, porque resistir y luchar no es un "medio para", sino la forma de vida elegida para seguir siendo.

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Foto: María de Jesús Patricio Martínez é unha defensora polos dereitos humanos mexicana. (Pablo Santiago)

María de Jesús Patricio, mejor conocida como Marichuy, es médica tradicional de origen nahua y defensora de los derechos humanos. En 2017, fue elegida como vocera representante del CNI y precandidata de las elecciones presidenciales del 2018. Nisaguie Abril Flores es integrante de la Asamblea de los Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio y recientemente colaboró con la producción del documental Gente de mar y viento.

Pudimos conversar con estas dos defensoras de los derechos humanos durante su corta visita por Galicia. Me encuentro con ellas una soleada tarde de finales de octubre en el Centro Social de Bouzas. Los días anteriores ambas mujeres participaron en varios encuentros con estudiantes universitarios y diversos colectivos realizados tanto en Santiago de Compostela, como en Vigo. Llevan poco más de un mes de recorrido, el fin no se ve cerca y esa misma tarde su agenda marca un viaje hacia Barcelona.

A lo largo de la entrevista, la voz de Marichuy se rompe un par de veces como producto de varias semanas de trabajo continuo. A su lado, Nisaguie Abril Flores también se nota un poco cansada. Pero, a pesar de la larga jornada nocturna de la noche anterior y del viaje que tienen por delante, ambas me reciben con parsimonia. Su perspectiva de lucha, que se fundamenta en la creación de alianzas entre diferentes colectivos, sienta directrices alternativas para sobrepasar el realismo capitalista y los límites de las políticas de la identidad.

Un poco de memoria, luchas a escala global

El 1 de enero de 1994 fue un año histórico para la República Mexicana. El alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) cambió la perspectiva mestiza del país y visibilizó las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos de las comunidades indígenas. Dos años después, se creó el Congreso Nacional Indígena (CNI), un espacio de organización propio de pueblos originarios, con el objetivo de fortalecer sus luchas de resistencia y rebeldía, con sus propias formas de organización.

Ahora, 27 años después del primer alzamiento y 25 años de la creación del CNI, los pueblos originarios de México vuelven a buscar cambiar la perspectiva de las luchas sociales. Esta vez, a escala global. Coincidiendo además con el 500 aniversario de la conquista de Abya Yala, el pasado mes de abril el EZLN anunció la llamada Gira por la Vida, una travesía en la que más de un centenar de representantes del EZLN y del CNI recorrerían varias ciudades europeas para visibilizar los procesos de lucha de las comunidades indígenas y crear redes con los movimientos de resistencia a la opresión neoliberal que hay a lo largo de Europa.

El 20 de junio, después de varias semanas en alta mar, llegó la embarcación bautizada como La Montaña al Puerto de Vigo con el Escuadrón 421 a bordo. Esta comisión estaba integrada por siete integrantes del EZLN, quienes recorrieron varias ciudades europeas por varios meses. Fue el 14 de septiembre del presente año que llegó al aeropuerto de Viena la comisión llamada La extemporánea, integrada por 177 personas provenientes de varias comunidades indígenas de todo México. María de Jesús Patricio y Nisaguie Abril Flores forman parte de esta “unidad de Escucha y Palabra” que continuará con el recorrido iniciado por el Escuadrón 421.

¿Cómo se constituye el CNI?, ¿qué relación mantiene con el EZLN?


María de Jesús Patricio (MA): En 1995, durante los diálogos de San Andrés, nuestros hermanos zapatistas convocaron un Foro Nacional Indígena (FNI) en Chiapas, con el objetivo de que todos los pueblos transmitieran su palabra. En ese entonces, tanto los medios de comunicación, como el Gobierno, decían que la situación de Chiapas era excepcional, que el resto de los pueblos indígenas estaban bien, que no tenían problemas. El Foro fue una respuesta a esto. Fue un movimiento estratégico por parte de nuestros hermanos zapatistas.

Al FNI llegaron la totalidad de los pueblos originarios de México. Desde el principio notamos el parecido físico. Estando ahí reunidos, empezamos a platicar. Cada quien traía su vestido, hablaba su lengua, compartía las costumbres de sus comunidades. Cuando se comenzó a conversar sobre los problemas que tenía cada comunidad, cada pueblo, resultó que eran problemáticas similares. Eran los mismos problemas que tenían nuestros hermanos de Chiapas, sólo que ellos llevaban más tiempo resistiendo. Pero eran problemas de salud, conflictos territoriales, violaciones de los derechos colectivos.

“El Gobierno está usando herramientas ‘legales ’ para justificar más el despojo a las comunidades”

Fue ese encuentro el que nos dio pie a pensar en tener un espacio propio. No una organización, sino algo que fuera un lugar en el que se diera una gran asamblea y que se sintiese como si fuese la casa de todas y todos. Entonces se forma el Congreso Nacional Indígena. Esto se concretó en un acto en la Ciudad de México, al que llegó la Comandanta Ramona a entregar una bandera de México. En ese entonces, los medios decían que los pueblos indígenas querían separarse del país, que querían crear otra nación dentro de la nación. Pero no. Exigíamos un reconocimiento colectivo, como comunidades. Al entregar la bandera, la Comandanta dejó claro que somos mexicanos y queremos seguir siendo de México, pero que queremos que nos respeten en nuestra integridad como pueblos.

El CNI integra 68 pueblos. No está la totalidad de ellos porque, a pesar de que llegaron todos a la primera convocatoria, algunos, o se fueron desligando, o solo asisten ocasionalmente a las asambleas. Los zapatistas forman parte de este espacio y gracias a ellos el CNI no ha perdido su rumbo. Nació para hacernos fuertes, defendernos y para buscar formas propias de organización desde dentro. Para ir fortaleciendo nuestra autonomía.

Una lucha presente

¿Qué sucedió con los Acuerdos de San Andrés, tanto en 1996, como en el 2000? ¿Cuál es el estado de la legislación con respecto a los derechos humanos de las comunidades indígenas en México?

MA: Después de que se aprobó la contrarreforma indígena del 2001, la llamada “Ley Cocopa”, que rasuró derechos y que no recogió el espíritu de los Acuerdos de San Andrés, quedó claro que todo iba a tomar el mismo curso y con el ánimo de seguir haciendo normas o reglamentando las que están, pero bajo esa que nació ya lesionando a los pueblos y comunidades.

Desde los pueblos, vemos que esa Ley fue la forma en la que el Poder y el Capital aseguraron el despojo hacia las comunidades; fue una preparación para echar a andar los megaproyectos. Por eso, todas las leyes que hay en realidad no protegen a las comunidades. Hay otras leyes, por ejemplo el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), número seis, que establece que todo lo que tenga que ver con las comunidades indígenas, se les tiene que consultar. Pero lo que sucede ahora es que se hacen consultas simuladas para que los proyectos salgan adelante. El Gobierno está usando esas herramientas “legales” para justificar más el despojo a las comunidades.

López Obrador no representó un cambio, dio continuidad a los megaproyectos. No importa de qué partido sea quien esté en el Gobierno. En el fondo continúan en el poder los mismos políticos, solo se cambiaron de partido

Entonces, ¿actualmente no hay un diálogo real entre Gobierno actual y las comunidades indígenas?, ¿el Gobierno de López Obrador no ha representado un cambio con respecto a los gobiernos pasados?


Nisaguie Flores (NF): No. No ha cambiado. Por el contrario, los despojos se han agudizado. Porque con este “nuevo Gobierno”, que se dice llamar de izquierda o “de los pueblos”, han avanzado muchos proyectos que habían estado detenidos en los sexenios anteriores, lo que no quiere decir que en esos periodos estuviésemos bien. Pienso que este cambio de Gobierno fue estratégico. En México había demasiada inconformidad y descontento y ¿cómo puedes detenerlo?, pues colocando a alguien que, supuestamente, va a beneficiar al pueblo. Pero no. En ningún momento este Gobierno ha tomado en serio a las comunidades indígenas. No respeta nuestras formas de organización. López Obrador no representó un cambio, dio continuidad a los megaproyectos. Ya desde la campaña electoral dijo que no iban a detenerlos. No importa de qué partido sea quien esté en el Gobierno. En el fondo continúan en el poder los mismos políticos, solo se cambiaron de partido.

En el 2016 se aprobó la creación el Consejo Indígena de Gobierno (CIG). ¿Surge como propuesta para participar en la campaña de las elecciones presidenciales del 2018?


MA: Este es otro tema que surgió cuando el CNI cumplió 20 años de haberse constituido. Cuando celebrábamos el quinto Congreso, se hizo una revisión para analizar nuestra trayectoria y la situación de nuestras comunidades. La conclusión fue que las circunstancias eran más complicadas. A 20 años de caminar juntos, había más despojos, más encarcelamientos, y ahora se agregaba como amenaza el crimen organizado, que estaba presente justo en los lugares en los que se estaban implementando los megaproyectos. Llegaban, asustaban a la población e impedían que las integrantes de las comunidades se organizaran. Por eso dijimos: no podemos hacer un pronunciamiento más, igual a los que emitimos en los otros encuentros. Me acuerdo de que nuestros hermanos zapatistas dijeron: tiene que haber algo más fuerte, algo que vuelva a sacudir al país y que haga visible que los pueblos están sufriendo, que los están masacrando.

“Buscamos organizarnos y tejer redes para poder accionar contra el despojo que vivimos en todo el mundo”

Fue entonces que nuestros hermanos zapatistas propusieron participar en las elecciones presidenciales 2017-2018. Creemos que fue algo muy atinado. Teníamos claro que el objetivo era visibilizar los problemas de nuestras comunidades y poder recorrer el país para invitar a la gente a construir otra forma de gobernar. Entonces dijimos: vamos a jugar con sus mismas herramientas, pero nosotros vamos a llevar otros objetivos. Por eso se participó con un CIG, que iba a ser integrado por concejales y concejalas que iban a hacer una propuesta de gobierno. Al final, participar en este proceso electoral nos dio la oportunidad de recorrer el país y escuchar los problemas. Por eso, a pesar de que no logramos las firmas necesarias para estar en una boleta, el CIG terminó más fortalecido. El hecho de haber podido salir a plantear que tenemos que buscar otra forma de organización, no acatarnos a la que nos han impuesto. En ese proceso también nos dimos cuenta de hasta qué punto los medios de comunicación están de acuerdo con todo lo que plantean desde arriba, porque eran principalmente ellos quienes, en lugar de apoyar y preguntar sobre los problemas de las comunidades indígenas, preguntaban tonterías que desviaban la atención.

Tejer redes de lucha

¿Cuál fue el resultado de la campaña electoral?, ¿cambió tu perspectiva del país y del estado de las comunidades indígenas?


(MA): Recuerdo que, al iniciar eran 70 concejales y, al finalizar, eran 157 hombres y mujeres que logramos conformar el Consejo. Pero lo que sacamos de ese recorrido fue ver que los problemas de los que se hablaban en las asambleas del CNI, sí estaban sucediendo en los pueblos. Y que no solamente eran problemáticas de los pueblos originarios. También caminamos en barrios, colonias y ciudades. Hablamos con estudiantes, mujeres y otros colectivos. Nos dimos cuenta que, donde fuera que teníamos oportunidad de escuchar a las personas, los problemas eran similares. Todo eso nos hizo hacer un mapeo de cómo está México. Vimos y concertamos que el despojo que vivimos en nuestros pueblos y comunidades, se lleva también en barrios, colonias, escuelas… Escuchamos a algunos estudiantes de varias universidades y los problemas que planteaban tenían que ver con el avance del capitalismo que implica un despojo individual y colectivo. Nos quedó más claro que existía la necesidad de tejer las luchas del campo y la ciudad, de jóvenes, de mujeres… de todos quienes resisten de alguna forma este despojo del capitalismo. Porque no solamente planteaban los problemas, sino que planteaban su proceso de resistencia. Eso nos pareció muy importante porque no importa si eran movimientos grandes o pequeños, son luchas que se están dando en contra de las condiciones impuestas. Eso nos hacía iguales. Los problemas de los pueblos ya no son solo de los pueblos originarios, son más generales. Con esto nos quedó claro que nuestra lucha no es solamente nuestra. Si nos están afectando a todos por igual, hay que encontrar otras formas de relacionarnos, de tejernos y de caminar juntas y juntos para ir haciendo algo fuerte desde abajo. Hablo de algo que no cabe en las urnas electorales. Se tiene que ir más allá.

¿Qué esperan de Europa hoy?, ¿cuál es el objetivo de esta gira?


