Una vendedora en un puesto callejero con piñatas que representan al presidente de Perú, Pedro Castillo, para quemarlas como tradición de Nochevieja, en una imagen de archivo de diciembre de 2021, en Lima. — Pilar Olivares / REUTERS

 

El presidente peruano forma su cuarto gabinete (el segundo en una semana) con tan solo seis meses en el cargo. Su errático viaje, con volantazos a izquierda y derecha, provoca desconcierto en la opinión pública.

Como un funambulista impenitente, Pedro Castillo parece empeñado en caminar sin descanso por la cuerda floja. El presidente de Perú acaba de formar su cuarto gabinete de ministros (el segundo en una semana) con tan solo seis meses de antigüedad en el cargo, todo un récord de inestabilidad. El mandatario ha nombrado como primer ministro a Aníbal Torres, de 79 años, un hombre de su confianza que sustituye al efímero premier Héctor Valer, caído en desgracia sin tiempo casi de sentarse en su despacho.

Pragmático, Castillo ha pactado con varias familias políticas para asegurarse cierta tranquilidad parlamentaria durante un tiempo. De momento, el acróbata sobrevive. Pero su errático viaje, con volantazos a izquierda y derecha, provoca ya mareos en la opinión pública.

La enésima crisis del gobierno de izquierdas peruano se precipitó tras la renuncia de la presidenta del Consejo de Ministros, Mirtha Vásquez, una abogada progresista y defensora de los derechos humanos que dimitió el 31 de enero por desavenencias con Castillo.

El presidente giró entonces los mandos hacia la derecha y nombró como sustituto a Valer, un político conservador ligado al Opus Dei que había sido acusado de maltrato por su mujer y su hija. Las denuncias se airearon y Valer se vio forzado a dimitir tres días después de su nombramiento.

Torres, el nuevo jefe del gabinete, era hasta ahora ministro de Justicia y proviene de la provincia cajamarqueña de Chota, de la que también es originario Castillo. Como abogado, se ha enfrentado en los tribunales a las denuncias de fraude electoral presentadas por Fuerza Popular, el partido de Keiko Fujimori. La hija del expresidente Alberto Fujimori, condenado por violación de los derechos humanos, perdió ante Castillo por un escaso margen en la segunda vuelta de las elecciones celebradas en junio del año pasado. El legítimo triunfo electoral de Castillo, prácticamente un desconocido hasta ese momento, enervó a la extrema derecha peruana y a las élites limeñas, alarmadas por la llegada al poder de un maestro rural de provincias y de izquierdas. El mandatario está desde finales de julio, cuando asumió el cargo, en el punto de mira de esos poderes fácticos, que no dudarán en tratar de tumbarlo de una u otra manera.

Con el nombramiento de Torres, Castillo gana fidelidad pero pierde capacidad para forjar acuerdos debido al estilo bronco del nuevo primer ministro. Las continuas rotaciones en el equipo ministerial rozan el vértigo. Hace poco más de una semana, Castillo nombró a diez ministros nuevos (de los 19 con que cuenta el gabinete), de los cuales cinco han salido de la foto esta semana. La recomposición gubernamental no ha afectado a algunos ministros muy cuestionados, como los de Interior, Defensa, Transportes y Cultura. Y, sin embargo, Castillo ha prescindido de su ministro de Salud, Hernando Cevallos, el mejor valorado por la ciudadanía por su exitosa estrategia de vacunación contra el covid-19. En su lugar, ingresa Hernán Condori, un médico al que se relaciona con teorías cercanas a la pseudociencia.

El nombramiento de Condori obedece a la nueva correlación de fuerzas en el seno del gobierno. Castillo pertenece al partido Perú Libre, cuyo fundador y líder, Vladimir Cerrón, recupera cuotas de poder al colocar a uno de sus fieles en Salud, una cartera estratégica en estos momentos. Cerrón, de ideología marxista-leninista, lidera la facción más ortodoxa de Perú Libre, aquella que no ve con buenos ojos los acercamientos del mandatario hacia sectores socialdemócratas como el que abandera Verónika Mendoza, dirigente de Nuevo Perú. Con la caída de Mirtha Vásquez, el centroizquierda perdió peso en el gobierno, si bien Castillo ha tratado de compensar a ese espacio político con el nombramiento ahora de una referente del feminismo, Diana Miloslavich, al frente del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, una cartera que hasta hace unos días ostentaba Katy Ugarte, una populista con ideas retrógradas sobre las cuestiones de género. El giro a la izquierda del gobierno, con ministros afines a las diferentes corrientes de Perú Libre, queda matizado sin embargo con la continuidad en el Ministerio de Economía y Finanzas de Oscar Graham, un tecnócrata neoliberal.

Gobierno "cortoplacista"

Para el politólogo Fernando Tuesta, la estrategia de Castillo al conformar el nuevo gobierno no va a solucionar la grave crisis institucional y política que atraviesa Perú, y busca tan solo la supervivencia a corto plazo. "No hay nada que permita pensar que este gabinete sea distinto a los anteriores por la composición del mismo -explica Tuesta en conversación telefónica desde Lima-, porque el deterioro de la gestión pública y la permisividad hacia su entorno, con las evidencias de corrupción, no han cambiado. Hay que recordar que muchos de los problemas del presidente han sido motivados por sus propias declaraciones, por los nombramientos de personas con serios problemas o por escándalos de corrupción. En ese sentido, es difícil imaginar un gabinete de larga duración. Se trata, al contrario, de un gobierno cortoplacista".

El objetivo del nuevo gabinete, según Tuesta, es simplemente lograr los apoyos necesarios en el Congreso para ganarse la confianza de la Cámara y frenar una hipotética moción de "vacancia" (proceso de destitución). En un Congreso de 130 legisladores, se necesitan dos tercios (87 votos) para que salga adelante la propuesta de destitución. Y Castillo se habría asegurado al menos 44 apoyos, suficientes para sortear una emboscada parlamentaria. Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, las formaciones más a la derecha, ya intentaron en diciembre, sin éxito, la tramitación de una moción de "vacancia" por "incapacidad moral permanente" del presidente. Esta práctica parlamentaria extrema se llevó por delante a los dos predecesores de Castillo. Pedro Pablo Kuczynski dimitió en marzo de 2018 antes de someterse a la votación cuando la oposición ya había reunido los 87 votos. Y Martín Vizcarra fue depuesto por esta vía en noviembre de 2020. Tuesta cree que la oposición de ultraderecha seguirá proclamando en sus discursos la amenaza de la “vacancia”, pero no la propondrán hasta que no estén seguros de contar con los votos necesarios.

A Castillo, no obstante, no le va a ser fácil llegar hasta el final de su mandato en 2026 si continúa abonado a la inestabilidad. Mirtha Vásquez -quien reemplazara en octubre al primer jefe del Consejo de Ministros, Guido Bellido (afín a Cerrón)- describía hace unos días en una entrevista con el diario El Comercio la caótica forma de gobernar de un mandatario rodeado por una camarilla de asesores de su provincia cajamarqueña con una influencia notable en las decisiones gubernamentales. Vásquez salió del gobierno tras la negativa de Castillo de respaldar al exministro del Interior Avelino Guillén en su intento de denunciar actos de corrupción en la policía. La exprimera ministra colocó en su cuenta de Instagram una caricatura de un periódico en la que ella aparece como bombera, impotente ante el fuego provocado por un hombre que porta una antorcha y lleva un sombrero parecido al de Castillo. Esa imagen simboliza, a juicio de Vásquez, lo que se cuece cada día en el Palacio de Gobierno, donde los ministros tienen menos acceso al presidente que los asesores áulicos de su tierra.

Los constantes vaivenes de Castillo y las acusaciones por corrupción o comportamientos indebidos que pesan sobre algunos de sus colaboradores han ensombrecido la agenda social con la que el profesor rural cautivó a los sectores populares del país. De momento, el presidente peruano ha perdido otra oportunidad para encauzar el rumbo. Y continúa embarcado en un viaje a ninguna parte.

10/02/2022 11:38

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Jueves, 10 Febrero 2022 05:52

Brasil le hace frente a Bolsonaro

Brasil le hace frente a Bolsonaro

A medida que se acerca la campaña electoral, muchos de los mitos que hicieron atractivo a Bolsonaro se van diluyendo frente a la triste constatación de lo que siempre ha sido: un charlatán, conocido por su agresividad y su postura autoritaria.

A poco más de tres años de la elección del presidente Jair Bolsonaro, Brasil ha pasado de ser una potencia emergente respetada por la mayoría a ser un Estado paria, repudiado por su terrible historial ambiental y de derechos humanos y por lo que Médicos Sin Fronteras ha llamado la peor respuesta del mundo al covid-19. A los brasileños les gusta decir, con humor, que los extranjeros solo conocen el país como una tierra de fútbol, samba y carnaval. Hoy se lo conoce como un importante nodo de teorías conspirativas transnacionales de extrema derecha y erosión democrática. Bolsonaro, quien accedió a la Presidencia de la nación más grande de América Latina impulsado por una ola de sangre reaccionaria reaccionaria, ignorancia obstinada y el optimismo de los actores del establishment convencidos de que podrían controlarlo, se asoma en la cobertura internacional de Brasil como un claro peligro presente.

Sin embargo, Bolsonaro pareció derrumbarse. A mediados de julio, terminó hospitalizado entre eructos y ataques de hipo crónicos. Su internación coincidió con el punto más bajo de su popularidad, sobre todo como resultado de graves acusaciones de corrupción y una investigación parlamentaria sobre su calamitoso manejo de la pandemia.

A medida que se acerca la campaña electoral, muchos de los mitos que hicieron atractivo a Bolsonaro en 2018 se han diluido por la triste constatación de lo que él siempre ha sido: un charlatán incompetente y corruptible, conocido sobre todo por su agresividad y su postura autoritaria. Ya ha habido más de 120 pedidos formales de impeachment contra Bolsonaro, presentados por diversos partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil. Buena parte del país se ha vuelto contra este hombre conocido como «El Mito» entre sus simpatizantes.

Entre los críticos están muchos de los bolsonaristas de alto perfil de 2018, entre ellos los gobernadores de centroderecha de San Pablo y Río Grande del Sur. Su rechazo oportunista del presidente señala una pérdida más generalizada del apoyo de destacados líderes políticos partidarios del mercado, que alguna vez coquetearon con la extrema derecha. Millones de votantes de centroderecha que en 2018 votaron a regañadientes por Bolsonaro para impedir el regreso del Partido de los Trabajadores (PT), de centroizquierda, ahora están haciendo el cálculo opuesto al darle su apoyo al ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva como forma más segura de enterrar a Bolsonaro. La mayoría de las encuestas muestran a Lula con una cómoda ventaja sobre el presidente en ejercicio. Es un vuelco sorprendente; hace solo unos pocos años, la carrera política de Lula parecía terminada, luego de haber ido a prisión por cuestionables acusaciones de corrupción.

Lula da Silva terminó su segundo mandato una década atrás con un asombroso índice de aprobación de 80%, habiendo encabezado un gobierno que mejoró la vida de millones mediante políticas sociales redistributivas. En contraste, la política autoritaria y conspirativa del bolsonarismo se opone a la idea misma de un Estado eficaz, sensato y que deba rendir cuentas. Lo que está en juego en la próxima elección está claro. Y cualquier intento de comprender el futuro del bolsonarismo, aun sin su titular al timón, debe considerar cómo surgió y cómo gobernó Bolsonaro en los últimos tres años.

Durante la última campaña presidencial, se retrató a Bolsonaro como una persona franca, un outsider que no se deja intimidar por la corrección política y los negocios. Ignoró las críticas por su larga historia de comentarios homofóbicos, homicidas, sexistas, militaristas y racistas diciendo que sus opositores podrían llamarlo de cualquier modo menos corrupto. Cualquiera que estuviera familiarizado con la política sucia de Río de Janeiro sabía que esto era falso: Bolsonaro y su familia tenían muchos lazos conocidos con las mafias paramilitares que controlan buena parte de ese estado, y Bolsonaro y sus hijos, tres de los cuales ocupan cargos electivos, solían obligar a sus empleados a entregarles una parte de sus salarios para mantener sus empleos. Sin embargo, en 2018, luego de años de escándalos de corrupción muy publicitados, entre ellos la hoy desprestigiada investigación del Lava Jato que contribuyó a derrocar a Lula, la política en Brasil se había vuelto sinónimo de negocios sucios en favor del interés propio. El argumento de Bolsonaro de que él no había sido testigo de ninguna actividad ilícita en su larga carrera política encontró eco en muchos votantes.

Mientras que el ascenso de Bolsonaro indicaba la difusión de un nuevo e insidioso sentido común de derecha, también marcaba el triunfo de la antipolítica: la idea de que los problemas de la sociedad no pueden solucionarse a través de las instituciones, los actores y los sistemas de gobierno existentes. Tras cuatro victorias electorales consecutivas del PT, una porción considerable del electorado llegó a la conclusión de que se necesitaba un cuestionamiento más sólido del sistema político por parte de la derecha. En una encuesta de Latinobarómetro realizada en vísperas de las elecciones de 2018, solo 6% de los brasileños expresó alguna confianza en los partidos políticos existentes y apenas 12% en el Congreso. (A una significativa proporción de los brasileños nunca la convenció la democracia, para comenzar; de hecho, esta no recibió nunca más de 60% de apoyo en las encuestas de Latinobarómetro). Bolsonaro prosperó en medio de esta crisis de confianza.

