Jueves, 17 Febrero 2022 07:22

Operación Peter Pan

Operación Peter Pan

Más de 14 mil niños, 14 mil 48 para ser exactos, salieron de Cuba sin sus padres entre 1960 y 1962. La Operación Peter Pan, como se conoce al mayor éxodo masivo de niños no acompañados en el siglo XX, no fue un esfuerzo de una organización caritativa, sino una acción encubierta de los servicios de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, en particular de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Es, también, una prodigiosa parábola sobre la maldad.

La agencia se encargó de distribuir clandestinamente miles de impresos de una supuesta ley que eliminaba la patria potestad –el derecho de los padres a decidir por sus hijos menores– para enviar a los niños a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), donde trabajarían en campos de concentración o serían ofrecidos en adopción a otras familias. Hubo rumores de que los convertirían en carne en lata.

Cuando se habla de guerra fría, se trata de esto. De engaño cerril, de politización del odio.

La embajada de Estados Unidos expidió visas precarias para menores de 16 años, pero no para sus padres. Miles de familias aterradas mandaron a sus niños a Miami, presuntamente para salvarlos del monstruo comunista. Todos pensaban entonces en un rápido rencuentro, incluso dentro de Cuba, porque se confiaba en la inmediata caída del gobierno revolucionario. Para buen número de esos niños, la realidad fue muy dura: solos, sin su familia y, a veces, violentados por curas pederastas, explotados como sirvientes domésticos y sin conseguir integrarse en los hogares de adopción.

En el documental de la realizadora Estela Bravo, Operación Peter Pan (2013), esos niños cuentan, medio siglo después, el horror del campamento de refugiados de Miami, creado especialmente para ellos. Uno de esos pequeños escribía cartas a su madre en Cuba con sólo dos palabras repetidas hasta el infinito: “Mami, ven”.

La diócesis de Miami fundó el refugio de Boys Town, rebautizado como Children’s Village, que aún recibe menores no acompañados y que se ha convertido por estos días en tema de las noticias, cuando el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, anunció que los vuelos federales que transportan menores desde la frontera sur no serían recibidos allí.

“Los migrantes económicos actuales no son refugiados y son diferentes de los niños cubanos que huyeron del régimen de Castro”, manifestó en conferencia de prensa DeSantis, quien está considerando postularse para presidente en 2024, según el diario Político. El gobernador de Florida ha amenazado con dejar de otorgar licencias a los refugios que atienden a niños no acompañados. Su controvertida alusión a los Peter Pan ha escandalizado hasta al diario conservador The Miami Herald. Una columnista de ese periódico lo ha acusado de tener “impulsos fascistas y racistas”, mientras Thomas Wenski, arzobispo de Miami, ha dicho irritado: “Los niños son niños, y ningún niño debe considerarse repugnante”.

Pero este giro hipócrita de la Operación Peter Pan nos recuerda que, como advirtió Carlos Marx en su 18 Brumario, la Historia siempre se repite, primero como drama y luego como farsa, sin que agote la insoportable carga de sufrimiento a las víctimas y sus allegados. Tomando la palabra farsa en su significado académico menos hiriente, como “enredo para aparentar”, es razonable que DeSantis no ha invocado la perversa maniobra de la CIA en Cuba por casualidad. Escenifica un enredo para aparentar que los cubanos de Florida le importan y, sobre todo, para enlodar todo lo que haga o deshaga el gobierno de La Habana. Y de la política de Miami se puede decir que funciona como una especie de congelador que permite conservar intacto el anticomunismo de la guerra fría y sus exorbitantes mentiras.

En Cuba por estos días se discute en asambleas populares el proyecto de Código de las Familias, que reconoce la variedad creciente de estructuras de hogares y diluye el predominio del modelo clásico patriarcal. Se actualiza también el concepto de responsabilidad parental. ¿Adivinen qué ha trascendido de todo esto en la jungla tóxica de las redes y sitios digitales de Miami que apuestan por “DeSantis presidente”? Que el gobierno cubano se prepara para arrebatarles a los padres la patria potestad de sus hijos.

Daría risa si no fuera por la seriedad de las víctimas, de las familias divididas, por el sufrimiento de un pueblo inocente cansado de tanto político maniobrero.

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Niños cubanos sin sus padres arriban al aeropuerto de Miami en 1961, como parte de la "Operación Peter Pan".

La CIA contra Cuba

Veciana, en sus memorias reconoció que, según el agente de la CIA que lo había reclutado en La Habana, “las guerras modernas son, sobre todo, guerras psicológicas; el objetivo es torcer la opinión pública”. Las estrategias, claro, son más específicas: “nunca se debe dejar huellas de nuestras acciones…».

El lunes 7 de febrero, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, la vicegobernadora Jeanette Nuñez y la fiscal general asistieron a una mesa redonda en el Museo Americano de la Diáspora Cubana de Miami. En su discurso, el gobernador afirmó que comparar el sufrimiento de los niños cubanos exiliados en la Operación Pedro Pan en los 60 con los niños inmigrantes de América Central es “repugnante”, porque los primeros huían del comunismo. 

Los otros huyen del capitalismo desde el siglo XIX.

Señor gobernador y aspirante a la Casa Blanca: lamento informarle que, más allá de los aplausos endogámicos, otra vez ha repetido usted una vieja mentira que se cayó a pedazos mucho tiempo atrás, aunque los fanáticos la continúen venerando como una revelación del Espíritu Santo. Los mismos agentes de la CIA lo reconocieron. Sé que se pasará esto por el traste, pero la verdad, por algún lado, tiene que entrar.

El 26 de diciembre de 1960el nuevo gobierno de Cuba había iniciado un programa de reformas en la educación. Tal vez para evitar repetir la historia del golpe en Guatemala seis años atrás (inoculado por la CIA gracias a la apertura democrática del presidente finalmente depuesto), se quiso enseñar a los jóvenes a usar armas. En Estados Unidos, los conservadores hacen lo mismo con sus niños, pero no es un “adoctrinamiento” sino “para luchar por la libertad”. 

Como hacen los conservadores en Estados Unidos cuando le enseñan a sus niños a llamar comunista a cualquiera que en los países pobres luchen por sus derechos o contra las intervenciones de Washington, también el gobierno revolucionario de entonces pretendió enseñarle a sus niños canciones contra el imperialismo, el que, solo en la isla y también en nombre de la libertad, había comenzado antes de 1898. Para peor, muchos padres cubanos se preocuparon por el extremismo del programa de alfabetización indiscriminada del nuevo gobierno. 

Por décadas, los libros y los diarios del «Mundo Libre» reportaron que los niños en las escuelas primarias de la revolución cubana “eran obligados a aprender los valores de la Revolución”. Se asume que en el resto de los países los niños en las escuelas y en las iglesias son libres de pensar por cuenta propia (excepto cuando se hacen jóvenes adultos y llegan a las universidades; entonces son “adoctrinados” por los profesores).

En 1960, en las Islas del Cisne, reclamadas por Honduras y ocupadas por la CIA, se instaló una radio sin licencia para transmitir propaganda hacia Cuba, con locutores cubanos llegados de Miami. Radio Américas (más tarde presentada como “La primera voz democrática de América Latina”) comenzó a difundir el rumor de que los comunistas iban a enviar a los hijos de los cubanos a Rusia, por la fuerza. 

Como en el episodio de radio de Orson Welles sobre una invasión extraterrestre (puesto en práctica en el exitoso golpe de Estado de Guatemala), inmediatamente cundió el pánico. 47 años más tarde, en sus memorias Trained to Kill (Entrenado para matar), el agente cubano de la CIA, Antonio Veciana, reconocerá, con orgullo: “Maurice Bishop [David Atlee Phillips] sabía que yo había sido el responsable del incendio en una de las tiendas más famosas de La Habana, el que le costó la vida a una joven inocente, madre de dos niños. Él también sabía que yo había sido el responsable de esparcir el rumor que llevó al éxodo de miles de niños cubanos en la Operación Pedro Pan, con la ayuda de la Iglesia Católica, mintiendo que eran huérfanos. Él sabía que había sido yo quien casi había hecho colapsar la economía de Cuba con esa campaña de rumores que pretendía sembrar el pánico en la población”.

Pero Veciana había aprendido de Phillips. En sus memorias de 2017, reconoció que, según el agente de la CIA que lo había reclutado en La Habana, “las guerras modernas son, sobre todo, guerras psicológicas; el objetivo es torcer la opinión pública”. Las estrategias, claro, son más específicas: “nunca se debe dejar huellas de nuestras acciones; si esto no es posible, siempre y bajo cualquier circunstancia se debe negar cualquier participación en los hechos. Siempre. Incluso cuando lo contrario es lo más obvio…. Si los intereses de los otros se alinean con los nuestros, entonces son aliados; si no tienen ningún interés, son instrumentos; si se oponen a nuestros intereses, son enemigos”. 

Antonio Veciana, como empleado bancario del hombre más rico de Cuba, el Rey del azúcar Julio Lobo, se había reunido dos veces con el nuevo presidente del Banco Nacional de Cuba, Ernesto Guevara y, luego de alguna duda, había desestimado su pedido de reclutar contadores y administrativos para el nuevo sistema financiero de Cuba que seguiría a la nacionalización. Desde su retiro de Miami, Veciana definió a El Che como un fanático de decir la verdad a cualquier precio.

Pero Veciana se sintió orgulloso toda su vida por haber puesto en marcha el plan histórico, aún sin la aprobación inicial de la CIA. Incluso logró imprimir miles de panfletos en el cual informó de una ley que nunca existió. El efecto fue similar al descubierto por el propagandista y manipulador social Edward Bernays (hacer que una autoridad en la materia diga lo que uno quiere que todos piensen): en Miami, el sacerdote Bryan Walsh anunció que el gobierno cubano planeaba separar a todos los niños de entre tres y diez años de sus padres para enviarlos a Rusia. La CIA tomó nota y, desde su radio clandestina en las Islas del Cisne de Honduras, comenzó a repetir la historia falsa. Hasta que se convirtió en dogma.

El sacerdote Walsh, a través de su Oficina Católica de Bienestar, inició oficialmente la Operación Pedro Pan con la cual los padres cubanos, desesperados por el rumor, enviaron a sus hijos a Estados Unidos. Desde el 26 de diciembre de 1960 hasta la invasión de Bahía Cochinos en abril de 1961, cada día cientos de niños volaron, sin obstáculos y sin ser acompañados por un adulto, por Pan Am hacia Miami para ser salvados. 

Cuando el programa fue interrumpido, debido a la derrota de la Superpotencia en Bahía Cochinos, 14.048 niños ya habían arribado a Estados Unidos. Algunos, nueve o diez, fueron casos exitosos para los medios y para el sueño colectivo, según el concepto de éxito del momento. Uno será padrastro del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos. Otro será Mel Martínez, senador de Estados Unidos (héroe de la propuesta “sólo inglés para los niños” y “ningún perdón para los inmigrantes ilegales”), prueba irrefutable del sueño americano y de la libertad del ganador.

En 2007, Robert Rodríguez, uno de estos niños “no exitosos”, denunciará ante la arquidiócesis de Miami al monseñor Bryan Walsh por repetidos abusos sexuales contra él y otros menores refugiados en Opa-locka, Florida. El sacerdote Mary Ross Agosta acusará al denunciante de “difamar a un respetado religioso que salvó la vida de catorce mil niños”. La denuncia de Rodríguez y otros contra la misma arquidiócesis será desestimada por tecnicismos legales que no se aplican en otros Estados. En Florida, diversos monumentos todavía hoy recuerdan con flores a monseñor Walsh.

Muchos niños salvados por la Operación Pedro Pan de ser separados de sus padres por el comunismo tardaron años, décadas en reencontrarse con sus padres. Algunos nunca los volvieron a ver. Por culpa del comunismo, claro.

Por Jorge Majfud | 17/02/2022

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Sábado, 12 Febrero 2022 06:07

Neomacartismo a la vista

El senador norteamericano Joseph McCarthy.

 

Hace años, en 2015, el Senado de Florida aprobó el porte de armas en las universidades públicas del Estado. A pesar de que casi la mitad de los estudiantes se encuentra bajo medicación y no pocos sufren de desequilibrios psicológicos, acentuados por la cultura y la natural crisis de la edad, los sabios ancianos del senado consideraron que, si cada uno anda armado, todos se van a sentir más seguros. Por aquello de “la tierra de los libres y el hogar de los bravos”, que no se animan a viajar al exterior porque no pueden dormir sin un arma bajo la almohada. Tal vez, por eso mismo, en cada generación, cientos de miles son enviados con equipamiento y alta tecnología militar a “esos países de mierda”.

En 2021, el mismo Senado aprobó el proyecto de ley que requiere que estudiantes y profesores informen sobre alguna tendencia ideológica de sus profesores. Contradiciendo una ley anterior que prohíbe a alguien grabar a otra persona sin su consentimiento, la nueva ley permite (alienta) la grabación de las clases de los profesores para que puedan ser denunciados (no en público sino ante las autoridades) por alguna “tendencia ideológica” (bias). Claro, ideología de los otros, no la de nosotros en el poder. Ya no es suficiente con que los directorios que gobiernan las universidades no sean electos por estudiantes y profesores; no es suficiente que (como lo denunciara “el presidente comunista” Eisenhower) las grandes corporaciones dirijan gran parte de las investigaciones con “donaciones generosas” que los rectores mendigan cada día para construir bonitos edificios y pagar “aumentos salariales” que ni siquiera cubren la inflación.

