Kamala Harris, vicepresidenta de Estados Unidos, advirtió que su país se apresta a lanzar sanciones nunca antes vistas contra Rusia en caso de que invada Ucrania.Foto Afp
Bajo la lupa
 
▲ Kamala Harris, vicepresidenta de Estados Unidos, advirtió que su país se apresta a lanzar sanciones nunca antes vistas contra Rusia en caso de que invada Ucrania.Foto Afp
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lobal Times, del Partido Comunista Chino, expuso la malhadada entrevista de la vicepresidenta Kamala Harris a CBS de que Estados Unidos prepara lanzar sanciones nunca antes vistas (https://cbsn.ws/3JpubvC) contra Rusia en caso de su invasión a Ucrania. China, que mantiene óptimas relaciones con Ucrania, comenta a través de su famoso portal la volcánica situación: “Estados Unidos y Rusia ya se han culpado mutuamente de la situación en Ucrania. Estados Unidos exclama que los ejercicios militares de Rusia cerca de las fronteras de Ucrania pueden ser el preludio de una invasión a Ucrania, mientras Rusia arguye que tiene el derecho de movilizar a su ejército en su propio territorio y exigió una promesa de que la OTAN no desplegaría a sus fuerzas en Ucrania” (https://bit.ly/3FvTNEB).

A juicio del portal, después de su debacle en Afganistán, Estados Unidos no tiene hígado para una nueva aventura militar, en medio de la agudización de la pandemia del Covid-19, la hiperinflación y las elecciones intermedias de noviembre de 2022 –donde no luce nada boyante el Partido Demócrata–. En un relato de hechos, contrastantes con la propaganda anglosajona, Global Times aduce que Estados Unidos continuamente escala (sic) las tensiones en Ucrania oriental. Desde el inicio de este año, Estados Unidos ha enviado bombarderos estratégicos, incluyendo el B-52 y B-1B para abordar zonas como el mar Negro. En noviembre, Estados Unidos envió bombarderos estratégicos y condujo ataques nucleares (¡megasic!) simulados contra Rusia, además penetró el espacio aéreo 20 km cerca de la frontera rusa, en un movimiento obviamente provocador.

El portal chino asevera haber descubierto la estratagema de Biden: “Arroja cerillos en leña seca (…), pero evita sus llamas en forma deliberada” ya que,mientras más tensa se vuelva la situación en Ucrania, más países europeos dependerán de Estados Unidos, lo que lo coloca como el máximo beneficiario (sic) de este juego peligroso. Global Times argumenta que el principal perdedor (sic) será Ucrania, país que se encuentra en turbulencias y divisiones: Estados Unidos ha convertido a Ucrania en un peón (sic) en el tablero de ajedrez europeo conforme lo empuja al Este –a su frontera de mil 944 km con Rusia, la mayor de sus siete fronteras, mientras Washington se encuentra a 7 mil 855 km de Kiev–.

El portal fustiga la política de Washin-gton de crear crisis, lo cual probablemente convierta a Ucrania en un polvorín regional, cuando Estados Unidos usa a la OTAN como un instrumento para canibalizar (sic) y estrangular el espacio estratégico de Rusia.

En efecto, el portal chino redunda en la reciente glosa del zar Vlady Putin, quien ha señalado que la dupla Estados Unidos/OTAN se ha expandido al Este en cinco (sic) ocasiones en más de dos décadas cuando, para Moscú, Ucrania constituye la línea roja de su seguridad (https://bit.ly/3pzn4ss). Global Times aprovecha la situación propicia en Ucrania para demostrar que Estados Unidos no es confiable y que, con el fin de asegurar su posición ventajosa, crea disputas, divisiones, conflictos y confrontaciones en los asuntos internacionales, llegando hasta desplegar misiles (¡megasic!) en los peldaños de Rusia, en similitud a lo que opera en las costas de China y en el estrecho de Taiwán para mantener cierto grado de tensión y caos en las áreas circundantes de Rusia y China, sin desear quizá iniciar una guerra.

El presidente ruso Putin afirmó durante su célebre conferencia anual de prensa que su línea roja es Ucrania y que ya no tenía mayor espacio para echarse más atrás, mientras lanzaba tres preguntas perturbadoras: ¿Qué diría Estados Unidos si estacionamos nuestros misiles en sus fronteras con Canadá y México(sic)?, ¿No tuvieron México y Estados Unidos disputas territoriales en el pasado? ¿A qué país pertenecía California? Putin concluye que nadie habla de esto (sic) en la forma de la que hablan de Crimea (https://bit.ly/3z7tRN7).

fortiori, Rusia nunca aceptará la instalación de misiles de Estados Unidos en su frontera con Ucrania a cinco minutos de Moscú, como tampoco Estados Unidos aceptaría los misiles de Rusia en el Golfo de México o en el mar Caribe, en reminiscencia de la Crisis de los misiles en Cuba de 1962.

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Publicado enPolítica
Lunes, 27 Diciembre 2021 07:04

2022, ¿el mundo en postpandemia?

2022, ¿el mundo en postpandemia?

«No hay un fin de la historia: cada generación. debe afirmar su voluntad y su imaginación ante nuevas amenazas que nos obligan a juzgar de nuevo la misma causa en cada época sucesiva».

Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de vigilancia.

 

El capitalismo global cierra el año 2021 con una de las mayores crisis que ha experimentado la humanidad en su historia moderna, tanto por el volumen de personas involucradas en la pandemia del coronavirus —con más de 5 millones de muertes, casi 25 millones activos y un total de cerca de 280 millones a lo largo de casi dos años de esa enfermedad— como por presentarse en las inmediaciones de una de las crisis más agudas y profundas que ha experimentado el sistema capitalista en su actual fase histórica de decadencia.

Los grandes ganadores y beneficiarios de la pandemia del coronavirus han sido los gigantescos monopolios occidentales que acaparan las vacunas, poseen en propiedad privada el complejo industrial tecnológico-farmacéutico-industrial-mediático y dominan el mundo subdesarrollado y dependiente bajo la férula de su propiedad intelectual e industrial que se han rehusado a socializar para permitir que pueblos, países pobres y comunidades de América Latina, Asia y África, accedan a los dispositivos vacunales para proteger a sus poblaciones como insistentemente ha demandado la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por el contrario, la mayoría de esos monopolios lucran con los insumos médicos ligados a las vacunas con el fin de acumular capital y obtener beneficios bajo la lógica imperante de la venta de mercancías a precios de mercado para ser usufructuadas y consumidas por quienes tengan capacidad monetaria para pagar (sean individuos o gobiernos),

Hay que insistir reiteradamente que la crisis capitalista no es producto de la pandemia del coronavirus, como han pregonado los principales medios hegemónicos de comunicación lidereados por los poderes occidentales, sino que, por el contrario, dicha enfermedad no hizo sino profundizar la ya de por sí crisis capitalista que venía del periodo anterior, por lo menos, desde la crisis estructural y financiera de 2008-2009, la cual tuvo algunas recuperaciones breves, pero dentro de una aguda tendencia a la caída que se pronunció, de manera exponencial, durante los años 2020 y 2021, provocando fuertes caídas del empleo productivo, incrementando y extendiendo el trabajo precario, la superexplotación, la informalidad, los despidos masivos por las empresas como una forma de resarcirse de la crisis y mermando los ingresos y salarios de los trabajadores.

El panorama internacional para 2022 no puede ser más complejo, abigarrado y contradictorio como es el hecho de que la mayoría de los expertos y proyecciones, plantean que, en ese año, se estará desarrollando una cuarta ola de la enfermedad del coronavirus comandada por la nueva cepa llamada Ómicron (también denominada: B.1.1.529 del SARS-CoV-2), que ya se ha instalado en más de 140 naciones del planeta afectando drásticamente a las poblaciones, a los países, a las comunidades, a las personas y a las economías. Ya se están produciendo cierres o restricciones de diversa naturaleza (por ejemplo: cancelación de cientos de vuelos) en algunos países europeos como Holanda, Francia, España o Alemania ante la expansión del patógeno y países que ya habían obtenido cierta mejoría y control de la pandemia como Argentina cuyo gobierno anunció la ampliación de la emergencia sanitaria hasta finales de 2022. Solo gobiernos de países como México o Colombia se empeñan en disminuir —e ignorar— el riesgo y el peligro que representa Ómicron y se reúsan a adoptar medidas drásticas para contenerlo.

Las corrientes negacionistas insisten en que no es necesario tomar vacunas, ni medidas como el uso del cubrebocas o la sana distancia, esgrimiendo todo tipo de argumentos falaces lo que no ha hecho otra cosa sino exacerbar los efectos perniciosos de la enfermedad. Países como México, Brasil, Colombia o, incluso, los propios Estados Unidos —con un promedio diario de 100 mil nuevas infecciones —73% de las cuales corresponden a Ómicron— y más de mil muertos a causa de la Covid-19— permanecen sin las medidas adecuadas dejando que sea la pseudo tesis de la criminal «inmunidad de rebaño» y, por supuesto, el mercado capitalista, quienes «resuelvan» el problema de la expansión del coronavirus.

En el contexto de la crisis capitalista signada por la fuerte caída de las tasas de crecimiento económico promedio, causada por la baja de la tasa media de ganancia — fenómeno responsable del dislocamiento de las inversiones a la esfera del capital ficticio sin lastre en la producción y en la riqueza —; el enfrentamiento entre las grandes potencias (Estados Unidos, Chima, Rusia, Irán, Corea del Norte) en los puntos calientes del planeta (Ucrania, Siria, Yemen, Palestina, Venezuela o Nicaragua) que tiende a intensificarse en las inmediaciones de una cada vez más evidente crisis de supremacía-hegemonía del imperialismo norteamericano que no admite que el siglo XXI está constituido por un mundo basado en relaciones internacionales multilaterales y policéntricas; que ha dejado atrás del carcomido y obsoleto «unilateralismo» norteamericano de finales del siglo XIX y del XX, junto con su «excepcionalismo» de que hicieron gala y mofa durante décadas sus intelectuales orgánicos, la burguesía norteamericana, sus empresas transnacionales y su burocracia política acorazada en los partidos dominantes, demócrata y republicano, fieles representantes del capitalismo norteamericano en decadencia que en la actualidad experimenta una de las más graves crisis económicas y sociales, expresada en la escasez de mano de obra, en el menor inventario de productos, la interrupción de las cadenas de suministro y el desabasto que padece la nación y, por consecuencia, en el inusitado aumento de la inflación interanual de 6.8% en 2021, no vista desde noviembre de 1990, con cargo especialmente en los productos que conforman la canasta básica (alimentos, vivienda, energía, salud, educación, transporte, entre otros) y que demanda la mayor parte de la población.

Según informes oficiales del gobierno norteamericano, la crisis ha alcanzado a los Bancos de Alimentos que resultan insuficientes para satisfacer la creciente demanda alimentaria de la población en el contexto en que sus precios se han duplicado en el último año, en parte, debido a la insuficiencia de oferta derivada de la hipertrofia de las cadenas de valor en puertos, carreteras y fábricas, así como por la falta de mano de obra y de transportes que distribuyan en tiempo y forma las mercancías. De tal manera que, en 2020, alrededor de 60 millones de personas tuvieron que recurrir al sistema de beneficencia alimentaria ante la carestía que ha duplicado o triplicado sus precios sin ninguna regulación por parte de un Estado capitalista estructurado para atender y defender, en primerísima instancia, los intereses de la burguesía y de los grandes capitalistas que operan dentro y fuera del país. El resultado es desastroso para las mayorías populares: han aumentado las deudas familiares en 2021, el costo de los préstamos hipotecarios para la adquisición de vivienda, la compra de automóviles y para préstamos a los estudiantes, así como las deudas de las tarjetas de crédito por impagos y/o por aumentos de las tasas de interés.

Difícilmente los palangristas a sueldo del sistema logran ocultar la existencia de anaqueles vacíos en los supermercados estadounidenses, las colas cada vez más largas para conseguir los productos de primera necesidad y la escasez que amenaza el sustento de las familias. Por supuesto, prefieren trasladar esas imágenes negativas como si no ocurrieran en «the best of all possible worlds» (USA), sino en otras latitudes, por ejemplo, en Venezuela, Nicaragua, Cuba, o en cualquier otro país que no sea del agrado de los personeros que comandan el poder político y mediático de Washington y no se encuadren en su llamada «Doctrina Monroe». Como se sabe, la respuesta han sido las agresiones bajo la forma de «sanciones», golpes de Estado, bloqueos y amenazas constantes de intervención militar con el objetivo de doblegar a esas naciones y apoderarse de sus recursos naturales para ponerlos al servicio de la acumulación de capital y de su enfrentamiento geoestratégico con las potencias emergentes en el espacio internacional.

La pandemia del coronavirus, dada a conocer por vez primera, por el gobierno chino en diciembre de 2019, ha servido de aliciente —y de pretexto— al gran capital internacional para reestructurar la mermada economía mundial prepandemia y darle un nuevo giro al capitalismo del desastre (Klein) y de la vigilancia (Zuboff) sustentado en lo que se ha denominado revolución 4.0 o revolución digital, que tiene en la inteligencia artificial su hilo conductor. Es el boom y expansión de las plataformas virtuales, de la red de internet con sus algoritmos, y sus cajas infinitesimales de información (Big Data), las redes sociales y los teléfonos inteligentes, el aprendizaje automático de las máquinas, las fábricas digitales conectadas a través de ordenadores dirigidas por las gerencias empresariales, el diseño en triple dimensión, la conexión «inteligentes de las cosas» (Internet de las cosas) y la difusión, en tiempo real, de hechos y acontecimientos que ocurren en el mundo.

Todo ello está diseñando una nueva división internacional del trabajo y del capital que pretende superar la crisis del «modelo toyotista» de origen japonés que se extendió luego del agotamiento y entrada en crisis, a mediados de la década de los setenta del siglo XX, del anterior fordismo-taylorismo de producción en masa. El nuevo paradigma, presumiblemente sustentado en la inteligencia artificial, tiene por objetivo incrementar la explotación de la fuerza de trabajo, tanto psíquica como física, elevar la productividad social del trabajo con cargo en la superexplotación de la fuerza de trabajo, combinando preferentemente intensificación con bajos salarios, tanto en el capitalismo dependiente como en el avanzado e intentar resarcir la caída de la tasa media de rentabilidad en un nivel que posibilite la acumulación de capital, sea en la esfera productiva o en la del capital ficticio que sigue siendo hegemónico en sociedad contemporánea.

Esta es la base estratégica y geopolítica de la actual rivalidad y ofensiva (de principio diplomática y comercial) del imperialismo estadunidense, que comanda las tropas de la OTAN, contra el gigante asiático y Rusia, las dos potencias capaces de responder, incluso en un eventual escenario nuclear, a dicha ofensiva en caso de que la cada vez mermada potencia estadunidense, comandada por un presidente imperial que confunde a Putin con Donald Trump o a este con Obama, decida dar el primer paso de la agresión militar.

Pero, al parecer todo esto tendrá desenlace en 2022, tanto a nivel de las luchas de clases en el plano internacional, global y nacional, como en la trayectoria que adopten las grandes encrucijadas y tendencias contradictorias — como la hecatombe migratoria que experimentan las naciones expulsoras de fuerza de trabajo — marcadas por la prevalencia y profundización de la crisis global del capitalismo mundial, de la irrupción de la cuarta ola de la pandemia del coronavirus bajo la cepa del Ómicron, o de cualquier otra modalidad que surja en el trascurso de las próximas semanas o meses, y de la cada vez más intensa confrontación entre las grandes potencias.

