Un perro callejero camina en una escuela destruida en la aldea de Vilkhivka, cerca de Kharkiv, el 25 de mayo de 2022, en medio de la invasión rusa de Ucrania. SERGEY BOBOK / AFP

Durante la llamada por Putin "Operación militar especial", las fuerzas rusas manifiestan haber descubierto pruebas que demostrarían que el Ministerio de Salud de Ucrania estaría empeñado en una limpieza de emergencia con la tarea de llevar a cabo una destrucción completa de bioagentes; también manifiestan haber descubierto documentos semidestruidos relacionados con una operación secreta de Estados Unidos en laboratorios en Kharkiv y Poltava, insistiendo en el carácter altamente militarizado de los biolaboratorios ucranianos y en un exceso de patógenos.

A este respecto, China ha solicitado una investigación internacional sobre las actividades biológicas militares en Ucrania. Ucrania, por su parte, insiste en que las instalaciones  eran civiles y se dedicaban a la salud pública, y que por las indicaciones de la OMS destruyeron cualquier agente altamente peligroso para evitar el riesgo de brotes en caso de que algún laboratorio sea golpeado por las fuerzas rusas.

Mientras, las respuestas de Washington solo aumentan la preocupación y sospechas. La subsecretaria de Estado, Victoria Nuland, reconoce la existencia de biolaboratorios secretos estadounidenses en Ucrania, así como haber recomendado destruir las pruebas antes de que cayeran en manos rusas ("Estamos trabajando con los ucranianos sobre cómo pueden evitar que cualquiera de esos materiales de investigación caiga en manos de las fuerzas rusas", ha declarado). Por supuesto, no falta la acusación a la otra parte; así, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Linda Thomas-Greenfield, acusa a Rusia de buscar un pretexto para lanzar su propio ataque con armas biológicas contra Ucrania.

La guerra biológica, o guerra de gérmenes, es el uso de toxinas biológicas o agentes infecciosos como bacterias, virus, insectos y hongos con la intención de matar, dañar o incapacitar a humanos, animales o plantas como un acto de guerra.

Pasaron muchos siglos hasta que a algún mando militar se le ocurrió utilizar dardos envenenados para matar con sufrimiento a las tropas enemigas; más tarde, se perfeccionaron las armas enviando a los enfermos de tularemia a tierras enemigas, se envenenaron los pozos enemigos con el hongo cornezuelo de centeno o a los caballos del adversario. Ya más cerca de nuestros tiempos, se le ocurrió al comandante en jefe de las fuerzas británicas en América del Norte, Sir Jeffrey Amherst, enviar viruela a las "tribus de indios descontentas", aunque ha sido el ántrax el bioarma más utilizado desde el inicio del siglo XX.

Durante la Primera Guerra Mundial, Alemania usó ántrax y muermo para enfermar a los caballos de las tropas de Estados Unidos y Francia, y los franceses infectaron a los pobres animales de la caballería alemana con burkholderia. El Protocolo de Ginebra de 1925 prohíbe el uso, pero no la posesión, el desarrollo y almacenamiento de armas biológicas y químicas. Además, los estados podrían recurrir a estas armas como represalia a un bioataque.

El ejército imperial japonés produjo armas biológicas y las usó contra soldados y civiles chinos  durante las Segunda Guerra: bombardeó Ning-Bó con bombas llenas de pulgas que transportaron la peste bubónica. Reino Unido hizo lo mismo probando tularemia, ántrax, brucelosis y botulismo en la isla Gruinard de Escocia.

Las bioguerras de Estados Unidos

A pesar de que Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron la Convención sobre Armas Biológicas en 1972, que prohíbe el desarrollo, la producción, la adquisición, la transferencia, el almacenamiento y el uso de armas biológicas, continuaron con sus proyectos, aunque el país norteamericano es el único en utilizarlas de forma masiva, tanto contra su propia población como contra otras naciones.

Entre el 20 y el 27 de septiembre de 1950, en la llamada Operación Sea-Spray, la Marina estadounidense lanzó, desde mangueras gigantes a bordo de un dragaminas, una fuerte dosis de bacterias Serratia Marcescens  y Bacillus Globigii en forma de nube, sobre 800.000 habitantes de la bahía de San Francisco, con el objetivo de monitorear la vulnerabilidad de una gran urbe a un ataque biológico, su huella sobre el medio ambiente y la forma adecuada de detenerlo. Se trata de uno de los mayores experimentos con armas bacteriológicas de la historia, y se supo en 1976 por una investigación del diario Longday Newsday. En otra Operación, la Big Buzz (1955), el Pentágono produjo un millón de mosquitos A. Aegupti y colocó 300 mil de ellos en municiones para lanzarlos desde aviones al estado de Georgia, en busca de la sangre humana.

Y las "operaciones" continuaron: Bajo la clave de la operación Ranch Hand (1962-1971), lanzada contra Vietnam, Estados Unidos utilizó bioherbicidas y micoherbicidas (agente naranja) para destruir bosques y cultivos del país asiático, dejando a su paso tres millones de muertos y medio millón de niños nacidos con malformaciones congénitas. Bajo la presión de la opinión pública, Nixon prohibió en 1969 las investigaciones de dichas armas para su uso ofensivo, aunque no defensivo.

Pero quizás ninguna de estas armas pueden ser tan baratas como lo que ha ido viniendo después. Tras décadas de investigación, han llegado a la conclusión de que se podrá matar a 600.000 personas por solo 0.29 dólares de coste por cabeza, aunque el afán de las compañías de armas no es matar a más gente, sino ganar más dinero: mejor una mini bomba nuclear de 16 kilos que cuesta 10 millones de dólares. Según Newsweek, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA) de Estados Unidos está creando una nueva clase de armas biológicas que se enviarían a través de insectos infectados con virus: la guerra entomológica (de insectos).

Según China, Estados Unidos, que insiste en la destrucción de estas armas químicas y biológicas de otros países, es el único país que las posee y se niega a destruir las propias.

En 1982, el ejército de estadounidense realizó un experimento con las moscas de la arena para que portasen el virus del dengue, el zika, el chikungunya y la encefalitis equina oriental; obviamente, no se trata precisamente de un arma "defensiva".

Y mientras en 2002 acusaba a Irak de la tenencia de armas químicas y bacteriológicas como ántrax, ocultaba al mundo que los sobres con esporas de esta bacteria y destinatarios civiles estadounidenses se echaban en el buzón desde el propio suelo de Estados Unidos (laboratorio bioterrorista de la base militar de Fort Detrick) por un militar compatriota llamado Bruce Ivins. Años después, en 2015, un laboratorio estadounidense en Utah había enviado "por error" muestras de ántrax vivo a una de sus bases militares en Corea del Sur.

Después de la muerte masiva de ganado por una enfermedad extraña cerca del laboratorio del Pentágono en Alma-Ata, Kazajistán, en julio de 2021, los partidos socialistas y comunistas de Kazajstán, Georgia, Letonia y Pakistán exigieron el cierre de los laboratorios biológicos militares de Estados Unidos en Asia Central, certificando las actividades criminales de los biolaboratorios militares.

La peligrosidad del ántrax  es tal que durante  un incidente en Sverdlovsk, Unión Soviética, al liberarse  accidentalmente esporas de ántrax de una instalación militar el 2 de abril de 1979, murieron un centenar de personas. Este accidente se denominó "el Chernóbil biológico"

¿Cómo protegernos de este tipo de armas y de investigación destinada no a objetivos militares legítimos, sino a población civil y a causar daños innecesarios desde el punto de vista militar? El sistema de protección de los derechos humanos, una arquitectura construida a lo largo de muchos decenios, prevé instrumentos que en caso de funcionar con efectividad evitarían la mayoría de los conflictos internacionales, y en particular los conflictos bélicos, verdadera finalidad de la creación de las Naciones Unidas ("Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra…", dice la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas). Los tres pilares de la protección de los derechos humanos -El Derecho Internacional de los Derechos Humanos, el Derecho Penal Internacional y el Derecho Internacional Humanitario- han surgido tras un largo proceso en el que han intervenido juristas de extraordinario prestigio y méritos: Desde Lemkin y Lauterpacht para idear los crímenes de genocidio y contra la humanidad, hasta Louis Joinet con su informe contra la impunidad, pasando por el jurista ruso F.F. Martens (autor de la famosa "cláusula Martens" todavía citada en autos). El enorme y talentoso trabajo de juristas de esta categoría es pisoteado por la realpolitik. Una reciente conferencia del diplomático José Antonio Zorrilla recordaba el principio por el que se rige la política internacional, que no es otro que la lucha descarnada por el poder en función de los intereses nacionales, sin consideraciones morales ni jurídicas.

Desgraciadamente, en materia de derechos humanos el derecho internacional no dispone de medios de coerción ni de sanción para castigar los crímenes internacionales (genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, crimen de agresión) más que en los casos de criminales pertenecientes a países débiles. Es así como la Corte Penal Internacional en más de dos décadas solo ha resuelto nueve casos; es así como el delito de genocidio, aprobado en 1948 no se ha aplicado hasta 1998 (caso Ruanda). Las guerras y los numerosos atropellos instigados por la OTAN, los crímenes cometidos por sus tropas han quedado fuera del radar de la Corte Penal Internacional.

Si algún día se consiguiera que el aparato sancionador funcionara y los crímenes fuesen castigados fueran quienes fueran sus autores, sin dobles raseros, quizás estaríamos a un paso de evitar las guerras. Esta evolución permitiría, además de que la Corte Penal Internacional fuera respetada por los países poderosos -en el sentido de que gobernantes y altos militares de estos países pudieran ser encausados-, contemplar actuaciones que deberían ser delictivas y que no son contempladas hoy por hoy en la descripción de las conductas que conforman los crímenes de genocidio o contra la humanidad, o bien que aunque sean contemplados no son objeto de vigilancia. Es el caso de lo que pueden ser considerados crímenes económicos contra la humanidad (decisiones que se toman a sabiendas de que van a costar miles o millones de vidas, como en el caso de especulación con alimentos o con fármacos), o bien la negligencia en controlar el tráfico de armas hacia países que no respetan los derechos humanos (empresas españolas exportando armas a Arabia Saudí, por ejemplo), o las actividades de investigación sobre armas prohibidas, como las químicas y bacteriológicas, por ejemplo.

Como hemos visto más arriba, se van acumulando datos y pruebas de la existencia de laboratorios biológicos secretos que investigan este tipo de armamento, prohibido por la Convención sobre la prohibición del desarrollo, la producción y el almacenamiento de armas bacteriológicas (1972), cuyo control dista de ser satisfactorio. Seguramente esto parte de que investigar sobre el desarrollo de este tipo de armas altamente letales y lógicamente prohibidas puede ser complicado y requiere una voluntad política que a día de hoy no existe. No obstante, el derecho penal internacional considera que "la realización de experimentos médicos y científicos es penalizada cuando no obedece a fines terapéuticos, sino solo a la obtención de conocimientos científicos" (Gerhard Werle, Tratado de Derecho Penal Internacional, § 904). Por otro lado, una enmienda de 2017 al artículo 8 del Estatuto (crímenes de guerra, armas biológicas) "insertó un artículo que define como crimen de guerra el uso de armas que utilizan agentes microbianos u otros agentes biológicos, o toxinas, cualquiera sea su origen o método de producción".

Cuando se hallan casos de lo que Occidente considera enemigos (p. ej., Saddam Hussein, Bashar al Assad o en estos días Putin), recibimos informaciones detalladas (a veces falsas) de cómo han utilizado armamento prohibido, pero cuando el uso ha estado a cargo de "los nuestros", las informaciones no se encuentran en los medios hegemónicos. Son casos como Iraq (el documental Faluya, la masacre escondida, en la que se muestran los devastadores efectos de armas químicas utilizadas por Estados Unidos, curiosamente, es difícil de encontrar) o Afganistán, donde fueron empleadas armas químicas prohibidas por la Convención sobre las Armas Químicas (1993).

Sin embargo, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg,  se permite declarar recientemente con total indignación que en estos días en Ucrania "cualquier uso de armas químicas cambiaría enormemente la naturaleza del conflicto, sería una flagrante violación de la ley internacional y tendría consecuencias generalizadas y severas". Hay que resaltar que Estados Unidos es parte tanto de la Convención sobre Armas Bacteriológicas como de la Convención sobre Armas Químicas.

Es particularmente preocupante la existencia de laboratorios biológicos secretos tanto en Ucrania como en otros lugares. Que la actividad sea secreta no augura nada bueno, evidentemente no es necesaria la clandestinidad para realizar actividades legales y legítimas. De manera que el desarrollo de una investigación destinada a fabricar armamento biológico, considerado criminal por el Estatuto de Roma y otras normas, debe ser calificado como una actividad criminal, y por tanto, lo lógico es que sea una actividad punible dada su gravedad.

¿Para cuándo la comunidad internacional estará dispuesta a perseguir eficazmente actividades clandestinas de investigación de armamento prohibido por su alta criminalidad? Para ello, es necesaria voluntad política y acuerdos tanto en el castigo como en el control. Quizás contribuiríamos con ello a forjar una sociedad algo más decente que la que tenemos.

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La gente asiste a una vigilia con velas para honrar a la periodista de al-Jazeera asesinada Shireen Abu Akleh, en Washington, a 17 de mayo de 2022. — Efe

La corresponsal de 'Aljazeera', abatida el pasado 11 de mayo al norte de la Cisjordania ocupada, murió como consecuencia de disparos deliberados contra ella y no por una bala errática o al azar.

 

Sendas investigaciones independientes de dos destacados medios de comunicación de EEUU generalmente proclives a las posiciones de Israel señalan que la periodista de AljazeeraShireen Abu Aklehfue asesinada deliberadamente y no abatida por un disparo aleatorio durante una refriega en el campo de refugiados de Yenin este mes de mayo.

La agencia Associated Press y el Canal CNN publicaron este martes los resultados de sus respectivas investigaciones que, por distintos medios, son coincidentes entre sí a la hora de llegar a la misma conclusión. Estas publicaciones llegan mientras Washington hace llamamientos poco convincentes a que se haga justicia, pese a que Shireen, de 51 años, tenía la nacionalidad estadounidense.

El informe de la CNN destaca el análisis de disparos que dejaron huella en el árbol junto al que Shireen se refugió del tiroteo. Estas huellas sobre el árbol revelan que la periodista fue objetivo deliberado de los soldados israelíes y que la bala que le entró por debajo de la oreja izquierda y acabó con su vida no se disparó al azar ni fue aislada.

En opinión de Chris Cobb-Smith, un consultor en temas de seguridad y veterano del ejército británico que estudió el incidente, las huellas del árbol indican que fueron disparos controlados y dirigidos a la periodista y no disparos al azar o balas perdidas. Según este experto, disparos al azar no habrían dejado las huellas consistentes que dejan los disparos intencionados.

