Gobierno de Venezuela y la Plataforma Unitaria establecen dos acuerdos

El gobierno de Venezuela y la Plataforma Unitaria, que agrupa a la oposición de ese país, llegaron a dos acuerdos parciales, luego de concluir una nueva ronda de negociaciones en México.

Jorge Rodríguez Gómez, jefe de la delegación gubernamental, dio a conocer que el primer acuerdo es la coincidencia en ratificar y defender la soberanía de Venezuela sobre la Guyana de Esequiba, un territorio en disputa con Guyana.

Explicó que ambas partes reivindicaron la exigencia de que se reconozca a los Acuerdos de Ginebra de 1966 como el único instrumento internacional para resolver este conflicto y el rechazo a las pretensiones de Guyana de llevar el tema a otras instancias.

Recuperación de activos y dinero en el extranjero

El segundo acuerdo es en torno a la protección de la economía de Venezuela y el bienestar social de su pueblo que, explicó, tiene que ver fundamentalmente con la recuperación de los activos y el dinero que se encuentra depositado en diversos sitios del extranjero y que les fue asegurado por Estados Unidos y otros gobiernos, como parte de las represalias económicas en contra de la administración de Nicolás Maduro.

Afirmó que estos recursos se destinarán principalmente para la atención del Covid-19, la adquisición de más vacunas, de las cuales dijo, ya tienen suficientes para inocular a 70 por ciento de la población, dotar de materiales y equipos a los hospitales y fortalecer los programas de prevención para la salud.

Rodríguez Gómez agradeció el acompañamiento de los gobiernos de Noruega, Países Bajos y la Federación Rusa, que indicó, pusieron todas las condiciones y facilidades para poder avanzar en el diálogo.

También dio gracias al presidente Andrés Manuel López Obrador por haber permitido que nuestro país fuera la sede de este diálogo.

Por su parte, Gerardo Blyde, quien encabeza la delegación opositora, afirmó que la defensa del territorio venezolano une a todos los venezolanos, pero manifestó que no hay que "alimentar falsas expectativas, las cosas irán poco a poco. Necesitamos ir a nuestro país para realizar todas las consultas necesarias y avanzar en el proceso."

Hizo un llamado a sus compatriotas para que se involucren en estas negociaciones y confíen en sus acuerdos: "necesitamos decirles a los venezolanos: siéntanse parte de este proceso. Solos no vamos a poder lograrlo, necesitamos la integración de todos los venezolanos."

Gobierno y oposición de Venezuela volverán a reunirse entre el 24 y 27 de septiembre próximos.

Los temas para ese encuentro serán el sistema de justicia y la discusión sobre los fondos en el extranjero y el Fondo Monetario Internacional.

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Martes, 07 Septiembre 2021 06:35

No es la mala suerte lo que persigue a Haití

No es la mala suerte lo que persigue a Haití

Las malas infraestructuras y la pésima gobernanza se suman a los males de un país abatido por un huracán, que siguió a un terremoto, pocas semanas después del asesinato de su presidente.

El 14 de agosto, exactamente 11 años, siete meses y dos días después de que Haití sufriera el terremoto más mortífero jamás registrado en el hemisferio occidental, el país fue golpeado por otro más fuerte. No fue exactamente en el mismo lugar que el primero, sino a algo más de 90 kilómetros al oeste del «Goudou Goudou», la palabra onomatopéyica en creole haitiano para referirse al terremoto del 12 de enero de 2010.

Luego, el 16 de agosto, la tormenta tropical Grace azotó el país, agravando los problemas que enfrenta la nación caribeña. Muchas personas -tanto en Haití como fuera de sus fronteras- respondieron a las noticias de las dos catástrofes naturales con la sombría frase «Haití nunca tiene un respiro». Otros se limitaron a las condolencias. «Pobre Haití», decían los mensajes de WhatsApp que circulaban entre los haitianos y la gente del extranjero que conoce el país. «Haití cherie. Pobre Haití cherie. ¿Qué puede hacer Haití? Problemas sin parar». Los menesajes representaban una idea fatalista, que supone que Haití está condenado a un sufrimiento constante, que sus problemas son inevitables y que nada cambiará.

No ayudó el hecho de que, el día después del terremoto del 14 de agosto, a medio planeta de distancia,Afganistán volviera a manos de los talibanes. El mundo se vio absorbido por los acontecimientos en Kabul y hubo poco espacio para Haití, con su supuesta mala suerte y sus problemas, aparentemente predestinados.

Hay algo de verdad en la impresión de mala suerte. Cuando se produjeron el último terremoto y la tormenta tropical, Haití ya se tambaleaba por una crisis política provocada por el asesinato de su presidente el 7 de julio. En los años transcurridos desde el goudougoudou de 2010, Haití se ha visto afectado por una serie de catástrofes naturales, incluido el huracán Matthew.

Matthew, que azotó en 2016, fue un huracán de categoría 4, un evento que se prevé que solo ocurra una vez cada 56 años. Una estimación del Banco Mundial (BM) unos meses después del huracán Matthew decía que Haití había sufrido pérdidas equivalentes al 22% del PIB, había afectado a más de 2 millones de personas o a 20% de la población de Haití, había arrasado carreteras y puentes clave y había destruido la cadena de frío de las vacunas. Fue un duro golpe después del terremoto de 2010, que mató a 220.000 personas, desplazó a 1,5 millones y destruyó el equivalente al 120% del PIB. El BM utilizó datos históricos para calcular que las catástrofes relacionadas con el clima habían «causado en Haití daños y pérdidas que ascendían a cerca de 2% del PIB de media anual entre 1975 y 2012».

En términos reales, el terremoto de 2021 fue bastante diferente al de 2010. Fue de una magnitud ligeramente mayor —7,2 Mw frente a los 7,0 Mw de 2010—, pero su epicentro se situó lo suficientemente al oeste del país como para no alcanzar a Puerto Príncipe ni a la región de la capital, donde vive aproximadamente un tercio de los 11 millones de habitantes de Haití. El número de muertos fue mucho menor que en 2010, apenas e 1%. Pwoteksyon Sivil, la Agencia de Protección Civil de Haití, tuiteó el 22 de agosto que había 2.207 muertos y 344 seguían desaparecidos. La agencia añadió que había 12.268 heridos y casi 53.000 casas destruidas. Pero las consecuencias del terremoto de 2021 (y de la tormenta tropical Grace, que le siguió) van más allá del igualmente elevado número de muertos.

Escuelas, hospitales, centrales eléctricas, puentes y carreteras en el sur de Haití, mayoritariamente rural, han sido destruidos. Se trata de infraestructuras clave en cualquier lugar, pero especialmente en Haití, donde puede llevar décadas conseguir financiación para estos proyectos.

La historia de L'Asile, municipio de 52.000 habitantes del departamento de Nippes, es trágica. Tuvo su primer hospital -50 camas y quirófanos- en 2008. Ahora, el hospital está en ruinas y no tiene más que un pequeño centro de triaje al aire libre. El Washington Post citó a un médico frente al hospital derrumbado de L'Asile: «¿Reconstruir? ¿Cuánto tiempo va a llevar? ¿En serio? ¿En Haití? Quizá 100 años». Tras visitar las escuelas afectadas por el terremoto, Bruno Maes, representante de UNICEF en Haití, dijo: «Es realmente un desastre. Es un impacto masivo, masivo en el sistema educativo».

Los haitianos son conscientes de que la reconstrucción costará millones y millones, dinero que ni ellos ni su gobierno tienen. Aún más revelador es el sentimiento de desesperación de la población, que se encuentra sola. El alcalde de L'Asile, Martinor Gerardin, ha dicho con toda naturalidad: «No hemos visto al gobierno venir en nuestra ayuda, y no espero que lo haga. ¿Cómo vamos a reconstruir nuestras escuelas, nuestras iglesias, arreglar nuestro suministro de agua? Les puedo decir que este gobierno no va a ayudar. Estamos solos».

Dice algo sobre la falta de esfuerzos organizados de ayuda, que un famoso gángster, Jimmy Cherizier, alias «Barbacoa», haya prometido audazmente una tregua con otras bandas para permitir que la ayuda llegue al suroeste de Haití.

La mala suerte de Haití es su falta de preparación y de procedimientos para las estrategias de colaboración. Tras el terremoto de 2010, el Banco Mundial ayudó a elaborar un código nacional de construcción y formó a un nuevo equipo técnico en el Ministerio de Obras Públicas para garantizar las normas. Casi una década después, el BM informó de los logros de la Unité de Construction de Logements et de Bâtiments Publics. «En 2012, había completado con éxito las evaluaciones de más de 430.000 edificios. Además, durante el primer semestre de 2018, más de 16.000 albañiles e ingenieros recibieron formación en construcción parasísmica».

Pero el eslogan de la entidad nodal de construcción UCLBP de «reconstruire mieux» (reconstruir mejor) parecía aplicarse principalmente a Puerto Príncipe y las zonas circundantes afectadas por el terremoto. En los años transcurridos desde el terremoto de 2010, apenas se ha intentado desarrollar un conjunto nacional de protocolos de seguridad sólidos y de resiliencia sistémica. A nivel nacional, Haití no ha tratado de reforzar los edificios que no pudieron ser reconstruidos ni de instituir simulacros de respuesta al terremoto.

Al ser el país más pobre de América, lo que se considera más catastrófico es la falta de preparación de Haití ante las catástrofes, más que la frecuencia de estas.

