El presidente de Turquía, Tayyip Erdogan. -REUTERS

Probablemente, aunque ustedes lean asiduamente la prensa y sigan con regularidad la actualidad europea, no han oído hablar de la creciente tensión militar entre Turquía y Grecia. Es por dos motivos. El principal es que las disputas territoriales en esta parte del Mediterráneo oriental se remontan más de un siglo atrás y, con mayor o menor intensidad, las amenazas de un conflicto armado que en realidad nunca llega no son una novedad. Y, por lo tanto, no son noticia. También se da otra circunstancia: mientras Grecia bate récords de ocupación turística, cada vez interesa menos lo que ocurre en Grecia. No es casualidad. Los turistas no se interesan por lo que sucede en el lugar que visitan, ni en Grecia ni en ninguna parte. Por eso no se preocupan si sus vacaciones son asequibles porque responden a un modelo basado en los sueldos de miseria y la depredación de los recursos naturales. Pero ese es otro tema que deberemos abordar en otro momento.

Vamos al grano: ¿Están Turquía y Grecia a punto de comenzar otra guerra? Seguramente no. Muy probablemente no. Casi seguro que no. Es prácticamente imposible que haya una guerra entre dos miembros de la OTAN. Puedes dejar de leer; ese es el resumen de todo. Que no, vamos, que no. Pero ahora viene un matiz: hasta el 21 de febrero de 2022 por la noche, quien firma este artículo sostuvo, por activa y por pasiva, que era imposible que Rusia iniciara en Ucrania una invasión a gran escala. Y ahora ya no se atreve a afirmar nada de manera categórica. No tanto por miedo a equivocarse de nuevo, sino porque esa noche del 21 de febrero, el mundo cambió hasta extremos de los que aún no somos conscientes.

Un repaso –no exhaustivo– de algunos hechos recientes. Devlet Bahçeli, político turco de extrema derecha y aliado del presidente Recep Tayyip Erdoğan, el 10 de julio publicó una foto en la que posa sosteniendo un mapa que marca todas las islas griegas del Egeo oriental –27 en total incluyendo a Creta– como pertenecientes a Turquía. La publicación del mapa provocó un enorme revuelo en Grecia. Todos los telediarios hablaron de ello durante semanas, pero aquí convendría hacer una aclaración. Antes de la publicación de ese mapa, 'Turquía' ya era el término más repetido en los informativos de ERT, la cadena pública, según un estudio publicado a principios de 2022. Y yo mismo he visto mapas similares a ese pero incluyendo como helenos territorios turcos. Sin ir más lejos, en la comisaria de policía de Pankrati, barrio de Atenas –es decir, dentro de un edificio oficial– hay un mapa en el que se incluye a Estambul en lo que denomina "la Grecia histórica". El 3 de septiembre, Erdoğan, acusó a Grecia de establecer presencia militar en islas que, según su interpretación de un tratado de hace 100 años, deberían estar desmilitarizadas y en la actualidad están "ocupadas" por Grecia. El gobierno griego rechaza la acusación. "Su ocupación de las islas no nos obliga", dijo Erdoğan en un discurso televisado, "cuando llegue el momento, a la hora correcta, haremos lo que sea necesario". Concretamente, Erdoğan amenazó con "llegar de improviso una noche" a lo que ahora es Grecia. Según Atenas, Ankara violó su espacio aéreo 110 veces el pasado 14 de septiembre; F-16 turcos entraron en el espacio aéreo griego 48 veces. Para ponerlo en perspectiva, en 2014 Turquía violó el espacio aéreo heleno 2.000 veces.  El 11 de septiembre, una patrullera helena abrió fuego contra un mercante turco en lo que Turquía considera aguas internacionales. El 17 septiembre el ejército turco mostró que estaba movilizando equipo y personal militar hacia Edirne, la principal ciudad de su frontera terrestre con Grecia.

Para entender con una perspectiva histórica las complicadas relaciones entre estos dos países, como de hermanos que se llevan fatal, el mejor libro que se ha escrito en español es Sinora, del periodista Andrés Mourenza. Es imposible explicarlas, ni siquiera resumidamente, en un artículo. Sólo a modo de enumeración, estos son los principales conflictos vivos: en Chipre nunca se ha firmado la paz y la isla sigue dividida entre la parte norte, turcochipriota, que sólo Turquía reconoce como país independiente y el sur, grecochipriota, que cuenta con el apoyo de Atenas. Por si fuera poco, desde hace años Turquía realiza un proyecto de prospecciones en Chipre que enfrenta a las partes, porque Grecia considera que las aguas en donde buques turcos buscan petróleo y gas pertenecen a la Zona Económica Exclusiva de Chipre. El último enfrentamiento militar entre Grecia y Turquía fue en 1996, por un islote deshabitado que unos llaman Imia y otros Kardak. Esta roca apenas tendría importancia, si no fuera porque es uno de los puntos donde chocan las pretensiones de uno y otro lado respecto de la delimitación de la plataforma continental, las aguas territoriales, el espacio aéreo, las Regiones de Información de Vuelo y la desmilitarización de las islas del Egeo. Para echar más leña al fuego, Grecia no renuncia a su pretensión de ampliar sus aguas territoriales de 6 a 12 millas. Atenas argumenta que puede hacerlo en virtud de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982. Ankara alega que dicha Convención no le afecta porque no la firmó. En 1995, el parlamento turco advirtió a Grecia de que ampliar sus aguas territoriales a 12 millas sería considerado "un acto de guerra al que respondería". A finales de 2018, el ministro de defensa Hulusi Akar recordó explícitamente a Grecia que dicha resolución "sigue vigente". Lo cierto es que si Grecia llevara a cabo la ampliación, convertiría a Turquía en un país sin salida al mar en la mayor parte de su territorio, porque sus barcos tendrían que atravesar casi inevitablemente aguas helenas. Grecia no ganaría mucho, excepto humillar a su eterno rival. Otro de los conflictos que les enfrenta es la (mal) llamada crisis de los refugiados. Turquía usa a los solicitantes de asilo que quieren llegar a Europa para chantajear a la UE y ésta responde permitiendo que Grecia vulnere la Convención de Ginebra, anule de facto el derecho de asilo y abandone impunemente a miles de personas a la deriva en el Egeo. El nacionalismo griego ve a los refugiados musulmanes como los peones de una invasión dirigida por Erdoğan. Hace pocos días se ha conmemorado el centenario de la Tragedia de Esmirna, el episodio más conocido del conflicto en el que un millón y medio de griegos otomanos fueron expulsados a la fuerza de lo que pronto sería la Turquía moderna. Otros miles fueron asesinados. El nacionalismo griego lo tiene muy presente aunque hayan pasado cien años. También hubo muchísimos turcos que se fueron de lo que hoy es Grecia.

Turquía es una de las grandes ganadoras de la guerra de Ucrania. Por un lado, Erdoğan ha demostrado una gran capacidad diplomática para ser, al mismo tiempo, miembro de la OTAN y el mejor valedor de Vladimir Putin fuera del espacio exsoviético. Erdoğan ha liderado esfuerzos negociadores que han sentado a ambas partes –algo que la UE no ha conseguido. Pero su papel no se ha limitado a la diplomacia. Los drones de fabricación turca han demostrado una altísima capacidad militar. Con ellos, el ejército ucraniano consiguió eliminar la columna de blindados rusos que se dirigía a tomar Kiev durante las primeras semanas de la guerra. La efectividad de los drones catapultó a la industria militar turca, algo especialmente relevante para un país que atraviesa una severa crisis económica desde hace casi un lustro. Además, Turquía es actualmente una parte activa de otras guerras que, aunque requieren un esfuerzo logístico importante, aumentan su capacidad militar. Está presente en Libia, donde tiene desplegadas varias fragatas con armamento puntero, drones y lleva a cabo un programa de entrenamiento de tropas. Tiene una parte del norte de Siria ocupada y amenaza con ocupar una franja aún mayor. Realiza incursiones y bombardeos regularmente en el norte de Irak para atacar bases del PKK y aldeas donde supuestamente recibe apoyo. Turquía es también la principal valedora de Azerbaiyán en el conflicto que le enfrenta a Armenia por Nagorno-Karabaj. Por no hablar de la guerra de baja intensidad que volvió al Kurdistán turco en 2015 y, a pesar de las subidas y bajadas, nunca se terminó de ir.

La historia de Grecia es la de un país expansionista. Aunque comparada con Turquía parezca un Estado pequeño y débil, la verdad es que desde su independencia del imperio Otomano en 1821 ha ampliado su territorio cada vez que ha podido. Un ejemplo que tal vez no es muy conocido en el resto del mundo: en la I Guerra Mundial Grecia se mantuvo neutral hasta que los Aliados le propusieron ser la potencia regional, en sustitución de los otomanos. Grecia entró en la guerra interpretando tal propuesta como una carta blanca para conquistas Estambul y Ankara.

Aunque Grecia es un país pequeño, es el país de la Unión Europea que tiene más militares per cápita. A pesar de su crisis financiera endémica, es uno de los poquísimos socios de la OTAN que cumplía el requisito de invertir el 2% de su PIB en Defensa. En Grecia el servicio militar es obligatorio para los varones y sólo el movimiento anarquista se opone a ello, sin lograr de ningún modo un impacto remotamente similar al que tuvo el movimiento antimilitarista en el Estado Español en los años 90. Los partidos de izquierda no se oponen a la mili. El único movimiento social de dimensiones considerables que se ocupa de ello es Spartacus, un movimiento clandestino de soldados organizados para asesorar a los nuevos reclutas y denunciar abusos sobre los soldados, tanto los profesionales como, sobre todo, los que están haciendo el servicio militar. En 2016, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó de nuevo a Grecia por no permitir a un objetor de conciencia un servicio social alternativo en lugar del militar. A principios de 2022 el primer ministro heleno, Kyriakos Mitsotakis, consiguió que Grecia pueda adquirir el avión de combate furtivo F-35 de EE.UU. Eso ya habría supuesto una cierta amenaza para Turquía, pero es que, en la misma visita a Washington, Mitsotakis pidió explícita y públicamente que Turquía no entre en el programa de actualización de sus cazas F-16 con nuevos misiles, radares y sistemas electrónicos.

