Sábado, 18 Septiembre 2021 05:42

Batallas feministas en Corea del Sur

An San

Un poderoso movimiento feminista conmueve a Corea del Sur, donde las estructuras patriarcales conviven con la modernización. Discutiendo desde las condiciones socioeconómicas hasta los ideales de belleza, las mujeres surcoreanas están promoviendo una transformación. La resistencia de los tradicionalistas no tardó en llegar.

 

Cuando la arquera surcoreana An San ganó en solo dos días dos medallas doradas en las Olimpíadas de Tokio, la respuesta que recibió la joven de 20 años en su patria fue dispar. Algunos hombres se mostraron molestos y dijeron que se le deberían retirar las medallas. ¿Por qué? Porque su cabello corto era una señal de que era una feminista que «odia a los hombres».

Por más extraño y surrealista que pueda sonar, el ataque contra An es un triste recordatorio del hondo arraigo de los estereotipos de género en Corea del Sur, un país con una economía de avanzada, aunque todavía profundamente sexista, y de la enorme presión que se ejerce sobre las mujeres y las niñas para que se vean y actúen de manera «femenina». Es también un episodio más en una guerra cultural que escala entre el número creciente de personas abiertamente feministas y sectores antifeministas que buscan silenciar sus voces.

En lo más bajo de los rankings

Corea del Sur es la décima economía más grande del mundo, un gigante tecnológico que es sede de Samsung, el mayor fabricante mundial de teléfonos inteligentes, y una usina cultural cuyas estrellas del K-pop, como BTS, tienen seguidores en todo el mundo. Sin embargo, pese a todos los avances tecnológicos y económicos, el arraigo del patriarcado y la discriminación de género se han mantenido casi sin cambios.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, Corea del Sur ocupa el puesto 102 en términos de paridad de género. La brecha salarial de género es la más amplia entre las economías avanzadas de los países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Se ubica sistemáticamente como el peor país para las mujeres que trabajan en el índice del techo de cristal de la revista The Economist. Las mujeres ocupan 19% de las bancas parlamentarias, casi la misma proporción que en Corea del Norte.

Las mujeres están sometidas a una enorme presión para verse perfectas en todo momento y a toda costa, como lo demuestra la reputación del país como capital mundial de la cirugía plástica. En las concurridas calles de Seúl no es difícil encontrar publicidades de cirugías plásticas que claman: «¡Ser bonita lo es todo!», mientras esqueléticas estrellas en ascenso del K-pop son presentadas como modelos a seguir para las adolescentes y las jóvenes. Las dietas extremas que siguen las estrellas tienen amplia difusión en las redes sociales y son seguidas con avidez por muchas personas.

Los ideales de belleza tradicionales para las mujeres incluyen en Corea del Sur una piel pálida pero luminosa, rostro aniñado, cabello largo y brillante, ojos grandes, una nariz fina y un cuerpo extremadamente delgado (casi 17% de las surcoreanas veinteañeras están por debajo de su peso, en comparación con menos de 5% de sus pares masculinos, de acuerdo con un estudio de 2019). La presión comienza temprano: más de 40% de las estudiantes de nivel primario usan maquillaje en la escuela, y el número trepa a más de 70% entre las de secundaria.  

Liberarse del corsé

Pero las mujeres comenzaron a contraatacar. En los últimos años, un poderoso movimiento feminista conquistó el país, lo que les permitió a muchas mujeres expresarse como nunca antes en contra de la discriminación sexual, el abuso y la cosificación. Desde 2018, las mujeres se han organizado para hacer caer a muchos predadores sexuales, entre ellos un popular candidato a la Presidencia, en uno de los casos más exitosos del #MeToo en Asia. Decenas de miles tomaron las calles durante meses en 2018 para exigir medidas más severas contra lo que se conoce como «pornografía con cámaras espía»: la filmación de las mujeres con cámaras ocultas en sitios diversos, desde baños públicos hasta lugares de trabajo, y la difusión de las imágenes en internet. Llevaron adelante una campaña exitosa para acabar con la prohibición del aborto. El movimiento «Escapemos del corsé» fue parte de ese despertar, nacido para desafiar la presión de seguir rígidos ideales de belleza. Las mujeres y las niñas que se unieron a esa campaña se cortaron el cabello, destruyeron su maquillaje, se rehusaron a vestir ropa ajustada, incómoda o que deja mucha piel al descubierto, y en cambio optan por algo más cómodo o práctico. Desde entonces, el cabello corto se ha convertido en una especie de declaración política entre muchas jóvenes feministas.

No obstante, la ola de concientización también despertó una fuerte oposición entre los hombres que pensaban –como muchos en el mundo– que las mujeres habían llegado demasiado lejos; muchos incluso acusaron a las feministas de «odiar a los hombres» y exigieron castigarlas.

La reacción llegó a un punto culminante en mayo, cuando integrantes de muchos foros online populares entre los varones comenzaron a escribir «misandria» sobre publicidades con la imagen de los dedos pulgar e índice juntos, un gesto que universalmente indica que algo es pequeño.

Cruzada online

En una campaña que muchos comparan con una caza de brujas macartista, proclamaron que esa imagen debía haber sido creada por feministas con la intención de ridiculizar el tamaño de sus genitales. A pesar de que cualquier complot era una ridiculez, muchas de las empresas e instituciones gubernamentales acusadas –entre ellas, la institución policial nacional y el Ministerio de Defensa – se doblegaron rápidamente, se disculparon por herir los sentimientos de los hombres y retiraron las imágenes de sus carteles. Estas mafias virtuales disfrutaron incluso de algún grado de apoyo político; Lee Jun-Seok, un joven integrante del Partido del Poder del Pueblo, una agrupación de derecha, ganó protagonismo difundiendo la teoría conspirativa del gesto misándrico del dedo y finalmente se convirtió en líder del partido en julio.

Sintiéndose apoyadas por un político poderoso y envalentonados por las disculpas rastreras de las empresas y el gobierno, las mafias virtuales avanzaron hasta su próximo objetivo: la estrella olímpica cuya apariencia no encajaba con su ideal de femineidad tradicional.

«¿Por qué te cortaste el cabello?», le preguntaron a An en sus redes sociales, a lo ella que respondió: «Porque es práctico». La respuesta no fue suficiente. Comenzó una campaña para obligar a An a pedir disculpas por ser feminista, mientras algunos incluso le reclamaban a la Asociación de Arquería que le quitara las medallas doradas a «la que odia a los hombres».

Pero las mujeres siguieron la pelea. Legisladoras, activistas, artistas y miles de mujeres comunes se encolumnaron detrás de An, muchas compartiendo fotos de su cabello corto en las redes sociales como muestra de apoyo. Y mientras el ciberacoso a An proseguía, muchas mujeres en todo el país la vieron obtener una tercera medalla y convertirse así en la primera arquera en la historia de las Olimpíadas en ganar tres medallas doradas en un mismo juego.

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Jueves, 16 Septiembre 2021 05:22

El camino de Damasco

La conversión de San Pablo (Luca Giordano, 1690). Musée des Beaux-Arts de Nancy

Las cosas pequeñas no salvan, pero sostienen. Agarran. Por eso constituyen una garantía de supervivencia y un peligro

 

Como todos sabemos, Paulo de Tarso, San Pablo para los cristianos, se cayó del caballo camino de Damasco y se convirtió así en el verdadero fundador de la Iglesia de Cristo. ¿Pero acaso sabemos cuántos más, antes y después de él, se cayeron en ese mismo tramo del camino? Quizás fueron decenas que no han dejado la menor huella en la memoria. Quizás miles se cayeron, se sacudieron la ropa y reanudaron la marcha, ignorando la llamada de Dios porque preferían acudir a la llamada de la amada, de la taberna o del partido de los domingos. Quizás muchos reemprendían la marcha llevando cautelosamente el caballo de la brida, no fuera que a Dios se le ocurriera llamarlos de nuevo. Quizás todo el mundo sabía que Dios se había instalado precisamente en ese punto del camino de Damasco y por eso algunos elegían una calzada alternativa y los que no tenían más remedio que pasar por allí lo hacían a pie o en un asno lento y plebeyo, para amortiguar la costalada. Quizás había incluso un letrero en la cuneta que advertía del riesgo, como los que hoy en nuestras carreteras indican “curva peligrosa”; y San Pablo lo tomó a sabiendas de lo que hacía, atraído, como era propio de él, por todas las experiencias extremas e irregulares.

La expresión “caída de Damasco” se utiliza para referirse a esa revelación inesperada que parte en dos una vida; al –así llamado– “momento de la verdad” en el que se decide el curso de la existencia. Es lo que, en los aledaños del concepto, los griegos y luego los cristianos denominaron kayros, término traducido a menudo como “oportunidad”; y no deja de ser curioso –o inevitable– que esta idea muy filosófica se la haya apropiado hoy la gestión empresarial para localizar y transmitir a sus soldados el momento “verdadero” en el que, cautivo en las redes del agente de viajes, el cliente decide comprar el producto: la oportunidad, en definitiva, de un negocio. Kayros era para los griegos, frente a Cronos, el tiempo corto, intenso, decisivo, en el que el Destino, por así decirlo, aflojaba la mano; y en el que, por tanto, el Carácter, según la reflexión de Walter Benjamin, se hacía cargo, por unos instantes o por unos días, de la propia experiencia vital. Para los creyentes, digamos, Dios es el Carácter del Mundo que, en el camino de Damasco, deshace el Destino de Saulo y lo reencarrila en un nuevo fatum ya sin retorno o, si se quiere, despojado a partir de ahora de todo Carácter propio. Para los no creyentes, en cambio, lo que los cristianos llaman “revelación” no es más que la manifestación más radical del Carácter frente al acoplamiento rutinario a ese Destino común siempre al trote, sin caídas estrepitosas, que preside las vidas normalas y norbuenas de los seres humanos de a pie: el Carácter, en definitiva, que derriba el caballo llamado Destino. Lo bonito de las hagiografías cristianas es que nos hablan de una época maravillosa en la que la gente se “convertía”; es decir, se sustraía de pronto, en un kayros fulminante, a su destino familiar, social y religioso. La idea misma de “conversión”, expresión de un volteo disruptivo y radical, nos recuerda dos cosas muy importantes: la primera, que es posible e inevitable cambiar; la segunda, que en la vida humana son más frecuentes (¡y no digamos bajo el capitalismo!) los accidentes que los cambios.

