Crisis climática. Al borde del precipicio: el escenario que no modela el IPCC

El Grupo de Trabajo 1 del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio climático en inglés) ha presentado su informe sobre la base física, una contribución al Sexto Informe de Evaluación del Clima, previsto para principios de 2022. El informe y su resumen están redactados con el estilo y el vocabulario precisos de las publicaciones científicas que realizan afirmaciones objetivas. Sin embargo, nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física.

Terribles perspectivas...

La angustia proviene, en primer lugar, del contexto: las terribles inundaciones e incendios que están sembrando la desolación, la muerte y el miedo en los cuatro rincones del planeta son precisamente lo que el IPCC lleva advirtiendo desde hace más de treinta años, y ante lo que los gobiernos han hecho poco o nada. También se debe al hecho enorme de que, incluso si la COP26 (que se celebrará en Glasgow en noviembre) decidiera poner en práctica el más radical de los escenarios de estabilización estudiados por los científicos del clima, es decir, el que garantiza la reducción más rápida de las emisiones de CO2 y anula las emisiones globales netas a más tardar en 2060, reduciendo también las emisiones de otros gases de efecto invernadero), la humanidad seguiría enfrentándose a unas perspectivas terribles. En resumen:

  • Se superaría el tope de París. La temperatura media global de la superficie aumentaría probablemente 1,6°C (+/-0,4) entre 2041 y 2060 (en comparación con la era preindustrial) y luego disminuiría entre 2081 y 2100 a 1,4°C (+/-0,4).
  • Obsérvese que sólo se trata de promedios: es casi seguro que la temperatura en la tierra aumentará más rápido que en la superficie del océano (probablemente entre 1,4 y 1,7 veces más rápido). También es casi seguro que el Ártico seguirá calentándose más rápido que la media mundial (muy probablemente más del doble).
  • Algunas regiones de latitudes medias y semiáridas, y la región de los monzones en Sudamérica, tendrán los mayores aumentos de temperatura en los días más calurosos (de 1,5 a 2 veces la media mundial), mientras que el Ártico tendrá los mayores aumentos de temperatura en los días más fríos (3 veces la media mundial).
  • En tierra, las olas de calor que solían producirse una vez cada diez años se producirán cuatro veces cada diez años, y las que solían producirse sólo una vez cada cincuenta años se producirán casi nueve veces en el mismo periodo.
  • Es muy probable que el calentamiento adicional (en comparación con los 1,1 °C actuales) intensifique los fenómenos de precipitación extrema y aumente su frecuencia (globalmente, un 7% más de precipitaciones por 1 °C de calentamiento). También aumentarán la frecuencia y la fuerza de los ciclones tropicales intensos (categorías 4-5). Se espera que las precipitaciones intensas y las inundaciones asociadas se intensifiquen y sean más frecuentes en la mayor parte de África y Asia, América del Norte y Europa. Las sequías agrícolas y ecológicas también serán más graves y frecuentes en algunas zonas (en todos los continentes excepto en Asia), en comparación con 1850-1900.
  • Ni que decir tiene que este calentamiento adicional (de 0,5 °C+/-0,4 respecto a la actualidad) seguirá amplificando el deshielo del permafrost y, por tanto, la liberación de metano. Esta retroalimentación positiva del calentamiento no está totalmente incorporada en los modelos (que, a pesar de su creciente sofisticación, siguen subestimando la realidad).
  • Es probable que el calentamiento del océano durante el resto del siglo XXI sea de 2 a 4 veces mayor que entre 1971 y 2018. La estratificación, la acidificación y la desoxigenación del océano seguirán aumentando. Los tres fenómenos tienen consecuencias negativas para la vida marina. Tardarán milenios en revertirse.
  • Es casi seguro que los glaciares de las montañas y de Groenlandia seguirán derritiéndose durante décadas, y es probable que el deshielo también continúe en la Antártida;
  • También es casi seguro que el nivel del mar subirá entre 0,28 y 0,55 m en el siglo XXI, en comparación con el período 1995-2014. En los próximos 2.000 años, es probable que siga subiendo, entre 2 y 3 metros, y luego el movimiento continuará. Como resultado, en la mitad de los lugares con mareógrafos, los eventos de marea excepcionales que se observaban una vez por siglo en el pasado reciente se observarán al menos una vez al año, aumentando la frecuencia de las inundaciones en las zonas bajas.
  • Podrían producirse eventos poco probables pero de muy alto impacto a nivel global y local, incluso si el calentamiento se mantiene dentro del rango probable en el escenario radical (+1,6 ° +/-0,4 °C). Incluso con este escenario de 1,5 °C, no se pueden descartar respuestas abruptas y puntos de inflexión, como el aumento del deshielo en la Antártida y la muerte de los bosques.
  • Uno de esos acontecimientos, improbable pero posible, es el colapso de la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC). Su debilitamiento es muy probable en el siglo XXI, pero la magnitud del fenómeno es una incógnita. Lo más probable es que un colapso provoque cambios bruscos en los climas regionales y en el ciclo del agua, como un desplazamiento hacia el sur del cinturón de lluvias tropicales, el debilitamiento de los monzones en África y Asia, el fortalecimiento de los monzones en el hemisferio sur y la desecación de Europa.

... en el mejor de los casos?

Este informe nos obliga a enfrentarnos a la realidad: estamos literalmente al borde. Más aún debido a que, repitámoslo e insistamos en ello: 1) las proyecciones de subida de los océanos no incluyen los fenómenos de ruptura de los casquetes polares, que no son lineales y, por tanto, no pueden modelizarse, y que tienen el potencial de convertir la catástrofe en cataclismo de forma rápida; 2°) todo lo anterior es lo que el GIEC cree que ocurrirá si los gobiernos del mundo deciden poner en práctica el más radical de los escenarios de reducción de emisiones estudiados por los científicos, el destinado a no superar los 1,5 °C (demasiado).

Detallar los impactos de los otros escenarios haría este texto innecesariamente pesado. Contentémonos con una indicación, relativa al nivel del mar: en la hipótesis de mantenimiento del statu quo, "no se excluye" una subida de 2 metros en 2100 y de 5 metros en 2150. Y a largo plazo, a lo largo de dos mil años, para un calentamiento de 5 °C, los mares subirían inevitable e irreversiblemente (en la escala de tiempo humana) de... ¡19 a 22 metros!)

Empecemos de nuevo. Los gobiernos no aplican el más radical de los escenarios que se les propone. Sus planes climáticos (las "contribuciones determinadas a nivel nacional") nos llevan actualmente a un calentamiento de 3,5 °C. A cien días de la COP26, sólo unos pocos socios han "aumentado sus ambiciones"... pero ni mucho menos hasta los niveles necesarios de reducción de emisiones. La UE, campeona del clima, ha fijado un objetivo de reducción del 55% para 2030, cuando se necesita un 65%.

Una simple cuestión matemática, y su conclusión política

Greta Thunberg dijo en una ocasión que "la crisis climática y ecológica simplemente no puede resolverse dentro de los sistemas políticos y económicos actuales. Esto no es una opinión, es simplemente una cuestión de matemáticas”. Tenía toda la razón. Basta con mirar las cifras para darse cuenta de ello:

1°) el mundo emite unas 40GT de CO2 al año;

2°) el presupuesto de carbono (la cantidad de CO2 que aún puede emitirse a nivel mundial para no superar los 1,5 °C) es sólo de 500Gt (para una probabilidad de éxito del 50%; para el 83%, es de 300Gt);

3°) según el informe especial del IPCC sobre 1,5 °C, para lograr cero emisiones netas de CO2 en 2050 es necesario reducir las emisiones mundiales en un 59% antes de 2030 (65 % en los países capitalistas desarrollados, dada su responsabilidad histórica)

4°) El 80 % de estas emisiones se deben a la combustión de combustibles fósiles que, a pesar del bombo político y mediático sobre la irrupción de las renovables, todavía cubrían en 2019... el 84 % (!) de las necesidades energéticas de la humanidad;

5°) las infraestructuras fósiles (minas, oleoductos, refinerías, terminales de gas, centrales eléctricas, fábricas de automóviles, etc.) -cuya construcción no se ralentiza, o apenas se ralentiza- son equipos pesados, en los que se invierte capital durante unos cuarenta años. Su red ultracentralizada no puede adaptarse a las renovables (necesitan otro sistema energético descentralizado): debe ser destruida antes de que los capitalistas la amorticen, y las reservas de carbón, petróleo y gas natural deben permanecer bajo tierra.

Por tanto, sabiendo que 3.000 millones de seres humanos carecen de lo esencial y que el 10 % más rico de la población emite más del 50 % del CO2 mundial, la conclusión es inevitable: cambiar el sistema energético para mantenerse por debajo de 1,5 °C, dedicando al mismo tiempo más energía a la satisfacción de los derechos legítimos de los pobres, es estrictamente incompatible con la continuación de la acumulación capitalista que genera destrucción ecológica y crecientes desigualdades sociales.

La catástrofe sólo puede detenerse de forma digna para la humanidad mediante un doble movimiento consistente en reducir la producción mundial y reorientarlo radicalmente para que sirva a las verdaderas necesidades humanas, las de la mayoría, determinadas democráticamente. Este doble movimiento pasa necesariamente por la supresión de la producción inútil o nociva y por la expropiación de los monopolios capitalistas, en primer lugar de la energía, las finanzas y la agroindustria. También requiere una reducción drástica de las extravagancias de consumo de los ricos. En otras palabras, la alternativa es dramáticamente simple: o la humanidad liquida el capitalismo, o el capitalismo liquida a millones de personas inocentes para continuar su curso bárbaro en un planeta mutilado y tal vez invivible.

Bandidos unidos a favor de las tecnologías de emisiones negativas

Ni que decir tiene que los amos del mundo no quieren liquidar el capitalismo... Entonces, ¿Qué harán? Dejemos de lado a los negacionistas del clima como Trump, esos seguidores de Malthus que apuestan por un neofascismo de los combustibles fósiles, una inmersión en la barbarie planetaria a costa de los pobres. Dejemos también de lado a los Musk y a los Bezos, esos obscenos multimillonarios que sueñan con abandonar la nave Tierra convertida en invivible por sus codiciosos roedores capitalistas. Centrémonos en los otros, más astutos, aquellos -los Macron, Biden, Von der Leyen, Johnson, Xi Jiping...- que lucharán como bandidos por un acuerdo en Glasgow que les de ventaja sobre los competidores, pero se pegarán ante los medios de comunicación para intentar persuadirnos de que todo está bajo control.

Para escapar de esa alternativa que hemos citado más arriba ¿qué proponen estos señores? En primer lugar, por supuesto, hacen que los consumidores se sientan culpables y pidiéndoles que cambien su comportamiento, so pena de sanciones. A continuación, un conjunto de trucos: algunos, francamente burdos (el hecho de no tener en cuenta las emisiones del transporte aéreo y marítimo internacional, por ejemplo) y otros, más sutiles, pero no más eficaces (por ejemplo, la afirmación de que la plantación de árboles -en el Sur global- permitiría absorber suficiente carbono para compensar de forma sostenible las emisiones fósiles de CO2 del Norte). Pero más allá de estos trucos, todos estos gestores políticos del capital creen ahora (o fingen creer) en una solución milagrosa: aumentar la cuota de las tecnologías de baja emisión de carbono (nombre en clave de la energía nuclear, sobre todo de las microcentrales) y, sobre todo, desplegar las llamadas tecnologías de emisiones negativas (RTE o CDR, por sus siglas en inglés), que supuestamente enfriarán el clima eliminando enormes cantidades de CO2 de la atmósfera para almacenarlo bajo tierra. Esta es la hipótesis de la superación temporal del umbral de peligro de 1,5 °C.

No es necesario insistir en la energía nuclear después de Fukushima. En cuanto a las tecnologías de emisiones negativas, la mayoría de ellas sólo están en fase de prototipo o demostración, y sus efectos sociales y ecológicos prometen ser formidables (más adelante hablaré de ello). Sin embargo, se nos hace creer que salvarán el sistema productivista/consumista y que el libre mercado se encargará de desplegarlos. En realidad, este escenario de ciencia ficción no tiene como objetivo principal salvar el planeta: tiene como objetivo principal salvar la vaca sagrada del crecimiento capitalista y proteger los beneficios de los principales responsables del desorden: las multinacionales del petróleo, el carbón, el gas y la agroindustria.

El IPCC: entre la ciencia y la ideología

¿Y qué piensa el IPCC de esta locura? Las estrategias de adaptación y mitigación no forman parte de las competencias del Grupo de Trabajo 1 [GT1, que ha emitido el informe hecho público]. Sin embargo, hace consideraciones científicas que deberían ser tenidas en cuenta por los demás Grupos de Trabajo del GIEC. En cuanto a las RTE, el IPCC tiene cuidado de no precipitarse. El resumen para los responsables políticos afirma:

"La eliminación del CO2 antropogénico de la atmósfera (eliminación del dióxido de carbono, CDR) tiene el potencial de eliminar el CO2 de la atmósfera y almacenarlo de forma sostenible (sic) en depósitos (alta confianza)". El texto continúa diciendo que "el CDR tiene como objetivo compensar las emisiones residuales para lograr cero emisiones netas de CO2 o, si se aplica a una escala en la que las eliminaciones antropogénicas superen las emisiones antropogénicas, para reducir la temperatura de la superficie".

