La insoportable reducción de la complejidad

Caímos en la burda simplificación de clasificar todos los sistemas políticos en un registro binario que los divide entre órdenes democráticos o autoritarios. ¿En qué momento? Los pensadores griegos morirían de risa de esta inopinada reducción. Para Aristóteles, por mencionar tan sólo uno, existen tres formas políticas instituyentes (la monarquía, la aristocracia y la politeia –léase: la república–) y otras tres derivadas (la tiranía, la oligarquía y la democracia). Y en la práctica, sólo operan combinaciones de esta complejidad, donde cada una de las "constituciones" merece su diferenciación específica. En el caso de la democracia, por ejemplo, hay democracias fundadas en agricultores, otras más que se apegan al sitio donde se nace, o las que admiten hombres de cualquier lugar –"hombres libres"– como posibles representantes, etcétera. ¿Qué es lo que tenía en mente la sutileza de esta tipología? En primer lugar, la pregunta de cuál de ellas era capaz de preservar el buen gobierno y una relativa paz. Y, en segundo, cómo responder a la interrogante que los griegos nunca lograron responder: ¿cuál de ellas redundaba en una estabilidad ascendente y fructífera en la gestión del "bien común"? Todo esto de acuerdo con el principio básico de que a cualquier forma política se le debe clasificar en función de quiénes la representan y, en segundo término, de los resultados y dividendos que arroja sobre la población. Las ciudades griegas nunca encontraron lo que dio vida a siete siglos de historia romana: el senado y, durante vastos periodos de zozobra e incertidumbre, la república.

La historia de las formas políticas modernas no es menos compleja. Se inicia acaso con el surgimiento del Estado absolutista en el siglo XVI y, un siglo después, con la instauración del paradigma que trajo consigo la revolución inglesa en el XVII: la monarquía parlamentaria. Por cierto, una forma híbrida que buscaba poner un límite al poder del monarca absoluto y que sedujo a toda Europa durante siglo y medio. Pero fueron las revoluciones de Estados Unidos y Francia las que descubrieron un orden que no requería de un monarca para ser gobernado y que se sostenía en el principio del gobierno representativo. Desde entonces, se discuten sin cesar las formas óptimas de esta representación.

Hay dos corrientes al respecto. Una, que se podría llamar formalista, se atiene estrictamente a los mecanismos que convalidan a la representación misma. Por ejemplo, la democracia estaría definida por elecciones libres, pluralismo político e ideológico, una vida parlamentaria abundante y división de poderes. La otra corriente de interpretación es menos inocente, digamos más escéptica, pues no basta con observar las formas de la representación, es preciso tomar en cuenta los efectos de esa representación sobre la configuración de las sociedades. Si un gobierno electo con amplia representación no actúa para mejorar la calidad de la vida de la gente –sino, con frecuencia como sucede en la actualidad, en sentido estrictamente contrario–, ¿puede definirse como democrático? ¿O sería preciso, según el procedimiento de Aristóteles, definir distintas formas de democracia? Ni hablar del dilema, donde líderes distintivamente autocráticos, como Bolsonaro, en Brasil, Trump, en Estados Unidos, o Putin, en Rusia, llegan al poder por la vía de las elecciones y preservan incluso el formalismo democrático.

La interpretación formalista pretende incluir bajo un solo concepto, el de "democracia liberal", a sociedades tan disímbolas como Estados Unidos, Suecia, Japón o Polonia. ¿Pero cómo poner en un solo canasto a Suecia, que cuenta con una maximalización de la distribución del ingreso, con Estados Unidos, que suma después de la pandemia 39 por ciento de pobreza nacional? La vieja, y a la postre inmóvil, democracia estadunidense ha entrado en una zona cubierta por la lógica del armamentismo y las grandes corporaciones, una suerte de democracia de (y para) élites, valga el oxímoron.

En el otro extremo se encuentra el paradigma de la democracia social. Es decir, sociedades que han encontrado en la gestión democrática un instrumento para reconfigurar toda su estructura social, desde los ingresos hasta la salud y la educación. El dilema para la izquierda en América Latina que, en sus más diversas acepciones, gobierna hoy a la mayor parte de los países del continente, reside en cómo pasar de un parlamentarismo oligárquico –al que inopinadamente se le ha llamado "democracia"– a sentar las bases mínimas para allanar el camino en búsqueda de una democracia social. En Colombia, Chile, Honduras y los otros países gobernados por coaliciones de centro-izquierda, ya no basta con aplicar disciplinadamente el esquema neoliberal soñando que si se le agregan consumidores a través del gasto social algo va a cambiar. Es preciso cambiar el concepto mismo de democracia, tal y como ha sucedido varias veces en la historia moderna. Y esta redefinición pasa inevitablemente por reconsiderar las bases sociales profundas que hacen posible el fenómeno democrático.

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De qué se habla cuando se habla de populismo

Benjamin Moffitt, una guía para entender la palabra clave de la política contemporánea

El politólogo autraliano señala que el concepto de populismo parece haber captado el sabor de la política internacional en el siglo XXI. Aquí, indaga en sus múltiples sentidos.

Hay términos que se dan por sentados, y sin embargo cada persona que los aborda, quien piensa en ellos, le da un sentido distinto. O demasiado vago. Tratar de encontrarle al término una significación precisa --y también un sentido, o varios-- es lo que mueve a dialogar con el politólogo australiano Benjamin Moffitt, especialista en el tema, de quien la editorial Siglo XXI acaba de editar Populismo, su trabajo más reciente. El subtítulo, Guía para entender la palabra clave de la política contemporánea, da a entender justamente la intención didáctica que lo anima, más allá de aspirar a ser parte del debate teórico.

“Si existe un concepto que parece haber captado el sabor de la política internacional en el siglo XXI, es el de populismo”, señala Moffitt en la Introducción. “Empleado para referirse a una amplia variedad de líderes (Donald Trump, Rodrigo Duterte, Hugo Chávez), partidos (Podemos, One Nation en Australia, Alternativa para Alemania), movimientos (Occupy Wall Street, Indignados) e incluso sucesos (Brexit), todos ellos prominentes y disruptivos, ese término se ha convertido en un comodín de uso difundido para diagnosticar todo aquello que resulta exaltante, preocupante o disfuncional en las democracias contemporáneas del mundo entero”, resume el autor.

El diálogo que sigue está animado entonces de esa intención didáctica, la de saber de qué se habla cuando se habla de populismo. Aunque populismos hay muchos y de muy distinto signo, claro, tal como Moffitt se ocupa de desbrozar a lo largo del libro.

--¿Qué se entiende por populismo?

--Defino al populismo como un estilo político con tres características principales. Incluye 1) un llamamiento a “el pueblo” frente a “la élite”; 2) “malos modales”, con lo cual me refiero a actuaciones políticas transgresoras; y 3) el carácter de crisis o amenaza para el establishment.

--¿Cuáles son sus orígenes?

--En general, se acepta que los primeros fenómenos para los que se utilizó el término fueron 1) el movimiento agrario que condujo a la formación del Partido Popular en el sur y Oeste Medio de los Estados Unidos en la década de 1890, que se autodenominaron "populistas"; y 2) los narodniki rusos de las décadas de 1860 y 1870, que eran intelectuales que glorificaban a los campesinos como la clase revolucionaria y pensaban que su trabajo era ir al “pueblo” y educarlo para lograr la revolución. Obviamente, el término se ha utilizado mucho más ampliamente en el siglo y medio transcurrido desde entonces.

--El concepto de populismo difiere de un autor a otro. ¿Cuáles son las principales corrientes de interpretación?

--Hay tres enfoques principales en la literatura académica contemporánea: el enfoque ideacional, el enfoque estratégico y el enfoque discursivo-performativo.

El enfoque ideacional ve al populismo como una ideología, un conjunto de ideas o una visión del mundo. Este enfoque es evidente en el trabajo de Cas Mudde, Cristóbal Rovira Kaltwasser y Jan-Werner Müller, y a menudo gira en torno a la idea de que el populismo es una ideología “delgada” que siempre debe estar unida a ideologías “espesas” como el socialismo o el conservadurismo. Esta es la idea más utilizadaen la literatura europea sobre populismo.

El enfoque estratégico ve al populismo como un tipo de estrategia, modo u organización electoral. Autores como Kurt Weyland, Robert Jansen y Kenneth Roberts desarrollaron este enfoque y se ha aplicado casi exclusivamente a casos en el Sur global, y particularmente en América Latina. Este enfoque enfatiza la importancia del papel del liderazgo personalista en el populismo, junto con la idea de que los populistas confían en apelaciones casi directas y sin mediación al "pueblo" en su intento de eludir a los intermediarios "regulares", como los partidos o las redes clientelistas, organizándose en torno a sectores sociales poco institucionalizados.

El enfoque discursivo-performativo, al que adhiero, ve el populismo como un tipo de discurso o actuación. Este enfoque tiene sus raíces en el trabajo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe y se aprecia en el trabajo de sus seguidores, aquéllos que se centran en las dimensiones socioculturales y performarvitas del populismo, como Pierre Ostiguy y yo. Este enfoque hace foco en el papel del populismo para la creación del sujeto político del “pueblo” y se ha aplicado a casos en todo el mundo.

--¿Atravesamos una fase de auge del populismo? De ser así, ¿desde cuándo se registra?

--Es difícil decir si estamos en una fase de auge, pero creo que probablemente sea correcto decir que el populismo está más extendido a nivel mundial y, lo que es más importante, que está más presente que nunca en muchas culturas políticas y sistemas electorales. Antes se trataba al populismo como algo exótico: ahora es parte integral de la política contemporánea y no creo que vaya a desaparecer. Dicho esto, creo que el interés popular por el populismo, al menos en el mundo de habla inglesa, probablemente alcanzó su punto máximo a mediados de la década de 2010, con el doble golpe de la elección de Trump y el Brexit.

--¿Es o puede ser el populismo una política, una ideología?

--Como señalé anteriormente, el enfoque ideacional lo ve como una ideología. No estoy de acuerdo con esta interpretación, ya que no creo que el populismo realmente pueda verse como una visión del mundo que se sostenga por sí misma; no nos dice nada sobre el tipo de políticas que alguien prefiere o cuál es su posición en importantes problemas políticos. Para eso todavía recurrimos a ideologías reales: conservadurismo, socialismo, anarquismo, etc. Es casi imposible pensar en un “populismo puro” que se sostenga por sí solo como lo hacen estas otras ideologías, con toda una tradición de pensadores, políticos, textos, etc. detrás de ellos.

--¿Por qué hay populismos de derecha y de izquierda, si el populismo no es una ideología?

--Precisamente porque no es una ideología. La “izquierda” y la “derecha”' son mucho más importantes que la parte “'populista' cuando identificamos a los políticos. Mi opinión es que los actores políticos tienen ideologías, pero utilizan un estilo político populista para transmitir su mensaje de forma performativa o discursiva. Por ejemplo, diríamos que la ideología de Hugo Chávez, en lo que él creía, era el socialismo. Pero su estilo político, la forma en que comunicaba, era el populismo.

--¿Qué cosas tienen en común Donald Trump, Jair Bolsonaro y Evo Morales? ¿Qué cosas no tienen en común?

--Esta pregunta es excelente para ilustrar por qué el populismo no es una ideología: hay muy poco que vincule a estos líderes políticos en términos de las políticas sustantivas que prefieren o la ideología central que los impulsa. Por ejemplo, las opiniones de Morales y Trump sobre cómo debe ordenarse la sociedad, el papel del gobierno, cómo operan el género y la raza, etc., son completamente diferentes entre sí. Lo que los une es un estilo populista. Todos se inspiran y utilizan un enfoque performativo político común que destaca la división entre "el pueblo" y "la élite", utilizan los "malos modales" para transgredir las normas políticas y promueven una sensación de crisis que solo ellos pueden resolver.

--¿Es el populismo malo o bueno para la democracia?

--¡Esta es la pregunta del millón! Creo que todo se reduce a cómo se ve realmente la democracia. Si usted es un demócrata liberal, es probable que vea el populismo como una amenaza para los controles y equilibrios y para la protección de las minorías. Mientras que si es un demócrata radical, probablemente verá que el populismo abre un espacio para la reconstitución de “el pueblo” y la conmoción de un panorama político posdemocrático moribundo. Como tal, los liberales tienden a ver el populismo como un precursor del autoritarismo, mientras que para los demócratas radicales el populismo de izquierda anuncia la apertura de un orden político verdaderamente radical y plural.

No creo que ninguna de las partes tenga toda la razón y, para mí, esta es una de las cosas más interesantes del populismo: tiene una relación realmente compleja y ambigua con la democracia, y es difícil decir en última instancia que “es” o “no es” un fenómeno democrático. Además, creo que los populistas a menudo hacen cosas democráticas y antidemocráticas al mismo tiempo: en América Latina, por ejemplo, no es raro que un populista amplíe democráticamente la concepción viable de 'el pueblo' en una entidad política y al mismo tiempo para fortalecer su propio poder político en formas democráticamente disonantes. Esta es probablemente la razón principal por la que sigo escribiendo sobre el populismo: es un fenómeno extremadamente complejo y difícil de abordar.

--Las experiencias fallidas de Podemos y Syriza parecen demostrar que el populismo de izquierda no es posible en los países desarrollados, y al mismo tiempo podría pensarse que en América Latina es el único camino posible hacia la equidad social. ¿Es así?

--Creo que el populismo de izquierda es posible en los países desarrollados: mencionas a Podemos y Syriza, pero también podemos pensar en los éxitos más recientes de La France Insoumise y la popularidad, la competitividad y el legado de las campañas de Bernie Sanders en 2016 y 2020 como ejemplos de esto. Sin embargo, es justo decir que los populistas de izquierda no han tenido tanto éxito en obtener cargos y poder electoral real en el norte global en comparación con América Latina, y más allá de eso, creo que el momento 'populista de izquierda' de mediados a fines de la década de 2010 está muy en declive. No estoy de acuerdo con que el populismo de izquierda sea el único camino hacia la equidad social, ya sea en América Latina o en otros lugares; creo que es una forma de lograrlo, pero también creo que hay otras formas de política de izquierda fuera del populismo que también son importantes posibilidades de hacer del mundo un lugar mejor.

--¿Por qué menciona a Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa como representantes del populismo latinoamericano, pero no incluye a Lula da Silva?

--Principalmente porque estaba tratando de centrarme en los ejemplos más contemporáneos del libro, ya que quería que los lectores pudieran relacionar la discusión teórica con figuras que les resultarían muy familiares. Lula estaba fuera del gobierno cuando estaba escribiendo el libro, y lo había estado desde 2010, ¡aunque obviamente las cosas podrían cambiar y convertir a Lula en un ejemplo contemporáneo una vez más este año!

--¿Por qué menciona tan poco a los Kirchner en su libro?

--Por las mismas razones que las anteriores, estaba tratando de concentrarme en los ejemplos más actualizados que pude. Dado que el libro era a) principalmente sobre teoría y b) se suponía que era una descripción general accesible de una literatura muy amplia, no sentí que pudiera hacer justicia al discutir sobre los Kirchner y el kirchnerismo sin entrar en el legado histórico del peronismo, que fue más allá de los límites del texto breve.

