Miércoles, 04 Septiembre 2013 06:21

La libertad según los zapatistas

La libertad según los zapatistas

Desde que los medios dejaron de prestarle atención, muchos creen que la rebelión zapatista ya no existe. En silencio, lejos de los focos y las cámaras, han profundizado los rasgos de su construcción autonómica al punto que ya se puede hablar de una sociedad diferente, regida por reglas, códigos y leyes distintas a las del mundo dominante.

 

Desde sus seis años de altura, Carlos Manuel abraza la cintura de su padre como si nunca se fuera a despegar. Mira el techo y sonríe. Julián, su padre, intenta zafarse. El niño cede pero permanece junto al padre. Irma, su hermana de unos ocho años, observa desde un rincón de la cocina donde su madre, Esther, trabaja sobre el fogón dando vuelta las tortillas de maíz que siguen siendo el alimento principal de las familias rurales.

 

Los otros tres hijos, incluyendo al mayor, Francisco, de 16, observan la escena que se repite durante las comidas como si fuera un ritual. La cocina es el lugar de pláticas que se esparcen tan lentas como el humo que asciende sobre los techos de zinc. Las palabras son tan frugales y sabrosas como la comida : frijol, maíz, café, plátanos y alguna hortaliza. Todo sembrado sin químicos, cosechado y elaborado a mano. Criado a campo abierto el pollo tiene un sabor diferente, como toda la comida en esta comunidad tojolabal.

 

Al terminar la comida cada uno lava sus platos y cubiertos, incluso el padre que por momentos colabora en la preparación de la comida. Pregunto si eso es lo normal en estas tierras. Responden que es costumbre en las comunidades zapatistas, no así en las del “mal gobierno”, en referencia a los que, sin sorna, denominan “hermanos priístas”. Esas comunidades, vecinas a las que empuñan la estrella roja sobre fondo negro, reciben bonos y alimentos del gobierno, que les construye casas de bloques y suelo de material.

 

En toda la semana no hubo el menor gesto de agresividad entre el padre, la madre y los hijos. Ni siquiera gestos de mal humor o reproche. Al parecer, la prohibición del consumo de alcohol suaviza las relaciones humanas. Las mujeres son las que más disfrutan los cambios. “Distingo a los zapatistas por la forma en que se paran, sobre todo las mujeres”, comenta el experimentado periodista Hermann Bellinghausen.

 

El día del fin del mundo

 


La nueva etapa que está transitando el zapatismo comenzó el 21 de diciembre de 2012, día marcado por los medios como el fin del mundo que para los mayas es el comienzo de una nueva era. Decenas de miles de bases de apoyo del EZLN se concentraron en cinco cabeceras municipales de Chiapas, las mismas que habían tomado el 1 de enero de 1994.

 

La reaparición del zapatismo conmocionó a buena parte de la sociedad mexicana. No sólo no habían desaparecido sino que resurgían con más fuerza, mostrando que eran capaces de movilizar una cantidad importante de personas en formación militar, aunque sin armas.

 

En el comunicado del 30 de diciembre el subcomandante Marcos asegura que “en estos años nos hemos fortalecido y hemos mejorado significativamente nuestras condiciones de vida. Nuestro nivel de vida es superior al de las comunidades indígenas afines gobiernos de turno, que reciben limosnas y las derrochan en alcohol y artículos inútiles”.

 

Agrega que a diferencia de lo que sucede en las comunidades afines del PRI, en las zapatistas “las mujeres no son vendidas como mercancías” y que “los indígenas priístas van a nuestros hospitales, clínicas y laboratorios porque en los del gobierno no hay medicina, ni aparatos, ni doctores ni personal calificado”.

 

Algo de todo eso pudieron comprobar quienes acudieron a la primera escuelita entre el 12 y el 16 de agosto. En realidad fueron convocados sólo los compañeros de ruta, lo que supone un viraje profundo en sus modos de relacionarse con la sociedad civil : “A partir de ahora, nuestra palabra empezará a ser selectiva en su destinatario y, salvo en contadas ocasiones, sólo podrá ser comprendida por quienes con nosotros han caminado y caminan, sin rendirse a las modas mediáticas y coyunturales”, reza el comunicado.

 

Agrega que “muy pocos tendrán el privilegio” de conocer la otra forma de hacer política. En una serie de comunicados titulados “Ellos y nosotros” enfatizaron en las diferencias entre la cultura de los políticos del sistema y la cultura de abajo o zapatista, asegurando que no se proponen “construir una gran organización con un centro rector, un mando centralizado, un jefe, sea individual o colegiado”.

 

Destacan que la unidad de acción debe respetar la heterogeneidad de los modos de hacer : “Todo intento de homogeneidad no es más que un intento fascista de dominación, así se oculte con un lenguaje revolucionario, esotérico, religioso o similares. Cuando se habla de “unidad”, se omite señalar que esa “unidad” es bajo la jefatura del alguien o algo, individual o colectivo. En el falaz altar de la “unidad” no sólo se sacrifican las diferencias, también se esconde la supervivencia de todos los pequeños mundos de tiranías e injusticias que padecemos”.

 

Para comprender este enfoque, que llevó al zapatismo a promover la escuelita de agosto, deben comprenderse los problemas que atravesaron las relaciones con la izquierda electoral y con personas que, en su opinión, “aparecen cuando hay templetes y se desaparecen a la hora del trabajo sin bulla”.

 

La lógica de la escuelita es opuesta a la de esa cultura política. No se trata de ir a escuchar a los comandantes indios ni al subcomandante Marcos, sino a compartir la vida cotidiana con la gente común. No se trata de la trasmisión discursiva y racional de un saber codificado. La cosa va por otro lado : vivenciar una realidad a la que sólo se puede acceder a través de un ritual de compromiso, o sea estando y compartiendo.

 

Una vida nueva

 


“Ya no tenemos dificultades”, dice Julián, sentado en un taburete de madera rústica, en su casa de techo de chapa, paredes de madera y suelo de tierra apisonada. Lo dice con naturalidad frente a quien lleva cuatro días durmiendo sobre tablas de madera, apenas cubiertas con una manta fina. Julián ingresó en 1989 en la organización clandestina. Marcelino, mi guardián o Votán, ingresó poco antes, en 1987.

 

Con fruición relatan las reuniones clandestinas en remotas cuevas en la montaña, a las que decenas de zapatistas llegaban por la noche, mientras los patrones y sus capangas dormían. Caminaban toda la noche y apenas regresaban al amanecer para incorporarse al trabajo. Las mujeres les cocinaban tortillas a oscuras, para no levantar sospechas. Bien mirado, tiene razón cuando dice que lo peor quedó atrás. El látigo del hacendado, la humillación, el hambre, la violencia y las violaciones de las hijas.

 

El 1 de enero de 1994 los hacendados huyeron y los capangas corrieron detrás. La “comunidad 8 de Marzo”, a la que llegamos quince forasteros-alumnos (mitad mexicanos, un yanqui de 75 años, un francés, un colombiano, dos argentinas y un uruguayo) está en las tierras que un día fueron ocupadas por Pepe Castellanos, hermano de Absalón, teniente coronel, ex gobernador y propietario de catorce fincas en tierras usurpadas a los indios. Su secuestro, en aquel lejano enero, fue la espita que precipitó la huída de los terratenientes.

 

La comunidad cuenta con más de mil de hectáreas de buenas tierras, ya no tienen que cultivar en las laderas pedregosas y áridas, cosechan los alimentos tradicional y por recomendación de la comandancia también hortalizas y frutas. No sólo se liberaron del látigo sino que se alimentan mejor y consiguen ahorrar de un modo muy particular. Julián cosecha seis sacos de café, unos 300 kilos, de los cuales deja un saco para el consumo familiar y vende el resto. Según el precio, consigue comprar con cada cosecha entre dos y tres vacas. “Las vacas son el banco y cuando tenemos necesidad vendemos”.

 

Por necesidad entiende problemas de salud. Su hijo mayor debió someterse a un tratamiento y para sufragarlo vendió un toro. Es la misma lógica que aplica la comunidad. En las tierras comunitarias realizan trabajos colectivos en torno al café y con la cosecha compran caballos y vacas. Entre los animales de las familias y los comunitarios tienen 150 caballos y casi 200 vacunos.

 

Días antes de llegar los alumnos se estropeó el filtro de agua y para repararlo decidieron vender una vaca. Del mismo modo sostienen la sala de salud, la escuelita y todos los gastos que demandan transporte y alojamiento de los comuneros para cumplir los deberes de los tres niveles del autogobierno : el local o comunitario, los municipios autónomos y las Juntas de Buen Gobierno.

 

Las mujeres también tienen emprendimientos comunitarios. En esa comunidad tenían un cafetal con el que compraron seis vacas y un gallinero con medio centenar de aves cuyos ahorros utilizan para traslados y gastos de las mujeres que ocupan cargos o asisten a cursos. Los pocos insumos que no producen las familias (sal, azúcar, aceite y jabón) los compran en la cabeceras municipales en tiendas zapatistas, instaladas en locales que ocuparon después del levantamiento de 1994. De ese modo no necesitan acudir al mercado y toda su economía se mantiene dentro de un circuito que controlan, autosuficiente, vinculado al mercado pero sin depender del mismo.

 

Las tiendas son atendidas de forma rotativa por los comuneros. Julián explica que cada cierto tiempo le toca estar un mes en la tienda de Altamirano (a una hora de la comunidad) lo que lo obliga a dejar la casa. “En ese caso la comunidad te sostiene la milpa durante quince días y yo apoyo del mismo modo al que tiene que ir a la tienda”. Esther fue cargo en la junta, en el caracol Morelia, a media hora de la comunidad, y sus quehaceres fueron cubiertos de la misma manera, que podemos llamar reciprocidad.

 

Salud y educación

 


Cada comunidad, por pequeña que sea, tiene una escuelita y un puesto de salud. En la comunidad 8 de Marzo hay 48 familias, casi todas zapatistas. La asamblea elige a sus autoridades, mitad varones y mitad mujeres, a los maestros y a los encargados de la salud. Nadie puede negarse porque es un servicio a la comunidad.