En realidad, no es cierto. En realidad cambiamos sin cesar, pero no nos damos cuenta, salvo retrospectivamente, porque los cambios no suelen ser consecuentes a una conversión; incluso los accidentes se incorporan blandamente a una vida cuya monótona continuidad es la centralidad del yo. No nos damos cuenta porque después de afiliarnos a una nueva iglesia o a un nuevo partido –valga decir– nos seguimos reconociendo en el espejo. Quizás en el recuerdo, a los sesenta años, localizamos en nuestro pasado dos o tres “momentos de la verdad” en los que –enseguida reparamos– intervinimos poco o nada o intervinimos de tal modo que, en ese momento crucial, nos parecía estar cediendo más al Destino que imponiendo nuestro Carácter. Frente a la idea de “conversión”, que ilumina un kayros o “momento de la verdad”, las vidas normalas y norbuenas van acumulando decisiones, si se quiere, homeopáticas. Es verdad: en algún sentido muy radicalmente existencialista podríamos decir, sí, que en las vidas normalas y norbuenas cada momento es el momento de la verdad porque cada momento es el momento en el que, contra la náusea y el cansancio, decidimos no cambiar de vida; cada momento es, aún más, el momento de la verdad porque cada momento es el momento en que decidimos no suicidarnos, pues es también el momento en que suena el teléfono móvil, borbotea la olla en el fogón o queda una cerveza en la nevera. Lo que ocurre es que, si cada momento es el momento de la verdad, no hay en puridad ningún momento más verdadero que otro. No hay “momentos de la verdad”. Por muy deprisa que cambien nuestras costumbres y nuestras opiniones (¡y bajo el capitalismo altamente tecnologizado cambian casi cada día!) ninguno de esos cambios, mientras lo vivimos, podemos fecharlo o anclarlo en una experiencia de revelación paulina.

Nuestras vidas, por tanto, se componen de decisiones y transformaciones homeopáticas. La homeopatía es completamente inútil para curar enfermedades, pero provee, frente a la “conversión”, una buena metáfora para describir la normalidad y norbonidad de la existencia humana, y ello en la medida en que invierte el conocido adagio: “a grandes males grandes remedios”. La homeopatía, en efecto, nos sugiere más bien lo contrario, la idea de que a grandes males hay que oponer pequeños o pequeñísimos remedios, los cuales, a veces, como el famoso “recuerdo del agua”, no mantienen ya ninguna relación con el mal original. De hecho, nuestras decisiones homeopáticas discurren casi siempre completamente en paralelo al Destino de cuya entraña surgen. Es lo que en otro tiempo llamábamos “supersticiones” y “neurosis”: dos fenómenos casi indiferenciados que convergen en un gesto diminuto, concreto y reglado, que nos relaja de una tensión estructural, abstracta y gigantesca. Pondré un ejemplo negativo y otro positivo. El negativo: un hombre (o una mujer), abrumado por el paro y la pobreza, privado de todo poder y que acaba de escuchar una noticia realista y apocalíptica sobre el cambio climático, propina con alivio un bastonazo al perro que se acerca a lamerle la rodilla. El positivo: un hombre (o una mujer), abrumado por el paro y la pobreza, privado de todo poder y que acaba de escuchar una noticia realista y apocalíptica sobre el cambio climático, acude a la cama donde duerme su hijo de cuatro años (ahora que precisamente no hace frío) y lo arropa y le ahueca la almohada para protegerlo de todo mal.

Las cosas pequeñas no salvan, pero sostienen. Agarran. Por eso constituyen una garantía de supervivencia y un peligro. Miles de millones de personas haciendo gestos pequeños en paralelo a la Historia que trabaja contra ellos ofrece la imagen más tierna, esperanzadora y preocupante que cabe concebir en un mal momento.

¿Cuáles no lo son? ¿Cuáles no lo han sido? Porque no es ya el Destino sino la Historia la que preside, como un destino, nuestras vidas. Curiosamente, si la vida humana, la normala y la norbuena, está compuesta de decisiones homeopáticas sin “momentos de la verdad”, percibimos la Historia, en cambio, cada vez que bregamos en ella, como compuesta sólo de “momentos de la verdad” a cuya llamada sería irresponsable o criminal no responder. Pero ni la normalidad-norbonidad es puramente reproductiva u homeopática ni la Historia, ya totalmente absorbida en el capitalismo, es el camino de Damasco. Podemos percibir como un peligro la normalidad y norbonidad de los que, derribados del caballo, se sacuden el polvo y reemprenden a pie su monótono avatar. Pero podemos percibir como no menos peligrosa la concepción de la política que considera la Historia un permanente sobresalto de kayros de emergencia, frágiles, apremiantes y finalmente desperdiciados. Es como si no hubiera enlace posible entre la homeopatía humana, sin la cual la vida social no es posible, y la intervención en la Historia, sin la cual la salvación no es posible. Ahora bien, la única solución para la especie es que haya alguno: que el lujo –pues es un gesto innecesario y hermoso– de arropar a un niño cambie, y no sólo sostenga, el mundo y que cada kayros desperdiciado se funda con la vida y no se pierda para siempre.

Pensemos en la política española de la última década.  ¿No nos queda un poco la sensación de que hemos perdido muchas oportunidades por el temor a perder la oportunidad irrepetible en que se decidía nuestro destino? Y esa impaciencia, en la medida en que ha dejado fuera muchos gestos homeopáticos, ¿no ha abierto una “ventana” –aún más que la normalidad del que no atiende la llamada– a la política del enemigo?

Los grandes remedios son también grandes males. Ni siquiera la urgencia del cambio climático debería llevarnos a olvidar esa gran enseñanza del siglo XX. No debemos dar bastonazos al perro; no debemos dejar de arropar al niño.

Por Santiago Alba Rico 15/09/2021

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Martes, 14 Septiembre 2021 06:21

El columpio latinoamericano

El columpio latinoamericano

 

 El geopolítico brasileño José Luis Fiori analiza, en un reciente artículo, los virajes casi permanentes que se instalaron en su país desde la década de 1980, aguzados desde la destitución de Dilma Rousseff en 2015 (https://bit.ly/2YSrwrt). Asegura que Brasil ingresó en una “década perdida” de estancamiento económico pero, sobre todo, de políticas que no tienen norte y naufragan en las contradicciones.

Cuando un país borra en un período lo hecho en el anterior, para volver luego a producir nuevos e intempestivos virajes, entra en una situación de “columpio”, de vaivén que lo lleva de políticas desarrollistas a neoliberales, por ejemplo, que no terminan de fraguar una orientación definida. El desarrollismo entró en crisis en la década de 1980, en todo el continente, para dos décadas después retornar de la mano de gobiernos progresistas a una senda similar al desarrollismo, pero ahora sin industria nacional sino a caballo del extractivismo minero y los monocultivos.

Después de esta camada de gobiernos, entre 2000 y 2015, se retornó a una suerte de liberalización radical, de la mano de gobiernos como los de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro. Sin embargo, la principal característica del período posprogresista es la inestabilidad, la ingobernabilidad y los tumbos o vaivenes que caracterizan el columpiarse como menciona Fiori.

Según Fiori, Argentina es el caso más longevo y paradigmático de este columpio regional: “Después de 1940, Argentina entró en un proceso entrópico de división social y crisis política crónica, ya que no logró unirse en torno a una nueva estrategia de desarrollo, adecuada al contexto geopolítico y económico creado por el fin de la Segunda Guerra Mundial”.

El triunfo de la derecha neoliberal en las elecciones primarias del domingo 12 anticipa una holgada victoria en las legislativas de noviembre, que se plasmará en una suculenta derrota del gobierno. En suma, todo indica que si lo hecho durante una década kirchnerista/progresista (2003-2015) fue deshecho en cuatro años de gobierno de la derecha macrista (2015-2019), ahora volverá a suceder lo mismo pero con intervalos mucho menores.

Brasil entró en ese proceso recién hacia el fin de la dictadura militar, en la década de 1980. En el mencionado artículo, Fiori define este columpiarse como “hacer y deshacer lo mismo docenas de veces, prácticamente sin moverse, o peor aún, moviéndose cada vez más fuera de lugar”. Esta es una de las claves del deterioro de nuestra región, aunque todavía resta ingresar en las causas profundas.

Esa mezcla de estancamiento y retrocesos conduce inevitablemente a la descomposición social y al caos político. Sin embargo, las razones deben encontrarse en un doble empoderamiento: de las clases populares y de la burguesía y las clases medias en las que se sostiene. Ambos sectores han ganado en fortaleza, una vez que el proyecto integrador del desarrollismo por sustitución de importaciones fue quebrado, precisamente, por ese doble tironeo en sentidos contrarios.

La insurrección del 17 de octubre de 1945 en Argentina y la enorme movilización contra la dictadura (por elecciones “Directas Ya”, en 1984) enterraron cualquier proyecto integrador, además, evidentemente, de los virajes imperiales cada vez más agudos y desconcertantes.

Si esta descripción fuera correcta, debemos concluir que estamos en un proceso de declive estratégico inexorable de la región sudamericana y, probablemente, de toda América Latina. O por lo menos de sus principales países.

Además de Argentina y Brasil, Ecuador y Chile ingresaron ya en ese proceso de desorientación. Ecuador por el fallido gobierno de Rafael Correa, incapaz de elegir un sucesor y ahora con un viraje neoliberal radical; Chile porque el levantamiento de octubre de 2019 desbarató el proyecto de la derecha pospinochetista, sin que haya proyectos alternativos viables.

Es posible que Colombia siga pasos similares, en tanto México (creo que el caso más complejo de todos) comenzó a columpiarse luego del ciclo del PRI entre la derecha radical y un progresismo extractivista que no consigue estabilizarse ni presenta nada realmente diferente.

Si tuviera que reducir las razones de esta descomposición social y política en una sola causa (siempre problemático, claro), diría que el modelo extractivo es la causa principal, aunque no excluyente. La cuarta guerra mundial contra los pueblos no puede enfrentarse con los modos tradicionales, ni los electorales ni los que conocen los movimientos sociales.

 

 

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La pequeña tienda de Roxana a la orilla del mar en playa El Zonte, recibe Bitcoin desde esta semana.Víctor Peña

 

El bitcoin entra en vigor esta semana como moneda de curso legal y las reacciones varían tanto como el valor de la divisa digital

 

Estos días los hoteles más caros de la capital de El Salvador, pero también los hoteles boutique para surferos de la costa, se han llenado de jóvenes con acento estadounidense que llegaron para seguir de cerca el aterrizaje de la criptomoneda. Caminan como una secta con camisetas que llevan una B mayúscula de color naranja en el pecho. A veces a la B gigante le sigue la palabra bitcoin y otras la palabra Bukele, conscientes de que gran parte del éxito de la moneda depende de lo que ocurra en el pequeño país centroamericano.

Aunque para muchos expertos Nayib Bukele está jugando al Monopoly con las finanzas públicas, para los entusiastas de la criptomoneda el presidente millenial de 40 años se ha convertido en un referente de valentía y audacia desde que Jack Mallers, creador de Strike, una plataforma de pago de bitcoin, le dio su bendición. Aquel 6 de junio, durante una conferencia en Miami, Mallers —un joven de 27 años con gorra, sudadera de rapero y zapatillas—, lloró ante cientos de personas explicando todas las cosas buenas que la criptomoneda puede hacer por los niños pobres. El momento estrella de la gala llegó cuando, en un mensaje grabado, Nayib Bukele anunció que el bitcoin sería moneda legal mientras el auditorio rompía en aplausos y vivas puestos en pie como si se tratara de un partido de béisbol en el que el bateador acababa de lanzar la pelota fuera del estadio. Pocos días después se aprobó una ley redactada en tres folios que cambia por completo el rumbo económico de uno de los países más pobres del continente.

