Novak Djoković: campeón, héroe y mártir del nacionalismo serbio

La expulsión del tenista de Australia ha provocado una reacción nacionalista en Serbia. Hace tiempo que el «número 1» se transformó en el símbolo de una Serbia triunfadora y ha difundido versiones revisionistas de la historia nacional. Pero ahora es también una suerte de héroe de los antivacunas a escala global.

Novak Djoković llegó a Belgrado el lunes 18 de enero, 24 horas después de su expulsión de Australia. Cientos de aficionados aclamaron a «Nole» al bajar del avión, agitando banderas serbias y entonando canciones en su honor.

En su país natal, Nole es mucho más que un tenista: desde el momento en que irrumpió en la escena deportiva internacional en la segunda mitad de la década de 2000, se ha convertido en un símbolo de una «Serbia diferente», que se ha alejado del sombrío pasado bélico de la década de 1990 y encarna un país moderno y triunfador. Es uno de los principales símbolos de una identidad serbia a menudo maltratada.

También ha podido contar con el apoyo de los sucesivos gobiernos serbios, conscientes de que es la mejor baza comunicacional del país. Cuando su carrera explotó, el Partido Democrático (DS), antigua punta de lanza de la oposición al régimen de Slobodan Milošević, estaba en el poder en Belgrado. Liberales y proeuropeos, los demócratas tuvieron que enfrentarse a la independencia de Kosovo en febrero de 2008. Para contrarrestar las pretensiones de la antigua provincia serbia, podían contar con la glamorosa imagen del tenista.

«Serbia es una carga pesada de llevar, pero en lugar de rechazarla o convertirla en un elemento insignificante en la creación de su identidad mediática, decidió cambiar esa imagen», se entusiasmó hace una década Srđan Šaper, máximo comunicador del Partido Democrático, en las columnas del semanario Vreme, hoy uno de los últimos medios independientes de la esfera comunicacional Serbia, cercenada por el régimen autoritario del presidente Aleksandar Vučić.

El «Djoker», como se llama a sí mismo el campeón, nunca ha rehuido su compromiso, mostrando gustosamente camisetas y otros signos patrióticos. Expresó su apoyo a los manifestantes que protestaban en las calles de Belgrado contra la independencia de Kosovo y contribuyó a la renovación de monasterios ortodoxos en la antigua provincia serbia, mientras que la fundación que lleva su nombre ofrecía ayuda humanitaria a los niños de los enclaves serbios repartidos por ese territorio mayoritariamente albanés.

Como toda su familia, Novak Djoković hace gala de su fe ortodoxa y, durante sus últimas aventuras en Australia, sus padres apelaron a referencias religiosas para movilizar a la opinión pública, llegando a comparar a Nole con «Cristo crucificado» y con «un cordero sacrificado».

Contra viento y marea

El «calvario» vivido por el tenista provocó una crisis diplomática entre Belgrado y Canberra. Cuando se anunció su expulsión el domingo, el presidente Vučić incluso acusó al gobierno australiano de llevar a cabo una «caza de brujas» «contra Serbia» como país. Ya el 5 de enero, cuando Novak Djoković acababa de ser recluido en un centro de detención, Vučić explicaba en Instagram, su red social preferida, que «las autoridades [estaban] tomando todas las medidas necesarias para que el maltrato al mejor tenista del mundo cesara lo antes posible».

En los medios sensacionalistas, considerados perros guardianes del régimen serbio, un ministro tras otro reiteró su apoyo a Nole y arremetió contra las autoridades australianas. Según Informer, citado por Le Courrier des Balkans, la expulsión de Novak Djoković sería simplemente el «escándalo del siglo». El periódico llegó a entrevistar a Dragan Vasiljković, alias «Capitán Dragan», antiguo jefe de la unidad paramilitar de los Boinas Rojas, responsable de crímenes de guerra en Croacia y Bosnia-Herzegovina en la década de 1990. Un columnista de la cadena privada Radio Televisión Pink, también muy cercana al gobierno, afirma en voz alta su apoyo al tenista y le aconseja relanzar la batalla legal contra Canberra. Batalla que, no obstante, Djokovic perdió. De hecho, tras las guerras de los años 90, el capitán Dragan se exilió con una identidad falsa en Australia. Identificado en 2010, fue finalmente extraditado a Croacia, donde fue condenado a 15 años de prisión, antes de regresar a Serbia en 2020 tras una reducción de la pena.

Novak Djoković también ha visto una afluencia de apoyos de todos los Balcanes. «Para nosotros, en la República Srpska, no hay duda de que se trata de una decisión política y de que han ocurrido muchas cosas vergonzosas en Australia porque usted es serbio», le escribía personalmente Milorad Dodik, el líder político de los serbios de Bosnia y Herzegovina, que inició la actual secesión de esa parte del territorio bosnio en favor de Serbia. Se dice que Novak Djoković tiene una íntima relación con la familia Dodik, a cuya casa llegó a reponer fuerzas en otoño de 2020 tras su aplastante derrota en la final del US Open, símbolo de su fracaso en la consecución del Grand Slam. En los videos que han circulado por las redes sociales, se puede ver a Nole y a la familia Dodik cantando juntos en una boda.

Novak Djoković también aprovechó su visita al clan Dodik para reunirse con Milan Jolović, conocido como «Leyenda», el antiguo comandante de los Lobos del Drina, una unidad paramilitar serbia que participó en la masacre de Srebrenica, como puede verse en este video disponible en YouTube.

Durante el primer confinamiento, Novak Djoković había confiado, a través de la cuenta de Instagram de su novia, su pasión por las teorías «alternativas» sobre el pueblo serbio del historiador revisionista Jovan Ilić Deretić. Este ingeniero de formación se ha forjado una sólida reputación en los círculos conspiranoicos balcánicos con varios libros «científicos» en los que multiplica los tópicos nacionalistas sobre la «valentía del pueblo serbio» y su supuesto origen «celestial».

«Cada uno de nosotros debe tener la mente abierta y realizar su propia investigación», explicó el tenista. «Si seguimos solo una parte de la historia, difícilmente pueda dar cuenta de la realidad».

No obstante, el apoyo a Novak Djoković va mucho más allá de los círculos nacionalistas. También en la entidad serbia de Bosnia-Herzegovina, la ONG Restart, una de las últimas voces ciudadanas que se atreven a criticar el régimen de Milorad Dodik, publicó el pasado fin de semana un artículo en el que comparaba la negativa del tenista a vacunarse, «por buenas o malas razones», con la resistencia del boxeador estadounidense Mohamed Ali contra la Guerra de Vietnam en la década de 1960.

Héroe de los antivacunas

A Novak Djoković probablemente le habría ido mejor sin la polémica mundial de los últimos días y es probable que no esperara convertirse en el héroe de las corrientes mundiales antivacunas, muchas de las cuales se refieren ahora a él como «Novax». Desde que se hizo vegano y decidió seguir una dieta sin gluten, el campeón de tenis se ha mostrado como una suerte de predicador de la medicina alternativa, citando por ejemplo al gurú indio Osho, inventor de la «meditación dinámica».

«No me gustaría que nadie me obligara a vacunarme, ni siquiera para viajar», dijo en un livestream de Facebook con atletas serbios en la primavera de 2020, antes de reiterar sus dudas sobre la vacunación un año después, durante el Adria Tour, el torneo que organiza en los Balcanes. «No quiero que me etiqueten como alguien que está en contra o a favor de las vacunas. No voy a responder a la pregunta», declaró entonces a los periodistas. Unas semanas más tarde, dio positivo de covid-19, al igual que muchos de los participantes en el torneo. Le llovieron entonces las críticas por no respetar las medidas de prevención y los protocolos sanitarios.

En Serbia, las corrientes antivacunas no son muy activas, aunque la situación de la vacunación en el país es muy paradójica: Belgrado, de hecho, había iniciado su campaña de vacunación con fuerza, a finales de diciembre de 2020. Al ser el único país que ofrece casi todas las vacunas disponibles -Pfizer, AstraZeneca, Moderna, pero también las rusas y chinas-, tuvo uno de los mejores índices de vacunación de Europa durante varios meses, justo tras Reino Unido. Esta dinámica se rompió en primavera, y la mitad de la población serbia sigue negándose recibir la vacuna. Si los antivacunas no marchan en las calles de Serbia cada semana, eso no quita, como escribe el ex-ministro demócrata Vuk Jeremić, ahora en la oposición, que exista «una desconfianza generalizada en los gobiernos y las instituciones, tras décadas de terrible corrupción y creciente desigualdad».

Las aventuras de Novak Djoković no ayudarán, sin duda, a la reanudación de la campaña de vacunación, pero ahora es el momento de la unidad nacional detrás del campeón, héroe y mártir. El sentimiento de humillación colectiva es tan fuerte que incluso el epidemiólogo Predrag Kon, pilar científico del comité de crisis encargado de la gestión de la pandemia y heraldo inagotable de la vacunación, ha llegado a condenar la actitud de las autoridades australianas, invocando el imprescriptible derecho de todos a la «libertad de circulación».

Nota: este artículo fue publicado originalmente en francés en Mediapart, con el título: «La Serbie fait front derrière son héros Novak Djoković», disponible aquí. Traducción: Pablo Stefanoni.

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Sábado, 22 Enero 2022 05:57

Tecnohegemonías

Tecnohegemonías

 

Entre las concepciones que ha evaporado la pandemia del covid-19, hay una que resulta tan evidente que, acaso por ello, pasa por desapercibida. Como en el cuento de la Carta robada de Edgar Allan Poe, donde la evidencia del crimen se encuentra frente a los ojos de todos y, por evidente y manifiesta, escapa a la vista de los implicados.

Durante tres décadas hemos hablado de la globalización como si fuera un proceso que da sentido a las contradicciones del mundo contemporáneo y parece referirlo a un horizonte de intelegibilidad. Pero, ¿qué tan certera es esta noción? Por más que sea un concepto polémico, como lo son todos los geoabarcantes, se entiende grosso modo que implica la hipercirculación de mercancías, capitales, signos, culturas y seres humanos de tal manera que los lazos y relaciones que producen tiende a su desterritorilización. Lugares, manufacturas y seres que antes se hallaban desconectados ingresan en un grado de conectividad impredecible e impensable hace unas cuantas décadas. La digitalización del mundo es, acaso, su premisa básica; digamos, el océano donde nadan sus peces.

Y sin embargo, el mundo que reveló la pandemia parece, en efecto, moverse en esta dirección, aunque bajo coordenadas mucho más precisas y acotadas de las que se desprenden de la vaguedad del concepto de lo global. Sobre todo, si se observan las nuevas estructuras de poder que fijan, determinan y definen las formas de globalidad.

La sorpresa fue la desagregación radical de lo global en naciones que se amurallaron por completo en términos de semanas cuando comenzaron los contagios en marzo de 2020. Ninguna institución, ninguna actitud respondió –la OMS es un fantasma propagándistico– al reto de una epidemia efectivamente global. A la hora del peligro, de la implosión económica, cada país se amuralló en su propio miedo. El America first (Estados Unidos primero) de Trump devino el China primero, el Alemania primero, el Rusia primero. Como ha observado Wendy García, incluso las vacunas llevan signaturas nacionales: Sputnik, Pfizer (en estados las marcas expresan la nación), Sinovac, Soberana Y el Estado y la nación se transformaron en las últimas trincheras de la esperanza y la indignación, ya no como estados-nación, sino como naciones-muralla.

