Una técnica de reprogramación celular permitiría a los soldados de EE.UU. regenerar sus heridas como 'Wolverine' de X-Men

Una tecnología basada en la reprogramación celular curaría heridas más de 5 veces más rápido de lo natural.

El Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea de EE.UU. junto con la Universidad de Míchigan exploran una tecnología basada en la reprogramación celular que permitiría sanar las heridas más de 5 veces más rápido de lo que el cuerpo humano las cura de forma natural.

Así, los efectivos estadounidenses podrían obtener habilidades curativas 'semejantes' a las de 'Wolverine', el superhéroe de Marvel Comics asociado con los X-Men, quien puede regenerar sus células al ser herido. El ente científico de la rama militar compartió cómo avanza la investigación.

¿Qué es la reprogramación celular y cómo trata las heridas?

Esta técnica básicamente reprograma el genoma de una célula humana por ejemplo, una célula de la piel, para convertirla en un tipo de célula diferente (muscular, sanguínea o cualquier otro tipo). La reprogramación se efectúa gracias a las proteínas llamadas factores de transcripción que 'activan y desactivan' varios genes dentro de las células para regular los procesos de división, crecimiento, así como la organización y la migración celular.

A nivel práctico, se supone que los factores de transcripción se aplicarían mediante un 'vendaje' que se aplica como un espray directamente a las heridas, para que las células musculares expuestas se conviertan en células cutáneas superficiales. Así las células reconfiguradas cubren la herida y esta se cura más rápido.

Algoritmo matemático 

Para identificar con precisión cuáles son los factores de transcripción que hacen cambiar de tipo a las células, el equipo de científicos elaboró un algoritmo guiado por los datos proporcionados por un microscopio de imágenes de células vivas, que determina las proteínas correctas y pronostica los puntos del ciclo celular donde aquellas pueden afectar mejor al cambio deseado.

"Es raro que las matemáticas ofrezcan resultados tan prometedores con tanta rapidez. La investigación matemática básica suele tardar décadas en convertirse en modelos que puedan aplicarse a una tecnología", señaló Frederick Leve, uno de los autores de la investigación. 

Si se logra aplicar esta tecnología a gran escala, "revolucionará el Ejército del Aire en los próximos años", reza el comunicado oficial.

Publicado: 21 feb 2021 12:48 GMT

Una calle en llamas en Puerto Príncipe después de una protesta contra el presidente Jovenel Moise el pasado 14 de febrero. VALERIE BAERISWYL / AFP

El mundo después de la covid

 

El máximo riesgo de crisis política es a los dos años del pico de la pandemia

 

Verano del 2022. Justo cuando los gobiernos piensan que lo peor ya ha pasado tras llevar a cabo una campaña exhaustiva de vacunas y paquetes billonarios de reactivación económica, el mundo, de repente, se enciende. Hay batallas campales en cientos de ciudades entre manifestantes y policías antidisturbios vestidos al estilo de Robocop . Imágenes de edificios en llamas se proyectan en millones de pantallas de televisión. Los gobiernos caen en elecciones tumultuosas.

No es la próxima entrega de la serie distópica Years and years sino un escenario que dibuja lo que podría pasar tras la pandemia a partir de un análisis realizado por los sesudos técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI).

 “Desde la plaga de Justiniano en el siglo VI y la Peste Negra del siglo XIV hasta la gripe española del 1918, la historia está trufada de ejemplos de epidemias que tienen fuertes repercusiones sociales: transforman la política, subvierten el orden social y provocan estallidos sociales”, afirman Philip Barrett y Sophia Chen en su informe Las repercusiones sociales de las pandemias (enero del 2021). Y el periodo tras la covid no tiene por que ser muy diferente.

¿Por qué? Una posible explicación es que una pandemia “pone de manifiesto las fracturas ya existentes en la sociedad: la falta de protección social, la desconfianza en las instituciones, la percepción de incompetencia o corrupción de los gobiernos”, sostienen los técnicos del FMI.

A partir de un análisis de millones de artículos de prensa publicados desde 1985 en 130 países, el FMI ha elaborado un índice de malestar social que permite cuantificar la probabilidad de una explosión de protestas como consecuencia de la pandemia. Los técnicos relacionan los casos de estallidos sociales con 11.000 diferentes acontecimientos ocurridos desde las años ochenta. Estos incluyen desastres naturales como inundaciones, terremotos o huracanes, así como epidemias.

Utilizando complejas ecuaciones algebraicas, los expertos descubren “una relación positiva y significativa” entre desastres y estallidos sociales. Concretamente, “existe una relación positiva entre los estallidos sociales y las epidemias”, afirman Barrett y Chen en su informe.

Como suele ocurrir con los estudios económicos, la relación entre desastres y protestas es algo que tal vez mucha gente, sin necesidad de ecuaciones matemáticas, entenderían intuitivamente. Pero lo interesante del análisis del FMI es la relación cronológica que identifica entre las epidemias y los estallidos sociales. Hay un importante efecto retraso. Muchos meses, hasta dos años, separan el momento álgido de la epidemia de las rebeliones.

Efectivamente, ha habido pocas protestas durante esta pandemia. Más bien, en los últimos meses “el numero de manifestaciones físicas de malestar social ha caído a su nivel mas bajo en casi cinco años”. La excepción es el movimiento Black Lives Matter tras el asesinato a manos de policías de George Floyd en Minneapolis, que desencadenó una oleada de protestas en EE.UU.

Pero mas allá de este resultado inmediato pacificador de las epidemias, “a más largo plazo, la frecuencia de estallidos sociales se dispara”, se sostiene en el informe del FMI, de tono mucho más frío y distanciado que la información que analiza sobre disturbios en millones de indignados artículos de prensa a lo largo de las décadas.

A partir de la información obtenida sobre diferentes clases de protesta, los investigadores del FMI demuestran que, con el tiempo, “el riesgo de disturbios y manifestaciones contra el gobierno va en aumento” . Es más, “sube el riesgo de graves crisis políticas (acontecimientos que pueden derribar gobiernos), que normalmente ocurren en los dos años posteriores a la epidemia grave”, resumen los técnicos de la institución multilateral de sede en Washington.

El informe llega a la conclusión de que “el malestar social era elevado antes de la covid y se ha moderado durante la pandemia pero, si la historia nos sirve de guía, es razonable esperar que, conforme la pandemia se disminuya, los estallidos sociales emergerán de nuevo”.

Otro informe del FMI titulado Cómo las pandemias conducen a la desesperación y al malestar social (octubre del 2020), de Tahsin Saadi Sedik y Rui Xu, utiliza metodología similar para determinar con precisión este efecto retraso. “Las epidemias severas que provocan elevada mortalidad aumentan el riesgo de disturbios y manifestaciones antigubernamentales”, explican. Estos “eventos pandémicos generan un riesgo de desorden civil significativamente más elevado después de 14 meses”. Cinco años después de la pandemia todavía existe un “efecto cuantitativamente significativo sobre la probabilidad de estallidos sociales”. Los brotes de ébola en el Oeste de África entre el 2014 y el 2016, por ejemplo, “provocaron un aumento de la violencia civil superior al 40% al cabo de un año y su efecto sobre el malestar social persistía varios años después”.

Aunque la chispa de la violencia no tiene por qué estar relacionada con la pandemia, el trauma social y el impacto socioeconómico de la crisis sanitaria está detrás de las
repetidas instancias de protestas.

Pero la pandemia tampoco es la causa inicial sino un catalizador. El primer eslabón del efecto dominó es la desigualdad y la percepción de injusticia, explican los analistas del FMI. “Los resultados de nuestro estudio indican que la desigualdad elevada está relacionada con más estallidos sociales (…) y el malestar social será mayor cuanto más elevada la desigualdad de renta al inicio”, sostienen.

Las pandemias detonan la bomba de relojería “porque reducen el crecimiento económico y elevan la desigualdad” y crean “un círculo vicioso en el que el crecimiento más lento, la subida de la desigualdad y el aumento de malestar social se refuerzan el uno al otro”.

 

Andy Robinson

Madrid

21/02/2021 00:02Actualizado a 21/02/2021 08:42

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Vacunas sí, antivirales no: una decisión económica

Los beneficios potenciales de las vacunas y los tratamientos para la covid 19 son muy distintos. Hay 7.700 millones de clientes para las primeras frente a 103 millones para los segundos: 75 veces menos

 

Para evitar al lector interpretaciones erróneas, voy a hacer previamente una declaración de principios: soy un médico instruido y educado en la medicina científica, amante de la Medicina Basada en la Evidencia, totalmente alejado de las medicinas alternativas, soy pro vacunas y nada tendente a la conspiranoia, sin dejar de ser consciente, por mi edad y experiencia, de los grandes intereses económicos que se mueven en ciertos sectores de una sociedad.

Empezaré señalando que hace ahora 50 años la mayoría de los médicos del mundo asistimos expectantes al nacimiento del que parecía ser el camino que racionalizaría la práctica médica. Abandonándose para siempre el “yo hago esto así porque opino…” o “yo hago esto así porque creo…”, la medicina parecía que dejaría de ser un arte para ser una auténtica ciencia. Corría el año 1972 cuando el epidemiólogo escocés Archibald Cochrane, publicó su libro Effectiveness and Efficiency: Random Reflections on Health Services –Efectividad y eficiencia: reflexiones aleatorias sobre los servicios de salud– en el que explicaba sus primeras reflexiones al respecto.