El informe de la CNN concluye que “en los momentos anteriores a su asesinato, no había hombres armados o confrontaciones armadas cerca de Shireen Abu Aqleh”, en contra de lo que sostiene la versión facilitada por el ejército, y tal como afirmaron los compañeros de profesión que estaban con la periodista. “Las pruebas que hemos recogido indican que Shireen Abu Akleh fue un objetivo de las fuerzas israelíes”, agrega la CNN.

La posición de las autoridades palestinas, otra de las claves

Por su parte, la investigación de Associated Press refuerza la posición de las autoridades palestinas y de los colegas de la periodista fallecida en el sentido de que la bala que la mató procedía del rifle de un soldado israelí. Para esta investigación, la principal agencia de noticias de EEUU examinó las fotografías y los videos disponibles, y entrevistó a testigos del incidente.

La agencia señala que sus entrevistas con cinco testigos son consistentes que las informaciones que ha publicado un grupo periodístico de Holanda en lo relativo a la localización de las fuerzas israelíes y a su cercanía a Shireen, lo que hace que probable que los soldados le dispararan con mirilla telescópica desde una distancia de aproximadamente 200 metros.

Imágenes fotográficas y videos que se tomaron en la mañana del 11 de mayo muestran a vehículos militares israelíes en un extremo de la estrecha callejuela en la que se hallaba Shireen con otros periodistas, que estaban en línea con los soldados. También muestran a los periodistas y a otros transeúntes huyendo de los proyectiles que se estaban disparando desde la dirección en que estaban los soldados.

Según Associated Press, la única presencia confirmada de milicianos palestinos se situaba al otro lado de las fuerzas israelíes, a unos 300 metros de distancia, y entre los milicianos y Shireen se interponían muros y edificios. Aunque según el ejército, había al menos un miliciano entre los soldados y los periodistas, la agencia americana dice que el ejército no ha facilitado pruebas que sustenten esa afirmación.

Un portavoz militar ha dicho que se ha identificado a un soldado que estaba en el interior de uno de los vehículos y que desde allí disparó con un rifle equipado con mirilla telescópica hacia donde estaban los milicianos. El ejército dice que no puede comprobar si con ese rifle se mató a la periodista puesto que la Autoridad palestina se niega a entregarle la bala para examinarla y compararla con el rifle.

Dos peticiones a la Corte Penal Internacional

Brian Dooley, un consejero del Relator Especial para la Defensa de los Derechos Humanos, ha confirmado que la Corte Penal Internacional ha recibido dos peticiones para que se investigue la muerte de la reportera. Una de las peticiones está firmada por la Federación Internacional de Periodistas, y la segunda por la Autoridad palestina. La CPI todavía no se ha pronunciado sobre si las acepta o no.

Mientras tanto, las autoridades de ocupación están evitando abrir una investigación sobre el incidente, a pesar de que su examen inicial prueba que los soldados dispararon en la dirección en la que estaba la reportera de Aljazeera. Según el fiscal militar, incluso si se comprueba que los soldados dispararon contra la periodista, no habrá consecuencias penales ya que la reportera estaba trabajando en una zona de combate.

En Washington, el departamento de Estado ha instado a que se abra una "investigación global y en profundidad (…) que haga responsable a quien perpetró" el crimen. Sin embargo, esta petición parece otro gesto a la galería, máxime si se tiene en cuenta que los americanos han dicho que la CPI "no es el lugar apropiado" para llevar a cabo la investigación

25/05/2022 21:46

Por Eugenio García Gascón

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Jueves, 26 Mayo 2022 05:30

El gobierno, el poder

El gobierno, el poder

Como nunca antes lo había vivido el país, las elecciones para seleccionar el presidente 2022-2026 están cargadas de una potente energía de cambio, de ruptura con la historia de dos siglos de manejo oligárquico del gobierno, que han dejado como lastre un país de exclusiones, violencia opresiva, dirigida una y otra vez contra las voces disonantes, además de críticas de la injusticia, concentración de la riqueza, multiplicación del empobrecimiento, del desconocimiento de la naturaleza como un todo integral, para convivir y no expoliar, por solo relacionar algunos de sus signos más nefastos.

Se trata –lo repetimos– de una potente energía de cambio, de anhelo de giro histórico, materializado parcialmente en las elecciones al Congreso de marzo pasado, y reforzado por las encuestas, difundidas durante los últimos meses. Tal energía, pese a su intensidad, no es garantía absoluta de que lo anhelado quede sellado en las urnas, toda vez que quienes representan la continuidad no están totalmente derrotados ni tienen el camino cerrado para superar las tendencias que hasta ahora marcan las encuestas. Son tendencias que además podrían verse descuadradas en sus líneas gruesas de hacerse realidad: a) las alianzas que aún están en valoración entre algunos de los actores de este proceso electoral, b) una vez el alto porcentaje de indecisos que arrojan las encuestas decidan su voto.

En todo caso, el ambiente enunciado merece un acercamiento crítico, toda vez que el mismo está soportado en el supuesto liderazgo insuperable de la fórmula que para el Ejecutivo lidera el Pacto Histórico, que contrario a un que hacer de izquierda ha dejado a un lado una necesaria práctica pedagógica que le recuerde a la sociedad electora que todo cambio, si de verdad se quiere estructural, depende de su apropiación, de su impulso y su defensa por parte de las mayorías. De otra manera, sería un simple cambio formal, liberal, sin peso histórico.

El ambiente está contaminado, asimismo, con la homologación del Pacto Histórico como una fuerza única, cohesionada ideológica y políticamente, y no una alianza, y, por ello, como si portara y estuviera determinada por un gen de izquierda. La revisión, así sea superficial, de la diversa fauna de tradición liberal, como de otras corrientes del establecimiento que han aterrizado en su cuerpo, testimonia que, cuando más, se podría definir como una coalición de centroizquierda.

Esa realidad está determinada, además, por el pragmatismo, tan común en los proyectos electorales, que actúan y se determinan según los giros de la opinión pública y no por preceptos filosóficos, éticos y similares. Es así como la necesidad de más votos lleva a coquetear con sectores sociales que temen un cambio brusco en la conducción del país, adecuando lenguajes, promesas, formas de gobernar, etcétera, todo lo que sea necesario para desprevenir a determinados sectores sociales, al final de lo cual lo que aparecía primero como rojo o lo que algunos se imaginaban de esa tonalidad se va degradando hacia el rosado.

Un proyecto de cambio, de izquierda, así imaginado por amplios sectores de la militancia coyuntural pero que no encuentra soporte en la historia del candidato, en su raíz –nacionalista– y en su devenir como político profesional. Sucede que en Colombia, una sociedad tan cerrada y con un poder tan tradicionalista y violento, cualquiera que pretenda un cambio aparecerá como de izquierda, sin necesariamente serlo. Para esa minoría de millonarios que detentan el poder económico, urbano y rural, así como militar –beneficiarios de la cosa pública, negados a ceder por voluntad y para beneficio general algo de lo que el trabajo de cientos de miles les ha procurado–, cualquier posible reforma que les reduzca en algo sus privilegios queda tachada como un acto de izquierda.

Es una realidad que, como el país está viendo, lleva a la polarización entre continuidad y cambio, a la estigmatización de las fuerzas renovadoras, a la criminalización de quienes se oponen a que todo siga igual, a la difamación de la agenda alternativa.

La agenda, por demás, solo podrá hacerse realidad si, desde ahora –algo que no sucede–, quienes la impulsan llaman al sector social de sus potenciales beneficiarios a fortalecer sus formas organizativas y a quienes no las tienen a organizarse en sus territorios de vida y trabajo para impulsar en lo pequeño y lo grande esa agenda, así como para obligar al gobierno del anunciado cambio, de pararse en aguas tibias, a radicalizarse y hacerlo efectivo. Es una convocatoria para que no se limiten a aplaudir al candidato sino para ir mucho más allá: para presionarlo en la idea de que sea pueblo, no solo para que lo parezca.

Es este un llamado indispensable, toda vez que llegar al gobierno no es abrazar el poder; es solo hacerse a una parte del mismo, el cual mayoritariamente continuará en manos de la tradición (legislativo, judicial, económico, militar…), entrando, eso sí, todos y cada uno de estos factores en mayor disputa. Es en esta pugna en la que resulta fundamental la movilización, cotidiana y en todos los planos, de las mayorías sociales, transformadas en sujetos de su historia, algo que debiera llevar a su radicalización al Ejecutivo, ¿estará dispuesto a ello, de ser votado mayoritariamente? ¿Estará dispuesto el poder efectivo que domina en Colombia a soportar una situación tal? ¿Qué pudiera suceder de no estar inclinado este poder a conciliar con un giro para el país, por suave que sea?

Estamos ante una realidad que no aparece en los análisis y las valoraciones de quienes con total convicción y deseo anuncian el triunfo del Pacto Histórico como algo ya consumado. Pero lo que ellos anhelan no llega por un simple acto de gobierno, es algo mucho más potente y más complejo. Es una realidad de enconada lucha de clases, que será cada vez más intensa a medida que el Ejecutivo materialice algunas de sus promesas electorales. Esa lucha ya está planteada, por ejemplo, en el campo económico con la llamada Cláusula Petro, ahora integrada en la mayoría de inversiones y proyectos económicos que se están firmando en el país, cláusula que seguramente se ampliará en los primeros meses del supuesto gobierno hasta concretarse como fuga de capitales y, con ella, potenciación de la crisis económica que ahora padecen las mayorías.

Esta disputa se abrirá, sin duda alguna, a diversidad de campos, alcanzando una tonalidad claroscura en lo militar, factor que será exacerbado por agentes estatales y paraestatales, intimidando, atentando, asesinando, en mayor cuantía liderazgos sociales de distinto cuño, desatando terror e inseguridad por ciudades y zonas rurales, ambientando la ingobernabilidad y desestabilizando al Ejecutivo hasta motivar su destitución o el propio golpe de Estado –directo, indirecto, disfrazado, etcétera. ¿Un alzamiento social para impedirlo? ¿Represión y genocidio como sello de un cambio interrumpido?

De esta manera, como se puede valorar, el escenario que se está abriendo, incluso sin concretarse, más allá de los buenos deseos, es de grandes expectativas, posibilidades relativas de satisfacción, y un amplio margen de confrontación y militarización de la sociedad.

El cambio, no hay duda, es un campo en disputa. Nada está dado, todo se deberá presionar, y en ello el riesgo de diverso margen queda abierto. Esto, en caso de triunfo. Pero, de no darse, ¿aguantará la coalición su acción continuada, su acción social y organizativa para la protesta y la confrontación con las fuerzas del statu quo, prolongadas en el control del gobierno, sin poder beneficiarse de la burocracia estatal, como lo desean y motiva a todos aquellos que, de cuño liberal y de otras matrices tradicionales, han llegado a integrarla?

El escenario queda abierto y cómo se vaya delineando lo dirán los resultados del 29 de mayo y el 19 del mes siguiente, al realizarse la segunda vuelta que todas las encuestas anuncian, de no errar las mismas en sus estudios.

En todo caso, cualquiera que sea el resultado, una potente fuerza social sigue tomando cuerpo en el país y cuyos rasgos todavía no están totalmente torneados. La tarea de cualquiera que desee un cambio efectivo para Colombia es dedicar todas sus capacidades a que esa configuración no se desinfle. Ese es el mayor reto por concretar en los años que vienen, fundiendo bases para que, en caso de triunfo del Pacto Histórico, las promesas electorales se hagan norma; de perder, más allá de lo electoral –de 2026, por ejemplo–, el cambio deberá llegar a nuestro país por efecto de su alzamiento en demanda del respeto de todos sus derechos, siempre negados.


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"Estoy cansado de los minutos de silencio", aseguró el DT de los Warriors Steve Kerr (Foto: AFP).

"Estoy cansado de los minutos de silencio"

El exjugador de básquet y DT de los Golden State Warriors estalló de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos.

Steve Kerr, entrenador de los Golden State Warriors y una de las voces más respetadas en la NBA, explotó de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos después del tiroteo en una escuela de Texas en la que fueron asesinadas 20 personas, entre ellas 18 menores y una maestra.

"No voy a hablar de baloncesto hoy. Ninguna pregunta de baloncesto importa", comenzó diciendo Kerr en la conferencia de prensa antes del cuarto partido de la final del Oeste en Dallas (Texas) entre los Mavericks y los Warriors.

El emblemático DT precisó que “desde que salimos esta mañana del entrenamiento, 14 niños - luego la cifra subió a 18- y un profesor fueron asesinados a 400 millas de aquí. En los últimos 10 días hemos tenido a ancianos negros asesinados en un supermercado de Búfalo, a feligreses asiáticos asesinados en el sur de California y ahora tenemos a niños asesinados en la escuela".

"¿Cuándo vamos a hacer algo?", exclamó con ira y al borde de las lágrimas. “Estoy muy cansado de ofrecer condolencias a las familias devastadas. Disculpen, lo siento. Estoy cansado de los minutos de silencio. Basta", aseveró.

Asimismo, Kerr cargó contra los republicanos en el Senado por estar en contra de un proyecto de ley para reforzar el control de antecedentes a la hora de comprar un arma.

La iniciativa, conocida como HR8, fue aprobada por la Cámara de Representantes en 2021 pero su trámite sigue detenido en la Cámara alta del Congreso. "Hay 50 senadores (republicanos) que rechazan votar la HR8. Hay una razón por la que no votarán: para mantener su poder", enfatizó Kerr.

"Te pregunto a ti, Mitch McConnell (líder republicano en el Senado), y a todos ustedes, senadores que rechazan hacer algo sobre la violencia, los tiroteos en escuelas y supermercados. Les pregunto: ¿Van a poner su propio deseo de poder por delante de las vidas de nuestros niños, ancianos y feligreses? Porque eso es lo que parece", consideró.

Por último, antes de abandonar a los gritos la conferencia, el técnico de los Warriors remarcó que "50 senadores en Washington nos tienen como rehenes. ¿Se dan cuenta de que el 90% de los estadounidenses, más allá de su partido político, quieren antecedentes universales para comprar armas? ¡Es patético! Ya tuve suficiente".

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Lunes, 23 Mayo 2022 09:46

El gobierno, el poder

El gobierno, el poder

Como nunca antes lo había vivido el país, las elecciones para seleccionar el presidente 2022-2026 están cargadas de una potente energía de cambio, de ruptura con la historia de dos siglos de manejo oligárquico del gobierno, que han dejado como lastre un país de exclusiones, violencia opresiva, dirigida una y otra vez contra las voces disonantes, además de críticas de la injusticia, concentración de la riqueza, multiplicación del empobrecimiento, del desconocimiento de la naturaleza como un todo integral, para convivir y no expoliar, por solo relacionar algunos de sus signos más nefastos.

