Fuentes: CTXT [Imagen: Acumulación de barcos frente al puerto de Shanghai el 25 de abril de 2022. MARINETRAFFIC]

El confinamiento de la macrourbe china paraliza su puerto, el mayor del mundo. Gigantes como Apple, Xiaomi y Tesla se han visto obligados a paros parciales

Todos los días nos acercamos a nuestros comercios y al consumir, sin darnos cuenta, consumamos auténticas proezas. Raramente pensamos en la tecnología y en la planificación que implica que nuestras estanterías estén llenas de uvas de Chile, carne irlandesa, trigo ruso, lino africano o teléfonos made in China. Raramente nos detenemos a pensar que nuestro móvil utiliza metales procedentes de Zaire, Ruanda, Bolivia, Rusia…, que todos estos componentes han sido enviados en trenes y barcos a China, donde han sido ensamblados en macrofactorías y posteriormente embarcados a su vez y distribuidos por todo el planeta. Hemos normalizado vivir en ciudades que importan más del 94% de sus insumos desde más de 100 kilómetros de distancia y en las que la más mínima falla, unas estanterías vacías durante unos pocos días, se convierte en una ofensa a nuestro modo de vida, un síntoma de desorden y caos social. Exigimos (coléricamente) el abastecimiento continuo.

Desde hace poco más de un cuarto de siglo nos sostiene una compleja cadena de extracción, producción, logística y distribución. Una cadena que en realidad es una red, en la que se extraen materias primas de países africanos o latinoamericanos, se transforman en productos en las fábricas del mundo (China, India, Bangladesh, Corea…) y se distribuyen mayormente en el occidente europeo y norteamericano. Todo este entramado se sostiene por una hiperproducción en lugares claves como China, por mano de obra barata en países como Bangladesh, Vietnam, China, y por un tráfico marítimo que incrementa sus volúmenes exponencialmente cada año. El “milagro” económico se basa en el aprovechamiento de los costes más baratos en cualquier espacio del mundo y en una circulación continua de los recursos. Es por eso que en Europa hemos asistido al cierre progresivo de nuestras fábricas y a su traslado a países más económicos para las grandes corporaciones: la externalización. Somos rentistas financieros, países de servicios o productores sobrecualificados, pero ya no somos la Europa industrial del siglo XX. Ya tuve ocasión de reflexionar con ustedes sobre la llamada crisis de suministros, en realidad, los síntomas de que toda esta red comienza a llegar a sus límites y no puede prometer un crecimiento perpetuo. Es en este contexto en el que asistimos a los cuellos de botella o al fallo de los eslabones débiles del sistema, como el provocado por el cierre de Shanghai.

Lo habrán oído, el Gobierno chino ha cerrado la mayor parte de Shanghai por la expansión de la covid en la macrourbe. Hablamos de más de 26 millones de personas confinadas en lo que es uno de los núcleos centrales de la producción y logística de la cadena de suministros mundial. El cierre, lógicamente, ha afectado al puerto de Shanghai-Yangshan, el mayor del mundo: más de 24 kilómetros de instalaciones y muelles que dan entrada y salida a más de 52 millones de contenedores TEU cada año. Shanghai procesaba en febrero el 20% del tráfico mundial de contenedores cada día.

El 19 de abril, cerca de 506 barcos portacontenedores gigantes, decenas de petroleros y un gran número de graneleros y barcos mineraleros esperaban su oportunidad de cargar o descargar en las aguas cercanas al puerto. Un mero síntoma de lo que estaba ocurriendo. Tras decretar el cierre parcial de la ciudad a finales de marzo y el cierre total el 15 de abril, los trabajadores de las principales macrofactorías y los trabajadores portuarios fueron confinados en sus centros de producción. Es decir, para varios millones de trabajadores la burbuja de confinamiento no es su hogar, sino su empresa, en la cual quedan anclados para que continúe la cadena de producción y exportación, muchas veces en condiciones de salubridad y vida cercanas a la esclavitud. Tesla corp. anunció que procedía a poner duchas y a garantizar tres comidas al día a sus trabajadores, lo que nos da un indicio de que no todas las factorías o instalaciones están cumpliendo con este “estándar” de humanidad. Aun así, el transporte terrestre no circula normalmente, por lo que las factorías de producción de gigantes como Apple, Xiaomi, Tesla y otros se han visto abocadas a paros parciales. Los barcos asumen incrementos de demoras de un 75%, días de retraso, lo que a su vez supone un aumento de los fletes, los seguros marítimos, los pagos por estadía en los muelles, las operaciones de estiba y el propio sostenimiento de las tripulaciones. Miles de contenedores refrigerados con productos perecederos o con químicos peligrosos se acumulan, constituyendo una amenaza creciente. Pese a todos los esfuerzos, el número de contenedores en espera es un 195% mayor que en el mes de febrero y la desviación a otros puertos no es solución, porque las fábricas están ahí, deseando verter en las bodegas sus excedentes. Ninguna flota de transporte terrestre puede compensar ese desplazamiento de volúmenes y ningún puerto cercano puede procesar la avalancha de demanda procedente de Shanghai.

Ninguna flota terrestre puede compensar ese desplazamiento de volúmenes y ningún puerto cercano puede procesar la demanda procedente de Shanghai

Algún día nos llegarán los relatos de qué ha supuesto para los trabajadores de Shanghai este confinamiento. Qué precio humano ha tenido que sigamos recibiendo nuestros teléfonos y televisores. Pero, de momento, en los núcleos financieros de Occidente se hacen cuentas sobre lo que nos va a costar el cierre de Shanghai. Las agencias internacionales más prestigiosas ya nos explican que sólo la gran ciudad china podría aportar de un 1 a un 2% de inflación anual a la economía global. Lo que es más difícil saber es si alguien está haciendo cuentas sobre si el sistema de externalización es sostenible. Sobre si es razonable continuar concentrando la producción lejos de su destino, alargando las líneas de transporte, incrementando el volumen de los puertos hasta el infinito y dependiendo de unas líneas de suministro que, al final, son frágiles y pueden verse afectadas por circunstancias imprevisibles: un barco atascado en el canal de Suez, una epidemia en una ciudad, una guerra o una catástrofe natural, quizás. Nuestro ingenio para resolver de manera eficiente el problema de poner una manzana en su supermercado quizás debería comenzar a considerar con más humildad nuestros límites y pensar que la naturaleza está ahí para recordárnoslos. Mientras tanto, asistimos al espectáculo de un atasco en el mar de China.

27/04/2022

Marina Echebarría Sáenz es catedrática de Derecho Mercantil.

Publicado enEconomía
Unos 50 mil camioneros canadienses, integrantes del convoy de la libertad, rechazan las medidas restrictivas por el covid-19. En la imagen, la policía permite el paso a uno de los manifestantes en Toronto, capital de la provincia de Ontario.Foto Afp

La revuelta de 50 mil camioneros propietarios en Canadá –miembro de la OTAN, del Comando Norte/NORAD y del geoeconómico T-MEC– tiene ya fuerte impacto en su frontera con Estados Unidos. Se escenifica una feroz colisión entre, por un lado, el connotado comentarista de Fox News, Tucker Carlson (TC), el expresidente Donald Trump, el hoy hombre más rico del mundo, Elon Musk (https://bit.ly/34jcNIX), y el primer ministro de Hungría, Viktor Orban y, por otro lado, los epígonos del megaespeculador israelí-húngaro-anglo-estadunidense George Soros.

Trump sentenció que apoya "en toda la ruta (sic) a los grandes camioneros canadienses (Daily Mail, 30/1/22)", mientras el primer Justin Trudeau, de 50 años, abandonó la capital Ottawa con su familia a un lugar desconocido bajo el pretexto de haber contraído covid-19.

En el "convoy de la libertad" brilló el eslogan "Hacer a Canadá grande de nuevo". En contrapunto al wokenismo, que le ha valido a Canadá su apodo de wokestán, surgió lo inesperado: un "convoy de la libertad" de 50 mil camioneros que protestan contra las medidas restrictivas del covid-19, las cuales han sitiado a Ottawa y a su Parlamento, además de poner en jaque al primer Trudeau en Canadá: paradójicamente, país pacifista "doméstico" y simultáneamente bélico foráneo como miembro de la OTAN, donde azuza y atiza la confrontación en Ucrania contra Rusia.

El fondo financiero creado para subvencionar a los contestatarios camioneros, GoFundMe, ha alcanzado 10 millones de dólares (https://bit.ly/35FOtRW), cuyo origen procede en su mayoría de agrupaciones trumpianas de Estados Unidos que los financian generosamente.

Elon Musk apoyó sin tapujos a los camioneros que formaron un impactante convoy de 3 mil 218 kilómetros desde Vancouver (British Columbia), en la costa del Pacífico, hasta la capital Ottawa (Ontario). Musk sentenció por tuit que "los camioneros canadienses gobiernan", mientras el atribulado primer Justin Trudeau los despreció como "racistas" y de "minoría marginal" (https://bit.ly/3GtHqbC).

La asombrosa revuelta alcanzó al primer ministro de Hungría, Viktor Orban, y hasta a Rusia, cuando el conductor estelar de Fox News, TC, desnudó el "control secreto" (sic) de George Soros sobre Hungría y sus multimedia globalistas (https://fxn.ws/3AXqUjh).

TC fustigó a Soros de socavar y ser el enemigo de la "civilización occidental" cuando entrevistó al primer húngaro Viktor Orban –que, por cierto, se acaba de reunir con el zar Vlady Putin en el Kremlin para desactivar el contencioso de Ucrania–, quien exhibió las tendencias globalistas de Soros, personaje que "condensa el símbolo de todo aquello que odian los húngaros". La mendaz estatal CBC difundió en forma bizarra y sin nula evidencia la peregrina "teoría de conspiración" con "actores rusos" (sic) que se encuentran detrás de la revuelta (Daily Mail, 2/2/22). No comment!

Los ardientes camioneros en pleno invierno son propietarios de sus camiones y ya desde el 15 de enero habían sido conminados a ser vacunados para poder atravesar la frontera de la provincia de Alberta, Canadá, con Estados Unidos.