Estas incipientes ideas versaban sobre el camino que habría de conducirnos a una medicina científica, basada en la evidencia, en la que la separación del grano de la paja en la literatura científica conduciría a la creación del nuevo cuerpo de doctrina médica. En él solo habría lugar para las experiencias que superaran una estricta crítica de la metodología empleada y de las conclusiones objetivamente enunciadas, quedando por tanto excluidas todas las demás, es decir aquellas conclusiones que no estuvieran avaladas por el rigor metodológico exigido para ser dadas por ciertas. Y era importante, porque ejemplos de estas últimas llenaban los libros y revistas científicas que había en las estanterías.

La progresiva implantación de esta doctrina surtió en poco tiempo dos efectos claros. Por un lado, redujo notablemente la indeseable variabilidad de la práctica médica, acercándose a su objetivo final, que un médico en España y otro en Nueva Zelanda, sin conocerse, se enfrenten al mismo problema y puedan actuar exactamente igual. Por otro lado, la eliminación de técnicas, exploraciones y tratamientos que o bien no se habían mostrado sustentadas en una metodología exigente, o bien sus conclusiones no habían sido suficientemente razonadas, ha contribuido desde entonces a la sostenibilidad de los sistemas de salud.

La implantación y el desarrollo de la Medicina Basada en la Evidencia (MBE) han supuesto que la medicina desde la segunda mitad del siglo XX sea la más racional que ha existido en nuestra historia. Sin embargo, es tendencia muy humana que el entusiasmo sobre algo nos conduzca a un fundamentalismo insano que puede volverse dañino. No en vano, en el punto medio suele estar la virtud, pues nunca es aconsejable olvidar el sentido común. Y una desviación en este punto, hasta convertirse en fundamentalismo, es lo que esta pandemia nos está mostrando. 

Aunque personalmente estoy de acuerdo en la bondad de la MBE, estoy seguro de que el mismo Cochrane cuando hizo sus primeras reflexiones no estaba pensando en una enfermedad que, por nueva, no dispusiera de un previo acervo de conocimiento, como ocurre con el caso de la epidemia de covid-19. Por el contrario, la gravedad y contagiosidad de la misma, con la consiguiente rapidez de extensión, apremia seriamente a la humanidad, pues en un año se han producido 103 millones de contagios y 2,4 millones de muertos, afectando además a todo el planeta. ¿No es una situación extraordinaria? En este contexto, considero que uno de los principales errores cometidos ha sido aplicar a rajatabla criterios y procedimientos de la MBE ideados para un contexto normalizado, cuando el actual no lo es. Es, por el contrario, demasiado extraordinario por urgente y destructor.

Parece obvio que, en situaciones extraordinarias, los métodos a aplicar deben ser también extraordinarios. El no haber tenido la inteligencia suficiente para adaptarse a tan especiales circunstancias ha supuesto un retraso en la investigación en algunos ámbitos concretos por no tener en cuenta precisamente las especiales características de la pandemia –inexistencia de conocimiento previo de la enfermedad, alta contagiosidad y mucha rapidez en su extensión y gravedad de la covid-19–. El fundamentalismo al que la MBE ha llevado a muchos médicos nos ha impedido aplicar el sentido común, única herramienta que nos podía ayudar en este caso, adaptándonos a las circunstancias y a sus necesidades específicas.

En consecuencia, durante el año 2020, la ciencia, y la medicina en particular, han mostrado una capacidad de adaptación desigual entre los distintos aspectos del tratamiento de la covid-19. Se ha realizado un importante esfuerzo en el desarrollo rápido de vacunas, mientras que ni se ha mostrado ni se sigue mostrando la misma diligencia para la investigación del tratamiento de la enfermedad, especialmente el referido a los antivirales, que van encaminados a abortar la enfermedad desde el principio, impidiendo la entrada del virus en la célula y por tanto su replicación. Los médicos de todo el mundo, en su gran mayoría, hemos buscado las evidencias publicadas sobre esta enfermedad, pero nos hemos encontrado con que estas ni siquiera existían. Necesitábamos encontrar su naturaleza, su comportamiento y las posibles opciones de tratamiento, es decir, cosas nuevas. Y esto solo podía lograrse con una investigación ágil, imaginativa y valiente, especialmente valiente. Y necesitábamos hacerlo rápido.

Sin embargo, a muchos nos da la sensación de que no se ha sido muy consciente del todo de la auténtica urgencia del caso. ¿Por qué ha ocurrido esto? Apuntaré algunas hipótesis.

Los médicos nos hemos esforzado en descubrir las medidas que trataran de mejorar las fases más graves de la enfermedad, solo cuando su proceso se había agravado tanto que se preveía el fallecimiento inminente del paciente. Ahí sí se han probado rápidamente tratamientos como la dexametasona. Sin embargo, esta fase crítica no es más que la consecuencia de una infección viral como hecho primero –dando lugar a la fase viral, de curso clínico relativamente benigno– que acaba en muchos casos en el establecimiento de la fase inflamatoria, cercana a la muerte –la famosa tormenta de citoquinas y el consiguiente fracaso multiorgánico, como últimos pasos antes del fallecimiento–. 

Por tanto hemos parecido olvidar algo fundamental, que lo ideal es encontrar un fármaco con acción antiviral, que sea capaz de abortar la enfermedad en su inicio, precisamente para evitar que, tras la replicación del virus, se desencadene la neumonía bilateral típica y se llegue a la segunda fase –fase inflamatoria–. La lógica más elemental aconseja actuar contra la causa primera y fundamental.

¿Por qué entonces los antivirales han ocupado solamente un lugar secundario en nuestros pensamientos y en el tiempo dedicado?  Llama la atención que solo las grandes farmacéuticas lo han intentado, probando fármacos antivirales que, sin excepción, han resultado ineficaces tras haber sido aprobados con relativa rapidez por parte de las agencias reguladoras. La mayoría de ellos eran de alto coste. Hoy todavía no se ha logrado disponer de ninguno auténticamente eficaz. Por el contrario, parece que nadie ha querido, ni quiere, oír hablar de otras investigaciones con moléculas que han mostrado resultados iniciales esperanzadores. La pretensión de lograr la aprobación de ensayos clínicos de varias de ellas se eternizan y se eternizan, cuando ya tienen la condición imprescindible para poder ser candidatas a ser estudiadas seria pero rápidamente –la seguridad–. Señalemos que no se pide la aprobación irresponsable de ninguna molécula o moléculas, sino solo la aprobación con la mayor rapidez y la mayor agilidad administrativa de los ensayos controlados, que posteriormente permitan, o no, su aprobación como tratamiento antiviral de la covid-19.

La mayoría de estas moléculas que esperan infructuosamente el permiso de ensayo comparten varias características, como son: suelen ser antiguas en casi todos los casos –algunas fueron aprobadas por la FDA estadounidense ya en 1965–, baratas y libres ya de patentes por el importante tiempo transcurrido desde su aparición, así como seguras, pues han sido utilizadas durante años para otras indicaciones mostrando muy pocos efectos secundarios. ¿Realmente hay que ser tan riguroso formalmente, y sobre todo tan exigente administrativamente ante unos fármacos que, si bien tienen que demostrar su eficacia, poseen la condición principal para ser aprobados: su necesaria y demostrada seguridad?

Por el contrario, en el mismo tiempo, se ha conseguido el desarrollo, completo en algunos casos, su rápida aprobación y su uso, de varias vacunas, como son las de Pfizer, Moderna y Astra Zeneca, entre más de veinte que se encuentran en fases algo más precoces pero que han gozado de la misma agilidad en su aprobación que las citadas. Y ello a pesar de que existen importantes incertidumbres en su comportamiento a medio y largo plazo –yo mismo debo admitirlo a pesar de tener una actitud provacunas–. De hecho la mayoría de los médicos del mundo occidental hemos decidido libremente ser vacunados, pero curiosamente solemos ser los mismos que luego estamos poniendo constantes trabas cuando deberíamos fomentar ensayos clínicos de sustancias baratas y antiguas –por tanto con seguridad contrastada– con la mayor urgencia posible.

El ingente trabajo realizado con las vacunas ha sido fruto de grandes compañías farmacéuticas, las mismas que han fracasado repetidamente en el descubrimiento de algún antiviral eficaz. ¿Son similares en cuanto a beneficio económico el negocio de las vacunas y el de los antivirales? ¿Tiene esto algo que ver con la perezosa maquinaria que parece retrasar y retrasar la aprobación de los ensayos clínicos solicitados para antivirales? No digo que las grandes compañías no persigan el beneficio de la humanidad, pero quizás… si puede ser haciendo grandes negocios, mejor. ¿O no? ¿Se ha preguntado alguien si en el fiasco en el aprovisionamiento de las unidades prometidas de vacunas en los plazos señalados puede haber habido cierta trampa? ¿Tan difícil es calcular el ritmo de producción de las mismas? ¿Pudiera haber una actitud de “vamos a firmar el contrato rápidamente para asegurar la operación, que luego las serviremos como vayamos pudiendo”? ¿Es cierto que importantes partidas de las dosis contratadas han sido desviadas a terceros países porque abonaban a última hora precios hasta tres veces más altos?

Los beneficios potenciales de ambos negocios –vacunas versus antivirales– son muy distintos, siendo mucho mayor el de las primeras que el de los segundos. Se calcula que con las vacunas va ser del orden de 20.000 millones de dólares. Hoy hay 7.700 millones de habitantes en el mundo, todos potenciales clientes de vacuna, mientras que son 75 veces menos los clientes potenciales de antivirales –ha habido hasta el momento 103 millones de infectados–. Imagínense la diferencia.