Desde el punto de vista militar, Turquía es mucho más poderosa que su vecina helena. Pero aquí viene lo más complicado de la cuestión: tanto Grecia como Turquía son miembros de la OTAN. Una guerra entre Grecia y Turquía arrastraría al resto de Europa. Turquía también cuenta con armas nucleares estadounidenses, al igual que los Estados miembros de la UE, Alemania, Italia, Bélgica y los Holanda. Grecia es miembro de la UE. Francia tiene sus propias armas nucleares y ya ha sugerido que, en caso necesario, defendería a Grecia. En una supuesta guerra, cabría la posibilidad de que la OTAN quedara irremediablemente dividida en un intercambio entre Estados miembros con potencia nuclear. Es un escenario tan inédito e imprevisible que da miedo sólo imaginarlo.

¿Pero por qué no resuelven de una vez sus disputas sentados en una mesa? Al fin y al cabo, comen lo mismo, cantan igual, bailan parecido y no saben vivir la una sin la otra. Todos los gobiernos, de uno y otro lado, dirán que lo han intentado. Unas palabras de Erdoğan en Washington, haciendo referencia a la visita de Mitsotakis que hemos citado antes, lo resumen todo: "Acordamos con Mitsotakis que resolveríamos todos los temas entre nosotros, sin la interferencia de terceros países. Después de todo lo que ha pasado, para mí no existe una persona llamada Mitsotakis".

Es evidente que el enfrentamiento verbal y  las continuas soflamas nacionalistas en ambos lados son magníficas cortinas de humo para evitar hablar de temas internos. Cuanto más se habla de la disputa por el Egeo, menos presente están la caída de la lira turca, las corruptelas de la familia Mitsotakis, el recorte de libertades en Turquía o la insoportable gentrificación turística de las principales ciudades e islas griegas, por ejemplo. El jefe del opositor Partido Popular Republicano, Kemal Kılıçdaroğlu, lo ha resumido perfectamente: "Mitsotakis y Erdoğan tienen una cosa en común: su popularidad no deja de caer. Por eso los dos populistas están jugando la carta de la guerra. ¡No saben de qué otra manera remontar!".

Pero como dice la sabiduría popular, quien juega con fuego se puede quemar. Como decíamos antes, no va a suceder. Grecia y Turquía, Turquía y Grecia, no van a iniciar una guerra. Sería absurdo, ninguna de las partes ganaría nada, pondrían en peligro equilibrios asentados con consecuencias imprevisibles para la Alianza Atlántica y para el mundo entero. No va a suceder. Pero si sucede, recuérdenles a todos esos tertulianos tan listos que no tienen ni idea y pretenden mostrar que ellos ya estaban al tanto, que aquí lo leyeron primero.

 Por Hibai Arbide Aza, periodista. Escribe desde Lesbos (Grecia). Miembro de Zungu Producciones.

23/09/2022

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Rusia está perdiendo y Putin no se lo puede permitir

 

Pablo del Amo

Coordinador de 'Descifrando la guerra'

22/09/2022

El presidente ruso, Vladimir Putin, ha anunciado una movilización parcial en el país, el ministro de Defensa de Rusia, Serguey Shoigu,  ha dado la cifra de 300.000 reservistas. Es decir, son más soldados de los que invadieron Ucrania el pasado 24 de febrero. El mensaje de Putin parece claro, la guerra para Rusia no está yendo bien y es necesario escalar la situación para cambiar la tendencia en el campo de batalla.

Tras seis meses de conflicto, Rusia está perdiendo la guerra. Esto no quiere decir que este vaya a ser el resultado final, pero es un hecho de que los objetivos que se propuso Moscú al lanzar la invasión no se han cumplido. El plan A- colapso del sistema ucraniano y caída de Kiev- fracasó, el plan B, conquista del Donbás, ha tenido éxitos parciales. Asimismo, durante semanas el frente se ha mantenido estancado, perdiendo Rusia por el camino la iniciativa militar. Pero lo más relevante, Ucrania ha sido capaz de lanzar contraofensivas exitosas como la de Járkov, suponiendo un duro golpe moral para el prestigio y aspiraciones rusas en la guerra.

En las últimas semanas, Kiev ha conseguido llevar a cabo un golpe sobre la mesa importante, sobre todo en lo narrativo, ya que consigue que los países occidentales no duden de seguir apoyando a Ucrania con armas y financiación. El mensaje que quiere mandar Kiev es, "si enviáis más ayuda, ganaremos la guerra". Esto debería preocupar en Moscú porque Occidente, ante las victorias ucranianas, puede mostrarse más dispuesto a presionar a Rusia. Por no hablar de la percepción de debilidad de las fuerzas rusas ante la ofensiva en Járkov.

Ante esta situación desfavorable, Rusia tenía que reaccionar, y lo ha hecho primero con el anuncio de los referéndums de anexión en los oblasts de Donestk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. Las consultas se realizarán del día 23 al 27 de septiembre, en ese sentido, podemos dar por hecho que la anexión a la Federación rusa arrasará en las votaciones. Este hecho cambia la lógica de la guerra para Rusia, pues ahora, las fuerzas rusas no están luchando en una región ucraniana, sino en territorio nacional ruso ¿Puede seguir siendo una "operación militar especial" si "ocupan" e "invaden" las fuerzas ucranianas (desde la lógica rusa) tu territorio? Podríamos decir sin ambages que esta nueva lógica podría servir a Moscú para declarar formalmente la guerra Ucrania. Una nueva escalada.

Segunda reacción rusa, la movilización parcial, Rusia en estos momentos tiene inferioridad de hombres en Ucrania. Por tanto, es difícil pensar que puedan ganar una guerra cuando Ucrania está poniendo sobre la mesa todos sus recursos disponibles, más la ayuda en armas, inteligencia y financiación de la OTAN. La movilización parcial evidentemente no asegura nada, y es posible que veamos contestación interna si la situación no cambia en el frente y las consecuencias humanas y económicas siguen haciendo mella en la sociedad rusa.

A lo largo de las semanas es probable que veamos más anuncios rusos que sugieran nuevas escaladas en el conflicto, por lo pronto lo que queda claro es que Rusia no puede permitirse perder esta guerra ¿Por qué? Porque estamos hablando de una guerra de alta intensidad en la cual Moscú se juega su papel como gran potencia, pero no solo eso. Por todo lo que representa esta guerra para Rusia, ante una derrota, no sería descartable un colapso del régimen de Vladimir Putin, y por ende del propio país y del espacio post soviético. En el Kremlin son conscientes de que se juegan su supervivencia, y por ello tienen sentido estos anuncios de escalada desde la óptica rusa.

Queda por ver qué tipo de reacción hay desde Occidente a los anuncios rusos, porque ha sido interpelado directamente y porque se deja entrever desde Moscú que, según la reacción, ciertas líneas rojas podrían romperse. El objetivo de la OTAN en cualquier caso es seguir presionando y desgastando a Rusia, por tanto, es entendible que el apoyo seguirá, e incluso podría redoblarse ante las victorias ucranianas.  La unidad europea también parece indudable a pesar de la crisis energética y la inflación. Para Bruselas es necesario que Ucrania gane la guerra ante la amenaza que supone para Europa una Rusia más agresiva y asertiva.

Lo que queda claro es que la guerra no tiene visos de terminar en el corto plazo, lo que causará más destrucción en el proceso. Ambos bandos no pueden permitirse la derrota, Ucrania lleva la iniciativa militar aprovechando el momento para seguir avanzando y Rusia no quiere dialogar en desventaja. Nos esperan aún meses de combates.

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Miércoles, 21 Septiembre 2022 05:54

Haití: ¿en la puerta de una nueva ocupación?

Haití: ¿en la puerta de una nueva ocupación?

Desde Puerto Príncipe.

El último comunicado de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA), sobre Haití será sin duda un caso de estudio en los tiempos por venir, por la contundencia con que el organismo hemisférico plantea una valoración demoledora sobre los últimos 20 años de “intervencionismo humanitario”, al considerarlo “uno de los fracasos más fuertes y manifiestos de la comunidad internacional”. Aún más: según la OEA, fue en estos últimos “20 años de estrategia política errada”, y bajo el paraguas de la mismísima “comunidad internacional”, que “germinaron las bandas criminales que hoy asedian al país”, fenómeno en el que nos detendremos a continuación.

