Martes, 02 Agosto 2022 05:33

¿El poliamor es para los hombres?

Reivindicación del poliamor en el Orgullo de Bruselas de 2015. Miguel Discart (CC BY-SA 2.0)

La no monogamia parte de los feminismos y las filosofías libertarias y sirve a la liberación de la mujer, pero también es capaz de ensanchar el mundo

 

Parece ser que no solo “la revolución sexual se ha inventado para los hombres”, sino que las prácticas y teorías sobre relaciones no monógamas también se han creado para mejor alimentar las expectativas sexuales masculinas. O eso se dice en redes y medios.

La conversación en redes ha arrancado con la publicación de un vídeo sexual del presentador Santi Millán en el que estaba con una persona que no es su mujer –un delito grave contra su intimidad, por cierto–. Bueno, más bien por la reacción de su pareja, Rosa Olucha, que comentó en Instagram: “No tenéis que sentir pena ni apoyar a nadie. Yo no soy una víctima y aquí no hay ni bandos ni propiedades. Ni él es mío ni yo soy suya”. Y “me da mucha pereza ver que, a estas alturas, el sexo consentido y privado siga causando escándalos. Sí, señores, ¡la gente folla! Dentro y fuera de la pareja. Y me da casi más pereza que, cuando se hace público, la mayoría se apiada de las mujeres con el clásico ‘pobrecita, no se enteraba’ o ‘qué imbécil que se lo permitía’. Mierda de sociedad católica y patriarcal”. Dan ganas de aplaudirle la verdad.

Esta situación ha desencadenado una lectura conservadora desde un sector del feminismo al nivel del comentario de una tuitera que decía: “El poliamor son los cuernos de toda la vida pero sin el derecho al legítimo cabreo. Huye del que te hable de poliamor, es el cabrón de siempre pero disfrazado de moderno”. Esta tuitera y las que piensan como ella se olvidan de que las propuestas y modos de vida no monógamas han partido del ámbito libertario o contracultural, pero también del feminismo. Tampoco son nuevos, en realidad no es nada “moderno”:  anarquistas como Emma Goldman hablaban hace más de cien años del “amor libre” –y lo practicaban a su manera–. Me pregunto qué pensarían estas nuevas conservadoras si leyesen algún Ajo Blanco del 77 o presenciasen las Jornadas Libertarias del Parc Güell de ese mismo año. ¡Escándalo! Gente desnuda retozando incluso con desconocidos mientras consumen drogas.

Más de cuarenta años han pasado, y aunque un sector de la sociedad ha digerido a su manera estas propuestas que fueron radicales en su día y ha generado nuevas formas de relacionarse más libres –véase a Rosa Olucha, o incluso muchas “cualquieras” que salen en First Dates, esa genial enciclopedia humana–; otras quieren volver a la familia nuclear y el compromiso monógamo eterno por el camino del feminismo. Pero equivocan completamente el paso.

Recordemos las aportaciones de Shulamith Firestone, Germaine Greer o Kate Millett, feministas de los 70 que también querían abolir la monogamia. Ninguna de ellas se oponían a que las mujeres tuvieran una sola pareja si lo deseaban, sino a que no pudiesen elegir por sí mismas cómo organizar su vida sexual o afectiva. (Firestone, por cierto, además de la monogamia quería eliminar los roles sexuales, el género, el sexo procreador, la maternidad, la unidad familiar, el capitalismo y el Estado. Cosas que, por otra parte, están estrechamente relacionadas.) La crítica de la época era a la monogamia como institución –que solo fuese concebible y deseable una forma de amar o de vincularse sexualmente–. También a sus derivadas: el matrimonio como cárcel para las mujeres, la familia nuclear, el espacio doméstico y la crianza como exclusivo destino, el sexo reproductivo como el único tolerable.

Criticar la monogamia era evidenciar que en el matrimonio la exigencia de fidelidad estaba al servicio del control de las mujeres y su sexualidad –de su prole, del linaje, de la herencia–. El adulterio femenino era castigado duramente –fue delito en España hasta el 78– y era considerado un atenuante si el marido decidía matar a su mujer por esta causa, mientras se toleraba ampliamente en los hombres. La violación fue considerada como un crimen contra la propiedad –de los hombres maridos o padres– antes que contra la libertad sexual de las mujeres. La exigencia de monogamia partía de la concepción de las mujeres como posesión. En fin, que los primeros y más potentes discursos contra la monogamia vienen del feminismo o de propuestas que hablan de la liberación de la mujer. ¿Hace falta recordarlo? Y no importa irse tan lejos, tenemos ejemplos recientes y cercanos como el de Brigitte Vasallo y su Pensamiento monógamo, terror poliamoroso o las narraciones hechas carne en la experiencia personal de la estupenda escritora Gabriela Wiener y su familia de tres adultos amantes y dos niñes –y de tantas otras–.

El patriarcado no tiene piernas

Otro de los argumentos que he leído es que “en una sociedad patriarcal, la libertad solo beneficiará a los hombres, que tienen más poder”. Por un lado este esquema rígido presupone que todas las relaciones son heterosexuales. Por otro, no se puede aceptar como una premisa que en todas las relaciones va a ser la mujer la que tenga menos ganas de establecer otras relaciones. Esa mirada de cartón, simplemente deja demasiadas cosas fuera. No hay que confundir el análisis de los roles y las diferentes formas de socialización con la reproducción de estereotipos. Pensar en roles de género sirve para analizar la realidad con el objetivo de cambiarla, los estereotipos son esencializaciones que solo refuerzan la situación de desigualdad.

Más allá de los roles de género, está la vida, la multiplicidad de formas en las que se hacen cuerpo. Esta es una dificultad que tenemos para pensar desde el feminismo. Ocupadas en desentrañar estructuras y generar modelos explicativos, a veces nos encontramos atrapadas en estas idealizaciones. Estos conceptos sirven para pensar, sobre todo en estructuras, pero no siempre dan cuenta de la diversidad en la que se despliegan en la realidad, ni de los procesos constantes de resistencias y negociaciones que se producen en las prácticas. No hay un rol con piernas, por así decir. Ninguna mujer y tampoco ningún hombre es la feminidad ni la masculinidad encarnadas. Somos combinaciones, mixturas y aunque hemos aprendido cómo tenemos que comportarnos para ser hombres y mujeres, cómo relacionarnos en el amor y el sexo, el margen de acción es inmenso. (Si bien no nos cuesta reconocer que las mujeres somos mucho más que el rol asignado, sí que a veces parece que no queremos pensar lo mismo de los hombres, que pasan así a ser un bloque homogéneo, esencial sin agencia sobre su propio ser y estar en mundo.) El peligro al que nos enfrentamos es el de esencializar, ratificar o fijar esas posiciones idealizadas que nos sirven para explicar, para pensar o que queremos combatir. No, el poliamor –u otras formas de no monogamia– no es para los hombres. Lo que sí es cierto, es que no puede haber amor –cualquier tipo ya sea monógamo o no– cuando hay dominación, es otra cosa. Acabar con ella en todas nuestras relaciones es parte de nuestra tarea.

Caminando por lugares poco transitados

Nuestros imaginarios afectivos están colonizados por la industria cultural, ese entramado que todavía pone el amor romántico y de pareja en la cumbre. Como ejemplo la serie Sexo en Nueva YorkSex and the city–, que se supone pretende hablar de la liberación sexual, un reflejo de las nuevas libertades de las que gozamos las mujeres respecto de la experimentación sexual y afectiva. Aunque el mensaje que subyace es que lo que desean las protagonistas en el fondo, y a pesar de sus escarceos, es casarse, encontrar el amor, dar por finalizada una etapa –quizás Samantha la que menos–. Es indudable que este ideal de pareja monógama, y aunque avanzamos, sigue dominando las producciones culturales. No hay mayor drama en canciones o series que el de la “infidelidad”, y eso modela, queramos o no, nuestros paisajes afectivos. Hace poco leí que la pareja es el único vínculo que te otorga un derecho legítimo al control sobre la vida sexual de otra persona. (Excluyendo la paternidad sobre menores de edad, podríamos decir.)

Evidentemente, este ideal de exclusividad sexual está muy ligado al de amor romántico, otro concepto ampliamente criticado por los feminismos por estar íntimamente relacionado con la reproducción de la violencia machista –el control sobre la vida de otra persona legitimado por los celos o la necesidad de posesión y lo que se nos vende como “crimen pasional”–. Es sorprendente que la ideología de la pareja monógama sea reivindicada como un “logro” feminista. Una apología de un lugar de seguridad –ficticio– basado en antiguas reglas patriarcales que se supone va a proteger a las mujeres de los abusos y las “infidelidades” de los hombres que solo desean muchas parejas sexuales o del abandono –sobre todo durante la crianza–. Pero ni las relaciones supuestamente monógamas –casi siempre lo son solo de palabra–, ni los matrimonios ni los sacramentos garantizan el compromiso afectivo, el cuidado o la corresponsabilidad en la crianza o en la enfermedad. Lo vemos cotidianamente. ¿El contrato nos protege o nos somete? Como decía, ninguna normatividad sexual ha protegido nunca a las mujeres, sino que ha sido construida contra nosotras, para nuestro control. La libertad puede hacer daño, pero las respuestas no están en un pasado idealizado.

Hablo mucho de las maestras de los 70, pero determinadas cuestiones vuelven una y otra vez. Somos hámsters dando vueltas en la rueda. El neoconservadurismo es persistente y cuanto más opciones de vida tenemos, más nos agarramos a los caminos ya trillados ante la indeterminación, las inseguridades y el miedo a la soledad. El capitalismo y su fase actual neoliberal ha quebrado y destruido muchas formas de comunidad. Pero, ¿la solución es volver a las reglas del pasado o generar en cambio nuevas formas de solidaridad y de comunidad? ¿Nuevas formas destinadas no a sujetar la estructura social sino a subvertirla? O más modestamente, nuevos caminos de libertad y experimentación. Para las que lo deseen, claro.

Amistades furiosas

De hecho, la no monogamia, o las propuestas poliamorosas suelen cuestionar también el papel que le damos a la amistad. ¿Por qué establecer una jerarquía donde el amor de pareja –y la descendencia– estaría en la cúspide y todo el resto de relaciones vendrían por detrás? ¿Por qué tiene que tener preferencia la pareja –para las vacaciones o los fines de semana– por encima de nuestros amigos y amigas? La antropóloga Mari Luz Esteban explica que en trabajo de campo los hombres entrevistados decían espontáneamente que la pareja es una parte más de sus vidas, no la central –hay también trabajo, amigos, etc. antes que la pareja o además de la pareja–. Las mujeres, en cambio, dice Esteban, suelen señalarla como el eje central de sus vidas. Quizás no todo es negativo en la masculinidad y podemos aprender a expandir nuestra vida y nuestros afectos y dar lugar a redes de sostenimiento que no pasen por una estructura destinada a la procreación como es la familia.

Podemos intentar construir formas no monógamas de relacionarnos –que incluyan la promiscuidad si es lo que deseamos– pero también la creación de vínculos fuertes que generen relaciones de apoyo mutuo basadas en el respeto y la libertad, y también en el compromiso y la reciprocidad. Es indudable que no es fácil. A las expectativas culturales en las que tenemos que encajar –y los celos y otras emociones para las que estamos programadas– se unen las desigualdades generadas por el patriarcado, también los problemas asociados a nuestra forma de organización social. El trabajo no nos permite dedicarles tiempo a los que queremos, sean amigos o relaciones sexoafectivas –o familia–; muchos tipos de trabajo, pero sobre todo los más precarios y de servicios con horarios más prolongados nos agotan. La precariedad vital, la falta de recursos y las angustias a las que dan lugar también nos ponen más difícil establecer relaciones sanas, o conseguir la energía y la voluntad de complicar nuestro paisaje afectivo. Si se tienen hijos, además, todo ello es aún más enrevesado porque las crianzas conllevan casi siempre bastante soledad y poca disponibilidad en las contrapartes amorosas para compartir tiempo con hijos no propios. Todo eso eso existe como trasfondo.

Las relaciones no monógamas no son el paraíso, ni acaban por sí solas con el patriarcado, pero si se consiguen sortear las dificultades, nuestra vida afectiva se puede hacer más rica nuestra red de cuidados más densa. (Y el sexo mejor, probablemente.) En cualquier caso, la no monogamia no sería un precepto moral o una imposición, es una puerta que podemos cruzar o no si así lo deseamos o si podemos. No va de decirle a nadie cómo vivir, ni de crear una nueva “normatividad” alternativa. Se trata de dar opciones, proporcionar espacio, ensanchar el mundo. Esa es nuestra tarea y la tarea de los feminismos emancipadores.