Será por esta o por otras razones, pero hasta ahora ha sido sistemática e inexplicablemente enlentecida la aprobación de ensayos clínicos de sustancias antiguas, por tanto con seguridad probada, y baratas. Como casos ciertos a modo de ejemplo podemos hablar de la ivermectina –antiparasitario–, la colchicina –fármaco antigotoso–, el omnivirol –compuesto de aceites esenciales–, algunas pautas antihistamínicas –fármacos antialérgicos– o la plitidepsina, nueva molécula española por  la que ha tenido que manifestarse un grupo de científicos de todo el mundo exigiendo que dejen de demorar el comienzo de la fase III de su ensayo. *

Señalo, una vez más, que no se trata de ser irreflexivo, sino de tener la mente abierta y, sobre todo, tener una actitud ágil en los procedimientos. Insisto: no se trata de aprobar medicamentos, solamente se pide la aprobación rápida de ensayos clínicos de sustancias seguras y de resultados prometedores para llevar a cabo los correspondientes ensayos clínicos. Y en eso llevamos meses de retraso. Parece sospechoso impedir investigar la eficacia de fármacos con menos efectos secundarios que otros que fueron aprobados con facilidad y se usaron los primeros meses de la pandemia. Por la actitud, pareciera que no se quiere comprobar que realmente pueden ser eficaces, en este caso, sustancias que fueron aprobadas en muchos casos hace muchos años para otras indicaciones por los organismos y agencias reguladoras de todo el mundo.

Resumiendo, el lobby de las grandes farmacéuticas va ganando esta batalla. Médicos del mundo, ¡exijamos que se permita investigar con rapidez los antivirales que pueden ayudar a largo plazo mucho más que las propias vacunas! Seamos sinceros, valientes y comprometidos con nuestra profesión, aplicando el sentido común a la necesidad y urgencia del momento que vivimos.

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* Fe de errores. En la primera versión de este artículo se citaba un tratamiento con dióxido de cloro experimentado en Bolivia; dicho tratamiento ha sido desaconsejado por la OPS.  

Por Manuel Calleja es cirujano cardiovascular en el Hospital Virgen de las Nieves de Granada.

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Covid-19: ¿Nos matarán las dudas sobre las vacunas y el fracaso del mercado?

Para combatir el coronavirus las vacunas son la mejor salida, pero no son una solución milagrosa. La campaña de vacunación se desarrolla con mucha torpeza y hay infinidad de dudas sobre las vacunas. Mientras tanto, las cepas nuevas avanzan. ¿Ganarán las vacunas la carrera contra las nuevas cepas?

«Si las pandemias son guerras microbianas,
entonces las vacunas son nuestras armas preferidas de rescate masivo».
Tedros, director general de la OMS

El coronavirus ha causado la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Ya han muerto 2,4 millones de personas y todavía sigue muriendo una persona cada seis segundos a causa del COVID-19. Las vacunas son la mejor y única salvación. Sin ellas la pandemia amenaza con cobrarse hasta 30 millones de vidas.i

Afortunadamente, las vacunas son prometedoras. Después de que la mayoría de las personas mayores de 60 años fueran vacunadas en Israel, el número de personas hospitalizadas en este grupo de edad vulnerable se redujo en un 40% en tres semanas. Y esa cifra sigue bajando.

Sin embargo, aún es demasiado pronto para declarar la victoria. No es en absoluto seguro que las vacunas puedan derrotar al COVID-19. Cada vez hay más conciencia de que no podremos erradicar el virus rápidamente, si es que lo logramos al 100%. Hay al menos tres razones para ello: el fracaso del enfoque de mercado, las limitaciones de las propias vacunas y la resistencia a la vacunación.

Fracaso del mercado

En Occidente la producción de vacunas está dominada por un puñado de gigantes farmacéuticos. Monopolizan tanto la producción como la distribución y, por tanto, determinan en gran medida el ritmo y el alcance de la vacunación en todo el mundo. Por su afán de lucro se niegan a aumentar drásticamente su producción y venden a quien más paga. También les interesa mantener esta producción totalmente en sus manos y no compartir sus conocimientos con otros posibles productores. En resumen, la escasez artificial les beneficia.

Por ello, el suministro en los países ricos es demasiado lento. Pero, aún peor, hay muy pocas vacunas para los países del Sur. Los países ricos, que representan el 16% de la población mundial, han comprado hasta el 60% de todas las vacunas. Actualmente el 85% de los países aún no han administrado la primera vacuna. No es fácil predecirlo, pero es probable que muchas personas de los países pobres tengan que esperar hasta 2023 o 2024.ii

Esto último no es sólo un problema para los países del Sur. Dado que el virus no conoce fronteras y que vivimos en un mundo altamente conectado, la pandemia no será derrotada en ningún lugar hasta que lo esté en todas partes. O en palabras de Tedros, el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS): «Para el virus, todos somos un solo rebaño. Para vencerlo, debemos actuar como una sola comunidad».

El jefe de la OMS tiene claro que este enfoque de mercado ha fracasado por completo y que estamos perdiendo la carrera contra el tiempo: «Los mecanismos de mercado son insuficientes por sí solos para detener la pandemia mediante la inmunidad de grupos vacunados. La oferta limitada y la demanda abrumadora crean ganadores y perdedores. Ninguna de las dos cosas es moral o médicamente aceptable durante una pandemia».

Para superar la escasez artificial, aumentar la producción de vacunas y ampliar su distribución Tedros propone intercambiar la tecnología de producción de vacunas, la propiedad intelectual y los conocimientos técnicos a través del Fondo Común de acceso a la Tecnología COVID-19, levantar temporalmente las patentes y permitir y ampliar la colaboración entre los fabricantes.

Según Tedros, hay que acabar con la omnipotencia de los gigantes farmacéuticos: «La comunidad internacional no puede permitir que un puñado de actores dicte los términos o el calendario para acabar con la pandemia». La Comisión Europea sin embargo, sigue insistiendo en seguir el mismo rumbo y dejar que manden las grandes farmacéuticas. Los partidos conservadores, socialdemócratas y liberales están todos de acuerdo. En los momentos de crisis suelen caer las máscaras y este caso no es diferente.

Las vacunas no son la panacea

Las vacunas funcionan muy bien para prevenir los síntomas graves del COVID-19 que llevan a la hospitalización o la muerte. Pero aún no se sabe si también detienen la capacidad infecciosa del virus propiamente dicha ni en qué medida. Es de suponer que reducirán la capacidad infecciosa, pero no la detendrán del todo. Por ejemplo, la vacuna de AstraZeneca podría reducir la transmisión en casi dos tercios. Sin embargo, pasarán meses antes de que se dé una respuesta definitiva a esta importante cuestión.

Esta cuestión ha cobrado aún más importancia con las nuevas cepas. Porque esas parecen ser hasta un 50% más contagiosas. Además, podrían ser incluso más mortales. Por ejemplo, la cepa británica podría causar un 30% más de muertes. En cualquier caso, un pequeño aumento de la letalidad podría tener un efecto catastrófico.

También es cuestionable si las vacunas actuales protegen contra las nuevas cepas y en qué medida. Investigaciones recientes demuestran que las nuevas mutaciones pueden provocar resistencia a las vacunas. Se ha descubierto que al menos cuatro vacunasiii ofrecen menos protección contra la cepa sudafricana, que ya ha aparecido en 30 países. En el caso de Novavax y Janssen se habla de una reducción del 60%. También en el caso de la cepa brasileña hay cada vez más pruebas de que algunas vacunas detienen menos el virus.

Igual de preocupante es que las nuevas variantes también pueden exponer a las personas al riesgo de una segunda infección.iv

Todo esto podría significar que no llegaremos a ninguna parte con una ronda única de vacunas y que, como con la vacuna de la gripe, en el futuro tendremos que administrar una nueva vacuna a intervalos regulares a medida que surjan nuevas variantes peligrosas. A la luz de la torpeza y la lentitud de la campaña actual, no es una idea alentador. Para los gigantes farmacéuticos, en cambio, algo así suena a música celestial: cada ronda de vacunas tiene un valor de varias decenas de miles de millones de dólares. ¡Dinero, dinero!.

El peligro del escepticismo respecto a las vacunas

Una tercera razón por la que corremos el riesgo de no poder erradicar nunca el virus por completo es si una parte importante de la población decide no vacunarse. El grado de disponibilidad a la vacuna varía mucho de un país a otro y también varía con el tiempo. Entre agosto del año pasado y enero de este año el porcentaje de personas dispuestas a vacunarse cayó entre 10 y 20 puntos porcentuales en muchos países, a pesar de los prometedores resultados de las vacunas.

Las dudas sobre las vacunas tiene muchas causas. Una vacuna introduce en el cuerpo una sustancia cuyos mecanismos de acción no siempre se comprenden del todo. Eso asusta a la gente. Gran parte de las dudas sobre las vacunas también provienen de la falta de confianza en el establishment. La forma de lidiar contra el COVID-19 fue y es en la mayoría de los países occidentales desastrosa: a pesar de los meses de (semi)cofinamientos, la cantidad de muertos por habitante es decenas de veces mayor que en la mayoría de los países asiáticos, que además pudieron volver a la vida normal muy rápidamente. Esta forma lamentable de actuar no ha hecho más que aumentar la falta de confianza, que ya es muy alta, en los gobiernos. A ello se suma la actitud descarada de los gigantes farmacéuticos.

Las dudas sobre las vacunas y las teorías conspirativas se extienden más fácilmente cuando la gente pierde la fe en el sistema. Las dudas también se avivan desde sectores de la derecha y la extrema derecha, y se difunden profusamente a través de las redes sociales. En la difusión de la desinformación suele haber también motivos económicos,v así que habrá que estar atentos.

