Un manifestante sostiene un títere con la cara del presidente ruso Vladimir Putin durante una protesta contra la invasión rusa de Ucrania frente a la embajada rusa en Sofía el 9 de mayo de 2022. — AFP

La apuesta de Finlandia y Suecia para incorporarse a la Alianza Atlántica cambia el horizonte de seguridad en el norte de Europa y el Ártico y aleja un poco más la posibilidad de negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania.

 

La apuesta de Finlandia y Suecia para incorporarse a la OTAN cambia el horizonte de seguridad en el norte de Europa y el Ártico, augura una impredecible presión rusa sobre el Báltico y aleja un poco más la posibilidad de negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania. Los desafíos geoestratégicos y geoeconómicos que está generando la invasión rusa de su vecino del sur han abierto una nueva etapa de desconfianza, armamentismo y riesgo de ampliación del actual conflicto hacia Europa, y abre una insalvable grieta entre Occidente y Rusia que marcará de forma muy peligrosa la década actual.

Rusia ha fracasado a la hora de frenar los avances de la OTAN hacia sus fronteras, una de las razones de su invasión de Ucrania, y se ha enfangado en un conflicto que puede durar mucho más tiempo del calculado inicialmente por el Kremlin. La reducción del suministro de gas ruso hacia Europa que se está concretando estos días tensa más esa cuerda, añade incertidumbres mayores a la situación geopolítica y asegura graves problemas en la Unión Europea hasta que se encuentre una fuente de suministro de hidrocarburos que sustituya a Rusia, pero sobre todo ahonda la brecha con Moscú y asegura el retorno inexorable hacia una Guerra Fría con focos muy calientes en el viejo continente.

El mensaje de Finlandia de sumarse "cuanto antes" al Tratado del Atlántico Norte lanzado por su presidente, Sauli Niinistö, y su primera ministra, Sanna Marin, y el respaldo a la adhesión de un informe oficial del Parlamento sueco desbaratan la idea de que la OTAN es una reliquia de otros tiempos. También queda claro, con la amenaza rusa de tomar "medidas de represalia" y dar "una respuesta de carácter técnico militar", que Moscú esta dispuesto a mantener su dureza en el teatro de seguridad europeo. El envite finés y sueco no está desprovisto de obstáculos y ya el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha adelantado que su país no ve con agrado esa adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, debido al refugio que esos dos países han dado tradicionalmente a milicianos kurdos. Turquía es el país de la OTAN más afín a Rusia, lo que añade más sombras a las intenciones de los escandinavos.

A las nuevas incorporaciones a la OTAN se une el toque de clarines en Bruselas para coordinar el "rearme" de Europa y su coordinación en todos los frentes. No es suficiente la OTAN, liderada por Estados Unidos, y ahora los grandes de Europa, es decir, Alemania y Francia, que reclaman su poder de decisión en el tema militar, obviando el inevitable golpe económico que supondrá esta reorganización de la defensa común para la UE en unos momentos de gran debilidad tras la pandemia de la covid y con la amenaza ya concretada de no recibir los hidrocarburos rusos. Energía que en estos precisos momentos no será posible sustituir a corto plazo y quizá tampoco a medio, por mucho que Estados Unidos se muestre tan solícito en vender a Europa su gas licuado, producto del fracking, una técnica de extracción muy agresiva con el medio ambiente.

El último paso en la 'guerra de la energía', paralela a la guerra en el campo de batalla y en la que Europa está en primera línea de fuego, lo ha dado Rusia con el anuncio del corte del gas que llega a Europa por Polonia a través del gasoducto Yamal Europe. Esta decisión es un contragolpe contra las sanciones europeas sobre Rusia y se ha producido después de que Ucrania decidiera también esta semana detener el flujo de gas por un paso del este del país que está en territorio controlado por los rusos.

El anuncio al respecto realizado por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pretende presionar a Europa para que no reduzca el envío de armas a Ucrania y es una respuesta airada a los tímidos intentos de Alemania y Francia para recuperar la mesa de las negociaciones. Con Rusia afianzada en el este del país, el Gobierno de Kíev no parece tener muchas expectativas de que un acuerdo de paz no pase por la división de facto de Ucrania y la pérdida, no solo del Donbás y Crimea, sino de buena parte de su costa oriental.

Sin embargo, el hecho de que Alemania esté ya sintiendo la caída del flujo de gas ruso y la perspectiva de que los depósitos de este combustible queden vacíos antes del próximo invierno (como ocurrirá también en Polonia y Bulgaria), no será un buen aliciente para prolongar la guerra con armas pesadas alemanas destinadas al ejército ucraniano, y más bien podría respaldar la posición de quienes defienden la necesidad de acudir a las negociaciones y detener cuanto antes el conflicto.

El consejero delegado de la empresa española Repsol, Josu Jon Imaz, lo ha dicho en Bilbao en un encuentro empresarial: en estos momentos "no se pueden sustituir los 150.000 millones de metros cúbicos de gas que Europa recibe de Rusia". Imaz ha dejado claro que un 40% de ese combustible no será cubierto en los próximos tiempos. La guerra del gas ya está servida, no solo para Alemania y otros países centroeuropeos que dependen directamente de los hidrocarburos, sino para todo el continente, pues suministradores como Argelia se están moviendo para atender otras necesidades, no solo las españolas. Por eso son imprescindibles las negociaciones, para detener la masacre humana en Ucrania y para impedir el colapso económico (y también social, por ende) en los próximos meses en toda Europa. Las cifras son claras: en 2021, el 45% del gas que consumió Europa era ruso y sustituirlo no es cuestión de dos días.

Washington, principal adversario de Moscú

El peso del retorno al diálogo no está, sin embargo, en manos de Berlín o París. Es Washington el principal adversario de Moscú y el Kremlin no aceptará a otro en la mesa de las negociaciones. Y Estados Unidos, con su presidente Joe Biden al frente, no ha cejado en su apuesta incondicional por Ucrania, por su importancia estratégica y por los negocios pendientes en este país. Por ello, Estados Unidos ya ha comprometido cerca de 40.000 millones de dólares en armas y ayuda a Ucrania, un monto que supera las aportaciones federales para la lucha global contra el cambio climático.

La eventual unión a la OTAN de Finlandia a Suecia no tiene para Rusia el nivel de amenaza que suponían una Ucrania y una transcaucásica Georgia dentro de la Alianza, pero es, aún así, un notable motivo de preocupación que podría llevar al despliegue de armamento nuclear ruso en torno al mar Báltico como contrapeso a la nueva ampliación atlántica y la instalación probable de sistemas antimisiles en los territorios de los nuevos miembros.

Y no solo está la seguridad del Báltico en juego. Rusia lleva apostando muchos años por la activación del comercio a través de los pasos libres de hielo del océano Glacial Ártico en cooperación directa con China, que ve en ese corredor un atajo para abastecer los mercados europeos con su tecnología y productos. Hasta ahora la hegemonía en el Ártico era rusa, pero una posible adhesión de Finlandia y Suecia cambia las cosas en la región. El deshielo en el Ártico, con la reducción progresiva de la banquisa polar por el calentamiento global, ha permitido abrir nuevas vía de navegación, como la llamada Ruta Marítima del Norte (NSR, en sus siglas en inglés) que manejan China y Rusia. También ha llevado a Moscú a tejer una nueva estrategia de seguridad en el área, con el despliegue de sistemas de misiles, radares, aeropuertos y puertos en toda su costa norte. Además, se cree que en el Ártico hay unas reservas de 90.000 millones de barriles de petróleo y de siete billones de metros cúbicos de gas natural. Más de la mitad de esos yacimientos de petróleo y casi la totalidad de las reservas de gas están en territorio ruso.

Ni Rusia ni China permitirán que una OTAN ampliada hacia el norte suponga el mínimo riesgo para un comercio que ambos países consideran de vital importancia. El trasiego del gas ruso podrá ser redireccionado hacia Asia con el tiempo, una vez Europa vaya adquiriendo su deseada independencia energética de Moscú, pero el tráfico comercial de China hacia Occidente no podrá pararse y pasa también por territorio ruso, por tierra o por la costa ártica. En este sentido, es un error pensar que van a perdurar en el tiempo las predominantes opiniones que hoy día en el seno de la UE y en Washington apuestan por arrinconar a Rusia y convertir a este país en un estado paria. Como ha vuelto a señalar al respecto el presidente francés, Enmanuel Macron, sobre unas eventuales negociaciones, la paz "no se hará con la negación ni con la exclusión de nadie".

13/05/2022 23:35

Por Juan Antonio Sanz

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La invasión de Ucrania, crisis no sólo de energía sino de supervivencia

El gas no es sólo energía, es estrategia, política y diplomacia. Y también, en el futuro inmediato, pura supervivencia de nuestra economía.