Y es aquí donde la globalización devino un suplemento de conglomerados político-corporativos que hoy ejercen sus imperativos sobre ella y definen una forma singular de expansión y dominación: las tecnohegemonías. Aceptémoslo: el concepto de globalización, a diferencia del de imperio o imperialismo, evade la distinción de las estructuras de poder y expoliación que encierra.

En rigor, sólo existen en la actualidad dos estados y medio que han mostrado su adaptabilidad para adecuarse a esta nueva forma de dominación global: Estados Unidos y China. El medio corresponde, sorpresivamente, a Rusia. Ni Europa, ni Japón ni los tigres asiáticos entran en esta categoría. Es impresionante cómo la Unión Europea no cuenta con ninguna plataforma digital con capacidad de intervención política general. En el mundo de las tecnohegemonías, Europa representa una provincia.

Una potencia tecnohegemónica es aquella capaz de producir tecnologías que se adapten, en días, a las condiciones, materiales, culturales y políticas de las sociedades y países en los que se propone intervenir. Fue Michel Foucault quien desdibujó los cuatro tipos de tecnologías que requieren un orden social para autorreproducirse. Partamos de esa tipología.

  1. Las tecnologías de producción. China se ha revelado como la única potencia capaz de producir bienes a la carta en un tiempo, precio y calidad inalcanzables para cualquier competidor. Estados Unidos olvidó que la industria de la manufactura es la infantería de cualquier forma de hegemonía. La pregunta que se hacen muchos analistas es si este proceso transcurre hoy bajo formas estrictamente capitalistas. Las grandes corporaciones hacen hoy sus ganancias, más que del consumo, de su relación con los bancos centrales. Acaso vivimos un proceso que se asemeja más a un tecnopatrimonialismo. Acaso habría que hablar de un poscapitalismo.
  2. Las tecnologías del signo. Es la parte más débil de China y el centro del dominio estadunidense. La esfera de la construcción del drama social e individual es nula en China. Es aquí donde una potencia produce los arquetipos bajo los cuales la vida íntima e individual resulta en horizontes de sentido y bloques de afectos.
  3. Las tecnologías del poder. Los sistemas de control, vigilancia e intervención para modificar conductas y percepciones se han desplazado ya a la esfera digital. En este ámbito, Estados Unidos se asemeja más a una potencia del siglo XX que a una del XXI.

¿En qué cabeza coherente cabe abrir simultáneamente tres frentes de alta conflictividad al mismo tiempo, como hace hoy Washington en Ucrania, Taiwán e Irán? Por otro lado, el poder chino es autoritario, vertical, abrasivo y sofocante. Simplemente inaceptable. Todo está abierto en esta esfera.

  1. Las tecnologías del yo. En china marchan en dirección del hipertrabajo; en Estados Unidos, del hedonismo. Difícil augurar el resultado final.
Sede de la empresa israelí que comercializa el programa Pegasus, NSO Group, en Herzliya, cerca de Tel Aviv.. Imagen: AFP

Hackearon los celulares de civiles, incluyendo a manifestantes e intendentes opositores al exprimer ministro Netanyahu.

La policía israelí utilizó el software de espionaje Pegasus de la empresa de tecnología local NSO Group. La investigación revelada por el medio digital Calcalist indica que la policía hackeó los teléfonos celulares de civiles, incluyendo a manifestantes e intendentes opositores al exprimer ministro Benjamin Netanyahu. Mientras que el Controlador Estatal de Israel, Matanyahu Englman, afirmó que va a investigar el uso de Pegasus por parte de la policía.

Pegasus

Según reveló la investigación del diario Calcalist, la policía compró el softaware espía Pegasus de la empresa israelí NSO Group por primera vez en 2013 y desde entonces el mismo fue utilizado contra una lista de personas entre ellas líderes civiles y políticos, aunque no precisó nombres. El portal indicó que el exfuncionario del Servicio de Seguridad General de Israel (Shin Bet) y exjefe de policía de Israel, Yohanan Danino, fue el primero en hacer un uso masivo del sistema.

Pegasus fue desarrollado en la ciudad de Herzliya y permite a sus operadores acceder de forma remota a los celulares infectados con el software. El sistema de espionaje fue vendido a las agencias de inteligencia en todo el mundo y permitió obtener acceso a los contenidos dentro del dispositivo: mensajes, fotografías, así como una funcionalidad para activar de forma remota la cámara y el micrófono del celular infectado, todo sin el consentimiento del propietario del teléfono.

En su artículo, Calcalist reveló un detallado historial del uso de Pegasus por parte de la policía israelí. En 2015, con la llegada de Roni Alsheich a la dirección de la policía, que venía de ocupar un alto cargo en el servicio de seguridad Shin Bet, uso del software de espionaje fue ampliado. El matutino israelí Hareetz consignó que recibió una copia de la factura entre NSO Group y la policía de Israel que evidencia la compra del programa por parte de las fuerzas de seguridad. Esa misma factura fue enviada en diciembre de 2013 al departamento de presupuesto del Departamento de Investigaciones e Inteligencia de la Policía de Israel. El diario israelí además citó a una fuerte cercana que afirmó que la policía primero compró el paquete básico del software y cada año fueron incorporando actualizaciones adicionales para el desarrollo de Pegasus.

En la factura a la que accedió Haaretz la descripción del producto era vaga, no hacía referencia de forma explícita al nombre del software de espía, de igual forma el documento fue firmado por Shirley Shochat de NSO Technologies Ltd. y Hadas Biton del Departamento de Investigaciones e Inteligencia de la Policía de Israel.

Diplomacia y espionaje

Durante mucho tiempo Israel colaboró en la promoción de la venta de Pegasus y otros servicios cibernéticos como parte de su “diplomacia cibernética”. Entre los clientes más reconocidos del NSO Group figuraban los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, India, Hungría, México y Polonia. En julio de 2021 la ONG Forbidden Stories publicó la investigación del Proyecto Pegasus, donde reveló que el software de espionaje era utilizado contra periodistas, activistas de derechos humanos y presidentes en todo el mundo. En este sentido, la fundación para la protección de defensores, Front Line Defenders, precisó hace unos meses que Pegasus fue utilizado para espiar a los palestinos que trabajaban con grupos de derechos que Israel proscribió.

Según el informe de Calcalist, entre los objetivos espiados por la policía también había empleados del gobierno que no estaban acusados ​​de delitos penales pero que tenían acceso a información que podría resultar clave en una investigación más amplia. El informe por su parte subraya que teóricamente algunos de estos casos pueden incluir objetivos legítimos, pero el espionaje se realizó sin supervisión y sin justificación legal.

Sin embargo, Pegasus no es el único software de espionaje con el que cuenta la policía israelí. Cellebrite, por ejemplo, permite a los efectivos policiales acceder a cualquier teléfono en su posición física. En esos casos, por lo general obtiene una orden judicial antes de infiltrar los teléfonos. Algo que no se cumplió con el uso de Pegasus.

En tanto, tras la publicación de Calcalist, el Controlador Estatal de Israel, Matanyahu Englman, afirmó que su oficina, encargada de fiscalizar las decisiones de los organismos públicos, va a investigar el uso de Pegasus por parte de la policía para espiar a ciudadanos israelíes. Por su parte, el jefe de la policía, Kabi Shabtai, no negó el uso de Pegasus aunque indicó que algunos datos del reportaje son "incorrectos".

"Todo se llevó a cabo con las debidas garantías legales y supervisiones", insistió. Shabtai sí desmintió que Pegasus fuera utilizado para espiar a los manifestantes del movimiento "Bandera Negra", que lideró protestas masivas y recurrentes contra Netanyahu entre 2020-2021 para exigir su renuncia tras las acusaciones de corrupción en su contra. “La Policía de Israel no utiliza sus capacidades tecnológicas avanzadas contra civiles inocentes y manifestantes”, dijo Shabtai en un comunicado emitido por la policía.

En el congreso, diputados de todo el arco político exigieorn abrir una investigación parlamentaria, mientras que el ministro de Seguridad Pública, Omer Barlev, aseguró  en Twitter que "no hay prácticas de escuchas telefónicas o intrusión en dispositivos por parte de la Policía de Israel sin la aprobación de un juez", aunque afirmó que iba a verificar que ese cuerpo reciba autorización explícita de un juez para usar el software de espionaje.

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Reconocimiento facial.- Pexels

Desde hace bastante tiempo, aunque de forma casi imperceptible, gran parte de la sociedad ha comenzado a estar condicionada por la Inteligencia Artificial (IA). Más allá de aplicaciones tecnológicas que facilitan el día a día, como coches que aparcan solos o teléfonos móviles que monitorizan la salud, la IA también incluye un mecanismo invisible de vigilancia y escrutinio social que se está encargando de decidir las posibilidades de futuro de millones de personas.

Sistemas automatizados de toma de decisiones (algoritmos) deciden cuestiones tan relevantes como quiénes serán preseleccionadas para un empleo, qué familias obtienen ayudas sociales, a qué personas se admitirán en un centro educativo, quiénes reciben un préstamo hipotecario, e incluso qué perfil de mujeres víctimas de violencia de género merecen contar con una orden de alejamiento de su agresor.

Los defensores de la IA afirman que su aplicación permite desarrollar un trabajo más rápido y eficiente y que, al operar con ecuaciones matemáticas, se obtiene una mayor precisión y "neutralidad" en los resultados. Sin embargo, esta asepsia que siempre se nos ha vendido como inherente a la IA es fuertemente cuestionada por una serie de expertas/os quienes afirman que, contrario a lo que se nos dice, los algoritmos lo que hacen es reproducir patrones históricos de poder y privilegio.

Para el científico peruano, Omar Flores, doctor en Ciencias de la Computación que ha trabajado en Silicon Valley diseñando un algoritmo de reconocimiento facial que oculte datos como el género y la raza, es imposible que la IA sea neutral por una razón muy simple: los algoritmos son programados por personas y, por tanto, contienen los mismos sesgos de raza, género y clase (entre otros) que tienen las personas que los programan. En este sentido, afirma que "todo algoritmo es un punto de vista".

En la misma línea, Virginia Eubanks, autora de La automatización de la desigualdad, sostiene que "la tecnología es todo menos neutral". Esta cientista política, que en su obra analiza en detalle cómo las políticas estadounidenses basadas en algoritmos reproducen desigualdades sociales, afirma que en la IA "los sesgos de raza, género y clase son estructurales y sistémicos".

Algo que no nos debería sorprender si pensamos en el perfil endogámico de quienes diseñan los algoritmos en las grandes empresas tecnológicas: hombres blancos de clase media, o media alta, que han pasado por las mismas universidades y que la mayoría de las veces viven en los mismos barrios y se desenvuelven en los mismos círculos sociales.

El problema del sesgo algorítmico

En lenguaje sencillo, la IA es la combinación de algoritmos que se instalan en un sistema con el propósito de simular los procesos cognitivos de la inteligencia humana. De esta manera, se "entrena" a las máquinas para que realicen acciones que antes hacían los seres humanos, como tomar decisiones o hacer análisis predictivos.

El problema ocurre cuando este entrenamiento se hace con algoritmos que parten de una base sesgada. Por poner un ejemplo simple: si se "enseña" a un ordenador a predecir perfiles de potenciales delincuentes descartando los datos de aquellas personas que han cometido "delitos de guante blanco" (fraude fiscal, malversación de fondos públicos, evasión de impuestos, blanqueo de capitales, etc.), difícilmente la máquina va a arrojar como posible perfil a una mujer o a un hombre blanco de clase alta, residente del barrio Salamanca en Madrid.