Evidentemente, el resumen del GT1 respalda la idea de que las tecnologías de emisiones negativas no sólo podrían desplegarse para capturar las "emisiones residuales" de los sectores en los que la descarbonización es técnicamente difícil (por ejemplo, la aviación): también podrían aplicarse a gran escala, para compensar el hecho de que el capitalismo mundial, por razones que no son técnicas sino de beneficio, se niega a abandonar los combustibles fósiles. El texto continúa exaltando los beneficios de este despliegue masivo como medio para lograr emisiones netas negativas en la segunda mitad del siglo:

"La CDR que conduce a emisiones globales netas negativas reduciría la concentración atmosférica de CO2 y revertiría la acidificación de la superficie del océano (confianza alta)".

El resumen hace una advertencia, pero es críptica: "Las tecnologías CDR pueden tener efectos potencialmente generalizados sobre los ciclos biogeoquímicos y el clima, que pueden debilitar o aumentar el potencial de estos métodos para eliminar el CO2 y reducir el calentamiento, y también pueden influir en la disponibilidad y calidad del agua, la producción de alimentos y la biodiversidad (confianza alta)."

Evidentemente, no está claro que las RTE sean tan eficaces, ya que algunos "efectos" podrían "debilitar (su) potencial para eliminar el CO2". La última parte de esta frase se refiere a los impactos sociales y ecológicos: la bioenergía con captura y secuestro de carbono (la RTE más madura en la actualidad) sólo podría reducir significativamente la concentración de CO2 en la atmósfera si se utilizara una superficie equivalente a más de una cuarta parte de las tierras cultivadas permanentemente en la actualidad para producir energía a partir de biomasa, a costa de los suministros de agua, la biodiversidad y/o la alimentación de la población mundial (nota a pie de página: Véase la discusión en mi libro "Demasiado tarde para ser pesimistas", Sylone-viento sur, 2020)).

Así, por un lado, el GT1 del IPCC se basa en las leyes físicas del sistema climático para decirnos que estamos al borde del abismo, a punto de volcar irreversiblemente en un cataclismo inimaginable; por otro lado, objetiviza y banaliza la carrera político-tecnológica por la que el capitalismo intenta, una vez más, posponer ante sí el antagonismo irreconciliable entre su lógica de acumulación ilimitada de beneficios y la finitud del planeta. "Nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física", hemos escrito al principio de este artículo. Nunca antes un informe de este tipo había ilustrado tan claramente que un análisis científico que considera la naturaleza como un mecanismo y las leyes del beneficio como leyes de la física no es realmente científico sino cientifista, es decir, al menos parcialmente ideológico.

Por tanto, el informe del GT1 del IPCC debe leerse teniendo en cuenta que es tanto lo mejor como lo peor. Lo mejor, porque proporciona un diagnóstico riguroso del que extraer excelentes argumentos para acusar a los gobernantes y a sus representantes políticos. Lo peor, porque siembra tanto el miedo como la impotencia... ¡de la que se benefician los pudientes, los ricos, aunque el diagnóstico les acuse! Su ideología cientificista ahoga el espíritu crítico en la avalancha de datos. Así, desvía la atención de las causas sistémicas, con dos consecuencias: 1°) la atención se centra en el "cambio de comportamiento" y en otras acciones individuales, llenas de buena voluntad pero patéticamente insuficientes; 2°) en lugar de ayudar a salvar la brecha entre la conciencia ecológica y la social, el cientificismo la mantiene.

Ecologizar lo social y socializar la ecología es la única estrategia que puede detener la catástrofe y reavivar la esperanza de una vida mejor. Una vida de cuidado de las personas y los ecosistemas, ahora y a largo plazo. Una vida sobria, alegre y con sentido. Una vida que los escenarios del IPCC nunca modelan, en la que la producción de valores de uso para la satisfacción de necesidades reales, determinadas democráticamente en el respeto a la naturaleza, sustituye a la producción de bienes para el beneficio de una minoría.

Por Daniel Tanuro

10 agosto 2021

Publicado enMedio Ambiente
Crean pegamento que puede sellar tejidos lesionados y detener hemorragias en segundos

Eficaz durante una cirugía, la pasta está inspirada en el crustáceo percebe, señalan expertos del MIT

 

Inspirándose en la sustancia pegajosa que los percebes utilizan para adherirse a las rocas, ingenieros del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en Estados Unidos, diseñaron un pegamento fuerte y biocompatible que puede sellar los tejidos lesionados y detener las hemorragias de las heridas en segundos.

La nueva pasta puede adherirse a las superficies incluso cuando están cubiertas de sangre y formar un sello hermético en unos 15 segundos después de la aplicación. Según los investigadores, podría ofrecer una forma mucho más eficaz de tratar las lesiones traumáticas y ayudar a controlar las hemorragias durante una cirugía.

"Estamos resolviendo un problema de adhesión en un entorno difícil, húmedo y dinámico como lo es el de los tejidos humanos. Al mismo tiempo, intentamos traducir estos conocimientos en productos reales que puedan salvar vidas", explicó Xuanhe Zhao, del MIT y uno de los autores principales del estudio.

Christoph Nabzdyk, de la Clínica Mayo es otro de los autores principales del trabajo, que se publica en la revista Nature Biomedical Engineering, junto con Hyunwoo Yuk, investigador del MIT, y Jingjing Wu, posdoctorado.

Encontrar formas de detener las hemorragias es un problema de larga data que no se ha resuelto de forma adecuada, recordó Zhao. Las suturas se utilizan de manera usual para sellar las heridas, pero poner puntos es un proceso que lleva mucho tiempo y que normalmente no pueden realizar los primeros intervinientes durante una situación de emergencia. Entre los miembros del ejército, la pérdida de sangre es la principal causa de muerte tras una lesión, y entre la población general, es la segunda causa en ese caso.

Zhao trabaja desde hace varios años para solucionar el problema. En 2019, su equipo desarrolló una cinta tisular de doble cara y demostró que podía utilizarse para cerrar incisiones quirúrgicas. Está inspirada en el material pegajoso que las arañas utilizan para capturar a sus presas en condiciones de humedad, incluye polisacáridos cargados que pueden absorber el agua de una superficie casi al instante, despejando un pequeño parche seco al que el pegamento puede adherirse.

Para el nuevo, se inspiraron en el percebe, pequeño crustáceo que se adhiere a las rocas, a los cascos de los barcos e incluso a otros animales como las ballenas.

El análisis de los investigadores de la cola de los percebes reveló que tiene una composición única. Las moléculas de proteínas pegajosas que ayudan a los percebes a adherirse a las superficies están suspendidas en un aceite que repele el agua y cualquier contaminante que se encuentre en la superficie, lo que permite que las proteínas adhesivas se peguen firmemente a la superficie.

El equipo del MIT decidió intentar imitar este pegamento adaptando un adhesivo que habían desarrollado antes. Este material está formado por un polímero llamado poli(ácido acrílico) al que se le ha incorporado un compuesto orgánico llamado éster NHS, que proporciona adherencia, y quitosano, azúcar que lo refuerza. Congelaron láminas de este material, lo molieron en micropartículas y luego suspendieron esas partículas en aceite de silicona de grado médico.

Cuando la pasta resultante se aplica a una superficie húmeda, como un tejido cubierto de sangre, el aceite repele la sangre y otras sustancias que puedan estar presentes, lo que permite que las micropartículas adhesivas se entrecrucen y formen un sello hermético sobre la herida.

Una de las ventajas de este nuevo material es que puede moldearse para adaptarse a heridas irregulares y en pruebas realizadas en cerdos era capaz de detener rápidamente las hemorragias en el hígado; además, el sello permanece intacto varias semanas, lo que da tiempo a que el tejido se cure por sí mismo, y lo absorbe lentamente el organismo en algunos meses.

Lecciones de la Covid-19. (Lo que aprendimos del Coronavirus)

 “Sólo en épocas de sufrimiento y privaciones se nos muestra qué nos pertenece, qué nos sigue siendo fiel y no puede sernos arrebatado.”

Herman Hesse. El arte del ocio.

Por Álvaro Restrepo Betancur*

1

Múltiples, variadas y valiosas son las enseñanzas que, sobre todo en el incierto terreno ontológico, nos va dejando esta pandemia. Lo primero que nos enseña (más preciso sería el término “recuerda”) es que somos finitos, que nuestra existencia es deleznable y efímera. “Seres de un día somos”, es la serena y trágica sentencia de los griegos. Justo: la primera gran lección que nos deja, en tono de advertencia, la Covid-19 es que somos efímeros. Que lo sepan los obsesivos por el poder, los adictos al control. Que lo sepa nuestra decadente sociedad materialista y pragmática, de espaldas a la humanidad y al espíritu, ciega para el pensamiento, sin tiempo (la velocidad y la prisa se lo impiden) para la interioridad y la reflexión.

Para acabar con el falso orgullo humano, el filósofo Claude Lévi–Strauss dijo en su hora una frase sentencial: “El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin el hombre”. Por esta época incierta y devastadora de pandemia, he recordado otras expresiones de poetas y filósofos (cantos de sirenas en el insondable mar del espíritu) que nos advierten de nuestra esencial finitud. Nos hablan de esa situación límite que es la muerte (idea nuclear, piedra angular del existencialismo). En el alba del pensamiento, el poeta Píndaro, dando testimonio del sentimiento trágico griego decía (como afirmamos al inicio de esta meditación): “Seres de un día somos”. Otra célebre sentencia es la de Epicuro: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (¡nada más alejado de cualquier concepción vulgar y materialista, como la que puede campear en nuestros tiempos de decadencia!). Y en un tono ecsistenciario, a caballo entre lo poético y lo filosófico, afirmaba Martin Heidegger en Ser y Tiempo: “Desde el momento en que nace, el hombre es demasiado viejo para la muerte”. Nos habla además, en ese grueso, difícil y monumental libro de filosofía (desde esos interminables círculos y rodeos del pensamiento, del lenguaje que vuelve sobre sí mismo) bella y serenamente nos habla de esa “nada viajera” que somos. Y en nuestras tierras, un vikingo de trópico, nuestro poeta don León de Greiff, ese gigante, ese Rey de la Selva poética le canta (con caústico respeto) a la muerte: “Señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa / mientras atrás vamos quedando el resto / gente mísera de tropa”.

Evoquemos igualmente en estos apuntes en torno a esta primera gran lección, la ya clásica, legendaria advertencia de Jorge Manrique (el no menos legendario poeta español) en las Coplas a la muerte de su padre: “Avive el seso y despierte / cómo se nos va la vida / cómo se viene la muerte…tan callando.”

Ciertamente, la actual pandemia nos recuerda (nos advierte más bien) que el hilo entre la vida y la muerte es muy delgado. Y esto es bueno que nos lo recuerde un virus tan incierto, con un gran, aterrador poder de expansión, como el coronavirus, en una época como la nuestra, época de “la estupidez y la locura “ (Umberto Eco), absolutamente demencial, gobernada por los políticos y los empresarios mediocres, decadentes (expresión, en tono nietzscheano, de George Steiner, en su bello libro Lenguaje y silencio) donde, en una obsesión por la producción, lo material y lo útil, se aniquila la vida del espíritu, se vapulea lo humano. Sí. Es saludable que nos lo recuerde, para que nos despojemos de falsos ropajes (“Yo sé qué hay detrás de las ropas”, decía, no menos caústico, el poeta de la democracia Walt Whitmann, y canta asimismo Antonio Machado: “¡Oh calavera vacía! / ¡y pensar que todo era / dentro de ti, calavera!”), para que abandonemos las inhumanas y grises armaduras de la seriedad, para que asumamos (con levedad y alegría, como nietzscheanos danzarines) la vida como lo que es : un juego mágico y maravilloso, único, irrepetible.

“El hombre libre en todo piensa menos en la muerte”, es la sabia advertencia de ese pesimista reflexivo que era Spinoza. Sabiduría es también que aprendamos, como lo revela Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano) a “penetrar en la muerte con los ojos abiertos”. El incierto e inmensurable fenómeno de la muerte (con sus luces y sombras) muestra, devela ese límite (ontológico) al que hace referencia Eugenio Trías en La política y su sombra, sí, precisa nuestros límites y esencial finitud, pero a la vez (en bella paradoja) devela nuestras potencialidades, si se le mira no ya desde lo óntico, desde lo fáctico, es decir, en tanto muerte orgánica, en tanto cesación de la vida, sino desde lo ontológico y metafísico, en tanto muerte humanizada (a la manera de Hegel, a la manera de la “muerte propia” e intransferible de Martin Heidegger, de poetas y escritores como Rainer María Rilke, Bataille, Blanchot, entre otros, a la manera, pues, de esa muerte ec-sistenciaria, constitutiva de la estructura de nuestro ser. Vista desde este horizonte ontológico, la existencia es trascendencia, es una “posibilidad imposible” (M. Heidegger), y en ese sentido somos “seres para la muerte” (otra vez M. Heidegger). La pandemia me ha puesto (nos ha puesto) a pensar y a sentir en este particular e insondable asunto.