--¿Qué opina sobre las contribuciones de Laclau y Mouffe al pensamiento populista de izquierda?

Creo que son los autores más influyentes en el tema, no solo académicamente, donde han influenciado a toda una generación de estudiosos, sino también en la práctica: Laclau visitó Bolivia, Ecuador y Venezuela por invitación de Morales, Correa y Chávez y actuó como asesor informal de los Kirchner antes de su muerte en 2014. Podemos basó toda su aproximación inicial al populismo de izquierda en el trabajo de Laclau y Mouffe, y Mouffe llegó a publicar un libro sobre sus propias conversaciones con Íñigo Errejón, el secretario político de Podemos en ese momento, en el que los dos discuten los vínculos entre el trabajo teórico de Laclau y Mouffe sobre el populismo y las estrategias políticas adoptadas por Podemos.

Personalmente, nunca hubiera comenzado mi carrera estudiando populismo si no hubiera leído Hegemonía y estrategia socialista y Sobre la razón populista cuando era un joven estudiante universitario: me ha puesto en este camino desde entonces, por eso siempre estaré agradecido con Laclau y Mouffe.

¿Por qué Benjamin Moffitt?

Australiano de nacimiento, Benjamin Moffitt enseña Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Melbourne. Sus investigaciones sobre populismo contemporáneo se nutren de los enfoques comparatistas, de la teoría política y de la comunicación. 

Fue investigador visitante en el Berlin Social Science Center y en la Universidad de Toronto. Es autor de numerosos artículos y participó en volúmenes colectivos en torno al populismo. Colabora a menudo con destacados medios internacionales como The Economist, The Washington Post, The Guardian y BBC News

Es autor de The Global Rise of Populism: Performance, Political Style and Representation y, junto con Mark Chou y Octavia Bryant, de Political Meritocracy and Populism: Cure or Curse. Tuvo a su cargo, junto con Pierre Ostiguy y Francisco Panizza, la edición de Populism in Global Perspective: A Performative and Discursive Aprroach

Actualmente trabaja sobre el vínculo entre populismo y medios audiovisuales, así como entre descontento político e inestabilidad democrática. 

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Colombia, elecciones presidenciales  2022: emocracia, idocia y entrampamiento

Una política de las emociones

Es indudable: Colombia sufrió en las pasadas elecciones del 29 de mayo el triunfo de la emocracia política, social y cotidiana, no de la democracia moderna, racional, pensante, reflexiva. Triunfo de la emocracia o política de las emociones, concepto que acuño pensando en las sensibilidades, sobre todo colombianas, donde se manejan las ideologías con base a las pasiones inmediatistas y populistas.1 Espontaneísmo visceral, desprecio al pensamiento racional democrático, una pasión ideológica, enajenada, lo cual desafía cualquier sensatez, cualquier alteridad, cualquier respeto a la diferencia. Sus consecuencias son predecibles: odio combinado con fe y creencia, dogmatismos, persecuciones, acusaciones y, por ende, paranoias y atrocidades.Esto nos ubica en el punto álgido de las sensibilidades políticas actuales, donde se organizan las ideologías con base en la emoción pasional de los ciudadanos, gracias a los medios tradicionales, a las redes digitales y a las lógicas del mercado neoliberal. Pero aclaremos: la pasión estética e imaginativa, como sabemos, ha edificado y fundado las más grandes e inquietantes obras del espíritu. No es por esta pasión plena de poesía que disparamos nuestra alarma, sino por aquella masiva y adoctrinada, la cual en un instante puede destrozar, de forma sangrienta, las más poéticas obras.

Las sensibilidades contemporáneas globales son su mejor ejemplo. La emocracia ha permeado toda la cultura formando ciudadanos obedientes que dan un sí a la destrucción de sus adversarios, un sí a su aniquilamiento y, lo peor, votan por la guerra.1 Convencidos de haber actuado correctamente, estos ciudadanos se muestran felices y triunfantes. Control continuo y permanente sin que el implicado se queje. Tal es nuestra actual cartografía mental y sensible; tal nuestro nuevo encierro histórico.

Bajo estas condiciones, la situación política, cultural, económica en Colombia es desastrosa, con gran parte de su población mutilada ideológicamente y que manifiesta apenas meras opiniones e impresiones gestadas global y localmente, a través de lo cual justifican la actuación de sus victimarios. Estos, a la vez, se sienten justificados como guardianes de la tradición religiosa y moral, del orden, la  nacionalidad, la obediencia y el poder, por lo que, sin vergüenza y con rampante cinismo pronuncian sin descanso a unísono con Adolfo Hitler: “quien quiere hacer la historia debe también poder hacer correr la sangre”,2blindando así, con esta tesis fascista, sus propuestas y apuestas de moldear de hacer creíbles y viables entre todos los colombianos sus antidemocráticas y violentas propuestas, transformar sus dogmas en creencias, su manipulada historia en verdades, su sangre en aplausos, el aniquilamiento del adversario en costumbre y ejemplo a seguir.

En vez de reflexionar el drama nacional, con lucidez y conciencia histórica, lo que las élites dominantes proponen es construir enfurecidas pasiones contra el inventado enemigo; incitar a odios, violencias, cizañas, desgarraduras a través de la sugestión y de la mentira. Una ‘’emoteca’’ visceral política de unos muchos contra unos pocos que piensan diferente, descartando toda alteridad. ¿Qué responsabilidad ética tiene el colectivo que apoya todas estas manifestaciones de una emocracia masificada? Es obvio que dicha situación no puede sobrevivir sin tener la complicidad de los medios y de las redes oficiales, de la ultraderecha local y mundial, de las oligarquías y de una comunidad votante  que apoya sus propuestas, a pesar de que conozca los horrores y errores de sus gobernantes. He aquí una de las demandas del autoritarismo en general: absorber a los individuos haciéndoles perder su autonomía crítica. De esto al fascismo no hay distancia alguna. La viralización del miedo en las redes ayuda a que esta propagación fóbica se agudice y con ella se masifique la ira, el repudio y el odio al que vive y piensa diferente. Con todos estos ingredientes la sociedad, dominada por una emotividad gestada y dirigida, se aproxima más a las tiranías autocráticas que a las democracias autocríticas y realmente participativas. Por lo mismo, la emocracia pasional fomenta el salvajismo, y ante la ley de la doctrina tiránica emocrática, se inclina una apasionada muchedumbre vehemente.

Estas pasiones ideológicas fueron las que llevaron a votar a más de cinco millones de colombianos por un candidato vacío de verdaderas propuestas, por un populachero que llega con astucia a una población acostumbrada a la obediencia, a la  violencia, el despojo y a escuchar a promeseros convirtiéndolos en culto y  en mediocres guías políticos. Así, entre el discurso de Rodolfo Hernández y el Uribista no hay mayor diferencia, ambos son clasistas, machistas, patriarcales, misóginos, dogmáticos, impulsores del terror, de la persecución y de las atrocidades sociales, lo que, con un simulado gesto de viejito buena persona, Rodolfo Hernández nos desea ocultar. Pura pasión de fascista, disfrazada de un hombre “bien intencionado”.

 La derrota del pensamiento

Pero esta emocracia también es producto de la idiocia cultural y social, o de la llamada por Alain Finkielkraut derrota del pensamiento. Muchos de los seguidores de Hernández podrían gritar sin remordimiento: “muera la inteligencia”. Tal frase recuerda las palabras que pronunció el general franquista José Millán Astray el 12 de octubre de 1936 frente a Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, la cual parece cada vez más diciente, anunciada sin ninguna vergüenza por sus seguidores; más aún, con cierto orgullo cínico y amenazante ante los defensores del pensamiento humanista. Una gran mayoría de los colombianos puede decirse, que la confirman y la ponen en funcionamiento.

“Abajo la inteligencia”. ¿No se regocija y se enorgullece el mismo Rodolfo Hernández de su ignorancia libresca? ¿No será ese el perfil general de los que votaron por este millonario iletrado, manipulador, corrupto,  neofascista, explotador y maltratador, cuya ignorancia del país y de la cultura del mismo se une a la idiocia política que envuelve y ejercen una buena parte de sus electores?

Bajo estas circunstancias, la memoria histórica, el pensamiento crítico-creador, reflexivo, han pasado a ser considerados innecesarios, inútiles, pura especulación, ensoñación, fantasía. Pero, tanto a Hernández como a sus electores parece que estas apuestas críticas y de conocimiento no les interesan. Es, pues, la instalación efectiva de una idiocia efusiva y de un despotismo delicioso. Todo su discurso se centra entonces no en un proceso reflexivo sobre el contenido, sino en una palabrería emotiva, ligera, vacía de argumentos e impactante, cargada de odio, de venganza y rabia hacia el otro. Y de nuevo nos topamos con una frase de Hitler (entre otras, admirado por Rodolfo Hernández y según él “gran pensador alemán”): “Ante todo, es necesario desembarazarse de la idea de que las concepciones ideológicas podrían satisfacer a la multitud. El conocimiento es para la masa una base tambaleante, lo que es estable es el sentimiento, el odio…”3

 “Ganarse el corazón del pueblo” proclamaba Josef Goebbels, el Ministro de Instrucción Popular y Propaganda del Nazismo. Ganarse la pasión, la emoción guerrerista, masificada en red, a través de valores tradicionales, religiosos y patrioteros. Como tal es una influencia desproporcionada de la idiocia sobre las mentalidades. En ello podemos observar la exaltación al dominadorcomo modelo a seguir -e imitar-, la idolatría a la subordinación del individuo a los principios del jefe, padre modelo protector a la vez que autoritario. Es la imagen social de una cultura cerrada y provincial gozando de buena salud.

¿Cuáles son las consecuencias políticas?  Parálisis ideológica, la no acción frente al horror de los sucesos. Es como entrar a la “peste del olvido” macondiana, a una burbuja doctrinal. Parálisis mental, pues ya existe alguien quien piensa por todos, obediencia y silencio, ignorancia y colaboración.

La cultura del entrampamiento

Sí,  el uribismo fabricó un entrampamiento contra Gustavo Petro. Lo puso a debatir con dos supuestos rivales: con Sergio Fajardo, que no tenía ninguna opción, y con Federico Gutiérrez, el supuesto rival poderoso. Lo que poco se veía en panorámica era que había un gallo tapado, el verdadero competidor que puso Uribe y al que el establecimiento de la ultraderecha colombiana tenía que defender cuando ganara para segunda vuelta. He allí el entrampamiento, la “jugadita” uribista y de la oligarquía nacional. Se comprende entonces el por qué no asistía Rodolfo Hernández a los debates, pues Gutiérrez y Fajardo estaban encargados de atacar las tesis de Petro; su misión era desgastarlo–sin lograrlo, por supuesto-, mientras Hernández se camuflaba en el Tik-Tok y las redes, impactando con su idiocia y su emocracia a los incautos e ingenuos.

Claro, la atmósfera nacional desde hace tiempo se enrareció; dicho entrampamiento es producto de una cultura mafiosa: las mentiras, la trampa, el fraude electoral, el cinismo, el chiste hostil, los asesinatos al opositor, la corrupción, la ilegalidad, se oficializaron y legitimaron en Colombia. Hoy por hoy se ve normal la exaltación al réprobo, al malevo social; se aplaude al que hace trampa y comete la falta, pues se sabe que quedará impune. Legitimada la impunidad, se legitima su exhibicionismo vil pantallizado; más aún, se legaliza el delito. Véanse estas manifestaciones en los medios y en las redes sociales, donde los políticos victimarios se vuelven virales y famosos gracias a que se fetichiza al astuto, al vivo, al malandro.

Con una habilidad de ocultarse de la justicia y de violar leyes a través de astucias, actitudes ambiguas y de trampas, la mayoría de nuestros políticos corruptos y matones se ocultan, pasan impunes sin vergüenza, exponiendo su cinismo en público. La mentira se constituye así en una garantía de distinción, reconocimiento y ganancia. El hacer el mal, el ser malo, da estatus, puesto que quien lo ejerce ha sido capaz de pisotear al otro, a esos del montón, sin que nada pase. Si no se cumple con dichos procederes se corre el riesgo de estar en peligro, de ser excluido del clan de los astutos y audaces, de los supuestos vencedores. Por lo tanto, a cualquier pensamiento crítico, opositor y analítico se le observa como una perturbación que pone palos en la rueda a semejante maquinaria de ignominia patria.

Tal es el plan en un país diseñado para y por los trúhanes, los tramposos, los zafios, los réprobos; proyectado para los crápulas y ladrones; un país con una dictadura legalizada, asolapada, camuflada.Lo peor es que algunos delos votantes por Hernández y por Gutiérrez lo justifican, lo toleran, lo apoyan, lo ejercen y hasta piden su puesta en acción de manera urgente.

Aunque el ganador de la primera vuelta en esta contienda electoral ha sido El pacto Histórico, es a Hernández a quien los grandes medios elitistas y las redes consideran ganador, pues es él quien, unido a los clanes de la ultraderecha y al  uribismo, puede darle la pelea al Pacto histórico. ¿Apocalípticos? No. La actualidad nacional nos da la razón. Miremos a Colombia y esto se comprenderá. Un país que -y es difícil creerlo- se ha acostumbrado al horror, a los desmanes del poder, siendo indiferente ante su atroz destino, es un país que ha consentido su decadencia. Ello puede explicar en parte los resultados en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia.

Bogotá, mayo 30, 2022.

Carlos Fajardo Fajardo, poeta y ensayista colombiano.

 

1Estos ciudadanos que dan un sí a la destrucción de sus adversarios,tal como nos lo ilustra Michael Walser, “no son una sangre tranquila, sino que hierve, por eso son exagerados y apasionados, ansiosos como están por derramar la sangre de sus enemigos (…) Y los peores de ellos son los demagogos que se ponen a su cabeza, a los que no se concibe como cínicos manipuladores o príncipes maquiavélicos, sino como hombres y mujeres que comparten plenamente las pasiones de las personas a las que guían. Eso es lo que se quiere decir con ‘energía apasionada’: los sentimientos son genuinos, y por eso producen tanto miedo”. (Fajardo Fajardo, Carlos, 2017. La Emocracia global y otros ensayos. Bogotá: Ediciones Desde abajo, págs.11-12).

2Citado por Michaud, Eric. La estética nazi. Un arte de la eternidad. Buenos Aires: Ediciones Adriana Hidalgo, 2009, p.42.

3Op.cit., 64.

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ACTUALIZADO. Del 29 de mayo al 19 de junio

Y llegó el día. El 29 de mayo, tan esperado por las militancias del Pacto Histórico, y con seguridad de las otras coaliciones y campañas.

Un día en el que, como se difundió por unos y otros conductos, se rompería el legado de dos siglos de dominio oligárquico, abriendo una nueva etapa para la sociedad colombiana, de justicia, prosperidad y articulación con la región con gobiernos progresistas de nueva época.