A tres meses y 5.000 kilómetros de distancia de aquello, Jorge Ovidio Ramírez, de 55 años, vende leche de cabra recién ordeñada en el centro de San Salvador y lo más moderno que tiene a su lado es la sombrilla. Los últimos jóvenes con capucha y playeras de rapero que se acercaron a él trataron de asaltarle. “Ese asunto no es para nosotros los pobres”, dice escéptico. Y remacha: “Nadie regala dinero así como así”. A unos pasos del cabrero, en la calle Arce, Yesenia Ríos vende zapatos: “Yo ni el teléfono sé usar. Es mi hijo el que me enseña. Yo pensaba que esa moneda ya funcionaba en otros países, pero ahora me entero de que somos los primeros en usar eso. A saber en qué se basó ese señor (Bukele) para poner eso”.

El bitcoin, la criptomoneda de mayor valor en el mercado, fue creada en 2009 por Satoshi Nakamoto como un medio de pago. Nakamoto también inventó la tecnología blockchain que sirve de soporte para gestionar las transacciones en bitcoins. La moneda fue diseñada para que sus operaciones sean anónimas y privadas, lo que lo deja fuera del control de los gobiernos.

El Salvador es la probeta perfecta para el experimento. Con unos 6,5 millones de habitantes, el 70% de la población no tiene cuenta bancaria y la primera fuente de ingresos del país son las remesas que reciben de sus familiares en Estados Unidos. Según Bukele, la llegada del bitcoin generará empleo y la inclusión financiera de miles de personas que están fuera de la economía formal. “El bitcoin tiene una capitalización de mercado de 680.000 millones de dólares. Si el 1% fuera invertido en El Salvador incrementaría su PIB en un 25%”, argumentó en Twitter.

La Ley Bitcoin que entró en vigor obliga a cualquier comerciante a aceptar pagos en esta moneda, pero las contradictorias declaraciones del Gobierno han causado confusión. El martes, cuando se lanzó la aplicación, Bukele dio a cada salvadoreño 30 dólares en bitcoins para incentivar su uso y se han distribuido por todo el país 200 cajeros para convertirlos en dólares. Este viernes el bitcoin había bajado y los salvadoreños ya no tenían 30 dólares sino 26, pero si esos mismos salvadoreños hubieran comprado en junio 1.000 dólares en bitcoin hoy tendrían 1.280 dólares.

Entre los expertos hay más dudas que certezas ante el comportamiento de una moneda que sube y baja a gran velocidad en poco tiempo y que es rechazada por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y China, entre otros. La cotización ha caído de 52.000 a 30.000 dólares desde abril y está expuesta a circunstancias tan abstractas como que Elon Musk, fundador de Tesla, expresara sus dudas sobre el dinero virtual para después retractarse. En un país que necesita del oxígeno de los organismos internacionales para sacar adelante sus cuentas públicas, el portazo puede ser el hundimiento definitivo de la economía o el motor que saque a El Salvador del atraso de la mano de un visionario.

En la calle, la decisión de Bukele, el presidente latinoamericano con un índice de popularidad más alto, ha provocado las primeras protestas después de dos años y medio de idilio. Por primera vez los salvadoreños no ven con buenos ojos el camino marcado por su presidente. La semana pasada casi mil personas protestaron contra el bitcoin y tres encuestas confirmaron que la mayoría de los salvadoreños rechazaba la moneda, aunque esperaba que su uso fuera voluntario. Sin embargo, el viejo pastor que vende a un dólar cada vaso de leche recién ordeñada también desconfía: “Dicen que es opcional su uso, pero lo mismo pasó con las vacunas. Al principio eran voluntarias y ahora te la piden para cualquier gestión”, argumenta.

Entre los que ven a Bukele como un pirómano que juega con las cuentas públicas está Steve Hanke, profesor de economía de la universidad Johns Hopkins y exasesor de varios presidentes de Estados Unidos. Según Hanke, que describe a Bukele como un “mentiroso compulsivo”, la aventura del bitcoin “terminará en un completo desastre” y pone como ejemplo el artículo 7 de la Ley Bitcoin que señala que es de obligado cumplimiento. “Después él mismo dice: ‘No se preocupen porque no vamos a hacer cumplir eso realmente’. Entonces él tiene una ley de bitcoins y anuncia que no cumplirá uno de los artículos. Así que todo depende de su interpretación y eso es realmente lo que a nadie le gusta en economía”, explica en entrevista con EL PAÍS.

En la acera de enfrente, Emily Parker, editora jefe de Coindesk, uno de los medios especializados en criptomonedas, defiende que la llegada del bitcoin- observada en la región por varios países que siguen de cerca la medida- “puede ayudar a América Latina donde hay bajos niveles de bancarización así como facilitar el envío de remesas de forma barata y rápida”. Sobre el impacto en la comunidad bitcoin, Parker admite que está dividida. “Por un lado hay personas que creen que es una victoria y un paso importante hacia la globalización de las criptomonedas y, por otro, hay críticos que creen que se viola el espíritu con el que surgió al obligar a su utilización, porque es una moneda descentralizada que ningún gobierno debe controlar”, responde a ese diario.

Tan dividido como los expertos están los usuarios. Tumbada en una hamaca a la entrada de su tienda, Roxana Valles, propietaria de La zonteña, una pequeña tienda de comestibles ubicada en El zonte, a 45 minutos de la capital, pasa la tarde atendiendo vecinos sin separarse de su teléfono. A pocos metros del mostrador rompen unas de las mejores olas del mundo según los surfistas, y también está el primer cajero que hubo en el país que convierte el bitcoin en dólar. “A principios de año compré 900 dólares en bitcoin y a los 26 días había ganado 500 dólares, así que los retiré del cajero y pude invertir en mi tienda, dice señalando una estantería llena de patatas fritas. Tres meses después hice lo mismo. Había ganado 500 dólares y ya había recuperado la inversión. Ahora tengo ya 2.094 dólares ahorrados”, cuenta, y enseña su teléfono. Un día como hoy a las cinco de la tarde ha vendido casi 40 dólares en productos que van de un tomate a unas galletas, y un tercio de los compradores han pagado en bitcoin. “¿Y cuál es la conclusión? Que vendo más que ella”, responde, señalando la tienda de al lado, donde su vecina espera mano sobre mano a que lleguen más clientes. En el tiempo que dura la conversación su moneda virtual ha subido otros 15 céntimos mientras prosigue con las explicaciones desde la hamaca.

San Salvador - 11 sept 2021 - 21:45 CEST

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Panorama de Madrid David F. Sabadell

Hay gente que acepta la posibilidad de estar equivocada, y es más, entienden que los otros también pueden equivocarse. La duda no tiene por qué ser tibieza ni falta de compromiso, si no un espacio fértil para pensar en común.

 

Hay gente que tiene dudas. De verdad, la hay: gente que piensa una cosa y después piensa otra distinta, no por cinismo o conveniencia, sino porque por el camino ha leído nuevos argumentos, escuchado otras voces, debatido consigo misma, se ha dejado un poquito de porosidad en las convicciones para que puedan ser interpeladas, cuestionadas, por la experiencia o la vida.

Hay personas lentas a las que cuesta posicionarse, elegir su casilla en cada debate, su bando en cada contienda, su corriente ideológica en cada Vida de Brian, su trinchera en cada batallita de twitter. No sienten toda la adhesión que debieran por un lado, ni toda la repulsa que deberían sentir hacia el otro. Las frases categóricas se les atragantan y se tropiezan con todo tipo de interrogantes. La velocidad y el estruendo de las coreografías contemporáneas de la dialéctica las deja fuera del baile, saturadas y exhaustas.

Hay quienes, por ejemplo, pueden leer un artículo crítico con la gestión de la pandemia, con el relato, con las vacunas incluso y no escandalizarse, discrepar sin ridiculizar, disentir sin invalidar, hacerse preguntas, incluso aunque entre tanto y tanto, vuelvan los ojos incrédulos al cielo. También quienes siendo ellos mismos muy críticos y cuestionadores de todos los relatos del mundo, pueden entender la pulsión de responsabilidad y cuidado de los otros que empuja a muchos a tomar todas las precauciones y cumplir con todas las medidas, pues la pandemia desborda nuestros conocimientos, y poco mapa más hay que el que viene de las autoridades.

Hay quienes escuchan argumentos sobre la identidad, sin que les salte la alarma de posmodernismo, quienes no padeciendo falta de reconocimiento alguno, entienden las pujas por ser vistas y tenidas en cuenta de a quienes se ha negado la existencia misma, quienes muy conscientes de la desigualdad material no la enarbolan contra debates que consideran menos prioritarios. Tanta gente que sabe que jerarquizarle la lucha a las otras es un privilegio, aún cuando no siempre entienda muy bien sus razones.

También existen quienes leen a otra gente añorar pasado y familia, asumen que haya nostalgia por una cierta estabilidad, y aunque son conscientes de los peligros de retropías y anhelos acríticos de tiempos mejores, no ven muy fértil pasarse el rato al acecho de añoranzas rojipardas para combatirlas con palabras agudas en las redes, pues son nostalgias que no desaparecen solo con cuestionarlas.

Hay gente que tiene poco clara una cosa y la contraria, que chapotea un poco sola entre grises y matices, que no consigue expresar su juicio sobre las cosas en los caracteres de un twitter o en el arco de cinco minutos. También hay quienes meten la pata y ofenden por desconocimiento o ignorancia, que reproducen mierdas estructurales porque han nacido y crecido en una estructura de mierda, y no han tenido el tiempo, o el entorno para hacerse determinadas preguntas. Y sin embargo, cuando llegan las preguntas, no se blindan ante ellas, aunque todas sabemos que a veces duele que nos cuestionen nuestras certezas.

Hay gente que acepta la posibilidad de estar equivocada, y es más, entienden que los otros también pueden equivocarse, que uno o una es mucho más que su error, que la formación de una opinión es un proceso empapado de circunstancias y experiencias, que la construcción de un criterio ha de beber de las ideas, las intuiciones, los argumentos, propios y ajenos, y que la duda no tiene por qué ser tibieza ni falta de compromiso, si no un espacio fértil para pensar en común.

No se trata de dar carta de validez a ideas que desde el poder apuntalan las estructuras de desigualdad y dominio, de otorgar un salvoconducto equidistante a los discursos del odio, ni calificar de opinión o libre expresión a la violenta cantinela que justifica la muerte o la discriminación de los otros. No tiene nada que ver con eso. Tampoco de cánticos ingenuos a la unidad o el consenso, a ponerse de acuerdo por narices. Se trata simplemente de bajar el ritmo y el volumen de conversaciones que a veces parecen presuponer la mala fe del interlocutor. Que descartan la voluntad de escucha o la capacidad de cambiar de opinión como punto de partida.

