Los residentes locales celebran el levantamiento del grupo de fuerzas especiales, Conakri (Guinea), el 5 de septiembre de 2021.Souleymane Camara / Reuters

Las fuerzas especiales de Guinea anunciaron este domingo en un mensaje a la nación la disolución del Gobierno, la suspensión de la Constitución y el cierre de las fronteras terrestres y aéreas tras derrocar al presidente del país, Alpha Condé, informa Reuters.

"Hemos disuelto el Gobierno y las instituciones", anunció Mamady Doumbouya, jefe de unidad del ejército de élite, en la televisión estatal. "Vamos a reescribir la Constitución juntos", aseveró.

Los militares ordenaron a los ministros del Gobierno que asistan a una reunión, convocada para este lunes. Los oficiales advirtieron que cualquier persona que no comparezca será considerada rebelde, recoge BBC.

Asimismo, se informa que el presidente del país se encuentra sano y salvo. Horas antes, en las redes sociales se ha difundido un video que muestra al mandatario guineano rodeado por militares, presuntamente en el momento de su arresto.

Anteriormente, aproximadamente a las 8:00 (hora local) del domingo, se reportó un tiroteo que involucró a las fuerzas especiales del país en los alrededores del palacio presidencial de la capital de Guinea, Conakri.

Posibles causas de la crisis 

Alpha Condé ganó las elecciones presidenciales de Guinea en el 2010 y cinco años después fue reelegido para un segundo mandato. Con el objetivo de poder postular su candidatura por tercera vez consecutiva, en marzo del 2020 el mandatario organizó un referéndum, que lo habilitó a realizar cambios correspondientes a la Constitución. Sin embargo, la oposición acusó al Gobierno de falsificar los resultados de la consulta y protagonizó multitudinarias protestas en el país.

Cabe resaltar también que en las últimas semanas el gobierno de Condé aumentó drásticamente los impuestos para reponer las arcas del Estado y elevó el precio del combustible en un 20%, lo que provocó malestar generalizado entre los ciudadanos.

Publicado: 5 sep 2021 20:20 GMT

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Bukele saluda el 6 de junio después de una conferencia de prensa en San Salvador.JOSE CABEZAS / Reuters

A través de un fallo judicial de un órgano nombrado por él, el presidente de El Salvador apunta a reelegirse en 2024 y reaviva los temores de sus críticos

 

Unos meses después que el presidente Nayib Bukele comprometió la independencia de la justicia en El Salvador a golpe de giros autoritarios, la Sala de lo Constitucional que él instaló autorizó la noche de este viernes su reelección presidencial inmediata, cruzando una línea que los críticos del proyecto de Nuevas Ideas —el partido del mandatario— habían advertido con preocupación. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) salvadoreño anunció este sábado que acatará la orden de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de que se permita la inscripción para competir por una reelección presidencial con la única condición de que el presidente en funciones renuncie seis meses antes del mandato.

Así, Bukele apunta a reelegirse en 2024 usando un fallo judicial para consolidar su proyecto político, como hizo Daniel Ortega en Nicaragua en 2011. La diferencia es que el mandatario sandinista alegó que la prohibición constitucional de la reelección “violaba sus derechos humanos” y la justicia de Bukele invocó al pueblo para “que decidan sin presiones o coacciones indebidas”.

Hasta ahora, y según la Constitución del país, los presidentes de El Salvador, que tienen un mandato de cinco años, no podían renovarlo para un periodo inmediato. Sin embargo, la Sala de lo Constitucional instalada en mayo pasado por Bukele arrolló el artículo 152 de la Carta Magna que señala que no puede ser candidato a presidente “el que haya desempeñado la Presidencia de la República por más de seis meses, consecutivos o no, durante el periodo inmediato anterior, o dentro de los últimos seis meses anteriores del periodo presidencial”.

Aunque la reelección presidencial era algo que se barajaba en El Salvador, tomando en cuenta los zarpazos de Bukele a la justicia destituyendo a través de la Asamblea Nacional a magistrados y recientemente a un tercio de los jueces y fiscales, lo sorpresivo es la celeridad con que el mandatario afianza su proyecto político tildado como autoritario por sus detractores.

“La Sala de lo Constitucional de El Salvador —que Bukele cooptó en mayo de este año—acaba de permitir que Bukele se presente a una reelección. El mismo libreto que usaron Daniel Ortega y Juan Orlando Hernández, el presidente de Honduras. La democracia en El Salvador está al borde del abismo”, expresó José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch.

04 sept 2021 - 19:36 CEST

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Los talibanes necesitan dinero, a China le interesan los recursos naturales

Lo que las élites políticas de «Occidente» aparentemente ya no son capaces de hacer, los dirigentes políticos chinos sí pueden hacerlo: pensar estratégicamente a largo plazo y a escala global. La geopolítica no es una palabra extraña para el Partido Comunista Chino (PCC), sino una categoría conocida. Como le corresponde a una potencia mundial.

El Asia Central forma parte de su área de interés y de influencia directa. Con Pakistán, existe una estrecha cooperación, fruto de la rivalidad con la India. El interés principal de China es el de mantener la seguridad de sus rutas comerciales con Occidente. Una de las nuevas rutas de la seda más importantes (One Belt, One Road) pasa cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán. Otras rutas paralelas son posibles, pero la seguridad de las rutas existentes es una prioridad.

La política exterior China está motivada, además, por la naturaleza de su economía en rápido crecimiento y ávida de recursos. Afganistán posee muchos recursos naturales: hierro, cobre, oro, litio, tierras raras, carbón y petróleo, cuyo valor total está estimado en más de 3 billones de dólares. Sin embargo, la mayoría de las zonas mineras interesantes se encuentran en áreas de difícil acceso. En el futuro inmediato, los talibanes va a ejercer el control de la minería en Afganistán. Pero para extraer los recursos minerales o incluso para encontrarlos -el 70% del país está aún poco explorado-, los talibanes carecen de tecnología, de conocimientos y de dinero. Los chinos tienen todo eso. Tienen una concesión para una mina de cobre desde 2007 y para un yacimiento de petróleo desde 2011. Sin embargo, para explotar con éxito los recursos minerales, tendrán que construir carreteras y vías férreas, muchas de ellas en la alta montaña, lo que requiere una cuidadosa planificación a largo plazo y una experiencia probada en grandes proyectos de infraestructura. China también las tiene.

Opio, cobre y petróleo

Un análisis de la situación económica de los talibanes demuestra a qué punto necesitan esta cooperación. Hasta ahora, su principal recurso financiero era la exportación de amapolas y opio en bruto, además de los chantajes y de los derechos de aduana, cobrados de forma arbitraria. En total, las milicias recaudaron unos 1.600 millones de dólares de diversas fuentes oscuras en 2020; por su parte, el gobierno afgano pudo registrar unos 5.600 millones de dólares en ingresos durante el mismo periodo. Aunque los portavoces  de los talibanes digan ahora lo contrario, el comercio altamente rentable del opio les interesa, y mucho. Sobre todo porque se encuentran en una situación financiera desesperada desde que llegaron al poder.

Pero, para dirigir el país, los talibanes necesitan mucho más aún. No pueden acceder a las reservas de divisas del Banco central afgano -actualmente 9.400 millones de dólares [según el FMI]- que se encuentran en el extranjero, en su mayoría en el Banco central estadounidense. El Fondo Monetario Internacional bloqueó el acceso del régimen a la parte del país correspondiente a los derechos especiales de giro, 340 millones de dólares, y suspendió el último tramo (105,6 millones de dólares) de un programa de ayuda a la crisis sanitaria, de un total de 370 millones de dólares [decisión de noviembre de 2020]. Hasta ahora, la ayuda occidental representaba el 43% del producto interior bruto (PIB) afgano. Más del 60% del presupuesto estatal era financiado por Occidente. Este dinero desparece ahora casi por completo, aunque los británicos, por ejemplo, no quieren suspender sus pagos por el momento. Los talibanes siguen recibiendo millones de dólares en donaciones de algunos Estados del Golfo, pero al mismo tiempo están en conflicto con otros Estados árabes.