Resultados funestos

Pero lo curioso del asunto es que, partiendo de un diagnóstico en esencia acertado, Luis Almagro haya defendido, en una entrevista concedida al periódico Miami Herald, la necesidad de volver a ocupar el país, territorio por el que han pasado una decena misiones civiles, policiales, militares y políticas a lo largo de los últimos 30 años, con resultados funestos, si consideramos los escándalos de violencia sexual sistemática cometidos por las tropas de ocupación; las reiteradas masacres cometidas en barriadas populares; y la introducción de la epidemia de cólera que causó la muerte de 9 mil personas e infectó a cerca de 800 mil, según lo reconoció el propio ex Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

El renovado recetario intervencionista se justifica hoy en el completo descalabro securitario que atraviesa la nación haitiana. Distintos analistas mencionan el magnicidio de Jovenel Moïse, sucedido en julio del año pasado, como inicio de esta espiral de violencia. Sin embargo, sin importar que variable tomemos (la circulación de armas, la cantidad de pandillas, su capacidad operacional y su control territorial, los secuestros, la comisión de masacres, los asesinatos y violaciones, la cantidad de desplazados, etcétera) veremos que se trata de una tendencia de más largo plazo que comenzó a consolidarse con la llegada al poder del PHTK en el año 2010, partido aún gobernante que ya ha colocado a tres sucesivos jefes de Estado y/o gobierno: Michel Martelly, el propio Moïse, y ahora Ariel Henry. No fue con la retirada de las tropas de la MINUSTAH que estas peligrosas tendencias securitarias comenzaron a manifestarse, sino varios años antes, siendo profundizadas por la propia ocupación.

Paramilitarismo

Como se desprende del estudio del paramilitarismo y del crimen organizado, estos fenómenos sociales encuentran su caldo de cultivo más propicio en el vacío generado por diferentes factores: por la debilidad o quiebra de las capacidades estatales, por crisis económicas agudas, por fenómenos de guerra civil, por ocupaciones o conflictos bélicos internacionales, por la ocurrencia de catástrofes humanitarias, etc. Es decir, por todo aquello que rompe, debilita o retrae el tejido social, estatal y/o comunitario. Un tejido que, en Haití, por su extensa historia anticolonial y por las características absolutamente sui generis de su sociedad, tuvo históricamente una particular unidad y resiliencia.

Pero fue la “pacificación violenta” del país intentada por la MINUSTAH, la que coadyuvó al actual escenario. Esto, debido a varios factores: al proceso de sustitución de las capacidades estatales operada por la “ocupación interminable”; al debilitamiento de la sociedad civil haitiana merced al accionar indiscriminado de más de 12 mil organizaciones no gubernamentales que compiten, desmovilizan y captan recursos humanos locales, sobre todo desde el post-terremoto del año 2010; por las políticas económicas neoliberales que desde la década del 80 destruyeron los últimos trazos de capacidad industrial, agroindustrial y agrícola del país, generando fenómenos como el éxodo rural y el hacinamiento urbano, disparando la miseria y el desempleo; y sobre todo por el proceso de represión selectiva en algunas de las barriadas populares de la zona metropolitana de Puerto Príncipe, las que generaron el aterrador vacío que grupos delincuenciales y paramilitares vienen ahora a llenar.

Armas de Florida

Sobre el origen de este fenómeno hay que puntualizar algunas cosas. 1) Ni Haití, ni su vecino insular, la República Dominicana, producen armamento de ningún tipo, por lo que su origen es necesariamente foráneo. 2) Estados Unidos es el principal productor y exportador de armas y municiones -además del más cercano- con el 36 del mercado global, cifra que ha ido en aumento en la última década. 3) En todos los casos conocidos a la fecha, el contrabando de armas se dio o bien por vía aeroportuaria o a través de las terminales portuarias, provenientes del sur de la Florida. Esto, aún cuando pesa sobre el país un embargo a la venta de armas desde el año 1991, parcialmente flexibilizado en el año 2006.

La Comisión Nacional para el Desarme, Desmantelamiento y Reintegración, estimaba en 2019 que eran unas 500 mil las armas ilegales en circulación en el país, estimación que, desafortunadamente, ha sido largamente superada en los últimos años. La forma primera y obvia de cortar el espiral de violencia desde sus mismas raíces, sería fiscalizar y e impedir este flujo, que coloca cada día armamento de gran calibre en las manos de jóvenes de las poblaciones más pauperizadas de la zona metropolitana, hoy un territorio prácticamente sitiado por bandas criminales.

Considerando la cruzada intervencionista de la OEA, el próximo fin del mandato de la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (BINUH) y los debates abiertos en Estados Unidos en torno a qué hacer con su incómodo aliado en la Cuenca del Caribe, comenzaran a resonar cada vez más conceptos como la “responsabilidad de proteger”, el “principio de no indiferencia” y otras categorías de las narrativas intervencionistas acuñadas en la post Guerra Fría. Las cuales, básicamente, niegan o buscar poner en suspenso los pilares jurídicos del orden internacional desde la constitución de las Naciones Unidas: los derechos de soberanía y autodeterminación de las naciones.

Elecciones

El problema de seguridad de Haití tiene dimensiones específicamente policiales y operacionales. Pero en su dimensión política más amplia, el control territorial del país nunca podrá ser retomado sin un proceso electoral que habilite una recomposición del poder político en una autoridad legítima, considerando que hace seis años que en el país no se celebran elecciones, y que los poderes judicial y legislativo están virtualmente desarticulados, así como suspendidos o gravemente debilitados los servicios educativos y sanitarios. La postergación permanente de las elecciones sólo debilitarán aún más al Estado y a su clase política, mermando aún más sus capacidades de maniobra.

Por añadidura, las políticas de shock económico como el recientemente decretado aumento de los precios de los combustibles hasta un 100 por ciento no sólo será un golpe de gracia para las amplias mayorías populares que se debaten en el filo de la supervivencia, sino que darán más y más oxígeno a la expansión y control territorial de las bandas armas, profundizando, quizás de forma irreversible, la paramilitarización del país. 

Por Lautaro Rivara*

*Sociólogo, doctorando en Historia por la UNLP y becario e investigador en IdIHCS/CONICET.

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Un hombre junto a un edificio dañado por los recientes bombardeos durante los enfrentamientos fronterizos con Azerbaiyán, en la ciudad de Jermuk, Armenia, el 15 de septiembre de 2022. — Stepan Poghosyan / REUTERS

Los nuevos enfrentamientos entre Armenia y Azerbaiyán atraen la mirada hacia una región del planeta, el Cáucaso, donde están en juego los intereses de Rusia, Turquía y Occidente por su importancia geoestratégica como puente energético y de transporte entre Asia y Europa.

 

Los choques armados desatados hace una semana entre armenios y azerbaiyanos en el Cáucaso sur recuerdan que no está resuelta la crisis de Nagorno Karabaj, larvada en los últimos estertores de la Unión Soviética, y que su cercanía a la guerra de Ucrania añade un foco de tensión indeseado en una de las zonas del planeta más ricas en hidrocarburos, la cuenca del mar Caspio.

Este lunes el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, se reunió con los ministros de Asuntos Exteriores de Azerbaiyán, Jeyun Baimarov, y Armenia, Ararat Mirzoyan, para tratar de alcanzar un cese de hostilidades duradero entre los dos países tras el choque fronterizo entre sus ejércitos, que ha causado desde el 13 de septiembre más de doscientos militares muertos en los dos bandos.

También el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha reclamado un armisticio permanente y el alto representante de la Unión Europea (UE) para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, ha movilizado a su diplomacia para reducir la tensión entre Azerbaiyán y Armenia. Para Bruselas es impensable un nuevo foco bélico en una zona que suministra una parte importante de los hidrocarburos mundiales. Especialmente en estos momentos en que Europa trata con premura de zafarse de sus ataduras energéticas con Rusia.

e momento rige en la zona un endeble alto el fuego que Moscú insiste en atribuirse por su liderazgo en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), que patrulla la frontera. Sin embargo, tal y como se ve, son muchas las partes que están maniobrando para evitar que el conflicto prenda con mayor virulencia, más aún cuando no se sabe cuánto podrá durar la guerra de Ucrania, en la orilla opuesta del Mar Negro.

Un conflicto étnico que se remonta a los tiempos soviéticos

La enemistad entre Armenia y Azerbaiyán hunde sus raíces en los años anteriores a la desintegración de la URSS, cuando esas dos antiguas repúblicas soviéticas se enfrentaron por el control de Nagorno Karabaj, un territorio azerbaiyano habitado por una minoría étnica armenia. En febrero de 1988 el Parlamento regional de Nagorno Karabaj se mostró favorable a su unión con Armenia y estalló la guerra.

Esa primera etapa del conflicto, entre 1988 y 1994, se vio agravada por la disolución de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, y el posicionamiento de las potencias regionales a favor de uno u otro contendiente. Armenia tuvo desde un principio el apoyo ruso y Azerbaiyán el turco. Esta primera guerra armenio-azerbaiyana culminó con un alto el fuego favorable a los armenios, el llamado Protocolo de Bishkek, que no fue aceptado de buena gana por Azerbaiyán, aunque, debido al respaldo ruso al Gobierno de Ereván, mantuvo una precaria paz en la región.

La mano turca detrás de la ruptura del alto el fuego

La segunda guerra de Nagorno Karabaj se desató el 27 de septiembre de 2020 y terminó el 10 de noviembre de ese mismo año. En esta ocasión los vencedores en la breve contienda fueron los azeríes. El respaldo de Turquía al Gobierno de Bakú mostró abiertamente el interés turco por ocupar los espacios que la influencia rusa estaba dejando en Transcaucasia. Los 2.000 efectivos militares que Rusia tenía en Nagorno Karabaj, como fuerza de interposición de la OTSC, eran ya irrisorios para todos los contendientes de este conflicto.

También la voluntad real de Moscú para intervenir después de que su invasión de Ucrania se viera ralentizada y todos los esfuerzos militares del Kremlin estén centrados en esa guerra.

Los nuevos enfrentamientos comenzaron el pasado 13 de septiembre, pero no tuvieron como escenario Nagorno Karabaj, sino la frontera común entre los dos países. Ambos contendientes se acusaron mutuamente de provocar el choque armado y de hacer incursiones en sus respectivos territorios. Los datos, sin embargo, apuntan a que la iniciativa la tomó Azerbaiyán. Se repetía la tónica de 2020. Ante la debilidad de la presencia rusa en Armenia, su vecino pasó a la acción, posiblemente alentado por Turquía.

