Líderes afganos que derrocaron al gobierno. Imagen tomada de Al Jazeera. — Al Jazeera

Fundado en 1994, el movimiento talibán afgano nunca ha figurado en la lista de organizaciones terroristas que elabora el Departamento de Estado norteamericano. Esta circunstancia obedece principalmente a consideraciones políticas: cuatro presidentes no han querido cerrar la puerta a una negociación directa con los talibanes como la que se ha producido desde 2020.

 

Respondiendo a preguntas concretas, el portavoz del departamento de Estado Ned Price se fue por las ramas cuando le interrogaron el 16 de agosto sobre la posibilidad de que los talibanes en el futuro den cobijo a organizaciones terroristas como Al Qaeda o el Estado Islámico. Escurriendo el bulto, Price vino a decir que ve imposibles atentados como los del 11 de septiembre de 2001, que provocaron la intervención militar americana en Afganistán.

Las relaciones entre los talibanes y Al Qaeda no siempre han sido fluidas. De hecho, ni siquiera lo fueron en 2001, cuando la organización de Osama bin Laden cometió los atentados. Al Qaeda era entonces un pequeño grupo árabe al estilo del ejército de Pancho Villa que buscó cobijo en un caótico Afganistán, pero que solo participó de una manera muy puntual y esporádica en la rebelión talibán, como se desprende del pormenorizado estudio de Thomas Hegghammer, The Caravan. Abdallah Azzam and the Rise of Global Jihad.

En los últimos días los talibanes han manifestado que no apadrinarán el terrorismo internacional, una cuestión que preocupa en todo Occidente. Los talibanes de hoy no se comportan de manera similar a los del periodo 1996-2201, y es probable que eviten cualquier tipo de relación íntima con grupos de esa naturaleza, entre otras cosas porque les crearía grandes problemas y la amenaza del aislamiento, sanciones y posibles ataques de EEUU.

El 47 por ciento de los 38 millones de afganos viven por debajo de la línea de la pobreza y la mayor parte de la población es tan joven que no recuerda la primera era talibán. La sociedad urbana ha cambiado tanto que los talibanes se verán presionados para no repetir la experiencia de hace dos décadas, y necesitarán desde el primer momento ayuda exterior para intentar apuntalar mínimamente su precaria economía.

La realidad es que la lista de grupos terroristas que el departamento de Estado actualiza periódicamente incluye a más de 60 organizaciones de distintos continentes, pero no a los talibanes afganos. Incluye, sí, al movimiento talibán de Paquistán, pero no a los afganos, y para ser exactos los afganos no han figurado en esa lista en ningún momento desde su fundación en 1994.

En sus declaraciones más recientes el presidente Joe Biden ha evitado calificar negativamente a los talibanes afganos, una circunstancia que ha llamado la atención de una parte de los medios americanos, lo que hay que interpretar como otra indicación de que Washington no se dispone a meterlos en la lista oficial del departamento de Estado. Algunos medios se han sorprendido de que ni siquiera después del 11-S de 2001 el presidente George Bush los incluyera, a pesar de que aquellos atentados se gestaron en suelo afgano.

Y no es porque en Oriente Próximo escaseen grupos “terroristas”. En la lista del departamento de Estado encontramos a numerosas facciones palestinas, el libanés Hizbolá, Al Qaeda o el Estado Islámico. El hecho de que los talibanes afganos no figuren obedece a motivos claramente políticos y todo indica que el departamento de Estado no va a cambiar de opinión en el futuro a menos que los talibanes se impliquen directamente en el terrorismo. No es extraño que el portavoz Ned Price orillara está cuestión la semana pasada.

En 2001 los talibanes se negaron a entregar a los líderes de Al Qaeda que vivían en su territorio. En la guerra que se inició entonces murieron más de 6.000 estadounidenses, pero las sucesivas administraciones de Bush, Barack Obama, Donald Trump y Biden siguieron sin meter a los talibanes en la lista.

En 2020 el presidente Trump envió una delegación a negociar directamente con los talibanes y de ahí salió el acuerdo que ha llevado a la retirada estadounidense que ahora se está completando. No solo eso, sino que Trump ordenó la liberación de un número de talibanes entre los que estaban algunos de sus máximos líderes actuales. Si los talibanes hubieran figurado en la lista negra, esas negociaciones no habrían podido celebrarse.

La inclusión en la lista tiene connotaciones políticas y legales, y abre la puerta a sanciones económicas, restricciones de visado y la imputación penal a todos aquellos que apoyen a los grupos terroristas. Aunque los talibanes no figuran en la lista del departamento de Estado, sí que figuran en la del departamento del Tesoro desde 2002, lo que permite la imposición de limitadas sanciones económicas y de visado sobre sus miembros.

Dentro del departamento de Estado ha habido sus más y sus menos con esta cuestión, puesto que algunos funcionarios creen que si se hubiera incluido a los talibanes en la lista de grupos terroristas los negociadores americanos habrían tenido un mayor margen para presionar a los talibanes. Pero ahora es demasiado tarde para reconsiderar esa cuestión.

En las circunstancias actuales parece difícil que Biden vaya a cambiar el paso después de que cuatro presidentes no lo hayan hecho antes, por lo tanto los talibanes continuarán fuera de la lista. Solamente si cometen errores o torpezas de gran calibre, la Casa Blanca reconsiderará la cuestión, y esto es algo que no parece que vaya a ocurrir por el momento.

23/08/2021 21:33

Publicado enInternacional
Domingo, 22 Agosto 2021 06:00

El socialismo, una cultura

El socialismo, una cultura

El socialismo fue mucho más que una doctrina. Fue una cultura que desbordó a sus ideólogos, sus organizaciones y sus votantes, y que sigue alimentando estudios desde nuevas perspectivas historiográficas. La vasta obra de Madeleine Rebérioux, centrada en el caso francés, permite volver sobre el socialismo como un movimiento radicalmente diverso y plural.

Ni más ni menos que cualquier otra doctrina política, el socialismo no se deja encerrar en el perímetro de una definición simple y estable. Si bien constituye un capítulo obligado en cualquier historia de las ideas políticas, la doctrina socialista permanece más abierta que otras, probablemente porque su historia la ha puesto en una relación más estrecha con el movimiento social. En la gran cocina de las ideologías, el caldero socialista es el que más cuidados y atenciones reclama. Todavía desborda a sus fundadores, sus organizaciones, su electorado tradicional, las fuerzas sociales que se supone que representa.Por lo tanto, es un poco por comodidad que las páginas siguientes intentan presentar el socialismo como un «hecho de cultura», a raíz de la obra de Madeleine Rebérioux, a quien en primer lugar quieren rendir homenaje1. Se trata menos de diluir la noción o debilitar su consistencia dejando fuera todo lo que contribuya a su institucionalización social y política que de, por el contrario, enriquecer su paleta constitutiva. Hay de todo en el socialismo: ideas, modos de vida, elecciones estéticas, prácticas políticas, instituciones, pero también, simplemente, hombres y mujeres.

El socialismo como cultura política

¿Cultura? ¿Identidad? ¿Mentalidad?

Interrogarse en estos términos por la naturaleza del socialismo es tanto más decisivo puesto que se trata de un momento de su historia (finales del siglo xix- principios del siglo xx) en el que se encuentra en una fase de emergencia institucional y de consolidación ideológica. Poco a poco, por caminos tan diversos como enfrentados, el socialismo se fue consolidando como una «cultura política» fluida, incluso más que como una doctrina bien pulida. ¿Socialismo? Una «forma de felicidad», escribió Madeleine Rebérioux después de decenas de años de investigación. En todo caso, esta es la representación más compartida por todos los activistas en el pasaje del siglo xix al xx. En un artículo de 1966 donde estudia las formas en que se formula el socialismo en el periódico publicado en 1905-1906 por Armand Girard, activista de un grupo socialista que él mismo creó en Cuisery, Saône-et-Loire, Rebérioux resumió en estos términos, que bien pueden pasar por la representación colectiva más extendida del socialismo durante estos años que apenas suceden a la política de unidad de la izquierda liderada por el presidente del Consejo de Ministros Émile Combes, un anticlerical mordaz y receloso del Ejército, siempre temido como «jesuita»: «Libre pensamiento militante, amor a la patria y antimilitarismo, odio a los nobles y holgazanes [da la lista: funcionarios, sacerdotes, oficiales] más que a los capitalistas; desconfianza en el parlamentarismo, pero aún mayor desconfianza hacia quienes utilizan el antiparlamentarismo con fines ‘reaccionarios’, confianza en la ciencia y el progreso, profunda solidaridad, gusto por la felicidad»2.

Rebérioux ha luchado una y otra vez con la definición imposible de un socialismo huidizo. El socialismo se presenta ante todo como un hecho de cultura; al menos así lo concebía un momento historiográfico marcado, en la década de 1970, por las alianzas ambivalentes entre historia y antropología, una creencia multidimensional, un comportamiento, un arte de vivir, una moral:

En la década de 1880, ¿qué era el socialismo? ¿Un intento de captar mediante el estudio el significado de la sociedad en que vivimos? ¿Un modo embrionario de estructuración y organización obrera? ¿La expectación apasionada y flambeante de la revolución que, formulada por algunos apóstoles y alimentada por grandes luchas, da contenido al espíritu de rebelión y enciende el corazón de los trabajadores? ¿Preparación educativa para la victoria del proletariado? Todo esto y mucho más3.

Se trata, pues, de un hecho de cultura. Hecho de mentalidad, en el mismo momento en que la historia de las mentalidades estaba en su apogeo, cuando los historiadores partían en busca de representaciones mentales colectivas. No es baladí ver a Rebérioux optar por el término, que ella sin dudarlo prefiere a doctrina, ideología o incluso idea.En la época de Jean Jaurès, sin embargo, se habla ciertamente de una «idea socialista»… Incluso cuando se trata de rastrear «tendencias hostiles al Estado en la sfio4», un tema de investigación que bien podría aparecer claramente relacionado con la historia de las ideas políticas, Rebérioux muestra un programa completamente diferente, más adecuado a su objeto: «Se trata menos de un análisis ideológico que se opone a las diversas corrientes que se reclaman del marxismo o del proudhonismo que de un esfuerzo por comprender la persistencia y las mutaciones de una mentalidad antiestatal dentro de la sfio y entre quienes la siguen5». Conserva el término «mentalidad» para designar lo que ella considera la summa divisio de los socialistas franceses durante la década de 1880, la división que opone a los «revolucionarios» y los «reformistas»: «De hecho, no es tanto una cuestión de doctrinas y de organización como de mentalidades colectivas cuyas diferencias se agudizan con la desocupación y las huelgas»6.

Rebérioux no renuncia en modo alguno a esta perspectiva cuando elige la escala biográfica. Cuando se trata de abordar la concepción jauresiana de nación, ella desea también dar cuenta de «una mentalidad»7. No se cansa de subrayar que el socialismo de Jaurès se nutrió tanto de la cultura del libro como de las experiencias políticas y los contactos humanos. Asimismo, pretende liberar la figura de Jaurès de un «jauresismo» partidista que ciñe al gran hombre del socialismo francés en un ropaje teórico demasiado estrecho: «Si contribuyó a establecer las formas políticas que definieron los estatutos votados en el Congreso del Globe, ha sido a través de su práctica», añade la autora8. La doctrina de Jaurès es ante todo producto de los alborotos de la historia. Es el resultado de constantes ajustes pragmáticos que obviamente sus adversarios consideran como otras tantas renuncias, abandonos, incluso traiciones. Tan persistente es la sospecha que nunca ha dejado de pesar en la historia del socialismo francés: su oportunismo tramposo.¿Hay otros términos que sean más adecuados para definir la elusiva doctrina? Algunos han encontrado una fortuna crítica en el distinguido círculo de las ciencias sociales. Identidad o cultura han respondido a múltiples usos, no siempre bien precisados. Rebérioux cede poco. Casi no habla de «cultura política»9. La noción está emparentada con «identidad» y a menudo solo reemplaza, sin mayor provecho heurístico, la noción actual de «familia política», antigua fórmula, algo polvorienta sin duda, pero que no está tan mal adaptada a las descripciones del socialismo propuestas por Rebérioux. Ella misma ha llegado a interrogarse, a raíz de Louis Dubreuilh, secretario general de la sfio, antes de 1914: «¿Debemos dar crédito a las confiadas palabras de Dubreuilh, para quien el partido es ‘una gran familia’ donde todos los miembros se consideran en cierta medida emparentados entre sí?»10.

En definitiva, sin retenerla realmente, Rebérioux no pierde del todo una analogía final que surge inevitablemente para cualquiera que conozca a Jaurès y su filosofía: la religión. «No hemos terminado de reflexionar sobre la relación entre socialismo y religión»11, escribió en la presentación de una obra inédita de Jaurès de 1891 donde expresa todo un impulso metafísico que recientemente encontró a varios comentaristas asombrados, en especial entre los filósofos que leyeron a Jaurès12. Sin embargo, esta nueva pista, un tanto iconoclasta, ha sido lamentablemente poco seguida.

República y nación

No podemos contentarnos con la observación que pone de relieve la naturaleza dúctil del socialismo francés. El pluralismo es ciertamente constitutivo de su historia13, incluso de manera casi paradojal a la luz de una odisea en la que chocan tantas capillas, una debilidad teórica que los socialistas mismos no se cansan de poner de relieve respecto de su comunidad de pertenencia. El «análisis teórico», señala Rebérioux, ha sido lamentablemente deficiente en el socialismo francés14.

