Inmigrantes: el buen esclavo y el esclavo rebelde

Los inmigrantes más sufridos en Estados Unidos, los indocumentados.

En la Edad Media y en el Renacimiento europeo, el título de hidalgo pudo haber significado “hijo de algo” o “fiel a su amo”. Aunque su etimología es discutida, lo que está claro es que se trataba de un aspirante a noble, un aristócrata de segunda. Un noble hacía cosas nobles por herencia, mientras el vulgo era vulgar y los villeros eran villanos por naturaleza. Eran los hijos de nadie. Eran los peones sin rostro del ajedrez, sin corona, sin bonete, sin caballos y sin torres donde refugiarse. Eran los primeros en ir a morir en las guerras de los nobles, los primeros en defender al rey y a la reina, aunque nunca subían al castillo y menos entraban a palacio. En grupos de a mil, formaban las militias. Eran números. Como en las guerras modernas, iban a matar y a morir, con fanatismo, defendiendo una causa noble, en el doble sentido de la palabra. Dios, la patria, la libertad. Causas nobles que ocultaban los intereses de los nobles. 

Poco o nada ha cambiado desde entonces. Los soldados estadounidenses que vuelven de las guerras de sus nobles, bajan en el aeropuerto de Atlanta y son aplaudidos por los vasallos que luego los abandonarán a la locura de sus memorias. Los recuerdos y hasta los olvidos los persiguirán como el diablo. Muchos terminarán en la mendicidad, en las drogas o en el suicidio. Cuando ya no importen, serán honrados en tumbas sin nombres o les llevarán flores a un peón caído, tan abstracto como en el ajedrez, llamado Tumba del Soldado Desconocido. Sobre todo, si hay cámaras de televisión cerca. 

Por no hablar de las cifras mil veces mayores de los civiles muertos del otro lado, que ni siquiera son números claros sino estimaciones. Aproximaciones que nunca alcanzan la indignación de los grandes medios ni la conciencia confortable de los ciudadanos del Primer Mundo, porque los suprimidos pertenecen a razas inferiores, son categorías subhumanas que nos quieren atacar o amenazan con quitarnos nuestro way of life dejando de ser esclavos. Los ataques de los poderosos nobles son tan preventivos que suelen eliminar cincuenta niños en un solo bombardeo sin que provoque discursos ni marchas indignadas con lideres mundiales al frente. Ni siquiera un tímido 6 de enero a favor de la paz y de la justicia ajena.

Los peones y los vasallos medievales no tenían rostros ni tenían apellidos porque no tenían nada que dejarle a sus hijos como herencia. Apenas tenían un nombre y la referencia de dónde habían nacido o a qué se dedicaban, cuando trabajar era signo de vergüenza y, como ahora, signo no necesidad. Para decir que alguien no se puede dar el lujo de un descanso prolongado se dice que es un trabajador. Ser hijo de una familia de obreros es un eufemismo de ser pobre. No es tan grave, porque, como las razas inferiores, los pobres no tienen sentimientos. 

“Los pobres sienten también sus penas,” dice una empleada en La casa de Bernarda Alba, y Bernarda, la pobre aristocrática, responde: “Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos”. 

El dolor de quien no está cerca del poder no importa, como no importan cincuenta niños suprimidos por una bomba en un país lejano. Como no importan cincuenta niños enjaulados en un recinto de inmigración. Como no importan los indocumentados pobres y de piel oscura, porque también son criminales que han violado Nuestras leyes trabajando para nosotros como esclavos y robando un salario que ningún esclavo se merece.

En la Antigüedad, los esclavos por deudas se conocían como “adictos”. Eran aquellos que decían, que hablaban en nombre de sus amos. Estaban atados a una servidumbre. Cuando siglos más tarde el invento de la esclavitud hereditaria y basada en el color de piel fue ilegalizado en el siglo XIX, la esclavitud volvió a ser cuestión de adictos. Ahora son pobres atados a una servidumbre por la necesidad de su pobreza, casi siempre hereditaria, como los pobres europeos que antes se vendían a sí mismos por cinco o por diez años como esclavos en Norteamérica. 

Pero los indentured laborers (“trabajadores sin salario”) de hoy no son sólo inmigrantes que deben venderse al bajo precio de la necesidad; también son aquellos que, sin hambre y sin una madre enferma del otro lado de la frontera, deciden vender su palabra a cambio de confort físico y moral. Como los esclavos en la antigua Roma, son “adictos”, no a una substancia sino a los valores, a la moral y a las ideas de sus amos, los millonarios a los cuales debemos agradecer la paz, el orden y el progreso, como en el siglo XIX los negros esclavos debían agradecerles a los esclavistas por la sombra de los árboles, por la lluvia y por la pócima que comían dos veces al día. Como en el siglo XIX, los esclavistas se expandieron con un fusil en una mano, con el discurso de la lucha por la libertad en la otra y con sus adictos detrás.

Como en su momento lo denunciaron el peruano González Prada y el estadounidense Malcolm X, estos adictos (“el buen indio”, “el negro bueno”) son los peores enemigos de la justicia y la liberación de sus propios hermanos. La lengua, que conserva una infinita memoria escondida, también sabe que la palabra lacayo era el nombre de los escuderos alcahuetes de sus amos, codiciosos mercenarios que caminaban detrás de sus amos como los peces remora viajan pegados a los tiburones.

Pero también están aquellos que no han vendido su libertad al precio de la necesidad y se resisten a inocularse el mito de “El país de la libertad” a donde “llegaron de forma voluntaria” y pueden irse, también “de forma voluntaria”, allanando el camino de las remoras y de los adictos. Son aquellos inmigrantes ilegales que ocupan los estamentos más bajo de las sociedades más ricas. Aquellos que deben vender sus cuerpos, pero no venden sus conciencias. 

Muchas veces me han preguntado si no tengo miedo de escribir contra las mafias imperiales desde las entrañas de la bestia, como decía José Martí. Cierto, no es fácil y mucho más ganaría adulando al poder y acomodando mis ideas a mis intereses personales. Pero hay cosas que no las compran ni todos los miles de millones de los nobles modernos. Ahora, si hablamos de coraje, el primer premio se lo llevan los inmigrantes indocumentados. Sobre todo, inmigrantes como Ilka Oliva-Corado. Empleada doméstica, talentosa pintora y escritora, valiente como un barquito de papel en la tempestad, mujer, guatemalteca, negra orgullosa y sin ataduras en la lengua. Una representante digna de los inmigrantes más sufridos en Estados Unidos, expulsados de sus países de origen, despreciados, explotados y deshumanizados por las sociedades que los usan y por las sociedades que los expulsan para luego recibir sus remesas.

 Por Jorge Majfud | 22/01/2022  

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Miércoles, 12 Enero 2022 05:31

Contra la meritocracia

Contra la meritocracia

Convertida durante los últimos años en un asunto de disputa ideológica, la meritocracia ha sido esgrimida como el antídoto contra la corrupción y la intervención estatal desmesurada. En La tiranía del mérito, recientemente publicado en español, el filósofo político Michael Sandel desnuda las trampas del discurso meritocrático y sus efectos negativos sobre las sociedades.

Contra el nepotismo y la venalidad, pero también contra la multiforme omnipresencia de la corrupción, el mérito parece un concepto neutral. Su criterio, ahora extendido, es elegido como parámetro de distribución de premios, reconocimientos y honores. Las historias de superación, los logros deportivos y académicos excepcionales, así como diferentes tipos de proezas individuales, concitan atención y, en ocasiones, conmueven a las sociedades. No hay adversidad ni constreñimiento que pueda subyugar la voluntad: allí radica la esperanza del mérito.

Esta narrativa se encuentra en el centro de la crítica que Michael Sandel le propina a lo que denomina «la tiranía del mérito». Eslabón principal del «sueño americano», el mérito se ha convertido en un valor transversal para nuestras sociedades, a la vez que en un criterio difícil de impugnar. Su relato, corporizado en palabras y expresiones, tiende a ser expresado en términos individuales: «me lo merezco» o «me lo gané» son las formulaciones clásicas que cristalizan ese sentido común. Pero entre muchos mensajes encubiertos, el mérito parte de una serie de premisas que, tomadas de forma aislada, parecen inocuas, pero cuya combinación dan un resultado que a Sandel le preocupa: la valoración positiva de la meritocracia, la competencia y el exitismo, el individualismo radical y el voluntarismo y, finalmente, el daño profundo a la solidaridad comunitaria.

¿Quién le teme a la meritocracia?

Convertida durante los últimos años en un asunto de disputa ideológica, la meritocracia ha sido esgrimida por parte de las derechas latinoamericanas como el antídoto contra la corrupción y la intervención estatal desmesurada. La idea de mérito, atada a la de progreso, evidenciaría la existencia de individuos sobresalientes y capaces que, sin la intervención del Estado (o incluso contra ella), conseguirían mejoras y allanarían el camino a la prosperidad. Bajo esta concepción, el emprendedorismo y el esfuerzo individual primarían sobre una esfera pública degradada, que llevaría a los individuos a hacer menos y no más.

Esta forma de lectura del mérito, como bien explica Sandel en La tiranía del mérito (Debate, 2021), no pertenece solo a las derechas. Con matices y variantes, diversos actores políticos han puesto al mérito como un criterio loable y pasible de ser defendido. El culto a la igualdad de oportunidades (criticada recientemente por otros autores como Ángel Puyol o César Rendueles) y la defensa a ultranza de la educación como mecanismo de prosperidad social, se han vuelto moneda corriente. Estas posiciones han planteado supuestos que colocan al mérito en un lugar de primacía que, como afirma Sandel, puede devenir tiránico.

En su diatriba, Sandel recuerda al laborista británico Michael Young y su célebre libro El triunfo de la meritocracia, quien acuñó el término en cuestión en 1958 y lo connotó de forma peyorativa. Al mismo tiempo, el autor recupera el malestar que manifestó un ya anciano Young frente al uso y la deriva del concepto en manos de, entre otros, el Nuevo Laborismo de Tony Blair y Gordon Brown, anonadado ante la valoración positiva que había adquirido el concepto en manos de sus compañeros de filas. El mérito puede parecer un criterio más justo y transparente para ordenar nuestra sociedad, pero no es por ello menos inequitativo y elitista. La defensa del mérito aspira a la movilidad y el ascenso, a que las condiciones de origen no determinen las alternativas a seguir ni los puntos de llegada, pero esto ha demostrado resultados magros. Las aristocracias venales fueron sucedidas por oligarquías de otro tipo, mientras que las desigualdades, a pesar de los esfuerzos y algunos logros, parecen reproducirse y potenciarse unas a otras.