Adrián Sotelo Valencia. Investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la FCPyS de la UNAM, México.

Publicado enInternacional
Martes, 28 Diciembre 2021 07:01

MÁS LEÍDOS 2021: Rostro-covid

Oscar Pinto, Máscara , 40 x 60 cm (Cortesía del autor)

¿Es ficción o es realidad? Salgo de los minutos del duermevela, ese interregno entre el sopor profundo de la noche y el aprestamiento para el día y logro el tránsito al baño. Me miro en el espejo y veo cómo mis ojos se abren hasta un tamaño descomunal, como nunca los había visto: parecen salidos de órbita. No es para menos. Mi rostro está transformado, ya no es el mismo que apreciaba cada día a la hora del aseo; ahora, cubierto de erupciones –por momentos similares a las de la viruela aunque más grandes, en ocasiones como ganchos–, parece no pertenecerme y sí a otra persona.


No puede ser, me digo. ¿Qué me ocurre? Acerco mi rostro al espejo, esperando detallar con claridad estas erupciones y me asombro al ver los contornos que ahora forman mi cara; entonces muevo la luz de una bombilla y la dirijo hacia lo que quiero apreciar con más claridad: descifro lo sucedido, tomo aire y, sin que me abandone la sorpresa murmuro: pareces el covid-19, sin duda; ahora tienes su rostro.


Sin dejar de mirarme al espejo, me palpo el semblante, siento sus ondulaciones y me doy ánimo, al mismo tiempo pienso: tanto aluden al virus por todos los medios, que he terminado por hacerme parte del mismo; sin duda, una reacción defensiva, mental y corporal, para neutralizar la insensatez que nos aturde a toda hora: “guarde la distancia”, “no salga”, mensajes con la clara intención de generar pánico, de hacer sentir la muerte cada vez más cerca en caso de salir, en caso de no guardar los dos metros de distancia –imposible en el transporte en que voy al trabajo–, de no mantener un grifo al lado del escritorio para lavarme las manos regularmente o de no cumplir el mandato de la bioseguridad.


No logro separarme del espejo. Muevo la cabeza para un lado y para el otro; gesticulo con la boca, la inflo, la contraigo, y veo las diversas formas que asume el virus, como cepas de las que también informan y que llevan al límite las improvisadas vacunas que, contrariamente a su definición clásica (1), ni inmunizan ni previenen pero, y según todos los reportes, como paliativo, sí reducen el impacto de la infección, impidiendo que el paciente llegue a una UCI. Las vacunas están aún en proceso de prueba y ajuste, y que por ahora son superadas por algunas de las nuevas cepas que las limitan en su espectro protector, que queda reducido a un máximo entre 9-12 meses, obligando –pasado ese tiempo– a un nuevo rito, a una nueva inoculación, en esta oportunidad con una dosis de refuerzo que está en fase de laboratorio (2). El experimento con el gran laboratorio humano prosigue y será prolongado, realidad y pensamiento que me estremecen todo el cuerpo.


Respiro hondamente, como queriendo reunir fuerza; impido que la desazón me gane, que los pensamientos dantescos sobre la evolución de la pandemia se impongan, y una nueva inquietud me asalta: ¿será que de tanto escuchar sobre el covid-19, de tanto sentir que nos acecha en uno u otro lugar, con el dato de amigos y conocidos que no lo resistieron, como mecanismo defensivo terminé por infiltrarlo y asimilarme en su cuerpo? Y si así fuera, ¿será que ya estaré inmunizado? ¿Será que de tanto escuchar noticias nefastas he terminado por insensibilizarme ante su potencial riesgo? ¿Será esto o será una avistada ficción proyectada sobre el espejo en que se refleja mi rostro-covid?


¿Será el efecto de un año de martilleo mediático, de pánico, de anuncios mortuorios, o será el simple efecto del eco generado por la creciente del llamado tercer pico, propiciado por negociantes, comerciantes y gobernantes, todos azuzando para que no dejáramos pasar las vacaciones, bien de final de año, bien de la llamada semana santa, para que no dejáramos de viajar, de llenar hoteles, para que “se recupere la economía”? Su economía.


Vaya uno a saber a qué responde esta transformación corporal, pero la misma no me choca –¡paradoja de paradojas!– pues así puedo mirar desde el cuerpo del microbio la sociedad humana y apreciar la realidad que vive y los retos que la desafían.

Me complace esta posibilidad. Cargado por el agente patógeno –que no es el agente de alguna agencia de inteligencia–, mis ojos van y vienen. Es así como verifico la mansa ansiedad de cientos de miles a la espera de la vacuna que no es tal; unos haciendo cola en los sitios asignados para que los innoculen, en espera de retomar, con la falsa tranquilidad de estar inmunizados, una realidad que ya no tiene razón de ser, que es necesario romper, que es indispensable transformar en su totalidad para que este bicho desaparezca y para que otros de sus congéneres no lleguen a tomar cuerpo. Verifico el desasosiego en rostros que miran fijamente el número de su turno, pero también en cuerpos que no dejan de mover alguna de sus extremidades, nerviosos, intranquilos, que quieren escuchar o ver su nombre en alguna pantalla, o simplemente ver el número de turno que les entregaron al hacerse en la fila de convocados.


Entonces me llegan como en cascada varias premoniciones que prefiero vestirlas de interrogantes, ¿Y si en unos meses el efecto de la vacunación no es tal? ¿A qué pudiera llevar el descontento por tal posibilidad? ¿La insatisfacción que esto produzca atizará más los estallidos sociales que el FMI anuncia que sucederán en uno, dos o tres años? (3).


¿A dónde irían a parar, de sucederse, tales estallidos? ¿Qué camino cojerán cuando en la sociedad no hay referentes colectivos que conciten fuertes convicciones y aglutinen esperanzas? ¿Qué sucederá con ellas, con unas mayorías que –producto de más de treinta años de políticas y discursos económicos y sociales desarticuladores e individualizantes– no se sienten congregadas por fuerzas y proyectos de utopía? ¿Qué sucederá con las energías desbordadas cuando los sujetos de la historia ya no son tan nítidos y la desconfianza y el pragmatismo es la norma?


¿Vendrá el caos? ¿Cuánto durará? ¿Serán dos, tres, serán más días? ¿Sálvese quien pueda? ¿Cómo proceder para construir de nuevo un referente colectivo que logre animar la acción inconforme y desobediente con aliento común? Hay que recordar lo que ya dijo el poeta: “O todos o ninguno”.


Es un mayúsculo reto, imposible de satisfacer en tan poco tiempo, y más aún cuando el neoliberalismo logró encauzar a su favor el efecto mismo de la pandemia, convirtiendo la crisis en su oportunidad para el llamado “Gran Reinicio”, evadiendo la superación de las causas estructurales que dieron origen al virus, logrando minimizar o esconder el significado y el impacto del cambio climático, los efectos del extractivismo, las consecuencias de la cría de aves, porcinos y otros animales en espacios donde son reproducidos en hacinamiento criminal, y otros tantos factores estructurales que llaman a superar el actual sistema económico y social si no queremos perecer como especie.


¿Cómo actuar, en tan poco tiempo, para suplir el menosprecio hoy reinante por la importancia y la potencia de lo común? ¿Cómo volver a generar confianza en lo público, como baluarte estratégico y de soberanía en diversidad de campos, claro, bajo participación y control social mayoritario? ¿Cómo proceder para que el derecho a vida digna, sin resignación ante la sobrevivencia, sea rescatada como referente de vitalidad y centro de devenir humano? ¿Cómo tender luces sobre el entramado desinformante construido durante años y bajo el cual el modelo social actual, en fase de revalorización individualista, aparece como la máxima y única opción política y económica?


La manipulación neoliberal, haciendo culto a la sinrazón de la razón dominante como espíritu nodal de la sociedad occidental, emplazado por la irrupción del covid-19, enfocó todo su poder económico y su acción política en numerosos laboratorios para producir en tiempo récord una vacuna para reducir la fiebre pero no para eliminar el virus. Afanados por “salvar la economía”, su economía, sin reconocer que el problema está en el propio sistema dominante, maniobran para ‘demostrar’ que lo controlan todo. Una pretensión que no es de ahora sino que los ha acompañado siempre y expresada en su afán por someter a la naturaleza y las “bestias”, “creadas para que nos sirvieran”, como reza un libro por ahí. A su paso van dejando devastación. Y la naturaleza envía el mensaje contrario. ¿La escuchamos o seguimos actuando como el peor ciego, el que no quiere ver?


Los interrogantes no me abandonan y no alcanzo a darles respuesta. Mientras intento despejar uno u otro, mi nuevo rostro, con un ardor y una piquiña que no me dejan tranquilo, logra de nuevo mi atención. Inclino el cuerpo hasta el grifo del lavamanos y me refresco para ver si así cesa el desespero que ahora me cubre en la parte superior del cuerpo y algo consigo. Pero lo que siento son sensaciones poco comunes, quiero revisar con mejor tino lo que me ocurre y para ello acudo a un espejo de mayor tamaño que está en otra habitación.
Camino hacia allá y siento que el resto del cuerpo es normal: ni me pesa más ni me pesa menos; ligero, como siempre, voy dando pasos hasta estar al frente del gran espejo, que no es el de ninguna diva de esas de los cuentos de fantasía que a través de ellos ven el pasado, el presente y el futuro. Con este no solo alcanzo a ver mi rostro, y ahora aprecio mi cuerpo hasta la cintura.


Mientras aguzo la mirada, reviso mentalmente el proceder dualista de la cultura dominante, con su actuar impositivo del “está conmigo o contra mí”, por la cual la infección producida por el virus no admite otro tratamiento que los autorizados por un sistema de salud medicalizado que desconoce, no ahora sino siempre, los saberes consetudinarios. Es un sistema de salud ahora hipotecado a las farmacéuticas, que, con su monopolio de patentes y gran poder político, someten Estados al imponer su lógica y sus reglas invariablemente bajo “confidencialidad”.


Llevado por el cuerpo del virus, paso por cientos de hogares donde veo a mujeres y hombres de diversas edades, desde las más tiernas hasta las más maduras, anclados ante pantallas de computador, unos en pleno teletrabajo y otros en función educativa. Allí permanecen por horas, aislados, sin gran posibilidad creativa, ensimismados, escuchando –en el caso de quienes estudian– y cumpliendo con mandatos quienes laboran. Es una rutina extenuante que, con el paso de los meses, parece agotada; una cotidianidad que, con mayor carga para las mujeres, las tiene al límite, respondiendo por trabajo, educación –propia o de los hijos menores de edad–, procesamiento de los alimentos diarios y, en no pocos casos, atendiendo familiares enfermos o con limitaciones físicas y/o mentales.

En este recorrido a lomo del invisible bicho, también alcanzó a ver la aceptación pasiva del espionaje y el control del que son –somos, ¡ay!– objeto hoy los seres humanos, producto del cual muchos hace un año y más que no cruzan el umbral de la puerta de su casa de habitación, y otros han restringido al máximo sus movimientos, bien como acatamiento al “no salgas”, que una y otra vez repiten los medios de comunicación, bien por el temor al contagio con el que también aterrorizan esos mismos medios, pagados en no pocas ocasiones por las alcaldías o por el gobierno central.


Todas estas imágenes me llevan a pensar en la reconfiguración que está viviendo el capitalismo, con su inmensa capacidad de reconstitución evidenciada en esta y en todas las crisis, las que muchos una y otra vez han tildado de “terminales”, soñadas más que reales, pues, como se sabe, mientras no haya sepultureros el enfermo no va por cuenta propia a la tumba o al horno crematorio.


No estamos ante su muerte, pienso cuando veo y analizo todo lo comentado; más bien asistimos al final de una época y al comienzo de otra de sus fases, con un reforzamiento totalitario del neoliberalismo, un sistema que hace un maridaje de lo peor de dos mundos: el del capital y el de la coacción sobre las libertades y la conciencia para la autodeterminación, y en la cual el mundo del trabajo transitará por nuevas y desconocidas sendas, con menos derechos para quienes venden su fuerza de trabajo, en un mundo impactado por novedosas tecnologías que facilitan el incremento de la productividad, al tiempo que el ejercicio de un constante y ampliado control social, con revisión incluso del uso puntual del tiempo que lleva a cabo cada uno en su hogar, ahora para muchas personas también su lugar de trabajo.


Recobrando mi atención, fijándome en cada uno de los brotes que son parte de mi rostro, ahora sin el calor ni la piquiña que me atormentaba por ratos, comprendo que en el Sistema Mundo que habitamos todo está en cuestión, y también todo puede ser posible. ¿Cómo aprovechar la crisis pandémica en curso para que los cambios por venir favorezcan a los negados de siempre y así poder pasar a un proyecto de humanidad con sentido potenciado de lo colectivo, en el cual el bien común sea la norma?

Ya ves, me digo: el bicho, a pesar de toda su carga inmediata, que es negativa por la multiplicada muerte que sometió y sigue sometiendo a duelo a cientos de miles de familias, también tiene su lado positivo, ya que nos obliga a mirarnos ante el espejo de la vida para ver en el pasado y el presente lo que somos, y así imaginar lo que debiéramos ser, permitiéndonos ver el deseado futuro como imagen proyectada. Ahora el reto es cómo concitar fuerzas hasta lograr la identidad y la movilización del nuevo sujeto histórico, que no es uno, como antes, sino múltiple.


Un reto inmenso, por afrontar y lograr, con covid-19 o sin él.

1. Una vacuna es una preparación destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. https://es.wikipedia.org/wiki/Vacuna.
2. Pfizer reconoce que puede ser necesaria una tercera dosis de su vacuna a los 12 meses. https://www.antena3.com/noticias/mundo/pfizer-reconoce-que-puede-ser-necesaria-tercera-dosis-vacuna-12-meses_202104156078806db652d0000121e4c9.html.
3. Un estudio del FMI prevé una oleada de estallidos sociales tras la pandemia, https://www.lavanguardia.com/internacional/20210221/6256996/protestas-paises-impacto-social-pandemia.html.

 

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Publicado enColombia
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Lo fundamental hoy para todos los actores sociales es la defensa integral de los derechos. Ahí debe centrarse la mirada y la acción para enfrentar las consecuencias de la pandemia en curso.

 

El presidente Duque había perdido toda capacidad de gobierno en noviembre de 2019. El paro del 21 fue el acontecimiento que constató ese estado de cosas. A las demandas del comité de paro se le sumaron las recomendaciones de la Misión de Sabios que el mismo Presidente había constituido. Si el pliego reivindicativo de los trabajadores era apremiante, las propuestas de la Misión tenían carácter de “urgencia”. El informe concluía con un “[…] llamado de urgencia y en altavoz al Gobierno Nacional y a la Sociedad en general”.

El Presidente y su círculo inmediato, me parece, reconocieron que la situación era apremiante y organizaron unas mesas temáticas para buscar concertar soluciones a los problemas. Hubo quienes sostuvieron que se trataba de dilatar y diluir con el paso del tiempo el imperativo de cambio que la sociedad estaba exigiendo. La llegada de la pandemia planetaria alteró todas las premisas de la existencia humana. En esas nuevas condiciones el presidente y su gobierno, asumió que ya no era necesario ocuparse de los cambios.

