© AFP 2021 / Greg Baker

 Todo indica que China se está preparando para enfrentar desafíos mayores ante Occidente, para no verse arrastrada a una nueva derrota como sucedió en los siglos XIX y XX. Reforzar su poder parece ser el camino elegido.

Un informe de The Washington Post del 30 de junio señala que China está construyendo "más de 100 nuevos silos para misiles balísticos intercontinentales en un desierto cerca de la ciudad noroccidental de Yumen, una ola de construcciones que podría indicar una importante expansión de las capacidades nucleares de Pekin".

Según el citado medio, si estos datos se confirmaran, estaríamos ante "un cambio histórico para China, "ya que hasta ahora contaba con un arsenal nuclear modesto de entre 250 y 350 armas nucleares. El especialista Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Asia Oriental, quien analizó los silos fotografiados por satélites comerciales, describió la escala de la construcción como "increíble".

Lewis explicó al Post que "China está expandiendo sus fuerzas nucleares en parte para mantener un elemento de disuasión, que pueda sobrevivir a un primer ataque estadounidense en cantidades suficientes para derrotar las defensas antimisiles de EEUU".

Se estima que los silos albergarán el misil balístico intercontinental conocido como DF-41, capaz de transportar múltiples ojivas y alcanzar objetivos a 9.300 millas, poniendo el territorio de Estados Unidos a su alcance.

Rápidamente el portavoz del departamento de Estado, Ned Price, mostró la preocupación del Pentágono porque "el arsenal nuclear de la República Popular China crecerá más rápidamente y a un nivel más alto de lo que quizás se anticipó".

Desde tiempo atrás los medios oficialistas chinos vienen reclamando un aumento del arsenal nuclear. En mayo pasado, Global Timesdestacó que expertos militares chinos hicieron un llamado para "aumentar el número de armas nucleares, especialmente su disuasión nuclear basada en el mar de misiles balísticos lanzados desde submarinos intercontinentales, para disuadir una posible acción militar de los belicistas estadounidenses".

El medio agregó que "tener un arsenal nuclear apropiado a la posición de China ayudará a salvaguardar la seguridad nacional, la soberanía y los intereses de desarrollo y establecerá un orden mundial más estable y pacífico, que será beneficioso para el mundo".

En tanto, el editor jefe de Global Times, Hu Xijin, escribió un año atrás que "China necesita aumentar sus ojivas nucleares a 1.000", con al menos 100 misiles estratégicos Dongfeng-41, porque "necesitamos un arsenal nuclear más grande para frenar las ambiciones estratégicas e impulsos estadounidenses hacia China. Quizás tengamos que enfrentar desafíos con una determinación más fuerte en el futuro cercano".

A la hora de comentar las declaraciones del portavoz del Pentágono, el editorial de Global Times del 2 de julio, asegura que se persigue "obstaculizar el desarrollo de la capacidad nuclear de China convirtiéndolo en un problema y colocando a China en una posición pasiva para defenderse".

"Sugerimos que China ignore la información y las acusaciones de Estados Unidos y Occidente. China no debe dejarse llevar por las narices. Que digan lo que quieran decir y especulan", señala Global Times.

En la parte central del editorial se dice: "China ha dicho que mantiene sus capacidades nucleares al nivel mínimo requerido para la seguridad nacional. Pero el nivel mínimo cambiaría a medida que cambia la situación de seguridad de China. China ha sido definida como el principal competidor estratégico por Estados Unidos y la presión militar estadounidense sobre China ha seguido aumentando. Por lo tanto, China debe acelerar el aumento de su disuasión nuclear para frenar el impulso estratégico de Estados Unidos".

Sin embargo, uno de las frases del editorial llama la atención: "Una vez que estalle una confrontación militar entre China y EEUU sobre la cuestión de Taiwán, si China tiene suficiente capacidad nuclear para disuadir a EEUU, eso servirá como base de la voluntad nacional de China".

Se trata de la anticipación de un escenario para el cual las Fuerzas Armadas chinas parecen estarse preparando esmeradamente. Lo que no quiere decir que China esté planificando una guerra para recuperar la isla, sino que no descarta una situación en la que deba apelar a la disuasión nuclear para evitar, por ejemplo, bloqueos marítimos a sus importaciones de petróleo, su comercio o la temida declaración de independencia de Taiwán.

Hasta ahora China había elegido un camino diferente al de la URSS. Para evitar involucrarse en una costosa carrera armamentista, adoptó una doctrina de "disuasión limitada" que prioriza un arsenal nuclear pequeño pero robusto, que asegura la capacidad de Pekín para tomar represalias contra cualquier adversario si es atacado.

Las razones de esta opción de China tienen un doble carácter económico y militar.

Los gobernantes chinos parecen haber concluido que la implosión de la URSS se debió, entre otras razones, a la decisión de mantener la paridad estratégica con EEUU, lo que llevó a darle prioridad a mantener el equilibrio militar, en cantidad y calidad del armamento.

A la larga, esto provocó desajustes en la economía. Las cuantiosas inversiones necesarias para mantener la capacidad de disuasión en base a la paridad militar y nuclear, coadyuvaron al estancamiento, con todas las consecuencias negativas esperables, que se hicieron visibles en la década de 1980, cuando EEUU aceleró su rearme bajo la presidencia de Ronald Reagan.

Desde el punto de vista estrictamente militar, los estrategas chinos están convencidos de que una fuerza nuclear mucho menos cuantiosa que las de Rusia y de EEUU, puede ser suficiente para disuadir a cualquier potencia que pretenda agredirla. De lo que se trata, es de poder devolver el golpe luego de soportar un primer ataque, lo suficientemente demoledor como para que la potencia enemiga sepa a qué atenerse.

Si esta mirada es correcta, China está apostando a la superioridad económica y tecnológica para sortear la agresividad de EEUU y mantener en pie su independencia como nación. Finalmente, esta es la principal lección de su propia historia: evitar la humillación, como sucedió con las "guerras del opio" en el siglo XIX y la invasión japonesa en el siglo XX.

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Un estudio detalla el “catastrófico” efecto de las misiones cristianas en los nativos de América

La mitad de los indígenas de California sobrevivía más allá de los 47 años hasta la llegada de los misioneros españoles en 1769; la mitad moría sin cumplir los 22 después de ese año

 

Un libro fantástico publicado en el año 1510 en Sevilla, Las sergas de Esplandián, narraba las fabulosas aventuras de un caballero cristiano por lugares imaginarios como una tal California, un paraíso terrenal habitado por mujeres guerreras cubiertas de oro. Cuando los conquistadores españoles llegaron a la costa occidental de Norteamérica en el siglo XVI, bautizaron las tierras como California, en recuerdo de aquella leyenda de un libro de caballerías tan popular entonces que incluso aparece en la biblioteca de Don Quijote. La California real, sin embargo, no estaba poblada por amazonas con espadas doradas, sino por grupos indígenas indefensos ante las nuevas enfermedades infecciosas traídas por los recién llegados. Una nueva investigación ha puesto ahora cifras al descenso “catastrófico” de la población original: antes del establecimiento de las misiones españolas, la mitad de los nativos sobrevivía más allá de los 47 años. Tras el asentamiento de los llamados “varones de Dios”, la mitad de los locales llegó a morir antes de cumplir los 22 años.

El actual mapa de California revela su origen: San Francisco, San José, Santa Bárbara, San Luis Obispo. Tras más de dos siglos de escasos avances, el fraile Junípero Serra fundó la primera misión española, la de San Diego, en 1769. Los franciscanos se extendieron por el territorio con el encargo de convertir las comunidades locales de cazadores y recolectores en súbditos productivos del rey católico Carlos III. El nuevo estudio, encabezado por el antropólogo estadounidense Brian Codding, ha analizado los registros de mortalidad de las propias misiones españolas, con datos de más de 23.000 personas, y otros 10.000 fallecimientos de tiempos prehistóricos. Los autores hablan de unos niveles de mortalidad similares a los de una “peste” tras el establecimiento de los españoles a partir de 1769.

El trabajo, publicado este lunes en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU (PNAS), calcula que la población local de 43.285 personas se redujo a 7.800 individuos tras la llegada de los misioneros a lo que hoy es California central. “El número de muertes tras el establecimiento de las misiones españolas fue, probablemente, mucho mayor, especialmente si la población en el momento del contacto está infraestimada y si los fallecimientos no se registraban”, opina Codding, de la Universidad de Utah, en Salt Lake City. Martha Ortega, historiadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (México), aplaude el nuevo estudio, “serio y muy bueno”, en el que no ha participado.

Algunos historiadores españoles, como Salvador Bernabéu, han analizado en los últimos años el sistema de las misiones en California. Los frailes, acompañados por algunos soldados, llegaban con perros, caballos, gallinas, ovejas, semillas y regalos para atraer a los nativos. Los predicadores les enseñaban oraciones cristianas, los bautizaban y los vestían como los españoles: con calzón y camisa, a los hombres, o con vestido, a las mujeres. Bernabéu, director de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (CSIC), ha constatado en sus obras la “caída drástica” de la población indígena por las enfermedades infecciosas, un problema que se agravó cuando los nativos fueron obligados a convivir en estancias mal ventiladas en las misiones. La viruela, el resfriado común, la gripe, el sarampión, la difteria, la malaria y las enfermedades venéreas arrasaron a los nativos.

Los virus y los microbios, sin embargo, no explican por sí solos la catástrofe vivida alrededor de las misiones españolas, advierten los autores estadounidenses, que apuntan a otros factores añadidos, como la expropiación de tierras, las hambrunas, la esclavitud y los traslados forzosos. “Quizá fue más culpable el caos cultural que se extendió por América tras el contacto con los europeos y que podría haber exacerbado radicalmente la vulnerabilidad de las poblaciones indígenas”, plantean los investigadores en su estudio. Su análisis muestra que en las misiones californianas murió un mayor número de mujeres (unas 13.000) que de hombres (unos 10.000), un fenómeno todavía sin explicación, según admite otro de los firmantes, el prehistoriador Terry Jones, de la Universidad Politécnica Estatal de California, en San Luis Obispo.

“Hubo violencia en las misiones. Hubo intentos de revuelta por parte de los nativos”, señala Jones, que se apoya en el análisis de los restos óseos, con marcas de golpes y de proyectiles. “Y California tampoco era un paraíso libre de violencia antes de la llegada de los españoles. Los relatos históricos describen enfrentamientos a pequeña escala con violencia entre grupos nativos, a menudo causados por el uso sin autorización de los recursos de otro grupo o por la invasión de sus territorios”, subraya Jones.

Los historiadores pensaron durante décadas que, tras la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492, hubo una pandemia continental que aniquiló a la población indígena, con plagas que incluso habrían llegado a California antes que los propios españoles, pero estudios como el de Codding y Jones muestran más bien un mosaico de epidemias regionales surgidas durante siglos y con diferentes intensidades. La peste en California llegó con los misioneros.

Por Manuel Ansede

05 jul 2021 - 21:15 CEST

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Lunes, 05 Julio 2021 05:44

Un abismo que se ensancha

Un abismo que se ensancha

Para el régimen en Nicaragua la mejor de las soluciones sería que las elecciones, que según la Constitución y las leyes deben realizarse en noviembre de este año, fueran nada más un trámite burocrático o, mejor que eso, que no existieran del todo. Que no existieran los partidos políticos de oposición ni tampoco los candidatos capaces de desafiar la cuarta reelección consecutiva de Daniel Ortega.

Esta es una antigua idea sacada del leninismo de manual acondicionado al trópico, donde, de todas maneras, el vicio de la relección es más viejo que la revolución de octubre. La supuesta escogencia, ya tan obsoleta, sigue siendo entre democracia burguesa o democracia proletaria, aunque, en fin de cuentas, no es sino otra más simple: poder temporal, con alternancia democrática, o poder para siempre a toda costa.

La democracia representativa sale sobrando en la simpleza de este credo, porque la existencia de varios partidos en competencia, reza el alegato ideológico, sólo provoca disensiones. Entonces, la panacea, por mucho que huela a naftalina, es el partido único.