12 sep 2021 10:53

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Una reivindicación de nuestras raíces

En el Perú estamos atravesando una suerte de "nudo histórico" en el que se encuentran el inicio de un gobierno de cambio, una crisis múltiple (política, social, económica y climática), y la conmemoración del bicentenario de una República que aún no nos incluye a todos. Por eso, no es casualidad que en este último proceso electoral hayan hablado de manera tan explícita sectores que durante siglos fueron silenciados y han clamado por un cambio que no implica solo mayor redistribución o mejores servicios, sino sobre todo reconocimiento y participación.

Se abre entonces un periodo de cambios no solo institucionales sino también culturales. Y la élite que estaba acostumbrada a turnarse en el poder se resiste a dejar atrás la lógica colonial, clasista y racista según la cual decidían por sus súbditos, esos que ahora los miran a los ojos de frente, los desafían y hablan en lenguas que no entienden. Y les incomoda, como les incomoda que haya campesinos, Maitas y Quispes en los ministerios o un profesor rural en el Palacio de Gobierno.

Hablar en quechua o aimara o en alguna lengua amazónica en los espacios de poder es reivindicar nuestras raíces, nuestra historia, reivindicar a nuestros padres o abuelos que fueron duramente discriminados y violentados por vestir como vestían, por hablar en sus lenguas, es reconciliarnos con nuestro pasado, con nosotros mismos, con una parte de nosotros que muchas veces hemos tenido que negar, esconder o de la que nos hemos avergonzado en silencio. Es abrirnos al encuentro y el diálogo con la diversidad de nuestro país, ya no desde jerarquías absurdas sino desde un piso parejo, mirándonos los unos a los otros a los ojos, sin agachar más la cabeza. Es empezar a construir un Perú que nos reconozca y abrace a todas y a todos.

Por Verónika Mendoza

Excandidata presidencial de Perú y política quechuahablante

29/08/2021  

Publicado enInternacional
Viernes, 27 Agosto 2021 06:25

Instituciones depredadoras

Instituciones depredadoras

Aunque estamos habituados al papel devastador de los aparatos armados, legales e ilegales, contra los pueblos y sectores sociales, suele pasar desapercibido el carácter depredador de las instituciones estatales y de las organizaciones de arriba. En no pocas ocasiones, éstas desarticulan a las comunidades en resistencia de modo aún más duradero que la represión violenta.

Algo de esto sucede en el Chile de la revuelta y ahora de la Convención Constituyente. "Aún tenemos izquierda, ciudadanos", titula su último artículo Manuel Cabieses, veterano luchador y periodista, director de la publicación Punto Final hasta su cierre en 2018 y ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Con dolor y rabia alude a la "dispersión del pueblo" y la "desorientación ideológica", ya que sectores importantes de quienes lucharon en la revuelta lanzada en octubre de 2019, fueron subordinados "a la cultura excluyente de la oligarquía" (https://bit.ly/3j7jbrG

Destaca que los dos principales candidatos a la presidencia, Sebastián Sichel, por la derecha, y Gabriel Boric, p).or la izquierda, "son dos caras de la misma moneda", ya que ambos reciben la bendición de la Bolsa de Comercio "en demostración elocuente de confianza del capital financiero en el resultado de las próximas elecciones".

La Lista del Pueblo, que había conseguido 27 asientos en la Constituyente de los 155 en juego, siendo la agrupación que encarnaba a los movimientos nacidos en la revuelta, perdió un tercio de los constituyentes por las disputas internas de poder, maniobras y acuerdos secretos que resultan ser copia y calco de la vieja cultura política.

Una de las renunciantes, la constituyente Claudia Pérez, se alejó de la Lista de Pueblo "debido al hostigamiento, continuas fricciones, malas prácticas, actitudes matonescas y la evidente falta de probidad de algunos dirigentes" (https://bit.ly/3kc4vGW). Se refiere a la denuncia del Centro de Investigación Periodística (Ciper), de casos de corrupción comprobada en los gastos de campaña que llevaron a la expulsión de varios activistas (https://bit.ly/3808DUP).

Medios de izquierda e independientes, como El Clarín y El Ciudadano, están intentando analizar y comprender las razones de la crisis en esta agrupación que aparecía como la vocera natural de los movimientos populares.

Uno de ellos considera que el torrente inicial de la Constituyente se ha ido aquietando hasta convertirse en "un calmado cauce constitucional", en medio del cual aparecen "las maniobras y acuerdos políticos tras bambalinas entre los distintos grupos de convencionales" (https://bit.ly/3j77h0K).

La conclusión del periodista Guillermo Correa es que la energía de este sector se comenzó a volcar hacia las elecciones de noviembre, "en la idea de poder conquistar nuevos espacios de poder en la institucionalidad capitalista que rechazaban con energía y decisión en las calles, asambleas y territorios".

En efecto, el potente movimiento popular chileno se enfrascó primero en la elección de la Asamblea Constituyente, acudiendo a las urnas el 15 y 16 de mayo, pero de inmediato sus energías se volcaron hacia las presidenciales y parlamentarias del 21 de noviembre, que se superponen a la elaboración de una nueva Constitución.

En este proceso, que pretende trasladar la potencia de la calle a las instituciones estatales, se fueron dejando jirones de principios y de rebeldías, que terminaron por desfigurar y debilitar a las organizaciones de base. Peor aún, participando en las instituciones la vieja cultura política se renueva y vigoriza, encarnando en jóvenes y militantes de los sectores populares.

Es necesario aprender de los procesos en curso, ya que se repiten de país en país con notable precisión. El levantamiento de octubre en Ecuador fue tragado por la disputa electoral, situación que puede repetirse en Colombia con las elecciones de 2022, con el agravante de que fue la más profunda y dilatada revuelta de las varias que sacudieron el continente en los últimos años.

Un primer aprendizaje dice que no es posible participar en las instituciones estatales sin practicar la cultura política tradicional. Es profundamente equivocado pensar que, desde esos espacios, se pueda hacer algo diferente a lo ya establecido. Una y otra vez observamos que las mejores voluntades se estrellan en los muros institucionales.

El segundo aprendizaje es que el mayor error consiste en dispersar las organizaciones de base, que son las que generan los grandes eventos y las que pueden darle continuidad a los movimientos. Sin ellas quedan prisioneros de las dinámicas institucionales que los neutralizan.

En algún momento debemos asumir que es preferible crear lo nuevo, que dedicarnos a reformar lo existente. Que no es posible descolonizar el Estado, ni despatriarcalizar el patriarcado; ni democratizar las fuerzas armadas y el Poder Judicial, núcleos duros de las opresiones. Es lo que nos dice la experiencia de las últimas décadas.

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El empresario Baldomero Falcones, nuevo fichaje de Bit2Me.

Baldomero Falcones, ex alto cargo en empresas como el Banco Santander o FCC, ficha por la plataforma Bit2Me para hacer crecer su división de tarjetas de débito

 

 Baldomero Falcones aún no ha invertido ahorros en criptomonedas. Dice que está aprendiendo sobre el tema, pero parece confiar en el crecimiento del sector tanto como en que mañana saldrá el sol. El empresario mallorquín de 75 años ha formado parte durante décadas de la élite económica española desde cargos como el de consejero delegado de la constructora FCC o director general del Banco Santander. Y llegó a ser durante cuatro años presidente mundial del gigante de las tarjetas de crédito Mastercard. Su próxima aventura rompe con esa trayectoria más o menos tradicional: la plataforma española de criptomonedas Bit2Me lo ha fichado como consejero externo para que canalice esos años de experiencia y una agenda bien surtida de contactos hacia el desafío de hacer arrancar a finales de año su segmento de tarjetas de débito.

El objetivo es que cualquiera de sus clientes pueda pagar con criptomonedas en el supermercado o en el bar de la esquina utilizando una tarjeta Mastercard o incluso sacar dinero en el cajero. Falcones, que también forma parte de varios consejos de administración de grandes empresas, ya difunde el evangelio de su nueva casa. “Las criptomonedas son una revolución mayor que las tarjetas de crédito”, asegura por teléfono desde su retiro vacacional en Sotogrande (Cádiz).

En un mundo como el de las criptomonedas, habitualmente asociado a jóvenes ansiosos por poner patas arriba las finanzas tradicionales y arrebatar a los bancos centrales el patrimonio de la emisión del dinero, el perfil de Falcones no es común. Sin embargo, las dificultades regulatorias que afrontan este tipo de firmas, unidas a una cierta desconfianza sobre su uso, hacen que contrataciones como esta puedan servir para ganar legitimidad y abrir puertas. “Baldomero nos ayudará a conectar a Bit2Me con el sistema financiero más tradicional. Principalmente tenemos que llevar de manera exponencial las tarjetas de toda la vida al mundo cripto”, explica Leif Ferreira, fundador y consejero delegado de Bit2Me.

La firma lanzará el 6 de septiembre una ICO (siglas en inglés de Oferta Inicial de Monedas), el equivalente en el universo de las criptomonedas a las OPV bursátiles. Tras captar 2,5 millones de euros de inversores privados en una ronda de financiación previa, el objetivo de Bit2Me al salir al mercado es obtener más recursos distribuyendo su propia criptomoneda, en la que afirman será la mayor operación de este tipo celebrada nunca en España.

La iniciativa llega en un momento dulce para las criptomonedas, con el bitcoin rondando los 50.000 dólares, no muy lejos de sus máximos históricos. Pero las reticencias de los reguladores financieros sobre este tipo de activos no han desaparecido. El Banco de España y la CNMV advirtieron en febrero del “alto riesgo” de las criptomonedas por su complejidad, alta volatilidad, y falta de transparencia. Falcones admite la crítica, pero cree que esos problemas se irán corrigiendo con el tiempo. “Me parece correcta esa advertencia, es lo que tienen que hacer, pero vamos a ir a un mercado más transparente y más regulado. Las criptomonedas tiene una ventaja enorme: tienes la trazabilidad, sabes de dónde viene la inversión, y no siempre será tan inestable”, apunta.

Las entidades financieras tienen en las criptomonedas un claro competidor. Si estas prosperaran, su modelo de negocio puede verse afectado, dado que no se necesitarían intermediarios para hacer transferencias, compras o ventas. Falcones cree que se unirán a la nueva ola para no verse desplazados. “Por lo que he podido hablar con gente de la banca, las entidades tradicionales ya están invirtiendo en el sector de las criptomonedas. Los bancos comerciales y de inversión saben que se tienen que mover, como lo han hecho en otros momentos”, señala.

En su intento por destacar en el todavía incipiente ecosistema español de criptomonedas, Bit2Me no ha dudado en recurrir a golpes de efecto. La mañana del 16 de febrero Madrid amaneció con centenares de carteles repartidos por algunos de sus lugares más emblemáticos. Su lema principal: “La revolución acaba de empezar. Bienvenidos a bitcoin”, parte de una campaña publicitaria para atraer clientes, se vio junto a enclaves de la capital como el Banco de España, las cinco torres del distrito financiero o el Paseo del Prado. Ferreira explica que la idea era “aterrizar el mundo de las criptomonedas a pie de calle, materializar de forma visual que están entre nosotros”.