La situación política se le ha complicado a Trudeau cuando el opositor Partido Conservador le exhorta a encontrar una "solución política" e iniciar el diálogo. La postura del Partido Conservador arrojó debajo del autobús a su pusilánime líder Erin O’Toole, quien fue sustituido por la más aguerrida parlamentaria Candice Bergen (CB, https://tgam.ca/3GqXxXt). CB exultó en la Cámara de los Comunes que los contestatarios camioneros son "apasionados, patriotas y pacíficos", (sic) por lo que "merecen ser escuchados y merecen respeto". CB urgió a Trudeau, cercano a Soros, a reunirse con los camioneros, ya que era su responsabilidad "aportar alguna solución".

El primer atribulado Trudeau no sabe arreglar un relativo asunto menor en Canadá –que se le salió de las manos y nunca debió haber llegado a la situación presente–, y ahora busca participar en forma absurda con la OTAN y el megaespeculador globalista George Soros en una guerra nuclear contra Rusia (https://bit.ly/3opDUJt).

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José Alonso Zapata, A mil, a mil, jugosas, deliciosas  (Cortesía del autor)

"A mí me toca trabajar en la calle. Si no salgo no tengo con qué darle de comer a mis hijos [... ] Pues que me lleven presa si les da la gana”. Es la respuesta airada que se escuchaba a menudo, en todas las encuestas y sondeos de los noticieros radiales y audiovisuales del país, antes de que se pusiera en marcha, por primera vez, la medida de confinamiento obligatorio. En términos parecidos, aunque menos angustiosos, se expresaban dueños de tiendas, restaurantes, talleres y muchos otros pequeños negociantes.


Ha pasado más de un año, con tres “picos” de la pandemia y otras tantas medidas de confinamiento nacional, a más de las locales y parciales, y si bien es cierto que no ha habido todavía un grave problema de “orden público”, es evidente que el descontento social (diferente de la individual desobediencia de los acomodados) ha sido amplio y creciente. Desde el principio se pudo observar cómo los barrios populares más pobres se llenaban de banderas rojas con las que, en cada lugar de residencia, se denunciaba la situación de desprotección, próxima a la física hambre. Las diversas protestas han venido aumentando, desde los famosos “cacerolazos” que ya se habían utilizado durante las movilizaciones de finales del 2019, hasta, recientemente, plantones y demostraciones callejeras. Emergen allí, precisamente, los negociantes de los que antes se hablaba. Su airada respuesta no era una decidida amenaza pero, sin duda, una seria advertencia. Entre las muchas cosas que ha puesto al desnudo la pandemia se encuentra esta realidad social del trabajo que es a la vez demográfica y económica. Y, poco a poco, políticamente determinante.


Y nos llaman “los informales”


Es curioso que una denominación proveniente de la jerga tecnocrática o de las manías de la burocracia haya llegado a ser tan popular. Quizá porque “informales” resulta menos chocante y comprometedor que la designación francamente policiva de “ilegales”. Permite, en una actitud de condescendencia típicamente neoliberal (el espíritu empresarial siempre será digno de encomio), eludir una posible confusión con muchos tipos de empresas criminales, como las del narcotráfico, que, por supuesto, también carecen de registros institucionales y así mismo incumplen con sus obligaciones tributarias, entre otras que marca la ley.


Se refiere, en principio, a “empresas” de tamaño reducido las cuales pueden denominarse, según el uso popular, “negocios”, o, en una forma más laxa, “actividades”, o, en el lenguaje hoy de mejor recibo, “emprendimientos”. Se caracterizan por operar por fuera del marco institucional, jurídico o reglamentario. Esta definición, en apariencia simple, nos plantea de inmediato un problema: ¿Cuántos y cuáles son los requisitos que incumplen? ¿Todos o algunos? ¿Algunos casos son más graves que otros? Obviamente se está describiendo una realidad sumamente heterogénea. Lo mejor que se puede decir es que se trata de un fenómeno multidimensional y dinámico. Se observan varias omisiones, desde los simples registros de existencia empresarial, hasta las obligaciones relativas al pago de impuestos, pasando por el cumplimiento de las leyes laborales en la contratación o de las normas de producción (sanitarias, por ejemplo) y comercialización.


Pero también puede referirse, directamente, a los trabajadores en el caso de que se encuentren en condiciones laborales de “informalidad” lo cual podría ser innecesario ya que las empresas informales suelen tener precisamente como una de sus características el incumplimiento de las normas laborales y sobre todo las de seguridad social. Es más, la actividad desarrollada por un trabajador por cuenta propia puede denominarse “empresa unipersonal”. Sin embargo, esta aplicación del adjetivo a los trabajadores parece no gustar mucho, en los medios empresariales y tecnocráticos, ya que nos lleva fácilmente a un conjunto, no pequeño por cierto, de trabajadores y empleados que son contratados en precarias condiciones por grandes y formales empresas, incluidas transnacionales, o por las mismas instituciones estatales, aprovechando los subterfugios que existen en las leyes laborales.


La magnitud del fenómeno, es desde luego incuestionable. De acuerdo con los resultados de su más reciente Encuesta de Hogares, el Dane nos informa que el porcentaje de ocupados en condiciones de informalidad (trimestre diciembre 2020-febrero 2021) en las 13 principales ciudades habría llegado a 48.1 por ciento y en 23 ciudades, 49.2 por ciento; mayores, en ambos casos, en aproximadamente dos puntos porcentuales, a lo registrado en el trimestre correspondiente un año antes (gráfico 1).

 

 

La primera tentación analítica que surge es, por supuesto, atribuir el incremento a la pandemia, sin embargo es equivocado: como se observa, había sido superior en el mismo trimestre 2014-2015 como resultado seguramente de la estrategia de “refugio” adoptada por la población pobre frente a la caída en el crecimiento económico y la disminución consiguiente de las ofertas de empleo. Al contrario, durante esta crisis si algo resalta es la quiebra hasta de las posibilidades de “rebusque”; lo más común fue el retorno a la condición “económicamente inactiva”. Informa el Dane que la contracción de la ocupación (octubre19-octubre20) redundó, en números absolutos, mucho más en aumento de la población inactiva que incluso en aumento del desempleo.

En todo caso, para efectos de lo que nos interesa, conviene referirse al registro de principios de 2020, eludiendo las alteraciones debidas al periodo excepcional que estamos atravesando. Las cifras absolutas calculadas a partir del porcentaje mencionado nos llevan a un total de 5.735.000 informales en 23 ciudades principales con sus Áreas Metropolitanas. Este registro, de todas maneras es parcial por razones de metodología (1). El Dane, recurriendo a la recomendación de la Organización del Trabajo (OIT), se concentra en los ocupados en establecimientos de menos de cinco trabajadores. Este es hasta cierto punto un enfoque “empresarial” porque en uno “laboral” importaría ante todo las condiciones de la contratación o de afiliación a la seguridad social y el porcentaje sería muchísimo mayor.

En fin, el sesgo político de esta discutible clasificación es evidente. Está ligada a un objetivo de política pública cuya pretensión siempre ha sido alcanzar la “formalización” de este sector de la economía (2). Dos son los caminos: el primero consiste en promover y facilitar el acceso de estos negocios a los canales institucionales; el otro, un tanto cínico, consiste en “flexibilizar” las normas, especialmente las laborales, para que se animen a cumplirlas. Esta política, además, conlleva un cierto sesgo social pues se dirige a los establecimientos que tienen posibilidades de acumulación y obviamente excluye las unidades productivas de subsistencia, en buena parte trabajadores por cuenta propia. Es una política que ignora, pues, cualquier propósito de reforma social; por el contrario, busca alimentar la ilusión del emprendimiento individual exitoso como camino de redención económica. La realidad sin calificativos


Cualquiera sea la forma de la medición, lo cierto es que este fenómeno económico y social es de impresionante magnitud. Lo que nos interesa no es si están dentro o fuera de la ley sino que constituyen un amplio sector de pequeñas actividades económicas, a veces “micro” o individuales. Esto es evidente en un país como Colombia. La mejor forma de acercarse al fenómeno descrito es utilizando la Encuesta de “Micronegocios” llevada a cabo por el Dane la cual, dejando de lado la fijación en lo formal, se ubica en el terreno socioeconómico real. La definición de la unidad de observación es amplia y a la vez precisa: unidad económica con un máximo de 9 personas, incluidas aquellas operadas por una sola persona. “Las actividades económicas realizadas por los micronegocios comprenden desde la pequeña miscelánea de barrio hasta los servicios de consultoría especializada, e incluye las profesiones liberales, las ventas ambulantes y las confecciones al interior de la vivienda. Es un grupo heterogéneo y puede desarrollar la actividad en cualquier emplazamiento (vivienda, local, puerta a puerta, etc.).”


Para 2019, se obtiene un total de 5.6 millones de estos micronegocios y en el área urbana (24 ciudades en esta oportunidad) de 2.4 millones. No se indica la contribución de este conjunto, que como se dijo es económicamente heterogéneo, al PIB, pero el peso dentro del trabajo global de la sociedad es enorme. El cuadro de síntesis de los resultados, donde se compara con los obtenidos por la encuesta de hogares es elocuente.

Al descontar del total lo correspondiente a estas ciudades tenemos la actividad económica rural (en cabeceras menores y centros poblados, o como población dispersa en el campo) y los resultados están en consonancia con nuestra distribución demográfica espacial. Vamos a encontrar naturalmente, la pequeña producción y propiedad campesinas, incluida de manera complementaria la minería artesanal, aunque también miles y miles de negocios de comercio, servicios, transporte y otros. Entre el mundo rural y el urbano hay, sin embargo, una significativa diferencia; en el primero, la cantidad se compensa con la dispersión; es la concentración lo que, en el segundo, hace de esta realidad socioeconómica un fenómeno específico. Un aspecto suficientemente conocido, como que forma parte de la definición y de la historia misma del capitalismo. Describe la transición de las actividades primarias, incluida especialmente la agricultura, hacia la industria manufacturera o de servicios, el lugar por excelencia de la aplicación del capital. Es la manifestación inmediata y más visible, al decir de Marx, de la separación del trabajo vivo de las condiciones (principalmente la tierra) de su realización: “la historia moderna es urbanización del campo, no, como entre los antiguos, ruralización de la ciudad” (3).