La  guerra paralela a la que hay sobre el terreno. Nos daremos cuenta cada vez más más de ello, y más ahora que la batalla por el gas ruso está llegando al corazón del asunto, mientras se interrumpe el suministro (fuente: Reuters) del  gasoducto Yamal (uno de los tres directos a Europa), con una alerta preventiva de Alemania y Austria, y con el Kremlin aplazando, de momento, los pagos de sus materias primas en rublos. Putin avanza y retrocede en la campaña militar, pero también en el frente del gas, para poner a prueba la dependencia de los europeos.

Las perspectivas para europeos e italianos son, con todo, poco tranquilizadoras.

No es posible sustituir de la noche a la mañana el gas ruso, que cubre el 38% de todas las importaciones (unos 28.000-29.000 millones de metros cúbicos de un total de 76.000 millones de metros cúbicos de consumo anual). Según algunas estimaciones (Nomisma Energia) – a pesar de las contramarchas y de un poco de gas licuado norteamericano – podría faltar en última instancia, ya durante el verano, una cuota de entre 10 y 12 mil millones de metros cúbicos. En el próximo invierno, una vez quemadas las reservas, se perfila el racionamiento.

Se entiende bien, con estas cifras, la importancia de la llamada telefónica de ayer entre Draghi y Putin. Estratégica para nosotros, pero también para Moscú. Desde que Putin ha invadido Ucrania, Europa ha gastado más de 17.000 millones de euros en comprar gas, petróleo y carbón a Rusia.

Alemania e Italia son especialmente dependientes del gas ruso, y en 2021 han gastado respectivamente 14.000 y 10.000 millones de euros. La batalla del gas en nuestro país se desarrolla en dos frentes. Uno, en Ucrania, una tragedia, a ojos vista de todos, que comenzó, primero  subterránea y luego cada vez más abiertamente, a lo largo de las rutas de los gasoductos, y acompañada por la expansión de la OTAN hacia el Este. Otro, en Libia -un teatro que nadie quiere mencionar- tiene un aspecto casi de comedia, con una tragedia, real, que se quiere mantener oculta.

El lado libio de la comedia es principalmente italiano. Draghi se reunió con Erdogan en la OTAN y no pronunció ni una palabra sobre Libia, donde se disputan el poder dos primeros ministros, Daibaba y Bashaga.

Nadie se atreve a preguntar: ¿qué está pasando en Libia? Como si no fuera éste el país del oleoducto Greenstream y de los pozos del ENI [Ente Nazionale Idrocarburi, la mayor empresa petrolera italiana, originariamente pública]. Y sin embargo, Libia -donde los huidos de la diáspora africana han desaparecido de los medios de comunicación, pese a que siguen sufriendo una violencia inaudita en la más completa  impunidad- sería nuestro surtidor de gasolina y energía debajo de casa. El condicional es obligatorio: el Greenstream, en funcionamiento desde 2004, tiene una capacidad de 30.000 millones de metros cúbicos, cuando esté a pleno rendimiento, pero hoy desempeña un papel casi insignificante en nuestros suministros.

De Libia preferimos no hablar, porque la han perdido dos veces nuestros estrategas. Una vez, en 2011, con las incursiones decididas por Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, a las que se unió Italia bajo bandera de la OTAN. La segunda, en 2019, cuando -con Trípoli bajo asedio de Haftar- la defensa del gobierno de Sarraj, que nos había pedido una modesta ayuda, se dejó en manos de la Turquía de Erdogan. Así que nadie ha invertido más en Libia, que tiene muchas más reservas de gas que Argelia, por poner un ejemplo.

El otro frente de gas es como descubrir el Mediterráneo. ¿Hacía falta una guerra para saber que Europa dependía de Moscú? La atroz  iniciativa de Putin ha convulsionado Ucrania, pero también ha dejado fuera de juego a Europa, que obtiene de Rusia entre el 40 y el 50% de su gas. Ahora son los Estados Unidos los que nos venderán gas con precios superiores a los de los rusos, un 20% más de media.

El caso del Nord Stream 2 es emblemático de cómo entran en conflicto los intereses norteamericanos y europeos. No se trata sólo de una cuestión económica, sino estratégica. Fuertemente deseado por la ex canciller Angela Merkel, el Nord Stream 2 era la verdadera palanca política y económica que disuadía a Putin de llevar a cabo acciones insensatas como la guerra. Muchos no lo habían entendido porque atribuían al gas ruso un valor solamente económico: tenía, por el contrario, un enorme valor político para mantener a Moscú enganchado  a Europa.

Con Merkel fuera de escena, los Estados Unidos se han encontrado con el campo libre. La guardiana de Putin y del gas ya no estaba, y los norteamericanos han comprendido que el presidente ruso se había vuelto más peligroso, pero también más vulnerable. Durante dos meses, los Estados Unidos han advertido de la invasión de Ucrania, porque sabían que, oponiéndose al Nord Stream 2, como han hecho, se abría una brecha en el corazón del continente. Los gasoductos han sido el cordón umbilical que unía a Moscú con Europa, nuestra dependencia daba a Putin una sensación de seguridad, el instrumento para condicionar a los europeos y hacerlos más flexibles e interesados en la suerte de Rusia.

Cuando Moscú ha comprendido que, con el débil canciller Scholz, el Nord Stream 2 no sería algo seguro, empezó a amenazar a Ucrania, a la que rusos y alemanes habían pagado previamente para que no protestara demasiado por la construcción del gasoducto, tan temido por Polonia, en tanto en cuanto lo veía como instrumento de expansión de la influencia de Putin. Además, los norteamericanos ya habían puesto a Merkel contra las cuerdas, obligándola a comprar incluso gas licuado norteamericano, del que Berlín no tenía entonces necesidad alguna,  ya que ni siquiera disponía de regasificadores.

Y así con la guerra, estamos en rendición de cuentas. Europa tendrá que pagar más por su cuota de la OTAN, comprando evidentemente más armas y aviones de combate norteamericanos, y también más gas estadounidense. Todo en beneficio de las corporaciones y del complejo militar-industrial. Esta es la receta de Biden, tentado de prolongar un conflicto que desgasta a Putin y llena las arcas norteamericanas. Un mundo perfecto para «exportar» una vez más la democracia.

16/04/2022

Por Alberto Negri, prestigioso periodista italiano, ha sido investigador del Istituto per gli Studi degli Affari Internazionali y, entre 1987 y 2017, enviado especial y corresponsal de guerra para el diario económico Il Sole 24 Ore en Oriente Medio, África, Asia Central y los Balcanes. En 2007 recibió el premio Maria Grazia Cutuli de periodismo internacional y en 2015 el premio Colombe per la Pace. Su último libro publicado es “Il musulmano errante. Storia degli alauiti e dei misteri” del Medio Oriente, galardonado con el Premio Capalbio.

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EU y la OTAN calientan frontera colombo-venezolana

Cambian las administraciones de republicanos y demócratas en la Casa Blanca, pero las estrategias de tensión y desestabilización sistemática del Estado profundo (la estructura secreta que se sitúa por encima de las apariencias democráticas y a espaldas de la opinión pública estadunidense) contra países considerados "enemigos" de Washington, permanecen. Una constante en las últimas dos décadas han sido las políticas de "cambio de régimen" contra Venezuela. Objetivo: el petróleo. Y eliminar un modelo político alternativo a la dominación estadunidense en América Latina y el Caribe.

En la coyuntura, siguiendo el esquema del conflicto ucraniano en Europa, la administración demócrata de Joe Biden continúa la política de su antecesor, el republicano Donald Trump, utilizando a Colombia como plataforma para la agresión a Venezuela. Desde finales de 2021, Wa­shington ha venido utilizando al gobierno cipayo de Iván Duque, en la activación de líneas de tensión en la frontera del río Arauca entre Colombia y Venezuela, importante región geopolítica y geoestratégica por ser acceso a reservas de petróleo y gas, agua dulce, minerales, biodiversidad y otros recursos naturales.

La sucesión de hechos violentos provocados por grupos armados no estatales colombianos infiltrados en el Estado venezolano de Apure, fronterizo con el departamento de Arauca, Colombia, busca atraer al gobierno de Nicolás Maduro a una guerra similar a la que la OTAN ha estado provocando en la frontera entre Rusia y Ucrania. Al respecto, no se puede ocultar la profunda relación existente entre el gobierno del uribista Iván Duque con los grupos narcoparamilitares Los Rastrojos, Los Urabeños, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y Águilas Negras −bajo supervisión de la DEA y del embajador de EU, Philip Goldberg, quien desestabilizó a la ex Yugoslavia en 1999 y fue expulsado de Bolivia en 2008 por conspirar contra el gobierno de Evo Morales−, parecida a la que sostiene el presidente ucranio, Volodymir Zelensky, con grupos paramilitares neonazis.

En 2013, el entonces presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, suscribió un acuerdo con la OTAN como "socio global" (o “extra OTAN), erigiendo al país sudamericano en un caballo de Troya regional de esa fuerza militar multinacional comandada por Estados Unidos, que se atribuye al derecho de intervenir en cualquier parte del mundo.

