Una nueva fase de la guerra en Ucrania

La guerra de Rusia en Ucrania ha entrado en su tercer mes. El hecho de que Putin no haya podido obtener una victoria rápida, y a la vez que Ucrania armada por la OTAN resista pero tampoco pueda derrotar la invasión rusa, ha dado lugar a un empantanamiento que tiende a profundizar el carácter internacional del conflicto y el consiguiente riesgo de escalada.

El ejército ruso se encuentra desplegando lo que el gobierno de Putin definió como la “segunda fase” de la “operación militar especial”. Recordemos que a pesar de las toneladas de bombas, miles de muertos –soldados rusos y ucranianos y sobre todo población civil, millones de refugiados y la destrucción millonaria de la infraestructura ucraniana, Putin sigue sin llamar a la guerra por su nombre. Muchos especulan que dará este paso el 9 de mayo, cuando presida la conmemoración de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi.

Pero la novedad más significativa no viene del campo de batalla en sentido estricto sino del salto en la intervención detrás del bando ucraniano de las potencias de la OTAN, en particular de Estados Unidos, que potencialmente puede redefinir el curso de la guerra.

Primero veamos el cuadro de situación.

El inicio de la segunda fase de la ofensiva rusa, a fines de marzo, implicó grosso modo la adopción por parte de Rusia de una estrategia más modesta. Pasó de la fallida guerra relámpago con blanco en las grandes ciudades para lograr la caída rápida del gobierno de Zelenski, a reconcentrarse en la región del Donbas y, eventualmente desde ahí, proyectar el control ruso hacia el este y el sur de Ucrania. Que el teatro de operaciones esté centrado en el Donbas no significa que Rusia haya renunciado a bombardear esporádicamente las ciudades ucranianas de las que se retiró. Sin ir más lejos, en plena visita a Kiev de Antonio Guterres, el titular de Naciones Unidas, Rusia lanzó una salva de misiles sobre la capital ucraniana, lo que no puede ser leído más que como un estruendoso mensaje político destinado a las potencias occidentales.

La estrategia del Kremlin es cauta en la forma, dado las vulnerabilidades expuestas en la primera fase de la guerra y el agotamiento militar y también económico por efecto de las sanciones que ya se empieza a percibir. Pero sigue siendo ofensiva en el contenido, lo que implica que el gobierno de Putin espera seguir mejorando su posición para cuando llegue el momento de negociar, si es que alguna vez llega. Primero porque las negociaciones formales están suspendidas desde el último intento fracasado en Turquía –aunque continúan abiertos canales alternativos– y segundo porque no necesariamente la guerra concluya con algún acuerdo diplomático.

Los mapas de la guerra muestran que, aunque lentamente y con dificultades, el avance ruso sigue su curso. Finalmente después de casi dos meses de sitio, el ejército se hizo del control de la ciudad portuaria de Mariupol a excepción de la acería Azovstal, en cuyos túneles han quedado atrapados un número indeterminado de miembros del regimiento de Azov (el renombrado “batallón de Azov” integrado por las milicias de extrema derecha de Ucrania) y también civiles refugiados.

Según el cálculo de los generales rusos, el asalto a la acería hubiera significado una batalla sangrienta con muchas bajas propias, por lo que simplemente optaron por bombardear desde el aire, sellar el lugar y esperar a que los que resisten se queden sin municiones y sin alimentos. Por lo que el fin del sitio es cuestión de tiempo.

Hasta el momento es la posición de mayor valor estratégico conquistada por el ejército ruso en Ucrania, no por la ciudad en sí, que fue reducida a escombros (un “campo de concentración en ruinas” según la acertada descripción del presidente ucraniano Volodimir Zelenski) sino porque con Mariupol Ucrania ha perdido la salida al Mar de Azov y Rusia ha ganado un puente terrestre que une la península de Crimea con las repúblicas de Donetsk y Lugansk. Además obviamente del espectáculo obsceno de “tierra arrasada” que sirve como ejemplo para desalentar otras resistencias.

Desde el punto de vista militar, la caída de Mariupol ha liberado una cantidad de tropas rusas que están siendo relocalizadas en el este, donde Rusia aún no ha podido garantizar el control de Donetsk.

A partir de estos hechos se abren distintos escenarios. Según las estimaciones más conservadoras, Putin podría presentar control de la región del Donbas –y el corredor que la une con Crimea– como un triunfo de su “operación especial” para “desnazificar a Ucrania”, aunque eso en sí mismo no signifique el fin de la guerra que puede continuar bajo otras formas, como operaciones de contrainsurgencia.

Pero hay otra hipótesis, más audaz, de que Putin anuncie una escalada, ampliando los objetivos territoriales hacia Transnistria, una pequeña región separatista de Moldavia, lo que llevaría la ofensiva rusa hacia el oeste, al límite con Rumania, es decir, a las puertas mismas de la Unión Europea.

Si bien las reiteradas referencias del mando ruso a Moldavia alimentan las especulaciones de un escalada ofensiva, este parece ser un objetivo dudoso de alcanzar no solo porque Rusia aún no ha estabilizado el control de las zonas que ya ocupa y donde enfrenta la resistencia ucraniana, sino porque entre otras cosas, tendría que conquistar la ciudad portuaria de Odesa, lo que podría exponer a Rusia a una sobreextensión militar insostenible. Aunque no hay cifras certeras ni método independiente para corroborar las informaciones, que son utilizadas como parte del arsenal de guerra tanto por “occidente” como por el régimen ruso, algunas agencias militares estiman que el ejército ruso ha perdido en las primeras ocho semanas de la guerra un 25% de su capacidad operativa.

Fue el ex secretario de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, quien en una entrevista admitió que las potencias occidentales habían cometido un doble error “subestimar las ambiciones de Vladimir Putin” y al mismo tiempo “sobreestimar la fortaleza militar de Rusia”.

Probablemente, la exposición de las debilidades estratégicas del ejército ruso –y la resistencia ucraniana mayor de lo esperado– hayan influido en la percepción de las potencias imperialistas, en particular de Estados Unidos, que terminó descubriendo en la invasión rusa a Ucrania una oportunidad estratégica. Ese cambio de percepción explicaría en parte la escalada de las potencias occidentales.

Este giro fue anunciado políticamente por Biden en Polonia a fines de marzo donde dio a entender que la estrategia de Estados Unidos era el “cambio de régimen” en Rusia. Y se transformó en política oficial con la visita de Antony Blinken y Lloyd Austin –secretario de Estado y de Defensa respectivamente– a Kiev donde luego de reunirse con el presidente Zelenski, blanquearon un secreto a voces: que el verdadero motor del imperialismo norteamericano no es la “soberanía de Ucrania” sino “debilitar a Rusia en el largo plazo”. En una entrevista con CBS News, Ben Hodges el ex comandante del ejército norteamericano en Europa dio un textual aún más explícito. No solo dijo “queremos ganar” sino que explicó que eso significaba “quebrar la capacidad de Rusia para proyector poder por fuera de Rusia”.

El gobierno de Joe Biden sigue manteniendo sus “líneas rojas” de no entrar de manera directa en un conflicto militar (¿nuclear?) con Rusia –léase no poner “botas en el terreno” ni entrar en combate por ejemplo imponiendo una zona de exclusión aérea sobre Ucrania–. Pero con este límite ha escalado la intervención y los objetivos de Estados Unidos y la OTAN, que actúan abiertamente como el comando político-militar del bando ucraniano detrás de Zelenski.

Este “comando” tomó estatus organizativo con el establecimiento del llamado “grupo de contacto para Ucrania” que tuvo su primer reunión en la base aérea de Ramstein-Miesenbach, la principal base norteamericana en Alemania, presidido por el jefe del Pentágono Lloyd Austin. Este consejo de guerra está integrado por 43 países –los miembros de la OTAN pero también países “amigos” de Estados Unidos como Japón, Israel y Qatar– y se reunirá mensualmente para evaluar las necesidades militares de Ucrania para “ganar” la guerra.

Entre las principales resoluciones está el incremento de la transferencia de armamento y municiones y también de entrenamiento a Ucrania por parte de las potencias occidentales. Es un salto porque de ahora en más la OTAN proveerá al ejército ucraniano de armas pesadas ofensivas. Este arsenal incluye tanques antiaéreos Gepard de Alemania y cañones Howitzer de Estados Unidos y Canadá.

Acorde con esta orientación más ofensiva, el presidente Biden solicitó al congreso la aprobación de un monto de 33.000 millones de dólares adicionales destinados a la asistencia militar y económica de Ucrania. Una multiplicación casi por 10 de los 3500 millones que el imperialismo norteamericano lleva invertidos en los dos meses de la guerra de Ucrania. Un indicador de que Estados Unidos se prepara para un conflicto prolongado.

El canciller ruso, Sergey Lavrov, acusó a Washington y la OTAN de haber entrado en una “guerra subsidiaria” en Ucrania (la traducción imperfecta de una “proxy war”, típica de la Guerra Fría) y agitó el fantasma de una tercera guerra mundial que podría transformarse en nuclear. Lo mismo hizo elípticamente Putin. Es cierto que rápidamente se retractó y aclaró que Rusia no está en guerra con la OTAN, sobre todo después de que China, el principal aliado de Rusia, se haya desligado de la amenaza de una nueva guerra mundial. Pero en sí mismo es un indicador del curso peligroso que pueden tomar los acontecimientos si la política de Estados Unidos deja a Putin ante la elección de rendirse o escalar la guerra más allá de Ucrania.

Por esto, el “ala realista” conservadora de la política exterior norteamericana insiste en que, ante la posibilidad de una escalada peligrosa, lo que más se ajusta al interés nacional imperialista es abrir una negociación con Putin para poner fin al conflicto. Richard Haass, uno de sus principales voceros que fue funcionario de los gobiernos de Bush, plantea en una nota reciente en la revista Foreign Affairs que Estados Unidos debe salir de la discusión táctica (cantidad y calidad del armamento enviado a Ucrania) y definir su estrategia antes de que sea demasiado tarde. Para eso aconseja seguir las lecciones de la guerra fría: evitar un enfrentamiento militar directo con Rusia y aceptar resultados limitados. En síntesis que sería un error definir, como reclaman los halcones, que el “cambio de régimen en Moscú es condición para detener la guerra”.

En lo inmediato el gobierno de Biden está capitalizando la guerra de Ucrania para avanzar en recomponer la hegemonía norteamericana. Apunta contra Rusia para debilitar a China que hoy está en una alianza incómoda con Putin y anuncia un “nuevo orden mundial” bajo liderazgo de Estados Unidos. Pero lejos de una reedición de la “globalización neoliberal”, estratégicamente se ha abierto un período de grandes convulsiones económicas, políticas, sociales y militares del que la guerra en Ucrania es solo un síntoma.