En lugar postularse con una plataforma definida, Bolsonaro mostró un rechazo visceral a la izquierda, un compromiso de aflojar las restricciones a las matanzas extrajudiciales por parte de las fuerzas de seguridad del país y un vago esbozo de políticas anticorrupción. Muchos votantes recibieron su conducta retrógrada y su falta de pretensión performativa como una bocanada de aire fresco. Bolsonaro ofrecía una suerte de autenticidad pro-ley y orden que atraía a un país en el que los policías que matan a muchos «malvivientes» se convierten en héroes. La sociedad brasileña, todavía moldeada por la historia de la esclavitud, ha mantenido sus desigualdades abismales mediante una especie de apartheid informal. La violencia es esencial a este sistema. Brasil posee la fuerza policial más letal del mundo (mató a 6.416 personas en el último año, en comparación con 2.212 muertes en 2013). Los poderosos siempre han necesitado matones de la calaña de Bolsonaro para mantener a las masas bajo control.

A pesar de su burda afectación, el bolsonarismo se entiende mejor como una reacción virulenta de la elite contra el Estado intervencionista y la extensión de la ciudadanía social en un país profundamente desigual. Como lo plantéo el presidente durante una visita a Estados Unidos poco después de su asunción: «Brasil no es un espacio abierto donde planeamos construir cosas para nuestra gente. Debemos deconstruir muchas cosas. Deshacer muchas cosas para que podamos luego comenzar a hacer cosas. (…). Nuestro Brasil avanzaba hacia el socialismo, hacia el comunismo».

Ya sea despanzurrando las reglamentaciones ambientales, avanzando en la privatización del servicio de correo o debilitando la educación pública, el gobierno de Bolsonaro ha buscado en forma sistemática nuevos mercados y oportunidades para actores privados con buenas conexiones. Según el filósofo Rodrigo Nunes, «el bolsonarismo no solo apoya abiertamente el emprendedorismo, sino que es un fenómeno emprendedor en sí mismo. El bolsonarista por excelencia no es ni rico ni pobre, sino un miembro de la ‘clase media alta inferior’ en movilidad descendente». La habilidad de Bolsonaro para llegar a este segmento de la población explica por qué triunfó donde otros candidatos de derecha recientes –indisociablemente unidos a los estrechos intereses de la elite– fracasaron. En el corazón de este proyecto político están los electorados conocidos como «buey, Biblia y bala», que ejercen un enorme control en el Congreso.

El primero de ellos, la agricultura a gran escala, es uno de los principales impulsores de la deforestación que ha alcanzado niveles alarmantes durante el gobierno de Bolsonaro. Los intereses de la agroindustria buscan constantemente pasturas para alimentar al ganado y cultivos comerciales como la soja. Bolsonaro jamás se enfrentaría a los intereses de la explotación forestal ilegal y los ganaderos rapaces que impulsan la deforestación en la actualidad. ¿Qué bien económico proviene de la selva tropical?

En segundo lugar, está la bancada de la Biblia, una fuerza poderosa en un país que es mayoritariamente cristiano y cada vez más evangélico. En 2018, Bolsonaro ganó 11 millones más de votos entre quienes se reconocen evangélicos de los que logró Fernando Haddad del PT. En un estudio dado a conocer días antes de que Bolsonaro y Haddad se enfrentaran en las urnas, 59% de los evangélicos estaba a favor de Bolsonaro, contra 26% a favor de Haddad. Entre los católicos, que son todavía el grupo religioso mayoritario en Brasil, los candidatos estaban prácticamente empatados. Bolsonaro debió su victoria a esta ventaja decisiva entre los evangélicos. En 2019, se comprometió a nombrar un juez «terriblemente evangélico» para la Supremo Tribunal Federal. En julio de 2021 cumplió su promesa, nominando al pastor y jurista André Mendonça para el más alto tribunal de Brasil. Dado el grado involucramiento de destacados pastores evangélicos en escándalos políticos en los últimos años, su alianza con Bolsonaro parece menos enraizada en un compromiso compartido con la moral cristiana que en una búsqueda mutuamente beneficiosa de control social.

El tercer grupo, la bancada de la bala, representa más directamente la cosmovisión de Bolsonaro. Compuesta por funcionarios surgidos de elecciones con antecedentes en cuerpos de seguridad o en las Fuerzas Armadas, este grupo presiona por leyes menos rigurosas en relación con las armas, sentencias de prisión más duras y mayor libertad de acción para la policía. Bolsonaro mismo ha proclamado a viva voz su apoyo a la tortura y a los asesinatos extrajudiciales a lo largo de su carrera política. Por ejemplo, durante una entrevista televisiva en 1999, exclamó que «las elecciones no van a cambiar nada en este país. Cambiará solo el día que aquí estalle una guerra civil y hagamos el trabajo que el régimen militar no hizo: matar a 30.000. Si muere alguna gente inocente, está bien. En todas las guerras muere gente inocente».

Bolsonaro lanzó su carrera política en 1988 como un ex-capitán insatisfecho del Ejército que se autoproclamó vocero de los intereses de los soldados rasos, policías y bomberos. Hoy estos sectores ultraconservadores integran la base de apoyo más fuerte del presidente en el Congreso y fuera de él. En una posible señal de problemas futuros, se han producido numerosos levantamientos de la policía local en nombre de Bolsonaro, en especial en los estados donde gobernadores opositores implementaron medidas de confinamiento. Estas protestas han tenido hasta ahora un limitado poder de permanencia, pero no es difícil imaginar a los agentes policiales como soldados de infantería del presidente si este decidiese impugnar una derrota en las elecciones de este año. Un coronel de la policía con 5.000 oficiales a su mando que obligó públicamente a funcionarios de seguridad a concurrir a una manifestación en favor de Bolsonaro organizada en San Pablo para el 7 de septiembre, Día de la Independencia de Brasil, fue destituido por el gobernador. Podría resultar más difícil controlar la politización de la policía brasileña a medida que se acerque la elección.

A pesar de su propia mitología como defensores moderados del orden constitucional, los militares brasileños han sido siempre una fuerza corrupta y autoritaria. Muchos de sus líderes comparten la visión conspirativa del presidente. Bajo Bolsonaro, los militares han ideado un sigiloso regreso al gobierno. Ostentan un poder significativo: hay más militares en el gabinete de Bolsonaro de los que hubo en algunos gabinetes de la propia dictadura militar. Parte de su apoyo a Bolsonaro tiene que ver con los beneficios económicos que los oficiales han recibido del gobierno, incluyendo la eliminación de topes salariales para funcionarios públicos, una medida que permite a los oficiales retirados cobrar la totalidad de sus salarios además de sus pensiones militares extremadamente generosas.

Aunque las Fuerzas Armadas han hecho esfuerzos ocasionales para distanciarse públicamente del extremismo de Bolsonaro, están directamente implicadas en los crímenes más atroces del gobierno, entre ellos la acelerada destrucción de la Amazonia, la corrupción generalizada y, sobre todo, la fallida respuesta a la pandemia. Eduardo Pazuello, el general en servicio activo que actuó como ministro de Salud en el pico de la pandemia, contribuyó a promover las curas con aceite de serpiente de Bolsonaro al tiempo que fracasaba en asegurar la provisión de vacunas. Esperó con los brazos cruzados mientras la ciudad de Manaos se quedaba sin oxígeno en medio de la segunda ola en enero de 2021.

El poder de las bancadas del buey, la Biblia y la bala está conectado con la cambiante demografía de la clase política brasileña. En las elecciones de 2014, 2016 y 2018, juró una multitud de nuevos diputados de derecha. 85% de los senadores y 51% por ciento de los diputados nacionales elegidos en 2018 entraban en el Congreso por primera vez, y la mayoría repetía el discurso de outsider de Bolsonaro. Entre ellos se encontraban 72 integrantes de la Policía o el Ejército, un actor porno retirado y un heredero de la familia real brasileña. En su libro Beef, Bible and Bullets [Buey, Biblia y balas] (Manchester UP, 2021), Richard Lapper presenta el perfil de una de las nuevas figuras políticas brasileñas, Katia Sastre, cabo de policía que se hizo famosa por matar a un hombre en la periferia de San Pablo. La nueva clase política se basó más en la influencia een las redes sociales que en el clientelismo político tradicional para acceder a cargos electivos, aun si se ha mostrado más que ávida de disfrutar del tradicional botín disponible para los funcionarios luego de asumir.

El bolsonarismo representa un esfuerzo por debilitar no solo las políticas recientes del PT, sino el Estado moderadamente redistributivo e inclusivo construido con dificultad en Brasil durante el último siglo. Este Estado ha sido en diversas ocasiones autoritario y excluyente, en particular para los pobres de las zonas rurales y los habitantes de la periferia de las principales ciudades del país. Pero se basó en la extensión de una forma limitada de ciudadanía social para la clase obrera brasileña, y casi todos los gobiernos desde 1930, incluyendo la dictadura militar (1964-1985), intentaron construir sobre este legado. Para 2018, sin embargo, un nuevo sentido común conservador había reducido las funciones redistributivas del Estado brasileño a una forma demoníaca de corrupción o comunismo ejercida por el PT para mantener el poder a toda costa. Bolsonaro y sus aliados describían los logros de Lula y su sucesora, Dilma Rousseff, como corruptos e inmorales. La victoria de Bolsonaro vino así a significar no solo la ruina de un legado socialdemócrata moderado, sino también la neutralización de su premisa básica, a saber, que el gobierno federal puede y debería actuar para mejorar la vida de la mayoría de la población.

La elección de Bolsonaro estuvo precedida por un incendio dantesco que destruyó el Museo Nacional en Río de Janeiro, una de las grandes obras emprendidas durante el gobierno de Getúlio Vargas, el líder populista autoritario que sentó las bases del Brasil moderno entre las décadas de 1930 y 1950. El fuego, que consumió piezas de perdurable orgullo nacional e importancia –una gran parte de la herencia cultural del país–, no tuvo demasiada repercusión entre la elite de Brasil. Cuanto mucho, el incendio sirvió como una metáfora patética de lo que la agenda de Bolsonaro, un proyecto esencialmente elitista embozado en un populismo encendido, buscaba lograr: la destrucción completa del legado del Estado post 1930. Uno de los primeros actos de Bolsonaro tras asumir fue cerrar el Ministerio de Trabajo, que estaba en el centro del proyecto político de Vargas. En ese sentido, el proyecto de Bolsonaro continúa el que implementó el gobierno no electo e ilegítimo de Michel Temer, quien llegó al poder mediante un golpe parlamentario que destituyó a Rousseff en 2016. Temer lanzó un ataque abierto a los cimientos del Estado de Bienestar brasileño, destruyendo el código laboral y aprobando una enmienda constitucional que limitaba el gasto federal, junto a otras medidas extremas de austeridad. Los avances sociales logrados con esfuerzo desde el fin del gobierno militar bajo la Constitución de 1988 están hoy en la mira.

El problema para el presidente y sus aliados es que este no es un proyecto político popular, en parte porque no ofrece nada a los que han perdido su empleo o a sus seres queridos a causa del covid-19. El encanto inicial del outsider Bolsonaro se ha desvanecido. Ya no es una incógnita. Brasil ha aprendido dolorosamente quién es y qué representa a través del desastre en curso que es su presidencia. 

Es imposible exagerar el impacto de la pandemia en la decreciente base de apoyo de Bolsonaro. Más de 550.000 personas murieron de covid-19 en Brasil, solo superado en cifras por Estados Unidos y los expertos predicen que superará las cifras estadounidenses en esta métrica nefasta en los meses por venir. El país tiene uno de los sistemas de salud pública más grandes del mundo. Ha respondido en forma rápida y efectiva en pandemias anteriores, estableciendo la capacidad necesaria de producción de vacunas junto con las estrategias de comunicación y distribución requeridas para una crisis. El país tuvo los medios para responder con eficacia a la pandemia –y las autoridades estatales y locales en general actuaron en forma responsable–, pero esa respuesta fue saboteada de manera deliberada por el gobierno de Bolsonaro.

Como declaró a la BBC Pedro Hallal, un epidemiólogo que lidera el estudio más grande sobre covid en Brasil, «Brasil ha hecho todo lo que no se debería hacer». Hallal culpó en particular al presidente por minimizar el riesgo que representaba el virus. A lo largo de la pandemia, Bolsonaro no ofreció apoyo explícito a ninguna medida, desestimando el covid-19 como tan solo «una gripecita». En el pico de la pandemia, Bolsonaro organizó actos masivos casi en forma semanal, llamando a la disolución del Congreso y atacando al Supremo Tribunal Federal. Mientras la pandemia escalaba, el presidente visitaba centros comerciales y mercados al aire libre en Brasilia para sugerir que no había peligro. Intercedió en nombre de las iglesias, permitiéndoles permanecer abiertas como «servicios esenciales» a pesar del alto riesgo de extender el contagio. Su campaña en redes sociales «Brasil No Puede Parar», lanzada justo después de que la pandemia llegara a Brasil en marzo de 2020, impulsó a la gente a volver a sus puestos de trabajo, hasta que un juez federal prohibió rápidamente su difusión. Señaló en varias ocasiones que los gobernadores que tomaban medidas drásticas contra el virus carecían de coraje, y hasta amenazó con desplegar tropas federales para desbancar su autoridad. Los funcionarios del gobierno erraron sistemáticamente por falta de acción, y cuando fueron cuestionados por ese motivo, exageraron la falta de certeza sobre cómo detener la expansión del virus. En lugar de asegurar la provisión de vacunas, Bolsonaro, los militares y sus simpatizantes gastaron sumas incalculables de dinero y tiempo promoviendo remedios inútiles como la cloroquina y la ivermectina como «tratamientos preventivos».