Que el mérito no tape el bosque

En su trabajo, Michael Sandel no se conforma con criticar las características de las «meritocracias realmente existentes» —a las que considera fallidas en su afán de equiparar las condiciones de partida y el acceso a oportunidades semejantes—, sino que apunta a la idea misma de mérito como problema. Según Sandel, uno de los inconvenientes fundamentales de la defensa del mérito estriba en la posibilidad de identificarlo y aislarlo como un factor autónomo. En definitiva, los apologistas de las pretendidas meritocracias actuales tienden a llamar «mérito» a cualquier cosa. Las versiones más vulgares y más extendidas han montado una operación, por cierto muy eficaz, que homologa el mérito con el éxito. La ventaja de esta asociación es que su circularidad sobre el éxito (en cualquiera de sus versiones) funciona como evidencia empírica del mérito y, por tanto, el éxito presupone el mérito. Esto lleva a un estiramiento conceptual particularmente grosero y a unas derivas curiosas: en algunos casos el mérito se vuelve un bien hereditario e intergeneracional, en otros el mérito desconoce circunstancias fortuitas, accidentes u oportunismos. Quien se encuentra en la cima de la pirámide social han hecho las cosas bien, pero quienes se encuentran en el más profundo de los subsuelos son también responsables de su situación. Entre el voluntarismo y el exitismo, la meritocracia parece cualquier cosa menos justa.

Desde el punto de vista teórico, lo más problemático es distinguir el mérito de otras circunstancias o condiciones que forjan o propician el mentado éxito. Todas las vertientes que pregonan la igualdad de oportunidades parten del supuesto ingenuo de que pueden delimitarlo de manera más o menos sencilla. Sin embargo, es notorio que en las sociedades contemporáneas muchas circunstancias producen desigualdades sobre las que los individuos no tienen gobierno o, al menos, forjan relaciones asimétricas de dominación o discriminación que establecen límites y restricciones al desarrollo de las capacidades de cada uno. De algún tiempo a esta parte, no sin resistencias, algunas de estas han sido beneficiarias de cierta discriminación positiva o políticas restitutivas, mientras que otras son soslayadas o directamente desconocidas. Por un lado, la desigualdad económica, por el tufillo socializante que puede conllevar las iniciativas para reducirlas, es tratada con mucho recaudo por algunos defensores de la meritocracia. Por el otro, el talento natural, cuestión muy difícil de mensurar pero reconocible, se intenta licuar dentro de una definición amplia de mérito o, al menos, mitigar la responsabilidad de las consecuencias de este bien desigual para quienes lo detentan («Messi no tiene la culpa de jugar bien al fútbol»).

En su desarrollo argumentativo contra el mérito y la meritocracia, Sandel apunta a dos gigantes del pensamiento político contemporáneo para terminar de cerrar su posición: un liberal progresista, John Rawls, y el economista austriaco Friedrich Von Hayek. Tras describir sus posiciones particulares y la defensa que cada uno de ellos hace en favor de ciertas desigualdades, Sandel encuentra que ambos autores se cuidan bien de no quedar apresados de una noción tan poco consistente como la del mérito. Ni el mercado autorregulado ordena ganadores y perdedores en base a este criterio, ni tampoco hay manera de ordenar la inconmensurabilidad del mérito sin atentar contra el pluralismo y la libertad en nuestras sociedades. A pesar de eso, critica Sandel: «Aunque el liberalismo de libre mercado y el igualitario rechazan ambos el mérito como principio fundamental de la justicia, comparten en última instancia una inclinación meritocrática».

¿Triunfadores a qué costo? ¿Derrotados por su culpa? 

Como buen comunitarista, la principal preocupación de Sandel es más moral que política. La meritocracia erosiona los lazos que unen a la comunidad, no solo profundizando y legitimando las desigualdades con argumentos inconsistentes, sino también estableciendo parámetros destructivos para la mayor parte de los individuos, los exitosos y los derrotados.  

El ideal meritocrático se traduce en un ordenamiento jerárquico que reproduce las desigualdades que promete mitigar. Entre los ganadores, esto impacta en prácticas que corroen de forma directa el ideal y animan valores particularmente nocivos para la vida en sociedad. La suposición del merecimiento, incluso sobre sustentos cuestionables, alimenta la soberbia y el desprecio contra aquellos que por diferentes motivos no lo lograron. Más todavía, la pirámide del mérito es tan empinada y tan elitista que las diferencias entre escalón y escalón pueden ser lapidarias. Entre los que triunfan, la competencia feroz coadyuva, cuando no produce, una miríada de malestares psicológicos, desde la ansiedad hasta la depresión, que cunde en nuestro mundo. La desmesura de las expectativas y la desproporción de las exigencias castigan incluso a los ganadores de este juego.

Para los derrotados, el panorama es incluso peor. La épica del voluntarismo y el discurso de la igualdad de oportunidades abre ventanas de esperanzas de forma constantes: «si usted quiere, usted puede». Pero las cifras son contundentes: ni los que quieren, pueden. La apelación constante al ejemplarismo y el cherrypicking que intenta brindarnos la historia épica como reflejo en el cual mirarnos: el jugador afrodescendiente de orígenes humildes que triunfa en el deporte o la mujer que llega a la primera magistratura de su país en una política dominada por varones. Pero por cada Michael Jordan o Angela Merkel, ¿cuántos han quedado en el camino? ¿cuántos han sucumbido sin siquiera probar un bocado de las mieles del éxito? Si no lo hicieron, nos dicen los defensores de la meritocracia, es porque no lo desearon lo suficiente. La tiranía del mérito genera el self-made man, pero también produce culpables en una cantidad infinitamente mayor.

El conjunto sueco ABBA cantaba: The winner takes it all/ The loser has to fall/ It's simple and it's plain/ Why should I complain? [El ganador se lo lleva todo/ el perdedor tiene que caer/ es simple y claro/ ¿por qué debería quejarme?]. Esta canción de tópico amoroso, recuperada hace algunos años en una escena de la serie Better Call Saul, sintetiza de manera cruel el razonamiento detrás del discurso de la meritocracia: no hay de qué quejarse, las cosas son así por algo. El mérito funda una justificación de la desigualdad y, al mismo tiempo, una esperanza que, a la luz de los hechos, se delata como falsa. En tal sentido, Sandel se anima a desafiar algunos consensos y, en afán provocativo, señala que en las sociedades de castas al menos los perdedores no eran seducidos con falsas promesas y, más importante aún, no eran responsabilizados de su situación de inferioridad. Otro tanto ocurre con un razonamiento de tipo providencial, siempre y cuando no se le incorpore, como ocurrió en la deriva protestante que analizó de forma magistral Max Weber, una ética individual forjada en base al sacrificio y el éxito económico. La tiranía del mérito no solo alimenta desigualdades semejantes, en su profundidad y rigidez, sino que alienta conductas que demuelen las bases solidarias de la comunidad, ya sea como cooperación o caridad.  

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Viernes, 17 Diciembre 2021 08:05

Los 40 ladrones

Los 40 ladrones

Nombrar es una forma de investir legitimidad; de hacer tangible lo que hasta ese momento no tenía la denominación adecuada o quedaba nublado por haber sido mencionado de tal modo que disimulaba una realidad. El acierto o el desvarío en nombrar o conceptualizar puede tener consecuencias que alienten o neutralicen la comprensión y la acción colectivas.

Es preferible nombrar de modo claro y entendible, sin demasiadas vueltas que opaquen la realidad que se desea exponer. Pero sobre todo, es necesario colocar aquellos nombres que surjan de los pueblos en movimiento, de quienes son sujetos de la vida y, por tanto, de las resistencias. Por ejemplo, no es lo mismo decir acumulación por desposesión, concepto académico enteramente válido, que aludir a una “cuarta guerra mundial” contra los pueblos.

En el segundo caso, se hacen evidentes agresores y agredidos, lo que supone una enorme ventaja desde el punto de vista de la lucha por la emancipación.

Decir burguesía para referirse a la clase dominante y explotadora, supone mirar el pasado. En rigor, lo que hoy existe es bien diferente a aquel concepto acuñado siglos atrás que, sin embargo, seguimos utilizando porque la inercia es una fuerza poderosa. En el pensamiento crítico, la burguesía está asociada a un periodo del capitalismo afincado en la acumulación por reproducción ampliada del capital, según analizó Marx.

Se trata de una forma de acumulación que tuvo su eje en la industria, por la cual el burgués utilizaba su capital inicial para invertirlo en la compra de edificios, maquinarias y materias primas, y para contratar trabajadores a los que extraía plusvalía al hacerlos trabajar más tiempo del necesario para reproducir sus condiciones de vida. Así, al final del proceso, el burgués multiplicaba su capital inicial.

El concepto de burguesía ha ganado un lugar importante en las ciencias sociales establecidas y sigue siendo habitual en el pensamiento crítico de las varias tendencias que lo integran. En estos tiempos de violencia contra los pueblos y las mujeres en particular, contra la tierra y la vida en el planeta, suena lejano, frío y algo aséptico.

Prefiero utilizar el concepto de Abdullah Öcalan, quien define a la clase en el poder como “los 40 ladrones”, término que empata con el de Fernand Braudel, que define el capitalismo como “el visitante nocturno”, el ave de rapiña dispuesta a identificar el momento oportuno para llevarse a su presa.

Öcalan dice que el capitalismo se afirma en el poder militar y político para usurpar los “valores sociales”, entre los que destaca “la mujer-madre por el hombre-fuerte”, por “el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan” (https://bit.ly/3m96Sfn). Aquí no hay “inversión” de capital, sino especulación o robo.

Este modo de nombrar apela a los saberes populares, pero que no hace concesiones a la rigurosidad, describe de forma acertada lo que viene sucediendo en estos tiempos. Una ventaja adicional, es que se trata de miradas desde abajo, desde el lugar de quienes sufren el modelo de despojo y genocidio. Podrá decirse que no son conceptos “científicos”, ni validados por la academia. No es nuestro problema, ni entra en nuestros objetivos.

Uno recorre el continente, México en particular, y encuentra una cadena interminable de violencias y despojos que no caben en el concepto de acumulación que manejaba Marx cuando se refería a la plusvalía, ni al de la burguesía que necesitaba obreros para explotarlos y, luego, para convertirlos en consumidores de las mercancías producidas. Aquel burgués, por repugnante que fuera, necesitaba a sus trabajadores, mientras los 40 ladrones los saquean y asesinan para quedarse con sus medios de vida. Despojar y explotar son cosas diferentes.

Miles de campesinos de la región Choluteca (Puebla) vieron cómo se les secaban sus manantiales, al punto que sus cultivos peligraron, porque la multinacional Bonafont extraía 1.6 millones de litros diarios de agua de un solo pozo. La vida en El Salto (Jalisco) es un verdadero horror, en medio de la brutal contaminación del río Santiago por los desechos de cientos de industrias y de la ciudad de Guadalajara. En otros tiempos, el capital trataba las aguas que desechaba, pero ahora se limita a atropellar y desechar, poniendo en jaque la vida de millones.