2

Otra de las grandes enseñanzas tiene que ver con el reconocimiento de que somos esencialmente espíritu (trascendemos, nuestro ser se despliega en la temporalidad). Hegel es el filósofo de la modernidad que nos enseña que el hombre es también espíritu. Esta contingencia, que nos confina al silencio y al refugio en la intimidad personal y familiar, así lo alecciona. Hegel no lo afirmaba en el parcial y parcializado contexto religioso, sino en el más amplio (hondo) sentido humanizante y metafísico. El ser humano se halla (en esta época de afanes materiales) hundido, empobrecido, alienado, casi que aniquilada su subjetividad, en el mundo de la necesidad, ese mundo que Hegel denomina biológico, mundo de la animalidad. Volver, pues, la mirada sobre nuestro ser, navegar en nuestra interioridad, bañar nuestros sentimientos y nuestros pensamientos en las inciertas aguas del silencio, lanzar la mirada al vasto, incierto e insondable horizonte ontológico como una forma de humanizar las relaciones con lo otro y con los otros, como una manera de restituirle un sentido al azar de la vida, allende los pobres y frágiles lazos de posesión y consumo que nos atan al mundo y a las cosas, en una atmósfera asfixiante de vulgar materialismo y consumismo, donde lo único que importa es lo útil y en donde el ser humano es un medio, no un fin (que en realidad debería ser, según el noble ideal kantiano).

En este contexto, es importante el llamado de atención que hiciera el Papa, en los albores de la pandemia, frente a una sociedad líquida, de prisas y afanes, de acelere, en la que, para sus gobernantes y empresarios, lo que realmente importa es la producción. ¿Dónde lo humano? ¿Dónde queda el inconmensurable valor de la humanidad? El drama que hoy vivimos planetariamente, nos lleva a poner el acento en nuestra esencial y fundamental condición espiritual.

3

No somos seres aislados. Estamos conectados con el otro y con lo otro. Este es un aprendizaje que surge en esta pandemia, develadora de la existencia de una indisciplina social en casi todos los rincones del planeta. “Nos falta disciplina en casa, en la escuela, en las calles, en el tránsito”, leemos en Cartas a quien pretende enseñar, de Paulo Freire. En nuestro país, esta indisciplina, esta falta de sentido social es aterradora.

En este contexto, son altamente significativas las preguntas que formulaba un científico ambientalista colombiano. “¿Cómo vivimos?” “¿Cómo interactuamos?” “¿Cómo trabajamos?”. Más allá de unas posibles respuestas, lo importante de estos interrogantes está en la invitación para que tomemos conciencia de que, en tanto individuaos, hacemos parte de un ecosistema, somos expresión de una totalidad (socionatural). Ciertamente: hacemos parte de una sociedad y de una naturaleza que nos demandan lazos de compromiso, sin por ello tener que renunciar a nuestra individualidad e identidad. La armonía con el entorno es aquí la gran tarea.

El ser humano es sujeto de derechos y de deberes (lo cual no significa, en una actitud medieval, condicionar el respeto de los derechos al cumplimiento de los deberes) y por lo mismo, debe potenciar y afianzar en su cotidianidad la disciplina social, término tan importante en la pedagogía crítica de Paulo Freire. Esa disciplina (social) no ha de ser entendida desde lo restrictivo, desde lo prohibitivo, ni desde una perspectiva servilista sino desde una conciencia política que luche, en el sentido fuerte y riguroso del término, por la consolidación y materialización de una verdadera, auténtica democracia, en la que todos participemos con criterios de libertad, justicia, igualdad y seguridad. Aquí la escuela (que siempre se ha movido en una concepción restringida y miope de la disciplina, como mero control, como simple obediencia y aconductamiento, sin ninguna mediación desde la reflexión crítica) tiene una gran responsabilidad: formar desde una auténtica y reflexiva educación ciudadana, en el compromiso y la disciplina social.

Tomo prestada una expresión de Umberto Eco: asistimos a una licuación de lo social. Esto lo devela y lo enseña la actual contingencia. Debemos repensar y rescatar la noción de comunidad, salvarla de la crisis a la que se ha sometido por parte de la sociedad líquida emanada de esa oscura, opaca fuente que es la incierta posmodernidad. Leamos, a manera de ilustración, este categórico, contundente título de Umberto Eco (De la estupidez a la locura. 2016): “Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este ´subjetivismo´ ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo.” (op.cit.p.10). Y se pregunta el connotado semiólogo, pensador y escritor italiano “¿Hay algún modo de sobrevivir a la liquidez?”. “Lo hay [responde], y consiste justamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no ha comprendido el alcance del fenómeno.” (Íbid. P.11).

Comprendamos, como señala Eco, el alcance de nuestra actual situación, develada por la pandemia que nos ha tocado en suerte. Hagamos un esfuerzo para cambiar de actitud y de mentalidad. No es con palabras manidas, que suenan a hueco, como esa repetida, pragmática, utilitarista y monótona expresión “reinventarse”. La solución a esta crisis no está en la fraseología ideologizada ni en los medios tecnológicos y virtuales; está más allá, en la mentalidad, en lo esencial, en la vuelta a los referentes y valores de la modernidad que nos hablan de esa dimensión del espíritu, de la humanidad y su dignificación; está en la búsqueda de libertad, justicia, igualdad, equidad y seguridad, tan resquebrajadas, como lo desnuda la pandemia, en nuestros tiempos de decadencia y desesperanza.

Así construiremos comunidad. Así construiremos disciplina social, que no se logra desde lo coercitivo y restrictivo sino desde el formativo horizonte de lo democrático. Así saldremos de la irresponsabilidad, el egoísmo negativo y el nefasto subjetivismo.

Por estos días de pandemia vuelvo al clásico Aristóteles. El hombre es un Zoom Politikon, un animal social o político, dice el estagirita. No puede vivir solo o aislado, como un ermitaño. Sería (dice Aristóteles en su Política) un diablo o un ángel, y no es ninguna de esas cosas. Volver a nuestras más nobles referencias, a nuestras raíces, a los tejidos de nuestra comunidad, esa es la gran tarea. Cito a Antonio Tovar, en el Prólogo de su singular y sugerente libro Vida de Sócrates (1999): “Mas creemos que es para el hombre el mayor enriquecimiento el de convencerle de que cuanto más se corte de sus raíces, cuanto más declaradamente se aísle de sus nutricios culturales, tanto más pierde y de tantas más viejas virtudes se priva. Aquella definición aristotélica de ´animal político´ no quiere decir otra cosa sino que el hombre, en lo que se diferencia esencialmente de los demás animales, es en que nace sujeto a una ciudad; es decir, irremediablemente dentro de una historia.” (op.cit.p.20).

Conciencia de nuestra particular situación social, conciencia de nuestra tradición, de nuestra historia, de nuestras más esenciales referencias es lo que se nos pide en tiempos de pandemia. Raigambre a una comunidad, en tanto seres políticos, en la que somos sujetos de derechos y deberes, es esta una de las grandes lecciones que nos queda. He ahí, entonces, el gran reto: “armonizar con la ciudadanía”, armonizar con nuestro entorno, esa verdadera, auténtica patria, la canettiana provincia. Eso es bueno, es saludable tenerlo presente en este momento de caótica licuación, y de fetichización de la enajenante globalización.

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Cuidar nuestra “casa del ser”, proteger el ecosistema, “armonizar con la naturaleza”, es la otra gran enseñanza que, voz en alto, nos grita esta pandemia. Son muchas las voces que hacen consenso en este aspecto tan urgente y vital. El encierro, el confinamiento al que se ha visto abocada la humanidad le ha permitido un respiro a la naturaleza. Hemos visto, física o virtualmente, a través de las pantallas televisivas, la desprevenida, inopinada presencia de la fauna en el silencio y abandono de las playas y todo tipo de escenarios naturales. El aire de las ciudades se ha visto más limpio y purificado. Todo esto son signos, indicios (un llamado de atención) para que nos comprometamos, de manera radical y decisiva, con el cuidado de la naturaleza y de la vida en todas sus formas. Conscientes de que además de unos derechos humanos, que deben ser defendidos y respetados, también los animales y el mundo, también la naturaleza tienen derechos, como seres sintientes que son. Tejer la convivencia, dialogar, convivir en armonía con el otro y con lo otro es la tarea pendiente. ¿Aprenderemos en verdad la lección? El tiempo, juez imparcial, implacable lo dirá. Lo cierto es que hay que empezar a dar pasos seguros en este sentido. Construir ciudades inteligentes, sostenibles; asumir con inteligencia y lucidez creadora las crisis y los conflictos; abandonar las posturas violentas y de explotación, con respecto a los demás seres humanos y a las cosas es, en una noble, generosa visión cosmopolita (que no globalizada) saberse ciudadano del mundo, habitante de esa nuestra única y común casa que es (utilizo aquí una expresión cara a Heidegger) “la casa del ser “. Cito, en extenso, y sin pretender abusar del amable lector, un revelador y edificante título de George Steiner, en su bella autobiografía intelectual Errata. El examen de una vida (2011): “Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su ´arrojamiento´ al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.

“Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres que han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos (…) la historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales (…) la segregación y el genocidio (…) Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir” (op.cit.p.74 y sgtes).

Bellas, elocuentes, aleccionadoras, edificantes palabras sin duda, surgidas de una mentalidad contemporánea hondamente crítica  y reflexiva como lo es George Steiner. Su pesimismo reflexivo, a la manera de un Spinoza de nuestros tiempos, se pregunta si acaso sea tarde. Es tarde para el hombre, afirmaba (en tono serenamente pesimista) el escritor y poeta colombiano William Ospina. ¿Tendremos una segunda oportunidad sobre tierra?, indaguemos como en un eco macondiano. Construyamos. Démonos esa oportunidad. Hagamos que no sea tarde. Sólo de nuestra marcada decisión depende que no sea tarde. ¡Que así sea!

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Esta pandemia ha desnudado, en el contexto social, otras pandemias. En ello coinciden muchas voces, cuando señalan pandemias como las desigualdades e injusticias sociales, la precariedad en el sistema de salud, la violencia con todos sus matices y oscuras, sombrías tonalidades, marcada por el sistemático y siempre sospechoso asesinato de líderes sociales, y ahora de nuestros niños y jóvenes e  igualmente marcada también por los feminicidios. A estas pandemias se suman otras: la falta de oportunidades y de equidad, la desesperanza, el abandono y el olvido (por parte de un Estado indolente, que se dice, en “la constitución de papel”, social y de derecho) en el que se tiene a la educación en rincones apartados en nuestro país, incluso en las zonas marginales (marrones) de nuestras ciudades, donde los estudiantes carecen de acceso a la virtualidad, a eso que alguien llama “miseria digital”, sí, la precariedad de la virtualidad. Todo esto ha quedado claramente evidenciado. Podríamos, en una enumeración casi sin término, relacionar otras pandemias. Como telón de fondo, unos empresarios y políticos mediocres (a quienes les queda grande el término), más preocupados por la producción que por lo humano, en el no menos sombrío contexto del neoliberalismo o capitalismo salvaje. Igualmente, como telón de fondo, un Estado (el nuestro) limosnero, caritativo, “estimulador del individualismo egoísta y competitivo”, carente (no es su interés) de un proyecto estructural serio que garantice el bienestar y seguridad, y que hoy, por exigencia misma de la pandemia, se siente cómodo, a sus anchas, decretando medidas restrictivas que ojalá, como alertaba en una entrevista televisiva el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, no se nos vayan, dada la debilidad de nuestras democracias, a quedar para siempre. Recordemos, en este contexto del abandono y la pobreza, la cínica y horrorosa afirmación, en estos tiempos de pandemia, de uno de esos políticos y funcionarios mediocres que decía: “la pobreza es una actitud mental”. Con posturas así, con qué moral y autoridad vamos a hablar de Estado social, con qué criterios vamos a hablar de Estado solidario y justo. Tal la retórica de un estado y de una sociedad que, en esta contingencia, ha develado, ha desnudado su ineficacia e indolencia. Su rechazo y estigmatización de un derecho legítimo, constitucional, como las manifestaciones y protestas así lo revela, así lo expresa.