Los observadores extranjeros se han preguntado en forma repetida por qué Bolsonaro se mantuvo tan firme en su negacionismo. Incluso más que Donald Trump, Bolsonaro se ha destacado por su negativa empecinada a tomar con seriedad la pandemia. Una de las razones para esta actitud displicente del presidente es su personaje de macho. Admitir vulnerabilidad sería admitir debilidad. Nunca ha temido expresar su indiferencia frente a la muerte y su sociopatía ocasional está bien documentada. Más allá de estas cuestiones de personalidad, las teorías conspirativas y la mentalidad de asedio paranoica son las marcas distintivas de la administración Bolsonaro. El presidente siempre ha apostado a intensificar la crisis y dejar que sus adversarios traten de razonar con los efectos. En el abordaje de la pandemia, se apoyó en el mismo repertorio de disimulo al que recurrió en crisis de relaciones públicas pasadas. Para esquivar las críticas provenientes del extranjero, el gobierno advierte sobre un intento de debilitar la legitimidad de un presidente debidamente elegido. En el plano nacional, considera que cualquier ataque es una ventaja para la oposición. En ocasiones, Bolsonaro parece deleitarse con su condición de paria.

Esta estrategia se topó con una pared cuando la pandemia se extendió en el tiempo. Los votantes se cansaron de las incesantes guerras culturales y de la politización de la ciencia básica por parte del presidente, mientras sus familiares y amigos morían. Y a fines de abril el Congreso abrió formalmente una investigación sobre el manejo presidencial de la pandemia, lo que resultó en incendiarias revelaciones que erosionaron su posición. La pesquisa reveló múltiples incidentes de supuesta corrupción y un grosero desmanejo que podrían servir como bases para nuevos cargos en un impeachment. Se reveló, por ejemplo, que el gobierno de Bolsonaro no respondió a 53 de los 81 correos electrónicos enviados por Pfizer cuando el gigante farmacéutico estadounidense se puso en contacto para ofrecer vacunas a fines de 2020. Algo quizás más escandaloso, funcionarios del gobierno habrían reclamado un retorno de un dólar por dosis de vacuna comprada a un potencial proveedor. Afortunadamente para Bolsonaro, el vocero de la Cámara Baja del Congreso, un aliado clave, es la única persona que puede iniciar el procedimiento de impeachment. Mientras el presidente mantenga aceitados los engranajes de las partes más corruptibles y turbias del Congreso con fondos federales y la tradicional política clientelista, el impeachment seguirá siendo una posibilidad remota. Sin embargo, la pretensión de altura moral de Bolsonaro parece haberse perdido para siempre.

En el New York Times, Vanessa Barbara describió el abordaje de la pandemia por parte del gobierno –la búsqueda de inmunidad de rebaño y el rechazo de los ofrecimientos de Pfizer y otros fabricantes de vacunas durante muchos meses– como «un clásico plan de supervillano, a la vez perverso y absurdo, mortal y espantoso». Es el resultado inevitable del vaciamiento del Estado bajo Bolsonaro. De hecho, la aparente alergia del presidente a un manejo real del gobierno es el tema en que Lula ha hecho más hincapié desde que fue habilitado para buscar un tercer mandato en las elecciones de 2022. En su discurso de regreso del 10 de marzo de 2021 en la sede central del Sindicato de Metalúrgicos de San Bernardo del Campo, el centro industrial de la región metropolitana de San Pablo de donde surgió por primera vez como figura nacional en la década de 1970, Lula declaró indignado: «¡Este país no tiene gobierno!». A continuación, delineó todos los pasos que habría tomado si hubiera estado a cargo del gobierno cuando estalló la pandemia, cada medida más sensata que la anterior. Más recientemente, comparó a Bolsonaro con la reina de Inglaterra, una figura que toma muy pocas decisiones efectivas.

Desde su regreso a la contienda política, Lula ha resultado ser un adversario formidable para Bolsonaro. Algunas encuestas han mostrado al ex-presidente muy cerca de ganar de manera rotunda en un campo presidencial muy poblado. La resiliencia política de Lula se debe a su capacidad de articular un mensaje conciliatorio basado no en una confrontación ideológica, sino en un reclamo de los valores republicanos básicos que Bolsonaro desdeña en forma manifiesta. También indica el fracaso tanto de la centroderecha como de la izquierda que no es parte del PT para formar una oposición creíble al calamitoso gobierno de Bolsonaro. Los brasileños parecen ansiosos de un retorno a la inclusividad progresista y sobria de Lula luego de años de arrebatos violentos y malintencionados por parte de Bolsonaro que empujaron al país al borde de la catástrofe.

Con su posible desaparición política en el horizonte, Bolsonaro se ha dedicado a poner en duda que las autoridades lleven a cabo elecciones justas en octubre próximo. Hay incluso noticias sobre varias figuras militares experimentadas que repiten las teorías conspirativas paranoicas de Bolsonaro sobre la confiabilidad del voto electrónico, que según los expertos ha virtualmente eliminado el fraude de las elecciones brasileñas. En una democracia saludable, no debería importar lo que pensaran los uniformados sobre el modo en que se desarrollan las elecciones. Pero los militares de Brasil están hoy en el gobierno, con miles de integrantes de las Fuerzas Armadas en puestos civiles. No es claro qué tan dispuestos estarán a dejar el poder si hay un cambio de gobierno este año.

Si el bolsonarismo es una fuerza perdurable en la política brasileña, es probable que se deba al retorno de los militares a la política y al surgimiento de una clase política de derecha que comparte la misma visión del presidente. Parece que el futuro de la política brasileña será una batalla entre la centroizquierda y la extrema derecha. La centroderecha todavía mantiene el poder en algunas regiones, pero por el momento ya no es una fuerza nacional. Al aferrarse a los faldones de Bolsonaro en 2018, abrió la puerta a un conservadurismo radical nunca visto desde el regreso de la democracia en la década de 1980. Estos autoproclamados moderados cargan con una porción enorme de la culpa por el estado deplorable de Brasil.

Teniendo en cuenta que enfrenta un número creciente de dificultades legales, perder las elecciones podría ser la menor de las preocupaciones de Bolsonaro. Pero aun si cae, los efectos sociales a largo plazo de la muerte masiva que Bolsonaro facilitó persistirán muchos años después de que abandone el gobierno. Su arremetida contra la educación pública, el ambiente, las convenciones internacionales y las normas democráticas ha sido traumática. Y muchos de los que terminen votando contra Bolsonaro en una elección nacional bien podrían emitir un voto que lleve al Congreso a ex-policías chiflados que creen en disparar contra los vagabundos, luchar contra el globalismo, erradicar la ideología de género del sistema escolar y destruir la Amazonia a cambio de dinero fácil. En otras palabras, es mucho más difícil eliminar el veneno cívico del bolsonarismo de la Legislatura que de la Presidencia. El mismo Bolsonaro integró el Congreso durante décadas antes de ser elegido para el cargo supremo de su país, y es probable que sus hijos, que en la actualidad cumplen funciones en el gobierno, también ocupen cargos electivos después de 2022. Aun si la posición nacional del presidente es insalvable para el momento de las elecciones, la marca Bolsonaro se mantendrá sólida en el nivel local y de los estados. Más que ser un fin en sí mismo, una victoria de Lula marcaría el comienzo de un arduo esfuerzo por imaginar cómo debería verse un Brasil más justo, igualitario y solidario.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí

Traducción: María Alejandra Cucchi

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Miércoles, 09 Febrero 2022 06:03

Para comprender el pentecostalismo (II)

Para comprender el pentecostalismo (II)

Consistentemente desde sus inicios el pentecostalismo creció en los sectores populares. Pocos estudiosos del cambio religioso latinoamericano vieron en el movimiento pentecostal un reto para la confesión religiosa tradicional y mayoritaria. Menos pudieron visualizar que dentro de dicha confesión tendría lugar muy importante una versión del pentecostalismo: el catolicismo carismático.

José Míguez Bonino ha destacado la observación de José Carlos Mariátegui ( Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 1928) acerca del crecimiento logrado por los protestantes: "El protestantismo no consigue penetrar en América Latina por obra de su poder espiritual y religioso, sino por sus servicios sociales (YMCA, misiones metodistas de la sierra, etcétera). Este y otros signos indican que sus posibilidades de expansión se encuentran agotadas". Cuando lo anterior fue escrito, de manera subrepticia y en los márgenes de la sociedad, el pentecostalismo tenía dos décadas de haber irrumpido en tierras ­latinoamericanas.

En 1930 la población mexicana que se identificaba como protestante era menos de un punto porcentual (.75), mientras que se reconocieron católicos romanos 98 por ciento y 1.4 manifestó tener otra adscripción religiosa o ninguna. Con altibajos, porcentajes similares existían por entonces en los países de América Latina. Actualmente las cifras de identidad confesional son muy distintas a las de hace nueve décadas. La media de población católica latinoamericana es de 69 por ciento, con variaciones hacia arriba y hacia abajo en los 19 países incluidos en la investigación de 2014 efectuada por el Centro de Investigación Pew. La mayoría de quienes en América Latina se reconocen protestantes/evangélicos pertenecen a denominaciones pentecostales.

La emergencia del pentecostalismo, en términos generales, fue duramente criticada por liderazgos de iglesias protestantes históricas cuya presencia en Latinoamérica se inició en la segunda mitad del siglo XIX. En Chile la reacción de la Iglesia metodista contra el movimiento pentecostal, que comenzó en su seno en 1908, tuvo como resultado la separación de los renovadores y el inicio de trabajos que fructificaron en la creación de la denominación de raíz protestante más grande del país: la Iglesia metodista pentecostal de Chile. El desafecto del protestantismo histórico latinoamericano hacia los pentecostales que notoriamente estaban creciendo tuvo distintas expresiones, desde un franco rechazo hasta cierta tolerancia por tener un poderoso adversario común: el catolicismo romano que consideraba indeseables advenedizos a los dos.

En México –lo ha documentado bien Jael de la Luz García– la jerarquía católica hizo llamados a la población para que, como sentenció el arzobispo Luis María Martínez en 1944, se mantuviese alejada de la "serpiente infernal del protestantismo". Además, “en una carta pastoral, el jerarca denunció ante el pueblo mexicano al protestantismo como una creencia extranjera y extraña que tenía por objetivo ‘arrebatar a los mexicanos su más rico tesoro, la fe católica, que hace cuatro siglos nos trajo la Santísima Virgen de Guadalupe’”. Por tanto, decía, tenía que ser erradicado de raíz bajo los medios que fueran necesarios y aconsejaba una serie de ejercicios para lograr tal fin ( El movimiento pentecostal en México. La Iglesia de Dios, 1926-1948, La Letra Ausente-La Editorial Manda, 2010, p. 195).

El ambiente y las acciones persecutorias eran más cruentas contra los pentecostales. Como apuntó Carlos Monsiváis, en México el Estado es laico, “pero bastante distraído, y no se fija en los métodos que suprimen las herejías. […] Los más pobres son los más vejados, y los pentecostales la pasan especialmente mal, por su condición de ‘aleluyas’, gritones del falso Señor, saltarines del extravío. El respeto a lo diferente es inconcebible y si a los herejes se les persigue es porque se lo buscaron” ("De las variedades de la experiencia protestante", en Roberto Blancarte, coordinador, Culturas e identidades, El Colegio de México, 2010, p. 77). Los más perseguidos, simbólica y físicamente, son quienes más atraen a los sectores populares.

En los conversos al pentecostalismo hay rupturas culturales y religiosas, pero también continuidades, que incluso alcanzan mayor intensidad en la nueva identidad elegida. Mientras la experiencia de socialización de los sectores populares ha sido de marginación, en las comunidades pentecostales no solamente son aceptados, también mujeres y hombres excluidos hallan espacios de realización y liderazgo para poner en práctica sus capacidades. El fuerte sentido de pertenencia grupal se potencia, la oralidad es la principal vía de comunicación de la experiencia espiritual, expresividad festiva corporal mediante cantos y danzas, intenso sentido de esperanza y acción cotidiana divina en la vida de los creyentes les provee la seguridad que no encuentran en ninguna otra parte.

