Coronavirus: psicoanálisis en el hospital, aún

La aventura subjetiva en contextos de pandemia

 

La pandemia llegó a nuestras vidas como una ola gigante que inundó todo sin aviso y sin preparación. Nuestros espacios íntimos y sociales comenzaron a sacudirse perdiendo su cotidianeidad. En medio de ese mar revuelto, mientras la cuarentena iba confinando a las personas al ámbito de sus casas, quienes formábamos parte del sistema de salud tuvimos que disponernos a salir como parte de la “tarea esencial” que se debía cumplir. Transitar las calles por esos días fue desconcertante, incierto y tensionante. Además de las veredas desiertas, impactaba particularmente la presencia, en las plazas vacías, de esa imagen congelada de los juegos a la espera de sus niños.

Dar los primeros pasos en el escenario inédito del hospital estuvo teñido, para muchas y muchos de nosotros, de un cierto reaprender a cubrir nuestros cuerpos con diversas superficies: camisolines, cofias, barbijos, máscaras plásticas, guantes, alcoholes y también repelentes. Envolturas que, en esos “actos de protección”, nos pusieron a distancia del cuerpo de los otros pero también, en algún sentido, del propio. Mientras los infectólogos advertían que aun así no había garantías absolutas que impidieran el contagio, los efectos de aquellos encuentros descarnados con ese real ya comenzaban a sentirse. Con todo ello, emprendimos una aventura que de inicio nos exigía actuar con bastante rapidez, debimos repensar el espacio de los consultorios de nuestro servicio de salud mental, su sala de espera, las consultas de urgencias, la atención de niños y niñas, la readecuación de la actividad docente y de investigación, además de la contención a colegas con situaciones de riesgo personal.

Ese distanciamiento entre los cuerpos, difícil, fallido y angustiante, nos impidió a varios, por un buen tiempo, tomar otras distancias necesarias para pensar y poner palabras a lo que vertiginosamente empezaba a acontecer. Difícil hacerlo, quizás, cuando el barco se encuentra en movimiento.

Recuerdo una de las primeras pacientes que llegaron al inicio de la cuarentena para pedir atención urgente, puesto que, al no tener adónde ir, debió confinarse con su expareja, quien ejercía violencia y le consumía la medicación psiquiátrica que ella retiraba de la farmacia del hospital. También el caso de una joven, externada un tiempo atrás de la sala de Psicopatología, que se presentaba llorando desconsoladamente con la noticia que impedía todo nuevo ingreso a la pensión, luego de haber logrado juntar el dinero para irse a vivir allí. Sin familia y sin red, estas situaciones descompensaban al extremo el delicado equilibrio emocional; alojar ese sufrimiento en tales contingencias no fue posible sin el lazo con otros colegas para pensar cada situación.

Así, detrás de los barbijos y con la voz trastocada por las máscaras plásticas, en esos encuentros de cuerpos afectados por el tormento del contagio, la vulnerabilidad y el aislamiento, fuimos ofertando una escucha y una presencia que intentó dar amparo a cada padecimiento en su máxima singularidad.
En este sentido, hoy más que nunca, la ética del psicoanálisis, por la cual muchos nos orientamos en el campo de la salud mental, cobra su principal fuerza vital. Las palabras de la analista argentina Adriana Rubistein vuelven a resonar con una tranquilizadora actualidad: “que un psicoanalista en la institución pueda abrir un espacio a la dimensión subjetiva, abolida por los permanentes intentos de objetivación, dando cabida a una demanda de saber y con ello al deseo, toma entonces todo su valor y legitima su presencia allí” (2004: 29).

Muchas de las intervenciones en las que nos fuimos encontrando durante estos días y a las que recurrimos dentro de los equipos multidisciplinarios podrían no considerarse específicamente analíticas, como orientar a los pacientes por teléfono, acercarles información, gestionar una receta u ofrecer una palabra teñida de sugestión, pero estas quizás han podido constituir el paso para que algo de ese acto analítico que sustenta nuestra ética pudiera acontecer. En definitiva, se trata de una apuesta que siempre es de orden subjetivo, una oferta que es lanzada sin saber si esas intervenciones podrán conducir en algún caso a un posterior tratamiento terapéutico que bordee lo propiamente traumático de esta situación. Tal vez sea solo la posibilidad de dar lugar al alivio, lo cual sería para este momento bastante augurador.

No renunciamos entonces a la aventura del lazo y a la transferencia terapéutica que por él puede instaurarse en nuestra posición como analistas. Modos posibles de transitar algunos de los puentes que se tejen y destejen en medio de esta pandemia. La práctica del psicoanálisis en el hospital, erigido hoy como un lugar resistido y temido en el que pareciera que habita el virus con su mayor crueldad, sigue constituyendo la oportunidad de recibir la demanda, de darle cabida e intentar crear un espacio para lo singular, eclipsado por la totalidad que este mal impone. Sabemos que esto dependerá de las coordenadas subjetivas de cada quien en esta coyuntura, pero también de la posición del oyente, como afirmaba Rubistein. Un oyente que esté disponible, en el parque del hospital, detrás de un teléfono, a través de una mampara plástica o en una guardia de febriles, atento a la oportunidad de escuchar en el enunciado la enunciación, de interrogar el deseo o de situar un impasse, lo cual será posible en tanto un analista ocupe en ese acto su lugar, entramado en un Servicio de Salud Mental dispuesto a alojar y por supuesto en un hospital que siga luchando por mejorar las condiciones de su tarea esencial.

A esta altura, quizás resurja la pregunta sobre qué es lo que sostiene el deseo de permanecer en estas instituciones y en estos contextos alentando para el psicoanálisis su porvenir. Las palabras de otra psicoanalista quizás lo puedan responder: “La función del deseo del analista es también introducir algo de lo vivo en un momento de máxima oscuridad” (Dassen, 2018). Freud lo señaló en una de sus Conferencias de 1932, al decir que se trata de un trabajo de cultura, recurriendo para ello a la particular analogía del desecamiento del Mar Zuiderzee. Desde estos lares del mapa rioplatense sería algo así como avanzar sobre el terreno que el agua dejó.

Esta es, en efecto, la apuesta que varios y varias sostenemos en muchos de los espacios en los que desempañamos nuestra labor analítica como agentes de salud, ojalá ella retorne en nuevas posibilidades y mejores condiciones para pacientes y profesionales a pesar del tiempo y el contexto que nos toca vivir.

Aún seguimos embarcados en esta aventura, solo el lazo podrá ganarle al río su tierra fértil.

Silvana Vilchez es psicóloga y psicoanalista. Integrante de un Servicio de Salud Mental. Docente de la Facultad de Psicología de la UBA e Investigadora UBACyT.

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Las mujeres pagan el precio más alto por el coronavirus

Aumentan el desempleo, las tareas no remuneradas y la violencia de género 

La desocupación femenina es alta en Italia. "La búsqueda de trabajo pasó a un segundo plano" señala la experta Iva Maggi, a la vez que analiza la violencia doméstica en tiempos de pandemia.

 

Las mujeres serán las que pagarán el precio más alto por la crisis económica y social desencadenada por el coronavirus, especialmente a nivel de desocupación pero también a nivel de la violencia doméstica que ha aumentado drásticamente. En esta situación particular, las mujeres son las “más vulnerables a nivel económico y social además de agravarse enormemente las desigualdades entre los sexos”, según un documento de la ONU difundido la semana pasada y comentado ampliamente por el secretario general de la ONU, el portugués Antonio Guterres. En Italia, la organización denominada “Estados Generales de las Mujeres” nacida en 2014 y que defiende los derechos femeninos, confirma estos peligros. Y para afrontarlos ha presentado una serie de propuestas al gobierno de Giuseppe Conte pidiendo que se elabore un plan específico para aumentar el empleo femenino y la protección de la mujer en general.

 “La pandemia de la covid-19 afectará a todo el mundo en todas partes. Pero los efectos serán diferentes según los diferentes grupos sociales y profundizará ampliamente las desigualdades ya existentes”, dijo Guterres. Según la ONU, el 60 por ciento de las mujeres de todo el mundo trabaja en la economía informal, ganando menos, ahorrando menos y con un gran riesgo de caer en la pobreza. El trabajo no pagado de las mujeres, por lo demás, ha aumentado exponencialmente durante la pandemia como resultado de las escuelas cerradas y el aumento de los cuidados necesarios para los ancianos de la familia. 

“Si se pierden los progresos conseguidos hasta ahora, se requerirán años para conseguirlos de nuevo”, subrayó. El documento bregó además porque el trabajo cotidiano en casa sea reconocido y evaluado como una contribución vital para la economía.

La pandemia también ha “horriblemente aumentado la violencia contra las mujeres”. La igualdad de género y los derechos de la mujer son esenciales para poder salir de la pandemia y construir un futuro mejor, subrayó el texto, que pidió además una equitativa representación femenina en todos los órganos que se encarguen de dar soluciones para el post covid -19.