Por el contrario, si solo se incluyen datos de personas que han cometido delitos comunes (hurtos, robos, tráfico de drogas, etc.), el perfil que se obtendrá probablemente sea el de una mujer u hombre de clase media o media baja, residente en algún barrio obrero con alta presencia de población migrante y racializada.

En este ejemplo, el "perfil" del potencial delincuente va es estar claramente determinado por los prejuicios de quien programó el algoritmo al decidir incluir unos datos y descartar otros, lo cual podría determinar que la atención policial se concentre en determinados barrios y sobre determinadas personas, produciendo y reproduciendo el círculo de criminalización y estigmatización. Algo que ya está ocurriendo en varias ciudades de Estados Unidos mediante la implementación de la llamada "policía predictiva": un software que predice dónde, cuándo y qué perfil de personas van a cometer un delito, y que deriva en una sobrepresencia policial en barrios de personas latinas y afroamericanas.

Además, teniendo en cuenta el carácter sistémico del racismo y la manera en la que este condiciona la realidades materiales de las personas migrantes y racializadas, así como por la forma en la que se actúa policialmente contra ellas, los datos que alimentan esta programación tienen una raíz condicionada. Podríamos preguntarnos si las actuaciones policiales en barrios obreros y racializados responden a unos índices de criminalidad o a la necesidad de proyectar una determinada imagen que legitime su presencia y alimente una lógica (e industria) de la securitización, y también si hay más criminalidad en barrios pobres y racializados como consecuencia de una mayor fiscalización.

La denuncia de los sesgos algorítmicos no es nueva. En 1988 la Comisión de Igualdad Racial de Reino Unido acusó a la Escuela de Medicina del Hospital St. George’s Geoffrey de discriminar por raza y sexo en sus pruebas de admisión. Esta facultad realizaba un primer cribado mediante un programa informático que crearon en los años 70 y que analizaba, entre otras cosas, el nombre o el lugar de nacimiento del candidato/a. De este modo, durante años fueron descartadas de forma automática mujeres y hombres de origen no europeo.

¿Cuántas personas al realizar una solicitud ante una entidad pública o privada han recibido por respuesta "lo siento, el sistema no aprueba/acepta la operación"? ¿Qué sabemos de los algoritmos que se están utilizando para acceder a una entrevista de trabajo, obtener una beca o una ayuda social?

En España, de los 2,3 millones de personas que estaba previsto que recibieran el ingreso mínimo vital (IMV), solo 800 mil personas han podido acceder a esta prestación, según los últimos datos publicados por el gobierno. De hecho, un informe reciente de Cáritas señala que solo uno de cada cinco hogares postulantes consigue obtenerlo. Diversas informaciones apuntan a que uno de los grandes problemas en esta materia se relaciona con el empadronamiento. Si dos unidades familiares solicitantes están empadronadas en la misma vivienda, se les niega la prestación. Si un miembro de una unidad familiar solicitante está empadronado en una dirección distinta al resto de su familia, también se les niega la prestación.

Según el Análisis de Impacto sobre Igualdad Racial (AIIR) desarrollado por organizaciones antirracistas y coordinado por Righst International Spain, el principal motivo de denegación es la pertenencia a una Unidad de Convivencia diferente a la de la solicitud realizada (29,77%). Esta situación afecta gravemente a familias de personas migrantes y gitanas que, por cuestiones estructurales, además de compartir viviendas suelen empadronar a familiares y amigos, o empadronan a sus hijas/os en direcciones diferentes para poder acceder a una plaza en un centro educativo. Esta misma investigación identifica como principales obstáculos la brecha digital y las trabas burocráticas que plantea una prestación destinada a los más vulnerabilizados

La falta de transparencia en materia de utilización de la IA a nivel gubernamental nos impide conocer qué tipo de programas informáticos se están utilizando en el análisis de las solicitudes del IMV, pero observamos un sesgo racial y de clase, que impide que este beneficio llegue a todas las familias que lo necesitan.

Software que no reconocen tu rostro o te confunden con un animal

Otro de los grandes problemas demostrados en la IA es el relativo a los algoritmos de reconocimiento facial, es decir, la identificación de personas a través de una imagen digital. Se trata de un mecanismo que conlleva la vulneración de los derechos más fundamentales como lo son los relativos a la privacidad o a tener conocimiento de que estos datos se están registrando, además de los riesgos de seguridad que plantea la filtración de una información de la que no nos podemos deshacer.

Por otra parte, estos algoritmos plantean el problema descrito por la investigadora del MIT y fundadora de la Algorithmic Justice League, Joy Buolamwini, de ascendencia ghanesa, que descubrió que diversos programas de reconocimiento facial eran incapaces de "leer" su rostro, a menos que se pusiera una máscara blanca.

Tras esta experiencia, Buolamwini decidió probar la precisión de los sistemas de IBM, Microsoft y Megvii sobre una base de datos de 1.270 rostros de políticos. Al finalizar las pruebas, estableció dos cosas: primero, que los software identificaban con mayor precisión a hombres que a mujeres; y segundo, que identificaban mejor a hombres de piel blanca que de piel oscura y que también identificaban mejor a mujeres de piel blanca que de piel oscura. Mientras que en el caso de varones blancos el margen de error era inferior al 1%, este aumentaba a 35% cuando se trataba de rostros de mujeres negras.

Las deficiencias en los programas de reconocimiento facial llevan años poniéndose sobre la mesa. En 2019, el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología, agencia de la Administración de Tecnología del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, analizó 189 algoritmos de 99 desarrolladores, entre ellos, Microsoft, Intel y SenseTime.

Tras analizar 18,27 millones de imágenes de 8,49 millones de personas, el estudio concluyó que la mayoría de software de reconocimiento facial tienen problemas graves para identificar rostros de personas no caucásicas. En concreto, descubrieron que se producían "falsos positivos" con rostros de personas negras y asiáticas, es decir, que los programas identificaban a dos seres humanos diferentes como si fueran la misma persona.

Cuatro años antes, en 2015, Google se vio obligado a pedir disculpas tras demostrarse que su aplicación Google Photos etiquetaba a personas negras como "gorilas". Algo similar ocurrió el año pasado con Facebook, que también debió ofrecer disculpas públicas cuando se descubrió que uno de sus algoritmos identificaba a hombres negros con primates en un vídeo.

La IA perpetúa e intensifica la discriminación al destinarse sobre todo a grupos raciales sistemáticamente vigilados y controlados, a los que se les aplica de manera desproporcionada y sin las mismas garantías que al resto de población europea. Así es el caso del gobierno italiano, que frente a los dos millones de imágenes digitales de personas italianas que tiene registradas, alberga casi tres veces más imágenes de personas migrantes y refugiadas.

Esta lógica de funcionamiento se vuelve todavía más problemática cuando se aplica a las fronteras. A fines del año pasado supimos que el gobierno de España tiene pensado implementar durante la segunda mitad de 2022 la denominada "frontera inteligente" en Ceuta y Melilla, con el objetivo de regular las entradas y salidas de personas extracomunitarias del espacio Schengen y "combatir el terrorismo". Esta herramienta registrará a todos los viajeros de terceros países, e incluirá sus nombres y datos biométricos, es decir, huellas dactilares e imagen facial.

Tomando en cuenta los numerosos fallos que arrojan los programas de reconocimiento facial, y la gran situación de vulnerabilidad en que se encuentran las personas racializadas y migrantes que entran por frontera sur, podemos suponer el terrible impacto que va a provocar esta herramienta, la que vendrá a actuar como un nuevo dispositivo racista dentro del Estado español.

Además de los debates legales y éticos que plantean estos mecanismos, y que son omitidos cuando las personas afectadas son migrantes, no se aporta información sobre quiénes o qué organismos e instituciones se encargarán de registrar y almacenar esos datos o cuáles serán los protocolos para evitar se den usos aún más perversos de los mismos.

La IA no solo no es neutral por estar sesgada, también lo es por emplearse en un contexto social y político donde no hay neutralidad. Lejos de tratarse de un sistema aséptico que reduce las desigualdades, amplifica y reproduce viejos patrones de discriminación racial y social. Ante esta situación, es imprescindible que desde el antirracismo se comience a abordar esta problemática con voz propia. Algunas ya formamos parte de proyectos que están intentando visibilizar esta realidad.

La IA no puede ser un campo que quede fuera del escrutinio público y la vigilancia de los movimientos sociales, porque está determinando el futuro de millones de personas. Es un nuevo frente de lucha para las comunidades y pueblos racializados, y debemos estar preparadas para ello.

18/01/2022

Revelan que en 2020 el ejército lanzó la "Operación Mantiqueira" para soliviantar a la tropa con el fantasma del comunismo

La doctrina de la Seguridad Nacional renació en el país con la llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro al Planalto. 

En el Brasil de Jair Bolsonaro se persigue el presunto adoctrinamiento en las escuelas, pero hay vía libre para hacerlo en los cuarteles. En un pequeño municipio de San Pablo, Piquete, se simularon ejercicios militarescon un objetivo como blanco: una izquierda de utilería que se escindió del PT y un MLT (Movimiento de Lucha por la Tierra), remedo del MST que reúne a los trabajadores rurales. Todo sucedió en un país ficticio llamado Brasânia y se difundió bajo la denominación más real de Operación Mantiqueira. Es el nombre de una sierra del sudeste que se extiende por territorio paulista, de Minas Gerais y Río de Janeiro.

La información fue difundida por el sitio The Intercept y remite a hechos de noviembre del 2020. El periodista Rafael Moro Martins tuvo acceso a documentos que lo prueban con precisión de detalles. Las maniobras fueron concebidas por el mismo ejército que formó al actual presidente en tácticas de contrainsurgencia. Un apologista de la dictadura de 1964 que reivindica a su torturador más famoso: el coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra. El simulacro se realizó en la misma localidad donde se levanta una de las fábricas de IMBEL (Industria de Material Bélico de Brasil). Las tropas tenían las armas a mano para combatir a sus enemigos de novela. Un género de alto rating en la TV local desde hace décadas.

Uno de los textos en que se basó Moro Martins lo firma el mayor Marcos Luis Firmino. No es un protagonista del realismo mágico brasileño. Pero tiene igual apellido que el futbolista nacido en Maceió y del Liverpool inglés. Moro Martins no pudo confirmar la verdadera identidad del funcionario de Inteligencia. Escribió en su nota: “Busqué el nombre de Firmino en el Portal de Transparencia del gobierno federal, pero no pude encontrarlo. Algunos miembros de las Fuerzas Especiales pueden tener sus nombres ocultos allí, como sucede con los delegados de la Policía Federal o agentes de ABIN, la Agencia de Inteligencia de Brasil”.

Del extenso artículo se desprende que en Mantiqueira intervinieron oficiales y suboficiales del ejército, alumnos del Centro de Instrucción de Operaciones Especiales ubicado en Niterói, ciudad vecina a Río de Janeiro. Fueron las voluntades reunidas para adoctrinarlas en una teoría contrainsurgente con reminiscencias de la Guerra Fría. O con más exactitud en el combate a la guerrilla de Araguaia, exterminada por las fuerzas militares durante la extensa dictadura (1964-1975). Un enemigo que hoy no existe, salvo en la afiebrada mentalidad de la oficialidad superior que programa estos cursos y maniobras de infantería de montaña.