Hoy, abril de 2021, el gobierno sigue creyendo que no es necesario volver la vista atrás y que el paro del 21 de noviembre es sólo un mal recuerdo. Pero aunque pueda parecer cierto, realmente hoy tenemos unas demandas de cambio más solidas y apremiantes. Veamos lo concerniente con la educación.

En primer lugar está la incompetencia del gobierno para cumplir la tarea de vacunar al magisterio. Esa medida elemental ni siquiera la mencionan el ministro de Salud y la ministra de Educación. En lugar de ocuparse de esa responsabilidad han propuesto un debate lleno de insinuaciones malévolas acerca de la incompetencia de maestras y maestros y de la responsabilidad de Fecode en los malos resultados de los estudiantes en las pruebas Pisa.

Pero lo evidenciado por la pandemia es la precariedad de las condiciones en que se lleva a cabo la labor pedagógica y de la enseñanza. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta los mezquinos recursos asignados a la política educativa en sus diferentes niveles: desde el preescolar hasta la universidad. El hecho puesto de manifiesto por la pandemia de modo brutal, no es gratuito. Es el resultado de las decisiones tomadas por los gobiernos, en contravía de los postulados constitucionales y los de la Ley General 115 de 1994. Se trata de la contrarreforma iniciada en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), agudizada durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) y mantenida durante los dos gobiernos de Juan Manuel Santos (2010-2018).

Las propuestas de cambio en asuntos educativos del pliego de Fecode en noviembre del 2019 y las recomendaciones de la Misión de Sabios, todas orientadas a hacer realidad la promesa legal y constitucional del derecho a la educación, ahora cobran una dimensión más amplia. Se trata de garantizar a las familias, los estudiantes y los maestros el derecho a la salud. Sin esa garantía el derecho a la educación no es posible. Se trata, también, de la renta básica para impedir que el hambre degrade la existencia de la niñez, la infancia y la juventud. Se trata, así mismo, de garantizar una vivienda digna a todas las familias. Con la ausencia de estos derechos son inútiles los esfuerzos de formación de las nuevas generaciones.

Ahora, gracias a la pandemia es transparente que no es posible garantizar el derecho a la educación sino se garantiza también el de la salud. Y sin la garantía de una renta básica y de una vivienda digna, las familias no pueden asumir los compromisos con la educación de sus hijas e hijos. El Estado social de derecho tiene pues que operar para que la sociedad asuma su obligación. Sólo de esa manera se podrá cumplir con el postulado de la Constitución y de la Ley General de Educación que establece que la sociedad, la familia, la comunidad magisterial y el Estado convergen en la misión de formar a las nuevas generaciones.

Estamos en una nueva etapa respecto a noviembre 21 del 2019. En ese momento se trató de buscar un cambio acotado de las políticas gubernamentales. Ahora, después, de la trágica travesía que nos impuso la pandemia, lo que era una constatable incompetencia del gobierno, ahora es la experiencia del colapso de un modo de producción y de su superestructura histórico-cultural. Lo padecido aquí en términos locales tiene su realización global. La humanidad se enfrenta a una amenaza existencial desencadenada por la codicia del 1 por ciento. Ante este acontecimiento, sin antecedentes en la historia de la humanidad, se comienzan a ensayar las viejas salidas de la guerra. Algunos apelan a la famosa disculpa de la Trampa de Tucídides acuñada por Raymond Aron para justificar la primera y la segunda guerra como acontecimientos inevitables. Pero este debate sólo lo presento de manera preliminar como un llamado de atención acerca de lo que no es lo fundamental. Hoy lo fundamental es la defensa integral de los derechos.

 

 

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Publicado enColombia
Una mujer sostiene un bote de humo naranja durante una manifestación convocada por el sindicato CGT contra las leyes represivas, el pasado 16 de octubre en Madrid. — Alejandro Martínez Vélez / EUROPA PRESS

Las protestas surgidas en los últimos años en distintas partes del mundo, incluyendo España, han centrado la atención de la filósofa política Jule Goikoetxea y del jurista Albert Noguera, quienes analizan esta realidad en el libro "Estallidos".

 

Una ola vuelve a recorrer el mundo. A veces coge forma de tsunami e inunda calles durante varias semanas. Otras veces son gotas incesantes, continuas, cayendo sin parar. Son lluvia y son tormenta. Son los estallidos sociales que enloquecen a gobiernos, enfurecen a policías y movilizan a cientos de miles de seres humanos en los más variados escenarios. Son las llamas que no se apagan.

El año que está por terminar no solo dejará imágenes de gente con mascarilla o o brazos al desnudo en salas de vacunación. 2021 también será el año de las protestas en Colombia y en Chile, de las movilizaciones por la libertad del rapero Pablo Hasél en España o del grito del 'Black Lives Matter' en EEUU. 

Estos y otros actos populares han merecido la atención de Jule Goikoetxea, profesora del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad del País Vasco (UPV) e investigadora de la Universidad de Oxford, y del jurista y politólogo Albert Noguera. Del diálogo entre ambos ha surgido Estallidos, un libro recientemente publicado por Bellaterra Edicions que recoge precisamente un análisis sobre el impacto y significación de esas olas de protestas.

"Las imágenes de turbas, fuego, disturbios y barricadas son cada vez más habituales en todos lados", afirma Goikoetxea a Público. En tal sentido, la investigadora apunta precisamente hacia "las revueltas de Túnez, Turquía, Egipto y Libia", así como "las Mareas y el 15M, los procesos y manifestaciones independentistas", llegando incluso a "la batalla de Urquinaona de Barcelona seguida por las movilizaciones contra diversos encarcelamientos a raperos, militantes y políticos".

Distintas razones, similares características. "La mayoría de estos estallidos son imprevistos, aparecen y desaparecen y los sujetos que los protagonizan son heterogéneos y traen consigo viejas, pero también nuevas demandas no encuadrables dentro del esquema clásico", reflexiona la autora.

La pandemia sorprendió a un mundo en el que había varias calles ardiendo. Antes de que el coronavirus lo impregnara todo, en el agitado panorama internacional surgían imágenes de millones de personas movilizadas en lugares muy distantes: desde Hong-Kong a Colombia, pasando por Chile o la Francia de los Chalecos Amarillos, las reivindicaciones sociales, políticas y antirrepresivas recorrían el mundo. 

Con esos escenarios sobre la mesa, Goikoetxea y Nogueras se plantean la pregunta del millón. ¿Estamos ante simples revueltas o asistimos a algún tipo de revoluciones? "Para responder a eso, primero nos hacemos una serie de preguntas relevantes: ¿La revolución es un cambio estructural llevado a cabo mediante guerra, lucha armada y dictadura o cuentan los cambios estructurales realizados sin nada de eso? ¿Qué son cambios estructurales? Y por tanto, ¿qué es estructural?", plantea.

A su juicio, "están surgiendo nuevas contradicciones y nuevas formas de resistencia que obligan a repensar y redefinir los conceptos clásicos de la teoría política, de su práctica y de su organización". De hecho, el trabajo publicado junto a Noguera busca "pensar colectivamente sobre conceptos como el de revolución, revuelta, clase social, identidad, sujeto histórico, utopía, poder y cambio político".

En el caso concreto de España, Goikoetxea sostiene que "la crisis de gobernabilidad y deslegitimación del sistema político tiene otro eje añadido, que es la estructura territorial". Aparecen así las revueltas en Catalunya, con políticos encarcelados y manifestaciones que marcaron el día a día.

La investigadora habla así de "un tipo de neoliberalismo que, incluso en esta era supuestamente global, se compone de mimbres franquistas y nacional-católicos", marcado por una "élite corporativa" que necesita "controlar el Estado para convertirlo en una gestoría privada". 

La reacción de la izquierda

En su trabajo, Goikoetxea y Noguera buscan descifrar también cuál es la respuesta de la izquierda ante esos estallidos. "La izquierda es conservadora como el resto de la población en el sentido de que es obediente en general, es decir, reproducimos las normas, la moral, los deseos y las costumbres del sistema dominante", destaca la profesora de la UPV.  

Del mismo modo, cree que en este debate también está "la izquierda reaccionaria, esa a la que le molesta la diversidad porque siempre se sintió identificada con la unidad", una izquierda que "sigue creyendo que la heterosexualidad es una pulsión, no un régimen político, esa que cree que los hombres ni nacen ni se hacen, sino que los escupe la cigüeña en mitad de la meseta con derechos y con habilidades lingüísticas, racionales y productivas enganchadas a sus taparrabos". "La mitad de esta izquierda esencialista terminará en la derecha en unos pocos años", apunta Goikoetxea.

Los estallidos que vendrán

La ola de protestas en tiempos de pandemia no cesará. "Estamos en una época de estallidos continuos porque el sistema productor de mercancías sigue basándose en expropiar y explotar a la gran mayoría de la población mundial, pero a diferencia de la Europa del siglo XX llena de estados keynesianos, en este siglo ya no necesitarán las instituciones estatales puestas en marcha para crear sujetos productivos, que es para lo que servía la educación pública, la sanidad pública o los derechos a cambio del trabajo remunerado", pronostica.

Goikoetxea cree que "si hasta ahora expropiaban masivamente a mujeres, migrantes y personas racializadas a nivel mundial para poder explotar al proletario europeo a cambio de un sueldo, en este siglo la expropiación se expandirá en contraposición a la explotación". "La ciudadanía con derechos será una élite aún más reducida que hoy, por lo que son previsibles ciclos diferentes de estallidos", agregó.

25/12/2021 22:10

Danilo Albin@Danialri

Publicado enPolítica
Lunes, 27 Diciembre 2021 07:22

MÁS LEÍDOS 2021: ¿Ecce homo?

MÁS LEÍDOS 2021: ¿Ecce homo?

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
[…]
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue
terminada la Muralla China? […]
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
[…]
Tantas historias.
Tantas preguntas.

Bertolt Brecht

La visión más liberal de la historia humana, de imperios, guerras, gobiernos y gestas de diverso tipo concentra los provechos alcanzados por numerosos pueblos y en varias etapas de su vida en los “grandes hombres”. César, Alejandro, Napoleón, Kublai Khan… El listado podría ser tan extenso como la historia misma de la humanidad. Basten unos pocos nombres para ejemplificar el sentido de esa manera de acercarse a la memoria colectiva.


Un proceder para comprender la realización de los pueblos que por siglos impregnó el imaginario social, y al que aportó a lo largo del siglo XX y por lo menos hasta los años 80, y de manera no despreciable por su importante función cultural, el proceso educativo cuyos textos de la asignatura de Historia universal –y también la llamada historia patria– estaban repletos de fechas, nombres de batallas y personajes. Y la mejor nota la sacaba quien más recitara tales particularidades, sin importar el contexto, sin retomar las luchas y las contradicciones sociales, los intereses y razones que alimentaban las disputas por el poder, escenificadas en determinado momento, de suerte que cada suceso quedaba reducido a intrigas palaciegas, líos de faldas, astucia de alguien, y así…, cosas menores.


Con algo asombroso: ninguno de esos “grandes hombres” –o muy pocos– era retomado como lo que realmente hubiera sido: dictador, asesino, invasor, violador, criminal de guerra –diríamos ahora. Hoy es claro avistarlo: ninguno de ellos llegó al trono sin pisotear a su paso cientos de miles de vidas de los más humildes. Sus triunfos y alegrías eran las derrotas y el llanto de innumerables personas, de pueblos enteros.


Esa visión sobre la vida y la memoria de la humanidad trascendió de la mano de la burguesía, de gobiernos ‘democráticos’ y claro, de formaciones partidistas, reducidas a la figura del líder, el ‘designado’, al carismático, el caudillo –porque las mujeres tenían vetada la participación pública–, visión viva y extendida desde hace por lo menos dos siglos y que aún marca los pasos de nuestros días. Es una visión también reforzada por el anhelo de los de abajo por ser conducidos por líderes fuertes. Los de arriba y los de abajo en esto se dan la mano: los de arriba por anhelo de poder, los de abajo por disposición psicológica e inseguridad sobre sus capacidades y posibilidades.


En un escalón paralelo, es un fenómeno con huella de ampliada talla en las organizaciones sociales, con especial realce en los sindicatos en los cuales no es extraño que su dirigencia se perpetúe en los cargos directivos, práctica con efectos perversos sobre la formación de nuevas generaciones de activistas y sobre la motivación y la inclusión de la totalidad representada para que sienta y encuentre espacios para la participación activa, creativa y desinteresada.


Es una tradición impuesta en la manera de configurarse que se dan las organizaciones comunitarias y las formaciones políticas, que concentran su accionar alrededor del liderazgo impuesto a su interior. Las acciones colectivas casi que no existen o no son valoradas en debida forma, a pesar de asambleas, congresos y otro tipo de encuentros que se dan, los cuales, al final, son mecanismos para entronizar a alguien que, una vez con ese aval, hará todo lo posible para no ser sucedido. Pasarán décadas y ahí continuará, a la cabeza de la formación política o en su curubito. También sucede en el gobierno, del que hay que sacarlos en contra de su voluntad. Es la materialización del personalismo, expresión del individualismo, tan de moda a propósito del neoliberalismo; es la enfermedad del poder, dicen unos y otras. ¿Podrán las sociedades liberarse de tal yunque?


Es una extraña manera de organizar las formaciones políticas en la mayoría de las sociedades, la que –a pesar de su tufillo monárquico o por ello mismo– debe llegar a su final. Así debiera ser.


Es una forma liberal de comprender la realidad de la cual las formaciones comunistas y socialistas, sus opuestas, no pudieron zafarse. Y no solo no pudieron soltarse sino que, además, llevaron esa deformación de lo que debiera ser colectivo hasta su máximo desarrollo, de manera que sus liderazgos se tornaron irreemplazables. El personalismo –individualismo exacerbado– prosperó, deformando las prácticas de izquierda que, contrariamente a su ideario, terminan sumidas alrededor de intereses y dinámicas individuales; un proceder que las desdibuja ante la sociedad que termina sin diferenciar en la práctica, más que en los discursos, a unos de otros.


Se trata de una extensión por deformación cuyas consecuencias son latentes en diversidad de países, en los que la supuesta ausencia de reemplazo para el líder tendió la alfombra para su continuidad hasta el día de su muerte. Cualquiera puede retomar los ejemplos con un simple esfuerzo de memoria.


Pero no solo es cosa del pasado ni de países lejanos en los que esa manera de organizar lo colectivo ha ocurrido. En el vecindario y de la mano del llamado progresismo, resaltan variados ejemplos, algunos de ellos argumentados en la buena gestión al frente del gobierno, como sucediera con Evo Morales, de quien se decía que no podría ser reemplazado, pues, de serlo, se perdería lo alcanzado en sus períodos presidenciales. Tal deformación de esa liberal forma de organizar los gobiernos y las colectividades políticas lo llevó incluso a desconocer el voto consultivo que claramente rechazó su reelección. Tuvo que llegar un golpe conspirativo para que saliera del Palacio Quemado y demostrarse, tras unos pocos meses de dictadura engalanada de ‘civil’, que esa sociedad cuenta con las fibras suficientes para garantizar la dirección de una forma de gobierno con vocación popular.