En su Informe sobre Riesgos Mundiales 2020, Bundnis Entwicklung Hilft, una red de organizaciones humanitarias alemanas, clasificó a 181 países según parámetros que incluían la exposición a los riesgos, la susceptibilidad, la adaptación y la falta de capacidad de respuesta. Según el informe, en la región del Caribe, Haití está menos expuesto al riesgo de catástrofes naturales que Dominica y Trinidad y Tobago. Y no está tan expuesto a las catástrofes naturales como Japón, Uruguay y Chile -situados cerca de los bordes de las placas tectónicas y propensos a los terremotos- o los Países Bajos, amenazados por la subida del nivel del mar. Y sin embargo, Japón y los Países Bajos se encuentran entre los 15 países menos vulnerables del mundo. Haití, por el contrario, es muy vulnerable, ocupando el noveno lugar en el cómputo global de falta de capacidad de respuesta, justo detrás de Afganistán y de la conflictiva Siria.

¿Por qué? Cualquier búsqueda de respuestas suele toparse con la aguda falta de recursos de Haití para reconstruir y prepararse para las catástrofes. Cuando recibe recursos -de fuentes extranjeras, como ocurrió tras el terremoto de 2010- la ayuda es en realidad perjudicial porque debilita al Estado haitiano, según argumenta el historiador Laurent Dubois en su libro de 2012 Haití: las réplicas de la historia.

Pero los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, autores de Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobrezaescribieron una vez en su blog sobre el enigma de la situación de Haití. Se preguntaban por qué sufre de esta manera y no la República Dominicana, que comparte la isla de La Española con Haití, así como su historia de esclavitud.

«Al final de la Segunda Guerra Mundial, Haití y la República Dominicana tenían niveles de renta per cápita esencialmente idénticos. A partir de entonces, divergieron», escribieron Acemoglu y Robinson. Tal vez se deba a que la República Dominicana tenía un dictador que se embarcó en una senda de crecimiento extractivo, dijeron. Más tarde, la República Dominicana tendría instituciones políticas más inclusivas y crecimiento económico. Pero en el caso de Haití, «no hubo crecimiento extractivo...solo anarquía». Es discutible, pero tal vez eso forme parte del patrón de la evidente falta de preparación de Haití.

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Lunes, 06 Septiembre 2021 06:24

¿Cómo se hace un violento?

. Imagen: Guadalupe Lombardo

Matías de Stéfano Barbero indaga en la construcción de la masculinidad. Con mirada antropológica, el investigador estudia por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres y cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia.

 ¿Cómo se hace un femicida? Esta pregunta elevada en el aire en una pancarta en la movilización del primer #Niunamenos, el 3 de junio de 2015 disparó en Matías de Stéfano Barbero la necesidad de investigar la construcción de las masculinidades de los varones que ejercieron violencia contra las mujeres en la pareja. Ese trabajo se convirtió en el libro Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad, editado por Galerna, que promete ser indispensable para entender no solo por qué los varones ejercen violencia contra las mujeres sino cómo la estructura social avala y alimenta esa violencia a través de la construcción de masculinidades ancladas en el ejercicio de la violencia, la heterosexualidad obligatoria y el rechazo/negación de la homosexualidad, entre otras cuestiones.

Matías de Stéfano Barbero es doctor en Antropología (UBA), investigador, docente y becario posdoctoral del Conicet. Es miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, y de la Asociación Pablo Besson, donde forma parte del equipo de coordinación de espacios para varones que ejercieron violencia. El libro sobre el que se explaya en esta entrevista presenta diferentes historias de vida de los varones que ejercieron violencia y analiza el papel que tienen la violencia y el género en la construcción de la masculinidad a lo largo de sus infancias, adolescencias y vidas adultas.

--Hace bastante que los estudios de género se preguntan qué es una mujer. ¿Qué es un hombre? ¿El eje ahora está puesto ahí?

--Sí, qué es el hombre. Me parece que ya de hecho la propia pregunta muestra que hay una transformación en eso, en la misma forma que hay una transformación entre lo que pensamos qué es una mujer y cómo se produce una mujer a nivel social. Y las respuestas son a veces sorprendentes, en el sentido en que escapan un poco del sentido común que podemos construir, tanto de lo que es un varón o de los sentidos de la masculinidad, como del lugar que ocupa la violencia en la vida de la gente y el género en la vida de la gente. Cuando yo empecé a ir a los grupos (de varones que ejercen vioencia) tenía la mirada un poco caricaturizada de lo que me iba a encontrar, y la verdad es que fui con un poco de miedo, tenía cierta aprensión. Y es curioso cómo también, quienes nos dedicamos a estas cuestiones tenemos nuestros prejuicios sobre cómo es el poder, cómo es la violencia, cómo es el sufrir, el hacer sufrir, y la verdad que cuando me encontré entre ellos, trabajando con ellos y escuchándolos, aparecen un montón de otras cosas que trascienden un poco ese sentido común, esa caricaturización de los violentos.

--¿Cómo es esa caricatura?

--Yo creo que la caricaturización viene un poco por poner siempre la violencia afuera. No quiero parafrasear mal a Nietzsche, pero esto de que siempre el malo es el otro y nosotros somos los buenos es casi me atrevería a decir un universal; la bondad siempre está de mi lado y la maldad del otro. Entonces, y no es algo que se limite solamente a la cuestión de la violencia de género y a los varones que ejercen violencia, esta idea de caricaturizar, de hacer exótico al otro que tiene ese estigma.

Caetano Veloso decía que visto de cerca nadie es normal. Me encanta esa frase. Lo mismo pasa un poco con esto, cuando uno se acerca y deja de construir esa otredad como una otredad tan exótica, y se acerca a conocer esas historias y ellos también se permiten, en un largo proceso de trabajo, poder mostrar lo que hay detrás de todas esas capas de resistencia, aparecen seres humanos más o menos comunes, con miserias, con su lugar de poder, con su miedo a la vulnerabilidad, personas que... esto a veces es polémico porque parece que uno está justificando, pero personas que también sufrieron mucho en ese proceso de construirse como varones.

No se trata de justificar sino de tratar de comprender cómo aparece la violencia a lo largo de la vida. La violencia en la vida de alguien no aparece cuando se ejerce sino mucho antes.

--En el prólogo del libro se plantea que si bien reconocemos la violencia de género como un problema estructural, las soluciones que se están dando como políticas públicas en general son individuales. Usted tiene una crítica sobre eso.

--Sí, eso lo recoge superbien Moira Pérez en el prólogo. Pasa un poco con esta idea de deconstrucción, que parece que es una idea que apela al individuo, como “deconstruite vos y tus cosas”. A mí me parece que lo potente que puede llegar a tener esta idea de politizar lo personal es hacerlo político en el sentido de la transformación colectiva. Que yo renuncie a mis privilegios, por ejemplo, no tiene un gran impacto social, puede tenerlo en mi vida cotidiana y en la vida de quienes me rodean, pero no supone una crítica estructural y no supone una transformación estructural. Y pensar las cosas siempre desde el individuo, lo bueno y lo malo, me parece que por un lado es el paradigma hegemónico ¿no? El sujeto, el individuo, y en ese sentido me parece reproducir el sistema que estamos intentando cambiar. Y por otro lado, las perspectivas que lo piensan exclusivamente individualmente, generalmente se terminan topando o reduciendo las posibilidades de actuación al orden de lo punitivo, al orden de decir “se encierra a esta persona y se acabó el problema”, cuando esa persona si bien tiene que tomar responsabilidad por lo que hizo, por supuesto, está expresando algo a nivel social y a nivel estructural, ciertas condiciones que hicieron que esa violencia en este caso pueda aparecer. Pienso en la importancia de reforzar la ESI (educación sexual integral) desde la primera infancia y que se toquen temas como la violencia, la masculinidad, el poder, la vulnerabilidad, y eso implica intentar prevenir antes de que la situación suceda, porque cuando ese niño que sufrió en la infancia, termine cometiendo un crimen y haciendo sufrir, ahí la sociedad va a llegar con todo el peso de la ley en su juicio a dar una solución punitiva. Creo que es mucho antes que tenemos que empezar a preocuparnos de esto en la vida de las personas, y no tanto precisamente como individuos sino en políticas públicas, desde el Estado, desde las organizaciones de la sociedad civil, que puedan considerar el problema a lo largo de la vida, un problema estructural que afecta a toda la sociedad y no solamente a quien termina siendo el síntoma.

--Me gustó la metáfora que usó al comienzo: hay que “volver a Juan”, volver a poner el eje en el varón que ejerce la violencia y no tanto en la víctima ¿no?

--La metáfora de volver a Juan viene de un ejercicio que hizo una lingüista feminista, que muestra en las cuatro operaciones lingüísticas, cómo de un acto que es “Juan golpea a María”, se va desplazando la atención hacia lo que termina sucediendo después, que queda María como víctima de violencia y Juan desaparece de esa ecuación lingüística. Por eso la idea de volver a Juan es ir volviendo en el sentido de volver a la escena, a esa primera formulación de Juan golpea a María o Juan ejerce violencia contra María, para ver qué es lo que pasa en esa escena y después seguir volviendo para ver quién es Juan. Porque entiendo que tiene que ver con una urgencia y me parece completamente legítimo asistir a las personas que sufren, pero si no nos concentramos también en las personas que hacen sufrir, las causas del problema van a seguir intactas y van a seguir reproduciéndose, y va a llegar un momento que no vamos a dar abasto para atender personas que sufren.