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Pensemos ahora en el lugar de la educación, y específicamente de la escuela, en el contexto de estas nuestras pandemias, ubicados desde lo local y lo mundial. Muchas de estas cosas no sucederían si el estado le diera el verdadero apoyo a ese derecho esencial que es la educación. Muchas de estas cosas no pasarían si, como ha debido ser hace tiempo, la sociedad escuchara a la escuela, atendiera a su labor formativa, y se uniera a sus clamores y necesidades. Pero también es cierto que, insisto, muchas de estas cosas no pasarían, si la escuela se articulara más a lo social, dejando de ser la escuela burbuja, interesada sólo por un pseudoacademicismo. No olvidemos, como lo señala uno de nuestros pedagogos, Marco Raúl Mejía, que el acto pedagógico es esencialmente político, en el sentido fuerte y amplio del término. En este sentido, nos vemos obligados a descubrir tras esta pandemia, una paradoja: la escuela moderna es la escuela feudal, centrada en las posturas tradicionalistas, en el panóptico (la vigilancia, el disciplinamiento y el control). Sí. Está básicamente centrada en el confinamiento disciplinar. Pero además, como se ha afirmado, está obsesionada con su pseudoacademicismo, de espaldas al mundo, omitiendo las nefastas condiciones de la sociedad (el hambre extrema, la corrupción, el desempleo, la desigualdad, la violencia, y otras tantas pandemias como hemos reiterado). Para utilizar un término pandémico, la nuestra es una escuela inmune a los virus sociales. Estimuladora de la desigualdad. Desde la alharaca y el ruido, desde el humillo de la llamada virtualidad lo que se hace es impartir, como lo expresaba al inicio de esta pandemia la Rectora de un colegio rural en este país de sombra, educación tradicional mediada; lo que se hace es trasladar el panóptico físico, presencial, al panóptico tecnológico, virtual. Ya no es el ojo de carne del capataz, del jefe como lo nombra la voz del servilismo, si no el ojo electrónico, la tribu virtualizada del Gran Hermano de Orwell, diríamos con Umberto Eco. Sí. La tribu enjuiciadora que, como si apareciera oculta detrás de un matorral, irrumpe (vigilante, censurante) importunando, impertérrita, el libre y espontáneo quehacer.

Con cinismo, esta escuela se infla, se llena de aire, y se pregona, a todos los vientos, como “escuela nueva”. Esta la escuela feudal, la escuela nueva que no es nueva, con “cambios para no cambiar”, según la expresión del pedagogo español Miguel Fernández Pérez, en su voluminoso e interesante libro Las tareas de la profesión de enseñar, no es nueva, repetimos, porque sus ciegas y tercas posturas se cierran al auténtico cambio que sólo es posible desde lo humano, desde ese vasto horizonte del Espíritu, desde ese vernos “cara acara”, como lo enfatizan pensadores de la talla de Umberto Eco y George Steiner, leyendo, además, y en comunidad, la palabra y el mundo (Paulo Freire), con sus múltiples matices, límites, dificultades, complejidades y retos planteados.

Ahora bien, la denominada virtualidad (teletrabajo que llaman, léase teleactivismo, telepragmatismo, teleexplotación) tiene sus hondas repercusiones en el sentido y la práctica de las protestas, de las justas exigencias en lo social y, específicamente, en lo educacional. En el supuesto de un implemento de la virtualidad, nuestras protestas ya no serían en vivo, en el “cara a cara”, en el contacto humano e inmediato de la resistencia. Sería más bien la opaca teleresistencia, el paro virtual, el simulacro electrónico de la indignación, que nos trae a la memoria otras simulaciones, otros simulacros como las llamadas clases remotas o el simulacro de la democracia y los controles políticos, en las opacas sesiones virtuales del Congreso, que en tales condiciones ya no es el Congreso (¡Oh indigencia!), sí, el simulacro de la indignación, en el asilamiento y el distanciamiento, en el sombrío confinamiento, que puede (¡Oh peligro!) romper los frágiles hilos de nuestra débil, formal democracia; simulacro electrónico de la indignación, sin mayor fuerza, de los inconformes, de los resistentes a la enajenación y a la negación (vulneración) de los derechos humanos. Eso sería como debilitar, borrar, casi que aniquilar la vieja y siempre nueva consigna: “La unión hace la fuerza”, que hemos leído en la obra maestra de Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba). Los olvidados de la tierra, los condenados a la soledad, al confinamiento del despojo quedarían confinados, ahora en tiempos de pandemia y aislamiento, a esa hórrida mediación virtual (trabajo en casa y teletrabajo) con sus indomables olas de intermitencia. Sí. Separados, aislados, desconectados del presente, de esa fuerza irreductible que es la cotidianidad, el mundo de lo inmediato. Por esta época de pandemia, permanecemos evaporados, borrados, anulados, licuados, diluidos en la mediación.

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Recapitulemos. Esta pandemia ha sido aleccionadora en muchos sentidos. Ha puesto el acento en la finitud y en lo efímero y deleznable de nuestra existencia. Nos ha enseñado además, como hemos dicho, que “no basta con nuestras convicciones existenciales”, pues somos seres sociales. Armonizar, establecer conexiones y sintonías al interior de la duplicidad de la vida privada y la proyección pública, entre la persona y la ciudad, así como entre lo ideal y lo real, asunto éste tan importante al cual hace referencia Eugenio Trías, en su importante y revelador libro La política y su sombra. Cito, a este respecto, al filósofo: “Y es que la inteligencia no se satisface únicamente con las modalidades de realidad que se le presentan. Apuntan también a aquellas posibilidades respecto a las cuales cabe la forma de una construcción de nosotros mismos, o de sintonía entre lo que somos en tanto que personas, la ética correspondiente a esa personalidad, y la proyección de la persona en su relación con la ciudad, de manera que pueda dibujarse el ámbito de una posible filosofía política esclarecida por esta estructura de correlación entre el hombre y la ciudad, para usar los propios términos platónicos. Y en ese doble plano de lo ideal y lo real que puede dar lugar también a referencias utópicas, como sucedió en el renacimiento o entre los socialistas del pasado siglo. Esa duplicidad de lo ideal y lo real es algo que forma parte de nuestra conciencia, como también esta duplicidad de la persona y la ciudad. Sin este componente personal la sociedad se nos derrumba, y la conciencia de sociedad pierde toda su relevancia.” (op.cit.p.p.27-28).

En este contexto, valores como libertad, justicia, igualdad, equidad, solidaridad, seguridad (la cual no debe ser sobrevalorada, pues, como advierte Trías, se podrían aniquilar los otros valores) y cooperación, son de suma importancia. Algunos de ellos son valores e ideales orientadores, reguladores, que nos permiten (si se concretan y materializan) crecer y potenciar en lo personal y en lo social. La actual pandemia ha desnudado serias debilidades y carencias en este sentido, dejando como lección  que debemos mejorar mucho en este aspecto. Desafortunadamente, la realidad así lo muestra, muchos de estos términos están, por así decirlo en palabras de Trías, ensombrecidos, distorsionados y enrarecidos, por una situación de enajenamiento asfixiante.

Repensar, desde el ontológico concepto de límite, desarrollado por el pensador Eugenio Trías, y que nada tiene que ver con lo restrictivo, repensar, digo, desde este concepto la condición humana, a la cual le es (dice el filósofo) inherente, de manera natural y espontánea la conducta inhumana, eso nos puede ayudar mucho en el crecimiento personal y social. Proyectar luz desde esa parte de sombra es la tarea que nos queda en el arduo camino de la humanización. Sólo desde una actitud crítica y reflexiva podemos hacer luces que orienten nuestra marcha, nuestro sinuoso trasegar en la sombría modernidad, tan aniquiladora de los valores e ideales antes señalados. Por ello es importante no sólo mencionar sino rescatar, aquí, el gran valor que tiene actualmente la defensa de la democracia, ese otro sombrío término en nuestra época sombría. La democracia ha devenido palabra hueca, manida, trillada, mero mito, simple formulismo y formalismo. Tenemos que dotarla, desde lo personal y lo colectivo, de sentido; debemos darle contenido, su real significado. No puede seguir siendo, pues, una simple palabra al uso y abuso de las élites para someter al pueblo a “la servidumbre voluntaria”. Sabemos que en la realidad no existe, pero en lo ideal está en vigencia; es una  tarea urgente su conquista; hay que luchar denodadamente, con ímpetu y esfuerzo, para que sea una realidad, para que se materialice. No es hora de predicarla, ni de fundamentarla. Es hora de salir (a las calles) en su defensa, exhortaba en su momento Norberto Bobbio, quien también en su hora había afirmado: “decir que la democracia no existe, no es un argumento en su contra; es un argumento a su favor”. De ello se infiere que debemos comprometernos en su defensa, que es nuestra tarea, como apuntaba este filósofo de la democracia, construirla día a día. Aquí resuena, nuevamente, el eco de la dualidad, de la sintonía entre lo ideal y lo real. Esta conciencia de lo social y de lo democrático (que incluye también el derecho a disentir) nos queda como lección fundamental en estos tiempos de pandemia en que, a través de Decretos excepcionales, hemos visto restringidos algunos de nuestros derechos, como estrategia para contener la expansión del virus. Medidas, muchas de ellas, necesarias sin duda alguna, pero que nos enseñan a valorar la democracia en su real dimensión, y a afirmar el valor de esa fuerza irreductible, lo expreso en el sentido nietzscheano del término, que es la vida, en tiempos de sometimiento del ser humano y de aniquilación de la subjetividad, a través de esa no menos aniquilante obsesión por el trabajo (la producción), ese otro posadánico mito al uso y abuso de la explotación, y la sospechosa, pandémica calidad, otra palabra ideologizada, hueca y sombría, sobre todo si se le mira en los intangibles e inconmensurables términos del conocimiento, el pensamiento y la educación.

El confinamiento nos enseñó que en lugar de calles desiertas, abandonadas por el pánico y el miedo a la pandemia, al “enemigo invisible” que llaman, mejor las calles vivas, agitadas reclamando democracia, haciendo uso del derecho constitucional a la libre asociación y a la huelga. Fue ese el testimonio que dio uno de los líderes estudiantiles del país, en pasadas movilizaciones: “Estamos reclamando democracia”. Y democracia es libertad, justicia, equidad, igualdad y seguridad social. Democracia es oportunidades y respeto, garantía por los derechos humanos. Democracia es la expresión real y concreta de esos ideales a fin de dignificar y humanizar la condición humana. Pero como dice Paulo Freire, en Cartas a quien pretende enseñar, hay que lucharla, conquistarla. Citemos este título de nuestro pedagogo: “No se recibe democracia de regalo. Se lucha por la democracia. No se rompen las amarras que nos impiden ser con una paciencia de buenas maneras sino con el pueblo movilizándose, organizándose, conscientemente crítico.”  (op.cit.p.131). no puede haber palabras más apropiadas, ante una atmósfera creciente de despolitización de la protesta, con expresiones ideologizadas, inhibidoras, como la de “vandalismo”. Con este tipo de lenguaje, lo único que se pretende es legitimar, normalizar y naturalizar el sometimiento y la explotación (la violencia legitimada, oficializada, institucionalizada).

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Concluyo estas provisionales reflexiones en derredor de las lecciones o enseñanzas de la Covid-19, enfatizando en la importancia que debemos conceder a la vida interior.  Este es quizá el mensaje más significativo que nos queda en esta pandemia. Valorar, por encima de las posturas pragmáticas y utilitaristas, el “auténtico y hermoso mundo del espíritu” (Herman Hesse). Valorar asimismo, la vida sencilla. “Seamos más simples. Seamos menos artificiosos”, aleccionaba en su momento David H. Thoureau. Nuestra sociedad, alienada por las carreras, los absurdos afanes, la velocidad y las obsesiones productivas; enajenada por ese otro gran fetiche y mito sombrío que es el trabajo, negada para los vitales y enriquecedores espacios del ocio, esta clase de sociedad tiene mucho que aprender en este sentido si en realidad queremos hablar de cambios y transformaciones profundas que afirmen el sentido de lo humano, que nos blinde contra las acciones o conductas inhumanas que, como señalan tanto Eugenio Trías como George Steiner, amenazan siempre nuestra existencia, pues son inherentes a la condición humana, surgen (en cualquier momento) de manera natral, espontánea. Lo humano y lo inhumano se han manifestado históricamente en un dramático juego  dialéctico. Nuestro deber es luchar para que, sobre esta tierra, predomine lo humano, y en este sentido la vida interior (extraña y rara planta que sólo florece en los insondables horizontes del silencio y la contemplación) debe ganar cada vez más espacios y posibilidades.