El mismo tufillo de líder eterno llega desde Ecuador, donde dizque sin Rafael Correa nada es posible, cuando los movimientos indígenas marcan con sus gestas cotidianas un mandato totalmente diferente. La campaña electoral que por estos días se lleva a cabo, con la utilización de su imagen como anzuelo para asegurar el voto a favor del continuador del correísmo, poco aporta a superar tal realidad.


Si dirigimos la mirada a Venezuela, el ejemplo no puede ser más diciente. Una vez muerto Hugo Chávez, todas las culpas de la crisis las carga quien lo reemplazó, sin que existan el suficiente interés y el esfuerzo necesario desde las colectividades políticas y sociales por escudriñar las dinámicas de la economía mundial y regional, el curso de los ciclos de consumo de petróleo y el porqué de la caída de precios, el efecto de la disputa geopolítica que afecta a esa sociedad, revisando los errores de quien estuvo en el Palacio de Miraflores por 15 años, entre otros aspectos.


Son liderazgos ‘insustituibles’ que en algunos casos, como el de Maduro y otros, están reforzados por la militarización de la política, consecuencia de lo cual las colectividades dejan de ser espacios de debate y decisión mayoritaria –o de consenso, si fuera el caso–para reducirse a simples coros para avalar lo que diga el jefe, que en este caso ya es comandante. Basta con revisar las fotos de Maduro, surgido de procesos sindicales, ahora engalanado con atuendo de “comandante en jefe”. Las consecuencias de esta decisión no son de poca monta y, de alguna manera, prolongan lo abonado por Chávez, que, como militar, era asumido como “el Comandante”.


Este tipo de procederes tiene expresión en diversidad de gobiernos y colectividades de izquierda en las cuales, así no exista un comandante militar, en no pocas ocasiones funciona como si de una estructura tal se tratara: centralismo –democrático–, verticalidad, jerarquías, ejecutivos con amplios poderes, funcionamiento colectivo escasamente para estructurar el programa y elegir los candidatos electorales –tanto a presidencia como para otras instancias. De resto, la deliberación poco aparece y lo que impera son las órdenes, los mandatos.
La prolongación del liberalismo en el cuerpo de la izquierda encuentra en Brasil, luego de la prisión sufrida por Lula –excluido de la elección presidencial de 2018– la explicación más facilista sobre el porqué de los fracasos del Partido de los Trabajadores durante los últimos años y, claro, en su posible regreso al ruedo electoral la luz que todo lo ilumina y cambia.


En cada uno de los casos citados, se podría preguntar el poeta: ¿Lograron ellos, solos, lo alcanzado en sus períodos presidenciales? ¿Dónde estaba el pueblo que decían representar? ¿Quiénes salieron a defender sus gestiones gubernamentales cuando fueron asediados por conspiraciones de uno u otro tipo? Y, cuando ese pueblo no salió a defender sus gestiones, ¿a qué se debió su apatía? ¿Por qué, siendo voceros de procesos supuestamente colectivos, estos líderes que algunos consideran insustituibles no se esforzaron en estimular la formación de liderazgos cada vez más colectivos, los cuales, como producto de abiertos y dinámicos procesos educativos, se forjara la más amplia caldera de vocerías en todos los campos de la vida de sus países? Pero, también, ¿por qué no se esforzaron para que las colectividades a cuyo nombre gobernaban se abrieran a sus poblaciones, al punto que dejaran de ser una sigla y se tornaran país?


En Colombia los ejemplos también son notables pero no levantemos ampollas; mejor saltemos al reto que implica dejar atrás al liberalismo y pasar a una nueva etapa de lo que debe ser la organización política y social de nuestras sociedades, reto imperioso y totalmente posible, que implica por lo menos:

1. No organizar ni limitar las estructuras de las organizaciones sociales y políticas alrededor del hecho electoral. Esta es una condición clave para garantizar que su funcionamiento sí esté concentrado en cosechar el liderazgo social, con autonomía de sus actores, sin predeterminar su agenda. De así proceder, los ritmos y el horizonte de las luchas por encarar permanecen abiertos, y el esfuerzo de unos y otros no queda sujeto a reunir apoyos y recursos para el suceso puntual del rito electoral, para administrar el gobierno y no para transformar la sociedad.
2. En todo caso, si en la actividad cotidiana la comunidad decide participar de lo electoral, asumirlo con renovación de libreto, evidenciando que la sociedad es colectiva y no dependiente de una persona. De esta manera, liderar la campaña como equipo de gobierno, es decir, integrado por lo menos por la totalidad de ministerios con que cuenta el país, para que, en caso de triunfo, no lleguen las sorpresas. Que la sociedad conozca la propuesta integral de país por implementar, así como las personas que asumirían la responsabilidad de llevarla a cabo, intuyendo los sectores sociales y económicos que representan y, por tanto, las prioridades que los animan. Es esa una propuesta abierta y que, en el curso de la propia campaña, de acuerdo a lo propuesto por los ‘electores’, puede profundizarse en algunos aspectos, como girar en otros.
3. Orientar los esfuerzos sustanciales de las dinámicas alternativas a la construcción social territorial, sembrando y cimentando día a día, y con un dinámico protagonismo social, experiencias de gobierno propio, en todo momento y en todos los campos.
4. Abrir espacio a experiencias de wikigobierno, factibles en todos los niveles de la cosa pública.
5. Darles rienda suelta a la estructuración y el fortalecimiento en todos los aspectos de proyectos cooperativos, solidarios, mutuales y similares. Se requiere motivar este tipo de organización social como experiencia y vivencia de autogestión y soberanía popular.
6. Estimular en todo momento y como eje transversal de la construcción social soberana, procesos formativos colectivos, de los cuales no esté ausente la comprensión de la formación social del país y del continente, la economía política, la filosofía, la cultura en todos sus aspectos, así como aprendizajes de asuntos esenciales para la vida: agricultura en sus matices básicos, mantenimiento y reparación de redes de servicios hogareños, electricidad y otros asuntos esenciales para conservar y no desechar, intercambiar y no maximizar consumos, adquirir capacidades para reducir gastos y vivir de manera frugal y digna, ganar capacidades y conocimientos para poder colaborar en procesos sociales y comunales de todo tipo y en diversidad de áreas, no solo con ideas.
7. Complementar el proceso formativo con el conocimiento de por lo menos un lenguaje de programación, así como de los asuntos más esenciales para usar redes sobre la base de protegerlas y evitar el espionaje a que estamos sometidos en todo momento.
8. Garantizar siempre el ejercicio de la democracia interna mediante el debate abierto, la rotación de responsabilidades, la construcción colectiva de los referentes de lucha y la manera de encararlos, el veto y la destitución de quienes desconozcan los mandatos colectivos y terminen ejecutando sus intereses personales, entre otros aspectos y posibilidades.

Hay que trascender la herencia y la dinámica liberal, con el propósito sustancial no de administrar sino de transformar toda la estructura social todavía vigente. Esto y mucho más es posible a la hora de los hornos, que gana nuevo tiempo.

 

 

 

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Publicado enColombia
Raquel Ramírez, sin título (Cortesía de la autora)

Pandemia y crisis económica estuvieron unidas desde la detección del covid-19. La reacción casi inmediata del gobierno Duque fue la más elemental: otorgar medidas especiales a los bancos, vía Banco de la República, para que facilitaran crédito a hogares y empresas, en este caso para cubrir la nómina y así conservar empleos. La deuda como una solución frente a la crisis. Alternativas como la renta básica, en cambio, siguen en debate un año después. En este escenario ¿es el endeudamiento la única solución viable?

 

La forma como los economistas se refieren al dinero con palabras como liquidez y flujos de capital llevan a pensar en el sistema monetario como si se tratara de un sistema de tuberías y tanques manejado desde una estación de control. En él, serían unos pocos quienes deciden cómo y por dónde debe fluir un recurso que todos necesitamos, y la deuda aparece como el único motor que permite bombear el dinero a través de sus canales. Así, mientras que los bancos se llenan como tanques a rebosar gracias a las políticas del gobierno y del banco central bajo la promesa de que irrigan el sistema, en las zonas más vulnerables de nuestras ciudades se izan trapos rojos como símbolo de la sequía que aflige muchas vidas.


Aunque los economistas aluden a él en términos de flujos y liquidez, el dinero no es como el agua, un recurso dado por la naturaleza que sólo podemos canalizar, sino que es un invento humano diseñado para cumplir ciertas funciones sociales. Sus características de diseño determinan aspectos como la forma en la que es producido (por qué instituciones, cómo y cuándo), el formato usado (i.e. conchas, metal, papel, una tarjeta plástica o, unos y ceros registrados en un computador), la infraestructura y circuitos por los que se mueve y las reglas para usarlo. Por ejemplo, el diseño del papel moneda surgió en la edad media con una función muy específica: proteger las piezas metálicas de los peregrinos que viajaban de una ciudad a otra. Entonces ¿por qué no preguntarnos acerca del diseño actual del dinero? ¿Será el más apropiado ante la situación que hoy vivimos?


El tipo de dinero que predomina actualmente es conocido como “dinero fiat”, o fiduciario (del latín fiat lux –hágase la luz–), y no tiene un soporte material con el que se trate de respaldar su valor (como el patrón oro) sino que es creado por los bancos. Primero, por el central (Banco de La República) que imprime efectivo y emite dinero digital. Segundo, por los bancos privados, que únicamente pueden emitir dinero digital. Es decir, cuando un banco privado o multilateral concede un crédito, podría parecer que el dinero de dicho préstamo fuera como agua de un pozo que la entidad crediticia almacena y reparte a su discreción, para luego cada mes recibir el pago por lo prestado, más un monto adicional llamado interés. Pero esto no es así: cuando se otorga un préstamo, este dinero no está almacenado en alguna reserva de los bancos, en una relación 1 a 1, y en algunas ocasiones no existe pozo alguno: el dinero es creado al instante. Con un click el banco crea una deuda y modifica el saldo existente en la cuenta del nuevo deudor (persona o país): crean dinero de la nada.


Más aún, cuando conceden un préstamo, el dinero creado sólo corresponde a la cantidad principal emitida, y el interés, el pago que debe darse por el dinero prestado, no ha sido creado. De esta manera, la única forma de conseguir el dinero necesario para pagar los intereses es compitiendo por el monto en circulación que alguien más también requiere para pagar sus deudas o simplemente sobrevivir. Por lo tanto, el dinero, por sus características de diseño, incentiva la competencia y la acumulación. Así, mientras quienes requieren acceder a un crédito para cosas como estudiar, o comprar una vivienda, compiten mes a mes para pagar sus deudas, unos pocos acumulan por medio del interés.


Entonces, si el dinero es un invento humano ¿por qué no repensarlo para que funcione de otra manera? ¿corresponderá su diseño con los valores que deberían cimentar la vida? ¿Por qué no pensar en dineros que incentiven la protección del medio ambiente y el valor del trabajo de cuidado, sobre la rentabilidad y la acumulación? Estas preguntas han motivado el resurgimiento de monedas complementarias que, sin reemplazar el dinero existente, brindan otras alternativas sobre cómo propiciar el relacionamiento social con y por medio del dinero, permitiendo habitar mejor el mundo.


Pluralidad de dineros


Las monedas complementarias son una realidad que ya lleva tiempo: al presente, hay más de tres mil operando. Existe incluso una asociación de investigación sobre innovación monetaria y sistemas monetarios comunitarios y complementarios (Ramics, por sus siglas en inglés). Uno de los principales promotores de las monedas complementarias, Bernard Lietaer, las explica en términos de medios para conectar necesidades insatisfechas con recursos inutilizados. Podrían considerarse como necesidades insatisfechas en nuestro contexto, por ejemplo, la cantidad de familias y negocios que se quedan en la calle al no poder pagar el arriendo por falta de dinero convencional, mientras que miles de apartamentos y locales quedan desocupados. La perspectiva de gente viviendo en la calle en condiciones de creciente precariedad junto a propiedades vacías, es particularmente chocante en contextos pandémicos pero hace parte de la ‘normalidad’ de los ciclos económicos. En cambio, una moneda complementaria puede conectar el conocimiento en agricultura de esa madre sin techo con el técnico en sistemas que decidió empezar una huerta y a éste con el tendero que tiene dificultades con las clases virtuales de su nieta, y quien a su vez necesita propaganda para nuevos productos que le llegaron, algo que pueden hacer los del grupo de danza que necesitan un lugar para ensayar. Las monedas complementarias pueden variar en términos de sus mecanismos, del contexto en el que operan, y los problemas que buscan abordar. Más que proponer un diseño definitivo, el énfasis está dirigido a la existencia de un amplio espectro de posibilidades que pueden variar según los valores por priorizar y construir. Los ejemplos vienen a la mano:


El pueblo austríaco de Wörgl ganó fama relativa entre quienes estudian historia monetaria, y en particular la crisis económica de 1929, por la implementación exitosa de una moneda que se “oxida”, esto es, que los billetes pierden su valor nominal con el paso del tiempo para así desincentivar su acumulación. Si a final de mes un billete de un dólar, pongamos, sólo vale 95 centavos, hay un incentivo para que cambie de manos rápidamente, promoviendo la circulación de bienes y servicios y evitando el estancamiento característico de las recesiones. La moneda Chiemgauer que opera actualmente en Alemania se basa en este mismo principio: creada en 2003 por un profesor de colegio y sus estudiantes, aplica el mecanismo de oxidación automáticamente como interés negativo, moviendo anualmente el equivalente a cientos de miles de euros con una velocidad de circulación hasta tres veces mayor que la del euro.


Pero el principal problema puede que no sea orientar el dinero hacia el fortalecimiento de circuitos locales de intercambio –como en el caso anterior, en el que un euro se cambia por un chiemgauer– sino tener en cuenta, para empezar, a quienes tienen poco dinero. Es el caso del Tumin mexicano, en el que el grupo de asociados se reúne y decide quienes en la comunidad necesitan Tumins y cuántos entregarles, para que, juntándolos con pesos mexicanos, puedan completar “el peso que les falta” en sus compras básicas, a la vez que impulsan mercados alternativos. En ese caso, se trata de una emisión de dinero por consenso.


Un tercer ejemplo es el de la moneda PAR, en Argentina. Los clubes de trueque que proliferaron allí como alternativa ante la crisis del 2001 son bastante conocidos, muchos de los cuales tuvieron problemas con los vales que usaban para intercambiar, ya sea por fraude, sabotaje, o porque los mecanismos de emisión no eran claros. PAR fue pensada como solución a esto: es una moneda de crédito mutuo que funciona de manera digital, apoyada en tecnología blockchain, que facilita el intercambio sin necesidad de emitir previamente una base monetaria. Con el crédito mutuo, es posible registrar balances en una cuenta tanto positivos como negativos para representar y llevar el registro de las deudas entre participantes de una comunidad. Los saldos son creados en el momento de cada transacción, sin tener que acudir a una institución financiera para crearlos en primer lugar, y mucho menos pagar intereses por esos números.