A las 8 am, como es norma, las urnas fueron abiertas para empezar a recepcionar los votos que fueran en ellas depositados y a las 4 pm, como también lo dicta la norma, los puntos de votación, y con ellos las urnas fueron cerradas. Menos de dos horas después los resultados arrojados por el rápido conteo realizado a lo largo y ancho del país confirmaban que lo anunciado no por pocas personas, cargadas de una ideologización que las hace proclives a errar, así como por lo menos una institución que entregó resultados de sus encuestas incluso hasta un día antes de los comicios, no se habían consumado (ver imagen): el Pacto Histórico, en cabeza de Gustavo Petro y Francia Márquez habían quedado 10 puntos atrás de los necesarios para vencer en primera vuelta.

 

 

Los guarismos oficiales también confirmaban que el 19 de junio la otra campaña que disputará el favor de la sociedad colombiana para elegir quién dirija el país entre 2022-2026 será el movimiento Liga de Gobernantes Anticorrupción en cabeza de Rodolfo Hernández. Aunque la mayoría de encuestas atinaron en mostrar su cerrada disputa con Fico Gutiérrez, denunciado por unos y otros como alfil del uribismo, pocas aseguraban su derrota. La de Sergio Fajardo sí estaba cantada. En este caso la polarización que siempre buscan las campañas cumplió su propósito.

Un triunfo agridulce

No se obtuvo más del 50 por ciento de los votos, tampoco el 48, ni el 45 ni el 43 por ciento como variadas encuestas lo anticipaban pero sí el 40,32 por ciento, que con 8.527.628 votos es otro récord que bate la izquierda colombiana aglutinada en el Pacto Histórico. Otros resultados de igual índole se habían alcanzado en elecciones anteriores, que unidas a los de marzo anterior en los comicios para el Congreso llevaron a no pocas personas a soñar y hacerle eco a un hipotético y arrollador triunfo en la primera y única vuelta que tendría la elección presidencial.

Un triunfalismo multiplicado por la prensa internacional, que en su variedad de artículos sobre estas elecciones registraban ese mismo ambiente y ese posible resultado (Ver enlaces).

- Gustavo Petro, la Colombia que quiere ser un pueblo

https://blogs.publico.es/juan-carlos-monedero/2022/05/28/gustavo-petro-un-colombiano-que-vuelve-a-ser-un-pueblo/

- Vientos de cambio para Colombia
https://ctxt.es/es/20220501/Firmas/39748/colombia-elecciones-presidenciales-gustavo-petro-izquierda.htm

Un triunfalismo que en nada favorece al activismo sereno, persistente y abierto a comprender la cultura que determina las formas de ser, actuar, comprender, y con ellas los deseos de ese inmenso cuerpo social de connacionales que viven al margen de vida digna, justicia, integración política y otras exclusiones.

Un triunfalismo que lleva a desdeñar las virtudes del contrincante por superar en segunda vuelta, entre ellas su capacidad para diseñar y enviar mensajes sencillos, directos, conectados con la forma de hablar, pensar, odiar y soñar del pueblo. Desprecio a su reiterada denuncia de la corrupción, y con ella de la clase dominante, confrontada como los mismos de siempre, los que han hecho de la cosa pública su botín y fortín. Discurso, denuncias y confrontación que lo colocan en el filo del candidato antipartidos tradicionales y antisistema, alcanzando con ello sintonía con las mayorías de quienes lo votaron y que anhelan un cambio de sistema. político y económico.

Sencillez llevada al extremo, así parece ser, pero que conecta de inmediato con el despolitizado raciocinio de millones que no sintonizan con los discursos ni las formas de hablar rayanas en el intelectualismo que parece marca a la campaña con mayoría de votos. A la que también le cobran la pérdida de ardor en la denuncia de quienes tienen a la mayoría de la sociedad al margen de justicia y calidad de vida.

Si nos servimos de los resultados de la elección, esas mayorías sí desean un cambio efectivo, profundo, y ese giro, en este caso en la superficie del sistema, puede venir como producto de una consulta electoral y no es posible que lo concrete una sola persona, en este caso el Presidente, como lo reitera el discurso liberal, adoptado por un sector de la izquierda amoldada a la democracia formal y que olvida que toda confrontación con el poder y cambio que se espere de ella, concita y obliga a la participación de miles de miles, organizados de diversa manera, participando y viviendo procesos educativos llevados a cabo en sus territorios, ejerciendo poder directo en los mismos a través de formas de economía solidaria, de educación propia, y de otras muchas formas de concretar el sueño de cambiar sus precarias e injustas condiciones de vida. Un cambio para el cual las elecciones pueden ayudar pero que, como lo evidencia la historia, no son garantía total.

Pero también, y esto es fundamental si se quiere que trascienda más allá de la piel del sistema, tras su epidermis, debe adelantar una confrontación directa con la oligarquía, y para ello el mensaje cotidiano de la segunda vuelta presidencial, como lo enseña la campaña de Rodolfo Hernández, y así lo esperan millones, debe ser directo, ardiente, satírico, burlón, buscando atizar la confrontación social –como fogonera que es la izquierda– y no lleno de entelequias ni grandes explicaciones, sin la burla que desacredita al contrario y puede volverse viral de inmediato por redes, con fuego y no con líquidos apaciguadores pues la izquierda no debe ser bombera de las contradicciones sociales.

Son imágenes y enseñanzas de lo ocurrido el 29 de mayo, como también lo es que los más de 8 millones son muchos pero no alcanzan a lo proyectado por la campaña del Pacto Histórico que ahora esperaba superar en varios miles los 9 millones de votos y así sellar la contienda con broche de oro.

El resultado quedó lejos de ello, con un indicador de 40,32 por ciento, inferior, incluso, al 41,81 por ciento alcanzado en la segunda vuelta de las elecciones del 2018. Es decir, a pesar que el censo electoral entre ambos periodos se acrecentó en tres millones de personas el Pacto Histórico no logró conectarse con ellas; ausencia de sinergia con importantes capas sociales, que también resalta en el persistente abstencionismo (45%), en los votos en blanco, en los anulados; desconexión prolongada a pesar del alzamiento social, del extendido empobrecimiento que persiste en el país, de los efectos a todo nivel de la pandemia, del denunciado mal gobierno de Duque, de la menor eficacia del maquinaria tradicional, de la quiebra del uribismo, y otro cúmulo de realidades que deberían obrar en favor de la izquierda. La gran pregunta es, ¿Por qué no es así? ¿Qué falla en su decir y hacer?

Es una realidad compleja y por lo cual ahora la campaña deberá enfrentar el todos contra Petro. Las matemáticas elementales indican que la suma de votos del segundo, tercero y cuarto en esta votación arroja un total superior a los 11 millones, y para evitar que tal escenario se concrete el progresismo colombiano deberá desplegar sus mejores cualidades, no para ganar a la dirección de esos procesos, lo cual es poco factible, pero sí para ganar una parte de su electorado.

¿Será posible esto? Una primera avanzada se dará con la Coalición por la Esperanza, ahora con manos abiertas las distintas fuerzas que la integran para decidir el rumbo a tomar. otros escenarios también se abrirán pero, si de un proyecto de cambio se trata el reto está en no ceder más hacia el centro y mantener en alto banderas antisistema, con raíz histórica y popular, lo cual sintoniza con el pueblo aunque no con sectores del empresariado y afines a éste.

Por ahora la dirigencia del Pacto Histórico confía en que un posible debate entre las cabezas de la campaña arrojará, por su mejor estructuración académica y agilidad argumentativa, un arrollador resultado petrista. Sin embargo, olvidan que una de las enseñanzas del 29 de mayo es que acá no pesa la erudición sino el sentimiento. Y, de ser así, la capacidad argumentativa de Petro reafirmará a los convencidos pero difícilmente le quitará votos a su contrincante.

Estamos, por tanto, ante un fenómeno cultural y no académico. Y ahí toca sintonizarse y estar a la altura. Es el fenómeno de la era de las redes sociales.

 

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De libros, palabras y sueños para despercudir el alma de Colombia

Casi siempre leo los libros que me apasionan de una sentada, o dedicándoles unas sesiones intensivas. Presa de esta suerte de enamoramiento, duermo poco porque la trama en curso interrumpe mis sueños y altera mis horarios de comida. Casi dejo de vivir mi propia vida para llorar, reír y gozar la de esos personajes que se salen del libro y me invaden: me sumerjo en la trama. Así que cuando me vean caminando por ahí, les prevengo: solo soy una especie rara, que camina invadida por los personajes superpuestos de esos tantos libros que me han engullido.

Bueno, pues así había discurrido mi relación con los libros desde que tuve la dicha de convertirme en adicta lectora. Claro que también me he atascado en algunos textos, viéndome obligada parar, a investigar, o incluso, a abandonarlos.

Sin embargo, en este año 2022, ocurrió lo impensado… Sin que pudiera ponerme en guardia frente a lo que se avecinaba, caí en las redes de “El Infinito en un junco” de Irene Vallejo. Descubrí cuan ingenuo resultaba considerar como únicas opciones la lectura de corrido o el abandono del texto.

Con "El Infinito en un junco" la experiencia es muy distinta: no hay manera de leerlo en una o varias sentadas largas para llegar a su final (poco importa realmente como termine) y tampoco se deja abandonar. Así que estoy atrapada en una especie de bucle del tiempo, única descripción adecuada para la extraña sensación que padezco y gozo. Confieso que no quiero terminar de leer este libro, ni salir de sus páginas porque me está sacando de mis rutinas como lectora, me obliga a revisar lo vivido y lo leído desde y con otras perspectivas. Irene ejerce este tipo de influencia: arrastra a quien la lee en un insólito recorrido por la historia humana, siempre de la mano del junco con el cual, según ella, nació el libro. Para hacer justicia al monumental trabajo de la autora, quien nos habla desde miles de canciones películas, libros y consultas bibliográficas, debo reconocer que me ha tocado “despercudir” mi alma de los hábitos de lectura de tantos años, de toda la vida.


Siguiendo su didáctico y encantador rigor, me dirijo entonces a mi consejera diaria, la muy respetada María Moliner quien nos define en el numeral 2. la palabra percudir: "ensuciar hasta tal punto una prenda o penetrar tanto la suciedad en ella que ya es imposible ponerla del todo limpia…”. Nos informa, además, que viene del latín percutere, que es golpear o herir. Así que despercudir sería algo así como quitar la huella de esos golpes constantes, quitar esas heridas que han marcado al objeto.


Este trabajo de despercudir, es una tarea cotidiana en los hogares, en especial en tierra caliente, donde se usa mucha ropa blanca. El uso continuado deja en las prendas una sombra, el sudor en la parte de las axilas y muchas otras huellas de nuestra existencia corpórea impregnan la bota del pantalón, las sábanas, la ropa interior. Ante estos rastros, no decimos que la prenda está manchada, porque no fue algo insólito lo que la marcó, decimos que está percudida y sabemos que será muy difícil que desaparezca lo que se instaló en la profundidad del tejido. Personas devotas de la pulcritud, podrían considerar casi un insulto el uso de una prenda en esta situación. Así que a través de la televisión se venden variedad de líquidos, límpidos y detergentes para despercudir la ropa y transformar una prenda opaca en una que resplandece de limpieza.


Viviendo el día a día de la carestía desatada, de la inseguridad en las calles, y después de que el gobierno de Duque desoyera las propuestas del Pliego de Emergencia del Comité Nacional de Paro, que recogían el clamor de la ciudadanía movilizada desde el año 2019, ante la brutal represión contra la muchachada y la población participante en el Paro del 2021, intento quedarme con la dulce compañía del texto de Irene Vallejo, para descurtir el alma. Mientras despercudo la ropa en mi casa, pienso que al igual que nuestras prendas, también los espíritus, el alma de este país y de cada persona está invadida por una pátina o rémora: 200 años de gobiernos supuestamente republicanos, nos han mantenido bajo el impacto constante de la corrupción, el crimen organizado, el paramilitarismo, la violencia contra las mujeres, el exterminio de indígenas y afrodescendientes y de quienes defienden los derechos humanos, de las y los firmantes del Acuerdo de Paz. Luego de más de quinientos años de la violenta conquista, seguimos viviendo bajo el miedo, la incertidumbre, la rabia por la desigualdad y las pobrezas, la belicosidad, las hambrunas. Tanto dolor acumulado nos ha empañado ese tejido profundo, esa trama íntima de nuestra identidad, ha percudido el alma de nuestra gente. Esto explicaría en parte, el largo cautiverio y adhesión a los partidos tradicionales de millones de personas, aún, de muchos de esos 21 millones que malviven hoy bajo el flagelo de la pobreza extrema.


Este percudido ético y moral se expresa en la contienda electoral, especialmente, en la actuación de un sector de la sociedad. En lugar de aportar a la construcción de una opinión pública democrática, pacifista y pluralista, RCN Caracol, CMI, El tiempo y otros medios que la gente ahora llama prepagos –como la revista Semana–, se han dedicado a ocultar la verdad, a manipular las consciencias.


Durante la campaña para elección del Congreso y en la presidencial, que bien podría culminar el 29 de mayo si la voluntad del electorado otorgase a alguno de los aspirantes más del 50 por ciento de los votos o bien podría irse a una segunda vuelta –si ninguna alcanza ese porcentaje– se destacan tres prácticas de las campañas progobiernistas, de sus aliados empresariales y de los medios de comunicación:

  • - Amenaza y miedo. Además de los panfletos que envían los grupos paramilitares, se promueve un sentimiento de terror frente a la posibilidad de que gane la oposición al duquismo-uribismo. A la gente se la intimida con hipotéticas pérdidas de empresas, de sus pertenencias, de la posibilidad de que las empresas nacionales puedan contratar con otros países.
  • - Compra de voluntades con dinero, bonos, recompensas y promesas de garantías, si se vota por el continuismo.
  • - Engaño y distorsión frente a las propuestas de quienes se oponen a los poderes institucionalizados del empresariado y la política tradicional. Los continuistas, copian , sin vergüenza alguna, las mejores iniciativas de la oposición, amañándolas y apropiándoselas para confundir al electorado.


En resumen, la élite en el poder, luego de cuatro años de destruir el aparato productivo, desmantelar el Estado, robar el erario, romper la división de poderes, sumir millones de personas en el hambre, imponer a sangre y fuego su control, volver trizas el Acuerdo Paz, continúa imponiendo una narrativa contra el bien común, por medio de la más confusa retórica, de la provocación y agresión pasiva en los debates, de las amenazas de muerte contra Gustavo Petro y Francia Márquez, voceros de la oposición política al gobierno. La campaña electoral del 2022 ha adquirido matices realmente nauseabundos, pese a que creíamos que nada podría superar la violencia que ha caracterizado las últimas décadas de control de las élites más corruptas del continente y quizás del mundo, que se beneficiaron del asesinato, entre 1987 y 1990, de cuatro candidatos presidenciales de la oposición.


En respuesta, desde hace más de cuatro décadas las feministas y otros grupos y movimientos sociales hemos impulsado narrativas, proyectos y prácticas políticas orientadas a la ética del cuidado de la vida y al mayor bien posible para el mayor conjunto de personas posibles. Hemos exigido la preservación de la memoria histórica, la construcción de la paz con verdad justicia, reparación y garantías de no repetición, hemos reclamado democracia profunda con igual dignidad para todas y todos y hemos enarbolado el amor como fuente de sanación y recuperación de una vida digna de ser vivida para toda la colombianidad.