Por Nuria Alabao, periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

1/08/2022

Publicado enSociedad
Marx, el trabajo doméstico, El Capital y la vida

Presentamos este artículo de Isabel Benítez y Xavier García, que aporta otros puntos de vista al debate sobre teoría de la reproducción social, trabajo de cuidados y capitalismo, que se ha reabierto en los feminismos anticapitalistas, materialistas, marxistas y socialistas, al calor de la pandemia y que venimos reflejando en estas páginas, con artículos propios y también de otras revistas. En este caso, se trata de un artículo publicado originalmente en la revista catalana Catarsi. Isabel y Xavier integran el Seminari Taifa, que se define como "un espacio auto-organizado, dedicado a la autoformación y la divulgación de la crítica de la economía política, con el objetivo de contribuir a la transformación de la sociedad actual hacia una sociedad no capitalista mediante la creación y el impulso del pensamiento crítico desde y para los movimientos sociales".

Este artículo, basado en las notas de la presentación del libro inédito El trabajo doméstico, El Capital y la vida (Historical Materialism, Barcelona 2021) aborda la cuestión de la reproducción social y apuesta por recuperar la centralidad del concepto "trabajo".

 

La reactivación de un frente de masas de carácter feminista en la última década ha revitalizado debates de carácter analítico y político, que habían quedado postergados durante los 2000, a pesar de que la agenda de los organismos internacionales se llenaba de objetivos y metas respecto a la igualdad entre hombres y mujeres, la lucha contra la feminización de la pobreza y el empoderamiento femenino.

Queremos compartir una reflexión que se gesta en este contexto y en la insatisfacción respecto a los análisis y marcos explicativos que había sobre la mesa. Una de estas insatisfacciones tenía que ver con el (mal)trato que recibía el análisis marxiano por el grueso del activismo feminista. La aparición de la literatura de la "reproducción social" dio empuje al debate en el seno del Seminario de Economía Crítica Taifa y ha nutrido nuestra reflexión, que nace de diversas incomodidades: respecto a la crítica vulgar a las categorías marxianas; respecto a los lugares comunes no debatidos en torno a la división sexual del trabajo, respecto a la "búsqueda" del sujeto revolucionario segmentado en todas partes (también dentro del campo de la liberación del sexo/género) y las propuestas políticas hegemónicas que se derivan.

Y al mismo tiempo también responde a varios deseos: poner a prueba el marco marxiano para mirar qué alcance o limitaciones presenta para dar cuenta del trabajo doméstico, el aspecto más señalado como crítico en la opresión de las mujeres de la clase trabajadora en las sociedades capitalistas; y también tensionar las críticas y aportes al respecto realizadas desde el campo del "feminismo marxista/socialista" o "anticapitalista", en un sentido suficientemente amplio, que incluiría desde la escuela de Dalla Costa y Federici, hasta la rama izquierda de la Economía Feminista. Corrientes que, pese a las diferencias, tienen en común la letanía sobre la insuficiencia del pensamiento de Marx para tratar la emancipación de las mujeres.

Como pensador de la vida y la libertad, consideramos necesario reivindicar el pensamiento de Marx en el análisis de cuestiones que tienen que ver con la reproducción de la clase trabajadora. Pero no es una reivindicación retórica, voluntarista, sobre eslóganes y lugares comunes. El trabajo que hicimos —y de lo que presentamos unas líneas como aperitivo— pretende desplegarse desde el crudo análisis de los elementos teóricos, aunque esto puede acarrear una abstracción poco amiga de la divulgación; pero fue una apuesta por ceñirnos, dentro de nuestras posibilidades, al desarrollo que nos ofrecen las categorías marxianas originales y no a las categorías marxianas "filtradas" por la divulgación feminista.

Algunas hipótesis contraintuitivas

El propósito del presente artículo es enunciar las tesis a las que hemos llegado en el plano analítico y algunas de sus posibles consecuencias políticas. Pero este ejercicio, por nuestra parte, no está cumplido y está abierto al diálogo fraternal. Por otra parte, nuestra reflexión tampoco nace de la nada: se conecta con las reflexiones de Lise Vogel y de Michael Lebowitz.

Actualmente los análisis hegemónicos sobre la "cuestión de la mujer" o "la opresión sexo/género" de inspiración anticapitalista, en un sentido amplio, se construyen sobre un apriorismo teórico: la aceptación (implícita o explícita) de que la dominación machista , masculina, de las sociedades capitalistas contemporáneas y, por tanto, de que la situación de las mujeres de la clase trabajadora en las sociedades capitalistas contemporáneas tienen una explicación particular respecto a la dinámica del capitalismo internacional.

Este particularismo se refleja, por ejemplo, en la separación analítica de la condición social de las mujeres de la clase trabajadora respecto a la del conjunto de la clase. Esta segregación en el análisis emana de la aplicación de una premisa inicial: la división sexual del trabajo. También tiene una traducción política en el debate sobre "los sujetos revolucionarios" o "sujetos de lucha", en virtud del cual se subraya la potencialidad política específica de las mujeres de la clase trabajadora. Cabe decir que esta acotación a "mujeres de la clase trabajadora" en los relatos al uso se emplea como sinónimo de "el conjunto de mujeres" o, como mínimo, de la "mayoría de las mujeres" (feminismo del 99%), una delimitación por tanto, inestable y muy voluble tanto discursiva como políticamente.

Nuestra reflexión no niega la especificidad de la situación de las mujeres de la clase trabajadora. Sin embargo, la matriz de nuestro análisis no parte de las mujeres, ni de la división sexual del trabajo, ni de un sistema sexo/género apriorístico, sino de la categoría trabajo y su íntima relación con la libertad. Es decir, fundamentándonos en la forma en que el modo de producción capitalista configura el trabajo, haciendo imposible (dentro de este modo de producción) su control social global y, por tanto, su desarrollo de forma auténticamente libre y consciente, encontramos un marco explicativo para el menosprecio social de un conjunto de trabajos orientados a la satisfacción de las necesidades y no a la valorización del capital. Actividades que incluyen todo lo que, brevemente, llamamos "trabajo doméstico no remunerado" o "no mercantilizado" donde, efectivamente, las mujeres de la clase trabajadora están sobrerrepresentadas, pero donde también aparecen otros segmentos del proletariado internacional.

Comenzar a partir de la categoría "trabajo"

El análisis marxiano se articula en torno a la categoría del trabajo en la medida en que éste es el principal elemento constitutivo del desarrollo de la vida humana y del despliegue de la libertad. Sin embargo, Marx en su obra primordial no desarrolla a fondo la cuestión antropológica, sino que más bien es el suelo que se da por supuesto. Este planteamiento tiene sentido en la medida en que El Capital trata de explicar por qué el trabajo no puede constituirse como tal en todo su potencial emancipatorio: por qué no puede desarrollarse plenamente la vida, qué es lo que impide constituir una sociedad libre, por qué la relación del ser humano con la naturaleza, la suya propia y la externa, queda sistémicamente restringida. En síntesis, la obra de Marx es, en el fondo, la reflexión consecuente de un pensador de la libertad y la vida, que para evitar caer en esencialismos, no tiene más remedio que explicar el no-ser de su desarrollo.

La referencia de Marx a la vida y la libertad se da de forma indirecta, en la medida en que como decíamos, de lo que se trata en su obra es de explicar su limitación en el capitalismo. De ahí que eslóganes como "poner la vida en el centro" o "la contraposición capital-vida" no puedan ser establecidos como un punto de partida de nuestro análisis. Consideramos que la comprensión de las dificultades de reproducción de la clase trabajadora -la que se realiza en el ámbito doméstico y más allá de éste- descansa sobre un fundamento más sólido si las estudiamos a partir de la forma característica que toma el trabajo en el capitalismo: el trabajo abstracto, la sustancia que constituye el valor. Al tirar del hilo de las dimensiones en las que el trabajo se hace abstracto en el capitalismo encontraremos, en primer término, su contraposición al trabajo concreto -aquel que se lleva a cabo con unos procedimientos, herramientas, tiempo, etc., concretos, y que tiene como resultado un valor de uso, es decir, la satisfacción de alguna necesidad—. En el capitalismo esta dimensión del trabajo es subsidiaria de su vertiente abstracta —la sustancia valor—, o dicho más llanamente, en las economías capitalistas la satisfacción de necesidades está supeditada a la valorización del valor. Y esta subordinación nos lleva a aspectos relevantes como que las relaciones sociales y las cualidades del trabajo se presentan como relaciones y cualidades de las cosas, dando lugar a una sociedad fetichizada y reificada, donde el mundo social -en toda su amplitud y diversidad — se despliega en función de la acumulación de capital.

Es este análisis el que nos lleva a la tesis de que la reproducción de la clase trabajadora queda desplazada por la abstracción del trabajo, de modo que la clase productora pierde el control de su propia reproducción, que se realizará mediante el salario (es decir, el mercado), la provisión estatal y el trabajo doméstico no mercantilizado. Así, el control de los medios de producción queda lejos de sus manos y los frutos de su trabajo, producidos por su relación como fuerza de trabajo con estos medios de producción, se vuelven contra la propia clase trabajadora, rehabilitando, con cada ciclo productivo, su subordinación. Por lo que respecta al trabajo doméstico no mercantilizado, al encontrarse fuera del circuito de valorización del capital, resultará excluido del canal central de la fuerza productiva social y se realizará con medios de producción pobres y subsidiarios, atomizados y aislados, que conducirán a tareas repetitivas, empobrecidas, que refuerzan la subordinación e impotencia política de la clase trabajadora al nutrir jerarquías y violencias en su seno. Por último, la provisión estatal mediante servicios públicos y ayudas —con contradicciones y tensiones— abundará en la reducción de los seres humanos a su condición de fuerza de trabajo y en la perspectiva política que separa la esfera de la producción de sus efectos en esfera social.

Algunas conclusiones políticas

Este enfoque nos lleva a diversas tesis de impacto político. Destacamos dos. Todos los procesos y luchas que permiten vislumbrar o que tensionan la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora más allá de la condición de fuerza de trabajo (empleable o prescindible), lo que en Más allá de El Capital Lebowitz llama "reproducción ampliada de la clase trabajadora para sí", van más allá del "trabajo doméstico" y de las mujeres de la clase trabajadora.

Podemos defender que la emancipación de la relación social capitalista, el pleno despliegue de la potencia social al servicio de las necesidades humanas es la llave maestra de la libertad humana, esto es del control de sus determinaciones sociales e individuales, siendo especialmente "beneficiarios" de esta emancipación los segmentos de la clase trabajadora centrifugados a estas funciones de "reproducción empobrecida", cuyo grueso son mujeres, efectivamente, pero también población migrante, racializada o ubicada en posiciones de subordinación social añadidas —pero no sustitutivas— a la condición de clase.

Esta visión ominicomprensiva otorga solidez a la intuición de una parte del activismo feminista anticapitalista de la que no hay emancipación posible dentro de las coordenadas del capitalismo. Si la lucha contra la "crisis de cuidados" no aborda el entramado del modo de producción capitalista, lo máximo a lo que puede aspirar es a estimular el desplazamiento de las opresiones a otros segmentos de la clase productora, con el consecuente impacto en la conciencia de clase o la unidad en la acción política. Este fenómeno ha sucedido por ejemplo con los procesos de asalarización de las proletarias en el centro imperialista y la expansión de las "cadenas internacionales de cuidados" con las migraciones asociadas a la atención a personas dependientes. El corolario de esta tesis es que, a pesar de los procesos "de reproducción ampliada" de la clase trabajadora, recaen con mayor intensidad en las mujeres; no son procesos periféricos de la lucha de clases (desde la perspectiva de la clase trabajadora) sino nucleares. Por tanto, esta opresión específica no es una especie de "supervivencia cultural" o de modos de producción precapitalistas que se puedan doblegar mediante la "sensibilización" o el "voluntarismo político", y tampoco se puede reducir a una "cosa de mujeres" , pues interpela al conjunto de la clase trabajadora y al conjunto del capitalismo como modo de producción.

Este análisis, por tanto, polemiza con el estado convencional de la cuestión del trabajo doméstico en el campo feminista y, especialmente con las conocidas como "teorías duales", aquellas que yuxtaponen a la dinámica del capitalismo otro sistema de "poder" o de "dominación" equipotente y paralelo (a menudo llamado "patriarcado", a pesar del abuso anacrónico del término; a menudo identificando a la familia como sistema de reproducción paralelo al capitalismo como sistema de producción). Efectivamente, creemos que partir de la noción "trabajo" en vez de la noción "mujer" (o la división sexual del trabajo) aporta más solvencia explicativa a la especificidad de las mujeres de la clase trabajadora en las sociedades capitalistas contemporáneas, puesto que articula la subyugación (y por tanto la emancipación por sexo/género) con la dinámica nuclear del capitalismo. Es decir, permite analizar el inextricable vínculo entre producción y reproducción para concretar, a partir de esta base, los mecanismos (opresiones, dominaciones, subyugaciones, represiones, etc.) que constituyen los estratos sociales y configuran la sociedad en su conjunto.