¿No podemos caracterizar de alguna manera la idea socialista más allá de unos pocos rasgos de mentalidad o comportamiento? Para tratar de desentrañar la cuestión, es necesario distinguir los niveles de análisis (líderes, intelectuales, activistas, votantes) a los que se dirigen las investigaciones. Coincidamos con Rebérioux en que el socialismo del «hombre joven» –la expresión remite a Charles Péguy, pues este era su caso– no siempre se distingue fácilmente de otras tendencias políticas afines cuando se examinan situaciones políticas locales. Porque el socialismo –como hemos comprendido– es una respuesta política que surge de esas «racionalidades situadas» tan queridas por la historia de las ciencias. Los socialistas se inscriben políticamente en esas configuraciones singulares. Se ajustan y adaptan a unos trazos amplios definidos para otras escalas temporales y políticas, negociando los principios con la realidad del terreno en el que trabajan. En su contribución principal a la Histoire générale du socialisme, Rebérioux señala, por ejemplo, que durante las elecciones legislativas de 1893, el candidato socialista de Gard, Delon, en su profesión de fe define el socialismo como «el respeto por la libertad y la conciencia humana» y agrega «la reverencia ante el trabajo»; durante la campaña por las legislativas de 1898 en Burdeos, el socialista Jourde, por su parte, pretendía reclamarse «ante todo como parte de la gran familia republicana»15. Así como no siempre es fácil distinguir entre sectas socialistas rivales, a veces es difícil, si no imposible, trazar las fronteras que separan a un socialista de un radical16, en especial porque la parlamentarización del socialismo francés alentó una serie de reconciliaciones. Lo que con acierto se denominó «disciplina republicana» exige que, ante los «reaccionarios», el votante socialista, sin mala conciencia, ceda su voz al candidato radical si este se encuentra en la mejor posición.

Esta proximidad política está respaldada por un tronco común republicano. Tanto radicales como socialistas administran por igual la herencia republicana; es esta tradición la que inspira su acción. El primero sin reservas, el segundo con el deseo de corregir las desviaciones y superar su incompletud. Ahí reside, sin duda, una de las propiedades más reconocibles de la cultura política de los socialistas: la prolongación casi ad infinitum de los ideales republicanos gradualmente desarrollados desde la Revolución Francesa. Pocos son los que se desvían de esta base doctrinal, mínima pero no menos exigente. Además, es lo suficientemente evasiva como para que todos encuentren algo en ella: la debilidad del vínculo es una de las fuentes de su fuerza.

Un ejemplo permitirá resaltar algunas de las contradicciones y ambivalencias que pesaron sobre el socialismo francés y que explican muchos de los bloqueos y traspiés que han contribuido a trastocar su desarrollo teórico. Nos detenemos aquí en un panorama ideológico que prescinde de la evocación de adaptaciones locales y personales. Gracias a que había llegado al estudio de esta secuencia histórica del socialismo francés con el deseo de comprender mejor las relaciones que tenía con la nación, Rebérioux ha reflexionado mucho sobre esta cuestión. Lo hizo con especial cuidado en el caso de Jaurès, un análisis que sin duda no es válido para todos los socialistas, pero que se acerca a una línea media suficiente para definir un horizonte ideológico común. Esta comunidad de visión de la nación, esta «cultura política» compartida, si uno se conforma con esta noción un tanto incierta, arroja luz sobre los obstáculos que han surgido a la hora de construir una conciencia militante internacionalista o de afrontar los retos nacidos de un colonialismo que ningún socialista, o casi, cuestionaría en sus fundamentos. La denuncia de las brutalidades de las conquistas o los abusos sin escrúpulos de los colonizadores han servido durante mucho tiempo como medio para el análisis socialista y la crítica del colonialismo. Asimismo, la faceta patriótica de la herencia republicana podría de vez en cuando tomar los colores no del nacionalismo –que se había inclinado definitivamente a la derecha–, sino de un chovinismo más o menos discreto que la actitud de la mayoría de los socialistas durante la Primera Guerra Mundial confirmó y reforzó. Solo hay que seguir la historia de las tumultuosas relaciones entre los socialistas franceses y los socialistas alemanes para convencerse de ello. Tal como Rebérioux terminó lamentando, la indefinición teórica del socialismo francés se hizo sentir en el debate internacional sobre el imperialismo que se inició a principios del siglo xx y se intensificó en vísperas de las hostilidades: «El lugar de Francia es casi nulo. (…) ¿Qué les faltaba? ¿Formación económica? ¿Práctica del marxismo? ¿Voluntad revolucionaria? Ningún francés ha intentado presentar una teoría global del imperialismo»17.

Fuentes teóricas y la cuestión del legado: Marx, marxismo y marxistas

Dibujando los contornos de una problemática «cultura política» socialista, que ella nunca describe ni ausculta –debe enfatizarse– como un cuerpo de doctrina acabado, Rebérioux se dedicó a la revisión de autores reputados de haber dejado su marca en la cultura teórica de los socialistas franceses, tan diáfana como era. Una de sus primeras investigaciones la dedicó a Pierre-Joseph Proudhon18.

Además del caso bastante singular, desde cualquier punto de vista, de Jaurès, Rebérioux apenas se dedicó al estudio teórico de los escritos socialistas. Por otro lado, como ya he comentado, está lejos de explorar el pensamiento de Jaurès fuera de la política o la sociedad de su tiempo. Aquí, nuevamente, lo que ella escudriña es una «racionalidad situada». Por otro lado, se preguntó mucho por las modalidades de recepción de los escritos de Karl Marx entre los socialistas franceses. En la historia de la invención del marxismo francés, que se ha enriquecido con numerosas obras19, Rebérioux fue pionera tanto en la elección del objeto como en los métodos utilizados.

Es en relación con Jaurès como Rebérioux analiza la historia de la recepción francesa de Marx en los años posteriores a la muerte del filósofo. Vuelve a esto en su brillante capítulo de la Histoire générale du socialisme donde detalla los aspectos materiales (la edición de las obras de Marx20) e intelectuales (la traducción y el estado del conocimiento económico y filosófico en Francia y Alemania) de la transferencia de Marx a Francia, cuya dimensión familiar no debe descuidarse21. Después de hacer notar que Jaurès está «demasiado vivo, demasiado cerca de la acción» para apoyarse únicamente en otros autores, Rebérioux intenta, no obstante, el inventario de sus lecturas decisivas. Jamás hizo de Jaurès un marxista, ni un adepto a la doctrina, y mucho menos uno de esos apasionados del marxismo, tan intransigentes en la defensa de una filosofía reducida a unas cuantas fórmulas impactantes –para las que Marx era genial– como ignorantes de los grandes textos. Estos son los primeros marxistas a los que Marx, como sabemos, no estaba lejos de considerar unos necios. Cuando ingresó al socialismo a principios de la década de 1890, Jaurès era más versado en la obra de Marx, que había explorado en parte durante la preparación de su tesis dedicada a los orígenes del socialismo alemán, que sus epígonos guesdistas22

En la década de 1880, estos últimos aún le eran desconocidos, por fuera del excelente conocedor de Marx, Édouard Vaillant, cuyo nombre ya le era familiar al joven diputado oportunista en marcha hacia el socialismo.

Rebérioux sigue con gran minucia la historia de una lectura. Sigue las etapas de una apropiación, detecta las dificultades, identifica los obstáculos. Pone en evidencia los marcos de un descubrimiento intelectual, los consejos que lo orientan, los fondos de referencias literarias a los que se superpone:

¿Habría sido lo mismo si realmente hubiera leído a Marx o si, en Francia, los que se creían marxistas le hubieran dado las claves? Hipótesis... Fue con los ojos de Benoît Malon, en el mejor de los casos los de Lucien Herr, como estudió El capital. Fue con la «quintaesencia del socialismo» de Schoefflé y los folletos de propaganda, los «catecismos socialistas» escritos en 1883 por Guesde y Lafargue, como abordó el materialismo dialéctico. ¡No es de extrañar si, para distinguirlo del materialismo mecanicista, no vio otra solución que redescubrir la «conciencia» en los orígenes de la materia!23

En un importante artículo que se presenta como una contribución tanto a la historia de la recepción de Marx como a la del pensamiento de Jaurès, Rebérioux profundiza en este aspecto evidentemente decisivo de la historia cultural del socialismo francés. No decimos mucho argumentando que el marxismo es parte de su repertorio teórico. Todavía hay que saber qué es el marxismo, de qué está compuesto y cómo se forjó. Junto con un puñado de intelectuales, no tan numerosos, como Lucien Herr, Charles Andler, Gabriel Deville, Georges Sorel y Hubert Lagardelle, Jaurès fue uno de los mediadores franceses de las ideas de Marx. Sin duda, su conocimiento pasivo del alemán le dio acceso directo a los textos, aunque todo sugiere que tomó conocimiento de El capital en la traducción de Joseph Roy. Por otro lado, como señala Rebérioux, sus herramientas intelectuales, todas ellas integradas en las humanidades y en una tradición filosófica francesa tan alejada del hegelianismo como de las ciencias sociales, no pudieron animarlo a convertirse, en rigor, en un seguidor de las ideas de Marx. Tampoco tiene necesidad de Marx para descubrir la realidad de la lucha de clases, que reconoce directamente en el suelo de las minas, en Carmaux, o en la observación de los numerosos conflictos sociales que agitaron los años 1880 y 1890. También se ha mencionado a menudo el impacto que ejercieron en él las muertes de Fourmies, perpetradas por el Ejército el 1o de mayo de 1891. Esta forma de hacer historia y de describir la formación socialista de Jaurès le valió a Rebérioux, siempre marcada por una sensibilidad labroussiana, enfrentarse enérgicamente a Georges Lefranc, cuya obra Jaurès et le socialisme des intelectuals [Jaurès y el socialismo de los intelectuales]24 defendía la idea de que solo la frecuentación de los buenos espíritus del socialismo podía dar cuenta de la «conversión» de Jaurès a esa doctrina.

Jaurès conocía relativamente bien la obra de Marx, al menos la conocía mejor que muchos militantes que se proclamaban marxistas, especialmente en las filas guesdistas, pero no era marxista. Esto no dejó de tener algunas consecuencias políticas para un líder de talla internacional como él:

El medio marxista de la Segunda Internacional está dominado por los socialdemócratas de habla alemana. Jaurès no maneja su vocabulario, rara vez utiliza sus conceptos, o bien lo hace de manera descuidada, o incluso buscando equivalentes espiritualistas. Su lenguaje y su filosofía lo hicieron incomprensible para los marxistas de su tiempo, de cualquier tendencia que fueran. Ni ortodoxo, ni revisionista, ni radical. Inclasificable.25

Prácticas militantes

Variopinta, la cultura socialista, por lo tanto, se deja circunscribir mal bajo la forma de una simple ecuación doctrinal. ¿Hay más unidad en las prácticas militantes que resultan de ella? Varios estudios de Rebérioux han contribuido a enriquecer los estudios etnohistóricos de la historia de la cultura política de los socialistas. Algunos autores la habían precedido en este proceso, empezando por Maurice Dommanget, experto en prácticas militantes a las que Rebérioux prestó especial atención.

¿Existe el Partido Socialista?

A principios de los siglos xix y xx, el término «partido» no era tan claro como parece haberlo sido desde entonces. Son el siglo xx y la modernización del campo político, el desarrollo de experimentos democráticos como, a la inversa, el establecimiento de regímenes totalitarios, los que otorgan al partido político sus propiedades de aparato burocrático y de institución dedicada a la conquista o gestión del poder. Esta forma contemporánea de partido surgió paulatinamente en las filas socialistas durante las dos últimas décadas del siglo xix sin eliminar por completo otra forma partidista, más plástica, cercana a la red informal, donde se reúnen individuos que tienen el sentimiento de compartir convicciones morales y políticas. El socialismo en Francia se ha extendido desde hace mucho tiempo en una forma reticular en la que se disponen muchísimas microestructuras al margen de la política: sociedades de libre pensamiento, masonería, corporaciones, grupos de reflexión, etc. Rebérioux propone para el partido socialista en formación la siguiente definición: un conjunto formado por «una comunidad de personas que tienen un mismo ideal»26. Este «partido» es simplemente más parecido a un «campo» con fronteras cambiantes, un poco como el «Partido Republicano» del que los socialistas son, además, herederos directos. Este sentido también se encuentra en lo que se denomina «partido obrero» o «partido de los trabajadores»: ¿no es el Partido Socialista, además, el que reivindica una identidad de clase? Podemos comprender mejor el nombre que se dio a sí mismo por el primer partido socialista unificado, después del congreso «inmortal» de Marsella en 1879: Federación del Partido de los Trabajadores Socialistas de Francia (fptsf). Este partido es un encuentro apenas estructurado de todas las organizaciones obreras, políticas, corporativas, cooperativas y culturales, federadas en este vasto e informal fptsf.

Esta última forma, que podría calificarse de baja intensidad institucional, fue la que más favoreció el socialismo francés, a diferencia de la gran maquinaria alemana y, en menor medida, británica. Sin teorizar al respecto, y aunque, desde Robert Michels hasta Moisei Ostrogorski, las sociologías de los partidos habían florecido antes de la Primera Guerra Mundial, Rebérioux se esfuerza por describir y observar el funcionamiento de los partidos socialistas franceses desde la década de 1880 hasta la unidad de 1905.Echa luz así sobre una cultura partidista original. En repetidas ocasiones enfatiza que todos los partidos, incluidos los más estructurados, como los tres partidos guesdistas, el Partido Obrero, el Partido Obrero Francés y después el Partido Socialista de Francia, en realidad no eran muy centralizados, estaban sostenidos en una burocracia a menudo transparente y compuestos por un número muy reducido de activistas. Estamos muy lejos de los «batallones de aportantes» de la socialdemocracia alemana contra los que muchos socialistas franceses arremetieron no sin una dosis de envidia. La organización es tan desordenada que, durante la década de 1880, aun entre los guesdistas los congresos se reunieron de forma extremadamente esporádica.

Pasar por el examen del pensamiento de Jaurès para intentar comprender qué era el Partido Socialista antes de 1914 no es el camino menos relevante. Jaurès se cuenta entre quienes entienden que las nuevas coordenadas de la vida política democrática (parlamentarización y masificación) exigen a los socialistas dotarse de una organización lo más poderosa y unificada posible. La consecución de este objetivo, junto con la lucha contra la guerra, ocupa el centro de su reflexión y su acción27.