Al igual que Irene Vallejo nos conduce en la búsqueda del origen del libro, de ese artilugio mágico que nos acompaña y consuela durante toda la vida, miles de personas con nuestros sueños y luchas por la justicia para las mujeres y las poblaciones subalternizadas, también hemos mantenido un camino invisible, un junco Infinito para cuidar de la vida humana y no humana.


Yo también, como Martin Luther King y como Francia Márquez, tengo un sueño: que la esperanza de vivir bien, sea el hilo central en la urdimbre del alma nacional, y también, el poderoso detergente espiritual y material que limpie tantos años de percudido ético y moral para que al fin podamos vivir sabroso.

 

Mamá 1era Línea, Comité Nacional de Paro.

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Jueves, 26 Mayo 2022 06:00

El cambio que podemos esperar

El cambio que podemos esperar

En esta campaña electoral, más interesante, y más útil que detenerse a refutar el continuismo, abierto o disfrazado, es examinar la oferta de cambio que el Pacto Histórico nos presenta. Si es cierto, ¿En qué sentido? ¿Qué tan profundo?

De Gustavo Petro puede decirse que tiene el vicio de su virtud. En efecto, es el único candidato, sin lugar a dudas, que conoce los temas y tiene propuestas, pero por ello mismo, ha llegado a una especie de incontinencia propositiva. Le hemos escuchado, tan sólo en los últimos meses, desde una modificación al sistema pensional hasta una oferta de negociaciones de paz para todos los grupos armados; una propuesta de compra del imperio azucarero de Ardila Lule en el Valle, la idea de que el Sena participe en la administración de las cárceles, el curso obligatorio de programación en el grado once de secundaria, una nueva forma de rendición de cuentas obligatoria para los congresistas, y muchas más, sin contar el nebuloso perdón social.

No puede negarse que tienen, en el ámbito de la publicidad, un enorme poder efectista, pero, al mismo tiempo, enunciadas así, son extremadamente vulnerables a la tergiversación y a la ridiculización. Y lo más grave: hacen pensar en un amplio y heterogéneo repertorio de donde se iría a tomar y a aplicar la fórmula según la circunstancia, el capricho o la conveniencia del momento.

Es por eso que vale la pena indagar en el programa que la campaña ha dado a conocer, para encontrar el lugar en donde eventualmente se ubican y la coherencia del conjunto1. Aun así, podemos anticipar de una vez que es tal la magnitud, la prolijidad y la ambición del documento que resulta imposible establecer una ponderación de los objetivos y un orden de prioridades de las iniciativas. Si no fuera porque no existe partido, se diría que se trata de un programa de partido, o una declaración de principios pero nunca, pese a que advierte que es el “inicio de una transición”, un programa de gobierno.

Un programa abierto

Otra razón por la cual no sería un programa de partido estriba en que se define, de manera sorprendente, como un programa “abierto”. Quiere decir, en sus propias palabras, “que se irá consolidando en el diálogo plural”. Parece loable, aunque si se trata de una propuesta de gobierno la cual se somete a votación, es obvio que los electores necesitarían tener claro cuál es la opción que se ofrece, nítidamente diferente a las otras, para poder tomar una decisión. Claro está que, siendo realistas, lo cierto es que, aquí y ahora, los ciudadanos votan más que todo por las personas.

Según otra interpretación, lo que se está ofreciendo en realidad es un modelo de “democracia participativa”; una propuesta de gobierno, no de contenidos sino de procedimientos. Muy sólido, amplio y de aplicación inmediata tendría que ser este nuevo modelo para que se pudiera entonces dar curso a los demás puntos del programa. En todo caso si hay un término que se repite, una y otra vez, en el documento es el de “Pacto”, reforzado en algunas ocasiones con la noción de “contrato social”. Obviamente se relaciona con la idea de paz.

Las implicaciones políticas de este enfoque son enormes. Es claro que se rechaza la idea de clases sociales, sobre todo en el sentido de grupos antagónicos, basados en relaciones sociales de poder. Según este enfoque, en consecuencia, lo que está en disputa no son proyectos de sociedad que corresponden a intereses sociales opuestos, sino propuestas diferentes que pueden procesarse mediante un diálogo racional para llegar a consensos. Si es preciso enfrentarse a alguien (el uribismo, por ejemplo) es por razones morales: la corrupción, el egoísmo, la mezquindad. Todo cambio, en el fondo, es cultural. Evidentemente muy lejos del marxismo. Una razón para convencerse que no hay aquí nada de comunismo o de “castrochavismo” como dice la derecha.

No obstante, hay, ciertamente, un contenido mínimo del cual habría que partir para iniciar el diálogo; por eso se habla de “bases” programáticas. Visto en su conjunto, el programa consta de tres partes o tres “transiciones” como se les denomina allí. El Cambio es con las Mujeres; Economía para la vida, y Democracia multicolor. No es posible referirnos aquí ni siquiera a una porción significativa de las consideraciones, planteamientos y propuestas que se consignan, pero sí vamos a señalar los aspectos centrales de lo que allí se considera el cambio.

Evidentemente, la primera transición es la más importante, es el eje de este programa. Y no solamente porque la perspectiva de género es un principio, como se dice, transversal (e interseccional). –Perspectiva que se vuelve determinante pues se establece que las mujeres tendrán prioridad y protección en todas las políticas de empleo, vivienda, tierra, salud y educación–.

La decisión que, en sus palabras, se formula así: “emprenderemos las transformaciones para saldar la deuda en términos de representación política, igualdad y autonomía económica frente al hombre”, tiene un peso enorme y una prioridad indiscutible en las acciones a desarrollar, simplemente por el hecho de que supone un conjunto bastante amplio de reformas en tan sólo cuatro años de gobierno. Algunas de ellas de carácter legislativo. Por ejemplo la obligatoriedad de la participación del 50 por ciento para las mujeres en todos los cargos públicos, en todos los niveles y en todas las ramas del poder. O la promesa, que todavía no se define cómo podría implementarse, pero que desde los primeros meses se volvería políticamente exigible: “Avanzaremos hacia la redistribución de la carga de las responsabilidades de los cuidados, entre las comunidades, las familias, el Estado, los hombres y mujeres. Disminuiremos sustancialmente las 8 horas diarias que la mujer dedica al trabajo de cuidados no remunerado, que serán compensadas por otros actores del sistema, frente a las 3 que dedican los hombres”.

El vuelco que esto representaría en la economía y la sociedad es crucial, histórico pudiéramos decir. Sólo enunciarlo es ya un compromiso que no puede menos que signar el conjunto del programa. Además, se anuncia la creación de un Sistema Nacional de Cuidados del que hace parte la política mencionada. Aunque en casi todos los ámbitos este programa propone la creación de “sistemas”, éste en particular tiene una significación preponderante, especialmente porque se convierte en la base conceptual y hasta operativa de toda la política que llamamos social. Comenzando por la educación y siguiendo con la salud.

No es posible detenerse aquí en los detalles pero abundan las propuestas y bien valdría la pena, en su momento, desarrollar un amplio y profundo debate en el conjunto popular. Hay propuestas que son simplemente repeticiones de iniciativas muy antiguas que fueron cuestionadas y fracasaron. Por otra parte, se atribuye la dirección de este sistema a un nuevo Ministerio, el de la “Igualdad”, que además articularía todas las acciones referidas a la eliminación de la desigualdad mediante la realización, según se dice, de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución de 1991.

Aparte de meditaciones y discusiones, el cuestionamiento puede reducirse a un par de preguntas simples y elementales: ¿Por dónde empezar? ¿Cómo seguir?

La identidad originaria

La “economía para la vida” significa, como era previsible dada la historia política reciente de Petro, particularmente desde la pasada campaña presidencial, el abandono de lo que se ha llamado el modelo “extractivista”, y no sólo como expediente ineludible para enfrentar la emergencia debida al cambio climático sino, ahora, en clave de ética biocéntrica. Las implicaciones son muchas y de gran calado. En principio se asocia con el cambio de la matriz energética, transitando hacia energías “limpias”, eólicas, solares y otras, cosa que ya se ha aceptado, por lo menos teóricamente, en casi todo el mundo; la discusión versa entonces, especialmente en las grandes potencias capitalistas, sobre el sentido y ritmo de la gradualidad. Sin embargo, en un país como Colombia, más allá de las reflexiones sobre la innegable amenaza de la crisis climática, la disputa tiene que ver con su consecuencia obligada, esto es, la sustitución de las principales exportaciones (hoy petróleo y carbón) lo cual equivale a un replanteamiento de la inserción en el mercado mundial.

El cambio, entonces, como lo sugiere la utilización de la palabra “modelo”, es mucho más comprometedor y significa un cambio del patrón de acumulación capitalista. Todo un andamiaje que debe ser destruido y reemplazado, Desde la orientación “hacia afuera” y la redefinición del papel del mercado interno hasta la configuración del aparato productivo. Una transformación radical del volumen y la composición de las importaciones. Se buscaría una nueva dinámica y sentido de los flujos de inversiones (domésticas y desde el exterior). Y sobre todo una redefinición del papel del capital (y mercado) financiero que hoy por hoy es el determinante. Todo ello obliga a una renovación de las fuentes de los ingresos fiscales y, por lo tanto, a una reorientación de la política monetaria.

Ante la magnitud del cambio, cuyo futuro biocéntrico no deja de exaltar, el programa escoge la prudencia. La palabra mágica es “transición”. De hecho, el candidato, en la medida en que se veía forzado a aclarar su propuesta, precisó que, por el momento, de lo que se trata es de no permitir nuevas exploraciones en materia de hidrocarburos, como quien dice que, en los cuatro años de gobierno, la reducción en la producción y en las exportaciones será apenas notoria. Empero, los primeros pasos, sin duda, pueden ser ya un cambio si se dan en firme; es decir, si marcan de manera ojalá irreversible un cambio de dirección.

Uno de los aspectos básicos de la nueva dirección que el programa resalta es el abandono, como condición necesaria, de la subordinación sin límites a las leyes del mercado. Abandona, sin decirlo, el neoliberalismo. Valioso es, por lo demás, el hecho de que lo rechaza, aparte de la política económica, en todos los ámbitos de la vida social, como cultura, negación por excelencia de la noción de derechos humanos. Se recupera en consecuencia el intervencionismo, en la forma, según sus propias palabras, de una “expansión de las capacidades de lo público”. Desde luego hay aquí una diferencia con respecto al enfoque convencional de la socialdemocracia y el populismo ya que en varios puntos aclara que lo “público” es no sólo estatal sino también comunitario, social, étnico, grupal, corporativo, etcétera. La aplicación de este concepto queda, sin embargo, abierta; sometida a las múltiples, diversas y casuísticas formas de “participación”. De nuevo, la clave está en la forma y el proceso de la “transición”.

Téngase en cuenta un detalle sobresaliente. En ninguna parte del texto se habla de “capitalismo”. No es un hecho fortuito. Lo ha dejado en claro en repetidas ocasiones el candidato y la mayoría de sus cuadros de campaña: no han tenido, ni tienen ni tendrán jamás una vocación anticapitalista. Ni siquiera está entre sus motivos de reflexión. La razón es muy simple; según sus convicciones esta es una problemática obsoleta que ya ha sido reemplazada en la cultura contemporánea. Las condiciones históricas que la humanidad está encaminada a superar son fundamentalmente dos: el “antropoceno” como gran época que ha dado lugar a las relaciones de expoliación de los seres humanos sobre la naturaleza, y el régimen heteropatriarcal, matriz, junto con las de género, de todas las desigualdades y exclusiones basadas en la diversidad.

Así pues, aun estando en una perspectiva de cambio histórico verdaderamente secular, la aspiración se reduce, como se ha dicho, a un cambio de modelo o de patrón de acumulación de capital. Se mantiene, como horizonte, la imagen de un capitalismo de libre competencia, democrático, basado en la multiplicidad de pequeñas y medianas empresas. Razón de más para reiterar que no tiene nada que ver con el comunismo o el castrochavismo, como dice la derecha.

La “economía para la vida” se desenvuelve finalmente en lo que se llama las tres “democratizaciones” y los “pactos”, con orientaciones y concreciones en su mayoría discutibles, pero no es necesario detenerse ahí. Con todo, el abandono del modelo “extractivista”, en todos sus componentes, como los que remiten al neoliberalismo y la “financiarización”, es un cambio importante y una aspiración sentida desde hace años por significativos sectores del pueblo colombiano. El problema reside justamente en lo que se denomina “transición”.

Un programa “abierto” tiene aspectos positivos en lo que significa como ampliación de la democracia (“multicolor”), pero es al mismo tiempo un enorme riesgo. No debe olvidarse que cada medida que se vaya tomando levantará resistencias de parte de los poderes sociales y económicos afectados, no siempre pacíficas y limpias. De algo debería servir la experiencia de la Alcaldía de Bogotá. El rumbo definitivo puede ser muy diferente a lo previsto como resultado de las derrotas aplastantes o de las concesiones. De ahí la importancia de la intervención de los movimientos sociales. Más allá de los grupos más o menos organizados y de las formas encuadradas de la participación, el destino puede estar en manos de la acción directa y abierta.

La prueba ácida2

No cabe duda que el criterio para determinar, en Colombia, el alcance y la autenticidad de una propuesta de cambio, tiene que ver con el tratamiento y la respuesta que dé a la cuestión agraria. En este programa hay dos tipos de respuestas. Una general, que se desprende de consideraciones agroecológicas y ambientales, y otra concreta, que tiene en cuenta la situación particular del país, después de años de violencia contrainsurgente e imposición, mediante el desplazamiento de las familias campesinas, de una cruda contra-reforma agraria. La primera es, de todas maneras la más importante. Lo dice el título que le asignan al acápite correspondiente: “Campesinado, Pueblos Indígenas, Afrodescendientes, Negros, Raizales, Palenqueros y rrom dignificados y liderando la defensa de la vida, el territorio, la diversidad natural y cultural de la nación”. Se extiende en consideraciones sobre el ordenamiento territorial con eje en el agua y la defensa de los ecosistemas. Señala la importancia de un sistema agroalimentario de circuitos cortos de producción y consumo. Es ahí donde se habla de reforma agraria, pero en relación con la defensa de los territorios, como suponiendo que los pueblos mencionados ya se encuentran allí y la cuestión principal se refiere a la autonomía.