Por su parte, la teoría económica convencional ha dedicado, como es bien sabido, buena parte de sus desarrollos al análisis de las llamadas economías de la aglomeración. Se refieren a las ganancias de productividad, rendimientos y reducciones de costos de interacción debidas a una organización de la producción y la distribución concentrada en el espacio. Existen, pues, fuerzas innegables que conducen a este resultado. –Es, en cierta forma, una implicación de la tendencia que, desde otro ángulo, llamaríamos concentración y centralización del capital– Fuerzas que la teoría agrupa en dos grupos de ventajas, las llamadas marshallianas de localización, (fácil acceso a insumos, trabajo y conocimientos) y las de la urbanización, que extienden las anteriores a todo el conjunto industrial. El concepto que mejor indaga sobre estas ventajas es el de externalidades. Ahora bien, desde el punto de vista de la demanda las ventajas resultan de un equilibrio entre las economías de escala y los costos de transporte ya que si éstos superan cierto umbral, es más rentable la producción descentralizada.


El problema consiste en que todo ello parece consistente con la formación, para la gran industria, de la gran empresa; sin embargo, las medianas y pequeñas no sólo no desaparecen sino que se multiplican. Es más, podemos encontrar micro empresas o fami-empresas especialmente en el comercio y los servicios. Y el llamado trabajo independiente o por cuenta propia. Incluso proliferan las actividades ambulantes o semiambulantes que, como se sabe, caracterizan el paisaje urbano en los países periféricos. Actividades “informales” seguramente, como lo son también muchas de reparación de vehículos, hospedaje, comida, autoconstrucción de vivienda o transporte.


En busca de explicación


El análisis de este fenómeno ha sido insuficiente y dubitativo, y su valoración ha oscilado entre la condena por ser símbolo del atraso y el elogio como promesa de un futuro alternativo. Mientras estuvo en boga la teoría –y la política– del Desarrollo, la explicación y la solución eran simples. La modernización, que deberían impulsar los países llamados “en desarrollo”, consistía precisamente en eliminar estas manifestaciones del atraso trasladando la población ocupada desde los sectores de baja productividad a los de mayor productividad. Ello era aplicable en primera instancia, como es bien sabido, al sector agropecuario; su transformación tendría que manifestarse, como en los países desarrollados, en el descenso dramático del trabajo rural. Sobra decir que “desarrollo” pasaba a identificarse con industrialización. Incluso desde la mirada de cierto marxismo que enfatizaba en la existencia de supuestos rasgos semifeudales. La diferencia consistía en la postulación de la necesidad de romper, más o menos radicalmente, los lazos de dependencia, para poder avanzar en el desarrollo. De todas maneras, el futuro se vislumbraba a través de la urbanización y en la forma de gran industria; en el extremo, bajo la fórmula canónica de la polarización (sólo dos clases, burguesía y proletariado) que supuestamente ya se había verificado en los países desarrollados.


A partir de los años setenta ocurre un replanteamiento fundamental, por lo menos en América Latina. Del lado de los teóricos burgueses y de los tecnócratas de organismos internacionales como el Banco Mundial quienes comienzan a resaltar las virtudes de la pequeña y mediana empresa. Pero también desde la izquierda. Para esta última, la discusión comienza con la concesión que habría de hacerse en el caso de la economía campesina, concesión que va a extenderse luego a los espacios urbanos. La discusión, que tuvo uno de sus protagonistas en Aníbal Quijano, apuntó durante algún tiempo a la noción de marginalidad la cual fue criticada eficazmente con un simple llamado a constatar los múltiples lazos que los pequeños y medianos negociantes, incluso informales, tenían con respecto al núcleo industrial, agrícola, minero y financiero de las economías latinoamericanas. En otras palabras, que existía una innegable funcionalidad de lo aparentemente “al margen” con respecto al capitalismo en su conjunto.

En 1987, un peruano entonces joven, tecnócrata al servicio de organismos internacionales, Hernando de Soto, publicó, con prólogo del escritor Vargas Llosa, “El otro sendero”, libro que se convirtió rápidamente en “best seller”. Allí se explicaban y exaltaban las meritorias características de las pequeñas economías de los “pobres” latinoamericanos (4). La novedad consistía en la abierta defensa que se hacía de su “informalidad” como resistencia, según decía, frente a las leyes, requisitos formales y trabas burocráticas existentes al servicio de los ricos, parásitos de un hipertrófico Estado. La informalidad no era pues una manifestación del atraso sino, por el contrario, el sendero de la solución.

 


Como se dijo, el discurso, con menos audacias políticas, ya estaba presente en las recomendaciones internacionales. La izquierda reaccionó en contra suya, por supuesto, en vista de su factura brutalmente neoliberal y abiertamente derechista. En principio, era claro que, más allá de las consideraciones jurídicas, este tipo de economía podía explicarse, de una parte, por la incapacidad estructural del sistema productivo para absorber el conjunto de la fuerza de trabajo disponible y, por otra, por la negativa de un Estado oligárquico como el latinoamericano a proveer los servicios públicos, la construcción y la seguridad social.


No obstante, la posición definitiva estaba lejos de ser unánime. No se trataba de la explicación. La proliferación de todas estas formas pequeñas, familiares e individuales de economía lo mismo que diversas actividades por fuera de la legalidad y la institucionalidad estatal, en particular la construcción de vivienda, no sólo era un hecho sino la base de significativas luchas populares de resistencia urbana, es decir de nuevos sujetos sociales. Allí se planteaba entonces el mismo desafío teórico y político que con respecto al campesinado parcelario. Una nueva concesión era necesaria. Se inaugura entonces el esfuerzo, que continúa actualmente, de justificar la existencia, y validez hacia el futuro, de formas diferentes de la gran-industrial; hoy en día ya no sólo en nombre de la supuesta superioridad de la pequeña actividad, incluso productiva, hecha posible por el cambio tecnológico y la flexibilidad post-fordista, sino como emblema de la economía popular que estaría emergiendo desde abajo.

El capital y su espacio: una hipótesis

Desde el marxismo canónico, como se dijo, siempre se pensó que la historia del capitalismo terminaría por coincidir con la pura abstracción de los esquemas de reproducción. Ello significaba detenerse en el segundo tomo de El Capital ya que en el tercero Marx había previsto retomar, con la teoría de la renta de la tierra, el análisis de las condiciones históricas de conjunto que había introducido en el famoso capítulo de la acumulación originaria. Hoy en día esta consideración ha cobrado particular importancia. En buena parte porque remite a una reflexión sobre el concepto de naturaleza que resulta fundamental en los actuales enfoques de la ecología. Pero también en relación con un debate que se abandonó a finales del siglo pasado y es el relacionado con la existencia en el capitalismo de una posible tendencia al “subconsumo”. Los teóricos socialdemócratas y luego los soviéticos pretendieron rechazarla en nombre de un necesario equilibrio de la reproducción ampliada.


La cuestión puede formularse también como el problema de los mercados. A Rosa Luxemburgo debe atribuírsele el mérito de haberlo reintroducido de manera diferente y brillante en el debate, superando los falsos interrogantes (5). La acumulación de capital sólo puede desarrollarse en un terreno histórico concreto, como implantación y extensión del modo de producción capitalista, destruyendo formas preexistentes pero también articulándolas, o creando otras nuevas que no forzosamente son capitalistas. La profundización de la división del trabajo (la base del mercado) marcha junto con la cobertura de cada vez más amplios espacios (presencia en nuevos territorios). Una característica intrínseca, esencial, del capitalismo es su función de constructor de mercado.

La aplicación de esta reflexión fue en ella, como se sabe, el análisis del imperialismo y la postulación de la acumulación como un proceso mundial. Pero quizá podría englobarse en una teoría de la relación capital-espacio. Harvey ha recuperado ya la idea, propia de la nueva geografía económica, de que el espacio no es un simple receptáculo dentro del cual se desenvuelve el capitalismo sino que este espacio debe ser entendido como algo construido por él mismo (6). Yendo más allá, es posible decir que, dada la relación entre el espacio y el tiempo, son ambos los que contribuyen a la formación del valor de las mercancías.


De acuerdo con lo anterior, la urbanización no debe ser vista como un complemento, como un proceso exógeno, contingente, sino como un componente esencial del modo de producción capitalista. La aglomeración es ampliación del mercado en el sentido antedicho de construcción. No simplemente divide el trabajo sino que crea nuevas actividades mercantiles que son otras tantas necesidades, nuevos valores de uso cuyo más impresionante emblema es el automóvil. Pero también reproduce y recrea formas de producción mercantil simple, indispensables para el funcionamiento de conjunto del capital que las utiliza y subordina.


En este sentido será fácil entender que todos estos actores, ya sea que se les llame informales o no, son fundamentales y no van a desaparecer. Es más, constituyen el verdadero engranaje de la economía y la sociedad, por lo menos en Latinoamérica; de su permanencia y sus altibajos, de su expansión y su hundimiento: ¡la otra cara del extractivismo!. Y por ello, siendo el fruto más genuino de las virtudes de la aglomeración se convirtieron en las principales víctimas estructurales de la pandemia que se reproduce también gracias a ella. ν

1. Dane, Dirección de Metodología y Producción Estadística – DIMPE, METODOLOGIA INFORMALIDAD GRAN ENCUESTA INTEGRADA DE HOGARES – GEIH. Diciembre 30 de 2009
2. DNP,Conpes Política de formalización empresarial. Ver: https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Conpes/Econ%C3%B3micos/3956.pdf
3. Marx, K., Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador), Siglo XXI editores, México, 1971, p. 442.
4. Soto, H., El otro sendero, Ed. Diana. México, 1987.
5. Luxemburgo, R., La acumulación del capital, Ed. Grijalbo, México, 1967.
6. Harvey, D., Espacios del capital, Ediciones Akal, Madrid, 2007.

