La normalización de los progresismos latinoamericanos

Considerando la historia colombiana, la victoria de Gustavo Petro ha generado una legítima euforia. Pero para que los festejos no opaquen nuestra capacidad crítica, cabe reflexionar sobre las tendencias de fondo de los progresismos latinoamericanos.

Algunos la considerarán una buena noticia. Otros —entre los que me incluyo— verán sus aspectos problemáticos e inclusive dramáticos. Pero, guste o no, lo cierto es que los progresismos latinoamericanos han terminado de normalizarse, asimilarse y adecuarse al orden existente, defendiéndolo de las embestidas que, más por derecha que por izquierda, lo están amenazando.

En efecto, a raíz de la persistencia e inclusive del resurgimiento de las derechas en América Latina en el último lustro, tanto los gobiernos progresistas tardíos (México, Chile, Perú y ahora Colombia) como los de segunda mano (Argentina, Bolivia y, eventualmente, Brasil) reflejan un proceso de normalización, es decir, un «desperfilamiento» en relación con sus raíces nacional-populares y/o izquierdistas. De esta manera, se definen en antítesis a las derechas más por una postura defensiva y conservadora que por aspectos propositivos y transformadores, exhibiendo una colocación más centrista, institucional y moderada, más o menos explícita según los casos.

Esto refleja una tendencia mundial de mediana duración pero que había sido contenida a escala latinoamericana por la combinación de la ola de movimientos antineoliberales de entre fines de los años 90 y principios de los 2000, y por la instalación de gobiernos progresistas en la primera mitad de esa década. La reconducción de la originalidad o excepcionalidad latinoamericana a la normalidad de una izquierda solo geométrica por simetría —y, por lo tanto, relativa y variable en función del adversario— es un rasgo que se podía percibir ya desde la involución de los progresismos de la primera ola, pero que termina de afirmarse en los años más recientes.

Se trata de una recomposición política general, a escala latinoamericana (es decir, transversal y sincrónica), pero que presenta particularidades y aristas especificas nacionales y otras tantas que pueden relevarse agrupando países en relación con la continuidad o la novedad de los distintos gobiernos progresistas, distinguiendo a los que hemos denominado «de segunda mano» de los que definimos como «tardíos».

A nivel general —dejando para otra ocasión el análisis de las especificidades—, se pueden rastrear los orígenes de este corrimiento hacia el centro en el cambio de clima económico y político. En lo económico, el fin de la bonanza del consenso de las commodities, que ya era perceptible en el fin del ciclo progresista, alrededor de 2015-2016, se agravó con la pandemia y con los efectos de la guerra en Ucrania. El crecimiento del tamaño del pastel era la condición sine que non de la hipótesis progresista de conciliación de clases, y el estancamiento de esta tendencia marcó no casualmente el punto de inflexión de la que he llamado la pax progresista, en la cual prosperaban tirios y troyanos.

Como contraparte, las derechas alzaron la cabeza y levantaron la mano, aspirando a representar directamente los intereses de las clases dominantes no dispuestas a negociar a la baja sus privilegios en términos de acumulación de riqueza. A la reaparición en escena de las derechas tradicionales bajo viejos o nuevos ropajes después de una década de marginalidad política, se sumó la aparición de derechas más abiertamente reaccionarias que nunca antes habían logrado tener protagonismo en la historia latinoamericana (salvo cuando se escudaron detrás de los militares).

El desdoblamiento de las derechas solo las debilitó en apariencia, ya que en realidad expresa su crecimiento cuantitativo, a cuyo interior se inserta la radicalización de un sector que canaliza y capitaliza el rechazo al progresismo. Se trata este de un rechazo ideológico de fondo pero también experiencial y coyuntural, ligado a la vivencia de los años de gobierno en un formato que fue estabilizándose y volviéndose régimen, una modalidad de gestión reformista de lo existente que aspiraba a volverse institucional, a confundirse con una forma político-estatal duradera.

Los alcances de la franja radical de las derechas latinoamericanas son diversos (Bolsonaro llegó sorpresivamente a la presidencia, mientras que Milei o Kast siguen siendo —al menos hasta ahora— outsiders) pero su aparición modificó los equilibrios partidarios y permitió a las derechas tradicionales dos movimientos solo superficialmente contradictorios: por una parte, presentarse como moderadas de cara a las variantes extremas; por la otra, aprovechando su empuje, sostener posturas más radicales en clave conservadora y antiprogresista. Más allá del debate sobre su caracterización como neofascistas o posfascistas, las asperezas de estas nuevas-viejas derechas modificaron el escenario político y generaron una alerta que trastocó tácticas y estrategias de las izquierdas latinoamericanas, en particular las progresistas, populistas o nacional-populares.

Apareció lo que podemos llamar el «reflejo del frente popular». De manera análoga, la amenaza fascista —real o imaginada— tiende a producir un efecto defensivo de compactamiento que induce la alianza entre las izquierdas y sectores democráticos progresistas, general o tendencialmente bajo el liderazgo o las posiciones programáticas e ideológicas de estos últimos. Esta recomposición política, en sus últimas consecuencias, al volverse partido o alianza orgánica y permanente, tiende a disolver las diferencias y anular los márgenes de maniobra de las franjas más izquierdistas. Es una forma de realizar la aspiración de Cristina Kirchner: no tener a su izquierda más que la pared.

De esta manera, el esquema binario antifascista produce el mismo efecto práctico que el anticomunista esgrimido por la derecha (aunque sus contenidos sean abismalmente distintos a nivel de valores y principios): a unos es asignado el papel del partido del orden y al otro el de la barbarie, y viceversa. Pero, más allá de la eficacia puntual del dispositivo antifa/anticom, la diferencia de fondo es que el anticomunismo se basa en la hipótesis de una amenaza por el momento inexistente y, por lo tanto, es a todas luces una artimaña o un espejismo sin fundamento, mientras que la posibilidad del fascismo (o de algo que se le parezca) corresponde realmente a una época de derechización, un ciclo largo iniciado a finales del siglo XX que hemos logrado solo por momentos frenar pero no revertir.

Los progresismos realmente existentes pueden efectivamente operar temporalmente como un dique o un antídoto al desbordamiento de las derechas de todo tipo y color: por ello son considerados un «mal menor» no solo respecto de una restauración del neoliberalismo más puro sino también de versiones racistas, autoritarias y culturalmente regresivas de un orden jerárquico en última instancia dictado por la lógica del capital. Al mismo tiempo, su normalización en clave socialdemócrata o socialiberal (que no pretende siquiera ni puede aspirar a ser revolución pasiva) difícilmente podrá clausurar las contradicciones de fondo y solo puede ser considerada una solución precaria y provisional en tiempos convulsos, en los cuales impera la crisis orgánica y no puede afianzarse ninguna hegemonía duradera.

En tiempos de monstruos, reales o imaginarios, el progresismo aspira ser el paladín —único, de preferencia— de los valores liberal-democráticos, el baluarte del humanismo y de la civilización.

Este clima político, vale la pena señalarlo, es muy distinto al que cobijó la primera ola progresista. Aquella ola estaba marcada a fuego por el empuje de un intenso ciclo de luchas populares, por el entusiasmo y la esperanza de una superación del neoliberalismo que permeó los programas y las filas de los progresismos. Así, tanto viejos como nuevos progresismos aprovecharon el espaldarazo de los movimientos y entraron, como nunca antes en la historia latinoamericana, de forma sincrónica y duradera a los palacios de gobiernos antes asediados por las multitudes.

Bajo formatos distintos, estos progresismos contenían elementos humanos y programáticos disruptivos. De talante izquierdista, nacional-popular, populista y plebeyo, estaban entreverados con las clases subalternas y sus aspiraciones. Sobre esta base fundaron su capacidad hegemónica, que logró sostenerse a lo largo de una década. A mediano plazo, sin embargo, y una vez pasado el impulso inicial, mostraron sus pliegues contradictorios. Revelaron ser revoluciones pasivas, hegemónicamente eficaces pero cuyos restringidos alcances reformistas se teñían siempre de más conservadurismo. Su transformismo y cesarismo contribuyeron a desmovilizar a las clases subalternas y a restablecer y garantizar un orden estatal por medio de reformas estabilizadoras cuyo limitado alcance redistributivo no pasaba de ser precario y coyuntural y estaba sometido a los vaivenes de la economía mundial y los designios de los gobiernos de turno.

Por ello, a la par del flanco derecho, en el fin de ciclo se asomaba ya el costado izquierdo de la protesta, producto de un malestar social que empezaba a politizarse pero que —salvo excepciones— no terminó cuajando en una oposición de izquierda organizada y durable. Ese mismo universo social y político de movimientos y organizaciones que, a pesar de los avances de las derechas y la consolidación normalizada del progresismo, se resiste a desaparecer porque es tan irreductible cuanto los son las brechas societales de las cuales nace. 

De allí que la rebelión, esa recurrente forma política latinoamericana y la fuente de su originalidad en la historia mundial reciente, que ha sido un recurso en contra de la derecha (salvo excepciones: en Ecuador contra Correa, el gasolinazo en 2010 en Bolivia, en 2013 en Brasil o en Nicaragua en 2018), podría no tardar en alzarse en contra del partido del orden de turno, sin distinciones, sea cual sea su coloración y su autoadscripción, evocando y generalizando el «que se vayan todos» del 19 y 20 de 2001 argentino (que fue, justamente, un grito de rechazo en contra de la normalización de una alternancia sin alternativa, una centroizquierda que se asimilaba a la centroderecha, asegurando la continuidad del orden neoliberal). Puede que a la izquierda de Cristina Kirchner y de los progresismos en general ya no haya una pared sino cristales, que pueden ser rotos por piedras como las que fueron lanzadas en ocasión de las recientes protestas en ese país contra el acuerdo con el FMI.

La normalización y banalización de los progresismos, depurados de sus aristas izquierdistas y nacional-populares, parece anunciar la caída de una noche en donde todos los gatos parecen pardos porque un tigre anda suelto.

Ahora, al interior de este fenómeno que ya es latinoamericano, caben las ya mencionadas diferencias nacionales y, en particular, como ya mencionamos, entre «progresismos de segunda mano» y «progresismos tardíos». Cabe señalar que en estos últimos, en los cuales se fincan hoy las esperanzas de muchos, el corrimiento normalizador que se operó en el proceso de ascenso, no en el reflujo —como en los casos de segunda mano— fue parte de la operación de construcción del consenso electoral, de lo que se consideró como un inevitable (para algunos deseable) «acentramiento» para buscar espacios de arraigo en sociedades neoliberalizadas y/o siempre más atravesadas por un sentido común profundamente antizquierdista.

A pesar de que hay que valorar el empuje de las rebeliones detrás del ascenso de los gobiernos de Perú, Chile, Colombia y —solo de forma diferida y mediada— de México, se impuso, ya sea por voluntad, por cálculo o por necesidad, una lógica institucionalista, de apego al orden político existente. La lógica de la lucha política orientada a la conquista del 50% de los votantes, en tiempos normales, de ordinaria vida cotidiana, fue concebida como un acercamiento al ciudadano elector (con sus vicios y virtudes) mientras que solo en tiempos extraordinarios, de catarsis colectiva, sea por crisis por arriba o rebeliones por abajo, se abrió, por fuera de los sistemas políticos y electorales, la posibilidad excepcional de un corrimiento hacia la izquierda. Portales a dimensiones alternativas que se cerraron abruptamente, no sin dejar la sensación de que otros mundos eran y siguen siendo posibles en la medida en que se rechace radicalmente lo inaceptable de este.

Los progresismos tardíos, más allá de la indiscutible ruptura simbólica y cultural que significan, por su propia composición y trayectoria, llegaron al poder con una limitada capacidad y disposición reformista. La retórica no puede ocultar el corto alcance de las transformaciones que proponen e impulsan. Por válidas y necesarias que sean, no dejan de ser intervenciones mínimas, de corte sistémico o, peor aún, paliativos. El humanismo y el principio de equidad son valores universales del mejor liberalismo pero dejaron de ser un criterio de distinción de izquierda hace más de un siglo. Y el nacionalismo sin adjetivos tampoco alcanza a ser un clivaje significativo en este sentido, ni siquiera en nuestro suroccidente dependiente.

En un contexto de derechización, con el espectro del fascismo rondando, aparentan o son percibidas como progresistas o de izquierda posturas y acciones de conservación o promoción de mínimos y elementales principios de convivencia social. Así que los progresismos tardíos llegan normalizados a la cita con la historia y parecen mostrar sus límites incluso antes de ser asediados o presionados por derechas viejas o nuevas, conservadoras o reaccionarias que, más temprano que tarde, en ausencia de una poderosa antítesis desde abajo, volverán a ejercer su poder de veto y a rellenar su caudal electoral.