 

Las mujeres italianas y el coronavirus

 

Con una larga trayectoria de sus madres y abuelas en los movimientos feministas de la década del 1970, las mujeres italianas de hoy, a través de los “Estados Generales de las Mujeres”, uno de los primeros laboratorios que expresan los pedidos femeninos nacido en 2014, han presentado al jefe del gobierno un detallado plan en favor de las mujeres, según la región de la que se trate, porque cada una tiene características diferentes, explicó a PáginaI12 la coordinadora nacional de esa organización, Iva Maggi. Entre sus propuestas, un plan para ayudar a las empresas femeninas, dándoles contribuciones importantes y sin pagar impuestos por un cierto tiempo. Pero también hay otra reivindicación que las integrantes del organismo consideran fundamental para la democracia: que en las elecciones exista la posibilidad de votar tanto un hombre como una mujer para un cierto cargo, cosa que no sucede en algunas regiones como la Apulia.

“Uno de los problemas que será grave luego de la pandemia es la ocupación - explicó Maggi -. Por eso pedimos al gobierno un plan específico para la ocupación femenina. La desocupación femenina es alta en Italia comparada con otros países de Europa, en torno al 42 por ciento. Y la pandemia ha agravado este problema porque las mujeres se han sentido desanimadas y ni siquiera buscan nuevos trabajos cuando en realidad se ha demostrado que son óptimas para trabajar en el turismo, la hostelería, la agricultura de proximidad, la manufactura. La búsqueda activa del trabajo ha pasado a segundo plano”. Y agregó: “Por otra parte, si estamos en casa trabajando en smart working (a distancia), lo debemos transformar en un nuevo recurso para nosotras. Es decir, debemos saber dividir el tiempo con nuestro compañero o marido y los hijos, compartiendo las reponsabilidades hogareñas. No tenemos que hacer todo siempre nosotras. Smart working es una ventaja, el futuro, pero tenemos que aprender a manejarlo para que no se transforme en una celda ni nos transforme en esclavas”.

En cuanto a la violencia de género que tanto ha aumentado en tiempos del coronavirus, Maggi precisó que no se puede hablar de zonas en particular porque “la violencia de género es un fenómeno que se produce en todos lados. Durante el coronavirus hemos visto casos en las ciudades y en los pueblos pequeños”. Lo que ha aumentado son las llamadas a los centros antiviolencia. En efecto, del 2 de marzo al 5 de abril, 2.867 mujeres mujeres han llamado a 111 centros antiviolencia distribuidos en todo el país, con un aumento del 74,5% respecto al último periodo registrado, que fue en 2018, según público el diario La Repubblica de Roma.

Maggi contó que “Los estados Generales de las mujeres” han abierto por eso una plataforma que se llama “Adopto una trabajadora.it” donde reciben on line respuestas a todo tipo de consultas a las que responden expertos, psicólogos, abogados. “Y lo hemos hecho porque el problema era que en las casas, si una era maltratada, no podía ponerse al teléfono porque el abusador estaba allí. Todo ha quedado muy escondido al trabajar todos en casa”, dijo.

A la ministra para la Igualdad de Oportunidades y la Familia, Elena Bonetti, con la que han tenido oportunidad de encontrarse, le han planteado la necesidad de “cambiar el paradigma”. “La violencia no tiene necesidad de planes extraordinarios para ser combatida. -explicó-. Es un problema estructural y como tal debe ser afrontado de modo definitivo. Las mujeres deben poder tener lugares donde puedan ser acogidas, puedan regenerarse, aprender un nuevo trabajo, incluso con sus hijos. La independencia económica es la clave. Si pudieran ganar su propio dinero sería más fácil para que ellas decidieran irse de la casa donde sufren violencias”.

Maggi indicó además como un ejemplo la decisión del Tribunal de Trento (norte de Italia) que por primera vez en el país, ha determinado que los hombres responsables de violencias son los que deben ser alejados de sus casas. “Hasta ahora, en general eran las mujeres las que eran alejadas y colocadas en las llamadas Casa Refugio. Pero si bien son necesarias en ciertos casos, los refugios pueden ser un problema, porque se tienen que llevar los hijos y a veces la escuela les queda lejos, etc. Por eso nosotras apoyamos la medida de que sean los hombres los alejados y enviados a centros especiales donde empiecen su conversión. Y que las mujeres se queden tranquilas en casa con el apoyo de asistentes sociales, psicólogos, etc”, añadió.

Las mujeres extranjeras residentes en Italia son otro problema. Pese a que muchas han logrado regularizar su situación, otras que trabajaban como empleadas domésticas o cuidadoras de ancianos en negro, durante la cuarentena han quedado en la calle. Es el caso de ecuatorianas y peruanas pero también de rumanas. Algunas organizaciones solidarias tratan de ayudarlas, como la latinoamericana “Uniendo Raíces”. Pero existen casos más tremendos, como el de las mujeres nigerianas explotadas como prostitutas. “El mercado de la trata siguió existiendo pese a la cuarentena” dijo Maggi, y concluyó: “Las mujeres inmigrantes no son tenidas en cuenta para nada ”. 

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La Post-pandemia y el capitalismo que viene

La versatilidad del capitalismo no tiene límite, salvo la extinción de la especie y el colapso del planeta. Pero mientras esto sucede, sus cambios se aceleran en busca de una mayor tasa de explotación e incremento de beneficios. Si la lucha por la apropiación del plusvalor es una de las características de la contradicción capital-trabajo, hoy nos enfrentamos a una reinvención de las formas de dominación, enajenación del excedente y construcción de hegemonía. El capitalismo digital se pone al día utilizando las nuevas tecnologías bajo la pandemia del Covid-19. Si hacemos historia, es un proceso similar al sufrido por el capitalismo histórico entre los siglos XVI y XVIII, donde la proto-industrialización y los descubrimientos científicos aceleraron el proceso de acumulación de capital y la revolución industrial. Sus fases van desde el capitalismo colonial, la esclavitud hasta el imperialismo y la consolidación de la dependencia industrial, tecnológica y financiera. Sin embargo, su evolución ha tenido reveses. Los proyectos emancipadores anticapitalistas han trastocado sus planes, aunque sea de forma momentánea. Las luchas de resistencia, los procesos revolucionarios y los movimientos populares han alterado su itinerario, obligándolo a retroceder. El siglo XX ha dejado una huella difícil de borrar en su desarrollo. Fueron dos guerras mundiales, seguido del holocausto nuclear no exento de conspiraciones, golpes de estado y procesos desestabilizadores cuyos efectos los reconocemos en un crecimiento exponencial de la desigualdad, el hambre, la miseria y la sobrexplotación de un tercio de la población mundial. En este recorrido, el fascismo, eje de la modernidad, se proyecta en el siglo XXI. El neoliberalismo asume sus principios y los gobernantes adoptan sus proclamas bajo un llamado a la xenofobia, el racismo y el discurso anticomunista. Como señaló George Mosse en su ensayo La nacionalización de las masas, Hitler y el nazismo se explican bajo un simbolismo, una liturgia y una estética que atrapó a la población bajo el culto al pueblo. "Una nueva política que atrajo no sólo a los nacionalsocialistas, también a miembros de otros movimientos que encontraban su estilo atractivo y útil para sus propios propósitos". Léase Trump, Bolsonaro, Piñera o Duque.

En pleno siglo XXI, asistimos a tiempos convulsos. El capitalismo busca su reacomodo. Hacer frente a los problemas de organización, costos de explotación y reajustar la función del gobierno en la gestión privada de lo público. Igualmente debe pensar en una nueva división internacional de los mercados, la producción y el consumo. La digitalización, el big-data, la robotización y las tecnociencias se subsumen para responder a las lógicas del capital. Asimismo, la dinámica de la complejidad aplicada al proceso productivo fija pautas en la especialización flexible, la deslocalización y el proceso de toma de decisiones. La realidad aumentada acelera la concentración de las decisiones y el acceso inmediato a los datos modifica las lógicas de un poder que se hace más arbitrario, violento y omnímodo. El traslado del mando real del proceso de decisiones a una zona gris, de difícil acceso, facilita eludir las responsabilidades políticas o bien las oculta bajo el manto de la post-verdad o las mentiras en red.