De nuevo Nancy Pelosi echando gasolina a una crisis

La mediación de Blinken esta semana trataba de apagar el incendio provocado el pasado domingo por la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, quien en una visita a la capital armenia responsabilizó a Azerbaiyán de este nuevo choque armado. El Gobierno de Bakú lamentó la injerencia de Pelosi y recordó que, dada la cercanía de las elecciones a las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos, previstas para noviembre, la representante demócrata simplemente pretendía ganarse el apoyo del fuerte lobby armenio estadounidense. Bakú atribuye a Ereván las provocaciones fronterizas que han llegado al nuevo choque armado.

"Armenia es de gran importancia para nosotros", añadió Pelosi en Ereván, después de interesarse sobre "las necesidades en defensa" de ese país y en un amago para opacar la tradicional amistad ruso-armenia.

En 1997, Rusia y Armenia firmaron un Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua que contemplaba sin ambages la asistencia militar por parte de Moscú al país transcaucásico. En cambio, Washington lleva una política más ambigua respecto al apoyo a una u otra parte. Su asistencia económica en materia de defensa a Azerbaiyán siempre ha sido muy superior a la prestada a Armenia, a pesar de los intereses políticos del importante lobby armenio en Estados Unidos.

Pelosi, en su viaje a Ereván al frente de la delegación estadounidense más importante desde la disolución de la URSS, visitó el memorial erigido en recuerdo del genocidio de más de un millón de armenios entre 1915 y 1923 a manos de militares del Imperio Otomano, del que la Turquía moderna es heredera. Pelosi afirmó que "desde Estados Unidos hasta Ucrania, Taiwán y Armenia, el mundo se enfrenta a elegir entre democracias y autocracias y debemos elegir nuevamente la democracia".

Recelos por el papel de Turquía en el antiguo espacio soviético

Estas declaraciones no solo apuntaban a Rusia. En Washington hay mucha inquietud por el doble juego que está desarrollando Turquía en torno a la guerra de Ucrania. Aunque un socio muy importante en la OTAN, Turquía sigue siendo un elemento regional muy difícil de controlar. Sus movimientos responden primero a sus intereses y después al de sus aliados.

El conflicto entre Azerbaiyán y Armenia puede ser aprovechado precisamente ahora por Turquía para ampliar su influencia en la zona. En esta partida geoestratégica, el régimen de Ankara mueve sus piezas sin decantarse ante lo que ocurre en Ucrania, donde incluso se ha ofrecido como mediador entre los presidentes ruso, Vladímir Putin, y ucraniano, Volodímir Zelenski.

Una mediación cargada de ambivalencia. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se ha manifestado en numerosas ocasiones en contra de las sanciones contra Rusia y esta semana se erigió como "portavoz" de Putin, tras reunirse con él en Uzbekistán, para señalar que el líder ruso desea concluir la guerra de Ucrania "cuanto antes". Al mismo tiempo, Erdogan ha defendido en diversas ocasiones la soberanía territorial de Ucrania, ha indicado que Crimea es "parte inseparable" de Ucrania y ha aseverado que la devolución por parte de Rusia de esta península ucraniana anexionada ilegalmente en 2014 "es esencialmente un requerimiento de la ley internacional".

Turquía quiere ocupar el espacio que deja Rusia

Cualquier debilidad, desgaste o paso atrás que dé Rusia, será aprovechado por Ankara para tomar posiciones más sólidas y avanzar en Transcaucasia y el Mar Negro, como ha hecho también en Siria. En el caso actual, está en juego para Turquía, al igual que para la UE, el transporte del gas y petróleo de la cuenca del Caspio, especialmente desde los yacimientos explotados en el propio territorio azerbaiyano y en Kazajistán, otra república ex soviética con ingentes reservas de crudo en su parte de ese mar interior.

Después de la derrota armenia ante Azerbaiyán de noviembre de 2020, sin el apoyo ruso a Ereván a pesar de los compromisos de 1997, Turquía podría incluso convertirse en el mejor mediador del conflicto entre azeríes y armenios. Una mediación que, llegado el caso y si se aplacan los recelos de Pelosi y del lobby armenio en Washington, podría recibir el respaldo de Estados Unidos. En el complicado Gran Juego del Cáucaso no ganará quien tenga las cartas marcadas, sino aquel que juegue con varias barajas. Y con una apuesta común para Estados Unidos y Turquía: la debilidad de Rusia les favorece en sus intereses globales, en el caso de Washington, y regionales, en los de Ankara

20/09/2022

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Sábado, 17 Septiembre 2022 06:56

Cautela

Cautela

Una sola palabra, cautela, de acuerdo con las dos acepciones que consigna el diccionario de la Real Academia Española, explica la contraofensiva del ejército ucranio en la región de Járkov y, al mismo tiempo, sugiere que este importante golpe a la moral de los soldados rusos no significa que esté cerca el fin de esta guerra, como tampoco lo estuvo cuando fracasó la intención de asaltar Kiev el pasado febrero.

Todo indica que los generales ucranios, a diferencia de su colegas rusos, se saben de memoria El arte de la guerra, del gran estratega chino Sun Tzu. Entendida como "astucia, maña y sutiliza para engañar", la cautela ucrania propició la garrafal falla de la inteligencia militar rusa que, tras semanas de captar falsas señales y movimientos de distracción, convenció al Estado Mayor de que el enemigo se disponía a atacar Jersón, reforzando el flanco sur con tropas trasladadas desde Járkov, que era el verdadero objetivo de la contraofensiva.

En el contexto de euforia ucrania, la otra acepción de cautela recomienda "proceder con precaución y reserva" a la hora de interpretar el significado de la exitosa operación del ejército ucranio porque, si se confirma que en días recientes Kiev ha podido recuperar 8 mil 500 kilómetros de territorio ocupado, no hay que perder de vista que aún quedan bajo control de Moscú cerca de 120 mil kilómetros, gran parte desde 2014.

El fiasco de su cúpula militar indignó al sector más belicista del Kremlin, que demanda a su titular, Vladimir Putin, no sólo redoblar los ataques para destruir la infraestructura crítica de Ucrania, causando un daño adicional a sus habitantes, sino tomar medidas que permitan a Rusia retomar la iniciativa pero también implican el riesgo de revertirse por su muy alto costo político, como la movilización general de la población masculina o el uso de armas nucleares tácticas.

Por lo pronto, lo único claro es que ni Rusia ni Ucrania quieren hacer ninguna concesión para facilitar el fin de la guerra: el entorno de Putin y él mismo exigen sólo la capitulación completa de Ucrania bajo las condiciones de Rusia; en el otro extremo de la misma insensatez, el presidente Volodymir Zelensky sostiene que no se firmará la paz hasta que Ucrania recupere todos los territorios que le pertenecían antes de 1991, Crimea incluida.

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Funeral en Bakú de un militar de las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán muerto en los recientes enfrentamientos fronterizos con Armenia. REUTERS/Aziz Karimov

La URSS se disolvió en 1991 o eso pensábamos, aquel fin de la historia, del que ahora se desdice Fukuyama, realmente no lo fue. La desintegración del imperio soviético todavía continúa. Pero el proceso que comenzó durante los primeros años noventa del siglo pasado y del que tanto se ha rememorado en estas últimas semanas como consecuencia de la muerte del último secretario general del PCUS, Gorbachov, todavía no ha finalizado y del que ahora vemos de manera cada vez más cruda sus consecuencias.

Con la implosión soviética se dio por concluida la Guerra Fría y con ello se determinaba el fin de las aspiraciones imperiales rusas, eso sí, un imperio que seguía manteniendo su arsenal nuclear intacto, como indicó Hobsbawn en 1998. Sin embargo, a todas luces lo que se está viviendo en estas horas, meses ya, son probablemente los estertores de un sueño imperial que a la luz de los acontecimientos ya no podrá ser. La desintegración soviética dejaba no pocos cabos sueltos en las fronteras inmediatas del corazón del imperio, los conocidos como conflictos congelados, nunca resueltos, nunca dentro de la esfera de atención occidental y, sin embargo, esenciales para el mantenimiento de las áreas de influencia en el Kremlin durante todos estos años.

Fue durante unos primeros años convulsos inmediatamente después de la disolución de la URSS cuando se produjo la cronificación de estos conflictos. Transnistria en 1992 o la primera guerra del Nagorno-Karabaj entre 1988 y 1994 constituyen quizás los ejemplos más representativos. Pero, sin duda, fue la anexión rusa de Crimea y el comienzo de las hostilidades en el Donbass en 2014, que marcaron un punto de inflexión en el devenir de estos territorios y de sus relaciones con su metrópoli. Fue en ese momento, cuando prácticamente todos o casi todos estos conflictos que reivindicaban el derecho a la secesión y que hasta entonces habían permanecido adormecidos comenzaron a despertar. Entonces el temor era que Rusia pudiera utilizar a la población rusa presente en estos territorios como arma desestabilizadora.

La invasión rusa de Ucrania en 2022, y especialmente, el devenir del frente de guerra durante las últimas semanas, han hecho que, de nuevo, ahora, comiencen a detectarse movimientos que potencialmente podrían descongelar alguno de estos conflictos que, tal y como se ha visto durante estos años, se activan y desactivan en función de los distintos contextos y coyunturas.