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Estados Unidos: medidas draconianas para la crisis migratoria que se aproxima

El presidente Biden se juega en la frontera con México las chances del Partido Demócrata en las elecciones de medio término que se harán el 8 de noviembre.

Estados Unidos no puede superar el viejo problema de su frontera sur. Sigue limitado al uso de dos herramientas punitivas ante cada crisis migratoria que se le viene encima. Son la deportación inmediata de indocumentados o su detención durante varios meses en una cárcel ordinaria. No incluye este racconto la ampliación del muro que lo separa de México. La primera medida llamada Título 42 es hija de las políticas xenófobas de Donald Trump que se exacerbaron con la pandemia. Es muy posible que pierda vigencia el 23 de mayo si el gobierno de Joe Biden no la mantiene. Con lo que podrían suceder dos cosas: un aumento en el flujo de personas desde Centroamérica y el endurecimiento todavía mayor de otros dispositivos para frenarlas. Si la situación se volviera explosiva en el hemisferio norte camino al verano, el Partido Demócrata estaría en aprietos para mantener la módica ventaja que conserva en las dos cámaras del Congreso. 

El 8 de noviembre son las elecciones de medio término. El debate sobre la inmigración es un tema no saldado y hay republicanos que siguen aplicando mano dura como el gobernador de Texas, Greg Abbott. Su operación Estrella Solitaria (Lone Star) le permite realizar arrestos indiscriminados bajo cualquier cargo. Medios estadounidenses denunciaron que aun pagando fianza, hubo detenidos que no fueron liberados. Un grupo de ellos demandó al gobernante porque consideró que su estrategia para la frontera es inconstitucional.

Si se trazara una línea de tiempo en políticas migratorias, ni todos los demócratas han sido condescendientes con el fenómeno, ni la intolerancia es una condición exclusiva del Partido Republicano. El ejemplo clásico que suele citarse es el de Barack Obama. Cuando llegó a la Casa Blanca en 2009 deportó más latinoamericanos que Trump en su primer año de gobierno. Incluso en sus dos mandatos superó la cantidad de expulsados que George W. Bush provocó en sus ocho años de gobierno. 

Título 42

Ahora el dilema de qué hacer ante un problema que puede incidir en las legislativas de noviembre, lo tiene Biden. El llamado Título 42 aprobado en 2020 durante la presidencia del magnate republicano es un instrumento legal que a EE.UU le permite deportar antes de que un migrante presente el pedido de asilo. El trámite es expeditivo y así, en lo que va del año fiscal 2022 – se lo considera a partir del 1° de octubre de 2021 – el 51 % de los migrantes detenidos por cruzar la frontera fue deportado bajo la normativa del Título 42.

La aplicaba y continúa haciéndolo, la Policía de Aduanas y Protección de Fronteras (CBP, por su sigla en inglés) que desde el 20 de marzo de 2020 y por una cuestión de Salud Pública, impide la entrada de extranjeros que “potencialmente representan un riesgo para la salud”. Esa medida es la que hoy se está discutiendo, ya superada la peor etapa de la pandemia.

El gobierno de Biden todavía no definió qué hará porque el draconiano Título 42 es un disuasivo que no frena el incontenible flujo migratorio, pero le sirve para demorar el eventual desborde que se avecina. Especialistas en el tema ya lo vaticinan. El actual presidente había anticipado el final de la norma que permitió deportar poco más de un millón de personas en los últimos seis meses. Se basó en el criterio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) que aconsejaron terminar con ella.

Pero entre quienes se oponen a la derogación del Título 42 se encuentra el gobernador texano. Abbott es un halcón republicano que el 3 de junio de 2021 ya había declarado en la cadena ultraconservadora Fox News: “Sigo la ley, y la que voy a usar será la forma legal en la que Texas comenzará a arrestar a todos los que crucen la frontera. No solo arrestarlos, sino que debido a que esto ahora será un allanamiento de morada con agravantes, pasarán medio año en la cárcel, o un año”.

La amenaza la puso en práctica bajo lo que se conoce como la operación Estrella Solitaria (Lone Star). Una investigación de los medios ProPublica, The Texas Tribune y The Marshall Project aporta evidencias sobre presuntas irregularidades cometidas por Abbott con dinero público para mantener blindada la frontera de su estado, Texas.

Quienes padecen todavía el Título 42 o la incipiente política contenida en Lone Star, son los inmigrantes mexicanos o que provienen del denominado Triángulo Norte de Centroamérica: Guatemala, Honduras y Salvador. Para justificar las medidas contra ellos, Abbott se basa en que “Biden no está asegurando la frontera, el estado de Texas tiene que intensificar y gastar el dinero de los contribuyentes para hacer el trabajo del gobierno federal”.

Los medios que investigaron a Abbott publicaron que la operación Estrella Solitaria “ha contado arrestos por delitos sin conexión con la frontera e incluido recuentos de drogas capturadas en todo el estado en comunidades que no recibieron recursos adicionales de la iniciativa”. Los movimientos del gobernador que va por su reelección – y es muy crítico de Biden – continuarán hasta el 31 de mayo.

El republicano se opone a que el Título 42 desaparezca porque sería una decisión “sin precedentes y peligrosa”. También declaró: “Texas tomará sus propias medidas sin precedentes este mes para hacer lo que ningún estado de EE.UU ha hecho jamás en la historia de este país y asegurar mejor nuestro estado y nuestra nación”.

El gobernador es un dinosaurio cuyos planes contra la inmigración incluyen una batería de medidas adicionales: bloqueos de botes en el Río Grande, la colocación de alambres de púas en cruces de aguas bajas y autobuses financiados por el Estado para que trasladen a los solicitantes de asilo hasta el Capitolio en Washington. Aclara, “de forma voluntaria”, una manera de trasladarle el problema al gobierno federal que ejerce Biden.

Hoy los detenidos se cuentan por miles y las denuncias por violaciones a los Derechos Humanos son reflejadas en medios de los estados fronterizos. El viernes, el presidente de EE.UU llamó a su par mexicano Andrés Manuel López Obrador. La conversación duró 45 minutos e incluyó los problemas migratorios irresueltos. La portavoz de la Casa Blanca Jen Psaki declaró: “Fue planeada en parte por la Cumbre de las Américas y también por el próximo levantamiento del Título 42 y la anticipación y expectativa del Departamento de Seguridad Nacional sobre el aumento de la afluencia de migrantes que intentan cruzar la frontera”. Las oleadas de desesperados no se detendrán. Los esperan para esta primavera en Estados Unidos. Biden se juega en su frontera sur el futuro de su gobierno en los próximos dos años.

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Un soldado ucraniano vigila una trinchera en la provincia de Donetsk, Ucrania.. Imagen: EFE

El Kremlin maneja los tiempos de la invasión en los distintos frentes  

El ejército ruso creó múltiples microfrentes, dispensando y agotando a las fuerzas ucranianas,  que difícilmente pueden resistir en las actuales condiciones.

En el este de Ucrania, las fuerzas rusas, superiores en número y mejor armadas, han pasado de la estrategia de la apisonadora a la de un paciente avance, al que las fuerzas de Kiev difícilmente pueden resistir en las actuales condiciones. "No es como en 2014, no hay un frente definido a lo largo de un eje", explica Iryna Rybakova, la oficial de prensa de la 93ª brigada de las fuerzas ucranianas, en alusión a la guerra con los separatistas prorrusos de la región del Donbás (este) hace ocho años.

El ejército ruso creó múltiples microfrentes, dispensando y agotando a las fuerzas ucranianas. "Hay un poblado de ellos, un poblado nuestro. Hay que verlo como un tablero de ajedrez", dice la militar, que reconoce, más de dos meses después del inicio del conflicto, que Ucrania "no tiene de momento la capacidad de hacer retroceder al enemigo".

La toma de Mariupol

Una victoria rápida de Rusia parece descartada, según los analitas, que atribuyen al presidente ruso, Vladimir Putin, el deseo de mostrarse triunfante en las ceremonias nacionales del 9 de mayo, cuando Rusia conmemora la victoria sobre los nazis. Las tropas rusas han tomado el puerto de Mariupol (sureste), permitiéndoles abrir un corredor terrestre hasta Jersón, más al oeste, única capital regional conquistada desde el inicio de la ofensiva, el 24 de febrero.

Pero el Donbás -la cuenca minera que engloba las regiones de Donetsk y Lugansk que Rusia dice querer "liberar" del yugo de "nazis" rusófobos en el poder en Kiev- está lejos de haber caído. "Aunque hay un cierto avance de las tropas rusas en el terreno, no es muy rápido" indica el analista militar ruso Alexandre Jramchijin.

"Avance difícil"

"En la región de Lugansk (norte del Donbás, ndlr), los objetivos anunciados por Moscú están cerca de conseguirse" prosigue el analista. "Pero en Donetsk, el avance es más difícil" agrega. La línea del frente, fijada desde los acuerdos de paz de 2015, no ha cambiado en estos dos meses de ofensiva. Pero para algunos analistas, el avance ruso parece irreversible."Ya es demasiado tarde para nosotros", dice un soldado ucraniano en un centro de reparación de blindados.

La ofensiva se concentra en el norte de la región: Moscú está cerrando progresivamente una tenaza, que desciende hacia Kramatorsk - "capital" de facto del Donbas controlado por Kiev - desde Izium, una ciudad del norte de Ucrania conquistada a principios de abril. Las tropas rusas tienen esta vez a su favor --contrariamente a la ofensiva contra Kiev al inicio de la guerra-- la ventaja de una continuidad logística directa con su retaguardia.

Prueba del pesimismo reinante, es que ya está todo listo para ralentizar el avance de las tropas rusas: un tren abandonado en los pasos a nivel, minado de infraestructuras viales, obstáculos antitanque en las carreteras.

Desproporción 

En lo referente al armamento, en medio de las grandes planicies de la región y de las ciudades industriales, el enfrentamiento se hace mediante la artillería, la "Diosa de la guerra", en una expresión consagrada por Stalin. Pero la relación de fuerzas sigue siendo extremadamente desproporcionada, hasta "cinco veces superior en términos de material", según Irina Terehovich, sargento de 40 años de la 123ª brigada ucraniana.