Se trata –lo repetimos– de una potente energía de cambio, de anhelo de giro histórico, materializado parcialmente en las elecciones al Congreso de marzo pasado, y reforzado por las encuestas, difundidas durante los últimos meses. Tal energía, pese a su intensidad, no es garantía absoluta de que lo anhelado quede sellado en las urnas, toda vez que quienes representan la continuidad no están totalmente derrotados ni tienen el camino cerrado para superar las tendencias que hasta ahora marcan las encuestas. Son tendencias que además podrían verse descuadradas en sus líneas gruesas de hacerse realidad: a) las alianzas que aún están en valoración entre algunos de los actores de este proceso electoral, b) una vez el alto porcentaje de indecisos que arrojan las encuestas decidan su voto.

En todo caso, el ambiente enunciado merece un acercamiento crítico, toda vez que el mismo está soportado en el supuesto liderazgo insuperable de la fórmula que para el Ejecutivo lidera el Pacto Histórico, que contrario a un que hacer de izquierda ha dejado a un lado una necesaria práctica pedagógica que le recuerde a la sociedad electora que todo cambio, si de verdad se quiere estructural, depende de su apropiación, de su impulso y su defensa por parte de las mayorías. De otra manera, sería un simple cambio formal, liberal, sin peso histórico.

El ambiente está contaminado, asimismo, con la homologación del Pacto Histórico como una fuerza única, cohesionada ideológica y políticamente, y no una alianza, y, por ello, como si portara y estuviera determinada por un gen de izquierda. La revisión, así sea superficial, de la diversa fauna de tradición liberal, como de otras corrientes del establecimiento que han aterrizado en su cuerpo, testimonia que, cuando más, se podría definir como una coalición de centroizquierda.

Esa realidad está determinada, además, por el pragmatismo, tan común en los proyectos electorales, que actúan y se determinan según los giros de la opinión pública y no por preceptos filosóficos, éticos y similares. Es así como la necesidad de más votos lleva a coquetear con sectores sociales que temen un cambio brusco en la conducción del país, adecuando lenguajes, promesas, formas de gobernar, etcétera, todo lo que sea necesario para desprevenir a determinados sectores sociales, al final de lo cual lo que aparecía primero como rojo o lo que algunos se imaginaban de esa tonalidad se va degradando hacia el rosado.

Un proyecto de cambio, de izquierda, así imaginado por amplios sectores de la militancia coyuntural pero que no encuentra soporte en la historia del candidato, en su raíz –nacionalista– y en su devenir como político profesional. Sucede que en Colombia, una sociedad tan cerrada y con un poder tan tradicionalista y violento, cualquiera que pretenda un cambio aparecerá como de izquierda, sin necesariamente serlo. Para esa minoría de millonarios que detentan el poder económico, urbano y rural, así como militar –beneficiarios de la cosa pública, negados a ceder por voluntad y para beneficio general algo de lo que el trabajo de cientos de miles les ha procurado–, cualquier posible reforma que les reduzca en algo sus privilegios queda tachada como un acto de izquierda.

Es una realidad que, como el país está viendo, lleva a la polarización entre continuidad y cambio, a la estigmatización de las fuerzas renovadoras, a la criminalización de quienes se oponen a que todo siga igual, a la difamación de la agenda alternativa.

La agenda, por demás, solo podrá hacerse realidad si, desde ahora –algo que no sucede–, quienes la impulsan llaman al sector social de sus potenciales beneficiarios a fortalecer sus formas organizativas y a quienes no las tienen a organizarse en sus territorios de vida y trabajo para impulsar en lo pequeño y lo grande esa agenda, así como para obligar al gobierno del anunciado cambio, de pararse en aguas tibias, a radicalizarse y hacerlo efectivo. Es una convocatoria para que no se limiten a aplaudir al candidato sino para ir mucho más allá: para presionarlo en la idea de que sea pueblo, no solo para que lo parezca.

Es este un llamado indispensable, toda vez que llegar al gobierno no es abrazar el poder; es solo hacerse a una parte del mismo, el cual mayoritariamente continuará en manos de la tradición (legislativo, judicial, económico, militar…), entrando, eso sí, todos y cada uno de estos factores en mayor disputa. Es en esta pugna en la que resulta fundamental la movilización, cotidiana y en todos los planos, de las mayorías sociales, transformadas en sujetos de su historia, algo que debiera llevar a su radicalización al Ejecutivo, ¿estará dispuesto a ello, de ser votado mayoritariamente? ¿Estará dispuesto el poder efectivo que domina en Colombia a soportar una situación tal? ¿Qué pudiera suceder de no estar inclinado este poder a conciliar con un giro para el país, por suave que sea?

Estamos ante una realidad que no aparece en los análisis y las valoraciones de quienes con total convicción y deseo anuncian el triunfo del Pacto Histórico como algo ya consumado. Pero lo que ellos anhelan no llega por un simple acto de gobierno, es algo mucho más potente y más complejo. Es una realidad de enconada lucha de clases, que será cada vez más intensa a medida que el Ejecutivo materialice algunas de sus promesas electorales. Esa lucha ya está planteada, por ejemplo, en el campo económico con la llamada Cláusula Petro, ahora integrada en la mayoría de inversiones y proyectos económicos que se están firmando en el país, cláusula que seguramente se ampliará en los primeros meses del supuesto gobierno hasta concretarse como fuga de capitales y, con ella, potenciación de la crisis económica que ahora padecen las mayorías.

Esta disputa se abrirá, sin duda alguna, a diversidad de campos, alcanzando una tonalidad claroscura en lo militar, factor que será exacerbado por agentes estatales y paraestatales, intimidando, atentando, asesinando, en mayor cuantía liderazgos sociales de distinto cuño, desatando terror e inseguridad por ciudades y zonas rurales, ambientando la ingobernabilidad y desestabilizando al Ejecutivo hasta motivar su destitución o el propio golpe de Estado –directo, indirecto, disfrazado, etcétera. ¿Un alzamiento social para impedirlo? ¿Represión y genocidio como sello de un cambio interrumpido?

De esta manera, como se puede valorar, el escenario que se está abriendo, incluso sin concretarse, más allá de los buenos deseos, es de grandes expectativas, posibilidades relativas de satisfacción, y un amplio margen de confrontación y militarización de la sociedad.

El cambio, no hay duda, es un campo en disputa. Nada está dado, todo se deberá presionar, y en ello el riesgo de diverso margen queda abierto. Esto, en caso de triunfo. Pero, de no darse, ¿aguantará la coalición su acción continuada, su acción social y organizativa para la protesta y la confrontación con las fuerzas del statu quo, prolongadas en el control del gobierno, sin poder beneficiarse de la burocracia estatal, como lo desean y motiva a todos aquellos que, de cuño liberal y de otras matrices tradicionales, han llegado a integrarla?

El escenario queda abierto y cómo se vaya delineando lo dirán los resultados del 29 de mayo y el 19 del mes siguiente, al realizarse la segunda vuelta que todas las encuestas anuncian, de no errar las mismas en sus estudios.

En todo caso, cualquiera que sea el resultado, una potente fuerza social sigue tomando cuerpo en el país y cuyos rasgos todavía no están totalmente torneados. La tarea de cualquiera que desee un cambio efectivo para Colombia es dedicar todas sus capacidades a que esa configuración no se desinfle. Ese es el mayor reto por concretar en los años que vienen, fundiendo bases para que, en caso de triunfo del Pacto Histórico, las promesas electorales se hagan norma; de perder, más allá de lo electoral –de 2026, por ejemplo–, el cambio deberá llegar a nuestro país por efecto de su alzamiento en demanda del respeto de todos sus derechos, siempre negados.


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Publicado enEdición Nº291
Sábado, 21 Mayo 2022 05:52

Es el algoritmo, estúpido

Es el algoritmo, estúpido

Hoy se escucha hablar todo el tiempo de una palabra que antes era solamente campo de la matemática: el algoritmo. En muchas charlas de café un apasionado interlocutor nos explica que el algoritmo sabe todo de nosotros. Parecen querer decirnos: “es el algoritmo, estúpido”. Ya no podemos decir que no sabemos de qué se trata aunque no entendamos nada.

Y nos hacen una prueba, nos dicen que saquemos el celular y pidamos un auto en alguna aplicación, todos la misma, todos al mismo lugar, y veamos si el precio es el mismo. No es así, el algoritmo pone precios diferentes. El algoritmo se ha sofisticado, no depende solamente de la oferta, de la cantidad de autos disponibles en la zona sino que se ha especializado en la demanda: saben de ese lugar, cuánto dinero tenemos en nuestro bolsillo, cuánta desesperación en llegar. ¿Cómo logran saber cuestiones que quizás nosotros no tenemos tan claras? ¿Cuál es el costo de una sociedad sin intimidad?

El algoritmo está acostumbrado a manejar millones de datos, información diversa que interpreta y analiza pero más allá de sus cualidades de “Big Data”, la ventaja que realmente tiene es que lo queremos mucho, dependemos mucho de él, le confiamos todos nuestros secretos y cada vez más hacemos pasar por ahí nuestra vida. El algoritmo sabe de nosotros. Se graba en una “caja negra” todas nuestras búsquedas, todas las páginas en internet, los lugares donde estamos, y estaremos el fin de semana y en las vacaciones. Y nos hace ofrecimientos, tiene deferencia por nuestro nivel económico, por nuestras preferencias, por nuestros secretos pero se aprovecha de ellos para que no le digamos que no, siempre hay otros mirando en este momento nuestra oferta y nos amenaza con perder las oportunidades.

El algoritmo conoce al que pide el servicio como al que lo ofrece. Lo único que podemos hacer los seres humanos es, como a los padres que todo lo saben, hacerle trampa. Los trabajadores de autos en Washington en la entrada del aeropuerto apagan el celular al mismo tiempo para que se eleven los precios antes que llegue el horario de llegada de los aviones.

El algoritmo está en nuestro querido celular, muchos pensamos que el celular nos pertenece pero no hay nada menos personal. Allí se esconde un tipo de sociedad, que es del conocimiento, de un sistema de poder sostenido en una ¿ideología algorítmica neutral? Cada vez más el celular necesita pegotearse en tu carne, te pide un patrón, la huella del dedo, realiza tu reconocimiento facial y necesita sí o sí que ligues tu cuenta de gmail, a tu ubicación autenticada y a una tarjeta de crédito. Y con esto ya está, perdiste mucho más que la intimidad, saben no solamente lo que compraste sino lo que comprarás durante este mes. Van complejizando variables, identifican lo que buscás y lo diferencian de lo que deseás y en esa diferencia crean la ilusión de que la búsqueda de lo que deseás está en manos de tu emprendimiento, de tu voluntad.

Algunos se asustan y piden volver al tiempo prealgoritmo pero hoy pareciera tan posible extirparlo como vivir sin pulmones. Aunque su derrotero pareciera inalterable, es necesario abrir debates acerca de sus evidentes consecuencias. Una de las preguntas es si las tecnologías del algoritmo y del tiempo “real” podrán ser utilizadas para el bien común.

Una de las primeras limitaciones es conocida: estas tecnologías están controladas por dos grandes “megasupercorporaciones” que dominan las plataformas y determinan los senderos y sobre todo censuran los caminos alternativos. Mientras que el acceso al conocimiento esté limitado a pocas corporaciones, resultará complicado abrir el juego a nuevos participantes. Esas corporaciones tienen ideología y marcan a fuego la perspectiva de la humanidad sostenida en un horizonte totalitario y homogeneizador. Crean un tipo de subjetividad, una sociedad de supuestos emprendedores que nos hace sentir que de cada uno y cada una depende el éxito y el fracaso. Por convergencias y reiteraciones, sectorizando esos diferentes deseos, el algoritmo podría realizar la correlación entre la compra de un determinado shampú con las decisiones que tomaremos en las próximas elecciones.

Hasta comienzos del siglo XXI, a las corporaciones les importaba tu cerebro, cómo mantenerlo con vida dándole lo menos posible, les interesaba qué porcentaje de la torta se podían quedar sin crear una revuelta tal que creara un cambio en las reglas de juego, hoy con las redes en tiempo real, las corporaciones se animan a más porque pueden crear la idea de que la política es una idea pasada de moda y que todos los políticos son la misma cosa, ya sea de derecha o de izquierda y que finalmente, lo único que puede salvarte sos vos mismo, en el supremo esfuerzo de hacer lo que mejor puedas.

Una sociedad individualista que te muestra miles de ejemplos de personas que se han vuelto millonarias por el simple manejo del “simplemente hazlo”, ese hashtag de una conocida empresa de zapatillas que te dispara el cerebro a la estratosfera diciéndote que si no conseguís más, será porque no lo has deseado con la tenacidad del que logra lo que se propone. Ya no se trata de la lucha por una sociedad que te facilite un acceso a mayores niveles de igualdad y distribución de la riqueza sino de las limitaciones de la psicología de tu deseo.

Nos convertimos entonces en una sociedad de frustrados que miran con envidiosa penuria a algunos que logran lo que nosotros no. No hay que quedarse, hay que seguir. Los ejemplos sobran, en el medio de la metrópoli, la sociedad norteamericana toma antidepresivos como galletitas en el desayuno antes de salir a su vida laboral. Hoy se trata de mantenerse activo.

El algoritmo quiere conocer tus movimientos en el fondo de tu bolsillo y anticipar tus próximos movimientos. La del bolsillo es una metáfora anacrónica, porque nadie que tiene dinero lo lleva en el bolsillo, miran tus cuentas bancarias, tus movimientos por la ciudad, tus repeticiones de compras en el súper, tus miradas a páginas deseando algo, tus llamadas a otros a través de redes sociales y sobre todo miran el uso de tus aplicaciones. Te acercan el taxi que necesitas para llegar, la comida para la noche, la serie que seguramente estás esperando, la frase que tenés que decir para la ocasión, la aplicación que necesitás para no olvidarte las claves para entrar a las diferentes cuentas.

Pero todo esto tiene un costo. El “pequeño” costo que no dicen ni aún con letritas pequeñas en el fondo del “acepto término y condiciones”. Ese costo es daño colateral, además de la ideología que transmiten en su masividad y las anticipaciones de nuestras próximas jugadas, el daño es la construcción de subjetividades cada vez menos cuestionadoras de lo que la sociedad hace de nosotres.

21 de mayo de 2022

Martín Smud es psicoanalista y escritor.