Por décadas se enfrentó a la burguesía con paros, huelgas y manifestaciones que buscaban negociar las condiciones de trabajo, en particular el salario. Para ello el sindicalismo fue una herramienta adecuada, aunque muchas luchas partieron de las bases sindicales que sobrepasaban a sus direcciones.

Para enfrentar a los 40 ladrones esas herramientas no resultan útiles. Más que culpar a los malos dirigentes sindicales, que abundan y juegan un papel negativo, debemos comprender los cambios. Las razones por las cuales los pueblos originarios están en la primera línea en la defensa de la vida y la naturaleza, y en la creación de mundos nuevos.

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Empresarios, centrales obreras y Gobierno nacional acuerdan que el salario mínimo sea de un millón de pesos

Ahora falta definir el aumento del auxilio de transporte y otras peticiones que están sobre la mesa

En la noche de este lunes 13 de diciembre, el ministro de Trabajo, Ángel Custodio Cabrera, anunció que los trabajadores, el Gobierno nacional y los empresarios llegaron a un acuerdo sobre el salario mínimo, el cual quedará para 2022 en un millón de pesos.

Por su parte, el presidente Iván Duque celebró la decisión de incrementar el salario hasta el millón de pesos y en su cuenta de Twitter destacó que se trató de “una victoria de país para reconocer la fuerza motora de los trabajadores”.

 “Celebramos el respaldo y acompañamiento que nos expresaron los gremios y empresarios para avanzar, entre todos, en la propuesta de tener un salario mínimo de $1 millón, como propósito colectivo. Es una victoria de país para reconocer la fuerza motora de los trabajadores.”.

A pesar del acuerdo, las centrales obreras continúan la discusión sobre otros puntos como el incremento a la mesada pensional. Los sindicatos piden que se debe hacer con el porcentaje del mínimo y no con el IPC, o por el contrario, regular los precios de los bienes que tienen esa opción.

“Se inicia una discusión con el auxilio de transporte que hoy está en $108.000 y la propuesta de ellos es que se suba a $125.000″, dijo el ministro de Trabajo.

”En años anteriores el Gobierno decretó un aumento del salario mínimo pero inmediatamente después decretó un incremento de los combustibles, servicios públicos y peajes, muy por encima de la inflación y con eso se llevó a detalle el alza salarial”, aseveró Francisco Maltés, presidente de la CUT a El Tiempo.

Rosmery Quintero, presidenta de Acopi, se refirió al auxilio de transporte y pidió que se estipule un porcentaje inferior al incremento propuesto para el salario mínimo.

Considerando la vulnerabilidad y las limitaciones financieras de un gran porcentaje de Mipymes, se hace necesario para responder este nuevo compromiso económico extender los instrumentos que han permitido sostener y recuperar el empleo, como lo es el Paef y subsidios para el empleo de jóvenes y mujeres

No todos están contestos con el aumento

Luis Fernando Mejía, director de Fedesarrollo, sostuvo que un aumento tan alto pone en riesgo la recuperación del empleo formal, sobre todo en los sectores que más se han visto afectados por el covid-19 y que no han vuelto a los niveles en los que estaban antes de la llegada del virus.

Un aumento del salario mínimo muy por encima del 7,5 % pondrá en riesgo la recuperación del empleo formal, especialmente en aquellos sectores económicos que aún no han retornado a sus niveles prepandemia, como el de la construcción, y en aquellos municipios de ingresos bajos y medios, especialmente los rurales, en donde la incidencia de la informalidad laboral supera ampliamente la ya excesiva tasa del 63 % en el total nacional.

El aumento real más alto hasta el momento

De acuerdo con Portafolio, el aumento del salario mínimo en 2022 será el más alto en la última década del país, siempre y cuando el IPC del año sea de cerca del 5,3 %, como lo estima la proyección del Banco de la República.

Así las cosas, el incremento del 10,07 % representaría un alza real de 4,7 %. En términos reales, el poder adquisitivo de los colombianos llegará hasta el 4,7 %.

En los últimos años los mayores incrementos han sido en 2019, 2014, y 2020

13 de Diciembre de 2021

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Sábado, 11 Diciembre 2021 05:44

La lógica de los combos políticos

Elon Musk, Jeff Bezos y Warren Buffett.

(Los nombres y otros datos han sido cambiados por razones legales)

José vende tacos mexicanos y choripanes argentinos en un carrito de la Ocho Street y la Azúcar Avenue de Miami. Tiene dos empleados. Guadalupe, la cocinera desde las ocho de la mañana a las siete de la tarde, y Ronald, el flaquito de Caracas que reparte cuando a José le cae un pedido en su UberFood. Al principio se llevaba bien con los dos, hasta que se empezó a calentar cada vez que de noche leía en Facebook los post de Guadalupe y de Ronald. Lo único que comparten los tres es que ninguno va a la iglesia los domingos, pero Guadalupe y Ronald le habían salido zurdos, cosa que no parecía cuando estaban buscando trabajo. Una de Monterrey y el otro exiliado del régimen chavista no parecían casos de cuidado. Pero por algún misterio eran “antimperialistas, no antiamericanos”, como decía el estúpido de Ernesto, y nada más jodido que una patada en los testículos o que los amigos sean tan idiotas, políticamente hablando. Hasta alguna vez sintió la tentación de condimentar el choripán de Ernesto con unas gotas de laxante, cosa que, sabía, no lo iba a matar, pero lo iba a joder un rato como premio merecido a su jodida retórica que ya había contaminado hasta a sus empleados.

Ernesto volvía de su puestito en la universidad y pasaba por los comercios del barrio, como para darse un baño de pueblo antes de volver a su apartamento lleno de libros y de exámenes inútiles, sobre todo a esta altura de diciembre.

José no sabía si Ernesto era un cliente o un enemigo. Al menos esa era su disyuntiva cada viernes que lo veía aparecer con sus lentes de miope y, sin decir palabra, lo obligaba a apagar el celular. Ernesto aparecía y se ponía a hablar con Ronald. Aparentemente intercambiaban bromas con el muchacho ("che" para aquí, "pana" para allá), pero José sabía que Ernesto estaba allí para molestar. Es el destino de algunos individuos que nadie sabe por qué o para qué nacieron. Él, José, le daba trabajo a la cocinera y al delivery guy, Ronald, y ellos ni siquiera alcanzaban a entender cómo funcionaban las cosas.

El viernes pasado vino Ernesto con su carterita marrón llena de papelitos, esa mierda de sus estudiantes que tienen padres que les pagan miles de dólares para que se gradúen de algo mientras trabajan medio o un cuarto de tiempo y luego te refriegan su titulito de Bachiller of Science, Master of Arts, Doctor of Philosophy y toda esa mierda inútil que nadie sabe para qué sirve.

--Yo tampoco entiendo, don José --me dijo la semana pasada, mientras recibía mi comida--, por qué usted defiende tanto a Jeff Bezos.

--Nada personal --le dije--. Igual defiendo a Elon Musk, a Warren Buffett...

--Los creadores de empleo...

--¡Yep! ¿Quiénes más, si no, crean empleos?

--Crean empleos y crean la riqueza de este mundo --dijo, con su habitual sarcasmo--. Los Padres del Progreso de la Humanidad. No lo digo con sarcasmo, sino con mayúsculas, tipo titular del New York Times.

--Tú lo has dicho, amigo. Es lo que hacen todos los empresarios. Salvando las distancias, es lo que hago yo mismo. Si no fuese por este humilde negocio, dos trabajadores estarían mendigando en una esquina de esta misma Calle Ocho.

Y él, muy maldito, me descargó todo eso que debe aprender de sus libros arrugados o que se le ocurre a él mismo con su arrugado cerebro:

--Por alguna misteriosa razón, pequeños y heroicos empresarios como usted, don José, se consideren miembros del mismo gremio que Jeff Bezos, Elon Musk y Warren Buffett...

--Pues, será que algo tenemos en común...

--Sí, todo menos cien billones de dólares y el poder de aplastar a otros pequeños empresarios como usted. No sé, pero tal vez algún día usted se dé cuenta de que tiene más en común con Guadalupe y con el chico... (¿cómo se llama? Ronald, sí, Ronald) que con los amorosos de Jeff, Elon y Warren. Se me hace que usted no podría seguir trabajando sin las Guadalupes, sin los Ronalds, pero seguramente podría seguir, y tal vez sin sufrir tanto, si no existieran ni los Jeff, ni los Elon, ni los Warren. Pero mire que no lo culpo de ese error que no es sólo político, sino existencial. ¿Vio que lo político siempre tiene mala fama? Los dueños del mundo siempre han sabido usar los Combos políticos. Por ejemplo, si usted es un tipo religioso, digamos católico, protestante, pentecostal o alavadió, va a apoyar toda la agenda del partido conservador, es decir, terminará apoyando, con heroico fanatismo, no sólo la prohibición del aborto sino el derecho a portar un rifle M16 en la Ocho (en nombre de la Libertad, obvio), la rebaja de los impuestos a los millonarios y la libertad de los grandes capitales que, según la teología, sería la que garantiza la libertad de los mendicantes. Lo mismo pasa en aquellos países del sur, del extremo sur. Alguien dividió la cancha entre ciudad y campo, entre civilización y barbarie, y cada uno tomó partido. Boca y River, Pañarol y Nacional, Flamengo y Corinthians, Colo Colo y Universidad, Michigan y Alabama... Así, por ejemplo, los peones del campo, aquellos que se levantan a las cinco con un mate y se acuestan a las siete sin un Martini Rossi, tomaron partido en favor de los hacendados, todo para combatir a los malditos habitantes de la ciudad que, dicen, les chupan la sangre. ¡Viva el Partido Patritico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata de la Lora! ¿Pero qué pelotudos, ¿no? Y los poderosos hacendados, los estancieros dueños de miles de hectáreas, los representanes del pueblo, se visten de gauchos en Brasil, en Argentina y en Uruguay, de huazos en Chile, y de indios pongo en Perú o en Bolivia, y les hacen creer a los pobres sin dientes que ellos son parte del mismo partido. ¡Viva el Partido Patriótico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata de la Lora! Hablaban más o menos igual, visten más o menos igual, sobre todo en las fiestas nacionales, y, como en la época de la esclavitud cuando los negros esclavos defendían a sus amos, los esclavos asalariados defienden a sus patrones y se pelean en las fiestas y en las elecciones por la divisa del caudillo, por el color del amo, por la familia y la tradición del gaucho. Otro combo perfecto. ¿No me diga que no se acuerda de aquello de “¡Viva el dotor Whiskygratis!”, el candidato de la CIA?) Nada ha cambiado mucho, ¿no le parece? Quienes están en el poder saben cómo hacerlo. De otra forma no estarían en el poder, ¿no? No digo en la presidencia de este o de otro país, porque eso no es estar realmente en el poder.

