Miércoles, 19 Junio 2013 05:25

Cinco tesis sobre el agua

Cinco tesis sobre el agua

1. El agua no puede ser una mercancía

 

Cada quince segundos muere un niño en el mundo por falta de agua potable. No hay pretexto posible. El agua no puede ser tratada como una mercancía más, transable en los mercados y sujeta a las reglas del lucro.

 

El acceso al agua es un derecho humano básico. Sin agua potable y saneamiento, no hay ciudadanía real. Sin ellas no hay salud, ni posibilidad de ejercer la ciudadanía.

 

La OMS ha identificado 25 enfermedades graves generadas por su falta. Las sufren 1100 millones de personas en el planeta. Entre otras, la diarrea infantil, la hepatitis A, el cólera, el dengue.

 

El mundo tiene todas las posibilidades materiales y ahora tecnológicas para dar agua a todos.

 

Se está violando en gran escala ese derecho.

 

Debería ser incluido en las constituciones.

 

2. La falta de agua y saneamiento mata

 

Las personas necesitan un mínimo de 20 litros de agua diarios. Mil cien millones tienen menos de 5 litros. En los países ricos se gastan más de 200 litros diarios per cápita.

 

Anualmente mueren 1.800.000 niños por diarrea infantil, causada en gran parte por falta de agua potable y de instalaciones sanitarias.

 

Hay 2600 millones de personas que no tienen un inodoro, en el siglo del IPOD y la Internet.

 

Desesperados, los “sin agua” toman agua contaminada. El 50 por ciento de las camas hospitalarias está ocupado por quienes la han ingerido.

 

3. La gran humillación

 

Los impactos de no tener agua ni inodoros son devastadores, psicológica y culturalmente.

 

Los niños pobres caminan seis horas diarias para traer agua. Pierden 443 millones de días escolares haciéndolo. Las madres luchan muy duramente para conseguir agua para sus hijos.

 

La sociedad entera los está humillando a diario con no garantizar este derecho básico.

 

4. El mercado no funcionó

 

Se apostó en Argentina y América latina en los ’90 a que la “bala mágica” para resolver el problema eran las privatizaciones. La ONU ha demostrado en su informe de Desarrollo Humano dedicado al tema que fracasaron. Los resultados fueron muy graves para la población. Hubo mala gestión, especulación, subinversión, exclusión de los más pobres.

 

La ONU recomienda que el agua debe estar en manos de la gestión pública. Corresponde a ella asegurar un derecho tan básico.

 

5. Las enseñanzas de la experiencia argentina

 

En los ’90, Menem privatizó masiva y salvajemente la prestación de agua y cloacas. Dejó sin política pública de agua al país y con organismos reguladores muy débiles. Los déficit de prestación se agudizaron. En el Gran Buenos Aires, buena parte de la población no tenía acceso a agua ni cloacas. Se verificó que los niveles de nitrato de la prestación de agua privada en algunos municipios excedían más del 40 por ciento las normas de la OMS, lo que pueda generar cianosis y finalmente asfixia.

 

En 2003 se inició la reconstrucción de una política pública de agua y saneamiento con Enosa, Aysa, otras empresas públicas y grandes inversiones. Como lo ha informado la Secretaría de Obras Públicas, en 2003 hubo 40.000 casos de hepatitis A. El reestablecimiento del derecho al agua, con una agresiva política de salud, fueron claves para que en 2012 fueran sólo 275. También incidieron en el descenso de la mortalidad infantil en el período del 16,5 al 11,7 por mil. En ese lapso se dio agua potable a 5.700.000 nuevos usuarios y cloacas a 3,2 millones.

 

Falta mucho, pero es en esa dirección.

 

El tema del agua y el saneamiento no puede seguir siendo marginal o que “viene después”. Ya en la Biblia se garantiza el derecho al agua para todos. Su violación abierta es uno de los mayores escándalos de nuestro siglo. No figura en la agenda del uno por ciento más rico del planeta, dueño de casi la mitad del producto bruto mundial. La ciudadanía organizada lo ha puesto en el centro de la agenda pública en todo la Unasur.

 

Por Bernardo Kliksberg. En el marco del Congreso de Aloas, ante 500 directivos de empresas de agua de todo el continente, Bernardo Kliksberg dictó una conferencia magistral en la que presentó sus cinco tesis sobre el tema del agua.

 

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Crónica de una represión a la protesta

“¡Prensa, prensa!” Eso fue lo que grité al ver que un grupo de policías pertenecientes a la Tropa de Choque de Brasilia apuntó hacia donde me encontraba entrevistando a unos jóvenes indignados con los cientos de millones de dólares estatales destinados a la remodelación del estadio nacional Mane Garrincha en lugar de reforzar el presupuesto en educación y transporte. Sería liviano asegurar que los policías con uniformes camuflados oyeron el ¡”Prensa, Pprensa!” proferido con algo de desesperación por este cronista. Tampoco se puede afirmar que los miembros del grupo de elite de la policía brasiliense, adiestrados para disparar con armas letales y entre quienes no debe haber miopes, hayan visto la credencial de corresponsal, emitida por la Presidencia de la República, que les mostré con insistencia.

 

Lo cierto es que la respuesta dada a mis ademanes y el sonoro pedido para que no tiren fue el disparo de una bomba de gas lacrimógeno que cayó bastante cerca de mí, tanto como para sospechar que apuntaron al blanco. Pocos segundos después otro proyectil impactó junto a una señora sexagenaria, quien aparentemente era uno de los 71.000 espectadores que una hora más tarde ovacionaría a Neymar por su golazo a los tres minutos del primer tiempo de la goleada brasileña 3-0 frente a Japón, el sábado, en la apertura de la Copa, antesala del Mundial de 2014.

 

El ajuste de cuentas de la policía con los reporteros tiende a ser la regla y no la excepción en Brasil a medida que se calienta la protesta social y política. El jueves pasado al menos ocho periodistas fueron heridos, uno de ellos corre el riesgo de perder la visión, en los ataques de la Policía Militarizada de San Pablo contra miles de manifestantes contrarios al aumento del transporte público.

 

Desde el sábado, con el inicio de la Copa de las Confederaciones, esta nación gigante quedó en la mira de la opinión pública global, que en julio seguirá la visita del papa Francisco a Río de Janeiro, en 2014 asistirá a la Copa del Mundo y en 2015 a los Juegos Olímpicos.

 

Y aunque los diez años de gobiernos del Partido de los Trabajadores, ocho con Lula da Silva y dos con Dilma Rousseff favorita para la reelección según encuestas recientes, hayan transformado al país, aún no ha sido posible enterrar dos herencias de la dictadura: la ley de (auto)Amnistía que aborta todo proceso contra los represores y las policías militarizadas de las 27 provincias, entrenadas para funcionar como un estado represor, subyacente al Estado de Derecho.

 

La victoria de Brasil 3-0 sobre Japón el sábado en Brasilia fue una fiesta puertas adentro, mientras en las inmediaciones del estadio se registraban escenas de guerra urbana unilateral, porque no hubo registro de ataques de envergadura por parte de los participantes en la marcha.

 

La Policía Militarizada de la Gobernación de Brasilia estaba ensañada en una represión contra militantes, en su mayoría de izquierda, a través de un despliegue de hombres y equipamientos apropiados para repeler un ataque terrorista, apoyados por un drone similar a los utilizados por Estados Unidos, complementado por helicópteros volando a baja altura. Y todo ese aquelarre montado a pocas cuadras del despacho de la presidenta en el Palacio del Planalto.

 

Después de correr para escapar de los gases lacrimógenos y con un impacto de bala de goma en su pierna derecha Jean Junior, de 19 años, aspirante a ingresar en la Universidad de Brasilia, afirma “estoy con miedo y con alegría, porque la protesta está yendo bien”. “Nosotros no queremos la violencia y ellos la quieren”, dice Jean y exhibe imágenes que tomó pocos minutos antes de decenas de muchachos arrodillados, algunas chicas con flores, frente a la cancha, siendo agredidos por elementos armados por el Estado para celar por el cumplimiento de la ley, no para violarla. El chico está armado con una “tablet” y planea repeler la desinformación mediante la divulgación en las redes sociales del accionar de las fuerzas de seguridad. “Queremos que se vea esta represión salvaje, porque los de la (TV)Globo la esconden pasando nada más lo que pasa adentro de la cancha, el partido en serio se está jugando acá afuera.”