*Economista. Integrante del consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

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Publicado enColombia
Empresarios, centrales obreras y Gobierno nacional acuerdan que el salario mínimo sea de un millón de pesos

Ahora falta definir el aumento del auxilio de transporte y otras peticiones que están sobre la mesa

En la noche de este lunes 13 de diciembre, el ministro de Trabajo, Ángel Custodio Cabrera, anunció que los trabajadores, el Gobierno nacional y los empresarios llegaron a un acuerdo sobre el salario mínimo, el cual quedará para 2022 en un millón de pesos.

Por su parte, el presidente Iván Duque celebró la decisión de incrementar el salario hasta el millón de pesos y en su cuenta de Twitter destacó que se trató de “una victoria de país para reconocer la fuerza motora de los trabajadores”.

 “Celebramos el respaldo y acompañamiento que nos expresaron los gremios y empresarios para avanzar, entre todos, en la propuesta de tener un salario mínimo de $1 millón, como propósito colectivo. Es una victoria de país para reconocer la fuerza motora de los trabajadores.”.

A pesar del acuerdo, las centrales obreras continúan la discusión sobre otros puntos como el incremento a la mesada pensional. Los sindicatos piden que se debe hacer con el porcentaje del mínimo y no con el IPC, o por el contrario, regular los precios de los bienes que tienen esa opción.

“Se inicia una discusión con el auxilio de transporte que hoy está en $108.000 y la propuesta de ellos es que se suba a $125.000″, dijo el ministro de Trabajo.

”En años anteriores el Gobierno decretó un aumento del salario mínimo pero inmediatamente después decretó un incremento de los combustibles, servicios públicos y peajes, muy por encima de la inflación y con eso se llevó a detalle el alza salarial”, aseveró Francisco Maltés, presidente de la CUT a El Tiempo.

Rosmery Quintero, presidenta de Acopi, se refirió al auxilio de transporte y pidió que se estipule un porcentaje inferior al incremento propuesto para el salario mínimo.

Considerando la vulnerabilidad y las limitaciones financieras de un gran porcentaje de Mipymes, se hace necesario para responder este nuevo compromiso económico extender los instrumentos que han permitido sostener y recuperar el empleo, como lo es el Paef y subsidios para el empleo de jóvenes y mujeres

No todos están contestos con el aumento

Luis Fernando Mejía, director de Fedesarrollo, sostuvo que un aumento tan alto pone en riesgo la recuperación del empleo formal, sobre todo en los sectores que más se han visto afectados por el covid-19 y que no han vuelto a los niveles en los que estaban antes de la llegada del virus.

Un aumento del salario mínimo muy por encima del 7,5 % pondrá en riesgo la recuperación del empleo formal, especialmente en aquellos sectores económicos que aún no han retornado a sus niveles prepandemia, como el de la construcción, y en aquellos municipios de ingresos bajos y medios, especialmente los rurales, en donde la incidencia de la informalidad laboral supera ampliamente la ya excesiva tasa del 63 % en el total nacional.

El aumento real más alto hasta el momento

De acuerdo con Portafolio, el aumento del salario mínimo en 2022 será el más alto en la última década del país, siempre y cuando el IPC del año sea de cerca del 5,3 %, como lo estima la proyección del Banco de la República.

Así las cosas, el incremento del 10,07 % representaría un alza real de 4,7 %. En términos reales, el poder adquisitivo de los colombianos llegará hasta el 4,7 %.

En los últimos años los mayores incrementos han sido en 2019, 2014, y 2020

13 de Diciembre de 2021

Publicado enColombia
Salvar a la humanidad: tarea histórico universal de los trabajadores

Hoy, la élite que ha gobernado en Colombia piensa que si Petro gana las elecciones la sociedad dará un salto al vacío. El futuro, en esas condiciones, es inviable. Un no lugar invivible. Se trata, pues, de evitar que tal desenlace se produzca. La idea que orienta ese juicio valorativo es la imposibilidad de cambiar la sociedad. Pero la sociedad colombiana hoy es ya un lugar invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Esa situación local vista desde una perspectiva planetaria se vuelve global. El planeta Tierra es invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Las conclusiones de la COP26 en Glasgow muestra una conciencia plena de la necesidad de cambiar el modo de funcionamiento de la sociedad global y local.

En sentido estricto, el salto al vacío consiste en mantener el modo de existencia que nos ha conducido a la situación actual. El traumatismo que estamos padeciendo, es la premisa vivencial que obliga a pensar en los cambios que es necesario realizar. Esa tarea coloca en primer plano el esfuerzo por establecer los actos, acciones, proyectos y políticas que permitan la transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas que nos están conduciendo a la extinción. Esa tarea tiene ciertos desarrollos recientes en Colombia. Mencionemos dos: el pliego del Comité de Paro y el informe que la Misión de Sabios le entregó a la sociedad y también al presidente Duque. Existen también los documentos que empiezan a diseñar las campañas políticas: El Pacto Histórico, La Coalición de la Esperanza y la Coalición de la Experiencia y hasta el Centro Democrático.

Hay una convergencia en tareas que también podemos considerar compromisos, que cualquiera puede constatar. Enumero diez: 1. El cuidado del agua. 2. La preservación de la biodiversidad. 3. La protección de los bosques. 4. La garantía del derecho a la salud. 5. A la educación. 6. A la vivienda digna y el saneamiento básico 7. A la renta básica. 8. La construcción de una paz estable y duradera y el respeto al mandamiento de No Matarás. 9. La formación de la Conciencia Ecológica como mandato intergeneracional. 10. El cultivo de la amistad y la cordialidad con todas las personas. Estos compromisos tienen su especificidad colombiana, pero son también planetarios.

Así, pues, el pánico de las élites en razón de su impotencia y su responsabilidad por la crisis es justificado. Pero hay que neutralizar la búsqueda psicótica de chivos expiatorios y la opción extrema de la guerra. Culpar a los palestinos de Hezbola de las dificultades en Cúcuta es una muestra ya de esa locura. Lo mismo que inventar que el Ministerio de Defensa fue víctima de un ataque cibernético manipulado desde Moscú. Así como la exaltación del soldado como el superhéroe que salvará a la familia, la propiedad y la patria.

Las conclusiones de la COP26 pueden jugar un papel terapeútico. La pandemia ya hizo su tarea macabra en el planeta y aunque persiste el virus, dicen los epidemiólogos que estamos en tránsito hacia una epidemia. Es decir, el virus puede ser tratado, las vacunas cumplen su papel preventivo y la sociedad humana tendrá que vivir por un tiempo, todavía incierto, en las nuevas condiciones. Esa transformación operada por la biología es irreversible. Ahora necesitamos transformar la sociedad para garantizar nuestra supervivencia, incluida la de los responsables del desastre planetario: el 10 por ciento que concentra y centraliza la riqueza creada por el capitalismo global.

Esa tarea no la pueden adelantar los responsables del desastre, su pánico los inhabilita, sus opciones son apocalípticas y lo peor de su experiencia se pone al servicio de sus miedos y sus odios.

Aunque les parezca a algunos personajes de la clase media un llamado a la lucha de clases, esa tarea le corresponde a los trabajadores quienes, a pesar de todas sus limitaciones, son al final los que mantienen funcionando la sociedad. Es claro que no basta con ser considerada la clase llamada a salvar a la humanidad. Es necesario asumir esa tarea histórico universal. En octubre de 1917 se concretó la primera experiencia cuando se derrocó a la autocracia zarista. En el año de 1990 se disolvió sin violencia y guerra esa experiencia y con ella el Estado Soviético abrumado con el peso de sus errores. Hoy enriquecidos con esas experiencias los trabajadores pueden salvar a la humanidad incluyendo a las élites responsables del desastre creado por ellas mismas.

Estas verdades elementales pueden sonar a ideología pura pero son evidencias simples de una experiencia que nos está llevando del materialismo de la sociedad civil al materialismo de la sociedad humana como lo proclamara Carlos Marx en sus tesis sobre Feuerbach.

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Salvar a la humanidad: tarea histórico universal de los trabajadores

Hoy, la élite que ha gobernado en Colombia piensa que si Petro gana las elecciones la sociedad dará un salto al vacío. El futuro, en esas condiciones, es inviable. Un no lugar invivible. Se trata, pues, de evitar que tal desenlace se produzca. La idea que orienta ese juicio valorativo es la imposibilidad de cambiar la sociedad. Pero la sociedad colombiana hoy es ya un lugar invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Esa situación local vista desde una perspectiva planetaria se vuelve global. El planeta Tierra es invivible para el 90 por ciento de sus habitantes. Las conclusiones de la COP26 en Glasgow muestra una conciencia plena de la necesidad de cambiar el modo de funcionamiento de la sociedad global y local.

En sentido estricto, el salto al vacío consiste en mantener el modo de existencia que nos ha conducido a la situación actual. El traumatismo que estamos padeciendo, es la premisa vivencial que obliga a pensar en los cambios que es necesario realizar. Esa tarea coloca en primer plano el esfuerzo por establecer los actos, acciones, proyectos y políticas que permitan la transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas que nos están conduciendo a la extinción. Esa tarea tiene ciertos desarrollos recientes en Colombia. Mencionemos dos: el pliego del Comité de Paro y el informe que la Misión de Sabios le entregó a la sociedad y también al presidente Duque. Existen también los documentos que empiezan a diseñar las campañas políticas: El Pacto Histórico, La Coalición de la Esperanza y la Coalición de la Experiencia y hasta el Centro Democrático.

Hay una convergencia en tareas que también podemos considerar compromisos, que cualquiera puede constatar. Enumero diez: 1. El cuidado del agua. 2. La preservación de la biodiversidad. 3. La protección de los bosques. 4. La garantía del derecho a la salud. 5. A la educación. 6. A la vivienda digna y el saneamiento básico 7. A la renta básica. 8. La construcción de una paz estable y duradera y el respeto al mandamiento de No Matarás. 9. La formación de la Conciencia Ecológica como mandato intergeneracional. 10. El cultivo de la amistad y la cordialidad con todas las personas. Estos compromisos tienen su especificidad colombiana, pero son también planetarios.