Publicado enSociedad
Excelentes amigos, pero diferentes: China, Rusia y la guerra por Ucrania

Aunque en febrero Xi Jinping le prometió a Putin una «amistad ilimitada», es imposible que China se haya entusiasmado con el reconocimiento a las «repúblicas populares independientes» de Lugansk y Donetsk que tuvo lugar unos días después, con la guerra que estaba a punto de comenzar y con su inherente potencial para generar caos en el sistema internacional y la economía global.

Más allá de las medidas de política interna, en las que estriban los principales temas de conflicto con Occidente (derechos humanos y de las minorías, Estado de vigilancia), y de sus dudas generales sobre la democracia como sistema de gobierno, China se presenta como un miembro constructivo de la comunidad internacional: neutral, comprometido con la paz y siempre dispuesto a defender la integridad territorial y el derecho de los pueblos a la libre determinación. China participa en misiones de mantenimiento de la paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). No solo ha firmado el Acuerdo de París relativo al cambio climático, sino que también se ha comprometido en su Constitución a crear una «civilización ecológica». Un documento político lanzado estos días por el presidente Xi Jinping sobre la estrategia de desarrollo de aquí al centenario de la creación de la República Popular en 2049 estipula que se debe continuar con la política de reforma y apertura. China seguirá trabajando por un orden internacional que también tenga en cuenta los intereses de los países en desarrollo y se abstendrá de políticas hegemónicas y de poder.

 En los últimos 30 años, Rusia ha regresado a la escena internacional de una manera muy diferente. En este periodo de ascenso sin precedentes de China para convertirse en la mayor potencia comercial del mundo, Rusia no ha sido exitoso  en la competencia global de economías y sociedades. Está profundamente estancada en la etapa de una economía rentista dependiente de las materias primas. Sobre esta base, Vladímir Putin –traumatizado por el, en su opinión, vergonzoso final de la Unión Soviética y frustrado por la arrogancia y la ignorancia de un Occidente expansivo– ha llevado a Rusia de regreso al escenario de la política internacional desde que asumió el cargo en 2000. Esto se hizo, afirmando ser una potencia mundial, sobre la base de una modernización del Ejército.

Desde entonces, y tras un breve periodo de indecisión (2000-2006/2007) sobre el rumbo a seguir, Rusia no se ha perdido ninguna oportunidad de apoyar a fuerzas antioccidentales, antiestadounidenses y antidemocráticas. Rusia se ha distinguido como un actor militar violento, dispuesto y capaz de múltiples tipos de intervención: terrorismo de Estado, guerra híbrida, uso de tropas mercenarias, ataques ciberneticos, poder de asalto y bandidismo internacional. La guerra en Ucrania es, hasta ahora, la mayor aventura a la que el presidente ha lanzado a su país.

La invasión de Ucrania, sin embargo, hasta ahora se ha parecido a un juramento militar de Putin. Es un desastre para Rusia. Hay enormes pérdidas en materiales y humanas, errores tácticos militares evidentes, problemas con la moral de la tropa, la logística y el trabajo de reconocimiento de los servicios. La modernización de los últimos años parece haber ido acompañada de corrupción a gran escala. Las consecuencias son humillaciones simbólicas como la pérdida del buque insignia de la Flota del Mar Negro o el intento fallido de capturar Kiev, la capital ucraniana, al comienzo de la guerra.

Para Putin, el desarrollo del conflicto se vuelve cada vez más problemático, tanto en el plano interno como externo. En casa, es probable que el curso de la guerra socave su aura como líder. Y en términos de política exterior, no le puede ser indiferente que el principal medio del capitalismo liberal, The Economisttitule: «¿Qué tan deteriorado está el Ejército de Rusia?», ya que su pretensión de jugar en la cancha de las Grandes Potencias se basa en que Rusia asegura poseer fuerzas armadas poderosas, profesionales y muy modernas. La guerra está en curso y podría prolongarse por mucho más tiempo. Occidente, incluida Europa, está unido, y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) está a punto de expandirse para incluir a Suecia y Finlandia, países militarmente bien positionados. Los militares de la OTAN podrían frotarse los ojos. Y pueden estar confiados en que podrían superar a este adversario en una guerra convencional: pero Rusia es, por desgracia, una potencia nuclear.

Cualquiera sea el resultado de la guerra, ya ha desencadenado dinámicas que acarrearán procesos globales de gran alcance. Refuerza las tendencias de desglobalización que han sido evidentes desde la crisis financiera hace 10 años y que fueron aceleradas por la pandemia de covid-19.

En lo geopolítico, están apareciendo nuevos campos de poder, mientras que en lo geoeconómico está surgiendo una reorganización de los sistemas de energía, producción, distribución y finanzas. En este contexto, el estatus internacional de China y su exitoso modelo de recuperación económica se ven cada vez más desafiados por la guerra de Rusia y su estrecha asociación con Putin.

Oficialmente, China es neutral y está a favor de la paz. No apoyó ni condenó la guerra. Pero esta neutralidad es descaradamente prorrusa y antiestadounidense; que los medios estatales y la internet censurada de China hayan adoptado la versión que da el Kremlin sobre las causas y el curso de la guerra subraya ese carácter. Hay una controversia interna en China sobre qué posición tomar frente a Rusia. Pero China está ausente como mediadora para una solución negociada, a pesar de que probablemente sea el único país que podría influir en Putin.

En términos económicos, la República Popular ha estado en una fase de desarrollo durante algún tiempo, en la que está pasando de un crecimiento cuantitativo a uno cualitativo y se está enfocando más en el desarrollo del mercado interno. Este próximo paso de desarrollo también requiere mercados abiertos, cadenas de suministro que funcionen y un orden internacional basado en reglas. A diferencia de Rusia, a China no le interesa destruir el orden internacional existente. Será crucial para el país observar de cerca cómo Occidente intenta dar forma a la desglobalización a su favor. Estados Unidos ha considerado a China un adversario geopolítico clave, no solo desde la presidencia de Donald Trump. En la percepción de la Unión Europea, China pasó de ser el mercado más grande a ser un rival estratégico, y el Parlamento Europeo suspendió antes de la guerra la ratificación de un acuerdo de inversión largamente negociado con ese país.

Si Estados Unidos, Europa, Japón y países como Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda priorizasen –como reacción a la agresión rusa en Ucrania– los asuntos de seguridad y defensa sobre los aspectos económicos y de bienestar, y estuvieran dispuestos y fueran capaces de hacer los sacrificios necesarios, el comercio de China podría verse afectado negativamente. Además, la nueva dimensión de las sanciones occidentales, que superan todo lo conocido anteriormente, tendrá efectos de gran alcance en la economía global. China es vulnerable en esta área porque Estados Unidos, Europa y Japón siguen siendo, de lejos, los mercados más importantes para las exportaciones chinas. Si el acceso a los mercados de estos países se restringiera significativamente, China necesitará, para compensar, otros mercados o su propio mercado interno: ninguna de estas opciones parece factible. Además de reducirse sus mercados de exportación, a China le cuesta cada vez más acceder a la alta tecnología de Occidente. No solo Estados Unidos ha impuesto sanciones a Huawei y a empresas de semiconductores. También hay gobiernos europeos que han prohibido hace poco la adquisición china de tecnología de punta.

Es probable que otro aspecto de la desglobalización que está estrechamente relacionado con el propio modelo de desarrollo chino sea de particular importancia para China: la pérdida de eficiencia a través de la competencia dinámica con empresas rivales occidentales en casa. Un elemento central del éxito del milagro económico chino fue la descentralización y la delegación de decisiones económicas, lo cual promovió la competencia y la creatividad, y condujo a una rápida mejora de la calidad de los productos chinos (aunque también aceptó la corrupción durante mucho tiempo). Si esta presión competitiva desaparece, resta ver qué pasará con la fuerza innovadora de China y su transición hacia una economía del conocimiento.

El mercado interno del país enfrenta importantes desafíos económicos y estructurales: altos niveles de deuda, un sector inmobiliario en implosión y el envejecimiento progresivo de la población están poniendo a prueba el crecimiento. Esto va acompañado de una extrema desigualdad de ingresos, una explosión en los costos de la vivienda e instituciones del Estado de Bienestar que aún no están completamente desarrolladas para compensar la caída de la demanda y brindar protección social.

Además, la estrategia china de covid cero está fracasando. El confinamiento más reciente en Shanghái no solo dejó secuelas económicas, sino que también dejó en claro que el país no está preparado para la variante ómicron y que sus propias vacunas no pueden competir con las de Occidente. La aplicación brutal de medidas de cuarentena reveló una dimensión política de la estrategia contra el covid seguida hasta ahora. La población parece reaccionar con creciente incomprensión y desacuerdo con la dureza aparentemente sin sentido del gobierno. Y la pregunta es si las acciones de las autoridades deben atribuirse a la tendencia general hacia una recentralización del poder en el Partido y con el presidente Xi. Es probable que la pérdida de reputación internacional a la que quedó expuesta China a consecuencia de las especulaciones sobre el estallido de la pandemia en Wuhan, que parecían haberse compensado por el supuesto control momentáneo de la pandemia, vuelva a profundizarse como resultado de los acontecimientos recientes.

En este contexto, está claro que, tal como se presenta hoy el conflicto, la cercanía de China a Putin se está convirtiendo en un problema cada vez mayor. El desarrollo que la guerra ha tenido hasta el momento indica que, si los rusos siguen sin tener éxito, podrían reaccionar con una mayor brutalidad y una escalada de la lucha, o posiblemente considerar el uso de armas químicas o incluso armas nucleares tácticas.

China no podrá seguir este camino si no quiere arriesgar la reputación internacional que ha construido cuidadosa e inteligentemente durante décadas y, por lo tanto, poner en duda los éxitos obtenidos en su desarrollo. Por lo tanto, Putin no debería contar con que China le dará ayuda para romper las sanciones occidentales o incluso salvarlo militarmente. Resulta significativo que, si bien China ha firmado acuerdos de asociación con Rusia, no ha formado ninguna alianza que pudiera implicar obligaciones de apoyo mutuo. Rusia no debe hacerse ilusiones; China ha sido hasta ahora una potencia con un excepcional interés propio en la política internacional. A diferencia de Rusia, China puede elegir cómo salir del conflicto. Puede analizar con calma las sanciones contra Rusia y sus efectos. Y con respecto a su pretensión sobre Taiwán, Beijing monitoreará el curso de la guerra y evaluará qué riesgos estaría en condiciones de correr.

China puede salir mejor con una Rusia debilitada por la guerra que con un socio afianzado en su espíritu imperial y que representaría una amenaza cada vez mayor para el sistema internacional. El dictador ruso y su camarilla se han metido a sí mismos y a su país en una situación que no previeron y de la que cada vez es más difícil imaginar una salida que pueda salvar las apariencias. Cada vez es más claro que la razón inventada de la guerra, que niega el derecho de Ucrania a existir, proviene de la mente retorcida de un dictador que se transformó en un historiador aficionado mientras estuvo aislado durante la pandemia.

Putin finge estar librando la guerra por el bien de Rusia. Pero Rusia es un Estado multiétnico, y probablemente haya suficientes grupos étnicos que ya piensen que esta no es su guerra. Putin ahora no solo está poniendo en riesgo su propia persona y su régimen, sino también la Federación Rusa en su conjunto. Hay poco margen para que pueda cumplir su misión autoimpuesta de restaurar la grandeza imperial de Rusia dentro de las fronteras de la Unión Soviética. Podría ocurrir lo contrario con una Rusia saliendo del conflicto debilitada y más pequeña: el hombre del Kremlin, que habla alemán con fluidez y reverencia la literatura alemana clásica, podrá recordar El aprendiz de brujo, la famosa balada de Johann Wolfgang von Goethe. En ausencia de su maestro, conjuró, con palabras mágicas, espíritus que ya no podía controlar: «Señor, enorme es mi necesidad. He conjurado espíritus que ignoran mis órdenes». Y eso es precisamente lo que hace que esta guerra sea tan peligrosa.

Fuente: The Progressive Post

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Publicado enInternacional
Declaración universal de los derechos del poder corporativo

Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

No se pueden establecer límites a la propiedad privada y a la acumulación de riqueza porque hay que garantizar la seguridad jurídica de los contratos, pero el gobierno español ha anunciado la incautación de un yate a un oligarca ruso y el alemán la expropiación de la filial de Gazprom. Se lleva diciendo dos meses que hay que intervenir el mercado de la energía, apenas se tardó unas horas en cambiar el presupuesto para poder enviar armas para la guerra. Es imposible juzgar a Repsol en España por el desastre ecológico provocado por su vertido de petróleo en Perú, pero la empresa sí pudo demandar al Estado argentino ante tribunales internacionales cuando hace una década fue nacionalizada su subsidiaria en el país.

El gerente del taller textil de Tánger en el que murieron 28 trabajadoras hace un año ha sido condenado por un tribunal marroquí, aunque la sentencia no hace mención a Inditex ni a Mango, que eran las firmas para las que fabricaban las prendas. Ucrania tiene todo el derecho a defender su soberanía nacional frente a la invasión de las tropas rusas, mientras el Sáhara Occidental tiene que convertirse en una provincia de Marruecos porque es la única solución realista. Los grandes propietarios obtienen golden visas sin ningún control y a buen precio en el mercado oficial, a la vez que millones de personas se someten a las burocracias migratorias y quedan atrapadas en limbos jurídicos infernales. 

En el ámbito institucional, los debates se centran en la discusión sobre leyes y normas. Pero en esta disputa jurídica todo lo que está en juego, básicamente, es una cuestión de voluntad política; dicho en términos clásicos, de relaciones de fuerza. La asimetría normativa, no en vano, ha sido la base de la globalización neoliberal: frente a la fortaleza de la armadura jurídica construida para blindar los “derechos” de las grandes corporaciones, la extrema fragilidad de los mecanismos para el control de sus obligaciones. O lo que es lo mismo: a la vez que continuamente se re-regulan los negocios privados transnacionales, sigue avanzando la desregulación en la tutela de los derechos fundamentales.

La huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica

Nada de eso hubiera sido posible sin la conformación de una gran alianza público-privada entre los Estados centrales y las corporaciones transnacionales. Y el derrumbe del capitalismo global, por sí solo, no va a cambiar este estado de cosas. Al contrario, la huida hacia adelante en busca de la rentabilidad perdida solo va a servir para profundizar en la lógica de expulsión, desposesión, violencia, encierro y necropolítica. El derecho internacional, con toda su catarata de pactos y acuerdos globales en defensa de los derechos humanos, se ha convertido en papel mojado ante la guerra desatada por los grandes poderes económicos para tratar de asegurarse su parte del botín en medio de la tormenta perfecta.

