Domingo, 23 Junio 2013 06:14

Transporte público

Transporte público

Emir Sader advierte que quien quiera captar de inmediato todas las dimensiones y proyecciones futuras de las masivas movilizaciones en Brasil tendrá una visión reduccionista del fenómeno, forzando la realidad para defender planteos previamente elaborados, para confirmar sus argumentos, sin dar cuenta del carácter multifacético y sorprendente de este acontecimiento. En un artículo publicado en su blog alojado en Carta Maior, Sader, cientista político y miembro de Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), ofrece diez reflexiones para iniciar el análisis de las movilizaciones de miles de brasileños en decenas de ciudades. Una de ellas es que el movimiento “puso en discusión una cuestión esencial en la lucha contra el neoliberalismo: la polarización entre intereses públicos y privados, y el tema de quién debe financiar los costos de un servicio público esencial que, como tal, no debería estar sometido a los intereses de las empresas privadas, movidas por el lucro”. Este tema alude a la calidad, el precio del boleto, el rol del Estado y de los privados y, por consiguiente, los fondos necesarios para mantener el servicio de transporte público de pasajeros en los centros urbanos. La cuestión deriva entonces en la magnitud del gasto público destinado a los subsidios para el transporte.

 

En San Pablo, ciudad donde comenzó la protesta por el aumento de veinte centavos de real, al subir de 3,00 a 3,20 el boleto de colectivo, el alcalde, Fernando Haddad, afirmó que dar marcha atrás con el ajuste –lo que ya sucedió– y mantenerlo sin variación demandaría un gasto equivalente a más de 3720 millones de dólares hasta 2016. Lo que significa aumentar los subsidios, afirmó con sesgo crítico.

 

El pensamiento económico convencional asocia subsidios con medidas populistas y, por lo tanto, nocivas de la estabilidad fiscal. Desgravaciones impositivas millonarias a grandes empresas o inmensos paquetes financieros de rescate a bancos y banqueros son, en cambio, políticas para garantizar el mejor funcionamiento de la economía. Involucran también muchos recursos pero no están demonizados como los subsidios. Mientras los subsidios al consumo de energía eléctrica, gas, agua y al transporte público beneficia a millones de personas, lo que define el carácter de populista en términos estrictos sin (des)calificación, los fondos para empresas y bancos son para unos pocos.

 

Los subsidios tienen un objetivo económico y un componente político. No son gastos que el Estado debe ahorrar para no generar distorsiones, como insiste la ortodoxia y no pocos miembros considerados heterodoxos. Unos y otros recortan el significado central de los subsidios. Estos son una herramienta importante de la gestión económica para incentivar el consumo masivo, la producción y la distribución del ingreso.

 

El Movimiento Passe Livre fue el impulsor de las movilizaciones en San Pablo contra el aumento del boleto. Reclama desde sus inicios en 2003 boletos subsidiados para estudiantes y se define como una organización política, un movimiento social autónomo, horizontal, independiente y apartidario que lucha por un transporte público gratuito. El pedido tiene su origen en que el costo del boleto en Brasil es muy caro absorbiendo una porción importante del presupuesto de los grupos sociales más vulnerables. La diferencia del costo del transporte entre San Pablo y Buenos Aires es muy importante.

 

El boleto de colectivo en San Pablo sin el ajuste es de 3,00 reales, equivalente a 7,30 pesos, que hubiera sido de 7,80 en caso de haberse mantenido la pretensión inicial de elevarlo a 3,20 reales (el mínimo en Buenos Aires es de 1,50 pesos pero el pago usual es 1,60 o 1,70 pesos, con la tarjeta SUBE. En el conurbano y en otras ciudades como Rosario y Córdoba es como mínimo el doble). El costo del transporte en relación al ingreso de los trabajadores es muy elevado en el caso brasileño. El salario mínimo de 678 reales (unos 310 dólares a la paridad de 2,20 reales) es equivalente a 1660 pesos, mientras el salario mínimo vital y móvil argentino es de 2875 pesos (538 dólares, estimado a un tipo de cambio de 5,35). En un par de meses ese piso subirá por lo menos un 20 por ciento, a 3450 pesos, ¿cuánto representa el boleto de colectivo en el ingreso mínimo de los trabajadores? En Brasil, 0,442 por ciento, mientras que en Argentina, 0,052 por ciento (boleto a 1,50 pesos). Esto significa que el costo del transporte en San Pablo es 8,5 veces más caro que en Capital Federal en términos del salario mínimo de los trabajadores.

 

Los subsidios en el transporte público son transferencias de ingresos monetarios, o sea salarios indirectos, a trabajadores. Sader lo refleja cuando dice que “la conquista de la anulación del aumento se traduce en un beneficio para las capas más pobres de la población, que son las que usualmente utilizan el transporte público”. La política de subsidios tiene impacto sobre el ingreso real de la población, especialmente de aquellos sectores en los que bienes y servicios subsidiados tienen un peso relevante en la canasta de consumo. El presupuesto destinado a transporte en San Pablo (40 viajes mensuales) representa casi el 19 por ciento del monto del salario mínimo; en tanto, en Buenos Aires involucra apenas el 2,2 por ciento del salario mínimo vital y móvil.

 

Los subsidios a servicios públicos tienen también un efecto indirecto sobre el crecimiento de la economía, en la medida en que mejores ingresos posibilitan un mayor consumo dinamizando la demanda agregada. Los subsidios son un factor relevante de una política fiscal expansiva, que tiene efectos positivos sobre la economía a través de múltiples mecanismos. De manera directa, alimentan el nivel de actividad vía la expansión del gasto público, componente central de la demanda agregada. Indirectamente, inciden sobre el crecimiento económico en virtud de su capacidad potencial de estimular la demanda de inversión (pública y privada) y el consumo. Por lo tanto, eliminar o reducirlos implica una contracción fiscal con el consiguiente resultado opuesto al de esa expansión.

 

En Brasil predomina una política económica de rasgos ortodoxos en materia fiscal y monetaria, provocando elogios del mundo financiero. En los últimos años, esa estrategia tuvo como saldo un desempeño económico mediocre. En 2011 y 2012 las tasas de crecimiento fueron del 2,4 por ciento y 0,8 por ciento, respectivamente, y la evolución de las variables macroeconómicas en lo que va de este año muestran también un pobre rendimiento. La economía brasileña crece menos que el promedio mundial y tiene una de las tasas de aumento del PBI más bajas de América del Sur.