La región de esa sierra abarca unos 500 kilómetros de largo. Su nombre proviene de la palabra tupí-guaraní Amantiquira. Significa Montaña que llora o Sierra donde nacen las aguas. El mismo escenario donde el revolucionario Carlos Marighella fue nombrado entre las autoridades del Partido Comunista Brasileño en la década del 30. Una película que lleva de título su apellido se estrenó bajo la dirección del brasileño Wagner Moura en 2019. 

Entre los tantos académicos que consultó The Intercept para el artículo, Celso de Castro, señaló: “No hay una amenaza para la democracia proveniente de las organizaciones de izquierda, sino de las de derecha, que han amenazado a las instituciones democráticas y están siendo investigadas en las indagatorias del Supremo Tribunal Federal”. Juliano Cortinhas, profesor del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia, también comentó en el extenso trabajo: “Decir que el partido tiene carácter marxista es totalmente inútil [para la acción militar], solo sirve para adoctrinar, para relacionar la izquierda con las amenazas. Toda la nomenclatura indica la necesidad de adoctrinamiento”.

Este tipo de prédica en los cuarteles también alcanzó a medios periodísticos a los que identifica con la insurgencia de utilería. Bajo el nombre ficticio de Samurai Media, alude sin demasiada sutileza a Mídia Ninja – fundado en 2011-, que para Moro Martins “documentó protestas contra aumentos en las tarifas del transporte público en San Pablo y otras capitales y luego se convirtió en un medio de comunicación popular de izquierda”.

La investigación se publicó el 7 de diciembre y su autor señala que les envió preguntas a las autoridades del ejército que no respondieron después de hacerlo esperar más de tres semanas. “Sin embargo, en ningún momento ni la fuerza ni los funcionarios de la oficina de prensa -dos coroneles, un capitán y un teniente- con quienes tramité la solicitud de información, negaron los documentos”, describió el periodista.

La doctrina de la Seguridad Nacional renació en Brasil con la llegada del ultraderechista Bolsonaro al Planalto. Todo indica – o al menos estos documentos lo probarían - que las fuerzas especiales formateadas en el marco de la Operación Mantiqueira tienen una línea de continuidad con el Destacamento de Operaciones de Información (DOI-Codi), acrónimo del siniestro organismo que lideró Brilhante Ustra durante el régimen militar: Destacamento de Operaciones de Información - Centro de Operaciones de Defensa Interna.

Para sostener su estructura y los fondos destinados a alimentarla, en Brasil les hace falta un enemigo interno. Las mentes peregrinas que lo imaginaron con ribetes novelescos consideran que lo encarna el llamado Ejército para la Liberación del Pueblo Brasileño (ELPB), “creado a partir de un proyecto de un partido político marxista y con una organización armada clandestina, nacida de una disidencia del Partido de los Trabajadores”. Así piensan en las fuerzas armadas, una de las patas del trípode en que se apoya el gobierno del “genocida Bolsonaro”, como lo llama Lula. Las otras dos son amplios sectores de la iglesia evangélica y los bloques del Congreso nucleados en las tres B: Biblia, bala y buey. Legisladores religiosos, partidarios del uso de armas y terratenientes. Amén del electorado más duro pero en franco declive que todavía apoya al presidente.

20 de diciembre de 2021

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Acabar con la psiquiatrización es una victoria de clase

‘’Mi madre acabó hundiéndose del  todo y, por decisión del tribunal, la llevaron al hospital psiquiátrico de Kalamzoo (...) Aquel día supe que no volvería a ver a mi madre. Ya que nos habían considerado números y no seres humanos, yo habría podido volverme una persona mala y peligrosa. Mi madre había llegado a ese estado porque la sociedad había fallado en su deber, se había mostrado hipócrita, avara, inhumana. Eso me enseñó a no tener compasión por una sociedad que primero aplasta a los hombres y luego los castiga por no ser capaces de soportar la prueba’’

Un pequeño fragmento en la biografía de Malcolm X (Haley, 2015), que trata sobre la psiquiatrización de su propia madre, nos abre un mundo de posibilidades y conecta, en el otro lado del charco, con Leopoldo María Panero: ambos comprendieron el secreto mejor guardado de la psiquiatría, en palabras de Panero: que la psiquiatría es una ciencia devorada por el capital que olvida que volverse loco es la única posibilidad. La ciencia que buscaba extraer la piedra de la locura se levantó hace tiempo en pie de guerra contra su sujeto. Es el brazo armado del capital dentro de nuestro componente más íntimo: El castigo de la conducta y el desvío. No solo eso, se castigan nuestras relaciones con el poder y el capital, la persona psiquiatrizada entorpece, molesta, es inservible y perturba el orden social, económico y moral -casi podríamos decir político- de la sociedad. No es un castigo que responda a tu situación con respecto a la normatividad, sino que más bien se castiga y se reprime aquello que trasciende a lo individual, a la propia conducta, el loco es considerado un enemigo social en tanto en cuanto perturba la continuidad y el orden del capital.

El loco se rompe en las dinámicas de la explotación capitalista y a la vez rompe y zarandea su flujo. Guillermo Rendueles (2017) expresa: “el malestar no depende de la psique individual, sino que es consecuencia de las relaciones de explotación y sumisión que genera el capitalismo”. El capital explota al trabajador y, como bien dice Malcolm X, le castiga por no soportar la prueba, le encierra, le ata, le droga…, reprime y maltrata su cuerpo por estar indefensos ante un poder cruel, violento y frenético.

Foucault ha escrito largo y tendido sobre psiquiatría y es interesante descubrir que para él: ‘’Dejar de estar loco es aceptar ser obediente, poder ganarse la vida, reconocerse en la identidad biográfica que han forjado para uno (...)”. Aceptar la enfermedad por la locura implica someterse a lo que el capital te ha designado, preguntarte “¿quién soy?’’ y que el capital responda ‘’un esquizofrénico’’, pensar “¿qué soy?’’(Foucault, 2005) y tener que responderte ‘’profundamente inservible en esta sociedad’’. Esto porque la locura es un término colectivo: La sociedad sufre al loco mientras que la enfermedad la sufre el individuo.

Pero nadie como los colectivos en primera persona y sobre todo aquellos que se ven obligados a apoyarse mutuamente para sobrevivir para explicar esto. Xarxa GAM nos dice: “¿Estando en el psiquiátrico te han dado ganas de fugarte? En tal caso has entendido que: La institución psiquiátrica se convierte en la más opresora que has visto nunca. Te prohíben hacer cualquier cosa que ellas no hayan previsto para ti (...) Las normas dañan la esencia de tu ser, la imposición de comportamiento se establece como medida de control, deteriorándote como individuo. No sólo has de obedecer, has de subyugar todo tu ser a su lógica represora, no te dejarán marchar hasta que demuestres que la has asimilado.” (Xarxa GAM, y Rojo, 2018).

En todo proceso de psiquiatrización hay una guerra, un proceso de sometimiento que subyace a todos los mecanismos que la psiquiatría usa para doblegarte. Antonucci señala que el ingreso psiquiátrico es una cuestión de poder: Si una mujer pobre dijera que existen los demonios en la consulta de su psiquiatra sería psiquiatrizada, ingresada y probablemente torturada, pero si un obispo acudiera a la cita con su psicóloga/psiquiatra y contara exactamente lo mismo se consideraría una cuestión completamente normalizada. Esta no es la única historia de poder que podemos leer a través de Antonucci. El psiquiatra italiano señala que la propia decisión de psiquiatrizarte es tomada de forma jerárquica, es siempre una decisión coaccionada. Expone: “se acaba en el manicomio o en una clínica psiquiátrica por decisión de alguien con más poder: puede ser el padre que tiene más poder que la hija, el marido que tiene más poder que su mujer, el jefe que tiene más poder que el empleado, etcétera” (Antonucci, 2018).

Esto se debe a lo que ya observa Franco Basaglia sobre que ’la medicina y la psiquiatría son motivo de opresión y son un medio violento utilizado por el poder contra los hombres’’.

Hablar de la psiquiatría como una guerra puede sonar algo chocante, en principio, para quien no se haya acercado progresivamente al activismo en salud mental pero lo cierto es que los muros de la consulta son un campo de batalla. Mientes por sobrevivir, te torturan, pero sobre todas las cosas es una guerra por el expolio y la extenuación de los cuerpos débiles. Lucha contra ellos por que claudiquen a su bandera, por que acepten lo que el que tiene más poder les ha designado, y consuman en lo que se les ordena. Cuando el cuerpo está totalmente conquistado se le expropia la capacidad de consumir, está sujeto e insertado en el ciclo del consumo y, con suerte, podrá reengancharse a la cruel producción que le ha llevado a esa situación si este desgaste no le ha llevado a su completa destrucción. Trabaja extenuado por las drogas, sintiéndose un extraño; ya no solo alienan sus condiciones de trabajo, está inserto en la alienación que el psiquiatra produce en su misma identidad: le han arrebatado el cuerpo, le han convertido en otro en sí mismo.

El SPK (Colectivo de pacientes socialistas en alemán, posteriormente convertido en el Frente de pacientes) ya mencionaba que el capitalismo y el fascismo expoliaban el cuerpo y colonizaban tu identidad para ‘’capitalizar tu enfermedad basándose en los criterios del (plus) valor’’. Es en esta situación tan perversa donde se dan situaciones que resultan casi cómicas como es la de Obra Social la Caixa, la misma que mañana acabará desahuciándote, financiando gabinetes y  psicoterapias. Esta es la perversidad de una disciplina absorbida por el capitalismo, pagarte la terapia cognitivo-conductual para que no te pueda la angustia pensando en que no puedes pagar un alquiler que te llevará al desahucio. No es casualidad esta financiación, mientras un acto político como es todo desahucio destroza tu vida, un gabinete de psicólogos financiado por la misma entidad se encargará de individualizar tu sufrimiento, atarte a un tratamiento, atarte al consumo, conseguir que tu trabajo, por precario que sea, no se interrumpa y bloquee la producción y, sobre todo, alienar todo tu potencial revolucionario, alejar tu sufrimiento como herramienta colectiva y encerrarte en un cuerpo que ya ni siquiera es tuyo, sino que te ha sido sustraído por toda una disciplina. El castigo no solo se basa en atarte dentro del psiquiátrico, sino también fuera.

Este colonialismo del cuerpo es el capitalismo de las farmacéuticas que consiguió perfeccionar su modelo hasta el extremo. Dice Robert Whitaker, preguntado por su experiencia, que ‘’los psiquiatras ganaron poder’’  con la llegada de los psicofármacos. Al sistema tampoco le vino mal, fue la entrada en un modelo cruel y efectivo pero que, y siguiendo con Whitaker, se perfeccionó hasta tal punto que ‘’se creyeron su propia propaganda’’. Es el extractivismo de lo humano, el capital fomentando el consumo y consumiendo el cuerpo de los que consumen. Nos encontramos en un modelo que solo puede ser considerado cómplice del dolor que genera romper a las clases bajas en la explotación del trabajo y los ritmos frenéticos y violentos de su día a día. La psiquiatría y las farmacéuticas crean una industria perversa: ‘’Están creando mercado para sus fármacos y están creando pacientes. Así que si se mira desde el punto de vista comercial el suyo es un éxito extraordinario. Tenemos pastillas para la felicidad, para la ansiedad, para que tu hijo lo haga mejor en el colegio” (Whitaker, 2015).