Por último, enunciar que la opresión de las mujeres trabajadoras opera en virtud de dos sistemas suele ubicarnos, de nuevo, en un territorio donde las relaciones sociales de producción a menudo se convierten en un "eje más" dentro de una especie de retórica interseccional. Sin duda son teorizaciones bastante versátiles para los relatos y estrategias políticas que subrayan una opresión de sexo/género interclasista (aunque después se hable de las mujeres trabajadoras). Políticamente estos fundamentos teóricos se deslizan hacia programas paliativos de carácter sectorial y de corte individualizador (ayudas para personas con ciertos atributos, por ejemplo), no articulan estrategias políticas de clase confrontativas, sino más bien de carácter defensivo y, a menudo, pensadas desde y para el centro imperialista en torno a la política parlamentaria. Creemos, en cambio, que el valor de la articulación analítica y conceptual que planteamos radica también en que es una herramienta para evaluar el potencial y las limitaciones de las políticas reformistas a mediano plazo, en tanto se visualizan los riesgos de profundizar la competición entre opresiones, y en tanto revitaliza la necesidad de estrategias superadoras e impugnadoras del capitalismo como totalidad.

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Sábado, 18 Diciembre 2021 06:45

Feminismos bastardos

«No puede haber feminismo sin descolonización y no se puede descolonizar sin despatriarcalizar». (Foto gentileza de María Galindo)

Una entrevista con María Galindo

Conversamos con María Galindo, psicóloga, artista y activista boliviana, sobre las batallas en curso en el feminismo, el rol de la familia nuclear hoy, las violencias machistas y su planteo sobre la necesidad de crear espacios feministas no identitarios.

María Galindo (Bolivia, 1966) es psicóloga, activista, cofundadora de Mujeres Creando y estudió Teología en el Estado Vaticano. Esto, y que habla «siete idiomas con acento bastardo», lo ha escrito Paul P. Preciado en el prólogo de Feminismo bastardo (Mujeres Creando, 2021) en donde se concluye que La Galindo es una fuerza de la naturaleza o una «tecnochamana». 

Galindo también es artista y recientemente ha participado en la 36º edición del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz con ¿Es el fin o es el principio? El que sabe mucho de esta faceta de la boliviana es el comisario de arte y gestor cultural Rafael Doctor: viajó hasta Bolivia e incitó a María para que entrara en el mundo artístico por su trabajo en Mujeres Creando. Doctor cuenta que «es muy difícil hacer una valoración sobre el trabajo artístico de María Galindo pero no se puede separar de su ideología, de su vida y de su forma de exponerlo». Para el comisario, Galindo «es una filósofa que se traviste de artista porque desarrolla las ideas a través de acciones, diálogos, vídeos o desde colectividades. Es algo muy difícil de entender si lo miramos desde los ojos occidentales, pero es así, es una filósofa creativa». 

María Galindo estuvo de gira por el Estado español para presentar Feminismo bastardo, en donde pone en valor el universo trans; escribe sobre los machismos en las mujeres utilizando términos como la «machisobrevivencia», responde a los textos pandémicos de  Paul P. Preciado y vindica la necesidad de un «feminismo intuitivo». Desde La Paz, responde rápidamente a la petición de esta entrevista a través del email de Mujeres Creando. La conversación previa a las preguntas es muy divertida y cercana: «una technochamanada».

LM ¿Cómo es la cotidianidad de las mujeres que participan en Mujeres Creando?
MG. No hay una cotidianidad común a todas porque venimos de universos muy diversos y cada mujer responde a lógicas muy diferentes. Por la casa pasan desde estudiantes universitarias a mujeres que sacan su sustento con el trabajo que Mujeres Creando ofrece a la sociedad. Por la casa también pasa el grupo trans de Las Intransigentes o las trabajadoras sexuales que vienen a repartir condones y que se reúnen en La Fábrica de Justicia que es así como ellas llaman a la casa. También pasan las compañeras de Radio Deseo, las que vienen al comedor popular que organizamos para comer barato o a las que pasan para descansar o cargar el móvil. Algunas pasan muchas horas en la casa y hay otras que solo vienen una vez al mes. 

En Mujeres Creando también tenemos La Zona Pirata, en donde hay una fotocopiadora y puedes consultar los libros fotocopiados o puedes comprarlos muy baratos; y una escuela de autodefensa feminista.

LM. Siento romper la bonita atmósfera de la vida en Mujeres Creando pero tengo que preguntarle sobre las críticas al mundo de la prostitución desde una parte del feminismo. 
MG. No puedo hablar en tercera persona porque no soy trabajadora sexual pero sí que te puedo decir que en Mujeres Creando no somos ni abolicionistas ni regulacionistas, sino que tenemos una posición propia que es muy difícil de explicar en una sola respuesta. Trabajamos con tres términos: puta, mujer en situación de prostitución y trabajadora sexual, y nos organizamos de manera autogestionaria.
LM. Y, además, han conseguido que se apruebe la Ley Municipal del Trabajo Sexual autogestionado.
MG. Esta ley fue redactada y formulada por nosotras en complicidad y sentadas en una mesa de la casa de Mujeres Creando. Después de dos años, en 2018, conseguimos que fuera aprobada por el anterior gobierno municipal de La Paz. El problema es que aunque aún no nos han extendido una sola  licencia de funcionamiento. La situación política en Bolivia es tan complicada después del golpe de Estado y la pandemia, que lo primero que han postergado ha sido la aplicación de esta ley.
LM. ¿Qué representa esa ley para las trabajadoras sexuales? 
MG A través de ella hemos logrado que el trabajo sexual sea una actividad económica. No queríamos tener locales clandestinos en La Paz porque no queríamos obtener una licencia de funcionamiento teniendo que vender alcohol con un karaoke y una table dance.  

Las oficinas que planteamos funcionan de día y sin venta de alcohol. Sí que es cierto que son muy, muy precarias, porque apenas tienen diez o doce metros cuadrados separados con mamparas. Pero así las compañeras pueden, con sus propios ahorros, tener su propio espacio. Tampoco es una «tacita de leche», porque en la cotidianidad de la gestión se desarrollan conflictos, pero estamos elaborando estatutos para poder organizarnos mejor. 

LM. En Feminismo bastardo comenta que estas trabajadoras son el dique de contención de las violencias machistas, ¿en qué consiste esa resistencia?
MG. Las mujeres que son trabajadoras sexuales tratan básica y masivamente con las masculinidades en relación con sus cuerpos, con sus frustraciones, con sus fantasías o con sus preguntas de placer. Las trabajadoras sexuales saben leer el cuerpo y prevenir la violencia mejor que otra mujer que no es lo es, porque ellas reciben el mayor impacto del conjunto de violencias machistas. Los saberes que tienen y las formas con las que ellas gestionan esas agresiones son saberes fundamentales para el conjunto de las mujeres pero ellas se convierten en expertas, porque cuando entran a «hacer una pieza» con un cliente lo que más les interesa a cada una es salir vivas. 
LM

 Es muy interesante conocer cómo se están intentado organizar las trabajadoras sexuales en La Paz, pero le tengo que preguntar sobre su punto de vista respecto a la actitud de algunas feministas en el Estado español hacia a las personas trans. 

MG. A ese feminismo en el Estado español no le puedo poner cara porque nunca hemos interactuado; pero esa postura está muy presente en muchas latitudes, no solo en España. Me parece absurda la idea de las mujeres como una entidad biológica, y eso está claramente expresado en Feminismo bastardo y en toda la política que desarrollamos en Mujeres Creando y en Radio Deseo. Además de contar en la casa con Las Intransigentes, hemos tenido muchísimas interacciones con hombres trans porque nos parece que el cuestionamiento trans es imprescindible para todos los horizontes de los feminismos.

El fundamentalismo biologicista no solo tiene el problema de excluir a las mujeres trans por no haber nacido mujeres, sino que además vacía de agencia política a la condición de las mujeres mismas: las mujeres como entidad biológica son una negación de las mujeres como entidad política e histórica e ideológica. En ese sentido es una visión suicida, reduccionista y sin ningún horizonte de futuro. 

LM. El horizonte de futuro puede estar los espacios como Mujeres Creando, ¿a eso se refiere cuando en el libro plantea espacios feministas no identitarios?
MG. Nunca hemos sido un movimiento identitario porque hemos nacido como un movimiento que ha planteado una alianza entre «indias, putas y lesbianas: juntas, revueltas y hermanadas», como una unión metafórica y poética que concluye que sin alianzas insólitas —no solo alianzas entre diferentes identidades— y solo a partir de rebeldías y rebeliones se puede construir feminismo. Los grupos identitarios de homogeneidad de clase, identidad o de homogeneidad hetárea son guetos; son refugios de autoayuda: no tienen ninguna vocación ni ninguna capacidad política de actuar ni de dialogar con la sociedad. 

Hay que desarrollar prácticas concretas —que no son una marchita ni un pequeño debate— porque son las únicas que son capaces de crear espacios de lucha como un espacio de interacción entre diferentes. Solamente así es posible pensar el movimiento feminista. Lo demás, son grupos de amigas, de afines o de autoayuda. 

LM. ¿Cuál es el perfil de una tecnócrata de género?
MG. El perfil de una tecnócrata de género es un perfil de clase media necesariamente formada académicamente, necesariamente una intermediaria de una ONG y de políticas de Estado. La tecnócrata de género se hace veinte, treinta o cuarenta másteres de género sin ningún tipo de profundización, y no tiene ningún tipo de práctica política directa. Es una mujer que no pone el cuerpo. Es una mujer que desde el papel y desde la arrogancia del control de los fondos, de un cargo o del manejo de algunas categorías, es una reproductora —que no productora— de las «políticas de género» vinculadas al proyecto neoliberal, estatalista y colonial que va de Norte a Sur.
LM. En Feminismo bastardo hay un cierto rechazo a la familia nuclear, pero esta también ha sido (y sigue siendo) un gran soporte ante la precariedad laboral. 
MG. Lo que señalas es real, pero no en términos de lazos consanguíneos, sino en la estructuración de lazos sociales. Por eso en la sociedad boliviana hay muchísimas cooperativas de ahorro, muchísimas de compadrazgos y comadrazgos: formas de agrupación social que no son necesariamente consanguíneas. Sí es cierto que en muchos casos es de carácter patriarcal, porque es un función de la figura masculina en función de las necesidades masculinas pero, en muchos casos, de manera subterránea, esas formas de organización barrial responden de manera muy fuerte a las necesidades de las mujeres. Porque si no, las mujeres no podrían subsistir. 

Sobre esto quiero explicar varias cosas que suceden en la sociedad boliviana. Todo el Estado, toda la educación o, por ejemplo, la salud, están construidos sobre el discurso de la familia nuclear patriarcal: papá, mamá, hijitos e hijitas, cerradas sobre sí mismas. Sin embargo, y con estadísticas en la mano, en Bolivia solo el 30% de las familias responden a ese canon. Hay mujeres que han roto ese pacto patriarcal y han refundado familias con abuela o madre, con hijos e hijas, en una especie de cooperativa de subsistencia muy interesante. Hay otro 30% de las familias que son tejidos muy extendidos de lazos familiares, es decir, en donde se involucran tíos, tías, primos y primas. Luego hay un 10% más diverso. 

Tenemos que tener cuidado cuando pensamos que el modelo de familia nuclear patriarcal —que es el modelo que se maneja como hegemónico— es hegemónico. Estamos hablando de la sociedad boliviana, en donde no subsistes sin el otro o sin la otra. 

LM. ¿Cómo se ha resuelto este apoyo mutuo durante la pandemia del COVID-19?
MG. Durante los meses más duros de la pandemia vimos el agresivo discurso del «Sálvate tú. Salva a los tuyos», y por eso debemos legitimar las formas económicas de organización social que he mencionado arriba. Estas frases  forman parte de la familia nuclear patriarcal consanguínea y nos dañan a nosotras porque, como dicen las trabajadoras sexuales, nos convertimos en núcleo de explotación porque es a costa del sueño y del trabajo de las mujeres 
LMLa violencia entre lesbianas también se trata en el libro y, aunque sucede, no es tan «noticiable».
MG. Ni las lesbianas ni las parejas heterosexuales conformadas bajo cualquiera de las nominaciones que se puedan haber construido para sí mismas salen completamente de la comprensión heterosexualizada que es, en sí misma, la de una relación de poder, la de la división del trabajo, del espacio, etc. La heterosexualidad normativa hegemónica ha sido introyectada como modelo por el conjunto del universo de los afectos y de los vínculos. 

Por ejemplo, una de las reivindicaciones que han enarbolado es la del matrimonio. Si el universo lésbico hubiera sido capaz de repensar la construcción de la cotidianidad, de las relaciones y los vínculos no estaríamos reeditando el matrimonio ni todas las formas de poder y violencia del universo heterosexual que se construye a sí mismo sobre la base de relaciones violentas.

LM Y llegamos a la pregunta sobre el colonialismo en el feminismo, ¿cuáles son los factores?
MG. Son muchísimos los factores relativos al componente colonial de algún feminismo. La historia de los feminismos —como primera, segunda, tercera ola a partir de la genealogía europea, a partir del discurso de los derechos de las mujeres anclado a la construcción del Estado moderno burgués y europeo— es ya una lectura colonial de las luchas a escala planetaria. Otro factor a tener en cuenta es la imposición tácita de la igualdad hombre-mujer como horizonte único u horizonte sine qua non de todos los feminismos a escala planetaria fuera de la interpretación de las relaciones coloniales que gestionan el orden mundial, que es colonial. 