Porque al ascenso de la derecha no parece poder hacer frente la paulatina moderación de progresismos siempre más conservadores, que hacen las veces de izquierdas simplemente geométricas (por ser simétricas a las derechas existentes) y aritméticas (por sumar votos y puestos de gobierno). Hasta que no se retomen, por necesidad más que por virtud, los principios del algebra, es decir, la compresión y la acción sobre las reglas y las estructuras económicas, políticas y culturales que rigen a las sociedades que conforman nuestra específica región del mundo capitalista, es posible que haya que reconocer que el progresismo está desnudo.

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Lunes, 27 Junio 2022 07:00

Resistencia

Activistas por el derecho al aborto se reunieron ayer en el centro de Los Ángeles. La Suprema Corte de Estados Unidos anuló el derecho constitucional a la interrupción del embarazo que había estado vigente durante casi 50 años.Foto Ap

“Las nietas hoy no deberían tener que luchar las batallas que ya habían ganado sus abuelas”, declara una pancarta en las protestas de decenas de miles que estallaron alrededor del país ante el fallo de la Suprema Corte de Estados Unidos anulando el derecho constitucional al aborto, mientras en los desfiles anuales masivos de orgullo gay con pancartas señalando que "seguimos nosotros" con un amplio coro de representantes de las diversas fuerzas democratizadoras de este país advirtiendo que el fallo es sólo una parte del ataque contra los derechos y libertades civiles de este país.

Algunos proclaman que esta ofensiva derechista no es nada menos que el avance del "cristo-fascismo". El fallo sobre el aborto es sólo uno de una serie de triunfos derechistas a nivel federal y estatal recientes, a pesar de la expulsión de Trump y que los demócratas controlan la Casa Blanca y el Congreso. Esto incluye la imposición de prohibiciones contra libros que abordan temas gay o sobre el racismo e historia, reducción de restricciones sobre armas de fuego, suprimir el derecho al voto, reducción de libertades civiles de inmigrantes y de la comunidad gay en varios estados, entre otros avances ominosos. En parte, esta estrategia derechista ha prosperado porque los republicanos ahora controlan los congresos en 30 estados, los demócratas sólo 17.

Algunos advierten que este fallo es un paso más hacia detonar una "guerra civil" que muchos en la ultraderecha han promovido durante años, incluyendo organizar fuerzas paramilitares para ese propósito, y cuyo primer ensayo fue el intento de golpe de Estado por fuerzas neofascistas hace año y medio.

Los demócratas, desde el presidente para abajo, de inmediato usaron esa decisión para propósitos electorales (y junto con diversas ONG, para recaudar fondos), esperando que pueda cambiar la dinámica de las elecciones legislativas federales de noviembre donde hasta ahora el pronóstico era que los republicanos retomarían el control del Congreso.

Pero el problema con ese mensaje, expresaron diversos activistas, es que la gente ya votó para que los demócratas retomaran el control de la Casa Blanca y el Congreso hace menos de dos años y aun así, esto sucedió.

Vale subrayar que entre 60 y 70 por ciento del país apoya el derecho al aborto, así como las mayorías respaldan una reforma migratoria, control de armas, acceso universal servicios de salud, derechos laborales, medidas para combatir el cambio climático y la desigualdad económica y más. Pero como se demostró de nuevo la semana pasada, la voluntad del pueblo no es lo que impera en este "faro de la democracia".

Por cierto, con este fallo y otros fracasos democráticos continúa el deterioro de la legitimidad de las principales instituciones de la república. La confianza popular en la Suprema Corte se ha desplomado en 11 puntos desde el año pasado a su nivel más bajo con sólo 25 por ciento, según la encuesta más reciente de Gallup. La tasa de aprobación del presidente ahora oscila en alrededor de 39 por ciento; la del Congreso está en sólo 21 por ciento en el promedio de las principales encuestas más recientes.

Ante el avance de la derecha minoritaria, es cada vez más claro que sólo votar o salir a marchar sobre el tema de cada quien no es suficiente. El desfile del orgullo gay de Nueva York este domingo fue encabezado por la organización nacional de servicios de salud para las mujeres Planned Parenthood que marchó con pancartas que declaraban "juntos, luchamos para todos".

Rage Against the Machine, Olivia Rodrigo, Madonna y otros artistas denunciaron las últimas noticias y están recaudando fondos para apoyar de manera directa a organizaciones que ofrecen servicios de aborto en varios estados y para defender derechos civiles. Organizaciones y movimientos de defensa de derechos y libertades civiles dicen que están buscando como responder de una manera conjunta contra la violencia legal, política, social y física de la ofensiva derechista contra las mujeres, los gay, las minorías, los inmigrantes, los periodistas entre otros.

Algunos dicen que ahora inicia –o debería iniciar– un movimiento amplio de resistencia para el rescate democrático de Estados Unidos.

Aretha Franklin. Respect. https://www.youtube.com/watch?v=6FOUqQt3Kg0

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Aborto eeuu

Las norteamericanas no dejarán de abortar, pero en muchos estados ahora lo harán de forma ilegal e insegura. La anulación del derecho al aborto es un triunfo del supremacismo blanco y las más perjudicadas serán las mujeres más vulnerables.

 

La decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de anular la protección al derecho al aborto, dejará en manos de cada estado decidir sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. En 26 de ellos, que están en manos de gobernadores conservadores o republicanos, ya han aprobado leyes  contrarias al aborto o que lo prohiben totalmente listas para ser aplicadas cuando la máxima corte de Justicia del país tumbara la mítica sentencia Roe contra Wade, cosa que ocurrió este viernes. De hecho, solo una hora después de que el Supremo tumbara el derecho al aborto, al menos tres estado ya habían prohibido el aborto en todas sus formas.

En Estados Unidos no existe una legislación nacional sobre el derecho al aborto. La protección de este derecho a la salud reproductiva la abrió una sentencia del Tribunal Supremo (el mismo que ahora la tumba). La sentencia, que se conoce como  Roe contra Wade, es de 1973. Es decir que data de hace casi 50 años. Los magistrados de la Corte Suprema en su fallo justifican la medida, afirmando que la Constitución, un texto escrito en el siglo XVIII cuando no existían los derechos humanos ni las mujeres eran sujetos de derecho, "no otorga" este derecho.

La decisión de la Corte Suprema, tendrá un efecto devastador sobre millones de mujeres, pero especialmente sobre las más pobres y sobre todo en las racializadas: las negras, latinas y en general en las de origen migrante. Según datos de la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF), la decisión del Supremo afectará a unas 40 millones de  mujeres y niñas en edad reproductiva, que podrían dejar de tener acceso al aborto. Esta organización calcula que la mortalidad de las mujeres podría incrementarse un 14%. La peor parte, añaden, la sufrirán las mujeres afroamericanas, en las que el riesgo de morir durante el parto se multiplica por tres en la actualidad.

La prohibición del aborto no supone que se realicen menos abortos, tal como han constatado los expertos en planificación familiar y de las organizaciones que luchan por los derechos sexuales y reproductivos, sino que éstos serán más difíciles de realizar, ilegales y de alto riesgo para la vida de las mujeres.

"Sabemos con certeza que prohibir el aborto no significa menos abortos y que cuando se promulgan prohibiciones, mueren mujeres y personas embarazadas, como hemos visto en todo el mundo, más recientemente en Polonia. También sabemos que aquellas que no pueden acceder a la atención del aborto legalmente se verán obligada a utilizar métodos no regulados e inseguros, lo que podría provocar daños graves o incluso la muerte", afirma Dr. Álvaro Bermejo, director de IPPF.

A partir de este fallo cada estado podrá decidir sus propias medidas y esto puede suponer que millones de mujeres no solo no tengan derecho a interrumpir sus embarazos, sino que pueden ser perseguidas, investigadas y criminalizadas, tal como ocurre en la actualidad en países como Nicaragua o el Salvador, donde muchas mujeres han acabado en prisión por sospecha de aborto. A partir de este fallo en muchos estados mujeres y niñas serán obligadas a llevar a término sus embarazos aunque éstos sean fruto de violación o incesto. A pesar de que el feto tenga malformaciones incompatibles con la vida o de que la madre necesite tratamiento o un aborto por tener un enfermedad como un cáncer. Leyes de distintos estados republicanos permitirán la investigación de las mujeres, que pueden incluir las búsquedas que realicen en redes sociales o el uso de aplicaciones online para seguir su ciclo menstrual, o tener que comparecer ante a justicia por un aborto espontáneo en incluso acabar en prisión.

Un triunfo del supremacismo blanco

La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos no ha cogido por sorpresa a las organizaciones de derechos sexuales y reproductivos. A principios de mayo de este año, el diario Politico, filtró un borrador de la propuesta del Alto Tribunal favorable a anular la histórica sentencia.

Para Almudena Rodríguez, de la Asociación de Derechos Sexuales y Reproductivos de Catalunya, el sentido del voto de la Corte era previsible "debido a la ideología de los magistrados que la componen, que es ultraconservadora. Esta fue una estrategia bien diseñada por [Donald] Trump, que ha metido a magistrados de esa ideología hasta el último día de su mandato, como fue el caso de Amy Coney Barret, en sustitución de la progresista Ruth Bader Ginsburg". [fallecida poco antes de las elecciones en las que Trump fue derrotado]. 

Rodriguez afirma que con esta medida el aborto inseguro aumentará y que tendrá consecuencias principalmente sobre las afrodesencidentes, las mexicanas, las mujeres migradas, porque las blancas o las que tengan medios podrán viajar o recurrir a otros medios".

del supremacismo blanco y tiene mucho que ver con el racismo. Es también una medida ejemplarizante para todo el mundo y nos dice muchas cosas de la geopolítica. Esto no solo ocurre en Estados Unidos, sino que se trata de grupos fundamentalistas y son acciones colectivas y se deciden en espacios internacionales donde planifican campañas y acciones. En este caso lo han conseguido. Esto es un aviso a navegantes, a todas", añade Rodríguez.

 Desde IPPF coinciden con este análisis. Para Elizabeth Schlachter, esto no se trata solo del movimiento contra el aborto en los EEUU, sino de un esfuerzo global concertado y calculado por parte de extremistas religiosos y conservadores anti-mujeres, anti-género, anti-LGBTQI+ y anti-negritudes, que están usando dinero opaco y medios antidemocráticos para negar a las personas su derecho humano a la atención médica, la igualdad, la autonomía corporal y, en última instancia, la libertad".

Para Rodríguez en Europa tenemos metida a esta extrema derecha en los parlamentos desde hace años en algunos países y tenemos también el ejemplo de Polonia, que es el extremo paradigmático. Por ahora tanto el Parlamento Europeo como el Consejo de Europa han conseguido resistir, pero el auge de la extrema derecha es un hecho y acabar con el aborto es uno de sus grandes objetivos. En España hemos ampliado derechos, pero se trata de una victoria en un contexto que es peligroso y abierto. Por eso repito que es un aviso a navegantes".

 

24/06/2022 19:47

Marisa Kohan@kohanm

 

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Lunes, 20 Junio 2022 07:11

Democracia ¿Para qué?

El reverendo William Barber durante su discurso en la Marcha Moral el fin de semana, en Washington. La Campaña de los Pobres en Estados Unidos ha declarado que hay un problema moral en el país, el cual ha generado injusticia social, racismo, guerras y devastación ecológica, y por ello se requiere una "revolución de valores", receta recomendada por el reverendo Martin Luther King, en 1968. Foto Ap

 

En la segunda semana consecutiva en el que un comité del Congreso continuó documentando públicamente cómo se intentó un golpe de Estado en Estados Unidos y siguió advirtiendo que esa amenaza derechista prevalece hoy día, tal vez lo más sorprendente es que esto aún no ha provocado una ola popular masiva por la defensa de lo que supuestamente es la esencia fundamental de este país: su democracia.

Mas aún, todo apunta a que el Partido Republicano que se ha subordinado, por ahora, a Trump, retomará el control del Congreso en las elecciones intermedias de noviembre, con su liderazgo prometiendo revancha contra aquellos que se atrevieron a investigar los delitos antidemocráticos del ex presidente y sus cómplices.

¿Será que en el faro mundial de la democracia, ya se está fundiendo esa palabra tan sagrada?

Vale recordar que hace año y medio la mayoría de los votantes expulsó al bufón neofascista y apoyó al candidato que prometió "el gobierno más progresista desde Franklin Delano Roosevelt" y declaró que su presidencia marcaba el fin de cuatro décadas de políticas neoliberales (sin usar esa palabra).