¿Más? Este año, 2022, políticos republicanos de Miami (entre ellos, un exalcalde cubano y una representante cubana de Nueva York) han propuesto crear una policía ideológica, al mejor estilo de la KGB, para detectar y perseguir a aquellos sospechosos de ser “comunistas”: “un nuevo cargo en el Departamento de Estado [para] combatir el comunismo y el autoritarismo... [Un] enviado Especial para Combatir el Ascenso Mundial del Socialismo Autoritario y el Comunismo se inspiraría en un cargo similar a nivel de embajador del Departamento de Estado que se creó en 2004 para combatir el antisemitismo mundial”.

Les faltó agregar que el proyecto se inspira en el macartismo y en las persecuciones ideológicas del FBI desde los años 50: perseguir a personajes como Chaplin, Malcolm X, Martin Luther King, Frank Teruggi, Noam Chomsky, John Lennon y tantos otros.

El exalcalde de Miami aclaró a la prensa: “Es hora de que Estados Unidos reafirme su compromiso de combatir el comunismo y el autoritarismo en todo el mundo. Como líder del mundo libre debemos seguir defendiendo los valores universales de la libertad, la democracia y la paz”. De verdad, no es joda.

¿Más? Recientemente, se ha elevado el proyecto de ley por el cual quedaría prohibido que en las escuelas que se hable de gente con orientación sexual rara, como gays y lesbianas. El proyecto de ley es conocido como “No digas gay” y prohibiría cualquier mención a la existencia de “ellos”, por lo cual Walt Whitman, Oscar Wilde y Tennessee Williams pasarían a ser sospechosos en cualquier curso de literatura. Alan Turing quedará prohibido en cualquier curso de informática. Libritos donde se mata en masa, sí. Princesas que despiertan por el beso del príncipe salvador, sí. Golpearse el pecho porque somos una cultura que defiende la diversidad y la libertad, sí. Reconocer que existe gente diferente y puede tener los mismos derechos que nosotros “los normales”, no. La única diferencia entre esta gente y los Talibán en Afganistán es que de este lado todavía hay resistencia: nosotros y los peligrosos comunistas lesbianos.

Ahora ¿qué hay de nuevo? El 19 de abril de 1950, el NewYork Times informaba sobre el dogma del senador Joseph McCarthy: “en los últimos años, la perversión sexual ha infiltrado nuestro gobierno y es tan peligrosa como el comunismo”. McCarthy había convencido al célebre director del FBI, Edgar Hoover, de perseguir a todos los homosexuales y lesbianas, considerados “una amenaza para la seguridad nacional”. El 29 de abril de 1953, el presidente Eisenhower firmó un decreto prohibiendo a todos los homosexuales la posibilidad de trabajar para el gobierno.

Hoover contrató a un hombre de confianza de McCarthy, Roy Cohn, para despedir a todos los homosexuales del gobierno y de cualquier otro tipo de trabajo o, directamente, enviarlos a la cárcel por sus delitos contra la moral. Cohn era homosexual, conocido de Hoover, asistente de McCarthy y más tarde abogado del empresario inmobiliario Donald Trump, cuando éste fue acusado de racismo en 1971 y luego en 1978 por impedir que los negros alquilen en sus edificios. Roger Stone, estratega de la campaña presidencial de Trump en 2015, conoció a Cohen trabajando para la campaña de Ronald Reagan. Según Stone, “Cohn no era homosexual. Sólo le gustaba rodearse de gente rubia y tener relaciones sexuales con hombres. Los gays son débiles, afeminados. Él estaba más interesado en el poder”. Hoover, el director del FBI por décadas, también era homosexual. Su pareja, Clyde Tolson, lo acompañó, en secreto, hasta su muerte. Pero bajo ese poder, miles perdieron sus trabajos por no ser suficientemente heterosexuales, ya que, según ellos, los gays y las lesbianas, como los negros, profesaban la ideología comunista de la igualdad.

Aun hoy, las pruebas de ciudadanía en Estados Unidos continúan incluyendo la pregunta “¿Ha pertenecido usted alguna vez al partido comunista?” Ni una palabra sobre el partido Nazi, el Ku Klux Klan o fascistas similares. Igual el nuevo proyecto de ley de Miami.

Ahora, ¿cómo evitar mirar a la realidad? Recientemente, varios profesores perdieron su trabajo al citar documentos históricos que incluían la palabra “negro”, pese a que lo hacían para denunciar la violencia racial a lo largo de la historia. Incluso, investigadores serios han evitado (just in case) transcribir esa palabra completa en sus libros y optaron por “N***”. No importa si hasta hace poco Martin Luther King, James Baldwin y Malcolm X la usaban en cada discurso.

¿Más? En Tennessee se acaba de prohibir el libro de historietas Maus, de Spiegelman, debido a que incluye algunas malas palabras y el dibujo de una mujer desnuda. El libro es un clásico en su género sobre las memorias del padre del autor, un sobreviviente de Auschwitz. El mismo puritanismo que en 1921 censuró la versión original en inglés del Ulises de Joyce.

¿Más? En varios Estados se ha legislado para prohibir la revisión de la historia oficial, prohibiendo el estudio de lo que se conoce como “Teoría crítica de la raza”. Esto incluye La frontera salvaje. Los conservadores adoran llamar “teoría” a toda teoría que les cae mal, como la Teoría de la Evolución. La Teoría de la creación en sietedías no sería una teoría, sino un hecho.

La estrategia es clara: si no se habla de eso, it, eso no existe. Como consecuencia, eso se perpetúa, como en tiempos de la esclavitud, por la misma voluntad de las víctimas. Está claro que el poder siempre va a odiar a “los intelectuales”. Sus discursos, como los de la oligarquía latinoamericana, fueron escritos por la CIA en los 50. Entre estas ideas simples, una fue resumida por el presidente Nixon: “Nunca estaré de acuerdo con la política de restarle poder a los militares en América Latina. Ellos son centros de poder sujetos a nuestra influencia. Los otros, los intelectuales, no”.

Como siempre, toda esta basura llegará a América latina de una forma u otra. Al fin y al cabo, no dejan de ser colonias orgullosas de su libertad.

12 de febrero de 2022

Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Su último libro es La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina.

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Viernes, 11 Febrero 2022 09:39

Democracia para no engañar

Democracia para no engañar

El sistema democrático, tal vez el menos malo de los conocidos, no puede denominarse como tal si en su ejercicio se incumple una de sus máximas: contar con el pueblo. En Colombia, la democracia más antigua, y falaz, del continente latinoamericano, el pueblo llano apenas cuenta, porque no se escuchan sus narraciones y porque no es tenido en cuenta.

 

Para denunciar gran parte de la falsedad democrática es para lo que ha escrito Carlos Gutiérrez su libro Democracia que no has de ejercer, déjala ser. Recién salido del horno de esa editorial batalladora e incansable que es desde abajo, el texto hace una disección de esa democracia tan manida y hueca: la que se enseña en las escuelas y la que se practica en la política y que para nada es ejercida por la ciudadanía.

A lo largo de sus poco más de ciento sesenta páginas, el autor analiza la realidad colombiana de los últimos tiempos a partir de los hechos acaecidos en septiembre de 2019 tras el asesinato a manos de la policía de Javier Ordoñez, una especie de caso Floyd a la colombiana. La violencia policial sirve de hilo conductor que desarma la democracia y tiñe de sangre a quienes se atreven a ejercer sus supuestos democráticos derechos.

El respaldo de los gobiernos a la violencia ejercida por las fuerzas del orden deslegitima la democracia que dicen representar, y las actuaciones de las fuerzas del orden, Policía y Ejército, son, según señala Gutiérrez, uno de los “diques que bloquean la emergencia de la democracia que requiere el país para cerrar una historia de dos siglos de régimen presidencialista, centralista, militarista, autoritario y policivo” (pág. 13).

Frente al “cementerio ampliado” en el que estamos convirtiendo el planeta, en el libro se intenta responder a preguntas difíciles y profundas, aunque necesarias para mantener viva la llama de la esperanza y no morir de asco por la falta de perspectivas: ¿Cómo proceder para que la democracia –más allá de formal– tome forma directa, radical? ¿Es posible que la libertad recupere sus pasos, así como la igualdad y la fraternidad solidaridad, y como resultado de todo ello la justicia?

Una realidad cerrada al cambio


Es la realidad actual de Colombia, con reiteración de crímenes, incluidos los de Estado, con elevada concentración de la propiedad y la riqueza y con una brecha social cada vez más ancha, la que hace que este libro grite “Democracia que no has de ejercer, déjala ser”.

El vigente panorama mundial es de crisis democrática, al menos en su ejercicio ciudadano, con pocos visos de cambio debido a un sistema económico, social y cultural que impide el cambio necesario. Las imágenes, relatos, testimonios, cifras y noticias de cualquier rincón del planeta “confirman en el diario vivir que de la democracia no va quedando mucho más que la cáscara. La pulpa ya está podrida” (pág. 16).

Hoy, la democracia colombiana, al igual que muchas otras, es solamente formal pero no efectiva “la sociedad tiene ante sí una forma democrática que guarda apariencias –el voto– pero niega realizaciones plenas: económicas, sociales, ambientales y de otros órdenes, sin las cuales la Carta de Derechos Humanos no es más que la relación de un conjunto de buenos deseos (pág. 19).

El anhelo explícito en el libro es “que las mayorías de cada país, ante la imposibilidad histórica que carga la burguesía para hacer realidad la democracia integral, sean quienes asuman el reto de luchar y defender la democracia directa, radical, asamblearia, no solo formal o delegataria, (…) para lo cual son condición irrenunciable una justicia en todos los niveles, una visión integradora sobre la vida con estimación ecológica plena y una ética de altos valores” (pág. 20).

Carlos Gutiérrez se pregunta si es posible hacer realidad la democracia plena, integral, que a primera vista parece una utopía más. A lo que responde, tal vez más desde la ilusión de que así sea, “sentimos que otra democracia sí es posible y que nos corresponde encarar el reto de concretarla a quienes sufrimos las consecuencias de la implementación de la democracia formal, la realmente existente, sentando las bases para que la misma germine en beneficio de nuestros pueblos y de la humanidad en
su conjunto” (pág. 22).

Memoria y democracia

Hay una mención especial a la memoria y a no olvidar la historia, que en la política latinoamericana ha estado marcada por la presencia perenne de los EE. UU. y su “proyecto de poder y dominio para el cual la ´democracia` más avanzada es aquella que les garantiza privilegios a las multinacionales” (pág. 24) con el que han intervenido a su antojo promoviendo a sus fieles lacayos y acabando con todo lo que le pudiera hacer sombra, ya sea en lo político, en lo económico o en lo social, a través de conspiraciones, presiones y golpes de Estado que han empobrecido una región naturalmente rica despojándola de los derechos humanos más básicos. En ese escenario, “la democracia no trasciende la formalidad” y es poco más que una palabra vacua en la que los derechos humanos “son negados por la realidad, y esa realidad se llama injusticia” (pág. 25). Todo ello en un escenario regional de desigualdad social y económica.

Es cierto que el momento, al menos en Colombia tras dos años de movilizaciones, es novedoso y esperanzador; que para las elecciones previstas este 2022 se atisba un cambio que puede hacer posible el primer gobierno no de derechas de su historia, y que la sociedad parece haber despertado de su letargo y se revela contra el “eterno” sometimiento. La lucha de las y los de abajo sigue siendo necesaria para enfrentar al poder y a sus privilegiados; aunque se esté pagando un alto precio en vidas humanas.

El director del periódico desde abajo se reafirma en su idea de que “Aquí somos y aquí luchamos para que la democracia deje de ser una consigna y se transforme en realidad cotidiana, no en el simple derecho a elegir y ser elegido sino en el derecho más vital de todos: a vivir, pero no de cualquier manera sino con total dignidad, y a ser persona”; recordando la definición que María Zambrano hizo de la democracia como “la sociedad en la que es permitido y exigido el ser persona” (p. 30).

La transformación social como esperanza

El texto es una mirada lúcida a esa democracia de las apariencias que todo lo tergiversa. Y más en Colombia, “país de apariencias y de hechos del poder y de la oposición y la resistencia, donde el discurso oficial dice una cosa y otra no igual es lo que habla la realidad en la cotidianidad de los territorios y de quienes los habitan” (p. 91).

Un repaso por las problemáticas que hacen de la democracia ese sistema incompleto, superficial y vacío de contenido. Desde la desigualdad a la injustica; desde la globalización financiera a la crisis climática; de las redes virtuales que nos conectan e incomunican a las noticias falsas que nos desinforman; de la expansión de las privatizaciones a la pérdida de lo público, y del empobrecimiento de los más al enriquecimiento de los menos. Un mundo, como diría Galeano, “patas arriba”.

Un ensayo que no se olvida de la actual pandemia del coronavirus y sus daños sociales colaterales ni de la pandemia que supone esa guerra interminable que asola el país desde hace dos siglos y que parece insuperable en parte por “la desfigurada democracia” gobernante que sirve de “mampara para ocultar o dificultar la apreciación de la índole mafiosa de su Estado, carácter soportado en la herencia de poder económico, político, cultural e ideológico” heredado de la Colonia (p. 116).

La petición final, que no la última, del autor y director de la edición colombiana de Le Monde diplomatique, es promover una transformación social profunda para lograr que gobierne la convivencia, que la vida sea bienestar, que crezcan la creatividad y la inclusión social, y que la información sea compartida y al servicio de la humanidad.

Para terminar, una frase del inicio del libro que supone un hálito de esperanza en la utopía de construir una democracia efectiva “Los días 9 y 10 de septiembre de 2020 quedarán en la memoria nacional como fechas trágicas, pero también de apertura esperanzadora de una vitalidad social vestida de indignación, templanza, solidaridad y emancipación”.