Los viejos telones rotos enseñan el tinglado de trampas y artimañas donde estas elecciones van a representarse. Al Consejo Supremo Electoral sólo tocará calcular de antemano la cifra abrumadora de votos con que el candidato oficial a presidente y su esposa, candidata a vicepresidenta, ganarán las elecciones.

Hallarse a la cabeza de las encuestas de opinión vuelve indeseable a un aspirante a la candidatura presidencial en estas condiciones. Es lo que ha ocurrido con Cristiana Chamorro, hija del periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado por la anterior dictadura de Somoza en 1978, y de Violeta Barrios de Chamorro, quien ganó las elecciones de 1990.

Cristiana, quien presidió la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, dedicada a promover la libertad de expresión, está siendo acusada del delito de lavado de dinero y sus cuentas bancarias han sido congeladas, han allanado su domicilio, la han dejado incomunicada, con la casa por cárcel, y le han quitado sus derechos políticos, inhibiéndola sin que exista ninguna sentencia judicial condenatoria para que no pueda ser candidata.

Dos funcionarios de la Fundación han sido llevados a la cárcel, porque una atrabiliaria ley faculta al Estado a detener por tres meses a personas sujetas a investigación penal, con lo que el derecho de habeas corpus, que es una garantía universal, queda anulado. Dos presos políticos más, que se suman a los cerca de cien que ya había antes.

Todos los periodistas que han recibido alguna vez respaldo económico de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, o becas, están siendo llamados a declarar a cuenta de un delito inexistente y también como una manera de amedrentarlos. Algunos de ellos han sido ya indiciados y no pueden salir del país.

La Fundación Luisa Mercado, que yo presido, y que realiza cada año el Festival Centroamérica Cuenta, ha firmado convenios con la Fundación Violeta Barrios de Chamorro para organizar talleres y mesas sobre nuevo periodismo en el marco del festival, que tiene relieve internacional. Fui llamado a declarar ante la Fiscalía por este motivo, a pesar de que no hay nada oculto ni nada que no sea legal en esos convenios.

El pretexto de la acusación de lavado de dinero es que la Fundación Violeta Barrios de Chamorro recibió fondos de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) del gobierno de Estados Unidos.

Los organismos no gubernamentales de Nicaragua reciben recursos de gobiernos extranjeros y de agencias internacionales. Ya Ortega mandó aprobar una ley que obliga a quienes obtienen fondos de estas fuentes, a declararse agentes extranjeros, y con eso pierden sus derechos políticos. Pero no es la que se está aplicando en este caso.

Han buscado el nombre de un delito que evoque al crimen organizado, por absurdo que pueda ser. El lavado de dinero, de acuerdo con el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) sólo existe cuando se busca legitimar fondos "generados por actividades ilegales o criminales, por ejemplo, narcotráfico, contrabando de armas, corrupción, desfalco, extorsión, secuestro, piratería".

Ahora, otro aspirante presidencial, Arturo Cruz Sequeira, ha sido apresado en el aeropuerto al entrar al país procedente de Estados Unidos, acusado de violar la "Ley de Defensa de los derechos del pueblo a la independencia, la soberanía y autodeterminación para la paz", por "incitar a la injerencia extranjera". Esta es una ley que castiga aún el acto de "aplaudir" la imposición de sanciones impuestas desde fuera contra el régimen o personas de la maquinaria oficial.

Estas son, pues, las elecciones que se avecinan en Nicaragua. Unas elecciones donde no habrá candidatos oponentes, más que aquellos cortados a la medida de la representación teatral, que tiene un guion inflexible. Una falsa campaña electoral, unas elecciones de resultados ya sabidos desde antes y con unos ganadores asegurados de antemano.

Todo esto lo que demuestra es que el estado de derecho dejó de existir en Nicaragua. Lo demás es ficción y remedo. Y mientras tanto, el abismo se ensancha a nuestros pies.

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Xi Jinping, el autócrata providencial en el centenario del PCCh

El escritor británico Anthony Burgess dio su definición sobre las conmemoraciones: algo así como una celebración de la memoria, ya que recordar de dónde se viene forma parte de diseñar hacia dónde se va. Para el Partido Comunista Chino, que celebra el centenario de su fundación, cumplida en julio de 1921, la celebración también sigue este principio. El pasado milenario de China, que la proyecta como el centro más próspero de las rutas comerciales asiáticas (el "Reino del Medio"), debe estar ligado al futuro en el que China recupere esa posición central; del mismo modo, el Partido Comunista muestra su futuro con los fuertes tintes de las gloriosas acciones de obreros y campesinos que, a mediados del siglo XX, superaron con heroicos esfuerzos la abominable opresión imperialista y la burguesía nacional para dar origen a la República Popular en 1949. Por lo demás, poco importa a la burocracia con sede en Pekín que el PCCh preserve la defensa de los trabajadores solo en una vaga retórica, habiéndose distanciado de hecho de la clase obrera hace mucho tiempo, recortando todas sus libertades de acción y pensamiento y convirtiéndola en un sujeto de explotación infernal por parte de los capitalistas nativos y occidentales para dar lugar al "milagro chino". La ironía es que mientras se celebran los 100 años del partido fundado para emancipar a la clase trabajadora, lo que se alaba hoy es un aparato burocrático que usurpó las conquistas revolucionarias de 1949 para restaurar el capitalismo en el coloso asiático.

Para Xi Jinping, la celebración oficia como un recordatorio de la grandeza personal que quiere transmitir a China y al mundo. Más cerca del romano Quintus Enius, Xi sabe que estará vivo mientras su legado pase por la boca de la humanidad, y es en ese legado en el que se centra. Casi una década en el poder, se enfrenta a enormes desafíos para China. Convertido en la segunda economía del mundo, y entrado en la carrera por la primacía industrial-tecnológica con Estados Unidos, el capitalismo chino (que se distingue del modelo habitual por el dirigismo estatal comandado por el PCCh) se ha convertido oficialmente en un "rival estratégico" de las potencias capitalistas occidentales. Dejando subrepticiamente de lado la "estrategia de los 24 caracteres" de Deng Xiaoping, que predicaba la circunspección y el bajo perfil de China en los asuntos exteriores, ocultando siempre su verdadera fuerza, Xi Jinping quiere mostrarse afirmativo. El Partido Comunista Chino proyecta su poder a nivel internacional, especialmente en el ámbito asiático, preparando la reincorporación de Taiwán y la integración territorial del Mar de la China Meridional, buscando desafiar la hegemonía de Washington existente en la región de Asia-Pacífico desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los rápidos avances tecnológicos y la modernización de las Fuerzas Armadas –China tiene ahora la mayor flota de guerra del mundo– sirven al propósito del "sueño chino".

En una de las primeras ceremonias de apertura de las celebraciones del centenario, Xi Jinping, ensalzó la "lealtad al partido" y entregó una nueva medalla de honor ("Medalla del 1 de julio") a 29 miembros del PCCh, que ha gobernado China durante 72 años. "Dedica todo, incluso tu vida, al partido y al pueblo", dijo el gobernante a los 92 millones de afiliados. El país de los multimillonarios también tiene el partido de los multimillonarios. Cientos de miles de "capitalistas rojos", incluidos algunos de los empresarios más ricos de China, se encuentran entre los afiliados. Y no solo en sentido figurado, sino en posiciones de liderazgo en el Comité Central y el Politburó. Como revela la investigación de Bruce Dickson en Riqueza y Poder, la cantidad de empresarios capitalistas que son miembros del Partido Comunista Chino ha pasado del 13 % en 1993 al 35 % en 2008, y forma parte de una estrategia de cooptación del partido, en la que los gobiernos locales se fortalecen regionalmente incorporando al PCCh a los industriales más ricos (que se benefician de los resultados proyectados por estos gobiernos), y en la que los empresarios se benefician al tener facilidades para acceder a créditos bancarios y licitaciones, además de obtener la prerrogativa de injerencia política en las decisiones del partido. El mensaje de Xi Jinping a los empresarios chinos en octubre de 2020 seguía exactamente la misma lógica: todos los empresarios y multimillonarios se beneficiarán en China, siempre que colaboren con el mantenimiento del dominio del PCCh. No por casualidad, multimillonarios como Jack Ma, dueño del gigante Alibaba, y Pony Ma, de Tencent, son miembros del Comité Central, que dicta las coordenadas de la Asamblea Popular Nacional, en la que solo 209 diputados tienen una riqueza de 500.000 millones de dólares, equivalente al PBI de Bélgica.

De hecho, la lista de invitados distinguidos del Partido Comunista Chino para la celebración en la Plaza de la Paz Celestial es una radiografía sociológica del partido. Robin Li, multimillonario propietario de la empresa de Internet Baidu, es un querido amigo de Xi Jinping, invitado a las celebraciones junto con el empresario Dong Mingzhu, de Gee Electric Appliances. También está en la lista el multimillonario Lei Jun, dueño de la multimillonaria empresa de telefonía móvil Xiaomi y que fue invitado de gala a la celebración del 70 aniversario de la fundación de la República Popular en 2019. Jack Ma y Wang Xing, fundador del gigante tecnológico Meituan, han sido disciplinados por Xi Jinping para que vuelvan humildemente al reducto del PCCh. Los estalinistas brasileños, como Jones Manoel, celebran esta configuración del PCCh, diciendo (sin sonrojarse) que "no está en el horizonte del partido acabar con los multimillonarios." Por supuesto que no, ya que ninguna formación política prescinde voluntariamente de sus elementos vitales. En el siglo XX, los PC estalinistas defendían la asimilación de los terratenientes al socialismo; hoy, defienden la asimilación de los multimillonarios. Ayer y hoy, siempre con sus "terratenientes progresistas" en aras del orden del sistema estatal internacional.

Desde el punto de vista de las celebraciones, se hizo todo lo posible para entronizar a la burocracia del Partido Comunista como el principal desafío del imperialismo estadounidense y europeo en el nuevo siglo. Pero, ¿por qué Xi Jinping? ¿Qué razones lo convierten en el autócrata providencial en la obtención del "sueño chino"?

La encrucijada de la crisis mundial y el estancamiento chino

Según el filósofo de la escuela legalista china Han Feizi, que escribió en el siglo III antes de nuestra era sobre la necesidad de centralizar la autoridad total en manos de los gobernantes mediante leyes y métodos de administración (no por la virtud o la moral), los valores políticos cohabitaban, en una relación de subordinación, con las posibilidades materiales. Los tiempos materialmente difíciles exigían valores opuestos a la generosidad de la abundancia, así como los tiempos económicamente favorables explicaban la exuberancia y la magnanimidad. Curiosamente en sintonía con este tipo de materialismo individualista, la China del siglo XXI derrocha solidaridad retórica, contrarrestando la decadencia hegemónica del imperialismo estadounidense con los supuestos beneficios globales de su ascenso, adornado con favores para los aliados (y desgracias para los adversarios). Han Feizi probablemente explicaría la capacidad de proyección internacional de China de Xi Jinping con un examen minucioso de sus enormes éxitos económicos, que la han colocado como la segunda potencia mundial y la primera economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo. El filósofo legalista clásico -si se sigue el ejercicio mental- estaría a favor de la política de premiar a los aliados y castigar a los enemigos como forma de condicionar el comportamiento de la comunidad internacional, cada vez más dependiente de China para sus propios éxitos económicos.

Es innegable que los tiempos son materialmente favorables para China a la luz de su historia reciente en el siglo XX, o el gran dolor de las humillaciones nacionales entre 1840 y 1949. Hay una contradicción de origen en el problema chino actual. La preparación de su crecimiento económico a ritmos monumentales se viene produciendo desde hace décadas, a partir de la apropiación por parte de la restauración capitalista -impulsada por Deng Xiaoping- de aquellos logros de la revolución de 1949. Pero, en realidad, la entrada de China en el escenario de las principales disputas mundiales es excesivamente reciente. Los contornos claros de su entrada en el proscenio de las disputas globales entre las grandes potencias son identificables con certeza desde 2013, cinco años después del estallido de la crisis económica mundial de 2008-2009. Hace menos de una década, la relación de China con las grandes potencias se basaba fundamentalmente en la integración de las cadenas globales de valor y en la estructura de la división internacional del trabajo heredada del neoliberalismo, en el marco de un sentimiento de desconfianza cordial que aún priorizaba la cooperación sobre la ya evidente competencia. Después de 2013, China pasó a ser considerada como una potencia a la que había que frenar en sus saltos económico-tecnológicos, y quedó oficialmente marcada como competidora estratégica de Estados Unidos y la Unión Europea con la iniciativa de la administración estadounidense de Donald Trump (2017-2020) de abrir una agresiva guerra comercial-tecnológica con China.