 

La escuelita funciona en una sala de la casona abandonada por el hacendado. Aún sobrevive una reja de hierro a través de la que pagaba a sus peones, quienes apenas podían ver una mano que dejaba caer monedas ya que la oscuridad ocultaba el rostro del patrón.

 

Temprano en la mañana los niños se forman en la cancha de basquetball frente a la casona, marchan en fila con paso marcial guiados por un joven de la comunidad que no debe superar los 25 años. La educación zapatista sufre la falta de infraestructura, los salones son precarios así como las bancas y el mobiliario. Los docentes no cobran sueldo pero son sostenidos por la comunidad al igual que los encargados de la salud.

 

Sin embargo tiene enormes ventajas para los alumnos : los maestros son miembros de la comunidad, hablan su lengua y son sus iguales, mientras en las escuelas estatales (las del mal gobierno), los maestros no son indios sino mestizos que no hablan su lengua, incluso la desprecian, viven lejos de la comunidad y mantienen una vertical distancia con los niños. El clima de confianza en las escuelas autónomas habilita vínculos más horizontales y facilita la participación de padres y alumnos en la gestión de la escuela. Los niños participan en muchas de las tareas de la comunidad y, entre ellas, en el sustento de la escuela y de sus maestros. No existe distancia entre escuela y comunidad ya que son parte de un mismo entramado de relaciones sociales.

 

Si la escuela oficial tiene un currículo oculto a través del cual trasmite valores de individualismo, competencia, organización vertical del sistema educativo y superioridad de los docentes sobres los alumnos, la educación zapatista es el reverso. El currículo se construye en colectivo y se busca que los alumnos se apropien de la historia de su comunidad, para reproducirla y sostenerla.

 

La transformación y la crítica son permanentes y trabajan para construir de forma colectiva el conocimiento ya que los alumnos suelen trabajar en equipos y buena parte del tiempo escolar transcurre fuera del aula, en contacto con los mismos elementos que configuran su vida cotidiana. Lo que en la educación estatal es separación y jerarquía (maestro-alumno, aula-recreo, saber-no saber), en las escuelas autónomas es integración y complementariedad.

 

En la salita de salud conviven medicamentos de la industria farmacéutica con una amplia variedad de plantas medicinales. Una chica muy joven se encarga de procesar jarabes y pomadas con esas plantas. La sala cuenta con una huesera y una partera, que completan el equipo básico de salud en todas las comunidades zapatistas. En general, atienden situaciones relativamente simples y cuando se ven desbordados trasladan al paciente a la clínica del caracol. Cuando no pueden resolver, acuden al hospital estatal de Altamirano.

 

La salud y la educación están escalonadas en los mismos tres niveles que el poder autónomo zapatista. En los caracoles suelen funcionar las clínicas más avanzadas, incluyendo un que cuenta con quirófano y practican operaciones. En los caracoles, que albergan las Juntas de Buen Gobierno, también suelen estar las escuelas secundarias autónomas.

 

La Escuelita

 


Siete horas demandó recorrer los cien kilómetros que separan San Cristóbal del caracol Morelia. La caravana de treinta camiones y coches salió tarde y avanza a paso de tortuga. Sobre las dos de la madrugada llegamos al caracol, un recinto donde se asienta un entramado de construcciones que albergan a las instituciones de la región autónoma : tres municipios, doce regiones y decenas de comunidades, gobernadas por la Junta de Buen Gobierno.

 

Además hay una escuela secundaria y un hospital en construcción, clínicas, anfiteatros, tiendas, comedores, zapatería y otros emprendimientos productivos.

 

Pese a la hora, una larga fila de varones y otra de mujeres nos esperaban engalanados con sus paliacates. Nos formamos por sexos y uno a uno fuimos conociendo a nuestros Votán. Marcelino alarga la mano y pide que lo acompañe. Vamos hasta el enorme salón de actos directo a dormir sobre los durísimos bancos.

 

A la mañana café, frijoles y tortillas. Luego hablan los miembros de la junta y explican cómo va a funcionar la escuelita. Por la tarde, casi de noche, salimos hacia la comunidad. Entre los alumnos pudimos ver a Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo, y a Hugo Blanco, dirigente campesino y ex guerrillero peruano, ambos pisando los 80.

 

Llegamos a la comunidad hacia medianoche luego de media hora a los tumbos sobre la caja de un pequeño camión. Toda la comunidad, formada en filas de hombres, mujeres y niños con sus pasamontañas, nos recibe puño en alto. Nos dan la bienvenida y a cada alumno le presentan la familia donde vivirá. Julián se presenta y cuando ya todos reconocieron a su familia, marchamos a dormir.

 

Primera sorpresa. Dividieron la casa con un tabique, dejaron una habitación para el huésped con puerta propia y los siete miembros de la familia se amontonaron en una superficie similar. Nos despiertan con las primeras luces para desayunar. Luego vamos a trabajar en la limpieza del cafetal familiar, machete en mano, hasta la hora de la comida.

 

El segundo día tocó enlazar ganado para ser vacunado y el tercero la limpieza del cafetal comunitario. Así cada día, combinando el trabajo con explicaciones detalladas de la vida comunitaria. Por las tardes tocaba leer los cuatro cuadernos que repartieron sobre Gobierno Autónomo, Resistencia Autónoma y Participación de las Mujeres en el Gobierno Autónomo, con relatos de indígenas y autoridades.

 

Cada alumno podía formular las más variadas preguntas, lo que no quiere decir que siempre fueran respondidas. Pudimos convivir con una cultura política diferente a la que conocemos: cuando se les formula una pregunta, se miran, dialogan en voz baja y, finalmente, uno responde por todos. Fue una experiencia maravillosa, de aprender haciendo, compartiendo, saboreando la vida cotidiana de pueblos que están construyendo un mundo nuevo.

 

 

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Miércoles, 04 Septiembre 2013 06:14

Rumores, primicias, desinformación

Rumores, primicias, desinformación

La información (y la desinformación) que fluye por la web, afirma Sebastián Castelli, exige examinar prácticas profesionales y conductas éticas del periodismo.

 


Un ser mitológico asoló Junín durante algunos meses, allá por los ochenta. El malandrín se desplazaba –dicen– de techo en techo dando gráciles saltos de acróbata. “En el Hospital Ferroviario hay una chica toda arañada, la atacó el hombre gato”, decían algunos. “Entró al gallinero de la tía de un amigo de mi viejo y se comió nueve gallinas y un gallo, a los pollitos no les hizo nada”, aseguraba otro. Cierta noche, a pocas cuadras del club Sarmiento, el vecindario boquiabierto apuntaba su mirada al cielo: alguien había visto al hombre gato alcanzar, de un solo brinco, alturas indecibles.

 

En las redes sociales de la época –el bar, la verdulería, el consultorio, el almacén– no se hablaba de otra cosa. Cada parroquiano, cada cliente, cada esposa, cada amigo, aportaba su porción de relato. Como una alquimia colectiva y anómica, a paso de cangrejo se hilvanaba una gelatinosa narrativa deliciosa e improbable.

 

El ubicuo sujeto atemorizaba casi al mismo tiempo distintos puntos de la provincia. Especulaciones y habladurías llegaban a la prensa gráfica que retroalimentaba la fábula. “Dicen que a maullidos y arañazos aterroriza Brandsen” (Diario Popular, 4/08/1984); “Tristán Suarez: con antifaz, capa y garras se arroja de los árboles” (Crónica, 29/11/1984); “Otra vez el hombre gato: patrullas de civiles armados recorren barrios de Burzaco tratando de sorprender al extraño personaje” (Diario Popular, 16/01/1985). En la era analógica las noticias demoraban, al menos, un par de horas antes de llegar a la imprenta. En TV, a lo sumo un breve flash adelantaba la exclusiva del informativo nocturno. Las andanzas del temible felino humano tardaban casi un día en ser devueltas –en formato periodístico– al público que las había generado. Las conjeturas y habladurías adquirían así la certificación de autenticidad mediatizada por los diarios. Los lectores, los vecinos, volvían a completar, reelaborar la noticia para mantenerla viva.

 

Hoy, aquella dinámica del rumor cobra otra dimensión. A través de la fibra óptica, mediante bits y smartphones, se acelera el proceso y acentúan los errores. Advertimos cómo –casi a la velocidad de la luz– versiones y especulaciones se convierten en materia prima de portales y noticieros. La agenda –muchas veces– tiene por insumo básico y fuente primaria de información un tuit enfermizo, un delirio feisbuquero, un comentario blogueado por ahí. Así de rápido y furioso, de la nada misma se tejen hipótesis sobre un crimen (Angeles Rawson); se aventura acerca del destino de víctimas de un derrumbe (Rosario). Con la misma minuciosa irresponsabilidad llegan a aventurarse inverosímiles derroteros de familias abducidas por platos voladores (familia Pomar). En las urgencias y premuras entronizadas por la inmediatez de la web 2.0, cierto periodismo profesional se suma al juego de ver quién lo anuncia primero, lo que sea, pero primero.

 

Jorge Luis Borges decía que el periodismo se basa en la falsa creencia de que todos los días sucede algo nuevo. En plena era digital, los plazos se acortan. Aunque no haya nada que decir hay que actualizar la web cada diez, veinte minutos; hay que transmitir noticias 24 horas al día. El resultado podríamos definirlo como inseguridad informativa: abunda el “sería, habría, podría”, sobran conjeturas y presunciones. Falta información. El rumor –afirmación presentada como irrebatible pero sin datos concretos que permitan verificar su exactitud– urdido como única fuente causa estragos entre la prensa y los públicos. La instantaneidad es un valor supremo que desplaza a las primicias clásicas, aquellas noticias que no habrían salido a la luz sin investigación. Las exclusivas generadas a partir de versiones rescatadas de la red se suman a las que el profesor Jay Rosen, de la Universidad de Nueva York, llamó primicias del ego: un periodista publica, antes que nadie, un tema que de todas formas iba a hacerse público. En esa absurda carrera, el yerro y la falacia rigurosa maduran con el vigor de un toro campeón.

 

La información (y desinformación) que fluye por la web no lo hace en piezas acotadas, cerradas, definidas, sino que se desplaza como una baba vidriosa carente de mayor precisión que, lejos de ser desechada, es tomada como materia prima para una nueva noticia.