Ojalá sea así, y que lo sea más pronto que tarde. Por el bien de todas y todos y de la “democracia” colombiana y el resto de nuestras “democracias”.

 

Democracia que no has de ejercer, déjala ser (impreso)

Democracia que no has de ejercer, déjala ser (virtual)
Carlos A. Gutiérrez M.
Editorial desde abajo

Publicado en Mundo Obrero el 10/02/2022

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El ensayo y manifiesto ha sido escrito por Floreal M. Romero y traducido por Sergio España Maca Hernández (CC BY-NC)

Se presenta este mes el libro ‘Actuar aquí y ahora. Pensando la ecología social de Murray Bookchin’. Su autor, Floreal M. Romero, nos hace un repaso por las principales líneas del pensamiento del historiador y activista anarquista.

 

Allá por los años 60 del siglo pasado, Murray Bookchin fue de una de las pocas personas que advirtieron de los peligros del cambio climático como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero. Menos fueron aquellas personas que lo tomaron en serio. Ahora, bien entrados en esa dinámica de calentamiento global que ya nadie niega y que ninguna cumbre del clima puede detener, la ciencia advierte de que estamos al borde de un colapso energético, de que nos enfrentamos a una sexta extinción masiva de la diversidad mundial. A lo que se suman unas fuentes hídricas comprometidas, una contaminación acentuada y la desforestación. O sea, un desastre medioambiental que, además de haber acabado con muchas especies, amenaza ahora a la humanidad. Pero el desastre empezó con el mismísimo deterioro de la sociedad y su rapto por parte del capitalismo a partir del siglo XVI, que se apoyó tanto en las dominaciones preexistentes como en la del Estado. Y ese deterioro interno no solo no ha cesado, sino que se ha acelerado provocando cada vez una mayor desigualdad, precarización y marginalización, además de la atomización de los individuos y de la creación de trabajos asalariados sin sentido. O sea, vivimos en una sociedad suicida en la que los seres humanos han ido perdiendo hasta su mismísima esencia: el apoyo mutuo y las relaciones. Lo que viene a confirmar de nuevo la más apremiante advertencia de Bookchin: “Si no hacemos lo imposible, tendremos que afrontar lo impensable”.

La conceptualización de la ecología social y del comunalismo —las ramas más libertarias de la ecología política— son obra de Murray Bookchin (1921-2006), un exobrero sindicalista que, además, se involucró en todas las luchas de naturaleza emancipadora de su tiempo. Ya en 1950 trabajaba en una doble investigación histórica sobre las causas de la crisis ecológica y sobre las políticas que podrían contribuir a superar dicha crisis. En 1960, rechaza la posición ambientalista que defiende que la crisis ecológica se puede resolver simplemente aprobando ciertas leyes proteccionistas. Tampoco está de acuerdo con el extremismo de la ecología profunda que pretende equiparar y, en cierto sentido un tanto ambiguo, someter los humanos a la naturaleza no humana.

Para Bookchin, ambas corrientes comparten una idea de base: no abordan la raíz social de los problemas. Al destacar que “casi todos los problemas ecológicos son problemas sociales” quiere evitar el reduccionismo ecológico que hace al ser humano —mediante una especie de entidad abstracta—responsable de la degradación del medio ambiente natural, mientras se ignoran las relaciones sociales capitalistas. En realidad, en el centro de todo está la búsqueda de la valorización monetaria, que se traduce en la mercantilización forzosa del mundo. Las empresas se ven obligadas a reducir constantemente sus costes de producción para ser competitivas en el mercado. “Crecer o morir” es el leitmotiv empresarial por excelencia que lleva a una explotación desenfrenada y sin límites de los “recursos humanos” y naturales. Así, el capitalismo globalizado —construido sobre las primeras jerarquías de dominación y sus corolarios de explotación y exclusión humanas— termina ejerciendo su dominación sobre el medio natural. Por tanto, “proteger la naturaleza” significa ante todo buscar la emancipación social.

Hasta aquí, las causas. La segunda parte de la investigación histórica de Bookchin se centra en cómo superar esta crisis, lo que lo lleva a integrar plenamente la ecología en la tradición socialista revolucionaria, sobre todo en su vertiente antiautoritaria. Esto significa repensar y desmitificar, liberarse de mitos como los del “Grand soir”, ese día D en el que la clase obrera o el pueblo se alzaría de golpe y tumbaría al sistema capitalista. Se trata más bien de un proceso constructivo para la emergencia de una organización de la lucha, aquí y ahora, que persiga los objetivos establecidos de salir del capitalismo creando instituciones alternativas paralelas que, una vez conseguida una relación de fuerza favorable, puedan enfrentarse a las instituciones del Estado. Y puesto que las sociedades de clase encuentran su semilla en las sociedades jerárquicas, uno de los objetivos de esta política será disolver cualquier tipo de dominación, incluyendo, claro, el patriarcado. En cierto modo, se trata, en un mismo movimiento, de luchar contra la dominación del hombre sobre el hombre, del hombre sobre la mujer y del hombre sobre la naturaleza. Bookchin actualiza el comunalismo del siglo XIX e integra la ecología, no como un añadido —el de la necesidad de «conservar el medio ambiente»—, sino como un anclaje en su problematización ecológica de la política.

Al alimentarse tanto del pensamiento anarquista como del de Marx, los supera al integrar la ecología para hacer del comunalismo una síntesis de esos tres fundamentos teóricos. Al hacer que los seres humanos interaccionen entre ellos —como seres plenamente sociales— y con los elementos de los ecosistemas a los que pertenecen, el comunalismo sitúa el vínculo social en el centro de su organización, como fundamento de una ecocomunidad basada en el principio de la “unidad en la diversidad”.  Esta ecocomunidad es un proyecto colectivo político entendido en su sentido primario: un autogobierno democrático de la ciudad por la propia ciudadanía. En las antípodas del sistema representativo y estatal, la democracia es “desespecializada” para convertirse en popular, directa, con mandatos revocables y rotatorios. Bookchin llama a un movimiento revolucionario capaz de estimular la creación de asambleas decisorias por pueblos, barrios y ciudades, articuladas juntas y en tensión con las instituciones del Estado centralizado. Para ir ganando una progresiva autonomía, estas nuevas entidades deberán instaurar circuitos cortos de abastecimiento de la manera más directa posible, con campesinos y núcleos rurales, para evitar la escasez de alimentos. La política en tanto que lugar de poder será la que determine la economía, y no al revés. Se trata de crear juntas, de decidir sobre el reparto de las tareas y sus frutos según nuestras necesidades auténticas, en interacción directa con el entorno natural en el que vivimos, para cuidarlo y enriquecerlo. Tras una evaluación exhaustiva de las posibilidades locales, las comunidades y regiones interdependientes y organizadas de la confederación “tendrán que contar las unas con las otras para la satisfacción de importantes necesidades materiales”.

Murray Bookchin, como muchos otros pensadores de la ecología política, se enfrentó a la cuestión central de la tecnología. ¿Se puede poner al servicio de la emancipación humana o se trata de una fuerza contraria a cualquier proyecto de autonomía? ¿Nos servirá o nos someterá? La abundancia material que la tecnología genera en el capitalismo devasta el medio natural y es siempre insuficiente para la creación compulsiva de necesidades alienantes y jamás satisfechas. La “tecnología para todos”, un objeto de consumo en sí misma, gestiona nuestras vidas, acentúa la atomización social e intensifica el control social. “Estandarizado por las máquinas, el ser humano se ha convertido en una máquina. El hombre-máquina es el ideal burocrático”, afirma Bookchin. Sin embargo, no desespera. Además de proteger a los seres humanos de la escasez, ahorrando esfuerzo y liberando tiempo, la tecnología ayudaría a perfilar el comunalismo tanto a nivel regional como en niveles geográficos mayores. «Una tecnología al servicio de la vida puede desempeñar un papel decisivo en la asociación entre varias colectividades; puede servir como aglutinante del concepto de confederación». En otras palabras, la tecnología bajo control puede ser liberadora: “Una sociedad liberada no buscará negar la tecnología: precisamente porque, al ser libre, encontrará un equilibrio”.

Al pensar la tecnología o cualquier otro tema que nos afecte fundamentalmente, tanto a nivel social como personal, hemos de abordarlo de forma holística, esto es, teniendo en cuenta los demás parámetros con los que interactúan. Puesto que la urgencia es salir del capitalismo, no podemos mas que unir nuestros esfuerzos para ir creando un movimiento político emancipador que abarque toda la diversidad y los componentes de la vida sin dejarlos en manos ajenas. En consecuencia, si las personas partidarias del comunalismo reivindicamos lo político, es para salir del surco profundo trazado históricamente por el Estado, esa otra cara del capitalismo en el que cayó y está embarrada tanto la izquierda como el movimiento ecologista. Estemos donde estemos, convocaremos a las fuerzas sociales emancipadoras de nuestro entorno inmediato, tanto las que luchan como las que intentan alternativas. Esa diversidad es nuestra fuerza, a poco que juntemos nuestros esfuerzos en pos de una estrategia política común que cambie a medida que avancemos. El papel del comunalismo es reanudar con la esperanza, salir de esa lógica de sumisión al cristalizar las relaciones de poder contra la economía de mercado, o sea, contra las fuerzas de destrucción social y ecológica, las del Estado y el capital. Y como nunca habrá vacío de poder, iremos tejiendo un mundo nuevo, vivo y esperanzador donde quepan muchos mundos a medida que vayamos destejiendo las tramas de la mentira y de esa pulsión de muerte que representan los poderes actuales y su dinámica del «crecer o morir»

Por Floreal M. Romero

Especialista en Ecología Social y autor de varios libros

9 feb 2022 16:00

Publicado enMedio Ambiente
Martes, 08 Febrero 2022 05:20

El retorno del pasado como relámpago

En opinión del historiador italiano Enzo Traverso, lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. (Foto: Freddy Davies / La Directa)

 

Una entrevista con Enzo Traverso

Extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos.

La idea de que extrayendo lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse es una abstracción propia de una concepción acumulativa y lineal de la historia. Según Enzo Traverso, en algunas circunstancias históricas el pasado se hace activo, se torna vivo. Es en esos momentos que aquellas «lecciones del pasado», aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta.

El historiador Enzo Traverso se ha consolidado como una de las voces más destacadas de la escena marxista contemporánea. Tuvimos la oportunidad de dialogar con él sobre las concepciones de la historia, el rol de los intelectuales hoy, el nacionalismo y acerca de cómo cree que pasará a la historia la pandemia que atravesamos.

MM

Me interesa su valoración acerca de la idea de la comprensión del presente a partir de algunas claves del pasado, ¿diría que la historia puede funcionar como un puente para la interpretación y la transformación del presente?

ET

Yo diría que extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. 

Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones del pasado. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos. Las lecciones del pasado pueden entenderse de diferentes maneras. Por eso, las representaciones y las interpretaciones del pasado cambian en cada época. Y entonces la pregunta me recuerda el aforismo muy conocido: historia magistra vitae (maestra de la vida). 

Dejando a Cicerón de lado, no se trata de extraer del pasado un conjunto de reglas morales, aplicables todas las historias por igual, de la misma forma hoy como en la historia del mundo antiguo. Pero digamos que hay una equivocación, que empezó con la Ilustración, y gira en torno a la idea de que extrayendo las lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse. Esto es una abstracción propia de una concepción lineal de la historia; una historia siempre acumulativa que desemboca en la idea de progreso. Por supuesto, no es en este sentido que yo digo que se pueden sacar las lecciones de la historia. Sería muy fácil decir que la historia es la negación misma de ese aforismo.

De otra manera, habría que preguntarse seriamente cómo es posible que, después de los fascismos del siglo XX, de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, experimentemos hoy un nuevo ascenso de las derechas radicales y los fascismos en buena parte del mundo. O yo, que soy italiano, podría preguntarme cómo puede ser que Italia, que fue un país de emigración, un país de migrantes, hoy—que es un país de inmigración— sea tan xenófobo. Eso, siguiendo el aforismo anterior, significaría que no se han extraído las «lecciones del pasado» y que los italianos olvidaron su historia. Lo mismo podría decirse de los judíos, que fueron una minoría oprimida y perseguida por siglos, pero cuya historia desemboca en el Estado de Israel, un Estado opresor. Y así los ejemplos podrían seguir. Lo importante, en todo caso, es que esta idea de «sacar lecciones del pasado» es una ilusión.

Yo no creo en una concepción acumulativa y lineal de la historia. Creo en lo que Walter Benjamin llamaba la reaparición, la reactivación o el retorno del pasado como relámpago: en algunas circunstancias históricas, el pasado se hace activo, se torna vivo. Esos son los momentos en los que aquellas lecciones del pasado, aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta. Eso significa tomar en cuenta todos los límites del papel del historiador y de la conciencia histórica.

MM

A propósito de su libro Qué fue de los intelectuales (Siglo XXI, 2014), quisiera preguntarle cuál cree que es la situación de los intelectuales hoy. Said y Gramsci, entre otros, han aportado definiciones al respecto. ¿En qué medida continúan vigentes, dada la aparición y hegemonía de los medios masivos de comunicación, las redes sociales, internet, etc.? 