El segundo tipo de respuestas está relacionado con la cuestión de la paz, pero como si ya estuviéramos en el periodo de la “reconstrucción”: “La paz es un nuevo contrato social para garantizar los derechos fundamentales de la gente en particular de las víctimas”. Es cierto que reconoce la necesidad de lo que muchos llaman la “paz completa”, es decir con el Eln, pero le añade una propuesta enteramente problemática a propósito del tratamiento de los grupos criminales. Este enfoque distorsiona completamente la noción de reforma agraria. Se reduce, por una parte, al cumplimiento del acuerdo de La Habana, “se impulsarán estrategias de acompañamiento jurídico para acelerar los procesos de restitución de tierras” (nada dice del fracaso de hoy) y por otra a una estrategia para transformar el patrón de usos del suelo (hoy latifundio “ganadero”) mediante una política tributaria según la cual “el propietario del latifundio improductivo debe activar la producción de sus terrenos, o pagar los impuestos correspondientes, o en última instancia, venderlos al Estado para que este a su vez lo entregue a las comunidades rurales”.

Así, sin ir al núcleo de la problemática, queda mucha tela por cortar. Cualquier estudioso de la cuestión agraria recordará que ésta fue la solución alternativa a la reforma agraria que se le planteó tanto a López Pumarejo como a Lleras Restrepo, para no importunar a los terratenientes. Al mismo tiempo, Petro firma en una notaría un documento según el cual jamás recurrirá a la expropiación, (tema que dio lugar en los años treinta a la celebrada fórmula de la “función social de la propiedad”), obviamente para dar tranquilidad a los terratenientes de hoy.

Del dicho al hecho

Varias veces aludimos a lo problemático que resulta el enfoque de la “transición”. Aunque puede ser muy útil, en términos de la política práctica, para responder a cada situación según sus exigencias y no según las coherencias programáticas. Pero hay urgencias. En primer lugar sociales. Todas las encuestas, sondeos, consultas, nos dicen que entre los sectores populares hay dos preocupaciones, el empleo y la corrupción. Un aspecto del programa llama la atención y es tal vez lo más sustancioso: “La política de empleo garantizado será la base de un nuevo contrato social alternativo al enfoque de subsidios al desempleo y a la flexibilización laboral, un programa que proporcionará empleo con un salario básico para quienes no pueden encontrar trabajo de otra manera”. La implementación no está todavía clara pero, si se difundiera, tendría un atractivo incomparable.

En lo referido a la corrupción, desafortunadamente lo que se propone se reduce a la realización de lo que se encuentra establecido en el ordenamiento jurídico institucional. Estas urgencias sociales tienen que ver, en los primeros meses, con la credibilidad y la legitimidad del gobierno, cosa que de ninguna manera se puede menospreciar; la oposición, violenta e inescrupulosa, como se dijo antes, estará atenta.

Hay además urgencias macroeconómicas. La crisis económica –estanflación– que además tiene características mundiales, es evidente. La posición que en el programa se plantea es, por decir lo menos, ingenua. Obviamente es posible plantear una reforma tributaria que, gravando a los más ricos, pudiera rendir suficientes recursos para el Estado. En materia monetaria que es el espacio favorito de los tecnócratas neoliberales, hasta ahora la posición se reduce a reiterar que, desde el Banco de la República, la política debería atender no sólo la estabilidad de los precios sino el empleo y por tanto el crecimiento económico y el bienestar.

Habría que esperar. El problema consiste en que las urgencias terminen bloqueando las pretensiones de una política de fondo. No hay que olvidar –y vale la pena reiterarlo– que están en juego intereses de clases o fracciones de clases que no van a permanecer de brazos cruzados.

La propuesta Petro-Francia representa, en síntesis, un cambio, en el sentido más elemental de una nueva realidad política para Colombia. Como en casos similares, vale más por lo que se dice o se piensa de ella que por lo que se encuentra en sus documentos. Las acusaciones de la “derecha” contribuyen a concretar en las masas populares la idea de un cambio que es necesario. Por ese lado es un proceso transformador. En una perspectiva sociológica y cultural, es claro que su presentación recoge el saber acumulado de cuatro décadas de actividad de las ONG`s, bajo la tutoría de las agencias de cooperación internacionales. Dentro de un discurso “políticamente correcto”, como se dice en los medios anglosajones. En ese sentido son absolutamente actuales, contemporáneas.

1 Colombia. Potencia mundial de la vida. Programa de Gobierno Petro - Francia. 2022-2026
2 Esta expresión, que se utiliza aquí de manera figurada, es un indicador que se utiliza en la administración de empresas y se refiere a la capacidad que tiene una empresa para responder a las obligaciones corrientes pero es más exigente y rigurosa que otras medidas del grado de liquidez.

 


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El derecho y el Pacto Histórico

Los acontecimientos recientes nos enseñan sobre la importancia del derecho en los asuntos humanos. Muchos analistas políticos han reiterado que Iván Duque ha destrozado las instituciones del Estado colombiano. María Jimena Duzán1 lo dice a propósito de las reiteradas intervenciones del ejecutivo en política y la ruptura de la neutralidad de las Fuerzas Armadas al tomar partido en el debate electoral. Sin embargo, habría que preguntarse por qué las instituciones jurídicas son tan importantes en los asuntos políticos y seguramente esto nos permitirá comprender por qué el uribismo ha emprendido un ataque frontal contra los procedimientos de las leyes de la república.

Como muy bien nos lo enseñan algunos teóricos del Estado, el derecho permite que haya relaciones de mando y obediencia en una sociedad. Sin embargo, dicha relación no es directa. El derecho nos reta a obedecer a través de cierto rodeo: como en las relaciones sociales aparecen formas de dominación injustas –como, por ejemplo, la dominación capitalista o la dominación patriarcal–, es necesario que los más vulnerables cuenten con medios eficaces para resistir a la violencia de la dominación directa de una clase sobre otra o de los hombres sobre las mujeres. Ese medio es evidentemente el derecho. Esto quiere decir que el derecho, a pesar de que no busca acabar con la opresión social, otorga la posibilidad concreta de que los más vulnerables puedan detener las maquinarias que hacen posible la dominación de unos sobre otros. Hemos visto cómo a través de mecanismos jurídicos muchas comunidades en Colombia han detenido megaproyectos de minería, del mismo modo también presenciamos cómo un individuo es capaz de detener las maquinarias mismas del Estado con el argumento de defender un derecho fundamental a través de la acción de tutela.

De acuerdo con esto, el derecho como mediación de la obediencia, en términos muy generales, le permite a una sociedad reproducir ciertas violencias –a través de los derechos de propiedad o a través del uso legítimo de la violencia del Estado–, pero con la posibilidad inminente de detenerlas –a través de derechos que nos ofrecen la posibilidad de dejar de realizar lo que hacemos, como el derecho a la protesta–. De acuerdo con ello, desde mi punto de vista, este es el corazón de la teoría positivista del derecho que fundamenta a su vez la existencia de los Estados de derecho modernos. Además, ha sido el blanco de mira del uribismo y del gobierno de Iván Duque.

El uso indiscriminado de la violencia estatal además de sus constantes proyectos de ley que la Corte Constitucional ha declarado inexequibles e incluso el desconocimiento de fallos de las altas cortes y la pretensión de negar los argumentos en la protesta social son muestra de la ruptura del orden jurídico mismo. El giro autoritario de Duque2 es el desmonte del derecho y, por lo tanto, de las instituciones, a través de la emergencia de unas relaciones de dominación directas que buscan dejar a un lado la posibilidad de detener la reproducción de las violencias en la sociedad colombiana. El derecho de los grandes sobre los débiles a ejercer poder de una manera ilimitada, como lo prefiere el uribismo, claramente no hace parte de las leyes positivas, sino de unas relaciones de violencia directas que desconocen el papel doble del derecho: el de obedecer, pero con la condición de desobedecer.
Este es el escenario al que está enfrentado el Pacto Histórico. Su promesa es la de aplicar nuestra constitución y hacer valer no solo la reproducción de la violencia a través de la garantía, por ejemplo, de los derechos de propiedad; sino también el conjunto de leyes que impiden que los más poderosos puedan hacer lo que se les antoje con su capital o con sus privilegios de raza, clase y género. En eso radica la propuesta progresista del Pacto Histórico. Los analistas de centro y de derecha se equivocan, porque la apuesta de esta visión de la política parece poner en evidencia más que una política de izquierda en un sentido tradicional: la de frustrar el sueño de una sociedad en la que la dominación de unos sobre otros se ejerce de una manera directa. En una columna reciente el economista Eduardo Lora señala que las propuestas relacionadas con los asuntos de la educación del Pacto Histórico son inviables porque “dos de cada tres chicos a la edad de 15 años no pueden resolver los problemas más elementales de lógica, como decir qué número sigue en una secuencia […]”3. Lo que habría que preguntarnos es más bien si este “diagnostico” del profesor Lora no es más bien una sociedad soñada por la extrema derecha, en la que la dominación directa de unos sobre otros se ve reflejada en la incapacidad de los dominados de contar, de hablar o de habitar el mundo a través del lenguaje, del sentido o de la imaginación.

Francia Márquez y el derecho de los que no tienen derechos

¿Qué asegura que el Pacto Histórico una vez en el gobierno no busque, a su modo, negar el carácter político del derecho, es decir, el derecho a la resistencia, a la desobediencia?

Esta pregunta tiene un peso sustancial inquebrantable, porque, en muchas ocasiones partidos de izquierda, siguiendo dogmas muy problemáticos, han reproducido la violencia de la dominación directa de unos sobre otros, desconociendo el carácter contingente y conflictivo de nuestra vida en común y, por lo tanto, el carácter político del derecho. Desde mi punto de vista, la eventual salida a este aprieto se encuentra en el triunfo aplastante de Francia Márquez en las consultas electorales de marzo. Superando maquinarias como la de la familia Char y la ingenua comprensión de la política de Sergio Fajardo, Francia Márquez sería más que una vicepresidenta. Su forma de hacer política es muy distinta a la del progresismo liberal de izquierda, que representa Gustavo Petro. Márquez sabe muy bien que un nuevo pacto en nuestra sociedad no debería estar marcado por un consenso, sino por el disenso, es decir, por la posibilidad de luchar no solo contra las relaciones brutales y directas de dominación dentro de nuestra sociedad, sino contra el neoliberalismo en su dimensión actual que cada vez se parece más a una necropolítica o una tanatopolítica.

Unas semanas atrás, cuando se conoció la buena nueva de la fórmula del Pacto Histórico rumbo a las elecciones presidenciales, un periodista le sugirió a la candidata que para vivir sabroso se necesitaba plata. Ella inmediatamente le replicó diciendo que “vivir sabroso no solamente es plata, es posibilidades de que la gente no viva con miedo, es posibilidades de que la gente pueda vivir en los territorios tranquilos […] vivir sabroso es, por supuesto, que el Estado llegue con presencia a cumplir su mandato constitucional, implica garantías para los derechos de las mujeres, de las juventudes y de los pueblos étnicos […]”4.

Notemos que la idea de mandato constitucional que defiende Márquez no es la de la mera presencia institucional del Estado en los territorios, sino la garantía de que las personas vivan bien. Como lo precisamos arriba, la promesa de la Vicepresidencia del Pacto Histórico es la de no dejar de lado la política en su forma resistente, es decir, la política que se manifiesta cada vez que el derecho aparece no como unas instituciones que aseguran el gobierno de una sociedad, sino como la posibilidad de que los más vulnerables se protejan de las formas de dominación directas del capital, del patriarcado y del racismo sobre la vida.


El dogma de la polarización y lo intolerable

Uno de los dogmas más peligrosos en los análisis contemporáneos de la política es el de la polarización. Para este dogma que emerge, sobre todo, en la academia y en sectores del pensamiento liberal, la política es una práctica humana que solamente tiene éxito si logra encontrar la justa posición en medio de los extremos, es decir, si logra encontrar la posibilidad de entablar acuerdos intersubjetivos, sin necesidad de acudir a posiciones extremas. Sin embargo, ¿qué es una posición extrema y, por lo tanto, irrealizable? Para comprender lo que define que una posición política sea extrema, al menos en el actual debate electoral, hay que desenmarañar las condiciones del capitalismo contemporáneo. Hace unas décadas, las propuestas progresistas del Pacto Histórico eran totalmente realizables y, por lo tanto, viables. Sin embargo, el hecho de buscar una educación pública y un sistema de seguridad social protegido de la rapiña de los mercados se ha convertido en una posición extrema o de extrema izquierda que es irrealizable e intolerable.

Esto quiere decir que los que señalan que hay posiciones extremas dejan a un lado una serie de condiciones históricas, que trazan una frontera de sentido, muy problemáticas, entre lo que es realizable y lo que es inviable; lo que es irracional y lo que es racional. En esa dimensión interviene sobre nuestra vida ideológica el capitalismo contemporáneo. Cada vez más la lógica de la valorización del capital captura nuestra vida. No solo porque estamos viviendo una catástrofe medioambiental provocada por el afán de hacer que las economías tengan una buena salud, sino también porque cada vez hay menos lugares y espacios para vivir una vida que no tenga como correlato la valorización del capital o el crecimiento de la economía.

En esa medida, lo que resulta intolerable de un plan de gobierno que contemple una realización eficaz de un sistema de protección social no radica en que esté atravesado por emociones irracionales o porque sea inviable, sino en que ofrece la posibilidad de vivir una vida que no produzca valor o al menos sentar las condiciones para que exista dinero que no pueda ser convertido en capital (ese es el verdadero drama de los inversores al no poder usar, en ciertos casos, los fondos de pensiones públicos para apostarlo en el mercado financiero).

Las condiciones contemporáneas de la valorización del capital radican entonces en transformar al estudiante libre en un productor de valor endeudado; a los fondos de pensiones, que aseguran una calidad de vida en la vejez, en un casino en el que se invierte el dinero ahorrado por los trabajadores en el mercado bursátil; al propietario de una vivienda en un eterno arrendatario y al trabajador en un empresario de sí mismo que presuntamente debe asumir la culpa de sus fracasos en los negocios.

Tenemos entonces que lo que resulta intolerable para el dogma de la polarización que profesan los analistas y los políticos de centro tiene que ver no tanto con el carácter irrealizable de un plan de gobierno, sino con que pone en entredicho la violencia de la reproducción sistémica del capitalismo. El eventual gobierno progresista del Pacto Histórico es intolerable, precisamente, por esa razón. Revive, además, el espectro de una forma de vida que tiene como primado el cuidado y la salvaguarda de los medios que permiten que nuestra existencia en el mundo florezca. Y desde mi punto de vista esta posición sobre la protección de la vida es el límite que siempre buscará quebrantar el capitalismo contemporáneo y que aparece en las voces presuntamente sensatas que llaman a evitar la polarización.

Un mundo capturado
por el uribismo


La articulación entre las formas de dominación directas que eliminan las leyes y la búsqueda de adaptar a la economía colombiana al funcionamiento de los mercados nacionales e internacionales (legales e ilegales) ha tenido un nombre en las últimas dos décadas: uribismo.

Sin duda alguna un eventual triunfo del Pacto Histórico en las elecciones presidenciales es una buena noticia porque, como lo he dicho, es una promesa que busca detener las maquinarias de un tiempo que nos ha acostumbrado a vivir la desposesión y las violencias que emergen cuando se suspenden las leyes. Sin embargo, también habría retos que no son fáciles de franquear. El presidente Duque no solo se ha encargado de gobernar a través de decretos, de un manejo ilegal de las finanzas públicas5 y de ataques reiterados a las altas cortes, sino que también ha capturado los organismos de control y parte de la rama judicial. La Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría y la Defensoría del Pueblo que, constitucionalmente, deberían ser un contrapeso imparcial del ejecutivo, serán sin duda alguna un gran obstáculo para el gobierno progresista.