 

“Están pasando cosas en Brasil, ya hubo movilizaciones fuertes en Sao Paulo (dos la semana pasada y otra programada para ésta) y en Río de Janeiro, la gente está cansada, Dilma (Rousseff) tiene que escuchar lo que se dice en la calle”, afirmó el joven mientras continuaban los balazos de goma y bastonazos que dejaron al menos 29 heridos y 16 detenidos el sábado en la capital brasileña.

 

Habla a borbotones, se entusiasma, exagera que en Brasil puede estallar una “primavera árabe” y reconoce que “me falta aprender mucho de política, pero estoy bien a la izquierda”. “Me gusta el fútbol y no estoy en la cancha porque es cara la entrada, estoy acá porque estoy molesto con que se gasten millones en este estadio y no haya plata para la educación, la gente está descontenta en todo Brasil, pero no queremos echar al gobierno”, continúa.

 

A Jean Junior lo acompaña otro muchacho con un pañuelo al cuello y “un frasquito con vinagre para parar el efecto de los gases lacrimógenos”. Es Artur León, 18 años, también postulante a la universidad y su carnet de identidad político es similar al de muchos de los que vinieron a protestar: “No somos de ningún partido político porque no vemos nada que nos convenza, tampoco somos un bobos despolitizados”, se presenta. “A todos, o por lo menos a casi todos los que estamos acá nos cansó esto de armar una copa para que la vean los gringos y nosotros afuera, no somos contrarios a Dilma, ella tal vez no sea la culpable, pero es la presidenta y tiene que poner un basta”.

 

El gobierno pareció carente de reflejos para procesar este nuevo dato de la política que son las movilizaciones populares y juveniles destapadas en San Pablo, continuadas en Río y culminadas en Brasilia el sábado. Otras vendrán esta semana y posiblemente serán más multitudinarias que las anteriores.

 

El fin de semana el Palacio del Planalto demostró haber tomado nota del escenario y Dilma instruyó al ministro Gilberto Carvalho, un experimentado cuadro del PT, para que busque encauzar la situación alentando canales de diálogo.

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Rajoy impone la religión en las escuelas

Arranca junio y en el Hemisferio Norte el curso escolar se termina. Lo habitual sería estar decidiendo si mar o montaña para las vacaciones, pero este año la comunidad educativa en España no se relaja. A los recortes presupuestarios impuestos por la crisis se suma la reforma educativa que el ministro José Ignacio Wert quiere llevar adelante, sin más apoyo que el de la Iglesia Católica y la patronal de la escuela privada. La comunidad docente y todos los partidos de la oposición acusan al PP de devolver la escuela a tiempos franquistas, en los que las aulas estaban divididas por sexo y la religión era obligatoria (dos puntos que recoge la nueva norma). “Esta ley nos retrotrae a los años ’70, al período preconstitucional, porque la laicidad es fundamental para que haya democracia” asegura Pere Lirón, portavoz del área de educación del sindicato CGT. “La historia sagrada tiene que ofrecerse dentro del ámbito de las Ciencias Sociales y no ligada a una Iglesia que presenta su versión como verdad absoluta. Una cosa es la cultura y otra el adoctrinamiento”, añade Lirón.

 

Otra de las recriminaciones que la comunidad educativa le hace a la reforma del ministro Wert es la de fomentar la privatización de la educación. Su declaración de intenciones puede verse ya en el prefacio de la ley, donde la enseñanza se define como “un medio para crear ciudadanos capaces de competir en el libre mercado”, y no “individuos críticos preparados para la convivencia democrática”, tal como consta en la legislación actual.

 

El representante de CGT advierte que la reforma permite expresamente recurrir a la inversión privada, “así el gobierno puede seguir reduciendo las asignaciones a la escuela pública” y que, por otra parte, desaparece la obligación del Estado de construir escuelas cuando haya demasiada demanda de plazas, “otorgando, en cambio, libertad total para la creación de centros privados, a donde se podría derivar a los alumnos que no tuvieran lugar en las públicas”.

 

La nueva ley cambiará también los criterios para la financiación estatal de las escuelas, estableciendo pruebas externas para clasificar a los colegios según sus resultados y en base a ellos dotar de mayores recursos a unos u otros. Anna Montero, representante del sindicato UGT, explica que ya no se pagará en función de las necesidades de los centros y sus alumnados sino de acuerdo con la puntuación que obtengan en estos rankings. “De esta forma se fomenta la competitividad entre profesionales, además de discriminar a los sectores más desfavorecidos, porque las escuelas se volverán más selectivas y rechazarán a aquellos que puedan hacer bajar su clasificación, a inmigrantes por ejemplo”, denuncia esta profesora de Barcelona.

 

Por otro lado, los docentes se muestran preocupados por las modificaciones que el gobierno quiere introducir en el funcionamiento interno de los centros, donde la figura del director cobrará un protagonismo inusitado. “Volveremos a un sistema autoritario, en el que la dirección se encarga de la admisión de alumnos y de la composición de la plantilla del centro”, afirma Carme Jodar, portavoz del área educativa del sindicato CNT. “Esto antes dependía de un sistema público de concursos, pero ahora se saltan todas las garantías de igualdad y el director puede escoger unos perfiles de docentes determinados por sus criterios subjetivos, tal como sucede en las empresas.”

 

La Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (Lomce) es la octava reforma de la enseñanza que se realiza desde la llegada de la democracia. Pese a que el ministro Wert defiende que es un cambio necesario para dejar atrás las alarmantes cifras de abandono escolar temprano (un 24,9 por ciento), desde la oposición se considera que parte del fracaso del sistema de enseñanza español se debe, precisamente, a esta continua modificación de las leyes. Pedro Galiana, delegado del sector educativo del sindicato USOC, confirma que “el porcentaje de alumnos que salen sin un título profesionalizado es menor al 50 y la causa fundamental es esta falta de consenso, que obliga a los profesores a estar rehaciendo continuamente programaciones didácticas. En este país –añade–, la enseñanza está tan ideologizada que nos consta que cuando gane el PSOE la ley volverá a cambiarse, igual que teníamos clarísimo que la norma de Zapatero la iba a modificar el PP cuando ganara”.

 

El malestar por la imposición de la Lomce llega en un contexto de profundos recortes educativos (más de 6700 millones desde 2010) a causa de la crisis económica y los estrictos objetivos de déficit marcados por la Unión Europea. La portavoz de UGT, Anna Montero, cuenta cómo vive estas reducciones en su labor diaria como docente de secundaria: “El mayor problema es que se dejaron de hacer sustituciones. Ahora, cuando falta un profesor, se reparten los alumnos en distintos grupos o se los lleva el docente que está cargo de una clase reducida, es decir, de aquella diseñada para chicos con dificultades. El resultado es que se deja de atender a los estudiantes más necesitados”.

 

Por su parte, Carme Jodar, militante del sindicato CNT y también profesora, testimonia que les sacaron del sueldo las horas de trabajo en casa para la preparación de clases, “con lo cual la calidad de la enseñanza evidentemente baja”.

 

A la vez que se recorta en salarios y se aumenta la ratio de alumnos por aula, se lanza en España una reforma que, según el propio ministro Wert, costará 408 millones de euros. Pere Lirón, de CGT, responde a esta paradoja: “Es otro de los despropósitos de una ley que está hecha sólo con la voluntad de crear enfrentamiento y es imposible de aplicar tal como está planteada”.

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Sábado, 08 Junio 2013 07:37

Es hora de aumentar el salario mínimo

Es hora de aumentar el salario mínimo

En pocas semanas se cumple el 50 aniversario del histórico discurso “Tengo un sueño” pronunciado por Martin Luther King Jr. en la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad del 28 de agosto de 1963.