Más aún, vale subrayar que en las encuestas, mayorías apoyan toda una gama de políticas progresistas: desde el derecho al aborto, un mayor control de armas de fuego, un sistema de acceso básico a salud y educación, que los ricos paguen su parte en impuestos para reducir la desigualdad, hasta una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los indocumentados, entre otras políticas. Biden y el liderazgo demócrata prometieron promoverlas, y en parte por ello ganaron la Casa Blanca y el control de ambas cámaras del Congreso, pero poco despues empezó a imperar el juego de Washington, donde la voluntad de las mayorías no se implementa.

Como resultado, el desencanto, una vez más, es palpable por todas partes, y en particular, como lo fue con Obama antes, entre los jóvenes.

Ese tipo de desencanto fue en gran medida lo que motivó el triunfo electoral de Trump, sobre todo entre sectores de trabajadores y granjeros que seguían perdiendo sus empleos, tierras y oportunidades para sus familias e hijos. Algunas manifestaciones de una creciente desesperación social son las epidemias de opiaceos, violencia con armas de fuego y suicidios, entre otros factores que causan muertes prematuras y que están elevando la tasa de mortalidad de manera inusitada y diferente a la de otros países ricos.

La Campaña de los Pobres insiste en que hay un problema moral en Estados Unidos, generado por demasiada injusticia social, racismo, guerras y la devastación ecológica, y que ahora "el país tiene que ser rescatado de sí mismo" con una "revolución de valores", una receta recomendada por el reverendo Martin Luther King en 1968.

Ante un obvio desencanto con lo que oficialmente se llama "democracia", se puede decir que hay dos caminos visibles en Estados Unidos en esta coyuntura: una propuesta neofascista basada en una agenda supremacista blanca antimigrante, o una propuesta progresista que busca cumplir con las necesidades y demandas de las mayorías y a favor de la justicia social y económica.

Observar el deterioro de "la democracia" del país más poderoso del mundo ha sido la tarea periodística desde la elección de Trump en 2016, aunque ese proceso empezó mucho antes y en gran parte –como en tantos países– está relacionado directamente con la era neoliberal de las últimas cuatro décadas. Que hubo un intento de golpe de Estado y que hay un proyecto neofascista explícito apoyado por millones y por uno de los dos partidos nacionales, algo impensable hace sólo unos años, sigue definiendo la coyuntura actual de Estados Unidos. Con ello queda en el aire la pregunta sobre si el pueblo defenderá o no lo que se llama "democracia".

Las consecuencias de esa decisión, por tratarse de la superpotencia, afectarán a casi todos en el planeta, y de manera inmediata a sus vecinos.

Sly and the Family Stone. Stand. https://open.spotify.com/track/68DqLs1hv7zI08EBvu53wV?si=xDw5HWsdRcm1z1zvvgRN-Q

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La izquierda de Mélenchon será la primera fuerza de la oposición en Francia y le complica la legislatura a Macron

El partido del presidente pierde la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional y la ultra Marine Le Pen consigue formar grupo parlamentario en unas elecciones legislativas con una abstención histórica del 54%.

 

El partido de Macron y sus aliados han ganado las elecciones con 230 escaños, seguido por la alianza de izquierdas liderada por Mélenchon, 149, que sin embargo no consigue el desafío de forzar la cohabitación. Le Pen obtiene, con 85 diputados, grupo parlamentario por primera vez desde 1986 en unas elecciones con una abstención tremenda del 54%, según datos aún no definitivos.

Se trata de un batacazo electoral para el presidente Emmanuel Macron quien en 2017 había arrasado con su partido y sin aliados con más de 300 diputados de los 577 que tiene la Asamblea Nacional francesa. "Es un primer lugar decepcionante, pero es un primer lugar", reaccionó nada más conocerse las primeras estimaciones la portavoz del Gobierno, Olivia Grégoire.

"Desde que las elecciones presidenciales y legislativas se celebran el mismo año, es la primera vez que el presidente no consigue mayoría absoluta", nos explica Guillermo Arenas, docente e investigador en Derecho de la Universidad de Estrasburgo.

"Macron va a tener que cambiar de primer ministro y poner a alguien más familiarizado con el Parlamento, porque nos olvidamos de que Francia es un régimen parlamentario porque el presidente tiene muchos poderes, pero ahora la dimensión parlamentaria va a resurgir", analiza Arenas.

Los malos resultados de la alianza oficialista se deben en parte a que Emmanuel Macron, que en 2017 arrasó porque encarnaba el cambio, ahora encarna la continuidad. Además, no ha acertado en la campaña. "Casi no han hecho, entraron muy tarde con una campaña del miedo, hablando de caos y anarquía si ganaba Nupes", dice Arenas, que recuerda que su mayoría empezó a resquebrajarse hace tiempo porque no hizo "un trabajo doctrinal" para construir el partido y perdió a muchos diputados como Aurélien Taché o Cédric Villani, quienes en esta ocasión se presentaron por la alianza de izquierdas.

"Trabajaremos con todos aquéllos que quieran que el país avance, la mando está tendida", declaró la portavoz del Gobierno. Y la mano ya está tendida hacia una dirección, Los Republicanos, el partido del expresidente Nicolas Sarkozy. Buscaremos "una mayoría de acción", dijo por su parte la primera ministra Elisabeth Borne.

Los conservadores tienen la llave de la gobernabilidad

Aunque los conservadores hayan perdido 22 escaños, Los Republicanos prefieren ver el vaso medio lleno y con 76 diputados ya se ven como la fuerza indispensable para garantizar la gobernabilidad de la macronía. Esto indica que el presidente va a tener que correr el cursor hacia la derecha durante los próximos cinco años para obtener el apoyo en la Asamblea a sus leyes. Y no hay nada más incierto porque entre los conservadores, que están en plena reconstrucción del partido, cada vez hay más voces que se levantan afirmando que no van a ser "la rueda de repuesto" de Macron.

Que Macron no tenga mayoría absoluta quiere decir que va a tener que negociar todas las leyes con otros partidos para adoptar las reformas. "Los Republicanos van a ser los árbitros y puede ocurrir que, aunque la oposición sea más de izquierdas que nunca, el Gobierno tenga que gobernar más a la derecha de lo que quisiera, es una paradoja democrática", asegura Guillermo Arenas.

Disputa por el liderazgo de la oposición

La Nupes (Nueva Unión Popular Ecologista y Social) será la principal fuerza de oposición en la Asamblea Nacional, pero su capacidad real de acción dependerá de que esa unidad perdure, ya que los partidos que la componen son muy heterogéneos: van desde Los Verdes a los izquierdistas de La Francia Insumisa, pasando por el Partido Comunista o lo que queda del Partido Socialista. Y cada partido tiene la intención de conservar su grupo parlamentario, por lo que la Nupes, si bien ha demostrado que la unión hace la fuerza, corre el riesgo de que su breve historia termine en las primeras sesiones de la Asamblea Nacional.

La Francia Insumisa tendrá 83 diputados, muy cerca de los 85 de la extrema derecha. "Mi mensaje esta noche, insisto, es un mensaje de combate", dijo durante la noche electoral Jean-Luc Mélenchon, quien llamó a los jóvenes a seguir movilizados. Una franja de edad del electorado que cuando vota, vota a la izquierda, pero que este domingo ha vuelto a liderar la abstención.

Mélenchon, que esta vez no se presentaba a diputado, había hecho de estas legislativas la tercera vuelta de las presidenciales. No ha logrado ganar su apuesta y se queda muy lejos de la mayoría de 289 diputados. Fracasa en su intento de forzar una cohabitación, pero confirma su buena dinámica, ya que pasa de 17 a 83 diputados.

Aun así, si sumamos los diputados de LREM de Macron, los de los conservadores y los de la extrema derecha, el hemiciclo francés es claramente mayoritariamente de derechas. Y esto es importante, no tanto para que se decida quién es el jefe o la jefa de la oposición, sino por la Comisión de Finanzas, que tiene una gran influencia en el hemiciclo y que históricamente la preside un opositor. ¿De qué partido será? ¿Republicanos? ¿Nupes? O ¿Agrupación Nacional?

Resultado histórico de Marine Le Pen: de 8 a 85 escaños

Nunca en 35 años, la Agrupación Nacional (ex Frente Nacional) había alcanzado tantos escaños. Con 85 diputados ha superado las previsiones de los sondeos. Es "de lejos el grupo más numeroso de la historia" de la Agrupación Nacional, declaró Marine Le Pen desde su feudo de Hénin-Beaumont, en el Pas-des-Calais, donde es diputada.

"Encarnaremos una oposición firme y respetuosa con las instituciones", agregó la líder de la extrema derecha, quien debe parte de su éxito a que muchos votantes macronistas que votaban en circunscripciones donde el escaño se jugaba entre la extrema derecha y la izquierda se han quedado en casa.

Y esto es justamente lo que criticaban en la noche electoral los candidatos de la Nupes. De las 62 circunscripciones en las que se enfrentaban a candidatos de Le Pen en esta segunda vuelta, los macronistas no llamaron a votar en nombre de la República contra la extrema derecha en 55.

"Tal vez no lo veamos en las portadas de los diarios, pero es importante decirlo. El partido de Le Pen va a multiplicar por 10 el número de diputados. Es impresionante porque Marine Le Pen casi no ha hecho campaña, acabó muy cansada de las presidenciales", afirma Guillermo Arenas.

Más allá de los resultados, la abstención vuelve a ser de vértigo. El 54% de los electores no se desplazaron a las urnas y con más del 90% de los votos escrutados, el 7% de los electores votaron en blanco o nulo, esto es más de un millón y medio de personas.

parís

19/06/2022 23:41

Aída Palau Sorolla@AidaPalau78


Macron queda en ultra minoría: se abre un período de gran inestabilidad

Si bien se esperaba una caída de Macron en esta segunda vuelta de las legislativas en Francia, el resultado superó las peores previsiones. El gobierno no solo perdió la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, sino que quedó en ultra minoría. Se abre así una gran crisis política y un quinquenio explosivo.

Révolution Permanente

La izquierda diario

Domingo 19 de junio

Cataclísmica. Se esperaba que la segunda vuelta de las elecciones legislativas debilitaría a Macron, pero el resultado final superó las peores expectativas. De hecho, el Gobierno perdió largamente su mayoría absoluta, con un estimado de 238 escaños. Un resultado que condena a Macron a gobernar en ultra minoritaria, buscando apoyarse en la derecha, y abre un periodo de profunda inestabilidad política.

Frente a él, NUPES se convirtió en la primera fuerza de oposición, pero su resultado es mixto. Los resultados finales están, en efecto, muy lejos de la demagogia electoral de Jean-Luc Mélenchon que, de nuevo el viernes, aseguró que sería primer ministro a pesar del sentido común.

Al igual que en la primera vuelta, el nivel de abstención que alcanzó el 54 % a pesar de la campaña de movilización realizada desde la elección presidencial, marca la dificultad de su coalición con partidos burgueses como el PS o los Verdes para convencer a las clases trabajadoras y la juventud. Casi 3 de cada 4 jóvenes no votaron en estas elecciones legislativas.

Frente a NUPES, la extrema derecha hizo un gran avance y se constituyó como la segunda oposición al gobierno. RN sí podría multiplicar por 10 su número de diputados, repitiendo su histórico resultado de la primera vuelta. El partido de Le Pen capitaliza así el profundo odio al macronismo, pero también la incapacidad de NUPES para convencer a amplios sectores de las clases populares seducidas por la RN.

Estos resultados dibujan un quinquenio sumamente inestable, donde la capacidad de gobernar de Emmanuel Macron se verá duramente puesta a prueba. En medio de una guerra reaccionaria en Ucrania y mientras la presencia francesa en África está en crisis, esta situación debilitará aún más la posición del imperialismo francés, el pilar de la Unión Europea, en el escenario internacional.

En un discurso de crisis, la primera ministra Elisabeth Borne llamó a construir una "mayoría de acción", apostando a la posibilidad de acuerdos con la derecha. Pero esto podría ser más difícil de lograr de lo esperado y, en el mejor de los casos, podría obligar a Macron a gobernar más a la derecha de lo que desea.

Si la crisis sanitaria congeló temporalmente el impulso ascendente de la lucha de clases ininterrumpida entre 2016 y 2020, esta inestabilidad política, en un contexto internacional marcado por el aumento de las tensiones en el campo geopolítico, la profundización de la crisis económica y las tendencias recesivas, podría desembocar rápidamente en grandes explosiones sociales. Una situación en la que las "guerrillas parlamentarias" pregonadas por NUPES quedarán impotentes, mientras podría ponerse rápidamente a prueba la durabilidad de esta coalición. Fabien Roussel, líder del Partido Comunista Francés, ya ha comenzado a distanciarse este domingo por la noche.