Dentro de las enormes posibilidades, hay un tipo particular de moneda complementaria de especial relevancia en el contexto de la crisis económica de la pospandemia: los impuestos que se pagan con actividades socialmente útiles. Se trata de una idea con la cual empezamos a familiarizarnos en Colombia con ocasión de una iniciativa de la alcaldesa de Bogotá. Su antecesor había propuesto un esquema para aliviar la restricción del “pico y placa”: quienes quisieran usar todos los días su carro en la ciudad podrían hacerlo a cambio de pagar un impuesto. La idea es sencilla y muy práctica, pero tiene una connotación odiosa: quienes no tuvieran dinero para pagar ese impuesto permanecerían sujetos a la restricción de movilidad. Por eso, la propuesta de la alcaldesa fue mejor: para liberarse de tal restricción se debería realizar una tarea comunitaria. En otras palabras, el impuesto podría cancelarse con una actividad socialmente útil, que podría ser realizada por cualquier persona. Propuesta que es factible generalizar en multiplicidad de municipios para pensar en impuestos pagables por todas sus residentes, incluso por aquellas que no cuentan con ingresos seguros o por quienes queden desempleadas, y que servirían para dinamizar las economías locales atendiendo, precisamente, las necesidades insatisfechas de la población.


En efecto, cada municipio puede hacer un censo de las necesidades por ser cubiertas con la realización de actividades socialmente útiles, por ejemplo, el cuidado de la niñez y de los adultos mayores; censo a partir del cual precisaría los impuestos que cada residente tendría que pagar, esto es, indicaría el número de horas de cuidado que cada uno debería llevar a cabo, los lugares donde podría hacerlo, la forma de acreditar la actividad realizada, etcétera. No todos los residentes de un municipio están dispuestos a realizar estas actividades. En tal caso, el municipio podría estimular que otras personas lo hicieran en su lugar, lo cual generaría una serie de intercambios beneficiosos tanto para la persona que sustituye al residente en el pago de su impuesto como para ese residente.


Por su parte, la comunidad en general se beneficiaría de un esquema que movilizaría capacidades inutilizadas para atender necesidades insatisfechas y, además, cada una de las partes podría aprovechar su ventaja comparativa. El impuesto en este caso sería una moneda complementaria con una estructura muy similar a la de los bancos de tiempo, la cual contribuiría a romper el esquema mental de la pobreza. ¿Por qué? Mucha gente cree que es pobre porque no tiene plata en el bolsillo. Ignora que es rica en capacidades para hacer muchas cosas que benefician a los demás. Cuando se activan esas capacidades, se activa un volumen de riqueza que no está en los libros de contabilidad de los bancos ni en los cálculos convencionales del Producto Interno Bruto de un país. Es un volumen de riqueza a la espera de un medio para circular socialmente. Uno de esos medios es justamente el impuesto pagadero con actividades socialmente productivas.


Cómo hacer para que las monedas complementarias funcionen


La modalidad de moneda complementaria aquí propuesta comparte con todas las demás una serie de características que son esenciales para su funcionamiento. Es factible pensar en estas características como en las reglas del lenguaje: existe una amplia libertad para expresar nuestro pensamiento, pero debemos hacerlo dentro del marco de unas reglas comunes, que son las que facilitan la comunicación. De manera análoga, las modalidades de las monedas complementarias son muchas, pero si una comunidad decide crear un circuito monetario propio tiene que llegar a un acuerdo acerca de las reglas de juego que gobernarán el funcionamiento de ese circuito, y para ello resolver varios problemas básicos. Uno muy importante es llevar la contabilidad de aquello que se paga con esa moneda. Por ejemplo, en un banco de tiempo, si realizo una actividad en beneficio de otra persona durante dos horas, voy a querer que otra persona realice en beneficio mío una actividad por un tiempo igual o que dos personas lo hagan, cada una durante una hora. Llevar la contabilidad permite que todos los usuarios del banco de tiempo tengan la confianza de que esa moneda complementaria funciona justamente, esto es, que nadie se aprovecha de nadie más. Dicho en otras palabras, que todos ponen y que todos toman, y sobre todo, que no hay nadie que tome más de lo que pone.


Otra regla importante concierne a los derechos y deberes de los miembros del circuito monetario, así como a las sanciones aplicables a aquellos que incumplan las reglas de la moneda, el modo de aplicar esas sanciones, etcétera, dinámica que es posible ilustrar con un ejemplo: usualmente, en un banco de tiempo o en un sistema de crédito mutuo hay un límite de ‘endeudamiento’. Esto es, me puedo beneficiar de que otra persona me de algo o haga algo a cambio de la moneda complementaria, pero no puedo beneficiarme indefinidamente sin corresponder con algo que a su vez beneficie a los demás. De otro modo les estaría explotando. Si las reglas en las cuales se basa la moneda complementaria no le pusieran freno y no castigaran a quienes quisieran aprovecharse de los demás, se rompería la confianza no sólo entre las personas que usan esa moneda sino en la moneda misma. De ahí la importancia de establecer claramente desde el principio las reglas de juego, las cuales encarnan y generalizan el principio de reciprocidad que sirve de fundamento a las monedas complementarias.


Lo dicho hasta ahora aplica también a los impuestos que funcionan como moneda complementaria y sirve para resaltar un aspecto fundamental: la importancia del acuerdo que sirve de base a las reglas de juego de todas las monedas. En el caso de los impuestos, el acuerdo base es el de los representantes elegidos en cada municipio, esto es, los concejales. Sin embargo, para que el impuesto logre exitosamente movilizar capacidades inutilizadas para redimir las necesidades insatisfechas de la población se requiere de un amplio consenso ciudadano. Para tal efecto será preciso explicar, a su vez, cómo funcionará ese impuesto, qué actividades socialmente útiles podrán realizar los residentes, dónde y cómo el municipio llevará la cuenta de los pagos, quiénes se beneficiarán, cómo podrá pedirse una rendición de cuentas de la forma como ha operado ese impuesto, etcétera. Un aspecto clave del funcionamiento de este tipo de impuestos es la confianza en que las contribuciones de todos los residentes redundarán en un mayor nivel de bienestar del conjunto de los habitantes. Análogamente, monedas complementarias como los bancos de tiempo y los sistemas de crédito mutuo funcionarán exitosamente si cada uno de sus usuarios respeta su acuerdo de funcionamiento. Dicho de otro modo, el acuerdo de cada uno de respetar esas reglas es lo que le dará realidad al principio “todos ponen y todos toman”, que es el fundamento de la confianza en la moneda complementaria.


Si la moneda es un invento humano, entonces cualquier comunidad podría crear una moneda complementaria para resolver el problema identificado por Lietaer: conectar necesidades insatisfechas con recursos inutilizados. Un elemento fundamental para que cualquier moneda funcione consiste en resolver el problema de la confianza. Para pensadores sobre el dinero como Bruno Theret existen tres tipos de confianza en una moneda, que están ligados entre sí: la confianza en términos de que otras personas sí la recibirán (confianza metódica), en términos de que esté ligada a un proyecto común cuyos valores se comparten (confianza ética) y en términos de que la entidad u organización que gobierna la moneda –o establece las reglas de funcionamiento– sabe lo que está haciendo (a esto Theret lo identifica como confianza jerárquica, que es más apropiado para las monedas nacionales que para redes relativamente descentralizadas).


La confianza asume, como está visto, distintas modalidades. Confiamos en las demás personas por cuenta de los lazos que nos unen a ellas, como lo son los de parentesco o amistad, pero no solo con amigos y familiares es posible crear una moneda. Cuando la relación es con extraños en quienes no sabemos si son de fiar o no, usualmente hay necesidad de acudir a un acuerdo donde se establecen unas garantías y sanciones. Un viejo principio dice que el acuerdo es ley para las partes. Esa ley en realidad es un conjunto de reglas de juego que gobiernan el modo como las partes se deben comportar. En ese sentido, si las reglas con las que se diseña una moneda logran establecer suficientes incentivos y penitencias que respondan a los valores y necesidades que una comunidad desea impulsar, es probable que el acuerdo funcione tan bien que más gente quiera usar esa moneda.


Estos tipos de monedas no pretenden sustituir al sistema monetario vigente. Buscan conectar aquellos recursos que las prácticas monetarias actuales dejan inutilizados, con aquellas necesidades que permanecen insatisfechas. Pero no sólo es eso: la diversidad de las monedas complementarias existentes está motivando a crear nuevos ecosistemas de dinero que ayuden no sólo a superar la crisis económica actual, sino a habitar el territorio bajo valores y prácticas más acordes con el mundo que anhelamos vivir y legar.

5 de febrero de 2021

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*Grupo Sociología del Dinero,**Grupo de Protección Social – CID, Grupo Interdisciplinario de Estudios de Género; Grupo Sociología del Dinero.

 

 

 

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Publicado enColombia
José Alonso Zapata, El solar del sueño,  (Cortesía del autor)

Dicen que nadie aprende en cabeza ajena. Bien, ahora la humanidad no puede negarse a procesar y aprender del significado del covid-19, en sus múltiples facetas, pues el golpe ha sido para la totalidad de la humanidad. Es hora de implementar correctivos para enfrentar la pandemia en su prolongación y para reorientar las políticas en salud, así como en I+D.

 

Desde que el bacteriólogo francés Louis Pasteur inoculara en 1885 a un muchacho mordido por un perro con rabia, las vacunas han salvado millones de vidas, en especial de niños y niñas de temprana edad. La pandemia de covid-19, que ha infectado a más de cien millones de personas en todo el mundo y ocasionado dos millones y medio de muertes (1), marca un nuevo hito en la historia de la medicina: nunca se había logrado producir una vacuna de forma masiva en tan poco tiempo. A poco más de un año desde que China declaró un brote epidemiológico generado por un nuevo coronavirus desconocido (2), seis vacunas han sido aprobadas en unos plazos récord, y otras tantas se encuentran en fase III de investigación a espera de ser autorizadas.


Una circunstancia que lleva a que hoy una gran parte de la sociedad hable de vacunas, diferencie sus diversos tipos, y esté informada de las últimas noticias respecto al número de dosis administradas, la llegada del próximo avión y el número de dosis que trae, y una buena proporción de la misma ingrese a la aplicación de turno para verificar que está en la lista y especular sobre cuál es la fecha que le puede tocar…es normal, la vacuna les genera tranquilidad y confianza en que vivirán.


Pero, ¿a que vida los devuelve? Hace apenas un año, cuando fue declarada la pandemia, vimos cómo el virus se expandía rápidamente por todo el mundo, los contagios y muertes crecían a un ritmo sin precedentes, los hospitales colapsaban y los sistemas de salud reconocían no estar preparados para una emergencia de tal magnitud; entonces la mejor estrategia (o quizás la única) a la cual acudir fue la cuarentena, el aislamiento, y el mundo se paró. En aquel momento que hoy parece muy lejano, quizás por el miedo y la conmoción, fue sentimiento generalizado que algo serio estaba ocurriendo. Y por aquellos primeros meses de 2020 la humanidad pareció tomar conciencia de que algo había que cambiar. De repente la pandemia pareció despertar a la humanidad de un existencialismo egocéntrico, antropocéntrico e individualista; y muchos y muchas, ingenuamente, creyeron de nuevo en utopías inclinados hacia ellas por la sensación de que ante un reto como el potenciado por el covid-19 una nueva humanidad podría abrirse paso, un momento histórico que permitía recuperar la fe en las personas, en la solidaridad, la fraternidad, la conciencia social y ambiental.


Sin embargo, a los pocos meses una espesa neblina de dudas empezaba a desdibujar los utópicos sentimientos, ante un capitalismo que seguía afincado en su estadio neoliberal, en el que el mundo líquido de Bauman (4) seguía tan sólido como siempre. Entonces fue cuando gobernantes y magnates empezaron a hablar de salvar la economía. Plausible. No es posible ignorar los efectos dramáticos de la pandemia en la economía, pero sobre todo en la de orden familiar, en los medios de vida de los más pobres, de los trabajadores informales, de los campesinos, de los obreros, de los autónomos, de los hogares encabezados por mujeres, de los jubilados y pensionados. Y surgieron propuestas para mitigar este impacto social que casi en ningún caso fueron tenidas en cuenta, como la renta básica universal.


Pero la preocupación y la prioridad por la economía no era a este nivel. Los gobiernos se lanzaron al rescate de los grandes capitales, de las multinacionales, las compañías áreas, las grandes cadenas de almacenes, la industria del turismo. Y en pocos meses se instaló el dilema salud-economía, como si una no tuviera nada que ver con la otra. Sabemos qué se impuso. Los esfuerzos que colectivamente fueron realizados durante meses para cuidar a las personas mayores, a las personas vulnerables y contener los contagios para no colapsar los hospitales dieron paso a un mundo protocolizado, en la mayoría de los casos con medidas absurdas como esos termómetros que arrojan temperaturas incompatibles con la vida en las puertas de los locales. Cualquier cosa que permitiera la “reactivación de la economía” fue válida. Reabrieron los centros comerciales, volvió el fútbol, los aviones ganaron de nuevo altura llenos de pasajeros, los hoteles reabrieron servicios, los casinos recibieron apostadores y los bares clientes. El espectáculo debía continuar…eso sí, “[…] con estrictas medidas de bioseguridad conforme a los protocolos establecidos”. Mientras tanto, los niños y niñas fueron los últimos en poder volver a la escuela, algunas universidades siguen cerradas, y la protesta social prohibida por “riesgo de contagios”.


Ahora llega la vacuna, con la promesa de salvar vidas y prevenir contagios. Y como con el soma de Huxley (5) volveremos a ser felices, a cantar, a bailar…. ¡y a consumir! Quizás en unos meses la pandemia haya pasado y habremos hecho el duelo a quienes no pudimos acompañar en su agonía. Algunos miles seguirán padeciendo las cronicidades (6) que deja el virus. Esto si los países ricos permiten la distribución global de las dosis de vacunas con base en principios elementales de derechos humanos y solidaridad internacional, algo que hasta ahora brilla por su ausencia.


En la teoría de la acción humanitaria se define que el impacto de una emergencia está dado por el grado de vulnerabilidad y falta de preparación de la población afectada. Es decir, que la cantidad de afectados, víctimas y muertos está determinada por las condiciones estructurales que propician las afectaciones de una situación de emergencia, como desastres naturales, guerras, hambrunas y epidemias. La evidencia demuestra que de no resolverse estas cuestiones en la fase de “recovery” o rehabilitación (7), la crisis puede convertirse en crónica, con un impacto aún mayor que la propia emergencia.


La pandemia, con sus dos millones y medio de muertos, el esfuerzo de miles de personas vinculadas a la atención en salud, el sacrificio y la conducta socialmente responsable de miles de millones de personas, y todo lo que dejamos atrás y postergamos en el 2020, no pude pasar sin más (8). No puede permitirse que los focos del show vuelvan a encenderse activados por la tranquilidad de acceder a una vacuna. Una sociedad resiliente es aquella capaz de superar la adversidad y adaptarse a la nueva realidad, pero también aquella que es capaz de reconstruirse y proyectarse en el futuro a partir de nuevas bases.