En enero pasado, el ministro de Defensa venezolano, general Vladimir Padrino López, denunció la proyección latinoamericana de la OTAN, con Colombia y su red de bases militares como "peón", y la presencia cada vez más resuelta de medios castrenses y navales de la alianza atlántica en el "área de influencia" de Venezuela. Padrino se refería no sólo al acuerdo entre Colombia y la OTAN, sino también al segundo entrenamiento conjunto entre militares de Brasil y Estados Unidos, en el marco de la iniciativa CORE (siglas en inglés de Operaciones Combinadas y Ejercicios de Rotación), firmada en octubre de 2020 para "aumentar la interoperabilidad" entre sus ejércitos.

Las recientes revelaciones sobre las maniobras militares del Ejército argentino en 2019, para una invasión a Venezuela bajo el mando del Comando Sur del Pentágono, vienen a demostrar que Trump y su trío de sicópatas: John Bolton, Mike Pompeo y Elliot Abrams, estuvieron a punto de generar un conflicto bélico en el corazón de América del Sur. En esa coyuntura, tras la fabricación del títere Juan Guaidó como "presidente encargado" de Venezuela (reconocido por el entonces presidente argentino, Mauricio Macri) y en el marco de una campaña de intoxicación mediática propagandística, típica de la guerra híbrida y/o de cuarta generación −que empleó recursos diplomáticos, militares, de inteligencia y económico-financieros−, Wa­shington, con apoyo de la OTAN y el Grupo de Lima, intentó derrocar al gobierno legítimo de Maduro mediante un fracasado golpe de Estado que sería seguido por una "intervención humanitaria" de algunos ejércitos del área. Una maniobra imperial para tercerizar la guerra, donde la tarea del Ejército argentino era garantizar la seguridad de un "corredor humanitario" en la frontera de Colombia y Venezuela, mientras su homólogo brasileño cubriría el corredor desde las ciudades de Boa Vista y Pacaraima, en el estado de Roraima, fronterizo con Venezuela.

Como parte de la actual estrategia de tensión, no es ajeno a Washington el foro anticomunista organizado el pasado fin de semana en Bogotá, por el ultraderechista partido español Vox, con participación de sectores conservadores de varios países del área y disidentes cubanos y venezolanos. Como tampoco lo son los encuentros patrocinados por la red de lobbies ultracapitalistas Atlas Network (Red Atlas), que apoya a los presidentes Duque, de Colombia, y Guillermo Lasso, de Ecuador, así como a la Fundación Internacional para la Libertad, del escritor Mario Vargas Llosa, y la Fundación Friedrich Naumann de Alemania.

Esos encuentros son utilizados por los círculos de la inteligencia estadunidense para fabricar y potenciar operadores mediáticos que sirven a sus campañas de desestabilización contra Venezuela, Cuba, Bolivia, México y Nicaragua. A manera de ejemplo, está el caso de Agustín Antonetti, joven argentino de 21 años, promovido por la Red Atlas en varios medios regionales (Infobae, CNN Radio Argentina, el diario fujimorista Expreso, de Perú) y nombrado la personalidad del año de la Fundación Libertad, ligada a Macri, quien ha tenido un peso importante en las campañas en Twitter contra el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, con la etiqueta #AMLOVeteYa; contra el gobierno cubano con #SOSCuba y #15NCuba ; antes y durante el golpe de estado contra el ex presidente de Bolivia Evo Morales con #EvoDictador) y el actual Luis Arce #SOSBolivia.

En ese contexto, Estados Unidos busca reposicionar la narrativa de Venezuela como "Estado fallido", y utilizando al narcotráfico colombiano como punta de lanza, generar un conflicto multiforme en el eje fronterizo colombo-venezolano, que justifique la presencia de la OTAN con la difusa doctrina de la Responsabilidad de Proteger (R2P).

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Lunes, 31 Enero 2022 07:48

2022, en catalejo

2022, en catalejo

Sin otra novedad que la tendencia a la agudización del conflicto que enfrenta a las grandes potencias, inclinadas hacia una colusión directa, las tendencias políticas, económicas, sociales, militares, en el orden nacional e internacional al comienzo del 2022, son continuidad de las dominantes al cierre del 2021. Difícilmente podría ser de otra manera, pues el cambio de calenda es algo que no corresponde a la geopolítica global y sí a fenómenos astronómicos, en este caso la traslación de la Tierra alrededor del Sol.

Las más relevantes de esas tendencias corresponden, para el caso nacional, a la agenda electoral que marca el primer semestre del año. Por primera vez en la historia del país este queda dibujado en tres alianzas, clara imagen de la sociedad que somos, dejando a un lado la típica y facilista confrontación reducida a dos, ricos y pobres, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, derecha–izquierda, lo que permite visualizar la complejidad de nuestro tejido social, a la par de lo dinámica que es la política.

Estamos en un escenario electoral que por primera vez, también, marca un giro en la posibilidad del voto, lo que despierta una peligrosa sensación triunfalista en una de las alianzas, que –de no ser ratificada en las urnas– puede llevar a una debacle anímica en amplios sectores progresistas de la sociedad. “Nada peor que un guayabo electoral”, dijo hace años un dirigente de uno de los partidos tradicionales. Prepararse para ese escenario, con total conciencia, es parte de la responsabilidad que le cabe a la dirigencia de izquierda que hace parte de esa alianza.

A la par, se presenta la dinámica que lleva la economía, el encarecimiento de los productos básicos de la canasta familiar, los signos inflacionarios con sus variados impactos, el mayor empobrecimiento de millones de familias, la constante de la concentración de la riqueza y, para protegerla, junto con el poder, el autoritarismo y sus manifestaciones de constante violencia en contra de los liderazgos sociales, que se acentuará en la medida que se acerque la hora del sufragio.

De manera subterránea, aunque no tanto –y esto como una particularidad de la coyuntura electoral–, se realza el manejo direccionado de la política gubernamental para favorecer la continuidad en el poder de sus afines y, en contraparte, la resistencia de sus opuestos para menguar esa instrumentalización de dineros y otros recursos, manifiesto ello en las constantes denuncias de corrupción, favorecimiento de los ‘amigos’ a la hora de la contratación pública, y otros particulares.


Más allá

Fuera de nuestras fronteras persiste, en primera instancia en América Latina, la disputa entre continuidad y cambio, favorecida por la elección de gobiernos que se dicen no neoliberales aunque en la práctica poco logren romper con tal herencia. Extractivismo, direccionamiento de los movimientos sociales, endeudamiento creciente, alineamiento con Estados Unidos vs. China y Rusia, también son parte de esas constantes.


Las tensiones derivadas de allí despiertan denuncias de parte del bloque dominado por los Estados Unidos sobre la negación del modelo democrático liberal por parte de países salidos de su orbita, como Cuba, Nicaragua, Venezuela. El autoritarismo manifiesto en estos países no es distinto del también reinante en países como Colombia, Chile, Honduras, con tendencia a ser dominante también en Ecuador, Guatemala y otros países de esta parte del mundo. Una disputa del régimen político que solo puede ser resuelta de manera favorable para las mayorías por parte de los sectores alternativos, con autonomía de cualquiera de los imperios y con la puesta en marcha de proyectos soberanos en todos los renglones de la economía y de la vida diaria.

En otras latitudes, la confrontación entre imperios no ceja. El control del Pacífico, en particular es uno de los signos de esa realidad; también Rusia vs. Estados Unidos y sus aliados, asociados en la Otan, en un afán por encerrar al país euro-asiático y así dificultar el crecimiento de su poderío regional y más allá del mismo. La perla de esta realidad, además de la disputa creciente alrededor de Ucrania, se extiende al asunto del gas y los obstáculos para que el país de Putin vea retrasado hasta el máximo posible la puesta en flujo del gasoducto Nord Stream 2. Una renegociación de este proyecto seguramente será el resultado de las tensiones que hoy se destacan.

Este inmenso proyecto, con efectos notables en el poder que Rusia pueda tener sobre Europa, en tanto sea el factor fundamental para abastecerla mucho más allá del 40 por ciento con que hoy la surte, en esta ocasión a través de Bielorrusia, Polonia, Ucrania y el Mar Negro, tiene luz propia. La confrontación entre imperios que afecta a esta región es clara y no es casual. Por ahora, la población europea, con notable impacto en España, por ejemplo, paga a través de las crecientes tarifas del gas los coletazos de esta realidad, además de los efectos de políticas privatizadoras de este sector de los servicios públicos.

El incremento de la militarización en el mundo, así como el armamentismo de colosal poder, junto con la colisión por el control del espacio estelar, son otras de las manifestaciones reinantes, con la conformación de polos de países que recuerdan la antesala de las grandes confrontaciones armadas que marcaron el siglo XX.

La constante de la cuarta revolución industrial, con sus manifestaciones en variedad de campos que han propiciado que distintas multinacionales concentren hoy más poder que muchos países, también es parte de la disputa interimperial. En verdad, esos inmensos conglomerados, a pesar del peso del capital privado, son caballos de Troya de cada una de las potencias que hoy chocan.