No es con palabras huecas, como hemos afirmado antes, no es con discursos opacos, pragmáticos, utilitaristas e ideologizados, no es con palabrejas (antiestéticas, casi grotescas) o términos manidos (que son un cliché) como “reinventarse”, “empoderarse”, “resiliencia”, “proactivo”, “experticia”, y “nueva normalidad”, entre otros; sí, no es con palabras vacías, no es llenándonos la boca con el humillo de estas expresiones, que sólo pretenden mover hacia una existencia productiva, servil, utilitarista, no es con ello que vamos a generar  auténticas transformaciones. Es más bien con un cambio profundo de mentalidad que podemos innovar de manera esencial y radical. Es desde la mentalidad, desde la potencia de nuestra subjetividad (en el sentido fuerte del término), es desde lo esencial que podemos cambiar. La tecnología sólo es un medio. La virtualidad, tan sobrevalorada por estos días, no propicia por sí sola, reales, verdaderas transformaciones. Si no cambiamos nuestras formas y maneras de sentir y de pensar, no habrá en la pospandemia, ningún cambio. Esto sólo surge de un largo proceso, de una paciente y constante lucha que nos lleve a cortar raíces. En lo personal, no creo que haya ningún cambio. Tomo prestada una frase de Umberto Eco: seguiremos habitando el reino  de la estupidez y la locura. La humanidad va, como advertía también en su momento el poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti, hacia el suicidio. En este sentido, prefiero ser pesimista reflexivo en lugar de un optimista ingenuo. Valga recordar, en este contexto, las palabras del periodista del Caribe colombiano Oscar Montes, quien nos dice que “las herramientas no pueden ser más importantes que la esencia” y la esencia, para él, la constituyen los valores, las ideas, los principios que orientan nuestras vidas. Lo importante es el pensamiento, que en ningún momento puede ser reemplazado por una herramienta, llámese móvil o celular, computador o como se quiera denominar. Lo importante es el entendimiento, la comprensión y la reflexión. Estas meditaciones del periodista caribeño acompañan, ilustran este apunte esencial: la vida del pensamiento, verdadera acción al decir de Aristóteles, la vida del espíritu es lo determinante para la construcción de una verdadera transformación y una dignificación de la condición humana. Reitero: es esta una de las grandes lecciones que nos quedan tras esta pandemia, tras esta grave, seria contingencia.

Afirmemos, entonces, que esta contingencia mundial nos pide, nos exige un alto en el camino, a fin de reflexionar y reconducir nuestras vidas. Para ello nos ha puesto de cara a ese (en palabras de George Steiner) “severo examinador que es el silencio”. Abandonar el ruido y el acelere (pandemias de nuestra época) para dedicarnos a la observación, a la contemplación y la reflexión. De ese ruido pandémico y enajenador, nos dice Steiner en Errata. Examen de una vida: “El ruido –industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar la locura (el ‘delirio’)- es la peste bubónica del populismo capitalista.” (op.cit.p.p.178-179). Volver, pues, a la vida interior, a la intimidad, al espíritu que es libertad (y eso también nos lo ha enseñado Hegel) de la mano del “profundo y ancho silencio”; guiados por “el grande, pesado, paciente e impasible sonido del silencio” (expresiones, todas ellas, que tomo prestadas de Patrick Rothfuss, en su bella novela El temor de un hombre sabio); sí, orientados por esa incierta fuente de donde emana y gravita el pensamiento, por (vuelvo a expresarme en palabras de Rothfuss) “la calma inmensa y resonante del silencio”. Nuestras solitarias meditaciones, nuestras silenciosas y aisladas ensoñaciones nos dictan que hay que mejorar como humanos. El cuidado (acudo aquí a un término caro al pensamiento occidental, que se origina en los griegos, pasando contemporáneamente por Heidegger y por Michel Foucault), el cuidado, digo, es la gran exhortación que nos hace esta pandemia que es la Covid-19 o coronavirus. Autocuidado o cuidado de sí, cuidado de la naturaleza y el entorno social, cuidado de esta nuestra común morada que es “la casa del ser”. Armonizar con la vida en todas sus manifestaciones y expresiones. Tomar conciencia (y aquí soy reiterativo) acerca de que las conductas  inhumanas, siempre presentes en ese drama que es la historia, deben aprovecharse, como sugiere Eugenio Trías en La polítca y su sombra, para mejorar la condición humana, deben ser aprovechadas como fuente de aprendizaje para una mejor convivencia humana. Y en nuestra sociedad colombiana, donde estas irracionales y ciegas conductas proliferan, sí que es necesario. ¿Aprenderemos realmente de estas enseñanzas que nos deja la pandemia? ¿Estaremos a la altura de estas exigencias? Ese otro grave examinador que es el tiempo lo dirá.

 

Referentes

  • FREIRE, Paulo. Cartas a quien pretende enseñar. ed. 6ª. México: siglo veintiuno. 2000. Traducción de Stella Mastrangelo. pgs. 141
  • HESSE, Hermann. El arte del ocio. ed. 4ª. Barcelona: Planeta. 1981. Traducción por Feliu Formosa y Mireia Bofill. pgs. 332
  • ECO, Umberto. De la estupidez a la locura. Bogotá: Lumen. 2016. Traducción de Helena Lozano Miralles y María Pons Irazazábal. pgs. 497
  • ROTHFUSS, Patrick. El temor de un hombre sabio. ed. 3ª. Barcelona: Plaza y Janés. 2011. Traducción de Gemma Rovira. pgs. 1.197
  • STEINER, George. Errata. El examen de una vida. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. pgs. 216
  • ________________________ Lecciones de los maestros. ed. 2ª. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de María Condor. pgs. 187
  • TOVAR, Antonio. Vida de Sócrates. Madrid: Alianza. 1999. pgs. 498
  • TRÍAS, Eugenio. La política y su sombra. Barcelona: Anagrama. 2005. pgs. 163

Por Álvaro Restrepo Betancu, licenciado en Filosofía y Letras. UPB.

Especialista en Cultura Política: Pedagogía de los derechos humanos. UNAULA.

Exprofesor universitario.

Escritor independiente.

Publicado enSociedad
Adriana Gómez, Pizarra 3, de la serie “Tapia pisadacolor”, (Cortesía de la autora)

La crisis ambiental tiene muchas formas: incendios, deforestación, riadas, tifones, huracanes, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, por ejemplo; los ritmos de la crisis son crecientes y cada vez más universales. La naturaleza nos habla: debemos poder escucharla. Mejor aún, la naturaleza está viva: emerge, con vitalidad, el organicismo, una experiencia de la vida y la naturaleza que encuentra sus raíces en lo mejor de la humanidad.

 

Recientemente se han presentado acontecimientos sorprendentes: son numerosos. Las temperaturas en Canada alcanzan grados hasta la fecha no padecidas y varios cientos de personas han fallecido. Sucede igual en Estados Unidos, en el llamado Valle de la Muerte donde el fallecimiento de decenas de personas da cuenta de la crudeza del fenómeno. En este mismo país, en el estado de Nevada, hay un reconocimiento tardío pero fáctico: son un desierto: el agua dulce escasea, y todos deberán acostumbrarse a la escasez del agua potable. Por su parte, en California los bosques se incendian y el fenómeno es incontrolable.


En Alemania, en el estado de Renania-Palatinado, se han presentado inundaciones y desbordamiento de ríos que han ocasionado la muerte de cerca de doscientas personas. En Bélgica, el pueblo de Pepinster, en el sur del país, fue totalmente arrasado por riadas, y la población carece de luz y energía, pero son varios los poblados anegados por inundaciones y desbordamientos de ríos.


Estas noticias han atravesado al mundo entero, sencillamente por dos razones: porque se trata de países ricos, y porque jamás se habían presentado en esas regiones del mundo, fenómenos que son relativamente usuales en América Latina, Asia y algunas zonas de África.
Esta clase de noticias se hacen cada vez más frecuentes alrededor del mundo. Todo mientras la pandemia del covid-19 no cesa. La naturaleza nos habla. Nos habla en virus, en inundaciones, en tifones como en el sureste asiático, en huracanes como en el Atlántico, en sequías y en fuegos incontrolables. La naturaleza habla numerosos lenguajes, mientras que los seres humanos sólo hablan uno, en cada caso, y ocasionalmente emergen y se extienden linguas francas.


Una realidad que nos lleva a recordar los cuatro niveles de los fenómenos climáticos y ambientales: cambio climático, calentamiento global, crisis climática y catástrofe climática. Se trata de niveles de complejidad, y por tanto, de niveles en los que nos acercamos a puntos o estados de irreversibilidad. La expresión más crasa y puntual de esta irreversibilidad se denomina: los límites planetarios, identificados por el Instituto Stockohlm en 2008. Los cuatro niveles de crisis tienen una razón clara y contundente: se trata de crisis de origen antropogénico. Esto es, debido a esa pandemia para la biosfera que son los seres humanos. Tal cual.


Origen de una idea y una experiencia


El planeta está vivo; esto es, no hay vida en el planeta. De hecho, el origen de la vida en el planeta fue al mismo tiempo el origen del planeta como un organismo vivo. Quizás, en tiempos recientes, la expresión más puntual de la idea de que la Tierra es un organismo vivo se encuentra en la obra del geólogo suizo Eduard Suess (1831-1914). Posteriormente, es Vladimir Vernadsky, combinando geología, cristalografía, y geoquímica, quien formula en 1926 la idea de la biosfera, esto es, el planeta como un sistema vivo.


Hay ideas, teorías, descubrimientos que, a veces, nacen en el lugar y el momento inapropiados, y deben esperar, como el letargo de las plantas, condiciones mejores para prosperar. Vernadsky desarrolla su obra dos años después de la muerte de Lenin, mientras Stalin sube al poder y empiezan los actos violentos que van a conducir a la imposición del stalinismo en la Unión Soviética. Vernadsky será redescubierto, en la propia Unión Soviética y en Occidente apenas en los años 1960-1970.


En cualquier caso, una cosa queda clara: más vale no hablar de Tierra y de planeta, que son conceptos físicos o fisicalistas, sino, mejor de biosfera, que alude a un organismo vivo. Pues bien, en los años 1960, James Lovelock formula, conjuntamente con la bióloga Lynn Margulis la hipótesis de Gaia, que se desarrolla en los años 1970 como la teoría de Gaia, y finalmente en los años 1980 se afirma como la ciencia de Gaia. El mundo jamás volvería a ser el mismo. Se consolidaba, así, una visión organicista del planeta.


La historia del organicismo aún está por ser escrita. Sin embargo, es evidente que encuentra sus mejores expresiones en la obra de alemanes como Alexander von Humboldt y Johann Goethe, los cuales, sin embargo, están acompañados por otras figuras menos conocidas, como Buffon, Blumenbach, Von Haller, los dos hermanos Humboldt, Purkynje, Hering y Land.


El organicismo se contrapone a la concepción mecanicista y reduccionista de Newton –la cual terminará por ser la vencedora en la modernidad–. Según el organicismo, no existe ninguna división o separación alguna entre los seres humanos y la naturaleza, y ésta debe ser vista como un proceso de trans-formaciones de la forma, en una historia que pone en evidencia que la naturaleza no tiene una forma determinada, y ciertamente no una forma a priori y definida de una vez y para siempre. La naturaleza es una unidad vida en constante despliegue. Spinoza ya había anticipado una idea semejante, ese filósofo judío odiado por católicos, judíos, calvinistas y luteranos por igual, debido justamente a sus ideas de orden panteísta. Todas las cosas son una expresión de una voluntad de vida y de una pulsión de vida, que Spinoza denomina conatus.
En verdad, el antecedente más inmediato del organicismo es el panteísmo, que ulteriormente remite a lo mejor de la tradición pagana y de los pueblos bárbaros, que incluye al hilozoísmo y al panpsiquismo; diversas aproximaciones a un solo y mismo fenómeno: la naturaleza, que incluye entonces no únicamente a la biosfera, es un sistema vivo, o bien que exhibe vida, o bien que exhibe inteligencia.


Todo lo contrario a la idea de un dios único creador tanto como a una tradición mecanicista, determinista y reduccionista.


Pues bien, el organicismo hace su entrada en escena, inicialmente como un actor de reparto y posteriormente como un actor estelar, gracias a autores como von Foerster, von Bertalanffy y G. Bateson; esto es, con el pensamiento sistémico.
Hoy por hoy, la mejor expresión del organicismo lo constituyen las ciencias de la complejidad. Sería un tema largo justificar, señalar los autores y los argumentos en esta dirección.


El organicismo no es ni animismo ni vitalismo


Análisis finos se imponen, aquí. El tema de base es la crisis ambiental de escala global y sistemática de origen antropogénico. Esta crisis ha sido condensada con un diagnóstico serio: asistimos, actualmente, a la sexta extinción masiva. Sin embargo, grave como es la situación, no es determinista y ciertamente no fatalista.


El organicismo encuentra los mejores antecedentes en tres líneas distintas, pero coincidentes: el panpsiquismo, el hilozoísmo y el panteísmo. Las raíces de estas tres experiencias de la naturaleza y la vida conducen directamente al Paleolítico, que constituye el 97 por ciento de la existencia de la especie humana; sin embargo, paradójicamente, es ampliamente desconocido. Por su parte, la historia humana que sí es más conocida constituye apenas en 3 por ciento de esta experiencia, que cubre desde el neolítico hasta el día de hoy, aproximadamente 7000 años. Ignorar el 97 por ciento de algo o alguien es prácticamente desconocerlo todo. En el paleolítico no había un conocimiento de la vida como lo tenemos hoy, pero sí había una experiencia de la vida. Una distinción sutil.


La historia del animismo –esto es, que todas las cosas están animadas– llega, en ciencia, hasta los trabajos de L. Pasteur, quien da al traste con la idea de origen aristotélico de la generación espontánea como explicación sobre el origen de la vida. Sería, a comienzos del siglo XX, específicamente gracias a los trabajos de G. Canguilhem cuando, por su parte, el vitalismo desaparece en el espectro de la ciencia.