Es por ello procedente reflexionar, desde una óptica de pensamiento crítico, sobre temas urgentes de salud global sobre los que se debe actuar y sacar lecciones aprendidas para que la pandemia se convierta en una oportunidad para una nueva gobernanza global y mejores políticas públicas:

1. Proteger el medio ambiente y la biodiversidad. Las últimas pandemias declaradas antes del covid-19, como la Influenza H1N1 (2019), el Sars (2002-2004), el brote de Ébola (2014-2016), o el mismo HIV (1980), se caracterizan por el salto de la salud animal a la salud humana, propiciado por condiciones ambientales cambiantes generadas por la deforestación, principalmente para prácticas agrícolas intensivas, y en general por no preservar la biodiversidad. Estas prácticas incrementan el riesgo de pandemias al aumentar los contactos entre animales silvestres, ganado, patógenos y ser humano. También han favorecido brotes infecciosos de enfermedades emergentes y reemergentes como el Zika, el Chikungunya, Hantavirus, favorecido asimismo la reaparición de la Malaria (que no es un virus sino un parásito), que afecta a 1.000 millones de personas cada año, en zonas donde estaba controlada o había desaparecido.


Estudios científicos demuestran que la diversidad de animales y plantas actúa como un escudo protector, ya que muchas especies actúan de huéspedes de virus que aún no conocemos (los expertos hablan de más de un millón), y que tienen la capacidad de evolucionar más rápido que sus huéspedes, entre ellos el ser humano, capacidad de saltar de una especie a otra y mutar para adaptarse al nuevo organismo del cual depende su supervivencia, antes que los adviertan y generen anticuerpos. Al disminuir esta diversidad, y extender la frontera agrícola y la ganadera, la especie humana se acerca al reservorio natural (hospedador a largo plazo) de los virus, facilitando que éstos “salten” y la colonicen. La superpoblación, la falta de medidas de higiene y salud pública, y el consumo insostenible hacen el resto. Los expertos coinciden en que la protección de la biodiversidad, la conservación de áreas protegidas, el control de la extensión e intensificación de la actividad agrícola–ganadera, la producción y el consumo sostenible, se vuelven entonces prioridades de salud pública para prevenir futuras epidemias.

2. Más y mejor cooperación y solidaridad internacional: la pandemia en curso se presentó en un momento caracterizado por la ausencia de líderes estadistas, en el marco de una vuelta al proteccionismo y de “guerra comercial” entre las grandes potencias. De ruptura y/o debilidad en los organismos multilaterales (Brexit, por ejemplo), abandono de importantes pactos y acuerdos internacionales (como la salida de EE. UU. de la Declaración de París y/o del Tratado para la eliminación de misiles nucleares) y en general de tensión en las relaciones internacionales. Por eso no debe sorprender que frente a la pandemia los Estados hayan reaccionado de forma nacional y descoordinada, ocultando información, priorizando el señalamiento o la búsqueda de culpables y que hayan fluido teorías conspirativas de todo tipo.


En el marco de esta coyuntura, por tanto, la cooperación internacional fracasó rotundamente, dando paso a las estrategias geopolíticas, los intereses comerciales y el fortalecimiento de los nacionalismos. La acaparación de millones de dosis de vacunas por parte de los Estados más ricos, las cláusulas abusivas de algunas farmacéuticas en la negociación de los contratos con los gobiernos de países periféricos y el fracaso del mecanismo Covax (9) son evidencias contundentes de lo afirmado. Pero también lo es el cierre de fronteras, la deportación de migrantes, o la falta de acceso a servicios de salud para personas sin seguro médico en plena pandemia.


Vivimos en un mundo cada vez más interconectado, globalizado, y por más que algunos se empeñen en cerrar sus fronteras, los virus y las enfermedades no las conocen. Condición fundamental para superar esta crisis (y las que vengan) es con una redefinición de la gobernanza mundial, para lo cual es imprescindible el fortalecimiento del multilateralismo, la reforma del sistema de Naciones Unidas, el respeto de los pactos, tratados y declaraciones internacionales y la creación de mecanismos de coordinación efectivos y, sobre todo, que estos organismos no respondan a otro interés que no sea “Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión”, como establece el artículo 1 inciso 3 de la Carta de Naciones Unidas. Si de la pandemia hablamos, esto nos lleva a poner el foco en el desempeño de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

3. El rol de la OMS: tanto en la epidemia de Influenza H1N1, en el brote de Ébola de África Occidental (2014-2016), como en la actual pandemia, la actuación de la OMS quedó envuelta en fuertes polémicas, cuestionamientos y críticas. Circunstancias que no pueden pasar desapercibidas ya que para los pertenecientes al sector salud, la OMS es siempre una referencia técnica, sus documentos, informes, estudios e investigaciones suelen ser de mucha calidad, así como la labor de sus funcionarios y expertos. Respecto a su rol de proporcionar soporte técnico, liderar la investigación en el campo de la salud y establecer servicios de información (sobre todo epidemiológica y estadística) poco hay que cuestionar, a pesar de debates intelectuales, académicos o clínicos surtidos en temas puntuales. Sin embargo, es en su rol de “actuar como autoridad directiva y coordinadora en asuntos de salud internacional” (10), donde se cristalizan serios problemas de gobernanza e independencia que la afectan.


La Asamblea Mundial de la Salud, parte de la Asamblea General de NNUU y constituida por los Ministros de Salud de los Estados miembros, es el órgano del cual depende la OMS. En el medio aparece el Consejo Ejecutivo, compuesto por “34 miembros técnicamente cualificado en el campo de la salud”, con la función de dar efecto a las decisiones y políticas de la Asamblea General. Quiere decir esto, que la labor de la OMS está supeditada a este Consejo Ejecutivo, conformado por unos “expertos” propuestos por la Asamblea General. Y es aquí donde se ve afectada su independencia, ya que este Consejo suele estar compuesto por personas que representan diferentes poderes e intereses, entre ellos los de las farmacéuticas, la industria médica, los seguros de salud y los fondos de inversión o fondos buitres (cada vez más influyentes e interesados en el sector de la salud). Luego, cuando llegan las crisis y las grandes decisiones, como defender el acceso universal a este derecho, los sistemas de salud públicos y gratuitos, la atención primaria, la liberación de las patentes de los medicamentos, la OMS no puede sostener sus conceptos técnicos a la hora de defender y cuestionar las políticas de salud implementadas por los gobiernos, en muchos casos funcionales a la lógica del capital y de los mercados de salud.


Quedan así evidentes, entonces, los conflictos de intereses existentes a su alrededor por ejemplo entre su mandato de dar asistencia técnica a los ministerios de salud de acuerdo a las decisiones de la Asamblea General, y su responsabilidad de velar por el goce del grado máximo de salud como derecho fundamental de las personas, lo cual en muchas ocasiones requeriría posiciones más críticas y un rol más activo en el monitoreo del acceso efectivo a los servicios médicos y el respecto por el Derecho a la Salud como lo establece la Resolución General 14 (2000) del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (11).


En pro de ello ganaron espacio reformas, como la “Programática de 2011 (12)” o los “WHO-Emergency Medical Teams” (13), incorporados a partir de la crisis del ébola para dar más capacidad operativa a la OMS. Sin embargo, son indispensables reformas más profundas, que garanticen mayor autonomía, independencia (para lo cual la independencia financiera es fundamental) y autoridad para imponer a los Estados la aplicación del Reglamento Sanitario Internacional (14). Es necesario reconsiderar la gobernanza y sus órganos de control, brindar más autonomía respecto a la Asamblea Mundial de la Salud y democratizar el funcionamiento del Comité Ejecutivo dando más participación a las Asociaciones e Institutos de Salud Pública, gremios, colegios y sindicatos de la salud, academia, universidades y grupos de científicos e investigadores, sociedad civil y organizaciones no gubernamentales, organizaciones de pacientes y veeduría ciudadana en general.

4. Fortalecer los sistemas de salud: a priori esta afirmación parece obvia, ya que en la mayoría de los casos los propios Ministerios de Salud de los países más afectados declararon no disponer de la capacidad para responder a la pandemia. Pero vale preguntar, ¿qué hace falta fortalecer de los sistemas de salud?


Como se recordará, durante meses el objetivo fue “aplanar la curva de contagios” para preparar los sistemas de salud y evitar su colapso. En la mayoría de los casos la preparación se basó en la adquisición de respiradores, el aumento de la disponibilidad de camas, la apertura de centros de aislamientos, que casi nunca se utilizaron. La preparación fue fundamentalmente “hospital-céntrica”, de acuerdo al enfoque médico curativo hegemónico que prioriza la atención individual de la enfermedad sobre el cuidado colectivo de la salud. Esta estrategia de respuesta medicalizada demostró no responder a las necesidades de salud de la población, tampoco contuvo los contagios, ni evitó el colapso de los hospitales que, además, durante meses suspendieron servicios no relacionados con la atención al covid-19, generando un problema de salud pública que en términos de morbilidad y mortalidad podría ser tan grande como la propia pandemia.


Sin embargo, en la historia de la salud pública lo aprendido es que la respuesta frente a las epidemias está en la comunidad, en cortar la cadena de trasmisión de la infección, identificar los focos, reconocer comportamientos sociales y culturales que facilitan los contagios, promover medidas de higiene y salubridad, todo lo cual requiere recuperar la atención primaria de salud conforme a los compromisos, principios y valores de la Declaración de Alma Ata de 1978 (15). Esto es, una salud, como Derecho y en el centro de la política, enfocada en las personas y las comunidades, a partir de un enfoque intersectorial y participativo basado en la prevención y la promoción de la salud, sistemas de vigilancia epidemiológica robustos, la reorganización de los cuidados con base en el territorio, garantizando el funcionamiento de redes integrales de salud, a través de equipos polifuncionales y multidisciplinarios.


Una vez pasada la pandemia, los tomadores de decisiones tendrán que evaluar hacia dónde dirigir las políticas de salud y cómo asignar recursos para lograr su fortalecimiento. Sin duda, la atención primaria es fundamental para que, en el futuro, de producirse nuevas epidemias, su impacto sea mucho menor que el del covid-19, sobre todo en términos de vidas perdidas.

5. Democratizar la industria farmacéutica y el complejo médico industrial. En el marco de la pandemia los Estados y organismos internacionales entregaron a través de subvenciones y contratos más de ocho mil millones de euros para acelerar la búsqueda de una vacuna y tratamientos contra el virus Sars-cov-19, destinaron recursos a apoyar la investigación, poner en marcha ensayos clínicos, mejorar la tecnología y capacidad de producción de las fábricas pertenecientes a los grandes laboratorios privados.


Es así como durante 2020 se registraron más de 1.000 ensayos clínicos relacionados con el covid-19, obteniendo en tiempo récord una vacuna, así como su producción, distribución y aplicación en plazos no vistos antes. Sin embargo, y a pesar del financiamiento público, los laboratorios lograron conservar los derechos de propiedad intelectual de la vacuna, un obstáculo real para la inmunización de millones de personas en todo el mundo. Al mismo tiempo, estos Estados, que son los más ricos del planeta, ejercieron un derecho de preferencia asegurando la compra de dosis suficientes como para vacunar hasta 3 veces su población. En cambio, para el resto de los países el acceso al inmunológico es limitado, por lo que se estima que durante 2021 en los países periféricos solo 1 de 10 personas tendrá acceso a vacunación contra la covid-19.


Uno de los puntos más oscuros en el reparto de vacunas ha sido la imposibilidad de conocer las condiciones en la que los gobiernos y las farmacéuticas negociaron su compra, ya que estas últimas impusieron cláusulas de confidencialidad. Sin embargo, se filtraron las condiciones abusivas impuestas o pretendidas por estas, sobre todo en algunos países latinoamericanos, como denunciara el Ministro de Salud de Argentina (16) de la farmacéutica estadounidense Pfizer.


Una realidad que llevó a Sudáfrica e India, con el apoyo de otros 62 Estados, a presentar una propuesta a la Organización Mundial del Comercio para suspender temporalmente, mientras dure la pandemia, las patentes de las vacunas, tratamientos y medios diagnósticos relacionados con la covid-19 (17), medida que permitiría la transferencia de conocimientos, tecnologías y capacidad para producirla masivamente en un gran número de países y facilitar así el acceso universal a la inmunización colectiva, propuesta que lamentablemente fue rechazada por la mayoría de los países del norte, protegiendo los intereses de la industria farmacéutica y, quizás en algunos casos, utilizar la vacuna con fines geopolíticos para fortalecer alianzas.


Esta carrera por acaparar vacunas también llevó al fracaso al mecanismo Covax propuesto por la OMS para promover el acceso equitativo al inmunológico, de manera que para el pretendido de distribuir 2000 millones de vacunas entre países en vías de desarrollo y poblaciones en situación de vulnerabilidad, solo ha logrado proveer unos pocos millones de dosis.


Una realidad de avaricia, egoísmo, injusticia e inequidad en la puja global por el acceso a la vacuna que desnuda el tremendo poder de la industria farmacéutica, y cómo este poder incide en la salud de las personas, decidiendo en función de sus intereses económicos qué se investiga, qué medicamentos se producen, a qué precios y con qué condiciones. Incluso en las decisiones médicas, como lo veremos un poco más adelante.


La pandemia, también concita a sanear el modelo de investigación y producción de los medicamentos. Desde organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, colectivos de pacientes, instituciones científicas y universidades, entre otros actores, toman cuerpo diferentes campañas, iniciativas y acciones que más o menos coinciden en sus reivindicaciones, entre ellas:

• Transparencia en los precios reales de los medicamentos, diferenciando costos de fabricación y costos de I+D (Investigación + Desarrollo), así como en las condiciones de negociación de los contratos.
• Información accesible respecto a los ensayos clínicos con datos técnicos detallados, financiación de los estudios, declaración pública y precisa de los conflictos de interés
• Establecer criterios de interés público en la investigación y producción de medicamentos financiados con fondos públicos, preservando su propiedad intelectual y priorizando el acceso a los mismos por parte de los pacientes.
• Regulación y control del precio de los medicamentos, así como potenciar la producción pública de genéricos e insumos médicos.
• Liberar las patentes con fines humanitarios, como en el caso del covid-19, pero también extensible a otros medicamentos como los tratamientos antirretrovirales.

6. Más investigación al servicio de la ciencia y no del capital: Actualmente, la investigación en salud, la toma de decisiones clínicas, así como los procedimientos, protocolos y guías médicas que aplican hospitales, clínicas e instituciones prestadoras de servicios de salud de todo el mundo, incluyendo a la OMS, descansan en la “Medicina basada en la evidencia –MBE–”, potenciada en los años 80 como una propuesta para mejorar la aplicación en la clínica del conocimiento surgido de la investigación.


La MBE se define como un proceso cuyo objetivo es el de obtener y aplicar la mejor evidencia científica en el ejercicio de la práctica médica cotidiana (18). Durante muchos años, esta medicina impulsó la investigación y posibilitó el desarrollo de nuevos tratamientos, medicamentos y tecnologías; y sobre todo facilitó la utilidad de estos conocimientos en las decisiones médica del día a día como una fuente permanente de consulta de los profesionales a través de las revistas científicas y los intercambios en congresos, seminarios y sesiones clínicas.


Digamos que hasta ahí todo iba bien, hasta que la industria farmacéutica se apropió de la MBE, y comenzó a financiar estudios, investigaciones, congresos, como estrategia exitosa para promocionar y vender sus productos. Con los recursos provenientes de la industria, la investigación clínica se disparó, así como el conocimiento, la tecnología y el gasto en salud. Tanto es así que el tipo de publicación más respetado en la actualidad es la del metaanálisis que en lo fundamental consiste en investigar trabajos ajenos, dejando de lado tradicionales virtudes de la investigación médica tales como observación, raciocinio (que es pariente cercano del sentido común) y, sobre todo, paciencia, y esto último porque en la actualidad es necesario publicar hoy, sin poder esperar 5 o 10 años para observar los resultados. Una contradicción que, por supuesto, llevó a los defensores de la medicina basada en la evidencia a resaltar la plena vigencia el criterio clínico, individual, de cada médico… pero incluyen la opinión experta en el nivel 4 (el más bajo) de la escala de niveles de evidencia (Oxford Center for Evidence-Based Medicine Grading System).