El "cierre" del cielo por la OTAN, tan esperado por Kiev, no se ha producido. Y a Ucrania solo les quedan algunos aviones Su-24 y Su-25 para atacar posiciones rusas. En tierra, los soldados ucranianos en el Donbas serían entre 40.000 y 50.000, según analistas. Moscú no comunica sobre sus fuerzas en presencia. Aunque aguanten, muchos soldados de la infantería ucraniana se sienten superados por los acontecimientos.

"Viking", un sargento de 27 años, está desmoralizado, y sus hombres, agotados, esperan una orden de retirada. "Si fuera una guerra de infantería contra infantería, tendríamos nuestras posibilidades. Pero aquí es sobre todo una guerra de artillería, y no tenemos bastante material" dice el soldado.

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Domingo, 01 Mayo 2022 05:44

¿Es Rusia una potencia imperialista?

¿Es Rusia una potencia imperialista?

Rusia no integra el circuito dominante del imperialismo contemporáneo. Desarrolla igualmente una activa intervención geopolítica acorde a su poderío bélico. La figura de un imperio no hegemónico en gestación ofrece la mejor definición de su estadio actual. 

Nadie hubiera preguntado si Rusia actuaba como una potencia imperialista en los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética. En esa época sólo se discutía si ese país mantendría alguna relevancia. La era Yeltsin condujo a la insignificancia internacional de Moscú y todas las evaluaciones sobre el imperialismo estaban referidas a Estados Unidos.

Treinta años después ese escenario ha mutado en forma drástica, con el resurgimiento de Rusia como gran actor geopolítico. Este viraje ha reabierto los debates sobre la pertinencia de la categoría imperial para ese país. El concepto es asociado con la figura de Putin y ejemplificado en la reciente invasión a Ucrania. Esa incursión es vista como una contundente prueba del renovado imperialismo ruso.

Las miradas más corrientes consideran que esa impronta es un dato indiscutible. Destacan que Moscú oprime a sus vecinos con el objetivo de socavar la libertad, la democracia y el progreso. También denuncian que el Kremlin intensifica su agresividad para expandir un modelo político autocrático.

Desaciertos convencionales

Los principales gobiernos y medios de comunicación de Occidente cuestionan las incursiones de Moscú que justifican en el propio campo. El despliegue de tropas en Ucrania, Georgia o Siria es presentado como un acto inadmisible, pero las ocupaciones de Afganistán, Irak o Libia son interpretadas como episodios habituales. La anexión de Crimea es categóricamente repudiada, pero la apropiación de tierras en Palestina es calurosamente bienvenida.

Esa hipocresía es combinada con inverosímiles denuncias para atemorizar a la población. Se describe un gigantesco poder ruso con inconmensurable capacidad de daño. La manipulación moscovita de los comicios estadounidenses a través de infiltrados y algoritmos ha sido la acusación más absurda de esa campaña.

Todas las conspiraciones diabólicas son atribuidas a Putin. Los medios suelen mostrarlo como la encarnación del mal. Es retratado como un déspota que reconstruye un imperio con brutales métodos de totalitarismo interno (Di Palma, 2019). Nunca se hacen comparaciones con las elogiadas plutocracias de Estados Unidos o Europa, que imponen la convalidación del dominio ejercido por las elites gobernantes.

Las liberales suelen describir al imperialismo ruso como una enfermedad enraizada en la historia autoritaria del país. Consideran que esa sociedad arrastra una antigua compulsión al avasallamiento de territorios ajenos (La Vanguardia, 2020).

Con esa mirada repiten lugares comunes, sin avanzar en la evaluación seria del problema. Si Rusia contiene el gen del imperio en su innata constitución, no tendría mucho sentido profundizar el estudio del tema. Constituiría simplemente un caso perdido frente a las consabidas virtudes de Occidente.

Con la misma naturalidad que se resalta la omnipotencia imperial de Rusia se exime a Estados Unidos y a sus socios de esa condición. El imperialismo es visto como un corolario de la autocracia moscovita, que el apego a la tolerancia republicana ha evitado en el universo transatlántico. Cómo se compatibiliza ese relato con el saqueo colonial padecido por África, Asia y América Latina es un irresoluble misterio.

Las diatribas contra Moscú recrean el viejo libreto de la guerra fría, que contraponía el opresivo totalitarismo ruso con las maravillas de la democracia norteamericana. Los muertos que desparramó el Pentágono para garantizar los beneficios de ese paraíso son rigurosamente ocultados. El contraste entre la felicidad estadounidense y la lúgubre supervivencia de Rusia ha persistido como un invariable mito.

La compulsión imperial del Kremlin es también observada como un desafortunado recurso del país, para lidiar con su sombrío destino. Las miradas euro-céntricas más extremas observan a los rusos como una etnia de blancos, que no supo asimilar la civilización occidental y quedó atascada en el atraso de Oriente. El castigo nazi intentó resolver esa anomalía con el exterminio de una parte de los eslavos, pero la derrota de Hitler sepultó durante un largo tiempo las ópticas denigratorias. En la actualidad vuelven a renacer los viejos prejuicios.

Para evaluar con alguna seriedad el lugar de Rusia en el club de las potencias imperiales hay que archivar esas tonterías. Se necesita clarificar ante todo el status de ese país en el universo del capitalismo. La vigencia de ese sistema es una condición de pertenencia al enjambre imperial. El desconocimiento de esa conexión impide a los liberales (y a sus vulgarizadores mediáticos) aproximarse al entendimiento del problema.

La reintroducción del capitalismo

Desde hace tres décadas prevalecen en Rusia los tres pilares del capitalismo. Se restauró la propiedad privada de los medios de producción, se consolidaron las normas de ganancia, competencia y explotación y se introdujo un modelo político que garantiza los privilegios de la nueva clase dominante.

La adopción de ese sistema fue vertiginosa. En tan sólo tres años (1988-1991) quedó sepultado el intento de reformas paulatinas de la URSS que promovía Gorbachov. Como su modelo de Perestroika rechazaba la renovación socialista y la participación popular, facilitó una arrolladora restauración del capitalismo. La vieja elite auto demolió su régimen, para desembarazarse de todas las restricciones que impedían su reconversión en clase propietaria.

Yeltsin timoneó esa fulminante transformación en 500 días de privatizaciones. Repartió la propiedad pública entre sus allegados y transfirió la mitad de los recursos del país a siete grupos empresarios. El nuevo sistema no emergió como en Europa Oriental desde afuera y bajo la influencia occidental. Fue gestado desde arriba y al interior del sistema precedente.

La burocracia se transformó en oligarquía mediante un simple cambio de vestimenta. Esa misma mutación de abanderados del comunismo en exaltadores del capitalismo se verificó en todos los países asociados con el Kremlin.

Es evidente que el estancamiento económico, el declive de la productividad, la ineficiencia de la planificación compulsiva, el desabastecimiento y la subproducción determinaron el malestar que precipitó el colapso de la URSS. Pero la magnitud de esos desequilibrios ha sido sobredimensionada, olvidando que nunca presentaron la envergadura de los desplomes financieros padecidos por el capitalismo occidental. La economía soviética no afrontó, por ejemplo, un terremoto equivalente al desmoronamiento sufrido por los bancos en el 2008-09.

El modelo de la URSS fue sepultado en el ámbito político por una clase dominante que remodeló el país. En esa alteración radica la gran diferencia con China, que mantuvo intacta su estructura tradicional de gobierno, en un nuevo escenario signado por la protagónica presencia de los capitalistas.

Esa diferencia determina la preeminencia de una restauración ya completada en Rusia y en una disputa aún irresuelta en China. El manejo del Estado ha sido la variable decisiva del retorno al capitalismo. Este giro presenta el mismo alcance histórico que tuvo la caída de los regímenes monárquicos en el surgimiento de ese sistema.

Yelstin forjó una república de oligarcas que se apoderaron del petróleo, el gas y la exportación de materias primas. Introdujo el manejo autoritario del poder ejecutivo y generalizó el fraude en los comicios parlamentarios.

Putin contuvo esa dinámica depredadora mediante una sostenida tensión con la nueva plutocracia. Pero no revirtió los privilegios de los millonarios. Para frenar el endeudamiento privado, el déficit externo, el temblor monetario y la desinversión local, introdujo controles y disputó el poder de decisión con los enriquecidos.

Ese conflicto fue zanjado con el encarcelamiento de Jodorkovski, el desplazamiento de Medvedev y el acoso a Navalny. Al compás de esos desenlaces, Putin logró prorrogar su mandato e hizo valer su autoridad. Pero convalidó las privatizaciones y el manejo elitista de los sectores estratégicos de la economía. Tan sólo puso un límite al saqueo de los recursos naturales, para marginar a los acaudalados del control directo del gobierno.

Esta doble acción es frecuentemente incomprendida por los analistas que ubican a Putin en el simple casillero de los mandatarios autoritarios. Omiten la estratégica labor que cumplió en el afianzamiento del capitalismo.

Esa convalidación ha requerido un sistema político superpresidencial, asentado en burocracias y aparatos de seguridad que duplicaron el tamaño legado por Yelstin. Putin asegura su predominio mediante la manipulación del sistema electoral y de los candidatos que disputan cargos de relevancia.

Pero esa supremacía no implica un modelo unipersonal dependiente de los humores del primer mandatorio. El jefe del Kremlin gestiona en forma consensuada, para preservar la cohesión de las élites. Con ese rol moderador evita la confrontación entre las 100 familias que controlan la economía. Esa armonización exige un arbitraje, que el mandatario ha perfeccionado al cabo de dos décadas de comando gubernamental.

En Rusia se corrobora, por lo tanto, la vigencia del capitalismo como insoslayable precondición de cualquier status imperial. Pero la variedad imperante de ese sistema crea otro tipo interrogantes.

Un modelo contradictorio e inciero

Desde hace tres décadas los académicos neoliberales desojan la margarita, para desentrañar cuánto maduró la ponderada “transición hacia una economía de mercado”. Nunca logran develar ese curioso devenir, en un país que refutó todos augurios ortodoxos de competencia y bienestar. La prometida prosperidad capitalista no emergió de las cenizas de la URSS. La planificación burocrático-compulsiva fue reemplazada por un modelo que arrastra mayores desequilibrios (Luzzani, 2021).

La dinámica habitual de los mercados afronta inéditos obstáculos en una economía de baja productividad, ausencia de transparencia y prácticas empresariales reñidas con los manuales del liberalismo. El peso de los monopolios es tan dominante como el protagonismo de las mafias, en un esquema irónicamente identificado con el “capitalismo jurásico”.