 

Las movilizaciones que nacieron en San Pablo y se extendieron a las principales ciudades brasileñas abren el debate sobre el desempeño económico de la principal potencia de la región, pero, como advierte Sader, evitando la visión reduccionista tan común en corrientes conservadores que durante años han puesto a Brasil como modelo a imitar. Es indudable que ha mejorado la distribución del ingreso por los aumentos del salario mínimo y la expansión del programa Bolsa Familia. Millones de brasileños pudieron salir de la pobreza extrema. Ha habido una mejora sustancial en la calidad de vida de grupos sociales históricamente postergados. El salario promedio real en Brasil en el período 2006-2011 creció un 3,0 por ciento por año, con un pico de 4,0 por ciento en 2006 y un piso de 2,7 por ciento en 2011, según el último informe mundial sobre salarios de la Organización Internacional del Trabajo.

 

La evolución positiva en materia de distribución del ingreso y salarial, teniendo en cuenta que Brasil aún registra uno de los peores índices de reparto de riqueza de la región, ha provocado la definición marketinera de haberse convertido en un país de clase media. “El milagro brasileño” merece precisiones para comprender, al menos una faceta del actual estado de movilización social. Las estadísticas oficiales (de la Secretaría de Asuntos Estratégicos de la Presidencia de la República) consideran una familia de clase media cuando el ingreso familiar per cápita es de 291 reales (708 pesos) como mínimo y 1019 reales (2478 pesos) como máximo. Con esa base, según un documento divulgado por el Instituto Data Favela, en 2011 el 65 por ciento de las favelas brasileñas podrían considerarse económicamente integrantes de la clase media.

 

Si el cuadro social es definido de esa forma tan amplia, entonces la vieja y nueva clase media salió a protestar por las ciudades brasileñas.


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Sábado, 22 Junio 2013 06:56

“Los estoy oyendo”

“Los estoy oyendo”

Nueve minutos y 44 segundos. Ese es el tiempo que la presidenta Dilma Rousseff necesitó para enviar, la noche de este viernes, un contundente mensaje a Brasil. Luego de jornadas de marchas y manifestaciones multitudinarias, pequeñas al principio para luego alcanzar contingentes que no se veían desde hace tres décadas en el país, Dilma reapareció. En su pronunciamiento por una cadena nacional de radio y televisión dijo, entre muchas cosas, una frase definitiva: “Mi gobierno está oyendo las voces democráticas que piden cambios”. Y, mirando hacia la cámara, reiteró: “Yo los estoy oyendo”.

 

Ha sido el cierre de un día confuso, de expectativas confusas. Ya por la mañana, mientras se contabilizaba el resultado de la jornada anterior, con escenas de vandalismo provocadas por grupos minoritarios en las marchas multitudinarias –el jueves, un millón 250 mil brasileños salieron a las calles– y la absurda y descontrolada violencia de la represión policial, en Sao Paulo el Movimiento Pase Libre, el difuso MPL que llamó a las primeras manifestaciones de hace dos semanas, anunció que ya no volvería a convocar marchas.

 

El argumento: la derecha había copado el movimiento. “Creamos un monstruo, y ahora no tenemos cómo controlarlo”, dijo un vocero de ese movimiento de jóvenes. Tenía y tiene razón, como comprueban las imágenes de la noche del jueves en varias ciudades brasileñas, empezando por Río, pero especialmente por algo que poca gente observó en Sao Paulo: el agresivo rechazo a grupos que se presentaban con banderas, camisetas e insignias de partidos políticos (todos de izquierda, por supuesto).

 

La noche del jueves, mientras la atención se concentraba en la brutal acción de la policía militar de los estados de Bahía, Río de Janeiro, Pará y Río Grande do Sul, lo que se veía en una relativamente tranquila avenida Paulista eran gritos airados contra todo y contra cualquier partido político, además de llamados a que vuelvan los militares.

 

Bueno, eran gritos de grupos pequeños, es verdad. Pero desde hace décadas que, excepto en manifestaciones de militares en situación de retiro, las “viudas de la dictadura”, como son llamados, no se oían gritos similares en manifestaciones públicas.

 

La ausencia de consignas precisas (aparte de la inicial, que era la anulación de los aumentos en las tarifas de transporte urbano público) abrió espacio para que, en esos 15 días, se reivindicara cualquier cosa en las calles. Algunas, como salud pública, enseñanza pública, transporte público, absolutamente justificadas, pero no fáciles de alcanzar de la noche a la mañana. Otras, como terminar con la corrupción, también. Pero cuando las manifestaciones empezaron a reunir centenares de miles de personas que protestaban contra todo y contra todos y contra cualquier cosa, la situación empezó a escapar de control.

 

Si a eso se suma la truculenta acción de fuerzas policiales perfectamente entrenadas para reprimir a lo bestia pero sin noción de lo que es controlar y contener a grandes masas en manifestaciones públicas, se llega a la receta perfecta para un desastre.

 

Este viernes, Brasil vivió un clima de resaca, tras la borrachera cívica de la víspera, que, a propósito, terminó mal. Ocurrieron nuevas marchas y manifestaciones, pero en otro estilo: grupos diseminados por las ciudades, sin concentraciones específicas. En Sao Paulo, por ejemplo, hubo grupos que cortaron rutas y carreteras del cinturón urbano, dejando aislado el aeropuerto internacional de Guarulhos, el de mayor movimiento en Sudamérica, mientras otro, concentrado en la céntrica Plaza Roosevelt, defendía los derechos de opción sexual delas minorías.

 


En Río, mientras en la dorada orla de Ipanema y Leblon gente hermosa protestaba y exigía menos corrupción y más salud y educación, en la Barra da Tijuca, zona en que se mezclan favelas perversas (ahí está la Ciudad de Dios de la película famosa) con nichos de nuevos ricos deslumbrados, una turba cerró avenidas para destrozar una agencia de Mercedes Benz y saquear motoristas atrapados en un gigantesco embotellamiento.

 

Es imposible prever lo que pasará en adelante. El pronunciamiento de Rousseff ha sido firme y detallado. Criticó duramente los actos de vandalismo y violencia de los grupúsculos infiltrados en manifestaciones pacíficas, mientras reconocía que “las calles quieren más salud, educación, seguridad, transporte”. Destacó que la oleada de marchas y manifestaciones puso de relieve “nuestra energía política”. Admitió que, por más que se haya alcanzado, y la verdad es que se alcanzó mucho, “todavía falta mucho, por limitaciones políticas y económicas”. Aclaró que tiene “la obligación de oír la voz de las calles y dialogar con todos los segmentos de la sociedad”. Recordó que “no ha sido fácil llegar adonde llegamos y tampoco será fácil llegar adonde quieren los que están en las calles”. Dijo que “las manifestaciones trajeron importantes lecciones”, y que “tenemos que aprovechar el vigor” de ese movimiento.

 

En relación con otro de los puntos que fueron permanentes en las protestas –los gastos multimillonarios con la realización del Mundial de 2014– aclaró que “no son gastos, son financiación: todo será devuelto” por las empresas que obtuvieron concesiones para explotar los estadios, carreteras y todo un vasto etcétera que todavía está por verse, como las reformas de rutas y aeropuertos.