Propagandizar

«Antes de 1914, escribe Gilles Candar, ser socialista era ‘propagandizar’ y ‘organizar’»28. Como la idea republicana, la idea socialista tiene la propiedad de estar destinada a «descender» a las masas para expandirse29. Por lo tanto, la primera misión de los socialistas es el proselitismo. El desafío es tanto mayor cuanto que el sufragio universal masculino ha colocado la política bajo el dominio de la cultura de masas. Era necesario convencer por todos los medios; no era suficiente con la movilización de la razón ciudadana o la agitación de los intereses de clase. Activar los resortes emocionales es ahora una cuestión de acción política que ha dejado de ocupar solo a unos pocos círculos de elegidos.

Los socialistas han tomado nota de esta nueva situación definiendo todo un conjunto de prácticas simbólicas, cuyo abanico va desde la adopción de comportamientos privados ejemplares hasta un gesto militante compuesto por acciones destacables que incluyen el uso de objetos claramente reconocibles: banderas, insignias, canciones, vestimenta. Charles de Fitte sube los escalones de la catedral de Auch a caballo y Paule Minck llama a su primer hijo Lucifer-Blanqui-Vercingétorix. Esta intrusión de lo público en lo privado, de la política incluso en la más íntima de las vidas individuales, constituye un modo particular de relación con la política que fomenta la «vida socialista». Incluso después de la unidad de 1905, los guesdistas conservan una panoplia en la que se distingue el uso del sombrero de ala ancha y la inevitable corbata lavallière. Comportamientos de tribu que a veces conciernen a toda la familia socialista cuando se trata de encontrarse en una memoria compartida: la Revolución Francesa y, más aún, la Comuna.

Rebérioux hizo de la Comuna un «lugar de memoria» para el movimiento socialista, con la distancia crítica que, a su juicio, requería ese concepto. Es notorio el respeto que despierta la gran figura del veterano de la Comuna, Édouard Vaillant. Cuando entra en las salas de reuniones, todos se levantan. No cabe duda de que el estudio más completo de las prácticas militantes es el que se encargó de escrutar en la larga duración las rememoraciones primaverales de la izquierda frente al Muro de los Federados en el cementerio del Père-Lachaise de París. Esta práctica se fue imponiendo gradualmente a partir de la década de 1880, no sin tensiones entre los grupos conmemorativos que lucharon por la memoria de los mártires. El Partido Socialista Unificado hizo en 1905 de la «subida hasta el muro» [de los federados de la Comuna] una «iniciativa eficaz de estructuración»30, necesaria para la construcción de una conciencia partidista. La emoción compartida, cualesquiera sean su origen y pertenencia, une a los activistas de manera mucho más efectiva que las mociones del congreso. Por eso, sin duda, la sfio supervisa eficazmente la organización de este momento que se ha convertido en capital en la historia de los rituales socialistas y confía la responsabilidad al hombre del aparato, Pierre Renaudel. A partir de 1910, fue él quien fijó de antemano el plan de las manifestaciones, cuidando de colocar a «hombres de confianza» cada 100 metros.

Al mismo tiempo que aumenta su membresía, el Partido Socialista se profesionaliza. Sin embargo, no hay que exagerar sus capacidades de acción ni su organización antes de 1914. Aún estamos muy lejos de los aparatos que conocemos hoy, pero es poco discutible que una «curva de aprendizaje» permitió entonces a los socialistas afirmarse mejor sobre la escena militante. El fenómeno es particularmente observable en relación con las manifestaciones. Rebérioux lo demuestra en su estudio sobre las dos principales protestas que siguieron a la ejecución del anarquista español Francisco Ferrer. La primera, el 13 de octubre de 1909, día de la muerte de Ferrer, fue una manifestación muy violenta que terminó con la muerte de un policía. La segunda, el 17 de octubre, fue por el contrario muy tranquila, luego de negociaciones entre los funcionarios socialistas y la policía. A falta de todo derecho de manifestación, obstinadamente negado por la legislación republicana, nació clandestinamente un «derecho a manifestarse», complemento esencial del sufragio universal31.

La creación de responsables permanentes de propaganda es otro ejemplo que puede ilustrar este aumento gradual de la organización socialista y la profesionalización de las prácticas militantes después de 1905. A raíz de la unificación socialista, el Partido Socialista confió a tres de sus mejores oradores, Jules Guesde, Marcel Cachin y Pierre Renaudel, la tarea de difundir la buena nueva socialista por todo el país. La unificación en la parte superior debe encontrar su traducción en la base. Los tres delegados se pusieron a disposición de los secretarios federales para animar reuniones en los pueblos más pequeños, al final de las cuales se podía esperar la creación, más o menos duradera, de grupos socialistas. Esta labor de propaganda se reparte entre los diputados –a quienes suelen reservarse las grandes ciudades y aglomeraciones en las que estaba bien estructurado el partido– y los responsables permanentes a quienes se asigna, en palabras de Marcel Cachin, «la tarea de clarificación, educación y organización en pequeños pueblos y aldeas de provincias. Su tarea es el contacto directo con obreros, campesinos, artesanos y comerciantes hasta entonces ajenos a la influencia de las ideas socialistas»32.

El balance de la propaganda socialista, por muy elemental que fuere –fortalecer sin cesar la consistencia de grupos cuya existencia es a menudo muy frágil–, es menos sombrío de lo que a veces sugieren algunos delegados, agotados por una labor tan ingrata. Hay que mencionar también los esfuerzos por modernizar este tipo de prácticas militantes: en la década de 1910, el fonógrafo y el cine vinieron a enriquecer el equipamiento de ciertos activistas que ya estaban munidos de un legado de carteles o tarjetas postales, fuentes que ahora se están estudiando de cerca. Aquí y allá, también percibimos entre los militantes socialistas la conciencia de que «la política no lo es todo, que no puede darnos todo lo que tenemos»33, como comentó Armand Girard, el activista de Cuisery cuyo periódico estudió Rebérioux. Otras vías de «cambiar la vida» eran posibles, como se diría más adelante34. En torno del deporte o las actividades intelectuales se formó una vida asociativa que dio al socialismo francés un prestigio muy singular.

Un socialismo educativo

La educación está en el corazón de las cuestiones identitarias del socialismo francés. La cita de Cachin acaba de ilustrarlo: la propaganda socialista es, a los ojos de sus agentes, nada más y nada menos que una labor educativa. Politizar es educar. Charles Péguy –¡de nuevo él!– no se equivocó al plantear este ideal y al hablar de un «socialismo educativo», traicionado, según él, por la alineación impuesta por la lógica partidaria.

Rebérioux insistió mucho en esta dimensión propiamente cultural del socialismo francés, que también refleja su inserción en los horizontes republicanos. Para apreciar a pleno esta propiedad educativa del socialismo francés, es necesario alejarse del exclusivo perímetro partidista. Por supuesto, existen tales preocupaciones dentro del aparato. La sfio tiene una «librería» que publica y vende folletos pero, si hemos de creer a los diversos testimonios, siempre en número insuficiente. Una de las fórmulas más escuchadas en cada inicio de un congreso es la de su líder, Lucien Roland, que deplora constantemente las débiles ventas de la librería del partido, atestiguando, según él, las deficiencias doctrinarias de muchos militantes. La sfio tampoco apoya ningún proyecto editorial importante, a pesar de algunos intentos de publicar las obras completas de Marx, de las que Jean Longuet, su nieto, fue durante un tiempo el promotor.

Rompiendo con la tradición de las universidades populares, una Escuela Socialista fue fundada en 1909 por unos pocos estudiantes, patrocinados particularmente por el germanista Charles Andler, profesor de la Sorbona. Esta iniciativa, impulsada por el deseo de poner la ciencia al servicio de la política, fue un éxito. Pero el estallido de la guerra de 1914 le puso fin. Dos intentos anteriores, por otro lado, se extinguieron rápidamente: uno en 1899, a raíz del caso Dreyfus, una crisis que había alertado a los socialistas dreyfusistas de los peligros inherentes a la falta de educación; el otro en 1908, impulsado por los socialistas de la Federación del Sena.1909 es un buen año. La iniciativa de crear una nueva Escuela Socialista fue tomada por Jean Texcier, secretario del Grupo de Estudiantes Socialistas Revolucionarios, que contó con el concurso de hombres experimentados, científicos y académicos atraídos por el socialismo: además del ya nombrado Andler, Hubert Bourgin, Lucien Herr, Marcel Mauss, François Simiand. El Partido Socialista apoya la escuela, dejando plena libertad al equipo de dirección. El objetivo que se le asigna es sencillo y responde a la concepción del activismo político cercano a la enseñanza mutua: La Escuela Socialista es una cooperativa libre cuyo objetivo es ofrecer al socialismo francés un órgano de información científica. Se preocupa por unir a la juventud socialista intelectual y obrera en el estudio común del movimiento socialista en Francia y el extranjero y por darle, a través de una amplia información extendida a todos los campos de las ciencias sociales, el espíritu crítico necesario para el desarrollo continuo de la vida y de la doctrina del socialismo35.

Las Universidades Populares habían prefigurado la Escuela Socialista incluso antes de que el asunto Dreyfus les diera el impulso que conocemos. Diezmadas desde los años 1903-1904, fueron reemplazadas por la Escuela Socialista, que trató de reactivar su espíritu evitando hundirse en sus fallas, comenzando por sus deficiencias pedagógicas: la inadecuación de los programas y métodos de enseñanza a su audiencia principal, la clase trabajadora. Y sin embargo... ¿No dio Jaurès, ya en 1895, la bienvenida a una educación socialista que no debía reducirse a «una parafernalia de erudición o a una mezcolanza de fantasías que obstaculizarían la marcha del proletariado»? Por el contrario, la educación «verdaderamente socialista» debía confundirse «con la vida misma»: «Solo el socialismo puede hacer pensar a la gente; frente a un formalismo escolar que cesa a los 13 años cuando el niño entra al taller, son necesarios un hábito y una verdad»36.

Por tanto, es sobre todo en los márgenes donde es necesario situarse para captar lo más plenamente posible las prácticas vinculadas al «socialismo educativo». Se puede citar otro ejemplo, que dio lugar a la publicación de un importante artículo de Rebérioux. El guesdista Adéodat Compère-Morel, después de haberse forjado una sólida competencia en política agraria, decidió dotar al ps de una «nueva arma de propaganda»: la Encyclopédie socialiste. Rodeándose de varios autores, Charles Rappoport y Hubert Rouger entre los más prolíficos de los surgidos directamente de la familia guesdista, Compère-Morel logró publicar nueve volúmenes entre 1912 y 1914 (los últimos tres aparecieron después de la Primera Guerra Mundial), con el objetivo de abarcar el universo socialista en Francia y en el exterior: por la enciclopedia desfilan ideas, actores e instituciones.

Si bien la Encyclopédie socialiste no fue publicada por el ps sino por un sello editorial independiente, contribuyeron en ella grandes activistas como Jean Longuet, Paul Louis y Anatole Sixte-Quenin. La iniciativa también está tratando de responder a las preocupaciones expresadas repetidamente dentro del partido en materia de propaganda o, si se prefiere, ya que las dos palabras aún no se enfrentaban, de educación.

También es conocida por sus preo- cupaciones educativas la Librería Quillet, que se encarga del negocio editorial. Aristide Quillet, quien se afilió al ps en 1906 (y no lo abandonó hasta 1927), era el editor de L’homme et la terre de Élisée Reclus. Desde 1902 publica asimismo varias obras de tipo enciclopédico en las que se abordan simultáneamente la medicina, la higiene, la mecánica y la electricidad. En 1907, la Librería Quillet publicó la obra Mon professeur, que, en cinco copiosos volúmenes, se dirige a «los hijos del pueblo que carecían de capacidades escolares»37. Por lo tanto, es fácil ver que Quillet acogió con satisfacción el proyecto Compère-Morel, que estaba en línea con sus elecciones editoriales.

No cabe duda de que el socialismo francés constituye un fenómeno cultural a gran escala, nacido en los primeros años del siglo xix, que no puede confinarse a la superficie de una única organización política. Si bien los políticos y las instituciones se han apoderado de él, especialmente en las últimas dos décadas, durante mucho tiempo ha sido un asunto de intelectuales, de hombres y mujeres de la cultura. Lo era mucho más a principios del siglo xx. Pero fue especialmente en la década de 1930, observa Rebérioux, cuando durante un «breve momento», «entre el activismo y la cultura, tuvo lugar un matrimonio feliz»38.

El socialismo como cultura

Los intelectuales y el socialismo

Tomamos nota: el socialismo es más que un movimiento político y no puede reducirse a la expresión de los intereses de la clase obrera. Es toda una cultura, y su esfera de influencia es amplia. Ha integrado a las elites culturales desde principios del siglo xix. En el momento histórico en el que se centró en particular el trabajo de Rebérioux, la cuestión de quienes comenzamos a llamar simplemente «intelectuales»39 deviene primordial.

El socialismo educativo se ha basado sobre todo en la entrada de los intelectuales en el socialismo. El caso de Péguy, cuya adhesión al socialismo fue efímera, está lejos de ser un hecho aislado. El movimiento de las Universidades Populares (aunque dos tercios de estas instituciones se fundaron a petición de las Bolsas del Trabajo) atrajo a miles de intelectuales. ¿Qué estaban haciendo allí? «Difundiendo su conocimiento», señala Rebérioux, esperaban hacer retroceder los impulsos de la barbarie racista y de burdo nacionalismo cuya presencia reconocieron entre quienes querían «colgar a Zola» y matar a «todos los judíos»40.

Sin embargo, este primer gran compromiso de los intelectuales no benefició al movimiento socialista, como se sostiene a veces con demasiada rapidez. Las grandes figuras intelectuales del socialismo francés, desde Lucien Herr hasta Charles Andler41, incluidos Georges Sorel o Bracke-Desrousseaux42 y algunos otros, le habían jurado lealtad antes de que estallara el caso Dreyfus. Después del affaire, los intelectuales apenas siguieron a Jaurès en el Partido Socialista Unificado. Este último, que podría haber pasado por su mentor, a veces incluso se convierte en un indeseable (¡ver Péguy!), un traidor, que aliena su libertad de pensamiento y la independencia de su juicio a la disciplina partidaria. Indudablemente, hubo en este comportamiento una excesiva indolencia, ya que el naciente sfio, como hemos visto, no se parece en nada al Partido Comunista, que condujo a sus intelectuales bajo su batuta. Pero la reglamentación, por offenbachiana43 que fuera, era vista como una amenaza por los intelectuales celosos de una libertad que acababa de demostrar su fuerza durante los acontecimientos dreyfusianos.