Sea como fuere, con las nuevas cepas se necesita una inmunidad de grupo de alrededor del 80% para ganar al virus. Sólo un puñado de países llega actualmente a un 80% de la voluntad de vacunarse.vi La mayoría de los países están muy por debajo de esa cifra, que podría descender aún más en los próximos meses porque los jóvenes se sienten menos amenazados y, por lo tanto, pueden estar menos dispuestos a vacunarse cuando les toque.

Si nos quedamos por debajo del umbral del 80%, eso podría costar muchas vidas, tanto entre las personas dudosas como entre las demás. El reto de superar las dudas sobre las vacunas será al menos tan grande como el de distribuirlas a tiempo a todo el mundo. Y erradicar esa duda no es fácil. The Economistlo formula así: «El miedo y la incertidumbre son más fáciles de alimentar que la confianza y la pasividad es más fácil de fomentar que de actuar». Y restaurar la confianza en los gobiernos, por no hablar de los gigantes farmacéuticos, requerirá un serio cambio de rumbo.

Una prueba de estrés dura como una roca

La combinación de las deficiencias del mercado, las limitaciones de las vacunas actuales, la aparición de nuevas variantes, las dudas sobre las vacunas y el hecho de que los jóvenes menores de 18 años aún no estén vacunados significa que quizá nunca alcancemos la inmunidad de grupo. No obstante, esta inmunidad de grupo es necesaria para erradicar el virus de forma permanente.

Si seguimos así, parece que el COVID-19 seguirá circulando durante años y reaparecerá regularmente, con o sin variantes peligrosas. A diferencia de muchos países asiáticos, no hemos conseguido eliminar el virus. Esa incapacidad causará cientos de miles o incluso millones de víctimas innecesarias.

La crisis del COVID-19 es una prueba de estrés inexorable para nuestro modelo de sociedad. La forma de lidiar contra el COVID-19 nos enseña mucho sobre cómo está organizada nuestra sociedad, cuáles son las prioridades, la eficacia de la política, etc. Funciona como una lupa para los problemas a los que nos enfrentamos. Esta prueba de estrés nos invita a repensar a fondo nuestro modelo de sociedad. ¿A qué esperamos? ¿Acaso preferimos seguir así?

Traducido del neerlandés por Sven Magnus

Notas:

i Calculado a partir de un estudio del equipo de respuesta del Imperial College COVID-19 sobre la probabilidad de mortalidad en caso de infección. Entre los países de renta alta la tasa de mortalidad es de un promedio del 1,15%. Entre los países de renta baja con poblaciones más jóvenes la media es del 0,23%.

ii Además, los jóvenes menores de 18 años no podrán vacunarse hasta 2022. Las pruebas para ese grupo de edad están ahora en pleno desarrollo. Estamos hablando de una parte importante de la población.

iii Se trata de Novavax, Janssen, Pfizer/BioNTech y Moderna.

iv Al parecer, la cepa mutada puede evadir los anticuerpos desarrollados en respuesta a la vacunación o a la infección con la versión original del coronavirus.

v El Centro para Contrarrestar el Odio Digital (CCDH) investigó 425 cuentas antivacunas en Facebook, Instagram, Twitter y YouTube que difunden desinformación. Juntos tienen 59 millones de seguidores y esa cifra crece rápidamente. La investigación muestra que solo una minoría de estos antivacunas tiene creencias muy arraigadas. Para aproximadamente el 80%, los motivos financieros también juegan un papel o incluso el único. La mitad son empresarios con negocios que promueven remedios alternativos o excéntricos, como la inmunización homeopática o un pulverizador de lejía. La otra mitad son teóricos de la conspiración que aprovechan los ingresos por publicidad online que traen sus páginas web y de los productos que venden. Veáse también The Economist.

vi La investigación citada por The Economistincluye a China, Gran Bretaña e Indonesia.

Por Marc Vandepitte | 20/02/2021 

Publicado enSociedad
Viernes, 19 Febrero 2021 05:31

Palestina, vacunas, apartheid

Palestina, vacunas, apartheid

 Uno. El coronavirus no sólo exacerbó el racismo y la xenofobia israelí añadiendo otro nivel a la precariedad de las vidas palestinas bajo la ocupación militar (bit.ly/2LA4VcO) −sirviendo incluso como oportunidad para acelerar el proyecto colonial de asentamientos−, sino que dio lugar al surgimiento de un nuevo “ apartheid médico”. Curiosamente tras el desastroso manejo inicial de la pandemia (tres lockdowns, ataques a libertades de sus propios ciudadanos), Israel emergió como un “campeón mundial de vacunación per capita”. Inoculaba a su población a un paso de hasta 150 mil dosis al día, logrando vacunar en breve con ambas dosis a casi dos de sus 9 millones de habitantes ( bbc.in/2N9nKUS ). Pero la negación de las vacunas a los palestinos en Cisjordania ocupada y en Gaza bloqueada, demostraba que su redoblada guerra al virus era al mismo tiempo su vieja guerra a Palestina (bit.ly/2Z3INea).

Dos. La Cuarta Convención de Ginebra (artículo 56) estipula "la responsabilidad del ocupante por salud e higiene de la población ocupada, con referencia particular a enfermedades contagiosas y epidemias". Israel viola aquí el derecho internacional, al igual que el otro artículo de la convención que "prohíbe la transferencia de la población civil del ocupante al país ocupado". Desde 1967 −sin parar− expande asentamientos ilegales. Y al mandar vacunas a territorios ocupados los destina, en concordancia con su racismo institucional, sólo a colonos (bit.ly/2N9Mj3Q), excluyendo a 2.7 millones de palestinos de Cisjordania y a otros 2 millones en Gaza. Según los funcionarios israelíes, las responsables por ellos "son las mismas autoridades palestinas" ( vide Oslo), mientras el que realmente está a cargo de estas áreas −en todos los sentidos− es Israel. Esta postura es un perfecto caso de "negación de la responsabilidad", un paradigma necropolítico identificado por A. Mbembe (bit.ly/3qp7GwD) precisamente en el caso de Gaza, que igual es un ejemplo de una larga historia israelí de usar la medicina como arma al ir mutilando su sistema de salud (bit.ly/2Z60CZO). ¿La mejor palabra para todo esto? El ­"coronaapartheid".

Tres. Resulta sintomático que justo −aunque sin mencionar las vacunas− B’Tselem, un reconocido organismo israelí de derechos humanos, emitiera un reporte sin precedente en que confirma lo que algunos estudiosos (I. Pappé et al.) argumentaban desde hace tiempo: Israel no es “una democracia con la ‘ocupación temporal’ adjuntada a ella”, sino “un solo régimen del apartheid desde el río Jordán hasta el Mediterráneo donde un grupo de gente (los judíos), ejerce una supremacía racial sobre el otro (los palestinos)” (bit.ly/3pfm0qd). Esta supremacía y “toda la ingeniería demográfica bajo este apartheid” está, según B’Tselem, aplicada a través: a) la negación de derechos políticos y civiles: mientras colonos israelíes en territorios ocupados gozan de todos los derechos y están sujetos a leyes civiles, los 5 millones de palestinos (sin contar los que son ciudadanos de Israel) están sujetos a leyes militares y desprovistos de ellos; b) la expropiación de tierras para más asentamientos, y c) la limitación del libre movimiento: muros, puntos de control, carreteras y túneles "sólo para los israelíes".

Cuatro. Debido a la distribución desigual de vacunas entre países ricos y pobres, la propia OMS advirtió de la existencia de un “ apartheid mundial vacunal”. Nuevamente, la desigualdad entre Israel y Palestina es paradigmática. Israel compró 10 millones de dosis de la vacuna Oxford-AstraZeneca, 8 millones de Pfizer y 6 millones de Moderna, pagando entre 28 y 62 dólares (!) la dosis, −mientras por ejemplo Estados Unidos pagaba 19.50 dólares−, y Palestina no ha podido comprar ninguna (ni de Rusia o China), esperando sólo recibir algo de la OMS mediante el sistema Covax destinado a países pobres (bit.ly/3rKL0Yd). En el mismo tiempo Tel Aviv rechazó "un pedido informal" de la OMS para vacunar "al menos a los trabajadores de salud palestinos" por "no ser su responsabilidad" (sic), al igual que los pedidos de las autoridades palestinas de compartirles "al menos 10 mil dosis" para el mismo fin −saboteando de paso los esfuerzos palestinos de luchar contra el virus y destruyendo clínicas de campo destinadas al Covid-19−, sólo para luego transferir 5 mil ( abcn.ws/2LQwXAS ).

Cinco. La exclusión de la población palestina ocupada del programa de la vacunación, demuestra que el apartheid israelí no es sólo un sistema de leyes raciales como Basic Law o muros ("el control de los cuerpos"), sino uno que permea hasta el nivel "celular" y médico (M. Foucault) −con los oficiales israelíes refiriéndose desde hace tiempo a los palestinos como "una enfermedad"− y donde la negación de vacunas hace la mancuerna con la "cuestión demográfica" −"una de las preocupaciones fundacionales del sionismo" (bit.ly/3jOK9TG)−, volviéndose un nuevo componente biopolítico de la ingeniería demográfica imperante ( vide B’Tselem). Uno que no busca "reducir activamente" el número de la población indeseada, pero que se abre oportunistamente a la posibilidad de su reducción −"el viejo objetivo estratégico del racismo israelí en Palestina" (bit.ly/3b9LCjw)−, por una enfermedad "natural" de la cual la ­población dominante, que ejerce la supremacía racial en el territorio ­disputado (Palestina), queda mejor protegida. ¿"Maquiavelismo"? ­¿"Perversidad"? ¿"Crimen"? Seguro hay un par de más palabras para hablar de esto.