 

Por fin, aseguró que irá a reunirse tanto con los líderes de esas manifestaciones (quizá por delicadeza no haya mencionado que primero hay que identificarlos y verificar a quienes efectivamente representan…), de movimientos sociales, como de alcaldías y gobiernos estatales para trazar programas efectivos que lleven a planes nacionales de salud, educación y transporte público.

 

Ese el resumen inicial de lo ocurrido en Brasil no sólo hoy, sino en el conjunto de los últimos 14 o 15 ayeres: una movilización iniciada por jóvenes de escasa o nula representatividad política logró incendiar el país, demostrar camadas de insatisfacción colectiva que estaban ocultas bajo la gruesa capa de los buenos resultados de los sondeos de opinión aprobando por largo margen tanto el gobierno como la figura de Dilma, y lanzar una alerta punzante a la clase ­política.

 

Muchos son los logros alcanzados por la izquierda que gobierna el país a lo largo de los últimos 10 años. Pero mucho más es lo que falta por alcanzar.

 

Hasta esta noche, lo que oyó fue la voz de las calles. Y antes que esa voz diese lugar a la eterna y siempre ávida voz de siempre, la del sistema perverso que trata de recuperar espacios perdidos, por fin se oyó la voz de la presidenta. Ojalá se cumpla lo que anunció.

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Viernes, 21 Junio 2013 06:44

El precio del progreso

El precio del progreso

Con la elección de la presidenta Dilma Roussef, Brasil quiso acelerar el paso para convertirse en una potencia global. Muchas de las iniciativas en ese sentido venían de atrás, pero tuvieron un nuevo impulso: Conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente, Rio+20 en 2012, Mundial de Fútbol en 2014, Juegos Olímpicos en 2016, lucha por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, papel activo en el creciente protagonismo de las “economías emergentes”, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur), nombramiento de José Graziano da Silva como director general de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2012 y de Roberto Azevedo como director general de la Organización Mundial del Comercio a partir de 2013, una política agresiva de explotación de los recursos naturales, tanto en Brasil como en África, principalmente en Mozambique, fomento de la gran agricultura industrial, sobre todo para la producción de soja, agrocombustibles y la cría de ganado.


 
Beneficiado por una buena imagen pública internacional granjeada por el presidente Lula y sus políticas de inclusión social, este Brasil desarrollista se impone ante el mundo como una potencia de nuevo tipo, benévola e inclusiva. No podía, pues, ser mayor la sorpresa internacional ante las manifestaciones que en la última semana sacaron a la calle a centenares de miles de personas en las principales ciudades del país. Si ante las recientes manifestaciones en Turquía la lectura sobre las “dos Turquías” fue inmediata, en el caso de Brasil fue más difícil reconocer la existencia de “dos Brasiles”. Pero está ahí a ojos de todos. La dificultad para reconocerla reside en la propia natureza del “otro Brasil”, un Brasil furtivo a análisis simplistas. Ese Brasil está hecho de tres narrativas y temporalidades. La primera es la narrativa de la exclusión social (uno de los países más desiguales del mundo), de las oligarquías latifundistas, del caciquismo violento, de las élites políticas restrictas y racistas, una narrativa que se remonta a la colonia y se ha reproducido sobre formas siempre mutantes hasta hoy. La segunda narrativa es la de la reivindicación de la democracia participativa, que se remonta a los últimos 25 años y tuvo sus puntos más altos en el proceso constituyente que condujo a la Constitución de 1988, en los presupuestos participativos sobre políticas urbanas en centenares de municipios, en el impeachment del presidente Collor de Mello en 1992, en la creación de consejos de ciudadanos en las principales áreas de políticas públicas, especialmente en salud y educación, a diferentes niveles de la acción estatal (municipal, regional y federal). La tercera narrativa tiene apenas diez años de edad y versa sobre las vastas políticas de inclusión social adoptadas por el presidente Lula da Silva a partir de 2003, que condujeron a una significativa reducción de la pobreza, a la creación de una clase media con elevada vocación consumista, al reconocimiento de la discriminación racial contra la población afrodescendiente e indígena y a las políticas de acción afirmativa, y a la ampliación del reconocimiento de territorios y quilombolas [descendientes de esclavos] e indígenas.


 
Lo que sucedió desde que la presidenta Dilma asumió el cargo fue la desaceleración o incluso el estancamiento de las dos últimas narrativas. Y como en política no existe el vacío, ese terreno baldío que dejaron fue aprovechado por la primera y más antigua narrativa, fortalecida bajo los nuevos ropajes del desarrollo capitalista y las nuevas (y viejas) formas de corrupción. Las formas de democracia participativa fueron cooptadas, neutralizadas en el dominio de las grandes infraestructuras y megaproyectos, y dejaron de motivar a las generaciones más jóvenes, huérfanas de vida familiar y comunitaria integradora, deslumbradas por el nuevo consumismo u obcecadas  por el deseo de éste. Las políticas de inclusión social se agotaron y dejaron de responder a las expectativas de quien se sentía merecedor de más y mejor. La calidad de vida urbana empeoró en nombre de los eventos de prestigio internacional, que absorbieron las inversiones que debían mejorar los transportes, la educación y los servicios públicos en general. El racismo mostró su persistencia en el tejido social y en las fuerzas policiales. Aumentó el asesinato de líderes indígenas y campesinos, demonizados por el poder político como “obstáculos al crecimiento” simplemente por luchar por sus tierras y formas de vida, contra el agronegocio y los megaproyectos mineros e hidroeléctricos (como la presa de Belo Monte, destinada a abastecer de energía barata a la industria extractiva).


 
La presidenta Dilma fue el termómetro de este cambio insidioso. Asumió una actitud de indisimulable hostilidad hacia los movimientos sociales y los pueblos indígenas, un cambio drástico respecto a su antecesor. Luchó contra la corrupción, pero dejó para los aliados políticos más conservadores las agendas que consideró menos importantes. Así, la Comisión de Derechos Humanos, históricamente comprometida con los derechos de las minorías, fue entregada a un pastor evangélico homófobo, que promovió una propuesta legislativa conocida como cura gay. Las manifestaciones revelan que, lejos de haber sido el país que se despertó, fue la presidenta quien se despertó. Con los ojos puestos en la experiencia internacional y también en las elecciones presidenciales de 2014, la presidenta Dilma dejó claro que las respuestas represivas solo agudizan los conflictos y aislan a los gobiernos. En ese sentido, los alcaldes de nueve capitales ya han decidido bajar el precio de los transportes. Es apenas un comienzo. Para que sea consistente, es necesario que las dos narrativas (democracia participativa e inclusión social intercultural) retomen el dinamismo que ya habían tenido. Si fuese así, Brasil mostrará al mundo que sólo merece la pena pagar el precio del progreso profundizando en la democracia, redistribuyendo la riqueza generada y reconociendo la diferencia cultural y política de aquellos que consideran que el progreso sin dignidad es retroceso.