 

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Entrevista a Edgardo Lander: “Esto terminó siendo el peor de los mundos”

Para caracterizar el momento político actual, lo mejor sería que dejemos de mirarnos el ombligo. Querámoslo o no, los venezolanos estamos inmersos en el devenir de procesos globales que Edgardo Lander* enumera: "Una crisis civilizatoria que abarca el conjunto del planeta, en la cual los proyectos imaginarios y alternativos, que parecían posibles, se han derrumbado; el colapso ecológico amenaza la vida de todos; hay un avance de una derecha autoritaria, xenófoba, racista, que está en todas partes -desde la India y Europa del este hasta en los Estados Unidos, pasando por Brasil-. La descomposición es muy severa. La democracia liberal está en retroceso, acorralada y empobrecida como experiencia de convivencia y resolución de los conflictos sociales. Obviamente, Venezuela no es la excepción. Nuestra crisis es profunda e incorpora todo eso, además de particularidades que la exacerban. Creo que ese es el contexto general para entender el momento actual".

Y serviría, igualmente, para entender "la agresiva ofensiva del gobierno estadounidense hacia Venezuela, lo que fue la política de Trump, lo que ha sido el efecto de las sanciones, todo eso está en ese contexto, no es algo que tenga que ver solo con los procesos de Venezuela".

De antemano le pido disculpas si esta pregunta resulta una provocación: ¿sus palabras, digamos, serían la excusa para no abordar el tema de Venezuela?

No. En lo absoluto. Creo que es un preámbulo necesario. Y no lo hago para sacarle el cuerpo a la discusión sobre el país. Por otra parte, quisiera completar la idea: en China y en Rusia, lo que hay son gobiernos crecientemente totalitarios. El modelo que gobierna en China es una distopía totalitaria tecnocrática, de control total de la sociedad por parte del partido Estado. China dejó de estar en el horizonte normativo de lo que sería una sociedad deseable, desde hace mucho tiempo.

El sueño del camarada Stalin.

Sí, el sueño de Stalin. A pesar de que en China, aparentemente, la mayoría de la población está satisfecha, porque sus condiciones de vida han cambiado muy rápido en corto tiempo. La abundancia material tiene su peso.

Dicho esto, ¿podríamos abordar el tema de Venezuela?

No sería nada original decir que nos encontramos en una profunda crisis multidimensional: económica, humanitaria -hay que ver que lo que significa que más de seis millones de venezolanos, en su gran mayoría jóvenes, hayan huido del país porque no veían ningún futuro- la sensación, en mucha gente, de que todo está perdido, de que no vale la pena hacer nada porque el Gobierno los va a reprimir. Esa sensación de desencanto de que todo se intentó y nada se dio.

Esa sensación de derrota.

Aquí se ha vivido una profunda derrota. No es una derrota de la izquierda o de la derecha. Es una derrota del país. Quienes, desde la izquierda, tenían la expectativa de que esto podía conducir a un tipo de cambio han vivido esta experiencia como una profunda derrota de sus proyectos, de sus expectativas o de un futuro posible, por la sencilla razón de que esto terminó siendo el peor de los mundos. Y desde la derecha o el pensamiento liberal, ha sido la imposición de un gobierno autoritario y también lo han vivido como una profunda derrota de las expectativas de la democracia en Venezuela. Un país que, según la literatura gringa, aparecía como el ejemplo del modelo democrático, en medio de las dictaduras que asolaron a América Latina.

Usted dijo que la democracia liberal está a la defensiva, acorralada. ¿Qué diría de las particularidades de ese proceso en Venezuela? ¿Del desencanto que tienen los venezolanos?

Durante los primeros 20 años del Pacto de Puntofijo, Venezuela vivió una época de expectativas de mejoría en el futuro, una ampliación muy importante en los niveles educativos, una expansión extraordinaria del papel de las universidades como expresión de la movilidad social, incluso de sectores populares. Había, por supuesto, abundancia de ingresos petroleros, lo que hace "una pequeña diferencia", y estos dos partidos, Acción Democrática y COPEI, tenían legitimidad. Así como la Polar, Acción Democrática tenía una casa en cada pueblito del país. Había tejido social que se identificaba con esos partidos. Pero eso se fue perdiendo gradualmente. Esas expectativas de que el ingreso petrolero iba a ser abundante todo el tiempo, de que el Estado iba a responder, obviamente, no eran sostenibles.

Las protestas de sectores populares en Brasil, bajo el gobierno de Lula, demostraron que la gente es malagradecida, pero creo que tenían razón. Una vez que se resolvieron problemas como el hambre, la pregunta era ¿y ahora qué? ¿No cree que eso también pasó en Venezuela?

Yo creo que es más que eso. Uno no puede establecerles límites a las expectativas. Paso de la línea de pobreza, ahora tengo un televisor y comida en la nevera. No. Siempre las expectativas generan más expectativas. Pero en el país también fue una crisis de profunda legitimidad porque esos partidos, que se sentían como el lugar de expresión de aspiraciones, se fueron convirtiendo en aparatos burocráticos, en aparatos para ganar elecciones. Dejaron de ser expresión social. El discurso político venezolano se fue separando de esa lógica socialdemócrata que caracterizó a la democracia después de 1958. Se fue abandonando lo popular y en la crisis coincidió la dimensión económica y la dimensión política. No se puede decir que la crisis política es consecuencia del agotamiento del rentismo, pero ambas cosas se fueron entreverando hasta el punto en que en Venezuela había una gran desconfianza en los políticos, en los partidos. Una reducción creciente de la participación electoral, porque "por esa vía no se iba a lograr nada". Como proceso de descomposición, duró bastante tiempo. Y eso no tenía vocería, no tenía expresión, porque los partidos de izquierda llegaron a ser tan minoritarios, tan poco representativos, que tampoco tenían posibilidades de recoger ese malestar y presentarse como alternativa.

En estos años, esa descomposición se ha expresado en un lapso mucho más corto. ¿No resulta inquietante? Un hombre que llegó agitando el tema popular, que se abrogó, además, la representación de un pueblo… apenas se murió y esto se acabó. Queda un aparato, algo parecido a un partido político, por llamarlo de alguna manera, y una franquicia. ¿No sería más frustrante todavía?

Más frustrante, sí, porque las expectativas fueron mayores, para una porción muy importante de la población venezolana. Efectivamente, los años de Chávez fueron de inmensas expectativas, inclusive en momentos en que el ingreso petrolero seguía siendo muy bajo y la posibilidad de desarrollar políticas sociales, que se aplicaron luego, era muy limitada. De alguna manera, Chávez logró darle un sentido, una vocería, a ese descontento. Eso, en los primeros años, fue más simbólico que otra cosa. Pero no creo que uno pueda decir que todo se debe a la muerte de Chávez. Yo creo que los problemas vienen de mucho antes.

¿Cuando Nicolás Maduro se asume como "el hijo de Chávez" forma parte -o le da continuidad- a ese proceso?

Absolutamente. Pero yo estoy en desacuerdo con muchas de las interpretaciones que se hacen desde el PSUV y desde el Gobierno, intelectuales, digamos, que establecen una diferencia categórica entre Chávez y Maduro. Obviamente, Maduro no es Chávez. Pero muchos de los problemas fundamentales que afrontamos en el país tienen que ver con el propio proyecto de Chávez, con la propia noción que tenía de sí mismo y del papel que debía jugar. Son varias cosas, ¿no? Chávez declaró que esto era socialista (2005) con una absoluta ausencia de conciencia histórica de lo que había significado el socialismo. El socialismo realmente existente, en esencia, el socialismo soviético, terminó siendo un lugar que negaba la democracia, un lugar autoritario, un lugar de devastación ambiental, un proyecto que no era capaz de superar la lógica de crecimiento y destrucción propia del capitalismo, porque lo que se propuso, justamente, fue acelerar ese proceso. Llegó un momento en que Jrushchov dijo que el socialismo (la extinta URSS) había superado al capitalismo porque producía más toneladas de acero y de cemento que Estados Unidos. Desde el punto de vista civilizatorio, el modelo soviético tampoco representó una alternativa.

Una falta de conciencia histórica, nada más y nada menos, que después de la caída del Muro de Berlín. Era como presentar la opción de algo que ya no era.

Hubo un cambio en el tiempo. Hay declaraciones, discursos y cosas que lo demuestran. Por ejemplo, la entrevista que le hizo Agustín Blanco Muñoz a Chávez, que publicó en "Habla el comandante". En un momento, Chávez dice que está por una tercera vía, que no se refiere a la tercera vía de Tony Blair, ni nada por el estilo, sino en contra del modelo liberal capitalista, en contra de la experiencia del socialismo real. Era un proyecto que tenía que ver con las raíces latinoamericanas, con los pueblos aborígenes y afrodescendientes. Entonces hablaba de Simón Rodríguez, de Zamora, que en modo alguno representaba el socialismo ni nada parecido. Eso con el tiempo se fue alterando por varias razones. Una de ellas fue la confrontación con el empresariado y con las élites, y Chávez necesitaba un discurso muy contundente para enfrentarse a eso. Pero, además, la influencia cubana, en términos ideológicos, de la noción de socialismo y del papel del Estado, se fue incrementando. Y cuando al fin se declaró (en el Foro de Porto Alegre) que el proyecto venezolano era socialista, efectivamente ocurrió con esa ausencia total de conciencia histórica, lo cual significa ausencia de prevención histórica. O sea, ¿por qué pasó lo que pasó? ¿Y qué habría que hacer para evitar que lo que pasó vuelva a pasar? Eso no estuvo presente, en absoluto. Y la izquierda venezolana, que en la década del 60 y 70 había tenido un debate muy rico sobre el socialismo, sobre el partido único, sobre el papel del Estado y todas esas cosas, se ha olvidado de eso, se ha lavado las manos. La intelectualidad de esa época había abandonado toda opción de izquierda -muchos terminaron siendo neoliberales, otros se habían muerto, otros habían publicado cosas que después no se reeditaron-. Se dio una especie de borrón y cuenta nueva. "Vamos a empezar el socialismo desde cero". Pero lo que se terminó construyendo es una reiteración de los mismos problemas y de las mismas lógicas.

Tenemos que ver, como parte de esa falta de conciencia histórica, el caso de Cuba. Una experiencia fracasada. Resulta increíble que en ese país se estén aplicando penas de hasta 20 años de cárcel a personas que salieron a protestar en las calles. El terror, el miedo, la represión…

… como única respuesta. Algo que me ha parecido un punto de ruptura de este proceso fue el momento en que Chávez llamó a la conformación del partido unitario de la revolución venezolana. Precisamente, ahí está -como más claramente expresada- esa falta de noción de reconocimiento de la historia. Es decir, una de las experiencias que condujeron a todos los socialismos, sin excepción, al autoritarismo fue esa fusión Estado partido, porque esa es la negación de la pluralidad, del debate abierto y de, efectivamente, plantearse la ampliación de la democracia.

¿Diría que eso fue por inercia, por desconocimiento de la historia, quizás por flojera o por una combinación de esas tres cosas?

Yo creo que tiene que ver, primero, con la ausencia de una conciencia histórica. Pero también con una concepción del poder y de la política, desde una construcción absolutamente polar: los buenos y los malos, aquí está el pueblo y allá los escuálidos. Acá los amigos y allá los enemigos. Eso tiene relación con los estilos y el modelo de algunos liderazgos, con el liderazgo y la cultura militar, por ejemplo. Allí no hay sino obediencia. Y eso estuvo presente desde el primer día. En segundo lugar, con el proceso de construcción de esa figura carismática, con seguimiento incondicional de la gente que lo rodea. Yo estoy convencido de que no hay ser humano, ni ninguno de los santos del santoral católico, que resistiría tanta adulancia y jalabolismo por parte de la gente con la que pueda tener contacto. Eso lleva a una suspensión de cualquier juicio crítico. Los procesos políticos son difíciles, son complejos, tienen muchas aristas, muchas dificultades, y solo con una reflexión crítica permanente y contrapuesta con otras opiniones es posible -de alguna manera- navegar ese rumbo. Pero si se hace desde una postura en la cual "yo tengo la razón siempre", entonces, la construcción del modelo político, que permita que la razón y la verdad se impongan, no es posible, entre otras cosas, porque aquella es una postura incuestionada.

Advertencias hubo en 2007 -la derrota en el referéndum constitucional-; advertencias hubo en 2010 -con resultados electorales que ya no eran tan favorables al chavismo-, y también en 2013, ya con sectores abiertamente descontentos. Son episodios de cuestionamiento, de malestar de crítica. Pero la respuesta fue lo más parecido a "sigamos adelante, porque esas son las voces del desierto". Hay cierta tozudez, ¿no?

Yo creo, además, que hay una parte de la intelectualidad de la izquierda internacional corresponsable. Diría que se convirtieron en una especie de coro de alabanza a lo que estaba ocurriendo en Venezuela, en una forma absolutamente acrítica. Esos encuentros de artistas e intelectuales, de los sucesivos encuentros que se hacían en el teatro Teresa Carreño, terminaron reforzando la idea de que lo que aquí estaba pasando era maravilloso, que no había nada que criticar, que el presidente Chávez era un líder de la revolución mundial. No solo hubo una abdicación de lo que debe ser un intelectual crítico, reflexivo, de encontrar y destacar problemas, sino de clausurar la posibilidad del debate y dar un sello de aprobación, diría, a lo que está pasando. Se fue haciendo más y más autoritario y, con ese sello de aprobación, siguió, siguió y siguió.

El papel de la izquierda, hasta donde tengo entendido, siempre fue la crítica, la advertencia y moderar al poder. Entonces, ¿la izquierda no se puede moderar a sí misma?