Al nuevo régimen le agradaría venderle los recursos naturales a la China. Las concesiones mineras aportan mucho dinero. Los chinos también serían bien recibidos para construir carreteras. China cuenta con socios en Pakistán y en otros países islámicos, lo que le facilita la entrada en el mercado afgano. Así, los chinos estarían en condiciones de ganar la carrera por los recursos minerales afganos.

Sigue existiendo el problema del terrorismo

Por su parte, los chinos no se hacen ilusiones con los nuevos líderes del Hindu Kush. Desconfían, con razón, de sus declaraciones, en las que dicen que no quieren dar cobijo al terrorismo. Aunque la frontera entre Afganistán y China sea de solamente 76 kilómetros, la amenaza del terrorismo es real. Los yihadistas uigures que regresan de Siria o de Afganistán fueron responsables de atentados terroristas en China. El gobierno chino reaccionó con mano de hierro y la región autónoma de Xinjiang está bajo un estricto control.

Hasta ahora, las experiencias chinas con proyectos mineros en Afganistán no han sido buenas. Por ejemplo, un consorcio dirigido por la China Metallurgical Group Corporation propuso invertir más de 3.000 millones de dólares en el mayor yacimiento de cobre del mundo en una región minera de la provincia oriental de Logar, con una mina, un ferrocarril y una central eléctrica. Hasta la fecha, las obras no han comenzado porque en la provincia tenían lugar conflictos entre los talibanes y el gobierno. La compañía petrolera estatal abandonó la producción en la zona del río Amu Darya [que sirve de frontera entre Afganistán y Tayikistán] ya que no le fue posible abrir rutas de transporte seguras hacia China para el petróleo extraído.

Para que pueda existir una cooperación a largo plazo entre China y el régimen talibán, este último tendrá que cumplir su promesa de mantener a raya el terrorismo islamista. Porque China no depende de los talibanes, puede prescindir de Afganistán e incluso cerrar la frontera común. Este era también el plan para las nuevas rutas de la seda. La República Popular tiene otras alternativas.

Por Michael Krätke, economista, fue profesor en la Universidad Libre de Berlín, luego en Bielefeld y más tarde, en la Universidad de Ámsterdam. Escribe en varias revistas de izquierda en alemán.

30/8/2021

Der Freitag

Traducción (del francés) de Ruben Navarro para Correspondencia de Prensa

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Viernes, 03 Septiembre 2021 08:18

Orwell, Kafka, Afganistán

Orwell, Kafka, Afganistán

El otro día –tras un buen rato de no seguir la prensa ni medios de allá– estaba mirando cómo los valientes soldados polacos instalaban en la frontera con Bielorrusia “en tiempo récord” 6 kilómetros de valla de alambre de cuchillas. Tres capas. Dos metros y medio de altura. El previamente instalado muro de 150 kilómetros de puro alambre de púas resultó supuestamente “demasiado débil”. ¿El propósito? Según el gobierno, “proteger a Polonia de la migración” y “de los terroristas de Irak y de Afganistán” (bit.ly/38A7ljn). O sea, refugiados civiles, buena parte mujeres y niños que huyen de sus países, reventados por las guerras neoimperiales.

El ministro de Defensa se congratulaba –y ensalzaba a sus tropas– como si hubiéramos (ahora sí) parado una blitzkrieg nazi o mandado de vuelta a la casa, con la cola entre las piernas, al ejército de Stalin.

¿Cuántos materiales televisivos recordaban que éramos los primeros en sumarse a la invasión de Irak (2003) –incluso a cargo de una de las zonas de ocupación allí– librada con base en mentiras orwellianas: armas de destrucción masiva (WMD), complicidad con Saddam en el 9/11, etcétera, unas, que le causarían envidia al propio Goebbels y harían parecer a Molotov un nene de pecho?

¿Cuántos reportajes, sin importar si era la tele estatal, llena de propaganda y medias verdades como en tiempos comunistas, o la privada de los “luchadores por la libertad (y el libre mercado)”, mencionaban, en conexión con la reciente debacle (bit.ly/3yyiiwv), que éramos igualmente los primeros a mandar las tropas a Afganistán (2001) a pedido de nuestro “compadre”, Bush Jr?

Pues... ninguno (de los que alcancé a ver).

Ningún link entre nuestra complicidad en reventar aquellos países y la “amenaza ante portas”, como si la imagen de los mismos soldados, ahora en la frontera con Bielorrusia, pero antes en las calles de Bagdad y Kabul, no fuese capaz de agitarle la memoria a nadie.

Tampoco ninguna reflexión acerca de las lecciones de la crisis de los refugiados (2015) desencadenada por otra guerra, en Siria –a esta, milagrosamente, ya nos negamos a ir–, pero en la cual Polonia, aún bajo otro gobierno (neo)liberal, estaba en la primera fila de crueldad y xenofobia que caracterizaron la respuesta de la Unión Europea (UE).

Ahora que un grupo de 32 refugiados está atrapado en una “tierra de nadie”entre Polonia y Bielorrusia –con otros muchos en la zona– “en una bizarra confrontación kafkiana entre ambos países” (bit.ly/3DqslHE), como reportó The Guardian: yo ya tuve que apagar la tele polaca..., en la cual Varsovia y Bruselas acusan a Lukashenko de “librarles una guerra híbrida” y “vengarse por las sanciones” queriendo “desestabilizar a la UE”, tampoco a nadie se le despertó la conciencia.

La noción de lo kafkiano fue acuñada en los 30 por Malcolm Lowry para denotar –tal como la entendemos generalmente– una “pesadilla burocrática” o situación que oscila desde lo absurdo al ridículo (véase: Michael Löwy, Franz Kafka, soñador insumiso, Taurus, México 2007, pp. 131-135). La palabra empezó a vivir su propia vida, hasta el punto que su (sobre)uso, hizo que se “erosionara” y empezara a perder el sentido (bit.ly/3DxOiVu); lo mismo pasó de hecho con el adjetivo “orwelliano” vaciado hasta cierto punto del sentido (bit.ly/3kDF699), que apunta tanto a la destrucción del pensamiento independiente, decepción, como a la propia “erosión del lenguaje” y que –dadas las tendencias autoritarias y/o posfascistas del actual gobierno polaco de extrema derecha–, quizás sería igualmente apropiado.

En fin.

Yo digo que si un grupo de 32 personas, independientemente de dónde venga y a dónde va, es capaz de –juzgando por la reacción de Varsovia y Bruselas–, “desestabilizar a la UE”, pues bueno, ya... El último apaga la luz.

Además, si hay alguien que ha estado desestabilizando por años y trabajando duro para reventar (desde dentro) la UE son los reaccionarios polacos en el poder – with a little help of Orbán– ignorando resoluciones de la Comisión Europea, atacando cortes, medios, buleando a mujeres, minorías y arrasando –muy en el espíritu de 1984– con la disidencia y todo lo que se oponía a su “sincronización”( gleichschaltung) católica y nacionalista (perdón por andar fifí, pero la inserción de bloques religiosos hasta en un canal de radio pública de música clásica fue la gota por la cual ya dije “basta” con los medios de allá...).

Son ellos más bien que por el bien de Europa –por si hay algo digno de salvar de ella... ¡sí, me acuerdo de usted, Zygmunt Bauman!– deberían ser acorralados por un alambre de cuchillas. Arrestados y expulsados.

Lo que pasa en la frontera polaco-bielorrusa no es kafkiano. Es vergonzoso e inhumano. O bueno, que sea kafkiano: al final el gran George Steiner también apuntaba a esta faceta de “inhumanidad” en su lectura de El proceso (Löwy, p. 131).