Del mismo modo, y a pesar del triunfo inesperado del Pacto Histórico en las legislativas, los trámites de las leyes serán de difícil concreción, a menos de llegar a un eventual acuerdo con la bancada del Partido Liberal. Incluso, a este conjunto de obstáculos, podemos agregar la dificultad que conllevaría gobernar con unas Fuerzas Militares que no solo han intervenido en política, sino que han manifestado su descontento ante un eventual gobierno del Pacto, precisamente ante el crecimiento constante de la intención de voto obtenido por Petro6/7. Sumado a esto, esta tendencia antirrepublicana de las Fuerzas Armadas ha sido promovida de una forma evidente por Iván Duque cuando retiró de sus cargos a generales que participaron activamente en el proceso de paz.

El gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez tendrá entonces obstáculos muy evidentes. Sin embargo, el reto del progresismo del Pacto no será únicamente concertar con políticos tradicionales y subordinar el comportamiento de las Fuerzas Militares a las leyes de la república, sino también el de agrupar a los sectores del centro. Sé que muchos dirán que esto es imposible porque reza siempre el adagio de que los centristas están, en último término, inclinados hacia la derecha. Sin embargo, si bien este tipo de presupuestos son ciertos, en la actual correlación de fuerzas lo mínimamente razonable en términos de un buen gobierno de la sociedad plantea, de cierto modo, una alternativa y una promesa de cambio.


¿Una eventual derrota del Pacto Histórico?

Dos de las firmas encuestadoras8 más importantes dan como ganador en primera y segunda vuelta al Pacto Histórico. La tendencia si bien no es irreversible, pone en evidencia un crecimiento constante de Gustavo Petro y Francia Márquez, dejando a un lado los mitos sobre el techo de crecimiento de la coalición política que representan. De hecho, desde septiembre de 2020 Gustavo Petro no ha parado de crecer entre uno y dos puntos de diferencia entre cada una de las encuestas. Pablo Lemoin (Centro Nacional de Consultoría) y César Caballero (Cifras & Conceptos)9 han señalado dos asuntos que considero relevantes para comprender esta tendencia inédita previa a unas elecciones presidenciales en Colombia. En primer lugar, la imagen favorable de Petro, a finales del 2021, ha superado su imagen desfavorable. A juicio de César Caballero este es uno de los requisitos necesarios para el triunfo de determinado aspirante a la Casa de Nariño. Además, esta favorabilidad tiene como correlato la inmensa desaprobación que tienen no solo Iván Duque sino el propio Álvaro Uribe.


Ahora bien, hay un segundo aspecto igual de importante al primero. La segunda vuelta presidencial, que muy probablemente será entre Petro y Federico Gutiérrez, estará marcada por dos alternativas: por un lado, se encuentra el Pacto Histórico y, por el otro, la pretensión de impedir que Gustavo Petro y Francia Márquez lleguen al gobierno. No se están enfrentando dos visiones del gobierno de la sociedad, sino una promesa de cambio y un establecimiento dispuesto a impedirlo, incluso usando estrategias inconstitucionales, como la suspensión de facto de la ley de garantías, que la Corte, por cierto, declaró inconstitucional10. El argumento sobre la seguridad nacional y el enemigo interno no pesan de la misma manera que en campañas anteriores. La impotencia del uribismo es entonces un peligro latente: al no haber una visión de mundo plausible no quedaría ninguna alternativa, sino la trampa, la corrupción y la violencia para mantener el actual estado de cosas.

Estos dos factores, sin duda, plantean una frágil pero contundente ventaja de la promesa del cambio del Pacto. Las múltiples izquierdas y los sectores progresistas de Colombia han logrado este inédito escenario. Sin embargo, hay un asunto que considero crucial: a quienes les corresponde asegurarlo y protegerlo no es a la izquierda, sino a los sectores de centro y de centroderecha. En el 2014 la izquierda, sin ningún miramiento, apoyó a Juan Manuel Santos para sepultar las aspiraciones destructivas del Centro Democrático. Hoy el escenario requiere de la misma disposición de parte de la centroderecha. Este apoyo marcaría no solo el triunfo del Pacto Histórico, sino su salvaguardia, su duración, e incluso, su contestación de parte de la derecha, en el marco, claro está, del respeto a las leyes de nuestra república.

En este momento me es imposible imaginar un escenario distinto. Si bien la derrota del Pacto Histórico también es una posibilidad, la abertura de un mundo que reitera las mismas violencias y las mismas formas de opresión nos arrojaría a un conjunto de situaciones muy dolorosas y a su vez muy impredecibles. Los sucesos históricos nos han mostrado que allí donde se suspende el antagonismo político y, por lo tanto, las leyes que lo protegen y lo aseguran, se da paso a un desenvolvimiento de formas extremas de violencia que tocan la puerta de cualquiera.

 

1 https://cambiocolombia.com/opinion/puntos-de-vista/petro-el-sindicado
2 En otro lugar he reflexionado sobre el carácter del gobierno del presidente Duque: https://jacobinlat.com/2020/11/18/el-giro-dictatorial-de-duque-en-colombia/
3 https://www.semana.com/economia/opinion/articulo/por-que-fracasan-los-economistas-en-la-politica/202200/
4 https://www.youtube.com/watch?v=AtpExO2e_0M
5 https://www.elespectador.com/economia/macroeconomia/el-gobierno-se-rajo-en-transparencia-con-la-plata-del-covid/
6 https://open.spotify.com/episode/ 486LwKJet5bIgNLsEZKBUS
7 https://www.semana.com/nacion/articulo/malestar-en-los-cuarteles-generales-coroneles-y-soldados-se-destapan-con-semana-y-cuestionan-a-gustavo-petro/202254/
8 Me refiero al Centro Nacional de Consultoría y Cifras & Conceptos.
9 https://open.spotify.com/show/ 2DH4SsyHA1VR0WjVYkBd8g
10 https://cambiocolombia.com/articulo/poder/la-corte-constitucional-tumba-la-reforma-la-ley-de-garantias

* Profesor de la Universidad Javeriana.
@ChristianFaja


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Publicado enColombia
Algunas consideraciones para el Pacto Histórico. Temas claves para el próximo gobierno

El Pacto Histórico se presenta hoy como una de las candidaturas más opcionadas a la presidencia de Colombia. En caso de salir triunfante en la coyuntura en curso, los retos que heredará en diversos campos serán inmensos. ¿Cómo actuar ante ello? En este artículo se avanza en breves reflexiones en cinco temas clave que requieren urgente atención en nuestro país.

Sin duda alguna la sociedad colombiana vive un momento excepcional en su mapa político, marcado por mandatos presidenciales bipartidistas, y en el último siglo, predominantemente ligados al proyecto político del uribisimo. Una coyuntura electoral excepcional, además, por las condiciones en las que el próximo gobierno recibirá el país. Producto de problemas estructurales que han contribuido a construir el tipo de sociedad que hoy tenemos, pero también resultado de una serie de políticas desatinadas que no han respondido a las necesidades de las mayorías en el país y que, por tanto, en vez de contribuir a su bien-estar, nos han consolidado como una sociedad altamente desigual y con altos niveles de pobreza.

Sin duda alguna, el cómo se aborde esta crisis, depende de la concepción políticas y filosóficas de quien gobierne y de su visión sobre el cambio social. Los resultados de tres décadas de gobiernos que han aplicado las fórmulas neoliberales nos reafirman hoy que el camino no es por los lados del fundamentalismo político y económico liberal, afincado en pilares como el mercado, el crecimiento económico, la reducción del tamaño del Estado, el individualismo y el antropocentrismo, entre otros. Esta realidad obliga a salirse de la clásica receta ofertada desde el norte global para sociedades como las nuestras; nos invita a pensar qué hacer partiendo de nuestras particularidades, necesidades y fortalezas; y nos exige aprender de lo positivo y lo negativo de las experiencias latinoamericanas que han tenido gobiernos de izquierda. Por la amplitud de retos por atender, acá nos enfocamos en cinco temas clave:

Visión de bien-estar

Colombia lleva décadas persiguiendo el sueño del desarrollo sin lograr consolidar mejores condiciones de vida para el conjunto de la sociedad y en particular para los más necesitados. Enfrentar los problemas estructurales que hoy vivimos como sociedad requiere cuestionar ese sueño e identificar qué no ha funcionado de las propuestas del desarrollo implementadas y por qué; así como construir políticas públicas que en realidad respondan a las necesidades de la población y que contengan un enfoque transformador capaz de pasar de las acciones paliativas, caritativas, paternalistas y asistencialistas, a estrategias de mediano y largo plazo capaces de avanzar en la desestructuración de las condiciones que han permitido la emergencia de discriminaciones históricas, de las desigualdades sociales y del conflicto armado.

El Estado colombiano no puede seguir repitiendo de manera acrítica políticas, programas y proyectos que implican una alta inversión del gasto público sin revisar si están o no transformando de forma estructural la realidad. De la misma manera, no puede seguir replicando una visión del desarrollo economicista, eurocéntrica, antropocéntrica y universalista que no da cuenta de la manera cómo en el país se concibe de manera diversa el bien-estar. Concitar una discusión pública cotidiana sobre qué es vivir sabroso para cada quien, cómo se materializa y se ha hecho real en distintos espacios, es fundamental. En las diversas regiones del país existen experiencias exitosas de materialización de visiones propias, alternativas a las dominantes, sobre el bien-estar, que han permitido la permanencia de pueblos y comunidades y que, si son potenciadas y respaldadas por el Estado, pueden permitir mejorar la calidad de vida de estas poblaciones y consolidar sus visiones y proyectos.

No solo es importante cuestionar los modelos y políticas de desarrollo implementados en el país e identificar y dar visibilidad, apoyo y relevancia a las visiones alternativas al desarrollo; sino que en aras de aprender de la experiencia del giro a la izquierda, hay que evitar replicar políticas económicas y sociales que si bien buscaban fortalecer el Estado y avanzar en políticas de distribución de la riqueza, se centraron en el extractivismo afectando diversos ecosistemas, pueblos y comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas. Repetir rasgos del modelo de desarrollo dominante pero guiado por otras posiciones políticas no ha dado los frutos esperados en los gobiernos progresistas. El camino para enfrentar de forma contundente los problemas estructurales está en un posicionamiento bien crítico del sueño del progreso moderno.

Parte de esto incluye apoyar las economías diversas que existen en el país, tales como la popular y solidaria, las economías campesinas, indígenas y afrodescendientes, las economías familiares, comunitarias, feministas y del cuidado, que han puesto en marcha tanto comunidades rurales como sectores urbanos, incluida la clase media. Así mismo es necesario consolidar un proyecto de soberanía alimentaria y apoyar la producción y la industria nacional, paralelo a un proceso de transición a una economía no extractivista que privilegie en primera instancia el consumo interno y posteriormente su comercialización en el exterior.


Desigualdades sociales

Las cifras de pobreza y desigualdad del Dane nos recuerdan los dramáticos rasgos de la crisis social y económica que constituyó el acicate de las movilizaciones del año pasado. En 2021, el 39,3 por ciento de los colombianos se encontraban en condición de pobreza monetaria, es decir, 19.6 millones de personas viven con un ingreso mensual inferior a $354.031. Con este dinero no se compra la canasta básica de bienes y servicios que dignifican la vida. En términos de la pobreza multidimensional, indicador que refleja las privaciones de los hogares en materia laboral, condiciones de salud de la niñez y adolescencia, entre otros, el Dane estableció que el 16 por ciento de la población se encontraba en este estado en el 20211. Los índices de desigualdad en Colombia son de los más altos de Latinoamérica. Según el Banco Mundial (2021), el nuestro es el segundo país más desigual de la región después de Brasil. Según Oxfam (2022), solamente el 10 por ciento de la población más rica de Colombia recibe 11 veces más que el 10 por ciento más pobre. El país registra enormes desigualdades en todos los planos: económico (de ingresos, de riqueza), territoriales, de género y pertenencia étnica.

La pobreza, el desempleo, unas condiciones de vida precaria y la falta de oportunidades para consolidar el bien-estar al que aspiran distintos sectores poblacionales, no afecta de igual manera a toda la población. Según el Dane, si un hogar está a cargo de una mujer entre los 26 y 35 años, y ella no tuvo ningún estudio o solo hizo la primaria, va a ser una mujer desempleada que trabaja por cuenta propia y no puede cotizar a pensión. Esto significa que su familia sufre todos los rigores de la pobreza y que su futuro será precario. Adicionalmente, el mismo estudio muestra como el 79 por ciento de familias con tres o más niños se encuentra por debajo de la línea de pobreza, enfrentándose a un presente tremendamente alejado de las promesas de futuro que la sociedad dominante le vende a través de los medios de comunicación.

Ni que decir de la situación de la juventud. En julio 2021, la tasa de desempleo para jóvenes se ubicó en promedio en un 26.8 por ciento, cuando para ese mismo mes la cifra nacional fue de un 14.3 por ciento (Dane, 2021). Según un estudio del BID y la Universidad de los Andes, en Bogotá el 15 por ciento de los jóvenes no tienen oportunidades ni de estudiar ni de trabajar (“ninis”); y dos de cada tres “ninis” son mujeres2.

En el caso de las poblaciones étnicas la situación tampoco es nada favorable para el acceso a la educación formal (preescolar, básica primaria, básica secundaria, CLEI y modelos educativos flexibles). Según el Dane3, para el 2020 la tasa de matrículas del Amazonas, departamento que congrega un porcentaje significativo de población indígena, fue del 0,21 por ciento del total nacional y del 1,63 con respecto a Bogotá. En el caso del departamento del Chocó, con una población principalmente afro e indígena, el número de matrículas corresponde al 1,37 por ciento del total nacional y al 10,53 con respecto a Bogotá (ver gráfica). El 13 por ciento de niñas y niños campesinos entre los 12 y 15 años no acceden a educación secundaria, y el 11.5 de mayores de 15 años no saben leer ni escribir frente al 3.2 por ciento de las zonas urbanas.

 

 

Frente a esto urgen políticas de empleo digno, educación pública gratuita y con becas para los sectores más empobrecidos, un programa temporal a mediano plazo de renta básica que evite que haya colombianos experimentando hambre cotidianamente. Así mismo es necesaria una política educativa de alta calidad y pertinencia con oferta y cobertura para los diversos municipios del país, las zonas rurales, y para las comunidades indígenas y afrodescendientes que incorpore la etnoeducación. El carácter de estas políticas, insisto, debe ser transformador y no asistencialista, y deben evitar contribuir a mantener o crear subjetividades de la caridad, fortaleciendo más bien ciudadanías activas, deliberativas y emancipatorias.