 
El 4 de abril de este año se cumplieron 45 años del asesinato de King. Poco antes de ser asesinado, King había lanzado la Campaña de los Pobres, cuyo objetivo era erradicar la pobreza. A quienes se congregaron en la Catedral Nacional de Washington D.C. les dijo: “Al igual que un monstruoso pulpo, la pobreza extiende sus agobiantes y prensiles tentáculos sobre pueblos y aldeas de todo nuestro mundo. Dos tercios de las personas del mundo se irán a dormir con hambre esta noche. Habitan viviendas precarias, están mal alimentados y pobremente vestidos. Lo he visto en América Latina, lo he visto en África y he visto esa pobreza en Asia".


 
Eso ocurría el 31 de marzo de 1968, cuatro días antes de ser asesinado en Memphis, Tennessee, a donde se había dirigido para marchar en solidaridad con los trabajadores de limpieza en huelga.


 
Ese año, el salario mínimo estaba en su pico histórico más alto, en términos de poder adquisitivo real. Fue establecido por primera vez en 1938 por el Presidente Franklin D. Roosevelt, que dijo: “Nuestro país, tan rico en recursos naturales y con una población tan capaz y trabajadora debería ser capaz de idear formas y medios de garantizar a todos nuestros hombres y mujeres trabajadores un justo jornal por un justo día de trabajo”.


 
Cuarenta y cinco años después de que King lanzara su Campaña de los Pobres, la pobreza alcanza nuevamente niveles críticos. Aquel importantísimo bastión contra la pobreza, el salario mínimo, es actualmente de 7,25 dólares por hora, resultado de un proyecto de ley promulgado por el Presiente George W. Bush. El Presidente Barack Obama, tras ser electo por primera vez, prometió un salario mínimo de 9,50 dólares la hora para 2011. En su discurso del año 2013 sobre el Estado de la Unión, sin haber logrado alcanzar dicho objetivo, Obama expresó: “Esta noche, declaremos que, en el país más rico de la Tierra, ninguna persona que trabaje a tiempo completo debe vivir en la pobreza y aumentemos el salario mínimo federal a 9 dólares la hora. Deberíamos ser capaces de hacerlo. Esta simple medida incrementaría los ingresos de millones de familias trabajadoras. Podría marcar la diferencia entre ir a una tienda a comprar alimentos o tener que ir al banco de alimentos, entre pagar la renta o ser desalojado, entre vivir en una lucha para cubrir los gastos o finalmente salir adelante".


 
El defensor de los derechos de los consumidores Ralph Nader no se impresiona con la retórica del presidente. “¿Hubo alguna vez en la Casa Blanca mayor embaucador que Barack Obama? No movió un dedo desde que hizo esas declaraciones. Hizo las promesas en la campaña de 2008 y luego no dijo nada durante cuatro años acerca de aumentar el salario mínimo. No ejerció presión alguna sobre el Congreso. Ni siquiera permitió actuar a la gente de su propia Casa Blanca respecto a este tema”.
 


Ralph Nader viene con un nuevo libro bajo el brazo, “Told You So”, en español: “Te lo dije”, en el que critica con dureza el gobierno de Obama en relación a una amplia gama de temas, que van desde las concesiones que hace a los delincuentes que dirigen las grandes empresas hasta el trato que reciben los prisioneros de Guantánamo. Nuevamente, en relación al salario mínimo, Nader dice: “La crueldad aquí es increíble. Somos un país avanzado del Tercer Mundo. Tenemos gran equipamiento militar, ciencia y tecnología. La mitad de la gente del país es pobre. Ni siquiera pueden pagar sus cuentas. Están profundamente endeudados. Y entonces la gente se sienta y dice: ‘Tienen el poder. No podemos hacer nada’. ¿Cómo que no podemos hacer nada? Treinta millones de trabajadores de este país ganan menos hoy de lo que ganaban esos mismos trabajadores en 1968, reajustado según la inflación. Son los trabajadores que limpian por nosotros, que producen nuestros alimentos, que nos atienden en los comercios, que cuidan de nuestros abuelos enfermos. Tomemos conciencia de esa cifra. Esos son los trabajadores más subempleados y los que tienen menor cobertura de salud. Trabajan en las peores condiciones de seguridad laboral. No tienen sindicatos. Y la pregunta es si nuestra sociedad es tan incapaz de movilizarse. Si nuestra sociedad ha renunciado a tal punto a su soberanía cívica que no puede lograr que el salario mínimo iguale al de 1968”.


 
Nader, candidato presidencial en cuatro oportunidades, exhorta a la gente a que envíe “citaciones” a sus respectivos miembros del Congreso mediante una nota citatoria que puede obtenerse del sitio web TimeForARaise.org y a exigir asambleas públicas durante el receso del Congreso en el mes de agosto.


 
Y no es solamente Ralph Nader. La Clínica Internacional de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York acaba de hacer público un nuevo estudio: “Cambio en la alimentación: Satisfacer el derecho a la alimentación en Estados Unidos". El informe indica que cincuenta millones de personas, lo que representa uno de cada seis estadounidenses, viven con ingresos que no les permiten acceder a una alimentación adecuada. De ellos, casi diecisiete millones son niños. A pesar de ello, el Congreso avanza con el plan de debilitar el financiamiento de programas de seguridad alimentaria, como los bonos de alimentación.


 
Las palabras pronunciadas por el Dr. King en aquel discurso en la Catedral Nacional tienen validez en estos tiempos, en que nos enfrentamos nuevamente a la crisis de la pobreza y el hambre: “Esta es la oportunidad de Estados Unidos de acortar la brecha entre los que tienen y los que no. La pregunta es si Estados Unidos lo hará. No hay nada nuevo sobre la pobreza. Lo que es nuevo es que ahora tenemos las técnicas y los recursos para librarnos de la pobreza. La verdadera pregunta es si tenemos la voluntad”.
 

7 de junio de 2013


 
Amy Goodman y Denis Moynihan

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Leer la crisis colombiana para entender la reforma mexicana de salud

Los argumentos de los textos de mayor circulación sobre el Seguro Popular son circulares al referirse a los mismos documentos base, casi todos escritos por el grupo emanado de Funsalud. Por ello, no dan elementos para visualizar cuáles serían los efectos de su plena instrumentación, particularmente en la perspectiva de la oscura reforma de seguridad social universal”. Es entonces importante analizar la información internacional sobre los diferentes componentes del modelo que se promueve desde el gobierno.

 

El caso más aleccionador es el colombiano, cuyo sistema de salud inició una reforma, semejante a la mexicana, en 1993. Actualmente, está inmerso en una profunda crisis que ha propiciado un número importante de estudios y evaluaciones realizados por el propio gobierno y otros actores involucrados, sean éstos centros académicos o de investigación, asociaciones civiles o instancias del Estado, como la Corte Constitucional, la Contraloría o los gobiernos municipales. Todos coinciden en la gravedad de la crisis aunque proponen soluciones distintas. Existen evidencias contundentes de que los tres objetivos principales de cobertura, acceso y equidad financiera no se han cumplido y del grave deterioro de las acciones de salud pública.

 

La cobertura del aseguramiento es de 95 por ciento de la población, considerando sus dos regímenes, el contributivo financiado por cuotas obrero-patronales y el subsidiado, financiado por el erario público. A partir de 2004 se incrementó la cobertura básicamente vía el régimen subsidiado que hoy abarca 55 por ciento del total de asegurados. Sin embargo, resalta la falacia de considerar que cobertura es igual a acceso.

 

De esta manera un estudio de 2008 demostró que 83.5 por ciento de los afiliados al régimen contributivo usó los servicios por lo menos una vez al año, 42.9 por ciento de los del subsidiado y 37 por ciento de los no-asegurados. Es un acceso desigual que depende de la condición de aseguramiento, en la que la discrepancia entre los subsidiados y los no-asegurados es pequeña.

 

Otro cálculo entre los que habían enfermado, clasificados según el quintil de ingreso, demostró que 71.5 por ciento con el ingreso más bajo (quintil I) se había atendido con un médico o una enfermera, mientras el dato correspondiente del quintil más alto (V) era 88.6 por ciento con una brecha de 17 por ciento. Sin embargo, el acceso a la atención especializada o a la hospitalización era baja para todos y diferenciado por el tipo de aseguramiento al igual que el acceso a los medicamentos. Asimismo, varios estudios han determinado que la población rural y dispersa no tiene acceso a los servicios de salud por su inexistencia en el lugar donde vive y por el alto costo de traslado. Existe una situación semejante en las zonas urbanas donde los recursos de salud –centros de salud, servicios y médicos especializados, hospitales– se concentran en los barrios con las mejores condiciones socio-económicas. La premisa de que el mercado distribuiría equilibradamente los recursos y garantizaría el acceso equitativo como resultado del aseguramiento es otra falacia.