Aparentemente, no. Hay una historia lamentable en buena parte de la izquierda en el mundo: la limitada capacidad de reflexión crítica sobre ¿por qué se hizo lo que se hizo? ¿Por qué pasó lo que pasó? Se supone que eso sería, normativamente, el pensamiento de la izquierda. Un pensamiento reflexivo, que va tomando en cuenta nuevos factores. Por eso te digo que el papel de buena parte de esta izquierda coro, que participó legitimando el gobierno de Chávez, fue de una grotesca irresponsabilidad, porque le dieron sello de legitimidad a un proceso, cuyas tendencias autoritarias eran claras, eran nítidas. Pensar que "como esto es de izquierda y la derecha es peor, entonces hay que aprovechar esto" niega la reflexión crítica, que, además, es una condición de la vida. La posibilidad de construir otro mundo pasa por ir evaluando, corrigiendo, examinando. Pero si por definición no hay errores posibles. Si todo lo que se hace está bien. Eso termina siendo una patología que conduce, por el camino inexorable, al autoritarismo.

En términos de responsabilidades, ¿podría profundizar en cómo fue que llegamos al llegadero?

Por una parte, está la responsabilidad del Gobierno -la política económica, las tendencias autoritarias-. Este desastre, claramente, es responsabilidad del Gobierno. Pero también hay una muy fuerte responsabilidad de los partidos de oposición durante estos años. ¿Por qué? Porque son partidos que le han dado prioridad a sus conveniencias, por encima de los intereses generales del país, porque los egos de los diferentes dirigentes impiden que surja una alternativa, porque han apoyado de una forma brutal las amenazas e intervenciones del Gobierno de Estados Unidos, en términos de estrangulamiento, en términos de sanciones, que han tenido un impacto muy severo en las condiciones de vida de la población venezolana. No solo es la acción del Gobierno, sino las sanciones las que han colapsado la economía venezolana. Y también porque han manejado recursos de la nación de una forma muy poco transparente; Monómeros es un caso típico de corrupción. Lo que alguna vez hicieron, presentar candidatos únicos a elecciones (2015), digamos, lo que podría ser "el momento estelar" de esta oposición, eso se abandonó por completo y terminó siendo una pelea a cuchilladas. La cosa de Cúcuta, el episodio del distribuidor Altamira. Todas esas cosas nos han llevado a la situación actual. No le estoy restando responsabilidad al Gobierno. En lo absoluto. Pero esto es un desastre que se ha ido retroalimentando de una forma muy brutal. Por eso hoy, la evaluación que la población venezolana hace de la dirigencia opositora es similar a la que hace de la dirigencia del Gobierno.

***

Por: Prodavinci - Hugo Prieto | Lunes, 07/02/2022

7 de febrero de 2022.

*Edgardo Lander: Sociólogo por la Universidad Central de Venezuela. Phd por la Universidad de Harvard. Profesor universitario. Investigador del Cendes. Su firma aparece con frecuencia en ensayos y artículos de distintas publicaciones académicas.

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Fuentes: Instituto Tricontinental de Investigación Social [Imagen: Mao Xuhui (China), Dejo el rastro de las alas en el aire, 2014–2017]

La ONU y el Banco Mundial han dado la voz de alarma de que esta «crisis silenciosa» tendrá un impacto devastador en el futuro económico de las y los estudiantes.

En octubre de 2021, la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (CEPAL) celebró un seminario sobre la pandemia y los sistemas educativos. Las cifras son impresionantes: el 99% de las y los estudiantes de la región pasaron un año académico entero con interrupción total o parcial de las clases presenciales, mientras que más de 600.000 niñxs lucharon con la pérdida de sus cuidadorxs debido a la pandemia. Además, se estima que la crisis podría obligar a 3,1 millones de niñxs y jóvenes a abandonar la escuela y a más de 300.000 a trabajar. En el seminario, Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, dijo que la combinación de la pandemia, las turbulencias económicas en la región y los retrocesos en la educación han provocado «una crisis silenciosa».

La situación en todo el mundo es igualmente grave, y la frase «crisis silenciosa» quizá necesite una aplicación más global. Las Naciones Unidas señalan que «más de 1.500 millones de estudiantes y jóvenes de todo el planeta se ven o se han visto afectadxs por el cierre de escuelas y universidades debido a la pandemia de la COVID-19»; al menos 1.000 millones de escolares corren el riesgo de quedarse atrás en sus estudios. «Lxs niñxs de los hogares más pobres», dice la ONU, «no tienen acceso a Internet, computadores personales, televisores o incluso radios en casa, lo que amplifica los efectos de las desigualdades de aprendizaje existentes». Cerca de un tercio de todos lxs niñxs —al menos 463 millones— no tienen ningún acceso a las tecnologías para la educación a distancia; tres de cada cuatro de estos niñxs proceden de zonas rurales, la mayoría de los hogares más pobres. Debido al cierre de las escuelas durante los confinamientos y a la falta de infraestructura para el aprendizaje en línea, muchos niños y niñas «se enfrentan al riesgo de no volver nunca a la escuela, deshaciendo años de progreso en la educación en todo el mundo».

En 2015, los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas acordaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, estableciendo diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que debían cumplirse en un plazo de quince años. Todo el proceso de los ODS, que comenzó con los Objetivos de Desarrollo del Milenio para reducir la pobreza en el año 2000, contó con un amplio consenso. El cuarto ODS consiste en «Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos». Como parte del proceso para avanzar en este objetivo, las Naciones Unidas y el Banco Mundial desarrollaron conjuntamente un concepto llamado «pobreza de aprendizaje», definido como «ser incapaz de leer y comprender un texto sencillo a los 10 años». La medida de «pobreza de aprendizaje» se aplica al 53% de lxs niñxs de los países de ingresos bajos y medios y hasta al 80% de lxs de países pobres. Antes de la pandemia, estaba claro que para 2030 las aspiraciones de los ODS no se lograrían para el 43% de los niños y niñas del mundo. Las Naciones Unidas informan ahora que en 2020 otros 101 millones, o el 9% de lxs niñxs de las clases 1 a 8, «quedaron por debajo de los niveles mínimos de competencia en lectura» y que la pandemia ha «anulado los avances en materia de educación logrados en los últimos 20 años». Ahora se reconoce universalmente que el cuarto ODS será irrealizable durante mucho tiempo.

La ONU y el Banco Mundial han dado la voz de alarma de que esta «crisis silenciosa» tendrá un impacto devastador en el futuro económico de las y los estudiantes. Calculan que «esta generación de niñxs arriesga ahora perder 17 billones de dólares en ingresos de por vida en valor actual, o alrededor del 14% del PIB mundial actual, debido a los cierres de escuelas relacionados con el COVID-19 y a las crisis económicas». Lxs estudiantes no solo van a perder billones de dólares en ingresos de por vida, sino que también se van a ver privadxs de la sabiduría y las habilidades sociales, culturales e intelectuales vitales para el avance de la humanidad.

Las instituciones educativas, desde los primeros años hasta la universidad, ya hacen hincapié en la comercialización de la educación. El declive de la formación básica en humanidades se ha convertido en un problema global, privando a la población mundial de una base en historia, sociología, literatura y artes, disciplinas que crean una comprensión más rica de lo que significa vivir en una sociedad y ser un ciudadano del mundo. Este tipo de educación es un antídoto contra las formas tóxicas de patrioterismo y xenofobia que nos llevan a la aniquilación y la extinción.

Las instituciones culturales son las que más problemas tienen en la «crisis silenciosa». Un estudio de la UNESCO sobre el impacto de la pandemia en 104.000 museos de todo el mundo reveló que casi la mitad de estas instituciones experimentaron una reducción significativa de la financiación pública en 2020, con ganancias limitadas al año siguiente. En parte debido a los confinamientos y en parte a los problemas de financiamiento, la asistencia a los museos de arte más populares del mundo se redujo en un 77% en 2020. Además de la pandemia, el auge del capitalismo de plataformas —actividad económica arraigada en las plataformas online— ha acelerado la privatización del consumo cultural. Las formas públicas de exposición cultural a través de la educación pública, los museos y galerías públicas y los conciertos públicos no pueden seguir el ritmo de Netflix y Spotify. El hecho de que solo el 29% de la población del África subsahariana tenga acceso a Internet hace que las desigualdades de la vida cultural sean una preocupación aún más acuciante.

La forma en que se ha tratado a las y los profesores durante la pandemia demuestra la poca importancia que se da a este trabajo crucial y a la educación en general en nuestra sociedad global. Solo en 19 países se colocó a lxs profesores en el primer grupo de prioridad con lxs trabajadores de primera línea para recibir la vacuna COVID-19.

En el transcurso de las últimas semanas, este boletín ha destacado Un plan para salvar el planeta, que hemos desarrollado junto a 26 institutos de investigación de todo el mundo bajo el liderazgo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP). Seguiremos señalando ese texto porque desafía significativamente la visión del statu quo sobre cómo debemos proceder en nuestras luchas globales compartidas. En lo que respecta a la educación, por ejemplo, estamos construyendo nuestro marco para el planeta basándonos en las necesidades de las y los profesores y alumnos, no en el PIB o el valor del dinero. En cuanto a la educación, tenemos una lista de once demandas que no son exhaustivas, pero sí sugerentes. Pueden leerlas aquí.

Les pedimos que lean atentamente el plan. Esperamos sus comentarios, por favor envíenoslos  a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Si estas ideas les parecen útiles, les rogamos que las difundan ampliamente. Si se preguntan cómo proponemos financiar estas ideas, echen un vistazo al plan completo (por cierto, actualmente hay al menos 37 billones de dólares en paraísos fiscales ilícitos).

En Honduras se están dando pasos en esta dirección. El 27 de enero, la presidenta Xiomara Castro tomó las riendas del país, convirtiéndose en la primera mujer jefa de gobierno en la historia nacional. Inmediatamente se comprometió a dar electricidad gratuita a más de un millón de los casi diez millones de habitantes de Honduras. Esto mejorará la capacidad de la población hondureña más pobre para ampliar sus horizontes culturales y aumentará las posibilidades de que los niños y niñas puedan participar en el aprendizaje en línea durante la pandemia. El día de la toma de posesión de la presidenta Castro, leí las hermosas palabras de la poeta nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría, cuyo compromiso con el progreso de los pueblos de Centroamérica se refleja en sus brillantes poemas. En 1978, justo antes de la revolución nicaragüense, Alegría ganó el Premio Casa de las Américas por su colección Sobrevivo. Con D. J. Flakoll, escribió la historia definitiva de la Revolución Sandinista: Nicaragua, la revolución sandinista: una crónica política 1855-1979, publicada en 1982. El fragmento de su poema “Contabilizando» de su libro Fugues (1993) nos enseña la importancia de la poesía y la epifanía, y la importancia que el sueño y la esperanza tienen para el avance humano:

No sé cuántos años soñando
con la liberación de mi pueblo
algunas muertes inmortales
los ojos de aquel niño desnutrido
Tus ojos cubriéndome de amor
una tarde nomeolvides
Y en esta hora húmeda
las ganas de plasmarme
en un verso
en un grito
en una espuma

 

Por Vijay Prashad | 05/02/2022

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/crisis-educacion/

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Presidente de Perú anuncia cambio de gabinete ministerial en medio de grave crisis política

LIMA (Sputnik) — El presidente de Perú, Pedro Castillo, anunció que cambiará de gabinete ministerial en medio de la grave crisis política causada por el nombramiento del discutido primer ministro Héctor Valer.

"He tomado la decisión de recomponer el gabinete ministerial y estos cambios se harán teniendo en cuenta la apertura a las fuerzas políticas académicas y profesionales del país, ya que más allá de las formas de pensar o de ideologías, debemos apuntar a servir de la mejor manera al peruano de a pie", dijo el mandatario en un mensaje televisado en cadena nacional.

Con esta decisión, Castillo pone fin a la gestión del gabinete presidido por Valer, que implica su remoción como primer ministro, apenas cuatro días después de su nombramiento.

Luego de designado Valer como primer ministro, medios locales revelaron que el funcionario tenía denuncias por violencia física contra su esposa y su hija; además de una investigación por corrupción de parte de la fiscalía.

Asimismo, otros nombramientos de ministros fueron cuestionados por ser asumidos por personas con casi nula preparación para los cargos y con la sola ventaja de ser cercanas al entorno presidencial.

Esto generó fuertes protestas de sectores políticos y de la ciudadanía que crearon una nueva crisis en el Ejecutivo que, con este nuevo cambia, pasará a tener su cuarto gabinete en apenas poco más de medio año de gestión.

Según Castillo, el cambio de gabinete se realiza porque el Congreso se negó a recibir al primer ministro este sábado para que ante el pleno exponga la política del Gobierno y así reciba el respaldo del parlamento y su posterior ratificación en el cargo.

"El presidente del Consejo de Ministros (Valer) solicitó el día de hoy (viernes) al Congreso exponer la política general del gobierno con la inmediatez que amerita, pues el país no puede esperar más la solución de sus demandas, sin embargo el Congreso ha expresado su negativa a este urgente pedido", argumentó el jefe de Estado.

Castillo no mencionó en qué fecha nombrará a un nuevo gabinete ni quiénes lo conformarán.