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Anulan incremento al transporte tras oleada de protestas en Brasil

Fue un día de tensiones y emociones. Al final de la tarde, luego de la victoria de Brasil sobre México por dos goles a cero, y de manera casi simultánea, los alcaldes de Río, Eduardo Paes; de Sao Paulo, Fernando Haddad, y el gobernador paulista, Geraldo Alckmin, anunciaron formalmente que a partir del lunes el costo de los pasajes de autobús y metro vuelven a como estaban. Es decir, el aumento de 20 centavos –menos de diez centavos de dólar– quedó anulado. El gobernador de Río, el gordito parlanchín Sergio Cabral, que jamás huye de la fascinación de las cámaras, esta vez prefirió abstenerse de enfrentar a la prensa.

 

El día terminó así: una victoria de Brasil y de los manifestantes que empezaron a quejarse del aumento en los pasajes de autobús y luego vieron su reivindicación transformarse en un movimiento que se extendió por todo el país y por todos los temas, sorprendiendo al gobierno y a la oposición.

 

Por la mañana hubo manifestaciones en Sao Paulo, con bloqueos de carreteras y avenidas que conforman el cinturón vial de la mayor ciudad sudamericana. Poco antes del mediodía fue la vez de Fortaleza, donde por la tarde se enfrentarían Brasil y México en la Copa Confederaciones. Horas antes del enfrentamiento deportivo manifestantes y la policía militar local se enfrentaron, a dos kilómetros del estadio. Hubo balas de goma, gas lacrimógeno, espray de pimienta y, claro, muchos heridos, entre éstos, familias que no tenían nada que ver con la manifestación y sólo querían llegar al estadio. Y también varios turistas mexicanos, atrapados en medio de una refriega de la cual apenas tenían noticia. Uno de ellos, Reinaldo, omitió su apellido. Pero aseguró a la radio Bandeirantes que desistió de volver al país el año que viene, para asistir al Mundial. Los que, como él, vinieron a la Copa Confederaciones, seguramente se asustaron no sólo con las manifestaciones y la violencia policial, sino también con el absurdo de aeropuertos que no funcionan, carreteras que son trampas mortales, precios estratosféricos y desorganización generalizada.

 

En Belo Horizonte y Brasilia, en Niterói y San Gonzalo, región metropolitana de Río, más manifestaciones, más depredaciones, más enfrentamientos con la policía militar. Al anochecer, una multitud cruzó, caminando, los 13 kilómetros del puente que une Niterói con Río. Y en Sao Paulo, los jóvenes del MPL (Movimiento Pase Libre, que empezó toda esa historia) anunciaban una nueva manifestación para mañana, pero esta vez, dijeron, para celebrar la victoria.

 

Y es exactamente en este punto que surge la pregunta: ¿con la victoria, toda esa movilización terminará? ¿Con la marcha atrás en los 20 centavos de aumento en los pasajes de autobús, los manifestantes que han sacudido al país en las últimas dos semanas se darán por satisfechos?

 


El drástico cambio de ruta del alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, del PT, se debe en buena medida –si no totalmente– al encuentro que mantuvo, al anochecer del pasado martes, con la presidenta Dilma Rousseff y con el ex presidente Lula da Silva. El malestar de ambos y del mismo PT era y es evidente. En una reunión celebrada poco antes del encuentro con el alcalde, Lula y Rousseff recriminaron, al unísono, la poca visión y la absoluta inhabilidad de Haddad por no haber negociado pronto con los manifestantes. El pasado jueves, cuando la policía militar estadual reprimió con brutalidad a los manifestantes, Haddad, de inmediato, debió haber dado marcha atrás en el incremento, consideran Lula y Rousseff. Y en vez de eso, prefirió mantenerse firme, a pesar de que a estas alturas el movimiento de protestas evidentemente se extendía con rapidez por todo el país, amenazando no sólo la popularidad, sino la estabilidad del gobierno.

 

Todo esto ocurre en un momento en que hay poco crecimiento económico y en que la gran prensa hegemónica exagera con la inflación (que, en realidad, se mantiene dentro de los parámetros previstos). Como resultado de ese escenario, la popularidad de la presidente Dilma Rousseff cayó ocho puntos. Luego de las multitudinarias manifestaciones de estos últimos días, podría caer aún más. Su relección en octubre del próximo año, considerada hasta ahora un paseo tranquilo, podría complicarse. La falta de proyecto y de consistencia de la oposición no significa que no se abra espacio para la insatisfacción de grandes parcelas de la población que hasta ahora permanecía en las sombras. De ahí la irritación, tanto de Lula, como de Rousseff, por la tenaz persistencia de Haddad en no conceder lo que pedían los manifestantes.

 

Fue preciso que las movilizaciones crecieran a niveles insólitos para que se diera cuenta de lo obvio.

 

Ahora, el problema es otro. La petición inicial, que detonó todo lo que viene ocurriendo, finalmente fue atendida. Pero, ¿y las otras? ¿Y las exigencias de mejor salud pública, mejor educación pública, mejor transporte público? ¿Y las furibundas reclamaciones sobre la inmovilidad de los partidos políticos, de la corrupción, del descrédito de parlamentarios? ¿Y las denuncias de la debilidad de las instituciones?

 

¿Algún Neymar en el gobierno?

 

Por la primera de sus exigencias, ganaron las calles. ¿Y por las otras? Es la pregunta que tendrá que ser contestada por las autoridades, y con urgencia.

 

A tiempo: Neymar fue genial en la cancha. ¿Habrá algún Neymar en el gobierno?

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Turquía amanece con una huelga general tras una noche con 500 detenidos

El conflicto en Turquía se está alargando más de lo que le gustaría al primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, que sigue en sus trece y cada pocos días envía a su policía a dispersar las acampadas en el parque Gezi y en la ya simbólica plaza Taksim a golpe de porra, cañones de agua a presión, gases lacrimógenos y gas pimienta. La última vez ha sido este sábado y el resultado ha sido una noche de enfrentamientos entre policías y manifestantes que se ha saldado con 500 detenidos. Además, Turquía amanecía este lunes con la convocatoria de una huelga general por parte de varios sindicatos.

 

Los manifestantes persisten. Durante las más de dos semanas de protestas y acampadas, han perdido y recuperado su plaza su plaza en varias ocasiones. Su protesta, que comenzó con el anuncio de demolición del parque Gezi para construir un centro comercial, ha derivado en una lucha callejera contra el autoritarismo que los manifestantes achacan al gobierno de Erdogan. Esa denuncia de autoritarismo está calando tanto que este lunes varios sindicatos han convocado movilizaciones por todo el país tras una nueva noche de altercados entre manifestantes y policías en Ankara y Estambul, que se ha saldado con 500 detenidos.