Este es el caso de Armenia y Azerbaiyán, dos países caucásicos, exrepúblicas soviéticas,  que llevan 30 años pleiteando por el denominado Nagorno-Karabaj o el Alto Karabaj. Se trata este de un enclave étnico que durante el periodo soviético había sido una provincia poblada por armenios cristianos y que se sitúa en el centro del territorio azerí mayoritariamente musulmán y que reivindica su independencia y anexión a Armenia. Hasta la guerra que tuvo lugar en 2020 y que, de nuevo, enfrentó a ambos países, el territorio, aunque oficialmente azerí, había estado controlado por fuerzas armenias. En 2020 Azerbaiyán fue el gran vencedor de la guerra con el apoyo impagable de Turquía y de Israel, y la mediación de Rusia que desplegó fuerzas de pacificación en el territorio. Esta situación ha hecho aumentar significativamente la dependencia militar de Armenia de Moscú, además de incrementar la influencia rusa en el Cáucaso. A pesar de que el fin de esa segunda guerra de Nagorno-Karabaj finalizó en 2020, lo cierto es que las escaramuzas no han dejado de ocurrir entre ambas partes. Así en enero de 2022 volvieron a producirse varios combates en la zona. Algo que vemos que se vuelve a repetir de nuevo con la ofensiva azerí.

En paralelo a este repunte de las operaciones militares en torno al Nagorno-Karabaj, también se han observado movimientos en otras latitudes situadas en la periferia inmediata de la Federación Rusa. Así, desde Georgia se escuchan voces que plantean la recuperación del control de Osetia del Sur, bajo control ruso desde 2008, y que en mayo de este mismo año había planteado un referéndum con el fin de incorporarse a la Federación Rusa, algo que finalmente quedó en suspenso. Esta situación abriría un nuevo frente en las líneas rusas, un frente que, sin duda, pillaría con el pie cambiado a Moscú, que ya se encuentra con bastantes problemas.

Y como las malas noticias nunca vienen solas, un tercer frente se abre también, esta vez en Asia Central, entre Kirguistán y Tayikistán. De nuevo, nada nuevo. Desde la disolución de la URSS ambas repúblicas han luchado por el control de la demarcación fronteriza, de los casi 1.000 kilómetros de frontera entre ambos, sólo 580 se han demarcado, de este modo, asistimos a escaramuzas y enfrentamientos de manera recurrente desde los años 90 del siglo pasado. El penúltimo de ellos en mayo de este mismo año. Lo más llamativo de este episodio sea que ambos países se dirigen a una cumbre de la Organización de Seguridad de Shanghai que se celebra estos días en Uzbekistán y que contará con la presencia de Putin y Xi Jinping. Parece claro que quieren ir con las cosas más claras y así asegurar el control del territorio conquistado.

La exitosa contraofensiva que se vive en el frente del Donbass durante las últimas semanas con el repliegue de las tropas rusas, pero, sobre todo, con el golpe moral que supone para el Kremlin la ingente pérdida de territorio en la región, parece claro que está teniendo repercusiones en la periferia de la Federación Rusa. La errática evolución de la guerra en Ucrania por parte del ejército y la inteligencia rusa está haciendo que aquellos territorios que siempre han estado temerosos de la potencia militar del Kremlin comiencen a perderle el miedo e, incluso, a retarlo de manera abierta. Con este escenario, uno más, parece que no contó Putin en febrero de 2022.

 

Por Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

15/09/2022

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El papa Francisco modificó la celebración de las misas en latín. Foto: Reuters.

Para el papa Francisco, lo que actualmente está en marcha es "la Tercera Guerra Mundial" y no "en pedazos", como efectivamente había representado en otras ocasiones, sin más atributos que "totales".

Lo que dijo el Pontífice en la audiencia del plenario de la Academia Pontificia de las Ciencias (PAS), reunida en el Vaticano sobre el tema "Ciencias básicas para el desarrollo humano, la paz y la salud del planeta", estremece.

"Después de las dos trágicas guerras mundiales -argumentó-, parecía que el mundo había aprendido a avanzar gradualmente hacia el respeto de los derechos humanos, el derecho internacional y las diversas formas de cooperación".

"Pero lamentablemente, la historia muestra signos de regresión. No solo se intensifican conflictos anacrónicos, sino que resurgen nacionalismos cerrados, exasperados y agresivos, así como nuevas guerras de dominación, que afectan a civiles, ancianos, niños y enfermos, y causan destrucción. en todas partes", subrayó Francisco.

"Los numerosos conflictos armados que están en marcha son motivo de grave preocupación -puntualizó el Pontífice-. Dije que era una tercera guerra mundial 'en pedazos'; hoy quizás podamos decir 'total', y los riesgos para las personas y para el planeta son siempre mayores".

No es sólo Ucrania lo que preocupa al Papa, sino los numerosos conflictos en todo el mundo que componen un cuadro único de destrucción y muerte.


Con una alarma más: "San Juan Pablo II dio gracias a Dios porque, por intercesión de María, el mundo se había preservado de la guerra atómica.

Lamentablemente, debemos seguir orando por este peligro, que debería haberse evitado definitivamente ya hace tiempo".

Según Francisco, por tanto, "es necesario movilizar todos los conocimientos basados ;;en la ciencia y la experiencia para superar la miseria, la pobreza, la nueva esclavitud y evitar las guerras".

"Al rechazar algunas investigaciones, inevitablemente destinadas, en circunstancias históricas concretas, al propósito de la muerte, los científicos de todo el mundo pueden unirse en una voluntad común de desarmar a la ciencia y formar una fuerza por la paz", continuó.

"En nombre de Dios, que creó a todos los seres humanos para un destino común de felicidad, estamos llamados hoy a dar testimonio de nuestra esencia fraterna de libertad, justicia, diálogo, encuentro recíproco, amor y paz, evitando alimentar el odio, el rencor, la división, violencia y guerra", recalcó enfático el Papa.

"En nombre del Dios que nos dio el planeta para salvaguardarlo y desarrollarlo, hoy estamos llamados a la conversión ecológica para salvar nuestra casa común y nuestra vida junto con la de las generaciones futuras, en lugar de aumentar la desigualdad, la explotación y la destrucción", instó, animando a los académicos a "seguir trabajando por la verdad, la libertad, el diálogo, la justicia y la paz".

"Hoy más que nunca la Iglesia católica es aliada de los científicos que siguen esta inspiración, y es también gracias a vosotros!", amplió luego.

El Papa también hizo un llamamiento "a la liberación de las diversas formas de esclavitud, como el trabajo forzado, la prostitución y el tráfico de órganos". "Estos crímenes de lesa humanidad, que van de la mano con la pobreza, también ocurren en los países desarrollados, en nuestras ciudades", advirtió. "El cuerpo humano nunca puede ser, ni en parte ni en su totalidad, objeto de comercio!", avisó luego más enfático.

Por ello, se congratuló de que el PAS "se comprometa activamente a apoyar estos propósitos" "Me gustaría que siguiera haciéndolo con una intensidad acorde a la creciente necesidad", dijo. Y "los logros científicos de este siglo deben estar siempre guiados por las necesidades de la fraternidad, la justicia y la paz, ayudando a resolver los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad y su hábitat", concluyó el Pontífice.

10 septiembre 2022

(Con información de ANSA).

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Viernes, 09 Septiembre 2022 06:03

El declive de la corriente plurinacional

El declive de la corriente plurinacional

La propuesta de la plurinacionalidad, que promueve la construcción de un Estado plurinacional, tuvo amplio respaldo para resolver las asimetrías entre el Estado-nación y las nacionalidades y pueblos originarios. Sin embargo, esta corriente se encuentra en franco declive, en tanto la otra corriente que atraviesa a los pueblos en movimiento, la autonomista, sigue su lento, pero firme crecimiento.

La propuesta nació en la década de 1980 de la mano de organizaciones campesino-indígenas de Bolivia y Ecuador, en medio de procesos de lucha que mostraron cómo el Estado contenía de forma violenta las demandas y movilizaciones de los pueblos originarios. Se llegó a considerar que la fórmula "Estado plurinacional" era suficiente para resolver estos problemas y se adoptó en las constituciones ecuatoriana de 2008 y boliviana de 2009.

Sin embargo, hasta ahora no fue adoptada por la mayor parte de los pueblos que demandan territorio y se organizan para recuperar esos espacios de vida. El declive de esta corriente proviene de dos procesos: la creciente debilidad de los Estados frente al capital y la experiencia concreta en los dos países mencionados, donde no se registró la menor "refundación" del Estado, mostrando en los hechos que son construcciones coloniales y patriarcales.

El problema central es que la plurinacionalidad implica que es el Estado el que reconoce que existen diferentes nacionalidades indígenas y culturas que habitan en el mismo territorio. Las propuestas de caminar hacia una administración de justicia según los modos de los pueblos originarios nunca funcionaron ni es posible que lo hagan, ya que la lógica del Estado-nación sigue siendo dominante.

Ni hablar de las fuerzas armadas y policiales, núcleos duros del aparato estatal, donde las lógicas de los pueblos nunca han tenido el menor arraigo. Durante 13 años en Bolivia y 10 en Ecuador, cuando gobernaron Evo Morales y Rafael Correa, no se registró ningún avance sustancial en lo que se prometió sería la "refundación" del Estado. Por eso surge la pregunta: ¿es posible refundar una institución colonial y ­patriarcal?

Las bolivianas María Galindo y Silvia Rivera Cusicanqui coincidieron un año atrás en que "si no se disuelven las fuerzas armadas no habrá Estado plurinacional" (https://bit.ly/3qjnzGy). Fue apenas un cambio de nombre, dicen, sin que mediara ningún cambio de las estructuras de poder político, económico y simbólico.

En estos momentos, la cuestión de la plurinacionalidad está siendo debatida por sectores de los pueblos mapuche en Chile y aymara en Bolivia.