--No sé --le dije, como para terminar--. De todas formas, el cliente siempre tiene razón. Aquí tiene su choripán. Es una especialidad de la casa... O del carrito, como quiera llamarlo. Choriarepa, le llamo. Es choripán argentino cruzado con arepas venezolanas, con unas gotitas de agave mexicano. Todos condimentos disidentes, como le gusta a uested...

Al final, me decidí por el laxante en lugar del ágave. Peor son los otros que, dicen, usan radiaciones cancerígenas o frecuencias que no dejan dormir.

 

Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Su último libro es La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina.

11 de diciembre de 2021

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En la imagen un registro de archivo de trabajadores informales en Colombia. EFE/Miguel Gutiérrez

En Colombia, junto con Brasil, también fue donde más cayó el empleo durante la pandemia. En el país los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares no muestran signos de recuperación

 

Después de Haití, Colombia es el segundo país con mayor tasa de desempleo Latinoamérica y, junto con Brasil, la nación donde más cayó el empleo durante la pandemia. Así lo dejó en evidencia el informe “Una recuperación desigual: las secuelas de COVID-19 en América Latina y el Caribe”, difundido el 29 de noviembre por el Banco Mundial (BM) y el PNUD.

El reporte, basado en encuestas telefónicas ahonda en aspectos como el mercado laboral, la seguridad alimentaria, las brechas de género, salud y educación, además del acceso a los servicios bancarios y digitales. El país preocupa en más de uno de ellos.

A nivel región el informe evidencia que cerca de la mitad de los hogares no ha podido recuperar el nivel de ingresos habitual antes de la pandemia, más allá del apoyo de los gobiernos para solventar la crisis. También evidenció un aumento de la informalidad laboral y cómo naciones como Colombia están quedadas en cuanto a la recuperación en este ítem.

Mientras en Latinoamérica el empleó cayó en 11 puntos porcentuales desde la emergencia sanitaria, “Colombia y Brasil exhiben las brechas más grandes en comparación con los niveles pre pandémicos, con la relación empleo-población de cada uno 17 puntos porcentuales más baja”, se lee en el documento. Preocupa, además, el caso ecuatoriano, donde el empleo cayó en un 14 %. En el componente de mercados laborales, los países que más se recuperaron fueron: Dominica, México, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

El informe también muestra que:

“Después de Haití, un país afectado por más de una conmoción desde 2019, Colombia presenta la tasa más alta de pérdida de empleo, de 36 por ciento, con aproximadamente la mitad de los adultos en edad productiva habiendo abandonado la fuerza laboral”.

Las más afectadas en la región por la pérdida del empleo fueron las mujeres, con un 39 %, en comparación con los hombres, 18 %; quienes más padecieron, según los datos consolidados por el BM y el PNUD, fueron las madres de menores de cinco años.

A nivel de ingresos, el panorama de Colombia tampoco es muy alentador. En este país, al igual que en Bolivia, Paraguay, Ecuador, los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares aún no muestran signos de recuperación comparables a los niveles anteriores de la pandemia. La media, a nivel región, es del 50 %.

Respecto al acceso a servicios de salud, Haití, Ecuador y Colombia siguen “enfrentando limitaciones para brindar atención”, indica el documento. En el caso del vecino país, el 11 % de los hogares del país todavía no tiene acceso, aunque el panorama es más alentador si se tiene en cuenta que en 2020 llegó a ser del 50 %.

Otro aspecto en el que a Colombia no le está yendo bien es el acceso a servicios bancarios y digitales, en el que a nivel región los mayores obstáculos son los altos costos, los cortes de energía y la mala calidad de la conectividad para utilizar Internet. En el país, al igual que en Haití y en Perú, se comprobó la dificultad de acceso a la red por el elevado costo que ello implica.

30 de Noviembre de 2021

Publicado enEconomía
Integrantes de un colectivo feminista participan en una protesta en la Ciudad de México. 2 de noviembre de 2020Toya Sarno Jordan / Reuters

Informes de Naciones Unidas y la de CEPAL, en el marco del Día internacional contra la violencia de género, muestran que hubo más de 4.000 feminicidios en 2020 y que el hogar sigue siendo un lugar inseguro para ellas.

Los datos no son alentadores. La violencia machista sigue gozando de buena salud en América Latina y el Caribe, a pesar de que hoy hay más visibilidad del problema, presión de los colectivos feministas y mayor respuesta estatal, en comparación a los años anteriores.

El feminicidio, reconocido como la "forma más letal y extrema de la violencia de género", sigue afectando a más de 4.000 mujeres en la región, según los datos recopilados en 2020, aunque muestran una ligera disminución si se equiparan a las cifras registradas en 2019.

El más reciente informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), lanzado en el contexto del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, alerta sobre la necesidad de implementar políticas efectivas para erradicar los feminicidios y el resto de las violencias que padecen las mujeres y niñas, mientras que la ONU ya califica esta realidad como una "pandemia en la sombras". ¿Cuáles son los datos más alarmantes?

1. 4.091 feminicidios

De acuerdo al informe de la Cepal, en 2020 hubo un total de 4.091 feminicidios tipificados en 26 países de la región: 17 en América Latina y 9 en el Caribe. Sin embargo, el organismo destaca que uno de los problemas que tienen esos datos es que "no hay una metodología común para este delito".

Aunque hay una disminución de 10,6 % en la cifra de asesinatos de mujeres por razones de género, si se compara con 2019, cuando se produjeron 4.576 casos, los números demuestran que esa forma de violencia sigue afectando a miles de mujeres cada año. 

Honduras, con 4,7 casos por cada 100.000 mujeres, encabeza la lista de feminicidios en América Latina en 2020, seguido por República Dominicana (2,1) y El Salvador (2,1), aunque esas tres naciones reportaron una disminución de este delito con respecto al año anterior. Lo mismo ocurrió en Bolivia, Brasil, Colombia, Guatemala, Paraguay, Puerto Rico y Uruguay.

2. Mujeres entre 30 y 44 años: las principales víctimas

Los datos que maneja la Cepal revelan que las mujeres de entre 30 y 44 años conformaron el tramo de edad con mayores víctimas de feminicidio, al registrar 344 casos el año pasado.

Del mismo modo, las adolescentes y mujeres adultas jóvenes, entre los 15 y 29 años, integran el segundo rango etéreo con más víctimas, con 355 casos en 2020; mientras que al menos 40 niñas y menores de 15 fueron asesinadas por razones de género en ese mismo período.

3. 357 niños y niñas sin sus madres o cuidadoras

Además de la violencia letal contra las mujeres, el estudio de la Cepal también contempla a las otras víctimas de los feminicidios: los niños, adolescentes y otros dependientes que quedan sin el amparo de sus cuidadoras.

Según el conteo, al menos 357 niños, niñas y adolescentes padecieron las secuelas de esta violencia en estos países de América Latina: Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá, Paraguay y Uruguay.

4. 11 % de mujeres víctimas de violencia sexual

En América Latina y el Caribe, al menos 11 % de las mujeres y adolescentes mayores de 15 años han sido víctimas de violencia sexual al menos una vez en sus vidas, lo que representa el doble del promedio mundial, detalla la Organización Mundial de la Salud (OMS).

5. 1 de cada 2 mujeres, víctimas de violencia durante la pandemia

El más reciente informe de ONU Mujeres, titulado 'Midiendo la pandemia en la sombra: violencia contra las mujeres durante el covid-19', detesta que al menos una de cada dos mujeres "habían experimentado alguna forma de violencia desde el inicio de la pandemia".

El estudio, realizado con base en encuestas de 13 países, detalla que las mujeres que denunciaron ser víctimas de estas violencias tenían "1,3 veces más probabilidades de presentar un aumento del estrés mental y emocional que las mujeres que no lo hicieron".

6. 1 de cada 4 mujeres se siente menos segura en su hogar

Los datos que maneja ONU Mujeres también evidenciaron que al menos una de cada cuatro mujeres dijo sentirse "menos segura" en su propio hogar y que los conflictos dentro de su propia casa se incrementaron desde el inicio de la pandemia de coronavirus.

El maltrato físico (21 %) fue una de las razones más esgrimidas por las mujeres, mientras que otras comunicaron haber sido víctimas de daños por parte de otros miembros de la familia (21 %). Un 19 % reportó que otras mujeres en su hogar sufrían malos tratos. 

7. 40% de las mujeres se sienten más inseguras en la calle

Además de la inseguridad en su propio lugar de residencia, el temor a la violencia en las calles es una constante para las mujeres, ya que al menos 40 % de las encuestadas afirmó que se sentía menos segura al pasear solas por la noche.

"Cerca de tres de cada cinco mujeres también piensan que el acoso sexual en espacios públicos ha empeorado durante la covid-19", precisa ONU Mujeres.

En esa línea, la directora ejecutiva de ese organismo, Sima Bahous, ha destacado que la violencia contra las mujeres "es una crisis mundial existente" que se expande a la par de otras coyunturas y conflictos, y que contribuye a que "vivan con sensación de peligro, incluso en sus propios hogares, vecindarios o comunidades".

Esa situación, ya preocupante en sí misma, se agravó durante la crisis sanitaria del covid-19 debido a las medidas de confinamientos y aislamiento social que se implementaron, dando paso "a una segunda pandemia de violencia en la sombra contra mujeres y niñas, ya que a menudo se encontraban confinadas junto con sus maltratadores".

Publicado: 25 nov 2021

Publicado enInternacional
La revolución que hace que cuatro millones de trabajadores abandonen su puesto cada mes en EE UU

El alto número de bajas en la población activa altera el mercado laboral y provoca cuellos de botella en la contratación

 

Las entrevistas de salida son una tradición en EE UU, un género propio en la gestión de los recursos humanos. Las hacen las empresas a los trabajadores que se van voluntariamente, para saber qué fue mal y cuáles fueron los motivos que marchitaron las expectativas del empleado. A juzgar por la sangría de estadounidenses que dejan el mercado laboral desde que despegó la recuperación pospandémica, las conclusiones de esos interrogatorios resultan hoy más reveladoras que de costumbre. Un modo de entender por qué desde abril, cuando se registró el primer pico de salidas, en torno a cuatro millones de personas abandonan voluntariamente cada mes la población activa, ya que en muchos casos la baja no va acompañada, o al menos no inmediatamente, de búsqueda de empleo.