El mismo chantaje, “de abrir la llave con los refugiados”, Erdogan le está haciendo desde hace años a la UE. Pero como Turquía es miembro de la OTAN, pues bueno... Todo en familia. Lukashenko, verdaderamente despreciable, como enemigo, es perfecto. Y como los europeos, no sólo los gringos, acabaron de salir volando de Afganistán con la cola entre las piernas –junto con las últimas tropas polacas recibidas en estas semanas como “héroes” por aquel mismísimo ministro de Defensa (bit.ly/3jxrfC0)–, siempre se ocupan nuevos.

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Viernes, 03 Septiembre 2021 08:11

El botín de la conquista

El botín de la conquista

AFGANISTÁN Y LA ECONOMÍA MUNDIAL DE LA GUERRA

La idea de que vivimos un período de relativa paz y prosperidad en la historia mundial pasa convenientemente por alto algunos detalles.  El éxito de las élites empresariales tiene no pocos vínculos con la violencia y la brutalidad padecidas hoy en el Sur Global.

El secretario de Defensa británico, Ben Wallace, contuvo las lágrimas durante una emisión de la cadena LBC cuando se supo que los talibanes consolidaban su control sobre Afganistán. «Lo que más lamento es que algunas personas no regresarán», dijo Wallace. Entre 2003 y 2005, el ahora ministro fue director en el extranjero de Qinetiq, la empresa de tecnología militar creada en abril de 2001, cuando se privatizó la agencia estatal británica de Investigación y Evaluación de Defensa. Los ingresos de la compañía rondan hoy los 1.000 millones de libras al año.

Los contradictorios roles de Wallace –un exejecutivo de alto nivel de una empresa que lucra con la «guerra contra el terrorismo» reconvertido hoy en ministro de alto rango que afirma, con razón, que Reino Unido le debe mucho al pueblo de Afganistán– reflejan una contradicción mayor. Por un lado, es obvio que la guerra es un negocio lucrativo. Y la «guerra contra el terror», que ha hecho crecer enormemente la dependencia de los gobiernos occidentales con respecto a mercenarios y contratistas privados, ha sido especialmente lucrativa, disparando al alza en los últimos 20 años las ganancias de los accionistas de las cinco principales empresas de defensa del mundo (véase, en este número, «Ganar y perder en Kabul»). Por otro lado, si se considera el lugar que ocupan la guerra y la conquista en la economía y en las ciencias sociales en general, es evidente que la mayoría de los economistas del mainstream continúa ignorando las formas en que la guerra contra el terrorismo enriquece a un pequeño pero influyente número de personas.

Es un problema tan nuevo como antiguo. Los proponentes del laissez-faire en el siglo XIX se esforzaron de manera deliberada para crear una brecha perceptiva entre conflicto bélico y comercio. Frédéric Bastiat (1801-1850) creía que el libre comercio sin restricciones podía ser una fuente de paz mundial. Pero, para conseguirlo, la gente tenía que fingir que en el mundo real el comercio estaba tan libre de conflictos como él lo deseaba en sus fantasías teóricas. «Eliminemos de la economía política todas las expresiones tomadas del vocabulario militar: luchar en igualdad de condicionesconquistaraplastarestrangularser derrotadoinvasióntributo, tales expresiones son contrarias a la cooperación internacional», escribió Bastiat.

John Stuart Mill también trató de fingir que el mundo era más pacífico de lo que en realidad era. En su célebre obra El sometimiento de las mujeres, Stuart Mill elogia a «las naciones más avanzadas del mundo (incluido Reino Unido) por allanar el camino hacia una nueva era de libre comercio, marcada por relaciones consensuales entre las naciones en lugar del principio bárbaro de la ley del más fuerte». Es una afirmación divertida para hacer en pleno apogeo del imperio británico. Es cierto que, en el continente europeo, hubo hacia la última mitad del siglo XIX una disminución de las guerras entre las potencias. Pero solo pasando por alto la violencia y la brutalidad que se desataba en las colonias podían Mill y otros economistas mantener que el comercio libre y pacífico era lo prevalente, cuando la realidad es que no lo era.

Uno de los herederos actuales de Mill a este respecto es el psicólogo y lingüista Steven Pinker, cuyos Los ángeles que llevamos dentro (2011) y En defensa de la Ilustración (2018) describen cómo, en los últimos 300 años, se habría registrado una disminución de la violencia mundial. Sin embargo, sus afirmaciones son principalmente un artefacto de oportunismo estadístico. El número de personas desplazadas que huyen de conflictos armados está hoy en su nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial, pero los refugiados apenas reciben mención en los best sellers de Pinker.

Como ha señalado el sociólogo Michael Mann, la teoría de Pinker sobre la disminución de la violencia se basa en una visión convencional de la guerra que considera como progreso que las guerras entre los Estados europeos hayan disminuido, mientras que las guerras civiles fuera de Occidente han proliferado. El problema, como enfatiza Mann, es que la visión convencionalignora la participación angloestadounidense en esas guerras civiles no occidentales. Es la forma de mantener una falsa apariencia de manos limpias.

El economista estadounidense Tyler Cowen, en tanto, atribuye el estancamiento del crecimiento económico en las naciones occidentales a una supuesta falta de guerras. «Vivimos en esta divertida burbuja mundial en la que no ha habido ninguna gran guerra últimamente», sugirió Cowen en su pódcast en 2017, a poco de cumplirse 20 años de la «guerra contra el terror» liderada por Estados Unidos.

La afirmación es profundamente cuestionable por una serie de razones. En primer lugar, aunque la guerra genera a menudo grandes ganancias, estas se reparten por arriba: enriquece a las elites, pero no al resto de nosotros. No existe vínculo directo entre las guerras y la riqueza nacional en general, como bien señaló Adam Smith: «Desde el establecimiento de la Compañía de las Indias Orientales, por ejemplo, los demás habitantes de Inglaterra, además de estar excluidos del comercio, deben haber pagado, en el precio de los bienes provenientes de las Indias que ellos han consumido, no solo por todas las ganancias extraordinarias que la compañía pudo haber obtenido de esos bienes como consecuencia de su monopolio, sino también por todo el extraordinario derroche que el fraude y el abuso, inseparables de la administración de una compañía tan grande, necesariamente deben haber ocasionado».

Incluso Forbes, difícilmente una enemiga de las grandes empresas, describió la narrativa de Cowen como económicamente engañosa y «de miedo». Pero, aun si el botín de la conquista hubiera beneficiado a la nación agresora en su conjunto, no es razón suficiente para elogiar la guerra deliberada como fuente de beneficios económicos.

 Una pregunta más profunda es qué se considera una gran guerra, una guerra digna de mención o consideración. Millones de personas han muerto como resultado directo de las invasiones de Afganistán en 2001 e Irak en 2003, pero, para Cowen, estas muertes parecen tener una importancia insignificante. Es preocupante cuánta gente estaría de acuerdo con él. Bastiat se salió con la suya: el lenguaje de la conquista ha sido, en gran parte, desterrado del mainstream de la economía política. Según la organización de Reino Unido que impulsa la Campaña contra el Comercio de Armas, en ese país hay cerca de 200 ex funcionarios públicos que ahora trabajan en las industrias armamentística y de seguridad. El nexo financiero entre la guerra contra el terrorismo y los miembros de los gobiernos occidentales no ocupa mucho tiempo en los medios. Muchos académicos y legisladores parecen preferir que así sea.

(Publicado originalmente en London Review of Books. Traducción de Brecha.)

Por McGoey, profesora de sociología y directora del Centro para la Sociología Económica y la Innovación en la Universidad de Essex.

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Jueves, 02 Septiembre 2021 05:48

Los matices del perdón

Los matices del perdón

Entrevista al psicoanalista Alberto César Cabral

Una mirada psicoanalítica sobre el perdón, sus límites, la culpa y el arrepentimiento.