 

Llegados a este punto, comunicadores, académicos, públicos, empresarios y periodistas deben reflexionar acerca del presente y futuro de la prensa. Urge examinar prácticas profesionales y conductas éticas; definir prioridades y objetivos, cuestionar la esencia misma del periodismo como medio facilitador del derecho humano a la comunicación.

 

Por Sebastián Castelli, consultor, docente, investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.

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Martes, 03 Septiembre 2013 06:21

Lo que no se dijo sobre Martin Luther King

Lo que no se dijo sobre Martin Luther King

A raíz del cincuenta aniversario de la Marcha de Washington, donde el Reverendo Martin Luther King dio su famoso discurso “Yo tengo un sueño” (I Have a Dream), se han escrito muchos reportajes, tanto en EEUU como en España, sobre aquella marcha y sobre Martin Luther King, refiriéndose a este último como una figura inspiracional que, actuando como la conciencia de la nación estadounidense, exigió a aquella sociedad el fin de la discriminación contra la población negra, de origen africano. Es difícil ver u oír aquel discurso sin conectar con su causa.


 
Ahora bien, esta imagen inspiracional de Martin Luther King se ha construido a costa de olvidar y hacer olvidar a otro Martin Luther King, el Martin Luther King real, que veía esta discriminación como resultado de unas relaciones de poder basadas en una explotación, no solo de raza, sino también de clase social. Se ha silenciado que Martin Luther King (a partir de ahora MLK) fue un socialista que, sin lugar a dudas, hubiera sido muy crítico con las sucesivas políticas, tanto domésticas como internacionales, llevadas a cabo durante todos estos años por los gobiernos federales, incluyendo la Administración Obama.
 


MLK estuvo en contra de la guerra del Vietnam, como hubiera estado en contra de las guerras de Irak y Afganistán, y no solo por su pacifismo, sino también por su antimilitarismo y antiimperialismo. Definió al gobierno de EEUU como “el máximo agente de violencia hoy en el mundo… gastándose más en los instrumentos de muerte y destrucción que en programas sociales vitales para las clases populares del país”. Era profundamente anticapitalista, como consta en su discurso de que “deberíamos denunciar a aquellos que se resisten a perder sus privilegios y placeres que vienen junto a los beneficios adquiridos de sus inversiones, extrayendo su riqueza a través de la explotación”

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Y en 1967 condenó con toda contundencia los tres diablos que –a su parecer- “caracterizaban al sistema de poder estadounidense, a saber, el racismo, la explotación económica y el militarismo”, acentuando que “las mismas fuerzas que consiguen enormes beneficios a través de las guerras son las responsables de la enorme pobreza en nuestro país” (todas estas notas proceden del excelente artículo de Michael Parenti “I Have a Dream, a Blurred Vision”, 29.08.13).


 
Y su último discurso, en apoyo de las reivindicaciones de los trabajadores de los servicios de saneamiento que estaban en huelga, concluyó con la famosa frase de que “la lucha central en EEUU es la lucha de clases”. Dos semanas más tarde fue asesinado, sin que nunca se haya aclarado tal hecho. Una persona fugitiva de la cárcel de Missouri, James Earl Ray, fue acusado de asesinarle. Fue detenido en el aeropuerto de Heathrow, en Londres, con gran cantidad de dinero en su posesión. Nunca se aclaró quién dio ese dinero.


 
MLK fue un socialista radical en sus análisis y en sus propuestas


 
Una cosa es que MLK fuera la conciencia de EEUU, exigiendo que no se discriminara a los negros, petición con un fuerte contenido moral al cual era difícil oponerse. Pero otra cosa muy distinta y amenazante para la estructura de poder era subrayar que el origen de la pobreza y discriminación (que incluye también a amplios sectores de la clase trabajadora blanca, además de la negra, pues la mayoría de pobres en EEUU son blancos) requiera un cambio revolucionario (por muy no violento que sea) de las estructuras capitalistas de aquel país. Y la elección del Presidente Obama prueba, precisamente, la certeza del diagnóstico de MLK. Hoy el Presidente de EEUU es un afroamericano, lo cual, no hay ninguna duda, es un gran adelanto. Pero la pobreza entre negros (y entre blancos) en EEUU no ha cambiado desde entonces.


 
De ahí la enorme hostilidad del establishment estadounidense, del cual la Policía Federal, FBI, fue un elemento clave, dirigida por una de las figuras más nefastas de la historia de EEUU, J. Edgar Hoover (definido por el famoso periodista Russell Baker, del New York Times, como un “tirano patético”) que había intentado convencer al Fiscal General del Estado Federal, Robert Kennedy, “de que el cerebro de los negros era un veinticinco por ciento más pequeño que el de los blancos”. Era cercano políticamente al senador segregacionista de Carolina del Sur, Strom Thurmond, e intentó por todos los medios desacreditar al movimiento antisegregacionista y a sus dirigentes, gran número de los cuales eran socialistas y comunistas. En realidad, fueron los sindicatos, y muy particularmente, el sindicato del automóvil, el UAW (United Automobile Workers) los que financiaron en gran parte tal marcha. Y a la izquierda de MLK en la marcha estaba Walter Reuther, su secretario general, socialista y blanco. Una tercera parte del cuarto de millón en la marcha de Washington eran blancos, gran número de ellos sindicalistas y miembros de partidos de izquierda. El eslogan de la marcha era “libertad, justicia y trabajo”. Y el organizador de la marcha, Asa Philip Randolph, era el sindicalista afroamericano más conocido en EEUU, dirigente del sindicato ferroviario (Paul Le Blanc, “Revolutionary Road, Partial Victory. The March on Washington for Jobs and Freedom”, Monthly Review, Sept 2013).


 
Y cuando el Presidente Kennedy, a instancias de Hoover, jefe del FBI, puso como condición para que él apoyara la marcha, que despidiera del liderazgo a aquellos radicales que estaban en puestos de dirección, MLK se negó. La presión de la calle era tal que el Presidente Kennedy decidió a última hora apoyar la marcha, recibiendo a MLK en la Casa Blanca. Y el obispo católico de Washington, Patrick O’Boyle, amenazó con no participar en la marcha a no ser que los discursos (que se habían distribuido con antelación) se moderaran.


 
Últimas observaciones. En 1986, el día del nacimiento de MLK fue declarado fiesta nacional cada año. Pero en esta captura de la imagen popular de MLK se ha transformado deliberadamente su mensaje y figura para reciclarlo como una figura inspiracional, conciencia del país, a favor de los derechos civiles de la población afroamericana (con especial hincapié en su poder de votar), olvidándose deliberadamente del MLK real, que pidió un cambio profundo, no solo en las relaciones de raza, sino también de clase social. De esto último ni se habla.


 
La historia se repite: las campañas de Jesse Jackson


 
Yo tuve la oportunidad de experimentar una situación parecida durante mi participación en la campaña electoral del Reverendo Jesse Jackson (que estaba con MLK cuando fue asesinado), en las primarias a las elecciones del candidato presidencial del Partido Demócrata. En respuesta a su invitación, fue senior advisor (asesor especial) en su campaña del 1984, y más tarde en la del 1988. En 1984, y en contra de mis consejos, se presentó como la voz de la minoría negra, exigiendo su incorporación a la sociedad americana. En aquella campaña, el establishment liberal estadounidense (cuyo mayor portavoz era y es The New York Times) escribió un editorial enormemente positivo acerca de su candidatura. La razón de que yo desaconsejara esta estrategia, sin embargo, era fácil de entender. Un representante de los intereses de una minoría difícilmente podría alcanzar el apoyo mayoritario de la población votante. Presentarse como el candidato de una minoría defendiendo primordialmente los intereses de tal minoría, no era la mejor manera de ganar el apoyo de la mayoría, para ser Presidente de los EEUU.


 
En 1988, sin embargo, no se presentó como la conciencia de EEUU o la voz de los negros, sino la voz de la clase trabajadora de EEUU. Y cuando los medios le preguntaron cómo él –negro- obtendría el voto del trabajador blanco, contestó: “haciéndole ver que tiene más en común con un obrero negro, por ser obrero, que con su patrón (boss) porque sea blanco”. Cuando se suman todos los colores (negro, blanco, amarillo, gris, etc.) la clase trabajadora de EEUU es la mayoría de la población. En un discurso de clase, movilizó las bases del Partido Demócrata (que están más a la izquierda que su dirección), y consiguió el 40% de todos los delegados en el congreso del Partido Demócrata. Nunca antes, ni después, las izquierdas en EEUU tuvieron tanto poder desde los años 50. Y The New York Times escribió un editorial muy negativo diciendo que Jesse Jackson, en caso de ser elegido, destruiría EEUU, es decir, su EEUU.


 
La lección de esta situación es clara. La estructura de poder deriva su enorme influencia de su poder de clase (así como género y raza). Y no permite que se toque ese poder, derivando las legítimas demandas de fin de discriminación de género y raza, reciclándolas (incluyendo elementos de tales grupos discriminados dentro de la estructura de poder) para poder adaptarlos a la estructura social dominante. Existe hoy un Presidente afroamericano y una clase media negra que no existían antes, lo cual es motivo de celebración. Pero el estándar de vida de la mayoría de negros y blancos (pertenecientes a la clase trabajadora) no ha mejorado durante todo este periodo. Así de claro.

 

03 sep 2013

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“La concentración de medios lleva a la concentración del poder político”

Aunque declinó opinar sobre la audiencia en la Corte, el guatemalteco Frank La Rue estuvo en Buenos Aires mientras la discusión sobre la vigencia plena del nuevo régimen audiovisual alcanzaba su punto máximo antes del fallo del tribunal supremo y accedió a exponer su visión sobre el pluralismo en diálogo con Página/12.

 


Ahora trabaja en un informe sobre el derecho a la verdad clásico, relacionado con la verdad de las violaciones a los derechos humanos, y su relación con el derecho a la verdad como parte del acceso a la información pública. “Hay una derivación”, dijo el guatemalteco Frank La Rue, relator de la ONU para Libertad de Expresión en su visita a la Argentina. “Todos debemos protegernos mutuamente y cualquier ciudadano tiene el deber ético de denunciar violaciones a los derechos humanos, pero en el caso de los funcionarios públicos debería ser obligatorio.”