Uno de los factores que más se citan para explicarlo serían los ahorros acumulados gracias a la inyección de estímulos contra la pandemia del Gobierno federal, pero no es el único. El fenómeno es una madeja enmarañada, con hilos coyunturales y un meollo estructural. Los expertos lo han bautizado ―la movilidad existía, pero no a este ritmo― como la Gran Dimisión o la Gran Renuncia, con mayúsculas, no solo porque la letra capital se use para escribir los nombres en inglés, sino porque la tendencia está dinamitando la cultura del trabajo tradicional: el desempeño profesional como prioridad en la vida; la realización personal, proyectada solo en el oficio o la carrera. De ahí que algunos prefieran ampliar el foco y definir lo que sucede como la Gran Remodelación, una reformulación radical de la cultura del trabajo, o, incluso, como el Gran Agotamiento, porque muchas veces se trata de trabajadores quemados o pasados de vueltas por el sistema, con el acelerador de la pandemia.

Es el caso de Phyllis Curran O’Neill, de 67 años. “Trabajé desde julio de 2020 hasta septiembre de 2021 como recepcionista en un complejo de apartamentos para mayores en Nueva Jersey; a tiempo completo, por 12 dólares la hora. La compañía ofrecía seguro médico, seguro de vida y un plan limitado de pensiones, pero como tengo más de 65 años y me corresponde Medicare, prescindí del seguro médico. Medicare [cobertura pública para mayores] es mejor”, explica. En EE UU el seguro médico privado corre a cuenta de las empresas, de ahí que habitualmente contar con beneficios de ese tipo signifique cobrar menos sueldo neto, y a la inversa: más salario, menor protección.

El detonante de su salida fue el exceso de trabajo y, por ende, el estrés y el agotamiento emocional. “A medida que pasaban los meses, noté cómo aumentaban mis responsabilidades hasta el punto de que un día me vi tan sobrepasada que estallé y grité: ‘¡Quiero más dinero por hacer esto!’. Después del arrebato sentí que mi comportamiento había sido inaceptable y decidí que era hora de irme”, continúa. “De hecho, la dirección se ofreció a mantenerme en la reserva, pero me han llamado solo un día en los últimos dos meses para cubrir una baja”. Otra característica del sistema son las contadísimas bajas médicas de los empleados para no sufrir recortes en el sueldo.

Esta deserción masiva está ocasionando trastornos a los empresarios, que lidian con una creciente escasez de mano de obra, y comprometiendo la recuperación plena en sectores como el comercio o el transporte, hoy deficitarios funcionalmente: basta apreciar las colas interminables ante cajas cerradas en unos grandes almacenes, en hora punta. A finales de julio, había en EE UU 11 millones de puestos de trabajo vacantes. En septiembre los cesantes fueron más de 4,4 millones, una cifra ligeramente superior a la de agosto (4,3 millones), en una población de 331 millones de personas. Se trata del porcentaje más elevado de abandono desde que empezó a registrarse este tipo de absentismo laboral, hace dos décadas.

La escasez de mano de obra agrava el gripado del sistema a consecuencia del gran atasco global en las cadenas de producción y distribución. Casi un millón de los extrabajadores se desempeñaban en el sector del ocio y restauración, uno de los que se han recuperado a mayor velocidad. Otros 863.000 han salido de actividades relacionadas con el alojamiento y 706.000 ofrecían servicios profesionales. En total, a finales de septiembre había 10,4 millones de puestos de trabajo vacantes en el país, una cifra ligeramente inferior a la de agosto, pero aún extraordinariamente alta para los registros históricos. Es decir, aproximadamente 75 trabajadores desempleados por cada 100 vacantes, la proporción más baja de las últimas dos décadas.

Expertos y medios de comunicación hablan de una sacudida sísmica, de una reescritura del contrato social (ergo laboral) gracias a la cual el tradicional desequilibrio de fuerzas entre el empleador y el empleado se está nivelando paulatinamente a favor del segundo. El creciente empoderamiento del trabajador explicaría la movilización sindical que recorre el país, otro fenómeno que eclosionó con la pandemia. El trabajador se ve en posición de exigir, a veces por encima de la media. “Hemos rechazado a algunos que pedían 25 dólares por hora. ‘Por menos dinero me quedo en casa cobrando los cheques del Gobierno’, nos decían. No podemos pagar 25 dólares porque aún no hemos recuperado el volumen de negocio previo a la pandemia”, explicaba el jueves Davide, dueño de una trattoria en Manhattan.

La mayoría de los trabajadores que salen del mercado habían alcanzado un punto de no retorno: sus ocupaciones les imponían un peaje psicológico, y a veces incluso físico, que ya no parecen dispuestos a pagar. Peter Christophe Atwill, de 25 años, licenciado en Políticas y Económicas, ha dejado un trabajo con el que a priori soñaría cualquiera de sus coetáneos porque “no encajaba, no acababa de sentirme cómodo”. Hace dos semanas se fue de Bloomberg, donde fungía como gestor de una cuenta empresarial, “trabajaba con asesores fiscales y contables, ayudándoles en las declaraciones de impuestos a través de nuestras plataformas, para que puedan incrementar el valor de sus negocios gestionando mejor sus gastos”, explica por teléfono desde Washington. Pero no se encontraba a gusto y decidió emprender un nuevo rumbo profesional, “sabiendo que voy a ganar el 50% de lo que percibía en Bloomberg”.

Atwill quiere trabajar en servicios sociales, y en concreto en la acogida de inmigrantes, porque su familia llegó a este país como inmigrante. “Es algo que tengo muy presente, por eso creo que me llenará mucho más un trabajo al que le veo sentido, aunque cobre menos”, afirma. De momento va a tomarse un tiempo de respiro. “Soy optimista. Mis padres eran los más preocupados, mucho más que yo, pero han aceptado el cambio porque me ven feliz, y eso es lo único que les importa”, dice sobre su salto al vacío.

Según un reciente estudio publicado en Harvard Business Review, Atwill no pertenece al grupo de edad más representado en el fenómeno de la Gran Renuncia: los empleados entre 30 y 45 años, que han abandonado el mercado en más de un 20% entre 2020 y 2021. La movilidad entre los jóvenes, tradicionalmente alta, se ha reducido el último año por la incertidumbre económica, señala el informe. La suspensión a causa de la pandemia de cualquier expectativa de mejora o promoción en la franja de edad intermedia explicaría en parte esa mayor defección. Los sectores más afectados, según el estudio, son los más expuestos al burnout o agotamiento: el de la salud (3,6% de incremento) o el tecnológico (4,5%). Ambos experimentaron un alto nivel de demanda durante la pandemia.

Patricia Campos-Medina, directora del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, enumera algunos de los factores que explicarían el porqué de la sangría, entre ellos la insatisfacción. “Hemos vivido momentos de angustia económica y personal. Muchos evalúan los inconvenientes de regresar al trabajo sin garantías de protección y sin flexibilidad para cuidar de sus familias. Muchas mujeres deben ocuparse de sus hijos o sus mayores porque lo que ganarían trabajando fuera no bastaría para pagar a una persona, eso explica su salida del mercado. La Gran Renuncia existe entre los profesionales liberales, pero aún más entre las categorías peor pagadas; y ocurre de manera parecida entre los trabajadores sindicados, el 10% del total, y los que no lo están. Durante la pandemia hubo una reacción contra el abuso de las grandes corporaciones, que multiplicaron sus ingresos; muchos trabajadores vieron que estaban hipotecando sus vidas por salarios miserables. En parte ha sido una reacción a ese estado de cosas”.

El argumento de la pereza o la desincentivación por la inyección de estímulos del Gobierno ―cheques de 1.400 dólares, bonos extra por desempleo― no acaba de explicar, según la experta, el fenómeno. “Muchos decían que los beneficios públicos mantenían a la gente fuera del mercado laboral, pero los subsidios de desempleo por la pandemia expiraron en septiembre y la gente no está volviendo. Y no regresa porque los salarios no suben y porque no hay garantías de flexibilidad”.

Las reglas del juego que existían antes de la pandemia ya no valen. El sí a todo, o a cualquier oferta, ha dado paso, cuando menos, a las dudas. “Ha habido un cambio fundamental: existe una demanda de responsabilidad a las empresas (en protección, higiene o beneficios sociales) y también de políticas públicas que protejan al trabajador, eso ya se vio durante la pandemia”, concluye Campos-Medina, para quien la actual crisis hunde también sus raíces en la proliferación de empleos basura en los últimos veinte años, sobre todo “un incremento notorio de los contratos a tiempo parcial: con ellos las empresas se ahorran el pago de beneficios sociales como el seguro médico”.

La pandemia, pues, habría sido el catalizador de un nuevo tipo de trabajador, que apuesta por un mayor equilibrio entre la vida y el empleo y para el que la flexibilidad ―no solo la teóricamente inherente al teletrabajo para quienes puedan acogerse a esta modalidad― es un factor clave. “Aunque no utilizo el concepto Gran Agotamiento, refleja bien mi visión sobre lo que sucede. Creo que lo usaré en el futuro, o quizás la Gran Reevaluación”, explica por correo electrónico el sociólogo Mishal Khan, de la Universidad de Chicago. “Creo que el burnout [agotamiento] es una gran razón, pero hay otras. Veo este fenómeno como un referéndum colectivo sobre la crisis y los problemas del trabajo. La gente se ha hartado y busca alternativas a ser explotada, degradada o hacer ganar dinero a empresas que no dan lo suficiente a cambio. El acceso a los cuidados es otro gran problema, tanto el cuidado infantil como las formas asequibles de cuidar a los ancianos. Otras personas optan por iniciar sus propios negocios, incorporarse a la economía gig [trabajar por proyectos] o ven muy atractivo hacerse autónomos, ya que no tienen que trabajar para nadie. El hecho de que existan estas oportunidades puede haber dado a las personas la confianza para dejar sus trabajos”.

En la entrevista de salida de su último trabajo, a Irene San Segundo, periodista de 36 años de Nueva York, le costó encontrar motivos de queja que respaldaran su decisión. “Era el trabajo mejor pagado que he tenido, me trataban estupendamente…, no había una fuerza mayor, una enfermedad, nada. Pero el exceso de reuniones por Zoom durante la pandemia fue la razón que más me empujó a decidirme, porque llevaba una vida con el piloto automático: jornadas de 10 horas, siempre conectada…, la vida de la marmota. La covid aceleró la sensación del tiempo, es como si nos hubieran robado dos años. Ya me había planteado dejarlo antes de la pandemia, sin ahorros, pero la covid fue determinante para dar el paso”, explica, confiando en que el fenómeno de la Gran Renuncia “implique un cambio de prioridades”. “Por primera vez me he dado permiso para elegir, antes era solo tirar para adelante”. Como en otros muchos casos, las señales de alerta fueron evidentes: “No dormir, o tener que hacerlo con pastillas, ansiedad… incapacidad para desconectar o cogerme días libres porque sabía que el trabajo entonces no saldría, o reservar el domingo para sacar trabajo adelante”.