Sin dar tregua –mientras la ciencia todavía no logra diseñar un biológico que en verdad pueda llamarse vacuna–, el covid-19 sigue afectando la vida de miles de millones de seres humanos en todo el planeta. Validos de esa realidad, desde instancias multilaterales, desde multinacionales de la farmacia, así como desde la mayoría de los gobiernos de los países que integran Naciones Unidas, se ponen en práctica mecanismos de control social cada vez más autoritarios y violadores de los derechos humanos. Son todo ello una clara tendencia a excluir, aislar, criminalizar y sancionar de diferentes modos a quienes no se someten al modelo imperante para enfrentar el virus que domina por doquier, y con ella el avance hacia la sociedad del apartheid.

Aunque las evidencias invitan a replantear el modelo impuesto por doquier para superar el virus, se persiste en su imposición. Entrando al tercer año de pandemia, y tras dos, tres vacunas, y anunciando en algunos países la cuarta, los ritmos de contagio por cientos de miles no se detienen. Los vacunados, que se suponía que estaban inmunes, padecen nuevos contagios, y también contagian. A la par, otras formas de valorar la pandemia y de afrontarla son negadas, aisladas, sancionadas, desconocidas. En el filo queda el cuestionamiento a una ciencia que ahora no se rige por principios básicos, como ensayo y error, sino que se asume como verdad impuesta desde el poder del capital, ¡y punto! De manera desconcertante, cuanto menos cómoda e irresponsable, en sus tendencias más reconocidas la izquierda guarda silencio ante esta realidad o, para mayor sorpresa, la apoya fervientemente, siendo más cientificista que la propia derecha.

Como epílogo de lo resumido en este editorial, el factor determinante que alimenta la disputa cada vez más abierta entre imperios, así como demás elementos retomados aquí, tenemos la continuidad de una crisis sistémica que marca el final de un ciclo civilizatorio y el avance hacia otro. Es decir, todo lo que hasta ahora fue comprendido como “palabra sagrada” está en cuestión; todo tiene que revalidarse de cara a una realidad cada vez más cambiante. Y en ese escenario los sectores alternativos, desde hace varias décadas sin piso firme para sostenerse, otear el mundo y actuar, tienen la oportunidad de recuperar la legitimidad que por décadas los mantuvo como el referente fundamental en la lucha contra el capital, y así levantar, con eco efectivo, banderas en favor de las mayorías, y hacerlas realidad. No falta sino arrojar a un lado los salvavidas que se niega a desechar, atreverse a saltar en alta mar y nadar en medio del océano bravío.

 

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Sábado, 29 Enero 2022 14:55

2022, en catalejo

2022, en catalejo

Sin otra novedad que la tendencia a la agudización del conflicto que enfrenta a las grandes potencias, inclinadas hacia una colusión directa, las tendencias políticas, económicas, sociales, militares, en el orden nacional e internacional al comienzo del 2022, son continuidad de las dominantes al cierre del 2021. Difícilmente podría ser de otra manera, pues el cambio de calenda es algo que no corresponde a la geopolítica global y sí a fenómenos astronómicos, en este caso la traslación de la Tierra alrededor del Sol.

Las más relevantes de esas tendencias corresponden, para el caso nacional, a la agenda electoral que marca el primer semestre del año. Por primera vez en la historia del país este queda dibujado en tres alianzas, clara imagen de la sociedad que somos, dejando a un lado la típica y facilista confrontación reducida a dos, ricos y pobres, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, derecha–izquierda, lo que permite visualizar la complejidad de nuestro tejido social, a la par de lo dinámica que es la política.

Estamos en un escenario electoral que por primera vez, también, marca un giro en la posibilidad del voto, lo que despierta una peligrosa sensación triunfalista en una de las alianzas, que –de no ser ratificada en las urnas– puede llevar a una debacle anímica en amplios sectores progresistas de la sociedad. “Nada peor que un guayabo electoral”, dijo hace años un dirigente de uno de los partidos tradicionales. Prepararse para ese escenario, con total conciencia, es parte de la responsabilidad que le cabe a la dirigencia de izquierda que hace parte de esa alianza.

A la par, se presenta la dinámica que lleva la economía, el encarecimiento de los productos básicos de la canasta familiar, los signos inflacionarios con sus variados impactos, el mayor empobrecimiento de millones de familias, la constante de la concentración de la riqueza y, para protegerla, junto con el poder, el autoritarismo y sus manifestaciones de constante violencia en contra de los liderazgos sociales, que se acentuará en la medida que se acerque la hora del sufragio.

De manera subterránea, aunque no tanto –y esto como una particularidad de la coyuntura electoral–, se realza el manejo direccionado de la política gubernamental para favorecer la continuidad en el poder de sus afines y, en contraparte, la resistencia de sus opuestos para menguar esa instrumentalización de dineros y otros recursos, manifiesto ello en las constantes denuncias de corrupción, favorecimiento de los ‘amigos’ a la hora de la contratación pública, y otros particulares.


Más allá

Fuera de nuestras fronteras persiste, en primera instancia en América Latina, la disputa entre continuidad y cambio, favorecida por la elección de gobiernos que se dicen no neoliberales aunque en la práctica poco logren romper con tal herencia. Extractivismo, direccionamiento de los movimientos sociales, endeudamiento creciente, alineamiento con Estados Unidos vs. China y Rusia, también son parte de esas constantes.


Las tensiones derivadas de allí despiertan denuncias de parte del bloque dominado por los Estados Unidos sobre la negación del modelo democrático liberal por parte de países salidos de su orbita, como Cuba, Nicaragua, Venezuela. El autoritarismo manifiesto en estos países no es distinto del también reinante en países como Colombia, Chile, Honduras, con tendencia a ser dominante también en Ecuador, Guatemala y otros países de esta parte del mundo. Una disputa del régimen político que solo puede ser resuelta de manera favorable para las mayorías por parte de los sectores alternativos, con autonomía de cualquiera de los imperios y con la puesta en marcha de proyectos soberanos en todos los renglones de la economía y de la vida diaria.

En otras latitudes, la confrontación entre imperios no ceja. El control del Pacífico, en particular es uno de los signos de esa realidad; también Rusia vs. Estados Unidos y sus aliados, asociados en la Otan, en un afán por encerrar al país euro-asiático y así dificultar el crecimiento de su poderío regional y más allá del mismo. La perla de esta realidad, además de la disputa creciente alrededor de Ucrania, se extiende al asunto del gas y los obstáculos para que el país de Putin vea retrasado hasta el máximo posible la puesta en flujo del gasoducto Nord Stream 2. Una renegociación de este proyecto seguramente será el resultado de las tensiones que hoy se destacan.

Este inmenso proyecto, con efectos notables en el poder que Rusia pueda tener sobre Europa, en tanto sea el factor fundamental para abastecerla mucho más allá del 40 por ciento con que hoy la surte, en esta ocasión a través de Bielorrusia, Polonia, Ucrania y el Mar Negro, tiene luz propia. La confrontación entre imperios que afecta a esta región es clara y no es casual. Por ahora, la población europea, con notable impacto en España, por ejemplo, paga a través de las crecientes tarifas del gas los coletazos de esta realidad, además de los efectos de políticas privatizadoras de este sector de los servicios públicos.

El incremento de la militarización en el mundo, así como el armamentismo de colosal poder, junto con la colisión por el control del espacio estelar, son otras de las manifestaciones reinantes, con la conformación de polos de países que recuerdan la antesala de las grandes confrontaciones armadas que marcaron el siglo XX.

La constante de la cuarta revolución industrial, con sus manifestaciones en variedad de campos que han propiciado que distintas multinacionales concentren hoy más poder que muchos países, también es parte de la disputa interimperial. En verdad, esos inmensos conglomerados, a pesar del peso del capital privado, son caballos de Troya de cada una de las potencias que hoy chocan.

Sin dar tregua –mientras la ciencia todavía no logra diseñar un biológico que en verdad pueda llamarse vacuna–, el covid-19 sigue afectando la vida de miles de millones de seres humanos en todo el planeta. Validos de esa realidad, desde instancias multilaterales, desde multinacionales de la farmacia, así como desde la mayoría de los gobiernos de los países que integran Naciones Unidas, se ponen en práctica mecanismos de control social cada vez más autoritarios y violadores de los derechos humanos. Son todo ello una clara tendencia a excluir, aislar, criminalizar y sancionar de diferentes modos a quienes no se someten al modelo imperante para enfrentar el virus que domina por doquier, y con ella el avance hacia la sociedad del apartheid.