La transición del capitalismo analógico al digital es ya una realidad. Algunos ejemplos nos dan pistas. Basta ver el mensaje lanzado por Inditex en España. El dueño de Zara, benefactor de la sanidad pública, hará desaparecer más de mil 200 tiendas en todo el mundo, bajo la necesidad de estar en sincronía con las nuevas formas de compra-venta on line. Así, realizará una inversión de mil millones de euros en su reconversión digital en dos años (2020-2022), destinando mil 700 millones para trasformar sus locales al concepto de tienda integrada. Un servicio permanente al cliente allá donde se encuentre. En otras palabras, tendrá en su dispositivo portátil una aplicación de Zara. En esta versión digital del capitalismo, otro de los cambios que llega para quedarse es el "teletrabajo" o trabajo en casa. Una vuelta de tuerca a la sobrexplotación. Los horarios, la disciplina y el control lo ejerce el trabajador sobre sí, lo cual supone un elevado nivel de estrés y jornadas ilimitadas. En cuanto a la educación, sólo en las universidades se baraja la idea de articular clases en las aulas con lecciones virtuales. Las lecciones presenciales irán perdiendo peso, hasta desdibujar el sentido que las vio nacer, forjar ciudadanía y aprender el valor de la crítica colectiva. La universidad se reducirá a expedir títulos donde el aprendizaje muta en autodidactismo.

El capitalismo post-pandemia acelera el cambio del mundo cotidiano. Las firmas digitales, las videoconferencias, el control biométrico, los diagnósticos por ordenador, son algunos de los cambios que terminarán generando una modificación antropobiológica del ser humano. Y tal vez en este sentido, la lenta sustitución del dinero en efectivo, por el pago con tarjetas será fuente no sólo de mayor control social y poder de la banca, supondrá una mayor exclusión social. Quiénes tendrán y quiénes no tendrán tarjetas de crédito o débito. Suecia anuncia que el papel moneda se extinguirá dentro de la siguiente década. Más pobres, más esclavos de los bancos. Ese es el futuro incierto del capitalismo que viene tras la pandemia.

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Viernes, 05 Junio 2020 06:34

"Es posible reducir la semana laboral"

"Es posible reducir la semana laboral"

Entrevista a Daniel Kostzer, experto argentino en OIT

El especialista en políticas de empleo reflexiona sobre las lecciones que deja la pandemia y los cambios que pueden venir.

 

"Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa, pero en esta crisis, el ingreso universal como única medida no soluciona la necesidad de preservar los puestos de trabajo mientras permanece restringida la oferta. Por eso, para sostener el vínculo laboral, los países apuntan a distintas formas de subsidio sobre el salario. También es necesaria una expansión del crédito para la producción", explica el economista argentino Daniel Kostzer, miembro de la unidad regional de análisis económico y social de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Asia-Pacífico. Kostzer fue representante argentino en el Banco Mundial y asesor económico del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las lecciones que puede dejar la pandemia. Dice, por ejemplo, que se comprobó que se puede bajar la semana laboral. También cuenta cómo es la situación sanitaria en Bangkok, Tailandia, en donde reside hace varios años, y analiza la reacción del gobierno argentino a los desafíos económicos nacionales.

- La OIT relevó en todo el mundo las medidas de los Estados para sostener los salarios. Pero también hay advertencias porque en muchos casos se apoya a empresas que tienen capacidad propia para capear el temporal. ¿Qué piensa de este debate?

- Por principio general, prefiero el subsidio al individuo y no a la empresa. Pero en este caso hay que preservar el vínculo laboral, porque se necesita tener a las empresas listas para salir a producir. Otro argumento de peso es que la antigüedad en el puesto laboral es un factor primordial en el aumento salarial. Si se rompe el vínculo, el trabajador pierde un activo importante. Por eso, el ingreso universal en este caso no sirve como medida única. En todo caso, puede haber un problema de ajuste en el instrumento, pero esto no implica para nada que el instrumento no sirva. Hay unos 40 países que están implementando este tipo de políticas de distinto modo. Hay algunos que subsidian directamente al salario, otros hacen postergaciones en los aportes, otros dan créditos. Pero todos apuntan a subsidiar una parte del salario o reembolsar a las empresas por los salarios pagados. En el caso argentino, el programa ATP se combinó con algo  acertado que es el crédito para pymes en función de la nómina salarial. Esta es la forma más fácil de dar crédito, porque si la empresa pagó salarios, quiere decir que tiene plata para devolver el crédito por ese monto. Es mucho mejor que analizar los balances, que sabemos que muchas veces no tienen relación con la realidad. A medida que se va reactivando la producción, va a ser más necesaria la expansión del crédito.

- ¿Cómo se viene desarrollando la cuarentena en Tailandia?

- En Tailandia la cuarentena fue bastante estricta. Cerraron oficinas, cines, restaurantes shoppings, casas de masaje, salones de belleza y otros comercios e incluso cerraron la isla de Phuket, que es un punto turístico muy importante. Los negocios abiertos no permitían el ingreso de gente al local. Estuvimos así desde el 15 de marzo hasta el 15 de mayo. A partir de ahí comenzaron a reabrir los lugares, aunque con medidas de seguridad, incluso pusieron divisores de acrílico transparentes en los restaurantes. Hay vuelos internos pero no internacionales. De todos modos, la gran mayoría de las fábricas de las afueras de las ciudades siguieron trabajando. En Tailandia, los muertos no han llegado a 60 por una serie de factores. Primero, el sistema de salud es muy desarrollado y hay una tradición en el uso del barbijo por un sentido de cuidado del otro. Otro factor importante es que los viejos por lo general están en el campo y la gente joven se va a trabajar a la ciudad. Con la pandemia, las ciudades se desconcentraron porque los trabajadores volvieron a las casas de sus familias en el campo. Otro elemento es que hubo un gran aprendizaje de la epidemia del SARS en 2003, que también fue rápida y masiva. Y hay confianza en los técnicos que conocen del tema, la gente no protesta, hay obediencia y un sentido budista de no provocar un mal en el otro. El caso extremo es Vietnam, donde no hubo un solo muerto por coronavirus.

- ¿En qué puede consistir esto que se llama la “nueva normalidad”?

- Es difícil saberlo porque ni siquiera estamos seguros de que no aparezcan nuevos picos de contagios. Pero un par de cosas creo que van a quedar más claras que antes. La primera es que el tema de la salud pública trasciende a las clases sociales: si bien no es lo mismo estar en cuarentena en un country o en la Villa 31, el virus ataca de manera indiscriminada. Y por más plata que tengas, una parte de tu salud depende de la salud pública. Otro aprendizaje radica en que se puede llevar a cabo una enorme cantidad de tareas sin que el trabajador esté ocho horas marcando tarjeta. El trabajo a distancia funciona en muchos casos y la reducción de la semana laboral es posible. También por el lado de la contaminación, esto dejó en evidencia que la intensidad del funcionamiento social tiene mucho impacto ambiental. Quedó claro que el trabajo genera riqueza y que las finanzas son volátiles. Es indispensable replantear la tasa de ganancia injustificada de los negocios financieros. Mientras el capital financiero tenga 15 puntos de ganancia y el capital productivo tenga de 3 a 5 será muy difícil producir. Siempre pongo el ejemplo del almacenero, que paga 20 mil pesos de alquiler en base a determinado valor del inmueble. Si el día de mañana ese inmueble se valorizó por la evolución de las finanzas y del real estate, ese almacenero va a tener que pagar más alquiler y va a caer su propia tasa de ganancia. Es preferible que el local pierda algo de su valor financiero y que no se perjudique a la producción. Algo de eso va a tener que pasar con los bienes de consumo masivo.

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El desempleo en Colombia se dispara hasta el 19,8% en abril

Los desempleados pasan de 2,5 millones hasta más de 4 millones en el primer mes completo de cuarentena para frenar la pandemia

 

Colombia ya siente con fuerza la dentellada económica provocada por el coronavirus. La tasa de desempleo, el tradicional talón de Aquiles de una de las economías más estables de América Latina, se disparó hasta el 19,8% en abril, el primer mes completo de la cuarentena nacional decretada por el Gobierno de Iván Duque para frenar la propagación de la covid-19. El dato divulgado este viernes por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística está en línea con las proyecciones más pesimistas y representa casi el doble con respecto a la tasa de abril de 2019.

En un mes, más de 5,3 millones personas dejaron de estar ocupadas en el país andino, la cuarta parte de los puestos de trabajo. En ese mismo periodo, los desempleados pasaron de 2,5 millones a 4,1 millones, mientras la población ocupada se ubicó en 16,5 millones de personas. Como se anticipaba, los sectores más golpeados fueron industria manufacturera, comercio, restaurantes, actividades artísticas y de entretenimiento. Si se amplía el periodo de febrero a abril, la tasa de desempleo se ubica en 14,6 %. El pasado marzo, cuando los colombianos llevaban cerca de una semana sometidos a las inéditas medidas de confinamiento, el desempleo ya había subido al 12,6%.

Colombia arrancó este año con los mejores números entre los países grandes de la región. El crecimiento de los dos primeros meses superaba el 4%, pero la incertidumbre de marzo, cuando se inició la cuarentena, bastó para frenar ese impulso y cerrar el trimestre con un crecimiento de 1,1%. Es probable que el pasado abril quede registrado como el mes de peor desempeño económico en la historia de Colombia, coinciden diversos analistas. Para este año, el Ministerio de Hacienda prevé una desaceleración en torno a -5,5%, aunque para el Fondo Monetario Internacional la caída será de -2,4%.