El perdón estuvo vinculado históricamente a un sentido religioso. Pero también con una posición ética respecto de quien tiene la "autoridad moral" para perdonar y quien tiene la suficiente conciencia ética como para arrepentirse. ¿El perdón es acaso la respuesta más apropiada ante las ofensas o los daños que nos infringe un otro? ¿Qué tiene para decir el psicoanálisis al respecto? Muchos de estos interrogantes son los que trabaja el psicoanalista Alberto César Cabral en su libro El perdón y sus límites. Una aproximación psicoanalítica (Teseo). Cabral es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y exdirector del Instituto "Ángel Garma". También autor de Cuestiones en psicoanálisis, entre otros libros.

¿Qué diferencia existe entre el uso cotidiano del término "perdón" y de su concepción psicoanalítica? Cabral señala que hay un uso cotidiano que no ha roto plenamente sus adherencias de origen con el sentido religioso. "Hoy está aceptado que el perdón no existió en todas las épocas ni en todas las culturas. Roma y Grecia no tenían idea de lo que era el perdón como lo entendemos actualmente. Y es claro que las religiones monoteístas tuvieron mucho que ver con modelar las primeras nociones que estuvieron ligadas a la idea del perdón", plantea Cabral. El autor entiende que en los últimos tres siglos se produjo un proceso de secularización progresiva de la noción de perdón que lo fue despojando de sus connotaciones religiosas.

"No hay 'una' concepción psicoanalítica del perdón. Es una cuestión polémica, también entre los analistas. Hay colegas que, a mi modo de ver, reciclan concepciones religiosas del perdón. Lo consideran una 'virtud moral': la decisión de 'no perdonar', entonces, constituiría el testimonio de una elaboración no adecuada del rencor y el odio. Es claro que de ahí se desprende una concepción de la cura que debería desembocar inevitablemente en el perdón, y que lo convierte en objeto de una prescripción, sostenida por la autoridad del analista", señala Cabral. "La aproximación filosófica, ética e incluso la jurídica pecan en muchos momentos de cierto voluntarismo, como si se tratara exclusivamente de la buena voluntad de la víctima, del potencial y de la disposición de amor de la que sería portador como si bastara eso para definir si un agravio, una ofensa pueden o no ser perdonados", agrega.

--¿Qué lugar ocupa la culpa en el perdón de acuerdo a la mirada psicoanalítica?

--Lo podemos pensar en la dupla que forman el victimario y la víctima. Los autores anglosajones hablan del perpetrador y suena impactante. Respecto del ofensor y la víctima, la culpa está del lado del perpetrador, en una mirada convencional, de aquel que cometió la falta sobre el otro. Respecto del perpetrador también se supone que hay un goce también porque hay algo del orden del regodeo de la propia culpabilidad que, en algún punto, exime al sujeto de la posibilidad que le cabe en ver si puede o no enmendar aquello que protagonizó. Si no es así, la posición de culpa, el registro de la culpa por parte del perpetrador puede ser un primer paso en un proceso subjetivo de arrepentimiento, que cuando es realmente eficaz, en realidad lo que supone es un cambio de posición subjetiva por parte del perpetrador de dirigir una mirada distinta sobre el acto que protagonizó sobre la víctima.

--Ya que trae el tema de víctima y victimario y del arrepentimiento, ¿desde qué aspecto del psicoanálisis se puede pensar el pedido de perdón sin arrepentimiento, como muchas veces sucede en la violencia de género, por ejemplo?

--Una escucha psicoanalítica permite discriminar cuánto hay de lo que algunos autores serios y rigurosos del campo de la filosofía y de la ética recortan con mucha claridad descriptivamente del momento del arrepentimiento como un preliminar lógico en el trabajo del perdón. Pero no alcanzan porque son las limitaciones del propio discurso. Así como el discurso psicoanalítico tiene sus límites, lo tienen también otros discursos. El discurso filosófico, el ético, el religioso no alcanzan a dar cuenta, más allá del plano descriptivo, qué es lo que lo que supone lo que ellos llaman un “arrepentimiento genuino”. Entonces, hablan, por ejemplo, de un cambio de corazón, de un renacer del victimario, de una renacer en el amor. Es decir, una serie de frases que, a mi modo de ver, encubren una dificultad para contar con herramientas más rigurosas que permitan dar cuenta de cuándo, por ejemplo, un arrepentimiento es voluntarista, cuándo es hipócrita, cuándo transmite lo que llamamos coloquialmente "lágrimas de cocodrilo" y cuándo, en realidad, el discurso de arrepentimiento por parte del perpetrador tiene una condición de franqueza que logra provocar también en la víctima un cambio de posición subjetiva.

--¿Perdonar implica una renuncia desde el punto de vista subjetivo?

--Sí, y esto no es patrimonio exclusivo de una mirada psicoanalítica. Se acepta en otros ámbitos --y los analistas lo tomamos-- que efectivamente el perdón supone una renuncia por parte de la víctima al deseo de venganza, pero también a los resabios de odio subsistente a la conducta del perpetrador, pero no por una cuestión de buena voluntad sino porque existe en la víctima una voluntad genuina de relanzar el vínculo que fue puesto en jaque en su continuidad por la ofensa perpetrada. Si la posición subjetiva de quien perdona está sostenida en una represión del rencor hacia el victimario, el perdón tendrá un carácter precario, frágil, expuesto a los inevitables retornos de la hostilidad reprimida. Si el trabajo elaborativo desemboca en cambio en un "deseo decidido" (Lacan) de relanzar el vínculo que el accionar del perpetrador puso en jaque (a despecho del rencor subsistente), se abre la posibilidad de un perdón "genuino", no neurótico. En ese sentido, el perdón supone un movimiento más elaborado que las meras disculpas. Cuando uno acepta las disculpas de otro renuncia a la venganza sobre el otro (cuando la aceptación de la disculpa es genuina), pero no necesariamente quien acepta las disculpas de otro está interesado en relanzar el vínculo amoroso, fraterno, amistoso que lo unía previamente con el perpetrador. Están las disculpas, pero se puede no apostar a relanzar el vínculo y mantener las cosas en una suerte de coexistencia pacífica.

--Yendo un poco al título del libro, ¿hay un límite para perdonar? ¿De qué depende?

--Hay una categoría que tiene que ver con lo imperdonable que para mí fue la puerta de entrada a esta problemática porque en la clínica uno puede apreciar con bastante nitidez y con mucha frecuencia que rupturas vinculares precipitadas por situaciones vividas como daños generados por un otro con el que se estaba en relación generan algo del orden de una experiencia subjetiva de que el otro atravesó cierto límite y franqueó cierta barrera. Y en ese punto generan un odio, un rencor que es resistente a los intentos de elaboración del daño sufrido. En otros casos, no, uno puede registrar que el curso del trabajo analítico permite una elaboración de lo que inicialmente se vivió como un daño sufrible y como producto de esa elaboración, la víctima se puede ubicar inicialmente en una posición de "yo a éste no lo perdono, esto fue imperdonable", y puede modificar su posición subjetiva. Esto es algo que para una analista es imposible de ponderar a priori. Es al cabo de intentar procesar analíticamente, elaborativamente el daño sufrido, que se puede llegar o no a acercar a un núcleo de imperdonable. 

01/09/2021

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Las relaciones estratégicas de los talibanes para no perder Afganistán

El movimiento talibán ha conseguido volver a entrar en el palacio presidencial de Kabul, generando un escenario muy volátil que en los últimos días ha escapado incluso a su control. Por otra parte, las potencias regionales e internacionales deben decidir ahora si apoyarán o no al grupo islamista, aunque sea en vistas a derrotar a un enemigo que talibanes y occidentales mantienen en común: la rama del Estado Islámico en Afganistán.