El propósito está en el mismo nombre: Gira por la vida. Porque creemos que la única forma de luchar es defendiendo la vida y la única manera de hacerlo es organizándonos. Buscamos organizarnos y tejer redes para poder accionar contra este despojo que estamos viviendo, porque no solamente lo vivimos en México, sino que lo vivimos en todo el mundo y eso es lo que hemos estado viendo en los distintos países a los que hemos ido. Hemos conocido sus despojos: aquí en Galicia, por ejemplo, se lucha en contra de las empresas mineras; en Austria, en contra de la construcción de una autopista y contra parques eólicos. En Europa también hay movimientos de resistencia y para nosotras es importante conocerlos. No es lo mismo escuchar sobre ello desde México.

“Llámese como se llame el megaproyecto, lo que está detrás es el capitalismo voraz que quiere acabar con nosotras las comunidades indígenas que somos quienes impedimos esto”

Lo importante es verlo directamente y poder articular estas luchas que coinciden y que son como un reflejo unas de las otras. Quizás en Latinoamérica son luchas más complicadas porque se enfrentan a otro grado de violencia y agresión, pero, de una u otra forma, estamos en la misma lucha contra un enemigo en común, que es este sistema capitalista y patriarcal, cuyo único interés es expropiar los bienes naturales sin importarle quién esté ahí. Le importa más el dinero que la misma vida. El propósito es ese: estar aquí, conocernos, articular y aprender. Aprendemos de ambos lados. Y lo que nos pueda servir, lo ocuparemos en nuestras respectivas luchas.

¿Qué opinan del recibimiento y el interés europeo en sus proyectos?


MA: Hemos visto que hay bastante entusiasmo. A pesar de no conocernos, han sido muy amables al darnos algo que comer y un lugar donde dormir. Para nosotras eso ya es mucho porque venimos a invadir (risas). Sobre todo, nos están mostrando cómo el capitalismo está lesionando este continente. Antes de viajar, pensábamos que en los “países desarrollados” no sufrían como nosotros en México. Pero, ya aquí, nos damos cuenta que era una idea errónea. Hay organizaciones de personas jóvenes, de mujeres, de campesinado que está desarrollando proyectos para recuperar la tierra. Y nos parece importante que nos compartan sus formas de organización porque quizás podamos llevarlas a México para reforzar lo que ya se ha construido allá. Nosotras ya nos damos por bien servidas con el compartir estas experiencias

Ante la violencia, las desapariciones y demás prácticas represivas, ¿cómo seguir defendiendo la vida?


N: La única forma es organizándonos. Lo que venimos a compartir en esta gira son nuestras formas de organizarnos. Y vemos que la única vía es esa: la organización desde abajo, desde las comunidades, desde la toma de decisiones de todos los pueblos y de quienes estemos luchando por la vida. Esa creo yo que es la única forma de poder sobrellevar toda la violencia que estamos viviendo como comunidades indígenas. Desde hace mucho tiempo nos hemos organizado a través de asambleas en las que cada quien tiene la oportunidad y el derecho de hablar. No podemos hacerlo solos. Y por eso es necesario crear redes de apoyo para fortalecernos a pesar de que estemos en geografías separadas.

Megaproyectos contra las comunidades

Nisaguie, tú trabajas por visibilizar las reivindicaciones de dos pueblos del Istmo de Tehuantepec ¿a qué amenazas se enfrenta esta zona de Oaxaca actualmente?


N: La región del istmo, es una región que ha estado señalada por el Gobierno desde hace mucho tiempo como un punto estratégico, porque está en la parte más estrecha de México, que conecta con dos océanos, el Atlántico y el Pacífico. Por eso, desde hace mucho tiempo es una zona que ha estado en disputa. Actualmente hay un proyecto llamado “El Corredor Interoceánico”, que en realidad es un paquete de proyectos que se conectan con el Proyecto Integral Morelos y con el mal llamado Tren Maya. A su vez, implicará la construcción de maquiladoras, gaseoductos, minas y más proyectos energéticos. También quieren hacer un canal seco, como el que hay en Panamá. Este último, ha cambado de nombre con cada sexenio, pero el proyecto es el mismo. El objetivo de este canal seco es reducir el tiempo de traslado de las mercancías. Sería mucho más rápido que el de Panamá.

México tiene 32 parques eólicos distribuidos en varios estados. La mayoría están en Oaxaca. Hay 29. En total son 2,100 aerogeneradores distribuidos en aproximadamente 50 mil hectáreas. Estamos luchando contra muchas cosas. Pero todo esto no solamente se da en la región de istmo, está pasando en todo México. Cada pueblo está luchando contra una empresa o un megaproyecto que está despojando a las comunidades. Hay comunidades que incluso han sido desplazadas y han tenido que migrar a la Ciudad de México, donde han tenido que enfrentar otros procesos de lucha. Por ejemplo, los Yaquis, en el norte del país, están luchando contra un basurero clandestino.

“Si las normas y los procedimientos establecidos por el Estado están lesionando a quienes estamos abajo, hay que construir otros que realmente garanticen la vida de todas”

Hay otros pueblos luchando contra la imposición de los monocultivos de aguacate, negocio que está totalmente controlado por el narcotráfico. Son muchísimas luchas. De hecho, si tú buscas el mapa de la minería en México, verás que todo el territorio está concesionado a minerías. Es decir que prácticamente nos quieren exterminar. Quieren sacar todos los bienes del territorio. Llámese como se llame la empresa o el megaproyecto, el que está detrás sigue siendo el capitalismo voraz que quiere acabar con nosotros y quienes impedimos esto somos las comunidades indígenas. Es por eso que nos desaparecen y nos asesinan.

Sabemos que con todos estos megaproyectos viene también el narcotráfico, la militarización, lo que a su vez aumenta los feminicidios, la trata de mujeres, de órganos… Suena muy feo, pero, a pesar de todo eso, en cada comunidad nos estamos organizando para poder crear nuestros procesos de autonomía. No tenemos los años de lucha ni la capacidad que tienen nuestros hermanos zapatistas, pero tratamos de hacerlo a nuestras formas desde nuestros propios contextos.

A nivel mediático, poco se habló de las implicaciones del narcotráfico en las comunidades indígenas. ¿Cómo ha permeado la guerra y cómo gestionan esa lucha?


MA: Nis hablaba de un paquete de proyectos y yo pienso, más bien, que es un paquete de herramientas de represión que está usando el gobierno, al que le llamamos “narcoestado”, porque brinda impunidad y permite que estos grupos delictivos transiten libremente, especialmente donde se están implementando los diferentes megaproyectos. El problema se ha agudizado en el sur con el Proyecto Integral Morelos. Llegan grupos del crimen organizados a todos los pueblos de México en donde hay resistencia, donde se estén organizando para detener cualquier proyecto que atente contra la vida de las comunidades. Eso con el fin de impedir la organización. Precisamente estos grupos están ahí para fortalecer y asegurar la imposición de los megaproyectos. Ante eso, a los pueblos no les queda otra alternativa que fortalecer su propia seguridad, porque ya no hay confianza en la policía, el ejército o la marina. Donde se supone que se colocan para cuidarnos, son ellos quienes están en contacto con los grupos delictivos, con quienes asesinan y desaparecen activistas.

¿La presencia policial y militar en las comunidades aumentó?


Se está desplazando. Andrés Manuel López Obrador dijo que iba a sacar el ejército de las calles y no es así. Ahora las comunidades están tomando en sus manos su seguridad creando su propio consejo de seguridad. Son policías que la misma asamblea les asigna la tarea de cuidar a las personas y está pendiente de que los guardias caminen correctamente y que no se los recluten los grupos del crimen organizado. Entonces esto demuestra que la única opción es que nosotros mismos nos organicemos. Aunque diga el gobierno que estas medidas son ilegales, lo que se está haciendo es retomar los mecanismos de seguridad que tenían originalmente las comunidades y que se fueron perdiendo porque se introdujeron mecanismos ajenos, que son precisamente los que han lesionado a los pueblos.

“López Obrador dijo que iba a sacar el ejército de las calles y no es así. Ahora las comunidades están tomando en sus manos su seguridad creando su propio consejo de seguridad. Son policías que la misma asamblea les asigna la tarea de cuidar a las personas”

Por eso decimos que hay que buscar otras formas, se trata inventar. Si las normas y los procedimientos establecidos por el Estado están lesionando a quienes estamos abajo, hay que construir otros que realmente garanticen la vida de todas porque si no, vamos a seguir acatando lo que nos imponen, que ya vimos que no favorece la vida.

Mencionabas antes los problemas con los medios de comunicación respecto a la visibilización de los procesos de resistencia. ¿Cómo afrontan este problema?


Las comunidades y los medios libres están usando sus propias herramientas para poder difundir los problemas que hay. En este contexto han sido importantes los aliados y aliadas que nos hemos ido encontrando en el camino para difundir cómo se vive la situación en nuestras comunidades, porque los medios de comunicación no hablan de nada de lo que sucede en ellas. Eso también generó que las propias comunidades creen sus propias radios, sus propios medios para comunicar lo que está sucediendo. Actualmente, los medios oficiales, cuando hablan de Michoacán, Chiapas, Guerrero, sólo hablan de narcotráfico, desaparecidos, muertos… ha etiquetado regiones. Entonces lo que están buscando las comunidades es comunicar que son mucho más que eso. Mostrar que son comunidades que tienen una historia y tienen una forma de vida.

Sus reivindicaciones tienen muchos frentes. La lucha en defensa de la Tierra, la defensa de la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, la lucha decolonial, anti patriarcal y la anticapitalista. ¿Cómo los articulan?


MA: Lo que vemos es que tenemos un gran enemigo en común, que es el capitalismo, que tiene diferentes formas de despojarnos. Yo creo que las luchas que se llevan en diferentes geografías de México y el mundo van encaminadas a lo mismo: a ir derrumbando el sistema capitalista. Eso nos impulsa con más energía a buscar aliados. No es una sola lucha. No es sólo la lucha de los pueblos, hay luchas de mujeres, hay hermanas y hermanos que han emigrado y que están luchando donde están, luchas de trabajadores del campo y la ciudad. Se trata de ver cómo ir tejiendo esas redes desde lo que somos y desde donde estamos cada quien. Y hacerlo desde abajo.

Son varias luchas y la nuestra no es más importante. Todas son importantes y necesarias. Ya sean grandes o pequeñas, entre todas esas resistencias, es que podemos hacer algo y combatir el sistema capitalista que nos está acabando de forma separada. De ahí la importancia de tejernos y fortalecernos. Si no, es dejarles el camino fácil para que continúen decidiendo sobre nosotros y seguir despojando y masacrando. En los pueblos, nosotros decimos que hay un llamado de la Madre Tierra ante todo este calentamiento global diciéndonos: hagan algo, no me dejen sola. Entonces por eso, como pueblo, decimos que nuestra lucha es por la vida. Y una vida que no solo sea la nuestra, sino la de todos.

Este material se comparte con autorización de El Salto

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El ingeniero venezolano Anderson Sandoval, creador de la empresa TedasInstagram / @andersonsandovalvalero

 

 Un ingeniero en telecomunicaciones, de 27 años de edad, logró construir un circuito óptimo para luminarias ahorrativas que no se desechan.

Anderson Sandoval es un venezolano que a través del estudio de los circuitos de los bombillos con tecnología led, ha logrado descifrar cómo funcionan y revertir la obsolescencia programada, una práctica con fines económicos aplicada por empresas que —de manera intencionada— le dan un tiempo de caducidad a sus productos, sin importarles las consecuencias contra los consumidores y el medioambiente.

En 2016, con 21 años de edad y recién graduado de ingeniero en telecomunicaciones, Anderson abrió un taller de electrónica en el estado Mérida —región andina de Venezuela, ubicada al occidente del país—, para reparar luminarias led, entre otros artículos eléctricos.

Para entonces, la crisis económica del país hizo que muchas personas que antes optaban por comprar un nuevo electrodoméstico cuando se les dañaba —sobre todo durante la época de bonanza que vivió el país en la primera década de los 2000—, comenzaran a repararlos.

Entre estos productos estaban los bombillos led, conocidos como "ahorrativos" o de "luz blanca", que gastan menos electricidad que los incandescentes de luz amarilla. Pero cuando estas luminarias se dañaban, comprar una nueva un golpe al bolsillo que no cualquiera podía asumir, pues en el presupuesto del hogar privaban cuestiones más importantes como la comida, el aseo, entre otros compromisos.

Cuando Anderson comenzó a investigar cómo funcionaban sus circuitos para poder repararlos, se dio cuenta que estas luminarias son fabricadas para que se dañen en corto tiempo, pues usan más potencia de la que deben consumir, lo que ocasiona que generen un exceso de calor que termina dañándolos y convirtiéndolos en potencial basura electrónica.

Tras identificar el problema, supo que podría dar una solución al producir luminarias más eficientes, con garantía para los consumidores, sin obsolescencia programada y con 100% de producción nacional.

¿Cómo son los bombillos?