Un proceso dinámico. La investigación con base en la MBE propone diferentes metodologías tales como estudios de casos y control, estudios de cohorte, ensayos clínicos aleatorizados y controlados y metaanálisis. Mientras más grande sea la población que participa en el estudio, y más se extiende en el tiempo, se dice que mayor la calidad y fiabilidad de la investigación. Claro, sacar adelante este tipo de investigación requiere de grandes inversiones de fondos y, por ende, la necesidad de contar con un sponsor que patrocine el estudio. Y aquí es cuando aparece la industria farmacéutica financiando la investigación en medicamentos o tecnologías sobre los cuales espera tener un retorno financiero futuro. Si bien existen otras fuentes de financiación, como subvenciones públicas o fundaciones filantrópicas, normalmente es la propia industria la que aporta los fondos para los estudios de sus futuros clientes, porque claro, las compañías se reservan los derechos de propiedad para la producción de los fármacos que unas vez aprobados, los médicos recetarán a sus pacientes. El círculo se cierra.


La investigación en ciencias de la salud sigue entonces enfocada sobre todo en el desarrollo de nuevos tratamientos para muchas enfermedades, especialmente crónicas, que son las que tienen mayor prevalencia en los países desarrollados y en los sectores poblacionales más ricos, y que culminan por lo común en la rápida aparición de nuevas drogas, generalmente muy caras, de uso prolongado, y no siempre de eficacia significativa. Hay ejemplos de drogas oncológicas que, a un costo de 50.000 dólares mensuales, obtienen una mejora en la sobrevida de ¡tres meses!
Entonces no siempre se investiga lo que se considera prioritario en términos de salud pública, sino lo que el sponsor quiere que se investigue. Esto es particularmente cierto con respecto a las vacunas, habiendo algunas que demoraron décadas en conseguirse, otras que hasta ahora no han aparecido (por ejemplo, contra el VIH o la Malaria), o, en el otro extremo, la velocidad con que aparecieron otras, siendo el ejemplo más reciente las avaladas contra el coronavirus. En este caso, llama la atención el doble rasero a que acudieron para permitir una aplicación laxa de los procesos para el desarrollo de la vacuna, frente a la estricta rigurosidad exigida a los ensayos clínicos para la aprobación de algunos tratamientos, casualmente muchos de ellos de bajo costo.


Si bien la MBE parece haberse consolidado en el marco de la pandemia, cada vez aparecen más críticas sobre su utilidad, y sobre sus fines. Probablemente la MBE no sea una mala herramienta, si se la combina con el criterio clínico en la atención individual, y con los postulados de la salud pública y la vigilancia epidemiológica en los colectivos. Y, sobre todo, si sus mecanismos respondieran a la ética, a la ciencia, a mejorar la calidad de vida de las personas y las comunidades. Si así fuera, seguramente hubiera un reparto más balanceado y democrático en los fondos destinados para I+D , balanceando la financiación de medicamentos y tratamientos de alta demanda, es decir de enfermedades crónicas en los países ricos; y se dispondría de mayores fondos para la investigación de enfermedades infecciosas, enfermedades olvidadas (como el mal de Chagas que sigue afectando a miles de personas en Latinoamérica) y la investigación social para la prevención de enfermedades y la promoción de hábitos de vida saludables.

7. Declaración de crisis humanitaria vs. estado de emergencia: Una crisis humanitaria es una situación de emergencia en que se ven amenazadas la vida, salud, seguridad o bienestar de una comunidad o grupo de personas en un país o región. Se caracteriza por la ruptura de la normalidad y la desorganización de un sistema, incluso afectando la capacidad de respuesta institucional. Entre sus causas están los desastres naturales, las guerras, los desastres ambientales como las sequias, y las epidemias. Este concepto pone a las personas en el centro de la respuesta, y su objetivo es salvar vidas, aliviar el sufrimiento, restituir derechos y respetar la dignidad humana. Algo contrario al estado de emergencia (sanitaria en este caso) que es uno de los estados de excepción (los otros dos son conmoción interior y estado de guerra) contemplado por el ordenamiento jurídico de Colombia y de casi todos los países que lo han declarado.


La declaración del estado de excepción da al poder ejecutivo, presidente y ministros, poderes especiales para derogar procedimientos jurídicos y gobernar por medio de decretos con fuerza de ley. Claro que esta declaración también debe estar sujeta a determinados controles, como la vigencia y que los decretos que se dicten estén relacionados con la calamidad que desata la declaración. Sin embargo, durante la pandemia muchos de estos controles no fueron posibles por las propias medidas de bioseguridad, especialmente el aislamiento social obligatorio.


Una realidad que en muchos países permitió a sus gobernantes un poder excesivo y permitió a gobiernos que venían debilitados, con poco respaldo social y parlamentario, imponer medidas que de otra forma no hubieran logrado. Esta forma de gobernar no contribuyó ni a la búsqueda de consensos entre todas las fuerzas políticas, ni a una buena coordinación entre diferentes niveles de gobierno (sobre todo de diferentes espacios políticos), ni a ganar la confianza y ni la confianza de la sociedad, tan importante en la pandemia. Por el contrario, gobernar la crisis a través de decretos, crispó los ánimos sociales, polarizó el arco político, y alimentó las teorías conspiratorias antipandemia.


De manera contraria, la acción humanitaria cuenta con mecanismos de coordinación frente a crisis y emergencias, experiencia en comunicación en emergencias y participación comunitaria, y otros elementos que podrían haberse aprovechado para hacer una mejor gestión de la crisis colocando en el centro de la respuesta gubernamental a la vida de las personas, su dignidad y sus derechos.


Ha transcurrido un año de pandemia, las lecciones son muchas, los aprendizajes están en desarrollo, también los retos. Lo cierto es que la pandemia desnudó los intereses que existen en torno a la gobernanza global en salud y la práctica medicina, y que afectan el goce del Derecho a la Salud de millones de personas en todo el mundo. ¿Tendrán las sociedades, como un todo, capacidad para hacer girar la ruta hasta ahora seguida por multinacionales y gobiernos para enfrentar esta crisis?

1. A fecha 8 de marzo de 2021.
2. El 31 de diciembre de 2019.
3. Zygmunt Bauman (1925-2017) sociólogo polaco, utiliza mundo líquido para definir el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos.
4. Aldous Huxley (1894- 1963) escritor y filósofo británico, dio el nombre de «soma» a la droga que tomaban los personajes de su novela Un mundo feliz –publicada en 1932–, con la que lograban tranquilizarse, olvidar los problemas y evadirse de la realidad cuando lo necesitaban.
5. La definición de cronicidad hace referencia como la cualidad, índole o característica de lo crónico que se refiere de una enfermedad de una duración prolongada, de una dolencia de manera frecuente o que procede de un tiempo atrás o en el pasado.
6. Diccionario Humanitario HEGOA: La rehabilitación es un proceso de reconstrucción y reforma después de un desastre, que sirve de puente entre las acciones de emergencia a corto plazo y las de desarrollo a largo plazo, con las cuales puede en parte solaparse. Su cometido consiste en sentar las bases que permitan el desarrollo, aprovechando la experiencia y resultados del trabajo de emergencia previamente realizado.
7. En algún momento llegará el turno de sacar lecciones aprendidas y volver a pensar en qué propició la pandemia, en porqué se propagó tan rápidamente, en porqué no se contó con la preparación requerida a pesar de que los científicos la habían advertido, en porqué colapsaron los sistemas de salud, en porqué se enfermaron y murieron en mayor proporción los pobres, y en porqué en algunos países la pandemia afectó más que en otros.
8. https://www.who.int/es/initiatives/act-accelerator/covax
9. https://www.who.int/governance/eb/who_constitution_sp.pdf
10. ONU: Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR), Observación general N.º 14 (2000) : El derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud (artículo 12 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales).
11. https://www.who.int/dg/reform/es/
12. https://www.who.int/emergencies/partners/emergency-medical-teams
13. WHO Reglamento sanitario internacional (2005) : 3ª ed.
14. https://www.paho.org/hq/dmdocuments/2012/alma-ata-1978declaracion.pdf
15. https://www.telam.com.ar/notas/202102/543529-pfizer-se-porto-muy-mal-con-el-gobierno-aseguro-gines-gonzalez-garcia-a-diputados.html
16. https://www.msf.es/actualidad/india/india-y-sudafrica-piden-que-no-haya-patentes-medicamentos-ni-herramientas-covid-19
17. Guyat G. Preface. En: Guyatt G, Rennie D (eds.) User’s Guide to the Medical Literature. Essentials of Evidenced Medicine Clinical Practice. AMA Press, EE.UU. 2002

* Coordinador General Médicos del Mundo Francia en Colombia. MPH Salud Pública, MSC Acción Humanitaria y Solidaridad Internacional, diploma de especialización en evaluación de sistemas de salud.

 

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Lunes, 27 Diciembre 2021 06:27

MÁS LEÍDO 2021: Conexión solitaria

MÁS LEÍDO 2021: Conexión solitaria

En un mundo en pandemia, la conectividad se nos presenta como una aliada, pero ¿qué sucede cuando ésta contribuye al ensimismamiento y desarticulación de las personas y de los movimientos sociales?

 

La aproximación de las hermanas Wachowski en su obra Matrix (1999) resultaba como una interesante analogía a conceptos como hegemonía y alienación, no obstante, se encontraba enmarcada en un futuro distópico y oscuro, el cual por más que desde lo conceptual resultase pertinente, no obedecía completamente a la realidad de aquel entonces. Hoy día, habiendo asistido a las más estrictas etapas del confinamiento y sus flexibilizaciones, todo parece reencausar su rumbo en la medida que más gente sea vacunada. Así parece, pero la sociedad del encierro aún no acaba, pues algunos sectores sociales encontraron en el confinamiento soluciones inesperadas que difícilmente abandonarán, aproximándose así a la sociedad propuesta en el filme ya mencionado: cada quien en su cápsula.

La crisis por coronavirus llegó al mundo en un momento de múltiples transformaciones y eventos coyunturales; el estallido de movimientos sociales a nivel mundial se erigió como una tendencia generalizada para finales de 2019 con colectivos estudiantiles y feministas copando las calles para exigirle respuestas a gobiernos que sistemáticamente desconocen derechos y obvian sus obligaciones. Chile, Francia, Hong Kong, Argentina y Colombia eran algunos de los lugares donde el activismo social no daba espera, en ciudades como Bogotá confluían varios sectores de la resistencia social los cuales parecían fortalecerse entre protestas.

En el caso colombiano el denominado Paro Nacional tuvo una merma en su movilización debido a las fiestas de fin de año, pero todo parecía indicar que las protestas retornarían en marzo de 2020, cosa que no pudo ser pues el covid-19 llegó para ser más tajante que cualquier guardia antimotines, más poderoso que carabineros o el Esmad; en cuestión de semanas las calles pasaron de estar atiborradas de protestantes enardecidos a quedar desiertas.

Junto con la cuarentena llegaron múltiples implicaciones, además de las medidas de autocuidado, el teletrabajo se instituyó como esquema dominante en el sector formal del empleo pues en su momento 98 por ciento de las empresas en Colombia optó por estas medidas, de las cuales el 76 por ciento le aseguraron a Acrip (Federación Colombiana de Gestión Humana) que seguirán empleando esta modalidad al menos dos días de la semana cuando las medidas de aislamiento sean levantadas, incluso entidades como el Banco de Bogotá aún no recurren siquiera a la alternancia en algunos de sus sectores de trabajo.

Es así como se empieza a construir un panorama donde es posible evidenciar que muchas empresas encontraron en el teletrabajo un método con menos responsabilidades para con sus empleados y con mayor rendimiento en la productividad por parte de los mismos. Según la firma NordVPN (proveedor de servicios de red privada virtual personal) la jornada laboral se incrementó en un 40 por ciento pues muchas barreras que antes establecía la presencialidad se ven diluidas en tiempos de teletrabajo, donde el espacio personal es invadido por tensiones que antes no existían en tal espacio. La metáfora del cable de la Matrix se hace latente en esta nueva realidad.


Ocio en casa

–Hay quien no tiene para pagar los juegos de vídeo, pero esa necesidad la puede llenar viendo a otro jugar en línea, expone Cristian Medina, joven bogotano que a raíz de la cuarentena optó por emprender como streamer de videojuegos, luego de no obtener respuesta buscando trabajo por medios convencionales. Su jornada es de casi ocho horas, cual horario laboral, pues debe preparar los equipos, gestionar sus redes y hacer auto pauta para posteriormente jugar hasta la saciedad mientras lee comentarios de usuarios en línea y recibe aportes voluntarios de aquellos que deseen apoyarlo.

Plataformas como Twitch, únicamente enfocada al stream de videojuegos en vivo, creció exponencialmente durante 2020 pues el numero de sus usuarios se incrementó en un 83 por ciento, además de que tuvo 17.000 millones de horas de contenido que fueron vistas por sus usuarios.

Entretenimiento ampliado. En el transcurso del 2020 Netflix alcanzó cifras históricas pues superó la barrera de los 200 millones de suscriptores. No hace falta decir que la pandemia le dio un “leve” empujón pues con la mayoría de las clases medias encerradas encontraron en el consumo de cine y de series una forma de descansar de sus sobrecogedoras rutinas en casa. Es la cotidianidad del encierro: en las mismas pantallas en las que se trabaja también se pasa tiempo de ocio, y sin necesidad de salir de casa o relacionarse con otras personas.

Se evidencia así como teletrabajo como entretenimiento vía streaming cumplen la misma función de mantener aisladas a un gran segmento social, bien sea teniéndolos ocupados con trabajo o entretenidos con series y videojuegos en línea. En su mayoría de clase media, esta gente tenderá a comprender su realidad sin ir más allá de las cuatro paredes que representan su hogar, interiorizando así discursos como el “quédate en casa”, que refuerzan conductas negativas hacía el otro y el vivir en comunidad. Un guiño más a una realidad hiper individualizada donde muchos cables interconectados son los que programan nuestra realidad.


Cuestión colectiva

¿Romperán el cable quienes quedaron a él sujetos? Difícil, por el lado del trabajo, posible con el entretenimiento, pero deberán pasar varios meses de “normalidad” para comprobar el resultado final: permanecer en el aislamiento y la individualización, protestando vía e-mail, o recuperar el ser gregario que nos caracteriza como humanidad.

Los gobiernos y los factores de poder en el mundo abogarán por un consumo cultural cada vez más intenso, ¿podrán estimular un actuar colectivo repontenciado los sectores alternos, uno que llene las expectativas acumuladas por millones en estos meses de encierro y que atraiga hacia la calle y la protesta postergada por la pandemia?

El pasado 8 de marzo los movimientos feministas mostraron que sí es posible el reencuentro y la acción colectiva, ¿qué sucederá con el resto? Docentes y estudiantes tendrán en algún momento que volver a las calles, ¿podran resistir una protesta prolongada, como la que parecía asomarse en noviembre de 2019? ¿Qué será de una dirigencia sindical que no ha regresado por sus puestos de labor?