Afganistán ha sido escenario de lo que muchos han denominado como “la mayor evacuación de la historia”. Las principales potencias occidentales han retirado ya a sus tropas y, mientras los últimos aviones extranjeros levantaban el vuelo, los líderes de distintos países prometían que “seguirán trabajando sobre el terreno para ayudar a los colaboradores afganos que no han podido evacuar”. Queda también suspendida en el aire la contradicción de Estados Unidos, que tras 20 años combatiendo contra las milicias del grupo talibán, mantiene a su servicio de inteligencia trabajando con los talibanes para hacer frente a la rama local del Estado Islámico en Afganistán: la filial EI-Khorasan (EI-K).

Por otra parte, a esta situación tan compleja se añaden las distintas posturas de los países interesados en la región. Durante los cinco años que mantuvieron su emirato, entre 1996 y 2001, los talibanes fueron reconocidos por tres países de gran peso en la región: Pakistán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Dos décadas después, solo el primero de estos actores clave mantiene a su personal diplomático en territorio afgano. Además, al tablero de juego actual se suman también países como China, Rusia, Irán o Turquía, que tienen pendiente reconocer a los talibanes como gobierno oficial.

El complicado vínculo entre talibanes y Estados Unidos, el líder occidental

Los talibanes no han tomado Afganistán en un día, ni es el primer atentado de los reductos del Estado Islámico en suelo afgano. Lo que sí ha ocurrido es que la mirada occidental ha pasado por alto ambos acontecimientos hasta que estos han tenido una repercusión directa para los suyos. Desde que, en 2001, las fuerzas de la OTAN, con Estados Unidos a la cabeza, acabaran con el emirato talibán que comenzó en 1996, el país afgano salió del foco mediático.

Primero fue Iraq, la guerra orquestada por George W. Bush en uno de los países con reservas petroleras más grandes del mundo; después, la primavera árabe, que solo produjo un verdadero cambio de modelo político en Túnez; la muerte de Osama bin Laden, que supuso a EE UU la excusa perfecta para justificar su implicación en la región; y por último, la creación del autodenominado Estado Islámico en 2014, la que fuera la facción de al-Qaeda en Iraq y el fruto del desembarco estadounidense en Bagdad en 2003. Estos acontecimientos fueron copando las portadas de los medios internacionales, mientras Afganistán quedaba olvidado, y con él la reorganización del movimiento talibán en el país.

Ahora, el mundo entero vuelve a mirar a Kabul para presenciar una desbandada occidental, que se podría haber organizado cuidadosa y pausadamente durante los últimos 20 años. La desordenada huida de EE UU y países europeos deja tras de sí un país sumido en el caos, dos atentados perpetrados por la filial del Estado Islámico en Afganistán y más de 170 muertos, según las últimas cifras oficiales.

Si una promesa queda suspendida en el aire es la que constituyen las contradictorias declaraciones de Estados Unidos. Llama la atención que, tras 20 años enfrentándose en terreno afgano, ahora la inteligencia estadounidense colabore con los talibanes, por una parte, para hacer frente al EI-K, y por otra, para evacuar a los colaboradores afganos que se han quedado en el terreno y que huyen de los propios talibanes.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que, gracias a las piezas del puzle que se entrelazan en la cuestión afgana, el odio al occidentalismo en el país está servido. Cabe recordar, en primer lugar, que la victoria talibán se produce después de que más de 2.100 civiles, entre ellos 800 niños, hayan perdido la vida desde 2016 a 2020 en Afganistán, debido a los bombardeos que se achacan a la coalición internacional, según los datos de la ONU. Las víctimas de esta ofensiva destinada supuestamente a reducir a los talibanes, se triplicaron desde la entrada en vigor de la expansión de los bombardeos anunciada por la Administración Trump en 2017. Además, algunos de los talibanes que ahora están al frente de Afganistán han pasado por Guantánamo, prisión estadounidense famosa por sus torturas, abusos y arbitrariedad. Otro dato que no se debe dejar en el tintero es la estrecha relación que el grupo talibán mantiene con al-Qaeda, desde que el grupo liderado por bin Laden ayudase a la milicia talibán a tomar el poder en 1996 y a cambio los talibanes permitiesen después a al-Qaeda realizar entrenamientos terroristas en Afganistán.

Tras todos estos hechos, el escenario actual es, como mínimo, comparable a la “semilla del odio” que Estados Unidos sembró en Iraq con su invasión y que tuvo como consecuencias una sociedad iraquí fragmentada y la creación en 2014 del autodenominado Estado Islámico. Este conocido grupo terrorista también llevaba años fuera de los focos occidentales, hasta que, la filial de Khorasan, se ha llevado por delante la vida de 13 marines estadounidenses, entre las más de 170 víctimas de los atentados en el aeropuerto de Kabul. Sin embargo, no es el primer gran atentado del EI-K. Al grupo terrorista se le atribuye un atentado del pasado mes de mayo, perpetrado contra una escuela de secundaria de Kabul, en el que murieron más de 80 niñas afganas.

Los lazos que posee el grupo talibán fuera de Afganistán

Pakistán fue un actor clave hace 20 años y vuelve a serlo ahora. A pesar de lo complicado que es lograr un reconocimiento directo a las fuerzas del grupo talibán por parte de Pakistán, hay varios factores que lo sugieren implícitamente. En primer lugar, la cuestión étnica. En Afganistán predominan cuatro grupos étnicos, y el mayoritario es el de los pastunes, ya que suponen en torno al 40% de la población. Los pastunes son, al mismo tiempo, la segunda etnia predominante en Pakistán, integrada por casi un 15% de los pakistaníes. De hecho, fue en las madrazas de Pakistán donde estudiaron muchos de los muyahidines fundamentalistas que crearon el movimiento talibán en 1994 y que expulsaron a los soviéticos de la región en 1989.

Otro aspecto que determina el interés de Islamabad en Kabul, es el de la relación con India, el enemigo histórico de Pakistán. La inclinación de Pakistán a mantener un control efectivo sobre Afganistán obedece también al trauma sufrido por la pérdida de Pakistán Oriental, el actual Bangladés, en la que se implicó el ejército de la India. Mientras que Pakistán comparte lazos con los talibanes, la India poseía línea directa con el gobierno afgano, por lo que la toma de Kabul por las milicias el pasado 15 de septiembre es una pésima noticia para Nueva Delhi. No obstante, un excesivo poder por parte de los talibanes es un riesgo serio para Islamabad, ya que se le puede volver en contra y pagarlo con violencia dentro de sus propias fronteras.

Por su parte, China se ha convertido en el inversor estratégico de la cuestión afgana. Pekín ve al país como uno de sus grandes activos, pues en territorio afgano hay aproximadamente 1,4 millones de toneladas de elementos como neodimio o litio. En este sentido, no hay que olvidar que China es líder de las cadenas de suministro mundiales de tierras raras, hecho crucial en su estrategia geopolítica. Sin ir más lejos, en 2019, EEUU obtenía el 80% de sus minerales a través de China, al tiempo que los países europeos importaron el 98% de estos materiales de Pekín.

Teniendo todo esto en cuenta, China ha evitado reconocer explícitamente a los talibanes, pero sí muestra su disposición a mantener relaciones cordiales con el grupo fundamentalista y “desea una transición tranquila”, declaró la portavoz del ministerio de Exteriores, Hua Chunying, el día siguiente a la toma de Kabul. También aclaró que la embajada China continuaba trabajando con normalidad en territorio afgano. Esta postura de cordialidad, recuerda mucho al trato que ya mantuvo el gigante asiático con el grupo talibán entre 1996 y 2001.