El curso de la acumulación está signado por la omnipresencia de los clanes y sus consiguientes modalidades de dependencia personal. Un estrecho círculo de beneficiarios lucra con mecanismos informales de apropiación, basados en la coerción estatal. Con esos patrones, el capitalismo funciona en la sombra, a favor de una elite que ensancha sus patrimonios con acotada inversión, despegue productivo o expansión del consumo.

Varias adversidades del esquema imperante en la URSS (burocratismo, corrupción, descoordinación administrativa, ineficiencia) han sido recicladas en un modelo igualmente inoperante. Las relaciones culturales forjadas al cabo de muchas décadas de primacía burocrática se han recompuesto, generando una inercia que potencia la desigualdad, sin permitir el desarrollo que enorgullecía a la Unión Soviética. Las viejas adversidades del modelo burocrático han convergido con las novedosas penurias del capitalismo (Buzgalin, 2016).

Desde hace treinta años prevalece un esquema de exportación de materias primas, con grandes empresas especializadas en la comercialización del gas (Gazprom), el petróleo (Rosneft) y los recursos naturales (Lukoil). El peso del sector privado es un dato tan sobresaliente, como el enriquecimiento de los millonarios vinculados a esas actividades. Por esa dependencia del combustible exportado, Rusia ha quedado sometida al vaivén internacional de los precios del petróleo.

Esa preeminencia de las materias primas contrasta con la primacía de la industria en el régimen precedente. Rusia preserva un importante desenvolvimiento tecnológico, pero la apertura importadora, la desinversión y la simple desidia afectaron severamente al viejo aparato fabril y obstruyeron su modernización. La industria fue penalizada por una elite liberal de exportadores despreocupada por ese sector. La pequeña producción fabril fue afectada además por el ingreso de corporaciones multinacionales, en un contexto de baja financiación interna.

La contracara de esa reducida provisión crediticia fue el desproporcionado endeudamiento externo de la elite que demolió a la URSS. Mediante esa hipoteca precipitaron un descontrol de los flujos financieros. El efecto de ese vaciamiento fue la enorme fuga al exterior del excedente generado en el país.

La gigantesca masa de dinero que los oligarcas diseminaron en los paraísos fiscales quedó sustraída de la acumulación. Rusia ocupa el primer lugar en el ranking mundial de capitales expatriados, que Argentina integra en el tercer puesto. La degradación que afecta a esa economía sudamericana, ilustra las dramáticas consecuencias de expatriar los grandes patrimonios. En 1998 esa descapitalización condujo en Rusia a una descomunal crisis del rublo.

Putin reaccionó con drásticos cambios para contener esa vulnerabilidad neoliberal. Obstruyó la hemorragia de fondos y construyó un enorme petroestado, que retiene el excedente comercial para facilitar el resguardo de las reservas (Tooze, 2022). Con ese dique contrapesa la fragilidad de un modelo afectado por la primarización. La consistencia de ese esquema es un gran interrogante para todos los economistas.

Actual semiperiferia 

Rusia integra el casillero de las economías igualmente distanciadas del capitalismo central y periférico. Es una semiperiferia ubicada en el eslabón intermedio de la división global del trabajo. Esa inserción es asemejada por algunos analistas con el lugar mundial de India o Brasil (Clarke; Annis, 2016). En los tres casos pesa la enorme dimensión del territorio, la población y los recursos. También se verifica la misma distancia con las economías más funcionales a la globalización (Corea del Sur, Taiwán, Malasia).

Rusia no integra el club de las potencias que comandan el capitalismo mundial. Mantiene brechas estructurales con los países desarrollados, en todos los indicadores de nivel de vida, promedio del consumo o dimensión de la clase media. Pero es igualmente significativa su lejanía con las economías relegadas de África o Europa Oriental. Se mantiene como una semiperiferia tan distanciada de Alemania y Francia, como de Albania y Camboya.

El gigante euroasiático tampoco actúa como un simple proveedor de materias primas. Hace valer su enorme influencia en el abastecimiento de gas a dos continentes. Por eso compite con otros suministradores de peso, en la batalla por los precios y las condiciones de prestación de ese recurso.

Pero ninguna de las empresas rusas de energía tiene la relevancia estratégica de los bancos o las firmas tecnológicas de Estados Unidos, Europa Occidental o Japón. El país no disputa en las ligas mayores de la competencia globalizada y del capitalismo digital.

El status semiperiférico de Rusia en la estratificación global difiere del impresionante ascenso que logró China, al escalar a un lugar central de esa jerarquía. Moscú no se aproximó a ese podio.

El acoso imperial norteamericano 

La conversión de Rusia en una potencia imperial es una posibilidad abierta por el peso del país en el escenario mundial. Exhibe un capitalismo inestable, pero plenamente restaurado y una inserción internacional intermedia, pero muy gravitante. Su rol geopolítico está determinado por el choque con la estructura mundial dominante que encabeza Estados Unidos.

Rusia es el blanco predilecto de la OTAN. El Pentágono está empeñado en socavar todos los dispositivos defensivos de su gran adversario. Busca la desintegración de Moscú y estuvo a punto de lograrlo en la era Yelstin, cuando los bancos norteamericanos llegaron a tantear el control accionario de las empresas rusas (Hudson, 2022). Ese fallido intento fue sucedido por una sistemática presión militar.

El primer paso fue la destrucción de Yugoslavia, con la consiguiente conversión de una vieja provincia serbia en la fantasmal república de Kosovo. Ese enclave custodia en la actualidad los corredores energéticos de las multinacionales estadounidenses, en las proximidades de Rusia.

La OTAN transformó a los tres países Bálticos en una catapulta de misiles contra Moscú, pero no pudo extender ese cerco a Georgia. Falló en la aventura militar que intentó su títere de ese momento (Saakashvili).

El Pentágono se concentró posteriormente en el cinturón fronterizo del Sur, mediante una gran diversidad de operativos localizados en Transcaucasia y Moldavia. Por ese camino terminó convirtiendo a Ucrania en la madre de todas las batallas.

El ensañamiento yanqui contra Rusia incluye un ingrediente de inercia y otro de memoria histórica por la experiencia de la Unión Soviética. Demoler al país que incubó la primera revolución socialista del siglo XX es una meta reaccionaria, que ha sobrevivido a la propia desaparición de la URSS (Piqueras, 2022). A pesar de la categórica preeminencia del capitalismo, Occidente no ha incorporado a Rusia a su esfera corriente de funcionamiento.

Estados Unidos desenvuelve una interminable sucesión de agresiones para impedir la recomposición de su enemigo. Implementa esa escalada a través de una alianza militar forjada en la posguerra, como si el extinguido campo socialista se mantuviera en pie. La OTAN recrea la guerra fría con los mismos lineamientos del siglo XX y reaviva las viejas tensiones internacionales. De la misma forma que la Santa Alianza continuó hostilizando a Francia luego de la derrota Napoleón (por la simple memoria de la revolución), la agresión contemporánea contra Rusia incluye resabios de venganza contra la Unión Soviética.

Complicidades y reacciones

Francia y Alemania participan del acoso de Rusia con una agenda propia que prioriza la negociación económica. Moscú ofrece suministros de energía en condiciones muy convenientes para las industrias germanas y Berlín intentó contrarrestar el disgusto de Washington con esa sociedad.

El punto crítico se ubica en las obras del oleoducto construido bajo las aguas del Mar Báltico (Nord Stream 2). Ya se han ensamblado 1230 kilómetros de tuberías que conectan directamente al proveedor ruso con el adquiriente germano. Estados Unidos recurrió a todas las maniobras imaginables para sabotear ese proyecto, que rivaliza con sus ventas de gas licuado. Ese conflicto es uno de los principales trasfondos de la guerra de Ucrania.

Washington ha presionado en todos los terrenos y durante la pandemia logró imponer el veto europeo a la vacuna Sputnik. Ahora exige una sumisión total en sanciones contra Moscú, que tienden a socavar el proyecto alemán de convenios comerciales con Rusia.

Berlín intentó aprovechar el desmoronamiento de la URSS para extender sus prósperos negocios de Europa Oriental. Buscaba usufructuar de la apertura comercial iniciada por Yeltsin y aspiraba a forjar un eje franco-alemán, para atenuar el predominio de Washington. El Departamento de Estado escaló los choques con Rusia para neutralizar esa estrategia y logró arrastrar a sus socios a la gran cruzada en curso contra Moscú (Poch, 2022).

Estados Unidos impuso un rearme de la OTAN que acrecienta la brecha de gastos militares con Rusia. El presupuesto bélico de la primera potencia bordeó en el 2021 los 811.000 millones de dólares, Gran Bretaña invirtió 72.000, Alemania 64.000 y Francia 59.000. Esas cifras superan largamente los 66.000 de la Federación Rusa (Jofre, 2021).

La guerra de Ucrania fue precedida, además, por una intensificación de los ejercicios transatlánticos conjuntos. En el Defender Europe 21 (mayo y junio del año pasado) participaron 40.000 efectivos y 15.000 unidades de material bélico, con simulaciones muy próximas a las fronteras del Este.

Rusia intentó frenar esa avanzada con varias propuestas desoídas por Occidente. Ese rechazo ha sido una constante de Washington, que defraudó una y otra vez a Putin. El líder del Kremlin inició su carrera con una gran expectativa de coexistencia con Estados Unidos. Después de la traumática experiencia de Yeltsin intentó alcanzar un status quo, basado en el reconocimiento de Moscú como potencia. Con ese propósito emitió incontables mensajes de conciliación.

Putin colaboró con la presencia yanqui en Afganistán, mantuvo términos cordiales con Israel, canceló la entrega de misiles a Teherán y no interfirió el bombardeo a Libia (Anderson, 2015). Esa sintonía inicial llegó a incluir una sugerencia de asociación con la OTAN.

El Departamento de Estado respondió a todas las ofrendas de paz con mayores incursiones y Putin perdió sus ilusiones de convivencia armoniosa. En 2007 comenzó una contraofensiva, que afianzó con las victorias de Georgia y Siria. Mantuvo igualmente propuestas de armisticio que Washington ni siquiera consideró (Sakwa, 2021).

Rusia es hostilizada, con el mismo descaro que el Pentágono exhibe frente a todos los países que desoyen sus exigencias. Pero Estados Unidos confronta en este caso con un rival que no es Irak o Afganistán, ni puede ser maltratado como África o América Latina.

Intervención externa y armamento

Rusia es un país capitalista que ha recompuesto su gravitación internacional, pero no reunía hasta la incursión en Ucrania los rasgos generales de un agresor imperial. Ese formato presupondría profundizar un curso geopolítico ofensivo que Putin aún no desenvuelve, pero ya sugiere.