Un mes y medio después de dar el paso, tras hacer cuentas y con un colchón de ahorros, San Segundo se siente como si le hubiese “tocado la lotería”. Está mucho más implicada en un voluntariado con la tercera edad que antes realizaba a salto de mata; tiene una lista de actividades “de 9 a 5″ (el horario tradicional de oficina en EE UU), y ganas de escribir por placer, no por obligación. “Si me dieran a elegir tres deseos, tengo claro cuál sería el más valioso: el tiempo”. Un factor que tal vez figure en breve, con letras de molde, en el baremo de razones esgrimidas en las entrevistas de salida de cualquier trabajo.

Por María Antonia Sánchez-Vallejo

Nueva York - 20 nov 2021 - 21:48 COT

Publicado enEconomía
Martes, 16 Noviembre 2021 05:26

La (re)formación de la clase obrera

Ilustración: Nicolás Daniluk, Jacobinlat

´Cuando los especialistas en ciencias sociales se refieren al período 2019-2021, destacan tres signos de crisis sistémica profunda: en primer lugar, la incapacidad de la mayoría de los Estados para responder adecuadamente a la pandemia de COVID-19, ese gran revelador de las falencias sociales y gubernamentales. En segundo lugar, la aceptación de Estados Unidos del fracaso de la guerra en Afganistán, que dejó en claro que la «guerra contra el terrorismo» no logró revertir la pérdida de poder de Estados Unidos a nivel mundial. Por último, pero no menos importante, el tsunami de protestas sociales a nivel mundial, que empezó en 2010-2011 —como consecuencia de la crisis financiera de 2008— y no dejó de crecer hasta 2019.

Si ponemos la mirada en el futuro, está claro que cualquier estrategia obrera y socialista deberá tener en cuenta el terreno en el que se despliegan las luchas, es decir, la inestabilidad hegemónica de Estados Unidos en el marco de una crisis capitalista mundial sin parangón luego de los años 1930. Como sucedió durante la primera mitad del siglo veinte, la crisis actual del capitalismo global adopta la forma de una enorme crisis de legitimidad: la consigna «socialismo o barbarie» vuelve a plantearse con urgencia.

La creación, destrucción y reconstrucción de la clase obrera mundial

¿Qué pueden hacer las movilizaciones clasistas para frenar el deslizamiento del presente hacia la «barbarie»? Hasta hace algunos años, la respuesta de los teóricos de la globalización, de izquierda y de derecha, era unánime: «No mucho». La tesis de la «carrera hacia el abismo» plantea que la globalización creó barreras insuperables para la movilización de la clase obrera. Desde los años 1980, los partidarios de esta perspectiva escribieron innumerables obituarios para la clase y el movimiento obreros, centrados en el debilitamiento y la destrucción de las clases obreras existentes, sobre todo —y esto es significativo— las ocupadas en la producción industrial de los países centrales. Pero ignoraron las formas en que el capitalismo —por medio de transformaciones recurrentes de la organización productiva mundial— crea nuevas clases obreras con nuevas fuentes de poder, padecimientos y reivindicaciones.

Este enfoque alternativo pone el eje en la creación y reconstrucción de las clases obreras, que responden a su vez a los costados creativos y destructivos del proceso de acumulación de capital. En efecto, la ola mundial de movilizaciones de los años 2010-2011 estuvo marcada por las protestas de nuevas clases en proceso de formación y clases existentes que luchaban para conservar los derechos conquistados en ciclos anteriores. El espectro abarcó huelgas de obreros industriales en China, huelgas ilegales en las minas de platino de Sudáfrica, jóvenes desempleados y subempleados que se lanzaron a ocupar las plazas en todo el mundo y protestas contra la austeridad que se extendieron desde África del Norte hasta los Estados Unidos. El proceso terminó siendo solo el preludio a un tsunami de protestas de clase que duró más de una década y estuvo compuesto tanto por huelgas obreras como por luchas callejeras.

Hay quienes piensan que la lección de los años 2010-2011 es que las luchas de clase se desplazaron desde los lugares de producción hacia las calles. Con todo, aunque no deberíamos menospreciar el significado de las «luchas callejeras», sería un grave error subestimar las huelgas en los lugares de trabajo, pues son las fuentes de poder que operan detrás de esos movimientos. Así, por ejemplo, aunque la historia estándar de los levantamientos egipcios de 2011 se centra en la ocupación de la plaza Tahrir, la verdad es que Mubarak renunció a su cargo solo cuando los obreros del canal de Suez —sitio fundamental para el comercio internacional y nacional— hicieron huelga.

Desde los años 1980, la adopción generalizada de la producción «Just in time» —la provisión de inputs se mantiene en niveles mínimos con la perspectiva de recortar costos distribuyéndolos «justo a tiempo»— incrementó la vulnerabilidad de las fábricas situadas más abajo en la cadena a las huelgas que se desarrollan en los sitios de los proveedores. Este es el caso aun si la fábrica que para está en la misma provincia, como sucedió, por ejemplo, cuando la huelga de una autopartista forzó a Honda a cerrar todas sus plantas de ensamblado en China.

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras. Hasta cierto punto, esto no es nada nuevo. En el siglo veinte, los trabajadores del transporte disponían de mucho poder en virtud de su localización estratégica en las cadenas de suministro globales y nacionales. De ahí el rol central que jugaron en el movimiento obrero en general. No cabe duda de que las cadenas de suministro globales serán distintas a mediados del siglo XXI —de hecho, la pandemia y las tensiones geopolíticas están forzando a reestructurarlas—, pero es muy probable que los trabajadores del transporte, los almacenes y la comunicación sigan teniendo poder (y tal vez cobren más relevancia), dada su localización estratégica en los procesos de acumulación de capital.

Del mismo modo, sería insensato descartar la importancia futura de las huelgas de los obreros industriales, pues la diseminación mundial de la producción a gran escala, puesta en marcha durante el siglo veinte, tuvo como consecuencia la formación de nuevas clases obreras y oleadas sucesivas de conflictos de clase. A comienzos del siglo veinte, cuando el epicentro de la producción industrial a gran escala se desplazó al continente asiático, también lo hizo la lucha obrera: se confirmó la tesis de que donde hay capital, hay conflicto.

Esa frase tiene un sentido geográfico, pues el capital, al ser relocalizado en busca de mano de obra dócil y barata, termina creando clases obreras y conflictos nuevos en sus lugares de destino. Pero también tiene un sentido intersectorial, pues a medida que el capital se desplaza a nuevos sectores de la economía, se crean nuevas clases obreras y emergen conflictos originales.

Una perspectiva obrera hegemónica

¿En qué sectores debemos centrarnos hoy? Sin duda, uno muy importante es la «industria de la educación» que, según la UNESCO, pasó de contar 8 millones de docentes a nivel mundial en 1950 a 62 millones en 2000, y creció otro 50% en 2019, hasta alcanzar un total de 94 millones de docentes. Más allá del crecimiento meteórico de los números, existen otros motivos para pensar que los docentes están jugando un rol fundamental en el movimiento obrero a nivel mundial, análogo al que jugaron los obreros de la industria textil en el siglo XIX y los obreros de las automotrices en el siglo XX.

La tendencia al conflicto obrero en la «industria de la educación» se convirtió en un dato incuestionable a fines del siglo XX, pero las movilizaciones de la última década marcaron un punto de inflexión. En Estados Unidos, este punto correspondió a la emergencia de la organización Caucus of Rank-and-File Educators (CORE) que, con amplio consenso social, dirigió a los docentes de Chicago a través de su exitosa huelga de 2012. El conflicto logró instalar la idea de que los docentes no solo luchaban por sus propios intereses, sino por los de los estudiantes y las familias. La huelga de Chicago fue seguida de una oleada nacional de paros y movilizaciones en todo el país, especialmente en los distritos escolares localizados en estados con una fuerte política antisindical.

En Chile, los docentes de las escuelas públicas que fueron a la huelga bajo dirección del Colegio de Profesores de Chile (CPC) —con apoyo de estudiantes, vecinos y otros trabajadores— jugaron un rol central en el ciclo de protestas nacionales que reivindicó el acceso universal a la educación y el abandono de la constitución neoliberal heredada de la época de Pinochet. Se observaron acciones similares en Costa Rica, Honduras y Colombia y, en Perú, el presidente de izquierda Pedro Castillo llegó al poder con apoyo del sindicato docente.

Esta nueva oleada de militancia docente responde a una serie de reclamos fundados en un claro proceso de proletarización, que incluye la intensificación del trabajo, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de autonomía y control sobre el proceso de trabajo en las aulas. En parte, las huelgas docentes son exitosas debido a que sus reivindicaciones se complementan con un fuerte poder de negociación en sus lugares de trabajo. Es posible argumentar que la «industria de la educación» suministra los bienes de capital más importantes del siglo XXI, es decir, esos obreros educados que luego deben insertarse en una «economía de la información». A diferencia de la mayoría de las actividades manufactureras, es imposible presionar a los docentes mediante la amenaza de relocalizar la producción (más allá de los experimentos virtuales a partir de la pandemia, la enseñanza debe realizarse donde están los estudiantes). Del mismo modo, la «industria de la educación» parece resistir a la automatización (reemplazar a los docentes por robots no es algo que aparezca en el horizonte).

Además, los docentes ocupan un lugar estratégico en la división del trabajo social concebida en términos más amplios. Si los docentes hacen huelga, generan un efecto dominó que afecta toda la división social del trabajo: interrumpen la rutina de las familias y dificultan el trabajo de los padres. En ese sentido, el poder estratégico de los docentes, aunque en última instancia está fundado en su capacidad de interrumpir la economía, es bastante singular, pues depende especialmente de la centralidad que tiene su actividad en la sociedad. Sin embargo, a menos que este poder se ejerza en el marco de una perspectiva hegemónica más amplia, los docentes quedan expuestos a que el Estado y el capital los utilicen como chivos expiatorios y los sometan a la represión. En efecto, la crisis cada vez más grave del capitalismo conlleva también la ampliación y la profundización de las formas coercitivas del poder.

Como sea, las huelgas más grandes de la última década muestran que los docentes tienen el potencial de formular dicha perspectiva, es decir, de mostrar que sus luchas particulares implican la defensa de los intereses de toda la sociedad. Su propia labor hace que entren en contacto cotidiano con círculos mucho más amplios de la clase obrera, pues son testigos de todos los problemas que enfrentan los estudiantes y sus familias. Entonces, basta con que difundan la idea de que, aun si sus reivindicaciones buscan un beneficio que los afecta específicamente como docentes, también promueven los intereses de los estudiantes, sus familias, sus barrios y sus ciudades. Por supuesto, este potencial hegemónico, fundado en condiciones estructurales, debe realizarse a través de una agencia política que vincule las luchas particulares de los docentes —y de los trabajadores— con luchas más amplias por la dignidad humana y la supervivencia planetaria.