Para comprender mejor la actualidad concentrada de la posición cambiante de China en el mundo, es necesario arrojar brevemente luz sobre tres momentos. El primero de ellos es la apertura de la Gran Recesión en 2008. La crisis económica y financiera mundial no solo derribó a Lehman Brothers y la noción de infalibilidad capitalista que se propagó durante la era del triunfalismo neoliberal: también derribó la noción, alimentada por la burocracia del Partido Comunista Chino, de que su crecimiento podría seguir sosteniéndose de forma estable dentro del viejo sistema industrial orientado a la exportación. Victor Shih señala que al inicio de la crisis económica mundial de 2008 las exportaciones chinas se desplomaron drásticamente: mientras que en los años de bonanza china el crecimiento de las exportaciones era de una media del 20% anual, en 2009 las exportaciones chinas cayeron a menos de un 18 %. La contracción del comercio mundial, la fragilidad de la economía estadounidense, pero sobre todo la falta de nuevos nichos de acumulación de capital por parte de las grandes potencias que dieran solución a la crisis de 2008, obligaron al Politburó de Pekín a iniciar un tortuoso cambio en su patrón de crecimiento. El objetivo era dejar de depender de la exportación de productos con escaso valor añadido basados en la mano de obra intensiva, e introducir elementos de una economía avanzada que produjera alta tecnología. Para el mantenimiento de las tasas de crecimiento chinas, la dependencia del mercado exterior debe suavizarse a partir del impulso de un aumento masivo de la capacidad de consumo del mercado interno chino. También vinculado a esta transformación, China pasó de ser un bolsillo para la acumulación capitalista occidental a convertirse gradualmente en un competidor por el espacio de inversión mundial y el liderazgo en tecnología de punta. La crisis de 2008, por tanto, abrió el camino a un complejo cambio en las bases estructurales que sustentaban la economía china en los últimos 40 años.

El segundo momento fue el año decisivo de 2013. China, que seguía actuando como contratendencia mundial de los factores que impulsaban la crisis, anclando el desarrollo industrial y comercial mundial, se convirtió en parte del problema. Entre 2013 y 2014 comenzó a sentir los efectos de la crisis dentro de su propio territorio. El aumento de las exportaciones volvió a los niveles anteriores a la crisis durante los breves años de recuperación entre 2010-12, con un crecimiento medio del 25 % anual. Pero la recuperación fue efímera: en el bienio 2013-14, este crecimiento cayó al 7 % anual, y al -2 % entre 2015-16, y el superávit por cuenta corriente de China, que osciló entre el 8-10 % entre 2008 y 2010, cayó al 2 % después de 2013 (SHIH, 2019). Las dificultades materiales más graves fueron contenidas por el colchón de reservas internacionales de China, utilizado por Hu Jintao y Wen Jiabao para aplicar un plan de estímulo fiscal (o "flexibilización cuantitativa", cómo se conocieron las medidas similares) de 4 billones de yuanes entre 2009 y 2010. Pero la línea de fragilidad china se había hecho evidente, más aún con la crisis de las bolsas chinas en 2015, que le hizo perder billones de dólares en pocos días. Los esfuerzos por modificar el patrón de crecimiento de China y disminuir su dependencia de las exportaciones tuvieron que chocar con los intereses cristalizados de segmentos de la propia burocracia del PCCh que se beneficiaban demasiado del curso de la industrialización exportadora en las provincias. La necesidad de autopreservación de la burocracia china ante la posibilidad de un malestar social en la lucha de clases con los efectos de la crisis económica –en los años 2013-14 se registraron huelgas obreras récord– fortaleció al sector más decisivo de la burocracia para operar agresivamente este cambio: Xi Jinping llegó al poder en China precisamente en 2013.

El tercer momento de estos cambios en la posición de China en el sistema internacional de Estados se refleja en la reacción de las potencias occidentales, en primer lugar Estados Unidos, ante el nuevo rumbo del bonapartismo de Xi Jinping. El hito estratégico de esta etapa es la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Entre todas las tendencias nacionalistas y proteccionistas de sus políticas, sin duda fundadas en la propia crisis económica mundial y en las dificultades que atravesaba la economía estadounidense, se destaca una de ellas: la agresividad contra el avance de China. La carrera de China por cambiar el contenido de su producción, aumentando las inversiones en investigación y desarrollo de alta tecnología en ramas económicas de primera importancia –semiconductores, vehículos eléctricos, comunicación espacial, robótica, entre otras– ha hecho que China entre en la disputa por nichos de acumulación de capital. Esta entrada de China en la competencia por los espacios de inversión de capital ha puesto a China en curso de colisión con los intereses de Estados Unidos para preservar su primacía en la tecnología mundial. Todas las medidas de Trump relacionadas con China se basaron en el consenso bipartidista del imperialismo estadounidense para frenar el desarrollo chino. La disputa que marca nuestro siglo entre la superpotencia imperialista central (Estados Unidos) y la potencia emergente (China) –incluso teniendo en cuenta que China no está en condiciones de disputar la primacía imperialista en el mundo a Estados Unidos, muy por delante tecnológica y militarmente– entra en funcionamiento sin ningún disimulo.

Este período entre 2008 y 2017 es, por tanto, fundamental para entender la entrada de China en la contienda de los grandes asuntos capitalistas mundiales. Como no podía ser de otra manera, la línea política del Partido Comunista Chino, con Xi Jinping a la cabeza, tomó un rumbo aún más autoritario. Steve Tsang y Honghua Men afirman que el retroceso de la economía mundial provocado por la crisis financiera de 2008 representó la oportunidad para que un político como Xi Jinping se hiciera notar:

Los avances en materia de desarrollo que China había logrado hasta 2012 la colocaron en un lugar que obligó a los dirigentes a tomar decisiones estratégicas sobre la dirección que tomaría el país a partir de entonces. El enfoque desarrollista seguido por los dirigentes del Partido Comunista después de que Deng Xiaoping inaugurara las reformas en 1978 ya estaba agotado para entonces. La "década dorada" de la asociación entre Hu Jintao y Wen Jiabao marcó el punto álgido de lo que el viejo enfoque podía ofrecer. La perspectiva de prolongar ese enfoque durante otra década no es prometedora. La atmósfera internacional cambiaba, el panorama económico se modificaba, las ventajas demográficas se erosionaban rápidamente, las presiones medioambientales aumentaban, las expectativas de los ciudadanos crecían, las relaciones entre grupos étnicos presentaban desafíos. El gobierno chino tenía que adoptar una vía más dinámica, o arriesgarse a que estos retos se le escaparan de las manos [1].

¿El momento Xi Jinping?

Esta es una forma de presentar las importantes modificaciones estructurales en el modus operandi del Partido Comunista para adaptarse a las necesidades impuestas por la crisis de 2008 y sus claros efectos en China a partir de 2013. Desde que Xi llegó al poder en noviembre de 2012, durante el 18º Congreso del Partido Comunista Chino, su conducta ha sido combinar las políticas de aumento de las capacidades tecnológicas de producción (cambiando el contenido de la producción), con la regulación de las tasas de crecimiento medio del PBI de China. En contra de lo que se suele pensar, la reducción de la tasa media de crecimiento anual del PBI no implica necesariamente un debilitamiento económico. El punto de inflexión de 2013 se impuso a China para deshacerse del patrón de crecimiento a tasas superiores al 10 %. El enfoque estratégico del PCCh para equilibrar la economía implica objetivos de crecimiento anualizados del 7 %, y Xi quiere dejar claro que esta disminución de ritmos forma parte de la planificación económica en esta etapa. El énfasis está en la calidad del crecimiento, o en qué sectores de la economía se convierten en los nuevos centros de gravedad del capitalismo chino.

Xi Jinping añadió su marca a las supuestas premisas que entronizaron los derechos vitalicios de poder de la burocracia del PCCh: la búsqueda de China del estatus de gran potencia mundial. El actual nacionalismo chino se difunde ideológicamente en estrecha relación con la responsabilidad del pueblo de cooperar con los esfuerzos del "gran rejuvenecimiento" de la nación china, también estipulado en el XVIII Congreso del Partido Comunista. Los principales líderes gubernamentales que encabezan estos esfuerzos son todos aliados cercanos de Xi. Li Keqiang y Liu He (economía), Chen Xi y Wang Huning (ideología), Wang Qishan (seguridad), Zhang Dejiang (asuntos exteriores), Liu Yunshan (organización del partido) y Meng Jianzhu (asuntos políticos internos) son algunos de los principales hombres fuertes de Xi Jinping, que dirigen comités de administración que van desde la economía hasta la jurisdicción política estatal.

Pero esto se refiere a las necesidades de China en el centenario del Partido Comunista Chino. Otra cosa es saber por qué Xi Jinping fue consagrado como agente político todopoderoso, el segundo después de Mao Zedong, para llevar a cabo esas necesidades. Nada indicaba previamente que Xi Jinping sería el líder ungido del Partido Comunista. Hijo de un veterano del Partido, Xi Zhongxun –que fue uno de los favoritos de Mao para hacer carrera militar en el Norte durante la Guerra Civil, y que luego fue clave en la aplicación de las reformas procapitalistas de Deng Xiaoping–, Xi Jinping conoció desde muy joven el ambiente olímpico de la casta burocrática china. Tras ser enviado al campo en la provincia de Shaanxi durante la Revolución Cultural (1966-69), conoció los efectos directos de la entrada de capital extranjero en China cuando estuvo destinado en Xiamen, en la provincia de Fujian, una ciudad industrial que en la década de 1980 se convirtió en una de las primeras Zonas Económicas Especiales (ZEE). Xi se benefició políticamente de la represión de la Plaza de Tiananmen en 1989, ascendiendo en la jerarquía del partido con los triunfos de Deng, cuyo famoso "Viaje al Sur" de 1992 Xi pudo observar de primera mano. Secretario del Partido en el distrito de Ningde en la década de 1990 e incorporado al Comité Central del PCCh en medio de la crisis financiera asiática de 1997 (ayudado por las maniobras burocráticas del entonces presidente Jiang Zemin), Xi Jinping se trasladó posteriormente a la provincia agraria de Zhejiang a principios de la década de 2000, donde adquirió cierta notoriedad ya que la proximidad de la provincia a Shanghái hizo que se desarrollara rápidamente: bajo el liderazgo de Xi, las exportaciones de Zhejiang aumentaron un 33 % en cuatro años.

En cuanto a la orientación política, Xi Jinping era un partidario declarado de Deng Xiaoping y su política de reformas procapitalistas. La apariencia conduce al engaño y la exageración si se separa de la esencia de las cosas: a pesar del fortalecimiento de algunos gigantes nacionales (requisito para la proyección internacional, por cierto), Xi Jinping es un rígido defensor del capitalismo chino. Siguiendo los pasos de su padre, el actual presidente de China dio rienda suelta, allí donde trabajó, a las reformas liberalizadoras que devoraron los logros de la revolución de 1949 para catapultar el capitalismo chino a nuevas alturas. Patrocino el fortalecimiento de los principales propietarios privados del PCC, como Jack Ma, dueño de Alibaba, y Li Shufu, propietario de la automotriz Geely (ambos son de la provincia de Zhejiang). Animó a 2.000 empresarios de la provincia costera a invertir en el exterior en 116 países. Observando los tiempos actuales, se descubre fácilmente el origen de los enormes beneficios entregados por Xi Jinping al capital privado, a pesar de las eventuales medidas contra la cartelización de sectores de la economía.