El tercer objetivo de la reforma, la equidad financiera, está lejos de cumplirse. La competencia entre los múltiples administradores de fondos y entre los prestadores simplemente no ha funcionado para lograrlo. En 2008 la distribución del gasto en salud por quintil mostraba que el del I era 62.8 por ciento del disponible para el quintil V, el del II, 70.7; el del III, 82.5, y el del IV, 93.4 por ciento, a pesar de un sistema de concentración de los ingresos en un fondo y su redistribución en unidades de capitación por persona asegurada, sistema semejante al que propone Funsalud. La Contraloría colombiana calculó que sólo 23 por ciento del monto transferido a los administradores del sistema subsidiado se tradujo en servicios efectivamente prestados en 2011. Asimismo, la Corte Constitucional constató un alto grado de corrupción, el predominio de intereses particulares, la debilidad del control estatal, así como el inadecuado y el ineficiente manejo administrativo que ha dado como resultado que cientos de miles se hayan amparado contra la negación de servicios.

 

Esta situación se explica por redes de complicidad que permiten que los administradores gasten el dinero en otras actividades y no en la prestación de servicios y hagan compras o subcontrataciones de servicios por encima de los precios de mercado a empresas relacionadas con ellos o como el resultado del cabildeo de las compañías transnacionales de salud.

 

Es obligada la lectura y discusión de los estudios colombianos con su riqueza de información para evitar que se siga destruyendo el sistema de salud mexicano.

 

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Miércoles, 05 Junio 2013 06:24

¿Democracia o capitalismo?

¿Democracia o capitalismo?

La relación entre democracia y capitalismo ha sido siempre una relación tensa, incluso de total contradicción. El capitalismo sólo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus necesidades, mientras que la democracia, por el contrario, es el Gobierno de las mayorías que ni tienen capital ni razones para identificarse con las necesidades del capitalismo. El conflicto es distributivo: un pulso entre la acumulación y concentración de la riqueza por parte de los capitalistas y la reivindicación de la redistribución de la riqueza por parte de los trabajadores y sus familias. La burguesía ha tenido siempre pavor a que las mayorías pobres tomasen el poder y ha usado el poder político que las revoluciones del siglo XIX le otorgaron para impedir que eso ocurriese. Ha concebido la democracia liberal como el modo de garantizar eso mismo a través de medidas que pudieran cambiar en el tiempo, pero manteniendo el objetivo: restricciones al sufragio, primacía absoluta del derecho de propiedad individual, sistema político y electoral con múltiples válvulas de seguridad, represión violenta de la actividad política fuera de las instituciones, corrupción de los políticos, legalización de los lobbys… Y, siempre que la democracia se mostró disfuncional, se mantuvo abierta la posibilidad del recurso a la dictadura, algo que pasó en numerosas ocasiones.


 
En la inmediata posguerra, muy pocos países tenían democracia, vastas regiones del mundo estaban sujetas al colonialismo europeo que sirvió para consolidar al capitalismo euro-norte-americano, Europa estaba devastada por una guerra provocada por la supremacía alemana y en el Este se consolidaba el régimen comunista, que se veía como alternativa al capitalismo y a la democracia liberal. Fue en este contexto en el que surgió el llamado capitalismo democrático, un sistema consistente en la idea de que, para ser compatible con la democracia, el capitalismo debería ser fuertemente regulado. Ello implicaba la nacionalización de sectores clave de la economía, la tributación progresiva, la imposición de la negociación colectiva y hasta -como aconteció en la Alemania Occidental de la época- la participación de los trabajadores en la gestión de empresas. En el plano científico, Keynes representaba entonces la ortodoxia económica y Hayek, la disidencia. En el plano político, los derechos económicos y sociales habían sido el instrumento privilegiado para estabilizar las expectativas de los ciudadanos y para defenderse de las fluctuaciones constantes e imprevisibles de las “señales de los mercados”. Este cambio alteraba los términos del conflicto distributivo, pero no lo eliminaba. Por el contrario, tenía todas las condiciones para azuzarlo durante las tres décadas siguientes, cuando el crecimiento económico quedó paralizado. Y así sucedió.


 
Desde 1970, los Estados centrales han gestionado el conflicto entre las exigencias de los ciudadanos y las exigencias del capital, recurriendo a un conjunto de soluciones que gradualmente han ido otorgando más poder al capital. Primero fue la inflación; después, la lucha contra la inflación, acompañada del aumento del desempleo y del ataque al poder de los sindicatos. Lo siguiente fue el endeudamiento del Estado como resultado de la lucha del capital contra los impuestos, de la estancación económica y del aumento del gasto social, a su vez, causado por el aumento del desempleo. Lo último fue el endeudamiento de las familias, seducidas por las facilidades de crédito concedidas por un sector financiero finalmente libre de regulaciones estatales para eludir el colapso de las expectativas creadas de consumo, educación y vivienda.


 
Así sucedió hasta que el engaño de las soluciones ficticias llegó a su fin, en 2008, y se esclareció quién había ganado el conflicto distributivo: el capital. ¿La prueba? El repunte de las desigualdades sociales y el asalto final a las expectativas de vida digna de la mayoría (los ciudadanos) para garantizar las expectativas de rentabilidad de la minoría (el capital financiero). La democracia perdió la batalla y solamente puede evitar perder la guerra si las mayorías pierden el miedo, se revuelven dentro y fuera de las instituciones y fuerzan al capital a volver a tener miedo, como sucedió hace sesenta años.

 


05 jun 2013

:
Boaventura de Sousa Santos
 Doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coimbra

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Lunes, 03 Junio 2013 07:03

El arte de la política pública

La crisis económica sigue en pleno curso. Es, ciertamente, de índole global y tiene un rasgo específico que la define: se centra en los países más ricos y desarrollados, de donde se extiende y ramifica por todas partes. En ese entorno han surgido y persisten hondas disputas políticas e ideológicas para administrarla. De ellas no han surgido medidas claras ni se desprende una dirección de salida técnica ni políticamente validada.

 

Esas disputas han reivindicado la aguda apreciación de Kindleberger (en Manías, pánicos y crisis, publicado en 1978), de que en condiciones de grave crisis y desajustes económicos y sociales “el análisis último del quehacer de la política económica internacional… es un arte”. Expresa además que eso “no dice nada y lo dice todo”.

 

Son crecientes las críticas que se hacen a la gestión de la crisis en la Unión Europea, donde las medidas de austeridad han prevalecido sobre cualquier acción decisiva para detener el desempleo y la caída del producto, reordenar el uso de los recursos y reforzar las estructuras sociales. Se ha enfocado la atención, en cambio, en la salvaguarda de un sistema financiero que requiere un replanteamiento a fondo y en la contabilidad de la deuda pública bajo criterios bastante estrechos.

 

Esta deuda se ha desatado violentamente en varios casos a causa de la misma crisis y en otros la ha agravado. En las circunstancias que enmarcan el funcionamiento de los mercados financieros globales no hay forma de refinanciar la deuda de modo que sea menos gravosa para la parte más frágil de la sociedad europea. La contienda por el excedente es feroz y profundamente desigual. De ahí se ha derivado una rígida austeridad y la parálisis de los negocios.

 

El ajuste de las cuentas públicas es, al mismo tiempo, un ajuste de cuentas políticas que está dejando a la gente en condiciones de mucha debilidad, a jóvenes y viejos por igual. No sólo en materia de empleos e ingresos, lo que ya es suficientemente serio, sino en lo relativo a vivienda, educación, salud y pensiones. En ese entorno la distribución de los ingresos y la riqueza se hace aún más inequitativa.