Aunque las evidencias invitan a replantear el modelo impuesto por doquier para superar el virus, se persiste en su imposición. Entrando al tercer año de pandemia, y tras dos, tres vacunas, y anunciando en algunos países la cuarta, los ritmos de contagio por cientos de miles no se detienen. Los vacunados, que se suponía que estaban inmunes, padecen nuevos contagios, y también contagian. A la par, otras formas de valorar la pandemia y de afrontarla son negadas, aisladas, sancionadas, desconocidas. En el filo queda el cuestionamiento a una ciencia que ahora no se rige por principios básicos, como ensayo y error, sino que se asume como verdad impuesta desde el poder del capital, ¡y punto! De manera desconcertante, cuanto menos cómoda e irresponsable, en sus tendencias más reconocidas la izquierda guarda silencio ante esta realidad o, para mayor sorpresa, la apoya fervientemente, siendo más cientificista que la propia derecha.

Como epílogo de lo resumido en este editorial, el factor determinante que alimenta la disputa cada vez más abierta entre imperios, así como demás elementos retomados aquí, tenemos la continuidad de una crisis sistémica que marca el final de un ciclo civilizatorio y el avance hacia otro. Es decir, todo lo que hasta ahora fue comprendido como “palabra sagrada” está en cuestión; todo tiene que revalidarse de cara a una realidad cada vez más cambiante. Y en ese escenario los sectores alternativos, desde hace varias décadas sin piso firme para sostenerse, otear el mundo y actuar, tienen la oportunidad de recuperar la legitimidad que por décadas los mantuvo como el referente fundamental en la lucha contra el capital, y así levantar, con eco efectivo, banderas en favor de las mayorías, y hacerlas realidad. No falta sino arrojar a un lado los salvavidas que se niega a desechar, atreverse a saltar en alta mar y nadar en medio del océano bravío.

 

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Publicado enEdición Nº287
El conflicto de Ucrania y la nueva guerra fría

La confrontación con Rusia le interesa especialmente a EEU U pues con ella da sentido al organismo multilateral OTAN, que siempre ha utilizado para ejercer presión sobre Europa occidental frente a un competidor geopolítico como es Rusia.

 Para entender que pasa en Ucrania hay que retroceder a las grandes perturbaciones que atravesó este país y que son en buena parte las causantes del conflicto actual. Y es que la historia siempre cuenta, y, como en este conflicto, condiciona el presente. Conocer la historia de Ucrania es a la vez conocer los orígenes de la Rusia contemporánea. No se entiende Rusia sin los mitos que surgen del corazón de Ucrania y de la península de Crimea. El puerto de Odessa, la batalla de Balaklava, la base militar rusa de Sebastopol o los acuerdos de Yalta tras la Segunda Guerra, éstos son nombres en los que se asienta parte de la mitología de la nación rusa, una nación de naciones, la multicultural e inmensa Rusia que tiene varios millones de personas de procedencia rusa fuera de sus fronteras y una buena parte en Ucrania.

En la Ucrania de hoy, la población está dividida entre los partidarios de la Europa occidental y la oriental. Las barbaridades cometidas por unos y otros en suelo ucraniano condicionaban y mucho el posicionamiento de la población a la hora de inclinarse hacia uno u otro bando. No se puede olvidar que Stalin sometió a la población ucraniana a una hambruna, tras el despojo de sus cosechas en 1932, que mató de hambre a millones de personas y que deportó a diversas minorías, entre otras, judías y polacas, provocando un gran resentimiento entre la población ucraniana hacia Rusia. Tampoco se olvida que durante la 2ª Guerra Mundial los ejércitos de la Alemania nazi con la colaboración de grupos nacionalistas ucranianos exterminaron a varios millones de personas prorrusas, en parte, como represalia a las hambrunas infringidas por la URSS de Stalin.

Respecto a Crimea también sufrió dramáticas vicisitudes: una limpieza étnica por parte de Stalin, que deportó en 1944 a Asia central a la población tártara por el apoyo de sus dirigentes a los nazis, y repobló con rusos Crimea; y más adelante, en 1954, Nikita Jrushchov decidió regalar de forma arbitraria Crimea a Ucrania, sin pensar que algún día la URSS podía colapsar y desintegrarse y que Ucrania se convertiría en una república independiente.

Una vez mostrados estos antecedentes, seria pecar de ingenuos pensar que Rusia se cruzaría de brazos viendo cómo la revuelta de Maidán de 2014, en Kiev, auspiciada por el bloque euroatlántico, hacía caer un gobierno prorruso y se lanzaba en brazos de la UE y pedía la entrada en la OTAN. Sobre todo, pensando que la parte oriental el Donbás (Luganks y Donnetsk) y el sur de Ucrania, junto a Crimea, son de población mayoritaria rusa y que comparten lazos culturales y de lengua muy estrechos con Rusia. Además, en Crimea, Rusia tiene en Sebastopol una base militar para su armada desde donde tiene acceso al Mediterráneo. Una península de vital importancia para los intereses geoestratégicos de Rusia.

Obviar todo eso es no querer entender el conflicto de Ucrania. Un conflicto que en buena parte vienen provocado desde el exterior. Una UE que ha actuado con manifiesta mala fe intentando que Ucrania se incorporara a su bloque económico; Estados Unidos que deseaba su entrada en la OTAN; Rusia que no piensa abandonar unos territorios que considera por historia suyos. Cierto es que la respuesta rusa ocupando Crimea es una violación del derecho internacional, porque esta península formaba parte del Estado de Ucrania. Pero se debe recordar que nuestra OTAN hizo lo mismo en Kosovo y EE UU en Iraq. Por tanto, es de un enorme cinismo acusar a Rusia de violar la legalidad cuando EE UU lo ha hecho en innumerables ocasiones en el pasado. Y de una ingenuidad absoluta pensar que Rusia se quedaría de brazos cruzados ante los ataques del ejército ucraniano para recuperar el Donbás; o de que EE UU enviara ayuda militar a esta región sin que Rusia respondiera con la misma moneda. Aunque cierto es que el envío de un ejército de 100.000 militares a la frontera con Ucrania por parte de Rusia es una amenaza. Pero es insensato pensar que Rusia invadirá Ucrania pues la OTAN respondería ayudando a la Ucrania occidental, empezando una guerra en el centro de Europa de insospechadas consecuencias para todas las partes. Especialmente porque los intereses de Europa occidental y de Rusia son interdependientes, especialmente por la dependencia energética de Europa occidental de Rusia que hace inimaginable una confrontación armada.

Rusia, primero por pasiva y ahora por activa (la presión en la frontera de Ucrania) está reclamando a Europa Occidental y a EE UU que la OTAN no la amenace en sus fronteras. ¿Qué respuesta daría EE UU si Rusia instalará misiles o un escudo antimisiles en Cuba o Venezuela?

La confrontación con Rusia le interesa especialmente a EE UU pues con ella da sentido al organismo multilateral OTAN y que siempre ha utilizado para ejercer presión sobre Europa occidental frente a un competidor geopolítico como es Rusia. Como lo demuestran las varias crisis anteriores generadas por la instalación del escudo antimisiles en Polonia y Rumania (también está en Rota, Cádiz); o cuando Georgia inició un ataque militar en Osetia del Sur y pretendía incorporarse a la OTAN. Unas actuaciones que se deben considerar cómo una amenaza para la seguridad de Rusia y que explican su reacción de entonces y de ahora.

Lo deseable sería que los gobiernos europeos se distanciaran del alineamiento al lado los intereses particulares de EE UU, tampoco situándose al lado de Rusia, pero sí buscando una neutralidad que rebaje las tensiones entre ellas en Ucrania y en otros puntos. Pero escuchando las lastimosas declaraciones de José Borrell como representante de Exteriores de la UE y de otros cancilleres europeos, hay que temer que Europa occidental se alineará una vez más al lado de Estados Unidos para dar paso a una nueva guerra fría, aunque eso sí, de mucha menor gravedad que la anterior.

20 ene 2022 06:03

Publicado enInternacional
Lunes, 17 Enero 2022 05:37

De espectros y vencidos

De espectros y vencidos

 

Tres espectros se encontraron en Colombia en la conmemoración de los cinco años de la firma de los acuerdos de paz, a finales de 2021. Un primer espectro viene del pasado y llegó como un comentario reiterado de los ex combatientes de las FARC: "¿Y todos los que cayeron en esta guerra?¿Los muertos que dieron su vida para terminar en esto?". La primera vez que lo escuché fue con un ex guerrillero que recordó a su compañera asesinada en un bombardeo del que él se salvó por minutos. La última vez, en diciembre, como en forma de autorreproche, cómo se iba a justificar toda la sangre de sus camaradas que habían caído en combate ante esto.

Un segundo espectro llegó en forma de unas FARC acusadas de "esclavismo" por la justicia transicional, cuando la Sala de Reconocimiento de la Justicia Especial para la Paz concluyó que esta guerrilla había obligado a trabajos forzados a secuestrados y poblaciones que estaban en zonas donde operaban.