La implosión de la URSS fue sucedida por tensiones bélicas en 8 de las 15 ex repúblicas soviéticas. En todos los conflictos de sus zonas aledañas Moscú desplegó su fuerza militar. De la discreta presencia antes de la destrucción de Yugoslavia, pasó a una fulminante incursión en Georgia y a la invasión actual a Ucrania.

Rusia intenta frenar el pasaje de sus viejos aliados al campo occidental y pretende evitar la desestabilización de sus fronteras. Un ejemplo de esa política fue la reciente tregua que impuso a los armenios y azerbaiyanos en Nagorno Karabaj. Avaló la recuperación de territorios que consumó el segundo contendiente, para contrarrestar la derrota sufrida en el 2016.

Pero frente al peligro de una conflagración mayor, Putin forzó un armisticio que disgustó a sus aliados de Armenia. Moscú exhibió su poderío al imponer un arbitraje que pospone la resolución de los conflictos pendientes (refugiados, autonomías locales, corredores de unión de zonas pobladas por ambos grupos).

El equilibrio con todas las elites locales bajo su estricto comando, guía la intervención del Kremlin en el espacio postsoviético. Rusia ordena sus decisiones siguiendo la doctrina Primakov, que propicia una recuperación del peso del país para contrarrestar la hegemonía de Estados Unidos (Armanian, 2020).

El gestor de esa concepción ganó relevancia como precursor de Putin, promoviendo el proyecto multipolar frente al unilateralismo norteamericano. Propició un triángulo estratégico con India e China (ampliado a Brasil y Sudáfrica), para crear un polo alternativo a la primacía estadounidense.

Putin ha seguido esas pautas para frustrar la dominación unilateral de Washington, a fin de convertir al Kremlin en un coadministrador de los asuntos internacionales. Esa estrategia es muy activa pero no define un status imperial.

La acción militar es el ingrediente clave de esa condición y el poderío bélico de Rusia ha ganado visibilidad. Moscú cuenta con 15 bases militares en 9 países extranjeros y hace valer su gravitación como segundo exportador mundial de armas.

Esa influencia bélica no compite igualmente con el arsenal del contrincante norteamericano. Estados Unidos tiene 800 bases extranjeras y duplica las exportaciones del armamento ruso. De las 100 principales empresas de este sector 42 corresponden a Washington y sólo a 10 a Moscú. Además, el gasto de defensa de los 28 miembros de la OTAN supera en 10 veces a su equivalente ruso (Smith, 2019).

Pero la incidencia de la economía armamentista en Rusia es muy significativa. Es el único sector exento del retroceso industrial que sucedió a la caída de la URSS. La alta competitividad de esa rama ya constituía una excepción durante el declive de ese régimen y se ha consolidado en las últimas décadas.

Putin no se limitó a preservar el arsenal legado por la Unión Soviética. Reactivó la industria militar para afianzar la presencia internacional del país. Esa intervención obliga a extender las funciones del complejo militar más allá de su lógica disuasiva. La dinámica defensiva de esos dispositivos coexiste con su utilización para intervenciones externas.

Un imperio no hegemónico en gestación 

Rusia no forma parte del imperialismo dominante, ni es socio alterimperial o coimperial de ese entramado. Pero desenvuelve políticas de dominación con intensa actividad militar. Es globalmente hostilizada por Estados Unidos, pero adopta conductas opresivas en su propio radio ¿Cómo podría definirse ese contradictorio perfil? El concepto de imperio no hegemónico en gestación sintetiza esa multiplicidad de rasgos.

El componente no hegemónico está determinado por el lugar contrapuesto que mantiene el país frente a los centros del poder imperial. Al igual que China es objeto de un sistemático acoso por parte de la OTAN y ese hostigamiento ubica a Rusia fuera del principal circuito de dominación del siglo XXI.

El elemento imperial despunta en forma embrionaria. La restauración capitalista en una potencia con siglos de prácticas opresivas ya se ha consumado, pero los indicios de políticas imperiales tan sólo asoman como posibilidades. El término de imperio en formación resalta ese status incompleto y a la vez congruente con el regreso del capitalismo.

La definición de un imperio no hegemónico en gestación permite evitar dos unilateralidades. La primera aparece con el mero señalamiento de conflictos entre Moscú y Washington. La segunda con la exclusiva atención a las tendencias opresivas.

El doble status de Rusia -como imperio naciente enfrentado con el dominador estadounidense- es soslayado por los analistas que optan por la mera descripción de la política moscovita. Destacan correctamente que Rusia es el país más grande del planeta, sin cabida posible en asociaciones con Europa o Asia. Cuenta, además, con un arsenal nuclear tan sólo superado por Estados Unidos.

Pero Rusia mantiene un desenvolvimiento económico muy desequilibrado y con mayúsculas debilidades frente a China. Arrastra una convulsiva restauración capitalista, que obstruye su encasillamiento en los modelos habituales del imperialismo.

Las comparaciones con Brasil o India no resuelven el status imperial de Rusia, puesto que esa condición es igualmente controvertida en ambos referentes. En el siglo XXI ya no alcanza con distinguir a las potencias centrales dominantes de los países periféricos sometidos. Tampoco la simple constatación de semejanzas entre economías semiperiféricas de gran porte, esclarece el status geopolítico de cada país. El acoso norteamericano a Rusia no se extiende a India o Brasil y determina un lugar muy distinto de Moscú en el orden global.

La caracterización de Rusia como un imperio no hegemónico en gestación contrasta con la imagen de una potencia ya integrada al imperialismo. La inserción semiperiférica, el radio acotado de las intervenciones militares de Moscú y la magnitud reducida de las firmas transnacionales rusas ilustran diferencias con un status ya afianzado. Pero Rusia incluye nítidas potencialidades imperiales por su condición capitalista y por su rol dominante en los conflictos con los vecinos.

El imperio en gestación afronta una prueba decisiva en la guerra de Ucrania. Esa incursión introduce un giro cualitativo en la acción de Moscú, cuyos resultados incidirán en la condición internacional del país. El conflicto ha consolidado el lugar contrapuesto de la potencia euroasiática frente al imperialismo occidental, pero también refuerza la conducta opresiva del Kremlin en su radio fronterizo. Las tendencias imperiales que asomaban como posibilidades han adoptado otro espesor, luego del operativo militar contra Kiev (Katz, 2022).

El escenario de esa contienda sigue abierto. Pero cabría imaginar qué si Rusia sale airosa de esa primera incursión en gran escala, su embrionario perfil actual podría tender a madurar, hasta atravesar la barrera que lo separa de un imperio en regla.

Por el contrario, si Moscú afronta una súbita derrota o se empantana en una agobiante guerra de desgaste, las tendencias imperiales podrían abortar antes de efectivizarse. Ucrania definiría en ese caso, si Rusia consuma o diluye su salto hacia un status imperialista.

Pero en ambas hipótesis hay que clarificar más elementos del significado contemporáneo del imperialismo. Analizaremos ese problema revisando la tesis de Lenin en nuestro próximo texto.

Referencias 

Anderson, Perry (2015). Rusia inconmensurable, New Left Review 94, septiembre- octubre 2015.

Armanian, Nazanín (2020). El suicidio armenio y la “Doctrina Primakov” 27/11/2020

Buzgalin, A., Kolganov, A., Barashkova, O. (2016). Russia: A new imperialist power? International Critical Thought, 6(4), 64.

Clarke, Renfrey; Annis, Roger (2016). Perpetrator or victim? Russia and contemporary imperialism, February 7, 2016, https://www.academia.edu/28685332

Di Palma, Gustavo (2019). Putin y el nuevo imperialismo, 26-5-2019, rusohttpsus://www.lavoz.com.ar/mundo/putin-y-nuevo-imperialismo-ruso/

Hudson, Michael (2022). Ucrania los Estados Unidos quiere evitar que Europa comercie con China y Rusia, 12/02/2022, https://rebelion.org/con-el-pretexto-de-la-guerra-en-ucrania-los-estados-unidos-quiere-evitar-que-europa-comercie-con-china-y-rusia/

Jofre Leal Pablo (2021). La OTAN contra Rusia 22/12/2021 https://www.telesurtv.net/bloggers/La-OTAN-contra-Rusia-20211213-0004.html

Katz, Claudio (2022), Dos confrontaciones en Ucrania, 1-3-2022, www.lahaine.org/katz

La Vanguardia, (2020). ¿Ha vuelto el Imperio Ruso? https://www.lavanguardia.com15-2-2020.

Luzzani, Telma (2021). Crónicas del fin de una era, Batalla de Ideas, Buenos Aires,

Piqueras, Andrés (2020). ¿Occidente contra Rusia (y China), https://redhargentina.wordpress.com/2020/09/22/occidente-contra-rusia-y-china-por-andres-piqueras/

Poch de Feliu, Rafael (2022). La invasión de Ucrania 22/01/2022 https://rebelion.org/la-invasion-de-ucrania/

Sakwa, Richard (2021). Comprender el pensamiento estratégico ruso El mundo visto desde Moscú, 13/12/2021 https://rebelion.org/autor/richard-sakwa/

Smith, Stansfield (2019). Is Russia imperialist? Posted Jan 02, 2019 https://mronline.org/2019/01/02/is-russia-imperialist/

Tooze, Adam (2022). El desafío de Putin a la hegemonía occidental 29/01/2022, https://www.sinpermiso.info/textos/el-desafio-de-putin-a-la-hegemonia-occidental

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Mueren un palestino y un guardia israelí en nuevos enfrentamientos en Cisjordania

En la Explanada de las Mezquitas, 57 musulmanes heridos; temen que el conflicto se recrudezca

Cisjordania. Un guardia israelí y un joven palestino murieron en hechos separados registrados entre la noche de ayer y la madrugada de hoy en Cisjordania ocupada, informaron fuentes de ambas partes.

En el primer incidente, un guardia estacionado en la entrada de la colonia cisjordana de Ariel murió tras ser blanco de disparos por parte de dos asaltantes que se dieron a la fuga en auto, indicaron el ejército y socorristas israelíes. Mientras el palestino de unos 20 años fue alcanzado en el pecho "por una bala viva" durante una operación del ejército israelí en la ciudad de Azzun, señaló el ministerio palestino.

Además, al menos 57 fieles musulmanes resultaron heridos ayer en enfrentamientos con la policía israelí en el recinto de la mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén, informaron fuentes médicas, mientras persiste la violencia durante el mes sagrado musulmán del Ramadán en un lugar también venerado por los judíos en la Explanada de las Mezquitas.