Combinación de Mao y Deng

Sin embargo, la agresividad liberalizadora de Xi nunca implicó una clara separación individual de la figura de Mao. Curiosamente, en realidad ha ocurrido lo contrario. En ocasiones emblemáticas, Xi ha hecho públicos sus homenajes al "Gran Timonel". A finales de 2012, en uno de sus primeros viajes por China como secretario general del PCCh, Xi Jinping visitó la industrializada ciudad sureña de Shenzhen, rindiendo homenaje a la estatua de Mao. En las extensas celebraciones militares del 70 aniversario de la República Popular, Xi apareció en la plaza de Tiananmen con el mismo atuendo maoísta. Esto no es una casualidad. Revestir la línea de profundización de la liberalización a la Deng con la armadura de Mao sirve para señalar, interna y externamente, que China no seguirá el camino de la URSS, sacrificada por la odiada política de Gorvachov, según la ideología del PCCh. En enero de 2013, Xi se dirigió al Comité Central Chino sobre las razones de la caída de la Unión Soviética y la desaparición del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), señalando la "confusión ideológica" como factor central, e identificando la máxima traición que habría llevado al abismo la propia renuncia al legado de Stalin, con las acusaciones de Khrushchev en el famoso XX Congreso del PCUS de 1956.

De hecho, el nuevo gobierno posterior a 2013 no escatimó esfuerzos para hacer entender que China preservaría el legado de Mao, evitando el proceso de "desestalinización" que, a ojos de la burocracia autoritaria de Pekín, fue la decisión que hizo sonar la campana de muerte del PCUS. En ese mismo inicio de su gobierno, en enero de 2013, Xi Jinping fue más allá e incluyó su visión sobre cómo deben verse los periodos históricos en China. Como recuerda François Bougon en "Inside the Mind of Xi Jinping", en su discurso en la Escuela del Partido de Pekín dirigido a los miembros permanentes del Comité Central del PCCh, Xi argumentó que la historia del Partido debía considerarse como un todo, sin la fragmentación de sus partes. Haciendo hincapié en las épocas de la "implantación del socialismo" de Mao Zedong en China, y la era de la reforma y la apertura de Deng Xiaoping, que dio paso al "socialismo con características chinas", el nuevo presidente concluyó que los treinta años de maoísmo (entre 1949 y 1979), y los posteriores treinta años de reformas procapitalistas son complementarios; no deben separarse el uno del otro, y mucho menos oponerse. En parte, Xi bebía en la fuente de las resoluciones de 1981 sobre "Algunas cuestiones sobre la historia de nuestro partido desde la fundación de la República Popular China", adoptadas en el sexto pleno del undécimo Comité Central del Partido, según las cuales era necesario distinguir el pensamiento de Mao, de los errores que había cometido su figura política. Pero Xi elevó esta decisión a la categoría de una concepción integral que respalda el derecho histórico del PCCh al poder. En ese discurso dejó claro que evocaba la síntesis entre las dos épocas, la de Mao y la de Deng, la de la fundación de la República Popular con la de las reformas procapitalistas, como pilar del nuevo régimen: al igual que sería incorrecto invocar a Mao para criticar las reformas de apertura, sería inaceptable señalar las reformas como punto de apoyo crítico a Mao. En palabras de Xi:

Nuestro Partido ha dirigido al pueblo en la construcción del socialismo durante dos épocas, antes y después del período de reforma y apertura. Estas dos épocas están mutuamente conectadas, aunque difieran entre sí en muchas cosas, pero ambas son períodos en los que la construcción del socialismo fue implementada y explotada por nuestro Partido a la cabeza del pueblo. El "socialismo con características chinas" se inició con el nuevo período histórico de la reforma y la apertura, pero también se inició sobre los cimientos del sistema socialista ya establecido en la Nueva China [...] Aunque haya grandes diferencias entre los dos períodos en cuanto a la ideología, la política gubernamental y el trabajo práctico, no pueden separarse, y menos aún ponerse en oposición. El período histórico que precedió a la apertura y a la reforma no puede ser negado por el que le sucedió; tampoco puede utilizarse el período histórico que precedió a la apertura y a la reforma para negar el período posterior.

La conducta gubernamental de Xi Jinping es ilustrativa de la puesta en común de los rasgos distintivos de las épocas Mao-Deng, cristalizados entonces en el concepto "los dos que no se pueden negar" (liangge buneng fouding). En otras palabras, ni la era de la reforma ni la era de la apertura podían utilizarse para negarse mutuamente. En diciembre de 2013, en el 120º aniversario del nacimiento de Mao, Xi Jinping rindió homenaje al Gran Timonel en términos benévolos: se trataba de indicar la línea maestra del gobierno, que busca perpetuar el dominio del capitalismo chino bajo la égida del Partido Comunista, como soñó Deng Xiaoping. La ironía es que la complementariedad entre las dos épocas, si no fue virtuosa, sin duda operó en común en un aspecto primordial, que a la burocracia le interesa menos destacar: la preservación de la concepción estalinista del socialismo en un solo país para China, como bloqueo a la expansión internacional de la revolución y que resultó en la restauración capitalista por las propias fuerzas del PCCh.

Ascendiendo la montaña burocrática

Pero esto, aunque arroja luz sobre la concepción impulsora del nuevo gobierno, sigue sin explicar la elección de Xi Jinping. Frente a una nómina de burócratas empeñados en la restauración acelerada del capitalismo, tras el triunfo del ala de Deng contra el ala de los restauracionistas "moderados" (Chen Yun, Deng Liqun) a mediados de los años noventa, Xi Jinping no se erigió con ninguna capacidad extraordinaria a pesar de figurar entre los funcionarios bien situados en el Comité Central.

El sinólogo británico Kerry Brown, en su libro "CEO, China: the Rise of Xi Jinping", explica que en 2007, poco antes de la remodelación del liderazgo del partido en 2012 (el último año del gobierno de Hu Jintao-Wen Jiabao), tres nombres figuraban entre los más mencionados en la línea de sucesión: Li Keqiang, Li Yuanchao y Xi Jinping. Otro político de prestigio, Bo Xilai, hijo de un veterano del PCCh (Bo Yibo), surgió entre los aspirantes. Aunque menos cercano que los demás a Hu Jintao, Xi Jinping alcanzó el puesto de vicepresidente de la Comisión Militar Central, una institución clave en la política china cuya dirección aseguró el dominio indiscutible de Mao y Deng. Este paso supuso una ventaja considerable para Xi, complementada por un juego de fortuna: ante las acusaciones de corrupción de Chen Liangyu, jefe del Partido en Pekín, la burocracia del partido elige a Xi Jinping como su sustituto. El control de las provincias, o de ciudades estratégicas como Pekín, ha sido la plataforma más importante para ascender en la jerarquía interna del Partido Comunista desde su creación. Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping fueron líderes provinciales que llegaron a la cima de la burocracia de Pekín. Las provincias chinas tienen economías y densidades de población que a veces superan las de muchos estados nacionales. Henan y Sichuan tienen más de 100 millones de habitantes cada una, Shangái tiene el PBI de Finlandia y Guangzhou el de Indonesia. Esto confiere un inmenso poder a los líderes de estos colosos provinciales, que constituyen el grupo más influyente dentro de un Comité Central poblado por ministros, presidentes de empresas estatales y propietarios privados.

Con estas credenciales necesarias, Xi Jinping asumió la presidencia de la República Popular China en noviembre de 2012, ascendiendo también al cargo de presidente de la Comisión Militar Central y al de secretario general del PCCh. Pero estas credenciales necesarias no eran suficientes por sí mismas. Xi demostró ser el más capaz de encarnar las tendencias bonapartistas y nacionalistas que exigía la crisis económica mundial de 2008 y sus efectos en China en 2013. El bonapartismo, según la tradición marxista, distingue a una figura política autoritaria que, ante el enfrentamiento de las clases sociales en momentos de crisis y para evitar procesos abiertos de revolución y contrarrevolución, se eleva aparentemente por encima del eje de las clases y de su representación parlamentaria, convirtiéndose en un "juez árbitro" de la nación; este dominio del sable no está suspendido en el aire: sociológicamente, sirve a los intereses del sector y empresa más fuerte de la clase explotadora (el capital financiero), y políticamente sitúa el eje de su poder en la policía, la burocracia estatal y la camarilla militar” [2]. En el caso de la China capitalista, cuyo sistema presenta muchas diferencias con respecto a las formaciones occidentales, esta característica bonapartista afecta también, como un factor tan importante como los mencionados anteriormente, a la preservación del poder del Partido Comunista como fuerza política de dominio indiscutible. Xi Jinping reunió en sí mismo las mejores características disponibles para mantener el poder del PCCh en tiempos de crisis mundial. Como tal, se alzó como la fuerza más bonapartista para la defensa de los intereses de la casta burocrática de Pekín.

Los cuatro pilares de Xi

Podemos señalar cuatro ejes de intervención de esta fuerza social representada por Xi Jinping, y que le dieron amplios poderes. En primer lugar, desde el punto de vista económico, Xi representó la creciente necesidad de desarrollo tecnológico de China. A diferencia de Li Keqiang (que estudió Derecho) y Li Yuanchao (que estudió Historia), Xi tenía formación en ingeniería y ocupó comités responsables del desarrollo de la investigación y la innovación en los departamentos estatales. El actual presidente chino se opuso a lo que llamó "estructura industrial irracional" combinada con una "capacidad de innovación inadecuada". La carga presupuestaria dedicada a la investigación y el desarrollo (I+D) se ha disparado desde 2013. El gasto en I+D de China, en relación con el PBI, creció del 0,7 % (2.800 millones de dólares) en 1991 al 2,2 % del PBI (263.000 millones de dólares) en 2017. Según el Centro Común de Investigación de la Unión Europea, China fue el mayor usuario del sistema internacional de patentes por primera vez en 2019, seguido de Estados Unidos, Japón, Alemania y Corea del Sur. En el ranking publicado en 2019 por la Comisión Europea de las 2.500 empresas del mundo que más invierten en investigación y desarrollo, China es el segundo país con más empresas, por detrás de Estados Unidos, seguido de Japón y Alemania. El gasto total en I+D de China alcanzó los 2,214 billones de yuanes (unos 321.300 millones de dólares) en 2019, un 12,5 % más, o 246.570 millones de yuanes, en comparación con 2018, según un informe del Ministerio de Ciencia y Tecnología y el Ministerio de Finanzas. El resultado de este movimiento ha sido una competencia por la primacía tecnológica con Estados Unidos. Este énfasis de la tecnología en el régimen de Xi ilustra la respuesta que China se vio obligada a dar ante la crisis del comercio mundial con la Gran Recesión de 2008. Más que eso, Xi fue proactivo y se encargó de llevar a cabo, de forma gradual pero segura, el cambio necesario en el patrón chino de acumulación capitalista, reduciendo la dependencia de la economía china de las exportaciones de bajo valor añadido, y desarrollando las bases de una economía de producción de alto valor añadido basada en el fortalecimiento del mercado interno. Con Xi, la fábrica del mundo debería convertirse en la inteligencia artificial de circuitos integrados del mundo. Tanto es así que el XIV Plan Quinquenal, por primera vez en la historia de la República Popular China, tiene un capítulo especial dedicado a la tecnología. Como informa Jaime Santirso, de El País:

En términos prácticos, el impulso estatal a la innovación, un concepto abstracto, se traduce en más recursos. El Gobierno prevé que en los próximos cinco años la inversión en investigación y desarrollo crezca a un ritmo anual superior al 7 %, una cifra viable, ya que en el último cuarto de siglo nunca ha bajado del 8 %. En términos absolutos, China dedica el 2,4 % de su PBI a esta partida, tres puntos porcentuales menos que Estados Unidos. Los recursos se destinarán a sectores considerados estratégicos. El plan menciona siete: la inteligencia artificial, la información cuántica, los semiconductores, la neurociencia, la ingeniería genética, la medicina clínica y la exploración del espacio, las profundidades oceánicas y los polos. El tema central es la autosuficiencia: un concepto transversal en la planificación, ya que China pretende reducir sus vulnerabilidades y blindarse frente al exterior.