No puede haber feminismo sin descolonización y, como planteo en mi anterior libro, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar y al contrario. De la misma manera que, sin un análisis sobre el orden mundial colonial, no entiendes el patriarcado. Si hablamos de la maternidad a través de los vientres de alquiler, nos encontramos con formas coloniales de reproducción de la vida y no hay donde perderse. Y, aunque estés de acuerdo con los vientres de alquiler, sí o sí es una forma de reproducción colonial, y la reflexión se hace imprescindible. 

LM. Y en el mundo laboral de las mujeres, ¿en dónde encontramos el colonialismo? 
MG. En la interpretación de la división sexual del trabajo no se toma en cuenta que el elemento fundamental es que el trabajo reproductivo en las sociedades del capitalismo global del Norte está siendo sustituido por las mujeres del Sur. Este hecho sirve para apalancar la supuesta reivindicación emancipatoria de las mujeres blancas del Norte, que pueden malpagar ese trabajo sin que ese proceso pase por ningún tipo de reflexión política. Dentro de una reflexión feminista hay componentes coloniales por muchísimos lugares y es un problema muy complejo.

Para entender los feminismos a escala mundial, es muy importante y urgente hacer un análisis profundo. Y si queremos hablar de relaciones laborales es imprescindible hacer un análisis a escala mundial. 

LM. Hablando de patriarcado y de feminismo: usted habla de los hombres que se consideran feministas y, en concreto, comenta la posición de dos líderes políticos de primera línea, como son Evo Morales o Pablo Iglesias. 
MG. Sí. Si Pablo Iglesias se declara feminista, es ridículo; y si Evo Morales se declara feminista, es un abuso y un insulto a nuestra inteligencia y a nuestra lucha. Evo Morales le regaló el cuerpo de las mujeres a las iglesias evangelistas por un pacto de poder y por eso no se despenalizó el aborto en Bolivia. Pero también hay hombres que se declaran feministas y que no lo hacen por puro utilitarismo, solamente porque quieren luchar legítima y valiosamente para quebrar y descomponer el patriarcado. Lo que sí considero es que deben utilizar otro nombre para esa lucha, que creo que va a surgir en algún momento (al menos en Bolivia en donde hay centenas de miles de niños que han sido testigos de la violencia machista que ha ejercido sus padres y que se han posicionado con sus madres). Esos niños van a enarbolar —o ya lo están haciendo— rupturas con las estructuras patriarcales.

Hay un montón de lugares, de esquinas y de ángulos por donde el patriarcado y su patrón se pueden romper en relación con los cuerpos masculinos. Los hombres trans también funcionan como una gran interpelación de rupturas hacia el cuerpo masculino. Desde esos hombres podemos pensar, soñar e imaginar los conflictos que se plantearán y se formularán en un futuro muy cercano.

Sobre la entrevistadora:

Lola Matamala es una periodista española freelance. Su blog es lolamatamala.wordpress.com . Tuitea en @LolaMatamala.

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Hasta junio de 2021 la mitad de los hogares en América Latina no habían recuperado el nivel de ingresos que tenían en el primer trimestre del año pasado. Foto María Luisa Severiano/ Archivo

Debido a la falta de dinero, uno de cada cuatro hogares en la región ha pasado hambre en los últimos 30 días. El problema se agravó en los países con mayores niveles de desigualdad y pobreza, documentaron el Banco Mundial (BM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Los organismos detallaron que, previo al coronavirus, 12 por ciento de los hogares en América Latina se habían quedado sin comida al menos un mes. En casi un año y medio de crisis, esta proporción escaló a 24 por ciento. Se acompaña de menores ingresos de la población y un deterioro en las condiciones de trabajo.

En Haití, antes de que todo lo dominara una crisis mundial por la Covid-19, 50 por ciento de la población ya había reportado la falta de alimentos por no contar con dinero para adquirirlos, para junio reciente alcanzó 65 por ciento. En México también se duplicó la inseguridad alimentaria, pasó de afectar a una de cada diez viviendas a dos de cada diez.

De acuerdo con las encuestas telefónicas de alta frecuencia levantadas por el BM y el PNUD, hasta junio de 2021 la mitad de los hogares en América Latina no habían recuperado el nivel de ingresos que tenían en el primer trimestre del año pasado, esto pese a recibir transferencias gubernamentales.

Además, una de cada cuatro personas que perdieron su empleo con el inicio de la crisis, no lo había recuperado. De hecho, la ocupación en América Latina descendió de 76 por ciento a 62 por ciento. Se suma el avance de la informalidad, de 48 por ciento a 53 por ciento, y la disminución, de 43 a 37 por ciento, en las horas promedio de trabajo a la semana.

El BM y el PNUD reiteran uno de los diagnósticos más difundidos sobre la pandemia: la crisis se recargó en los que ya eran vulnerables económicamente, en las mujeres (especialmente las madres), en los trabajadores jóvenes y en aquellos con menores niveles educativos o de capacitación.

Pero entre todos los determinantes sociales, uno de los que más peso han detenido es el género. Los organismos muestran que la probabilidad de que las mujeres hayan dejado de trabajar es dos veces superior a la de los hombres, si son madres aumenta esta tendencia y lo hace otro poco si sus hijos son menores a cinco años.

Los datos muestran que 38 por ciento de las mujeres perdieron el trabajo con la pandemia, el doble que 17 por ciento de los hombres. Entre la población con hijos menores de cinco años, 40 por ciento de ellas salieron de sus empleos y no los han recuperado, frente 12 por ciento de los varones que en teoría tienen una responsabilidad igual.

En general, durante la pandemia, el cuidado en casa y el trabajo doméstico no remunerados aumentaron más entre las mujeres que entre los hombres, exhiben el BM y el PNUD; lo cual alcanza al trabajo doméstico, el cuidado infantil, de personas mayores o enfermas y la asistencia educativa.

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. Imagen: Verónica Bellomo

La investigadora, bióloga y doctora en Educación analiza la escuela pospandemia

Los valores de la escuela que visibilizó la pandemia. Resolver la brecha digital para una educación equitativa y repensar los métodos de enseñanza para convocar y motivar a los alumnos. Desafíos y estrategias para redescubrir lo que funciona y reconstruir lo que no.

 

“Innovar en educación es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de mirar qué es lo que vale la pena conservar y en qué queremos hacer algo distinto”, dice Melina Furman. Su último libro, Enseñar distinto: Guía para innovar sin perderse en el camino (Siglo XXI, 2021), propone nuevas herramientas y estrategias para lograr clases más atractivas, que interesen a los alumnos del siglo XXI y enseñen a pensar.

Melina Furman es bióloga por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y máster y doctora en Educación por la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés (Udesa). Es autora de Guía para criar hijos curiosos: ideas para encender la chispa del aprendizaje en casa(Siglo XXI, 2018) y Ciencias naturales: aprender a investigar en la escuela(Novedades Educativas, 2001), entre otros.

En diálogo con Página/12, Furman comparte los desafíos, las oportunidades y los “tesoros” educativos que salieron a la luz con la pandemia, señala la necesidad de rever contenidos y metodologías de enseñanza y aprendizaje y enfatiza la necesidad de llenar la escuela de preguntas que permitan pensar, razonar y argumentar.

--¿Qué aprendizajes deja la crisis de la covid-19 en el campo de la educación?

--La pandemia nos hizo dar cuenta del valor de la escuela como espacio. No solo como espacio que ordena la vida en sociedad, sino también como espacio que contiene, que hace que esas horas por día los chicos, las chicas, los adolescentes, estén con el foco puesto en aprender, en ser niños, en vivir su vida fuera de casa, en aprender a estar en comunidad con otros distintos, todo eso que es tan irreemplazable de la presencialidad. Para muchas familias tener escuela remota fue la “no escuela”, porque tenían un montón de dificultades de conexión para poder seguir el vínculo con la escuela. Socialmente había una mirada muy crítica hacia la escuela. Hagamos un experimento social de quitar la escuela de la escena, la escuela física, y veamos qué pasa. Pareciera que alguien nos hubiera hecho una jugarreta. ¿Qué pasa cuando los chicos no pueden ir por varios meses a la escuela? Pasan un montón de cosas y las vimos el año pasado. La escuela garantiza ese espacio de estar con pares con el foco puesto en aprender. Más allá de que hay muchas cosas que cambiar en el modo en que la escuela enseña, uno de los grandes tesoros de la pandemia fue habernos dado cuenta de su valor como espacio; en muchos casos, también, del enorme trabajo que hacen los docentes y lo difícil que es ser un buen docente.

--¿Qué otros “tesoros” educativos visibilizó la pandemia?

--Muchos hablaban de las alianzas con las familias como un gran tesoro, como pares haciendo equipo, y de la posibilidad de la escuela de haberse reinventado. Eso atravesó a quienes daban clases en jardín de infantes hasta quienes daban en la universidad. Hay que buscarle la vuelta para enseñar a distancia. Fue difícil y lo sigue siendo. Fue frustrante muchas veces, pero implicó ensayar nuevas maneras de hacer las cosas que antes los docentes no habían tenido que probar. Ahí aparece algo valioso. Surgieron formas más interesantes de evaluar los aprendizajes. ¿Cómo hago para que el alumno me demuestre lo que aprendió más allá de la prueba escrita? Esto inspiró mucho potencial creativo. En ocasiones esto quedó librado a la voluntad y posibilidades de cada docente. En general, hubo escuelas que tuvieron propuestas más institucionales donde toda la escuela trabajaba de una misma manera. Pero si uno mira el sistema educativo como un todo, vemos que hubo chispas de creatividad y de innovación pedagógica. En paralelo, también vemos la situación de muchos chicos que quedaron más a la deriva.

--Que no volvieron o incluso que la escuela no supo cómo traerlos de vuelta...

--Sin ninguna duda, las secuelas y las consecuencias de la pandemia en educación son graves. Entre otras cuestiones, hay que resolver la brecha digital para una educación equitativa. Si uno mira los datos a nivel sistémico, hay muchos chicos y chicas que no volvieron a la escuela, no sólo en Argentina. Eso es una consecuencia tremenda. Más allá de que hayamos encontrado creatividad pedagógica y que hayan aparecido cosas interesantes, el balance de la pandemia es negativo. Sobre todo porque ya teníamos indicadores educativos muy serios desde antes, con mucho abandono escolar, muy bajos niveles de aprendizaje donde los chicos salían de la escuela, incluso los que lograban egresar, aprendiendo menos de lo que uno desearía, menos de lo esperado. Todo eso se amplificó.

--En términos de contenidos y metodologías, ¿qué sería innovar en educación?

--Innovación es algo que se puso de moda y parece que hay que llenar la escuela de tecnología, tirar las paredes abajo y pintarlas de colores. Yo uso la palabra innovación pero entendida distinto: es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de ver qué es lo que vale la pena conservar --y acá vuelvo a la idea de habernos dado cuenta de todo lo que sí tenía la escuela--  y en qué queremos hacer algo distinto. Qué problemas queremos resolver y cómo vamos a ir buscándole la vuelta para que esto se solucione. En este caso, uno de los problemas grandes que dejó la escuela remota, este año de escuela híbrida, alternada, es la ampliación de la cantidad de chicos y chicas que no volvieron, sobre todo en secundaria. Hay muchas cosas por hacer, que se están haciendo, pero que hay que redoblar los esfuerzos.

--¿Qué cambios habría que implementar en la escuela de hoy para que el aprendizaje y la escuela generen una motivación mayor?

--Una de las cosas que me quita el sueño es el tema del diagnóstico y conocer cuáles son los efectos de una enseñanza que no motiva, que no genera disfrute por el aprendizaje, que no genera comprensión, donde los alumnos se van acostumbrando a no entender, a repetir sin entender y a pensar que aprender es eso. Esto es grave porque los chicos pasan mucho tiempo en la escuela, son muchos años de la vida, esos años de mayor efervescencia y potencial. En muchos casos los vamos acostumbrando a que aprender no es algo para ellos, los vamos expulsando de cierto mundo del conocimiento, del mundo de la cultura. En ocasiones, eso tiene que ver con no lograr darle vida a ese conocimiento para hacerlo apasionante, no lograr encontrar cuáles son las grandes preguntas, los dilemas, los modos de pensar de esa disciplina. A veces ese modo, menos interesante, más árido, apaga esa potencial chispa que podría haberse encendido. Con las ciencias exactas, naturales, que son las que yo más investigo, pasa un montón. La motivación es clave para el aprendizaje. Y reconectar con el propio entusiasmo es fundamental para motivar a los alumnos.

--¿De qué manera repercute y condiciona a futuro una mala experiencia en las etapas del aprendizaje?

--El otro día un colega me decía: “Yo toda la vida me saqué un 10 en física y nunca entendí nada”. Obviamente no estudió física porque no encontró lo apasionante que tiene la física. Pocos estudiantes en Argentina eligen carreras en ciencia y tecnología, que tienen por otra parte muy buena salida laboral, mucha demanda y que son clave para generar una economía del conocimiento. Estamos tirándonos un tiro en el pie de algún modo.

--¿Qué habría que hacer?