--En el libro repasa las distintas ideas en torno a por qué los hombres son violentos: las teorías que plantean que son violentos por naturaleza, o que el violento es el otro... ¿Qué problemas plantean estas nociones tan arraigadas en nuestra sociedad?

--A mí me sorprendió encontrar referencias a la violencia natural o asociada a los celos como algo natural o la violación como esa búsqueda de reproducción. Uno lo piensa medio demodé, pero la verdad uno se encuentra lamentablemente muchas de estas cuestiones. Para mí el problema es que muchas de estas teorías, más que para interrogar terminan sirviendo para justificar, para naturalizar determinadas cuestiones. Y esta idea de que la violencia está en los otros también es una mirada patologizante, es el otro siempre el patológico, el enfermo, el psicópata, y con esto no quiero decir que la biología, la psiquiatría o la psicología no tengan nada para decir, pero sí me parece que tenemos que analizar las consecuencias políticas que tiene pensar de una manera o de otra, y eso es lo que intento un poco con el libro.

El marco que yo utilizo es el de masculinidades, del estudio de varones y masculinidades desde una óptica feminista y de las ciencias sociales. Me parece que es el marco que más nos sirve para tratar de entender y de transformar.

--¿Puede dar algunas pautas de cómo se explica la violencia masculina?

--Podemos pensar el lugar que ocupa la violencia en la construcción de un sujeto varón en la sociedad, el vínculo que tiene la masculinidad y la posición masculina en la sociedad con la violencia es muy particular. Por un lado, es un privilegio en el sentido de que se fomenta esa agresividad potencial en los varones y en las mujeres no, por eso los varones muchas veces podemos responder con agresividad a determinadas situaciones y las mujeres no tanto, porque tiene que ver con una educación y con una forma de hacer un sujeto masculino en el mundo. Pero lo curioso, y esto no lo digo yo sino Rita Segato, Bell Hooks, desde un feminismo particular, es la idea de que la primera forma de violencia que los varones aprenden en su vida no es contra las mujeres sino contra sí mismos, que es una violencia que viene de esa manera masculina de ver el mundo, que limita, que cercena. Audre Lorde dice eso cuando analiza su posición de madre con su hijo varón: hay toda una parte de la humanidad que a los varones se les niega y se les quita, no es que nacen machos, para hacer un macho hay que ejercerles violencia. Entonces, los varones tenemos una relación con la violencia particular, que se va gestando en esta idea de construcción de la masculinidad. Que después aparece también en la construcción de la heterosexualidad muy vinculada a la homofobia también, casi que construirse como heterosexual es construirse homofóbicamente, porque yo tengo que ser varón cis heterosexual y tengo que actuar como tal, y actuar como tal implica rechazar una parte de mí que es una parte humana, esconderla y atacar también toda esa forma de expresión de género, lo que está feminizado en la sociedad y en los demás, en el grupo de pares también, para que me interpelen no desde la homofobia sino desde la heterosexualidad como un par. Y en ese sentido me parece que la violencia tiene mucho que ver con el poder entre varones y de los varones sobre las mujeres pero también con la vulnerabilidad, en el sentido en que muchas veces para no exponer nuestra vulnerabilidad, algo que aprendemos de chiquitos con estas ideas un poco maniqueas ya del “no llores”, no te muestres vulnerable, la violencia es esa huida hacia adelante de la propia vulnerabilidad. Voy a actuar con violencia en este momento porque mi lugar de poder se ve amenazado y no quiero dejar expuesta mi vulnerabilidad, porque aprendemos los varones a lo largo de nuestra vida que si nos mostramos vulnerables, nos exponemos a la violencia del otro, a la humillación y subordinación del otro, a la vergüenza...

--Martín, uno de los casos que analiza en el libro, logra sobreponerse al bullying a través de ejercer violencia.

--Sí, y lo que me parece interesante de ese caso en particular, por ejemplo, es que desencializa un poco esta idea de “si vos ejercés violencia, naciste violento”, como si no fuera compatible en una misma trayectoria vital ser víctima y ser victimario. Por eso esa relación entre sufrir y hacer sufrir me parece interesante, muchas veces quienes hacen sufrir están evitando sufrir, y esa es la construcción que fueron aprendiendo y reforzando a lo largo de la vida. Cuando uno habla con estos varones se encuentra curiosamente con esas historias de vida, como que de repente fueron víctimas en un momento también en algo vinculado al género, a la jerarquía de género y de la masculinidad porque ocupaban un lugar subordinado en esa jerarquía, y fueron viendo que así funciona el mundo, en una estructura jerárquica entonces “si voy ascendiendo puedo pisar al otro y con eso se reafirma mi lugar”. Y la mujer en esos casos siempre ocupa una posición como de moneda de cambio para el prestigio y el lugar de poder en el grupo de pares y en esa idea de masculinidad, entonces se va construyendo y solidificando esa percepción de la vida como una jerarquía. No hay que perder posiciones porque saben lo que es estar abajo de todo en la jerarquía porque lo sufrieron, entonces el precio es hacer sufrir.

--En un capítulo habla de la violencia femenina como tabú ¿puede explicarlo?

--Ese capítulo empieza con un epígrafe grande de Amelia Balcarce que reivindica el derecho de las mujeres a ser malas. Me parece que también, si solamente pensamos la violencia como un atributo de los varones, como vinculado a una identidad de género particular, parece que es un problema político. Primero porque deja a las mujeres en la posición de víctimas y las cristaliza ahí, y deja a los varones en la posición de victimarios y los cristaliza ahí, y después también deja sin cubrir otras identidades y expresiones de género y su relación con la violencia. Obtura otras preguntas, y me parece que es también una decisión política en el sentido en que muchas veces, en este momento en particular en donde hay tanto trabajo con varones, hay mucha resistencia, muchos cuestionamientos un poco desde el lugar del sentido común: “bueno pero las mujeres también son violentas”, uno lo escucha mucho en los grupos eso, pero también lo escuchamos en las redes sociales. Me parece que no inhabilitar esa discusión es una opción política para no darle lugar a las críticas que están en la sociedad a los enfoques que tenemos, me parece una responsabilidad que es difícil porque es caminar una fina línea entre mirar el afuera y decir “bueno las mujeres también, entonces se acabó el problema”... no, vamos a estudiar, yo estudio la violencia masculina pero sí reconozco que la violencia no es propiedad de los varones, y que aparece de muchas maneras en muchos vínculos, y que es posible que las mujeres la ejerzan.

--También aparece, además, la confusión por el uso del término ‘violencia de género’ ¿no?

--Sí.

--Se plantea la idea de que las mujeres ejercen violencia de género, y ahí hay una confusión.

--Sí, para mí tiene que ver con lo que me preguntabas al principio cuando hablábamos de qué significa la masculinidad, pero con el género pasa un poco lo mismo, son palabras polisémicas que se usan a veces de una manera y a veces de otra. Yo hago un análisis en el libro de cómo fue cambiando la violencia, al principio era la violencia doméstica, después violencia familiar, violencia conyugal, y hay muchas maneras de pensar el problema, violencia contra las mujeres es una manera pero violencia de género es otra.

--Propone hablar de ‘violencia masculina hacia las mujeres´, no ‘violencia de género’ o ‘violencia machista’...

--Sí, igual es un concepto que después de toda un discusión, este es el último, ‘violencia masculina contra las mujeres’. Y me parece que está bueno por esto, porque habla precisamente de quién ejerce esa violencia y contra quién la ejerce, porque hay críticas al concepto de ‘violencia de género’ que dicen que invisibiliza que las personas que la sufren son mujeres, y que las personas que la ejercen son varones cis, en la mayoría de los casos. Me parece interesante también entonces digo, ‘violencia masculina contra las mujeres’ puede comprender varias cosas. Después al final cuando tengo que referirme a la cuestión, hablo generalmente de la relación entre violencia y género como paraguas más grande.

--¿Sirven los dispositivos para varones que ejercieron o ejercen violencia?

--La percepción de las personas que trabajan en grupos... y también estuve participando en investigaciones con profesionales de otros equipos, de la provincia de Buenos Aires, no es una sensación mía, es que la transformación o el cambio sucede, lo que pasa es que son cambios, y esa es una de las luchas que tenemos quienes trabajamos.

La transformación sí es posible, pero es un trabajo profundo en el sentido de que es extenso, y una de las reivindicaciones que hay desde los espacios es que cuando se derivan varones desde la justicia, no se deriven por tres meses. Nosotros decimos que el trabajo es de mínimo un año de espacio grupal, una vez por semana, porque es un trabajo que va al fondo de la cuestión, que revisa profundamente la subjetividad, la historia de vida, entonces es un trabajo que tiene un gran impacto pero que necesita un tiempo para germinar y florecer.

Muchas veces ya dentro y estando en el grupo, muchos de los varones dejan de ejercer violencia física y están mucho más permeables a, en vez de ejercer violencia, a poder construir un conflicto con la pareja, muchas veces me cuentan que tuvieron una discusión pero que no pasó a mayores, que “yo pude decir lo que pensaba y ella también me dijo y lo vamos charlando. A medida que van pasando los encuentros y los varones llevan más tiempo en los grupos, aparece otra manera de enfrentarse a los conflictos en el sentido de que se construyen los conflictos, y no se usa la violencia para que ese conflicto desaparezca. 