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Antioxidante en el té verde aumenta niveles de una proteína natural contra el cáncer

Llamada "guardiana del genoma", es capaz de reparar el daño en el ADN o destruir las células enfermas

 

 Un antioxidante que se encuentra en el té verde puede aumentar los niveles de p53, proteína natural contra el cáncer, conocida como la "guardiana del genoma" por su capacidad para reparar el daño del ADN o destruir las células cancerosas, según una nueva investigación publicada en la revista Nature Communications.

El estudio de la interacción directa entre p53 y el compuesto del té verde, galato de epigalocatequina (EGCG), apunta a un nuevo objetivo para el descubrimiento de fármacos contra el cáncer.

"Las moléculas p53 y EGCG son extremadamente interesantes. Las mutaciones en p53 se encuentran en más de 50 por ciento de los cánceres humanos, mientras EGCG es el principal antioxidante en el té verde, una bebida popular en todo el mundo", explicó Chunyu Wang, autor correspondiente y profesor de ciencias biológicas en el Instituto Politécnico Rensselaer.

De acuerdo con la revista Nature Communications, la interacción directa entre la p53 y el compuesto del té verde, galato de epigalocatequina apunta al descubrimiento de fármacos contra el cáncer.

"La P53 tiene varias funciones anticancerígenas bien conocidas, que incluyen detener el crecimiento celular para permitir la reparación del ADN, activar este proceso e iniciar la muerte celular programada, llamada apoptosis, si el daño de ese material genético no se puede reparar", precisa el estudio.

"Un extremo de la proteína, conocido como dominio N-terminal, tiene una forma flexible y, por tanto, puede potencialmente cumplir varias funciones dependiendo de su interacción con múltiples moléculas", agrega la investigación.

El galato de epigalocatequina es un antioxidante natural, lo que significa que ayuda a deshacer el daño casi constante causado por el metabolismo del oxígeno.

Los expertos descubrieron que la interacción entre el galato de epigalocatequina y la p53 preserva la proteína de la degradación.

“Normalmente, después de producirse dentro del cuerpo, la p53 se degrada rápidamente cuando el dominio N-terminal interactúa con una proteína llamada MDM2.

Este ciclo regular de producción y degradación mantiene los niveles de la p53 en una constante baja, argumentan los investigadores.

Mieloma múltiple

Por otro lado, investigadores de la Universidad de Uppsala, en Suecia, muestran en un nuevo estudio que la inhibición de la proteína EZH2 puede reducir el crecimiento de células cancerosas en el mieloma múltiple, según publican en la revista Cell Death & Disease.

La reducción se debe a cambios en el metabolismo de las células cancerosas. Estos cambios pueden usarse como marcadores para discriminar si un paciente respondería al tratamiento por inhibición de EZH2.

El mieloma múltiple es un tipo de cáncer de la sangre en el que las células inmunitarias crecen de forma descontrolada en la médula ósea.

Es muy difícil de tratar y todavía se considera incurable, por lo que es urgente identificar nuevas dianas terapéuticas en las células cancerosas.

Trabajadores de la salud en Lima reciben la vacuna provista por el laboratorio chino Sinopharm, cuyo primer embarque de 300 mil dosis llegó el domingo pasado.Foto Afp

Algo que ha contribuido en el pésimo manejo desinformativo de las vacunas anglosajonas es que desde julio de 2020 la británica AstraZeneca está exenta de daños y perjuicios y/o reclamaciones de responsabilidad ( liability claims) con su polémica vacuna contra el Covid-19 en la mayor (sic) parte de los países en los que había concretado acuerdos de suministro (https://reut.rs/3rCLbVs).

Ignoro si en México se plegaron a tan inusitada obligatoriedad que no existe para otro tipo de medicamentos. Para quienes duden de la ideologización y geopolitización de las guerras de las vacunas (https://bit.ly/36XksLp): Ruud Dobber, ejecutivo de AstraZeneca, había comentado que no podemos simplemente correr el riesgo de que en cuatro años (sic) la vacuna muestre efectos colaterales.

Astra exige hasta indemnizaciones (¡mega-sic!), ya que para la mayoría de los países es aceptable cargar el riesgo en sus hombros porque es de su interés nacional. ¡Uf!

EU tiene ya una ley que excluye los reclamos de daños de productos que ayudan a controlar las crisis de salud pública de su Enmienda PREP (Public Readiness and Emergency Preparedness) de 2005, desde cuando el polémico doctor Richard Hatchett (RH), consejero salubre de Baby Bush y del secretario del Pentágono, Donald Rumsfeld, ideó el confinamiento obligatorio para la población civil (sic) sana (https://bit.ly/3p5ituw) en una guerra biológica.

La premonitoria Enmienda PREP de hace 16 años vence en 2024 y seguramente será renovada debido al inmenso poder del Big Pharma (https://bit.ly/2OescSu) que ostenta una fabulosa capitalización de mercado de un trillón de dólares (en anglosajón).

Hoy Hatchett destaca como jefe ejecutivo de la polémica CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations; https://cepi.net/), asociación global (sic) lanzada en 2017 para desarrollar vacunas con el fin de frenar epidemias futuras.

La CEPI –con tres sedes geopolíticas en Oslo, Londres y Washington DC– calcula que el costo global anual (sic) de una pandemia es de 570 mil millones de dólares. De nueva cuenta, aparece con la CEPI el ubicuo y controvertido Bill Gates y su filantrópica fundación (https://bit.ly/3tLK4om).

La CEPI –agrupación público /privada /filantrópica (sic)– fue fundada en 2016 (tres años antes del brote del Covid-19) en Davos por los globalistas del Foro Económico Mundial, la caritativa fundación británica Wellcome Trust y la fundación de Bill Gates.

El 18 de octubre de 2019 se realizó el premonitorio Event 201, bajo el patrocinio de Gates, de la bélica Universidad Johns Hopkins y el Foro Económico Mundial globalista de Davos (https://bit.ly/3cYAk4a). Ya en julio pasado los funcionarios de la Unión Europea habían comentado que los daños y perjuicios y/o reclamos de responsabilidad eran puntos contenciosos para asegurar los acuerdos de suministro de las vacunas de Pfizer, Sanofi y Johnson&Johnson.

La empresa privada AstraZeneca goza del apoyo público del gobierno británico para su producción y desarrollo, además del apoyo inicial del gobierno de EU por mil 200 millones de dólares, pese a que aún no cuenta con la aprobación de la FDA de EU (https://bit.ly/3jCkj5c). ¡Vaya contradicción: EU la financia, pero la FDA no la aprueba aún!

El desempeño bursátil de AstraZeneca, con todo tipo de alicientes de los gobiernos anglosajones, ha sido más que mediocre (https://cnn.it/3a2OEXa), así como Pfizer (¡menos 3 por ciento!: https://cnn.it/3rD1wJM), frente al alza antigravitatoria de Moderna ¡con 741 por ciento! (https://cnn.it/2OoeNre)

Hace casi dos meses News18 fustigó que los estadunidenses no pueden entablar juicios a las vacunas de Pfizer y Moderna en caso de efectos colaterales: el gobierno de EU otorgó a esos laboratorios inmunidad (sic) de daños y perjuicios y/o reclamos de responsabilidad en caso de que algo (sic) sin intención maligna (sic) ocurra con sus vacunas del Covid.

De forma sarcástica, News18 pregunta quién es el culpable si alguien desarrolla una reacción alérgica a tales vacunas. Y contesta: Nadie, ya que en los tribunales de EU nadie será culpabilizado. ¡No, bueno!

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Miércoles, 10 Febrero 2021 05:21

Mutación del coronavirus: el nuevo enemigo

Ilustración: Mekakushi/ Fotos: Getty Images y GTRES

El coronavirus se está convirtiendo en todo un portento de la infección. Con las nuevas mutaciones se va perfeccionando y logra colarse con más facilidad en nuestro organismo. Y, por tanto, se vuelve más letal. ¿Estamos viendo la antesala del coronavirus del futuro? Hablamos con expertos de todo el mundo para buscar respuestas.

Tres nuevos mutantes se han lanzado al unísono a la conquista del mundo. Tienen dos cosas en común: comparten una misma mutación muy concreta, la N501Y, y las tres tienen la habilidad para propagarse de forma más efectiva que las versiones anteriores del virus –hasta un 56 por ciento más–, lo que les permite contagiar a muchas más personas y a más velocidad. Además, existe el temor de que debiliten el efecto de algunas de las vacunas. Y de que las personas que ya han pasado la COVID-19 puedan volver a contagiarse.

De momento, los casos identificados ya evidencian que algunas de estas mutaciones han llegado a España. El Ministerio de Sanidad, de hecho, admite que «el riesgo de nuevas introducciones y su diseminación se considera muy alto». Y esto implica que el virus podría cobrarse muchas más vidas. Veamos por qué.

Las mutaciones en sí no son nada extraño. Todos los virus mutan. Si resultan dañinas para el virus, acaban con él. Si le son útiles, se sigue multiplicando hasta consolidarse en una población. Y si lo ayudan a contagiar a muchas más personas de una forma mucho más fácil, el virus se propaga más allá de toda medida. Y eso es justo lo que ha pasado.