Este panorama de desigualdades es producto de distintas relaciones de poder que deben ser abordadas en su conjunto por el nuevo gobierno y por el Estado. No será útil concentrarse solo en las desigualdades de tipo económico, si al mismo tiempo no se avanza en transformaciones en las relaciones (hetero)patriarcales y racistas; y en la mirada que se tiene sobre el campo como un lugar de atraso o de un progreso modernizador que en parte ha vaciado a lo rural de su potencial para la producción de alimentos y la consolidación de proyectos colectivos destinados a construir el bien-estar de sus habitantes; y en cambio ha contribuido a una sostenida migración hacia las zonas urbanas, donde la concentrada estructura económica en sectores y actores no les incorpora de forma productiva, y en consecuencia, esta población pasa a engrosar los cinturones de miseria.


Discriminaciones históricas

América Latina es producto de una historia colonial que marcó fuertemente la construcción del Estado-nación en la región. Esta forma de organizar la sociedad se erigió sobre fuertes fragmentaciones producidas por las violencias coloniales, las divisiones raciales, de género y entre naturaleza y cultura que se construyeron posterior a 1492. No obstante, nuestra sociedad tiene en su cimiento esas divisiones, las desigualdades y opresiones no funcionan divididas sino articuladas.

La mayoría de políticas públicas para mujeres y diversas poblaciones han perdido de vista la imbricación de las opresiones. Esto se refleja en algunas fórmulas que no se han revisado lo suficiente. Por ejemplo, las políticas públicas para las mujeres deberían centrarse más en la equidad y la transformación que en criterios universales de igualdad. Como sujeto político, las mujeres estamos cruzadas por desigualdades y diferencias, que no pueden olvidarse al momento de la acción estatal, como ha ocurrido en algunos casos en las políticas centradas en la igualdad. Las mujeres tenemos iguales derechos que los hombres, y las políticas públicas deben garantizar el goce de esos derechos. Pero no somos iguales entre nosotras ni con los hombres.

Esto lleva también a cuestionar algunos puntos de partida de las políticas públicas. La fórmula ya de al menos dos décadas de igualdad de oportunidades debe ser cualificada. Cuando hablamos de esta igualdad, a qué sujeto masculino estamos equiparando las oportunidades que le ofrecemos a las mujeres en una sociedad constituida por clases sociales: ¿a mujeres pobres con hombres ricos, o a mujeres pobres con hombres pobres? ¿O a mujeres pobres con mujeres ricas?

Otra fórmula que debe ser revisada es la que han convertido supuestamente en una solución mágica: la del empoderamiento económico a través de emprendimientos. Diversos estudios muestran como en algunos casos esto terminó por endeudar a las mujeres; mientras otros plantean que estas fórmulas refuerzan la estructura desigual que genera el capitalismo y mantiene la lógica económica de este sistema sin generar cambios estructurales para las mujeres. Frente a esta fórmula es mucho más benéfico para las mujeres y sus entornos, así como para la transformación que requiere la economía de nuestra sociedad, apoyar las economías diversas y las alternativas al desarrollo de forma clara y contundente.

Las políticas públicas para sujetos específicos deben ir más allá de las visiones liberales de la acción estatal, de su fragmentación y de su carácter asistencialista. Para esto es necesario construir políticas públicas interseccionales, para lo cual existen dos opciones. La primera, el uso de un marco interseccional en el que se descentran todos los ejes de opresión (género, racismo, edad, clase, entre otros), caso en el cual la acción de la política pública se concentraría en las múltiples “experiencias de discriminación que producen los múltiples entrecruzamientos” (Gómez et. al., 2021)4. Y segundo, el uso de un marco interseccional en el que se privilegie un eje de opresión y se atiendan los posibles entrecruzamientos.


Construcción de paz

Sin duda alguna, de las cuatro campañas más opcionadas para ganar, la del Pacto Histórico es la más solida en sus propuestas sobre la paz. No solo presta atención a los distintos puntos del Acuerdo de Paz, tomándose muy en serio los derechos de las víctimas; sino que también contempla una negociación con el ELN, se propone una reforma progresiva para las Fuerzas Armadas y la Policía, así como la revisión de la Doctrina de Seguridad Nacional. También se preocupa por el cumplimiento de las medidas de género y del capítulo étnico del Acuerdo, incorpora la dimensión cultural para la construcción de paz, apoya decididamente el trabajo de la memoria y se compromete abiertamente con la construcción de una política pública para la paz, la reconciliación y la convivencia establecida como compromiso en el Acuerdo de Paz.

Esto último es fundamental, pues es lo que permitirá que el Acuerdo y la aplicación de la justicia transicional no nos lleve como país a una transición que, si bien desarticula a algunos de los actores armados, no logra avanzar en transformaciones estructurales, incluyendo aquellos aspectos que generaron el conflicto armado, como ha ocurrido en otros escenarios transicionales. Una fortaleza del programa del Pacto Histórico es que al leerlo en conjunto y entre líneas, es posible ver que la aplicación del Acuerdo de Paz se entiende como una parte de un gran todo que nos llevará hacia cambios estructurales. Estos cambios son positivos para el conjunto del país, y no como las lecturas doctrinarias sobre el programa del Pacto pretenden leerlo: como una réplica del castro-chavismo que nos llevará a ser como Venezuela.

Esa política pública para la paz, además de articular las recomendaciones que pronto presentará la Comisión de la Verdad para la no repetición, debe incorporar los enfoques de género, diferencial, territorial, poblacional y ambiental, entre otros. Así mismo, el nuevo gobierno debe evitar de forma consiente y explícita que la construcción de paz deje intacto el Estado como forma de organizar la sociedad, luego de que éste ha estado implicado no solo en actos de corrupción sino también en el ejercicio permanente de violencia contra sus ciudadanos, algunos de ellos representantes de visiones de mundo y políticas distintas a las dominantes, y otros en condiciones de vulnerabilidad como ocurrió con las ejecuciones extrajudiciales. También debe evitar consolidar el modelo económico y la visión de desarrollo dominante; así como una práctica democrática restringida a las elecciones y lo representativo. Estos son momentos propicios para la profundización de la democracia y de su carácter deliberativo y decisorio, ya no solo restringido a quienes son elegidos, sino al conjunto de la ciudadanía.


Fortalecimiento del Estado

La crisis que ha desatado el neoliberalismo en nuestro país, así como la pérdida de legitimidad progresiva del Estado por el ejercicio de la violencia estatal agudizada en los últimos años, hace necesario pensar seriamente como fortalecer el Estado. Eso implica evitar que se convierte en un botín político, y que el clientelismo y la corrupción sean característicos del nuevo gobierno. Se requiere una total transparencia en la contratación pública y la asignación de cargos, así como medidas claras de sanción para prácticas corruptas y clientelistas. Deben también garantizarse los derechos de las y los ciudadanos indistintamente de su clase social.

Adicionalmente, será fundamental rodearse de militares y policías respetuosos del Estado social de derecho, de la democracia, la protesta, las alternativas políticas y los derechos humanos. Las Fuerzas Armadas y la Policía requieren una transformación estructural que pasa por una diferenciación desde el nuevo gobierno entre seguridad y defensa. La ciudadanía debe poder confiar en militares y policías, y el Estado debe recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, desprendiéndose del uso ilegitimo que por décadas ha hecho de este. De lo que no se dieron cuenta los autores intelectuales y materiales de la violencia estatal, es de que con esta práctica no perdían a mediano y largo plazo solo los sujetos victimizados de esa violencia, sino que lo hacía el conjunto del país pues el Estado como institución se ha debilitado y minado desde adentro de una forma tal que hoy es más difícil construir un Estado-nación con un proyecto de mínimos colectivos.


Fortalecer el Estado supone también pasar de un Estado monocultural, así nos reconozcamos pluriétnicos y multiculturales, a un Estado pluricultural, capaz de materializar en la profundidad que lo requiere la diferencia de mundos que nos constituyen y las autonomías de los pueblos étnicos ya reconocidas por la Constitución de 1991. Solo la posibilidad real de existencia de la pluralidad que nos alberga como país, nos permitirá dejar atrás la violencia como estrategia política y consolidar procesos de co-existencia pacífica que al mismo tiempo será contenciosa.
¿Y si no gana
el Pacto Histórico?

El cambio a un gobierno más cercano a las necesidades de las mayorías y con una voluntad realmente transformadora de la sociedad en la que vivimos que propicie la equidad tiene enemigos poderosos en el país. Las dos semanas que quedan para elecciones generan una gran incertidumbre. En el panorama está desde la posibilidad del ejercicio de la violencia contra quienes se constituyen en alternativa a la sociedad dominante, hasta el fraude electoral o incluso un cierre de los canales democráticos. Si el Pacto Histórico no gana estas elecciones tendrá que concentrar sus energías en un impecable trabajo en el Congreso que le muestre a la ciudadanía su interés por hacer respetar los derechos de las mayorías, y por avanzar en la construcción de paz y la transformación profunda de la sociedad. Adicionalmente tendrá que concentrarse en las elecciones a gobernaciones, alcaldías y a otros cargos de elección popular. Sin embargo, su trabajo no puede quedarse solo en lo electoral y la política “formal”.

Deberá entonces consolidar el trabajo con la gente en lo local, en sus comunidades y barrios; fortalecer las alianzas y la articulación con diversas expresiones políticas y movimientos y procesos sociales reconociendo como pares a esos aliados; y evitar a toda costa la vocación divisionista de la izquierda colombiana. En un panorama en el que los odios a las opciones políticas distintas a las de la derecha o el bipartidismo se ha inculcado por décadas, el Pacto Histórico deberá también desarrollar un trabajo pedagógico intenso en educación política, democracia, pensamiento crítico e incluso sobre justicia transicional para que la ciudadanía comprenda cómo funciona esta forma de construcción de paz. En un país como Colombia la esperanza realista es necesaria para sobrepasar la tragedia que siempre acompaña nuestro acontecer como nación. Sin olvidar el trabajo que hay por hacer en lo que resta para elecciones, confiemos que el cambio ya viene.

1 Ver: https://www.fedesarrollo.org.co/sites/default/files/enlosmediosimpreso/eltiempocom02mayo2022.pdf
2 Ver: https://cider.uniandes.edu.co/es/noticia/democracia-trizas-septiembre-20
3 Ver: https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/educacion/poblacion-escolarizada/educacion-formal#informacion-2020-por-departamento
4 Ver: Gómez, D., González, J., Murillo, A., Rodríguez, C. y Figarí-Layús, R. (2021). Reflexiones y recomendaciones en clave feminista descolonial para las recomendaciones del informe final de la Comisión de la Verdad en Colombia. Policy Brief 7-2021. Bogotá: Capaz y Cider, Universidad de los Andes.

* Magister en Historia y doctora en Antropología. Profesora Asociada del Cider de Universidad de los Andes e integrante del movimiento feminista y de víctimas en Colombia.

 


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Publicado enColombia
Algunas consideraciones para el Pacto Histórico. Temas claves para el próximo gobierno

El Pacto Histórico se presenta hoy como una de las candidaturas más opcionadas a la presidencia de Colombia. En caso de salir triunfante en la coyuntura en curso, los retos que heredará en diversos campos serán inmensos. ¿Cómo actuar ante ello? En este artículo se avanza en breves reflexiones en cinco temas clave que requieren urgente atención en nuestro país.

Sin duda alguna la sociedad colombiana vive un momento excepcional en su mapa político, marcado por mandatos presidenciales bipartidistas, y en el último siglo, predominantemente ligados al proyecto político del uribisimo. Una coyuntura electoral excepcional, además, por las condiciones en las que el próximo gobierno recibirá el país. Producto de problemas estructurales que han contribuido a construir el tipo de sociedad que hoy tenemos, pero también resultado de una serie de políticas desatinadas que no han respondido a las necesidades de las mayorías en el país y que, por tanto, en vez de contribuir a su bien-estar, nos han consolidado como una sociedad altamente desigual y con altos niveles de pobreza.

Sin duda alguna, el cómo se aborde esta crisis, depende de la concepción políticas y filosóficas de quien gobierne y de su visión sobre el cambio social. Los resultados de tres décadas de gobiernos que han aplicado las fórmulas neoliberales nos reafirman hoy que el camino no es por los lados del fundamentalismo político y económico liberal, afincado en pilares como el mercado, el crecimiento económico, la reducción del tamaño del Estado, el individualismo y el antropocentrismo, entre otros. Esta realidad obliga a salirse de la clásica receta ofertada desde el norte global para sociedades como las nuestras; nos invita a pensar qué hacer partiendo de nuestras particularidades, necesidades y fortalezas; y nos exige aprender de lo positivo y lo negativo de las experiencias latinoamericanas que han tenido gobiernos de izquierda. Por la amplitud de retos por atender, acá nos enfocamos en cinco temas clave:

Visión de bien-estar

Colombia lleva décadas persiguiendo el sueño del desarrollo sin lograr consolidar mejores condiciones de vida para el conjunto de la sociedad y en particular para los más necesitados. Enfrentar los problemas estructurales que hoy vivimos como sociedad requiere cuestionar ese sueño e identificar qué no ha funcionado de las propuestas del desarrollo implementadas y por qué; así como construir políticas públicas que en realidad respondan a las necesidades de la población y que contengan un enfoque transformador capaz de pasar de las acciones paliativas, caritativas, paternalistas y asistencialistas, a estrategias de mediano y largo plazo capaces de avanzar en la desestructuración de las condiciones que han permitido la emergencia de discriminaciones históricas, de las desigualdades sociales y del conflicto armado.

El Estado colombiano no puede seguir repitiendo de manera acrítica políticas, programas y proyectos que implican una alta inversión del gasto público sin revisar si están o no transformando de forma estructural la realidad. De la misma manera, no puede seguir replicando una visión del desarrollo economicista, eurocéntrica, antropocéntrica y universalista que no da cuenta de la manera cómo en el país se concibe de manera diversa el bien-estar. Concitar una discusión pública cotidiana sobre qué es vivir sabroso para cada quien, cómo se materializa y se ha hecho real en distintos espacios, es fundamental. En las diversas regiones del país existen experiencias exitosas de materialización de visiones propias, alternativas a las dominantes, sobre el bien-estar, que han permitido la permanencia de pueblos y comunidades y que, si son potenciadas y respaldadas por el Estado, pueden permitir mejorar la calidad de vida de estas poblaciones y consolidar sus visiones y proyectos.

No solo es importante cuestionar los modelos y políticas de desarrollo implementados en el país e identificar y dar visibilidad, apoyo y relevancia a las visiones alternativas al desarrollo; sino que en aras de aprender de la experiencia del giro a la izquierda, hay que evitar replicar políticas económicas y sociales que si bien buscaban fortalecer el Estado y avanzar en políticas de distribución de la riqueza, se centraron en el extractivismo afectando diversos ecosistemas, pueblos y comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas. Repetir rasgos del modelo de desarrollo dominante pero guiado por otras posiciones políticas no ha dado los frutos esperados en los gobiernos progresistas. El camino para enfrentar de forma contundente los problemas estructurales está en un posicionamiento bien crítico del sueño del progreso moderno.