Al revés de la perspectiva parlamentaria que está en el corazón del discurso de la izquierda institucional, es urgente prepararse para un combate en el terreno de la lucha de clases, buscando aprovechar las brechas que puede abrir la crisis política. Para ello, necesitamos una izquierda revolucionaria a la ofensiva, capaz de intervenir en las luchas por venir y construir un frente de resistencia contra Macron y la extrema derecha.

Publicado enInternacional
https://www.flickr.com/photos/bellmon/29434540422/

 

 

Las elecciones presidenciales en Colombia del pasado 29 de mayo y sus resultados, son el punto culmen de diversas transformaciones de larga duración, gestadas y desarrolladas no únicamente en el ámbito de la política colombiana, también por la forma acelerada en que ha cambiado el juego electoral de las democracias a nivel mundial en las dos primeras décadas del siglo XXI.

 Son cambios que invitan a que el análisis de estos comicios integre algunas de estas transformaciones de la política subnacional y nacional, vistas de forma interactiva y en permanente comunicación con algunas de las dinámicas globales. Tomando en cuenta estos particulares procedemos a continuación con algunas pistas de análisis que puntualizarán lo novedoso y las continuidades presentadas en estas elecciones.

La jornada electoral terminó con dos hechos políticos sobresalientes: 1) Gustavo Petro dobló la votación de cuatro millones de votos que había obtenido en la primera vuelta presidencial de 2018 contra Iván Duque, con ello un candidato de izquierda, por primera vez en la historia del país, ganaba la primera vuelta presidencial. 2) Rodolfo Hernández superó en votación a Federico Gutiérrez, el candidato que aglutinaba a todos los partidos del establecimiento y que representaba, implícitamente, al oficialismo del gobierno de Duque.

Estos hechos cambiaron el panorama que varios analistas y organizadores de las campañas políticas habían previsto para la segunda vuelta. En lugar de ser una reedición del 2018, en la cual el Centro Democrático y la Colombia Humana de Gustavo Petro se disputaron la presidencia, los resultados recientes auguran una segunda vuelta inédita con dos candidatos que reivindican una idea de cambio del país y que representan una ruptura contra el establecimiento, puesto que no recibieron el apoyo del expresidente Álvaro Uribe ni de los partidos políticos tradicionales.

Si bien, la configuración políticamente disruptiva de la segunda vuelta es relevante para el futuro del país, la atención mediática ha tendido a soslayar e invisibilizar varios procesos que pueden permitir comprender ciertas características. De hecho, es posible trazar algunos escenarios prospectivos frente a los resultados del próximo 19 de junio, en que se conocerá el nombre del nuevo presidente.


¿Estamos ante el fin del división político de la guerra y la paz?

Estas elecciones marcan el final de procesos en los que el recrudecimiento del conflicto armado y la negociación con los actores armados tuvieron un papel decisivo en las elecciones presidenciales, por lo menos en las últimas tres décadas.

La importancia de la paz y la guerra se remonta a la campaña de Belisario Betancur y su propuesta de negociaciones de paz con las guerrillas en los años ochenta, así como a la campaña de comienzos de los noventa que estuvo caracterizada siniestramente por la irrupción sanguinaria del narcotráfico y su influencia en las elecciones de 1994. La paz seguiría en vigencia con la disputa por quién realizaría la negociación entre las campañas de Andrés Pastrana y Horacio Serpa en 1998, pasando por las elecciones de 2002 y 2006, cuya victoria fue de Álvaro Uribe, quien abanderó el discurso de la Seguridad Democrática en un contexto álgido del conflicto armado y tras los fracasos en las negociaciones con las Farc de la administración de Pastrana.

Este discurso de la seguridad democrática alcanzó tal popularidad que, incluso, propició la llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia en 2010, aunque este gobierno terminó por distanciarse de su padrino político y del uribismo, y logró conducir al país hacia los Acuerdos de Paz con las Farc en La Habana (Cuba) en 2016. Santos defendió la bandera de la paz en las elecciones de 2014 frente al candidato del uribismo –Óscar Iván Zuluaga– para alcanzar su segundo mandato. Ya en 2018 el uribismo estaba nuevamente fortalecido y con la principal bancada en el Congreso conquistó la presidencia con Iván Duque, toda vez que promovía un discurso de ‘paz con legalidad’ que no era otra cosa que la de hacer trizas los Acuerdos de Paz. Paradójicamente, estas fueron las elecciones más pacíficas de las últimas décadas.

Las elecciones de 2022 rompen con la continuidad de la agenda en campañas orientadas hacia la paz y la guerra, dos asuntos recurrentes en la agenda electoral. Aunque estos temas fueron discutidos, en general en los debates y en las propuestas de las campañas que fueron a urnas el 29 de mayo existieron posturas similares y con algunos matices respecto de respetar el tratado de paz con las Farc y asegurar su cumplimiento, así como en buscar las posibilidades de conseguir una salida negociada con el Ejército de Liberación Nacional (Eln).

En este sentido, estas elecciones mostraron un acuerdo sobre la necesidad respetar lo acordado, a diferencia de las elecciones de 2018, en las que el Centro Democrático tenía una postura crítica respecto al Acuerdo y privilegiaba la salida militar al conflicto armado. En la campaña en curso, el único que continúo con la tesis de desconocer el conflicto armado y verlo como una amenaza terrorista fue Enrique Gómez, un candidato que, como su partido Salvación Nacional, se quedó anclado en el pasado. Lo anterior muestra, al menos en el marco de esta elección, unos compromisos básicos pero fundamentales respecto al cumplimiento del Acuerdo y a futuras negociaciones de paz. Esto no es un hecho menor, ya que el gobierno del presidente Duque en sus cuatro años hizo varios intentos por sabotear e incumplió los acuerdos y priorizó la respuesta armada estatal, más que propiciar espacios de diálogo con los grupos armados.

 

 

Izquierdas y derechas: las múltiples caras del discurso anti-establecimiento

Históricamente, el discurso anti-establecimiento y contra los partidos tradicionales fue bandera de la izquierda, por estar marginada del poder nacional, pese a ganar elecciones en ciudades como Pasto, Bogotá y Cali. En este orden, la creciente impopularidad y descontento frente al gobierno Duque se hizo cada vez más visible y fueron los grupos de oposición los que potenciaron esa opinión, principalmente, el senador de la Colombia Humana Gustavo Petro, así como integrantes de la Alianza Verde y el Polo Democrático Alternativo.

Si bien el discurso anti-establecimiento también había sido propiedad de sectores de izquierda y centro izquierda, esto también reflejaba una asimetría de poder electoral reflejada en que estos movimientos, a lo largo de la historia, habían tenido una representación política minoritaria en el Congreso de la República.

Ahora bien, la correlación de fuerzas con estas diferencias se ha expresado en lo que se conoce con las populares expresiones de la aplanadora de gobierno o el pupitrazo para aprobar proyectos de ley o rechazar mociones de censura sin consultar o incluso, en algunas ocasiones, dejando en el ostracismo a los partidos de oposición. Esta correlación de fuerzas estuvo dominada por los partidos tradicionales Liberal y Conservador, así como los que habían surgido de estos como el Partido de Unidad Social, Cambio Radical y luego, el Centro Democrático, quienes al ganar las elecciones de 2018 tenían mayorías para aprobar leyes en el legislativo.

En las elecciones legislativas de 2022 se dio un cambio incipiente de correlación de fuerzas en el Senado y en la Cámara de Representantes. El Pacto Histórico consiguió en Senado ser la mayor fuerza política y la segunda en la Cámara de Representantes, mientras que la Alianza Verde también creció en las dos Cámaras. Respecto a los partidos del establecimiento, el único que tuvo un crecimiento fue el Conservador, mientras que los otros mantuvieron o vieron reducida su representación política. Entre estos el Centro Democrático fue quien asumió el mayor castigo político por ser el partido oficialista de un gobierno claramente impopular. Estos resultados, si bien no implican que los partidos por fuera del establecimiento puedan construir mayorías sin necesidad de alianzas, sí muestran un relativo fortalecimiento y, por ende, un mayor juego de los partidos de centro izquierda e izquierda.

Ahora bien, en este escenario de fortalecimiento de estos partidos también resalta que la izquierda pierde la exclusividad sobre la bandera anti-establecimiento, ahora disputada por Rodolfo Hernández, quien desde un discurso centrado en el rechazo a la corrupción ha podido posicionarse como un político contrario a la clase política tradicional. De modo que las elecciones revelaron claramente que el descontento social contra la clase política no se viabilizó única y exclusivamente por la izquierda. Como se observa en los siguientes mapas, en los que la mayor intensidad del color indica el porcentaje que obtuvieron Rodolfo Hernández, Federico Gutiérrez y Gustavo Petro, quien será presentando más adelante, en los municipios colombianos.

La distribución de los votos muestra resultados similares a las votaciones de Zuluaga y Santos en 2014, así como las del plebiscito de los acuerdos de paz, donde es relativamente fácil identificar a los electores de izquierda y derecha, así como la división entre patrones de votación del centro y la periferia que se ha producido en anteriores elecciones.

Una realidad que no cambia de forma radical en las presidenciales de 2022, pero sí es posible observar que la derecha se divide en dos grupos identificables. En este sentido, uno de los cambios relevantes en el panorama electoral puede ser una derecha que no viabilice su expresión política identificándose con el Centro Democrático como principal proyecto político y que, insatisfecha con el gobierno de Duque, estuviera latente esperando un candidato en las áreas del país donde históricamente ha sido mayoritaria.

Este posible cambio gravitacional ha dejado al Centro Democrático con Antioquia como su único baluarte territorial, al tiempo que el resto de los votos que pueden hacer decisivo el apoyo de este sector se reparten entre los distintos partidos del establecimiento. A pesar de que todavía tienen una preponderancia electoral, cuando están en coalición muestran una creciente erosión de su capacidad para movilizar votantes en las elecciones presidenciales. Por consiguiente, el interrogante es si esta división en primera vuelta se puede tramitar para que estos partidos apoyen al ingeniero Rodolfo Hernández con lo que se haría patente la división política subnacional de las últimas elecciones.

Aunque la respuesta inmediata es que el anti petrismo puede servir como el engranaje clave para lograr esta “reunificación”, hay dos aspectos para tener en cuenta. En primer lugar, una alianza o recibimiento irrestricto del uribismo y de otros partidos del establecimiento por parte de la campaña de Hernández puede conducir a que sus votantes se sientan traicionados y prefieran votar en blanco, esto en el caso que sean de derecha y que estén desencantados con el uribismo, o incluso pueden migrar al petrismo, si eran únicamente inconformes. La paradoja entonces radicará en cómo este candidato puede crecer con estos apoyos sin perder más de lo que gana en el proceso.

En segundo lugar, la liberalización de la campaña (respeto de derechos Lgtbq, o el uso de marihuana recreativa), y el apoyo al proceso de paz para acercarse al centro pueda hacerle perder apoyo de votantes creyentes-religiosos y de la derecha más radical, aunque es probable que en estos últimos su decisión de votar se vea más influida por su antipetrismo que por las diferencias ideológicas que tenga frente a la campaña de Hernández.

Si esto es difícil, por el lado de la campaña del Pacto Histórico la consecución de votos para mantener el primer lugar y superar el posible crecimiento del ingeniero no se revela más fácil, incluso las jugadas son más complejas. Por una parte, hay un interrogante en el aire, ya que Gustavo Petro dobló sus resultados en comparación con la anterior primera vuelta. No obstante, todavía hay diferentes interpretaciones: si esto marca su techo o hay un espacio de crecimiento que le permita buscar votos.

En primera instancia y como se ve en el mapa, a pesar de mantener sus baluartes en las dos costas del país y en Bogotá, también se observa un crecimiento en el área andina, región que en las anteriores elecciones había sido más de derecha. La pregunta es si le alcanzarán las tres semanas para fortalecerse en esta región sin descuidar el crecimiento en las costas. En comparación con el sur de Colombia, la votación por el Pacto Histórico es muy fuerte, e indica que hay consolidación de las bases electorales, por lo que puede ser que su techo ya esté a tope, y esto le dificultaría crecer. En segunda instancia, hay una carta de juego en la creciente juntanza (movimiento) de mujeres que defienden sus derechos. Hasta ahora las declaraciones del ingeniero han reafirmado los roles clásicos asignados a las mujeres desde la postura conservadora y puede ser el momento de potencializar la apuesta que realizó el Pacto en las listas paritarias al Congreso, porque amplía la participación de la mujer en cargos de poder.