ET

Ese libro es una conversación acerca de la historia de los intelectuales. Intento reflexionar sobre el modo en que una parábola histórica llegó a su fin. El siglo XX, como el siglo de los intelectuales, se acabó. El concepto de intelectual aparece al final del siglo XIX en Francia, con el affaire Dreyfus; después hay un conjunto de grandes figuras —Pasolini en Italia, Sartre en Francia, Chomsky en Estados Unidos— que encarnan este mundo en el cual los intelectuales juegan un papel fundamental de crítica del poder. Y esta es la idea de intelectual que Said plantea en su pequeño ensayo, interesante, porque es bastante nostálgico. Allí escribe que los intelectuales jugaron este papel en la historia y que necesitamos de intelectuales que puedan jugar en el mundo de hoy un papel similar. Es la función que él se otorgó así mismo, con respecto a Palestina, por ejemplo.

Esta figura del intelectual apareció en un mundo dominado por la cultura escrita, la cultura de la palabra, del libro, del texto impreso. Una época en la cual los intelectuales, no digo que tenían el monopolio de la escritura, pero, al principio, casi. Tenían una «autoridad moral intelectual», tal como lo define Bauman, como los legisladores. Esta figura apareció en una época en la que ellos monopolizaban el debate político. Su papel cambió mucho con la reificación del espacio público.

Eso se ve hoy, por ejemplo, en Black Lives Matter, el gran movimiento que ha sacudido Estados Unidos (y que ha tenido impacto mundial, ya que movimientos antirracistas similares aparecieron en otros países y continentes). Muchos intelectuales sostuvieron ese movimiento, pero se habló muy poco de ellos. Porque en el mundo de hoy, la intervención en soporte de Black Lives Matter de un deportista, de un actor o de un rockstar, tiene un impacto mucho más fuerte. Un intelectual puede escribir un artículo en New York Times al respecto, y el impacto es limitado. En cambio, cuando un deportista publica un video con más de 10 millones de followers, recorre el mundo. Los medios de difusión cambiaron el pensamiento radicalmente y eso modifica el papel del intelectual, eso es evidente.

MM

También se podría mencionar el cine como uno de los medios que más moldean la imaginación histórica…

ET

El cine tiene un papel fundamental para la construcción de una representación del pasado de cara a las grandes masas. A veces, incluso, de maneras que no son reconocidas o debidamente notadas, aun entre los mismos historiadores. Nuestra representación del pasado es visual, mediatizada por el cine y la televisión. En todo el mundo, en Indonesia, por caso, si hablas del holocausto, la gente visualiza el campo de Auschwitz y la rampa que llega al mismo. Ese es el poder del cine: tengo un amigo investigador que forjó el concepto de «cinematic power», el poder cinemático como instrumento de control de la manera de pensar y del inconsciente. 

Esto está vinculado —y este punto de vista lo comparto— con aquello que Regis Debray sintetizó como «el advenimiento de la videosfera», relacionado también a la declinación del papel de los intelectuales. Los intelectuales tenían un rol crucial; destaca la figura de Sartre en tiempos de grafósfera, en el mundo dominado por la cultura escrita. Pero después aparece la videoera: un mundo dominado por las imágenes. Estas moldean, también, nuestras representaciones del pasado. 

Ahora bien, la era de la videosfera fue de muy corta duración, porque ya ingresamos en algo distinto, la digitósfera, el mundo de las redes sociales e internet. Ya no es Hollywood quien construye nuestras representaciones. Esto es algo que los historiadores pocas veces toman en cuenta de manera suficiente. Yo intento hacerlo introduciendo una dimensión de historia visual en mis últimos libros, procurando mostrar cómo ciertos conceptos son indisociables de ciertas imágenes, la palabra de su representación más extendida. Por ejemplo, en mi último libro sobre la melancolía de la izquierda, trato de mostrar la existencia de una iconografía que expresa muy bien una visión teleológica de la historia. Esa iconografía dominó la cultura del socialismo y del comunismo durante largo tiempo.

Para mi estos aspectos son cruciales, porque hasta ahora los historiadores pensaron las imágenes de manera instrumental. Como en los trabajos sobre la propaganda fascista, donde las imágenes son solamente utilizadas para mostrar el modo en que la propaganda manipula. Yo creo que las imágenes son fuentes en el sentido más integral de la palabra: fuentes con las cuales los historiadores deben trabajar, fuentes que deben ponerse en diálogo con otras fuentes más tradicionales, como archivos, producciones textuales, etc. Conectados con las imágenes, los textos pueden adquirir nuevos significados.

MM

¿Qué piensa de los debates acerca de la concepción de la propia disciplina histórica? ¿Cómo se relacionan con la historia que consumen las masas? Pienso, por ejemplo, en el Historikerstreit en la Alemania de los años 80.

ET

Creo que tu pregunta permite reflexionar sobre la relación entre la dinámica propia de la investigación histórica: la trayectoria historiográfica, por un lado, y el uso público de la historia, por otro. Las discusiones de los historiadores en Alemania durante la década de los 80 sobre el Holocausto, fue un gran debate que trascendió largamente las fronteras del campo historiográfico. Fue un debate nacional que se desarrolló en los diarios, en los medios de comunicación, fue un debate de la sociedad civil en su conjunto. Algunos resultados logrados por el conocimiento y la investigación hecha por los historiadores se transformaron en conciencia compartida, en conciencia histórica.

El historikerstreit no es solamente una etapa en la historia de la historiografía alemana; es un momento fundamental en la historia de la relación de Alemania con su propio pasado, en el surgimiento de una nueva conciencia histórica en cuyo centro se encuentra el Holocausto. No es posible hoy, para un joven alemán que tiene veinte años, pensar la historia de Alemania sin otorgar una posición central al Holocausto. Ello es consecuencia del historikerstreit. Como ese, podríamos dar muchos otros ejemplos.

Vos, que trabajás sobre Palestina: lo que se denomina —entre comillas— el «revisionismo histórico» en Palestina, que es una dinámica historiográfica. Vemos historiadores que ponen en cuestión el relato tradicional de la guerra de 1948. Ese debate genera consecuencias sobre la manera en la cual la sociedad israelí en su conjunto piensa su propio pasado. Es un momento en el que la narración tradicional sionista de la redención es mucho más problematizada. Una guerra de liberación o una guerra de ocupación, o las dos al mismo tiempo, o una guerra que es concebida y  actuada como una guerra de liberación y que se transforma en una guerra de expulsión y de ocupación de territorios y creación de un Estado, que es un Estado de opresión. 

Todo ese conjunto de debates sobre el uso público del pasado tienen una relación muy fuerte con la historiografía en el sentido de que, por un lado, se nutren del trabajo de los historiadores y, por otro, afectan el trabajo de los historiadores. Porque después del historikerstreit no se puede escribir más la historia del Holocausto cómo se hacía antes; tampoco se puede escribir la historia de Israel sin tomar en cuenta el debate revisionista, etcétera. Lo mismo se puede decir con respecto al colonialismo, la Guerra de Argelia… podríamos dar varios ejemplos de lo mismo. 

Los historiadores debemos ser conscientes del hecho de que trabajamos para dar respuestas a interrogantes de conocimiento que son sociales. Si yo puedo escribir libros sobre un tema y publicarlos, es porque hay un público que quiere conocer y reflexionar sobre el pasado. Entonces, existe una dialéctica entre la investigación y las trayectorias de la memoria en el espacio público que es fundamental. Si no somos conscientes de eso, nos equivocamos. No es casualidad si nos otorgan una beca para trabajar sobre este tema y no sobre otro. Hay que decirlo a los estudiantes, porque muchas veces para ellos es vital, para hacer una investigación, para lograr una beca. Tienen que saber existe hoy toda una política de instituciones, de centros de poder, una relación entre el mundo académico y el económico y político que irradia y que estructura como un tejido también el campo historiográfico.

MM

¿Podría comentar un poco la tesis que plantea en El final de la modernidad judía, sobre la mutación de la judeidad que tiene lugar entre Trotsky y Kissinger? ¿Dónde sitúaría a Herzl en ese esquema? ¿Y cómo fue que la judeofobia se constituyó en eje articulador para los nacionalismos europeos?

ET

Ese libro fue muy controvertido: defendido por un conjunto de investigadores y activistas y muy criticado por otros. Me estigmatizaron como antisemita en Estados Unidos, en Francia y en varios países europeos. Para evitar toda equivocación, yo no digo que el antisemitismo desapareció, sino que todavía existe mediante ataques de terroristas y otras formas de hostilidad, las cuales sin dudas hay que combatir. 

Mis reflexiones surgieron de una constatación: el desplazamiento del mundo judío en el siglo XX, de la revolución al imperialismo. Dibujo este paisaje con dos figuras emblemáticas que son, por un lado, Trotsky, el judío errante de la revolución internacional, perseguido, exiliado durante toda su vida, cosmopolita, que se desplaza por países y continentes y encarna esa idea de la revolución mundial… Y por otro lado Kissinger, como el estratega y teórico del imperialismo. Esas dos figuras emblemáticas sintetizan un cambio que se produjo en el mundo judío a lo largo del siglo XX. Mientras tanto, transcurrieron la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento posterior del Estado de Israel. Después de dicho conflicto y del holocausto, el antisemitismo no digo que desapareció, sino que declinó en todos los países en los que había estado muy presente, muy arraigado en las culturas, en las ideologías. 

No se puede pensar la historia del nacionalismo europeo en el siglo XX sin otorgar un lugar central al antisemitismo como elemento que estructura la visión del mundo nacionalista. En el paisaje contemporáneo que se grafica después de esa contienda bélica, el conservadurismo, las ideas conservadoras y neoconservadoras, sus estrategias y el personal político de los movimientos de derecha no son más antisemitas. O, mejor dicho, no tienen más al antisemitismo como rasgo dominante. Desde este punto, Herzl, fundador del sionismo, es un precursor. En cierto modo es precursor de Kissinger: piensa en el proyecto de un Estado judío en Palestina como algo que se puede lograr con el apoyo de las grandes potencias imperiales. 

Todo esto no significa que todos los judíos eran revolucionarios o que todos los judíos se hayan convertido en reaccionarios. Eso es una simplificación ridícula, por supuesto. Existe una tradición de pensamiento crítico muy arraigada en las culturas judías, que hace que todavía haya un montón de judíos en los movimientos de izquierda, de extrema izquierda, en la elaboración de una crítica de las formas de dominación… y eso es algo muy sencillo de comprobar. Las condiciones históricas hasta la Segunda Guerra Mundial otorgaban a los judíos esa posición —digamos— «privilegiada» en la crítica del poder. Tras la guerra, esas condiciones no existen más. Luego de la creación del Estado de Israel verificamos cómo una relación simbiótica y orgánica se establece entre una capa intelectual y los centros del poder. Analizar ese proceso es muy interesante.

Lo que me golpeó de las críticas es detectar una especie de incapacidad o de ceguera… El no querer ver lo que es absolutamente evidente. Yo intenté establecer una genealogía intelectual. No es solamente Kissinger, es Herzl, es el punto de salida de todo un recorrido intelectual. Hay un conjunto de pensadores, de Leo Strauss a Karl Popper, a Raymond Aaron y otros, que protagonizan ese cambio. Lo innegable es que para un intelectual judío, ser conservador, ideólogo del imperialismo o nacionalista era algo objetivamente muy difícil en Europa hasta la Segunda Guerra Mundial, y es algo muy fácil después.

¿Por qué? Porque hubo una explosión del pensamiento crítico, de la creatividad intelectual, estética, literaria en el mundo judío a principios del siglo XX debido a la presencia —combinada— de un conjunto de condiciones históricas. Ser judío significaba tener este papel crítico, estar fuera del poder, fuera de las instituciones, ser un outsider. Pero, después de la Segunda Guerra, esa ya no es la situación de los judíos en Francia, en el Reino Unido o en Estados Unidos.

MM

Me quedó una cuestión pendiente de lo que mencionó antes, acerca del rol de los intelectuales hoy. Quisiera saber su opinión sobre el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS).

ET

Bueno, eso es todo otro tema. Yo creo que las campañas de boicot, en particular la de los productos que llegan desde las colonias en los territorios palestinos, sufre de un hándicap fundamental vinculado a la pregnancia de la memoria colectiva. Lo observo muy claro en Alemania, por ejemplo, donde este fenómeno tomó formas patológicas: hay movimientos de la izquierda radical que son hipersionistas y que defienden la bomba atómica israelí. Porque Alemania tiene que expiar sus culpas: Alemania no puede criticar a Israel porque es la responsable del Holocausto. Eso demuestra cómo la memoria puede afectar los posicionamientos políticos.

Conozco mucha gente para la que participar en una manifestación para el boicot de productos israelíes es algo simplemente imposible emocionalmente, porque es demasiado pregnante en su conciencia y en su memoria el recuerdo de las manifestaciones de boicot de las tiendas judías de uno de los rasgos fundamentales del antisemitismo. Vivimos en un mundo en el cual la memoria del Holocausto ocupa este papel central como paradigma de las violencias y de la opresión. Así, para otorgar el reconocimiento de un genocidio, de una persecución o de una masacre hay que compararla al Holocausto. Siguiendo esta lógica, esa sería la única manera de reconocer la magnitud de la masacre en cuestión, el debate sobre el Holocausto marca el contexto. 

Eso explica por qué en la década de los sesenta había muchos intelectuales en Estados Unidos de origen europeo que llegaron como exilados, fueron acogidos y entendían que no podían aceptar participar en manifestaciones en contra la guerra de Vietnam, en las que se quemaba la bandera estadounidense. Esto a veces es difícil de entender. Pensemos en una persona chilena: hace poco se abrieron los archivos y se conoce el rol de Estados Unidos en el golpe de Pinochet en Chile; en ese caso, quemar una bandera norteamericana es mucho más fácil de lo que fue para los exiliados en Estados Unidos de los 60. ¿Qué quiero decir con esto? Que no todos pudieron actuar como Marcuse. Y eso es algo a tomar en cuenta cuando se observan las controversias alrededor de la campaña para el boicot de los productos. 