Colapso de los derechos humanos

Con la guerra se profundiza en la dinámica de crisis energética, subida de precios y materias primas, desigualdad social, empobrecimiento generalizado y agravamiento del desorden climático, pero la crisis estructural del capitalismo viene de más lejos. Hoy hablamos de la espiral de inflación, endeudamiento y desabastecimiento; hace tiempo que venimos haciéndolo de sus causas: una lógica de crecimiento ilimitado y acumulación imposibles, un modelo de financiarización insostenible, la emergencia de un cambio climático desbocado, el agotamiento acelerado de energía y materiales. De ahí que las grandes corporaciones y fondos de inversión transnacionales se hayan lanzado a la destrucción de cualquier barrera que impida la mercantilización a escala global. En este marco, la necesidad de ampliar los dividendos empresariales hace que se extremen las prácticas contra las personas, las comunidades y los ecosistemas.

Algunas de estas prácticas afectan a la propia configuración de los derechos humanos. Eso es, al fin y al cabo, la necropolítica: dejar morir a miles de personas racializadas y pobres. También están la fragmentación de derechos según las categorías de personas, las prácticas racistas y heteropatriarcales, los tratamientos excepcionales a determinados colectivos, las políticas migratorias con sus muros y fronteras, la trata de seres humanos, las deportaciones en masa, la criminalización de la solidaridad y la desobediencia civil, la división de la sociedad entre asimilables y exterminables. 

Otras destruyen en bloque los derechos de las personas, los pueblos y la naturaleza. Es el caso de la crisis climática y la destrucción de ecosistemas, los feminicidios de mujeres y disidentes de género, el hambre que sufren millones de personas, los nuevos campos de concentración, la persecución y eliminación de la disidencia, el encarcelamiento de pueblos y comunidades, el endurecimiento de los usos coloniales y las guerras de destrucción masiva.

Están, por último, las prácticas que afectan al núcleo central de los derechos colectivos. Como la apropiación de los bienes comunes, la explotación laboral, la consolidación de la precariedad en el núcleo constituyente de las relaciones laborales, el trabajo infantil y el trabajo esclavo, la reorganización capitalista de la producción y la reproducción, las expropiaciones colectivas por medio del pago de la deuda, las expulsiones de millones de personas de sus territorios porque las grandes corporaciones se apropian de los bienes comunes. Recientemente, Amnistía Internacional las ha recopilado y el panorama es demoledor: no son fallos del sistema, es el avance del neofascismo global.

En este contexto, el poder corporativo se articula en torno a una serie de principios que desplazan y fulminan los fundamentos que sustentan el derecho internacional de los derechos humanos. Son principios formalmente ocultos, no regulados, pero que gozan de la máxima imperatividad y transversalidad. Vienen a constituirse, en la práctica, como una declaración paralela a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Parafraseando los treinta artículos de la declaración proclamada por Naciones Unidas en 1948, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo bien podría concretarse en el articulado que sigue.

Principios generales

  1. La vida ha de ser mercantilizada. Todo puede comprarse y venderse. Los derechos humanos y los derechos colectivos, incluyendo al medio natural en su conjunto, se someten a la regla de la oferta y la demanda.
  2. La propiedad privada y la especulación carecen de límite alguno. Y ambas se sitúan en el vértice de la jerarquía normativa.
  3. Lo privado prevalece frente a lo público-comunitario. Frente a los bienes comunes, privatización; frente a lo colectivo, lógica de mercado.
  4. La desigualdad se consolida como elemento central de la arquitectura corporativa de dominación.
  5. La libertad despótica de “hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera” y la igualdad como mera “igualdad de oportunidades” actúan como valores ético-jurídicos que sustentan los diferentes espacios de dominación de las relaciones sociales.
  6. La violencia estructural, la pedagogía de la sumisión y la lógica de la guerra apuntalan la estructura del poder corporativo.
  7. El racismo institucional impregna todo el orden jurídico global.
  8. La naturaleza se concibe como un instrumento al servicio del capitalismo, sin derecho alguno.
  9. La división sexual del trabajo se reinterpreta y se consolida jurídicamente.
  10. El trabajo comunitario no valorado, el implementado en el interior de los hogares y los cuidados de las personas dependientes, aunque resultan imprescindibles para el mantenimiento de la vida cotidiana, se sitúan fuera de la pirámide normativa.
  11. El neocolonialismo se incorpora al ordenamiento jurídico-económico global.

Desechos humanos

  1. Los derechos humanos se vacían como categoría sustantiva al perder espacio normativo frente a la mercantilización de la vida.
  2. Se produce una descomposición radical y progresiva de los núcleos centrales de los derechos. La paz, la democracia, la alimentación, la vivienda, la educación, la cultura, el trabajo, la migración, los cuidados y la salud transitan hacia la retórica jurídica.
  3. La desregulación en masa de derechos, la expropiación por parte de las élites de los bienes colectivos y la destrucción global de derechos reconfiguran sustancialmente los derechos humanos.
  4. Los desechos humanos reemplazan a la dignidad de las personas. 

Re-regulación corporativa

  1. La mercantilización de las normas jurídicas conlleva que los aspectos económicos aparezcan como autosuficientes, autorregulables y blindados jurídicamente, mientras los derechos humanos lo hacen como aspiraciones vacías.
  2. El derecho corporativo global equivale al derecho constitucional universal. La supuesta fragmentación de los ordenamientos jurídicos no es tal, ya que la acumulación de riqueza se sitúa en el vértice de la jerarquía normativa, desplazando los derechos humanos a los márgenes regulatorios.
  3. El derecho privado prevalece sobre el derecho internacional de los derechos humanos y sobre las normas constitucionales sobre derechos y libertades.
  4. El poder corporativo se construye sobre la re-regulación de derechos, lo que significa más poder, más protección, más reglas e instituciones jugando a su favor, con más derechos y más riqueza cada vez en menos manos.
  5. El derecho internacional de los derechos humanos se interpreta en favor del poder corporativo. Solo resulta aplicable a las empresas transnacionales a través de la acción estatal: los derechos corporativos se tutelan en marcos nacionales, regionales e internacionales, lo que consolida la asimetría jurídica como principio corporativo universal. 
  6. Se consolida una nueva expertocracia, que crea esquemas contractuales ad hocy reinterpreta las normas jurídicas desde las nuevas exigencias del capital y las élites: las consultoras, las agencias de calificación, los grandes despachos de abogados y los tribunales arbitrales son instrumentos para desplazar lo público por lo privado.

Arquitectura jurídica de la impunidad

  1. Los derechos de las empresas transnacionales se tutelan mediante un ordenamiento jurídico global basado en reglas de comercio e inversiones de carácter imperativo, coercitivo y ejecutivo (derecho duro), mientras que sus obligaciones se remiten a ordenamientos nacionales sometidos a la lógica neoliberal, a un derecho internacional de los derechos humanos manifiestamente frágil y fracturado, sin exigibilidad ni justiciabilidad, y a una “responsabilidad social” y una diligencia debida voluntarias, unilaterales y no exigibles jurídicamente (derecho blando). 
  2. El carácter de contrapeso del derecho se difumina en favor del poder corporativo, modificando las garantías formales de la democracia. Se generalizan la pulverización del derecho legislativo, la privatización y contractualización de la ley y las relaciones económicas, la prevalencia de los anexos a las reglas en los acuerdos de comercio e inversión, la destrucción del paralelismo en las formas, la inflación de las normas administrativas, la quiebra del imperio de la ley, la prioridad de la seguridad jurídica de los contratos frente a la seguridad de las personas y comunidades. 
  3. La lex mercatoriase compone de normas que subordinan lo público a lo privado, y lo constitucional a lo puramente administrativo, colonizando todas las esferas normativas y arrinconando los derechos humanos, sociales y medioambientales en los márgenes de la jerarquía normativa. 
  4. Los tratados de comercio e inversión, los acuerdos de protección y promoción de las inversiones, los contratos de explotación y comercialización, las políticas de ajuste, los préstamos condicionados, los dictámenes de los tribunales arbitrales y las disposiciones nacionales, regionales y multilaterales protegen la propiedad privada y los negocios transnacionales, configurando una constitución económica global.
  5. Se impone una constitución económica no formalizada en ningún texto jurídico. Es una suma de reglas, normas, disposiciones, decisiones, pactos, tratados, resoluciones judiciales, planes, recomendaciones, rescates, deudas soberanas, indicadores riesgo-país y laudos arbitrales. Todos ellos entrelazados, “amontonados” y superpuestos, de tal forma que se desacoplan las reglas de la jerarquía normativa, la separación de poderes y el Estado de derecho.
  6. Los Estados donde las transnacionales tienen su casa matriz, lejos de controlar al poder corporativo, crean pistas de despegue para su internacionalización. Les apoyan a través de subvenciones y créditos blandos, acción exterior y misiones político-empresariales, puertas giratorias, lobbyen instituciones internacionales y diplomacia económica.
  7. Los Estados huéspedes articulan pistas de aterrizaje para el poder corporativo, desregulando sus obligaciones y aprobando normas en favor de sus intereses. La alianza entre los gobiernos y las élites empresariales consolida el cheque en blanco a favor de la acumulación de riqueza de unos pocos, frente a los derechos de las mayorías sociales.
  8. La idea de “seguridad jurídica”, en el marco de la lex mercatoria, tiene como fundamento central la protección de los contratos y la defensa de los intereses comerciales de las multinacionales. Es una concepción que únicamente hace referencia a las miles de normas, acuerdos y tratados promovidos en las últimas décadas por las instituciones comunitarias e instancias como el Banco Mundial, el FMI y la OMC.
  9. La negativa de las empresas transnacionales a aprobar un código externo de carácter vinculante en el seno de Naciones Unidas o un tribunal internacional para el control de sus operaciones, así como la oposición a que pueda crearse un centro que fiscalice sus prácticas, inspeccione sus incumplimientos y articule las denuncias, colisiona con sus reiterados llamamientos al respeto de los derechos humanos y el medio ambiente.

Uso alternativo del derecho

El debate sobre la legislación pro-derechos se viene circunscribiendo, de un tiempo a esta parte, únicamente al marco estatal. Y mientras tanto, en el plano internacional, avanza con fuerza esa constitución económica global que no está formalizada en ningún sitio pero es ley. Aunque la sucesión de disputas declarativas en la política institucional parezca delimitar el Estado como el único terreno de juego posible, la Declaración Universal de los Derechos del Poder Corporativo impregna todos los textos legislativos nacionales y se impone al conjunto de las políticas públicas.

Muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado

Sin embargo, muchas normas que hasta anteayer aparecían como inmutables, cuando las necesidades del capital así lo han demandado, se han modificado. No hay más que ver lo que ha pasado con la suspensión del techo de gasto y de la limitación del déficit público (para subvencionar a las grandes corporaciones, no para invertir en servicios públicos), con la regularización exprés de personas refugiadas (provenientes de Ucrania, no de Siria o Afganistán), con la eliminación de trabas administrativas (para constructoras y promotoras inmobiliarias, no para poder recibir el ingreso mínimo vital), con las nacionalizaciones de empresas y la intervención del Estado en los sectores estratégicos de la economía (para rescatar a los grandes propietarios, no para transformar un modelo especializado en el turismo y el ladrillo). 

Con la pandemia y la guerra, la acción del Estado se ha vuelto imprescindible para que no se produzcan quiebras en cascada y se venga abajo el sistema económico-financiero. Pero el relato de las “propuestas de futuro para la recuperación”, pese a toda la retórica gubernamental fundamentada en los valores europeos y concretada en los fondos Next Generation, pasa por reforzar la arquitectura jurídica de la impunidad y continuar con su lógica de expulsión, desposesión y necropolítica. Como ha señalado Miguel Mellino, “para las élites y clases dirigentes ha llegado el momento de la destrucción creativa del capitalismo. Están desmontando viejas estructuras para crear las bases de una nueva lógica de acumulación”.

Está en juego una fase de recomposición capitalista y es ahí donde efectivamente toca intervenir. Un contexto donde las rivalidades geopolíticas, los conflictos bélicos, la competencia económica, la militarización del comercio y la preocupación por asegurar las ganancias empresariales nos asoma a nuevas maneras de reinterpretar los derechos humanos. Muchos de sus imperativos universales conectan con la emancipación y la resistencia de los pueblos, pero otros colisionan con la falta de empatía de las categorías de derechos y las maneras de entender las relaciones humanas. 

El uso alternativo del derecho implica el uso legal, alegal e ilegal del mismo; la reinterpretación conceptual de la legalidad frente a la legitimidad vuelve a aparecer en el marco de la defensa de los derechos de las mayorías sociales. Hablar en serio de derechos humanos implica radicalizar la democracia, construir proyectos socioeconómicos en colectivo, fortalecer los procesos de autoorganización social desde la base sin renunciar a la disputa de ciertos espacios institucionales y reconfigurar nuevos espacios de contrapoder a nivel local y global.

Por Juan Hernández Zubizarreta, Pedro Ramiro | 18/05/2022 

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Juan Hernández Zubizarreta (@JuanHZubiza) y Pedro Ramiro (@pramiro_) son investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Fuente original: Declaración universal de los derechos del poder corporativo | ctxt.es

Publicado enEconomía
La teoría del Estado después de Poulantzas

El idioma poulantziano parece entenderse más en suelo latinoamericano que en la propia Europa. La cuestión pasa por cómo sacar provecho de los aportes del autor griego y por cómo traducirlos a nuestro propio terreno, sin que sea ni calco ni copia.

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Nicos Poulantzas ha sido considerado con justa razón como el teórico marxista del Estado más relevante del siglo XX. Influenciado por la obra de Louis Althusser, Poulantzas desarrolló una corta pero intensa tarea de reformulación de los aportes de Marx, Engels y otros marxistas como Antonio Gramsci, sobre el estatuto teórico de Estado en el conjunto de la obra de Marx. Para él, los aportes históricos como el del 18 Brumario o La lucha de clases en Francia, o sus análisis sobre la Comuna de París, eran un invaluable tesoro pero que había que completar desarrollando de manera sistemática una teoría en el sentido de lo que sí había desarrollado Marx en su crítica de la economía política. Es decir, había que desarrollar una suerte de «Crítica de la teoría política», esto es, discutir el estatuto de la política dentro de la teoría marxista.

Porque durante mucho tiempo, la política —no desde el punto de vista de la práctica militante, partidaria, pero sí desde el punto de vista teórico— había quedado relegada a un lugar subordinado por la economía, por las relaciones sociales de producción, en el sentido de la crítica formulada por Marx contra la mitologización estatista de Hegel. Y esta mirada que algunos analistas han definido como sociocéntrica, se despreocupaba de una reflexión sistemática sobre el lugar de la política en la sociedad. 