 

La cifra ha sido confirmada por los colegios de abogados de ambas ciudades, que concretan que 441 de los arrestos se produjeron en Estambul, escenario de intensos choques entre la Policía y los activistas que ocupaban desde hace semanas la plaza Taksim y el parque Gezi. En Ankara, por su parte, se han registrado al menos 56 detenciones.

 

Campaña de manifestaciones

 


La división del país es manifiesta desde hace más de una semana. En varias ocasiones, el primer ministro ha movilizado a sus bases en diversas concentraciones cada vez que aterrizaba su avión. Algunos de los mítines de Erdogan han derivado, como este fin de semana, en agresiones de sus seguidores a los activistas, también perseguidos por la policía.

 

En este clima de tensión, cinco sindicatos turcos han lanzado una campaña de manifestaciones por todo el país tras la intervención de la Policía para desalojar la plaza Taksim, en Estambul, según informó este domingo el diario Hürriyet, una protesta que también incluye la convocatoria de una huelga general.

 

La Confederación de Sindicatos Progresistas (DI.SK), la Confederación de Sindicatos del Sector Público (KESK), el Sindicato de Médicos Turcos (TTB), el Sindicato de las Cámaras de Ingenieros y Arquitectos Turcos (TMMOB) y el Sindicato de Dentistas Turcos (TDHB) han hecho un llamamiento conjunto para que los trabajadores salgan a las calles a partir de este lunes, 17 de junio.

 

Según un miembro del sindicatos de trabajadores públicos, el número de asistentes a las manifestaciones de este lunes podría ser de "cientos de miles" de personas. Solo la KESK, que agrupa a once sindicatos, cuenta con un 240.000 afiliados.

 

PÚBLICO/AGENCIASAnkara / Estambul17/06/2013 10:18 Actualizado: 17/06/2013 10:30

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Los indignados de Taksim: El despertar de la Turquía aletargada

Las acciones de protesta que arrancaron la semana pasada para salvar un céntrico parque de Estambul de la reconversión urbanística se están mutando en un movimiento social que está despertando a numerosos sectores de la sociedad turca. Pocos creen que el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, hará caso a las insistentes exigencias de "Dimisión" que cubren todas las paredes del centro de Estambul, pero nadie duda de que la ocupación de la plaza de Taksim marca un antes y un después en su carrera.

 

"Tayyip no va a dimitir, se quedará en el poder, pero la resistencia continuará; incluso si termina de estar presente en las plazas seguirá en los medios sociales. La gente no olvidará estos momentos de reacción social", opina Muzaffer Baris, pinchadiscos en un local de Estambul. Lo mismo cree Eylem Yanardagoglu, profesora de periodismo en la Universidad de Bahçesehir y experta en nuevos medios. "Veremos probablemente el nacimiento de un fuerte conjunto de medios independientes y ciudadanos. La gente utiliza los medios sociales de forma activa e inteligente, y la prensa convencional ha fallado totalmente a la hora de cubrir las protestas", señala.

 


Los grandes medios turcos ignoraron en sus primeros días las protestas, que se difundieron a través de redes sociales como Twitter y Facebook. "Esto es un despertar real de la sociedad, incluso para la gente apática y apolítica es un movimiento civil, en su mayor parte laico, y sin divisiones étnicas y religiosas, a través de todas las ideologías, y nadie ha intentado secuestrarlo para sus fines", asegura la profesora.

 

De hecho, en la plaza de Taksim se pudieron ver carteles con la cara del Che Guevara al lado de los símbolos de las juventudes nacionalistas turcas de derechas, mientras jóvenes envueltos en banderas turcas participando en bailes donde se enarbolaban las enseñas amarillas del BDP, el partido prokurdo. "Las personas se cuidan mucha unas a otras: el gas lacrimógeno saca su lado humano", concluye Yanardoglu.

 

El afán por mostrar solidaridad era obvio entre los millares de personas que llenaron anoche la extensa avenida que comunica Taksim con el revuelto barrio de Besiktas, donde se registraron los mayores enfrentamientos con la policía. Mientras miles de personas se turnaban en las barricadas para impedir que la policía se acercara a la parte "liberada" de la ciudad, otros centenares repartían sprays de almagato (un antiácido) y agua, para aliviar los síntomas del gas lacrimógeno.


En numerosas mesas de la plaza de Taksim e incluso en las propias barricadas se encontraban provisiones de botellines con esa mezcla blanquecina, convertido estos días en el "maquillaje" favorito de las activistas. Pero también hay brigadas de estudiantes de medicina, reconocibles por sus camisetas blancas, siempre atentos en la retaguardia para socorrer a cualquier herido, en la mayoría de los casos afectados por dosis fuertes de gas lacrimógeno.

 

Al mismo tiempo, en el Parque Gezi, donde nacieron las protestas, hubo mesas de reparto de comida y agua, aportadas por los vecinos. Se trata de manifestaciones de organización espontánea, sin un comité central, sin figuras líder y sin dirigentes, y desde luego sin un rol decisivo del opositor Partido Republicano del Pueblo (CHP), al que Erdogan ha acusado de dirigir las protestas para vengar su derrota en las urnas.


Esta acusación "no es más que una táctica para desacreditar a la oposición. El CHP no tiene importancia, no organiza nada, ni tiene capacidad para hacerlo", estima Yanardagoglu, quien tampoco cree que las llamadas a la dimisión de Erdogan puedan tener éxito. "Es muy difícil decir que dimitirá; si deja el poder será de una manera distinta, no como dimisión a causa de las protestas", dice.

 

En todo caso, sí cree que la revuelta puede sacudir la estructura de poder del partido gobernante, el islamista Justicia y Desarrollo (AKP), al tiempo de dar más popularidad al presidente, Abdullah Gül. Baris apunta, sin embargo, que el discurso moderado de Gül y del viceprimer ministro, Bülent Arinç no es más que "el juego del poli bueno y el poli malo".

 

"El jueves pueden ocurrir cosas muy importantes, porque es cuando Erdogan volverá de su viaje al Magreb y ordenará poner fin a las protestas", vaticina el joven activista.



Estambul se echa a la calle tras las disculpas del Gobierno de Erdoga

 

Por JUAN CARLOS SANZ (ENVIADO ESPECIAL) Estambul 5 JUN 2013 - 01:25 CET. El País

 

Estambul es una fiesta. Una marea humana ha recorrido en las primeras horas de esta tibia madrugada del miércoles las arterias que desembocan en la plaza de Taksim, en el corazón de la parte europea de la principal ciudad de Turquía. Miles de personas —jóvenes en su mayoría, pero también parejas maduras y familias con niños— se han echado a la calle en un ambiente de celebración tras las disculpas y los mensajes conciliadores que llegan desde el Gobierno del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.