Finalmente, al estar en disputa la bandera anti-establecimiento esta ya no es de propiedad exclusiva de una de las dos campañas. Al contrario, desde la consulta, la campaña del Pacto Histórico fue aceptando figuras ligadas a partidos tradicionales, como Roy Barreras y Armando Benedetti. Por lo que de cara a las elecciones el anti-establecimiento se vuelve un as que puede ser jugado en la disputa sobre cuál de los dos candidatos representa más fielmente el hartazgo de la población colombiana frente a la clase política tradicional.

Esto crea un reto en la necesidad que va a tener el Pacto Histórico para reorientar su campaña, ya que esta bandera hubiera funcionado muy bien contra Federico Gutiérrez al concentrar este el descrédito del gobierno, así como aglutinar los partidos identificados como pertenecientes al establecimiento. Por el otro lado, el Pacto tiene una disyuntiva complicada, si bien la estrategia de señalar a Rodolfo Hernández puede espantar algunos de los votantes del ingeniero, también es cierto que puede hacer que los votantes uribistas simplifiquen su decisión de apoyar masivamente la campaña de la Liga.

El leviatán despierto

Con la estruendosa derrota de Antanas Mockus frente a Juan Manuel Santos en 2010, varios analistas dijeron que este suceso mostraba la insignificancia de las plataformas digitales en elecciones como Twitter y Facebook –en esa época, aunque con desparpajó, también habrían incluido Tik-Tok– y confundieron un leviatán dormido que apenas estaba comenzando a crecer.


Las elecciones de 2022 han mostrado que ya se puede ver a este animal mítico completamente despierto y todos los indicios parecen indicar que no ha terminado de crecer. Esta dinámica global cada vez más ha repercutido no solo en la forma de hacer política, sino en las redes que se forman para relacionarse entre los seguidores de una campaña y la forma en que obtienen su información política.

En este orden de ideas, la barrera entre lo analógico y lo digital es más difusa, tal vez debilitada por el impacto de la pandemia en el proceso de las interacciones remotas. De tal forma que, si bien los candidatos del Pacto Histórico y del Equipo por Colombia tuvieron en su repertorio formas de movilización tradicional –como los mítines en plaza pública–, ahora WhatsApp y su función de crear grupos y geolocalizarlos estratégicamente jugó un rol fundamental para permitir la interacción entre partidarios.

El uso de esta herramienta pudo ser observado con particular fuerza en la campaña de Rodolfo Hernández. A diferencia de sus contradictores él no tenía una estructura partidista detrás y pudo superar con facilidad a candidatos como John Milton Rodríguez, quien estaba apoyado logísticamente por varias iglesias y organizaciones partidistas. Distanciándose de enfoques más tradicionales, la campaña de Hernández creó la página rodolfistas.wappid.com, la cual permite articular nodos regionales de sus seguidores sin necesidad de tener sedes de campaña o una estructura política en el territorio para movilizar los votos.

A su vez, y paradójicamente del carácter localista del ingeniero, el estilo de campaña y liderazgo parece reflejar que hay arquetipos de campaña trasnacionales que cada vez son más exitosos. En este sentido, la campaña política de Hernández instrumentalizó la figura del empresario sencillo y pragmático. Esta figura parece entender de forma sencilla y expedita, más cercana a la gente, a sus problemas, al mismo tiempo que rechaza a una élite política. Con ello, el candidato obtiene réditos políticos. Estas pautas de campañas cada vez son más frecuentes y se consolidan en un mundo de creciente desigualdad e inestabilidad.

Perspectivas de cambio en distintas direcciones


Las elecciones de 2022 representan, por sí mismas, un cambio histórico en la política colombiana. Ni mucho menos son la caída del establecimiento y los partidos que se asocian con la política tradicional. Estas agrupaciones políticas estarán a la espera en el Congreso para observar el nuevo presidente va a negociar para conformar mayorías legislativas. Es necesario tener en cuenta que las últimas elecciones muestran una creciente diferencia entre el comportamiento electoral para Congreso y Presidente, por lo que si los partidos tradicionales se han debilitado en las elecciones presidenciales continúan teniendo gran fuerza y un poder decisivo para construir mayorías en el Congreso.

A pesar de esta inercia, no deja de ser histórico que por primera vez en la historia política del siglo XX y XXI dos candidatos presidenciales pasan a segunda vuelta sin recibir el apoyo de estos partidos. Aunque las cartas parecen favorecer a la campaña del ingeniero y es muy probable que gane, todavía hay muchas incógnitas que pueden cambiar los resultados. La segunda vuelta es una nueva campaña y sus resultados son más complejos que la suma de las votaciones de los candidatos que participaron en la primera vuelta.

En el juego electoral tres semanas son eternas y sorpresivas, más aún en Colombia, país que no se caracteriza por lo predecible de sus dinámicas políticas.

*Profesor de Flacso, Ecuador.

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Publicado enColombia
https://www.flickr.com/photos/bellmon/29434540422/

 

Las elecciones presidenciales en Colombia del pasado 29 de mayo y sus resultados, son el punto culmen de diversas transformaciones de larga duración, gestadas y desarrolladas no únicamente en el ámbito de la política colombiana, también por la forma acelerada en que ha cambiado el juego electoral de las democracias a nivel mundial en las dos primeras décadas del siglo XXI.

 Son cambios que invitan a que el análisis de estos comicios integre algunas de estas transformaciones de la política subnacional y nacional, vistas de forma interactiva y en permanente comunicación con algunas de las dinámicas globales. Tomando en cuenta estos particulares procedemos a continuación con algunas pistas de análisis que puntualizarán lo novedoso y las continuidades presentadas en estas elecciones.

La jornada electoral terminó con dos hechos políticos sobresalientes: 1) Gustavo Petro dobló la votación de cuatro millones de votos que había obtenido en la primera vuelta presidencial de 2018 contra Iván Duque, con ello un candidato de izquierda, por primera vez en la historia del país, ganaba la primera vuelta presidencial. 2) Rodolfo Hernández superó en votación a Federico Gutiérrez, el candidato que aglutinaba a todos los partidos del establecimiento y que representaba, implícitamente, al oficialismo del gobierno de Duque.

Estos hechos cambiaron el panorama que varios analistas y organizadores de las campañas políticas habían previsto para la segunda vuelta. En lugar de ser una reedición del 2018, en la cual el Centro Democrático y la Colombia Humana de Gustavo Petro se disputaron la presidencia, los resultados recientes auguran una segunda vuelta inédita con dos candidatos que reivindican una idea de cambio del país y que representan una ruptura contra el establecimiento, puesto que no recibieron el apoyo del expresidente Álvaro Uribe ni de los partidos políticos tradicionales.

Si bien, la configuración políticamente disruptiva de la segunda vuelta es relevante para el futuro del país, la atención mediática ha tendido a soslayar e invisibilizar varios procesos que pueden permitir comprender ciertas características. De hecho, es posible trazar algunos escenarios prospectivos frente a los resultados del próximo 19 de junio, en que se conocerá el nombre del nuevo presidente.


¿Estamos ante el fin del división político de la guerra y la paz?

Estas elecciones marcan el final de procesos en los que el recrudecimiento del conflicto armado y la negociación con los actores armados tuvieron un papel decisivo en las elecciones presidenciales, por lo menos en las últimas tres décadas.

La importancia de la paz y la guerra se remonta a la campaña de Belisario Betancur y su propuesta de negociaciones de paz con las guerrillas en los años ochenta, así como a la campaña de comienzos de los noventa que estuvo caracterizada siniestramente por la irrupción sanguinaria del narcotráfico y su influencia en las elecciones de 1994. La paz seguiría en vigencia con la disputa por quién realizaría la negociación entre las campañas de Andrés Pastrana y Horacio Serpa en 1998, pasando por las elecciones de 2002 y 2006, cuya victoria fue de Álvaro Uribe, quien abanderó el discurso de la Seguridad Democrática en un contexto álgido del conflicto armado y tras los fracasos en las negociaciones con las Farc de la administración de Pastrana.

Este discurso de la seguridad democrática alcanzó tal popularidad que, incluso, propició la llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia en 2010, aunque este gobierno terminó por distanciarse de su padrino político y del uribismo, y logró conducir al país hacia los Acuerdos de Paz con las Farc en La Habana (Cuba) en 2016. Santos defendió la bandera de la paz en las elecciones de 2014 frente al candidato del uribismo –Óscar Iván Zuluaga– para alcanzar su segundo mandato. Ya en 2018 el uribismo estaba nuevamente fortalecido y con la principal bancada en el Congreso conquistó la presidencia con Iván Duque, toda vez que promovía un discurso de ‘paz con legalidad’ que no era otra cosa que la de hacer trizas los Acuerdos de Paz. Paradójicamente, estas fueron las elecciones más pacíficas de las últimas décadas.

Las elecciones de 2022 rompen con la continuidad de la agenda en campañas orientadas hacia la paz y la guerra, dos asuntos recurrentes en la agenda electoral. Aunque estos temas fueron discutidos, en general en los debates y en las propuestas de las campañas que fueron a urnas el 29 de mayo existieron posturas similares y con algunos matices respecto de respetar el tratado de paz con las Farc y asegurar su cumplimiento, así como en buscar las posibilidades de conseguir una salida negociada con el Ejército de Liberación Nacional (Eln).

En este sentido, estas elecciones mostraron un acuerdo sobre la necesidad respetar lo acordado, a diferencia de las elecciones de 2018, en las que el Centro Democrático tenía una postura crítica respecto al Acuerdo y privilegiaba la salida militar al conflicto armado. En la campaña en curso, el único que continúo con la tesis de desconocer el conflicto armado y verlo como una amenaza terrorista fue Enrique Gómez, un candidato que, como su partido Salvación Nacional, se quedó anclado en el pasado. Lo anterior muestra, al menos en el marco de esta elección, unos compromisos básicos pero fundamentales respecto al cumplimiento del Acuerdo y a futuras negociaciones de paz. Esto no es un hecho menor, ya que el gobierno del presidente Duque en sus cuatro años hizo varios intentos por sabotear e incumplió los acuerdos y priorizó la respuesta armada estatal, más que propiciar espacios de diálogo con los grupos armados.

 

 

Izquierdas y derechas: las múltiples caras del discurso anti-establecimiento

Históricamente, el discurso anti-establecimiento y contra los partidos tradicionales fue bandera de la izquierda, por estar marginada del poder nacional, pese a ganar elecciones en ciudades como Pasto, Bogotá y Cali. En este orden, la creciente impopularidad y descontento frente al gobierno Duque se hizo cada vez más visible y fueron los grupos de oposición los que potenciaron esa opinión, principalmente, el senador de la Colombia Humana Gustavo Petro, así como integrantes de la Alianza Verde y el Polo Democrático Alternativo.

Si bien el discurso anti-establecimiento también había sido propiedad de sectores de izquierda y centro izquierda, esto también reflejaba una asimetría de poder electoral reflejada en que estos movimientos, a lo largo de la historia, habían tenido una representación política minoritaria en el Congreso de la República.

Ahora bien, la correlación de fuerzas con estas diferencias se ha expresado en lo que se conoce con las populares expresiones de la aplanadora de gobierno o el pupitrazo para aprobar proyectos de ley o rechazar mociones de censura sin consultar o incluso, en algunas ocasiones, dejando en el ostracismo a los partidos de oposición. Esta correlación de fuerzas estuvo dominada por los partidos tradicionales Liberal y Conservador, así como los que habían surgido de estos como el Partido de Unidad Social, Cambio Radical y luego, el Centro Democrático, quienes al ganar las elecciones de 2018 tenían mayorías para aprobar leyes en el legislativo.

En las elecciones legislativas de 2022 se dio un cambio incipiente de correlación de fuerzas en el Senado y en la Cámara de Representantes. El Pacto Histórico consiguió en Senado ser la mayor fuerza política y la segunda en la Cámara de Representantes, mientras que la Alianza Verde también creció en las dos Cámaras. Respecto a los partidos del establecimiento, el único que tuvo un crecimiento fue el Conservador, mientras que los otros mantuvieron o vieron reducida su representación política. Entre estos el Centro Democrático fue quien asumió el mayor castigo político por ser el partido oficialista de un gobierno claramente impopular. Estos resultados, si bien no implican que los partidos por fuera del establecimiento puedan construir mayorías sin necesidad de alianzas, sí muestran un relativo fortalecimiento y, por ende, un mayor juego de los partidos de centro izquierda e izquierda.

Ahora bien, en este escenario de fortalecimiento de estos partidos también resalta que la izquierda pierde la exclusividad sobre la bandera anti-establecimiento, ahora disputada por Rodolfo Hernández, quien desde un discurso centrado en el rechazo a la corrupción ha podido posicionarse como un político contrario a la clase política tradicional. De modo que las elecciones revelaron claramente que el descontento social contra la clase política no se viabilizó única y exclusivamente por la izquierda. Como se observa en los siguientes mapas, en los que la mayor intensidad del color indica el porcentaje que obtuvieron Rodolfo Hernández, Federico Gutiérrez y Gustavo Petro, quien será presentando más adelante, en los municipios colombianos.