El animismo y el vitalismo fueron las últimas expresiones de mala ciencia o de pseudociencia, cuya expresión más reciente fue el holismo; esto es, la idea de que todo está conectado con todo.


El organicismo es la tesis que afirma que la naturaleza es un sistema vivo; de manera puntual, que la biosfera no es, en absoluto un fenómeno físico en el que la vida sobrevenga. Pensar en términos organicistas no es diferente a desarrollar una estructura mental ecológica. Así, un organicismo implica, concomitante y necesariamente, una comprensión en términos de nichos ecológicos, biomas, biología del paisaje, ecosistemas y demás. Así, la biosfera no existe al margen de ni por fuera del ecosistema más inmediato que es el sistema solar.
La historia de los fundamentos científicos del organicismo es exactamente la historia de comprensiones inter, trans o multidisciplinarias, según se prefiera.


Una observación puntual se impone en este punto: el descubrimiento de la vida es un fenómeno muy tardío en la historia de la humanidad, o bien, lo que es equivalente, perfectamente reciente. No sin antecedentes en algunos momentos recientes de la historia, la vida como un problema de investigación aparece apenas a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI.


Economía ecológica y ecología política


Que la crisis ambiental tenga un origen antropogénico comporta aspectos eminentemente políticos. La política tiene que ver con todos los asuntos de la polis, y la polis es un caso particular del oikos. Así las cosas, la ecología se transforma en ecología política y la economía –esto es, el cruce de los temas y problemas entre la polis y el oikos– se transforma, a su vez, igualmente, en economía ecológica. En otras palabras, la crisis climática implica reflexiones y consideraciones que ponen inmediatamente sobre la mesa, a plena luz del día, a las implicaciones y consecuencias de una crítica de la economía política tanto como lectura política de los temas ambientales.


En otras palabras, la política y la economía significan hoy en día una tematización de las formas de vida, los retos para la vida, y el manejo y las relacione con la naturaleza. El Estado, que fue el referente primario y clásico de la política aparece ahora como un instrumento cuya finalidad es el cuidado de la vida en todas sus formas, expresiones y escalas.


Atender a la crisis climática sin tocar nuclearmente la función de producción resulta inocuo e ignorante. De un lado, cualquier pelea que establezca el ser humano con la naturaleza, la lleva perdida. Y, de otra parte, al mismo tiempo, cualquier política, en cualquier sentido, que pretenda superar la crisis ambiental sin modificar la función de producción está condenada al fracaso.


La función de producción es la expresión puntual de una ecuación errónea y que es el fundamento de la humanidad occidental, a saber: el ser humano es una estancia superior y externa a la naturaleza y ésta sólo existe para sus fines y necesidades. Es lo que se expresa, equivocadamente, como recursos naturales. En este sentido, planes, programas y estrategias como los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) tanto como la Carta de la Tierra, están condenadas al fracaso. Se trata de buenas intenciones sin contenido alguno.


Existe una confluencia cada vez mayor entre la economía ecológica y la ecología política. Aunque no sea explícita, la base para su puesta en diálogo recíproco es el organicismo.


Sintomáticamente, el organicismo coincide con el saber de los pueblos tradicionales. En América Latina, por ejemplo, con la sabiduría del pueblo mapuche, el de los pueblos andinos, con el quechua y el aymara, en Colombia con la sabiduría que se decanta en el idioma muisca, en centroamérica con el quiché y la sabiduría maya, por ejemplo. El organicismo sí fue conocido por otros pueblos y culturas y pervive en la mejor tradición de los sabedores, los taitas, los chamanes. Algo que escandaliza a quienes sólo saben de políticas públicas, de Estado y gobernabilidad. Y también algo que escandaliza a la ciencia normal.


Existe un negacionismo doble: tanto el negacionismo a la sabiduría de los pueblos originarios, como el negacionismo de la sabiduría de la naturaleza. Que es cuando se observa una amplia ignorancia con respecto a la antropología, la historia, una parte de la filosofía y, manifiestamente, de lo mejor de la biología y la ecología hoy en día.


Este negacionismo ve los incendios, las inundaciones y las crisis ambientales como fenómenos puntuales, episódicos, y sin significado alguno. No entienden que la naturaleza nos está hablando; y que está empleando diferentes lenguajes, al mismo tiempo, para ver si logramos entenderla. El mensaje, sin embargo, no parece ser demasiado complicado: los seres humanos se olvidaron de vivir bien, de saber vivir y de llevar una vida plena (suma qamaña, sumak kawsay y utz’ kaslemal –en quechua, aymara, y quiché, correspondientemente). Esto es, en otras palabras, se olvidaron de vivir con y del lado de la naturaleza.


Pues bien, la expresión más crasa de esta ignorancia es el neoliberalismo y todo el sistema de libre mercado incluyendo sus aristas éticas, axiológicas, religiosas y culturales.


El futuro inmediato de la crisis climática


La crisis climática seguirá produciéndose sin la menor duda. Ya es un hecho establecido que los polos se están derritiendo, que el calentamiento global es un fenómeno mundial, que los huracanes, tifones, inundaciones, incendios, sequías, lluvias, riadas y demás seguirán teniendo lugar. Las ciudades costeras desaparecerán en el futuro inmediato, en el espacio de veinte a veinticinco años. A partir de la fecha.


El agua tiene memoria, tanto como los bosques y las selvas. La bibliografía al respecto va siendo cada vez más amplia y consolidada, aunque poco estudiada del lado de la ciencia normal. Mientras que la memoria humana es de corto alcance, la memoria de la naturaleza abarca siglos y milenios, por decir lo menos.


La deforestación del Amazonas es terrible. La construcción de presas hidroeléctricas es un crimen contra los ríos y los paisajes. La quema, espontánea o provocada, de bosques y selvas es un auténtico crimen de lesa humanidad. La obsolescencia programada es la perversión máxima de un sistema productivista enfermizo.


El mayor número de crímenes y asesinatos hoy por hoy alrededor del mundo es fundamentalmente contra ecologistas y ambientalistas. Una mirada al mapa de crímenes, sistemáticamente organizados y ejecutados es dramático (cfr. https://ejatlas.org/). La defensa del medioambiente se ha convertido en un asunto agónico. Y es porque la vida ha sido descubierta como un tema inaplazable, en cualquier sentido o acepción de la palabra.


Los temas, sensibles, de equidad, pobreza, impunidad, corrupción, violencia en todas sus expresiones, y la defensa de los derechos humanos son una sola y misma cosa con una comprensión de que la Tierra es un organismo vivo, y que el sistema de libre mercado es crimen sistemático y estratégico contra la naturaleza; y entonces, también contra pueblos, naciones, sociedades y culturas.


Estamos viviendo una profunda crisis climática. Se trata, en otras palabras, de una crisis civilizatoria. Pero mientras que hay una civilización que se hunde inexorablemente, hay otra que emerge, con optimismo, con decisión, con mucha voluntad de vida, en fin, de cara a la naturaleza y viviendo conforme a ella.


En una palabra, el organicismo es la expresión puntual de una experiencia de la vida, que no comienza ni termina en el ser humano. Pero que sabe que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

 

 

 

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Adriana Gómez, Pizarra 3, de la serie “Tapia pisadacolor”, (Cortesía de la autora)

La crisis ambiental tiene muchas formas: incendios, deforestación, riadas, tifones, huracanes, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, por ejemplo; los ritmos de la crisis son crecientes y cada vez más universales. La naturaleza nos habla: debemos poder escucharla. Mejor aún, la naturaleza está viva: emerge, con vitalidad, el organicismo, una experiencia de la vida y la naturaleza que encuentra sus raíces en lo mejor de la humanidad.

 

Recientemente se han presentado acontecimientos sorprendentes: son numerosos. Las temperaturas en Canada alcanzan grados hasta la fecha no padecidas y varios cientos de personas han fallecido. Sucede igual en Estados Unidos, en el llamado Valle de la Muerte donde el fallecimiento de decenas de personas da cuenta de la crudeza del fenómeno. En este mismo país, en el estado de Nevada, hay un reconocimiento tardío pero fáctico: son un desierto: el agua dulce escasea, y todos deberán acostumbrarse a la escasez del agua potable. Por su parte, en California los bosques se incendian y el fenómeno es incontrolable.


En Alemania, en el estado de Renania-Palatinado, se han presentado inundaciones y desbordamiento de ríos que han ocasionado la muerte de cerca de doscientas personas. En Bélgica, el pueblo de Pepinster, en el sur del país, fue totalmente arrasado por riadas, y la población carece de luz y energía, pero son varios los poblados anegados por inundaciones y desbordamientos de ríos.


Estas noticias han atravesado al mundo entero, sencillamente por dos razones: porque se trata de países ricos, y porque jamás se habían presentado en esas regiones del mundo, fenómenos que son relativamente usuales en América Latina, Asia y algunas zonas de África.
Esta clase de noticias se hacen cada vez más frecuentes alrededor del mundo. Todo mientras la pandemia del covid-19 no cesa. La naturaleza nos habla. Nos habla en virus, en inundaciones, en tifones como en el sureste asiático, en huracanes como en el Atlántico, en sequías y en fuegos incontrolables. La naturaleza habla numerosos lenguajes, mientras que los seres humanos sólo hablan uno, en cada caso, y ocasionalmente emergen y se extienden linguas francas.


Una realidad que nos lleva a recordar los cuatro niveles de los fenómenos climáticos y ambientales: cambio climático, calentamiento global, crisis climática y catástrofe climática. Se trata de niveles de complejidad, y por tanto, de niveles en los que nos acercamos a puntos o estados de irreversibilidad. La expresión más crasa y puntual de esta irreversibilidad se denomina: los límites planetarios, identificados por el Instituto Stockohlm en 2008. Los cuatro niveles de crisis tienen una razón clara y contundente: se trata de crisis de origen antropogénico. Esto es, debido a esa pandemia para la biosfera que son los seres humanos. Tal cual.


Origen de una idea y una experiencia


El planeta está vivo; esto es, no hay vida en el planeta. De hecho, el origen de la vida en el planeta fue al mismo tiempo el origen del planeta como un organismo vivo. Quizás, en tiempos recientes, la expresión más puntual de la idea de que la Tierra es un organismo vivo se encuentra en la obra del geólogo suizo Eduard Suess (1831-1914). Posteriormente, es Vladimir Vernadsky, combinando geología, cristalografía, y geoquímica, quien formula en 1926 la idea de la biosfera, esto es, el planeta como un sistema vivo.


Hay ideas, teorías, descubrimientos que, a veces, nacen en el lugar y el momento inapropiados, y deben esperar, como el letargo de las plantas, condiciones mejores para prosperar. Vernadsky desarrolla su obra dos años después de la muerte de Lenin, mientras Stalin sube al poder y empiezan los actos violentos que van a conducir a la imposición del stalinismo en la Unión Soviética. Vernadsky será redescubierto, en la propia Unión Soviética y en Occidente apenas en los años 1960-1970.


En cualquier caso, una cosa queda clara: más vale no hablar de Tierra y de planeta, que son conceptos físicos o fisicalistas, sino, mejor de biosfera, que alude a un organismo vivo. Pues bien, en los años 1960, James Lovelock formula, conjuntamente con la bióloga Lynn Margulis la hipótesis de Gaia, que se desarrolla en los años 1970 como la teoría de Gaia, y finalmente en los años 1980 se afirma como la ciencia de Gaia. El mundo jamás volvería a ser el mismo. Se consolidaba, así, una visión organicista del planeta.


La historia del organicismo aún está por ser escrita. Sin embargo, es evidente que encuentra sus mejores expresiones en la obra de alemanes como Alexander von Humboldt y Johann Goethe, los cuales, sin embargo, están acompañados por otras figuras menos conocidas, como Buffon, Blumenbach, Von Haller, los dos hermanos Humboldt, Purkynje, Hering y Land.


El organicismo se contrapone a la concepción mecanicista y reduccionista de Newton –la cual terminará por ser la vencedora en la modernidad–. Según el organicismo, no existe ninguna división o separación alguna entre los seres humanos y la naturaleza, y ésta debe ser vista como un proceso de trans-formaciones de la forma, en una historia que pone en evidencia que la naturaleza no tiene una forma determinada, y ciertamente no una forma a priori y definida de una vez y para siempre. La naturaleza es una unidad vida en constante despliegue. Spinoza ya había anticipado una idea semejante, ese filósofo judío odiado por católicos, judíos, calvinistas y luteranos por igual, debido justamente a sus ideas de orden panteísta. Todas las cosas son una expresión de una voluntad de vida y de una pulsión de vida, que Spinoza denomina conatus.
En verdad, el antecedente más inmediato del organicismo es el panteísmo, que ulteriormente remite a lo mejor de la tradición pagana y de los pueblos bárbaros, que incluye al hilozoísmo y al panpsiquismo; diversas aproximaciones a un solo y mismo fenómeno: la naturaleza, que incluye entonces no únicamente a la biosfera, es un sistema vivo, o bien que exhibe vida, o bien que exhibe inteligencia.