 
Después de una semana de violentas protestas ciudadanas desatadas por la construcción de un centro comercial sobre un parque adyacente a Taksim y tras la retirada de las fuerzas de seguridad, los ciudadanos han tomado la calle como señal de victoria. “Estamos aquí para vivir este sentimiento colectivo de alegría”, resume Duygu, un estudiante de Psicología de 20 años

 


“La plaza y el parque se han convertido en símbolos de un movimiento civil de resistencia”, añade Fatih, de 23 años y estudiante de Economía. Cientos de jóvenes habían acampado al caer la noche del lunes en los parterres del parque de Gezi, convertido en una auténtica romería. Con músicos, puestos de comida y bebida y tenderetes de las plataformas sociales que encabezan la protesta. Mientras, en la plaza rectangular donde yacen aún algunos vehículos calcinados, ondean banderas de organizaciones políticas y sindicales y pancartas con la leyenda: “Erdogan, dimisión”.


 
Desde la calle de Istiklal, el principal centro de animación nocturna de Estambul, hasta la cosmopolita avenida de la República, grupos que ondean banderas turcas y corean lemas contra el Gobierno se cruzan con hinchas de los equipos de fútbol Besiktas y Galatasaray que entonan cánticos de celebración para sumarse a las protestas. Muchos llevan latas de cerveza Efes en la mano, como si marcharan hacia una verbena y no hacia una concentración política.


 
A las puertas del hotel Diwan, en el cruce de caminos que conduce hacia el Bósforo, un grupo de estudiantes de Medicina, vestidos con batas blancas y con la cara cubierta con mascarillas de quirófano y gafas de bucear, se prepara para atender a posibles intoxicados por los gases de las granadas lacrimógenas. Como cada noche, la protesta intenta llegar hasta la oficina del primer ministro en Estambul, situada en el palacio de Dolmabahçe. Aybur, que cursa tercero de Medicina, lleva un frasco con una solución blanquecina. “Es leche y agua a partes iguales. Es lo único que les podemos ofrecer en el primer momento. Pero si alguno de los intoxicados está muy grave lo llevamos hasta una zona donde varios de nuestros profesores les atenderán. Hemos venido porque estamos indignados ante la desproporcionada respuesta de la policía”, explica. El eco de los disparos de las granadas se mezcla en la noche de Estambul con los gritos de alegría.

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Decenas de miles vuelven a desafiar al gobierno y salen a protestar en Turquía

En un nuevo desafío al gobierno del primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, decenas de miles de personas salieron hoy a las calles de las cuatro principales ciudades del país y resistieron las embestidas de la policía para mantener por tercer día consecutivo las protestas contra la destrucción de un parque público en el centro de Estambul y para rechazar el estilo autoritario del jefe del Poder Ejecutivo.

 

Las tres jornadas de manifestaciones arrojaron ya un saldo de mil heridos y mil 700 detenidos por la policía, aunque casi todos liberados horas después.

 

El epicentro de la movilización popular ha sido desde el 28 de mayo la principal ciudad comercial e industrial del país, Estambul, pero del viernes al domingo las expresiones de enojo contra Erdogan se extendieron a otras ciudades, incluida Ankara, la capital, Izmir y Adana, tercera y cuarta localidades por su población. El ministro del Interior, Muamer Guler, informó que un total de 235 manifestaciones se han realizado en distintos puntos del país desde el miércoles pasado.

 

Residentes de Estambul se congregaron por primera vez el pasado martes en la plaza Taksim para exigir la cancelación de la construcción de un centro comercial y habitacional de lujo en el aledaño parque Gezi, donde hay un zócalo que tradicionalmente ha servido para la realización de concentraciones políticas. La expresión de enojo surgió después de que una cuadrilla de trabajadores derribó una docena de árboles en el espacio público.

 

La respuesta del gobierno fue la dispersión de los manifestantes, principalmente miembros de asociaciones civiles, quienes volvieron a Taksim y convocaron a movilizaciones públicas mayores con el apoyo de otras organizaciones sociales y de partidos políticos de oposición.

 

Varios destacamentos policiales custodiaron las manifestaciones de este domingo, pero sólo en Ankara utilizaron gas lacrimógeno y cañones de agua para dispersar la concentración.

 

Helicópteros de la policía lanzaron gas lacrimógeno sobre edificios en los que algunos manifestantes buscaron refugio el sábado y vehículos terrestres del cuerpo de seguridad acosaron a inconformes en las calles de Estambul.

 


El uso excesivo de la fuerza policial ha sido blanco de críticas de la opinión pública turca, del gobierno de Estados Unidos, la Unión Europea y agrupaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional.

 

Erdogan acusa a opositores de instigar las movilizaciones


Miembro del Partido Justicia y Desarrollo, que basa su ideario político en el islam, pero sin rechazar el Estado laico, Erdogan acusó hoy a la principal fuerza opositora, el Partido Republicano del Pueblo, de ser el instigador de una masiva movilización antigubernamental, pero minutos más tarde rechazó el señalamiento la organización fundada en 1924 por Mustafá Kemal Ataturk, creador del Estado moderno y laico de Turquía un año antes.

 

“Esta reacción ya no es por talar 12 árboles, sino que está basada en una ideología”, dijo el jefe de gobierno en una entrevista difundida por una televisora local, durante la cual también afirmó que la gente que participa en las protestas son “unos saqueadores”.

 

Alcalde de Estambul de 1994 a 1998, Erdogan y su partido ganaron las elecciones parlamentarias en 2002 y consiguieron nuevas victorias en 2007 y 2011, obteniendo mayor cantidad de votos el año antepasado. Los próximos comicios legislativos se verificarán en 2015.

 

A pesar de que en la última década Turquía logró un crecimiento económico sin precedente de 8 por ciento anual, el primer ministro ha sido cuestionado por impulsar leyes que invaden la privacidad de los ciudadanos y significan un retroceso en la laicidad del Estado.

 

Erdogan impuso restricciones a la venta de alcohol, limitó las expresiones públicas de afecto entre las parejas y trató de prohibir el aborto. Algunos sectores han expresado su preocupación por el posible involucramiento de Turquía en una guerra regional, a raíz del enfrentamiento político del gobierno con el presidente de Siria, Bashar Assad.

 

Reuters, Afp y Dpa

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La guerra de Hezbolá en Siria podría engullir a Líbano

Sayed Hassán Nasralá ha cruzado el Rubicón. El presidente de Hezbolá, quien hace exactamente 13 años dijo que su movimiento de resistencia no cruzaría la frontera israelí –pues correspondía a los palestinos liberar” Jerusalén–, ha declarado que Hezbolá traspuso la frontera siria. No sólo eso: el fin de semana advirtió que combatiría “hasta el final” para proteger el régimen del presidente sirio Bashar Assad. Hezbolá, afirmó, “ha entrado en una fase completamente nueva”. No necesitaba decirlo.