Desde el punto de vista de la seguridad interna, China se enfrentó en 2009 a una insurgencia amenazante en la región separatista del Tíbet y a movilizaciones de la población musulmana en la región de Xinjiang, en el noroeste del país. Estos fenómenos de resistencia al autoritarismo estatal y en defensa de la autodeterminación nacional de los pueblos oprimidos por China hicieron tambalear la confianza del gobierno de Hu Jintao. A mediados de la década de 2000, las llamadas "revoluciones de colores" en varios países que formaban parte de la antigua Unión Soviética, como Ucrania, Georgia y Kirguistán, ya habían hecho saltar las alarmas en la burocracia china. No menos llamativos fueron los procesos de la Primavera Árabe de 2011, con movilizaciones de masas que derrocaron a dictadores en Túnez, Egipto y Libia (procesos que, en ausencia de una fuerza independiente de la clase trabajadora, fueron derrotados). La cuestión de la unidad nacional china, siempre una delicada llaga para el gobierno, se convirtió en una preocupación aún mayor con estos hechos políticos que aumentaron la desconfianza en Pekín sobre las intenciones de las potencias occidentales. Del Tíbet a Xinjiang, de Hong Kong a Taiwán, creció el sentido de autopreservación de la burocracia del PCCh, que depende de los logros de la unificación nacional heredados (e incompletos) de 1949. Xi Jinping, como presidente de la Comisión Militar Central y jefe supremo del Ejército Popular de Liberación, representó a la perfección el sentimiento agresivo del segmento mayoritario del gobierno sobre la defensa de su territorio, pero también de la necesaria realización de las tareas de unificación nacional. Ha impulsado la virtual incorporación de Hong Kong al territorio chino, con la aplicación de la Ley de Seguridad Nacional en la ciudad financiera, e invoca un discurso cada vez más amenazante en favor de la reincorporación de Taiwán –que es muy importante para los planes de desarrollo tecnológico chino al tener en su territorio al principal productor mundial de semiconductores (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company)–. La retórica de Xi contra el imperialismo estadounidense ha adquirido un tono mucho más asertivo contra cualquier amenaza de injerencia extranjera en los asuntos chinos.

Socialmente, Xi Jinping ha encarnado la represión virulenta de cualquier manifestación de los trabajadores chinos en el terreno de la lucha de clases. En la nueva fase de la historia nacional china, tras la crisis mundial de 2013, no se toleran las manifestaciones de los trabajadores, además de la habitual asfixia de las iniciativas para organizarse independientemente del aparato sindical oficial. Los años de crisis económica fueron tiempos de aumento exponencial de las huelgas de trabajadores en China. Los disturbios en huelga –que en la terminología gubernamental aparecen como "incidentes masivos"– aumentaron de 87.000 en 2005 a 127.000 en 2008, en plena Gran Recesión. Los datos de los tribunales de arbitraje en materia laboral confirmaron este monumental crecimiento de las huelgas en 2008, que casi se duplicaron respecto a las cifras del año anterior. El China Labour Bulletin (CLB), por su parte, identifica la tendencia de crecimiento de las huelgas laborales entre 2013-2014, un periodo de caída de las exportaciones y del superávit comercial chino, lo que se traduce en la menor tasa de crecimiento del PBI en décadas.

El récord se estableció en 2015, cuando se registraron más de 2.700 huelgas en China (en 2018 hubo 1.700 huelgas, frente a las 1.200 registradas en 2017).

Militarmente, el programa central de Xi Jinping es la modernización acelerada de las Fuerzas Armadas chinas. China ya no puede contenerse dentro de sus propias fronteras nacionales, ya que su influencia económica y, en consecuencia, política tiene alcance internacional. Por tanto, la tradicional cautela geopolítica china debe combinarse con elementos de mayor asertividad en el ámbito regional. La remodelación de las bases de crecimiento de China la sitúa directamente en una trayectoria de colisión con el status quo de la estructura de seguridad asiática, que desde la Segunda Guerra Mundial ha estado bajo la responsabilidad de Estados Unidos. Como presidente de la Comisión Militar Central y comandante supremo del Ejército Popular de Liberación, Xi Jinping ha encarnado el programa de modernización acelerada del arsenal bélico chino para romper con el status quo de la estructura de seguridad asiática. De forma subrepticia, Pekín desea comunicar que Asia ya no pertenece a los estadounidenses, y que son las naciones asiáticas las que ejercerán el control de la seguridad de las rutas comerciales y marítimas estratégicas del Océano Pacífico. Esto es así porque el control de Asia sirve de plataforma para la proyección del poder de China sobre todo el mundo.

Hay otra forma de ver el ascenso de Xi Jinping, combinable con la primera apreciación: simplemente heredó del pasado las tareas inconclusas de los últimos líderes. Este elemento subraya la continuidad, más que la discontinuidad, con el legado político de las generaciones anteriores. La coherencia con la historia pasada del gobierno del Partido Comunista no es un factor secundario en la elevación de un líder en la China post-Mao. En su década en el poder, Hu Jintao insistió en la necesidad de perseguir el desarrollo científico y lograr una sociedad moderadamente próspera para 2035, puntos programáticos marcados con énfasis en las banderas de Xi Jinping. Las críticas del actual presidente chino al crecimiento insostenible y desequilibrado de China ya estaban en boca del anterior primer ministro, Wen Jiabao. Estos y otros componentes fueron objetivos heredados por la nueva administración. La capacidad de cumplir estos objetivos influyó sin duda en la unción de Xi, más allá de los nuevos retos que planteó la crisis económica de 2008. Estas capacidades se refieren, nada menos, que a la preservación de las fortalezas morales de los dirigentes del PCCh ante el pueblo.

¿Burocracia posmaoista o clase obrera en acción?

En definitiva, Xi se inscribe en la tradición de las proyecciones políticas a largo plazo características de la administración china posterior a 1949. Para Mao Zedong, el futuro debería corresponder a una especie de paridad de condiciones materiales para todo el pueblo chino, una igualdad que tendría que encajar dentro de un régimen político completamente burocratizado, sin ningún rastro de democracia obrera urbana y rural, y encerrado dentro de los estrechos confines de las fronteras nacionales (la noción reformista-nacional de Stalin-Bujarin de "socialismo en un solo país"). Después de 1978, para Deng Xiaoping, el futuro consistía en el crecimiento económico a cualquier precio, y debía pasar por encima de la preocupación por una cierta paridad de condiciones materiales entre las personas, un pensamiento que se inscribía en el marco de una política restauradora del capitalismo a las puertas de la ofensiva neoliberal a nivel mundial. Para Xi Jinping, que les sigue en importancia, el futuro implica el "sueño chino" (zhongguo meng), una especie de rescate de la milenaria grandeza imperial para proyectar a China al estatus de superpotencia mundial. A partir de 1980, dentro de los parámetros establecidos por Deng tras la muerte de Mao, China debería pasar por tres fases. En la primera fase, la tarea consistiría en proporcionar alimentos y ropa a la población china, aún sumida en la pobreza resultante de las catástrofes del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. En la segunda fase, China se esforzaría por lograr una sociedad moderadamente próspera (xiaokang sheshui, un concepto extraído del confucianismo) para 2035; esta fase está en curso. En la tercera fase, China debería completar la modernización de sus zonas urbanas y rurales en su conjunto para el centenario de la Revolución China en 2049, convirtiendo al país en una gran potencia mundial. Bougon lo atestigua:

“La fórmula del "Pensamiento de Xi Jinping" anunció una nueva era de treinta años, que se extendería hasta 2050, siguiendo las eras de Mao y Deng, con sus herederos Jiang Zemin y Hu Jintao. Xi se consolidó como maestro y guía todopoderoso de China. Para él estaría reservado conducir a China por un camino que atraviesa dos etapas distintas para convertirse en una "gran nación socialista moderna": entre 2020 y 2035, el objetivo es lograr una "sociedad moderadamente próspera", la expresión confuciana utilizada por Deng; entre 2035 y 2050, la nación china volverá a ser un líder económico mundial. China será "próspera, fuerte, democrática, culturalmente avanzada, armoniosa y hermosa", como dijo Xi a 2200 delegados [...] Para Xi, esta nueva era –su era– será de pleno rejuvenecimiento”.

Estos dos últimos objetivos coinciden con fechas conmemorativas estratégicas: respectivamente, el centenario de la fundación del PCCh y el centenario de la fundación de la República Popular. Como vínculo moderno que conecta el pasado con el futuro, Xi Jinping quiere dejar su huella en esta transición de la sociedad moderadamente próspera al "gran rejuvenecimiento" (fuxing-zhilu) de la nación china como gran potencia. De todo lo anterior se desprende una importante conclusión: no estamos tratando una cuestión individual de la figura de Xi Jinping, extrayéndola de la historia concreta. Aunque las personalidades son muy importantes en la historia política, lo esencial es qué fuerzas de clase y qué programa representan. Su ascenso responde a ciertas tendencias internas de China, y sobre todo externas. La autoridad de Xi está revestida de las necesidades sociales de la burguesía china y de la burocracia estatal ante la crisis económica mundial de 2008 (agravada por la pandemia de 2020), que amenazaba dramáticamente el rumbo previsto, y cuyos efectos solo podían prolongarse con fuertes inyecciones de estímulo fiscal y control social. Es una figura providencial para las necesidades de una burguesía que necesita operar un complejo giro interno que altere el patrón de crecimiento adoptado por China en las últimas décadas.

El único baluarte contra la disputa intercapitalista entre China y Estados Unidos solo lo puede proporcionar la clase obrera china y su acción en la lucha de clases. El nacionalismo reaccionario de la burocracia post-maoísta de Xi no es una alternativa al imperialismo occidental. La fuerza de los trabajadores chinos, como en todo el mundo, está en su unidad, no solo en su propio territorio sino a nivel internacional, a la solidaridad con los musulmanes de Xinjiang reprimidos por Pekín, en la oposición a la explotación de los trabajadores migrantes en Taiwán y en la coalición del PCCh con la junta militar asesina de Myanmar. Este es el verdadero poder del siglo, y es en la lucha de clases donde los trabajadores chinos necesitan construir su propia herramienta política, independiente del aparato burocrático reaccionario del PCCh.

Traducción: Javier Occhiuzzi

Fuentes bibliográficas (no citadas directamente en el texto):

Fulda, Andreas, The Struggle for Democracy in China, Taiwan and Hong Kong, E. Tylor & Francis Ltd, 2019.

Elfstrom, Manfred, Workers and Change in China: Resistance, Repression, Responsiveness, Ed. Cambrigde University Press, 2014.

Elfstrom, Manfred & Kuruvilla, Saros, The Changing Nature of Labor Unrest in Chine, Ed Cornell University ILR School, 2014.

Publicado enInternacional
Chile: la historia de Elisa Loncón, la mapuche que fue elegida presidenta de la Convención Constitucional

La Nueva Constitución será liderada por una mujer de los pueblos originarios

La académica y activista fue votada por la mayoría de los 155 convencionales que redactarán la nueva carta magna que reemplazará a la de Pinochet  Una  jornada marcada por su discurso que promete cambiarle el rostro al país e incidentes que obligaron a retrasar la ceremonia. 

 

Finalmente se concretó la primera sesión de la Convención Constitucional, donde 155 ciudadanos elegidos en mayo pasado (con predominio de la izquierda e independientes) redactarán la nueva Carta Magna que sepultará, al fin la Constitución de 1980 instaurada por la dictadura de Pinochet, de carácter autoritaria y en beneficio de los grandes grupos económicos.

Y la elección de la presidenta, la lingüista mapuche Elisa Loncón Antileo, no pudo ser más simbólica. Ella encarna una de las principales aspiraciones del Estallido Social iniciado en octubre de 2019 —con más de un millón de personas marchando en las calles chilenas y obligando al gobierno de Piñera a negociar un proceso constituyente—: la horizontalidad en la distribución del poder, el reconocimiento a los pueblos originarios, la desmilitarización de la Araucanía y la regulación de las industrias extractivas como la forestal o la minera.

Y también porque esta jornada se celebró en el ex Congreso Nacional a un par de cuadras de La Moneda y la Plaza de Armas de Santiago, un lugar que fue clausurado tras el Golpe Militar y cuyas funciones se trasladaron a Valparaíso, en un edificio de arquitectura dudosa e inaugurado por el mismísimo Dictador. En rigor fue en una carpa, con todas las medidas de seguridad impuestas por la pandemia donde justo hoy se detectó un tercer caso de la variante Delta.