--Hay muchas cosas para pensar, desde muchos planos distintos. La primera es la formación docente. Hablo de la formación docente inicial, el trayecto hacia ser docente, y la continua, cuando ya son docentes en ejercicio. Parte del asunto es poder seguir formándose como docentes durante toda la vida como profesional. En la formación docente, muchas veces el modo en que los docentes aprenden no es coherente con el modo en que uno querría que enseñen luego. Si un docente en la formación está escuchando y tomando nota pero después va a tener que enseñar a armar debates, juegos o actividades donde los estudiantes sean protagonistas, es casi mágico que pueda suceder. Hay formadores docentes que están haciendo cosas hermosas pero todavía no sucede de manera masiva. Una de las cosas que más sabemos de la investigación es que si uno no hace que los alumnos tengan un ratito para reflexionar, para darse cuenta de lo que aprendieron -la educación que se llama metacognición, ese aprendizaje no se termina de afianzar. Si uno no tiene buenas herramientas para la evaluación, una evaluación formativa o auténtica, donde voy a proponer situaciones de la vida real, donde van a tener que poner en juego lo que aprendieron más allá de decirlo en lápiz y papel, si no me formo en eso, ni en el profesorado ni en la formación continua, es imposible poder hacerlo. Hay mucho que tiene que ver con esa formación. Diría que ahí está una de las claves más grandes.

--¿Qué otra cuestión resulta fundamental para mejorar el nivel educativo en Argentina?

--Otra cuestión importante tiene que ver con las condiciones de trabajo de los docentes. Cuánto tiempo tienen los docentes en las escuelas --tiempo pago me refiero--, para trabajar con colegas, con profesionales del aprendizaje, que son la base de la transformación educativa. El cambio tiene que partir de la escuela como unidad de cambio, con reuniones de equipo donde se pueda mirar para adentro, planificar en conjunto, probar cosas nuevas y evaluar qué pasó, mirar los trabajos de los chicos. Las condiciones del trabajo docente, sobre todo en secundaria, hacen muy difícil poder innovar. En nivel inicial y primaria es distinto, hay más tiempo, hay más terreno de oportunidad para seguir transformando la enseñanza. De hecho en nivel inicial los docentes hacen cosas muy interesantes. Una de las cosas que hago en las formaciones docentes es juntar docentes de distintos niveles, de jardín de infantes, primaria y secundaria. Lo que tienen para enseñar los docentes de inicial a otros docentes es un montón. Hay algo de la mirada más puesta en el conocimiento integrado, en lo lúdico, en lo participativo, que es moneda corriente en el nivel inicial y que se va perdiendo muy rápido en los otros niveles.

--¿Qué rol adjudica a la tecnología en el ámbito de la educación? ¿Cuánto de la inmediatez que propone va en detrimento de los tiempos que necesita el aprendizaje?

--Las tecnologías digitales son grandes recursos para potenciar la enseñanza siempre y cuando uno como docente sepa para qué las va a usar. Entonces la primera pregunta es qué quiero que mis alumnos aprendan. Después yo como docente voy a echar mano, con ese fin, a todos los recursos que tenga disponibles. Lo importante es saber que la tecnología no te va a resolver ningún problema, quien tira del carro tiene que ser la pedagogía. Ahí hay muchos recursos que son superinteresantes. El valor está en usar las tecnologías a propósito de los objetivos de mi enseñanza, y en la pandemia ni hablar. Parte del valor es que estamos en una cultura atravesada profundamente por lo digital y eso es parte de lo que queremos que se lleven de la escuela.

--¿Qué le parece que él/la docente comparta contenidos personales con sus alumnos?

--La escuela tiene una especie de competencia desleal respecto del mundo exterior, donde todo pasa muy rápido. En este sentido, la escuela tiene que ser ese espacio para poner pausa y enseñar a pensar. Es un momento histórico donde la escuela la tiene difícil porque tiene que lograr conectar a los alumnos con el mundo del conocimiento más allá de lo rápido y de lo inmediato que es lo que tienen todo el tiempo afuera. Entonces el esfuerzo de que ese conocimiento tenga sentido es más urgente que nunca. Los chicos de otras generaciones teníamos más paciencia y más tolerancia a la frustración. Esa inmediatez le presenta a la escuela un desafío mayor al que tenía. Hay que seguir logrando que la escuela sea lo más interesante posible, enamorar a los estudiantes de eso que tenemos para enseñarles. Me encanta cuando los docentes usan las tecnologías de las redes sociales para trabajar con los alumnos; me parece superútil. Ahora, que los docentes abran sus perfiles personales a los estudiantes no hace falta. Porque la relación docente-alumno puede ser muy cercana pero es asimétrica, no somos amigos de los estudiantes.

--En agosto pasado se hizo viral el caso de una docente de La Matanza que discutía sobre política con un alumno durante una de sus clases. ¿Cuál es su postura frente a lo sucedido?

--El video me generó desazón y angustia por el nivel de maltrato y violencia que había en el aula, más allá del contenido de lo que estaban hablando y si la profesora le dio su postura personal política o no. Por suerte es un caso excepcional, no es algo que suceda en las escuelas secundarias. Hay profesores más autoritarios o más difíciles que otros pero en general no es eso lo que sucede en las aulas. Sí hay mucho que cambiar en los métodos de enseñanza pero creo que este caso fue un caso particular, anómalo. Después, cuánto uno puede traer su postura personal en cuanto a cuestiones políticas, me parece que uno como docente es un funcionario del Estado donde tiene que tratar de ser, sobre todo en cuestiones partidarias, lo más neutral posible porque les quiere enseñar a los alumnos a pensar. Bajar línea no es enseñar a pensar. Uno tiene que enseñar a evaluar distintas posturas y cuáles son los argumentos detrás. Ese es justamente el rol de un educador.

--Entre los métodos que menciona habla del aprendizaje basado en proyectos. ¿En qué consiste?

--El aprendizaje basado en proyectos nace con John Dewey, que es un gran referente de lo que se llamó la “educación progresista”, un movimiento de escuela nueva a principios del siglo XX que buscaba darle un rol más protagónico y vivencial a los estudiantes. Este enfoque se puso más en boga en los últimos años en muchas partes el mundo justamente por la nueva búsqueda de sentido que se le pide a la escuela, que conecte con el proyecto de vida de los estudiantes y los ponga en un lugar más de hacedores y menos de consumidores de información acabada. Cuando los alumnos trabajan de este modo el compromiso con la tarea y la relación con el conocimiento cambian radicalmente.

--¿Cómo se enseña para la diversidad?

--Es un enfoque pedagógico que tiene muchos años también. Algunos lo llaman “enseñar en aulas heterogéneas''. De lo que se trata es de garantizar lo común, que haya una base común de lo que quiero que aprendan, pero también de diversificar las puertas de entrada al aprendizaje. Tiene una base en una teoría pedagógica que es la de las inteligencias múltiples, del psicólogo de la Universidad de Harvard Howard Gardner. Se asienta en esta idea de ofrecer distintas puertas de entrada al conocimiento, diversificar las estrategias con las que uno presenta un tema a lo largo de una serie de clases y también de dar la opción a los alumnos, en algún momento, de elegir qué y cómo van a aprender. Como docente yo marco la cancha, armo la propuesta, pero doy espacio para poder tomar decisiones. Eso es algo que uno tiene que ir formando desde la infancia. 

22 de noviembre de 2021  

Publicado enSociedad
Lunes, 06 Septiembre 2021 06:24

¿Cómo se hace un violento?

. Imagen: Guadalupe Lombardo

Matías de Stéfano Barbero indaga en la construcción de la masculinidad. Con mirada antropológica, el investigador estudia por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres y cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia.

 ¿Cómo se hace un femicida? Esta pregunta elevada en el aire en una pancarta en la movilización del primer #Niunamenos, el 3 de junio de 2015 disparó en Matías de Stéfano Barbero la necesidad de investigar la construcción de las masculinidades de los varones que ejercieron violencia contra las mujeres en la pareja. Ese trabajo se convirtió en el libro Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad, editado por Galerna, que promete ser indispensable para entender no solo por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres sino cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia a través de la construcción de masculinidades ancladas en el ejercicio de la violencia, la heterosexualidad obligatoria y el rechazo/negación de la homosexualidad, entre otras cuestiones.

Matías de Stéfano Barbero es doctor en Antropología (UBA), investigador, docente y becario posdoctoral del Conicet. Es miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, y de la Asociación Pablo Besson, donde forma parte del equipo de coordinación de espacios para varones que ejercieron violencia. El libro sobre el que se explaya en esta entrevista presenta diferentes historias de vida de los varones que ejercieron violencia y analiza el papel que tienen la violencia y el género en la construcción de la masculinidad a lo largo de sus infancias, adolescencias y vidas adultas.

--Hace bastante que los estudios de género se preguntan qué es una mujer. ¿Qué es un hombre? ¿El eje ahora está puesto ahí?

--Sí, qué es el hombre. Me parece que ya de hecho la propia pregunta muestra que hay una transformación en eso, en la misma forma que hay una transformación entre lo que pensamos qué es una mujer y cómo se produce una mujer a nivel social. Y las respuestas son a veces sorprendentes, en el sentido en que escapan un poco del sentido común que podemos construir, tanto de lo que es un varón o de los sentidos de la masculinidad, como del lugar que ocupa la violencia en la vida de la gente y el género en la vida de la gente. Cuando yo empecé a ir a los grupos (de varones que ejercen vioencia) tenía la mirada un poco caricaturizada de lo que me iba a encontrar, y la verdad es que fui con un poco de miedo, tenía cierta aprensión. Y es curioso cómo también, quienes nos dedicamos a estas cuestiones tenemos nuestros prejuicios sobre cómo es el poder, cómo es la violencia, cómo es el sufrir, el hacer sufrir, y la verdad que cuando me encontré entre ellos, trabajando con ellos y escuchándolos, aparecen un montón de otras cosas que trascienden un poco ese sentido común, esa caricaturización de los violentos.

--¿Cómo es esa caricatura?

--Yo creo que la caricaturización viene un poco por poner siempre la violencia afuera. No quiero parafrasear mal a Nietzsche, pero esto de que siempre el malo es el otro y nosotros somos los buenos es casi me atrevería a decir un universal; la bondad siempre está de mi lado y la maldad del otro. Entonces, y no es algo que se limite solamente a la cuestión de la violencia de género y a los varones que ejercen violencia, esta idea de caricaturizar, de hacer exótico al otro que tiene ese estigma.

Caetano Veloso decía que visto de cerca nadie es normal. Me encanta esa frase. Lo mismo pasa un poco con esto, cuando uno se acerca y deja de construir esa otredad como una otredad tan exótica, y se acerca a conocer esas historias y ellos también se permiten, en un largo proceso de trabajo, poder mostrar lo que hay detrás de todas esas capas de resistencia, aparecen seres humanos más o menos comunes, con miserias, con su lugar de poder, con su miedo a la vulnerabilidad, personas que... esto a veces es polémico porque parece que uno está justificando, pero personas que también sufrieron mucho en ese proceso de construirse como varones.

No se trata de justificar sino de tratar de comprender cómo aparece la violencia a lo largo de la vida. La violencia en la vida de alguien no aparece cuando se ejerce sino mucho antes.

--En el prólogo del libro se plantea que si bien reconocemos la violencia de género como un problema estructural, las soluciones que se están dando como políticas públicas en general son individuales. Usted tiene una crítica sobre eso.

--Sí, eso lo recoge superbien Moira Pérez en el prólogo. Pasa un poco con esta idea de deconstrucción, que parece que es una idea que apela al individuo, como “deconstruite vos y tus cosas”. A mí me parece que lo potente que puede llegar a tener esta idea de politizar lo personal es hacerlo político en el sentido de la transformación colectiva. Que yo renuncie a mis privilegios, por ejemplo, no tiene un gran impacto social, puede tenerlo en mi vida cotidiana y en la vida de quienes me rodean, pero no supone una crítica estructural y no supone una transformación estructural. Y pensar las cosas siempre desde el individuo, lo bueno y lo malo, me parece que por un lado es el paradigma hegemónico ¿no? El sujeto, el individuo, y en ese sentido me parece reproducir el sistema que estamos intentando cambiar. Y por otro lado, las perspectivas que lo piensan exclusivamente individualmente, generalmente se terminan topando o reduciendo las posibilidades de actuación al orden de lo punitivo, al orden de decir “se encierra a esta persona y se acabó el problema”, cuando esa persona si bien tiene que tomar responsabilidad por lo que hizo, por supuesto, está expresando algo a nivel social y a nivel estructural, ciertas condiciones que hicieron que esa violencia en este caso pueda aparecer. Pienso en la importancia de reforzar la ESI (educación sexual integral) desde la primera infancia y que se toquen temas como la violencia, la masculinidad, el poder, la vulnerabilidad, y eso implica intentar prevenir antes de que la situación suceda, porque cuando ese niño que sufrió en la infancia, termine cometiendo un crimen y haciendo sufrir, ahí la sociedad va a llegar con todo el peso de la ley en su juicio a dar una solución punitiva. Creo que es mucho antes que tenemos que empezar a preocuparnos de esto en la vida de las personas, y no tanto precisamente como individuos sino en políticas públicas, desde el Estado, desde las organizaciones de la sociedad civil, que puedan considerar el problema a lo largo de la vida, un problema estructural que afecta a toda la sociedad y no solamente a quien termina siendo el síntoma.