05/09/2021

Publicado enSociedad
Kathi Weeks: “Los movimientos sociales están influidos por la crítica del trabajo. Y si no lo están, deberían estarlo”

Weeks abre su última obra publicada en castellano preguntándose por qué la teoría política ha prestado tan poca atención al problema del trabajo, y frente a su privatización y despolitización, propone una reflexión sobre los modos de hacer público y repolitizar lo laboral.

 

Kathi Weeks es autora de El problema del trabajo, recientemente publicado en castellano por Traficantes de Sueños. En su obra, Weeks pone en juego una caja de herramientas que recorre distintas tradiciones desde los feminismos a los marxismos, desde la teoría literaria a las perspectivas de las luchas políticas, útiles para una concepción crítica del trabajo actualizada para el siglo XXI. En la conversación, aborda temas como los efectos de la pandemia en la ética del trabajo, los sujetos y movimientos políticos que en el presente podrían encarnar el rechazo al trabajo, la potencia de las demandas de Renta Básica Universal y de reducción de la jornada laboral, las paradojas y debates sobre el desarrollo tecnológico y la automatización, y la crítica de lo que denomina el sistema de el-trabajo-y-la-familia. Kathi Weeks es profesora de género, sexualidad y estudios feministas en la Universidad de Duke. 

En las condiciones de la pandemia hemos visto una intensa polarización, por un lado, entre una fuerte ética del trabajo como algo “esencial” en comparación con otras esferas de la vida, y por otro lado, una conciencia del sinsentido de buena parte de los actuales empleos. ¿Cómo ha sido esto en el caso de Estados Unidos, un país con una ética del trabajo tan fuerte? 


Sí, completamente. Cuando los valores dominantes alaban el trabajo como algo central en lo que significa ser un individuo de éxito y un miembro digno de la sociedad, durante la pandemia una clara mayoría de gente en Estados Unidos insistió en que el trabajo no era algo por lo que morir o por lo que valga la pena arriesgar la salud de los demás. Aunque esto pueda significar otras muchas cosas, el parón de la economía debería reconocerse como una expresión del rechazo a esa manera de entender y valorar el trabajo generador de renta. También el trabajo se ha desmitificado de otra manera con el reconocimiento de que solo algunos empleos son lo suficientemente útiles como para ser considerados “esenciales” para la sociedad, y estos no suelen ser los mejor remunerados o de alto estatus. Así, por ejemplo, finalmente se reconoció que los trabajadores y trabajadoras de comercios de alimentación realizaban un trabajo importante y socialmente útil, a pesar de que al mismo tiempo se les pedía que se presentaran a empleos peligrosos y aun así mal pagados. La otra cara fue que se hizo cada vez más obvio que buena parte del resto de empleos, quizás la mayoría, eran poco necesarios si no totalmente inútiles, es decir, sin ningún sentido más allá de generar beneficio y sueldos. Y si la institución familiar ha sido la forma típica o normativa de recluirnos en los hogares, la pandemia también nos obligó a depender aún más intensamente de un trabajo doméstico no asalariado del cual se espera que nos sostenga o reproduzca en el día a día y generación tras generación a pesar de tener muy poco apoyo social o tiempo descontado del trabajo asalariado.

¿Crees que la pandemia, junto a otras circunstancias, ha modificado los imaginarios del trabajo, y por tanto, las posibilidades de demandas como la Renta Básica Universal que analizas en tu libro?


La crisis reveló con mucha mayor claridad las espectaculares exclusiones y disfunciones —si bien muy mundanas y cotidianas— producidas por el sistema de el-trabajo-y-la-familia, en parte porque los medios de comunicación se vieron obligados a informar sobre muchas de las increíbles tensiones que se produjeron en los hogares. El tema de la renta básica universal recibió un gran impulso en un periodo en el que se hizo evidente que el sistema salarial y la familia, como dos de los mecanismos básicos de distribución del ingreso, no están a la altura en tiempos “normales” ni mucho menos tienen la capacidad de garantizar seguridad y sustento en tiempos de crisis.

No sé cuánto tiempo durará el impulso de estos actos de rechazo y desmitificación de los empleos “productivos” inútiles y del trabajo reproductivo no remunerado, pero seguramente sobre ello se puede construir algo que demuestre por qué necesitamos un modo más racional, completo y confiable de recompensar todas las formas de trabajo y de distribuir renta para todas las personas.

En el caso español o el inglés, en los últimos tiempos algunos sectores están intentando abrir nuevamente el debate sobre la reducción de la jornada laboral a 32 horas, o a 30 horas. En algunas versiones, su justificación se basa tanto en su compatibilidad con un cierto productivismo (“trabajar menos nos hace ser más productivos”) como con el familiarismo (“trabajar menos para estar más tiempo con la familia”), ambas justificaciones que son criticadas en tu libro. Resumidamente, ¿qué requisitos básicos desde tu punto de vista tendría que tener esta demanda en un país como España?


Es una pregunta muy importante, pero realmente no la puedo responder. En la medida en que la práctica de la política es un arte más que una ciencia, la formulación y promoción de demandas es un asunto necesariamente situado que depende del contexto político, económico y cultural local. Lo que puedo decir es: por un lado, creo que está claro que hay que pensar en términos de reformas que sean oportunas e inteligibles, lo que implica apelar a términos que nos sean familiares y que probablemente tengan algún tipo de sentido inmediato para la gente. Según esa lógica, defender la demanda de reducción de jornada evocando la eficiencia en el puesto de trabajo o en nombre de los valores familiares podría ser una manera viable de asegurar unos niveles de apoyo mayor. Por otro lado, existen profundas limitaciones en ese tipo de pragmatismo político a corto plazo.

¿Cómo cuáles?


En primer lugar, no me convence el moderar las propias demandas para que inspiren un apoyo pasivo, sino que el activismo apasionado y la militancia son necesarios para impulsar un gran proyecto de reforma. En segundo lugar, hay mucho que hablar acerca de a quiénes podría excluirse por estas justificaciones y sus posibles consecuencias no intencionadas. Aquí es donde encuentro que el argumento de “más tiempo para la familia” es particularmente poco convincente. Hablamos como si todo el mundo tuviera una “familia”, pero ese es un mito peligroso para muchas de nosotras que no la tenemos o no queremos tenerla, o que no tendríamos por qué deber o querer dedicarle ese tiempo. No querría que se perpetuase la mitología de la familia que ignora la violencia que ocurre dentro de las familias y que invisibiliza el trabajo económicamente fundamental que allí se realiza con poco apoyo bajo el disfraz del amor romántico. Presentar la demanda de reducción de jornada en términos de tiempo para la vida, como única justificación posible, me parece una formulación más abierta, inclusiva y menos prescriptiva.

Finalmente, yo diría que una demanda política radical que se precie también requiere un horizonte, un algo más allá, algo más que las posibles concesiones que seamos capaces de ganar en el corto plazo. De manera que la campaña por la reducción de jornada también pueda ser un proceso de aprendizaje, un laboratorio, para el cultivo de otros deseos y demandas más allá. Cómo se negocia la relación entre las consideraciones prácticas a corto plazo y el horizonte radical a más largo plazo es un tema de estrategia y táctica que siempre está en debate y que se figurará de distintas maneras según cada lugar y momento.

Si tomamos como referentes históricos del rechazo del trabajo las formas del sindicalismo revolucionario a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, o el caso del operaísmo y el feminismo italiano en los años 70, quizás en el siglo XXI es más difícil ver un sujeto tan delimitado que plantee esas reivindicaciones. En este sentido, ¿qué movimientos políticos crees que encarnan, o podrían encarnar, la crítica del trabajo asalariado en la actualidad?


Creo que tienes toda la razón al no pensar hoy en las luchas contra o más allá del trabajo en términos de un sujeto político único o delimitado. Por el contrario, tiendo a pensar que la mayoría de movimientos sociales y campañas activistas están influenciados por, y contribuyen a, la crítica del trabajo asalariado y no asalariado. Y si no lo están, deberían estarlo. Dado que el sistema de producción y reproducción de el-trabajo-y-la-familia nos afecta en casi todos los aspectos de nuestras vidas, parece por ello relevante para tantas luchas. Lo pienso de esta manera: en la medida en que el objetivo de nuestra crítica política y activismo sea el capitalismo racial, de ocupación, colonial y heteropatriarcal, entonces el trabajo —incluyendo el trabajo de hogar y comunitario, reproductivo y de cuidados no asalariado— es la vía por la que la mayoría de la gente nos sumergimos y conectamos con ese sistema (y estar en desempleo en una sociedad que distribuye los medios de vida principalmente a través del trabajo asalariado no te exime de esto). Si esto es cierto, entonces el trabajo debería ser algo que tales movimientos deberían abordar, y con frecuencia lo hacen.

¿En qué casos lo observas?


Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos aborda los ataques del capitalismo racial desde la división racial del trabajo a la brecha racial en la riqueza y la falta de apoyo a sus hogares y comunidades. El abolicionismo de las cárceles desafía el sistema industrial penitenciario como una forma de tratar, encerrar y silenciar a las poblaciones superfluas que el sistema de el-trabajo-y-la-familia capitalista no puede integrar. El movimiento de la huelga feminista internacionalista se centra en rechazar y visibilizar la dependencia del capital respecto a la explotación del trabajo de cuidado feminizado y no asalariado que le provee de trabajadores y consumidores día a día y generación tras generación.