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo” es la mejor definición de la actitud que están adoptando países como Rusia o Irán. Vladimir Putin, es uno de los líderes que ha decidido mantener su embajada en Kabul. Moscú calificó en 2003 a los talibanes de grupo terrorista, pero una retirada de tropas estadounidenses siempre significa una buena noticia para el Kremlin. Máxime, si hace tres décadas era Washington el que apoyaba a los fundamentalistas que echaron de Afganistán a los soviéticos. El responsable del Gobierno ruso para Afganistán, Zamir Kabulov, ya ha declarado que el reconocimiento oficial de los talibanes por parte de Rusia dependerá de las acciones que el grupo lleve a cabo. El grupo talibán, que se encuentra en una suerte de cortejo a las grandes potencias, ha respondido asegurando “la protección del perímetro exterior de la embajada rusa”.

Asimismo, Irán, más que apoyar a los talibanes, apoya al que ha echado a EE UU de la región. Las disputas que la República Islámica de Irán ha mantenido con Washington han llegado a provocar que, un país de mayoría chiita, como el iraní, no eche las manos al cielo por el ascenso de poder de un grupo integrista sunita, como es el talibán.

Por otra parte, Irán está mostrando una posición muy similar a la de Turquía: ambos temen una entrada masiva de refugiados en sus fronteras. Por esta razón, los líderes de los dos países celebran cada vez que los talibanes prometen en público un gobierno estable y pacífico. No obstante, ya el pasado mes de julio, ante el inminente avance talibán, Turquía anunciaba que construiría un muro a lo largo de su frontera con Irán para impedir la llegada de refugiados afganos. Por el momento, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ya ha admitido que Turquía mantiene contactos oficiales con el grupo talibán. Asimismo, los talibanes han propuesto a Turquía que gestione el aeropuerto de Kabul tras los atentados ejecutados por el EI-K el pasado 26 de agosto, los cuales tenían el objetivo de atacar a las fuerzas estadounidenses, pero también de demostrar la inestabilidad y la volatilidad que caracterizaría a un nuevo emirato talibán.

Por tanto, si en este escenario de incertidumbre hay algo claro es que el enemigo más peligroso de los talibanes ahora mismo es el EI-K. Igual que le pasó con al-Qaeda en Iraq, el EI-K no ve a los talibanes lo suficientemente extremistas y se dedica a atraer a yihadistas descontentos. La rivalidad entre ambos grupos se basa en la falta de reconocimiento de la filial del Khorasan por parte del grupo talibán y en que los talibanes sí estén dispuestos a negociar con potencias occidentales.

Dadas las circunstancias, los talibanes se encuentran ante dos posibilidades opuestas para no perder el control de Afganistán; con tal de sumar efectivos y fuerzas contra el EI-K, pueden continuar acercándose a al-Qaeda como en el pasado, mostrando más abiertamente su componente islamista; o mantener su propaganda de moderación para conseguir el reconocimiento oficial y apoyo de grandes potencias mundiales.

30 ago 2021 06:00

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Desde la resistencia en la frontera paquistaní los talibanes tomaron control de todo Afganistán.. Imagen: EFE

"Estados Unidos está escribiendo con sus bombas nuestra gran victoria futura"

Rodeada de grupos tribales musulmanes dotados de un código moral, social y de honor muy férreo y con un espíritu y una voluntad de combatir poco común, Peshawar fueel reductoideal de los talibanes.

 

Todavía recuerdo la expresión irónica y sobradora de los comandantes talibanes que cruzaban la frontera entre Afganistán y Pakistán a través de las zonas tribales para llegar a la ciudad pakistaní de Peshawar. Algunos venían con la barba afeitaba para disimular así su pertenencia a los cuadros que combatían del otro lado de la frontera. El comandante Ahmid decía en todo burlón: “esta guerra de los gringos contra nuestra tierra es un episodio temporal, negativo en este momento, pero augura nuestra victoria final del mañana. Estados Unidos está escribiendo con sus bombas nuestra gran victoria futura”. Peshawar era para ellos el reducto ideal. Allí se compraban armas y se llevaban a cabo todas las transacciones políticas detrás del telón. Peshawar fue, también, la ciudad donde Osama Bin Laden instituyó Al Qaeda y a partir de la cual pactó su asociación inicial con Estados Unidos. Fundada en el Siglo II D. C por el rey Kaniska perteneciente a la dinastía Kushán, Peshawar es una de las ciudades más antiguas y legendarias de Asia del Sur. Está pegada a la frontera afgana y linda con las zonas tribales de Pakistán habitadas por los pastunes, una de los grupos tribales musulmanes más importantes del mundo, dotado de un código moral, social y de honor muy férreo y con un espíritu y una voluntad de combatir poco común. A ellos se enfrentó Occidente cuando, en 2001, luego de los atentados del 11 de septiembre, la administración de George W. Bush lideró la ofensiva contra las bases de Bin Laden y el régimen de los talibanes al que Washington había respaldado con los honores de un aliado útil en su confrontación con la Unión Soviética.

Afiches

La historia retendrá que los talibanes fueron descubiertos como fuerza local de gran influencia no por el imperio sino por el argentino Carlos Bulgheroni (Bridas) cuando, en la década de los 90, se le ocurrió extraer gas de Turkmenistán pasando por Pakistán. El proyecto requería que el gasoducto atravesara Afganistán y con ese objetivo entabló una negociación con los talibanes. El movimiento talibán se había estructurado como tal durante la lucha contra la invasión soviética de Afganistán y en 1996, al cabo de una guerra contra otras facciones afganas, asumieron el gobierno. A nadie le importaba entonces la instauración de un “Talibanistán”, ni los abusos o las violaciones a los derechos humanos. Los talibanes eran una garantía de estabilidad y una ventana hacia los grandes negocios después de años y años de guerra. Hoy se puede mirar con horror y hacia atrás esa historia: los grupos y movimientos afganos descendientes de la lucha contra la URSS (1979) respaldados con armas y dinero por las sucesivas administraciones norteamericanas son los mismos que originaron luego el islamismo radical que se expandió por el mundo. Pasé varios meses en Pakistán y una buena parte de ese tiempo en Peshawar. Los afiches que el ejército norteamericano largaba en paracaídas con los nombres y las fotos de las personas buscadas no eran desconocidos: eran los mismos a los que Washington había financiado antes (armas, entrenamiento, escuelas coránicas, etc). El imperio convirtió a Afganistán en la tierra original de la guerra santa (yihad).

Paradojas

No faltan las paradojas en este episodio que se tragó decenas de miles de vidas ("The Costs of War", de la Universidad de Brown, evaluó en 241.000 el número de muertos) y 145.000 millones de dólares gastados por Estados Unidos en la “reconstrucción” de Afganistán: el 27 de 1996, los talibanes tomaron el control de Kabul luego de que una de las figuras más míticas de la resistencia afgana, el comandante Masud, abandonara la capital afgana bajo la presión militar de los talibanes. Ahmad Shah Masud fue una de las piezas claves de la derrota de los soviéticos en Afganistán (1979-1989), pero nunca se asoció con los talibán. Fueron sus “adversarios del interior”. Masud era un enemigo mordaz de la interpretación fundamentalista del Islam y por ello encarnó la oposición armada. Fue un guerrero sin igual al mando del Frente Islámico Unido (también conocido como Alianza del Norte). Occidente encontró en Masud un aliado “interior” y lo amparó en la nueva lucha contra la teocracia de los talibán. El 9 de septiembre de 2001, es decir, dos días antes de los atentados contra las torres gemelas, Masud fue asesinado en el curso de un atentado suicida perpetrado por Al Qaeda con el fin de sacar del medio a un líder político y militar de mucho relevancia.