 

Cuando escuché aquella promesa de Nasralá, hace tantos años, estaba yo en un tejado en la población de Bin Jbeil, en el sur de Líbano. Hezbolá no avanzaría hacia Palestina. Todos suspiramos con alivio. ¿Qué ocurrió? En esos días, Nasralá aparecía en persona, de pie, rodeado de la adoración sus combatientes y sus familias. Ahora vive oculto. ¿Tendrá lo que se conoce como “visión de túnel”? Asegura recibir cartas de familias que le suplican dejar que sus hijos combatan en Siria. ¿Será visión de féretro, entonces?

 

Por supuesto, era inevitable. Apenas el mes pasado descubrí hombres de Hezbolá combatiendo en la mezquita de Sayda Zeinab, en el sur de Damasco. “No diga que me vio aquí”, me dijo uno de ellos, un tipo amigable que tenía colgados retratos de Nasralá y del líder supremo iraní Jamenei en la pared de su oficina. Venía de ese mismo poblado de Bint Jbell.

 

Dos días más tarde Hezbolá admitió que sus hombres “resguardaban” la mezquita fronteriza. Luego reconoció haber sufrido 12 bajas. No sé si mi interlocutor del otro día estaría entre ellas.

 

Durante varios meses, Hezbolá había reconocido en silencio que sus combatientes “protegían” poblados chiítas dentro de Siria cuyos habitantes eran libaneses. Luego comenzó a repatriar cadáveres. Primero uno, luego seis, más tarde docenas.

 

Una vez que Hezbolá entró en la batalla por Qusayr, junto con tropas sirias, un vocero de esta eficiente y despiadada milicia afirmó que sus combatientes iban en camino a la mezquita de Damasco, pero que los habían guiado mal y se encontraron atrapados en el fuego en tierra de nadie. A ver quién le cree. Qusayr –al lado de la carretera a Latakia y la costa siria– dista sus buenos 160 kilómetros al norte de Damasco. Luego llegaron otros 30 cuerpos a Líbano, así que Nasralá sólo dijo lo que tenía que decir. Habló mucho de Palestina y de la mezquita de Al-Aqsa, pero sus hombres avanzaban al este, hacia el interior de Siria, no al sur hacia Palestina, y la historia lo juzgará por ese discurso.

 

Habló, desde luego, de que los “extremistas” que intentan derrocar a Assad son un peligro para Líbano, de que la Siria de Assad es la espina dorsal de Hezbolá “y la resistencia no puede quedarse de brazos cruzados mientras le quiebran la espalda”.

 

Lo que no dijo es que su milicia chiíta combate a sunitas sirios, cuyos correligionarios constituyen 30 por ciento de la población de Líbano. Por eso estalló una fiera batalla entre los sunitas y los chiítas alauitas de la ciudad norteña libanesa de Trípoli el día que Hezbolá entró en la batalla por Qusayr al lado de los hombres de Assad.

 


Dicho en términos simples, éste es el mayor peligro potencial para el pueblo de Líbano, ya no digamos para la soberanía de su Estado sectario, desde la guerra civil de 1975-90.

 

“Si Siria cae en manos de Estados Unidos, Israel y los tafkiris (extremistas sunitas), la resistencia se verá sitiada; Israel entrará en Líbano e impondrá su voluntad.” Eso dijo Nasralá en la enorme pantalla levantada en la ciudad de Mashgara la noche del sábado, en el 13 aniversario de la liberación del sur de Líbano de la ocupación israelí.

 

Lo que quiso decir es que si Assad cae, el apoyo político y el armamento de Hezbolá –que tiene por origen a Irán– llegarán a su fin. Y ya no habrá un Hezbolá que expulse a los israelíes cuando retornen.

 

Antes que estallemos en risa hueca, recordemos que la destrucción de la república islámica de Irán –Estado teológico creado por el ayatola Jomeini en 1979– es hoy por hoy el centro de la política de Washington y Tel Aviv hacia el país un día llamado Persia. La guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá fue un intento de destruir al aliado chiíta de Irán en Líbano. La batalla contra Assad –apoyada por Estados Unidos, la Unión Europea y todas esas maravillosas democracias amantes de la libertad en el Golfo– es un intento de acabar con el único aliado árabe de Irán. Una batalla rebelde por Siria, apoyada por Occidente, es en el fondo una guerra contra Irán. No es raro que Hezbolá haya revelado su participación.

 

Si, como Nasralá insiste, Hezbolá es en realidad un movimiento de “resistencia”, ¿por qué no apoya la resistencia contra Assad? Además, si Hezbolá es una criatura puramente libanesa, en lo cual insiste Nasralá, ¿qué derecho tiene de enviar cientos, incluso miles de hombres a lidiar las batallas de Assad?

 

Oficialmente, Líbano se ha “disociado” de Siria. Pero si combatientes de su comunidad musulmana más numerosa han ido a luchar por Assad, ¿cómo queda su reclamo de neutralidad política? Nasralá será el líder de Hezbolá, pero no el presidente de Líbano. Por eso el presidente Michel Sleiman advirtió, apenas un día antes del discurso de Nasralá, que Hezbolá no debe permitir que Líbano sea arrastrado a una guerra de sectas. “¿Cómo puede una nación ofrecer un ejemplo tan magnífico de resistencia y sacrificio –preguntó–, si a la vez promueve diferencias sectarias?” Buena pregunta.

 

En su mensaje, Nasralá prometió a sus partidarios “una nueva victoria”. Macbeth no lo hubiera expresado mejor. La sangre atraerá sangre, dicen.

 

Traducción: Jorge Anaya

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Protestas en Europa contra la política de austeridad impuesta por la troika

Miles de personas salieron a las calles este sábado en varios países europeos, principalmente en Alemania, España y Portugal, en ocasión del 15 aniversario del Banco Central Europeo (BCE), día que aprovecharon para protestar contra las políticas de austeridad impuestas tanto por el BCE como por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

La movilización más numerosa se registró en Fráncfort –capital financiera de Alemania, donde se encuentra la sede del BCE y de los principales bancos alemanes–, donde esta semana llegaron manifestantes de diversas naciones europeas, entre ellos Austria, Italia, España, Grecia y los países escandinavos.

 

En esta ciudad se reunieron miles de personas convocadas por el movimiento anticapitalista Blockupy (bloquea y ocupa). Según la policía participaron unas 7 mil personas, pero según los organizadores fueron más de 15 mil.

 

La marcha hacia el edificio del BCE transcurría de manera pacífica hasta que las fuerzas de seguridad impidieron el acceso al distrito bancario a un grupo de encapuchados, quienes hicieron uso de luces de bengala y bombas de pintura. La policía respondió con gases lacrimógenos y la protesta fue interrumpida a causa de los incidentes.

 

“La resistencia en el corazón del régimen de la crisis europea” es el lema de las acciones, dijo un portavoz de Blockupy, movimiento que integran varios sindicatos alemanes, así como la organización altermundialista Attac.