Y en cuanto a la víbora que en forma de cable adopta la etiqueta de ‘teletrabajo’ o ‘entretenimiento en casa’, ¿qué papel jugarán las clases medias en la resistencia social cuando el plan de vacunación continúe avanzando? ¿Volverán a las calles abanderadas y jugando un rol protagónico como en noviembre del 2019? ¿O permanecerán esteriles y atrofiadas por las abolladuras de la pandemia? Solo el tiempo lo dirá, pero lo cierto es que el sofá de la sala se hizo cada vez más acogedor entre cuarentenas.

Afronta el activismo social retos mayúsculos, ligados a la comprensión de las nuevas tecnologías, a las novísimas formas de control social, a las renovadas formas el poder. No es solo deseo de oponerse y soñar con otra sociedad, hay que saber por dónde navegar para que el esfuerzo sea efectivo, no solo semántico. Hay que salir de Matrix.

Enlaces:
https://blog.acsendo.com/cifras-teletrabajo-en-colombia/#:~:text=Las%20cifras%20m%C3%A1s%20importantes%20del%20teletrabajo%20en%20Colombia,-Laura%20Albarrac%C3%ADn&text=Desde%20el%202012%20hasta%20el,del%20Teletrabajo%20en%20Empresas%20Colombianas’
https://www.xataka.com.mx/streaming/netflix-alcanza-cifras-historicas-2020-supero-barrera-200-mil-usuarios-razones-pandemia-the-crown
https://forbes.co/2020/12/10/red-forbes/que-dice-la-gente-del-teletrabajo-para-el-2021/

 

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Sábado, 25 Diciembre 2021 07:28

MÁS LEÍDO 2021: Con brillo en los ojos

Graciela Gómez (Cortesía de la autora)

Como un tsunami, todo sucede ante nuestros ojos y con estupor pero no alcanzamos a reaccionar y la avalancha nos lleva hacia donde sus energías decidan; pataleamos, intentamos nadar para no ser llevados a las profundidades pero poco logramos. Nos hundimos, resistimos y el esfuerzo de todo nuestro cuerpo finalmente permite que flotemos. Ahí estamos, exhaustos, con la cabeza que de nuevo logra inhalar aire y así los agotados pulmones descansar; aguantamos, observamos, vamos llevados por el oleaje al tiempo que reflexionamos sobre qué hacer, sobre cómo impedir que las olas den cuenta de nuestra humanidad y al final logramos que la marea nos arroje a la orilla.


Con el covid-19, así estamos, como náufragos pero vivos. Aún.


Las aguas bajan un poco su potencia pero los vientos golpean ahora con fuerza, barriendo todo aquello que ha quedado fracturado. Casi desnudos, buscamos un refugio donde aguantar; nos protegemos; a los días, maltrechos, nos atrevemos a salir y reconocer el entorno. Observamos y comprobamos que hasta lo que considerábamos que resistiría el azote de los más fuertes huracanes está por el piso. Toca (re)construir todo –pensamos–, es un reto inmenso, pero hay que asumirlo, es la realidad. Ahora, sin tiempo que perder, corresponde levantar sobre nuevos cimientos lo derruido, sin contemplaciones, sin añorar las ruinas que van pisando nuestros pasos; construir, más que reconstruir, sobre nuevos planos, desechando los hasta hoy plasmados, fundir nuevas estructuras con la forma, cuerpo y dinámica dibujadas por los sueños de quienes estaban obligados a soportar como lastre lo antes existente.


Aguantamos. El estupor continúa acompañándonos pero no nos impide detallar el entorno ni ir comprendiendo lo que sucede. Estamos solos pero sabemos que contamos con una oportunidad para salir de la catástrofe: debemos buscar a otras muchas personas que con seguridad también han sobrevivido, debemos unir fuerzas y como sociedad impedir a toda costa quedar aislados, debemos pensar y actuar como comunidad, nunca más como simple individualidad, centrados en nuestros cortos intereses y necesidades, y así diseñar con todas las manos e imaginaciones la sociedad que queremos y la manera de hacerla realidad.


La oportunidad es única, pensamos, a pesar del dolor que nos aflige, en medio del marasmo al ir encontrando a nuestro paso, lento y temeroso, los cuerpos de familiares, amigos, conocidos y otros que no contaron con la fuerza corporal suficiente para salir airosos de este trance. Antes ya habían fallecido otros más al verse huérfanos de una verdadera red pública de salud que nos atendiera a plenitud. Las estructuras derruidas no nos causan pesar; su destrucción nos permite observar sin barniz alguno cómo estaban construidas, detallando los materiales usados en su estructuración, y de esta manera comprobar que estaban edificadas para servir los intereses de unos pocos y, por tanto, para el desfavorecimiento de los más. Es cierto: no hay pesar por la estructura en ruinas, pues su peso y su forma en realidad nos ahogaba, nos oprimía, nos negaba, impidiendo el encuentro social.


Continuamos el pausado recorrido, tropezando aquí y allá con bloques de cemento que nos obligan a retroceder y buscar otra ruta. En uno y otro lugar de nuestro recorrido, debemos vadear grandes pozos repletos de agua, así dejados por las furibundas aguas que batieron todo a su paso. Seguimos y vamos ganando claridad en nuestra mente. Nos llegan recuerdos no lejanos que nos permiten percatarnos de que ahora estamos ante la destrucción pero que en realidad, desde hace algún tiempo, los embates de grandes vientos estaban fracturando todo aquello que creíamos eterno.


En efecto, pensamos que el tsunami llegó con mucha fuerza, pero su destructora labor fue favorecida, con anterioridad, por fuertes vientos, temblores que no llegaban a terremotos, inundaciones propiciadas por ríos salidos de su cauce, derrumbes de cuerpos montañosos que fracturaron carreteras y puentes. En fin, hubo un antes que posibilitó la destrucción que paso a paso seguimos contemplando.


El covid-19, sí, la pandemia, pero desde antes nuestra estructura social estaba conmovida en todos sus entretejidos. Nuevas tecnologías estaban horadando la cotidianidad, así como el uso de nuevos materiales bioquímicos, biogenéticos; como otros que fueron dándoles vida a nuevas técnicas, en muchas ocasiones microscópicas, y con ellas permitiendo la irrupción de fenómenos comunicativos, novísimas formas de entrelazarnos y organizarnos como cuerpo social, en tiempo real, concentrando en un solo dispositivo que antes obligaba a la existencia de múltiples aparatos. La transformación del planeta –que antes nos parecía inmenso– es de tal magnitud que ahora la Tierra llega a nuestras retinas como una aldea.


Todo ello acontecía ante nuestros seres. En realidad, estábamos zarandeados en todas nuestras estructuras, mareados por la intensidad de lo que ocurría, pero nos aferrábamos a supuestas seguridades para no caer. Mas los efectos de todo ello ya habían roto, por ejemplo, el mundo del trabajo, arrojando al desempleo a millones de personas, desde entonces desnudos, viviendo a la intemperie y tratando de sobrevivir por cuenta propia, sin la protección de una institucionalidad que les permitiera incorporarse a otras formas de hacer y ser. El individualismo impuesto por el modelo social, económico, cultural, político, que imperaba (y así continuará siendo a pesar de las ruinas, siempre y cuando no encuentre sus sepultureros), solo les brindaba esa opción.


Es cierto, pensamos: en el pasado inmediato hubo una estructura de dominio que facilitó la destrucción que contemplamos. Fueron años durante los cuales fuertes vientos y lluvias, en ocasiones torrenciales, ablandaron todo, obligándonos incluso a cambiar partes no despreciables de nuestra cotidianidad, trabajando, por ejemplo, más de las ocho horas/día, corriendo de un trabajo a otro en el afán de reunir unos pesos más con los cuales cubrir de mejor manera la precaria existencia, sin derecho al goce ni la contemplación, unos pesos más para ponernos al día con el sistema financiero y así continuar en la burbuja de tener más de lo posible, resuelto todo ello individualmente, sin una institucionalidad común que nos abriera un horizonte colectivo, eficiente y de calidad para resolver lo fundamental: salud, educación, vivienda, alimento, transporte, recreación. El mensaje era claro: debíamos cambiar la forma de vivir y edificar un tipo de sociedad acorde con los cambios en marcha. En el viejo recipiente que teníamos ya no cabía el cuerpo que ahora había tomado forma.


Era aquella una decisión que para muchos no resultaba consciente; simplemente era el dejarnos llevar por la fuerza de la costumbre, la misma que aprovechaba el poder dominante, que controla, diseña y construye la estructura social que tenemos; que sí aprovechaba todos los cambios tecnológicos, producto de una nueva revolución industrial en marcha, la cuarta, para ahondar su potencial, su capacidad de dominio y de sometimiento, y con ello de control social.


La memoria va ubicándonos en su justo lugar. Caminamos, tratamos de no parar para que el frío y la humedad que cubre nuestro cuerpo no nos atrofie hasta destruirnos; sentimos el afán de nuestros órganos digestivos y sabemos que es necesario encontrar alimento para responder a su demanda, pero proseguimos, caminamos y vamos pensando.


En efecto, la destrucción venía desde antes, así como las tecnologías que permitían vigilarnos y controlarnos sin necesidad de otros miles de policías, uniformados o de civil; el registro era permanente y constante el fichaje. Ya nos habían advertido de ello Julian Assange, Edward Snowden y Chelsea Maninng.


Sorprendente todo ello. Habíamos perdido la privacidad, incluso la libertad, pero nada nos parecía anormal; hasta allá había llegado el potencial de lo que por décadas considerábamos un monstruo por batir, el Estado, cada día más interiorizado por la mentalidad colectiva en sus múltiples mecanismos; así como estaban interiorizados en sus variadas manifestaciones el poder y su microfísica. El dominio cada día era más sutil, y el covid-19 desató reacciones y formas de sobrevivir que multiplicaron en mucho lo que ya estaba en curso. El poder se hacía más asfixiante.


No podemos negarlo. Vivíamos ahogados, renunciando a derechos fundamentales que apenas unas décadas atrás habían movilizado a millones para su logro y su posterior defensa, con no pocas personas que habían brindado su vida para hacerlos realidad, y sin embargo el poder ahora los pisoteaba en múltiples formas, sin suscitar la reacción que se suponía despertaría.


¿Cómo había sucedido aquello? Tal vez la atomización social, estimulada por las formas que de modo lento pero con constancia habían adquirido nuestras ciudades –con sus barrios de otrora, territorios de encuentro y entrelazamiento social, transformados en conjuntos residenciales, sin memoria de lucha por el derecho a la vivienda, por un espacio público común, por servicios públicos de calidad–, lo habían favorecido; pero también la transformación de los parques y plazas, antes espacios de encuentro e intercambio humano y comercial, ahora convertidos en simples sitios de paso, reemplazados en sus funciones por esos no lugares llamados centros comerciales. Tal vez todo ello, además de otros muchos cambios, como los vividos en las fábricas que antes concentraban cientos e incluso miles de obreros, facilitando su encuentro y organización para plantar cara a la patronal y al gobierno por mejores salarios, por la reducción de la jornada de trabajo, por salario mínimo, por estabilidad laboral, por ejemplo.


Pero también las transformaciones vividas en el mundo de la cultura y que finalmente encerraron a cada cual ante la pantalla de televisión, ahora sin una fuerte oferta pública y sí privada, y luego ante la pantalla de la computadora, y tras pocos años ante la del móvil, tal vez todo ello y otros muchos sucesos que fueron presentándose e imponiéndose poco a poco, gota a gota, llevándonos a ser simples consumidores, facilitaron que la llegada de ese tsunami covid-19 arrinconara a la sociedad pero sin lograr que la misma comprendiera que, para evitar la aparición de nuevos tsunamis, está ante el indispensable reto de construir un cuerpo social totalmente diferente del aún existente, con fuertes diques que permitan el fortalecimiento de lo colectivo, la preeminencia de lo público no estatal, el reencuentro y el convivir con la naturaleza, el sentir y obrar a favor del conjunto humano, integrado como cuerpo, sin permitir que unos pocos dominen y amasen lo que es de todos pero que ellos han logrado apropiárselo, privatizándolo.


Caminamos. Para evitar la hipotermia, nos movemos en todo momento, también para distraer los afanes digestivos que a cada instante nos hacen sentir sus lamentos. Los recuerdos nos dan vuelta en la mente, el impacto de lo que seguimos viendo a nuestro paso nos permite confrontar pasado y presente, y pensar el hacer inmediato para un futuro indispensable.


Nos preguntamos ¿Es posible construir lo nuevo sin dar cuenta del pasado? ¿Cómo erigir las nuevas formas sin hacer común lo que hasta ahora nos fue arrebatado por el Estado, por un lado, pero por otro por los grandes conglomerados, por ejemplo, aquellos dedicados a la agricultura, al procesamiento y la comercialización de alimentos, a las farmacéuticas, a las comunicaciones?


¿Cómo lograr que la sociedad toda, que esos cientos y miles que hemos ido encontrando a nuestro paso, también confundidos, dolidos, desorientados, acepten la necesidad de discutir y decidir de manera colectiva cómo levantar nuevas estructuras sociales que sí protejan y velen por la totalidad que somos, sin permitir que unos pocos amasen fortunas que son, incluso, más de lo que pueden reunir y poner a su servicio cientos de millones de personas?


¿Cómo actuar sin renunciar a las nuevas tecnologías, a su potencial para hacer que la vida sea más llevadera, pero sin que la privacidad sea burlada por intereses particulares y supuestamente públicos que dicen protegernos? ¿Cómo hacer de verdad colectivos los múltiples saberes de la humanidad ahora privatizados, memoria colectiva de siglos de evolución, representados en formas de trabajar la tierra, en semillas que son la vida y la posibilidad de la diversidad, en la forma de procesar alimentos y de alimentarnos, sin perder el gusto por la diversidad de olores y sabores?


¿Cómo protegernos entre todos sin que alguien haga de la necesidad un negocio? ¿Cómo ser y vivir a plenitud, dejando a un lado el deslumbre por lo pasajero y superficial?


Los interrogantes van apareciendo con mayor frecuencia a medida que el encuentro con otros va dando paso al intercambio de ideas. Por unos minutos dejamos de caminar, tomamos asiento sobre pedruscos de irregular forma y compartimos ideas, lloramos por lo sufrido, pero nos regocijamos porque la vida deberá ser diferente. Soñamos, sabemos que no será fácil, que el peso de la costumbre es un lastre inmenso por superar, pero igualmente los infinitos canales de control y dominio que la vieja estructura, así esté en ruinas, tiene, controla y continúa afinando.


Los vientos bajan su intensidad, aunque no su silbido lastimero que por momentos despierta pánico en todo nuestro ser, trayendo un eco que nos hace temer por nuestras vidas, templando las fibras más íntimas del ser, motivando el aislamiento para de manera individual buscar solucionar lo que solo puede ser resuelto por la vía colectiva. “O todos o ninguno”, así lo había dicho hace décadas el poeta*.


Retomamos el camino. El frío no nos abandona, tampoco la incertidumbre, nos sentimos huérfanos, pero ya tenemos brillo en los ojos.

*Brecht, Bertolt, “O todos o ninguno”,
http://www.las2001noches.com/n145/

 

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