 

–¿Se puede actualizar la defensa práctica de la libertad de expresión y a la vez preservar principios como los de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa de 1789?

 

–Los derechos humanos nunca son un regalo del poder, sino el resultado de una conquista popular. La discusión más antigua de los derechos humanos plantea cuándo empezaron. Porque la Declaración Universal de 1948 nos dio fue un instrumento relativamente universal tras el fin de la Segunda Guerra. El mundo quiso reaccionar ante los horrores y las atrocidades y decir: “Ahora estamos en paz”. Numerosos países en América latina, Asia y Africa fueron entrando mucho tiempo después en esa lógica. Y hasta la fecha hay discusiones que están resueltas teóricamente pero que no se han resuelto para algunos Estados en particular, como el relativismo cultural o la libertad de expresión. En Tailandia, por ejemplo, es delito de lesa majestad hablar mal del rey y les dan cinco años por cada expresión. Y para mí fue bien difícil explicarles que no, que el rey puede ser criticado y que el rey puede meter la pata, como otros reyes de otros países más cercanos nos han demostrado. Entonces, la verdad es que los derechos humanos empiezan con los seres humanos y luego está el fenómeno de codificación y sistematización para convertir a los derechos humanos en normas de convivencia. Los derechos inherentes a la persona humana empiezan con la persona humana. Arrancaron cuando el primer homo sapiens se paró en dos pies y caminó erguido y empezó a pensar.

 

–¿Y cuándo empezó la libertad de expresión?

 

–Es interesante porque, al leer libros sobre democracia, encontré que hay expresiones de democracia incluso en países a los que no-sotros veíamos como “salvajes”. Por ejemplo, los países escandinavos en la época de los vikingos tenían parlamentos. Con el fuego en el medio, se juntaba la comunidad y hablaba todo el mundo. Y las decisiones eran colectivas. Otra cosa es que después fueran salvajes al hacer la guerra con otros. Hablo para adentro. Es decir que siempre, desde que los colectivos humanos empezaron a vivir como tales, tuvo que haber habido un nivel de entendimiento en la toma de decisiones. Y claro que siempre hubo autoridad y que la autoridad a menudo se impuso por la fuerza sobre los súbditos. Pero la existencia de algún nivel de discusión con algún sector es lo que hacía que las tiranías subieran y bajaran. Siempre hubo héroes de la revolución, rebeldes. Hubo pueblos en los que las mujeres tenían voz. Los celtas que vivían en Inglaterra se rebelaron contra el Imperio Romano dirigidos por una mujer. Y, a pesar de que esa mujer imponía su autoridad como reina, tenía un sistema improvisado de consulta popular con su gente. Cuando uno estudia Derecho empieza con el Código de Hammurabi, porque es la primera versión escrita que se tiene de normatividad, de normas de conducta. Pero probablemente hubo desde mucho antes normas de carácter oral que formaban parte de las tradiciones. Se trataba de una normatividad de convivencia. En muchos casos la gente las equipara con el Derecho Penal porque había “castigos” para el que se salía de las normas. Pero en el fondo, a la vez, muchas normas fueron protegiendo derechos humanos cuando buscaban establecer un nivel de convivencia que obligase al respeto mutuo en el ejercicio de ciertos derechos fundamentales.

 

–O sea que usted, históricamente, no arroja nada bueno a la basura.

 

–No, al contrario. Como yo creo en la humanidad, también creo que desde el principio los derechos humanos se basan en la protección de la vida y de todas las expresiones de la vida y de la dignidad del ser humano.

 

–Definir vida en términos absolutos parece más fácil. Es la no-muerte. ¿Y dignidad?

 

–Sí, por un lado está la definición por antítesis, pero al mismo tiempo hay que considerar que muchos elementos enriquecen la vitalidad. No es esencial que comas todos los días, pero ciertamente comer todos los días es fundamental. O tomar agua pura. O disponer de agua potable. Por eso es que la cuestión de la vida se va extendiendo. Para comer hay que tener trabajo. Tener trabajo implica otros derechos. Proteger la vida implica proteger la salud, tener agua potable, tener techo. Ahí están la vida y sus extensiones permanentes. La dignidad tuvo siempre más que ver con el hecho de que empezáramos a diferenciarnos como seres humanos. En la humanidad siempre se da una mezcla de lo religioso con lo humano y me da a mí la impresión de que las sociedades más primitivas fueron mucho más religiosas, obviamente, de lo que es la humanidad de hoy. Pero cuando ya hubo un colectivo humano y grupos pensantes, lo que los diferenciaba de manadas de animales era precisamente ese nivel de pensamiento, de entendimiento y de coexistencia. Eso implicaba que había un aprecio distinto del uno por el otro, lo cual suponía entender que el otro tenía la misma dignidad. De alguna forma, la vida física de él valía tanto como la de uno, por lo menos en el núcleo familiar inicial. Por supuesto, no olvidemos que eso es lo que también marcaba las diferencias y permitía a los vencedores esclavizar a los vencidos. Porque esa dignidad probablemente para ellos iba amarrada al ejercicio del poder. Y del poder de control de territorio y del poder militar.

 

–Ya en la Relatoría, ¿cuál fue la peor experiencia en términos de violación de la libertad de expresión?

 

–Cuando yo entré la libertad de expresión era de las cosas más complejas. Comencé pensando en que habría consenso de todos. ¿Quién iba a estar en contra de las libertades fundamentales?

 

–Pensaba que no tendría trabajo.

 

–(Sonríe.) No. Que sería más fácil de lo que fue. Pero resultó muy complejo y yo complejicé más porque, por ejemplo, los sectores más conservadores insisten en que la libertades fundamentales son sólo individuales. Siempre he rechazado esta visión. La libertad de expresión es un derecho individual, sí: el derecho de buscar información, de crear pensamiento propio y de expresarlo. Pero es también un derecho colectivo y un derecho social. Colectivo, porque uno se puede asociar para recibir información e investigar, o nos podemos asociar para expresarnos y hacer un pronunciamiento colectivo. Social, porque corresponde proteger el derecho de la sociedad de estar informada. Y ahí yo introducía siempre el tema de la ciudadanía, que tiene que participar. La verdadera democracia es la que tiene varios elementos, desde el marco legal hasta la institucionalidad fuerte, la credibilidad, la transparencia... Pero el factor más importante en la existencia de una democracia no es tener un sistema electoral, aunque por supuesto eso sea necesario. El elemento más importante es garantizar la participación ciudadana. Que el ciudadano o la ciudadana puedan decidir si quieren ser candidatos o no, si quieren participar en un partido político o no, si quieren criticar a sus dirigentes o a sus líderes, si quieren expresarse por una política pública, si les satisface o no les satisface, si quieren presentar sus demandas. Ahora, la participación ciudadana está vinculada con estar informado. Por eso incluía también el tema de que ese acceso a la información, que es un derecho social, también está vinculado con la libertad de prensa, con todos los mecanismos sociales de comunicación que son los que trasladan información a la sociedad. De hecho, es el debate que tienen ustedes en la Argentina a partir de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

 

–¿Y cómo ve el relator nuestro debate?

 

–La Unesco estableció que la información y los medios de comunicación tienen que operar con pluralidad y diversidad para que un pueblo pueda dar por satisfecho su derecho a estar informado. Tiene que haber diversidad de medios y pluralismo de ideas. Ese fue el avance de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual de ustedes. Dice que puede haber medios comerciales, como en cualquier parte del mundo, pero también tiene que haber medios no lucrativos, que pueden ser comunitarios o públicos, al servicio de la población. Y étnicos, porque todo grupo étnico tiene derecho a mantener su idioma, su lenguaje y su cultura, siguiendo los principios de la Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos originarios. Además del ejercicio individual y del ejercicio colectivo de los derechos relacionados con la libertad de expresión, hay una tercera forma: ejercerlos como pueblos. Un pueblo tiene derecho a tener una identidad, a expresarla, a defenderla y a reproducirla.

 

–Usted elogió la LdSCA desde un principio. ¿Sigue haciéndolo cuatro años después de su promulgación?

 

–Sigo pensando lo mismo. No he querido pronunciarme sobre si se llevaron adelante las políticas derivadas de la LdSCA porque no sé. Pero la LdSCA fue un tremendo avance para América latina porque establece que, efectivamente, todos los sectores de una sociedad, como sectores, deben tener acceso a la propiedad de medios propios de comunicación social. Unos serán medios escritos, y eso no está en la LdSCA. Los medios audiovisuales sí están porque el manejo de las frecuencias electromagnéticas es propio del Estado: son recursos públicos. El Estado debe ser garante de que, en búsqueda del bien común, todos los recursos del Estado se utilizarán primero para el bien común y luego para uso de todo el mundo. Ahí es donde yo creo que hay que democratizar. La falla de todos los medios de comunicación social en todo el mundo, incluyendo América latina, es que progresivamente permitimos que fuera prevaleciendo la visión comercial. Aquel viejo truco de qué funciona mejor, si el Estado o el mercado, incluyendo las supuestas afirmaciones absolutas sobre que el Estado es inútil y no funciona y el mercado sí funciona; aquel truco, digo, es ficticio. El mercado sólo funciona con la lógica de rentabilidad y ganancia, que no es necesariamente la lógica del interés del común de la población. Los medios comerciales siempre jugaron un papel importante. Lo han hecho históricamente los primeros periódicos. Pero sí insisto en que no son sólo esos medios los que deben existir. Esos medios comerciales que fueron iniciados por personas con una verdadera vocación de informadores, de periodistas, se convirtieron en medios comprados por corporaciones financieras porque en el fondo se volvieron grandes inversiones. Entonces se fue perdiendo la vocación de ser periodista y se exacerbó la visión comercial. La noticia quedó deteriorada y se fortalecieron los Rupert Murdoch, los Berlusconi, que buscan vender pero no buscan informar.

 

–¿Acaso el mayor negocio de Berlusconi es vender?