En Europa preocupa sobre todo la variante descubierta en Gran Bretaña, la B.1.1.7, tanto por su cercanía como por el elevado número de conexiones entre las islas y el continente. Pero ni la variante B.1.351, identificada en Sudáfrica, ni otra más, perteneciente al linaje B.1.1.248 y descubierta en Brasil y Japón, son menos inofensivas que su prima británica. Al contrario. Estas dos últimas portan una mutación más en su genoma, la E484K, que podría resultar endiabladamente peligrosa: se cree que puede debilitar el sistema inmunitario y, posiblemente, también el efecto de algunas vacunas. Los fabricantes de las vacunas hoy disponibles confían en que sus inmunizantes sigan siendo eficaces, aunque admiten que alguna podría precisar de una actualización.

El virus ha mejorado el acceso a nuestras células

La mutación N501Y que comparten estas tres nuevas variantes es clave y se sitúa en las espículas de la corona, esa especie de pinchos externos, que son un lugar estratégico del patógeno. Con las espículas es con lo que el Sars-CoV-2 se fija a la célula huésped y se introduce en ella. El cambio en su código genético le ha facilitado al virus ese anclaje, según barajan los científicos.

Es cierto que, una vez que han infectado al huésped, estas nuevas variantes no provocan cuadros más graves, pero el hecho de que puedan contagiar a más personas significa que al final pueda morir más gente. El matemático Adam Kucharski, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, ha calculado la cruel lógica del crecimiento exponencial: «Si un virus solo mata al 1 por ciento de los infectados, pero infecta a un número enorme de personas, llevará a un número mayor de muertes que otro que mate al 2 por ciento de los infectados, pero que infecte a pocas personas».

Y el médico Eric Topol, del Instituto Scripps, con sede en California, escribió recientemente en Twitter: «Si nos queremos tomar el B.1.1.7 (la mutación británica) en serio, deberíamos vacunar las 24 horas del día como si fuese una emergencia. Porque lo es».

Allí donde los mutantes llegan, en poco tiempo desplazan a sus parientes menos transmisibles. No hay más que ver la velocidad a la que se han propagado en Gran Bretaña, Sudáfrica o Brasil. «El año pasado veíamos que siempre había una docena de variantes distintas del Sars-CoV-2 circulando al mismo tiempo –cuenta Tulio de Oliveira, genetista al frente de uno de los mayores laboratorios de secuenciación de Sudáfrica en la Universidad de KwaZulu-Natal–. Pero ahora observamos que el 90 por ciento son solo de la nueva variante».

La pregunta clave es: ¿todavía podemos detener a los mutantes? Y, de ser así, ¿de qué manera?

En todos los lugares donde se secuencia el genoma del virus, los investigadores ya se topan con la presencia de la variante británica. Al mismo tiempo, la B.1.351 sudafricana ya se ha propagado por la vecina Botsuana y hasta se ha identificado en Gran Bretaña, como si fuese el comienzo de una pelea por la hegemonía de la isla entre ambos mutantes.

Por su parte, una versión brasileña del virus apareció en Japón a comienzos de enero. Y no dejan de acumularse evidencias que señalan su enorme peligro: esta variante y la sudafricana pueden reinfectar a quienes ya pasaron la COVID-19.

De ser así, esto significaría que no hay inmunidad, o solo una inmunidad parcial, contra estos mutantes. Las investigaciones tienen que decir la última palabra. De momento, nadie sabe exactamente qué implicaciones tendría esa hipótesis.

Sí hay una idea que va tomando forma: que la combinación entre esa mutación compartida por las distintas variantes y ciertas alteraciones en el genoma del virus ha producido verdaderos artistas de la infección. ¿Lo que estamos viendo es el coronavirus del futuro? ¿Todas las variantes mutarán hacia una transmisibilidad más rápida, a una perfección letal?

«Es posible que en estos momentos el virus esté buscando su configuración ideal, sí», dice Cillian de Gascun, director del Laboratorio Nacional del University College de Dublín. El hecho de que la misma mutación haya aparecido en las distintas variantes, de forma independiente entre sí, apunta a que «es una configuración que al virus le gusta –dice De Gascun–. Y no hay razón para creer que no se volverá más eficiente con el tiempo».

En los grandes laboratorios de alta seguridad de Sudáfrica, y en los de los fabricantes de vacunas, se trabaja bajo gran presión para dilucidar si está justificado el mayor de los temores: que las vacunas puedan ser menos eficaces contra las mutaciones. A grandes rasgos, en estas pruebas se expone el virus al suero de personas vacunadas. Si sobrevive, la humanidad tiene un grave problema.

El epidemiólogo Adam Kucharski aconseja tratar el asunto «como a una amenaza nueva y no pensar: ‘Bueno, ya tenemos un montón de casos de COVID, ahora nos vienen unos cuantos más, eso es todo’». Es posible, añade, que los conocimientos adquiridos hasta la fecha y los métodos con los que hemos combatido la epidemia ya no sirvan.

Pero ¿cómo es posible que hayan surgido casi de forma simultánea variantes tan malignas del virus?

Veamos qué ha pasado. En el año transcurrido desde el descubrimiento del virus ha tenido lugar una verdadera carrera entre el Sars-CoV-2 y el sistema inmunitario humano: el virus, que en un primer momento es un perfecto desconocido para las defensas del cuerpo, infecta a las células; el sistema inmune reacciona, aprende a reconocer al enemigo y desarrolla unos anticuerpos que hacen al virus inofensivo. Si el Sars-CoV-2 vuelve a atacar a esa misma persona, el virus no tiene ninguna posibilidad y es neutralizado.

Sin embargo, una alteración aleatoria en el código genético del intruso ha resultado serle de gran ayuda. Con esa carambola, el virus logra pasar inadvertido al sistema inmunitario. Es decir, el organismo se ve obligado a empezar a construir sus defensas de nuevo. Parece que lo que ha transformado realmente al virus y lo ha hecho más fácilmente transmisible es una combinación de otras mutaciones, sumada a la N501Y.

Sudáfrica, Brasil… las casualidades no existen

Lo que muchos virólogos no consideran fruto de la casualidad es que esas mutaciones se hayan originado en zonas del mundo donde la primera ola avanzó de forma casi imparable: en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, y en Manaos, Brasil, regiones con precarios sistemas sanitarios y mucha pobreza. «Donde había un elevado número de personas infectadas, el virus ya no llegaba a tanta gente como antes –explica Emma Hodcroft, epidemióloga del Instituto de Medicina Social y Preventiva de la Universidad de Berna, en Suiza–. En esa situación tiene mucho que ganar con una mutación que le permite infectar otra vez a las mismas personas».

En Alemania, por ejemplo, donde la primera ola golpeó con relativa suavidad, sería más improbable que el Sars-CoV-2 mutase de esa manera. Pero en otros rincones del planeta la evolución del virus ha tenido lugar a cámara rápida. Por eso, el profesor de genética Tulio de Oliveira cree posible que se hayan desarrollado mutantes similares en otros lugares: «No me sorprendería que esta clase de variantes aparecieran en países que han tenido la pandemia fuera de control por mucho tiempo, como España, Italia, Estados Unidos o Rusia».

También puede surgir un mutante adaptado a su huésped en el caso de que un patógeno pueda vivir y multiplicarse durante mucho tiempo en el cuerpo de una persona cuyo sistema inmune se encuentra debilitado, como ocurre con los pacientes sometidos a quimioterapia o radioterapia. «En esos casos, el virus tiene mucho margen para descubrir cómo convivir con el sistema inmunitario –explica Hodcroft–. Se acaba aprendiendo todos los trucos».

Por lo tanto, los mutantes que sobreviven y se multiplican son aquellos especialmente hábiles a la hora de burlar al sistema inmune. Pero si alguien le hubiera preguntado a esta epidemióloga hace un par de meses por la probabilidad de que pudieran surgir de esta manera mutaciones peligrosas del Sars-CoV-2 habría respondido: «Esa no es una de nuestras principales preocupaciones en estos momentos». Ahora piensa diferente: «Si permitimos cifras de casos tan elevadas, aumentamos la probabilidad de que se produzcan esos escenarios tan especiales».

Burlando al sistema inmune

Tulio de Oliveira descubrió la mutación sudafricana gracias a los sanitarios de un hospital sudafricano. «Se dieron cuenta de que la segunda ola estaba siendo mucho más rápida que la primera y les pareció raro», cuenta el genetista. Le enviaron once muestras y él y su equipo las secuenciaron. Los resultados estuvieron listos el 1 de diciembre.

«En todas encontramos el mismo virus, algo ya de por sí extraño», cuenta el investigador. Pero lo más destacable fue que ese virus se diferenciaba mucho de otras variantes conocidas: hallaron 23 mutaciones, entre ellas, la N501Y y la E484K, capaces de burlar al sistema inmune. De Oliveira informó a su jefe y a la Organización Mundial de la Salud.

El genetista le preguntó a su colega Susan Engelbrecht, directora de un laboratorio en Stellenbosch, en el Cabo Occidental, si podría analizar sus muestras en busca del mutante. De Oliveira se apostó una botella de vino con ella a que lo encontraría en más de la mitad. «Imposible –dijo Susan–. Entre Stellenbosch y el foco del hospital hay 700 kilómetros». «Esa noche –cuenta De Oliveira– me mandó un mensaje: ‘Has ganado’».

También le pidió a Andrew Rambaut, colega en Edimburgo, que mirara esos resultados tan extraños. Un par de días más tarde recibió un mensaje de Rambaut para informar de un hallazgo igual de inquietante en Gran Bretaña: la misma mutación, N501Y, aunque en otro linaje del virus.