El primer Encuentro de Intelectuales de la Nación Aymara, celebrado en la Universidad Pública de El Alto en julio pasado, concluyó que la Constitución Política del Estado, que rige desde 2009, "es un instrumento del Estado colonial, que no responde precisamente a la realidad y los intereses de los aymaras" (https://bit.ly/3RtGavB).

La declaración del encuentro asegura que el objetivo es la reconstrucción de la nación aymara y de las naciones originarias, bajo el principio del federalismo y el sistema político propio, basado en las comunidades ( ayllus) y las regiones ( markas y suyos), "sin la intervención de los preceptos de la democracia institucionalizada del Estado".

En esta corriente militaba Felipe Quispe, quien se puso al frente de la movilización campesino-indígena durante el régimen golpista de Jeannine Áñez, que hizo posible la convocatoria de elecciones que ganó el Movimiento al Socialismo. También cuenta con la simpatía del vice David Choquehuanca, que apoyó el encuentro de intelectuales aymaras.

En Chile, el vocero de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), Héctor Llaitul, prisionero del Estado de Chile, señaló durante la inauguración en un centro comunitario en Peñalolén (Santiago), el 10 de junio, que "en los últimos 30 años jamás había visto un solo lienzo mapuche pidiendo la plurinacionalidad", y reafirmó que las demandas siempre son por territorio (https://bit.ly/3D6IhRS).

En una carta abierta de la CAM, del 8 de agosto, se afirma que "la plurinacionalidad, como propuesta para la causa mapuche, resulta ser una medida vacía de fuerza territorial y con nula perspectiva de transformación, ya que más bien es un invento académico de una élite que busca espacios y cuotas de poder sin tomar en consideración la realidad de injusticias ni las necesidades reales de nuestro pueblo" (https://bit.ly/3D0UCqr).

Una de las razones que los llevan a rechazar la creación de un Estado plurinacional, e insistir en las recuperaciones territoriales, es que "las condiciones del gran capital y del colonialismo que han operado para despojarnos de nuestro territorio se han profundizado en las últimas décadas". Una realidad que opera en toda la región ­latinoamericana.

Creo que estamos en el ocaso del proyecto de estados plurinacionales. La experiencia mostró que son más de lo mismo, apenas una forma de remendar instituciones deslegitimadas, pero siempre sin tocar sus núcleos duros.

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Conflictos geopolíticos y derecho de autodeterminación del pueblo taiwanés

A comienzos del mes de agosto, la tensión en el estrecho de Taiwán dio una nueva (gran) vuelta de tuerca tras la visita relámpago de Nancy Pelosi a Taipei y la sobrerreacción de Pekín. Por mucho que nunca se haya planteado la invasión de la isla como algo inmediato, la dinámica de militarización de la región Asia-Pacífico se acelera y el conflicto entre China y EE UU se agudiza. De todos modos, las preocupaciones geopolíticas no deben ocultar el derecho del pueblo taiwanés a autodeterminarse. Un mes más tarde tratamos de analizar la situación.

Presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi es en Washington, según el orden jerárquico, la tercera autoridad del Estado, después del presidente Joe Biden y la vicepresidenta Kamala Harris. Su escala en Taiwán, los días 2 y 3 de agosto, en el marco de una gira asiática, era por tanto un gesto político de peso y era de esperar que Pekín reaccionaría.

Parece que esta visita no contaba con el beneplácito unánime en las esferas dirigentes de EE UU, ya que el Estado Mayor la calificó de inoportuna y Joe Biden optó por distanciarse un poco, lo que pudo inducir a Xi Jinping a elevar el tono y ordenar, entre otras medidas, la realización de maniobras militares de una amplitud y una agresividad notablemente superiores a las ocasiones anteriores; de hecho, muy superiores a lo que preveían la mayoría de observadores. En efecto, como señala el periodista taiwanés Brian Hioe, pasaron misiles por encima de Taipei y las fuerzas aeronavales del Ejército Popular penetraron más profundamente en la zona de identificación de la defensa aérea taiwanesa y su espacio marítimo.

Y lo que es más importante, Tokio y Seúl estuvieron directamente afectados. Los misiles alcanzaron la zona económica exclusiva de Japón, lo que el ministerio de Defensa japonés ha denunciado como un acto deliberado. La armada china también maniobró cerca de las disputadas islas del archipiélago de Senkaku/Diaoyutai. Hizo lo mismo frente a la península de Corea del Sur, en el Mar Amarillo y en el Golfo de Bohai.

Según Brian Hioe, al apuntar a estos dos países, muy integrados en la estructura militar estadounidense en la región (véase, en particular, la importancia de las bases estadounidenses en la isla de Okinawa), Pekín estaba tomando medidas preventivas para advertir a otros Estados de Asia-Pacífico que pudieran estar dispuestos a ayudar a Taiwán. Esta advertencia puede ser prematura y tal vez les anima a mantenerse unidos frente a las amenazas chinas, cree el periodista.

Por un lado, la crisis actual se inscribe está más activamente que las anteriores en una dinámica de conflicto estratégico entre China y EE UU, y por otro, la cuestión de Taiwán está más que en el pasado en el centro de las reconfiguraciones geopolíticas que implican a todas las potencias de la región, incluidas India y Japón. Este proceso de recomposición ha comenzado, pero está lejos de haberse completado. Las bazas del poder no son homogéneas en Asia. Mientras que India está presente en el frente antichino convocado por Washington, se niega a hacer lo mismo con Rusia, con la que mantiene profundas e históricas relaciones de cooperación. La cooperación entre Japón y Corea del Sur es tensa, sobre todo teniendo en cuenta un pasado colonial cuyo recuerdo atizó el exprimer ministro, el difunto Abe Shinzo, y un cúmulo de tratados sucesivos, tal y como puso de manifiesto la japonesa Karen Yamanaka para el noreste de Asia, es decir, Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.

Pese a todo, la cuarta crisis del estrecho de Taiwán se ha mantenido hasta ahora cuidadosamente controlada. La invasión de la isla nunca estuvo en la orden del día. No hubo una movilización de recursos y tropas a una escala comparable a la que precedió a la invasión de Ucrania. La población taiwanesa se dedicó a sus actividades cotidianas como si no hubiera pasado nada. Pekín se apresuró a anunciar que sus principales ejercicios aeronavales terminarían al cabo de cinco días.

Sin embargo, aunque controladas, las maniobras de principios de agosto se inscriben en un conflicto geopolítico creciente entre EE UU y China, especialmente en la región de Asia-Pacífico. Es probable que se haya cruzado un umbral y que la era del equilibrio regional mantenido en tensión mediante la ambigüedad haya llegado a su fin.

¿Hacia el final del statu quo anterior basado en la ambigüedad estratégica? La actualidad de la lucha contra la guerra

Taiwán es un Estado independiente de hecho, pero nunca se ha declarado como tal, ya que Washington se ha cuidado de no detallar hasta qué punto apoyaría a Taiwán en caso de conflicto abierto. Desde el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la República Popular en 1979, Estados Unidos ha reconocido que Pekín considera a Taiwán una provincia china, pero no ha respaldado esta postura. [Jessica Drun, 28/12/2017, Center for Advance China Research :https://www.ccpwatch.org/single-post/2017/12/29/one-china-multiple-interpretations]. Los textos diplomáticos no son claros (¿de que China se habla?) y las versiones en inglés o en chino pueden variar.

Por su parte, en los últimos años el Partido Comunista Chino (PCC) ha reiterado sistemáticamente su interpretación de la política de una sola China (que excluye a Taiwán de las instituciones internacionales de la ONU, lo que implica, sobre todo, que Taiwán no esté representada, por ejemplo, en la OMS, cuando su experiencia en la lucha contra la covid era preciosa y que los temas concernientes a la salud pública no deberían estar sometidos a los conflictos entre potencias) y ha mantenido sus reivindicaciones territoriales, realizando regularmente ejercicios militares rutinarios en el estrecho, pero sin llegar a un enfrentamiento.

Para muchos analistas, esta política de ambigüedad conserva todas sus virtudes. Permite a EE UU proporcionar a Taiwán los medios para defenderse, sin decir si las fuerzas aeronavales estadounidenses se implicarían más en caso de conflicto. Desde su punto de vista, hoy superado por los acontecimientos que han seguido a la visita de Nancy Pelosi, el endurecimiento del régimen de Xi Jinping y el debate en Washington sobre la llamada ley de Política sobre Taiwán, las condiciones para su restablecimiento deberían ser cumplidas de nuevo por los gobiernos implicados (John Feffer, 10/8/2022, Foreign Policy in Focus). La propuesta tiene sentido pero, sin querer prejuzgar el futuro, implicaría una verdadera inversión de la dinámica actual.

Por su parte, Eric Chan, especialista de alto nivel que trabaja para las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos y es miembro no residente del Global Taiwan Institute, trata de situar la cuarta crisis del estrecho en su contexto histórico. Los consabidos gritos de alarma en EE UU sobre la proximidad de la superioridad militar mundial de China, que sirven de forma oportunista a los intereses del Pentágono (ávido de aumentos presupuestarios) y del complejo militar-industrial, deben tomarse con mucha cautela, pero no es este el propósito de Chan.