¿Cómo entender entonces qué es en estos años (e incluso después) un intelectual socialista? ¿Es una fórmula realmente adecuada? ¿Cómo clasificar a Jaurès en esta configuración sociocultural propia del socialismo francés? En el conjunto del socialismo europeo, bajo el peso creciente de las profesiones intelectuales dentro del movimiento socialista, fueron los escritores quienes desde el interior de sus filas comenzaron a interrogarse sobre el significado de esta penetración. ¿Debemos temerla, alentarla, controlarla? ¿Qué lugar y qué papel asignaríamos a estas «nuevas capas» del socialismo, cuya naturaleza de clase no era entonces un problema? ¿Acaso no eran solo el vector de las aspiraciones de los trabajadores? Embarazosa y peligrosa contradicción...En Francia, hubo muchos artículos y obras destinados a abordar la cuestión: Georges Sorel, Paul Lafargue, Hubert Lagardelle, Édouard Berth, Charles Péguy fueron sin duda quienes más hablaron sobre ella, en el cambio de siglo y a raíz del caso Dreyfus. En Alemania, Karl Kaustky fue el autor de una reflexión sobre el papel de la intelligentsia publicada en Die Neue Zeit, que resonó en toda Europa. En Italia, Antonio Gramsci esbozó su teoría del intelectual orgánico y en Gran Bretaña la Sociedad Fabiana también hechizó a los intelectuales44. En este contexto, llama la atención que Jaurès aportara poco a un debate que sin duda consideraba periférico. Como sostiene en uno de sus artículos más citados, el futuro del socialismo descansa en la idea de que el proletariado es la «verdadera clase intelectual», es decir, la única capaz de trazar los contornos de un futuro histórico. Por lo demás, si no se le pueden negar a Jaurès cualidades intelectuales eminentes y envidiables –también podría ponerse a Georges Clemenceau en un nivel similar–, es claro que su práctica social pertenece mucho más al repertorio de la acción política, a la cual confiere una innegable profundidad reflexiva, que al universo de escritores, artistas, profesores o académicos.

El vasto mundo de las revistas

Sabemos hasta qué punto las revistas estructuran el mundo intelectual. Su poder creciente es perfectamente contemporáneo al proceso de empoderamiento que dio origen a los «intelectuales». Por tanto, no es indiferente mencionar que, a pesar de las raras colaboraciones ocasionales en algunas publicaciones periódicas, Jaurès no es –a contrapelo de varios «intelectuales» socialistas– un hombre de revistas. Por otro lado, es un periodista consumado45.

Acompañando el vivo desarrollo de los estudios sobre intelectuales, los historiadores y los sociólogos han ido acumulando conocimiento y análisis sobre el particular mundo de las revistas, tan particular que podría ser considerado, por el lado de la sociología de Pierre Bourdieu, como un «campo»46. El concepto no deja de tener relevancia si permite resaltar el sistema relacional real que las publicaciones periódicas establecen entre sí: jerarquías simbólicas, concursos, alianzas, nacimientos y desapariciones animan el dispositivo en su conjunto. La esfera socialista obedece a las mismas reglas. El «campo de las revistas socialistas» se organiza en torno de algunos polos cuya historia Rebérioux fue la primera en esbozar.

Los intelectuales han llevado al movimiento socialista una práctica nacida sobre todo en los márgenes de la literatura de vanguardia, donde los jóvenes escritores se reúnen en torno de un pequeño periódico para hacerse oír y promover obras e ideas. El género se ha extendido al mundo de la ciencia. En la década de 1890, las ciencias sociales en proceso de afirmación o la filosofía en plena resistencia no dejaron de recurrir a las revistas: Revue Historique, Revue Philosophique, Revue de Métaphysique et de Morale, etc., y ayudaron a organizar disciplinas o, dentro de ellas, corrientes de pensamiento, incluso «escuelas».

Lo mismo sucedió dentro del movimiento socialista. Existía una circulación entre las revistas del mundo erudito y las revistas socialistas, que gozaban de un alto grado de independencia política. Ninguna está adscripta a una organización. Solo muestran ambiciones intelectuales y teóricas, lo que les ofrece un gran margen de maniobra y explica por qué a menudo son de alta calidad. El caso de Georges Sorel basta para demostrar que se puede escribir al mismo tiempo en la Revue de Métaphysique et de Morale, de la que es colaborador habitual, y contribuir en las revistas socialistas. El caso Dreyfus facilitó las transferencias entre estos medios tan compenetrados entre sí.

En la década de 1890, asistimos al surgimiento de varias revistas, más o menos afines al «marxismo», es decir al estudio crítico de los escritos de Marx, lanzadas por jóvenes intelectuales urgidos por convertir el socialismo en una doctrina articulada, algo que, según ellos, faltaba por completo. L’Ère Nouvelle lanzada por Georges Diamandy, La Jeunesse Socialiste fundada en Toulouse por Hubert Lagardelle, luego Le Devenir Social y LeMouvement Socialiste, ilustran esta brillante generación.El compromiso de los intelectuales con el dreyfusismo le da a esta práctica un segundo impulso. Además de Le Mouvement Socialiste, fundada por varios jóvenes intelectuales socialistas e intelectuales dreyfussards como Jean Longuet y Hubert Lagardelle, se fundaron otras publicaciones periódicas que dejaron una huella perdurable en la historia intelectual del socialismo, si no en la propia historia intelectual: Pages Libres de Charles Guyesse o Les Cahiers de la Quinzaine de Charles Péguy constituyeron polos estructurantes en el campo de las revistas dreyfusianas.Finalmente, merece ser destacada una tercera ola. Se puede ver en la década de 1910 en torno de una pequeña revista provincial, L’Effort, creada en Poitiers por un joven profesor de historia, Jean-Richard Bloch. El fundador, que aspiraba a hacer de su pequeño periódico un punto focal para la renovación de la cultura socialista, atrajo a una pequeña falange de escritores y artistas deseosos de promover el «arte revolucionario». En torno a L’Effort, que se ha convertido en L’Effort Libre, se configura toda una red de publicaciones periódicas del mismo tipo que mantienen un proyecto político y estético similar entre ellas: Les Horizons, Les Cahiers d’Aujourd’hui, Les Feuilles de Mai, Les Cahiers du Centre, etc.47

Estas tres oleadas de creación esconden la presencia de revistas más singulares, pero igualmente interesantes para la historia del socialismo. Se ubican en otro espacio ideológico del socialismo francés. La primera, la «anciana dama del socialismo», como le gusta llamarla a Rebérioux, es la Revue Socialiste, sobre la que volvió en varias ocasiones, especialmente en un largo artículo de los Cahiers Georges Sorel. Fue creada en 1880 para desaparecer poco después como una suerte de «aborto espontáneo»48, de modo que realmente nació en 1885 y permaneció viva, a pesar de los periodos de somnolencia, hasta la Gran Guerra. Benoît Malon49 es inicialmente el verdadero hombre orquesta, al mismo tiempo director, gerente y secretario editorial, poniendo todas sus fuerzas al servicio de «la Idea». Fue sucedido por Georges Renard, Gustave Rouanet y Eugène Fournière, antes de que en enero de 1910 Albert Thomas asumiera el cargo de editor en jefe, hecho a su medida. Thomas aporta sangre fresca a la revista. Fusionó su propia revista, la Revue Syndicaliste, creada en 1905 pero en estado vegetativo, con la Revue Socialiste. A este primer trasplante, suma un segundo movilizando parte de su red. Compuesto por muchos de los mejores egresados de la École Normale Supérieure, imbuidos de la sociología de Émile Durkheim, este medio activo de intelectuales socialistas se había dado a conocer a través del lanzamiento de una serie de pequeños folletos, los Cahiers du Socialiste. Este Grupo de Estudios Socialistas –tal era el nombre del cenáculo dirigido por un joven etnólogo, Robert Hertz– buscaba respuestas a los grandes interrogantes planteados por el socialismo en el gabinete secreto de las ciencias sociales. La Revue Socialiste se convirtió así en el centro de elaboración de un socialismo reformista y gradualista modernizado.

Opciones culturales

En el seno de estas revistas (a decir verdad, especialmente de la Revue Socialiste y la pléyade de revistas político-literarias de los años 1910 conocidas como «vitalistas») suele haber secciones críticas dedicadas al «movimiento literario y artístico», y también de forma más episódica, en las columnas de los periódicos socialistas. En particular en L’Humanité, sobre todo después de su paso a seis páginas en 1913, se expresa lo que en ningún otro caso podría reconocerse como una «línea cultural» monolítica. Se hacen elecciones, a menudo coherentes, a veces sorprendentes, que se combinan vagamente en una teoría estética indecisa, el arte social, en el que la moral y la filosofía se superponen.

Basta volver, una vez más, al diario que lleva Armand Girard para apreciar el importante lugar que ocupa la cultura, en sentido estricto, en el trabajo de emancipación en que están comprometidos los activistas:

Es necesario que nosotros, los socialistas, que creemos tener un ideal humano más elevado que otros, sepamos disfrutar y hacer disfrutar de todo lo que es bueno y es bello, las artes, el deporte, la literatura, todo aquello que hace a la felicidad de los hombres. Cuando tengamos una habitación bien amueblada, cuando tengamos una biblioteca compuesta por las obras de nuestros mejores autores socialistas. Cuando algún músico haya creado una sinfonía, algún poeta haya aportado un poco de literatura y otros prueben sus lápices, sus pinceles o sus cinceles, o traigan un poco de su ciencia, ese día nuestro grupo será indispensable, necesario para los jóvenes que quieran vivir y aprender, será fuente de buena educación, de bello espíritu, de enorme saber. Aquí vivirá la verdadera fraternidad, que crecerá con libertad e igualdad.

Hacemos un llamado a todos los republicanos, artistas, músicos o poetas, para que difundan sus talentos, sus conocimientos, su espíritu, entre sus hermanos de ideal. Seguimos llamando a todos aquellos que tienen libros y folletos para que los compartan con nosotros y los hagan circular en el grupo.

También recibiremos donaciones artísticas, pinturas, imágenes, colecciones, documentos viejos, monedas antiguas, etc. Cualquier cosa que pueda interesar y divertir.50

Para captar una conciencia militante es necesario, pues, estudiar la cultura que los socialistas intentaron inculcar en sus contemporáneos. Esa cultura era sobre todo literaria, aunque también las bellas artes fueron objeto de la crítica, a veces incluso el cine, en particular en las columnas de L’Humanité durante los meses que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Rebérioux, por su parte, se dedicó especialmente a las relaciones que los socialistas tuvieron con la crítica literaria, dejando a otros extender estas primeras vías a las artes visuales o sonoras. Abordar la «crítica socialista», si tuvo alguna coherencia en Francia en el cambio de siglo, debería permitir identificar los aspectos eruditos de la cultura socialista, en todo caso aquellos que quisieron promover los militantes responsables de esta tarea. Sin duda, se puede considerar que los militantes socialistas se dedicaron entonces a forjar una cultura popular que complementó los conocimientos y los gustos heredados de la experiencia escolar. Su mediación fue una educación que transmitió tanto como transformó un patrimonio heredado.

¿Qué podemos extraer de esta observación? Información evidentemente contradictoria, ya que es imposible forjar una cultura socialista ex post. Por otro lado, es posible destacar algunas tendencias importantes. Rebérioux señala sobre todo que entre los socialistas el escritor se «define en primer lugar como alguien que da a conocer la vida social»51. La buena literatura es la que tiene sus raíces en un buen contenido: pintar primero a los pobres y a los que sufren. Sin embargo, se experimenta cierta dificultad para identificar entre los socialistas una contracultura capaz de anunciar un mundo completamente nuevo. Aparte del famoso caso de Paul Lafargue, cuando ataca el mito de Hugo en La légende de Victor Hugo, escrito con motivo de la muerte del gran poeta nacional en 1885, o cuando acusa a los filósofos del siglo xviii y a sus «rameras metafísicas», son esta herencia y algunas otras las que, a ojos de Lafargue y de varios dirigentes guesdistas, componían la arquitectura para el vuelco de una «cultura burguesa», la que reivindicaban la mayoría de los intelectuales y activistas socialistas: Émile Zola y todo el naturalismo, Léon Tolstoi, Upton Sinclair… Jaurès, de formación muy clásica, no es una excepción: Puvis de Chavannes es uno de sus pintores favoritos. En vísperas de la guerra, el escritor «de genio» que descubre es Alain, no Proust o Apollinaire, que le eran completamente desconocidos.

Las vanguardias políticas que indiscutiblemente constituyen los socialistas y los republicanos avanzados difícilmente se encuentran con las vanguardias estéticas. Los socialistas franceses no mostraron la atención que les prestaban sus camaradas alemanes, rusos o rumanos a las formas de su modernidad. En el Congreso de Gotha en 1896, los socialdemócratas alemanes abrieron un debate sobre la orientación «naturalista» dada al semanario ilustrado del partido Die Neue Welt52. Nada parecido aconteció en ninguno de los congresos socialistas franceses. Como se lamenta la crítica Camille Mauclair, entonces cercana a los socialistas, hay que admitir «el distanciamiento y la desconfianza que algunos socialistas muestran hacia el arte contemporáneo»53. Sin duda, el socialismo francés estaba más preocupado por conquistar votantes que por la doctrina o la estética. Las excepciones son tanto más sobresalientes: mientras Marcel Cachin, salido de las filas guesdistas, mostraba una sensibilidad política particularmente cerrada a las innovaciones estéticas, siempre sospechosas de ser nada más que fantasías burguesas que de ninguna manera resolverían las contradicciones e injusticias del capitalismo, a las que solo el advenimiento del socialismo podría remediar, Marcel Sembat tenía, como Cachin, muchos amigos entre los pintores postimpresionistas, de los que fue uno de los más eficaces defensores54.