Después de más de dos meses del llamado “aislamiento preventivo obligatorio”, el país se apresta a pasar a una nueva fase que relaja las medidas de confinamiento a partir del lunes. El Ejecutivo ha insistido en recuperar la “vida productiva” –más no la “vida social”– mediante una reactivación económica escalonada. Desde hace varias semanas, sectores como la construcción, la manufactura y algunos comercios están autorizados a salir a las calles bajo ciertos protocolos, y a partir de junio las numerosas excepciones también cobijan las "actividades profesionales, técnicas y de servicios en general”, el comercio al por mayor y al por menor, incluido el funcionamiento de centros comerciales, así como los museos, bibliotecas y peluquerías, entre muchas otras.

Aunque exhibe con orgullo una de las economías más estables de América Latina, que solo ha acabado un año en negativo en más de medio siglo, Colombia también ha mantenido una tasa de desempleo “inaceptablemente alta”, como reconocía en noviembre el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla. El año pasado volvió a ubicarse por encima de los dos dígitos (10,5%) y el coronavirus amenaza con llevarla por encima del 20 % en 2020.

La preocupación también se asienta en el frente de la larga lucha contra la pobreza y la desigualdad. Para 2018, Colombia había reducido el porcentaje de su población por debajo de la línea de pobreza hasta el 27 %. Un reciente estudio de la Universidad de Los Andes advierte que la pandemia puede representar un retroceso de dos décadas, hasta los tiempos en que cerca de la mitad de la población se ubicaba por debajo de ese umbral.

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Marx, Piketty y los ladrones de conceptos

Louis Althusser tras ejecutar su famoso –y problemático− "corte epistemológico" que en su obra tardía mutó en una “tensión permanente entre el ‘joven’ y el ‘viejo’ Marx” (bit.ly/2Ad2ruS), reformuló también famosamente dentro del marxismo – and with a little help of his “ friends”: Freud & Spinoza (P. Anderson, Considerations on western marxism, 1976, p. 84-85)− el concepto de la ideología.

Viéndola más allá de la "falsa consciencia" como un campo en que las prácticas e instituciones materiales del Estado están representadas de forma imaginaria con tal de asegurar la reproducción de estructuras socioeconómicas existentes, Althusser argumentaba que 1. "La ideología representa una relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de vida" y que 2. "La ideología tiene una existencia material" (véase: On the reproduction of capitalism. Ideology and ideological state apparatuses, 1970, 288pp).

Pese a deficiencias, su modelo se mantiene. Comprender como formamos nuestras ideas "influenciados" por nuestras instituciones –"aparatos ideológicos del Estado"− es crucial para comprender por qué seguimos reproduciendo el sistema que nos está explotando (bit.ly/3cQ5A23).

Los que piensan que algo de esto –en forma de refutación, debate "de un marxista al otro" (p.ej. Miliband vs Poulantzas) e incluso un ataque (p.ej. E. P. Thompson vs Althusser)− estaría en el nuevo y “monumental opus magnum” del “gran economista super star” –todas las comillas son como siempre muy intencionales− Thomas Piketty titulado El capital y la ideología (2019, 1200pp.), seguramente pensaban y/o siguen pensando que Piketty en su anterior y “monumental opus magnum” El capital en el siglo XXI (2013, 696pp) “actualizaba a El capital”, “avanzaba la teoría marxista para ‘la era de las desigualdades’” o que incluso era "el moderno sucesor de Marx" −no, no estoy inventando estos absurdos−, mientras ni él ni sus libros no tienen nada que ver con Marx ni marxismo (bit.ly/3goikzn , bit.ly/2Z8GqrF), son "una decepción intelectual y política apoyada por los medios" (bit.ly/35XowJQ) o, en el mejor de los casos −sin tener idea del concepto del "capital" introducido por Marx y poniéndolo en la portada de su libro e ignorar cuestiones como la explotación del trabajo, el valor o la tasa de ganancia− un "robo de título" (véase: Marx, Piketty y los ladrones de títulos, bit.ly/367YqUp).

Tras más de seis años, Piketty no sólo continúa sin entender el concepto del "capital" (una "relación social", no "un conjunto de bienes, propiedades y riqueza"), sino − ¡suprise, suprise!− tampoco entiende el concepto de la ideología (véase: Althusser, no "un conjunto de ideas que profesamos conscientemente"). Tras no haber leído El capital –como él mismo ha asegurado (bit.ly/2B2Ux7K)− para hablar del "capital en el siglo XXI", ahora − ¡suprise, suprise!− Piketty no ha leído nada sobre la ideología para hablar del "capital y la ideología".

“Lo más alucinante –le decía Frédéric Lordon debatiendo con él “de un economista marxista a un mainstream− es la manera en la que te lanzas lleno de entusiasmo a uno de los temas más populares en ciencias sociales en los pasados 150 años sin ninguna referencia y sin citar a un solo autor...” (¡sic!) ¿Marx y Engels con su Ideología alemana? ¿Adorno, Horkheimer y la Escuela de Frankfurt? ¿Alguien otro de la tradición marxista de la ideología (de ‘A’ como Althusser a ‘Z’ como Zizek)? ¿Weber? ¿Bourdieu con su "violencia simbólica" con la que “sustituía el concepto de la ‘ideología’, pero para preservarlo”? "Pero no, no hay nada. Nada. Y esto es muy desconcertante..." –le decía (bit.ly/2LurMTr).

En vez de esto hay un festival de lugares comunes y confusiones (y por supuesto "una impresionante masa de datos"). Dándole la espalda al materialismo y retrocediendo a posiciones idealistas –¡vaya "sucesor de Marx"...!− Piketty ve a las ideas, no p.ej., ¡ejem...!, la lucha de clases, como "el motor del mundo". Para él las desigualdades "son ante todo ideológicas" y "justificadas por la ideología" −como hoy por la "sacralización de la propiedad"− una "explicación" que se queda dolorosamente en la superficie. Proponiendo la circulación de bienes "para superar el capitalismo" (sic) y una suerte de "socialismo participativo" (sic) para, mediante los impuestos, “compartir ‘el capital’ (la riqueza) acumulado por los ricos” y... generado por el mismo sistema sin expropiarlos o sustituirlo con otro modo de producción, Piketty no nota como su "remedio" reproduce la misma lógica capitalista y desemboca en mero reformismo revelando inconscientemente como el propio concepto de la "desigualdad" en vías de absorción por intelectuales, políticos e instituciones dominantes, y lejos de ser ya algo subversivo se vuelve parte orgánica de la ideología burguesa para ir oscureciendo los verdaderos mecanismos del capitalismo y "salvarlo de sí mismo".

“La desigualdad −bien apunta G. M. Tamas− es un problema sociológico, mientras la explotación (algo que ningún gobierno ni la clase capitalista puede remediar como quieren p.ej. los socialdemócratas), no. Transformar la reificación, el fetichismo de la mercancía, la explotación en ‘desigualdad’ (o sea, ‘un problema político posible de solucionar gradualmente’), es, desde el punto de vista marxista, un absurdo” (bit.ly/2ZDi35r). Igual lo es hablar de la "ideología" sin entender la hondura del concepto.

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Caravana de Mujeres Centroamericanas.

En situación de calle, bajo el sol en la ruta, abandonados o detenidos en las cárceles de frontera. El covid-19 expulsa a miles de migrantes latinoamericanos que, sin trabajo ni vivienda, emprenden distintas travesías agobiados por el hambre y el miedo.

 

“Quiero irme a Bolivia, tengo mis hijas allá, nosotros vinimos solamente a trabajar”, contaba Marina a la prensa chilena, mientras acampaba frente al Consulado de Bolivia en este país. Mientras tanto, a miles de kilómetros, migrantes centroamericanos que tenían como destino la deportación eran abandonados en la frontera sur de México. “Nos botaron aquí porque no sabían qué hacer. Ahora a ver cómo le hacemos para volver a nuestro país sin dinero y con la frontera cerrada”, decía Anthony, migrante guatemalteco.

Por estos días América Latina ve crecer el número de contagios, al mismo tiempo que aumentan las restricciones que vacían las ciudades expulsando a la población más pobre. Los migrantes son parte de este sector sumergido que no se puede quedar en casa al vivir al día con trabajos informales y alojamientos temporales. Personas que en los últimos años se desplazaron por razones económicas, pero también forzadas por contextos de violencia o los efectos que el cambio climático genera en sus territorios.

“Estamos hablando de flujos mixtos. Las fronteras entre migrante y refugiado son cada vez menos claras en los flujos contemporáneos”, explica a El Salto María del Carmen Villareal, investigadora de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro, especializada en migraciones internacionales y derechos humanos.