--Me gustó la metáfora que usó al comienzo: hay que “volver a Juan”, volver a poner el eje en el varón que ejerce la violencia y no tanto en la víctima ¿no?

--La metáfora de volver a Juan viene de un ejercicio que hizo una lingüista feminista, que muestra en las cuatro operaciones lingüísticas, cómo de un acto que es “Juan golpea a María”, se va desplazando la atención hacia lo que termina sucediendo después, que queda María como víctima de violencia y Juan desaparece de esa ecuación lingüística. Por eso la idea de volver a Juan es ir volviendo en el sentido de volver a la escena, a esa primera formulación de Juan golpea a María o Juan ejerce violencia contra María, para ver qué es lo que pasa en esa escena y después seguir volviendo para ver quién es Juan. Porque entiendo que tiene que ver con una urgencia y me parece completamente legítimo asistir a las personas que sufren, pero si no nos concentramos también en las personas que hacen sufrir, las causas del problema van a seguir intactas y van a seguir reproduciéndose, y va a llegar un momento que no vamos a dar abasto para atender personas que sufren.

--En el libro repasa las distintas ideas en torno a por qué los hombres son violentos: las teorías que plantean que son violentos por naturaleza, o que el violento es el otro... ¿Qué problemas plantean estas nociones tan arraigadas en nuestra sociedad?

--A mí me sorprendió encontrar referencias a la violencia natural o asociada a los celos como algo natural o la violación como esa búsqueda de reproducción. Uno lo piensa medio demodé, pero la verdad uno se encuentra lamentablemente muchas de estas cuestiones. Para mí el problema es que muchas de estas teorías, más que para interrogar terminan sirviendo para justificar, para naturalizar determinadas cuestiones. Y esta idea de que la violencia está en los otros también es una mirada patologizante, es el otro siempre el patológico, el enfermo, el psicópata, y con esto no quiero decir que la biología, la psiquiatría o la psicología no tengan nada para decir, pero sí me parece que tenemos que analizar las consecuencias políticas que tiene pensar de una manera o de otra, y eso es lo que intento un poco con el libro.

El marco que yo utilizo es el de masculinidades, del estudio de varones y masculinidades desde una óptica feminista y de las ciencias sociales. Me parece que es el marco que más nos sirve para tratar de entender y de transformar.

--¿Puede dar algunas pautas de cómo se explica la violencia masculina?

--Podemos pensar el lugar que ocupa la violencia en la construcción de un sujeto varón en la sociedad, el vínculo que tiene la masculinidad y la posición masculina en la sociedad con la violencia es muy particular. Por un lado, es un privilegio en el sentido de que se fomenta esa agresividad potencial en los varones y en las mujeres no, por eso los varones muchas veces podemos responder con agresividad a determinadas situaciones y las mujeres no tanto, porque tiene que ver con una educación y con una forma de hacer un sujeto masculino en el mundo. Pero lo curioso, y esto no lo digo yo sino Rita Segato, Bell Hooks, desde un feminismo particular, es la idea de que la primera forma de violencia que los varones aprenden en su vida no es contra las mujeres sino contra sí mismos, que es una violencia que viene de esa manera masculina de ver el mundo, que limita, que cercena. Audre Lorde dice eso cuando analiza su posición de madre con su hijo varón: hay toda una parte de la humanidad que a los varones se les niega y se les quita, no es que nacen machos, para hacer un macho hay que ejercerles violencia. Entonces, los varones tenemos una relación con la violencia particular, que se va gestando en esta idea de construcción de la masculinidad. Que después aparece también en la construcción de la heterosexualidad muy vinculada a la homofobia también, casi que construirse como heterosexual es construirse homofóbicamente, porque yo tengo que ser varón cis heterosexual y tengo que actuar como tal, y actuar como tal implica rechazar una parte de mí que es una parte humana, esconderla y atacar también toda esa forma de expresión de género, lo que está feminizado en la sociedad y en los demás, en el grupo de pares también, para que me interpelen no desde la homofobia sino desde la heterosexualidad como un par. Y en ese sentido me parece que la violencia tiene mucho que ver con el poder entre varones y de los varones sobre las mujeres pero también con la vulnerabilidad, en el sentido en que muchas veces para no exponer nuestra vulnerabilidad, algo que aprendemos de chiquitos con estas ideas un poco maniqueas ya del “no llores”, no te muestres vulnerable, la violencia es esa huida hacia adelante de la propia vulnerabilidad. Voy a actuar con violencia en este momento porque mi lugar de poder se ve amenazado y no quiero dejar expuesta mi vulnerabilidad, porque aprendemos los varones a lo largo de nuestra vida que si nos mostramos vulnerables, nos exponemos a la violencia del otro, a la humillación y subordinación del otro, a la vergüenza...

--Martín, uno de los casos que analiza en el libro, logra sobreponerse al bullying a través de ejercer violencia.

--Sí, y lo que me parece interesante de ese caso en particular, por ejemplo, es que desencializa un poco esta idea de “si vos ejercés violencia, naciste violento”, como si no fuera compatible en una misma trayectoria vital ser víctima y ser victimario. Por eso esa relación entre sufrir y hacer sufrir me parece interesante, muchas veces quienes hacen sufrir están evitando sufrir, y esa es la construcción que fueron aprendiendo y reforzando a lo largo de la vida. Cuando uno habla con estos varones se encuentra curiosamente con esas historias de vida, como que de repente fueron víctimas en un momento también en algo vinculado al género, a la jerarquía de género y de la masculinidad porque ocupaban un lugar subordinado en esa jerarquía, y fueron viendo que así funciona el mundo, en una estructura jerárquica entonces “si voy ascendiendo puedo pisar al otro y con eso se reafirma mi lugar”. Y la mujer en esos casos siempre ocupa una posición como de moneda de cambio para el prestigio y el lugar de poder en el grupo de pares y en esa idea de masculinidad, entonces se va construyendo y solidificando esa percepción de la vida como una jerarquía. No hay que perder posiciones porque saben lo que es estar abajo de todo en la jerarquía porque lo sufrieron, entonces el precio es hacer sufrir.

--En un capítulo habla de la violencia femenina como tabú ¿puede explicarlo?

--Ese capítulo empieza con un epígrafe grande de Amelia Balcarce que reivindica el derecho de las mujeres a ser malas. Me parece que también, si solamente pensamos la violencia como un atributo de los varones, como vinculado a una identidad de género particular, parece que es un problema político. Primero porque deja a las mujeres en la posición de víctimas y las cristaliza ahí, y deja a los varones en la posición de victimarios y los cristaliza ahí, y después también deja sin cubrir otras identidades y expresiones de género y su relación con la violencia. Obtura otras preguntas, y me parece que es también una decisión política en el sentido en que muchas veces, en este momento en particular en donde hay tanto trabajo con varones, hay mucha resistencia, muchos cuestionamientos un poco desde el lugar del sentido común: “bueno pero las mujeres también son violentas”, uno lo escucha mucho en los grupos eso, pero también lo escuchamos en las redes sociales. Me parece que no inhabilitar esa discusión es una opción política para no darle lugar a las críticas que están en la sociedad a los enfoques que tenemos, me parece una responsabilidad que es difícil porque es caminar una fina línea entre mirar el afuera y decir “bueno las mujeres también, entonces se acabó el problema”... no, vamos a estudiar, yo estudio la violencia masculina pero sí reconozco que la violencia no es propiedad de los varones, y que aparece de muchas maneras en muchos vínculos, y que es posible que las mujeres la ejerzan.

--También aparece, además, la confusión por el uso del término ‘violencia de género’ ¿no?

--Sí.

--Se plantea la idea de que las mujeres ejercen violencia de género, y ahí hay una confusión.

--Sí, para mí tiene que ver con lo que me preguntabas al principio cuando hablábamos de qué significa la masculinidad, pero con el género pasa un poco lo mismo, son palabras polisémicas que se usan a veces de una manera y a veces de otra. Yo hago un análisis en el libro de cómo fue cambiando la violencia, al principio era la violencia doméstica, después violencia familiar, violencia conyugal, y hay muchas maneras de pensar el problema, violencia contra las mujeres es una manera pero violencia de género es otra.

--Propone hablar de ‘violencia masculina hacia las mujeres´, no ‘violencia de género’ o ‘violencia machista’...

--Sí, igual es un concepto que después de toda un discusión, este es el último, ‘violencia masculina contra las mujeres’. Y me parece que está bueno por esto, porque habla precisamente de quién ejerce esa violencia y contra quién la ejerce, porque hay críticas al concepto de ‘violencia de género’ que dicen que invisibiliza que las personas que la sufren son mujeres, y que las personas que la ejercen son varones cis, en la mayoría de los casos. Me parece interesante también entonces digo, ‘violencia masculina contra las mujeres’ puede comprender varias cosas. Después al final cuando tengo que referirme a la cuestión, hablo generalmente de la relación entre violencia y género como paraguas más grande.

--¿Sirven los dispositivos para varones que ejercieron o ejercen violencia?

--La percepción de las personas que trabajan en grupos... y también estuve participando en investigaciones con profesionales de otros equipos, de la provincia de Buenos Aires, no es una sensación mía, es que la transformación o el cambio sucede, lo que pasa es que son cambios, y esa es una de las luchas que tenemos quienes trabajamos.

La transformación sí es posible, pero es un trabajo profundo en el sentido de que es extenso, y una de las reivindicaciones que hay desde los espacios es que cuando se derivan varones desde la justicia, no se deriven por tres meses. Nosotros decimos que el trabajo es de mínimo un año de espacio grupal, una vez por semana, porque es un trabajo que va al fondo de la cuestión, que revisa profundamente la subjetividad, la historia de vida, entonces es un trabajo que tiene un gran impacto pero que necesita un tiempo para germinar y florecer.

Muchas veces ya dentro y estando en el grupo, muchos de los varones dejan de ejercer violencia física y están mucho más permeables a, en vez de ejercer violencia, a poder construir un conflicto con la pareja, muchas veces me cuentan que tuvieron una discusión pero que no pasó a mayores, que “yo pude decir lo que pensaba y ella también me dijo y lo vamos charlando. A medida que van pasando los encuentros y los varones llevan más tiempo en los grupos, aparece otra manera de enfrentarse a los conflictos en el sentido de que se construyen los conflictos, y no se usa la violencia para que ese conflicto desaparezca. 

05/09/2021

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Fuentes: El diario [Imagen de archivo de varias personas frente a la Puerta de Brandeburgo en Berlín, Alemania. EFE/EPA/FILIP SINGER]

 ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ ha logrado que el próximo 26 de septiembre, día de las elecciones generales y de comicios al Ayuntamiento de la capital alemana, los berlineses voten sobre remunicipalizar casas de grandes dueños de vivienda de la ciudad

Los alemanes están llamados a votar el próximo 26 de septiembre en las primeras elecciones de la ya bautizada como era «post-Merkel». Tras 16 años en el poder, la canciller Angela Merkel no se presenta a su reelección. Sin embargo, para los berlineses, ese día 26 de septiembre no sólo será electoralmente importante por suponer una despedida a la todavía jefa del Gobierno alemán.

Los capitalinos germanos también votarán en sus elecciones locales y, además, se pronunciarán sobre la hoy por hoy exitosa campaña ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’. Esta iniciativa, lanzada en 2019, ha conseguido las firmas de berlineses necesarias para organizar un referéndum en el que se vote sobre si expropiar o no a las empresas que poseen más de 3.000 viviendas en suelo de la capital.

La campaña lleva en su nombre el de la firma inmobiliaria Deutsche Wohnen, que dispone de 110.000 viviendas en la capital alemana. El objetivo de los activistas es hacerse con unos 240.000 pisos hoy en manos de grandes propietarios.

El pasado mes de julio se ponía la fecha del 26 de septiembre para la celebración del referéndum, después de confirmarse que los activistas de la iniciativa habían reunido suficientes firmas para seguir adelante con la votación. Superaron ampliamente, según los datos comprobados por las autoridades, las 183.700 firmas necesarias para organizar la votación.

«Hay detalles técnicos por terminar, pero el referéndum es el 26 de septiembre», dice a elDiario.es Ingrid Hoffmann. La activista de la iniciativa berlinesa menciona algunas responsabilidades de última hora que aún han de asumir ella y sus compañeros de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’. Por ejemplo: la impresión de folletos sobre el referéndum que tienen que hacer llegar a todos los hogares berlineses.

Hofmann explica que el colectivo también da la batalla con las autoridades para que dejen de afirmar «lo astronómico» que resultará el pago de la indemnización para expropiar las casas de los grandes propietarios. Los periódicos alemanes están estos días llenos de este tipo de estimaciones. La convocatoria también ha llegado al influyente Financial Times. «Mi piso es ahora una commodity», lamentaba la activista Lorena Jonas, una de las promotoras del referéndum, calificada de «campaña radical» por el rotativo británico, que advertía de que las encuestas sugieren que casi la mitad de los berlineses apoyan la iniciativa y esta «podría fijar un precedente para otras ciudades con elevadas rentas».