Por lo tanto, nada separa realmente a los intelectuales socialistas de principios de siglo, en el mismo momento en que la cultura europea se aceleraba, de sus colegas y amigos republicanos: «Los formó la misma escuela, la misma cultura clásica, el mismo gusto por el pensamiento ordenado de una narrativa bien construida, la misma desconfianza hacia las distorsiones de la gramática y las tinieblas del lenguaje donde algunos ven una de las fuentes del oscurantismo religioso»55. No sorprenderá entonces que la vanguardia estética, ávida de revolucionar el mundo, rehuya las filas socialistas para refugiarse en el cálido y acogedor invernadero del anarquismo. El arte para el anarquismo, las ciencias sociales para el socialismo, tal es la distribución de los roles culturales repartidos entre las dos grandes vanguardias políticas revolucionarias de la Belle Époque.

¿Qué podemos concluir de estos pocos comentarios históricos? Si se está de acuerdo con la idea de que el socialismo no es reductible en modo alguno al estado de una fórmula única, ni siquiera al de la expresión uniforme de una sola clase, se arroja una piedra al estanque de quienes hoy intentan reducirlo a esas coordenadas. No puede impulsarse un movimiento histórico deteniéndose en los límites de un programa, ni siquiera uno marcado por una gran experiencia. Pero sería igual de vano limitar su alcance únicamente a la expresión de la indignación social, por legítima que esta sea. El socialismo tuvo un alcance mayor y su pluralismo radical debe ser asumido por quienes pretenden ser sus herederos. Dar voz a una cultura socialista no es un desafío sencillo. Comienza con un correcto inventario de su pasado, que apartará a los verdaderos reconstructores de las imitaciones serviles y sin futuro, así como de la ignorancia más ruinosa.

Nota: la versión original de este artículo en francés fue publicada por la Fundación Jean Jaurès con el título Le socialisme, une culture, 2009. Traducción y notas: Horacio Tarcus.

 

  • 1.

Madeleine Rebérioux (1920-2005) fue en su juventud una militante de la Resistencia francesa que sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald. Después de la Liberación sobresalió como historiadora especializada en la Tercera República francesa, con especial foco en la tradición socialista. Fue presidenta de la Liga por los Derechos del Hombre [N. del T.].

  • 2.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906). Le Journal du groupe d’études sociales de Cuisery» en Le Mouvement Social, 7-9/1966, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, Belin, París, 1999, p. 24.
  • 3.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914» en Jacques Droz (ed.): Histoire générale du socialisme, PUF, París, 1974, p. 136. [Hay traducción en español: Historia general del socialismo, Destino, Barcelona, 8 vols., 1984-1986].
  • 4.

Sección Francesa de la Internacional Obrera, como se denominó el Partido Socialista hasta 1969 [N. del T.].

  • 5.
  1. Rebérioux: «Les tendances hostiles à l’État dans la sfio (1905-1914)» en Le Mouvement Social, 10-12/1968, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 39 (énfasis mío).
  • 6.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 155
  • 7.
  1. Rebérioux: «Jaurès et la nation» en Actes du Colloque Jaurès et la Nation, Association des Publications de la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de Toulouse, Toulouse, 1965.
  • 8.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès» en Jaurès et la classe ouvrière, Editions Ouvrières, París, 1981, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 410.
  • 9.

Michel Winock: «La culture politique des socialistes» en Serge Berstein (dir.): Les cultures politiques en France, Seuil, París, 1999.

  • 10.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 207.
  • 11.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)» en Annales ESC, 11-12/1961, cit. en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 287.
  • 12.

Vincent Peillon: Jean Jaurès et la religion du socialisme, Grasset, París, 2000.

  • 13.

Es el punto de vista adoptado por Jean-Jacques Becker y Gilles Candar en la obra que han dirigido: Histoire des gauches en France, La Découverte, París, 2004, 2 vols.

  • 14.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 228.
  • 15.

Ibíd., p. 173.

  • 16.

El radicalismo es una corriente política que tuvo especial peso en Francia entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, caracterizada por sostener los principios republicanos, humanistas, laicistas y anticlericales. Otras corrientes radicales se expresaron en Gran Bretaña, Italia, España y en algunos países latinoamericanos como Chile, Argentina y Colombia [N. del T.].

  • 17.

Ibíd., p. 228.

  • 18.
  1. Rebérioux: Proudhon et l’Europe. Les idées de Proudhon en politique étrangère, Domat-Montchrestien, París, 1945.
  • 19.

Entre una profusa bibliografía científica, cabe destacar, además de las numerosas obras del fallecido Jacques Grandjonc y a la espera de la tesis de Jacqueline Cahen, las siguientes: Daniel Lindenberg: Le marxisme introuvable, Calmann-Lévy, París, 1975; Thierry Paquot: Les faiseurs de nuages. Essai sur la genèse des marxismes français, Le Sycomore, París, 1980; Robert Stuart: Marxism at Work: Ideology, Class and French Socialism during the Third Republic, Cambridge UP, Cambridge, 1992. Para la última generación de trabajos, v. Emmanuel Jousse: ¿Reviser le marxisme? De Édouard Bernstein à Albert Thomas, 1896-1914, L’Harmattan, París, 2007.

  • 20.

Bert Andreas: Le Manifeste communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, Feltrinelli, Milán, 1963.

  • 21.

Gilles Candar: Jean Longuet. Un internationaliste à l’épreuve de l’histoire, Presses Universitaires de Rennes, Rennes, 2007.

  • 22.

Jaurés redactó su tesis Les origines du socialisme allemand en 1892, mientras era profesor en Toulouse. Hay edición en español: Los orígenes del socialismo alemán, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona, 1967. Los «guesdistas» constituían la corriente «colectivista» del socialismo francés liderada por Jules Guesde, con escasa asimilación del marxismo teórico [N. del T.].

  • 23.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)», cit.
  • 24.

Aubier, París, 1968. V. la respuesta de Rebérioux en el Bulletin de la Société d’Études Jaurésiennes, 1970.

  • 25.
  1. Rebérioux: «Jaurès et le marxisme» en Histoire du marxisme contemporain, t. 3, Union Générale d'Éditions, París, 1977, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 390-391.
  • 26.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 151.
  • 27.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès», cit.
  • 28.
  1. Candar: Jean Longuet, cit., p. 89.
  • 29.

Maurice Agulhon: La République au village. Les populations du Var de la Révolution à la IIe République, Seuil, París, 1979.

  • 30.
  1. Rebérioux: «Le Mur des Fédérés. Rouge, ‘sang craché’» en Pierre Nora (dir.): Les lieux de mémoire 1: La République, Gallimard, París, 1984, p. 367.
  • 31.
  1. Rebérioux: «Manifester pour Ferrer» en L’affaire Ferrer, Centre National et Musée Jean Jaurès, Castres, 1991, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit.; Olivier Fillieule y Danielle Tartakowsky: La manifestation, Presses de Sciences Po, París, 2008. [Hay edición en español: La manifestación. Cuando la acción colectiva toma las calles, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2015].
  • 32.

Institut de Recherches Marxistes, Archives Marcel Cachin, caja 8, carpeta 1: «Notas autobiográficas de Marcel Cachin», cit. en G. Candar y Ch. Prochasson: «Un militant socialiste: Marcel Cachin», introducción a M. Cachin: Carnets 1906-1916 1, CNRS Éditions, París, 1993, p. 16; G. Candar y Ch. Prochasson: «Le socialisme à la conquête des terroirs» en Le Mouvement Social, 7-9/1992.

  • 33.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 35.
  • 34.

En 1977 un himno del PS se titularía «Cambiar la vida». V. una versión en <www.youtube.com watch?v="witedhxlxpu"> [N. del T.].

  • 35.

Archives de l’École Socialiste, comunicación de Madeleine Rebérioux, cit. en Ch. Prochasson: Les intellectuels, le socialisme et la guerre. 1900-1938, Seuil, París, 1993, p. 64.

  • 36.
  1. Jaurès, prefacio a Benoît Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste, Le Bord de l’Eau, París, 2007, pp. 386-387.
  • 37.

Citado por M. Rebérioux en «Guesdisme et culture politique. Recherches sur L’Encyclopédie socialiste de Compère-Morel» en Mélanges d’histoire sociale offerts à Jean Maitron, Éditions Ouvrières, París, 1976, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p.79.

  • 38.
  1. Rebérioux: «Culture et militantisme» en Le Mouvement Social No 91, 4-6/1975.
  • 39.

Christophe Charle: Naissance des «intellectuels». 1880-1900, París, Minuit, 1990. [Hay edición en español: El nacimiento de los «intelectuales», Nueva Visión, Buenos Aires, 2009].

  • 40.

Christophe Charle, prefacio a Lucien Mercier: Les Universités Populaires. 1899-1914. Éducation populaire et mouvement ouvrier au début du siècle, Éditions Ouvrières, París, 1986.

  • 41.

Daniel Lindenberg y Pierre-André Meyer: Lucien Herr. Le socialisme et son destin, Calmann-Lévy, París, 1977.

  • 42.

Ch. Prochasson: Les intellectuels et le socialisme, Plon, París, 1997.

  • 43.

Paródica, trivial. Referencia a Jacques Offenbach, compositor francés, creador de la opereta [N. del T.].

  • 44.

Shlomo Sand: «Le marxisme et les intellectuels vers 1900» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, Éditions de l’Atelier, París, 1994.

  • 45.

Ch. Prochasson: «Jaurès et les revues» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, cit.

  • 46.

Anna Boschetti: Sartre et Les Temps Modernes, Minuit, París, 1985. [Hay edición en español: Sartre y Les Temps Modernes. Una empresa intelectual, Nueva Visión, Buenos Aires, 1990].

  • 47.

Ch. Prochasson: «L’Effort libre de Jean-Richard Bloch (1910-1914)» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987.

  • 48.
  1. Rebérioux: «La Revue socialiste» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987, p. 15.
  • 49.
  1. Steven Vincent: Between Marxism and Anarchism: Benoît Malon and French Reformist Socialism, University of California Press, Berkeley-Los Angeles, 1992. V. tb. B. Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste (textes choisis), Le Bord de l’Eau, París, 2007.
  • 50.

Cit. en M. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 34.

  • 51.
  1. Rebérioux: «Critique littéraire et socialisme au tournant du siècle» en Le Mouvement Social No 59, 4-6/1967, p. 19.
  • 52.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique. Le socialisme français entre 1880 et 1914» en AAVV: Esthétique et marxisme, 10/18, París, 1974, p. 24.
  • 53.

Ibíd., p. 25.

  • 54.
  1. Sembat: Les cahiers noirs. Journal, 1905-1922, Viviane Hamy, París, 2007.
  • 55.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique», cit., p. 30.
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EEUU y la OTAN mataron a más de 10.000 civiles durante la intervención en Afganistán

En medio de bombardeos y ataques en suelo afgano, la administración estadounidense pagó "compensaciones" a familiares de sus víctimas mortales que oscilaron entre los 1.000 y los 5.000 dólares, según distintos informes.

 

El capítulo afgano de la denominada "guerra global contra el terror" lanzada por EEUU con el apoyo de la OTAN ha dejado un reguero de muertos y heridos entre civiles. La intervención militar lanzada hace 20 años se ha cerrado con la victoria de los talibanes y un largo listado de víctimas que cayeron bajo disparos y bombardeos lanzados en el marco de una operación que, paradójicamente, nació con el nombre de "libertad duradera".  

De acuerdo a distintos datos recogidos por Público a través de documentos de la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) y de un estudio realizado por Marc W. Herold, profesor Profesor de Desarrollo Económico en la Universidad de New Hampshire, el número de víctimas provocadas por las tropas de EEUU y la OTAN entre octubre de 2001 y junio de este año –última fecha sobre la que existen cifras disponibles– asciende al menos a 10.111. 

Si se añaden los crímenes atribuidos al Ejército Nacional Afgano –creado y entrenado por las fuerzas estadounidenses y de la Alianza Atlántica– el número de víctimas llega a 15.424.

Ese mismo recuento establece que las "fuerzas antigubernamentales", entre las cuales ocupaban un lugar preponderante los talibanes, están detrás de 24.779 asesinatos de civiles. Se estima que solo en 2020, los combatientes del movimiento talibán perpetraron más de 1.300 crímenes.

El número total de civiles afganos muertos durante estos 20 años a raíz de las actuaciones de los distintos actores llega, según datos de la ONU, a más de 38.000. Amnistía Internacional habla en total de 150.000 muertos entre civiles y militares, de los cuales 60.000 pertenecían a las fuerzas de seguridad de Afganistán.

"Los niveles extraordinarios de daños infligidos a los civiles en el conflicto afgano continúa sin cesar", advertía la UNAMA en su último reporte, publicado en abril pasado. En los tres primeros meses del año se contabilizaban ya 573 muertos y 1.210 heridos, lo que representaba un 29% más de víctimas en comparación con el mismo periodo de 2020.

La misión de Naciones Unidas calificaba como "especialmente preocupante el aumento del 37% en el número de mujeres muertas y heridas", así como un crecimiento del 23% entre las víctimas infantiles en comparación con el primer trimestre de 2020.

"El número de civiles afganos muertos y mutilados, especialmente mujeres y niños, es profundamente preocupante. Imploro a las partes que encuentren urgentemente una forma de detener esta violencia", decía en ese informe la diplomática canadiense Deborah Lyons, representante especial de la ONU en ese país asiático.

"En Afganistán han sido frecuentes los daños colaterales, eufemismo utilizado para señalar a aquellas muertes indeseables, por lo general civiles, causadas por las fuerzas militares occidentales (las provocadas por la insurgencia son calificadas como meros asesinatos). Sin embargo, aun no deseadas, no se trata, en muchos casos, de 'errores'. Es decir, si se bombardea una localidad habitada, ya se conoce que, con toda probabilidad, morirán civiles", apunta por su parte Alejandro Pozo, investigador del Centro Delàs de Estudios por la Paz especializado en el conflicto afgano. 

En tal sentido, Pozo destaca que "la Guerra contra el Terror ha afectado a los principios de proporcionalidad, necesidad y discriminación", de forma que "el mero hecho de habitar en las regiones que controlan los grupos armados designados como terroristas y no salir malparado es indicio de no haberse opuesto lo que se considera como suficiente".