"Cuando empezamos, vimos que de los bombillos dañados se podía sacar mucho material. Entonces, tomamos ese material de reciclaje que nos quedaba y comenzamos a fabricar nuevos focos a mano y a pequeña escala", dijo Anderson a RT.

Hasta la fecha, este venezolano ha diseñado tres tipos de bombillos ahorradores y un par de reflectores con tecnología led bajo la marca Tedas (Taller de electrónica Anderson Sandoval). Los nombres de los focos tienen que ver con su similitud al fruto de la planta del maíz.

El más pequeño es el 'Jojotico' (mazorca pequeña, en argot venezolano), que consume 7 vatios y tiene una potencia de ilumación de 1.300 lúmenes, distribuidos en 84 puntos de luz. Luego está el 'Media Mazorca', que integra 168 puntos de luz, consume 14 vatios y proyecta 2.600 lúmenes; y el tercero, el más grande de todos, es el 'Mazorca', con 336 puntos de luz, un consumo de 28 vatios y una visibilidad de 5.200 lúmenes.

"Estos bombillos son más eficientes y ahorrativos que los led comerciales y mucho más que los incandescentes, por ejemplo, nuestro bombillo más grande consume apenas 28 vatios e ilumina lo mismo que uno incandescente de 400 vatios. Además, cuando cumplen su ciclo de vida no se desechan, se pueden reparar y volver a usar", explica su creador.

La diferencia de sus modelos está en el circuito electrónico, la fabricación y diseño, porque no generan exceso de calor. Sus modelos tienen, además, una vida útil de 33.000 horas y tres años de garantía.

"Logré mejorar el consumo de los bombillos al distribuir la cantidad de vatios necesarias por cada led (un diodo formado por un chip que sirve como semiconductor de corriente) y eso se logra midiendo el voltaje total del circuito. Así pude conseguir que no se excediera el consumo, que es lo que hace que se recalienten y se dañen".

¿En qué espacios se pueden utilizar y cuánto cuestan?

Los bombillos Tedas sirven para todo tipo de espacios, desde el hogar hasta lugares abiertos y cerrados que requieran gran iluminación. Por ejemplo, los jojoticos, pueden utilizarse en las habitaciones de las viviendas e iluminan con total claridad, mientras que el mediano puede servir para una sala grande e incluso para el alumbrado público en urbanizaciones, estacionamientos y calles pequeñas.

Los bombillos más grandes, detalla Sandoval, pueden servir también para el alumbrado público y de espacios que requieran mayor iluminación como galpones, zonas industriales y lugares abiertos. Además, indica que en su taller fabrican estas luminarias para dos tipos de corrientes: de 110 voltios, la más empleada en las viviendas; y de 220 voltios, que en su mayoría abastece al alumbrado público.

"Tenemos los tres modelos en 110 voltios y para 220 voltios los dos modelos más grandes. En los de 110, el más pequeño lo vendemos en 5 dólares, el mediano en 10 y el grande en 15. Para 220, el mediano cuesta 10 dólares y el grande 15. Los reflectores se venden también en esos precios", detalla.

Anderson comenta que los modelos de bombillos grandes así como los reflectores están funcionando en la urbanización donde vive, tras acordar con el Consejo Comunal de la zona la instalación de sus luminarias en el alumbrado público, un proceso que tiene un avance de 30 % porque la sustitución de bombillos requiere el acompañamiento de la empresa estatal de electricidad.

"Con los postes de alumbrado público utilizamos las mismas carcasas y adaptamos las boquillas a nuestros reflectores y bombillos. Esto le da un ahorro al Estado, porque le abaratamos los costos, pues una lámpara nueva para este servicio cuesta entre 35 y 70 dólares, mientras que la de nosotros cuesta 15".

Fabricación a gran escala

De momento, los bombillos que Anderson comenzó a vender en septiembre de 2021, se producen a pequeña escala y como él dice, de forma "artesanal". Sin embargo, cree que su proyecto pudiera generar un impacto positivo si se llegaran a fabricar a gran escala, porque además de ofrecer un importante ahorro energético al país, daría un mejor cuidado al medioambiente, con un producto que no se desecha.

"Quisiera poder mostrar este proyecto a instituciones públicas y conseguir apoyo de alguna parte privada, concretar alguna alianza para llevar la producción a mayor escala. Con los diseños que tenemos, la idea no es hacer una maquiladora con materiales importados y ensamblar, sino que todo el proceso de diseño hasta la fabricación sea hecho por mentes y manos venezolanas", señala Anderson.

Actualmente, Tedas produce un estimado de 40 bombillos mensuales y ha recibido un par de créditos por parte de la Corporación del estado Mérida (CorpoMérida) y el Banco estatal Bicentenario del Pueblo, recursos que sirvieron para desarrollar y comercializar sus productos. "Hasta ahora trabajamos la fabricación de manera artesanal, por decirlo de alguna manera, siguiendo los pasos para avanzar a una producción más industrial, una pequeña industria, pero para eso seguimos buscando financiamiento".

Entre las dificultades que le ha tocado enfrentar está la incredulidad de algunas personas, que consideran que solamente los productos extranjeros son de mejor calidad. Sin embargo, dice, que cuando la gente observa sus luminarias funcionando, cambian de parecer.

"Estoy totalmente seguro de lo que hago, por eso ofrezco una garantía de tres años. Mucha gente me decía que no diera esa garantía, pero eso es parte del mensaje que le enviamos a la gente para que confíe, es la forma más correcta para validar que el producto tiene calidad y es algo que puede ser medible".

Anderson advierte que el país no debería depender solo de las ensambladoras que trabajan con tecnología foránea y productos importados, sino que debería avanzar a la fabricación 100% venezolana, con mejor calidad y soberanía. Para eso, agrega, el país debe aumentar el desarrollo científico en la física y la química, de manera que se puedan hacer chips, cintas led y otros componentes electrónicos que en la actualidad son diseñados, casi exclusivamente, en China.

Proyectos en desarrollo

Además de la fabricación de los bombillos y reflectores,  Anderson adelanta varios proyectos: uno orientado al diseño de linternas sin obsolescencia programada, con baterías más duraderas, componentes de alta calidad y de gran iluminación.

"También tenemos en fase de desarrollo una bicicleta eléctrica que funcionaría con baterías de litio de 12 voltios y un motor parecido al de una moto. Hasta ahora está en proceso de investigación de las partes eléctricas y de los componentes que debe llevar para identificar cómo se haría la instalación", explica.

Esta bicicleta, añade, además de cambiar el modelo de transporte que depende solamente del pedal, aspira a ser más económica a las del mercado, que en distintos casos superan los 1.000 dólares por unidad. 

"La idea es que no sea muy costosa, porque vemos que los productos que no dependen de gasolina son más caros. Por ejemplo, las bicicletas eléctricas llegan a costar más que uno moto o incluso más que un carro usado, creo que tienen un precio exagerado, por eso busco que esta bicicleta pueda tener un precio asequible".

Publicado: 23 feb 2022

Miércoles, 23 Febrero 2022 05:14

Socialistas, otra vez

Socialistas, otra vez

Aunque se los ha tendido a unificar, socialismo democrático y socialdemocracia no son necesariamente lo mismo. En tanto tradición política intelectual, el socialismo democrático no se circunscribió a las adscripciones partidarias. Diferentes formas del socialismo democrático han actuado tanto dentro como fuera de la socialdemocracia y han sido influenciadas, particularmente en Europa y Estados Unidos, por la tradición reformista, pero también por la de los marxismos occidentales, la disidencia socialista en el socialismo real y la Nueva Izquierda.

 

Hagamos socialistas. Los socialistas no podemos hacer otra cosa que sea útil.
William Morris, «¿Dónde estamos ahora?» (1890)

 

Sospecho que los lectores adeptos a las frases ampulosas, los amantes de los sistemas cerrados y los enamorados de las metáforas trilladas deben haber sentido una profunda decepción. Para esas personas de rictus serio, acostumbradas a llevar el diario del Partido bajo el brazo y a soltar cada media hora expresiones como «dictadura del proletariado», «necesidad de un proceso revolucionario de alto contenido social» o «luchas que nos encaminarán a un luminoso futuro», el artículo no podía sino resultar hilarante. De apenas cinco páginas y titulado «¿Pueden ser felices los socialistas?», fue publicado en 1943 en Tribune, la publicación socialista insignia de Gran Bretaña. Su autor, George Orwell, era el escritor estrella de la revista. Por entonces, además de una buena cantidad de novelas y libros de ensayos, Orwell contaba ya con los galones propios de su militancia en el viejo Partido Laborista Independiente y de su lucha en la Guerra Civil Española con los hombres y mujeres del Partido Obrero de Unificación Marxista (poum). En Tribune y en ese texto, su misión era clara: defender algo llamado «socialismo». Una causa que lo había convocado a muy temprana edad, pero a la que había dedicado un impulso racional desde mediados de la década de 1930.

En su artículo, Orwell intentaba responder a algo más que a la extraña pregunta del título. Como en buena parte de sus ensayos, pretendía explicar las razones por las que, en todo el mundo, hombres y mujeres adscribían a una causa específica. Intentaba identificar las motivaciones últimas por las que tantas personas, en una época de «crisis, guerras y revoluciones», defendían un ideario llamado «socialismo» y arriesgaban, en no pocas ocasiones, su vida por él. Sorprendentemente, y a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Orwell utilizaba la palabra «socialismo» de manera no faccional. Para él, el socialismo era una causa y no una mera adscripción partidaria. Cuando hablaba de «socialismo democrático» no se refería, de modo excluyente, a un grupo de organizaciones políticas, sino a un espíritu y una creencia que convocaba, ya no solo en esas organizaciones, sino más allá de ellas. Aun cuando él tuviese sus propios compromisos –y sus propios desprecios, que no eran pocos–, estaba dispuesto a utilizar el apelativo «socialista» de manera amplia. Y en su ensayo afirmaba:

Sugiero que el verdadero objetivo del socialismo no es la felicidad. Hasta ahora la felicidad ha sido un efecto derivado y, por lo que sabemos, puede que siga siéndolo siempre. El verdadero objetivo del socialismo es la fraternidad humana. Ese es el sentimiento generalizado, aunque no acostumbre a decirse, o no se diga lo bastante alto. Los hombres entregan sus vidas a luchas políticas desgarradoras, o los matan en guerras civiles, o los torturan en cárceles secretas de la Gestapo, no con el fin de instaurar un paraíso con calefacción central, aire acondicionado y luz fluorescente, sino porque quieren un mundo en el que los seres humanos se amen los unos a los otros en lugar de engañarse y matarse los unos a los otros.1

Puede que aquel pensamiento de Orwell fuera utópico o que incluso contuviera altas dosis de ingenuidad. Pero el socialismo, tal como lo presentaba –un impulso ético hacia la igualdad y una condena del capitalismo como una forma de la voracidad y del individualismo radical– no podía ser otra cosa. Aunque no siempre lo definió del mismo modo –particularmente en ensayos como El camino a Wigan Pier, sus conceptos de socialismo fueron mucho más variables–, Orwell asumió el socialismo no solo como una idea fuerza en proyección y cambio, sino también como una amplia tradición: el socialismo era un proyecto, una cultura y una tradición político-intelectual. 

Como movimiento político, había sido fundado bajo esa estela. Aunque se lo pretenda presentar como sinónimo de las adscripciones partidarias –particularmente de las socialdemócratas–, el socialismo democrático siempre ha sido algo bien diferente. Desde mediados del siglo xix, con la formación de los primeros partidos socialistas y socialdemócratas, el socialismo fue la causa común que congregó a una diversidad de corrientes que buscaban la transformación social. 

La variedad de «tipos socialistas» recorría todas aquellas organizaciones: los había éticos, marxistas, gremiales, corporativos, estatalistas, libertarios, republicanos y hasta religiosos (judíos, católicos, protestantes). Con partidos de clase y movimientos de masas en auge, el socialismo era a menudo presentado como un fenómeno ético y como una cruzada moral. En un contexto de ese tipo, el «lenguaje socialista» asumía, de hecho, un léxico proveniente de la religiosidad tradicional. Muchos de sus líderes hablaban de las «buenas nuevas del socialismo» o de la «conversión al socialismo» y referían corrientemente al socialismo como «redentor de la humanidad» y como movimiento de «avivamiento de la conciencia». La idea de «llevar luz» e incluso de la «promesa socialista» estaba cargada de imaginarios provenientes no solo de la Ilustración, sino también del discurso religioso en proceso de secularización. En Italia, por ejemplo, Camillo Prampolini recorría pueblos llevando el mensaje del «Evangelio socialista», mientras que en Inglaterra, William Morris –líder de la Federación Socialdemócrata y luego dirigente de la Liga Socialista– convocaba a desarrollar la «religión del socialismo». El Primero de Mayo, la fecha insignia del socialismo, era calificada, en numerosas ocasiones, como la «Pascua de los Trabajadores». Aun cuando tendiera a mostrarse fuertemente anticlerical –un proceso que sería muy visible en algunas formaciones socialistas sobre todo a partir de fines del siglo xix–, no era extraño que el «lenguaje de clase» se mezclara con el de la fe. Como sostuvo el historiador Gareth Stedman Jones, «el socialismo no era simplemente una forma de política (…) Lo que importaba era el terreno social, ya fuera definido en términos de mentalidad (religión, ‘espíritu’, superstición) o práctica diaria (economía, hogar, familia). Dicho de otra manera, su ambición era establecer una nueva religión»2.