Dice Robert Whitaker, preguntado por  los diagnósticos psiquiátricos: Solo una sociedad neoliberal asume la perversidad de la cita ‘’pastillas para que tu hijo lo haga mejor en el colegio’’ sin pestañear, mirando hacia otro lado. Ni siquiera hace falta irnos tan lejos, ya la OMS nos da una definición sintomática en esta línea. Dice la OMS en su definición sobre salud mental: ’(Es) un estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, puede trabajar productiva y fructíferamente y es capaz de hacer una contribución a su comunidad’’

No solo están creando mercado de fármacos, también están tapando los agujeros que deja su sistema, están haciendo negocio con las violencias que devienen de él. Hoy el trabajador deja de ser productivo en su puesto de trabajo y pasa a ser rentable en las industrias internacionales. Una imagen altamente productivista que sostiene un ciclo que saca el máximo rendimiento a los cuerpos atándolos dentro y fuera en un negocio de masas: “En 2007, gastamos 25.000 millones de dólares en antidepresivos y antipsicóticos y, si queremos considerar esta cifra en perspectiva, pensemos en que superó el producto interior bruto de Camerún’’. Cifra terrible desde la óptica en la que el consumo de psicofármacos se ha convertido en un best-seller de la industria.

Ni Fisher hubiera podido imaginar lo que se podría hacer con nuestra vida más íntima. Se estrechan los lazos entre los beneficios del trabajo y la industria que crece exponencialmente. No es para menos: según un último informe de CCOO (2021), ‘’una de cada cuatro personas ocupadas toma sedantes o somníferos’’. Reflexiona Antonucci sobre esto: ‘’Nuestra limpia y organizada sociedad (...) tiene como finalidad la explotación del hombre para producir dinero o poder. Su resultado es la eliminación del trabajador que no aguanta el ritmo de producción, el trabajo a destajo, la cadena de montaje, los desplazamientos diarios, el desempleo, la emigración y la explotación. Estas personas, los trabajadores y sus hijos, llenan los institutos psiquiátricos, donde el sistema comete el segundo gran crimen (...) son segregados y reducidos al silencio; se actúa para que no se puedan defender (electroshock, los psicofármacos…) y para que no perturben a los culpables’’. Giorgio Antonucci sabía qué son las opresiones las que generan el sufrimiento psíquico, es el propio sistema quien te obliga a claudicar y acabar psiquiatrizado.

Un extractivismo que ya comentaba Mark Fisher con su ‘’privatización del estrés’’ y que se entremezcla con el panóptico foucaultiano y su punitivismo. Supone romper a los más débiles y devolverlos a una industria perversa (en el mejor de los casos) o extenuar su subjetividad y sus cuerpos en base al consumo y la represión. El sistema de salud mental supone la ruptura de tu propia subjetividad a través de los psicofármacos, las torturas y las vejaciones que lo acompañan. Dice también un informe del comité de fábrica de la Bartolini: ‘’(Los psiquiátricos son) sistemas de contención, lugares de marginación social de los inadaptados, o sea de todos aquellos que no han podido adaptarse a los ritmos de explotación física y psíquica impuestos por el sistema capitalista, quienes son considerados, pues, fuerza ‘improductiva’, como individuos ‘inútiles’ y peligrosos para la sociedad’’.

Hace unos años salía aquella noticia sobre que los inuit tenían la tasa de suicidio más alta del mundo y para mí fue una epifanía. Resulta comprender que la tarea del activismo en salud  mental es hacer entender a aquellos abocados a la marginalidad, a perpetuarse en las clases más bajas, que se verán tarde o temprano, si no dentro, al menos al filo de la psiquiatrización. Conseguir que los colectivos LGTBI, antirracistas, etc, estando al filo o sumidos en la psiquiatrización, sientan lo que los obreros italianos sintieron en la época de la antipsiquiatría en Italia: ‘’me reconozco en quienes están ahí dentro porque son quienes no han resistido’’, pensar de forma global e interseccional lo que ya dijo Franco Basaglia: ‘’Nosotros queremos cambiar radicalmente las relaciones que se establecen entre nosotros. Y cuando digo nosotros, me refiero a compañeros, sindicalistas y no sindicalistas, a los trabajadores que quieren luchar contra el poder’’

Implica, al fin y al cabo, hacer comprender que cuando decimos que ‘’sin locos no hay revolución’’ no es un recurso literario o propagandístico, sino la constatación de una realidad. Y es que los locos son los nuestros.

Por Alberto Cordero

16 diciembre 2021

 

Alberto Cordero es militante de Anticapitalistas y Abrir Brecha y activista de Orgullo Loco

Referencias

Antonucci, Giorgio  (2018) El prejuicio psiquiátrico. Iruña: Katakrak.

CCOO  (2021) “La salud física y mental de los trabajadores, en caída libre por el coronavirus” La salud física y mental de los trabajadores, en caída libre por el coronavirus | ctxt.es

Foucault, Michel (2005) El poder psiquiátrico. Madrid: Akal.

Haley, Alex (2015) Malcolm X. Madrid: Capitán Swing.

Rendueles, Guillermo (2017) Las falsas promesas psiquiátricas. Madrid: La Linterna Sorda.

Whitaker, Robert (2015) Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales. Madrid: Capitán Swing.

Whitaker, Robert (2016) “La psiquiatría está en crisis”, El País, https://elpais.com/elpais/2016/02/05/ciencia/1454701470_718224.html

Xarxa GAM y Rojo, Hugo (2018) Otra mirada al sistema de salud mental. Descontrol. Osalde

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El primer confinamiento en Europa de la nueva era covid cumple una semana, mientras ómicron amenaza al continente

Austria reduce muy levemente el impacto de la covid tras una semana de confinamiento. "Así como al principio había más rabia y frustración por haber dado pasos atrás, ahora hay resignación, porque nos lo esperábamos", dice a 'Público' un español residente en el país. La nueva ola de la pandemia del coronavirus avanza sin freno por Europa.

 

"Los ciudadanos deberán asumir nuevas restricciones durante 20 días porque hubo demasiados que se han mostrado insolidarios. Les pido que sigan las medidas y que reduzcan los contactos". Con estas palabras se dirigió el canciller federal austriaco Alexander Schallenberg el pasado día 19 de noviembre, para anunciar a su población el inicio de un confinamiento total en el país a partir del lunes, día 22. Hasta ese momento, el confinamiento tan solo había sido decretado para los no vacunados. 

El de Austria es el primer confinamiento total tras la relajación de las restricciones con la llegada de las vacunas en una Unión Europea (UE) que ya se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia del coronavirus y a la que comienzan a llegar los primeros casos de la nueva variante, ómicron.

Desde entonces, ya ha pasado una semana y los ciudadanos lo llevan con "resignación". "Así como al principio había más rabia y frustración por haber dado pasos atrás, ahora hay resignación, porque nos lo esperábamos". Así lo narra a PúblicoJavier Luque, periodista y español residente en Austria, quien remarca que, si bien el teletrabajo es recomendable, aún es posible ir a trabajar haciéndose una PCR diaria. No obstante, estima que por el centro de Viena hay aproximadamente un 25% de la gente que suele haber entre semana en hora punta. Además, cuenta que también está permitido salir a pasear y hacer deporte sin mascarilla y mantener el contacto con una persona fuera del núcleo de convivencia, una medida pensada "para combatir la soledad".

Sin embargo, la mejoría de la pandemia del coronavirus aún no se aprecia demasiado. "Los casos están desbocados", explica Luque. Y está en lo cierto, pues si al inicio del confinamiento total se reportaban 14.125 casos nuevos, este domingo aún había 10.478 personas más contagiadas y 39 fallecidas, según datos del Ministerio de Sanidad que recoge el diario austriaco Kurier. Además, las hospitalizaciones por covid continúan subiendo y aún hay 623 personas en situación crítica ingresadas en la UCI. Y esta cifra no deja de crecer. 

En total, hay 148.603 infecciones activas por covid-19 en el país. Sin embargo, son 3.668 menos que el día anterior. Los muertos se elevan ya hasta los 12.388 y, hasta el momento, ha habido un cúmulo de 1.143.283 resultados positivos en las pruebas de detección. 

Este aluvión de casos se debe, entre otras cosas, a que el país tan solo tiene a un 66,6% de su ciudadanía con la pauta vacunal completa. Este sábado, se inoculó a 87.568 personas. De ellas, un 11,87% recibieron la primera dosis; un 12,91%, la segunda; y un 75.22%, la de refuerzo.

Una baja tasa de vacunación que Javier Luque achaca a varios factores: "Teorías conspiranoicas, medicinas alternativas, el influjo de las fake news, el auge de la ultraderecha -que tiene el púlpito del Parlamento para enviar mensajes negacionistas-, el hecho de que las primeras olas no fueron tan traumáticas en Austria como en otros países de Europa... Todo esto no ha ayudado a que toda la sociedad vaya a una en la lucha contra la pandemia".

La segunda medida que anunció el canciller austriaco va precisamente destinada a combatir este problema: el país convertirá en obligatoria la vacunación a partir de febrero del 2022. "Hemos adoptado una decisión muy difícil", afirmó, para recordar a continuación que quienes no cumplan esta normativa se enfrentarán a duras sanciones administrativas. De este modo, Austria será la primera nación europea en poner en marcha esta medida.

"A pesar de meses de persuasión, a pesar de todas las campañas en los medios de comunicación, a pesar de todo, no hemos podido convencer a la gente de que se vacune", se lamentó el canciller, para posteriormente cargar duramente contra los partidos políticos que se ponen a la inoculación, como el ultraderechista FPÖ, cuya postura definió como "un atentado contra el sistema sanitario".

Esta medida ha hecho salir a la calle a manifestarse este fin de semana a unas 40.000 personas, que han protestado en diferentes ciudades del país al grito de "Paz, Libertad. No a la dictadura". Estas concentraciones, sin embargo, han sido mayoritariamente pacíficas. Tan solo se han notificado 150 informes administrativos, la mayor parte de ellos por no llevar puesta la mascarilla. 

A todo esto, ahora se suma la noticia de que Austria ha detectado su primer caso sospechoso de la variante ómicron. El hombre infectado, según informa el diario Kurier, habría estado durante tres semanas con un amigo en Sudáfrica, país donde se detectó el primer caso de ómicron. Cuando el martes regresó al país, dio negativo en el test de antígenos. Sin embargo, el momento el Gobierno cerró sus fronteras a la llegada de aviones procedentes de la zona y comenzó a pedir una PCR a todos los ciudadanos austríacos o residentes en el país que regresaran de allí. Fue entonces cuando este individuo, que se encuentra asintomático, dio positivo. El resultado final, que confirmará si está contagiado con la nueva cepa, se espera en unos días. 

"Nos quedan dos semanas de confinamiento", afirma apesadumbrado Luque, quien nos informa de que a partir del 12 de diciembre lo más probable es que sigan confinados quienes aún no tengan la pauta de vacunación completa.

La nueva ola cabalga sobre Europa

El mapa del coronavirus en Europa se oscurece a marchas forzadas, con una nueva ola que ya ha convertido al viejo continente en el epicentro mundial de la pandemia. "Ya no estamos en la covid-19. Nos encontramos ante la covid-21, que es mucho más contagiosa", afirmó tajante Alexander de Croo, primer ministro belga.