Así, pues, el pánico de las élites en razón de su impotencia y su responsabilidad por la crisis es justificado. Pero hay que neutralizar la búsqueda psicótica de chivos expiatorios y la opción extrema de la guerra. Culpar a los palestinos de Hezbola de las dificultades en Cúcuta es una muestra ya de esa locura. Lo mismo que inventar que el Ministerio de Defensa fue víctima de un ataque cibernético manipulado desde Moscú. Así como la exaltación del soldado como el superhéroe que salvará a la familia, la propiedad y la patria.

Las conclusiones de la COP26 pueden jugar un papel terapeútico. La pandemia ya hizo su tarea macabra en el planeta y aunque persiste el virus, dicen los epidemiólogos que estamos en tránsito hacia una epidemia. Es decir, el virus puede ser tratado, las vacunas cumplen su papel preventivo y la sociedad humana tendrá que vivir por un tiempo, todavía incierto, en las nuevas condiciones. Esa transformación operada por la biología es irreversible. Ahora necesitamos transformar la sociedad para garantizar nuestra supervivencia, incluida la de los responsables del desastre planetario: el 10 por ciento que concentra y centraliza la riqueza creada por el capitalismo global.

Esa tarea no la pueden adelantar los responsables del desastre, su pánico los inhabilita, sus opciones son apocalípticas y lo peor de su experiencia se pone al servicio de sus miedos y sus odios.

Aunque les parezca a algunos personajes de la clase media un llamado a la lucha de clases, esa tarea le corresponde a los trabajadores quienes, a pesar de todas sus limitaciones, son al final los que mantienen funcionando la sociedad. Es claro que no basta con ser considerada la clase llamada a salvar a la humanidad. Es necesario asumir esa tarea histórico universal. En octubre de 1917 se concretó la primera experiencia cuando se derrocó a la autocracia zarista. En el año de 1990 se disolvió sin violencia y guerra esa experiencia y con ella el Estado Soviético abrumado con el peso de sus errores. Hoy enriquecidos con esas experiencias los trabajadores pueden salvar a la humanidad incluyendo a las élites responsables del desastre creado por ellas mismas.

Estas verdades elementales pueden sonar a ideología pura pero son evidencias simples de una experiencia que nos está llevando del materialismo de la sociedad civil al materialismo de la sociedad humana como lo proclamara Carlos Marx en sus tesis sobre Feuerbach.

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Publicado enEdición Nº286
Fuentes: Rebelión - Imagen, Jeff Bezos (dueño de Amazon), Warren Buffet y Elon Musk, tres de los hombres más ricos que más han incrementado sus ganancias en la pandemia.

Al ser una crisis controlable (aunque trágica) el Covid-19 no hizo colapsar el sistema global capitalista, pero envió a cuidados intensivos a su hijo pródigo, el neoliberalismo.

El principio del egoísmo individual como fórmula de la prosperidad colectiva de Adam Smith (el dogma más perverso de la historia moderna) ha sido puesto en cuestionamiento, sobre todo con la lentísima aceptación del cambio climático. Al igual que en la depresión de los años 30, en esta crisis los estados confirmaron su rol de bomberos, no por sus ejércitos sino por sus servicios sociales. La percepción positiva de los sindicatos trepó veinte puntos en pocos años y la de los militares cayó del 70 en 2018 al 56 por ciento, aún antes del fiasco de Afganistán. 

Al igual que en los años 30, se comienza a reconsiderar el rol de diferentes organizaciones populares, como los demonizados sindicatos. Por un lado, se ha alcanzado un mínimo histórico en el número de afiliados (11 por ciento; seis por ciento en el sector privado) y, por el otro, llegamos a un máximo (desde 1965) de percepción positiva del 68 por ciento, 20 puntos sobre la medición anterior de 2009. Si consideramos el grupo de jóvenes menores de 34 años, la aprobación llega al 77 por ciento.

Durante esta pandemia, la fortuna de individuos como Jeff Bezos y Elon Musk se multiplicó, mientras el salario mínimo es el mismo desde 2010. Hoy Tesla vale casi tanto como la economía de Australia y Amazon más que toda Canadá. Pero no se puede inflar un globo por siempre. Los diversos estudios que confirman la existencia de una correlación entre sindicalizados y la brecha de ingresos entre los ricos y la clase trabajadora han germinado en la conciencia popular. Las nuevas generaciones serán culpadas de la decadencia hegemónica de Estados Unidos, pero su percepción es consecuencia de esa misma decadencia que los mantiene atrapados en deudas y falta de perspectivas (algo que también los profesores percibimos cada día en nuestros estudiantes).

La sobrevivencia de la cultura esclavista

En 1865 los confederados del sur fueron derrotados por los unionistas de Lincoln pero, a partir de ahí, comenzaron a ganar múltiples batallas políticas y culturales que persisten hasta hoy. No sólo sus generales fueron indultados por intentar destruir el país; no solo lo regaron con monumentos a los racistas más radicales de la historia, sino que consolidaron la vieja cultura de la impunidad de la extrema derecha y revirtieron varios logros legales de los negros, de los mestizos y de los pobres con las leyes Jim Crow, con golpes de estado cuando los negros ganaron elecciones, con políticas de segregación y exclusion, con la creación de guetos urbanos para negros a través del trazado de autopistas, y con la criminalización de negros y latinos a través de excusas, como la más reciente guerra contra las drogas. 

Pero hubo una herencia aún mayor en el corazón ideológico del país. No sólo le arrancaron Texas y el resto de los estados del Oeste a México para reinstalar la esclavitud donde era ilegal, sino que aventureros como William Walker la legalizaron apenas se autonombraron presidentes de países como Nicaragua, u operaron en diversas “repúblicas bananeras” sin respetar ninguna ley de las “razas inferiores”. Luego, de forma deliberada, exportaron el consumismo a su patio trasero para reemplazar la esclavitud legal por la esclavitud asalariada. 

Quienes eran minoría en Estados Unidos lograron imponer un sistema electoral que persiste hasta hoy para dominar la política en Washington. De la misma forma que esos poderosos esclavistas del sur expandieron la esclavitud por generaciones en nombre de la civilización y la libertad, luego de la Guerra Civil impusieron la idea de que la libertad y la prosperidad dependían de los empresarios millonarios. Amenazar su prosperidad era amenazar la prosperidad y la existencia de toda una nación. La más reciente “Teoría del derrame” no es otra cosa que la continuación de la teoría del amo como benefactor de sus esclavos. La idea de que son los ricos quienes crean empleo y no los trabajadores, no es otra cosa que la continuación de la sacralización de los amos y la demonización de los esclavos, convertidos ahora en asalariados. 

A dos décadas de la derrota de 1865, se evitó recordar la masacre de Chicago celebrando el “Día de los trabajadores”; se lo reemplazó con un día abstracto, el “Día del trabajo”, justo cuando los sindicatos de obreros eran fuertes en los estados del norte. No por casualidad, cuando en 1935 F. D. Roosevelt promovió la Ley Wagner para apoyar a los sindicatos en un Nuevo Contrato Social que sacaría al país de su mayor crisis económica, en los estados que antes conformaron la Confederación casi no hubo sindicalización.

En la historia nada se crea ni se destruye completamente. Todo se transforma. El “Destino manifiesto” se continuó con la retórica del liderazgo de “La raza/el mundo libre”. La obsesión anglosajona de tener todo bajo control, sobre todo a las razas inferiores que no sabían gobernarse, se continuó con la excusa de la guerra contra el comunismo durante la Guerra Fría… y más allá. El zar de la prensa William Hearst fue un millonario progresista (mientras sus clientes fueron trabajadores) hasta que Franklin Roosevelt promovió, con nuevas leyes, el derecho de los trabajadores a sindicalizarse. Entonces se convirtió en el primer McCarthy antes de la Guerra Fría. Hearst fue uno de los inventores de la prensa amarilla y de la Guerra contra España (junto con el venerado Pulitzer) que le secuestró la revolución a los cubanos en 1898. Tres décadas después, atendiendo a sus intereses económicos, lanzó una campaña mediática identificando a Roosevelt y los sindicatos con el comunismo, como antes se identificó a los negros con el caos y con una imaginaria violacion colectiva de las hijas rubias. Su coqueteo con el nazismo (como el de tantos otros millonarios de este lado) tenía todo de la tradición del Sur esclavista: la raza superior, la clase dominante es la salvación de la civilización, la libertad y el progreso. 

Sindicatos en Estados Unidos hoy

No pocos esclavos apoyaron la esclavitud. No pocos asalariados apoyaron a millonarios poderosos como Herbst. En abril 2021 los trabajadores de Amazon en Alabama votaron (1798 a 738) contra el establecimiento de un sindicato, a pesar de sus paupérrimas condiciones de trabajo, lo que demuestra que los mitos nacionales (si los millonarios sufren, se acaba el mundo) son más fuertes que las necesidades personales. Una moraleja reproducida por asalariados y empresarios que venden en la calle se hizo viral entre los hispanos de Florida: “Los ricos madrugan como pobres y los pobres duermen como ricos”

Pero hay otras razones: Amazon acosó a sus trabajadores de Alabama por email y con reuniones individuales para que votaran en contra. Práctica que luego llamó “educación”. La vieja tradición esclavista de educar a los de abajo para que apoyen los intereses de los de arriba. 

Según un proyecto de ley del nuevo gobierno, conocido como Protecting the Right to Organize, estas prácticas de acoso podrían ser penalizadas con 50.000 dólares. Una propina para Walmart o Amazon, pero algo es algo. Aún así, es probable que el partido Republicano lo boicotee en el senado.

Estamos marchando a un escenario similar al de la Segunda República española un siglo después. Por un lado las organizaciones sindicales con su utopía y, por el otro, la derecha nacionalista refugiada en el pasado. Algún día, tal vez dentro de unas décadas, los historiadores verán nuestro tiempo como la culminación de un absurdo: un puñado de familias acaparando casi toda la riqueza del mundo y defendida por el resto, como los esclavos defendían a sus amos. 

Por Jorge Majfud | 01/11/2021

Publicado enInternacional
Lunes, 11 Octubre 2021 05:35

Los esenciales

Trabajadores de Kellogg’s en Michigan protestaron la semana pasada contra la amenaza de la empresa de trasladar a México más áreas de producción. Este año han estallado unas 12 huelgas que involucran a 22 mil 300 empleados en Estados Unidos.Foto Afp

Un resurgimiento del movimiento de trabajadores está confrontando la injusticia económica que es el saldo de cuatro décadas de neoliberalismo en el país más rico del mundo, y cuyas consecuencias ahora están al centro de una crisis existencial de lo que llaman democracia en Estados Unidos.