Lo que pasa con el trabajo es que no funciona y nos falla a la mayoría de las personas: porque no hay suficientes empleos, porque se paga tan poco que no puedes mantenerte o porque trabajas tantas horas que no tienes tiempo para vivir. Los sindicatos son un espacio importante de la política de y contra el trabajo, pero otros tipos de organización, movimiento y activismo también están asumiendo los problemas relacionados con el trabajo dado que estos no se limitan a una clase social o a determinados sectores de la economía.

En los discursos sobre la liberación del trabajo hay una tensión histórica que, entre otros elementos, depende de cómo concibamos la posibilidad de una apropiación (o no) del cambio tecnológico en un sentido emancipador, de tomar “las fuerzas productivas” en el sentido clásico. Sin embargo, en tu libro no abordas la cuestión tecnológica en profundidad. ¿Cómo te planteas hoy esa relación entre la liberación del trabajo y la dimensión tecnológica?


Desconfío de la forma en que la tecnología se figura en algunos debates recientes. Porque creo que tenemos una tendencia notablemente obstinada a pensar la tecnología como algo en sí mismo, como si no fuera siempre un producto e instrumento de las relaciones sociales, como herramientas humanas que pueden tomar una miríada de formas y tener usos muy distintos. Entonces, tanto si celebramos la tecnología por liberarnos del trabajo como si la acusamos de robarnos el empleo, existe la sensación de que “eso” tuviera el control de mando, en lugar del Estado y el Capital. En la medida en que esto mantenga nuestra atención en preguntas sobre el desarrollo tecnológico en lugar de en preguntas más importantes —como la calidad y cantidad del trabajo asalariado y la distribución de la renta; como la organización, distribución y valor del trabajo de cuidado no asalariado; como quién está tomando las decisiones de inversión y con qué fin—, entonces creo que corremos el riesgo de distraernos o desorientarnos.

¿Esto ocurre también en algunos debates sobre la renta básica universal?


Sí. Algunos argumentan que un aumento dramático del desempleo tecnológico en la era digital es una razón por la que deberíamos apoyar una renta básica. Otros responden a eso argumentando que los trabajadores serán desplazados en algunos sectores de la economía, pero otros empleos absorberán a muchos de ellos. Simplemente, no creo que nuestro apoyo a la demanda de renta básica deba depender de ese debate. Hay problemas muchos más fundamentales y urgentes en los que deberíamos centrar la atención respecto al trabajo asalariado como sistema de asignación de renta: las disparidades raciales y de género en los salarios y el desempleo; la enorme cantidad de trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado en los hogares y las comunidades realizado de manera desproporcionada por mujeres sin la cual no habría una economía de trabajo asalariado; las terroríficas tasas de lesiones, enfermedades y muertes en el lugar de trabajo, incluido el enorme peaje que el estrés crónico de los trabajos mal pagados tiene en el cuerpo y la mente de la fuerza de trabajo; por no hablar del margen permanente de desempleo que no se considera un fracaso sino un signo de salud de las economías capitalistas. Si estas preguntas son tan importantes como lo son en el contexto del debate sobre la renta básica, centrarse en la tecnología o, en este caso, en el desempleo tecnológico, me parece una forma potencial de eludir o evitar abordar algunos de los defectos más básicos y de largo alcance del sistema salarial.

El debate actual sobre el sentido del desarrollo tecnológico está polarizándose fuertemente a partir de las condiciones de la emergencia climática y la crisis energética. Por un lado, hay una oposición entre algunos marxistas y defensores del Green New Deal que tienden a apoyar fuertes inversiones en tecnologías verdes, y por otro lado, propuestas como el decrecimiento o el ecofeminismo que abogan por una fuerte reducción de las infraestructuras tecnológicas y de la complejidad de los sistemas sociales actuales. ¿Qué implicaciones crees que pueden tener estos debates para actualizar o matizar los términos clásicos de la liberación del trabajo?


Creo que está bastante claro que llamar a una reducción del trabajo asalariado es coherente tanto con el decrecimiento como con el crecimiento verde, ambos enfoques que de alguna manera yo apoyaría. Hay dos puntos que quiero agregar a esto sobre cómo las políticas de cambio climático y destrucción ambiental se relacionan con las políticas contra y más allá del trabajo que yo defiendo.

El primer punto es que creo que es importante reconocer que el “productivismo” —es decir, la celebración del trabajo duro individual, la productividad y la autodisciplina que está en el corazón de la ética del trabajo moderna— está íntimamente ligado con el consumismo en las sociedades de capitalismo avanzado. Se supone que los bienes y servicios de consumo son nuestra recompensa, la gratificación pospuesta y debidamente aplazada al acabar el trabajo, por todo el digno sacrificio de nuestra fuerza de trabajo. La ética del trabajo y el consumismo son las dos caras de una misma moneda, el engranaje que impulsa al sistema económico. Al cuestionar una de esas caras también se desafía a la otra cara.

¿Cómo funciona ese desafío?


Más que imaginar que un menor tiempo de trabajo solo nos dará más tiempo para ir de compras, en vez de ello creo que nos dará un tiempo adicional para cultivar placeres y pasatiempos más satisfactorios y sostenibles. En ese sentido, la disminución de jornada y la renta básica universal podrían ayudar a sostener una reducción de trabajo que tendría un beneficio doble desde la perspectiva de una política del decrecimiento.

El segundo punto que quiero añadir es una advertencia sobre dos trampas en las que a menudo parece que caemos cuando imaginamos el futuro: o lo imaginamos como algo muy cercano al modelo actual como en un progreso lineal respecto a lo que tenemos ahora, o nos basamos en un modelo del tiempo pasado como una vuelta a algún período anterior de la historia. Lamentablemente, ambas maneras parecen inadecuadas en relación con cómo ocurre el cambio social, con cómo se mueve la historia. Aquí solo quisiera señalar que no creo que tengamos que elegir entre robots o granjas ni entre una producción industrial hipertecnológica y una producción artesanal a pequeña escala. Simplemente quiero que recordemos y seamos plenamente conscientes de la utilidad y de las limitaciones de nuestras visiones del futuro, limitaciones que no son culpa nuestra sino la consecuencia de los estrechos horizontes de toda perspectiva situada.

En la misma línea, y en relación con las demandas utópicas que trabajas en tu libro, tras leer sobre propuestas de “automatización total” como las que por ejemplo sostienen influyentes sectores en la izquierda británica, me surge el problema de un utopismo quizás “peligroso”. Por ejemplo, Aaron Bastani ha defendido en Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado que una crisis tan crucial como la de los picos del litio, el fósforo o el níquel podría resolverse mediante la minería de asteroides, lo que a su vez dependería de naves espaciales propulsadas por oxígeno. De este modo, ¿cómo crees que el materialismo “científico” del actual pensamiento ecologista condiciona e influye en la forma que pueden tomar nuestras utopías de liberarnos del trabajo asalariado?


¿Qué tiene la exploración espacial que se apodera de la imaginación de algunas personas? Como investigadora de estudios de género, siento la necesidad de especificar que tales personas no suelen ser mujeres o femeninas. Debo decir que la exploración espacial no me dice nada. Estoy de acuerdo en que la evocación de la minería de asteroides y de las naves espaciales suena más bien a un ejemplo del deus ex machina típico del género narrativo del progreso tecno-utópico: una solución milagrosa frente a un problema obstinado que se supone que lleva el relato hasta su final feliz. Dicho esto, no descartaría los posibles usos de la “automatización” para reducir las cargas de trabajo humano y animal. Pero seguramente la tecnología —nos podríamos referir a esto como tecnología “apropiada” o “responsable”— debe ser concebida, desarrollada y juzgada como parte de un ecosistema natural y social más amplio, no como si fuera un fenómeno de alguna manera antinatural o asocial.

Tampoco quisiera negar de manera simple la imprevisibilidad del futuro de la creatividad humana o las nuevas ideas que se nos podrían ocurrir para distanciarme o refutar a los defensores del statu quo que reducen esa creatividad a la invención heroica de un emprendedor que no logra construir nada más que otra trampa para ratones rentable. Pero mi reacción más inmediata a tu pregunta es que tal vez debamos abordar el lujo comunista desde un registro diferente, en términos del lujo de la ociosidad, la amistad, el aire fresco y la comunión con la naturaleza, como cosas que podríamos disfrutar si dispusiéramos de más tiempo por fuera del trabajo. Me parece que realmente la pregunta no es sobre nuestra capacidad para producir más o incluso el mismo nivel de riqueza social y económica, sino sobre cómo podemos apropiárnosla y convertirla en la verdadera riqueza de la igualdad y la libertad.

5 sep 2021 06:17

Publicado enSociedad
La mitigación del cambio climático debe ser una prioridad para la salud pública

El 9 de agosto, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó su último informe, Climate Change 2021: The Physical Science Basis, la contribución del Grupo de Trabajo I al Sexto Informe de Evaluación. El IPCC cuenta con tres grupos de trabajo: El Grupo de Trabajo I, centrado en la comprensión física más actualizada del sistema climático y el cambio climático; el Grupo de Trabajo II, que detalla los impactos, la adaptación y la vulnerabilidad; y el Grupo de Trabajo III, que se ocupa de la mitigación del cambio climático. Los dos siguientes grupos de trabajo presentarán sus informes en 2022. 30 años después del primer análisis del IPCC, esta último proceso añade precisión y mayor nivel de detalle, con, por ejemplo, nuevas evaluaciones regionales del cambio climático, para informar sobre la evaluación de riesgos y la elaboración de políticas. En particular, el informe eleva la influencia humana en el calentamiento global de forma clara a inequívoca. Su conclusión más importante es que es probable que el mundo alcance el objetivo del Acuerdo de París de 2015 de entre 1 y 5 ºC de calentamiento en los próximos 20 años, pero que aún es posible estabilizarse en 1-5 ºC si se producen reducciones drásticas de las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en las próximas décadas.