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Joe Fenton. Ilustraciones monocromáticas en estado puro

Claramente en contra del sentimiento de Marx, que aborrecía a los Estados y aspiraba –quizá ingenuamente– a su extinción, la mayoría absoluta de sus herederos de facto, instalaron esa institución en el centro de sus sueños emancipatorios. De forma acrítica, la política de izquierda centrada en los Estados ignora que nunca han sido palancas para la transformación de las sociedades. Peor aún, las rebeldías se estrellaron una y otra vez contra sus muros, y el poder estatal consiguió, como señala Abdullah Öcalan, “pervertir al revolucionario más fiel”.

El dirigente kurdo, encarcelado y aislado por el Estado turco, hace balance de las luchas revolucionarias en el tiempo largo: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Es posible que muchas personas no se sientan sorprendidas por dicho aserto, pero debemos recordar que sigue siendo habitual considerar al Estado como el centro neurálgico de la emancipación.

Lo más curioso es que atravesamos una crisis civilizatoria, además de la crisis sistémica y ambiental evidentes, pero aún así se continúa confiando en el Estado, a pesar de formar parte de esas crisis. Me viene la imagen del Titanic. Cuando está naufragando, cuando ya es imposible evitar que se precipite hasta el fondo del mar, ¿qué sentido tiene ponerse a debatir cuál sería el mejor capitán para sustituir al responsable del desastre? La nave se escora peligrosamente y, sin embargo, la orquesta sigue haciendo sonar sus instrumentos, y lo que es peor, buena parte de la audiencia continúa escuchándola en vez de correr hacia los botes salvavidas.

¿Esperan algo extranatural? La verdad es que la inercia es una fuerza tan potente como demoledora, porque nos lleva a repetir la misma acción, una y otra vez, aunque nos haya llevado al fracaso en todas las ocasiones. ¿Por qué razón habríamos de tener éxito con recetas que ya probaron su invalidez?

Quiero abordar en las líneas que siguen, que la acción política estadocéntrica no conduce a ningún resultado positivo, desde tres miradas: la de la colonialidad del poder inspirada por Aníbal Quijano; la de los fracasos históricos; y el problema que representa la debilidad de una cultura política alternativa.
¿Refundar los Estados-nación?

En sus trabajos sobre la colonialidad del poder, Aníbal Quijano nos alerta que los Estados latinoamericanos fueron creados de modo muy diferente a los europeos. Mientras aquellos fueron, en la mayoría de los países, formados luego de la democratización relativa de las estructuras de poder, en este continente fueron una imposición sobre una sociedad cuyas mayorías sufrían opresión colonial: “El proceso de independencia de los Estados en América Latina sin la descolonización de la sociedad no pudo ser, no fue, un proceso hacia el desarrollo de Estados-nación modernos, sino una rearticulación de la colonialidad del poder sobre nuevas bases institucionales”1.

De ese modo, los nuevos Estados sirvieron a las minorías blancas propietarias de la tierra y la riqueza, en una relación social de carácter neocolonial que se impone sobre y contra las mayorías. Esta es la malformación congénita de los Estados latinoamericanos, que en el actual período de extractivismo/acumulación por despojo resulta cada vez más evidente.

Pero Quijano nos ofrece algunas pistas adicionales sobre el papel del Estado-nación en el pensamiento crítico, sin olvidar que se trata de una institución creada por el capitalismo y que juega un papel determinante en este sistema. “El lugar del capitalismo mundial fue ocupado por el Estado-nación y las relaciones entre Estados-nación, no sólo como unidad de análisis sino como el único enfoque válido de conocimiento sobre el capitalismo; no sólo en el liberalismo sino también en el llamado materialismo histórico, la más difundida y la más eurocéntrica de las vertientes derivadas de la heterogénea herencia de Marx”2.

En este punto, y a riesgo de ser un tanto tajante, creo que la herencia eurocéntrica ha llevado al pensamiento crítico a colocar al Estado-nación en el foco del análisis y de las soluciones a los problemas; por el contrario, los pueblos originarios y negros siguen apostando (incluso sorteando el control de sus dirigentes) por las comunidades y palenques como imaginario emancipatorio central.

Por lo anterior, debemos concluir que el Estado realmente existente es una pieza neocolonial, funcional a la acumulación por despojo, al modelo extractivo, a las locomotoras minero-energéticas y las grandes obras de infraestructura. Lo que resulta curioso es que exista toda una corriente política que, reconociendo la matriz colonial de nuestros Estados, apuesta a su “refundación”, como si fuera una herramienta que tanto vale para una cosa como para la contraria.

Creo que las experiencias reales y concretas de refundación han fracasado. No alcanza con poner una bandera o un nombre a una institución para que se modifiquen sus prácticas. Colocar el nombre “plurinacional” al lado de Estado, o izar la bandera histórica quechua llamada whipala al lado de la nacional, son gestos positivos e importantes, pero están muy lejos de modificar la institucionalidad.
Una historia de fracasos

A los fracasos de las revoluciones (rusa, china, vietnamita, y un largo etcétera), se suman las derrotas en los intentos de cambiar la realidad por parte de los progresismos y las izquierdas electorales.

Sobre lo sucedido con las revoluciones, sería necesario un análisis de largo aliento para explicar cómo desde el poder estatal no se ha hecho más que reproducir las jerarquías heredadas y crear otras nuevas. El control del aparato estatal ha permitido a quienes gestionan esa maquinaria, tomar decisiones y ocupar un lugar que les permite reproducirse como capa social, hasta convertirse con el paso del tiempo en una nueva clase social nacida en el seno del Estado.

Los detallados y completos trabajos de Charles Bettelheim (“Las luchas de clases en la URSS”), entre muchos otros estudios, echan luz sobre las condiciones para el nacimiento de una burguesía (o una nueva clase dominante) luego del triunfo de la revolución. Los partidarios de Mao Zedong, y el propio fundador de la China socialista, dedicaron estudios para explicar cómo en el seno del Partido/Estado fue surgiendo una camada con intereses propios separados de los obreros y campesinos. Sector que muy pronto se hizo con el poder absoluto, hasta el día de hoy, aunque se proclamen marxistas y comunistas.

En su trabajo “El estado de derecho como tiranía”, el boliviano Luis Tapia, focalizado en el análisis de la “refundación” del Estado a través de la plurinacionalidad, sostiene que la nueva Constitución reconoce formas de autogobierno a nivel municipal y autonomías indígenas locales, pero “reserva para la organización del poder ejecutivo y el resto del Estado los principios del derecho positivo moderno, sobre todo en sus versiones liberales”3.

En los hechos, la reconstrucción del Estado-nación a través de la “representación monopólica del pueblo” por un partido, el MAS, fue acotando y ahogando la posibilidad de que despegara el proyecto constitucional del Estado Plurinacional. Al controlar a la sociedad civil, se impide el despliegue de la acción colectiva autónoma, que es precisamente lo que busca cualquier Estado que pretende reproducirse separado y por encima del cuerpo social.
No se trata sólo de resistir

Uno de los grandes escollos que enfrenta la lucha emancipatoria, consiste en la debilidad e incluso inexistencia, de un imaginario anticapitalista radical y de una cultura política anti-estatista o no estadocéntrica. A mi modo de ver, esto se relaciona con la potencia del imaginario estatal en las izquierdas y en el pensamiento crítico, pero también con la colonización de nuestros imaginarios por la lógica eurocéntrica que nos lleva a pensar en términos de naciones: se piensa en hacer la revolución en Colombia o en Ecuador o en Argentina, y todo lo que no incluya a un país entero, con sus artificiales fronteras heredadas de la Colonia, suele invalidarse.

Semejante forma de razonar la he escuchado cuando se menciona la experiencia mapuche o zapatista, incluso de los pueblos originarios del Cauca, ya que se les reclaman “soluciones” o propuestas para todo un país.

Es evidente que cuando se imaginan cambios a esa escala, no puede haber otra alternativa que depositar las esperanzas en el gobierno de la nación. Por más que se haya demostrado hasta el cansancio el fracaso de tales opciones.

Pero hay una segunda cuestión que se relaciona con las herencias coloniales y patriarcales. Resulta muy difícil imaginar que los palenques o las comunidades puedan ser el centro de una política anti-capitalista. Espacios por ahora minoritarios (pero ya no marginales), donde prácticas como el trueque y los trabajos comunitarios (minga o tequio) modelan la vida cotidiana y donde nacen, o pueden nacer, formas de hacer política no caudillistas ni patriarcales que, lejos de reproducir el sistema, le ponen palos en la rueda.

***

Para terminar, un dato que puede convencer a los más fervorosos partidarios del Estado: éste ha sido copado por el 1 por ciento más rico. Se lo apropiaron como el mejor camino para blindar sus privilegios, de modo que las principales instituciones (como la justicia y las fuerzas armadas), les obedecen porque ataron su futuro al de los privilegiados. Pero este es otro debate, urgente y dramático.

 

1 Aníbal Quijano, Cuestiones y horizontes, Clasco, Buenos Aires, 2014, p. 820.
2 Ibíd., p. 288.
3 Luis Tapia, El estado de derecho como tiranía, Cides-Umsa, La Paz, 2011, p. 197.

 


 

“La toma del Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel”, Abdullah Öcalan*

 

Los tiempos densos e intensos, cuando la vida de las personas y de los pueblos está en juego, son como relámpagos que iluminan lo que ocultan las sombras de la noche. Las grandes calamidades colectivas ponen a prueba lo aprendido y empujan a innovar, como único camino posible para sortear el desastre. Se trata de puntos de quiebre en la historia, momentos de máxima tensión en los cuales podemos, además, conocer todo aquello que en los períodos de calma permanece sumergido en la grisura de la vida cotidiana.


Fernand Braudel escribió: “Mucho más significativo aún que las estructuras profundas de la vida son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias”1. Estaba convencido que el naufragio es el momento más importante, porque permite comprender las causas que hundieron el modelo construido, visualizar los errores en el diseño que sólo se pueden observar en esos momentos de viraje que denominamos crisis o tempestades. Tenemos el privilegio, doloroso por cierto, de estar viviendo la quiebra del tiempo lineal y progresivo, que nos permite abrirnos a otros tiempos, imprevisibles, inciertos pero seguramente fructíferos porque, para quienes anhelamos un mundo nuevo, no hay nada peor que los tiempos previsibles de la linealidad institucional burocrática.


Los pueblos y los seres humanos colocados en callejones sin aparente salida, a merced de situaciones que no controlan, deben aguzar el ingenio para fugar del campo alambrado, vigilado por guardias implacables. En esas tremendas circunstancias, su vida depende de que comprendan el tejido profundo de las opresiones, ya que en las circunstancias extremas los gestores del sistema dejan de lado los formalismos y los discursos prolijos, para mostrarlo como lo que realmente es: una maquinaria de exterminio. Los campos de la muerte ocupan, así, el lugar del ágora, y la mano amenazante se desentiende del discurso integrador que habla de ciudadanía. En suma, la opresión y los opresores se liberan de sus máscaras y todo lo que nos oprime empieza a brillar con su terrible color de muerte.


¿Acaso Gramsci no escribió los más agudos análisis de la época en la prisión donde lo tenían aislado los fascistas? Auguste Blanqui, el revolucionario socialista francés apodado “L’enfermé” (El encerrado) por las numerosas y extensas estadías en prisión, escribió en ellas algunas de sus más memorables obras. En ambos casos, las asombrosas visiones de los prisioneros nos alumbran hasta hoy, tanto por la clarividencia de los escritos como por la energía rebelde que se palpa en ellos.


El cuerpo encerrado y aislado de Abdullah Öcalan es una metáfora mayor de las vicisitudes que atraviesa el pueblo kurdo, sitiado entre guerras imperialistas y extremismos islámicos, desgajado entre estados-nación que le entorpecen ser pueblo. Sin embargo, Öcalan ha sido capaz de escribir una de las obras más luminosas que conocemos en este oscuro y complejo período de la historia. Tan luminosa como la notable resistencia de su pueblo, acorralado en las montañas turcas y en la estrecha franja del norte de Siria, donde además de resistir está creando un mundo nuevo, en medio de una guerra de exterminio librada por las principales potencias regionales y globales.


Este libro de Abdullah Öcalan, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Sobre su particular metodología quisiera sugerir dos cuestiones. La primera es su empeño en contextualizar el objeto de análisis en una amplia perspectiva histórica, lo que lo lleva a realizar una vasta reconstrucción y un relato de larga duración sobre cada materia que aborda. De ese modo, el lector no tiene forma de perderse.


La segunda es que se nos brinda una visión del mundo centrada en Oriente Medio, el lugar donde el pueblo kurdo protagoniza su gesta histórica. Este aspecto me parece central. El lugar desde el que se emite un discurso, un análisis, desde donde se elabora una teoría, debe estar localizado en algún lugar, salvo para el pensamiento eurocéntrico que tiene vocación de convertir la visión propia en verdad universal. Una historia que parte de los pueblos que habitaron la Mesopotamia, no puede sino enriquecer la historia de todos los pueblos, ya que sus particularidades suman a lo universal, como ya nos alertó medio siglo atrás Aimé Cesáire, quien se negaba tanto a perderse por “segregación amurallada en lo particular” como a disolverse “en lo universal”. Su opción era por “un universal depositario de todo lo particular”, como finaliza su carta a Maurice Thorez en 1956 (2).