2

Muñido de una concepción regional del poder formulada por el estructuralismo de Althusser, elaboró teoría de la autonomía relativa de las esferas económica, política e ideológica, y esto le permitió introducir el Estado al interior de la teoría marxista sin que se vea subordinada o como un acto reflejo de los movimientos en la infraestructura. Bajo esta teoría, la política podía cumplir un papel de primer orden, porque la «determinación en última instancia» por la economía no operaba de manera constante y en toda oportunidad, puesto que se contraponían también los movimientos de la política y la ideología, que podían llegar a ser dominantes, mejor decir sobredeterminantes, en ciertas coyunturas. Formulada por Poulantzas en su libro de 1968, Poder político y clases sociales, daba un paso adelante al desprenderse de una visión instrumentalista, enfatizando que el Estado es capitalista por la función que cumple al reproducir las relaciones sociales existentes. Y en ese papel reproductor podía incluso chocar y entrar en conflicto con las clases dominantes o fracciones de ella.  

Pero sus aportes tampoco carecían de problemas, puesto que la rigidez del estructuralismo le hacia ver cada movimiento del Estado solo como una función de dominación y reproducción del capital. Así, las instituciones parecían estar diseñadas, cierto que de manera impersonal, por la propia estructura de dominación, para facilitar y mejorar la dominación de clase. El aparato del Estado, por lo tanto, no dejaba de ser algo extraño y alejado de las clases populares. En el cuadro de esta perspectiva los gobiernos nacional populares, de izquierda, híbridos, podían ser entendidos lisa y llanamente como nacionalismos burgueses o reformismos al servicio de la dominación y del engaño de clase. Y a su vez, los mecanismos impersonales de la estructura se volvían omnipotentes y el sujeto era solo un «portador» de las relaciones sociales de dominación provistos por la estructura. 

3

Desde mediados de los años setenta comienza lo que podríamos caracterizar como un viraje teórico político, desde su teoría regional del poder hacia una teoría relacional, y desde una afinidad maoísta hacia el eurocomunismo de izquierda. Su teoría relacional apuntaba a que el Estado ya no es una entidad fija y funcional, sino que está atravesado de par en par por las contradicciones de clase. Posee dimensiones variables, porque es una relación social igual a la caracterización de Marx sobre el capital. Esto significa que el Estado se vuelve un campo estratégico de lucha y la condensación material de relaciones de fuerza. Esto tiene implicancias fundamentales para la teoría pero también para la estrategia. 

En primer lugar, Poulantzas liquidaba la idea de la externalidad del Estado respecto a las clases subalternas. Esto, de alguna manera, seguía la reflexión incipiente de Gramsci en los años treinta sobre la diferencia morfológica del Estado en países de «oriente» dominados por monarquías y donde las clases populares no tenían lugar en el sistema político, y Estados «occidentales» donde se había afianzado la dominación burguesa moderna, muchas veces mediante el sistema democrático de partidos y el compromiso social,  en particular bajo el keynesianismo de posguerra. 

En segundo lugar, tenía implicaciones teóricas sobre los componentes del Estado, puesto que ya no se trataba de un aparato homogéneo sino de un aparato plagado de contradicciones, disfunciones, cortocircuitos, en una palabra era un terreno de lucha y disputa, que variaba de cuerdo a la relación de fuerzas sociales. 

En tercer lugar, los sujetos ya no eran simples portadores de relaciones, marionetas llamadas a cumplir su papel en el gran teatro de la dominación y la explotación. Podían volverse sujetos activos, actuar, modificar circunstancias, en una palabra, hacer la historia. 

Todo esto lo llevó a Poulantzas a replantearse la estrategia política, que a su entender ya no podía —en la Europa de posguerra— sostenerse en la dualidad de poderes tal como se había desarrollado Lenin en Rusia y que seguía siendo la columna vertebral de la estrategia comunista hasta los años setenta, sino que se trataba de reformular la transición, donde la democracia política era vista ahora como conquista popular, como espacio de lucha, y se  proponía la combinación de una estrategia de disputa dentro del Estado y a distancia del Estado, mediante elementos de democracia directa y democracia indirecta de partidos. Esto lo alejó claramente de Althusser, quién siguió sosteniendo una estrategia clásica de doble poder y una denuncia abierta del Estado burgués como radicalmente exterior a los intereses y demandas de las clases subalternas.

Por último, con su teoría relacional, Nicos Poulantzas asumía que el Estado era también productor de relaciones sociales y no un simple reflejo de algo que se producía en el mercado. Al revés, el mercado no podía existir sin la participación activa del Estado en su regulación y sostenimiento. Tenemos entonces una mirada mucho más politicista del Estado como productor de relaciones. 

La idea de que el Estado era expresión de una relación de fuerzas, incluso si se decía que eran una condensación material de esas relaciones, podía arrojarlo fuera de lo que en esa época se consideraba el campo propio del marxismo, puesto que le quitaba a priori el anclaje de clase. Pero Poulantzas, que jamás cruzó ese límite, sostuvo que el Estado era, a pesar de su relacionismo, estructuralmente selectivo, conectado orgánicamente y beneficiando en la práctica a los intereses de la clase capitalista. 

4

Es evidente que sus grandes aportes y sugerencias conllevaban contradicciones teóricas. En primer lugar, el reforzamiento de su  politicismo, del papel activo del Estado, chocaba con la idea marxista de la «determinación en última instancia por la economía». No había logrado una síntesis satisfactoria entre la determinación y la sobredeterminación. Poulantzas nunca estuvo dispuesto a poner en duda la credencial marxista de la «última instancia». No se cuestionó como era posible que una tendencia estructural, general se manifieste en la práctica. ¿Cuándo aparece la economía para poner frenos al ímpetu de lo político con su afán de forzar la historia? Incluso Althusser había dicho años después que no había determinación ni en última ni en ninguna instancia. Pero Poulantzas nunca estuvo dispuesto a revisar esa concepción, con lo que volvía a remitir a las determinantes estructurales, limitando lo alcances teóricos de la autonomía política. El Estado, que había adquirido la capacidad de dar forma a clases y relaciones sociales, volvía sobre sus pasos. 

Además, aunque se vio influido por los aportes de Foucault sobre la dimensión pluralista de las relaciones de poder, y su relacionismo se vio influido por sus ideas, nunca abandonó la centralidad del conflicto de clase como el fundamento de su explicación de la sociedad. Intuyó, en los últimos escritos, que los movimientos sociales, estudiantiles, contra la guerra, ecologistas, feministas cumplían un papel importante y debían ser autónomos del partido, aunque nunca dejaron de ser más que «frentes secundarios» como se los llamaba en esa época. Tampoco consideró que otras relaciones de poder, por ejemplo, relaciones políticas de poder, relaciones militares de poder o relaciones de dominación ideológicas, científicas o de status, podían ser rivales de las relaciones de clase para la explicación de lo procesos sociales. Siempre rechazó las interpretaciones weberianas sobre la dominación de las élites políticas. 

En sus últimos escritos y en su último libro de 1978 Estado, poder y socialismo, insistió con la categoría de estatismo autoritario, además advirtió sobre la crisis del Estado en relación al agotamiento del Estado de bienestar y el proceso de internacionalización del capital liderado por EEUU al que Europa se subordinaba cada vez más. 

Hasta ahí llegó Nicos Poulantzas. Dejó instrumentos ricos, potentes, por primera vez el marxismo tenía la posibilidad de abrir una discusión seria sobre la política en cuanto categoría teórica. Y también dejó problemáticas abiertas, no resueltos, impasses, contradicciones. Igual que Althusser todos estos tópicos fueron parte del debate sobre la llamada «crisis del marxismo», que luego de su muerte no hizo más que profundizarse. 

5

Sobre ellas y sobre su legado, de manera más directa o más indirecta, trabajará toda una generación que no va ser indiferente a sus aportes y a abordajes. 

Lo paradójico del caso es que, cuando pensó que había finalizado su obra, que había encontrado una teoría sistemática del Estado, el ciclo iba a recomenzar. Pero en un ciclo inverso: ahora, su discípulo más ortodoxo, el británico Bob Jessop, sostendría que después de Estado, Poder y Socialismo, ya no se podía hablar de una teoría marxista del Estado. En el sentido de que no era ya posible una teoría omnicomprensiva del Estado. Teoría hay, pero debe ser de alcance intermedio, porque los estados son históricos, de composiciones variables, porque no hay un metafísica del Estado, sino estados históricos, coyunturas, procesos cambiantes, y esto por la misma definición relacional de Poulantzas, porque están atravesados por las luchas y conforman condensaciones diversas e inesperadas. 

Esta definición tendrá repercusiones en el conjunto del andamiaje teórico en el pasaje de Poulantzas a Jessop. En primer lugar, Jessop va a sostener que no hay ni primera ni última instancia para la economía. Que nunca la estructura emerge como coyuntura, que aunque puede limitar históricamente las opciones, siempre estará abierta a la dinámica de los acontecimientos. 

En segundo lugar, el Estado pasa a ser de estructural a estratégicamente selectivo. Aunque el Estado tiende a beneficiar a la clase capitalista, no está asegurado teóricamente. Podría ser que bajo ciertas circunstancias el Estado se vuelva disfuncional para los capitalistas. Porque las opciones no están definidas solo en el campo de las limitantes estrcuturales sino también en las recursividades y acciones disponibles que tienen ante sí los diversos agentes, que al optar por ciertas estrategias y dejar otras de lado, poseen un impacto diferencial sobre esas cristalizaciones institucionales, históricas del Estado y sus instituciones. Así, también tenemos Estados que ya no son capitalistas o no capitalistas, sino que son más o menos capitalistas, más o menos funcionales, y eso depende de relaciones de fuerza, de memorias y formatos institucionales y eventos políticos no inscriptos a priori en la estructura social. 

Además, para Jessop, siguiendo al neoinstitucionalismo histórico, las instituciones importan, tiene capacidad de actual sobre lo social. Y también importan los discursos. Porque hay imágenes, efectos y narrativas de estatidad, antes que estados unitarios. 

El papel de lo discursivo va tomando cada vez más relevancia para Bob Jessop, y aunque rechaza la lógica radical de Laclau que suelta amarras con las determinantes extralingüísticas, asume que el papel de las batallas discursivas es decisivo para definir articulaciones hegemónicas. 

Al mismo tiempo retoma a Foucault en el punto en que lo dejó Poulantzas, revalorizando el componente técnico político de los dispositivos de saber-poder y las técnicas de dominación. Y aunque coincide con Poulantzas en la necesidad de dar carnadura social y en jerarquizar la dominación de clase por sobre otras existentes, Jessop asume la importancia de las dominaciones capitales y multifacéticas de la sociedad actual para trazar una estrategia contra la dominación de género, étnica, cultural, intrafamiliar o al interior de las instituciones, lo que le da un papel distintivo a los movimientos sociales. En definitiva, Jessop avanza por la cornisa de algunos de los temas posmarxistas y posestrcuturalistas que se dispararon en Francia y otros países desde la década del setenta. Hacia una mayor pluralidad de fuentes teóricas, hacia la disipación de los efectos de verdad que ofrecían las grandes teorías sistemáticas, y al debilitamiento de los fundamentos sociales de la política, acercándose de este modo a los teóricos posfundacionales. 

6

Otro de los autores jerarquizados en este debate es el norteamericano Fred Block. Se trata de uno de los autores más destacados del neoestatismo junto Theda Skocpol. Block insistirá en ir más allá de la autonomía relativa y aceptar la existencia de una élite político burocrática que posee poder e intereses por derecho propio. Desde los años 80 —cuando Theda Skocpol y Block dicen que hay que traer al Estado al primer plano—, estos autores nunca abandonan la centralidad del Estado, ni desde el punto de vista analítico y ni desde el punto de vista de una estrategia política. La élite político-burocrática, aunque suele implementar políticas que benefician a la clase capitalista, pues de ellas extraen sus recursos fiscales y su legitimidad política, puede ocurrir, como de hecho ocurre durante períodos de crisis económica y social, que la burocracia del Estado se recuesta en la clase trabajadora para imponer fuertes restricciones a la libertad y a las ganancias del capital. 

Entonces, esta mirada estadocéntrica pone el acento en la autonomía de lo político, del rol mediador de los gerente políticos y la transforma en un actor más por derecho propio. Pero a diferencia de la versión dura de Skocpol, la versión blanda de Block establece una dialéctica entre Estado y sociedad que esquiva las tentaciones más radicales del análisis estatalista e institucionalista, que centra el núcleo de su explicación social partiendo de las instituciones y sus capacidades. El elitismo institucional de Block plantea un politicismo que va más allá de la autonomía limitada de Poulantzas, y recupera algo de las intuiciones weberianas y de la articulación hegemónica de Laclau. 

No hay «lógica del capital», digamos, que pueda impedir el curso de una lucha anticapitalista en el que la élite política forme parte. Una alianza entre clases subalternas y élite política, incluso puede propiciar procesos radicales de transformación, como lo demuestran movimientos nacional populares impulsados desde arriba y desde abajo en América Latina. 

7

Michael Mann es el autor más alejado de la tradición poulantziana. Se alejó por el camino abierto por el empirismo inglés y la sociología histórica. Mann decía que a Poulantzas le interesaba más la crítica marxista que la propia realidad, y algo de eso también le criticó otro británico, Ralph Miliband en su clásica polémica con Poulantzas. Mann, aun autor enrolado en una especie de marxismo weberiano, ha desarrollado una sociología histórica monumental, cinco volúmenes sobre las fuentes del poder en la historia. 

Mann da una explicación alternativa a la de Poulantzas sobre la naturaleza y las relaciones del poder. Asegura, igual que Marx, que la base económica ha sido decisiva para la conformación de la sociedad y del Estado moderno, pero no la única, ni la más relevante en todo momento y lugar. Sostiene la necesidad de ver a lo que llamamos sociedad como una red de relaciones de poder económico, político, militar e ideológico con sus propias lógicas y relaciones que se entrecruzan de manera aleatoria sin que se pueda predecir el papel y la importancia decisiva de cada una, dependiendo de cada coyuntura histórica. Mann se enrola en un neoestatismo relacional. 

Igual que Jessop, Mann asume como propia la definición de Poulantzas de que la autonomía del Estado (y por lo tanto su efecto de unidad) está dado por ser el lugar en el que convergen relaciones de poder. Es decir, no insiste tanto en la autonomía de los gerentes estatales como en la autonomía dada por el lugar en el que convergen las relaciones de poder, lugar de síntesis  y metabolismo del poder. Su interpretación de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial o el fascismo difieren de las explicaciones causales basadas en la economía y las disputas interimperialistas por los mercados. El fascismo, además, debería ser explicado, sostiene, desde un lugar distinto al de la determinación económica con el que los marxistas han insistido. 

Block, Mann y Jessop se separan de Poulantzas en un punto crucial: el Estado no puede definirse per se como Estado capitalista, puesto que depende del tipo de orden social en el que el Estado esté enraizado. Mann y Jessop lo llaman Estado polimorfo. Y ambos no definen al Estado según sus funciones como era tradición en el marxismo, sino por la morfología de sus instituciones. 