Todo lo contrario a la idea de un dios único creador tanto como a una tradición mecanicista, determinista y reduccionista.


Pues bien, el organicismo hace su entrada en escena, inicialmente como un actor de reparto y posteriormente como un actor estelar, gracias a autores como von Foerster, von Bertalanffy y G. Bateson; esto es, con el pensamiento sistémico.
Hoy por hoy, la mejor expresión del organicismo lo constituyen las ciencias de la complejidad. Sería un tema largo justificar, señalar los autores y los argumentos en esta dirección.


El organicismo no es ni animismo ni vitalismo


Análisis finos se imponen, aquí. El tema de base es la crisis ambiental de escala global y sistemática de origen antropogénico. Esta crisis ha sido condensada con un diagnóstico serio: asistimos, actualmente, a la sexta extinción masiva. Sin embargo, grave como es la situación, no es determinista y ciertamente no fatalista.


El organicismo encuentra los mejores antecedentes en tres líneas distintas, pero coincidentes: el panpsiquismo, el hilozoísmo y el panteísmo. Las raíces de estas tres experiencias de la naturaleza y la vida conducen directamente al Paleolítico, que constituye el 97 por ciento de la existencia de la especie humana; sin embargo, paradójicamente, es ampliamente desconocido. Por su parte, la historia humana que sí es más conocida constituye apenas en 3 por ciento de esta experiencia, que cubre desde el neolítico hasta el día de hoy, aproximadamente 7000 años. Ignorar el 97 por ciento de algo o alguien es prácticamente desconocerlo todo. En el paleolítico no había un conocimiento de la vida como lo tenemos hoy, pero sí había una experiencia de la vida. Una distinción sutil.


La historia del animismo –esto es, que todas las cosas están animadas– llega, en ciencia, hasta los trabajos de L. Pasteur, quien da al traste con la idea de origen aristotélico de la generación espontánea como explicación sobre el origen de la vida. Sería, a comienzos del siglo XX, específicamente gracias a los trabajos de G. Canguilhem cuando, por su parte, el vitalismo desaparece en el espectro de la ciencia.


El animismo y el vitalismo fueron las últimas expresiones de mala ciencia o de pseudociencia, cuya expresión más reciente fue el holismo; esto es, la idea de que todo está conectado con todo.


El organicismo es la tesis que afirma que la naturaleza es un sistema vivo; de manera puntual, que la biosfera no es, en absoluto un fenómeno físico en el que la vida sobrevenga. Pensar en términos organicistas no es diferente a desarrollar una estructura mental ecológica. Así, un organicismo implica, concomitante y necesariamente, una comprensión en términos de nichos ecológicos, biomas, biología del paisaje, ecosistemas y demás. Así, la biosfera no existe al margen de ni por fuera del ecosistema más inmediato que es el sistema solar.
La historia de los fundamentos científicos del organicismo es exactamente la historia de comprensiones inter, trans o multidisciplinarias, según se prefiera.


Una observación puntual se impone en este punto: el descubrimiento de la vida es un fenómeno muy tardío en la historia de la humanidad, o bien, lo que es equivalente, perfectamente reciente. No sin antecedentes en algunos momentos recientes de la historia, la vida como un problema de investigación aparece apenas a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI.


Economía ecológica y ecología política


Que la crisis ambiental tenga un origen antropogénico comporta aspectos eminentemente políticos. La política tiene que ver con todos los asuntos de la polis, y la polis es un caso particular del oikos. Así las cosas, la ecología se transforma en ecología política y la economía –esto es, el cruce de los temas y problemas entre la polis y el oikos– se transforma, a su vez, igualmente, en economía ecológica. En otras palabras, la crisis climática implica reflexiones y consideraciones que ponen inmediatamente sobre la mesa, a plena luz del día, a las implicaciones y consecuencias de una crítica de la economía política tanto como lectura política de los temas ambientales.


En otras palabras, la política y la economía significan hoy en día una tematización de las formas de vida, los retos para la vida, y el manejo y las relacione con la naturaleza. El Estado, que fue el referente primario y clásico de la política aparece ahora como un instrumento cuya finalidad es el cuidado de la vida en todas sus formas, expresiones y escalas.


Atender a la crisis climática sin tocar nuclearmente la función de producción resulta inocuo e ignorante. De un lado, cualquier pelea que establezca el ser humano con la naturaleza, la lleva perdida. Y, de otra parte, al mismo tiempo, cualquier política, en cualquier sentido, que pretenda superar la crisis ambiental sin modificar la función de producción está condenada al fracaso.


La función de producción es la expresión puntual de una ecuación errónea y que es el fundamento de la humanidad occidental, a saber: el ser humano es una estancia superior y externa a la naturaleza y ésta sólo existe para sus fines y necesidades. Es lo que se expresa, equivocadamente, como recursos naturales. En este sentido, planes, programas y estrategias como los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) tanto como la Carta de la Tierra, están condenadas al fracaso. Se trata de buenas intenciones sin contenido alguno.


Existe una confluencia cada vez mayor entre la economía ecológica y la ecología política. Aunque no sea explícita, la base para su puesta en diálogo recíproco es el organicismo.


Sintomáticamente, el organicismo coincide con el saber de los pueblos tradicionales. En América Latina, por ejemplo, con la sabiduría del pueblo mapuche, el de los pueblos andinos, con el quechua y el aymara, en Colombia con la sabiduría que se decanta en el idioma muisca, en centroamérica con el quiché y la sabiduría maya, por ejemplo. El organicismo sí fue conocido por otros pueblos y culturas y pervive en la mejor tradición de los sabedores, los taitas, los chamanes. Algo que escandaliza a quienes sólo saben de políticas públicas, de Estado y gobernabilidad. Y también algo que escandaliza a la ciencia normal.


Existe un negacionismo doble: tanto el negacionismo a la sabiduría de los pueblos originarios, como el negacionismo de la sabiduría de la naturaleza. Que es cuando se observa una amplia ignorancia con respecto a la antropología, la historia, una parte de la filosofía y, manifiestamente, de lo mejor de la biología y la ecología hoy en día.


Este negacionismo ve los incendios, las inundaciones y las crisis ambientales como fenómenos puntuales, episódicos, y sin significado alguno. No entienden que la naturaleza nos está hablando; y que está empleando diferentes lenguajes, al mismo tiempo, para ver si logramos entenderla. El mensaje, sin embargo, no parece ser demasiado complicado: los seres humanos se olvidaron de vivir bien, de saber vivir y de llevar una vida plena (suma qamaña, sumak kawsay y utz’ kaslemal –en quechua, aymara, y quiché, correspondientemente). Esto es, en otras palabras, se olvidaron de vivir con y del lado de la naturaleza.


Pues bien, la expresión más crasa de esta ignorancia es el neoliberalismo y todo el sistema de libre mercado incluyendo sus aristas éticas, axiológicas, religiosas y culturales.


El futuro inmediato de la crisis climática


La crisis climática seguirá produciéndose sin la menor duda. Ya es un hecho establecido que los polos se están derritiendo, que el calentamiento global es un fenómeno mundial, que los huracanes, tifones, inundaciones, incendios, sequías, lluvias, riadas y demás seguirán teniendo lugar. Las ciudades costeras desaparecerán en el futuro inmediato, en el espacio de veinte a veinticinco años. A partir de la fecha.


El agua tiene memoria, tanto como los bosques y las selvas. La bibliografía al respecto va siendo cada vez más amplia y consolidada, aunque poco estudiada del lado de la ciencia normal. Mientras que la memoria humana es de corto alcance, la memoria de la naturaleza abarca siglos y milenios, por decir lo menos.


La deforestación del Amazonas es terrible. La construcción de presas hidroeléctricas es un crimen contra los ríos y los paisajes. La quema, espontánea o provocada, de bosques y selvas es un auténtico crimen de lesa humanidad. La obsolescencia programada es la perversión máxima de un sistema productivista enfermizo.


El mayor número de crímenes y asesinatos hoy por hoy alrededor del mundo es fundamentalmente contra ecologistas y ambientalistas. Una mirada al mapa de crímenes, sistemáticamente organizados y ejecutados es dramático (cfr. https://ejatlas.org/). La defensa del medioambiente se ha convertido en un asunto agónico. Y es porque la vida ha sido descubierta como un tema inaplazable, en cualquier sentido o acepción de la palabra.


Los temas, sensibles, de equidad, pobreza, impunidad, corrupción, violencia en todas sus expresiones, y la defensa de los derechos humanos son una sola y misma cosa con una comprensión de que la Tierra es un organismo vivo, y que el sistema de libre mercado es crimen sistemático y estratégico contra la naturaleza; y entonces, también contra pueblos, naciones, sociedades y culturas.


Estamos viviendo una profunda crisis climática. Se trata, en otras palabras, de una crisis civilizatoria. Pero mientras que hay una civilización que se hunde inexorablemente, hay otra que emerge, con optimismo, con decisión, con mucha voluntad de vida, en fin, de cara a la naturaleza y viviendo conforme a ella.


En una palabra, el organicismo es la expresión puntual de una experiencia de la vida, que no comienza ni termina en el ser humano. Pero que sabe que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

 

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El primer ejemplar que ha sido construido en el laboratorio está formado por rendijas de grafeno extremadamente finas que contienen una sola capa de moléculas de agua. En la imagen, microglia y neurona.Foto Mark Hallett

 El prototipo transmite y acumula información igual que la célula nerviosa, señalan especialistas de instituciones francesas

 

Madrid. La electrónica inspirada en el cerebro es objeto de intensas investigaciones. Expertos del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) y de la Escuela Normal Superior de París, en Francia, han trabajado en el desarrollo de neuronas artificiales a partir de iones y han comprobado que dispositivos fabricados con una sola capa de éstos, que llevan agua dentro de nanoesferas de grafeno, tienen la misma capacidad de transmisión que la célula nerviosa, según publican en la revista Science.

Con un consumo de energía equivalente a dos plátanos al día, el cerebro humano puede realizar muchas tareas complejas. Su alta eficiencia depende en particular de su unidad base, la neurona, que tiene una membrana con poros nanométricos llamados canales iónicos, que se abren y cierran según los estímulos recibidos. Los flujos de iones resultantes crean una corriente eléctrica fuente de la emisión de potenciales de acción, señales que permiten a las neuronas comunicarse entre sí.

La inteligencia artificial puede realizar todas estas tareas, pero sólo a costa de un consumo energético decenas de miles de veces superior al del cerebro humano.

Así que todo el reto de la investigación actual es diseñar sistemas electrónicos que sean tan eficientes energéticamente como el cerebro humano, por ejemplo, utilizando iones, y no electrones, para transportar la información.

Nanofluídica

Para ello, la nanofluídica, estudio de cómo se comportan los fluidos en canales de menos de 100 nanómetros de ancho, ofrece muchas perspectivas. En un nuevo estudio, un equipo del Laboratorio de Física de la ENS muestra cómo construir un prototipo de neurona artificial formado por rendijas de grafeno extremadamente finas que contienen una sola capa de moléculas de agua.

Los científicos han demostrado que, bajo el efecto de un campo eléctrico, los iones de esta capa de agua se reúnen en racimos alargados y desarrollan una propiedad conocida como efecto memristor: estos gajos retienen algunos de los estímulos recibidos en el pasado.

Repitiendo la comparación con el cerebro, las rendijas de grafeno reproducen los canales de iones, los racimos y los flujos de los primeros y, utilizando herramientas teóricas y digitales, los científicos han demostrado cómo ensamblar estos clusters para reproducir el mecanismo físico de emisión de potenciales de acción y, por tanto, la transmisión de información.

Este trabajo teórico continúa de forma experimental en el equipo francés, en colaboración con científicos de la Universidad de Manchester, Reino Unido. El propósito ahora es demostrar que estos sistemas pueden implementar algoritmos de aprendizaje sencillos a fin de servir de base para las memorias electrónicas del futuro.

Un ejemplar se posa en una flor del género hibisco para recolectar polen, en Ludwigsburg, en el sur de Alemania.Foto Afp

La exposición a un cóctel de agroquímicos aumenta netamente la mortalidad de las abejas, una situación subestimada por las autoridades encargadas de regular la comercialización de estos productos, según un estudio publicado ayer.

De acuerdo con la ONU, las abejas polinizan 71 de las 100 especies cultivadas que proporcionan 90 por ciento de los alimentos del mundo. En los años recientes, el colapso de las poblaciones de insectos polinizadores, muy vulnerables a los pesticidas, amenaza la producción agrícola.

El estudio, publicado en la revista Nature, recoge decenas de investigaciones divulgadas durante los pasados 20 años. Se centra en las interacciones entre los agroquímicos, los parásitos y la desnutrición que afectan el comportamiento de las abejas.

Los expertos concluyeron que es probable que el efecto combinado de diferentes pesticidas y otros productos químicos sea mayor que la suma de los efectos de cada uno.

Estas "interacciones entre múltiples agroquímicos aumentan significativamente la mortalidad de las abejas", señaló Harry Siviter, coautor del estudio, de la Universidad de Texas.