Porque tienen que enfrentarse con la memoria del Holocausto, que en muchos casos es instrumentalizada, que es utilizada como un arma en contra de los derechos palestinos, ese es el contexto. No creo que eso sea algo permanente, desde la comparación entre la ocupación de los territorios palestinos y Sudáfrica es aún más legítima en la opinión internacional, digamos que veo un cambio. Sin embargo,  en la manera de formular una reivindicación política, un eslogan, hay que valorar esas precauciones. Las campañas para el boicot en México, en Alemania, en Francia y en Nueva York no son lo mismo, hay que pensarlas según el contexto.

MM

En sintonía con algunas cuestiones que fueron surgiendo a lo largo de la charla, no puedo dejar de preguntarle respecto del nacionalismo, que es una cuestión que atraviesa la historia del siglo XX y también ahora el siglo XXI.

ET

Es un punto muy importante. Yo no soy historiador del nacionalismo, por lo que tengo muchas más preguntas que respuestas a ese respecto. Pero creo que el nacionalismo de hoy presenta rasgos diferentes con respecto a los nacionalismos del pasado. Uno de los cambios más significativos que intenté destacar y analizar en mis trabajos es la transición del antisemitismo a la islamofobia como elemento estructurante del nacionalismo en el mundo occidental. La islamofobia en Asia toma rasgos diferentes que se podrían analizar. Hay cambios significativos y, al mismo tiempo, elementos de continuidad. 

Dejando de lado las formulaciones más ingenuas que podían aparecer, por ejemplo, incluso en los escritos de Marx del siglo XIX, o de Auguste Comte, que dice que la edad del industrialismo (como él la denomina), es una edad donde los odios nacionales desaparecen… Otro ejemplo es el de la posguerra, los años del boom, cuando existía la idea de que el nacionalismo era una herencia de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, que la enfermedad explotó con la Segunda Guerra Mundial y después caminaríamos hacia un mundo en el que el nacionalismo es un recuerdo del pasado. Todo ello fue una ilusión, porque sabemos muy bien que, con el final de la Guerra Fría, en un mundo nuevo, con un orden internacional distinto y con la globalización, con la puesta en cuestión de las soberanías nacionales, la incapacidad de controlar las dinámicas económicas del neoliberalismo, una de las reacciones más importantes es la de cierto retorno nacionalista, una vuelta muy conservadora al nacionalismo: xenófoba, radical, reactiva. Es expresión del miedo frente al mundo global.

Entonces hay continuidad y también transformación, porque si analizamos los movimientos nacionalistas de hoy, son muy distintos a los del pasado, a pesar de que también son racistas, y que pueden retomar algunos slogans. Pero no hay que equivocarse: existen diferencias fundamentales, desde mi punto de vista, que es importante esclarecer; ya que, de otra manera, confundiríamos la manera de luchar. 

Hubo un tiempo, en los años 30, por ejemplo, en que el nacionalismo fue la opción de las capas dominantes en muchos países. ¿Estamos en una situación análoga hoy? La pregunta sigue abierta. Las elecciones en Estados Unidos mostraron que no. Hay una tendencia general que indica que, después de Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, la masiva ascensión de movimientos de extrema derecha en Europa, lo que ocurre en India con Modi, en otros países de Asia… En la actualidad no se puede decir que el nacionalismo, las nuevas derechas, los posfascismos se alimentan y extraen su fuerza del rechazo al neoliberalismo y la globalización. Y esas dos son opciones de las élites, de las clases dominantes a nivel global. Me refiero a las multinacionales de todo el mundo occidental y también de países del Sur, de la Unión Europea como institución, de Wall Street y del Pentágono. Sabemos que Trump quiso bombardear Irán y el Pentágono lo bloqueó. No es todavía la opción, y esa es una diferencia.

En la primera mitad del siglo XX, el internacionalismo predominaba en el movimiento obrero y el nacionalismo prevalecía en el campo burgués del capitalismo. Actualmente, las clases dominantes del capitalismo son muy globales, muy posnacionales, no son nacionalistas. Pueden volverse nacionalistas por razones utilitarias, instrumentales. Si hay una crisis que pone en cuestión sus intereses, pueden muy bien adoptar la opción del nacionalismo y del fascismo también. Pero no es la situación de este momento.

MM

¿Cómo piensa que el eurocentrismo y el occidentecentrismo inciden en las interpretaciones y resignificaciones de las revoluciones del siglo XX?

ET

Es una buena pregunta, porque yo creo que la cuestión del eurocentrismo hay que replantearla y repensarla desde el presente. Es decir, existe una vieja crítica al eurocentrismo que, por supuesto, es fundamental, pero que es un poco obsoleta hoy. Vivimos en un mundo en el que Europa dejó de ser el centro desde hace un siglo, desde la Primera Guerra Mundial. Después de las descolonizaciones y de la Segunda Guerra Mundial, se sucedieron ya varias generaciones en un mundo donde Europa es marginal.

Para un chino —hoy y desde hace tiempo— Europa ya no es la referencia central en su representación; y esto es extensible a muchos de otros países y continentes. En el campo historiográfico hay una herencia del eurocentrismo, que se convirtió en occidentecentrismo, que aún moldea una manera de pensar, acercarse e interpretar el pasado. También moldeó los instrumentos metodológicos con los cuales se lo investiga. Lo que hoy se denomina «multiculturalismo» es una manera de entender que las dicotomías establecidas por una visión eurocéntrica del mundo («Europa y el mundo colonial» o «Europa y fuera») no existen más.

Si vamos a un campus en cualquier universidad de Estados Unidos, nos encontraremos con investigadores y estudiantes que llegan de todo el mundo. Si vamos a una multinacional de la Silicon Valley, nos encontraremos todo un conjunto de informáticos que llegan de Pakistán, de India, de África… En ese sentido, la noción de eurocentrismo es muy obsoleta. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo una noción que moldea la forma de pensar de los historiadores, aunque muchas veces de forma inconsciente. Porque el eurocentrismo ha devenido casi en un insulto. Pero, bueno, si leemos un poquito las obras que salieron en las últimas décadas, nos encontramos con que hay visiones eurocéntricas y occidentecéntricas muy acentuadas. Me parece que debemos repensar este concepto.

Ahora bien, con respecto a las evoluciones, el centro de tu pregunta, citaré un libro de Michel Rolph Trouillot sobre la revolución en Haití: Silencing the Past (silenciando el pasado). Explica cómo durante un siglo y medio la revolución de Haití fue olvidada y suprimida, casi en el sentido psicoanalítico de la palabra. Porque la revolución de Haití era unthinkable, impensable, no se podía pensar con las categorías de pensamiento del mundo occidental y de Europa en particular. Durante más de un siglo se escribieron libros sobre la historia de las revoluciones en los que la Revolución de Haití no existe, y esto también en la historiografía marxista. 

En el gran libro de Eric Hobsbawm sobre las revoluciones de principios de los años 60, las revoluciones son la francesa, la del 48, la rusa y la china, pero la haitiana no está. Otro ejemplo de esto es el controvertido ensayo de Hanna Arendt de la misma época (1963). La revolución de Haití es una revolución de esclavos que termina con la esclavitud y logra la independencia. Es un acontecimiento histórico fundamental para comprender todo el recorrido de las revoluciones de los siglos XIX y XX, las independencias en América Latina y sus guerras de liberación, así como las revoluciones anticoloniales del siglo XX. Eso indica muy claramente cómo la visión eurocéntrica del mundo es un prisma deformante.

Pensar las revoluciones hoy, en la época de la globalización, significa poner en cuestión muchas jerarquías —conceptuales también— que hemos heredado del pasado. La contradicción es esa: un mundo global que no es más eurocéntrico desde hace tiempo y un mundo intelectual que todavía es moldeado por esas categorías heredadas del pasado.

MM

Me gustaría que profundice una afirmación que hizo hace algún tiempo: «sobre el carácter problemático del occidentecentrismo (…) ¿Es legítimo considerar 1789 o 1914 como grandes inflexiones o virajes en la historia, por ejemplo, de África?». La carrera de Historia, tal como se enseña en América Latina, tiene ese semblante.

ET

Sí, el caso de Argentina es emblemático desde ese punto de vista: se estudia más el pasado europeo que el precolonial, propio del continente; se estudia la historia del feudalismo como la etapa que precede al capitalismo que la historia de Latinoamérica. Lo que he volcado al respecto en algunos de mis trabajos es casi banal: desde una visión africana, los grandes cortes históricos cambian. El Congreso de Berlín, por ejemplo, que define las fronteras de África, es mucho más relevante que 1848 o 1914. Y esa es la razón por la cual algunas «historias del siglo XIX» que salieron recientemente (pienso en Christopher Bayly o en Jürgen Osterhammel, quien teoriza sobre la historia global) se posicionan desde perspectivas distintas, múltiples. Debemos pensar el siglo XIX como un siglo policéntrico, con fronteras cronológicas inestables, que fluyen y varían.

La «historia global» hace que, de manera indirecta, la Primera Guerra Mundial sea un corte también para África. Porque es después de la gran guerra que Alemania perdió sus colonias en África —la Mittelafrika, como la llamaban los alemanes en la época—; eso radicalizó el nacionalismo Alemán hacia el pangermanismo y la colonización de Europa del Este. La transición de la Mittelafrika a la Mitteleuropa en la visión nazi es la consecuencia del impacto global de la Gran Guerra. Por lo tanto, no creo que los viejos criterios de periodización sean simplemente insignificantes. Lo que creo es que hay que repensarlos en un marco global: cuestionarlos, modificarlos e inscribirlos en contextos más amplios.

MM

Para terminar, le quiero preguntar qué piensa de la coyuntura actual, de los últimos dos años, con la pandemia. Como historiador, ¿cree que la crisis del COVID-19 es comparable a otros momentos bisagra en la historia, como pueden ser 1914, 1917, 1989?

ET

Si el momento actual se trata de un cambio histórico estará más claro en veinte años, no es algo que se pueda establecer hoy. Seguramente Europa no comprendió en 1922, cuando Mussolini fue nombrado jefe del gobierno, que empezaba un nuevo ciclo. 

La pandemia que afecta a todo el mundo con consecuencias económicas, con cambios antropológicos en la manera de vivir, de trabajar, que afectan jerarquías sociales y trastocan las desigualdades de nuestra sociedad, será recordada durante mucho tiempo, sin dudas. En términos de la crisis ecológica, por caso, una de las cuestiones fundamentales del siglo XXI, no percibo que la pandemia trastoque el paisaje. Podría pensarse como una etapa de suspensión. Nos han mostrado fotos aéreas del planeta y pudimos ver cómo desapareció la polución en Beijing cuando se reduce el consumo energético, o cómo el aire en el planeta mejora sin un tráfico aéreo de millones de viajeros todos los días.

Otro ejemplo: el proceso y las formas de trabajo. Algunos manifiestan que en 2020, con la pandemia, marca un cambio comparable a la transición del fordismo y posfordismo. Un tercio de la oficinas en Nueva York no serán reabiertas, porque ahora la gente puede trabajar desde su casa y eso limita mucho los gastos de las empresas. Esos son cambios que modifican nuestras experiencias. Trabajar desde casa implica formas de socialización diferentes, implica horarios y ritmos de trabajo diferentes, todo eso es cierto. Pero es demasiado temprano para decir que se trata de un cambio antropológico irreversible.

Mi impresión es que lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. Por lo tanto, no veo un cambio radical, histórico, causado por la pandemia. Pero es una impresión, y por supuesto me puedo equivocar.

Sobre el entrevistador:

Martín Marinelli es doctor en Ciencias Sociales y Humanas y profesor de Historia en la Universidad Nacional de Luján (Argentina). Es uno de los coordinadores del Grupo Especial Revista Al-Zeytun / CLACSO «Palestina y América Latina» por el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Universidad de Buenos Aires).

Raquel Rolnik es arquitecta y urbanista brasileña con más de cuarenta años trabajando como activista por los derechos humanos en la participación de políticas de planeamiento, urbanismo y el problema de la vivienda.

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Enfrentar lo que fuimos para poder ser lo que somos

El ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado en la Educación una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra

 

La junta escolar del condado de McMinn, en Tennessee, ha prohibido que Maus, el archiconocido y multipremiado cómic de Art Spiegelman, se enseñe en sus aulas. La razón no es su contenido, la historia de Vladek Spiegelman, superviviente del Holocausto y padre del autor y, sobre todo, su relación con este, su memoria y legado familiar. El motivo esgrimido por los miembros de la comisión es que la obra incluye palabras malsonantes y desnudos, por lo que su contenido y forma –hablamos de un libro en el que los personajes son animales– no es apropiado para los estudiantes de octavo curso (13/14 años).