Actuar frente a la crisis climática es una prioridad clara, pero aún descuidada, para la salud pública. En la actualidad existe un gran número de trabajos que establecen una clara relación entre el cambio climático y la salud. Los efectos del cambio climático en la salud pueden ser directos –relacionados principalmente con los cambios en la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos (como olas de calor, sequías, incendios, inundaciones o tormentas)– e indirectos, a través de los cambios en los ecosistemas (por ejemplo, las enfermedades transmitidas por el agua y la contaminación atmosférica) y a través de los efectos mediados por los sistemas humanos (como los impactos laborales, la desnutrición, la salud mental, pero también la migración y los conflictos).

Los beneficios colaterales para la salud de la mitigación se han expuesto de forma exhaustiva en informes como el de la Comisión Lancet sobre Salud y Cambio Climático de 2015. La reducción de las emisiones disminuye la contaminación atmosférica y las enfermedades respiratorias; el transporte activo seguro disminuye las lesiones por accidentes de tráfico y puede reducir la incidencia de la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardíacas. Y lo que es más importante, la respuesta al cambio climático puede aportar inmensos beneficios para la salud humana, con un aire más limpio, dietas más sanas, ciudades más habitables, y puede reducir los factores de riesgo de futuras enfermedades infecciosas. Tener en cuenta los beneficios colaterales para la salud pública podría contribuir de forma importante a compensar los costes de las estrategias de mitigación.

La mitigación del cambio climático es también una cuestión de justicia. El cambio climático afecta de forma desproporcionada a los más vulnerables de las sociedades: personas mayores, niños, grupos socioeconómicos desfavorecidos y quienes viven en los países más frágiles.

Según el informe “Lancet Countdown” (“Cuenta Atrás”), las muertes relacionadas con el calor en los ancianos han aumentado en más de un 50% en las últimas dos décadas. Los efectos del calor sobre la capacidad laboral podrían provocar pérdidas de ingresos equivalentes al 4-6% del PIB en algunos países de renta media-baja. El cambio climático amenaza con socavar los últimos 50 años de avances en materia de salud pública. La comunidad de la salud pública tiene un papel crucial que desempeñar para acelerar los avances en la lucha contra el cambio climático.

Aunque la mayoría de los líderes mundiales reconocen las amenazas climáticas para la salud, sus acciones actuales son profundamente insuficientes. Los gobiernos han firmado el Acuerdo de París y han aceptado las conclusiones del último informe del IPCC (el llamado Resumen para Responsables de Políticas – Summary for Policymakers). Sin embargo, dentro de los países del G20 –responsables colectivamente del 80% de las emisiones–, 12 países (China, India, Brasil, Rusia, Sudáfrica, Arabia Saudí, México, Australia, Turquía, Corea del Sur, Indonesia y Japón) no han reforzado sus objetivos de emisiones tal y como pedía el Acuerdo de París, según The Times. Esta falta de compromiso de liderazgo es un mal augurio para la Cumbre del Clima de la ONU COP26, que se celebrará en noviembre de 2021.

Antes de la Cumbre, y junto con la publicación del informe anual “Cuenta Atrás” de The Lancet sobre el clima y la salud, The Lancet Public Health publicará el segundo informe de la “Cuenta Atrás” sobre el clima y la salud para China (el mayor emisor de carbono del mundo y donde vive una quinta parte de la población mundial). La revista también publicará una introducción al proyecto sobre cambio climático y salud en Europa para apoyar a los responsables políticos en sus decisiones.

El Reino Unido será quien presidirá la Cumbre del Clima COP26, posiblemente la última oportunidad para acordar medidas que puedan limitar el calentamiento global a un aumento de 1-5ºC, deberá liderar la revolución de las emisiones netas cero. Existe una oportunidad única para alinear la recuperación global de la COVID-19 con la respuesta al cambio climático para mejorar la salud pública, crear economías sostenibles y proteger el planeta.

18 agosto 2021

Traducción: Viento Sur

Publicado enMedio Ambiente
La televisión muestra una transmisión de un programa de entrevistas chino debajo de una foto del presidente chino Xi Jinping en Zhaxigang, China.Mark Schiefelbein / AP

La medida se ajusta a una campaña para frenar lo que el Partido Comunista chino considera una atención nociva a las celebridades.

El Gobierno de China prohibió que "hombres afeminados" aparezcan en la televisión y pidió a las emisoras que promovieran la "cultura revolucionaria", ampliando una campaña para reforzar el control sobre la sociedad y la firme determinación del país de limpiar el "caos" en el sector.

La Administración Nacional de Radio y Televisión dijo que los programas de televisión deben promover "enérgicamente la excelente cultura tradicional china, la cultura revolucionaria y la cultura socialista avanzada" y "poner fin resueltamente a los hombres afeminados y a otras estéticas anormales", agregó el regulador de la televisión, utilizando un término despectivo para los hombres con apariencia poco masculina "niang pao", o literalmente, "maricón".

La medida se suma a los límites impuestos para reducir el acceso de los niños a los juegos en línea, ajustándose a la campaña para frenar lo que el Partido Comunista chino considera una atención nociva a las celebridades.

Según los comentarios emitidos, esto refleja la preocupación oficial de que las estrellas del pop chinas, influenciadas por el aspecto elegante y aniñado de algunos cantantes y actores surcoreanos y japoneses, no están animando a los jóvenes chinos a ser lo suficientemente masculinos.

El presidente Xi Jinping durante una conferencia del viernes y sábado pasado, hizo un pedido a un "rejuvenecimiento nacional", con un control más estricto sobre los negocios, la educación, la cultura y la religión.

Asimismo, el Gobierno de Xi ha reforzado el control sobre las industrias chinas de Internet, imponiendo acciones antimonopolio, de seguridad de datos en empresas como Tencent Holding y el gigante del comercio electrónico Alibaba Group.

Publicado: 2 sep 2021

Publicado enInternacional
Jueves, 02 Septiembre 2021 06:01

La guerra de China contra los videojuegos

La guerra de China contra los videojuegos

Conocemos el doble rasero de Occidente en su relación con las naciones que no están bajo su esfera de influencia. Y sabemos bien cómo se utilizan causas nobles, para volcarlas en contera de sus adversarios o enemigos, como sucede con las mujeres afganas oprimidas por el movimiento talibán —proscrito en Rusia por terrorismo—

Ahora surgen quienes se rasgan por la decisión del Gobierno de China de limitar a los menores el uso de videojuegos en línea, decisión que acaba de tomar el Gobierno de Xi Jinping. Sin embargo, en Estados Unidos esta práctica ha sido común entre la elite del 1% más rico.

"Los hijos de Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Microsoft) o Sergey Brin (Google) no han sido niños con barra libre de tecnología en sus casas pese a sus padres y las empresas que han llegado a dirigir. Lo mismo ocurre con muchos otros hijos o sobrinos de grandes CEOs de empresas tecnológicas que incluso apuestan para la educación por colegios donde la tecnología no tiene cabida ni en su mínima expresión", explica Xataca, portal especializado en informaciónsobre tecnologías digitales e informática.

Steve Jobs, por ejemplo, defendía que sus hijos practicaran la lectura, en particular de la historia, o bien actividades que no implican el uso directo de tecnología. Bill Gates no dejó a sus hijos usar el teléfono móvil hasta los 14 años, aunque en la casa se usaban habitualmente por los adultos.

Para los CEO de empresas tecnológicas, evidentemente los más conocedores de los problemas vinculados al uso abusivo de ellas, el principal motivo para limitar el acceso de sus hijos, los seres más queridos por cualquierpersona, consiste en que "la tecnología usada de forma compulsiva acaba con la creatividad y limita las relaciones sociales".

Ahora es el Gobierno chino el que decidió poner límites a lo que considera "el opio de la mente", limitando a tres horas por semana el uso de videojuegos online a menores de 18 años —viernes, sábados y domingos, de 20.00 a 21.00 horas—. Xi argumentó además que la tendencia al consumo abusivo de videojuegos es "peligrosa para la economía del país"

En China existían ya restricciones que limitan las partidas entre varios jugadores por internet a una hora y media al día para menores, además de que los juegos de las tres grandes compañías occidentales —Sony, Nintendo y Microsoft— están regulados. Las nuevas restricciones afectan a grandes empresas chinas como Tencent.

Según un informe de El Economista, en EEUU se está detectando "un aumento en el número de jóvenes que abandonan el mercado laboral u optan por empleos a tiempo parcial para tener más horas para jugar", riesgo aún mayor en China donde "dominan los juegos multijugador online, mucho más complejos, atractivos y absorbentes que un juego para un solo jugador de consola".

Desde tiempo atrás China está en una campaña para regular sus monopolios, entre ellos los digitales, para "prevenir la expansión irracional de capitales" y "abordar el crecimiento salvaje" del sector tecnológico.

El Partido Comunista debe "guiar y supervisar a las empresas" y poner en marcha "regulaciones efectivas y normas precisas" con el objetivo de "servir a los intereses generales del desarrollo económico", según las declaraciones oficiales.