 

La población ha aguantado cada vez con menor capacidad el rigor de la crisis y la imposición política de sus gobiernos y de las autoridades de la Unión Europea. Pero la resistencia se agota desde Lisboa hasta Grecia, pasando prácticamente por todos los países; así ocurre de modo notorio hasta en la antes modélica Suecia por su mayor igualdad social.

 

Este no es, por supuesto, el arte al que se refería Kindleberger. Este es, más bien, un desastre. Los costos ya incurridos se pueden medir y son muy grandes; los que aún habrá que afrontar pueden ser todavía mayores. Todo esto a pesar de las declaraciones hueras de los gobernantes en turno y, todavía más, de los funcionarios comunitarios, quienes van de un desacierto a otro.

 


Concebir la política económica, incluso la política pública en general, como un arte no significa que no requiera de un sustento técnico, como ocurre con cualquier expresión de calidad este tipo. Ni una ni las otras se improvisan.

 

Tampoco está al margen de los consensos sostenibles entre partidos y gobierno, y entre éste y la sociedad. Y en el cimiento de todo este complejo proceso está la dimensión temporal, que es implacable y que, en última instancia, se remite a la unicidad de la vida humana y su relativa brevedad. Ni modo, en el largo plazo en verdad todos estaremos muertos.

 

En México padecemos de modo directo las repercusiones de la crisis. Algunas se expresan como freno al crecimiento productivo y sus secuelas en términos de la creación de empleo formal, recaudación de impuestos, pobreza y definición de las prioridades para la asignación de los recursos.

 

El gobierno ha acometido una serie de reformas, como la laboral, la educativa y la de telecomunicaciones, y ha presentado iniciativas para otras más, como el caso de la reforma financiera y faltan la fiscal y la política. Estas modificaciones tienen que ubicarse necesariamente en el marco global y en las particularidades de las relaciones económicas y políticas del país.

 

Todo esto se presenta con el sustento técnico correspondiente, según las visiones que se tienen en el gobierno; sobre esto se puede discutir ampliamente. De modo similar se puede discrepar sobre sus características en función de un objetivo primordial, que es el crecimiento sostenido y articulado de la economía y su efecto sobre el bienestar general.

 

Esa parte, que incluye el arte a la manera de Kindleberg, no es evidente en cuanto a su articulación en las acciones emprendidas y los consensos que se han alcanzado. Eso se trata de proponer en el Plan Nacional de Dasarrollo (2013-2018), pero de manera general y con una serie de estrategias sectoriales que no son sencillas de integrar conceptualmente ni consumar de manera práctica.

 

En una entrevista reciente, el presidente Mújica, de Uruguay, reflexionaba sobre el carácter de la política tanto en un sentido de los principios que se adoptan para actuar en ella como en su contenido pragmático. Lo comparaba con un juego de billar, en el que no es suficiente pegar a las bolas y meterlas en la buchaca o hacer una carambola. Es igualmente relevante el lugar donde queda colocada la bola con la que se tira para poder hacer la siguiente jugada con alguna ventaja. Esta es otra buena metáfora para analizar y conformar las políticas públicas y las reformas en curso.

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El radicalismo de baja intensidad de Mujica

José Pepe Mujica me recuerda que Uruguay disfrutó durante décadas de niveles de desarrollo institucional y bienestar comparables a los de cualquier país europeo, asentó lo que se podría describir como una democracia avanzada a principios del siglo pasado y se adelantó en otorgar el derecho de voto a las mujeres (1927), el divorcio (1917) o en extender la educación gratuita, obligatoria y laica. Al rememorar esa época, cuando se conocía a Uruguay como la Suiza de América, el presidente no oculta una chispa de picaresca irreprimible en los ojillos mientras posa su mano sobre mi brazo:


 
—Mi país es un país pequeño; si hubiera sido grande se diría ahora que la socialdemocracia empezó en Uruguay.

 


No le falta razón, desde luego, y su reflexión me lleva a imaginar que si Uruguay fuera un país grande, en términos históricos, entonces él quizá sería uno de esos gobernantes cuya estatura inspira a millones de personas más allá de las fronteras nacionales, influye sobre otros líderes y se asegura una impronta profunda en la política de su tiempo. Tras una larga conversación el jueves pasado a primera hora de la mañana, salgo de la residencia del embajador en Madrid convencido de que, si Uruguay fuese un país grande, efectivamente la socialdemocracia se hubiera inventado allí. Pero también de que en un país grande habría sido muy difícil que la personalidad de Mujica se hubiese abierto paso hasta las altas poltronas del poder, una vereda de imposible tránsito para aquellos que renuncian de forma absoluta y expresa a someterse a la política y a sus exigencias, al menos como se conocen desde que las formulase Maquiavelo.

 

El presidente, de 78 años, resulta conocido por vivir en una casita modesta, de apenas 45 metros cuadrados construidos, vieja de caerse a trozos, sin personal de servicio, en las afueras de Montevideo, donde cocinan él o su esposa cada día y donde plantan flores en un pedazo de tierra y que antes vendían en los mercados. Una cueva, en palabras de Luis Alberto Lacalle, adversario político. Todo ello contribuye a alimentar los clichés que tratan de reducirle a una figura marginal o excéntrica, pese a que, de cerca, Mujica muestra hechuras de líder de enorme talla, en un momento en que el poder se deshilacha y los grandes dirigentes escasean. Algunos de sus planteamientos —“el mensaje del chavismo tiene vocación democrática”— resultan de difícil digestión para cualquier observador independiente, pero Mujica sabe equilibrar de inmediato sus abandonos temporales de la corrección política con abruptos golpes de realismo político. Cultiva relaciones con el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, las tuvo con Hugo Chávez, de una manera u otra se encuentra en el centro del universo de la izquierda latinoamericana, mantiene lazos con todos y habla con conocimiento de primera mano de sus políticas. Le comento todo lo anterior para averiguar cuál es la figura política que más ha marcado a América Latina en tiempos reciente. Contesta rápido, sin dudar ni un segundo, como si esperara la pregunta o como si hubiese interiorizado la respuesta mucho tiempo antes:
 


—Lula.


 
—¿Y por qué?


 
—Es un personaje histórico. De gran altura simbólica. ¿Por qué? Porque construyó primero una central, construyó un partido, luchó por el Gobierno, tiene un liderazgo natural, no se aferra a él, sabe que tienen que sucederlo. La muerte le estuvo golpeando, probablemente le sirvió para pensar. A veces no es tan mal compañera la muerte cuando cae en extremo; pero una amenaza, el tener en juego la vida y estar en la cama y en el hospital, eso ayuda a ver lo relativo de nuestra pequeñez y mirar más lejos. Cualquier causa importante supera la vida, el paréntesis de una vida humana, es allí donde deben expresarse construyendo colectivamente. Pero, bueno, los hombres estamos sometidos al espejo y al despiadado amor a la vida y a veces en la flagrancia de determinadas posiciones no deja de haber un brutal amor a la vida. Y ha sido una tendencia humana.

 


De la izquierda en América Latina


 
Al sentarse para la charla, el presidente pide un té, le ofrezco mi taza recién servida y la acepta porque no le añadí azúcar. Mujica es un gran consumidor de mate, la infusión nacional argentina y uruguaya, de sabor amargo. Me doy cuenta de inmediato de que resultará imposible mantener una entrevista clásica de pregunta y respuesta. Su alocución desborda cualquier molde, a preguntas concretas responde con grandes elaboraciones que evaden los compromisos cuando él desea evadirlos, pero ellas contienen siempre suficientes elementos de interés y de verdad como para mantener la fascinación, mezclan observaciones precisas con gigantescos meandros discursivos sobre la vida, la muerte, el amor o la generosidad. El primer ejemplo de lo anterior se produce cuando trato de indagar sobre su relación con Argentina, nunca exenta de tensiones comerciales y agravada de forma reciente tras su declaración de que la “vieja”, en alusión a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, resulta más insufrible que “el tuerto”, su marido, Néstor Kirchner, ya fallecido.


 
—Maravilloso. Argentina es maravillosa. Argentina es un país bárbaro. No, yo no me quejo; la quiero en pila, además en sentido trascendente. Compartimos una argentinidad. Soy federal. Artigas [el gran líder de la independencia en Uruguay] es un héroe argentino en sentido macro. Es el fundador del federalismo en el Río de la Plata y si algún día la nación se construye será una nación federal con una fuerte independencia. Pero no quiero hablar de estas cosas con un español porque… ¡coño!