Las «creencias socialistas» tenían, además, sus propias imágenes. Los trabajadores –mayoritariamente varones– eran guiados, en la iconografía socialista, por una mujer. A veces, esta representaba a la Libertad y otras a la Fe o a la Justicia. En no pocas de esas ilustraciones, las mujeres llevaban antorchas o banderas rojas y en otras tantas barrían con escobas a capitalistas o destruían a bestias que representaban al orden social de explotación. Esas mujeres anunciaban, en definitiva, el advenimiento de una nueva era para los explotados. Walter Crane, miembro junto con William Morris del movimiento Arts and Crafts [Artes y Oficios] y uno de los principales diseñadores del socialismo (pero también del anarquismo) de fines del siglo xix, representaba, en sus Dibujos por la causa, al «ángel de la justicia» en un cuerpo femenino que se asemejaba a la Marianne francesa. En su ilustración celebratoria para el 1o de Mayo de 1895 podía verse a aquella mujer con una corona de flores de la que colgaban cintas con frases como «Esperanza en el trabajo y alegría en el ocio», «Cooperación y emulación, no competencia», «No al trabajo de los niños», «La causa de los trabajadores es la esperanza de la humanidad» y «Producción para el uso, no para el beneficio». Entre tanto, en otro de sus dibujos, de 1907, los trabajadores movilizados sostenían pancartas con lemas tales como «Votos para varones y mujeres» y «Trabajo y ocio para todos». Los socialistas italianos y los socialdemócratas austríacos también fueron prolíficos en la representación femenina del socialismo. Incluso los socialdemócratas alemanes hicieron lo propio: en la revista de sátira e ilustración Der wahre Jakob [El verdadero Jacob], publicada entre 1879 y 1933 (cuando fue prohibida por el nazismo), esas imágenes eran usuales en sus portadas. Pero el mismo Partido Socialdemócrata de Alemania (spd, por sus siglas en alemán) también hacía uso de ellas. En una tarjeta postal del 1o de mayo de 1914 puede verse a una mujer con gorro frigio exhibiendo un pecho desnudo (algo poco usual, generalmente se las mostraba vestidas) dando la mano a un trabajador. A su alrededor aparecen los retratos de Ferdinand Lassalle, Karl Marx, Wilhelm Liebknecht y August Bebel y el lema: «¡Libertad! ¡Igualdad! Viva la jornada de 8 horas». 

Pero que la imaginería representara a la mujer no quería decir que esta estuviera, dentro del movimiento, en igualdad de condiciones. De hecho, la desigualdad real dentro del socialismo fue un motivo de disputa. Dado que el socialismo trataba de llevar la democracia a todas las esferas de la vida social, no pocas mujeres protestaban contra su situación de subordinación. El resultado fue una paulatina incorporación de sus demandas, así como de publicaciones socialistas propias de las mujeres. Una de ellas fue Die Gleichheit (La Igualdad), perteneciente a la socialdemocracia alemana. Fundada por la sindicalista Emma Ihrer y luego dirigida por Clara Zetkin, la revista –que llevaba el subtítulo «revista para las mujeres y niñas del pueblo trabajador»– publicó entre 1882 y 1923 a destacadas socialistas como Ottilie Baader y Rosa Luxemburg, pero también a August Bebel. Este último fue, de hecho, el autor del famoso libro La mujer y el socialismo (1897), en el que denunció las diferencias entre varones y mujeres y sostuvo la necesidad de que se estableciesen posiciones desde el seno del mundo de los trabajadores. Junto con Magnus Hirschfeld, socialdemócrata y homosexual declarado, fue uno de los dirigentes que intentaron, ya desde fines del siglo xix, la despenalización de esta orientación sexual, entonces considerada como un delito por las autoridades prusianas. El historiador Eric Hobsbawm afirma que el socialismo era el único movimiento que pretendía una transformación del orden social y que contemplaba –aun cuando no siempre la llevara a cabo en su interior– la liberación de fronteras de género. «A diferencia del movimiento progresista pequeñoburgués, (…) el cual virtualmente alardeaba de su machismo, el movimiento obrero socialista procuraba vencer las tendencias que se daban en el seno del proletariado y en otras partes a mantener la desigualdad sexual, aunque no consiguiera tanto como habría deseado»3.

En sus primeros tiempos, sobre todo hacia fines del siglo xix e inicios del siglo xx, ese conjunto de creencias llamado «socialismo» operó de una manera particular. El énfasis en la democracia –buena parte de los denominados «derechos liberales» fueron, en rigor, conquistas socialistas4– les permitía caracterizar y denunciar al capitalismo como un orden desigual e injusto, a la vez que demostrar el encorsetamiento que sufrían las propias instituciones democráticas bajo formaciones económicas que no lo eran. Para los socialistas, la democracia política era un primer paso, pero no era en absoluto suficiente. De ahí que Jean Jaurès declarara en su día que «la democracia es el mínimo de socialismo, el socialismo es el máximo de democracia». La idea de «democracia social» implicaba, de hecho, que el socialismo constituía una fuerza en busca de la democratización de los más diversos espacios sociales. La esfera económica, tal como la veían aquellos hombres y mujeres, distaba mucho de ser democrática. De ahí que se dispusieran a discutir muy seriamente sobre el régimen de propiedad. Una economía en la que los productores no tomaban decisiones respecto de lo producido era, nítidamente, una economía que no respondía a los criterios democráticos básicos. Tal como lo explica Geoff Eley:

mientras los liberales trabajaban conscientemente por la separación de la esfera económica de la política, los socialistas llegaron a ver esa misma separación como una discrepancia debilitante. O, como dijo Jean Jaurès, el líder socialista francés antes de 1914: «Así como todos los ciudadanos ejercen el poder político de manera democrática, en común, también deben ejercer el poder económico en común» (…) Esto –la socialización de la democracia– fue la partida crucial posterior a 1848. En el último tercio del siglo xix, los socialistas desafiaban las definiciones políticas de la democracia con una nueva pregunta: ¿cómo se puede lograr una democracia genuina en una sociedad estructurada fundamentalmente por desigualdades de clase de propiedad, distribución y control?5

La perspectiva socialista implicaba, además, una consecuencia práctica con la causa. Dado que los socialistas constituían algo más que organizaciones políticas, no fue casual que, en aquel momento, algunos de ellos intentaran prefigurar las sociedades democráticas anheladas. En los propios partidos y organizaciones se desarrollaban conciertos, reuniones de lectura y obras de teatro, equipos deportivos (nucleados en sociedades gimnásticas), grupos corales y musicales. Los socialistas favorecían, además, una fraternidad entre camaradas: los médicos socialistas atendían a militantes de manera gratuita, había abogados que representaban a trabajadores y distintos profesionales que se ponían a disposición de los hombres y las mujeres con quienes compartían el ideal. No eran sociedades paralelas, pero en muchos casos podría considerárselas de ese modo. Es cierto que se presentaban a elecciones, combatían en las calles, se manifestaban: todo eso era tan importante como ser, en sí mismos, la expresión viva de lo que deseaban construir. Los partidos socialistas y socialdemócratas no pretendían constituirse como meras máquinas electorales, sino como la expresión de una causa que quería «ganar corazones y mentes». Christophe Prochasson apunta que, al menos en esa etapa, el socialismo debe ser entendido como una cultura6. Recordémoslo: el espíritu del socialismo democrático residía en ser un proyecto de vida antes que un proyecto electoral. 

En un socialismo que era «un conjunto de creencias en busca de su fundamento científico», como lo ha definido Horacio Tarcus, el marxismo calzaba como anillo al dedo. Dado que desde sus inicios este tendió a presentarse como una explicación científica basada en el antagonismo de clases y en una lectura crítica de la economía política, los socialistas ya no solo pudieron argumentar que el socialismo era éticamente superior al capitalismo, sino que, a través del instrumental marxista, también podía probar «científicamente» su necesidad. Las organizaciones socialistas adoptaron esta perspectiva de manera predominante, pero nunca abandonaron las dimensiones éticas y morales que las guiaban. Como afirma el historiador y escritor británico Tony Judt, el marxismo de aquellos socialistas democráticos era, antes que un sistema absolutamente cerrado,

un conjunto de normas y reglas neokantianas autoimpuestas sobre lo que está mal y lo que debería ser, pero dentro de una penumbra científica a efectos de la explicación –para ellos y para los demás– de cómo llegar de aquí a allí con la confianza de que la historia estaba de su lado. (…) Estrictamente hablando, de la versión del capitalismo que da Marx no puede extraerse una razón de por qué el socialismo debería (en un sentido moral) existir.7

Según la posición de Judt, los socialistas democráticos precisaban del marxismo no tanto para reivindicar la socialización de los medios productivos como para dotar de un halo científico a una posición eminentemente ético-política. Afirmarse como anticapitalistas y asegurar que el sistema estaba científicamente condenado a morir no alcanzaba: para convocar a las clases trabajadoras, era necesario invocar una razón moral que explicase por qué algo llamado socialismo sería mejor para los sectores desfavorecidos. Pero para demostrar que el triunfo estaba asegurado y que ellos constituían la «clase elegida», lo precisaban claramente. Aun así, esta posición es solo parcialmente válida. La forma en que el marxismo pregnó las organizaciones socialistas y socialdemócratas tendió a modificar muchos de sus parámetros y las dotó de un ideal que, en muchas ocasiones, pareció ser el mismo socialismo. Buena parte de los socialistas y socialdemócratas eran marxistas convencidos y no socialistas éticos que instrumentalizaban ese saber. Aun así, sus posiciones morales siempre siguieron estando en el fondo de la aspiración y atravesaron con fuerza sus proposiciones políticas.

Si algo caracterizaba a aquellos partidos socialistas era una causa común en una absoluta diversidad. Los socialistas franceses tendían a pensarlo en términos de las tradiciones republicana y democrática, mientras que los austríacos, con el austromarxismo a la cabeza, imaginaban un socialismo que entremezclaba posiciones económicas marxistas con la ética kantiana. Los británicos, por su parte, derivaban su particular socialismo (asociado al Partido Laborista, pero también en sus inicios a la Federación Socialdemócrata y al Laborismo Independiente) de la tradición religiosa «no conformista», de algunos apartados del marxismo, del fabianismo y de escisiones de los whigs. Los alemanes sostenían posiciones a caballo entre el marxismo ortodoxo de Karl Kautsky –quien llegó a ser considerado como el «papa del marxismo»– y posiciones revisionistas como la de Eduard Bernstein, la herencia «nacional» de Ferdinand Lasalle y otras corrientes societalistas. Ya en ese momento –en el apogeo de la Segunda Internacional, entre la década de 1890 y la de 1910– era perceptible que la «identidad socialista» difería entre los partidos hermanos y también dentro de estos (en función de la diversidad de corrientes).

Por muy variables que fueran las consideraciones de los partidos, el socialismo era su seña de identidad. Incluso luego del triunfo de la Revolución Rusa, los partidos y organizaciones socialistas y socialdemócratas continuaron reivindicando el término para sí mismos. Adoptaron compromisos con los sistemas políticos imperantes (llegando incluso, en ocasiones, a gobernar en ellos), sostuvieron posiciones violentamente antagónicas sobre las llamadas «guerras imperialistas» y manifestaron diferencias sobre el nacionalismo y el patriotismo. Pero aun así continuaron afirmando, al menos retóricamente, el socialismo como causa y proyecto. Tanto fue así que la oposición a la Rusia soviética –que fue muy variable según cada partido– no condujo a los socialistas democráticos europeos al abandono del socialismo, sino a su afirmación: debían demostrar que se podía avanzar en una reforma estructural realizada democráticamente y con garantía de libertades. El hecho de que otras tradiciones de izquierda afirmaran que no eran «verdaderamente socialistas» no expresa, en términos de tradición de cultura e identidad, que hubieran dejado de serlo.