El tercer espectro llegó del futuro en forma de un laboratorio de guerra recreado por ejércitos contrainsurgentes conformados por ex combatientes desertores, entrenados por militares nacionales y extranjeros, ubicados estratégicamente en áreas de interés geopolítico, como Arauca, Cauca o Putumayo. En unas áreas sería el petróleo, en otras las economías de la cocaína, en una más proyectos económicos como los puertos privados en el Urabá colombiano. Nacidos como una escisión política a los acuerdos, posteriormente aprovechados como una fuerza paramilitar, éstos disputan no sólo con los insurgentes que quedan, sino con la población, aplastada en la mitad. En el futuro, más que nunca, se sentían como ejércitos invasores.

En el libro Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso, transitamos de la utopía a la memoria. Vamos leyendo cómo, tras la última gran derrota encarnada en la caída del Muro de Berlín, parece haberse aplastado el horizonte de expectativa de la izquierda, por lo menos de la europea. Y surge, en este escenario, un nuevo sujeto histórico: la víctima. Ese maniquí despolitizado, amorfo, limpio de contradicciones, carente de agencia, objeto de inversión. Bajo esta sombra, se enterró la discusión antifascista, anticolonial, revolucionaria, arrodilladas ante el "deber de la memoria", advierte. Yo agrego que apareció el otro actor, "el terrorista".

El tema es que en un país como Colombia, donde el humanitarismo internacional ya es un rubro del PIB y la injerencia de Estados Unidos ha transformado la narrativa y el oficio de la guerra, la comprensión de la nuestra, como una pelea entre buenos y malos, es insuficiente.

Se ha discutido que lo que se negoció no fue tan radical como se creía, cómo lo que se negoció no se cumplió, cómo el país se rearma y sigue habiendo botas para la guerra, cómo la paz no importa en el debate electoral, lo que no fue, lo que no será. Urge alejarse de la nostalgia de la guerra perdida, sin sentido y cultivar un proyecto revolucionario en una era no revolucionaria –como dice Traverso–, o en este caso, en una transición adversa en la que la izquierda –la armada, la no armada o la desmovilizada–, vuelve a recibir tratamiento de "terrorista". Pensar en tiempos del pos-Muro de Berlín, en el que la búsqueda de una paz justa es revolucionaria y la agenda imperial es la guerra.

Aún hay guerra en los campos en Colombia y tres actores tienen responsabilidades diferentes. Una institucionalidad transicional que parece sembrar los cimientos de la siguiente confrontación al estrechar los espacios de comprensión del conflicto armado y volver al marketing del "terrorismo". Intentar aplastar y negar desobediencias siempre será una forma de alimentarlas.

En otra orilla, pienso en el relato de Walter Benjamin cuando rememora los disparos contra los relojes en las torres que hacen los revolucionarios de la Comuna de París. Los espectros del tiempo pasado, presente y futuro de una u otra forma requieren ser demolidos. La izquierda armada y no armada sabrá que eso no pasa con un disparo, sino con reconocer que el horizonte de la expectativa seguirán siendo las luchas. Y éstas no están representadas en la víctima abstracta y negociada, sino desde la intensidad del duelo concreto, el despertar de unos vencidos y vencidas emancipadas, invencibles.

Estefanía Ciro*

* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana AlaOrillaDelRío. Su libro más reciente es Levantados de la selva

Publicado enColombia
Pie de foto: Militantes palestinos participan en un ejercicio militar en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza. — Ibraheem Abu Mustafa / REUTERS

A lo largo de 2021 se han dado continuaciones de los frentes históricos, como el palestino-israelí, u otros más recientes, como el que enfrenta a Rusia con Ucrania y el resto de la Unión Europea, que continuarán siendo protagonistas en el año venidero.

La política internacional ha dejado en 2021 multitud de conflictos que cierran el año con sus frentes abiertos. Algunos son de carácter histórico, como el palestino-israelí. Este, sin embargo, no ha sido el único. Al otro lado del Atlántico, Biden se ha encontrado con la misión de resolver los acuerdos que su predecesor rompió y se enfrenta a los retos tradicionales de la potencia norteamericana representados por China, Irán o Israel.

Latinoamérica también tiene sus frentes abiertos, aunque a nivel interno. Haití, por ejemplo, que ha sido históricamente castigada por las crisis económicas, políticas y los desastres naturales. O África, donde las fuerzas islamistas han encontrado su sitio. Estos son algunos de los conflictos que han acontecido durante 2021 y que continuarán latentes en 2022, según el informe de la organización International Crisis Group

  1. Ucrania

Desde que Rusia, durante el pasado mes de noviembre, moviera a una parte considerable de sus tropas a la frontera con Ucrania, los gobiernos de Occidente están preocupados por la posibilidad de un nuevo ataque contra la región.

Este conflicto, sin embargo, se remonta a 2014, cuando el Kremlin de Putin anexionó a su país la península de Crimea y dio su apoyo a los separatistas en la región oriental de Donbass, en Ucrania. La derrota militar llevó a los ucranianos a aceptar dos acuerdos de paz: los acuerdos de Minsk. Estos fueron redactados conforme a los intereses de Moscú y, desde que se firmaron, las fuerzas separatistas de Donbass han afianzado su poder ocupando dos áreas de dicha región.

Durante los últimos años el conflicto ha continuado latente, hasta que ha terminado por estallar durante este 2021: Moscú, molesto por la falta de cumplimiento de los acuerdos de Minsk por parte de Ucrania, ha tensado, además, sus relaciones con la OTAN. Por su parte, Occidente, que teme un nuevo intento de invasión por parte del gobierno ruso, debe perfilar su plan de apoyo a Ucrania. El presidente estadounidense, Joe Biden, ya ha amenazado a Putin con sanciones y un refuerzo militar en el flanco este de la OTAN.

  1. Etiopía

La llegada del actual primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, al poder dio alas para pensar que el contexto de represión que vivía el país llegaría a su fin. Y así fue hasta que en 2020 Ahmed ordenó una ofensiva militar en la región de Tigray que devolvió al Estado etíope al contexto de violencia y desestabilidad de antaño. 

La ofensiva vino motivada por un ataque perpetrado por los fieles al antiguo partido gobernante: el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) que ha terminado por desencadenar una guerra civil. Fruto de ella decenas de miles de personas han muerto en combate y millones de etíopes se han visto en la obligación de abandonar sus hogares.

A ello se suman las disputas de Etiopía con Sudán por las tierras fronterizas de al-Fashqa y la Gran Presa del Renacimiento Etíope en el Nilo, caracterizadas por ser un suelo fértil

Por el momento, un pequeño rayo de esperanza atisba el principio del fin del conflicto. Pues los líderes de Tigray han retirado sus tropas de las regiones colindantes y han apostado por poner fin a las hostilidades y dar paso a una negociación. Un paso que, según International Crisis Group, "el gobierno federal de Etiopía debería aprovechar esta oportunidad para poner fin a los combates". 

 

  1. Afganistán

 La toma de Afganistán por parte de los talibanes comenzó a principios del pasado 2020, con el acuerdo entre Estados Unidos y las fuerzas talibanes por el que Washington se comprometía a retirar sus tropas. Este sirvió a los fundamentalistas para ir avanzando poco a poco y, a partir de la primavera y el verano de 2021, tomar ciudades y pueblos. La capital afgana, Kabul, no les resultó difícil y el Gobierno terminó por colapsar a mediados de agosto.

El fin del conflicto, sin embargo, no supuso el fin de la tragedia. Ahora Afganistán se enfrenta a una "profunda crisis humanitaria", según la Organización de Naciones Unidas (ONU). "Con la llegada del invierno, mujeres, hombres, niños y niñas hacen frente a una grave pobreza y hambre", explicaba desde la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Nada al Nashif, en declaraciones recogidas por Europa Press.

Occidente, en su negativa a respaldar el gobierno talibán, en primera instancia optó por no destinar ayuda económica internacional al país. Sin embargo, después de haber liberado "una pequeña parte de los casi dos mil millones" de dólares a Afganistán, según International Crisis Group, "deberían dispensar el resto". La organización opina que "la alternativa es dejar morir a los afganos, incluidos millones de niños. De todos los errores que ha cometido Occidente en Afganistán, éste dejaría la mancha más fea".

  1. Estados Unidos y China

La política internacional estadounidense se centró, una vez abandonado el territorio afgano, en disuadir a China. El objetivo que se persigue desde Washington es el de mantener al país norteamericano como potencia predominante en la zona indo-pacífica. 

A diferencia de Biden, desde Pekín, en principio, esperaban una mejor relación internacional con la llegada del presidente demócrata. Pues busca, según el informe de la organización International Crisis Group, "una esfera de influencia en la que sus vecinos sean soberanos pero respetuosos"

El pasado mes de noviembre, los presidentes de ambos países, Biden por parte de Estados Unidos y Xi Jinping desde China, se reunieron de manera telemática. Fruto de ese encuentro, las relaciones entre ambos Estados son menos frías que anteriormente; sin embargo, la rivalidad entre ambos persiste e influye en distintos asuntos internacionales. 