La policía israelí reportó que sus fuerzas intervinieron cuando cientos de personas empezaron a lanzar piedras y fuegos artificiales y se acercaron al Muro de los Lamentos, donde se celebraba un culto judío. Una oficial resultó herida por una piedra y un árbol fue incendiado por los fuegos artificiales, indicó la fuerza pública.

Testigos de Reuters dijeron que los uniformados de Tel Aviv entraron en el recinto después de las oraciones de la mañana del Ramadán y dispararon balas de goma y granadas aturdidoras contra una multitud de unos 200 palestinos, algunos de los cuales estaban lanzando piedras. Los uniformados también utilizaron un dron para lanzar gas lacrimógeno.

El aumento de la violencia ha hecho temer un recrudecimiento en un conflicto más amplio como la guerra del año pasado entre Israel y el movimiento palestino Hamas, que gobiernan la franja de Gaza.

Los combatientes "tienen los dedos en los gatillos de los rifles y defenderemos la mezquita de Al-Aqsa con todas nuestras fuerzas", expresó el funcionario del grupo Hamas, Mushir al-Masri, durante un mitin en el norte de Gaza.

Desde marzo, las fuerzas israelíes han matado al menos a 29 palestinos en redadas en la ocupada Cisjordania y otras 14 personas han muerto en ataques callejeros árabes dentro de Israel, según los médicos. A lo largo de las recientes dos semanas, unos 300 palestinos han resultado heridos en enfrentamientos con tropas de Tel Aviv en este lugar de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

En tanto, miles participaron ayer en manifestaciones en Teherán, capital de Irán, para conmemorar el Día de Jerusalén, una fecha que según Irán es una ocasión para mostrar apoyo a los palestinos.

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El misil balístico intercontinental de propulsión nuclear Satan-2. — Ministerio de Defensa ruso / Reuters

La tensión entre Occidente y Rusia aumenta las amenazas del eventual uso por parte de Moscú de armas nucleares para conseguir sus objetivos en la invasión del país vecino. Pero, ¿son creíbles las advertencias rusas sobre un conflicto nuclear en Europa? ¿O quizá forma parte de la retórica de Moscú para detener el imparable apoyo exterior a Ucrania?

 

La ofensiva rusa en el este de Ucrania se ha acelerado en esta última semana, cuando se han cumplido ya dos meses desde el comienzo de la invasión y se acerca la fecha simbólica del 9 de mayo. Esa jornada, Rusia celebra el Día de la Victoria sobre el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial y en Moscú se apuntaba como un posible hito en la guerra contra Ucrania, con algún importante anuncio triunfal por parte del presidente Vladímir Putin en la Plaza Roja. Sin embargo, y aunque el avance ruso continúa en la zona del Donbás y el sur ucraniano, los miles de millones de dólares añadidos por Estados Unidos a la ayuda militar a Ucrania y el anuncio del envío de carros de combate con capacidad antiaérea y de artillería pesada por Alemania y otros países auguran una guerra aún larga y un mayor desgaste que quizá sea imposible de asumir por el ejército ruso.

Esta semana, Rusia realizó con éxito la prueba de un misil balístico RS-28 Sarmat, también conocido en la terminología de la OTAN como Satán 2. El misil fue disparado desde el cosmódromo de Plesetsk, a orillas del Mar Blanco, e impactó en un blanco del polígono militar de Kura, en Kamchatka, este de Rusia y a más de 6.000 kilómetros. Este misil intercontinental, capaz de portar hasta quince ojivas nucleares, fue presentado por Putin hace cuatro años como una de las armas más poderosas del arsenal ruso, capaz de destruir un objetivo en cualquier punto del planeta.

Si bien la prueba con éxito del Satán 2 sube muchos grados la tensión en un mundo en el que los acuerdos regulares de contención atómica parecen solo un mito del pasado, la amenaza principal en estos momentos reside en las armas nucleares tácticas, cuyo uso no había pesado de forma realista en los planes estratégicos de las grandes potencias desde la caída de la Unión Soviética en 1991. Rusia podría disponer de dos mil armas de este tipo, que tienen un alcance mucho menor y pueden ser utilizadas para eliminar bastiones concretos de resistencia, columnas de tanques y unidades estacionadas del ejército enemigo. También pueden aniquilar áreas de poblaciones y los puestos de mando y decisión del contrincante. Una de estas armas tácticas podría, en este sentido, descabezar el Gobierno ucraniano y dar un giro inesperado a la guerra en cuestión de horas.

La primera alarma nuclear en torno al conflicto armado de Ucrania la dio Putin el pasado 27 de febrero, apenas tres días después de comenzar la invasión. El jefe de Estado ordenó poner "las fuerzas de contención del Ejército ruso en un modo especial de servicio de combate". Ese contingente incluye precisamente las armas nucleares rusas. Dos meses después de comenzar la contienda fue de nuevo tajante: "Si alguien, quiero subrayarlo, pretende interferir en los acontecimientos en marcha y crear amenazas estratégicas inadmisibles para Rusia, responderemos con ataques relámpago y demoledores".

La amenaza de utilizar armas atómicas por parte de Rusia ha sido tomada como una muestra de vana retórica por el Gobierno ucraniano, como dijo el ministro de Asuntos Exteriores Dmitro Kuleba, para quien las afirmaciones realizadas por Putin y otros miembros de la cúpula de poder rusas son solo una baladronada y una muestra de que "Moscú siente la derrota en Ucrania".

Pero después de que el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, insistiera también esta semana en que el peligro de una guerra nuclear "es serio y real", una pregunta más concreta sobrevuela los centros de decisión en Washington, Londres y Bruselas aunque sea de momento una hipótesis poco creíble: ¿Cuál debería ser la respuesta occidental ante un ataque nuclear táctico ruso en Ucrania? ¿Llevaría inmediatamente a una escalada nuclear irremediable o hay previstas otras formas de contención ante un desarrollo bélico de esas características?

Las armas nucleares tácticas figuraron en los manuales de combate básicos tanto de la OTAN como del Pacto de Varsovia durante toda la Guerra Fría como parte de los planes de avance rápido en territorio enemigo y descartando el uso de bombas atómicas estratégicas, de mayor capacidad de destrucción. Las armas nucleares tácticas tienen una fuerza destructiva que oscila entre el kilotón y los 50 kilotones (aunque hay alguna de hasta cien kilotones). La bomba que destruyó Hiroshima estaba en torno a los quince kilotones.

No hay una hoja de ruta clara que marque el rumbo a seguir si una de las partes enfrentadas utiliza una cabeza nuclear táctica en un teatro de operaciones específico, especialmente porque en estos momentos no hay un solo comando único en Europa que pueda tomar esa decisión. En tiempos de la Guerra Fría, el llamado "balance de terror" que garantizaba la paz consideraba como un tema a evitar el del uso de las bombas atómicas, pues el resultado parecía evidente: la "total destrucción mutua asegurada", otro de los conceptos de la época.

La guerra de Ucrania parece haber acabado con estas consideraciones. Hay dos líderes, Putin y el presidente estadounidense Joe Biden, el principal aliado de Ucrania, que han manifestado en diversas ocasiones desde que empezó el conflicto su intención de ver al enemigo arrodillado y desarmado. El panorama es muy preocupante en este sentido, pues la retórica de guerra ha superado en algunos casos aquella vertida en los trece días de la Crisis de los misiles soviéticos llevados a Cuba, que, en 1962, puso al mundo al borde de la hecatombe nuclear.

No solo es Rusia la que tiene en sus documentos sobre disuasión nuclear, el último de 2020, la previsión de utilizar armas atómicas en caso de que se ponga en juego su "supervivencia". El propio Biden ha firmado un memorándum que contempla el uso de armas atómicas por Estados Unidos en respuesta a un ataque nuclear o químico. ¿Qué sucedería, por ejemplo, si Rusia atacara un blanco militar en Ucrania, por ejemplo, la siderúrgica de Azovstal, en Mariúpol, donde aún resisten cientos o quizá miles de soldados ucranianos y que impide el control efectivo ruso de esa ciudad del Mar Negro? Ucrania no pertenece a la OTAN y el artículo 5 no podría ser invocado. ¿Pero cuál sería la reacción de Washington y Bruselas, que han prometido hasta la saciedad llevar hasta el final la defensa de Ucrania en el marco de una guerra convencional?

¿Y en qué condiciones estaría Putin dispuesto a utilizar un arma que seguramente le daría una superioridad demoledora sobre el ejército ucraniano? No parece estar en juego la supervivencia de Rusia, pero ¿emplearía Putin esas armas para garantizar su propia supervivencia política? Y una pregunta clave e independiente de la respuesta que pudieran dar Estados Unidos y la OTAN a la detonación de una de estas ojivas nucleares: ¿Cuál sería la reacción de China? Este es uno de los mayores riesgos que podría tener Moscú a la hora de emplear un arma nuclear del tipo que sea. Parece poco probable que Pekín siguiera respaldando a Moscú, aunque fuera indirectamente. El ejemplo del uso de un arma de este tipo pondría a China en un compromiso inasumible. La tensa rivalidad entre sus vecinos India y Pakistán, y las propias diferencias chinas con Nueva Delhi, con la posibilidad de que pudiera ser detonado uno de estos artefactos en las fronteras del Himalaya, hacen poco probable una aquiescencia de China con semejante decisión por parte de Moscú en Ucrania y posiblemente llevarían a una ruptura clara con sus socios rusos.

Serguéi Karagánov, quien fuera asesor de Putin y del presidente Borís Yeltsin, señaló en una reciente entrevista al diario digital indio The Statesman que, para la élite rusa, la guerra de Ucrania es "una guerra existencial" y, por eso, "Putin no puede permitirse una derrota". Karagánov, presidente honorario del Consejo para la Política Exterior y de Defensa, uno de los principales centros de análisis rusos, dijo que, si se observa la historia de la estrategia nuclear estadounidense, parece poco probable que Washington defendiera Europa, y menos aún Ucrania, con armas atómicas. Sin embargo, precisó, en este conflicto "existe la posibilidad de una escalada militar y ese es un escenario abismal. Confío en que se pueda alcanzar algún tipo de acuerdo de paz entre nosotros y los Estados Unidos, y entre nosotros y Ucrania, antes de que se avance más en esa peligrosa dirección".