Pero la defensa de esa «identidad socialista» no iba a eternizarse. La transformación operada en los partidos socialistas y socialdemócratas durante la segunda posguerra marcó un vuelco en el sentido del significante «socialista» dentro de esas organizaciones. Hasta entonces, aquellos partidos podían ser calificados como socialistas, en tanto todas sus tendencias se reivindicaban como tales, sin importar las diferencias –a veces muy acentuadas– que hubiera entre ellas8. Pero desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ya no todas las corrientes reivindicaban el significante «socialista» en sus viejos fundamentos. Nuevas tendencias atravesaban los partidos desde posiciones más centristas e institucionalistas, en consonancia con las nuevas proyecciones de partidos que se transformaban en organizaciones de gobierno (e incluso de Estado). Es estrictamente cierto que, si se asume el concepto de «socialismo» como un significante débil, buena parte de los miembros de esas organizaciones continuaron, en última instancia, definiéndose como tales. Pero si se lo asocia a un tipo de proyecto político determinado –ligado a una determinada cultura–, resulta evidente que buena parte de aquellas organizaciones pasaron, según la vieja formulación de un destacado miembro del laborismo británico, de ser «partidos socialistas» a ser «partidos con socialistas»9. La conclusión era lógica: la vieja casa socialdemócrata albergó, desde entonces, a tendencias que, si bien valoraban la antigua tradición y las luchas pasadas, no se reconocían ya en el proyecto de transformación poscapitalista y de socialización a través de un proceso de permanente democratización mediante una sucesión de reformas. Aunque la socialdemocracia siempre ha sido una identidad en disputa, los grupos que la disputaban ya no eran solo socialistas en los antiguos términos: convivían liberal-progresistas, reformistas radicales e igualitaristas moderados, entre muchas otras tendencias. El socialismo democrático siguió estando allí, pero no solo allí. 

Quienes dentro de esos partidos reivindicaban la vieja tradición estaban disputando ya no solo su carácter, sino el propio carácter de la idea socialista. Aun cuando muchos continuaran utilizando ese significante de modo muy amplio, lo que los militantes de la izquierda socialdemócrata pretendían advertir era la progresiva modificación del proyecto declamado bajo el nombre «socialismo». Aun intentando escapar de una posición esencialista, querían reivindicar para sí una idea de socialismo en sentido fuerte, y no meramente como una adscripción general a unos principios básicos (igualdad, democracia, solidaridad). Para quienes iban ubicándose en el margen izquierdo de los partidos socialdemócratas y socialistas, el reino de la fraternidad continuaba siendo imposible en el capitalismo y, aun con su oposición a los regímenes del socialismo real de tipo soviético, su reivindicación del significante «socialismo» poseía un sentido más profundo que el de un mero concepto flotante que podía ser utilizado solo sobre la base de unos criterios muy amplios. Estos socialistas democráticos de izquierda defendían el viejo credo. Cuando hablaban de socialismo (aun de modos distintos también ellos), seguían advirtiendo que el significante, en el sentido de su tradición histórica, solo tenía sentido en términos de un horizonte poscapitalista, de una idea de democratización de la sociedad y de un anclaje en sectores sociales a los que unificaban como «clase trabajadora». Si la expresión «socialismo democrático» en boca de parte de las bases y las dirigencias partidarias socialdemócratas expresaba una idea muy general, en la de los socialdemócratas de izquierda que formaban parte de esas mismas organizaciones quería decir algo bien concreto: la adscripción a la vieja causa y a su cultura. Estos socialdemócratas de izquierda seguían pensando en términos de propiedad, socialización y clase. El sentido que le dieron a la idea socialista democrática fue, por ende, muy distinto al que le dieron buena parte de esas organizaciones y sus dirigencias. 

La expresión «partidos con socialistas» permite destacar la diferencia entre socialismo democrático (en sentido fuerte y clásico) y socialdemocracia. Los socialistas pueden formar parte de los partidos socialdemócratas, pero no todos (ni la mayoría) los que forman parte de los partidos socialdemócratas son socialistas. El desglose de estos conceptos es importante. Los socialistas reivindican una cultura amplia pero con unos fundamentos últimos heredados del viejo proyecto. Pueden participar de la socialdemocracia, pero rescatan y poseen figuras que no han pertenecido jamás a ella. No compran el paquete completo ni asumen su posición como la de una adscripción partidaria. 

Durante buena parte del siglo xx, el socialismo democrático actuó, sobre todo en Europa occidental, dentro de partidos socialdemócratas, aunque también incidió en otro tipo de organizaciones. No todos los socialistas democráticos provenían de la vieja tradición socialdemócrata: muchos de ellos eran hombres y mujeres que llegaban desde los partidos comunistas occidentales, mientras que algunos otros provenían también de las filas del liberalismo. 

Si bien el socialismo democrático stricto sensu ya constituía una tradición, no es menos cierto que numerosos hombres y mujeres de distintos espacios aportaron ideas, argumentos y batallas que podían sostenerse bajo el mismo apelativo, aun cuando no significaran lo mismo ni integraran la misma cultura. Cuando esto sucede, los conceptos se resignifican, y apelativos como «socialismo democrático» (pero también «socialismo» a secas) amplían su dimensión histórica y cultural. El socialismo democrático forma parte, como muchas otras tradiciones, de más de una familia partidaria: si su nacimiento se ligó a los primeros partidos socialistas y socialdemócratas, su desarrollo lo vinculó también a otras familias de la izquierda con la que, en muchas ocasiones, tendió a coincidir. ¿Cuántas y cuántos se reivindicaron, durante los tiempos de la Guerra Fría, de ese modo? ¿Por qué personajes como Robert Havemann, el famoso disidente de izquierda de la República Democrática Alemana, pedía un «socialismo democrático» partiendo de interpretaciones en las que podían convivir las ideas de Rosa Luxemburgo y el Chile de Salvador Allende con la crítica de las perversiones totalitarias que se vivían en su país? ¿No sucedía lo mismo con pensadores como Adam Schaff, o con las críticas que movilizaron el ánimo de muchas ciudadanas y ciudadanos en la Checoslovaquia comunista que en 1968 pedía un «socialismo con rostro humano»? ¿Y por qué no incluir en esa amplia corriente en búsqueda de un socialismo democrático y liberador a quienes, en Occidente, movilizados frente al estalinismo pero reacios a aceptar también la socialdemocracia, emprendieron caminos de renovación del socialismo? 

Al menos en parte del movimiento conocido como Nueva Izquierda, la crítica del estalinismo y la reintroducción de las ideas de Karl Korsch, Ernst Bloch y Rosa Luxemburgo, así como la recuperación de la tradición radical, habilitaron la configuración de una idea socialista que apelaba a la democracia como concepto fuerte. Las nuevas lecturas de Antonio Gramsci esbozadas dentro del Partido Comunista Italiano, pero también por parte de una intelectualidad ubicada en el «socialismo liberal» –de la cual Norberto Bobbio10 fue un representante esencial–, constituyeron también un espacio de avance hacia socialismos democráticos de nuevo tipo.

En definitiva, grupos pertenecientes a la frontera del marxismo contribuyeron a una renovación socialista en la que la democracia ya no era vista como una «rémora burguesa», aunque tampoco era asumida en la dimensión puramente institucionalista que dominaba a los partidos socialdemócratas. Es cierto que este tipo de «socialismo democrático» no era simétrico al de los que, bajo ese apelativo, seguían actuando en el margen izquierdo de los partidos socialdemócratas, pero es igualmente cierto que, encontrándose en las calles y en no pocas publicaciones, se vinculó a él y permeó su cultura. Uno de los aspectos sustanciales que llevó a una relación directa entre ambas corrientes fue el rechazo del «campismo» –una posición según la cual las diferentes izquierdas debían sostener una «afinidad electiva» con el universo soviético y callar sus críticas hacia él, so pretexto de «no aportar argumentos al enemigo de clase»–. Además, las preocupaciones por nuevas agendas, como la ecológica y la de género, también acercaron al campo del marxismo crítico y al de los socialistas democráticos de izquierda que aún actuaban en la socialdemocracia. El entusiasmo con los procesos latinoamericanos –primero con la Revolución Cubana, luego con el proceso socialista de Allende– también los vinculó, aunque en algunos de esos casos se llevaran no pocas decepciones. Si bien las relaciones entre «Nueva Izquierda», «comunistas disidentes» y «socialdemócratas de izquierda» no fueron similares en todos los países, es cierto que favorecieron nuevas posibilidades de reactualización demosocialista. Un caso notorio es el de Estados Unidos, donde una muy alicaída tradición desarrollada por Eugene Debs a inicios del siglo xx fue reconfigurada a partir de la creación del partido Socialistas Democráticos de América a inicios de la década de 1980. Aunque se lo ha considerado (y no sin razón) como un partido socialdemócrata, es sintomático que fuera la derivación tanto de corrientes trotskistas (particularmente, de la corriente dirigida por Max Shachtman), de tendencias socialdemócratas (provenientes del Comité Organizador del Socialismo Democrático) y de la Nueva Izquierda socialista, feminista y proderechos civiles organizada en el Nuevo Movimiento Estadounidense (New American Movement, liderado por la «comunista crítica» Dorothy Healey). Su fundador, Michael Harrington –autor, entre otros trabajos, del afamado libro The Other America [Los otros Estados Unidos], era un personaje peculiar: había comenzado militando en el grupo de izquierda cristiano The Catholic Worker [El Trabajador Católico], había pasado por las filas del trotskismo y luego había desarrollado su propia perspectiva socialista democrática. En eeuu, estas ideas entroncaban bien con una tradición precedente: la de la izquierda nucleada alrededor de la revista Dissent, nacida en la década de 1950 de la mano de Irving Howe y Lewis Coser, así como de un buen número de emigrantes europeos entre los que se destacaban prominentes feministas, socialistas y liberales de izquierda. 

Lo que en eeuu y en Europa occidental unió durante muchos años a socialistas de distinto tipo fue la búsqueda de un modelo alternativo, tanto al socialismo de tipo soviético como al capitalismo. En la idea de «democracia socialista» estaba presente el impulso por una serie de «reformas fuertes» (tal la expresión de los comunistas italianos) o de «reformas estructurales» (como las denominó Ralph Miliband). Los socialdemócratas de izquierda se veían atraídos por esa perspectiva, en tanto disputaban, dentro de sus propios partidos, por avances más significativos que los que se generaban bajo sus gobiernos. Esos socialdemócratas de izquierda, que seguían reivindicando el periodo fundacional aunque no se circunscribieran a él, alentaban el desarrollo de «algo más» que el Estado de Bienestar. En términos estrictos, seguían creyendo en la contradicción de clase, aun cuando consideraran que las instituciones democráticas formales eran el mejor espacio para avanzar (además de considerar que ellas mismas habían sido una conquista de los propios socialistas).

Tras la caída de la Unión Soviética, para los socialistas democráticos que aún luchaban por un «reformismo estructural» y que formaban parte de los partidos socialdemócratas, la tarea se hizo aún más difícil. La aceptación del consenso liberal y la adopción por parte de las dirigencias del liberal-progresismo o del social-liberalismo dejaron su crítica y su acción en la marginalidad. Su posición llegó a ser más periférica que la que habían detentado en los años del consenso de posguerra –una época de reformas en las que la reivindicación «socialista fuerte» seguía haciendo mella, dado que en los partidos socialdemócratas se hablaba todavía y muy seriamente de «propiedad pública»–. Siguieron, como un tábano molesto, disputando el significante «socialdemócrata» dentro de los partidos, y para ello se vieron obligados a defender (ya lo habían hecho antes) muchas de las conquistas del Estado de Bienestar cual si ese fuese su programa, cuando este estaba siendo desmantelado. Su rol, pese a su derrota en esos años, no debe ser desdeñado. Pese a ello, el significante «socialdemócrata» comenzó a ser cada vez más nítidamente asociado al liberalismo progresista. Por su parte, los socialistas de izquierda que estaban fuera de los partidos socialdemócratas y pertenecían a otras corrientes y tradiciones como las de la Nueva Izquierda también fueron blanco de ataques y de críticas. Su posición política se había basado en la renovación socialista frente al Este dictatorial y burocrático y al Occidente capitalista, pero aun así se los consideró como los representantes de la «antesala de modelos autoritarios» o como meros utópicos. 

A mediados de la década de 1990, en medio de aquel clima de decepción generalizada en las izquierdas, se publicó el libro póstumo del crítico social marxista Ralph Miliband: Socialismo para una época de escépticos11. Con la mirada puesta en las posibilidades de reactualizar la lógica de construcción de un socialismo radical, Miliband –que era uno de los máximos representantes de la New Left y que había criticado duramente tanto al estalinismo como al llamado «socialismo parlamentario» del Partido Laborista– apostaba por una perspectiva de «reformismo estructural», reconciliaba pensamientos como los de Kautsky y Rosa Luxemburgo en pos de una «democracia socialista» y, aunque marcaba los límites de la política del reformismo, aseguraba que hasta la década de 1980 en muchos partidos socialdemócratas europeos todavía se discutían seriamente asuntos como la propiedad pública (exhibiendo los casos del Plan Meidner en Suecia y del Programa Común de socialdemócratas y comunistas franceses). En su libro, que seguía a pie juntillas los postulados «socialistas fuertes» que siempre lo habían caracterizado, aseguraba que el deslizamiento a la derecha de buena parte de los partidos socialdemócratas y la asunción generalizada del «social-liberalismo» no podrían ser discutidos solo desde fuera de ella. 