  1. Irán contra Estados Unidos e Israel

Después de que Donald Trump abandonara el acuerdo nuclear con Irán durante su legislatura, su sucesor aseguró que, durante la suya, el país volvería a unirse. Y, aunque el equipo de Biden tardó en dar el paso, ambos países lograron durante unos meses algunos avances. 

La victoria de Ebrahim Raisi en las presidenciales de Irán y su apuesta el el duro control de los centros estratégicos de poder de la República Islámica hicieron que estas negociaciones se pausaran durante cinco meses. Y, una vez se retomaron, lo hizo de manera más dura. 

Aunque el país de Raisi no se ha retirado del acuerdo de manera unilateral, si no restablecen un pacto en los meses venideros, el acuerdo original terminaría por sufrir variaciones. Por lo tanto, los países tienen dos opciones: llegar a un pacto más integral o dar con un acuerdo provisional. 

Habría una alternativa: que Estados Unidos diera el visto bueno a los ataques israelíes que pretenden hacer retroceder la capacidad nuclear de Irán. Si esto pasase, el programa nuclear de los iraníes podría seguir sin ningún tipo de obstáculo. De esta manera, en caso de no llegar a un acuerdo, todos los peligros que propiciaron la firma del acuerdo en 2015 volverían a estar latentes.

  1. Yemen

Los rebeldes hutíes que derrocaron en 2015 al gobierno de Yemen continúan avanzando. Por el momento, ya se han acercado a Shabwa, lo que les ha permitido asediar la cercana ciudad de Marib, cuya gobernación han rodeado. Se trata de otra ciudad de Yemen rica en gas y petróleo, próxima a Al-Bayda, cuyo control les pertenece.

Son lugares estratégicos, por lo que tomar dichas ciudades haría que la guerra estuviera a su favor, pues supondría una victoria no sólo militar, sino que también a nivel económico. Mientras tanto, los apoyos del presidente yemení reconocido internacionalmente, Abed Rabbo Mansour Hadi, van cayendo.

Sin embargo, una victoria militar y económica no traería consigo el final de la guerra. Por el momento, las facciones anti-hutíes continúan su lucha en los pequeños bastiones que todavía quedan repartidos por el país, como los separatistas del sur de Yemen, que cuentan con el respaldo de Emiratos Árabes Unidos. 

  1. Israel-Palestina

Un conflicto que no parece llegar a su fin, dado que cada cierto tiempo surgen nuevos brotes que lo impiden. El último ha sido la cuarta guerra entre Israel y Gaza, provocada por la amenaza de desalojo de los vecinos palestinos del barrio de Sheikh Jarrah. 

Este episodio, que se dio durante las jornadas de Ramadán, propició un nuevo acontecimiento entre la habitual violencia motivada por ambos bandos: por primera vez en décadas, los palestinos trascendieron su fragmentación para unirse no sólo en Israel, también en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza. Además, Occidente vio con ojos críticos el bombardeo acontecido por el país israelí. 

La tregua, sin embargo, no parece que llegue y "una solución de dos Estados que está casi fuera de alcance le da cobertura a Israel para avanzar en la anexión de facto de Cisjordania", explican desde International Crisis Group. Por lo tanto, la mejor opción que propone la organización es la de "tratar de poner fin a la impunidad israelí por las violaciones de los derechos palestinos", abordando "la situación sobre el terreno tal como está". 

  1. Haití

La región caribeña ha sido históricamente castigada por las crisis económicas y políticas, así como por las rencillas entre pandillas y los desastres naturales, como el acontecido el pasado mes de agosto que arrasó gran parte del sur del país. 

A todo ello se ha unido este 2021 el asesinato del presidente Jovenel Moïse durante el mes de julio en su domicilio a manos de sicarios. La clase política haitiana escogió al que habría sido el primer ministro de Moïse, Ariel Henry, como su sucesor en funciones. Este permanecerá en el cargo hasta las elecciones de 2022, como han acordado varios partidos del Parlamento. Una decisión que no comparten las pandillas haitianas, que tienen influencia política y que han exigido su renuncia

Por otro lado, desde la Comisión para una solución haitiana de la crisis buscan que la transición se lleve a cabo de una manera más pausada, en un plazo de dos años y con un consejo en el que la sociedad se vea más representada hasta que se convoquen nuevas elecciones. Su objetivo es el de dar a Haití la estabilidad que consideran que precisa. 

Algunos sectores de la sociedad haitiana, además, se han opuesto a la misión de mantenimiento de la paz que ha lanzado la ONU y lo mismo ocurre con la intervención militar cortesía de Estados Unidos. 

  1. Myanmar

En febrero de este año se produjo una sublevación militar en el país de Myanmar que derrocó al gobierno democrático de Aung San Suu Kyi y lo sustituyó por una Junta Militar, que ha tomado medidas como la cancelación del acceso a Internet, entre otras. 

Los grupos armados del país han optado por distintas estrategias. Algunos se han adaptado, mientras que otros han preferido mantenerse al margen y un tercer grupo ha escogido enfrentarse al ejército, conocido como Tatmadaw. 

Sin embargo, el Tatmadaw se ha duplicado y en las zonas rurales tiene uno de sus frentes más complejos: nuevos grupos de resistencia que emplean los viejos métodos de contrainsurgencia. Su plan consiste en dejar sin fondos, alimentos, inteligencia y reclutas al bando insurgente. 

Los líderes que habían sido elegidos democráticamente se enfrentan a un futuro "devastador", según International Crisis Group. Aung San Suu Kyi, por ejemplo, ha sido condenada a dos años de prisión, aunque podría terminar convirtiéndose en una cadena perpetua. 

  1. Militancia islamista en África

Desde que en 2017 el Estado Islámico perdiera el que denominaba su califato en el Medio Oriente, en África se han disparado las revueltas vinculadas a este grupo y al Qaeda

Los últimos frentes de estas características son el que se sitúa al norte de Mozambique y al este de la República Democrática del Congo. Además, desde el Estado Islámico reivindican una nueva provincia en la la región de Cabo Delgado en Mozambique, por lo que los ataques contra la población civil y los cuerpos de seguridad se han visto incrementados. 

En Somalia y el Sahel, sin embargo, cuentan con el apoyo de Occidente. Fuerzas como a Misión de la Unión Africana en Somalia financiada por la UE, o AMISOM, entre otras, están tratando de contener a las fuerzas yihadistas. 

"Si los esfuerzos extranjeros disminuyen", opinan desde International Crisis Group, "la dinámica del campo de batalla sin duda cambiaría, quizás de manera decisiva, a favor de los militantes". Sin embargo, "el enfoque centrado en el ejército ha generado mayoritariamente más violencia", argumentan y, "si las potencias extranjeras no quieren que el mismo dilema los atormente dentro de una década, deben preparar el terreno para las conversaciones con líderes militantes". 

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"Hay que entender a la Unión Soviética tratando de prestar atención a su complejidad, a todas sus dimensiones.". Imagen: Bernardino Avila

A 30 años del fin de toda una era, el historiador analiza el proceso que llevó a la desaparición del coloso soviético y el rol de Gorbachov y Yeltsin en la aparición de un modelo capitalista.

En diciembre se cumplen treinta años de la disolución de la Unión Soviética, donde la puerta que abrió Mijaíl Gorbachov a una serie de profundas reformas pensadas para consolidar la URSS frente al fin del siglo XX, terminaron por producir la caída de ese modelo de sistema en diciembre de 1991. Con una precisión histórica conceptual y que no ahorra críticas bien fundamentadas, el Doctor en Historia Martín Baña desmenuza los pormenores de aquel suceso en Quien no extraña al comunismo no tiene corazón (Editorial Crítica, Grupo Planeta).


Baña* llega incluso a analizar cuáles fueron las principales consecuencias de las privatizaciones post-soviéticas, y cómo la denominada “terapia de shock” terminó por desmantelar el sistema económico soviético. El recorrido histórico llega hasta la actualidad de Vladimir Putin: el autor entiende que el ex agente de la KGB basó su gobierno en un modelo neoconservador, un análisis que pretende explicar el presente de Rusia a partir de ese pasado reciente.


Historiadores como Eric Hobsbawm sostuvieron que la disolución de la Unión Soviética marcó el fin del siglo XX. Otros fueron un poco más lejos y directamente dijeron que era el fin de la historia. “Yo no sería tan terminante”, dice Baña, que es profesor de Historia de Rusia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “Sí marcaría que algunos aspectos o algunas dimensiones efectivamente se terminaron con la disolución de la Unión Soviética como, por ejemplo, el ordenamiento del mundo bajo dos polos. Bajo la Guerra Fría, por ejemplo. También esa amenaza constante que suponía la Unión Soviética en términos de que el capitalismo tenía que otorgar mejoras porque la Unión Soviética aparecía como una alternativa viable y potable hacia el capitalismo, como fue el Estado de bienestar. O incluso, lo que la Unión Soviética suponía en términos de una amortización de lo que fueron después las políticas neoliberales en los '90. En ese sentido, la disolución supuso el fin de una etapa conflictiva, pero no el fin de los conflictos. Los conflictos se reconvirtieron en otros”, agrega el historiador.