Casi todos los semestres de primavera enseño un curso sobre literatura y memoria. En él me paso un mes hablando del Holocausto y suelo dedicarle a Maus una semana, habitualmente más. Siempre me quedo corto. Es una obra complejísima que lidia con asuntos tremendamente peliagudos: antisemitismo y genocidio en primer lugar, racismo, persecuciones, xenofobia. Se mete de lleno en la problemática en torno a la condición de víctima: ¿serlo te convierte en buena persona? ¿Se puede ser un racista y superviviente del Holocausto al mismo tiempo? Expone el trauma del superviviente, mientras hace incursiones en la salud mental, el suicidio, las adicciones y las relaciones familiares. También habla sobre la gestión del éxito. Es un libro canónico en el campo de estudios de memoria en los cuales el Holocausto es parteaguas fundamental. Sobre Maus existe una inacabable bibliografía que trasciende la relativa a su propio medio. El cómic de Spiegelman ha dado pie a la articulación de conceptos teóricos importantes y extrapolables a otros campos como el de “post-memoria”, acuñado por Marianne Hirsch. Este describe la ambivalente relación que las generaciones posteriores mantienen con el trauma personal, colectivo y cultural de sus ancestros –padres, pero también abuelos–. Según Hirsch, estas experiencias ajenas serían recordadas únicamente por medio de la evocación de las historias, las imágenes y los comportamientos entre los que crecieron, pero han sido transmitidas a las siguientes generaciones de forma tan profunda y afectiva que llegan a constituirse en recuerdos propios.

Es un paraíso para los amantes de las metanarrativas al encarar cuestiones de carácter mediático y genérico. Cuando se publicó la primera parte en 1986 causó sorpresa, admiración y también indignación a partes iguales: cómo se atrevía Spiegelman a tratar el genocidio de seis millones de personas en algo tan banal como un cómic. De nuevo, la malentendida cita de Adorno sobre el acto de barbarie de concebir una poesía después de Auschwitz. Incluso Polonia se sintió apelada pues su antisemitismo y complicidad con la política nazi es explícita –la publicación y distribución de Maus en Polonia ha sido, como mínimo, accidentada, puesto que pone en evidencia la narrativa oficial del país como víctima del Tercer Reich. Cuando se completó en 1991, el propio autor escribió una encendida carta a The New York Times tras observar con estupor que el prestigioso diario había incluido su obra entre la lista de los títulos de “ficción”. El diario modificó su evaluación inicial. 

Los estudiantes adoran la obra de Spiegelman. Les parece densa, difícil, dura y con momentos de comicidad a partes iguales. Muchos acaban por identificarse con la historia de Art, verdadero protagonista del cómic, la hacen suya. Algunos de mis estudiantes son judíos, muchos otros de ascendencia polaca, la mayoría latinos que cargan historias familiares de desplazamiento forzado y violencias varias. 

Las reacciones a la decisión de una junta escolar en un condado de Tennessee del que nadie nunca antes había oído hablar no se hicieron esperar. Art Spiegelman la calificó de “orwelliana” mientras que Neil Gaiman, colega de profesión y uno de los guionistas más importantes del mundo del cómic, aseguró en su cuenta de Twitter: “Solo hay una clase de personas que votarían para prohibir Maus, como sea que se llamen a sí mismos estos días”.

Confieso que cuando leí la noticia me pareció evidente que ninguno de los miembros de la junta escolar del condado de McMinn había leído Maus. En mitad de la tormenta, la junta escolar se ratificó. No creo que tras esta decisión haya atisbo alguno de antisemitismo, sí creo que es un caso de puritanismo mal entendido; pero… Y este pero, en el contexto estadounidense actual, es uno muy largo y en mayúsculas. 

McMinn es un condado en el corazón del llamado cinturón bíblico de EE.UU. Es una zona de población abrumadoramente blanca y conservadora. Donald Trump se hizo con casi el 80% de los votos en las presidenciales de 2020. Lamentablemente el estereotipo se hace solo. Sin embargo, sería un error quedarnos solo en él.

Lo ocurrido es un síntoma más de las múltiples ramificaciones de eso que llamamos “guerras culturales” de las que EE.UU. no es escenario exclusivo sino vanguardia mundial. En realidad, esta situación ni es una guerra ni es nueva, pese a que algunos insisten en decir que está provocada por esa entelequia denominada “izquierda posmoderna y woke”. Según esta teoría, los activistas por los derechos de las minorías raciales, por la diversidad y libertad sexual y de género, las feministas “radicales” (no las no radicales, supongo) e intelectuales varios habrían llegado tan lejos en sus reivindicaciones y acciones –“cultura de la cancelación”, “corrección política”, ¡je!– que han acabado por provocar una reacción ultraconservadora. Esta línea de argumentación llena horas de tertulias, alimenta no pocas carreras editoriales, y cosecha reiterativas columnas en medios de todo color político y hasta premios.  

Algunos prefieren poner el grito en el cielo porque una universidad decida etiquetar como ofensiva y perturbadora la novela 1984 de Orwell –evidente, se trata de eso, de perturbar al lector, y no pasa nada porque nos lo adviertan–, sin reparar en que hay una diferencia clara entre avisar sobre un libro y directamente prohibir su lectura. La que hay entre que una legión de cuentas anónimas pida con mayor o menor virulencia figurada y mucho postureo la cabeza de alguien desde una plataforma de Internet y que la tradicional estructura de poder económico, político, mediático decida sobre todos y todo lo demás. Por alguna razón que (no) se me escapa, a los apóstoles de la cancel culture y la corrección política como amenazas a una versión de la libertad que solo existen en sus cabezas, les preocupa únicamente lo primero. 

Por cierto, número uno: en 1981, el distrito escolar del condado de Jackson, Florida, trató de purgar la novela de Orwell de su lista de lecturas escolares por considerarla “procomunista” (¡!) y contener “material sexual explícito”. Por cierto, número dos: igual que en el cine funcionó el Código Hays (1930-1967), también la industria del cómic estuvo bajo sospecha y fue sometida a un estúpido sistema de censura desde 1954 hasta que cayó hacia finales de los ochenta, mitad por abandono, mitad por la obra de autores como Art Spiegelman.  Pero aquí estamos, vendiendo la sensación de que nunca se había prohibido ni censurado tanto, incluso libros. 

Como nos enseñó Battlestar Galactica, todo esto ha pasado antes y volverá a pasar.

La profesora Kathy M. Newman, de la Carnegie Mellon University (Pittsburg), aseguraba hace unos días en un interesante hilo de Twitter que la persecución y prohibición de libros en Estados Unidos se da en cinco lugares principalmente: aulas, escuelas, distritos escolares, juntas escolares y bibliotecas públicas. La mecha casi siempre la prenden los padres. Newman recuerda que, en estos cinco lugares, las cazas de brujas casi siempre se manifiestan desprovistas de los “ismos” que todos conocemos. Rara vez se dice ‘prohibamos este libro porque el autor es negro’ o ‘prohibamos este libro porque el autor es gay’. Las objeciones tienen siempre naturaleza moral: si hay un “ismo” es el puritanismo. En su argumentación, esta profesora llega a dos conclusiones: las cazas de brujas de carácter editorial se despliegan por momentos políticos (Reagan en 1981; desde la presidencia de Trump, las más recientes); y los objetivos suelen ser aquellos libros escritos por autores pertenecientes a minorías y que tratan cuestiones de justicia social o derechos civiles

El mito del padre (policía) educador

Antes de que supiéramos siquiera colocar el condado de McMinn en el mapa, legisladores, padres y consejos escolares conservadores llevaban tiempo apuntando a los currículos escolares y los educadores estadounidenses, especialmente en la educación pública obligatoria. Se trataría, según los políticos más conservadores, de asegurarse de que los padres podamos decidir la educación de nuestros hijos. A simple vista, parece una aseveración lógica. Desde el punto de vista social y ciudadano, es una falacia. Desde el punto de vista puramente educativo, una aberración. El mito de la libertad mal entendida en una sociedad democrática llevado a las aulas. Como educador tengo una cosa clara: cuanto más lejos se mantenga a los padres de un currículo escolar y de una clase, mejor para sus hijos. Como padre, tengo otra: dejen a los educadores hacer lo que mejor saben, su trabajo. 

Detrás de toda esta cantinela pseudo libertaria y paternalista, el ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra. No es tanto la participación de los padres en la educación de sus hijos –necesaria y ya existente en muchos ámbitos– sino de imponer un conservadurismo cultural en todos los aspectos de la sociedad, por eso los estados republicanos son la vanguardia en toda esta estrategia.

Hay otra derivada importante: el objetivo es siempre el ya muy amenazado sistema público de educación, auténtica bestia negra del GOP y de todo el espectro más ultra, convencido históricamente de que bajo cada educador se esconde siempre un peligroso agitador, ateo, comunista y antiamericano.    

En Oklahoma, por ejemplo, el GOP ha presentado una ley que permitiría a los padres requerir la eliminación de “libros de naturaleza sexual” de las bibliotecas de las escuelas públicas. A nadie se le escapa, porque uno de los patrocinadores así lo ha reconocido, que el objetivo no es otro que cualquier libro que trate contenidos LGTBQ. Esta ley prevé multas y acciones disciplinarias contra aquellos empleados que no accedan a las demandas de los progenitores. Estados como Kansas, Pennsylvania o Georgia, entre otros, promueven legislaciones similares. El recién elegido gobernador de Virginia, Glenn Youngkin (PR), ha puesto a disposición de los padres una línea telefónica para que estos puedan denunciar a cualquier maestro que, a su juicio, enseñe contenidos “divisivos”, lo que convertiría a los menores en potenciales agentes de la Stasi de andar por casa.

En Texas, un candidato republicano a fiscal general del estado ha requerido a la Agencia de Educación de Texas (TEA) y varios distritos escolares información sobre una lista de 850 libros que considera sospechosos. Algunos distritos se han dado prisa en proceder con la purga de sus fondos. La mayoría de los libros incluidos en la investigación están escritos por mujeres, personas de color y autores LGTBQ. Entre los títulos están desde novelas como Las confesiones de Nat Turner, de William Styrom (Premio Pulitzer en 1967), a El Cuento de la criada, de Margaret Atwood. También a influyentes y premiados ensayos como Casta, de Isabel Wilkerson. Este último incide en algo ya conocido: cómo las Leyes de Nuremberg de la Alemania nazi se inspiraron, en buena medida, en el sistema de segregación racial puesto en práctica en EE.UU. tras el fracaso de la Reconstrucción en 1877, conocido como Jim Crow, y vigente hasta la década de los años sesenta del siglo pasado. 

Norteamérica contra sí misma 

El origen de este descontento debemos situarlo en el nuevo caballo de batalla de la ultraderecha estadounidense. La llamada Critical Race Theory (Teoría Crítica de la Raza) es lo que ha motivado que no pocos libros sobre la historia de la esclavitud y el racismo en Estados Unidos hayan sido purgados de planes de estudio y bibliotecas públicas por juntas escolares y padres –mayoritariamente blancos, pero también afroamericanos conservadores–, temerosos de que sus hijos vayan a salir de las aulas convertidos en poco menos que herederos de la banda Baader-Meinhof.  

Desde hace meses, las redes sociales nos enseñan videos de esas violentas juntas en donde padres enfurecidos acusan a los maestros de estar educando a sus hijos en el odio a América y a los blancos. Los portavoces mediáticos de la ultraderechista franja nocturna de Fox News, Tucker Carlson, Sean Hannity, Mark Levin o Laura Ingraham, no ha escatimado esfuerzos en extender la histeria. 

La realidad es que hay una distancia sideral entre lo que los conservadores dicen que se esconde detrás de la CRT y lo que en realidad es. Originada en la década de los años setenta, se atribuye su concepción a Derrick Bell, primer afroamericano en ser nombrado profesor titular de Derecho en la Universidad de Harvard. Según Bell, buena parte del sistema judicial estadounidense está diseñado desde su concepción para perpetuar la desigualdad y la discriminación racial de forma que los resultados se propaguen a todos los ámbitos de la sociedad: la economía, la cultura y la política. El término fue desarrollado en los últimos treinta años extendiéndose a todos los ámbitos académicos y a los estudios culturales como forma de abordar las desigualdades raciales.  Particularmente a la luz de las protestas encabezadas por el colectivo Black Lives Matter, la CRT –insisto, nada nuevo— pasó a la primera línea del debate público. Entre los teóricos más destacados de esta perspectiva académica se incluyen nombres como los de Richard Delgado, Alan Freeman, Kimberlé Crenshaw, Cheryl Harris, Charles R. Lawrence III, o Mari Matsuda. Pero en realidad, mucho de lo desarrollado por la CRT ya está en los escritos de históricos abolicionistas como Sojourner Truth o Frederick Douglass; de historiadores como W. E. B. DuBois y pensadores marxistas como Antonio Gramsci. Incluso en el propio Martin Luther King. 

Porque los mismos que califican a la Critical Race Theory de pseudo marxismo de carácter racista anti-blanco –como si esto último fuera incluso posible–, y anti americano, son los que corren rápido a colocar el I have dream de Martin Luther King en los timelines de sus redes sociales y en sus intervenciones públicas. Se trata de obviar que el hoy blanqueado y despolitizado activista escribió, sobre todo, cosas como esta: “Nuestra nación surgió de un genocidio cuando abrazó la doctrina de que el americano original, el indio (sic), era una raza inferior. Incluso antes de que los negros fueran traídos a nuestras costas en gran número, la cicatriz del odio racial ya había desfigurado la sociedad colonial. Desde el siglo XVI en adelante la sangre corrió en batallas por la supremacía racial. Somos quizás la única nación que ha convertido en cuestión de Estado la aniquilación de su población originaria. Además, hemos elevado esa trágica experiencia a la categoría de noble cruzada. De hecho, incluso hoy no nos hemos permitido rechazar o sentir remordimiento por este vergonzoso episodio. Es exaltado en nuestra literatura, nuestro cine, nuestro teatro y nuestro folklore”. (Why We Can't Wait, 1964, la traducción es mía). 