Baldomero Falcones defiende que siempre hay cierta resistencia a una innovación cuando esta aparece, pero luego se va diluyendo si funciona. “Cuando se introdujo la tarjeta de crédito la gente decía “caray, pagar con un plástico”. Luego se introdujo el pago sin contacto, y hoy estoy viendo pagar con tarjeta incluso cantidades mínimas. Mis hijos no llevan dinero en el bolsillo nunca. Claramente con las criptomonedas va a ser lo mismo: hay una aceptación impresionante como inversión y la habrá como medio de pago”, predice.

Madrid - 25 AGO 2021 - 22:45 COT

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Cambio de «Zeitgeist»: trabajo, ingreso y placer en la nueva normalidad

La pandemia modificó los parámetros del mundo laboral. Mientras miles de jóvenes de los países ricos piensan en abandonar su trabajo o pasar a la hibridez entre las tareas presenciales y remotas, se produce un debate sobre el placer, la tecnología y los ingresos en el capitalismo contemporáneo.

Un fantasma recorre los países centrales: la epidemia de la «gran renuncia». En Estados Unidos, cuatro millones de trabajadores –oficinistas, empleados de comercio, gastronomía y supermercados, trabajadores de transporte y cargas y «esenciales» (médicos, enfermeros, docentes, cuidadores)– presentaron su renuncia en abril de este año. En Reino Unido, hay más de un millón de empleos vacantes que los reclutadores o empleadores no pueden llenar, a pesar de que existen más de dos millones de personas buscando empleo. Además, según el «índice de tendencia laboral» de Microsoft relevado por el Foro Económico Mundial, al menos 40% de la fuerza de trabajo juvenilestá considerando abandonar su empleo o revisar las condiciones para pasar de modo estable al modo híbrido (entre presencial y remoto). Según la misma investigación, los jefes declaran que durante la pandemia han prosperado significativamente, y la brecha con los empleados se ha hecho palpable, evidente, dolorosamente indisimulada.

Los empleadores han realizado tímidos esfuerzos, hasta el momento, para tentar a la demanda a reingresar al empleo formal: se ofrecen bonos de ingreso, aumento de salarios y esquemas híbridos de trabajo (remoto-presencial), pero sin éxito. Asimismo, algunas empresas como LinkedIn y Twitter han brindado beneficios ostentosos a sus empleados, como vacaciones con todo pago o bonos sorpresa, con el objetivo de retener sus talentos. ¿Cómo se llegó hasta aquí?

Los analistas coinciden en señalar que, al irrumpir la pandemia, los sectores medios-bajos se encontraron en la disyuntiva entre pagar personal de cuidado para sus hijos o renunciar al empleo para cuidarlos ellos mismos, lo cual financieramente tuvo mucho más sentido, al tiempo que evitaron la exposición de sí mismos y la familia al virus. Los oficinistas y profesionales, cubriendo largas horas en soledad frente a la computadora, pronto se encontraron cuestionando la relevancia, significatividad y propósito de sus empleos. En gran medida, fueron estos bullshit jobs o «empleos redundantes» los que fueron abandonados por los propios empleados.

Según un estudio de la Universidad de Stanford, uno de los principales factores causales de la gran renuncia fue el maltrato en el lugar de trabajo. Los trabajadores y trabajadoras tomaron la decisión de irse o quedarse según cómo la empresa los trató (o destrató) durante la pandemia. Quienes ya se encontraban al borde de la renuncia fueron empujados al punto de ruptura. Muchas de las empresas reforzaron sus políticas restrictivas y despidieron personal o redujeron salarios, lo que hizo que quienes no fueron afectados por esas medidas renunciaran de todas maneras, al comprobar la hostilidad de la empresa hacia su fuerza de trabajo. Asimismo, muchos de estos empleados –ya acostumbrados a las inversiones en criptomonedas, bonos o acciones– utilizaron su dinero para pasar el tiempo de confinamiento sin trabajar. Impulsados por el boom de las redes sociales y por el tiempo disponible para consumirlas, otros tantos se lanzaron al emprendedorismo, el e-commerce o su pasatiempo como fuente de ingresos.

Esta «economía YOLO» (you only live once, o solo se vive una vez), mezcla de carpe diem con burnout digital, maltrato y culturas empresariales tóxicas, sumada al descreimiento respecto de las instituciones políticas y económicas para responder adecuadamente a la necesidad de seguridad, protección y contención de los individuos, decantaron en lo que el Washington Post denominó «una revisión profunda del trabajo en Estados Unidos» (aunque el fenómeno se evidencia también en otros países centrales). Jack Kelly, periodista de la revista Forbes, fue más allá y lo identificó como un cambio de Zeitgeist [espíritu de la época]. «Ha habido un cambio de humor y un cambio en el Zeitgeist. Hemos aprendido de primera mano lo frágil que es la vida. Muchas personas han reexaminado sus vidas. Se dan cuenta de que tienen un tiempo limitado en este mundo. Esto ha causado una suerte de momento existencial. La gente ha comenzado a reflexionar acerca de qué ha estado haciendo y si desea continuar en el mismo empleo o carrera por los próximos cinco a 25 años. Los resultados de esta introspección claramente muestran que desean hacer un cambio”, asegura.

El trabajo no solo constituye un eje de la economía. Es, también, un ordenador sociopolítico, un mecanismo de control social y una institución que jerarquiza, incluye y expulsa identidades y cuerpos. El trabajo organiza la vida familiar y comunitaria, impacta en las creencias o cosmovisiones y tiene un rol ineludible en la dinámica de la disputa ideológica dentro de la sociedad.

En la nueva normalidad, la ética protestante parece entrar en conflicto con el principio del placer. El constreñimiento al trabajo deja lugar a un inconsciente colectivo que busca el hedonismo para superar un tiempo crítico y de muerte. La lógica del deseo y su satisfacción está vinculada a la pulsión erótica, es decir, a la continuidad de la vida y de la especie: el placer es indisociable de la fecundidad, aun en los casos en que esté mediado por técnicas artificiales. Eso indica, precisamente, la fuerza con que la vitalidad irrumpe y busca los caminos para materializarse, con el esfuerzo y los recursos que sean necesarios. La pulsión erótica, en este sentido, se relaciona con la natalidad, como quería Hannah Arendt. Cada acción humana conlleva el germen de la disrupción, de la introducción de lo inesperado, de lo improbable sucediendo. La natalidad, para Arendt, equivale a la libertad, y esta, a la capacidad creativa y creadora de la especie humana.

Esta gran ola de renuncias, esta Great Resignation, ¿no es acaso una disrupción en las relaciones entre el trabajador y la patronal, la introducción de un repertorio de acción social por fuera de los mecanismos tradicionales de protesta, movilización y sindicalización? ¿No se trata acaso de una innovación en las relaciones sociales, que evade por completo el camino de la lucha y del conflicto y se apropia de los instrumentos que el mismo opresor dispone y de sus propias reglas para aliviar el yugo, mejorar sus condiciones de existencia y compartir (a través de las redes sociales, ni más ni menos) estas historias de éxito, es decir, épicas, con quien quiera oírlas?

Si se corrobora la tesis de que que nos encontramos ante un nuevo escenario de estancamiento secular, como señala Paula Bach, en el que el capitalismo se muestra débil para resurgir de su crisis (como es su modus operandi) y, asimismo, los principales actores económicos y políticos reconocen esta falencia –un dato no menor–, la puesta en crisis de la relación entre el trabajo, el ingreso y el uso del tiempo es ineludible. Por un lado, están quienes sostienen que, en el futuro cercano, simplemente no habrá empleo para todos: la automatización reemplazará más empleos de los que se crearán («algunos empleos no volverán», advierten los asesores de Joe Biden). Pero hay corrientes teóricas de la automatización que aseguran lo contrario. Es decir, que este escenario no se verificará y que la fuerza laboral humana seguirá siendo esencial para que el capital pueda reproducirse.

Como sea, la idealización de la tecnología, junto con demandas como la renta básica universal, el Green New Deal [Nuevo Pacto Verde] global o la semana laboral de cuatro días, apunta a un horizonte reformista de la institución del trabajo. Las relaciones de producción quedarían intactas, desde luego, pero sería un escenario optimista –progresista– para la fuerza de trabajo. Asimismo, el boom de las inversiones financieras durante la pandemia llevó a muchos trabajadores a incrementar sus ahorros, haciendo su vida cada vez más holgada e independiente del «de 9 a 5». Esto presenta para muchos una arista excitante y estimula la especulación con las criptomonedas y los mercados.

En otras palabras, el divorcio entre la economía real y el mercado financiero va en aumento. Los comunes, los «plebeyos», han encontrado ahora la forma de volverse masivamente hacia los ingresos pasivos, la «economía de la pasión» (emprendedores, oficios, artesanos, profesionales independientes que trabajan como freelancers o consultores), el autoempleo o una mezcla de ellos. Así, la gig economy o economía de pequeños encargos –de empleados flexibilizados, precarizados y explotados– muestra su contracara en la independencia personal inherente al sueño americano (self-made) y su desafío abierto a los patrones corporativos abusivos, de maltrato y avaros. La trayectoria de la ambición yuppie retratada en la vieja película Secretaria ejecutiva, con la meritocracia y el rascacielos como dispositivos de ascenso social, tiene 40 años después su desenlace en el éxodo de los oficinistas al campo, donde redescubren su amor por las gallinas, las huertas y la comunidad.

En síntesis, el mercado laboral de las economías centrales tiene dos fugas: las renuncias masivas y el mercado financiero. Es en esta lenta sangría del capitalismo donde podemos ubicar una causa poderosa del estancamiento secular.

Junto con la creciente desmaterialización, digitalización y abstracción de la economía (pensemos en las billeteras digitales, las criptomonedas o los vales no fungibles), aumenta, asimismo, la brecha de acceso a la inclusión financiera. Los sectores medios de las economías centrales ya están dando ese salto, gracias a su proximidad a los catalizadores, resortes y explicadores del proceso.

Para las economías periféricas como las de América Latina, este escenario profundiza la disyuntiva en que la región se encuentra actualmente, acelerada por la «nueva normalidad», dado que las inversiones escasean y las economías centrales se encuentran enfocadas en resolver sus propias dificultades, absorbiendo los flujos de capital y los cargamentos de vacunas en la misma medida. Observemos que, mientras Elon Musk y Richard Branson fogonean la nueva carrera espacial, buscando quizás reactivar la economía pero, más importante aún, ensayando la misión de colonizar un nuevo territorio donde exiliar a la especie (o al 1% de ella), Bill Gates decide invertir en activos reales, ni más ni menos que la tierra cultivable de Estados Unidos. Resulta llamativo que el milmillonario decida invertir en aquello que se anuncia que está por extinguirse. En los tres casos, de todas maneras, la inversión permanece en el circuito de la economía central, sin posibilidad de derrame o inclusión alguna.