A renglón seguido, quisiera destacar cuatro aspectos del pensamiento de Öcalán presentes en este libro. El primero tiene que ver con la crítica al economicismo, omnipresente en el marxismo y en todas las tendencias del pensamiento crítico. Opone a quienes consideran “el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico” (desde Marx a Lenin), una concepción que lo considera resultado del poder militar y político, y usurpador de valores sociales, entre los que destaca “la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan” (p. 27).


El análisis es realmente profundo y esclarecedor. “En las guerras coloniales –escribe el prisionero de Imrali– donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas” (28). La violencia fue la fuerza motriz de la acumulación de capital, y sigue siéndolo. En este punto, como en otros decisivos, se apoya en el historiador Fernand Braudel, que en su opinión supera a Marx en cuanto a la comprensión de la sociedad capitalista.


Tiende puentes con las cosmovisiones de nuestros pueblos originarios de América Latina, al considerar que la “cultura del regalo” (para los latinoamericanos el “don”, de donar), impide la concentración de riquezas y funciona como modo de redistribución, afinado y refinado por los pueblos andinos quechua y aymara, en lo que Öcalan define como “la verdadera economía humana” (p. 30).

En contra del modo de pensar de quienes nos hemos formado en Marx, sostiene que buena parte de los análisis de los especialistas en economía son apenas narraciones mitológicas que sientan las bases de una nueva religión: “La economía política es la teoría más falsificadora y depredadora del intelecto ficcional, creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo” (32). ¡Qué refrescantes resultan estas reflexiones!


Coincide con Braudel en que el capitalismo es la negación del mercado por la regulación de precios de los monopolios, que impiden la concurrencia de los productores. Continuando con su caminar a contramano, rechaza que el triunfo del capitalismo haya tenido nada de revolucionario y, en este punto, coincide con el análisis de Immanuel Wallerstein cuando asegura que el capitalismo no ha sido un progreso frente a los demás sistemas históricos. Por eso sostiene que lo verdaderamente revolucionario no es cuando el trabajador lucha por sus derechos contra el patrón, sino que “se resista a ser proletario, que lucha contra el desempleo tanto como contra el status de trabajador porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética” (36). Recupera así la tradición más radical y anticapitalista del pensamiento crítico, tan olvidada en nuestros días.


En contra del pensamiento común y de Marx, sostiene que la fuerza del mundo rural y de la economía rural fue lo que impidió que el capitalismo se convirtiera, durante el período greco-romano, en el sistema social dominante. Son coerciones extraeconómicas, unas desde arriba y desde afuera, las aves de rapiña con las que Braudel identifica a las fuerzas capitalistas; desde adentro y desde abajo las que se oponen a que los gavilanes (“el hombre fuerte y astuto”, una frase que bien podría haber utilizado Pierre Clastres) se apropien del gallinero.


En segundo lugar, el libro destruye uno tras otro preconceptos falsos, como aquel que identifica al capitalismo con la producción o el crecimiento, siendo que el capitalista sólo se especializa en hacer buen uso de la fuerza del dinero (p. 62). Se trata de un monopolio de poder que se impone desde fuera a la economía, como sostiene en un capítulo fundamental titulado “El capitalismo es poder, no economía”. Usan la economía, pero son otra cosa, concentración de fuerza, armada y no armada, capaz de confiscar la plusvalía, los excedentes que produce la sociedad.


La crítica a El Capital de Marx es demoledora, pero sobre todo es muy valiente, muestra el tipo de valor de un pueblo/prisionero que sólo tienen sus cadenas para perder, porque ya perdieron la libertad y la muerte les pisa los talones. En esa situación extrema, casi al borde del abismo, Öcalan nos brinda una estupenda crítica del modernismo capitalista que atraviesa la principal obra del socialismo científico. “El Capital funciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores”. Y relaciona esa conclusión, “al error de intentar delimitar al terreno de la economía, cuando el capitalismo no es economía, y a considerar económicos aspectos básicos que no lo son” (99).


La obra de Marx es tributaria, según Öcalan, de “una ofuscación mental ´ilustrada´”, de cuño positivista y economicista, visión del mundo a la que responsabiliza por el fracaso de siglo y medio de luchas por la libertad y por una sociedad democrática.


Destaca la urgencia de estudiar las formas de Estado, sobre todo el Estado-nación, sin hacerse la más mínima ilusión sobre esta institución a la que define como “un monopolio en base al excedente y a la plusvalía sustraída a la sociedad a través de un sistema monopolista” (106). Este Estado-nación es, en tercer lugar, la forma de poder propia de la civilización capitalista. Y, véase, que dice “civilización”, y no capitalismo a secas, porque es algo integral, que funciona como “un río principal” que bebe en las primeras formaciones sumeria y egipcia, llega a la madurez en el mundo grecorromano, el cristianismo y el islam; “mientras que la civilización europea sería una época de descomposición y caos” (143).


En una mirada muy profunda sobre las sociedades, sostiene que la llamada lucha de clases no es el motor de la historia, sino que los conflictos verdaderos suceden entre conjuntos sociales, a los que denomina “la sociedad estatal y las sociedades democráticas”. En su profunda vocación anti-estatista, rechaza el concepto de hegemonía como instrumento analítico y propuesta de quienes pretenden cambiar el mundo. “La hegemonía significa poder y el poder no puede materializarse sin dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza” (144).


No obstante, no confunde Estado con poder. Sostiene que el poder es una tradición, la más antigua, que tiene especial tendencia a la concentración. El Estado, por su parte, es algo más concreto pero de mayor duración, que “se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer, con la servidumbre y la esclavitud”. “El poder contiene al Estado pero es mucho más que el Estado”, escribe Öcalan.


Pero la toma de ese Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel” (174). Concluye asegurando que “ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”, lo cual es algo estructural, por decirlo de algún modo, que no depende de que Stalin o cualquier otro sean mejores o peores personas, como nos quieren hacer creer los reformistas y hasta los revolucionarios estatistas.


Por último, Öcalan sostiene que el capitalismo lleva a la crisis total de la civilización (171). Este punto me parece central. Hablar de crisis de civilización, de la civilización moderna occidental capitalista es, por un lado, mucho más fuerte y abarcativo que mentar la crisis de la economía o del capitalismo para adentrarnos en el fin de algo que las incluye y supera a la vez. Por otro, nos permite visualizar la profundidad de los cambios en curso. Una civilización entra en crisis cuando ya no tiene los recursos (materiales y simbólicos) para resolver los problemas que ella misma ha creado. Por eso estamos en el umbral de un mundo nuevo.


Sólo resta decir que sería necesario que los militantes de todo el mundo se familiaricen con la obra de Abdullah Öcalan y con la resistencia del pueblo kurdo. Es una de las tareas más urgentes ya que, junto a los zapatistas de Chiapas, encarnan lo mejor de la acción emancipatoria y del pensamiento crítico de este período. Dejarnos iluminar por su sabiduría no puede sino enriquecer nuestras luchas.

 

* Prólogo escrito por Raúl Zibechi al libro, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, y que lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Publicado en el 2017
1 Escritos sobre Historia, FCE. México, 1991, p. 64.
2 En Discurso sobre el colonialismo, Akal, 2006, p. 84.

 

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Pedro Castillo cambia el gabinete pero la derecha vuelve a la carga con su destitución

Es el tercer equipo ministerial en seis meses de presidencia en Perú

La designación del nuevo titular de Economía es un guiño a los empresarios y la del jefe de ministros, un giro conservador. Pese a esto, regresan las iniciativas desestabilizadoras en el Congreso. 

 

El maestro rural y sindicalista de izquierda que con un discurso de cambio abrió las esperanzas de los sectores populares y de una reivindicación de los históricamente marginados, tiene ahora un gabinete ministerial de sello conservador. Es el tercer gabinete de Pedro Castillo en seis meses de convulsionada presidencia. Su nuevo jefe de ministros, Héctor Valer, es un legislador ligado al Opus Dei, que llegó al Congreso elegido por la fascista Renovación Popular (RP), agrupación de la que luego se distanció. Reemplaza a la exparlamentaria de izquierda y reconocida abogada ligada a la defensa de los derechos humanos y las comunidades indígenas, Mirtha Vásquez. Castillo ha pasado de una jefa de gabinete progresista a uno conservador, de una feminista a un notorio machista acusado de agresión por su hija, de una reconocida exlegisladora a un oportunista de la política.

Con este claro giro a la derecha, Castillo se aleja de sus aliados progresistas, como la excandidata presidencial Verónika Mendoza, pero con esto no ha bajado el tono de los ataques de la oposición que busca su caída. Desde la derecha parlamentaria han vuelto a la ofensiva con ese objetivo. Este miércoles, la derecha anunció que presentará un segundo pedido de destitución del presidente, luego de fracasado en diciembre un primer intento de golpe parlamentario.

El nuevo presidente del Consejo de Ministros es un cuestionado personaje de sinuosa trayectoria política. Valer ha salido militante del Partido Aprista del dos veces presidente Alan García, quien se suicidó en 2019 cuando iba a ser detenido por cargos de corrupción, luego pasó por varios otros partidos, hasta que en las últimas elecciones postuló al Congreso por la ultraderechista RP. Su ex partido no ha respaldado su nombramiento, por el contrario, se ha puesto en primera fila para cuestionarlo. Después del triunfo electoral de Castillo, Valer buscó un acercamiento con el ganador de las elecciones y antes de asumir su banca en el Parlamento se distanció de RP y se sumó a la bancada del grupo de centro derecha Somos Perú, de la que también se apartaría en enero de este año para formar una nueva bancada parlamentaria, Perú Democrático, junto a otros seis legisladores, en su mayoría disidentes del oficialista PL. Sus intervenciones en el Congreso y declaraciones revelan a un personaje reaccionario y machista. Pero no se trata solo de palabras. Ha sido denunciado por su hija de haberla agredida físicamente. La denuncia se hizo ante la policía en 2016 cuando la hija del hoy jefe del equipo de ministros tenía 29 años. Valer tiene investigaciones abiertas por lesiones graves y peculado.

Valer no es el único personaje del nuevo gabinete con oscuros antecedentes. La crisis ministerial estalló cuando Mirtha Vásquez renunció ante la negativa de Castillo de respaldar al ahora exministro del Interior Avelino Guillén en su intento apartar al director de la policía, acusado de actos de corrupción. Ahora Castillo ha nombrado como nuevo titular de Interior a un coronel en retiro de la policía, Alfonso Chávarry, denunciado por narcotráfico y abuso de poder. Un nombramiento que entierra las posibilidades de enfrentar la corrupción policial.

Entre las designaciones más cuestionadas están las de la nueva ministra de la Mujer, la congresista de PL, Katy Ugarte, ligada a grupos ultraconservadores autodenominados “pro familia”, que, en un preocupante retroceso, reemplaza a una reconocida defensora de los derechos de las mujeres, Anahí Durand; y el ministro de Ambiente, Wilber Supo, sin ninguna experiencia conocida en el sector y que asume en medio de la grave crisis ambiental por el derrame de petróleo de Repsol.

Un cambio clave es el del ministro de Economía. El economista de izquierda Pedro Francke ha sido reemplazado por el economista Oscar Graham, con años en el sector público, parte de esa tecnocracia neoliberal que ha manejado la economía peruana desde hace más de tres décadas. En sus seis meses de gestión, Francke no tuvo tiempo para hacer grandes cambios, pero deja una reactivación con un crecimiento del PIB de 13 por ciento en 2021, y una propuesta de reforma tributaria para que grandes empresas mineras y las grandes fortunas paguen más impuestos, cuyo destino ahora queda en la incertidumbre. Graham representa el regreso de la tecnocracia que defiende ese modelo económico que Castillo prometió cambiar.

También se va el canciller, el diplomático de carrera Oscar Maúrtua, reemplazado por el jurista César Landa, un constitucionalista de prestigio, pero cuya especialidad no son las relaciones internacionales. En Cultura sale la reconocida activista de derechos humanos Gisela Ortiz, reemplazada por un desconocido personaje sin trayectoria en el sector. Los otros cambios se dieron en los portafolios de Defensa, Agricultura, y Energía y Minas.

Entre los ministros ratificados está el titular de Salud, el médico Hernando Cevallos, que encabeza un exitoso proceso de vacunación. También la ministra de Desarrollo e Inclusión Social, la vicepresidente Dina Boluarte. Una cuestionada ratificación ha sido la del titular de Transportes, Juan Silva, criticado por su oposición a una reforma del caótico transporte público y su defensa de un transporte informal controlado por mafias.

Al tiempo que juraba el nuevo gabinete conservador, en el Congreso la derecha y el oficialista PL se unían para sacar una ley en contra de la reforma universitaria que ha cerrado universidades de baja calidad que se habían convertido en lucrativos negocios. Vásquez había anunciado que el Ejecutivo observaría esa ley para defender la reforma que busca mejorar la calidad educativa, pero su reemplazante se ha estrenado en el cargo anunciando que el gobierno ya no observará esta ley.