Quienes más se oponen a esta medida –como Sebastian Czaja, el líder del partido liberal, el FDP– hablan de un coste de no inferior a los 36.000 millones de euros. El Gobierno de la capital sitúa los costes totales en un montante que va entre 29.000 y los 39.000 millones.

Esos números sirven a menudo para transmitir la idea a la población de que el proyecto de Hoffmann y compañía está fuera del alcance de las autoridades berlinesas. Berlín, por muy capital que sea, sigue siendo una ciudad, en el mejor de los casos, con un presupuesto muy ajustado. Pero en ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ defienden que el mecanismo de expropiación no lastrará las cuentas de la capital.

«El presupuesto berlinés no se verá afectado en absoluto», sostiene Hoffmann. «Porque se tiene que crear una entidad pública para reunir los recursos con los que conseguir los 240.000 pisos, emitiendo bonos de deuda. Eso es lo que permite obtener dinero como en un crédito pero sin pedir dinero al banco. Luego, el pago de los alquileres de esos pisos permitirá devolver el dinero», explica la activista. «Esto, nuestros adversarios nunca lo mencionan», abunda la activista en conversación con este medio.

La Constitución como pilar de la iniciativa

Lo que no falta entre los responsables de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ son las referencias al artículo 15 de la Ley Fundamental alemana, que es como aquí se conoce a la Constitución. «La tierra, los recursos naturales y los medios de producción pueden transferirse a la propiedad común u otras formas de economía común con fines de socialización mediante una ley que regule la naturaleza y el alcance de la indemnización», se lee en dicho artículo de la Carta Magna germana.

En caso de que haya mayoría de «sí» en el referéndum, el resultado no implicará directamente la expropiación. La política tendrá que actuar en consecuencia legislando y, por lo que deja ver el Ayuntamiento de Berlín en sus campañas, plasmar en la legislación la expropiación no será sencillo. Sólo el partido Die Linke, el que está situado más a la izquierda del espectro parlamentario alemán, apoya a las claras la iniciativa.

En el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), la formación del actual alcalde de Berlín, Michael Müller, y de la favorita a ganar la carrera al Ayuntamiento berlinés, Franziska Giffey, no contemplan la expropiación. En Los Verdes, el segundo mayor partido progresista, hablan de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ como un «último recurso» ante la tensa situación del mercado inmobiliario de la capital alemana.

Precios al alza, carestía de vivienda y fusiones de grandes empresas

Berlín, ciudad gobernada por una coalición de izquierdas liderada por el socialdemócrata Müller, es de las ciudades donde más suben los precios del alquiler, según un reciente estudio de la plataforma inmobiliaria de internet Inmmoscout24. En la subida que se registrará en la capital en 2022, del 5,7%, según las estimaciones de ese portal, jugará un papel importante que se declarara inconstitucional por motivos competenciales la conocida como ‘Ley de Tope al alquiler‘. La normativa consiguió bajar los alquileres considerados excesivos.

Con esa medida, que Die Linke y Los Verdes quieren ver aplicada en todo el país y no sólo a una ciudad o región, las autoridades berlinesas trataron de hacer frente a la situación de carestía habitacional que se vive en la capital teutona. Se estima que al año hacen falta en Berlín 40.000 nuevas viviendas. En 2020 se construyeron 16.000 cuando se querían levantar 20.000. En general, Alemania no construye lo suficiente. De ahí que en la prensa económica se considere que el Gobierno de la ‘gran coalición’ de Merkel ha fracasado en materia de vivienda.

Este es el contexto en el que ha surgido ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’ y en el que también Deutsche Wohnen y Vonovia, dos de los grandes actores del mercado inmobiliario alemán, quieren fusionarse. Si eso ocurre, la activista Hoffmann considera que no será una traba para su iniciativa. «Llevan ya tres intentos para fusionarse. A lo mejor, juntas, esas empresas se sienten más seguras formando una empresa más poderosa aún. Pero para nosotros, en una expropiación, que dos empresas pasen a formar una significa menos papeleo» destaca con sorna.

Ella confía en que el 26 de septiembre, en una jornada en la que se votará para reconfigurar el Bundestag, el Gobierno federal y el Ayuntamiento berlinés, haya una alta participación. Según sus cuentas, a partir de una participación del 70%, ganará el «sí» en el referéndum de ‘Expropiar a Deutsche Wohnen y Compañía’.

Por Aldo Mas | 19/08/2021

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Imagen de archivo de un menor trabajando. EFE

Los incrementos se concentran en África, que tiene más niños y niñas trabajando que todo el resto del munso, así como los Estados Árabes y la zona de Europa y Asia Central, según el informe de las agencias de Naciones Unidas. 79 millones de niños "realizan trabajos peligrosos" que ponen directamente en riesgo su salud

 

Hoy hay más niños y niñas trabajando en el mundo que hace cuatro años. Uno de cada diez menores, en total 160 millones de niños y niñas a nivel mundial, según el primer estudio conjunto de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y Unicef, con datos de 2020. Además, este último año de pandemia de coronavirus incluso agudizará el problema, alertan los organismos, vista la situación en muchos países. Las agencias de Naciones Unidas han dado todas las alarmas ante lo que supone el primer retroceso en la reducción del trabajo infantil en el mundo en las dos últimas décadas, momento en el que la OIT comenzó a medir periódicamente su incidencia.

El trabajo infantil no es una cuestión menor. Los niños afrontan riesgos físicos y mentales a corta edad, que condicionan su desarrollo. Está más extendido entre los niños que entre las niñas y tiene una mayor incidencia en las regiones rurales frente a las urbanas. "El trabajo infantil merma la educación de los niños, restringe sus derechos y limita sus oportunidades en el futuro, y da lugar a círculos viciosos intergeneracionales de pobreza y trabajo infantil", subraya el informe publicado este jueves, poco antes del Día Mundial contra el trabajo infantil, este 12 de junio.

“Las nuevas estimaciones constituyen una llamada de atención. No podemos quedarnos impasibles mientras se pone en riesgo una nueva generación de niños”, señala Guy Ryder, director general de la OIT. "Instamos a los gobiernos y a los bancos internacionales de desarrollo a que den prioridad a las inversiones en programas que permitan a los niños salir de la fuerza de trabajo y regresar a la escuela, así como en programas de protección social que faciliten esa labor a las familias", reclama Henrietta Fore, directora ejecutiva de Unicef.

Los niños trabajan sobre todo en el ámbito familiar, ya sea en el campo o en pequeñas empresas familiares, una situación muy unida a la pobreza y a la falta de oportunidades educativas. No es una imagen que quede tan lejos en España. Las últimas generaciones de ancianos y ancianas, tan resentidas durante la pandemia, recuerdan a las siguientes, a muchos nietos y nietas, cómo era trabajar en el campo para llevar comida a la mesa. Cómo dejaron la escuela en muchos casos sin saber leer y escribir bien, como prueban sus firmas de caligrafía lenta y temblorosa.

Trabajo infantil que no es tan ajeno

La imagen global de aumento del trabajo infantil esconde diferencias territoriales. Los aumentos se concentran en África, que ha pasado de tener 72 millones de menores trabajando en 2016 a 92 millones, así como los Estados Árabes, que han duplicado su número (de 1,2 millones a 2,4 millones de menores), y por último la zona de Europa y Asia Central, que alcanzó los 8,3 millones el año pasado respecto a los 5,5 millones de niños y niñas afectados por el trabajo infantil en 2016.

Otras zonas en cambio han logrado disminuir esta lacra que condiciona las oportunidades de los menores presentes y futuras. Es el caso de Asia y el Pacífico, con 48,7 millones de niños y niñas trabajando respecto a los 62,1 millones de hace cuatro años y América Latina y el Caribe, que han restado algo más de dos millones de menores trabajando, hasta los 8,2 millones en 2020.

Como se desprende de las cifras, los niños de África son los más afectados. "En la actualidad, existen más niños en situación de trabajo infantil en África Subsahariana que en el resto del mundo", destaca el informe. Allí, casi uno de cada cuatro menores está afectado por esta situación. Un problema que puede parecer lejano, aquí en España, pero que no lo es tanto.

El estudio de la OIT y Unicef advierte de que "más del 70% de los niños en situación de trabajo infantil (112 millones) se dedican a la agricultura". En un mundo globalizado, donde por ejemplo el chocolate, el café y la fruta que consumimos muchas veces proceden de la otra punta del globo, el trabajo infantil de un menor en una plantación de cacao en Costa de Marfil puede no quedar tan lejos de nuestra cesta de la compra.

"Gran parte de los productos que consumimos habitualmente esconden explotación laboral infantil", recuerdan a elDiario.es desde la Coordinadora de Comercio Justo, que promociona en estos días productos libres de trabajo infantil, un compromiso de todas las organizaciones productoras de comercio justo. "Las organizaciones de Comercio Justo estamos trabajando en distintas iniciativas de incidencia política para conseguir leyes que obliguen a las empresas multinacionales a garantizar los derechos humanos, entre ellos la ausencia de explotación laboral infantil y la protección del medio ambiente a lo largo de toda la cadena de producción en cualquier parte del mundo", explican desde la coordinadora española.

79 millones de menores en trabajos peligrosos

El estudio de la OIT y Unicef subraya además que un total de 79 millones de niños, casi la mitad de todos los niños en situación de trabajo infantil, "realizaban trabajos peligrosos que ponían directamente en peligro su salud, seguridad y desarrollo moral". Las agencias de Naciones Unidas destacan que el trabajo infantil en las familias "es a menudo peligroso, a pesar de la percepción generalizada de que la familia ofrece un entorno de trabajo más seguro".

Esta es la imagen actual del trabajo infantil, pero no es una imagen inevitable, como se observa en los países que han avanzando y siguen haciéndolo. Hay recetas que funcionan, como la inversión en educación, en trabajo decente de los adultos y en una mayor seguridad de las cadenas de producción internacionales.

"La eliminación del trabajo infantil es una empresa demasiado grande para que la resuelva una parte por sí sola", advierte el informe de la OIT y Unicef, que piden que "los países deben aunar esfuerzos en el espíritu del artículo 8 del Convenio 182 de la OIT", sobre sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil, "ratificado universalmente". Los países, como España, se han comprometido además a ello en numerosos acuerdos internacionales, como la Agenda 2030, que pretende acabar con el trabajo infantil en 2025.

Por Laura Olías

10 de junio de 2021 02:01h

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Las mujeres son las qué más carga de cuidados soportan durante la pandemia. — Reuters

Sin redes de apoyo familiar y social, con empleos más precarios y una enorme carga de cuidados a sus espaldas, las mujeres han visto cómo la pandemia las hace retroceder varios pasos en el ya lento camino hacia una igualdad real.

 

Un año después de iniciarse la crisis provocada por el coronavirus, el relato mayoritario de las mujeres es demoledor. Durante las últimas semanas, Público ha recopilado los testimonios de decenas de mujeres que han narrado en primera persona cómo están viviendo la pandemia y qué efectos está teniendo esta crisis sobre sus vidas. Son testimonios individuales pero que conforman un relato común y casi único: estamos extenuadas, estresadas, con sentimientos de culpa por no llegar a todo o llegar mal, con días interminables para poder cumplir con la doble jornada y con un gran sentimiento de soledad.

Tal y como resaltan diversas expertas consultadas, todos los estudios han alertado sobre la sobrecarga de trabajo no remunerado que ha supuesto esta pandemia para las mujeres, "y muy especialmente para aquellas con empleos e hijos e hijas pequeños con el consecuente impacto en la salud mental y emocional", explica Alba Crusellas, politóloga y socióloga y experta en igualdad.

En los momentos más duros de la pandemia, con los colegios y otros centros de actividades cerrados y la falta de redes de apoyo como las abuelas y otras personas cercanas, "muchas madres han tenido que hacer verdaderos malabares para responder satisfactoriamente a las demandas propias de sus empleos, de la enseñanza a distancia de sus hijos e hijas y de las tareas domésticas y de cuidados. Todo ello con el peso del sentimiento de culpa que impone convenientemente el patriarcado cuando no están disponibles al 100% a los requerimientos de la familia (esa imagen de 'malas madres')", añade Crusellas.

"Las mujeres entramos en esta crisis como lo hemos hecho en otras, con grandes desigualdades, y vamos a salir de ella aún peor, con más trabajo productivo y reproductivo [el que sostiene la vida] y con una gran carga de culpa", afirma Empar Aguado, investigadora social y profesora en el departamento de Sociología y Antropología Social de la Universitat de València. "La pandemia y el confinamiento nos devolvió una imagen amplificada de lo que ya estaba ocurriendo antes" en cuanto a las falta de corresponsabilidad, una mayor carga de los cuidados y la precariedad laboral, afirma este experta, que en el mes de abril inició un estudio sobre las consecuencias del confinamiento en las mujeres con hijos y cuyos efectos, afirma, se han intensificado y profundizado a lo largo de los últimos meses.