La distribución de los votos muestra resultados similares a las votaciones de Zuluaga y Santos en 2014, así como las del plebiscito de los acuerdos de paz, donde es relativamente fácil identificar a los electores de izquierda y derecha, así como la división entre patrones de votación del centro y la periferia que se ha producido en anteriores elecciones.

Una realidad que no cambia de forma radical en las presidenciales de 2022, pero sí es posible observar que la derecha se divide en dos grupos identificables. En este sentido, uno de los cambios relevantes en el panorama electoral puede ser una derecha que no viabilice su expresión política identificándose con el Centro Democrático como principal proyecto político y que, insatisfecha con el gobierno de Duque, estuviera latente esperando un candidato en las áreas del país donde históricamente ha sido mayoritaria.

Este posible cambio gravitacional ha dejado al Centro Democrático con Antioquia como su único baluarte territorial, al tiempo que el resto de los votos que pueden hacer decisivo el apoyo de este sector se reparten entre los distintos partidos del establecimiento. A pesar de que todavía tienen una preponderancia electoral, cuando están en coalición muestran una creciente erosión de su capacidad para movilizar votantes en las elecciones presidenciales. Por consiguiente, el interrogante es si esta división en primera vuelta se puede tramitar para que estos partidos apoyen al ingeniero Rodolfo Hernández con lo que se haría patente la división política subnacional de las últimas elecciones.

Aunque la respuesta inmediata es que el anti petrismo puede servir como el engranaje clave para lograr esta “reunificación”, hay dos aspectos para tener en cuenta. En primer lugar, una alianza o recibimiento irrestricto del uribismo y de otros partidos del establecimiento por parte de la campaña de Hernández puede conducir a que sus votantes se sientan traicionados y prefieran votar en blanco, esto en el caso que sean de derecha y que estén desencantados con el uribismo, o incluso pueden migrar al petrismo, si eran únicamente inconformes. La paradoja entonces radicará en cómo este candidato puede crecer con estos apoyos sin perder más de lo que gana en el proceso.

En segundo lugar, la liberalización de la campaña (respeto de derechos Lgtbq, o el uso de marihuana recreativa), y el apoyo al proceso de paz para acercarse al centro pueda hacerle perder apoyo de votantes creyentes-religiosos y de la derecha más radical, aunque es probable que en estos últimos su decisión de votar se vea más influida por su antipetrismo que por las diferencias ideológicas que tenga frente a la campaña de Hernández.

Si esto es difícil, por el lado de la campaña del Pacto Histórico la consecución de votos para mantener el primer lugar y superar el posible crecimiento del ingeniero no se revela más fácil, incluso las jugadas son más complejas. Por una parte, hay un interrogante en el aire, ya que Gustavo Petro dobló sus resultados en comparación con la anterior primera vuelta. No obstante, todavía hay diferentes interpretaciones: si esto marca su techo o hay un espacio de crecimiento que le permita buscar votos.

En primera instancia y como se ve en el mapa, a pesar de mantener sus baluartes en las dos costas del país y en Bogotá, también se observa un crecimiento en el área andina, región que en las anteriores elecciones había sido más de derecha. La pregunta es si le alcanzarán las tres semanas para fortalecerse en esta región sin descuidar el crecimiento en las costas. En comparación con el sur de Colombia, la votación por el Pacto Histórico es muy fuerte, e indica que hay consolidación de las bases electorales, por lo que puede ser que su techo ya esté a tope, y esto le dificultaría crecer. En segunda instancia, hay una carta de juego en la creciente juntanza (movimiento) de mujeres que defienden sus derechos. Hasta ahora las declaraciones del ingeniero han reafirmado los roles clásicos asignados a las mujeres desde la postura conservadora y puede ser el momento de potencializar la apuesta que realizó el Pacto en las listas paritarias al Congreso, porque amplía la participación de la mujer en cargos de poder.

Finalmente, al estar en disputa la bandera anti-establecimiento esta ya no es de propiedad exclusiva de una de las dos campañas. Al contrario, desde la consulta, la campaña del Pacto Histórico fue aceptando figuras ligadas a partidos tradicionales, como Roy Barreras y Armando Benedetti. Por lo que de cara a las elecciones el anti-establecimiento se vuelve un as que puede ser jugado en la disputa sobre cuál de los dos candidatos representa más fielmente el hartazgo de la población colombiana frente a la clase política tradicional.

Esto crea un reto en la necesidad que va a tener el Pacto Histórico para reorientar su campaña, ya que esta bandera hubiera funcionado muy bien contra Federico Gutiérrez al concentrar este el descrédito del gobierno, así como aglutinar los partidos identificados como pertenecientes al establecimiento. Por el otro lado, el Pacto tiene una disyuntiva complicada, si bien la estrategia de señalar a Rodolfo Hernández puede espantar algunos de los votantes del ingeniero, también es cierto que puede hacer que los votantes uribistas simplifiquen su decisión de apoyar masivamente la campaña de la Liga.

El leviatán despierto

Con la estruendosa derrota de Antanas Mockus frente a Juan Manuel Santos en 2010, varios analistas dijeron que este suceso mostraba la insignificancia de las plataformas digitales en elecciones como Twitter y Facebook –en esa época, aunque con desparpajó, también habrían incluido Tik-Tok– y confundieron un leviatán dormido que apenas estaba comenzando a crecer.


Las elecciones de 2022 han mostrado que ya se puede ver a este animal mítico completamente despierto y todos los indicios parecen indicar que no ha terminado de crecer. Esta dinámica global cada vez más ha repercutido no solo en la forma de hacer política, sino en las redes que se forman para relacionarse entre los seguidores de una campaña y la forma en que obtienen su información política.

En este orden de ideas, la barrera entre lo analógico y lo digital es más difusa, tal vez debilitada por el impacto de la pandemia en el proceso de las interacciones remotas. De tal forma que, si bien los candidatos del Pacto Histórico y del Equipo por Colombia tuvieron en su repertorio formas de movilización tradicional –como los mítines en plaza pública–, ahora WhatsApp y su función de crear grupos y geolocalizarlos estratégicamente jugó un rol fundamental para permitir la interacción entre partidarios.

El uso de esta herramienta pudo ser observado con particular fuerza en la campaña de Rodolfo Hernández. A diferencia de sus contradictores él no tenía una estructura partidista detrás y pudo superar con facilidad a candidatos como John Milton Rodríguez, quien estaba apoyado logísticamente por varias iglesias y organizaciones partidistas. Distanciándose de enfoques más tradicionales, la campaña de Hernández creó la página rodolfistas.wappid.com, la cual permite articular nodos regionales de sus seguidores sin necesidad de tener sedes de campaña o una estructura política en el territorio para movilizar los votos.

A su vez, y paradójicamente del carácter localista del ingeniero, el estilo de campaña y liderazgo parece reflejar que hay arquetipos de campaña trasnacionales que cada vez son más exitosos. En este sentido, la campaña política de Hernández instrumentalizó la figura del empresario sencillo y pragmático. Esta figura parece entender de forma sencilla y expedita, más cercana a la gente, a sus problemas, al mismo tiempo que rechaza a una élite política. Con ello, el candidato obtiene réditos políticos. Estas pautas de campañas cada vez son más frecuentes y se consolidan en un mundo de creciente desigualdad e inestabilidad.

Perspectivas de cambio en distintas direcciones


Las elecciones de 2022 representan, por sí mismas, un cambio histórico en la política colombiana. Ni mucho menos son la caída del establecimiento y los partidos que se asocian con la política tradicional. Estas agrupaciones políticas estarán a la espera en el Congreso para observar el nuevo presidente va a negociar para conformar mayorías legislativas. Es necesario tener en cuenta que las últimas elecciones muestran una creciente diferencia entre el comportamiento electoral para Congreso y Presidente, por lo que si los partidos tradicionales se han debilitado en las elecciones presidenciales continúan teniendo gran fuerza y un poder decisivo para construir mayorías en el Congreso.

A pesar de esta inercia, no deja de ser histórico que por primera vez en la historia política del siglo XX y XXI dos candidatos presidenciales pasan a segunda vuelta sin recibir el apoyo de estos partidos. Aunque las cartas parecen favorecer a la campaña del ingeniero y es muy probable que gane, todavía hay muchas incógnitas que pueden cambiar los resultados. La segunda vuelta es una nueva campaña y sus resultados son más complejos que la suma de las votaciones de los candidatos que participaron en la primera vuelta.

En el juego electoral tres semanas son eternas y sorpresivas, más aún en Colombia, país que no se caracteriza por lo predecible de sus dinámicas políticas.

*Profesor de Flacso, Ecuador.

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Publicado enEdición Nº292
Miércoles, 04 Mayo 2022 05:20

La libertad vigilada de los libertarios

Asalto al Capitolio, 6 de enero de 2021.. Imagen: AFP

El gobernador Ron DeSantis de Florida ha prohibido 54 libros de matemáticas alegando que incluyen la Teoría crítica de la raza y nuevos métodos pedagógicos que, según él, “no son efectivos” como el Aprendizaje social y emocional (SEL). No explicó ni discutió qué párrafos de las matemáticas pueden ser antirracistas, pero dio una conferencia de prensa con el estilo propio de los políticos de la negación: con furiosa obviedad sobre cómo se creó el universo, la moral y el sexo de los caracoles.

Los medios y las plataformas crean una necesidad psicológica y los políticos de la negación venden a los consumidores la droga que los alivia, droga con todos los ingredientes reaccionarios que se puedan imaginar: seguridad, inmediatez, victimización. Algunas alucinaciones son tan viejas como la Teoría del genocidio blanco, inventada en el siglo XIX cuando los negros se convirtieron en ciudadanos, casi en seres humanos.

Esta política de la negación profundiza y limita la discusión de la política de identidad (como la negación del racismo; la negación de la existencia de gays y lesbianas) silenciando la matrices como la existencia de una lucha de clases y cualquier forma de imperialismo propio. Si de eso no se habla, eso no existe.

Este producto se vende tan bien que, como ha ocurrido desde hace siglos, se ha exportado manufacturado a las colonias del sur. Por ejemplo, solo el nombre “libertarismo”, ahora bandera de figuras ascendentes de la extrema derecha en América latina como el argentino Javier Milei, es una copia literal de los “libertarians” que surgieron en Estados Unidos como reacción a la humillante elección de un mulato como presidente de Estados Unidos en 2008. Como el Tea Party, estos grupos siempre se justifican en una tradición que toman de los llamados Padres Fundadores. Incluso en Argentina y Brasil se han usado la bandera amarilla con la serpiente que representaba la unión de las Trece Colonias y que enroscada sobre el lema “No pases sobre mí” más bien parece un emoji de excremento humano. También en Europa, en América latina y hasta en Hong Kong los grupos de derecha han ondeado la bandera racista y esclavista de la Confederación.

Muchos estadounidenses que flamean esta bandera en sus 4×4 se sorprenden cuando uno les recuerda que es la bandera del único grupo que estuvo cerca de destruir el país que dicen defender (Estados Unidos) con el objetivo de mantener la esclavitud y el privilegio de los blancos. Muchos ni siquiera lo saben porque en este país la historia cruda es uno de los tabúes más consolidados.

No sin paradoja, fue un conservador libertario, el representante por Texas y candidato a la presidencia Ron Paul, quien reconoció y condenó la tradición imperialista de Washington y la responsabilidad de los líderes latinoamericanos como Fidel Castro y Hugo Chávez. “Nosotros no recordamos nada y ellos no se olvidan de nada”, dijo en un debate. Por esta insistencia, fue silenciado por la gran prensa y muchos de sus seguidores (entre ellos algunos de mis ex estudiantes, quienes continúan militando en política) se convirtieron en votantes del socialista Bernie Sanders.

El nuevo mote de “libertario” fue una estrategia conocida en los negocios: cuando una empresa está quebrada por las deudas, se la declara en bancarrota, se le cambia el nombre y se continúa con en el mismo negocio. Lo mismo ha ocurrido con el neoliberalismo. Impuesto a la fuerza de las armas en Chile con Pinochet y por la fuerza de los bancos internacionales en decenas de otros países en los 80s y 90s y, más recientemente, con Mauricio Macri en Argentina y Luis Lacalle Pou en Uruguay, siempre ha terminado en un doloroso fracaso, no sólo económico sino social. Fracaso, naturalmente, no para sus intereses de clase.