29/04/2022 23:21

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Sábado, 30 Abril 2022 06:33

Ucrania: guerra larga, guerra corta

Vista de una agenda y un libro entre la destrucción causada por los bombardeos, en Borodianka (Ucrania).- EFE

Han pasado más de dos meses desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania. Durante estas semanas la guerra ha pasado por distintas etapas. La primera de ellas, el cerco a Kiev, pretendía la caída del gobierno de Zelenski y la toma del control del poder político en Ucrania por parte de Kremlin. Esto es la implantación de un gobierno títere que obedeciera órdenes de Moscú y que no tuviera tendencias pro-occidentales. Es decir, construir una relación con Kiev similar a la que existe con Minsk. El fracaso en la consecución de este objetivo provocó un cambio de planes en el despliegue del ejército ruso que le han llevado a centrarse, no ya en el control del país, sino en la parte oriental del mismo, la región del Donbás. Algo a todas luces mucho más factible dadas las pérdidas sin resultado obtenidas en el frente de Kiev. Esta segunda fase anunciada por el Estado Mayor ruso vuelve a centrarse en el control del territorio que sirvió como excusa para iniciar las hostilidades contra Ucrania.  De hecho, la virulencia con que la artillería rusa se ha ensañado contra las ciudades de Kharkiv/Jarkov y Mariupol muestra la necesidad que tiene el Kremlin de ofrecer algún tipo de victoria ante su propia población cuando se aproxima el 9 de mayo, Día de la Victoria en Rusia.

Esta guerra está dejando ver las costuras de tres errores estratégicos que ha cometido Moscú. El primero, pensar que Zelenski no aguantaría y que se generaría un vacío de poder que le permitiría controlar a una descarriada Ucrania de su deriva occidentalizadora. También contaba la inteligencia rusa con que una buena parte de la opinión pública ucraniana, al menos la rusófona, estaría de acuerdo en que Moscú tomará el control del poder en Kiev y que aquellos que opusieran resistencia serían fácilmente derrotados. Pero ni los rusófonos querían ser conquistados por Rusia, ni la derrota se ha conseguido frente a, una mayoría, de ucranianos, que están oponiendo una resistencia feroz ante el ejército invasor.

El tercero sería, sin duda, la firmeza en la respuesta del eje transatlántico liderado, como no, por Estados Unidos. Las previsiones el Kremlin con contaban con una respuesta de unidad frente a la invasión. Se observaba, por el contrario, este momento como propicio al percibir una fuerte debilidad en el liderazgo de EEUU y de una creciente división en el seno de la UE. Sin embargo, de nuevo aquí se equivocaron las previsiones. De hecho, la reacción de los miembros del Consejo Europeo y las medidas adoptadas han sorprendido a propios y extraños, no sólo por la contundencia de estas, sino también porque han incorporado acciones nunca vistas en el marco de la Unión. Varios son los instrumentos utilizados por el bloque occidental agrupados en dos bloques, las sanciones y el envío de armas a Ucrania.

Este pivote tiene una doble lectura. Por un lado, permite mostrar unidad frente al Kremlin. Pero además tiene por objeto debilitar económicamente a Rusia y reforzar a Ucrania militarmente para permitirla resistir frente a un enemigo mucho más poderoso. Por otro, impulsa una política de bloques, en este caso liderado por Washington, lo que hace que la UE pierda (más) capacidad estratégica. También ataca a la totalidad de la sociedad rusa y, por tanto, hace recaer la responsabilidad de la guerra no sobre Putin, sino sobre todo el pueblo ruso generando rusofobia y también victimizando a la propia sociedad que se cierra en torno a su líder que sale reforzado de la situación.  Pero, además, el envío de armas a Ucrania para que pueda ejercer su derecho a la legítima defensa, lo que hace es prolongar el conflicto y convierte la guerra en una de desgaste.

El debate ante el que nos encontramos no es menor. Se trata de optar, de elegir, entre una guerra corta o una guerra larga. Una guerra corta equivaldría a una victoria parcial rusa y a una pérdida territorial sustantiva por parte de Kiev, ya que a Crimea se sumarían también, al menos, las regiones del Donbas. Un alto el fuego a propuesta de Moscú una vez tenga controlado este territorio y el corredor que lo une hasta Crimea no es descartable. La cuestión entonces es, ¿aceptarían Zelenski y los aliados un alto el fuego en estos términos?  En caso de acceder a un acuerdo de esta naturaleza a buen seguro el mandato del presidente ucraniano estaría en el punto de mira de parte de las posiciones ucranianas más nacionalistas. Por su parte los aliados dan por descartada, al menos por el momento, esta opción, pero no se conocen que harían si se diera el caso. La alternativa a lo anterior es una guerra larga. Una guerra de desgaste alimentada por occidente gracias al envío de armas a Ucrania que se prolongaría durante meses o incluso años con la esperanza de ir debilitando al régimen de Putin y eventualmente hacerle caer tal y como han manifestado altos funcionarios norteamericanos.

Ante este binarismo en los escenarios posibles es imprescindible la articulación de propuestas políticas que intenten abordar la situación de manera compleja. Es falso el dicho de que las guerras se ganan solo en el campo de batalla. Un alto el fuego planteado como victoria parcial de Rusia no resolverá la situación creada, tampoco la prolongación de la guerra en el tiempo lo hará. Por tanto, a pesar de las dificultades se hace imprescindible templar las posiciones y los discursos, al menos los que estén en nuestra mano, huir de la demagogia que incita a pensar que no se negociará con Rusia y ser conscientes de que todas las guerras han terminado porque alguien se ha sentado a hablar con otro alguien. Y, por último, quizás lo más importante de todo, saber que piensan y que quieren los ucranianos y ucranianas porque ellos son los principales perdedores de esa guerra.

Por Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

29/04/2022

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Un soldado ucraniano sostiene un MBT-NLAW (arma ligera antitanque) proporcionada por el Reino Unido al ejército de Ucrania. — Alex Chan Tsz Yuk/Zuma Press / EUROPA PRESS

Rusia avisó que Occidente debía detener su entrega de armamento a Kiev y la respuesta de EEUU y sus aliados ha sido contundente y desafiante, incrementando la ayuda militar. La respuesta de Moscú ha sido cortar el suministro del gas a Polonia y Bulgaria.

El nuevo incremento de ayuda militar estadounidense a Ucrania y la decisión de Alemania, bajo presión de Washington, de entregar material de guerra pesado al ejército ucraniano marcan un nuevo hito en la evolución de la guerra, abren un sombrío camino cada día más lejano para la negociación y subrayan el papel director que Washington está teniendo en el curso de la contienda.

Rusia ha respondido con una de sus contundentes "medidas asimétricas", con el corte del suministro de gas natural a Polonia y Bulgaria, dos de los aliados de Washington en la OTAN y muy dependientes de los hidrocarburos rusos, al tiempo que el presidente ruso, Vladímir Putin, ha amenazado con un ataque "relámpago", aunque no ha especificado contra quién, si se hace "inadmisible" la injerencia occidental en lo que califica como una "operación especial" de Moscú en Ucrania.

Rusia había reiterado desde hace días su advertencia de que Occidente debía detener su entrega de armamento a Ucrania y la respuesta de Estados Unidos y sus aliados ha sido contundente y desafiante. Las nuevas remesas de carros de combate que podría entregar Alemania y las partidas prometidas por Estados Unidos apuntan a que la intención en Bruselas y Washington no es ya obligar a Rusia a sentarse a la mesa de diálogo, sino hacer retroceder a los rusos y recuperar para Kíev las secesionistas regiones prorrusas del Donbás.

Como indicó el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, tras visitar Kíev el domingo junto al secretario de Estado, Antony Blinken, se trata de "ver a Rusia debilitada" para impedir que vuelva a repetir agresiones como la que lleva a cabo contra Ucrania. Un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, citado por la prensa de este país, apuntó en esa misma dirección y señaló que el objetivo de Washington es "reducir la capacidad de Rusia".

Según el secretario de Estado de Defensa, Ucrania podría ganar la guerra contra Rusia "con el equipamiento y la ayuda adecuados". En este cometido es clave la nueva aportación por parte de Estados Unidos, estimada en 653 millones de euros en efectivo, de los que unos 300 millones financiarán nuevas compras de armamento para Ucrania y el resto se destinará a quince países que, desde que comenzó la guerra el pasado 24 de febrero, han enviado armas a ese país para repeler la agresión rusa y han acogido refugiados ucranianos que huyen de la contienda.

Desde que empezó la guerra, la ayuda militar estadounidense a Ucrania ha alcanzado los 3.500 millones de euros si se le suma este nuevo paquete financiero. "Los estadounidenses están arrojando aceite a las llamas", dijo al respecto el embajador ruso en Washington, Anatoli Antonov, en declaraciones al canal de televisión Rossiya 24 TV.

La mano de Estados Unidos en la guerra se ha sentido en el cambio de la postura de Alemania sobre el envío de armamento pesado a Ucrania. La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ha sido tajante: "Si Ucrania precisa de sistemas antiaéreos con urgencia, Alemania está lista para prestar su apoyo". Así, Alemania suministrará unos cincuenta carros de combate Gepard alemanes, dotados con cañones antiaéreos de 35 mm y radares, y entrenará a soldados ucranianos para el uso del armamento pesado que enviará Holanda, por ejemplo los Panzerhaubitze 2000, un vehículo blindado de artillería autopropulsada de 155 mm de calibre, fabricada por la propia industria de guerra germana. Se trata del armamento pesado que Estados Unidos quería que sus aliados europeos enviaran a Ucrania.

La decisión de Alemania se ha producido tras la reunión celebrada esta semana en la base estadounidense de Ramstein, en territorio alemán, a la que asistieron los ministros de Defensa de 40 países aliados, y en la que Washington dictó ese incremento de un apoyo sin tapujos a Ucrania, con ayuda armamentística pesada. Alemania da así un giro en su previa actitud ante la guerra, y deja a un lado sus recelos de apoyar decididamente y con armas a Ucrania. Hasta ahora, la estrategia de Alemania no descartaba la negociación, una posición paulatinamente en retroceso. Esta cautela venía determinada por los lazos económicos germano-rusos y por el temor a que un corte de los suministros de gas y petróleo procedentes de Rusia pudiera suponer un impacto irreparable para su economía. En Berlín se ve el fin del bombeo de gas a Polonia y Bulgaria decidido por Moscú como el preludio de lo que ocurrirá con Alemania, que depende en un 35 por ciento del gas ruso. No obstante, el ministro de Economía y Clima de Alemania, Robert Habeck, ha señalado que, de momento, el suministro de gas ruso a su país "es estable". La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha calificado como "chantaje" el paso dado por Moscú, que, no por esperado, ha sido menos contundente para todo el continente, donde el precio de ese combustible se ha disparado.