En los hechos, se colocaron multas al gigante del comercio electrónico Alibaba por casi 3.000 millones de dólares, la mayor multa antimonopolio en la historia del país; se puso la lupa en compañías como Meituan y Didi, similares a Uber, arguyendo riesgos para la seguridad de los datos de los usuarios, y llegaron a bloquear los planes de Tencent para fusionar las plataformas de retransmisión de videojuegos Huya y Douyu para "evitar una situación de monopolio".

El director del Observatorio de la Política China, Xulio Ríos, acepta que la política de Xi se propone controlar la seguridad de los datos al comportamiento monopolístico, asegurar la estabilidad financiera del país, "pero también el control político o ideológico" que en su opinión "no puede faltar".

Estima que buena parte de estas medidas son adecuadas para controlar "los abusos de poder y corruptelas de los multimillonarios y sus empresas privadas o semiprivadas que acaparan el mercado y se adueñan de los datos de los usuarios de sus productos".

Pero Ríos asegura que quienes desde Occidente critican a China, fracasaron en sus objetivos de "meter en cintura a estas empresas que abusan de su posición dominante en el mercado", como es el caso de Google, Amazon, Facebook o Amazon a las que ni EEUU ni la Unión Europea consiguieron que cumplan sus obligaciones fiscales. "Una vez más, Beijing exhibe la eficiencia de su gobernanza en este aspecto", concluye Ríos, con cierta ironía.

En noviembre de 2020, cuando el brazo financiero de Alibaba, el grupo Ant de Jack Ma, planeó la mayor salida a bolsa de la historia, el Gobierno de Xi intervino para impedirlo, porque busca construir una economía y un sector empresarial preparado para la contienda geopolítica en curso, "aunque ello exija articular una menor dependencia del capital internacional y la acumulación de capacidades internas tanto en el orden energético como industrial".

En mi opinión, los dirigentes chinos han comprendido que en las próximas décadas la competencia geopolítica con EEUU no hará sino agudizarse, con amenazas de guerras y de agresiones de todo tipo, desde las armadas hasta las económicas y financieras. El punto fuerte de Washington era la superioridad militar, ahora seriamente acotada por el crecimiento cuantitativo y cualitativo de las fuerzas armadas chinas.

Pero existe otro punto fuerte en Occidente, que Ríos describe como "los riesgos sistémicos" en el sistema bancario y financiero de China y que tanto EEUU como la UE pueden aprovechar para debilitar al Dragón. En suma se trata de un respuesta a los crecientes riesgos geopolíticos que enfrenta.

Es cierto que las regulaciones estatales fuertes pueden afectar las opciones y libertades de sus ciudadanos, como también advierte Ríos. Sin embargo, las regulaciones existen incluso en Occidente que siempre discursea sobre las libertades. Actitudes como las de Jobs y Gates no son cuestionadas, pero cuando un país no occidental busca algún tipo de regulación, comienzan los sermones "democráticos".

La historia del siglo XX, por no ir más lejos, nos enseña que en los períodos de agudas disputas geopolíticas, las libertades personales suelen ser acotadas, cuando no eliminadas, en todos los países que participan en la contienda.

Publicado enCultura
Jueves, 02 Septiembre 2021 05:48

Los matices del perdón

Los matices del perdón

Entrevista al psicoanalista Alberto César Cabral

Una mirada psicoanalítica sobre el perdón, sus límites, la culpa y el arrepentimiento.

El perdón estuvo vinculado históricamente a un sentido religioso. Pero también con una posición ética respecto de quien tiene la "autoridad moral" para perdonar y quien tiene la suficiente conciencia ética como para arrepentirse. ¿El perdón es acaso la respuesta más apropiada ante las ofensas o los daños que nos infringe un otro? ¿Qué tiene para decir el psicoanálisis al respecto? Muchos de estos interrogantes son los que trabaja el psicoanalista Alberto César Cabral en su libro El perdón y sus límites. Una aproximación psicoanalítica (Teseo). Cabral es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y exdirector del Instituto "Ángel Garma". También autor de Cuestiones en psicoanálisis, entre otros libros.

¿Qué diferencia existe entre el uso cotidiano del término "perdón" y de su concepción psicoanalítica? Cabral señala que hay un uso cotidiano que no ha roto plenamente sus adherencias de origen con el sentido religioso. "Hoy está aceptado que el perdón no existió en todas las épocas ni en todas las culturas. Roma y Grecia no tenían idea de lo que era el perdón como lo entendemos actualmente. Y es claro que las religiones monoteístas tuvieron mucho que ver con modelar las primeras nociones que estuvieron ligadas a la idea del perdón", plantea Cabral. El autor entiende que en los últimos tres siglos se produjo un proceso de secularización progresiva de la noción de perdón que lo fue despojando de sus connotaciones religiosas.

"No hay 'una' concepción psicoanalítica del perdón. Es una cuestión polémica, también entre los analistas. Hay colegas que, a mi modo de ver, reciclan concepciones religiosas del perdón. Lo consideran una 'virtud moral': la decisión de 'no perdonar', entonces, constituiría el testimonio de una elaboración no adecuada del rencor y el odio. Es claro que de ahí se desprende una concepción de la cura que debería desembocar inevitablemente en el perdón, y que lo convierte en objeto de una prescripción, sostenida por la autoridad del analista", señala Cabral. "La aproximación filosófica, ética e incluso la jurídica pecan en muchos momentos de cierto voluntarismo, como si se tratara exclusivamente de la buena voluntad de la víctima, del potencial y de la disposición de amor de la que sería portador como si bastara eso para definir si un agravio, una ofensa pueden o no ser perdonados", agrega.

--¿Qué lugar ocupa la culpa en el perdón de acuerdo a la mirada psicoanalítica?

--Lo podemos pensar en la dupla que forman el victimario y la víctima. Los autores anglosajones hablan del perpetrador y suena impactante. Respecto del ofensor y la víctima, la culpa está del lado del perpetrador, en una mirada convencional, de aquel que cometió la falta sobre el otro. Respecto del perpetrador también se supone que hay un goce también porque hay algo del orden del regodeo de la propia culpabilidad que, en algún punto, exime al sujeto de la posibilidad que le cabe en ver si puede o no enmendar aquello que protagonizó. Si no es así, la posición de culpa, el registro de la culpa por parte del perpetrador puede ser un primer paso en un proceso subjetivo de arrepentimiento, que cuando es realmente eficaz, en realidad lo que supone es un cambio de posición subjetiva por parte del perpetrador de dirigir una mirada distinta sobre el acto que protagonizó sobre la víctima.

--Ya que trae el tema de víctima y victimario y del arrepentimiento, ¿desde qué aspecto del psicoanálisis se puede pensar el pedido de perdón sin arrepentimiento, como muchas veces sucede en la violencia de género, por ejemplo?

--Una escucha psicoanalítica permite discriminar cuánto hay de lo que algunos autores serios y rigurosos del campo de la filosofía y de la ética recortan con mucha claridad descriptivamente del momento del arrepentimiento como un preliminar lógico en el trabajo del perdón. Pero no alcanzan porque son las limitaciones del propio discurso. Así como el discurso psicoanalítico tiene sus límites, lo tienen también otros discursos. El discurso filosófico, el ético, el religioso no alcanzan a dar cuenta, más allá del plano descriptivo, qué es lo que lo que supone lo que ellos llaman un “arrepentimiento genuino”. Entonces, hablan, por ejemplo, de un cambio de corazón, de un renacer del victimario, de una renacer en el amor. Es decir, una serie de frases que, a mi modo de ver, encubren una dificultad para contar con herramientas más rigurosas que permitan dar cuenta de cuándo, por ejemplo, un arrepentimiento es voluntarista, cuándo es hipócrita, cuándo transmite lo que llamamos coloquialmente "lágrimas de cocodrilo" y cuándo, en realidad, el discurso de arrepentimiento por parte del perpetrador tiene una condición de franqueza que logra provocar también en la víctima un cambio de posición subjetiva.

--¿Perdonar implica una renuncia desde el punto de vista subjetivo?

--Sí, y esto no es patrimonio exclusivo de una mirada psicoanalítica. Se acepta en otros ámbitos --y los analistas lo tomamos-- que efectivamente el perdón supone una renuncia por parte de la víctima al deseo de venganza, pero también a los resabios de odio subsistente a la conducta del perpetrador, pero no por una cuestión de buena voluntad sino porque existe en la víctima una voluntad genuina de relanzar el vínculo que fue puesto en jaque en su continuidad por la ofensa perpetrada. Si la posición subjetiva de quien perdona está sostenida en una represión del rencor hacia el victimario, el perdón tendrá un carácter precario, frágil, expuesto a los inevitables retornos de la hostilidad reprimida. Si el trabajo elaborativo desemboca en cambio en un "deseo decidido" (Lacan) de relanzar el vínculo que el accionar del perpetrador puso en jaque (a despecho del rencor subsistente), se abre la posibilidad de un perdón "genuino", no neurótico. En ese sentido, el perdón supone un movimiento más elaborado que las meras disculpas. Cuando uno acepta las disculpas de otro renuncia a la venganza sobre el otro (cuando la aceptación de la disculpa es genuina), pero no necesariamente quien acepta las disculpas de otro está interesado en relanzar el vínculo amoroso, fraterno, amistoso que lo unía previamente con el perpetrador. Están las disculpas, pero se puede no apostar a relanzar el vínculo y mantener las cosas en una suerte de coexistencia pacífica.