2.400 dólares por la vida de un niño

Los "daños colaterales" registrados a lo largo de dos décadas de intervención militar en Afganistán dieron lugar a "compensaciones" pagadas por la administración estadounidense a los familiares de sus víctimas. De acuerdo a los registros publicados en los últimos años por la publicación digital estadounidense The Intercept y por la agencia Reuters, EEUU ha pagado 1.000 dólares a un hombre por el asesinato de su hijo en una operación cerca de la frontera con Irán o 2.414 dólares por un niño muerto por un carro de combate. 

"Los pagos de condolencia están destinados a ser gestos simbólicos y, hoy en día, en Afganistán, por lo general, tienen un límite de 5.000 dólares, aunque se pueden aprobar cantidades mayores", relataba la periodista Cora Currier en una investigación publicada en febrero de 2015 en The Intercept

Un informe desclasificado del Ejército estadounidense señalaba que entre 2005 y 2014 el ejército se habían registrado 1.630 pagos de "compensaciones", cuya media era de 2.985 dólares por indemnización. En ese contexto,  un portavoz del Pentágono aseguró en 2017 que los pagos de "compensaciones" quedaban a criterio de los comandantes de EEUU sobre el terreno, ya que estaban "en mejor posición" para "juzgar los incidentes". 

Crímenes de guerra

El 5 de marzo de 2020, la Cámara de Apelaciones de la Corte Penal Internacional (CPI) autorizó a la fiscal jefe de dicho organismo, Fatou Bensouda, para abrir una investigación sobre los presuntos crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad en Afganistán. La investigación pone el foco en las actuaciones ilegales por parte de las tropas estadounidenses y miembros de la CIA como por integrantes de las fuerzas afganas o combatientes talibanes.

El Gobierno de Donald Trumpreaccionó entonces con anuncios de sanciones contra la fiscal Bensouda y Phakiso Morchochoko, responsable de la división de jurisdicción, complementariedad y cooperación de la CPI, mientras proclamaba que ese tribunal era una institución "corrupta" e "ilegítima".   

20/08/2021 22:30 Actualizado: 20/08/2021 22:50

Por Danilo Albin@Danialri

Publicado enInternacional
Viernes, 20 Agosto 2021 06:37

el jesús, un escuchador mestizo

el jesús durante una de sus clases (foto: Beatriz Múnera)

Jesús Martín Barbero era, es y será un referente intelectual del mestizaje*

 

Filósofo, comunicador, cartógrafo, mediador… en todas esas facetas de su vida intelectual el jesús ha sido, sobre todo, mestizo y escuchador.

Académicamente se doctoró en Europa y humanamente en Colombia, dónde no sólo se encontró con la comunicación sino también con Elvira, su compañera de existencia, y con una ciudadanía que miraba de manera diferente la vida.

El maestro

En sus clases decía que había que escuchar, también a las y los estudiantes. Una de sus primeras prácticas era mandarlos a que escucharan la ciudad. Porque la base del diálogo es la escucha. Así, les pedía ir a la plaza de mercado de Paloquemao y a un supermercado de marca en un barrio señorial. Porque el Jesús siempre se preocupó por lo que la gente piensa, cree, lee, ve… escucha.

Afirmaba que la teoría crítica latinoamericana “oponía su provisionalidad y su impureza a la pseudo-madurez, la coherencia lógica y la pureza de la teoría dominante”. En sus abordajes teóricos se cuestionó acerca de la comunicación, esa aventura con la que se topó y que le llevó “a la choza-favela de los hombres, construida en barro y cañas, pero con radiotransistores y antenas de televisión”; un campo por pensar en el que se encuentran “la trama de palabra y deseo, de memorias y estructuras del sentimiento, de división social y discontinuidades culturales, de apropiaciones y resistencias que [los medios] median y con los cuales tejen las gentes el vivir de cada día”.

En sus viajes de la filosofía a la comunicación, y viceversa, dibujó nuevos mapas para caminar ambas haciendo sesudas y sensibles paradas en Ricoeur, Benjamin, Gramsci o Merleau-Ponty. En sus recorridos planteó nuevos retos, esos que siempre escribía apretando con fuerza el lápiz y separando con un guion los dos vocablos para resaltar su fuerza y construir un nuevo sentido, abordando la importancia de “re-ver el proceso entero de la comunicación desde su otro lado, el de la recepción, el de las resistencias”.

Un amante de la práctica comunicativa para la que demandaba reflexión y acción porque “si la reflexión no abre camino, obstaculiza; si no abre brecha por donde avanzar, paraliza”. Un apasionado de la palabra, a la que defendió de las garras de los teóricos “cuyo ruido nos está volviendo sordos”, sobre todo de la palabra que viene de otras narrativas y que quiere “abrirse camino desde el silencio de los dominados”. En suma, un crítico de la comunicación en su debate con el discurso y el poder.

Siempre lo hizo todo con su tono pedagógico, pero apasionado, para seguir buscando otros lugares desde el que hacerse nuevas preguntas. En esa búsqueda escarbó en las raíces de la relación comunicación-cultura, en Freire y en Fanon, para romper el silencio, la sumisión y la dependencia de un continente con “tantos pueblos forzosamente mudos, amordazados”. Por eso propuso diseñar un nuevo mapa cultural hecho “de continuidades y des-tiempos (…) a medio camino entre el pueblo campesino y el barrio urbano”; con otra idea de cultura, no excluyente, que permitiera reconocer la multiplicidad de las culturas.

También nos mostró cómo “pensar la comunicación a la vez como un proceso social y como un campo de batalla cultural” para luchar contra la dominación desde la conciencia del oprimido. Nos contó del escuchar, del hablar y del mirar “Todo ver implica un recíproco mirar”, lo que supone unas relaciones en las que se entretejen tanto “el esfuerzo por existir, el modo de vivir y trabajar” como el de “representar, la teatralización, la máscara y el rito, esa puesta en escena que es a la vez búsqueda y construcción del sentido, o del sinsentido del vivir”.

El amigo

Me atrevería a afirmar que el jesús ha tenido, y sigue teniendo, tantas amistades, estudiantes y seguidores como citas sus renombrados libros. Siempre tuvo su casa abierta para visitas. Rodeado de sus libros y sus collages, te recibía en su territorio, una habitación empapelada de libros y recuerdos, el computador permanentemente encendido y sobre el vidrio de su mesa de trabajo lecturas, apuntes y, siempre, un cuaderno listo para ser garabateado y un montón de lápices de colores para hacerlo.

Entre sus amigos, Omar Rincón, tal vez el más cercano, el más seguidor y el más discípulo, el que más le visitaba y escuchaba y quien más actividades y homenajes ha hecho con y por Jesús, se reconoce “fan de el jesús, por eso tal vez lo siento como un popstar, un rocker y hasta punkero: una celebrity del pensar distinto”.

Amparo Marroquín desea que “los recuerdos hermosos nos arropen” frente a su pérdida. Y reafirma que “el campo de la comunicación se ha fortalecido y complejizado con la mirada de Jesús, pero, sobre todo, con el regalo de su forma de dialogar con muchos otros. Nuestro maestro ha sido, para toda una generación, no el lugar de llegada sino el punto de partida para leer a otros y leernos en la complejidad que vivimos”.

El periodista, escritor y docente Germán Rey mezcla en sus palabras al académico y al amigo cuando asegura que “hizo de las ideas un camino, de las preguntas un modo de comprensión y de la dignidad humana un desafío irrenunciable”.

La investigadora Marita Mata le recuerda como ese amigo que le acompañó en dolores y amores y que le regaló su familia y sus colegas, “un tipazo que supo leer América Latina en clave de comunicación y cultura” y del que siempre tendrá presente esa afirmación martinbarberiana de que “las palabras había que hacerlas como los hijos… a medias”. 

Para el profesor Jorge Iván Bonilla, era una persona “con una capacidad elocuente para moverse en los lugares del ´entre`. De ahí su pensamiento de frontera, su mirada lateral y la atmósfera contaminada, pero a la vez nutritiva, en la que habitaban sus ideas, tan provocadoras y nada complacientes”.

Por su parte, la profesora Nora Mazziotti le consideraba “una de las personas más importantes” en su vida. Como maestro, “porque su obra (me) abrió caminos, incorporó preguntas, hizo visibles temas, relaciones y miradas que hasta ese momento no eran tenidas en cuenta”; como amigo, porque fue “cómplice, cariñoso, apasionado y leal hasta la médula”.

El poeta

En su producción poética se juntan el amor por Elvira y por Colombia, donde descubrió el mundo bebiendo en el Magdalena, velando el sueño al Cauca y clavando su tienda en la sabana bogotana con su compañera y socia, tan presente en su poesía como en su vida.

En el poema El guerrero y el árbol, escrito hace más de medio siglo, adelantaba la realidad colombiana de hoy

“un pueblo nuevo

que ya quiere reconquistar su nombre y que le sobra

dignidad y coraje para enfrentarse al odio y la mentira

durante tantos años amasada.

Ha desamordazado las palabras y los colores,

anda buscando a gritos su verdad sepultada

bajo siglos de barro y está desenterrando

sus raíces para encontrar su voz.

Y ya la tiene,

más viva que ninguna en el planeta,

forjada en fuego antiguo, insobornable,

cruda como la luz que la alimenta”.

El jesús está con todos nosotros, con los de antes y con los de después, que seguirán leyéndolo como un referente de la comunicación y la cultura. Como un buen ser humano, de palabra y de acción “La palabra explicita la conciencia que viene de la acción y hecha pregunta horada el espesor macizo de la situación, rompe el embrujo de la pasividad frente a la opresión”. Un pensador de la comunicación desde la cultura que hacía uso de “palabras generadoras” (Freire) para “instaurar el espacio de la comunicación”. Algo para lo que decía que hacían falta solamente tres cosas: pensar con la propia cabeza, tener qué decir y ganarse la escucha. En eso era todo un maestro, un escuchador mestizo.

19AGO202

- Artículo publicado en el número de julio-agosto 2021 de “El mono azul”, el suplemento cultural de la edición en papel de Mundo Obrero (gracias a J.M. Martín Medem y a Gema Delgado, por invitarme a publicar este pequeño homenaje a el jesús, y también a las personas que me regalaron sus palabras sobre el amigo y el maestro).

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Jueves, 19 Agosto 2021 05:14

Galeano, a secas

Galeano, a secas

“Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Eugéne Ionesco La memoria no me da para recordar con exactitud cuándo leí por primera vez Las venas abiertas de América Latina (1), provocadoramente descritas por Eduardo Germán María Hughes Galeano. Debió ser a poco de su publicación, a inicios de los años setenta. […]

Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Eugéne Ionesco

La memoria no me da para recordar con exactitud cuándo leí por primera vez Las venas abiertas de América Latina (1), provocadoramente descritas por Eduardo Germán María Hughes Galeano. Debió ser a poco de su publicación, a inicios de los años setenta. Vivía en Alemania. Y en la misma época, a más del texto del uruguayo, llegaron a mis manos otros dos libros, escritos por un colombiano y un peruano: Cien años de soledad y La ciudad y los perros. Mientras intentaba aprender ese endiablado idioma, el alemán, procuraba mantener canales de sintonía con el mundo de donde venía, esa Nuestra América que no deja de sangrar…

Desde entonces la lectura de los libros de esos tres escritores latinoamericanos fue una constante. Sería largo e incluso en extremo complejo tratar de explicar cómo el segundo y el tercero de los autores mencionados, han influido en mi vida, desde la literatura. En lo que si soy categórico, Eduardo Galeano, con sus venas y sus múltiples textos, caracterizados por la frontalidad y claridad, se convirtió en un referente, casi obligado. Hasta ahora.

No me considero un conocedor de su obra. A lo largo de los años debo haber citado varios pasajes de sus escritos y haberlos utilizado como epígrafes en algunos textos míos, pero definitivamente no soy un especialista en el tema. Su influencia, sin embargo, ha sido tal, que hasta le plagié abiertamente.

Se acercaba el Mundial de Fútbol de Italia, en 1990, cuando Galeano hizo pública una de sus pasiones, que la comparto a plenitud. “Hasta el papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes -afirmó categóricamente-. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales”. Y consecuente como era, él puso en la puerta de su casa un letrero: “Cerrado por mundial”. Ese gesto me despertó aún una mayor simpatía.

Desde 1962, cuando, en mi país natal, por primera vez pudimos escuchar las narraciones radiales del mundial, en esa ocasión en Chile, he procurado religiosamente sintonizarme a tiempo completo con este ritual que convoca a millones de personas alrededor de una pelota, redonda como la Tierra. Tanto que, en la puerta de mi oficina de FLACSO, llegué a poner un letrero igual al de Galeano en su casa. Y no solo eso, consciente -como Galeano- de que hay prioridades en la vida, mi afición por los mundiales generó varias tensiones con quien llegaría a ser presidente de mi país, pues, como era obvio, él no podía contar conmigo durante la campaña del 2006 en los momentos en que se transmitían los partidos desde Alemania… lo que llegaría a provocar algunas rabietas de alguien que resultó ser tan poco tolerante.

Eso sí, lo que en todos esos años no me habría podido figurar es cómo Galeano llegaría a desempeñar un papel determinante en un proceso histórico que me toco presidir. Este es un dato más que anecdótico.

En un contexto de discusiones -complejas, duras y conflictivas-, en pleno proceso constituyente, con el apoyo de Galeano, conseguimos cristalizar los Derechos de la Naturaleza.

En Montecristi, un pequeño pueblo en la costa ecuatoriana, se elaboró y aprobó la última Constitución de este pequeño país andino. Desde 1830, la vigésima primera. Un récord indiscutible, pero no encomiable. Esa Constitución será recordada en el mundo entre otros temas destacables por la aprobación de los Derechos de la Naturaleza, es decir asumir a la Pacha Mama como sujeto de derechos. Fue un paso trascendental, a momentos impensable y por cierto inaceptable para muchos. Se repitió la historia. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron rechazadas en su tiempo por ser consideradas como un absurdo.