El apoyo alemán a Ucrania con armamento pesado es una nueva victoria para Estados Unidos, que ha presionado desde el principio del conflicto para que Berlín corte todo contacto con Moscú. Ya el Gobierno del canciller Olaf Scholz anunció a los pocos días de comenzar la invasión un incremento en 100.000 millones de euros del presupuesto de defensa de su país, lo que supondrá un alivio en la presupuesto estadounidense para el sustento de la OTAN en Europa. También se suspendió la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2 desde Rusia a los puertos del norte de Alemania, y se retiró una normativa alemana que prohibía la trasferencia de armamento a países en guerra. Se ponía así fin a la larga y tradicional política pacifista alemana adoptada al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Como justificación a este cambio en la estrategia alemana de seguridad y defensa, el canciller Scholz ha indicado que su única preocupación es "prevenir una escalada de las hostilidades que pudiera derivar en una tercera guerra mundial". Lo preocupante es que esta misma advertencia también la realizó este lunes el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, para quien la guerra nuclear es "una posibilidad" en el actual escenario armado. "El peligro es serio, es real. No se puede subestimar", afirmó Lavrov. En una entrevista con el Canal 1 de la Televisión rusa, Lavrov comparó la actual situación con la Crisis de los Misiles de 1962 en Cuba, cuando el mundo estuvo al borde de un conflicto nuclear, aunque, destacó, en aquella época "había reglas que hoy ya no existen".

Para Lavrov, "la OTAN, en esencia, está implicada en una guerra subsidiaria con Rusia y está armando a un bando. Pero una guerra es una guerra". Y advirtió que que ese armamento suministrado por Estados Unidos y sus aliados occidentales "será un blanco legítimo para las acciones militares rusas en el contexto de esta operación especial" en Ucrania, como denomina Moscú a su invasión del país vecino. De momento al menos uno de esos convoyes con armas occidentales ha sido ya atacado por las fuerzas rusas.

El presidente ruso, Vladímir Putin, añadió este miércoles más leña al fuego y dejó bien claro que Moscú ve como una injerencia en su estrategia sobre Ucrania la entrega de armas occidentales al Gobierno ucraniano y advirtió sobre las consecuencias. "Si alguien, quiero subrayarlo, pretende interferir en los acontecimientos en marcha y crear amenazas estratégicas inadmisibles para Rusia, responderemos con ataques relámpago", dijo Putin en un encuentro con legisladores en San Petersburgo.

En medio del intercambio de amenazas y referencias al riesgo de un conflicto abierto internacional, la guerra sigue su curso y las posiciones rusas parecen afianzarse en el este de Ucrania, de ahí la llamada del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a acelerar ese envío de armas pesadas occidentales. Los combates continúan en torno a la ciudad de Izyum, con dirección a Slovyansk y Kramatorsk, dos de los objetivos rusos para afianzar su presencia en el Donbás. La inteligencia británica informó en las últimas horas de la caída de la ciudad de Kreminna en manos del Ejército ruso, que avanza en la región de Zaporiyia y Mikolayv.

El temor en estos momentos es que la ofensiva rusa se extienda hacia el oeste, en concreto sobre la ciudad-puerto de Odessa, la urbe más importante del sur de Ucrania y cuyas defensas están siendo tanteadas de nuevo por los misiles rusos desde el fin de semana pasado.

La fecha del 9 de mayo, cuando se celebra en Rusia el Día de la Victoria que conmemora la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial, se cierne sobre los mandos ucranianos, pues son muchas las voces que apuntan a un inminente golpe de mano militar que otorgue a Putin un triunfo para presentarlo ante el pueblo ruso durante el desfile tradicional de la Plaza Roja en esa jornada.

 28/04/2022 21:42

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Putin advierte que responderá a interferencias con armas nucleares

Por segunda vez desde que comenzó lo que denomina "operación militar especial" en Ucrania, el titular del Kremlin, Vladimir Putin, amenazó con usar su arsenal nuclear contra cualquiera que intente revertir sus planes, un día después de que Estados Unidos convocó a 40 países para exigirles que suministren más armamento a Kiev.

"Si alguien llega a atreverse a interferir en los acontecimientos y crear amenazas inaceptables para Rusia de carácter estratégico, debe saber que nuestros golpes de respuesta frontal serán demoledores y rápidos. Disponemos de todos los instrumentos necesarios, que en este momento nadie más puede presumir."

Y añadió: "nosotros no queremos presumir, sólo los vamos a utilizar, si hiciera falta. Quiero que todo el mundo lo sepa, todas las decisiones ya están tomadas".

El 27 de febrero, tres días después de comenzar la guerra, Putin hizo la misma advertencia, por primera ocasión, al anunciar que había ordenado poner en estado de máxima alerta todo el arsenal nuclear de Rusia.

El presidente ruso reiteró la amenaza ayer en San Petersburgo, su ciudad natal, al hablar ante los miembros del Consejo de Legisladores, instancia consultiva de la cámara alta del Senado, en ocasión del Día del Parlamentarismo en Rusia.

En su discurso, transmitido en directo por los principales canales de la televisión púbica rusa, Putin elogió a sus tropas, que "cumplen heroicamente su deber para garantizar, en una perspectiva histórica, la paz y la seguridad para los habitantes de las repúblicas populares de Donietsk y Lugansk, de la Crimea rusa y de todo nuestro país".

El titular del Kremlin justificó su decisión de comenzar la guerra al decir que el gobierno de Ucrania "adoptó en sus documentos doctrinales, en los de ahora, el ataque militar contra Crimea y el Donbás (las regiones de Donietsk y Lugansk) y destinó para su pueblo el papel de carne de cañón".

Putin está convencido de que tomó la decisión correcta al ordenar la invasión. "De un tiempo para acá, el régimen de Kiev empezó a hablar de hacerse con armas nucleares, apareció en territorio ucranio toda una red de laboratorios biológicos occidentales, empezó el suministro constante del armamento más moderno; todo esto confirma que nuestra reacción a esas intenciones cínicas resultó ser oportuna y adecuada", señaló.

El mandatario ruso acusó a "los enemigos de nuestro país", en alusión a Estados Unidos y los otros 47 países hostiles que según su gobierno tiene Rusia, de crear una suerte de “arma geopolítica al apostar por los sentimientos antirrusos y el neonazismo, convirtiendo –de año en año, de manera impertinente y cínica– en una ‘anti-Rusia’ a Ucrania”.

Para Putin, cuando Ucrania se volvió independiente, Rusia confiaba en tener como vecino un país amistoso con el cual estrechar la cooperación de todos los ámbitos.

“Desde luego, nadie podía imaginarse que surgiría una ‘anti-Rusia’ en territorios históricamente rusos, algo que no podemos permitir”, concluyó.

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Alemania da otro salto armamentista y anuncia el envío de tanques a Ucrania

 “Hemos decidido que Alemania va a enviar tanques antiaéreos ‘Gepard’ a Ucrania”, según declaraciones de la ministra de Defensa Christine Lambrecht en la apertura de una reunión con sus homólogos occidentales en la base estadounidense de Ramstein (oeste de Alemania).

 

Estados Unidos ha reunido a los ministros de Defensa de más de cuarenta aliados en la base estadounidense de Ramstein (Alemania) para alinear el envío de armamento a Ucrania. En la reunión no sólo participaron miembros de la OTAN, Ucrania y los candidatos a ingresar (Suecia y Finlandia), sino también países no europeos: entre otros, Japón, Australia, Corea del Sur, Israel, Qatar, Kenia. Una muestra más de como Estados Unidos están buscando agrupar fuerzas incluso más allá de “Occidente” en su puja con Rusia, que tiene el objetivo estratégico de debilitar el eje de Moscú con Pekín, con China en la mira como hemos explicado en otro articulo.

Frente al desarrollo de la segunda fase de la guerra, instaron fuertemente a sus aliados a enviar más y mejor armamento. «No tenemos tiempo que perder», declaró el secretario de defensa norteamericano, Lloyd Austin, pues "las próximas semanas serán cruciales para Ucrania", ya que Rusia intenta hacerse con el control total del sur de Ucrania y de la región de Donbass. Es probable que detrás de estas palabras el objetivo real sea impedir que Putin prive a los ucranianos del acceso al Mar Negro, aunque como se ve desde el comienzo de la guerra la táctica norteamericana se va adaptando a la situación del terreno. De ahí su mayor tono triunfalista y ofensivo frente a las dificultades de la invasión rusa. En palabras de Austin: “Ucrania cree claramente que puede ganar, al igual que todos los presentes. Vamos a seguir moviendo cielo y tierra para poder satisfacerlos”. Y ofreciendo para este fin unos 400 millones de dólares con el propósito de reemplazar las armas que los distintos países envían a Kiev.

La presión norteamericana y de los aliados más guerreristas es tal que incluso Alemania ha tenido que adaptarse. En un nuevo giro, antes del comienzo de la reunión, el gobierno alemán anuncio el envío de sistemas antiaéreos blindados, unos cuarenta Gepard que serán reacondicionados por la industria armamentista alemana y el futuro entrenamiento de soldados ucranianos en Alemania. Hasta entonces, el canciller Olaf Scholz se oponía a suministrar directamente vehículos blindados o piezas de artillería, además de los lanzacohetes y misiles antiaéreos ya suministrados. El canciller justificaba su negativa por el deseo de proteger a sus compatriotas de un ataque atómico ruso. Sin embargo, la actitud en relación a la entrega de armamentos de potencias nucleares (Estados Unidos, Gran Bretaña) hasta los socios más pequeños en términos militares (República Checa, Polonia u Holanda), que no albergan este temor, ha dejado a Scholz a la defensiva. En el plano interno el retroceso del canciller socialdemócrata es una pequeña victoria de los conservadores del CDU/CSU. Con la amenaza de la presentación de una resolución a favor del suministro de armas pesadas prevista para el jueves en el Bundestag, los conservadores han obligado a Olaf Scholz a un nuevo giro. Con los Verdes y los Liberales presionando por las demandas de Kiev, el jefe de gobierno se habría enfrentado a un virtual voto de confianza.

Como hemos escrito, a pesar de las vacilaciones, fuertes contradicciones y enormes costos, el gobierno alemán ha decidido su camino guerrerista dentro del esquema global diseñando por los Estados Unidos. Tendencia militarista que solo puede profundizarse como anuncia el hecho que la reunión de hoy será la primera de muchas, según el jefe del Pentágono. Esté anunció que Washington y sus aliados se reunirán a partir de ahora cada mes. Con un objetivo claro: organizar la acción de "las naciones de buena voluntad para intensificar [los esfuerzos], coordinar [la asistencia] y centrarse en ganar la lucha actual y la que está por venir", según palabras de Austin.

Martes 26 de abril

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