 

–Lo que quiere Berlusconi es la concentración. Si no se evitan fenómenos de concentración de medios como el de Berlusconi, esa concentración de medios te lleva inevitablemente a la concentración del poder político. Por ejemplo, en mi país, en Guatemala, la televisión abierta es un monopolio unipersonal de Angel González. El no tiene ambiciones políticas, pero determina presidencias y candidaturas, porque eso lo perpetúa en el ejercicio de su provecho y sus intereses económicos. Asigna el tiempo de televisión a los partidos políticos y a los candidatos que él desea. Y lo hace normalmente con varios de los que cree que son futuros ganadores. Entonces, en el Congreso de la República, es imposible pasar una ley que rompa ese monopolio. La concentración del poder de medios lleva a la concentración del poder político, ya sea en ejercicio directo o no. En el caso de Berlusconi derivó en ejercicio directo del poder. Pero en otros casos es el ejercicio indirecto del poder político. Siempre existe el interés de jugar de titiritero: “Yo quiero ser el que controle la vida política de un país”. Y efectivamente las grandes concentraciones permiten eso.

 

–Un contraargumento diría que, como el Estado es muy poderoso, puede hacer falta un poder equilibrante para garantizar la diversidad.

 

–Pero los monopolios de comunicación son malos, sean privados o públicos. Lo digo porque también está mal cuando el Estado lo quiere hacer todo o quiere hacer proselitismo en lugar de servicio público. Que haya de todo: empresas comerciales sin posibilidad de acumular ilimitadamente, el Estado, los medios comunitarios... Hay que discutir cómo se asigna la pauta publicitaria oficial. Fijar criterios es muy complejo aquí y en todo el mundo. El principio es fácil y la fórmula práctica concreta es difícil. Lo que sí es fácil es identificar cuando se da la inversa. En Guatemala un presidente llevó a la quiebra a una revista conservadora pero de calidad crítica, Crónica, quitándole todo anuncio oficial.

 

–¿Cuáles son las peores violaciones a la libertad de expresión que vio durante su gestión?

 

–En general, en Corea del Norte es muy difícil contar con un medio comunitario o expresar una opinión crítica. China va abriéndose al mercado liberal y más capitalista pero no fue abriendo el disenso en la misma forma. Un bloguero puede ir preso. Y los países con conflicto armado hacen que la libertad de expresión sea jugarse el físico. Birmania antes, Siria ahora. Lo mismo en países de naturaleza autoritaria como Yemen. Mantener la libertad de expresión implica articular con políticas de prevención.

 

–Su síntesis sería “más prevención que Código Penal”.

 

–Ah, por supuesto.... Y más campañas. Hice un informe sobre el discurso del odio, basado en el caso del joven noruego que asesinó a 93 personas, entre ellos muchos niños, porque se oponía a las políticas migratorias. Un Estado tiene que estar alerta ante el racismo y la xenofobia.

 

–Usted siempre dice “Estado” y no “gobierno”. El Estado, por ejemplo en un país como la Argentina, tiene tres poderes.

 

–Lo hago a propósito. Me interesa que muchas de estas decisiones no sean del gobierno, sino de la Justicia. Incluso ante fenómenos como el discurso del odio. Le temo a que quienes ejercen el poder político puedan utilizar mecanismos de origen legítimo para otros fines como censurar a la crítica o perpetuarse en el poder. Cuando uno es relator quiere hablar de la promoción y la protección. Pero está la realidad concreta. Ante eso mi posición fue que la libertad de expresión no es la culpable de los males o los discursos peligrosos. Hay que preparar al público para asumir un diálogo sano y limitar las prohibiciones a los mensajes que sí pueden hacer daño: que haya malicia, que haya riesgo de un daño inmediato, que el daño sea de tanta intensidad que ponga en peligro la propia libertad de expresión y que sea inminente y probable dentro de un contexto. Obviamente, un peligro siempre es la incitación al tráfico de niños o la violación de los derechos de la niñez.

 

–El relator baja a la realidad.

 

–Inevitablemente. Me pasó con el último informe sobre el Estado, la privacidad y la seguridad nacional. Salió antes del pedido de refugio de Edward Snowden en Rusia. Pero bueno, la función del relator es trasladar los principios de derechos humanos y aplicarlos a momentos históricos y realidades concretas. Defendí el derecho de WikiLeaks de difundir información. ¿Cómo puede ser condenable la publicación de filtraciones si eso es lo que hicieron Bob Woodward y Carl Bernstein en el Wa-shington Post durante el Watergate gracias a Garganta Profunda?

 

–Eso es WikiLeaks. ¿Y el caso Snowden?

 

–Snowden reveló además que hay una política de monitoreo permanente y constante que violenta el derecho a la privacidad de extranjeros y de ciudadanos norteamericanos de forma sistemática. La denuncia sobre esa presunta violación de los derechos humanos es legítima y obligaría al Estado a hacer una investigación para determinar quién dio la orden de violentar un derecho.

 

–La condena a 35 años al soldado Bradley Manning, fuente aparente de WikiLeaks, ¿violó algún derecho?

 

–La sentencia emitida según el Derecho Procesal Penal Militar violó el principio de proporcionalidad. Sentencias en Europa por delitos similares fallaron penas de hasta siete años. La exorbitancia de la pena apuntó a intimidar. Eso tiene que ver con la libertad de expresión, porque la intimidación es para impedir el ejercicio de un derecho por parte de otras personas.

 

–¿Cómo sintetizaría una descripción sobre América latina en materia de libertad de expresión?

 

–Partamos la región en Cono Sur, zona andina, Centroamérica y México y Caribe. Los casos más graves son México y Honduras, no sólo en términos de muertes en general, sino medido en riesgo físico para periodistas. En México, además, o hay monopolio o hay duopolio y la discusión sería si entra a funcionar una tercera cadena de televisión abierta. Mi país, Guatemala, también vive una situación seria en este sentido y en el sentido de reconocimiento de los derechos de grupos étnicos. A tal punto que en Guatemala no existe la categoría de radios comunitarias o étnicas en un país donde más de la mitad de la población proviene de los pueblos originarios.

 

–En México hubo 70 mil asesinatos en el mandato del presidente Felipe Calderón. Y para Guatemala, si uno hace un cálculo proporcional a la población, puede establecer que fue asesinado el equivalente de un millón y medio de argentinos.

 

–Fueron 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos. La Comisión de la Verdad de Naciones Unidas estableció que Guatemala es el único país de América latina que sufrió un genocidio en el siglo XX. El general Efraín Ríos Montt fue procesado por genocidio, aunque después la Corte anuló de manera corrupta la parte final del proceso y hay que repetirlo.

 

–¿Cuál sería el problema en la zona andina?

 

–Me preocupa mucho la ley de Ecuador, y lo discutí con el propio presidente Rafael Correa. Crea una superintendencia que se convierte en órgano de censura.

 

–No decide la Justicia, sino el Ejecutivo.

 

–Claro. En cambio, en el Cono Sur yo felicité la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual argentina y sigo felicitándola. En Uruguay la legislación en debate va muy bien. Ambos casos son mejorables en cuanto a órganos reguladores o a alguna instancia más, pero las dos leyes sientan buenos precedentes en materia de democratización de los medios.


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Lunes, 02 Septiembre 2013 06:28

La protesta social como una fiesta

La protesta social como una fiesta

Las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo.

 

Los grandes medios presentan a la protesta social de manera amañada, ideológica. Y el lector medio se chupa acríticamente esa lectura. Pero una observación desprevenida, fenomenológica, arroja mejores luces sobre la protesta social; las protestas, en realidad.

 

Las marchas en las ciudades y pueblos, en las carreteras y en las plazas son verdaderas fiestas sociales. Gritos, música y cantos, arengas y carreras. Grupos de gente que se conocen por el trabajo o el estudio, del campo o de la ciudad, se mezclan y comparten —basta verlo— una misma alegría. Como una autentica orquesta improvisada. La improvisación, uno de los ápices del arte.

 

Ya lo decía, en otra época y en otro contexto Marx (El 18 Brumario y La lucha de clases en Francia): la revolución es la fiesta de los pobres, de los explotados.

 

Vemos una corriente de gente gritando y vociferando, arengando y cantando, tocando ritmos diferentes, y grupos de jóvenes tomados de las manos, cantando y corriendo como sólo los jóvenes felices lo saben hacer. Haciendo del tiempo el tiempo propio. Y mostrando que las calles les pertenecen. Hablando y gritando las esperanzas que tienen, los dolores que los aquejan. Denunciando los oprobios y anunciando en breves slogans —aforismos— los sueños que tienen. Todo al mismo tiempo. Como en una orquesta se combinan los vientos y las cuerdas, los metales y los tambores. Con bajo continuo incluido, con destrezas y direcciones del violín primero. Una coordinación adecuada de la batuta diligente del director de la orquesta. Para el deleite del público. Sólo que en las protestas sociales la orquesta es el público mismo.

 

La gente no viste vestidos elegantes, sino ropas cómodas, ligeras, zapatos cómodos y confortables. Como cuando se va a paseos de descanso. Justamente, como cuando se va a las fiestas casuales.

 

Cuenta la historia que cuando los revolucionarios de 1789 se dirigían a la Bastilla, ya en la toma definitiva de París, para liberar a los presos que allí se encontraban, comenzaron, espontáneamente, a disparar a los relojes de las torres de las iglesias. Para señalar que allí moría un tiempo, y otro tiempo nacía. (En la Bastilla había unos muy pocos prisioneros, uno de los cuales era el Marqués de Sade. Al cabo de un breve tiempo, la revolución volvería a encarcelar al Marqués, por anti-revolucionario).

 

La protesta social puede salirse de cauces, y se sale en ocasiones. Con o sin necesidad de filtraciones. Policíacas o guerrilleras. Como en las fiestas hay siempre alguien que en algún momento se sale de cauces, comienza con chistes de tono fuerte, o invitaciones salidas de tono. Conocidos, o ajenos.

 

Y sí, las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo. Cualquiera que sea el nombre de la fiesta, y la forma de la misma.

 

Fiesta contra el mundo laboral uniformemente siempre el mismo. Que esa es la primera forma de alienación contemporánea: no en el extrañamiento en el producto —¡también!—, cuanto en los tiempos anónimos del trabajo y la labor. Esa perversión que es vivir para trabajar. Fiesta contra los días anónimos y aburridos. Fiesta para sentir la vida misma.

 

Siempre hay en las fiestas quienes no saben manejar el licor y la algarabía y se desmiden. Asimismo la sociedad y el pueblo debe aprender a manejar la fiesta. Que es cosa que se olvida pronto, para organizar la siguiente. Porque toda buena fiesta siempre anuncia la siguiente.