El derecho de tener derechos ha exigido siempre un esfuerzo político para cambiar aquellas normas que negaban esos derechos. Y eso sucedió con los Derechos de la Naturaleza, que desde entonces se expanden más y más por el mundo.

La coyuntura del momento constituyente, la intensidad del debate y el compromiso de un grupo de asambleístas, junto a las luchas ecologistas y en especial la incorporación de visiones y vivencias desde el mundo indígena, en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas, permitieron que finalmente se aceptara esta iniciativa.

Esto es medular tener presente: las raíces de los Derechos de la Naturaleza tienen una larga historia y, aunque parezcan invisibles para ciertas lecturas prejuicidas o simplemente superficiales, están profundamente enraizadas en el mundo de los pueblos originarios. El tronco y las ramas de este gran árbol de mestizaje intercultural -en un debate intensamente vivido en Montecristi- se enriquecen con injertos no indígenas. Así, aunque los indígenas no tienen un concepto de Naturaleza como el que existe en “occidente”, su aporte es clave. Ellos comprenden perfectamente que la Pacha Mama es su Madre, no una mera metáfora (2).

Pero, ¿qué tiene que ver el uruguayo mencionado en estas líneas en este proceso?

La historia es sencilla y curiosa. Luego de que Galeano conoció lo que se discutía la posibilidad de que se declare constitucionalmente que la Naturaleza es sujeto de derechos, preparó un artículo vibrante, denominado “La Naturaleza no es muda” (3).

La emoción de recibir su espaldarazo fue grande. No era para menos. El era, desde las venas, pasando por fantasmas y crónicas, abrazos y espejos, un gran referente para nosotros. Pero él, quien rompió lanzas por la vida desde siempre, dudó en difundir su escrito. Tanto que casi a renglón seguido de habernos enviado su artículo mostró su preocupación al decir, en un correo electrónico, que “prefiero esperar, para evitar que el artículo tenga vida efímera. Los hechos, a veces imprevisibles, podrían desautorizarlo como expresión de deseos, de poco serviría”.

Insistimos. Hasta vencer sus temores. Galeano publicó su artículo en el Semanario Brecha, el 18 de abril del 2008, en Montevideo. Una copia del mismo fue distribuida entre los y las constituyentes por disposición del presidente de la Asamblea Constituyente para la sesión número 40 del pleno de la Asamblea, celebrada el 29 de abril de 2008. No se si Galeano alguna vez se enteró que su artículo fue tan influyente. Lo cierto es que con su pluma consolidaría una posición que no parecía muy prometedora al inicio de la Asamblea. El nos animó en el empeño. Concretamos este paso constitucional único en el mundo. Su texto fue citado en el pleno. Rafael Esteves, asambleista constituyente, un personaje proveniente de filas populistas, en una intervención memorable, leyó trozos del artículo de Galeano.

Así, su reclamo -cual si Galeano habría sido asambleísta constituyente en Montecristi- fue clave:

Suena raro, ¿no? Esto de que la Naturaleza tenga derechos… Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de ciento veinte años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.”

Este argumento caló hondo. Comprender que las corporaciones tengan amplios derechos como personas jurídicas y la Naturaleza no, impactó. Paulatinamente cobró sentido hablar de la Naturaleza como sujeto de derechos. Y Galeano, con su mensaje, cuya lectura recomiendo, apuntaló la conclusión expuesta al inicio de su breve y a la vez decisivo texto:

la Naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino -Ecuador-, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: ‘Amarás a la Naturaleza, de la que formas parte’”.

La Asamblea Constituyente y luego el pueblo ecuatoriano, que aprobó masivamente la nueva Constitución en un referéndum el 28 de septiembre del mismo año, escucharon a la Naturaleza. Y sin duda, Galeano contribuyó a consolidar el derecho a la existencia de los seres humanos, que de eso se tratan también los Derechos de la Naturaleza.

Siendo tema de otras reflexiones, lo que nos debe quedar claro es que, en realidad, quien nos da el derecho a la existencia es la Madre Tierra. Y que los humanos no solo necesitamos derechos para nuestra convivencia, sino también para relacionarnos con nuestra Madre Tierra. Así, nos debe quedar claro que justicia social y justicia ecológica van de la mano, y que los Derechos Humanos se complementan con los Derechos de la Naturaleza, es decir con ese undécimo mandamiento planteado por Galeano.

Pasaron los años y me encontré personalmente con él, por primera y última vez (de lo que recuerdo). El había ido a Barcelona a recibir un Premio Internacional de Periodismo por su entusiasmo futbolero, otorgado por la Fundación FC Barcelona y el Colegio de Periodistas catalán. Y a los dos nos convocó a la Plaza de Cataluña la pasión por la indignación. Estuve tentado a acercarme y agradecerle, pero no fue posible. El se encontraba rodeado de indignados; corría el mes de mayo del 2011.

Un par de años más adelante, Galeano, el autor de ese gran libro que caló tan hondo en las venas de muchas generaciones, en un gesto de profunda honestidad, poco antes de morir, diría que “no sería capaz de leerlo de nuevo, pues caería desmayado. (…) Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”. Pero complementó ese crudo reconocimiento diciendo que “no me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.

Puede que esa prosa esté superada, pero no así el contenido de su mensaje. Bastaría con citar apenas una corta frase para comprender la actualidad de su libro: “La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas”.

Tanto que hoy, como hace 50 años, los pueblos de esta sangrante América Latina siguen protestando ante tanto atropello, resistiendo ante tanto extractivismo y soñando porque algún día se cierren las venas abiertas de sus sociedades y de su Naturaleza.

Notas

  1. Disponible en http://www.unefa.edu.ve/CMS/administrador/vistas/archivos/las-venas-abiertas-de-america-latina.pdf
  2. Reconociendo que el impulso fundamental para constitucionalizar a la Naturaleza como sujeto de derechos, proviene del mundo de los pueblos originarios, es conveniente tener presente otros aportes, como el de otro uruguayo, también Eduardo, Eduardo Gudynas, uno de los mayores estudiosos de la materia. Al respecto se puede consultar el texto del autor de estas líneas (2019); “Construcción constituyente de los Derechos de la Naturaleza – Repasando una historia con mucho futuro”, en el libro de varios autores y varias autoras: La Naturaleza como sujeto de derechos en el constitucionalismo democrático, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. Disponible en https://uninomadasur.net/?p=2159
  3. Disponible en https://es.slideshare.net/ecuadordemocratico/la-naturaleza-no-es-muda-por-eduardo-galeano

Por Alberto Acosta | 19/08/2021

Alberto Acosta es un economista ecuatoriano; fue Presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador 2007, ministro, candidato presidencial y docente universitario.

Publicado en Palabra Salvaje el 3 de agosto de 2021.

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El inicio turbulento de Pedro Castillo en Perú

La renuncia prematura del canciller ahonda el accidentado comienzo del presidente peruano

 

No existen los días plácidos para Pedro Castillo en el poder. Su idea de transformar Perú se va a encontrar con más baches de lo que imaginó. El maestro de escuela vive casi en una crisis continua desde que asumiera el cargo de presidente a finales de agosto. La prematura renuncia del canciller, Héctor Béjar, un sociólogo que había señalado a la Marina de Guerra como la causante del inicio del terrorismo en el país, en lugar del grupo maoísta Sendero Luminoso, añade aún más turbulencias a un Gobierno que apenas comienza. Las continuas polémicas en las que se ha visto envuelto su Gabinete han provocado que sea el presidente peruano más impopular al inicio de su mandato de los últimos 20 años.

Castillo se ha topado esta vez con el Ejército, un poder fáctico dentro del Estado. La designación como ministro de Exteriores de alguien que en el pasado había sido ambiguo sobre el papel de los militares en su guerra contra Sendero Luminoso había provocado algún arqueo de cejas. A eso se le sumaba que Béjar, de 85 años, había sido guerrillero del ELN entrenado en Cuba. Se le restó importancia a que después fuese indultado y trabajase para el Gobierno de Juan Velasco Alvarado, un general que accedió al poder a la fuerza a finales de los sesenta y ejecutó una importante reforma agraria que metió de lleno a Perú en la era moderna.

Entre una cosa y otra, Béjar fue visto como un intruso. En las últimas semanas han ido apareciendo declaraciones del canciller, de meses atrás, en las que ahondaba en esta idea de que la violencia armada había sido cosa de los militares. Concretamente con esta frase: “El terrorismo en el Perú lo inició la Marina y eso se puede demostrar históricamente y han sido entrenados para eso por la CIA”. Además, Béjar aseguraba que fueron francotiradores los que mataron a cuatro policías durante la toma de una comisaría en 2005, un intento de golpe de Estado que protagonizó entonces Antauro Humala, el hermano de quien años después sería presidente. Antauro permanece en prisión desde entonces, acusado de causar esas cuatro muertes. Castillo insinuó en campaña que le concedería un indulto.

La Marina emitió un comunicado demoledor en el que calificaba las palabras de Béjar como una afrenta. El Congreso comenzó a moverse para aplicarle una moción de censura. Béjar se quedó, en cuestión de horas, en una posición de debilidad. Castillo, práctico, lo ha dejado caer. El ministro de Defensa, Walter Ayala, hizo suya la indignación de las Fuerzas Armadas, quizá en un ejercicio por mantener su propio cargo. Ayala fue claro con Castillo: “Le dije que había dos caminos, que el señor Béjar pida disculpas al Perú y a la Marina o que renuncie”. El canciller optó por la segunda, a la luz de los hechos. Algunos historiadores, entre los que se encuentra Béjar, sostienen que, además del terrorismo de Sendero Luminoso, existió otro de Estado que algunos sectores se niegan a reconocer.

Esto abre la primera crisis de Gobierno oficial de la era Castillo, que ni siquiera ha pasado todavía el voto de confianza del Congreso, que será el día 26. La oposición había sido muy crítica con la denominación de Béjar, aunque había pasado desapercibido por todas las críticas que recibió la de Guido Bellido como primer ministro, incluso de sectores de izquierda que habían apoyado a Castillo durante la campaña. Bellido representa el ala radical de Perú Libre, el partido bajo cuyas siglas se presentó el profesor de escuela a las elecciones. El líder de ese partido, Vladimir Cerrón, no pudo presentarse por una condena por corrupción y pidió a Castillo que fuera en su lugar. Los más críticos con el maestro siempre le achacaron que detrás de él y la imagen de hombre puro venido de los Andes, no contaminado por la corrupción política, se escondía Cerrón, una especie de consejero en la sombra. El nombramiento de Bellido, un cuadro intermedio del partido, muy leal a Cerrón, fue interpretado como una confirmación de esas sospechas.

La inestabilidad del Gobierno le pasa facturas en las encuestas. De acuerdo a los estudios de Ipsos Perú, Castillo arranca con menos popularidad (45%) que los cuatro últimos presidentes que ganaron en las urnas. Tres de ellos han pasado por prisión y el cuarto se suicidó cuando iba a ser detenido. La cercanía de Cerrón no favorece a Castillo. El 40% de los peruanos cree que es él en realidad quien toma las decisiones importantes y el 57% está convencido de que Bellido le hace más caso a Cerrón que al propio presidente. Castillo en campaña intentó alejarse de él, llegó a decir que no trabajaría ni como portero, pero el interesado nunca le ha dejado cortar del todo ese cordón umbilical. La banca del Congreso se divide entre partidarios de uno y otro. Y resulta que Cerrón tampoco es que practique la discreción. En una entrevista reciente en sudaca.pe, aseguró que tiene la capacidad de rectificar algunas opiniones del Gobierno.

Castillo llega a su tercera semana de presidente acusando el desgaste. La oposición se ha apuntado un tanto con la renuncia de Béjar. Y seguro que en las próximas semanas intentará apuntarse otro. El presidente ahora debe buscar un nuevo canciller y encarar una cuestión de confianza en el Congreso, que por el momento parece resuelta. Tras dos desaprobaciones seguidas Castillo podría disolver el Congreso, un escenario en el que no quieren verse los que no apoyan su Gobierno. Su llegada al poder no fue sencilla, tras las denuncias infundadas de fraude electoral que profirió su rival, Keiko Fujimori. Perú vivió semanas de tensión y especulaciones hasta que finalmente se confirmó su victoria. El día que se enfundó la banda presidencial parecía que toda esa confrontación había quedado atrás. En realidad solo era el principio.

Por Juan Diego Quesada

Bogotá - 17 ago 2021 - 21:11 COT

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Miércoles, 18 Agosto 2021 05:28

Las raíces del movimiento talibán

Las raíces del movimiento talibán



La toma de Kabul por parte de los talibanes no supone la primera vez que el grupo terrorista controla la capital afgana. Son varios los factores que originaron esta facción política-paramilitar y es importante tenerlos en cuenta para comprender la esencia talibán.

 

Durante más de 40 años, Afganistán ha sido un tablero de ajedrez de las grandes potencias internacionales. Uno de los momentos clave en esta partida geoestratégica fue 1979, cuando se produjo la entrada de la Unión Soviética en Kabul, bajo el mandato de Leonid Brézhnev.

Así empezaba el remate de la Guerra Fría y una nueva escalada de tensión entre la URSS y Estados Unidos. Lo que comenzó como una operación destinada a mantener el control y la influencia soviética en el país se convertiría entonces en un conflicto que duraría diez años y que supuso un avispero para la URSS: la retirada de las tropas soviéticas ha sido históricamente comparada con la manera en la que los americanos abandonaron Vietnam.

Por otra parte, si a mediados de los años 70 había comenzado en la región una tendencia de querer recuperar la pureza del islam basándose en aspectos fundamentalistas, en los años 80 lo que unió a los diferentes países fue la búsqueda de la expulsión de los soviéticos. En este contexto nacía en Pakistán, concretamente en agosto de 1988, al Qaeda (en árabe, La Base), un nombre que hace referencia a un campo de entrenamiento de jóvenes muyahidines creado para luchar contra la URSS, entre ellos un joven líder de 31 años llamado Osama bin Laden.