Miliband definía la socialdemocracia, con mucha justicia, como lo que era: una identidad en disputa. «Los partidos socialdemócratas siempre han sido campos de batalla entre líderes moderados y sus críticos de izquierda. Esta lucha corrientemente ha tenido como resultado la victoria de los líderes, aunque no sin haber tenido que hacer concesiones a sus oponentes», escribía. Y luego, en busca de la rearticulación del proyecto socialista, aseguraba que «la socialdemocracia de izquierda representa una posición alrededor de la cual podrían reunirse al menos algunas otras corrientes del espectro de la izquierda sin abandonar su posición distintiva. Sin lugar a dudas, siempre habrá personas a la derecha y a la izquierda del reformismo de izquierda que elegirán expresar sus compromisos a su manera y en sus propias formaciones separadas; y lo que suceda a los partidos socialdemócratas debe depender, en gran parte, del estado de la izquierda fuera de ellos»12. Para Miliband, que no era socialdemócrata, no todo estaba perdido en la socialdemocracia tras el auge del nuevo consenso liberal.

En términos estrictos, las posiciones de Miliband evidenciaban esa relación difícil pero sostenida entre la cultura de la Nueva Izquierda y la de los socialistas democráticos de izquierda que sí se consideraban socialdemócratas. Desde aquel momento, algunas cosas han cambiado. Nuevas luchas a la izquierda de la socialdemocracia han habilitado, como preveía el propio Miliband, giros a la izquierda dentro de la socialdemocracia misma, pero también se han verificado estructuras muy sólidamente constituidas que, aunque tengan dentro sus críticos socialistas, resultan muy difíciles de atravesar. El centrismo político y el social-liberalismo parecen instalados, aun cuando los conatos de cultura socialista clásica sigan disputando el carácter identitario del espacio socialdemócrata. Fuera de ella, opciones «más a la izquierda» han habilitado en algunos casos transformaciones o pactos coalicionales. La pregunta es, sin embargo, si la apuesta socialista es posible, si tiene todavía sentido argumentar en su favor, si la tradición socialista democrática en un sentido amplio puede ser útil en estos tiempos.

Además de un conglomerado de ideas y posiciones articuladas en partidos y grupos políticos diversos, el socialismo democrático ha sido también una corriente de opinión en busca de un sujeto. A fines del siglo xix, William Morris creía que la verdadera tarea de los socialistas era, simplemente, la de «hacer socialistas». Dado que, aun aspirando a la transformación social y a la toma de decisiones políticas, no pensaba en el desarrollo de un culto estatalista, sino en la creación de una nueva organización societal que debía nacer desde la propia base ciudadana, sabía que era necesario reforzar vínculos y crear comunidad con la mayoría de los postergados. Lejos de la autoafirmación de una identidad cerrada, la pretensión era dar rienda a discursos societales amplios, con ejes que pudieran concitar la atención de personas muy diversas. 

En muchas formaciones políticas, pero también en espacios comunitarios e intelectuales, sigue habiendo personas que buscan un proyecto socialista que recupere aspectos de las viejas tradiciones y que sea capaz, al mismo tiempo, de esbozar nuevos futuros. La morfología social es diferente y las demandas también lo son, pero la aspiración puede seguir en pie. Tanto en los viejos partidos socialistas y socialdemócratas, como en los desprendimientos humanistas y libertarios de la vieja tradición marxista, así como en formaciones más híbridas pertenecientes a otras ramas de la izquierda, hay mujeres y hombres que aspiran a algo más que un sistema cerrado o una mera afirmación de pertenencia partidaria. 

Volver a hablar de «socialismo democrático» (pero también de socialismo a secas) y dotar de historicidad a ese significante puede ser un paso posible en un mundo en el que esa tradición pareció, en ocasiones, demasiado ocluida por otros conceptos fuertes. Hace pocos años, uno de los principales dirigentes de un viejo partido de corte socialdemócrata esbozó las principales características del programa político que pretendía llevar adelante. Se trataba de un programa que solo por la timidez a la que ese espacio se ha acostumbrado podía ser calificado de radical. Al finalizar su discurso, el hombre miró a la audiencia y dijo: «En este partido ya no tienen que susurrar su nombre: se llama socialismo»13.A veces queda más lejos el mundo por ganar que las tradiciones por recuperar. El socialismo siempre supo mucho de ello.

  • 1.
  1. Orwell: Ensayos, Debate, Barcelona, 2013.
  • 2.
  1. Stedman Jones: «Religion and the Origins of Socialism» en Ira Katznelson y G. Stedman Jones (eds.): Religion and the Political Imagination, Cambridge UP, Nueva York, 2010.
  • 3.
  1. Hobsbawm: «El hombre y la mujer: imágenes a la izquierda» en Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz, Crítica, Barcelona, 1999.
  • 4.

Ver Adam Sacks: «Socialists Fought For and Won Our Basic Democratic Rights» en Jacobin, 8/2020.

  • 5.
  1. Eley: Forging Democracy: The History of the Left in Europe, 1850-2000, Oxford UP, Oxford, 2002.
  • 6.
  1. Prochasson: «El socialismo, una cultura» en Nueva Sociedad Nº 294, 7-8/2021, disponible en www.nuso.org.
  • 7.
  1. Judt y Timothy Snyder: Pensar el siglo XX, Taurus, Ciudad de México, 2012.
  • 8.

Debe recordarse que, incluso en el periodo de entreguerras, buena parte de los comunistas europeos se veían a sí mismos no solo como «aliados de la Rusia Soviética», sino también como una variante de la familia socialista del cambio de siglo que pretendía representar el «verdadero socialismo».

  • 9.

La expresión corresponde a Anthony Benn. En rigor, Benn la aplicaba para definir al Partido Laborista Británico y consideraba que siempre había sido un «partido con socialistas» y no un «partido socialista».

  • 10.

Aunque Bobbio suele ser presentado solo como un socialista liberal del espectro socialdemócrata (y esto es en buena medida cierto), sus contribuciones teóricas lo llevaron a dialogar de manera fecunda con socialistas marxistas de la Nueva Izquierda. Su debate con Perry Anderson en la New Left Review y las posiciones (a menudo laudatorias) de Terry Eagleton sobre su trabajo y algunas de sus ideas socialistas son un ejemplo de ello. En tal sentido, su obra no se circunscribe a la recuperación social-liberal, sino también a otras lecturas.

  • 11.

Siglo Veintiuno, Ciudad de México, 1997.

  • 12.
  1. Miliband: ob. cit.
  • 13.

Discurso de John McDonnell en la conferencia anual del Partido Laborista, Liverpool, 2016, disponible en Labour Policy Forum, 26/8/2016.

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Replantear las políticas de bienestar Dilemas y tensiones entre igualdad y diversidad

La transición tecnológica, la financiarización del sistema, la emergencia climática y nuevas y más complejas formas de desigualdad y exclusión social, ciclos vitales más largos y menos previsibles, concentración urbana y paralela despoblación en otros espacios territoriales obligan a repensar las políticas de bienestar, que fueron concebidas a partir de premisas estatalistas y homogeneizantes. Al mismo tiempo, plantean serios desafíos a la democracia y a las formas de participación política y social.

 

En su obra clave, La gran transformación, Karl Polanyi advertía, en un lejano 1944, que el profundo movimiento de mercantilización de la vida que se había ido generando a lo largo del siglo xix e inicios del xx tuvo como respuesta un contramovimiento, que demandaba protección frente a la pérdida de referentes y capacidades sociales capaces de compensar las dinámicas empobrecedoras y competitivas que el capitalismo generaba1. La renovada difusión del pensamiento y las reflexiones de Polanyi se vincula con la continuidad, con otros formatos y concreciones, de esos dos movimientos en la actualidad. Lo podemos constatar en la dificultad de los Estados para responder adecuadamente a las demandas de protección frente a las incertidumbres, penalidades, miedos y situaciones de empobrecimiento y exclusión que la Gran Recesión de 2008 provocó al agravar los efectos que el neoliberalismo y la globalización desregulada habían ido generando.

Recordemos que la sociedad industrial se caracterizó por una ruptura clara entre trabajo y subsistencia; por fuertes dosis de innovación tecnológica llegada «desde fuera» de las experiencias laborales cotidianas; por dolorosas transiciones de campo a ciudad; por reducción de formatos familiares; y por fuertes segmentaciones en la división sexual del trabajo. Se establecieron con mayor nitidez fases o etapas vitales que separan formación, trabajo y retiro o abandono de la labor asalariada. Fue entonces, a finales del siglo xix e inicios del siglo xx, cuando los poderes públicos asumieron progresivamente labores de protección y de sustentabilidad vital, como una forma de generar transiciones menos conflictivas y socialmente soportables. Las políticas públicas fueron conformándose como la respuesta institucional (bismarckiana primero, del Estado de Bienestar después) a la dimisión forzada de la familia/comunidad con relación a esas tareas de sostén y protección vital. De esta manera, con distintas concreciones y ritmos según los países y las diversas correlaciones de fuerzas, las responsabilidades sobre las (nuevas) «problemáticas» sociales se fueron trasladando de la esfera colectiva-social (familias, comunidad, barrio, lugar de trabajo) a la esfera institucional-individual (ayudas y subvenciones de los poderes públicos, compra/mercantilización de servicios) y se mantuvo al mismo tiempo la responsabilidad del individuo, la familia y la mujer sobre los aspectos de cuidado y atención, con la colaboración económico-sanitaria de los poderes públicos.

En los últimos años se reconfiguran muchos escenarios superpuestos, que generan un auténtico cambio de época, en el que se modifican tanto las trayectorias personales como las de carácter colectivo: transición tecnológica, financiarización del sistema, nuevas y más complejas formas de desigualdad y exclusión social, menores continuidades en ciclos vitales más largos y menos previsibles, estallidos de emergencia climática cada vez más frecuentes, concentración urbana y despoblación en otros espacios territoriales, y como consecuencia de todo ello, nuevos ejes de conflicto político y social.

En ese contexto, se pone más de relieve el desajuste entre esas nuevas complejidades y los sistemas de protección construidos por los Estados-nación con un fuerte contenido homogeneizador. Estos sistemas casan hoy mal con la exigencia de emancipación y autonomía por un lado, y de reconocimiento de la diversidad por otro2. Y es precisamente en ese escenario donde la necesidad de nuevos pactos sociales, que incorporen vínculos entre autonomía, igualdad y reconocimiento de la diversidad, se vuelve patente. Pero, al mismo tiempo, alcanzar estos pactos exige la colaboración institucional con entidades sociales y de acción comunitaria, así como renovar el protagonismo de las ciudades aprovechando el valor de la proximidad. De esta manera, por un lado, se revivifica el papel de las instituciones para reforzar la capacidad de defensa de las condiciones de vida y de subsistencia de la mayoría de la ciudadanía, y, al mismo tiempo, ello no impide poner en pie procesos y dinámicas mutualistas y comunitarias de protección y de cuidado desde abajo.

Políticas sociales y desigualdad persistente

Como sabemos, se tiende a relacionar el nivel de bienestar general de una sociedad con el nivel de desigualdad existente en ella. En este sentido, podríamos afirmar que las políticas de bienestar o políticas sociales son la expresión del poder organizado para responder de forma explícita (tanto política como administrativamente) a los efectos derivados de la economía de mercado. Se busca garantizar así a individuos y familias un mínimo de protección considerado como indispensable, reducir la inseguridad que generan ciertas contingencias recurrentes (enfermedad, falta de trabajo, vejez) y asegurar el acceso universal a ciertos servicios sociales considerados en cada momento y en cada sociedad concreta como indispensables. De esta forma, la existencia de políticas sociales implica el desplazamiento de ciertas áreas del conflicto social a la esfera de la acción pública en su sentido más amplio.

Sin embargo, conviene entender que el bienestar y la cohesión social no dependen solo de políticas sociales que interactúan entre Estado y mercado, o que su impacto no se limita a la mera corrección de desigualdades materiales. En primer lugar, debemos aceptar que el mercado no es el único espacio generador de desigualdades ni es la única esfera social más allá de los poderes públicos. El nivel de bienestar de una sociedad, así como la propia dinámica de actuación de las políticas sociales, se juegan de hecho en el complejo espacio formado por las esferas pública, mercantil, familiar y asociativa. Las políticas sociales, en este escenario, pueden favorecer o no ciertos procesos de mercantilización y pueden contribuir o no a desplazar al ámbito del Estado actividades previamente asumidas por las familias o el tejido asociativo o comunitario. Y puede también ocurrir que las actuaciones que se lleven a cabo terminen operando como factor de mercantilización o de privatización familiarista o comunitaria de funciones o acciones de bienestar anteriormente asumidas por la esfera pública.