Chan retoma la sucesión de acontecimientos, desde 1989 y la represión masiva de los movimientos populares en China, que han generado la sensación de vulnerabilidad del PCC frente a Washington: la guerra del Golfo (1991), la tercera crisis del estrecho de Taiwán (1996), el bombardeo accidental de la embajada china en Belgrado (1999), el Movimiento de los Girasoles en Taiwán (2014, ver más adelante) y el cambio de rumbo implementado gradualmente por Xi Jinping tras su llegada al poder (a finales de 2012): militarización del mar de China Meridional (2015), aplastamiento en Hong Kong de las movilizaciones contra la ley de extradición de residentes locales a la China continental (2019-2020), todo ello sin pagar un precio a nivel internacional, para concluir lo siguiente:

Creo que la ambigüedad estratégica está agonizando por múltiples razones. En primer lugar, Xi Jinping no está satisfecho con la paciencia estratégica de la República Popular China (RPC), que formaba parte del contexto de la ambigüedad estratégica estadounidense. En segundo lugar, Xi no cree que EE UU se adhiera a la ambigüedad estratégica, sino que solo la considera una ambigüedad estratégica por el nombre. En tercer lugar, mientras la RPC se ha vuelto más beligerante en todo el espectro DIME [diplomático, informativo, militar y económico] contra Taiwán y Estados Unidos, el gobierno estadounidense en su conjunto ‒y el Congreso en particular‒ se ha vuelto significativamente más favorable a Taiwán. En cuarto lugar, la ambigüedad estratégica de Estados Unidos también trata de disuadir a Taiwán de buscar formalmente la independencia. Este ya no es el caso, ya que el EPL es ahora plenamente capaz de ejercer esta disuasión.

Como es casi seguro que Xi continuará su campaña de coerción y guerra legal contra Taiwán, la presión contra la ambigüedad estratégica seguirá creciendo en Estados Unidos, como demuestran propuestas como la ley de Política sobre Taiwán.

Hemos entrado así en una zona gris entre la guerra y la paz, en la que Pekín confía en mantener una amenaza militar constante, más que en acuerdos diplomáticos, para disuadir a Taipei de declarar la independencia. En la actualidad, esto adopta la forma de una guerra encubierta de drones, primero civiles y luego militares. El 1 de septiembre, por primera vez, Taiwán derribó un dron chino cerca de la Isla del León, un puesto de defensa taiwanés situado cerca de Xiamen, en la China continental. Unos días después, un dron militar, acompañado de ocho aviones, entró en la zona de identificación de defensa aérea de Taiwán sin cruzar el espacio aéreo taiwanés.

El Ministerio de Defensa de Taipei advirtió a finales de agosto que las fuerzas taiwanesas tomarían represalias si los aviones o barcos chinos cruzaban el límite de las 12 millas náuticas. Su disposición al conflicto es probablemente desigual. El presupuesto militar aumenta constantemente (un 12,9% el próximo año, hasta un total de 415.100 millones de dólares). La administración Biden acaba de anunciar una venta de armas a Taiwán por valor de 1.100 millones de dólares (misiles aire-mar, misiles aire-aire Sidewinder, apoyo logístico al programa de radares de vigilancia, etc.). Al mismo tiempo, Washington y Taipei decidieron iniciar negociaciones comerciales oficiales, con el objetivo, en particular, de garantizar la resistencia de las cadenas de suministro, sobre todo de los semiconductores. Obviamente, estos compromisos son denunciados por Pekín.

Sin embargo, están surgiendo tensiones entre los altos cargos militares y la presidenta Tsai en relación con la preparación estratégica de la isla. La presidenta debe resolver una ecuación difícil: mostrar firmeza sin preocupar a la población ni cargar con la responsabilidad de una posible escalada, mientras que el país necesita una gran afluencia de mano de obra para apoyar el desarrollo de su economía y debe tranquilizar a las y los inmigrantes.

La actualidad de la lucha contra la guerra

Es inútil tratar de averiguar quién ha empezado a alterar ese equilibrio ambiguo previo. El propio Xi Jinping contribuyó a ello, cuando proclamó a bombo y platillo que bajo su presidencia (es decir, en un futuro próximo) se recuperaría la isla, por la fuerza si fuera necesario. Los taiwaneses son ahora rehenes de un conflicto geopolítico que les supera. La reciente crisis del estrecho no es la causa de las crecientes tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China, sino su consecuencia. En este contexto global, la cuestión taiwanesa conserva sin duda una importancia específica por su ubicación en el corazón del ultramilitarizado mar de China Meridional y su peso económico, así como su éxito tecnológico, desproporcionado con respecto a su tamaño (23 millones de habitantes).

De provocación en provocación, de sanción en sanción, está en marcha una espiral de militarización y una nueva carrera armamentista. Washington refuerza su presencia militar frente a las costas de Taiwán de forma duradera. El gobierno japonés pretende completar su rearme (incluido el nuclear) y participa activamente en ejercicios aeronavales a gran escala con EE UU, que intensifica su cooperación con Australia. China realiza importantes ejercicios militares con Rusia en Siberia. Cada potencia califica las acciones de su oponente de agresivas y las suyas de defensivas.

Por su parte, el gobierno indio ha denunciado la “militarización del estrecho de Taiwán” por parte de Pekín. Una disputa fronteriza no resuelta en el Himalaya enfrenta desde hace mucho tiempo a India y China, con una tensión militar recurrente. También están inmersos en una lucha regional por la influencia que está cristalizando en Sri Lanka. Sin embargo, esta sería la primera vez que Nueva Delhi interviene en estos términos específicamente en relación con el estrecho de Taiwán.

No hace mucho tiempo ‒sobre todo en 2014, cuando Xi Jinping ya estaba en el poder‒, Pekín y Washington mantenían una compleja relación de competencia y colaboración. Tratar de predecir el futuro es particularmente aventurado hoy en día, ¡pero es difícil ver cómo podríamos volver ahora a esa configuración geopolítica! Mientras que Xi Jinping ha hecho de la reconquista de Taiwán la piedra de toque de su presidencia, en EE UU el grueso de la clase política hace piña en torno a esta cuestión. No obstante, parece difícil prever cómo la crisis de régimen que atraviesa EE UU puede afectar a la política de Washington en el mar de China Meridional.

Taipei ha pasado a ser un destino muy popular entre los congresistas y senadores estadounidenses, en particular los miembros del Partido Republicano (que apoyaron la iniciativa de Nancy Pelosi, que es del Partido Demócrata). Estos viajes pueden adquirir un cariz francamente extraño, como el de la senadora Marsha Blackburn, ferviente adepta de Donald Trump. Habló de Taiwán como de un país independiente en una reunión con la presidenta Tsai Ing-wen (quien trata a toda costa de evitar esas expresiones), una verdadera torpeza diplomática, y visitó asimismo el memorial de Tchiang Kai-check, cuando el partido en el poder de Taiwán, el Partido Democrático Progresista, considera (con razón) que ese hombre impuso un régimen dictatorial especialmente represivo en la isla.

Pocos taiwaneses dirían hoy que quieren una declaración formal de independencia en las circunstancias actuales. ¿Podría la extrema derecha estadounidense estar intentando reforzar el campo "ultra"? Eso sería jugar con fuego.

El conflicto entre la que se ha convertido en la segunda potencia mundial (China) y la potencia establecida (EE UU) ha entrado en una fase nueva. La cuestión que se nos plantea hoy no consiste en tomar partido por una u otra ante tal confrontación. Sus consecuencias serán catastróficas para la humanidad, acelerando a su vez (tras la invasión de Ucrania por Rusia) la crisis climática.

El refuerzo (allí donde existe) y la reconstitución (allí donde no existe) de un amplio movimiento unitario antimilitarista son una necesidad acuciante, con el objetivo, en particular, de la desmilitarización y la desnuclearización de las zonas en conflicto, empezando por el mar de China Meridional.

En el noreste de Asia (en Japón y en Corea del Sur) y en el sureste y el sur de Asia (inclusive en Pakistán e India) existen tales movimientos. Las movilizaciones contra el calentamiento climático deberían integrar activamente, si todavía no lo han hecho, la dimensión antiguerra, que de este modo recuperaría a su vez una envergadura internacional.

La solidaridad necesaria con el pueblo taiwanés

Finalmente, y esta no es la menor de las cuestiones, las implicaciones geopolíticas no deben hacernos olvidar la solidaridad con el pueblo taiwanés. La historia de la isla, compleja, es muy distinta de la de China continental. El Partido Comunista Chino, por cierto, reconoció en la época de Mao Zedong la independencia de la isla, antes de que esta cuestión pasara a ser una baza crucial en su combate contra el Kuomintang (KMT) de Tchang Kai-check.

En el pasado, la isla estuvo dominada muy breve y desigualmente por una dinastía imperial china; una antigua suzeranía (real o legendaria) no justifica nunca, como tal, una reivindicación territorial presente. Los arrecifes e islotes no habitados del mar de China han sido utilizados por todos los pescadores de la región y el descubrimiento de una moneda china de edad venerable (tal vez colocada allí por historiadores nacionalistas que la desenterraron) no cambia nada, no justifica en modo alguno la toma de posesión por parte de Pekín de toda esa zona marítima.

Taiwán no es una roca (“rock”, expresión desafortunada de Noam Chomsky durante una entrevista reciente, en contradicción con declaraciones anteriores suyas), sino un país. Lo que importa es el sentimiento actual de la población, que no se considera parte integrante de la China de Xi Jinping. No solo lo demuestran los sondeos de opinión, sino la historia contemporánea.

Cuando el Kuomintang de Tchang Kai-check se replegó en la isla con armas y bagajes, impuso su dictadura a la población local. Cuando China llevó a cabo su contrarrevolución burguesa, el PCC y el KMT, antaño enemigos jurados, pasaron a ser dos partidos únicos y totalitarios cómplices en la opresión y la explotación de la población insular. En 2014, la firma de un tratado de libre comercio entre China y Taiwán fue el detonante de una revuelta impulsada por el movimiento estudiantil y conocida por el nombre de Movimiento de los Girasoles (o Movimiento 318). Incluso llegó a ocupar durante 24 días el yuan legislativo (el parlamento) y organizó una manifestación de apoyo a la que acudieron medio millón de personas. Entonces se inició un profundo proceso de democratización a pesar de la represión, que concluyó con la instauración de un régimen de democracia burguesa más democrático que los existentes en bastantes países de Occidente.