Libertario y neoliberal son la misma cosa, pero los libertarios le agregaron la furia de Savonarola y Lutero. Es la misma diferencia que hay entre el sermón pausado de un sacerdote católico y la arenga sudorosa de un pastor protestante. ¿Recuerdan aquellos muchachos tan amables con acento inglés que predicaban barrio por barrio salvando almas (sobre todo las suyas) allá en los 70s y 80s? Bueno, la semilla ha dado frutos.

Contrario a las de los Padres Fundadores estadounidenses que insistían en separar la religión del Estado (herencia de los filósofos de la Ilustración), los libertarios han metido al misionero en los gobiernos. En Brasil organizaron rezos en un congreso; la misma esposa del presidente Bolsonaro es una influyente pastora; en Costa Rica la esposa de un candidato “hablaba en lenguas” para apoyar la campaña electoral; más recientemente el diputado Milei argumentó en la cámara contra los impuestos citando la Biblia: los judíos se fueron de Egipto para escapar de la esclavitud y de los impuestos, como ahora se van los empresarios de Argentina. La lista es larga y significativa.

La política de la negación es la política del exitismo frustrado: “la derecha sabe gobernar pero tiene mala suerte”, por eso fracasa siempre. El sentimiento de frustración fue una razón para que tantos millones de europeos civilizados apoyasen el fascismo y el nazismo hace cien años. Si ya no lo vemos venir, es porque estamos dentro de ese absurdo suicida.

Por si todo este fanatismo fuese poco, el gobernador DeSantis, como ahora sus remedos del Sur, también insiste en que los profesores y los activistas por los derechos civiles adoctrinan a los jóvenes, pero ¿qué adoctrinación es más radical que enseñar a negar la historia en nombre de Dios, la libertad, la patria y la familia?

¿Qué hay más adoctrinador que repetirle a los niños que somos los campeones de la libertad? Que nunca invadimos para defender intereses económicos sino, como decía Roosevelt y los esclavistas, por altruismo, para llevar la libertad a los países de negros que no saben gobernarse. ¿Qué hay más adoctrinador que negar los horrores de una historia de la que no somos responsables pero la adoptamos cuando decimos “nosotros” y acto seguido negamos haber hecho nada malo?

¿Qué más radical que presentar a los tradicionales opresores de clase, de género y de etnias ajenas como víctimas?

¿Qué más radical que el poema de Kipling, “La pesada carga del hombre blanco”, bandera del imperialista feliz que en una mano cargaba la Biblia y en la otra el látigo?

¿Qué más radical y qué peor adoctrinación que la política de la negación que permite que se comentan viejos crímenes colectivos como si fuesen nuevos derechos tribales?

¿Qué más radical, dogmático, doctrinario e hipócrita que llenar tribunas con discursos contra la “cancel culture” (cultura de la cancelación), furiosos discursos sobre la libertad y, apenas llegan al poder se dedican a aprobar una y otra vez leyes prohibiendo decir esto, discutir aquello, hacer lo otro? La misma hipocresía de los esclavistas de Estados Unidos que defendían la expansión de la esclavitud en nombre de la libertad, el orden y la civilización. Nada diferente a los dictadores latinoamericanos promovidos por las Transnacionales, herederas de los poderosos esclavistas sureños.

Esta derecha rancia y rejuvenecida a fuerza de cirugía es tan libertaria que solo prohíbe algo cuando los de abajo amenazan con obtener o conservar algún derecho. Siempre en nombre de la Ley y el Orden. Como decía Anatole France, “la Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

4 de mayo de 2022

Publicado enPolítica
Domingo, 24 Abril 2022 05:55

Salvarse de milagro

Momento de oración en la iglesia evangélica «Jesús es nuestro salvador» en Antananarivo, Madagascar AFP, GIANLUIGI GUERCIA

El pentecostalismo como nueva religión de los pobres del mundo

Con su auge ligado al de la derecha global, millones acuden a sus iglesias en todo el planeta, donde se ofrece no solo orientación espiritual, sino también apoyo material.

El pastor sudafricano Alph Lukau alcanzó la infamia mundial en 2019, con un video viral en el que resucitaba de entre los muertos a un hombre que mostraba claras señales de vitalidad. Ese «milagro» de caricatura fue el clímax de una reñida competencia profética: varios predicadores sudafricanos venían incorporando prácticas cada vez más extremas en sus servicios religiosos, en los que capitalizaban el descontento y la frustración de una nueva generación de fieles.

El «profesor» Lesego Daniel venía afirmando desde hacía varios años que él tenía el don de convertir «la nafta en piña colada», y llegó a alentar a su congregación a beber gasolina como una especie de comunión habitual. Uno de sus protegidos, el pastor Lethebo Rabalago, fue apodado Prophet of Doom (‘profeta del apocalipsis’) por rociar a sus feligreses con insecticida de la marca Doom, para así expulsar los demonios en forma de sida que supuestamente habitaban en los fieles. Mientras tanto, el «profeta» Penuel Mnguni es conocido por caminar por encima de creyentes semidesnudos tendidos en el suelo, a quienes hace comer serpientes vivas mientras los libera del mal.

Es fácil pensar en la secta de Jim Jones y la masacre de Jonestown al leer sobre estos episodios. Pero estos pastores no pertenecen a alguna secta apocalíptica minoritaria. Son solo una expresión excepcionalmente moderna y extrema del cristianismo pentecostal, una fe que, al menos en lo que respecta a conversiones, es la religión mundial de crecimiento más rápido, con más de 600 millones de seguidores en la actualidad.

Lo que Mnguni ha denominado como su «iglesia del horror» podría parecer algo alejadísimo del cristianismo tal como mucha gente lo conoce, pero de eso se trata. Los predicadores jóvenes más salvajes, populares y ricos del sur de África no se caracterizan por hacer las cosas al pie de la letra, ni siquiera de la letra bíblica. Y sus congregaciones los aman por eso. El nuevo pentecostalismo es un gran fuck you a todas las instituciones que les han fallado. Es la nueva fe de los trabajadores pobres del mundo.

SALUD Y DINERO

De unos 2.000 millones de cristianos que habitan la Tierra, más de una cuarta parte son ahora pentecostales, una denominación que en 1980 reunía a solo el 6 por ciento de ellos. Se prevé que para 2050, 1.000 millones de personas, o uno de cada diez humanos, serán parte de esta fe. No está mal para una corriente iniciada en Los Ángeles en 1906 a impulso de un hijo de esclavos libertos, a la que durante mucho tiempo se consideró como la hija bastarda del cristianismo.

El pentecostalismo es una rama del cristianismo evangélico. Sus adherentes primero «nacen de nuevo», aceptan a Jesús como su señor y salvador, y luego son imbuidos por el Espíritu Santo, del que reciben dones que incluyen la capacidad de obrar milagros, profetizar y hablar en lenguas. Muchos pentecostales no adoptan esa etiqueta, pero su práctica carismática o guiada por el Espíritu Santo, aunque varía notablemente en todo el mundo, es inconfundible.

Desde sus inicios, el pentecostalismo ha atraído con fuerza a mujeres, inmigrantes, afroamericanos y pobres. Su surgimiento como la fe predilecta de los trabajadores pauperizados del mundo se debe, en gran parte, a su enfoque doctrinal de «salud y riqueza»: la promesa de experiencia directa e interacción personal con la presencia de Dios y sus milagros, que brinda éxito tanto en cuestión de mente, cuerpo y espíritu como de billetera.

He pasado los últimos dos años viajando por el mundo para comprender el notable auge de este movimiento. En Estados Unidos, se tiende a pensar en los evangélicos como personificados por el clásico votante blanco de Donald Trump, pero lo cierto es que el pentecostal promedio es una mujer joven del África subsahariana o de América Latina. A ella se unen los desertores de Corea del Norte que luchan por sobrevivir en Seúl, los gitanos británicos y europeos que durante mucho tiempo han sido los más marginados de sus sociedades, los pueblos indígenas que cargan con el trauma de las guerras sucias y las dictaduras en América Central. Poblaciones como estas, que vienen convirtiéndose en grandes números desde la década de 1980, nos dicen mucho sobre el mundo moderno.

La nueva ola de predicadores sudafricanos, con sus camisas coloridas y trajes elegantes, ha encontrado una audiencia ávida entre los millennials, quienes crecieron rodeados por el optimismo posterior a la caída del apartheid, solo para sufrir una terrible decepción. Se trata de una generación a la que se le prometió todo y que, en cambio, se encontró al llegar a la adultez con la sociedad más desigual del mundo (así lo indican los últimos reportes del Banco Mundial), con un 65 por ciento de desempleo juvenil, de acuerdo a cifras oficiales, más del 80 por ciento de la población sin seguro médico y un sistema educativo deficiente.

Los problemas de Sudáfrica pueden parecer extremos, pero en casi todos los rincones del mundo el patrón se repite. Particularmente en las grandes ciudades y sus alrededores, millones de personas recurren a las Iglesias pentecostales porque son los únicos lugares donde logran encontrar satisfacción a sus necesidades tanto espirituales como materiales.

A medida que este movimiento crece, las Iglesias se convierten en Estados dentro de los Estados, en los que los diezmos son efectivamente una forma de impuestos. A través de las Iglesias, las personas reciben atención médica, clínica y milagrosa, así como una red de cuidado para los niños y apoyo social. Cuando los Estados no brindan suficientes programas sociales ni un nivel de vida decente que pueda sostener a las comunidades, los trabajadores pobres buscan alternativas en otras instituciones, y a menudo las encuentran en el pentecostalismo.

PROSPERIDAD Y POPULISMO

La mayoría de las Iglesias pentecostales no practican la fe con los mismos métodos extremos que los jóvenes predicadores de Sudáfrica, pero algunas de sus prácticas no resultan menos extrañas para quienes están por fuera del movimiento. Para ver de primera mano la revolución que está ocurriendo en América Latina, basta ir a Brás, un barrio de clase trabajadora de San Pablo. En Brasil, los pentecostales pasaron de ser el 3 por ciento de la población en 1980 a constituir más del 30 por ciento en la actualidad, trastocando 500 años de dominio católico en tan solo unas pocas décadas.

Es lunes por la mañana y el sol aún lucha por pasar por encima del Templo de Salomón, el santuario de 55 metros de alto cuya construcción costó 300 millones de dólares dedicados al dios de la salud y la riqueza, y que funciona como sede de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD). En el servicio de las 7 de la mañana, un hombre frente a nosotros abre una enorme Biblia desgastada y le pone su billetera encima, la eleva por encima de su cabeza y se comunica con los cielos en lenguas.

Los feligreses de la IURD se han hecho famosos por regalar a la Iglesia, en momentos de éxtasis, incluso sus autos y en ocasiones hasta sus propias casas. El fundador de la Iglesia, Edir Macedo, quien ha hecho más que nadie por popularizar el pentecostalismo en Brasil, es hoy un magnate multimillonario, pero fue una vez un niño pobre de las favelas, uno de los siete que sobrevivieron la infancia de un total de 17 hermanos.

La gran innovación de Macedo fue abrir sus iglesias a primera hora de la mañana y a última hora de la noche, cuando quienes trabajan en las fábricas o como empleadas domésticas van y vienen de sus trabajos. En opinión de Macedo, un predicador pentecostal necesita seguidores, no formación. Durante años este líder religioso se dedicó a promover a personas comunes para que crearan bajo sus propios términos sus propias filiales de la Iglesia.

En las favelas y los pueblos pobres en las orillas del Amazonas, los pastores pentecostales se ven y se escuchan como la población local. Crecen pateando las mismas calles que sus fieles y a través de la Iglesia ascienden en la escala social a posiciones de mayor estatus, tal como aspiran a hacerlo sus vecinos. Oyen en esas calles hablar de la madre enferma de alguien y le dan una visita para consolarla. Actúan como mentores de su congregación, alentando a los feligreses a iniciar sus propios emprendimientos de venta ambulante y a escapar de patrones maltratadores. Si un marido mujeriego vuelve a sus andanzas o a la bebida, el pastor pasa a darle una charla para hacerlo entrar en razón.

Por supuesto, también presionan a su rebaño empobrecido para que dé en diezmo, como mínimo, el 10 por ciento de su dinero, pero ¿acaso no existimos en un sistema que iguala valorar algo con pagar por ello? En ese sentido, el evangelio de la prosperidad es la respuesta incómoda a un mundo que rinde culto al dinero todos los días, solo que generalmente lo hace sin ceremonia de por medio.

Además de eso, habría creciente evidencia de que el evangelio de la prosperidad, a su manera, cumple. En los últimos años se han publicado varias investigaciones académicas que afirman haber encontrado que las personas que provienen de la pobreza o de ciclos de violencia y adicción tienen mayores posibilidades de escapar de ese mundo si se unen a una Iglesia evangélica: la llamada profecía autocumplida de la gracia divina manifestada a través del bienestar material. Esta teología de la prosperidad no solo tiene éxito donde fracasan los Estados, sino que les ofrece a estos un incentivo para que fracasen, al brindarles a las poblaciones vulnerables la red de solidaridad que el Estado les niega.