Espejo

En la novela "Kim", el escritor británico Rudyard Kipling empleó la formula « el gran juego » para sintetizar el enfrentamiento entre el imperio británico y la Rusia de los Zares durante el siglo XIX y parte del XX en las regiones de Asia Central. En Peshawar los comandantes talibán decían que “el Gran Juego continuaba” y prometían que Afganistán volvería a ser "la tumba de los imperios". 20 años después del derrocamiento de los talibán por la coalición internacional, los insurrectos islamistas regresan al poder tal y como lo prometían en 2001. Corrupción, ignorancia, errores operativos, estrategias militares improvisadas, ambiciones irrealistas, apoyo a burguesías locales corruptas y occidentalizadas, doble juego de Pakistán (sostén invisible a los talibán y alianza con Estados Unidos) condujeron a la estrepitosa derrota de Estados Unidos y de quienes, desde 2001, se unieron a la cruzada en esa región del mundo. El "Estado afgano" atornillado por Occidente en los últimos 20 años fue incapaz de aportar estabilidad, paz o prosperidad. Por tercera vez en el Siglo XXI, la incongruencia occidental deja a un un país postrado: en 2001 se empezó a gestar el Afganistán de hoy: en 2003, Estados Unidos invadió Irak y derrocó a su gran socio comercial y militar (confrontación con Irán), Saddam Hussein, en 2011, de la mano del ex presidente francés Nicolas Sarkozy y con mandato de la ONU, una coalición internacional derrocó a otro ex gran amigo, el presidente libio Muamar Khadafi. Las tres catástrofes importadas dejaron un tendal de muertos, huérfanos, mutilados y desplazados. Irak, Libia o Afganistán son un espejo que refleja hacia el fin de los tiempos la barbarie que se esconde bajo el manto de la civilización occidental.

28/08/2021

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El presidente brasileño Jair Bolsonaro (C), el presentador de televisión Silvio Santos (d) y el obispo evangélico Edir Macedo. — EVARISTO SA / AFP

La derecha latinoamericana ha visto en ese auge evangélico una puerta abierta para captar votantes en un nicho social que tradicionalmente se le ha resistido: los pobres.

 

Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, vio cumplida su profecía de la 'nación divina' cuando su amigo Jair Bolsonaro tocó el cielo (del Palacio del Planalto) en 2018. Macedo es el arquetipo de los líderes religiosos que han ido acumulando riqueza y poder político en América Latina. Las iglesias evangélicas avanzan sin freno en una región que era el semillero de la Iglesia católica hasta hace poco. Cien millones de fieles llenan sus templos y escuchan las soflamas antiabortistas de los pastores pentecostales. Pero su discurso no se circunscribe al ámbito religioso.

Gracias a imperios mediáticos como el que ha levantado Macedo en Brasil, los evangélicos son hoy un influyente lobby político. A Dilma Rousseff casi le cuesta la presidencia en 2010 su idea de despenalizar el aborto. En plena campaña electoral y ante la presión de los evangélicos, tuvo que matizar su propuesta. Leviatán para todas las iglesias, el aborto ha servido ahora de excusa a los evangélicos argentinos para denostar a la escritora argentina Claudia Piñeiro, guionista de El Reino, una serie de televisión que refleja las promiscuas relaciones entre el poder político y algunos líderes espirituales.

Estrenada recientemente en ese averno audiovisual llamado Netflix, la serie ha batido récords de audiencia en Argentina. A la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina le ha debido sentar a cuerno quemado que la ficción se inspire en las veleidades terrenales de algunos pastores.

Y se han cebado con Piñeiro, autora de éxito editorial y defensora de los derechos de las mujeres: "Es sabido el encono que ha expresado la escritora y guionista de esta obra desde su militancia feminista durante el debate de la ley del aborto hacia el colectivo evangélico de la Argentina, representado por millones de ciudadanos que no coincidían en su posición respecto del tema", rezaba su poco beatífico comunicado.

La influencia de los evangélicos en la política argentina es todavía limitada y su implantación social es menor que en otros países de la región (alrededor del 15%). Distinto es el caso de Brasil, donde los evangélicos representan ya el 30% de la población y sus líderes tienen una notable presencia en el Parlamento y en los gobiernos locales desde hace años. Marcelo Crivella, obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, fue senador, gobernador del estado de Río de Janeiro y alcalde de su capital entre 2017 y 2020. Pertenece al Partido Republicano Brasileño, muy ligado a los neopentecostales.

Antes de acabar su mandato como alcalde, cayó preso por corrupción. En prisión tal vez escuchara la letanía proveniente de alguna de las miles de congregaciones evangélicas de Brasil: "Para de sufrir". Su tío Edir Macedo hace tiempo que no sufre. Con su poderoso arsenal mediático (posee la cadena de televisión Récord, varias emisoras de radio y dos periódicos), hace y deshace a su antojo. Ha amasado una fortuna y ahora tiene un aliado de lujo en Brasilia, el ultraderechista Bolsonaro, a quien ayudó a ganar las elecciones en 2018. Los congresistas evangélicos fueron ya decisivos en el impeachment que sacó a Rousseff de la presidencia en 2016. A la hora de votar, la mayoría invocó a Dios.

La doctrina pentecostal (relevancia del Espíritu Santo, relación directa con Dios, prosperidad terrenal, etc.) fue implantándose en América Latina desde mediados del siglo XX. Antes ya había echado raíces en Estados Unidos, cuya influencia en las iglesias latinoamericanas ha sido notoria. Ante las experiencias progresistas de la católica teología de la liberación (con la que confraternizaron los movimientos insurgentes latinoamericanos), a partir de los años 80 los sectores conservadores norteamericanos apostaron por la "teología de la prosperidad" que predicaban los carismáticos y elocuentes pastores evangélicos.

Según un estudio del Pew Research Center realizado en 2014, cerca del 20% de los latinoamericanos se declaraban evangélicos. Los católicos continúan siendo mayoría (alrededor del 70%) pero su declive es constante (representaban el 94% hasta los años 60) pese a los esfuerzos del Vaticano por frenar la sangría. Las continuas giras de los papas por la región eran parte de esa estrategia. Un informe más reciente de Latinobarómetro (2018) confirma esa tendencia ascendente de la doctrina evangélica en detrimento de la católica, si bien su crecimiento no es homogéneo. Hay países como México o Paraguay donde el catolicismo no se resiente tanto mientras en Brasil el descenso es continuo. Y Centroamérica cuenta ya con más evangélicos que católicos.

La política se ha impregnado del discurso de las iglesias neopentecostales en muchos países. El cómico evangélico Jimmy Morales, en la mira de la justicia por presunta financiación electoral irregular, gobernó en Guatemala entre 2016 y 2020. Y en Costa Rica estuvo a punto de llegar a la presidencia en 2018 Fabricio Alvarado, otro dirigente en la órbita de los evangélicos. Ganó la primera vuelta al grito de "¡No se metan con las familias!", en referencia a la educación sexual laica que comenzaba a impartirse en las escuelas costarricenses. No superó la segunda vuelta electoral pero el poder del lobby evangélico sigue muy presente en el país.

El populismo de derechas que abandera Bolsonaro en América Latina se ha mirado en el espejo de las iglesias evangélicas. Los pastores pentecostales se han ganado a los más desfavorecidos prometiéndoles redención espiritual y alivio pecuniario en el mismo sermón. Su mayor acierto ha sido asentarse en los rincones donde la Iglesia católica no ha logrado penetrar. Las corrientes migratorias del campo a la ciudad han creado barriadas gigantescas en las grandes urbes latinoamericanas. Allí han crecido como setas las iglesias evangélicas con sus redes de apoyo comunitario para combatir la drogadicción o el alcoholismo, atrayendo así a miles de fieles a su causa.

La derecha latinoamericana ha visto en ese auge evangélico una puerta abierta para captar votantes en un nicho social que tradicionalmente se le ha resistido: los pobres. La buena sintonía entre populistas de derechas y pastores evangélicos es evidente en muchos países. Coinciden en muchas ocasiones (aunque no siempre) en una defensa del neoliberalismo y una oposición militante a derechos sociales como el aborto o el matrimonio igualitario. Esa conexión político-religiosa no solo ha proliferado en Brasil.