 

¡Hay que ver los rostros de contento de quienes taponan las vías! Es una alegría, de veras. No lo hacen como trabajo y menos con angustia. Mientras cargan piedras grandes, o queman llantas, se ríen; hay alegría en los taponamientos. ¡Hay que ver los rostros de alegría de los jóvenes que se toman de la mano y de sorpresa se dirigen corriendo hacia la policía a quienes los abrazan! La policía no está preparada, no está hecha para las fiestas. Hay que enseñárselo y ganarlos así para las fiestas, para cuando llegue la verdadera primavera.

 

Como en las fiestas, hay también quienes confiesan sus dolores y desventuras en un momento dado. Y a nosotros, que a veces apenas sí los conocemos, nos confiesan sus cuitas. Esos son también los momentos de las protestas sociales. Actos humanos, ante todo, jalonados por historias de vida en tiempos y en contextos claros, marcados por turbulencias e inestabilidades. Son las protestas contra la ignominia.

 

Tomarse las calles y mostrar el caos que es el transporte público, y mostrar que las calles no son de esas máquinas que son los automóviles, sino de las gentes. El espacio público se convierte en espacio de encuentros casuales y organizados a la vez. Y la gente comparte sus historias, como se comparten momentos en las festividades.

 

Tomarse las calles y la plaza pública, tomarse las carreteras, las ciudades y los pueblos. Aunque sea un momento. Un largo momento que es el resultado de reuniones preparatorias para la fiesta, y que presagian reuniones posteriores que pueden organizar festividades nuevas.

 

El poder del Estado, el poder financiero y militar le teme a la alegría y a las fiestas populares. Porque en las fiestas populares, lo primero que salta a la vista —prima facie— no son las ideologías ni los poderes y las fuerzas, sino la alegría y las esperanzas, los horizontes y la fuerza misma de la vida.

 

La protesta social es una fiesta política.

 



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Un ataque militar de Estados Unidos precipitará la partición de Siria

El primer ministro David Cameron defendió el jueves en el Parlamento de Londres la intervención militar británica en Siria. Fue una defensa apasionada que sin embargo no encontró el eco necesario en los bancos de la oposición ni en algunos de los propios escaños conservadores.

 

Mencionó Irak en numerosas ocasiones. Los oyentes tenían muy presente el gran fiasco de 2003, las mentiras y los engaños de todo tipo que la clase política prodigó para defender una invasión y una posterior ocupación que enseguida se revelaron como una tragedia de dimensiones bíblicas que todavía diez años después sigue cobrándose un enorme número de vidas y de refugiados.

 

Cameron se esforzó, sin convencer, por distinguir el caso de Siria del de Irak. Lo hizo una y otra vez, sin descanso, pero ni aun así persuadió a la Cámara de los Comunes. Y aunque es cierto, como sostuvo Cameron, que son dos casos distintos, no menos cierto es que comparten bastantes semejanzas. Una de ellas es que Irak es hoy un país dividido en tres comunidades enemigas, kurdos, suníes y chiíes, que de facto se comportan como si fueran tres estados independientes; y Siria anda por el mismo camino hacia la partición del país.

 


Si no ocurre algo milagroso, lo más probable es que al final de la cruenta guerra civil Siria se haya fragmentado en varios estados -todavía es pronto para saber cuántos-, unos reinos de taifas que se establecerán siguiendo criterios de carácter religioso y étnico. Un ataque de EEUU precipitará esa fragmentación.

 

Un portavoz de la Casa Blanca ha dicho esta semana que el presidente Bashar al Asad ya no es capaz de controlar el país. Esta observación, cada vez más pertinente, podría haberse hecho hace mucho tiempo, pues los rebeldes controlan desde hace meses amplias zonas del norte, del nordeste y del sur, donde son fuertes gracias al apoyo material -económico y militar- que reciben principalmente de las monarquías del Golfo, respaldadas por Occidente, así como al apoyo político y de inteligencia, nada desdeñable, que les llega directamente de las potencias occidentales.

 

En las circunstancias actuales, ni el régimen ni los rebeldes parecen capaces de hacerse con el control del conjunto del país. El respaldo que Asad recibe de Irán, Rusia y Hizbolá se neutraliza con el que los rebeldes reciben de sus aliados, y en la situación de hoy parece inevitable que el conflicto conduzca a la partición.

 

Quienes más perderán en este escenario serán los cristianos. Miles de ellos ya han abandonado Siria y otros muchos lo harán como consecuencia de la guerra. Antes de que comenzara la rebelión había en Siria unos dos millones de cristianos y su futuro se presenta similar al de los cristianos iraquíes, que en 2003, cuando la caída de Sadam Husein, eran un millón y medio, y en la actualidad apenas alcanzan el medio millón y su número sigue bajando día a día.

 


Estados Unidos no está preocupado por el futuro de los cristianos sirios ni mucho menos por la división de Siria -como tampoco lo está con la de Irak- sino que ve esta posibilidad como algo positivo para sus intereses y para los de Israel en Oriente Próximo. Varios estados pequeños independientes siempre serán más débiles y manejables que un estado relativamente grande.

 

Si atendemos a las fuerzas más numerosas que combaten sobre el terreno tendremos una idea aproximada del futuro de Siria. Están el régimen, el Ejército Sirio Libre (ESL), las facciones islamistas y las facciones kurdas. Cada una de estas fuerzas recibe un generoso apoyo exterior.

 

De estas cuatro fuerzas, al menos tres pueden conseguir un miniestado. Por una parte, el régimen, cada vez más débil, puede verse empujado hacia el territorio que históricamente ha ocupado la minoría alauita en las montañas próximas a Lataquia y el Mediterráneo. Este miniestado contaría con el apoyo de Irán, el Irak chií y Hizbolí.

 

El miniestado alauita estará rodeado por una mayoría suní. Hoy mismo, Qardaha, el pueblo alauita de donde es originaria la familia Asad, está muy cerca del frente, un frente móvil que varía de un día a otro, y que hará que las fronteras sean difíciles de trazar al final del conflicto.


Dos millones de kurdos habitan principalmente el nordeste de Siria. La principal fuerza política de esta minoría es el Partido Democrático Kurdo. En este conflicto los kurdos, al menos la mayoría de ellos, a menudo se han aliado con el régimen, puesto también ven a los islamistas como sus grandes enemigos. Un miniestado kurdo sería por lo tanto aliado del miniestado alauita.

 

Los islamistas, en principio, lo tendrán más complicado para disfrutar de un Estado, pero su sólida presencia en el norte y en el sur no permite descartar esta posibilidad. Un Estado islamista en Siria contaría con la oposición de Occidente, por supuesto, pero tal vez recibiera el apoyo de algunas monarquías del Golfo.

 

Una consecuencia de la intervención occidental en la guerra civil siria es que voluntaria o involuntariamente está jugando a favor de los islamistas. No obstante, esto no debe sorprender puesto que hay precedentes en este sentido, principalmente el que se registró en Afganistán en los años ochenta, cuando talibanes y americanos fueron compañeros de viaje para echar a los soviéticos.

 


Una partición de este tipo no es algo descabellado pues ya la tuvo en mente Francia cuando ocupó la región de la Gran Siria (Bilad al Sham) y se la repartió con el Reino Unido en cuatro provincias distintas, Siria, Líbano, Palestina y Transjordania, aunque en su momento, en la primera mitad del siglo veinte, ya se consideró una división incluso más prolija de la Gran Siria, para debilitar esa nación.

 


Tampoco hay que descartar que el conflicto se le acabe yendo de las manos a Estados Unidos y ocurra algo no previsto en el programa. De hecho, lo que parece una inminente intervención militar americana en Siria es algo no previsto por el presidente Barack Obama, quien durante la campaña electoral dijo que no entraría en ninguna guerra a menos que la seguridad de Estados Unidos estuviera en peligro. Esta promesa ya la rompió en Libia en 2011.

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Viernes, 30 Agosto 2013 06:48

Ciudadanía, la inteligencia colectiva

Ciudadanía, la inteligencia colectiva

Con la claridad meridiana que caracteriza su pensamiento y su discurso, el profesor Jesús Martín Barbero impartió una cátedra magistral en la inauguración del tercer semestre de la maestría en Comunicación, Desarrollo y Cambio Social de la Universidad Santo Tomás (USTA), en Bogotá.

 


Bajo el título “Una agenda de comunicación para este país” hizo un repaso por algunas de las disciplinas que maneja, que son muchas, para plantear diversos interrogantes y aportar algunas luces que iluminen el camino que han de tomar las universidades para trabajar en el campo de la comunicación y meter el país en sus claustros.

 


Tras las intervenciones del decano de la División de Ciencias Sociales de la USTA, fray Ferdinando Rodríguez, y del director de la maestría, profesor Alexander Torres, Jesús Martín Barbero tomó la palabra para iniciar advirtiendo que iba a ser muy crítico en su discurso. Y lo fue.
Comenzó diciendo que en el país con la desigualdad social más grande del mundo, era un acierto que una maestría juntara comunicación y cambio social. Y planteó una reflexión: “en Colombia, ¿hay más país en las universidades que en la televisión?”. Para él, tal vez tengan más país las televisiones porque son las que marcan la agenda de la mayoría de las y los ciudadanos colombianos que se guían por lo que les dice “la caja tonta”. Y las universidades se confunden pensando que están abiertas al cambio sin transformarse en términos de su horizonte vital. Siendo éste la cantidad de país que tienen dentro y que, hoy por hoy, es muy poco.

 


Criticó que las líneas de investigación de las instituciones de educación superior se plantean desde un ejercicio de narcisismo de los docentes investigadores. Investigan lo que les gusta pero no lo que es útil y necesario para el país. Hay mucha distancia, mucha lejanía, entre las universidades y la realidad social de Colombia. La academia no ayuda a crear país, no contribuye a mejorarlo y así, ni las universidades ni el país tienen futuro.

 


Se preguntó “¿cómo meter el país campesino en las universidades urbanas?”. Su respuesta es haciendo agenda de país. Haciendo un mapa de necesidades por cada saber académico, investigando lo que es pertinente, saliendo de la rutina intelectual aunque nos cueste. Porque Colombia es un país diverso que necesita manifestar su riqueza y su diversidad también en la Universidad.