La Unión Europea (UE) ya lucha con todas las armas a su disposición para atajar este pico de contagios, que podría verse acrecentado con la llegada de ómicron: restricciones, confinamientos... La más potente, la vacunación. Sin embargo, se encuentra con un obstáculo: la negativa de miles de ciudadanos comunitarios a inocularse. El 25% de los adultos sigue sin estar completamente vacunado. España es uno de los países más avanzados, con alrededor del 84% de su población adulta con ambas dosis. El más rezagado es Bulgaria, con tan solo un 29% de inoculados.

Curioso es el caso de Portugal, que, siendo el país con más dosis puestas, en concreto un 86,6% con pauta completa, ya ha anunciado que el país entrará en lo que denominan "estado de calamidad", un paso previo al estado de emergencia. El Gobierno de Antonio Costa ha sido contundente y pondrá en marcha una batería de restricciones: desde la "semana de contención" desde el 2 al 9 de enero de 2022 -que obligatoriza el teletrabajo y decreta el cierre de bares y discotecas y el retraso de la vuelta a las clases- hasta la obligación de presentar tests negativos para entrar en el país.

Más duros aún se han puesto los Gobiernos de Austria y Eslovaquia, que han impuesto un confinamiento total para frenar el avance del coronavirus. Por su parte, Países Bajos o Bélgica han limitado los horarios y aforos de bares y restaurantes.

Europa, bajo la amenaza de la nueva variante: ómicron

A la ya de por sí complicada situación de la pandemia en Europa se suma ahora la aparición de la nueva variante del coronavirus, ómicron.

Durante la jornada del sábado tan solo Alemania, Reino Unido o Bélgica confirmaban algunos positivos entre sus ciudadanos. Sin embargo, este domingo Países Bajos se ha sumado con 13 casos nuevos de los vuelos procedentes de Sudáfrica, en los cuales se había detectado la presencia de 61 positivos.

Además, el Gobierno germano ha añadido este domingo un nuevo positivo y ya son tres los casos con la variante ómicron. A los que se suman otros dos ciudadanos de Dinamarca que viajaron desde el sur de África. 

Una propagación que ha hecho saltar todas las alarmas y ha obligado a cerrar las fronteras europeas a ciudadanos procedentes de Sudáfrica, país donde se detectó el primer paciente infectado con ómicron.

28/11/2021 22:24

Cristina del Gallego Baraibar@CrisdelGallego

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Miércoles, 10 Noviembre 2021 05:13

Foucault nunca está en paz

Foucault nunca está en paz

Los temas más importantes abordados por Michel Foucault dejaron de estar en los márgenes para convertirse en los principales problemas de la vida política. El pensador francés es disputado por izquierda y por derecha. Pero, ¿cuáles fueron sus enseñanzas?

De repente, parece que todo el mundo tiene algo para decir sobre Michel Foucault. Y no necesariamente cosas buenas. Después de haber disfrutado de un recorrido de décadas durante el cual sirvió como referencia multiuso en las humanidades y en las ciencias sociales, el filósofo francés está siendo reconsiderado tanto por la derecha como por la izquierda.

Como era de esperarse, durante mucho tiempo la derecha acusó a Foucault de consentir una variedad de patologías de la izquierda. Algunos conservadores incluso hicieron de él un chivo expiatorio de males que van desde el nihilismo ocioso hasta el totalitarismo woke. Sin embargo, en algunas zonas de la derecha está surgiendo una nueva y extraña estima por Foucault. Los conservadores han coqueteado con la idea de que la hostilidad de Foucault hacia la política confesional podría convertirlo en un escudo útil contra los «guerreros de la justicia social». Esta conjetura se vio reforzada durante la pandemia de covid-19, cuando la crítica de Foucault a la «biopolítica» –su término para referirse a la significación política que han cobrado las cuestiones médicas y de salud pública en los tiempos modernos– proporcionó un arma útil para atacar la lealtad progresista a la ciencia.

En paralelo al mayor prestigio que Foucault fue ganando en el ámbito de la derecha, en la izquierda su imagen su fue debilitando. Hace una década, la atención de la izquierda se centraba en si las elaboraciones de Foucault sobre el neoliberalismo en la década de 1970 sugerían que sus compromisos filosóficos armonizaban con la emergente ideología del libre mercado: hostil al Estado, opuesta al poder disciplinario y tolerante con comportamientos que antes se consideraban inmorales. (Recientemente, el centro de la crítica de la izquierda, al igual que el de su contraparte conservadora, se ha desplazado a la política cultural. En ese marco, los teóricos sociales Mitchell Dean y Daniel Zamora sostienen que la politización de Foucault del individualismo inspiró las excentricidades confesionales de la «cultura woke», que busca superar los males de la sociedad haciendo de la reforma de uno mismo el horizonte último del proyecto. Al mismo tiempo, el prestigio de Foucault resultó erosionado tras las recientes afirmaciones de que habría pagado a menores de edad por sexo mientras vivía en Túnez durante la década de 1960. Estas acusaciones han hecho que se preste más atención a los pasajes de sus escritos en los que, al igual que otros pensadores radicales de su época, cuestionaba la necesidad de una edad legal de consentimiento sexual.

¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué Foucault parece ahora un contemporáneo, casi 40 años después de su muerte? ¿Por qué los partidarios de la izquierda se vuelven contra él? ¿Y por qué algunos conservadores lo adoptan?

En primer lugar, el debate actual sobre las implicancias políticas del pensamiento de Foucault es sintomático de nuestra política trastocada, en la que los populistas se presentan como radicales contraculturales. En segundo lugar, nuestro discurso público más ambicioso se basa cada vez más en ideas que solían estar confinadas a la academia o a pequeños círculos intelectuales. Esto es especialmente cierto en el caso de las ideas progresistas –el «privilegio blanco», la teoría de género, la teoría crítica de la raza–, pero también en el de la derecha, como se observa en la creciente familiaridad de los jóvenes conservadores con los cánones del pensamiento nacionalista e incluso fascista. A medida que la cultura académica se filtra en el debate político, no es de extrañar que un pensador de la talla de Foucault sea arrojado a la mezcla.

En tercer lugar, y lo que es más importante, los primeros años del siglo XXI se han vuelto foucaultianos. Pensemos en los temas que Foucault ayudó a introducir como objetos de reflexión filosófica: la enfermedad mental, la salud pública, las identidades de género y transgénero, la normalización y la anormalidad, la vigilancia, el individualismo. Estos temas, confinados anteriormente en los márgenes del pensamiento político, se volvieron grandes preocupaciones con una importante repercusión en la vida cotidiana, en el mundo occidental y fuera de él.

El problema es que se ha vuelto demasiado fácil confundir el objeto de estudio foucaultiano con el pensamiento de Foucault. En los debates que lo invocan, a menudo se pasan por alto las fuentes más profundas de su filosofía. En consecuencia, Foucault parece a la vez ultracontemporáneo y –utilizando un término de su filósofo preferido, Friedrich Nietzsche– curiosamente «intempestivo» (es decir, fuera de moda o inportuno).

La reputación de Foucault está revestida de una gruesa capa de interpretaciones polémicas y apropiaciones partidistas. Hace un siglo, las teorías de Karl Marx se encontraron en una situación similar, ya que su interpretación se convirtió en motivo de controversia en el floreciente movimiento socialista. Tras la revolución bolchevique, el filósofo húngaro Georg Lukács se sintió obligado a preguntar: «¿Qué es el marxismo ortodoxo?». Por extraño que parezca, una pregunta similar podría hacerse respecto de Foucault. ¿Qué es el foucaultismo ortodoxo? ¿Qué es lo que Foucault ha enseñado realmente?

Foucault fue un pensador proteico cuyos intereses cambiaron con frecuencia a lo largo de sus 30 años de carrera. Aunque sostuvo diversas opiniones, no debemos olvidar que, en el fondo, era un filósofo, no un historiador (a pesar del carácter histórico de su pensamiento) ni un ideólogo o un comentarista político.

Aristóteles comenzó su Metafísica con la siguiente afirmación: «Todos los hombres desean por naturaleza saber». En primer lugar, Foucault intentó explorar esta afirmación, no como una verdad autoevidente, sino como una idea que debe resultar extraña y sorprendente. No le interesa investigar el problema tradicional de la epistemología («¿Qué es el conocimiento?») sino una cuestión cultural: «¿Por qué valoramos el conocimiento?». En su ensayo «Sobre verdad y mentira en sentido extramoral», Nietzsche escribió: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la ‘Historia Universal’: pero, a fin de cuentas, solo un minuto». Estas palabras captan el espíritu –si no el tono– de la búsqueda de Foucault. ¿Por qué nuestra sed de conocimiento abarca tantas actividades humanas? ¿Cómo sería vivir sin ser poseído por la voluntad de saber?

El origen de los interrogantes de Foucault se halla en su temprano compromiso con lo que se conoce como el idealismo alemán. Comenzando con Immanuel Kant a fines del siglo XVIII, los pensadores de esta tradición hicieron hincapié en el modo en que la conciencia da forma al mundo. Kant afirmaba que si uno puede ver un paisaje es porque su conciencia tiene una concepción del espacio y el tiempo, y también de categorías lógicas como la unidad y la pluralidad. Los idealistas posteriores, entre los que destaca G.W.F. Hegel, batallaron con la relación entre el «sujeto» (es decir, la conciencia) y los «objetos» (la realidad exterior). Mientras que algunos idealistas de otras escuelas filosóficas hacían afirmaciones extravagantes sobre la subjetividad, reduciendo la realidad objetiva a productos de la imaginación del ser, la preocupación principal de los idealistas alemanes era comprender qué hace que los objetos sean accesibles a la conciencia, cómo podemos conocer nuestro mundo.

El idealismo alemán proporcionó a Foucault su vocabulario filosófico básico. Su originalidad radica en la transposición del marco del idealismo alemán a las problemáticas históricas y culturales. En Historia de la locura en la época clásica, Foucault demostró que la enfermedad mental surgió como objeto solo a partir del desarrollo de una forma de subjetividad enraizada en la ciencia empírica. En El nacimiento de la clínica, examinó el tipo de sujeto necesario para el surgimiento de la medicina moderna, en concreto, uno capaz de entender la enfermedad como algo inmanente a los cuerpos mortales. Según Foucault, tanto el sujeto como los objetos –la conciencia y la realidad externa– están determinados por la historia. Aunque a menudo se pensó que era un relativista, nunca afirmó que la verdad variara de una perspectiva a otra. Sostenía que lo que cuenta como verdad cambia con el tiempo, aunque en un momento dado esta pueda asumir un carácter fijo e inexpugnable. A su manera idiosincrásica, Foucault fue el último idealista alemán.