Los evangélicos desempeñaron un papel relevante en el rechazo a los acuerdos de paz en el referéndum de Colombia en 2016. El empresario Sebastián Piñera volvió al poder en Chile tras ganar las elecciones en diciembre de 2017. Tanto el dirigente conservador como el candidato pinochetista José Antonio Kast contaron con asesores evangélicos en sus equipos de campaña. Y en Bolivia, los golpistas que echaron del poder a Evo Morales en noviembre de 2019 irrumpieron en el Palacio de Gobierno enarbolando biblias.

Jeanine Áñez, presidenta de facto durante un año y hoy en prisión, es una ferviente creyente católica. El hacedor político del golpe, Luis Fernando Camacho, actual gobernador de la rica provincia de Santa Cruz, está muy vinculado a los evangélicos (de hecho, se le conoce como el Bolsonaro boliviano). El reino que invocan ciertas iglesias y líderes evangélicos es muy terrenal. Un paraíso de votos para la emergente ultraderecha latinoamericana.

 

28/08/2021 22:28

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El Reino y la avanzada del poder evangélico en América Latina

La historia de una familia a cargo de un templo evangélico, inmersa en una oscura trama de poder que entrelaza la política más turbia, la Justicia, el empresariado y los servicios de inteligencia, hizo de El Reino la serie furor del momento. Pero más allá de sus destacadas virtudes cinéfilas, el thriller logró poner en debate un fenómeno clave: la acelerada incursión de las iglesias evangélicas en la política latinoamericana.

En las últimas décadas se dio una transformación demográfica en la religiosidad del continente, marcada por la debacle de la Iglesia católica y el vertiginoso ascenso de la población evangélica, que pasó del 3% a más del 20% en 60 años. Si bien el mundo evangélico abarca diversidad de corrientes y denominaciones, son las neopentecostales las protagonistas de este auge y de la apuesta a copar la institucionalidad.

Su principal acierto fue la penetración en las barriadas populares y la capacidad de contención a personas vulneradas, canalizando desesperos y desesperanzas. Lo mismo en las cárceles. Interpelan con la oratoria de líderes carismáticos generando un vínculo emocional y un sentido de pertenencia envidiable. Complementan su despliegue territorial con esas mega-iglesias en suntuosos edificios en centros urbanos, emisoras de radio y televisión, colegios, bandas musicales, indumentaria y más. Toda una industria cultural que potencia su masividad.

Desde esa masividad y ese magnetismo de sus pastores y telepredicadores, sus dirigentes percibieron la eficacia del “voto evangélico” y comenzaron a meterse en cargos legislativos o locales, casi siempre desde espacios de derecha y ultraderecha. Ante el creciente desprestigio de los partidos tradicionales, aparecen como la cara renovada de las fuerzas conservadoras para combatir la ampliación de derechos como el aborto legal o el matrimonio igualitario.

Las fronteras entre religión y política siempre fueron difusas. Pero la ambición de esta rama eclesiástica por dominar estructuras de poder, como soportes del credo neoliberal y primera línea de la tropa anti-derechos, da cuenta de un fuerte reimpulso de la religión como herramienta política.

Alerta que caminan

Los evangélicos se escindieron de la Iglesia Católica con la reforma protestante del siglo XVI. A comienzos del siglo XX surge en Estados Unidos la corriente Pentecostal, que se expande en América Latina en la década de 1970 para hacer un contrapeso al avance de la Teología de la Liberación. En 1982 llega a la presidencia de Guatemala -mediante un golpe de Estado- el militar y pastor evangélico José Efraín Ríos Montt, años después condenado por genocida.

Otro antecedente lleva el sello de otro devenido dictador, el peruano-japonés Alberto Fujimori, quien ganó las presidenciales de 1990 gracias al apoyo de algunas iglesias evangélicas. Luego puso de vicepresidente a Carlos García, un pastor de la Iglesia Bautista, y unos 50 fieles evangélicos fueron candidatos al Congreso por su partido. Treinta años después, la Unión de Iglesias Cristianas Evangélicas jugó fuerte para el tercer -y frustrado- intento de su hija Keiko por llegar a la presidencia.

Pero sin dudas fue Brasil el núcleo de expansión de las iglesias evangélicas en Suramérica, diseminando pastores por toda la región. También es el país con mayor involucramiento político, sobre todo desde la Iglesia Universal del Reino de Dios y su poderoso multimedio Grupo Record.

Un poder que se estructuró en torno a la “bancada de la Biblia”, con decenas de legisladores, y que logró colocar al pastor Marcelo Crivella como alcalde de Río de Janeiro, destituido y preso en 2020 por corrupción. El mayor hito de la potencia evangélica fue su rol en el triunfo de Jair Messias Bolsonaro, quien fuera bautizado en el Río Jordán por un pastor evangélico. La semana pasada, Bolsonaro propuso a un pastor para la Corte Suprema y así cumplir su promesa de poner un juez “terriblemente evangélico”.

El factor eclesiástico también fue protagonista en el golpe de Estado en Bolivia en 2019. “La Biblia vuelve a entrar al Palacio”, gritaba sonriente la presidenta de facto Jeanine Áñez levantando un ejemplar gigante mientras asumía rodeada de militares. El día anterior, el empresario Luis Fernando Camacho, principal promotor del golpe, posaba arrodillado en la misma Casa de Gobierno también con Biblia en mano: “La Pachamama nunca volverá al Palacio. Bolivia es de Cristo”. La trama golpista había contado con el apoyo de la Iglesia y de los líderes evangélicos.

Centroamérica es otro epicentro de la incursión evangélica en la arena política. Guatemala tuvo como presidente entre 2016 y 2020 al teólogo evangélico Jimmy Morales, en Costa Rica llegó al balotagge de 2018 el predicador evangélico Fabricio Alvarado y en El Salvador gobierna Nayib Bukele, otro exponente de esa iglesia que llegó a militarizar el Congreso vociferando oraciones y prédicas.

En Colombia, los pastores evangélicos -aliados del expresidente Álvaro Uribe- mostraron su peso en las urnas cuando impulsaron el NO en el plebiscito para ratificar el Acuerdo de Paz entre el gobierno y las FARC en 2016.

Si bien algunos líderes progresistas como Lula o Andrés Manuel López Obrador también han hecho alianzas con sectores evangélicos, es nítida la hegemonía de la orientación reaccionaria, con el caso del apoyo a Donald Trump como máxima expresión.

La cruzada es integral y apunta a la disputa de sentidos. “El explosivo crecimiento de la corriente neopentecostal en América Latina constituye una emergencia conservadora de gran eficacia en el plano de la micropolítica, es decir en la lucha por la constitución de las subjetividades contemporáneas”, analiza un completo informe del Instituto Tricontinental.

Argentina: el futuro llegó

El Reino es una ficción. “Pero una ficción que contiene elementos tomados de realidades”, explica su director Marcelo Piñeyro. Realidades que en Argentina aún no muestran una dimensión superlativa. Por Ahora. La apuesta más fuerte fue la movilización callejera contra la legalización del aborto, además de un fallido intento por posicionar en 2018 al diputado salteño Alfredo Olmedo.

La Alianza Cristiana de las Iglesias Evangélicas (ACIERA), que salió con los tapones de punta contra la serie, supo tejer buenos vínculos con varios dirigentes de Juntos por el Cambio; en 2019 el macrismo postuló a seis evangélicos para el Congreso y el exmilitar Juan José Gómez Centurión tuvo como compañera de fórmula a la referente evangélica Cynthia Hotton. Para las legislativas de este año se presentan decenas de candidaturas evangélicas, tanto en JXC como en espacios nuevos como el Frente +Valores o el Partido Celeste. Como en otras latitudes, el salto a la política del poder evangélico viene por derecha.

27/08/2021

Gerardo Szalkowicz es editor de NODAL. Autor del libro “América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”. Conduce el programa radial “Al sur del Río Bravo”.

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