A pesar de los intentos de posicionar a académicos varones, figuras de la TV o rostros de centroizquierda —como el abogado Agustín Squella o la periodista Patricia Politzer, que votó por ella misma, generando risas entre los propios constituyentes— la necesidad de que este proceso lo liderara una mujer y además mapuche fue imponiéndose.

Un nuevo Chile

“Que se funda un nuevo Chile, plural, plurilingüe, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño”, dijo en un discurso improvisado, que comenzó en mapudungun, tras sumar 96 votos, superando por 18 los necesarios para obtener el cargo. Esto fue en una segunda vuelta donde recibió el apoyo de quienes habían votado por Isabel Godoy representante de otro pueblo originario: el colla. Investida con vestido e indumentaria tradicional mapuche y luchando con el tapaboca, logró sacar lágrimas de los asistentes a excepción de la derecha que, de todas formas, constituye la minoría en este proceso.

“Es posible establecer una nueva relación entre todos quienes conforman este país; esta es la primera muestra de que esta Convención será participativa”, afirmó Loncón, adelantando parte de los problemas que se trabajarán durante una etapa inicial de nueve meses: “por los derechos a la madre tierra, por los derechos al agua, por los derechos de las mujeres, por los derechos de los niños".

Además de agradecer el apoyo “por votar por una persona mapuche, mujer, para cambiar la historia de nuestro país", señaló su solidaridad con todos los pueblos originarios, incluyendo los de Canadá. "Esta fuerza es para todo el pueblo de Chile, para todos los sectores, para todas las regiones, para todos los pueblos y las naciones originarias que nos acompañan. Este saludo y agradecimiento es también para la diversidad sexual, este saludo es para las mujeres que caminaron en contra todo sistema de dominación (…). Por eso, esta convención que hoy día me toca presidir transformará a Chile en un Chile plurinacional"

Reconocida activista

Nacida en la comunidad de Lefweluan, en Traiguén —a unas ocho horas de Santiago— es una reconocida activista de la causa de su pueblo, formando parte del Consejo de Todas las Tierras y siendo una de las responsables de la creación de la bandera mapuche que desde 1992 ha ido ganando protagonismo en todas las marchas y manifestaciones, llegando en el Estallido a desplazar a la de los partidos políticos y la propia bandera chilena. Durante la dictadura estudió pedagogía en inglés y participó en un grupo de teatro con obras que cuestionaba al Regimen. Actualmente es académica del departamento de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile, Loncón tiene un magister de lingüística en la Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa (México), un PhD en Humanidades en la U. de Leiden (Holanda) y un doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Nuevamente, la represión

La jornada estuvo marcada por un ambiente enrarecido en la mañana. PáginaI12 recorrió el perímetro que rodea al ex Congreso Nacional y la presencia de carabineros, con vehículos que ocupaban cuadras enteras como Santo Domingo y rejas que impedían el desplazamiento por la Plaza de Armas. Era el plan del gobierno por garantizar la seguridad del proceso, considerando que convergerían distintas marchas, siendo la más importante la que se iniciaría a las 8:00 desde la Plaza Baquedano —renombrada como “Plaza de la Dignidad”— en homenaje a los caídos en los violentos incidentes del Estallido.

Notable resultó la performance de Johanna Grandón, célebre por disfrazarse de Pikachu de Pokémon y participar en las protestas, una de las constituyentes que se sacó el traje e ingresó con una mascarilla en alusión al personaje al Congreso. Todo en medio de una gran tensión, motivada por cierta sensación de exclusión que reclamaba parte de los manifestantes que hicieron a carabineros repetir lo de siempre: lanzar agua y reprimir, mientras algunos periodistas de la TV abierta justificaban el accionar señalando que empezaron a lanzar piedras.

Sin embargo, fueron los mismos constituyentes independientes, agrupados mayoritariamente en la “Lista del Pueblo” los que obligaron a interrumpir el inicio de la sesión hasta que la policía dejara de atacar a los participantes. Carmen Gloria Valladares, secretaria relatora del Tribunal Calificador de Elección que inició la ceremonia aceptó. “Queremos una fiesta de la democracia y no un problema”. Posteriormente sería aplaudida de pie.

Jornada extensa

Pasadas las 17:30 (una hora menos que en Argentina) aún se seguía el proceso de votación por la vicepresidencia. Todo mientras la luz iba bajando y el frío hacía que los 155 (154 en rigor, ya que Felipe Harboe no pudo asistir por cuarentena) comenzaran a abrigarse. Debido a la obligación de la mayoría absoluta tuvieron que pasar tres rondas hasta que el abogado Constitucionalista e independiente de Convergencia Social —perteneciente al Frente Amplio— Jaime Bassa fuera elegido como vicepresidente por 84 votos después de tres rondas.

En una declaración conjunta Bassa junto a Loncón se despidieron juntos a las 18:49, declarando algo muy importante: este lunes a las 15:30 se estudiará una declaración sobre el camino a seguir, la exigencia de liberar a los presos del Estallido Social (lo que generará controversia ya que no tiene atribuciones para una Ley de Amnistía), reglamento feminista y determinar el formato en que se harán las reuniones (presenciales o telemáticas). Todo entre aplausos.

Una instalación de nueve horas, tan inédita como histórica, con imprevistos y donde la logística ha sido fundamental —oficinas nuevas recién implementadas en el Congreso, transporte para quienes viajan desde regiones, alojamiento—tanto como los pasos a dar, que deberían comenzar con un reglamento que podría tardar meses en tener su versión definitiva. Todo mientras el frío comenzaba a caer en la tarde invernal en Santiago Centro. 

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa

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Putin asevera que no habrá una tercera guerra mundial nuclear. ¿Por qué está tan seguro?

La "estabilidad estratégica" de la Cumbre de Ginebra entre Biden y Putin (https://bit.ly/3AtjDH5) muestra nubarrones en el mar Negro cuando falta la impostergable incorporación de China (https://bit.ly/3Asb9A0).

Lo que Thierry Meyssan, director de Réseau Voltaire, denomina Yalta II (https://bit.ly/3jCVFDh), aun sin un Bretton Woods II, requiere todavía de muchos ajustes para su delicada implementación cuando Estados Unidos inició su repliegue desde Afganistán hasta Iraq con el fin de concentrarse a contener a China: en el estrecho de Taiwán, en el mar del Sur de China y en el océano Índico.

Como se había anunciado,12 días después de la Cumbre entre los mandatarios de Estados Unidos y Rusia, el zar Vlady Putin tuvo una teleconferencia con el mandarín Xi Jinping para disipar las dudas de un etéreo G-2 entre Washington y Moscú frente al ascenso azorante de China. Cabe señalar que Putin y Xi se han reunido 25 veces ( sic).

Shi Jiangtao, del SCMP, con sede en Hong Kong, interpreta que la teleconferencia entre el zar Vlady Putin y el mandarín Xi "muestra un frente unido como mensaje a Biden", al tiempo que “Moscú y Beijing niegan que buscan formar una coalición militar y política al estilo de la guerra fría”, pero que, como garantía en medio de un "mundo turbulento", necesitan "fortalecer su cooperación estratégica" (https://bit.ly/3qIcrTf).

Dos días después a la teleconferencia con el mandarín Xi, el zar Vlady Putin tuvo su sesión anual de preguntas y respuestas con el público que duró casi tres horas y contestó 70 preguntas (https://bit.ly/36astM3), donde calificó de “grave provocación conjugada de Gran Bretaña y Estados Unidos por medio de la incursión del destroyer de la Armada Real Británica HMS Defender en las aguas territoriales de Rusia, en las cercanías de la península de Crimea, en el mar Negro, el pasado 23 de junio; es decir, siete días después de la Cumbre de Ginebra.

Lo más asombroso de la flemática respuesta del zar Vlady Putin consistió en el planteamiento de un hipotético escenario –que estuvo a punto de darse– del hundimiento del HMS Defender por el ejército ruso. En respuesta a una pregunta caústica, el presidente ruso contestó: “Dices que esto puso al mundo al borde de una guerra mundial. Por supuesto que no. Aun si hubiéramos hundido el barco es, sin embargo, difícil de imaginar ( sic) que esto hubiera puesto al mundo al borde de una tercera guerra mundial porque quienes lo hicieron saben ( sic) que no podían ganar (¡mega- sic!) una guerra como ésa. Esto es muy importante”.

¿A qué se deberá tanta seguridad de Putin de que la dupla anglosajona de Estados Unidos y Gran Bretaña "no puedan ganar" una tercera guerra mundial de carácter nuclear? ¿Se deberá al portentoso avance generacional que lleva Rusia en el rubro de las armas hipersónicas, lo cual reconocen los militares del Comando Estratégico (StratCom) de Estados Unidos y que ignoran o pretenden ocultar sus mandos civiles?

Si es que no estaban trazadas o entendidas las "líneas rojas" de Rusia en el mar Negro, pues ahora sí que Putin las delineó en forma prístina: "Al menos sabemos por lo que estamos luchando: luchamos por nosotros mismos y nuestro futuro en nuestro propio territorio. No fuimos nosotros quienes cubrimos miles de kilómetros por aire y mar contra ellos, fueron ellos quienes se acercaron a nuestras fronteras y penetraron nuestro mar territorial".

La distancia de Londres a Crimea es de 3 mil 85 km, mientras Washington y Crimea están separados por 8 mil 419 kilómetros.

A juicio de Putin, detrás de la provocación de la dupla anglosajona se encuentra la militarización de Ucrania: “Bajo la Constitución de Ucrania no se pueden establecer bases foráneas (…), pero el desarrollo militar de un territorio, que es frontera directa con nuestro país, crea un problema considerable de seguridad para nosotros”.

Como novela de James Bond, los servicios británicos de inteligencia colocaron posteriormente 50 páginas de "documentos clasificados" de la incursión del HMS Defender en una parada de autobús ( sic) en Kent (https://bbc.in/3qGXMaQ). ¡No se miden!

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 Rusia today Foto: kremlin.ru

Entre otros aspectos, la estrategia indica que Rusia considera legítimo tomar las medidas simétricas y asimétricas necesarias en respuesta a acciones hostiles por parte de Estados extranjeros.

 

El presidente ruso, Vladímir Putin, aprobó este sábado la Estrategia de Seguridad Nacional de Rusia. El decreto correspondiente, publicado este sábado en el Portal Oficial de Información Legal ruso, reemplazará el anterior, adoptado en 2015. 

"La implementación de esta estrategia contribuirá a proteger el pueblo de Rusia, desarrollar el potencial humano, mejorar la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos, fortalecer la capacidad de defensa del país, la unidad y cohesión de la sociedad rusa y lograr los objetivos de desarrollo nacional, aumentando la competitividad y el prestigio internacional de Rusia", reza el documento.

Entre otras prioridades de Rusia el archivo menciona la protección de los fundamentos tradicionales de la sociedad rusa, así como la seguridad ambiental y el uso racional de los recursos naturales.

Injerencia desde el exterior

Frente a la implementación de la política deliberada de contener a Rusia desde el exterior, el documento señala "la importancia vital" de fortalecer "la soberanía del país, su independencia, su integridad estatal y territorial", así como de proteger "los fundamentos espirituales y morales tradicionales de la sociedad rusa", garantizar la defensa y la seguridad y "prevenir la injerencia en los asuntos internos del país".

El curso hacia el fortalecimiento de las capacidades de defensa, la unidad interna y la estabilidad política, la modernización económica y el desarrollo industrial "aseguró el fortalecimiento de la condición de Estado soberano de Rusia como un país capaz de llevar a cabo una política exterior e interna independiente y de resistir eficazmente los intentos de presión externa", señala el documento.

"Solo una combinación armoniosa de un Estado fuerte y el bienestar humano garantizará la formación de una sociedad justa y la prosperidad de Rusia", continúa. En este sentido, la estrategia se basa en la interrelación e interdependencia de la seguridad nacional del país y su desarrollo socioeconómico.

Amenazas militares

El texto destaca que la situación militar y política en el mundo se caracteriza por la formación de nuevos centros de poder globales y regionales, así como por el agravamiento de la lucha entre ellos por las esferas de influencia. Se indica también que crece la importancia de la fuerza militar como instrumento para el logro de los fines geopolíticos a nivel internacional.