 

“Queremos decir claramente que la política de la troika (compuesta por el BCE, la UE y el FMI) no es la solución”, dijo a la agencia de noticias Afp el vocero de Blockupy, Roland Süss.

 

“Estamos luchando por nuestra sobrevivencia”, indicó Marica Frangakis, de 62 años, una manifestante griega de Attac. En Grecia “las personas están desesperadas tras una crisis de cinco años. Necesitamos más solidaridad. El capital está unido y fuerte, pero más y más voces se expresan en Europa en nombre de la izquierda”, añadió.

 


Con el lema “¡Todos unidos contra la troika!”, miles de personas marcharon también en Madrid hasta la sede de la representación europea. “Estamos luchando contra los dictámenes de la troika, porque creemos que ellos (los dirigentes) gobiernan exclusivamente para el gran capital, contra la voluntad de la mayoría de la población”, dijo a la Afp Rafael Herguezabal, un jubilado de 75 años. “Los gobiernos en Europa hacen lo que la troika les dicta, a costa del empobrecimiento de las clases trabajadoras”, agregó.

 

Unas 80 concentraciones estaban previstas en España por el colectivo Marea ciudadana, que denuncia “el gran fracaso de las políticas económicas de austeridad, los desalojos, la reforma laboral y las privatizaciones” exigidas por la troika, que impuso a ese país un plan de austeridad a cambio de un rescate bancario de más de 40 mil millones de euros.

 

En Lisboa cantos y silbidos marcaron la jornada de manifestaciones contra la austeridad que reunió a miles de personas en la capital y en otras ciudades del país.

 

“¡Troika fuera!”, “¡Gobierno, dimisión!”, reclamaban los manifestantes que se reunieron frente a la representación local del FMI, en el centro de la ciudad, convocados por el movimiento apolítico “Que se vaya al infierno la troika” y por varios colectivos de ciudadanos opuestos al plan de rigor impuesto en Portugal desde hace dos años a cambio de una ayuda financiera de 78 mil millones de euros.

 

Afp

Con información de Cristiano Jak

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Jueves, 30 Mayo 2013 06:30

Atrevido ataque a un convoy

Atrevido ataque a un convoy

Miles de tropas indias iniciaron una búsqueda de los rebeldes maoístas que llevaron a cabo un ataque audaz a plena luz del día a un convoy de políticos del gobernante Partido del Congreso que dejó más de una veintena de muertos esta semana. India ha estado sacudida por el ataque en el estado central de Chattisgarh, uno de los más atrevidos desde hace años, en el que también se hirió a un ex ministro federal y muchos partidarios. Dos líderes locales fueron secuestrados y subsecuentemente asesinados mientras que el fundador de un movimiento antimilicias rebeldes también fue asesinado.

 

Se cree que hasta 200 combatientes rebeldes estuvieron involucrados en el ataque de dos horas. “No es un ataque al Congreso. Es un ataque a la democracia”, dijo Rahul Gandhi, hijo de la líder del Congreso Sonia Gandhi. Gandhi, de quien muchos piensan que será el futuro primer ministro, voló hacia el lugar de la escena durante el fin de semana. “Pero no le temeremos al ataque y continuaremos adelante con entusiasmo”, añadió.

 

Mientras los rebeldes reciben poca atención internacional, pueden estar presentes en 20 de los 28 estados de India y en actividad la mitad de ese número. En 2010 tendieron una celada sobre las tropas indias, que dejó 76 muertos. El primer ministro Singh los llamó la más importante amenaza interna nacional. El tema de los maoístas y lo que ha surgido de su propagación causa debates furiosos.

 

Los que hacen campaña por los derechos humanos, mientras denuncian sus ataques, han sostenido que la explotación por las corporaciones y la creciente pobreza crean condiciones que les permiten a los maoístas reclutar hombres de las tribus comunitarias. Un ex empleado del Ministerio del Interior dijo que el mal gobierno era una de las mayores razones para su diseminación. Las autoridades, en su mayoría, han dejado de buscar el diálogo con los rebeldes y han enviado cientos de tropas a las áreas más afectadas.

 

Uno de los hombres asesinados en los ataques del domingo, Mahendra Karma, era un líder tribal y un miembro del Partido del Congreso, quien era responsable del reclutamiento de los hombres de las tribus locales para unirse a las milicias formadas para luchar contra los maoístas. Las milicias, llamadas Salwa Judum, eran repetidamente acusadas de los abusos de los derechos humanos. Las autoridades también han sido rápidas para tomar medidas enérgicas contra cualquiera que ellos consideren partidario de los rebeldes. En 2010, Binayek Sen, un respetado médico, fue encarcelado después de ser convicto por actuar como correo para los rebeldes. Está apelando contra su condena.

 

El ataque del sábado tuvo lugar en el distrito Bastar, a unos 400 kilómetros al sur de Raipur, la capital del estado de Chattisgarh. La policía dijo que el ataque ocurrió en un área densamente forestada cuando los miembros del Partido del Congreso estaban regresando a Raipur después de una manifestación del partido involucrando a las comunidades tribales.

 

Ayer, un alto oficial de la policía, Ram Niwas, dijo que miles de tropas habían sido enviadas para buscar a los rebeldes maoístas, también conocidos como naxalitos. Hay colinas, ríos y densa forestación y la población es muy escasa. “Buscar en estas áreas es muy difícil”, les dijo a los periodistas. Los analistas dijeron que las emboscadas parecían ser una advertencia para que los oficiales se mantuvieran lejos del bastión de Bastar.

 

También provocó preguntas sobre qué medidas de seguridad habían tomado los políticos antes de partir. Un equipo de la agencia de inteligencia federal fue enviado a Chattisgarh para investigar si los maoístas fueron avisados. “Es como una constante guerra civil aquí”, dijo Aditya Nigam, del Centro para el Estudio del Desarrollo de Sociedades en Delhi. “Ahora ha llegado a ser una situación similar a la de LTTE (Liberation Tigers of Tamil Edlam) en Sri Lanka, cuando sólo se necesita un pequeño error para que una cosa así suceda. Este fue un momento de descuido”, agregó Nigam.

 

El movimiento naxalita comenzó en 1967 como un red de ideólogos de izquierda y jóvenes reclutas en el pueblo de Naxalbari, en las afueras de Kolkata, la capital del Estado de Bengala occidental. Dos de las facciones más importantes se unieron en 2004 para formar el Partido Comunista de India (Maoísta).

 

Ha habido repetidos informes de jóvenes de tribus que fueron reclutados a la fuerza para unirse a los rebeldes. Se estima que el número de combatientes puede llegar a unos 30.000. Sus baluartes están en los que se llama el Corredor Rojo, que va desde la frontera con Nepal a través de los estados de Orisa, Bengala occidental y Andhra Radesh.

 

Por Andrew Buncombe *


Desde Nueva Delhi

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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