En los últimos meses se ha registrado un número sorprendente de huelgas y acciones laborales, y amenazas de mucho más, en varias partes del sector privado, incluidas empresas emblemáticas como Kellogg’s (en parte en respuesta a amenazas de la empresa de trasladar más producción a México si los trabajadores no aceptan demandas patronales), RJR Nabisco y Frito-Lay (éstas dos ya fueron ganadas por el sindicato), más de mil mineros de carbón en Alabama mantienen una huelga de más de seis meses, en universidades, cadenas de comida rápida y más.

Además, decenas de miles de agremiados han autorizado que sus sindicatos declaren huelgas, entre ellos los 65 mil trabajadores de producción de la industria de cine y televisión, otro gremio de 37 mil trabajadores de una empresa de salud y hospitales, y unos 10 mil trabajadores de John Deere.

En lo que va del año se han registrado oficialmente más de 12 "huelgas mayores" (aquellas de más de mil trabajadores) que involucran a un total de 22 mil 300 empleados; en 2020 hubo 90. Se han registrado más de 100 huelgas "menores" en el año en curso, comparado con menos de 50 todo el año pasado.

Todo indica que la huelga, el arma más poderosa de los trabajadores, está resucitando y que 2021, según el veterano periodista y analista laboral Harold Meyerson, empieza a parecerse a 1919 y 1946, cuando Estados Unidos tuvo su mayor número de huelgas.

Todo esto ocurre en una coyuntura en la que la aprobación de los sindicatos en la opinión pública registra su nivel más alto en más de medio siglo, 68 por ciento (90 por ciento entre demócratas), según Gallup.

A la vez hay otros tipos de "acciones" laborales no organizadas que algunos analistas están calificando como un tipo de rebelión laboral, con la decisión de millones de trabajadores –sobre todo en trabajos de salarios mínimos o bajos– de no retornar a esos empleos al reabrirse la economía rechazando las condiciones en esos empleos en lo que es en cierto sentido una huelga masiva.

Más aún, además de sindicatos hay un universo creciente de organizaciones laborales –cooperativas, centros obreros, organizaciones de jornaleros y trabajadoras domésticas, taxistas y más– que forman parte dinámica de lo que se puede llamar el movimiento laboral. A esto se suman nuevos aliados que surgen de la lucha contra la desigualdad e injusticia económica, entre ellos la Campaña de los Pobres, la diáspora de Ocupa Wall Street y un renovado movimiento social demócrata/socialista como Democrátic Socialists of America junto con legisladores federales progresista como Bernie Sanders, Alexandra Ocasio-Cortez y Jesús Chuy García vinculados a la lucha de los trabajadores.

Todo mientras se revelan más detalles sobre la delincuencia legal de los más ricos y sus paraísos fiscales, como datos que registran que la fortuna de los 400 más ricos en este país se elevó 40 por ciento, justo mientras la pandemia devastó la vida de millones. Esto en un país donde, como señala Sanders, el 1 por ciento más rico tiene aún más riqueza que 92 por ciento del resto de la población, y donde 45por ciento de todo el nuevo ingreso ha sido concentrado por el 1 por ciento desde 2009.

Fueron los trabajadores oficialmente calificados de "esenciales" que rescataron a este y otros países de la pandemia y sus efectos (ningún empresario ni ejecutivo o banquero de Wall Street tuvo esa clasificación). Ahora son esenciales para el rescate –como siempre lo han sido a lo largo de la historia del país– de Estados Unidos ante la crisis económica y política que amenaza el futuro de la democracia.

Teatro Campesino. El Picket Sign. https://www.youtube.com/watch?v=VsnxVnMUwfs&list=OLAK5uy_l4 UhvgTgRHjHyJ5h2T0OY-aw3rMwE7VZE&index=5

Pete Seeger. Talking Union. https://www.youtube.com/watch?v=9SIhG7Wv5YI

Dolly Parton. 9 to 5. https://www.youtube.com/watch?v=UbxUSsFXYo4

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Orlando Chirinos, presidente de la Federación de Trabajadores del Cemento (Fetracemento)

El presidente de Fetracemento afirma que la industria está produciendo 10% o menos y que se persigue a los trabajadores


La crisis del sector cemento en Venezuela es la metáfora de un proceso político que parece derrumbarse. Con más de 10 años como corporación socialista, no ha conseguido producir personas más felices ni más materiales para construir la nación.

En Barquisimeto se oye la voz de Orlando Chirinos, presidente de la Federación de Trabajadores del Cemento (Fetracemento). Se hace escuchar en medio de ansiedades políticas de todos los colores. Chirinos explica que hay persecución contra los trabajadores, que son el soporte de la industria. Pero también cayeron los resultados: Entre 2007 y 2008 se producían 7,9 millones de toneladas métricas al año, y hoy “estamos produciendo alrededor de 10%”.

Ese retroceso lo atribuye a “falta de voluntad política, no se sustituyen los equipos, la falta de participación de los trabajadores”. También a quienes conducen el sector: “Están colocando a militares” que desconocen el manejo. Desde el año 2008 “han estado militares”, cada uno “llega con un mecanismo distinto, y en lugar de mejorar, retrocede”. La actual administración, asegura, puso en dólares el costo del saco.

Diez plantas, pero “solo siete están operativas y de forma intermitente”, describe. Lara es la única que tiene el sistema para elaborar cemento blanco, y ese sistema “está paralizado desde 2011, más o menos”. De los tres hornos que hay en Lara, que son “el corazón de la industria”, solamente funciona uno “y lo prenden y lo apagan”.

De unos 8.500 trabajadores quedan 7 mil 500, según Chirinos, que ganan al mes un dólar de salario y que perciben como mejor beneficio una paleta de cemento que pueden vender hasta en 200 dólares. HMC modelo pasamos a no tener nada”.

Aunque se supone que es una corporación socialista “lo que hacen es perseguir, amedrentar, explotar a los trabajadores”, a quienes no les entregan los equipos de protección personal. “El nivel de riesgo en materia de salud y seguridad en el trabajo es cada vez más crítico”, sostiene. “El estado de indefensión que tenemos los trabajadores en este país es gigantesco”.

Las organizaciones sindicales “no pueden entrar a las plantas, tienen una limitación de ingreso porque ellos le han dando fuerza a esas estructuras paralelas que llaman consejos de trabajadores”.

A los líderes de las 23 organizaciones sindicales “no nos dejan entrar a las plantas”, reitera. “Yo tengo calificación de despido desde agosto de 2020 y con un argumento vago, sin fundamentos”. En la Inspectoría del Trabajo “nunca vimos el expediente”.

En Barquisimeto “tenemos 20 trabajadores calificados, seis trabajadores bajo presentación”, ejemplifica.

La federación se ha reunido con sectores que puedan ayudar a la recuperación, y por eso Chirinos estima que la industria necesita de 200 a 250 millones de dólares al año, por una década, para revivir: “Estamos hablando de una corporación con 10 plantas productoras de cemento, aparte de las pequeñas fuentes como concreto, transporte y agregados”.

-¿Habría que privatizar o hay otra salida?

-La más inmediata que nosotros vemos es reprivatizar la industria del cemento. Puedes decir que los trabajadores la van a tomar, pero los trabajadores no tienen el dinero para levantar esa industria. Tomarla nosotros es fracasar, porque está muy deteriorada.

El Estado “demostró que no tiene el dinero, el recurso ni la experiencia para hacer eso”, critica.

Fetracemento ha buscado apoyo internacional. Personal de la oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha estado en contacto con Chirinos para saber qué sucede y hacerles seguimiento a las denuncias. “Han estado muy atentos a lo que está sucediendo, e incluso, estamos en el informe que levantó la comisión”.

Orlando Chirinos se ha excusado con los trabajadores por haber defendido la nacionalización: “Lo he pedido, lo he hecho en asambleas nacionales y regionales. Les he dicho a los trabajadores, con toda la sencillez que puede caracterizar a un hombre desde el corazón, pedirles perdón por esta situación de desastre que ha sido la nacionalización de la industria del cemento”.

Por Vanessa Davies-Contrapunto, 28-07-21

 

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Domingo, 23 Mayo 2021 05:11

Los nuevos amos del mundo

Sancho R. Somalo Byron Maher

Fondos de inversión

Con la ayuda de los gobiernos y los bancos centrales, los grandes fondos de inversión se han lanzado a la conquista del mundo. Hoy, los megafondos controlan casi todos los sectores de la economía: desde la vivienda a la sanidad privada, desde la banca a la gran industria, desde las tecnológicas al negocio de la deuda. El inicio de la era de los megafondos obliga a revisar todo lo que creíamos saber sobre el poder corporativo y cómo se lucha contra él.

 

La crisis del 29 arruinó a cientos de miles de campesinos en Estados Unidos. Los bancos se quedaban con sus tierras. Los desahuciados, cuenta John Steinbeck en Las uvas de la ira, increpaban y tiraban piedras al tractor que aplastaba sus casas. “No somos nosotros, es el monstruo”, les decía el vecino que conducía el tractor. “El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar”. 

Ya entonces era difícil saber dónde encontrar y, más aún, cómo luchar contra ese monstruo que “respira beneficios y se alimenta de los intereses del dinero”. 80 años después de la publicación de este libro, resulta aún más complicado saber a quién culpar, hacia dónde tirar la piedra. A golpe de crisis económica, el monstruo ha cambiado de cara y de forma. Y ha conseguido multiplicar su poder, aunque no ha variado su esencia, al menos según la definición de Steinbeck: el alimento del monstruo son los beneficios y “si no se le alimenta, muere”.

El control del sistema financiero y, desde hace unos años, de buena parte de la economía real ya no lo tienen los bancos, sino una compleja red interconectada de distintos fondos de inversión y gestoras de activos. Son los nuevos dueños del planeta. 