Parte de esto incluye apoyar las economías diversas que existen en el país, tales como la popular y solidaria, las economías campesinas, indígenas y afrodescendientes, las economías familiares, comunitarias, feministas y del cuidado, que han puesto en marcha tanto comunidades rurales como sectores urbanos, incluida la clase media. Así mismo es necesario consolidar un proyecto de soberanía alimentaria y apoyar la producción y la industria nacional, paralelo a un proceso de transición a una economía no extractivista que privilegie en primera instancia el consumo interno y posteriormente su comercialización en el exterior.


Desigualdades sociales

Las cifras de pobreza y desigualdad del Dane nos recuerdan los dramáticos rasgos de la crisis social y económica que constituyó el acicate de las movilizaciones del año pasado. En 2021, el 39,3 por ciento de los colombianos se encontraban en condición de pobreza monetaria, es decir, 19.6 millones de personas viven con un ingreso mensual inferior a $354.031. Con este dinero no se compra la canasta básica de bienes y servicios que dignifican la vida. En términos de la pobreza multidimensional, indicador que refleja las privaciones de los hogares en materia laboral, condiciones de salud de la niñez y adolescencia, entre otros, el Dane estableció que el 16 por ciento de la población se encontraba en este estado en el 20211. Los índices de desigualdad en Colombia son de los más altos de Latinoamérica. Según el Banco Mundial (2021), el nuestro es el segundo país más desigual de la región después de Brasil. Según Oxfam (2022), solamente el 10 por ciento de la población más rica de Colombia recibe 11 veces más que el 10 por ciento más pobre. El país registra enormes desigualdades en todos los planos: económico (de ingresos, de riqueza), territoriales, de género y pertenencia étnica.

La pobreza, el desempleo, unas condiciones de vida precaria y la falta de oportunidades para consolidar el bien-estar al que aspiran distintos sectores poblacionales, no afecta de igual manera a toda la población. Según el Dane, si un hogar está a cargo de una mujer entre los 26 y 35 años, y ella no tuvo ningún estudio o solo hizo la primaria, va a ser una mujer desempleada que trabaja por cuenta propia y no puede cotizar a pensión. Esto significa que su familia sufre todos los rigores de la pobreza y que su futuro será precario. Adicionalmente, el mismo estudio muestra como el 79 por ciento de familias con tres o más niños se encuentra por debajo de la línea de pobreza, enfrentándose a un presente tremendamente alejado de las promesas de futuro que la sociedad dominante le vende a través de los medios de comunicación.

Ni que decir de la situación de la juventud. En julio 2021, la tasa de desempleo para jóvenes se ubicó en promedio en un 26.8 por ciento, cuando para ese mismo mes la cifra nacional fue de un 14.3 por ciento (Dane, 2021). Según un estudio del BID y la Universidad de los Andes, en Bogotá el 15 por ciento de los jóvenes no tienen oportunidades ni de estudiar ni de trabajar (“ninis”); y dos de cada tres “ninis” son mujeres2.

En el caso de las poblaciones étnicas la situación tampoco es nada favorable para el acceso a la educación formal (preescolar, básica primaria, básica secundaria, CLEI y modelos educativos flexibles). Según el Dane3, para el 2020 la tasa de matrículas del Amazonas, departamento que congrega un porcentaje significativo de población indígena, fue del 0,21 por ciento del total nacional y del 1,63 con respecto a Bogotá. En el caso del departamento del Chocó, con una población principalmente afro e indígena, el número de matrículas corresponde al 1,37 por ciento del total nacional y al 10,53 con respecto a Bogotá (ver gráfica). El 13 por ciento de niñas y niños campesinos entre los 12 y 15 años no acceden a educación secundaria, y el 11.5 de mayores de 15 años no saben leer ni escribir frente al 3.2 por ciento de las zonas urbanas.

 

 

Frente a esto urgen políticas de empleo digno, educación pública gratuita y con becas para los sectores más empobrecidos, un programa temporal a mediano plazo de renta básica que evite que haya colombianos experimentando hambre cotidianamente. Así mismo es necesaria una política educativa de alta calidad y pertinencia con oferta y cobertura para los diversos municipios del país, las zonas rurales, y para las comunidades indígenas y afrodescendientes que incorpore la etnoeducación. El carácter de estas políticas, insisto, debe ser transformador y no asistencialista, y deben evitar contribuir a mantener o crear subjetividades de la caridad, fortaleciendo más bien ciudadanías activas, deliberativas y emancipatorias.

Este panorama de desigualdades es producto de distintas relaciones de poder que deben ser abordadas en su conjunto por el nuevo gobierno y por el Estado. No será útil concentrarse solo en las desigualdades de tipo económico, si al mismo tiempo no se avanza en transformaciones en las relaciones (hetero)patriarcales y racistas; y en la mirada que se tiene sobre el campo como un lugar de atraso o de un progreso modernizador que en parte ha vaciado a lo rural de su potencial para la producción de alimentos y la consolidación de proyectos colectivos destinados a construir el bien-estar de sus habitantes; y en cambio ha contribuido a una sostenida migración hacia las zonas urbanas, donde la concentrada estructura económica en sectores y actores no les incorpora de forma productiva, y en consecuencia, esta población pasa a engrosar los cinturones de miseria.


Discriminaciones históricas

América Latina es producto de una historia colonial que marcó fuertemente la construcción del Estado-nación en la región. Esta forma de organizar la sociedad se erigió sobre fuertes fragmentaciones producidas por las violencias coloniales, las divisiones raciales, de género y entre naturaleza y cultura que se construyeron posterior a 1492. No obstante, nuestra sociedad tiene en su cimiento esas divisiones, las desigualdades y opresiones no funcionan divididas sino articuladas.

La mayoría de políticas públicas para mujeres y diversas poblaciones han perdido de vista la imbricación de las opresiones. Esto se refleja en algunas fórmulas que no se han revisado lo suficiente. Por ejemplo, las políticas públicas para las mujeres deberían centrarse más en la equidad y la transformación que en criterios universales de igualdad. Como sujeto político, las mujeres estamos cruzadas por desigualdades y diferencias, que no pueden olvidarse al momento de la acción estatal, como ha ocurrido en algunos casos en las políticas centradas en la igualdad. Las mujeres tenemos iguales derechos que los hombres, y las políticas públicas deben garantizar el goce de esos derechos. Pero no somos iguales entre nosotras ni con los hombres.

Esto lleva también a cuestionar algunos puntos de partida de las políticas públicas. La fórmula ya de al menos dos décadas de igualdad de oportunidades debe ser cualificada. Cuando hablamos de esta igualdad, a qué sujeto masculino estamos equiparando las oportunidades que le ofrecemos a las mujeres en una sociedad constituida por clases sociales: ¿a mujeres pobres con hombres ricos, o a mujeres pobres con hombres pobres? ¿O a mujeres pobres con mujeres ricas?

Otra fórmula que debe ser revisada es la que han convertido supuestamente en una solución mágica: la del empoderamiento económico a través de emprendimientos. Diversos estudios muestran como en algunos casos esto terminó por endeudar a las mujeres; mientras otros plantean que estas fórmulas refuerzan la estructura desigual que genera el capitalismo y mantiene la lógica económica de este sistema sin generar cambios estructurales para las mujeres. Frente a esta fórmula es mucho más benéfico para las mujeres y sus entornos, así como para la transformación que requiere la economía de nuestra sociedad, apoyar las economías diversas y las alternativas al desarrollo de forma clara y contundente.

Las políticas públicas para sujetos específicos deben ir más allá de las visiones liberales de la acción estatal, de su fragmentación y de su carácter asistencialista. Para esto es necesario construir políticas públicas interseccionales, para lo cual existen dos opciones. La primera, el uso de un marco interseccional en el que se descentran todos los ejes de opresión (género, racismo, edad, clase, entre otros), caso en el cual la acción de la política pública se concentraría en las múltiples “experiencias de discriminación que producen los múltiples entrecruzamientos” (Gómez et. al., 2021)4. Y segundo, el uso de un marco interseccional en el que se privilegie un eje de opresión y se atiendan los posibles entrecruzamientos.


Construcción de paz

Sin duda alguna, de las cuatro campañas más opcionadas para ganar, la del Pacto Histórico es la más solida en sus propuestas sobre la paz. No solo presta atención a los distintos puntos del Acuerdo de Paz, tomándose muy en serio los derechos de las víctimas; sino que también contempla una negociación con el ELN, se propone una reforma progresiva para las Fuerzas Armadas y la Policía, así como la revisión de la Doctrina de Seguridad Nacional. También se preocupa por el cumplimiento de las medidas de género y del capítulo étnico del Acuerdo, incorpora la dimensión cultural para la construcción de paz, apoya decididamente el trabajo de la memoria y se compromete abiertamente con la construcción de una política pública para la paz, la reconciliación y la convivencia establecida como compromiso en el Acuerdo de Paz.

Esto último es fundamental, pues es lo que permitirá que el Acuerdo y la aplicación de la justicia transicional no nos lleve como país a una transición que, si bien desarticula a algunos de los actores armados, no logra avanzar en transformaciones estructurales, incluyendo aquellos aspectos que generaron el conflicto armado, como ha ocurrido en otros escenarios transicionales. Una fortaleza del programa del Pacto Histórico es que al leerlo en conjunto y entre líneas, es posible ver que la aplicación del Acuerdo de Paz se entiende como una parte de un gran todo que nos llevará hacia cambios estructurales. Estos cambios son positivos para el conjunto del país, y no como las lecturas doctrinarias sobre el programa del Pacto pretenden leerlo: como una réplica del castro-chavismo que nos llevará a ser como Venezuela.

Esa política pública para la paz, además de articular las recomendaciones que pronto presentará la Comisión de la Verdad para la no repetición, debe incorporar los enfoques de género, diferencial, territorial, poblacional y ambiental, entre otros. Así mismo, el nuevo gobierno debe evitar de forma consiente y explícita que la construcción de paz deje intacto el Estado como forma de organizar la sociedad, luego de que éste ha estado implicado no solo en actos de corrupción sino también en el ejercicio permanente de violencia contra sus ciudadanos, algunos de ellos representantes de visiones de mundo y políticas distintas a las dominantes, y otros en condiciones de vulnerabilidad como ocurrió con las ejecuciones extrajudiciales. También debe evitar consolidar el modelo económico y la visión de desarrollo dominante; así como una práctica democrática restringida a las elecciones y lo representativo. Estos son momentos propicios para la profundización de la democracia y de su carácter deliberativo y decisorio, ya no solo restringido a quienes son elegidos, sino al conjunto de la ciudadanía.


Fortalecimiento del Estado

La crisis que ha desatado el neoliberalismo en nuestro país, así como la pérdida de legitimidad progresiva del Estado por el ejercicio de la violencia estatal agudizada en los últimos años, hace necesario pensar seriamente como fortalecer el Estado. Eso implica evitar que se convierte en un botín político, y que el clientelismo y la corrupción sean característicos del nuevo gobierno. Se requiere una total transparencia en la contratación pública y la asignación de cargos, así como medidas claras de sanción para prácticas corruptas y clientelistas. Deben también garantizarse los derechos de las y los ciudadanos indistintamente de su clase social.

Adicionalmente, será fundamental rodearse de militares y policías respetuosos del Estado social de derecho, de la democracia, la protesta, las alternativas políticas y los derechos humanos. Las Fuerzas Armadas y la Policía requieren una transformación estructural que pasa por una diferenciación desde el nuevo gobierno entre seguridad y defensa. La ciudadanía debe poder confiar en militares y policías, y el Estado debe recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, desprendiéndose del uso ilegitimo que por décadas ha hecho de este. De lo que no se dieron cuenta los autores intelectuales y materiales de la violencia estatal, es de que con esta práctica no perdían a mediano y largo plazo solo los sujetos victimizados de esa violencia, sino que lo hacía el conjunto del país pues el Estado como institución se ha debilitado y minado desde adentro de una forma tal que hoy es más difícil construir un Estado-nación con un proyecto de mínimos colectivos.


Fortalecer el Estado supone también pasar de un Estado monocultural, así nos reconozcamos pluriétnicos y multiculturales, a un Estado pluricultural, capaz de materializar en la profundidad que lo requiere la diferencia de mundos que nos constituyen y las autonomías de los pueblos étnicos ya reconocidas por la Constitución de 1991. Solo la posibilidad real de existencia de la pluralidad que nos alberga como país, nos permitirá dejar atrás la violencia como estrategia política y consolidar procesos de co-existencia pacífica que al mismo tiempo será contenciosa.
¿Y si no gana
el Pacto Histórico?

El cambio a un gobierno más cercano a las necesidades de las mayorías y con una voluntad realmente transformadora de la sociedad en la que vivimos que propicie la equidad tiene enemigos poderosos en el país. Las dos semanas que quedan para elecciones generan una gran incertidumbre. En el panorama está desde la posibilidad del ejercicio de la violencia contra quienes se constituyen en alternativa a la sociedad dominante, hasta el fraude electoral o incluso un cierre de los canales democráticos. Si el Pacto Histórico no gana estas elecciones tendrá que concentrar sus energías en un impecable trabajo en el Congreso que le muestre a la ciudadanía su interés por hacer respetar los derechos de las mayorías, y por avanzar en la construcción de paz y la transformación profunda de la sociedad. Adicionalmente tendrá que concentrarse en las elecciones a gobernaciones, alcaldías y a otros cargos de elección popular. Sin embargo, su trabajo no puede quedarse solo en lo electoral y la política “formal”.

Deberá entonces consolidar el trabajo con la gente en lo local, en sus comunidades y barrios; fortalecer las alianzas y la articulación con diversas expresiones políticas y movimientos y procesos sociales reconociendo como pares a esos aliados; y evitar a toda costa la vocación divisionista de la izquierda colombiana. En un panorama en el que los odios a las opciones políticas distintas a las de la derecha o el bipartidismo se ha inculcado por décadas, el Pacto Histórico deberá también desarrollar un trabajo pedagógico intenso en educación política, democracia, pensamiento crítico e incluso sobre justicia transicional para que la ciudadanía comprenda cómo funciona esta forma de construcción de paz. En un país como Colombia la esperanza realista es necesaria para sobrepasar la tragedia que siempre acompaña nuestro acontecer como nación. Sin olvidar el trabajo que hay por hacer en lo que resta para elecciones, confiemos que el cambio ya viene.

1 Ver: https://www.fedesarrollo.org.co/sites/default/files/enlosmediosimpreso/eltiempocom02mayo2022.pdf
2 Ver: https://cider.uniandes.edu.co/es/noticia/democracia-trizas-septiembre-20
3 Ver: https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/educacion/poblacion-escolarizada/educacion-formal#informacion-2020-por-departamento
4 Ver: Gómez, D., González, J., Murillo, A., Rodríguez, C. y Figarí-Layús, R. (2021). Reflexiones y recomendaciones en clave feminista descolonial para las recomendaciones del informe final de la Comisión de la Verdad en Colombia. Policy Brief 7-2021. Bogotá: Capaz y Cider, Universidad de los Andes.

* Magister en Historia y doctora en Antropología. Profesora Asociada del Cider de Universidad de los Andes e integrante del movimiento feminista y de víctimas en Colombia.

 


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Publicado enEdición Nº291
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