--Yendo un poco al título del libro, ¿hay un límite para perdonar? ¿De qué depende?

--Hay una categoría que tiene que ver con lo imperdonable que para mí fue la puerta de entrada a esta problemática porque en la clínica uno puede apreciar con bastante nitidez y con mucha frecuencia que rupturas vinculares precipitadas por situaciones vividas como daños generados por un otro con el que se estaba en relación generan algo del orden de una experiencia subjetiva de que el otro atravesó cierto límite y franqueó cierta barrera. Y en ese punto generan un odio, un rencor que es resistente a los intentos de elaboración del daño sufrido. En otros casos, no, uno puede registrar que el curso del trabajo analítico permite una elaboración de lo que inicialmente se vivió como un daño sufrible y como producto de esa elaboración, la víctima se puede ubicar inicialmente en una posición de "yo a éste no lo perdono, esto fue imperdonable", y puede modificar su posición subjetiva. Esto es algo que para una analista es imposible de ponderar a priori. Es al cabo de intentar procesar analíticamente, elaborativamente el daño sufrido, que se puede llegar o no a acercar a un núcleo de imperdonable. 

01/09/2021

Publicado enSociedad
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en la presentación del tercer informe de Gobierno, en Palacio Nacional de la Ciudad de México (México). — Sáshenka Gutiérrez / EFE

El presidente mexicano denuncia que los Gobiernos anteriores abrieron el mercado eléctrico "para dar preferencia a empresas particulares, nacionales y sobre todo extranjeras, con la entrega de subsidios entre otras prebendas".

 

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, anunció este miércoles que en septiembre presentará ante el Congreso una reforma constitucional para revertir las "privatizaciones" en el sector eléctrico.

"En cuanto a la industria eléctrica, este mes voy a enviar al Congreso una iniciativa de reforma constitucional que permita reparar el grave daño que causó la privatización al sector público", anunció, al presentar este miércoles su tercer informe de gobierno.

Al iniciar su discurso en el Palacio Nacional, el mandatario izquierdista aseguró que "la transformación está en marcha" en México y que su Gobierno ha decidido "parar en seco la tendencia privatizadora".

López Obrador, del izquierdista Movimiento Regeneración Nacional (Morena), denunció que los Gobiernos anteriores abrieron el mercado eléctrico "para dar preferencia a empresas particulares, nacionales y sobre todo extranjeras, con la entrega de subsidios entre otras prebendas".

En cambio, reprochó, que las plantas de la energética pública Comisión Federal de Electricidad (CFE), "fueron completamente abandonadas" y el actual Gobierno está "modernizando las plantas hidroeléctricas para reducir el uso de combustóleo y carbón".

"En pocas palabras, la meta es que tengamos abastecimiento público frecuente de energía eléctrica, que no haya apagones y que los consumidores paguen la luz con tarifas más elevadas que las corporaciones empresariales", detalló sobre su reforma.

La coalición oficialista, liderada por Morena, no ostenta la mayoría calificada de dos terceras partes de la Cámara de Diputados y del Senado para aprobar reformas constitucionales, por lo que necesitará pactar con la oposición.

El presidente López Obrador es contrario a la reforma energética de su antecesor, Enrique Peña Nieto (2012-2018), que abrió el sector a las empresas privadas.

Por ello, decidió presentar una reforma constitucional dado que sus leyes para dar prioridad a las energéticas públicas CFE y Pemex (Petróleos Mexicanos) se encuentran encalladas ante los tribunales por un alud de amparos de compañías privadas.

Durante la presentación de su tercer informe, el que marca el ecuador de su mandato, presumió que su Gobierno no entrega concesiones nuevas a particulares en minas, agua, hospitales, puertos, vías férreas, reclusorios ni obras públicas, pero "lo más importante es que hemos detenido la privatización en el sector energético", aseguró.

Recordó que quiere dejar de "importar" gasolinas y por ello ha modernizado las seis refinerías existentes, está construyendo la refinería de Dos Bocas (Tabasco) y compró la totalidad de la planta Deer Park (Texas, Estados Unidos). 

01/09/2021 16:02

EFE

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Marianela Anzola lee el comunicado anunciando que la oposición participará en las elecciones.. Imagen: Twitter

La llamada Plataforma Unitaria rompe tres años de boicot y llamados a la abstención

Las agrupaciones políticas señalaron sin embargo que las elecciones no serán "justas ni convencionales" ya que hay "obstáculos graves que ponen en riesgo la expresión de cambio del pueblo".

 

La oposición de Venezuela anunció su participación en unidad en las elecciones de alcaldes y gobernadores previstas para el 21 de noviembre, rompiendo tres años de boicot y llamados a la abstención por falta de condiciones. Así lo informaron desde la llamada Plataforma Unitaria en una conferencia de prensa este martes, aunque advirtieron que los comicios "no serán elecciones justas ni convencionales". 

El anuncio se produce en momentos en los que el gobierno de Maduro y la oposición participan en México de un proceso de negociación que incluye, entre otros puntos, la elaboración de un cronograma electoral y el levantamiento de las sanciones internacionales. La oposición viene de abstenerse de participar en las elecciones de 2018, cuando se reeligió al presidente Nicolás Maduro, y en los comicios legislativos de 2020, cuando perdieron el Parlamento, único poder que controlaban. En ambos casos tacharon las votaciones de fraudulentas.

"Un extenso y difícil proceso de deliberación"

"Anunciamos a la comunidad nacional e internacional nuestra participación en el proceso de regionales y municipales del 21 de noviembre de 2021 con la tarjeta de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD)", señala el comunicado de la Plataforma Unitaria leído por Marianela Anzola, militante del partido Un Nuevo Tiempo (UNT). Anzola estuvo acompañada por varias figuras opositoras como Henry Ramos Allup, líder del partido socialdemócrata Acción Democrática (AD), o Tomás Guanipa, de Primero Justicia (PJ), organización de la que forma parte el dos veces candidato presidencial Henrique Capriles.

La plataforma opositora tomó la decisión de presentarse a los comicios de noviembre "después de un extenso y difícil proceso de deliberación interna que contó con la participación de líderes locales, regionales y nacionales". "Nos mueve la difícil situación que atraviesa nuestro país, el sentido de urgencia para encontrar soluciones permanentes a nuestros padecimientos y el propósito de fortalecer la unidad", aseguraron.

Las agrupaciones políticas explicaron que las elecciones no serán "justas ni convencionales" ya que hay "obstáculos graves que ponen en riesgo la expresión de cambio del pueblo" venezolano. "Sin embargo, entendemos que serán un terreno de lucha útil para fortalecer a la ciudadanía e impulsar la verdadera solución a la grave crisis de nuestro país: unas elecciones presidenciales y legislativas libres", destacaron.

Por ese motivo consideran que es una oportunidad para organizarse "al servicio de la reinstitucionalización democrática de Venezuela". La decisión de acudir a las urnas "complementa los esfuerzos que se adelantan en México", donde el gobierno y la oposición empezaron a dialogar "y apuntan a una solución pacífica y negociada", destacó la alianza opositora.

El regreso de la Mesa de la Unidad Democrática

El Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela habilitó el pasado 29 de junio a la MUD, la mayor coalición conformada por la oposición que estaba inhabilitada desde el año 2018. La MUD nació en 2008 como un alianza que aglutinaba una treintena de organizaciones. 

En 2012 la coalición se inscribió como partido para presentarse a las legislativas de 2015, en las que el chavismo perdió el Congreso por primera vez en 15 años. Reúne a los partidos tradicionales como AD o PJ, así como a Voluntad Popular (VP) del opositor Leopoldo López y en el que militó durante casi toda su carrera Juan Guaidó.

Varios partidos de la oposición habían expresado ya su deseo de participar en las elecciones regionales, que serán organizadas por un CNE con representantes de la oposición y el gobierno designados en una negociación interna. Capriles mostró su respaldo a acudir a las urnas el próximo 21 de noviembre pero Guaidó, que insiste en que no hay condiciones para unas elecciones, no ha dicho todavía si va a participar.

El secretario general de AD, Henry Ramos Allup, indicó este martes que la lista de candidatos está "bastante adelantada". Allup se encargó de remarcar que el anuncio era de la plataforma política y no del "gobierno interino" liderado por Guaidó, quien se autoproclamó presidente encargado de Venezuela precisamente tras desconocer la reelección de Maduro en 2018.

El diálogo en México

Allup señaló además que la decisión de acudir a las urnas tiene el "visto bueno" de Estados Unidos y la Unión Europea en medio del interés por llegar a una solución de la crisis política en Venezuela. Esta novedad de la oposición ocurre en medio del diálogo instalado en México entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición liderada por Guaidó.

En el memorándum que firmaron el pasado 13 de agosto, ambas delegaciones mostraron su disposición a "acordar las condiciones necesarias para que se lleven a cabo los procesos electorales consagrados en la Constitución con todas las garantías y entendiendo la necesidad de que sean levantadas las sanciones internacionales", en referencia a las medidas punitivas de Estados Unidos que incluyen un embargo petrolero, a las que se han sumado Canadá y la Unión Europea.

Las partes también rechazaron "cualquier forma de violencia política" contra el país" y la "estabilización de la economía", que se ha reducido un 80 por ciento desde 2014, forzando la migración de unas cinco millones de personas. El diálogo en México, tutelado por Noruega, se produce tras un último fracaso en las negociaciones que se llevaron a cabo en Barbados en 2019.

31/08/2021

Publicado enInternacional