Los comentarios de estas expertas son corroborados con cifras publicadas por distintas instituciones. Los últimos datos sobre desempleo hechos públicos por el Ministerio de Trabajo reflejaban que el 70% de las personas que habían perdido su empleo en el mes de febrero eran mujeres y tal como denuncia el sindicato UGT ellas ostentan también más del 74% de los contratos a tiempo parcial.

Un reciente informe elaborado por la firma de consultoría Boston Consulting Group (BCG) afirma que las mujeres dedican el doble de tiempo (unas 27 horas semanales) que antes de la pandemia a trabajos no remunerados como las tareas domésticas y las relacionadas con la educación de los hijos. La repercusión en el ámbito profesional supone que el 30% de las madres europeas aseguran que su capacidad de desempeño en el trabajo ha descendido con la pandemia, porcentaje que en España alcanza el 37%. Además, un 38% de las mujeres no tiene un espacio privado en el que trabajar, el 28% asegura que es interrumpida constantemente, y el 40% no se siente segura sobre su empleo. Unos porcentajes que son 10 puntos inferiores en el caso de sus compañeros varones. Según una directiva de la compañía, estas cifras indican que con la pandemia se podrían haber "perdido 20 años en la carrera por cerrar la brecha de género" en el ámbito laboral.

Un dictamen que corroboran decenas de mujeres consultadas por Público durante las últimas semanas.

Emilia, una asesora de comunicación de 52 años, explicaba a este diario que aunque ella y su pareja tienen trabajos con una alta demanda de tiempo y concentración, durante el confinamiento él dispuso de un lugar aislado para trabajar y ella se quedó en el salón, donde era mucho más "interrumpible". Esta misma situación la cuentan Ana, una periodista que estableció su lugar de trabajo en la barra de la cocina, y Verónica, analista de datos, que tuvo que convertir el salón en su oficina y compartirlo con sus hijos, mientras su marido disponía de una habitación para él solo "porque tenía muchas reuniones".

"Lo que estamos viendo es que en muchísimas ocasiones ellas son las facilitadoras del tiempo de trabajo de sus parejas. Y no es que se conformen, es mucho más complicado que eso. La pandemia y el confinamiento nos posibilitó ver de forma amplificada lo que ya se estaba dando antes. Si los vínculos afectivos de los hijos se estaban dando mayoritariamente con las madres cuidadoras, tu puedes sacar una hoja de excel y sentarte con tu pareja a repartir hora a hora las tareas de las que se va a encargar cada uno. Pero esto es muy difícil de llevarlo a cabo en una casa de 80 metros, con una criatura de seis años. Aquí aparecía de forma muy clara el sentimiento de culpa", puntualiza Aguado.

Esta experta explica que cuando se nos cayeron todas las redes de apoyo (la escuela, la persona que ayuda en casa, los abuelos cuidadores…), lo que quedó al descubierto fue lo lejos que estamos de tener prácticas corresponsables y se vio claramente la necesidad de cambiar de cultura. "Las mujeres necesitamos leyes y políticas públicas hacedoras de tiempo, porque somos nosotras las que estamos gestionando los cuidados". Cuando al inicio de la pandemia se cerró la escuela y se dificultó la posibilidad de externalizar el trabajo doméstico del hogar, lo que se puso de manifiesto fue la tremenda desigualdad de roles, incluso en aquellas parejas que se denominaban "igualitarias".


Otra de las realidades que dejó patente el estudio realizado por la Universitat de València y que aún está por publicar, es que a ellos se les da muy bien jugar con sus hijos. Entre la mujeres encuestadas en la muestra, muchas afirmaban que si se dividían el cuidado de los hijos a lo largo del día, el rato que les tocaba a ellas atendían las tareas escolares, ponían lavadoras o hacían la comida en ese espacio, pero que a ellos en general sólo les daba tiempo a jugar. "Lo que dejó patente esta pandemia es que nosotras somos realmente las titulares de los cuidados y que ellos están sentados en el banquillo como suplentes", afirma Aguado.

De vuelta a casa

Tal como explica la socióloga Rosa Cobo, las mujeres salimos del espacio privado/doméstico al mercado laboral y al ámbito público a partir de los años sesenta, un proceso que ha ido creciendo a lo largo de las últimas décadas. "Y, de pronto, la pandemia nos devuelve a casa. Y no nos devuelve en la misma situación que a los varones: a nosotras nos devuelve a las tareas domésticas. Si algo ha puesto de manifiesto la pandemia es la debilidad de la conciliación y de la corresponsabilidad. Creo que esta pandemia ha sido un golpe irreparable a la corresponsabilidad y ha mostrado que el trabajo doméstico y de cuidados es una tarea de las mujeres", abunda esta profesora de Sociología en la Universidad de A Coruña.

Esta experta afirma que, paradójicamente, la pandemia está reforzando el papel de las mujeres como cuidadoras y como trabajadoras domésticas gratuitas. "Esta dedicación y entrega a las tareas domésticas y de cuidados suscita un malestar en las mujeres que no es nuevo. Es el malestar que no tiene nombre del que hablaba Betty Friedan".

Para la socióloga Ángeles Briñón, este malestar colectivo y la falta de corresponsabilidad real dentro de las familias debe ser tenida en cuenta a la hora de diseñar las políticas públicas y hay que cuidar de que éstas no vayan en contra de los derechos de las mujeres. Y critica que tras un año de pandemia "todas esas teorías que hablaban de trabajar por la corresponsabilidad y poner la vida y los cuidados en el centro no se han reflejado aún en una política que haya paliado la situación de muchas mujeres".

Lo mismo opina Crusellas, quien afirma que  "si no integramos eficazmente la perspectiva de género en todos y cada uno de los proyectos de recuperación, nos vamos a encontrar con actuaciones que van a tener un impacto negativo en la igualdad de género y en las vidas de las mujeres, quienes no se van a ver beneficiadas por igual". Por eso, explica, "el sector público debe asegurar que la recuperación contribuya a eliminar los obstáculos que impiden la igualdad entre mujeres y hombres y no a reproducirlos o agravarlos".

Para Crusellas, se sigue dando una visión estereotipada de la maternidad que coloca a las mujeres como principales responsables del mantenimiento del hogar y afirma que existe una falta de corresponsabilidad de los hombres, pero también del Estado. "Recordemos que, más allá de la posibilidad de reducir la jornada laboral con la correspondiente pérdida salarial, las administraciones públicas no han dado alternativas. Esta medida tiene, además, efectos muy negativos en términos de igualdad de género, ya que, en su inmensa mayoría, se acogen mujeres, transfiriéndoles por tanto el coste de la pandemia y reproduciendo los roles tradicionales de género: vuelta a los hogares y dependencia económica de las mujeres".

"Lo único que puede hacer que las mujeres salgan de la desigualdad es tener a su lado políticas publicas que construyan tiempos para ellas, porque desde la corresponsabilidad no se está obteniendo. Y también es importante no sólo lograr esto en la corresponsabilidad familiar. Deberíamos de hablar también de la corresponsabilidad empresarial o corporativa y de la corresponsabilidad pública", argumenta Aguado. 

"El confinamiento fue un laboratorio magnífico para indicarnos y confirmarnos lo que ya sabíamos: que las mujeres, para poder librarnos de esta doble carga necesitamos tener políticas públicas que construyan nuestros tiempos. Y esto es algo que sigue vigente y no ha pasado un año después. Hay que incorporarlo a la agenda pública", concluye Aguado.

madrid

07/03/2021 22:48

Actualizado: 08/03/2021 09:07

Marisa Kohan@kohanm

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Retroceso laboral de las mujeres por la pandemia

En 2020 se registró una contundente salida de mujeres de la fuerza laboral, quienes, por tener que atender las demandas de cuidados en sus hogares, no retomaron la búsqueda de empleo.

 

"El impacto en el nivel de ocupación y condiciones laborales de las mujeres en América Latina y el Caribe generó un retroceso de una década en los avances logrados en materia de participación laboral en el continente", afirmó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, durante la presentación del informe especial Covid-19 sobre la autonomía económica de las mujeres en la recuperación pospandemia

Según el documento, en 2020 se registró una contundente salida de mujeres de la fuerza laboral, quienes, por tener que atender las demandas de cuidados en sus hogares, no retomaron la búsqueda de empleo, La tasa de participación laboral de las mujeres (es decir, mujeres buscando trabajo) se situó en 46 por ciento en 2020, seis puntos por debajo que en 2019, cuando 52 por ciento de las mujeres en América Latina y el Caribe estaba trabajando o buscando trabajo. La de los hombres también cayó, pero sigue siendo significativamente mayor incluso que en niveles pre pandemia: 69 por ciento. 

Con este dato, el nivel de desempleo (que es un cociente entre la población desocupada y la que busca trabajo) puede llegar a dar más bajo. La Cepal calculó que el 12 por ciento de mujeres desempleadas en 2020 se elevaría al 22,2 por ciento si se asume la misma tasa de participación laboral de las mujeres de 2019. Es decir, si se asume que la cantidad de mujeres buscando trabajo disminuyó no por falta de necesidad de ingresos sino por frustración o un aumento de la demanda de las tareas de cuidado.

Por sector

Además de los efectos a nivel agregado, se esperan impactos de distinta magnitud en los sectores económicos. Desde el punto de vista de género, muchos de ellos cuentan con alta participación femenina, lo que impacta en el  vínculo con el trabajo de las mujeres. El 56,9 por ciento de las mujeres que participan del mercado laboral están expuestas por trabajar en sectores de alto riesgo como el comercio; la manufactura, sobre todo las maquilas en méxico y el Caribe; en el turismo, donde una de cada diez mujeres vivían de ese sector en el Caribe; hogares (trabajo doméstico remunerado); actividades inmobiliarias y servicios administrativos y de apoyo.

Uno de los más dañinos en términos de género, informalidad y a su vez imprescindibilidad es el trabajo doméstico remunerado. Se caracteriza por un alto nivel de precarización, y por la imposibilidad de ser realizado de forma remota, por lo que ha sido uno de los sectores más golpeados por la crisis. En 2019, previo a la pandemia, alrededor de 13 millones de personas se dedicaban al trabajo doméstico remunerado, el 91,5 por ciento mujeres. No obstante, en el segundo trimestre de 2020 los niveles de ocupación en el trabajo doméstico remunerado cayeron en la mayoría de los países, incluso por encima del 40 por ciento en el caso de Chile, Colombia y Costa Rica.

En este marco, Bárcena alentó a los gobiernos a “priorizar en sus estrategias de vacunación al personal de salud -incluidas las personas que prestan servicios asociados de limpieza, transporte y cuidados-, y a quienes se desempeñan en los sistemas educativos y en el trabajo doméstico, en su mayoría mujeres, que son un pilar fundamental para el cuidado y la sostenibilidad de la vida”.

El sector salud tampoco queda exento de la discriminación por género: un 73,2 por ciento de empleadas en el sector de la salud son mujeres que han tenido que enfrentar una serie de condiciones de trabajo extremas, como extensas jornadas laborales, que se suman al mayor riesgo al que se expone el personal de la salud de contagiarse del virus. Todo esto en un contexto regional en el que persiste la discriminación salarial, porque los ingresos laborales de las mujeres que trabajan en el ámbito de la salud son un 23,7 por ciento inferiores a los de los hombres del mismo sector”, remata Alicia Bárcena.

Reactivación económica 

Ante este análisis de situación, desde la Cepal planten propuestas concretas para lograr una recuperación transformadora con igualdad de género. "Además de transversalizar la perspectiva de género en todas las políticas de recuperación, se requieren acciones afirmativas en el ámbito de las políticas fiscales, laborales, productivas, económicas y sociales, que protejan los derechos de las mujeres alcanzados en la última década, que eviten retrocesos y que enfrenten las desigualdades de género en el corto, mediano y largo plazo", afirma Bárcena. 

En este contexto, “urge promover procesos de transformación digital incluyentes que garanticen el acceso de las mujeres a las tecnologías, potencien sus habilidades y reviertan las barreras socioeconómicas que estas enfrentan, de manera de fortalecer su autonomía económica”, subrayó Alicia Bárcena. Resaltó el reducido esfuerzo fiscal del 1 por ciento del PBI regional que conlleva la propuesta de canasta básica digital de la Cepal (que incluiría una conexión básica y un dispositivo para 40 millones de hogares no conectados a Internet). El organismo calcula que podría impactar positivamente en una de cada cuatro mujeres del continente latinoamericano.

Por otro lado, aseguró que América Latina y el Caribe debe invertir en la economía del cuidado y reconocerla como un sector dinamizador de la recuperación, con efectos multiplicadores en el bienestar, la redistribución de tiempo e ingresos, la participación laboral, el crecimiento y la recaudación tributaria.

Además, destacó la importancia de “avanzar en un nuevo pacto fiscal que promueva la igualdad de género y que evite la profundización de los niveles de pobreza de las mujeres, la sobrecarga de trabajo no remunerado y la reducción del financiamiento de políticas de igualdad”.

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