Solidaridad forever

La automatización que promueve la Inteligencia Artificial llevó a muchos intelectuales a sugerir que estaríamos llegando al «fin del trabajo» y que, en consecuencia, se terminarán los conflictos laborales. Con todo, la prescindencia completa del trabajo humano en los procesos de producción continúa siendo una fantasía esquiva, y no deberíamos subestimar la importancia que siguen teniendo las luchas obreras en los sitios de producción.

Sería un error también subestimar las movilizaciones callejeras. En efecto, es posible derivar el entrelazamiento esencial de estos dos sitios de lucha —el lugar de trabajo y la calle— a partir del Tomo I de El capital. Por un lado, llegando a la mitad —donde describe el conflicto ininterrumpido entre el capital y el trabajo por la duración, la intensidad y el ritmo de la actividad—, Marx se refiere a lo que sucede en la «oculta sede de la producción». Por otro lado, en el capítulo 25, Marx aclara que la lógica del desarrollo capitalista, no solo lleva a constantes luchas en los lugares de trabajo, sino también a conflictos más amplios a nivel social, pues la acumulación de capital avanza de la mano de la «acumulación de miseria», especialmente bajo la forma de la expansión de un ejército industrial de reserva de trabajadores desempleados, subempleados y precarios.

En este sentido, la historia del capitalismo se caracteriza, no solo por el proceso cíclico de destrucción creativa en el punto de la producción, sino también por la tendencia de largo plazo a destruir los modos de vida existentes a un ritmo más veloz del que define la creación de otros nuevos. Esto conlleva la necesidad de conceptualizar tres tipos de conflictos obreros: 1) las protestas de las clases obreras en proceso de formación; 2) las protestas de las clases obreras existentes que están siendo destruidas y 3) las protestas de esos trabajadores que el capital ignora y excluye, es decir, los miembros de la clase obrera que, aunque dependen exclusivamente de ello para sobrevivir, es probable que nunca logren vender su fuerza de trabajo.

Los tres tipos de conflictos obreros son manifestaciones distintas de un proceso de desarrollo capitalista único. Los tres son visibles en las luchas actuales. El destino de cada uno está íntimamente entrelazado con el de los otros. Una estrategia socialista debe abarcarlos a todos. En efecto, la perspectiva estratégica de Marx y Engels —articulada en el Manifiesto del Partido Comunista y en otras obras—, convocaba a los sindicatos a organizar a estos tres segmentos de la clase obrera mundial en un proyecto común.

No hace falta decir que se trata de una tarea inmensa. Pero además, sin dejar del todo de pecar de cierto optimismo, Marx asumía que estos tres tipos de trabajadores —los que son incorporados como asalariados durante las últimas fases de expansión material, los que son expulsados durante la última ronda de reestructuraciones y los que son excedentes desde el punto de vista del capital— habitaban los mismos hogares y barrios obreros. Vivían juntos y luchaban juntos.

En otros términos, las distinciones al interior de la clase obrera —entre trabajadores empleados y desempleados, activos y en reserva, capaces de imponer pérdidas costosas al capital y capaces solo de manifestarse en las calles— no se solapaban con diferencias de ciudadanía, raza, etnicidad o género. Entonces, los trabajadores que encarnaban cualquiera de esos tres tipos conformaban una sola clase obrera con mismo poder y las mismas demandas, y con la capacidad de generar una perspectiva poscapitalista sobre la emancipación de la clase en su conjunto.

Sin embargo, en términos históricos, el capitalismo se desarrolló junto al colonialismo, al racismo y al patriarcado, es decir, dividió a la clase obrera en función de su condición y limó sus capacidades para generar una visión común de la emancipación. En períodos de grandes crisis capitalistas, como la que estamos viviendo, estas divisiones tienden a endurecerse. El capitalismo en crisis empodera directa e indirectamente a los «monstruos» del «interregnum» gramsciano (movimientos neofascistas, racistas, patriarcales, antinmigrantes y xenófobos). Entonces se despliegan formas coercitivas de control social y militarismo contra un movimiento socialista que es a la vez «demasiado fuerte» como para ser ignorado (por el capital) y «demasiado débil» (hasta ahora) como para salvar a la humanidad de una larga época de caos sistémico.

Con todo, también asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes, estos nuevos movimientos están construyendo puentes y, en algunos casos, son capaces de solidarizar a los protagonistas de los tres segmentos de la clase obrera a los que nos referimos. Es en estas luchas —y a través de ellas— que surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias.

Publicado en Jacobinlat 08/11/2021 Accesible a través de Correspondencia de prensa 13/11/2021

Por Beverly J Silver, profesora de sociología, directora del Arrighi Center for Global Studies de la Universidad Johns Hopkins y autora de Fuerzas de trabajo (Akal, 2005).

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Edwin, sin título (Cortesía del autor)

“Da la impresión de que hay alguien ahí afuera creando trabajos
sin sentido sólo para mantenernos ocupados”.
David Graeber

 

El gobernador del Estado de Massachusetts, Charlie Baker, y el primer ministro de la Gran Bretaña, Boris Johnson, tuvieron que recurrir a la movilización de militares con algún tipo de experiencia en la conducción de vehículos pesados, para intentar solucionar el repentino déficit de conductores de esta clase de automotores. En Massachusetts, la situación crítica está centrada en el déficit de personal para el manejo de buses escolares, y en Gran Bretaña para la conducción de tracto-camiones. La escasez de oferta de trabajadores para este último sector está detrás de la explicación de la llamada “disrupción en la cadena de suministros” que en Londres afectó la distribución de combustible hasta casi paralizar la ciudad. La amenaza de que las fiestas de navidad tengan que celebrarse con los estantes de los comercios minoristas semivacíos, tanto en Europa como en Estados Unidos, tiene una alta probabilidad de convertirse en realidad.


Las explicaciones convencionales, en el caso inglés, apuntan al Brexit, sin embargo, las cifras que maneja la prensa de ese país estima en 90 mil el número de conductores faltantes, de los que 20 mil regresaron a sus países de origen luego de la ruptura con la UE, mientras que 50 mil fueron nativos que abandonaron el trabajo durante la pandemia ya sea porque optaron por la jubilación o buscaron cambiar de profesión. En Estados Unidos, las explicaciones apuntan a los cierres de las escuelas de conducción, o el aumento de los controles sobre el consumo de alcohol y alucinógenos. Sin embargo, la limitación de esas justificaciones queda en evidencia cuando es reconocido que Europa tiene un déficit de 400 mil conductores –según el estudio del grupo de investigación Transport Intelligence, ampliamente citado por la prensa–, siendo Polonia el país más afectado con un déficit de 120 mil, mientras que en Alemania hacen falta alrededor de 50 mil, y en Francia una cifra un poco menor pero que supera los 40 mil. El deterioro generalizado del salario, acentuado por las políticas ultraliberales, y la imposición de actividades extras como la responsabilidad del cargue y descargue son argumentos más estructurales, pero aún dejan sin explicación hechos como que el promedio de edad de los conductores supera los 50 años y poco menos del cinco por ciento tenga menos de 25 años.

El problema no es solamente del transporte pesado, pues el sector de restaurantes y comidas rápidas padece, en los países dominantes, análoga escasez, que no ha podido ser contrarrestada pese a ofertas significativas de reajustes salariales, que en el caso de Macdonald’s, por ejemplo, llevó a la multinacional a ofrecer hasta 15 dólares por hora para las actividades menos calificadas –para ciertas ocupaciones más complejas hasta 21 dólares–, cuando el promedio actual apenas ronda 11 dólares. En abril de 2021 cuatro millones de trabajadores renunciaron a su empleo en EU, siendo la cifra más alta de abandonos voluntarios desde el año 2000, lo que representa alrededor del tres por ciento del total de la fuerza laboral y acabó confirmando la existencia de un fenómeno de retiros masivos que Anthony Klotz, investigador de la Universidad de Texas A&M, denominó en 2019 “la Gran Renuncia”.

El abierto rechazo al mundo del trabajo, regido por el capital, es un síntoma del malestar que aqueja a la clase trabajadora y sobre el que la pandemia ha arrojado un haz de luz que ha iluminado rincones sórdidos como el alejamiento de la familia al que obligan la rutina de los turnos invariables y absorbentes, o la inanidad de los tiempos de desplazamiento que roban vida sin remuneración alguna. La disciplina que el capital aplica al trabajador está menos relacionada con la eficiencia que con la búsqueda de amaestrar el comportamiento y a través de la repetición continuada de procesos inducir la negación de la iniciativa y la voluntad individual, naturalizando la subordinación total. Esta realidad, planteada por la teoría, ha quedado en evidencia por el parón brusco de la economía y las alteraciones que las formas del trabajo han sufrido en la actual crisis sanitaria, abriéndose una brecha en la aceptación de las rutinas que los colectivos sociales quedan en la obligación de ampliar para comenzar a desmontar el monótono ritmo puesto a la producción y la circulación de productos que la arista disciplinaria del capital ha convertido en el cimiento de su dominación.

El trabajo como enemigo de la vida

En el prólogo de su libro Adiós al proletariado, André Gorz llamaba la atención acerca de que “Los términos «trabajo» y «empleo» se han hecho intercambiables: el trabajo no es algo que se hace sino algo que se tiene. Se dice «buscar trabajo» o «crear trabajo» en lugar de «buscar empleo», «crear empleos»”, y, más adelante, “Se puede tener un «buen» trabajo en la industria de armamento y un «mal» trabajo en un centro asistencial” (1). Este pensador francés, de origen austriaco, fue quizá uno de los primeros en dirigir sus observaciones al divorcio que el capitalismo establece entre la actividad laboral diaria y el conocimiento del fin último que ésta tiene en el conjunto de fases que conducen a la realización de un producto determinado. El carácter heterónomo que asume la actividad del trabajador lo enajena completamente del fin de sus movimientos y hace de él un verdadero autómata cuyo único propósito es la remuneración.