 


Me resigno pues al formato de entrevista-río sobre el bien y el mal que el presidente uruguayo impone sin imponer, que no carece en absoluto de seducción, como compruebo a medida que avanza y me obliga a dejar de lado el cuestionario y a concentrar toda mi atención en desmadejar y responder a los hilos de pensamiento que él trenza a velocidad de vértigo. Mujica fue guerrillero tupamaro hasta su detención en 1972. En total pasó 15 años de su vida en prisión, muchos de ellos en confinamiento solitario, en condiciones extremas, sometido también a tortura. Del radicalismo de inspiración cubana de sus años guerrilleros, el presidente de Uruguay ha pasado a convertirse en un gran teórico de los consensos entre poder y oposición, del papel del Estado, convencido de la necesidad de primar las instituciones, incluidos los partidos políticos, por encima de los caudillismos, de nefasta huella en el continente. Queda en su discurso, no podría imaginarse de otra manera, una suerte de radicalismo de baja intensidad en el pensamiento que contrasta muy vivamente, sin embargo, con el ejercicio habitual de la política en América Latina, de Europa ya ni hablamos.


 
—¿Cómo es el juego de billar? Es muy importante los tantos que usted pueda hacer con la bola. Pero tan importante como eso, o más, es cómo queda su bola.


 
—Para la siguiente jugada.


 
—Para la siguiente jugada. Esta es la cuestión. No solo lo que uno hace, porque no se puede construir algo importante de largo plazo si no se logra un cierto margen indirecto de influencia en la propia oposición. Por lo menos en los niveles más racionales de la oposición, porque en el fondo hay que construir con todo. ¿Es un camino largo? Sí, pero me parece que a la larga es el único posible.


 
Y sin embargo, le digo, la tentación de la reelección y del caudillismo siguen siendo grandes en el mapa político de América Latina, donde hasta en las democracias más asentadas se han visto forzados los mecanismos constitucionales para permitir nuevos mandatos a la medida de gobernantes que se han visto a sí mismos imprescindibles para el futuro de sus naciones, por encima de partidos, instituciones y sociedad civil. Lo hizo Chávez, Correa, Morales. En su día, también Uribe cayó en la tentación. En Argentina está por ver. Le pido a Mujica cómo puede explicar esta deriva en todo el continente desde su experiencia en Uruguay.

 


—Porque las personalidades terminan ocupando más escenario que los partidos. Los partidos aseguran la sucesión de las causas, las personalidades están sujetas a la biología. Obviamente que se precisan personalidades, pero en Uruguay, los que a la larga vienen decidiendo son los partidos. En otros lados no es así, influyen muchísimo hasta las personalidades coyunturales. En Argentina, usted puede hacer cualquier cosa, pero si aspira a luchar por el Gobierno tiene que ser peronista, y peronista es un todo, y después son varias cosas a su vez, y eso es como una cultura que se generó y no se puede desconocer. Allí hay izquierda, hay centro, hay derecha, hay de todo. ¿Cómo se combina eso? Es el artilugio de la política. En Chile creo que están jugando las personalidades hoy muy fuerte, daría la impresión, y hay un relativo debilitamiento de los partidos.


 
—El caso extremo sería Venezuela.


 
—Venezuela tiene una de las contradicciones más severas porque era muy fuerte la personalidad de Chávez. Absorbía y cubría todo el escenario y es probable que tuviera tal peso que mitigaba penurias de gestión que son históricas en Venezuela, que no son de hoy, que son hijas de una sociedad abundante en recursos naturales y que cohabitó y se acostumbró mucho a vivir de los recursos naturales. Cuando uno ve el precio interno del combustible en Venezuela y todavía una buena cantidad de ese combustible se va de contrabando para Colombia, ¿cómo se sostiene esto?


 
—Yo diría que no se sostiene.


 
—Venezuela tiene la intención política de ir a pasos muy acelerados en una construcción un tanto socializante. ¿Qué cosas tiene a favor? La más fuerte, a mi juicio, es que el proceso histórico terminó depurando totalmente a las Fuerzas Armadas y son unas Fuerzas Armadas chavistas, pero son Fuerzas Armadas, y así como las gallinas están programadas para poner huevos, las estructuras militares una vez que toman un rumbo, tienen un peso. Eso es una de las seguridades que tiene el régimen.


 
—Yo no lo veo como algo positivo.


 
—Pero, a su vez, mire qué paradoja. De haber una rotación política se puede tensionar mucho la sociedad venezolana. Ojalá que no, ojalá que esto no pase. Yo creo que en Venezuela hay que ayudar en todo lo que se pueda a buscar racionalidad. No comparto el tono de la discusión y todo eso, porque una izquierda que quiera ser democrática, y el mensaje chavista lo es, tiene que acostumbrarse a vivir con la oposición y la oposición tiene que acostumbrarse a convivir. Es una evolución de madurez en las sociedades. Las transformaciones socializantes no pueden ir contra la democracia.

 


—¿Eso se lo dijo a Chávez?


 
—Estas cosas yo se las he dicho a Chávez hablando.


 
—¿Y qué le contestó?


 
—Los consejos no sirven nada más que para pasar un buen rato. De respeto. Los seres humanos, desgraciadamente, aprendemos apenas un poco de lo que vivimos, no de lo que nos aconsejan.


 
—Esto es, le escuchó los consejos, pero no se mostró muy dispuesto a aplicarlos.


 
—Yo creo que globalmente el Caribe, en términos genéricos, es de posturas y lenguaje como terminantes; con posiciones muy en blanco y negro. Y eso es difícil. Pero en general, en América Latina nunca tuvimos lo que tenemos hoy. Nunca. Nunca tuvimos instituciones, por ejemplo, como Unasur, que se llaman telefónicamente todos los presidentes de América y en menos de 24 horas se juntan y deciden cosas importantes desde el punto de vista de la política, siendo de composiciones distintas.


 
—La reunión de Lima de Unasur en la que se decidió el apoyo a Nicolás Maduro tras su controvertida elección fue polémica, francamente.


 
—Fue y tenía que ser polémica. Claro que tenía que ser polémica. Ahora estamos en una encrucijada: lo más importante que está pasando en América Latina es la tentativa de construir paz en Colombia. Es una de las cosas más importantes en las últimas décadas que han pasado y en todo lo que se pueda hay que tratar de ayudar.


 
—Lo está liderando el presidente Santos, que no viene precisamente del universo intelectual y político de la izquierda.


 
—Sí señor, pero tiene mérito por ello. Tiene mucho mérito por ello. Es, definitivamente, un hombre abierto que resiste el cansancio y transforma en política el cansancio de una guerra interminable a lo largo de décadas y que está buscando un paréntesis y que debiera recibir un caluroso apoyo de la comunidad internacional. Pero que tiene obstáculos muy grandes porque tantos años de guerra se han transformado en intereses contradictorios, en una multitud de cosas y, obviamente, mucho dolor y cuando hay mucho dolor se apela al sentimiento de justicia. La justicia y el dolor en estas cosas andan al filo de la navaja con la venganza hacia un lado y hacia el otro. Si entran en ese camino no salen más de la guerra. Lo prioritario es la paz, la paz y la paz.


 
Del progreso social


 
Por mucho que Mujica predique la necesidad de consensos amplios con las oposiciones, internas y externas, como forma de consolidar los avances sociales, lo cierto es que las leyes adoptadas sobre despenalización del aborto (octubre de 2012), matrimonio homosexual (abril de este año) o la norma aún en discusión para que el Estado controle la producción y venta de marihuana no lo fueron sin una notable contestación interna. Las dos primeras han confirmado la posición de Uruguay como uno de los países más liberales de América Latina. Luego está la lucha contra la pobreza extrema, lacra que ha recorrido el continente sin distingos durante décadas, ha inflado las retóricas de los gobernantes que no pudieron o supieron ofrecer resultados concretos, y que solo en los últimos años comenzó a ofrecer esperanza a millones de personas en Brasil o Colombia. “Históricamente, Uruguay ha sido el país más equitativo de América Latina”, explica Mujica, “el que distribuyó mejor, pero la crisis de 2002 y algunas cosas de la década de los noventa afectaron mucho a la desigualdad. Mucho. Se está corrigiendo”. Más de 800.000 personas, según sus estimaciones han logrado escapar a la miseria, “aunque nos queda un núcleo duro, que hace mucho tiempo está desvinculado del mercado laboral y que no es un problema que se arregle solo con plata”.