Más que una democracia, Estados Unidos es una aspiración inalcanzable. Los llamados Padres Fundadores nunca tuvieron en mente esa democracia de la que Estados Unidos hace gala a todas horas, sino más bien una oligarquía de terratenientes, hombres y blancos. Fue un escritor superdotado como Thomas Jefferson quien supo adornar el nacimiento de la nación con la mejor literatura. Desde entonces, la historia de este país es la lucha entre quienes quieren ver por fin esa democracia y quienes no. Siempre ganan los segundos. Si bien la ilusión democrática tiene su máxima expresión en los escalafones más bajos de la sociedad –un consejo escolar, por ejemplo–, se va disipando y estrechando a medida que ascendemos en su compleja estructura institucional. 

Decía el añorado Edward Said que “el modo en el que formulamos o representamos el pasado modela nuestra comprensión y perspectiva del presente”. Y al revés: solo desde una comprensión del presente podemos representar(nos) y entender(nos) el pasado. Acudo a Said, intelectual público y profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Columbia, para señalar que lo que se está dirimiendo desde hace unos años en Estados Unidos –y en buena parte del mundo occidental, incluida España– es precisamente lo que reclamaba el Dr. King: una revisión crítica no tanto de sus historias nacionales como de las narrativas y perspectivas ideológicas desde las que fueron enunciadas. 

Esta batalla por el pasado –en constante reconstrucción– está dejando a la vista las costuras de Estados Unidos. Con la publicación en The New York Times, en 2019, del archiconocido The 1619 Project, como materialización final de un anticristo cultural, estados como Texas, Virginia, Mississippi, Georgia o Alabama, entre otros, van camino de aprobar o han aprobado ya leyes que buscan prohibir y, en ocasiones, perseguir la enseñanza de contenidos y narrativas que pongan en tela de juicio la literatura que narra la historia de EE.UU. como un camino sin apenas mácula hacia el éxito, y que en la narrativa estadounidense se consagra en la expresión a more perfect Union.

The 1619 Project, ampliado y hoy convertido en libro, supuso un terremoto más mediático que académico, pues muchas de sus tesis ya han sido ampliamente recogidas el mundo académico. Entre sus tesis principales estaban la de colocar el nacimiento de EE.UU. en el año de la llegada del primer grupo de esclavos a las costas de la actual Virginia. Situar la independencia del país más en el contexto de los intereses de los terratenientes blancos por proteger la institución de la esclavitud cuando ya el abolicionismo comenzaba a ganar terreno en la metrópoli, que en las ansias de independencia (discutible, pero no por ello no defendible; de hecho un buen número de los Padres Fundadores procedían de estados del Sur y eran dueños de esclavos). En definitiva, establecer una narrativa de la nación que pusiera a la esclavitud y las contribuciones y desafíos afrontados por la minoría afroamericana en el centro del desarrollo de la misma. El resultado de The 1619 Project no es perfecto, da pie a discusiones y matizaciones necesarias –obvia, por ejemplo, el componente de clase y sus intersecciones con la cuestión racial–, pero es un punto de partida importante y necesario en la esfera pública.

La historia como campo de batalla

La Administración de Donald Trump se puso a la cabeza del rechazo y la principal encargada del proyecto se convirtió en el blanco de las invectivas de la derecha. La respuesta fue la creación de una “comisión de expertos”, entre los que no había ni un solo historiador, encargados de redactar un alternativo The 1776 Report para “permitir que una nueva generación comprenda la historia y los principios de la fundación de los Estados Unidos en 1776 y se esfuerce por formar una Unión más perfecta”. Se presentó como una guía de principios que debían iluminar una historia de la nación “exacta, honesta, unificadora, inspiradora y ennoblecedora” en el seno de una “educación patriótica”. El resultado fue una compilación de carácter áureo que, entre otras cosas, calificaba la experiencia de la esclavitud de desafortunada mancha en una historia por lo demás intachable. Las críticas no se hicieron esperar. La American Historical Association emitió un comunicado desentendiéndose del documento, e historiadores de la talla de David Blight calificaron públicamente el documento de “pueril y políticamente reaccionario”.

La salida de Donald Trump de la Casa Blanca ha hecho que la oposición centre su estrategia en aquellos estados cuyos legislativos controla. A la vanguardia de esta ofensiva por apuntalar un único y áureo relato nacional se encuentran Texas, Florida o Mississippi. Este último estado aprobó hace unas semanas una ley que prohibía expresamente la enseñanza de CRT, no solo en la educación pública, sino en la universidad, lo que supone un salto cualitativo en la ofensiva reaccionaria. Teniendo en cuenta que se trata de Mississippi, uno se pregunta cómo de vergonzosa debe de ser tu historia para que sea necesario la aprobación de leyes que eviten su enseñanza. 

Según las posiciones más reaccionarias, no se trataría tanto de prohibir la enseñanza de la historia como de “evitar” traer al presente traumas del pasado ya “superados”, que causen “malestar” entre los estudiantes. Hay quien sostiene que simplemente están fortaleciendo la Ley de Derechos Civiles de 1964. Incluso algunos como Glenn Greenwald-santo-patrón-y mártir de la libertad están contraponiendo estas legislaciones anti-CRT a una supuesta espiral censora liberal no exclusiva al ámbito educativo y con respecto, por ejemplo, al creacionismo o al discurso antivacunas. (Aclaración: no existe tal ofensiva ni prohibición con respecto a la enseñanza de la versión bíblica de la creación como alternativa a la teoría de la evolución de las especies.)

“Siempre es mejor investigar la historia que reprimirla o negarla; el hecho de que Estados Unidos contenga tantas historias y que hoy muchas de ellas exijan ser atendidas no es de temer, porque estaban allí desde siempre. Desde ellas se creó una historia norteamericana, e incluso una escritura de la historia”, escribió Edward Said en Cultura e Imperialismo. La primera reacción a la ofensiva anti CRT de muchos maestros y profesores fue lógica y apaciguadora: no se enseña en las escuelas. Es solo una teoría académica, con puntos débiles como cualquier otra, nada más; su presencia se ciñe a la educación universitaria, fundamentalmente a la fase de estudios graduados. Esta estrategia fracasó inmersos como estamos en este neomacarthismo 2.0

Un simple vistazo a los textos legales en cuestión deja bastante claro de qué se trata todo esto. Un ejemplo es la ley de Florida, que más allá de centrarse en qué se puede o no enseñar, lo hace en la naturaleza de la historia y su enseñanza. Los legisladores de este estado, y sospecho que los de otros comparten esta perspectiva –insisto, miren a España y el auge de nuestro neoimperialismo–, consideran que la historia estadounidense es “factual” y no fruto de una construcción narrativa como consecuencia de su interpretación previa. De acuerdo con este punto de vista, nuestros estudiantes simplemente necesitan un relato en particular, deben ser reducidos a un papel de meros observadores pasivos en lugar participar activamente de todas las fuentes disponibles para desarrollar su pensamiento crítico. Se trata de aprender unos “hechos” inamovibles sobre los que ser evaluados a posteriori. Es la perspectiva que entiende la historia como una disciplina que ofrece una –y solo una– imagen fija del pasado. Una, sobra decirlo, que evite cualquier controversia con respecto a nuestro presente. Nadie pretende –al menos explícitamente– prohibir la enseñanza del Holocausto, de la esclavitud o de Jim Crow en bruto. Sí de limitar que se profundice en sus causas, los condicionantes que hicieron posibles esas situaciones y, sobre todo, su imbricación y permanencia en la configuración de nuestras actuales sociedades: solo serían fotografías viejas sin continuidad en su propio pasado ni en nuestro presente, superadas y olvidadas.  

“Los debates actuales sobre multiculturalismo difícilmente pueden llegar a convertirse en una ‘libanización’. Y si estos debates indican formas de cambio político, y también de cambio en el modo en que las mujeres, las minorías y los inmigrantes recientes se ven a sí mismos, entonces no hay por qué defenderse de ello ni temerlo. Lo que sí necesitamos es recordar que, en sus modos más definidos, los relatos de emancipación e ilustración son historias de integración, no de separación; historias de pueblos excluidos del grupo principal, pero que ahora están luchando por un lugar dentro de él. Y si las viejas ideas del grupo dominante no eran lo suficientemente flexibles o generosas como para admitir nuevos grupos, entonces estas ideas necesitan cambiar, lo cual es mejor que rechazar a los grupos emergentes”. Cuando Said escribió este párrafo en 1993, EE.UU., el mundo en general, pasaba por otra de esas guerras culturales que, como ahora, tampoco nunca habían ocurrido antes y, como ahora, también eran culpa de una izquierda posmoderna y woke. Aquel año el gran demonio se llamaba “multiculturalismo”. 

Alguien me ha preguntado estos días cuándo es el mejor momento para darle Maus a leer a un niño. He respondido lo mismo que siempre contesto con respecto a cualquier otro texto: en cuanto el niño sepa leer si le apetece leer, en este caso, Maus. Como señalaba el editor Andrew Karre, precisamente recordando una historieta del propio Spiegelman, la fiebre protectora para con los niños responde más a nuestras propias fobias que a sus miedos. 

Para Said, como para King y muchos otros, lo que llamamos historia es algo en constante revisión, de lo contrario no sería historia. Afrontarla de una manera constructiva significa hacerlo de una forma que solo puede ser crítica. Debemos, por tanto, dar entrada a aquellos relatos que nos permitan poder rechazar y hasta avergonzarnos de lo que fuimos para poder ser lo que somos. 

5/02/2022

Por Diego E. Barros, estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Es profesor de Literatura Comparada en Saint Xavier University, Chicago.

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Segunda Declaración de La Habana: El día en que todo el mundo puso los ojos sobre Cuba

La Habana, Cuba, Territorio Libre de América. Febrero 4 de 1962. La Plaza está abarrotada. Es la mayor concentración popular desde que triunfó la Revolución tres años atrás. Un niño, sobre los hombros de su padre, mira a la tribuna con unos binoculares.

“Porque esta gran humanidad ha dicho ¡basta! y ha echado a andar”, dice el primer ministro Fidel Castro al finalizar la declaración. Poco antes había sentenciado allí mismo, frente a casi un millón y medio de cubanos: “En todo el mundo están puestos los ojos sobre nuestro pueblo en el día de hoy; los pueblos de todos los continentes están esperando esta respuesta de nuestra patria”.

El joven gobierno revolucionario había convocado a la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo para el 4 de febrero, luego de que Cuba fuera expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la VIII Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de esa organización, celebrada en Punta del Este, Uruguay, entre el 23 y el 31 de enero de 1962.

En la cita de cancilleres, el gobierno de Estados Unidos utilizó como pretexto el vínculo de la Isla con naciones extracontinentales y lo incompatible del marxismo-leninismo con los principios del Sistema Interamericano, para promover nuevas sanciones económicas contra la Isla y cesar el comercio. Acusaban a Cuba de querer exportar su revolución, como si se tratara de una mercancía, pero “las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos”.

Mientras esto sucedía en Uruguay, en La Habana, el expresidente mexicano Lázaro Cárdenas junto al entonces senador chileno Salvador Allende y otras personalidades como Roque Dalton, Fabricio Ojeda, Pedro Mir y Jacobo Arbenz, inauguraron una Conferencia de los Pueblos a la par de la reunión de cancilleres de la OEA, con el objetivo de apoyar a la Revolución Cubana.

Con la mayoría mínima de catorce votos (dos de ellos comprados por Estados Unidos), en Punta del Este expulsaron a Cuba de la organización. El gobierno revolucionario –representado allí por el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa, y el Presidente de la República, Osvaldo Dorticós– votó en contra de la resolución. Se abstuvieron Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador y México. Con la excepción de este último país, todos los gobiernos de América Latina rompieron relaciones diplomáticas con La Habana.

¿Cuál fue la respuesta de Cuba?

En un contexto de transformaciones en el país, producto de la llegada al poder de un gobierno revolucionario hacía apenas tres años, y en medio de la constante injerencia de Estados Unidos para derrocar a la Revolución, se convocó a los cubanos a la Plaza.

El entonces primer ministro, Fidel Castro, presentó la Segunda Declaración de La Habana, aprobada por casi un millón y medio de cubanos que se encontraban allí. En el histórico documento se ratificó lo planteado en la Primera Declaración –también aprobada en consulta popular, el 2 de septiembre de 1960– en cuanto a la posición de Cuba ante la injerencia de Washington.

Hace 60 años, en aquella concentración popular en la Plaza de la Revolución, se condenó la ruptura de relaciones diplomáticas de los países miembros de la OEA –exceptuando a México– con la Mayor de las Antillas.

Un día antes de la Segunda Declaración de La Habana, como si fuera poco, el entonces presidente Kennedy firmó la Orden Ejecutiva Presidencial número 3 447, que establecía el bloqueo total del comercio entre Cuba y Estados Unidos.

La Segunda Declaración de La Habana reafirmó el carácter socialista y latinoamericanista de la Revolución Cubana.

Fieles a ese ejemplo, la #DiplomaciaRevolucionaria defiende en todos los escenarios, la soberanía y principios de nuestro pueblo.#TenemosMemoriapic.twitter.com/9WRHHoXwiU

Tanto la Segunda como la Primera Declaración de La Habana, y posteriormente la de Santiago de Cuba reflejaron la solidaridad y el internacionalismo como pilares fundamentales de la política exterior de la Revolución Cubana, así como el derecho de los pueblos a la libre autodeterminación y la vocación latinoamericanista de la nación. Dejaron claro que en el Caribe había una Isla rebelde.