El pentecostalismo de hoy tiene mucho en común con el giro político global hacia un populismo derechista que despotrica contra la globalización, el feminismo, la migración masiva y la ciencia. No es casualidad que la popularidad de esta fe coincida con un marcado cambio en la perspectiva política, social y económica alrededor del mundo. El pentecostalismo, de hecho, ha desempeñado un papel vital en el ascenso de un nuevo tipo de líderes de derecha dura, incluidos Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y Rodrigo Duterte. Pero este movimiento es, al mismo tiempo, más grande que la política. El avance de esta fe sigue los patrones de migración global de la clase trabajadora. Para muchas personas que se ven obligadas a mudarse a grandes ciudades, como Johannesburgo, San Pablo, Londres o Los Ángeles, la religión es su única forma de comunidad.

El pentecostalismo ofrece acceso directo al alimento espiritual, social y material en un universo que niega los tres a los pobres del mundo. Naturalmente, un número creciente de Iglesias pentecostales también atiende a las clases media y rica. Después de todo, la escala social siempre es resbalosa y cualquiera que la ascienda necesita de un milagro para mantenerse ahí arriba.

21 abril, 2022

(Publicado originalmente en Jacobin. Traducción y titulación de Brecha.)

*Elle Hardy es una periodista e investigadora australiana, autora de Beyond Belief: How Pentecostal Christianity Is Taking Over the World.

Publicado enSociedad
Pedro Castillo, sin el sombrero chotano que lo acompañó como su sombra desde la campaña electoral. Presidencia de Perú

Sin apoyo entre los grupos de poder que miraron con desprecio de clase su desembarco en Lima, ni entre los sectores populares, que no encuentran motivos para sostenerlo, la gestión del presidente peruano parece agotada

 

“En el Perú todo es posible, esto no es una novedad”. La respuesta a la pregunta de si el presidente Pedro Castillo podría terminar renunciando en medio de la actual ola de protestas no habría sido extraña en boca de un analista. Pero quien la pronunció es nada menos que el presidente del Consejo de Ministros, Aníbal Torres.  

Aunque decir eso es un sincericidio poco político, el ministro tiene razón: en estos últimos años, todos los presidentes peruanos –muchos de ellos “vacados” (destituidos)– terminaron procesados, prófugos, presos o suicidados (como ocurrió con Alan García, el alguna vez emblemático líder del Apra).  

Los coletazos del caso Odebrecht –la constructora brasileña que repartió sobornos a diestra y siniestra en Brasil y América Latina– hizo estragos en un país donde el sistema de partidos había implosionado en los primeros años 90. De esa implosión, tras años de violencia demencial de Sendero Luminoso y una creciente legitimación del terrorismo de Estado como estrategia antisubversiva, emergieron varios presidentes inesperados de diferentes signos ideológicos: el “chino” Alberto Fujimori fue el primero de la saga y dio un autogolpe; el “profe” Pedro Castillo es el último y podría no terminar su mandato.  

Hoy, el presidente de origen campesino se ve doblemente acorralado: por las elites y la derecha, que amenazan con destituirlo desde el Congreso, y por la movilización social que comenzó contra el aumento del precio de los combustibles y los fertilizantes y se extendió a múltiples sectores con diferentes demandas, en un país que fue especialmente azotado por la pandemia. Las torpezas oficiales para responder a los reclamos sociales, que incluyeron un toque de queda extremadamente impopular y proyectaron una extendida imagen de desgobierno, ponen sobre la mesa, una vez más, la posibilidad de que Castillo deba renunciar antes de cumplir un año en el cargo o sea vacado por el Congreso. 

Castillo proviene de la localidad de Chota, en la región norteña de Cajamarca y postuló por el partido Perú Libre luego de un intento de armar un “partido de maestros” frustrado por la pandemia. Surgido como el candidato menos esperado, del lugar más inesperado, quedó a la cabeza del batallón de candidatos en la primera vuelta de las presidenciales del 11 de abril de 2021 con solo un 18,9% de los votos. Y luego ganó la segunda por la mínima. 

Como cuenta su esposa Lilia Paredes en un documental, Castillo se fue a inscribir como candidato a Lima y ya en campaña los vecinos le preguntaban a ella, casi con desconfianza, “por qué Pedro no aparecía en los medios” si era postulante presidencial. En efecto, Castillo comenzó sin ninguna posibilidad, pero con un lápiz gigante y un sombrero chotano que nunca abandonaba, se fue haciendo fuerte en las zonas andinas y sobre el final de la campaña empezó a aparecer en todos los radares de Lima –y en los medios que miraban sus vecinos de pueblo–. Ya era tarde para frenarlo. Como su escalada en las encuestas fue sobre el tramo final de la elección, no lograron “bajarlo” con la guerra sucia que lo asociaba al grupo armado Sendero Luminoso. 

En la campaña, Castillo apeló a su identidad de profesor rural y de “rondero”, en referencia a las rondas campesinas creadas en Cajamarca en los años 70 para enfrentar el robo de ganado, que en los años 80 se replicarían en el resto del país para hacer frente a Sendero. Estas rondas se solapan a menudo con la propia autoridad estatal en zonas rurales alejadas, donde la presencia del Estado es débil. 

Fogueado como dirigente sindical en la radicalizada huelga del magisterio de 2017, Castillo solo pudo llegar a ser presidente en una configuración electoral única. La misma que explica que la desprestigiada Keiko Fujimori –varias veces candidata– quedara otra vez a las puertas del poder.  

En el balotaje, la mitad del país votó contra el comunismo y la otra contra el fujimorismo. Y en esa disputa, los segundos ganaron por poco más de 40.000 votos y llevaron al “profe” a la presidencia. Pero a diferencia de Evo Morales en Bolivia, quien cuando llegó al Palacio en 2006 ya había hecho dos campañas presidenciales (la primera en 2002), había ejercido desde 1997 como diputado y jefe de la bancada del Movimiento al Socialismo (MAS), y había recorrido el mundo como referente “alterglobalización”, Castillo pasó de la noche a la mañana del Perú profundo a una Lima ajena y hostil. Y su olfato político estuvo lejos del que tuvo el líder boliviano. 

Su gestión fue desde el inicio errática. El actual presidente nunca fue militante del partido que lo llevó al poder como “invitado” en sus listas (sin imaginar que podía ganar). Si miramos su página en Wikipedia, Perú Libre aparece como un partido “marxista leninista mariateguista”, pero en la práctica se trata de una fuerza con base en el departamento de Junín, donde su polémico líder Vladimir Cerrón fue gobernador, con una mezcla de posicionamientos bolivarianos y no poco pragmatismo, además de varias denuncias de corrupción sobre sus funcionarios. 

Cerrón contrapone esta “izquierda provinciana” a la “izquierda caviar” urbana de Verónika Mendoza. Como escribió Hernán Maldonado, “más allá del exhibicionismo radical, de cierta arrogancia doctrinaria, e incontinencia y decisionismo tuitero, las disputas de Perú Libre y sus líderes se han dirigido principalmente a defender o alcanzar espacios de poder, un típico juego de la silla, pero con música de protesta y frases de manual de marxismo soviético de los 70”. Esta sobreactuación fue más eficaz para alimentar las ansiedades y fantasmas conservadores que para proveer un programa efectivo al gobierno. 

Sin mayoría legislativa, Castillo se vio abrumado por un Congreso que, según la Constitución, debe dar su voto de confianza a los gabinetes presidenciales y puede echar fácilmente al presidente si junta suficientes votos. De hecho, el fujimorismo intentó primero desconocer la elección mediante denuncias de fraude hasta el último momento y tras fracasar en ese intento, comenzó a promover una “coalición vacadora” desde el minuto cero, junto a diversos grupos de poder. 

Pero también debilitó a Castillo su permanente indecisión entre tres grupos de apoyo: Perú Libre, la izquierda urbana y su propio entorno (sectores provenientes de Cajamarca). Así, armó diferentes gabinetes motivados más por equilibrios esquivos, el objetivo de calmar a los mercados y la intención de evitar su destitución parlamentaria que por un proyecto programático más o menos definido. 

De este modo, como ya se podía anticipar, más que la instauración de un comunismo casi camboyano, como temía o fingía temer la derecha, el objetivo de Castillo terminaría siendo, más bien, poder permanecer los cinco años de su mandato en la Casa de Pizarro. Los cambios de presidente del Consejo de Ministros –desde Guido Bellido a Mirtha Vásquez, con perfiles contrapuestos y niveles de apoyo social muy diferentes– le impidió al gobierno construir una personalidad política para transitar una gestión que ya se anticipaba compleja, en medio de los estragos de la pandemia de la covid. Incluso hubo un presidente del Consejo de Ministros que duró cuatro días en febrero pasado: Héctor Valer, un ex adherente al partido de extrema derecha Renovación Popular. 

Castillo pasó, así, de gabinetes más subordinados a Perú Libre a otros más “equilibrados”, para terminar en armados ministeriales de mera supervivencia. Las declaraciones de varios exministros sobre la dificultad que habían tenido para acceder a audiencias con el presidente dejan ver el estilo poco convencional de la gestión castillista. Sin agenda política, su popularidad fue cayendo en picado. Su único consuelo es que el resto de los políticos no están mejor en adhesión popular. De hecho, las encuestas reflejan que el Congreso genera aún más desaprobación que el presidente. 

En febrero pasado, al parecer por consejo de asesores de imagen, Castillo se deshizo del sombrero chotano que lo acompañó como su sombra desde la campaña electoral. Un detalle revelador de sus dificultades para encontrarse consigo mismo en el rol de presidente de la República. 

Las actuales protestas surgieron en Huancayo, capital del departamento de Junín, cuna de Perú Libre. Allí los transportistas iniciaron una huelga con bloqueos de caminos que coincidió con las movilizaciones del Frente de Defensa de los Productores Agropecuarios de la Región Junín. Entre las demandas están, entre otras, la bajada de precio de los combustibles y de los fertilizantes e insumos agrícolas. Y a las protestas iniciales se irían sumando otras a lo largo y ancho del país. Algunas con saqueos y violencia. Se incorporarían también sectores urbanos con consignas racistas. 

De esta manera, siguiendo una dinámica habitual en los Andes, diferentes sectores aprovecharon el momento para sumar sus propias demandas. Una “lógica de la equivalencia” que puede terminar por transformar un conflicto corporativo local en un estallido social nacional si no se interviene a tiempo con habilidad negociadora. 

Lejos de eso, el Gobierno reaccionó tarde y mal. Las declaraciones de Castillo, hablando de bloqueadores “malintencionados y pagados por algunos dirigentes y cabecillas”, fueron el combustible para una “indignación moral” difícil de desactivar. La llegada de informes de inteligencia sobre inminentes saqueos en Lima llevó al Gobierno a decretar el toque de queda y la “inamovilidad social”, lo que generó un amplio rechazo de quienes quedaron varados para ir o regresar de sus trabajos, además de quienes se vieron afectados por la abrupta suspensión de las clases.  

Así, mientras la derecha denunciaba el desgobierno y trataba de volver a poner en agenda la salida anticipada de Castillo, la izquierda denunciaba las medidas represivas “desproporcionadas”, al tiempo que le recriminaba al mandatario haber abandonado la agenda de cambio.  

La referente de izquierda urbana Verónika Mendoza –cuyo espacio también se transita una crisis severa– tuiteó que el Gobierno no solo traicionó las promesas de campaña sino que “repite el método de resolución de conflictos de la derecha”. Y el jefe de Perú Libre Vladimir Cerrón proclamó que “¡Si en el país no hay cambio de Constitución, no hay cambio de nada!”. 

Castillo pidió perdón a la población, recordó que proviene del mismo pueblo que ahora está en las calles en su contra y busca, otra vez, esquivar la crisis. El problema es que sin apoyo entre los grupos de poder (que miraron con desprecio de clase y raza su desembarco en Lima) ni entre los sectores populares (que no encontraron motivos para sostener al presidente) las reservas de energía para reencuadrar su gestión parecen agotadas y las palabras del presidente del Consejo de Ministros peligrosamente reales. 

En los siguientes días y semanas, en efecto, “todo es posible” y la crisis seguirá de manera más abierta o soterrada. O quizás todo menos una real recuperación del gobierno. Ello será un golpe severo para quienes se proponen un cambio de modelo –económico y social– y un debilitamiento del colonialismo interno peruano. Nadie sabe qué puede surgir del clima “que se vayan todos” que vive la política peruana.

9/04/2022

Publicado enInternacional
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