Un fenómeno reciente es el aumento de los flujos intrarregionales que responden a las restricciones impuestas por el norte global, pero también a la mejora de las políticas migratorias que facilitaron la movilidad y las residencias en América del Sur durante los Gobiernos progresistas. Según datos de 2019, hay más de 7,5 millones de migrantes sudamericanos en esta región. El fenómeno más visible es el venezolano, que tiene como principales destinos Colombia, Perú y Ecuador. Pero también aumentó el desplazamiento de nicaragüenses a Costa Rica o de centroamericanos que tenían a Estados Unidos como destino y terminaron quedándose en México, debido a los fuertes controles migratorios que impone el Gobierno de Donald Trump.

Si bien el objetivo de los migrantes es encontrar un futuro mejor, también es una vía para ayudar a sus familias a través del envío de remesas. En varios países esta contribución es muy significativa a nivel económico: en Haití representan más del 30% del PBI, en El Salvador y Honduras el 20% y en Guatemala y Nicaragua su peso es superior al 10%. Sin embargo, el informe Especial covid-19 de la CEPAL muestra que debido al coronavirus estas podrían contraerse entre un 10% y un 15%. El estudio también revela que llevaría entre tres y cuatro años recuperar el nivel alcanzado en 2019.

Según datos también de CEPAL, antes de la pandemia, América Latina mostraba bajo crecimiento económico, la tasa de desempleo alcanzaba el 8,1%, y el trabajo informal afectaba al 54% de los trabajadores. Un panorama que se agravará con la crisis sanitaria, y que si bien los Gobiernos han querido contrarrestar implementando medidas de apoyo a los sectores más afectados, en su mayoría son ayudas que están orientadas a nacionales o a migrantes con sus documentos regularizados.

VOLVER

La desprotección y el riesgo que supone el contagio los destina otra vez al desarraigo, con un efecto que hasta hace unos meses parecía imposible: el retorno a sus países de origen. “Es mejor vivir la miseria de uno con su familia”, dice una migrante venezolana que se arriesga a cruzar con sus hijas a cuestas por uno de los pasos irregulares, los “tronchos”, que conectan la frontera de Venezuela con Colombia.

La crisis del coronavirus generó el cierre de la mayoría de la fronteras, aunque en un continente caracterizado por la porosidad de sus límites el bloqueo nunca es definitivo. “Allí hay muchísimos peligros. Son personas que se han quedado sin nada, que no tenían para comer y que están tratando de volver para tener un techo. En el caso de las mujeres es muy importante tener una mirada de género. Porque muchas migrantes hablan del peaje migratorio, de la posibilidad de ser violadas“, señala la politóloga brasileña.

En el caso de Venezuela, el Gobierno de Nicolás Maduro habilitó algunos corredores humanitarios de retorno. Días atrás salieron diez autobuses de Cali a la ciudad venezolana de Cúcuta. Sin embargo, la mayoría de las personas están retornando a través de los “tronchos”, a donde llegan también decenas de venezolanos provenientes de Ecuador y Perú, dispuestos a arriesgarse luego de haber atravesado miles de kilómetros.

Según datos del consulado de la República Bolivariana en Quito, en Ecuador hay más de 17.000 personas anotadas a la espera de un vuelo humanitario. En los primeros días de mayo, dos aviones de la empresa aérea Conviasa llegaron a la capital ecuatoriana y retornaron a Caracas con 180 ciudadanos. Sin embargo, el cónsul venezolano, Pedro Sassone, dijo que hasta el momento no saldrán más vuelos. “Además de la parte económica está también el lado emocional, que es súper agobiante. La mayoría de los venezolanos se ve sola, y depende de las buenas personas que tengan a su alrededor”, explica a El Salto Lucía León, politóloga venezolana especializada en relaciones internacionales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

En estos días, muchos venezolanos han sido expulsados de sus viviendas, sobre todo en Quito y Guayaquil, donde se concentra casi un 70% de los 500.000 que están en el país. Una región en la que también se da la mayor cantidad de contagios y muertes, lo que incrementa la estigmatización y xenofobia debido a las noticias falsas que los culpan de la propagación del virus. Según cuenta León, “hay muchas denuncias de que los servicios de emergencia no te atienden si se dan cuenta de que eres venezolano”. Ecuador dispone de un sistema universal de salud que incluye a toda la población, algo que no habitual en todos los países de la región.

También en Perú, donde viven alrededor de un millón de venezolanos, la situación es acuciante. Si bien se han generado ayudas mínimas como la de Acnur, que brinda 80 soles (100 dólares) a migrantes sin importar su situación legal, para ello es necesario contar con una cuenta bancaria. “Algo a lo que no tiene acceso la población que se encuentra en situación irregular", explica del otro lado del teléfono Martha Fernández, refugiada que vive desde hace tres años en el país e integra la Asociación Protección Poblaciones Vulnerables.

En Brasil, el Estado incluye en sus planes de ayudas sociales a la población refugiada y migrantes regularizados. Si bien el giro a la derecha en la región marcó un momento más restrictivo con políticas que dejan de lado la retórica pro derechos humanos, algunos Gobiernos han instrumentalizados ideológicamente los flujos migratorios. “En Brasil tienes a Bolsonaro, que mucha gente podría pensar es un error en todos los sentidos, que no hay duda de eso, pero él aprobó miles de solicitudes de refugio para venezolanos”, explica la investigadora Villarreal. En este contexto, organizaciones de la sociedad civil organizaron la campaña #RegularizaçãoJá, que exige una regularización permanente para todos los migrantes del país.

También en Argentina, país con una larga historia como receptor de migrantes, la Secretaría de Trabajadores Migrantes (STM) tiene el mismo reclamo. Más en estos días en que el Gobierno de Alberto Fernández creó el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que deja por fuera a los migrante que no están regularizados o a quienes tienen la residencia legal inferior a dos años. En el período del presidente Mauricio Macri se aprobó el Decreto de necesidad y urgencia (DNU 70/2017), que retrasó la entrega de la documentación de residencia. Más de 70.000 expedientes estaban a la espera de su aprobación, multiplicándose en estos días debido a la paralización de las actividades por la cuarentena obligatoria.

La STM tiene un diálogo fluido con el Gobierno de Fernández y en este contexto le envió una carta en la que le solicita el acceso al IFE sin restricciones, aunque el intercambio con las autoridades es con una mirada a largo plazo. “Hay que hablar con el Estado de igualdad de derechos para todos y todas, no paliativos que se den solo durante la pandemia. Medidas de 'cuando me sirven regularizo a los migrantes por un tiempo, y cuando no, que vuelvan a su estadío normal, que es el del trabajo informal, la trata de personas, la prostitución'”, cuenta a El Salto Lila Báez, migrante paraguaya, vocera del STM. Mientras tanto, la organización está realizando ollas populares en las barriadas y villas del país, donde vive la mayoría de la población migrante. En estos días Argentina registró un aumento de contagios de coronavirus, sobre todo en estas zonas más empobrecidas.

Mientras tanto, en países como Perú, Chile y México se han establecido medidas de regularización especial, pero solo para la contratación de personal sanitario extranjero que no contaba con sus documentos regularizados, permitiendo que médicos, enfermeros y especialistas de otros países puedan ejercer durante el período que dure la pandemia.

SIN SALIDA

Pero el cierre de las fronteras también genera que muchas personas queden cautivas o varadas en las ciudades limítrofes entre los países. México, país que con el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador militarizó todo el territorio y se convirtió en gran receptor de los migrantes que buscan llegar a Estados Unidos, tiene detenidas a cientos de personas en sus estaciones migratorias. “Es una situación difícil, con mucha población en espera o atrapada, principalmente la población centroamericana que cruzó el país en las caravanas migrantes. Muchas que incluso han solicitado refugio o que ya tienen este estatus”, cuenta Luciana Gandini, especializada en estudios sobre desplazamiento interno, migración, exilio y repatriación en la Universidad Autónoma de México (UNAM).

Frente a esta situación, organizaciones de derechos humanos, como el centro Fray Matías de Córdoba, denunciaron que la situación era insostenible, con las personas angustiadas debido al encierro indefinido y a la poca información que reciben en espacios que no cumplen con las medidas mínimas de salubridad. En estos días se han realizado distintas protestas en las cárceles migratorias, que fueron reprimidas de manera violenta por las autoridades mexicanas. En unos de estos reclamos, en la estación migratoria de Tenosique, en el Estado de Tabasco, falleció un migrante guatemalteco. El hombre era solicitante de asilo y estaba previsto que fuera liberado en dos días para continuar con su trámites.

La muerte del migrante guatemalteco recrudeció las protestas, lo que generó que el Instituto Nacional de Migración decidiera vaciar algunos de los centros y trasladar a los migrantes a la frontera sur con Guatemala. “Lo que hizo fue subirlos a camiones y autobuses, en teoría para devolverlos a sus países, pero la frontera está cerrada y no los puede devolver. Entonces los deja en una ciudad fronteriza como Talismán. Imagínate lo que implica eso en términos de xenofobia y de discriminación cuando tú en una ciudad pequeña que ya viene afectada dejas a cientos de personas sin ningún tipo de plan”, señala Gandini.