“Este es un gabinete conservador, de derecha, que conforme pasan las horas y se tiene más información sobre sus miembros, va pasando de un gabinete gris a uno oscuro. Estamos ante una coalición de conservadores, e incluso hasta de mafias. Castillo y PL son de un pensamiento de izquierda tradicional y conservadora, ahora con este nuevo gabinete Castillo se muda de su conservadurismo de izquierda a un conservadurismo de derecha”, le señaló a PáginaI12 el politólogo de la Universidad Católica del Perú Fernando Tuesta.

“En el nuevo gabinete -indica Tuesta- hay mucho de malo y poco de bueno. Valer es una persona muy conservadora, que se acomoda, que ha tenido problemas con la justicia, algunos risibles, como haberse robado el examen sicológico para postular a un cargo. De los nuevos ministros, solo los de Exteriores, Economía, y Energía y Minas, muestran niveles de formación y desempeño profesional destacados. La designación del nuevo titular de Economía es un mensaje a la derecha y a los empresarios. El nombramiento del nuevo ministro del Interior es sumamente preocupante, las mafias de la policía deben estar de plácemes”.

En diálogo con este diario, el historiador y analista político Nelson Manrique, calificó el nuevo gabinete ministerial como “una alianza de fundamentalistas conservadores y defensores de las mafias de la educación y del transporte público”. “Es -precisa- un gabinete conservador, pero es complicado definirlo en términos de derecha e izquierda, porque hay un conservadurismo de ambos lados. Hay desde un primer ministro del Opus Dei hasta militantes de Perú Libre que se define como marxista leninista. El gabinete no es una alianza con tal o cual partido, sino una convergencia de conservadurismo y mafias. Si con este gabinete conservador Castillo ha buscado sobrevivir, ha sido una decisión errada. Ahora las posibilidades de una vacancia (destitución) del presidente se han elevado”.

Tuesta también observa que el futuro inmediato el gobierno es complicado. “Este es un gobierno inestable, precario, que cada vez está perdiendo más aliados, se van reduciendo sus posibilidades de coaliciones, hay un presidente que cada vez va mostrando más sus limitaciones. Pero la población rechaza al Congreso opositor igual o más que a Castillo”.

Sobre el rechazo de la derecha a un gabinete conservador, el politólogo precisa que “la oposición de derecha no va a recibir bien nada que venga del gobierno mientras Castillo esté en la presidencia”. El nuevo gabinete deberá pedir el voto de confianza al Congreso, sectores de la derecha ya han anunciado que se lo negarán. Pero Tuesta considera que el Congreso dará el voto de confianza porque los congresistas no están dispuestos a colocarse a un paso de su disolución, lo que podría darse si niegan dos votos de confianza. 

Por Carlos Noriega

3 de febrero de 2022

Publicado enInternacional
La distopía de bitcoin en El Salvador, un país camino del ‘default’

En los últimos años, la estabilidad financiera del país ha ido empeorando, con problemas crecientes para financiarse. Bukele vio en el bitcoin la vía de escape, pero dicha decisión no ha hecho más que empujar el país hacia el impago de su deuda.

 

Puede parecer surrealista que el presidente de El Salvador suba selfiesa Instagram en pleno discurso de la ONU, que anuncie compras de bitcoin con dinero público a través de Twitter o que decida usar la energía de un volcán para minar criptomonedas. Sin embargo, Nayib Bukele ha conseguido proyectar una imagen de presidente audaz, desenfadado e innovador, además de ser un héroe para la comunidad bitcoiner

No obstante, detrás de esa imagen se esconde una realidad peligrosa. En los últimos años, la estabilidad financiera del país ha ido empeorando, con problemas crecientes para financiarse y llegando a solicitar ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI). Dada esta situación, Bukele vio en bitcoin la vía de escape perfecta, convirtiendo a El Salvador en el primer país del mundo en reconocer esta criptomoneda como divisa de curso legal. Una decisión arriesgada que no ha hecho más que empujar al país hacia el default.  

La arriesgada apuesta de Bukele

Desde el año 2001, el dólar estadounidense es la moneda oficial de El Salvador, es decir, utiliza una divisa que no emite. Debido a esto, el país necesita conseguir dólares para proporcionar liquidez a los bancos nacionales, las empresas y los hogares, mantener el gasto público y asegurar las importaciones. La entrada neta de dólares se puede lograr exportando más de lo que se importa y/o recibiendo remesas de los salvadoreños que trabajan en el extranjero. Si esto no es suficiente, tanto el sector privado como el público pueden recurrir al endeudamiento en los mercados financieros internacionales. 

En los últimos años, aunque el Salvador ha compensado su déficit comercial con la entrada de remesas —suponen el 20% del PIB del país—, el endeudamiento no ha dejado de aumentar, llegando a tener problemas para financiarse. Concretamente, la deuda pública alcanzó el 87 % del PIB en 2020 y el 24.5% de los ingresos recaudados por el Estado han ido a pagar intereses de deuda en 2021. 

Nayib Bukele vio en el bitcoin la mejor herramienta para enfrentarse a esta situación y desde septiembre es, junto al dólar, la moneda de curso oficial, aunque esta última sigue siendo la utilizada para la contabilidad nacional debido a la volatilidad de la criptomoneda. De este modo, los salvadoreños pueden pagar impuestos, cobrar sus salarios o hacer la compra con bitcoins a través de la app Chivo. La convertibilidad entre bitcoin y dólar es automática y respaldada por el Banco de Desarrollo de El Salvador, que funciona como fondo de convertibilidad, con unas reservas iniciales de 150 millones de dólares.

En las primeras semanas, gracias al incentivo de 30 dólares en bitcoins que dio el Gobierno por usar Chivo, las descargar crecieron de forma rápida. Sin embargo, dado que mantener tus ahorros o salario en bitcoins puede hacer que no puedas afrontar tus pagos de un día para otro, los ciudadanos y empresas de El Salvador tienden a cambiarlos por dólares de forma inmediata. De esta forma, el Estado salvadoreño recibe un flujo de bitcoins a cambio de dólares.

El peligro de este mecanismo es que el Gobierno no puede pagar importaciones ni devolver la deuda con bitcoins, ya que para eso necesita dólares. Pero si estás convencido de que el precio del bitcoin solo puede subir, como lo está el presidente del país, tienes la opción de acudir a los mercados de cripto y cambiarlos por más dólares. Todo ello confiando en que el precio suba, que puedas asumir la volatilidad a corto plazo y que puedas intercambiar tus bitcoins por dólares cuando lo necesites. De este modo, la idea de Bukele es evitar el default y los posibles recortes en el gasto público a través de la pura especulación con el dinero de los ciudadanos. 

Sin embargo, no se sabe cómo ha evolucionado el fondo de 150 millones desde que la Ley bitcoin está en vigor, ya que el Gobierno se ha negado a proporcionar esta información. De hecho, solo conocemos algunas de las compras de bitcoin que hace el presidente porque las anuncia a través de Twitter, unos 85,5 millones de dólares —que han perdido cerca del 23 por ciento de su valor a finales de enero—.

Además, el otro objetivo de Bukele es atraer dinero del exterior incentivando el envío de remesas a través de Chivo y convirtiendo al país en un paraíso fiscal de las criptomonedas. El nuevo marco legal lanzando en septiembre permite comprar propiedades con bitcoin y evitar la ley de prevención del blanqueo de capitales, facilitando el lavado internacional de dinero. Esta dinámica puede impulsar un boom de inversiones con bitcoin, como las inmobiliarias, para revenderlas y sacarlas del país en forma de dólares limpios. Sin embargo, este es otro mecanismo peligroso, ya que la única manera de compensar la salida de dólares es que el valor del bitcoin frente al dólar siga creciendo.

De perdidos al río: El all-in por el bitcoin

Como era previsible, el riesgo del bitcoin se ha mimetizado con las finanzas salvadoreñas, algo que se puede observar en el rendimiento de su deuda. Los bonos del país en el extranjero han registrado el peor rendimiento del mundo en 2021, con pérdidas cercanas al 30%. Los 800 millones de dólares en bonos que vencen a principios de 2023 cotizan ahora por debajo de los 80 centavos de dólar y el tipo de interés ronda el 35%. Además, los CDS a cinco años — que miden el coste de asegurarse contra una suspensión de pagos de la deuda— se han cuadruplicado desde septiembre, hasta alcanzar los 1.800 dólares. Una tendencia que obliga a El Salvador a pagar cada vez más intereses debido al riesgo asociado que ha traído bitcoin.

Ante esta situación, el FMI ha instado al Gobierno a abandonar bitcoin si quiere recibir ayuda financiera, ya que considera que “hay grandes riesgos asociados al uso de bitcoin para la estabilidad e integridad financiera y la protección del consumidor, así como las posibles contingencias fiscales”. De hecho, la institución ya había recomendado a El Salvador no convertir en moneda de curso oficial al bitcoin.

Lejos de hacer caso al FMI, Bukele ha decidido poner toda la carne en el asador. Ante la desesperación por financiarse y para impulsar la atracción de dinero al país, el presidente anunció la creación de “Bitcoin City”. Esta ciudad, libre de impuestos salvo el IVA, se pagará con la emisión de 1.000 millones de dólares en “bonos volcán”. Estos bonos tendrán un vencimiento a 10 años y pagarán un 6,5% de interés anual, muy inferior al interés del resto de bonos “normales”, que llegan a superar el 30%. La mitad de los ingresos de los bonos se utilizarán para comprar bitcoins, que quedarán congelados durante cinco años y se venderán para pagar a los tenedores. Además, aquellos inversores que posean 100.000 dólares en “bonos volcán” durante cinco años, obtendrán la ciudadanía salvadoreña.

Este nuevo plan pretende acelerar los mecanismos antes descritos: convertir al país en un paraíso cripto para atraer inversiones y buscar financiación de forma desesperada, ya que está cerca de quedarse fuera de los mercados financieros convencionales. Sin embargo, endeudarse para comprar más bitcoins solo va a aumentar el riesgo, algo que puede traducirse en la imposibilidad de refinanciar y pagar las deudas.

Además, el fin de la expansión cuantitativa y las futuras subidas de tipos de interés por parte de la Reserva Federal pueden hacer aún más difícil la financiación en dólares del país, algo que Bukele parece no entender, ya que ha instado por Twitter al banco central estadunidense a endurecer su política monetaria. 

Por Juan Vázquez Rojo

@artjvrojo

3 feb 2022 07:00

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Congresista expulsado del partido derechista es el nuevo primer ministro de Perú

LIMA (Sputnik) — El congresista peruano Héctor Valer, quien fue elegido para el periodo 2021-2026 por el partido Renovación Popular (derecha conservadora), del cual fue expulsado antes de asumir por aceptar los resultados del balotaje que dieron como ganador al presidente Pedro Castillo, fue nombrado como nuevo primer ministro de Perú.

"Señor Héctor Valer Pinto, ¿juráis por Dios y estos santos evangelios desempeñar leal y fielmente el cargo de presidente del Consejo de Ministros que os confío? Sí, juro", fue el diálogo entre el jefe de Estado y el flamante funcionario durante la ceremonia protocolar celebrada en Palacio de Gobierno de Lima (centro).

Valer fue elegido para el periodo 2021-2026 por el partido Renovación Popular (derecha conservadora), del cual fue expulsado antes de asumir por aceptar los resultados del balotaje que dieron como ganador al presidente izquierdista Pedro Castillo.

El nombramiento de Valer se sucede luego de que en la víspera el presidente Castillo decidiera intempestivamente renovar al gabinete ministerial y sacar del cargo a la ahora exprimera ministra Mirtha Vásquez; Castillo tomó esta decisión luego de hacer una "evaluación constante" de sus ministros.

Valer, abogado de profesión, postuló al Congreso por Renovación Popular, un partido calificado por algunos analistas como de extrema derecha, y que mantiene una fuerte oposición al Gobierno de Castillo.

Luego de ser elegido congresista, Valer Pinto se manifestó a favor de aceptar los resultados electorales que dieron como ganador a Castillo en el balotaje frente a Keiko Fujimori (Fuerza Popular, derecha), razón que motivó su expulsión de Renovación Popular.

Renovación Popular y otros grupos de derecha conservadora insistieron en no reconocer los resultados del balotaje, denunciando un supuesto fraude que ha sido rechazado por la fiscalía, además de todas las misiones de observadores internacionales que supervisaron las elecciones.

Actualmente Valer es un congresista no afiliado, luego de su intento fallido de crear una bancada de centroderecha que no prosperó por falta de quórum.

Perú atraviesa una grave crisis política en el Ejecutivo luego de que tras la separación de la exprimera ministra Vásquez, esta denunciara la existencia de actos de corrupción dentro del Ministerio del Interior.

Asimismo, renunció el secretario presidencial, Carlos Jaico, alegando que existe falta de transparencia en la gestión del mandatario Castillo.

Más cambios

Además de Valer, el presidente Castillo realizó el nombramiento de nuevos ministros, mientras que otros fueron ratificados en sus carteras.

Entre los principales nuevos nombramientos resaltan el abogado César Landa, quien asume la cartera de Relaciones Exteriores, el militar en retiro José Luis Gavidia que asume el despacho de Defensa y el economista Óscar Graham que toma la cartera de Economía.

Por otro lado, el mandatario ratificó en sus cargos al titular de Salud Hernando Cevallos y al abogado Aníbal Torres en el Ministerio de Justicia.

El nuevo gabinete ministerial es el tercero que nombra Castillo en apenas seis meses de gestión.

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