Foucault también suscribió un relato histórico distinto en el que el advenimiento de lo que él llamaba «humanismo» (o, en términos más técnicos, antropología filosófica) fue el punto de inflexión decisivo de la historia moderna, y no estuvo exento de problemas. Una lectura superficial de Foucault lleva a muchos a concluir que, a través de este relato, el pensador francés denunciaba las falsas pretensiones de universalidad enarboladas en nombre de la humanidad (por ejemplo, la forma en que la «humanidad» incorpora supuestos etnocéntricos o de género) o sugería que el humanismo era un discurso falsamente emancipador que incorporaba astutamente formas perniciosas de poder. Quizás Foucault estaba de acuerdo con estas afirmaciones, pero no eran las razones de su antihumanismo filosófico. En sus libros de la década de 1960, los escritos de Foucault siempre comienzan con paradigmas arraigados en una cosmovisión esencialmente religiosa (en la Edad Media, por ejemplo, o en el Renacimiento) y culminan con una perspectiva científica moderna, en la que el conocimiento queda confinado en los límites del entendimiento humano. Contrarios a la idea de que Foucault es un pensador de «discontinuidades» (idea que el propio Foucault fomentó como para cubrir sus huellas), estos relatos históricos son a menudo patentemente teleológicos. De hecho, siguen el esquema histórico popularizado por Auguste Comte, el apóstol decimonónico del positivismo: se empieza con el conocimiento teológico (la realidad como creación de Dios), se pasa a la metafísica (en la que la realidad está ligada a un mundo intangible de entidades racionales), y finalmente se llega al conocimiento positivo o científico (la realidad como hechos captados por la mente humana). Para esta representación, Foucault aprovechó las ideas de Martin Heidegger, concretamente su afirmación de que el conocimiento científico está supeditado a una concepción de los seres humanos como «sujetos» cuyas capacidades de comprensión son esencialmente finitas. Una criatura limitada (en lugar de un creador infinito) solo puede captar el mundo como sujeto, es decir, como una conciencia con horizontes necesariamente delimitados.

Lo que intrigaba a Foucault era que esta aparente humildad epistemológica subyacía a una enorme expansión de la autoridad cultural del conocimiento: nunca fue tan importante el conocimiento como cuando los seres humanos lamentaron sus límites intelectuales inherentes. Y así, las experiencias que antes se creían fuera del ámbito del conocimiento se convirtieron en objetos de conocimiento científico: fenómenos contaminados por la finitud humana en lugar de atributos de un universo trascendente. La locura se convirtió en enfermedad mental, la muerte impulsó la expansión del conocimiento médico, el lenguaje se entendió como una red navegable solo para la criatura que la había tejido. El fatídico proyecto de basar el conocimiento en la finitud humana ha prolongado, paradójicamente, ese momento «más mendaz» de la historia del mundo mucho más allá de su minuto asignado.

Foucault quería romper la adicción cultural al conocimiento. Este objetivo sobresale más claramente en su historia de la sexualidad. Aunque creía que la sexualidad es una construcción social, su idea más fundamental era que la sexualidad moderna había hecho un «pacto fáustico» con la verdad. Lo que más nos gusta del sexo es entenderlo: hablar del deseo, analizarlo, diseccionarlo, explorarlo. La afirmación de Foucault de que Occidente abrazó una «ciencia sexual», mientras que Oriente cultivó un «arte erótico», expresa –a pesar de su craso orientalismo, y tal vez a causa de él– su más profunda preocupación por lo que sería experimentar el sexo sin verlo como indicador de algún secreto elusivo sobre nosotros mismos. Esta es la base de su declaración programática de que deberíamos volver a familiarizarnos con «los cuerpos y los placeres». El sexo, especuló Foucault, podría convertirse en un ámbito de experiencia emancipado de la voluntad de saber.

Sus pronunciamientos sobre la política siguieron una línea similar. A menudo se lo asocia con una evaluación sombría de la sociedad moderna, en la que el poder, lejos de limitarse al Estado y a la economía, se difunde a través de una red de instituciones disciplinarias: escuelas, hospitales, servicios sociales, asilos y prisiones, entre otros. Muchos están familiarizados con la afirmación de Foucault de que la autoridad que ejercen estas instituciones se deriva de sus pretensiones de conocimiento especializado, que él denominó sucintamente «poder-saber». Pero, para Foucault, este argumento era solo una parte de un marco más amplio. Insistió sin cesar en que, aunque el poder es una fuerza omnipresente en nuestras vidas colectivas, siempre se manifiesta en luchas concretas. Quería que viéramos prácticas como el disciplinamiento militar de los cuerpos o la relación entre terapeutas y pacientes como algo parecido a combates cuerpo a cuerpo, más que al control orwelliano del pensamiento. El poder siempre implica un esfuerzo por controlar la conducta de alguien: encontrar el punto de apoyo adecuado, identificar las vulnerabilidades, crear incentivos para el cumplimiento.

Foucault no era neoliberal, pero creía que el neoliberalismo planteaba cuestiones importantes. En concreto, se preguntaba por la capacidad de los Estados de Bienestar para tomar decisiones totalmente racionales en materia de salud sobre millones de personas. En una entrevista de 1983, reflexionaba: «Tomemos el ejemplo de la diálisis: ¿cuántos enfermos son puestos en diálisis, a cuántos otros se les niega el acceso? Imagínese lo que ocurriría si se expusieran los motivos detrás de estas decisiones, lo que daría lugar a una especie de desigualdad de trato. Saldrían a la luz decisiones escandalosas». Lo que Foucault quiere decir no es que la ciencia sea verdadera ni falsa (o simplemente «construida»), sino que las invocaciones a la ciencia rara vez resolverán las disputas políticas, porque incluso cuestiones tan aparentemente basadas en la ciencia como la salud pública están de hecho repletas de supuestos e intereses no científicos.

Si bien para Foucault el poder y el conocimiento siempre estuvieron entrelazados, también sostenía que había que desintelectualizar el poder. Esta es una de las muchas razones por las que era escéptico del marxismo. En lugar de cuestionar la pretensión del marxismo de ser una ciencia, Foucault argumentaba que el problema del marxismo era querer ser una ciencia. Su argumento no era que el conocimiento no tuviera cabida en las luchas políticas, sino que la política siempre se vincula irreductiblemente con el poder, y es preferible reconocer francamente este hecho a creer que el conocimiento nos limpia de algún modo la mancha del poder.

A pesar del cinismo que a menudo se asocia a este punto de vista, me sorprende que no se lo considere un exceso de optimismo: para Foucault, el corolario necesario de la afirmación de que todas las relaciones están saturadas de poder es que a su vez todas son, en principio, reversibles. Tal como proponía Hegel, no existen las relaciones entre amo y esclavo en las que los amos, por el simple hecho de dominar a sus esclavos, no pongan en riesgo su autoridad. Además, las conclusiones de Foucault sobre el poder encajan con sus ideas sobre el sexo: del mismo modo que los cuerpos y los placeres deben evitar ser utilizados para realizar interminables análisis sobre la sexualidad, en política debemos perseguir las luchas abiertas por el poder como alternativa al poder-saber.

Si alguna vez le hubieran preguntado a Foucault sin rodeos si era relativista, quizás habría respondido: «Tan solo si fuera posible superar la voluntad de verdad». Foucault nos invita a ver la verdad no como la estructura de la realidad, sino como un artefacto cultural, algo que fabrican los humanos. Esto no significa que la verdad no exista: la ciencia revela las leyes del universo físico; la estadística identifica patrones en grandes números; el arte puede presentar una imagen del mundo o expresar emociones interiores. De hecho, el problema de Foucault con la verdad es precisamente que esta existe, y existe de un modo muy intenso. Aunque la reciente publicación de Foucault Confesiones de la carne (cuarto y último volumen de la Historia de la sexualidad) se puede leer como una condena de las prácticas confesionales, también muestra que la confesión se extendió entre los primeros ascetas cristianos porque era emocionante. La verdad no solo nos la imponen las relaciones de poder, también nos parece excitante.

Paul Veyne, amigo de Foucault, comentó una vez que, mientras que a Heidegger le interesaba la base ontológica de la verdad y a Ludwig Wittgenstein el significado de la verdad, la pregunta de Foucault era por qué la verdad es tan falsa. Sin duda, esto se refiere al reconocimiento de Foucault de que la verdad está contaminada por el poder y sus criterios cambian con el tiempo. Pero lo que está en juego en esta afirmación es todavía más importante. Foucault exige que nos cuestionemos el valor que asignamos a la verdad: incluso si esta nos permite llevar la vida que deseamos.

Esto nos devuelve al presente. En muchos sentidos, todos somos foucaultianos en la actualidad, por el modo en que pensamos sobre el género, la normalización, la psiquiatría, el confinamiento, la vigilancia. Pero rara vez ha estado la política tan intoxicada de verdad como hoy, en ambos lados del espectro político. Por muy ofensivo que resulte para las sensibilidades liberales, las teorías conspirativas de la derecha, como QAnon y Stop the Steal [Detengan el robo], participan en una política de la verdad. Esto no significa que sus afirmaciones sean plausibles, sino que sus aspiraciones de eficacia se basan en «estar en lo cierto». (Este pasaje, de alguna manera, es la esencia de la crítica foucaultiana). En una línea más académica, Jordan Peterson también sitúa la verdad en el centro del debate político cuando acusa a los «guerreros de la justicia social» –inspirados por lo que él llama absurdamente el «posmodernismo» foucaultiano– de ignorar la ruda justicia de las jerarquías naturales identificadas por la ciencia evolutiva.

Esta voluntad de verdad no se limita en absoluto a la derecha. Si en la izquierda aspiramos a una comprensión más amplia de la salud mental, si valoramos las identidades transgénero y si promovemos instituciones que abrazan la heterogeneidad, es generalmente porque nos parecen verdaderas, justificadas en lo que sabemos. Incluso la metáfora que está en la base del término «woke» (despierto/consciente) está impregnada de nociones de verdad: una pizca de cristianismo de «nuevo nacimiento» mezclada con un reconocimiento ilustrado del mundo tal como es. La concepción de la historia defendida por muchos en la izquierda en los últimos años no busca simplemente explorar relatos alternativos, sino conseguir que el pasado estadounidense –y la esclavitud, sobre todo– sea el «correcto». «Creer en la ciencia», el mantra liberal de la pandemia, también se basa en la opinión de que la verdad debería poder resolver los desacuerdos políticos claves de una vez por todas. Resulta sorprendente que la izquierda contemporánea recurra a casi todas las formas de verdad –cristiana, ilustrada, científica– sobre las que Foucault lanzó su mirada crítica.

Sin embargo, en la medida en que se pueda siquiera especular sobre estas cosas, imagino que Foucault habría apoyado iniciativas como el Proyecto 1619 –una iniciativa de The New York Times en 2019 que se proponía «replantear la historia del país colocando las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los afroestadounidenses en el centro mismo del relato histórico nacional de Estados Unidos»-  y las habría considerado alineadas con sus genealogías del poder, por no hablar de su política de liberación. Era, como es comúnmente reconocido, muy consciente de cómo las narrativas históricas a menudo excluyen a determinados individuos y reconocía el poder de narrar la historia desde el punto de vista de los grupos marginados.

Pero el proyecto más profundo de Foucault de destetarnos de nuestra adicción a la verdad es tan ajeno a nuestro presente como lo fue a su propia época. «Decir la verdad al poder», una idea que parece más relevante que nunca, parece tener un aire agradablemente foucaultiano. De hecho, la lección de Foucault es más precisa (aunque algo tautológica) como «combatir el poder con el poder». Como saben los activistas sindicales y comunitarios, el conocimiento solo llega hasta cierto punto: la tarea de la organización consiste en enfrentarse al poder allí donde se manifiesta, como el lugar de trabajo o las normativas de vivienda, y limitar sus efectos mediante el aprovechamiento estratégico de la fuerza colectiva. Como observó una vez el criptofoucaultiano Saul Alinsky, «nadie puede negociar sin el poder de obligar a negociar». Si la política es fundamentalmente una cuestión de poder, ¿qué plusvalía obtenemos al pretender también tener razón?