Junto a ellos también se encontraban migrantes centroamericanos que Estados Unidos había deportado en los últimos días, ya que el país no detuvo las audiencias. Incluso en el contexto de la pandemia se incrementaron las “devoluciones en caliente”. La patrulla fronteriza tarda 96 minutos en devolver a las personas que detiene en los cruces irregulares. “Es interesante pensar que el acuerdo por el cual se cerró la frontera entre Estados Unidos y México dice literalmente que se cierra para los flujos no esenciales. Por lo tanto la deportación es considerada un flujo esencial. Llevada a cabo además sin ningún tipo de control sanitario, lo que implica un riesgo altísimo para México”, afirma la investigadora de la UNAM.

En la página oficial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), se reconoce que en los centros de detención donde son alojados antes ser deportados hay personas infectadas. Sin embargo, en ninguno de los países se realizan test o se implementan medidas de aislamiento antes o después de ser devueltos a México.

La implementación de medidas sanitarias no implica necesariamente el respeto de los derechos humanos. En Costa Rica, bajo el argumento de asegurar “la seguridad pública”, el Gobierno instaló una base área militar en la frontera con Nicaragua para impedir la llegada de ciudadanos de este país. También en Bolivia, en la localidad de Pisiga, frontera con Chile, el Gobierno obliga a los trabajadores que retornan del país andino a realizar la cuarentena en un campamento militar. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llegó a exigir “el desplazamiento inmediato de estas personas a localidades de Bolivia” y recordó que “los Gobiernos están obligados a recibir a sus migrantes y a velar por su acceso a la atención sanitaria y a otros derechos”.

TAMBIÉN EN CASA

Pero la movilidad que obliga la pandemia no solo se da atravesando fronteras externas. El coronavirus también generó éxodos internos. En Lima, capital de Perú, miles de pobladores provenientes de zonas andinas y selváticas que migraron a la capital en busca de mejores condiciones de vida están retornando a sus comunidades rurales. Uno de los flujos se dirige hacia los departamentos de Ayacucho y Huancavelica, zonas que alcanzan una tasa del 53% de pobreza.

Según explica Martín Souto, docente peruano que trabaja asesorando a los Gobiernos locales de estas regiones, “esto lleva a un redescubrimiento de la importancia de estas comunidades para la alimentación. Son territorios que abastecen el mercado nacional y regional de papas nativas, habas, cebada”. En total hay 6.600 comunidades campesinas y nativas que son dueñas de la tierra, pero que pese a la riqueza de sus campos ven migrar a sus pobladores hacia otros zonas, no solo a la capital.

El Gobierno de Martín Vizcarra abrió una página web para que la población que quiera retornar se inscriba y pueda contar con opciones de traslado. Pero en estos días 170.000 inscripciones desbordaron la capacidad estatal. En Lima se anotaron 13.000 personas para regresar a Ayacucho. Sin embargo, hasta el momento, regresaron de manera oficial 700 personas. Mientras tanto, se estima que 6.000 pobladores están retornando por su cuenta. En el Perú profundo, el “no oficial”, miles personas se entrecruzan exhaustas luego de largas caminatas al sol con el único objetivo de regresar a casa. 

El 16 de marzo, cuando Perú implementó la cuarentena —hoy uno de los países con más casos—, las comunidades rurales de Huancavelica cerraron sus territorios. “La gente decía: 'Si acá entro en crisis, ¿quién me salva? Nadie. Entonces que no vengan, porque nosotros estamos sanos aquí'. Se habla mucho de la solidaridad, pero la gente que es pobre no tiene hospitales en el campo, está lejos y es precario”, afirma Souto. Luego de los primeros días de pánico, ahora la población permite el ingreso de los retornantes. Incluso se reactivaron las rondas campesinas que nacieron para enfrentar al grupo armado Sendero Luminoso, y que en este contexto se encargan de controlar que las personas que llegan respeten el aislamiento.

La pandemia encontró a América Latina en un momento histórico de movilidad intrarregional, con miles de personas forzadas a salir de sus territorios en busca de un futuro mejor. Al inicio de la crisis sanitaria se planteó que el virus era un “gran nivelador” que no entendía de razas, clases sociales o procedencia. Sin embargo, el #quedateencasa es imposible para los migrantes que, sin recursos y con Gobiernos que los invisibilizan, se ven obligados a emprender otra vez el camino del desarraigo.

Por Cecilia Osorio

Montevideo (Uruguay)

26 may 2020 06:00

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"Es la primera vez en la historia de la técnica que existen sistemas con el poder de mandar."

El filósofo francés critica a las nuevas tecnologías y a quiénes las endiosan

Desliza su denuncia en el momento más excesivo de la fascinación humana por las inteligencia artificial, desnudando la endeblez del transhumanismo futurista.

 

Desde París. Desafiar la modernidad es un gesto reservado a muy pocos. Algunos lo hacen desde la nostalgia del pasado porque son como viudos de un tiempo ido, otros, en cambio, deslindan los engaños, desarman las narrativas y los espejismos con los cuales los sistemas someten al presente del mundo. Eric Sadin pertenece a la segunda dinastía. Este filósofo francés forma parte del muy estrecho grupo de pensadores que sustentan una reflexión crítica sobre las nuevas tecnologías. Sadin tiene un pensamiento propio, una reflexión auténtica sobre lo que está realmente en juego dentro de la tecno ideología. Sus libros son una fuente imperdible de denuncia y reflexión y no uno de esos tediosos inventarios sobre tecnología que se limitan a enumerar sin entender el fenómeno. La elegancia de Eric Sadin está, entre muchos atributos, en que sus ensayos son en tiempo real y no un posteriori critico, un diagnóstico post morten. Sadin desliza su reflexión en el momento más excesivo de la fascinación humana por las nuevas tecnologías. Lo hizo en 2011 con el libro "La société de l'anticipation : Le Web Précognitif ou la rupture anthropologique"(La sociedad de anticipación: investigación sobre las nuevas formas de control). El libro se publicó en francés dos años antes de que se conociera el espionaje mundial orquestado por los servicios secretos norteamericanos y revelado por el ex agente de la CIA y de la NSA Edward Snowden. En 2013 publicó "La Humanidad aumentada" (Editorial Caja Negra), donde exponía cómo las capacidades cognitivas de los sistemas digitales estaban gobernando los seres y las cosas. En 2015, apareció "La Vida Algorítmica, Crítica de la razón digital", un ensayo donde Sadin abordaba el proceso de captación y explotación de los datos digitales con el único fin de identificar correlaciones y comportamientos. En 2016, Caja Negra tradujo otro de sus libros más contundentes, La siliconización del mundo. El libro era una suerte de alegato desconstructivo de uno de los mitos más mastodónticos de la modernidad: la Silicon Valley. Allí se forjó el modelo técnico-económico dominante aceptado con una mansedumbre global espeluznante. Era, en ese momento, un contrataque feroz contra un modelo que se presentaba a si mismo como un buen operador del progreso de la condición humana, pero que, al final, como con el conjunto de las tecnologías de la información, sólo maniobraba en beneficio de intereses privados. En 2020 Caja Negra publica en las próximas semanas otro ensayo de Sadin donde el pensador francés desmonta otra gran mentira del siglo XXI: la Inteligencia Artificial. El título del ensayo declara sin rodeos sus intenciones: "La Inteligencia Artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical" (traducción de Margarita Martínez).

Allí donde los medios baten la crema de un nuevo ser humano reparado de todas sus imperfecciones, Sadin le sigue la pista pasando del otro lado del espejo. Encuentra una impostura monumental cuyos contenidos desgrana en esta entrevista realizada en París. Se ha deslizado una tragedia global muy enriquecedora que da la razón a los análisis de Eric Sadin. La pandemia del coronavirus desarmó todas las retóricas sobre la utilidad humana de las nuevas tecnologías. No sirvieron ni para identificar el virus, ni para los pasos posteriores de la infección.

--La Inteligencia Artificial es, en los medios, poco menos que el nuevo El Dorado del horizonte humano. Sin embargo, usted ve en ella un proceso de deshumanización al mismo tiempo que un engreído discurso salvador y un trastorno mayor de los comportamientos humanos.