-¿Cuánto influyeron la realidad económica de la Unión Soviética y la realidad de un mundo que giraba para otro lado en la disolución?
-El económico fue un gran problema. Una de las grandes reformas de Gorbachov apuntaba a tratar de mejorar el sistema económico que estaba muy oxidado, y tenía grandes problemas porque sobre todo era una economía que crecía a costa del derroche y donde prácticamente se planificaba todo: desde qué se producía hasta la demanda. Planificar la demanda generó problemas porque es muy difícil de planificar qué va a querer cada consumidor. En la medida en que en comparación con Occidente era escasa, eso podía ser más o menos efectivo, pero cuando los productos de Occidente empezaron a llegar a la Unión Soviética y la comparación era más obvia, eso terminó jugando un papel importante porque muchos empezaron a desear esos objetos, esas mercancías que entendieron que eran de mejor calidad o estaban mejor realizadas. La economía jugó un papel importante en la disolución, sobre todo por no haber podido resolver ese problema. Podemos agregar que en los '70 las economías capitalistas se fueron volcando más hacia una producción sin stock. Y en el caso de la Unión Soviética fue todo lo contrario. De hecho, uno tiene la imagen de que era una economía de desabastecimiento y, en realidad no. Sólo que había un problema para consignar esa oferta con los deseos de la demanda y con la distribución de esa producción. Eso no se pudo resolver. Incluso, con las reformas que quiso introducir Gorbachov, abrió un camino para que surgiera una coalición más procapitalista.


-Dice que aunque autoritario, el sistema soviético no era totalitario. ¿Esa es la diferencia entre la crítica y el fanatismo anticomunista?
-Es una manera de entender a la Unión Soviética tratando de prestar atención a su complejidad, a todas sus dimensiones y tratando de salirse de lo que son las interpretaciones dominantes y más extremas. Hay una interpretación más vinculada al liberalismo que sostiene que la Unión Soviética fue un totalitarismo, donde prácticamente no existió la vida individual, donde no hubo resistencia y donde se imponía la ideología a través del terror y del líder. Y, por otro lado, la interpretación asociada a un marxismo más clásico, que entendía que era la república de los trabajadores. Lo que se ve en los documentos no es ni una cosa ni la otra. No podemos decir que fue un totalitarismo porque hubo resistencias al poder durante toda su existencia, como también apoyos genuinos. No hay que perder de vista que hubo una gran cantidad de población que tuvo un ascenso social importante durante esos años y era lógico que apoyara al sistema. Podemos decir que tenía características dictatoriales (de hecho, fue un sistema de partido único), pero dentro de ese sistema había formas de ejercer la resistencia, como también se pueden encontrar apoyos genuinos.


-¿Cuál fue el principal acierto y el principal error de Gorbachov al plantearse la necesidad de reformas?
-El acierto fue entender que había que ensayar algún tipo de reformas, pero no solo económicas sino culturales, sociales y también políticas. Gorbachov fue consecuente con su programa de reformas que era, de alguna manera, intentar reflotar los principios de la Revolución de 1917. El error fue -o al menos, así lo estiman algunos investigadores-haber abierto el juego político, pensándolo en términos de Gorbachov porque eso le quitó al partido la posibilidad de controlar el destino de esas reformas. Le permitió que surgiera una coalición procapitalista que pudiera participar de ese juego político y que terminara decidiendo el reemplazo del sistema soviético por uno capitalista. El talón de Aquiles del proceso de Gorbachov terminó siendo la apertura del juego político.

-La implosión de la Unión Soviética no estaba en el plan de reformas de Gorbachov. ¿Allí es donde entra Boris Yeltsin con sus ideas promercado?
-Exactamente. Yeltsin va a ser el representante político de esa coalición formada por miembros de la élite comunista, pero también por directores de fábricas o emprendedores en la Perestroika que van a ver no tanto la posibilidad de seguir reformando el sistema y van a ver con buenos ojos la posibilidad de reemplazar al sistema soviético por uno capitalista. Yeltsin va a jugar el rol de unificador, o representante político de esta coalición, que es la que va a terminar disolviendo a la Unión Soviética.

-¿Qué impacto simbólico tuvo la caída del Muro de Berlín en 1989 en el futuro soviético?
-El impacto fue más a nivel global, en el sentido de que le ponía fin o terminaba una de las dimensiones que dominaron el siglo XX, que fue la Guerra Fría. En el caso de la URSS, la propia dirigencia soviética ya había asumido y les había dicho a los líderes de Europa Oriental que no iba a intervenir en ningún tipo de conflicto, como había sucedido, por ejemplo, en Checoslovaquia en 1968. La dirigencia soviética se había concentrado más en el aspecto interno y, de hecho, a la URSS le convenía que descendiera ese conflicto, bajar la intensidad del conflicto con Estados Unidos en la Guerra Fría porque, a pesar de que gastaba una gran cantidad de recursos en mantener el arsenal militar, se sabía en inferioridad de condiciones. En ese sentido, la Caída del Muro de Berlín pudo haber sido incluso un alivio para la dirigencia soviética porque no tenía que preocuparse por seguir manteniendo ese conflicto de la Guerra Fría que le costaba bastante.

Autor del libro "Quien no extraña al comunismo no tiene corazón"

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Reunión cumbre entre Joe Biden y Xi Jinping termina sin acuerdos concretos

Los líderes de las dos principales potencias mundiales se limitaron a declaraciones demagógicas sobre desacelerar la guerra comercial con foco en la tecnología 5G, y la carrera armamentista que protagonizan.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, realizaron su primera cumbre virtual. La reunión más de tres horas y fue "respetuosa y directa", según la Casa Blanca, pero ninguno de los dos dio el brazo a torcer sobre las líneas rojas de sus respectivos países, particularmente en lo que atañe a Taiwán, isla sobre la que China reclama su soberanía.

Biden habló sobre las prácticas chinas en el Tíbet, Hong Kong y también Xinjiang, así como otros temas en los que el gobierno chino está acusado de crímenes contra los derechos humanos.

Xi, por su parte, no apaciguó la disputa geopolítica y dijo que tendría que tomar "medidas decisivas" si las fuerzas "independentistas" de Taiwán cruzaban la "línea roja", según afirmó la agencia informativa estatal china. Además de un conflicto político de larga data en el que ambas potencias miden fuerzas, Taiwán es estratégico para la producción de semiconductores, necesarios para la tecnología de quinta generación y otras tecnologías de vanguardia.

Biden "defiende" interesadamente la independencia de Taiwán para influir sobre la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, la principal fábrica de microchips del planeta, y otros gigantes como Foxcon. La isla está fuertemente militarizada por Estados Unidos, China y el propio Taiwán, y Beijing ha prometido que, si es necesario, pondrá la isla bajo control chino por la fuerza.

Por otro lado, según dijo este martes el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, los mandatarios acordaron impulsar un diálogo bilateral sobre control de armas.

"Los dos líderes acordaron que buscaríamos impulsar conversaciones sobre estabilidad estratégica", apuntó Sullivan, utilizando un término común en los círculos diplomáticos para describir el control de armas. En realidad, palabras vacías sobre que la competencia no se convierta en un conflicto o que se necesita incrementar la comunicación y la cooperación, porque ambos saben que las enormes tensiones van en aumento.

El asesor de Biden respondió así durante una conferencia este martes en el centro de estudios Brookings a una pregunta sobre el potencial de China de ampliar notablemente su arsenal nuclear y sobre el reciente lanzamiento por parte de Pekín de un misil hipersónico, con capacidad para rodear la tierra.

Biden indicó que esas conversaciones deberían estar "guiadas por los líderes y lideradas por equipos de alto nivel", que tengan poder para tomar decisiones y sean expertos en "seguridad, tecnología y diplomacia", explicó Sullivan.

"Ahora nos corresponde a nosotros (los asesores de Biden y Xi) pensar en la forma más productiva de llevar esto a cabo", añadió.

El asesor reconoció que ese posible diálogo no será probablemente tan "maduro" como el que comparte desde hace años Estados Unidos con Rusia, la otra gran potencia nuclear, porque las conversaciones con Moscú están más "arraigadas".

Lo cierto es que Estados Unidos se encuentra enfrascado en una carrera armamentística con China y Rusia en el campo de las armas hipersónicas, que por su velocidad son más difíciles de detectar por los sistemas de defensa de misiles.

A finales de octubre, el Pentágono confirmó que está en busca de tecnología hipersónica para contrarrestar los avances de China en esta materia, y aseguró que al mismo tiempo quiere mejorar sus "capacidades defensivas".

Washington ha reconocido su inquietud ante los avances castrenses de China, que, según el Pentágono, van emparejados con una política exterior y de defensa que "intimida y ejerce coerción sobre sus naciones vecinas". Un tono que no prevé justamente un futuro armónico y pacífico.

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