El investigador de la Universidad de las Islas Baleares Iván Murray define lo que ha pasado en la última década como una “auténtica revolución” en las dinámicas del capitalismo global. “Ya nada es lo que era”, dice a El Salto.

No solo ha cambiado el accionariado de las empresas y de los bancos. La era de los fondos de inversión ha trastocado la forma de hacer negocios, ha cambiado las relaciones laborales, la independencia de los Estados y hasta el concepto mismo de democracia. También ha cambiado la forma de luchar contra este renovado poder corporativo. El primer paso para enfrentarse a él es conocerlo.

Conozca a los amos

BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Blackstone, Capital Group o Cerberus son algunos de los nombres de estos fondos de inversión. Captan capitales de las pensiones privadas, de inversores particulares, de otros fondos o bancos de inversión, de fondos dependientes de los Estados, incluso de dinero negro del narcotráfico, el comercio de armas y otras actividades ilegales, e invierten en todo el mundo sin apenas límites ni controles. Hay muchos tipos y a los más voraces se los conoce popularmente como fondos buitre. Pero todos se rigen por una misma regla, simple y antigua: comprar barato y vender caro. Para recuperar la inversión y asegurar las tasas de beneficio prometidas a sus inversores harán lo que sea.

No dependen de los bancos centrales ni de los Estados, ni se someten a ninguna legislación internacional bancaria. Suelen operar desde paraísos fiscales para evadir el pago de impuestos, garantizar el anonimato de sus inversores y eludir cualquier tipo de supervisión pública. Son la banca en la sombra.

Tras la crisis de 2008, el crecimiento de estos fondos ha sido espectacular. BlackRock es hoy el fondo de inversión más grande del mundo y tiene nueve billones de dólares en activos, equivalente a siete veces el PIB español, el 10% del PIB mundial, el doble que el banco más grande del mundo. Si BlackRock fuese un país, sería la tercera potencia mundial, después de Estados Unidos y China.

Y eso solo contando con sus propios activos. BlackRock dispone de un software propio de análisis de riesgos llamado Aladdin basado en el big data y la inteligencia artificial. La empresa fundada en 1988 por Larry Fink no se ha quedado para sí misma el invento, y lo ha compartido con las entidades financieras dispuestas a pagar por él. Los activos de empresas gestionadas a través de Aladdin superan los 21,6 billones de dólares, el equivalente al PIB de toda la Unión Europea o de Estados Unidos. Las empresas y países —Japón entre ellos— que utilizan Aladdin preguntan al genio de la lámpara dónde invertir y BlackRock responde. 

La caída de Lehman Brothers en 2008 arrastró a bolsas y bancos de medio mundo. Sus activos no representaban ni una décima parte de los de BlackRock. La frase “demasiado grande para caer” se inventó cuando nada parecido a esto podía siquiera imaginarse.

BlackRock comparte el altar de los megafondos con Vanguard Group, que tiene activos por el valor del PIB español, y con State Street. Se las conoce como “las tres grandes”. Poseen cerca del 20% de las mayores empresas del Dow Jones y un porcentaje parecido en buena parte de las grandes bolsas del mundo. Su cercanía con el poder político les ha permitido saltarse todas las leyes antimonopolio y los controles que limitan la voracidad y la solvencia de otros instrumentos de inversión mucho más modestos.

La era de los grandes fondos de inversión ha trastocado todo, también la forma de hacer negocios, explica a El Salto Erika González, investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL): “La financiarización supone una vuelta de tuerca más: los fondos exigen rentabilidad en el menor plazo de tiempo y han hecho saltar por los aires cualquier tipo de límite y exprimen aún más las condiciones laborales, ambientales o sociales para obtener los beneficios”. 

La supremacía de los fondos de inversión en esta nueva era económica se sustenta en una gran paradoja: nunca el mundo de las finanzas había sido tan complejo y enrevesado y, a la vez, nunca había estado en tan pocas manos. 

Desde hace años, BlackRock es el principal accionista del Ibex35. No hay una sola gran empresa española en bolsa que no cuente con financiación de esta gestora. Controla entre el 3% y el 5% de 19 de ellas. 

No hay sector estratégico que no haya sido copado por los fondos de inversión. Que gire la rueda. Hablemos de vacunas. Los tres grandes fondos controlan el 20,16% de Pfizer, que ha conseguido triplicar su cotización gracias a la vacuna contra el covid-19. En Johnson&Johnson, las ‘tres grandes’ tienen el 21,23%. En AstraZeneca, BlackRock es el principal accionista con un 7,69%. En Moderna, cinco fondos controlan el 29,9%.

Que vuelva a girar la rueda. Toca hablar de la banca. Los tres grandes fondos de inversión controlan el 19,6% del accionariado de Goldman Sachs y una cifra equivalente de JPMorgan. Lo mismo ocurre con las entidades españolas: los bancos figuran como grandes accionistas de muchas multinacionales españolas, pero, a su vez, están controlados por estos mismos fondos de inversión. 

Probemos una última vez. La deuda. BlackRock vuelve a aparecer como uno de los principales acreedores de los países del Sur. En 2020 fue uno de los interlocutores más duros en la renegociación de la deuda argentina. Poco a poco, los fondos de inversión han ido desplazando a los tradicionales dueños de la deuda, los grandes bancos de inversión, y hoy se han convertido en el principal actor de este negocio especulativo tanto en el Sur como en Norte. 

No importa dónde se mire o hacia dónde gire la rueda: ya sea la sanidad privada o las residencias de mayores, la vivienda o las grandes tecnológicas, las energéticas o la industria química, las llamadas economías de plataforma o los medios de comunicación. No se puede escapar del poder de los fondos de inversión. 

Los megafondos de inversión controlan la industria armamentística. En España, tanto el BBVA como el Santander, entre las 100 entidades financieras de la banca armada, están también controlados por estos mismos fondos. / Infografía: Centre Delás

Cómo hemos llegado hasta aquí

La metamorfosis del sistema financiero fue impulsada por los gobiernos y bancos centrales de ambos lados del océano. Décadas de políticas neoliberales —explica Gónzález—, de liberalización, de privatizaciones y desregulación de la economía financiera, de eliminación de mecanismos de control, crearon las condiciones óptimas para la financiarización de la economía y el crecimiento del poder de los fondos. 

Pero fue la política económica de EE UU para salir de la crisis de 2008 la que terminó de abrir las puertas a la era de los megafondos. El Departamento del Tesoro realizó compras de bonos y acciones “que se estaban devaluando o que se devaluarían si no lo hacía”, explica Murray, por valor de más de tres billones de dólares hasta 2014. La política de expansión monetaria de la Reserva Federal se convirtió en una transferencia de dinero público y fresco hacia los fondos de inversión y las corporaciones “para que el casino financiero no se pare”, señala Murray. La estrategia fue copiada por el Banco Central Europeo (BCE): en marzo de 2015, lanzó su propio programa de expansión monetaria con la compra masiva de deuda pública y privada a razón de 60.000 millones de euros al mes.

La política de la Reserva Federal y el BCE aumentó “de forma espectacular” la capacidad de compra de esos fondos, argumenta Murray, una situación que aprovecharon para hacerse con acciones devaluadas en miles de empresas, gigantescos paquetes de vivienda de los bancos en bancarrota o con el control de la deuda de los países del Norte y del Sur.

“Si la década de los 2000 fue la de los ejecutivos del banco de inversión como JPMorgan o Goldman Sachs, la siguiente década fue la de los ejecutivos de los fondos de inversión”, apunta Murray. Había empezado la era de los megafondos.

La alfombra roja

En España, la entrada en la era de los megafondos no hubiera sido posible sin los esfuerzos de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Para salir de la crisis, hicieron todo lo posible por resucitar el negocio de la vivienda con el flujo de capital de los fondos de inversión. Según cuenta a El Salto Manuel Gabarre, autor del libro Tocando fondo (Traficantes de Sueños, 2019), España se convirtió en los años posteriores a las quiebras bancarias en un paraíso para la especulación. “A los fondos de inversión se les puso la alfombra roja”, señala.

En 2009, el Gobierno del PSOE introdujo las socimis, sociedades anónimas de inversión en el mercado inmobiliario, una figura que, tras la reforma del PP en 2013, ahorraba a los fondos de inversión el pago del impuesto de sociedades y el 95% del impuesto de transmisiones. El PP también reformó la ley de alquileres para que los propietarios pudieran subir los precios y echar a los inquilinos a discreción cada tres años. Con estos regalos y unas rentabilidades difíciles de encontrar en otros lugares del mundo, las socimis se hicieron con una parte importante del mercado de la vivienda: las 90 socimis que hay actualmente en España controlan un patrimonio de 46.000 millones de euros, según el Banco de España. Entre sus principales accionistas tienen a los grandes fondos de inversión —BlackRock, Blackstone, Cerberus— y a bancos de inversión como Goldman Sachs, que se aprovecharon de la venta a precio de saldo de cientos de miles de viviendas por parte de bancos, cajas e instituciones públicas. No importó nada al “monstruo que se alimenta de beneficios” que en las viviendas que compraban hubiera gente dentro, familias que no podían pagar la hipoteca o afrontar en plena crisis aumentos de hasta el 300% en su alquiler.

Tras el estallido de la crisis, la demanda de viviendas en alquiler se multiplicó y los fondos coparon el mercado. Actualmente conforman la primera línea de los lobbies inmobiliarios que se enfrentan a la regulación de los alquileres. 

La sombra de los megafondos

Los fondos de inversión han conseguido una mayoría accionarial en buena parte de las compañías y comienzan a ser el principal tenedor de deuda alrededor del mundo. ¿Esto supone que mueven los hilos políticos de esas empresas y de la política económica de los Gobiernos y el mundo? ¿Actúan con una sola voz?

Existen muchos tipos de fondos de inversión. Sin ir más lejos, BlackRock y BlackStone tienen un origen compartido, significan prácticamente lo mismo —piedra negra—, pero tienen modelos de negocio diferentes. Blackstone es oportunista, cortoplacista, agresivo, una “plaga para las ciudades”, tal como lo definió el teórico marxista David Harvey, un fondo buitre que compra bienes devaluados y está dispuesto a cualquier cosa para que el retorno de la inversión sea el esperado. Tan rápido como llegan se van.