Frente a este escenario centrípeto de los flujos de riqueza, las periferias tienen al menos dos alternativas claras. Una es asumir un mayor endeudamiento, como proveedores de mano de obra ultrabarata remota (outsourcing) y doméstica (inmigrantes), receptores del dumping medioambiental (cerdos, salmones, minería) y alimento para buitres financieros. La otra es dar un salto análogo al de los tigres asiáticos, invirtiendo en educación financiera, premiando la audacia política y ejercitando la disciplina colectiva.

Estas naciones, sin dudas, deberán pelear por ingresar al Green New Deal global y adquirir todos los derechos sociales, ambientales y políticos del Primer Mundo (que, de otro modo, solo serán privilegios).

El punto en que convergen, tal vez, todos los discursos es el punto final impuesto por el trabajador al explotador, pero no como se lo imaginaban los marxistas. La opción por la salida hacia una fuente de ingresos alternativa, benigna y soberana, cuando es masiva, resulta en una especie de revolución silenciosa, un salto de conciencia más parecido a un despertar místico que a las milicias de Sierra Maestra.

Paradójicamente, este salto fue habilitado por el propio capital en su búsqueda insaciable de incrementar las ganancias mediante instrumentos derivativos y digitales. Con la desmaterialización del dinero llega la desmaterialización del empleo, en formato remoto primero, como ingreso autónomo después, y finalmente pasivo. ¿La meta? Restaurar el placer, aquello que el capitalismo llama «calidad de vida». Pasar más tiempo con los seres queridos, disfrutar del ocio, consumir calidad, compartir experiencias, desarrollar talentos y proyectos creativos.

La revolución, por tanto, también se ha desmaterializado y desterritorializado. La lucha por la independencia, la soberanía nacional o la democracia popular ha dado paso al combate por el placer, entendido como bienestar integral del individuo y su comunidad.  El plot twist de la especie que vuelve al origen cuando se siente amenazada. Recupera su instinto y no se disculpa, no se cuestiona, no se resiste; simplemente obedece a un recurso ancestral implantado en su memoria antes que el chip: la supervivencia. 

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La amenaza fantasma Inteligencia artificial y derechos laborales

Más allá de los discursos sobre el «gran reemplazo» del trabajo humano por las máquinas, lo cierto es que la inteligencia artificial está cambiando las formas de trabajar. Los algoritmos son las nuevas «cajas negras», y los recursos de la organización del trabajo son hoy inseparables de los medios de vigilancia. Abrir y regular esas cajas negras es fundamental para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial.

¿Es una certeza que en el futuro los robots podrán realizar todas o algunas tareas mejor que los seres humanos? Hoy, solo algunas funciones del trabajo pueden ser mecánicamente automatizadas. Desde la creación de la primera máquina capaz de emular la figura humana hasta las advertencias de John F. Kennedy en 1960, cuando describió la automatización como una «oscura amenaza», el mundo se mostró maravillado con la organización científica del trabajo y reservaba sus temores a la posibilidad de que el autómata –generalmente representado en la ciencia ficción como un único individuo– se rebelara contra su creador.

El impacto actual del desarrollo de la inteligencia artificial está ligado a las reformas neoliberales, que implican descentralización productiva, precariedad laboral y una distribución desigual tanto de la fuerza como de los frutos del trabajo. Más allá de los debates en torno del desempleo tecnológico, el discurso agorero del fin del trabajo, verdadero o falso, pierde de vista el impacto real que la inteligencia artificial tiene sobre las condiciones de trabajo y los derechos laborales involucrados. ¿Existe un lazo inseparable entre la inteligencia artificial y la robótica? La inteligencia artificial era una deriva de la ciencia ficción hasta hace apenas 15 años. El ritmo de desarrollo de la automatización de la organización del trabajo estuvo determinado, hasta entrada la década de 1990, por los avances y el perfeccionamiento de máquinas físicas integradas al proceso de producción. La industria automotriz –estandarte de la organización del trabajo en el siglo xx– incorporó rápidamente los brazos mecánicos en el armado y ensamblaje de automóviles1. Este desarrollo se ralentizó cuando las máquinas no resultaron eficientes para ejecutar la motricidad fina de la que solo son capaces los seres humanos. Aún hoy, en el marcador de la motricidad fina, la biología gana el partido por goleada contra la artificialidad cuando no hay mecánica que pueda reproducir la multifuncionalidad de una rodilla para subir una escalera. Por el contrario, si bien en los últimos años la motricidad robótica encontró obstáculos en su desarrollo, la inteligencia artificial creció sin límites y de manera exponencial. Conocemos los límites de la robótica, pero no los del aprendizaje artificial. ¿Cuál es la frontera de la capacidad de procesamiento artificial y cuáles son los alcances de la creatividad humana? ¿Cuán fundado es el miedo a su competencia? ¿Cuáles son las perspectivas de la colaboración entre ellas?

Comúnmente, los expertos presentan el problema del reemplazo de las capacidades humanas por la automatización como un pastiche en el que inteligencia artificial y robots son siempre ingredientes integrados. El tardocapitalismo podría abastecerse de «recursos de recursos»2, es decir, de recursos producidos por los mismos recursos –humanos y tecnológicos– para llevar a cabo una serie de operaciones que van desde la logística del comercio internacional hasta el cuidado. Solo que, como sostiene Silvia Federici, los trabajos de cuidado podrían ser la última actividad humana en ser reemplazada por la automatización3. Por otro lado, el difundido concepto del centauro inverso, introducido por teóricos de la automatización a partir de la famosa partida de ajedrez entre el robot Deep Blue y Garri Kaspárov, consiste en que sean los robots los que usen a los humanos como complemento: el ser humano como asistente. La máquina en el centro, la persona en los márgenes. Esto ocurre actualmente en el campo virtual. En la nube digital, las personas trabajan realizando microtareas mal pagas –como identificar imágenes con escaleras– para ser los ojos de la máquina, que se desenvuelve eficientemente realizando tareas cognitivas pero no puede ver y reconocer patrones a la vez.

La amenaza fantasma

Así como los primeros autómatas solo emulaban la figura humana y los usos de la mecánica robótica –sin imitación– se desarrollaron de manera eficiente, el concepto de inteligencia artificial más coloquialmente difundido es el de la imitación de la cognición humana, pero su desarrollo más ambicioso –no imitativo– es el de resolver problemas, alcanzar soluciones o realizar tareas. Si la tecnología es capaz de problematizar el concepto de inteligencia, por qué no habría de socavar el de trabajo. Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y creador y promotor del concepto de «cuarta revolución industrial» en 2016, es incapaz de precisar las propiedades de la inteligencia artificial. Por el contrario, se limita a destacar los logros más recientes y los avances más atractivos del cómputo4. Desde entonces, el tardocapitalismo convino en llamar revolución a un nuevo ecosistema global motorizado por una tecnología disruptiva que aún no logró conceptualizar. En ese contexto, la pregunta por la producción y el trabajo aparece omitida detrás de los caracteres aparentemente revolucionarios de las facilidades y soluciones que ofrecen los productos tecnológicos de última generación5.Los analistas neoliberales más avezados comienzan por aceptar la inexorabilidad tanto del cambio tecnológico como del reemplazo de humanos por máquinas6. La inteligencia artificial es solo un ingrediente más del proceso irrefrenable hacia el fin del trabajo humano. El discurso hegemónico del «sálvese quien pueda», que insta a los jóvenes a adaptarse a la incertidumbre, suele asentarse a veces en el anecdotario de los casos de éxito, en la reorganización de los modelos educativos o en la desregulación laboral, pero siempre, siempre, en la amenaza del reemplazo. La maravilla de la técnica se convierte en amenaza. Ante la certeza de que el cambio tecnológico ha implicado la fragmentación de los mercados de trabajo y un aumento de la precariedad laboral, la amenaza se condensa7.

Por cada noticia que destaca anécdotas sobre los avances de la mecánica para imitar tareas humanas, hay cientos de miles de horas en YouTube de robots haciendo el ridículo. Todavía hoy, algunos divulgadores continúan rezando que «47% de los empleos será reemplazado por robots o computadoras inteligentes»8. La frase erróneamente atribuida a Carl Benedikt Frey y Michael Osborne aún resuena como un mantra en universidades y fábricas9. Es curioso que los padres de la cuarta revolución industrial omitan mayores indagaciones sobre el trabajo y la producción, o las presenten como preguntas exclusivas de la etapa más reciente del desarrollo técnico. Porque antes del solucionismo tecnológico que omite la pregunta por la producción y el trabajo existió otro señalamiento muy distinto. La inexorabilidad de la automatización del trabajo no siempre estuvo asociada a la del reemplazo de humanos por máquinas. Durante una conferencia sindical de la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (afl-cio, por sus siglas en inglés), en 1960, John F. Kennedy advertía por primera vez sobre las ventajas y peligros de lo que definió como «la revolución de la automatización», entre los que se encontraba «la oscura amenaza de la desarticulación industrial, el aumento del desempleo y la profundización de la pobreza». Y agregaba que «el avance de la automatización ya amenaza con destruir miles de puestos de trabajo y acabar con plantas enteras. Pero este no es el producto inevitable del avance de la tecnología»10. Solo el contraste del enfoque de Kennedy con las prioridades del Foro Económico Mundial puede explicar que esta cita pasara inadvertida. Es curioso que la infraestructura que no se utiliza para alcanzar el pleno empleo o su adecuada distribución sí sea capaz de alcanzar para producir todas las máquinas necesarias para reemplazar el empleo que aún existe. La mejor limpiadora automática de piso controlada por inteligencia artificial del mercado cuesta alrededor de 750 dólares. Esto equivale a 350 horas de trabajo de una empleada doméstica registrada en Argentina. Aun suponiendo que la limpiadora automática de piso –que solo puede limpiar eso, el piso– realiza su función de manera satisfactoria, se encuentra a años luz de las capacidades y la multiplicidad de tareas que puede desempeñar una trabajadora de casa particular. Mientras que una empleada doméstica11 puede limpiar toda tu casa, cuidar a tus hijos y hasta llamar a una ambulancia si un adulto mayor tiene una descompensación, la limpiadora automática de piso continuará haciendo eso que hace, que no es otra cosa que limpiar pisos. La familia siquiera considerará si el costo marginal cero, propio de la transformación tecnológica, se aplica a su economía doméstica. El costo marginal se incrementa a medida que se replica la producción de un bien. La tecnología, en especial la digital, permite reducir a cero los costos marginales. Pero, por el contrario, para cubrir la necesidad de cuidar a un adulto mayor bajo las reglas útiles del reemplazo de robots por humanos, la familia deberá comprar un smartwatchwearable con un sensor Spo2 incorporado, que costará en Argentina otros 400 dólares, e integrarlo a un sistema de servicios de salud que procese sus datos en tiempo real. Quizás no exista una cobertura de salud que ofrezca este servicio por menos de otros 1.000 dólares mensuales12. Aun ante la probable expansión global del 5g y la internet de las cosas, la digitalidad continuará expandiéndose de manera exponencial exhibiendo sus costos marginales cero, y la robótica permanecerá estancada, dejando detrás su fantasmal amenaza.