Xi Jinping trató primero de recuperar influencia en Taiwán utilizando las redes del KMT, ofreciendo la perspectiva de importantes beneficios económicos y proponiendo una solución del tipo un país, dos sistemas, similar al que se estableció en Hong Kong tras la devolución de la antigua colonia británica (1997): formalmente integrada en la RPC, Taiwán perdería sin duda su soberanía en determinados ámbitos estatales (política exterior y militar…), pero mantendría su régimen político y jurídico, sus libertades cívicas. Una promesa que perdió todo poder de convicción cuando el propio Xi rompió estos acuerdos para emprender una política de normalización forzosa, que ha dado pie a la instauración de un control dictatorial de Pekín sobre la zona administrativa especial (la denominación oficial del territorio) de Hong Kong.

Ante la imposibilidad de convencer a la población de la isla utilizando la zanahoria y algo de palo, Xi Jinping pasa ahora a utilizar la amenaza militar bruta. Con ello, él mismo reconoce que la población taiwanesa no se siente realmente atraída por su régimen.

Por Pierre Rousset

04/09/2022

ESSF

Traducción: viento sur

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Un peatón pasa frente a una pintura en la pared de una casa cerca de la embajada de Rusia en Roma el 24 de febrero de 2022, realizada por la artista callejera Laika 1954, que muestra a los tanques rusos y ucranianos haciendo su cañón como la paz.- AFP

Este texto se trata de un adelanto editorial de la obra 'Por qué Ucrania', editado por Altamarea, a la venta desde el miércoles, 7 se septiembre. Se trata de ocho entrevistas realizadas al pensador estadounidense en las que se analizan las causas de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. 

Tras meses de guerra, es obvio que la invasión de Ucrania no va de acuerdo con los planes, las esperanzas y las expectativas rusas. La OTAN afirma que el ejército ruso ha sufrido tantas bajas como en la guerra afgana, y que la opción de Zelenski es conseguir una «paz con victoria». Obviamente el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático. De hecho, el camino hacia la paz no parece expedito, y el Kremlin ha anunciado que no espera acabar la guerra antes del 9 de mayo (el que para ellos es el día de la victoria contra los nazis). ¿Tienen los ucranios el derecho a luchar hasta la muerte antes de entregar a Rusia un palmo de tierra, si así lo quieren?

Que yo sepa, nadie ha dicho que los ucranios no tengan este derecho. La yihad se arroga el derecho abstracto de luchar hasta la muerte antes de ceder un palmo de terreno a Israel. Yo no lo recomendaría, pero están en su derecho. ¿Eso es lo que quieren los ucranios? Quizás ahora en medio de una guerra devastadora, pero no lo querían en un pasado inmediato.

El presidente Zelenski fue elegido en 2019 por una abrumadora mayoría que deseaba la paz. Y obró en consecuencia, con mucho valor. Tuvo que enfrentarse a violentas milicias de extrema derecha que amenazaron con matarlo si llegaba a un acuerdo pacífico en consonancia con los acuerdos de Minsk ii. Un experto en historia rusa, Stephen Cohen, afirma que, si Zelenski hubiera sido apoyado por Estados Unidos, podría haber persistido en el camino de la paz, y quizá hubiera evitado una horrible invasión. Estados Unidos se negó y prefirió seguir con su política de expansión de la OTAN, que incluye la adhesión de Ucrania. Estados Unidos siguió sin respetar las líneas rojas que trazó Moscú y los consejos de diplomáticos estadounidenses de alto rango: la OTAN no debe expandirse hacia el este. Zelenski, sensatamente, propuso dejar el asunto de Crimea para más adelante, una vez acabada la guerra.

Los acuerdos de Minsk ii proponían una solución federal y una autonomía considerable para la región de Donbás, que podría determinarse a través de un referéndum bajo supervisión internacional. La invasión rusa ha limitado el alcance de todo eso, pero solo tenemos una manera de saber si hubiera funcionado: expandir la vía diplomática en lugar de minarla, como se obstina en hacer Estados Unidos.

Es cierto que «el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático», aunque propongo que se diga de otra manera: «el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático, esto es, para la voluntad de socavar la vía diplomática en lugar de facilitarla, una solución diplomática que podría poner fin al horror».

El Congreso estadounidense, demócratas incluidos, actúa como si prefirieran la exhortación de Adam Schiff, del Comité de Inteligencia, cuando afirma que hemos de ayudar a Ucrania «para poder luchar contra Rusia allí y que no tengamos que hacerlo aquí».

La exhortación de Schiff no es nueva. Recuerda a Reagan cuando llamó «emergencia nacional» al hecho de que el ejército de Nicaragua estuviera a solo dos días de marcha de Harlingen, Texas, y a punto de arrollarnos. O a la queja lastimera de Lyndon B. Johnson en referencia a los vietnamitas: tenemos que detenerlos allí o «borrarán del mapa Estados Unidos y se quedarán con todo lo que tenemos».

Esta es la historia de Estados Unidos, constantemente amenazado de acabar aniquilado; lo mejor es pararles los pies en sus países.

Estados Unidos ha sido uno de los principales suministradores de armas y de ayudas para la seguridad que ha tenido Ucrania desde 2014. El presidente Biden solicitó al Congreso que aprobara una ayuda adicional de treinta y tres mil millones de dólares, más del doble de lo que Washington ha comprometido en esta guerra. ¿Podemos concluir con que es mucho lo que Washington se juega dependiendo de cómo acabe la guerra en Ucrania?

Como los hechos más relevantes no han sido explicados en nuestro país merece la pena recordarlos.

Desde el levantamiento de Maidán en 2014, la OTAN (básicamente Estados Unidos) «ha proporcionado un apoyo considerable: material, entrenamiento, decenas de miles de soldados ucranios han recibido formación militar. Luego, cuando vimos que los servicios de inteligencia decían que la invasión era más que probable, los aliados intensificaron la ayuda el otoño y el invierno pasado»; todo esto antes de la invasión, según el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

He hablado antes de que Estados Unidos se negó a respaldar al recién elegido presidente Zelenski cuando este decidió basar su mandato en buscar un acuerdo de paz y fue contrarrestado por las milicias de extrema derecha. Estados Unidos prefirió seguir el camino de integrar Ucrania en la OTAN, sin pensar en las consecuencias de sobrepasar las líneas rojas marcadas por Rusia.

Lo he mencionado antes. Las intenciones de Estados Unidos y el compromiso con Ucrania se manifestaron en septiembre de 2021 con la Declaración Conjunta sobre la Cooperación Estratégica EE.UU.-Ucrania (Joint Statement on the u.s.-Ukraine Strategic Partnership) firmada en la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021 [véase nota 2 del capítulo vii] y consistente en un «intenso programa de formación y ejercitación en maniobras tras dar a Ucrania el estatus de "socio privilegiado" de la OTAN» (nato Enhanced Opportunities Partner). Esta línea política quedó consolidada el 10 de noviembre con la firma del Tratado de Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania por parte del secretario de Defensa, Antony Blinken.

El Departamento de Estado ha reconocido que «antes de la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos no hizo ningún esfuerzo por estudiar una de las principales preocupaciones de Vladímir Putin, la que hace referencia a la seguridad y a la posibilidad de que Ucrania pase a ser miembro de la OTAN».

Y así ha seguido tras la criminal agresión de Putin. Una vez más, lo que ha sucedido lo ha analizado con inteligencia Anatol Lieven:

La estrategia estadounidense de utilizar la guerra en Ucrania para debilitar a Rusia es, por supuesto, completamente incompatible con la búsqueda de un alto el fuego, e incluso con un acuerdo de paz provisional. Conseguirlo exigiría a Washington tener que oponerse a dicho acuerdo y continuar la guerra. De hecho, cuando a finales de marzo el Gobierno ucranio presentó un muy razonable conjunto de propuestas de paz, la falta de apoyo de Estados Unidos resultó extraordinariamente sorprendente. Dejemos todo lo demás de lado: un tratado que estipule la neutralidad de Ucrania (como propuso Zelenski) es algo ineludible en cualquier acuerdo de paz, pero debilitar a Rusia implica mantener a Ucrania como aliado de facto de Estados Unidos, cuya estrategia, como ha manifestado el secretario de Defensa Lloyd Austin, podría obligar a Washington a implicarse en el apoyo a los nacionalistas ucranios, los de la línea dura firmemente contrarios a Zelenski.

Sin dejar esto de lado, vuelvo a la pregunta. La respuesta parece clara: a juzgar por cómo se ha comportado Estados Unidos y lo que ha declarado, «se puede afirmar que es mucho lo que Washington se juega dependiendo de cómo acabe la guerra en Ucrania». Para ser más exactos, podemos concluir que, para «debilitar a Rusia», Estados Unidos se dedica al grotesco experimento que hemos visto: evitar, con todos los medios a su alcance, que la vía diplomática pueda poner fin a la guerra y quedarse a mirar si Putin se sobrepone tranquilamente a la derrota o si usará la capacidad que tiene, por supuesto que la tiene, para destruir Ucrania y preparar el terreno para una guerra nuclear.

Este conflicto nos enseña mucho sobre la cultura dominante porque el «grotesco experimento» se considera altamente elogiable, y porque cualquier esfuerzo por criticarlo se silencia o se castiga duramente con un impresionante torrente de mentiras y engaños.

Por Noam Chosmky, lingüista, filósofo, politólogo y activista estadounidense

06/09/2022.

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