 


Tras reconocer que conoció este país a través de los relatos que acompañaban las crónicas de las vueltas en bici, se preguntó: “¿qué proletariado tiene Colombia, qué políticos y qué empresarios?”. A lo que me atrevería a añadir, ¿qué docentes tiene la universidad colombiana?

 


Martín Barbero ha abierto agujeros para oxigenar el campo de la comunicación y así enchufarlo a la realidad a través de “esas densas pero secretas conexiones (ahora gracias a él no tan ocultas) de los procesos de comunicación con las dinámicas culturales y los movimientos sociales”, sus famosas mediaciones.

 


Ha entendido la comunicación como un “espacio estratégico” de las transformaciones sociales, haciendo con su labor docente e investigadora, desde que aceptó hacerse cargo de la investigación de una recién estrenada Facultad de Comunicación Social en Colombia hace casi cuarenta años, que se haya convertido en un área de producción de conocimiento.

 


Planteó que la relación entre la agenda de país y los docentes investigadores estaba en el concepto de interfaz, en esa “superficie de contacto” que señala la relación del hombre con la computadora, no con la máquina sino con esa “aleación de cerebro e información”. Ha sido inicialmente hardware, para pasar luego a software y convertirse finalmente en metáfora.

 


Para él, el interfaz es “el modo de ejercitar la agenda para meter el país en las universidades” a través de las inteligencias colectivas. Pidió desplazar el peso de valor de los medios de difusión a las redes y a la interfaz.

 


Después de recordar la importancia y el valor de la obra de Milton Santos leyendo un párrafo de su obra póstuma, volvió a poner en valor la ciudadanía al traer a colación lo que decía Machado por boca de Juan de Mairena, uno de sus heterónimos, “todo lo que sabemos lo sabemos entre todos”, y al hacer suya la afirmación de Martí: “o inventamos o nos inventan”.

 


El abarrotado Auditorio Mayor del edificio doctor Angélico de la Universidad Santo Tomás, con la presencia de más de cuatrocientas personas entre docentes y alumnos, despidió al maestro con una cerrada ovación.

 


jueves, 29 de agosto de 2013

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La homosexualidad y su potencial político

Aunque lo dicho por el Papa de que “los lobbies no son buenos, no importa si son políticos, económicos, masónicos o gays; pero si uno es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?” ( El País, 29/7/13), fue tomado como una señal del cambio respecto a los homosexuales y usado para fustigar a los sectores más homófobos en la Iglesia, estas afirmaciones no son nada “progresistas” y en realidad son mucho más problemáticas.

 

Bien ha señalado Washington Uranga sobre que no alteran la doctrina (que condena las “prácticas aberrantes”, pero no las personas); lo único que aconsejaba Francisco era que la actitud hacia los que demuestran “estas tendencias” sea tolerante, “siempre y cuando” los gays no hagan política en defensa de sus derechos –¡sic! ( Página/12, 30/7/13). Frente a esta postura, sería más provechoso proponer algo opuesto, juntando precisamente la (homo)sexualidad y la política (igual que invitar a Bergoglio a que sí “juzgue” a los gays, como señaló Marta Lamas, Proceso, 11/8/13) facilitando así, y no limitando, el pleno desarrollo de los individuos en la sociedad.

 

Ya que: a) la sexualidad ya está inscrita tanto en las relaciones de poder como en la política (Foucault, et al.); querer separarlos o proponer una suerte de “depolitización” (“más tolerancia”) es ya una postura política, b) la libertad sexual y el respeto a sus diversidades son una piedra de toque de la democracia; negarles a las personas homosexuales los mismos derechos de las heterosexuales, incluso el involucramiento en la política para defenderlas, es una injusticia, c) y finalmente una tesis: la misma homosexualidad posee cierto potencial político que puede inscribirse en las luchas emancipadoras y liberadoras (¿será Pim Fortuyn la excepción que confirma la regla?).

 

Para desarrollar el último punto, Eric L. Santner, en un tomo dedicado a W. G. Sebald ( On creaturely life, 2006), analizando uno de los aspectos poco tratados de su obra –la cuestión de género y la (homo)sexualidad– evoca la figura de Roger Casement, retratado en Los anillos del Saturno.

 

Casement (1864-1916) fue un diplomático británico y un nacionalista irlandés que acabó denunciando los abusos del colonialismo en Congo (siendo el informante de Joseph Conrad), en Perú, e involucrándose en la lucha por la independencia de Irlanda; una vez capturado, la publicación de su Diario negro, donde catalogaba su vida homosexual, le restó el apoyo de la opinión pública, haciendo su ejecución “más aceptable”.

 

Como subraya Santner, Sebald sugiere que la obsesión de Casement con la naturaleza y el origen del poder y la defensa de las víctimas de la opresión de clase y de raza se debían a la sensibilización que le permitió su orientación sexual, y recuerda un caso de Freud (el juez Schreber) que también apunta a una conexión especial entre la homosexualidad, el altruismo y varias formas del compromiso social, ético y político (p. 174-5).

 

En este sentido, es aquí donde se quedó corto Mario Vargas Llosa en su retrato de Casement ( El sueño del celta, 2010), viéndolo como alguien “dividido entre su cuerpo y los valores que predicaba (¡sic!) y tratando su sexualidad como una aberración (¡sic!) sin implicaciones políticas”.

 


Cómo han señalado algunos críticos, esta óptica (bastante “papal, que separa la persona de su “tendencia”) no sólo no hace justicia a Casement, sino le resta el poder de la denuncia y aplana la novela, cuando el novelista debería mostrar un mejor entendimiento de los vínculos entre la sexualidad, la política y la extraordinaria postura de su protagonista –uno de los pioneros de los derechos humanos (véase: Colm Tóibín, A man of no mind, en: London Review of Books, 13/9/12).

 

Aunque el Premio Nobel no carece de sensibilidad al tema, condenando por ejemplo el asesinato de Daniel Zamudio, un joven gay chileno, y la homofobia en la región ( El País, 8/4/12), lo más interesante sería ver cómo el potencial político del activismo gay se junta hoy con las demandas de otros sectores que también luchan por la transformación de Chile, un país conservador y sumamente desigual.

 

Pero tal vez el mejor ejemplo donde el activismo de la comunidad lésbico-gay, bisexual y trans (LGBT), y el potencial de la “diversidad” fueron puestos al servicio de la transformación de un país fue Honduras después del golpe de Estado (2009), donde varios de sus activistas, como Walter Tróchez o Erick Martínez jugaron un papel fuerte en la resistencia. Ambos acabaron asesinados –como decenas de otros activistas políticos y campesinos–, pero no por ser gays, sino por su compromiso político, aunque seguramente sus homicidas apostaron que su orientación haría sus muertes socialmente “más aceptables” (al final sólo eran unos maricones).

 

Otro ejemplo es Argentina, donde el activismo de la comunidad LGBT se inscribió en un particular “momento político”, que es el kirchnerismo (un laboratorio de nuevas libertades e igualdades, Página/12, 31/1/12) y donde la ley del matrimonio igualitario (2010) fue parte del mismo proceso que acabó en la justicia para las víctimas de la dictadura o en la ampliación de los derechos y servicios para los más necesitados.

 

La feroz oposición de Bergoglio, que convocó a una “guerra santa” contra aquella “movida de Diablo”, no fue otra cosa sino una jugada política (¡sic!) contra el kirchnerismo, algo para lo que él mismo no dudó incluso hacer lobby (¡sic!).

 

Igual que para Martin Luther King la lucha por los derechos de los negros no era sólo una cuestión de “tolerancia” a que a menudo se reduce la cuestión racial, sino una lucha amplia por los derechos económicos, laborales, etcétera, también la “cuestión gay” no debe ser tratada sólo con “más caridad”, algo que sugería Francisco. Es un asunto del poder y de la democracia que da espacio a la realización plena de la sexualidad junto con su potencial político, que puede servir a la transformación de la sociedad en su conjunto.

 

Maciek Wisniewski, periodista polaco

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Jueves, 29 Agosto 2013 05:20

Tribunales y democracia

Tribunales y democracia

Los estudios que he realizado a lo largo de los años sobre el papel de los tribunales en Portugal y otros países muestran que, desde la década de los 90, el protagonismo social y político de los tribunales ha tendido a aumentar en todos los sentidos. Este protagonismo es particularmente visible en el caso de los tribunales constitucionales y de los supremos con competencia constitucional. Las causas varían según el contexto, pero es posible agruparlas en tres grandes grupos: las transiciones políticas; la crisis de legitimidad de los otros órganos de soberanía (el poder legislativo y el ejecutivo); y la mayor conciencia de los derechos y de la violación de los mismos por parte de los ciudadanos, combinada con el mayor acceso al Derecho y a los tribunales.
 


Las transiciones políticas que determinaron el protagonismo de los tribunales fueron, obviamente, las transiciones de los gobiernos autoritarios a gobiernos democráticos y comenzaron mucho antes de 1990. A lo largo del siglo XX, se fue diseminando la idea -adelantada en Europa por el pionero Hans Kelsen en la Constitución de Austria de 1920- de que los gobiernos democráticos deben estar vinculados a la constitución por la vía del control jurisdiccional. Las transiciones democráticas más significativas fueron las que pusieron fin al nazismo alemán y al fascismo italiano, entre 1945 y 1949; al fascismo en Portugal y España, en 1974 y 1976, respectivamente; a las dictaduras militares en la América Latina de 1980; al comunismo de Europa Central y del Este, a partir de 1989; y al apartheid de Sudáfrica, entre 1993 y 1996.


 
La función de los tribunales en el control constitucional posterior a todas estas transiciones fue desigual. La inestabilidad política de algunas de ellas hizo que, por ejemplo, en Rusia, Boris Yeltsin suspendiese el TC por decreto en 1993 y que, en Argentina, Carlos Menem aumentase de 5 a 9 el número de jueces del tribunal supremo con el fin de garantizar una mayoría de magistrados cautelosos. En muchos otros casos, la función del tribunal constitucional contribuyó de forma importante a la consolidación de los regímenes democráticos. En la década de los 90, el Constitucional de Hungría era el órgano del Estado más respetado por los ciudadanos por haber garantizado la irreversibilidad de la transición a la democracia. En Sudáfrica, los líderes políticos Mandela y De Klerk que negociaron el fin del apartheid dejaron sin resolver, intencionadamente, algunas cuestiones políticas para que fuesen asumidas por el Tribunal Constitucional y, en la mayoría de los casos, el tribunal no se opuso a tal tarea.