"Los reguladores deben considerar las interacciones entre los agroquímicos y otros factores ambientales estresantes antes de autorizar su uso", precisó.

Los resultados del estudio "muestran que el proceso regulatorio no protege a las abejas de las consecuencias indeseables de la exposición a múltiples niveles de los agroquímicos".

Sin cambios, habrá un "continuo declive de las abejas y de los servicios de polinización que brindan, en detrimento de los humanos y la salud de los ecosistemas", añadieron.

En 2019, los científicos advertían ya que casi la mitad de las especies de insectos del mundo están en peligro y un tercio podría extinguirse a finales de siglo.

La inteligencia artificial abre paso a nueva era en la biología molecular, aseguran expertos

 La tecnología ha permitido estudiar de forma más rápida y precisa la estructura de algunas proteínas, señalan científicos de la UNAM

 

Los avances en la inteligencia artificial podrían estar abriendo paso a una nueva era en la biología molecular. En años recientes, la implementación de esta tecnología en diversas investigaciones ha permitido predecir de forma más rápida y precisa la estructura de algunas proteínas, por lo que se ha podido también conocer mejor el funcionamiento de estas estructuras de las células formadas por aminoácidos.

Los investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) José Israel León Pedroza, Ramón Garduño Juárez y Rogelio Rodríguez Sotres explicaron, en conferencia virtual, por qué estos progresos han sido relevantes desde el punto de vista médico, bioquímico y biofísico, entre otros.

El inmunólogo León Pedroza señaló: "Una proteína es una estructura biológica conformada a partir de aminoácidos, los cuales pueden unirse a través de un enlace químico que se llama enlace peptídico, para formar estructuras dimensionales lineales que podemos llamar péptidos".

Conocer esa estructura específica es relevante, porque a partir de ella se han podido comprender las funciones que cada péptido ejerce en la célula. Ejemplos de proteínas que ya antes han sido deducidas son la hemoglobina y la insulina, ambos descubrimientos son de gran importancia para tratar y prevenir diversas enfermedades.

Sin embargo, lograr explicar estas estructuras es una labor muy complicada. "Lo que a nosotros nos limita es el número de cálculos que tenemos que hacer para predecir", sostuvo el biofísico Garduño Juárez. En promedio una proteína está formada por alrededor de 100 aminoácidos, de manera que para estimar todas las posibles estructuras, aun con la máquina más rápida, se necesitaría un tiempo mayor que el que lleva el universo de existir.

A finales del siglo pasado la comunidad científica descubrió, gracias a un concurso, las posibilidades ofrecidas por la inteligencia artificial. Usando estructuras ya descubiertas, pero todavía no publicadas, se encargaba a los participantes predecir distintas secuencias, y se premiaba a quien hacía las predicciones más correctas.

Con el tiempo, una compañía logró superar el promedio de predicciones alcanzado anteriormente. Utilizaron la inteligencia artificial de un juego de ajedrez, por lo que la herramienta comenzó a ser implementada. A grosso modo, los científicos elaboran una representación matemática de la proteína estudiada, "construimos una ecuación en la que se evalúan los diferentes parámetros bioquímicos y físicos que hemos caracterizado como importantes", explicó Garduño.

Producción de vacunas

Entre algunas de las muchas posibilidades que se abren a partir de un mejor conocimiento de estas estructuras está la producción de vacunas, generadas desde proteínas ya reconocidas en los virus, u otros microorganismos, por lo que tener una predicción de sus funciones posibilitaría llevar a cabo su desarrollo inversamente.

Otra posibilidad es la de saber cómo van a interactuar distintas estructuras proteicas e identificar malos funcionamientos para poder inhibirlos. De esa manera, padecimientos generados por pliegues erróneos como la enfermedad de Parkinson o la de Alzheimer podrían hallar un tratamiento. Incluso la terapia y la prevención del cáncer, generado por una alteración en la secuencia de la información, podría ser beneficiado por una mejor predicción de cómo se plegarán las proteínas en una célula.

La mejora que ha tenido la tecnología de la inteligencia artificial, junto a otras herramientas ya utilizadas en el estudio de la estructura de las proteínas, permitirán a los científicos acelerar sus investigaciones sobre cómo funcionan y se forman las estructuras proteicas de las células.

Microbios púrpuras, blancos y verdes cubren las rocas en el sumidero de Middle Island del lago Hurón. Foto Ap

Al ralentizar el movimiento de rotación, los días se hicieron más largos y la luz ayudó a que cianobacterias produjeran más de ese elemento respirable, señalan

 

Científicos tienen una nueva idea sobre cómo la Tierra obtuvo su oxígeno: el planeta redujo su velocidad y los días se hicieron más largos.

Un estudio publicado ayer propone y pone a prueba la teoría de que una luz diurna más prolongada y continua hizo que extrañas bacterias produjeran enormes cantidades de oxígeno, haciendo posible la mayor parte de la vida tal como la conocemos.

Un equipo internacional propone que el aumento de la duración del día en la Tierra primitiva –el giro del joven planeta se fue ralentizando de forma gradual con el tiempo, haciendo que los días fueran más largos– puede haber impulsado la cantidad de oxígeno liberado por las cianobacterias fotosintéticas, determinando así el momento de la oxigenación, según publican en Nature Geoscience.

Su conclusión se inspiró en un estudio de las comunidades microbianas actuales que crecen en condiciones extremas en el fondo de un sumidero de Middle Island en el lago Hurón, en Michigan, Estados Unidos, a 30 metros bajo la superficie del agua, la cual en ese sitio es rica en azufre y baja en oxígeno, y las bacterias de colores brillantes que prosperan allí se consideran buenos análogos de los organismos unicelulares que formaban colonias similares a alfombras hace miles de años, cubriendo las superficies del suelo terrestre y marino.

Los científicos sacaron bacterias púrpuras pegajosas del sumidero y manipularon la cantidad de luz que recibían en experimentos de laboratorio. Cuanta más luz continua recibían los microbios, más oxígeno producían.

Uno de los grandes misterios de la ciencia es cómo la Tierra pasó de ser un planeta con un mínimo de oxígeno al aire respirable que tenemos ahora. Desde hace tiempo, los científicos piensan que los microbios, llamados cianobacterias, estaban involucrados, pero no podían determinar qué fue lo que inició el gran evento de oxigenación.

De seis a 24 horas

Los científicos del estudio teorizaron que la lenta rotación de la Tierra, que gradualmente pasó de seis horas a las actuales 24, fue clave para que las cianobacterias generaran una mayor cantidad de aire respirable.

Hace unos 2 mil 400 millones de años había tan poco oxígeno en la atmósfera de la Tierra que apenas podía medirse, por lo que no existía vida animal o vegetal como la que conocemos. En lugar de ello, muchísimos microbios respiraban dióxido de carbono y en el caso de las cianobacterias producían oxígeno en la primera forma de la fotosíntesis.

Al principio no era mucho, pero en apenas 400 millones de años la atmósfera de la Tierra pasó de tener una décima parte de la cantidad de oxígeno que hay ahora, un enorme incremento, señaló la autora principal del estudio, Judith Klatt, bioquímica en el Instituto Max Planck de Alemania. El aumento en los niveles de ese elemento permitió que las plantas y animales evolucionaran, y otros vegetales se unieron para producirlo, añadió.

Pero ¿por qué las bacterias empezaron a producir oxígeno? Ahí es donde entra el oceanógrafo de la Universidad de Michigan, Brian Arbic, quien al escuchar la conferencia de un colega sobre las cianobacterias, se dio cuenta de que el evento de oxigenación coincidió con el momento en el que los días en el planeta se hicieron más largos. La rotación se ralentizó debido a la complicada física de la fricción de la marea y la interacción con la Luna.

Gregory Dick, del Departamento de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente de la Universidad de Michigan, en un comunicado enviado desde la cubierta del R/V Storm, un buque de investigación de la NOAA que transportó a científicos y buzos para recoger muestras desde la ciudad de Alpena, Michigan, hasta el sumidero de Middle Island, señala: Nuestra investigación sugiere que la velocidad a la que gira la Tierra, en otras palabras, la duración del día, puede haber tenido un efecto importante en la pauta y el momento de la oxigenación.

Sábado, 31 Julio 2021 06:37

El alto costo de la mala comida

El alto costo de la mala comida

Por cada peso que pagamos por comida industrializada, pagamos otros dos pesos más por los daños a la salud y al ambiente que provoca el sistema agroalimentario industrial. Es un dato tremendo que en el Grupo ETC estimamos a nivel global y revelamos desde 2017 en publicaciones y videos didácticos (https://tinyurl.com/6bwaa997).

Ahora, la conservadora Fundación Rockefeller publica un informe basado en amplios datos estadísticos, que confirma esta relación con análisis de la realidad en Estados Unidos. (True cost of Food, julio 2021, https://tinyurl.com/ezj93vva).

En ese país, la población gasta anualmente 1.1 billones (es decir 1.1 millones de millones) de dólares en comida. Sobre eso, los gastos generados por la producción, distribución y venta de comida industrial en atención a la salud, daños ambientales, erosión de suelos, contaminación de agua, deforestación, destrucción de la biodiversidad y emisión de gases causantes del cambio climático, así como costos sociales por trabajo infantil, salarios de hambre, enfermedades ocupacionales y falta de beneficios laborales, suman 2.1 billones de dólares adicionales. Costos que son pagados por el erario, es decir por la propia población.

De ese total de 2.1 billones de dólares anuales de gastos que genera la cadena agroindustrial, los de atención a la salud, daños ambientales y a la biodiversidad son 99 por ciento.

Es un subsidio mayúsculo e invisible a las empresas trasnacionales que dominan la cadena agroalimentaria industrial para seguir produciendo alimentos industriales y transgénicos, con glifosato y otros agrotóxicos, para seguir con grandes criaderos de cerdos, pollos y vacas que provocan epidemias, deforestación, contaminación de aguas y destrucción de biodiversidad en los campos, para seguir con la producción de alimentos ultraprocesados y con exceso de grasas, sal y azúcares, que las empresas llenan de conservantes, texturizantes, colorantes, saborizantes y otros químicos para que soporten largos transportes y mayor tiempo sin mostrar pudrición en supermercados y para engañar con sabores artificiales y adictivos a los consumidores.

Además de dar cuantiosas ganancias a las trasnacionales, el sistema agroalimentario industrial, está estrechamente ligado a las enfermedades que son las principales causas de muerte en el mundo. Un informe de la OMS publicado en diciembre 2020, muestra que de las 10 principales causas de defunción en el mundo siete son enfermedades no trasmisibles (o sea, no contagiosas). Las principales son enfermedades cardiovasculares "causadas, por ejemplo, por exceso de colesterol", hipertensión, varios tipos de cáncer principalmente digestivos y enfermedades renales. Destaca la OMS la entrada de la diabetes a la lista de las 10 principales causas de muerte, dolencia que aumentó en 70 por ciento a escala global entre los años 2000 y 2019, y en 80 por ciento como causa de muerte entre los hombres (https://tinyurl.com/4xkz9yya). Todo esto en el contexto de una pandemia global de obesidad, desnutrición y malnutrición que sufre más de la mitad de la población mundial.

Solamente 24 por ciento de las principales causas de muerte a escala global son enfermedades contagiosas y de ellas, más de dos terceras partes son de origen zoonótico, la mayoría originadas a partir de la cría industrial confinada de animales, como por ejemplo la gripe aviar y la gripe porcina (H1N1).

Justamente una de las cosas que esta pandemia ha puesto sobre la mesa es la estrecha conexión que existe entre la alimentación y las enfermedades. La gran mayoría de los casos graves y de muerte con Covid-19, han sido personas con comorbilidades como obesidad, diabetes, hipertensión, problemas cardiacos, colesterol alto y otras afecciones cardiovasculares, además de edad avanzada y problemas respiratorios.

Las pocas décadas en las que se ha globalizado el consumo de comida industrializada han llevado a una crisis de los sistemas inmunológicos de la gente y los animales, que nos ha dejado muy debilitados frente a nuevas enfermedades infecciosas.

Esta situación es aún peor en México. En 2019, El Poder del Consumidor reportó que 88.8 por ciento de las defunciones fueron por problemas de salud, con un alto porcentaje de obesidad, diabetes, hipertensión. México es donde más se vende comida ultraprocesada y refrescos azucarados en América Latina (https://tinyurl.com/nhv6yvbk).

Un tema que no es individual, sino sistémico y se debe encarar como tal. El sistema alimentario agroindustrial, desde las semillas al plato, es un generador de enfermedad y es causa mayor de destrucción ambiental, pero pese a ello, subvencionamos a las empresas que lo dominan pagando el triple del costo de la comida.

Es el mismo tipo de empresas que ahora están en juicio contra el decreto oficial que instruye a buscar alternativas al glifosato, para defender su derecho a seguir poniendo veneno en nuestros alimentos. Por la salud de la gente y de la naturaleza, tenemos que sacarlas de nuestra comida, recuperar un sistema alimentario sano, sin químicos, basado en la producción campesina, mercados locales y diversos, con comida que alimente en lugar de enfermar.

Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

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