El ejemplo británico permite apreciar lo que puede hacer una variante más transmisible del virus, en este caso la B.1.1.7, y demuestra de forma muy clara que un confinamiento a medias no sirve contra ella: en noviembre, cuando ya había limitaciones pero las escuelas seguían abiertas y mucha gente iba al trabajo como si nada, el mutante siguió propagándose a toda velocidad. Solo ahora, con un confinamiento estricto, el número de casos apunta a un descenso, aunque más lento que con las variantes anteriores.

«Sé que la gente está agotada –dice Jeffrey Barrett, del Instituto Wellcome Sanger de Cambridge, donde secuencian el genoma de miles de muestras del virus–. Pero debemos adoptar y mantener las restricciones más severas posibles para reducir los contagios».

Para comprobar lo que ocurre si se relajan las medidas contra la nueva variante, lo mejor es fijarse en el ejemplo de Irlanda, donde los contagios aumentaron a velocidad de vértigo tras las Navidades. Las secuenciaciones muestran que la proporción de B.1.1.7 entre las muestras positivas ha pasado de menos del 10 por ciento en Navidad al 45 por ciento a mediados de enero.

Desde Dublin, Patrick Mallon –profesor de Microbiología en el University College e infectólogo en el St. Vincent’s University Hospital– piensa que fue un error dejar que el número de casos se mantuviera en niveles bajos en vez de intentar reducirlos a cero. «Lo que pasa en Irlanda –advierte– evidencia lo vulnerables que son los países que intentan convivir con el coronavirus, y los riesgos de mantener esa estrategia con las nuevas variantes».

Un posible modelo para el abordaje de la nueva amenaza mutante puede ser Dinamarca. El país se vio afectado hace meses por una variante del virus surgida en visones que podía infectar a seres humanos y a mediados de diciembre se identificaron los primeros casos provocados por la B.1.1.7. Pero el Gobierno reaccionó de forma rápida y decidida.

El país se encuentra sometido a confinamiento desde el 11 de diciembre. El número de casos está bajando. El índice de reproducción, que refleja a cuántas personas infecta de media cada contagiado, está en el 0,9, cifra que no tranquiliza a expertos como Tyra Grove Krause, del Statens Serum Institute de Copenhague. «Necesitamos bajar del 0,7 para evitar un crecimiento exponencial en febrero y marzo, cuando la nueva variante empiece a imponerse en el país», dice Krause.

No es fácil explicarle a la población por qué es tan importante seguir manteniendo el confinamiento en estos momentos, con el número de casos en descenso, reconoce Krause. «Pero no hay otro remedio, la amenaza está a la vuelta de la esquina».

© DER SPIEGEL / M. BARTSCH, F. BOHR, R. VON BREDOW, H. GUDE, V. HACKENBROCH, M. KNOBBE, K. KULLMANN, C. SCHMERGAL, T. SCHULZ, G. TRAUFETTER Y S. WINTER
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Sudáfrica suspende el uso de la vacuna de AstraZeneca por no ser eficaz contra la variante de su país

Un estudio detalla que la vacuna contra el coronavirus de AstraZeneca es menos efectiva contra la variante sudafricana del virus y no protege contra síntomas leves o moderados. España ya ha recibido las primeras dosis de esa vacuna.


El Gobierno de Sudáfrica ha pausado la administración de las dosis de la vacuna contra el coronavirus de AstraZeneca tras el reciente estudio que demuestra que tiene una protección reducida frente a la nueva cepa de la enfermedad surgida en el país.

Así lo ha comunicado este domingo el ministro de Salud sudafricano, Zweli Mkhize, que ha especificado que se trata de una suspensión temporal hasta que un comité de científicos decida la estrategia a seguir respecto a este inmunizador, según Independent Online. El Gobierno de Sudáfrica tenía prevista la llegada de un millón de dosis de la vacuna de AstraZeneca, producida por el Serum Institute de India, este lunes, tras lo que pensaba empezar a vacunar a los trabajadores sanitarios.

Un estudio al que ha accedido en exclusiva Finantial Times asegura que la vacuna contra el coronavirus de AstraZeneca es menos efectiva contra la variante sudafricana del virus y no protege contra síntomas leves o moderados.

No obstante, el responsable de Salud ha incidido en que el programa de inmunización continuará a partir de la próxima semana, "durante las próximas cuatro semanas, esperamos que haya vacunas Johnson & Johnson, además habrá vacunas Pfizer", que serán las vacunas que se administrarán al personal sanitario.

En este sentido, las autoridades planean acelerar el despliegue de la vacuna de Johnson & Johnson, ya que ha mostrado una eficacia contra la nueva variante que prevalece en más del 90 por ciento de los nuevos contagios en el país, ha destacado la presidenta del Consejo de Investigación Médica de Sudáfrica, Glenda Gray, tal y como recoge Bloomberg. Hasta el momento, Sudáfrica ha registrado 1.476.135 de contagios de coronavirus, así como 46.290 víctimas mortales desde que estalló la pandemia, según recoge la Universidad Johns Hopkins.

España ya ha recibido dosis de AstraZeneca

España recibió las primeras 196.800 dosis de la vacuna de AstraZeneca y la Universidad de Oxford el pasado sábado, según informó la propia ministra de Sanidad, Carolina Darias. Las dosis de esta vacuna solo se suministrarán a personas de entre 18 y 55 años por la falta de evidencias sobre su efectividad en personas mayores de 65 años, como recomendaron las autoridades sanitarias de Francia, Alemania o Bélgica.

Sin embargo, la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) recomendó autorizar la vacuna de esta farmacéutica para personas adultas, también en el caso de los mayores de 65 años. Pero el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), Fernando Simón, ya avanzó que España no seguirá esta recomendación, siguiendo los pasos de los países europeos. 

madrid

08/02/2021 08:54 Actualizado: 08/02/2021 09:13

Por Europa Press

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Domingo, 07 Febrero 2021 05:51

Asaltantes con patente

Afp, Justin Tallis

Recorrida por las trampas del big pharma

Astrazeneca y Johnson & Johnson, que anunciaron la venta «al costo» de sus vacunas para la covid-19, no sólo mantienen sus precios en la oscuridad, sino que encabezan la lista de empresas que abusan de la normativa en materia de patentes.

 

Hace un año, Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, se quejaba de que ninguna gran compañía farmacéutica se hubiera comprometido aún a intensificar la búsqueda de una vacuna contra el SARS-CoV-2. En 2019 sólo cuatro compañías estaban haciendo vacunas para el mercado estadounidense, cuando en la década del 70 eran 20 (Kaiser Health News, 25-VIII-20). Según estimaciones de Morgan Stanley y Credit Suisse (Financial Times, 4-IV-20), el mercado de vacunas de covid-19 podría crecer a 10.000 millones de dólares por año (en el supuesto de que la vacunación deba repetirse anualmente). Pero, antes de la millonaria inyección de recursos públicos para estimular la investigación y de la cobertura de riesgos garantizada por las compras públicas anticipadas del producto, las compañías mostraban un escaso interés en las vacunas, que suelen requerir más tiempo –excluyendo la excepción de la pandemia– para ser aprobadas y se administran en muchos casos una sola vez en la vida o una vez al año. En cambio, otros rubros, como la producción de medicamentos y tecnología médica, les proporcionaban mayores ganancias.

EL PRECIO DE LO PRIVADO

Esta semana, Newsweek y el boletín digital The Daily Poster informaron que en diciembre Pfizer y Johnson & Johnson habían presentado dos solicitudes («casi idénticas, preparadas por el mismo abogado») a la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos para que esta las eximiera de presentar, ante sus respectivos accionistas, información sobre el modo en que fueron fijados los precios de sus vacunas. El pedido de Pfizer y Johnson & Johnson era en respuesta a una resolución presentada por miembros del Centro Interreligioso sobre Responsabilidad Corporativa (ICCR, por sus siglas en inglés), una organización que incluye grupos religiosos, sindicatos, fondos de inversión y ONG que participan como accionistas en cientos de compañías, «en un esfuerzo por fomentar la responsabilidad empresarial». Las farmacéuticas adujeron que sus accionistas demuestran que quieren «microgestionar» las empresas al solicitar «un informe intrincadamente detallado». Pero, según retrucan desde el ICCR, la idea no es conocer algoritmos complejos de formación de precios, sino tener una respuesta a estas preguntas: al fijar los valores de venta de las vacunas, «¿han tenido en cuenta las empresas la financiación estatal recibida?, ¿y cómo la tuvieron en cuenta?».

La ONG Oxfam, que firma la resolución dirigida a Johnson & Johnson, afirmó que la farmacéutica no ha aclarado qué significa su anunciada distribución «sin fines de lucro» de la vacuna, cuando es el Estado el que ha financiado buena parte de su investigación. Sin transparencia en su proceso de establecimiento de precios, la ausencia de lucro es incomprobable también en el caso de Astrazeneca, que ya ha vendido su vacuna a Sudáfrica al doble del precio que a la Unión Europea (véase «Leoninas», Brecha, 29-I-21). Pergeñada por la Fundación Bill y Melinda Gates, la asociación entre Astrazeneca y la Universidad de Oxford cambió radicalmente el modelo de distribución que había anunciado previamente esa casa de estudios –financiada en buena medida por el Estado inglés–, que fue la que aportó el grueso de la investigación detrás de esa vacuna. Tras la intervención de la farmacéutica anglo-sueca, la vacuna de Oxford pasó de tener una licencia abierta, diseñada para estar disponible libremente para cualquier fabricante, a tener una licencia exclusiva controlada por Astrazeneca.