El israelí, Joel Migdal rescata el concepto de Estado como el resultado dinámico de consecuencias no buscadas, de luchas y cristalizaciones parciales, siempre puestas en duda, siempre fallidas. Una mirada que apunta contra las teorías racionalistas que prescriben cómo deben ser los estados para ser «racionales» (y es evidente que deben ser siempre a imagen y semejanza de Europa y Estados Unidos). Migdal encuentra en las ilegalidades, semilegalidades e informalidades periféricas no una muestra de irracionalidad desviada del estándar esperado, sino otra forma de gestión y otra racionalidad alternativa a los modelos eurocentristas. Proviniendo del pluralismo teórico, su convergencia con Jessop parece notable. 

8

El libro recoge textos que, salvo el de García Linera, no son de autores latinoamericanos, pero los temas que se tratan, la perspectiva y las problemáticas que recorren tienen una traductibilidad latinoamericana evidente. Si vemos los aportes de Linera, y en particular el caso boliviano, aun con todas sus particularidades, las categorías que mencionamos apareen en movimiento. 

El proceso boliviano pone en discusión la relación entre sociedad y Estado, entre los movimientos sociales y el Estado como productor también de realidades transformadoras. Pone en discusión el concepto de materialidad e idealidad, y el metabolismo dinámico entre sociedad y Estado, el carácter disputado y no cerrado del Estado, atravesado por conflictos y disputas verticales y horizontales, heterogéneo, cambiante, cristalización de relaciones de fuerza y de múltiples relaciones de poder. Y en particular ha puesto en discusión las formas de la transición socialista, la relación entre la democracia directa y el sufragio electoral, el Estado como lugar de dominación y lugar de emancipación. 

Fuimos testigos de la evolución política e intelectual de Linera, desde una perspectiva catarista más ligada al autonomismo que miraba al Estado desde una concepción externa al movimiento social, a otra en los que conceptos como el de hegemonía o la concepción relacional del Estado se hace cada vez más presente a medida que avanza su propia experiencia como vicepresidente y actor clave de la historia boliviana de las últimas dos décadas. Por eso polemizando con Holloway rechaza que la sociedad y las clases subalternas construyan su historia al margen del Estado. Así, sugiere que la idea de «cambiar el mundo sin tomar el poder» es pensar que el poder es una propiedad y no una relación, que es una cosa externa a lo social y no un vínculo social que nos atraviesa a todos. 

9

Cuando Poulantzas sostuvo una línea estratégica de socialismo democrático, basado en el fortalecimiento recíproco de la democracia directa fuera del Estado y la democracia electoral al interior del mismo, ese proyecto, que en Francia pasaba por el triunfo electoral del frente de izquierda, no se dio, su estrategia eurocomunista no se pudo concretar, y poco tiempo después el triunfo del tathcherismo y la reacción conservadora sepultarían las ilusiones puestas en la transición europea. Ese escenario, paradójicamente, se abrió mucho más claramente en América Latina en los 2000 que en la Europa de Poulantzas. 

Con todos los triunfos y derrotas, los errores y los aciertos de los gobiernos posneoliberales, el idioma poulantziano parecía echar más raíces en suelo latinoamericano que en la propia Europa, habla mejor el idioma español que el francés, el inglés o el italiano, se entiende mejor en El Alto de La Paz, el trópico de Cochabamba o las asambleas populares y movimientos feministas en Argentina, que en el barrio latino, la Sorbona o la Renault de Fline. 

Estamos, entonces, en presencia de un problema de traductibilidad: en qué medida estas discusiones abiertas nos interpelan y nos ayudan a pensar nuestra propia realidad, cómo sacamos provecho de los aportes y debates que el autor griego disparó en su momento y cómo los traducimos a nuestro propio terreno sin que sea ni calco ni copia.

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Lucha contra un incendio atribuido a los efectos del cambio climático, el miércoles en Laguna Niguel, California.Foto Ap

Esta semana, la Organización Meteorológica Mundial advirtió que el mundo tiene una probabilidad de 50 por ciento de tener un calentamiento de 1.5 grados por encima de los niveles preindustriales en los próximos cinco años. Incluso quienes suelen ver el vaso medio lleno tienden a estar de acuerdo en que los esfuerzos realizados hasta ahora por los gobiernos nacionales para combatir la crisis del clima, aunque significativos en algunos aspectos, no son suficientes. De hecho, la economía global continúa dependiendo exclusivamente de los combustibles fósiles, los cuales aún suministran 80 por ciento de la oferta energética.

Las advertencias sobre una catástrofe climática incluidas en los segmentos segundo y tercero de la más reciente revisión del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (PICC) de Naciones Unidas, emitidos el 28 de febrero y 4 de abril de 2022, respectivamente, fueron pasadas por alto enteramente entre la guerra de Ucrania y el incremento de los costos de la energía. En Estados Unidos, la respuesta del gobierno de Biden a los precios crecientes del gas fue renovar la perforación por petróleo y gas en tierras federales y anunciar "la mayor liberación a la fecha de las reservas estratégicas de petróleo". El resto del mundo también ha respondido con ideas cortoplacistas a las consecuencias de la guerra en Ucrania.

En esta entrevista, el renombrado académico y activista Noam Chomsky examina las consecuencias de este pensamiento cortoplacista entre las tensiones militares en aumento.

J. Polychroniou (CJP): Noam, la guerra en Ucrania está causando sufrimientos humanos inimaginables, pero también tiene consecuencias económicas globales y es una noticia terrible para la lucha contra el calentamiento global. De hecho, como resultado de los crecientes costos de la energía y las preocupaciones por la seguridad energética, los esfuerzos de descarbonización han pasado a un segundo plano. En Estados Unidos, el gobierno de Biden ha adoptado el lema republicano "perfora, nene, perfora", Europa está empeñada en construir nuevos gasoductos e instalaciones de importación, y China planea elevar la capacidad de producción de carbón. ¿Puede usted comentar sobre las implicaciones de estos desafortunados sucesos y explicar por qué el pensamiento cortoplacista sigue prevaleciendo entre los líderes mundiales, aun en un momento en que la humanidad podría estar al borde de una amenaza a nuestra existencia?

Noam Chomsky (NCh): “La última pregunta no es nueva. En una forma o en otra, ha surgido a lo largo de la historia.

“Recordemos un caso que se ha estudiado a fondo: ¿por qué los líderes políticos fueron a la guerra en 1914, con absoluta confianza en su propia rectitud? ¿Y por qué los más prominentes intelectuales en todos los países en guerra se alinearon con apasionado entusiasmo en apoyo de su propio Estado… fuera de un puñado de disidentes, los más destacados de los cuales fueron encarcelados (Bertrand Russell, Eugene Debs, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht)? No era una crisis terminal, pero era grave.

“Este modelo se remonta en el tiempo. Y continúa con poco cambio después del 6 de agosto de 1945, cuando nos enteramos de que la inteligencia humana se había elevado al nivel en el que pronto sería capaz de exterminarlo todo.

“Si observamos de cerca el modelo, en el curso de los años, una conclusión me parece surgir con claridad: lo que impulsa la política no es la seguridad, al menos no la seguridad de la población, la cual es, cuando mucho, una preocupación marginal. Lo mismo puede decirse de las amenazas a la existencia. Tenemos que buscar en otro lado.

“Un buen punto de partida, creo, es lo que me parece el principio mejor establecido de la teoría de las relaciones internacionales: la observación de Adam Smith de que los ‘Amos de la Humanidad’ –en su tiempo los comerciantes y fabricantes de Inglaterra– son ‘los principales arquitectos de la política del Estado’. Utilizan su poder para asegurar que sus intereses ‘sean atendidos de la manera más peculiar’, por ‘dolorosos’ que fueran sus efectos sobre otros, entre ellos el pueblo de Inglaterra, pero con más brutalidad las víctimas de la ‘salvaje injusticia de los europeos’. El objetivo particular de Smith era el salvajismo británico en India, entonces en sus primeras etapas, pero ya bastante terrible.

“Nada cambia mucho cuando la crisis se vuelva existencial. Los intereses de corto plazo prevalecen. La lógica es clara en los sistemas competitivos, como en los mercados no regulados. Quienes no participan en el juego son excluidos con rapidez. La competencia entre los ‘principales arquitectos de la política’ en el sistema estatal tiene propiedades un tanto similares, pero debemos tener en mente que la seguridad de la población está lejos de ser un principio rector, como la historia muestra con claridad.

“Usted tiene razón en cuanto al horrible impacto de la criminal invasión rusa de Ucrania. La discusión en Estados Unidos y Europa se centra en el sufrimiento de Ucrania, lo cual es razonable, mientras aplaude también nuestra política de acelerar la miseria, lo cual no es tan razonable. Volveré sobre ello.

“Veamos sólo un ejemplo, la peor crisis humana, de acuerdo con Naciones Unidas: Yemen. Más de 2 millones de niños enfrentan una hambruna inminente, según informa el Programa Mundial de Alimentos. Casi 100 por ciento de sus cereales son importados, "de los cuales Rusia y Ucrania aportan la mayor cantidad de trigo y derivados (42 por ciento)", además de harina rexportada y trigo procesado para la misma región.

“La crisis va mucho más allá. Intentemos ser honestos al respecto: la perpetuación de la guerra es, en términos simples, un programa de asesinato en masa sobre buena parte del Sur global.

“Esa es la menor parte. En periódicos supuestamente serios se analiza cómo Estados Unidos podría ganar una guerra nuclear con Rusia. Tales análisis lindan en una locura criminal. Y, por desgracia, las políticas de Estados Unidos y la OTAN proporcionan muchos posibles escenarios para una rápida terminación de la sociedad humana. Para mencionar sólo una, Putin hasta ahora se ha abstenido de atacar las líneas de suministro de armas pesadas a Ucrania. No sería gran sorpresa si eso terminara, lo cual llevaría a Rusia y la OTAN a un conflicto frontal, con un camino fácil hacia una intensificación que bien podría conducir a un rápido adiós.

“Más probable, de hecho muy probable, es una muerte más lenta por medio del envenenamiento del planeta. El informe más reciente del PICC dejó en claro que, para que haya alguna esperanza de un mundo habitable, debemos dejar de usar combustibles fósiles ahora mismo, y avanzar con firmeza hasta su pronta eliminación. Como usted señala, el efecto de la guerra actual es poner fin a las de por sí limitadas iniciativas existentes, y de hecho revertirlas y acelerar la carrera hacia el suicidio.

“Naturalmente, reina gran jolgorio en las oficinas ejecutivas de los consorcios dedicados a destruir la vida humana en la Tierra. Ahora no sólo están libres de restricciones y de las quejas de molestos ambientalistas, sino que se les elogia por salvar a la civilización que ahora reciben estímulos para destruir aún más rápidamente. Ahora se les anima a desperdiciar recursos escasos que se necesitan con desesperación para propósitos humanos y constructivos. Y, al igual que sus socios en la destrucción masiva, las corporaciones de combustibles fósiles, absorben recursos de los contribuyentes.

“¿Qué podría ser mejor o, desde una perspectiva diferente, más insensato? Haríamos bien en recordar las palabras del ex presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de la "Cruz de hierro" de 1953:

“‘Cada arma que se fabrica, cada guerra que se emprende, cada cohete que se dispara significa, en último sentido, un robo a quienes padecen hambre y no son alimentados, quienes padecen frío y no son vestidos. Este mundo en armas no sólo gasta dinero: gasta el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños. El costo de un bombardero pesado moderno es éste: una moderna escuela de ladrillos en más de 30 ciudades. Es dos plantas eléctricas, cada una capaz de atender a una población de 60 mil personas. Es dos hospitales excelentes, plenamente equipados. Es unos 80 kilómetros de pavimento de concreto. Pagamos por un solo avión caza con medio millón de bushels de trigo. Pagamos por un solo destructor con nuevas casas que podrían albergar a más de 8 mil personas… Ésta no es una forma de vida, en ningún sentido verdadero. Bajo la nube de la amenaza de guerra, la humanidad pende de una cruz de hierro’.

“Estas palabras no podrían ser más apropiadas hoy.

“Volvamos a la razón por la que los ‘líderes mundiales’ persisten en este curso insensato. Primero, veamos si podemos ver si alguno de ellos merece ese apelativo, excepto por ironía.

“Si los hubiera, estarían dedicados a poner fin al conflicto en la única forma posible: mediante la diplomacia y la capacidad política. Las líneas generales de un acuerdo político se han entendido desde hace mucho tiempo. Las hemos examinado antes y también hemos documentado la dedicación de Estados Unidos (con la OTAN a remolque) a socavar la posibilidad de un acuerdo diplomático, de manera bastante abierta y con orgullo. No debería haber necesidad de revisar de nuevo ese registro funesto.

“Un dicho común es que el ‘loco Vlad’ está tan demente, y tan inmerso en sueños guajiros de reconstruir un imperio y tal vez conquistar el mundo, que no tiene caso ni siquiera escuchar lo que dicen los rusos… es decir, si uno puede evadir la censura estadunidense y encontrar algunos fragmentos en la televisión estatal de India o en la prensa de Medio Oriente. Y sin duda no hay necesidad de considerar un involucramiento diplomático con semejante criatura. Por tanto, no exploremos siquiera la única posibilidad de poner fin al horror y continuemos aumentándolo, sean cuales fueren las consecuencias para Ucrania y para el mundo. Los líderes occidentales, y gran parte de la clase política, están ahora consumidos por dos ideas principales: la primera es que la fuerza militar rusa es tan abrumadora que pronto podría tratar de conquistar Europa occidental, o incluso más allá. Por tanto, tenemos que ‘combatir a Rusia allá’ (con cuerpos ucranios), de modo que ‘no tengamos que combatir a Rusia aquí’ en Washington, según nos advierte Adam Schmitt, del Partido Demócrata, presidente del Comité Selecto Permanente sobre Inteligencia de la Cámara de Representantes.

“La segunda es que la fuerza militar rusa ha sido exhibida como un tigre de papel, tan incompetente y frágil, y tan mal conducida, que no puede conquistar ciudades ubicadas a unos kilómetros de su frontera, defendida en gran parte por un ejército de ciudadanos.

“Esta última idea es objeto de mucho alarde. La primera inspira terror en nuestros corazones. Orwell definió el ‘pensardoble’ como la capacidad de tener en mente dos ideas contradictorias y creer en ambas, locura sólo imaginable en estados ultratotalitarios.