Ese carácter totalmente abstracto del “trabajo” y su condición unidimensionalmente utilitaria, hace de la manipulación, en el sentido de manejo con segunda intención, el valor más importante de la modernidad (2). La condición de mercancía que la fuerza de trabajo tiene en el capitalismo termina adquiriendo las mismas singularidades de los productos salidos del conjunto de sus manos. La obsolescencia programada y la desvalorización resultante de la tecnología que caracterizan a las mercancías en la etapa del post-industrialismo, terminan trasladándose a su hacedor en forma de “actualización permanente” y “flexibilidad”. La disponibilidad a un traslado permanente y la capacidad de “reinventarse”, como dicen los disimuladores de la incertidumbre inducida, son las cualidades que exigen a los sobrevivientes de un mundo laboral en el que la apariencia juega un papel central. “Saber venderse”, es una de las expresiones más comunes de quienes instruyen a los desempleados en técnicas que les amplíen la posibilidad de ganarse una ocupación, y que ilustra más que nada la estrategia de la impostura como condición del empleo en la actualidad. La disponibilidad total del tiempo al servicio del capital queda ampliada cuando en la esfera del consumo la búsqueda de los productos está atravesada por las actividades del llamado marketing que puede involucrar contestar encuestas o escuchar largos discursos sobre supuestos beneficios como condición, por ejemplo, de menores precios, enajenando a las personas del espacio de la afectividad y de su relación no mercantil con los “otros”. Las nueve horas diarias que pasa un camionero en las carreteras y las dos o tres semanas que permanece apartado de su familia cuando hace viajes a largas distancias son tan sólo una pequeña muestra de trabajo que niega la vida, pues aún quienes no tienen que desplazarse como parte de su actividad son igualmente móviles, ya sea en sus traslados diarios o en su condición de parias de un sistema volátil que los acoge tan rápido como los desecha.


En mayo de este año, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo, revelaron en su revista Environment International qué en 2016, año del estudio, 1,9 millones de trabajadores perdieron la vida por causas directamente relacionadas con su actividad laboral. De esas muertes, cerca de 750 mil fueron provocadas por ataques al corazón o derrames cerebrales producto de excesivas jornadas de trabajo –iguales o superiores a 55 horas semanales–, lo que vino a significar que entre el año 2000 y el 2016 hubo un aumento de 29% de muertes por esas jornadas abusivas. En ese período, las incapacidades por igual motivo representaron una pérdida de 23,3 millones de años de vida mostrándose, además, que el número de personas que trabajan en exceso ha ido en aumento en lo corrido del siglo XXI, revirtiéndose la tendencia a la disminución que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XX.


El trabajo, esa actividad que le permite a los humanos interaccionar con la naturaleza, transformarla y adaptarla para su proceso de subsistencia, si bien sigue teniendo ese sentido, en alguna medida, cuando miramos el proceso globalmente, es absolutamente irracional para los trabajadores directos. A nivel global, los excesos de residuos de todo tipo, así como el agotamiento de los recursos no renovables y la saturación de los ciclos de los distintos elementos, que el ambientalismo ha denunciado desde hace medio siglo, empiezan a mostrar que el proceso de trabajo puede generar la subsistencia de la especie en el presente, pero qué en el mediano y largo plazo, bajo las condiciones actuales, es una actividad auto-destructiva.


La mecanización y el consumismo están haciendo de la re-creación periódica del ser humano, que no otra cosa son el trabajo y la producción, un proceso suicida. La auto-cosificación a la que ha llegado la humanidad en un mundo de aparatos, hace de los individuos seres cada vez más ajenos de sí mismos e impotentes, limitados al mundo de la particularidad que los enajena del poder decisorio de lo político. “El individuo se mueve en un sistema de instalaciones y mecanismos, de los que el mismo se ocupa y es ocupado por ellos, pero habiendo perdido hace tiempo la conciencia de que este mundo es una creación humana […]. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente, separada del todo, que no permite una visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en detalles, que de por sí son irracionales” (3). Pretender, por tanto, dar pasos correctores sin mirar el todo, es caer en la manipulación y en el ser manipulados, pues el reclamo sobre la parte sin la visión de ese todo no es más que espejismo consolador.


La irracionalidad del mundo del trabajo

En el capítulo X de su obra clásica Teoría general de la ocupación, el Interés y el dinero, John Maynard Keynes mostraba, laudatoriamente, el grado de irracionalidad que el trabajo ya tenía en el primer tercio del siglo XX, y cómo trabajar por trabajar, así el fin último careciera de sentido, era un principio del capital industrializado que en esa fase ya había perdido cualquier lógica de conveniencia social: “Si la tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes (naturalmente obteniendo el derecho de hacerlo por medio de concesiones sobre el suelo donde se encuentran) no se necesitaría que hubiera más desocupación y, con ayuda de las repercusiones, el ingreso real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual. Claro está que sería más sensato construir casas o algo semejante; pero si existen dificultades políticas y prácticas para realizarlo, el procedimiento anterior sería mejor que no hacer nada” (4).


El sinsentido de lo expresado por Keynes, en el que los prismas que transforman lo absurdo en algo conveniente –según los principios de la óptica del capital–, son la “iniciativa privada”, la “conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire” y la sacrosanta propiedad privada –representada en la frase con las “concesiones”–, son la única base de una creciente rama de ocupaciones cuya utilidad social parece quedar limitada tan sólo a “ocupar” personas. David Graeber, el malogrado antropólogo anarquista estadounidense, bautizó a estas ocupaciones “trabajos de mierda” y los categorizó en “lacayos”, “esbirros”, “parcheadores”, “marca-casillas” y “supervisores” (5), asociando los dos primeros a los oficios de servicios personales o cercanos a estos que existen solamente para satisfacer el ego de alguien que busca considerarse importante. Sobre los parcheadores, cuyo nombre toma de quienes corrigen los errores de programación en computación, considera que buena parte de los oficios actuales consiste tan sólo en corregir cosas que desde su misma producción era claro que iban a fallar y que en lugar de que el diseño inicial sea ajustado es producido con defectos para crear una industria de “correcciones”. Los marca-casillas los conforman la multitud de llenadores de formularios que surgen de la compulsión de “evaluar” y justificar lo hecho, establecido en normas surgidas de la impostura de aparentar rigor. Los supervisores surgen de la escala delegativa que ha dado en llamarse liderazgo de laissez-faire, y que consiste en descargar la responsabilidad en un subordinado que a su vez la descarga en otro. Quizá la imagen de una sociedad de la sospecha en la que existen vigilantes que vigilan al vigilante y que a su vez son vigilados por otros vigilantes, da una idea más clara de lo que Graeber quería definir como trabajos de mierda.


En el mundo financiero la creación de derivados y reaseguros, que en un sentido lato no son más que apuestas sobre el valor futuro de un activo, muestran ese carácter especulativo de imagen refleja reproducida en cadena, que crea igualmente ocupaciones repetidas especularmente como el de vendedor de seguros que vende seguros de los seguros. La discusión de la economía política sobre trabajo productivo e improductivo, centrada en el tipo de labor que sí crea nuevos valores parece superada, y no porque la improductividad de muchas ocupaciones no esté a la orden del día, sino porque ante la proliferación de actividades cuyo resultado no tiene destinatarios que obtengan beneficios de algún tipo –salvo la del capitalista que la gestiona–, la discusión debe trasladarse a la utilidad o inutilidad de lo realizado cotidianamente.


Regresar a la vida

En la etapa de mayores restricciones de la actual pandemia, fue necesario distinguir entre las actividades imprescindibles y las que no lo eran. Esto señala realmente una verdadera jerarquía de las necesidades y revela también la inutilidad de mucho de lo actuado cotidianamente. El rescate del tiempo para sí es quizá una de las sensaciones y necesidades que emergen de forma acentuada en los más jóvenes y que la Gran Renuncia evidencia con el rechazo a los oficios más asfixiantes pese a las alzas salariales ofrecidas. Que el mismo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, cuando los periodistas le preguntaban qué opinaba acerca de que los empresarios no encontraban trabajadores, bajando la voz contestara “pagadles más”, significa un reconocimiento a que aún si nos limitamos a la remuneración, las condiciones de los trabajadores en el último medio siglo han sido envilecidas.


Pero, como hemos visto, el problema va a más, trabajos como el de conductores de vehículos de carga para largas distancias son rechazados de plano por las nuevas generaciones, independientemente de cuánto sea la remuneración, por lo que su eliminación o reducción al máximo debe ser exigida. El cuestionamiento de los intercambios a largas distancias, que además son parte importante de la quema de combustibles y por tanto del daño ambiental, pasa por un rescate de los autoabastecimientos locales y las autonomías regionales. No se trata de mirar la parte, como ya fue dicho, sino de mirar el todo. Lo mismo sucede con las comidas rápidas y en general con la Macdonalización de la sociedad, como denomina el sociólogo estadounidense George Ritzer a la industrialización del consumo, pues regresar a la alimentación como un hecho lúdico y socio-afectivo sólo es posible con un rescate de ese tiempo para sí.


Y es que la disputa por el tiempo, que pasa por la redistribución del trabajo, la eliminación de las producciones inútiles y el fin del consumismo, debe aparecer en primer plano en los reflexiones teóricas y políticas, porque el tiempo del capital no es el tiempo de la vida. El historiador inglés E.P. Thompson, lo explicaba claramente: “Los que son contratados experimentan una diferencia entre el tiempo de sus patronos y su «propio» tiempo. Y el patrón debe utilizar el tiempo de su mano de obra y ver que no se malgaste: no es el quehacer el que domina sino el valor del tiempo al ser reducido a dinero. El tiempo se convierte en moneda: no pasa sino que se gasta” (6). Qué el tiempo deje de ser “oro”, entonces, es parte del desafío, como también lo son rescatar el quehacer y la conveniencia de todos, para que sean integrados a los principios de un reencuentro con la vida. Qué el rechazo al «buen» trabajo en la industria de armamento y la aceptación del «mal» trabajo en un centro asistencial, anuncien nuevos tiempos, y que la total ausencia de oferta de trabajadores en sectores como los que producen agro-tóxicos, por citar un solo ejemplo, empiecen a ser norma, es una esperanza que debemos abonar. La “huelga” involuntaria de camioneros ha mostrado que el capital, más allá de sus automatismos, sigue dependiendo de la fuerza de trabajo y que los procesos de producción y circulación pueden ser detenidos totalmente si la clase trabajadora así lo decide. Tan sólo falta querer mirar el todo.

1. André Gorz, Adiós al proletariado [más allá del socialismo], El Viejo Topo, p. 9.
2. “El trabajo se ha dividido en miles de operaciones independientes, y cada operación tiene su propio operario, su propio órgano ejecutivo, tanto en la producción como en las correspondientes operaciones burocráticas. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente separada del todo, que no permite la visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en los detalles, que de por sí son irracionales.” Karel Kosik, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, p. 86 .
3. Karel Kosik, op. cit., p. 86.
4. J. M. Keynes, Teoría General de la Ocupación el Interés y el Dinero, F.CE., Capítulo 10 , numeral VI, p. 121.
5. David Graeber, Trabajos de mierda, una teoría, Ariel, 2019.
6. E.P Thompson, Costumbres en común (capítulo 6 “Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial), Crítica, p. 403.

* Economista, integrante del Consejo de Redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia

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