 


La legalización de la marihuana es el proyecto que más resistencias ha encontrado, va para un año que el Gobierno la presentó, la demora coincide con las opiniones mayoritariamente en contra de los ciudadanos y nadie está seguro de que la norma vea finalmente la luz. El presidente niega que se planteen medidas a favor de la marihuana, se trata de una adicción, una plaga, es tajante sobre ello. Pero a continuación viene el toque Mujica, el desmarque de lo políticamente aceptable que descoloca a sus adversarios, la reflexión que hacen expertos y algunos expresidentes, pero que se guardan bien de formular los gobernantes en ejercicio. Él no:


 
—¿Por qué lo planteamos? Porque somos uruguayos, porque estamos en la historia. Allí discutieron en la década de 1910 el asunto del alcohol. ¿Sabe lo que hizo el Estado? Monopolizó la fabricación de alcohol de boca para eliminar los que entreveraron alcoholes de madera. Lo entró a cobrar caro. Y ahí sacaron una rentabilidad para atender salud pública. ¿Qué hicieron los craks del mundo? La ley seca de Estados Unidos mire cómo le fue y hasta Stalin quiso prohibir el alcohol. Chuparon más que nunca. No. En mi país con la marihuana queremos hacer un camino de ese tipo. Ahora, ¿si hay solución contra el narcotráfico? No sabemos. Es un experimento. Es un experimento por lo siguiente: esto lleva casi 100 años que estamos reprimiendo. ¿Y? ¿Dónde están los triunfos? Les ganamos todas las batallas: tantos kilos acá, el barquito este, lo otro, pero sigue funcionando. Y esa es la batalla. Yo creo que es una actitud conservadora. Se echaron a vivir aparatos de combate, fuertes, que viven de eso. Y ahora tienen esa lógica, también presionan. Se transforman en instrumentos de presión política. ¿Perdemos, no perdemos? No importa. Nos parece que hay que tener el coraje de plantear esta discusión. Y veremos hasta dónde llegamos.


 
Del español y del catolicismo


 
De Madrid, Mujica tenía previsto viajar ayer sábado a Roma para verse con el Papa. No asistió a la entronización de Francisco en marzo porque esa era una fiesta de la cristiandad, según explica, y del catolicismo. “Y yo no soy católico; soy ateo; aunque voy camino de la muerte todavía no me he podido reconciliar con la idea de Dios”. Pero sí se ha reconciliado con la idea del Papa, o al menos de visitarle. Por qué ahora, le pregunto, pese a que no se me ocurriría preguntarle a ningún gobernante del mundo por las razones para conocer al Pontífice, de obvias como son, pero con Mujica nunca se sabe.


 
—Ojo, los latinoamericanos tenemos dos grandes instituciones comunes: la lengua. Porque el portugués, si hablas despacio, se entiende. Y la otra es la Iglesia católica. Esas son las columnas vertebrales comunes que tenemos en nuestra historia y no reconocer el papel político de la Iglesia católica es un error garrafal en América Latina. Y yo, por más ateo que sea, no voy a cometer ese error. Tengo hondo respeto; no quise venir a saludarlo porque me daba la impresión que era una fiesta del catolicismo y me pareció que hubiera sido un error. Ahora, no reconocer el peso indirecto, espiritual que tiene en la gente Roma, y bueno, además teniendo un Papa del barrio.


 
—¿Qué piensa tratar con él?


 
—Colombia.


 
—¿Por qué?


 
—Pedirle que en la manera de lo posible que haga todo lo que pueda por apoyar el proceso de paz para Colombia porque yo le doy una importancia brutal. Porque esa puede ser la puerta de entrada de la parte más reaccionaria de la política americana que, por suerte, en el horizonte se están despejando algunas cosas en la medida de que ese ser político gigantesco que es adicto al petróleo solucione internamente su problema energético. Bueno, ya no tendrá necesidad de andar con el garrote poniendo orden en el mundo porque eso tenía mucho olor a petróleo siempre y puede ser que vivamos un poco más tranquilos. Me estoy refiriendo a no darle oportunidades a esa parte más reaccionaria que hay ahí dentro de Estados Unidos. Yo no pongo a Estados Unidos, a todos, en la misma bolsa. Obama no es de esa parte reaccionaria. Pero hay que cuidarse de eso porque ese animal existe. Basta leer los discursos, escuchar y uno se da cuenta de que eso existe.

 


De la sobriedad como mensaje


 
La conversación se acerca a su final. Fuera, en el jardín, están preparadas ya las cámaras y los focos para una entrevista con la televisión. Mujica explica que, más allá de la política, siempre ha aspirado a dar ejemplo de compromiso con la sociedad en la que vive, que no gusta de los grandes gestos, que el mejor dirigente no es el que hace más, sino el que, cuando se va, deja un conjunto que le supera con ventaja. “Eso se verá con el tiempo”, dice de forma pausada. “A eso aspiro”. Esa es la razón, le digo, de haber evitado el palacio presidencial, los trajes a medida, de vivir en una casa tan modesta, de renunciar al personal de servicio. Se trata de un mensaje muy potente. Tanto para sus conciudadanos como para otros gobernantes. ¿Cree que resuena, le pregunto, que tiene algún impacto, que no se trata de un gesto quijotesco perdido en la gran política, ahogado por el poder y la riqueza?


 
—No. Como mensaje molesta. Porque los que despilfarran lo toman como una crítica. Y las críticas siempre duelen. Pero no tiene que ver con una postura política; es un convencimiento filosófico de raíz muy vieja. Yo viví muchos años en los que la noche que dormía en un colchón ya estaba contento. Cuando salí de eso, me di cuenta de que para vivir medianamente feliz no se precisa de tanto cacharro y tanta cosa como nos complicamos la vida. Pero en medio de la sociedad de consumo, no puedo pretender que la gente entienda eso.


 
Luego se levanta, se despide efusivamente y mientras se encamina hacia el jardín se vuelve al personal de la residencia del embajador y pide con voz firme:


 
—Mate.

 


Por Javier Moreno 1 JUN 2013 - 18:34 CET

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Vida material, capitalismo y cambio social

La mayor parte de los análisis políticos, con intencionalidad antisistémica, están orientados a comprender cómo funcionan las grandes empresas multinacionales y el conjunto de la economía capitalista, el papel que juegan los estados-nación, y las relaciones de fuerza geopolíticas a escala nacional, regional y global, en suma, en el modo como dominan los poderosos. Contamos también con un buen puñado de estudios sobre las luchas sociales y políticas de los sectores populares, desde las luchas locales hasta las coaliciones más amplias que establecen a escala nacional y global, y cómo estas formas de acción van cambiando a lo largo del tiempo.

 

Podría decirse que buena parte de estos análisis y estudios dan cuenta de la realidad del sistema y de las diversas realidades antisistémicas. Sin embargo, contamos con muy pocos trabajos sobre lo que Fernand Braudel denominaba la “vida material”, a la que llamó también “el océano de la vida cotidiana”, el reino del autoconsumo, “lo habitual, lo rutinario”, la esfera básica de la vida humana que en su opinión es el “gran ausente de la historia” ( La dinámica del capitalismo, Alianza). Y, habría que agregar, el gran ausente en las teorías revolucionarias y en las propuestas emancipatorias.

 

Como sabemos, Braudel definió tres esferas: la vida material, que es el reino del valor de uso; la vida económica o economía de mercado, dominada por los intercambios y el valor de cambio, y encima de ambas el capitalismo o el antimercado, “donde merodean los grandes depredadores y rige la ley de la selva”. En esta peculiar mirada del mundo el Estado no hace sino auxiliar al capitalismo y es antitético a la economía de mercado, como recuerda Immanuel Wallerstein.