Estas preguntas son tan difíciles de plantear hoy como en cualquier otro momento. Y así, mientras seguimos discutiendo sobre un Foucault semificcionalizado, el verdadero filósofo sigue siendo más intempestivo que nunca.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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Yuval Hariri asiste al Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), el 21 de enero de 2021. Denis Balibouse / Reuters

Yuval Harari ofrece recomendaciones para evitar el control global de la vida de la sociedad.

Los datos personales que las personas proporcionan a las corporaciones acabarán por ser aprovechados para 'hackear' al propio ser humano, si no se llega a regular la recolección de datos y la inteligencia artificial, asegura el antropólogo y escritor israelí Yuval Harari.

En declaraciones a 60 Minutes de CBS, el autor de fama mundial advirtió que gracias a los avances tecnológicos, los países y grupos que más datos controlarán, reinarán el mundo.

El también profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén considera que los métodos de control y manipulación se volverán cada vez más sofisticados con el uso de la inteligencia artificial.

"Netflix nos dice qué ver y Amazon nos dice qué comprar. Con el tiempo, dentro de 10, 20 o 30 años, estos algoritmos también podrían decirnos qué estudiar en la universidad y dónde trabajar y con quién casarnos, e incluso por quién votar", explica Harari.

La pandemia del covid-19, sostuvo, ha abierto la puerta a métodos de recolección de datos aún más intrusivos. "En la próxima fase, la vigilancia llegará por debajo de nuestra piel", asegura.

El antropólogo menciona que es imposible controlar el "poder explosivo del intelecto artificial" a nivel nacional, por lo que insta a desarrollar normas comunes internacionales para prevenir el uso distópico de los datos personales.

Al respecto, Hariri propone como cimientos una regla crucial: si se toman los datos de las personas, se deben usar para ayudar y no para manipular. Además, con el aumento de la vigilancia de la gente, se debe intensificar la vigilancia de las corporaciones y gobiernos que concentran estos datos. También se debe evitar que los datos se almacenen en un único centro, que describió como una "receta de dictadura".

Publicado: 31 oct 2021

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El Gran Hermano nos vigila y el espionaje electrónico invade nuestras vidas

La novela británica 1984, de George Orwell, caracterizaba una sociedad distópica en la que las personas tenían restringido el pensamiento independiente y eran víctimas de una vigilancia constante.

Publicada en 1949, la obra se planteaba como una profecía futurista con un tema de fondo: “El Gran Hermano te vigila”, algo que parece estar haciéndose realidad en 2021.

Ahora parece que vivimos en el ambiente de “1984”, donde todos nuestros movimientos son controlados esta vez por cámaras de vigilancia colocadas en las calles de las grandes ciudades como Nueva York, en las autopistas, en los parques públicos, en el metro, en los centros comerciales y en los aparcamientos, violando la privacidad personal y los derechos civiles.

Un artículo publicado en The New York Times (TNYT) en septiembre, destaca que el Departamento de Policía de Nueva York ha continuado con su vigilancia masiva e ininterrumpida,  desde que comenzó a hacerla sistemática tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Centre de Nueva York.

Según el diario neoyorquino, los residentes en la metrópoli realizan su vida cotidiana mientras  conviven habitualmente –y la mayoría inadvertidamente- con herramientas de vigilancia digital, como programas de reconocimiento facial, lectores de matrículas o furgonetas móviles de rayos X que pueden ver a través de las puertas de los automóviles.

Además, drones de vigilancia sobrevuelan las manifestaciones masivas y los manifestantes dicen haber sido interrogados por agentes antiterroristas después de las marchas.

Pero Estados Unidos no está solo en esta emulación de la distopia orwelliana.

Quizá se esté convirtiendo en un fenómeno mundial a medida que la vigilancia electrónica se extiende por todos los continentes, sean los países del Norte industrial o del Sur global.

Según un nuevo estudio de la Red Africana de Derechos Digitales, publicado el jueves 21, los gobiernos de seis países africanos -Egipto, Kenia, Nigeria, Senegal, Sudáfrica y Sudán- están llevando a cabo una vigilancia masiva y las leyes vigentes no protegen los derechos legales de los ciudadanos ante ese espionaje.

El estudio, descrito como la primera comparación sistemática de las leyes de vigilancia en África, llega en un momento en que aumenta la preocupación por la proliferación de la vigilancia digital a medida que las tecnologías se vuelven más sofisticadas y más intrusivas en la vida de la población.

Muchos gobiernos han ampliado sus facultades de vigilancia y acceso a los datos personales durante la pandemia de la covid-19, señala el estudio.

La Red Africana de Derechos Digitales aglutina a 30 activistas, analistas y académicos de 12 países africanos centrados en el estudio de la ciudadanía digital, la vigilancia y la desinformación, y forma parte del Instituto de Estudios para el Desarrollo (IDS, en inglés), un grupo con liderazgo mundial en la reflexión sobre investigación y política.

Tony Roberts, investigador del IDS, con sede en Londres, y coautor del informe, afirma que los Estados necesitan poderes de vigilancia para prevenir atrocidades terroristas, pero que, para ser coherentes con los derechos humanos, dichos poderes deben estar estrechamente orientados a los delitos más graves, utilizarse cuando sea estrictamente necesario y ser proporcionales a las necesidades.

Señala que los ciudadanos deben ser más conscientes de sus derechos a la intimidad y de las actividades de vigilancia emprendidas por sus gobiernos. La legislación puede ser útil para definir controles y equilibrios que protejan los derechos de los ciudadanos y proporcionen transparencia.

“Pero la sociedad civil necesita la capacidad de controlar las prácticas de vigilancia y hacer que el gobierno rinda cuentas ante la ley”, subrayó en una entrevista con IPS.

El especialista aseguró que esa vigilancia promovida por los gobiernos no es solo algo de Estados Unidos y otro grupo de países, sino que “la vigilancia estatal de los ciudadanos está aumentando en Europa occidental”.

Señaló que las tecnologías digitales han facilitado y abaratado la vigilancia de los ciudadanos por parte de los Estados. Antes se necesitaba todo un equipo de personas para vigilar un objetivo, intervenir las líneas telefónicas, grabar, transcribir y analizar los datos de un solo objetivo.

“Ahora, las búsquedas en Internet y en las comunicaciones móviles están automatizadas mediante inteligencia artificial (IA) y algoritmos”, destacó Roberts.

En ese sentido, consideró que el escándalo de Cambridge Analytics mostró cómo la vigilancia de las redes sociales es utilizada por los partidos políticos en Reino Unido o Estados Unidos.

“Las revelaciones de Edward Snowden mostraron cómo los gobiernos de Europa occidental y Estados Unidos realizan sistemáticamente una vigilancia masiva de los ciudadanos. El caso del programa espía (israelí) Pegasus mostró cómo los Estados utilizan programas maliciosos para espiar al presidente francés, a los líderes de la oposición, a los jueces y a los periodistas”, añadió.

Mientras tanto, la División de Inteligencia de la Policía de Nueva York, rediseñada en 2002 para enfrentarse a las operaciones del grupo islamista Al Qaeda, utiliza ahora tácticas antiterroristas para luchar contra la violencia de las bandas y la delincuencia callejera en Nueva York.

Según TNYT, el Departamento de Policía ha invertido recursos en la ampliación de sus capacidades de vigilancia. El presupuesto de la división de inteligencia y antiterrorismo se ha cuadruplicado con creces, gastando más de 3000 millones de dólares desde 2006, y más a través de fuentes de financiación difíciles de cuantificar, incluidas las subvenciones federales y la secreta Fundación Policial, una organización sin ánimo de lucro que canaliza el dinero y los equipos hacia el departamento a través de benefactores y donantes.

Funcionarios y exfuncionarios de la policía afirman que estas herramientas han sido eficaces para frustrar docenas de atentados. Y el departamento tiene la obligación, dicen, de reutilizar sus herramientas antiterroristas para la lucha diaria contra el crimen, dijo TNYT.

Donna Lieberman, directora ejecutiva de la Unión de Libertades Civiles de Nueva York, dijo al diario que su organización ya estaba preocupada por la vigilancia policial sigilosa en la década de los 90. Ya poco antes de los ataques, su organización  había trazado un mapa de todas las cámaras que pudo encontrar en la ciudad. En retrospectiva, reconoció, fue una labor ingenua.

“Hicimos un mapa, y teníamos puntos, teníamos chinchetas en ese momento donde había cámaras. Y cuando lo hicimos, había un par de miles”, dijo Lieberman.  “Repetimos la encuesta en algún momento después del 11-S, y había demasiadas cámaras para contarlas”, añadió.

Mientras tanto, el nuevo informe también identifica a Egipto y Sudán como los países en los que los derechos de los ciudadanos a la privacidad estaban menos protegidos. Esto se debe a una combinación de protecciones legales débiles, una sociedad civil débil para pedir cuentas al Estado y una mayor inversión estatal o gubernamental en tecnologías de vigilancia.

Por el contrario, a pesar de que el gobierno de Sudáfrica también viola la ley de privacidad, la determinada sociedad civil del país, los tribunales independientes y los medios de comunicación obligan con éxito al gobierno a mejorar su ley y sus prácticas de vigilancia.

En general, la investigación identificó seis factores que significan que las leyes de vigilancia existentes no protegen los derechos de privacidad de los ciudadanos en cada uno de los seis países analizados:

  • La introducción de nuevas leyes que amplían los poderes de vigilancia del Estado,
  • la falta de precisión jurídica y de garantías de privacidad en la legislación sobre vigilancia,
  • el aumento de la oferta de nuevas tecnologías de vigilancia que facilitan la vigilancia ilegítima,
  • los organismos estatales que llevan a cabo regularmente actividades de vigilancia al margen de lo permitido por la ley,
  • la actual impunidad de quienes cometen actos ilegítimos de vigilancia,
  • la debilidad de la sociedad civil, incapaz de hacer que el Estado rinda cuentas ante la ley.

Roberts dijo a IPS que el aumento de la vigilancia es una violación de los derechos civiles, concretamente del derecho a la intimidad.

“Vivía en Londres cuando tenía la mayor densidad de cámaras de seguridad del mundo. Ahora Seúl, París y Boston ostentan ese dudoso récord. Y Nueva York se está poniendo al día rápidamente”, afirmó.

A su juicio,  las pruebas indican que los barrios con población negra están más vigilados que los de población blanca. El problema se agrava cuando la tecnología de reconocimiento facial se combina con la cámara de vídeovigilancia y se vincula a las bases de datos de identidad para llevar a cabo una vigilancia invasiva generalizada.

“La privacidad es un derecho fundamental garantizado por la ley. Toda vigilancia es una violación de esos derechos civiles”, sentenció Roberts.

Y añadió: “Otorgamos a la policía la capacidad legal de llevar a cabo una vigilancia estrecha y limitada de los delincuentes más graves».

«Sin embargo, cualquier otra forma de vigilancia no consentida (con consentimiento previo) viola los derechos fundamentales y la vigilancia masiva de ciudadanos no acusados de ningún delito nunca está justificada en el derecho interno ni en el derecho internacional de los derechos humanos”, remarcó.

Tampoco es inevitable.

En la ciudad estadounidense de Los Ángeles, por ejemplo, la prevalencia de las cámaras de vídeovigilancia es relativamente baja y la tecnología de reconocimiento facial está prohibida, recordó Roberts.

Por Thalif Deen | 27/10/2021

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