Podríamos por tanto afirmar que las políticas sociales son, de hecho, espacios de gestión colectiva de los numerosos ejes de desigualdad (de clase, de ciudadanía, de género, etc.) que atraviesan las diferentes esferas (pública, mercantil, asociativa, familiar) que presentan las sociedades contemporáneas. En la bibliografía más divulgada sobre políticas sociales y Estados de Bienestar, no ha sido habitual tratar sobre las especificidades tipológicas de los modelos de países de Europa del Sur (España, Grecia, Portugal y en parte Italia) y América Latina. A partir de las transiciones democráticas en esos países y de la consolidación de sistemas políticos democráticos, se ha ido produciendo la lenta incorporación, con evidentes diferencias entre ellos, en el universo tipológico de las políticas de bienestar. Para algunos, el modelo de estos países se define sobre todo por los bajos niveles de gasto social, con regímenes de protección social y empleo que tienen incrustaciones social-caritativas.

Lo que constatamos, por un lado, es que los parámetros globales relacionados con pobreza, enfermedad, acceso a la educación y servicios de salud han ido mejorando en los últimos años gracias a la implementación (desigual y parcial, si atendemos a los diversos territorios del mundo) de las lógicas redistributivas y compensatorias ya mencionadas. Pero, por otro lado, los estudios de Anthony B. Atkinson, Thomas Piketty y otros especialistas han puesto claramente de relieve que la desigualdad interna de los países y la desigualdad global entre ricos y pobres han aumentado, con graves problemas en términos de desocupación y de reducción de las posibilidades de ascenso social3. La globalización, la facilidad de movimiento de capitales y la falta de capacidad para hacer pagar impuestos a las grandes fortunas han roto o debilitado significativamente el pacto redistributivo que estaba en la base de las políticas de bienestar.

¿Tenemos las políticas sociales adecuadas para los tiempos en que vivimos?

Más allá de la pregunta retórica que encabeza este apartado, lo cierto es que, en ese nuevo escenario, marcado por la incertidumbre y la volatilidad, se va produciendo un proceso de reestructuración de las políticas sociales que tiene notables dosis de complejidad y presenta una dimensión múltiple, con ritmos distintos en diferentes áreas geográficas. Como hemos apuntado de forma esquemática al inicio de este artículo, desde diferentes ópticas se ha coincidido en caracterizar este ciclo de reestructuración como una fase de cambio del paradigma social de alcance similar al que representó la transición del Antiguo Régimen al Estado liberal-industrial, o de este al Estado de Bienestar en pleno fordismo.

Desde el punto de vista productivo, el impacto de los grandes cambios tecnológicos ha modificado en su totalidad las coordenadas del industrialismo. La mundialización económica, combinada con la facilidad de comunicación y compra a distancia, ha permitido el aprovechamiento de los costos diferenciales a escala planetaria, desarticulando empresas y plantas de producción. Palabras como «flexibilización», «adaptabilidad» o «movilidad» han reemplazado a «especialización», «estabilidad» o «continuidad». La sociedad del conocimiento y la comunicación busca el valor diferencial, la fuente del beneficio y de la productividad en el capital intelectual y en la conectividad, frente a las lógicas anteriores centradas en el capital físico y humano, pero al mismo tiempo genera precarización y reducción salarial de forma generalizada. Incluso lo que parece estar en juego es la propia concepción del trabajo como elemento estructurante de la vida, de la inserción y del conjunto de las relaciones sociales. En este sentido, las consecuencias más inmediatas de esta reconsideración del trabajo afectan en primer lugar lo que podríamos denominar la propia calidad del trabajo disponible y, en consecuencia, la capacidad del trabajo de seguir siendo el factor clave para la supervivencia y el bienestar. El capital se nos ha hecho global y permanentemente movilizable y movilizado, mientras que el trabajo solo es local, y cada vez es menos permanente, más condicionado por la volatilidad del espacio productivo. El proceso de terciarización ha sido también evidente, reforzado por el paso de tareas antes internalizadas en las industrias y ahora subcontratadas externamente. Por consiguiente, el valor final de un determinado producto incorpora el valor producido por una multiplicidad de figuras laborales que no forman parte de una misma organización: desde las que extraen las materias primas hasta las que las transforman inicialmente, las que diseñan o ensamblan, las que produjeron el software que alimenta la robotización o la logística de distribución, etc. La financiarización de todo el proceso obliga asimismo a integrar en el esquema de análisis los distintos intereses financieros que se asignan a cada fase productiva, y todo ello cruzado además por fronteras nacionales en las que se sitúan esas distintas fases de extracción-diseño-producción-distribución-financiarización. Lo que antes estaba integrado en el universo «fábrica-empresa» queda ahora tremendamente fragmentado y segmentado, a partir de la combinación de distintos regímenes laborales, tipos de contrato y salarios y, por tanto, hay una muy difícil articulación de los trabajadores frente a los intereses corporativos o patronales, a su vez, fragmentados y diversificados, pero todos ellos financieramente dependientes. El resultado final es una sensación generalizada de desprotección frente a los cambios que se van produciendo4. El desajuste entre esta situación y políticas sociales pensadas e implementadas desde otros parámetros y en otro contexto resulta palmario.

Un efecto evidente de todo ello es la proliferación de situaciones en las que determinados colectivos permanecen en situación de pobreza a pesar de estar trabajando. Es el caso de la pobreza laboral, encarnada por los denominados working poor [trabajadores y trabajadoras pobres] o in-work poverty [pobreza activa]. La concepción tradicional del empleo lo situaba como garante del bienestar de manera multidimensional y, en cambio, concebía la pobreza como básicamente ligada al desempleo y a la inactividad laboral5. De esta forma, los sistemas de protección diferenciaban a los colectivos construidos sobre la base de su relación con el empleo, descartando, de alguna manera, que podían acabar mezclándose. Las ayudas se planteaban para quienes no tenían trabajo y, habiendo cotizado, tenían derecho a esa ayuda. Las ayudas no contributivas o asistenciales estaban pensadas para aquellos no trabajadores que presentaban situaciones de necesidad.

Frente a la concepción tradicional de la pobreza entendida como la carencia de ingresos económicos suficientes, los estudios sobre la exclusión social aportaron una mirada multidimensional a las situaciones de dificultad. La exclusión social puede ayudar a describir con mayor precisión el carácter heterogéneo, multidimensional, procesual y estructural de determinadas situaciones de dificultad experimentadas en las sociedades contemporáneas6. Pero, en cambio, genera la necesidad de superar la lógica tradicional de las administraciones públicas de basarse en la jerarquía entre esferas de gobierno y en una división competencial, cuando, de hecho, acomodar la acción pública a la lógica de exclusión exige trabajar de manera más integral (entre esferas de gobierno) y transversal (entre espacios competenciales distintos). Y, además, todo ello funciona mejor si se actúa desde cerca de los problemas, mientras que en general se acostumbra tomar las decisiones significativas en políticas sociales en la esfera del gobierno estatal-nacional, lo que implica decidir desde lejos y, forzosamente, con lógicas homogéneas. Lo cierto es que la gran mayoría de los parámetros socioeconómicos y culturales que fundamentaron durante muchos años la sociedad industrial están quedando atrás, y ello es visible en todas partes. Asistimos a una época de transformaciones de fondo y a gran velocidad. Los vectores de cambio, en cualquier tamaño de la realidad, predominan sobre los factores de estabilidad. Los instrumentos de análisis y reflexión que hemos ido desgranando, y que dieron lugar a lo que se conoce como modelo fordista y keynesiano de bienestar, resultan cada vez más obsoletos. Tenemos problemas sociales específicos del siglo xxi, a los que tratamos de dar respuesta con conceptos y estrategias más propias del siglo xx, y en no pocas ocasiones utilizando instrumentos de administración y control más propios del siglo xix y la concepción weberiana del Estado.

Igualdad, diversidad, autonomía

Las políticas de bienestar se construyeron desde lógicas de respuesta a demandas que se presumían homogéneas y diferenciadas, y se gestionaron, como decíamos, de forma rígida y burocrática. Hoy, en cambio, tenemos un escenario en el que las demandas, por las razones apuntadas más arriba, son cada vez más heterogéneas, caracterizadas por una multiplicidad que parece requerir formas de gestión flexibles y desburocratizadas. Vivimos en un mundo en el que la cuestión de la diversidad como valor va a ser clave, y no podemos olvidar que muchas veces hay una cierta confusión entre igualdad y homogeneidad. Lo contrario de la igualdad es la desigualdad, y lo contrario de la homogeneidad es la diversidad. Se puede tratar de mejorar los aspectos relacionados con la igualdad entre las personas sin por ello tratar a todo el mundo de la misma forma. Es esta una problemática que afecta a todas las edades y situaciones. Crece la exigencia de que se reconozcan las distintas maneras de ser persona. En cuestiones culturales, religiosas, lingüísticas, pero también de identidad y opción sexual, así como de consumo alimentario, o en decisiones que afecten a la salud y a sus tratamientos, aparece la cuestión de la diversidad.

Las aportaciones desde la perspectiva de la interseccionalidad han tratado de generar un marco en el cual situar las desigualdades sociales y de poder como un tema multifacético y cambiante. Las experiencias de desigualdad y de poder no son unívocas, sino que las identidades de género o las posiciones de clase o racializadas se cruzan y combinan con las distintas situaciones de poder existentes en cada momento o circunstancia. La aportación analítica esencial es que raza, género o clase no pueden ser entendidos como variables singulares, ni tan solo como elementos incrementales de desigualdad, sino como modalidades interconectadas de poder a través de las cuales reconstruir identidades, experiencias y prácticas7. De esta manera, se trató de evitar los problemas de invisibilidad que afectaban al colectivo feminista afroestadounidense en los años 808. Esta orientación exige atender la complejidad de las situaciones de desigualdad en momentos en que hay una exigencia de reconocimiento de las distintas opciones vitales que personas y colectivos ejercen cada vez con más convicción y fuerza, tratando asimismo de entender los escenarios de cambio y de fluidez de situaciones que contrastan con visiones más fijas y esencialistas. Ha crecido la influencia de esta orientación en el debate de las políticas sociales, aunque también se cuestiona que genera una gran fragmentación de situaciones y posiciones que debilita el eje central de conflicto, centrado en el sistema capitalista y su intrínseca consecuencia inequitativa9. La reconstrucción de derechos es prioritaria, pero conviene hacerla desde parámetros distintos a los que impulsaron los paradigmas de la segunda posguerra. Sigue teniendo plena vigencia y perentoriedad la construcción de escenarios de equidad que permitan compensar la desigualdad de condiciones (y, por tanto, la insuficiencia de la lógica de igualdad de oportunidades). Pero ello ha de hacerse compatible con las dinámicas de reconocimiento de la diversidad, ya que parece irreversible la exigencia de que cada quien tenga derecho a ser como quiera ser, siendo al mismo tiempo igual que los demás en su condición de ciudadano. Y todo ello desde el fundamento de la autonomía personal, una autonomía no desvinculada, articulada comunitariamente, para evitar lógicas de individualización sin compromisos ni responsabilidades. La conjunción de grandes cambios sociales genera, como hemos venido insistiendo, nuevas complejidades, y aumentan las incertidumbres. Los padecimientos del día a día de la gente no encuentran acomodo en sistemas de protección pensados e implementados en un escenario distinto, como el que caracterizó la segunda mitad del siglo xx. En muchos países del sur de Europa y de otras partes del mundo, la familia (y la mujer en especial) ha jugado un papel clave no solo de vínculo, sino también de cuidado, seguridad y protección, y se planteó de esta manera en la propia política social10. En la práctica, ello significó que el sistema público de protección no se ocupara de los cuidados, sino que los trasladara de manera informal a las mujeres11. La mayor calificación de las mujeres, la diversificación de los esquemas familiares y el aumento en la necesidad de cuidados como resultado de la mayor longevidad han ido generando una clara crisis en la posible continuidad de ese modelo familiarista. 

Estamos pues ante una crisis profunda de la organización patriarcal de los cuidados, que no es ajena al cambio demográfico. Por otro lado, la cada vez más plural composición cultural e identitaria de las sociedades contemporáneas es una nueva palanca de exigencia de reconocimiento de la diversidad. E incluso la crisis ambiental genera problemas de desigualdad e injusticia, al afectar más a poblaciones que se ven obligadas a vivir cerca de enclaves más vulnerables o que presentan más riesgos para la salud12.