“Si adoptamos la primera idea, debemos armarnos hasta los dientes para protegernos de los planes demoniacos del tigre de papel, aun cuando el gasto militar ruso es una fracción del de la OTAN, incluso sin contar a Estados Unidos. Quienes sufren pérdida de memoria estarían felices de saber que Alemania por fin ha recibido el mensaje, y pronto podría superar a Rusia en gasto militar. Ahora Putin tiene que pensarlo dos veces antes de conquistar Europa occidental.

“Para repetir una obviedad, la guerra en Ucrania puede terminar con un acuerdo diplomático, ya sea con rapidez o en una agonía prolongada. La diplomacia, por definición, es un asunto de toma y daca. Cada lado debe aceptarla. De ahí se sigue que, en un acuerdo diplomático, a Putin se le debe ofrecer alguna puerta de escape.

“O aceptamos la primera opción o la rechazamos: al menos en eso no hay discusión. Si la rechazamos, elegimos la segunda opción. Puesto que ésta es la preferencia casi universal en el discurso occidental, y sigue siendo la política estadunidense, consideremos lo que implica.

“La respuesta es directa: la decisión de rechazar la diplomacia significa que nos involucraremos en un experimento para ver si el perro rabioso irracional se escabullirá silenciosamente, en derrota total, o si empleará los medios con los que sin duda cuenta para destruir a Ucrania y poner el escenario para una guerra terminal.

“Y, mientras realizamos este grotesco experimento con las vidas de los ucranios, nos aseguraremos de que millones mueran de hambre por la crisis alimentaria, jugaremos con la posibilidad de la guerra nuclear, y correremos con entusiasmo hacia la destrucción del ambiente que sostiene la vida. Por supuesto, es concebible que Putin sencillamente se rinda, y que se abstenga de usar las fuerzas bajo su mando. Y tal vez podamos reírnos simplemente de las perspectivas de recurrir a las armas nucleares. Es concebible, pero ¿qué clase de persona estaría dispuesta a jugarse esa apuesta?

“La respuesta es: los líderes occidentales, de modo bastante explícito, junto con la clase política. Eso ha sido obvio durante años, incluso se ha expresado de manera oficial. Y para asegurarse de que todos entendamos, la posición fue reiterada con fuerza en abril pasado, en la primera reunión mensual del ‘grupo de contacto’, que incluye a la OTAN y a los países asociados. La reunión no se realizó en la sede de la OTAN en Bruselas, Bélgica; más bien, se derribaron todas las simulaciones y se llevó a cabo en la Base Ramstein de la fuerza aérea estadunidense en Alemania, técnicamente territorio alemán, pero que en el mundo real pertenece a Estados Unidos.

“El secretario de la Defensa Lloyd Austin abrió la reunión declarando: ‘Ucrania cree sin duda que puede ganar, y así lo creemos todos los aquí presentes’. Por tanto, los dignatarios reunidos no deberían titubear en enviar armamento avanzado a Ucrania y persistir en los otros programas que, anunció con orgullo, llevarán de hecho a Ucrania al sistema de la OTAN. En su sabiduría, los dignatarios asistentes y su líder garantizan que Putin no reaccionará en las formas en que todos sabemos que puede hacerlo.

“La historia de la planeación militar durante muchos años, de hecho siglos, indica que ‘todos los aquí presentes’ tienen en efecto esas notables creencias. Sea que las tengan o no, sin duda están dispuestos a llevar a cabo el experimento con las vidas de los ucranios y el futuro de la vida en la Tierra.

“Puesto que se nos asegura con tanta autoridad que Rusia observará de manera pasiva todo esto sin reaccionar, podemos dar otros pasos para ‘integrar de facto a Ucrania a la OTAN’, de acuerdo con los objetivos del ministerio ucranio de defensa, estableciendo ‘plena compatibilidad del ejército ucranio con los de los países de la OTAN’, y garantizando que no pueda alcanzarse un acuerdo diplomático con ningún gobierno ruso, a menos que de algún modo se convierta a Rusia en satélite estadunidense.

“La actual política estadunidense prevé una guerra prolongada para ‘debilitar a Rusia’ y asegurar su derrota total. Esta política es muy similar al modelo afgano de la década de 1980, que, de hecho, ahora es postulado explícitamente en los altos círculos, por ejemplo por la ex secretaria Hillary Clinton. Puesto que es cercana a la política actual del país, incluso un modelo funcional, vale la pena observar lo que en realidad ocurrió en Afganistán en la década de 1980, cuando Rusia lo invadió. Por fortuna, hoy tenemos un recuento detallado y autorizado hecho por Diego Cordovez, quien dirigió los exitosos programas de la ONU que pusieron fin a la guerra, y por el distinguido periodista y académico Selig Harrison, quien tenía extensa experiencia en la región. Ambos autores ya fallecieron.

“El análisis Cordovez-Harrison derriba por completo la versión recibida. Los autores demuestran que la guerra fue concluida por una cuidadosa diplomacia dirigida por la ONU, no por la fuerza militar. La política estadunidense de movilizar y financiar a los islamitas más radicales para combatir a los rusos significó, concluye el análisis, ‘combatir hasta el último afgano’, en una guerra subrogada para debilitar a la Unión Soviética. ‘Estados Unidos hizo todo lo posible por evitar que la ONU participara’, es decir, para evitar los cuidadosos esfuerzos diplomáticos que acabaron con la guerra.

“La política estadunidense retrasó la retirada rusa que se había considerado desde poco después de la invasión, la cual, mostraron los autores, tenía objetivos limitados, sin parecido alguno con los espantosos objetivos de conquista mundial que conjuraba la propaganda estadunidense. ‘Claramente la invasión soviética no era el primer paso en un plan maestro expansionista de un liderazgo unido’, escribió Harrison, confirmando las conclusiones del historiador David Gibbs, basado en archivos soviéticos revelados.

“El principal directivo de la CIA en Islamabad, quien encabezó en persona las operaciones, expresó con sencillez el objetivo principal: la idea era matar soldados rusos; dar a Rusia su Vietnam, como proclamaron altos funcionarios estadunidenses, revelando la colosal incapacidad de entender nada sobre Indochina que fue la marca de la política estadunidense a lo largo de décadas de matanzas y destrucción.

“Cordovez y Harrison escribieron que el gobierno estadunidense ‘estuvo dividido desde el principio entre los desangradores, que querían que las fuerzas soviéticas permanecieran atascadas en Afganistán y de ese modo vengarse por Vietnam, y los negociadores, que querían forzar su retirada mediante una combinación de diplomacia y presión militar’. Es una distinción que aparece muy a menudo. Los desangradores por lo regular ganan y causan inmenso daño. Para ‘el que decide’, para tomar la definición que George W. Bush hacía de sí mismo, es más seguro verse rudo que blando.

“Afganistán es un buen ejemplo. En el gobierno de James Carter, el secretario de Estado Cyrus Vance era un negociador, quien sugería acuerdos de largo plazo que casi sin duda habría evitado, o por lo menos reducido en gran medida, lo que tenía el propósito de ser una intervención limitada. El consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski era el desangrador, empeñado en la venganza por Vietnam, cualquier cosa que eso significara en esa visión confusa del mundo, y matar rusos, algo que entendía muy bien y disfrutaba.

“Brzezinski prevaleció. Convenció a Carter de enviar armas a la oposición que buscaba derrocar al gobierno pro ruso, anticipando que los rusos serían arrastrados a un lodazal semejante a Vietnam. Cuando eso ocurrió, apenas podía ocultar su regocijo.

“Cuando, tiempo después, se le preguntó si sentía remordimientos, la pregunta le pareció ridícula. Su éxito en atraer a Rusia a la trampa afgana, afirmó, fue la causa del colapso del imperio soviético y del fin de la guerra fría, lo cual, en gran medida, es un absurdo. Y a quién le importa si dañó a ‘algunos musulmanes agitados’, como el millón de cadáveres, haciendo a un lado incidentes como la devastación de Afganistán y el surgimiento del islam radical.

“Hoy se maneja públicamente la analogía afgana y, lo que es más importante, se lleva a la práctica en la política.

“La distinción entre desangradores y negociadores no es nada nueva en los círculos de la política exterior. Un ejemplo famoso de los primeros días de la guerra fría es el conflicto entre George Kennan (negociador) y Paul Nitze (desangrador), ganado por este último, lo cual sentó las bases para muchos años de brutalidad y casi destrucción. Cordovez y Harrison respaldaron explícitamente el enfoque de Kennan, con abundante evidencia.

Un ejemplo cercano a Vance-Brze­zinski es el conflicto entre el secretario de Estado William Rogers (negociador) y el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger (desangrador) sobre la política hacia Medio Oriente en los años de Richard Nixon. Rogers propuso soluciones diplomáticas razonables al conflicto entre Israel y los árabes. Kissinger, cuya ignorancia sobre la región era monumental, insistió en la confrontación, y ello llevó a la guerra de 1973, que Israel ganó por escaso margen con una seria amenaza de guerra nuclear.

“Estos conflictos son permanentes, casi. Hoy sólo quedan desangradores en los puestos altos. Han llegado al extremo de promulgar una Ley de Préstamos y Arrendamientos para Ucrania, aprobada casi por unanimidad. La terminología evoca la memoria del enorme programa de préstamos y arrendamientos que metió a Estados Unidos en la guerra europea (como se pretendía) y vinculó los conflictos en Europa y Asia en una Guerra Mundial (lo que no se pretendía). ‘El programa de Préstamos y Arrendamientos unió las luchas separadas en Europa y Asia para crear, hacia finales de 1941, lo que con propiedad llamamos la Segunda Guerra Mundial’, escribe el historiador Adam Tooze. ¿Es esto lo que queremos en las actuales circunstancias, muy diferentes?

“Si lo es, como parece, por lo menos reflexionemos en lo que implica. Es lo bastante importante para repetirlo.

“Implica que rechazamos de entrada las iniciativas diplomáticas que en realidad pusieron fin a la invasión rusa de Afganistán, pese a los esfuerzos estadunidenses por impedirlo. Por tanto, nos embarcamos en un experimento para ver si la integración de Ucrania en la OTAN, la derrota total de Rusia en Ucrania y otros movimientos posteriores para ‘debilitar a Rusia’ serán observados de manera pasiva por los líderes rusos, o si recurrirán a medios de violencia que sin duda poseen para devastar a Ucrania y poner el escenario para una posible guerra general. Entre tanto, al extender el conflicto en vez de tratar de ponerle fin, imponemos severos costos a los ucranios, empujamos a millones de personas a morir de hambre, lanzamos al planeta ardiente aún con más rapidez hacia la sexta extinción en masa, y –si tenemos suerte– escapamos a la guerra terminal.

“No hay problema, nos dicen el gobierno y la clase política. El experimento no conlleva riesgo porque sin duda los líderes rusos aceptarán todo esto con ecuanimidad, y pasarán sin chistar al cenicero de la historia. En cuanto al ‘daño colateral’, pueden unirse a las filas de los ‘musulmanes agitados’ de Brzezinski. Para tomar prestada la frase que Madeleine Albright hizo famosa: ‘Es una elección difícil, pero el precio… pensamos que el precio vale la pena’.

"Por lo menos, tengamos la honestidad de reconocer lo que hacemos, con ojos abiertos."

CJP: Las emisiones globales se elevaron a un nivel sin precedente en 2021, de modo que el mundo regresó a un enfoque de "normalidad" una vez que lo peor de la pandemia de covid-19 se aquietó… por ahora. ¿Qué tan arraigada está la conducta humana? ¿Somos capaces de tener deberes morales hacia la gente del futuro?

NCh: “Es una pregunta profunda, la más importante que podemos contemplar. La respuesta es desconocida. Podría ser útil reflexionar en ella en un contexto más amplio.

“Consideremos la famosa paradoja de Enrico Fermi: en palabras simples, ¿dónde están? Fermi, distinguido astrofísico, sabía que había un enorme número de planetas a distancia de un contacto potencial que reúnen las condiciones para sostener la vida y una inteligencia superior. Pero ni con la búsqueda más asidua podemos encontrar rastros de su existencia. Entonces, ¿dónde están?

“Una respuesta que se ha propuesto con seriedad, y que no puede desecharse, es que la inteligencia superior se ha desarrollado en innumerables ocasiones, pero ha resultado ser letal: descubrió los medios para la autoaniquilación, pero no desarrolló la capacidad moral para evitarla.

“Tal vez ése es incluso un rasgo inherente a lo que llamamos ‘inteligencia superior’.

“Ahora estamos comprometidos en un experimento para determinar si este sombrío principio se sostiene con respecto a los humanos modernos, llegados a la Tierra en fecha bastante reciente, hace unos 200 mil o 300 mil años, un parpadeo en el tiempo evolutivo. No queda mucho tiempo para encontrar la respuesta o, con más precisión, para decidir la respuesta, como lo haremos, de una forma u otra. Eso es inevitable. O actuaremos para mostrar que nuestra capacidad moral llega al punto de controlar nuestra capacidad técnica de destruir, o no.

“Un observador extraterrestre, si lo hubiera, habría concluido por desgracia que la franja es demasiado inmensa para evitar el suicidio de la especie, y con él, la sexta extinción en masa. Pero podría estar equivocado. Esa decisión está en nuestras manos.

“Existe una forma aproximada de medir la franja entre la capacidad de destruir y la capacidad de contener el deseo de morir: el Reloj del Día del Juicio del Boletín de Científicos Atómicos. La distancia de las manecillas a la medianoche se puede considerar una indicación de esa franja. En 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron estallar armas termodinámicas, el minutero se fijó en dos minutos para la medianoche, que es donde el reloj está ahora. No volvió a llegar a ese punto hasta el periodo de Donald Trump en la presidencia. En su último año, los analistas abandonaron los minutos y pasaron a los segundos: 100 segundos para la medianoche, donde el reloj está ahora. El próximo enero volverán a fijar la hora. No es difícil argumentar que el segundero se adelantará más hacia la medianoche.

“La sombría pregunta surgió con brillante claridad el 6 de agosto de 1945. Ese día aportó dos lecciones: 1) la inteligencia humana, en su gloria, se acercaba a la capacidad de destruirlo todo, logro que se alcanzó en 1953; y 2) la capacidad moral humana iba muy rezagada. A pocos les importaba eso, como las personas de mi edad recordarán muy bien. Al observar el pavoroso experimento en el que con tanto entusiasmo estamos metidos ahora, y lo que implica, es difícil ver alguna mejoría, por decirlo en términos escuetos.

“Eso no responde la pregunta. Conocemos muy poco para responderla. Sólo podemos observar de cerca el único caso de "inteligencia superior" que conocemos, e inquirir lo que sugiere con respecto a la respuesta.

Lo que es más importante: podemos actuar para decidir la respuesta. Está en nuestro poder lograr la respuesta que queremos, pero no hay tiempo que perder.

*Publicado originalmente en Truthout.

Traducción: Jorge Anaya

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