Los muyahidines, o guerrilleros islámicos, también contaron con un importante apoyo económico de Estados Unidos y de Arabia Saudí, que no iban a permitir que un país con la importancia estratégica de Afganistán quedase en manos de soviéticas. Así, la milicia sin fronteras de los muyahidines, apoyada por los servicios secretos de Pakistán, la CIA y de la inteligencia saudí, logró en 1989 la retirada soviética.

La marcha de los soviéticos dejó a unos combatientes islámicos orgullosos que habían luchado no por ninguno de los países que les apoyaban, sino por Dios, al que atribuyeron su victoria. Fue justo en ese momento cuando el embrión talibán comenzaba a tomar forma.

El vacío de poder

Una vez que los soviéticos abandonaron Afganistán, el país sufrió una guerra civil en la que distintos grupos políticos lucharon por el poder central. Al mismo tiempo, diversos señores de la guerra aprovechaban la situación y se enriquecían a costa de las luchas entre etnias y tribus.

En medio de un escenario fuertemente marcado por el vacío de poder, los veteranos muyahidines que ya habían luchado contra los soviéticos fueron organizándose siguiendo una doctrina islamista modernista, que rechazaba tanto la anarquía de aquellos años como la influencia occidental. En 1994, en la provincia meridional afgana de Kandahar, este movimiento integrista adquiría el nombre oficial que sigue utilizándose a día de hoy: talibán.

Componentes cruciales: la etnia pastún, la vertiente sunita y el nacionalismo

El nombre viene de talib (estudiante en árabe y pastún), ya que muchos de los integrantes son pastunes, una etnia sunita y predominante en Afganistán, que habían sido estudiantes en madrazas de Pakistán.

El proyecto nacionalista pastún de los talibanes buscaba instaurar un emirato en Afganistán. Para ello contó con el apoyo de Pakistán, país en el que viven entre 25 y 30 millones de pastunes, y también de Arabía Saudí, la monarquía sunita por excelencia.

Los talibanes tomaron el poder en Kabul en 1996, y cabe señalar que en un principio fueron apoyados por el pueblo afgano, harto de disputas entre los señores de la guerra. Sin embargo, su conservadurismo radical reflejado en ejecuciones públicas, la destrucción de los budas gigantes de Bamiyán o la vulneración sistemática de los derechos de la mujer propició su impopularidad local, regional e internacional.

Los talibanes gobernaron Afganistán desde 1996 hasta 2001, un periodo en el que las mujeres pasaron a estar completamente relegadas a un papel figurante en el hogar, pues tenían prohibida cualquier actividad laboral o que tuviera que ver con la educación. Durante el gobierno talibán, las afganas no pudieron salir de sus casas sin acompañar y trataban de vivir entre múltiples prohibiciones, como la de cantar o reírse en voz alta, por no hablar de mostrar su rostro. La vulneración de derechos de las mujeres era el aspecto que más chocaba con la realidad internacional, una sensación de alarma que desafortunadamente se repite.

El turno de Bush

No fue para garantizar la seguridad y derechos de las mujeres por lo que se movilizaron las fuerzas. Tuvo que ocurrir un atentado de la magnitud del ataque a las Torres Gemelas para que la esfera internacional actuase. Se habían acumulado sospechas de que Afganistán podía ser un campo de entrenamiento para al Qaeda y que Osama bin Laden se encontraba en el país bajo protección de los talibanes, dada su cercanía yihadista. Fue este recelo ligado al terrorismo el que provocó que en 2001 se produjera la invasión estadounidense en Afganistán, un mes y una semana después del 11 de septiembre.

En poco más de tres meses, la OTAN liderada por Estados Unidos hizo retroceder a los talibanes instaurando el Gobierno de transición de Hamid Karzai en diciembre de 2001. Era el momento de George Bush de elegir un enemigo con el que saciar la sed de venganza por el mayor atentado terrorista que ha sufrido la sociedad estadounidense. Dos años tarde, el país elegido para ser el gran enemigo de Estados Unidos, y de todo Occidente, sería Iraq.

Tras dos décadas, los talibanes vuelven a Kabul

No obstante, ni esta operación llamada “Libertad Duradera”, ni la muerte del mulá Omar, hecha pública en 2015, hizo que los talibanes desaparecieran de Afganistán. El grupo se ha mantenido presente durante dos décadas reivindicando su presencia por todo el territorio afgano.

El lunes 15 de agosto tuvo lugar un nuevo hito para este movimiento: los talibanes han vuelto a tomar Kabul, esta vez sin demasiado esfuerzo. Después de 20 años, las tropas estadounidenses han abandonado el país, dejando un escenario repleto de proyectos fantasma y de deserción de fuerzas afganas que los talibanes han aprovechado para avanzar sin pausa desde el pasado mes de mayo. Voces expertas en el tema, como la de Ahmed Rashid, escritor paquistaní y especializado en yihadismo, aseguran que la ofensiva actual de los talibanes es la más dura desde su creación en 1994.

El reciente avance talibán ha dejado imágenes que probablemente pasarán a la historia: desde la entrada de los milicianos al palacio presidencial de Kabul sin ninguna resistencia, hasta la desesperación de los civiles que se agarran a ruedas y alas de aviones con tal de salir del país.

Ana Cabirta Martín

17 ago 2021 11:30

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Si no se disuelven las fuerzas armadas no habrá Estado plurinacional: Silvia Rivera Cusicanqui y María Galindo

Radio Deseo, ubicada en La Paz, organizó el 12 de agosto un debate entre la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui y la integrante de Mujeres Creando María Galindo, para discutir la pregunta «¿Existe Bolivia?»

La cuestión del Estado estuvo en el centro de los casi cien minutos de un debate que abordó el tema desde varias miradas, con gran profundidad crítica, en momentos en los que el pensamiento crítico ha sido desfigurado por el pragmatismo de los gobiernos y partidos que se proclaman progresistas (https://www.youtube.com/watch?v=8geutNBIvqc).

La mirada feminista de ambas las llevó al cuestionamiento del Estado-nación y de forma particular del proclamado Estado Plurinacional, del que coincidieron que no existe. Para ellas, el Estado realmente existente es colonial y patriarcal, al punto de que, según Galindo, “los gobiernos son administradores de un proyecto colonial mundial” y no regímenes soberanos, más allá del color del partido que ocupe el palacio.

Para Rivera, el Estado boliviano es un “engendro” que, cuando fue fundado, apenas el 10 por ciento de la población hablaba la lengua oficial, el castellano. Las fronteras trazadas fueron arbitrarias y a pesar de la revolución de 1952 y del “proceso de cambio” encabezado por Evo Morales, “la república se sigue superponiendo a otras repúblicas” (entre ellas las de la soya, la del petróleo y el gas) que son independientes, no pagan impuestos y obedecen a intereses transnacionales.

Bajo la mirada crítica de Silvia y de María fueron desfilando el patriotismo, recordando que los indianistas no se consideraron nunca bolivianos, pero también los partidos políticos y las academias que reproducen tanto el colonialismo como el patriarcado, y aseguraron que la identidad nacional es una imposición externa.

El Estado Plurinacional es “totalmente falso”, ya que no le otorga validez ni representación a los pueblos indígenas, dijo Silvia, porque “sus voces están ahí para subordinarse al partido, que lejos de ser un partido de los movimientos sociales es una cúpula que se sobreimpone a los movimientos y los arrastra en torno suyo”. A los pueblos, añadió, “les han hecho creer que son nación para que se olviden que son comunidad”, con el único derecho de desfilar en fiestas patrias y tener una agencia bancaria en sus poblaciones.

En Chile y en Argentina nos miran con envidia, responde María, en referencia a la plurinacionalidad, “y yo les digo que no es ninguna panacea”, porque el Estado nación boliviano se denomina ahora Plurinacional “sin modificar ninguna de las estructuras de poder político, económico y simbólico”. En su opinión es apenas una operación retórica, ya que los pueblos no accedieron a servicios de salud, educación y justicia diferentes. A las compas chilenas les dice que el concepto de plurinacionalidad que están debatiendo no aporta nada.

El debate fue deslizándose, casi naturalmente, hacia el papel de las fuerzas armadas. “Si quieren fundar un Estado Plurinacional en Chile, una condición fundamental es la disolución de las fuerzas armadas, porque condensan el concepto de Estado nación, representan la fuerza coercitiva, se llevan el excedente mayor en todas las sociedades y representan el concepto de masculinidad”, dijo María, quien envió un especial recado a Elisa Loncón, presidenta sobre la Convención Constituyente.

Las dos coincidieron en que las fuerzas armadas son una institución colonial y patriarcal e hicieron un llamado a la disolución de la justicia del Estado, de los sistemas de salud y de educación existentes. Llamaron también a que las feministas, y otros sectores, puedan crear conceptos propios sobre lo que desean para el futuro.

“Hay razones de sobra para mostrar que el ejército es el cascarón subsistente de una vieja casta que se reproduce en el poder y es la garantía de su impunidad”, sumó Silvia, a lo que María agregó que esto no se arregla con que los aymaras u otros pueblos tengan comandantes en las fuerzas armadas, o que las mujeres entren a los ejércitos.

Sin duda, un debate apasionante, necesario, profundo, valiente porque no se detuvo ante realidades incómodas. Apenas una invitación a escuchar y compartir.

14 agosto 2021

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Sábado, 14 Agosto 2021 06:54

El detonante

El detonante

A escasos meses de que se cumplan 30 años de la desaparición de la Unión Soviética, y consciente de que, tanto en Rusia como en el resto del mundo, será señalado por muchos de ser el principal responsable del colapso, Mijail Gorbachov –de salud precaria, pero muy lúcido a sus 90 años– acaba de publicar un ensayo en el que defiende que eran inevitables su perestroika (restructuración económica), glasnost (apertura o transparencia) y novoye myshleniye (nueva forma de pensar), los tres pilares de sus reformas.

El primer y único presidente de ese país que dejó de existir sostiene, en su alegato, que no fue decisión suya disolver la Unión Soviética y que dos hechos, ajenos a su voluntad, desempeñaron un papel decisivo para precipitar el final: el fallido golpe de Estado de agosto y la reunión en diciembre de los dirigentes de las tres repúblicas eslavas –Rusia, Ucrania y Bielorrusia, en orden de influencia por extensión, población y tamaño de economía–, impulsada por Boris Yeltsin.

Por supuesto sólo la historia pondrá en el sitio que se merece cada uno de los protagonistas de la debacle soviética, pero parece indiscutible que el intento de golpe de Estado –cuyo aniversario 30 se cumplirá la semana entrante–, emprendido por el sector conservador de la dirigencia del Partido Comunista para impedir la firma de un nuevo pacto federal, fue el detonante de procesos irreversibles.

En todo caso, es claro que los golpistas terminaron su aventura con un estrepitoso fracaso: consiguieron exactamente lo contrario a lo que proclamaron tras ordenar al KGB encerrar "por razones de salud" a Gorbachov en su residencia de verano en el mar Negro y sacar el Ejército a las calles de Moscú.

Apenas cuatro meses después, en lugar de la Unión de Estados Soberanos, confederación que estaban dispuestas a firmar nueve de las repúblicas soviéticas, surgieron 15 países independientes y, con el Partido Comunista prohibido por Yeltsin, se repudió el socialismo que emanó de la revolución bolchevique de 1917 y llegó el capitalismo que entregó a una minoría de privilegiados las riquezas de la Unión Soviética.

El destino dispuso que Gorbachov haya sobrevivido a los ocho miembros del Comité Estatal para la Situación Extraordinaria, que se creó para adelantar su muerte política.

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Dos ejemplos de herramientas de piedra esculpidas según la técnica de Levallois. — Universidad de Leiden / Sinc

 

Los registros arqueológicos del uso del fuego durante el Pleistoceno Medio demuestran que los seres humanos ya intercambiaban técnicas de fabricación de herramientas, así como conocimientos para la creación del fuego.

 

Un equipo de investigación conjunto de la Universidad de Leiden y la Universidad Tecnológica de Eindhoven (Países Bajos) propone que el primer ejemplo claro de difusión cultural humana a gran escala se produjo en algún momento hace 400.000 años

Los investigadores fundamentan su afirmación en los cambios en el uso del fuego visibles en los estratos arqueológicos. Las evidencias más tempranas del posible uso controlado del fuego son bastante escasas y son difíciles de distinguir de los restos provocados por fuegos de origen natural. En cambio, en los estratos geológicos correspondientes a hace 400.000 años se encuentran múltiples evidencias arqueológicas de fuego no natural, la mayoría en condiciones muy buenas de conservación.

Esta evidencia no es particular de una sola zona geográfica, sino que se ha encontrado en distintas regiones del continente europeo, en África e incluso en la zona occidental de Eurasia, según exponen los autores del estudio.

¿El uso del fuego surgió en varios lugares al mismo tiempo?

Según los científicos, "una distribución geográfica tan amplia de este comportamiento sociocultural podría explicarse de varias formas, como que grupos de homínidos sin contacto entre sí desarrollaran la tecnología del fuego de forma independiente, que los movimientos migratorios de grupos de población posibilitaran el intercambio de conocimiento, o incluso que prevaleciera en el tiempo una línea genética vinculada a la creación del fuego".

Sin embargo, la falta de evidencia geológica de un cambio climático generalizado que forzara los movimientos migratorios y la ausencia en el registro fósil de pistas sobre el movimiento de poblaciones humanas durante este período, hacen más plausible para los investigadores la idea de un intercambio cultural entre poblaciones.

La difusión del conocimiento entre grupos de homínidos podría haber comenzado hace 400.000 años

Para sostener esta afirmación, los autores del artículo, publicado en la revista PNAS, comparan la expansión similar en la misma área geográfica y en un período de tiempo mucho más corto, de un complejo método de lascado de herramientas de piedra denominado técnica de Levallois, de la que se han encontrado múltiples evidencias en el mismo estrato fósil.

"Nuestra investigación debería estimular el debate y la realización de nuevos estudios, en particular sobre los cambios en los mecanismos de transmisión cultural que permitieron esta difusión extraordinariamente rápida de la tecnología del fuego y de las herramientas de piedra", concluyen los autores.

 

13/08/2021 18:49

Sinc