--Desde hace algunos años se expandió la idea de que la nueva lucha económica mundial se concentraba en la Inteligencia Artificial. Había dos ideas implícitas. La primera es que la Inteligencia Artificial era el horizonte económico ineluctable. La otra, que la IA ofrecería un montón de soluciones a muchísimos problemas individuales y colectivos. Esta idea se convirtió, entre 2015 y 2020, en la nueva doxa mundial que era preciso respaldar de forma masiva. Se produjo, en suma, una suerte de excitación colectiva a partir de la cual se estableció como una suerte de verdad probada, como un horizonte obligado. Nada puede ser menos verosímil. Son discursos entusiastas y luminosos muy alejados de la realidad. Se trata de una impostura. Desde el año 2010 estamos viviendo un cambio de estatuto. Las tecnologías digitales dejaron de ser un útil destinado a conservar, indexar o manipular la información para tener otra misión: se encargan de hacer un peritaje de lo real. Es decir que tienen por vocación revelarnos, a menudo en tiempo real, dimensiones que dependían de nuestra conciencia. Podemos recurrir al ejemplo de la aplicación Waze que se encarga de señalar el mejor recorrido para desplazarse de un lado a otro. Esa capacidad de hacer peritajes a velocidades infinitamente superiores a nuestras capacidades humanas caracteriza la Inteligencia Artificial. El sentido escondido de esto está en que la IA es como una instancia que nos dice la verdad. Y la verdad siempre reviste una función performática. Por ejemplo, la verdad religiosa enuncia dogmas e interpela a obedecerlos. La Inteligencia Artificial enuncia verdades con tal fuerza de peritaje que nos interpela a obedecerlas. Estamos entonces viviendo un momento donde las técnicas se dotan de un poder de mando. El problema radica en que nos plegamos al peritaje, nos conformamos con eso y ejecutamos las acciones correspondientes. Es la primera vez en la historia de la técnica que existen sistemas con el poder de mandar. Lo que ocurre de gravísimo es que esto tiene como objetivos responder a intereses privados u organizar a la sociedad de forma más optimizada.

--Este poder es, no obstante, apenas una etapa de ese proceso que funciona como una cadena de mando.

--Sí, el primero es el que acabo de describir: la técnica que da ordenes. Existe también el estado incitativo, que es como un primer nivel blando, digamos. Ese estado incitativo empezó a desarrollarse con la aparición de los Smartphones y las aplicaciones que nos aconsejaban sobre cosas cada vez más amplias de la realidad. Haga esto y no lo otro, vaya a este lugar que es mejor que el otro. Esto empezó con el IPhone y estaba ligado a la geolocalización. Su misión consistía en incitar a la gente a consumir. Es lícito reconocer que toda la esfera tecno industrial dio muestras de una genialidad sin igual. Inventaron constantemente nuevas cosas, forjaron discursos, supieron difundirlos y fueron y son una instancia de seducción desproporcionada. Algunos años después aparecieron los asistentes digitales virtuales, es el caso de Siri por ejemplo. Luego irrumpieron los altoparlantes conectados cuya particularidad es la de mantener una relación casi natural, intima, corpórea, con los usuarios gracias al conocimiento evolutivo de nuestros actos. Es turbador. La base de estos sistemas es el mismo: conducirnos a decidir esto o lo otro en función de la verdad enunciada. Encima, desde no hace mucho, esos sistemas hablan. La potencia de influencia de estos dispositivos es impresionante. Hablan, hacen peritajes, formulan, sugieren y dan órdenes. El grupo L’Oreal produce espejos conectados que, según el análisis de un rostro en el espejo, aconseja ponerse este producto, consumir este otro o ir a descansar a la montaña. La primera consecuencia de estas tecnologías es la mercantilización general de la vida. Esto le permite al liberalismo económico no verse confrontado por ninguna barrera y poder mercantilizar sin trabas el conocimiento de nuestros comportamientos. Casi a cada segundo y a escala planetaria, el liberalismo nos sugiere la mejor acción posible, es decir, la operación mercantil más pertinente. Vemos muy bien que el milagro de la Inteligencia Artificial no es para nosotros sino para la industria.

--Es, en suma, un gran mercado regulado por la tecnología y la información que estos dispositivos nos roban.

--Todos estos aparatos incitativos están destinados a que el liberalismo se desarrolle sin trabas. En la misma lógica, del estado incitativo pasamos al estado imperativo. En campos como el de los recursos humanos ya existen robots que dialogan con los candidatos a un puesto y que luego deciden entre cuatro o cinco quiénes son los mejores en función de criterios de optimización: obedientes, creativos, trabajadores, etc, etc, etc. Otro problema radica en que estos sistemas no son estáticos, aprenden y se desarrollan y, por consiguiente, tendrán más poder. Ese estado imperativo lo encontramos igualmente en los bancos o los seguros. Nadie cree hoy que son los seres humanos quienes deciden sobre las tarifas o el otorgamiento de un crédito. Después hay otro estado que debería ser objeto de muchos más estudios y movilizaciones: se trata del estado coercitivo. Este estado se despliega sobre todo en el mundo del trabajo mediante el desarrollo de sensores que supervisan y evalúan a la persona constantemente y, en tiempo real, miden las situaciones y aconsejan sobre los gestos que deben hacerse. En Amazon, por ejemplo, el personal no recibe órdenes de un jefe sino señales provenientes de estos sistemas que no sólo reducen la subjetividad humana, sino que, encima, reducen a los trabajadores a la categoría de robots de carne y sangre. Esta Inteligencia Artificial no sólo posee capacidades de análisis sino también de retroacción, es decir, indicar, sugerir, ordenar, prescribir.

--Gracias al canto de las sirenas de ciertos medios –el caso de El País en España es vergonzoso—estas dimensiones perversas son invisibles. La gente sigue creyendo que la Inteligencia Artificial es un útil de progreso humano cuando, en lo esencial, es un instrumento de explotación al servicio de las empresas.

--Efectivamente, todo esto no no ve…no se ve la extensión de la Inteligencia Artificial en nuestras sociedades. Desde 2010 se habla mucho acerca de cuántos empleos o profesiones se destruirán con la Inteligencia Artificial, pero se habla muy poco de las nuevas modalidades de gestión que la IA ha introducido en las prácticas de hoy en el seno de las empresas. La velocidad exponencial en la que todo esto se desarrolla no sólo quiere decir que se va cada vez más rápido, sino, ante todo, que se nos niega el derecho de determinarnos libremente en la pluralidad de la contradicción. Estamos inmersos en un movimiento exponencial de todas las cosas. En los años 70, la automatización de las fábricas se desarrolló en los puestos de trabajo muy expuestos o nocivos. Se podía decir que, al menos, era por una buena causa: la salud, la preservación de los operadores del peligro y la protección de la psicología de las personas. En cambio, la sustitución que se expande actualmente concierne a oficios o profesiones donde se requieren muchas competencias. La gente tuvo que estudiar durante años y años, con pasión. Hoy las reemplazan por sistemas de Inteligencia Artificial.

--Hay entonces una dimensión mítica que resulta de una hábil construcción del liberalismo y no de una necesidad o de un progreso humano.

---Sí. La Inteligencia Artificial vehicula la promesa de estar llamada a substituir nuestras inteligencias naturales. No, es un abuso de lenguaje. Lo que se busca aquí es poner los asuntos humanos bajo el doble imperativo de la mercantilización integral de la vida y de una optimización continúa de nuestras vidas colectivas. Eso es lo que se está implementando. Yo convoco a que se hagan valer otros modos de racionalidad frente a este modelo. Con el modelo de racionalidad de la Inteligencia Artificial se promueve un anti humanismo radical con el cual se quiere instalar una suerte de utilitarismo generalizado y de higienismo social. La Inteligencia Artificial nos deshumaniza porque limita nuestra capacidad a juzgar y elegir libremente, traba la libre expresión y la autonomía humana en beneficio de sistemas que propagan su propia luz, muy distinta a la idea de soberanía y autonomía del individuo que surgió durante el Siglo de las Luces. Ese es el corazón del anti humanismo reinante.

--Sin embargo, un cataclismo ha ocurrido, y ahora bien real: la expansión de la pandemia de coronavirus vino a decapitar todas las mitologías de la Inteligencia Artificial y las tecnologías de la información. No sirvieron para nada, en ninguna de las fases de la crisis sanitaria mundial.

--¡ Absolutamente ! Justo cuando hay organismos de seguridad que lo vigilan todo por todas partes, cuando estamos supuestamente al corriente de todo de forma inmediata, hemos asistido a la vulnerabilidad de la información. Lo sabíamos todo al instante gracias a un sistema de vigilancia y de alarma planetario pero el virus sorprendió a todas las potencias. Se produjo un colapso del mito. La voluntad de controlar la información sobre todas las cosas fracasó. La pandemia fue como una burla a la vez absurda y trágica a nuestra voluntad de controlarlo todo que impera desde finales de la Segunda Guerra Mundial. El desarrollo de las tecnologías digitales apuntaba a amplificar nuestro control, pero el coronavirus demostró su estado de invalidez, demostró que las soluciones no se originan en el control absoluto de las cosas sino en la atención a las fallas, con una sensibilidad en la relación con las cosas. Otro de los mitos que se quiebran es el de ese delirio que circula desde hace unos cuantos años sobre el transhumanismo. El sentimiento de híper potencia que ha caracterizado a las industrias digitales en los últimos 10 años quedó reducido a la nada. La tecnología no puede reparar todos los defectos humanos. Se creó el mito en torno a los empresarios ligados a las nuevas tecnologías como si fueran capaces, por si solos, de modificar el curso de la vida terrestre. Eso es lo que hemos visto. El transhumanismo promovido por Silicon Valley debía crear un súper hombre a partir de tecnologías milagrosas. Esos discursos delirantes no merecían que se les diera tanta importancia.