BlackRock, en cambio, trabaja a largo plazo. Sus fondos provienen sobre todo de las pensiones privadas de EE UU y, al igual que Vanguard, “tiene proyectos políticos de mayor calado, su vocación es llevar la batuta del capitalismo global”, explica Murray. No tiene grandes participaciones en empresas, dice este investigador, pero está presente en prácticamente todas las grandes compañías del mundo. “Eso es algo novedoso en la historia del capitalismo”, subraya. A partir de ahí, continúa Murray, “han dado el salto y han pasado a pilotar las políticas públicas y económicas”. Son tan estrechas las relaciones entre los fondos de inversión y los Estados que cada vez resulta más difícil saber dónde empieza uno y termina otro. Hasta hace unos meses la persona con más poder económico del planeta, el secretario del Departamento del Tesoro de EE UU, era Steven Mnuchin, un millonario afín a Donald Trump que había hecho una fortuna en Goldman Sachs y, luego, en diversos fondos de inversión. El secretario del Tesoro entre 2003 y 2006, John W. Snow, es actualmente presidente de Cerberus que tiene 23.000 viviendas en venta en España.

No solo los republicanos dan la llave del tesoro a los megafondos. La trayectoria del demócrata Brian Deese es un buen ejemplo de puertas giratorias en ambos sentidos: sirvió a Barack Obama como asesor, BlackRock vio algo en él y lo contrató como ejecutivo de inversiones. Ahora, con la llegada de Biden, preside el Consejo Económico Nacional. 

Las puertas giratorias entre las más altas instituciones financieras y los negocios especulativos son la regla. Pero no son la única forma que tienen los megafondos de influir en la política. Uno de los secretos del éxito de BlackRock es, según analiza Investigate Europe, su talento para “usar varios sombreros” sin acabar en los tribunales. Este megafondo ha conseguido ser el mayor inversor del mundo y, a la vez, aconsejar a gobiernos y bancos centrales dónde invertir a través de sus servicios de consultoría.

Una de las primeras medidas del Gobierno de Trump frente a la crisis del covid-19, a finales de marzo de 2020, fue contratar a BlackRock para que comprara miles de millones de euros de deuda corporativa, un conflicto de intereses en toda regla, ya que el propio fondo controla buena parte del mercado al que iban dirigidas las compras. No era la primera vez que la Reserva Federal recurría a los servicios de consultoría del megafondo: en la crisis iniciada en 2007, la Reserva encargó la gestión de los activos de Bear Stearns y AIG. “El potencial de un conflicto de intereses es grande y es muy difícil de controlar”, dijo entonces el senador republicano Chuck Grassley, que ya señalaba la importancia que tenía en la estrategia de la empresa la información privilegiada y sensible que obtenía de su relación con las administraciones. 

En agosto de 2014, pasaba lo mismo del otro lado del océano: el BCE —en manos de Mario Draghi, otro hombre de Goldman Sachs— designaba a BlackRock como gestor de su programa de compras de activos. Dos años antes, el Banco de España seleccionó al megafondo para que le asesorara en la creación del banco malo. Las protestas de la banca española al final lo impidieron. ¿Qué pasaría ahora si volviera a pasar algo así, cuando BlackRock ya es de lejos el primer accionista de todos los bancos españoles?

Y no es necesario irse tan lejos. En abril de 2020, la Comisión Europea elegía a BlackRock como asesor principal para incorporar criterios verdes y sociales en las finanzas, una concesión que supone para la defensora del pueblo europea, Emily O’Reilly, un “conflicto de intereses” que puede “afectar negativamente a la ejecución del contrato”. Erika González señala el peligro de que la crisis generada por el coronavirus se convierta en una nueva plataforma para el crecimiento de este poder financiero global. No solo serán los principales beneficiados de los 750.000 millones de los fondos Next Generation, dice, sino también quienes se lucrarán en primera instancia cuando los Estados endeudados tengan que devolver el dinero invertido para sortear la crisis del covid-19.

Los fondos nutren de altos ejecutivos a las más grandes autoridades económicas y los fondos se nutren de ellas, los asesoran y desarrollan parte de sus decisiones. Pero el poder de estos megafondos va más allá. Para Murray, el principal poder de estos gestores de activos es la amenaza siempre latente de una retirada masiva de inversiones. “Te dicen que están aquí para asegurar el retorno de esas inversiones. Si no lo consiguen, se van. Ahí es donde ejercen la fuerza y van articulando su proyecto político”, sostiene. A través de una “estructura de tipo oligopolística”, explica Murray, están poniendo en jaque el posible desmontaje de la reforma laboral: “Los inversores o los fondos que representan quieren unos retornos rápidos y altos, no quieren los costos que podría suponer una mayor estabilidad y unas mejores condiciones de trabajo. Si cambian las cosas, amenazan con largarse y, con su huida, provocar un colapso de las cotizaciones bursátiles que arrastraría a la economía real”.

Martín Cúneo

@MartinCuneo78

23 may 2021 06:00


Deuda y fondos de inversión: el mundo no es suficiente

El negocio especulativo de la deuda, tradicionalmente en manos de los grandes bancos, también ha sido copado por los fondos de inversión, entre ellos, los llamados fondos buitre, especializados en litigios en tribunales internacionales que siempre les dan la razón.

Martín Cúneo

@MartinCuneo78

23 may 2021 06:00

La política monetaria expansiva de los bancos centrales que terminó regalando liquidez a los fondos de inversión para conquistar el mundo también elevó la deuda de Estados Unidos y de los países de la UE a niveles nunca vistos. ¿A que no saben a quién terminó beneficiando esa deuda? En efecto, a los fondos de inversión que en las últimas décadas han comenzado a desplazar a los bancos de inversión, los tradicionales dueños de este negocio especulativo. 

La búsqueda constante de rentabilidad —que apenas obtenían en unos mercados de deuda con intereses cercanos al cero— ha multiplicado las inversiones de estos fondos en los países empobrecidos, donde los tipos de interés llegan al 9%, en una espiral especulativa que las más grandes entidades financieras multilaterales ya han calificado de insostenible. “Estamos a las puertas de una nueva crisis de la deuda o incluso peor que la de los 80 o 90 porque en esta ocasión se puede convertir en una crisis financiera, porque el efecto contagio es mucho más fuerte ahora”, explica a El Salto Iolanda Fresnillo, investigadora de Eurodad e integrante de la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda (PACD).

Una vez más, BlackRock es uno de los mayores fondos de los mercados de deuda de los países empobrecidos. En una investigación de la ONG internacional SOMO sobre cinco países africanos —Ghana, Kenia, Nigeria, Senegal y Zambia— este megafondo aparecía como principal tenedor de bonos de todos ellos. 

“Por su tamaño e importancia, BlackRock es a menudo una voz líder en negociaciones de la deuda, como se vio en Argentina cuando, en agosto de 2020, jugó un papel fundamental en la decisión sobre la reestructuración de la deuda de este país después de negociar con el ministro de Finanzas”, señala el informe. Aunque no se lo suele considerar como tal, Blackrock actúa en ocasiones como un fondo buitre, sostiene esta investigadora, juntándose con otro fondos agresivos para afrontar una negociación conjunta.

El negocio de la deuda ha cambiado radicalmente con la entrada primero de los bancos de inversión y luego de los megafondos, cuenta Fresnillo. Ahora es mucho más complejo para un Estado saber, entre centenares de sociedades, bonistas, sociedades pantalla y fondos de inversión opacos, quiénes son sus acreedores. Y más difícil que antes conseguir renegociar mejores condiciones o una reducción de la deuda. Quienes los han intentado han salido escaldados, como cabezas colgadas en las plazas de los mercados de la deuda. 

Entre los fondos de inversión más agresivos figuran los llamados fondos buitre. Muchos de ellos se han especializado en operaciones de alto riesgo y descomunales ganancias. Cuando un país está en problemas o se plantea iniciar una renegociación aparecen ellos. Compran bonos en los mercados secundarios de deuda, es decir, en la reventa, a precios muy inferiores, relata Fresnillo. Los fondos buitre no tienen prisa, pueden esperar. Cuando el país endeudado consigue renegociar mejores condiciones con sus acreedores, estos fondos buitre piden que se les pague la totalidad del bono, en ocasiones 25 veces más de lo que han pagado por ellos, más los intereses, por supuesto. Si el país tiene el valor de no darles lo que quieren, los fondos buitre llevan el caso a los tribunales de New York o Londres, donde siempre ganan. 

Este fue el caso de Argentina y el fondo NML Capital que compró un 7% de un paquete de deuda argentina por 80 millones y consiguió sacar 2.000 millones después de que la justicia internacional obligara al país sudamericano a aceptar el fallo. No es un caso aislado, es el modus operandi de los fondos de inversión que sirve también como amenaza para que los países no intenten renegociar sus deudas. Otro mecanismo de presión sobre los países endeudados, continúa esta investigadora de la PACD, son las agencias de rating, un oligopolio de tres empresas estadounidenses —Standars&Poor’s, Moody’s y Fitch— que deciden la calificación de riesgo de los países y, con ella, la posibilidad de encontrar financiación o el tipo de interés que tendrán que pagar a los acreedores. Fresnillo habla de una línea directa entre estos fondos y bancos de inversión con las agencias de rating: “Los fondos de inversión se aprovechan de una connivencia con las agencias de rating para amenazar con una subida de la prima de riesgo a los países que quieren renegociar o cambiar los periodos de pagos o los intereses”. Razones para sospechar de esa complicidad entre las calificadoras de riesgo y los fondos de inversión no faltan: BlackRock, Vanguard y State Street copan el 17,2% de las acciones de Moody’s. Gran parte del resto está en manos de otros fondos de inversión. 

El control de la deuda es otra de las armas de estos megafondos. Les permiten hablar de tú a tú a los gobiernos. Cuenta Investigate Europe que cuando el presidente de BlackRock, Larry Flink, viajaba a Europa en su avión privado solicitó una reunión con Angela Merkel con un margen de cinco horas. En esa ocasión no pudo ser. Veremos que pasa en la siguiente ocasión.

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