"El fortalecimiento de los peligros militares y las amenazas militares para la Federación de Rusia se ve facilitado por los intentos de ejercer presión sobre Rusia, sus aliados y socios, la acumulación de la infraestructura militar de la OTAN cerca de las fronteras rusas, la intensificación de las actividades de inteligencia y los ejercicios de uso contra Rusia de grandes formaciones militares y armas nucleares", dice el documento.

La estrategia establece que para proteger los intereses nacionales de Rusia de las amenazas externas e internas, "incluso de las acciones hostiles de Estados extranjeros", es necesario "aumentar la eficiencia del uso de los logros existentes y las ventajas competitivas de Rusia, teniendo en cuenta las tendencias a largo plazo del desarrollo global".

El proyecto también afirmó que el despliegue planificado de misiles estadounidenses de mediano y corto alcance en Europa y la región de Asia y el Pacífico representa una amenaza para la estabilidad estratégica y la seguridad internacional. En la estrategia también se enfatiza que, "en el contexto del desarrollo del potencial del sistema global de defensa antimisiles, EE.UU. está siguiendo un curso constante de renuncia a las obligaciones internacionales en el campo del control de armas".

Respuesta a las acciones hostiles

Rusia tiene derecho a tomar medidas simétricas y asimétricas en respuesta a acciones hostiles por parte de Estados extranjeros, asegura el documento.

"En el caso de que Estados extranjeros cometan acciones hostiles que amenacen la soberanía y la integridad territorial de la Federación de Rusia, incluidas las relacionadas con el uso de medidas restrictivas (sanciones) de carácter político o económico o el uso de tecnologías modernas de la información y las comunicaciones, Rusia considera legítimo tomar las medidas simétricas y asimétricas necesarias para reprimir tales acciones hostiles, así como para evitar que se repitan en el futuro", dice el documento.

Seguridad informática

A diferencia del documento anterior, la nueva estrategia contiene más datos sobre las tecnologías de la información y la comunicación y advierte que el rápido desarrollo de las mismas "va acompañado de un aumento en la probabilidad de amenazas a la seguridad de los ciudadanos, la sociedad y el Estado".

"El uso de tecnologías de la información y la comunicación se está expandiendo para interferir en los asuntos internos de los Estados, socavar su soberanía y violar la integridad territorial, lo que representa una amenaza para la paz y la seguridad internacionales", advierte el documento.

La estrategia también apunta a que "la actividad de los servicios especiales de Estados extranjeros se está intensificando para realizar operaciones de inteligencia y de otro tipo en el espacio de información ruso. "Las fuerzas armadas de dichos Estados están practicando acciones para inhabilitar la infraestructura de información crítica de la Federación de Rusia", se asevera en el texto.

Comentando la nueva redacción de la estrategia rusa, el experto en geopolítica Fernando Moragón destaca la relevancia de los nuevos desafíos plasmados en el texto, y opina que EE.UU. libra una guerra híbrida contra Rusia, amenazando a su seguridad.

Publicado: 3 jul 2021 17:03 GMT

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Cumbre de los dueños de la alimentación

No podemos vivir sin comer. Los alimentos y todo lo que les rodea están en la base de la vida de todas las personas. Por ello controlar ese mercado es un objetivo fundamental de las empresas trasnacionales. Al día de hoy, cuatro o cinco grandes empresas de agronegocios controlan más de la mitad del mercado global en cada eslabón de esa cadena industrial. Con la pandemia aumentó explosivamente la entrada de las gigantes tecnológicas y de comercio en línea, lo cual ha cambiado las estructuras de producción y quiénes controlan a productores y consumidores. Para legitimar este asalto digital y biotecnológico a nuestra comida y sentar nuevas normativas internacionales (leáse evitar regulaciones y control públicos), se concibió la llamada Cumbre de Sistemas Alimentarios, a realizarse en septiembre de 2021.

Aunque se presenta como una cumbre de Naciones Unidas, fue una iniciativa del Foro Económico Mundial (Foro de Davos en lenguaje popular, donde convergen las mayores empresas trasnacionales). António Guterres, secretario general de la ONU, anunció en 2019 su realización antes de que los propios órganos de Naciones Unidas relacionados a agricultura y alimentación –como FAO y el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial– supieran de ésta. Pese a ser “oficial”, esta cumbre será un evento “público-privado”, donde el sector privado tiene más participación e influencia que los coorganizadores de Naciones Unidas (https://tinyurl.com/cd7rhptb).

La comida no es sólo nutrición, es además un pilar esencial de la organización de las sociedades y las culturas. Durante más de 99.9 por ciento de la historia de la humanidad los alimentos, la forma de obtenerlos, producirlos y procesarlos ha sido diversa y descentralizada según geografías y culturas, basada en sistemas locales y, en su vasta mayoría, sustentable social y ecológicamente. El capitalismo y su Revolución Verde (paquete tecnológico de semillas híbridas y transgénicas, maquinaria pesada, agrotóxicos y fertilizantes sintéticos) junto a la globalización impuesta, logró dañar en algunas décadas parte de esa realidad milenaria, con una industria alimentaria basada en el lucro, en la uniformidad genética de plantas y animales, groseramente quimicalizada –agrotóxicos, conservantes, saborizantes, espesantes, colorantes, etcétera–, con cada vez más elementos sintéticos y artificiales. Industria que es también uno de los mayores factores de contaminación de suelos, agua y tierra y causante del cambio climático. Adicionalmente, también es el mayor factor de producción de epidemias y pandemias (https://tinyurl.com/1lydnlmh).

Es uno de los 10 mayores mercados industriales globales, lista en la que ha ocupado entre el primero y séptimo lugar en la década pasada. Esto pese a que esa contabilidad sólo toma en cuenta la industria y apenas parcialmente los alimentos que provienen de redes campesinas, pesca artesanal, huertas urbanas y recolección tradicional, que son quienes proveen alimento a 70 por ciento de la población mundial. (https://tinyurl.com/fjx7hm)

Desde hace pocos años, las gigantes de tecnología digital y de plataformas de venta en línea (como Google, Facebook, Amazon, Microsoft, etcétera) han entrado en la agroalimentación. Han introducido programas de control digital del agro (ofertados por las empresas de agronegocios y maquinarias en sociedad con las tecnológicas) y diversos instrumentos para ello, como drones y sensores, a la vez que expanden y controlan las ventas en línea, tanto entre empresas como a consumidores (https://tinyurl.com/zw2xksxz).

Por todo ello, más allá de la retórica, los principales objetivos de esta Cumbre de Sistemas Alimentarios son: a) La promoción y avance a gran escala de la industria agroalimentaria digital o “Agricultura 4.0”, con nuevas biotecnologías, sistemas informáticos, extracción y acumulación masiva de datos del campo, de ecosistemas y de nuestras conductas alimentarias; b) establecer sistemas de gobierno alternativos sobre agroalimentación, donde las empresas tengan el papel principal junto a algunos gobiernos: “sistemas público-privados”, marginando incluso a Naciones Unidas y buscando eliminar a las organizaciones campesinas, indígenas, de mujeres, trabajadores, que no puedan cooptar; c) establecer nuevos conceptos como “producción positiva a la naturaleza”, para conseguir subsidios y cooptar producción orgánica si les sirve para el lucro, y otros como “soluciones basadas en la naturaleza” que es una cobertura para abrir nuevos mercados de carbono en agricultura y mercados de “compensaciones” por destrucción de biodiversidad.

La Vía Campesina y la vasta mayoría de movimientos campesinos, ambientalistas, de agroecología, de mujeres y pueblos indígenas de todo el mundo rechazan esta cumbre y se han propuesto desmantelar las mentiras y maniobras que entraña (https://tinyurl.com/4atvcnf4).

Más graves aun cuando el mundo sigue en pandemia y el sistema agroalimentario industrial que pretende avanzar la cumbre es uno de los factores clave en la generación de epidemias. Por ello, realizarán una contracumbre a finales de julio, donde una gran diversidad de organizaciones y comunidades presentarán las realidades y propuestas que necesitamos para alimentar a todo el mundo, con justicia y cuidado del medio ambiente.

  • Investigadora del Grupo ETC
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Viernes, 02 Julio 2021 05:44

Europa en la era Biden

Europa en la era Biden

¿Qué tan exitosa fue realmente la maratón de cumbres de Biden y dónde debería posicionarse Europa en el triángulo de poder que conforman Estados Unidos, China y Rusia?

Se la había esperado con impaciencia y no defraudó: la maratón de cumbres del presidente estadounidense Joe Biden fue, sin dudas, un hito importante en el fortalecimiento de la cooperación internacional. En las cumbres del G-7, la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) podía –por así decirlo– leerse en los rostros de los participantes el alivio que sentían por el final de la era Trump. Biden ha tenido un comienzo, por cierto, impresionante, sobre todo si se tienen en cuenta las circunstancias en las cuales tuvo que hacerlo. Después de luchar con éxito contra la pandemia en su país y comenzar un programa de ayuda contra el coronavirus por miles de millones de dólares, el nuevo presidente de Estados Unidos ahora está comenzando a despejar el cúmulo de escombros que dejó su (megalómano) predecesor. El enfoque de Biden es «duro en el fondo de la cuestión, diplomático en el tono». Esto se aplica tanto a las relaciones con Rusia como al mayor desafío de política exterior que tiene Estados Unidos: el conflicto con China.

Apoyado sobre todo por Gran Bretaña, Estados Unidos ven el conflicto con China –de forma análoga a la Guerra Fría con la Unión Soviética– como un conflicto sistémico entre dos modelos alternativos. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha adoptado en parte este punto de vista al decir que el ascenso de China es «un desafío sistémico para el orden internacional basado en reglas». Sin lugar a dudas, esto también se debe al alivio de que el «desafío sistémico de Trump» sea ahora cosa del pasado. Pero esto no modifica en nada las diferentes evaluaciones sobre cómo afrontar de la mejor manera el desafío chino. Si bien la mayoría de los europeos quiere involucrar a China, Estados Unidos, también en la administración Biden, apuesta a la contención. Para Estados Unidos, China es y seguirá siendo el máximo desafío, mientras que para los europeos del Este claramente la prioridad es Rusia.

Si bien es comprensible que la OTAN también haya abordado en su cumbre los desafíos estratégicos planteados por el ascenso de China, no se debe dar la impresión de que las disputas en Asia, y especialmente entre Estados Unidos y China, sean un asunto de la OTAN. En consecuencia, otros Estados participantes se han referido a los otros temas importantes de la cumbre de la OTAN, como la nueva estrategia de la OTAN para 2030, que debe ser elaborada.

En cuanto a Asia, debe tenerse en cuenta que los controvertidos reclamos territoriales en el área marítima abarcan todo un conjunto de conflictos y no se limitan a las violaciones del derecho internacional por parte de la República Popular China. También hay una combinación compleja de diferentes problemas de seguridad en la región, empezando por Corea del Norte o las carreras armamentistas asiáticas. Europa debe hacer su parte para que se puedan prevenir nuevas carreras armamentistas en la región y para que se pueda establecer una cultura de control de armamentos y fomento de la confianza.

Por supuesto, Estados Unidos está más cerca de los europeos que China o Rusia. Compartimos los mismos valores. Pero esto no cambia el hecho de que los europeos también tenemos intereses y prioridades de política exterior y de seguridad diferentes. El presidente francés, Emmanuel Macrón, lo dejó claro cuando dijo que, según lo que él entendía, la OTAN es una alianza de defensa del Atlántico Norte y no del Pacífico.

Biden no solo quiere hacer regresar a Estados Unidos al escenario multilateral, sino que ve a su país como líder en la lucha de las democracias contra el desafío autocrático y populista. Sí, es verdad: China controla y oprime a su propio pueblo, persigue a los uigures y otras minorías, amenaza a Taiwán y Hong Kong y viola e ignora el derecho internacional en el Mar de China Meridional. Eso debe ser contrarrestado. Sin embargo, esta no es una tarea para la OTAN, sino, en todo caso, para la emergente «OTAN asiática», el llamado Grupo Quad (Estados Unidos, la India, Japón y Australia). Quad significa «diálogo cuadrilateral sobre seguridad», y el grupo fue creado en 2007. Estados Unidos ya no quiere limitar el formato a la política de seguridad, sino expandirlo. El propósito es contener la creciente influencia económica y geopolítica de China, que muchos países asiáticos perciben ahora como una amenaza. Esta es y seguirá siendo una tarea principalmente política y diplomática, no militar.