 

Para completar el análisis, habría que repetir con Braudel que el capitalismo hunde sus raíces en la vida material pero no penetra nunca en ella. La acumulación de capital se produce básicamente en la esfera de los monopolios donde no funciona el merado, no así en la vida material y en la vida económica. Es cierto que los estratos superiores se apoyan en los inferiores, de los cuales también dependen, pero no es menos cierto que la vida cotidiana o material es relativamente autónoma y no está nunca completamente subordinada a la esfera de la acumulación.

 

El interés y actualidad del modo de mirar de Braudel consiste en que la lucha antisistémica está anclada básicamente en la vida material y, de algún modo, en la vida económica, pero no puede apoyarse en las esferas del capitalismo, sean las empresas o los estados. La enorme potencia de los movimientos antisistémicos territoriales actuales, tanto los rurales como los urbanos, es que organizan colectivamente el océano de la vida material, desde ese lugar se relacionan con la vida económica, los mercados, y desde allí resisten al capital y al estado.

 

Incluso en las grandes ciudades. En el corazón de una megaciudad como Buenos Aires pululan experiencias de este tipo, que también pueden encontrarse en muchas otras urbes latinoamericanas (ver cipamericas) y, por supuesto, abundan en las zonas rurales. Una amplia red de espacios (merenderos, comedores populares, centros de salud, primarias y bachilleratos populares, centros de mujeres, cuadrillas de trabajo, medios de comunicación) le dan forma colectiva a la vida material de los más pobres, convirtiendo la vida cotidiana en espacios de resistencia pero también de alternativa al sistema.

 


De ese modo “la rutina”, “lo cotidiano”, cobra nuevos sentidos. Las organizaciones populares, por lo menos las que no se limitan a parasitar la vida material, trabajan por organizar el autoconsumo más allá del espacio familiar. Sobre todo se empeñan en que ese espacio de autonomía que es la vida cotidiana sea lo más integral posible, que abarque no sólo necesidades urgentes como la alimentación, que es el suelo donde comenzó a florecer el movimiento piquetero argentino, sino que se expanda hacia áreas como la educación y la salud, la dignidad de las mujeres, los juegos infantiles y los órganos de decisión, como las asambleas.

 

Organizar la vida material, profundizar sus sentidos colectivo y comunitario, es tanto como politizarla y darle más autonomía ante las otras esferas, muy en particular frente a las multinacionales y los estados. Eso pasa también por dotarla de órganos para adoptar decisiones y hacerlas cumplir, para defenderse frente a las otras esferas, o sea, órganos de poder. Cuando la vida material se organiza como movimientos antisistémicos, las asambleas cumplen esa función.

 

¿Cómo se paran frente a los monopolios capitalistas? En el caso que comento, los movimientos de las villas de Buenos Aires, recuperan lo que necesitan mediante la acción directa. Para conseguir medicamentos para sus centros de salud, hacen piquetes frente a las grandes distribuidoras farmacéuticas, impidiendo la salida y la entrada de camiones. Lo mismo para arrancarle alimentos al municipio o al gobierno de la ciudad. La cámara que utiliza una televisión comunitaria la consiguieron mediante un escrache a un hotel de cinco estrellas. Y así con todo.

 

¿Es posible revolucionar la sociedad desde la vida material o cotidiana? Depende del concepto de revolución que cada quien maneje. La vida material es, entre muchas otras cosas, el espacio de la gente común, el que puede limitar o darle alas al capitalismo. No existen otros espacios donde pueda nacer y crecer algo diferente al mundo de la acumulación. Miradas así las cosas, el cambio social es un modo sistemático de desparasitar la vida material de capitalismo.

 

En ningún otro estrato puede nacer un mundo nuevo y diferente. No quiero decir con ello que la vida material/cotidiana no contenga opresiones, como el machismo. Sólo se puede construir lo nuevo desde relaciones asentadas en el valor de uso, y comandadas por la gente común. Hacerlo desde otros espacios es tanto como reproducir la dominación o instalar una nueva clase dominante.

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Medio millón de británicos reciben comida

Más de medio millón de británicos dependen de bancos de alimentos de las ONG para evitar el hambre. El informe de Oxfam y Church Action on Poverty revela que el número de personas que recurre a estos bancos de alimentos se ha triplicado a raíz de la reforma del sistema de seguridad social de la coalición conservadora liberal demócrata del primer ministro David Cameron.

 

El gigantesco programa de ajuste de la coalición –equivalente a un recorte fiscal de unos 160 mil millones de dólares en cinco años– contempla una poda de más de 20 mil millones anuales en la ayuda social. Según el informe de las ONG, la profunda reestructuración del Estado benefactor y el desempleo han triplicado el número de personas que acuden a los bancos de alimentos en el Reino Unido, séptima economía a nivel mundial, ex imperio que alguna vez pudo jactarse que en sus dominios “nunca se ponía el sol”.

 

Las dos organizaciones exigieron una investigación parlamentaria en los niveles de pobreza. “La red de contención que protegía a la población está siendo erosionada de tal manera que estamos viendo un claro aumento del hambre. Los bancos de alimentos no deben ser un sustituto de un sistema de seguridad social”, señaló el director ejecutivo de Church Action on Poverty, Niall Cooper.

 

El más importante banco de alimentos, el Trussel Trust, suministra un mínimo de tres días de emergencia alimentaria con las donaciones de escuelas, iglesias, empresas, individuos y supermercados. “En invierno, con las bajísimas temperaturas que hay, mucha gente tiene que elegir entre la calefacción o la comida. Una pareja, Anne Marie y Danny, con una niña de 18 meses, tuvo problemas para cobrar los beneficios sociales en momentos en que Danny tenía gripe y no podía ir a trabajar. Los vecinos le dieron una lata de sopa para sobrevivir. Cuando intervino el banco de alimentos, fue como si les hubieran salvado la vida”, señala un portavoz de la organización.

 

Los conservadores defienden los bancos de alimentos como un ejemplo de la Big Society que ha impulsado el primer ministro David Cameron. Según Cameron, no se puede esperar que el Estado cubra todas las necesidades sociales de la población: las ONG y otras organizaciones tienen que cumplir un papel creciente en la sociedad. En una visita a un banco de alimentos, el líder de la oposición, el laborista Ed Miliband, ironizó sobre esta postura. “Nunca pensé que la Big Society fuera para alimentar niños hambrientos en el Reino Unido”, dijo.

 

En respuesta, el primer ministro acusó a Miliband de politiquería recordándole que el número de usuarios de bancos de alimentos había aumentado durante el último gobierno laborista. David Cameron no faltaba a la verdad. En 2005, unas tres mil personas usaban los bancos de alimentos. En 2009-2010, tras el estallido financiero, con el entonces primer ministro laborista Gordon Brown en el poder, ya eran 40 mil.

 

A David Cameron sólo se le olvidó un detalle. Desde que asumió el poder, en 2010, el número de usuarios de los bancos de alimentos se ha multiplicado por 10: sólo el Trussell Trust ha recibido a más de 350 mil personas. “Si Cameron cree que esto es un triunfo, su manejo de las estadísticas es digno del 1984, de George Orwell”, ironizó en el Evening Standard el comentarista Richard Godwin.

 

Con un desempleo de casi el 8 por ciento, con una cuarta parte de la población económicamente activa –unas ocho millones de personas– en empleos part time y con un ajuste económico que, según el gobierno, debe prolongarse hasta 2018 para llegar a un equilibrio fiscal, la situación va a agravarse. El Reino Unido tuvo en 2012 su segunda recesión en tres años y este primer trimestre se salvó raspando de una tercera: la economía creció un 0,3 por ciento. Aún así, esta semana la Organización de la Cooperación y Desarrollo (OCDE) le bajó de 0,9 a 0,8 por ciento las perspectivas de crecimiento para este año. Ben Phillips, jefe de campaña de Oxfam, considera que los recortes fiscales del gasto social no sólo no tienen sentido moralmente: son un error económico. “Empobrecer a medio millón de personas es mala política económica. ¿Quiénes van a ser los clientes de los supermercados y los negocios de sus barrios?”, indicó Phillips

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