Además de la milmillonaria financiación pública directa recibida por las principales vacunas que hoy compiten en el mercado abierto por la covid-19 (Estados Unidos les ha otorgado unos 13.000 millones de dólares de fondos públicos a las empresas que desarrollan las vacunas, según cifras oficiales), ciertos aspectos fundamentales de al menos cinco de ellas dependen del conocimiento científico previo financiado mediante años de inversión pública. Las proteínas espiga que dan nombre al coronavirus, contra las cuales se desarrollan los anticuerpos de la mayoría de las vacunas, son muy inestables aisladas en su forma natural. De acuerdo a un reciente informe de la ONG Public Citizen, antes de la pandemia el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés) había desarrollado una técnica inédita para estabilizar las proteínas del coronavirus que provoca la enfermedad del MERS. El NIH patentó el procedimiento y, cuando este año se reveló útil también para el SARS-CoV-2, patentó también este uso. La mayoría de las principales vacunas de primera generación contra la covid-19 –incluidas las de Pfizer-Biontech, Johnson & Johnson, Novavax, Curevac y Moderna– utilizan esa técnica desarrollada públicamente, tras adquirirla a un precio confidencial (Public Citizen, 10-XI-20). En agosto del año pasado, en conversación con Kaiser Health News, el diputado demócrata por Texas Lloyd Dogget resumió lo que significan los millonarios acuerdos de compras de vacunas que ya por entonces el gobierno federal había comenzado a firmar con las farmacéuticas: «Se trata de dar a los contribuyentes el privilegio de comprar una vacuna por la que ya han pagado».

SIEMPREVIVAS

En setiembre de 2020 el Centro de Innovación de la Facultad de Derecho de la Universidad de California (UC) hizo pública una base de datos sobre patentes de fármacos basada en los registros del Orange Book, de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés), agencia que regula la propiedad intelectual de la industria farmacéutica. Esta base de datos –«la primera en hacer un seguimiento exhaustivo de las protecciones de patentes presentadas por las empresas farmacéuticas», según la web de la UC– se nutre de las investigaciones de la profesora de derecho Robin Feldman (véase entrevista) sobre la estrategia de evergreening (o de perennidad)1 en torno a las patentes. Según explica la autora, las patentes de medicamentos están pensadas como protecciones de mercado garantizadas por el Estado por tiempo limitado –unos 20 años–, para incentivar a las compañías farmacéuticas a que innoven con medicamentos nuevos que mejoren la salud de la población. Una vez vencido ese período monopólico en el que las compañías farmacéuticas pueden obtener ganancias en exclusividad, los competidores deberían poder entrar al ruedo y reducir así los precios de los medicamentos a niveles competitivos. Pero las farmacéuticas han perfeccionado más de diez mecanismos (minuciosamente detallados en el estudio de Feldman) para posponer reiteradamente la caída de sus patentes y poner barreras a la competencia, con la complicidad, por acción u omisión, de la FDA.

Uno de los métodos usados consiste en agregarle patentes «secundarias» a un medicamento antes de que caduque la patente original. Como cada droga puede tener asociadas varias patentes de distinto tipo, las compañías registran sucesivamente, sobre la propiedad intelectual del componente químico original, nuevas patentes de elementos auxiliares, como la formulación de la droga y el método de uso. Estas patentes se registran luego de la original; por tanto, sus 20 años de gracia empiezan a correr más tarde y caducan también más tarde. Muchos de esos nuevos elementos patentados son modificaciones insignificantes, pero, cuando un productor de genéricos quiere comenzar a producir un medicamento cuya patente ha sido extendida de esta manera, debe demostrar la invalidez de cada patente asociada, a través de un litigio largo y caro, que de por sí desestimula estos intentos. Estos procedimientos están regulados en Estados Unidos por un complejo sistema creado en 1984, llamado Hatch-Waxman. Entre otras cosas, este sistema estipula que el primer genérico que impugne con éxito una patente o su aplicación será el único permitido en el mercado por seis meses, durante los cuales queda establecido un duopolio entre la compañía que patentó el medicamento y la que producirá su primer genérico. La disposición ha devenido en permanentes arreglos, conocidos como pay-for-delay, en los que las primeras desarrolladoras pagan a las productoras de genéricos interesadas en sus fármacos para que retrasen sus solicitudes.

Otra trampa descrita por Feldman fuerza la disposición que protege a los «medicamentos huérfanos», diseñados y aprobados para tratar enfermedades que afecten a poblaciones de 200 mil personas o menos. Como estímulo a la inversión en campos desatendidos de investigación, asociados fundamentalmente a enfermedades raras, desde 1983 se concede a estos medicamentos una exclusividad por siete años. Al día de hoy, sin embargo, más del 40 por ciento de los medicamentos aprobados por la FDA son declarados huérfanos. Durante estos períodos de exclusividad las empresas han incrementado los precios hasta provocar un escándalo nacional. Una vez que lo hacen, entra en juego otro truco, conocido como spillover pricing, que consiste en estimular a los médicos a prescribir el medicamento para usos distintos a los aprobados por la agencia, extendiendo el número de personas que pagan los inflados precios muy por encima del blanco inicial de 200 mil.

Como resultado de estos y otros procedimientos, Robin identifica «un sorprendente alejamiento de la conceptualización clásica de la protección de la propiedad intelectual en los productos farmacéuticos». «En lugar de crear nuevas medicinas, las farmacéuticas están reciclando y reutilizando las viejas. […] El 78 por ciento de las drogas asociadas a nuevas patentes en los registros de la FDA no son nuevos medicamentos que llegan al mercado, sino medicamentos ya existentes», concluye el estudio para el período 2005-2015. El fenómeno es especialmente fuerte entre los medicamentos más vendidos. Entre los primeros 100, el 70 por ciento ha sido extendido al menos una vez y más de la mitad se ha extendido más de una vez. Entre los que han recibido extensiones se encuentran la insulina y medicamentos que tratan el VIH y la adicción a los opiáceos. La práctica, considerada endémica y creciente en la industria, supera, en el caso de algunas compañías, las 20 extensiones. Quienes encabezan –junto con Gilead, productora del medicamento contra la covid-19 Remdesivir– el ranking de las empresas que más practican el evergreening son Astrazeneca y Johnson & Johnson.

  1. Robin Feldman, «May your drug price be evergreen», Journal of Law and the Biosciences, volumen 5, número 3 (XII-18). Páginas 590-647.

Con Robin Feldman1

—En el rubro de las vacunas, ¿se producen las mismas prácticas anticompetitivas que en el de los medicamentos?

—Las vacunas contra la covid-19 son poco menos que milagrosas. Sin embargo, siempre está el riesgo de que el Estado gaste el dinero pero desperdicie la oportunidad. Tenemos que asegurarnos de que las empresas farmacéuticas no se aprovechen de la crisis. Y hay algunas señales de alarma. Consideremos los siguientes ejemplos.

A principios de marzo, cuando la pandemia ya hacía estragos en todo el mundo, la empresa Gilead solicitó el estatus de medicamento huérfano para su fármaco Remdesivir como tratamiento para la covid-19. Gilead podría, entonces, bloquear durante siete años la posibilidad de que cualquier otra persona fabrique el medicamento.

Este estatus está pensado para medicamentos que sirven a poblaciones de pacientes muy pequeñas y funciona como una minipatente. Pero la FDA [Administración de Medicamentos y Alimentos] respondió afirmativamente al pedido de Gilead apenas unas semanas después. Bajo una intensa presión pública, finalmente Gilead renunció a sus derechos.

Hace tres años, en octubre de 2017, la compañía Sanofi pagó 61,5 millones de dólares para resolver una demanda antimonopolio relacionada con sus vacunas. La demanda alegaba que, cuando un competidor planeaba entrar en el mercado para competir con la vacuna contra la meningitis pediátrica de Sanofi (Menactra), la firma cobraba precios hasta un 34,5 por ciento más altos en sus vacunas, que aún tenían protección de patente, a menos que los compradores aceptaran adquirir exclusivamente las vacunas de Sanofi.

Además, durante esta pandemia, hemos visto cómo las empresas se han dedicado a bloquear la posibilidad de que otras compañías más pequeñas también hicieran pruebas.

—En vistas de la escasa información que ha sorteado las cláusulas de confidencialidad de los actuales contratos de compras de vacunas, ¿cómo evalúa lo relacionado a la propiedad intelectual?

—La transparencia es esencial tanto para la confianza del público como para el funcionamiento eficiente del mercado. Los contratos que he visto, incluso en sus versiones censuradas, ceden a las empresas todo tipo de derechos de propiedad intelectual en formas que uno no esperaría normalmente. Lo más preocupante es que los contratos especifican que la empresa puede mantener como secreto comercial cualquier tecnología que desarrolle a través del acuerdo. Con los secretos comerciales, a diferencia de las patentes, la información nunca entra en el dominio público.

—¿Los modelos dominantes de propiedad intelectual en el mundo están amenazando la salud de la población?

—La pandemia de covid-19 ha ejercido presión sobre muchos sistemas nacionales e internacionales, desde la propiedad intelectual hasta la distribución de suministros y la salud mundial. Pero esta no es la última pandemia a la que se enfrentará el mundo. Deberíamos aprovechar esta oportunidad para replantearnos cómo pueden funcionar mejor nuestros sistemas a la hora de enfrentarnos a futuros retos mundiales.

1. Profesora de derecho de la Universidad de California, especialista en propiedad intelectual e industria farmacéutica.
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