Básicamente, China está tratando de copiar la estrategia practicada con éxito por Estados Unidos en el siglo XX de vincular política económica, estrategia militar, atractivo cultural y geopolítica para el siglo XXI. Sin embargo, la Pax Americana fue lograda por la decisiva combinación de poder duro y poder blando. La Pax Sinica tiene actualmente solo lo primero y no parece ser demasiado aventurado augurar que el atractivo cultural del autoritario comunismo de Estado chino se moverá dentro de límites tan estrechos como los de la dictadura presidencial rusa.

Tampoco hay que olvidar que la OTAN jamás ha sido una alianza de «democracias impecables», ni en el pasado (Portugal, Grecia) ni en el presente (Turquía). Y ya tiene suficiente con hacer el trabajo para el que fue fundada: defender el territorio de la Alianza. El ignominioso final de la misión de 20 años en Afganistán documenta de manera impresionante el fracaso de las ambiciones desmedidas.

Barack Obama se puso a Vladímir Putin en contra cuando calificó a Rusia de potencia regional; poco antes de la cumbre, Biden llegó a llamar asesino a Putin. Es por eso que las expectativas cifradas en la cumbre de Ginebra no eran especialmente altas. Biden ve la Rusia de Putin principalmente como una buscapleitos que debe ser contenida y cuyo potencial militar debe ser limitado con medidas de control armamentístico. El presidente estadounidense también llegó impulsado por el éxito de una serie de cumbres del G-7, la Unión Europea y la OTAN para demostrar la fortaleza y la unidad de «Occidente». Uno de los objetivos de la reunión era marcarle límites claros a Putin y señalarle consecuencias, junto con un ofrecimiento de diálogo. Por lo tanto, los resultados de la cumbre fueron apreciables. Después de todo, ayudó a hacer más predecibles las relaciones entre Rusia y Estados Unidos. El hecho de que al menos regresasen los embajadores de ambas naciones es, por lo pronto, una señal de que están hablando unos con otros en lugar de estar hablando unos de los otros.

Después de que Rusia y Estados Unidos rescindieran acuerdos centrales de control de armas como el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) y el Tratado de Cielos Abiertos, las dos potencias nucleares más grandes del mundo necesitan de manera urgente volver a comenzar en las áreas de control de armas, fomento de la confianza y verificación, especialmente en vista del desarrollo de nuevas armas. Por lo tanto, la reanudación de las conversaciones sobre control de armamentos estratégicos y ciberseguridad es particularmente bienvenida. Es esperanzador que ambos países quieran de nuevo controlar y verificar sus arsenales para evitar riesgos de una escalada no intencional. Además, deberían negociarse nuevas reducciones.

También se abordaron los temas de Irán, Siria, Ucrania y Bielorrusia y el caso del líder opositor encarcelado Alekséi Navalny. Alemania y la Unión Europea deben ahora apuntar a apoyar estos primeros pasos a través de sus propias iniciativas, especialmente desde que el presidente estadounidense adoptó el enfoque de doble vía de la Unión Europea. Esto incluye mantener y, si es necesario, intensificar la presión política y, al mismo tiempo, explorar las áreas en las que se puede reanudar y profundizar el diálogo con Moscú.

Por insatisfactorio y frustrante que sea, debemos tratar de mantener el diálogo con Rusia y, al mismo tiempo, defender los valores e intereses europeos con absoluta claridad. Esto incluye el apoyo al movimiento democrático ruso y los incansables esfuerzos para defender los derechos humanos. Al mismo tiempo, debemos ser conscientes de dónde cometimos errores al tratar con Rusia. Incluso, aunque parezca poco realista en este momento, no debemos perder de vista el objetivo de organizar la seguridad con Rusia en lugar de organizar la seguridad frente a Rusia. El «sistema Putin» tampoco durará eternamente.

Es por demás sabido que el equilibrio de poder geopolítico y económico mundial se está desplazando. Estamos ante un regreso de la competencia entre potencias: ahora, entre la antigua y la nueva potencia mundial. En el medio, Europa debe definir su posición y encontrar su camino. Pero también es cierto que los intereses europeos y estadounidenses no siempre ni en todas partes son idénticos. Es lo que sucedió durante la Guerra Fría. En ese entonces, también había diferencias de opinión y conflictos, ya sea por el reparto de los esfuerzos, la estrategia nuclear de la OTAN o la seguridad energética de Europa.

Estados Unidos tampoco actúa de forma altruista, sino que persigue sus intereses. Eso también se aplica al presidente Biden. Sin embargo, la diferencia clave con su predecesor es que el gobierno de Biden no considera que la cooperación internacional y el multilateralismo sean una conspiración antinorteamericana, sino que ha entendido que Estados Unidos no puede hacer frente a los desafíos globales sin socios y alianzas. En las relaciones con China, sin embargo, los intereses de los socios transatlánticos difieren. A Alemania y Europa no les puede ser indiferente que Estados Unidos se involucre en una nueva Guerra Fría con China, aun cuando Boris Johnson pudiera tener otra visión de esto con su concepto de «Gran Bretaña global».

Eso no significa negar la amenaza que representa el ascenso de China. En Hungría o los Balcanes, Beijing está intentando con mucho éxito afianzarse y ejercer una influencia sustancial en la política de la Unión Europea hacia Beijing. Las aspiraciones territoriales chinas en el Sudeste asiático tampoco pueden dejar indiferentes a los europeos. Por lo tanto, en sus directrices del Indo-Pacífico del año pasado, el gobierno alemán se declara con razón a favor de «mantener el orden basado en reglas» en la región. Es dudoso que el despliegue de una fragata de la Marina alemana en el este asiático planeado por el ministro de Defensa alemán cause una impresión duradera en China. Pero si fuera así, no debería sorprendernos si un día la Armada china hace demostraciones de poderío militar en las puertas de Europa justificándose en el accionar de la OTAN en el Indo-Pacífico.

Los debates en las cumbres del G-7, la OTAN y la Unión Europea han demostrado una cosa: «Occidente» ha vuelto como alianza política y comunidad de valores después de cuatro años de separación durante la era Trump. El alivio no debe ocultar el hecho de que después de las cumbres comenzará el trabajo real en las cuestiones de cooperación económica, defensa, Nord Stream 2 (gasoducto entre Alemania y Rusia) y relaciones con China y Rusia.

Además, «Occidente» no debe entregarse a la ilusión de que el único peligro para las democracias liberales lo representa China o Rusia. Por el contrario, su mayor amenaza es interna y está dada por la polarización política y social, los nacionalismos y los populistas autoritarios. Esta crisis democrática no se limita a Polonia o Hungría, sino que afecta a todos los países europeos. Marine Le Pen hará un nuevo intento en las elecciones presidenciales francesas del próximo año y podría sacudir la estructura interna de la Unión.

Por tanto, las convulsiones sociales y la crisis de las democracias occidentales deben combatirse internamente. El presidente estadounidense también lo sabe. Si Biden logra reconciliar a su país, profundamente dividido, integrar a China y Rusia con una doble estrategia de seguridad y distensión y, al mismo tiempo, contenerlas, es posible que no quede en la historia como un nuevo Roosevelt, pero sí como un gran presidente de Estados Unidos. Los europeos deberíamos, en defensa de nuestros exclusivos intereses, hacer todo lo posible por ayudarlo en esa tarea.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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El desfile por el centenario del Partido Comunista chino

Xi Jinping habló de "un proceso histórico irreversible"

El presidente indicó que el PCCh debe "continuar desarrollando el socialismo con características chinas" y advirtió que el país no permitirá nunca que cualquier fuerza extranjera los "atropelle, oprima o esclavice".

 

Con un gigantesco desfile militar frente a la Puerta de Tiananmen y un potente discurso del presidente Xi Jinping, el gobierno chino celebró este jueves el centenario del Partido Comunista (PCCh). Desde un palco levantado en el mismo lugar en el que Mao Tse-Tung proclamó la República Popular en 1949, Xi indicó que el PCCh debe "continuar desarrollando el socialismo con características chinas" y advirtió que el país no permitirá nunca que cualquier fuerza extranjera los "atropelle, oprima o esclavice". Fue uno de los momentos más festejados de su intervención frente a las más de 70 mil personas que llenaron las gradas instaladas en la plaza de Tiananmen, en un momento en el que China se siente especialmente atacada por Occidente y acusa a Estados Unidos de intentar impedir su progreso. Con un crecimiento exponencial en los últimos 40 años, el PCCh puede estar orgulloso de haber sacado al país del subdesarrollo, aunque la dirigencia china se enfrenta a la desaceleración económica mundial, los desafíos climáticos y el envejecimiento de su población.

Xi aprovechó la ocasión para declarar que China pudo convertirse en "una sociedad moderadamente próspera a todos los niveles", el principal objetivo fijado en 2012 para el centenario del partido. "Esto significa que hemos logrado una resolución histórica al problema de la pobreza extrema en China, y ahora avanzamos con paso decidido hacia el objetivo del segundo centenario: convertir a China en un gran país socialista y moderno a todos los niveles", aseguró. El segundo centenario es el de la fundación de la República Popular China (RPC), que se cumplirá en 2049 y para el que también se fijó esa meta a largo plazo en el XVIII Congreso del partido.

El discurso de Xi duró poco más de una hora. La muchedumbre, que se levantó en plena noche para asistir a la ceremonia y atravesar innumerables puntos de control, escuchó en estricto silencio al presidente, quien supo levantar la voz para robarse algunos aplausos. En un momento de la tarde se levantó el viento y llegó la lluvia. Religiosamente, los presentes se pusieron el impermeable rojo que se les entregó al llegar a Tiananmen. 

Pero el sol volvió sobre el final del discurso de Xi y estalló entonces la Internacional, antes de que se soltaran palomas y globos de distintos colores. La gente agitó sus banderas y se separó entonando en coro la popular canción "Oda a la patria", considerado el segundo himno de la RPC. Por la mañana, como preludio de las palabras del presidente,  la patrulla acrobática del ejército aéreo sobrevoló la plaza de Tiananmen, dejando en el cielo estelas rojas, amarillas y azules. 

Li Luhao, un estudiante de 19 años presente en Tiananmen, comentó: "Gracias al partido tenemos una sociedad como esta y el país ha podido desarrollarse rápidamente. Tenemos que darle las gracias". Fundado por un puñado de militantes en julio de 1921 en Shanghai, el PCCh dirige la segunda potencia mundial y tiene la firme intención de seguir imponiéndose a nivel internacional en el plano económico y político. Se trata del mayor partido gobernante del mundo, con más de 95 millones de militantes que dirigen a un país de más de 1.400 millones de habitantes.

Wang, habitante de Beijing, también saludó agradecido al partido en su centenario: "Cuando era pequeño había cortes de corriente todas las noches. Hoy tenemos comida, ropa, educación, transporte. Todo va mejor". El monumental evento en Tiananmen fue el punto culminante de semanas de ceremonias y exhibiciones que elogiaron el papel del PCCh en traer grandes mejoras a la calidad de vida y expandir la influencia económica, política y militar de China.

Como en el discurso de Xi de este jueves, la narrativa oficial del partido pasa hábilmente por alto manchas del pasado como la hambruna masiva del Gran Salto Adelante a fines de la década de 1950 y principios de la de 1960, la guerra de clases violenta y la xenofobia de la Revolución Cultural entre 1966 y 1976, y la intervención militar de 1989 que aplastó un movimiento democrático en la Plaza de Tiananmen. En cambio se enfoca en el desarrollo, la estabilidad y la eficiencia chinas, incluyendo su éxito a la hora de controlar el coronavirus, en contraste con lo que describe como las disputas políticas, la desigualdad de clases y la torpeza del control de la pandemia en las democracias occidentales.

02 de julio de 2021

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