 
El otro conjunto de factores que han dado un mayor protagonismo y visibilidad a los tribunales superiores tiene que ver con la omisión política o la crisis de legitimidad de los otros órganos soberanos: el poder legislativo y el ejecutivo. La omisión política puede resultar de callejones sin salida? para el Gobierno o la oposición, o de la falta de prioridades atribuida por ambas fuerzas a ciertas materias importantes para los ciudadanos reflejadas en la Constitución. Fue esta omisión la que llevó al Constitucional de Colombia, creado por la Constitución de 1991, a protagonizar una brillante jurisprudencia intercultural sobre los derechos de los pueblos indígenas que sirve hoy de modelo para toda América Latina.


 
La crisis de legitimidad de los otros órganos de soberanía puede estar asociada a la corrupción o a la creciente distancia entre líderes políticos y ciudadanos de la que nacen decisiones políticas irracionales e injustas, en lo que constituye una patente violación de los preceptos constitucionales. De una de esas crisis emergieron los tribunales italianos en la escena pública, en la década de los 90, cuando protagonizaron la mayor investigación criminal contra la clase política y empresarial de la Europa de posguerra. El proceso, conocido como Operación  Manos Limpias, afectó a cientos de personalidades del país.
 


Y el tercer factor del mayor protagonismo de los tribunales hace referencia al creciente conocimiento, por parte de los ciudadanos, de los derechos civiles, políticos, económicos y sociales; un saber que conlleva la idea asociada de que las violaciones de los derechos son injustas y deben ser penadas y reparadas. Para que estos dos conceptos impliquen una mayor visibilidad de los tribunales, deben producirse -aún- las siguientes circunstancias: 1) Que los tribunales sean independientes y que el Derecho procesal facilite el acceso a los mismos. 2) Que se corrijan las asimetrías en el acceso a los tribunales, ya que en nuestras sociedades tiene menos acceso a ellos quien más lo necesita. 3) Que un número significativo de magistrados sienta la pasión racional de contribuir a la democracia haciendo valer los derechos, aunque para ello tenga que correr algunos riesgos.  Enumero todas estas condiciones para mostrar que, por esta vía, el protagonismo de los tribunales no es  fácil. Pero lo cierto es que tal protagonismo se está exigiendo cada vez con mayor insistencia por parte de la sociedad. Y las razones de ello son complejas.


 
Primero, las agencias internacionales y ONG de ayuda al desarrollo nunca han promovido la lucha de los derechos para las clases populares por miedo a que esa lucha despertara los instintos socialistas que el “comunismo internacional” acabaría aprovechando. Sólo después de la caída del Muro de Berlín se produjo la transformación del acceso al Derecho y la financiación del sistema judicial en prioridad internacional. Terminado el peligro del “uso político” del acceso al Derecho, era preciso hacer de los tribunales una herramienta para satisfacer las necesidades de la economía de mercado.


 
Segundo, el giro neoliberal hizo que los gobiernos protagonizaran violaciones, cada vez más graves, del Derecho y de los derechos. Pero siempre que los tribunales han sido accesibles, los ciudadanos no han perdido su oportunidad. El ejemplo más notable de ello fue el el tribunal superior de la India, que ha ocupado un lugar privilegiado en las expectativas de los más vulnerables, aunque no siempre haya sabido responder a ellas. Recientemente, los tribunales brasileños también han tenido un papel importante en la efectividad de algunas políticas sociales, por ejemplo, en las sanitarias.


 
Y el tercer factor -tal vez, el más decisivo para los próximos años- es el inconformismo de los ciudadanos ante la eliminación de los derechos sociales y económicos mientras los medios de comunicación les cuentan todos los días cómo los ricos no dejan de acumular riqueza, incluso en época de crisis. La violación de los derechos pasa a ser vista, entonces, como el otro lado del secuestro de la democracia y los tribunales , y los tribunales como las instancias del penúltimo recurso antes de la explosión social.

 

29 ago 2013

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Lunes, 26 Agosto 2013 06:32

¿Fin de la democracia?

¿Fin de la democracia?

Hay cada vez más dudas sobre si aún existe la democracia en este país, con voces destacadas declarando que tal cosa es nula y vacía. Noam Chomsky lo viene diciendo desde hace tiempo. Gore Vidal había concluido que el estadunidense era un sistema de un solo partido, con dos alas derechas”. Algunos han afirmado que la creciente desigualdad económica, la concentración de riqueza, efectivamente, anulan la democracia. Otros advierten que esto ya es una plutocracia, y que tiene elementos de un Estado dictatorial o totalitario

 

Chris Hedges, corresponsal de guerra y Premio Pulitzer, del New York Times, y más recientemente, ya como comentarista/analista independiente, concluye que, con el juicio y condena de Bradley Manning, el juego democrático ya se acabó en este país.

 

“El veredicto rápido y brutal” impuesto a Manning “implica que nos hemos vuelto un país gobernado por gangsters”, afirma Hedges en su columna en Truthdig la semana pasada. “Señala la inversión de nuestro orden moral y legal, la muerte de los medios independientes, y el mal uso abierto y flagrante de la ley para prevenir cualquier supervisión o investigación de los abusos oficiales del poder, incluidos crímenes de guerra. La pasividad de la mayoría de los ciudadanos de la nación –la población más espiada, monitoreada y controlada en la historia humana– ante el linchamiento judicial de Manning implica que ellos son los siguientes. Ya no quedan mecanismos institucionales para detener la trituración de nuestras libertades civiles más fundamentales… o para prevenir la guerra preventiva, el asesinato de ciudadanos estadunidenses por el gobierno y la anulación de la privacidad”, escribió.

 

Subrayó que la sentencia de Manning es uno de los días más importantes de la historia estadunidense: “marca el día en que el Estado formalmente declaró que todos aquellos que nombran y revelan sus crímenes se volverán prisioneros políticos o serán forzados, como Edward Snowden, y tal vez Glenn Greenwald, de quedarse en el exilio el resto de sus vidas. Marca el día cuando el país dejó toda pretensión de democracia… marca el día de remover la máscara de la democracia, ya de por sí una ficción, y sus sustitución por la cara fea y desnuda del totalitarismo corporativo…. Aquellos que no aceptan el poder estatal ilimitado, siempre el camino a la tiranía, serán perseguidos sin tregua. El miércoles nos volvimos vasallos”.

 

Chomsky desde hace tiempo advirtió que, en la práctica, esto hace tiempo no puede considerarse una democracia. Indica que sólo se tiene que observar que la cúpula política casi siempre obra en contra de los intereses de las grandes mayorías, y que logra esto manteniendo el disfraz de una democracia a través de un prensa subordinada y la industria de relaciones públicas. En un discurso la semana pasada, Chomsky relata que algunas de las encuestadoras de mayor prestigio han llegado a la conclusión de que “aproximadamente 70 por ciento de la población –70 por ciento inferior en la escala de riqueza/ingreso– no tiene ninguna influencia sobre las políticas (del país). Están efectivamente privados (de la participación democrática). Al subir la escala de riqueza/ingreso uno tiene cada vez más influencia sobre las políticas. Cuando uno está en la cima, lo que es tal vez una décima parte del uno por ciento, la gente esencialmente obtiene lo que desea, eso es, determinan las políticas. Entonces el término apropiado para eso no es democracia; es plutocracia”.

 


Más aún, y en esto tiene que ver con los denunciantes que revelan secretos oficiales, Chomsky recuerda que el poder tiene que mantenerse fuera de la vista pública y cita a uno de los politólogos más importantes del país, Samuel Huntington, de la Universidad de Harvard, quien indicaba que un principio científico es que “el poder se mantiene fuerte cuando permanece en lo oscuro. Expuesto a la luz del sol, empieza a evaporarse”. Manning y Snowden, subraya Chomsky, están encarcelados o perseguidos por su decisión de no entender este “principio científico”.

 

Pero no son sólo algunos periodistas furiosos e intelectuales públicos de la talla de Chomsky están advirtiendo que la democracia estadunidense esta anulada. El ex presidente Jimmy Carter, al hablar en un foro a puerta cerrada el mes pasado, abordó el tema del espionaje y las violaciones de derechos humanos que implica, y concluyó, según Der Spiegel, que “Estados Unidos no tiene una democracia funcional en este momento en el tiempo”. En entrevista semanas antes de esto, Carter ya había afirmado públicamente que aunque Snowden violó la ley al filtrar información secreta, “yo pienso que la invasión de derechos humanos y la privacidad estadunidense ha llegado a un punto extremo… creo que esta invasión de privacidad ha sido excesiva”.

 

Para el comentarista afroestadunidense influyente Tavis Smiley, escribiendo en el Washington Post, “la pobreza está amenazando a nuestra democracia; es ahora asunto de seguridad nacional. Como dijo (Martin Luther) King, la guerra es el enemigo de los pobres… E igual como King vivió bajo vigilancia constante, nuestro gobierno ahora parece estar espiando a todos nosotros”.

 

Juan Cole, el destacado intelectual público, y profesor de historia en la Universidad de Michigan, ofreció un comentario sencillo sobre “cómo crear una dictadura” en su influyente blog, Informed Comment, haciendo una lista de lo que se requiere, incluyendo “clasificar como secreto todo crimen gubernamental y violaciones de la Constitución”; “espiar al público en violación de la Constitución”; “criminalizar aún más a denuncias (de abusos del gobierno) como ‘terrorismo’” y “criminalizar como espionaje la revelación de crímenes de espionaje del gobierno”.

 

La cúpula política no se cansa de repetir que todo lo que hace tanto en el terreno de seguridad nacional como en sus políticas económicas y sociales es en nombre de “la defensa de la democracia y la libertad” y del sueño americano aquí y en el mundo. ¿Pero se puede “defender la democracia” en secreto y actuando como si el pueblo y los defensores de las libertades civiles y los disidentes fueran el enemigo?

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