--El transhumanismo y los evangelios tecnológicos fueron fagocitados por el estado más elemental de la condición humana: la enfermedad.

--La velocidad con la cual se irradiaron las tecno ideologías nos prohibió prácticamente formular una critica, como si fuera un destino ineluctable de la condición humana. El transhumanismo postula la idea de que Dios no terminó la creación, que el mundo está lleno de defectos y que el primer vector de esos defectos somos nosotros, usted, yo, los seres humanos, que no serían más que desechos, que estarían constituidos por una falibilidad fundamental. Las tecnologías exponenciales tienen entonces esa misión: reparar los defectos. Ese es el sueño del hombre perfecto. Pero nuestra misión no es ésa sino, más bien, no negar lo real y tratar de elaborar una armonía justa. El coronavirus nos enseña que ha llegado la hora de dejar de estar buscando someter la realidad. Debemos partir de la existencia y no querer controlarla todo el tiempo, debemos apreciarla en función de nuestros principios, es decir, la dignidad, la solidaridad. Las proyecciones futurológicas no tienen cabida. Hay que terminar de una buena vez por todas con esa insoportable ideología del futuro que ocupó todos los espacios. Hay que terminar con el discurso de las promesas y ocuparse más de una política del presente, una política de lo real, de lo que se constata. A partir de estas condiciones y de nuestros principios decidimos cómo construir mejor y con incertidumbres nuestro porvenir común. No es lo mismo un porvenir común que un futuro de fantasías que no hace más que responder a intereses tan estrechos como privados.

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La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, flanqueada por un coronel del ejército del país y el ministro del Interior David Rowland /AAP/dpa

La primera ministra Jacinda Ardern ha pedido a los empresarios valorar esta opción y continuar con la flexibilidad laboral y el teletrabajo impuesto durante la crisis del coronavirus

 

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, ha sugerido que los trabajadores consideren una semana laboral de cuatro días y otras opciones de trabajo más flexibles para permitir la conciliación de las familias y fomentar el turismo interno en el país.

En un vídeo publicado en Facebook y recogido por The Guardian, Arden asegura que ha recogido todas las sugerencias ciudadanas, desde una semana más corta a tener más días festivos con el objetivo de estimular la economía. "Se lo he escuchado a muchas personas y en definitiva debe ser algo que tienen que debatirlo empleados y empleadores", apunta la primera ministra. "La COVID nos ha enseñado muchas cosas, entre ellas la flexibilidad laboral y el teletrabajo".

Este sistema estaría inspirado en el kurzarbeit alemán. Un modelo que permite mantener y compatibilizar el empleo con tener más tiempo libre o invertirlo en mejorar sus capacidades laborales.

Jacinda Ardern ha hecho un llamamiento a los empresarios a tener en cuenta esta posibilidad cuando en su empresa sea aplicable porque "ayudaría al turismo" en el país. El mensaje, grabado en Rotorua, uno de los puntos más turísticos de Nueva Zelanda, ha supuesto un alivio para el sector, que lleva semanas sufriendo una decaída en los ingresos por la falta de turistas extranjeros y los recortes en su economía que los propios neozelandeses están haciendo por los despidos.

Aunque este anuncio informal de la primera ministra llega tras la crisis del coronavirus, algunas empresas locales ya tenían implantado este sistema desde hace varios años. Es el caso de Andrew Barnes un empresario que, desde 2018, permite la jornada laboral de cuatro días a sus 200 trabajadores y que, según Barnes, ha mejorado la productividad y beneficiado la salud mental y física de sus empleados. Dice también, que ha tenido un impacto positivo en todas sus familias, su entorno más cercano e incluso en el cambio climático.

“Necesitamos mantener todos los beneficios del teletrabajo, incluido el aire más limpio y la falta de atascos, la pérdida de productividad derivada de los desplazamientos. Además, ayuda a las empresas a mantenerse a flote", asegura Andrew Barnes al periódico británico. Tenemos que ser audaces con nuestro modelo. Esta es una oportunidad para un reinicio masivo ".

Desde que comenzó la pandemia, miles de personas han perdido su trabajo en el país y el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha previsto que la economía se contraiga un 8% y las cifras de desempleo aumenten entre un 15% y un 30%.

eldiario.es

20/05/2020 - 11:22h

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El desempleo en EEUU como un mapa de la pobreza

Entre los que menos ganan, la tasa de paro llega al 40 por ciento

 

Estados Unidos tiene treinta millones de nuevos desempleados y una de las conclusiones que circulan entre comentaristas económicos es que la pandemia "destruyó una década entera de construcción de empleo". Pero la siguiente conclusión es que una gran parte de ese empleo era "basura", no sólo sin beneficios sino con salarios de miseria. Si la tasa general de desempleo en la mayor economía mundial es del 14,7 por ciento, la tasa real entre los peor pagos está tocando el 40 por ciento. Y entre los que mejor ganan, apenas llega al 1,5 por ciento.

Lo que destruyó el coronavirus fueron los puestos en las actividades más tercerizadas, precarias y peor pagas. No es casual que la hotelería, la gastronomía y la sanidad sean las más afectadas, ya que son las que tradicionalmente peor pagan y menos estabilidad ofrecen. Que la "hospitalidad", como la llaman los del sector, fuera afectada por las cuarentenas se entiende naturalmente. Pero la crisis del empleo en sanidad, pese a la crisis de la covid-19, se entiende porque los hospitales y clínicas perdieron su verdadero negocio el de la medicina "de tiempos normales", la que factura grueso.

Según la Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central del país, ya para marzo y principios de abril se notaba la crisis y un veinte por ciento de los más pobres informaba que había perdido su trabajo o lo habían licenciado sin fecha de retorno. La Reserva define al sector de pobres no desempleados a los que tienen un ingreso familiar de hasta 40.000 dólares al año. Esto puede sonar más que razonable frente a nuestro peso devaluado, pero frente al costo de vida norteamericano es garantía de pobreza.

La crisis se ensañó en este sector social más precarizado. Para la clase media, con ingresos de entre 40.000 y 100.000 dólares anuales por grupo familiar, los problemas de empleo afectaron al 19 por ciento. En la clase media alta, con ingresos de más de cien mil dólares al año, un 13 por ciento informó de algún tipo de problema laboral.

Además del nivel de desempleo, esta clase social más pobre suele no tener ahorros para enfrentar una crisis, ni vivienda propia. Las condiciones de trabajo en tiempos normales mantienen a estos trabajadores bien abajo. Las mozas y mozos de restaurantes, por ejemplo, cobran con suerte el salario mínimo legal y viven de hecho de las propinas de cada día. Peor todavía les va a los que hacen delivery, que cobran un pequeño sobreprecio sobre el valor de menú y la propina que puedan recibir. De hecho, son "socios" del restaurante y cobran más si hay muchos pedidos. Los trabajadores de sanidad suelen tener contratos-basura que los mantienen en un estado de freelance permanente: si hay trabajo, cobran por hora, pero si no hay, no cobran. 

Prácticamente nadie en la clase más baja en Estados Unidos tiene derecho a una indemniszación por despido, algo que ni se discute porque es parte de la "libertad de hacer negocios" de las patronales. De hecho, lo que los republicanos sí están discutiendo en el Congreso y usan para bloquear los paquetes de ayuda salarial, es cuánto están cobrando los desempleados durante la crisis. Resulta que con el dinero extra de emergencia que lograron introducir los demócratas en el primer paquete, muchos están cobrando lo mismo y hasta más que cuando trabajaban. Los republicanos pregunta abiertamente quién va a querer volver a trabajar por los bajos salarios anteriores cuando puedan "reabrir" la economía.

El valor de este informe es que describe el desempleo por clases sociales. Es un estudio anual que hace la Reserva Federal y la información es de la primera quincena de abril. Desde entonces, las cosas empeoraron y mucho en Estados Unidos, que ya tiene más de 36 millones de personas pidiendo o cobrando el seguro de desempleo. El temor es que la tasa actual llegue al veinte por ciento de desempleados al que se llegó en la Gran Depresión de 1930. Y en todos los casos, las estadísticas no pueden contar a millones de inmigrantes sin papeles que tienen empleo informal y no pueden pedir desempleo.

Pero según el Departamento de Trabajo norteamericano, la composición de clase del desempleo no parece estar cambiando y el desempleo entre los mejor pagos no llega al dos por ciento. 

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