Las crisis de la familia, el trabajo y la naturaleza, además del debilitamiento de la homogeneidad nacional en virtud del fenómeno global de la inmigración, tiene puntos en común y tiene, además, dinámicas que interactúan unas con otras. La conjunción de tales dinámicas va poniendo en aprietos a las respuestas estrictamente basadas en el mantenimiento de las lógicas tradicionales de las políticas sociales o las recetas neoliberales cada vez con menor recorrido. Se necesitan respuestas que reconozcan la interdependencia entre políticas sociales, políticas de necesidades básicas y políticas de sostenibilidad, en un marco general de reconocimiento de la diversidad. La aproximación interseccional puede ayudar a identificar mejor situaciones de exclusión y desigualdad y, al mismo tiempo, facilitar alianzas entre distintos sectores que, de no tener ese marco común, tendrían más dificultades en reconocerse y actuar de manera conjunta13.

¿Crisis de la democracia?

En definitiva, los interrogantes planteados son muchos y no solo afectan a los fundamentos y el despliegue de las políticas sociales, sino que además, por la propia concepción de la democracia como una forma de gobierno en la que el funcionamiento del sistema reposa sobre un «nosotros» común y equitativo, afectan a la misma democracia. La fuerte erosión de los valores democráticos de igualdad y, por ende, de representación, ante la dificultad de mantener la capacidad redistributiva y protectora de manera generalizada, por un lado, y la indudable capacidad de las elites financieras para influir en todo tipo de decisiones en cualquier parte del mundo, por el otro, han colocado al sistema democrático en una difícil situación. Si se sigue de cerca la bibliografía académica sobre el estado de la democracia en el mundo, se observa que ese tipo de afirmaciones no son en absoluto nuevas. La democracia es una sucesión de experiencias históricas que nunca ha tenido una vida fácil, y que siempre ha tenido que vérselas con multitud de adversarios. De hecho, como afirma Nadia Urbinati, la democracia nació al mismo tiempo que sus adversarios14. Pero si bien todo ello es cierto, también lo es el hecho de que últimamente han proliferado los ensayos que apuntan a que la crisis actual de la democracia es más bien aguda o incluso terminal15.

Las sombras que ese conjunto de reflexiones proyecta sobre el devenir democrático son muy importantes. La gente se siente más vulnerable, tiene más temor en relación con el futuro, no acaba de ver cómo colocarse en un contexto crecientemente segmentado, fruto de una explosión de diversidad, y no percibe que el mensaje que le llega desde el poder constituido muestre claridad y proyecte una perspectiva creíble y sólida. La situación es preocupante, en el sentido de que esa fatiga democrática puede verse reforzada y alimentada por quienes no tienen capacidades para hacer frente a la situación por sí mismos y simplemente confían en que las instituciones públicas sigan manteniendo su dinámica de protección. Pero precisamente esa lógica de protección es demasiado genérica y no logra dar respuesta específica a la diversidad de preocupaciones que emergen. La política sigue siendo necesaria en ese escenario aparentemente bloqueado. Una política que solo puede ser democrática si queremos evitar los autoritarismos de signo distinto, autoritario populista o jerárquico tecnocrático, pero autoritarismos al fin. La política democrática ha de recuperar capacidad de protección y ha de hacerlo de manera no jerárquica ni patriarcal. Deberíamos ser capaces de lograr salidas colectivas a las emociones individuales sin posibilidad de conexión. Vivir en igualdad no significa ser homogéneamente iguales, ni excavar sin cesar en lo que nos diferencia. Implica aceptar ese vivir entre semejantes, querer vivir en igualdad reivindicando mi ser distinto y aceptando el de los demás. Se trata de una democracia reforzada desde la aceptación de su complejidad y de una incertidumbre que nos ha acompañado siempre como género humano16.

En esa encrucijada, hay quienes apuestan por la necesaria complementariedad entre un capitalismo avanzado tecnológicamente y un sistema democrático que siga garantizando protección, un sólido sistema de derechos y libertades, y la promesa de un cierto ascenso social en términos de bienestar para las generaciones futuras17. Mientras que la tendencia a salidas autoritarias y de rechazo a una globalización y cambio tecnológico que se perciben invasivos y contrarios a las propias raíces se extiende como una reacción airada, que se expresa muchas veces en otros campos, como el emocional o en la propia identidad de género18.Las coordenadas estructurales que exigen la economía del conocimiento y la innovación digital no solo no deberían poner en cuestión el sistema democrático, sino que más bien nos harían ver la necesidad de sus valores y de la capacidad de equilibrio social que incorpora para poder desplegar todo el potencial de esos nuevos parámetros de desarrollo. La dinámica competitiva inherente al capitalismo, y más en momentos de «destrucción creativa» como los actuales, no es capaz de hacer frente a los problemas de decisión colectiva que se plantean en sociedades socialmente avanzadas. Y, al mismo tiempo, los grandes decisores de la esfera económica no pueden simplemente amenazar con marcharse a espacios más propicios y con menos exigencias democráticas y redistributivas, ya que la base de innovación y creatividad no es tan fácilmente reemplazable como lo fue en su momento la base laboral del fordismo. En la medida en que el avance hacia la sociedad digital necesitará de una gama nada desdeñable de políticas de regulación y acompañamiento, tanto «nacional» como global, esa interrelación entre democracia (con la componente de políticas de protección) y una economía plural, de mercado y social, no parece nada irrelevante19.

Frente a las emociones e infortunios, no son suficientes las buenas razones. Se necesita una dosis significativa de pasión, que plantee empatía y buen hacer frente a odio y acusaciones sin fundamento. Desde una lógica estrictamente racional, se apela a los intereses a la hora de defender propuestas e iniciativas, pero eso ya no es suficiente. Como dice Pierre Rosanvallon en su último libro20, vivimos una época en la que la realidad nos plantea una gran cantidad de retos y padecimientos vinculados a la supervivencia, que se expresan en situaciones de desprecio, de injusticia, de discriminación y de incertidumbre por las que pasan cada vez más personas. Frente a ello, el reforzamiento de la democracia exige apartarse de lógicas que refuercen y agudicen esos malestares y, al mismo tiempo, ir más allá de respuestas estrictamente tecnocráticas incapaces de conectar con tales experiencias negativas. Será necesario fundamentar una representación política más cercana, más fraternal y menos sistémica y delegativa. Representar a la sociedad, compartiendo esas penas e infortunios, haciendo presentes sus emociones y razones.

  • 1.
  1. Polanyi: La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo [1944], FCE, Ciudad de México, 2004.
  • 2.

Nancy Fraser: «A Triple Movement? Parsing the Politics of Crisis after Polanyi» en New Left Review No 81, 5-6/2013.

  • 3.

A.B. Atkinson: Inequality: What Can Be Done, Harvard UP, 2015; T. Piketty: Una breve historia de la igualdad, Deusto, Barcelona, 2021; Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo: Buena economía para tiempos difíciles, Taurus, Barcelona, 2020.

  • 4.

Luca Ricolfi: Sinistra e popolo: il conflitto politico nell’era dei populismi, Longanesi, Milán, 2017.

  • 5.

Imanol Zubero: «Espectadores del dolor ajeno: una imagen no vale más que mil palabras» en Revista de Estudios Sociales No 57, 2016.

  • 6.
  1. Subirats (dir.): Pobreza y exclusión social. Un análisis de la realidad española y europea, Fundación La Caixa, Barcelona, 2004; Miguel Laparra y Begoña Pérez: Procesos de exclusión e itinerarios de inserción, Fundación FOESSA, Madrid, 2008.
  • 7.

Fiona Williams: Social Policy: A Critical and Intersectional Analysis, Polity, Cambridge, 2021.

  • 8.

Kimberle Crenshaw: «Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics» en University of Chicago Legal Forum vol. 1989 No 1, 1989.

  • 9.

Ibíd., p. 29.

  • 10.

María José Añón y Pablo Miravet: «Paradojas del familiarismo en el Estado del Bienestar» en Cuadernos de Relaciones Laborales vol. 23 No 2, 2005.

  • 11.

María Freixanet: «Género, relaciones, cuidados y cambios en la cotidianidad» en R. Gomà y Gemma Ubasart (coords.): Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social, Tecnos, Madrid, 2021.

  • 12.

Ian Gough: Heat, Greed and Human Needs, Edward Elgar, Cheltenham, 2017.

  • 13.
  1. Williams: ob. cit.
  • 14.
  1. Urbinati: «Introducción» en N. Urbinati (ed.): Thinking Democracy Now: Annali Fondazione Feltrinelli, Feltrinelli, Milán, 2019.
  • 15.

Daniel Ziblatt y Steven Levitsky: Cómo mueren las democracias, Booket, Barcelona, 2021; Yascha Mounk: El pueblo contra la democracia, Paidós, Barcelona, 2018; David Runciman: Así termina la democracia, Paidós, Barcelona, 2019.

  • 16.
  1. Gomà y G. Ubasart (coords.): ob. cit.
  • 17.

Torben Iversen y David Soskice: Democracy and Prosperity: Reiventing Capitalism Through a Turbulent Century, Princeton UP, 2019, p. 257 y ss.

  • 18.

Birgit Sauer: «Authoritarian Right-Wing Populism as Masculinist Identity Politics: The Role of Affects» en Gabriele Dietze y Julia Roth (eds.): Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Transcript, Bielefeld, 2020.

  • 19.
  1. Subirats: «Dilemas y conflictos del cambio de época. Politizar el cambio tecnológico» en R. Gomà y G. Ubasart (coords.): ob. cit.
  • 20.
  1. Rosanvallon: Les épreuves de la vie. Comprendre autrement les Français, Seuil, París, 2021.
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Hallan en la granada opción para tratar la depresión en la menopausia

La fruta es fuente de fitoestrógenos, los cuales permiten sustituir la terapia de remplazo hormonal, asociada al riesgo de desarrollar cáncer, señalan

 

Varias investigaciones sugieren que la vulnerabilidad para desarrollar trastornos depresivos se relaciona con la fluctuación y disminución de estrógenos antes y durante la menopausia, debido a que dichas hormonas participan en la regulación del estado de ánimo.

Para tratar la depresión durante la menopausia se utilizan antidepresivos y terapia de remplazo hormonal, que pueden producir efectos adversos y, además, algunas pacientes no muestran respuesta; esto hace necesario identificar opciones más eficaces y seguras, explicó Brenda Valdés Sustaita, graduada del Departamento de Farmacobiología del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional.

La terapia de remplazo hormonal con estrógenos se asocia al riesgo de desarrollar cáncer de endometrio o de mama cuando es administrada por más de cinco años, así como a afectaciones cardiovasculares (infarto o tromboembolismo venoso), por lo que se ha recurrido a tratamientos alternativos como los fitoestrógenos y la granada es una fuente de ellos.

Valdés analizó los efectos antidepresivos de un extracto de esa fruta (Punica granatum) en un modelo animal de menopausia, estudio bajo la dirección de Carolina López Rubalcava, investigadora del Departamento de Farmacobiología del Cinvestav, y Érika Estrada Camarena, del Instituto Nacional de Siquiatría.

Como parte de los resultados se encontró que el extracto de granada produce efectos tipo antidepresivos mediados por los receptores de estrógenos, lo cual sugiere que podría ser una alternativa a la terapia de remplazo hormonal.

En la investigación, parte de la tesis doctoral de Valdés, se determinó que el tipo de receptor a estrógeno involucrado en los efectos antidepresivos de la granada es el denominado beta, asociado principalmente a la regulación de procesos de aprendizaje, memoria y estado de ánimo.

Esto representa una alternativa más segura que la terapia de remplazo hormonal convencional, la cual produce la activación del receptor a estrógeno alfa, asociado con procesos de proliferación celular en tejidos como mama y endometrio que pueden contribuir al desarrollo de cáncer.

Adicionalmente, en las pruebas experimentales se identificó que, de forma similar a algunos fármacos antidepresivos, el efecto reportado para el extracto de granada está mediado por el sistema de neurotransmisión serotoninérgico. La información recabada contribuye a dilucidar algunos de los mecanismos de acción de los compuestos de esta fruta, comprender sus ventajas sobre los tratamientos actuales y establecer las condiciones adecuadas para su uso.

El trabajo se efectuó en un modelo animal de menopausia (ausencia de estrógenos). Para ello, se formaron varios grupos y de manera aleatoria les fue administrado el extracto de granada, vía oral o intraperitoneal, en diferentes dosis y tiempos.

Con la finalidad de evaluar el efecto tipo antidepresivo del extracto se empleó la prueba de nado forzado, que permite detectar cambios en la conducta de los animales (movilidad, nado y escalamiento) tras administrarles las moléculas a analizar. En el caso del extracto de granada aumentó la conducta de nado, lo cual se asocia al sistema serotoninérgico.

La granada tiene alto valor nutricional y, además de fitoestrógenos, posee propiedades antioxidantes, antinflamatorias y anticancerígenas. Por tanto, el efecto tipo antidepresivo podría ser resultado de la sinergia de cada uno de sus componentes y con ello beneficiar al organismo de forma integral, finalizó Valdés.