Historiadores e investigadores refieren que el documento es, asimismo, expresión del ideario martiano vigente en el proceso revolucionario, al ser un texto antimperialista y de lucha por la libertad de los pueblos. Tanto es así que han pasado seis décadas y mucho ha cambiado, pero si hay algo incólume e irrenunciable es, sin que resulte manido, la soberanía e independencia del país. Quizás por eso los ojos del mundo siguen mirando a la Isla cada vez que ha hecho falta la respuesta de Cuba.

 

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Fidel Castro Ruz. Segunda Declaración de La Habana

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Cartel en calles de La Habana, en imagen de archivo.Foto Afp

Apenas llegó al poder, intensificó la presión que había impuesto Eisenhower a Cuba // La CIA ya admitió el fracaso de esta política // Es un símbolo de "hostilidad perpetua": experto

 

Nueva York. Hace 60 años, el entonces presidente John F. Kennedy firmó una orden ejecutiva que impuso "un embargo sobre todo comercio con Cuba", medida que nació de una recomendación de política exterior de Washington de que la mejor manera para provocar un cambio de régimen en la isla era "generando hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno".

La orden ejecutiva conocida como Proclamación 3447 fue firmada por Kennedy el 3 de febrero de 1962 e implementada el 7 de febrero imponiendo un bloqueo "sobre todo comercio" que, seis décadas después, sigue vigente e incluso ha aumentado, a pesar de ser una política que la propia CIA en los años 80, y el gobierno de Barack Obama hace sólo ocho años, calificaron de fracaso, y que ha sido explícitamente reprobada por casi todos los países cada año en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas.

Los documentos oficiales desclasificados que establecen esta política, una selección de los cuales fueron presentados ayer por el National Security Archive –organización independiente de investigaciones y documentación sobre política exterior de Estados Unidos–, demuestran que el propósito de un bloqueo total era generar "dificultades" y "desencanto" entre el pueblo cubano para minar su apoyo a la revolución, que era lo que más entorpecía los deseos de Washington de cambiar el régimen en La Habana.

De hecho, el famoso memorando elaborado por el subsecretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos Lestor Mallory, fechado el 6 de abril de 1960, resume el razonamiento oficial con que se desarrolló la política del bloqueo. El tema del memorando es "El declive y caída de (Fidel) Castro". Enumera consideraciones sobre el gobierno de la isla: que la mayoría de los cubanos apoyan a Castro; no hay una oposición política efectiva, la "influencia comunista" está creciendo dentro del gobierno; oposición "militante" a Castro desde el exterior "sólo serviría a su causa y a la comunista" y que dado todo esto “el único medio que se puede vislumbrar para enajenar el apoyo interno es a través del desencanto… basado en la insatisfacción y dificultad económica”.

El memorando de Mallory concluye que ante estas consideraciones "todo medio posible debería ser llevado a cabo cuanto antes para debilitar la vida económica de Cuba" a través de medidas como "negar dinero y suministros, reducir los salarios reales y monetarios, generar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno". Aunque se conocía este texto, el Archive por primera vez difundió una imagen del original (https://nsarchive.gwu.edu/sites/default/files/2022-02/Embargo1-Mallorymemo.pdf).

Eisenhower amplió las sanciones comerciales a Cuba en octubre de 1960, a pesar de su preocupación de que eso podría provocar una reacción adversa de México y también fomentar división en la Organización de Estados Americanos. Sus asesores sugieren eximir del embargo medicinas y alimentos para aplacar posibles posturas contrarias a la medida entre la opinión pública estadunidense

Pero no sería hasta febrero de 1961, apenas un mes después de que Kennedy llegó a la Casa Blanca, que se intensificó la presión política para ampliar el embargo comercial parcial de su antecesor. Su secretario de Estado, Dean Rusk, ofreció su evaluación sobre las implicaciones de imponer un bloque comercial total, concluyendo que prohibir importaciones de Cuba pondría en desventaja económica a Castro y sería superior a cualquier beneficio político que Castro podría lograr al acusar a Estados Unidos de agresión económica y la aplicación de medidas unilaterales.

Más aún, Rusk aseguró a Kennedy que un bloqueo "ofrecerá apoyo moral y alentará a aquellos que están resistiendo al régimen de Castro" y que era la mejor opción para minar al gobierno de la isla.

Poco más de 20 años después, en una evaluación extensa del impacto de sanciones económicas estadunidenses en el mundo, la CIA concluyó que después de dos décadas las sanciones estadunidenses contra Cuba "no han cumplido con ninguno de sus objetivos". En esa misma evaluación, la CIA señala que aunque en público Washington promueve su meta de "una Cuba realmente libre e independiente", el objetivo real siempre ha sido "remover a Castro del poder".

Según Peter Kornbluh, director del Proyecto de Documentación sobre Cuba del Archive, 60 años después "este embargo eterno se ha convertido en un símbolo perdurable de la hostilidad perpetua en la postura de Estados Unidos hacia Cuba".

La colección de documentos difundida ayer ofrece la evolución de esta política, desde el embargo parcial del presidente Dwight Eisenhower, hasta el bloqueo impulsado por Kennedy, así como modificaciones y maniobras de los siguientes presidentes y otros funcionarios desde Lyndon Johnson, Richard Nixon y Jimmy Carter. (Para ver la colección de los documentos y una cronología del bloqueo: https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/cuba/2022-02-02/cuba-embargoed-us-trade-sanctions-turn-sixty).

 

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Miércoles, 02 Febrero 2022 05:41

Personajes

Emile Zola

La literatura del siglo XIX y las disputas de poder

¿Se leerán en la actualidad las atractivas novelas del siglo XIX, esos prodigios de narración y de fantasía que parecían imprescindibles décadas atrás? Parece poco probable, Víctor Hugo, Dickens, Manzoni, Dumas, Melville, Balzac, Verne, Dostoievski parecen alejarse melancólicamente de esa candente curiosidad que, niños y adolescentes, nos hacía encerrarnos durante horas y días para devorar esos seductores mamotretos.

Para aquellos que las sienten como necesarias, o al menos inolvidables, la literatura en otras palabras, permanecen y hasta regresan, si no es fácil recordar las intrincadas tramas, es muy difícil que hayan desaparecido de una memoria colectiva, casi mundial, los nombres de ciertos personajes, Jean Valjean, Edmundo Dantés, El Capitán Ahab, Raskolnikov, Nemo, Margarita Gautier, Facundo, Fausto, Madame Bovary, Martín Fierro, ese ejército de seres inexistentes que pueblan la memoria de generaciones, la mía sin duda.

Pero, creo que una aclaración, y el excurso, es oportuna, porque no se sabe muy bien qué es un personaje en esa fabricación que es una novela; se podría decir que ésos que mencioné se distinguen, son personalidades y realizan acciones, representan a las personas, pareciera que si no se cuenta lo que hacen no se está contando nada, pero lo que entendemos por tal cosa no es un elemento más y obvio en las novelas: desde que se empezó a tratar de comprender la narración más allá de la representación se puede afirmar que es otra cosa, nada menos que el elemento concentrador por excelencia, el hilo unificador del impulso narrativo; tramas y situaciones importan pero unas y otras se encadenan en torno a él, el personaje es el “yo”, remite a la perduración, si desaparece desaparece el relato y la ilusión de una perduración de la vida misma; si bien narrar va más allá a lo que voy apuntando se queda en su forma y en lo que encarna, que es ahora lo que interesa.

Y, cerrando el excurso y volviendo a lo particular, pueden las novelas que contienen a los que mencioné estar perdidas en la sombra pero, sin embargo, lo mejor que les pasa es que siguen siendo objeto de lecturas mayores, no solamente infantiles, que hacen ver mucho más que lo que se ha perdido, en gran medida por lo que son sus personajes o por lo que los constituye, eso es lo inquietante. Sabemos que los personajes aparecen en las escrituras desde los tiempos más remotos, Dios mismo es personaje de una novela fundamental, son héroes, son seres comunes, lo que importa es su función y la carga de sentido que tienen puede ser tanta que se convierten en arquetipos que saltan de la literatura a la vida social, basta con mencionar como mero ejemplo al desajustado Quijote, al turbulento Hamlet, al avaro Harpagón, al hipócrita Tartufo, al seductor don Juan, a la insatisfecha Bovary y a tantos más para comprender esta afirmación. Eso está pero, yendo un poco más lejos, que hayan sido escritos en determinados momentos históricos sugiere que esas caracterizaciones resultan de sagaces miradas sobre la sociedad, lo cual repone la cuestión nunca del todo respondida acerca de cómo, porque de alguna manera lo hace, lo que recorre a una sociedad altera el imaginario de los escritores que vuelcan en los personajes transformándolo, en el fondo todo personaje es como el mítico Gólem, un ser de barro que sólo se mueve por la palabra.

Pero en la manera de amasar ese barro está la sociedad: sólo por recuperar los mencionados se podría pensar que la que transmitía sus pulsiones era o se creía de una solidez que podía parecer eterna, la feudal o posfeudal, pero apunta en ella un comienzo de transformación, lo feudal se está corrompiendo, lo burgués se está expresando y aspira al poder.

Y eso, por supuesto, incide en el imaginario de los grandes novelistas, la narrativa se va haciendo cargo, el individuo impone su soberanía, el personaje de las novelas ya no es arquetípico sino lo más parecido posible a ese individuo, sus pasiones y sus cualidades y las dificultades que tiene para llegar a ser, lo que le cuesta, el precio que paga, sus tentativas, sus derrotas y sus triunfos.

Puede decirse, si consideramos no sólo lo que esa nueva sociedad quiere sino también el pensamiento que adopta, que en la literatura del siglo XIX poner el acento en el personaje, héroe triunfante de enrevesados conflictos, es una emergencia del romanticismo para el cual el individuo es lo central, idealizado por un lado, base del sistema por otro. Pero lo que me parece indiscutible es que la representación de personajes en esa extraordinaria narrativa, incluido el teatro, y el “yo” en la lírica, y en la pintura el retrato –que ya había expresado una relación semejante en el Renacimiento, que homenajeaba a los próceres de la nueva riqueza comercial-, puede verse como una respuesta a fuerzas sociales y a su creciente poder. Modo de ver que algo le debe a la sociología.

En lo que atañe a la gran narrativa del siglo XIX, si se la ve en una panorámica, no es difícil advertir que en parte su conjunto se inscribe entre dos mundos que se enfrentan. Uno es enemistoso, persecutorio y cruel, lleno de miserables que se aprovechan de otros seres o en el que navegan como en tierra propia repugnantes perdularios que explotan a huérfanos sin piedad, o rencorosos perseguidores de débiles y menesterosos, atropellados por una justicia que, no es difícil verlo, está al servicio de poderosos, pocas veces rescatando, siempre castigando, más que en la actualidad, es cierto, pero ahí vamos: ¿no es un lugar común que poca gente en nuestro país cree que la justicia es equidistante y sabia, fiel ejecutora de las leyes y los códigos? ¿No son más, muchos, los convencidos de que jueces limpios y probos son perseguidos y castigados por los peores que, temible casualidad, son los que tienen más poder?

Enfrentándolo, está ese otro mundo, fuertemente deseable en ese acervo narrativo, que, si se mira bien, no sería otro que la imagen de una burguesía protectora y prometedora, en la que priman valores, buenas costumbres y modales, generosa y hasta tierna, que quiere creer que es la dispensadora de las “grandes esperanzas” (que tendrían los perseguidos, los hambrientos, los desposeídos), como titulaba Dickens una de sus novelas.

Pero, como consideración al margen, aunque este mundo no es estrictamente hablando el paraíso en la tierra es presentado casi invariablemente como tierra socialmente prometida, sin origen, a sabiendas de que no a todos podía estarles destinada la posibilidad de pertenecer a él: “pobres habrá siempre”, es el título de una novela de Luis Horacio Velázquez, lo que quiere decir que ricos también, unos usufructúan y otros trabajan para que aquellos puedan usufructuar sin culpas, ésa es la amarga verdad. Como Víctor Hugo o Dickens, Engels piensa que eso no es justo, su padre cree que lo es sin discusión. Dicho sea de paso, es en ese ámbito, en el seno mismo de la familia, que se empieza a expresar esa contradicción, por un lado son burgueses que pueden ser generosos y caritativos pero nunca renuncian a lo que consideran suyo y bien ganado; de ellos, inesperadamente, brotan los disidentes que enjuician a la burguesía y, por fin, muchos, muchísimos, el ejército de los que no lo son, la aceptan sin pensarlo, en el mejor de los casos entrar en ese oprimente mundo es lo más que tratan de obtener, correlativamente al abandono de la idea de combatirlo o a la lucha por valores deseables pero que parecen propiedad privada, como tantas cosas, de los burgueses o, mejor dicho y precisando los términos, de las burguesías.

Esos personajes son presentados como víctimas del peor lado del sistema: escarnecidos, oprimidos, explotados, perseguidos. En un comienzo pareciera que siempre será así, podrían ser los “condenados” de los que hablaba Fanon, pero es como si se depositara sobre ellos el dedo de Dios y decidiera que otro destino los estuviera aguardando. Y, de una manera extraordinaria, pasan a integrar un orden que previamente parecía ser inalcanzable: Jean Valjean llega a ser un fuerte empresario, Edmund Dantes recibe un tesoro que lo convierte en Conde, Oliver Twist es protegido por excelentes burgueses, hay muchos más, los narradores los rescatan pero no los asimilan al bando de la perversidad que constituye la esencia del sistema que los había marginado y perseguido. Resolución de alta moralidad, lo que llamaba el sistema tiene su costado positivo, acaso, en esas felicísimas novelas, la lucha de clases no tiene ninguna posibilidad, está condenada al fracaso: Zola de alguna manera lo está si no diciendo imaginando ¿Será lo que dijo Marx invocando a Balzac? 

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