Más acá del desempleo tecnológico

Más allá de las imágenes de un futuro próximo catastrófico o de la potencialidad teórica de la automatización, a la hora de evaluar la evidencia sobre el desempleo tecnológico, la idea de que los humanos podrían ser sustituidos por robots pertenece todavía al campo de la ciencia ficción13. El impacto del cambio tecnológico no se reduce ni debe limitarse a un mero cálculo contable entre los empleos que se crean y los que se destruyen, sino que nos informa sobre los modos de organización del trabajo y sus regulaciones14. La incorporación de paquetes digitales de monitoreo de tareas para garantizar el just in time del siglo xxi –la videovigilancia de los espacios de trabajo, el gps en las aplicaciones de entrega a domicilio, los sistemas biométricos para la identificación de perfiles en línea o el uso de artefactos wearable que se integran a los cuerpos humanos– queda empequeñecida ante el poder transformador de los sistemas de procesamiento de datos para la organización del trabajo. La gestión algorítmica consiste en el uso de recursos informáticos y digitales de supervisión para la administración y dirección del trabajo. A través del aprendizaje artificial o por medio del uso de la interfaz de usuarios, la gestión algorítmica implica un conjunto de utilidades que sirven en primer término para producir datos sobre el trabajo que requiere la prestación de un servicio o la producción de manufacturas; también para adquirir esos datos, ya sean tareas, imágenes, patrones, conversaciones, distancias o valores de cualquier clase; o para procesar esos datos para la elaboración de informes de perfiles o reportes de todo tipo; y completando el ciclo, para tomar decisiones y dar instrucciones sobre las tareas laborales, seleccionar personal o descartarlo, entre otros múltiples usos. Suele subestimarse el hecho de que todas estas dimensiones de uso de la gestión algorítmica impactan actualmente sobre las condiciones de trabajo15. El desarrollo de la inteligencia artificial tensiona potencialmente las capacidades humanas, pero también acecha en la actualidad a una serie de derechos laborales, y lo hace de manera concreta, sin necesidad de recurrir a Isaac Asimov, a la serie Black Mirror o a los libros de Andrés Oppenheimer. Algunos de los derechos involucrados requieren de refuerzos y actualizaciones, pero también podrían ser necesarios nuevos derechos y nuevas políticas. La capacidad de vigilancia y dirección de la inteligencia artificial traspasa los límites de la privacidad, puede incurrir en discriminaciones aberrantes, no reconoce la apelación humana, afecta la salud, corroe la libertad de asociación sindical y desplaza las garantías de protección social. Estas barreras son traspasadas para asegurar la gestión más eficiente posible del tiempo, de las acciones humanas y su valor, es decir, del trabajo. Una organización científica –y computarizada– del trabajo.

En América Latina, las leyes laborales usualmente contemplan la minimización de la vigilancia sobre las personas trabajadoras, imponiendo el deber de informar sobre los medios de control utilizados16. Sin embargo, la ley argentina, por ejemplo, solo ordena la minimización de los controles personales «destinados a la protección de los bienes del empleador» y establece que los controles a mujeres pueden ser realizados únicamente «por personas de su mismo sexo»17. La falta de actualidad de la norma es hilarante. Esta redacción corresponde a una era en la cual las formas de vigilancia en el trabajo se reducían al cacheo o al fichaje de ingreso y salida. El reloj a la vista de todos –que funcionaba como metrónomo de las tareas– no podía ser considerado un medio de control, y menos aún uno muy invasivo. ¡Solo era un reloj! Actualmente, los recursos para la organización del trabajo se encuentran fundidos con los medios de vigilancia. La plataforma Rappi, por ejemplo, recoge la ubicación de los repartidores, entre otros datos, para «tramitar las órdenes más cercanas a su ubicación (...) aun cuando la aplicación se encuentre cerrada o no esté en uso», a la vez que reconoce la utilización de esos datos «para identificar comportamientos atípicos» de los trabajadores y trabajadoras18. Las plataformas disponen de sistemas de monitoreo que violentan la privacidad de quienes trabajan en ellas, pero estos sistemas no tienen como objetivo proteger los bienes de las empresas, sino optimizar el trabajo humano. Por ejemplo, aws Panorama (Amazon, Inc.) es un paquete de software y dispositivos de aprendizaje automático que interpreta imágenes de video y permite chequear remotamente la calidad de un producto, reconocer faltantes en una góndola o hacer vibrar el celular de un trabajador de almacén si este se desvía del curso asignado por la inteligencia artificial. Va de suyo que para alimentar de datos a la inteligencia artificial se requiere de dispositivos que detecten al detalle los movimientos de cada persona trabajadora. ¿Acaso podemos ignorar que si la voz puede ser captada por los dispositivos móviles, y estos devolver en tiempo real una publicidad sobre nuestra conversación, las compañías se privarían de utilizar esta tecnología para optimizar un servicio monitoreando el contenido de las conversaciones de un telemarketer, una agente de ventas o un chofer?

Los métodos algorítmicos para medir con precisión la productividad humana no solamente implican un riesgo para la intimidad de quienes trabajan, sino que son la «caja negra» de la organización del trabajo en el siglo xxi. Detrás de los peligros futuros del desempleo tecnológico o la falta de capacitación de los trabajadores que aún conservan su empleo, hay una maquinaria informática en funcionamiento que las compañías no van a transparentar de manera voluntaria, aunque esté impactando hoy mismo en las condiciones de trabajo de las personas. En la industria, empresas como Coca Cola, Johnson & Johnson y Shell utilizan Ignition, un software de supervisión, control y adquisición de datos tipo scada19, que permite gestionar procesos industriales de manera remota «cerrando la brecha entre producción y tecnologías de la información». Estas plataformas administran los procesos industriales de punta a punta y, por supuesto, incluyen la posibilidad de calendarizar cada microtarea que deben desempeñar los operarios, quienes a la vez están integrados a brazos mecánicos conectados a internet, rampas que se deslizan al ritmo de la inteligencia artificial o motores que emiten la exacta cantidad de gas que les prescribe un algoritmo. Cuando se trata de optimizar comportamientos de trabajadores que reciben órdenes a través de su teléfono celular, los artefactos wearable que pueden medir la frecuencia cardíaca o las distancias recorridas se vuelven inútiles. En el caso de los repartidores de plataformas de venta y entrega de productos, la caja negra tiene otras preocupaciones. Por ejemplo, la mayoría de estas plataformas, como Uber o Rappi, utiliza sistemas de análisis del comportamiento como el cohort analysis, que sirve para estudiar el desempeño de consumidores organizados por grupos y predecir las posibilidades de retener a un determinado cliente según, por ejemplo, el rating promedio que los choferes le asignaron. El mismo modelo se utiliza para predecir qué choferes dejarán de conectarse a la aplicación y en qué momento comenzará a mermar su productividad, o su tasa de aceptación de viajes. El concurso de horas de trabajo o modelo de franjas horarias o slots funciona de manera similar. Si el repartidor o repartidora cancela un pedido o resigna trabajar durante las horas por las cuales concursó en el calendario de la aplicación, entrará en el grupo de repartidores que no podrán acceder al slot de horas del día siguiente. De igual manera, el modelo de análisis de datos que permite conocer cuál es el camino que eligen los consumidores desde que abren la aplicación hasta que concertan la compra de un producto a través de una plataforma sirve para saber cuál es el porcentaje de repartidores que abren la aplicación y alcanzan a completar un pedido o, por el contrario, cuándo y por qué no lo completan. Este modelo de análisis se denomina por embudos o funnel analysis20. No es tan complejo: los métodos para predecir el comportamiento de los prosumidores y optimizar las ventas sirven también para diseñar las aplicaciones e incentivar a los repartidores a tomar más pedidos, asignar viajes a los choferes más productivos o desalentar a los menos, justo antes de que estos empiecen a bajar su productividad. Las implicancias de la gestión algorítmica en las condiciones de trabajo podrían clasificarse según los criterios para obtener datos o según la aplicación y uso de estos.
(a) Se necesita una cantidad de datos para alimentar las bases que luego puedan ser procesados.
(b) Las instrucciones del algoritmo sirven para impartir órdenes (soluciones). Entonces, la extracción de datos usualmente requiere de dispositivos que puedan recabarlos y clasificarlos, los cuales potencialmente ponen en riesgo el derecho a la privacidad de quienes trabajan. Son ejemplos de esta posible y probable afectación de derechos los dispositivos que monitorean el estado de salud de las personas, los que levantan datos de actividades ajenas al trabajo, como la navegación en redes sociales, los que miden el tiempo en que se desarrolla una tarea, los que miden la distribución horaria del trabajo, los que permiten tomar fotografías, leer mails o chats o capturar incumplimientos, demoras, etc. Por otro lado, las instrucciones provistas por los algoritmos permiten asignar tareas a quienes son más productivos, administrar premios y castigos para retener a algunos perfiles de trabajadores, desalentar a otros o seleccionar a quienes el modelo presume menos costosos21. Este aspecto de la gestión algorítmica implica una potencial afectación del derecho de toda persona a no ser discriminada. Mientras la caja negra siga siendo oscura, debemos presumir que el error de cálculo, la calificación desestandarizada, el uso de datos no inclusivos, las evaluaciones arbitrarias y la discriminación racial y de género serán criterios más que excepciones en el diseño algorítmico aplicado al trabajo22. Las normas laborales prohíben la imposición de restricciones religiosas, políticas, gremiales, de residencia o de género en las ofertas de empleo. Sin embargo, estas leyes quedaron muy por detrás de las nuevas formas de selección de personal, que raras veces utilizan avisos para dar con los perfiles buscados. Nuevamente, la falta de transparencia sobre los criterios utilizados, que actualmente se sirven de diversas herramientas tecnológicas, podría encubrir abusos sistemáticos en la selección de personal. En 2018, Amazon debió cambiar su sistema de selección de personal cuando la agencia Reuters probó que el algoritmo aprendió a elegir preferentemente a mayor cantidad de hombres y penalizaba a los perfiles que en su ficha contenían el dato «mujer». En diciembre de 2020, el departamento de ética de inteligencia artificial de Google estalló por los aires cuando la experta en algoritmos Timnit Gebru fue despedida del equipo tras publicar un artículo en el que cuestionaba la inescrutabilidad de los sesgos algorítmicos. La falta de transparencia en la gestión digital también se evidencia en otro derecho laboral clásico: el que permite cuestionar, apelar o impugnar una sanción disciplinaria. Es imposible cuestionar el sesgo de aquello que no puede ser conocido ni explicado.

¿Hay un factor de baja de la productividad más relevante que el de las redes sociales? El tensiómetro de la gestión algorítmica escala a niveles dramáticos con relación a la administración de la atención de las personas trabajadoras. Al mismo tiempo que las compañías utilizan dispositivos para determinar si las teletrabajadoras desvían su concentración, las redes sociales compiten por su atención –compitiendo entonces con el tiempo de trabajo– hasta impactar gravemente en la salud mental. Esta competencia no es explícita. Los equipos y las plataformas de gestión del trabajo a distancia suelen contener funciones de bloqueo de las redes sociales, mientras que estas no disponen de funciones que permitan a los usuarios suspender voluntariamente el ingreso de mensajes y notificaciones. Es entonces cuando la gestión de la atención en el trabajo –presa de la supervisión permanente y la competencia– depende exclusivamente de la capacidad de las personas trabajadoras de sobreponerse a estas circunstancias opresivas.

Por supuesto que cualquiera es libre de tirar el celular por el inodoro. Pero no es tan sencillo. Las órdenes de trabajo pueden llegar en cualquier momento del día y la noche, traspasando los límites de la jornada habitual. En ocasiones, la gestión algorítmica admite el uso de recursos técnicos para desmovilizar a sindicatos en formación o identificar a activistas sindicales –como es el caso de Rappi con la Asociación de Personal de Plataformas de Argentina– o para la evaluación de áreas o nodos de las compañías más susceptibles de ser sindicalizadas.

Contra todo pronóstico, aún existen caminos por recorrer. En la conferencia antes citada, Kennedy planteó: «debemos dejar claro que la instalación de nuevos procesos y nuevas máquinas es propiamente un tema de la negociación colectiva. Ha pasado el tiempo en que los empleadores podían hacer valer la prerrogativa de la acción unilateral en un asunto tan vital para el bienestar de sus empleados». Resulta que el tiempo de la acción unilateral de los empleadores en un asunto tan vital como la inteligencia artificial no ha pasado, pero podría. Para hacer esto realidad, las negociaciones colectivas y las regulaciones deberían incorporar el derecho a la desconexión digital; el derecho a la información y transparencia sobre los criterios algorítmicos por actividad; la publicación de algoritmos utilizados en actividades de alto riesgo; la formación laboral en programación y la formación de programadores en derechos sociales y de género; la soberanía del tiempo de trabajo como alternativa a la flexibilización horaria; el uso de datos inclusivos en el diseño de inteligencia artificial; el derecho a la impugnación de decisiones disciplinarias tomadas mediante inteligencia artificial; la obligación de colocar la marca o sello de inteligencia artificial en los productos o servicios producidos con esa tecnología para revalorizar el trabajo intelectual humano; la prohibición de sistemas de bloqueo de medios de comunicación digital; y la salarización del aumento de la productividad tecnológica23, entre otras iniciativas que alienten el desarrollo tecnológico basado en trabajo de calidad. Para evitar el ludismo silencioso que implica la competencia humana con la inteligencia artificial desregulada, deberíamos poder superar la ignominia que encarna el algoritmo, haciéndolo público. Para el caso de que la propiedad intelectual corporativa prevalezca24, los gobiernos y sindicatos deberían, cuanto menos, poder conocerlo para regularlo.

Regular la caja negra

No todo es distopía o utopía. Existen respuestas reales y muy actuales. A fines de abril de 2021, la Comisión Europea envió un proyecto al Parlamento de la Unión en el que se considera el uso de la inteligencia artificial en la administración del trabajo como un sistema de «alto riesgo» y se ordena a los proveedores corregir los modelos algorítmicos que no se adecúen a los protocolos de respeto por los derechos. Según sus definiciones, la categoría de «alto riesgo» se describe como el paso anterior a la de «riesgo inaceptable». Poco después, el gobierno español aprobó una ley que, además de presumir el carácter asalariado de la actividad de los riders (repartidores), ordena a las empresas abrir la caja negra e informar a los sindicatos sobre la composición de «los algoritmos o sistemas de inteligencia artificial» que impactan en las condiciones de trabajo25.Las corporaciones comienzan a reformular sus discursos a medida que emergen regulaciones que buscan develar la composición de los algoritmos que organizan el trabajo, transparentar los procesos o reconocer la laboralidad de los vínculos de los trabajadores y trabajadoras de plataformas con las corporaciones tecnológicas. Anabel Díaz, programadora de inteligencia artificial y directora general de Uber Technologies Inc. en Europa, Oriente Medio y África, argumentó que estas leyes se basan en una suerte de mitosobre «ese concepto difuso de que hay una máquina que nadie sabe bien cómo funciona, que toma las decisiones» y sobre «un miedo atroz de que hay algo que va a tomar el control sobre nuestras vidas y no es más que una ayuda»26. Cuando emergen regulaciones sobre la gestión algorítmica, la inteligencia artificial reaparece nuevamente como un mito, pero ahora como un concepto vago, incomprendido o incomprensible, y en definitiva inocuo. La inteligencia artificial se nos presenta a la vez como una amenaza inexorable –del fin del trabajo– y como mito inofensivo, como una caja negra vacía. Una amenaza fantasmal acechante por la que nadie debería preocuparse ni un poco. ¿En qué quedamos?

Más y mejor trabajo

Si nos enfocamos en el problema de la subclasificación de trabajos –como el de las empresas de plataformas digitales, de servicios o la industria que, como reseñamos, es el eje de la precariedad laboral y de las condiciones de trabajo–, el discurso mainstream de la destrucción neta de puestos de trabajo se desvanece. Entre las ocho empresas privadas que más personas emplean en el mundo se encuentran Amazon (comercio electrónico y servicios de computación en la nube) y Accenture (servicios tecnológicos y externalización). Comercio electrónico, servicios tecnológicos y tercerización son mercados de grandes empleadores que a la vez configuran un ecosistema de ruptura o disociación entre el trabajo humano y los derechos laborales y sociales. Asoma el debate por el modelo rentístico y desregulado de la infraestructura digital global27. Mientras esa infraestructura se sirva de máquinas e inteligencia artificial para producir valor, el esfuerzo de los gobiernos progresistas, de los sindicatos y de las empresas debería concentrarse en reasociar, directa o indirectamente, el crecimiento de la productividad tecnológica con el aumento de las protecciones sociales, y en orientar los recursos a la creación de puestos de trabajo de calidad en la economía de reducción del impacto ambiental y de los cuidados. Poner a las personas en el centro y la técnica a su servicio es el camino posible hacia un nuevo acuerdo laboral y social de desarrollo tecnológico, y recuperar lo dicho en el Tratado de Versalles, que dio lugar a la creación de la Organización Internacional del Trabajo, cuando no se avizoraban los beneficios y desafíos de la inteligencia artificial: aspirar a «un régimen del trabajo realmente humano»28.

Nota del autor: este artículo fue elaborado con la asistencia de herramientas artificiales de redacción, corrección y traducción.

  • 1.

Enrique de la Garza Toledo y Marcela Hernández Romo (coords.): Configuraciones productivas y laborales en la tercera generación de la industria automotriz terminal en México, UAM, Ciudad de México, 2018.

  • 2.

Esta denominación se utiliza para referir la forma circular en que la propuesta de la inteligencia artificial inscribe en el sistema de producción su propia lógica homotecnooperativa.

  • 3.
  1. Federici: Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Traficantes de Sueños, Madrid, 2013.
  • 4.
  1. Schwab: La cuarta revolución industrial, Debate, Buenos Aires, 2017.
  • 5.

Evgeny Morozov: La locura del solucionismo tecnológico, Katz, Buenos Aires, 2016.

  • 6.

Eduardo Levy Yeyati: Después del trabajo, Sudamericana, Buenos Aires, 2018.

  • 7.

Organización Internacional del Trabajo (OIT): «Non-Standard Employment around the World: Understanding Challenges, Shaping Prospects», OIT, Ginebra, 2016.

  • 8.

Andrés Oppenheimer: ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización, Penguin Random House, Ciudad de México, 2018.

  • 9.

«Will A Robot Really Take Your Job?» en The Economist, 6/2019.

  • 10.

J.F. Kennedy: «Remarks of Senator JFK at the AFL-CIO Convention, Grand Rapids, Michigan, June 7 1960» en JFK Presidential Library and Museum, jfklibrary.org.

  • 11.

Mercedes D’Alessandro: «Los cuidados, un sector económico estratégico. Medición del aporte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al Producto Interno Bruto», Ministerio de Economía de Argentina, 2020.

  • 12.

Costo de referencia de cobertura familiar de salud según Organización de Servicios Directos Empresarios, plan 510 (junio de 2020). La cobertura no incluye el monitoreo remoto en tiempo real del estado de salud de los beneficiarios.

  • 13.

Uta Dirksen: «Trabajo del futuro y futuro del trabajo» en Nueva Sociedad No 279, 1-2/2019, disponible en www.nuso.org.

  • 14.

Laura Perelman: «El futuro del trabajo ya llegó: ¿qué hacemos con él?» en Nueva Sociedad edición digital, 8/2020, www.nuso.org.

  • 15.

Valerio De Stefano: «Masters and Servers: Collective Labor Rights and Private Government in the Contemporary World of Work» en International Journal of Comparative Labour and Industrial Relations vol. 36 No 4, 2020.

  • 16.

OIT: «Protección de los datos personales de los trabajadores», Ginebra, 1997.

  • 17.

Régimen de contrato de trabajo, ley 20.744 (t.o.), art. 70.

  • 18.

«Política de tratamiento de datos personales (política de privacidad)», Rappi, Inc., Bogotá, 2021.

  • 19.

Acrónimo de Supervisory Control and Data Acquisition.

  • 20.

Yipeng Jiang, Fang Liu, Qing Yan y Zhengxiang Ke: «An Improved Method for Orderly Funnel Analysis of Massive User Behavior Data», trabajo presentado en la Conferencia Internacional sobre Infraestructura de Red y Contenido Digital (IC-NIDC), 2018.

  • 21.

Valerio De Stefano: «Algorithmic Management and Collective Bargaining», European Trade Union Institute, Bruselas, 2021.

  • 22.

Rob Matheson: «Identifying Artificial Intelligence ‘Blind Spots’», MIT, 24/1/2019.

  • 23.

Diego Schleser, Matías Maito y Jorge Trovato: «Agenda de los trabajadores y trabajadoras para la productividad», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 24.

Sofía Scasserra y Leonardo Fabián Sai: «La cuestión de los datos. Plusvalía de vida, bienes comunes y Estados inteligentes», análisis, Fundación Friedrich Ebert, Buenos Aires, 2020, disponible en library.fes.de.

  • 25.

Real Decreto-Ley 9/2021, BOE No 113, S. I, p. 56733.

  • 26.

María Fernández: «Uber, contra la ley de ‘riders’» en El País, 30/5/2021.

  • 27.

Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

  • 28.

Tratado de Versalles (1919), parte XIII, sección I; Alain Supiot (dir.): Au-delà de l’emploi. Les voies d’une vraie réforme du droit du travail, Flammarion, París, 2016.

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